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EZEQUIEL GONZÁLEZ ALSINA


  EL DOCTOR FRANCIA DEL PUEBLO Y ENSAYOS VARIOS - Por EZEQUIEL GONZÁLEZ ALSINA


EL DOCTOR FRANCIA DEL PUEBLO Y ENSAYOS VARIOS - Por EZEQUIEL GONZÁLEZ ALSINA

EL DOCTOR FRANCIA DEL PUEBLO Y ENSAYOS VARIOS

Por EZEQUIEL GONZÁLEZ ALSINA

 

Editor: Instituto Colorado de Cultura

Director: H. SÁNCHEZ QUELL

(Biblioteca Colorados Contemporáneos Nº 3)

Asunción-Paraguay, 1978 (365 páginas)

 

 

 

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Multifacética es la personalidad de Ezequiel González Alsina.

Nace en Reducto, paraje de San Lorenzo del Campo Grande, el 12 de Enero de 1919.

Muchacho de 15 años, va como voluntario a la Guerra del Chaco y actúa en Bahía Negra en el transporte "Jorge 1º".

Vanguardista de la poesía paraguaya, en 1945 publica versos en revistas y diarios con el pseudónimo de Gastón Chevalier París. Autor teatral, enciende luces de candilejas y cosecha cálidos aplausos con sus obras "La Quijotesa rubia", "El gran rival", "An­clas para volar", "Lejos de las casas altas", "Ña Patricia" y "Boli". Periodista, desde hace casi 3 décadas editorializa diariamente en las columnas de "Patria".

Político, desempeña en el Gabinete las carteras de Justicia y Trabajo, Educación y Culto, y Agricultura y Ganadería, y es actual­mente Senador de la Nación.

Orador, domina con precisión y galanura tanto el castellano co­mo el guaraní.

Polemista, persuasivo y convincente, fue el primer espadachín de la Convención Constituyente de 1967 y de la Asamblea Nacio­nal de 1976.

Profesor, erudito y ameno, enseña en las Facultades de Dere­cho y de Filosofía de la Universidad Nacional.

Investigador, documentado y sagaz, ha escrito varios ensayos que hoy por primera vez aparecen reunidos en el presente volumen.


INDICE

BIOGRAFIA DEL AUTOR

El Doctor Francia del Pueblo

Proyección inmortal de Don Carlos Antonio López

Factores económicos de la Triple Alianza

Raíz y proyección de Cerro-Corá

Caballero, el Manifiesto de 1887 y su proyección doctrinaria

El partido que nació como intérprete de los anhelos populares

Gloria del Pueblo en Armas

La marina paraguaya en la Guerra del Chaco

El entregador del Chaco

Stroessner, un nombre para la Historia

Fundamentación de una enmienda constitucional

La línea nacional y popular


 

 

EL DOCTOR FRANCIA DEL PUEBLO

 

La tendencia ha sido, durante demasiado tiempo, presen­tar al Doctor José Gaspar de Francia con los tintes más sombríos. La fuerza y la complejidad de los intereses -polí­ticos, económicos y sociales- a los que hizo frente y venció, concedieron este gravoso privilegio a la memoria del prócer, para desquitarse, tal vez, de no haber podido mellarlo en vida,

Sin embargo, desde Thomas Carlyle hasta Julio César Chaves, pasando por Francisco Wisner de Morgenstern y Cecilio Báez, hay un largo camino exploratorio que con cre­ciente agudeza permite mirar y reconocer con claridad en la perspectiva global de su tiempo al prócer de la Indepen­dencia Nacional y consolidador de la República.

Es completamente cierto que la leyenda negra sobre el Doctor Francia ha sido derrotada; pero también hay que reconocer que todavía falta mucho para abarcar con estudios acabados las diversas facetas de su singular personalidad. No es tarea del historiador solamente, sin dejar de reconocer por eso que la historia es el campo específico de su densa trayectoria. También hay un Doctor Francia para la inves­tigación del político -considerada la política como la ciencia del bien común-, de la misma manera que lo hay para el economista y para el sociólogo, entre otros cuya contribu­ción es indispensable, si se quiere abarcar con amplitud satisfactoria las huellas de su vida y de su obra.

Nuestro propósito en esta oportunidad es mucho más modesto que todo eso. Apenas queremos hacer un esbozo del Doctor Francia del Pueblo, sí, "del pueblo", para destacar las raíces de su autoridad y ascendencia en el proceso de la Revolución Emancipadora de Mayo y en la primera etapa del Paraguay independiente, que se prolonga hasta su muerte, el 20 de Septiembre de 1840.

El Doctor Francia no salta a la notoriedad por obra de la Revolución. Será él quien llevará la Revolución a su ver­dadera, notoriedad. ¿Qué habría sido de ella si Somellera montaba el caballo ya ensillado y cabalgaba hasta Buenos Aires con los pliegos ofreciendo Diputados? Pero hasta ese momento en que su presencia indispensable pone en su verdadero curso los acontecimientos de la noche del 14 y de la mañana del 15 de Mayo de 1811, ya el insigne Prócer se había forjado una larga fama de sabiduría y prudencia, de honradez y firmeza, tanto más notoria porque tuvo que vencer dificultades que hubieran acabado con un espíritu débil.

En una ciudad pequeña como la Asunción del último cuarto del Siglo XVIII, pudieron pasar por alto las contra­riedades del estudiante en Córdoba, pero no, ciertamente, los obstáculos que se le opondrían en los comienzos de su carrera en la capital de su propio país, con un Provisor como Arroquia, que impugna su acceso a la cátedra.

Apoyado por el Gobernador Pedro Melo de Portugal, que encuentra que "de esta manera se estimulará esta juventud, siquiera con el premio de introducirlos en las nóminas", el Doctor Francia tropieza con la mala voluntad del tal Provisor, y tiene que ser su propio abogado, como parte afectada, en apelación ante el Virrey de Buenos Aires.

"Las razones de Francia triunfaron en esta instancia -anota José Antonio Vázquez-, obteniendo que la cátedra en cuestión sea libremente accesible al más capaz, mediante concurso. Es lo justo y el Doctor Francia se aviene a la competencia para hacer justicia al mérito. Su oponente es el Presbítero Doctor Francisco Xavier Bogarín- después  otro de los próceres de Mayo- y lo vence, halago legítimo al que se añade el alejamiento del Provisor Arroquia del Paraguayforzado por una serie de actuaciones desafortu­nadas.

Es fácil comprender el eco que tendría este suceso, cuan­do el 27 de Marzo de 1789 se produce su nombramiento como catedrático. Tenía entonces el Doctor Francia 23 años, y todavía faltaban 22 para la Revolución de Mayo.

Para nosotros, éste no es un simple episodio de la juven­tud del Prócer, sino el hito desde el cual se propulsa su vida pública, que se caracterizaría por tantas luchas y denuedos, hasta alcanzar la excelsa cima de su destino, de la cual sólo la muerte lo arrancaría, para transportarlo a la inmortalidad,

Por eso, y por lo mucho que habrá contribuido a distinguir la personalidad del joven preceptor, triunfante de impugna­ciones y oposiciones, nos parece oportuno consignar aquí el texto de la disposición del Gobernador Alós -sucesor de -dice-, y estando informado de concurrir las cualidades necesarias en la persona del susodicho Dr. Dn. José Gaspar de Francia, de Derecho le elijo, nombro e instituyo, en nom­bré del Rey Ntro. Señor (Dios le guarde), como Vice Patrono del Real Colegio, por Catedrático de Teología de Vísperas de sus estudios, para que como tal lea y enseñe la facultad y materias correspondientes a ella, con arreglo al citado plan de estudios, y con el sueldo que con la dotación de su cátedra debe gozar. Y mando a todos los estudiantes, colegiales y manteístas, que veneren su persona y veneren su doctrina como de Profesor y Maestro, y a todos los demás que le guarden los fueros, exenciones y preeminencias que le deben ser guardados por razón de su oficio".

Compartimos con José Antonio Vázquez que es una lástima "que no se halle el archivo del colegio para conocer quiénes fueron los alumnos de Francia en esta época, muchos de los cuales, sin duda, actuaron más tarde en la Revolu­ción"; pero tal vez sea más importante considerar la reso­nancia de su temprana fama, sobre todo en el consenso general, en la opinión pública de una sociedad y de un pueblo de vida pastoril y rural, en cuyo seno las novedades que partían de Asunción -y con mayor razón si de las altas es­feras- eran largamente comentadas, hasta resumirse en juicios que quedaban insertos en el sentir popular. Buen comienzo para un joven apenas adulto, que necesitaría más tarde apoyarse en sus propios antecedentes para la grande obra que le reservaba el futuro.

En los años siguientes comparte su tiempo entre las tareas de la docencia y el ejercicio de la profesión de abo­gado, relacionándose con gente de la más diversa condición, que aumenta el número de sus amigos y también inicia la cuenta de sus enemigos; pero el concepto extendido de su persona es óptimo; se le reconoce como un hombre sapiente y desinteresado, probo y justo . Sobre todo en los medios populares cuenta con generales simpatías, y nada autoriza a pensar que se desviviera por congraciarse. Hacía lo suyo con responsabilidad y seriedad, y esto pudo más que el humor maledicente y la pequeña intriga que -bueno es anotarlo­- serían las nacientes de la calumnia y la difamación, desata­das como torrentes en época posterior. Todo había comen­zado con aquello de negarle que fuera doctor, por cuenta de Arroquia; y también por eso otro, de que era mulato. Desva­necidas estas falsedades en públicas probanzas, aparecen otras que se centran en su carácter áspero y en su manera de vivir. pero son testimonios más bien dictados por la rivalidad y la competencia, que no perturban el creciente prestigio del profesor y abogado. No obstante, en el curso de la déca­da conoce un contraste: el Cabildo de Asunción se opone a que sea designadocomo Síndico Procurador.

Esto demora los progresos de su carrera, pero nada más, porque con los primeros años del siglo XIX le llegará la oportunidad de testimoniar su preocupación por la suerte del pueblo corriendo los riesgos de una acción política. "En 1804 - escribe Julio César Chaves- llegaron a tal extremo los abusos de Ribera (el sucesor de Alós) y de Espí­nola (su valido), que nació la idea de una conspiración. Pero por consejo de Francia se acordó enviar al virrey un memorial con las pruebas irrefutables de la mala conduc­ta de las autoridades. Este memorial se hizo llegar por con­ducto reservado y seguro a manos del Virrey Avilés". El éxi­to del empeño culminó al año siguiente, con la designación del último gobernador español, Bernardo de Velasco, y por supuesto, no hizo falta mantener en reserva la trama del cam­bio ni la identidad de los protagonistas. Esto acrecentó la con­fianza en los consejos del Doctor Francia, con los consiguien­tes efectos en el ánimo del pueblo, muy perturbado por las arbitrariedades de los compinches Ribera y Espínola.

En este punto son oportunas dos referencias al camino hasta aquí recorrido por el Doctor Francia, desde 1789. La primera es del Doctor Juan Rodolfo Rengger, que aunque escribió con posterioridad, se refiere a esa época: "Cuando de Córdoba el Doctor Francia regresó a su patria -dice- se distinguió por su valor a toda prueba. Jamás mancilló su mi­nisterio con una causa injusta; jamás trepidó en defender al débil contra el fuerte, al pobre contra el poderoso. Exigía considerables honorarios de aquellos que podían pagarlos, pero se manejaba con un raro desprendimiento ante los litigantes carentes de bienestar o que por pretensiones injustas de otros eran llevados a los juzgados". El segundo testimonio es también posterior, pero de un deponente de primera mano, como Rengger. Se trata de John Parish Robertson, que en una de sus famosas "Cartas sobre el Paraguay" incluye esta refe­rencia: "Volviendo (de Córdoba) a Asunción, que desde en­tonces nunca abandonó, ejerció su profesión. Y como agudo legista y elocuente abogado, pronto no tuvo competidor. Su integridad decidida le ganó el respeto de todos. Jamás defen­dería una causa injusta. Estaba siempre dispuesto para pa­trocinar al pobre y débil contra el opulento y poderoso". Se resistió, por ejemplo, a ejercer la defensa del Comandante José del Casal y Sanabria -tío de Fernando de la Mora-, preso en el Cabildo por graves delitos y dispuesto a cualquier paga; pero no trepidó en denunciar al Gobernador Ribera, por mandato de conciencia, para liberar al pueblo de sus abusos.

Así llegó después de casi veinte años de sólida reputación al primer gran triunfo de su vida, que también es la primera consagración del Doctor Francia del Pueblo, que en ese mo­mento ya ve en él la voluntad y el carácter que faltaban para los días premonitorios que se vivía. En Europa hacía crisis la Corona española con la invasión napoleónica, y en Asun­ción el Ayuntamiento -Cabildo, Justicia y Regimiento de la ciudad- recibía en su seno al Doctor Francia, elegido Alcal­de de Primer Voto y Diputado a las Cortes, en el mismo re­cinto donde diez años atrás se resolviera negativamente su postulación como Síndico Procurador.

Los acontecimientos de Europa se suceden rápidamente. Fuertes corrientes cruzadas complican el conflicto de Espa­ña y Francia. Inglaterra presiona sobre Portugal; Portugal transfiere esa presión a su fabulosa colonia del Brasil, y éste se insinúa fuertemente en la política del Río de la Plata, don­de empieza a pensarse en el cetro de Fernando como en buque abandonado a la furia de una tormenta inexorable. Se jura lealtad al capitán -en este caso el monarca cautivo-, pero se prepara el salvatajepara el caso de naufragio.

"El Cabildo de Asunción -escribe Julio César Chaves­- está juntoal de buenos Aires en la emergencia y Francia afirmaque no se separará de él. Se explica -sigue diciendo­- por elespíritu de cuerpo, por el prestigio de que gozaba el ayuntamiento porteño en el Virreinato por su actuación durantelas Invasiones Inglesas y quizá por la vinculación estrecha­de Martín de Alzaga con el comercio paraguayo". Sin des­preciar estas atinadas razones, agregamos por nuestra parte que vemos en la posición del Alcalde de Primer Voto, la cau­telay la prudencia que le son características y que a la vuelta de muy pocos años alcanzarán puntos cenitales en la nota del 20 de Julio y en el Tratado del 12 de Octubre de 1811, donde se combinan su genio político y su talento diplomático, para hacer avanzar sin ligaduras el proceso triunfante de la Revo­lución. "Se engañaría -dice la nota, dirigida a la Junta de Buenos Aires- cualquiera que llegase a imaginar que su in­tención (de la provincia) hubiera sido entregarse al arbitrio ajeno, y hacer dependiente su suerte de otra voluntad. En tal caso, nada más habría adelantado ni reportado otro fruto de su sacrificio, que el caso, el fruto de su sacrificio sería cam­biar unas cadenas por otras y mudar de amos". La alusión puede ser para Francia, para Inglaterra, para Portugal, pero también para Buenos Aires, que buscaba la subordinación de la Junta asuncena. Sin embargo, no se niega a la Unión. Pero con un lenguaje que más bien encuentra eco en la moderna Organización de los Estados Americanos, que en las aspira­ciones porteñas: "...su voluntad decidida (la del Paraguay) es unirse con esa Ciudad y demás confederadas no sólo para conservar una recíproca amistad, buena armonía, comercio y correspondencia, sino también para formar una sociedad fundada en principios de justicia, de equidad y de igualdad". En cuanto a las condiciones, apuntan, como se sabe, a la com­pleta independencia: gobierno propio sin intervención de Bue­nos Aires, mientras no se reúna un Congreso General, y aún después de éste, la libertad de la provincia para apartarse de cualquier reglamento o constitución mientras no sea ratifica­do "por una junta plena y general de sus habitantes". Por otra parte, supresión de las irritantes gavetas al comercio paraguayo. Y en cuanto al tratado del 12 de Octubre, no hace sino formalizar en un compromiso bilateral el contenido de la nota del 20 de Julio, con la firma de los comisionados de Buenos Aires en Asunción, el General Manuel Belgrano y el Dr. Vicente Anastasio de Etchevarría.

Mas no nos adelantemos tan a prisa. Si anticipamos la referencia a estos magistrales documentos de la Revolución, es solamente en el empeño de penetrar más a fondo en el es­píritu de su extraordinario artífice, el Doctor Francia, cuan­do hablaba de la unidad indisoluble de los Cabildos de Asun­ción y Buenos Aires. Es la prudente cautela, el ojo avizor, el oído atento, la mente vigilante de ese hombre extraordina­rio que, consciente de sus propias luces, oía sonar el río y tra­taba de establecer el caudal que traía, para dominarlo en el primer recodo de una crisis inminente. "La hora de la revo­lución estaba cercana -expresa Julio César Chaves- y en todo el Virreinato del Río de la Plata se sentía una extraña in­quietud; el espíritu de los criollos se fortalecía cada vez más a la vez que se desarticulaba la construcción colonial". Como Alcalde de Primer Voto había puesto su grano de arena al proponer en el Cabildo innovaciones que contrariaban el con­servadurismo pacato de la mayoría de sus miembros, pero que satisfacían al pueblo, que respiraba con un aliento nuevo, todavía impreciso, mas ciertamente propio como nunca.

El año de 1810 transcurre para el Doctor Francia alejado de toda función. Sin embargo, en ese año se registraría un nuevo avance de sus ideas, un avance concreto y preciso que se explicapor las nuevas circunstancias y por las experien­cias recientes, y que visto a la distancia de tantos años, parece, más que un anticipo de la Revolución de Mayo del año siguiente, la intuición del Congreso de 1813, fundador de la Re­pública

El 25 de Mayo de 1810 se produce la revolución de Bue­nos Aires, que substituye al Virrey Cisneros por una Junta. La noticia hace impacto en Asunción, donde con toda lógica se espera las consecuencias. El Doctor Francia no se inmuta; como vinieron las cosas, era lo previsto. Pero cuando Velasco y el Cabildo convocan a un Congreso General el 24 de Ju­lio, "para decidir la suerte de la provincia" contra la acción inmediatade la Junta porteña, el hombre del llano, que había vueltoa sus libros y a sus expedientes, concurre a dar su opi­nión y su voto: "El gobierno español ha caducado en el con­tinente".

El rumbo que imprimió este voto a los aconteceres de los años subsiguientes, desde la Revolución del 14 y 15 de Ma­yo de 1811, fue más decisivo cada vez, y culminó, como diji­mos, en el Congreso de 1813, que con el voto de más de mil diputados, representantes de la voluntad soberana del pue­blo, estableció el gobierno del Consulado para la República del Paraguay. Pero en el momento de emitirlo el Doctor Fran­cia, faltaban todavía diez meses para el Movimiento Eman­cipador; diez meses durante los cuales los vasos comunican­tes de la inquietud revolucionaria pasarían muchas veces por Ybyray, buscando el consejo de quien tantas pruebas había dado ya de su identificación con la causa del pueblo como quiera que se manifestara. Así ocurriría con la invasión y derrota de Belgrano, que tras la rendición de Tacuary, por extraña generosidad es autorizado a repasar el Paraná con toda su gente, armas y bagajes. El Doctor Francia alimenta con lógica de hierro la desconfianza que desde la primera no­ticia suscitaron los arreglos amistosos de Cabañas con el ge­neral porteño. No intriga; critica duramente, advierte, pre­viene, y se vale de sus amigos en el Cabildo para que sean exigidas las debidas explicaciones que el pueblo reclama so­bre el insólito suceso. Nunca se supo de cierto la causa; pero el Doctor Francia, fiscal de la opinión pública por el sólo im­perio de su autoridad. moral y de su ejemplo, escala otro pel­daño en la admiración popular.

En este clima, la Revolución, pensada para más tarde, se precipita la noche del 14 de Mayo, a tiempo de evitar su fra­caso. Omitamos sus detalles, por conocidos, resarciéndonos con este párrafo exhaustivo de Julio César Chaves: "Caballe­ro e Iturbe -escribe él- resuelven dar el golpe esa misma noche, contando con la complicidad del oficial de guardia del cuartel, alférez Mauricio José Troche. ¿Pero quién los di­rige en la emergencia, jóvenes e inexpertos oficiales como eran? Cabañas se hallaba en las Cordilleras y  Yegros en Ita­púa; con los coroneles Gracia y Gamarra no se cuenta. Caba­llero debe haber pensado en el Doctor Francia, el primero entre los paraguayos por su talento, su capacidad. Mariano Antonio Molas, actor en los sucesos y hombres estrechamen­te vinculado a los próceres, cuyo testimonio es intachable por muchos motivos, dice: "Se le habló al Doctor José Gaspar de Francia, quien conviniendo en dirigir la empresa, instru­yó el plan que se había de ejecutar". La dirección del Doctor Francia fue reconocida en varios documentos por los próce­res muy luego de la revolución".

Este reconocimiento, como todos saben, se produjo a raíz del primer retiro del Doctor Francia de la Junta. Yegros, Caballero y de la Mora le escriben los primeros: "Nos felici­tamos en no mirar con indiferencia una obligación por la que ninguno está exceptuado en suplicar, rogar e instar a Ud. a fin de que(pospuesto todo resentimiento), sigamos nuestra grande obra.  Biensatisfechos de la grandeza de su corazón, no tememos caer enla nota de temerarios en la presente súplica y siendonuestros conocimientos muy inferiores a nues­tro celo, no  hemos encontrado otro medio de satisfacer éste que hacerver a Ud. que es menester echarle timón al bajel que la presenteignorante borrasca arrebató. De lo contrario, Se perdióPatria y todo. Sus siempre afectuosísimos y apasionadoscompañeros".

De la carta del Comandante del Cuartel, Capitán Antonio Tomás Yegros, veamos sólo un párrafo: "No sea Ud. el pri­mero que me abandona. Yo siento mucho abandonar a los demás individuos y siento más no entrar en el Cuartel -en donde hemos recibido la preciosa libertad- a enseñar la subordinación, pero viendo que sin Ud. no ha de haber cosa con cosa en el Gobierno y menos me he de yo sostener, no he po­dido menos que hacer lo que hice, confiando en que Ud. me dará la mejor solución como igual amante de la Patria por la que deseo morir bajo sus sabias direcciones".

Fray Fernando Caballero le expresa que "del juicio y ta­lento de Ud. no puedo persuadirme que quiera abandonar los asuntos públicos e intereses de nuestra patria, que pendían de su buena dirección en sus principios y mucho más de­penden de Ud. para su feliz conclusión. Yo le considero un sujeto capaz de preferir el bien público, que está pendiente de Ud., a otro cualquiera interés particular. De mi parte le ruego con todo el afecto que le profeso, no defraude a esta Junta de Gobierno de su presencia y de influir con sus luces, como lo ha hecho hasta aquí".

Pedro Juan Caballero le escribe otra carta, que firma él solo esta vez: "Su retirada a esa su chácara me ha llenado de sentimiento, así por el afecto particular que le profeso, como porque las grandes obras interesantes a nuestra patria y bien público que se han empezado a establecer con su particular influjo y dirección, tal vez no se podrán llevar a su perfección".

Otra vez el Comandante del Cuartel Antonio Tomás Ye­gros, considera el asunto en reunión de oficiales: "Es notorio -documenta- que el pueblo está conmovido. Dicho pueblo puede recibir mayores perjuicios y quizá su desolación por la separación del miembro más útil de la Junta de Gobierno, el Señor Doctor Vocal y Diputado Don José Gaspar de Francia, de lo que resulta no haber entera satisfacción en el despacho". La amenaza de una insurrección es evidente.

El Cabildo en pleno también se pronuncia: "Haremos las más activas diligencias por escrito y de palabra -hacen cons­tar los cabildantes- a objeto de persuadir al Señor Vocal Dr. Don José Gaspar de Francia para que vuelva a ejercer su car­go en esa Junta". Con el Corregidor Carlos de Isasi le hacen llegar una nota que resume la situación: "El Cuartel General y el pueblo claman porque usted venga a incorporarse a la Junta Superior Gubernativa. Y este Cuerpo del Cabildo se lo suplica con las mayores veras del afecto que le profesa, por­que cree firmemente que en la presente angustia y tormenta que amenaza, apareciéndose usted aquí en el lugar que le to­ca, será el iris que todo lo serene y aplaque, y así reiteramos nuestro ruego con el mayor encarecimiento para que venga inmediatamente".

Sobre la solución de esta primera crisis, que se produjo al mes y medio escaso de constituida la Junta, Julio César Chaves escribe: "Bajo la dirección del Ayuntamiento trataron los militares y Francia, quien ponía sus condiciones. Se halla­ban enfrascados en sus discusiones cuando una noticia venida de Buenos Aires aceleró la reconciliación. La Junta de Bue­nos Aires había designado a Belgrano y Etchevarría como plenipotenciarios ante el gobierno paraguayo. La posibilidad de que el destino del Paraguay se sellase sin su vigilante intervenciónmovió al ausente a volver al gobierno". Así se po­ne el DoctorFrancia en posición de ser el gestor principal del Tratado del 12 de Octubre, cuya resonancia política será mucho mayor que su eficacia económica, por causas de todos. Allí queda planteada la tesis de la Independencia en términostales que la conducción política de su artífice irá acentuando y complementando en los años siguientes.

