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MARIO HALLEY MORA

  CITA EN EL SAN ROQUE (Novela de MARIO HALLEY MORA)


CITA EN EL SAN ROQUE (Novela de MARIO HALLEY MORA)

 CITA EN EL SAN ROQUE
Autor:
MARIO HALLEY MORA
© Herederos de Mario Halley Mora,
Editorial El Lector,
Colección Homenaje Nº 4
Director editorial: Pablo León Burián
Diseño de tapa: Marcos Condoretty
Asunción-Paraguay 2005
Edición digital:
BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CENVANTES

 
 
 
 
Escribir, para mí, es perdurar en el tiempo, en la memoria de mi gente. Es aliarse al infinito para trascender por medio de las palabras, de las ideas, de la creación pura.
Les aseguro que escribir es una aventura inigualable. Es como sumergirse en miles de retratos para insuflar de vida al papel, para volar hasta lugares y tiempos insondables hasta que la imaginación se canse.
Mediante mis obras, tuve en mis manos existencias, pasiones, caracteres, sensaciones, alucinaciones. Viví con y en mis personajes. Algunas veces yo los moldeaba. Otras, fueron ellos los que me impusieron sus propios temperamentos, los que me utilizaron como instrumento de sus caprichos y deseos. Sus particulares pensamientos. Pero cómo me enriqueció esa experiencia, esa convivencia.
Hoy, aprovechando el silencio, suelo conversar con aquellas criaturas mías, a las que puedo encontrar en cualquier rincón de esta Asunción que en muchas de mis obras me brindó su complicidad de ciudad sugerente, incitante y fascinante. MARIO HALLEY MORA.
 
 
VOCABULARIO
AGUAÍ :
Guaraní. Fruto nativo del Paraguay. Figurado: Victima de un asesinato.
KUÑA MACHO : Guaraní-Español. Mujer masculinizada, viril, luchadora.
OPAREÍ : Se diluye, se esfuma, se agota por sí solo. Se aplica a conflictos que no terminan.
POMBERO : Guaraní. Folklore. Duende maligno de la noche.
PLATA YVYGÜY : Guaraní-Español. Tesoro escondido de los invasores de la Guerra de 1865-1870.
PYRAGÜÉ : Guaraní. Literalmente: pies peludos cuyos pasos no se perciben. Delator, informante de la policía.
LECAYÁ : Guaraní. Persona mayor en general. Patrón, el que manda o administra.
 

LA LECCIÓN DE UN MAESTRO
A MANERA DE PRÓLOGO
 

De un artículo de MARIO VARGAS LLOSA,
en el diario ABC, del domingo 7 de noviembre de 1999,
Sección Piedra de Toque y bajo el título de
«La Mentira de las Verdades».
Fragmento cuya transcripción
es ocurrencia exclusiva del autor.
 

