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LUIS HERNÁEZ


  ESE INTERIOR REINO DE NADA, 2003 - Novela de LUIS HERNÁEZ


ESE INTERIOR REINO DE NADA, 2003 - Novela de LUIS HERNÁEZ

ESE INTERIOR REINO DE NADA, 2003

Novela de LUIS HERNÁEZ

Editorial SERVILIBRO

Asunción – Paraguay

2003 (319 páginas)

 

 

LUIS HERNÁEZ

Nacio en Asuncion, Paraguay, el 10 de febrero de 1947. Es Arquitecto por la Universidad Nacional de Asuncion. Es docente universitario.

Fue Presidente de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP) durante los años 2000 y 2001.

Tiene publicadas las siguientes obras: *”El destino, el barro y la coneja”. (Premio V Centenario, año 1989; Premio libro del año 1990, Editorial El lector. Premio Laureano Pelayo Garcia; Premio los 12 del Año, 1990, Literatura, Red Caracol, Radio 1º de Marzo, Premio Municipal de Literatura, año 1992.

* Cuentos, la antología de Guido Rodriguez Alcala y Maria Elena Villagra; en la Antologia de Teresa Mendez Faith, en la Antologia “El Cuento Latinoamericano Actual”, de Reni Marchevska (Bulgaria); en diarios y revistas nacionales, étc

* ”Donde ladron no llega”, novela. (Premio Literario Roque Gaona 1996.

* ”La Moneda del Abuelo”. Comedia Musical para niños y jóvenes, estrenada en el Teatro Arlequin en junio de 1996.

* ”Levadura y Mostaza”, novela. (Mencion Honorifica en el Premio Nacional de Literatura 2001.

* ”Testimonio Jesuítico, Producto Turístico Cultural del Mercosur”, Ensayo. En la obra colectiva “Viaje a la Naturaleza y la Cultura”. Consulta Internacional UNESCO sobre el Turismo y Desarrollo en el Paraguay y el Mercosur, Asuncion, Septiembre de 2001.

* ”La chispa Azul”. Teatro. Obra Publicada en la Antologia “Teatro del Paraguay”, de Teresa Mendez Faith Asuncion, 2001.

* ”Destidós” novela, (2002)

* ”Kentenich”. Teatro. La obra fue estrenada en el Teatro de las Américas, del Centro Cultural Paraguayo Americano, el 2 de mayo de 2002.


Ese día no trabajó nadie, lo recuerdo bien, en la ciudad ni en las afueras nadie trabajó, ni siquiera en las chácaras que se extienden bordeando la gran planicie después del Ita , hacia el este, y pude saber que tampoco en los pueblos de indios después del Tayazuape, mas allá de las tres Postas... Fue un triste día, lo recuerdo, que quedó grabado en mi memoria con una fuerza tenaz que mantiene la vivencia en mi sentimiento empecinadamente, fue un día terrible que preferiría olvidar, por dios, claro que sí, prefériría no haberlo vivido pero no logro olvidarlo, tal vez porque por primera vez en mi vida me sentí tan patéticamente solo, o quizás porque marcó al mismo tiempo el final de una etapa de mi vida y el inicio de otra, un triste final y un. apenado inicio, no deseado aunque sí aceptado con. miedo , es inútil negarlo, con. algo de inexplicable placer, al lado de la cama de mi amigo moribundo, tan inentendible es el comportamiento de los hombres.

Nadie ese día claveteó ruidosamente alcayatas en el portal de alguna construcción en proceso, nadie forjó una cuña de enyunque al costado del ardiente infierno de la fragua del bajo, en la costa, en esa zona del río donde varan los incautos navegantes que buscan impacientes la esquiva boca de la bahía, nadie rompió el silencio del campo con el siseo de los granos arrojados al voleo sobre los terrones despanzurrados y aun olorosos, abiertos el día anterior al paso lento y trabajoso del arado, el día anterior, Santísima Virgen María, el día anterior en tanto mi buen Domingo, Gobernador Irala, atormentado de dolor en su lecho, se moría.

Los habitantes de esta ciudad que no es otra cosa que un sufrido reino interior inexplicable (o tan sencillamente explicado siempre aunque nunca bien. entendido) quedaron como suspendidos, estupefactos ante lo inesperado, ante la confirmación de eso que nadie se atrevió nunca a suponer que alguna vez pasaría, ¡el Gobernador ha muerto!, decían los vecinos apabullados, con mayor o menor tristeza, ¡ha muerto nuestro padre!, se lamentaban los indios en medio de llantos que, ¡vive Dios!, me parecieron sinceros.

Melancólicamente observo que la tarde comienza a caer, el día está terminando y el sol enrojece dramáticamente el cortísimo crepúsculo de esta tierra diferente, esta tierra donde izo es posible gozar y sufrir;como en la patria lejana, de aquellos hermosos largos minutos cargados de melancolía citando la luz se va haciendo menos cambiando lentamente de color hasta morir.

Recuerdo mi decepcionado descubrimiento de esta realidad, luego de haber recorrido en mi venida otras tierras de conquista: la dramática pobreza de sus gentes, la tan estricta tenencia de lo imprescindible, la ausencia de todas aquellas pequeñas o grandes suntuosidades que matizan la dificil existencia regalando al espíritu el solaz que sólo consiguen los placenteros gustos, una ciudad tan lejos del real, tan adormecidos todos sus vecinos por un sueño y una esperanza, y sin embargo tan patéticamente sujetos a la cruda realidad...

No habían llegado todavía aquí los refrescantes aires del quattrocento y ni siquiera el marfilino rostro de la Santísima Virgen María, campeando sobre la pechera de encaje bordado con hilos de oro, mantenía su andaluz gracejo, entristecida tal vez (oh, ¡por Dios!, ¡sólo tal vez!) al contemplar la orgullosa arrogancia de sus hijos y lo pobre de los ornamentos que alcanzaban a brindarle.

El sacristán se extrañó por mi premura, aquella tarde fatídica, cuando le rugí nerviosamente, pero no se atrevió a replicar-, aunque tampoco hizo nada por- esconder- su desaprobación, que ni siquiera me permita esperar decorosamente a que los últimos acompañantes del entierro se retiren, habrá pensado, antes de comenzar a descolgar los atributos del duelo de las naves de la iglesia, es una perversidad inconcebible, sin pensar que el homenaje que le brindaba a mi arraigo era borrar prestamente toda muestra externa y hueca de dolor por su partida. Qué mal sentó al Obispo lamuerte de su amigo, habrá pensado también, como muchos otros, estoy seguro, y agregado, ¿qué se trae?, lo habrá pensado, claro que sí, y con mala intención, dando a su pensamiento el mal sentido, el sentido de ladero que se queda solo, de cómplice de fechorías que pierde a su compinche, de todas esas tonterías que los que no entienden cómo son las cosas dicen.

Desde la galería de mi palacio episcopal (¡por Dios! , ¡palacio!) miro cómo comienzan a levantarse hacia el este los finos velos azulados que van lentamente difuminando

la arboleda de lejos, era tanto hacia el poniente el sol va siendo tragado por la tierra, cuánto gozarían aquí los pintores de la Corte, pienso tontamente emocionado, cuántos verdes hay para extasiarse, cuántos azules, cuántos oros, cuánto fuego era los rojos, cosas inútiles todas para aquellos que solamente saben ver lo que saben ver.

No quise ser yo el encargado de designar a los pobres que serían vestidos con el peculio del difunto, y que recibirían las vestiduras muevas para acompañar dignamente el cuerpo. Mucho me habría agradado beneficiar a quienes sabía con certeza cuánto necesitaban de esa ayuda, oh Dios, esa ayuda que es un gesto con visos de avío para el importante camino del difunto, casi un casi salvoconducto para el nuevo destino, y designar a Roque, por ejemplo, el fájinador del astillero, que tú él ni sus cinco hijitos a medias indios conocían desde hacía meses sobre sus cuerpos el suave, roce de los buenos patios, designar a Facundo Reboña, el toledano, que desde su vuelta de las tierras del norte arrastra hasta hoy los restos de su castigado cuerpo semidesnudo, sumergido en la más triste locura, reflejo de esa otra locura, la de los poderosos, la de los que mandan, y que encuentra dolorosamente en estas pobres víctimas sus víctimas.

Hubiera podido seleccionar bien, yo, estoy seguro, pero no lo quise hacer: Dejé que lo hicieran. mis hermanos mercedarios, desde luego, para que fueran capaces de rescatar a alguien. citando menos de la pobreza más repugnante, pienso con amargo humor y me sorprendo de mi asimilación a este ambiente, pero también dispuse que algún seleccionado lo fuera por- mis otros hermanos, los de la dolorosa pasión, como gesto de conciliación aún sabiendo que desde el umbroso patio de su convento se pasara orando y conspirando sin descanso, dejé también que alguno eligieran mis hermanos dominicos, gente difícil, sin duda, hermanos sacerdotes todos, tan difíciles. Hermanos difíciles sujetos a mi episcopal cuidado, a quienes debo apacentar- así como apaciento a los demás díscolos corderos de mi grey tan tercos, tara ambiciosos.

Ciertamente no seleccioné yo a los pobres pero me cuidé de ser quien les entregara más tarde las velas que habrían de llevar encendidas acompañando los restos, yo mismo se las entregué a cada uno de los pobres seleccionados, radiantes ya con sus vestiduras nuevas, e hice esa entrega ceremoniosamente, pomposamente en realidad, y mi gesto no le pasó desapercibido a Martín. (oh, Martín González, me digo, presbítero de envenenada lengua viperina, y al punto me recrimino arrepentido, perdón, Señor Jesús), no le pasó desapercibido, lo vi en sus ojos huidizos que no perdían detalle. Supo al instante lo que haciéndolo así quise significar: ellos vistieron vuestra desnudez, quise decir con mi estudiado gesto, yo os invito con el rito.

Era esta ciudad alejada de todo, que fue fundada para ser amparo y reparo y nunca pasó de ser eso, una posta, las cosas no son lo que parecen ser, o tal vez sea mejor expresarlo diciendo que no parecen ser lo que son, que no sé si es lo mismo. Ya izo está aquí entre nosotros, Domingo Martínez de Irala, mi buen amigo, ya no está tampoco Álvar Núñez Cabeza de Vaca desde mucho tiempo antes (aunque solamente porque se lo llevaron), y sin embargo siguen estando ambos, claro que sí, era los amores y era los odios de la gente siguen estando presentes, qué clase de raro influjo, me digo, hace que los vecinos de esta ciudad olvidada mantengan su fidelidad tan más allá de la muerte o de la ausencia, que tal vez es lo mismo. No están Cabeza de Vaca ni Irala y sin embargo es como si estuvieran, me digo y hasta siento ganas de reír, qué ha de extrañarme esto, si ni siquiera Juan de Ayolas está lo suficientemente muerto y enterrado cotizo para asegurar con mediana prudencia que está ausente, y hasta ahora la sombra del maestre Osorio sigue siendo, ¡oh!, la de él y su asquerosa muerte, motivo suficiente para despertar inquinas, para reavivan- odios. A veces me pregunto si no será ésta una tierra de ausentes, gobernada por muertos y memorias, con. sus hijos siempre mirando empecinadamente hacia atrás, a veces me cuestiono preguntando cuánto y cuán gran valor puede llegar a tener la fidelidad, si es capaz de seguir- encendiendo los ánimos de los encendidos seguidores de unos y otros tanto tiempo después de la misma muerte, y siendo ya todas las cosas diferentes.

Casi todos pensaron que citando el Alguacil Escaso con su arpón, destrozó el pecho de Abreu, se acabaron los seguidores de Álvar Núñez, casi todos lo creyeron, digo, y hasta Domingo, creo, aunque nunca me lo dijo. Pero no fue así, oh Dios, desde luego que no fue así... Hoy todavía quedara y seguirán, quedando entre nosotros, no puedo definir- hasta cuándo, los seguidores de éste o de aquél, en este amado y ambicionado reino interior- perdido y olvidado, encendidas siempre sus ardientes entrañas por el ansia de mandar y entretenidos todos en la conspiración, sin fin, que parece ser el pasatiempo preferido. Siempre habrá alguno que siga a alguien, siempre habrá alguien que llame a los otros, siempre habrá quien intente desplazar a cualquiera, por- el ansia de llegar, siempre, ni siquiera sabemos exactamente adónde.

