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Olga Blinder


  MUERTE Y RESURRECCIÓN DE ANTONIO CRUZ - Por OLEG VYSOKOLÁN - Grabados de OLGA BLINDER - Año 1990


MUERTE Y RESURRECCIÓN DE ANTONIO CRUZ - Por OLEG VYSOKOLÁN - Grabados de OLGA BLINDER  - Año 1990

MUERTE Y RESURRECCIÓN DE ANTONIO CRUZ

OLEG VYSOKOLÁN

Grabados de OLGA BLINDER

 

1ª Edición, Setiembre de 1990

Ñemongetarä

Programa de Educación y Comunicación Popular

Asunción – Paraguay

1990 (62 páginas)

 

        

         DATOS BIOGRÁFICOS

 

         OLEG VYSOKOLÁN, nació en Paraguarí el 10 de setiembre de 1944, donde culminó sus estudios primarios y secundarios. Obtuvo el título de Licenciado en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad de Madrid. Su principal campo de actividades desde el año 1973 es el trabajo con indígenas y campesinos. Trabajó con la mayoría de las etnias indígenas de la Región Oriental, con los Guaraní Ñandeva y los Ayoreos del Chaco y con sectores de la población campesina de los Departamentos de San Pedro, Caaguazú y Cordilleras, en el ámbito del desarrollo agrario y promoción organizativa. Tiene publicadas diversas monografías en revistas especializadas.

 

 

        

         "La muerte y resurrección de Antonio Cruz" es una narración de la triste y dramática historia de muerte de cualquiera de las naciones del tercer mundo. Pero particularmente es aplicable a los pueblos indígenas de nuestro continente.

         La dependencia, la dominación y la alienación hasta de la conciencia han hecho que el pueblo sea incapaz de percibir el mal radicalmente; por el contrario, absurdamente reacciona en defensa de su verdugo, representado por Paratodo y en condena de su posible liberador: Antonio Cruz.

         Antonio Cruz, como los profetas y como el mismísimo Cristo, por amor a sus hermanos sufrientes y por desear la liberación de su pueblo irá coherentemente hasta la muerte, sin que por ello sea comprendido. Aún más: será vilipendiado y rechazado por sus hermanos en desgracia.

         Resultado: el camino de la liberación es arduo y difícil. Por eso, la liberación vendrá cuando los pueblos que sufren la esclavitud se sacudan de su conformismo y resignación, se formen conciencia de su dignidad y derechos, se ganen la confianza en sí mismos y asuman postura firme como la de Antonio Cruz por romper el yugo de la dominación, impuéstoles por personas y estructuras injustas y esclavizantes.

 

         Mario M. Medina

         Obispo

 

 

         "Los personajes de la familia en tragedia o drama familiar, como también Paratodo y Antonio Cruz me hacen recordar del libro de Martín Fierro, por su semejanza en la utopía y la esperanza. En nuestro país, al campesino le hace falta educación y tierra, para sobrevivir. Y después tiene que venir la Reforma Agraria Integral. Porque yo veo que la reforma agraria (queda en la palabra), si se quiere, es sólo un pretexto que se nos da a los que reclamamos un pedazo de tierra. Las organizaciones campesinas ya se encargarán de hacer cumplir la revolución agraria. Porque nada se nos va a regalar sin luchar por la justicia. El campesino que tiene tierra se debe autoabastecer y se debe organizar con todos los que hacen la changa en forma solidaria, para conseguir juntos la democracia real con justicia social en nuestro país. La lucha continúa".

         Para que el pueblo se autodetermine, debe tener conciencia, que el campesino descubra que él tiene los mismos derechos que el capitalista y para que lucha por defenderlo. Y esta obra puede ayudar para eso.

 

         Trigidio Ayala

         Dirigente campesino de Potrero Angelito

 

 

 

         En primer lugar la obra expresa la cultura de la dependencia del campesino y el sistema de explotación de las clases populares por intereses foráneos y el sistema de dominación autoritaria, enseña también el sistema de empobrecimiento de la clase trabajadora, sobre todo campesina.

         Para mí que este escrito sirve para revelar la existencia de una minoría de dominación sobre un Pueblo Humilde. También para información de los procedimientos arbitrarios, inhumanos, y finalmente para despertar al mismo pueblo oprimido.

 

         Corsino Coronel

         Srio. Gral. de la ONAC

 

 

 

         Esta obra está destinada a ser un clásico latinoamericano. La leí durante la dictadura a hurtadillas mediante un amigo. Entonces era anónima. Ni llegué a sospechar quién podría ser su autor, pero no tenía dudas de que era una persona empapada del proceso latinoamericano.

         La recordaba con el nombre de "Paratodo" antes que por su título propio. Es un cuento largo y ameno; de lenguaje llano; de estructura simple. Sin embargo, desde el comienzo hace cabalgar la significación profunda sobre la superficial; la verdadera sobre el pretexto. Está concebida en dimensión poética y expresada en lenguaje mitológico, que es el lenguaje propio de la obra de arte verdadera.

         Delata la ligazón existente entre el imperialismo, la oligarquía criolla, la dictadura, la clase acaparadora y el hombre común, el trabajador. Denuncia la proletarización del campesinado libre, la depredación de las selvas, la enajenación de las tierras de cultivo, la implantación del monocultivo, la degradación del suelo y la profunda interferencia de las pautas culturales colectivas. Deja en ridículo a "Ñande reko" y a "Ñandekuete" por el hecho de que tal como están concebidos hoy, se hallan asociados al "statu quo", al conservadorismo y al inmovilismo. Se hallan esclerosados por obra de la ideología nacionalista que los ha estereotipado hasta el vaciamiento.

         Antonio Cruz desafía al sistema y se instala en la conciencia colectiva aún en contra de la voluntad consciente y manifiesta de ese pueblo enajenado, el cual considera enajenado al más esclarecido de sus miembros, que esgrime la verdad como un puñal.

         El campesinado y el pueblo del Paraguay ganarán con esta obra, conciencia sobre su realidad y su proceso; capítulo ineludible y primero del gran libro de la descolonización y la liberación.

 

         Tadeo Zarratea

 

 

         Antonio Cruz es el prototipo de millares de Antonio, Pedro, José; muertos sin tumba o tumbas sin muertos, por haber cometido el delito de ser "loco" tener la osadía, el descaro, la locura, la IMPRUDENCIA de denunciar la explotación, el desarraigo del hombre y su tierra, la criminal destrucción ecológica, por lo tanto, nuestra segura y prematura Muerte!

         La Literatura, como cualquier expresión artística, ES y SERA medio de despertar las mentes dormidas, en la medida que los pueblos se vean identificados en ella y sea intérprete de sus aspiraciones.

 

         Regina Vda. de Rodas

         Coordinadora de la Comisión

         de familiares de desaparecidos

         Caaguazú, Julio de 1990

 

 

 

         Esta obra trata bastante bien la realidad campesina y tiene un sentido profundo para el hombre consciente. Me trae a la memoria aquella noche del 10 al 11 de diciembre de 1974, momento en que estaba siendo torturado el Profesor de Educación Física, Don Julián Cubas, por el tristemente famoso Lucilo Benítez, en unas de las dependencias policiales de Asunción, llamada Vigilancia y Delitos.

         También estaba presente el Jefe de aquella institución de apellido Saldívar, que ahora vive en silla de rueda en Capi'ípé, Compañía de Eusebio Ayala, Cordillera.

         Allí he visto con mis propios ojos la indecible crueldad del ser humano. !Allí he preferido morir!, antes que estar viendo semejante calamidad dentro de una pileta de agua sucia, desnudo, engrillado, esposado, pegándole continuamente con teyuruguái, hasta su total desmayo y el cuerpo destrozado, en la parte del lomo estaba sin piel alguna, el resto del cuerpo, de pie a cabeza estaba ennegrecido, como si se le hubiera derramado tinta.

         El Dr. Martín Almada, oha'arö iturno pe koty ijyképeguápe. También desnudo, engrillado, esposado, tirado en el piso. Péva ohasávo oñakärapu'ä ha che saluda.

         En esta magnífica obra, habla del endemoniado y de tres víboras, mientras, por nuestro medio, vemos caminar a muchos endemoniados y a muchas víboras más ponzoñosas todavía, ha ndaipóri justicia ichupe guarä.

         Ndareíri campesino maymáva rokyhyje ha rodesconfia.

         Esta obra estará cooperando para el mejoramiento de la masa popular campesina. Hasy la liberación, en el sentido que aquí refleja la realidad campesina, que muchas veces, ni nosotros mismos no queremos reconocer que estamos sufriendo diferentes tipos de necesidades. Mientras que, los no campesinos, ni se imaginan siquiera de los padecimientos de los pobres.