Pero, en esta etapa, no lo hará tanto desde el poder co­mo desde el llano, pues a mediados de Diciembre de ese mismoaño de 1811, el Doctor Francia se retiraba otra vez de la Junta por graves discrepancias con sus colegas. Ya había sido exonerado el Doctor Bogarín, y ahora, faltando él, sólo quedaban tres de los cinco miembros que debían integrarla. Se­gún él sólo un Congreso podía restaurar la normalidad del Gobierno y examinar la marcha de la Revolución, para dar­le el contenido y las instituciones más adecuadas. Otra vez citamos a Julio César Chaves: "Revolucionario de ley, pro­pugna la necesidad de obrar con mano de hierro, promover reformas, radicales y una transformación profunda en lo po­lítico, en lo social y en lo económico".

Lo que queda de la Junta, le acusa de divisionista, pero el pueblo, que hacía comparaciones y miraba con desagrado la ligereza y hasta la holgazanería de figuras relevantes del poder, encuentra nuevos motivos para seguir a esa voluntad dominante, que sabía estar en lugar oportuno en el momen­to necesario, para marcar rumbos y servir de guía.

El primer aniversario de la Independencia no encuentra al Doctor Francia en los festejos oficiales, pero algo más sig­nificativo se produce. El Padre José Agustín Molas llega a la chácara de Ybyray con una carta del Comandante Antonio Tomás Yegros: "Mi venerado señor -dice en ella-         El Ca­pellán portador de ésta, se ha comprometido ir a esa suya con un oficial, a hacerle presente lo que se acordó hoy sobre su venida de Usted, entre todos los oficiales y la Junta. Rom­pa usted, pariente, esa media dificultad, y si realmente ama a su Patria ha de amanecer en ésta". Sobre esta carta, José Antonio Vázquez comenta: "En efecto, los oficiales habían acordado que el Comandante Antonio Tomás Yegros, her­mano del Presidente de la Junta, Fulgencio Yegros, en nom­bre de todos ellos pidiese al Gobierno la restitución de Francia en homenaje al primer aniversario de la Revolución".

El Doctor Francia sabe que la necesidad que hay de él no es circunstancial, y sabe esperar, como también sabe calmar la, ansiedad de quienes lo reclaman, con oportunas palabras que les incitan a mantenerse calmos en esa posición. "Diga Usted a los oficiales que en todo tiempo y en cualquier coyuntura por desgraciada que fuese, los acompañaré como el más seguro amigo".

Pasa el resto del año, mediados de Noviembre, para que se dé la coyuntura del regreso. "Tenía que transcurrir to­davía algún tiempo -apunta Julio César Chaves- y agudi­zarse los síntomas de la subversión para que el ausente tornase a su puesto en el puente de mando. Su vuelta es impuesta por las dificultades internas y externas. En el país reina la anarquía y los hombres de gobierno perdían su tiempo en pequeñeces".

La presión es grande y lo que queda de la Junta -Yegros y Caballero solamente, desde la expulsión de De la Mora­-baja el tono que en el anterior mes de Diciembre había sido amenazante e intimidatorio . En nota del 12 de Noviembre, que firman ambos, le dicen que "Si las exigencias e intereses de la Patria han podido hasta aquí mirar con disimulo la ausencia y separación de Usted de esta corporación y Junta de Gobierno, en el día, los mismos intereses, con la variación de circunstanciasy urgencias en que actualmente se ve, exigen imperiosamente la pronta reunión e incorporación de usted. Y selo prevenimos para que en su inteligencia trate la mayor brevedad de reunirse a este Gobierno, para que, como uno de sus miembros, sufrague y concurra con sus luces y conocimientos al servicio de la madre Patria, a cuya sombra se lo encargamos estrechamente".

El Doctor Francia impuso sus condiciones -paridad en el Gobierno con sus colegas y refuerzo de los medios de la defensa- y volvió a reunirse con Yegros y Caballero. "La presión pública, la influencia de los factores morales, le tra­jeron de Ybyray a la casa de gobierno" -dice Chaves, que apunta esto más: -"Su vuelta al gobierno había sido un reconocimiento tácito de su capacidad. Consiguientemente, su influencia creció, mientras declinaba la de Yegros  y sus compañeros". Un hombre solitario, que de los factores de poder sólo cuidó uno, la adhesión popular, que no se compra sino se gana, volvía engrandecido por su firmeza, para sos­tener la Independencia que de varias maneras seguía amenazada.

En el año de 1813, la figura del Doctor Francia sigue creciendo en busca de su talla definitiva. Fechas culminantes son las del Congreso que inicia sus deliberaciones el 30 de Septiembre y las concluye el 12 de Octubre, aclamando el proyecto de reglamento de gobierno que presentan el Doctor Francia y el Teniente Coronel Fulgencio Yegros, y eligién­dolos para los nuevos cargos. En él se establece el gobierno alternativo por cuatrimestre de dos Cónsules, salvo en algu­nas materias de gestión compartida. Estos Cónsules lo son de la República del Paraguay, la primera del sur, una e indi­visible. El genio del antiguo Alcalde de Primer Voto ha completado gloriosamente la evolución de su pensamiento político sobre el destino del Paraguay, tan independiente de España como de Buenos Aires, porque definitivamente "el poder español ha caducado" y también porque la Revolución Libertadora de Mayo no se ha hecho para "cambiar unas cadenas por otras y mudar de amos". Por eso, tarea princi­pal del nuevo Gobierno será la "Conservación, seguridad y defensa de la República con toda la vigilancia, esmero y acti­vidad que exigen las presentes circunstancias". Esta era la respuesta final a los insistentes comisionados porteños para obtener el envío de Diputados a Buenos Aires.

Un año dura este Gobierno, con los resultados previsibles por todos los antecedentes de los Cónsules: la exaltación del Doctor Francia a un liderazgo incontrastable, y el eclipse de Yegros. El Congreso había decidido reuniones anuales, y el de 1814 substituyó el Gobierno del Consulado por la Dic­tadura temporal, nombrando a aquél para el cargo. Dos años después, en 1815, otro Congreso instituyó la Dictadura per­petua, confirmando la elección del Doctor Francia, como ser sin ejemplo, para esa grave y extraordinaria responsabilidad, en cuyo andamiaje los soportes fundamentales se amarraban fuertemente a la preocupación absorbente de la Independen­cia nacional y la seguridad de la República "Primum vívere, deinde philosophari".

No cabe en nuestro propósito hacer un balance de la dictadura del Supremo, que para ser justo tendría que ser completo y no cabría aquí. Pero tampoco podemos subs­traernos al tema, que es fundamental para seguir las huellas del Doctor Francia del Pueblo, en su denso y dramático reco­rrido hasta el 20 de Septiembre de 1840. Que fue duro e inflexible hasta consigo mismo, no cabe ninguna duda; pero la leyenda negra desfiguró muchos hechos, exageró otros, o los inventó, y le restó su comprensión a la rigurosa empresa en que volcó su existencia hasta el último aliento. En dimensión amplificada hasta todos los extremos, es más o me­nos lo mismode que se quejaba Vicente Ignacio Iturbe, en carta que le escribiera allá por 1815, pidiéndole su retiro de las armas: "Mucho tiempo ha -le decía- que he observado con dolorcierta especie de disgusto y despego a mi persona en la mayor parte de los oficiales, el que ha pasado a desafecto o no sé si a odio declarado. He llegado al extremo de vermeinsultado públicamente, sin quedarme otro arbitrio que, o postergar mi honor y buen nombre con un silencio criminal, o valerme del derecho de la fuerza que prescribe la naturaleza a todo hombre, entre cuyos dos extremos vacila hoy mi imaginación indecisa. No sé, Excelentísimo Señor, a queatribuir el período en que me contemplo. Los papeles insultantes, las confabulaciones denigrantes y las inicuas per­secuciones de los enemigos comunes de nuestra sagrada causa contra mi persona, no traen, sin duda, otro origen que el odio general que activara a sus pérfidos corazones". Des­carta Iturbe el que pueda inspirar a los extranjeros, españo­les y porteños, por los que expresa un total desprecio, y cen­tra  su queja contra los compañeros del Cuartel. "Pero la enemiga declarada contra mí -expresa- de mis compatriotas, de mis colegas en el cuerpo militar, de aquellos que han hecho estribar la grada de sus ascensos sobre el sostén que yo aguanté sobre mis hombros desde el principio a costa de indecibles fatigas, con riesgo eminente de mi vida, de aque­llos cuyos méritos acaso los ostentan abultados más allá de lo que se merecían a fin de verlos colocados en los primeros asientos del honor, de aquellos a quienes, postergándome a mí mismo, les abrí paso para una brillante carrera, de aque­llos, finalmente, que por mi medio se vieron colocados antes de entender el motivo ni el fin de nuestra feliz revolución; esta enemiga, repito, es la que me hace desvariar, es la que me oculta absolutamente sus principios, es la que totalmente confunde mis alcances y se oculta a mi penetración, es por último, la que me hace temer todo lo que es acequible a una furia desenfrenada, único móvil, a, mi ver, de tales operacio­nes". Algo de esto ha dicho varias veces el Doctor Francia, pero con el lenguaje del jefe superior, que domina sus emo­ciones y resuelve y se resuelve en las emergencias.

Con estos pensamientos paralelos pueden interpretarse los problemas políticos de su Gobierno, hasta el más grave: la famosa conspiración de 1820. Que la conspiración existió, ya no lo niega nadie, como tampoco que a los factores in­ternos se añadieron factores externos y un cúmulo de cir­cunstancias fatales. Pero no fue una conspiración que con­tara con el pueblo, de cuyo seno vino, en cambio, la delación por diversos conductos. Los conspiradores eran otros: "bri­llantes apellidos" que se veían arrinconados, "políticos en obligadas vacaciones", realistas, federales, unitarios. 'Tam­bién lo eran comerciantes y hombres de fortuna:, contrariados por la reseción de sus lucros y privilegios. Eran todos des­plazados por los rigores del cambio y, en el mejor de los casos, hijos de la Revolución, que fueron devorados por ella, cuando aplicó sus máximas defensas para subsistir en el rumbo ya trazado. 'Casi toda la juventud dorada intervino en la conspiración de 1820 -dice Julio César Chaves-; pero la juventud dorada no se refiere a la inmensa mayoría del pueblo, "a las clases inferiores, a la chusma", como califi­caba el conservadorismo anquilosado, sino a esos otros que cargaban sus contrariedades y eran atizados a desbordarse con ellas. El asesinato del Dr. Francia, pareció la solución más directa; pero cuando se descubrió la conjura, los atra­pados en ella alcanzaron un rayo de esperanza de salir con bien de la aventura mediante auxilios de afuera. Historia­dores serios dicen esto, citando la esquela de Ramírez para los conspiradores, que llega tardíamente, cuando éstos ya estaban en prisión, lo que acelera los procesos, que estaban demorados, con la drástica solución que ensangrienta una página de nuestra  historia. La memoria de los próceres que cayeron es sagrada, como es sagrada la memoria del prócer que hasta los últimos extremos, defendiendo con celo implacable una causa igualmente sagrada: la Independencia del Paraguay, que no tendría la dicha de ver reco­nocida siquiera  por aquellos estados que más prevenciones le inspiraban,  para morir en paz.

Un acucioso revisionismo histórico ha desalojado la truculencia de la leyenda negra en este caso capital, como en el asilo de Artigas o en el de la prisión de Bompland, que tan malignas y extensas especulaciones inspiró a los detractores del Doctor Francia. Pero ese revisionismo nada tiene que enmendar sino añadir en cuanto a la consolidación de la Independencia nacional y a la defensa de la soberanía, lo mismo que respecto de la unidad del pueblo en la paz y en la seguridad,a salvo de la anarquía y de las sangrientas que­rellas circundantes. Rigor por rigor, sangre por sangre, el Paraguay del Doctor Francia puede mirar de frente el proceso de la emancipación continental, sin culparse de barbarie.

Antes bien, son muchos los ejemplos que lo ponen en una cima esclarecida, porque realiza sus grandes objetivos por sí mismo, con inspiración propia y sobre todo porque le asiste una creciente sensibilidad popular para entusiasmarse con los deberes del patriotismo, como fuente primera de toda libertad.

El pueblo lloró largamente la muerte de "su" Doctor Francia, el Supremo; su duelo fue sincero, como fueron sinceros los cuidados que puso el prócer para darle una tra­bazón y una moral que garantizara su porvenir. Esto se pone a prueba cuando cierra los ojos para siempre. El vacío de poder no puede nivelarse con cualquier cosa, y en esa vaci­lación todo parece propicio al desencadenamiento de la anarquía; pero el orden interior, un orden más bien anímico, de contenido espiritual, sostiene las compuertas desguarnecidas, hasta que otro titán les pone seguro con la consigna de seguir adelante. Había comenzado el tiempo de Carlos Antonio López, que con genio propio y en otras circunstancias sembraría y cosecharía abundantemente las semillas de La Revolución de Mayo, tan celosamente fertilizadas por la voluntad heroica de José Gaspar de Francia.

 

 

 

FACTORES ECONÓMICOS DE LA TRIPLE ALIANZA

 

Quienes hayan considerado superficialmente el acento patriótico del sentimiento popular en el Centenario de la Epo­peya Nacional, extendido a todas las capas sociales y a todo el país, pueden haber equivocado en sus conclusiones, extrayendo de las apariencias una nostalgia belicista, que los pa­raguayos están muy lejos de sentir.

La raíz de ese sentimiento, magníficamente interpretado por el Gobierno en el marco solemne de las conmemoraciones, tiene un significado más profundo, más permanente y mas constructivo. Obedece a un impulso vital de la misma nacionalidad, que identifica la Epopeya de 1864-70 con la salvación de la Patria, como cifra independiente y soberana.

En este sentido, insistir no es repetición. Para los pa­raguayos, la Diagonal de Sangre, desde ltá Pirú hasta Cerro­ Corá, constituye el capítulo culminante de la emancipación política del Paraguay, y la inmolación del Mariscal Francis­co Solano López fue la rúbrica sangrienta de un proceso de antigua data, en el que se jugaba la existencia del Paraguay.

En el fondo están las cuestiones limítrofes heredadas de la época colonial, española y portuguesa. Cuestiones que en la hora de la emancipación de los pueblos, situaron al Paraguay entre dos colosos territoriales, igualmente dispues­tos a considerarle formando parte de ellos, en proporciones cohonestadas con los datos de la geografía y, particularmen­te, con el importante sistema fluvial de la región, sobre el cual-por añadidura- presionaban intereses económicos extracontinentales.

En consecuencia, desde los albores de la vida independiente, el Paraguay se vio constreñido por dos corrientes opuestas, que se motivaban en ambiciones territoriales. Una, que descendía en sentido sur-sureste, la brasileña, y otra, que ascendía en sentido nor-noreste, la argentina. No nos detendremos a examinar las alternativas de esta situación, desde los tiempos del Doctor Francia y de Don Carlos Antonio López, que son de sobra conocidas; pero aquí es oportuno destacar que si los problemas limítrofes eran graves y presagiaban días dramáticos antes de llegar a una solución, tanto más se agravaron cuando consideraciones políticas y factores económicos, más de la época  que del pasado colonial, vinieron a gravitar críticamente contra el estatu quo que permitía ir postergando  la definición final de las fronteras, hasta encontrar una oportunidad de mayor comprensión  y de intereses mejor equilibrados, que favorecieran tratos justos y equitativos para todos los países interesados, el Paraguay, el Brasil y la Argentina.

Esas consideraciones políticas y esos factores económicos, fueron documentadamente denunciados por historiadores de la corriente revisionista, especialmente en el Río de la Plata.  Y  contemporáneamente con los acontecimientos, des­de los prolegómenos de la T'riple Alianza, tuvieron como sus más resueltos enemigos a quienes entendieron la guerra con­tra el Paraguay como una afrenta a la causa de América. (*)

(*)La tesis que estudia el origen de la Guerra de la Triple Alianza a la luz del factor económico es sostenida por Eliseo Reclús, Pelham Horton Box, Rostovsky, Natalicio González, Raúl Scalabrini Ortíz, José María Rosa, Atilio García Mellid,León Pomer,Vivian Trías y H. Sánchez Quell. Este último llama a Gran Bretaña “El cuarto aliado de la Triple Alianza”.

 (Nota de los Editores)

 

''Dentrode la filosofía de la época -escribe el historiador argentino Giménez Vega- el Paraguay purgaba, con la difamación su progreso, como Francisco Solano López, aplau­dido en el 59, mediador de los partidos políticos "en las puertas de Buenos Aires", era ahora "el hombre abomina­ble”. Y ubicando la coalición de intereses contra elParaguay,  este autor expresa.: "Psicológicamente laTriple Alianza pertenece a las gestiones realizadas por una generación de intelectuales que aceptaron el credo iluminista de  la economía fisiocrática, que substituyó el concepto eterno de grandeza,  por el mezquino de riqueza" (1) .

Por su parte, José María Rosa, otro autor argentino, tam­bién  revisionista, por supuesto, señala irónicamente que "el Paraguay de López era un escándalo en América" .Y explica, en el  mismo tono: ”Un país bastándose a sí mismo, que na­da traía  de Inglaterra y se permitía detener a los  hijos de ingleses, como en el caso Canstatt con el pretexto de infringir las  leyes del país, debería necesaria y urgentemente ponerse a la  altura de la Argentina de Mitre". (2)

Arturo Jauretche, también argentino y también revisionista, mirando el proceso desde el punto de vista histórico, o  mejor dicho, cuando ya se ha escrito "la historia de los vencedores" -en la feliz expresión de algún disconforme con ella -, señala lo que ocurre con los hechos consumados: "Pero entonces-escribe- ya la falsa historia comienza a fun­cionar no sólo por la desvirtuación del pasado, que sería explicable (como visión parcial de una bandería, aclaramos), sino como un sistema destinado a mantener esa desvirtuación y prolongarla en los hechos sucesivos, imponiéndola pa­ra el futuro por la organización de la prensa y la enseñanza, de la escuela a la universidad, una dictadura del pensamien­to, esa que señala Alberdi, que hiciera imposible esclarecer la verdad y encontrar en el pasado los rumbos de una polí­tica nacional". (3)

Con esta advertencia, Jauretche va a la carga en la mis­ma línea de los tres autores citados: "Esto era -expresa-una exigencia de la estructura económica que se creaba por la aplicación lisa y llana del liberalismo económico, que coin­cidía en esos momentos con los intereses de la dominación de Gran Bretaña, pues su fundamento era la división internacional del trabajo". Conforme al esquema de tal división, este autor nos dice que "el destino del Río de la Plata -com­prendida, claro está, la región de su influencia- era ser "proveedor de materias primas". Para confirmarlo, recuerda que Canning había puesto en acción el pensamiento de Cobden: "Inglaterra será el taller del mundo y la América del Sur su granja". (4)

Perfiladas estas posiciones, y antes de seguir adelante, es oportuno recordar muy rápidamente la situación del Paraguay en esa época, y más precisamente en 1862, cuando a. la muerte de Don Carlos Antonio López (10 de Septiembre), le sucedió en la Presidencia de la República su hijo Francisco Solano, que ostentaba el grado de general y había sido ins­tituido Vice-Presidente. Para el efecto, nada mejor que valernos de estos mismos autores, cuyo testimonio tiene el mé­rito de la posición revisionista como un imperativo de la verdad, y el valor especial que les otorga el hecho de su na­cionalidad.

Tal el caso del argentino José María Rosa, quien sobre el particular nos dice que "el Paraguay era rico, riquísimo. Sus inmensos yerbales y tabacales abastecían la mayor parte del consumo del sur del continente, y sus maderas valiosas se exportaban a Europa, donde alcanzaban alta cotización. Eran bienes del Estado en su mayor parte, pues la propiedad par­ticular era, escasa en esa inmensa república que pasaba de millón y medio de habitantes, la misma población de la vecina República Argentina. La tierra era pública en su casi totali­dad, arrendándose en lotes. Los pocos propietarios eran pa­raguayos nativos, pues la ley impedía a los extranjeros el dominio del suelo; el comercio exterior (exportaba por millón y medio de pesos anuales, mientras importaba sólo ochocien­tos mil) era exclusivo monopolio del Estado". (5)

Claro que no es éste un cuadro librecambista, como hubiera sido del agrado de los liberales europeizantes de la época y de  sus mandantes, las potencias capitalistas de Eu­ropa especialmente Inglaterra; pero razones había para ello, cuando portantos motivos pasados y presentes de las cinco décadas transcurridas desde la Revolución de Mayo, lo prin­cipal seguía siendo la vida misma de la nación, permanente­mente  rodeada de acechanzas, por sus tierras, por sus ri­quezas y hasta por las complicidades de algunas minorías usufructuariasde viejos privilegios coloniales.

Además, la anarquía circundante, especialmente la del Río de la Plata, y la experiencia de los problemas suscitados a  propósito o con el pretexto de intereses extranjeros, recomendaban mucha cautela en ese sentido. Tampoco debe ol­vidarse  la influencia de Buenos Aires sobre el elemento español, y aún sobre ciertos grupos de la propia sociedad pa­raguaya-los que se autodenominaban los "emigrados", - que provocaban una desconfianza, tanto más explicable to­mando en cuenta la resistencia que se había opuesto duran­te largo tiempo al reconocimiento de la independencia del. Paraguay, los problemas territoriales pendientes y la presión de potencias extracontinentales sobre los países vecinos, de las que tampoco se había librado nuestro país.

Hechas estas aclaraciones, retomemos el juicio que le merece a José María Rosa la situación nacional dos años an­tes de la guerra: "En consecuencia de una balanza comercial favorable - expresa - entraba oro por setecientos mil pe­sos anuales en las cajas de la República por el solo rubro del comercio exterior. Esa riqueza se traducía en mejoras que hacían del Paraguay el Estado más próspero de Sudamé­rica". Cita el autor la construcción del ferrocarril, "la nu­merosa flota mercante que paseaba la bandera tricolor por los ríos y mares", menciona el proyecto de "una línea de bu­ques a vapor entre Asunción y Londres, con escalas en Bue­nos Aires, Montevideo ,y Río de Janeiro", y el servicio telegráfico de la línea que se había extendido entre la capital Humaitá y Paso de Patria, que mantenía estrechamente comunicado todo el litoral del río Paraguay hacia el sur. Y, naturalmente, ninguna de estas empresas - como las riqueza, del país - eran explotadas por concesionarios extranjeros sino por el Estado paraguayo, en beneficio total del país.

Para estas obras, que hoy llamaríamos de desarrollo, el Gobierno de los López - primero del padre y luego del hijo - contrató un importante grupo de técnicos europeos que, al mismo tiempo de prestar sus servicios, formó un nume­roso y avezado personal paraguayo. Estos técnicos, que estaban contratados por el Gobierno, participaban de acuerdo con su idoneidad en la realización de proyectos nacionales, encarados con criterios de interés nacional, y el predicamen­to que muchos de ellos gozaron tanto con las autoridades como con el pueblo, descarta toda idea de xenofobia y de chauvinismo. Ni odio al extranjero, ni sobreestimación de lo nacional. Sencillamente patriotismo -para promover el biencomún, incorporando a la vida del país los adelantos más modernos de la época, sin maniatar con ello; ni las riquezas, ni el trabajo de los paraguayos, ni el desenvolvimiento autonómico de la República. Todo lo contrario; facilitando que esos factores se combinaran en fórmulas propias del país, para elevar el bienestar general, material y espiritual.

Otra cita de José María Rosa nos informa con visión re­visionista y con perspectiva global, si aquellas eran "obras materiales" solamente, o si trascendían a los planos del es­píritu, para consolidar la independencia política con el de­sarrollo económico y con el progreso social, en los térmi­nos más actuales de estos conceptos.