Está muriendo el día, o está naciendo la noche, prefiero decirlo así, es la hora en que el pensamiento comienza a oscilar en la evaluación. Tal vez alguna vez alguien pueda convencerme de que es cierto lo que mi conciencia me dijo y dice: de que lo que hice lo hice bien y a la altura de mi compromiso, compromiso que nunca quise, responsabilidad y rango que nunca ambicioné, y que si acepté lo hice solamente por un rasgo de fidelidad.

Hasta hoy me pregunto qué llevó a Domingo a preferirme a sus yernos, o a sus antiguos amigos y compañeros, para cargar sobre mis hombros el compromiso de continuar con su empresa, ¡ah...!  qué sin sentido parece esta expresión al asignar de esta manera a una persona la potestad de dirigir la vida comunitaria de los otros... Sin sentido e injusta, ¡vive Dios!, pero así somos.

Muy grandes trabajos, por cierto, me costó satisfacer el fervoroso y exigente pedido del Gobernador Irala, mi amigo, en el umbral de su muerte. Muchos aprobaron. mi esfuerzo, y ven con buenos ojos el fruto de mi trabajo; otros tantos me odiarán por siempre. Pero mantuve pacificada esta ciudad amada, esta ciudad que adopté por amarla, que desde mi llegada comencé a amar; inexplicablemente, y cuya paternidad formalicé con mi compromiso ante el lecho de mi amigo moribundo, continuó viva, me digo satisfecho, recorriendo su tortuoso destino, y deseo ardientemente sentirme en paz.


DIEGO

 

1

Ocho años y siete meses después de que saliera de España la brillante expedición de don Pedro de Mendoza, la más fastuosa que hasta entonces partiera, amanecía en Asunción el día de San Marcos.

Ocho años y siete meses habían pasado desde que se hiciera a la mar la bien pertrechada flota del Primer Adelantado del Río de la Plata con catorce naves, mil quinientos españoles, y alemanes y sajones, y mujeres casadas, solteras y de las otras, como se comentó en voz baja y jocosamente en los corrillos durante mucho tiempo, ocho años y siete meses y entre los sufridos y animosos habitantes que recalaron en este caldeado rincón de las nuevas tierras ya nada, o casi nada, quedaba de aquella ensoñación que les llevara a cruzar los mares de hacia donde muere el sol. Hoy la realidad de la vida diaria era bien otra, por más que con empeñoso afán algunos intentaran hacer seguir viviendo en los otros la ingenua ilusión y la esperanza.

En el rancho umbroso, tendido en su lecho humedecido de sudor y rodeado por sus mujeres y sus hijos, el sargento de tropa Diego Ternero al despertar sintió como si sus pensamientos fueran la continuación del sueño recurrente que le hacía vivir, una y otra vez, las mil y una sensaciones que jalonaron su existencia en esta tierra diferente y salvaje, distinta en su aspecto, en su clima, en las costumbres de sus nativos, en todos los sentidos distinta. Sus ojos angustiados recorrieron la habitación en penumbras, hasta reconocer las paredes blanqueadas de su morada, el techo oscuro que se perdía entre las sombras y las gruesas vigas lampinadas, de las que colgaban todas, o casi todas sus pertenencias, para alejarlas de las alimañas.

Poco a poco sus sentidos se fueron despertando y su olfato llegó a percibir el sensual perfume de la tierra húmeda que se filtraba por la ventana abierta, y el aroma diluido, como de cristalina agua de estanque, que emanaba de los cuerpecitos de sus hijos, carne morena y tersa, como purificada por el sol despiadadamente intenso que todo lo consume, si poco a poco hasta su piel iba perdiendo el ardiente olor del otro lado del mar.

Su humor se oscureció al recordar lo que serían ese día las fiestas de San Marcos, el Santo Patrono de su Vibrieja del alma, el recordar la voz ronca de la campana tañendo casi encerrada en la espadaña de piedra que coronaba la ermita, saludando la salida del sol, al recordar el olor vibrante (que ganaba el ventanuco de la cocina oscura para inundar la calle) de las rosquillas dulces friéndose en grasa de puerco, o el aroma que despide al abrirse, en el inicio de la primavera, la última vasija de melocotones en conserva, reservada para la fecha a lo largo de todo el invierno... Recordó también, y el pecho se le ensanchó de añoranza, la cristalina brisa helada que sin duda descendería de las sierras rozando las rosadas mejillas de la aldeana que golosamente disfruta de la caricia del sol, mientras sus dedos blancos y fuertes ordeñan la cabra.

Saltó de la cama decidido a apartar y arrinconar los recuerdos, que últimamente sólo le llevaban a la tristeza, tratando de sobreponerse a la melancolía que una vez más comenzaba a torturarle. Al vestirse la camisa, inadvertida­mente metió el brazo en el agujero que calaba la espalda de la prenda, y cuando la cerró sobre su pecho, notó que la manga vacía quedó colgando ridículamente al lado de su brazo desnudo.

Francisca lo vio removerse nervioso y no pudo resistirse, rió por lo bajo tapándose los labios con los dedos porque sabía muy bien, claro que lo sabía, cuán terribles podían resultar las explosiones de enojo de su hombre y más le valía evitarlas, afuera poco a poco el día iba abriéndose camino y ya podían observarse algunos destellos brillantes en los charcos de agua que dejó en el patio la lluvia de la noche anterior, arriba filetes de oro comenzaban a perfilar la copa de los árboles, y algunos jirones dorados de sol rompían ya la neblina, ese delgado tul de bruma que no tardaría mucho en levantarse pero que mientras tanto desdibujaba los árboles y las chozas de alrededor, y que convertía el muro de la Casa Fuerte, allá lejos, en un pintado telón de fondo, y la Casa Fuerte misma en otra sombra más, una neblina más espesa, igualmente gris, tan abombada e indefinida como todas las otras cosas, sobre el fondo cobalto oscuro de las aguas de la bahía.

-Malditas lluvias -murmuró Diego entre dientes­- maldita y puñetera humedad, maldita y puñetera miseria... Francisca escuchó también que el español rasgaba el lienzo con enojo y vio cómo, hecha una pelota, lanzaba la camisa a un costado, la explosión de su enojo estaba en marcha y ella se mantuvo quieta tratando de pasar desapercibida, asomada a la ventana y mirándole de reojo, no había entendido muy bien lo que decía porque tenía aun muchos problemas con el idioma, aunque día a día iba aprendiendo palabras nuevas.

Luego de vestírsela, y con desaliento al comprobar el resultado, Diego se bajó nuevamente la ajustada calza de algodón de su uniforme de soldado, que también lucía humillantes agujeros en las rodillas y en las asentaderas, a estirones la soltó de sus tobillos y después de rasgarla en medio la tiró igualmente a un costado, parece que ahora me he convertido verdaderamente en un hombre de esta tierra, dijo mirándose con enojo y salió del rancho completamente desnudo y calzando sus chapines de cuero crudo para protegerse los pies. Pero se amilanó, algo hizo que no se atreviera a mostrarse así, con un sentimiento irrefrenable que, por otra parte, tampoco le interesó explicarse. Lo cierto es que, al pasar, tomó un rectángulo de tela que colgaba del tiento de cuero que cruzaba la angosta galería y se lo pasó entre las piernas, ajustando los extremos alrededor de su vientre, asegurando la tela con el cinturón que colgaba del mismo tiento

Bajo el alero estaban sentados sus hijos, los más grandecitos, porque los demás todavía dormían.

Félix, el mayor, lo miró con curiosidad pero no pareció sorprenderse, en sus casi ocho años había aprendido a no sorprenderse por las cosas muchas veces inexplicables que hacía su padre, ese hombre que tenía la piel muy blanca y muchos pelos en los brazos, y en las piernas, y en el pecho, ese español que parecía tener algo raro en la boca cuando hablaba, que podía ser tan bueno cuando te hablaba despacito o tan rabioso cuando se le antojaba, tan triste casi siempre.

-Qué comes -le preguntó Diego sentándose en una banqueta frente a su hijo, aunque sabía muy bien lo que comía, como todos los días.

-Coco -dijo el niño y le tendió el cuenco de barro que contenía almendras de coco machacadas y ensopadas con agua caliente. Diego formó un pequeño bolo con los dedos y se lo metió en la boca.

-Le falta miel.

Félix siguió masticando la mezcla sin hablar y luego escupió un trocito de corteza que inadvertidamente se le había filtrado a su madre en la masa.

-Así me gusta.

Joder, pensó Diego, qué manera de expresarse tiene este crío, descortés, parca, qué gente más dificil, a veces me pregunto si me aceptan realmente entre ellos, si entienden cuando les hablo, si comprenden lo que les quiero decir. Más de una vez se preguntó también si le querían, si estas mujeres que vivían con él, madres de sus hijos, y sus hijos mismos, le querían. Eran su gente, su familia, ¿le querrían, quizás?.

En el silencio de la noche, en tanto afuera la comba negra del cielo cubría los interminables y ondulados campos cubiertos de vegetación, adentro del rancho, a su alrededor, escuchaba la respiración de Francisca, la mujer india que compartía su lecho con él ahora, madre de sus tres hijos menores, la respiración de Yvá, la india madre de Félix que va no se acostaba con él desde hacía tiempo pero que sí seguía viviendo con ellos, la respiración de Manuelita, la adolescente hija de Macario, el indio capataz de la chacra, que había sido destinada por su padre para él y que tan gloriosamente iba descubriendo en su cuerpo la lozanía de su fresca juventud y pensaba: ellos son mi familia.

-Hombre, familia... -le dijo una vez Fernando Riquelme, sargento de la tropa como él, compañero en las idas y venidas de una aventura que a esta altura ya no sabía muy bien cómo iría a acabar, con una petulancia que a Diego no le agradó- Qué cosas dices... Familia familia, no. Es tu gente.

Al Capitán Irala tampoco le agrada que se hable así pensó recordando, esa altanera discriminación no le agrada, estas mujeres son vuestras mujeres, solía recriminarles, estos niños son vuestros hijos, pero Diego no sabía a ciencia cierta qué significaban verdaderamente esas palabras. habida cuenta de los manejos del Capitán y su insaciable apetito en ese sentido, manteniendo tan profusas y mezcladas relaciones carnales como lo hacía, no sé si habrá alguien, pensó más de una vez, capaz de saber qué es lo que dice el Capitán cuando dice algo.

Y ahora se miró, sentado casi desnudo en una banqueta bajo el alero en compañía de sus hijos casi tan desnudos como él, comiendo almendras de coco machacadas y ensopadas con agua caliente, endulzadas con un poco de miel, en tanto el sol se abría paso trabajosamente entre las cortinas de la húmeda bruma que dejara la lluvia de la noche anterior, y: desde luego que es mi gente, pensó, pero con un sentido muy distinto.

Estiró los brazos y los dos más pequeños se acercaron a él como cachorritos y se dejaron acariciar, en el corazón sintió un destello de afecto y también algo de orgullo al mirar esa sombra de impasible firmeza que observó en Félix, son mi gente y los quiero, los quiero y ésa es, seguramente la razón por la cual preferí venir anoche a casa en vez de pasarme una velada de juerga en el bajo, como lo habría hecho Fernando Riquelme que tanto me critica porque no me gusta hacerlo, son mi gente y los quiero y a este paso, a este paso... ¡por Dios!, su mente se oscureció con una pasajera sombra repentina, a este paso pronto seré yo uno de ellos, tal como parece desear nuestro Capitán Irala que lo seamos...

Domingo Martínez de Irala, recordó entonces Diego Ternero con un suspiro, ¡ah...! ¡cuánto tiempo ha pasado desde que vinimos, Chomín!, ¡cuánto han cambiado nuestras vidas... !

