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ESTER DE IZAGUIRRE


  YO SOY EL TIEMPO - Cuentos de ESTER DE IZAGUIRRE - Año 1973


YO SOY EL TIEMPO - Cuentos de ESTER DE IZAGUIRRE - Año 1973
YO SOY EL TIEMPO
 
Cuentos de ESTER DE IZAGUIRRE
 
Hecho el registro que señala la ley 11.723.
 
Todos los derechos reservados.
 
Impreso en Argentina.
 
© Editorial Guadalupe, Mansilla 3865,
 
Buenos Aires. 1973.
 
 
 

A este libro de cuentos se le otorgó en el año 1970, el premio municipal a obra inédita. El jurado integrado por Silvina Bullrich, Manuel Mujica Láinez, Syria Poletti, Oscar Hermes Villordo y Bernardo Ezequiel Koremblit lo votó por unanimidad. (Correspondió a obras narrativas publicadas en 1968).
 

Dedicatoria
A Ignacio Luis

 

ÍNDICE

*. Prólogo / El cobayo / El cazador de mariposas / La casa / El delfín de Francia / Ella, adolescente / El rescate / La colmada soledad / Yo soy el tiempo / El hombre / La ciudad / Libertad incondicional / Los ojos simples / La ventana.
 

PRÓLOGO

Hay en estos cuentos de ESTER DE IZAGUIRRE la angustia que proponen el ser y el tiempo, su siempre inexacta conjunción. La anécdota transparenta en cada caso un fondo metafísico gracias al cual la realidad pierde sus límites convencionales y se expande bellamente hasta ocupar un área que podríamos llamar irrealidad pero que por cierto es sólo la aureola del acaecer humano. Ester de Izaguirre, que es poeta, sabe asir los soplos, cosa muy difícil; sabe rescatar imágenes intactas como quien levantara del suelo una visión caída hace tiempo y la hiciera volar, como debe hacerse con los recuerdos, con las figuras suspendidas en la memoria, para que no queden estancados. Recordar es transfigurar, y es también descubrir es, de algún modo, crear una marea. Y esto es lo que hace la autora de "YO SOY EL TIEMPO".

Se advierte en cada una de estas páginas una tumultuosa mansedad. El conjunto de elementos trágicos, de cargas obsesivas, de desentrañamientos del ser, alcanza sin excepción la extendida serenidad que da la lucidez. El sacudimiento está contenido, salvaguardado por la atmósfera apacible que lo envuelve. Porque Ester de Izaguirre ha sabido dar forma y espesor a una atmósfera dulce, con ráfagas de aromas silvestres y en la que aparecen con frecuencia las fulguraciones del encantamiento. Pero como la tarea no ha sido encomendada sólo a la imaginación, este encantamiento proviene principalmente de la capacidad de transferir la intimidad, más aún, la subjetividad, con el movimiento natural de algo que fluye. Como si el yo no saliera de sí mismo abruptamente sino que se derramara.
Tal condición es definitoria de este libro; hasta tal punto que personajes y hechos irreales no pertenecen al ámbito de la ficción; son maneras de ser de un yo profundo y participan de la naturalidad, precisamente porque sus raíces están fijadas en vivencias y no en trabajosos suelos intelectuales. Ester de Izaguirre no plantea enigmas, no traza el contorno volátil de las teorías; simplemente narra, se confiesa. De ahí que el lector oiga también su voz, un acento trémulo que se incorpora al estremecimiento que provoca cada tuno de los cuentos aquí reunidos.

Toda confesión supone una hermosa humildad. También esto se advierte a lo largo de estas narraciones, ricas en matices, en trasfondos, en repentinos resplandores. Una humildad que es sabiduría y sustancia de amor y que de pronto sabe dar a lo trascendente la formulación de lo cotidiano, despojándolo de su peso. Poder éste de un espíritu esencialmente poético, valido de un lenguaje revelador en el que la metáfora pasa como un pájaro en vuelo -que es la manera de quedar- y en el que el contenido conceptual pierde las formas otorgadas por el razonamiento y se convierte en un temblor que quizá dura más tiempo que los demás.
Ester de Izaguirre dice pero fundamentalmente sugiere; expone y propone. Su mundo es complejo y no oscuro ya que la suya es una magia diáfana. La tortura pierde aquí su exasperación pero guarda la acumulación de estados que llevan a ella desde una subjetividad que recibe el misterio y desde una objetividad que lo acepta.

"Yo soy el tiempo". El lector siente que también él lo es.

MARÍA GRANATA
 
 
 
CUENTOS DE ESTER IZAGUIRRE
 
 
 
EL COBAYO
A Marco Aurelio Risolía
 
Allí, en Plaza Miserere, urgida por la espesa llovizna que daba imprecisión a la hora de la tarde, ascendí al ómnibus que me conduciría al centro. Mientras el guarda me entregaba el boleto llamó mi atención el aspecto de aquel joven, que, sentado en uno de los asientos transversales, reía aparatosamente con alguien, a quien, por atender al guarda, no pude en un principio individualizar. Como después de pasear una rápida mirada por el interior, no hallé otro lugar desocupado, me senté, no sin aprensión junto al divertido pasajero.

-Eso es, tome asiento si cree que podemos ir cómodos. No comprendí la alusión si es que la había. Miré a mí alrededor desconcertada para descubrir alguna explicación en las caras de los demás pasajeros, y como no la hallara, respondí más asombrada que ofendida:

-Naturalmente; si me senté es porque vi que el asiento era para tres personas y sólo estaba usted.

No replicó y miró en dirección al asiento de enfrente, mientras continuaba con esa risa que por momentos producía un chistido opaco a fuerza de querer ahogarla con la mano. La recta de su mirada se quebraba inexorablemente en la ventanilla del otro lado del coche, pero era tal la sensación de correspondencia que pensé en el absurdo de que existiera un invisible interlocutor. No había lugar a conjeturas, se trataba de un enfermo mental. Fue tener la certeza de su insania y sentir que una garra obstinada me atenaceaba la garganta y se me llenaba la saliva de musgo.

Parecía muy joven y estaba correctamente vestido. Descansaba sobre sus rodillas una tela pintada. Pude observarla detenidamente porque realmente interesado en mostrármela, y con pueril disimulo, la tenía inclinada hacia mí. En ella, bajo un cielo gris y rosa avanzaba una larga caravana de hombres y lanzas; al fondo, inclinado bajo el peso de la cruz iba el Nazareno, y su manto, único motivo púrpura, parecía una pincelada de sangre. Lejos y arriba, el Gólgota punzado por las cruces pequeñas de los dos ladrones. Colores difuminados, contornos perdidos, me recordaron algunos estudios de Rousseau El Aduanero. Al pie, clara, la firma: Luisito Rolan, en la que el diminutivo me hizo retrotraerme a una niñez muelle y oprimida por halagos y termómetros, uno de los posibles motivos de su evidente desequilibrio.

Interrumpió el curso de mis reflexiones la voz del desconocido, que, desapacible, preguntó al guarda

-¿Siempre tienen el pase los empleados de transporte?

-Sí - le respondió socarronamente aquél.

-Qué manera de llover -agregó seguidamente, palpándose con una mano la camisa y mientras me observaba inclinaba más el cuadro hacia mí. Sentí una profunda compasión por él, por esa risa sin sentido más amarga que el llanto por esos ojos abismales, por esas sienes blanqueadas prematuramente, por la charla insustancial y desordenada que volcaba como buscando huir de la introversión.

Sentí que podía y que debía darle una palabra de confortación, y como quien recorre con la mirada su hacienda para ver de qué se puede despojar para darlo a quien lo necesita, busqué esa palabra generosa. Además, confieso, sentí curiosidad por saber qué pensaba y si hablaría con coherencia. Pena y expectación me impulsaron y resbaló al fin la difícil pregunta referida a su cuadro

-¿Lo pintó usted?
-Sí.

-¿Lo copió de otro cuadro?

-NO; de la historia.

Sonreí de manera idiota. Estábamos a la recíproca.

-Lo pinté en un instante de verdadera necesidad - continuó-; yo antes pintaba actualidades, paisajes..., creo que ya hallé el camino. . ., bueno, no quiero decir que no volveré a mis viejos temas, porque, ¿quién puede asegurar que no se reiterará?

-¿Ya expuso en alguna parte?

-Se equivoca -dijo-, no pinto para exponer ni para que usted me diga que esto es extraordinario; por ahora lo dejaré como está, sin marco.
-Ese cielo es toda una lección de sabiduría -añadí- y ha mostrado con él un aspecto inédito, no ya de la realidad, como todos los artistas, sino de lo trascendente.

-¿Trascendente? ¿Y qué cree que es el cielo? -me demandó angustiado.

-La antítesis -aventuré vacilante- de todo esto; la serenidad, la plenitud.

-No me venga con Platón ni con Plotino. Estoy harto de arquetipos y... ¿quién me asegura que allá dejaré de sentir?

-¿Y qué quiere usted dejar de sentir?

-Todo. Como Job maldigo la hora en que nací. Vivo saciado de mediocridad. Mis desemejantes colman mis ojos, mi olfato, mis oídos. Nada me enseñaron sino a desear la muerte y a temerla. Yo no soy Prometeo, yo no puedo ignorar el miedo. Únicamente ése no sufre -dijo señalando a un niño en brazos de su madre -pero ya verá cuando empiece a ejercitar eso que los filósofos llaman "razón" y escriben pomposamente con mayúscula.