"La afluencia del dinero ha modificado a Asunción - dice nuestro autor. - En 1862 es una ciudad moderna, de calles bien delineadas y cuidada edificación, sin perder su fisonomía tropical: el Teatro, el Club Nacional, el Oratorio de la Virgen, construidos por el arquitecto italiano Ravizza,contratado por el inglés Taylor, que lucía esculturas de pie­dra debidas  al cincel de Moyniham, son de belleza severa. Perotambiénha crecido en cultura, a pesar de que desde los tiempos misioneros había sido una tierra "donde todos saben leer y escribir". Gracias a los desvelos de Don Car­los, la instrucción media y superior se ha desarrollado considerablemente; la Escuela Normal fundada por el español Bermejo, es un modelo en América: se hacían estudios in­tensivos de gramática, matemáticas, historia, lógica, catecis­mo; en la (Escuela) de Matemáticas de Pedro Dupuy se profundizaba­ el conocimiento de las ciencias exactas, en el ColegioSeminario del padre Maíz se daban lecciones de Filosofía y Teología. Si corta vida tuvo el Aula de Derecho creada por Juan Andrés Gelly, más tiempo sobrevivió la Aca­demiaForense de Zenón Rodríguez. Dos escuelas de niñas regenteadas por Eduvigis de Riviére y Dorotea Duprat edu­caban a las mujeres paraguayas. Y la escuela de Impreso­res y Litógrafos de Carlos Riviére impartía una, inapreciable enseñanza profesional".“No terminaba en la Escuela Normal ni en el Semina­rio la Academia Forense o la Escuela de Matemáticas, la educación de los jóvenes paraguayos. Quienes se habían distinguido en ellas, eran mandados por el gobierno a perfeccio­nar sus estudios de derecho, medicina, ingeniería o humanidades en las universidades europeas. Por una ley de 1858, diez y seis jóvenes optaban anualmente a las becas"."Paraguay carecía de deuda exterior. Y por su inmensa riqueza la emisión de 200.000 pesos en papel, sola moneda circulante, se mantenía a la par (5,10 francos por cada pe­so paraguayo). Era un modelo en América la República  Paraguaya, donde la vida era sumamente fácil con la sola con­dición de haberse tenido la dicha de nacer allí, y de prestar en forma de trabajo manual, de labor intelectual o de ta­reas militares, su parte de servicio a la comunidad". (6)

Hasta aquí la cita del argentino Rosa.

Vayamos ahora al otro extremo de la geografía, y quizá de las líneas ideológicas, para corroborar nuestros datos. Busquemos en el inglés Pelham Horton Box, cuya obra re­quiere ser leída con mucho cuidado y con firme orientación, para que no nos sorprendan los remansos de sus criterios amarrados a Londres, y veamos lo que dice, y sobre todo lo que debemos entender en lo que dice, después de conocer las opiniones precedentes.

"El liberalismo filosófico de los unitarios - liberales argentinos-, era forzosamente considerado por la dinastía, de los López como una infección peligrosa, de la cual había que preservar al Paraguay a cualquier precio. Los porteños de­volvían el cumplido con presentar al país que había sido el primero en construir un ferrocarril en esa región de Sud América, como una bárbara terra incógnita, poblada por salvajes hiperbóreos. Las grandes realizaciones de los go­biernos paraguayos bajo Francia y Carlos Antonio López, consistentes en mantener el orden interno y la paz exterior, en fomentar la agricultura y el desarrollo económico, en or­ganizar hasta un sistema educacional abocetado, mientras la Argentina, el Uruguay, por un tiempo el Brasil y la mayo­ría de los otros Estados se convulsionaban en desesperadas guerras civiles y se debatían en lo que semejaba ser una condición de guerra civil endémica - todas esas realizaciones, repetimos, sólo raras veces fueron justicieramente evalua­das, pues sus monumentos conmemorativos han desapareci­do como la Arcadia Jesuítica". (7) En el caso de ésta -acla­ramos nosotros- con la expulsión de la Orden, y en el caso de aquéllos con la destrucción del Paraguay por la Triple Alianza.

Después de otras consideraciones, Horton Box extrae la conclusión de que” entre los liberales de Buenos Aires y el extraño y formidable gobierno del Paraguay no podía ha­ber, en último análisis, verdadero apaciguamiento; tratába­se de un conflicto fundamental de principios. Los reaccionarios­  del Río de la Plata consideraban cada vez (más) al Pa­raguay como  el último baluarte contra la revolución libe­ral.” (8)

 

No queremos ser tildados de parciales, y mucho menos de abrigar sentimientos antiargentinos, de modo que debemos explicar por qué nuestro enfoque insiste en el Río de la Plata, con preferencia en Buenos Aires, mientras citamos menos  al Brasil, cuya influencia fue decisiva en la Alianza, y apenas  al Uruguay, que no le tocó en suerte sino uncirse al carro delas intervenciones de sus vecinos en su política ex­terior. Esa explicación surgirá naturalmente al fin de estas  páginas, corroborada por los hechos y sus circunstancias.

Asícomo el Imperio brasileño presionaba para extender­se territorialmente a costa del Paraguay en las tierras com­prendidas entre el río Blanco y el Apa, así también presionaba hacia el sur sobre las cuchillas orientales. En el caso de nuestro país, las reacciones del gobierno de Asunción y las periódicas batidas a los merodeadores, reservaron más bien el problema para la disputa diplomática; pero en el Uruguay fortísimos intereses ganaderos y una abultada penetración poblacional, crearon fricciones mucho más complejas y de gravedad más inmediata, por el entrecruzamiento de motivaciones diversas, políticas, económicas, sociales y culturales, que  habían degenerado en una irritación permanente.

Esto, entre otros factores, determinó el intervencionis­rno imperial, que significó dos cosas: el principio del fin pa­ra el Gobierno blanco de Montevideo, y el comienzo de la ascensión del General Flores y de su partido, por razones muy fáciles de comprender. El Gobierno de Berro, y finalmente el de Aguirre, defendían los intereses uruguayos y aún la so­beranía territorial del país, contra los avances mencionados. Tenían, por tanto, una posición de enfrentamiento. Mientras tanto, Flores, en guerra civil contra los blancos, ofrecía una actitud más flexible y conciliadora para los brasileños, por lo mismo que necesitaba de ellos, por razones de vecindad y por los apoyos que podía recibir de esa población migratoria hacia el Uruguay y de los ganaderos que hacían pastar su hacienda abajo de las fronteras estipuladas.

Además, para el Gobierno imperial, aunque hubiera sido inicialmente neutral en la disputa interna de los uruguayos, se fue creando una situación cada vez más espinosa, a cau­sa de la participación de esos ganaderos, en su mayoría rio­grandenses, de gran fortuna, muy vinculados e influyentes, que se aprovechaban de esa situación más favorable que les ofrecía el bando de Flores y le correspondían con la ayuda que necesitaba para su campaña por la conquista del poder.

Contrariar esa tendencia - sin suponer todavía otras mi­ras en la corte de San Cristóbal - significaba, por de pron­to, agitar el fantasma de la frustrada República de Piratinín y remover el secesionismo latente del Estado de Río Gran­de do Sul.

Unos factores con otros, y las demás miras que pudie­ra tener el Imperio - y que, evidentemente, las tenía - im­pulsaron al Gobierno de Río a procurarse una mayor influen­cia y posiciones más decisivas en el Rio de la Plata, particu­larmente en la Argentina, o con mayor precisión aún, en Bue­nos Aires, que ejercía el control sobre las provincias de la Confederación.

El Gobierno porteño, por su parte - y también indepen­dientemente de otras miras que pudiera tener, y que las te­nía - necesitaba afirmarse en la disputa de unitarios y fe­derales, desarticular la resistencia de las provincias y ejer­cer una autoridad lo más uniforme y extendida posible, para ponerse a tiro de objetivos ulteriores.

Así se dio la combinación que, con el triunfo posterior de Flores en el Uruguay, daría el fruto nefasto de la Triple Alianza. Dice Luis Alberto de Herrera: "Arranca la nefasta jornada ya con carácter de empresa común, del instante en que la Oligarquía porteña se abraza con la monarquía brasileña”. Y sentencia: "El protocolo del 22 de Agosto de 1864 la sella”. Para Herrera este protocolo es "no sólo del mis­mo estilo condenable del ulterior pacto secreto de la Triple Alianza,sino su anticipo y preliminar atentatorio". Lo des­cribe como "pleno concierto de actitudes con referencia a nuestro país" (el Uruguay), decidiendo de sus destinos co­mo de cosa propia, y hace este comentario: "Nacionalidad constituida, en perfecta posesión de sus atributos soberanos, por nadie discutidos, sin embargo de ella se disponía sin noticia, sin su conocimiento, sin derecho, inaugurando, en gran secreto, la política culpable a que se ponía principio".(9)

Sigamos aún otro trecho con Herrera: "Sobrada contundencia gotea la carta de referencia, en que Mitre trata de desvanecer las inquietudes de Urquiza, ante las desgracias que éste columbra". Aclaramos que esa carta es del 3 Marzo de 1865, cuando ya habían comenzado las hostilida­des entre el Paraguay y el Brasil, en la que aludía a "la mar­cha pacifica y progresista del país", a "las fundadas espe­ranzas” que abriga (Mitre) "de que no será alterada"... “Creo que salvaremos de toda complicación"...

Pero el gran oriental, ese hermano en la gloria de Juan E. O’Leary, no se conforma con precisar el dato, y señala que esto está dicho por el gobernante porteño "cuando el escenario regional trepida en sus bases, todo es hoguera, y ya ad­quiere ímpetu total el drama". Para infundir conciencia de lo que había pasado, hace cronología: "Porque para esa fe­cha -dice con referencia a la carta de Mitre- ya van co­rridos meses de la invasión brasileña a nuestro suelo -14 de Octubre de 1864-. Ya consumada la inmolación de Paysan­dú -2 de mero de 1865-; ya caído el gobierno legal (de Aguirre) -Febrero de 1865-; ya cumplida la primera parte de la jornada imperial hacia el Sur". Y esta conclusión pa­tética: "Continuación y consecuencia: llenado el momento inmediato por el planteamiento del choque con el Paraguay” -11 de Noviembre de 1864-, "Mitre, desde el poder, servido por una incesante acción diplomática, toma posición principal en la elaboración de los acontecimientos, cada vez más tétricos". (10)

Cuando avanzada la guerra se descubre el secretode la  Alianza, su impopularidad desborda, crea profundas divisiones y actualiza rencores políticos que recorren, como vientos huracanados, de costa a costa el Plata. Antes de lo que se había pensado, llegaba el momento de atribuir las culpa,. "Inútil interponer negaciones de descargo -increpa Herrera- como que, agobiadoras, se acordonan las responsabili­dades: el mitrismo sustenta el avance florista, lo adueña del litoral; el mitrismo alienta al Imperio a que se vuelva en ar­mas contra nuestra patria; el mitrismo, mucho antes de subs­cribir en el papel el Tratado de la Triple Alianza, lo tiene con­cebido y acordado con San Cristóbal (la corte de Río)". Y para probar su afirmación, recuerda, que "puesto en apuros por la interpelación legislativa de 1868, el propio Elizalde con­cluye por declarar el tremendo desvío". Y cita, estas palabras del ministro argentino: "No era desconocido entonces –(en 1864-65)- que en el Río de la Plata tenía que producirse un.. gran cataclismo, cataclismo que era la consecuencia de nues­tra historia, de la separación que había tenido lugar de pro­vincias que se hicieron independientes, del estado en que se encontraban los partidos, de la situación del Paraguay y de nuestros antecedentes con el Brasil". "Más que definición -si­gue Herrera-, confesión paladina". Y cierra con esta pregun­ta: "¿Qué cordura, qué respeto del ajeno derecho territorial y nativo cabía esperar del sistema político que con impavidez tanta aludía, cual cosa cierta, a la catástrofe venidera, que, según su decir, "tenia que producirse"... ?. (11)

Pero si el protocolo del 22 de Agosto de 1864 definió los tratos y compromisos de Argentina y Brasil con Flores, para derrocar a los blancos y para prever las consecuencias con una alianza, hay otro hecho anterior que lo corrobora y que ratifica la larga maduración de los acuerdos que desemboca­rían en la guerra contra el Paraguay, no por las razones oportunistas que se adujeron, sino por las que deben entenderse en las declaraciones  de Elizalde ante el Congreso argentino que lo interpelaba, y que apuntaban contra la vida misma del Paraguay, que es lo que a nosotros nos interesa.

Este hecho anterior al que aludimos es el que se conoce como"el acuerdo de las Puntas del Rosario", que ha merecidotal análisis más exhaustivo de los historiadores de la corriente  revisionista, que le atribuyen, como las tiene en realidad, las mayores y más graves consecuencias, porque según el testimonio de los mismos protagonistas, allí estuvo la clave  de los compromisos formales que se asumieron pos­teriormente.

Entre otros autores, analizan este acuerdo con mucha agudeza  Luis Alberto de Herrera, Atilio García Mellid, José MaríaRosa y Fermín Chávez, cuyas inspiradas páginas son las que más hemos frecuentado. Herrera -precursor y maestro del revisionismo en el Uruguay y en toda la cuenca del Pla­ta- lo resume así: "En las Puntas del Rosario se encuentran y conciertan las corrientes externas (Argentina y Brasil) y la rebelión (Flores). Con la presencia decorativa del minis­tro Thornton (otros autores demostrarán que no fue “decorativa" solamente), celebran su comunión Elizalde, Saraiva y Flores. Posición de excepcional ventaja: nada aproxima tanto como el conocimiento personal. Se ven, se tratan. ¿Es con­cebible que no se comprendieran y entendieran? Cruce de caminos. De ahí arrancará el inmediato futuro. ¿Cabe duda que nos llevaría al sacrificio?... Intervención imperial. . .Taman­daré. . . Bloqueo... Paysandú... La execrable guerra del Paraguay"...(12)

Por su parte, José María Rosa -y en el mismo sentido García Mellid- cita la carta de Saraiva a Nabuco (1894) en la que aquél dirá "para quien quiera leerlo" que la Triple

Alianza "no surgió después" de la "agresión" paraguaya a la Argentina en Abril del 65, sino en las Puntas del Rosario, en Junio del 64". La reunión tuvo lugar el 18, y aunque el tema  principal fue satisfacer a Flores a costa de las bases del gobierno oriental, que fueron dejadas de lado, haciendo imposible en adelante todo acuerdo, los mediadores subscribieron acuerdo con otras intenciones: "El argentino -dice Rosa lo hace con la inconsciencia mitrista de sus consecuencias, el brasileño porque significa la alianza argentina si Paraguay se ponía pesado". Es lo que se verá bien claro más adelante, cuando Mitre escriba a Flores, invitándole por separado a la, aventura de la guerra. El oriental, en su respuesta, que, lleva fecha del 22 de Abril de 1865, no sólo rechaza la invi­tación, sino que expone los motivos: "a lo que estoy completamente inhabilitado de contraer ningún compromiso con V.E,sin que entre en alianza con el gobierno imperial, con quien sabe bien V. E. tengo solemnes compromisos contraídos en la guerra que ha terminado en mi país; y hasta con el del Paraguay, que de antemano éramos aliados del Gobierno imperial”. Por eso pudo decir Saraiva lo que dijo, confirmando el desliz de Elizalde en el congreso. De la referida carta a Joaquín. Nabuco es este párrafo definitivo: "Dejé por comple­to a un lado (las instrucciones de su gobierno) para tratar sólo de la paz del gobierno oriental con Flores, preparando por este medio las alianzas del Brasil contra el Paraguay, lo que conseguí, pues dichas alianzas se realizaron el día en que el ministro brasileño y el argentino (o sea el mismo Saraiva y Elizalde) conferenciaron con Flores en las Puntas del Ro­sario, y no el día en que Octaviano y yo, como ministro de Estado, firmamos el pacto". Esto, repetimos, fue el 18 de Ju­nio de 1864, y el Tratado Secreto de la Triple Alianza se fir­mó recién el lº de Mayo de 1865, o sea que el acuerdo le an­tecede en once meses y doce días. La guerra con el Brasil y las hostilidades con la Argentina comenzarán en ese lap­so, pero Mitre no ahorrará esfuerzos ni palabras, para ha­blar de la "agresión" del Paraguay y oficializar esta tesis.

Fermín  Chávez, otra gallarda expresión   del revisionismo  histórico en el Río de la Plata, ve con mucha claridad el fon­do de las causas cuando dice que "los historiadores mitris­tas cuidan muy  bien de ocultar el texto de otros tratados y conferencias cumplidos a espaldas del pueblo, y es por eso que muchos se asombran al leer las palabras de José Mármol cuando afirma que la Alianza con el Brasil proviene de Mayo de 1864(cuando se decidió realizar la reunión con Flo­res, que tuvo lugar el mes siguiente como vimos) y que fue hecha efectiva militarmente con la presencia del Almirante Tamandaré (y la flota imperial) en las aguas del Plata (mucho antes de la firma del Tratado Secreto)”.­

No hay duda que Mitre obrabacon. lógica -sigue di­ciendoChávez-, pues era preocupación primordial de su par­te el debilitar la influencia del partido federal en el Río de la Plata. Si el litoral argentino, los blancos orientales y el Paraguay de Solano López afirmaban su, poderío, su gobier­no (el  de Mitre) corría peligro de ser definitivamente desplazado. Para el Partido liberal, la carta jugada por Venancio Flores y por el Brasil, tenía un valor incalculable". (14)

Esta tarea de debilitamiento, que no databa de la vís­pera, tuvo los efectos más impensados, que sirven, sin embargo, para explicar su eficacia en relación con el paso siguiente de la Alianza, una vez resuelto el "problema" del Uruguay, y que era el de lanzarse contra el Paraguay, sin temor a dificultades internas que, de producirse, hubieran tenido por escenario a la Argentina.

Explicando las vacilaciones que paralizaron a Urquiza frente a los reclamos de Leandro Gómez, sitiado en Paysan­dú, el autor de nuestra referencia aporta datos de inestimable valor, para ver hasta qué punto el gobierno porteño -Mi­tre— se había impuesto sobre el caudillo entrerriano, que apenas se animaba a disculparse con aquello de que "mi po­sición especial me obliga a una expectativa que me abruma".

Se ha querido encontrar en esto la definición de una disyuntiva crucial para Urquiza, entre sus sentimientos que repudiaban las escandalosas agresiones al gobierno blanco de Montevideo y su aversión al mitrismo, por una parte, y por  la otra su deber de acatamiento, como argentino, a la neutralidad proclamada por el gobierno de Buenos Aires.

Pero, a la verdad y a la postre, su "posición especial" estaba determinada por intereses económicos, de los cuate mencionaremos aquí sólo un caso especial, el de sus extensas propiedades, dejando para más adelante otros, que siendo igualmente importantes tienen la particularidad de sospechosas conexiones con el capitalismo inglés, que presionaba sobre el Imperio brasileño y sobre el Río de la Plata.

Apoyado en el testimonio de Mardoqueo Navarro, administrador de los bienes de Urquiza entre 1858 y 1862, escribe Fermín Chávez que a principios de este último año, "en previsión de un ataque de Mitre a la provincia", el jefe federal se dedicó por entero a "poner a buen recaudo todos sus valores, entre ellos todos los títulos de propiedad agraria, los que fueron entregados encajonados a don José Felipe Argentó, en Paysandú". (15)

Ateniéndonos al juicio de Chávez, que dice que "la conducta de Urquiza en estas circunstancias tiene, sin embargo, una explicación lógica y en cierta manera humana, si aten, demos a la psicología del estanciero de San José", debemos concluir que pesaron más en él sus bienes materiales que sus ideales políticos, cada vez más apremiados por una encrucijada trágica. Y conste que no nos referimos de ningún modo a su posición frente al Paraguay, ni a lo que éste hubiera podido esperar de él, sino a su conducta en relación con la marcha de su país, sometido en forma creciente y sostenida al fuego cruzado de las presiones extranjeras, dígase brasile­ñas, inglesas o ambas juntas, pero igualmente repulsivas a los principios y postulados de su partido y opuestas al sentido de sus luchas anteriores, que son las únicas que le abrie­ron las páginas de la historia y le conservan un lugar en ella. Se le había acabado la garra del caudillo y había comenzado su vida temerosa, que se le escaparía del cuerpo por las heridas de puñales vengativos.

Tras esta pormenorización que creímos necesaria para penetrar más  la  intimidad de los aconteceres principales, vol­vamos a ellos con un enfoque retrospectivo, que iluminará de golpe todo  el cuadro. Se trata de hechos conocidos, pero, así y todo, recurriremos a la precisión revisionista de Chávez, antes que a ensayar una versión propia. "Las explicaciones el Paraguay pide al gobierno argentino por el apoyo prestado ­al General Flores -dice este autor-, se remontan a Septiembre de 1863. Numerosas fueron las notas entre José Berges canciller paraguayo, y Elizalde, Ministro porteño, que no logran ningún resultado positivo, hasta el 6 de Febrero de 1864, enque, ante el silencio argentino sobre la protección brindada al jefe colorado, Berges notifica a Buenos Aires que da por terminado el cambio de notas y que en adelante el Paraguay obrará "como mejor le aconsejen sus intereses".

La leña para la colosal hoguera, se iría acumulando en los mesessubsiguientes. "Por notas del 4 y 10 de Agosto de 1864 -apunta Chávez- se concreta lo que se ha dado en llamar el Ultimátum de Saraiva al Gobierno blanco (del Uruguay). El día 30 el canciller Berges eleva una protesta por ese ultimátum al Gobierno de Río de Janeiro, declarando que la ocupación en cualquier forma del territorio uruguayo por tropas ­imperiales será considerado un caso de guerra. El Ge­neral Menna Barreto se halla al frente de una división brasi­leña, listo para ocupar la Banda Oriental. El 16 de Octubre, el grueso del ejército imperial cruza la frontera y ocupa la villa de Melo. La guerra se aproxima. Sus pasos se precipitan con toda la urgencia que le imprimen las alianzas parti­dariasque tratan de imponer su dominio definitivo en el Río de la Plata". (16)

Lo que viene después ya es cosa, sabida. La guerra con el Brasil en Noviembre de 1864. Con la Argentina en Abril del año siguiente. La participación del Uruguay copado por Flores, como consecuencia del tratado secreto del 1º de Mayode 1865, y la Diagonal de sangre de la resistencia paraguaya. después de la breve ofensiva iniciada con la ocupación de Corrientes y el intento de llegar a la Banda Oriental por Uruguayana.

Llegado a este punto, se hace necesario repetir una re­flexión de Fermín Chávez, que ya vimos precedentemente: “Si el Litoral argentino, los blancos orientales y el Paraguay de Solano López afirmaban su poderío", el gobierno de Mitre “corría serio peligro de ser definitivamente    a lo que nosotros agregamos que hubiera sido el fin de la Alian­za y habría desalentado al Brasil de guerrear con nuestro país.

¿Por qué no esperó López a recibir más armas, por que confió en apoyos vagamente comprometidos, para qué ocupo Corrientes, qué significa eso de proponerse un frente tan le­jano como el del Uruguay? Estas y otras muchas cuestio­nes por el estilo, se han esgrimido para acusar de "precipi­tación" al Gobierno paraguayo. No se piensa que la caída del Gobierno blanco y la ascensión de Flores concretaba otro es­labón de los entendimientos argentino-brasileños; que con Flores en el poder, las provincias mesopotámicas -Corrien­tes y Entre Ríos- entre la Banda Oriental y Buenos Aires y entre la flota de Tamandaré y la división de Menna Barre­to, quedaban amenazadas por los ríos Paraná y Uruguay, pa­ralizando, en consecuencia, la iniciativa de sus fuerzas y re­duciendo muy seriamente las posibilidades de éxito; no se piensa que consumadas estas circunstancias -como se con­sumaron, desgraciadamente- el Paraguay quedaba aislado del resto del mundo tras la espesa cortina de sus enemigos, condenado al encerramiento y a la sofocación, lejos de todo acceso al estuario del Plata. O sea que caído el Gobierno de Aguirre en el Uruguay y anulado el apoyo de la mesopotamia argentina por las razones apuntadas y por otras más, inclusive psicológicas, esperar armas era contraproducente, como lo hubiera sido también esperar ningún cambio en la posición de la Alianza o en sus objetivos, pues no en vano se había forjado tan paciente y sostenidamente esa coyun­tura, para hacer transitar sobre ella los designios largamente madurados por el Imperio y por el Gobierno porteño.

Resumiendo los antecedentes que conducirían al desen­cadenamiento de la crisis, Horton Box expresa: "Convendría que en este punto volviésemos un poco sobre nuestros pasos y examinásemos las crecientes dificultades de Mitre fren­te a la conflagración en desarrollo. Desencadenada la guerra entre el Paraguay y el Brasil, el Río de la Plata se convirtió en unverdadero polvorín, cuyos explosivos eran: la revolu­ción oriental; la guerra del Brasil y Flores contra el gobier­no deMontevideo; la guerra del Paraguay contra Brasil; las intrigas de los agentes brasileños en Buenos Aires, que de­rramaban dinero a manos llenas; la campaña de la prensa de Buenos Aires contra el Paraguay y López; la tirantez de relaciones entre la Argentina y el Paraguay, originada en el pedido de explicaciones por la actitud del gobierno de Mitre hacia el Uruguay; la propaganda contra López dirigida por el comité de paraguayos liberales de Buenos Aires; la sim­patía del gabinete de Mitre hacia el Brasil en su lucha con­tra los blancos y el Paraguay; la vasta simpatía por el Pa­raguay y el gobierno de Montevideo en las provincias argen­tinas". (17)

Como se ve, Horton Box exonera a Mitre de culpa y car­go en esta recapitulación de antecedentes. Habla de sus "di­ficultades", pero no da a entender ni por asomo que, en to­do caso, estaba cosechando las tempestades provocadas por los vientos que él mismo sembró, pues anduvo en todos esos explosivos del polvorín que menciona el inglés, menos en la simpatía federal "por el Paraguay y el Gobierno de Monte­video". No hablemos ya de todo lo que Mitre había tramitado con el Brasil y con Flores, y de sus efectos directos e indirectos; pero si de la prensa se trataba, él era fundador, director visible o invisible y orientador vitalicio de "La Nación"; los emigrados paraguayos contaron con su aliento y los utilizó mientras le sirvieron de algo; y en cuanto a las simpatías de su gabinete, sólo copiaban las suyas propias.

