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JORGE MONTESINO

  30 LEYENDAS POPULARES DEL PARAGUAY (TRASCREACIONES) - Por JORGE MONTESINO


30 LEYENDAS POPULARES DEL PARAGUAY (TRASCREACIONES) - Por JORGE MONTESINO
30 LEYENDAS POPULARES DEL PARAGUAY 
 
TRASCREACIONES
 
 
Colección Ñandereko
 
Editorial Servilibro,
 
Tel.: 595 21 444.770
 
Asunción-Paraguay, 2006 (128 pp)
 
 
 

Las treinta leyendas de este libro no son nuevas.
Circulan oralmente y sus contenidos figuran en diversas antologías
y libros de estudio de nuestro folklore.
Lo que la diferencia es su elaboración literaria.
Tienen un formato narrativo que las hace más comprensibles y queribles,
y eso ayuda a fomentar el gusto por la literatura.
El tipo de relato y de lenguaje utilizados las hace aptas para el Tercer Ciclo de la EEB
(Educación Escolar Básica), o sea: séptimo, octavo y noveno grados;
y aún para alumnos mayores.
 
 

**/**
 
ÍNDICE: La leyenda: 1- de Karãu; 2- de Pombéro; 3- del Ñanduti; 4- del Urutau; 5- del guavira; 6- del Jaguaru; 7- del Irupé; 8- del muembe; 9- del Ypakarai; 10- de suinana; 11- de Manaka; 12- de Mua Mua; 13- del avati; 14- del Kavure’i; 15- del chahã; 16- de la mandi`o; 17- del mainumby; 18- de la Virgen de Ka’akupe; 19- de ka’a; 20- de Ka’aguy Póra; 21-de Mbaeveraguasu; 22- de Perurima; 23- del Ykua Bolaños; 24- de Kurusu Isabel; 25- de la fuente del amor; 26- de Mala Visión; 27- de Santo Tomás; 28- de Ka’a Iary; 29- de la campana del Ypoá; y 30- del Cristo de Piribebuy.
 
 
 

PRÓLOGO
Más allá de toda pretensión antropológica, este libro quiere ser el reflejo de lo que ha perdurado con mayor fuerza en el imaginario colectivo del pueblo paraguayo. El autor quiso ser la pluma que brinde una nueva versión literaria, y por ello más agradable a la lectura, de aquellas leyendas que han sabido quedarse para siempre en la memoria del pueblo.

La intención fue reunir en un solo volumen las leyendas populares del Paraguay que han sobrevivido instaladas en el imaginario colectivo con mayor fuerza y que hasta ahora se hallaban dispersas en numerosos libros, sin orden alguno y sin corpus literario.

La transcreación de estas treinta leyendas se ha hecho respetando los argumentos y adoptando la libertad estilística como camino creativo, a sabiendas de que existen variadísimas versiones de las mismas que son parte de la tradición oral, y ediciones que las presentan a veces de forma más literaria y otras más documentales. Algunas para un lector adulto y otras para un público infantil.

Es imprescindible decir que si bien muchas de las leyendas aquí presentadas tienen como protagonistas a los indígenas de la región, en la mayoría de los casos aparecen elementos extemporáneos de la realidad de nuestros pueblos originarios. Las historias son por tanto ficción, una ficción creada por el propio ingenio paraguayo que asocia a los indígenas con leyendas que dan origen a elementos de la cultura mestiza: plantas, frutos y productos como la yerba mate, el guavirá y el ñandutí por nombrar sólo algunos de los ejemplos más notorios en este sentido. Aparecen también templos y símbolos que los indígenas de nuestra región jamás tuvieron como propios pero que son fieles al imaginario popular... al fin, ¿qué cultura no se construye en base a los errores que genera para sí misma?
Hay otras leyendas que presentan hechos más recientes y tienen, como todas las otras, puntos de conexión con mitos y leyendas universales, pero no es este un trabajo que pretenda desentrañar esas conexiones, sino apenas dar al lector una versión literaria de lo que existe.

