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LUIS HERNÁEZ


  EL DESTINO, EL BARRO Y LA CONEJA (Novela de LUIS HERNÁEZ)


EL DESTINO, EL BARRO Y LA CONEJA (Novela de LUIS HERNÁEZ)

EL DESTINO, EL BARRO Y LA CONEJA

por LUIS HERNÁEZ

RPediciones y

Instituto de Cooperación Iberoamericana

Asunción-Paraguay 1990

 

Edición digital:

Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

 

**/**

 

Es esta novela, que mereció el Primer Premio en el Concurso V Centenario del año 1989, hombres y mujeres de tres generaciones entretejen sus odios, amor y pasiones ante al telón de fondo de revueltas e inseguridades, en una sucesión por momentos inexplicable.

Mediante un curioso juego de formas, la narración descubre paso a paso la realidad de estos seres crudamente delineados, con sus grandezas y sus miserias, como son, de la "mala arcilla"

 

Enlace a la versión digital del libro EL DESTINO, EL BARRO Y LA CONEJA en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

 

TAREA DE REDACCIÓN


 

TAREA DE REDACCIÓN

TEMA: NARRACIÓN BREVE

 

Alumno: Fermín Pereira

Grado:5º «A»

Desarrollo:

Una vez había un señor hacendado que vivía muy feliz con su familia y su hacienda y se llamaba Gerardo. Todos le decían don Gerardo porque era un señor muy importante y tenía mucho dinero y quería mucho a su familia.

Una vez vino un peón porque don Gerardo tenía muchos peones en su estancia y le dijo para que le preste un poco de dinero porque su hijo estaba enfermo, este peón se llamaba Fernando. Entonces don Gerardo se enojó porque el peón vino a molestarle y lo echó a Fernando y él mientras se iba de la estancia caminando dijo no importa, alguna vez ha de necesitar de mí.

Otra vez estaba Fernando pescando para dar de comer a su familia y vino el hijo de don Gerardo que se quería bañar. Ese chico no sabía nadar bien y casi se ahogó y entonces pidió socorro. Y entonces Fernando sin pensarlo dos veces así vestido se tiró al agua y lo salvó.

Cuando lo llevó al hijo de don Gerardo a la estancia, don Gerardo lloró de alegría cuando lo vio a su hijo vivo y quiso darle a Fernando cualquier cosa y Fernando no quiso y le dijo esto es para enseñarle que en la vida no tenemos que portarnos mal con la gente y tenemos que saber perdonar porque si yo no le perdonaba su hijo se iba a morir.

FIN

 

Me levanté del camastro a duras penas, vencido a medias por la modorra pero empujado por el ansia de algo distinto, algo que paliara el tedio de los días de encierro, lluvia y lluvia, día y noche y el agua rodeando el campamento aislándonos, inmovilizándonos, diluyéndonos en la sucesión de días y noches sin nada más que hacer que comer lo poco que quedaba y dormir, porque ni siquiera hablar queríamos, agotados los temas, repetidos hasta el cansancio los comentarios de si ya escampa, de que sigue, de que no.

La cortina gris del día, de noche se hacía rosada desdibujando todo lo exterior en una imprecisión molesta y agobiante. Nunca antes me había detenido a pensar cuán llamativa puede ser la forma de una vieja falleba de puntas retorcidas o las vetas de una tabla que se pierden sin remedio en un corte y a veces, en rara coincidencia, se reencuentran en otras de otra tabla y continúan y así.

Estábamos cercados y aburridos, éramos como una isla vacilante en medio de un mar impreciso. Todo a nuestro alrededor, el ambiente, los árboles, la pieza misma, adquirían semblanzas dispares de tanto mirarlo y volverlo a mirar sumergidos en el tedio de los días iguales, era ya largo nuestro encierro, incluso nuestros cuerpos, me avergoncé, comenzaban a apestar porque tres días sin baño ni lavado son muchos días con la humedad, el frío y el aburrimiento.

La figura de Roberto se recortaba contra la cortina de lluvia finita de afuera, con las manos en los bolsillos recostado contra el marco, apoyado en un pie, la otra pierna floja, indolente, casi enlazada. Sintió que me levantaba, no se dio vuelta ni me miró pero sintió que me levantaba porque comenzó a hablar, o sea, primero se rió un poco, escupió afuera haciendo un sonido sordo y habló.

-Por fin la agarré a Marina, el sábado.

Tomé la poca agua que quedaba en el termo azul y eructé. Sentí un gusto ácido a yuyo fermentado, a moho, a lodo me pareció. Saqué la boquilla del termo y puse el agujero bajo un chorrito que caía de las chapas.

-Detrás de lo de don Mareco -volvió a escupir- la recosté contra el tejido del gallinero, y allí nomás.

Yo estaba en cuclillas mientras mi termo se llenaba. Cerca de mis ojos estaban sus pies saliéndole de las zapatillas de goma los dedos romos y endurecidos, curtidos en frío y tierra, con pelos negros y gruesos, casi como de chancho, casi como las crenchas con las puntas por poco doradas, requemadas por el sol, de su cabeza. Sentí como una nube frente a mis ojos y un zumbido sordo en los oídos y luché para que no me temblaran las manos.

-Todos la agarran a Marina.

Mi termo estaba casi lleno y el chorrito chisporroteó en el charco cuando me incorporé. Tomé un poco y sentí el agua de lluvia liviana, como inflada.

Me acosté reencontrando en la espalda el calor aún no diluido en el mismo hueco del colchón apelotonado, mis pies encerrados en los zapatos cargados de barro reseco en la misma cúspide sobresaliente exagerada por la excesiva curvatura del elástico.

Toqué el cartoncito arrugado en el bolsillo de mi camisa y recordé cuando hacía un momento los había contado: cinco cigarrillos, no más. Tenía una caja entera en el fondo de mi bolso y miré de reojo la última caja de Roberto sobre su almohada, a mi no me gustan los de él, pero a él sí los míos.

Sé que tuvo que escucharme porque no había por qué no y el no contestarme es su forma de respuesta, nunca podré acostumbrarme, jamás podré entender a esta gente.

Son pocos cinco, pensé. Aún cuando ahora acabara de llover no podríamos salir hasta mañana de tarde, y no va a acabar de llover, por lo que se ve. Uno a las cinco, otro a las siete, después de cenar y a las diez, comenzaría mañana con uno además de la caja entera, son pocos.

-No todos.

Lo dijo. Al final, lo dijo (y siento la sangre agolparse detrás de mis oídos).

Se sentó en su cama y encendió un cigarrillo de los suyos, casi me dolió el humo, pero ni siquiera comenzando a las cinco tendría suficiente. Sé lo que quiso decir al decir: no todos, así como sé que me ve aunque no me esté mirando. A través de la perspectiva de mi pecho y antes de las piernas entreabiertas me doy cuenta por el bulto que se insinúa de que, aún sin quererlo, me estoy imaginando el tejido del gallinero en la noche del sábado con viento arremolinándose y en el fondo, a un costado y vistas de reojo por sobre el hombro, las rendijas de luz en el cuadro de la ventana, me siento el color en mi cara y me doy vuelta y me pongo de costado para que no lo note.

Está Marina en el tejido conmigo, conmigo, o con Roberto, lástima, es así (y siento un golpe de sangre en el estómago), y yo entre las gallinas, respirando las plumas y las pelusas de las gallinas, viendo cimbrarse el tejido por el peso de las nalgas de Marina, por el peso de los empujones de Roberto.

No, yo empujaba (¿por qué no puede ser así?) pero en una pieza con una ventana profunda, mucho cielo y algo de viento, las sábanas enrojecidas por el polvo que no se limpia en los arroyos aunque las golpeen mucho, o que se adhiere no sólo de los cuerpos sino, incluso, cuando están secándose al sol en las alambradas. No todos, es cierto lo que dijo. Yo no, por ejemplo, y por eso lo dijo, hijo de puta. Sentí la necesidad de herirlo de alguna forma.

-Te vas a quedar sin cigarrillos.

-Vos tenés más.

Pasa lo mismo que cuando sentimos las necesidades de hacer. Yo espero temeroso la noche, a que él duerma, tenso y avergonzado, tratando de no hacer ningún ruido, o al día siguiente, o al otro, mi vientre hinchado, molestia general en todo el cuerpo, la piel erizándose periódicamente y las sienes martillando, preferible a que me vea bajarme el pantalón y sentarme (¡mi Dios!, no puedo ni siquiera imaginarme). Él, sin embargo, con el pantalón debajo de las rodillas saca medio cuerpo afuera colgado del marco y ni siquiera se moja los pies y soy yo el que siente vergüenza porque no sé hacia dónde mirar o qué hacer para que todo parezca tan natural como para él. No te los voy a dar, le digo, no, no le digo (no me animo). Y entonces arremeto:

-Cualquiera la puede agarrar, si quiere.

-Seguro, cualquiera.

Noto que se burla.

-Ella se mete siempre con todo el mundo, está siempre a la espera del que le ofrece más, antes era diferente, pero ahora se mete con cualquiera.

-Seguro.

La sangre subiendo a mi cabeza no me deja respirar, podría matarlo ahora mismo, abandonaría su cuerpo lleno de sangre o estrangulado en la pieza en penumbras y me iría chapoteando en el barro, el agua hasta la cintura, víboras presentidas en cada recoveco de los troncos, arañas de agua saltando alrededor mío y encima las nubes espesas chorreando, mis hombros comenzando a temblar bajo las ropas hechas un cartón mojado, mis pantalones apretados a mis piernas, ¿y el otro?, se preguntarán, tiene que haber sido él, el cuerpo ya está hinchado, habrá huido antes de que dejara de llover, pero sin embargo nadie sabe que estamos aquí los dos, podría haber estado él solo, o nosotros dos, o los cuatro, o más, nadie sabe.

-¿Y qué te dijo después?

Me pregunto por qué a veces mis palabras traicionan mis pensamientos, como si otro las dijera, como si fuera empujado por una fuerza extraña que me usa. No hubiera querido preguntar eso, darle el gusto de saber que me interesa, hubiera querido algún tipo de venganza porque sé que se está burlando.

Me pareció que brillaron sus ojos, pero me pareció nomás, cualquiera sabe que los ojos de las personas no brillan. Yo no la hubiera arrimado contra el tejido, no la hubiera forzado, a estirones, violentamente... las piernas me tiemblan (no puedo dominar mis pensamientos, van más rápidos que yo) los músculos de la barriga tensos, casi acalambrados, (¿qué necesidad hay de todos estos dolores si hubiera tenido que ser todo gusto?), con un brazo tratando de inmovilizar los suyos entre nuestros pechos apretando su espalda, mi cabeza empujando la suya, mis labios buscando su boca, la otra mano recorriendo su costado, mis dedos lastimados con el alambre bajo sus nalgas. Roberto se levantó y fue hasta la puerta y tiró afuera la colilla.

-No va a pasar hasta mañana.

Maldito hijo de puta, pensé, maldito hijo de puta, gozás cuando te lo pregunto.

Y de repente, como un sobresalto me golpea el recuerdo de aquella tarde, hace mucho tiempo, con aquella chica de la avenida de las ovenias en el pueblo dormido en la parada de los colectivos. O en la otra parte, o en la otra, porque siempre me pasa igual. Y en el colectivo, después, la agarré contra el respaldo del asiento del chofer, pero ella no estaba y yo realmente no lo hacía.

Levantó la ollita del improvisado soporte de cascotes alrededor de las brasas en un costado de la pieza. Comimos el arroz pastoso y humeante, yo no había fumado el de las siete entonces no fumando el de las diez comenzaría mañana con tres y la caja entera y no con uno y ahora podría fumar el de después de la cena. Roberto engullía las bolas de pasta y de vez en cuando con la manga se secaba los labios engrasados, parecía un animal, los músculos de los labios apretados brillando de grasa.

-Y después, Roberto, ¿qué te dijo después...?

Siento en la oreja la cosquilla de su jadeo (quizás podría pensar mejor si dominara mi imaginación pero no puedo) vencida ya toda resistencia, cimbrado al máximo el alambre, aquietadas un instante las sombras de la noche, el viento detenido vacilante en precario equilibrio sobre las hojas, que no se me manche el pantalón, carajo, y quién, al final de cuentas, lo va a notar a la luz amarillenta del farol a través de los vasos de cerveza. No hubiera querido que fuera así, Marina, hubiera querido amarte bien, quiero demostrarte que te amo, ¿por qué puede nadie burlarse de vos, por qué por protegerme y defender mi orgullo tengo que ensuciarte, ¿quién soy yo para decir que te metés con cualquiera?

Nunca más volví al pueblo dormido ni volvía ver a la chica de la avenida de las ovenias, nunca más. Y sin embargo quedó en mi memoria con empecinamiento inútil, cuántas veces quise revivir lo pasado para corregirlo, cómo pienso siempre después que tomé caminos equivocados antes. Y entonces siento como una opresión en el pecho y pienso: qué estoy haciendo como aquí, qué estoy haciendo aquí, esto no es para mí, quiénes son ellos, no los entiendo, no me quieren.

No puedo comer toda la pasta pegajosa de mi plato de latón. Roberto terminó de orinar desde la puerta y se dio vuelta.

-Dame un cigarrillo.

Es el que hubiera ahorrado a las diez pero no se lo niego porque quiero saber lo que puede contarme si quiere. Y pienso: qué parecidas son siempre las cosas, cómo siempre encuentro razones para callarme cuando sé demasiado bien que debería hablar. ¿Y no es acaso por eso que huí del pueblo dormido, cuando no me animé a decirle que sólo quería agarrarla y ella quería venir conmigo? Pero a lo mejor no quería, a lo mejor, eso es. Ella no tuvo la culpa, y Roberto tampoco, ellos sólo se aprovechan de mí.

Cuando Roberto salió del almacén después de dejar su vaso casi lleno en la mesa y se borró de la mancha amarillenta de la luz del farol, busqué con mis ojos a Marina detrás del mostrador y no la encontré, quise taladrar con mis ojos la ventana cerrada que daba al patio buscándola y pude presentirlo todo aunque no había nada, o quizás precisamente por eso, y la cerveza me pareció más amarga y don Mareco me pareció más sucio y ladino y Marina me pareció una puta redomada, y eso que yo todavía no estaba seguro de que se había ido para estar con Roberto. Recién ahora, encerrados por la lluvia, cercados, sucios y malolientes por la lluvia y el frío, por el aburrimiento, pude saber lo que ya sabía que era cierto en cada temblor de mis tripas cuando lo recordaba, lo que supe que era cierto cuando vi que Marina no estaba detrás del mostrador cuando Roberto salió sin decir nada, cuando la noche del sábado comenzaba a nublarse.

Después mientras se sentaba tomó el vaso con la espuma reseca pegoteada casi hasta el borde y derramó el resto de  cerveza al costado, en el piso de ladrillos.

-¿Cómo podés tomar esta mierda?, parece meada de burro, carajo; don Mareco, una bien helada, vamos a chupar, carajo.

Parecía feliz, ya hubiera tenido que convencerme, pero hacía lo posible por no creerlo. Me fui enseguida porque el camino hasta el campamento era largo y la noche se estaba poniendo mala, arremolinándose el polvo con las ráfagas desordenadas, silbando de tanto en tanto los alambres de las cercas, y porque ya no quería estar con él.

Miro la piel casi marrón casi amarilla del cuello de Roberto y la carne redondeada que se adivina en su pecho a través de la abertura de su camisa y me comparo: qué pudo encontrar Marina allí, pero eso no es nada, pienso, siento a través de nuestros platos su olor que no es a sudor, ni a leña, ni a sebo, o es quizás a todos juntos y me comparo: no sé qué pudo encontrar Marina allí, pero eso no es importante, por lo visto.

-Y... después nos reímos, nos reímos mucho los dos sin hacer ruido, claro... Es que casi soltamos el tejido.

Ahora lo miro acostado en su cama, la mano con los dedos gruesos y ásperos entrecerrados descansando sobre el pecho que sube y baja en la respiración profunda, la cabeza ladeada, un mechón de las crenchas oscilando sobre una oreja, los muslos apretados en el pantalón, los pies descalzos, redondos, gruesos, despide vida, eso es, aún dormido despide vida.

-¡Qué bárbaro...! ¿cuánto le tuviste que dar?

Cuando la vi recostada contra el troncón semilustrado por el roce de las manos del portoncito, las manos en los bolsillos del sacón azul de lana desteñida, casi rojiza en los hombros, casi blanca en los puños, aunque en ese momento no lo pude ver sino antes, tantas veces, los dos pies muy juntos, la cabeza adelantada hacia la calle, inclinada de costado mirando a lo lejos, me sintió llegar seguramente y lo hizo por eso, hacia el final de la calle donde no se veía nada sino de vez en cuando encima, en el cielo, el rosado resplandor de un relámpago.

-No me pidió nada.

Roberto tiró la colilla del cigarrillo, del mío que le di y se levantó. Parado en la puerta sacó el brazo un momento y se volvió, en su mano brillando unas gotitas finas que secó contra el pantalón. Dice que no le pidió nada, pienso, y esa idea comienza a martillarme.

-Chau, Marina.

-E'a, chau... y cómo ya te vas, tan temprano.

Y a medida que lo pienso cada vez me es más difícil convencerme de lo contrario porque me pareció feliz, o sea, no era precisamente eso, era como una cierta indiferencia, como si lo que hubiera hecho hubiera sido tan aceptado, tan grato y ahora pienso, pero no, no puede ser, tan sin importancia. Pero debía ser por algo, debía tener alguna finalidad.

-No te creo; no puede ser que no te haya pedido nada.

Y ahora duerme, sumergido en las ondas profundas de las sombras, relajados sus músculos, silbando levemente el torbellino entre sus dientes, los labios entreabiertos, las poderosas fosas de su nariz aspirando todo el aire del mundo para satisfacer las ansias y las necesidades de su fuego (sangre de fuego, pensé, sangre de fuego y carne caliente y viva). No le gustó que le dijera que no le creía y entonces me miró como desde otra parte y a alguien como a quien no vale la pena tratar de convencer y se comenzó a reír mientras con sus dedos rodeaba el bulto que formó al apretarse.

-Esto es lo que me pidió...

Ahora duerme y estamos solos y yo podría matarlo, pero él no tiene la culpa y yo no podría matarlo, desde luego. Claro que hubiera sido tanto mejor que Marina le pidiera algo y no lo que él dice, no sé qué hubiera significado que ella lo hiciera por pedirle algo, pero hubiera sido mejor.

Y me pasa igual que cuando me di cuenta de que nunca más iba a volver al pueblo dormido. Nunca más voy a volver a verla a Marina porque estuve cerca y a punto de tocarla y no supe llegar, o se esquivó, o yo me resbalé y caí o alguien me dio un empujón o no sé, pero aunque no quiera es como algo que me está empujando y sé que nunca más.

Sin hacer ruido me acerco hasta la puerta, el cielo sigue tan rosado como hace dos días y el charco llega casi hasta el  umbral, casi no sopla el viento y calmó el frío, va a seguir la lluvia. Roberto duerme profundamente y siento un poco de pena, parece mentira, con todo lo que sufro siento pena por todo lo que voy a dejar, pero no aguanto más.

Me saco el pantalón, no me animo a sacarme los zapatos porque no sé qué habrá entre el barro, y lo enrollo como una pelota para meterlo en el bolso, los cigarrillos quedan en el fondo y no los saco porque no voy a poder fumar bajo la lluvia y para no tener tentación de dejarle alguno. Salgo y camino con el bolso tirado sobre el hombro y el agua barrosa me envuelve las piernas.

No puede dejar de recordarlo, ella, porque hay demasiado de su presencia en todas las cosas que la rodean, hasta en la forma de volar la polvareda empujada por el norte enloquecido y feroz o en el ruido del agua explotando en la palangana enlozada (de las últimas así, casi todas ahora son de plástico) cuando los hombres se lavan cuando vuelven del trabajo y van a comer. En todas partes hay mucho de su presencia que no se notaba cuando él estaba pero que cuando se fue comenzaron a llamarle la atención, como cuando uno escupe al lavarse la cara, que si uno escupe no se da cuenta pero si no puede hacerlo siente como que no lo hace todo.

Es cierto que otros llenan su vacío, y demasiado, probablemente, pero no él. Le parece que dejó pasar algo, le parece que algo le falta, le parece que nada hubiera sido igual si no se hubiera ido, desgraciado, y nunca dijo nada (ni la más pequeña insinuación para que ella pudiera tomarlo en cuenta). O quizás fuera solamente que al idealizarlo en su ausencia lo revestía de una realidad que no era precisamente la de él, esto no lo pensaba ella, claro, no en esta forma, y adquiría en su insatisfacción caracteres mentidos, mucho más bellos, más perfectos de lo que nunca hubieran podido llegar a ser, mentidos. O quizás realmente fuera sólo amor, pero esto ella no podía comprenderlo, no sabía cómo darse cuenta.

Entonces dejó el plato lleno de milanesas en el estante y cerró la puerta del armario con el fino tejido de alambre para que casi todas las moscas se quedaran afuera y aprovechó para mirar la calle donde reinaba el silencio característico de los sábados a la tarde y su promesa de sentarse horas y horas en el almacén de don Mareco y hablar y acordarse de un montón  de cosas y probar suerte con Marina, sabía que era así como lo decían, que ella dice sí al que le da la gana pero si no le gustás es de balde, decían, también lo sabía, y claro que es así, pensaba ella, ¿por qué no?

Ya estaban en el cajón las cervezas con los dos pedazos de hielo que don Mareco le compró el camioncito de mañana, cubiertas con la viruta mojada y su lejano olor a orín y los vasos de vidrio verde y grueso en las estanterías forradas de hojas viejas de papel diario todas recortadas, con agujeros, puntas y dibujitos.

Roberto se rió de él y todos los otros también se rieron de él porque se escapó en la lluvia y nadie sabía por qué aunque todos se burlaban porque creían que fue tonto, sólo ella pensaba que era difícil entender por qué lo había hecho, porque tenía que ser por algo importante y no tonto como los otros decían y, lo que es peor, estaba poco a poco dándose más cuenta, triste.

Pudo verlo a Roberto sentado frente a la mesita de más al fondo con los otros y la cerveza a raudales en los vasos, brillando en las puntas encrespadas de su cabello los destellos amarillentos del farol, recostado indolente en la silla echada atrás, las piernas groseramente abiertas como mostrando y diciendo aquí está esto presente y ella sabiendo que era para ella y dándole rabia porque era en esos momentos cuando más extrañaba su presencia tranquila, la de él, el que se fue, el nunca saber qué estaba pensando realmente cuando la miraba con sus ojos como preocupados, buscando, como queriendo decir algo y desesperándose.

Cuando las cortó en pedacitos, las milanesas ya estaban frías y todavía sus dedos brillaban de aceite cuando llevó el plato a la mesa y afuera era ya noche cerrada y el único lugar con luz y ruido era la casa de don Mareco. Roberto se había sentado de costado al mostrador y los otros alrededor no le dieron paso para que ella tuviera que acercarse a la mesa por detrás y don Mareco no pudiera ver cómo por debajo del mantel y alzando un poco su pollera Roberto le acariciaba el muslo.

-Gracias, mi reina.

Don Mareco tampoco tenía que ver su enojo, pero se  enojó. Y más cuando al alejarse sintió las risitas calladas como si ya Roberto les hubiera contado lo que hizo, como si no hiciera falta que Roberto les contara nada porque era seguro que lo había hecho, como si fuera algo simpático que ese estúpido le tocara la pierna, y sin darse cuenta se secó los dedos en el vestido, a lo mejor para alejarse un poco más de todo eso, como si el aceite de las milanesas en los dedos tuviera algo que ver, qué cosa más estúpida.

Aquel otro sábado fue diferente, se dijo, con el viento fuerte y la lluvia que después duró hasta el jueves y Roberto que estaba simpático y demasiado cumplido y no como ahora que parece decir date cuenta que aquí está presente esto y los otros que ya saben, seguro, que también él estuvo conmigo, y qué van a decir. Pero a veces es tan dulce que te digan lo que te dicen, qué difícil es a veces entenderlo todo.

Sin embargo, aún así, a cada rato recordaba sus ojos desesperados (por qué te fuiste, decime) y esa mirada nerviosa tratando de descifrar cada uno de sus gestos, sus oídos oyendo cada una de sus palabras, sintiendo junto a ella pero a distancia sus ilusiones, sus momentáneas tristezas, sus explosiones inesperadas de gracia, de gracia y buen humor y eso, lo sabía con certeza, era mucho más dulce que las dulces palabras de Roberto que después se burlaba, y era un estúpido.

Por eso cuando vio que eran las diez y media y que se podía ir a dormir sin que don Mareco se enojara salió de detrás del mostrador y no se fue a dormir sino que salió al patio sintiendo en sus nalgas al caminar las miradas pesadas de Roberto y los otros y las risitas con que en el grupo se sorteaban los turnos de prueba y trataban mutuamente de infundirse valor. Pero están cagados si creen que hoy, pensó. Y se llegó a sentir casi importante, qué tenía que ver que los otros después rieran y comentaran, que fue así y así, vos sabes que esto tiene así, vos sabes que yo también estuve, qué puta, y qué bien estuvo y todas esas cosas, ¿qué me pueden importar?, ahora están nerviosos porque todo depende de mi (y quiso reírse porque estaba segura de que ellos jamás se imaginarían lo que ella estaba pensando).

Y, efectivamente, estaba segura de lo que iba a hacer, o sea, de lo que no iba a hacer.