Pero Horton Box no pone en este recuento lo que, sin embargo, dirá en otra parte: la influencia de su propio país en los entretelones económicos de la "conflagración en desarrollo", como dice él, o del "cataclismo previsto", como dijera Elizalde. Tampoco alude aquí a los intereses anexionistas de la Alianza, que tal vez puedan situarse entre los más lejanos antecedentes de ella, aunque no siempre caminaran tan acompasados como ahora.

Vayamos por partes. Todos los historiadores revisionis­tas del Río de la Plata documentan coincidentemente la ac­tiva, gestión de Edward Thornton, Ministro de S. M. Británica ante el Gobierno porteño -y también ante el de Asunción­-en el desarrollo de los acontecimientos que culminarían con la Triple Alianza, por lo menos desde la reunión de las Pun­tas del Rosario o de sus vísperas. A este propósito, José Ma­ría Rosa dice: "Aparece ahora el verdadero autor del dra­ma; el hombre que desde bastidores empujará la guerra de­tenida por la gallarda actitud de López (advirtiendo sobre cualquier invasión al territorio uruguayo) y la prudente de Saraiva (que postergó el ultimátum al Gobierno blanco de Montevideo, apartándose de las instrucciones de su Gobier­no, para entenderse con Flores y preparar las alianzas con­tra el Paraguay). Es el ministro inglés en Buenos Aires, Ed­ward Thornton. Como todos los diplomáticos ingleses, es enemigo del Paraguay, que cierra sus ríos a la libre navega­ción británica, se permite tener hornos de fundición, no con­sume los tejidos de Manchester, ni necesita del capital o del apoyo inglés. A fin de colmos acaba de humillar al Gobier­no de la Reina en la malhadada cuestión Canstatt, en la que Thornton debió prosternarse en nombre de S. M. ante el vie­jo López. Por eso no le gusta el Paraguay. . ." Y de una car­ta de Thornton a Lord Russel transcribe este párrafo lleno de infatuada altanería: "La gran mayoría del pueblo paraguayo es suficientemente ignorante como para creer que no hay país alguno tan poderoso y feliz como el Paraguay y que este pue­blo ha recibido la bendición de tener un Presidente digno de toda adoración". De todos modos, por mucho que quiera de­cir otracosa, no puede ocultar la confianza del pueblo para­guayo en su gobierno y los sentimientos de satisfacción ge­neral que inspiraba la gestión del gobernante. (18)

Mr. Thornton está disgustado por la prudencia de Saraiva. ­Quiere que el ultimátum siga su curso. "El buscaría el modo -dice Rosa- de arrastrarlo a la guerra" (a Saraiva y por ende al Brasil).

El 31 de Mayo -1864- invita a comer en la Legación inglesa de Buenos Aires al joven Ministro de Relaciones Ex­teriores argentino, Rufino de Elízalde, y le sugiere un viaje a Montevideo, para solucionar el entredicho con el gobier­no oriental y de paso "entenderse con Saraiva". Esto últi­mo es el verdadero objeto. Ese entendimiento daría ánimo al apocado comisionado de Pedro II. Todo lo demás: inter­vención brasileño-argentina, abierta o encubierta, a favor de Flores, guerra del Paraguay contra el Brasil y la Argentina a favor del gobierno oriental, seria, una, consecuencia enca­denada del entendimiento de Elizalde con Saraiva". Bajo los auspicios -hay que subrayarlo- del representante diplomá­tico británico.

Al día siguiente -1º de Julio- Thornton se entrevista con Mitre. "Sabe hablarle su lenguaje -comenta Rosa- y le explica las "altas conveniencias americanas de pacificar al Uruguay", que Mitre, con su retórica, encuentra que "pon­drá muy en alto el nombre argentino"... "Solamente descon­fiaba de la falta de experiencia de su ministro, pero Mr. Thorn­ton se ofreció a pilotearlo por pura simpatía personal", apun­ta con fina ironía nuestro autor, y seguramente para comenzar por inspirarle confianza y seguridad,el viaje a Montevideo para los fines propuestos, lo realizan en el cañonero británico "Tritón".

Saraiva entre satisfecho y desconfiado aceptó el presente de Thornton, que le traía al canciller argentino --y la re­presentación de Mitre, por supuesto- en momentos en que  convenía acumular todas las ventajas que se ofrecieran. Pero -advierte Rosa- Saraiva no es Elizalde ni Mitre y "quie­re saber qué se trae el inglés bajo la levita".

Se conversa y se aclara: "Una alianza argentino-brasileña frenaría los impulsos del Paraguay, y entonces el comisiona­do (Saraiva) podría presentar su ultimátum., en la confian­za de que las "represalias" brasileñas (contra los blancos) no traerían consecuencias". Saraiva no puede dejar de conside­rar "el regalo de una alianza argentina por mano inglesa" y entra en el asunto. Se entrevistan con Juan José de Herrera -Canciller uruguayo, padre de Luis Alberto- para inclinar­lo a aceptar una mediación de los que en esta primera fa­se se presentaban como "pacificadores". Las bases son duras para los blancos, porque dejan en total impunidad a todos los revolucionarios floristas, y en primer lugar a Flores, que conservará su estado militar y sus privilegios; adernás se ín­cluye el compromiso de elecciones libres, que de antemano podía preverse cómo serían en semejantes condiciones de de­bilitamiento de la autoridad. En la designación de los repre­sentantes para las tratativas con el bando de Flores -cuyo fracaso daban por descontado los "pacifistas"-- hay un de­talle que Rosa destaca con certero impacto, andando, como andaba, por ahí Mr. Thornton. Se propone a Herrera los nom­bres de Andrés Lamas, "siempre dispuesto a servir a todos los gobiernos menos al suyo", y de Florentino Castellanos, que es "gran figura diplomática oriental y tiene prestigio en el continente y en Inglaterra", además o en razón de ser "el abo­gado de las empresas inglesas en Montevideo". Así se teje la trama de la historia, con estos hilos que a veces superan la fantasía del novelista, y así se dio otra pasada al huso que completaba el cañamazo en el que se bordaría con torrentes de sangre la destrucción del Paraguay.

Tales las vísperas de las Puntas del Rosario, adonde- ha­bría que ir a buscar a Flores, para examinar con él, el revés de la trama, que Saraiva, Elizalde y Thornton manejarían de modo que en definitiva fuera el derecho, mediante un hábil escamoteo en las negociaciones.

Pero no perdamos de vista al, ministro inglés. "Es tal la euforia de Thornton por el aspecto que iba tomando su in­tromisión -agrega el nombrado historiador- que no oculta indiscretamente a Maillefer, encargado francés en Montevi­deo, su verdadero propósito de alejar la paz imponiendo con­diciones inaceptables al gobierno, "aún a riesgo de una re­volución de la que Mr. Thornton habla tranquilamente". Na­da le importan las bases de Herrera: él traerá del campamen­to de Flores otras conformadas por Lamas y Castellanos, y con las firmas de Elizalde y Saraiva. Pero de tal índole, que Aguirre y Herrera no podrán aceptarlas. De ese rechazo sal­drá la intervención conjunta del Brasil y la Argentina a fa­vor de Flores y por tanto la guerra con el Paraguay. O dejará de llamarse Thornton". (19) Y todo ocurrió exactamente así, que es lo que escribió Saraiva a Nabuco treinta años después, en 1894, para fijar en la historia los verdaderos antecedentes de la Triple Alianza.

Estos antecedentes cobrarán forma definitiva en el Tra­tado Secreto del 1º de Mayo de 1865, que no permanecerá se­creto sino hasta el año siguiente, cuando fue publicado en Londres, mediante una copia confidencial "escapada" de la cancillería uruguaya. Su publicación infidente por tan ex­traños conductos, y sobre todo conociendo los elementos de quien se nutrió en su origen, nos identifican con la interpreta­ción de José María Rosa, a quien citamos una vez más: "Si Thornton empujó la guerra -sostiene aquél- no quisieron los ingleses que ésta llegase al extremo de la hecatombe ni una expedición bélica que destruyese las fortificaciones de Humaitá, los altos hornos de Ybycuí, la fundición de Asunción, estableciese un gobierno democrático (o mejor dicho liberal, rectificamos nosotros) y abriese el Paraguay a las mercaderías de Manchester y al capital británico, se daban por satisfechos". (20)

Los empréstitos de Londres, a poco de terminada la guerra, cuando ya no había "tarifas aduaneras, ni hornos de fundición, ni cañones de Humaitá, ni serenos preguntones, ni paraguayos pecadores, ni ríos clausurados al libre comercio, ni dictadura. Ni tampoco el Paraguay" -Como apunta sarcás­ticamente nuestro autor, dándole con todo al asunto;- esos empréstitos, repetimos, abonan la referida interpretación de la infidencia inglesa, que muy difícilmente pueda atribuirse sólo al "The Times".

Por, otra parte, en su estilo y con sus prejuicios, pero mi­rando con suficiente perspectiva histórica, Horton Box dirá cosas no del todo diferentes: "Para los humildes y heroicos campesinos del Paraguay, el porvenir reservaba agonías sin nombre. El terrible conductor cuya férrea voluntad les lleva­ba adelante y les infundía trágico valor, había recogido en su propia persona todas las pulsaciones de la vida nacional, y cuando murió (el último de aquella banda irreductible de espectros hambrientos y desnudos), espada en mano, en las riberas del Aquidabán , parecía al principio que el Paraguay había muerto, y lo estaba en cierto sentido. Los aliados fueron a liberar a los guaraníes de su tirano, y a abrir de, par en par las puertas a la "civilización moderna", en forma de concesiones, financiación, inversiones extranjeras y otras emanaciones de la Bolsa de Berlín, Londres, Nueva York y Buenos Aires. Las bendiciones del laissez faire reemplazaron a los males del "paternalismo", y, como de costumbre, el campesino se convirtió en peón explotado y sin tierra". (21)

Pero estos son juicios muy posteriores a la guerra. Vea­mos algunos coincidentes con ella misma, de cuando el se­creto de la triple Alianza tuvo su Curupayty en las colum­nasdel “The Times", de Londres. Así el de JuanBautista Alberdi, ilustre argentino que repudió la "guerra civilizado­ra”—con estas palabras: "La guerra es hecha en nombre de lacivilización y tiene por miras la redención del Paraguay, según dicen los aliados, pero el Art. 3º del protocolo (adicio­nal al Tratado y también secreto) admite que el Paraguay, por vía de redención, sin duda, puede ser saqueado y de­vastado, a cuyo fin da la regla en que debe ser distribuido el botín, es decir, la propiedad privada pillada al enemigo. Y es un tratado que pretende organizar una Cruzada de Ci­vilización, el que consagra este principio". (22)

El mismo Alberdi dijo también que "la guerra que el Brasil y Buenos Aires llevan al Paraguay (exculpa a la Ar­gentina federal y al Uruguay), está lejos de tener los moti­vos que aparenta"... En cuanto a la manida referencia a la "Civilización'.' que vendría a imponer la guerra, su opinión era que "los nuevos misioneros salidos de Santiago del Es­tero, Catamarca, San Luis, etc., no sólo no tienen en su ho­gar esas piezas de civilización para llevar al Paraguay, sino que irán a conocerlas de vista, por primera vez en su vida, en el país salvaje de su cruzada libertadora". (23)

La tónica real, la intimidad tenebrosa de ésta, y la ma­cabra realidad de que el Art. 3º del protocolo no fue letra muerta, las apoya Giménez Vega en una cita de Lucio V. Man­cilla, al que trata de "cajetilla relamida", quien incrustó en su obra "Una excursión a los indios ranqueles" considera­ciones como éstas: "El Paraguay ya no existe. La, última es­tadística después de la guerra, arroja la cifra de cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres. Esta grande obra la he­mos realizado con el Brasil. Entre los dos (ni mención del Uruguay) hemos mandado a López a la difuntería"... (24)

Pero por cada "cajetilla" -cajetillo,  decimos nosotros-­ como el mencionado, cuántos señores como Alberdi, Her­nández, Guido Spano, Andrade, Gómez, Peñaloza, Zeballos o López Jordán...

En esta lista, empero, no podía agregarse nunca el nom­bre del gran caudillo federal de 1859, que después del Pacto de Unión Nacional de San José de Flores, regaló al Mariscal López la espada que ciñó en Cepeda, en testimonio de gratitud por la brillante mediación que había evitado nue­vos derramamientos de sangre entre argentinos. El general Urquiza que, como vimos precedentemente, ya había pues­to a buen recaudo sus bienes por lo que pudiera acontecer, asumió una conducta incomprensible, que más lo aproximó a intereses vinculados a los que manejaba Thornton, que a los de la argentina, aunque fuera la porteña de Mitre, mor­talmente enfrentada al Paraguay.

Escribe Fermín Chávez que "si recorremos la correspon­dencia del Archivo Urquiza posterior a Pavón, veremos có­mo los lazos comerciales entre Don Justo y la burguesía mer­cantil portuaria se van estrechando hasta el punto de que los intereses privados inciden decisivamente sobre los actos pú­blicos"... "Por esos días un agente de Lezama, Jorge Her­nán, trataba de ubicar en el mercado inglés las carnes con­servadas que el saladero de Santa Cándida (propiedad de Ur­quiza) iba produciendo"... "Por su parte, don José Gre­gorio Lezama sacaba de apuros al ganadero de San José, garantizando con su firma en el Banco de Londres las letras descubiertas del segundo" - (25) Y esto, sin mencionar los treinta mil caballos a trece patacones para el ejército im­perial. En fin, el mismo moho de los intereses económicos bastardos, que cegó tantos espíritus para la comprensión de lo nacional y de lo americano, en una encrucijada de pre­siones, egoísmos y desbordes, aunque también fueran mu­chos los que veían más allá de los hábiles señuelos con que se trataba de disimular la vorágine en marcha hacia sus fa­tales destinos.

Por supuesto que, lanzados a la guerra, los aliados no dejaron de considerar que el triunfo significaría, de una so­la vez, la solución de todas sus reclamaciones contra el Paraguay. Por eso fueron tan previsores en la redacción del Tratado Secreto, que además de establecer hasta sus últi­mas consecuencias los alcances, objetivos y fines políticos de la "cruzada libertadora", y de cargar al Paraguay con el fardo de todas las deudas, Argentina y Brasil se concedie­ron recíprocamente las máximas reclamaciones territoriales en dirección de las presiones nor-noreste y sur-sureste, que mencionáramos al comienzo. El Paraguay quedaba reducido a la región oriental actual, porque el Chaco era anexado totalmente a la argentina hasta la Bahía Negra, lo mismo que las Misiones al sur del Paraná, mientras quedaban in­corporados al Brasil los territorios al norte y al este del Apa.

Encerrado en el corazón del continente, sin ayuda de ninguna clase, librado exclusivamente a las posibilidades de sus recursos internos y a su capacidad de reponer por medios propios el armamento y los materiales que se destruían o se perdían, de los existentes desde antes de la guerra -y no había más-, el Paraguay realizó las más portentosas hazañas a lo largo de más de cinco años de sangre y fuego, en cuyo lapso perecieron las tres cuartas partes de su po­blación.

El martirio de Uruguayana y la traición de los paragua­yos "emigrados" pudieron hacer, tal vez, más amargo el sa­crificio, pero en ningún momento debilitar la unidad del pue­blo con su líder supremo, el Mariscal Francisco Solano Ló­pez, y su identificación con los ideales que éste encarnaba con sublime decisión en la tremenda lucha: la no interven­ción y el derecho intransferible de los pueblos libres a resol­ver sus asuntos internos. La guerra había empezado a cau­sa del colapso de esos principios en la crisis del Uruguay, pero no se piense que solamente por solidaridad romántica, sino porque estaba bien claro para quien tuviera la vista lúcida, como la tenla el Mariscal, que la siguiente víctima, con similares pretextos, era el Paraguay.

Es claro que ni la "Asociación Paraguaya" de Buenos Aires, ni la "Legión Paraguaya", su brazo armado, pudieron compararse en ningún momento con el bando florista, porque no significaron una división del pueblo paraguayo, pero sí sirvieron para cohonestar la intervención y para acoplar­le, con el estímulo de la oportunidad, los verdaderos objeti­vos de la guerra, tan largamente madurados.

Sólo Cerro-Corá pudo mellarles el filo. La Diagonal de Sangre necesitó esa cumbre para que se salvara el Paraguay. Entre las grietas de las rivalidades y defendido por el estreme­cimiento de todo el mundo civilizado ante la inmolación de un pueblo entero, sin perdonar la de su excelso guía, el Chaco se libró de la segregación. La sangre del Mariscal trazó una frontera invulnerable, a cuyo amparo se gestó el milagro de la resurrección y la vida.

Pero la historia la escribieron los otros y la corearon sus partidarios nativos, que la mente se resiste a considerar para­guayos por el sentido de patria que necesariamente debe in­volucrar esa palabra. Sin embargo, como tales aquí estuvieron y aquí influyeron para aplastar bajo una lápida las glorias más puras del Paraguay, sus títulos más altos, sus tradiciones más fecundas y honrosas.

La guerra había sido de la civilización contra la barbarie, y los que se habían complicado con sus gestores y beneficia­rios admitiendo la aplicación incivilizada y bárbara de esa antítesis a su país, no se darían descanso, para evitar, o por lo menos postergar, la hora iluminada de las reivindicaciones.

Sin embargo, lo que no consiguieron evitar es su fracaso en las comparaciones, donde quiera se midieron con los "lo­pezguayos", como llamaban a los leales y a los conversos; sí, también a los conversos, lo repetimos, porque si negáramos a éstos como ciudadanos, como creyentes tendríamos que ne­gar aSaulo de Tarso, perseguidor de los cristianos, aunque fuera después San Pablo, Apóstol de los gentiles.

La reconstrucción del Paraguay después de la guerra, sin­tetizaesas comparaciones. Por una parte, la esterilidad de los que trocaron sus doctrinas importadas y sus groseras calco­manías de lo extranjero, por querellas sangrientas, por prejuicios estúpidos, como diría alguien (26);por la otra, la tra­bazón fecunda de la vieja solidaridad, espejo de la Patria Gran­de que inspiraba desde el pasado, la línea nacional que venía desde el fondo de la historia del Paraguay independiente hasta el hito fulgurante de Cerro Corá, aunque muchos no lo vieran enteramente así.

Fue tanta la fuerza de esta línea histórica y auténtica que a poco más de dos meses de la inmolación del Mariscal López, ya buscaba expresarse en medio del total aplastamiento del país, de las ruinas materiales, de los lutos, las congojas y el desamparo general, y a pesar de la ocupación militar aliada en su momento de mayor rigor e intemperancia.

Fue por esos días que el General Bernardino Caballero encabezó por primera vez un titular periodístico, con motivo de haber depuesto las armas, pues, como se sabrá, él fue el último en abandonar el campo de batalla en la Guerra de la Triple Alianza.

"La Voz del Pueblo", en su edición del 7 de Mayo de 1870, se ocupa del héroe en términos que explican su cautiverio pos­terior de dos años en el Brasil. No podía estar en el Paraguay en esos momentos un hombre del que se dijera tales cosas, aunque se las disimulara cuidadosamente con apóstrofes al "tirano" y al "verdugo" y se incensara a los aliados, por im­posición de ellos mismos.

Hay que leer con cuidado lo que dice "La Voz del Pueblo" a tan pocos días de Cerro Corá, y comprender que no podía decirse de otro modo, como lo saben tantos países que conocieron el infortunio de la invasión extranjera. Pero por eso mismo, porque las palabras tienen que disimular su sentido más profundo, las afloraciones de éste, entre los remolinos de las concesiones, se aguzan y se elevan con destellos desa­fiantes. Mucho más que el "E pur si muove" de Galileo y con mayor valor que el cristianismo nocturno y embozado de Nicodemus.

Con esta inevitable advertencia, veamos lo que dice del General Caballero "La Voz del Pueblo" en su edición citada:

"Este es el hombre que se ha levantado sin manchas sobre esa atmósfera de crímenes que envolvió al ejército de López; éste es el nombre que el Ejército Aliado siempre ha consigna­do en sus partes de combate, porque lo ha encontrado siempre en la vanguardia enemiga; éste es el nombre que recuerdan con gratitud las familias paraguayas y el soldado paraguayo con respeto y admiración; éste es el nombre del que después de haber luchado como un héroe, cuando comprendió que su caudillo desapareció del mundo, y que todo poder de resis­tencia no daría sino más ruinas a la patria, depuso su espada ante el poder que le había vencido, confiando en la generosi­dad nunca desmentida de sus enemigos; éste es el General Caballero que todos admiramos, por su valor heroico y su fuerza de voluntad., por haberse rebelado a las tendencias sanguinarias del tirano, que hacía de sus soldados verdugos del pueblo; éste es el nombre del que siempre ha de ser res­petado por el pueblo paraguayo, como respetado es por los que le vencieron. Si ha luchado con tesón por la causa de López, es que la consideraba la causa nacional, es que aluci­nado en la patria que tan grata  resuena en los nobles cora­zones, porque empapado en las prédicas de López, creyó que los Aliados venían a la conquista de su patria, y no a la liber­tad de ella". . .

Las afirmaciones son claras y evidentes, aunque las con­cesiones también lo sean. Si siempre estuvo en la "vanguardia enemiga", oponiéndose a los "libertadores", mal se compren­dería esa "gratitud de las familias paraguayas", ni siquiera la admiración y el respeto del soldado paraguayo, después de ha­ber resistido hasta que "comprendió que su caudillo había desaparecido del mundo", como no sea porque todos sabían _"todos lo admiramos"- que luchó por la "causa nacional". De otro modo, el hecho de haber "luchado con tesón", aunque fuera "alucinado en la palabra patria", no le habría absuelto del cargo de que su heroísmo estaba "empapado en las pré­dicas de López", sino que, al contrario, por eso se le hubiera condenado, como lo hicieron los que no vencieron penurias y fatigas junto a su pueblo, ni se redimieron después de sus errores y pecados en el lábaro de la contrición. Lo demás es hojarasca que se lleva el viento, pero que en esa hora de muer­te hacía falta para silenciar el andar cauteloso de quienes en aquel escenario dantesco buscaban entre sombras el camino de la resurrección para su patria.

Otra cosa fueron los que todavía en 1906, a propósito de haber lanzado el Partido Liberal Unido la candidatura presi­dencial de Benigno Ferreira, defendían a su candidato desde las columnas de "El Cívico" en términos como éstos: "Ferreira y muchos de sus compatriotas se unieron a los adversarios de López para combatir a ese monstruo. Hicieron bien; ese es el mayor título que todos ellos pueden ostentar a la grati­tud de la presente y de las venideras generaciones, porque li­bertar a la patria es la más noble empresa que puede acometer un ciudadano". (27)

Dos aclaraciones. La primera: los "muchos de sus com­patriotas" -según documentado trabajo de Juan Bautista Gill Aguínaga- nunca pudieron ser ni los dos mil prometidos a la Alianza, y en realidad cuando alcanzaron a la mitad era contando los prisioneros forzados a tomar las armas contra su Patria. (28) Y la segunda que "libertar a la patria" era, para el caso, todo lo que hemos visto, desde la desmembración delParaguay hasta Mr. Thornton, y desde la filosofía liberal de la "civilización moderna" hasta el campesino convertido en peón explotado y sin tierra, para usar expresiones de Horton Box­

Tampoco sería de esos Saulos iluminados por la gracia del propio candidato. Y éste menos que nadie. Todavía el 20 de Enero de 1916, hacia el fin de su vida, Benigno Ferreira encontró oportunidad de confirmar su contumacia antinacio­nal, en una carta a Héctor Francisco Decoud. Esta carta pue­de considerarse el testamento político del antiguo oficial del ejército argentino en la coalición de la Triple Alianza, y es la que contiene aquella frase que se hizo famosa y que define en forma conclusiva al personaje: "Si la historia se repitiera, yo estaría allí donde estuve".

Por lo demás, Ferreira repite lo mismo que dijeron en 1906 los patrocinadores de su efímera presidencia que, como una maldición, fue la antesala de la anarquía más espantosa que haya conocido el país en cualquier período de su historia. "La verdad es que haber sido legionario -dice en un párrafo de la carta-,lejos de ser depresivo, es un título honroso, en el sentido de haber combatido la tiranía y procurado la liber­tad de su patria; y los que se han sacrificado por tal causa, lejos de ser calificados de traidores, han sido calificados por los pueblos oprimidos, como patriotas libertadores". (29)

No es esta una digresión, ni insistimos con Ferreira por fanatismo sectario, sino porque con él se da el caso más dra­mático de inversión de los valores éticos y políticos, que exce­diendo de la esfera de los errores intelectuales -como define Arturo Jauretche- termina por olvidar los límites impuestos por el patriotismo. Sobre esto volveremos más adelante, pero téngase presente esta idea, para comprender - a través de un caso singular, pero ejemplificativo, la mentalidad opuesta por una minoría desarraigada, a los más firmes y uniformes testi­monios de la voluntad nacional en la trágica coyuntura de la Guerra de la Triple Alianza.