Hoy son ya todas las cosas diferentes, piensa, hoy él es un hombre muy importante entre nosotros y ya casi nadie se atreve a llamarle Chomín, como sus padres cuando era niño (vaya uno a saber cuántos tristes recuerdos querrá olvidar) y aun menos, menos, se atreven a hacerle bromas como antes, cuando se animaban a decirle “Iralita, Iralita, el de la caligrafia bonita ", no es hombre de bromas, el Capitán Vergara (¡Irala, joder, por qué habríamos de llamarle con el nombre de su región!, solía ofuscarse Fernando), no es hombre de bromas, Diego lo sabía muy bien y no lo olvidaba porque lo aprendió de manera cruel.

Había marcado con firmeza indeleble esa certeza en su mente y en la espalda le quedó la huella ignominiosa, en la espalda, donde las marcas del cinturón con hebilla mucho tiempo surcaron la piel rosada con rastros rojizos. Pero el humillante y doloroso castigo que recibiera no había sido suficiente para borrar de su ánimo la admiración y el afecto por su Capitán, esa clase de camaradería que enlaza las almas de los hombres de armas, a prueba de las contingencias menores, no por eso menos trágicas, y de las mayores, por cierto.

También es necesario ser como Irala para no tener vergüenza de mostrarse compasivo, piensa Diego con una sombra de emoción, es necesario ser como él para poder, sin miedo, lucir afectuoso.

Todavía recuerda el acre olor que inundaba la bodega en alta mar, la hediondez de la carne salada comenzando a agusanarse, de las verduras podridas, de los granos cribados por los gorgojos, de los cuerpos sudados y sudorosos de los hombres, de las ropas sucias y todo moviéndose, todo girando, todo yendo y viniendo una y otra vez, la fiebre calcinándole las sienes, los bandazos increíbles del navio que se negaba a quebrarse, miserable cáscara de nuez en desconocida mar océano enloquecida, el cuerpo todo hecho una ardiente brasa dolorida, y sentir, de repente, como venida de quién sabe qué lejano paraíso, su mano de hierro y terciopelo en el antebrazo y su voz, oh, su voz autoritaria y al mismo tiempo compasiva: resiste, hermano, resiste no desmayes, no permitiré que te mueras...

Hermano, piensa ahora Diego apoyando la espalda contra la pared del rancho y dejando que el sol temprano que se filtra bajo el alero bañe su cuerpo desnudo, hermano en las malas pero Capitán, señor, tirano, en las buenas ¿quién alcanzará a entenderlo?

Ese mismo hombre que no sintió vergüenza de mostrarse afectuoso fue el que después, a escasas leguas de la confluencia del gran río del norte, le cruzó la espalda con su cinturón y hebilla, delante de los otros, por haber maltratado al indio Yepaí, que iba con ellos hacia Candelaria.

-Es su cuñado, Diego, Yepaí es su cuñado, ¿no te das cuenta de lo que eso significa? -le había musitado Fernando Riquelme en el oído esa noche cuando reposaban alrededor del fuego, los mosquitos a duras penas alejados por el humo, un ardor profundo en su piel cuarteada- ¿cómo osaste patear en su lampiño culo a uno de sus cuñados?

Se había apartado riendo por lo bajo y Diego pensó que quizás, alguna vez, él también podría volver a hacer bromas con estúpido humor aunque el mundo se viniera abajo.

Yepaí era cuñado de Irala, es cierto, piensa ahora soleándose en su rancho tratando de alejar de su mente la melancólica recordación de su terruño que estaría en plena fiesta, uno de sus muchos, muchísimos, cuñados. La potencia de la entrepierna de Domingo parece inagotable, y su ansia de poseer también, poseer, poseer, cuerpos y vidas, poseer mujeres sin límites, por cierto, pero a sabiendas de que ellas no vienen solas, sabiendo que al poseerlas se hace de cuñados también sin límites, y de suegros, y todos, todos, de alguna forma tienen algo que ver con él porque ya son de su familia... ah!, es tan difícil explicarlo con claridad: protege y ampara a sus cuñados, y a sus suegros, y a toda la larga lista de mujeres que ama... los quiere y los protege anteponiéndolos a quien sea, pero también les exige dedicación y sacrificios increíbles cuando se le ocurre como si no los conociera, lo mismo que a nosotros, Chomín, ah, puñetero Chomín...

Me resulta tan dificil entenderle, se dice una vez más y mira a Félix que trajina aprontando su larga caña afilada para ir a pescar en la bahía cercana, mira su cuerpecito moreno y bien proporcionado, la sana tersura de su piel, y se sorprende al descubrir el raro orgullo que despierta en su ser la admirada contemplación de su hijo, y no alcanza a definir exactamente lo que piensa, pero le agrada.

 

2

En la sala de guardia, ubicada sobre el lado oeste de la sala capitular para protegerla de los despiadados rayos del sol aunque ¡mil veces coño! allí nunca vuela una mosca por las tardes, al decir de Fernando, el calor resultaba insoportable y no era más que media mañana. El calabozo del fondo debía ser un horno.

No eran todavía las diez pero ya se observaba un teló movedizo de reverberaciones cuando se miraban las casas que trepaban la cuesta hacia el sur. Bordeando las lomadas. las calles irregulares que seguían el trazo profundo formado por los raudales, eran tajos sangrantes que desparramaban desordenadamente los trozos de verde fulgurante, y los ranchos encaramados en las pendientes parecían piques engordando las puntas de los dedos de un enorme pie.

Hacia el oeste danzaba nerviosamente la gran zona baja que luego abruptamente, un poco más allá, reconquistaba su alcurnia luciendo rematada por la altísima punta de piedra roja, rojísima, como de sangre, que dominaba esa parte del río como un gigante vigía que apoyaba sus pies en la misma agua, sin un centímetro de playa, y que lastimosamente no podía observarse en todo su dramático esplendor desde la Casa Fuerte, por quedar tapada por la vegetación exuberante que surgía como una lengua verde en la boca de la bahía.

Fernando Ríquelme, sargento de tropa, miró los ranchos del bajo, ("glorioso lugar del mundo donde joder es más fácil que comer, en esta tierra ubérrima", recordó que dijo una vez alegremente entre las carcajadas de los otros, cuando los vapores del aguardiente despertaron su vis poética), ranchos y arbustos que lucían aplastados bajo la humedad caldeada del día, día que seguramente aun no habría llegado para las mujeres y los hombres que hasta hacía muy pocas horas prolongaron el jolgorio de la noche. Cuando retornan los hombres luego de alguna incursión que los mantuvo lejos de Asunción por unos días, piensa Fernando con ironía, van prestamente con una sed acuciante a abrevar en ese antro de lujuria.

Aunque no todos, por cierto, se dice recordando a Diego Ternero.

Precisamente Diego había retornado al final de la tarde anterior de su incursión hasta el Itay, hacia el este. Había hasta allí con cinco soldados en busca del tabaco y maíz que el cacique Yayeque cultivaba para la Comandancia en su rancherío y los cuatro días de ausencia los devolvieron a Asunción hambrientos y sedientos, con grandes ganas de pasarla bien, sin presentir siquiera lo que iría a suceder en la ciudad esa misma noche: los días de ausencia los habían alejado de los rumores, de los decires, de las intrigantes idas y venidas de la vida en Asunción. Una vida cargada de sobresaltos, sobre todo la nuestra, se dijo Fernanco, la de los hijos de nadie, que somos llevados y traídos al compás de las idas y venidas de los que pueden, en este orden sin orden.

Y entonces Diego a diferencia de los otros, se lo contaron sus hombres esa mañana, siguiendo su tonta costumbre, apenas entregadas la carga y las armas se había retirado yendo prestamente a su casa, sin detenerse en una larga y merecida noche de juerga en el caserío del bajo. Una tonta costumbre, por cierto, y él se lo había hecho ver en una oportunidad anterior, poniendo de resalto la zoncera de desperdiciar una hermosa oportunidad de pasarla bien y divertido.

-¿Para qué habría de ir al bajo?- le replicó Diego amoscado- ¿qué encontraré en el bajo que no encuentre en mi casa?

-Putas -había respondido Fernando sonriendo con suficiencia- eso encontrarás. Hacerlo en el bajo con bebidas, con bullas y peleas, en ambiente de putas, es diferente; recuerda más aquel hermoso ambiente civilizado que abandonamos al venir.

Ambiente de putas, recuerda ahora pero ya no sonríe y estira nerviosamente el tejido de su calza, más delgado que una piel de cebolla, que se le había introducido entre las nalgas, si hubieras vivido todavía, Elodia, piensa, Elodia que al fin y para tu bien en paz descansas, si hubieras estado todavía conmigo no habría yo añorado nunca ese pestilente recinto, si hubieras seguido viviendo, este hueco deplorable de mi calza no me habría ventilado la rodilla, se lamento mirando la prenda agujereada mientras caminaba hacia el cántaro de barro que refrescaba el agua a la sombra del alero, lo hubieras zurcido, habrías disimulado mi miseria con aquellas puntadas primorosas que con tanto empeño me ofrendabas...

A Diego, también recordó sin querer mientras bebía, porque la incertidumbre lo tenía nervioso y hacía que todo se viera oscuro, a Diego no le agrada esa forma de expresarse y menos esa forma de vivir, no es correcto vivir así, le había dicho molesto, en puerca promiscuidad, como un semental sirviendo cochinas.

-Lo que te sucede, amigo mío, -había tratado Fernando de aparentar indiferencia porque algo se le encendió en el pecho y trató de desquitarse mostrándose incisivo- es que te has dejado influenciar demasiado por nuestro meticuloso Capitán.

-Es un hombre muy exigente -había dicho Diego por lo bajo mientras caminaban hacia el barranco del Jaén para el relevo de la guardia ("Jaén, nombre entrañable", recitaba Fernando inexorablemente cada vez que llegaban hasta el pequeño cause de aguas cristalinas que marcaba el inicio del bajo, en su camino hacia la bahía), y sus palabras fueron una aseveración tan segura que resultó petulante, en opinión de Fernando, como si le urgiera a aceptarlo, y se sintió molesto.

-Lo es. En demasía, por cierto. A veces hasta resulta caprichoso, intentando meterse en nuestras casas.

-Reconoce que no es mucho lo que pide -sería un hipócrita si lo hiciera, pensó pero no lo dijo- No es correcto que vivas en bochornosa promiscuidad con todas las las mujeres que vives.

-¿Tú no lo haces?

-Lo hago, y casi todos vivimos con más de una. Pero no en la misma casa, no conviviendo con más de una en la misma casa... me entiendes. Esa es la diferencia.

-La que me importa, la mujer que vino conmigo, ya no está aquí: ya consiguió liberarse de todos nosotros... ¿a quién debo por lo tanto rendirle cuentas?, no tengo compromisos.

Diego había dicho no recordaba qué cosa de, sus hijos, y de Félix, y él lo había dejado pasar, Diego tenía a veces reacciones inesperadas y decía algunas vaguedades sin explicación:

La verdad es que si Elodia no hubiera muerto, piensa ahora volviendo a sentarse en el banco de madera dentro de la caldeada sala de guardia, mi vida habría sido diferente. Creo que ella comenzó a perder la esperanza de que todo iría a mejorar cuando dejó de sentirse protegida por Isabel, de sentirse cuidada, mimada, por Isabel, ah, Isabel de Guevara, tú y las hermanas Rodríguez, y mi buen Alfonso; hicisteis que nos embarcáramos con Don Pedro en esta loca aventura...

Una vez más, como cada vez que la recuerda a Isabel, el recuerdo del hambre que asoló Buenos Aires y que llevó a los hombres y a las mujeres de la expedición de don Pedro hasta los límites de la locura, vuelve a angustiarlo como una llamarada caliente que le sacude el ánimo,

a dora Pedro desvela sombra

del maestre Osorio

esta cruel hambre asesina

es Purgatorio

decían las coplas dichas en voz muy baja alrededor de fuego frente a las chozas en tanto el enfermo, atado al lecho y cargado de llagas, sufría su indecisión, su miedo, su desazón, su desesperanza, ¡vosotros, bellacos, asesinos, habéis matado a Osorio y ahora morís como chinches...!  gritaba delirando, consumido por la fiebre, el Adelantado, don Pedro de Mendoza. Recuerda con recordado dolor el País del Hambre, ¡pobre desprotegida Buenos Aires., asediada por fieros nativos hostiles, por bestias feroces, indefensos y consumiéndose en la desesperanza los hombres y las mujeres, más fuertes quizás éstas, hechas para el dolor, sin contar con reservas de ninguna clase, sin tiempo para sembrar y menos para cosechar... No en balde Diego Ternero se había resistido a dejar a su india en Buenos Aires cuando remontó el río con Ayolas y con su amigo Irala, su dios... Embarazada la arrastró hacia arriba, hacia el temido destino incierto y cargado de peligros pero nunca, ¡por Dios!, nunca tan potencialmente malo como el hambre y las penurias del enclave condenado.