Claro que más tarde, sentada todavía en el taburete contra la enredadera se rió mucho con Martín que se había acercado sonriente y silencioso con su botella de cerveza recién abierta y su vaso, con sus cigarrillos y su chicle (su vaso olía a todo eso, también), y se divirtió bastante. Eso no tiene nada que ver, porque aunque después no quiso decirle que no, quiso pensar que era porque le daba lástima siento tan bueno y teniendo tantas ganas, así como le confesaba, y no que porque era simpático y le daba gracia y porque le gustaba esa forma rara que tenía de pararse, poniendo su pierna larga y fuerte adelante como para sostener lo que venía no importa lo que venía.

Y no le gustó, en realidad, no tanto como ella esperaba (aunque esto no lo reconoció en ningún instante), casi ni le había comenzado a gustar cuando ya el estúpido le había ensuciado y, en ese momento, por la rabia que sintió o por lo que sea, entrecerró los ojos y le pareció recordar entre los puntitos de la oscuridad sus ojos, los de él, desesperados, buscándola y siguiéndola como antes (y antes no se había dado cuenta).

Y se sintió más tranquila porque esa noche, antes de Martín y con Martín incluso, había decidido serle fiel y lo sería, aún cuando lo odiaba, cada vez más, por haberla querido tanto y nunca haberle dicho nada (tan lejos estaba de ella que ni siquiera osaba preguntarse si la seguiría queriendo ahora).

Y desde entonces comenzó a ser una cosa rara. Cada vez fue para Roberto y los otros más fácil llegar a ella, ya no hacía falta sortear al que iría segundo o al siguiente a probar porque siempre el que iba primero se quedaba y ya casi ni siquiera hacía falta conversarla porque siempre el que llegaba se quedaba, si es que alguien se quedaba, claro, pero eso sí, nunca más de uno por sábado o víspera de feriado, nunca. Y nunca tampoco decirle cosas que le hicieran poner triste y cargada de añoranza porque era como si se alejara de todos y no viera ni escuchara nada. Lo mejor, entonces, y pronto Roberto y los otros se dieron cuenta, era no decirle nada porque podía dársete vuelta la tortilla y salirte el tiro por la culata porque ella sabía  muy bien: una cosa era que ella quisiera acercarlo a él, que se fue, a través de hacerle porquerías aunque él no lo supiera y ella misma no supiera por qué exactamente y otra, demasiado distinta, era que estos pelotudos, malditos hijos de puta, quisieran hacerle doler una vez más su amor tratando de hacerle recordar su dulzura, su nerviosismo escondido en el temblor de la punta de sus dedos cuando ella le acercaba el vaso (y recién ahora se daba cuenta de todo eso, qué lástima), o su mirada esquiva, como cargada de relámpagos fingidos en el reflejo de la luz bailoteante del farol pero que era, y esto ahora ella lo sabía muy bien, pero recién ahora, más que nada, desesperada.

No, Don Mareco, no sé cómo no se da cuenta... no está bien lo que esta diciendo.

-Y por qué no va a estar bien... Yo sólo defiendo mi propiedad, lo que es mío; es una vergüenza lo que está haciendo esta descarada en mi propia casa y delante de mis ojos.

Pero las cosas no se manejan como usted quiere hacerlo, a su gusto y paladar, sin importarle un comino lo que piensan o sufren los otros... Eso que usted quiere hacer, echarla de casa, es algo inhumano: ¿qué va a hacer ella?, no tiene a nadie a quién recurrir...

-Qué tan inhumano va a ser que la saque de mi casa... Esta es de la clase de gente que siempre te hace cagadas; usted no los conoce y por eso dice eso.

Claro, y usted es el gran conocedor de caracteres, lo pienso y no se lo digo (pero estoy molesto).

-Sí, ellos son así... Yo la traje a esta chica cuando era todavía una criatura y no servía para nada pero Candelaria no dejó de joderme y joderme hasta que la traje, que no me iba a molestar, que cómo no me daba lástima, que pronto iba a poder hacer los mandados, que todas esas cosas, pero yo sabía que no podía ser una cosa buena esa criatura si siempre supe que tanto su padre como su madre fueron una porquería. Su padre fue un entregador y su madre fue en realidad la culpable de que lo mataran a Quiñónez para proteger a su machete, el entregador, claro, qué se puede esperar de gente así, pero lo mismo se jodieron los dos. Porque lo que hicieron es una porquería.

Eso fue hace ya mucho tiempo, don Mareco... ¿veinte años?, ¿más...?

-¿Y qué me importa? Más tiempo o menos tiempo, lo mismo es cierto y la cagada es la cagada; y yo no quería traerla.

Pero la trajo. Y le sirvió.

-Me sirvió y no me sirvió. Comenzó a ayudar en la cocina y a servir a los clientes y a hacer los mandados y eso. Pero demasiado pronto comenzó a mirar por sus costados a y a joder y a busconear, pronto comenzó a mostrar lo que era... Yo no digo que no haga, va a hacer desde luego aunque le diga que no, pero no acá, ¿verdad?, eso nomás digo... Claro que lo va a hacer, ellos son así, como la yegua que lo hizo matar a Quiñónez, ¿sabe a qué me refiero?, no, creo que no, pero ya lo va a saber.

No sé.

-Me imaginaba. Y sí... era gente de otra Compañía, lo que pasa es que Quiñónez arrastraba detrás suyo a gente de muchos lados. Quiñónez venía, hacia el sur buscando el río, quería pasar al otro lado para salvarse y el machete de esa yegua era de su tropa, he, su tropa... diecisiete nomás eran pero estaban bien armados. No tenían más dinero, ni comida, ni balas ni un carajo, pero sus livianas eran hermosas y las mantenían bien, o sea, como podían. Quiñónez tenía un tordillo alto y nervioso, pura fibra, desde arriba te miraba, vamos a decir, como enojado o casi riendo y nadie podía decir que tuviera miedo, nadie podía decir que supiera lo cerca de su culo que estaba el arreador. Y mire que le faltó poco para salvarse... Ellos, sabe, lo entregaron en Pasaje Isla, el río ya se podía ver desde ahí y nada más a Quiñónez le faltaba un puesto que pasar. Yo vi cuando lo traían de tardecita, cuando lo llevaban hacia la Capital. Sus cabellos blancos le hacían parecer una cabeza importante, más superior, te daba respeto mirarlo, era desde luego más hombre que todos los otros y nadie se animaba a hablar y todos miraban con la cabeza baja, menos él. Tenía las manos atadas atrás y las riendas de su caballo las llevaba el Sargento que iba adelante, su pecho parecía más grande y él parecía cansado, más viejo, mucho más viejo que cuando se iba de ida, antes de que la bandida lo entregara en Pasaje Isla o en la otra parte, pero allí fue donde lo apresaron.

¿Fue durante la revolución?

-No, pero qué revolución va a ser... Fue después, cuando los del Destacamento los perseguían... Ellos eran los últimos: no querían pelear más y se iban.

Puedo imaginar esa huida desesperada. Sabían muy bien que los del Destacamento no los iban a dejar en paz: era un grupo muy fuerte, aún cuando en ese momento estuvieran huyendo asustados.

-Jamás; qué van a huir... Y bueno: ¿y qué quiere? Claro que huían... ¿qué iban a hacer con diecisiete livianas y sin balas ni un carajo? A don Pereira le carnearon un animal, tenían hambre y estaban cansados, abandonados por todos y desesperados. Pereira nunca les perdonó. Pereira nunca le perdonó a Quiñónez muchas cosas. El quiso decir después que fue porque le habían matado un animal que él mezquinaba mucho, que era un mochito que había criado con mamadera al costado de la casa porque la madre lo abandonó al nacer, y que no les había negado comida pero que les pidió que fuera otro, pero eso es algo que me parece no tiene importancia. Pereira fue el único que permaneció montado al costado de la calle, casi frente a lo de doña Rosa Contreras, cuando pasó el grupo con Quiñónez que tenía las manos atadas y todos creímos que le iba a decir algo pero no lo dijo. Iban hacia la Capital pero no llegaron, no llegaron a ninguna parte nunca, nadie sabe dónde lo desgraciaron y después se dispersaron cada uno por su lado, era lo único que a los rejuntados del Destacamento los ataba unidos por la zona. Muchos le odiamos a Pereira por su falta de respeto, no tenía por qué hacerle eso a Quiñónez, nosotros no le perdonamos eso. Yo no sé cómo puedo hablarle a usted, de todo esto pero tiene que saber, hay muchos que no quieren saber, usted sabe, verdad, a quién me refiero, pero sabiendo uno entiende muchas cosas, muchas cosas encuentran explicación.

Es difícil comprender y aceptar mucho de lo que usted dice, don Mareco... La enemistad de Quiñónez y Pereira, por lo menos para mí, siempre estuvo redada de un hálito de importancia... algo así como de cosa que sucede entre personas importantes... no puedo describirlo muy bien. Pero resultó serque el odio comenzó por algo más ruin, más vergonzoso, comenzó porque Quiñónez le robó un animal...

-No, desde luego que no; usted dice cada cosa... Fue desde mucho antes. Por otro lado, Quiñónez era una buena persona, un gran señor, tenía hambre y estaba desesperado porque no encontró la ayuda de sus parientes que él estaba buscando. Muchas veces le dije a Candelaria que no perdonaría esa traición, nunca, y menos a esa hija de sinvergüenzas, hija de sinvergüenzas, a ella misma le dije eso, imagínese un poco, qué se puede esperar de alguien así, pero Candelaria jodía y jodía y le dije que sí.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Lo que hayan hecho sus padres no tiene nada que ver con Marina, me parece.

-Claro que sí, claro que tiene que ver, ¿por qué no?, ella es la misma puerqueza que ellos y o sino vea nomás lo que hace ahora rejuntando cuanto machote viene al almacén para revolcarse con ellos en mi propia casa. Ciertamente que ahora vienen más muchos y no hay cerveza que alcance, por suerte, porque también comen milanesas y eso, y eso es lo que deja un poco.

En verdad, las cosas le van bien, don Mareco; se queja, se queja, pero le van bien... se nota. Está comenzando a crecer, usted.

-Y sí, ahora voy a traer una heladera a querosén, son muy buenas, y quiero hacer alguna que otra comodidad, vamos a decir, poca cosa nomás porque no podemos tanto, pero después Marina se va a tener que ir, la sinvergüenza, va a salir cagada como su madre, hasta el final, sin respiro, se lo merece, carajo.

Eso no es justo, don Mareco; todo aquello, lo que sea, sucedió hace ya bastante tiempo, y, además, Marina no tiene nada que ver: eso de los pecados de los padres a ser expiados por los hijos parecería remontarnos al Antiguo Testamento. Tomarse venganza en ella es verdaderamente injusto.

¿Y qué me importa? Usted a veces dice grandes tonterías... ¿qué es esa cosa de testamentos y eso? Quiñónez era un buen hombre y no le hizo mal a nadie sino cuando lo necesitó nomás y o sino, no. Cuando desgració a esos dos hermanos Florentín es porque ellos habían dicho por ahí que lo iban a capar, y lo hubieran hecho, así como lo hicieron con aquel Villalba de las afueras de Cordillerita que después se puso gordo como una vejiga, sí, claro que lo hubieran hecho porque eran los dos muy peligrosos, todos en la zona los conocían: el mayor con su Mauser 38 siempre cargado completo y el menor, que era algo renco y con un ojo un poco torcido desde aquella vez, cuando era chico, que un caballo le dio una patada en la cabeza, con su facón de diez pulgadas y su arreador de cuero trenzado casi finito como una liña y con una pelotita de acero en la punta que te arrancaba un pedacito de carne a más de seis metros o te rompía la cabeza como una luz o te cortaba la oreja. Con este arreador mató muchas víboras, porque todos saben que la cabeza de las víboras atrae los metales, ¿no es cierto?, eso no es nada nuevo. A Villalba dicen que lo agarraron un atardecer cerca del arroyo detrás del aserradero, un poco alejados, y sólo Tení los vio porque estaba en el arroyo bañando su caballo pero a él no le vieron y él no se animó a hacer nada y se escondió entre los matorrales para mirar cuando vio que el mayor le apuntaba la cabeza a Villalba con su Mauser y le hacía acostar en el pasto. El menor le bajó el pantalón y de un estirón le sacó y le hizo abrir las piernas. Villalba no se animaba a gritar pero estaba blanco como un papel y no se podía atajar y movía y movía la cabeza diciendo no, se había arriesgado mucho al denunciarlos en el Destacamento, todos lo sabían, porque para qué, todos también sabían que los Florentín robaban todos los animales que querían y nunca nadie les dijo nada, ni los apresaban ni nada, nunca nadie se animó. Villalba quiso resistirse cuando el menor atajó con una mano el facón filoso como una navaja y con la otra le manoseó para formar un bulto con su bola pero el Mauser se juntó más a su sien y se quedó quieto. Entonces el menor hizo un corte y apareció como un capullo de algodón sucio, qué notable, ¿no es cierto?, y vació la bolsa. Anotá un novillo más, le dijo a su hermano, y los dos se rieron. Dicen que Tení dijo después que al ver eso se le frunció hasta el culo y sin poder dominarse, sin acordarse siquiera de que estaba desnudo, se arrastró por el matorral sin animarse a levantar, como esos perros desesperados, alejándose, arañándose todo, hasta que pudo vomitar... Quiere decir que ya lo habían hecho, ¿no le parece?, y quiere decir que si le amenazaron a Quiñónez era porque lo iban a volver a hacer. Y todo porque una noche Quiñónez la embarazó a una hermana de ellos y la estúpida cuando se dio cuenta tuvo miedo de ellos y tomó unos yuyos para abortar antes de que se notara, y se murió. Quiere decir que Quiñónez tenía que defenderse, y por eso nomás les mató. Quiero que vea la cantidad de gente que por aquella época tenía recuerdos y cicatrices de los Florentín.

Los Florentín, por lo que me dice, sólo estaban tratando de vengar a alguien que querían mucho... A mí la muerte de «la estúpida» me parece injusta; me parece triste e injusta.

-No hay por qué. Desde luego que no hay por qué; ella lo quiso, ¿no es cierto?, así como los Florentín se buscaron lo que encontraron. ¿O es que Quiñónez tenía que dejar que le cortaran las bolas en cualquier cañada o, por ejemplo, a la entrada de la misa un domingo de mañana delante de toda la gente, que hasta de eso eran muy capaces? Eso hubiera sido muy justo, seguramente... Usted no sabe lo que eran los Florentín, todo el mundo les tenía miedo porque eran fuertes y traicioneros y no necesitaban ni siquiera decirse nada para saber dónde iban a pegar y siempre lo hacían juntos y al mismo tiempo y de la forma más peligrosa. Recuerdo cuando Acostita, el petisito que trabajaba en el aserradero del bajo lo jodió al menor, casi le costó la vida. Estos petisitos así son siempre unos jodidos, parecen esas lauchitas vivarachas dispuestos siempre a joder para divertirse. Resulta que le dijo al bizco que le quería vender un pantalón que se había comprado y que estaba ya casi terminado y que él no lo iba a usar, se cuidó muy bien de hablar claro, o sea, de no mentir en ninguna de las cosas que decía. Entonces el bizco creyó que la modista lo tenía ya casi terminado y le dio la plata por adelantado, contento porque lo jodía a Acostita porque era muy barato el precio que éste le había pedido. Al otro día Acostita le mandó el pantalón dentro de una bolsa de papel madera por el hijo de doña Rosita, aquel Juancito Contreras que después se hizo Comisario de Compañía hasta que lo desgraciaron los  revolucionarios en la Costa Esmeralda, mucho se habló de eso porque era una familia muy querida y él era un muchacho muy correcto, que cuando eso era todavía muy chiquito, porque él no se animó a traerlo, Acostita, claro. El rengo Florentín revisó su pantalón recién comprado y vio que en realidad estaba casi terminado: era tan viejo y usado que sólo le quedaba la pretina y un poco de bolsillo y a Acostita sólo le salvo la vida el hecho de que al mayor le diera tanta risa la jodida de su hermano que no le permitió que lo matara. ¡ah, qué tiempos...!. Pero Quiñónez pudo matarlos, y habrá matado seguramente a muchos otros más, así como la gente dice, pero siempre con justicia, o sea, con motivos que eran justos. O sea, él mismo no los mató sino que los hizo matar por su gente. Se reunieron a la entrada de ese pique medio escondido que queda al costado de Cañada Villagra, usted no lo ha de conocer, no creo. Y allí esperaron los ocho cuando venían saliendo los Florentín y el primer machetazo le dieron al mayor más abajo de su cintura mientras los otros se ponían frente a los caballos haciendo mucho ruido para que se encabritaran y no pudieran huir. Y el rengo no pudo usar su arreador porque había muchas ramas bajas, porque eligieron muy bien el lugar pensando en eso, y la luz era muy poca porque el monte era muy tupido y la luna también estaba un poco tapada por las nubes. Eran fuertes los Florentín y más el mayor, porque incluso con las tripas por salirle se defendía como un tigre y pudo llegar a disparar dos veces y uno de sus disparos le acertó al negrito Mongelás en el hombro y desde entonces le quedó ese brazo seco y amarillento, o a lo mejor fue nada más que el cinturón grueso que usaba y la faja apretada le protegieron del golpe y el machete nada más que le había cortado el primer pellejo de su barriga. Allí mismo los degollaron a los dos y los dejaron entre los yuyos y dicen que cuando le contaron a Quiñónez esa misma noche que todo estaba solucionado, dicen que se quedó muy contento porque dijo: y claro, mis bolas valen más que sus cabezas, era un hombre grande, Quiñónez, ¿se da cuenta?

No me animo a decirle, don Mareco, pero me deja estupefacto, sólo lo pienso. Y, para saber más, trato de acallar mis reparos (a veces me resulta imposible), y le comento: gentepeligrosa, ¿no?, la de Quiñónez... Esa misma gente es la que huyó después con él, supongo.

-No, es decir, algunos solamente, los otros eran nuevos, los que le siguieron, digo, porque eso fue mucho antes de la revolución: Quiñónez siempre fue caudillo y siempre tuvo gente cerca suyo y no sucedió aquí, como le dije. Esto fue en su valle cuando era mozo, detrás de Cordillerita, un poco lejos pero todos lo supimos, así como sabíamos todo lo que hacía Quiñónez, porque a cada parte que él llegaba, siempre iba precedido por sus historias, esto fue incluso mucho antes de que conociera a la señora Adelita y se casara con ella, no sé luego qué pensó para hacer una cosa así pero yo nunca dije nada, digo nomás que hubiera tenido que pensar que eso era una equivocación, pero hay momentos en que el hombre no piensa con su cabeza y se equivoca, hasta los hombres tan importantes y queridos como Quiñónez.

No logro entenderlo muy bien, don Mareco... Usted dice que Quiñónez era un gran hombre, justo, valiente... A mí no me parece ni muy valiente ni muy justo hacer emboscar entre ocho a dos hombres desprevenidos.

-Los Florentín eran dos sinvergüenzas muy peligrosos y además por qué hacer tanto escándalo por una tontería, lo que está hecho está hecho y se acabó. No se supo nunca luego quién los enterró o si los enterraron o no, porque nadie los quería, y además la gente de Quiñónez cuidó un buen tiempo que nadie se acercara para que no se armara ningún bochinche con los que querían ir a curiosear y después salir con el cuento por todas partes y después, por mucho tiempo, ya nadie quiso pasar por ese pique. Salieron con la historia, algún tiempo después, aunque nadie creyó demasiado, de que aparecían dos cuerpos como sombras que salían de la picada con collares de fuego y sin cabeza, claro, porque si eran los Florentín no podían desde luego tener cabeza, y nadie creyó demasiado esas historias, pero nadie quiso probar, por si acaso.

Aún con el riesgo de que no quiera seguir hablando conmigo no puedo resistirme y lo interpelo: no creo que nunca podamos ponernos de acuerdo; por todo lo que me diceentiendo que usted tiene una forma muy peculiar de interpretar lo que es obrar con justicia.

-Yo sí que no entiendo lo que usted me dice, y no me hace falta desde luego entender. Usted parece que tiene esas ideas traídas quién sabe de dónde y no sé por qué no quiere entender las cosas como son; pero sin embargo se interesa y quiere saber y eso me parece muy bien, claro que me parece bien. Pero si lo que no entiende es mi comportamiento, no sé por qué es, porque es muy sencillo: Yo soy muy honesto y mi vida es muy limpia y muy honesta y no voy a permitir que una descarada venga a ensuciar mi propia casa y mis costumbres. Así que: patitas a la calle.

Claro, pero recién después, ¿no es cierto?, antes es más provechoso que sigan sin dar abasto las cervezas, ¿verdad?

-Y claro que sí, y eso no tiene nada que ver; pero después de terminar la ampliación se tendrá que ir, mientras tanto tendré que sufrir en silencio y aguantar sufriendo todo lo que hace esa desconsiderada que no sabe apreciar el beneficio que aquí se le da... Ni siquiera piensa en la vieja que la quiere y es tan preocupada y mucho menos en mí, que cuido tanto por ser honesto y que mi casa sea honesta, y la ensucia.

Sin embargo no la va a echar hasta después de haber pagado la reforma de su local con las cervezas especiales que ella hace consumir.

-Sin embargo, sin embargo, usted parece que sólo sabe decir sin embargo. Y claro que con eso vamos a pagar la reforma, con algo tiene que recompensarme por todo lo que hice por ella, pero después se va a joder, como la yegua de su madre que lo entregó a Quiñónez por salvar a su machete. Pero después lo mismo cagaron. Por suerte estoy yo para que paguen sus culpas, mala gente. Mala sangre, esa, usted no sabe, pero yo soy fuerte, hasta el final.

Siento allí, en el costado del pie justo debajo del tobillo una pinchada profunda, como venida de lejos o como una explosión retardada sumando dolor cada vez más fuerte y oleadas de sangre martillándome los brazos, las piernas y el estómago, como si después de haberme asustado hubieran comenzado a introducir en mi carne un alambre caliente que se va haciendo más grueso y más áspero, más caliente, más grueso cada vez y más áspero. Atino a girar con un movimiento violento la cabeza bajo el sol agotador y con el costado del ojo veo las gotas de sudor que caen desprendidas de mi frente, de la punta de mi nariz enrojecida y pelada, de mi barbilla erizada de pelos negros cargados de polvo mojado hecho una pasta pegajosa y molesta. El movimiento reflejo de mi brazo hace que el machete la parta en dos pero aún así, entre los canutos verdosos de las cañas, se agita cortada en medio y ante mis ojos se agiganta la movediza, increíblemente rápida lengua partida.

Siento al inclinarme un peso en la parte de atrás de los muslos y un cosquilleo erizado que se inicia en mi entrepierna y se extiende por la barriga y el pecho (Dios mío, Dios mío, ¿qué me está pasando?), mi pensamiento comienza a trabajar con velocidad enloquecida, no puede ser el veneno aún, no hay tiempo para eso, debe ser solamente el susto (entonces, ¿por qué me estoy cayendo?).

Los otros me ven y corren, los veo solamente a medias, la otra parte de mi visión cubierta por la hojarasca del piso, la tierra mucho más abajo y muchas alimañas, y los párpados encogidos entrecerrando los ojos, el barullo de las pisadas se agiganta pero no escucho sus voces y me asalta el antiguo y reconocido sentimiento del ridículo y mi temor a las burlas, ¿será que me estoy desmayando?

Miro desde el suelo la perspectiva de sus piernas rodeandome y los pechos sudorosos y brillantes del sol, sol por todas partes, por todas partes sol, las cabezas perfiladas y los rostros borrados por el resplandor enloquecido, alguien con un palo alejando los pedazos, no los escucho, no los escucho, y las hojas secas, largas y fibrosas que me envuelven, por qué a mi me tuvo que pasar, por qué no a otro, si ni siquiera me pasó entre el barro cuando me escapé en la lluvia.

De repente sobre mí una sombra y el olor picante de una piel sudada y en la lengua un momento el sabor salado de una gota, el pecho se levanta y prendidos mis brazos a su movimiento siento que me voy apartando del suelo, ya no están en la piel de la espalda las lenguas fibrosas de las hojas de caña y allá lejos mis pies también se levantan, los levantan, pero muy lejos. Más cerca está la punta de la tetilla oscura coronando un músculo tenso, lo veo en un destello y de nuevo la sombra que lo cubre todo y el silencio y siento que me llevan por el vaivén de mi peso, a veces en los brazos, a veces en las piernas, trastabillan y en un costado, y así.

Mi frente parece que está a doscientos metros de altura coronada de fuego, dentro mismo de la hoguera y quiero tocármela para tratar de bajarla pero mi mano es demasiado pesada y de repente está abajo, tan abajo que me empuja contra la almohada y me hunde cada vez más, los oídos comienzan a zumbarme, lo que es mil veces peor que las olas tranquilas de silencio en que me estaba meciendo.

Y de repente Marina está frente a mí, desencajada, los ojos húmedos y sus labios entreabiertos temblando, como no sabiendo qué decir, por qué ahora nos sucede esto, vida, cuando por fin pudimos reconocer nuestro amor, cuando pudimos decirnos todo lo que nuestros corazones escondían, perdoname, mi vida, por defenderme del dolor dije de vos cosas malas, dije que te metías con cualquiera, todo está disculpado, corazón, vivamos, sólo nos toca vivir, y la explosión de ese pensamiento en mi estómago aplaca las últimas ondas y se hace un destello de claridad, eso es mentira, es solamente otro engaño de la fiebre, como el subir y el bajar, como el flotar de mi frente, como todo eso.

Entonces, sumido una vez más en el frescor de las sombras (aunque mi frente sigue aún en medio de la hoguera, allá arriba) pienso, y me da rabia, que es demasiado penoso pensarla tanto y no tenería, demasiado doloroso, llegar incluso hasta a idealizar en mis labios el sabor suave de su vientre y martillearme de repente la certeza de su nauseabunda realidad (abusada, burlada) haciéndome convencer cada vez más de mi desgracia, de la miseria, la oscuridad y las sombras de todo lo que me rodea.

