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MAYBELL LEBRÓN


  TU y YO, DESVARÍO y EL ECO DEL SILENCIO - Cuentos de MAYBELL LEBRON


TU y YO, DESVARÍO y EL ECO DEL SILENCIO - Cuentos de MAYBELL LEBRON

TU y YO, DESVARÍO y EL ECO DEL SILENCIO

Cuentos de MAYBELL LEBRON


 

 
TÚ Y YO
Diego abrió la puerta del coche y el golpe brutal lo desmayó. Un dolor lacerante le impedía distinguir dónde se hallaba. El murmullo de voces se fue aclarando y el perfil de las figuras comenzaba a tomar forma. Un hombre encapuchado, de pie frente al camastro en que se hallaba, lo miraba sin mover un músculo. Volvió a cerrar los ojos, al tocarse la cabeza sintió en la mano algo pegajoso, por el olor se dio cuenta que era sangre. Sus pupilas atisbaban desde la rajadura de los párpados hincha-dos mientras la mente empezaba a hilvanar ideas. Estaba en una habitación extraña, una banda engomada le tapaba la boca, impidiéndole hablar; las manos atadas a la espalda, y los tobillos unidos con cinta adhesiva. Supo que, aunque lo intentara, no podría ponerse en pie. Tenía los pantalones mojados de orín: lo descubrió con rabia, no vergüenza. Descartó el robo del coche sport rojo, último modelo, regalo de su padre al cumplir los 20 años, como motivo del ataque. Estaba prisionero. Secuestrado.
 
Puedes gritar todo lo que quieras, nadie te oirá. El brusco tirón le arrancó la mordaza. Dolió. No dijo nada. Con esfuerzo se sentó en el borde del catre: ¿Qué quieren? ¿Pueden darme un vaso de agua? Otro hombre se acercó, la cabeza cubierta con un pasamontañas y guantes negros. Ya es tarde. Mañana hablaremos. Estás en nuestro poder, no hagas tonterías.
 
Quedó solo en el cuarto y trató de evaluar el entorno a pesar de la poca luz que emitía un foco colgado de un cable roñoso. Lo alertó el chirriar del cerrojo. El encapuchado entró con dos baldes de plástico, una jarra y un vaso. El balde azul es para mear y el amarillo tiene agua limpia, aclaró mientras ponía la jarra sobre la mesa que, con una silla, completaba el mobiliario. De capucha, buzo azul y zapatos deportivos, el guardia misterioso salió y llaveó la puerta por fuera. Todo lo hacía con la mano izquierda. Con gesto amenazador, en la derecha empuñaba una pistola.
 
Tomó dos vasos de agua, se sacó la camisa manchada de sangre y los pantalones húmedos. En calzoncillos, se lavó la herida, la cara y el torso. Estaba dolorido pero se sentía bien. Alto, musculoso, de ojos negros rasgados y brillantes, era un hermoso ejemplar. Estaba allí por la fortuna de su padre. Tendrían que pagar un buen rescate. Analizó la situación para orientar su conducta. No debía desesperarse. Necesitaba un plan.
 
Le lavaron la ropa y pudo vestirse de nuevo. Miró con odio al guardia y su ayudante colocarle en los tobillos unos grilletes unidos por una corta cadena. Ante la humillante maniobra, el furor le enrojeció el rostro y las mandíbulas tensas hicieron crujir los dientes. La orden fue mantenerse alejado del carcelero cuando estuviera en la habitación.
 
A medio día su custodio le trajo un plato de guiso y un pan. Lo examinó con disimulo. Entrevió la piel blanca de sus manos, su cuerpo delgado bajo el buzo azul, que le quedaba grande -apropiado a sus aproximadamente un metro ochenta de estatura- y la voz aflautada que trataba de ocultar con un tono bajo, casi susurrante.
 