-El Capitán Irala, a quien tanto admiras, Diego, -recuerda que le dijo una vez, un domingo de mañana después de misa, mientras bebían aguardiente en el patio de su casa- fue quien estuvo detrás del juicio sumario a los tres infelices que robaron el caballo para comérselo ¿lo recuerdas?.

-Él no tuvo nada que ver en eso. .

-Claro; nadie puede decir que la tuviera, porque hubo otros pobres infelices que manejaron el juicio... Pero tú sabes, y yo también, y todos, que él estuvo detrás.

-Deja en paz esas historias, que no nos llevan a nada... Fueron días muy duros que es mejor olvidar.

-Ojalá pudiera olvidarlos, amigo mío... Los ahorcaron, Diego; los ahorcamos todos nosotros, en realidad, los que no impedimos que se cometiera barbaridad dolorosa -dijo y sintió, lo recuerda, así como siente ahora, que la piel se le erizaba como todas las veces que volvia a vivirlo- y a la mañana siguiente descubrimos que a los colgados les habían cortado los brazos, les habían descarnado las nalgas y los muslos para comérselos...

-Pero sin duda no fue Martínez de Irala quien se los comió.-dijo Ternero entre dientes, muy molesto, pero con algo de petulancia, me cago en diez, pensó Fernando Sintiendo calentársele la sangre.

-Desde luego que no... ¡mala madre que lo parió... !

-Él nunca haría una cosa así, lo sabes muy bien. ---dijo cortante pero Fernando consideró que todavía no era suficiente.

-Ah!, Diego Ternero, Diego Ternero, ¡cuánto lo admiras, Diego Ternero... !,Él no necesitó comerse a sus victimas porque tuvo suficiente con los restos del caballo que dejaron sin comer los ahorcados...

-Jamás comió carne de ese caballo. Jamás -había dicho Diego mientras lanzaba una piedra acertando con precisión el rojo centro de un caraguatá que había al lado de la cerca, y Fernando se había percatado de algo, algo que en ese momento no le pareció tan importante pero que con el tiempo, con las pequeñas y grandes cosas que sucedían día a día, se fueron clarificando en su pensamiento: Diego era hombre de Irala, así como lo fue de Ayolas desde antes de la intriga, ¡malditos sean!, la asquerosa intriga que terminó de manera tan oprobiosa con el crimen de Guanabara, ¡por Dios!, la sombra de Osorio nos perseguirá por siempre, pensó, hagamos lo que hagamos no podremos librarnos de su venganza. Somos un reducido grupo de miserables locos alucinados por una esperanza y andamos dividiéndonos... mala cosa es que hayamos comenzado tan mal, y que tan mal sigamos.

Desde la noche anterior, apenas pasada la medianoche, dos horas antes de que se desencadenara la lluvia, el Gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca yacía preso en el calabozo, cargado de grillos, después de haber sido arrancado violentamente de su lecho de enfermo y arrastrado a la calle, una espada contra su pecho, la cara demudada y ardiendo de fiebre, los ojos desencajados buscando infructuosamente a sus leales que tan fácilmente habían sido corridos por las armas, el miedo y los gritos atronadores.

¡Libertad!, ¡libertad!, gritaban los amotinados recorriendo las calles en medio de la noche tenebrosamente pintarrajeada de antorchas y él, Fernando Riquelme, sargento de tropa, ¡por Dios!, no había tenido valor para enfrentarse a los insurrectos, no se había animado a enfrentarlos saliendo en defensa del Gobernador. Permaneció en la puerta de su rancho protegido por la oscuridad mirando el tumulto iluminado por las antorchas, con los nudillos crispados alrededor del parante de la puerta, con el corazón saltándole adentro del pecho pero roído por el miedo en tanto las mujeres que compartían su lecho le miraban asustadas aunque en verdad, ahora que lo piensa, indiferentes.

Escuchó un gemido en el calabozo y le costó decidirse, sabía que no era prudente acercarse, ¿por qué siempre habría de meterse en problemas?, el Gobernador había despertado, agua, por el amor de Dios, escuchó que gemía, dadme un poco de agua, por el amor de Dios.

Al asomarse a la puerta lo vio, sumergido en el fondo de las sombras convertido en una sombra más, tirado sobre un camastro, entre cadenas. Aun costado, de rodillas en el suelo de tierra apisonada (endurecida como piedra por las reiteradas regadas con agua de tunas), con los puños y la cabeza metidos en el cepo, Pabón parecía dormir, tal vez estaría muerto, con la mejilla derecha lacerada y los labios partidos por las bofetadas y puñadas con que lo habían sacado de su casa los tumultuarios luego de arrebatarle la vara de la justicia.

Fernando sabía que no debía hacerlo, no debía entrar adonde estaba el prisionero porque con su acto caritativo se exponía a la ira y al descontrol de los insurrectos, encendidos de odio, pero no le importó, mala cosa seremos el día que por temor olvidemos nuestra condición, se dijo y acercó un cuenco de agua a la boca afiebrada de Álvar Núñez, el orgulloso gobernador depuesto que, según contaban los que sabían, antes había hecho milagros curando a otros en las tierras del norte pero que no alcanzaba a curarse a sí mismo, que había hecho milagros, se repitió sintiendo en sus manos el calor de la fiebre, el temblor apagado de la piel del enfermo, la firmeza de sus dedos rodeando su mano, firmeza que intentó ser garra pero que no pasó de ser un desesperado pedido de auxilio.

El preso bebió con avidez y luego echó atrás la cabeza con un suspiro entrecerrando los ojos, pero no aligeró la tensión de sus dedos reteniendo al sargento, seguramente para hablarle, para pedirle algo, para rogarle...

Fernando se retiró espantado sin darle tiempo a nada, sintiendo sobre sí la mirada desenfocada del prisionero. Estaba seguro de que el Gobernador no le había reconocido, seguramente no recobraría la lucidez en mucho tiempo, mientras no pudiera curarse de la fiebre, quién lo diría, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que a tantos había curado con sus milagros en las tierras del norte, más allá del Darién, antes, y ahora aquí mismo, en Asunción, donde hasta llegó a detener el avance del veneno del ofidio trazando con tierra negra, en el tobillo del soldado, esos raros círculos y rayos sobre la piel que comenzaba a podrirse...

Saliendo del calabozo pasó al lado de Pabón que permanecía inmóvil, pero vivo, pudo notarlo, y no hizo nada para sacarlo de su inconsciencia, la piadosa inconsciencia que libraría de los calambres del tormento del cepo por algunas horas al Alguacil Mayor, también depuesto durante la noche fatídica. Jugaste con fuego, Pabón, pensó mirándolo al salir, nunca supiste librarte y te tocó hacer los trabajos sucios, no te escabulliste cuando hace años Ruiz Galán ordenó apresar a Irala, que lo hiciste a disgusto pero lo hiciste y menos ahora, en estos tiempos tan difíciles que vivimos cuando cargaste sobre tus hombros demasiado odio por cuenta de este otro, que no te pudo salvar.

En el calabozo no había ningún otro prisionero (desde luego en este cubículo inmundo no hay lugar para nadie más, pensó, pero por lo general eso no tiene mayo importancia para nosotros). Alguien dijo, le pareció haber escuchado en medio del tumulto que produjo la remisión del Gobernador al calabozo, que los regidores leales y lo otros fueron recluidos en la parcela de Gonzalo de Mendoza, porque no era prudente tenerlos juntos pues podía resultar peligroso. Por lo visto hay mucha gente presa, se dijo, por lo visto hay mucho miedo suelto, mala cosa.

 

3

Diego debía tomar su guardia recién al caer la tarde porque su retorno al atardecer del día anterior de la incursión hasta el Itay hizo que él y los hombres de su pelotón saltaran el turno del mediodía, lo cual les vino muy bien a los que, como Fernando gustaba hacer,

festejaron el retorno a Asunción con una noche entera de juerga más allá del Jaén, pensó. No permaneció en la cama se y levantó a la misma hora de siempre huyendo de sus recuerdos, y por esa insulsa costumbre de alzarse del lecho apenas el sol apuntara sobre el horizonte, y por eso pudo disfrutar de la modorra sentado al sol al lado de sus hijos en vez de andar a las corridas como cuando la hora de presentación tiraniza.

-Quiero llevar tu cuchillo -le dijo Félix antes de partir, con la caña de pescar en una mano y un bolsón con algunas vituallas en la otra y él le miró pensativo, está creeciendo, se dijo, antes no se hubiera animado a pedírmelo. Dejó sobre un taburete el cuenco de cocos achacados que su hijo le entregara y se levantó.

-Mira que esta hoja toledana no es cualquier cosa - dijo como jugando, con esa rara mezcla de petulancia y orgullo que compartía con su hijo-No es de los cuchillos de a veinticinco...

-Ya sé. -pareció que no iba a hablar más pero continuó- Lo voy a cuidar.

Algo tenía su hijo, su Félix, que a él lo desarmaba. Quizás fuera la seguridad que se insinuaba en su parco hablar, esa manera de expresarse que a veces hasta lo hacía aparentar altanero. O quizás se debía a lo firme de su carácter, teniendo en cuenta sus cortos años. O tal vez fuera solamente que lo amaba, con la fuerza avasallante del amor de padre que su madurez aumentaba.

Años atrás había arrastrado tras de sí a Yvá, la madre del chiquillo, desde la bahía de Guanabara, recuerda, y cuando algún tiempo después debió remontar el río con la expedición de Ayolas no quiso dejarla en Buenos Aires, porque el país del hambre era una trampa dolorosa. Nunca le pareció bien lo que hizo don Pedro al fundar el puebloen un lugar tan inhóspito, tan frío, tan desprotegido... pero es claro que nunca a nadie le importó un carajo la opinion de un sargento. Cosa rara, pensó, en esos días de fundación Irala no decía nada de la localización, ni de fundación misma, ni a favor ni en contra, y el pobre don Pedro de Mendoza, enfermo como estaba y tan inútil para manejar a la gente, se la pasaba pidiendo pareceres pareceres... parecía estar de acuerdo con la fundación del fuerte, el Capitán Irala, tanto problema que hizo después quién iba a decirlo.

No quiso dejarla en Buenos Aires y la llevó consigo subiendo el río, ese río tan cargado de peligros como decía que era, con Ayolas, hacia el norte, buscando lo que había venido a buscar. Yvá pudo navegar sólo hasta Corpu Christi, y allí parió.

El quiso quedarse con su mujer pero Ayolas se opuso -Déjala con los suyos -le dijo- ¿qué tienes que hacer tú aquí con ella?

Cuidarla, quiso decir pero no se atrevió, cuidar al hijo mío que ella acaba de parir. Tuyo... ¿cómo puedes estar tan seguro de que es tuyo?, habría comentado Ayolas burlonamente al escucharlo, lo sabía muy bien, porque el capitán Ayolas era así, dificil de tratar, indiferente, con toda seguridad ya habría olvidado lo que Diego hiciera por él en la bahía de Guanabara, ¿alcanzaría a saber con certeza, por Dios, Juan de Ayolas, cuánto le costó a él, Diego Ternero, decidirse a apoyarle con su fuerza, con su persona, con la presión de sus brazos inmovilizando a Osorio, en esa ejecución maldita que tantos sinsabores había ya acarreado?.

Cuando el bergantín se alejaba de la costa Diego se acercó a la borda y la vio, un tanto apartada del grupo de pobladores de Corpus Christi apostado en el limpión que fungía de embarcadero, ya en el borde de la barranca, parada y quieta ella, callada, sin que con un gesto sólo se animara a expresar su desazón, con el niño en sus brazos, envuelto en un paño de color pardo.