...la historia cuenta (o debería contar) verdades, y la ficción siempre es una mentira (solo puede ser eso), aunque a veces, algunos ficcionistas -novelistas, cuentistas, dramaturgos- hagan esfuerzos desesperados por convencer a sus lectores de que aquello que inventa es verdad («la vida misma»). La palabra «mentira» tiene una carga negativa tan grande que muchos escritores se resisten a admitirla y a aceptar que ella define su trabajo. Sin embargo, no hay manera más justa y cabal de explicar la ficción que diciendo de ella que no es lo que finge ser la vida, sino un simulacro, un espejismo, una suplantación, una impostura, que, eso sí, logra embaucarnos y nos hace creer aquello que no es, acaba por iluminarnos extraordinariamente la vida verdadera. En la ficción, la mentira deja de serlo, porque es explícita y desembozada, se muestra como tal desde la primera hasta la última línea. Ésa es su verdad: el ser mentira. Una mentira de índole particular, desde luego, necesaria para todos aquellos seres a los que la vida tal como es y como la viven no les basta, porque su fantasía y sus deseos le piden más o algo distinto, y, como no pueden obtenerlo de veras, lo obtienen de mentiras, gracias a ese delicado y astuto subterfugio: la ficción. Es decir, la vida que no es, la vida que no fue, la vida que, por no serlo y por no quererla, la inventamos, la vivimos y gozamos en ese sueño lúcido en que nos sume el hechizo de la buena lectura.
Las técnicas en que se construye una ficción están, todas, encaminadas a realizar esa operación que es un motivo recurrente de los cuentos de Borges: contrabandear lo inventado por la imaginación en la realidad objetiva, trastrocar la mentira en verdad. Y los recursos primordiales de toda ficción, para que ésta simule vivir por cuenta propia y nos persuada de su «verdad», son el narrador y el tiempo, dos invenciones o creaciones que constituyen algo así como el alma de toda ficción. El narrador es siempre un personaje inventado, sea un narrador omnisciente que emula a Dios y está en todas partes y lo sabe todo, o sea un narrador implicado en la acción, y, por lo tanto, un personaje limitado por su experiencia en la hora de dar testimonio. En todo caso, del narrador -de sus movimientos en el espacio, el tiempo y los planos de la realidad- depende todo en una ficción: la coherencia o incoherencia del relato, su autonomía o dependencia del mundo real, y, sobre todo, la impresión de libertad y autenticidad que transmiten los personajes o su incapacidad para engañarnos como tales y aparecer como meros muñecos sin libre albedrío, a los que mueven los hilos de un titiritero y hace hablar un mismo ventrílocuo.
El narrador no es separable de la ficción, es su esencia, la mentira central de ese vasto repertorio de mentiras, el principal personaje de todas las historias creadas por la fantasía humana, aunque en muchas de ellas, se oculte y, como un espía o un ladrón, actúe sin dar la cara, desde la sombra. Inventar un narrador es inevitablemente, mentir, aunque en su boca se ponga verdades, porque las verdades históricas -los hechos fehacientes y concretos- se viven, no se cuentan, no tienen narradores, existen independientes de las versiones que sobre ellos puedan rivalizar, en tanto que los hechos de las ficciones solo existen en función y de la manera que determina quien los cuenta. Por eso el narrador es el eje, la columna vertebral, el alfa y el omega de toda ficción. Inventar un narrador -una mentira- para contar las verdades biográficas como lo ha hecho Edmond Morris en su biografía, es contaminar todos esos datos tan laboriosamente recolectados en sus catorce años de esfuerzos, de irrealidad y fantasía, y hacer gravitar sobre ellos, la sospecha (infamante, tratándose de un libro de historia) de la adulteración. Inventar un narrador es, por otra parte, desnaturalizar sutilmente la razón de ser de una biografía que se supone debe estar centrada sobre la vida y milagros del biografiado. Porque el narrador -los narradores- pasan a ser los personajes centrales de la historia, como ocurre siempre en las ficciones: esa egolatría está prohibida a los historiadores esclavos de las verdades de lo sucedido. Es privilegio de los propagadores de mentiras, narradores de irrealidades que, a veces, parecen muy realistas.
 
 
CITA EN EL SAN ROQUE

1. Cualquier parecido de los hechos y personajes de esta novela con hechos y personajes reales, es solo eso, parecido.
2. ¿Por qué el doble discurso ha ser privilegio exclusivo de los políticos?
 
