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LUIS HERNÁEZ


  ABURRIMIENTO PERFECTO - Cuento de LUIS HERNÁEZ


ABURRIMIENTO PERFECTO - Cuento de LUIS HERNÁEZ
ABURRIMIENTO PERFECTO
 
Cuento de LUIS HERNÁEZ
 
 
 
 
 
ABURRIMIENTO PERFECTO
Federico sintió en sus piernas desnudas el viento fresco que salía por los conductos de ventilación y se sacudió con un escalofrío. Se había levantado hacía un momento y estiró los brazos desperezándose mientras miraba la mañana a través de los herméticos vidrios polarizados y reguladores.

A su derecha, entre el finar de bulbos esferificadores de impurezas (cebollas, les llamaban) se erizaban la Lomada Caballero, la pelota cegadora del sol comenzaba a subir en el cielo negro. A su izquierda comenzaban a ribetearse de brillo las cubiertas de los núcleos habitacionales escalonados que cubrían la Lomada del Mangrullo.

A Federico le fascinaba el amanecer: las sombras alargadas y el ambiente irreal y fantasmagórico en el que poco a poco el negro iba reduciéndose, cediendo paso a la luz. Durante el día la sombra iba recortándose hasta ser solamente un punto debajo de los cuerpos y después vuelta a comenzar, alargándose otra vez, pero hacia el otro lado, hasta la oscuridad total. -Doña María, parece que va a llover... el culo del Mangrullo está sucio... Era... ¿cómo decirlo?, eso, era una herencia, la anécdota era una herencia de familia: muchas veces se dejan olvidados hechos importantes y sin embargo se recuerdan cosas tontas de generación en generación por años y años... Pero, como esta frase, son retazos valiosos de realidades pasadas que llenan el corazón con ese calorcillo especial.

Realidades que ya no guardan ninguna semejanza con la actualidad.

El viejo cementerio del Mangrullo, por ejemplo, ya no existía desde quién sabe cuánto tiempo atrás, ni siquiera había muchos que siguieran llamando

Mangrullo a la Loma Ciudad Alta, pero no tenía mayor importancia, tampoco el poniente se ensuciaba con nubes, ya no existían las nubes, como tampoco existía la lluvia. Ya no caía agua desde el cielo de Asunción, ya no llovía en ninguna parte del mundo, el cielo del agua se había interrumpido.

Se acercó al lecho y besó a Lucía en el cuello.
-Amor, es hora -le dijo. Lucía abrió los ojos.

-¿Ya están limpias las calles? - ronroneó
-Casi. Parece que anoche no tuvieron tanto trabajo las cebollas se sacó el cubrevientre de dormir y fue hacia el sanitario- Cada vez quedan menos impurezas en el aire...

-Ni eso nos queda.

Estado depresivo número tres, pensó Federico, "estamos desprotegidos, no somos nada". Accionó el separador espacial y a su alrededor todas las formas y sonidos desaparecieron más allá de la cortina de luz lechosa.
Pulsó el primero de los tres botones que había sobre el grifo y el agua no salió. Sintió un nudo en la boca del estómago, hijos de puta, pensó, otro racionamiento. Cuando probó con el botón que accionaba los depósitos por condensación y tampoco tuvo resultado, su ánimo comenzó a oscurecerse. Pulsó el de purificación y un delgado hilo de agua salió por el grifo, tendré que avisar a todos que ni siquiera meen fuera de casa, pensó, la gran siete, hasta qué punto llegamos.

-Debe ser por ese experimento estúpido que están haciendo ustedes en el Centro de Rehabilitación -Lucía le sirvió una cucharada de extractos vegetales escarchados.

-Con agua o sin agua la gente sigue comiendo, reina -Federico había recuperado su buen humor ante la amargura de su mujer- y esas 300 hectáreas encimadas de plantaciones de soja permitirán al Centro de Alimentación un desahogo que...

-Claro; pero el agua nos la quitan a nosotros y el aire para oxigenar semejante cantidad de tierra también nos lo sacarán y vuelta a comenzar: reprogramar los acondicionadores, reprogramar...

No lo hagas vos.
-No me interrumpas.
-Es que estás tonteando, mi hija. No lo hagas vos... dáselo a Clarita y en dos patadas lo tendrás todo solucionado...
-Claro, y que una estúpida computadora te lo haga todo... ¿Dónde dejás ese toque personal que define el ambiente hogareño, las sutilezas de un gusto refinado, los rebuscamientos necesarios para crear un clima apropiado a tus gustos y no a la fría tecnología perfecta...?

