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FULGENCIO RICARDO MORENO


  LA CIUDAD DE ASUNCIÓN (FULGENCIO R. MORENO)


LA CIUDAD DE ASUNCIÓN (FULGENCIO R. MORENO)

LA CIUDAD DE LA ASUNCIÓN

FULGENCIO R. MORENO

3ra. Edición

CARLOS SCHAUMAN EDITOR

Asunción – Paraguay

1985 (258 páginas)



PREFACIO

I.-  ORIGENES DE LA CIUDAD

II. UN PARAJE OLVIDADO DE LA CONQUISTA

III. LA GUERRA CON LOS INDIOS

IV. SITUACIÓN CON LOS CONQUISTADORES EN 1542

V. LOS PRIMEROS GOBIERNOS ASUNCENOS Y SUS RELACIONES CON LOS AUTOCTONOS

VI. LOS PRIMEROS CONQUISTADORES Y El SEGUNDO ADELANTADO

VII. LA PRIMERA EXPEDICIÓN HISPANO – GUARANI

VIII. CONTINUACIÓN DE LA GUERRA INDÍGENA

IX. LAS TENDENCIAS INICIALES DE LA CONQUISTA

X. LA EXPANSIÓN ASUNCENA

XI. LA AGRICULTURA Y LAS PRIMERAS INDUSTRIAS

XII. ORIGENES DE LA GANADERIA

XIII. PRIMEROS EFECTOS DE LA EXPANSION ASUNCEN

XIV. LOS LÍMITES DE LA ASUNCIÓN

XV. LA DIVISIÓN DE LA PROVINCIA

XVI. LA CIUDAD Y LOS ABORIGENES

XVII. LA ASUNCIÓN DESPUES DEI. SIGLO XVI

XVIII. LA CIUDAD COLONIAL

XIX. EL CABILDO Y SU TORRE

XX. LA CASA DEL GOBERNADOR

XXI. ALGUNOS ASPECTOS DEL SUELO Y SUS HABITANTES

XXII. LA POBLACION

XXIII. ESTADÍSTICA DE LA POBLACIÓN

XXIV. LA ASUNCIÓN EN 1812

XXV. ASUNCIÓN DURANTE LA DICTADURA DE FRANCIA

XXVI. LA ASUNCION DURANTE EL CONSULADO Y EL GOBIERNO DE DON CARLOS ANTONIO LOPEZ


**/**


PREFACIO

De mis colaboraciones en «La Prensa» de esta capital, iniciadas en Diciembre de 1921, entresaco las referentes a la ciudad de la Asunción, que forman, en gran parte, el presente libro. Su reimpresión conserva el texto primitivo, sin modificación alguna, salvo brevísimas ampliaciones y contadas notas complementarias.

Escritos y publicados sin continuidad y a veces con grandes intervalos, en que me cupo examinar otros aspectos del pasado de mi país, estos artículos no siempre guardan entre sí la estricta relación o correspondencia que suponen los capítulos de una obra preparada con unidad de plan. Tampoco abarcan con igual amplitud los principales hechos que predominaron en la formación y el desarrollo de la ciudad, de los que algunos apenas quedan indicados. Y en general, han tenido que ajustarse al marco de ese género de publicaciones, dentro del cual no cabe mayor expansión expositiva, ni más detenida crítica de los sucesos.

He creído, no obstante, que reunidos en este volumen, en algo podrían suplir dichos artículos la falta de un trabajo más ordenado y completo sobre la antigua metrópoli de la conquista, tan indisolublemente ligada a los orígenes de un importante grupo de naciones americanas.

Y he ahí la razón de estas páginas, que las dedico a la ciudad donde nací, como débil testimonio de mi admiración por su pasado y de mi fe profunda en su destino.

F. R. M. - Buenos Aires, 1926.



PRÓLOGO

Nació en Asunción el 9 de Noviembre de 1872. Descendiente lejano por la línea paterna de Daniel O'Leary, el general irlandés que fue edecán de Bolívar, por la línea materna descendía de Fulgencio Yegros, uno de los principales autores de nuestra Independencia y Presidente de la junta Superior Gubernativa de 1811 - 1813.

Pero -como bien señala Natalicio González- "ni en lo físico ni en lo espiritual nada delata en Moreno la ascendencia exótica, y puede decirse en su elogio que pocas individualidades nacidas en tierra guaraní condensan en su persona tantos rasgos típicos de esos que dan carácter al hambre paraguayo. Poseyó en alto grado el genio alegre de la raza, su sentido del equilibrio y de la mesura, su don irónico y festivo, y esa inteligencia penetrante aguzada por la viva percepción de lo real".

Moreno nació a dos años escasos de terminada la inmensa tragedia colectiva de 1864-70 y perteneció a una generación crecida entre las ruinas. Aprendió primeras letras en una escuela y efectuó sus estudios secundarios en el colegio de su ciudad natal. Diminuto, vivaz, burlábase con picante ingenio de las humanas flaquezas. Las tiesas columnas de los diarios de entonces resonaban de imprecaciones solemnes y de estridencias románticas; Moreno las matizó por primera vez con la zumba y la ironía de sus versos.

En los días de su adolescencia, en la bulliciosa compañía de sus camaradas, Moreno recorría los suburbios asuncenos y las villas circunvecinas. En alegre cabalgata,

guitarra al brazo, en las noches de plenilunio, cantaba al pie de las rejas de las mozas lugareñas. De este modo -comenta el autor citado- "se compenetra de las costumbres populares y se apodera de todos los secretos, de la ciudad, domina el misterio de sus sitios apacibles y recatados, goza de la belleza de sus paisajes y de la gracia picaresca de sus tradiciones. Más tarde frecuentará por algún tiempo Tapuá, tan vinculado a las tradiciones históricas y literarias del Paraguay".

Esa región intermedia entre el campo y la ciudad fue siempre para el paraguayo colonial el lugar predilecto de su solaz y sus placeres. Fue allí donde, según el escribano Pero Hernández, el Capitán Domingo de Irala y sus hombres iniciaron los amores con las nativas de carne morena. Fue allí donde, según el Propio Moreno, "los jesuitas localizaron el campo de los esparcimientos de Antequera, a quien le atribuían tanta pasión en contra de ellos como a favor del bello sexo de Asunción". Y fue allí donde la guitarra preludió los primeros aires nacionales, "cuyos acordes penetran tan hondo en el sentir del paraguayo y animan su soledad y sus nostalgias, vibrando perpetuamente dentro de su corazón como el eco del terruño".

Fulgencio R. Moreno fue profesor de Historia Griega y de Historia Patria, miembro del Consejo Nacional de Educación, director del Colegio Nacional, director y redactor de varios diarios, director de la "Revista del Instituto Paraguayo", Secretario de Correos y Telégrafos. En 1897 es electo Diputado Nacional por el Partido Colorado. En 1901 es designado Ministro de Hacienda. En 1903 es elegido Senador de la Nación. Fue luego Ministro del Paraguay en Chile, Perú, Bolivia y Brasil. Y durante unos años colaborador y redactor de "La Prensa" de Buenos Aires.

Moreno fue brillante como economista, como historiador y como diplomático.

Siendo Ministro de Hacienda, se distinguió por la audacia de sus ideas que, fundadas en el conocimiento profundo del pasado nacional, tendían a restaurar en lo posible a las corrientes políticas y económicas que hicieron la grandeza del viejo Paraguay. Combatió con brillo las ideas liberales dominantes en su tiempo, que empobrecen al pueblo y debilitan la función tutelar del Estado. El joven ministro presentó varios proyectos que concedían al Banco Agrícola la facultad de intervenir en el comercio de exportación y de correr con el estanco de algunos productos, tales como yerba mate, tabaco y cueros.

"El obscuro campesino - decía- que se inclina diariamente sobre la gleba durante meses enteros; el peón obrajero, el minero de las grandes empresas yerbateras, el pueblo, en fin, trabajador y paciente ¿qué recibe en cambio del producto que extrae de la tierra, de la materia en cuya elaboración contribuye a veces con su vida entera?". Moreno llevó un ataque a fondo a la ideología liberal y demostró que nuestras riquezas básicas se hallaban entregadas a la Industrial Paraguaya, al Ferrocarril Central, al Banco Mercantil y otras empresas extranjeras.

"Para combatir estas anomalías -afirmaba- que surgen del caos de la economía nacional, es indispensable que el Estado intervenga en beneficio de la economía social o nacional. El error de los que todavía propalan la acción negativa del Estado, halla su origen en el falso concepto que de éste tienen y en las preocupaciones ya envejecidas de la escuela clásica. El "laisser faire" ha sido relegado ya en el museo de las antiguallas económicas. La intervención del Estado en la esfera económica es una condición necesaria para el desarrollo progresivo, para la integración constante del cuerpo social. La concepción contraria a estas sencillas verdades ha originado el error de los que quieren resolver todos los problemas con viejísimas recetas, sin tener en cuenta los progresos de la ciencia, la naturaleza de los fenómenos, ni el grado de evolución económica en que aquéllos aparecen. La teoría de la amplia libertad en la esfera económica, la doctrina del "laisser faire" es, como he dicho, una de las tantas antiguallas relegadas al museo de la ciencia: basta decir que ya hace cerca de veinte años que un Congreso de sabios profesores de los Estados Unidos celebrado en Saratoga Springs, ha declarado sin discusión alguna que ella constituye un error económico".

Esas ideas revolucionarias, vertidas por un ministro en pleno Parlamento paraguayo hace 84 años, estaban impregnadas del mismo sentido de justicia social de Blas Garay. Ellas constituyen la esencia ideológica del Coloradismo.

Tres son los "chef-d'ouvre", las obras maestras de Fulgencio R. Moreno. Su "Estudio sobre la Independencia del Paraguay", que vió la luz en 1911. "La Ciudad de la Asunción", aparecida en 1926. Y la "Cuestión de límites con Bolivia", en 3 tomos (de los cuales el 2º se refiere a la Geografía Etnográfica del Chaco), que fue publicada en 1929. Además, publicó "Antecedentes de los tratados y causas de sus fracasos", "La extensión territorial del Paraguay al occidente de su río", "El problema de las fronteras", "La cuestión monetaria" y numerosos artículos en periódicos nacionales y extranjeros.

Del "Estudio sobre la Independencia del Paraguay'", Natalicio González ha dicho con razón que es un libro de historia y de sociología a la vez. Allí Moreno "estudia los orígenes de la nación paraguaya, sigue paso a paso los factores que concurrieron a formarla y pinta con rasgos evocadores el drama de un pueblo acosado por fuerzas hostiles, forjado en el dolor, que salva su individualidad contra todos los riesgos hasta erigirse en entidad independiente. Nada escapa al análisis del historiador, ni los factores geográfico y racial, ni el influjo del idioma guaraní en la elaboración del alma colectiva, y sin incurrir en los extremos de la escuela materialista, ni negar la preponderancia de las fuerzas morales y espirituales en el proceso de la historia, determina el papel de los intereses económicos en la orientación de los sucesos humanos".

"La Ciudad de la Asunción" es un libro lleno de erudición y de amenidad. Moreno domina a fondo el pasado y lo viste con el velo de la gracia. Su prosa, pictórica y evocativa, tiene reminiscencias de Macaulay. "Desde allí -dice- bajaban diariamente, en largas hileras, con su alba túnica flotante, tras de su mansos pollinos, las alegres proveedoras del mercado de Asunción; y las ligeras carretillas repletas de frutas, conducidas por mozos imberbes, enamorados y bullangueros; y los macizos carretones de tabaco o miel, que rechinaban perpetuamente bajo el peso de su carga, con la calma imperturbable de sus viejos "picadores''. Y por el mismo camino, que ondulaba entre lomas y hondonadas, entre el verde esmeralda de los sembrados y los tonos obscuros de los bosques, bajo la sombra de una perenne vegetación, pasaban asimismo en alegres cabalgatas los caballeros y las damas de la ciudad, que acudían a una fiesta o tornaban a sus chácaras, lugares predilectos de su actividad o de sus goces”.

La "Cuestión de límites con Bolivia" es producto de su labor intelectual consagrada a la dilucidación del diferendo de fronteras con el país vecino. Desde este punto de vista, José Falcón, Alejandro Audibert, Manuel Gondra, Manuel Domínguez y Fulgencio R. Moreno son los eminentes obreros intelectuales de la Defensa del Chaco. Sus alegatos histórico-jurídicos fueron hitos que consolidaron los derechos del Paraguay en aquella región del territorio patrio. El Ministro de Bolivia Dr. Ricardo Mujía había preparado y escrito con todo cuidado y prolijidad su voluminosa obra "Bolivia-Paraguay" y se la presentó a Moreno sorpresivamente. El Protocolo vigente entre los dos países estipulaba un angustioso plazo de 4 meses para replicar a la extensa exposición boliviana. Pero el mayor sorprendido fue Mujía cuando Moreno, dentro del plazo estipulado, le presentó su caudalosa réplica "Cuestión de límites con Bolivia", brillante y erudita, cuyo 2° tomo analiza la Geografía Etnográfica del Chaco. El diplomático boliviano no pudo menos que admitir que "el trabajo de V. E. revela la intensa labor consagrada al asunto en debate, por su alta ilustración y reconocido patriotismo". En el citado tomo, Moreno, con sus valiosas y precisas indicaciones, ubica a las naciones autóctonas en la vasta llanura en diversos momentos de la Conquista, dando así una clave científica para interpretar adecuadamente los documentos antiguos y seguir la huella de las expediciones, a la vez que arroja luz sobre un período misterioso del mundo americano.

Al estudiar a Moreno, justo Pastor Benítez dice donosamente: "Su musa es una cédula real; su oficio, doctor en límites". Y Luis María Argaña, le llama con toda justicia: "El abogado del Chaco".

Fulgencio R. Moreno unió al rigor científico del historiador honesto la belleza estilística del escritor galano. A lo largo de su labor intelectual asoma la emoción colectiva de su pueblo. Su obra es un fragmento vivo del espíritu nacional. Sus raíces están en el suelo nutricio. Fue un auténtico escritor de raza.

La Guerra del Chaco había estallado. La tierra de los quebrachos, cactus y samuhúes se llenó de tanques, lanzallamas y metrallas. Moreno fallecía en su ciudad natal el 17 de Octubre de 1933, en vísperas de la decisiva victoria de Campo Vía, que consolidó para siempre la posesión del Chaco, a la que el tanto contribuyera con su patriotismo y su talento.

HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL




I

ORIGENES DE LA CIUDAD


Los guaraníes y sus migraciones. -Atracción de las corrientes conquistadoras.-Fundación de la Asunción.-Los primeros tiempos.-El gran incendio de 1543.-Reedificación de la ciudad: nueva disposición de las viviendas.- El solar asunceno en el siglo XVI.- Los primeros establecimientos: La herrería. El astillero. -La    iglesia. – Sentido inicial del crecimiento de la ciudad. -Causa de su    configuración. -Zona de expansión de  los cultivos. –El contingente femenino. -La vida rural.


El territorio que comprende la República del Paraguay hallábase ocupado, antes de la conquista española, por varias naciones indígenas, entre las cuales la más importante, por su número y estado de cultura, era la de los Guaraníes.