 
CITA EN EL SAN ROQUE
CON LA PALOMA AZUL
 
UNO
* Los diarios y los comunicadores de la radio lo llamaban barrio marginal. Marginal, qué palabra doliente, pensaba Manuel. Viene de margen, de lo que está al costado, afuera, empujado de la geografía de la realidad. Su barrio era marginal, él vivía en el barrio marginal y entonces él, Manuel, era un hombre marginal. Pero no había edificado la casa marginal, cartón, plástico, chapas de zinc herrumbradas por gusto de vivir en el barrio marginal, sino porque ese pedazo de terreno era el único que quedó libre cuando la multitud ansiosa avanzó como un raudal humano para ir aposentándose poco a poco, como el agua se aposenta en tierra seca, donde cada uno podía y donde cada uno cabía, delimitando su solar con cuatro estacas y levantando allí la casita que no era casita, sino refugio, casi un campamento instalado en la ruta de la necesidad, simple, provisoria, desarmable y portable, listo a ser desmantelado cuando el río crecía o cuando la autoridad ordenaba. Por eso no podía llamarse casa. La casa es el lugar donde uno se instala, y se vuelve hogar, y hasta se puede poner una maceta frente a la puerta, con algo que florezca. Que florezca, porque las flores frente a la puerta dan una sensación de pertenencia, y de permanencia. Él llegó retrasado. En realidad, llegó después que la carrera terminara, de la que no participó porque solo miraba con curiosidad y vio al final de la estampida el trozo que quedó libre. Por eso su pedazo de terreno no era un pedazo de terreno, sino más bien era un resto de pedazo de terreno, un colgajo de terreno que nadie quiso porque quedaba encerrado entre el murallón y la zanja, una situación nada cómoda, porque el muro no permitía el paso del sol, aunque bien mirado tampoco permitía el paso de la lluvia, y la zanja no le permitía el paso a él para salir al sendero, que tampoco era sendero sino el canal por donde fluía al río un hilo verdoso de agua espesa, cloacal y maloliente, pero servía de sendero, y dificultad (de salir al sendero) que superó colocando aquel tablón inclinado, tan inclinado que resultaba un marginal que salía de su casa marginal, patinando sobre una tabla lisa, una manera de salir al sendero que se hizo costumbre y hasta juego, porque aprendió a deslizarse con cierta elegancia y más de un chiquillo aplaudía su airoso porte cuando resbalaba sobre el tablón, con los brazos abiertos, como un alambrista de circo. Claro que la subida era menos garbosa, porque subir un plano inclinado era más difícil que bajarlo.
* De la casa, o del refugio, no podía sentirse orgulloso ni avergonzado. Porque era algo provisorio como provisoria su suerte de haber venido a pasar allí, entre la zanja y el muro. No podía hablar de paredes y techo como debe tener una casa, sino de un agujero, de cueva, como para el lobo que se refugia de la tormenta de nieve, como había leído en una novela de Jack London. Claro que allí dentro había instalado un ropero que le costó una enormidad y el esfuerzo solidario de los vecinos subirlo por el tablón, y una mesita de hierro, y un brasero a carbón y un catre de lona, la lámpara de kerosene y la máquina de escribir que había rescatado del hundimiento de la escribanía, pero esas cosas no hacían una casa sino eran apenas bártulos de viajero, de hombre de paso, como el lobo solitario de la novela cuyo instinto apuntaba su hocico siempre al norte, porque en el norte siempre hay algo que se debe alcanzarse. Tampoco hacía casa de la cueva el estante de libros rescatados de la ruina de su casa, que armó cruzando una tabla sobre dos ladrillos, ni el espejo en la puerta del ropero, que no era un sesgo de vanidad que justificara llamar casa a un refugio, sino porque el espejo ya estaba ahí, formando parte del ropero cuando lo consiguió en un depósito abandonado. De modo que el espejo no era un lujo sino simplemente un espejo, a veces molesto, porque muchas veces, cuando se miraba en él, no le gustaba lo que veía. Un hombre de treinta años que, lo reconocía, debía estar en otra parte, pero que estaba allí, en el refugio, no porque había venido sino porque lo habían