-Mientras tú te distraes, tus hombres se mueven ,y lentamente, sargento Ternero. -dijo a su lado el capitán Irala pero Diego se percató de que no era en verdad una reprimenda.

Sí, señor, había contestado apartándose prestamente de la borda pero Irala lo detuvo tomándole por el brazo, a la vuelta la recogeremos, dijo en voz baja y Diego sintióen el pecho se le encendía de agradecimiento.

El Capitán Irala tiene esa clase de cosas inesperadas, piensa ahora mirando el cuerpecito erguido de su hijo que aleja hacia la bahía, con el cuchillo toledano colgando a         su cintura hecho casi un señor, esa clase de cosas que hacen que sus hombres siempre estén pendientes de él.

-Piensas día y noche en la mujer que dejaste en corpus Christi, y no está bien -le había dicho unos días después Pedro de Oñate aflojándose el cinturón para sentarse a su lado cerca del fuego, cuando descansaba la tripulación en tierra, una estrecha lengua de tierra entre el rio y el borde de un pantano- es tan sólo una india y a las indias, deberías saberlo, las usas y las dejas.

-Tiene un hijo mío... -aventuró Diego molesto. -Tuyo, o del indio, o del diablo... ¿quién puede saberlo? -el vino de maíz comenzaba a enrojecer sus ojos- Mira -dijo echándose un poco hacia atrás para alcanzar a una india joven que trajinaba con las otras preparando la cena, la tomó del brazo y la atrajo, haciéndola -parar frente a él en medio del corro de soldados- así es como debes hacerlo -y apoyando las manos en las caderas de la adolescente comenzó a levantar el paño de algodón que cubría su intimidad y la miró sonriendo- Sírveme.

-No hagas eso, Pedro.  

La voz del Capitán Irala sonó tranquila desde algún, lugar en sombras fuera del corro, pero todos se dieron cuenta de que sus palabras eran realmente una orden ineludible. Todos menos Pedro de Oñate, recuerda Diego, que no lo entendió así o no quiso mostrarse sumiso.

-¿Que no haga qué, Iralita?

Diego nunca pudo definir muy precisamente qué fue lo que encendió la ira del Capitán, si fue la indignación que le causó la falta de respeto del Oficial al compañero, cuando se burló de su paternidad tan cariñosamente recordada, o si fue el enojo de ver cómo humillaba tan cruelmente a la india, o si fue aquello de “Iralita... ", pero lo cierto es que antes de que nadie pudiera reaccionar estab­a Irala en medio del corro cruzando con su fusta la mejilla ­de Pedro de Oñate.

Ah, Capitán Irala, piensa Diego recordando, nunca pude llegar a comprenderte muy bien... El hecho de castigar así, aparentemente por una india, a un Oficial Real, (asegurándote su odio hasta después de muerto), no significaba que los amaras y respetaras a ellos, a los indios, manteniéndote, así como te mantienes continuadamente. siempre al acecho, insaciable, arrollador, llenándote de cuñados, de suegros y de hijos, sin detenerte siquiera ante el mal ejemplo y entrando en las parejas que con las nuevas costumbres ya están formadas... Así como tampoco significaba que menospreciaras a los cristianos hasta el punto de reprenderlos de manera tan escandalosa.

Significaba más bien, y al cabo de mucho pensarlo pudo arribar a esa conclusión, significaba que muy bien conocía los comportamientos de la gente (Oñate, vizcaíno como él, muy pronto pareció olvidar la ofensa y disfrutó complacido de las prebendas que discretamente el Capitán comenzó a otorgarle, aunque alguna cosa oscura debía esconder en su interior, alguna cosa, estaba seguro), y significaba también e Irala era capaz de accionar como se le ocurriera, hacer lo que pensaba que fuera necesario hacer para que los demás respetaran, que cumplieran lo que él determinó como norma de conducta, todos, sin importar quiénes, ¿acaso no había sido capaz unos años después de ejecutar sumariamente, despiadadamente, a Aracaré, su amigo, por orden de Álvar Núñez en la costa del río?.

Sí, pensó, cómo una cosa nos lleva a la otra, sí, la ejecucion ciertamente fue ordenada por el Gobernador, pero Capitán Irala sabía muy bien que Álvar Núñez le habría escuchado si él intercedía por su amigo. Aracaré había sido denunciado un poco antes porque, siendo guía y baquiano en una incursión al oeste, encendía fogatas durante la noche, al parecer para llamar la atención de las tribus hostiles como invitándolas a atacar, y porque inducía a los indios a que no prestaran obediencia a los cristianos, amenazando guerrear él mismo contra ellos si lo hicieran, a fuego y sangre, dijeron, como si ello le hubiera sido posible... Irala sabía muy bien que hubiera podido hacer ver al Gobernador que las denuncias contra Aracaré eran exageradas, que algo de malo se traía la actitud del temible jefe indio pero que no era para tanto, que en resumidas cuentas estaba equivocado al condenarlo y no lo hizo, no lo hizo, ejecutó a Aracaré por traidor, aunque hizo saber muy bien a los naturales que la ejecución la hacía obligado, sin posibilidad de oponerse (lo cual, desde luego, no era cierto).

Diego observó que del rancho iban saliendo los demás niños a medida que se despertaban. A cada uno Francisca le entregaba un cuenco, no hablaban los niños con su madre ni ella les hablaba, pero a uno le limpió los mocos con los dedos, al otro le separó los cabellos que se le habían pegoteado con la secreción del ojo que tenía malo, pero sin hablarles, ¡joder!, qué comportamiento extraño, pensó el español observándoles, sin mimos ni caricias aunque tal vez, no quiso darse por vencido, sólo tal vez, esa dedicación de perra atendiendo sus cachorros fuera más tierna cuanto menos efusiva.

El menor de todos, Robertito, que aún no llegaba año y medio, vino gateando hasta su padre que, acodado en el portón de la cerca, le miró acercarse, sonriendo. El niño se asió de su pierna llena de pelos y se incorporo trabajosamente, Diego le acarició la cabeza y lo dejó estar a duras penas parado, contemplando el patio desde esa perspectiva no conocida, con una divertida sensación de orgullo en sus ojitos negros.

Diego vio de reojo que por la calle de la curtiembre venía bajando un soldado hacia su casa y se sobresaltó. -¡Francisca...!, ¡ven a buscar a este crío!

El soldado Gutiérrez, de la guardia personal de Irala, se acercaba rigurosamente uniformado, con la calza blanqueada y zurcida pegada a su piel sudada y a punto de reventar de calor con la chaqueta negra arriostrada hasta el cuello (que lucía húmedo y pegajoso) y el jubón cubrespalda, tal como lo establecía el reglamento.

-Vístete -dijo Gutiérrez apenas llegado, resollando por la caminata forzada y apoyando el arcabuz en el piso de tierra-Vístete, sargento y vamos, que el Capitán te espera.

Diego se había ido acostumbrando a casi todas las cosas de la vida de soldado en la colonia, con el paso del tiempo y viviendo las mil peripecias y los acomodamientos de este sistema de vida sin sistema, así como solía decir enojado el fraile Juan, de Salazar como el Capitán aunque tan diferente, pero lo que no había aprendido a soportar era la

altanería de los débiles cuando por alguna puñetera razón se sentían capaces de ordenar.

Miró al soldado Gutiérrez con grandes deseos de replicar, tratando de soltar un exabrupto que contribuyera a ubicarlo de una buena vez pero se contuvo, pobre infeliz, se dijo, no tiene la culpa de mi malhumor.

Su calza estaba desgarrada y convertida en una pelota en el fondo de la habitación, por lo que no podía uniformarse. Se vistió por tanto el zahón de lienzo y su camisa encarnada, aquélla que con tanta alegría Francisca le tiñera con el hervido de esas cascarillas pardas tan pequeñas que rascó de las tunas del costado del Jaén.

Primero se había enervado, lo recuerda, cuando en vez ver el lienzo teñido de negro que es lo que acostumbraban todos, vio su camisa secándose al sol, colgada del tiento que atravesaba el patio, más roja que la más roja de las llamaradas, encendida, brillante, alegre, con la misma ingenua alegría que brillaba en los ojos oscuros de su mujer que, atemorizada en esos momentos de incertidumbre, pispaba sus gestos tratando de anticipar su reacción. Muchas veces Diego se preguntó qué sentía por ella, además de lo que noche a noche en el caldeado camastro sí sabía que sentía.

¡El nuestro es un pueblo de quinientas almas y de quinientas mil turbaciones!, recordó mientras caminaba detrás de Gutiérrez que fray Juan de Salazar gritaba enojado cuando había quienes quisieran escucharlo, que no eran muchos, porque pocos deseaban realmente variar las costumbres en uso, desordenadas, por cierto, pero placenteras.

-Estos niños, por ejemplo, españoles, que recorren nuestros patios, nuestras calles y aposentos -bramó el fraile recorriendo a grandes pasos la galería posterior del convento en uno de los descansos de las Vísperas de Francisco- ¿sabéis vosotros qué son estos niños?. Diego se había removido inquieto en su asiento, recuerda, Félix es mi hijo, había pensado decir pero supo inmediatamente lo que el fraile quería dar a entender, había en Asunción por aquel entonces, tres o cuatro años atrás, más de dos mil niños de esa clase, ¡vive Dios!, se dijo, " de esa clase...", dos mil hijos de españoles con madres indias, como su Félix.

Cuando lo supo, porque más tarde o más temprano Capitán Irala todo lo sabía, cuando se enteró de lo que había dicho el fraile montó en cólera.

-¡Estos niños son vuestros hijos, joder. ..!-habia explotado- son vuestra familia, ¿qué otra cosa...?

¡Ah, esta clase de cosas inentendibles que tiene el comportamiento de nuestro capitán... !,pensó Diego más tarde, cuando llegó al cuartel y quedó totalmente anonadado por la noticia del derrocamiento del Gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca, del apresamiento de los Regidores, de todo el terrible desastre que se había desencadenado en el pequeño infierno de Asunción. Esta clase de cosas inentendibles que hacen que día a día me sorprenda más: montándose a cuanta mujer con o sin dueño encuentra, es al mismo tiempo defensor de los lazos familiares, defendiendo la autoridad y el orden, se pasa al mismo tiempo organizando derrocamientos, conspirando día y noche, minando el poder constituido para subir, coño, que eso es en definitiva lo único que busca, y que buscó desde un principio, desde allá, cuando veníamos, subir.

 

4

Todo lo que hay en este lugar es mucho más hermoso que la más exagerada de las exageraciones que contaron los que volvieron a España después de pasar por aquí, pensó Diego mirando por sobre el hombro la enorme inmensidad de la playa de blanca arena, el glorioso relumbre que saturaba el aire limpio como un cristal, las olas que rompían unos metros formando collares blanquísimos bullendo con destellos vibrantes, este sol es una gloria, se dijo, esta tierra toda es una gloria.

Trabajosamente intentó arrastrar hasta el agua el bote que había quedado atascado sobre la arena al bajar la marea, estaba solo porque los demás de la tropa prestamente se habían repartido entre las palmas y la vegetación profusa buscando frutas, holgando, retozando como niños traviesos después de tantos días como los que vivieron, apretujados y reprimidos incómodamente en el mar.

El pabellón de don Pedro había sido montado y sus insignias ondeaban al viento, hincadas frente a la tienda, dueñas y señoras, radiantes de colores en el ambiente sin límites, danzando en el viento caldeado. La tropa había sido licenciada hasta el caer de la tarde y el sargento Ternero decidió pescar para matar el tiempo, una cálida carne de pescado fresco cocinada sobre las brasas le resarciría de untos días de tasajo y pescados salados, secos, acartonados y, hediondos, pero el bote parecía soldado a la arena y no lo podía mover.

De pronto sintió que lo ayudaban y el bote comenzó a resbalar hacia el agua. Sorprendido levantó la vista y vio a un muchacho nativo parado firmemente un poco más atrás, con las piernas fibrosas clavadas en la arena hasta un poco más arriba de los tobillos empujando el bote como él, ayudándole, no le había sentido llegar, estos salvajes se mueven como sombras, pensó.