Esta raza, cuyo nombre expresaba sus hábitos de lucha («guaraní» quiere decir «guerrear»), no representaba en tal sentido una excepción, entre aquellas hordas movedizas. Pero se encontraba incuestionablemente en un grado más elevado de evolución social.

Vecinos de tribus nómadas y feroces, que vagaban en una extensa zona fronteriza, los Guaraníes constituían por su mayor solidaridad, por su organización, por su desarrollo intelectual y por sus medios de existencia, agrupaciones o parcialidades de una cultura más adelantada. Sedentarios, agricultores y relativamente industriosos, estaban sometidos a un régimen social apropiado a sus condiciones de vida, habiendo alcanzado un grado apreciable de bienestar económico. Y un rasgo característico de esta raza vigorosa y aguerrida, era su marcado espíritu de expansión.

Diseminada al sur hasta las riberas del Plata, se había extendido hacia el norte, con propósitos de conquista, hasta los lejanos dominios de los Incas. Antes que a estas regiones llegara el rumor de las empresas conquistadoras del viejo mundo, los Guaraníes del Paraguay habían invadido ya, con sangriento empuje, las tierras de los Chanes y los llanos de Grigotá, donde acabaron por establecerse, siendo conocidos desde entonces con el nombre de Chiriguanáes. Y en los comienzos del siglo XVI, las mesnadas guaraníes, que en terribles oleajes cayeran sobre las fronteras del imperio, habían difundido ya, en alas de su idioma, las portentosas noticias sobre la riqueza incaica, hasta las más apartadas costas del Atlántico.

Esas versiones, agigantadas por la trasmisión oral, originaron la corriente conquistadora de esta parte de América. Atraída por ellas, pasó por el Paraguay, allá por 1524, el portugués Alejo García, primer europeo que pisó su suelo y penetró hasta el interior del Chaco. En pos de esas noticias torció Caboto, poco después, su ruta a las Molucas y llegó a explorar parte del río Paraguay, comunicándose con algunas parcialidades guaraníes. Y persiguiendo esas mismas riquezas, propaladas cada vez más insistentemente, partió de España la gran expedición de Don Pedro de Mendoza, que arribó al paraje donde se efectuó la primera fundación de Buenos Aires, el año 1536 (1).

En el concepto geográfico de la época, el río que atravesó García y exploró Caboto, arriba del Paraná, estaba muy cerca de la riqueza incaica, de la portentosa «Sierra de las minas» o «Sierra de la plata». Se le denominaba indistintamente «Río del Paraguay» y «Río de la Plata» (2). Y tan pronto como fue posible, Mendoza despachó una expedición al mando de Juan de Ayolas, para que remontara el río, en descubrimiento de las famosas sierras argentinas.

El largo tiempo transcurrido sin noticias de Ayolas, mientras el hambre y la peste diezmaban a Buenos Aires, determinó al Adelantado a enviar en su auxilio algunos bergantines, cuyo mando encomendó al capitán Juan de Salazar de Espinosa.

La expedición partió de Buenos Aires cuando este asiento estaba reducido a la mayor penuria; y después de una navegación lenta y trabajosa, a través de una extensa zona poblada sólo por tribus pobrísimas y feroces, aportó a la próvida tierra de los guaraníes, que comenzaba algunas leguas abajo de Lambaré, en la región denominada después la «Frontera». Los expedicionarios pasaron de largo por frente de las primeras parcialidades, prosiguiendo aguas arriba hasta las altas barrancas que dominan la ribera del río, en tierra de «Cupiratí» y «Caracara» (3); y allí desembarcaron, poniéndose, por medio de los intérpretes o «lenguas», en comunicación con los autóctonos.

No era la primera vez que los Guaraníes se hallaban en contacto con gentes de raza blanca: las conocían, como ya se ha visto, de tiempo atrás, y sabían muy bien que sus móviles no eran otros que los que a ellos mismos les empujaban constantemente hacia el centelleante reino dé «Paitití». Los intérpretes de Salazar no necesitaron largas explicaciones para entenderse con los indios. La parcialidad de “Caracará” abrió generosamente su despensa a los viajeros, llenándoles de provisiones sus vacíos bergantines, y la alianza quedó en seguida acordada entre ambas partes, comprometiéndose los españoles a fundar un pueblo en los dominios de aquellos indios, que tan próvidamente aparecían ofreciendo su cooperación personal y su abundante agricultura, para la anhelada conquista del Imperio Incaico.

El mismo fundador de la Asunción expresaba este hecho, en una declaración suscripta por él en 1545. «Es verdad, dice, que a la subida de este río del Paraguay, llegados a este paraje de la Frontera, e vistas las grandes necesidades pasadas, este testigo tomó parecer de Hernando de Rivera e de Gonzalo de Moran... e del dicho Gonzalo de Mendoza e de los dos religiosos e de otras ciertas personas que con este testigo venían si les parecía que hera bien y servicio de su magestad... hacer paces con esta generación carios, por ser gente que sembraba y cogía, que hasta aquí no se avía topado otra ninguna, los quales dixeron... que les parecía bien e cosa muy útil y provechosa a esta conquista e ansi visto lo susodicho, asentaron paz e concordia con los dichos yndios desta tierra e les dixeron que de buelta que por aquí bolbiesen se haría una casa e pueblo... » (4).

Con este compromiso, los expedicionarios continuaron su marcha río arriba hasta el puerto de Candelaria, donde Irala les dio las primeras noticias del viaje de Ayolas al interior, y de donde regresaron poco después al «paraje de la Frontera», a fin de efectuar la fundación prometida a los guaraníes. «E ansi, agrega Salazar en la declaración citada, de vuelta este testigo con los pareceres que dicho tiene, e del dicho capitán gonzalo de mendoza hizo e fundó una casa de madera en esta dicha ciudad».

Esta fundación tuvo lugar, según parece, el 15 de Agosto de 1537, y la ciudad fue denominada Nuestra Señora Santa María de la Asunción (5).

Tal fue el origen de la Capital paraguaya.

El fuerte que estableció Salazar sobre la barranca del río, con la colaboración de los Guaraníes, no difería de las viviendas indígenas, en cuanto a los materiales de construcción. Era, según el testimonio de su mismo fundador, «una casa de madera», con su techo de paja, indudablemente. Pero el modesto recinto fortificado debía tener alguna capacidad, porque dentro de él se concentraron todos los elementos de la naciente población. Allí estaban la artillería y el parque, las moradas de los pobladores, la iglesia con sus dos clérigos, la herrería y el depósito de víveres.

Terminada la casa fuerte, Salazar bajó a Buenos Aires, dejando a Gonzalo de Mendoza al mando de la nueva población, que siguió por algún tiempo circunscripta a su estrecho radio, en medio de los trabajos e inquietudes ocasionados por una invasión de langostas y el desacuerdo de los capitanes sobre el verdadero jefe de la conquista.

Reconocido, por fin, Irala como teniente de Gobernador, en Junio de 1539, la ciudad pudo seguramente iniciar su crecimiento, estableciéndose las primeras casas en las cercanías del fuerte.

Un acontecimiento de importancia para la naciente ciudad fue la concentración de todos los conquistadores dentro de su recinto, que se efectuó en 1541, despoblándose el puerto de Buenos Aires. Los restos diezmados de la expedición de Mendoza, que se debatían con las mayores penurias en las costas del Plata, poseían, no obstante, el mejor arsenal de la conquista, sin contar con un Valioso surtido de mercaderías, llevado allí casualmente por un comerciante genovés. Con el abandono de Buenos Aires, todos esos elementos fueron trasladados a la Asunción, en inmediato provecho de sus rudimentarios y escasos recursos; y el acrecentamiento de la población, ocasionado con tal motivo, marcó asimismo el período inicial de su firme expansión urbana. A esta época correspondió, según Ruy Díaz de Guzmán, la creación de sus primeras autoridades municipales entre los vecinos congregados «en forma de República», y la constitución un tanto regular de los hogares, que iban surgiendo del robusto y desenfrenado mestizaje hispano-guaraní.

El Cabildo de la Asunción estuvo primitivamente constituido, según Azara, por los capitanes Juan de Solazar y Gonzalo de Mendoza, en calidad de Alcaldes, y por seis Regidores, cuyos nombres no menciona. La existencia de dichas autoridades, en ese tiempo, está comprobada por la Relación de Alvar Núñez, quien refiere que, a su llegada a la Asunción, en Marzo de 1542, salieron a recibirle y prestarle obediencia, juntamente con el Teniente de Gobernador y los oficiales Reales, los Alcaldes y Regidores de la Ciudad.

Con la prisión de Alvar Núñez, la composición del cuerpo capitular sufrió modificaciones de importancia. En las Actas correspondientes a los años 1544 y 1545, que nos ha cabido consultar, no figuran los nombres de los Alcaldes antes mencionados, y sólo aparecen los siguientes Regidores: Pedro de Molino, Domingo de Peralta, Pedro de Aguilera y Felipe de Cáceres (6).

A pesar de su importancia, el Cabildo de la Asunción no poseía entonces un local propio, y efectuaba sus sesiones en el recinto de la Iglesia Mayor.

Según refiere Azara, simultáneamente con la constitución del Cabildo, el gobernador Irala dio por armas a la ciudad las efigies de la Asunción y de San Blás, una casa fuerte y un coco. Pero, según otro autor (Araujo, «Guía para 1803»), las armas de la ciudad le fueron concedidas por Carlos V, y consistían en «un escudo sobre campo azul. En el primer cuartel está colocada Nuestra Señora de la Asunción; en el segundo el patrón San Blás; en el tercero un castillo; y en el cuarto una palma, un árbol frondoso y un león».

La llegada de Alvar Núñez, el segundo Adelantado, dio mayor animación al ya bullicioso centro asunceno. El nuevo contingente expedicionario, que duplicó la población, influyó, naturalmente, en el aumento del caserío, que, a fines de 1542, constaba de 260 casas, situadas en su mayor parte allende un pequeño arroyo de ignorado nombre, que posiblemente fue el que ha conservado después la denominación de «Jaén».

Pero a principios de 1543, un gran incendio, que comenzó poco después de medianoche, redujo a cenizas las tres cuartas partes de la ciudad: sólo escaparon 60 casas, gracias a haberse encontrado separadas de las llamas por el mencionado arroyo. «Fue tan grande el fuego, dice un testigo, que duró cuatro días; hasta una braza debajo de la tierra se quemó. Quemáronse más de cuatro o cinco mil hanegas de maíz en grano... y mucha harina de ello y muchos otros mantenimientos» (7).

El incendio devoró también numerosos papeles del Archivo, que estaban en poder del escribano Pedro Hernández, allegado de Alvar Núñez, y entre ellos fue destruido posiblemente el más importante de todos: el acta de fundación de la Asunción.

Reedificada la ciudad, según cuenta Alvar Núñez, bajo su iniciativa y dirección, sujetáronse las nuevas construcciones a una modificación importante, empleándose para las paredes la tierra apisonada en vez de la paja usada anteriormente, material demasiado combustible, que siguió no obstante, aplicándose a los techos de las habitaciones.

Con propósitos análogos, sin duda, y consultando además la mayor eficacia de la defensa, en medio de la inestable paz indígena, adoptóse asimismo un nuevo plan de edificación, evitándose en lo posible el hacinamiento o extremada proximidad de las viviendas. De los documentos de la época resulta indudable que, en lo general, ellas se ajustaron a un modelo uniforme que, a pesar de sus deficiencias y defectos, ofrecía aquellas ventajas, de valor inmediato entonces. Los datos substanciales, que salen un tanto claros de esa maraña documental, permiten tener una idea aproximada de lo que eran aquellos viejos solares, en su tosca estructura primitiva.

Cada casa hallábase rodeada, por disposición gubernativa, de un sólido cercado de madera, formando lo que llamaban un corral, que era a la vez, huerto, gallinero y depósito del ganado porcino. Las habitaciones, distantes de la entrada o tranquera, estaban por lo general en el interior, casi pegadas al cerco, con sus puertas delanteras e interiores y las ventanas distribuidas según su situación. Las paredes eran de tapias y los techos de paja. Los aposentos principales, al frente; y en el fondo, la despensa y la cocina, cuyo amplio cupial redondeado y en rápido declive, caía, hasta casi tocar el suelo, sobre el patio vecino.

Esta disposición de las viviendas cerca de las propiedades contiguas, atraía sobre ellas, en las épocas de las lluvias, enormes caudales de agua, que, al amparo del nivel desigual del terreno, abrían grandes surcos, desgastaban las paredes y producían verdaderos estragos en las alborotadas haciendas de la vecindad. Y fue no pocas veces motivo de serias desavenencias y enojosos pleitos (8).

Al delinearse los solares para la población, habríase trazado también, partiendo de un costado de la casa fuerte, el perímetro dé la plaza Mayor, en donde se enarboló el «rollo público», emblema de la justicia real. A los lados de esta plaza se levantaron la casa del gobernador y la iglesia de la ciudad; y seguramente en idéntica situación estuvieron los demás edificios públicos y las casas de los principales vecinos.

Uno de los establecimientos más importantes era la Herrería, centro de actividad permanente, vinculado de modo indisoluble a los afanes de la conquista y a la vida económica de la ciudad. La Herrería proporcionaba, en efecto, los medios más importantes para la defensa y el sostenimiento de la existencia y el dominio del conquistador. Mediante ella se conservaba la diminuta artillería, y hasta se llegó a renovar con fabricación exclusivamente criolla todo el deshecho armamento (9), a su incesante trabajo se debió el herraje indispensable para las distintas obras y las construcciones navales; y en ella se labraban asimismo las «cuñas» y los «cuchillos», que servían de moneda y constituyeron el medio más eficaz para la atracción indígena.

Dada la importancia de la Herrería, su seguridad debía estar bien garantida. En realidad, ella constituía parte del arsenal que se hallaba también instalado en el fuerte.

Al fundarse la Asunción, la Herrería era muy pobre: toda su existencia consistía en una fragua, un yunque, tres martillos y dos pares de tenazas (10). Pero al poco tiempo sus elementos aumentaron, respondiendo a las necesidades de la población; y en 1543 funcionaba en un amplio edificio fortificado, bajo la dirección y responsabilidad de un jefe. «El gobernador Cabeza de Vaca me ha informado, escribía más tarde un oficial real, que hizo una casa en la plaza Mayor de la ciudad, a manera de Fortaleza, con sus torreones en ella y con sus versos de artillería, y nombró por alcalde de ella a un soldado llamado Francisco Galán» (11). Esta casa fuerte, que reemplazó a la fundada por Salazar, era el local de la Herrería, y su director fue el alcalde Francisco Galán, cuyo nombre aparece con dicho cargo en las ordenanzas sobre fundiciones correspondientes a esa época, que pueden leerse en el Archivo Nacional de la Asunción.

No lejos de la Herrería, seguramente, al pie de la barranca del río, se estableció el Astillero, que debía proporcionar a la conquista sus medios de movilidad fluvial y de comunicación externa. Las obras tomaron incremento con la llegada de Alvar Núñez, en cuyo tiempo se comenzó la construcción del primer buque asunceno para alta mar. Las maderas, aserradas en los bosques vecinos, fueron transportadas por los indios al Astillero; y en 1542 estaban ya en obra una carabela y diez bergantines, bajo competente dirección, en la que descollaba el portugués Hernando Báez, «maestro de hacer navíos» (12).