traído. Ortega y Gasset ya había escrito sobre las circunstancias que hacen al hombre, pero se quedó corto y se olvidó de las circunstancias que empujan al hombre. Y fueron las circunstancias las que lo trajeron al refugio. Pero de paso, nada más que de paso, porque analizando bien las cosas, si bien vivía en un andrajoso vecindario marginal, no era un hombre marginal, no entraba en el modelo de hombre marginal. No era analfabeto, el alcohol le daba náuseas, no fumaba marihuana ni olía cola de zapatero ni aspiraba ni se inyectaba polvos mortíferos. No había venido de ningún valle campesino de tierras muertas y arroyos cegados por la deforestación y la erosión. La razón de que a los treinta años se encontrara viviendo en el refugio, era un misterio para él mismo, algo que no debiera suceder, pero sucedió. Su empleo como dactilógrafo «protocolista» en una escribanía desapareció cuando al escribano le quitaron el registro a causa de aquella escritura donde se vendía por tercera vez la propiedad embargada. Bueno, ese fue el argumento para casarle el registro, pero él supo que la verdadera razón era que el escribano se entusiasmó con el candidato equivocado, el que ganó en las urnas y perdió en los tribunales, y las ondas de choque arrasaron con el escribano, con la escribanía y con su empleo. Lo malo es que casi al mismo tiempo perdió también a su madre, que podía estar viva y cobrando los intereses de su dinero si la Financiera no le robara el dinero, los intereses y las ganas de vivir. Así que se apagó por esa mezcla de pena, resignación y furia que son una mezcla demasiado tóxica para los ancianos, dejándole solo en este mundo, sin empleo, sin madre, sin casa (siempre vivieron en alquiler) y sin herencia. Dios sabe que había buscado empleo, y le pedían currículum, y él ponía bachiller contable, dactilógrafo veloz, 75 palabras por minuto, soltero. Le decían que «le llamaremos» pero nunca le llamaron. Tal vez porque no ponía Inglés y Computación, que parecían ser los pasaportes al bienestar del trabajo. Como tampoco podía blasonar que había leído mucho y de todo y tenía cierta cultura algo desordenada y poco metódica, cosa irrelevante, porque la exigencia no era cultura, sino especialidad.
* Recurrió a algunos amigos, pero descubrió que cuando el hombre está de luto, desempleado o enfermo, los amigos desaparecen. Se mudó a una pensión e intentó trabajar por su cuenta: «Se hacen copias a máquina.» «Se enseña a niños atrasados.» «Se gestiona cobros a morosos.» Nada resultó. Las copias se hacían con computadoras, a los niños atrasados ya no les enseñaban las viejas y sabias maestras jubiladas, ahora los llevaban a los sicólogos como si la taradez infantil fuera de la siquis y no de la mente y de los cobros a morosos se encargaban los abogados. No pudo pagar más la pensión y se mudó a la parroquia, donde el cura le puso un catre en la sacristía, pero tuvo que irse de allí cuando cambiaron al cura por otro más joven y menos caritativo, y quien le dijo que la sacristía era para el sacristán y él no lo era, además él traía su propio sacristán. Y fue así que vino a parar en el caserío marginal, dejando atrás la vida sedentaria del buen pequeño burgués, con empleo, casa alquilada, mamá, comida y cama, y con la vida sedentaria pero conformista, a Claudia, su novia, cuyo amor se fue desvaneciendo en proporción directa a la caída social y financiera del amado, hasta que en un rapto de sinceridad le manifestó que una chica debe tener expectativas, y que él, como expectativa era mas volátil que un espejismo en el desierto. Fue de ese modo que el pequeño burgués conformista cayó un escalón y se convirtió en desolado proletario sin trabajo.
* «Cuando el pobre no tiene trabajo, debe recurrir a la imaginación e inventarse un trabajo» le había dicho una vez el cura, el que le acogió en la sacristía, no el que lo echó de allí. Recordando el consejo, maquinó muchos proyectos minúsculos, de supervivencia. Hacerse panchero, vendedor de loterías, afilador de cuchillos con un artilugio hecho de ruedas de bicicleta y piedra esmeril, pero no tenía capital y tenía vergüenza, porque caer tan bajo es una cosa y exhibir la caída otra que duele más. Por eso amaba su refugio, que no era refugio, sino escondite.