Los mitos y leyendas precolombinos de las diversas parcialidades indígenas que habitaron esta zona del continente no están contenidos en este libro, ese es un trabajo que necesita otro escenario. El lector interesado puede acudir a los escritos de Miguel Chase-Sardi, Leon Cadogan, Bartomeu Melià, Guillermo Sequera, Branislava Susnik, José Perazzo, entre los antropólogos paraguayos más prolíficos en la materia. Sea este un homenaje para sus extraordinarios aportes científicos.
 
El autor
 
 
 

 
LA LEYENDA DE KARÃU
 
La tarde iba preparándose para el sueño, dejaba tras de sí los multicolores vestidos de fiesta que había llevado durante el día. Como siempre, rumores de aves en retirada completaban la cercanía de la noche. La gran dama de negro preparaba las lentejuelas del universo para pasearse a sus anchas. La luna era en ese momento apenas un hilo de plata, una pulsera finísima tejida con la luz del sol, elevándose desde la otra orilla del río.
Frío.
Agosto reina.
Hoy las rosadas mieses florales de los tajy han estallado, pero bajo el hermoso manto de flores aletean las oscuras sombras del más allá. Aletean en torno del joven indio que se prepara para la gran ceremonia. Aletean en torno de la anciana que se prepara para la otra vida. Aletean en torno de la choza y de los árboles y de las flores y de las estrellas, que rodean la fuerza del joven y la agonía de la anciana.
La anciana clama por el hijo que en ese momento no tiene oídos para su madre.
El joven guerrero escucha ahora tan sólo los latidos de su deseo. Presiente el encuentro amoroso. Lo avizora en los tambores que resuenan en la noche recién nacida, en los ruidos de los animales que se deslizan en busca de sus presas, en el zumbido apenas audible de las flores que se fecundan unas a otras. El joven guerrero no tiene oídos para el clamor de su madre. Y su madre está muriendo.
El médico de la aldea sujeta las manos de la anciana entre las suyas y cierra los ojos para no ver a los enviados del más allá que vienen a llevársela.
El hijo se aferra a su bastón emplumado y parte, dejando atrás la choza donde vive. Aún existe un instante en el que duda y se detiene. Las estrellas lo miran esperanzadas, las flores de los lapachos gritan: ¡vuelve junto a tu madre! El joven guerrero gira su altiva cabeza y mira en dirección de la choza que acaba de abandonar. Su madre clama: vuelve, hijo mío, sólo quiero despedirme. Pero el hijo no la ha escuchado. Cegado por la pasión de su juventud, retoma el camino y las estrellas dejan caer lágrimas celestiales.
Ahora los pasos del joven son firmes.
A medida que avanza, la noche se cierra sobre él y los tambores acercan sonidos cada vez más potentes. En la planta de sus pies descalzos, Karãu siente el pulso de la tierra latir al unísono con su pecho. Los perfumes del fuego comienzan a llegar hasta su piel e inician el proceso de enardecer a cada uno de sus músculos. Su mirada se enciende cuando llega al círculo en el que la tribu danza sus sueños.
Orgulloso de sus prendas, orgulloso de su cuerpo, Karãu se hace un lugar en el círculo de fuego, se apoya en su bastón emplumado y con su mirada lanza-relámpagos comienza a buscar entre las jóvenes más bellas a aquella que lo ha estado llamando sin saberlo.
¡Ahí está!
La mirada de aquella mujer ha cruzado, por un instante brevísimo sus brillos de río con la mirada del vanidoso guerrero. Lo ha enceguecido, lo impulsa a la conquista. Esquiva, la joven desaparece de inmediato en el racimo de hembras teñidas de fuego.
Karãu duda. Ha sido como una aparición que ahora vuelve para hacerse ver tan sólo por un momento. El guerrero sale del círculo y camina con firmeza por el exterior de ese pequeño sol tribal que forman los indios en su fiesta de la Luna Nueva. Camina sigiloso como el jaguarete sobre las ramas de los árboles. Sus ojos, su piel, sus pasos, todo él ruge cada vez que la aparición juega a incitarlo. De pronto, lo que parecía una aparición está ante la vista de todos. ¿Ha dado un salto, o simplemente la magia de su belleza extrema la ha puesto allí, junto al fuego? Karãu se detiene y entra en el círculo. Sólo el fuego los separa. Sólo el fuego los une. Cualquier otro se quemaría. Ellos, en cambio, están allí como si estuvieran en su ámbito más natural.