         Ko'äva rupive ikatu upeichahágui oñentende mbeguekatu mboriahukuéra reko asy.

 

         Eulogio Velázquez G.

         Dirigente Campesino de la Cordillera

 

 

 

 

         Como esos antiguos caseadores, cuenta cuentos andariegos, Oleg nos cuenta-enseña con palabras casi mágicas la tristísima historia de nuestro pueblo campesino.

         Con una magnífica parábola desnuda la cruel realidad de la miseria, del hambre y la explotación en la que sobremuere y pervive, fantasma de sí mismo, yvypóra, el campesino de estas tierras. Y denuncia con un relato pleno de alusiones míticas, símbolos de vida y muerte, el autoritarismo, la alienación, el aniquilamiento de nuestro mundo físico y cultural, por obra y desgracia de los soberbios señores de la Violencia.

         Toda la sangre vertida, el dolor en silencio asumido, las sombras de nuestros muertos y desaparecidos en la larga lucha contra la dictadura hilvanan este relato. Y sin duda, nos devuelven sus palabras y protagonistas la absoluta esperanza, la certeza revolucionaria de anunciar que "NOSOTROS PODEMOS VOLVER A CONVERTIR NUESTRA TIERRA CON ESPINAS ASI COMO EL SEÑOR LA HIZO: FERTIL Y RICA".

         Y porque consagra la lucha por la libertad y la dignidad de nuestro pueblo, por la defensa del ciudadano y la protección de la naturaleza, esta literatura es urgente y necesaria para forjar la nueva conciencia democrática del Hombre Paraguayo.

 

         Moncho Azuaga

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

         "La mayoría de los campesinos que trabajamos en este inmenso cañaveral... ya casi no tenemos recuerdos... estamos perdiendo el habla... mientras nos quede alguna palabra en el alma, queremos dejarles la historia de nuestra historia... tenemos la esperanza que alguna vez a través de ustedes la palabra resucitará..."

 

         Resucitar la palabra. Recuperar el habla. Rescatar la propia historia. Este desafío, que nos parece como el grito-canto-plegaria que transita letra adentro de esta hermosa obra que hoy nos entrega Oleg Vysokolán, justifica plenamente su publicación en el inicio de las Ediciones Populares de Ñemongetará.

         Como su mismo nombre lo indica, Ñemongetará es una propuesta de diálogo, una invitación a la palabra y a la comunicación. Por eso comparte la utopía de que la palabra alguna vez resucitará. Más aún, cree que ese proceso ya ha comenzado. Que el mundo campesino e indígena ya ha comenzado a transitar el largo camino de recuperar el habla, que es una manera de recuperarse a sí mismo, su identidad y dignidad.

         Ñemongetará nació hace diez años con la inquietud de llevar a los hombres de campo propuestas de diálogo y temas de conversación, en un momento en que a consecuencias de la represión predominaban en ese mundo el silencio y el miedo, la pérdida de la palabra. Pero a esta altura del tiempo, las cosas están cambiando y en muchos aspectos están mejorando. Por eso consideramos muy oportuno este momento para la publicación y difusión de esta obra, "Muerte y Resurrección de Antonio Cruz". Porque los lectores encontrarán en ella grandes temas de reflexión y enriquecedora conversación. En efecto, esta obra, pequeña en volumen, es grande en contenido, y podemos encontrar en ella una historia de los desaparecidos, una historia del inmenso etnocidio en el mundo. A través de sus páginas el lector no dejará de percibir una historia del poder oculto, enmascarado; una historia de la instalación del capitalismo; una historia de la colonización por intermedio de las sectas religiosas. Tampoco dejará de descubrir la historia del mesianismo de algunos dirigentes políticos. En suma, una aproximación a la cultura campesina, con su miedo al cambio, con sus vicios y costumbres, y apuntando como causa hacia la complicidad y la tolerancia de un gran sector de la sociedad nacional con el poder, para la explotación y opresión del campesinado paraguayo.

         Antonio Cruz, sin duda nos recordará a ese Antonio Pueblo, agredido por tantas formas de muerte, hasta pisoteado en tierra, pero que a semejanza de la semilla, llega el momento de resurgir a una nueva vida. Todo lo cual, en definitiva nos habla de optimismo y esperanza. Por eso, con el protagonista de esta obra, "tenemos esperanza de que la palabra resucitará".

 

         Ñemongetarä

 

 

 

         La gran mayoría de los braceros campesinos que trabajamos en este inmenso cañaveral de más de cien mil hectáreas y en las ochenta y cinco fábricas de alcohol y azúcar que operan en la región, ya casi no tenemos recuerdos, memoria, historia, y muy posiblemente ya casi todos estamos perdiendo el habla. Nosotros seguramente ya dentro de poco también lo vamos a perder, por eso, mientras nos quede algo de memoria y alguna palabra en el alma, queremos dejarles la historia de nuestra historia. Ya casi todo está muerto, pero tenemos la esperanza que alguna vez a través de ustedes la palabra resucitará.

         No piensen ustedes que les vamos a contar la historia de nuestra historia de hoy; la historia de nuestras vidas en los cañaverales de las empresas; la historia de nuestro trabajo diario de sol a sol. Tampoco les vamos a contar la historia de la destrucción de nuestros bosques o la de nuestros arroyos, convertidos hoy en cauces secos que solamente arrastran podredumbre y excrementos de las fábricas. Eso no hace falta contarlos, ustedes pueden verlos. No, la historia que hoy queremos contarles es la historia de nuestra propia derrota, la historia de por qué hoy vivimos así.

         Nuestra historia siempre ha sido una historia de muertes. Estábamos acostumbrados a la muerte. Así como el hecho de vivir, la muerte formaba parte de nuestra vida cotidiana. La historia de la muerte que les vamos a contar es sin embargo distinta. Nunca antes nos conmovió tanto una muerte como aquella. A partir de esta muerte distinta, todas las otras muertes fueron igualmente distintas. Fue el inicio de nuestra muerte lenta de hoy.

 

 

         Era de madrugada, cuando ya los gallos habían cantado, y en el momento en que estábamos recogidos en torno a nuestro asiento de fuego tomando mate, cuando el grito desgarrador de una mujer pidiendo socorro, aquel que inequívocamente anuncia a muerte, sacude y sobrecoge a todo el vecindario.

         Ese grito, que hasta hoy sigue vibrando en nuestros oídos, fue el de una madre que para combatir a las pulgas que se comían a sus hijos, roció con gamesán el colchón donde dormían sus niños. Esa madrugada no se supo si las pulgas estaban muertas, pero sí nos enteramos a través de ese grito, que todos sus niños amanecieron muertos.

         Nosotros lloramos mucho con esta madre la muerte de todos sus hijos, y le ayudamos en lo que pudimos para enterrar a sus niños. Las mujeres se turnaron para lavar a los muertos con "Palmolive", el mejor jabón de olor del que se disponía en la comunidad, mientras que otras los peinaban con brillantina, y otras se disputaban para empolvarlos, de tal forma a disimular las manchas azules, violetas y negras que comenzaban a cubrir sus rostros.

         Los hombres fueron al cementerio a cavar las tumbas. "Paratodo" en cambio se encargó solito de comprar los siete cajones y hasta los mandó pintar todo de blanco. El mismo dirigió la construcción de los cajones y no permitió que el maestro carpintero los pintara a cal. "No, los cajones deben ser eternos" dijo autoritariamente al carpintero, y le ordenó que fuera a traer de su almacén un tambor de pintura al aceite, importado de la Argentina, marca "Duratec".

         Sobre el mediodía oleadas de gente comenzaron a ocupar el camino vecinal que conduce al cementerio, y sobre las tres de la tarde el cortejo salió de la casa en dirección al oratorio. Eran siete cajoncitos blancos, brillosos, colocados los más pequeñitos sobre la cabeza de unas mujeres vestidas de negro. Los cajones iban descubiertos, con la cara de los angelitos mirando al sol. Las tapas de los cajones las portaban unos niños que caminaban silenciosamente en frente de los angelitos blancos. De vez en cuando el cortejo se detenía para intercambiar los cajones que las mujeres llevaban sobre la cabeza.

         Nunca vimos tanta gente en un entierro, y muchas personas se desmayaron durante el acompañamiento. "Paratodo" fue el que más veces se desmayó, en total siete veces. Le salía hasta espumas por la boca y los ojos se le volvían blancos como los de una oveja degollada.