Para cohonestar su propia conducta -sin duda- y para explicar el partido que tomaron los que hablaban su mismo lenguaje,  Ferreira se vale de una comparación imposible. Es­tablece que "la opinión rioplatense ha apreciado con ese cri­terio (calificando como de patriotas y libertadores) la partici­pación de sus hombres públicos más notables en la interven­ción de los ejércitos extranjeros que invadieron su patria para derrocar a sus tiranos".

No sabemos cuáles sean esos hombres públicos que así aprecie "la opinión rioplatense", ni nos interesa, pero, sí, sabemos que, en todo caso, ninguno estuvo en la situación de aceptar y solidarizarse con acuerdos tan infames como los del Tratado Secreto o que los haya servido hasta la total devastación de su país. Por otra parte, es evidente el total des­precio por el principio de no intervención y por el derecho exclusivo de los pueblos libres para resolver sus problernas internos. La independencia es escandalosamente afrentada, y la soberanía queda en una situación tan aleatoria, que con el pretexto de la "participación" de naturales de un país -que la propaganda del agresor presentará siempre como "sus hombres públicos más notables" se deja abierta la brecha para que la fuerza y los intereses de los más fuertes se transformen, al capricho de las circunstancias, en las reglas áureas de la convivencia internacional, si es que pu­diera llamarse así una tan desvergonzada regresión a la horda.

Exhibiendo con fruición su propio caso - que nosotros, repetimos, no tomamos como tal, sino como síntesis de una alienación de lo paraguayo-, Ferreira escribirá en la misma ocasión que "muchos de los legionarios, supuestos traidores, han ocupado cargos públicos importantes en la Administra­ción. Se han sentado en el Parlamento como representantes del pueblo; han ejercido elevadas funciones en el poder ju­dicial; han sido ministros plenipotenciarios; han sido jefes de partidos populares; generales del ejército, uno de ellos ha sido general en jefe del Ejército revolucionario de 1904; y, en fin, algunos de ellos han sido presidentes constitucionales de la nación". Todo eso fue Ferreira, ciertamente, y algo menos otros más; pero no debió haber mencio­nado el "Ejército revolucionario de 1904", cuando se sabe que fue armado en el extranjero y vino del extranjero, con alientos también extranjeros, aunque esta vez -digámoslo en su descargo- sin hacer de furgón de cola de aliados "liber­tadores". A esta nueva "cruzada" debió la culminación de su vida pública bajo el mismo signo original de sus comienzos; pero, no es ese el tema aquí, de modo que volvemos a lo prin­cipal en este punto.

Ferreira y la mentalidad por él representada, sostendrán hasta el fin "la opinión rioplatense" que hemos mencionado, para apreciarse a sí mismos con "ese criterio", como partíci­pes de la ruina del Paraguay "a título honroso", y para atri­buirse la calidad de "patriotas y libertadores" por haber en­frentado junto con el invasor la resistencia de un pueblo unido hasta su total agotamiento, así como por desconocer a conciencia y con deliberación los fundamentos ideológicos, éticos y políticos de la causa nacional, que sostuvo con indo­mable energía el Mariscal Francisco Solano López.

Pero esta mortal ceguera irá todavía más lejos, cuando tenga que conceder que la "cruzada libertadora" o la "guerra civilizadora" -como se prefiera-, lejos de anonadar en la ignominia a los leales sobrevivientes, los llevó a nuevos pi­náculos de consideración y liderazgo, que no habrá sido por­que las condiciones de la post-guerra les fueran las más fa­vorables, sino porque surgieron en andas del pueblo, de lo que de él quedaba, como constancias del sentido autonómi­co de la Patria, como testigos y actores del inmenso sacrifi­cio en aras de esos principios que hoy son gloria de América.

Así Ferreira dirá de ellos, entre despectivo y condescen­diente: "Es verdad que los titulados patriotas y buenos para­guayos (porque lo fueron de verdad, anotamos nosotros) han ocupado tan honrosos cargos públicos que loslegionarios, llamados traidores y malos paraguayos; pero esto, a no dudar, ha sido porque la patria, nuestra madre común, piadosa y magnánima,ha querido cubrir con un velo el triste pasado y, olvidando los agravios o las faltas de sus hijos, los ha acogido y acordádoles honores por igual con la visión de que todos se esforzaránpor hacerla alcanzar días mejores de grandeza, de libertad y de prosperidad". (30)O sea, la oración por la pasiva, el mundo al revés. Los justos perdonados por los pecado­res  que se glorifican y se inciensan a sí mismos sin pudor.

Se ha querido distraer la conciencia nacional haciendo cargar a Ferreira y al grupo de los más afines a él, las conse­cuencias de esta posición fatalmente condenada al repudio. Está demostrado que no es así; pero aquí preferimos referirnos a la historia antes que a la política partidista o a la historia política de los partidos, porque es aqué­lla la que recibió de pleno el impacto de la falsifica­ción, por razones fáciles de entender: "La historia falsificada -escribe Arturo Jauretche con presupuestos válidos para nosotros- fue iniciada por combatientes que, en el mejor de los casos, no expresaron el pensamiento profundo del país; por minorías que la realidad de su momento rechazaba de su seno, y que, precisamente, las rechazaba por el afán de impo­ner instituciones, modos y esquemas de importación, hijos de una concepción teórica de la sociedad, en la que pesaba más el brillo deslumbrante de las ideas que los datos de la realidad; combatientes a quienes posiblemente la pasión y las reac­ciones personales terminaron por hacer olvidar excediendo en esto a sus errores intelectuales- los límites impuestos por el patriotismo, para subordinarlos a intereses y apoyos forá­neos que, éstos sí, tenían conciencia plena de los fines con­cretos que perseguían entre la ofuscación de sus aliados na­tivos". (31)

En el caso que hemos visto, independientemente de cual­quier consideración política o partidaria exclusivamente local, la candidatura presidencial de Ferreira fue defendida por los antecedentes de éste con la Triple Alianza, y la interpretación valorativa de los hechos históricos que para los patro­cinantes del candidato ameritan a éste para tan alta magistratura. Y, por otra parte, la confesión crepuscular del propío Ferreira, cuando ya no está haciendo proselitismo, cuando ya no puede alentar ambiciones políticas personales, cuando to­do lo que le resta es poner en orden las cuentas de su vida para el balance de la posteridad, porque a esa altura no pue­de ignorar que, en el mejor de los casos, son cuentas muy discutibles y muy discutidas. En ese momento, para que na­die se llame a engaño ni intente cambiar el signo de sus actos, que serán siempre, por definición, representativos de una mentalidad antinacional, él se ratifica obstinadamente: "Si la historia se repitiera, yo estaría allí donde estuve".

Nada habría que agregar en aclaración de ese "error in­telectual" de que habla Jauretche, para definir la filiación de aquellas "reacciones personales" que olvidaron "los límites impuestos por el patriotismo". Sin embargo, no estará demás dejar establecido, siquiera como una referencia para estudios posteriores, la ligazón de ciertos móviles "doctrinales" con sus fuentes más directas e inmediatas, lo que nos dará una visión ampliada de la compleja trama de intereses que se trenzaron y anudaron en la Triple Alianza, y de las complici­dades que concurrieron a cohonestar la propaganda de la "cruzada libertadora".

De la misma campaña en favor de la candidatura pre­sidencial de Ferreira, y en defensa de sus antecedentes y "mé­ritos'', así como de los que como él anduvieron en las carpas aliadas, extraemos este párrafo reiterante y esclarecedor: "Son traidores, dicen, los que combatieron a López, como si López fuera la patria, y no observan que sí aquel hombre vi­viera y dominara, los paraguayos de hoy se encontrarían en peores condiciones que los turcos, que los rusos y que los chinos, porque la nación hubiera permanecido cerrada a las doctrinas que llegan del extranjero a través de los mares y de los bosques”(32)

No interesacuál haya sido por aquello años la situación de los turcos, de los rusos y de los chinos, pero sí es evidente que la situación del Paraguay después de la guerra, era peor que la que pudiera concebir la imaginación más tenebrosa y pesimista. Por de pronto, el país yacía en escombros, de su poblaciónno quedaba sino una breve caravana espectral, y sus riquezas -las que Dios regó en su suelo privilegiado- fueron enajenadas, mientras las otras, creadas en años de paz, de  orden y de trabajo, fueron desmanteladas, saqueadas o convertidas en concesiones al capital extranjero. Para peor, el Paraguay que jamás había conocido lo que es endeudarse, estaba aplastado bajo el peso de onerosos empréstitos "para su reconstrucción", sin mencionar la carga, de una fabulosa deuda de guerra.

Pero, como allí están los que se llenan la boca con "las doctrinas libertarias que llegan del extranjero", y como la cu­riosidad estimula, se impone él interés por saber algo de ellas, pero algo concreto y directamente ligado a la realidad nacio­nal. Se piensa en Ferreira, ya que es su candidatura la que está en juego, y por inevitable asociación de ideas surge el recuerdo de Mitre, que habiendo sido "el jefe", algo debe ha­ber dicho para que le siguieran y le guardaran sentimientos de "gratitud", que renovarían hasta el fin de sus días. Y bus­cando por allí un empalme fehaciente con tales doctrinas, que no sean los tan trillados de la preparación psicológica de la guerra, se encuentra -entre otros muchos que pudieran citar­se- la arenga del gobernante porteño, después de Tuyú-cue. "Cuando nuestros guerreros --dijo entonces- vuelvan de su larga y gloriosa campaña a recibir la merecida ovación que el pueblo les consagre, podrá el comercio ver inscriptas en sus banderas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado para mayor gloria y felicidad de los hombres".

Dicho esto por Mitre, el gran maquinador, no hace falta más para comprender la moral de aquella guerra. Las cues­tiones territoriales, por importantes que fueran -y acaso precisamente por eso,- no podían generar por si solas semejante concierto. Sabido era que siempre hubo rivalidad so­bre el punto, no por codiciar los mismos territorios, sino por los problemas que, con los criterios de la época, pudieran re­sultar, recelándose como se recelaban la Argentina y el Bra­sil, de fronteras comunes demasiado extensas. Además, el Uruguay no tenía parte en este asunto.

Los arreglos de limites después de la guerra, no hacen sino confirmar esta tesis, pues aún cuando no se omitió la mutilación del Paraguay, es bien sabido que no consiguieron aplicar a la letra lo acordado en el Tratado Secreto, y que las desaveniencias suscitaron conflictos muy graves, que pudieron desembocar en otra guerra entre los propios aliados.

Tampoco es admisible que la alianza haya tenido por cau­sa eficiente una coincidencia sobre cuestiones de "honor na­cional", que se enarbolaron con tanto ruido, sobre todo en la Argentina de Mitre, para fomentar el espíritu bélico contra el Paraguay. "Todos sus móviles y sus gestiones -aclara Gimé­nez Vega- prepararon los espíritus para la aventura que aseguró el predominio de las fuerzas imperialista en las na­ciones volcadas sobre el Plata: ausencia de patrio suelo, asa­lariamiento, autodestierro, supervaloración de la libertad in­dividual aún para atentar contra la independencia del país, predominio del plumífero, alarde del apátrida, descaro en la expresión periodística, predominio de una falsa civilización sobre la cultura verdadera, substitución de lo argentino por lo extranjero en todos los órdenes de la economía pública y privada". (33) Que son, con las mismas palabras, los elemen­tos de la oposición a la política de López en el Paraguay, y la explicación de sus funestas consecuencias para el país.

El único denominador común de la Triple Alianza era ese "apostolado del libre cambio", porque respondía a, la presión uniforme de intereses extracontinentales, y en la oportunidad sirvió de aglutinante para combinar los otros factores, como no habrían conseguido hacerlo por sí solos. El Uruguay, tam­bién en esto, fue a rastras de los acontecimientos, siendo, en puridad, otra víctima, tanto de aquella presión, como de sus aliados. El Imperio, motivado por sus ambiciones territoria­les, encontró facilitados sus verdaderos objetivos contra el Paraguay, y allanado el camino de una mayor influencia en el Ríode la Plata, adulando a esos intereses que desde las cuchillas orientales hasta los campos de la mesopotamia ar­gentina y también hasta Buenos Aires, ya se habían acomodado con lo más granado de la economía "fazendeira", tan in­fluyente en la corte de San Cristóbal, y tan comprometida con el “libre cambio", digitado desde Londres como sinónimo de “civilización".

La Argentina de Mitre, por su parte, estaba en posición similar pero secundaria, de modo que para Buenos Aires esa era de la oportunidad de actualizar sus títulos de puerto pre­ciso, y de confirmarse como intermediaria obligatoria y como destinataria de los mayores beneficios de todas las riquezas del interior, así fueran de un país independiente como el Pa­raguay. Para ello había que acabar con la "tiranía" de López, que tan impúdicamente ofendía al "comercio libre", pasando de largo con sus barcos, hacia Europa, llevando los frutos del país, y a la vuelta hacía lo mismo con los dineros y las manufacturas, que no pagaban comisión, ni iban a crear la prosperidad de concesiones leoninas, sino que estaban des­tinadas a servir la mayor independencia y bienestar de los paraguayos. Si sabría Mr. Thornton de estas cosas, él que ha­bía estado en Asunción, él que fue uno de los artífices de la reunión de las Puntas del Rosario, él que había intrigado con Mitre, con Saraiva, con Flores; él que había puesto a dispo­sición de Elizalde una cañonera de Su Graciosa Majestad; él en fin, que más que como una expresión de deseos, años antes había descrito como algo sabido que una "revolución" en el Paraguay -en el sentido más reaccionario en sus entendederas- sería, entre otras posibilidades más remotas, "la obra de una invasión extranjera".

Pero tanta aberración quedó, al fin, en la noche del pasa­do. A la negación de las glorias nacionales, tanto tiempo nega­das y retaceadas, siguió una creciente comprensión de la cau­sa nacional, que se ilumina con nuevos resplandores, a medi­da que, el revisionismo histórico va completando el inventario de las falsificaciones y desentrañando los móviles de los fal­sificadores. La exaltación de la Epopeya Nacional en su cen­tenario, es testimonio vivo y palpitante del triunfo clamoroso de la verdad. Desde el 11 de Noviembre de 1964 hasta el 1º de Marzo de 1970, hemos evocado día a día los hechos de la Diagonal de Sangre, los ideales y los valores morales que sus­tentaron tanto heroísmo, tanta abnegación, tanto sacrificio en hombres, mujeres y niños de todas las edades y todas las ca­pas sociales. Y hemos meditado en el austero paladín que leal a la consigna de "Vencer o Morir", cayó con la Patria y resu­citó con ella, para ser desde la cumbre ideal de Cerro-Corá inspirador del patriotismo y modelo de dignidad para los pa­raguayos de todas las generaciones. Como lo es, con esclare­cida presencia espiritual para la presente, acaso como antes para ninguna otra con tan total plenitud.

Y eso porque el Presidente Stroessner ha sabido imprimir a su tiempo la intensidad creadora del vaticinio, y porque es esta generación del Centenario la que con un jefe capaz de reatar el hilo de la historia, está escribiendo con su trabajo y su tesón de cada día, otra epopeya, la epopeya de la paz, en cuyo seno se refrescan los laureles del Héroe Máximo de la Nacionalidad con los alientos renovadores del progreso que él tanto amó y soñó para su Patria.

 

NOTAS

 (1) Elías  S. Giménez Vega, Testigos y Actores de la Triple Alianza, colección "La Siringa", págs. 16 y 58.

(2) José María Rosa, La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, Editorial Huemul, pág. 161.

(3) Arturo Jauretche, Política Nacional y Revisionismo Histórico, co­lección "La Siringa", pág. 8

(4) Id. Id., pág. 9.

( 5) José María Rosa, Obra citada, pág. 16.

(6) Id. Id., págs. 17 y 18.

( 7 ) Pelham Horton Box, Los Orígenes de la Guerra de la Triple Alianza, ediciones Nizza, pág. 282.

( 8) Id. Id., págs. 282 y 283.

( 9 ) Luis Alberto de Herrera, Antes y Después de la Triple Alianza, Tomo 1.

(10) Id. Id.

 (11) Id. id.

(12) Id. Id.

(13) Fermín Chávez, Vida y Muerte de López Jordán, pág. 116.

(14) Id. Id.

(15) Id. Id., pág. 120.

(16) Id. Id., pág. 117.

(17) Pelham Hortom Box, Obra citada, pág. 240.

(18) José María Rosa. Obra citada, págs. 147 y 148.

(19) Id. id, pág. 149

 (20) Id. Id, pág.160.

(21) Pelham Horton Box, Obra citada, pág. 274.

(22) J. B. Alberdi. El Imperio del Brasil ante la Democracia de América.

(23) Id.Id.

(24) Elias S. Giménez Vega, Obra citada, pág. 31

(25) Fermín Chávez, Obra citada.

(2G) Eligio Ayala. Migraciones.

(27) "ElCívico—, colección de artículos de dicho diario, publicada con el título de "El gran chantaje contra el general y doctor Don Benigno Ferreira,candidato del Partido Liberal a la Presidencia de la República del Paraguay” ed. Tall.del mismo diario. 1906.

(28) Juan B. Gill Aguínaga, La Asociación Paraguaya en la Guerra de la Triple Alianza, pág. 34.

(29) "El Cívico", colección citada.

(30) Id.Id

(31) Arturo Jauretche. .Obra citada, pág.7.

(32) "El Cívico", colección citada.

(33) Ellas S. Giménez Vega. Obra citada, pág. 7.

 

 

 

LA MARINA PARAGUAYA EN LA GUERRA DEL CHACO

 

Yo hablo de Marina de Guerra Nacional y no de Armada Nacional, porque aquél era el nombre de la Institución du­rante la Guerra del Chaco. Del mismo modo que el Ministe­rio respectivo era Ministerio de Guerra y Marina, los Arsena­les eran de Guerra y Marina, y lo que hoy es el Comando de la Armada, entonces era el Departamento de Marina. Además, así la menciona el Mariscal José Félix Estigarribia, Coman­dante en Jefe del Ejército en Campaña, y así recogen su nom­bre la mayoría de los cronistas e historiadores.

Menciono nombres y hechos, pero no todos los nombres ni todos los hechos, y soy el primero en apenarme por ello. Mi intención no es desconocer a nadie, sino sentar una tesis sobre la participación de la Marina en la Guerra, y debo va­lerme de algunos hechos y de algunos nombres en apoyo de esa tesis. Mi preocupación es por el papel cumplido por el Arma y así lo comprenderán todos, ya que este ensayo es más hijo de la fidelidad que de la idoneidad para tan empinado tema.

No pretendo hacer historia, sino exponer un criterio va­liéndome de hechos recogidos por la historia. Se verá que por momentos me valgo hasta de circunstancias minúsculas para subrayar la intención principal, de destacar la participa­ción de la Marina de Guerra Nacional en la defensa del Cha­co. Esta es una tarea que aún está por cumplirse y reconozco que es superior a mis fuerzas. Pero aquí queda esbozada, junto con la inquietud, una serie de reflexiones que, entien­do, pueden servir para el enfoque global de ese capítulo in­soslayable de la Historia Nacional.

Sin presumir de entendidos ni de acertar con la ortodo­xia del lenguaje castrense, eminentemente técnico y preciso, pero expresándonos de la manera más ajustada a nuestro al­cance, para establecer criterios solemos dividir la participa­ción de la Marina de Guerra en la contienda del Chaco en unos cuantos capítulos perfectamente diferenciables y defi­nidos.

Sin hacer cuestión de prioridades, ellos serían: 1) El apo­yo al Ejército en Campaña con fabricaciones militares y transporte de hombres, armas, abastecimientos y materiales, además, por supuesto, de la vigilancia y defensa del río con­tra ataques eventuales; 2) La comisión de Oficiales de Mari­na a los distintos frentes de guerra, en el interior del Chaco; y 3) La participación del Arma como tal, con la plena acep­ción del concepto, en operaciones de guerra, tal como se dio en el Sector Norte, desde el comienzo hasta el fin de la con­tienda de 1932 a 1935, hasta que en el último año el Sector quedó a cargo exclusivo de la Marina, con un marino como comandante, con su flotilla, con sus unidades aeronavales, con su fuerza de Infantería de Marina para la defensa de un territorio definido, con su batallón de Zapadores de Marina, con su Batería de Costa, con su Cuartel Maestre y sus Servi­cios, todo lo cual señala responsabilidades principales y no solamente complementarias o de apoyo, por importantes que éstas sean.

Sin embargo, quiero adelantarme a decir que con este enfoque no planteo una cuestión de valoraciones preferencia­les, sino que declaro una preocupación: la del estudio siste­matizado de la participación de la Marina de Guerra en aque­lla, sangrienta encrucijada del destino nacional.

Aclarando estas ideas, tenemos, para ejemplificar, la ac­ción de apoyo, la formidable tarea desplegada por el Depar­tamento de Marina y por los Arsenales de Guerra y Marina. La guerra se desarrolló en el interior del Chaco, a distancia cada vez mayores de los centros de movilización y abasteci­miento, pero siempre constituyó un eslabón crítico el tra­mo fluvial desde los puertos de la capital, del sur y del nor­te, hasta los puertos intermedios de desembarque en la cos­ta occidental, especialmente Puerto Casado. La Marina -y perdóneseme si me apego al nombre histórico de la Arma­da- cumplió este cometido con extraordinaria eficacia, so­metiendo al máximo esfuerzo a sus unidades y tripulacio­nes, a sus otros medios y personal, dando en más de una oportunidad ejemplo insuperable de comprensión de la filo­sofía fundamental de la defensa: la unidad coherente y la con­centración de esfuerzos para un solo fin, la victoria. En este aspecto es digno de recordar aquella dramática instancia del Coronel Rivas Ortellado al Jefe de Aprovisionamiento de Puerto Casado: "Si para mañana a las 8 no me provee 800 litros de aceite de movimiento, mis camiones quedarán parali­zados y las tropas sin agua en el frente". En el puerto no ha­bía aceite, es decir, el único que había era el que disponía el Cañonero "Paraguay" para su movimiento, indispensable en cualquier momento, porque Casado era el punto potencial­mente más expuesto y más amenazado por la aviación ene­miga, y la gran unidad fluvial estaba a cargo de la defensa anti-aérea de la base, con todo lo que eso significaba para la seguridad de los continuos desembarques de contingentes y materiales, que luego seguirían viaje por tren, en camiones y finalmente a pie.

El urgente pedido llegó, por los canales correspondientes, a conocimiento del Director del Departamento de Marina, que sin titubear ordenó al comandante del Cañonero ceder para la emergencia comunicada "todo el aceite contenido en el cederval de su buque" -como decía la orden- con destino al pedido urgente del Coronel Rivas Ortellado. La gran uni­dad quedaba convertida en un blanco fijo por la imposibili­dad de moverse sin combustible, pero la palabra rectora de la Marina anuló cualquier vacilación: "Mañana a primera hora saldrá de aquí una embarcación que le llevará aceite para reponer lo cedido. En cualquier caso es preferible que se pierda su buque, reemplazable en el futuro, y no la gue­rra"... Lo que queda narrado, que es de sobra conocido, no necesita comentario; pero el lacónico patetismo de las comunicaciones cambiadas en el caso, constituye el mejor comentario al espíritu de la Marina en la defensa del Chaco.

Es ese mismo espíritu el que estuvo, diligente y vigilante, en todas sus actuaciones y tareas, que fueron muchas y para las cuales nunca contó con abundancia de medios, ni siquie­ra, con los normalmente suficientes en aquellas circunstancias. Todavía, antes de considerar el transporte propiamente di­cho, hay que echar una ojeada, siquiera breve, al río mismo, que era la vía forzosa, la única para llevar hasta los puntos adecuados del litoral chaqueño todo lo que demandaba en crecientes cantidades el Ejército en Campaña.

Se habla a menudo de las crecientes del río, como "alia­das" del Paraguay en la contienda, porque permitían el des­plazamiento sin tropiezos de unidades fluviales de todo porte; pero se olvida que también hubo bajantes peligrosas, y que para obviar sus efectos, que habrían limitado el tránsito flu­vial con las consiguientes repercusiones negativas en las ope­raciones de la guerra, la Marina, con escasos elementos, ha realizado esfuerzos increíbles para mantener navegables los pasos, que eran numerosos y algunos verdaderamente críticos. En este duro trabajo, que jamás salió del anonimato, es justo recordar por su peculiar personalidad al Capitán Lázaro Aranda, paraguayo al viejo estilo y conocedor profundo del río, que trabajaba con sus hombres, y que si podía vérsele, atildado en su pulcro uniforme, en las ocasiones de dar parte o recibir instrucciones era más fácil encontrarle despojado de casi toda vestimenta, para hacer o guiar personalmente las operaciones más difíciles del trabajo.