Los bergantines fueron utilizados luego en las exploraciones del alto Paraguay, iniciadas por Irala en 1542. La carabela, comenzada en este año, terminó en 1545, y se inauguró llevando preso a España al mismo gobernador que dispuso su construcción. Fue el primer buque construido en esta parte de América que atravesó el Océano. Este primer barco transatlántico, de procedencia asuncena, despachado por los primeros revoltosos del Paraguay, iba al mando del piloto portugués Gonzalo de Acosta, y llevaba el expresivo nombre de «Comuneros» (13).

Tres años después, los partidarios del gobernador depuesto, que consiguieron llegar al poder en ausencia de Irala, construyeron una nueva carabela, con el propósito de enviar a España una información que neutralizara las acusaciones de sus enemigos. Pero el buque anónimo no salió del puerto de la Asunción, donde fue destruido, como destruido quedó a poco el efímero gobierno que pretendió alentar el extenuado partido de Alvar Núñez.

Pero el astillero no quedó inactivo, y siguió prestando su eficaz concurso a los descubrimientos y a la conquista.

La primera iglesia de la Asunción fue erigida en «la casa fuerte» por el mismo fundador de la ciudad, siendo poco después ampliada por Ruiz Galán, cuando pretendía el gobierno del Río de la Plata.

Destruida por el gran incendio de 1543, fue enseguida reedificada por orden de Alvar Núñez, costeándose su reconstrucción con los fondos de la ciudad. La nueva iglesia, más capaz que la anterior, no era, sin embargo, sino un tosco rancho de paja, tan desmantelado y falto de ornamentos que su primer Cura manifestaba carecer de capa para las procesiones.

Pero, a pesar de su extremada pobreza, la iglesia de la Asunción, está vinculada indisolublemente con los más importantes acontecimientos de aquella época. Y entre tantos hechos con ella relacionados, cabe recordar que su recinto fue el primitivo asiento de las deliberaciones del Cabildo de la Asunción, y que bajo el techo de esa pobre iglesia, los vecinos de la Ciudad ejercieron por vez primera sus derechos de elegir libremente el Gobernador de la Provincia.

No obstante la escasez de recursos, el naciente núcleo colonial cuidó con piadosa solicitud su modesto templo, aumentando paulatinamente sus ornamentos y decoraciones. En 1547, precisamente cuando se erigía la Catedral de la Asunción, el edificio de la iglesia tuvo algunas mejoras, agregándosele un pequeño departamento. Y según cuento Ruy Díaz, Irala edificó después la iglesia catedral, «hecha de buena y bien labrada madera, las paredes de tapia bien gruesas y cubiertas de tejas hechas de una dura palma».

Los primeros eclesiásticos que sirvieron en la iglesia asuncena fueron dos religiosos, cuyos nombres se ignora, que asistieron a la fundación de la Ciudad. Su primer Cura, designado poco después, se llamaba Francisco de Andrada; y los primeros sacerdotes que actuaron a su lado fueron fray Juan de Salazar, mercedario, Juan Gabriel Lescano y Luis de Herrezuelo, gerónimos.

El núcleo primitivo de la ciudad - la ciudad misma - fue, según se ha visto, la casa fuerte edificada por Salazar; y en sus cercanías se fueron levantando paulatinamente después las moradas de todos los conquistadores. En la adjudicación de los sitios de edificación intervenía indudablemente la solicitud o el deseo de las partes, que el gobierno habría contemplado, aunque fuera en favor de sus adeptos. Y a este hecho no ha podido ser extraña la configuración paulatina de la ciudad, cuyo crecimiento debió seguir la dirección marcada por el interés y las conveniencias de los pobladores.

Este interés estaba del lado del río, de las cercanías del fuerte, de las proximidades de la actividad gubernativa e industrial, que era la zona más segura y más directamente accesible a un aprovisionamiento fácil, de pesca, sobre todo. Y de ahí que la Asunción se asentara originariamente sobre la barranca del río, y adquiriera gradualmente la forma de una larga franja adyacente a la misma. Allí es concentró después lo más activo de su vida urbana, y aunque su extensión creciera un tanto en otras direcciones, conservó durante siglos ese rasgo caliente de su formación inicial.

Según Ruy Díaz de Guzmán, la población de la ciudad ocupaba, en tiempo de Irala, época de su apogeo en el siglo XVI, «más de una legua de largo y más de una milla de ancho». Seguramente se refería al recinto puramente urbano, con sus correspondientes sitios vacíos, que no serían pocos. De las disposiciones gubernativas de esos años, se desprende, en efecto, que la Asunción habría crecido considerablemente, pues se extendía desde la propiedad de Salazar, río abajo, hasta la laguna de Mayrerú, río arriba (14). Pero esta zona no comprendía toda la población asuncena, especialmente la mestiza e indígena.

Simultáneamente con la adjudicación de sitios cerca de la casa fuerte, el gobierno procedió a la repartición de terrenos en las afueras de la ciudad.

Y a medida que ésta fue creciendo, multiplicóse también el número de propietarios de aquellas fincas. Esas pequeñas heredades, destinados a los cultivos, eran el granero de la Asunción; y la determinación de sus situaciones podría señalar también claramente la dirección de la expansión agrícola en el territorio asunceno, que se acentuó con el tiempo, aún bajo la presión del peligro.

Las cercanías del río Paraguay, fueron también, desde el principio, los lugares preferidos. Sobre la barranca tenía el gobernador Irala su casa en la ciudad, y en situación parecida estaba su chacra, a dos leguas de distancia, ribereña del río, en las inmediaciones del castillo de San Miguel. Cerca del río estaba igualmente la propiedad de Salazar de Espinoza, hacia las faldas de Itacumbú. Y así las de los principales conquistadores (15). El perímetro inicial del cultivo asunceno arrancó de este modo de la costa fluvial, y, al abarcar mayor espacio, tendió primero hacia los fértiles valles de Tapuá, en cuya extremidad plantó su chacra el más grande caudillo de la conquista, y desde donde se extendían, entre bosques y colinas, las pequeñas haciendas rústicas hasta los terrenos salinos de Lambaré.

Uno de los motivos principales de la fundación de la Asunción fue, como ya se ha visto, la agricultura guaraní. Las provisiones de los conquistadores, escasas y ocasionales, se agotaban con frecuencia, produciendo las más terribles penurias. Y en medio de aquellas hambrunas interminables, apareció como un hallazgo providencial la surtida despensa del buen cacique Caracará. Desgraciadamente la nueva fundación había coincidido con una calamidad inesperada, una gran invasión de langostas, que asoló todos los sembrados indígenas. Pero el granero guaraní tenía sus reservas, y estas reservas sostuvieron a la naciente colonia.

Asegurada su situación mediante la producción agrícola guaraní, pudo también, gracias a ella, afrontar grandes dificultades e iniciar las exploraciones del territorio norte y occidental. Cuando el incendio de 1543, consumió casi todas las existencias de la ciudad, los guaraníes repararon abundantemente las provisiones destruidas: y algunos meses después emprendió el Adelantado su gran expedición a los Xarayes, obteniendo de los indios, como primer contingente de víveres, “más de tres mil quintales de harina de mandioca y de maíz”.

La cooperación indígena, en el sentido indicado, que no sólo fue económica sino personal, y cuya importancia no se ha hecho destacar aun suficientemente, respondía a la alianza pactada con los españoles; y a ella obedeció asimismo el régimen de servidumbre a que quedaron sometidas las indias, para las faenas agrícolas principalmente. Las mujeres indias fueron entregadas por sus padres o parientes a los conquistadores, con el carácter de compañeras en el hogar y agentes de producción, pues eran ellas quienes se ocupaban de los sembrados.

Antes de la despoblación de Buenos Aires, en 1541, los españoles de la Asunción tenían ya, según referencia de Irala, «setecientas mujeres para que les sirvan en sus casas y en sus rozas». Este número acreció al poco tiempo considerablemente, debido a veces a los medios violentos. Seleccionadas en la ciudad, donde quedaban las predilectas, las demás indias se distribuían en las chacras vecinas, en las que cada grupo femenino se dedicaba a los trabajos agrícolas, sin mengua de su asombrosa fecundidad, y a donde acudían sus hermanos varones a prestar voluntariamente sus servicios, a título de cuñados («tovayá») del propietario de la prolífica colonia.

Estas chacras o rozas, en cuyos intervalos pululaban los «capiaes» guaraníes, constituían pequeños centros de población indígena y mestiza, donde las indias, consortes y siervas del conquistador, cuidaban de sus sembrados, hilaban su algodón, tejían su tosco lienzo y amamantaban a sus hijos. Protegidos por espesos bosques, dentro de sus cercos de «ybirá-pemby», los sembrados extendían sus verdes retazos de variadas matices hasta cerca del albergue rústico - que conservó su nombre indígena de «teyupá», - donde la pequeña colonia se cobijaba para dormir o descansar en las siestas estivales. Y allí residía también con frecuencia el «vecino feudatario», dueño de la propiedad, señor de menguada hacienda, gran mujerío y larga prole, que se consolaba a sus anchas, en la voluptuosa placidez de su retiro, de los agravios inferidos a su orgullo o de las largas jornadas infructuosas de una conquista de riquezas, jamás halladas.


NOTAS

(1) En nuestra obra «Paraguay-Bolivia», T. II, Cap. II, y en un trabajo sobre «Geografía etnográfica, publicado en la “Revista Chilena de Historia y Geografía”, 1er. trimestre de 1921, creemos haber establecida con rigurosa comprobación, la situación de las naciones Indígenas que ocupaban el Paraguay, la época de las migraciones guaraníticas y su decisiva influencia en las exploraciones y conquista por el lado del Atlántico.

(2) Véase «Sebastián Caboto>, por J. T. Medina. T. I. Documentos y M. S. del Archivo Nacional. Todavía en 1600 se llamaba a veces al río Paraguay, Río de la Plata.

(3) El primero de estos caciques adoptó el nombre del fundador de la Asunción y se llamó «Juan de Salazar Cupiratí». Al segundo le llama Oviedo, por error de su fuente informativa, seguramente. «Carduaraz y Caro Arazá». Aun hoy conserva el nombre de «Caracará» un riacho cercano a las tierras en que dominaba dicho cacique.

(4) Información de Gonzalo de Mendosa. Declaración de Salazar. «Colección Garay», página 220.

(5) Aunque el acta de fundación de la ciudad ha desaparecido, el nombre original aparece en documentos posteriores, como puede verse en «El Archivo Nacional», dirigido por el Dr. Manuel Domínguez, N°. III, pág. 115.

(6) «El Archivo Nacional», citado.

(7) Alvar Núñez. “Comentarios”.

(8) Las principales fuentes acerca de estos puntos son los testamentos y documentos sobre compra y venta de propiedades, existentes en el Archivo de la Asunción, de los que parte se han publicado en «El Archivo Nacional» ya citado. En esa misma publicación pueden verse algunos de los pleitos a que nos referimos.

(9) Como se verá más adelante, los mestizos llegaron a fabricar arcabuces, “sin haberlos visto, sino por relación que les han dado”, según decía un conquistador.

(10) Cuando Irala fue reconocido como teniente de Gobernador, a mediados de 1539, toda la existencia de la Casa Fuerte, de que le hizo entrega el capitán Juan de Salazar, era la siguiente:

“Primeramente dos versos con sus camaras e cuñas e cinquenta e seys pelotas de plomo e noventa e cinco dados. Dos mosquetes con trynta pelotas. Medio barril de pólbora. Una fragua aparejada para labrar que está sytuada en la dicha casa con una yunque e dos mallas e un martillo e dos pares de tenazas de hierro». (P. Groussac. “La Expedición de Mendoza”. Documentos),

(11) Carta del Tesorero H. de Montalvo, del 12 de Octubre de 1585. «Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda del Río de la Plata», ordenada y publicada por Roberto Levillier.

(12) «Para proseguir los descubrimientos, dice Alvar Núñez en su «Relación», mandó aserrar mucha madera de tablazón y ligazón así para hacer bergantines como una carabela para enviarlo a este reino». En los «Comentarios», refiere el mismo hecho, agregando que el gobernador asistió personalmente al corte «de toda la madera la cual se trajo a la ciudad de la Asunción por los indios naturales, a los cuales mandó pagar por su trabajo». En los «Comentarios», cuenta igualmente, el número de bergantines construidos y la participación que tuvo en los trabajos el portugués Hernando Báez, a quien se menciona también en otros documentos del Archivo Nacional, como amaestro de hacer navios”.

(13)Ruy Díaz de Guzmán «La Argentina». Libro III, cap. II y P. Groussac. Notas a «La Argentina».

(14) M. S. del Archivo Nacional.

(15) La situación, de esas propiedades consta en las referencias de  Azara, y en varios

documentos del Archivo Nacional.




II


UN PARAJE OLVIDADO DE LA CONQUISTA


La alianza hispano-Guaraní. -El teatro de las primeras vinculaciones: el puerto de Moquiracé. -Concentración de los españoles en la Asunción. -El radio urbano: la casa del conquistador. -La zona predilecta de los cultivos.-  Los valles y bosques de Tapuá.


Las altas barrancas en que se asentó la ciudad de la Asunción estaban en aquel tiempo cubiertas de frondosos bosques, que, arrancando de los faldas de Abambaré, se extendían por la ribera septentrional del río hasta confundirse con las espesas selvas de Caaguazú. Estrechada al occidente por el río Paraguay y al oriente por pequeños valles, cuyas prolongaciones matizaban con tonos grises y amarillentos los claros de la tupida vegetación, aquella larga franja de tierra boscosa contenía en su seno a los pueblos guaraníes que acogieron a los primeros exploradores y acordaron con ellos la alianza precursora y sostenedora de la conquista.

Esa alianza, a que nos hemos referido, obedecía fundamentalmente a un objetivo común de las razas en contacto: la conquista de las riquezas del Occidente, tras de las que se lanzaran años antes las migraciones indígenas del Paraguay, difundiendo, a su regreso, las noticias que atrajeron hacia esta región las expediciones españolas empeñadas en la misma empresa.

La ciudad, primer fruto de aquel pacto, se estableció en los dominios de «Caracará», limitado al sur por los de «Cupiratí» y «Abambaré», y hacia el norte por los de «Timbuaí», «Mayrerú» y «Moquiracé» (1). La elección del sitio se debió, sin duda, a las ventajas de su situación, en medio de aquellas populosas parcialidades, y a las que ofrecía su puesto cómodo, de ancha playa, al pie de barrancas casi inaccesibles, que descendían en suave pendiente hacia el interior, entre alcores y hondonadas de amenos contornos, fácil cultivo y segura defensa.

Pero si la primitiva sede de la colonia surgió y se afirmó en dicho lugar, no fue éste, por cierto, el teatro de las primeras relaciones entre los conquistadores y los autóctonos, que con anterioridad iniciaron los compañeros de Ayolas, bajo el mando de Irala en el puerto guaraní de «Tapuá», situado más al Norte.