No puedo creer que ella le haya pedido eso a Roberto, no así como él me lo dice refregándoselo, ni siquiera que le haya gustado, pero no le digo nada. Roberto me mira y se sonríe, la pelotita de su cuello sube y baja mientras de entre sus labios salen dos semillas de mandarina.

-Siempre me pregunta por vos...

Prefiero mirar la cáscara que se quema entre las brasas porque no quiero ver si se da cuenta del color de mi cara cuando siento como una cosquilla en el costado y en el cuello y afuera sigue lloviendo despacio.

A través de una rendija de la ventana entra un poco de luz, tengo un sabor asqueroso en la boca y quiero agua pero ni siquiera sé quién está para pedirle. Aunque la pieza está a oscuras creo identificar perfiles familiares (¡cuántas veces me habré despertado!), veo mi ropa colgada de un clavo y una esquina doblada del almanaque refleja el rayito de luz de la ventana. Debajo de la puerta hay una raya luminosa, afuera es de día y hay mucho sol. Trato de incorporarme pero tengo una viga de hierro atravesada sobre el pecho y no me deja mover. Pruebo los dedos, sí, la mano está libre, y con inmenso trabajo busco la viga. No hay nada, sólo mi pecho pegajoso de sudor, caliente, y trato de cerrar los ojos porque la frente comienza a subirme cada vez más rápido, cada vez más alto. Tengo los ojos cerrados y poco a poco se restablece la calma. Mi pierna desde la rodilla para abajo es una masa, la miro, es una pelota negra y no la puedo mover, sale afuera de la sábana con que me cubrieron. Levanto la sábana humedecida y grisácea en la  penumbra de la pieza y me sorprende verme totalmente desnudo, sí, ahora lo recuerdo, ya me desperté otras veces y quería morirme de vergüenza cuando me limpiaban (quiénes son, qué hacen, cierren la puerta, cierren la puerta, por lo menos cierren la puerta, por favor).

Y ese recuerdo me asustó porque quería orinar y al incorporarme la cabeza comenzó a darme vueltas y el alambre de fuego comenzó a entrarme otra vez por el tobillo y sentí que mi pierna era más gruesa que un tronco y casi con su misma corteza descascarada, me pareció, pero quería orinar y no lo iba a hacer en la cama, no otra vez, no otra vez, y al tratar de levantarme el pozo se abrió a mis pies profundo y negro.

Siento que el hedor sale de mí y ellos son unos idiotas porque piensan que no escucho, que sus voces y sus risas cuando comentan sus cosas, porque no van a hablar sólo de mí, claro, es bastante ya lo que hacen viniendo a verme, no me llegan, que no me duelen la compasión y la curiosidad con que contemplan mi cuerpo desnudo y la puerqueza de mi pierna podrida. Yo sé que no tengo por qué importarles, no tienen por qué quererme, así como yo no los quiero, no los entiendo realmente y no los quiero... pero sin embargo la pieza que me dieron es todo lo que me pueden dar y me la ofrecieron, y este colchón que después no va a servirles más tengo que agradecerles, también me hubieran podido dejar librado a mi suerte. Pero es claro que me duele y me atormenta y por eso prefiero no pensar, sobre todo al darme cuenta de que no sé en qué lugar o con qué compañía hubiera preferido vivir mi desgracia, la que estoy viviendo. En ninguna parte en especial, me digo, y con nadie, con nadie, no encuentro a nadie.

Hundido en el lecho por una rendija de mis ojos los miro rodeándome, veo que me están mirando, sé que me están oliendo, me siento desvalido, un niño desprotegido, víctima inocente, humillada y casi compadecida, estoy desnudo, querría cubrirme, querría que el vello se agigantara y me cubriera esa parte pero permanece inmóvil bajo las miradas curiosas, me siento inerme, querría proteger los restos de mi intimidad pero no me muevo, no tienen que darse cuenta de que estoy despierto.

Mucho tiempo después seguí sintiendo la pierna, incluso me dolía la mordedura de la víbora (¡que increíble!) cuando había amenazo de lluvia, sobre todo, o cuando hacía mucho frío. Muchos días pasé sentado bajo el alero con mi silla un poco inclinada y una pelota de ropa bajo el muslo para que no se me cargara la herida.

Martín vino llegando una tarde por el lado de Capellanía, él no sabía nada, ni que yo estaba ni lo que me había pasado, pero al llegar no sé cómo ya se lo habían contado, aunque los otros tampoco sabían que me conocía, uno que vino de hacia donde vos venís, le habrán dicho, o cualquier otra cosa.

Cuando lo vi salir de detrás de la última barraca y acercarse por el patio central tuve el loco deseo de esconderme para que no me viera, y lo hubiera hecho de serme posible moverme con rapidez pero el muñón aún me dolía y en el fondo ansiaba mucho hablar con él (el pecho me saltaba de emoción).

Me pareció verme en su gesto indeciso y su mirada nerviosa cuando meses atrás me acerqué a la plantación a pedir trabajo, yo también llegué así, como desorientado, sin saber exactamente qué quería, qué ubicación quería conseguir. Mal trabajo, por otro lado, el que aquí se conseguía, especial para corridos: unos meses sí, durante la zafra, y después cada cual por su lado, sin siquiera haberse conocido bien, sin saber realmente quién era o qué hacía el que estaba a tu lado, unidos solamente por la situación del momento, sudando como vos, rumiando el cansancio bajo el sol y el calor como vos, tomando a veces una cerveza en el almacén o cualquier otra cosa pero sin querer demasiado el trabajo ni el lugar ni a la gente porque para qué, si después te tenías que ir y nada más, hasta otro año o nunca más. Por eso digo que podían haberme dejado librado a mi suerte y no lo hicieron, me dieron casa y a veces compañía y hasta algunas bromas y burlas (que me gustaron como nunca lo hubiera creído, tantas ganas tenía de saber que estaba con alguien) y eso es algo que tengo que agradecerles porque es buena gente, pero eso al llegar no lo sabía, como tampoco lo sabe Martín que llega como asustado y nervioso.

Trae su bolsón de plástico azul colgado al hombro y sus championes marrones de suela gruesa y más que verlo a él son  esos detalles los que violentamente me hacen saltar hacia lo que dejé allá al escaparme en la lluvia, tantas veces había visto ese bolsón colgado en la pieza que ocupábamos en el campamento los cuatro, o sea él y yo con Roberto y Martínez, tantas veces le habían hecho bromas por el olor de los championes al descalzarse para dormir cuando volvíamos los sábados de noche casi borrachos y felices o a veces algo como apenados por la incertidumbre del día libre que venía, -qué hacer para ser más felices- que tan rápido iba a pasar y al que le seguía toda una semana de trabajo otra vez.

Con su cercanía se me representó Marina con toda claridad y maldije el hecho de que él me viera así, hubiera preferido que nadie se enterara (porque me daba vergüenza) pero ya era tarde para esconderme aunque no hubiera valido de nada, desde luego, porque él ya lo sabía y además que de todas formas no importaba, todo estaba muy lejos y acabado, aunque eso pensé porque todavía no sabía nada de lo que supe después, enseguida.

-Muchas veces preguntó por vos. A veces hasta nos reíamos de ella cuando preguntaba por vos y hasta le hacíamos bromas: ¿por qué tanto querés saber?

Siento en la cabeza como un mareo, me parece que eso ya me lo habían dicho, sí, durante la fiebre, eso es, lo había soñado. Quiero descubrir en su cara si se burla o qué, está sentado a mi lado y fuma, el bolso en el piso, recostado en la silla que lo dieron en la cocina, dentro de poco va a anochecer y alrededor de su cabeza hay dos o tres mosquitas dando vueltas.

No sé si es porque es de noche y no veo su cara pero no se burla, no tiene por qué, y en vez de agigantarme de alegría siento una pena profunda, Dios, Dios, es resentimiento, creo que es rebelión.

Por algo digo que nada es como tiene que ser, porque pasan las cosas demasiado tarde, cosas que en su tiempo hubieran cambiado todos los sufrimientos en alegrías, o suceden en forma innecesariamente cruel, hasta que ya no hay alternativa.

Cuando escapé del pueblo dormido lo hice nada más que por mi indecisión y sólo quedó en mi memoria el justificativo  de la duda, pero martillando la conciencia de que nunca más volvería a revivir las tardes caminando con ella en la avenida de las ovenias, vida que dejé de vivir por mi propia decisión y después fue tarde, la chica ya no estaría, las ovenias quizá no estarían y yo ya no sería el mismo.

Mirando desde lejos lo vivido, lo que más me duele es no poder volver atrás a reparar las equivocaciones, pero eso no me pasa sólo a mí, le pasa a todo el mundo, y no es al final de cuentas lo que más me duele: lo que me apena es que mis equivocaciones no son cosas que hice mal... son cosas que dejé de hacer. Cuando huí en la lluvia perdí mi posibilidad de saber lo que ahora estoy sabiendo, o sea, que mi huida no tuvo razón de ser, fue innecesaria (la vitalidad, la virilidad, la fuerza de Roberto no eran una bofetada para mí si mi espejo era Marina, por lo visto), así como después supe que fue por una estupidez que tuvieron que cortarme la pierna, cortarme la pierna, cortarme la pierna, cortarme la pierna.

Si la víbora no me hubiera picado, digo, o más aún, si hubieran sabido que su veneno podían combatirlo fácilmente con el suero porque era un veneno tonto, creo que ni siquiera era una víbora venenosa (todo se juntó para adquirir caracteres alarmantes: la insolación, el susto...) no hubieran tenido que abrirme, en medio de la desesperación, los tajos en cruz sobre los dos puntitos de sangre oscurecida con el cuchillo sucio, para succionarme el veneno, herida que después se pudrió y me encangrenó la pierna (Santo Cielo, si hasta parece una broma), o si no hubiera venido aquí la víbora no me hubiera picado y todo eso, pero es tarde para todo y ya no tiene importancia.

Mi cruz es ese hijo, doña Simeona, me voy a ir de este mundo con un amor muy grande, el que siento por mi hijo, que me hace sufrir, pero por otro lado sin poder perdonar, porque no puedo perdonar, ¿sabe?, no puedo. No es posible que la gente pasee por la vida sin mirar alrededor... ¿Sabe lo que me dijo? Tenemos solamente una vida, Adelita, me dijo, y nuestra obligación es vivirla. Señor Santo del Cielo, yo me pregunto: ¿y nosotros, qué?

Traté mucho de comprenderlo, doña Simeona, Dios sabe que hasta ahora trato de comprenderlo porque no quiero morirme sin perdonarlo pero no puedo, perdóneme, no puedo atajarme, pero no llore usted, no, bastante hace ya con venir a verme para que encima yo con mis lágrimas ocasione su llanto, pero es que no quiero morirme sin perdonarlo.

Claro que voy a hablar de morirme, ¿acaso puedo yo hablar de otra cosa? Me estoy despidiendo de todos los que me rodean y cargando en sus conciencias la idea de mi fin. Así les recuerdo, de alguna forma, su propio fin... con ese gesto estúpido que es el último daño que puede causar el derrotado, el último golpe dado a ciegas no importa a quién lastime, con la satisfacción de poder causar algún mal, pero esto no se lo digo, claro, lo pienso mientras con los ojos entrecerrados, el pañuelo blanco estrujado cerca de mis labios, la cabeza recostada en las almohadas humedecidas, finjo un adormecimiento repentino de mi cuerpo exhausto.

Yo le aseguro que hubiera sido por mí sola yo lo hubiera perdonado, doña Simeona, pero es el recuerdo de ese hijo el que me lastima y se clava en mis entrañas como una garra infectada, es el dolor en que sumimos a ese hijo querido el que no me permite olvidar todo y perdonarlo, no hay derecho, no se puede jugar así con las personas.

Es incomprensible lo que nos pasó, lo que nos hizo, un hombre así no tiene que tener mujer y menos que menos tener hijos... A mí muchos no me comprendían y creían que lo hacía por tenerlo conmigo pero qué va a ser por eso, ya no me importaba tenerlo o no tenerlo y lo mejor era que estuviera lejos, aunque muchas veces deseé su amor, muchas veces, doña Simeona, en la noche no podía dormir y ha de ser por orgullo que no quería reconocerlo y creo que es por eso más que nada que le comencé a odiar. Pero no le odio, doña Simeona, ¿sabe?, tengo demasiado miedo de odiarle, no quiero pecar así, y mucho menos ahora que sé que me voy a morir. Quién me hubiera dicho que iba a terminar así, sabiendo que voy a morirme, esperando que todo mi cuerpo se duerma como se durmieron mis piernas, que ya están muertas, como se duerme mi espalda, como se duermen las puntas de mis dedos, fríos después del hormigueo profundo, y sola. Estoy sola, doña Simeona, papá hubiera estado conmigo ahora que lo necesito, pero ya no está, ya murió, ya se fueron todos, mamá, los amigos... ya no está nadie cerca de mí, ¿cómo voy a perdonarlo?, que viva con su libertad loca devorándolo todo a su paso, que siga agostando la hierba con sus pies ardientes de movilidad y locura, que siga consumiendo el esfuerzo, la energía y las sonrisas de los que lo rodean, que viva como quiera... Usted sabe muy bien que por mí no hablo,

 

 

pero mi hijo, mi hijo querido del alma, esto

   
 

solo lo pienso porque los sollozos no me dejan

   
 

hablar, se va a seguir consumiendo en la hoguera

   
 

que él encendió.

   

Hablo por ese pobre infeliz inocente que ya nuca va a tener a nadie que lo consuele, yo ya no estaré y su padre nunca va a hacer nada por él.

¿Qué me quiere decir usted, doña Simeona, con que ya no está?, ¿que ya está muerto? Para mí no está más muerto de lo que estaba cuando me abandonó, cuando nos abandonó a los dos... ¿Qué me importa a mí que lo hayan enterrado,

 

 

nadie sabe si lo enterraron, nadie sabe cómo

   
 

murió, nadie sabe de él nada de nada, nunca

   
 

nadie supo nada de él, nadie

   

y su cuerpo se haya deshecho en podredumbre?, igual se está deshaciendo el mío y él no lo sabe, y sigo odiándolo y maldiciéndolo y añorándolo con todo mi corazón...

 

 

la miro y sé que piensa que estoy desvariando

   
 

y no me importa, esa es la ventaja que tene-

   
 

mos cuando sabemos que estamos llegando a

   
 

nuestro fin: ya no necesitamos fingir.

   

Cómo se ve, doña Simeona, que usted nunca tuvo un hijo, que nunca supo lo que es tener un ser al que se quiere más que a sus ojos. Si hubiera sido madre no me hubiera criticado... Claro que me critica, claro que piensa que me equivoqué al criar a mi hijo, a mi hijo, ¿sabe?, porque es mi hijo, mi hijo. ¿Qué quería?, que lo dejara rodar por la pendiente sin fin que es la vida de ese... lo maldigo, sí señora, lo maldigo una y mil veces porque no sólo me mató a mí sino que también mató a su hijo... Qué me va a enseñar usted a mí de comprensión y comprensión... ¿Comprende acaso el tumor hambriento que me está devorando los riñones?, ¿lo comprende?, ¿comprende acaso que yo esté sola y él ni siquiera hace nada por estar con su hijo?, y no empiece de nuevo con historias, ya sé que está muerto pero para el caso es lo mismo, ¿comprende acaso su malsano egoísmo...? ¿Qué es lo que comprende usted? Nada. Nada comprende. Entonces, cállese.

Usted se acuerda de cómo era yo, doña Simeona, yo era linda y era la joya de mis padres, qué tonto parece todo eso al decirlo ahora, pero eso es lo que son los hijos de los padres... joyas. ¿Y qué soy ahora? Señor Santo, ¿cómo no voy a llorar?

Yo hubiera tenido que aceptar el irme a vivir con él en los campos de Cordillerita... Pero yo no soy de allí, doña Simeona, no sé si me entiende, en ningún sentido soy de allí, me hubiera muerto mucho antes si aceptaba ir a enterrarme en vida allí, lejos de todo lo que siempre fue mío, mis amistades, mis salidas, mi ambiente... ¿Y qué quería? ¿Acaso a él le era imposible adaptarse y venir? El me conoció como de aquí, yo no fui a buscarlo, nunca lo llamé yo. Por eso siempre tuve a  mi hijo conmigo, y le di lo mejor... No entiendo qué es lo que quiere decir con que va a ser siempre un extraño en todas partes... No. ¿Para qué voy a mentirle? Estoy al borde de la verdad, detenida por un instante en lo alto de la colina, sin poder echarme atrás y teniendo adelante el vacío sin límites esperando la misericordia del Juez y aquí no cabe la mentira, es estúpido mentir. Claro que entiendo lo que significan sus palabras: la ausencia de raíces, la ausencia total de amor, la agobiante y desmedida continua presencia del resentimiento, la falta de cariño, de calor de vida, claro que entiendo

 

 

yo le enseñé a odiarlo, sutilmente, despacio,

   
 

Señor del Cielo, ¡cuánto daría porque no fuera

   
 

cierto...!

   

lo que significan sus palabras... qué dolor siento en mi corazón, doña Simeona, a quién va a recurrir, dónde va a encontrar la calma de sus tormentas, pobre corazón desgajado...

 

 

los demás completaron mi trabajo, pero los

   
 

demás no tienen la culpa, ellos no tienen la

   
 

culpa, yo le enseñé a avergonzarse de su padre

   
 

(yo lo obligué, realmente) y a odiarlo, y

   
 

nunca tendré perdón, su pena caerá sobre mi

   
 

pena, su dolor caerá sobre mi dolor

   

ese es el dolor grande que llevo de esta vida en mi corazón... que Dios nos perdone, doña Simeona, amén.

Es casi de día pero las sombras se hacen más pesadas por la llovizna finita que flota en el aire llenándolo todo con un ambiente de casi irrealidad, fingidamente más frío, como mirado con ojos recién abiertos del sueño o a través de un vidrio empañado.

Afuera, en el patio, con las riendas tiradas sobre el alambre de la cerca, el caballo de Marcial Espinoza sacudió la cabeza dejando escapar de la boca un vapor espeso que pronto se diluyó. Más atrás estaban los dos hombres montados, en silencio, encerrados en la caparazón informe del poncho.

-O sea, eso es lo que me contaron, no sé si es cierto, pero lo cierto es que Quiñónez no pensó ni siquiera hasta ese momento que Candé lo iba a traicionar.

Quiñónez estiró los pies enfundados en los zapatones cargados de barro y humedecidos y los acercó a las brasas que brillaban cubiertas a medias por la ceniza en la fogata en el centro de la cocina.

-No me gusta, Marcial, no quiero saber nada de eso.

El calor llegó a sus plantas a través de las suelas y el barro y retiró los pies mientras recibía el mate. Marcial parecía nervioso; no había querido sentarse.

-¿Por qué?, sólo a vos te buscan.

-No es cierto.

-Y bueno, pero sólo a vos te podemos hacer pasar, a vos solo, no podemos arriesgarnos con tanta gente.

-Y claro, a quien se buscaba realmente era a Quiñónez, los otros a nadie le importaban.

No es cierto eso, don Mareco, no puedo creerlo; usted mismo me contó que era un grupo muy bien identificado, quemucha gente los perseguía, que los conocían a todos...

-Y qué iban a hacer... Marcial lo dijo muy bien, sólo a Quiñónez podían salvarlo. Al final de cuentas, uno debe sacrificarse, debe saber sacrificarse y seguir y servir a su jefe hasta las últimas consecuencias.

Quiñónez recibió el mate que Candé le pasaba, inmensa la panza, los pies hinchados, arrastrando sus pasos en la tierra apisonada de la cocina, el cuerpo cubierto con un liviano vestido de algodón y un saquito de lana verdoso y desteñido, la piel brillosa, como encerada de frío.

-No me gusta.

-Mirá tío, es la única posibilidad. Yo estoy arriesgando demasiado para salvarte, te buscan por todas partes, demasiada gente. Yo solo no puedo hacer más.

-¿Y Panchito?

-Él es otra cosa... No pude encontrarlo, él no sabe que yo estoy ahora aquí.

-¿No sabe?

-No.

-Tu hermano no te hubiera dejado venir.

-No sé. No tiene importancia.

Quiñónez piensa que sí sabe que no lo hubiera dejado venir y que sí tiene importancia, se levanta y va hasta la puerta, tose y escupe afuera. Las formas se desdibujan con la llovizna y empiezan a convertirse en bultos grises a partir de la alambrada que rodea la chacra, desde el fondo se escucha el arrastrarse de una lata contra la tierra en el chiquero, el espulgarse de un perro un poco más cerca y al costado, casi contra las tablas de la pared del rancho una gallina escarbando, es, desde luego, un compromiso y peligro muy grande el que corre esta pobre gente al darnos cobijo, piensa.

-Está clareando más.

-No nos queda mucho tiempo, tío.

-Candé, ya no vamos a tomar más mate... andá nomás afuera.

-Ahí fue cuando se equivocó, creo yo, no hubiera tenido que hacerla salir.

¿Qué otra cosa podía hacer, don Mareco?

-Cualquier cosa, no sé, pero allí fue cuando ella salió y lo denunció.

En el corredor estaban los hombres sentados recogidos en sus ponchos en círculo apretado y silencioso alrededor del fuego, el mate girando incansable, humo picante en los ojos cargados de sueño y el viento corriendo libremente, como un metal helado en el cuello y un molesto erizarse de la piel en la espalda y sobre los riñones. Luciano se levantó de mala gana cuando Candé lo llamó con un gesto, le daba vergüenza que los otros la vieran con él así como estaba (la panza hinchada, arrastrando su carromato, moviéndose como una tonta, ya le dije, carajo, que no viniera cuando estoy con mis amigos, no puedo verla más, carajo).

-Nos va a dejar, Luciano.

-Tadeo ya lo había dicho mientras comían al costado del potrero de Pereira aquella vez, o sea, lo había dado a entender con mucha malicia, haciendo saber que sabía que Quiñónez los podía en una de esas abandonar, pero Quiñónez lo había desairado con desprecio, nunca fue gran cosa, Tadeo. Era su segundo... qué va a ser su segundo. Le fue fiel hasta que quiso serle fiel y después no, y eso no es ser fiel, y el segundo de uno tiene que ser como uno, en las buenas y en las malas, hasta el final. Y él fue el que comenzó a calentar es la cabeza a los otros. Cuando llegaron desesperados a la casa de Pereira aquella vez, Pereira en medio de su odio, y además que siempre fue muy malo, se burló de Quiñónez, como si él hubiera tenido la culpa de sus parientes cobardes. Te abandonaron tus parientes, le dijo a Quiñónez burlándose, eso no está bien, ¿verdad?, y él se enojó mucho. Y porque Tadeo seguramente ya había hablado con Pereira o por la razón que sea es que no quería que mataran ese animal.

-Vamos a matar a otro, Quiñónez, ya que te pidió, y además que no hace falta que sea éste, si puede ser cualquier otro.

-Que sea éste. Y a mis parientes me los refriego por el culo.

-Claro que Pereira esto no pudo escucharlo porque ya Luciano y Benítez lo habían acompañado hasta la casa y no  lo dejaron salir hasta después del atardecer, cuando ellos emprendieron la marcha. A Quiñónez le dio mucha rabia lo que le dijo Pereira.

Mientras la carne se cocinaba sobre las brasas Candé y Dorotea tajeaban los trozos restantes y les sacaban la grasa.

-Dorotea era una rubita bajita y muy flaca, una de las hijas que el español Salinas dejó por la zona en sus recorridas buscando fibras para hacer tejidos porque él en su tierra, decía, había sabido que la fortuna aquí estaba al alcance de cualquiera, que cualquiera podía conseguirla con sólo estirar la mano, en las fibras, por ejemplo, hombre, ¿sabéis acaso vosotros la riqueza que tenéis desperdiciada en eso?, solía decir en esa su lengua que tan bien sabía hablar, y en el almacén casi todos reían, mientras tomaban el trago, pero le querían mucho. Y aunque nunca encontró las fibras que le iban a hacer rico, se llenó de hijos por ahí, aunque nunca los cuidó ni los quiso, hasta que una vez se murió tísico, solo, en uno de los puestos de los campos de Quiñónez en Cordillerita. Qué mal terminó el español, decían, o sea, los que alguna vez se acordaban de él. Sus hijos se repartieron por toda la zona, por donde pudieron, y Dorotea vino a ser la hembrita que Tadeo arrastraba consigo siguiéndolo a Quiñónez.

Las lonjas delgadas de carne eran encimadas una sobre otra con sal gruesa de por medio en el cajón de madera para trasportarlas. Por los agujeros de los costados comenzó a gotear agua sanguinolenta. Después de desollar el animal, Francisco y Tení habían estirado el cuero sobre el alambrado que daba a la casa.

-Antes de montar para irse, Quiñónez se acercó al alambrado y levantó su cuchillo, ese facón con mango de plata con hermosos dibujitos que llevaba siempre, para que Pereira lo viera desde la casa, no se podía saber si estaba o no en la ventana porque ahí ya era demasiado oscuro, pero seguramente estaba, no iba a estar en otra parte, estaba ahí mirando cómo se iban. Y Quiñónez le mostró bien el cuchillo y después hizo dos buenos tajos bien largos en el cuero que se comenzaba a secar, ni siquiera el cuero le dejó, y es porque tenía mucha rabia.

Tadeo cabalgaba en silencio un poco atrasado; Quiñónez frenó su cabalgadura y se detuvo a esperarlo antes de salir de la última tranquera. Ya casi era noche cerrada, la figura de los delanteros se iba borrando entre las sombras y tenían que comenzar a atravesar el montecito que hay a la salida de lo de Pereira.