* Hacerse ladrón, descuidista o asaltante eran otras alternativas, pero se reconocía demasiado cobarde para la empresa. Un vecino de cara patibularia le ofreció el trabajo de vender marihuana y cocaína y le dijo que la cosa era tan sencilla como merodear por los alrededores de los colegios, las discotecas y los pubs y que los clientes caían solos, pero rechazó la oferta, no porque estaba contra la Ley sino porque ponía la Ley contra él. Reflexionando sobre la cuestión, concluyó con cierta honestidad intelectual, que no rechazaba esas formas de vida marginal por virtuoso. Los rechazaba por miedo. Le tenía un terror visceral, profundo, a la cárcel, que concebía como un infierno pavoroso donde algún patán asesino lo haría marica a la fuerza y lo tomaría por mujer. Así que de la misma manera que no podía financiarse un trabajo honesto, tampoco tenía el coraje para ninguna acción deshonesta. La impotencia completa. Pudo salirse de ella cuando una vecina que vivía en el caserío y era prostituta en los alrededores de la plaza Uruguaya, le ofreció ayuda a cambio de ayuda. Ella le daría dinero de sus ganancias y él tendría que funcionar como «su respeto». No comprendió mucho del asunto y menos en qué consistía el respeto objeto del intercambio, hasta que entendió que el respeto que busca una mujer sola es la compañía de un hombre, el privilegio de tener una pareja protectora, fuerte. Puta para muchos hombres, pero mujer de uno solo. La oferta le pareció muy complicada, y por añadidura no alcanzaba a entender para qué diablos una prostituta que ya lo había perdido todo necesitaba respeto. Además, Rosa, que así se llamaba la chica, era gorda y fláccida y bien podía ser una bolsa de Sida. Ella, enojada, había insistido en su oferta, ofendida por el rechazo, proclamando que muchos hombres querrían ser su respeto, pero ella lo había elegido a él, porque era un churro deseado por las colegas del oficio.
* Churro, en el argot orillero significa atractivo. Mirándose en el espejo, se inclinaba a darle la razón. Entre todo lo perdido, le habían quedado el cabello negro y ondulado y todos los dientes. En lejanos momentos felices, Claudia, su novia, le había dicho que tenía los ojos húmedos y tiernos de un galán árabe. Su cuerpo no estaba mal, delgado y esbelto y su madre le solía decir que era el vivo retrato de su abuelo, gallardo capitán en la Guerra del Chaco. Que fuera deseado por las putas, como dijera Rosa, fue para él una novedad y al mismo tiempo una revelación. También podía ser deseado por mujeres menos arrastradas, por chicas estudiantes alocadas en plena efervescencia carnal de la revolución sexual, por solteronas solitarias y hasta por casadas insatisfechas, las que le llevarían ser «gigoló». Pero había dos problemas, el primero, que las herramientas de trabajo eran vestimentas decentes, elegantes y a la moda para concurrir a los centros nocturnos y el segundo que era incurablemente tímido con las mujeres. Proveerse de ropa adecuada era un imposible. Vencer la timidez y adquirir la desenvoltura de Robert Redfort en Propuesta Indecente una hazaña más allá de sus posibilidades.
* La prudente distancia que ponía entre él y las mujeres quizás se debiera a la celosa custodia que hasta su muerte ejerció sobre él su difunta madre, que no cesaba de proclamar la santidad del hogar y el hogar, su hogar, como una isla de decencia en el mar de la perdición que se agitaba en las calles de una Asunción que en su juventud era una ciudad inocente y ahora era más pecadora y perversa que Sodoma y Gomorra juntas, capaz de llevar a las peores inclinaciones a su amado hijo único. Pero en medio de esa virtud maximalista, la buena señora no dejaba de comprender que un adolescente tiene necesidades y urgencias sexuales y que una inactividad forzosa podía llevar al muchacho a una pasividad vergonzante. Alguna vez, Manuel le escuchó a su madre decirle a una vecina que la adolescencia es el punto crítico en que el muchacho se vuelve hombre o se vuelve puto. De modo que