Los escasos datos existentes sobre esa expedición no permiten fijar de un modo preciso el lugar donde el infortunado sucesor de Mendoza recibió el primer auxilio guaraní, al remontar el río en medio de las inclemencias del tiempo y la hostilidad de las tribus ribereñas. El conquistador Francisco de Villalta, que dejó una sucinta relación de dicho viaje, parece vincular aquel hecho con la parcialidad establecida en el sitio donde se fundó la Asunción.

No hay, sin embargo, indicios de que ese encuentro tuviera entonces más efecto que el aprovisionamiento de la extenuada expedición, cuyo primer contacto con los autóctonos, mencionado por la documentación de la época, lo inició Ayolas «cien leguas arriba», uniéndose con la hija de un cacique de los payaguáes. Pero ateniéndonos a las mismas fuentes históricas, ese acto con que los españoles creyeron asegurar la zona ribereña de su futura conquista, debió ser posterior a los que los vinculaban ya con los guaraníes de Tapuá, donde, según el escribano Pedro Hernández, inició sus amores con la «india principal» el capitán Domingo Martínez de Irala, jefe de las escasas fuerzas que dejó Ayolas, al penetrar al Occidente. Gracias a esas relaciones, ese puerto fue el primer refugio de loa españoles estacionados en Candelaria, y contando con su apoyo, seguramente, pudo Irala poco después resistir con eficacia a las violentas ambiciones de Ruiz Galán, que al frente de la gran mayoría de los conquistadores, pretendió asumir la autoridad superior de la conquista.

A mediados de 1541, los restos dispersos de la expedición de Mendoza y los contingentes que se les incorporaron después con Cabrera y con Pancaldo habianse reunido en el centro fundado por Salazar, abandonando los primitivos asientos que el empuje inicial de las exploraciones extendieron, en medio de trágicos episodios, desde las cercanías del Atlántico hasta los dominios payaguáes del Alto Paraguay.

Esa concentración atribuida con frecuencia a las miras interesadas del nuevo gobierno, obedecía en realidad a las necesidades impuestas por las circunstancias locales y a la creciente escasez de elementos, que en las condiciones de la conquista pactada con los guaraníes, exigían entonces con urgencia una sólida cohesión y una base firme de operaciones. Pero si el móvil de dicho acontecimiento radicó en esas causas (expresadas claramente por los mismos actores, en los documentos sobre la despoblación de Buenos Aires), no faltaron, por cierto, en su contra, desde el primer momento oposiciones y aviesos comentarios originados y difundidos por los parciales de Ruiz Galán, el derrotado rival de Martínez de Irala en el gobierno del Río de la Plata.

El encuentro de ambos capitanes, representante el uno del sucesor de Mendoza e investido el otro con la tenencia gubernativa de Buenos Aires, ocurrido en las aguas del Paraguay, poco después de la fundación de la Asunción, había estado a punto de señalar con sangrientas colisiones ese episodio inicial de las discordias políticas. La entereza inquebrantable de Irala se impuso, a pesar de su débil apoyo, a los conatos de imposición violenta, afirmando al fin su autoridad, que fue reconocida por todos los conquistadores, con unánime manifestación aunque no idéntica benevolencia. Los partidarios del bando vencido pertenecían principalmente a los primeros establecimientos del Sur, y su abandono, a poco de aquellos incidentes, en provecho del centro predilecto de los vencedores, debió naturalmente reavivar los enconos no amortiguados todavía. Y así aquel importante refuerzo de población, destinado a robustecer la naciente metrópoli asuncena, llevaba fatalmente en su seno los gérmenes de hoscas malquerencias y profundos antagonismos, que iban a recibir, algunos meses después, vigorosos estímulos, con la llegada de Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

Los nuevos pobladores establecieron sus viviendas, al estilo de las ya existentes, en las cercanías de la casa fuerte, núcleo primitivo que contuvo al principio, dentro de su reducido perímetro, todos los elementos de la ciudad. De allí se fueron extendiendo hacia el Oriente, sobre la sinuosa prolongación de las barrancas, entre boscajes de perenne vegetación, siguiendo el curso de un pequeño arroyo afluente del Paraguay (2) cuyas tranquilas aguas, de inmediata utilidad al vecindario, acaso sirvieran también de prudente divisoria a los grupos no muy bien avenidos que acababan de juntarse.

La casa de cada conquistador, consultando en lo posible la seguridad de la defensa, tenía, a pesar de su situación urbana, algo de las viviendas rurales, con capacidad suficiente para su numeroso consorcio indígena, y su espacioso cercado de “Ybyrápemby”, donde junto con el primer ganado, que fue el porcino mantenía igualmente su pequeño lote de aves de corral. La relativa amplitud de estas viviendas, primer rasgo diferencial de la morada autóctona, que sobrevive aún en los ranchos campesinos, no habría sido indiferente a sus buenas condiciones higiénicas, proverbial desde entonces, y permitió ofrecer alojamiento inmediato y cómodo al considerable contingente de pobladores que arribó poco después con el nuevo adelantado del Río de la Plata.

Aunque los recién llegados se apresuraron, sin duda, a establecer también sus hogares, una parte no escasa de los mismos se distribuyó en las primitivas residencias; sumados los conquistadores en el año 1542, alcanzaban alrededor de 600, distribuidos en 250 casas, con sus respectivas familias y servidumbre indígena. En esa forma continuaron durante el gobierno de Alvar Núñez. Y en estas mismas condiciones, que obedecían ya a las afinidades de los bandos en gestación, diseminaron sus chacras por los valles vecinos, apenas se diseñaron los toscos esbozos de la ciudad.

En la elección de las tierras destinadas al cultivo, que constituyeron a la larga verdaderas colonias de numerosa población femenina, ejercieron marcada influencia las primeras vinculaciones de los conquistadores con los grupos indígenas circunvecinos. El capitán Salazar, fundador de la Asunción, se estableció en la parte meridional, cerca del cacique Cupiratí, que en prueba de adhesión y amistad agregó a su nombre el de su antiguo aliado, llamándose Juan de Salazar Cupiratí. Otros pobladores tendieron hacia Ysaty, al Norte de Abambaré, en los dominios de Timbuaí, o fueron a ocupar las orillas de la laguna de Mayrerú. Pero los primeros exploradores, restos de la expedición de Juan de Ayolas, que acaudilló Irala en el alto Paraguay, se situaron en la zona cercana al puerto de Tapuá, donde en medio de varias parcialidades dominaba Moquiracé, el primer cacique guaraní cuyas hijas se unieron con los capitanes españoles. En ese puerto hallaron éstos eficaz auxilio en sus exploraciones iníciales por el río Paraguay; allí residieron con frecuencia Irala y sus compañeros, antes de la fundación de la Asunción; y ese paraje fue asimismo, como ya lo indicamos, el primitivo centro del activo mestizaje hispano-guaraní, origen del robusto tronco étnico que, cimentando sus raíces en la fecunda tierra, extendió después sus ramificaciones hasta el Guapay, el Paraná y el Plata.

Debido seguramente , a esas circunstancias, unidas a la extrema fecundidad del suelo, aquel bellísimo trozo del municipio asunceno - olvidado lugar que la historia ni menciona - atrajo desde el principio la parte más selecta de su población, señalando el sentido predilecto de su expansión rural. Al pie de los bosques de Tapuá, circundando los fértiles valles que rematan en la ancha llanura de Ñú Guazú, extendieron con preferencia sus alquería los principales miembros de la colonia. Y siguiendo esa misma dirección en la vida inicial de la ciudad, pueden aún encontrarse, bajo la tupida maraña de la maleza histórica, las más antiguas huellas que de su paso han dejado por esa región los veteranos de la conquista.


NOTAS

(1) Consta la situación de las parcialidades, en que dominaban dichos caciqueo, en varios documentos del Archivo Nacional.

(2) El arroyo Jaén.





III

LA GUERRA CON LOS INDIOS


Geografía Indígena:   las dosgrandes agrupaciones étnicas en una y otra banda del río Paraguay. - Los Guaraníes: sus puertos. - Los Agaces, los Yapirúes, y los Guatataes. -Causas que alentaron la guerra indígena. -Procedimientos de Irala para atenuarla.


La geografía indígena de la región, en cuyo centro se fundara la nueva ciudad, ofrecía dos grandes agrupaciones étnicas situadas a uno y otro lado del rio Paraguay.

En la banda oriental del río estaban los guaraníes, cuyas parcialidades se encadenaban desde Ñeemby, al Sur, hasta ltatín, al Norte, y se extendían por el Este más allá del Paraná, en la vasta región que acababa de recorrer Alvar Núñez, y atravesara antes por vez primera el audaz aventurero portugués Alejo García. Sus principales caciques en las inmediaciones de la Asunción, hemos mencionado con anterioridad; y agregaremos aquí que las poblaciones más directamente vinculadas entonces con los españoles, señoreaban también dentro del límite apuntado, la costa fluvial, generosamente cubierta de espesos bosques, donde tenían establecidos, con sus correspondientes escuadrillas de canoas, los siguientes puertos;

Guará - Situado en el extremo meridional de los dominios guaraníes, que los españoles denominaron «La Frontera», por donde estos indios, y los conquistadores después, se comunicaban con los Agaces de las parcialidades de Abacotem, en sus períodos accidentales de paz.

Caybá - Arriba del anterior, en la misma región de la Frontera; servía de comunicación entre los Guaraníes de Ñemby y las naciones de la banda opuesta (Guaycurúes y Agaces principalmente).

Abambaré - En el paraje cercano al cerro denominado hoy «Lambaré», modificación de su primitivo nombre, que era «el de un cacique principal de la comarca».

Itacumbú - En el mismo sitio que conserva todavía su antigua denominación (Tacumbú) y en cuyas inmediaciones residía el más poderoso aliado del fundador de la Asunción, que adoptó su nombre y se llamó Juan de Salazar Cupiraty.

Tapuá - Primer puerto arriba de la Asunción (tierra de «Caracará») situado, según dice Alvar Núñez en los «Comentarios», cuatro leguas de la ciudad. Ese nombre conservan todavía las tierras inmediatas. Allí residía, al fundarse la Asunción, el cacique Moquirace, suegro de Irala.

Yuruquehaba - Situado más arriba, 24 leguas de la Asunción, según López de Velasco. (Geografía y Descripción de las Indias, 1570).

Itaquí - Al Norte del anterior, probablemente el que en los «Comentarios» se llama Puerto de las Piedras, a los 24° de latitud (Itaquí significa piedra de amolar). Pertenecía a los dominios del cacique Aracaré.

Guacaní - Puerto donde dominaba el poderoso cacique del mismo nombre, que tuvo activa participación en la gran sublevación guaraní de Tabaré contra los españoles. Estaba cerca de la desembocadura del Río Iyuí (Jejuí) y parece que fue conocido también con este nombre.

Ipananié - Situado en la desembocadura del río Ipané, según se desprende de las relaciones de Alvar Núñez; y estaba en comunicación frecuente con los payaguáes.

Guaviañó - A ochenta leguas de la Asunción y doce leguas antes de la tierra de los payaguáes, según refiere Schmidell. Alvar Núñez lo sitúa a los 22º de latitud.

Itayytan - Arriba del anterior.

Itatín - El puerto más septentrional, que separaba, según dice Ruy Díaz de Guzmán, «la jurisdicción de los Guaraníes de las demás naciones».

En la banda occidental, frente a estos puertos, vagaban varias naciones nómadas, guerreras y feroces, de las cuales las principales, que eran los agaces, los guaycurúes y los payaguáes, dominaban a su vez las aguas del rio, en su margen derecha, y tenían en los intervalos de sus extensas zonas de ocupación a los mataraes y los naperúes, al norte, y los guatatáes y los yapirúes y los nohagues en el centro y en el sur. Estas diversas agrupaciones, que constituían hordas movedizas            en frecuente hostilidad, diferían por su importancia numérica y a veces por sus caracteres morales, pero coincidían todas en su enemistad  común y permanente con los guaraníes de la banda opuesta, cuya superioridad económica ofrecía un incentivo constante a las alevosas depredaciones de los indios fronterizos.

Dentro de la geografía etnográfica de la región, aquella vasta zona del territorio paraguayo representaba así dos fracciones bien definidas, separadas por el río Paraguay, cuyas costas ocupaban, más o menos entre los mismos paralelos, los guaraníes en la parte oriental y hacia el occidente las naciones, de distinta raza, que acabamos de nombrar. Frente al puerto de Guará, límite Sur de aquella costa indígena, se encontraba el primer asiento de los agaces, que se extendían desde las inmediaciones del Pilcomayo hasta las riberas del Bermejo; y más o menos a la misma altura del puerto de Itatín, comenzaban al norte las tierras de los payaguáes.

Las dos naciones nombradas, situadas de ese modo frente a los dos extremos de los dominios guaraníes, poseían su principal fuerza en las aguas del río, constituyendo por lo tanto el mayor obstáculo a las comunicaciones de sus enemigos de la banda oriental; y aun cuando aparecían entonces con denominaciones distintas, pertenecían indudablemente a la misma estirpe y fueron conocidas posteriormente con el mismo nombre. (1) Los que más antigua mención tuvieron en la documentación de la época, fueron los agaces de las cercanías del Bermejo, verdaderos «guardianes del río Paraguay» con quienes chocaron los primeros exploradores, y a los cuales el soldado historiador Schmidell denominó, con más propiedad, «aygas» y «aygassen», equivalentes a las voces guaraníes «ygas» e «ygacé» que significan «canoas» e «irrupción de las canoas», nombres perfectamente aplicables a dichos indios, fluviales por excelencia y famosos desde los tiempos de Caboto por sus terribles escuadrillas de canoas. Son los corsarios del río, escribía de ellos Alvar Núñez en sus «Comentarios», «es gente crecida de grandes cuerpos y miembros como gigantes» que tienen a los guaraníes «por principales enemigos».

Completamente idénticos en las costumbres, hábitos guerreros y caracteres físicos de los agaces eran los payaguáes, situados al Norte, con cuya denominación quedaron comprendidas ambas agrupaciones que conservaron en todo tiempo el prestigio de su pujanza, su vigor físico y su alta estatura. Ninguna nación, como la payaguá, podía ostentar con más razón, según Demersay, el epíteto de «magna córpora», con que distinguió Tácito a los antiguos germanos, pues la talla media de dichos Indios (1 m. 78) sobrepasa en más de cinco centímetros a la de los patagones «a los que en todo tiempo se ha atribuido una estatura fabulosa». No menos vigorosos, aunque más reducidos en número, eran los yapirúes y guatatáes que se distinguían sobre todo por su extrema agilidad. «Ligeros como Caballos y grandes descabezadores», estos indios, que tuvieron después una actuación importante en la lucha hispano-guaraní, habían adquirido en aquel tiempo gran prestigio por sus métodos de guerra, gracias a la incorporación de dos europeos, Juan de Fuster y Héctor de Acuña, antiguos compañeros de Caboto, que permanecieron varios años en medio de esas agrupaciones indígenas.

Pero la nación más poderosa y de mayor influencia en el proceso de la conquista y la vida colonial fue la de los guaicurúes, cuyos dominios abarcaban casi toda la extensión comprendida entre los payaguáes y los agaces. «Es ésta una generación, dice un testigo, a la que todas las otras le tienen gran temor», agregando «que ellos y sus antepasados habían tenido guerra con todas las generaciones de los yapirúes y agaces y guatatáes y naperús.. . y que siempre les habían vencido y maltratado» (2).

