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SARA KARLIK

  LA MUÑECA DE MALO , EL HIPOPÓTAMO ESTUDIOSO y LA PRINCESA INDIA - Cuentos de SARA KARLIK


LA MUÑECA DE MALO , EL HIPOPÓTAMO ESTUDIOSO y LA PRINCESA INDIA - Cuentos de SARA KARLIK

LA MUÑECA DE MALO , EL HIPOPÓTAMO ESTUDIOSO

y LA PRINCESA INDIA

Cuentos de SARA KARLIK

 

 

LA MUÑECA DE MALO

 

Malo lloró desconsoladamente cuando Alicia le despojó de su muñeca al decidir regresar al País de las Maravillas. Tal vez ella habría reconsiderando su acción si el llanto de Malo hubiese salido húmedo, como a todo el mundo. Pero como estaba acostumbrada a otro tipo de lágrimas, la vista de Malo llorando en seco no logró cambiar su actitud. Difícilmente podría hacerlo, pues llevaba varios siglos de conocer la ver­dadera forma de llorar, esto es, a ojos hinchados, con lágrimas resbaladi­zas y nariz ruidosa, chorrearte, semejando un afluente de los ojos.

Sus amigos lo conocían como "Malo, el de la muñeca". Hasta su  madre a veces le decía, en tono arrebatado, que había nacido con la mu­ñeca pegada a su cuerpo, algo así como un doble nacimiento trunco en el que él había llevado la mejor parte. En verdad, nada era para Malo tan importante como tener a su lado a la muñeca. Cuando algunas niñas lo observaban en medio de risas entrecortadas y ocultas, tentándolo con sobrenombres que no comprendía muy bien, él la escondía para que las burlas no la alcanzasen.

En medio de la desesperación por su sequía de lágrimas, Malo dijo que quizás podrían llegar a un acuerdo, reconsiderar posiciones, meditar sobre avances o retrocesos y en una de esas recurrir a la historia para intentar cambios favorecedores. Pero Alicia estaba bastante herida por eso de llorar en seco, algo que consideró una farsa, un carnaval del que Malo se había aprovechado para disfrazarse.

De modo que abrió la puerta del País de las Maravillas y la cerró tras de sí para internarse en su propio mundo, un mundo capaz de equili­brar hechos presentes y deshechos anteriores, y mantener la imaginación en vuelo con la esperanza de encontrar mejores terrenos donde hacerla aterrizar.

El Mago de Oz estaba sacándose su traje de hojalata justo cuando Alicia hizo su entrada. Sorprendido, porque no estaba enterado que la niña había resuelto regresar, intentó volver a ponérselo para evitar que el gris brilloso del traje se ruborizara ante la vista de la niña. Pero Alicia hizo un gesto como indicando que estaba bien así, lo que el Mago agradeció, ya que hacía un tiempo que las junturas metálicas de la hojalata le estaban produciendo una irritación imposible de calmar con ungüentos proporcionados por las hadas madrinas que siempre estaban en constante alerta.

Alicia alabó la suavidad de la piel del Mago de Oz y le preguntó por qué la había mantenido tanto tiempo cubierta con un traje de hojalata, soportando el calor del verano y un frío tan intenso en invierno que llega­ba a alterarle sus colores normales.

El Mago de Oz sólo atinó a encogerse de hombros y dejar la respues­ta para más adelante, quizás para nunca jamás.

Malo quedó afuera, escuchando a través de la puerta cerrada ruidos de hojalata y sonidos de voces, imaginando un mundo que creía estar reservado solamente para Alicia.

Golpeó con los puños la puerta para que por lo menos ella se diera cuenta de su deseo e interés de participar en lo que ocurría del otro lado. Pero la puerta era mágica y sólo podía ser accionada del mismo modo, y Malo no sabía cómo. Recurrió a la fuerza de golpes más contundentes, pero sin resultado. Entonces tomó una piedra, probablemente de las de­jadas por antepasados cavernarios, y con ella dio de golpes contra la puerta.

Estaba en lo mejor de su cometido cuando sintió una presencia no observada antes. Lo reconoció de inmediato. Era el Lobo Feroz, quien, convertido en presentador de todos los bosques, le preguntó si acaso había visto a una niña llamada Caperucita Roja, con quien habían quedado en encontrarse en el claro número uno del bosque.

Malo vio la oportunidad de cobrárselas a Alicia. Y sus razones no le faltaban, porque le había despojado de su muñeca y desaparecido con ella, además de culparlo de falso llorador. Tal vez debía contar al Lobo Feroz sus penas, hablarle de la muñeca heredada de su hermana, a quien había prometido cuidar hasta que él, a su vez, la entregase a quien le sucediese en edad.

El Lobo Feroz, a pesar de su nombre, tenía aspecto de bondadoso y, además, de estar verdaderamente interesado en Caperucita. Sin embargo, antes de molestarlo con su problema, tenía que empezar por demostrarle su preocupación por lo que le estaba afectando. Se le ocurrió preguntarle cómo marchaba su relación con Caperucita y por qué necesitaba encon­trarse con ella.

El Lobo Feroz recurrió a su caudal de lágrimas (que siempre llevaba consigo) y, al tiempo que formaba todo un lago con tanta lágrima derra­mada, respondió que la estaba buscando porque deseaba hacer con ella un viaje submarino, ya que había escuchado que recorriendo una distancia de 20.000 leguas podrían llegar hasta el borde mismo del horizonte y de ahí saltar sobre la luna, sin importar en qué fase pudiera encontrarse. Agregó que sólo desde la altura lunar era posible observar plenamente lo que ocurría en la tierra.