¡Qué ganas de complicarse la vida, carajo!, reventó por fin después Federico mientras abría la cajuela del Programador de Transporte Individual que había al lado de la entrada de su unidad de habitación, en el séptimo nivel sobre el primer suelo.
Indeciso consultó su registrador horario; sí, le quedaba tiempo, iría primero por la Agencia de Noticias a renovar su tarjeta de servicio porque la que tenía en uso estaba más perforada que un colador, ah, qué agradable era salir temprano para poder disfrutar de un tiempo adicional que otros por dormir un poco más no disponían, iría también al Servicio de Enseñanza, a espaldas del hueco nauseabundo de la bahía, a ver si conseguía algún cartucho de esa arcaica y sonsa música que le gustaba a Francisco, su compadre, habráse visto qué estupidez, Szarán, qué tontería, música absolutamente primitiva, insulsa, ingenua, frente a las delicias de la música óptica tan de su agrado aunque, debía forzosamente admitirlo, superada por la avasallante fuerza de la música sensorial actuando selectivamente sobre las terminaciones nerviosas, ahora tan en boga.
Y después tomaría el transporte colectivo en el canal de Villa Hayes, cerca de las altas columnas en fila que nadie sabe para qué sirvieron, si es que sirvieron para algo alguna vez, es increíble la cantidad de tontadas que hacían los antiguos, afortunadamente la oscuridad y la ignorancia habían sido superadas.

En el tablerito iluminado programó su recorrido y casi instantáneamente se abrió una portezuela y Federico se introdujo en el cubículo cromado.

-Son verdaderas ratoneras -le había dicho su compadre- asfixiantes, una mierda.
Federico había sonreído; ya le había tomado el punto y conocía su deseo de darle un tono ampuloso a su contreada para encenderlo, pero no le seguiría el juego, claro que no.

-Son cómodas, seguras y rápidas, compadre; una delicia.
-Inmensas tragadoras de oxígeno y energía, compadre- Francisco había copiado su tono- Acondicionar la inmensa red de conductos que atraviesan la ciudad por arriba y por abajo, mover todo el sistema de control con terminales satélites al mando de la Gorda, la X.B. 12. A. de la Dirección de Transporte, digo, mantener toda la estructura en condiciones, es un despilfarro impresionante que no tiene justificación.

-Claro. Vos preferirías seguir caminando con los protectores solares, agotados, la piel cubierta por la película de grasa que deja el sudor que no se ve pero que existe, rodeado de mil peligros, respirando a través de la máscara molesta, protegiendo los ojos y la piel del sol.

-Algunos todavía lo hacen.

-Y bueno, eso habrá siempre... Lo hacen los que no pueden acceder a los beneficios que nos brinda la técnica... los que no pueden pagar.
-No. Los que no tienen porque no les alcanza. Tenemos 15 y necesitamos 30, Fede, esa es la realidad, y eso marca nuestro derrotero... Antes, recordarás nuestros estudios de Historia Comparada, cuando la gente necesitaba algo peleaba por ello, por eso existía lo que llamaban guerra, ¿te imaginás tamaño despropósito?, destruir para tener. Pero eso fue solamente porque tenían demasiado, no podían hacerse a la idea de lo que es no tener... Ahora es diferente; no es que seamos menos malos, claro que no, es que somos más sutiles, hacemos daño sin hacer desorden...
-Compadre, sos insoportable; no sé por qué te aprecio tanto.

-Porque sabés que aunque me pase el día plagueando es al pedo, mis plagueos no van a llegar a ninguna parte y tus ratoneras están a salvo.
Federico sonrió al recordarlo, recostado en un mullido sillón mientras a sus costados, arriba y abajo, de tanto en tanto la pared lechosa del tubo donde circulaba su unidad era interrumpida por bocas de otras tantas conexiones y ramificaciones. No pudo culparse por sentirse tan a gusto, tan seguro y protegido pero aun así, en el fondo de su conciencia, sintió el lejano parpadeo de una lucecita roja: estoy despilfarrando lo poco que tenemos, pensó, pero por qué mierda tendré que ser yo precisamente el que lo piense y no cualquiera de los otros miles que también lo disfrutan.
Cuando más tarde esperaba en Villa Hayes el transporte colectivo vio a través de los cristales que se acercaba Mariana con el respirador colocado y el protector solar desplegado sobre sí, qué cuero tiene esta zorra, pensó, por esas nalgas Adán se hubiera comido la manzana aun estando verde.