 

 

         Felizmente siempre avisaba antes de desmayarse para que tuviéramos tiempo de socorrerle, porque en realidad era muy pesado, tenía unos 180 kilos de peso. Durante el novenario nos contó entre sollozos, lágrimas y mocos, que nosotros nos encargábamos de limpiarle con las mangas de nuestras camisas, que se habían desmayado siete veces en memoria de cada uno de los angelitos.

         Pero nuestra tragedia no termina allí. Poco tiempo después, cuando todavía todos seguíamos comentando los detalles y desmayos del entierro, el padre de los niños muertos, para calmar un fuerte dolor de muelas que le molestaba, se lava la boca con dedeté. Unos segundos después el hombre descansaba en paz, sin dolor de muelas y sin vida.

         En ocasión de esta muerte todo fue igualmente distinto, aunque esta muerte anunciaba igualmente a muerte. Nadie, absolutamente nadie asistió al velorio, ni tampoco acompañó al finado hasta el cementerio. En verdad, no se lo veló, ni tampoco se lo enterró en el cementerio, sino en otro lugar.

         La esposa del finado se volvió loca y se tiró al pozo. Nosotros nos refugiamos en nuestras casas, cerrando ventanas y puertas y cuanto agujero había en su interior. Así que el finado se quedó solo unos ocho días en su casa, tendido en un catre, hasta que un vecino fue a dar parte a las autoridades.

         Mientras, como el muerto no daba respiros, al segundo día fueron rodeándole poco a poco gallos y gallinas, los que no habían probado bocado desde que la mujer se tiró al pozo. Al tercer día el círculo se cierra, y un gallo dorado, de unas inmensas crestas rojas, da el primer salto sobre el catre. Como el muerto seguía sin dar respiros, el gallo le da un picotazo, y otro, y otro, hasta que todas las gallinas y gallos se lanzan a un tiempo sobre el finado y comienzan todos a picotearle los ojos. Un gallo logra hacerse con uno de ellos y huye alocadamente hacia las chacras. Los demás, simultáneamente, inician su persecución, y entre riñas, aleteos y cacareos, terminan en pocos segundos con el ojo del lado izquierdo del finado.

         Al quinto día, gallos y gallinas de todo el vecindario huyeron despavoridos por el monte, y por la noche de ese quinto día los perros comenzaron a aullar por el mal olor que despedía el muerto. En realidad no era mal olor, porque el olor se mete por la nariz; éste en cambio no se metía por la nariz, sino por la garganta, así que durante los días que el finado estuvo tendido en el catre, nos pareció que en realidad estábamos comiendo carne podrida del finado.

         Las autoridades finalmente llegaron por la madrugada de un día lunes, y sin parar el motor del jeep en que venían, en menos de un minuto enterraron al muerto, lo tiraron al pozo junto a su mujer, así mismito como estaba, con catre y todo. Nosotros, tal vez un poco tarde y avergonzados por la soledad en que quedaron los muertos, organizamos ocho días después el verdadero entierro cristiano del finado y su mujer en el cementerio de nuestra comunidad. Unos hombres se fueron a cavar las fosas, y cuando ya todo estaba listo, una inmensa muchedumbre de gente salió de su casa en dirección al cementerio.

         En ocasión de este entierro, al que curiosamente no asistió Paratodo, hubo al igual que en otros entierros lamentaciones, desmayos y largos silencios, pero con una diferencia: no llevábamos cajones al cementerio. Era un entierro sin el cuerpo presente de los muertos. Caminábamos todos con la cabeza gacha, mirando fijamente al suelo, no tanto por la vergüenza ciertamente, sino por el miedo, porque aquello fue uno de los acontecimientos más inexplicables e incomprensibles de nuestra existencia: acompañar y enterrar a unos muertos, pero sin el cuerpo presente de los muertos. En verdad, fue para nosotros una interminable pesadilla a la luz del día. Y en realidad, ese entierro fue el principio de los tantos entierros sin féretros que sobrevendrían después.

         Después de estos envenenamientos pasó un tiempo sin que nadie muriera más por envenenamiento. Es cierto, seguíamos aplicando a nuestros productos agrícolas el dedeté, el gamesán y otros químicos, pero ya nunca más para combatir las pulgas o calmar los dolores de muelas. Todos morían de muerte natural, pero ninguno, como aquellos niños o su padre, por envenenamiento. Algunos morían porque se les paró el corazón, otros porque se le pudrieron los riñones, y otros no se sabe de qué, pero lo cierto es que amanecían con los ojos saltados como unos novillos y las barrigas hinchadas a punto de explotar. De vez en cuando nacían en la comunidad algunos niños defectuosos que nunca crecían, nunca caminaban y nunca hablaban.

         Algunos dicen que estos niños apenas nacieron fueron tocados por los pomberos, y así quedaron.

         Mientras tanto Paratodo, el acopiador, seguía vendiendo gamesán, dedeté y otros productos químicos, pero con una seria advertencia: mi amigo, esto es bueno para todo, para todo, menos para las pulgas y el dolor de muelas.

         Y así fuimos poco a poco envejeciendo en nuestra comunidad, ciertamente algunos a los pocos años, porque apenas tenían 35 y ya se parecían a unos ancianos de 80, 100, 200 años, Dios sabe cuántos, por la expresión de sus rostros. Y con nosotros iban envejeciendo también nuestras tierras; decimos que iban envejeciendo, porque lo único que crecían en estas tierras eran yuyos con espinas. Todo eran espinas. Sus hojas eran espinas, sus tallos eran espinas, hasta sus raíces eran espinas. Así que poco a poco fuimos abandonando nuestras tierras, las vendimos por cualquier cosa, y nos fuimos a la Argentina o a cualquier otro punto del país en busca de tierras sin espinas.

 

 

         Con el abandono de nuestras tierras comienza la historia de los cañaverales. Comienza la historia de las dos mil chimeneas negras que durante las 24 horas humean en nuestra región; comienza la historia de los cien mil braceros que hoy comen, duermen y mueren en los cañaverales. Nunca baja de ese número; siempre hay un hombre o un niño dispuesto a ocupar cualquier baja entre los braceros. Nos aferramos a los cañaverales hasta el último soplo de nuestras vidas. De allí la tradición entre nosotros: nunca nadie ocupa el lugar de un bracero hasta tanto no se lo entierre bajo tierra.

         Y el ejecutor de todo este cambio ha sido Paratodo. Nunca un hombre adquirió tanta importancia para nosotros como la adquirió Paratodo. Siempre ha sido importante, de toda la vida. Ya de cuando niños sabíamos de su existencia. Nuestras abuelas también ya lo conocían. Generaciones y generaciones enteras pasaban, pero Paratodo no pasaba. Algunos piensan que hasta tiene vida eterna. Es cierto, hubo un tiempo en que corrieron insistentes rumores de que sus días estaban contados, pero en realidad eran puras macanas, intrigas de otros acopiadores que le hacían la competencia, porque su mal era apenas un dolorcito de estómago. Lo cierto-cierto es que Paratodo nos facilitaba de todo, hasta lo que se producía en la conchinchina: pantalones modernos, radios, linternas, relojes luminosos, tocacintas, tele en colores y hasta unas bombachas y corpiños coreanos que revolucionaron en un abrir y cerrar de ojos los usos y costumbres de nuestra comunidad, porque a partir de su introducción todas nuestras mujeres se pusieron a la moda, quedando definitivamente establecido, por obra de los coreanos, el uso obligado de bombachas y portasenos.

         Y así como nos vendía de todo, tampoco tenía problemas en comprarnos de todo: mandioca, maíz, poroto, tabaco, algodón, coco, hasta nuestros chanchitos y pollitos se compraba cuando nos encontrábamos en dificultades. Y si no teníamos dinero para comprar un poco de aceite o azúcar, siempre decía: "No importa, ya me lo pagarás". La importancia de Paratodo era tal que sin su ayuda nosotros no cultivábamos nada. El nos facilitaba todas las semillas y los insecticidas para cultivar y cuidar de nuestros productos. Y nos alentaba, siempre nos soplaba el ánimo para no desfallecer. Su frase más conocida y mil veces repetida por todos porque posteriormente un violinista callejero le puso música, fue aquella pronunciada en ocasión de festejarse el día del agricultor: "El hombre y la tierra son los mejores títulos que podemos ostentar ante el mundo". Esta frase fue la última pronunciada al final de un largo discurso que duró casi toda la mañana. Y nunca vamos a olvidar ese día, porque ocurrió que justito en el momento que estaba leyendo su discurso, un avión sobrevoló el lugar donde se celebraba el acto, y después de dar unas piruetas en tirabuzón por el aire, dejó caer sobre la multitud un diluvio de florecillas de papel de miles y miles de colores, las que meciéndose de un lugar a otro fueron posándose lentamente sobre la gente recogida en el lugar. Nosotros, en expresión de asombro y alegría, estallamos en un griterío infernal y en una interminable risa colectiva.