Malo no pudo dejar de pensar que si Alicia tuviera una pizca de la bondad del Lobo Feroz, no estaría él golpeando puertas infranqueables para recuperar su muñeca.

Ya entrando en confianza con el Lobo Feroz, le puso al tanto de su pena. El Lobo, aparentemente olvidado de su propio problema, preguntó a Malo si le gustaría acompañarlo en su recorrido para encontrar a Cape­rucita, agregando que, si no lograba recuperar su ansiada muñeca, quizás podría convencer a Caperucita de reemplazarla en el proyectado viaje para que él pudiera recuperar al menos su alegría.

Decidieron atravesar el lago de lágrimas, montados sobre el lomo de una tortuga. Pero ésta exigió por adelantado el pago del viaje, que consis­tía en dos peces recién pescados y de determinado color y sabor para calmar el hambre que venía arrastrando ya por varios días.

El Lobo Feroz pregunto si desde cuándo las tortugas se alimentaban de peces, pues siempre había sabido que más bien eran afectas a brotes nuevos de plantas, levemente teñidos de verde. La tortuga respondió que sus congéneres del lado femenino tenían necesidad de proveer a sus hue­sos de mejores nutrientes para aliviar sus dolores y proporcionarles ma­yor vitalidad, que se habían visto obligadas a cambios en la alimentación como método de autodefensa en vista de la agresividad del medio am­biente.

Por lo tanto, antes de salir en busca de Caperucita se vieron obliga­dos a sentarse en el borde del lago y esperar que asome algún pez, lo cual no era fácil. Fue preciso armarse de bastante paciencia y hacer fuerza para que algunos peces se desviaran desde algún río y distraídamente se inter­naran en el lago.

La espera puso nervioso al Lobo Feroz.

A Malo se le ocurrió que la tortuga podría estar aprovechándose de ellos, es decir, prorrogando el encuentro entre el Lobo Feroz y Caperucita y que ella, cansada de esperar y sola en medio del claro número uno del bosque, se marchara sin más ni más, dejando al Lobo Feroz sin la buena acción que pretendía hacer en beneficio de Malo.

Las cosas se estaban poniendo complicadas.

Malo seguía preocupado por la muñeca. Tal vez Alicia no la estaba cuidando de buen modo o dándole el cariño al que él la había habituado. Por otra parte, no se lo hacía fácil la idea de reemplazar a Caperucita en el viaje submarino, claro que siempre que llegasen a encontrarla y ella estu­viese de acuerdo. El no conocerla le produjo cierto recelo y le entraron algunas dudas. ¿Sería Caperucita tan  bel la como su muñeca? ¿Tendría los ojos abiertos día y noche, siempre dispuesta a agradarle? Y el color de su cabello ¿sería igual? Por otra parte, se dijo que no debería ofender  al Lobo Feroz con preguntas de esa naturaleza, aunque para él fuesen importantes. Además, se estaba haciendo tarde y postergándose el encuentro con la demora.

Como si una varita mágica hubiera tocado la superficie del lago, de pronto varios peces saltaron al aire para después caer y perderse en el agua. Tenían las características deseadas por la tortuga. El Lobo Feróz, se adelantó un manotazo que cubrió una parte del agua, luego intentó en otra  parte y en otra, pero sin resultado. Adujo su falta de experiencia en materia de pesca y, además, que su gran sensibilidad no le permitía alejar a los peces de su medio natural, porque eso los iba. A condenar a morir

Malo no pudo menos que admirar la franqueza del Lobo feroz. De modo que, palmeándole la espalda para tranquilizarlo, fue a buscar una rama de árbol, la peló de hojas, ensartó en una punta un trozo de pan que llevaba en su bolsillo y lo apoyó en la superficie del agua. No tardó en tentar primero a un pez y luego a otro. Los tomó rápidamente y se los entregó a la tortuga. Fue masticando los peces de a uno, con lentitud para hacer más duradero el placer o prorrogar lo que ahora era su obligación de transportarlos al otro lado del lago.

El Lobo Feroz, y Malo aguardaron que terminase de comer. Cuando la tortuga pareció satisfecho, dijo que ahora le era preciso tomar una siesta para digerir lo que había comido, puesto que aún estaba en proceso de asimilación de esa nueva forma de alimentarse. La modorra y el cansan­cio de la espera hicieron que el Lobo Feroz y Malo la imitaran.

Soñar no estaba dentro de los planes de Malo. Sin embargo, no pudo evitarlo. Las imágenes del sueño se le abalanzaban encima en un intento por llamar su atención. Eran muchas y todas diferentes. Aún así, Malo se inclinó por la imagen que, en sueños o lucra de ellos, siempre lo perse­guía: la muñeca siendo secuestrada por Alicia. Porque lo que hizo ella fue un verdadero secuestro y él no tuvo el ánimo o el valor paro impedirlo. Siempre le ocurría lo mismo: reaccionaba tarde, fuera de tiempo, cuando ya nada podía ser cambiado.