-Malos vientos, ya pasarán -respondí angustiada, pero me repuse y hablé un largo rato; le dije que como la borrasca anticipa una atmósfera fresca y despejada así su crisis era un eslabón de esa larga cadena de evoluciones que es el ser humano. Que luchara por algo grande y noble. Que se acercara a ese Dios que su genio intuía. Y le hablé del cielo, no del que nuestros ojos ven y donde se pierde con sus vértigos nuestro cerebro condicionado, sino del otro, que siendo parecido en infinitud, puede caber en la ceñida capacidad del pecho. El milagro y la realidad, el paraíso y la tierra se me volcaron por los labios como la ambrosía de un cáliz colmado. Hablé como jamás lo hubiera hecho a un hombre demasiado normal o demasiado ciego.

-Usted lo tendrá todo -concluí levantándome con los ojos húmedos- porque ha logrado con trazos y colores lo que yo jamás he conseguido con mis oraciones -y señalé con gesto cansado el cuadro ya definitivamente caído en el asiento. Y mientras mi cuerpo era un péndulo golpeado por sobretodos y tapados, luchando como un cestiario por llegar a la parte trasera del ómnibus, agregó en voz alta, pausada y segura como si le importara un ardite la opinión de los que lo escuchaban:

-Adiós, hasta que nos veamos en el cielo.
Sonreí con mi sonrisa más humana mientras todo el pasaje me miraba con mil ojos interrogantes. Espinas en mis brazos, en mis pies, en mi cintura. Sospechas oscuras en algunos, misericordia en los que habían alcanzado a escuchar las risas del principio, esperanzas para los que un poco extraviados percibieron el ramalazo de un mensaje.

Descendí apresuradamente y salvé en un instante la distancia que me separaba del local donde la conferencia ya había comenzado.
A los dos días me sorprendió un artículo del más importante matutino: "El joven y talentoso siquiatra, satisfecho con las experiencias realizadas en su contacto diario y directo con gente de la ciudad, con las cuales completaría una estadística de salud mental, se refirió a un caso singular entre los muchos considerados: una mujer, en un ómnibus, presa de patológico misticismo, dio una respuesta inusitada a su "test" Gólgota.

Dejé caer el diario, anonadada. Una ráfaga helada, interior, me abofeteó el rostro. Cerré maquinalmente la ventana porque me pareció que por ella entraba una bocanada del aire pernicioso que escapa por los resquicios de los templos abandonados.
 
 
 
 
EL CAZADOR DE MARIPOSAS
A Nieves Calandrelli de Sicardi
 
A la vida del pequeño pueblo le hubiera faltado sentido sin la existencia del loco cazador de mariposas. Era ya una imprescindible institución.

-¿Y qué hay para ver en este pueblo fuera del arroyo y del cementerio indígena?

Y en esta época no sé, pero cuando llegue el calorcito va a conocer a Eulalio Fuentes que saldrá a cazar por el "Puente de Fierro'".

-¿Caza de pelo?

-¿De pelo? Por estos lugares no hay más que zorrinos. Eulalio Fuentes sale a cazar mariposas.

Y así era. En el cálido diciembre, durante las siestas en que el sol se vuelve implacable enemigo de la vida -porque salvo algunos talas no hay en las calles desiertas ni una sombra para guarecerse- se lo reconoce desde lejos con su paso torpe, como si una pierna fuera castigando a la otra, con sus ojos verdes como charco, mirando sin ver el camino ceniciento.
Se encamina derecho hacia el barrio obrero más allá del cual se anuncian las primeras lomadas, y luego, por una angosta vereda de tierra llega hasta donde el camino se bifurca. Allá comienza su diario ritual. Las caza con las manos con esas manos sarmentosas, fatigadas en el arduo ejercicio de atrapar huidizas sombras. Las apresa delicadamente y las coloca con ternura que denuncia cada uno de sus movimientos, dentro de una caja de cartón cuya tapa levanta con precaución cada vez que una nueva cosecha aumenta su riqueza.

Luego, con el mismo paso, con el rostro enrojecido por el sol vertical regresa con su siega de aire y de libertad. Sobre el rojo o violáceo cielo del crepúsculo se recorta su silueta inverosímil y las huellas del regreso, ya atardecido, se entrecruzan con las torvas miradas de los que no comprenden la locura. El arriero en el mostrador del Hotel Luján, que aprieta el vaso de ginebra como si se le fuera a escapar. La empleada de "La flor del norte" que todos los días hace el mismo recorrido, a la misma hora, se acuesta a la misma hora y quizás tenga siempre los mismos sueños. El mecánico de la única estación de servicio que succiona la bombilla del mate inacabable. Don Pedro Ponce de León, recostado en el viejo tronco de paraíso, que según dicen creció torcido por tener que soportar el peso del hombre que vio desenvolverse la vida del pueblo desde su gratuito atalaya vegetal.

Y ante los ojos del vecindario ordenado, trabajador, pulcro, decorosamente rutinario y normal, pasa Eulalio Fuentes con su eterna sonrisa de niño bailándole en los ojos y en los labios como una mariposa más. Abre con cautela la puerta de su único cuarto v se desliza adelgazándose, para no tener que exagerar la abertura, hacia el interior conjetural y misterioso.
 
II

Mariposas sobre la cama, sobre los armarios, las paredes, revoloteando alrededor de la luz cubierta con un fino tejido para evitar que se quemen. Sobre los cuadros –uno con la imagen de una matrona, descolorido por los años pero no tan borroso como para no denunciar un parecido entre sus ojos y los de Eulalio Fuentes; otro, el de dos chicos con los clásicos trajecitos de marinero con que la moda de hace no muchos años enfundaba a los niños para salir los días domingo- y en medio de aquella enorme jaula de mariposas nuestro personaje se mueve con naturalidad, mientras ellas se le posan en los hombros, en las manos, sobre la rubia cabeza despeinada. De vez en cuando él sigue con la mirada el vuelo de alguna, transportado, distraído, lejanísimo, como buscando en sus alas un rumbo cierto para su incierto destino. Otras veces extiende sus manos para que ellas aleteen acariciándolo, y como si retuviera en sus dedos la calidez de un milagro, sonríe mientras cautelosamente las acerca a su rostro. Otras, después de contemplarlas largo rato, se entristecen gradualmente hasta apoyar su cabeza sobre el brazo y en actitud de sueño, de entrega o de muerte, llorar silenciosamente hasta quedarse dormido.
A nadie hacía daño con su extraña locura. Hasta los chicos lo dejaban pasar sin temerle, sin mofarse de él como si esa insania fuese digna del instintivo respeto de todos los cuerdos del pueblo.

Pero un día, cayó como un guijarro en un lago apacible la noticia inesperada. Cuando la hija de los Ponce salió a hacer los mandados hasta la cuadra de la feria, Eulalio la siguió un trecho silenciosamente. Al comienzo, la niña no notó su cercanía, pero cuando se acortó la distancia entre ellos observó que el loco aceleraba el paso como para acercársele. Entonces echó a correr atemorizada y Eulalio la siguió, también corriendo sin lograr alcanzarla.

Fatigada y llena de temor transpuso el umbral de su casa y atropelladamente contó a sus padres lo ocurrido. No podía ser. Si apenas podían creerlo. Si la locura se tornaba peligrosa habría que dar cuenta a las autoridades y tomar las medidas para recluirlo en Torres o en Open Door. Al día siguiente la enviarían a la feria y el padre y un policía la seguirían a prudente distancia para sorprenderlo.
Se dispuso todo con cuidado para que Eulalio Fuentes no cayera en la cuenta de la celada que se le tendía para comprobar la mala derivación de su locura.

Al día siguiente, recortándose como siempre su silueta inverosímil sobre el crepúsculo, lo vieron acercarse al tiempo que la niña se aventuraba a la prueba, temblorosa y con paso indeciso.

Verla y apresurarse fue todo uno. La chica empezó a correr como era lo convenido y detrás de ella, Eulalio, brillantes los ojos por el extraño fuego que lo consumía desde siempre, y con la sonrisa de sus mejores horas de enajenada felicidad corría, corría como si estuviera ya rozando una estrella con las manos,

Cuando la niña dio un traspié que la tendió largo a largo al borde de la calzada Eulalio Fuentes se le acercó, primero con rápidos y felinos movimientos y luego más cautelosamente, mientras su presunta, víctima lo miraba aterrorizada aguardando la intervención oportuna de su padre y del policía que aún no habían hallado propicia la ocasión de salir de su escondite.
Ya junto a ella extendió su brazo trémulo de esperanzado y de incomprendido hasta rozar apenas el delicado moño rosa que la niña llevaba sosteniendo sus nocturnos cabellos, con una caricia ingrávida, con esos dedos ásperos pero dueños del misterio de todas las alturas, del agrio aroma de los campos, del tibio aliento de la madre tierra.
 
 
 
LIBERTAD INCONDICIONAL
A Walter Colombo
 
Los postes del alambrado pasaban raudos mientras algunas mariposas -siempre hay cosas difíciles de impedir- detenían violentamente su vuelo en el parabrisas de mi coche. Nada como los toboganes del camino para pensar y pensar. Se puede recorrer el planisferio y hasta el universo. Revolvía la tumba de la memoria y la caja de regalos del futuro. Soñaba. Y deshacía mis sueños con la misma facilidad con que mis hijos hacían y destruían monigotes de plastilina. En algunas ocasiones mi fantasía me hacía sentir satisfecho. En otras., las imágenes me molestaban y quería ahuyentarlas pero el mecanismo fallaba y ahí quedaba, inamovible, el fracaso, la caída o el simple enfrentamiento a un rostro desagradable -¿de qué paraíso o de qué infierno perdidos vendrán a la imaginación esas facciones que no existen a nuestro alrededor? Deducía que, de veras, el cerebro es incontrolable y que el inconinconsciente obtiene a menudo victorias molestas aunque parciales sobre la conciencia y la voluntad.