         A nosotros nos gustó mucho aquella frase porque a pesar de nuestra miseria de cada día, esa expresión de reconocimiento hacia el hombre del campo nos hacía sentir importantes, orgullosamente distintos a los otros que no son como nosotros. Y fue exactamente a partir de aquel día que comenzamos a demostrarle nuestra gratitud por medio del aplauso, donde quiera que él apareciera. Lo más frecuente era en nuestras canchas, donde a rabiar le aplaudíamos cuando él llegaba. Ciertamente que llevó su tiempito eso de aplaudir, porque pegar las palmas de la mano para expresar alegría era una costumbre totalmente desconocida entre nuestra gente. En esas ocasiones lo que más hacíamos eran griteríos y risas de nunca acabar, pero aquello de reír y pegar gritos para expresar sentimientos constituía en realidad una cosa de toldería de indios. Así que poco a poco el griterío y la alegría colectiva fue sustituida por el aplauso, el que si bien era forzado para la gente, resultó sin embargo mucho más civilizado y de buen gusto.

         Y así como el aplauso se fue poco a poco instalándose en la mente de la gente como norma de comportamiento decente, así también Paratodo se fue poco a poco instalando en el corazón de todos nosotros. Lo reconocimos sin discusión alguna como nuestro benefactor y nuestro apoyo. En realidad, había algo en su personalidad que lo conectaba directamente con nuestras necesidades vitales de protección, y su comportamiento cuajaba perfectamente con nuestra vida de cada día y de nuestra forma de pensar. Si bien dejó de ser un pychai-pychai como nosotros, seguía hablando y vibrando como un pychai. Y lo que nos gustaba de él no era tanto que nos hablara como un pychai, sino que siendo lo que era, desde su posición acomodada, nos hablara como un pychai. Todo discurso, cualquier discurso, siempre comenzaba con la siguiente frase: "Nosotros los campesinos". Esta frase, solamente esta frase, ya comenzaba a arrancar de la multitud enfervorecidos y prolongados aplausos, y como no podíamos con nuestro genio de pegar gritos comenzamos, bajo la dirección organizada y firme de un hurrero, a vivar y hacer hurras interminables a nuestro benefactor. Y eso lo consiguió él, solamente él.

         Nosotros sabemos perfectamente bien de que somos distintos, diferentes a los otros que no son como nosotros y por ello mismo no aceptamos a nadie que no fuera de nuestra propia clase, a los burgueses, a los intelectuales capitalinos, hijos de papá bien empolvaditos. Teníamos un lema bien clarito que marcaba exactamente el límite entre nosotros y los otros: el ñande kuete. Es cierto; el ñande kuete no significa que estuviéramos siempre peleados con los otros. No, ni mucho menos. El ñande kuete surgía solamente en momentos de peligro, de tensión, en ocasiones excepcionales, cuando nuestra identidad; el ñande reko que decimos, era amenazada por los otros. Lo regular era la fraternidad con los otros, con quienes nos unía una muy antigua relación de hermandad, y aunque no éramos parientes-parientes buscábamos la forma de sellar por siempre nuestra relación mediante el bautismo de nuestros niños por los otros. Y así nos convertíamos en compadres, mediante una relación libre establecida entre nosotros y los otros. Todos estábamos atados, bien ataditos por esta relación, de tal forma que no hay un solo pueblerino, un solo capitalino por más doctorazo que fuese, que no tuviera un compadre, un pariente campesino. Y si no lo tuviera, él dejaba de ser importante entre los de su propia clase, tachándosele de inmediato con el marcante de gringo o extranjero. Es por eso que en este país todos, aún aquellos de cabellos rubios y ojos azules, siempre exclaman: ¡yo también soy campesino! o ¡mis padres son campesinos!, llegando otros al extremo de decir que son indígenas, pero no del otro lado del río, chaqueños, sino guaranieté de las impenetrables sierras del Yvytyrusú.

         Y es eso lo que nos gustaba de Paratodo: dejó de ser un pychái, pero seguía hablando y vibrando como un pychái. Por eso, como decimos, se metió en el corazón de todos nosotros; pero no solamente en el nuestro, porque hasta los coreanos, japoneses y conchinchinos se disputaban de su amistad; en prueba de ella, hasta una calle de Corea lleva el nombre de Paratodo. Y nosotros, en señal de reconocimiento, ni cortos ni perezozos, designamos igualmente a nuestra escuela con el nombre de "Kunchunchunk", que era un poco algo así como el Paratodo de los Conchinchinos.

         De Paratodo nosotros no podíamos quejarnos, no por otra cosa; sino porque nos protegía en todo. Como él mismo decía, y con toda razón, cuando se encontraba malhumorado o sorprendía a algún campesino vendiendo su producto a algún macatero: ¡malagradecido, sinvergüenza, judío, hasta cajones les compro para enterrar a sus muertos..., pero no importa, ya llegará el día que necesites de mí aunque sea después de muerto!

         Pero cuando de verdad-verdad Paratodo adquirió importancia, fue cuando la venta de nuestras tierras. A él acudíamos los campesinos para vender, y a él acudían los señores para comprar. Todos dependíamos de él. Siempre tenía la palabra final.

 

 

         No recordamos quiénes llegaron primero, si los doctores, los alemanes o los japoneses. Pero da lo mismo. Lo cierto es que nuestras tierras con espinas poco a poco se fueron convirtiendo en inmensos cañaverales de todos ellos. En el correr de pocos años fue desapareciendo todo árbol sobre árbol, coco sobre coco, yuyo sobre yuyo se amontonaban, hasta que una gran quemazón los convertía en cenizas. Su lugar poco a poco lo fueron ocupando los cañaverales. Comenzó con 500 hectáreas, continuó luego con 1000, al poco tiempo ya estaba en 10.000, y en menos de cinco años ya llegaron a las cien mil hectáreas. De ese tiempo proviene la prohibición de cultivar árboles, porque donde hay árboles hay sombra, y donde hay sombra se recogen toda clase de alimañas, especialmente víboras, los enemigos del hombre, los enemigos de la humanidad. De esta forma el árbol se convirtió en el enemigo número uno de las grandes empresas, llegándose a contratar miles y miles de personas, cuyo único trabajo consistía en evitar que crezca un sólo árbol. Y al final nosotros mismos, sin quererlo, nos fuimos convirtiendo en algunos de esos contratados, porque no dejábamos crecer un solo árbol en nuestras tierras, o delatábamos a nuestros vecinos ante las propias empresas cuando

por necesidad, inocencia o descuido dejaban crecer un árbol en sus chacras. Con el correr del tiempo ya todo sin embargo era natural, porque hasta en las escuelas se enseñaban a nuestros niños sobre la peligrosidad de los árboles. En coro les hacían repetir: "árbol es igual a sombra, sombra es igual a víbora". Y los niños hasta de los sacerdotes se cuidaban, porque debajo de la sombra de su sotana bien podría estar refugiada una víbora.

         Y una vez, cuando unos contratados descubrieron en la casa de un vecino la existencia de un árbol, la noticia en menos de un minuto corrió por todo el vecindario, y en pocas horas todas las radios del país daban cuenta del descubrimiento del árbol clandestino. Nunca vimos tantos contratados como cuando esa ocasión, por camionadas venían. Fue cuando eso que nosotros vimos por primera vez los helicópteros. Ante la increíble noticia todo el vecindario se echó para curiosear los helicópteros, y ver con sus propios ojos el árbol recién descubierto. Unos niños que llegaron hasta el lugar, exclamaron con asombro: ¡Pero si no es una víbora, es un tajy!, a lo que el jefe de los contratados contestó: ¡Es lo que tú te crees, la víbora simplemente está disfrazada de árbol!

         El árbol a la vista de todos fue derribado a hachazos, rociado con querosén y quemado allí mismito donde cayó. En pocos minutos se convirtió en un montón de cenizas.

         Después de eso vino lo peor, porque casa por casa, patio por patio, chacra por chacra fue recorrida por los contratados para asegurarse de la existencia o no de otros árboles clandestinos. Hasta nuestros colchones fueron destrozados a machetazos, por si acaso alguien en su interior tuviere escondida alguna semillita. Fuimos interrogados todos, toditos, y al final se llevaron a uno del que nunca más tuvimos noticias. Desapareció sin dejar rastro. Dicen que murió de frialdad, pero de eso nadie está seguro. Lo seguro-seguro es que desapareció, dejando una viuda y siete niños de corta edad.