Soñó también que la muñeca discutía con Alicia, que lloraba pidien­do que la devolvieran. Malo pensó, siempre ensueños, cómo es que una muñeca podía llorar. Tal vez, el recuerdo de las cosas se le estaba distor­sionando. Tuvo mielo de despertar, pero algo en su interior le instaba a hacerlo, Porque le esperaba una larga jornada y quizás algo podría ocurrir en el camino que le devuelva la alegría opacada por la falta de su muñeca.

Fue preciso que ahuyentara las imágenes con toda la fuerza de su mente para despertar. Le pareció que extendía las manos para separar los velo en los que estaban envueltos los sueños, hasta que finalmente pudo abrir los ojos.

La tortuga estaba ya lista y esperándolos. El Lobo Feroz tenía cara de no haber dormido bien, pues unas profundas ojeras le colgaban debajo de los ojos, los que. quizás por la falta de sueño, habían adquirido un brillo que hacía desviar los ojos ele Malo. Así de fuete era.

Montados sobre la tortuga, atravesaron el lago. El tiempo corría en la misma dirección que el agua del lago. Malo opinó que era un tiempo que, al igual que el agua, casi podía tocarlo con las manos. El Lobo Feroz dijo que poco sabía de la dirección del tiempo y que sólo se guiaba por el rumbo que tomaban algunos olores que le interesaban. La tortuga parecía embarcada en su cometido, pues no adelantó palabra. Sólo cuando estu­vieron en la otra orilla dijo "que les sea leve", sin que pudiesen precisar el verdadero significado de sus palabras.

Era otro bosque el que se alzaba en esa margen del lago, uno de un verde diferente. Los árboles parecían querer abalanzarse sobre Malo y el Lobo Feroz, como si quisieran hacerles pagar la osadía de internarse en un bosque que no era de ellos.

El Lobo Feroz, molesto, puso pie de conquistador en el suelo, con tal fuerza que remeció la tierra, ahuyentando a los pájaros, dejando el terreno hundido a su paso.

La atmósfera era completamente distinta en ese bosque. El viento soplaba en sentido contrario y algunas luciérnagas, en vez de alumbrar con luces intermitentes, parecían  haberse apoderado de velas, pues una llama pequeña oscilaba en el centro de sus cabezas.

Malo pensó, equivocadamente o para su fortuna, que a lo mejor habían llegado al País de las Maravillas y que no tardaría en encontrar a Alicia para rescatar su muñeca.

En realidad, su esperanza se frustró cuando, en medio de su recorri­do por el bosque vieron aparecer algunos animales y seres de piel oscura que los miraban con curiosidad. Era evidente que el cruce del lago los llevó a un lugar totalmente extraño y pensó que no les sería fácil encontrar a Caperucita en medio de tal entorno.

El Lobo Feroz los saludó, cortésmente, para que entendiesen que venían como amigos. Los seres de piel oscura comenzaron a caminar, indicándoles que loa siguieran. Eran de estatura baja, más pequeños que Malo.

El tiempo parecía haberse detenido en medio de las sombras del bosque. Sólo después de mucho andar pudieron darse cuenta de que ha­bían Traspasado las sombras y ahora se encontraban en medio de un claro que de ningún modo podía ser el número uno mencionado por el Lobo Feroz, pues en él no estaba Caperucita.

Uno de los seres oscuros les dio a entender que ese claro en el cual se encontraban  no era el más apropiado para Caperucita, debido a los cambios de temperatura que se experimentaba a raíz de las veleidades del tiempo. Los llevaron a una choza donde, sentada en una especie de trono, estaba una niña, también de piel oscura.

El Lobo Feroz estuvo a punto de decir que esa niña no era Caperu­cita, pero no quiso ofender a los seres oscuros. Sc acercó a la niña y raspó la piel con la uña para comprobar si era verdaderamente oscura o si se trataba de una complicidad con las sombras o una tintura aplicada por los seres oscuros para convertirla en sujeto de adoración.

La piel ele la niña estaba cubierta con un tinte sólo conocido por los seres oscuros. Así lo descubrió el Lobo Feroz al examinar la planta del pie de la niña, único lugar difícil de mantener teñido.

Era preciso rescatarla. Así lo entendió Malo al encontrarse frente a una situación que era parecida, de cierto modo, a la que él y el Lobo Feroz estaban pasando, uno con respecto a su muñeca y otro en relación con Caperucita.

Sin embargo, había una diferencia: por lo menos sería posible dialo­gar con esos seres oscuros, pues estaban cara a cara con ellos y no detrás de una puerta implacablemente cerrada como le ocurrió a Malo con Ali­cia. No obstante, apenas el Lobo Feroz intentó iniciar una conversación con miras a recuperar a la niña que resultó ser Caperucita, los oídos de los pequeños seres parecieron cerrarse.

Malo también quiso hablarles para exponerles su problema, pero su intento fue mal interpretado y un montón de ojos chispearon en anuncio anticipado de ruidos de guerra. Aunque había ojos de diferentes calibres, pues unos tenían el aspecto de ser mansos y obedientes, otros de fuertes, los del costado izquierdo parecían mas bien débiles, mientras que los de  la derecha reflejaban cargas ancestrales, pero todos dispuestos a defender lo que consideraban propio.

Era evidente que el sentido de propiedad se había adueñado de la voluntad de esos seres oscuros, aunque podía intuirse que eran de inclina­ción pacífica y que no así no más caerían en el absurdo de mostrar armas.