Sus cuerpos hacen el fuego.
¿Quién cazará a quién?
Es la mujer vestida de llamas la que inicia el movimiento, y los tambores, que se habían callado para escuchar el crepitar de esas llamas, inician un tan-tan cada vez más intenso. Karãu se mueve en sentido contrario, no dejará que los papeles se inviertan. Él quiere ser el cazador y va al encuentro de la joven por el lado opuesto. Le da alcance y rodea la pequeña cintura de la joven con su brazo derecho. Ella echa sus brazos al cuello del joven y él la desprende del piso como arrancando una planta exótica de la orilla del río. Ahora danzan.
Todas las cosas giran a alta velocidad.
Las manos en los tambores. Los pies de Karãu y la joven. Sus cuerpos. El fuego. Las estrellas. La finísima curva de la luna. El círculo de la tribu. Todas las cosas giran a alta velocidad. Se desen frenan. El alma. Los corazones. La cárne. Los pensamientos. La pasión. Una sombra sola está quieta en medio de la alocada carrera.
Una sombra a espaldas de Karãu.
Tu madre ha muerto dice la sombra, y los tambores callan. Enmudece el aire de la noche y todo lo que giraba abandona su impulso y se deja ir en un último movimiento que ya no atiende al movimiento.. .
Tu madre ha muerto, repite ahora en medio del silencio la sombra quieta.
No molestes, viejo. Ahora no es momento. Ahora no es tiempo de llorar.
Karãu, teñidas sus palabras por el fragor sensual del momento, no comprende que su madre ha muerto. La tribu en pleno no comprende el desamor de Karãu y, sintiéndose culpables, cada uno de los presentes, esconde su mirada en el piso de tierra. Las llamas retroceden, ceden en la hoguera dejando paso al reinado de las cenizas. La joven, objeto del deseo desenfrenado de Karãu, escapa hacia el bosque. Karãu olvida la fiesta, a su madre muerta, al viejo médico que le ha dado aviso, y corre tras ella. La persecución ya no es simbólica sino real: el jaguarete persigue a la hermosa gacela.
Karãu huele en el aire el perfume de la joven y entra en el bosque. Como si fuera una premonición, la estela de flores de tajy que va dejando tras sus largas zancadas, se deshace y las flores, antes perfumadas, caen marchitas y con un hedor de muerto. Karãu se interna en el monte que cada vez se hace más y más espeso. Cae repetidas veces enredado entre las lianas que ahora proliferan por doquier. Ya no hay flores ni suaves fragancias, todo es oscuridad impenetrable. El suelo que pisa es un barro pegajoso.
Un crujido, el canto de un ave, un movimiento de hojas y Karãu cambia de rumbo.
Ya no sabrá regresar.
El cielo ahora ausente, lo sabe, pero Karãu ya no puede ver el cielo, sólo un cerrado techo de hojas que le impiden la orientación. Como si fuera un canto de sirenas, cualquier ruido lo atrae. Karãu piensa solamente en la bella joven que ha escapado de sus brazos.
Karãu es ahora otro hombre. El deseo se ha transformado en obsesión primero y en desesperación después. Ha perdido su preciado bastón emplumado. Su cuerpo arañado por la vegetación presenta rastros de sangre. Su rostro se ha hinchado producto de las picaduras de los insectos. Su temple es ahora obstinación.
Toda la noche tras un imposible.
Karãu sale ahora a un claro, ve un cielo bajo y cerrado por nubes oscuras. Nuevas esperanzas le trae el pantano neblinoso que tiene frente a sí. Avanza. Las pestilentes aguas hasta la cintura.
Apariciones entre la niebla.
Ve a la joven que se aleja caminando suavemente sobre el inmundo lodazal. Ve a la madre muerta que asoma entre las aguas y se hunde nuevamente. Escucha sus gritos: ¡Sálvame, hijo! ¡Sálvame, por favor! Una y otra vez la bella joven y la madre muerta aparecen y desaparecen ante los azorados ojos de Karãu. Una y otra vez Karãu intenta alcanzar a las mujeres con su voz, pero de su garganta no sale un solo sonido. El agua ahora le llega al cuello y sin embargo Karãu sigue avanzando.
Ya no hace pie.
Karãu se hunde y vuelve a salir a flote en el pantano.
Ya no es un hombre.
Apenas una masa informe entre el barro.
De pronto un grito lastimero alza su cuerpo flaco y de entre los pajonales un ave negra extiende sus alas y se pierde entre la niebla. Un ave condenada a vagar en los pantanos. El cuerpo del color del barro. El grito del color del arrepentimiento tardío.
Un ave triste: el karãu.
 