Como pudo le sonrió agradecido y el indio asintió entusiasmado, sonriendo ampliamente y dejando al descubierto una hilera de dientes oscurecidos, casi negros, que a Diego le repelieron, recién después pudo saber cuánto les costaba a los nativos de la tierra oscurecerse así los dientes, muestra de salud, de fortaleza, de privilegiada ubicación social.

El bote pronto comenzó a flotar y la carga se alivianó. Antes de dar el último envión para vencer los empujes de la costa, Diego se preparó para saltar pero su cálculo fue inexacto y el impulso mal dado lo llevó a quedar colgado de la borda en una postura ridícula, doblado por la cintura y con las piernas bochornosamente sumergidas y sin sostén, pataleando nerviosamente el agua y oscilando en el sube y baja de las olas ante la carcajada ruidosa del indio, que quedó parado más atrás con el agua hasta las rodillas, maldito salvaje, se dijo, aunque no necesariamente enojado.

Resollando subió por fin a la embarcación que bailaba sobre el agua y luego de tomar los remos con un gesto invitó al indio, ¡ven, jodido!, dijo sonriendo, ¡ven y ayúdame...!

El bote se había alejado ya unos metros de la costa pero el indio con gesto decidido pegó un brinco y limpiamente se sumergió. Cuando Diego vio emerger al lado de la barca su empapada cara sonriente se sorprendió, son rapidísimos, se dijo y estuvo a punto de agregar: son portentosos.

El muchacho trepó ágilmente para sentarse frente a él y se puso a observarlo con curiosidad, sin ningún disimulo, tanto que Diego llegó a sentirse incómodo. Al indio parecía extrañarle la intrincada profusión de las telas plisadas de la camisa, el negro cinturón desceñido, los puños sueltos, tantos frunces, pliegues y cordeles, pero lo que invariablemente atraía su mirada era la brillante hebilla con su aro periférico y la púa móvil en su centro, y seguía sus movimientos y sacudidas cuando el español iba y venía remando.

Diego sentía cierta timidez al mirarlo porque el muchacho estaba casi desnudo, solamente un estrecho tejido de fibras sujetado por la cuerda de cáñamo que rodeaba su cintura por debajo del ombligo cubría su desnudez: por delante formaba algo parecido a una bolsa y por detrás se introducía entre sus nalgas. Al indio parecía incomodarle la diferencia, tal vez pensaba que podía el hombre blanco ponerse sobre el cuerpo todo lo que quisiera, que él no lo necesitaba, y no se lo ponía.

Al sargento le causó gracia la ingenuidad de su comportamiento porque estaba embelesado, absolutamente ajeno a todo aquello que no fuera contemplar, sin asomo de disimulo, lo raro de esa rara clase de personas que llegaron en aquellas canoas tan grandes, y que tenían la cara, el pecho y los brazos todos llenos de pelos, que tenían la piel de ese color tan claro, que usaban cerca de la cintura ese aro brillante con una peligrosa púa movediza y todas esas cosas molestas que se ponían sobre el cuerpo envolviendo sus piernas, apretando su cintura, encerrando sus pies.

Pero luego, al extraer Diego de su bolsillo un reluciente anzuelo de rescate, con su cabeza curva rematada por la afiladísima punta arponada, el indio reaccionó sobresaltado, y cuando el español fingió un gesto amenazador con el acero, estuvo a punto de lanzarse el agua. Fue la primera vez en muchas semanas que Diego soltó una carcajada espontánea y divertida.

-No temas, jodido, no es peligroso... Si lo manejas con cuidado no te hará daño -apoyó la yema del dedo en lea punta del anzuelo mostrándole y exageró- ¡Ay... !

El muchacho asintió y ¡ay!, repitió poniendo mala cara y sin retirar sus ojos del anzuelo.

-No eres tonto, desde luego que no -dijo por lo bajo Diego Ternero y se sorprendió al sentirse un poco padre: un poco amigo, un poco maestro.

Pero el arrobamiento del indígena fue total cuando Diego capturó la primera pieza. Parecía no haberse dad cuenta cabal de lo que el blanco estaba intentando hac­er hasta que vio lo fácil de la operación, y cuando tuvo entre sus manos el cuerpo plateado del pescado que se agitaba sujeto a la cuerda con el anzuelo clavado en la boca, con tanta facilidad, con tanta rapidez, con tanta comodidad, se sintió fascinado.

Al cabo de un buen rato volvieron a la playa, y Diego obsequió al indio un pescado de los que había capturado pero notó por su mirada acuciante que, en realidad, lo que éste quería era el anzuelo y qué joder, pensó, se lo regalo, si al final de cuentas podré escamotear algún otro de la despensa, si algo traían en cantidad los expedicionarios a estas tierras después del retorno de los hombres de Caboto eran anzuelos de rescate, tan apreciados por los nativos, según contaron.

Al caer la tarde, el sol estaba ya detrás de las altas rocas grisáceas bordadas de verde y el mar lucía un color casi fluorescente, Diego se disponía a cocinar su pescado, arrinconado en la playa al lado de unas rocas, cuando lo vio llegar.

-¡Jodido...! -dijo sonriendo- ¿qué haces?

Y entonces la vio: Yvá venía detrás de su hermano trayendo, sobre unas hojas de plátano, un trozo de carne blanquísima y perfumada, humeante, y endiabladamente picante, lo supo Diego después, al probarla.

También traía un cuenco con un licor dulzón y muy fuerte que Diego apuró de un trago, encantado, y lo sintió reventar en su estómago con una llamarada que le encendió los sentidos y que le hizo reír, casi tanto como rieron los dos jóvenes sorprendidos cuando vieron lo que el blanco había hecho.

El muchacho se fue después, no supo Diego cuándo precisamente, pero Yvá se quedó con él.

Don Pedro ya se había embarcado y la mayoría de los hombres también, solamente quedaban en la playa los guardianes designados para cuidar las tiendas que permanecían montadas, porque no era prudente arriesgar toda la tripulación haciéndola permanecer en tierra, los nativos se mostraban amigables pero no era cuestión de descuidarse.

-Ternero, tú te quedas -le había dicho el Capitán Ayolas al organizar los aprestos- selecciona veinte de tus hombres y poneos a disposición del Capitán Irala; que los demás se embarquen.

A Ayolas le había costado tomar esa decisión, hubiera preferido dejar más gente en tierra distribuyendo la tropa para evitar que se formaran grupos considerables en una u otra parte, porque no veía con buenos ojos que Osorio y Guevara pasaran la noche embarcados juntos en la misma nave, y con sus hombres.

Es mejor así, Juan -le había urgido Irala- tú estarás allá, bien cerca; es suficiente

-No podemos arriesgarnos. Mira que estarán juntos.

-Entre tanta gente pasan ellos, y pasamos nosotros, desapercibidos.

-Estarán juntos.

- Don Pedro autorizó la mudanza de Osorio y ahora el maldito está con Guevara en su nave, pero por cierto que a costa de su condena: ya lo que se dice no será lamente una versión interesada que tú le acercas... esto convencerá al Adelantado de lo torcido de las intenciones de su maestre de campo.

-Tendrán tiempo y oportunidad para tramar cualquier cosa en contra de nosotros; es peligroso que los dos pasen la noche en la misma nave, con sus hombres.

-No tienen más de cincuenta incondicionales, y en tanto tú tendrás bien cerca a los nuestros, embarcados, y me quedo aquí con Ternero y los veinte.

-Con Ternero, sí; pero no sé si los demás...

-¡Con Ternero y los veinte, maldita sea!, no te amilanes ahora...

Diego había visto partir al Capitán Ayolas y presintio que algo malo estaba pasando, algo no estaba funcionando bien en la expedición. Desde muchos días atrás las cosas en la tripulación no estaban muy claras, los hombres del maestre Osorio seguían y respetaban a su jefe y se portaban correctamente, con él y con todos, por cierto, tan correctamente se portaban que a veces es así cuando uno comienza a desconfiar cosas, pensó el sargento con esa rara sabiduría que le dio el continuado trato con subordinados, lo siguen y lo respetan tan ciegamente que mucho bien le haría al Adelantado que también por él sintieran una adhesión semejante. Por otra parte, y para mal, don Pedro tenía suficientes problemas con su salud quebrantada como para poder dedicarse a gobernar su tropa, Diego había alcanzado a verlo una mañana a través de la escotilla abierta, sentado sobre una palangana humeante (cocinándose los cojones, había bromeado en voz baja un grumete a su lado y él lo corrió con un coscorrón), gimiendo de dolor, la tortura deformando su cara, la llaga del costado de su frente en esos días se había sumado a las otras, comenzando a supurar.

-Debemos estar preparados, sargento -le dijo después Irala esa noche, cuando ya estaban solos en la playa y los hombres se habían ubicado alrededor de la enorme fogata que bramaba incansable con el incansable viento que venía del mar- El maestre Osorio está tramando un motín y debemos estar preparados para defender al Adelantado en nombre de Su Majestad.

Diego sintió como un arañazo, algo como una cosquilla helada que le recorría la espalda, a pesar de haber notado ,cierta tirantez en los oficiales y en la gente, gestos, miradas furtivas, era la primera noticia que tenía de algo tan terrible, motín, se dijo, es un delito inconfesable y terrible, quien lo diría de Osorio. Irala ya se estaba alejando pero se volvió.

-Designa centinelas y haz que los demás descansen porque no sabemos a qué atenernos y debemos estar preparados... y tú -agregó con un asomo de guiño señalando a la india que se mantenía un tanto alejada, sentada al lado de las brasas sobre las que había cocinado el pescado- duerme por lo menos una hora esta noche, sabandija.

 

5

Trastabillando en la arena los dos hombres habían transportado en su silla de manos a don Pedro de Mendoza hasta el bote que lo llevó a la nave. Ciertamente las fuerzas piel Adelantado estaban menguadas pero la verdad es que este tan poco elegante traslado se arbitró porque su médico (el caballero andaluz de tez olivácea, envarado como un estoque, al decir burlón de Guevara) no quiso arriesgar que la arena de la playa se introdujera en la llaga que, desde hacía unos días, le perforaba un tobillo. Don Pedro fue el primero en embarcar y ahora esperaba abatido que concluyera el incesante ir y venir de los botes, recluido en su cabina caldeada, allí donde el viento fresco que barría la playa agitando las palmeras no podía entrar, sumido en el mismo silencio lúgubre que le aplastó durante toda la tarde, como si recién entonces comenzara a darse cuenta de lo que había hecho, de lo que había ordenado a sus hombres, de lo que le habían empujado a hacer, aún cuando todavía no alcanzaba a ser arrepentimiento.

Ayolas dispuso el presto desmantelamiento de las tiendas y el embarque sin dilación ("no permanezcamos más tiempo en este lugar maldito", le escuchó decir Irala) y los hombres, el uno por el otro, sumidos todos en el mismo silencio sorprendido cumplieron calladamente, ordenadamente, estupefactos. Guevara no atinó más, en ningún momento a oponerse a sus mandatos luego de estrellarse contra la afiebrada firmeza del Adelantado. Como una sombra siniestra se había extendido la noticia de la ejecución de Osorio inclusive en las naves más atrasadas, que habían arribado tan sólo unas horas antes, la noticia se filtró y el silencio rumoroso, cargado de temor y presagios se abatió sobre los hombres, los rostros se tornaron serios y el nerviosismo, y el miedo, ocuparon un espacio rodeando a cada Oficial, a cada soldado, a los fiadores, a las mujeres, aislándolos.

El galeón Anunciada venía en el último grupo de naves y sólo su Capitán, Juan de Salazar de Espinoza, criado de don Pedro, alcanzó a pisar tierra pero los hombres, decepcionados, recibieron la orden de permanecer a bordo. A ese disgusto se sumó la incertidumbre y el descontrol producido por las versiones que iban y venían, agrandadas algunas, minimizadas las otras, febriles, contradictorias, que Capitán Salazar no se ocupó en aclarar. Luego de hablar a solas con el Adelantado en su tienda (tan discretamente como posible en este ambiente envenenado, pensó) retornó a la nave taciturno, sumido en un profundo e inescrutable mutismo, y se encerró en su cabina abandonando a la tripulación al riesgo de las versiones. La ausencia de unainformación veraz permitió que corrieran los comentarios más antojadizos y las versiones. Unas hablaban de ejecución sumaría, por cierto, pero otras, mas perjudiciales, porasesinato, y fue así que la sombra de Osorio comenzó a adular sobre todos agrandándose tenebrosa, clamando venganza entre los que lo querían y respetaban, y sorprendiendo a los demás, que no lograban explicarse lo sucedido. Pero la verdad es que la traición, y el motín, con sus terribles consecuencias, eran suficientes para asustar a cualquiera y cerrar las bocas de todos.