La simetría del sembrado se imponía por momentos y la percepción inmediata de un verde urgente y agresivo me volvían a la hora, a la realidad. Las diecisiete. Faltaba sólo una hora para llegar a mi casa. Una vez más pensé, como otras veces, qué sería de eso que en mí razonaba, recordaba y amaba cuando muriera. De eso mío que en la soledad de los caminos me hacía sentirme acompañado. Y si eso, alma o como se llamara, me sobreviviera ¿qué es lo que me aseguraba que yo aún no estaba muerto? ¿De qué aún existiera? Me causó un poco de gracia relacionar el "je pense, done je sois" cartesiano con mi propia teoría acerca de la vida y de la muerte.

Más postes y sembrados. El cuerpo es un accesorio y una contingencia. Ayer en una charla con mi amigo Raúl Infante se me ocurrió preguntarle: ¿Qué pensás de la muerte? Me gritó: ¡Que no existe! Estábamos de acuerdo, por lo menos en lo que atañe a una parte de nosotros.
Vi las primeras casas que se me acercaban demasiado velozmente cuando tomé la curva de la feria donde estaban descargando ganado de algunos camiones. Y demasiado velozmente, también, llegué al paso a nivel donde la barrera automática con vía de escape, estaba baja. No podía frenar. Era demasiado tarde. Giré el volante en brusco movimiento que me produjo un dolor agudísimo en el brazo izquierdo. Estaba atrapado por el tren que ya se veía como adherido a la puerta delantera del auto. No sé por qué fue como si desde siempre hubiera visto a través de la ventanilla esa cara de cíclope que ahora me fagocitaba irremediablemente. Pero no me aplastó sino que con su enorme mandíbula de hierro, con un chirriar que se impuso a toda otra sensación de angustia o de dolor, me arrastró no sé cuántos siglos por las vías para arrojarme después a un costado, en medio de espesos cardales.

Antes de que se me acercara un gentío que venía del lado de la estación y del tren que -al fin-se había detenido, salí del coche y empecé a caminar hacia casa. No me importaba ya la hora, me dejó de preocupar el estado del auto y olvidé casi por completo la impresión que me produjo el enfrentamiento con la catástrofe. Caminaba como cuando en la ruta las cosas pasaban impresionísticamente junto a mí. Me llamó la atención la serenidad del cielo y una desacostumbrada sensación de libertad.

No me extrañó, por lo tanto, cuando mi mujer y mis hijas, pasaron a mi lado, sin verme, camino a la estación. No me produjo ninguna impresión, cuando al seguirlas, desandando el itinerario propuesto llegué al lugar donde un coche había quedado destrozado. Y menos aún cuando vi que allí, arrojado entre las cuerinas rotas del tapizado y el techo hundido, yacía mi propio cuerpo. Flojo, definitivamente relajado como si fuera sólo un traje que conserva tibio, por algún tiempo, la forma de su dueño.

Tampoco me asombró el hecho de seguir pensando, discurriendo, cuando liberado de todo contacto material me perdí por el camino de acceso, arbolado de tilos. Iba solo ya, hacia no sé qué destino, con la certeza de mi certidumbre.
 
 
 
 
 

SELECCIÓN DE CUENTOS DE

“YO SOY EL TIEMPO”

Incluidos en la antología: ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO

Autora: ESTER DE IZAGUIRRE

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de [Asunción (Paraguay)],

Editorial Coraje, [1990].



 

PUNTOS DE VISTA

 

Allí, en Plaza Miserere, urgida por la espesa llovizna que daba imprecisión a la hora de la tarde, ascendí al ómnibus que me conduciría al centro. Mientras el guarda me entregaba el boleto llamó mi atención la risa afectada de aquel joven, que, sentado en uno de los asientos transversales, parecía compartir su diversión con alguien, ¿con quién? No hallé otro lugar desocupado y me senté, no sin aprensión, junto al risueño pasajero. Él continuaba riendo con una risa que por momentos se acoplaba a un chistido opaco en un intento de querer ahogarla con la mano. La recta de su mirada se quebraba en la ventanilla del frente, pero era tal la sensación de correspondencia que concebí el absurdo de un invisible interlocutor. No había lugar a dudas, se trataba de un enfermo mental.

Parecía muy joven y estaba bien vestido. Descansaba sobre sus rodillas una tela pintada. Pude observarla porque, con pueril disimulo, realmente interesado en mostrármela, la tenía inclinada hacia mí. En ella, bajo un cielo gris y rosa avanzaba una larga caravana de hombres y lanzas; al fondo, inclinado bajo el peso de la cruz iba el Nazareno, y su manto era el único matiz púrpura; lejos y arriba, el Gólgota punzado por las cruces de los dos ladrones.

Busqué una palabra que pudiera confortarlo y además, confieso, sentí curiosidad por saber qué pensaba y probar su capacidad de coherencia. Pena y expectación me impulsaron y resbaló al fin la difícil pregunta referida a su cuadro:

-¿Lo pintó usted?

-Sí.

-¿Lo copió de otro cuadro?

-No; de la historia.

Sonreí de manera idiota. Estábamos a la recíproca.

-¿Ya expuso en alguna parte?

-Se equivoca -dijo-, no pinto para exponer ni para que usted me diga que esto es extraordinario; por ahora lo dejaré como está, sin marco.

-Ese cielo es toda una lección de sabiduría -añadí- y ha mostrado con él un aspecto inédito, no ya de la realidad, como todos los artistas, sino de lo trascendente.

-¿Trascendente? ¿Y qué cree que es el cielo? -me demandó.

-La antítesis -aventuré vacilante- de todo esto; la serenidad, la plenitud...

-No me venga con Platón ni con Plotino. Estoy harto de arquetipos y... ¿quién me asegura que allá dejaré de sentir?

-¿Y qué quiere usted dejar de sentir?

-Todo. Como Job maldigo la hora en que nací. Vivo saciado de mediocridad. Colman mis ojos, mi olfato, mis oídos. Nada me enseñaron sino a desear la muerte y a temerla. Yo no soy Prometeo, yo no puedo ignorar el miedo. Únicamente ése no sufre -dijo señalando a un niño en brazos de su madre- pero ya verá cuando empiece a ejercitar eso que los filósofos llaman «razón» y escriben con mayúscula.

-Malos vientos, ya pasarán -respondí contagiada de su angustia, pero me repuse y hablé un largo rato; le dije que como la borrasca anticipa una atmósfera fresca y limpia, así su crisis era un eslabón de esa larga cadena de evoluciones que es el ser humano. Que luchara por algo grande y noble. Que se acercara a ese Dios que su genio intuía. Y le hablé del cielo, no del que nuestros ojos ven y donde se pierde entre  vértigos nuestro cerebro, sino del otro, que siendo parecido en infinitud, puede caber en la ceñida capacidad del pecho. El milagro y la realidad, el paraíso y la tierra se me volcaron por los labios como la ambrosía de un cáliz colmado.

-Usted lo tendrá todo -concluí levantándome con los ojos húmedos- porque ha logrado con trazos y colores lo que yo jamás he conseguido con mis oraciones -y señalé con gesto cansado el cuadro ya definitivamente caído en el asiento.

Y mientras mi cuerpo oscilaba entre sobretodos y tapados, luchando como un cestiario por llegar a la puerta trasera del ómnibus, agregó en voz alta, pausada y segura, importándole un ardite la opinión de los que lo escuchaban:

-Adiós señora, hasta que nos veamos en el cielo.

Sonreí mientras todo el pasaje me miraba con ojos interrogantes.

Apresuradamente salvé la distancia que me separaba del local donde la conferencia ya había comenzado.

A los dos días me sorprendió un artículo del más importante matutino: «El joven y talentoso siquiatra, satisfecho con las experiencias obtenidas en su contacto directo con gente de la ciudad, realizadas con el fin de completar una estadística de salud mental, destacó el caso de una mujer que en un ómnibus, presa de patológico misticismo, dio una respuesta inusitada a su test «Gólgota».

Dejé caer el diario, anonadada. Una ráfaga fría me abofeteó. Cerré maquinalmente la ventana, porque me pareció que por ella entraba el aire pernicioso que escapa por los resquicios de los templos abandonados.



 

EL CUADRO

 

Recuerdo que a la entrada de mi cuarto de entonces, y a la derecha, estaba el viejo ropero y más allá la cama de bronce que heredé de mi bisabuela. Yo era la única administradora de ese mundo allá por mis once, doce... (¿Cuántos años tendría entonces?). Hay épocas en que la vida no parece una escalera en la que cada año es un escalón, sino un tobogán en el que la velocidad del descenso embota la conciencia del tiempo.

Y mi tobogán comenzó cuando a mi tía Eudora se le ocurrió colgar en una de las paredes, el cuadro con el rostro de aquel niño-hombre, aquel Delfín de Francia, que fue durante muchos meses mi primera visión de la mañana y la última, antes de que las sombras pasaran su esfumino por el aire. Estaba en el lugar menos visible desde la puerta. Con su modesto marco de madera lustrada, parecía más una fotografía que la reproducción de un retrato, por la fidelidad con que reflejaba los rasgos: el mentón prematuramente enérgico, los labios finos en los que una sonrisa se insinuaba y la mirada que parecía regresar de la historia, a ese ámbito de un oscuro hogar americano. Yo tenía la certeza de que observaba cada detalle con la seguridad del que ha logrado, después de una búsqueda denodada de siglos, hallar el eslabón que une las circunstancias parecidas en la vida de la gente, de las ciudades y de las cosas.