En cuanto al transporte, además de las unidades de la Flotilla de Guerra y de algunos barcos auxiliares, se contó con unos cuantos cargueros movilizados, así como con una treintena de remolcadores y chatas, cuya febril actividad se ordenaba mediante directivas perfectamente sincronizadas, de manera que respondieran a cada necesidad en el momento de presentarse.

Se sabe que después de algunas experiencias insatisfacto­rias con otro tipo de transportes, los Cañoneros "Paraguay" y "Humaitá" cargaron con el grueso del transporte de tropas, en número superior a los 1.000 hombres por viaje y en tiempo récord de 35 horas, promedio entre Asunción y Puerto Ca­sado; pero también es digno de recordar la actuación de los Transportes de Guerra y hasta de las embarcaciones menores, que además de llevar contingentes cuando se daba la ocasión, soportaron el peso de conducir los materiales, los armamen­tos, las municiones y los abastecimientos. En esta compleja actividad, se contaban también las tareas más humildes, que miradas superficialmente podrían parecer insólitas en una crónica de guerra: el transporte de ganado en pie, para con­sumo de las fuerzas combatientes, y cuyo embarque frecuen­temente debía hacerse en una barranca cualquiera, sin ins­talaciones, por medios improvisados sobre la marcha de las necesidades.

Aunque olvidemos mucho, todo lo que recordamos debe constar para hacer el balance de la participación de la Marina de guerra. en la contienda del Chaco. Así, por ejemplo, en el reverso de las operaciones hacia el frente, la evacuación de los heridos de guerra, principalmente desde Casado hasta la capital, y la conducción de decenas de millares de prisione­ros, del innumerable armamento de toda clase y de los mate­riales capturados al enemigo y traídos para dar al pueblo una visión objetiva de los alcances de la campaña victoriosa. Todo vino por el río, como fue por el río, confiado al celo patriótico de los marinos paraguayos, que tuvieron un puesto de honor en una situación sin alternativas, ya que no habien­do caminos, el río era una pieza clave, algo así como la espina dorsal de la defensa del Chaco. Y en esa espina dorsal, la, Marina fue la médula.

Siguiendo en el Departamento de Marina -cuyo nombre se asocia en nuestra mente con el del Capitán Manuel T. Aponte, sin desmedro de otros ilustres jefes que estuvieron al frente de él- no podemos dejar de mencionar la Direc­ción de Inteligencia, en la puerta de cuya oficina principal había una placa grabada de bronce con estas solas palabras: "Inteligencia Naval". De sus varios cometidos, el que alcan­zó mayor trascendencia y lo ligó definitivamente, para la his­toria, a los más resonantes hechos de armas, fue la Sección Informaciones, con su servicio de Criptografía, con sus claves y con su extraordinaria eficacia para descifrar los mensajes que se intercambiaban en el campo enemigo. "En el trans­curso de la guerra -escribió el Capitán Aponte- esta Sec­ción colaboró constantemente con el Alto Mando, proporcio­nando minuto a minuto todo el movimiento y dispositivo del ejército adversario,, determinando todas las claves que usaba en sus comunicaciones y descifrando sus partes y órdenes librados por su Estado Mayor y Comandos Superiores, que de inmediato eran comunicados al Comando en Jefe del Ejér­cito en Campaña".

Por su parte, el Capitán Speratti en su breve "Historia de la Armada Nacional", refiriéndose a tareas concretas de esa Sección de la Dirección de Inteligencia Naval, recoge estas palabras del historiador Carlos R. Centurión: "Campo Vía, que fue legítimo triunfo de la fe, de la capacidad de lucha, de la abnegación sin paralelo, fue también la victoria de la serenidad y de la lógica, y de la paciente labor de descifrado. Porque el servicio de informaciones por medios técnicos es el que dió la clave de Campo Vía. Hay que decirlo bien alto en honor de la Marina de guerra Nacional". Seguidamente, el autor nombrado consigna esta otra afirmación consagra­toria: "Cañada Tarija será conocida en la historia con el nombre de Batalla de los Criptógrafos". Y quienes estaban al frente de tan delicada misión, eran marinos cuyos nombres vale la pena recordar con sus grados de entonces: Teniente Primero Humberto Infante Rivarola, a cargo de la Dirección, Teniente Segundo Julio Martínez Ramella, prematuramente desaparecido, y Guardiamarina Felipe Quevedo, hoy también ya desaparecido.

Mucho más cabría decir sobre cada punto hasta aquí apenas esbozado, pero eso corresponderá al historiador. Aquí debemos constreñirnos a unas pocas muestras del rico filón de oro que es la actuación de la Marina durante la Gue­rra del Chaco, porque si guerra es todo lo que participa de la suerte de las armas, la de la Marina no ha sido ni circuns­tancial ni adjetiva.

Necesariamente -incluso por Lealtad personal de anti­guo subordinado- tenemos que recordar a la III Sección del Departamento de Marina, la Sección Comunicaciones, a car­go del entonces Teniente Primero Enrique Velilla, espíritu delicado, pero al mismo tiempo voluntad imperiosa que estuvo en el quehacer de dotar al Ejército en Campaña de los medios técnicos de transmisión radial y telefónica. Del Taller de la Sección, montados en chasis de aluminio y ba­kelita, salieron centenares de equipos de campaña recepto­res-trasmisores, los famosos DM III, con destino a los distin­tos frentes, y estos equipos, portátiles en su mayoría, fre­cuentemente eran operados por personal de la Marina. Vir­tuosos de las comunicaciones inalámbricas en el Paraguay, pioneros de la radio y la telefonía, pasaron por allí, como Don Alfonso Sá, Don Salvador Guanes, los hermanos Nava­rro, Don Zacarías León, Don Luciano Ubaldi, con grados de oficiales, y otros más, también conocidos, como Larrucea, Niederreuter, Donna, Fretes, Riquelme y otros, como sub­oficiales y clases; pero todos técnicos destacados y conscien­tes de su responsabilidad. Por la existencia de los materiales, entre lámparas, bobinas, resistencias y condensadores, vela­ba el Contador de Marina Vicente Menchaca -hoy profesio­nal egresado de la Facultad de Derecho-, que antes había pertenecido a la Plana Mayor del Aviso de Guerra "Coronel Martínez", en Bahía Negra.

Dada la orden de preparar un número de equipos de ra­dio-transmisión, se trabajaba en forma continuada, de día y de noche, hasta cumplir la orden; y si faltaba personal espe­cializado para manipularlos, con los equipos se comisionaba a personal de la Marina. Las necesidades del frente siempre fueron sagradas, como bien puede recordarlo el entonces Tte. Zoilo Rodas Ortiz, entre muchos más.

Como detalle adicional de la tarea de esta Sección, no será ocioso mencionar el manipuleo del material de comu­nicaciones, que llegaba del exterior pronto para su traslado al Chaco, como alambres, cables, aisladores y pernos para las líneas telefónicas. Llegado el material al puerto, ya esta­ban esperando bajo los guinches los hombres de la III Sec­ción, con los funcionarios de Aduana, de manera que al mismo tiempo de cumplirse los trámites de visturía y des­pacho, allí mismo y sobre la marcha se distribuyera y reem­balara la carga de acuerdo con los pedidos del frente, para embarcarse ese mismo día en los transportes que estaban esperando. Cuántas veces la tarea era contra reloj, porque otras cargas de momento más urgentes apuraban; pero nin­guno zarpó sin aquellos materiales, pues en último caso estaba allí, a cualquier hora, la presencia oportuna y decisiva del Capitán Aponte, que podía resolverse en silenciosa apro­bación, si todo iba bien, o en órdenes tajantes, si ése era el caso.

Los Arsenales de Guerra y Marina, cualesquiera sean sus antecedentes, se ligan con el nombre del Capitán José Bozza­no, en la época de la guerra. Su contribución a necesidades fundamentales de la Campaña pueden sintetizarse con estas palabras del Capitán Speratti en su libro mencionado: "Ade­más de correr con la reparación y mantenimiento de arte­factos varios, instrumentos de precisión, armamentos, vehícu­los a motor, etc ., se ocupaban de producir granadas de mor­tero y de mano, bombas de aviación, morteros, fulminantes, espoletas, detonadores, tanques para agua, caramañolas, ca­rros y herrajes varios, botones, hebillas, arreos, repuestos para camiones, carrocerías de camiones, carretas, molinetes hélices, embarcaciones, camas para hospitales, etc.".

Acaso una anécdota sirva para ilustrar el marco de enér­gica eficacia en que desenvolvían sus actividades los Arsena­les de Guerra y Marina, bajo la férrea dirección de su jefe. Una mañana de sol quemante, había que mover la hélice dañada de uno de los grandes transportes de guerra. Diez o quince marineros se esforzaban estérilmente en el empeño de hacerlo. El Capitán Bozzano, desde distancia, hizo oír su voz: "Cuatro hombres a buscar palancas y el resto a flexio­nar". Eso fue todo. Minutos después, con palancas usadas alternativamente, la hélice fue movida, y por supuesto que también estos marineros flexionaron. La preocupación absor­bente de estos jefes -dígase Aponte o Bozzano, o los Comandantes de unidades fluviales, etc.- era que todo fuera posi­ble a medida de las necesidades y no de las disponibilidades. Es lo que al presente nos recuerda el Presidente Stroessner, veterano del Chaco, para todo el quehacer nacional: "Las dificultades sólo están para ser vencidas". Esta fue la moral de la guerra en todos los planos de la acción; por eso todo lo que se haga con esta moral tendrá perfiles de grandeza.

Constreñidos por la tiranía del tiempo, a despecho de olvidos y omisiones, por los que pedimos perdón, debemos seguir adelante, para ocuparnos, con las mismas limitaciones, de los Oficiales de Marina comisionados en el Ejército y que combatieron en los distintos frentes del Chaco. La lista es numerosa y constituye un precioso galardón para la Marina de Guerra Nacional; pero nuestro interés mayor en esta opor­tunidad está en el concepto del Arma. En el caso de los Oficiales que combatieron en filas del Ejército, ella aportó valores humanos que deben ser considerados en el contexto de la acción del Ejército, aunque la Marina, con justo título, partícipe de los méritos, por aquello de que "tales los hom­bres, tales las instituciones".

Como es imposible apurar aquí la lista completa de esos Oficiales y la relación siquiera suscita de sus méritos de guerra, sólo recordaremos los nombres de los que allá mu­rieron, con los cuales hoy se designan los sitios de sus ha­zañas: Tenientes Primeros de Marina Pelayo Pratts Gill y Án­gel Jara Troche, y Teniente Segundo de Marina Oscar Ca­rreras Saguier. Otros Oficiales muertos en acción o falleci­dos durante la guerra, son los Tenientes Primeros de Marina Raúl Vera Vargas y Julio A. Martínez Ramella, y el Guardia­marina Ricardo Ayala. La lista se extiende con sub-oficiales, clases y grumetes, cuyos nombres hoy la Armada Nacional conserva en el registro de sus glorías. Por otra parte, entre los grandes mutilados es imposible dejar de mencionar los  nombres de los Capitanes Andrés Orué Díaz, Teófilo Fariña Sánchez y Francisco Campos Ros. Si el escenario de la gue­rra fue el interior del Chaco, sus selvas, sus cañadones, sus arenales y sus estribaciones pre-andinas, en tierras frecuente­mente sedientas, que no recuerdan para nada el escenario fluvial y naval, estos soldados llevaron con su patriotismo y su valor de paraguayos el limpio y legítimo orgullo de ser Marinos y de servir a la Patria honrando al Arma en la hora de los grandes y supremos sacrificios.

Tócanos ahora la parte más difícil de exponer con torpes herramientas y tiempo limitado, lo que acaso diluya en osa­día nuestra respetuosa devoción por la Marina. En todo caso, quede el enfoque como aporte de buena voluntad, para tarea de otros más aptos. Nos referimos a la participación completa del Arma como tal, con dotación de todos sus ele­mentos, en un escenario concreto de la guerra, confiado a su responsabilidad desde el Comando hasta todos los escalo­nes. Esto se dió en el Sector Norte, en lo que podría estu­diarse como un proceso de integración, en el cual se anotó primero la presencia de unidades de guerra y de transporte a disposición del Sector comandado por Jefes del Ejército, como luego de unidades aeronavales en las mismas condicio­nes, hasta que por fin el Sector quedó a cargo exclusivo de la Marina .

En este orden, recordemos el bautismo de fuego de la Marina, identificándolo con el primer combate aeronaval, sostenido por el Cañonero "Tacuary" con aviones bolivianos, frente a la base y puerto de bahía Negra. Los detalles y las circunstancias de esa acción, son bien conocidos, por lo que los omitiremos aquí, para recordar solamente, en abono de la tesis, que en esa ocasión murió, alcanzado por una bomba de la aviación enemiga, el Coronel José Julián Sánchez, Co­mandante del Sector. No altera el planteamiento el hecho de que tras el trágico suceso, se hiciera cargo interinamente del Comando el Capitán de Navío Elías Ayala, porque al poco tiempo entregó el cargo al General Nicolás Delgado, sin que se hubiera alterado para nada la composición de la fuerza allí destacada. Al General Delgado sucedió el Coronel Fran­cisco Brizuela, y recién cuando éste, en el último año de la, guerra, recibió orden de acudir con sus tropas al frente de Villa Montes, se designó en su reemplazo a un marino, como Comandante efectivo del Sector, y la guarnición, así como las posiciones del frente, fueron cubiertas con dotación de la Marina. Ese jefe fue el Capitán de Corbeta Rodolfo Dá­valos, primero designado como Comandante del Destacamen­to de Marineros de la Guarnición de Bahía Negra, por De­creto del Poder Ejecutivo Nº 56.729, del 29 de Marzo de 1935, y luego con la denominación y cargo de Comandante en Jefe del Sector Norte, por orden de Comanchaco en su cifrado Nº 4930/42, del 12 de Abril de 1935, en las postrime­rías de la contienda.

Pero en realidad, desde el traslado de las fuerzas de Brizuela, el Sector Norte quedó a cargo de la Marina. Las palabras del Mariscal Estigarribia en sus "Memorias", son asaz expresivas sobre el punto: "Nuestro frente -escribe el glorioso conductor de la guerra- se había dilatado excesiva­mente, y como la situación no podía prolongarse por mucho tiempo, estábamos compelidos a proceder con rapidez, pero las lluvias continuadas y la escasez de medios de transporte trabaron grandemente nuestra acción, de modo que para fines de Marzo (de 1935) hubimos de dejar la margen iz­quierda del Parapití, abandonando Yuky  y. la zona más al norte, para volver a Camatindy". Seguidamente, el Conduc­tor de la Victoria amplía: "También atravesábamos por un período grave de crisis de efectivos, pero, como teníamos que accionar constantemente, ordené el traslado ole Capií-rendá de la escasa guarnición de Bahía Negra, constituida por tropas de mala calidad (muchos heridos y convalecientes), como única reserva a mi disposición, y  BAHIA NEGRA QUE­DÓ GUARNECIDA POR 200 MUCHACHOS DE 17 AÑOS A CARGO DE LA MARINA NACIONAL".

Esa reserva que menciona el Mariscal Estigarribia, y que eran comandadas por el Coronel Brizuela -todo el Sector Norte- estaban constituidas por algo más de dos mil hombres, agrupados en dos Regimientos de infantería y un regimiento de Caballería -según expone el Capitán Dávalos- y fue en su reemplazo que acudió el destacamento de "200 muchachos de 17 años a cargo de la Marina Nacional", datos comparati­vos que permiten apreciar el singular esfuerzo que tuvo que realizarse para cubrir con tan pocos hombres un frente tan dilatado y complejo, que aunque permanecía inactivo, era, por todo lo que se sabía, un peligro potencial de riesgo im­portante. Pero la situación evolucionó rápidamente a favor de la consolidación de las fuerzas en el Sector, como lo dice el Capitán Dávalos en este párrafo que debemos transcribir­lo completo, en abono de la tesis que venimos sustentando: "A pesar de habernos iniciado con 250 hombres en momentos muy críticos para nuestro Ejército, muy pronto llegamos a concretar un efectivo de 1.500 hombres, y formamos enton­ces nuestro Estado Mayor como sigue: Jefe del Estado Ma­yor del Sector Norte, Capitán de Corbeta Don Rubén Ayala; Ayudante del Comandante en Jefe del Sector Norte, Capitán de Corbeta Don Porfirio Machuca; y fueron Comandantes de Departamento del Estado Mayor, los Contadores de Primera Don Artemio Torreani Viera, Don Antonio Abadíe Rivarola, Don Carlos Ruíz Díaz y el Piloto de Primera Don Narciso Fernández. Comandante de regimiento lo fue el entonces Teniente Primero de Marina, actual Capitán de Navío (SR) Don Juan C. Páez; Comandante del Batallón de Zapadores de Marina, lo fue el entonces Teniente Primero de Marina, ac­tual Capitán de Navío (SR) Don Marcos A. González. El Regimiento de Marina, luego por orden de Comanchaco Nº. 40.455, del 10 de Mayo de 1935, fue denominado Regimiento de Infantería Nº 1 "Riachuelo". Comandante del Primer Ba­tallón de este Regimiento, lo fue el entonces Teniente Se­gundo de Marina y actual Contralmirante Don Raúl Gutiérrez Yegros; Comandante del Segundo Batallón lo fue el entonces Teniente Segundo de Marina y fallecido Capitán de Navío (SR) Don José G. Céspedes; Comandante de la Escuadrilla de aviones del Sector Norte lo fue el entonces Teniente Pri­mero de Marina, hoy Contralmirante (SR) Don Ramón Mar­tino" .

Hasta aquí la transcripción, que ya nos permite ver a la Marina completa, como Arma, en la responsabilidad total de un Sector. Allí está su Comandante, un marino; allí está su Estado Mayor, todos marinos; allí está su Regimiento de Infantería de Marina, allí también su Batallón de tapadores de Marina, y allí su escuadrilla de hidroaviones, con los fa­mosos "Machi" R-3 y R-5, con más todos los Servicios, Sanidad, Intendencia, etc., a cargo de marinos. Y, por su­puesto, primera en antigüedad, también allí está su flotilla de unidades fluviales. Trasladado el "Tacuary" a otra base, allí estuvieron el Transporte "Capitán Figari", comandado por el Maquinista Juan B. Zorrilla, y luego el Aviso de Gue­rra "Coronel Martínez", comandado sucesivamente por los Tenientes Primeros de Marina Antonio D'Oliveira, Dérliz Sa­maniego y Heraclio Rojas, y además, el Transporte de Gue­rra movilizado "Jorge1º",cuyos Comandantes fueron, pri­mero el Piloto Culzoni y luego el Piloto Pedro T. Ríos. Es­tas dos unidades citadas últimamente, se turnaban en el re­molque de las chatas "Chajhá" y "Piracuá" para el transporte de hombres, materiales, armamentos y municiones hasta Fortín Galpón, sobre el río Verde, afluente del río Otuquis o Negro, o para bajar hasta Olimpo, e incluso hasta Puerto Casado en operaciones especiales. Con estas embarcaciones se hizo en tiempo récord el traslado de las tropas de Brizue­la de Bahía Negra a Puerto Casado, y se llevó después a los contingentes de reemplazo ya descriptos. También hay que mencionar al "Tesorito", unidad menor que se propulsaba con una rueda de popa, de muy escaso calado, y que coman­dada por el Teniente de Marina Ocampos Lanzoni, navegaba fuera del cauce de los ríos, prácticamente a campo traviesa, utilizando las dilatadas superficies anegadas por las crecien­tes, hasta las proximidades de Isla 4, Santa Elena y Ñamaña­jhá. Estamos tentados de incluir también las chalanas tira­das por bueyes, que perdían las pezuñas en los viajes por los charcos, y por cuyo medio se distribuía los abastecimientos hasta el último puesto avanzado, frente a las posiciones bo­livianas.

Pero, dijimos que este Sector se fue integrando a cargo de la Marina, aunque, naturalmente, bajo las órdenes de Co­manchaco. Primero, no importa con cuántos barcos, la fuerza Naval afectada a la 3º División de Infantería y a las guar­niciones que le sucedieron constituyendo el Sector; ensegui­da, la Fuerza Aeronaval, y después todo el resto, como que­da sucintamente relatado. En este proceso, las unidades fluviales así como los hidroaviones tuvieron destacada ac­tuación. La hazaña del "Tacuary" que, según se reportó sin desmentido, puso fuera de combate a un avión enemigo, sólo fue el comienzo. Revistaban en la Plana Mayor en la históri­ca ocasión, el Teniente Primero de Marina Porfirio Machu­ca, Comandante; el Guardiamarina Darío Masi Brancatti, Se­gundo Comandante; como Oficiales de Guardiamarina Arnul­fo Rojas Rotela, el Piloto de 1º Antonio Torales Molinas, el Piloto de 2º Juan Silvano Valenzuela, el Maquinista de 2º Agustín Culzoni, el Maquinista de 3º José A. Valinotti, los de igual jerarquía Gregorio Benítez y Emilio Jiménez, el Confiador de 2º Agustín Rojas González, el Cirujano de 3º Dr. To­más Sánchez Zorrilla, y los Practicantes de Sanidad, estu­diantes Carlos Centurión y Julio Darío González Vera.

Después del "Tacuary” el Aviso de Guerra "Coronel Martínez" y el Transporte "Jorge 1º "tuvieron que vérselas muchas veces con la aviación enemiga, que venía en escuadri­llas a bombardear Bahía Negra o a ametrallar los fortines del litoral, al norte de esa base. La última acción que recor­damos es de Mayo de 1935, cuando dos aviones sorprendie­ron al "Jorge 1º"trayendo de tiro, con viento de costado, la chata "Piracuá", a la altura de Fortín "Patria". Los aviones hicieron varias pasadas a baja altura, ametrallándolo, y el "Jorgito" -como le llamaban- se defendió con su Maxim. de viejo modelo, burdamente acondicionada como arma an­tiaérea, sobre un eje o pedestal de madera.

Ex-profeso dejamos aparte la actuación de la Aviación Naval, que se encontraba en el Sector en las mismas condi­ciones que la Flotilla, hasta la integración completa de dicho Sector por la Marina.

Figuras descollantes de la Aviación Naval en los años de mayor actividad en el Sector, fueron los actuales Contralmi­rantes (SR) Ramón E. Martino y Ramón Díaz Benza, que realizaron exitosas incursiones sobre los fortines bolivianos del norte, llevando a las líneas enemigas la certeza de una preparación diligente para actuar en cualquier circunstan­cia. Los raids nocturnos que destacan las crónicas de la épo­ca, tuvieron lugar, el primero en la noche del 22 de Diciembre de 1934, segundo aniversario del bautismo de fuego del "Tacuary” -y también de la Marina-, y el segundo el 28 del mismo mes. El 1º de Enero de 1935 se realizó una tercera in­cursión nocturna, y la cuarta tuvo lugar el 11 de ese mes.

Del diario de guerra del Contralmirante Martino extrae­mos estas anotaciones sobre la primera incursión: "Diciembre 22 - Orden Particular Nº 136 - Piloto: Tte. Martino - observador: Capitán von Zastrow (de la Aviación Militar) - Vuelo: de 3 y 15 a 5 horas - Duración: 1 hora 45 minutos - Llevamos ocho bombas tipo XII. Volamos hasta Vitriones, arrojando allí 4 bombas. Pasamos luego sobre guijarro, arro­jando también 4 bombas. Regresamos nuevamente sobre Vi­triones, ametrallándolo. Luego regresamos a la base. Este vuelo es el primer vuelo nocturno que realizo como piloto, y el primero entre ambas aviaciones en el curso de la guerra. La navegación nocturna ofrece dificultades que no creí en­contrar. Es difícil la orientación, debiendo navegarse exclu­sivamente a compás. La visibilidad horizontal, o mejor, la distancia, es casi nula a pesar de la luna, siendo bastante buena la visibilidad vertical. La precisión del bombardeo es buena, máxime teniendo en cuenta que el bombardeo noctur­no con este objetivo, no es sino con un fin especialmente mo­ral. Tengo la sensación de que el vuelo nocturno es una es­cuela indispensable para el personal navegante. En este sen­tido comprendo que mucho tengo que aprender. El enemi­go nos persiguió con dos máquinas, llegando a Bahía Negra después que nosotros". Hasta aquí la transcripción.

Siempre ocurría así, de modo que tras cada incursión había que esperar la respuesta, que daba lugar al fuego de tierra y a la participación de los barcos, que salían a la co­rrentada, maniobrando aguas arriba y aguas abajo, disparan­do sus piezas. Lo peor era encontrarse con los aviones en el curso más angosto del río Otuquis o Negro, porque no había posibilidad de maniobra, y porque la defensa antiaérea era tan limitada, que tenía que hacer malabarismos para ajus­tar su tiro.

