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MAYBELL LEBRÓN


  SED - Cuento de MAYBELL LEBRÓN


SED - Cuento de MAYBELL LEBRÓN
SED

Cuento de MAYBELL LEBRÓN
 
 
 


SED
Un leve claror en el cielo había huecos en la negrura, filtrándose entre las hojas de los arboles. Apenas algún deslizarse en las matas o el trino de los pájaros desperezándose, rompían el pesado silencio de la noche chaqueña.
 
Tirados en el suelo, con oscuras manchas de sudor en las axilas, gruñendo a ratos, el pequeño pelotón de reconocimiento se recuperaba del cansancio, el calor y la sed, en aquel claro del bosque. Eran cinco soldados y un teniente; su angustiosa misión: hallar agua para todo un regimiento desesperado de sed.
 
El oficial se sentó en la arena y, ciñéndose el talabarte con el arma - que había mantenido en su cabecera mientras dormía - , tomó un trago de lo poco que restaba en la caramañola. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo al recordar el pánico en los ojos de los soldados de su batallón, que había quedado atrás.
 
Los redondeles de luz, cada vez más brillantes, iluminaban al grupo con su presagio de sol ardiente.
 
- Arriba, compañeros, muévanse. Vamos a buscar el agua antes de que nos tumbe la sed. No nos queda mucho tiempo.
 
Casi sin palabras, los soldados se saludaron, sacudiendo la tierra de los uniformes verde olivo, arrugados y sucios. Firmes, con el fusil en posición de descanso, aguardaron instrucciones. Sin víveres y a pesar de sus gargantas resecas, cumplían la orden: "Solo un trago por vez".
 
- No hagan ruido. Nuestra información es que hay una laguna por aquí cerca. Los bolí también la andarán buscando. Vamos.
 
Iban esquivando ramas y a paso lento, para no alborotar. De pronto, el teniente se detuvo, alzando una mano. Una angosta picada cortaba la espesura y se perdía entre los arbustos. En ese instante, oyeron voces.
 
Agazapados y ocultos, esperaron. La trocha era recta y los pudieron ver. Un oficial y dos soldados bolivianos avanzaban con cautela, reconociendo el terreno. Afortunadamente, no los descubrieron. De un salto, los paraguayos rodearon al pequeño grupo y, con los fusiles apuntando a los asombrados exploradores, les intimaron rendición. No hubo resistencia. Pronto estuvieron maniatados y sin armas.
 
De cabello castaño, ojos amarronados  y la piel tostada por el sol, el fornido comandante del grupo contrastaba con sus dos acompañantes de baja estatura y rasgos aindiados.
Los oficiales se midieron con altivo respeto, mientras a una orden del teniente, se internaban en el monte, alejándose de la picada. El terror de los prisioneros se plasmaba en los ojos redondos y las bocas abiertas de los soldados, y en la hermética expresión del oficial.
 
- ¿Al mando de quien están? ¿Cuál es su misión? ¿Dónde está el grueso de su regimiento?
 
- No sé si me va a creer. Hace varios días salimos en patrulla y nos perdimos. Torpeza mía, no sé como extravié la brújula; supongo que estamos lejos de nuestro P.C. -. El oficial boliviano lo dijo todo sin alzar la voz y mirando de frente.
 
- Es una historia como cualquier otra; tendré que asegurarme. Entreguen las cantimploras-, y dirigiéndose a sus subordinados:
 
- Revísenlas, ¿tienen agua?.
 
- Si, están llenas.
 
El teniente palpo los recipientes.
- Están llenas y aun frescas. Oficial, ¿donde está la laguna? Las pupilas oscuras centellearon, la boca era un apretado tajo. Los anchos hombros del teniente se irguieron, resueltos. Era más alto que su oponente, y su mirada, hasta entonces tranquila, se volvió amenazadora.
 
- Los voy a interrogar por separado. Si mienten y los relatos no coinciden, les cortare la lengua. ¿Entendieron?. No me obliguen a hacerlo.
 
Y tomando a un soldado de la chaqueta, se lo llevo consigo, perdiéndose en la arboleda.
 
- Jefecito, no voy a mentir, nos perdimos, pero encontramos la laguna. Por Diosito te lo  juro -. Las manos temblorosas y el rostro ceniciento del indígena eran el retrato del miedo.
 
Con el otro aimara sucedió lo mismo. Por suerte, coincidieron. Del brazo lo arrastro al oficial boliviano y, ya lejos, hablo el paraguayo:
 
- Tengo la localización de la laguna. Me dicen que está a un kilometro de aquí, siguiendo el camino. Iré a verificar. Aseveran que lo dicho por usted es cierto. ¿Confirma estos datos? ¿No hay tropas bolivianas en los alrededores?
 
- Si, es cierto. Perdimos el rumbo, no consigo orientarme en este Chaco infernal, ni sé dónde estarán nuestras tropas. Es todo lo que puedo decirle. Ya se habrá dado cuenta usted, que uno de mis soldados apenas puede caminar; el pobre tiene una herida infectada en el muslo. Solicito autorización para revisarlo, yo soy estudiante de medicina.
 
El semblante del teniente se relajo con la primera sonrisa del encuentro.
 
- Yo también soy estudiante de medicina.
Se llegaron hasta la laguna. No había tropas bolivianas en los alrededores y el enviado volvió, horas más tarde, con los jefes y soldados de su batallón. Todos, sin distinción de rango, bebieron y descansaron con la alegría de haber conjurado al fantasma de la sed. Bajo un árbol generoso, después de recibir las felicitaciones de sus superiores, el teniente se hizo traer al oficial prisionero.
 
- Ordené le suministraran desinfectantes, es lo único que tenemos. ¿Pudo curar a su soldado?
 
- Sí. Le hice una limpieza profunda, eso lo aliviara. Teniente, le agradezco su interés.
 
- ¿Y donde estudiaba usted medicina? ¿En qué curso esta?
 
-Yo estaba estudiando en Montevideo, en el segundo curso, cuando me movilizaron.
 
Con un gesto de sorpresa, respondió el teniente:
 
- Volví de Montevideo para alistarme. Estaba, también, en segundo año. ¿Quiénes eran sus profesores?
 
- Barrionuevo en Clínica quirúrgica y Pastiana en Traumatología.
 
Una carcajada rompió la tirantez del momento.
 
- ¿Te das cuenta? No nos conocimos pero éramos compañeros de clase - y le paso la mano que el otro estrechó con entusiasmo, a pesar de las ligaduras.
 
- Gregorio - , llamó el teniente a su ordenanza - cébanos unos mates. Y, mientras le soltaba las ataduras, se pusieron a hablar de medicina.


MAYBELL LEBRÓN
 
 
Fuente:
SIN RENCOR
TALLER CUENTO BREVE
Dirección: HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
Edición al cuidado de
MANUEL RIVAROLA MERNES y
LUCY MENDONÇA DE SPINZI
Asunción - Paraguay
Octubre 2001. (166 pp.)
 

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