 
LA LEYENDA DE LA VIRGEN DE KA'AKUPE
 
Es el bosque sembrado de luces, de sombras, de chillidos y cantos. Es la tarde brillante de oros y verdes azulados. Es el paraíso para el muchacho indio que se ha internado en el monte en busca de maderas apropiadas para el trabajo. El indio ha salido de las Misiones con ese objetivo y recorre el monte observando los árboles, la magnificencia del paisaje, las luces, las sombras, los chillidos, los cantos. Los pájaros y los animales han llamado su atención y se ha alejado de las Misiones tal vez demasiado. El indio ha recogido algunas maderas que lleva consigo pero, extasiado ha ido de aquí para allá extraviando el camino. Esconde la madera que ha juntado en un sitio que le parece seguro y comienza a buscar el camino de regreso.
José es el nombre cristiano del indio. Se lo han puesto los misioneros al bautizarlo. José es joven y fuerte. Avanza seguro de sí mismo. Seguro de encontrar el camino de regreso. Pasan las horas y José no puede hallar el camino, tan denso es el bosque que se ha perdido. Ya no podría decir con exactitud ni tan siquiera dónde dejó las maderas que ha recogido para las tallas que se proponía encarar.
Ha aprendido el oficio de tallar la madera y todos en las misiones lo consideran un artista. José es feliz allí. Trabaja para sí inismo y para los demás. Aprende cosas nuevas. Honra a Dios y no le falta nada. ¿Qué más podría pedir?
José y el monte, hermoso y escabroso. De pronto José siente que alguien lo sigue. Escucha murmullos. José apura el paso. Trata de alejarse de aquellas voces. ¿Lo han escuchado? ¿Lo han visto? José teme que sí y trata de despistar a quien lo sigue. Ahora corre. Avanza entre las lianas y los arbustos que le lastiman la piel.
José corre. Desconoce el monte en esta zona y cada vez. Ir parece estar internándose en regiones más lejanas y sombrías.
Lo persigue un grupo de guerreros mbya. La tribu que no se ha hecho amiga de los misioneros. La tribu que rechaza la evangelización. Terribles y poderosos son los guerreros mbya. José presiente  que se trata de ellos. Lo han descubierto y lo persiguen como el cazador persigue a su presa. Lo rodean. Dan gritos. Se comunican en una lengua que José no entiende.
La persecución es larga. José está agotado. No sabría cómo seguir. Se detiene en un claro. ¿De dónde vendrán estos guerreros? ¿Estaré rodeado? piensa José. Y se lanza de nuevo hacia la espesura a ciegas. Ha logrado salir nuevamente del círculo que los mbya le tienden A punto de desfallecer, José llega junto a un gran árbol. Se detiene apoyándose en su tronco enorme. Se acurruca. Reza ahora José. Implora. Clama a la Virgen María. Hace su promesa: "si salgo con vida de ésta te prometo Virgencita que he de tallarte una hermosa imagen con la madera de este mismo árbol que ahora me protege", dice para sí mismo José.
Escucha los pasos de los guerreros. Ellos lo huelen. Está seguro de eso. José se esconde en una grieta que el tronco tiene hacia seis grandes raíces.
Ya se escuchan las voces de los guerreros acercándose. EI círculo se hace cada vez más pequeño. Ahora José puede verlos. Vienen hacia él. Son siete los guerreros. Están armados y son fuertes y jóvenes. Están furiosos de haber descubierto a un intruso en sus tierras. José reza en silencio.
Los mbya pasan junto al árbol, perciben la presencia del extraño pero no lo ven. Pasan los guerreros junto a José sin verlo y desconfiados continúan su búsqueda yéndose hacia otros lugares del bosque. José respira aliviado y agradece a la Virgen. Los mbya, a juzgar por sus gritos y señales que se escuchan a lo lejos, han perdido el rastro.
Una vez que los mbya se alejan, José arranca del árbol un buen pedazo de madera y retoma el camino de regreso. Ahora cree reconocer el lugar donde se encuentra y sin problemas retorna a las Misiones. De inmediato se dispuso a cumplir con la promesa hecha a la Virgen y comenzó a tallar una imagen con aquella madera. Semanas más tarde tenía lista dos imágenes de la Virgen. Una, destinada a la veneración pública y otra más pequeña para su culto personal. La primera reposa hoy en el altar de la iglesia de Tobatí y la más pequeña es la milagrosa imagen venerada por cientos de miles de personas de todo el mundo en la Basílica de Caacupé.
 