-Pasá nomás, Tadeo... yo cierro la marcha.

-Puedo ir yo detrás.

-Prefiero ir yo.

-Y claro, Quiñónez no era tonto. Él estaba seguro de que no lo iba a cagar a Tadeo, pero no podía asegurar si Tadeo lo cagaría o no lo cagaría a él, no le gustó cómo se andaba portando últimamente, a pesar de que todavía no podía decir nada, vamos a decir. Claro que Tadeo tampoco era tonto, y no lo gustó la desconfianza. Picó su caballo y se acercó a los otros. Creo que Quiñónez se equivocó porque Tadeo allí habló con los otros, lejos de él, y les calentó la cabeza. Él hubiera tenido que hablarle y entretenerle y tratar de sacarle algo, vamos a decir, pero esas cosas así, transando y especulando, a él no le importaban nada, y a veces prefería que lo cagaran antes que tener que andar haciendo esas cosas, hombre raro, Quiñónez, demasiado grande para la puerqueza que estaba cerca suyo. Yo creo que allí comenzó todo porque Tadeo hizo todo lo posible para que prendiera la desconfianza. Se estaban dando cuenta los otros de que las cosas no iban bien, no es que antes lo hubieran pasado mejor, no, siempre llevaron detrás de Quiñónez una vida dura y peligrosa, pero era diferente, no es ni siquiera que Quiñónez les hubiera demostrado con su cara preocupada, por ejemplo, nada. Era nomás que nada les estaba saliendo bien últimamente, ni siquiera podían pelear, siempre iban escondiéndose, y eso es malo y peligroso para un grupo. Y más después que Tadeo les habló, los otros ya quedaron asustados, parecían las gallinas después del trueno, agitando las cabezas, moviendo los ojos, esperando cualquier cosa, carajo.

-Y cómo mierda nos va a dejar -le dijo con rabia, tan estúpida era la posibilidad que desconfiaba su mujer.

-En serio, Luciano, yo los escuché mientras les cebaba el mate... Ahora me hicieron salir para poder hablar más  tranquilos, seguramente; don Marcial lo va a hacer cruzar el río a él solo, yo lo escuché muy bien, le dijo que a él solo le iba a hacer cruzar.

-Mucho tiempo después, cuando ya hacía un buen rato que Espinoza se había ido, Quiñónez salió al corredor y se acercó a sus hombres.

No le gustó nada ver esas caras serias y pensativas que encontró, pero quiso convencerse que era por el cansancio y la incertidumbre y el miedo de sus hombres, era ya larga la huida y cada vez más difícil. Pero dudó. Dudó porque podía ser eso o lo que estaba desconfiando.

-¿Y Tadeo?

-Se fue hasta lo de Domínguez para conseguir esa bolsa de porotos que le dijiste.

-¿Por qué ahora? Yo le dije que se fuera esta tarde no logra desentrañar el rostro inexpresivo de Luciano, pero no le gusta. Sabe que hay algo, hay algo y no sabe qué. O sí. Claro que sabe qué.

-Necesito hablar con él, Luciano, voy a ver si lo alcanzo. Ensillame el tordillo, rápido.

Al poco rato salió nuevamente de la cocina con el poncho sobre los hombros y montó.

-Si no lo alcanzo antes de llegar a Pasaje Isla, vuelvo antes del anochecer.

Luciano pensó que no lo alcanzaría, que tampoco iba a volver y muchas otras cosas, pero no dijo nada.

-Claro que le extraño que Quiñónez hablara de Pasaje Isla, si lo de Domínguez era hacia el otro lado, pero Quiñónez no era ningún tonto y se había dado cuenta de todo y quería que Luciano, después de pensarlo mucho, también se diera cuenta de que a él en ningún momento lo había engañado.

Lo que más le molestaba era esa sensación de no saber exactamente hasta qué cosa tenía que aguantar y hasta cuándo cada día, hasta qué hora o en qué momento podía pensar que había terminado su trabajo. Con don Mareco era diferente: a las diez y media podía salir de detrás del mostrador y podía dormir o hacer lo que quisiera, nadie le había dicho ese horario, pero se respetaba. Con doña Rubia era diferente: a las diez y media generalmente el movimiento comenzaba y algunas veces algún cliente llegaba recién cuando comenzaba a clarear y si te elegía te tenías que ir con él a la pieza, no importaba la hora, y nadie dijo nunca este horario pero se respetaba, con doña Rubia no se jodía.

A veces era hasta simpático darse cuenta de cómo todas las cosas podían ser tan iguales con gente diferente y en días diferentes, hasta el mismo hecho de venir a caer en una casa como ésta habiendo tantas otras cosas para hacer aunque, al final de cuentas, no hay tantas otras cosas para hacer tan fácilmente, sobre todo cuando una ya no es una tonta.

Pienso, pensó, que por algo tiene que haber sido el venir a parar acá todas las noches después de cerrarse El Porvenir y después, incluso, habiendo ya dejado de ir a El Porvenir porque no valía la pena, una ya no es unas tonta, y entre estar sola aún estando entre otras entre ollas y sartenes en una cocina de Bar y estar sola acostada con un tipo no hay comparación posible, por lo menos es menos trabajo. El problema nomás es que siempre se está sola, sin nadie con quien hablar aunque hables todo el día, qué desesperante. Que te saquen la bombacha y que te miren y te revisen como si fueras un caballo, eso a veces te molesta, pero se aguanta; o que tengas que  bajarles el calzoncillo y después lavarles y todo eso también te molesta pero también se aguanta, pero que no puedas nunca creer nada de lo que te juran es mucho más dolorosos y eso sí que hay veces que no se aguanta.

A veces quiero morirme y que se acabe todo, qué se creen, que una no puede tener asco de todo y rabia, putos de mierda, y no tener que aguantar las miradas y las palabras como cuchillo bien afilado de doña Rubia, bien despacito, que no lo escuche el cliente, y olvidarlo todo y poder ser feliz de una vez.

Siempre escuchar qué lindo tenés esto, que hermoso tenés esto, haceme esto y tocá esto y esto, parecería que todos se cuentan cómo hay que hacer. Y hay muchas veces que te da rabia ver que nada es diferente. Claro que hay también momentos que dan gusto y justifican cualquier otra cosa que se tuviera que pasar, aunque es muy importante tener mucho cuidado de no demostrar nada porque estos tipos que acostumbran a venir por estos lados parecen tontos, pero algunos son maestros y si de entrada les demostrás que te gustan, se te abusan y ya creen que tenés que hacerles esto o lo otro, todo lo que te piden que les hagas, y ciertamente a veces se hace todo eso pero no siempre, o al menos, tenés que poder decir que no cuando te parece.

Cuando viene don Ferreira es diferente; es un sinvergüenza, nos agarra a todas en cualquier lugar y a cualquier hora pero a doña Rubia la enloquece, la hace sus cosas un rato y la pone feliz, la emborracha y es una fiesta. Cuando él viene de tarde, por ejemplo, toda la casa es otra cosa, esa noche es diferente; no tantas obligaciones, hay que cumplir, es cierto, pero si el cliente no sale contento se jode, y nada más, todo es diferente. Don Ferreira es como nuestro ángel, todas lo queremos por eso. Cuando una de las chicas le dijo eso en broma, él dijo es cierto, soy el ángel vengador con mi larga espada y todas nos reímos y más doña Rubia, porque no es que sea muy larga, pero todas lo queremos mucho.

Pero la vida así no puede ser, cualquiera puede darse cuenta, se negó a resignarse.

Y eso mismo se revolucionaba en su mente esa noche cuando para preparar el ambiente apagaron la luz grande que colgaba en el salón y todo el cuarto se inundó de rojo por la lámpara forrada con celofán colorado que había sobre el mostrador, porque el inicio de otra jornada. Las chicas iban llegando y se ubicaban en los asientos repartidos o en los taburetes del bar, algunas suavizándose las uñas en la semioscuridad, otras mirando, simplemente, otras, no.

-Te queda precioso tu peinado nuevo, mi reina.

Marina no pudo definir muy bien la reacción que sintió, pero nunca le gustó que Clotilde la mirara porque sabía muy bien lo que era Clotilde, así como todas las demás lo sabían, pero generalmente lo tomaban a bromas y, al final de cuentas, decían, era una forma de ligar tres veces más dinero en el mismo tiempo (porque además de todo había espectáculo) y ellas hacían esas cosas entre mujeres por ganar más pero Clotilde porque lo gustaba, y eso le molestaba, porque era más puta, decía, que todas, porque hacía porque le gustaba y ellas, sin embargo, nada más que por ganar dinero. O a lo mejor fue porque: «mi reina» le recordó tantas cosas.

-Mi culo lo que está precioso.

Doña Rubia dejó de romper el hielo que estaba poniendo en la conservadora en el mostrador del bar; estaba enojada, cualquiera podía darse cuenta.

-No tenés por qué ser tan maleducada. Ella fue amable contigo.

-Y bueno, que no se meta conmigo.

Clotilde se rió.

-¡Ay! ahí está... se hace la reina desde que ese pajero comenzó a entrar siempre con ella... ¿Y qué vas a decir?, al final, te larga uno y se va.

-Yo no me quiero pelear con ella, doña Rubia, así que dígale que se calle.

-Váyanse a la gran puta las dos.

-Por qué camino.

Y

-Cómo si aquí estamos.

Y todas esas cosas y muchas carcajadas, de ella y de todas las otras y así, siempre igual, hasta la llegada de los  clientes y vuelta a comenzar, una y otra vez todo como siempre.

Pero Emiliano no es ninguno de esos que dijo esa puerca que era, es un buen muchacho, pensó más tarde, a veces hasta me paga la cama cuando se queda a dormir. Con el es como con cualquiera de los otros, sólo que él es más respetuoso y ella ya ni siente la curiosidad de conocerlo desnudo que a veces es una curiosidad tan divertida con los otros, una a veces ni siquiera se imagina lo que después encuentra, por lo visto tenía razón don Mareco, ya no tengo remedio, estoy cada vez más sinvergüenza.

-Te tenés que ir, Marina -le había dicho.- Y no llores. Ya no puedo aguantar más. Esta es una casa respetable y vos están haciendo basuras.

-Pero si yo no hice nada, don Mareco.

(La rabia que lo pone todo de una forma diferente, casi no poder hablar, la garganta apretada por tantas cosas preparadas para decir y memorizadas desde hace tiempo y que en el momento no salen, en el fondo hasta un poco de celos, ¿por qué lo tuvo que hacer siendo, como sea, de mi casa?)

-Vos no habrás hecho nada, pero a vos te lo hicieron demasiadas veces, puta de mierda. Y ahora, patitas a la calle.

-Vamos conmigo, Marina; salí de acá y vamos conmigo.

¿Pero vos acaso serías capaz de casarte con una como yo, Emiliano?

-Vamos a vivir juntos ¿Querés?

-No, si te dije en broma nomás, papito. Después es mucho más difícil volver... Yo ya no soy ninguna tonta, aprendí mucho en la escuela de doña Rubia ¿Cuánto tiempo se van a hallar juntos tu cosito y mi cosa?

-No vayas a hablar así, parecés en verdad una de ellas.

Lo mismo que cuando está sentada en cuclillas al lado de la cama (¡ni siquiera se da vuelta!) los dedos hurgando y limpiando, brillantes y gomosos, el agua tibia de la palangana chisporroteando y él acostado boca arriba y los ojos muy abiertos tratando de no mirar.

-Qué polenta hoy, mi rey...

Y él tratando de pensar que es mejor cerrar los ojos y dormir imaginando que las cosas no son como son y Marina, después, arrepintiéndose de su grosería y volviendo otra vez hacia atrás, cuando todo era más inocente y menos amargo, hasta don Mareco y más alla, realmente siempre hasta más allá, hasta los ojos de él, el que se fue, sus ojos y su temblor, aunque nunca se anime a reconocerlo, ahora, en medio de todo esto.

Y eso que doña Rubia fue buena desde el principio, trataba de consolarse, al final de cuentas. No tenía por qué recibirme y sin embargo enseguida me abrió sus puertas sin ninguna exigencia cuando venía recién después de cerrarse El Porvenir y con mucho más gusto después cuando dejé de ir a El Porvenir siguiendo su consejo; claro que me saca dos de cada tres pero en realidad no necesito mayormente nada, aquí me dan todo lo que me hace falta y un poco de dinero siempre me sobra, si bien es cierto a veces la comida es asquerosa, sobre todo la cena pero, al final de cuentas, quién va a acordarse de la cena la mayoría de las noches que es una mierda lo que tenés que hacer y lo único que buscás es alguien con quien hablar, alguien que te escuche un poco y no encontrás, nunca encontrás, nunca encontrás.

Y, en el menor descuido, su mente vuela ágil y presurosa, se aleja desprevenida y libre, sin pensarlo, sin temer... dónde estarás, después de tanto tiempo, qué cosas estarán viendo tus ojos... Y lo peor es que no puedo ni siquiera compartir con nadie tu recuerdo (quién podría jamás imaginarse que nunca, me dijeras nada queriéndome tanto y que yo tan tarde comenzaría a quererte), creerían que me estoy haciendo ilusiones y se burlarían de mí. Aquí todo es podrido, nadie dice la verdad porque te perjudica siempre el decir la verdad, pero yo no quiero mentir, no, por lo menos eso no.

-No puedo irme contigo, Emiliano, vos sos muy bueno y muy amable y yo soy como soy, pero no soy una sinvergüenza que te va a joder. Yo puedo hacer con todos todo lo que me piden, vos sabes muy bien eso, mi rey, ¿verdad?, pero es distinto.

-Marina, ¿qué es lo que es distinto?

-Qué se yo.

Y entonces siempre recuerda la cantidad de veces que sus ojos vagaron por las viejas fotografías de mujeres desnudas en calendarios pegados en las paredes, ¿para qué ponen esas estúpidas figuras si nadie las va a mirar teniendo a su lado en la cama una mujer más desnuda que las de las fotos, y viva? Pero qué me importa que pongan lo que pongan, después de todo no creo que puedan colgar un Corazón de Jesús, aunque doña Rubia lo tiene sobre su cama, pero por eso ha de ser que deja entrar allí a las chicas sólo cuando hay demasiados clientes juntos y todas las piezas están ocupadas, creo que estoy peor que cuando estaba con don Mareco, soy más mala y me burlo de todo.

-¿Acaso a vos te gusta lo que tenés acá, todo lo que tenés que pasar cada día? Dejá todo esto y vení conmigo.

-No, Emiliano, este es mi trabajo y no le hago mal a nadie con esto, yo. Pero no me puedo ir contigo porque no me animo, no sé cuánto tiempo vas a querer estar contigo o cuánto voy a querer estar contigo.

-Tengo un poco de dinero que ahorré mientras trabajaba en el Ingenio, podemos vivir bien, no te va a faltar nada.

-No es eso.

-Y entonces, ¿qué es?, y no me digas qué se yo.

-¿Vos trabajaste en el Ingenio?

-Un tiempo fui zafrero, cuando recién comencé, pero después fui subiendo y me quedé en la Planta y allí fue donde pude ahorrar algo... Vení conmigo.

-Ahora no.

Sí, pero, cuándo, se pregunta una mil veces cuando puede pensar, cuando no se encierra por su propio gusto en el mundo enloquecido que la rodea y avasalla a cada instante. A veces necesita pensar y se aparta de todo y se retrae pero no muy a menudo porque nunca sale bien parada de ese trance. Sale más triste, más amarga y, para defenderse, más loca, lo cual me viene bien, dice, por otra parte, porque los maestros enseguida huelen y hay que ver cómo me buscan y cómo me permiten en poco tiempo hacer el apartecito de plata que me hace sentir tan segura, qué tontos son.

Quizás haya sido la redada la que la decidió y quizás no. A lo mejor fue que ya lo había decidido y solamente no se animaba a actuar. Pero fue después que se animó.

Llegaron a media noche, en dos coches que se detuvieron casi simultáneamente frente a la puerta y un poco más atrás la camioneta donde después las subieron. No le molestó nada tanto como las burlas que hacían mientras las ubicaban adentro, amontonadas, ella con la espalda al viento en el frío viento de la calle con su vestido de semi fiesta que era su ropa acostumbrada de trabajo, o quizás no hiciera frío, quizás el golpeteo de sus dientes fuera nada más que de nervios. Muchos de ellos habían estado antes pero ahora era diferente, ahora hacían las cosas de la moral. Podía ver por la ventanilla las figuras agazapadas de los vecinos espiando los movimientos, el ir y venir de los hombres trayendo a las chicas acompañadas y vigiladas (que no se escape ninguna de estas bandidas, carajo, no tienen vergüenza estas puercas) y creyó por un momento que los odiaba pero enseguida se dio cuenta de que realmente no sentía nada, nada.

A Clotilde la subieron última y cuando la empujaron adentro cayó sentada al lado Gladys, la morochita que había llegado hacía dos días desde una de las casas de Ferreira y que se cambió porque allá iba un tipo que parecía maniático, que la perseguía y ya podía resultar peligroso, nunca se sabe hasta dónde pueden llegar, que sollozaba en silencio, tan asustada parecía, tan nerviosa, que le dio lástima.

A doña Rubia no la subieron y cuando Marina vio que uno de los hombres cerraba la puerta de calle de la casa y después el portoncito de madera de la verja se preguntó dónde se habría escondido para escapar o es, se dijo, que a lo mejor ella no tenía que ir presa.

La camioneta arrancó violentamente y todas fueron empujadas en un envión fuerte hacia atrás; se sintió una vaca. Somos las vacas de Pereira, se dijo, transportadas en el camión-jaula.

-Los hombres y las mujeres tienen que vivir juntos, Marina, se necesitan. Pero la mujer tiene que cuidarse, o si no el hombre no la deja vivir.

¿Por qué ahora, doña Candelaria, me acuerdo de vos? A lo mejor porque vos siempre fuiste un poco como mi mamá, nunca la conocí a mamá, ni siquiera pude saber bien cómo don Mareco fue a buscarme ni de dónde, vida de mierda, ¿acaso es así como se hace la moral, amontonándonos y riéndose de nosotras?

Y la noche se hizo más fría, creyó ella, y más la madrugada, sentada en el banco de la sala de Guardia y después, casi a media mañana, el estómago retorcido de hambre, en la boca y la cabeza los resabios de los tragos obligados para obligar a consumir, el Comisario, rechoncho, un fino bigotito de carbón sobre los labios oscuros como todos los comisarios, aunque hay algunos que no son así, diciendo ustedes son la perdición de la juventud, ustedes son la destrucción de la unidad de la familia, ustedes son la podredumbre de la sociedad, entiéndalo bien y no lo olviden, y yo digo que a lo mejor es así, bigotito de alambre hijo de puta, se dijo, pero yo no salí jamás a ninguna parte a buscar a tu juventud, ni a tu familia ni a tu juventud, y qué.

Ay, doña Candelaria, cómo me acuerdo de vos, cómo querría tenerte cerca, no sé por qué.

Y a través de su recuerdo, llegando poco a poco, a escondidas, como temiendo ser descubierto y escabulléndose a cada instante, su recuerdo, sus ojos desesperados, su timidez y su temblor, ¿qué hacés vos acá ahora? ¿acaso no te escapaste para desaparecer...?, mirá a donde vine a parar.

Después vino el trabajo obligado cuidando a los viejos del asilo, lavando sus cuerpos arrugados y débiles y casi siempre aguantando el rencor en que los había sumido el abandono al que fueron condenados, venganza tan absurda y sin sentido, la humillación y las burlas, por unos días para aprender, para que sepan estas degeneradas cómo se debe vivir en sociedad, siendo elementos útiles para el progreso personal y de la comunidad, y después vino el quedar en libertad más viejas, mucho más, en sólo unos días, más resentidas y más tristes.

Entonces sintió el temor de continuar, o sea, de volver a empezarlo todo, y claudicó. Quiso consolarse pensando que su primera obligación era salvarse pero nunca pudo convencerse y siempre sintió arrepentimiento porque Emiliano era muy bueno y no se lo merecía, porque ella sabía muy bien que no era justo ilusionarlo haciéndole creer que ella se iba porque quería estar con él.

-Vamos, Emiliano, me voy con vos.

-En el Ingenio vamos a estar bien.

-Pero, vos no me dijiste que íbamos a irnos de acá.

-Allá tengo trabajo en la Planta y puedo ganar bien, me avisaron el otro día que podía irme. Y no te dije que nos íbamos a ir porque vos nunca me preguntaste nada... Pero no te preocupes; si no te querés ir allá, no te hagas problemas.

-No, claro que voy a ir.

Ya es diferente, y eso que apenas le dije que sí, ¡ay! doña Candelaria, cómo me acuerdo de vos.

-Yo no sé lo que me pasaba pero estaba como loco, viejo. Veía cómo ella entraba a la pieza con otros y no me importaba, yo pensaba que era lo que tenía que hacer porque ese era su trabajo y no me importaba.

-¡Qué puta!, no sé cómo pudiste aguantarlo.

-Y es más, a veces después me hablaba de los otros, parecía que algo le daba rabia y quería cagarme y me hablaba de los otros, de los que habían entrado con ella un rato antes, que eran así o así, que hacían esto o lo otro y a mí al momento me daba mucha rabia, me enfermaba de rabia, a veces hasta quería matarla rompiéndole la boca, quería hacerle cualquier cosa para que se callara, para que aprendiera a respetarme, ¿yo acaso no la respetaba?, pero no le decía nada porque no me animaba a tomar ninguna determinación, no me animaba a dejarla, yo la llegué a querer mucho, Martín, estuve loco por ella. Y después me pasaba y era como si me contara que de mañana había visto pasar a alguien por la vereda o como si ella antes hubiera sido otra, cuando hacía eso que me contaba, digo.

Emiliano recostó su silla contra la pared y miró cómo de las otras barracas iban saliendo los hombres y se iban ubicando solos o en grupos para descansar, conversar o sólo mirar cómo se iba viniendo la noche, la luz se hacía más poca y sentir cómo los mosquitos comenzaban a zumbar. Más allá, casi en la mitad de la cuesta, el generador roncaba enviando torrentes de luz y energía a la Planta Principal del Ingenio donde el turno de la noche comenzaba su trabajo y la brisa movediza aumentaba o disminuía su sonido haciendo que el aire adquiriera una apariencia casi corpórea; uno por momentos podía sentirse allá lejos, bien cerca del generador, o bien lejos, era muy irreal.

Martín tiró la colilla de su cigarrillo, ya hacía un buen rato que descansaba junto a Emiliano, cómo cambian las cosas, pensó, cómo una buena amistad puede abrir muchas puertas, cómo Emiliano a partir de querer saber cosas me fue conociendo y protegiendo.

-Esa chica siempre fue un poco rara.

Lo importante es nunca decir más que lo estrictamente necesario, se dijo, no vale la pena arriesgar más: una palabra mal interpretada puede variar todo el panorama.

-Yo no sabía que vos la conocías, es decir, en algún momento me pareció que entre ustedes había algo, pero no sabía, no sabía ni siquiera de dónde había venido ella cuando la conocí en esa casa ni nada. Y mirá que traté de sonsacarle pero no había caso, se ponía diferente, seria, parecía triste o algo así. Yo la convencí y la traje, no me explico cómo pude hacerlo, mirá que varias veces trató de decirme que no, de decirme que no, viejo, imaginate un poco, a mí que quería sacarla del quilombo y toda esa puerqueza, pero no entiendo qué me pasaba, lo mismo que ahora, hasta ahora no entiendo qué es lo que quiere esa loca.

-Ella siempre fue así... ni ella misma sabe lo que quiere -te estoy mintiendo, pensó Martín, yo ahora ya sé lo que ella quiere.

-Pero, ¿qué es lo que ella se fue a buscar...? por lo que me contaron, ese Quiñónez siempre fue medio tarado -y Emiliano, no sé cómo, por lo visto también sabe, también pensó.

No supo qué contestar y dejó que el ronroneo del motor ocupara el espacio de las palabras invitando al pensamiento. ¡Qué vueltas más increíbles da la vida!, se dijo.

Cuando Emiliano aquella vez entró a la Oficina de la Administración para marcar la tarjeta de llegada y pedir su pieza en alguna de las barracas de casados, Marina se sentó en el banquito que había en la angosta vereda aprovechando la sombra aún más angosta que arrojaba la marquesina y juntó los dos bolsones a sus piernas en un inconsciente movimiento de protección, no sabía muy bien si de sus bolsos o sus piernas,  porque los hombres lo inundaban todo volviendo de la plantación para el almuerzo, mucho sol, calor, hambre, olor y sangre a borbotones adentro, se presentía. El sol bailoteaba en reflejos movedizos, en un diente, de repente en la hebilla de un cinturón, o en un mechón de cabellos, dando una impresionante indeterminación al grupo que se acercaba, como si fuera la presencia de una fuerza, un impulso, algo así, dominado pero no tanto o, por lo menos, sin saber hasta cuándo o qué.

Martín la vio antes de que ella lo viera a él y no quiso mostrarse hasta no saber a qué había venido, fue un impacto demasiado grande por lo inesperado, eran ya demasiadas coincidencias, y se diluyó entre los otros, mimetizándose entre risitas y cuchicheos. Recién después, cuando supo cómo y con quién había venido, la habló una tarde cerca del arroyo cuando Marina estaba lavando ropas, las mangas recogidas sobre los codos, las piernas morenas a medias envueltas por la pollera increíblemente abiertas, sentada en cuclillas golpeando las ropas en la tabla casi sumergida completa en el arroyo.

-¡Martín...! ¿qué estás haciendo vos por aquí...?

-Vos si qué.

-Yo vine con mi marido... Vivimos en la barraca de atrás de todito.