Tan aguerridos y vigorosos como estos indios, los guaicurues aventajábanles a todos, no sólo por su número y su situación preponderante, sino por la indomable energía que opusieron al avance del poder español. Y recordando esas cualidades, decía Azara, a fines del siglo XVIII, que apenas equivalían a un guaicurú veinte indios de los grandes imperios que sojuzgaron los más sonados capitanes de la conquista.

Colocados los españoles en medio de aquellas naciones, a una inmensa lejanía del mar y a distancia todavía mayor de las poblaciones de su misma raza, sin comunicación con ellas ni noticias de la madre patria, su situación se tornaba más delicada y difícil de lo que pudiera hacer creer la visión fugaz de los hechos en conjunto.

La alianza con los guaraníes, que precedió a la fundación de la Asunción, había sido condición indispensable de su existencia inicial y de su posible afianzamiento. Pero ese mismo hecho, que no era muy fácil mantener en el diario contacto de ambas razas, había tenido fatalmente que suscitar contra los conquistadores la hostilidad general de las demás naciones, que, por su parte, avivaban también los guaraníes, en su afán de aniquilar a sus antiguos enemigos. «Los indios carios con quien en el Paraguay vivimos, decía en 1541 el veedor Alonso Cabrera; es gente muy belicosa, astuta, deseosa de matar e para los conservar y tener seguros en nuestra amistad. . . es necesario hacer guerra a los indios que son sus enemigos e nuestro. . . e como no les demos guerra contra aquellos a quien desean destruir, inmediatamente volverán las armas contra nosotros por pensar que como gente poco poderosa nos podrán acabar».

Los españoles que se habían congregado en aquel asiento, para reparar sus fuerzas y tantear de nuevo la jornada al occidente, se veían así obligados desde el primer momento a una lucha pertinaz, cuya prosecución siempre victoriosa tenía importancia capital, desde que el prestigio guerrero constituía entonces el fundamento más eficaz del vínculo con sus únicos aliados.

La guerra fue dura y sangrienta, principalmente contra los agaces, que ocupaban una larga extensión del trayecto al Río de la Plata. Y de las proporciones que adquirió puede dar una idea el número de muertos, que antes de la despoblación de Buenos Aires pasaba de mil entre las parcialidades cercanas al Pilcomayo (3). Pero esta encarnizada  campaña, en que la colaboración personal de los guaraníes se destacaba siempre, a la par de acentuar el prestigio de estos indios, había amenguado sensiblemente los pertrechos de la conquista, sin allanar los obstáculos que a su supremo objetivo oponia la situación de las naciones enemigas. «Habemos corrido por la tierra hacia el Ueste, decía, en 1541 el gobernador Irala, donde hallamos tanta gente. . . que me parece que lo que estamos somos poca parte para los acometer así por ser ellos muchos como por la falta que tenemos de aderezos y municiones».

En tales circunstancias, el ascendiente cada vez mayor de los aliados indígenas sobre los enemigos fronterizos venía a constituir un nuevo motivo de inquietudes para la seguridad de la colonia. La lucha sin término se presentaba como un expediente tan peligroso como las mismas dificultades que trataba de salvar, sobre todo cuando la cohesión del grupo conquistador comenzó a resentirse de recientes desavenencias. Pero, por suerte, la autoridad que surgiera legalmente en medio de esas reyertas tuvo desde el principio la visión exacta de los hechos y sobre todos las cualidades que permitieron orientar su curso en un sentido favorable. Sin descuidar la imposición por la fuerza, inexcusable en aquellos momentos, Irala procuró atenuarla por el acercamiento personal con los vencidos, a la vez que fortificaba sus vínculos con los aliados. La tarea no era fácil entre aquellas agrupaciones antagónicas, de susceptibilidad extremada, que se alteraban por el menor motivo, y su éxito inicial se debió sin duda a que el gobernante, con profundo tino, procuró el sometimiento indígena, a título de amistad, respetando en lo posible sus prácticas guerreras y sus arraigadas costumbres. Este procedimiento que no difiere del que en más amplio teatro pusieron en práctica otros conquistadores de mayor resonancia histórica, fue, no obstante, el que dió margen a gran parte de las acusaciones acumuladas sobre la memoria de Irala, como las que formuló en su contra el escribano Pedro Hernández, por haber consentido la antropofagia guerrera de los guaraníes y las bulliciosas ceremonias que seguían a las nupcias de los agaces; y, ahondando un poco más, es posible asimismo que otros aspectos de su vida, objeto de acerbas críticas, no fueran extraños a la necesaria conservación de su prestigio en aquella sociedad indígena, que dominó con rara habilidad.

El buen efecto de aquellas medidas era ya sensible al finalizar el año 1541, permitiendo a los españoles preparar con algún sosiego la expedición de tiempo atrás proyectada hacia las tierras occidentales. Pero esta tregua no fue de larga duración, pues con el advenimiento del nuevo Adelantado, que ocurría poco después, reanudase la guerra con mayor encarnizamiento.


NOTAS

(1) «Los agaces son los payaguáes», dice Ruy Díaz de Guzmán en «La Argentina», Capítulo VI.

(2) Alvar Núñez, «Comentarios», capítulo XXX.

(3) Alvar Núñez, «Comentarios», capitulo XXVIII.



XXIV


LA ASUNCIÓN EN 1812


Persistencia de su configuración. -El centro de los negocios. -La gran arteria.-Los callejones y las casas. -Capacidad de los edificios. -El paseo principal.-Esparcimientos populares. -El barrio de la aristocracia criolla. -Su morada predilecta.-Las fiestas de familias y las expansiones sociales. -La ciudad mirada a la distancia.-Juicios de un viajero inglés. -Iniciativas del nuevo régimen. -Reforma y fomento de la enseñanza. -La primera sociedad literaria y la primera biblioteca pública. -Permiso y protección para la primera empresa de navegación a vapor.


Al surgir a la vida independiente la capital del Paraguay no había dejado de ser el modesto caserío de los últimos tiempos coloniales: hacinamiento irregular de pobres viviendas, que se iba clareando entre zanjas casi intransitables, a medida que se alejaba de su núcleo inicial.

La vida activa de la ciudad, el centro de los negocios, del gobierno y del culto, continuaban circunscriptos al terreno adyacente a las barrancas del río. Allí estaban la Casa de gobierno, el Cabildo, el Obispado, la Catedral, las tiendas más importantes y, rodeado de su bulliciosa ranchería, el prestigioso convento de Santo Domingo, cuyo templo, erigido sobre pintoresca meseta, tocaba casi el sitio ya olvidado, donde Domingo de Irala asentó su primera casa.

Y en esa larga franja de tierra arenosa, batida y socavada por los torrentes de las grandes lluvias, se extendía asimismo la única arteria un tanto capaz y regular del comercio asunceno.

«No tenía, dice Molas, refiriéndose a la Asunción de esa época, más que callejones zanjosos y una sola calle principal tortuosa que salía al campo» (1). Y Robertson, que la visitó en 1812, decía igualmente: «No se puede decir que hubiera más de una calle en la ciudad y esa no pavimentada. Las casas y tiendas de una acera estaban defendidas del sol por un corredor contiguo, algo como los portales de Chester» (2). Esa calle única, tortuosa y llena de baches, era seguramente el antiguo camino real, a cuyos lados se fueron situando los negociantes y principales propietarios, mientras el resto de la población se iba extendiendo en un dédalo de callejones, que terminaban en las rancherías diseminadas alrededor de los conventos y en las extremidades de la ciudad.


La edificación tampoco había sufrido modificaciones sensibles notándose tan sólo la aparición de algunas casas de azoteas. En lo demás seguía inflexible el viejo estilo colonial: todos los edificios eran bajos, construidos de ladrillos y adobes, con sus techos de teja y su acceso directo a la calle o al corredor; el vestíbulo o zaguán era casi desconocido.

La mayoría de las casas poseía sus patios arbolados, sus huertos y su pequeño naranjal; pero las habitaciones, mal repartidas, eran estrechas y exentas de toda comodidad. Refiere Robertson que, cuando llegó a la Asunción, le costó gran trabajo encontrar una residencia suficientemente amplia. «De tales casas, dice, no había más de media docena. Las demás eran pequeñas, míseras tiendas con tres o cuatro habitaciones anexas; mientras la mayor parte de las moradas eran simples chozas, formando estrechos callejones».

El mejor edificio público era todavía la Casa de gobierno, tal como se ha visto, con su techo de teja y sus corredores sostenidos por pilares de madera. Pero el despacho gubernativo estaba bastante bien amueblado, según refiere el viajero inglés ya nombrado, que visitó el Paraguay en aquella época.

La configuración de la ciudad y sus condiciones materiales reflejaban, por entero, el proceso de su formación inicial. Y dentro del contorno urbano, la vida se deslizaba asimismo con la misma monotonía de los días coloniales.

El paseo principal, acaso el único, continuaba siendo la plaza de Armas, rodeado por el Palacio de Gobierno, el viejo Cabildo y la Catedral, centros directrices de su pasada existencia, en cuyas cercanías escucharían los niños, como escucharon hasta hace poco, al contemplar las aguas trémulas de «la bahía», los peligros del siniestro lugar, denominado «lucha», que evocaba antiguas tragedias y arrastraba con misteriosa atracción a los imprudentes nadadores. La ciudad, habitualmente silenciosa, adquiría, sin embargo, más frecuente animación con la celebración de las nuevas fiestas nacionales, las reuniones y tertulias, puestas de moda por la juventud militar del nuevo régimen, y las funciones en homenaje a la Virgen de la Asunción, al patrono San Blas, a San Francisco, la Merced y Santo Domingo, en que a las bulliciosas fiestas vespertinas, encanto de la esclavatura conventual, sucedían el nocturno «toro candil» y las alegres serenatas, que estremecían el tranquilo ambiente de la noche, con los aires nacionales, tan hondamente sentidos por el alma paraguayo.

Pero esos esparcimientos populares, de que participaba también la aristocracia criolla, no constituían, como tal vez se crea, los principales atractivos de la vida social asuncena.

Agrupada en la barranca, centro de la actividad pública y privada de las clases superiores, aquella sociedad semi-militar y semi-agrícola, burocrática y comercial sólo en ocasiones, no consideró nunca el radio urbano como su asiento definitivo, ni como su asiento principal. Su morada predilecta estaba en los alrededores, en las afueras de la capital, donde cada familia tenía su quinta y su chacra, parte de su ganado, su servidumbre y sus esclavos. Esas residencias campestres, cunas del robusto mestizaje colonial, constituían en realidad, parte de la ciudad misma; eran su granero y su despensa, y, a la vez, el centro apacible y risueño de las fiestas de familia y de las expansiones sociales.

Extendidas en inmenso semi-círculo sobre el anchuroso río, desde los históricos valles de Tapuá hasta las faldas pétreas de Itacumbú, en medio de selvas seculares que atravesaban los senderos de roja tierra, aquellas mansiones solariegas eslabonaban sus opulentas chacras con los cercados de los pequeños agricultores que rodeaban a la ciudad.

Desde allí bajaban diariamente, en largas hileras, con su alba túnica flotante, tras de sus mansos pollinos, las alegres proveedoras del mercado de Asunción; y las ligeras carretillas repletas de frutas, conducidas por mozos imberbes, enamorados y bullangueros; y los macizos carretones de tabaco o miel, que rechinaban perpetuamente bajo el peso de su carga, con la calma imperturbable de sus viejos «picadores». Y por el mismo camino, que ondulaba sobre lomas y hondonadas, entre el verde esmeralda de los sembrados y los tonos obscuros de los bosques, bajo la sombra de una perenne vegetación, pasaban asimismo en alegres cabalgatas los caballeros y las damas de la ciudad, que acudían a una fiesta o tornaban a sus chacras, lugares predilectos de su actividad y de sus goces.

Mirado así a la distancia, el modesto caserío asunceno ofrecía otras perspectivas, y dejaba entrever ya, dentro de su soberbio marco, algo de la ciudad futura. Robertson, que encontró a la Asunción tan diminuta y pobre, que no la consideró comparable con la peor de su país, tuvo no obstante esa visión certera, y fue, según creemos, el primer extranjero que la expresó. «La situación de la ciudad, dice, es sin embargo magnífica. Está en anfiteatro sobre la ribera del majestuoso y plácido río Paraguay. De muchos puntos se domina aquella magnífica corriente, y los románticos accesos a la ciudad antes descriptos, juntos con los poblados y cultivados alrededores, forman un «tout ensemble» agradabilísimo, diría casi encantador».

En la época a que nos referirnos, gobernaba el Paraguay la junta gubernativa compuesta de Fulgencio Yegros, Fernando de la Mora y Pedro Juan Caballero, que duró once meses, con la oposición del doctor Francia, que se había retirado del gobierno. Los tiempos eran tormentosos y difíciles, dentro del nuevo régimen político que se ensayaba por vez primera. Apenas iniciada la independencia del Paraguay, el gobierno hallábase absorbido por las atenciones de la defensa del país, amenazado por todos lados, y las complicaciones de la política interna, provocada por las maquinaciones del futuro dictador.

No había tiempo, ni medios, para que la acción oficial se hiciera sentir en las mejoras materiales de la Asunción. Pero en otro orden, sus iniciativas señalan el primer gran esfuerzo por la educación del pueblo y la cultura nacional.

A principios de 1812, la junta declaraba la instrucción pública obligatoria, disponía la multiplicación de las escuelas y el mejoramiento de su personal; dictaba instrucciones para los maestros, basadas en los más avanzados principios de educación; reabría el colegio de San Carlos de enseñanza superior; creaba un centro de cultura literaria; y encargaba en Buenos Aires la adquisición, por cuenta del Estado, de obras de reputados autores europeos, para difundirlas en el país (3).

«Los jefes políticos y militares, escribían aquellos gobernantes en 1812, más se sostienen con la autoridad y buen uso de los conocimientos científicos que con la fuerza y el poder», palabras cuyos ecos se apagaron pronto y por mucho tiempo. Pero la influencia de esas medidas no dejó de hacerse sentir, agitando, siquiera fugazmente, algunos espíritus, que ya estaban por sumergirse en la larga dictadura.

La junta gubernativa del año 12 logró así vincular su gestión ardua y trabajosa en la dirección inicial del Paraguay independiente, con los siguientes hechos de imperecedera memoria para su capital:

Reforma y fomento de la instrucción primaria. Reapertura de los cursos de enseñanza superior. Creación de la primera sociedad literaria. Apertura de la primera academia militar. Iniciación de la primera biblioteca pública.

Y cabe agregar también a ellos, ya que el puerto de la Asunción era el centro del comercio internacional del país, el decreto del 10 de Junio de 1812, en cuya virtud la Junta concedía, al ciudadano norteamericano don Tomás Lloyd Halsey, permiso y protección, para la primera empresa que propuso iniciar la navegación a vapor en las aguas del río Paraguay (4).


NOTAS

(1) Mariano A. Molas. «Descripción histórica de la antigua Provincia del Paraguay".

(2) J. P., y G. P. Robertson. Cartas.

(3) M. Domínguez. «Conferencia sobre historia de la enseñanza nacional». Documentos.