No estaba tan malo el guiso, comentó sonriendo cuando el guardia volvió para retirar el plato. Un gruñido fue la respuesta. Dime, nadie viene a verme. ¿Qué está pasando? ¿Han pedido rescate? Por primera vez lo miró directamente a los ojos y Diego se sorprendió al reconocerlos azules. No había rencor en ellos, sólo indiferencia. Hoy van a pedir rescate. Si pagan, pronto estarás libre y gracias a tu pellejo seremos ricos. Para algo sirven los platudos. No alardees, me imagino que sólo eres un lacayo de estos bandidos. Me tratas bien y te lo agradezco, soy pacífico, no busco líos. Y como no me dices tu nombre, te llamaré Don. El mío ya lo sabes, es Diego.
 
La cordialidad de Diego aflojó la tensión y los diálogos se hicieron más frecuentes. Unos días después la puerta se abrió de golpe. Don entró; de un empujón lo tiró en la cama y sin darle tiempo a reaccionar le aflojó los grilletes y unió sus muñecas con la gruesa cinta adhesiva, ató las pantorrillas para sacarle los hierros y remató el trabajo sujetando los tobillos con la cinta, en un alarde de eficiencia y oficio. Intrigado, Diego tuvo miedo por primera vez. Algo estaba sucediendo.
 
Su rostro se transformó en una máscara de terror; las manos contraídas de espanto trataban de llegar a las ropas de Don. Suplicó: Por favor, dime lo que pasa, no me engañes. Una voz chillona, desconocida, respondió mientras balanceaba la pistola: Bueno, vamos a mudarnos. Aquí corremos peligro, nos siguen la pista, y si te encuentran con nosotros estamos listos. Cuando haga falta el jefe te liquida, y a mí también si sabe que te lo dije... No lo permitas -la voz de Diego se quebró en un sollozo-. Tú no me puedes matar, yo sé que eres bueno. Los ojos azules destellaron azorados bajo la máscara. El contacto de sus dedos al ayudarlo a levantarse le transmitió una ráfaga de ternura insospechada. Salió a saltitos hasta llegar a la camioneta cerrada donde antes de partir lo amordazaron y le pusieron un bonete negro, sin agujeros. Oyó bocinazos y tráfago de rodados. Más tarde, la marcha se hizo tranquila y veloz. Luego comenzaron a dar tumbos aunque la velocidad apenas disminuyó. Al cabo, gimieron los frenos y el furgón se detuvo. No sabía si era de día o de noche. Al abrir las puertas entró una ráfaga de aire fresco oliendo a pasto y bosta. Le sacaron el capuchón y la mordaza. Respiró, aliviado. Distinguió una pequeña casa de ladrillos y techo de paja. El atardecer pintaba de carmesí el horizonte donde las siluetas oscuras de los árboles remedaban una estampa chinesca. El chofer y Don lo custodiaban. Juzgó tonto gritar y le era difícil moverse, pero se sintió más seguro en ese desierto verde... casi contento, sonrió a las estrellas.
 
El vozarrón impaciente del chofer lo despertó. Le ordenó sentarse en una silla; él mismo, a golpes de peine, le alisó las mechas desordenadas, entregó a Don un diario que había traído para que lo acomodara en las manos de Diego, apoyándolo en su pecho... y le sacó la foto.
 
Con esto a ver si conseguís la plata, es mejor que liquidarlo, bromeó Don. El otro hizo un gesto indefinido. Y a él: Va a entregar la foto y traer comida. ¿Cómo estás? La voz seguía chillona y el ademán tranquilo, como si lo calmara el aire de campo.
 
-Tengo miedo pero sé que me vas a cuidar, ¿verdad? Me siento flojo, no sé qué me pasa, estoy mareado. Una arcada lo dobló hacia adelante. Me desesperan estas ataduras. Diego jadeaba con la boca abierta, aspirando entrecortadamente el aire, con pequeños espasmos cada vez más débiles. Creo que me voy a desmayar, otra vez me falla el corazón, Dios mío, voy a morir aquí. Por favor, suéltame las manos, quiero hacer la señal de la cruz.
 
Don, indeciso, tomó al fin un cuchillo y sajó las cintas de las muñecas. Ya puedes rezar, farfulló. Diego gimió: Gracias. Eres generoso conmigo, deja que te dé un beso de despedida.
 