Martín no quiso nunca hablar demasiado porque comenzó a conocer a Emiliano y sobre todo porque Emiliano trabajaba en la Administración y podía joderlo como quisiera si no entendía sus intenciones o si se enteraba de lo de antes y le daba celos o algo.

Pero fue Emiliano el que comenzó a buscarlo cuando le pareció saber que la conocía de antes, él siempre se cuidó muy bien de no contar de dónde la había traído, pero muchos dicen que lo mismo se supo aún antes de que comenzara a contar.

Claro, Marina pensaba que no tenía nada que ver y por eso lo habrá comentado más de una vez con alguien, si Martín, por ejemplo, decía, sabía desde luego, aunque creyó mal, porque él nunca antes lo había sabido, lo supo recién después, cuando ella ya se había ido, cuando comenzó a comentar con Emiliano todas esas cosas.

Y demasiado le interesaba a Marina saber qué había pasado, como cuando uno llega a alguna parte donde hay gente reunida y todos conocen algo que uno no conoce y todos se miran y se hacen señas y ni siquiera hace falta que se miren o se hagan señas, porque uno enseguida sabe que hay algo que ellos conocen y que uno no sabe. Entonces Marina comenzó a buscarlo, a Martín, claro, a tratar de preguntarle cosas cuando estaban solos y todo eso, y eso a Emiliano no le gustó.

Por ejemplo, cuando esa vez salían del almacén, Marina llevando su medio kilo de cebolla y una latita de conserva para el guiso de arroz que un rato más tarde vendrían a comer los pensionistas que habían tomado del turno día para ayudarlo a Emiliano, aunque en realidad no era que lo necesitaran tanto porque Emiliano ganaba bastante bien, tan es así que por eso él le dijo: guardate nomás esa platita, y ese fue el dinero que la ayudó después para irse, y Martín su caja de cigarrillos que había ido a comprar aprovechando que esa mañana no pudo ir a la plantación porque amaneció con dolor de vientre. La calle, o sea, el patio largo y grande entre las barracas estaba vacío porque todos los hombres estaban trabajando y todas las mujeres en las cocinas o algunas en el arroyo, lavando.

Se quedaron un momento bajo la sombra del chivato, el sol recortando nítidamente su perfil en el suelo con una sombra dura, violenta, la arena ardiendo.

-Sí, en serio, te digo que estuvo aquí hasta hace poco.

Marina no podía creer que fuera cierto.

Y entonces todo comenzó a hacerse más difícil, porque justo Emiliano salió de la administración cuando se despedían y no le gustó, porque seguramente pensó que había algo no demasiado bueno entre ellos, y había, claro que no como él se imaginaba.

Y ella entonces pensó preguntarles a las otras mujeres pero la cosa no fue más fácil, manga de zorras, escuchando nada más que para contar después pero sin decir nada, o si lo decían, burlándose.

-Yo lavé su calzoncillo dos veces que se hizo todo encima pero después no quise más, nadie quiso más, y entonces lo dejaron desnudo porque así era más fácil limpiarlo... todas íbamos a verlo. Y algunas, varias veces por día, todos los días...

Y las carcajadas ruidosas recomenzando entre el batir de las ropas saturadas de jabón en el arroyo del bajo allí, detrás de todas las barracas. Nunca nadie pareció darle demasiada importancia a la pierna cortada, y ella misma no supo qué decir cuando lo supo porque fue un dolor demasiado grande, demasiado suyo (qué te hicieron, mi rey, y yo, que no estaba). Sintió la necesidad fuerte de protegerlo, de acunarlo, lo sintió realmente suyo. Entonces se dio cuenta de que tenía que seguirlo y al principio pensó que estaba loca.

Y mientras tanto también Emiliano comenzó a ponerse más molesto porque desconfiaba.

-Yo soy un tipo demasiado bueno, pero hay cosas que no me gustan.

Martín vio cómo Emiliano dejaba su vaso en el mostrador y lo alejaba un poco arrastrándolo sobre la madera grasienta, como para observarlo, como para fijar su lugar, y entendió. No tuvo miedo, es cierto, pero supo que tenía que cuidarse, hubiera sido tonto meterse en problemas sin tener nada que ver.

-Uno tiene que fijarse bien, siempre.

Emiliano también entendió. Y, en el fondo, sintió curiosidad porque estuvo seguro de que tenía que conocerla de antes, de otra manera no podía ser, si era una cosa de ahora hubiera reaccionado distinto, entonces habló de otra forma y las palabras fueron más tranquilas, como comenzando de nuevo la conversación, como si no hubiera dicho antes otras cosas, comenzando una relación distinta.

Pero Martín entonces pudo darse cuenta de que Emiliano no iba a joder y comenzó a escaparse de Marina por si acaso él interpretaba cualquier cosa y ella se comenzó a desesperar, él se había ido y ella lo iba a seguir, esta vez lo iba a seguir a donde fuera, pero tenía que saber adónde y no era fácil, ¡ay!, doña Candelaria, cómo tenías razón, cómo los hombres no nos dejan vivir y sólo hay una forma, mientras podés, claro, y tenés que saber aprovechar, las mujeres tenemos que saber aprovechar la fuerza que tenemos, se dijo.

Y desde ese día no lo busco más, o sea, sabía muy bien todo lo que Martín hacía o dejaba de hacer porque lo observaba de lejos y se alejaba cuando él se acercaba, incluso cuando había otra gente delante y Martín se tranquilizó y, lo que fue mejor, Emiliano se tranquilizó.

-Vamos a ver si para fin de mes puedo comprar la radio en lo de don Fabián.

Quiso abrazarla, olía a sudor y a cerveza y en otros momentos eso a ella no le molestaba pero ahora era distinto, y se apartó un poco en la cama.

-No creo que puedas; nunca te alcanza.

-¿Cuánto tenés vos de la comida?

-Vos dijiste que eso era mío -en la oscuridad, los ojos muy abiertos, su voz se ahogó sobresaltada.

-Esto también es tuyo y sin embargo siempre me lo das -dijo tocándole.

-Dejame, Emiliano.

En el fondo, aunque nunca quiso reconocerlo abiertamente, Emiliano siempre estuvo convencido de que ella nunca tendría que despreciarlo, jamás, demasiado había hecho él por ella aceptándola como era, o sea, sabiendo lo que era y de dónde la había traído. Por eso la rabia que sintió, más todavía porque hasta había querido ser simpático.

-¿Y a vos qué te pasa ahora, puta de mierda?

-Nada. Dejame.

Y es que se había dado cuenta de que no podía estar más con él, nunca había sentido antes esto así tan fuerte. Claro, pero era distinto. Antes tampoco quería estar con los otros, es cierto, cuando recordaba en el fondo de sus ojos la angustia de sus ojos y su temblor y hubiera preferido mil veces que fuera él, el que se fue, el que estaba con ella, pero estaba tan lejos y era todo tan imposible y ahí está lo que ahora era distinto, ahora ya casi podía sentirlo porque había estado allí y porque había preguntado por ella, así se lo había dicho Martín como de paso, sin saber, desde luego, todo lo que para ella significaba.

Por eso después lo pensó, sintiéndolo a Emiliano acurrucado y enojado, y comprendió que todavía no sabía lo que tenía que saber, que todavía no era tiempo y no había que hacer macanas, entonces se acercó a él que estaba arrinconado  en un costado de la cama dándole la espalda, y metió su mano dentro de su calzoncillo y después de recorrerle la nalga suavemente con la punta de los dedos casi temblorosos, casi tímidos, como tan bien sabía hacerlo, presionando un poco pasó entre sus piernas y al prenderse entre suave y violentamente le transmitió el calor de su tacto y la frescura de su piel con una caricia casi inocente que lo inundó con una explotación descontrolada en las venas, la piel erizada en mil espinas, la sangre golpeando en el estómago.

-Perdoname, mi amor, no quiero que te enojes.

Y le hizo todo lo que sabía hacer (cuántas veces doña Rubia pasó por su memoria), cosas que no había vuelto a hacer desde que vinieron juntos y fueron casi marido mujer.

Y Emiliano al día siguiente se despertó dichoso pero también avergonzado y quiso borrar la humillación que le había causado la noche anterior cuando le dijo puta y estaba eufórico de alegría, si al final de cuentas todo lo de antes estaba ya olvidado, por lo visto, se dijo, y tenía una mujer que era suya y que valía la pena. Antes de salir le contó que volvería tarde porque después de su turno iría a lo de don Fabián a traer la radio porque después de todo, qué tanto joder con esperar un mes o lo que sea, lo mismo se podrá pagar, sea como sea, y una radio era muy necesaria, era una buena compañía, tan sola habría de sentirse todo el día sola, sin nadie con quien hablar, traería la radio y se acabó, y eso era precisamente lo que Marina estaba esperando, que él volviera tarde alguna vez.

Entonces ese día esperó a que fuera suficientemente tarde para que todas la mujeres volvieran del arroyo con sus montones de ropa recién lavada y húmeda y antes de que los hombres bajaran a bañarse se encaminó hacia bajo llevando un toallón grande bien envuelto bajo el brazo y se sintió ridícula, como haciendo algo que no lo correspondía pero, en el fondo, con algo como una extraña picazón dentro de los huesos.

Cruzó el arroyo por el tablón que utilizaban para lavar y se metió entre las matas altas del otro lado y se sentó, recogida, temiendo ser descubierta mientras las sombras iban cayendo y cerca de ella, primero tímidamente, y después más pareja y alucinadoramente, una rana comenzó a croar.

Después vinieron los hombres y se desnudaron y se bañaron hablando y riendo y ella los miraba desde los yuyos,  temiendo ser descubierta, temiendo ser descubierta. Martín aún no había bajado, ella sabía que siempre era de los últimos porque muchas veces lo había controlado agazapada entre las sombras de la ventana chiquitita de su barraca, casi en la pendiente del arroyo, ojalá también hoy.

Uno a uno los hombres se fueron vistiendo y alejando y era ya casi de noche y empezó a pensar que no vendría y a entristecerse cuando lo vio bajar la cuesta, un cigarrillo encendido en los labios, la toalla sobre los hombros, con pantaloncitos cortos y sin camisa. El corazón le cabalgó en el pecho como si fuera la primera vez, y era la primera vez, nunca lo había hecho así, pero era la única manera, una mujer tiene que saber usar las posibilidades que tiene, eso es muy cierto, doña Candelaria.

Esperó a que se desnudara y se metiera en el agua, vio romperse entre sus piernas y después alrededor de su cuerpo el reflejo de las luces de arriba y entonces se levantó y lo llamó.

Y no quiso reconocer que le gustó, todo era tan nuevo e increíble, pero incluso mucho tiempo después todavía le parecía sentir en la nariz el aroma del pasto aplastado y la piel, en el recuerdo del contacto con la piel mojada y fría de él, se le erizaba en mil puntitos electrizados. Y así supo que él se había ido a buscarla, que él se había ido a buscarla, que él se había ido a buscarla.

Martín se quedó un rato más tendido en el toallón que ella había abandonado entre los yuyos al cruzar apresuradamente el arroyo subiendo hacia las barracas y después se metió en el agua para lavarse bien, más que nada porque Emiliano comenzaba a ser su amigo pero por sobre todo porque le pareció que ella se había aprovechado de él, incluso al darse, porque no podía comprender, exactamente, qué hacía él entre Emiliano y Quiñónez, además de quedar como un tonto.

Sí, Emiliano por lo visto también ya sabe, pensó ahora mientras estaban sentados esperando la noche embotados por el ronroneo que venía rodando desde el generador ubicado en la mitad de la pendiente, la gente habla mucho y comenta todas las cosas, claro que nuca tendrá que enterarse que fui yo el que la ayudó a irse contándole todo, ese atardecer en el arroyo.

-No sé, no es por nada, pero creo nomás que no es importante hablar de eso, quiero más bien contarle cosas que puedan hacerle saber más, porque eso que me pregunta creo que no tiene mayor importancia: ¿qué es lo que puede cambiar de todo lo que le conté, de todo lo que le estoy contando, el cómo lo conocí a Quiñónez? Es una historia demasiado vieja.

Usted mismo me dijo que las cosas más viejas o menos viejas, siempre eran importantes...

-Y sí, así ha de ser seguramente, por eso yo lo digo, porque es, pero hay cosas que algunas veces resultan... no sé, esa época fue una época muy difícil.

Yo le pido que me disculpe, don Mareco, no quiero ser indiscreto ni exigirle que reviva cosas que quizás quiera olvidar, pero necesito saber. A mí me resulta extraña esa su incondicional adhesión hacia Quiñónez: para usted él es solamente un cúmulo de virtudes, las partes oscuras de su vida o no las cree o las resta en importancia, usted hace de él casi un santo.

-¡Qué santo ni santo!, usted a veces dice tonterías, creo que ha de perdonarme; Quiñónez no fue ningún santo (y seguramente porque no le interesó, nomás), Quiñónez fue un hombre demasiado grande siempre. Y no es que quiera olvidar nada, al contrario, me gusta recordar, pero creo nomás que no tiene importancia para usted...

Y sí, tiene importancia.

-He, se está burlando y por eso me remeda. Y bueno, si quiere saber... ¿qué me importa? ¿se acuerda de aquel Godoy que le conté que les prestó los caballos cuando casi murieron Quiñónez y Pereira en el Cañadón crecido?

¿Godoy? No, no sé de qué Godoy me habla.

-No importa. Después, alguna vez, le voy a contar, seguro, alguna vez le he de contar... Bueno, Godoy era mi hermano, bastante mayor que yo, sí, es el que se quedó después con los campos de papá sobre las costas del Cañadón. Siempre fue muy bueno con nosotros, o sea... sí, siempre fue bueno con nosotros, alguna que otra vez nos hizo algunas macanitas, pero cosas sin importancia mayormente.

Perdón, don Mareco, ¿Godoy?

-Y sí. Papá nunca nos reconoció a sus hijos, por eso los hermanos somos Mareco, Godoy, hay también Martínez... pero siempre nos quiso mucho a todos, nos cuidó, siempre nos dio su ayuda, un caso serio, el viejo. Una vez me acuerdo que andaba queriendo arrastrarle el ala a la hija de don Felipe Mosqueda, ese gringo que tenía aquel campo tan lindo en las afueras de Tranquera Rota, casi en el límite de la Compañía. Recuerdo que cuando eso una tarde nosotros nos íbamos todos hasta el pueblo para comprar ropas y cuadernos para la escuela, porque siempre todos los hijos estuvimos con papá hasta que nos hicimos grandes, pero sus mujeres estaban solamente una por vez y los hermanos nos entendíamos bien, todos ligábamos la misma cantidad de palizas, pero siempre nos trataron bien y nos quisieron. O casi siempre. Entonces no dejó a todos en la carreta en el recodo, más o menos a quinientos metros del portón y se llegó él solo hasta la casa para saludar a don Felipe. Dice que llegó y desmontó y don Felipe se puso muy contento porque lo apreciaba a papá y además le agradaba que se acordaran de él y vinieran a visitarle; claro que también desconfiaba que le interesaba a papá su Rosita, pero el gringo conocía muy bien a su hija y entonces, en vez de preocuparle, le divertía. Esto me lo contó mamá mucho tiempo después, cuando se acordaba de papá y le causaba gracia recordar lo sinvergüenza que siempre fue con las mujeres. Y don Felipe las hizo venir a su esposa y a Rosita para que saludaran a papá y papá se levantó muy galante y le dijo: buenos días, señorita, y ella le sonrió muy alegre, buenos días, señor. Y haciéndose la muy cumplida le preguntó: ¿y su familia, cómo está? ¿Familia?, preguntó papá sorprendido y muy molesto, yo soy soltero, señorita. Después nos llevó a los tumbos a comprar los cuadernos y nunca más volvió por lo de Mosqueda, creo, porque la gringa demostró ser una gran jodida y mamá siempre nos contaba este caso con grandes carcajadas. Bueno, y volviendo a Godoy, cuando fue un poco más grande salió de la casa, y si bien es cierto que hubiera podido trabajar en el campo de papá, prefirió ir a trabajar afuera, para tener su dinero propio. Algunos dijeron que le estiró desde afuera algún pelo de concha, pero eso es una tontería, usted sabrá disculparme. Y fue entonces, cuando eso, que se conoció con Quiñónez, que era en esa época un mozo que comenzaba a gallear y se hicieron muy amigos, qué época era aquella... Era una gran época, las cosas eran difíciles, es cierto, pero eran diferentes... Daba gusto. Papá venía a ser algo así como el jefe político de la zona, nadie le había dicho nada de eso, pero todos le consultaban y todas esas cosas, todos le tenían en cuenta. Pero creo que no fue eso sino la intriga que le hicieron lo que hizo que comenzaran los problemas.

No entiendo muy bien, es todo tan complicado: ya no entiendo a qué política, intriga o problema se refiere... (pero no se lo digo, desde luego, don Mareco: ¿de qué valdría?)

-Papá siempre manejó a toda la gente de la zona muy tranquilamente, algunos no habrán estado muy contentos, probablemente, pero nadie se quejaba demasiado y todo estaba bien. Pero fueron con el cuento de que papá estaba haciendo su campaña juntando gente, y a lo mejor podía entenderse así; pero no era cierto. Papá les ayudaba a la gente cuando podía; cómo no les iba a dar, por ejemplo, poroto y maíz a la gente, si veía a sus hijos desnutridos y con las barrigas hinchadas como para reventar y las piernas finitas como palitos y los ojos redondos y grandotes, brillantes, como con fiebre. Y claro, los otros vieron que eso era continuado, y entonces fueron y dijeron: don José está reuniendo gente, épocas jodidas eran. Lo cierto y lo concreto es que Quiñónez, no sé cómo, pudo saberlo y sin decir nada a nadie desde ese momento se puso a la espectativa. Le gustó desde un comienzo lo que hacía el viejo, y más cuando se dio cuenta de que a los otros, los de la Autoridad, no les gustaba. Me acuerdo muy bien de la noche en que vinieron. Eran seis. Nosotros éramos chicos y ya habíamos cenado pero todavía no conseguían hacernos acostar y papá estaba tomando su trago debajo de la parralera que había en el patio frente a la casa. Desmontaron y uno se acercó quedándose los otros cerca de los caballos, junto a la alambrada de afuera, y eso a papá ya no le gustó, y eso que todavía no sabía nada. ¿cómo está, mi amigo?, le preguntó papá cuando lo reconoció al secretario de Federico Martínez, el que era Ayudante Civil del Comandante del Destacamento.

-Don Federico te hace llamar, don José -le dijo antes de ni siquiera devolverle el saludo- dice que quiere hablar contigo.

-Cómo no, con todo gusto, vamos a ver qué dice mi buen amigo don Federico... Pero siéntese, pues, un momento.

-No, gracias; así nomás.

Vi que a papá no le gustaba completamente nada lo que estaba pasando porque movió su cabeza asintiendo pero sin decir nada y sus cejas se arrugaron mucho.

-Como guste. Dígale a don Federico que mañana a primera hora voy a estar con él.

-Él dijo que quiere verte esta noche mismo.

En ese momento papá se levantó, no parecía completamente nervioso, pero habrá estado, claro que sí, porque sabía muy bien lo que significaba que vinieran a buscarlo a uno de noche así, entre varios y en esa forma, y le dijo a su mujer: llevá a las criaturas adentro. Nos metimos todos en la pieza y Hermelinda no nos quería dejar arrimarnos a la ventana para mirar, y no los dejó desde luego a los más chicos, pero yo era más grande y no me pudo sacar de allí y miré por la ventana y sentí que ella detrás mío tenía su rosario en la mano y lloraba despacito, tratando de atajarse. En ese momento vi que se acercaba alguien desde el montecito que había detrás de lo de Duarte y cuando la claridad del farol me permitió reconocerlo no pude atajarme, ¡viene Quiñónez!, ¡viene Quiñónez!, casi grité. Desmontó al lado mismo del portón y se acercó caminando despacio, parecía contento y despreocupado y cuando le dio bien la luz del farol vi que sonreía, parecía que venía de paseo, pero cuando noté que ni siquiera saludó a los hombres que estaban en la entrada al lado de sus caballos, como si no los hubiera visto, habiendo pasado por su lado, pude darme cuenta de que venía preparado.

-Buenas noches, amigo, buenas noches, don José -dijo acercándose hablando bien fuerte y sonriendo.- Parece que tiene visita esta noche, don José.

Creo que a partir de ese momento a papá comenzó a divertirle la situación, sobre todo cuando vio cómo se sorprendió el Secretario de don Federico al verlo llegar a Quiñónez.

-¿Cómo estás, mi hijo?, me alegra verte... -le dijo papá. Después con un gesto lo señaló al Secretario.

-Aquí está este señor que viene a buscarme porque dice que don Federico quiere verme esta misma noche.

-¿Esta noche? No... es muy mala hora, de noche, para ir a ver a nadie, mi amigo... -nadie podía saber si Quiñónez hablaba en serio o se estaba burlando porque hablaba fuerte, bien seguro- y además, don José ya nos había invitado a venir esta noche a visitarle y no nos puede dejar así plantados a mí y a mis muchachos, ¿no le parece, mi amigo?

Entonces vimos que un poco alejados de la cerca había cuatro o cinco jinetes esperando, no se podía saber muy bien cuántos eran porque era bastante oscuro. Quiñónez pareció muy contento cuando vio la cara de rabia del enviado de don Federico y más cuando miró al grupito que vino con él y que no parecían estar muy tranquilos, se miraban entre sí y se removían. Y todavía faltan algunos amigos más por llegar, dijo más fuerte Quiñónez para que escucharan los otros, aunque no sé si van a hacer mucha falta; espero que esté bien preparado para recibirlos, don José, porque hoy queremos farrear de lo lindo; nosotros estamos bien preparados.

-No hay problema, mi hijo, dijo papá, en mi casa los amigos siempre son bien recibidos y, por otro lado, siempre estamos preparados para no tener sorpresas desagradables, ¿verdad?, y: ¿usted no quiere acompañarnos?, le preguntó al  enviado de don Federico. Y no quiso, qué va a querer. No sabés lo que estás haciendo, le dijo a media voz a Quiñónez cuando pasó frente a él y sin despedirse de nadie se fueron. Y lo que vino después, la persecución del Ayudante Civil, los intentos de agresión del Secretario, que se quedó con la sangre en el ojo porque se rieron de él y todo eso, fue muy duro y papá tuvo que aguantar muchas cosas, hasta que las cosas cambiaron, cayó don Federico, que se la había jurado y lo perseguía a sol y a sombra, y muchas otras cosas y todo eso pudimos pasar. Pero Quiñónez me había demostrado todo lo que era. Era un hombre, ¿sabe? Era mucho más hombre que todos los otros y quise imitarlo. Yo no tenía todavía catorce años y dije que siempre iba a imitarlo, pero era un hombre grande, Quiñónez, demasiado grande, y nunca pude parecerle. Pero tuve la bendición de ser su amigo, sí señor, tuve la bendición de ser su amigo, y eso es una gran cosa, ¿se da cuenta?

Hubiera querido llegar de noche porque no estaba preparado, pero lo mismo hubiera sido inútil, porque el problema no estaba en ellos, en que me vieran o no, sino en mí. Por eso caminé bamboleante sobre mis muletas (¡aún no logré acostumbrarme!) sacudiéndose el muñón adelante y atrás acompañando el ansiado movimiento de la pierna inexistente.

Sabía que me miraban, estaban en todas partes, detrás de las cercas y en las ventanas sombreadas y profundas, entre las enredaderas tupidas del patio frente a las cocinas, quizás alguien frente al horno de barro o dando de comer a las gallinas, pero estaban. Y sentí las manos mojadas de sudor en mis muletas y no era por el calor, por más que el sol caía como plomo derretido, y cuando vi el Almacén de don Mareco con su puerta doble y su ventanita oscurecida por el alero, la pared rosada se me desdibujó un momento y esas bocas oscuras y frescas, tan cerca estaban, tan cerca estaba todo, casi me hicieron dar vuelta para huir una vez más, pero Marina varias veces preguntó por mí, pensé.

Y cuando vi el piso de ladrillos levemente humedecidos y entreví desde la acera las dos mesitas y las sillas (en las que tantas veces nos sentarnos, en las que tanto conversamos y pensamos) y el mostrador oscuro en el fondo, madera casi negra, alisada y grasienta por el uso, y más atrás la estantería con viejos diarios recortados formando dibujitos, sentí como una pelota en la garganta y que la respiración se me hacía más acelerada y que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Entonces recordé aquel día cuando vine corriendo desde el patio de la iglesia, los pies desapareciendo de mi vista y adelantándose a continuación de mis rodillas y envueltos en las medias negras y los zapatos gruesos también negros borroneados a través de las lágrimas y mis resuellos, la cabeza gacha y de la nariz el hilo de sangre que gota a gota iba manchando mi camisa blanca de los domingos. Y claro que ya no me dolía la trompada, para más yo también le había pegado a él, ni me asustaba la sangre, pero es que todos se habían reído y no había por qué, no había un por qué para haber peleado entre amigos, primero, y mucho menos que los otros disfrutaran con ello, y a él no lo importó pero a mí sí y busqué entre todos a alguien que no se riera pero todos se reían y me piché, y cuando sentí que iba a llorar corrí y vine a refugiarme entre estas paredes rosadas, siempre pintadas rosadas, y el piso húmedo y oloroso de ladrillos húmedos y después doña Candelaria me puso un trapo mojado sobre la nariz cuando me sentó en el patio con la cabeza echada atrás, y movió la cabeza diciendo: no, cuando más allá don Mareco dijo: es un arruinado, carajo, no sirve para nada, y fue cuando pensé que era un tonto al venir a refugiarme allí y no sé por qué, después de tanto tiempo, todavía siempre digo que no voy a volver y vuelvo tratando, de alguna forma, de refugiarme aquí.