El Lobo Feroz se mantuvo tranquilo, de acuerdo con su carácter. Ni siquiera le preocupó que, en alguna parte, la abuela de Caperucita estaría esperándola ansiosamente. Malo, en cambio, arrastrando su propio pro­blema, mostró una garra poco conocida en él. Tan enojado estaba que su boca parecía echar espuma y la lengua colgarle en un largo poco normal, casi como si hubiese adquirido otra personalidad y otro ser se hubiera adueñado de él.

Amparados por la noche, finalmente lograron rescatar a Caperucita y huir con ella. No obstante, nada podían hacer con el color de su piel, puesto que sólo los seres oscuros conocían el método de teñirla o deste­ñirla.

Temiendo que la abuela no pudiese reconocer a la niña a causa del color oscuro de su piel, que siempre había sido blanca como la nieve, Malo dijo que se quedaría temporalmente con Caperucita.

El Lobo Feroz sintió que una situación similar, experimentada en otro momento de su vida, volvía a recrearse, con la diferencia de que Malo intentaba ahora cambiar lo sucedido, insistiendo en que era cosa de los vientos, de los astros, culpando a la tortuga por haberlos transportado a ese lugar.

Todo se aquietó cuando, en su generosidad máxima, prometió a Malo que iba a ayudarle a encontrar a Alicia, y que de ahí a recuperar su muñeca sólo habría un paso.

Pero Malo no estaba muy convencido del ofrecimiento del Lobo Feroz y el recelo formó entre ellos una corriente negativa que nada tenía que ver con la corriente de los ríos o de los vientos.

Pero todo volvió a la normalidad cuando Caperucita dijo que no deseaba volver a ver a su abuela porque estaba cansada de ser dominada por ella y que con mucho gusto les acompañaría en la aventura del rescate de la muñeca de Malo.

El regreso no fue fácil. Una lluvia había borrado las huellas que habían dejado en el trayecto de venida y un sinnúmero de atajos dificul­taba la identificación del camino correcto. El Lobo Feroz, como buen conocedor ele bosques, dijo que era preciso conseguir una llave que estaba a buen resguardo en las cuevas del Sésamo, la que les iba a permitir reconocer el camino que debían tomar.

Ni Caperucita ni Malo conocían el lugar donde pudiesen estar las mentadas cuevas. El Lobo Feroz dijo que no había motivo para preocu­parse, ya que él los llevaría al lugar exacto sin pedir nada como retribu­ción. Pero sugirió la conveniencia de separarse de Caperucita por haber una disparidad notoria entre su resistencia física y lade ellos,  lo que haría más lento su desplazamiento con quien sabe qué consecuencia.

Malo no estaba muy convencido de aceptar la sugerencia del Lobo Feroz, temiendo que la repitiese al rescatar su muñeca. Para no despertar las sospechas de Caperucita, insinuó al Lobo Feroz que iniciasen juntos el camino y después se separaran de ella en algún atajo. El Lobo Feroz guiñó ambos ojos en acuerdo tácito.

A poco anclar, y viendo Malo una trampa para animales a cierta distancia, orientó al Lobo Feroz directamente hacia ella, donde quedó atrapado. Malo dijo que lo iba a liberar si le indicaba el camino correcto que los llevaría a las cuevas de Sésamo. A pesar de que el Lobo Feroz le dio la información deseada, Malo no mantuvo su palabra, dejándolo en­trampado.

La lengua se lo hacía agua a Malo al pensar que podría ser el posee­dor de dos muñecas en caso de encontrar el camino de regreso, pues quizás la misma llave serviría para orientarse y también para abrir la puerta del País de las Maravillas.

La Caperucita de tez oscura se mantuvo a su lado. Había levantado la cabeza y erguido el cuerpo, dando la sensación de que una fuerza desconocida se hubiese adueñado de ella. Parecía una amazona, aunque sin caballo, arremetiendo contra el verde bosque que la llevaría a aperturas tal vez desconocidas.

Al llegar a las cuevas de Sésamo, encontraron que estaban cerradas. Caperucita, impaciente, gritó y llamó para que alguien acudiera a abrir la puerta de la cueva principal. Al no obtener respuesta, tomó una piedra, golpeó la puerta con ella para hacer más retumbante su llamado.

El sonido del golpe produjo un eco que se repitió varias veces como si la piedra hubiese echado a rodar por alguna cuesta. Cuando el último eco se apagó, Malo intentó por las buenas, usando palabras suaves, aca­riciando la puerta hasta que ésta cedió al impulso leve de su mano. En medio de la cueva principal, durmiendo quien sabe qué sueños pasados o presentes, estaba la llave. La tornó en sus manos y salió.

Por el camino parecía que los senderos iban formándose para darles paso. Antes de que se dieran cuenta, se encontraron al borde del lago. De nuevo tuvieron que repetir la escena ele la tortuga. Sólo que esta vez ella exigió un pago doble para transportarlos de vuelta a la otra orilla: cuatro peces en vez de dos.

De modo que la espera hasta que los peces picasen fue también doble. Cuando por fin se encontraron en tierra firme, el lago desapareció como sí nunca hubiese existido, como si el Lobo Feroz, de una sola aspirada, hubiese recuperado su caudal de lágrimas.

El temor de que la recuperación de sus lágrimas le diera más fuerza y lo ayudara a salirse de la trampa, apuró los pasos de Caperucita y Malo en su camino de regreso.