Un encogimiento de hombros evidenció su desprecio. Fastidiado, Don se agachó ofreciendo la oculta mejilla. Las manos de Diego cazaron su cuello con toda la furia y la fuerza de sus veinte años. El golpe de karate lo desnucó. Cayó la capucha y vio la aviesa cara de niño con sus ojos azules aún incrédulos. Corrió sin parar hasta la ruta, subió a un ómnibus que pasaba... y rezó por el muerto.
 
 
 
 
DESVARÍO
 
DÍA 1
 
Lisa está de espaldas, envuelta en un salto de cama de franela a cuadros sujeto al descuido con un largo cinturón que deja adivinar el fino talle bajo los pliegues desprolijos. El hombre la mira sonriendo, sin duda, es linda. El olor a café inunda la cocina mientras chirrían en la sartén los huevos y el tocino. La sigue queriendo tanto por ser como es: cada mañana levantarse así de temprano a prepararle el desayuno mientras él se viste y luego llega a tiempo al trabajo. Por sobre el olor a café y frituras sus miradas se encuentran: él, con el primer trozo de pan tostado en la boca; ella, con el plato de revuelto en las manos. Él traga el pan, ella deja el plato en la mesa. Se dan un beso largo y gratificante, con olor a dentífrico y jabón. Diez minutos más tarde él rueda por las calles de Nueva York.
 
En la amplia playa de estacionamiento acomoda su coche convertible rojo en el espacio marcado con el número 68 sobre el piso de cemento. Su espacio. Al otro lado, relucientes y lis tos, en espera sin hora ni día fijado de antemano, se alinean los carros de bomberos. Llegan dos unidades manchadas de hollín. Exhaustos y sucios bajan ocho hombres y se dirigen al enorme edificio. Danny sube los escalones del Salón de Espera, alza el brazo y saluda a Harry quien llega con una taza de café humeante. Se llena de finas arrugas su cara rubicunda al dar la alegre bienvenida. A éste le preparan el desayuno en casa, bendito seas entre todos los bomberos. Siéntate y sigamos el juego, gruñe desde la mesa su compañero de truco. Danny se acomoda en un sillón con el New York Times aún tibio y tan igual al de ayer. Busca los resultados del baloncesto; él también lo juega los sábados. La joda es que el entrenamiento no me deja tiempo libre. Le brillan los ojos, ganaron los Dodgers.
 
Sirenas y la voz imperiosa del altoparlante: Urgente. Todas las unidades disponibles a Manhattan. Las Torres Gemelas están en llamas. Atentado terrorista desde el aire. El estupor dura sólo unos segundos. Gritos, preguntas, rostros tensos de gente corriendo hacia los carros con los equipos a medio ajustar en el cuerpo. Danny los sigue con la boca y los ojos desmesuradamente abiertos.
 

DÍA 5
Aún el polvo y el humo opacan el aire. Trozos de mampostería, cables, pedazos de carne podrida pegados a hierros retorcidos, el espanto de hallar una mano emergiendo entre los escombros como pidiendo auxilio. Vencer el asco y el miedo con la esperanza de salvar a una víctima y encontrar sólo un brazo desgajado, ya sin nombre. Seguir buscando a pesar de la desilusión y las náuseas, ahogados por el olor a podredumbre y los graznidos de allá arriba, donde antes estaban las torres. Alas negras agoreras de muerte. Cuervos en Manhattan.
 
Sentado sobre unos cascotes, demacrado y sucio, Danny mira sin ver. Ella tal vez preparaba el primer café del día en la reluciente máquina italiana de EXPRESS, en ese bar del piso 84, con enormes ventanales de cristal curioseando los rascacielos. Sus serenos ojos verdes agrandados de asombro al ver el avión fuera de ruta, bramando anatemas. El MAL existe, ¡Oh, Dios! Te desafía. Nos envuelve en su odio pesado, letal. Demonios invocan TU nombre para matar. Mahoma te premiará si aniquilas a los infieles, dice el Corán. Dan la vida por leche, miel y mujeres en el Paraíso, y mueren odiando, felices. Abrumado en su propio silencio no siente el trajín de la gente ni el ruido de las máquinas excavando sin pausa. Llega el relevo.
 