Con el caer de la tarde las sombras fueron ganando la playa, agigantando sobre la arena el sinuoso perfil de la vegetación lujuriosa, esa orgía de verdes que golosamente se adueñaba de todos los espacios vacíos, masa de hojas perforada mil veces por las palmas enhiestas en cuyas hojas parecía brincar el sol. Qué diferente esta retirada sucia de tragedia y miedo de aquella partida gloriosa, cuando nos hicimos a la mar para recoger a manos llenas las riquezas y la gloria que encontraríamos, pensó Diego parado en la cubierta y sintiendo en el pecho un peso grande que, lo pudo saber después, cuando el paso del tiempo le permitió pensar con más claridad, tenía ya, apenas sucedido todo, mucho de tristeza.

Entre tanto, en la playa, el zumbido de las moscas verdes alrededor del cadáver ensangrentado de Osario (que don Pedro no permitió enterrar) iba y venía ululando en la brisa. El paño blanco del traje de gala del difunto, manchado de sangre, se vestía con los tonos azules de la luz del crepúsculo allá lejos, solo, solo el cadáver en medio de una soledad que la penumbra creciente hacía más aterradora. El cadáver de Juan de Osorio, vestido con el rutilante traje de fiesta que el andaluz escogiera para pisar esa mañana las arenas de la playa de Guanabara permanecía insepulto por orden expresa de don Pedro.

Elvira Pineda, ya con el rostro brilloso por las lágrimas secas, después de horas de llorar y llorar, había querido tapar el rostro venerado y no se lo permitieron, no se lo permitieron, por Dios, no le dejaron ni siquiera cubrir esos ojos desesperadamente abiertos con la mirada ciega perdida en la profundidad de lo inexplicable, no le dejaron proteger esas mejillas pálidas y tersas, y suaves, de las que había huido para siempre la color que obsequia la lozana juventud y que ni siquiera las privaciones de la larga travesía habían conseguido borrar, no se lo permitieron, maldito seas, don Pedro de Mendoza, y maldito tú, Juan de Ayolas, que hiciste que esto suceda, clamo a Dios por mi vida que te haga conocer en carne propia el dolor y la desesperación de mi amo.

-¡Confesión...!-había suplicado Osorio gritando esa mañana en la tienda adonde lo habían introducido a empujones y al sentir que su daga, su propia hermosa daga, arrancada con violencia del tahalí labrado, se metía en su costado para arrebatarle la vida, en tanto los brazos de hierro del Sargento Ternero le inmovilizaban- ¡por tu madre, Juan, confesión...!

-¡No! -le había contestado Ayolas con un jadeo, quemando con su aliento la oreja del moribundo, mientras la sangre tibia le mojaba la mano que sostenía la daga enterrada hasta la empuñadura- ¡no hay confesión para el traidor... !

Un momento antes, sólo un momento antes, ¡por Dios!, porque la desgracia había caído sobre ellos y sucedido con la velocidad de un rayo, Elvira se había abalanzado hacia don Pedro quien con el rostro lívido, la mirada fiera, parado frente a su tienda, miraba a los cuatro hombres que introducían con violencia a Osorio en la tienda, y se acercó bramando y gimiendo, ella también hecha una fiera, ¡don Pedro por el amor de Dios...!, gritó, ¿qué es lo que está pasando?, la desesperación enronqueciendo su voz, ¡don Pedro, vea que lo tienen preso... !. Por un instante la mirada afiebrada del Adelantado se había posado en ella, un segundo nada más porque de inmediato derivó hacia la tienda, hacia el ardiente resplandor de la arena, hacia las olas, un doloroso hastío inundándole el alma, (¡malditas sean las malditas trampas que nos presenta la vida!)

-Que hagan lo que han-de hacer -dijo, más bien para él mismo que para nadie más, y girando sobre sus talones había entrado a su tienda, donde por lo menos se libraría del sol que le rompía los ojos y de la picazón diabólica que producía en sus llagas.

Fue entonces que Elvira comenzó a aullar como una fiera herida, el Maestre Osorio, su Osorio, no estaba solo en medio de estos intrigantes sin Dios, ella lo sabía muy bien, debía gritar desesperadamente, debía llamar la atención de los demás antes de que fuera demasiado tarde, pero sintió que unos brazos muy fuertes la tomaban y que una mano de hierro le amordazaba la boca, ¡calla, mujer!, bramó Luján Medrano en su oído, ¡calla o te matamos...!

Antes de desplomarse desvanecida alcanzó a ver que Carlos de Guevara se acercaba corriendo desde la playa (desenvainando la espada, tropezando en la arena y volviendo a levantarse, con un gesto urgido por la desesperación convocando a sus hombres, pero también pudo ver que al pasar por delante de la tienda de Adelantado se encontró con él, que volvía a salir vacilante atraído por los gritos hasta quedar parado dificultosamente pero con una actitud patéticamente firme, sosteniéndose con el respaldo de su sillón de mano, con la cara lívida, los ojos ardiendo.

-¡Quitaos! -escuchó Elvira que le espetaba- ¡quitaos!, ¡yo lo mando!.

La voz quebrada del enfermo, encendida de odio y resentimiento, dejó paralizado a Guevara, que comprendí la gravedad de lo que estaba sucediendo. Y se le queda grabada en la memoria a Elvira Pineda, maldito seas, don Pedro de Mendoza, pensó en un último destello de raza antes de perder el sentido, maldita sea tu voz, que no olvidaré jamás.

Ante la abrumadora sorpresa los hombres había quedado como suspendidos entre dos horas, entre la noche y el día, (había sucedido lo que nadie se atrevió nunca pensar que pudiera suceder), anonadados por lo irreparable de violencia tan repentina, desdibujados los rostros unificados por el miedo, un miedo que se metió entre ello separándolos, nadie sabía con certeza qué pensaba el que estaba a su lado.

Don Pedro no quiso arriesgar una noche más en tierra y dispuso que se levantara el campamento, no permitió siquiera que se cubriera con tierra el cadáver de Osorio, el traidor, y lo dejaron en la playa, su blanco traje de gala brillando tonos azulados en la soledad del crepúsculo. Diego se sintió vacío; todavía le parecía sentir en su pecho el calor de ese cuerpo fibroso que poco a poco fue quedando laxo, trató de consolarse pensando que no había hecho más que lo que tenía que hacer, pero una y otra ve se preguntaba si era eso realmente lo que tenía que hacer.

Fue de los últimos en embarcarse y se arriesgó llevando consigo a Yvá.

Cuando el bote se emparejó a la nao, la muchacha se encaramo ágilmente por la escala de cuerdas y él, ingenuamente, trató de cubrirla con su cuerpo para que no vieran. Sabía muy bien que su decisión de traerla consigo acarrearía conflictos, si decidió traerla fue porque no se detuvo a pensarlo razonablemente, porque sabía los problemas de espacio que sufrían en la nave, conocía los problemas que debería afrontar teniendo una mujer joven su cuidado entre tanta hombrada, sabía que no actuó correctamente al no pedir permiso para embarcarla, y tantas otras cosas, pero pensó que cualquier cosa era menos mala que dejarla, sin saber exactamente por qué, y la trajo.

Irala los vio subir.

En el zafarrancho del embarque nadie prestaba atención lo que no fuera su actividad aprontándolo todo, y sobre o cuidando que nadie se infiltrara en los espacios que a lo largo de la travesía había obtenido para sí, pero los ojos de Irala no perdían detalle, la sangre de Diego se enfrió en sus venas al verlo acercarse hacia ellos porque pensó que el fin de su ilusión.

Se paró en la cubierta para enfrentar al Capitán que caminando lentamente se acercaba y trató de disimular, puerilmente intentó proteger a la mujer colocándola a sus espaldas. Irala pasó a su lado sin prestarles atención y como solamente caminara hacia la popa pero musitó al pasar: . la ubicaremos, sabandija, te lo mereces, y a Ternero se le ensanchó el corazón.

Lentamente, perezosamente, las naves enfilaron hacia el sur y, parado al lado de la borda, Diego pudo ver que salían de la fronda unas figuras semidesnudas que comenzaron a trajinar alrededor del cadáver, cubriéndolo de arena, jodido, pensó, jodido, qué bueno es lo que estáis haciendo, y por alguna razón sintió en su pecho que el peso de la culpa disminuía un tanto.

 

6      

Diego tomó su puesto en la guardia con los nervios todavía encendidos, ardiendo a flor de piel de puro humillado que se sentía, ¡qué haces, infeliz, vestido como un bufón... !, había explotado el capitán Irala al verle llegar siguiendo a Gutiérrez y vistiendo la blusa encarnada. El sargento Ternero sintió que se le encendían las mejillas y estuvo seguro, por un momento, que lucirían más sangrantes que el rabioso carmesí del lienzo de su camisa. Vio las miradas burlonamente sorprendidas de sus compañeros y en los ojos del sargento Fernando Riquelme (¡con cuánto gusto le habría dado una cachetada!) vio además una chispa socarrona. Trató de exponer alguna explicación pero en medio de su ofuscamiento sólo alcanzó a balbucir incoherencias, maldita sea, la lengua parecía habérsele adormecido en la caverna de su boca, trató de explicar que su uniforme estaba inservible, que no solamente la espalda le habría quedado al aire sino también las rodillas y el trasero... pero la atención de Martínez de Irala ya no estaba sobre él, ya se estaba alejando y prestaba su atención a cosas más importantes que la vergüenza del sargento, cuánto has cambiado, capitán Vergara, pensó Ternero con más tristeza que resentimiento, qué significa el ansia que te domina y que hace que te importe tan poco humillarnos con tu maltrato, Chomín...

Irala se alejó pero Diego todavía alcanzó a escucharle mascullar: así es como después los malditos lameculos de siempre calientan las orejas en la Corte y encienden la burla, hablando de la miseria que nos agobia, ¿cómo puede saber el capitán todo lo que sabe?, se preguntó, sabe más cosas de allá que muchos de los que allá viven, y parece encenderse de rabia y avergonzarse de nuestra pobreza.

No le gustó nada lo que observó que estaba sucediendo en el Cuartel; había algo en el ambiente que no le agradó, notó la misma tensión que antecede a las enloquecidas tormentas de lluvia, viento y fuegos en el cielo que tan repentinamente se descuelgan en esta tierra caliente, pensó, todos lucen nerviosos, los oficiales y la tropa, los más con el rostro demacrado por la trasnochada anterior, y los recién llegados como yo con la sorpresa y la incredulidad pintada en la cara. Y pudo observar también miradas torvas, muchas miradas torvas y huidizas que trataban de esconder, con la violencia del escape, la opinión que tenían de lo que estaba sucediendo, para no comprometerse, para no arriesgarse cometiendo una imprudencia, la desconfianza mutua tenía a todos intranquilos, ¡vive Dios!, de dijo, ¡esto me recuerda tanto a lo que vivimos en aquella maravillosa playa maldita... !

El Gobernador cautivo, cuya presencia solamente pudo adivinar en el fondo del calabozo tan oscuro como una cueva oscura, porque ni siquiera se había atrevido a acercarse para curiosear, era como una sombra sobre todos. Álvar Núñez encadenado era un pecado más que se cargaban sobre sus hombros, sin prudencia, enceguecidos, como si fuera poca cosa la que ya arrastraban. Se sorprendió al darse cuenta de que volvía a sentir la misma odiosa sensación de vacío que le embargara en Guanabara, era como si volviera a sentir en el pecho los brazos desesperados de Osorio pugnando por liberarse de su opresión, empujando desesperadamente para alejarlo de sí en tanto la daga, su propia amada y lujosa daga, manejada por Ayolas, se abría paso entre sus carnes robándole la vida.