había decidido hacerle hombre, pero dentro de la castidad del hogar. Durante mucho tiempo, Manuel sospechó que la costumbre de su madre de emplear sirvientas jóvenes y sin mucha vocación de castidad, lozanas e insinuantes, tenía la finalidad ulterior de proveerle en casa de los placeres menos prohibidos y peligrosos que los de la calle. Incluso, la excesiva facilidad con que las fámulas incursionaban en sus noches, le llevó a la casi convicción de que había de por medio un acuerdo rentable para las muchachas y placentero para él. Pero -pensaba ahora Manuel- el resultado estaba resultando bastante negativo. Se sentía bien hombre, aplausos para mamá, pero no había aprendido los mecanismos de la conquista sexual. Se había acostumbrado a la mesa servida, por decirlo de alguna manera y si había un sujeto viviente absolutamente inepto para ser «gigoló», era él.
* Descartada la alternativa no le quedaba otro camino que seguir cavilando, y entre tanto, sobrevivir, porque al fin de cuentas no todas las circunstancias son negativas y deshacen, y bien podían acontecer circunstancias positivas que hicieran algo para mejorar su suerte. Si desde hasta la energía eléctrica hasta el planeta -pensaba- siempre tienen polos opuestos, por qué no ha de tenerlos la vida, o la suerte, como se quiera.
* Cavilando, su vista se detuvo en el estante de libros que le recordaban el viejo bienestar hogareño. Casi todos eran novelas, buenas novelas como los consideraba el escribano, que siempre fue un buen lector, y los buenos lectores se caracterizan por regalar buenos libros, no acumularlos en las bibliotecas para que reúnan polvo, según decía el buen señor cuando terminaba de leer algo bueno que le gustaba tanto que con generosidad, le obsequiaba a él el buen libro, que a él gustaba al principio porque le gustaba al patrón y después empezó a apasionarse en la lectura. Aunque «apasionarse» no era la palabra exacta. Leía mucho porque tenía mucho tiempo disponible. Iba poco al cine, o a la cancha de fútbol, porque a su madre no le gustaba quedar sola en la casa, y por lo tanto él disponía de un ocio casero que empleó leyendo y le gustó al final. Fue como aprender a caminar solo. Por añadidura, además de los libros regalados por el escribano, tenía también aquellos que él salvara del desastre de la escribanía, algunos textos de José Ingenieros, Ortega y Gasset, Unamuno, y hasta una colección de Freud y otra de criminalística y sociología. Los había leído todos, sin comprender mucho, pero aprehendiendo lo sustancial, entre el interés de enriquecer sus conocimientos y el aburrimiento de la prosa pesada y académica.
* No acertó al principio, a comprender por qué en sus cavilaciones en la búsqueda de soluciones de emergencia, su atención se había fijado en los libros. Y entre los libros en las novelas. Las novelas cuentan historias. Las historias están en todas partes, y bien podía él recoger una y escribirla. La dificultad estaba en que nunca hizo nada parecido en su vida, porque como dactilógrafo «protocolista» escribía siempre la misma cosa a 75 palabras por minuto, las mismas fórmulas de cosas y personas que negociaban en el marco de la Ley y que no exigían imaginación sino memoria. Una memoria tan profesionalizada que a veces le parecía que se había contagiado a la máquina que parecía crepitar sola. Y si bien él estaba seguro de tener buena memoria, no podía garantizar que tuviera imaginación. Pero bien se podía probar. Las historias novelables volaban en bandadas a su alrededor, en ese submundo de miserias que era el caserío miserable, la máquina de escribir no se había enmohecido y no llevaría mucho esfuerzo el cambio de estar sentado y cavilando a estar sentado y escribiendo.