Abre la puerta del departamento. Se abraza con desesperación al abrigo azul colgado en la percha de entrada. La soledad es una daga que le quita el aliento, ve la cama vacía con los ojos enrojecidos de polvo y pena. Le cuesta tragar la hamburguesa de pan duro. El cansancio lo derrumba. Se acuesta sin cambiarse de ropa. Siente el frescor de su mejilla rozándole la cara húmeda de lágrimas, su delicioso aroma lo envuelve, lo marea, estira el brazo para alcanzarla y ella retrocede lentamente hasta desvanecerse en una esquina de la habitación... Sueña fuego, humo, piedras. Minuciosamente arma el macabro rompecabezas cotidiano entre hediondos cadáveres hechos pedazos. Una pierna sin dueña. El cuerpo destrozado de un joven: afortunadamente rescata la cédula de identidad del amasijo de sus carnes nauseabundas. Lo sacuden las arcadas. Debe seguir. Levanta una losa: dos ojos lo miran con la dulce tristeza de la muerte. Su salto convulso estremece la cama. Con un grito ronco cae de nuevo en el pesado sopor, agotado. Llora suavemente. Sí. Su llamado llega a mis oídos. Me pide que no la abandone. ¿Eres tú, mi amor? Siento tu aliento escapar por entre las junturas de los trozos de cemento, rielar sobre los vidrios despedazados de aquellos ventanales llenos de luz. Y me llamas desde lejos, no puedes liberarte sin mi ayuda, pero dónde estás, ¿dónde?, ¿quién pudo odiarte tanto?, ¿por qué a ti, a mí, a miles sin culpa? No es justo, Señor. TÚ me devolverás a Lisa, ¿verdad? Responde, Señor, respóndeme.
 

DÍA 6
Busco. Tengo los brazos agarrotados de tanto escarbar tierra y cascotes.
 
¿Oyeron? ¿Qué dices? ¿Oyeron? No, nada. Sí, lo sé, está bajo ese montón de escombros. Golpeo. Oh, Dios, una señal. Y no contesta. Ustedes ¿qué miran? No me griten. ¿Que qué me pasa? Nada. Pero, ¿por qué no la encuentro? Lo sé, está viva. Si ayer durmió conmigo. Sentí sus lágrimas saladas juntarse con las mías. Debo encontrarte. No me abandones. No estoy loco, estás allí. Debo seguir de pie, no puedo dejarte en este infierno, te llevaré a casa, te lo prometo. Su cuerpo late con estruendo de tambores, los guantes destrozados se entibian de rojo, las gotas de sudor corretean como insectos sobre su piel lacerada. Oye, Patrick, allí hay algo que se mueve. Ayúdame, trae la linterna. Gracias, Dios mío, está viva. Y la sacó.
 
Con ella en brazos entra al departamento. La deja arropada en el abrigo azul; prepara un sandwich mientras entibia leche. Cepilla con cuidado el estropeado pelo castaño y ve cómo, agotada y satisfecha, se duerme en la cama enorme. Acaso no me entiendan. Ella está aquí, en casa. Con sus dulces ojos verdes me explica que sólo así podía salvarse, caber en ese hueco tan pequeño. Y se hizo el milagro para volver a mi lado, juntos, como antes. No importa lo que digan. Te quiero, te querré siempre, gracias a Dios estás conmigo. Nada nos separará jamás. Y la besa con infinita ternura.
 
Cierra la puerta del baño para no despertarla. Tararea feliz bajo la ducha caliente. Luego, temblando, se tiende a su lado. Buenas noches, Lisa, mi amor. Y aún dormido, acaricia su pelo.
 
Con un suave ronroneo, la gata agradece los mimos de su nuevo amo.
 
 
 
 
EL ECO DEL SILENCIO
Sentado en la alfombra de su dormitorio, rodeado de piezas de metal con agujeritos y pintadas de verde, el niño arma una grúa. Mira, Guille, me falta la rueda del engranaje y ya va a funcionar. Vas a ver cómo alza las cajas. No hay respuesta, sólo un leve encogimiento de hombros. El niño se siente herido. ¿En tu casa no tienen estos juguetes? Oye un: Paty, a comer. Fastidiado, ruega: No te vayas, vuelvo enseguida.
 