Me recosté contra la pared al lado de la entrada del saloncito vacío aspirando goloso el fresco ambiente familiar tantas veces añorado aún queriendo olvidarlo, algo como de grasa, barro cocido y humedad, y busqué a tientas una silla porque mis ojos cargados aún de reverberaciones parecían hinchados de sombras por todos los costados. Me senté y la muleta resbaló y cayó al suelo con un estrépito extraordinario, el ruido más fuerte que hubiera escuchado en mi vida, y más maldito, en el patio ladró Rey enloquecido y se abrió la cortinita de plástico en la abertura hacia la pieza de atrás y apareció la cara de Mareco, sorprendida, en donde al instante, fácilmente pude darme cuenta, apareció la pena.

-¿Que te pasó, mi hijo...?

Pero fue un momento, sólo un instante, enseguida el observarlo hizo volar mi pensamiento a velocidad enloquecida y mi razón se ubicó en su apariencia real y no en la desdibujada y mentirosa imagen (quizá ansiada) fruto de la ansiedad y la añoranza.

Su pantalón amarillento y su camisa azul y desteñida de gruesa tela de algodón, o la piel morena y cuarteada y los brillos rodeando cada hendidura, o quizás solamente ese aspecto de pueblerina solvencia y de ingenua y desmedida superioridad, me causaron un reparo involuntario. Fue directo. Pero pude verlo también sorprendido, asustado, apenado al verme como me veía, pobre don Mareco, yo también lo encontraba desmejorado, yo también lo había extrañado, lo añoré más de una vez aunque nunca quise reconocerlo, pobre don Mareco, nunca podrá perdonarme.

Nunca podrá perdonarme muchas cosas, que me haya escapado en la lluvia, por ejemplo, y mucho menos ahora, volviendo envejecido en corto tiempo y sin pierna, triste, derrotado, así como nunca llegó a perdonarme que haya preferido ir a vivir en el Campamento en vez de quedarme en su casa como estaba previsto y establecido. Él no podía imaginarse que a mí me fuera imposible dormir cerca de la cama de Marina, conocer todos sus movimientos, levantarme en las madrugadas cuando la luna grande lo inundaba todo con su luz blanca y espiar su cama, el corazón hecho un tambor en el pecho y las sienes, entreviendo a veces sus piernas morenas y redondas descubiertas de la sábana en movimientos nerviosos por el calor o los mosquitos, o adivinando esa generosa y negra mata de pelos a través del tejido fino de su borribacha o a veces nada, su cuerpo cubierto y acurrucado pero adivinándose sus formas y en la palma de mis manos, en la punta de mis dedos, el temblor del deseo contenido de ese tacto de terciopelo y, después, en mi cama, largas horas sin poder dormirine, afiebrado y enloquecido, el corazón apretándome la garganta en cada oleada de recuerdo, sintiendo cómo respiraba allí, a pocos pasos de mí, con toda la realidad de su cuerpo, de su respiración, de su olor, de todo.

O quizás don Mareco ya lo daba por hecho y no tenía porqué imaginarse que yo me contenía, es probable que él pensara que yo la había conseguido hacía ya rato, pero este es un pensamiento que llegó tarde, recién ahora, porque antes sólo pensaba solo en mi respeto hacia él (¿mi temor?) y doña Candelaria, no podía hacerles eso a ellos, pensaba, y justificaba  mi inútil desesperación. Entonces preferí irme a vivir en el campamento y eso es lo que Roberto ni Martín ni Fernández pudieron entender jamás.

-Estás loco para salir de allí, carajo; si a mi don Mareco me diera una pieza en su casa me la agarraría a Marina todos los días, o sea, las noches... ella está muy bien carajo.

Si hubiera sabido lo que me dolía no lo hubiera dicho; es mi amigo, creo.

-Pero decime una cosa, Quiñónez: ¿vos la agarrate ya o no la agarraste?

Era de noche y estábamos por dormir, Fernández se rió despacito en su cama con una risita cómplice en la oscuridad y el silencio, tanto como la oscuridad y el silencio desdibujan la distancia física y el trato se vuelve coloquial, una respiración más fuerte puede a veces llamar la atención, o un suspiro, una palabra musitada entre sueños hacen toda una realidad diferente, y yo le odie a Roberto por habérmelo preguntado así, cada vez te conozco más, me dije,

-Y a vos, ¿qué puta te importa?

Pero la agresividad de mi respuesta no sirvió de nada porque lo mismo se dieron cuenta de que no la había agarrado y asistieron con burla, hicieron silencio y yo, dolido, traté de tranquilizarme.

Por eso cuando estuvimos encerrados por la lluvia con Roberto, Martín y Fernández se salvaron porque ese fin de semana fueron a su pueblo y la lluvia sólo nos pescó a los dos en el campamento desierto, y en medio de una intimidad no deseada, por mí no deseada, realmente temida porque algo desconfiaba y no quería conocerlo, estúpidamente, obsecado en pensar que mi desconocimiento negaba la realidad de lo que había sucedido, o sea, de lo que temía hubiera sucedido, me contó que la había conseguido, fue como si me hubiera hecho un daño personal, intencional o no, creo que intencional, así me pareció, y no puedo soportarlo. Fue como si me hubiese profanado algún bien, como si hubiera aplastado con sus pies toscos y embarrados, con dedos chatos, gruesos, desformes por el frío, la tierra y el agua, algún relicario que yo estuviera guardando con cariño, que estuviera defendiendo con la fidelidad de mi pasión continuada y mi respeto y no pude soportarlo, repito, y lógicamente, porque así soy yo, preferí huir. Huí como huí siempre. De todo. Y es mejor que lo olvide, que pase y se acabe, no volverá a repetirse. Digo no volverá a repetirse y pienso que sí, que sí volverá a repetirse.

Y ahora de vuelta en mi viejo cuarto, acostado en la tarde en mi vieja cama veo a través de la puerta entreabierta el lugar donde antes dormía Marina, casi en el pasillo que da al patio, detrás del Almacén, y que su cama ya no está, ahora hay allí una heladora grande a querosén, así como ya no hay rastros de su presencia y estirando el brazo toco los ladrillos del piso que alguna vez pisaron sus pies descalzos y la tabla lustrosa del taburete donde tantas veces se sentó, de tardecita, debajo de la enredadera del patio y no siento nada, sólo que la tarde va pasando y cómo uno a uno los ruidos, los olores y los movimientos tan conocidos poco a poco se me van volviendo nuevamente familiares.

-Tuve que hacerla salir de esta casa porque parecía esas perras en celo: me atraía al Almacén a cuanto machete había por la zona y no los hacía venir de balde, no creas. Entonces, como no hubo forma de cambiarla, afuera.

Miro la calle a través del patio entrecortadas las cosas por las oscuras guirnaldas que forman las ramas pendientes de la enredadera debajo de la cual estamos, esa misma que con el sol de la mañana es una orgía de verde y de luz, yo sentado en el butacón grande con asiento de tabla gruesa y lustrosa, una cobija sobre la madera y bajo el muñón un doble más grueso y don Mareco en la silla echada atrás, sobre las dos patas traseras, recostada contra uno de los parantes y siento se hincha de resentimiento descontrolado, temo que la voz me traicione, temo no poder atajarme y saltar sobre su boca inmunda para hacerlo callar, ¿por qué no seré capaz de hacerlo, maldito sea?, sólo me animo a disentir.

-Pero antes no era así.

-Claro que siempre fue así, desde chiquilina... ¿o vos te creés que solamente a vos te dejaba que le apretaras las tetitas cuando jugaban libertado en la plaza de la iglesia...?

Don Mareco escupe el resto de tabaco que estaba mascando y parece reírse pero es un ruido cavernoso, profundo, que no puedo descifrar, es ya de noche y no puede ser, me repito, no puede ser, yo nunca le toqué el pecho, éramos muy niños y después no jugamos más y, en todo caso, era todavía demasiado estúpido para darme cuenta de que eso es lo que hubiera querido hacer.

Pero la sola posibilidad de que en todo ese tiempo que yo no me animé a hablarle ella se hubiera fijado en mí (los otros piensan que fue así, por lo visto), se me clavó dentro de las tripas como una tenaza de hierro caliente y ni siquiera se me ocurrió dolerme por lo que hubieran podido hacerle los otros.

Sentí un golpe avasallante de sangre en todas las arterias, no puede ser, pensé, no puede ser; quería rogar con todas mis fuerzas que no fuera cierto, no puedo haber pasado todo lo que pasé y ella fijándose en mí. Una idea se formó en mi cerebro: tenía que saber más, tenía que preguntar, pero ni aún así me animé a decirle a don Mareco que la había ido a buscar ni a él se le ocurrió pensarlo.

Fue cuando eso que una mañana vino don Pereira al pueblo, es decir, lo trajeron sus hijos casi muerto, desfalleciente de fiebre, el rostro seco y arrugado, después pude saberlo, acostado y envuelto en sábanas y cobijas de algodón en las tablas de la camioneta destartalada que dejaba una muralla impenetrable de polvo detrás de sus ruedas traseras.

-Llegó el momento de que pague todas sus culpas -escuchó decir a don Mareco al verlos pasar, sentados los dos en el corredorcito de frente al Almacén.

Pero en eso como en otras cosas no estuve de acuerdo con él, o sea, nunca estuve de acuerdo con don Mareco en nada que se refiriera a papá.

Agustín Pereira, el menor, me levantó la mano saludando desde la cabina cuando pasaron frente a nosotros. Con él estaba cuando esa tarde en su estancia don Pereira me contó todo y yo noté en su cara lo que le costaba ocasionarme la tristeza que me estaba causando, cuando después de toda una tarde bañándonos y riendo en esas vacaciones volvimos a la casa al galope de nuestros montados desde el tajamar. Qué diferente era todo en aquella época, recuerdo. Y fue una cosa rara: preferí mil veces la honestidad de don Pereira, que me contó que papá fue un cobarde que se quería escapar abandonando a los suyos, que la mentira de don Mareco, que siempre me contaba sus grandezas, y me ponía como ejemplo su valor y todas esas otras pelotudeces cuando yo en realidad lo que quería era olvidarme de él y, sobre todo, que todos los otros se olvidaran de él. Claro que esa tarde que lo supe todo, mientras cabalgaba solo de vuelta hacia lo de don Mareco y ya el sol se iba escondiendo con colores amarillos y colorados, sentí la saliva espesa y que me quemaba alrededor de los ojos y si no hubiera tenido quince años probablemente hubiera llorado, aunque a lo mejor era nada más que había estado toda la tarde al sol y que el agua del tajamar estaba muy fría.

Y esa noche don Mareco me pegó cuando le hablé de lo que me habló Pereira y eso que todavía no estaba borracho, aunque se emborrachó después, y nunca más le hablé de eso.

Así como nunca quise aceptar el facón con mango de plata que don Mareco dijo que papá me dejó y entonces él lo envolvió con una arpillera vieja y lo subió sobre la cumbrera, en el espacio que los tirantes dejan entre la cumbrera y las tacuarillas, el domingo después de la fiesta de Santo Tomás en el pueblo, cuando me fui por primera vez solo de noche y volví casi de madrugada, avergonzado, temeroso y eufórico, la cabeza nublada de cerveza y los sentidos encendidos, ardiendo toda mi piel de olor a mujer desde detrás de la lona que cubría la puerta de una de las últimas barracas de la romería, al costado de los puestos de lotería.

-Ya sos un hombre y podés decidir; si no lo querés vos, no te puedo obligar -me dijo mientras lo envolvía.

-¿De dónde lo recogiste?

Se dio cuenta de que yo me refería a que lo recogió de donde papá lo extravió al huir, al tratar de escaparse abandonando cobardemente a los suyos, que lo siguieron y respetaron, pero ya no se animó a pegarme, nunca más se animó a pegarme.

Entonces esperé a que don Pereira muriera; lo enterraron esa misma tarde porque no había dónde tenerlo en el pueblo  y, además, la casa había estado abandonada muchos días y tenían que volver, y esa noche nos fuimos a la estancia, Agustín y su hermano mayor en la cabina y las dos mujeres de la cocina y yo en la carrocería donde hacía unos días habían traído al viejo enfermo y hacía unas horas lo habían transportado muerto. Quizás por eso, o porque en realidad lo sentían, las dos mujeres, una primero e inmediatamente la otra, de tanto en tanto se lamentaban gritando y sus alaridos en la noche eran irreales, alucinados y fantásticos.

No pude quedarme con don Mareco porque el verlo hacía brotar en mí el resentimiento, no podía comprender por qué ansiaba ocasionar tanto dolor innecesario, por qué quería entender las cosas a la medida que le gustaba, por qué ese inconmensurable egoísmo, (por qué tenían que disfrutar todos con el cuadro doloroso de dos amigos enfrentándose, dos niños, lastimándose mutuamente, por qué tenían que gozar con el dolor de los otros), y era eso, nada me retenía allí, al contrario. Nunca lo quise, y mucho menos después de haberla echado (sin contemplaciones y para más, disfrutando) y si bien la figura de papá ya no estaba vívidamente entre nosotros, siempre que me miraba notaba el desprecio y la lástima que me tenía, eso nunca pudo ni quiso disimularlo, y no quise aguantar más, ¿para qué?

Recostado en la perezosa en la sombra de la galería grande con piso de ladrillos siempre humedecidos y olorosos haciendo un fresco fondo oscuro a los helechos brillantes, muchas veces evoqué la figura de don Pereira en la que había sido su casa y en donde yo estaba recibiendo ahora el cobijo que necesitaba, Agustín siempre fue mi amigo y no se negó a tenerme en su casa cuando yo se lo pedí, voluntariamente alejado de lo que había sido mío, o sea, que en realidad nunca había sido mío pero que había tenido como prestado, como por favor, todo fue siempre tan inseguro y dudoso.

Veo cuando junto a la cerca que rodea el patio Agustín y su hermano mayor desmontan sudorosos y cansados y atan las tiendas de sus cabalgaduras en el palenque bajo el árbol grande, más tarde van a desensillar, y se acercan a la fresca galería, es el final de otro día y ya hicieron lo que tenían que  hacer y ahora van a descansar y pienso que durante toda mi vida nunca sentí que había hecho todo lo que tenía que hacer, quizás sea solamente mía la culpa, quizás nunca me haya detenido a pensar que debía sentirme conforme con lo que había realizado, bien o mal, y no estar siempre navegando en aguas encontradas con la incertidumbre de cómo debía haber sido, o cómo los otros pensaban que tenía que ser, o es que siempre sentí demasiado encima mío y aplastándome la sombra de papá, sí, quizás haya sido eso. Es probable que en el fondo siempre haya sentido el escondido y acuciante deseo de imitarlo, el ineludible deseo de estar un poco más cerca de él.

-Él siempre llevaba consigo su facón con mango de plata, esas eran cosas que todos sabían, porque era un gran hombre, no hacía falta que dijera nada, se imponía, todos nos dábamos cuenta de que era grande y cosas de su vida todos las sabíamos sin que tuviéramos que preguntarle nada.

No todos piensan que fuera un hombre grande, usted lo sabe.

-Y claro, ya sé, sobre todo, quién no pensaba así. Pero conste que al principio eran muy amigos él y Pereira... La gente dice que Pereira se quedó pichado cuando saltó del sulky para salvarse y Quiñónez se quedó para salvarle los caballos que se ahogaban en la correntada, una vez que cruzaban el Cañadón que había crecido tanto y que se hinchó como la panza de una vaca muerta y que traía entre el agua sucia raigones y basura y animales muertos.

(Esto es nuevo, don Mareco, ¿con qué me viene ahora? ¡Ah...! ya recuerdo, esto es aquello de Godoy... sí.)

-Pereira desde luego no quería cruzar, pero Quiñónez le dijo: no tenemos tiempo para esperar a que baje porque la gente del otro lado nos espera; y se metieron. Todo iba bien, vamos a decir, pero en la mitad del cruce los animales se asustaron cuando fueron para arriba y sus patas no tocaron más el suelo y se desviaron y salieron de la huella y entonces el sulky también salió de la huella y se hundió y los estiró a los caballos, y Pereira le dijo para escapar porque se estaban hundiendo peligrosamente y: qué puta haces con los caballos, le gritó Quiñónez, porque los caballos eran de Pereira, y: que se mueran, carajo, le gritó Pereira y se tiró al agua. Quiñónez entonces se quitó el poncho, porque hacía mucho frío entonces,  porque mojado era demasiado pesado, y a caballito de la cruz del sulky se acercó a los arreos, se podía haber matado, desde luego, con la cabeza reventada entre los cuerpos de los animales enloquecidos de desesperación, y con su facón con mango de plata, hermosos dibujos tiene en el mango, cortó los cueros de los arreos y los pobres animales se dejaron llevar por la corriente hasta que más abajo ganaron la orilla. Recién entonces también Quiñónez dejó el sulky casi hundido y poco a poco ganó la orilla donde ya lo esperaba Pereira tendido en la barranca, pálido y con los ojos saltones, buen susto se había pegado, y todos los carreteros que estaban esperando para pasar miraban en silencio, sin decir nada pero pensando muchas cosas, eso es seguro. Entonces Quiñónez se sentó al lado de Pereira y le dijo: nos salvamos de una buena, amigo, mientras con la manga mojada de su camisa se secaba las gotas que resbalaban por su nariz, todo esto me lo contó unos días después Godoy, cuando ya había pasado todo. Y entonces cuando estaban sentados en la arena se acercó Godoy, mi hermano, ¿se acuerda?, el que me contó todo después, que era vecino porque tenía su campo en la ribera del Cañadón, el campo que había sido de papá, y le convidó a Quiñónez un trago fuerte, imagínese un poco: Pereira hacía rato estaba allí y nadie le había hecho nada, y recién entonces también los otros carreteros comenzaron a acercarse y a comentar, es que lo que pasa es que a la gente no le gusta cuando se es así con los animales; ellos son nobles, ¿es cierto?, y no te abandonan, y los podés abandonar si querés y ni siquiera se te van a plaguear pero por eso mismo no lo tenés que hacer ¿verdad? Amigo, préstenos caballos, le dijo Quiñónez a Godoy, y: vamos, le dijo a Pereira, que tenemos que llegar hoy a conversar con esa gente y total mañana tu personal podrá sacarte el sulky y claro, si él le había salvado los caballos y el personal le iba a salvar el sulky, Pereira podía quedarse tranquilo y recostarse sencillamente en los otros que todo se lo hacían, eso seguramente quiso a dar a entender o a lo mejor no, y cuando se alejaban montados en los caballos prestados, las ropas empapadas y tiritando, escucharon que los carreteros comenzaron a comentar y a reírse. Pero hay otra gente que dice que no fue cuando eso que empezaron a dejar de ser amigos sino cuando Pereira desconfió que Quiñónez una vez se la montó a su mujer... o sea, sí, disculpe, desconfió que el señor Quiñónez estuvo con la señora de Pereira, vamos a decir, qué difícil es decir algunas cosas. Al principio yo no lo creí demasiado, pero con el tiempo me fui dando cuenta de muchas cosas y más ahora, usted me comprende, claro, y nadie lo supo nunca con certeza aunque muchos lo desconfiaron porque era desde luego muy posible, Quiñónez en ese sentido era muy terrible y era una mujer hermosa, blanca y grandota, la señora de Pereira, así como a él le gustaban.

Esa mujer, esa mujer... Entonces yo... ¡Dios mío!, no puede ser...

-¿Y qué le va hacer? A los hombres a veces no se les entiende y a las mujeres desde luego nunca se las entiende bien. Y además, es de balde decir esto tiene que ser así y así, no sirve para nada. Yo nunca antes creía tanto eso, digo, hasta ahora, porque con el tiempo uno piensa las cosas y les da vueltas y eso y por fin después empieza a entender cosas que antes no entendía. Lo cierto es que después cada vez se enojaron más y yo creo...

Dios mío, Dios mío... y yo todos estos años sin saber nada, sin explicarme cosas que no tenían sentido...

-Yo creo, le decía, que influyó mucho que después Quiñónez comenzó a encabezar la revuelta y cada vez tuvo más gente que le siguió y más gente que hablaba de él y que le respetaba y Pereira siempre estuvo haciéndole la contra, no importa qué defendiera Quiñónez, porque era a Quiñónez a quien él le hacía la contra. Y parecía que era a propósito cómo las cosas le salían a Pereira, cada vez la gente hablaba más de Quiñónez y le quería y le seguía, y él cada vez estaba más hundido en su rabia y todo eso...

Ahora comienzo a explicarme muchas cosas... Lo del animal que mataron, por ejemplo, siempre me pareció algo tonto y sin sentido, don Mareco.

-Y no, sin embargo, no era nada tonto y claro que tenía sentido. Desde un principio Pereira le había hecho la contra en todo lo que podía y cuando por fin Quiñónez llegó  a la zona derrotado y desesperado con sus últimos diecisiete, se arrimó a lo de Pereira y él se burló. Después le dolió mucho su animal, que era su mimado, y más le dolió lo que dijo la gente, mucho tiempo después todavía se comentaba... Claro que después se vengó: una vez cuando no le quiso dar la mano a Quiñónez cuando sabía que se iba para morir, porque lo sabía, y otra mucho después que se murió Quiñónez, cuando su hijo ya podía entender, era lo que había quedado de él, eso es lo más triste, vamos a decir, y como esas viejas putas y víboras le envenenó la sangre y lo alejó más de su padre, aunque no sé si eso era posible, de la memoria de su padre, digo, que fue un hombre demasiado grande.

Yo no sé si es porque se me hace tan difícil comprenderlo todo, y aceptarlo, es que preferiría más bien dejarlo correr, olvidarlo...

-Nunca se puede olvidar.

A veces querría dejar pasar todo como si no hubiera existido. Ellos, todos, con sus virtudes y sus defectos, ya pasaron; son todas cosas vividas y acabadas, viejas rencillas, amores y pasiones pasadas que ya no significan nada.

-Para usted, seguramente. Pero claro que significan. Yo quedé encargado, él me encargó, de su hijo, y yo hice todo lo posible para cuidarlo y encaminarlo, pero él nunca valió nada, pronto todos nos dimos cuenta, no era ni la sombra de Quiñónez que era tan bravo y fuerte, siempre tan por encima de todos nosotros... Pero claro que significan. Todos pagaron. Todos los que alguna vez le hicieron mal.

¿Le hicieron mal?

-Luciano creía que al delatarlo conseguiría su salvoconducto pero se equivocó, y me alegro. Desorganizado el grupo cuando lo apresaron a Quiñónez, poco a poco fueron cazándolos uno a uno, y primero a Luciano porque estaba más cerca, ¿creía que lo iban a perdonar? A él lo acuchillaron cerquita mismo de Pasaje Isla, nadie supo al principio cómo los habían encontrado tan fácilmente a él y a los otros para matarlos porque estaban bien escondidos, hasta que encontraron el cuerpo de Tadeo atado a un árbol en el montesito cercano al Destacamento con el pecho desnudo lleno de cortaditas de cuchillo y todos los dedos de la mano derecha rotos, todos dados vuelta para arriba, ¿sabe? Y a los otros fueron pescándolos también así. Candelaria, la pobre, ahora ya descansa; pero pagó hasta el final su traición.

¿Candelaria? ¿Doña Candelaria?

-Sí. Al final cada vez se me hacía más difícil, yo la quería a la pobre, la llegué a querer después de tantos años, pero aguanté hasta el final, no podía traicionar, yo no soy un traidor. A veces me daba pena ver lo que sufría al lado de su hija, que no sabía nada, y cómo muchas veces la quiso defender y hablarle y acariciarle y todo eso, pero me tenía miedo, sabía que conmigo no iba a jugar, sabía que yo iba a encontrarle en cualquier parte a donde huyera, sabía lo que yo iba a hacerle si no respetaba la promesa que me hizo... Yo la salvé de un destino maldito, la protegí porque yo no soy ningún desalmado, qué hubiera hecho ella sola vagando por ahí con una hija recién parida, entonces le di casa y me sirvió, y ella quiso traer a su hija, de acuerdo, pero todo tenía que ser siempre de acuerdo a lo que yo decía, y una de las cosas que yo decía era que Marina nunca tendría que saber nada, ¿o es que iba a tener en mi casa viviendo felices y contentas como si no hubiera pasado nada, después de su traición, a la culpable de la entrega de Quiñónez, y a su hija? Y la hice pagar hasta el final, si señor, Quiñónez no se merecía lo que le hicieron... Cuando la heché a Marina y noté la desesperación de Candelaria estuve a punto de entregarme pero me contuve, fue muy difícil para mí, me hizo sufrir mucho.

No puedo entender tanta maldad, don Mareco, tanta barbarie, tanto ensañamiento injusto.

-Usted no puede entender muchas cosas porque no quiere entender, seguramente, pero Quiñónez fue un gran hombre, eso es lo importante, lo único importante; no tenían por qué hacerle lo que le hicieron si hizo tantas cosas buenas, la gente lo quería, por algo lo quería la gente, ¿no es cierto?, y nunca fue un traidor.

¿Nunca, don Mareco?, ¿nunca fue un traidor?