Mientras lo miraba él parecía, a su vez, observarme a mí.

Aunque al contemplar los rostros pintados tenemos la  certeza de que esa mirada no se dirige a nosotros, la limpidez cobalto de los ojos del Delfín, se proyectaba en los míos con tristeza.

Luego el colegio, los juegos con amigas me distrajeron y llegué a olvidarme por unas semanas del pequeño príncipe.

Un día, durante la cálida siesta provinciana, y mientras estaba en el comedor haciendo mis deberes, me dirigí, movida por un impulso, a mi habitación, donde, mientras paseaba la mirada por las paredes, me pregunté qué había ido a hacer a ese lugar.

Tenía la incómoda impresión de haberme olvidado de algo importante. De pronto, al ver los ojos del Delfín en la semipenumbra del cuarto, tuve la certeza de que había ido allí a mirar el cuadro.

A esa edad, no nos preocupan ciertas actitudes. Nada parece anormal en esa época de la vida en que la fantasía y la realidad tienen una lógica común, en que la magia es el rumbo no vergonzante de la existencia, de manera que entré de lleno a ese mundo vedado a la familia. Ya tenía un amigo. No podía hablarle pero mis pensamientos le comunicaban mis pequeños fracasos, mi incomunicación con mis padres, mi timidez y mis temores. Todo. Nada quedaba en el tintero de mi imaginación. Y durante ese diálogo callado -porque sin duda algo recíproco nos unía- me arrodillaba frente al cuadro, me cruzaba de brazos, inclinaba la cabeza hasta apoyar la barbilla en el pecho y cerraba los ojos para que nada me distrajera de mi perfecta comunión con el misterio.

En esa actitud orante me sorprendió un día mi madre. No me dijo nada, pero desde entonces me observó con preocupación. Sé lo que seguramente pensaría: «Mi hija está pasando por la edad difícil y es indudable que algo no marcha en ese cerebro. Se la ha tomado con ese monigote del cuadro que mi hermana ha traído vaya a saber de qué anticuario».

Después deduje que había pensado así, porque una  tarde al llegar del colegio, arrojé mis útiles sobre una silla y corrí a mi cuarto. Con los ojos brillantes y casi con desesperación oí a la indiferencia de mi madre traducirse en palabras:

-Le di un golpe con el plumero y se cayó. Como se rompió el vidrio, quemé el grabado.

El «por qué, por qué asesinos» vibró seguramente en los oídos de todos durante el largo mes que duró mi convalescencia. Inmóvil, hipnotizada por el trozo de pared donde la nada se manifestaba por una mancha de humedad, empecé a mejorar el día en que a la pregunta invariable del médico: «¿Qué te duele?, ¿qué sentís?». «Nada, doctor, no me duele nada».

Poco a poco recobré la alegría y el color, y la extraña experiencia quedó relegada, entre las oscilaciones sicológicas de mi difícil adolescencia.

Después de algunos años me casé y nos fuimos a vivir a Buenos Aires. La vida transcurría entre viajes, deportes y lecturas, no compartidos con mi marido, quien se dedicaba a administrar una pequeña quinta y a añorar los hijos que no pude darle.

Con ansiedad casi febril reinicié mis interrumpidos estudios humanísticos y al concluirlos obtuve una beca para estudiar en la Universidad de Madrid. Eso me brindó la ansiada oportunidad de conocer Europa.

Al terminar mis tareas en España, me radiqué durante dos meses en Italia, donde realizaba excursiones a los lugares menos visitados por los turistas, a las más apartadas villas. Llegué a uno de esos castillejos que hay en los alrededores de Roma convertidos en museos. Me impresionó la solemnidad de la fachada más propia de un templo que de una pinacoteca. Ya de recorrida, al pasar de uno a otro de sus dilatados recintos, a través de un penumbroso pasillo, sentí el contacto de una mano en mi hombro izquierdo.

Volví la cabeza creyendo que sería alguno de los pocos visitantes que andaban por allí, pero no vi a nadie a mi lado. Apenas el último resplandor de la tarde, que a través de los cristales de un ventanal, dejaba su toque irisado sobre un cuadro. No pude sino mirarlo intensamente, sin asombro, como a un viajero largamente esperado, porque allí, como antes, hierático y perfecto, el rostro del Delfín de Francia me devolvía en su mirada el tiempo perdido. Las horas vividas sin vivir desde mi infancia. Eso que todos los hombres buscan y a veces no encuentran nunca.



 

LOS QUE NO COMPRENDEN

 

I

 

A la vida del pequeño pueblo le habría faltado sentido sin el loco cazador de mariposas. Era ya una institución.

-¿Y qué hay para ver en este pueblo, fuera del arroyo y del cementerio indígena?

-En esta época no sé, pero cuando llegue el calorcito va a conocer a Eulalio Fuentes que saldrá a cazar por el «Puente de Fierro».

-¿Caza de pelo?

-¿De pelo? Por estos lugares no hay más que zorrinos. Fuentes sale a cazar mariposas.

Y así es. En el cálido diciembre, durante las siestas en que el sol se vuelve implacable -porque salvo algunos talas no hay en las calles ni una sombra para guarecerse- se lo reconoce desde lejos con su paso torpe, como si una pierna fuera castigando a la otra, con sus ojos verdes como charco, mirando sin ver el camino ceniciento.

Se encamina derecho hacia el barrio obrero más allá del cual se anuncian las primeras lomadas, y luego, por una angosta vereda de tierra llega hasta donde el camino se bifurca. Allí comienza su diario ritual. Las caza con esas manos sarmentosas, fatigadas en el ejercicio de atrapar huidizas sombras. Las apresa delicadamente y las coloca dentro de una caja cuya tapa levanta con precaución cada vez que un nuevo ejemplar aumenta su tesoro.

Luego, al mismo paso, enrojecido por el sol vertical, regresa con su cosecha de libertad. Sobre el cielo del crepúsculo  se recorta su silueta inverosímil y las huellas del regreso, ya atardecido, se entrecruzan con las torvas miradas de los que no comprenden la locura: el arriero en el mostrador del Hotel Luján, que aprieta el vaso de ginebra como si se le fuera a escapar. La empleada de «La flor del norte» que todos los días hace el mismo recorrido, se acuesta a la misma hora y quizás tenga siempre los mismos sueños. El mecánico de la única estación de servicio, que succiona la bombilla del mate inacabable. Don Pedro Ponce de León, recostado en el viejo tronco de paraíso -según dicen creció torcido de soportar el peso del hombre que vio desenvolverse la vida del pueblo desde su atalaya vegetal-.

Y ante los ojos del vecindario, trabajador, pulcro, y normal, pasa Eulalio Fuentes con una sonrisa de niño que le baila en los ojos y en los labios como una mariposa más. Abre con cautela la puerta de su único cuarto y se desliza adelgazándose, para no forzar la abertura, hacia el interior conjetural.


 

II

 

Mariposas sobre la cama, sobre los armarios, sobre las paredes, revolotean alrededor de la luz cubierta con un fino tejido para evitar que se quemen. Junto a los cuadros -uno con la imagen de una matrona, descolorido por los años pero no tan borroso como para no denunciar su parecido con Eulalio Fuentes; otro, el de dos chicos enfundados en los clásicos trajecitos de marinero a la moda antigua de los días domingo-, en medio de aquella enorme jaula de mariposas, nuestro personaje se mueve con naturalidad, mientras ellas se le posan en los hombros, en las manos, en la rubia cabeza despeinada. De vez en cuando su mirada sigue el vuelo de alguna, distraído, lejanísimo, como buscando en las alas un rumbo cierto para su incierto destino. Otras veces ofrece las  manos a las caricias de sus aleteos y como si retuviera en sus dedos la calidez de un milagro, sonríe mientras las acerca a su rostro. A veces, después de contemplarlas largo rato, se entristece hasta apoyar su cabeza sobre el brazo y en actitud de sueño, de entrega, llora hasta quedarse dormido.

A nadie hace daño con su extraña locura. Hasta los chicos lo dejan pasar sin temerle, sin mofarse de él como si esa insania fuese digna del instintivo respeto de todos los cuerdos del pueblo.

Un día cae como un guijarro en un lago apacible la noticia inesperada. Cuando la hija de los Ponce sale a hacer los mandados hasta la cuadra de la feria, Eulalio la sigue un trecho en silencio. Al comienzo, la niña no repara en su cercanía, pero cuando se acorta la distancia entre ellos observa que el loco acelera el paso para acercársele. Entonces echa a correr temerosa y Eulalio la sigue, también corriendo, sin lograr alcanzarla.

Fatigada transpone el umbral de su casa y cuenta a sus padres lo ocurrido. No es posible. Apenas pueden creerlo. Si la locura se torna peligrosa habrá que dar cuenta a las autoridades y tomar las medidas para recluirlo en Torres o en Open Door. Al día siguiente la enviarán a la feria y el padre y un policía la seguirán a prudente distancia. Es preciso comprobar.

Se dispone todo con cuidado para que Eulalio Fuentes no caiga en la cuenta de la celada que se le tiende.

Al día siguiente, se recorta como siempre su silueta sobre el crepúsculo, lo ven acercarse al tiempo que la niña se aventura a la prueba, con paso indeciso.

Verla y apresurarse es todo uno. La chica empieza a correr según lo convenido y detrás de ella, Eulalio, brillantes los ojos por el extraño fuego que lo consume y con la sonrisa de sus mejores horas de enajenada felicidad corre, corre como si quisiera alcanzar una estrella.