-A los demás, no lo sé, pero a mí me convocó Fernando de Mansilla ayer, al final de la tarde -le comentó Javier Roa al entregarle la guardia, demacrado y entumecido, antes de retirarse para ir a descansar- tú sabes, el señor Fernando es dueño del carromato que usan mis indios para transportar la cosecha... Qué noche, Diego, qué noche...

-Yo no tenía noticias... No sabía que estuvieran asi las cosas, no alcancé a percatarme de nada.

-Tú estabas fuera, refrescando tus cojones en las aguas del Itay -Javier Roa era un viejo camarada, bonachón, manso, y amigo- Asunción es un pequeño horno que cocina muchas cosas juntas en su interior, amigo mío, siempre, y á veces se huelen las asaduras, y a veces no. Pero esta vez se veía venir, Diego, aunque no te percataste de ello; hace unos días se tornó evidente, de haber estado aquí lo habrías notado: se olía en el aire. A nosotros, tú sabes, estas quisquillosidades ni nos van ni nos vienen, pero la verdad es que nuestros Oficiales - bajó la voz mirando a los costados- ya no lo soportaban. Y ellos, también lo sabes, sí que nos llevan y nos traen... Diego asintió sin animarse a sonreír.

-¿Quién comandó todo? -preguntó, y estuvo tentado de agregar: este desatino, pero no se atrevió.

-Pedro de Oñate, dicen -dijo Javier ingenuamente seguro y Diego no deseó contradecirlo, por no comprometerse- Hubo muchos oficiales reales y cada uno trajo a sus hombres de confianza, tú me entiendes... pero quien comandó todo fue Pedro de Oñate.

Oh, Chomín, por Dios, pensó Diego, todos sabemos que Oñate te odia luego de aquel fustazo que le cruzaste en la cara, ¿cómo te atreviste a designarlo, precisamente a él, para una misión así?.

Pero al cabo de un momento pudo entrever la explicación: nadie que conociera algo de cómo funcionaba la vida en Asunción ignoraba el enfrentamiento que habían tenido, así como nadie ignoraba ese odio mal encubierto que enfermaba la sangre de Oñate desde que Irala lo azotara frente a la tropa por culpa de una india, nadie, por lo tanto, iría a decir que el capitán Irala estaba detrás de la conjura siendo Oñate un elemento tan importante de la misma. Nadie que no conociera la habilidad del Capitán para ese tipo de estrategia, concluyó Diego sintiendo algo muy cercano a un escalofrío.

Fernando Riquelme también se retiraba por término de guardia y pasó a su lado, rumbo a la salida.

-Te dejo los prisioneros, -le dijo burlón-y el calor. Yo voy a refrescarme.

Diego sonrió desganado, hasta sus bromas son idiotas, pensó.

-¿Quiénes están aquí? -preguntó entre dientes porque la ausencia de información parecía ser la norma, la incomunicación del calabozo era estricta, los centinelas tenían orden de disparar no solamente contra el que intentara salir del calabozo, sino también acercarse, sin autorización. -Adentro lo tenemos al Gobernador-dijo Fernando muy despacio y por alguna razón a Diego le llamó la atención que no agregara: depuesto.

-Y al Regidor Pabón, en el cepo. -dijo Javier Roa.

- ¿En el cepo, dices?

-Pabón está en el cepo; el Gobernador solamente encadenado, no se animaron a más, ¡por Dios!, por lo menos eso... -dijo Fernando.

Diego los miró alejarse y sintió en la boca el amargo sabor de la incertidumbre después de escucharle hablar así, algo tenía Fernando que conseguía alterarlo, algo en su . comportamiento, en su manera de ver las cosas, algo que vez a vez le demostraba que era su amigo, ciertamente, pero que no perdía la oportunidad de picanearlo, de ponerlo nervioso, de todas esas cosas...

 

7

Allí donde el agua de la bahía forma un recodo que es como un mordisco que se adentra en la tierra, allí donde una rama gruesa del ybyrapytá gigante tumbado por el raudal de la última lluvia grande se tiende sobre el agua, era el lugar preferido de Félix para pescar. La rama, como un brazo extendido en rebelión, se adentra unos metros sobre la superficie del agua y era su lugar preferido, no muy cerca de la costa, adonde los mandi’í no se atreven a llegar, ni muy adentro, donde es muy profundo y no se sienten cómodos y no pican.

Le agradaba también el lugar porque aunque las hojas secas ya se habían disgregado casi todas con el viento, sobre todo el del norte, que atraviesa la bahía limpiamente trayendo el calor de las tierras del otro lado, la tupida ramazón muerta lo mismo seguía conformando un techito que le protegía del sol y allí podía pasar tranquilamente largas horas divertidas y cómodas sin que el sol le cocinara la espalda.

Llegó hasta el tronco acostado y dejó en la costa la bolsa de caranday donde transportaba la cuerda para asegurar sus presas, el atado de anzuelos que siempre traía, (aunque jamás necesitó otro más que el que tenía preparado, pero le gustaba traer más, por si acaso y porque le hacía sentir importante), la carne seca y el caracú ensartado con un cordel, por si se aburría.

Pensó que debía también depositar en la costa el cuchillo toledano de su padre pero no resistió la tentación y se lo dejó como estaba, colgando del piolín alrededor de su cintura porque le hacía sentir más fuerte, más crecido, hasta le pareció notar que así su muslo representaba ser un poco más duro y grueso, no como el de un chiquilín flaquito, y que hasta comenzaban a salirle algunos pelos en la pierna, como a su papá.

Ágilmente trepó por la rama y se ubicó a horcajadas en la horquilla que formaba el tronco rugoso, era un asiento perfecto, hasta un casi respaldo tenía, es decir que hasta podía dormitar sin peligro de caerse si le daba la gana, a un poco menos de un metro sobre el agua, lo que se dice perfecto, perfecto, que bastante trabajo le había costado mantener para sí.

Lo había descubierto en una de sus salidas y la verdad es fue al principio le resultó bastante difícil conseguir que los demás muchachos respetaran su lugar, tres o cuatro moqueteadas hicieron falta para que los demás supieran que ese era el lugar de Félix y si alguno de ellos, cuando él no estaba, lo ocupaba, al verle venir lo debía dejar libre, al instante. La verdad de las cosas es que el lugar era además dictado porque allí siempre picaban los mandi’í, por aquello de la profundidad apropiada y esas cosas, seguramente, pero también porque es un lugar muy cómodo para estar, pensó Félix sonriendo satisfecho en tanto se ubicaba y miraba alrededor con orgullo antes de aprontar su uñada. Ah!, pero había una cosa más, una cosa más... En realidad la buena ubicación no era la única razón de su éxito en la pescada, pensó con orgullo recorriendo con sus ojos el agua que parecía romperse en mil pedacitos de luz a lo lejos pero que debajo de sus piernas colgando de la horquilla era clarita, tranquila, subiendo y bajando muy suavemente, despidiendo ese perfume tan rico que tiene el agua.

La razón escondida, la que nadie conoce, es la carnada que uso, pensó con orgullo, los mandi’í se vuelven locos por la carnada que me recomendó Chivé, el indio viejo, sordo y entredormido que siempre andaba perdido por los valles donde se perdía su pensamiento, a quien nadie quería escuchar porque hablaba muy bajito, y muy despacio, y solamente de las cosas que él quería hablar, sin importarle otra cosa.

-¿Va a llover esta noche, Chivé? -le preguntaban los que le conocían, cuando querían burlarse de él.

El viejo dejaba de mirar hacia la boca de la bahía, donde debía haber algo que le interesaba mucho porque siempre miraba hacia allí, o tal vez porque esperaba algo, nadie lo sabía, dejaba de mirar pero sólo por un instante, porque enseguida se daba vuelta otra vez, apoyaba las manos sobre sus rodillas redondas e hinchadas como pelotas y escupía antes de hablar, en tanto todos se quedaban callados esperando.

-Cuando viene la crecida arrastra los más gordos - decía de pronto- es porque no quieren trabajar y se dejan arrastrar por el agua hinchada.

Y entonces reventaban las risas de todos por lo que el viejo había dicho, comenzaban las burlas, las molestias, pero a Chivé no le importaba.

Ah..., pensó Félix estirando placenteramente el cuerpo en el asiento cómodo de la horquilla, ¡qué tontos fueron... !, si le escuchaban iban a saber cómo se pescan más fácilmente los gordos perezosos, o iban a conocer el secreto de mi carnada, el secreto que Chivé me contó y que nadie más puede aprender ahora porque Chivé ya está muerto hace rato. Todos pescan ahora con los anzuelos de los españoles y algunos usan sebo’í, otros mbusú en pedacitos, o lo que sea, pero yo no.

-Los mandi’í prefieren la carne seca -dijo Chivé una de las veces después de escupir y mirando nuevamente la boca de la bahía- un pedacito aunque sea, no importa que sea chico, o un poco grande, pero de carne seca.

 Les gusta.

¿Carne seca, Chivé?, había preguntado Félix, ¿carne seca?, ¿cómo puedes saberlo?, pero ya Chivé contestó cualquier cosa, lo recuerda.

¡La carne seca!, se sobresaltó al recordar que la había dejado en la costa, adentro de la bolsa de caranday.

Se incorporó para ir a buscarla y fue cuando con el muslo elevó la punta de la vaina que colgaba del cáñamo de su cintura. El peso del mango labrado hizo que el cuchillo resbalara en su vaina con un roce sordo, un instante a hoja desnuda reflejó un destello de sol y el arma limpiamente, con un sonido apagado que le erizó la piel y te paralizó de terror, se hundió en el agua.

Se agachó en la horquilla desesperado, tratando de taladrar con sus ojos la masa ocre del agua y no lo vio, ¡no lo vio!, seguramente se clavó en la arena del fondo, pensó, y no lo veo porque su hoja quedó de punta.

Con la respiración entrecortada, alterado hasta la desesperación, fue hasta la costa para dejar su liñada y se metió en el agua.,

Calculó con la mirada el lugar donde se habría hundido el cuchillo, debe ser casi debajo de la horquilla pero un poco más al costado, se dijo analizando la trayectoria del puñal que resbaló desde su cintura, y se sumergió esperanzado.

Pero la cosa no resultó sencilla.

No lo encontró, ¡no lo encontró!, el cuchillo no estaba, y el universo amarillento que se presentó ante sus ojos le dejó totalmente confundido porque debajo del agua las ramas sumergidas del árbol tumbado formaban cuevas, encrucijadas, agujeros, y para peor al instante el agua agitada por sus manotazos nerviosos comenzó a oscurecerse, al removerse el fondo de arena finísima con restos de hojarasca podrida.

El cuchillo habrá golpeado contra alguna rama al caer, pensó Félix sintiendo unas ganas terribles de llorar que le avergonzaron, y habrá resbalado quién sabe adónde.

Una y otra vez se sumergió, salía unos segundos para recuperar el aire y acallar el corazón que le cabalgaba en el pecho y le retumbaba en los oídos, y volvía a sumergirse, cada vez más aterrorizado.

Recién cuando el sol ardiente hacía rato había pasado la mitad del ciclo se dio por vencido y decidió volver a la casa para encarar la ira de su padre, queriendo morirse.

Un poco alejado, detrás del tupido yukerí que tapaba el siguiente recodo de la costa, Fernando Riquelme hacía un buen rato estaba observando intrigado el trajinar del chiquillo. Apenas entregada su guardia, y abombado por el calor terrible de la siesta, antes de ir a su casa para almorzar había decidido venir hasta el agua para refrescarse y le llamó la atención el ir y venir cada vez más nervioso del hijo de Diego, habrá perdido algo, se dijo y esperó pacientemente que el niño se alejara.

Cuando Félix se perdió de vista subiendo por la barranca roja hacia el caserío, desnudo como estaba Fernando se acercó a la horquilla, dispuesto a buscar concienzudamente bajo el agua lo que el niño hubiera perdido y que con tanto empeño había estado tratando recuperar, pacientemente, meticulosamente, con tiempo y tranquilidad, con todo el tiempo del mundo hasta encontrarlo.

 

 

.................

 

 

 

 

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