-Uno nunca tiene que animarse a hablar de otro si no está seguro; usted no tiene que animarse a hablar de Quiñónez  si no está seguro; entonces no vaya a hablar así como está hablando, no vaya a preguntar como sabiendo la respuesta, no está bien así. Usted recién ahora está aprendiendo, así que no se me haga el gallito y falta de respeto. Quiñónez fue el que evitó la matanza en el Aserradero en el mes de julio, famoso mes de julio, él y sus diecisiete con sus livianas se enfrentaron a las tropas del Destacamento para proteger a los hijos de puta que después no le ayudaron. Y cuando los del Destacamento con una granada reventaron la caldera y el fuego comenzó a extenderse, que es lo que buscaban para cazar a los que salían escapando del fuego, se jugó las pelotas para salvar a las mujeres y a las criaturas que estaban acurrucadas en el piso de las barracas, usted no sabe lo que hacían las tropas con las mujeres cuando las pescaban, y eso no lo hace un traidor, eso de jugarse por los otros, digo. Él salvó a los hombres del Aserradero del exterminio, porque eso era lo que buscaban las tropas del Destacamento, locas de cansancio y de sangre, usted no sabe tampoco lo que era esa gente cuando venían así. Y con el fuego Quiñónez los corrió a ellos como a los gatos, qué notable, con la misma arma que ellos querían usar, cuando encendió el pajonal por donde venían acercándose, y muchos quisieron decir después que fue porque tuvo suerte que el viento soplara para ese lado, y yo siempre dije que fue porque era inteligente y se dio cuenta de que el viento soplaba así y lo aprovechó, que sinó, hubiera pensado otra cosa, seguramente. Pero todo eso fue porque todavía tenía municiones y dinero. Pero la gente lo que busca es su tranquilidad, y uno a uno después se fueron ubicando, consiguiendo cada cual donde apoyarse y protegerse y entonces la presencia de Quiñónez, que antes era una seguridad, después se hizo compromiso y problema porque a partir de ese momento lo persiguieron muchos, y la gente lo que quiere es que le saquen el fuego del culo y después ya no se acuerdan, y entonces ya no se lo ayudó, y él buscó a sus parientes, que estaban más o menos bien con la otra gente, el panorama ya estaba más tranquilo y mayormente sólo a él lo buscaban, o sea que hubieran podido ayudarlo, vamos a decir, y no los encontró. Entonces sus hombres lo entregaron, sus hombres lo entregaron, ¿acaso que  alguna vez él se habrá imaginado eso?, él hizo demasiado siempre por su gente, ni siquiera cuando le nació el hijo a la señora Adelita él no abandonó a la gente porque ese era el tiempo cuando venían persiguiendo a los pobladores de los terrenos fiscales para comerles la tierra, y a lo mejor en una noche hacían correr a la familia, quemaban el rancho y arrancaban las cercas y al día siguiente llegaba la Comisión con el Escribano y todo y allí hacían una nota donde firmaban todos y decían que en ese lugar ellos sabían que hacía muchos años no vivía nadie, y así quedaban los años de ocupación y de trabajo en la basura, y muchas veces mientras firmaban el humo todavía les molestaba los ojos. Y Quiñónez era incansable recorriendo los campos todas las noches y más de una vez los hizo correr como conejos entre los festejos de la familia escondida y asustada. Por eso los odiaban tanto a él y a su gente y mientras él vivió no pudieron hacerles nada; pero muerto él a los otros los cazaron uno a uno como a ratones. Unos días después de la desgracia fui hasta Pasaje Isla y la encontré a Candé que había parido en uno de los ranchos del Destacamento, el día antes lo habían matado a Luciano y estaba sola, entonces la traje, y no quería traerla a la hija pero me pidió y la traje, y así pude hacerle pagar hasta el final de su vida.

(No me animo a hablar, don Mareco, la sangre en mi pecho es un mar embravecido. Qué maldad, qué crueldad innecesaria, ¿es, acaso, alguna vez necesaria la crueldad? ¿Quién le dio a usted derecho a esa venganza sin atisbo de misericordia?) Ni siquiera veo un motivo para odiarla: ¿qué otra cosa hizo Candé sino tratar de protegerse? Quiñónez los iba a abandonar a todos a su suerte, él habrá hecho mucho por su gente, así como usted dice, pero los iba a abandonar, don Mareco, eso es muy importante tener en cuenta. Estoy de acuerdo con usted en que no fue noble el entregarlo, pero fue nada más que una reacción inconsciente, un movimiento desesperado al darse cuenta de que Quiñónez los iba a traicionar dejándolos.

-Quiñónez nunca quiso traicionar a su gente. Jamás. Eso es lo peor de todo.

-El sol se había levantado y la neblina se cortaba como trapo viejo dejando pasar agujeros de sol que brillaban en las minúsculas y como afelpadas gotitas de agua que tapizaban el pasto, y el día era mucho más claro cuando llegó a la cerca que bordeaba el patio frontal de la casa, pero igual hacía mucho frío. Agustín era todavía chiquito, siempre fue muy pegado... para él no había más que su hermano mayor, siempre estaba pendiente de lo que le hacía o dejaba de hacer, como esa vez, sentado en el tresillo grande de madera gruesa de la galería cuando se quedó solo, arrinconado entre cobijas, porque usted quiso acercarse a Quiñónez, que en ese momento desmontaba. Quizás fue eso lo que le molestó a Pereira, el que su hijo mayor sintiera tanta admiración por Quiñónez, o fue porque vio a Quiñónez que ni siquiera la saludaba a su mujer que estaba en la ventana de la cocina porque ¿por qué no iba a saludarla?, ¿por qué prefería hacer ver que no la había visto?, señal de que había algo no demasiado claro, o, lo que es más seguro, sencillamente se sintió molesto por la visita del hombre que tanto odiaba. Quiñónez se acercó hasta la galería.

-Buenos días, Pereira, como te va.

-¿Qué quiere?

-No hubiera querido molestarte, pero la necesidad me obliga... Me es imposible solucionar una situación desagradable. Es grave, Pereira, y no me involucra a mí solo... Necesito tu ayuda.

-Estoy seguro de que le habrá costado muchísimo, pobre Quiñónez, tan orgulloso y con razón, tan grande, tener que volver a rebajarse ante ese miserable, tener que brindarle ese placer, si hasta le trataba de usted, como si no lo conociera.

¿Y qué es lo que podía necesitar de Pereira, don Mareco?

No lo hizo pasar, se quedó parado en la galería y lo miraba desde arriba, la melena blanca de Quiñónez desdibujándose en los últimos paños de niebla, el único movimiento de su cuerpo en sus ojos movedizos y nerviosos y en el agitar de la fusta bajo el poncho.

-Pereira, creo que mis hombres me van a entregar, me van a traicionar, Pereira, estoy seguro. Tadeo cabalga hacia el Destacamento para entregarme porque piensa que los voy a abandonar... Yo no sé si podré alcanzarlo antes de llegar a Pasaje Isla, pero en cualquiera de los casos iría a caer en una trampa.

-¿Y qué es lo que quiere que yo haga?

-Necesito que envíes a alguien para alcanzarlo, que le diga que lo espero para hablar, que todo es un malentendido.

-Yo no tengo por qué entrometerme. Ese es problema entre ustedes y su gente.

-Por eso digo que Quiñónez sabía muy bien lo que le esperaba, desconfió enseguida porque Candé había escuchado parte de la conversación con Marcial Espinoza y no toda, no cuando le decía que él no quería saber nada con eso de huir solo, y desconfió cuando salió y no lo vio a Tadeo. Él sabía muy bien que no podía permitir que Tadeo llegara al Destacamento por cuanto la única posibilidad que tenían todos para sobrevivir era permanecer escondidos, una vez descubiertos no tenían medios para defenderse y sabía también muy bien lo que les iba a pasar si descubrían su escondite, que es lo que les pasó. ¿Se da cuenta de qué situación se presentó? Con razón Pereira ni siquiera desmontó cuando lo trajeron a Quiñónez cuando lo llevaban a la Capital... Qué soberbio y qué tranquilo estaba Quiñónez con el pecho henchido, las manos atadas atrás, la cabeza levantada, su cabello blanco agitándose suavemente con el viento. Pienso que ya le había perdonado, aunque creo que no. No sé cómo decirle... pero me pareció que ni siquiera le dio importancia, como si ni siquiera fuera necesario odiarle. Pereira le dio la espalda en una situación de  vida o muerte, de la peor manera. Por suerte que Quiñónez no era un tipo que se dejara machucar así nomás y sabía cobrar lo que le hacían, así que al despedirse le picaneó una vez más cuando le dijo: dale saludos a tu señora de mi parte y sobre todo a tu hijo. Me pareció saber después, de esto no estoy muy seguro, que Pereira escuchó que se reía cuando montó para alejarse.

Atravesando el cañadón del oeste dio un rodeo y se acercó al pueblo por detrás.

-... por el Aserradero, por el lado del bajo, arriesgándose a que le viera cualquiera y sabiendo lo que significaban los minutos que estaba perdiendo, ya no sería posible alcanzarlo a Tadeo antes de llegar a Pasaje Isla, pero sabía lo que le esperaba y sabía lo que tenía que hacer.

-Me voy a Pasaje Isla, Mareco, creo que Tadeo me va a entregar, está yendo hacia allá.

-Es una locura, don Quiñónez. Pero claro que yo conociéndolo a él sabía que no tenía alternativa. Entonces hablamos un rato y me contó todo tal como había sucedido, lo de la conversación y esas cosas, claro, y me entregó su facón con mango de plata para darle a su hijo, ahora sé que a cualquiera de los dos, al que fuera realmente su hijo, digo yo, y me encomendó que fuera vendiendo los animales que dejó a su esposa para pagar los estudios en la Capital y todas esas cosas cuando fuera necesario, y que después viniera alguna vez a vivir conmigo, su hijo, ¿entiende?, al terminar sus estudios, o cuando fuera necesario.

Mareco no pudo evitar que la voz se le hiciera más ronca.

-Pero es una locura, don Quiñónez.

-Tarde o temprano esto tenía que llegar, Mareco, lo sabía. Ésta es mi lucha, así me lo acaba de decir Pereira y así nomás debe ser, por lo visto.

-Por eso cuando volvió al pueblo cuando lo llevaban hacia la Capital (después lo desgraciaron por el camino, nadie sabe dónde ni cuándo exactamente), todos nos quedamos mudos e impresionados y yo esperaba le dijera algo a Pereira, que fue el único que no desmontó, pero no le dijo nada... Usted no ha de poder imaginarse lo que le habrá costado ir a  implorarle ayuda a ese hijo de puta. Yo me voy a ir hasta Pasaje Isla, don Quiñónez, le dije, y él me miró un rato largo antes de hablarme y después me tocó el brazo, me acuerdo muy bien, como si fuera hoy que hubiera pasado todo, me tocó el brazo y creo que en ese momento se pareció más a cualquiera de nosotros porque yo sentí que tenía miedo, como cualquiera de nosotros, sentí que tenía miedo porque sabía muy bien lo que le esperaba, y sin embargo me dijo: no, no puedo arriesgarme a que te agarren, no me lo perdonaría nunca, y además tenés que cuidar a mi hijo, y después se fue. Lo miré montar en su tordillo con el torso erguido, poderoso, el poncho arremangado sobre un hombro y su cabello blanco suelto y brillante, y antes de emprender el galope escuché que me decía: gracias... ¿Se da cuenta?, a mí me dijo gracias, sí señor, cuando sabía que se iba para morir.

(No sé si son lágrimas eso que veo en sus ojos, don Mareco). Hubiera podido evitar el sacrificio huyendo con los otros, si ya no le quedaba tiempo para detener a Tadeo, digo, antes de llegar al Destacamento, donde con su delación los iba a descubrir a todos... Hubiera sido muy explicable.

Don Mareco siente que la risa empieza a gestarse en el fondo de su pecho pero no es risa, es un espasmo desagradable, algo así como un retumbar subterráneo que intenta aflorar a borbotones y en él hay odio, resentimiento, abatida e indeseable certeza, noción de fracaso.

-Y ahora viene usted y me dice que hubiera tenido que huir... Yo sí que a usted no lo entiendo, a ustedes dos no los entiendo... Quiñónez no lo hubiera hecho nunca, jamás; y aunque hubiera querido huir, descubierto el escondite ya no les quedaba tiempo. Al descubrir Tadeo el escondite, que es lo que iba a hacer, Quiñónez sabía que todo estaba perdido, entonces trató de ganar tiempo para sus hombres, aún a costa de hacerse apresar, porque eran sus hombres y él los quería, mucho tiempo sufrieron y disfrutaron con él y trató de comprenderlos, y pensó que el tiempo que perderían con él les permitiría a sus hombres escapar, pero los traidores creen que su traición vale mucho y que les permite conseguir su salvoconducto y se tranquilizaron y se descuidaron, pero no es  así, claro que no es así, nadie quiere a los traidores, ni siquiera los que sacan provecho de su traición, y por eso los cazaron uno a uno como a los ratones y los mataron uno a uno a los diecisiete como a los ratones y los dejaron tirados por allí y se lo merecían.

La neblina se había despejado completamente y se hizo una mañana clara y hermosa y si no hubiera sido por el sur que en ráfagas finitas apretaba el poncho contra la espalda, cualquiera hubiera pensado que era una mañana de mayo.

Quiñónez detuvo su tordillo frente al palenque del bazar frente a la entrada principal del Destacamento y sin desmontar dio vuelta a medias y miró la serranía del fondo, sus queridos cerros de Cordillerita gris verdosos por el aire frío y limpio y la lejanía, de tanto en tanto sus laderas recortadas por manchones de arenisca rojiza levemente enmohecidas y aspiró profundamente: era el mismo aire que corría libremente por las cumbres.

Después casi le dio risa la sorpresa y hasta el miedo que por más que trataron no pudieron disimular los guardias cuando lo vieron acercarse hacia ellos.

-Y eso sí, estoy seguro de que no lo maltrataron, nadie hubiera sido capaz, nadie era suficientemente hombre para hacerlo, si hasta cuando lo traían hacia la Capital con las manos atadas a la espalda, un sargento venía detrás de él apuntándolo, ¿qué hubiera podido hacer con las manos atadas y entre tantos? Recuerdo que esa noche Pereira se emborrachó.

-Seguro. Y se habrá emborrachado seguramente muchas otras veces más al recordarlo. Habrá sentido arrepentimiento porque él hubiera podido salvarlo y no lo hizo, hubiera podido evitar mucha muerte innecesaria y no lo hizo, no sólo la muerte de Quiñónez.

Es todo muy triste, don Mareco (¡cuánta soledad incomprendida en cada uno!). ¿La señora Adelita ya había muerto?

-No. Murió algún tiempo después. En ese tiempo vivía en la Capital con su hijo. Ella hizo todos los arreglos para recibir el dinero que yo tenía que enviarle desde aquí y sé que se resistió mucho a seguir mandando a su hijo todos los años esos cuantos días que lo enviaba, y después, al terminar el  colegio vino a quedarse acá, pero eso fue porque cuando eso ella ya se había muerto y no hubo otro remedio sino que tuvo que venir a quedarse conmigo y nunca a él le gustó demasiado, estoy seguro. Ni siquiera al ir haciéndose grande quiso ir a los campos de su papá, así que los vendimos y todo ese dinero fue a la Capital, era poco desde luego ya lo que quedaba, pero tenía su platita, no tenía necesidad de ir a trabajar a donde fue, trabajos que no eran para él por la preparación que recibió, y hacer todas las tonterías que hizo.

Él y mi hermano Agustín fueron siempre muy buenos compañeros.

-Y muy amigos, fueron. Venían juntos en las vacaciones, creo que fueron los mejores años en la vida de este pobre muchacho que siempre fue un desgraciado, preocupado por todo y amargado... Pero en aquellos días era feliz hasta que una vez, cuando era un pendejón que más o menos entendía ya las cosas, Pereira le envenenó la vida y fue la principal venganza de ese sinvergüenza, por lo visto ya se había olvidado de su arrepentimiento, ese fue el año que usted no vino por las vacaciones, fue el año que se preparaba para entrar en el Colegio Militar y no vino, aunque después no pudo entrar y eso que todo el mundo pensaba que era un Pereira y un Pereira no hubiera tenido problemas, pero por lo visto le estiró más esto, aunque no volvió diferente, tan pulido, tan exigente, cada vez se parece más a él, o sea, está siendo más como él.

No puedo creerlo, don Mareco, hasta me resisto a pensarlo.

-El conocido hijo de Quiñónez no es un Quiñónez, eso es muy triste. Claro que también es triste que el que por su manera de ser es Quiñónez no sea realmente un Quiñónez, pero eso ya no tiene remedio, creo yo, no tiene remedio.

Adelita:

-¿Se da cuenta, doña Simeona?, ni querida, o recordada, o algo, nada. Adelita, como si llamara a la cocinera, qué sé yo. Es inconcebible.

Te escribo ésta aprovechando que don Gutiérrez va a la capital a negociar unas cabezas que le permitan seguir sobreviviendo, que es la forma de pasar que tenemos ahora en la zona, quién lo diría, con el increíble potencial que una vez tuvimos y que parece nos va a costar tanto volver a alcanzar. La nuestra es una tierra asediada por nuestros apetitos y por nuestro descontrol, Adelita, es doloroso reconocerlo, pero las cosas son así, aunque van a cambiar, te lo aseguro.

Miro a mi alrededor y me siento solo frente a todo lo que hay por hacer; es mucho, y a veces pienso que es superior a mis fuerzas. Sé que si estuvieras conmigo sería diferente.

Te extraño mucho. Te busco en todas las cosas que alguna vez vimos o hicimos, en el pastizal del costado de la casa que solíamos recorrer de tardecita, en la leche humeante y los rayos del sol en la mesa donde desayunábamos, qué corta fue tu presencia aquí conmigo y cómo son ahora todas las cosas diferentes. Nuestra casa no es la misma, nuestros campos no son los mismos.

-Esto es lo increíble de él, doña Simeona, a veces tiene esos destellos que me hacen revivir lo que alguna vez sentí, sufrí y disfruté con él.

No voy a ir allá ni siquiera para el Año Nuevo; no puedo dejar a mi gente, sé que ellos me necesitan. A veces pienso si vos y yo somos de la misma clase de seres, si somos habitantes del mismo planeta; creo adivinar la sonrisa escéptica en tu cara y quizás tengas razón, quizás sea realmente yo el que necesita de ellos y no ellos de mí. Pero yo lo veo de una forma distinta, ellos me quieren, son mi gente.

Muchas veces me detengo a pensar cómo es posible que alguna vez me hayas querido y no lo entiendo; pienso: qué viste en mí para llegar a quererme y no me lo explico, así como no me explico el por qué te sigo queriendo yo y sé que esto tampoco vos podrás comprenderlo.

Te necesito, Adelita, y ya sé que vas a decir que si estamos separados es por mi voluntad, ya sé, pero qué maravilloso sería que vos accedieras a ser según mi voluntad, lo cual es imposible y entonces te escribo estas líneas para que por lo menos me escuches, para que alguien me escuche, para nada.

-¿No ve?, ¿no ve?, por momentos me asusta, creo que me conoce demasiado, por lo menos, mucho más de lo que yo llegué a conocerlo a él. Y cuánta melancolía encuentro en sus palabras... pero ya no le creo, ¿eh?, ya no le creo; demasiado me costó darme cuenta de esa su terrible inconciencia, de su egoísmo puro y orgulloso, ¿no es cierto, doña Simeona?, ¿qué esperanzas puedo tener?, fíjese nomás en esto:

Mi lucha no tiene final; la lucha que hago motivo de mi vida no tiene final; no puedo decirte: cuando gane esta batalla voy a volver, porque no hay batallas, es una forma de vida, todo es un seguimiento de una cosa a la otra, quizás ni siquiera haya lucha sino el sencillo cumplimiento de lo que pienso que debo hacer, a veces quiero verlo así, no sé cómo podría verlo de otra manera. Yo no peleo a las personas, Adelita, yo combato a las ideas que quieren hacernos tragar, a la ratería, a la deshonestidad de los poderoso o al ladino y ruin despropósito de los aplastados... Recuerdo la discusión con el Padre Fernández el año pasado cuando le dieron la Libreta de Calificaciones al muchacho al final del grado... pobre infeliz, el Padre Fernández, cree tener más argumentos que yo, encasillado entre las orejeras curtidas de dos mil años de dogmas y definiciones precisas. Y bueno, al final de cuentas, no puedo achacarlo que no me entienda si yo mismo a veces no me entiendo.

-Está perdido, doña Simeona, hasta qué punto llegó.

Hay momentos en que me detengo a pensar y determino que lo que más me desespera es la inutilidad de mis afanes. Creés que alguien continuará mi lucha cuando yo no esté? Nadie está a mi alrededor, realmente. Me siguen, cumplen lo que ordeno, orquestan el festejo de mis hazañas pero estoy solo, no hay nadie cerca mío, nadie.

Nuestro hijo nunca va a ser para mí, Adelita.

-Ah, no, desde luego que no, doña Simeona, desde luego que no lo voy a permitir.

Nuestro hijo nunca va a ser para mí, Adelita, eso lo supe hace ya mucho tiempo; pero tené cuidado, no lo destroces, no hagas de él un desgraciado, no rompas su vida. Porque quiero que me entiendas bien, nuestra realidad, la tuya y la mía es amarga: tampoco va a ser para vos, triste navegante de dos aguas. Vos te preocupas y te afanás porque no sea mío, pero ocupate también, y más, para que sea tuyo, eso es algo que me intranquiliza. No lo estamos levantando bien. Dale vos las armas necesarias para que pueda combatir su incertidumbre, dáselas vos porque yo, aunque me desespere, sé que no podré jamás llegar hasta él.

-Claro, cómo va a llegar si nunca se interesó por él; además, yo lo defiendo muy bien de su influencia, mi querida, y de sus malos ejemplos... ¿qué va a sacar él de su padre?

Lo que menos quiero es que sea mi imagen; la orgía y el calvario que es mi vida no se la deseo a nadie aún cuando yo voluntariamente la elegí y no la cambiaría por nada; pero dale la posibilidad de luchar, no le disfraces la realidad creándole un mundo de mentiras que no existe porque él siente esa realidad, lo sé, no permitas que Fernández ni todos los otros Fernández que pululan a su alrededor y en todas partes puedan asustarlo con sus orejeras, recortando las alas de su libertad. Y compréndeme bien: no estoy ni siquiera pidiéndote que le enseñes a quererme sino solo que le indiques el camino que debe seguir para aceptarme o tan  solo, aunque más no fuera, comprenderme. No me gustó lo que vi en mi último viaje, Adelita, no me gustó nada, y todavía es tiempo de arreglarlo. El otro no es realmente mi hijo, no puede ser, es el hijo del marido de su madre, no me lo refriegues por las narices cada vez que hablo de nuestro hijo. No sé qué posibilidades tengo de pedirte nada porque cada vez es más fuerte mi certidumbre de que tu desdén se está convirtiendo en odio.

-Doña Simeona, ¿será cierto lo que dice? Dios mío, este hombre es increíble. Tal vez sea cierto.

Ya casi no hay cabezas en nuestros campos de Cordillerita, ya casi se han consumido todas aunque aún quedan más que suficientes para que podamos llevar una vida decorosa; no puedo detenerme en su cuidado, la verdad es que no quiero atarme a esa vida demasiado real, no puedo. Me es posible imaginármelo a tu papá con el ceño fruncido, nuevamente enojado y quejoso, claro, no puedo comprenderme.

-¡Ah, no, esto ya es el colmo, es un descarado: papá enojado y quejoso...! ¡Pero qué se cree! Mi pobre papá, doña Simeona, nunca llegó a perdonarme que me haya casado con él, nunca. Y lo peor del caso es que yo misma ahora no puedo explicarme qué es lo que pensaba, me volvió loca, eso sí, un tiempo me volvió loca. Pero fue nada más que eso, una locura. Por suerte tengo ese hijo que es toda mi vida; está tarado si piensa que lo voy a dejar estropear en sus manos... un buen colegio, eso sí, el mejor, buenas compañías, amor de familia, de la mía, se comprende, el verdadero amor a nuestro lado y una pequeña temporada, no crea que no me disgusta terriblemente, una pequeña temporada todos los años en vacaciones para que vaya conociendo aquel infierno que alguna vez será de él, no veo la hora de venderlo y liquidarlo todo antes de que otros se lo coman. Si usted lo conociera a ese Mareco pensaría lo mismo que yo. Dice que lo adora... qué lo va a adorar, está esperando impaciente su tajada, el mundo está lleno de gente sucia, doña Simeona, de gente deshonesta, pero así es el mundo, ¿no es cierto?, qué le vamos a hacer...

Era muy lógica pero nadie puede imaginar la mortificación que sentía temiendo en todo instante, día a día, que alguien se acordara de él, que lo nombrara y vuelta a comenzar, todos contando anécdotas que otros antes les habían contando, todos comentando y sorprendiéndose o riendo, ¿cuál es la conclusión que sacan? La gente como él es el azote de nuestro país, él es el culpable de la lucha entre hermanos, del desangrarse de la patria, Quiñónez es un castigo de Dios y yo siendo Quiñónez y todos mirándome de reojo, nadie queriendo herirme directamente, eso decían, yo no tenía ninguna culpa, eso decían, y hasta el cura, negra sotana y ancha faja también negra ciñendo su vientre de asceta y su voz filosa y calma, grandes anteojos de montura negra, Quiñónez es el castigo de Dios... hubiera sido feliz de haberlo todos olvidado.

Hasta Agustín, ahora que lo pienso me doy cuenta, era mi amigo pero tenía algo, no puedo descifrar qué, pero era diferente cuando estábamos con otros, como si él fuera otro o yo fuera otro y ahora me doy cuenta, pero recién ahora, aquí, sentado en mis largas tardes, sin pierna y triste en la galería de piso de ladrillos de Pereira, que él era Pereira y yo Quiñónez, aunque su hermano mayor también era Pereira y sin embargo no era así, aunque no era tan amigo mío como él, y eso nunca pude entender muy bien porqué.