Cuando la niña da un traspié que la tiende largo a largo al borde de la calzada Eulalio Fuentes se le acerca primero con rápidos y felinos movimientos y luego más cauteloso, mientras su presunta víctima lo mira asustada aguardando la intervención oportuna de su padre y del policía que aún no han salido del escondite.

Junto a ella extiende su brazo trémulo y roza apenas el moño celeste que sostiene los cabellos de la niña, con una caricia ingrávida de sus dedos ásperos, dueños del agrio aroma de los campos.




 

EL HERMANO

 

Mientras regresaban del obraje, los dos hermanos, ensayaban otra vez el mismo diálogo, que los montes escuchaban.

-Y adónde te irás -dijo Claudio como si lo viera por primera vez.

-A la Ciudad, adonde llega el tren. Cuentan tantas cosas los que vuelven -respondió Jacinto.

-Si vuelven. Todo eso cuesta mucha plata y vos, ¿qué tenés para llevar?

-Trabajaré; ahora trabajo sin esperanzas en una jaula de quebrachales y espinillos...

Hasta que llegaron al rancho, sus silencios hablaron idiomas diferentes. El escenario continuó con los mismos actores representando el mismo papel, pero los hermanos sabían que algo había cambiado desde que Jacinto expresó su deseo de zafarse de aquel cautiverio y acceder al convite del horizonte.

Llegó, con un otoño luminoso, la decisión irrevocable de partir. Estaban sentados a la mesa donde el silencio de la familia campesina sólo era quebrado por monosílabos. Sobre ese mutismo, se derramó como lava hirviente la voz de Jacinto y resbaló sobre el consejo materno y la autoridad indiscutida del padre.

Nada; se iría y no había por qué afligirse, la Ciudad no era una fiera.

Tomó los más sencillos recaudos y con un pequeño bolso, partió una mañana cuando todo el monte parecía corear la despedida con rumores y cantos. En la fisonomía agrietada del padre se hundieron aún más los surcos y en los ojos de la madre se acaudillaron los presentimientos.

Al comienzo de la ausencia algunas cartas traían las noticias de la vida de Jacinto en la Ciudad, la búsqueda de un trabajo, la brega en un medio extraño, después una pausa ancha como el abra pulmonar del monte.

Los días derrocharon sus granos de arena sobre aquella comarca lejana. Claudio, en el camastro de su infancia miraba la otra cama vacía mientras escuchaba la serenata de los grillos. Pensaba. Si la Ciudad le devolviera a su hermano ¿sería el de antes? Su regreso ¿sería definitivo, o al volver le pesaría más la eterna inmovilidad de la selva? Quizás le parecieran más taimadas las sombras, más sellado el mutismo de los padres. Si estaba trasformado en otro, ¿en qué atajo del recuerdo reencontraría su infancia...?

Ansioso se acercaba diariamente al correo hasta que un día llegaron unas líneas. Desencanto. Lanzazos del héroe a los molinos de viento. Qué difícil la lucha por ese maldito afán de superar las piedras y los árboles. Qué amargo le sabía el pan de la impotencia. Quizás volvería allá, al obraje, a doblegar la cabeza ante su sino de leñador, quizás...

-¿Y tu hermano cuándo vuelve?

-Pronto nomás -contestaba acariciando la seguridad del retorno. Releía las cartas optimistas, y como lo había temido, parecía otra persona la que le hablaba a través de la distancia.

*  *  *

Apenas lo reconoció por la sonrisa y por el color de los ojos cuando descendió por la escalerilla del tren. Ese no era su hermano. ¿Qué muertes se lo habían arrebatado a jirones para dejarle allí esa réplica bastarda? Hasta la voz le llegaba  como por tubos desde un rincón de asfalto. Y se quedó clavado en el tiempo, aguardando el milagro.

-Ni he venido a quedarme ni soy tu hermano. Éramos compañeros de pensión antes de que lo trasladaran al Hospital de Jesús María. El clima de la ciudad no le sentaba y me pidió: «escribiles durante un tiempo hasta que me consuma del todo». Me lo dijo una mañana, con una sonrisa triste, durante mi breve visita:

-Mientras vos les escribás yo seguiré viviendo. No me liquidés demasiado pronto, hermano... después andá a verlos para decirles la verdad.

-Venga, venga hasta casa -agregó Claudio, inseguro.

-No me atrevo a hablar con tus padres. Me volveré en el próximo tren...

Claudio, de vuelta al rancho, no lloraba, porque el otro dolor habría sido menos tolerable. No hubiera aguantado que la Ciudad se lo arrebatara vivo. Ahora podría -se lo dice la tierra, que maldice a quien la niega- volver a salir con su hermano a juntar miel por el sendero del Potro y meterse en cuanta madriguera los tentara con sus bocas de niebla. Su hermano ya no estaba, era evidente, pero buscando un poco, lo hallaría en cualquier atajo del recuerdo.



 

EL GUSTO DE LA LLUVIA

 

Duermo en la plaza. Debajo del banco, donde por las mañanas y por algunas noches, pasa las horas muertas el Largo Fenegan. Es el sitio más cómodo porque sus piernas -que llegan casi hasta el cordón de la vereda- no me molestan cuando estiro mis patas hasta el pedregullo.

Eso sí, tengo que achicarme un poco, cuando a eso de las diez de la noche, un par de piernas más cortas y robustas se ubican junto a las del profesor de inglés. Desde mi rincón oigo que hablan y dicen cosas como «siempre» y «nunca» «te quiero», «no te olvidaré». Creo que las escuché en algún otro lugar de la plaza. Las palabras de los hombres significan muy poco para mí. Jamás nos prometemos nada con Erika y debe de ser por eso que después de tantos años de nuestro simple matrimonio de perros -y no sé por qué le llaman vida de perros a la que llevan algunas parejas humanas- seguimos mirando juntos las mismas cosas y viendo cómo crecen nuestros cachorros. Yo creo que la gran debilidad de los hombres es pensar. Yo observo, tengo ideas, pero no las relaciono. Ayer, por ejemplo, oí que decían:

-Hace tanto tiempo que espero tu decisión. Ya no sé qué pensar de este noviazgo eterno. Ya no soy joven, mi madre pregunta...

-Qué les importa a los demás. ¿Acaso ellos van a pagar la olla que yo no puedo, con mis escasas entradas de profesor? Hemos esperado tanto. Ya vendrá...

-La vejez y la muerte...

-Vamos, Elisa, no pensarás morirte a los cuarenta y tantos. Mientras ellos conversan, la gente, las parejas, pasan ajenas a ese mundo en cuyo umbral yo hago guardia permanente. En la «vuelta del perro» -ya me gastan el nombre- las faldas y los pantalones van y vienen hasta producirme sueño. A veces cuando me despierto ya he quedado solo y, muy entrada la noche, me distraigo mirando ese retazo del pueblo que rodea la plaza. La iglesia centenaria, la municipalidad, el diario, el chalet «Miralejos», los baldíos interminables, un grupo de perros que siempre pasan con la intención de que yo me una a la patota y al ver mi indolencia se alejan...

-Cha que estás viejo...

-Dejalo. Si es el guardián de la plaza...

-Qué va. Es el que sigue a los entierros...

-Cruz diablo...

Una noche, ya muy tarde, me sorprende que esté todavía el Largo Fenegan en nuestro banco de siempre. La plaza ya es un remiendo silencioso del pueblo. De vez en cuando algunos taconeos cadenciosos me distraen. Observo. Son unas piernas jóvenes: la falda no puedo verla, porque está más arriba de mi campo visual. Pasa y vuelve a pasar hasta que Fenegan le dice algo que yo no entiendo muy bien, pero sí noto en su voz un acento o un temblor desconocido.

Algo como una gárgara de juventud. Ella da una vuelta más y se pierde en la esquina de los Jáuregui.

Al día siguiente cuando llega Elisa están largo rato silenciosos.

-¿No tenés nada que decirme? -se anima la mujer.

-Nada. Estoy aburrido. El pueblo me asfixia un poco. Además sabés cómo me deprime la cercanía del otoño.

-No será -insiste ella- que, como las paralelas, vamos uno al lado del otro sin esperanza de unión...

-Vos, con tus comparaciones geométricas -farfulla amoscado el inglés-.

-Pero qué significan dos vidas, así, sin compartir alegrías y sufrimientos, una experiencia continuada, los hijos...

-¡Qué pereza! Yo no quiero hijos. Lo veo por mis sobrinos. Es mejor criar perros. Mirá este pobre bicho fiel -el bicho soy yo- ni el invierno lo espanta de mi lado. No me sigue hasta casa porque le amago un cascoteo.

Una pierna de Elisa -pobre, con bastantes várices- se mueve nerviosamente. Las del inglés están abandonadas sin recato sobre la vereda desierta de la plaza como si no tuvieran dueño.

Al poco rato me quedo solo con el Largo. Es una de esas noches en que los perros detectamos presencias que la miopía de los hombres no puede intuir. Yo sé que alguien morirá: cuando alrededor de la casa del señalado hay como una aureola musical de campanas, y percibo desde lejos el sabor de las tormentas. Los relámpagos me aterrorizan porque los perros sabemos -los hombres todavía no- que las fuerzas de la naturaleza tienen el poder de la infinitud. Por todo esto es que pude oír los pensamientos del inglés. «Qué bronca con este otoño. Claro, nos sucede lo que a las plantas. Hay que morir para renacer. No hay alborada si antes no hubo la noche. ¿Y yo? ¿Para qué mi otoño? Se me están secando las raíces...»