De nuevo el asunto del tiempo cobraba validez. No estaban seguros de si éste iba o venía, o si había decidido estancarse para no dar el gusto a nadie.

Pero debían apurarse.

Corrieron para atravesar parques y plazas, lugares hermosos que parecían abrirse a su paso, tal vez anunciando tiempos benévolos y un final feliz que pusiese término a todas las tribulaciones por las que habían tenido que pasar.

Esta vez fue Malo quien se impacientó frente a la puerta cerrada del País de las Maravillas y, desesperado, cayó en un lamento incesante que sólo podía causar irritación a quien estuviese del otro lado.

Preocupada, la Caperucita de tez oscura hizo uso de un lenguaje recuperado de sus tiempos de nieta buena y preocupada por su abuela. Sus palabras tuvieron el efecto de abrir la puerta de entrada del País de las Maravillas, lentamente, mostrando de a poco su esplendoroso interior. Y vieron a Alicia que, de mano de la muñeca, vagabundeaba por los jardines colgantes, subiendo a los árboles hasta alcanzar el horizonte, entrando y saliendo de él, pero sin soltar la muñeca.

Malo hizo señas a Alicia, quien, descendiendo de un árbol, aterrizó junto a él. La muñeca de Malo estaba más linda que nunca, con colores diferentes y mejillas que brillaban de satisfacción.

Malo la reclamó de vuelta, pero antes de contestar Alicia se dirigió a la muñeca, dándole a entender que era ella quien debía decidir. La muñeca, con movimiento de ojos y pestañas y también de cabeza, dio a entender a su vez que, habiendo pasado tanto tiempo separada de Malo, creyó que la espera iba a prolongarse indefinidamente. Agregó que, al haberse acostumbrado al nuevo lugar, prefería quedarse a vivir en el País de las Maravillas, junto con Alicia.

Caperucita estaba deslumbrada. Si bien había pasado algún tiempo con Malo y le estaba reconocida por haberla rescatado del mundo de los seres oscuros, pensó que su lugar estaba entre gente como ella y resolvió quedarse también con Alicia. Apuró a Malo para que traspusiese la puerta antes de que volviera a cerrarse, porque entonces ya no le sería posible salir.

Malo quedó en la calle, solo. Estaba apenado, pues la aventura pare­cía haber llegado a su fin y, además, se había quedado sin su muñeca. Fue cuando apareció el Principito, quien también estaba solo y muy deseoso de encontrar compañía. Traía una rosa en la mano.

Malo no sintió deseos de continuar comprometiéndose. Una rosa entre él y el Principito podría dar lugar a nuevas fricciones, a querer apoderarse de ella por la razón o por la fuerza, dependiendo de quién tuviera más razón o más fuerza.

El Principito hizo un gesto para tranquilizarlo. "No temas", le dijo. "Mi rosa está armada con púas, lo que le permite defenderse ante cual­quier situación y también de decidir por sí sola. No será mía ni tuya hasta que ella se pronuncie. Es cuestión de tiempo".

"¿Otra vez el tiempo?", preguntó Malo, incrédulo.

"Es otra clase de tiempo, pues se trata de uno que le permita decidirse por el mejor de los dos", señaló el Principito.

"¿Es un trato?", preguntó Malo. "Es un trato", aseguró el Principito.

Malo rió. No recordaba haber reído últimamente. Fue tanta la risa que llegaron a soltársele las lágrimas. Con ellas dio de beber a la rosa, quien mostró su agradecimiento llenando la atmósfera con su perfume. El Principito dijo que él reiría más adelante, para que ambos, por turno, puedan contribuir a saciar la sed de la rusa.

Después se prepararon para cruzar el desierto. Al fondo, muy al fondo, donde los ojos encuentran espejismos salvadores, vieron a bos­ques entremezclados, seres oscuros, Caperucitas extrañas, Lobos Fero­ces atípicos, cuevas sin nombre y la tierra de Nunca Jamás. Malo se había lanzado, una vez más, a una aventura que podría ser eterna, con promesa de eternos retornos.

 

***

 

EL HIPOPÓTAMO ESTUDIOSO

 

Eso de estar tirado todo el día entre tantos en el mismo pantano, chocando unos contra otros con esos cuerpos tan pesados, sin poder pe­lear siquiera por no tener suficiente espacio y porque con tanto peso no dan muchas ganas, tenía un poco cansado a Kolín.

La verdad es que estaba cansado todo el día, tanto que fácilmente caía en un  sueño tan pesado como él mismo. Según decía su  mamá, sus ronquidos se escuchaban como truenos de los grandes, de esos que sue­nan a muchos kilómetros de distancia y vienen montados en vientos que escapan, perseguidos por luces que se prenden y se apagan con gran ruido.

Mamá Cándida todavía se asusta cuando esas luces se quiebran y aparece el relámpago. Dice que el corazón ya no lo tiene tan fuerte para tanta bulla.

El pantano suele estar fresco y nunca habían tenido problemas por falta de agua. Pero en los últimos días el sol se fue quedando más de lo acostumbrado, hasta que Kolín y los otros hipopótamos se sintieron afie­brados, sobre todo los menores.

En su desesperación, chapotearon y chapotearon en la laguna hasta que casi llego a secarse, así como también la piel, tan gruesa que parecía impermeable. Y el agua les resbalaba, rodando como en un trampolín y caía antes de que llegaran a refrescarse.