         Y fue en esta ocasión, después de un año de esta desgracia, cuando nosotros por segunda vez en nuestras vidas volvimos a presenciar el entierro de un muerto, pero sin el cuerpo presente del muerto. Esta vez sin embargo con una diferencia: de este entierro sin cuerpo presente del muerto participó solamente la viuda y sus siete niños menores. Ella iba delante, con un paño negro sobre la cabeza cubriéndole todo el rostro, y los niños caminando silenciosamente detrás. La viuda portaba solamente una cruz, la cruz de su esposo.

         Nosotros, nos encerramos en nuestras casas.

 

 

         A nosotros nos gustó mucho, muchísimo la venida de los señores. Nos daban trabajo, mucho trabajo en los cañaverales y en las fábricas. Era precisamente lo que necesitábamos. Al principio trabajábamos algunos días a la semana, después casi cada día y al final todos los días del año. Había meses que ya no regresábamos a nuestras casas. Nuestros niños nos llevaban la vianda y comíamos bajo la sombra de los cañaverales. Después de la cosecha era un poco jodidito porque ni un yuyo había para sombra, entonces nos metíamos debajo de unas carpas de plásticos para poder comer.

         Cada año los cañaverales iban creciendo y al final ya no regresábamos a nuestras casas porque su lugar fue ocupado por la caña dulce. Así que poco a poco nos quedamos a vivir en los cañaverales. Pero lo cierto-cierto es que todos estábamos contentos porque teníamos trabajo y dinero para sobrevivir al día. Eso era lo importante y era hasta un privilegio ser bracero y trabajador en las fábricas. Habría que ver, miles y miles de personas se amontonaban frente a los ingenios azucareros para pedir trabajo. Desde altas horas de la madrugada se disputaban un lugarcito frente a la administración para intentar conseguir algo, ya sea para bracero, obrero de fábrica o contratado para perseguir árboles. Y como quien dice, la esperanza es lo último que se pierde, esta gente no la perdía aún cuando un gran letrero luminoso instalado a la vista de todo el mundo advertía: NO HAY VACANCIA.

         Los que en mejores condiciones se encontraban eran aquellos que vendían su tierra porque por ella recibían su paga y al mismo tiempo trabajo como bracero. Todos ellos son fácilmente identificables: llevan relojes luminosos, grandes radios grabadoras y hasta tele en colores. Es por ello que todos queríamos vender nuestra tierra. Para ello, Paratodo era la clave. Como sea teníamos que ganarnos su confianza. Le defendíamos hasta la muerte ante la intriga de otros acopiadores que le hacían la competencia.

         Y fue de esta época en que todos, toditos, uno por uno comenzamos a colgar el retrato de Paratodo en el lugar más visible de nuestras casas. Y como a la postre todos teníamos el retrato de Paratodo, se inició entonces una tenaz competencia para ver quién tenía el retrato más grande. Al final, como los retratos eran más grandes que nuestras casas, la gente comenzó a ponerlos por las calles, en las rutas, encima de los cerros, y hasta en las propias iglesias, muy cerquita de Jesucristo, la Virgen María y San José. Pero ni aún así la competencia paró; al contrario, había más competencia por ganarse la confianza de Paratodo.

         La disputa a muerte por la confianza no se dio sin embargo entre nosotros, sino entre los propios sirvientes de Paratodo. Comenzó entre ellos una lucha de vida o muerte para determinar quién era el más fiel, el más leal. La lucha la inició su cocinero, Tamboverá, quien ya llevaba años haciendo brillar ollas y lavando platos, sin nunca ascender a un puesto menos grasoso que el que tenía. Tamboverá organizó silenciosamente a todos los pokyra de nuestra compañía, y un buen día, cuando ya todo estaba listo, salieron a la vía pública portando ollas y pailas y armaron un gran escándalo de nunca olvidar. Fue aquella la primera cacerolada de nuestra comunidad. Su lema de guerra era: "Paratodo es de todos, de todos hasta la eternidad".

         A nosotros nos vino muy bien esta iniciativa de Tamboverá, porque fue entonces que comenzamos a ganarnos unos pesitos como hurreros. Pero muy pronto hasta entre los hurreros se dio la competencia, por lo que finalmente nadie podía ser hurrero sin pasar por unos cursos especiales de capacitación hurrera organizados por Tamboverá. La más difícil de las modalidades hurreras era el piripipí tres por tres, por el larguísimo aliento que había que retener en los pulmones, para el cual al parecer los gordos eran los mejor dotados; pero, el caso es que después de las hurras venían los formidables insultos contra los otros sirvientes, contra los choferes, criados y ahijados de Paratodo, acusándoles allí donde más les dolía: señoritos burgueses bien empolvaditos, que viven de la fama de Paratodo y a costa de los auténticos trabajadores que día y noche están fregando ollas y platos para beneficio de la empresa acopiadora, mientras que aquellos siempre de vacaciones, de turismo, de paso por la empresa. "No señores, para servir a la empresa hay que engrasar, ensuciarse las manos".

         Los choferes, administradores, peones, criados y ahijados de Paratodo, sorprendidos por la acción de los pokyra, y ante la amenaza de perder sus pucheros y sus zoquetes, ni cortos ni perezosos salieron igualmente a la vía pública y a bocinazos hicieron un gran escándalo. A ritmo de batucadas repetían todos en coro: "Pa-ra-to-do tu pa-pá, Pa-ra-to-do tu pa-pá". Finalmente, se dirigían en masa hasta una de las agencias de acopio de Paratodo, y entre chichas clandé, locrazos y saporó, se burlaban a gritos de los pokyra y de su caudillo Tamboverá. A ritmo estridente de las batucadas, repetían todos en coro: "Cada chancho en su estaca, Tamboverá en tu butaca".

         El caso es que ante tanta fidelidad y lealtad demostrada, Paratodo se desesperó y dejó de dormir, por el temor bastante fundado de que sus propios sirvientes le liquiden el boliche. Estos sin embargo firmemente le decían: "O todo o nada, eso es lo que nos espera. Así que hasta la victoria final".

         Y fue de esta manera que el benefactor de nuestra comunidad quedó prisionero de sus propios sirvientes. Como perros hambrientos todos se estiraban del zoquete. Fue precisamente en esta época que sus muy traidores sirvientes le enzoquetaron el marcante de Curiyú, no se sabe bien si por las escamas que de puro viejo comenzaron a aparecerle por el rostro, o por su voracidad implacable, pues según se dice, en menos de veinticuatro horas se engullía todo un novillo. El caso es que Paratodo no sabía hacia dónde tirar. Los consejos de sus sirvientes ya no le calmaban. Tenía la certeza que alguien le estaba serruchando. Además, justito cuando estos malditos sirvientes comenzaron a bochinchear, aparecen con todo otros acopiadores a hacerle la competencia en forma pública y descarada, como nunca antes lo habían hecho. Y lo hacían de la manera más ruin, miserable y pérfida: vendían más baratas las mercaderías, y pagaban más alto por los productos. Y para colmo de males, sus propios sirvientes comenzaron a ofrecer mercaderías más baratas y a pagar más alto por nuestros productos. Comenzaron también a abrir sus propias agencias de acopio.

 

 

         Fue en estas circunstancias, cuando los cañaverales comenzaban a expandirse y cuando recién estaban por las diez mil hectáreas, la aparición de Antonio Cruz en nuestras vidas. Su destino estaba fijado de antemano, porque apareció justo en el peor momento.

         En el país las cosas no andaban bien. Ya nadie sabía quién era quién. Los que mandaban decían su verdad, al menos la aparente, pero entre ellos mismos la verdad no era una, sino dos, y tres, y cuatro, así que ya no sabíamos muy bien hacia dónde tirar. Antes la cosa era sencilla. Se decía ¡firmes! y había que ponerse firmes; se decía ¡a discreción! y sabíamos que había qué descansar. Ahora no, todo son contraórdenes y ya no sabernos bien cuándo ponernos firmes y cuándo ponernos a descansar.

         La iglesia decía también su verdad, la aparente al menos, pero totalmente diferente a las verdades de los que mandaban. Pero dentro de la iglesia había a su vez mil verdades porque fue una época en que aparecieron mil iglesias y mil sectas religiosas diciendo cada una su verdad y disputándose todas por Cristo y por nosotros.