* Volvió atrás y comenzó de nuevo lo que estaba pareciendo un proyecto. Elevarse de dactilógrafo a escritor. Buscar una historia. ¿Dónde? Obvio, en el mundo, y el mundo empezaba al final del tablón resbaladizo. El caserío marginal era una gran historia que podía contener pequeñas historias, y estaban al alcance de la mano. Todo le pareció más fácil de pronto, hasta que llegó a la cuestión práctica, o mejor dicho, a la pregunta inevitable. ¿Qué compensación material le daría el oficio de escribir historias? Volvió a su método de razonamiento. De la pluma del escritor nacen los libros. Los libros se venden. El escritor cobra. Pero para que el escritor cobre los libros, éstos deben ser buenos y merezcan editarse. Entonces, él debía ser un buen escritor cuyos libros merezcan editarse. ¿Y cómo se consigue eso? Misterio.
* Pero no tanto. Había leído en una revista dominical de no recordaba bien qué diario, quizás de la pluma de Vargas Llosa, nada menos, que el escritor hurga en la realidad para fabricar otra realidad, un mundo fantástico que es de mentira porque es inventado, pero que se aproxima a la realidad porque el invento nace de la observación y de la experiencia. Por tanto, el buen escritor es un gran mentiroso, y si llegaba ser grande, ilustre y publicado era porque su mentira resultaba tan perfecta que se parecía a la realidad, o por lo menos, daba un testimonio veraz de la realidad.
* En tanto y en cuanto a la realidad, pensaba Manuel, allí, en su refugio, estaba saturado de una realidad cruda, asfixiante, que también podía llamarse pobreza, o miseria. No sabía nada de política ni de economía, y sólo de paso, escuchando en la radio llamadas de gente desesperada o leyendo los diarios artículos en los que los comentaristas decían que la «desigualdad social» creaba multitudes harapientas, o así le parecía, sacaba la conclusión de que el «barrio marginal» que él habitaba, era el producto, o acaso el subproducto, del fracaso político y de la injusticia económica, que indudablemente existen, como lo probaba el hecho de que él mismo, Manuel Arza, había resbalado hasta el refugio, sin oportunidad alguna de asirse a nada que detuviera la caída. O quizás no fuera tanto así, y Manuel Arza no fuera sino un incapaz. Pero no, se replicaba él mismo. Un incapaz debe ser un sujeto ignorante y sin preparación. No sabía inglés ni computación, y si bien eso lo hacía casi un analfabeto de estos tiempos, podía desempeñarse en otras actividades menos exigentes si le daban una oportunidad, pero no se la dieron nunca o no supo pedirla. Un incapaz también debería ser un sujeto insensible, y él no lo era. Tenía, por el contrario, un buen corazón, y recordó que en aquella manifestación de estafados bancarios que iban a aullar su indignación frente al Parlamento, estaba la viejecita proletaria de negro, flaca y arrugada, con una cara noble de virgen María anciana, de ojos hundidos, que portaba un cartel que la había puesto en las manos, pidiendo cárcel para los ladrones. Al verla, casi lloró, por la pena que le causaba la anciana, y porque también le recordaba a su madre.
* En ese punto, que estaba pareciendo un punto muerto, su memoria evocó el Bar San Roque, donde acostumbraba cenar, pollo con ñoquis, el plato más barato, cuando tenía dinero. Y allí había una mesa donde se reunían los escritores y escritoras y poetas, que él suponía eran los responsables de dar testimonio de lo que estaba pasando para mal o que no estaba pasando para bien. No eran por cierto seres de otro mundo sino personas tan ordinarias como él, bebían mucho y comían poco, hablaban sin pomposidades académicas y discutían de todo de modo algo ruidoso. Gente tan normal, que si él se atrevía y se sentaba en la mesa, podía pasar por un escritor más. Se sintió satisfecho, porque en tratándose de empezar, ya tenía aspecto de escritor. Lo que quedaba por hacer era descubrir qué hay debajo del aspecto de un escritor, cómo piensa, cómo maquina sus historias, cómo urde la trama y de dónde saca sus personajes. Tenía que ir a averiguarlo al bar San Roque.
 
 
*********************************************

CITA EN EL BAR SAN ROQUE

Novela de MARIO HALLEY MORA

Editorial El Lector, 1999

 

 

EDICIÓN DIGITAL:

Autor/a: 

HALLEY MORA, MARIO

(1926-2003)

 

Título: 

CITA EN EL SAN ROQUE

 

Edición digital: 

Alicante : BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES, 2001

 

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), Editorial El Lector, 1999.

 

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