Cuando salían del pantano, en su deseo por absorber la humedad del pasto y de las plantas bajas, acabaron por comer toda la vegetación que encontraron a su alrededor, quedándose sin alimento para después. Esto causó un problema tan inmenso como los cuerpos de los mismos hipopó­tamos.

Las enormes bocas empezaron a colgar y las ganas de comer fueron acumulándose, haciéndoles gotear la lengua... Al parecer, como ya la situación se había hecho insoportable, mamá Cándida decidió llamar a una reunión general.

Con voz gruesa que nadie se animaba a discutir, dijo que era preciso comenzar la marcha para buscar algún pantano más profundo y pastos que pudieran llenar sus estómagos acostumbrados a muchos, muchos kilos diarios de comida.

Kolín estaba a punto de caer dormido nuevamente por culpa de su exceso de peso. En la última consulta médica, el Dr. Pánfilo le había dicho que era muy peligroso para su salud comer todo el día enormes paladas de pasto. Pero él era muy joven aún, y con todos los años que todavía lo esperaban por delante, privarse de alimento era para él un gran sacrificio.

Mamá Cándida restregó el hocico contra el cuerpo de Kolín para removerlo y hacerle levantar.

Con la luna adelante como indicando el camino del cansado grupo, encabezados por mamá Cándida, abandonaron el lugar que les había pertenecido durante mucho tiempo.

Eso de caminar no les hacía mucha gracia y menos a Kolín que iba lanzando refunfuño tras refunfuño hasta que mamá Cándida le dijo que dejase de protestar y el silencio se llenó solo de pisadas fuertes y pesadas.

El camino iba a ser largo, porque no así no más era posible encontrar un pantano del tamaño que necesitaban para toda la manada de hipopó­tamos.

Kolín se iba retrasando del grupo, removiendo los brotes nuevos del pasto que iba encontrando a su paso, pero sin comerlos. Solamente los miraba como si quisiera desarmarlos para ver qué tenían adentro. Se le ocurrió también, revisar los troncos de los árboles e intentó levantar una pata para sentir la forma de los nudos salientes, que se parecían a los granos que a veces les salían justo sobre las patas de adelante.

El Dr. Pánfilo, acercándose a él hasta casi tocarlo, porque sus ojos ya estaban tau arrugados como la misma piel y no veía muy bien, le recordó que los granos eran causados por la alergia que sufrían los comilones. Kolín, bajando la cabeza, prometió, como siempre lo hacía, que iba a controlarse con la comida.

La manada ya estaba bastante lejos, casi tocando el borde de la tierra con el cielo donde se forma el horizonte y, a mamá Cándida se le podía notar fácilmente el enojo por el retraso de Kolín, porque cuando se ponía así, una baba espesa le caía de la boca.

Pero Kolín no podía saberlo por la distancia que había entre él y la manada, porque se había quedado muy atrás. Siguió mirando el campo, parte por parte, cuando encontró un pedazo de vidrio.

Estaba encantado, porque al mirar a través del vidrio, todo parecía más grande. Lanzó una carcajada tan fuerte que llegó a sacudir las ramas de los árboles y el suelo a llenarse de hojas que Kolín las fue observando cuidadosamente a Través del pedazo de vidrio.

Dejó de pensar en el calor o en la falta de agua o de barro donde revolcarse. Ahora estaba demasiado ocupado con su nuevo juguete. Una planta en forma de paraguas le llamó la atención. Estuvo a punto de comérsela, pero se acordó del Dr. Pánfilo al sentir una fuerte picazón un poco más arriba de lo acostumbrado. Se acercó a un árbol y se restregó hasta sacarse la picazón.

De repente se dio cuenta de que la manada de su familia de hipopó­tamos se había alejado tanto, que ya parecía una mancha oscura en el horizonte. Quiso apurarse para alcanzarla, pero recordó que el apuro era extraño a los hipopótamos porque su enorme peso y sus cortas piernas no se los permitían.

Así que siguió haciendo lo que hacía sin detenerse tanto como lo había hecho hasta ese momento, aunque lo necesario para continuar mirando a través del vidrio, todo lo que parecía saltar de la tierra, y crecer a su paso.

Kolín dejó de ver la manada que se había alejado de él, pero no se sintió solo. Los árboles parecían hablar con tantos pájaros adentro, ha­ciendo un ruido que, sin embargo, no le era molesto.

La tierra misma parecía correr, pero eran otros pobladores del bosque, animales como él y aves que se espantaban ante su figura demasiado grande. Quedó mirando una cigüeña que estaba en posición de descanso corno suelen hacer levantando una pata y guardando la otra debajo de su cuerpo.

Le hubiera gustado tener alas para volar y ver desde arriba las cosas que le estaban interesando y, a lo mejor, poder ajustar el pedazo de vidrio a uno de sus ojos, lo que no era nada cómodo hacerlo con sus patas, aunque fuesen las de adelante por ser un poco más fáciles de manejar que las de atrás.

Pero cada uno está hecho como es, pensó. Y siguió quedándose en el lugar para ver a la cigüeña que no tardó en mover las alas y levantó vuelo, porque ellas sí que tienen mucho trabajo llevando y trayendo bebés para que las mamás estén contentas con sus críos, y las cigüeñas, de tanto llevar esos encargos necesitan recobrar sus fuerzas porque recorren todo el mundo haciendo su trabajo.