 

 

         Algunas llegaban al extremo de decirnos que nosotros éramos Cristos en persona, y el caso es que muchos, muchísimos, se creían que eran Cristos con el resultado de soportar cuantas injusticias habidas y por haber, en la convicción de que sufrían y se morían por nosotros y por la salvación del mundo. Fue en esta época que la gente comenzó a matarse por la religión, hasta los indígenas, aquellos que vivían todavía en el monte, que no conocían ni siquiera la rueda, comenzaron a matarse por la religión. Y lo hacían por Cristo y por salvar al mundo. Y cuanto más la gente se mataba por la religión, los predicadores bíblicos decían: "No importa, nuestro reino no es de este mundo".

         Los que querían mandar, los contreras que decimos, también decían su verdad, la aparente al menos, y cada una tenía la suya. Todos parecían defender una verdad, pero a la hora de la verdad todos se atacaban al mismo tiempo, se insultaban, se intrigaban.

         Y entre nosotros la cosa era igualita, no había diferencias. Casi todos estábamos mal avecinados, por cualquier cosa, por cualquier macanita ya comenzábamos a darle alas a palabras de fuego llenas de ponzoña, o sacábamos nuestro pisador de maíz y ¡pum! le rompíamos el alma a nuestros vecinos. Cuanto más pobres, más queríamos mandar sobre los pobres. Todos querían mandar. Querían mandar los políticos, querían mandar los sacerdotes, querían mandar los predicadores, querían mandar nuestros caudillos campesinos, todos queríamos mandar, pero en realidad no mandábamos a nadie. Fue una época de oscuridad total, no sabíamos por donde estaba el camino, no sabíamos quién tenía la verdad. Así era en el país, así era en nuestra comunidad.

         Mientras tanto los cañaverales crecían y crecían, y Paratodo vendía y vendía, compraba y compraba. En realidad, era el único que mandaba. Nos tenía a todos en su puño. Y sus sirvientes, aún en desacuerdo, siempre se ponían de acuerdo cuando de nosotros se trataba para bajarnos la vara.

         Además de oscura, fue una época negra, porque el hambre entró a nuestros hogares. Es así que muchos comenzaron de nuevo a comer cogollos de coco, cogollos de palma a falta de comida. Pero nadie hablaba de hambre y nadie afirmaba que comía cogollo de coco, cogollo de palma. Nadie quería reconocer su hambruna y su miseria. Cuanto más miseria, más sacábamos a relucir nuestros relojes luminosos, nuestras linternas importadas, nuestras radios portátiles. Nos sentábamos frente a nuestras casas, sacábamos nuestra radio, la poníamos a todo volumen y saludábamos con una flor de sonrisa a quienquiera que pasara por enfrente nuestro. Y por las noches nos íbamos a recoger cogollos de coco, cogollos de palma. Para colmo, después de una terrible sequía que azotó nuestra región, una peste vino a liquidar cuantas gallinas y chanchos había por el vecindario. Y desaparecían nuestras vacas, porque fue una época de abigeatos generalizados. Pero el caso es que no solamente desaparecían, sino lo que es peor, eran carneados en nuestros propios patios. Un vecino, cuando por la mañana temprano encontró las ocho patas de su yunta de bueyes colocadas en fila delante de su puerta, no encontró manera de borrar el recuerdo del espectáculo, sino clavándose los ojos, una y otra vez, con puntiagudas espinas de coco. Poco tiempo después, murió de tristeza.

         Y fue en estas circunstancias, como decíamos, en que apareció Antonio Cruz. El era como nosotros, uno más del montón, pero poco a poco se fue diferenciando de nosotros porque se volvió loco. Los síntomas de su locura se manifestaron justo en el peor momento. Fue cuando unos doctores, acompañados de Paratodo, se hicieron presentes en nuestra comunidad para comprarle a un vecino sus tierras con espinas.

         No sabemos, en realidad, si siempre estuvo loco, o si coincidió con ese momento los primeros síntomas de su locura. Algunos dicen que siempre ha sido un ser extraño, que ya de joven practicaba magia negra. Y en realidad, quienes así afirman podrían tener razón porque siempre le gustaban los moribundos, los muertos y los cementerios. Pero también, a decir la verdad, los propios moribundos buscaban en su lecho de muerte a Antonio Cruz. El era la visita obligada en esas circunstancias y su presencia significaba siempre lo irremediable. Es así que casi todos nuestros muertos expiraron en sus brazos, porque él los acompañaba hasta el último suspiro, luego los lavaba, les cortaba las uñas y los vestía con su mortaja eterna. Finalmente iba al cementerio y cavaba la fosa. Todo esto lo hacía como una actividad cualquiera, con toda naturalidad, sin expresar ninguna emoción en el rostro, sin caérsele una lágrima, aún tratándose de su propia madre.

         Esta extraña relación de Antonio Cruz con la muerte y su posición claramente antirreligiosa, puesta en evidencia después de su locura, le va lió el marcante de anticristiano. Nunca en los velorios rezó un rosario y no era lo que se dice un santulario, a pesar de que se conocía la biblia de memoria y discutía hasta con el obispo sobre la interpretación de algún versículo. Coleccionaba cuantas biblias circulaban por nuestra comunidad y se liaba en discusiones con los sacerdotes, con los catequistas, con los mormones, con los evangelistas, con los sabatistas y con las mil sectas religiosas que pululaban por nuestra comunidad. Todos ellos se empecinaban en ganar su alma, pero en ocasión de aquellos encuentros, alzando los brazos y apuntando directamente con el índice a los predicadores bíblicos, Antonio Cruz afirmaba que serpientes con siete cabezas, dragones alados y sapos con cabeza de hombre estaban atacando en sueños a nuestra comunidad. Al término de estos encuentros, los predicadores se marchaban impotentes y cada uno de ellos con un saludo final: "Hermano, que Dios salve tu alma". A lo que Antonio Cruz al instante respondía: "Y la tuya también".

         Pero todo este mundo de sueños y ensueños enfermos de Antonio Cruz a nosotros nos resultó claro recién después de su locura. Antes de volverse loco, el era nada más que eso, uno del montón. No observamos absolutamente nada raro, hasta su comportamiento con los moribundos y su relación con los muertos era para nosotros normal, natural.

         La peligrosidad de su locura coincidió como habíamos dicho cuando la visita de los señores. En esa ocasión nos dimos cuenta de su conducta desviada. Su pensamiento estaba al revés, cabeza para abajo.

         En ocasión de aquella visita, Antonio Cruz se dirigió cada atardecer a la casa de cada uno de los vecinos y dijo: "Sepan ustedes que si los señores compran esa derechera, en menos de un año se van a quedar con todas nuestras derecheras". Aquella fue la primera vez que lo vimos enojado, con los ojos encendidos de ira. En realidad, fue la primera vez que nos dimos cuenta de la existencia de Antonio Cruz y de su locura.

         Nosotros no le entendimos nada. Su mensaje era indescifrable por lo absurdo. ¡Que no vendiéramos nuestras tierras con espinas! Pero cuando nos dimos cuenta de la exacta peligrosidad de su locura fue cuando afirmó que los doctores nos estaban explotando como bestias en los cañaverales y que Paratodo nos estaba matando a todos con sus productos químicos. Y fue de ese momento que nosotros comenzamos a no dirigirle la palabra, a alejarnos de él. Pero también, fue a partir de ese momento que las cosas empeoraron para nosotros y cuando de nuevo la muerte, aquella extraña muerte de rostro desconocido, comenzó a golpear las puertas de nuestros ranchos.

         Ocurrió que un buen día algunos braceros no fueron a trabajar en los cañaverales. Cuando les preguntamos por qué no iban, respondieron: "Porque la caña dulce es cada vez más agria para nosotros; mejor morir de hambre o comer tierras con espinas". El caso es que lo hacían, bastaba mirar a sus hijos comer tierra, con las panzas desnudas a punto de reventar.

 

 

         Daba lástima ver a estos inocentes. Pero lo peor de todo es que algunos vecinos se echaron atrás y no quisieron vender sus derecheras. No eran muchos, pero se negaron a venderlas, justo cuando más necesitaban. Los doctores montaron en cólera y nos dejaron plantados con nuestras tierras con espinas, con nuestros sueños destrozados.