Me duermo. No sé cuánto tiempo. Me despierta el timbre de una voz desconocida que -un verdadero escándalo- ríe desgranando perlas sobre el banco. Y a cada palabra del inglés una nueva carcajada burbujeante y joven. La voz del hombre se vuelve verano y la de ella revela todo cuanto en el país del milagro puede acontecer. Hace mucho que «ella», «la nueva», lo observaba con la otra, con esa mujer avejentada y triste. Él no recuerda pero «ella» fue  su alumna hace dos años. Claro, todavía usaba las trenzas que ahora se atrevió a soltar. Como su audacia. En idioma inglés era un zoquete pero tenía enorme facilidad para la literatura. También escribía. Era la que firmaba con el seudónimo de Amarilis en el diario Exaltación.

Llegó la madrugada después de esa noche de diálogo a veces interrumpido por una vacilación o por un suspiro y las piernas de ella -sin várices- se pierden primero por los canteros centrales y después, detrás de la fuente de agua sucia, custodiada por los tres sapos de bronce.

Durante varios días me siento muy solo. Nadie, salvo unos chiquilines que me tiran de la cola, ocupan el banco. Ya perdidas mis esperanzas de tener compañía, reconozco las piernas regordetas de Elisa que se acercan. Con gran expectativa de mi parte no se sienta sino que se deja caer sobre la dolorida madera. Allí permanece mucho tiempo quieta y silenciosa. Algunos transeúntes dejan todavía oír una que otra voz a nuestro alrededor. Luego, nada. El pueblo se va apagando como un último rescoldo. Lejanos ladridos de algunos congéneres. El reloj de la torre de la iglesia que da doce campanadas. De pronto me sobresalta algo que me parece una risa ahogada. En seguida una gotita se desliza por mi lomo. Justifico entonces al inglés que le teme al mes de marzo y me estremece el recuerdo de los relámpagos. Yo que no sé pensar, mientras me enjugo la gotita salada con la lengua, deduzco que este otoño va a ser muy diferente. Ya está cambiando hasta el gusto de la lluvia...



 

LA CERTEZA

 

Falta sólo una hora para llegar a mi casa. Los postes del alambrado pasan raudos mientras algunas mariposas -siempre hay cosas difíciles de impedir- detienen violentamente su vuelo en el parabrisas de mi coche. Nada como los toboganes del camino para pensar y pensar. Se puede recorrer el planisferio y hasta el universo. Revuelvo el antro de la memoria y la caja de regalos del futuro. Sueño. Y deshago mis sueños con la misma facilidad con que mis hijos hacen y destruyen monigotes de plastilina. En algunas ocasiones mi fantasía me hace sentir satisfecho. En otras, las imágenes me molestan y quiero ahuyentarlas pero no puedo y ahí queda inamovible, el fracaso, la caída o el simple enfrentamiento a un rostro desagradable: ¿de qué paraíso o de qué infierno perdidos vendrán a la imaginación esas facciones que no existen a nuestro alrededor? Deduzco que, de veras, el cerebro es incontrolable y que el inconsciente obtiene a menudo triunfos parciales aunque molestos, sobre la conciencia y la voluntad.

Más postes y sembrados, las primeras casas se me acercan cuando tomo la curva de la feria donde están descargando ganado de algunos camiones. Y demasiado velozmente, también, llego al paso a nivel donde la barrera automática con vía de escape, está baja. No puedo frenar. Es demasiado tarde. Giro el volante en brusco movimiento que me produce un dolor agudísimo en el brazo izquierdo. Estoy atrapado por el tren que ya se ve como adherido a la puerta delantera del auto. Es como si desde siempre hubiera visto a través de la ventanilla esa cara de cíclope que ahora me fagocita sin remedio. Pero no me aplasta sino que con su enorme mandíbula de hierro, con un chirriar que se impone a toda otra sensación de angustia, me arrastra no sé cuántos siglos por las vías hasta arrojarme a un costado, en medio de espesos cardales.

Antes de que se acerquen los que vienen del lado de la estación y los pasajeros del tren que -al fin- se ha detenido, salgo del coche y empiezo a caminar hacia casa. No me importa la hora, ni el estado del auto y olvido casi por completo la impresión de la catástrofe vivida. Camino como cuando en la ruta las cosas impresionan mi sensibilidad. Me llama la atención la serenidad del cielo y una desacostumbrada sensación de libertad.

No me extraña, por lo tanto, que mi mujer y mis hijas, pasen por mi lado, sin verme, camino a la estación ni tampoco al seguirlas desandando el itinerario propuesto, me emociona llegar al lugar donde hay un coche destrozado. Y menos aún ver que allí, confundido entre las cuerinas rotas del tapizado y la chapa informe, yace mi propio cuerpo. Flojo, definitivamente relajado como si fuera sólo un traje que conserva tibio, por algún tiempo, la forma de su dueño.

Tampoco me asombra el hecho de seguir pensando, discurriendo, cuando liberado de todo contacto material me pierdo por el camino de acceso, arbolado de tilos. Voy solo ya, hacia no sé qué destino, con la certeza de mi certidumbre.



 

LA COLMADA SOLEDAD

 

De vez en cuando me acuerdo todavía de aquella mañana en que me despertó un inocente escozor en el ojo derecho. Me levanté apresurado porque era mi primer día de trabajo efectivo y les demostraría a mis compañeros de vivienda que yo también podría desempeñarme como ellos, como Iturbide, que todas las noches frente a su botella de vino y a su lámpara siempre exangüe, contaba hasta quedarse dormido los pesos que le había entregado el capataz de Cargel.

Por un momento pensé en ir hasta el Santa Lucía -otra vez había ido allá a sacarme una esquirla que se me clavó mientras ayudaba al dueño de la pensión a realizar un trabajo en el torno- pero no podía llegar tarde, y nada me hacía suponer que un simple prurito en un ojo tuviera serias consecuencias. Me refresqué en la pileta del patio y corrí para alcanzar el colectivo en el que, como siempre, fui un muñeco más, zangoloteado por los barquinazos y luchando por mi magro lugar en el estribo.

A media mañana se me volvieron insoportables los alfilerazos en el ojo derecho; me pareció menos tolerable el calor, la transpiración y el olor a cereales húmedos y descompuestos que me sofocaba las raíces. Después, todo se baraja en mi propia tiniebla. La memoria se resiste a recordar la transición, pero en mis puños han quedado las señales de tanto golpear inútilmente contra el muro de oscuridad.

Ahora ya todo es diferente. Ciego, me tengo menos lástima que la que me inspiraban los ciegos cuando yo veía. Me parecían vegetales sorbiendo del aire o de la tierra lo estrictamente necesario para sobrevivir. Los que observan la desgracia de los demás, la magnifican, la imaginan despojada de la resignación que sólo se logra cuando se madura desde adentro el dolor irrenunciablemente propio. Además, a mi modo, yo puedo ver, porque si falta el rey de los sentidos, los otros que eran súbditos se vuelven repentinamente caudillos en una soberbia anarquía. No necesito de los ojos para comprobar la irrupción de la noche, porque mi piel, mis oídos, mi olfato son los minuteros de un reloj infalible. Cómo no reconocer la madrugada en la frescura serena del aire y en la creciente algarabía de los gorriones que despiertan en los paraísos y en los talas. Cómo no reconocer el mediodía en el calor vertical del sol, y a las horas de la siesta, por el letargo de la tierra.

Al sentirme un hombre distinto quise rodearme de naturaleza y me alejé de la ciudad. En este pequeño pueblo creo que soy el único que tiene su parada en el portal del Señor de la Exaltación, y como sólo hay tres misas a la semana, los domingos hago también mis incursiones a la salida del cine Roma o al Remolino, balneario sobre el Arroyo de la Cruz.

Desde que estoy aquí he tenido la impresión de que para la gente del pueblo no tengo más espíritu, más humanidad que el santo de piedra de la iglesia centenaria. Todo lo que me diferencia de él es que yo extiendo una gorra o un platillo y pronuncio algunas frases de agradecimiento, en ocasiones de los mismos quilates que tienen las limosnas que me arrojan: monedas de centavos o tapas de gaseosas.

Hace unas cuantas semanas comenzó para mí una temporada de estrecheces económicas. Sergio, un chico huérfano, el único que algunas veces me habla cuando nos encontramos por la calle, quizás porque él también añora un interlocutor, me iluminó acerca de la posible causa de mis negocios fallidos: se había corrido la voz de que yo tenía una  fortuna escondida en mi camastro. Resignado y con lo poco que me quedaba seguí yendo por un tiempo al bar de la estación a comprar mi ración de pan y fiambre, hasta que tuve que empezar a pedir que me fiaran, cosa que no me resultaba embarazosa cuando eran los muchachos los que me atendían, pero sí cuando el padre era el que me hacía comer las migajas con un «haragán» o un «aprovechador»que bien visto, no sé si merecía.

Así las cosas, algunos días ni me animaba a enfrentar la aventura diaria y me quedaba en mi jergón dormitando. El hambre, que podía localizar en un lugar de mi cuerpo revelaba su escasa hondura frente al apetito -que últimamente me acuciaba- de hablar, de tener una larga conversación con alguien de mi nivel espiritual. Vaya, no es para reírse. Charlar con un hombre -no me disgustaría si fuera mujer- que comprendiera muchas cosas sin haberlas leído o habiendo leído sólo cuatro o cinco cosas fundamentales.

No sé cuánto tiempo me había quedado una tarde acostado, cuando decidí salir a caminar sin rumbo. Anduve sin dejarme guiar, conforme lo hacía habitualmente, por señales conocidas como el paredón de la municipalidad, las veredas abiertas de la plaza, los murmullos que llegan hasta el puente viejo desde el campamento gitano, que hace un tiempo se instaló para quitarle el sueño al intendente. Mi rostro se humedecía con el sereno de la noche estival.