(4) Dicho decreto, cuyo fragmento transcribimos a continuación, ha sido publicado por el Sr. Aníbal Cardoso en la «Revista de Derecho, Historia y Letras», en Enero de 1910, e incluía, como se verá, el establecimiento de un astillero:

«Asunción, Junio 10 de 1812.-Atendiendo al informe que han producido el Iltre. Cuerpo, Municipal y la Diputación Consular con audiencia instructiva del Gremio de Comercio, y a que el invento que propone el ciudadano de los Estados Unidos y vecino de Buenos Aires, Don Tomás Lloyd Halsey es el más útil y ventajoso a la navegación e industria que se reanimarán considerablemente en este país. . . , se le concede el permiso exclusivo que solicita por un decenio... contando con los auxilios y protección de esta Junta para el entable y construcción de las lanchas y botes, y que levante un Astillero en el paraje más adecuado, donde tenga a mano los arbolados y demás materias indispensables, que se le facilitarán cumplidamente durante dicho término. . . Dado en la Asunción, etc... Fulgencio Yegros.-Pedro Juan Cavallero. Fernando de la Mora.-Mariano Larios Galván.=Secretario».

El 10 de Noviembre del mismo año, el célebre mecánico Roberto Fulton, le escribía a Halsey de Nueva York, expresándole que el termino solicitado era insuficiente para el éxito de la empresa, en razón del tiempo y el capital que requería la construcción del bote. “El que en el día navega en el río Mississipí, le decía, necesitó de tres años, aunque tenía a todos los operarios a mi disposición”. Y agregaba: “Es siempre una política sabia en un Gobierno fomentar las artes útiles por todos los medios y una pronta comunicación... de donde presumo que el gobierno de Buenos Aires verá que se consulta el interés del país, extendiendo el privilegio exclusivo a Vd. por lo menos a veinticinco años, y que el del Paraguay hará la misma extensión”.

Pero cuando esa carta llegaba a su destino, comenzaba ya a afirmarse en el gobierno del Paraguay el predominio del Dr. Francia.



XXV

LA ASUNCIÓN DURANTE LA DICTADURA DE FRANCIA


Breve descripción de dos viajeros. -Los callejones sinuosos y los viejos solares. -Plan de regularización: sus motivos. - Inaudito sistema de transformación urbana. -Reformas de orden militar. -Apropiación de los Conventos. -El alumbrado municipal: su radio, su forma y su costo. - Situación del comercio: el tráfico fluvial. -Aspecto del puerto de la Asunción. -La instrucción pública. -Profundos cambios en la vida asuncena-Característica invariable de la dictadura. -Desmoronamiento paulatino del armazón gubernativo. -Repercusión de sus efectos en el mismo Dictador.


A mediados de noviembre de 1812, ocurría en la Asunción un acontecimiento cuyas consecuencias seguramente nadie habría imaginado: la reincorporación del doctor José Gaspar de Francia a la junta gubernativa.

Este hombre público, de apariencias austeras, que se había retirado del gobierno pretextando la influencia de la clase militar, volvía a él con el exclusivo mando de un batallón de infantería. Y el peso de su mando, igualmente exclusivo y omnímodo, asentado sobre tan sólida base, se fue acentuando desde entonces hasta afirmarse definitivamente.

Ese poder fue el más amplio a que puede aspirar la ambición humana. Y su centro de acción fue la capital paraguaya. Allí vivió, gobernó y murió el dictador; y allí fue, por lo tanto, donde se hizo sentir, en forma más directa y continua, la influencia de su personalidad y de su gobierno. Una rápida ojeada sobre la ciudad de la Asunción, durante aquella época, puede, pues, ofrecernos algunos aspectos de esa dictadura, no exentos de interés, sobre todo para tratar de aclarar después lo que hay de verdad y de aparente en las entrañas todavía oscuras de aquel período de historia americana.

En capítulos anteriores, hemos visto ya lo que fue la capital paraguaya en los tiempos coloniales y al surgir a la vida independiente. El advenimiento de la dictadura no señaló, en este sentido, ninguna innovación. Los señores Rengger y Longchamp, que visitaron el Paraguay en esa época, escribían acerca de la Asunción: «Está edificada a manera de anfiteatro, sobre una barranca empinadísima en muchos puntos, que se extiende a lo largo del río Paraguay; sus calles eran tortuosas, desiguales, y la mayor parte tan angostas que más propiamente podrían llamarse callejones. Las casas sin altos, aisladas por lo general y mezcladas con árboles, jardines, malezas, lugares en una palabra, donde crecía la yerba, presentaban más bien el aspecto de una aldea, que el de una ciudad. En todas partes brotaban manantiales, que formaban arroyos o lagunas, y las lluvias habían surcado el terreno y excavado la mayor parte de las calles, que estaban en declive».

Las casas de la ciudad conservaban así, persistentemente, su antiguo aspecto: con sus patios arbolados, sus naranjales circundantes, esfumado casi en medio del tupido follaje, cada edificio parecía, como en otros tiempos, vigilar desde la sombra la seguridad de su defensa. Nadie se había fijado en ello nunca, hasta que el dictador sintió tronar sobre su cabeza la conspiración del año 21. Entonces acreció ante sus ojos la realidad de aquel poético baluarte de árboles frutales; comprendió que el rumoroso cortinaje de verduras podía ocultar las ansias de la libertad; creyó percibir entre sus claros el parpadeo incesante de la conspiración abortada; y decretó la tala general del perfumado huerto asunceno.

Los añosos árboles fueron inmolados sin piedad. Pero la destrucción del arbolado hizo destacar con más vigor el escueto relieve de los viejos solares, que se extendían en sinuosos callejones, de niveles casi fantásticos, con sus corredores de enormes columnas, sus muros de un metro de espesor y sus salientes ventanas enrejadas. El espíritu un tanto trémulo aún del dictador, se sintió alarmado ante aquel laberinto arquitectónico de huecos sospechosos y ángulos hostiles, que emergía de entre las ruinas de la vegetación. Y Francia resolvió entonces abatir también aquella edificación subversiva.

El dictador palió estas medidas de buen gobierno con propósitos de mejoramiento urbano. Trazó un nuevo plano de la ciudad, delineando sus calles longitudinalmente del noroeste al suroeste, y ordenó que a su ideal paralelismo se ajustaran las fachadas de todas las casas. Pero como la demolición de unas dejaba a otras con los cimientos al aire, en las grandes sinuosidades del terreno, resultó que muy pronto las lluvias torrenciales completaron la obra de la piqueta dictatorial. El derrumbamiento tomó proporciones inesperadas y duró varios años. «Al cuarto, dicen dos testigos, los naturalistas Rengger y Longchamp, llegó la destrucción a tal punto que la capital presentaba un aspecto semejante al de una plaza que ha sufrido el bombardeo de varios meses. Había desaparecido casi la mitad de los edificios; no se veía sino calles cercadas de ramas secas, y rara era la casa que tenía la fachada a la calle».

Este inaudito sistema de transformación urbana y las persecuciones de todo género, de que fueron simultáneamente víctimas la aristocracia criolla y las clases acomodadas, redujeron bien pronto la población de la Asunción a menos de dos terceras partes. Los prestigiosos apellidos de la colonia y los grandes nombres de la defensa y de la revolución, ya no sonaban en la capital. Los que no se hundieron en las cárceles, se retiraron definitivamente a sus chacras y a sus estancias más lejanas, o se abroquelaron en la cordillera, donde la influencia del viejo general Cabañas desafió hasta su muerte las asechanzas del dictador.

De los trabajos con que Francia compensara la destrucción de parte de la capital, no hemos encontrado rastro alguno, a pesar de que, con el nombre de «Obras Públicas», figuraba una partida en las cuentas del Estado, y se percibió por tal concepto, en virtud de contribuciones forzosas, la suma de 134.000 pesos el año 1823. Tal vez consistían ellas en la reparación de algunas destartaladas oficinas del gobierno; pues, según han dejado escrito imparciales testigos, la única obra positiva de Francia, en cuanto a edificación, fue la construcción de los cimientos de cuarenta casas que se proponía vender al vecindario, y que no llegaron nunca a elevarse arriba de los escombros adyacentes.

Las principales reformas de la dictadura, en esta materia, fueron de orden militar, y se efectuaron, sin gravamen alguno para el erario, a expensas de los conventos. En esa época existían cinco: los de San Francisco, Santo Domingo, la Encarnación, la Merced y Recoletos. Francia demolió el convento de San Francisco, trasladando su iglesia a la de Santo Domingo, y convirtió a los demás en cuarteles de caballería y de artillería. El refectorio de los buenos y alegres frailes recoletos quedó convertido en pesebre.

Ateniéndonos a las referencias de Rengger y Longchamp, una parte del antiguo colegio de los jesuitas fue transformado en arsenal, donde estaban depositados más de 12 mil fusiles, otros tantos pares de pistolas, sables, lanzas y gran cantidad de municiones. Pero, según cuenta Demersoy, esta importante repartición militar hallábase instalada en unos pobres ranchos cercanos al puerto, donde bostezaba de aburrimiento, con sus cascos ya medio podridos, toda la armada nacional, compuesta de seis buquecitos, sin tripulación alguna.

Otra de las atenciones preferentes de la dictadura fue el alumbrado municipal, que se efectuaba con candiles y velas de sebo, y estaba circunscripto a la plaza, casa de gobierno, cuarteles y cárceles. El gastó por este concepto ascendía en 1831 a 11.500 pesos, lo que equivalía, según los precios corrientes, a 1.500 velas por noche (1).

Desde otros puntos de vista, la Asunción no presentó tampoco durante aquella dictadura, los signos de ningún mejoramiento.

El comercio asunceno se había acrecentado sensiblemente desde los últimos tiempos coloniales. Se exportaba anualmente apreciable cantidad de yerba y de tabaco, así como dulces, caña, miel y ricas maderas del interior. En la exportación se incluían también los variados objetos de alfarería de los pueblos vecinos, y los preciosos muebles de «pie de sátiro» y de «vaqueta» que competían con los de Tucumán y del Brasil, y eran, como lo recordaba en 1865 el doctor Ángel J. Carranza, «prolijos y acabados trabajos de talla y mosaicos» muy solicitados «para adornar con ellos los ostentosos y monumentales estrados de nuestros antepasados».

Paralelamente, la navegación fluvial había adquirido bastante desarrollo, sobre todo desde el gobierno de Lázaro de Ribera, que estableció astilleros al sur de la capital y promovió la fabricación de cables de «ybira y guembe», que se destinaban con preferencia a la marina real de la madre patria.

Pero desde el advenimiento de la dictadura, el comercio y el tráfico fluvial, fueron debilitándose hasta sufrir una completa estagnación. La clausura del río Paraguay, que Francia opuso a las hostilidades del exterior, y las interminables trabas, confiscaciones y multas con que combatió a sus enemigos internos, acabaron por arruinar a la vez la navegación y el comercio. Los inmensos acopios de yerba acumulados en la capital, sin esperanzas de colocación, se utilizaron para cegar los zanjones de la vía pública; los barcos abandonados por sus dueños, quedaron a merced de la corriente. «El puerto de Asunción, dice Rengger, presentaba el aspecto de una costa donde habían naufragado cien buques». Y otro testigo refiere que «en la ribera de la capital se pudrieron sobre trescientos buques», agregando que los perjuicios a la navegación y al comercio podrían estimarse «en más de treinta millones en metálico y otros artículos».

En orden a la instrucción y a la cultura públicas, la acción de la dictadura fue también completamente negativa. Las grandes iniciativas del año 12, correspondientes a la junta gubernativa, ni siquiera fueron recordadas. Las escuelas elementales, cuya eficacia se aminoró sensiblemente con la supresión de los conventos, quedaron, por falta de protección gubernativa, pendientes de las contribuciones particulares. Y con la clausura del colegio de San Carlos, restablecido por la junta, desapareció el único establecimiento de esa índole existente en el país. Las bibliotecas de los conventos y las escasas bibliotecas particulares, se convirtieron en fábricas de naipes, utilizándose para ese efecto las hojas de los libros, por falta de papel. «Así se inutilizaron inmensas cantidades de libros, muchos de ellos quizás de mérito subido». Y como no hay noticias, ni es creíble que en aquel período se introdujeran otros libros o papeles impresos que los que recibía el Dictador, puede decirse que la distinción entre alfabetos y analfabetos tenía en aquel tiempo una importancia muy escasa, desde que no había nada nuevo que leer, y de lo antiguo apenas puede decirse que abundaran el «Año Cristiano» y «Flor Sanctorum», a que no parecía entonces aficionado la juventud asuncena, ni eran tampoco libros que mirara con ojos muy benévolos el descreído dictador.

Aquel diminuto centro, que no había conocido los relativos esplendores y refinamientos de otras ciudades ribereñas del mar, en frecuente contacto con el viejo mundo, poseía no obstante, en su sociedad sencilla, expansiva y hospitalaria, atractivos que compensaban su lejanía, aislamiento y pobreza. El carácter alegre y comunicativo de los asuncenos fue de antiguo proverbial, y las diversiones populares hallaron motivos y medios de más franca expansión desde que alboreó la independencia. Pero la dictadura apareció, de pronto, como una valla sombría que abatió paulatinamente hasta el regocijo público. Ni ruido ni movimiento. La última serenata que hubo en la Asunción fue seguramente la que en 1816 recorrió la ciudad vitoreando al caudillo Artigas, y ocasionó la prisión de músicos y cantores (2). Las procesiones religiosas estaban abolidas; abolidas las reuniones nocturnas hasta dentro de la iglesia. Y la influencia avasalladora del régimen dictatorial fue completando la empeñosa labor de inmovilidad y de silencio. Las casas eran a modo de cárceles voluntarias, en medio de aquel ambiente impregnado de las suspicacias del dictador. Casi nadie se asomaba a la calle ni abandonaba su domicilio, sino por breves momentos y rigurosa necesidad. Se hablaba en voz baja, hasta tras de los viejos portones asegurados con doble tranca. De las diversiones y fiestas apenas quedó el recuerdo; y «la guitarra, dice Rengger, compañera inseparable del paraguayo, enmudeció para siempre».

Presentamos los hechos tales como aparecen en los testimonios de la época, sin considerar sus causas, ni las circunstancias que influyeron en su mantenimiento. Mirados así esos hechos, dentro de su limitado marco, ofrecen la impresión de una esterilidad y monotonía desesperantes, en su obscuro y silencioso proceso.

Hubo ciertamente algunos intervalos, de intensas emociones, que agitaron momentáneamente la quietud de aquel remanso; trágicos intervalos, que culminaron con la fracasada conspiración de 1821. Pero esos interregnos, que sorprendían a la callada población con los chasquidos de los azotes en la «Cámara de la verdad» y el ruido de los fusilamientos en la plaza de Armas, afirmaron todavía más aquella característica invariable de la dictadura. Y sus efectos acabaron por repercutir fatalmente sobre el mismo gobierno. El dictador no tardó en percibirlos con creciente exasperación: sus medidas y sus vistas fallaban por todos lados, combinándose para acrecentar las dificultades y acentuar la esterilidad gubernativa.