         Mientras, los síntomas de la locura de Antonio Cruz eran cada vez más evidentes y peligrosos. Un sudor frío, helado comenzó a recorrer nuestro cuerpo al solo imaginarnos que al atardecer, cualquier atardecer, él pudiera llegar a nuestros ranchos. De ese tiempo proviene la costumbre de cerrar ventanas y puertas y no contestar a nadie, absolutamente a nadie, después de que nos encerráramos en nuestros ranchos. Estábamos seguros, absolutamente seguros, que un golpe; cualquier golpe, significaba irremediablemente la presencia de la muerte, pero con máscara, con máscara negra. Y fue así que Antonio Cruz se fue convirtiendo en el símbolo del Miedo y en el Señor de la Muerte. Y no era en balde.

         Sucedió una vez que aquellos dos braceros que se negaron a trabajar desaparecieron sin dejar rastro. Se los tragó la tierra sin que nunca más nadie diera cuenta de ellos. Dejaron 14 niños todos de corta edad, quienes en parte tuvieron que ser repartidos entre el vecindario y en parte fueron llevados hacia no se sabe dónde.

         Unos nueve meses después de la desaparición de aquellos braceros, fueron siendo encontrados restos de cuerpos humanos, una pierna, un brazo, una mano, dientes, cabellos grasientos, en distintos lugares desérticos de una compañía vecina llamada Santa Helena. Nunca, nunca jamás pudieron ser identificados esos cuerpos, pero a partir de ese momento todos, absolutamente todos, estábamos convencidos en nuestro interior que aquellos restos de cuerpos humanos pertenecían a los braceros desaparecidos.

         Y fue en estas circunstancias en que por tercera vez en nuestras vidas enterramos a unos muertos, pero sin el cuerpo presente de los muertos. Esta vez sin embargo, con una nueva diferencia: No enterramos a los muertos a la luz del día, sino por la noche. A una hora determinada algunos llevaron las cruces, y otros, de a uno en uno, salimos de nuestros ranchos en dirección al cementerio para depositar un lirio, una rosa, un jazmín sobre las tumbas vacías de los braceros desaparecidos.

         Y fue de cuando entonces la desaparición de Antonio de nuestra comunidad. A él no se lo tragó la tierra sino los cañaverales, porque se escondió en los cañaverales. No se escondió de nadie, sino de nosotros. Todos huían de él, hasta sus familiares, quienes se mudaron hacia no se sabe dónde, pero se mudaron. Nadie sabe cómo vivía Antonio Cruz en los cañaverales, aunque hay quienes hoy afirman que por las noches salía a comer tierra, tierra con espinas de nuestras derecheras.

         No sabríamos hoy decir qué ha sido peor para nosotros, si la presencia de Antonio Cruz en nuestra comunidad, o su fuga y clandestinidad en los cañaverales, porque aún fuera de nuestra comunidad, aún escondido en los cañaverales, la ansiedad del miedo y la proximidad de la muerte era cada vez más intensa entre nosotros. Sentíamos sobre nuestras espaldas la mirada atenta y vigilante de la máscara negra de la muerte observándonos, a través de la mirada invisible de Antonio Cruz.

         Todos, absolutamente todos sabíamos sin embargo que él regresaría y que llegaría inevitablemente aquel momento en que nos encontraríamos de frente, cara a cara con Antonio Cruz. No sabemos por qué, si por esperar a la muerte, si por esperar a Antonio Cruz, o simplemente por esperar algo.

         Y aquel momento llegó. Fue un miércoles de ceniza, una mañana azulada con mucho sol.

 

 

         Estábamos todos recogidos en el oratorio, cuando de súbito una sombra se proyecta sobre todos nosotros. Ladeamos a un tiempo la cabeza y vimos a Antonio Cruz parado en el portal mismo del oratorio. Estaba como de siempre, con semblante sano, bien limpio, y alto, muy alto como una planta de maíz. Estuvo allí sin decir palabra, instante que nos pareció una eternidad. Nosotros tampoco atinamos a decir nada. Estábamos paralizados por su presencia, y por el silencio. Fue entonces que él tomó la palabra y dijo: "Nosotros podemos volver a convertir nuestra tierra con espinas así como el Señor la hizo: fértil y rica; nosotros podemos volver a tener abundancia en la alimentación y cultivar de nuevo mandioca, maíz, sandías, porotos, verduras y todo lo que nos dé la gana, pero no vendamos nuestras tierras con espinas, porque eso será nuestra perdición hasta el fin de nuestros días, la nuestra y la de nuestros hijos".

         Y ante nuestro silencio atónito, continuó diciendo: "En menos de cinco años podemos llenar de árboles frutales nuestras tierras con espinas y podemos producir miles y miles de plantas de naranjos; en menos de diez años podemos convertir nuestras tierras con espinas en bellos y hermosos bosques, pero no vendamos nuestras tierras, porque eso será nuestra perdición hasta el fin de nuestros días, la nuestra y la de nuestros hijos". Y en el colmo de su delirio loco, dijo que podríamos producir hasta miel de abeja en el patio mismo de nuestras casas.

         A pesar de que el orden absurdo de su mundo era una contraorden a nuestro mundo de cada día, Antonio Cruz no mencionó en ningún momento a Paratodo y los señores, que es lo que más temíamos, que es en realidad lo que causaba en todos nosotros el gran miedo a Antonio Cruz. Y fue cuando entonces que nos dimos cuenta todos, absolutamente todos, que huíamos de él no por su relación con los muertos y los moribundos o por su afición a comer tierras con espinas, sino por su audacia suicida en interponerse entre nosotros y los otros, y tratar de destruir nuestra relación con aquel mundo, nuestro mundo, cuya figura más visible, clara y contundente estaba representada por Paratodo. El mundo de Antonio Cruz era la destrucción de ese mundo, lo que implicaba a su vez nuestra destrucción. Entre ese nuestro mundo, cementado en la figura de Paratodo, y el mundo de sueños y ensueños enfermos de Antonio Cruz, no había para nosotros dudas a la hora de la elección. Todo nuestro ser se ponía en tensión al confrontarnos con el mundo de Antonio Cruz, y sacábamos fuerza como fuere y de donde fuere para resistir al cambio de nuestro mundo.

         Así como nos burlábamos de aquel vecino que conspiró contra nuestro mundo al denunciar a aquel alcalde-carnicero que vendía carne de perro, así también nos burlábamos del mundo de Antonio Cruz y sus naranjales.

         ¿Cuándo se ha visto que unas plantitas de limón a los cuatro o cinco años comienzan a dar frutos de naranjas, mandarinas y pomelos?

         ¿Cuándo se ha visto que nuestros mangos a los cuatro o cinco años puedan transformarse en otros mangos para dar frutos de hasta cinco kilos, inmensos como unas sandías?

         ¿Qué locura es esa de amansar abejas silvestres, ponerlas en un cajón y colocarlas en el patio de nuestras casas para producir miel?

         ¿Qué mundo es aquel compuesto por bosques y más bosques, si nuestro sueño era el de las motosierras, para echar, para limpiar nuestra comunidad de monte?

         ¿Qué locura era aquella de pedir la igualdad entre nosotros y los otros, entre nosotros y nuestros compadres, entre nosotros y los señores, entre el campo y la ciudad?

         No, a la hora de la elección de un mundo, nosotros nos inclinábamos por el nuestro. Lo defendíamos donde fuere y como fuere. Cuando estaba amenazado por los otros que no son como nosotros, lo defendíamos con la más formidable de nuestras armas: el ñande kuete; cuando estaba amenazado por otros que son como nosotros, lo defendíamos con otra tan formidable como la primera: el ñande reko. Y así defendimos nuestro mundo y nos lanzamos como avispas salvajes contra Antonio Cruz. Allí en el oratorio, frente a frente, cara a cara, le escupimos nuestra verdad.

         Tú, Antonio Cruz, Señor de la Muerte, eres nuestra perdición y la de nuestros hijos, contestamos al instante un grupo de hombres. Vete, desaparece, que te trague la tierra, que es eso lo que queremos. ¡Cuántos muertos sin féretros ya hemos enterrado por tu culpa, por tu grandísima culpa, Antonio Cruz! ¡Sabes tú acaso el dolor que padecemos al enterrar unos muertos sin el cuerpo presente de los muertos! ¡Sabes tú acaso qué es cavar unas fosas y volverlas a cubrir sin el cuerpo de nuestros muertos! ¡Y todo ello por tu culpa, por tu grandísima culpa, por tu mundo de sueños y ensueños enfermos que no es el nuestro!.

         Sin apenas inmutarse, así como lavaba, vestía y enterraba a los muertos, Antonio Cruz contestó: ¡La muerte de nuestros muertos significa vida, y el dolor de todos nosotros amanecer! ¡Las tumbas no están vacías, ni nuestros muertos se encuentran solos! ¡Están enterrados por siempre en la memoria de todos nosotros y están cubiertos por siempre con el dolor de nuestras almas! ¡Pero no vendamos nuestras tierras con espinas, porque entonces sí nuestros muertos quedarán solos, nuestras tumbas quedarán vacías!