Cuando llegué al barrio Lausirica -entre vivienda y vivienda hay un buen trecho de campo- percibí el sonido de mis propios pasos como si fueran ajenos y tuve la sensación de estar desdoblándome: un yo vivía y el otro lo miraba vivir. Luego no ya dos, sino cuatro pasos resonaban sobre la tierra apisonada. De pronto, cuando atravesé el segundo puente llegó hasta mí el silbido del tren, que con su imperio pasó sobre mí apagando con su poderío todo pequeño rumor.

Hecho el silencio quebrado por algún ladrido lejano pude escuchar otra vez la seguridad de los pasos y ya junto a mí la voz desconocida:

-Qué noche estrellada y clara- y en ese hablar casi consigo mismo, me hizo una descripción del paisaje nocturno como si quisiera compartir conmigo el privilegio de asomarse a la vida. Venía de San Pedro. No le pregunté a qué, ni cómo se llamaba. No me importó nada en él todo lo externo que condiciona y señala al resto de las personas. Él era «la» persona, la única que llegué a medir con el cartabón de mis sentimientos.

Nos sentamos en una alcantarilla solitaria y en medio de un crujir de papeles desparramados, sacó alimentos y bebidas que gustamos en silencio y después hablamos largamente. No podría recordar qué le dije, pero debió de ser algo sincero porque esa noche, ya sin hambre de pan ni de palabras, lloré lágrimas olvidadas. Mientras el sueño llegaba blandamente recordé: la mía no era la tensión hacia el padre, hacia el hijo o hacia el amigo. De casi nada de eso supe o me acuerdo ya. Era la armonía entre el creador y su criatura y, aunque comprendí que había algo de misterioso en el encuentro, había también algo que entendía, «ya no estoy solo, puedo verme, sin ver, en el espejo de otra mirada y puedo comprender el lenguaje del mundo, sin palabras».

Al día siguiente, sentado en el banco de la estación del Urquiza hablamos de la gente del pueblo. Conocía a todos y era como si todos lo conocieran a él. Conocía los móviles de muchas actitudes contradictorias: ni Juana Rosa era una mala mujer ni el turco Aníbal robaba en su mercería, y mientras devorábamos el alegre pan compartido, hablamos del tiempo amenazante y de la pesca en el arroyo ancho cerca de las Cinco Bocas.

Cuando ya muy avanzada la noche hallamos a Sergio que atravesaba en diagonal la plaza, le presenté a mi amigo y continuamos caminando los tres, más de dos cuadras.

Esa noche no me permitió conciliar el sueño un persistente mareo y mi insomnio tuvo la incómoda compañía de tristes pensamientos. ¿Hasta cuándo duraría esa amistad que me había hecho un hombre nuevo, que me salvaba de la incomunicación y del hambre? Y otro pensamiento y otro. ¿Cómo sería mi salvador? Podría preguntarle a Sergio, aunque no quería ni siquiera imaginar su rostro, porque el amor y la amistad no tienen rostro; pero lo mismo, al día siguiente cuando encontrara a Sergio...

*  *  *

Pero al día siguiente... casi no podía abrir los ojos. Los párpados le pesaban y aunque hacía varios días que, en oposición a la euforia alucinada que había ganado su espíritu, no se sentía físicamente bien, nunca llegó al extremo de no tener deseos de levantarse. Al fin creyó sobreponerse y logró echarse sobre los hombros el saco raído. Apenas pudo llegar hasta la esquina. Allí, como durmiendo sobre la raigambre de un plátano que sobresalía de las desparejas baldosas, lo encontraron muerto. El médico de policía dictaminó «por inanición».

No llegó, pues, ni a preguntarle a Sergio cómo era el rostro de su amigo ni a obligarlo a que inventara una mentira piadosa, porque aquel día del encuentro en la plaza, en varios metros a la redonda, no estaban más que dos hombres, el ciego y Sergio. Al tercero lo había inventado la soledad.



 

VIVIR ES DARSE TIEMPO

 

Nunca me han gustado las casas con historia y ahora me tocó en suerte una de ellas, después de habitar veintidós años un pequeño departamento de la calle Urquiza. Aquél sí era nuestro. Nosotros lo habíamos estrenado y saturado de favorables vibraciones -como dicen los espiritistas- porque allí fuimos felices con nuestros cinco hijos y conocimos ascensiones y caídas.

Eso sí, en tan exiguo espacio no podía dedicarme con tranquilidad a mis tareas docentes. Corregir deberes era una indiscutible hazaña porque, cuando me descuidaba, los más pequeños solían dibujar muñecos en las pruebas escritas o estampar la marca de sus dedos. Aguardaba con ansiedad los días en que mi madre se llevaba a los chicos a pasear, para dedicarme a mis trabajos literarios -cuentos, poemas, o ensayos- que luego enviaba a diarios y revistas del interior.

En cambio, a esta casa, llena de ventajas para los afanes expansivos de mis hijos, no pude hacerla mía enseguida porque había sido demasiado de otros; tiene más de cuarenta años y una tradición dramática: cuentan que aquí se suicidó una mujer.

Mis manos inadaptadas a sus picaportes antiguos, mis pies, a sus interminables pisos de baldosas, mis descansos, a su opresivo silencio, concluyeron por convencerme de que nuestras presencias deberían desalojar lentamente a los duendes invisibles que dormían en los rincones, en las altas persianas y en las manchas de vejez y de humedad. Ante todo debería averiguar -creía tener derecho a conocer el currículum de nuestra nueva morada- por qué se había suicidado la persona que ya tenía, sin saber nada de ella, toda mi adhesión de mujer y de sucesora en el espacio y en el tiempo.

Una noche, ya acostada, mientras distraía la mirada en un poster que coloqué en mi cuarto y que tiene la frase de Saint Exupéry «lo esencial es invisible a los ojos» se me ocurrió pensar que en lugar del cielorraso había listones de madera. Al mismo tiempo imaginé que en un rincón estaba un viejo reloj de pie y hasta me pareció oír el toque de las dos de la madrugada, hora que indicaba el reloj de mi mesa de noche.

Insomne, me levanté y sentada frente al amplio escritorio que, ahora sí, me ofrecía tranquilidad y aislamiento, intenté darle forma a un poema; rompí papeles y malhumorada porque también un cuento ya pergeñado, sólo era huidizo fantasma, me acosté.

Entre los pocos vecinos con los que hablé en el barrio, indagaba sobre el tema de mi interés. La peluquera de enfrente había sido amiga de Camila Durán, la suicida. Fue muy reticente la primera vez que conversamos.

-Todavía recuerdo la noche y el lugar en que la velaron. Era -dijo- en el primer cuarto (se refería al mío), salió del accidente todavía con vida pero murió a las dos de la madrugada. Durante el velatorio los enormes velones ennegrecieron las vigas del techo en el que los últimos inquilinos colocaron cielorraso. ¿Sabe, señora?, se parecía a usted hasta en la manera de peinarse. Aparentemente no tenía graves problemas. Yo no puedo creer que se haya matado por lo que decían -y el filo de la voz se le melló de emoción.

Esa noche, ante el estado de incomodidad física que me anunciaba un nuevo desvelo me levanté y salí al patio. Mis hijos y mi marido dormían.

Mis chinelas, sobre el embaldosado sonaron a hueco al llegar a la escalera que lleva a la terraza. Golpeé deliberadamente con el taco y pensé que retumbaba como si abajo hubiera un pozo... Volví al cuarto y me senté con la intención de escribir pero me dominaba la obsesiva idea. Desde que nos habíamos mudado fui incapaz de darle forma literaria a un pensamiento. ¿No escribiría más? Conjuré el sueño pensando en Camila y en mí; me sorprendí nombrándola con la familiaridad con que pronunciaba mi propio nombre.

Al día siguiente no pude reprimir la impaciencia y crucé a peinarme. Quería saber más. Tenía la rara impresión de estar interpretando un test que me descubriría a mí misma.

La peluquera, espontáneamente sin que yo la interrogara comenzó:

-¿Se peinará como siempre? Pobre Camila... ni rastros del peinado que yo le había hecho esa tarde. La sacaron del pozo con las guedejas largas y aceitadas que brillaban a la luz de la luna. ¿Y sabe por qué dicen que se mató? Ella era escritora y como en el departamento donde vivía antes, no la dejaban en paz los sobrinos, vino a buscar tranquilidad a la casa grande. Parece que el sosiego no le hizo bien; ella afirmaba que la había vuelto estéril. Yo no la comprendía mucho cuando explicaba su angustia cada vez que se disponía a escribir y todos sus intentos se frustraban. Dicen que dejó un papel donde declaraba «que prefería el mutismo de la muerte al silencio del ángel». Dígame -concluyó como si yo fuera una moderna esfinge- ¿no se justifica lo que se dice de los escritores, que todos tienen la cabeza...?

No escuché más. Volví como alucinada. El día transcurrió como todos, desteñido de rutina y salpicado por las risas y los llantos de los chicos que ya eran parte de la casa.

A la noche, sigilosa, fatigada por el viaje sin regreso hacia mi propio misterio escribí esta historia, la de Camila  Durán. Pude haber corrido su suerte, y gracias a ella, a su martirio, logré escribir esto que no es un poema ni un ensayo, ni siquiera un cuento, pero que canceló mi condena, rescatando mi salvación, porque crear es vivir y vivir es darse tiempo.