Encerrado en su antro solitario, donde no llegaban las dulces palpitaciones de la vida; inaccesible al amor y a la amistad; con la obsesión perpetua del peligro nacional y un concepto extremado de su valimiento y de su poder; aquel ser extraño, de complejo carácter, no pudo observar con indiferencia el desmoronamiento paulatino del deleznable mecanismo con que quiso suplir la organización indispensable a una administración y a un gobierno. Las amarguras de su alma, atormentada por la impotencia y la vanidad, estallaban, a veces, en los airados monólogos que, según cuentan, interrumpían el silencio de su tétrico caserón. Y sus ecos fueron, sin duda, algunas de sus comunicaciones inéditas a los delegados de Itapúa y de Concepción, preñadas de contradictorios reproches y profundo desprecio por sus mismos agentes.


NOTAS

(1) M. S. del Archivo Nacional.

(2) En una carta al Dr. D. Juan Zorrilla de San Martín, que se publicó en “La Revista Histórica” de Montevideo. 3er. trimestre de 1912, hemos referido sucintamente ese episodio.


XXVI

LA ASUNCIÓN DURANTE EL CONSULADO Y EL GOBIERNO

DE DON CARLOS ANTONIO LOPEZ


La ciudad en 1840. -Los grandes demoledores del municipio asunceno. -Acción negativa de la Dictadura de Francia. - Iniciativas del Consulado. -Obras de defensa. - El primer edificio del Congreso Nacional. -Gobierno de D. Carlos Antonio López. - Importantes trabajos. - Los murallones de cal y piedra. -Nivelación y nomenclatura de las calles.- Construcción de edificios públicos. -Grandes obras que promovieron la vialidad y la comunicación externa. - El Arsenal. -La fundición de Ybycuí. -La primera línea férrea. - La flota nacional. -Progreso económico. -Instrucción pública. -Los viejos dómines Téllez y Quintana. - El educacionista Escalada. -Fomento de la instrucción. -La Academia Literaria. -Contratación de profesores europeos. -La Escuela de Matemáticas. -El Aula de Filosofía. -El Seminario. -Escuelas públicas y escuelas particulares. Establecimiento de una imprenta. -Los primeros periódicos. -Cultura general. -Difusión de la enseñanza.


A la muerte del Dictador, en 1840, la Asunción no difería mucho de lo que era un cuarto de siglo antes. Y si algún cambio se notó en ella, fue en sentido regresivo.

Es de suponer, ciertamente, que en tan largo espacio de tiempo, algún crecimiento se habría dejado sentir en los solares arrasados por la delineación dictatorial; y, que ajustado al nuevo plan, la ciudad presentaba un aspecto más regular. Pero, como la acción gubernativa había sido en otros órdenes, completamente nula, las condiciones del municipio no pudieron presentar ninguna variación favorable. Los testimonios de aquella época son concluyentes a este respecto.

«La situación de esta ciudad de la Asunción, escribía Molas, es sumamente desigual y trabajosa, por razón de que su piso es muy arenoso: esto lleno de zanjas que vienen de los suburbios y tienen arruinados muchos edificios, no siendo menos los que ha causado el mismo río en sus desbordes» (1).

Un mensaje gubernativo dirigido al Congreso en 1854, expone en forma aún más acentuada la situación en que se hallaba la ciudad, al desaparecer el Dr. Francia. «Habéis sido testigos oculares, dice el documento, del cuadro lúgubre que presentaba la República, al fallecimiento del Dictador... En lo material la capital y las villas todas ofrecían el aspecto más desagradable; templos apuntalados y amenazando desplomarse; cuarteles desaseados, incómodos e insalubres; casas particulares rodeadas de escombros próximas a arruinarse; las calles en su mayor parte oponían al tránsito hondos surcos que formaban los torrentes de las copiosas lluvias; el río con sus avenidas socavaban rápidamente la parte de la capital que mira al río» (2).

Tales eran los grandes demoledores del municipio de la Asunción que obraban libremente, al amparo de la inercia dictatorial. Los raudales torrentosos producidos por las lluvias abrían zanjas, ensanchaban las existentes, y socavaban los cimientos de las casas, favorecidos por el desnivel general de las bases de edificación; y las corrientes impetuosas del río, en sus grandes crecientes, colaboraban eficazmente en la obra por el lado de los barrancos. Esta labor incesante y sin contrapeso produjo, con el tiempo, modificaciones profundas en la primitiva zona fluvial de la Asunción, y sería difícil establecer hoy con exactitud la ubicación de algunos sitios históricos de la conquista y los desvíos que, en sus cercanías, sufrió el antiguo cauce del río Paraguay.

En 1840, la acción destructora de las aguas constituía ya un alarmante peligro, ofreciendo como comprobación inequívoca los escombros de un convento derruido por el desgaste de la ribera; y según Molas, «Si los jesuitas no hubiesen hecho una muralla al costado de su colegio, ni sus ruinas se vieran hoy» (3).

Felizmente, los gobiernos que surgieron, después de la dictadura de Francia, abordaron el problema con decisión, emprendiendo las obras públicas más necesarias e importantes del municipio asunceno.

Esa iniciativa le correspondió al Consulado de 1841, cuya cabeza era Don Carlos Antonio López y su brazo sostenedor Don Mariano Roque Alonso.

Las obras comenzaron con la nivelación y empedrado de las calles «que precisaban más pronto reparo», tarea preliminar que se realizaba por vez primera en la Asunción. Y siguieron después la construcción de otras que encausaron los grandes raudales de agua y de ramblas cómodas para los desagües a la ribera. Poco después se levantaba al norte de la ciudad, para defenderla de los avances del río, dos grandes murallones de cal y piedra, que son los que todavía sostienen los terrenos adyacentes al edificio del Congreso Nacional y se encuentran tan firmes y sólidos como entonces.

Otra obra municipal de importancia fue la creación de un cementerio general, en la Recoleta, fuera del radio urbano de la ciudad, proscribiéndose la costumbre de enterrar los muertos en las iglesias, y estableciendo un servicio de conducción gratuito para los pobres. Simultáneamente, se procedió al derrumbe de la iglesia de la Catedral, que ya estaba completamente en ruinas, y se comenzó su reedificación, trasladándose provisionalmente la iglesia matriz al templo de San Francisco. A esta misma época corresponde la construcción del primer edificio especialmente destinado al Congreso Nacional, que anteriormente se reunía en las iglesias (4); la instalación de una fábrica de fusiles y otra de pólvora; y la adopción de eficaces medidas para la seguridad del municipio y el mejoramiento del aspecto de la ciudad.

Extinguido el Gobierno Consular, a principios de 1844, sus iniciativas municipales fueron desarrollándose con creciente impulso, bajo la administración de Don Carlos A. López.

Las obras más importantes fueron, sin duda, los grandes malecones que se construyeron a lo largo de los barrancos, para preservarlos definitivamente de las avenidas del río y el desmoronamiento constante causado por los raudales. Comenzados, según se ha visto, durante el gobierno anterior, continuaron con el mismo plan de solidez en una escala mucho más vasta. En 1849 se hallaban terminadas siete de estas grandes murallas, que se extendían hasta cerca del puerto de la Rivera. Y pocos años después, el gobierno anunciaba la construcción de nuevas murallas en los puertos de la Aduana, de Marte y del Arroyo Jaén; y el comienzo de otra, de trescientas varas de extensión, para «asegurar los puertos destinados a la construcción de muelles de madera». Estos cinturones de piedra, cuya solidez ha desafiado victoriosamente al tiempo y al abandono de épocas aciagas, constituyeron la más urgente y eficaz defensa de la ciudad, y permitieron, en combinación con otras obras de desagüe, exterior y subterráneo, la urbanización de su hermosa zona ribereña, despoblada en gran parte anteriormente.

El gobierno dio el ejemplo con la construcción y terminación de varios edificios públicos, entre ellos, la casa de Gobierno y la Catedral --tal como hoy subsiste-- señalándose con tal motivo, la aparición de algunas casas de dos pisos. Y el Municipio de la Asunción, fue a la vez objeto de las medidas iníciales de su incipiente transformación: la nivelación general de sus calles, y la adopción de una nomenclatura de las mismas, que en gran parte se conserva todavía.

Las obras que acabamos de indicar, constituyeron los principales jalones de la ciudad, que se iba esbozando sobre la planta del viejo caserío asunceno. Pero esta formación fue, naturalmente, lenta. No podía ser el producto exclusivo de la acción de los gobiernos, sino el resultado de las energías del país. Estas energías estaban todavía aprisionadas por ligaduras formidables: en el orden económico por la hostilidad de Rosas, que estranguló el comercio exterior del Paraguay; en el orden espiritual, por las consecuencias de la estagnación, difícilmente reparable, en que dejó al país la dictadura de Francia.

Y fue sólo cuando estas tremendas ligaduras comenzaron a aflojarse, aunque no por igual, que la Asunción empezó también a moldear sus contornos de ciudad, dentro de los amplios lineamientos de su expansión futura.

En el desarrollo de la capital, como en el de todo el país, ejerció así marcadísima influencia la caída de Rosas en 1852. El comercio internacional, que en 1851 representaba apenas $ 572.000, se duplicó en aquel año. Paralelamente la Asunción fue creciendo, se llenaron poco a poco los huecos vacíos en las cuadras centrales y se perfilaron las calles con mejores edificios.

Al terminar el primer período de su gobierno, el Presidente López había iniciado ya la construcción de varios edificios públicos, entre ellos el destinado para la morada gubernativa, compuesta de dos pisos, al norte de la plaza 14 de Mayo. En 1854 anunciaba la conclusión del Palacio de Gobierno, igualmente de dos pisos, sobre la planta de la casa comenzada por el Cabildo de los Patricios y abandonada durante la dictadura de Francia. Numerosos templos se habían edificado o reparado durante este período en toda la República (5). En la capital se levantaron sobre sus ruinas, además de la Catedral, las iglesias de San Roque, de la Recoleta y de Lambaré, erigiéndose también un hermoso templo en la Trinidad, y renovándose la antigua iglesia de Santo Domingo, que bajo la invocación de la Encarnación, siguió como iglesia parroquial del distrito del mismo nombre. Nuevas construcciones, o ensanches y mejoras de las ya existentes, se emprendieron sucesivamente dentro del radio urbano. Y entre ellas, las más notables, que señalan las primeras manifestaciones del arte y el buen gusto en la edificación asuncena, fueron el Teatro y el Oratorio de la Asunción, verdaderos monumentos arquitectónicos, que quedaron desgraciadamente sin terminar y siguen todavía, después de más de medio siglo, ofreciendo su inconclusa y primorosa contextura a la admiración pasiva del municipio.

Pero las obras que más influyeron en el progreso económico del país y permitieron las fecundas iniciativas de aquel gobierno, fueron sin duda las que teniendo por base la capital de la República, promovieron eficazmente la vialidad y los medios de comunicación externa.

La acción oficial se destacó en este punto, apenas constituido regularmente el gobierno, después de la dictadura. Uno de los primeros actos del Consulado fue la reparación y continuación de los caminos de la capital a Lambaré, Recoleta, Ibyray, y varios departamentos; medidas que paulatinamente se extendieron a las regiones más apartadas y productivas, como los departamentos yerbateros, donde se abrieron extensas picadas, a través de la selva virgen, y se construyeron caminos carreteros con numerosos puentes (6).

Dentro de la capital, las obras relativas a la seguridad y mejoramiento de las vías públicas se iniciaron igualmente, como se ha visto, al advenimiento del Consulado, correspondiéndole al Presidente D. Carlos Antonio López su continuación, en proporciones más amplias y adecuadas al desenvolvimiento general del país. El puesto de la Asunción centralizó con tal motivo, importantes trabajos destinados a satisfacer las necesidades del comercio y del tráfico fluvial.

En 1855 estableció el gobierno cerca de la Ribera un arsenal de construcciones militares y navales, bajo la dirección del ingeniero inglés D. Guillermo Whytehead, con un selecto personal técnico de la misma nacionalidad. Era el primer establecimiento de este género «verdaderamente digno de su nombre», como dice Demersay, que se fundaba en el país.

Las construcciones se levantaron en la ladera de la colina que domina el puerto; y constaba de varios edificios, de arquitectura apropiada, donde funcionaban diferentes talleres, con máquinas movidas a vapor, «de los sistemas más modernos y reconocidos como mejores» (7). Uno de los departamentos estaba destinado a las maquinarias para horadar cañones. Y cerca del arsenal se instaló un gran taller de armería, para la confección y reparación del armamento del ejército.

La sección correspondiente a las construcciones navales, montada con idéntico esmero y solidez, comprendía los astilleros y espaciosos talleres para el trabajo de las maderas. Los materiales importados procedían de Inglaterra. El personal del arsenal, bajo la dirección mencionada, constaba de 250 oficiales y obreros, casi todos paraguayos. Sus trabajos, dice un contemporáneo, eran ejecutados con el mismo cuidado y habilidad que se observan en los mejores establecimientos similares de Europa. Y de allí salieron los primeros buques de vapor, construidos en el Paraguay (8).

Con anterioridad, el Presidente López había iniciado en el departamento de Ybicuí el establecimiento de una fundición de hierro, a fin de utilizar, como expresaba, ese metal, el más abundante en la República y el más provechoso por sus distintas aplicaciones. Los hornos se situaron al pie de la pequeña cordillera, cerca de un arroyo, cuyas aguas llevadas por un canal, servían de fuerza motriz a las máquinas, siendo su primer director el ingeniero D. Guillermo Godwin. Suspendidos los trabajos por falta de operarios competentes, reanudáronse después con un personal superior, contratado bajo la dirección de D. Augusto Liliedat; una guarnición militar, al mando del teniente Elizardo Aquino, fue destinada a las labores de la fundición; y a poco de instalado el arsenal, ambos establecimientos estuvieron en estrecha relación, recibiendo la usina notable impulso con la cooperación de los oficiales ingleses al mando del ingeniero Wyhtehead. A la par de proveer al país de instrumentos agrícolas y útiles industriales, la fundición contribuía con excelente producción al material de artillería: en 1857, catorce cañones de a veinticuatro, fundidos en Ybycuí, estaban ya listos para ser taladrados en el arsenal (9).

Por este mismo tiempo, se había tendido desde el arsenal hasta el murallón de la ribera, una línea férrea, destinada a «facilitar los transportes del muelle» y la cual fue el primer camino de hierro establecido dentro de la República. En 1857 anunciaba el gobierno la construcción de una nueva vía desde el muelle hasta la Aduana Central y el reconocimiento del trayecto más apropiado para su prolongación hasta Paraguarí. A mediados de 1859, se dio comienzo a dicha obra, bajo la dirección del ingeniero Mr. S. Padisson, con la cooperación de tres sub-ingenieros ingleses. Todos los artesanos y obreros, salvo el maestro de obras, que era inglés, fueron paraguayos, trabajando en los terraplenes las tropas del ejército, al mando de sus respectivos jefes. Los materiales empleados fueron el riel americano y las durmientes de quebracho. La estación del ferrocarril, construido entonces, es todavía uno de los edificios más amplios y bellos de la capital paraguaya.