No siempre resultaron sin accidentes las incursiones de la Aviación Naval paraguaya. Mucho antes de estos vuelos nocturnos, en un raid de septiembre de 1933, el hidroavión R-5, con el entonces Tte. Martino como piloto, y con el de igual grado Ramón Díaz Benza, como observador, debió ha­cer un aterrizaje de emergencia al regreso de sus cotidianas incursiones a la zona enemiga de Vitriones y la cadena de fortines, pasando varios días sin que nada se supiera de la máquina 5 de sus tripulantes. La búsqueda y el salvataje fue encomendada al "Capitán Figari", además de las patrullas que se destacaron con el mismo objeto; pero los pilotos fue­ron encontrados por vecinos de las inmediaciones -cazado­res y agricultores ocasionales en los bancos- que los lleva­ron en cachiveo a Puerto Caballo. La tripulación del "Capi­tán Figari" halló la máquina accidentada y se ocupó de su rescate, después de haber devuelto a Bahía Negra, desde el puerto mencionado, sanos y salvos a los Tenientes Martino y Díaz Benza.

Toda esta actividad de la Marina en el Sector Norte, des­de el comienzo de la Guerra del Chaco, afectada al Comando del Sector, primero con los barcos, enseguida con los hidro­aviones, luego con los contingentes de reemplazo y asumien­do finalmente la responsabilidad total en aquella zona criti­ca de la controversia de límites con Bolivia, nos recuerda que también fue una comisión de la Marina, a las órdenes del Ca­pitán de Fragata Domingo A. Ortíz, la que hace ya cerca de un siglo tuvo, en ese mismo escenario, el honroso cometido de desmantelar el pretendido Puerto Pacheco, e izar el pri­mer Pabellón Nacional en la Base permanente de Bahía Ne­gra, desde entonces el bastión más avanzado de nuestra so­beranía en el litoral norte del río Paraguay. Fue un hecho consecuente con la historia que, en la hora de las supremas definiciones, le topara otra vez a la Marina reverdecer en ese mismo confín patrio los lauros de sus antiguas hazañas, con­tribuyendo -como lo reconoce el Mariscal Estigarribia- a aliviar las críticas necesidades y los frentes más compro­metidos.

Por lo demás, la actuación global de la Marina, que qui­siéramos ver orgánicamente desarrollada en una obra com­prensiva de todas las facetas de su múltiple acción, ha sido, sin lugar a dudas, uno de los factores de la victoria, tan im­portante como todos los demás, contando desde el frente hasta las entrañas del pueblo, y que sumados en un haz fuer­te y resuelto impulsaron el ariete de la Nación en armas, en defensa de su integridad y de su soberanía. Este es nada más que un esbozo incompleto e imperfecto. Los hombres y los hechos son muchos más, y todos tienen que ser resca­tados del anonimato y del olvido, porque merecen bien de la Patria y porque son ejemplos para las presentes y futuras generaciones, especialmente para los Marinos de hoy, para los integrantes de la gallarda Armada Nacional, herederos de tantas glorias pasadas.


 

LA LÍNEA NACIONAL Y POPULAR

 

¿Hay una línea nacional y popular, que podamos llamar así por oposición a otras y que, sin ser la única en la Gesta de Mayo, fue sin embargo la conductora y la definidora?

¿Podemos  distinguir a 167 años de distancia el origen y la trayectoria de esa línea, y reconocerla clara y distinta en to­das las etapas de la vida del Paraguay independiente?

No está en nuestro ánimo sectarizar la gloriosa jornada de la emancipación patria, pero entendemos que si hay una respuesta afirmativa a esas inquietantes preguntas, no debe sernos indiferentes a nosotros, los colorados, conocerla y valo­rarla cabalmente, ya que nuestro nacionalismo, para ser auténtico, no puede haberse improvisado un día cualquiera, ni los fundadores de nuestra gloriosa asociación política pudieron inspirarse contradiciendo aquella línea, lo que hu­biera equivalido a bastardearla o negarla.

Si esto se nos concede, debemos agregar aún que la oportunidad no nos permitirá extendernos como quisiéramos en el análisis de los elementos que nos darán la respuesta.

Muchas persuasivas pruebas habremos de pasar por alto en mérito a la brevedad para detenernos solamente en aquellas que nos parecieron fundamentales y que confirmándose las unas con las otras son suficientes a nuestro objeto.

El punto de partida es la Revolución de Mayo. En el examen de sus antecedentes, nos limitaremos a aquellos que le son inmediatos, dejando solamente constancia de que los anhelos de independencia del pueblo paraguayo son muy anteriores y tuvieron a lo largo de la vida colonial viriles expresiones que ha recogido la historia en páginas de gloria im- perecedera.

 

Triunfante en Buenos Aires la Revolución del 25 de Mayo de 1810, la Junta que se instaló en el gobierno puso en movimiento como suyos propios los poderes virreinales. El Paraguay, que era Provincia del Virreinato, no escapó a estas providencias, que se cumplieron, en primer término, con la misión de José de Espínola y Peña, que, como es sabido, debía obtener el sometimiento del Gobierno de Asunción a la autoridad de la Junta porteña.

Después vendrían otros hechos que ya veremos a su turno; entretanto digamos que el comisionado fracasó y que tuvo que huir del Paraguay. Pero se conoció por su cometido los designios de Buenos Aires y hasta se tuvo una prueba de la gravedad del momento que se vivía con lo que había ocurrido en Pilar, donde Espínola y Peña, de paso hacia Asunción, consiguió de esa ciudad el reconocimiento que buscaba de toda la Provincia,

El cabildo asunceno, con toda razón, se sintió inquieto, pues como se vio a poco, no compartía la interpretación que daba a sus poderes la Junta de Buenos Aires. Sin la autoridad del Virrey, representante del soberano, todas las Provincias eran iguales y ninguna tenía potestad sobre la otra. Para atender estas cuestiones y establecer un criterio que rigiera el gobierno de la Provincia, el Gobernador Bernardo de Velasco, solicitado por el Cabildo, convocó la Asamblea Pro­vincial, que se reunió el 24 de Julio de 1810, o sea dos meses después de la Revolución de Buenos Aires.

Esta Asamblea no ha pasado a la historia como una jor­nada ilustre. Sin embargo, EN UN SENO SE PRODUJO LA PRIMERA EXPRESION CONCRETA DE LA LINEA NACIO­NAL Y POPULAR, y, como se verá, por ,mucho que se quiera negarlo, todos los razonamientos son favorables a la tesis que le da ese origen y que todavía espera el autor que la redima de dudas y vacilaciones.

Doscientos vecinos concurrieron a la Asamblea: "el Clero, Jefes, Magistrados, sujetos de literatura, vecinos y arraiga­dos" dicen las crónicas. Entre ellos, José Gaspar de Francia.

El Gobernador Velasco comenzó por constituirse a sí mis­mo presidente de la Asamblea, sin consultar la voluntad de sus miembros. A continuación dió lectura a un largo mani­fiesto en el que analizaba la situación del Virreinato del Río de la Plata y presentaba las resoluciones que, en nombre del Cabildo, pedía que adoptara la Asamblea.

Estas resoluciones eran cuatro: 1) Reconocimiento del Consejo de Regencia de Sevilla como legítimo representante del Rey Fernando VII. 2) Política de armonía y amistad con la Junta de Buenos Aires, sin reconocerle autoridad en las co­sas del Paraguay, hasta que el Rey pudiere disponer en defini­tiva. 3) Creación de una Junta de Guerra para la defensa de la Provincia. 4) Comunicación de lo resuelto al Consejo de Re­gencia y a la Junta de Buenos Aires.

Pedro Somellera, que fue asesor de Velasco y que vivió de cerca los acontecimientos, sostiene que por toda contes­tación al manifiesto del Gobernador y a las resoluciones que pedía, el Doctor Gaspar de Francia expresó que "EL PODER ESPA-ÑOL HA CADUCADO EN EL CONTINENTE".

En un manual de historia que leen nuestros estudiantes -obra de los PP. Capdevielle y Oxíbar- se pone en duda que el hecho sea verídico, con el apoyo de una expresión de Ma­riano A. Molas, que también asistió a la Asamblea, y que sostiene que las resoluciones fueron tomadas "sin que nadie expresase libremente su opinión". Molas no dijo que na­die opinó. Sostiene que nadie pudo opinar libremente, que es otra cosa y que nos presenta el clima de aque­lla Asamblea, en la que el Gobernador se auto-eligió presidente, trazó el plan y propuso resoluciones contra toda norma. No se puede suponer que todos estos hechos ha­yan sido recibidos impasiblemente por la Asamblea, en la que estaban representados los más diversos intereses de la vida colonial, frecuentemente opuestos y contradictorios, particu­larmente en el orden económico, y en cuyo seno la disyuntiva de un Consejo de Regencia, remoto y agobiado por otros pro­blemas, y una Junta Gubernativa, próxima y alentada por sus éxitos iniciales, como la de Buenos Aires, tenía que provocar necesariamente los más rudos contrastes de opinión. Y esto sin descartar las inquietudes independentistas que siempre tuvieron eco en el alma paraguaya y que pronto se manifesta­rían con toda su fuerza avasalladora.

Somellera agrega sin contradicción que el Doctor Fran­cia no firmó el acta de la Asamblea y que se retiró de ella en señal de protesta. Esta actitud es típica del prócer, que la repetiría más adelante, celoso de la integridad de sus con­vicciones.

Hay que reconocer empero que los referidos autores, en medio de sus dudas, reconocen valor singular a la expresión franciana. "Palabras de alta significación -dicen- que, de haber sido pronunciadas, serían más tarde los principios so­lemnes de la Independencia Nacional".

Palabras -decimos nosotros- que no son sino un anti­cipo de los altos objetivos que explican la conducta posterior del Doctor Francia: "EL PODER ESPAÑOL HA CADUCADO EN EL CONTINENTE".

El fracaso de la misión de Espínola y Peña, lejos de de­salentar a los porteños, los llevó a tentar toda suerte de recur­sos para someter al Paraguay. Entre el Congreso del 24 de Ju­lio de 1810 y la Revolución del 14 de Mayo de 1811, hay una sucesión de hechos aleccionadores que van desde una sona­da conspiración de los "porteñistas" asuncenos, hasta la in­vasión de la Provincia por el ejército que mandaba Manuel Belgrano. Durante este período, Asunción es el centro de una intenso. actividad política; los chasques, los espías y la co­rrespondencia revolucionaria se multiplican, hasta el punto de crear una atmósfera de desconfianza y de recelos imposi­ble de disimular.

De la conspiración de los "porteñistas", descubierta en el mes de Septiembre, surgió en claro que había el propósito de matar al Gobernador y a las más altas autoridades de la Provincia. Don Santiago Aráoz, incurso en el proceso como uno de los agentes principales de la conspiración, declaró el 22 de Diciembre que el plan "era el que estaba formado para ponerlo en cumplimiento por el mes de Enero, pues para ello había recibido el Dr. Dn. Pedro Somellera, asesor del Gobier­no, dos cartas, la una del Dr. Castelli, vocal de la Junta de Buenos Aires, y la otra del Dr. Allende, en la que se le encar­gaba no se apartase un punto de lo que la Junta de Buenos Aires le ordenaba, tratando de ejecutar todo aquello que les pareciese conveniente a su intento, y después dar cuenta delo acaecido a la Junta de Buenos Aires .

La mención de Somellera como agente de los porteños, siendo el asesor del Gobierno de Velasco, es reveladora de la peligrosa situación que se vivía, entre infidencias, traicio­nes y duplicidades, que exigían momento a momento con ma­yor urgencia un desenlace clarificador. En cuanto a la natu­raleza del plan, a nadie puede parecerle una exageración del declarante Aráoz, por cuanto que éste cita una carta de Cas­telli, que había propuesto a la Junta de Buenos Aires un sis­tema de "sangre y rigor" contra "los enemigos", el cual ha­bía sido aprobado y estaba ya en plena ejecución en las provincias argentinas hasta el Alto Perú. Desde la Asamblea del 24 de Julío, que no reconoció autoridad sobre el Paraguay a la Junta porteña, el Gobierno de Asunción estaba entre "los enemigos”, a los cuales había que "infundir terror" para "con­solidar la grande obra de nuestra libertad e independencia", según la expresión de Mariano Moreno.

En ese ambiente, hasta la censura de la correspondencia privada llegó a parecer una previsión saludable y necesaria. En petición al Gobernador, subscripta por un centenar de ve­cinos expectables, entre los que figuran algunos que después serían próceres de nuestra independencia, se reclama en to­no exigente que se adopte la medida porque "la principal defensa de esta provincia en el día consiste en la actividad y diligencia del Jefe, pero que todo ello se frustra en daño no hay secreto, como que no lo puede haber habiendo entre no­sotros infidentes ocultos de cuya existencia no tenemos la menor duda, por lo que se hace necesario descubrirlos por cualquiera vía y no habiendo otra que la de la corresponden­cia del correo de Buenos Aires, suplicamos a V. S. se sirva re­conocerla toda, a excepción de la del Ilustre Cabildo Secular y Eclesiástico y de sus Jefes respectivos". Por supuesto que al no excluirse los recurrentes, la intención era quedar a salvo de sospechas y de sorpresas. Para aplacar escrúpulos, todavía decían esto más: "No ignoran los que suscriben la gravedad de la materia que piden, pero todo ello debe ceder a la Salud Pública y mucho más que cada individuo debe con­siderarse interesado en esta operación de que pende su seguridad".

Así estaban las cosas cuando sobrevino la intervención armada de Belgrano, que invadió el Paraguay por el Paraná a fines de 1810, en cumplimiento de instrucciones de la Junta de Buenos Aires. No nos detendremos en historiar el proceso de la invasión hasta su fracaso final después de las derro­tas de Cerro Mbaé y Tacuary, pero al objeto de nuestra tema debemos destacar la actitud del pueblo paraguayo, descripta por el mismo Belgrano en comunicación a sus mandantes: "Desde que atravesé el Tebicuary -dice—, no se me ha pre­sentado ni un paraguayo, ni menos los he hallado en sus ca­sas; esto, unido al ningún movimiento hecho hasta ahora a nuestro favor y, antes por el contrarío, presentarse en tanto número para oponérsenos, le obliga al ejército de mi mando a decir que su título no debe ser de auxiliador, sino de conquistador del Paraguay". Está claro que no hubo una abstención del pueblo, sino una acción decidida en contra de los invasores, de lo que resulta que todo el afanoso quehacer de los "porteñistas" asuncenos y de los numerosos porteños que habían cruzado el territorio con distintas comisiones secretas en los últimos meses, fue totalmente estéril para ganar la voluntad popular en favor de la causa de Buenos Aires. Y no se diga que, "a contrario sensu,",el pueblo era "realista", defensor de las resoluciones de la Asamblea del 24 de Julio de 1810, porque tampoco los "realistas" asuncenos, a cuya cabeza estaba el propio Velasco, consiguieron nada con él, cuando, a su turno, fueron ellos los conspiradores con­tra la línea nacional y popular que cuidadosamente iba ga­nando coherencia y poniéndose en posición de controlar el destino de la Provincia del Paraguay. Nada faltó para que así sucediera, porque incluso la huída del Gobernador del campo de batalla y el consiguiente desbande de las familias españolas de Asunción, para ponerse a salvo de lo que con semejante ejemplo les hizo pensar en la irrupción inminente de los porteños, reforzó que nadie podía hacer por los para­guayos más que los paraguayos mismos, tal como ocurrió en Cerro Mbaé y Tacuary.

Cuando hablamos de línea nacional y popular en esta etapa de la vida paraguaya y no la podemos fijar con la precisión de la línea "porteñista" o de la línea "realista", que respondían concretamente a Buenos Aires o al Rey, mientras que aquella no tenía todavía un pronunciamiento definido, no nos estamos contradiciendo con la importancia que le concedemos, porque siendo la más difícil, era también la que más resistencia podía concitar contra ella por parte de las poderosas corrientes de intereses creados que representaban las otras y en cuya defensa se apeaban de toda considera­ción, como se vio tan dramáticamente cuando ambas fueron desahuciadas y se aliaron para obstaculizar el proceso de la Independencia. Además no todos los que contribuyeron a la afirmación y al triunfo definitivo de la línea nacional y popular tuvieron criterio claro de lo que debía o podía ha­cerse. Frente a los escollos y a las asechanzas, tal vez fueron los menos los que se impusieron fría y reflexivamente un camino a recorrer. No es desmedro para los otros, pero la Independencia del Paraguay no podía hacerse solamente con entusiasmo y con valor. El concurso de la inteligencia era indispensable.

Para dar un ejemplo, vaya éste: Belgrano, después de la derrota, escribió reiteradas protestas de que su misión en el Paraguay no había sido comprendida. En cartas a más de uno de sus vencedores aseguró que no le movió otro propó­sito sino el de que los paraguayos "recobrasen los derechos que por todos los títulos les corresponden". Expresiones cordiales y conciliadoras que convidan a la confianza y a la fraternidad. Pero Belgrano no era la Junta de Buenos Aires, y ésta para esos mismos días ya había inaugurado las "tablas de sangre" de la Independencia argentina. Castelli y Rodrí­guez Peña estaban ya en el Alto Perú -lo que es hoy Bolivia- con las famosas "instrucciones reservadas" de Moreno, en cuya virtud la Plaza Mayor de Potosí fue testigo de mu­chos fusilamientos, por causas parecidas a las que se pu­dieron invocar contra los que resistieron en el Paraguay a sujetar la Provincia a la autoridad de la Junta porteña. Y esto no era un vano temor, porque allí estaban las pruebas en el proceso a los porteñistas, el testimonio de Aráoz, esta­bleciendo la correspondencia de Somellera con Castelli.

Valórese entonces con qué fría precisión había de esco­gerse el rumbo para sacar con bien la Patria Libre y reco­nózcase con cuánta prudencia ha tenido que ir anudando sus eslabones la línea nacional y popular. Apenas nos refiramos a la Revolución de Mayo y a la Primera Junta, deberemos insistir en estas reflexiones. Mientras tanto, volvamos a la sucesión de los hechos.

Los descontentos con el régimen español se multiplicaron y tuvieron nuevos argumentos después de las defecciones "realistas" -comenzando por la del Gobernador- en la de­fensa de la Provincia. La desconfianza y los recelos recípro­cos se hicieron más agudos y la necesidad imperiosa de hallar soluciones tranquilizadoras señaló a los patriotas el momento propicio para la conspiración. No vamos a repetir aquí lo que todos saben, que el Capitán Pedro Juan Caballero y otros patriotas se reunían secretamente en la casa de los hermanos Martínez Sáenz, hecho que desembocó en la Gesta del 14 de Mayo de 1811. En cambio nos parece de la mayor importan­cia señalar que en los últimos días anteriores a esa fecha, se conoció que la presencia del teniente portugués José de Abreu en Asunción, obedecía a ciertas tratativas con Velasco, para el reconocimiento de la princesa Carlota Joaquina de Borbón, hermana del prisionero rey Fernando VII y esposa del rey de Portugal, como regente de las colonias españolas en América.

El Congreso del 24 de Julio de 1810 había reconocido al Consejo de Regencia de Sevilla; pero eso era una cosa y otra muy distinta la que ahora se proponía. El Consejo de Regen­cia estaba lejos, allá en Europa, totalmente ocupado con los graves problemas de España; además, la Revolución de Bue­nos Aires, la capital virreinal, y la convulsión de las Provin­cias, ponían al Paraguay todavía más lejos de cualquier acción del Consejo. Pero la Regencia transferida a la princesa Carlota Joaquina, la ponía prácticamente en nuestras fronteras por el lado del Brasil y hubiera significado la revitalización del co­loniaje, que en la otra situación había quedado sin vigencia política real. Además, con Portugal y sus colonias había mu­chos problemas pendientes y más dé uno tocaba directamen­te al Paraguay, y esto era un argumento más en contra de la misión de Abreu.

La línea nacional y popular se fortaleció así con otro eslabón y fue posible ver mejor que ella estaba tan lejos de la "línea realista", como había probado estarlo de la "línea porteña". La actitud favorable de Velasco a la misión de Abreu, aceleró los acontecimientos y se produjo la Revolu­ción. Gamarra, Cabañas y Gracia ya no estuvieron al lado de sus compañeros y subordinados de las batallas de Cerro Mbaé y Tacuary. El primero se ofreció para defender a Ve­lasco, el segundo respondió que no recibía órdenes sino del Gobernador y el tercero huyó hacia el norte, hacia el Brasil. He aquí otras pruebas de lo difícil que era llevar sin tropie­zos la línea nacional y popular y de la extraordinaria pru­dencia que exigía de sus partidarios, que se movían, puede decirse, entre los claros de los bandos adversos.

La Revolución triunfante no depone a Velasco, pero le impone la participación en el Gobierno de dos diputados ele­gidos por el Cuartel, recayendo los nombramientos en Juan Valeriano Zevallos y José Gaspar de Francia, Se trata de un Gobierno provisorío hasta que se reúna el Congreso.

Otra vez Somellera, a quien ya vimos como asesor de Velasco y después como agente de Castelli, para matar a Velasco en beneficio de los "porteños", aparece en escena para adjudicarse ahora poco menos que la propiedad de la Revolución. Apenas instalado el Gobierno provisorio, manio­bra para que se designe a Don José de María como portador del parte de la Revolución a la Junta de Buenos Aires. Pero José Gaspar de Francia frustra la misión, completando el pensamiento que le oyera el mismo Somellera en el Congreso del 24 de Julio de 1810, o sea, sea nueve meses atrás. Si entonces dijo que "el poder español ha caducado en el Con­tinente", de lo cual no era posible inferir opinión alguna sobre la Junta Porteña, en esta oportunidad aclaró que "el apresu­ramiento de mandar un enviado al Gobierno de Buenos Aires no le parecía bien, pues el Paraguay acaba de SALIR de una opresión secular y que era necesario meditar mucho para no CAER EN OTRA".

Bien debía conocer Francia a Somellera, puesto que fue su condiscípulo en Córdoba, y bien debía tenerlo medido y calibrado, a pesar de deberle algunos favores -incluso se le atribuye su designación en el Gobierno-, para que con ma­yor razón se guardara de confiarle sus pensamientos íntimos, que ya no ocultaría a partir de este momento, aunque segui­ría expresándolos con prudente cautela hasta afirmarse la Revolución. Por otra parte, Francia no podía desconocer que el candidato para llevar a Buenos Aires la nueva de la Revo­lución estuvo complicado en los procesos del año anterior, con motivo de la conspiración porteñista, resultando de las investigaciones que había mudado de "realista" fanático en "porteñista" activo, hasta intranquilizar en sus viajes a la pacífica población de la Villa Real de Concepción, que había permanecido "bastantemente sosegada sin que se oyera haber partidarios de la Junta de Buenos Aires", según testimonio de José Ignacio Viedma.

El 17 de Junio se reúne el Congreso para tratar “la forma y modo de Gobierno que convenga a la seguridad de esta Provincia", pero para entonces ya hacia una semana que Velasco había sido destituido de su cargo en base a nuevas y más graves comprobaciones de lo que había estado y se­guía maquinando con los portugueses.

Otra novedad digna de mención es que Pedro Somellera reaparece una vez más, visitando a los diputados al Congreso o abordándolos a medida que llegaban a la Capital los del interior, para señalarles la urgente necesidad de la unión con Buenos Aires. Fue por fin apresado, junto con su hermano Benigno y otros porteñistas notorios. Francia le había dicho últimamente: "Es menester que cada cual sirva a su país; usted no hace falta al Paraguay y puede ser de mucha utili­dad en su tierra". Fue la última advertencia. A esto llama Mariano de Vedia y Mitre "una acción dictatorial", porque según lo que cuenta Somellera, pidió la inclusión de Francia en el Gobierno porque "lo creyó adicto a la causa común de los pueblos", debiendo entenderse por esto la obediencia a Buenos Aires.

Este Congreso llamado del 17 de Junio y que duró hasta el 20, encomendó el gobierno a una Junta Superior Guberna­tiva de cinco miembros. Eligió Presidente de la misma al Teniente Coronel Fulgencio Yegros y vocales a Francia, Ca­ballero, Bogarín y de la Mora. Sus resoluciones más impor­tantes marcan un progreso decisivo de la línea nacional y popular: en adelante sólo podrán aspirar a los empleos pú­blicos los naturales del Paraguay. Se ratifica la no dependen­cia de la Provincia de la Junta de Buenos Aires y se suspende el reconocimiento del Consejo de Regencia. Es cierto que la nueva Junta prestó juramento de fidelidad a Fernando VII, como es cierto también que se designó diputado para repre­sentar a la Provincia del Paraguay en el Congreso General que debía realizarse en Buenos Aires; pero en el primer caso el rey seguía tan remoto como siempre, mientras su repre­sentación quedaba desconocida; y en el segundo, el diputado elegido fue el Doctor Francia, cuya posición frente a las pre­tensiones porteñas era insospechable. Además, el nombra­miento no incluía facultades para comprometer a la Provincia, lo que sólo podría hacerse en Junta General de sus ha­bitantes. Todo esto ya estaba en el Bando lanzado el 17 de Mayo, a sólo dos días de la independencia. Este documento había sido redactado por el Doctor Francia, de modo que las resoluciones pertinentes del Congreso no hicieron sino ratificarlo, aunque los puntos estuvieran incluidos entre las mociones de Mariano A. Molas, que fue proponente de las resoluciones.