-¿Ahorrando el oxígeno de los transportadores? -le dijo cuando llegó hasta él.

-Sí. Qué simpático, ¿no es cierto? no estaba de buen humor, Federico pudo darse cuenta.

Mariana, después de plegar el blanco protector solar trabajosamente se despojaba del respirador.
-No puedo entenderlo, Mariana, por más que trato no puedo -dijo Federico mientras caminaban hacia la plataforma de embarque- ¿qué puede significar para las reservas del mundo que vos camines sufriendo en lugar de disfrutar de las comodidades que la técnica te brinda?

-Lo mismo decían nuestros antiguos-la portezuela se corrió y entraron para ubicarse en los sillones afelpados- ¿qué pueden significar los gases de combustión de mi transportador?, se decían, ¿qué puede significar mi proceso de desertificación de solamente mil hectáreas?, decían, ¿qué pueden significar cien litros de aceite negro en todo un océano?, decían, y significaba muchísimo; kilómetros y kilómetros cuadrados de mar dejaban de respirar por la película finísima de aceite flotando en la superficie.

-Es un cuento viejo, Mariana-Federico miró por la ventanilla el inicio de la gran planicie chaqueña, blanquecina alfombra de polvo finísimo que se extendía hacia el norte hasta perderse de vista, -Tu Club de Ecologistas es como un repetidor automático, después me pondrás los ejemplos de los atomizadores, de los desechos radiactivos, del agujero del ozono... ¿Por qué esa manía de mantenerse en el retro sin vivir el presente? Me parece absurdo. El estudio de la historia, amiga, te muestra que la ciencia siempre palió los problemas del mal uso que hicieron los hombres de su ambiente... La historia es la maestra de la vida y la técnica es su madre: siempre recogiendo la ropa interior usada que dejamos desperdigada por ahí, limpiándola, remendándola...

Cuando el transportador se detuvo en la entrada del Centro de Rehabilitación el brazo extensible se encastró alrededor de la portezuela.

Federico bajó, aún le quedaba tiempo, y recorrió los amplios corredores antes de dirigirse a su estudio, donde sabía que le esperaban bajo absoluto control las 15 pantallas iluminadas que le correspondían a él y mediante las cuales podía controlar el proceso de germinación de cientos de miles de semillas que serían utilizadas en las 300 nuevas hectáreas de sojal.

Un poco más allá estaba la inmensa cúpula que cubría la nueva plantación y pudo ver cómo los conductos canalizadores de luz solar filtrada trataban la tierra.

A la derecha comenzaban los dominios de la Reserva Zoológica, un infierno viviente, Fede, le había dicho Francisco, nuestra atmósfera está totalmente enrarecida y sus componentes tan desfigurados que ya no se pueden reconocer... la vida es posible solamente dentro de las cúpulas herméticas. Pero lo que pasaba era nada más, pensó Federico, que estaba deprimido porque horas antes se le había muerto un yaguareté.

A través de los cristales Federico pudo ver la larga hilera de jaulas, cubículos, cajas y peceras que se extendía hasta donde su vista podía alcanzar y recordó la masa gorda y fláccida del yaguareté muerto, su pelambre desteñido, y recordó también la jaula de los pájaros, los pájaros girando y girando en vuelos circulares cortos y torpes y pudo verse a sí mismo y a sus compañeros, sentados frente a las pantallas...

Qué más podemos pedir, compadre, le había dicho a Francisco, vivimos seguros y cómodos.

-¿Cómodos?

-Claro; vos preferirías correr libremente por las praderas, aunque estuvieras amenazado por el cáncer y los alacranes.

Francisco, lo había notado Federico, se había alejado con un gesto de desaliento.

... sentados frente a las pantallas, decía, horas enteras, ansiando alguna anormalidad que paliara el tedio de su vida científicamente acondicionada preguntándose ¿será posible, carajo, que alguna vez suceda algo que mate este espantoso aburrimiento...?
Autores: MARIA ELENA VILLAGRA y
GUIDO RODRÍGUEZ ALCALA.
EDITORIAL DON BOSCO,
PEN CLUB DEL PARAGUAY.
Asunción – Paraguay, 1992 (150 páginas).

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