         Y por segunda vez en nuestras vidas, allí en el oratorio, cara a cara con Antonio Cruz, lo vimos de nuevo con los ojos encendidos de ira cuando afirmó: " ¡Paratodo nos está matando, pero no logrará matar el recuerdo, la memoria de nuestros muertos sin féretro!"

 

 

         Y esas fueron las últimas palabras de Antonio Cruz: luego quedó mudo, lo dejamos mudo. Lo último-último que se sabe de él con lujo de detalles y pormenores del acontecimiento, aún cuando quienes lo cuentan no vivieron aquel momento, ocurrió al día siguiente de aquel miércoles de ceniza.

         Aquel día, ya por la madrugada y cuando los gallos habían cantado, el vecindario fue sobrecogido por el grito de una mujer pidiendo socorro, aquel que anuncia a muerte. Todos a un tiempo corrieron hasta el rancho de donde provenía el grito, encontrándose a un hombre tendido en una hamaca de caraguatá, ya vuelto cadáver. Una mujer yacía desvanecida sobre una pila de leña, no lejos del asiento de fuego, y en el suelo, no lejos de la hamaca, estaban tendidas dos enormes víboras ya muertas, una cascabel y un yarará, mientras que un curiyú de unos veinte metros de largo todavía vivo, tenía enroscada su larga cola al cuello del finado. Uno de nuestros hombres, el más decidido, tomó en el acto un pisador de maíz y con un certero golpe a la cabeza le da muerte. No se animó sin embargo a desenroscar los dos enormes anillos que firmemente seguían aprisionando el cuello del finado.

         Sobre el mediodía fue convocada una Junta General de todo el vecindario en el patio del oratorio, la que resultó ser una Junta de casi todo el país por la cantidad impresionante de gente que aquel día se volcó a la comunidad. Racimos de gente se colgaban de los horcones y se subían al techo de las casas y hasta del oratorio para poder observar los acontecimientos. Las autoridades fueron llegando en bloque y se colocaron en primera fila, frente a la entrada principal del oratorio. En segunda fila fueron ubicándose representantes de los que querían mandar, cada uno de ellos con sus respectivos emblemas y banderas. A un costado de todos ellos, en perfecta fila, se ubicaron los representantes de las iglesias y sectas, distinguiéndose de la multitud por sus camisas blancas de mangas cortas y sus impecables corbatas negras. Paratodo fue llegando minutos antes del inicio de la reunión en una carreta, y fue ayudado por unos cinco hombres bien fornidos, quienes en brazos lo trasladaron hasta un lugar especialmente preparado para él, no lejos de las autoridades. Sus sirvientes, de uno y otro bando, se colocaron a prudente distancia de él.

         A las 14 horas en punto una persona que resultó ser el comisario de compañía, dio inicio a la reunión "para darles a conocer a todos ustedes, cómo murió en el día de hoy nuestro vecino y quién lo mató". Presentó a continuación a la única persona que en el momento de ocurrir la muerte se encontraba con el finado: su esposa.

         La mujer, vestida totalmente de negro y con un manto sobre la cabeza que le cubría casi todo el rostro, se levantó de su asiento, caminó lentamente unos doce pasos y dirigiéndose a las autoridades, dijo: "Sobre la medianoche mi esposo comenzó a sentir unos fuertes dolores en el estómago. Me levanté, prendí la vela y le dije: vete a la letrina, que ya te sentirás mejor. No pudo sin embargo levantarse y se ensució todito allí mismito en la hamaca. Luego comenzó a vomitar. Ya te sentirás mejor, expulsa todo lo que tengas dentro, le dije. Y él me contesta: me voy a morir; tengo el demonio en las entrañas; alcánzame el San Miguel Arcángel y una palma bendecida. Yo me dirijo hasta una de las esquinas de mi rancho, y cuando ya regresaba con el santo en dirección a él, comienza de nuevo a darle unas fuertes arcadas, hasta que con espanto veo que de su garganta venía saliendo una cascabel, de unos dos metros de largo, la que silenciosamente se desliza contorneándose sobre el pecho, se baja de la hamaca, y va a colocarse justo delante suyo, sobre una silleta, donde se para sobre su cola y clava firmemente su mirada sobre mi esposo. En el momento que culminaba este acto, con movimientos tan precisos como si de una serpiente amaestrada se tratara, a mi esposo le da una segunda arcada, y veo de nuevo salir una segunda víbora, esta vez un yarará, la que repite exactamente los mismos movimientos que la anterior: sale lentamente de su boca, se desliza sobre su pecho, se baja de la hamaca y va a colocarse en una segunda silleta, donde contorneándose se levanta sobre su cola y lanza fijamente su mirada sobre mi esposo. En el instante en el que la cascabel comenzó a agitar su campanilla en disposición de saltar sobre mi esposo yo pegué el grito, corrí hasta uno de los rincones del rancho y desde allí le dije: Toma, agarra el San Miguel y confiésate! Mi esposo tomó el Santo, lo miró fijamente y dijo: ¡Antonio Cruz, perdóname! Y en ese mismo instante del perdón le viene otra arcada y una tercera víbora, un enorme curiyú sale silenciosamente de su boca, se asoma mirando en distintas direcciones como buscando hacia dónde dirigirse, se baja de la hamaca, extiende todo su cuerpo a lo largo del rancho, y con la cola, enrollada en dos grandes anillos verdeolivos luminosos al cuello de mi esposo, le da muerte. En el preciso instante que mi esposo murió, de lo que yo pude darme cuenta porque sus ojos se le saltaron, quedándose colgados de un hilillo a la altura del mentón, las dos serpientes de las silletas comienzan a deslizarse silenciosamente sobre el suelo, donde poco a poco se enroscan como un ovillo, ocasión que yo aproveché para darles muerte con un pisador de maíz. Luego no sé qué pasó, caí desvanecida.

         Dicho esto, la mujer sin apenas inmutarse regresó a su asiento, y se quedó allí como una estatua, mirando fijamente a la multitud con los ojos inmóviles, los que según se cuenta quedaron totalmente secos.

         El comisario de compañía; aquel que diera inicio a la reunión, ayudado por dos personas trae una enorme bolsa arpillera, la deposita en el suelo y agarrando de uno de sus extremos la estira firmemente cayendo de su interior las tres inmensas víboras. Fue entonces cuando uno comenzó a gritar: ¡Asesino, asesino!, el que fue seguido por un segundo y un tercero, hasta que al final aquel grito fue secundado por toda la multitud, la que enardecida comenzó a gritar: ¡Muerte a Antonio Cruz!

         Antonio Cruz fue traído atado de pies y manos a un poste, el que fue clavado en frente mismo de todas las autoridades. El miró fijamente a la multitud, la que enardecida gritaba: ¡Asesino, asesino!

         El no dijo nada, absolutamente nada, se quedó mudo.

         La acusación unánime contra Antonio Cruz ha sido de brujería, y aún cuando el relato de la viuda no fuera suficiente prueba de que él fue el causante de la muerte del marido, se presentaron sin embargo públicamente las pruebas inequívocas de su inmenso poder, en el patio de su casa fueron encontradas miles y miles de abejas salvajes, pero domesticadas, hipnotizadas por Antonio Cruz.

         Y allí, frente a la multitud enardecida, Antonio Cruz fue muerto con un pisador de maíz, aplicado con certero golpe a la cabeza por uno de nuestros hombres, el más decidido, aquel que diera muerte al monstruo de la noche antes. Su cabeza saltó en pedazos, como aquellas sandías podridas arrojadas al suelo.

 

 

         Y esto es lo que todo el mundo sabe y cuenta del último sueño de Antonio Cruz en la madrugada del día siguiente de aquel miércoles de ceniza. Todos lo cuentan como si lo hubieran visto, lo hubieron vivido. Lo cierto-cierto es que después de este sueño, Antonio Cruz desapareció sin dejar rastro. Ni sus restos fueron encontrados, y aún cuando los otros dicen que murió, absolutamente todos nosotros estamos convencidos en nuestro interior, que Antonio Cruz sigue escondido en los cañaverales, comiendo tierras con espinas y plantando árboles, árboles y más árboles.-

 

 

 

 

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MUERTE Y RESURRECCIÓN DE ANTONIO CRUZ - Por OLEG VYSOKOLÁN - Grabados de OLGA BLINDER  - Año 1990


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