Todo estaba ordenado: la cama, la mesa ratona y sus dos silletas, el estante de libros y juguetes. Una pequeña lagartija tornasolada aprovecha la ausencia del chico para corretear por la habitación vacía y se escabulle al oírlo volver. Con gesto cansado despeja el sitio y mete los juguetes en una caja de cartón. Aquel día, luego del encuentro del lago, lo descubrí sentado en la alfombra de mi cuarto. Llegó sin ruido, y allí estaba, con sus ojos empañados, húmedos. El cuerpo delgado se inclinaba, lacio, como si fuese a desmoronarse. Veía las venas azules a través de la suave piel de sus manos que extendía hacia mí en un callado saludo. Su llamado de auxilio -porque eso parecía- me sorprendió. A pesar de todo, le respondí con una sonrisa. Nunca volvió a salir de mi aposento. Misterioso, sólo se deja ver por mí. A nadie se muestra. Me llama hermano. Es bárbaro tener un amigo como él. Su nombre es Guille. No sé cómo lo hace, pero todo me lo dice sin hablar. Y yo lo entiendo. Es formidable recibir sus historias tendido en la alfombra, a su lado, con los ojos cerrados. Me imagino su mundo fantástico donde todo se aprende sin deberes ni horarios. Sin padres tiranos. -Un rencor pequeñito va tomando espacio en su mente-. Paty acepta encandilado a ese compañero que nunca cambia sus ropas, de piel de una blancura transparente, con sus ojos acuosos resbalando, ausentes, y un dejo indefinido, casi maligno. Me enseña muchas cosas que yo no sabía. Pero está raro.
 
Antes jugaba y reía conmigo, ahora me mira con burla reprimida.
 
Hijo, ¿otra vez hablando solo? No, mamá, estoy con Guille. Fantasías de niño, no es para preocuparse.
 
De nuevo, frente a frente sobre la alfombra, el extraño muchachito domina a Paty con su mirada enigmática de niño solitario, igual que él. Prisionero en la enorme mansión baldía de cerrojos, acuna su soledad bajo la sombra cómplice de los orgullosos chivatos. Mendiga compañía en su tristeza, indiferente a la alegre sangría de las flores. Busca respuesta a su angustia en el eco que se agiganta y agobia con su callado misterio. La niebla sube del lago retorciéndose en tortuoso convite; entre sus húmedos jirones cenicientos descubre el rostro anhelado. La brisa le lleva su irresistible reclamo: al fin alguien con quien compartir las pequeñeces de su vida sin caricias, de sus días opacos. No puede acudir a Dios porque nadie se lo ha presentado. Decidido, invita al extraño muchacho a su morada, y desde entonces allí está. El desconocido forjador de ilusiones llena su vida con fantasmas de terror y maravilla.
 
Las pupilas de Guille tienen un brillo nuevo bajo la rajadura de sus frágiles párpados. Extiende a su amigo la mano pálida, borroneada en la penumbra del cuarto. Con una sonrisa invitante, irresistible, traspasa por primera vez aquella puerta, al alejarse. El niño lo sigue, alucinado... Un oscuro rectángulo se traga la dócil figura. En la noche sin luna las estrellas curiosas agujerean el espeso hollín del cielo. Su extraño guía es apenas una sombra envuelta en sombras sobre el cambiante reflejo de las olas. El jardín, el prado, la arena de la orilla, resbalan bajo los menudos pies. El frío del agua lame golosamente la absurda marioneta. Y complaciente, lo acoge en su fangoso abrazo.
 
El clamor de la madre desgaja la niebla y rebota en el lago. Sólo responde el eco del silencio.
 
 


Cuentos de MAYBELL LEBRON

© Arandurã Editorial

Asunción-Paraguay

Abril de 2005 (139 páginas)
 
 
 
 
 
 
 
 

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