 

EL VERDUGO

 

Desde niño nos hemos mudado repetidas veces de casa y deambulado desde Asunción del Paraguay, por varios pueblos de la Provincia de Buenos Aires, porque así lo imponía la profesión de marino trashumante que mi padre desempeñaba con gusto y mi madre y yo sobrellevábamos. Pueblos costeros siempre, adormilados sobre la margen del río o del mar, aptos para el aguardo interminable de mi madre. Aún hoy -mi padre muerto- la sorprendo a menudo con la mirada escudriñadora como esperando ver trizarse en proas, la línea de cualquier horizonte.

Después, cuando ella y yo quedamos solos, cansados de peregrinar, clavamos nuestra ancla en la ciudad, enjaulándonos en un departamento céntrico, meta definitiva, donde realicé mis estudios secundarios, comencé la facultad, me hice de amigos y transcurrió sin altibajos mi vida consciente. Porque mi vida infraconsciente transcurre en otra parte. Aunque he vivido en varias casas y hasta en algunos hoteles, de San Pedro, San Nicolás, Puerto Belgrano, siempre sueño, no con todo el pasado que involucra a esos lugares, sino con una casa especial, la que habitábamos en Zárate a dos cuadras de las barrancas que anunciaban como extensos y rojizos mojones, la depresión viboreante del Paraná.

Ya instalados en Puerto Belgrano tuve necesidad de regresar a Zárate. Durante varios días insistí con obstinación en volver a ver -sólo desde afuera porque ya estaba alquilada- la casa, cuyos detalles mi memoria había comenzado a deformar. Mi madre me acompañó y luego,  regresé a Zárate no una, sino dos, tres, diez veces, a seguir la búsqueda de algo que, sin poder precisar qué era, sabía que estaba dentro de la casa. Como un investigador o como un ladrón averigüé quiénes eran los actuales moradores para llamar a la puerta y con cualquier pretexto espiar el interior de ese fuerte, detenido en la incongruencia del tiempo.

Nunca me atreví. Sólo la visito en sueños; en vigilia la imagino; me basta con cerrar los ojos, o aún abiertos puedo percibir la entrada de ásperas baldosas, flanqueada por dos filas de lirios; el pequeño jardín de la derecha, el largo corredor con el jazmín de lluvia, a un costado las habitaciones corridas y el inmenso fondo que comenzaba donde un limonero y un naranjo oficiaban de ambarinos vigías del invierno; más allá en medio de mi reino de siestas interminables, el corpulento arce del que pendían lonas, juguetes, escaleras, según el árbol se metamorfoseara en tienda en el desierto, casa en la ciudad o refugio en la selva inexpugnable.

Cuando sueño con la casa de Zárate, las imágenes son tan claras que al despertar creo haber estado de veras allí.

Preocupo a mi madre al despertar: -En mi sueño la casa parecía desocupada; el corredor estaba tapizado de hojas secas que el viento húmedo del río dispersaba por momentos. Tuve -agrego- un cabal sentimiento de soledad y de abandono.

-Qué sabés -me dice- lo que es la soledad y el abandono.

-Sí, lo supe anoche mientras soñaba con el arce con el que antes jugaba, porque estábamos enfrentados pero irremediablemente extraños. No ya como antes en que el árbol, la casa y yo nos identificábamos.

-Antes -responde mi madre- tenías el patio y el  árbol. Hoy tenés otros bienes. Aquella manera especial de verlo todo se llamó infancia y ya pasó para vos. Es sólo cuestión de tiempo.

No replico. Mi madre no comprende. Mi infancia no fue una experiencia de otra época. Mi infancia está en otro sitio, detrás de una puerta negada, aguardando el reencuentro que tarde o temprano debe producirse entre el que fui alguna vez y el que ahora creo haber llegado a ser. Es espacio no tiempo lo que me separa de ella.

Vuelvo a soñar con la casa. Esta vez, oculto detrás de un cortinado, veo que hay luz en la cocina, y en ella dos o tres personas reunidas alrededor de una mesa hablan de algo que me interesa vivamente:

-Será preciso hachar el naranjo -dice uno.

-Y qué haremos con el arce -interroga una voz de mujer madura.

-Lo derribaremos la semana próxima porque también molesta para hacer la quinta -replica alguien áspero y cortante como el arma que amenaza al arce. No puedo escuchar más y despierto sobresaltado.

Un extraño desasosiego se apodera de mí al conocer la suerte que correrán mis árboles y al mismo tiempo me preocupa que un sueño, llegue a turbar mi tranquilidad de esta manera.

Todo el día recuerdo a los moradores de mi casa como a siniestros seres que planean un alevoso crimen; el árbol es para mí un ser vivo cuyas voces acompañaron mi niñez y cuyos brazos me protegieron. Y pienso dónde termino yo y dónde comienza su savia verdeante. Llega a parecerme fortuito el hecho de no ser yo quien en cada primavera se cubra de innúmeras palomitas verdes o de no ser él quien viva ahora en Buenos Aires, asfixiándose entre obligaciones, tecnología, ruido...

Me esfuerzo por distraer mi obsesionante preocupación. Leo mis autores preferidos, historietas tontas. Salgo  sin rumbo. Trato de interesarme por la televisión... si pudiera viajar a Zárate para impedirlo. ¿Cómo entrar en una casa ajena a interferir sin derecho aparente en los designios de sus moradores?

Temo la llegada de la noche porque en ella no me queda otra alternativa que asumirme en el ser que soy en mis sueños, y que quizás deba contemplar la destrucción del arce.

*  *  *

Cuando la madre de Darío Barzi entró a la habitación y descorrió las cortinas, observó que en el rostro de su hijo, en apariencia dormido, se insinuaban algunos rasguños rojizos y un hematoma en medio de la frente. De esa frente humana que ya no ocultaría la simultaneidad del presente y del recuerdo, porque en una casa de Zárate próxima a las barrancas del Paraná, un arce añoso y corpulento acababa de ser abatido.

Nunca llegaría a comprender el verdugo del árbol, por qué al desplomarse el tronco sobre la greda reseca, se oyó en medio del silencio nocturno, el restallar de una segunda caída como de alguien que trepado a su ramaje, hubiera querido interrogar al misterio de la tierra.



 

HOLOCAUSTO

 

Tengo que accionar la palanca para que el proyectil granee fuego sobre el villorrio desprevenido. Yo célula. Yo cárcel. Yo número. Faltan sólo minutos para el instante preciso.

Un extraño sorteo me ha convertido en una pértiga que ya nadie podrá detener. Es fortuito el hecho de pensar. Además, en estos casos, el pensar es una previsible pero inútil contingencia.

Los rombos del sembrado, las líneas zigzagueantes de los ríos se deslizan como en una rotativa cuyos giros me aproximan a los primeros caseríos donde aguarda la comunidad enemiga. ¿Enemiga? ¿De quién? ¿Míos? Yo, no tengo nada contra ellos y los voy a asesinar a sangre fría. Quizás mate a un anciano -mis abuelos- y con ellos mi pasado, a los fuertes labriegos -mis padres- y con ellos mi casa; mi último origen. Dispararé a los niños -mis hijos- y al hacerlo inmolaré mi futuro. Sobre todo mi futuro. En este momento estarán jugando con muñecas y caleidoscopios, con bicicletas en los jardines, ignorando que la muerte los acecha. Alguno estará haciendo sus deberes, o rezándole a su Dios y enterándose de que Él debiera estar con los hombres. Pero, ¿con cuáles?, ¿con ellos o conmigo?

Me parece estar solo en el bombardero. Solo en la enorme cabina de una conciencia a la que nunca prepararon para la destrucción.

Además, ¿qué se disputa en esta guerra? ¿Se trata de acabar con una ideología malsana o en definitiva de conquistar un poco más de una tierra que marcha hacia su autoexterminio?

El comandante de la nave, el piloto, los mecánicos, todos me hablan la mitad de un diálogo. Yo no puedo contestar. Las herramientas no hablan. Me industrializó una máquina con una finalidad inexcusable y dentro de algunos minutos me fijarán definitivamente en mi praxis esencial.

De pronto, el recuerdo, la inquietud de mi mujer y el asombro de mis hijos, orgullosos por mi designación. Seguramente ya lo sabría todo el barrio por la costumbre que tienen las mujeres de convertir las compras en un motivo de tertulia. Me parece escucharla. «Salió a cumplir una misión muy difícil».

Sin embargo, sería tan fácil. La simple kinestesia de un brazo. Tan sencillo como exterminar las moscas de un cuarto, tan elemental como ignorar el perro, que en las mañanas de invierno, luce temblando su pelambre de escarcha. Normal como nacer, lógico como morir.

Ya es la hora, marca en el reloj una aguja de voz que se multiplica. Observo la retícula de una mira borrosa. Debo accionar el disparador. Podría no hacerlo y lo haría otro en mi lugar. Pero sé que mi negativa irá de boca en boca; será un manifiesto corrosivo y mi rebelión hará pensar, aunque sea, a un solo hombre. Le hará creer que he amado a los seres y a las cosas, a mi hermano, al que está allá abajo, aguardando mis designios.

*  *  *

Las voces de sus compañeros lo acompañan en su último viaje «¿qué hacés? ¡Volvé! ¡Es la hora! ¡Se ha enloquecido!» Desde arriba parece un pájaro abatido por la bala del cazador afortunado; se reduce, luego nada. Desde abajo, se ve un fardel arrojado en medio de un hontanar donde abonará la tierra del perdón.

Lo que nunca llegará a saber el Hombre es que -puesto que las máquinas se equivocan- cayó en un desierto a varias millas del objetivo. Un holocausto inútil como el de tantos que eligieron morir para que otros despertaran de un mal sueño. En la aridez del campo, un árbol, uno solo, proyecta su sombra sobre la ceguera del mundo.

 

 

 

 

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