LA LEYENDA DEL CRISTO DE PIRIBEBUY
Maderas y yerba trae la caravana. Suben la última cuesta. El camino no ha sido fácil pero ahora llegan a la posta y ya se nota en los hombres la expectativa. Los movimientos de las carretas parecen agilizarse ante la vista del lugar. Numerosas carretas descansan llenas de mercancías que llevan rumbo a Asunción. Un rancho grande e iluminado es el centro de aquella romería donde los hombres hablan en alta voz y algunos se emborrachan con caña.
Don Taní dirige la caravana. Ahora los peones desenganchan los bueyes, los llevan a pacer hacia una zona de yuyales que han visto al llegar. Don Taní cuenta el ganado. ¡Falta una mula! dice en altavoz. ¡Ramón!, llama Don Taní y al instante Ramón, un muchacho de veinte años, está junto al capataz. Falta una mula, ve a buscarla, ordena Don Taní, habrá quedado en el bajo. Parte Ramón a toda prisa. Quiere volver pronto y sumarse al jolgorio. La oscuridad de la noche no intimida a Ramón. Es joven y fuerte, ¿qué puede pasarle?
Al poco tiempo, escucha el rebuzno grave, se orienta y ayudado por la luz de la luna, encuentra la mula perdida. Intenta llevarla por el sendero más corto pero la mula se resiste. La mula toma el camino que ella quiere. Seguramente habrá olido agua, piensa Ramón. La deja ir. Hay que tener paciencia. La noche es larga. A mitad de camino Ramón cree ver un bulto tirado junto a un árbol, pero no es ésto lo que llama la atención de Ramón, sino unos sollozos que escucha como viniendo de aquel bulto. Lastimeros y ahogados son los sollozos. Ramón escapa del lugar tironeando la mula como puede y llega agitado junto a su capataz. Don Taní, dice Ramón, usted tal vez no me crea pero he visto algo, un bulto, cerca de un árbol allá en el bajo y el bulto sollozaba todo el tiempo. Yo no quise acercarme solo. La verdad que me dio un poco de miedo. Pero, qué jodido, le contesta chancero, el capataz. Andá con José y Ricardo y traigan ese bulto. Mirá si alguien abandonó una criatura. Eso suele pasar. Los tres peones vuelven al lugar y efectivamente encuentran un tercio de cuero al que primero no se animan a acercarse debido a los lastimeros sollozos que escuchan. Al final, Ricardo, el más corajudo, avanza seguido de cerca por los otros dos y abre la bolsa.
¡Un Cristo! exclama Ricardo. ¡Un Cristo! repiten a coro e incrédulos los otros dos.
Efectivamente, dentro de la bolsa de cuero, encuentran un cristo de madera de grandes dimensiones. Al abrir la bolsa los llantos han cesado. Nos estaba llamando, dice Ramón. Y vos no te animabas, le contesta socarrón, Ricardo. Vuelven los hombres llevando al Cristo en andas dentro de la bolsa de cuero. Llaman a su capataz y le muestran lo hallado. Bien, bien, dice Don Taní mirando la imagen, si Dios quiso que lo encontremos, pues lo llevaremos con nosotros hasta Piraju. Allí le voy a construir un oratorio. ¿Quién sabe quién dejó allí el Cristo? La mano de Dios...