El mayor volvió de la Capital mucho antes que nosotros, después de su estúpida veleidad momentánea de meterse a estudiar para militar, que no siguió adelante, es lógico, volvió con su carga inútil de saber sin frutos posibles... ¿qué otra cosa me pasó a mí? Para de tarde volver sudoroso y cansado y desmontar bajo el árbol grande que está junto a la cerca que rodea la casa, después iba a desensillar, y acercarse satisfecho para comenzar el largo descanso, perdidos en el fondo de la memoria los latines y la historia, imbécil experiencia de amarguras y frustraciones. O para cortar cañas en el Ingenio, no hacía falta vender las vacas de mamá para pagarles las mensualidades a los curas, oscuros corredores con arcadas sacudidos por el viento de las noches de tormenta, terrible soledad en medio de los otros en el amplio dormitorio o en el comedor o en las clases, ellos siempre sabían de qué se estaba hablando aunque recién llegaran, no entiendo por qué fueron siempre las cosas así. Creo que si no hubiese sido por Marina hubiera seguido secándome en lo de don Mareco tratando de borrar la sombra de papá, aunque no creo que fuera posible, hubiera sido una lucha demasiado larga, demasiado intensa, inútil.

Se sientan los dos hermanos cerca de mí y huelo a caballos y a viento y aunque me resisto siento envidia, siempre me tocó mirar las cosas desde fuera, otros son los que las hacen y yo lo contemplo escondido entre las gallinas, respirando las plumas y las pelusas de las gallinas, siempre.

Sé que estuvieron en el pueblo porque Agustín abre un paquete nuevo de cigarrillos y al mayor los ojos le brillan de cerveza.

-Nunca había sabido que el señor Quiñónez le dejó a Mareco un facón con mango de plata -me dijo-. Lo vi.

Me extraño porque casi lo tenía olvidado y también me pareció raro que don Mareco se lo hubiera mostrado, pero más me extrañó oírlo decir señor Quiñónez, señor Quiñónez y no en forma despectiva: Quiñónez. No lo esperaba. Aunque ahora que lo pienso, el mayor fue siempre un Pereira diferente, diferente incluso a Agustín que era mi amigo pero que siempre tenía algo, sobre todo cuando había otros delante, como si su amistad hacia mí se sobrepusiese a cualquier cosa estando solos, pero que al estar otros tuviera la necesidad de demostrar lo que él también pensaba de Quiñónez.

Y entonces recordé, mientras ellos hablaban y la tarde alargaba lentamente las sombras, aquella vez que papá me tenía entre sus brazos y bromeaba, su pecho poderoso vibrando en  sus palabras y su risa, «yo a mi muchacho me lo llevo para que aprenda a vivir, que sepa lo que es la buena vida de los hombre» y mamá silenciosa y, ahora me doy cuenta, casi despectiva diciendo: «estás loco, a él no lo tocás, si querés un alumno y una víctima de tu depravación tenés al otro, él sí está bien cerca tuyo», no supe ni sé muy bien aunque me lo imagino qué quiso significar, y mi Libreta de Calificaciones, Pasa al Segundo Grado, caída a mis pies, papá casi ni la había mirado porque me miraba a mí, me miraba a mí y no supe darme cuenta, nunca supe darme cuenta de nada a tiempo.

Y ahora vengo a comprenderlo pero es tarde, tarde, tarde, como siempre tarde y creo que ya no hay tiempo para nada y aunque hubiera, ya no tengo tiempo yo. Hago un recuento de todo mientras la tarde pasa y todo sucede con la misma odiosa lentitud, y veo que mis manos están vacías, que no tengo nada: ¿qué fue siempre mi vida sino una sucesión de ansiedades desmedidas, de angustias? Casi me animaría a definirla como un solo y supremo deseo reprimido. Y entonces vengo a descubrir que siempre viví como inquilino de mí mismo (¿acaso no hacía o decía cosas que yo mismo, yo, no quería decir o hacer?, y lo dejaba pasar, Santo Cielo, con una indiferencia embotada, casi demente) preocupado más que nada en representar la imagen de mi yo real pensando que resultaba ser fruto de mi ser interior, de que era exteriormente como era realmente pero por lo visto, y en el recuento de balance me doy cuenta, de que es y era siempre otra mi imagen, una la que sentía y sufría y se debatía en sus dudas y temores y otra, tan distinta, tan inentendible seguramente para todos, la que, involuntariamente, resultaba de mis impulsos, que nadie podía entrever. ¿Quién pudo entender jamás, me pregunto, mi huida bajo la lluvia, escapando de esa fuerza viril tremenda que fluía de Roberto, por ejemplo, o porque comprendí mi indefensión ante el dolor que me ocasionaba y no quería o no sabía luchar? Entonces pienso que aunque haya tiempo, para mí no hay, porque ya no me animo a luchar.

Porque estoy cansado de todo y sin esperanzas.

Entonces me decido a pensar que si Marina hubiera estado conmigo las cosas habrían sido diferentes, aunque no sé a ciencia cierta lo que podría esperar de ella.

En realidad no sé ni siquiera si la quiero o es como una tabla de salvación que trato de imponerme para poder asirme de algo, o es lo mismo que con la chica de la venida de las ovenias en el pueblo dormido, que quedó viva en mi memoria sólo por mi deseo estéril, que si la hubiera conseguido, seguramente ya se habría diluido.

Ni siquiera logro determinar si me interesa el descubrimiento de ese acuciante deseo que siempre sentí de acercarme a papá, de ser la continuación de papá que nunca pude ser y que siempre traté de esconder detrás de mi empecinado rechazo, como si no hubiera sido mi vida la que estaba viviendo sino otra, la de un personaje que esperaba a que se bajara el telón para ver los resultados y vuelta a comenzar, ¡como si fuera que no desperdiciaba mi vida!, obcecado, no porque no, sí aún sin razón, sin un suspiro para razonar, qué asco siento y qué miedo, sí, qué miedo estoy sintiendo de mí mismo. Y entonces en mi pensamiento trato de alejarme un poco para poder verme mejor, para poder ver a la distancia cómo seguramente soy en realidad, ¡Dios mío!, cómo seguramente soy en realidad.

Y me siento como entre dos horas, como entre la noche y el día, en ese claroscuro que parece revestir todas las cosas de optimismo pero que hunde en la desesperación mi espíritu atemorizado (¡qué solo me siento, Dios, todos están enfrentados a mí) porque el día es el final del reino de las sombras protectoras, es el mundo de los despiertos (¡cuánto tememos los que estamos dormidos!), es el mundo de los vivos (¡cuánto sufrimos los que estamos muertos...!)

Agustín y su hermano ya se acostaron y el blando golpeteo de mi muleta en el piso de ladrillos es mi única compañía cuando me acerco al borde de la galería para mirar el cielo inmenso, inundado de estrellas, y siento mis ojos pesados e hinchados y una angustia en el pecho me hace aspirar profundamente, la piel se me eriza y brotan lágrimas de mis ojos que hacen desdibujar las estrellas en rayas de luz, me siento solo, es muy largo lo que me tocó vivir (todo lo que me tocó vivir, digo, y no todo lo que viví, qué notable), y debo huir una vez más. Ellos hubieran tenido que darse cuenta, hubieran  tenido que darse cuenta aunque yo intentaba hablar y reír como si nada, lo hubieran tenido que saber, ¿acaso no me quieren?, ¿no soy acaso nada para ellos?, me siento solo, Dios mío, me siento solo.

No hay sangre chorreando de mi nariz, y ya no lloro; tampoco puedo correr a lo de Don Mareco, no puedo correr a refugiarme en ninguna parte. No hay por dónde escapar, decía el poeta que hablaba con el burrito, durante la tormenta, no hay por dónde escapar... y ahora es igual: no hay por dónde escapar.

Atravieso el patio agigantándose mi sombra delante de mí, la bóveda inmensa del cielo me da vértigo, nada hay mejor que una noche abarrotada de estrellas, pienso, para apreciar la inmensidad del universo infinito. La noche tiene perfumes que durante el día no apreciamos, y sonidos que en el ajetreo del día no sentimos, la noche tiene silencio y paz.

Al lado del palenque bajo el árbol grande, masa negra aquí y allá perforada por puntitos de luz, están las monturas de Agustín y su hermano mayor. Al acercarme siento el olor a sudor que desprende el cuero, es el olor de estar a horcajadas, pienso, es como el aviso de que me introduzco en una intimidad que no me corresponde penetrar, me siento casi avergonzado.

Mi muleta levanta nubecitas de polvo en la tierra ablandada por las pisadas del patio que rodea la casa; me vuelvo y la miro; es otra masa de negrura y en la boca del corredor el saludo parpadeante del lejano farol trata de acercarme a la realidad, me parece que estoy jugando, todo lo que hago está tan lejos de lo que siempre me animé a hacer y no quiero pensar.

Separo una de las riendas, cuero fino, engrasado y abrillantado por el uso, hermosa rienda, leves reflejos de los destellos lejanos del farol (¿o de las estrellas, allá arriba?) hermosa y útil rienda.

Todo podía haber sido diferente, creo, si Marina hubiera comprendido a tiempo la fuerza de mi amor, o si papá no me hubiera castrado constantemente con su imagen y su recuerdo, o si las cosas me hubieran resultado más fáciles (para otros lo son, ¿no?), pero todo eso es mentira, ahora me doy cuenta. Con cuánta libertad puedo pensar, Señor, cómo me es posible descubrirme...! Son las mentiras con las que siempre traté de protegerme para poder llorar tranquilo sobre mí mismo, para poder justificarme, para poder compadecerme.

La verdad es que todo hubiera sido diferente si yo hubiera sido diferente, y en ese caso hay un solo remedio. Y ahora me doy cuenta. Por primera vez me doy cuenta de algo a tiempo en toda mi vida.

Dejó la tacita silenciosamente en el platillo sobre la mesa adornada con un mantel de tejido grueso muy lavado y almidonado, en los bordes grandes flores bordadas en colores oscuros y en el centro, bajo la fuente con galletitas y bizcochos, un grupo grande e intrincado de magnolias y azucenas en un conjunto irreal, obsesionado, era ya la caída de la tarde y las sombras se hacían espesas y agobiantes. Simeona se secó suavemente los labios con la servilleta igualmente bordada de magnolias marrones y azucenas amarillas y suspiró.

-Quién lo hubiera dicho, pobrecita.

Afuera, después de la galería, el patio era un remanso de frescura y color que lentamente se iba diluyendo, los crotos del fondo formando masas coloridas en sinfonía de tonos marrones y más adelante, en un costado, las sinecias poniendo inesperadas llamaradas de luz realzadas en el ocaso con sus flores reventonas amarillas, rosadas y muy rojas.

-Menos mal que le quedaban todos esos sobrinos segundos que hicieron un grupo más o menos interesante en el acompañamiento, porque el hijo todavía es muy chico para tener amigos y los amigos de ella ya no la rodeaban, quién hubiera pensado que iba a ser así, una familia tan reconocida, tan gente, diría yo, porque una familia importante era, ¿verdad?, pero fueron poco a poco derrumbándose.

-Mirá, Simeona, yo nunca quise decir nada, y que Dios me perdone ahora que a la pobre Adelita la acabamos de dejar y que ha de estar todavía tibia, la pobre, pero a mí siempre me pareció que ese casamiento no estuvo bien, nunca; esa pareja nunca fue como tenía que ser... Yo creo que al pobre don Casimiro le salió el tiro por la culata, pobre, que en paz descanse.

-¿Por qué? ¿qué querés decir con eso?

Simeona no pudo evitar que en su voz se notara un dejo de enojo. Clarita sonrió imperceptiblemente, amparada por la taza de té que se había llevado a los labios: tantos años de tratarse hacían que el conocimiento entre las dos fuera profundo, cada gesto, cada tono de voz, cada mirada, podían ser certeramente dirigidos para molestar, para insistir, para causar gracia. Y sabía muy bien la casi veneración que su amiga profesaba a don Casimiro y su familia, en especial a Adelita.

-Yo no quiero decir nada, querida, es decir, no tengo por qué entrometerme... Pero pienso nomás que mucho les habrá hecho brillar los ojos a los dos viejos ese muchachón dicharachero dueño de campos interminables en Cordillerita y todo eso... Y esa inyección de vitaminas a las flacas vaquitas raleadas que le quedaban al pobre don Casimiro, que en paz descanse, no le iban a venir nada mal...

-Hablás con perfidia, Clarita, es insoportable.

-No, no creas, no es así; vos me conocés muy bien y sabés que no es así... Yo quería mucho a esta gente, y conste que no es que hayan hecho nunca mucho para que se los quisiera, bastante alzados eran, y no voy a estar ofendiéndolos gratuitamente, pero digo nomás que ese casamiento todo el mundo opinó siempre que fue una locura. ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos? Una temporadita cuando Quiñónez estuvo por acá, algún tiempo, muy corto, Adelita allá para complacerlo, y después cada uno por su lado y cada cual con su vida.

Simeona dobló en cuatro la servilleta y la depositó al lado de su plato con un ademán decidido, como queriendo hacer entender que más que dar por terminada la merienda, lo que quería era dar por terminada la conversación.

-En ese matrimonio no tuvieron nada que ver ni don Casimiro ni doña Rosa, Clarita, te lo puedo asegurar.

Clarita asintió en silencio no sin antes levantar un poco las cejas entornando los ojos restándole firmeza a su asentimiento. Se levantó y se acercó a la ventana. Miró a través de la reja la galería sombreada y, más allá, el patio. Aspiró profundamente el aire de la tarde. Te conozco Clarita, pensó Simeona, ahora vendrá un respiro sirviéndonos de cualquier tema, te conozco...

-Están hermosos tus crotos, Simeona.

-Sí, ahora se pusieron bien. -Simeona casi no pudo evitar una sonrisa. También se levantó y no pudo vencer la tentación de ordenar en la bandeja del costado las tazas usadas pero reprimió su impulso de juntar las pocas migajas caídas sobre el mantel de hilo- Pablito les pone un algodón con algo de azufre y alcanfor molido en el tallo, formando un anillo debajo, casi sobre la tierra, y eso aleja las hormigas y los pulgones; y además nunca los riego con agua que no sea de lluvia, eso le da brillo hermoso a las hojas... Vamos a salir afuera un rato, aquí hace demasiado calor.

Caminaron por el patio de grandes baldosones negros y blancos. Clarita se detuvo y miró el cielo gris rojizo.

-Es conveniente que llueva, está muy pesado ya... Y el hijo, ¿dónde va a quedar?

¿No lo dije?, pensó Simeona, vuelta al tema.

-Tienen un señor que les administra los campos, él solía ir allá unos días en las vacaciones, y se va a ir a quedar con él.

-Pobre chico.

-No sé, Clarita, creo que es lo que correspondía hacer, a mí también me da mucha pena porque parece que se lo aleja para librarnos de él, pero ¿dónde va a quedar sinó? Durante el año creo que seguirá viniendo para quedar internado en el Colegio, y durante las vacaciones quedará allá. Adelita fue hija única y los parientes que le quedan son tíos segundos y todo eso, ¿con quién se va a quedar? -Simeona separó una hoja mustia desprendiéndola delicadamente con un corte de uñas y la arrojó al fondo entre los tallos- para más, ya no es lo que era: ya casi no tiene reservas. Y no es que yo diga que la gente es interesada, pero si hubieran tenido lo que tenían antes, hubieran aparecido una partida de tíos segundos cariñosos. Yo tuve el deseo de decirle que viniera a vivir conmigo pero después pensé bien, es un compromiso demasiado grande y yo ya no me siento con fuerzas para comenzar una responsabilidad así... Dios no quiso que forme mi familia como corresponde, con un marido, unos hijos y todo eso, entonces no creo que sea el momento de tomar nuevos rumbos con tantos problemas y preocupaciones.

-Claro, estoy contigo. Y además, creo que esa fue, desde luego, la voluntad de Adelita: que se fuera allá.

-Adelita, la pobre, a lo último ya no se entendía muy bien; yo creo que desvariaba un poco, Clarita, que en paz descanse.

-Qué triste es quedarse tan solo, ¿verdad? es terrible.

Llegaron hasta unos sillones de mimbre que estaban al lado del aljibe y se sentaron.

-Parecemos dos carromatos viejos, nosotras... vamos de sillón en sillón.

-Es que ahora hacen caminar mucho en los acompañamientos, yo estoy con las piernas doloridas... Dentro de poco ni allí va a querer la gente ir a cumplir, tan poco caso nos hacemos ahora...

Simeona se apantalló suavemente un momento, echada atrás la cabeza, los ojos perdidos en el cielo que se iba oscureciendo, y suspiró.

-Y sí, Clarita, aunque no lo creas y pienses tonterías, ese casamiento fue el disgusto más grade que Adelita pudo darle al pobre viejo -Clarita la miró en silencio, sin atreverse a parecer dubitativa.- Él, vos sabés que era capaz de bajar cielo y tierra por su hija, Adelita, alegría de su padre, solía decir cuando llegaba sonriente de la calle y la esperaba a ella que venía corriendo para estrecharse en sus brazos, siempre sonriente, don Casimiro, qué señor tan amble, tan señor... Pero don Casimiro desde un principio se dio cuenta de que era imposible luchar contra Quiñónez. Adelita se quedó totalmente tonta con él y no escuchó razones. El viejo le habló, quiso mandarla de viaje, cualquier cosa, pero no hubo nada que hacer.

-Esto que me contás es para mí algo totalmente nuevo: no sabía que hubo tanta historia... Pero decime un poco, ¿era acaso tan sinvergüenza este Quiñónez?

Simeona sonrió.

-No, no era eso. Pero los padres parece que tienen  un sexto sentido, y don Casimiro supo enseguida que ese muchacho no era lo mejor para su hija.

-Mirá, Simeona, los sextos sentidos de los padres hay veces que no funcionan y o sinó, mirame a mí que por ese sentido de más estoy aquí sola, sin marido, ni familia, habiendo podido estar rodeada de hijos y nietos y qué se yo.

-Pero también con un viejo enclenque y cargoso a tu lado, así que no te quejes. Y ya sé que eran buenos partidos y lindos mozos, no hace falta que me lo recuerdes una vez más, pero lo mismo ahora hubieran estado todos enclenques y cargosos...

A Clarita le resultó gracioso, aunque no quiso reconocerlo, e intentó reencausar la conversación.

-¿Cómo pudieron conocerse? ¿dónde se encontraron?

-Adelita lo conoció en la fiesta de cumpleaños de Robertita Gutiérrez ¡ah...! qué fiestas fabulosas hacía esta gente en la estancia... Yo las recuerdo, y no hay ninguna razón para que vos no las recuerdes, ¿no es cierto? Aquí todo el mundo comentaba desde meses antes las espectativas de la fiesta, pienso que esta gente debe haber tenido muchísimo dinero para hacer las cosas así en grande, casi todas las familias bien iban hasta allá para ese día... y bueno, allá fueron ese año don Casimiro y familia.

-Y hubo el conocimiento.

-Quiñónez la deslumbró a Adelita. Vino como atontada, no quiso entender razones, no hubo caso. Es que hay que reconocer que él tenía una clase envidiable, tenía una planta que te sacaba el sueño y unos ademanes, un trato que Señor mío... La visitó dos o tres veces aquí en su casa, venía desde Cordillerita expresamente para verla y al otro día se mandaba mudar a primera hora, imaginate un poco: ¡desde Cordillerita para verla...! Rodeaba todos sus actos con un hálito como de pompa o misterio, o aventura, no sé cómo decirlo, y lo notable es que eran cosas totalmente espontáneas, y Adelita, que era una chica tan de sus padres, de su casa, quedó con los ojos abiertos como platos...

Se queda un ratito en silencio, recordando.

-Fijate un poco que una de las veces vino llegando  y le entregó un estuche, Adelita no entendía qué pasaba y se sorprendió al encontrar adentro un medallón de oro más grande que un limón y bastante más pesado, uno de esos medallones que se hacían antes, cuando todavía se los podía tener. Yo soy hombre solo, le dijo, este medallón era de mamá y yo siempre dije que se lo entregaría a la mujer elegida de mi corazón (cuando eso Adelita ya estaba totalmente derretida), yo sé que vos aún no estás segura de tus sentimientos hacia mí, pero quiero que quede en tus manos, yo voy a luchar por tu amor... fijate un poco, parece de novelas... y lógico, Adelita se encandiló.

-Qué pillo, ¿verdad? cómo la supo ganar.

-Quedó como encantada y, desde luego, al principio fue una pareja feliz. Después de casados pasaron unos días aquí y luego fueron a Cordillerita, vivieron unos días de descubrimiento y alegría continuada: Adelita se llenaba la boca contando maravillas, todos creíamos habernos equivocado y don Casimiro sonreía feliz, también él, más de una vez reconoció, por lo visto se había equivocado... Pero pasaron los primeros tiempos, Clarita, y el matrimonio no es ninguna fiesta continua, todos lo saben. Al pasar los primeros días de fantasía se empieza a tener que convivir con otra persona, y eso no es fácil si no se está preparado. Adelita comenzó a extrañar todo lo que tenía acostumbrado, qué se yo, los amigos, el ambiente, todas las cosas que siempre hizo, y Quiñónez también se encaprichó, y las cosas empeoraron, al poco tiempo la vida juntos fue imposible y se fue cada cual por su lado. Adelita no pudo soportar el empecinamiento de su marido.

-Por eso te digo que para mí todas estas historias son cosa nueva... Por lo visto nunca supe mucho de ellos, bueno, en general nunca me ocupo mucho de las intimidades de la gente... Yo siempre tuve entendido que él la respetó en todo momento, que nunca le hizo faltar nada, pero que tampoco nunca le dio nada que valiera la pena... no sé si me explico.

-No sé, Clarita -Simeona suspiró profundamente, hubiera preferido no tener que recordar todas esas cosas, se sintió repentinamente cansada y triste- no sé a esta altura de la vida qué es cuidar, o respetar, o hacer faltar algo... Yo te aclaro  una cosa, yo creo que Quiñónez hizo todo lo que pensaba que tenía que hacer, ni más ni menos, creo que dio todo lo que prometió que daría, ¿me explico? Que haya estado bien o mal lo que hizo es otra cosa, yo creo que intrínsecamente él nunca mintió, él dio lo que consideraba que tenía que dar... Él vivió su vida, ¿sabés? No creo que nunca le haya prometido otra cosa. Pero también creo que sí le hizo faltar lo que era más importante para ella: su compañía. Adelita sufrió mucho de soledad. Y creo que con el tiempo, enferma de soledad, hasta se fue haciendo mala. ¡cómo la cambió la vida...!

-Simeona, por favor...

Simeona sintió que las lágrimas caían de sus ojos pero no le importó, ya casi era de noche y en el patio grande había silencio, los sonidos de la calle, un silbido, un grito, llegaban asordinados y lejanos, sintió un nudo en la garganta y quiso llorar y aliviarse.

-Sabe Dios que no quiero decirlo, Clarita, no quiero decirlo, pero es así, pobre Adelita, mi dios, pobre Adelita...

 

 

 

TAREA DE RELIGIÓN EXPLICADA

TEMA: COMENTARIO DE LA PELÍCULA DE LA VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE N. S. JESUCRISTO

 

Alumno: Fermín Pereira
Curso: 4º (Bachillerato Humanístico)
 

A mí no me impresionó tanto la escena de la crucifixión de Jesús porque al final de cuentas él era Dios y sabía muy bien que después iba a resucitar, o sea que con un poco más o un poco menos de dolor lo mismo él ya tenía asegurado lo que iba a venir. Lo que me impresionó fue cuando lo iban a acostar al ladrón para crucificarlo porque él sí que se desesperaba y se retorcía y trataba de escapar. Ahora estoy vivo y dentro de un rato no existiré más, se acabó todo, eso habrá pensado; se acabó. No le habrá dado tanto miedo el dolor que iba a sentir porque al robar él sabía que siendo judío los romanos si le pescaban le iban a crucificar, sino que lo que le habrá espantado era darse cuenta de cómo de repente alguien, cualquiera, podía atarlo, inmovilizarlo hasta acabar, así, completamente, hasta morir. Por qué pueden hacerlo, se habrá preguntado, y eso se notaba muy bien en el retorcimiento espasmódico de su cuerpo, en los estirones violentos de sus brazos tratando de liberarse, en las patadas que intentaba dar lastimando sus pies descalzos contra las piedras al lado del palo de su cruz.
También me impresionó mucho cuando estaba Jesús ante Pilatos y Pilatos no sabía muy bien qué hacer con él y trataba de darle vueltas y vueltas al asunto hasta que, de repente, por las respuestas de Jesús fue entreviendo que muchas de las cosas que él consideraba como importantes, no lo eran tanto. Tenía delante suyo a Jesús, que con un poco de viveza se hubiera podido librar de una acusación tan tonta, a Jesús que tenía al representante del más grande poder del mundo, él, que le podía brindar lo que quisiera, al alcance de la mano y no le daba importancia, Jesús que había demostrado, le habían contado, que tenía poder de hacer milagros con vino, con ciegos y otras cosas y sin embargo, sabiendo el riesgo que corría no movía un dedo para defenderse, al contrario, ni siquiera parecía interesarse y respondía con vaguedades que él no podía comprender. Entonces reventó, y esto es lo que más me impresionó, reventó y en medio de una gran desesperación le preguntó a Jesús: ¿Qué es la verdad? No sé si la película habrá estado cortada o qué, pero Jesús no le contestó nada y siguió otra escena. Pero la pregunta sin respuesta me quedó grabada: ¿Qué es la verdad? Y después de unos instantes Pilatos se levó las manos, estuvo muy bien esa escena, quiere decir que llegó a la conclusión de que para él esa era su verdad, así como para Jesús su verdad era dejarse matar o para los judíos su verdad era crucificarlo. La película dejaba entrever que lo que uno tiene que hacer en la vida es encontrar su verdad y vivir conforme a eso, a nadie tiene que importarle lo que pasa o no pasa, sino que tiene que vivir su verdad: el mundo no se va a parar porque uno le dice que pare, es lógico.

 

 




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