Apenas se analicen los términos de éstas, se encontrará que lo que puede y debe cumplirse de inmediato, va en con­firmación de la Independencia del Paraguay; sólo se aparta de este objetivo lo que remite a un futuro vago y lleno de condiciones, de suerte que no pueda cumplirse jamás. Es una sola e invariable estrategia desde que asoma la línea nacional y popular a terciar en el choque "realistas" y "porteñistas". Con relación a otro documento por el estilo --el manifiesto de Francia y Zevallos al Congreso, leído el día de la aper­tura- los PP. Capdevielle y Oxibar sugieren que las contra­dicciones son voluntarias, "tal vez -dicen- con el objeto de dar satisfacción a los patriotas impacientes y a los espa­ñoles partidarios del antiguo régimen". Nosotros incluimos también a los "porteñistas”, cuyo grupo no era menos impor­tante que el de los "realistas". Por lo demás, estamos con­vencidos de que así ha sido y de que fue una sola la mente que trazó el plan, por lo mismo que sus características sin­gulares aparecen casi sin variantes en todas las etapas. Esa mente no pudo ser otra, por todo lo que se ha visto y pro­bado hasta aquí, que la de José Gaspar de Francia, una vo­luntad de acero al servicio de la Independencia total del Paraguay.

En el último Congreso las tres corrientes políticas habían actuado libremente. Incluso el ex-Gobernador Velasco, que habla incurrido en tan graves delitos contra la seguridad de la Provincia, tuvo un defensor decidido: el diputado Fran­cisco de Haedo, vocero del sector "realista".

Estos antecedentes, que contribuyeron a robustecer la autoridad de las resoluciones adoptadas en la dirección para la cual se pensaron, abren un nuevo capítulo en la correspon­dencia con la Junta de Buenos Aires. La nota del 20 de Julio, notificándole las resoluciones del Congreso del mes anterior, tiene un vigor y una claridad extraordinarios: "Este ha sido el modo --expresa la nota- cómo ella --es decir la Provin­cia- por sí misma, y a esfuerzos de su propia resolución, se ha constituido en libertad y en el pleno goce de sus derechos; pero se engañaría cualquiera que llegase a imaginar que su intención había sido entregarse al arbitrio ajeno, y hacer de­pendiente su suerte de otra voluntad. En tal caso nada más habría adelantado, ni reportado otro fruto de su sacrificio, que el cambiar una cadena por otra, y mudar de amo". Evidentemente en esta nota ya no se dejan vestigios de las hipotéticas limitaciones a nuestra independencia, concedidas con fórmulas vagas para que hubiera paz mientras se seguía completando la obra de la emancipación nacional. Y otra vez el estilo franciscano es inconfundible en esta nota.

No trataremos aquí la fecunda tarea administrativa que realizó la Junta Superior Gubernativa encabezada por Fulgen­cio Yegros y que desde tantos puntos de vista probó la efi­cacia del gobierno propio. Apenas podremos detenemos en aquellos puntos directamente vinculados con los progresos de la línea nacional y popular.

Como quiera que la línea "realista" quedara mejor pa­rada después de los reveses sufridos por la "porteñista” era evidente que representaba un problema, sobre todo por la derivación que le había dado Velasco a última hora, con sus tratos con los portugueses. Estos seguían presionando sobre nuestras fronteras, mientras los "realistas" no podían pasar por alto que el Gobierno había jurado fidelidad a Fer­nando VII y que aún cuando se había dejado en suspenso el reconocimiento del Consejo de Regencia, allí estaba a mano el reclamo de la princesa Carlota Joaquina, esposa del Rey de Portugal, para ser ella la regente hasta que la situación de su hermano, el Rey de España, le permitiera resolver la suerte definitiva de las colonias.

En Septiembre de 1811 hubo de estallar un movimiento contrarrevolucionario de los "realistas", pero descubierto a tiempo se lo hizo abortar. El procedimiento utilizado para el efecto ha permitido a muchos negar la existencia de tal mo­vimiento y empañar la acción de la Junta, sobre todo por el interés de esto último, que únicamente los partidarios de la línea nacional y popular no podían compartir.

Para descubrir a los conjurados se resolvió simular un golpe de cuartel de la misma tendencia, el 29 de Septiembre de 1811; pero el plan se filtró, y Don Pío Ramón de Peña, líder "realista" y padre de Manuel Pedro de Peña -recuérdese bien este dato- recorrió las casas de los españoles para advertir­les que el movimiento de cuartel era un señuelo, No pudo avisar a todos y este hecho permitió que algunos se pusieran en evidencia. Hubo numerosos apresamientos de "realistas" importantes, pero sólo fueron ahorcados el criado de Velasco -Martín Correa- y un pulpero catalán, que por sus relacio­nes con el ex-Gobernador, el primero, y en razón de su ocu­pación, el segundo, tienen que haber sido los enlaces más comprometidos de la fracasada conjura.

El revés de los "realistas" los emparejó con los "porte­ñistas" que, como se recordará, hablan tenido el suyo por las mismas fechas, en 1810. Desde este momento, y con mayor razón en lo sucesivo, la línea nacional y popular debía enfren­tarse con la concordante aversión de ambas tendencias, que andando el tiempo terminarían por fusionarse para ser una sola fuerza contra los intereses permanentes de la Indepen­dencia del Paraguay.

Otro hecho que debe recordarse por su relación con el tema, es la firma del tratado del 12 de Octubre de 1811 con la Provincia de Buenos Aires. Esta no había contestado la nota del 20 de Julio, por lo que se introdujo en el texto, corro una ratificación, la constancia de "la independencia en que queda esta Provincia del Paraguay de la de Buenos Aires", Todo lo demás que se concierta en el tratado, en materia de límites, de libre comercio, de impuestos y de defensa contra la presión portuguesa sobre los territorios fronterizos de am­bas Provincias, se rige por aquella constancia fundamental, a la que Buenos Aires regatea y seguirá todavía regateando mucho tiempo, y de la que el Paraguay no desíste ni se apea de presentarla como primera y principal.

Con tanto trabajo como se había impuesto la Junta Su­perior Gubernativa, pero sobre todo con tantos graves pro­blemas relacionados con la vida misma del país, con su seguridad e independencia, no es extraño que fuera siempre difícil y llegara a ser imposible la opinión concordante de sus cinco miembros, patriotas todos, pero de conocimientos y disciplinas tan dispares y de temperamentos tan disímiles.

La línea nacional y popular que hasta ese momento había exigido una prudente conducción para sortear los esco­llos que la acechaban, reclamaba ahora una política distinta, más incisiva, para capitalizar sus éxitos sobre "realistas" y "porteñistas" y terminar con las rémoras que, siquiera teóri­camente, seguían estableciendo una suerte de dependencia o limitación a la soberanía absoluta del Paraguay. Desahucia­das las dos líneas opuestas, era fácil comprender su concu­rrencia para hostilizar a la triunfante. Aquellas rémoras -la lealtad al Rey y el diputado vagamente prometido a Buenos Aires- podían ser ahora utilizadas en contra del país con visos de legitimidad, por lo que se exigía pensar seriamente en liquidar esa situación.

Dos veces abandonó Francia la Junta por disconformidad con actos y resoluciones que le parecieron contrarios a esa política y comprometedores para la buena marcha del país. La negativa de una consulta al pueblo iba a alejarlo definiti­vamente, si la Junta no hubiera aceptado su condición de que se convocara a reunión del Congreso. Digamos para los que ven estas actitudes de Francia como simples maniobras encaminadas a acaparar el poder, que lo que él pedía no era, más que un pronunciamiento actualizado de la voluntad del pueblo, para que todos se sujetaran a ella sin riesgo de equi­vocaciones calamitosas. Por otra parte, Francia no podía, apoyarse sino en la bondad de sus razones, porque las fuerzas no estaban en sus manos. En la Junta, su presidente y uno de los vocales eran militares de incomparable prestigio: Ye­gros y Caballero.

La presencia de Herrera, comisionado de la Junta de Buenos Aires, sus gestiones en Asunción y la corresponden­cia a sus mandantes, hacen la luz sobre este espinoso punto que tantas controversias ha suscitado. En informe confiden­cial puesto al pie de una carta del 19 de Julio de 1813, cuando gobernaba todavía la Junta y no se había establecido fecha para la reunión del Congreso, el comisionado porteño ex­presaba: "Se habla ya públicamente de erigir aquí una Repú­blica independiente de los porteños y hasta los frailes piensan ya en los prelados supremos que han de elegir". Este informe confidencial fue escrito con tinta invisible, como lo dice al final el mismo Herrera: "No me escriba usted con esta tinta, porque ni tengo ni hay aquí vitriolo...”.

El 30 de Septiembre se reunió el Congreso, bajo la presi­dencia del Capitán Pedro Juan Caballero y con más de mil diputados. Días antes Herrera había sido recibido por la Junta, para conocer los motivos de su misión -entre otras cosas la ratificación del tratado del 12 de Octubre y la desig­nación de un diputado al Congreso argentino-. Pero la Junta le envió al Congreso, y allá fue Herrera con otra nota pi­diendo ser atendido. Su comunicación del 3 de Octubre a la Junta de Buenos Aires da cuenta del resultado: -"Inmedia­tamente pasé al Congreso el oficio de que acompaño copia -dice el parte pertinente-, y se me contestó por medio de una Diputación de dos de sus miembros, que el Congreso no tenía a bien que yo pasase a informarle in-voce, ni por escrito, ni de otro modo alguno, y que era su voluntad que en todo me entendiese con el Gobierno, a quien había dele­gado sus poderes. En estas circunstancias, y sin habérseme oído en la materia, determinó el Congreso por aclamación que no convenía enviar Diputados a la Asamblea Nacional Constituyente, y que la Provincia no se incorporaría al siste­ma mientras no estuviesen reunidos ya los Diputados de todos los Pueblos de las Provincias Unidas". Pero esto último no fue sino una frase de cortesía, porque el 12 de Octubre -fecha gloriosa en los anales patrios- el Congreso hizo la Declaración de la Independencia del Paraguay, cambió el nombre de Provincia por el de República y adoptó la bandera y el escudo nacionales. Por otra parte, la Junta Superior Gubernativa fue substituida por el Consulado ,designándose cónsules a Fulgencio Yegros y José Gaspar de Francia, con mando igual y simultáneo.

Siguió Herrera en el Paraguay, con la intención de hacer algo aún en beneficio de su cometido, y así por carta del 7 de Noviembre a la Junta de Buenos Aires, sabemos que Fran­cia le visitó en su posada y que trataron de numerosos asun­tos y particularmente de las relaciones del Paraguay con Buenos Aires. Francia, por lo visto, usó el lenguaje cauteloso que ya le conocemos, la prudencia previsora que había puesto en toda la conducción de la Independencia; pero Herrera no era un negado y vió más allá en las palabras de Francia. Además, no en vano había hablado con la gente durante su ya larga permanencia en Asunción: "Yo creo no sin funda­mento -escribe- que las proposiciones de Francia no tienen otro objeto que ganar tiempo, y gozar sin pesadumbre de las ventajas de la Independencia. Este hombre que, imbuído de las máximas de la República de Roma, intenta ridícula­mente organizar su Gobierno por aquél modelo, me ha dado muchas pruebas de su ingorancia, de su odio a Buenos Aires y de la inconsecuencia de sus principios. El ha persuadido a los paraguayos que la Provincia sola es un imperio sin igual; que Buenos Aires la adula y lisonjea porque la necesita; que con el pretexto de la unión trata de esclavizar al continente-, que los pueblos han sido violentados para el envió de sus representantes; que todas nuestras ventajas son supuestas; y hasta en sus contestaciones manifiesta su rivalidad, pues jamás se me ha reconocido como enviado del Supremo Poder Ejecutivo de las Provincias del Río de la Plata, sino como a un Diputado del Gobierno de Buenos Aires, ni a V. E. se le atribuye otra autoridad". No podíamos esperar de Herrera otro trato; estaba en su papel, era porteño. Pero tratándole mal y todo, juzgando con imparcialidad no se puede negar que vió hondo en el pensamiento de Francia. Esos párrafos despechados, que no se escriben para ensalzar sino para de­nostar, valen más que una loa en la que el deseo de agradar oculta muchas veces la verdad.

De otro informe a Buenos Aires, tanto o más virulento que el de Herrera, sacamos iguales conclusiones. Está fir­mado por Olavarrieta y dirigido al Supremo Director de las Provincias Unidas. En general repite todas las falsedades con que se desnaturalizaron las esencias de nuestra emancipa­ción, comenzando por aquello de que Be1grano vino a auxiliarnos. Lleva fecha de Noviembre de 1816, es decir cuando del Consulado ya se había pasado a la Dictadura.

Sostiene Olavarrieta que desde la Independencia del Paraguay "sólo hubo una coyuntura favorable para la reunión de aquella Provincia a ésta". Y, por supuesto, añade que ella se dió cuando Francia se alejó del Gobierno. "Esa época -aclara Olavarrieta- fue la más favorable en aquella Pro­vincia para los hijos de Buenos Aires, pues a consecuencia de un bando publicado, se mandó guardar una recíproca confraternidad y unión con los hijos de Buenos Aires, de­biendo reputarse el paraguayo, porteño, y el porteño, para­guayo; en ese estado, en que se debía creer mudaban de as­pecto las cosas de aquella Provincia, volvió a incorporarse el Doctor Francia al Gobierno, e hizo reunir no sólo el deseo innato de gobernar aquella Provincia, sino también el odio irreconciliable contra este Gobierno y los hijos de esta Capi­tal". Más adelante exclama, entre signos de admiración: "¡Qué se puede esperar de benéfico a la unión de las Provin­cias, teniendo ya a Francia por único gobernante en aquella república! ".

Ya tenemos definitivamente encontrado al líder de la línea nacional y popular, al que es todo para todo en la em­presa de la Independencia, porque es el numen, la voluntad y la inflexibilidad, en las que se apoyan en los momentos más difíciles de la Gesta, los otros Próceres, los más preclaros y valientes.

Es cierto que legarán los días amargos de 1820, pero también en esos días luctuosos podemos ver claro que es la exaltada devoción por la Independencia la que determina a Francia. No tocaremos el tema aquí, porque la cita que nos convoca es para reverenciar a, todos nuestros Próceres en vísperas de una fecha excelsa. Pero fuera de aquí y en otra ocasión, el debate es posible y siempre será saludable. No saltamos, pues, por simple comodidad, una página crucial de nuestra historia.

En 1836, Aimé Roger, Cónsul francés en Buenos Aires, informaba a su Embajador sobre José Gaspar de Francia: "Todo tiene en este hombre —le decía- un carácter de arbi­trariedad, es cierto, pero al mismo tiempo de alta precisión y de profundo nacionalismo. Después de su aislamiento, el Pa­raguay quedó tributario de las regiones vecinas, en cereales y algodón. Fue dada una orden a los propietarios para afectar una parte de sus tierras al cultivo de dichos productos y pronto pudo el país, no sólo prescindir de sus vecinos, sino exportar una parte considerable de estas materias".

Cuando, por encargo del Mariscal López, Francisco Wísner de Morgenstern escribió la Historia del Paraguay, la parte referente a la Independencia y al Gobierno de Francia, la redactó después de haber recogido las tradiciones orales de labios de los ancianos más expectables, que habían sido tes­tigos de la época. Y él asegura que "después del acto de la independencia quedó dividida la sociedad paraguaya en tres partidos: "Nacional", el "Realista" y el "Porteño".

"Al primero pertenecía Francia -agrega-, quien odiaba de una manera bastante notoria a los dos partidos contrarios y pregonaba constantemente que salvado el Paraguay del yugo español, tenía que estar prevenido para evitar ser gobernado por los porteños.. .".

Se habla con mucha facilidad de los odios de Francia, Pero es por ignorancia o para desviar la atención de las graves e insoslayables razones que tenía apasionarse en la tremenda lucha que libró por una Patria libre. Entre esas razones, acaso las económicas hayan sido tan importantes como las políticas.

A la muerte de Francia y después de un breve gobierno consular, asumió la presidencia de la República Don Carlos Antonio López, cuyas obras y cuya orientación política son suficientemente conocidas, lo que nos permite sintetizarlas diciendo que fueron la consagración orgánica de la línea na­cional y popular.

Los detractores de Francia fueron los detractores de Don Carlos, los enemigos del uno siguieron siéndolo del otro, a pesar de que en un primer momento no faltó quien pensara que del nuevo Gobierno se podían sacar ventajas. Los inte­reses encontrados de siempre se encargaron de demostrarles lo contrarío, y López pronto tuvo que convencerse que su lu­cha sería dura.

Durante su Gobierno se organizan en Buenos Aires los elementos dispersos de las fuerzas que habían llevado enco­nada oposición a Francia. En 1851 se dirigen a Rosas pidiendo su intervención en el Paraguay. "Señor -le imploran-: con el apoyo de dos mil hombres que silenciosamente y con rapi­dez marchen por el Chaco hasta Asunción, es infaliblemente tomado aquel punto y todos los paraguayos somos ya de V. E. Y nosotros nos ofrecemos a marchar en la expedición con cualquier carácter que V. E. nos diese, llevando en nuestra compañía otros paisanos que como nosotros no ven la felici­dad para nuestra Provincia sino en su reincorporación a la Confederación Argentina, bajo el paternal Gobierno de V.E."

El 3 de Junio de 1857 se inició en las columnas del diario porteño "El Orden" una violenta campaña contra el Gobier­no de Don Carlos, que duraría hasta Noviembre. Desde las columnas del diario "El Nacional", Domingo Faustino Sar­miento fustigó con fiereza al Gobierno paraguayo.

A fines de Enero de 1858, Manuel Pedro de Peña empezó a publicar en “La Prensa" sus violentas diatribas "librecam­bistas". Luciano Recalde hizo otro tanto con sus famosas "cartas". Y el publicista chileno Bilbao, ganado por la causa antilopizta, proclamó incluso la necesidad de una cruzada para liberar al Paraguay de la "esclavitud”. "La guerra al Pa­raguay es útil -decía- "porque ese país libertado enrique­cería a sus vecinos con la multiplicación de sus productos y la libertad de sus ríos". Como esta afirmación fue aplaudida por todos e incluso comentada por el citado Peña, ya se ve cuál era la libertad que querían para nuestro país.

El 16 de Abril de 1858 se dió a conocer en Buenos Aires la famosa "Proclama de los paraguayos liberales a sus paisa­nos", en el que llamaban a Don Carlos Antonio López "trai­dor a la Patria".

En Junio del mismo año, el día de Corpus Christi, apare­ció otro manifiesto titulado "Clamor de los corazones filan­trópicos” del mismo origen.

El 2 de Agosto se funda la "Sociedad Libertadora del Pa­raguay", con el objetivo político cardinal de arbitrar los me­dios para el derrocamiento de Don Carlos Antonio López.

El 25 de Diciembre de 1859 aparece el primer número de "El Grito Paraguayo", órgano oficial de la "Sociedad Liberta­dora", arreciando en sus ataques al Gobierno del Paraguay desde el primer número.

El 18 de Diciembre hay una reunión de paraguayos de los llamados "emigrados", para fundar una organización política, “creyendo ser llegado el momento de dar uniformidad a sus trabajos tendientes a la regeneración de nuestra patria" y el 21 del mismo mes se reunió la asamblea formal, quedando constituida la "Asociación Paraguaya", concertándose que asu­ma "la soberanía del Paraguay". Brazo armado de ésta seria más tarde, al sobrevenir la Guerra de la Triple Alianza, la "Le­gión Paraguaya".

El 16 de febrero todas esas manifestaciones contra el Go­bierno de Don Carlos Antonio López, organizadas sistemáti­camente en Buenos Aires, tuvieron un eco en Asunción, con el atentado contra la vida del Presidente, del que resultó ileso.

Y a qué seguir, si todo no seria sino repetir lo mismo, que nadie desconoce. Digamos solamente que del otro lado de la medalla, del lado de la línea nacional y popular, están las colecciones ejemplares del "Semanario" y "El Paraguayo Independiente", verdaderas enciclopedias del patriotismo de Don Carlos, de su visión de estadista genial. Y están sus obras, que dieron grandeza y esplendor al Paraguay.

Muere Don Carlos el 10 de Setiembre de 1862 y es nom­brado en el Gobierno su hijo Francisco Solano López, quien con el gobierno hereda todos los problemas que tan enconada­mente se fueron enredando desde la Independencia. Frente a los nubarrones que se ciernen sobre el país y que presagia­ban una tragedia inevitable, Solano López se apoya en la línea nacional y popular con fuerza sobrehumana.

"La aglutinación colectiva operada desde 1811 -escribe Justo Pastor Benítez- y alentada por Don Carlos, la forma­ción del Frente Nacional de 1844, fenómeno social, de expre­sión nacionalista, que no pudieron explicarse los observado­res superficiales, quienes apenas vislumbraron en ese frente un caso de sumisión al tirano o de fanatismo colectivo. El Paraguay dio una lección al mundo contemporáneo: unidad na­cional, guerra total, la nación en armas, porque era un país coheso, sin lucha de clases, animado de un sentimiento eleva­do de su propia realidad. imprimía un cuño en la geografía; hacía historia".

Por eso la Patria subsistió después de la tragedia. Por eso Juan Carlos Gómez pudo escribir en sus famosos artícu­los polémicos que "La Alianza acabará, y la defensa heroica del Paraguay ha de ser allí la bandera de un gran partido que ha de predominar"... O esto otro: "Para mí es desde ya evidente, como la luz del mediodía, que el gobierno y la situación fundados, o que quedaran fundados en el Paraguay por la Alianza, serán derrumbados Y moralmente condenados por los acontecimientos que van a sobrevenir, después de trastor­nos y sacudimientos desastrosos". Estas palabras de Gómez, son de 1869.

El propio Sarmiento, presidente argentino durante la última parte de la guerra, reconoce que los futuros partidos saldrán de "los vencidos y los emigrados"- No hace falta co­mentar estas palabras para entenderlas.

Y por fin, terminada la guerra, muerto López, lejana la grandeza constructiva de Don Carlos y sólo un recuerdo ya las rígidas jornadas de Francia, se cumple de todos modos la previsión del duro Sarmiento y las palabras de Gómez alcan­zan acentos de profecía.

Los restos del Frente Nacional de López resucitan en el Club del Pueblo en 1870, en el Partido Nacional entre 1873 y 74, hasta que por fin cobra forma definitiva en la Asociación Nacional Republicana en 1887.

Cuánto pudiera decirse de todo esto, con tanta documen­tación corno existe, pero aquí debemos limitarnos a muy po­co.

Ignacio Ybarra, propietario y director del diario "La De­mocracia" y fundador después del Centro Democrático, escribe el 27 de Septiembre de 1881, bajo el título de "Los Parti­dos", lo siguiente:

"...En el Paraguay, sin embargo, los partidos casi pue­de decirse que no existen pues si bien no faltan algunos, éstos, y esa es la verdad aunque parezca paradoja, no logran divi­dir el país, que se mantiene compacto a pesar de las divisio­nes poco sensibles que se producen entre algunos ciudada­nos de la capital.

Se hablaba hace años de un partido al que se le denomi­naba lopizta, para hacerlo antipático a los aliados que ocu­paban entonces militarmente el país. Mas los sucesos que se han desarrollado después han venido a demostrar que aquel partido no era un partido, sino el pueblo entero, y que admi­tiendo que se le quisiera, sin embargo, dar ese nombre, no se le podía llamar lopizta, sino Partido Nacional.

Y ese Partido Nacional, abatido y disperso después de la guerra, fue poco a poco agrupándose bajo las banderas que con tanta gloria había defendido contra los ejércitos invaso­res, y se presentó a tomar la participación que le correspon­día en la gestión de los negocios públicos.

Y ese partido triunfó en Campo Grande imponiéndose al Gobierno de Jovellanos y fue el partido que buscó al finado Gill en el último período de su gobierno, y fue el que acom­pañó a Don Higinio Duarte todo el tiempo que duró su man­do; y fue el que elevó a la Presidencia a Don Cándido Bareiro, y es el que está encarnado en la persona del General de Divi­sión Don Bernardino Caballero, presidente provisorio hoy de la República y es, por fin, el único partido que puede seguir gobernando, porque fuera de él no puede haber sino fraccio­nes insignificantes, sin fuerza ni prestigio para mantenerse en el poder.

Bueno es tener en cuenta estos antecedentes ahora que entramos en un período electoral importante y de trascenden­cia, porque puede asegurarse que la campaña no aceptará ningún candidato que no pertenezca al Partido Nacional".

No hace falta más para proclamar la estirpe de nuestro partido. Refirmar nuestra lealtad a los principios cardinales que recibió en herencia desde los hondones de nuestra vida independiente, debe ser el mejor homenaje que rindamos a los Próceres de la Gesta de Mayo.

 




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