Kolín conocía el oficio de las cigüeñas y el empezó con que ellas contestaban los llamados que recibían de cualquier lugar, algunos muy alejados, como había escuchado contar a mamá Cándida.

Estuvo a punto de soltar de nuevo una carcajada porque mamá Cán­dida pensaba que Kolín no sabía cuál era en verdad el trabajo de las cigüeñas. No lo hizo por temor de que volvieran a caer las hojas de los árboles y en una de esas también los pájaros que estaban parados en las ramas.

Lo que más le impresionaba eran las hojas de colores con rayas en el medio y, saliendo del centro, otras más pequeñas.

No podía agacharse para tocar las flores que iba encontrando a su paso, porque era preciso hacerlo con suavidad. Y sus patas no eran nada suaves. Pero las observaba con el trozo de vidrio hasta el mismo fondo de donde hacía un tallo para abrirse arriba en pequeños pétalos de colores. Una tarde el cielo se puso oscuro, como si estuviese enojado. Caye­ron gotas inmensas de lluvia que reventaban sobre cl lomo de Kolín, que se sintió en el colmo de la felicidad al sentir el agua sobre su cuerpo, enfriándolo.

Al día siguiente se le quitó la modorra que en un momento casi le había hecho perder el equilibro porque se le había recalentado mucho la piel por el calor y tanto ejercicio que estaba haciendo. Habría sido muy peligroso para él y podía hacerle caer muy fácilmente sin tener a nadie que lo ayudara a levantarse del suelo.

Kolín aprovechó para lavar su trozo de vidrio ya que, con tanto resoplido, había perdido su transparencia.

Durante su lento y pesado caminar se dedicó al aprendizaje, pasado muchas veces mucho susto, sobre todo cuando probaba cosas extrañas que veía por primera vez y que le provocaban las tan terribles picazones, sin Tener al Dr. Pánfilo a su alcance para que lo atienda.

Así fue conociendo las diferentes plantas y calidades de pasto, el néctar que brota de las flores y que las abejas usan para fabricar la miel. Además, es agradable como postre para mariposas y colibríes.

Con el tiempo, la piel de Kolin fue poniéndose dura porque en el largo camino que le había tomado mucho tiempo, había también cumpli­do más años. Cuando empezó a extrañar los roces de cuerpos que antes le habían molestado, decidió que ya era tiempo de juntarse con la manada. Pasó por muchos pantanos donde chapotear, pero ahora lo único que deseaba era estar en compañía de los suyos.

Kolín ya no era tan joven y el peso de los años le hizo demorar muchos días y muchas noches hasta, después de intentarlo varias veces, logró enganchar al fin el pedazo de vidrio en su ojo derecho y, con aire de hipopótamo importante, hizo su entrada en el lugar donde se había instalado la manada.

Todos se sorprendieron de todo lo que había aprendido en su reco­rrido por el bosque y le pidieron que ocupara el lugar del Dr. Pánfilo, quien, tenía ya tantos años que ni siquiera podría ver las cosas aunque Kolín le prestara el pedazo de vidrio.

Kolín abrió una escuela para enseñar lo que había aprendido en tanto tiempo .Ya no volvió a sentirse inútil o cansado como cuando, en su edad joven, solamente comía y dormía por no saber hacer otra cosa. Hasta le cambió la cara, y se lo veía contento, pero sus risotadas continuaban haciendo caer las hojas de los árboles. Aunque decía que no era siempre por su culpa, ya que los árboles a veces también se resfrían y sus estornu­dos hacen caer las hojas. Kolín sabía tanto, que nadie podía ser capaz de contradecirlo.

 

***­

 

LA PRINCESA INDIA

 

La fogata parecía dar más brillo a los ojos, un brillo en forma de círculo que parecía hipnotizar a las llamas, obligándolas a saltos altos como si entre ellas se hubiera declarado una verdadera competencia. Las chispas explotaban a mitad de camino en distintas direcciones, una ver­dadera fiesta para los ojos y oídos de los boy scouts sentados alrededor del fuego. Nadie miraba a quien estaba en frente. Era mucha la atracción del juego. Los duendes salían convertidos en lenguas danzantes y escapaban hasta que una nueva oleada de lenguas de fuego volvía a salir. Nadie hablaba porque estaban emocionados, pensando en quien sabe qué histo­rias, cada uno imaginándolas a su manera

De repente, como si la voz saliera del fuego, alguien preguntó por Alejandra. Mario sostenía el largo y pesado palo con que se identificaba a los scouts y la cola de conejo que colgaba de una punta parecía una oreja enorme, atenta, que obligaba a estar en silencio. Rosa, la jefa del grupo, empezó a cantar: "prende fuego, prende, no te dejes esperar, levanta tus llamas y hazlas danzar". Una detrás de otras, las voces se agregaron hasta que la fuerza del conjunto hizo que se levantaran llamas altas. Todos aplaudieron. Daba la impresión de que las llamas respondían al canto. Algunos niños, entusiasmados por tanta luz que se veía a pesar de la noche, se levantaron y se pusieron a bailar . El contento era general. Mario, responsable del palo con la cola de conejo, se mantenía en su puesto. Rosa dirigía el baile. Los niños saltaban para imitar a las llamas y seguir el ritmo del canto. Pero les preocupaba la falta de Alejandra. Sobre todo a Rosa, que era la que dirigía el grupo. Aunque en algún momento, entusiasmados con el baile y el fuego tan alto, pensando solo en lo que hacían, dejaron de preocuparse. De repente, las llamas empezaron a ha­blar. Mario quedó convertido casi en una piedra y la cola de conejo em­pezó a temblar.