No tardaron en descubrir el hallazgo los parroquianos viajeros que paraban en la posta y quisieron ver la imagen. Al fin Don Taní cedió y la imagen fue vista por todos. Maravillados miraban aquel enorme Cristo tallado en madera con los brazos articulados. Como era de esperar hubo quienes estuvieron de acuerdo en que Don Taní se lleve la imagen y otros que opinaban que debía quedarse allí para proteger a los viajeros. Si allí había aparecido, allí debía quedarse, decían. Pese a la insistencia de éstos últimos, Don Taní se mantuvo firme y al otro día, cuando despuntaba el alba, cargó la bolsa con el Cristo sobre una mula y se dispuso a partir. Extrañamente la caravana toda se puso en marcha pero la mula que llevaba el Cristo se empacó y no quiso avanzar. Cambiaron al Cristo de mula y ésta tampoco quería ponerse en marcha. Así estuvieron todo el día. Don Taní, presionado por el dueño del rancho no sabía qué hacer. Por un lado quería aquel Cristo, pero por el otro parecía milagroso aquello de que las mulas no quieran marchar sólo cuando llevaban cargada la imagen. Al final se mantuvo en sus trece. Lo llevaré yo mismo hasta Piraju, dijo Don Taní. Dio un día de descanso a sus peones y decidió pernoctar allí mismo.
Esa noche Don Taní comenzó a sentirse mal. Una fuerte descompostura le arrebataba. Sentía dolores horribles en el vientre y no había nada que le calmara. Le prepararon infusiones que ningún resultado daban. Los dolores seguían y Don Taní sufría enormemente. La cosa se agravó al caer la noche. Don Taní maldecía la comida. Pero en realidad la familia dueña de la posta era la que le atendía con mayor cuidado. Le dieron la mejor cama de la casa. Le ponían paños de agua fría en la cabeza... Porque Don Taní volaba de fiebre. Extraño mal, éste que aqueja a Don Taní, no hay con qué pararlo, decía moviendo negativamente la cabeza Filomeno, el dueño del rancho.
Al otro día y después de haber sufrido dolores insoportables, Don Taní, para sorpresa de todos, murió. Lo enterraron cerca de allí con profunda tristeza, pues era asiduo de aquel lugar. Enviaron un mensajero a Piraju para avisar a su familia y la caravana que el dirigía se puso en marcha lentamente llevando sus mercancías ahora con hondo pesar. Todos interpretaron que el Cristo debía quedarse allí. Vieron una clara señal en la muerte de Don Taní, el Cristo quiere quedarse, era la voz de la mayoría de los viajeros. No hay vuelta que darle...        
Desde entonces, el Cristo se alojó en el rancho de la posada. Años más tarde y con la colaboración de los viajeros, se construyó un oratorio junto al rancho. Alrededor de estas dos construcciones se fueron multiplicando las casas. Las gentes se asentaban allí para obtener la protección de Ñandejára Guasu, como comenzaron a llamar al Cristo. El caserío formó en poco tiempo un pueblo que fue llamado Capilla Guasu, población que dio origen a la pintoresca Piribebuy, en cuya iglesia reposa la imagen de aquel Cristo de extraña procedencia.
 
 
 
 

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