"Soy la princesa india, Anahí “, dijo la voz. "Hace tiempo que busco a mi tribu, desde que me perdí durante una cacería. Yo era muy pequeña aun, y desobedecía al gran cacique. Quise buscar otros caminos y, cuando me di cuerna y quise regresar, había pasado tanto tiempo que la selva cubrió  los caninos hasta desorientarme y ya no pude reconocer el camino de regreso. Desde entonces, ando buscando a mi gente. El pájaro de la noche, el que sopla sueños en los oídos, me dijo que me arrime a cualquier hoguera que encuentre, que cuente mi historia y, aunque no pueda encon­trar a mi familia, esa familia enorme donde todos son parientes, habrá gente que me acepte y que escuche mi historia para que nadie olvide a la princesa india, a Anahí, quien desde entonces es espíritu o fantasma, vive solo de noche porque la luz del día la enceguece. Este es mi castigo por haber desobedecido".

La princesa estaba vestida con una túnica roja o de color fuego, parecido al de las llamas de la fogata. Alguno de los niños se restregaron los ojos, porque lo que estaba sucediendo no parecía real. Tal vez los ojos estaban demasiado acalorados por el fuego y habían imaginado lo suce­dido. Pero no era posible que a todos les pasara lo mismo.

Mario se mantenía fiel a sus responsabilidades de tener en alto el palo con la cola de conejo. Rosa estaba callada. Aníbal, el más pequeño del grupo, dijo: “mi mamá suele contar historias como esas cuando me porto mal. Dice que es para que no vuelva a hacerlo". En ese mismo momento. Mario gritó:"¡es Alejandra, es Alejandra!" con tal fuerza, que el palo estuvo a punto de caerse. Rosa lanzó una carcajada. Los demás no sabían qué hacer.

"Es pura sabiduría de indios", dijo Mario.

"¿Cómo lo sabes?", preguntó Aníbal. Mario se quedó pensando. "Lo había leído en alguna parte", respondió. "Ellos, los indios, no tenían libros donde buscar conocimientos. Aprendían en forma natural obser­vando la naturaleza, la luna, las estrellas, el sol. Tuvieron una vida difícil, siempre moviéndose de lugar para poder alimentarse o encontrar mejores lugares para vivir. Conocían mejor que nadie el comportamiento de los astros, las cualidades de las plantas para curar algunas enfermedades, el comportamiento de los animales. Menos mal que lo que se cuenta de ellos mantiene viva su forma de vida. Mucho de lo que nosotros sabemos lo hemos aprendido de ellos. Sabían que la tela de araña, por ejemplo, hacía parar el sangrado de una herida".

Alejandra apareció de repente, sin llevar el vestido de princesa india.

"¿Tú inventaste lo que había pasado con Anahí?", preguntó María. "En parte", contestó Alejandra. "El resto lo escuché de mis abuelos. Parece que algún antepasado nuestro tuvo sangre india".

Aníbal abrió los ojos tan grandes como pudo. No lo podía creer. "No es extraño", dijo Alejandra. "Es el resultado de las mezclas de españoles, los conquistadores, con los nativos. ¿Ven que yo tengo los pómulos sobresalientes”? Los indios también los tenían. La mezcla mu­chas veces nos trajo beneficios, porque sobre todo en las mujeres, las hizo más bellas".

María sintió la satisfacción de haber programado algo diferente para los niños. "A lo mejor en verdad eres una princesa", continuó Aníbal. "Todo puede ser", dijo Mario. "Siempre me pareció que eras diferente", dijo Aníbal "Durante la actuación te vi como una verdadera india". "¿Qué significa eso de "verdadera india"?

"Diferente, no como somos nosotros. Yo no tengo los pómulos sa­lidos ni la piel oscura. Mario tampoco. Rosa sólo está tostada por el sol". "Tienes mucho que aprender todavía, Aníbal. Cuando lo hayas he­cho, te darás cuenta de que los colores de la piel o las formas de las caras no tienen porqué hacernos diferentes. Así como los países tienen distintas formas en los mapas, también nosotros somos diferentes, pero debemos estar orgullosos de nuestras diferencias. Imagínense si todos tuviéramos las mismas caras, los mismos cuerpos... Ay, ¡sería terrible! No sabríamos quien es quien a pesar de tener nombres diferentes", alguien dijo. Todos se miraron para saber quién lo había dicho, pero cuando se señalaba a uno éste decía que no había sido él, y así hasta que todos dijeron lo mismo. Al final, alguien empezó a reír y los demás hicieron lo mismo. Fue así como si se hubiera dado la orden. "¡Hora de dormir!". Estaban tan cansadosque como duendes, se metieron dentro de sus sacos de dormir


DE CUENTOS INEDITOS

(fechados alrededor del año 2001).

 

 

Fuente: LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY. TOMO II (K – Z). TERESA MÉNDEZ-FAITH, INTERCONTINENTAL EDITORA S.A. Pág. web: www.libreriaintercontinental.com.py. Asunción – Paraguay, 2011

 



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