Al extender hacia el interior del país el camino de hierro, que comenzó dentro de la Asunción, arrancando del Arsenal, era el plan del gobierno, a la par de promover el progreso económico de los centros productores, facilitar la comunicación de dicho establecimiento con la fundición de Ybicuí, compensando con ese poderoso medio de transporte la situación de la usina, un tanto lejana y desviada de las corrientes fluviales. Un ramal debía, en consecuencia, haberse extendido a dicho punto desde la estación de Paraguarí, con materiales preparados en los talleres nacionales (10). No alcanzó el Presidente López a realizar esté pensamiento; pero, cúpole apreciar ampliamente el vigoroso impulso que imprimieron las obras indicadas al progreso económico del país.

A fines de 1861 se inauguraba el servicio del ferrocarril hasta el pueblo de Luque. Y ese mismo año la armada nacional poseía once vapores, que se utilizaban para el transporte del comercio exterior, y de los cuales gran parte procedía de los astilleros nacionales.

El movimiento del puerto de la Asunción, que en el año y medio transcurrido desde julio de 1851 hasta fin de 1852, no pasó de 120 goletas de 40 a 80 toneladas, llegó a un promedio anual de 328 buques y 20.000 toneladas en el trienio de 1855-1857; movimiento que siguió en aumento, siendo de 403 buques en 1861. Y el comercio internacional, que representó $ 1.097.000 en 1853, fue de $ 1.437.000 en 1855, pasó de $ 2.700.000 en 1857, y alcanzó en 1859 a cerca de 4.000.000 de pesos oro.

A la par de esos hechos, cabe señalar el desarrollo que alcanzó la instrucción pública en la Capital de la República y en todo el país.

«Hasta los últimos años del Dr. Francia y durante los primeros años de los gobiernos subsiguientes, dice el padre D. F. Maiz, no hubo más que una escuela pública de primeras letras en la Asunción. Me cupo conocer a los célebres maestros de disciplina y palmeta Tellez y Quintana» (11).

D. José Gabriel Tellez ejercía la enseñanza desde el tiempo colonial, habiendo sido nombrado maestro de escuela, por el gobernador Ribera en 1802. El 11 de marzo de 1812, a raíz de las primeras reformas sobre instrucción Pública, la Junta Gubernativa le confirmó en su cargo, en carácter provisorio, por el término de un año, «mientras se proporcione otro sujeto de mayor idoneidad». Pero extinguida la Junta en 1813, el maestro Tellez continuó silenciosamente en su puesto hasta el fallecimiento del Dr. Francia, en cuya ocasión cúpole en los círculos oficiales inopinada resonancia, actuando como maestro de ceremonias en los funerales del Dictador (12).

Del maestro Quintana, nos ha dejado el Coronel Centurión, curiosos datos en sus «Memorias». Poeta, músico y relojero, tenía su escuela frente a su taller, bajo el patrocinio de una enorme cruz de madera, erigida en el fondo de un vasto salón, donde los alumnos deletreaban la cartilla o estudiaban el catecismo al cuidado de los «fiscales», que distribuían semanalmente las azotainas de reglamento, mientras el viejo dómine, encerrado en su aposento, componía relojes, hacía coplas o rasgueaba su guitarra.

A poco de establecido el gobierno consular, esa escuela central de primeras letras fue trasladada cerca de la parroquia de la Encarnación, a un nuevo local, «que se mandó edificar con todas las distribuciones y preparos necesarios», donde se educaban gratuitamente 233 jóvenes, y al que asistían los niños pobres con vestuarios suministrados por el estado (13).

«Hubo también por entonces, agrega el padre Maiz, dos escuelas particulares de enseñanza algo más avanzada. El presbítero Marco Antonio Maiz, más tarde Obispo Auxiliar del Paraguay, después que salió de la bárbara prisión de 14 a 15 años, a que le redujo el Dr. Francia, por haberse opuesto a su investidura de dictador vitalicio, estableció su escuela, en que daba lecciones de la lengua castellana y del latín; también de aritmética y moral religiosa; algo de historia sagrada, nada de nacional».

«La otra institución era de don Juan Pedro Escalada, notable educacionista argentino, que enseñaba los idiomas castellano y francés, geografía e historia general, la aritmética y geografía; lecciones también de religión y moral».

Escalada tuvo su escuela en el barrio de San Roque hasta 1859, en que la trasladó a la Recoleta, en el lugar donde se estableció después el Asilo de Mendigos. Su escuela pudo entonces admitir también alumnos internos. Y allí continuó el venerable educacionista hasta muy avanzada edad, habiéndole cabido ser por más de medio siglo el maestro predilecto de la juventud asuncena.

En cumplimiento de una de las disposiciones del Congreso de 1841, los cónsules López y Alonso crearon, el 30 de Noviembre de dicho año, la Academia Literaria, «como base de un colegio nacional», encomendando su dirección al presbítero Marco Antonio Maiz, que cerró su modesta escuela para hacerse cargo de dicho establecimiento. La Academia abrió sus cursos el 9 de febrero de 1842, con las cátedras de latinidad y castellano y bellas letras, a la que se agregó poco después la de filosofía, y constaba en sus comienzos con 126 alumnos externos y 23 internos.

Llevado a la Presidencia de la República Don Carlos Antonio López, en Marzo de 1844, la instrucción primaria siguió concentrando la atención efectiva del gobierno.

En la Asunción y sus cercanías se establecieron, durante el primer período presidencial, tres «casas de educación de jóvenes insolventes», de las que una funcionaba en la Academia Literaria; medida que se generalizó poco después en las villas y partidos de la Campaña, proporcionándose a los niños insolventes y huérfanos pobres, alojamiento, mantenimiento y vestuarios, y ocupándoseles fuera de las horas de clase, en la práctica de varios oficios.

Durante ese mismo período se creó en CebaIlos-cué, bajo la dirección de D. Miguel Rojas, una escuela de aritmética de carácter preparatorio, mientras se establecía otra especial de matemáticas a cargo de M. N. Dupuy, contratado para su enseñanza.

La escuela de matemáticas se instaló frente al actual edificio del Colegio Nacional, y comenzó a funcionar en 1853.

En febrero de 1855 llegó a la Asunción, contratado igualmente por el gobierno para la enseñanza pública, el escritor español Don Ildefonso Antonio Bermejo, que abrió ese mismo año en el local que ocupa actualmente la Policía, una escuela normal con crecido número de alumnos. Pero este ensayo fue poco feliz, ocasionando algunos actos de insubordinación. Disuelta la escuela, fundóse bajo la misma dirección el Aula de Filosofía, instituto de segunda enseñanza, cuyo plan de estudios comprendía seis cursos, con las siguientes materias: Gramática, particular y general, Historia, Geografía, Cosmografía, Literatura, Composición literaria, Filosofía, Francés, Catecismo Político y Derecho Civil.

De este instituto salieron los más distinguidos miembros de la naciente intelectualidad nacional, en la que se destacó el poeta y escritor Natalicio Talavera, desaparecido prematuramente, a causa de una mortal dolencia, durante la guerra contra la triple alianza.

Por este mismo tiempo existían también una casa de educación para niñas con el nombre de Colegio de María (14) y buen número de escuelas particulares, cabiendo citar a más de las ya nombradas, la de latinidad, del P. Maiz y D. Bernardo Ortellado, la del Padre Palacios, la del Dr. Gelly y un Colegio de la Compañía de Jesús, de enseñanza secundaria, regido por el Padre Bernardo Parez (15). En los últimos años de su administración, Don Carlos Antonio López resolvió la reapertura del Colegio Seminario, clausurado por el Dr. Francia, y cuyo restablecimiento había sido dispuesta por el Congreso de 1841, destinándosele parte de los bienes del extinto dictador (16).

El Seminario se inauguró con 12 clérigos de órdenes menores y sacros hasta el diaconado, que existían entonces, y varios alumnos externos. Fue su primer rector el Padre Fidel Maiz, cura de Arroyos y Esteros, quien llamó para secundarle al joven José del Carmen Moreno, que empezaba a destacarse por su preparación y contracción al estudio  (17). Ambos fueron, seguramente, en esa época, los miembros más ilustrados del clero paraguayo.

Poco tiempo antes el Presidente López, ajustándose a lo dispuesto por el Congreso de 1844, envió a Europa, a continuar sus estudios científicos y literarios, a varios jóvenes elegidos de los principales colegios de la Asunción, de los cuales cinco fueron destinados a la carrera diplomática.

La instrucción elemental estaba ya bastante difundida. En una estadística levantada a principios de 1857, figuran 408 escuelas públicas con 16.755 alumnos.

Al gobierno consular de López y Alonso le correspondió la iniciativa del establecimiento de una imprenta, cuya adquisición fue anunciada al Congreso en el Mensaje del 12 de Marzo de 1844.

Instalada la imprenta durante el primer período presidencial de Don Carlos Antonio López, fue desde luego un auxiliar eficaz de la enseñanza pública, reimprimiendo los libros útiles para las escuelas que fueron distribuidos gratuitamente. Una de las primeras obras editadas en la imprenta nacional fue La Argentina de Ruy Díaz de Guzmán, merecido homenaje al insigne criollo asunceno, primer historiador de estas regiones, que enalteció con su espada y con su pluma los orígenes de la nacionalidad paraguaya.

El mismo año en que se editó esa obra apareció El Paraguayo Independiente, primer periódico que salía a luz en el país, destinado especialmente a defender contra las pretensiones de Rosas la independencia del Paraguay, ratificada ya solemnemente por los representantes del pueblo el 25 de noviembre de 1842. El primer número del periódico, que fue semanal, salió el 26 de Abril de 1845 y el último, el 18 de Septiembre de 1852, después de reconocida la independencia nacional por la Confederación Argentina. Fue redactor de El Paraguayo Independiente el mismo Presidente de la República.

A los pocos meses de desaparecido ese periódico salió a luz El Semanario, que se ocupó con preferencia de asuntos económicos y de enseñanza, y cuya redacción estuvo, al principio, igualmente a cargo del Presidente López. Fueron también sus redactores el doctor Juan Andrés Gelly, ilustrado compatriota que regresó al país, después de prolongada ausencia en 1845, y el director del instituto de enseñanza, D. Ildefonso Bermejo. En 1855, se fundó, bajo la dirección de este profesor, El Eco del Paraguay, que continuó hasta 1857, alcanzando a 108 números. Otros dos periódicos hicieron también su aparición por este tiempo: La Época y después La Aurora, donde publicaron sus primeros ensayos los noveles escritores del Aula de Filosofía.

Tal fue, en síntesis, la situación que alcanzó en este período la instrucción pública, cuyo centro principal y propulsor era la Capital de la República.

«Las escuelas primarias, decía el Consulado en 1844, son los verdaderos monumentos que podemos ofrecer a la libertad nacional. La educación civil y religiosa formarán las costumbres de un pueblo que aspira a tener virtudes republicanas».

El gobierno de los Cónsules y el de D. Carlos Antonio López se ajustaron sinceramente a ese programa. Aún cuando la cultura superior no pudo tener mayor expansión en un régimen político aún restringido y provisorio, la enseñanza básica se elevó a un nivel respetable.

Los que han juzgado más severamente la situación política del país en aquella época, no han podido menos que reconocer ese aspecto de la gestión pública, que resumía una vieja aspiración del pueblo paraguayo.

«El mejor acto del Congreso, dice Washburn refiriéndose al de 1841, fue dictar una ley para la fundación de un Colegio del Estado. Los cónsules tomaron también tempranas medidas para establecer escuelas primarias no solamente en la capital, sino en todo el país».

«El gobierno, lo decimos en su elogio, escribía a su vez Demersay, se esfuerza en extender los beneficios de la instrucción». Y aludiendo a una disposición de 1861, que la suponía copiada del proyecto de M. Carnot, de 1848, agregaba: «He aquí, pues, que la instrucción primaria se ha vuelto obligatoria y gratuita en el Paraguay, cuyo gobierno -extraño contraste- no retrocede ante la aplicación de las teorías más liberales de los reformadores modernos». En realidad, don Carlos Antonio López, se adelantó en el hecho al Ministro de la segunda República de Francia, pues cuando el pensamiento de Carnot no pasaba de ser un proyecto, lo instrucción era ya obligatoria y gratuita en el Paraguay.

Si la emisión de las ideas seguía todavía sujeta a vigilancia, el cultivo del espíritu se hallaba libre de esas restricciones. «Estaba permitido, dice un contemporáneo, que condenaba, no obstante, aquella pertinaz censura, la introducción de toda clase de obras científicas o especulativas; así es que se leía en la Asunción a los autores más avanzados en principios políticos y económicos» (17). La estadística de la época comprueba esa aseveración. En los cuadros aduaneros de 1860, la introducción de libros figura con una suma casi igual a la de los muebles, que iban renovando también el interior de las viejas casas solariegas. Y paralelamente, el número de lectores acrecía de año en año. En 1862, cuando D. Carlos A. López bajó a la tumba, había en el país 435 escuelas públicas con 24.524 alumnos, número muy superior entonces al de otros Estados americanos, y al que no volvió a aproximarse e1 Paraguay sino 35 años después (18).


NOTAS

(1) “Descripción histórica de la antigua Provincia del Paraguay”.

(2) Mensaje del Presidente de la República D. Carlos A. López, de 1854.

(3) Mariano Antonio Molas. Obra citada.

(4) El edificio, con amplios corredores laterales, constaba de una sala de 54 caras de largo por 12 de ancho, y las oficinas correspondientes. El Congreso de 1844 inauguró sus sesiones en el nuevo recinto.

(5) En 1854 estaban terminadas las nuevas iglesias de Villa del Pilar, Villa del Rosario, Carimbatay, Unión, San Lorenzo del Campo Grande, Caapucú, Carayaó, y se proseguía la construcción de otras en el norte, en Carmen del Paraná, Dos Arroyos y Guazucuá. A la vez se había reparado la hermosa iglesia de Santa Rosa, en las Misiones, y las de Atirá, Guarambaré, San Estanislao, San Joaquín y San Isidro. En el mismo año el gobierno anunciaba la próxima construcción de un nuevo templo en Arroyos y Esteros.

(6) El camino de Villa Rica a los yerbales, a través de los montes de Caaguazú, tenía seis leguas de largo, doce varas de ancho y ocho sólidos puentes. La picada abierta en las selvas de San Isidro tenía trece leguas y un gran puente. Los Cónsules, López y Alonso comunicaron el Congreso la realización de estas obras en el Mensaje del 12 de marzo de 1844.

(7) A. M. du Graty. “La Republique du Paraguay”.

(8) El primer vapor fue el “Ypora”, de 226 toneladas y 70 caballos de fuerza, que fue lanzado al agua el 2 de julio de 1856. «El “Ypora”, decía el gobierno, es obra de paraguayos, bajo la dirección única del constructor inglés, Mr. Thomas N. Smith. (Mensaje del Congreso de 1857).

(9) La usina hizo en breve notorios progresos: en 1859 sus rendimientos figuraban entre las rentas públicas por la suma de 22.512 pesos oro.

(10) Mensaje citado de 1857.

(11) “Datos biográficos del presbítero José del Carmen Moreno”. Escrito inédito en nuestro poder.

(12) Véase nuestro artículo “El fin de una dictadura”, en “La Prensa”, de 1922.

(13) Mensaje de los Cónsules al Congreso Nacional 1842.

(14) L. Alfred Demersay. “Historie physique, économique é politique du Paraguay”. Tome II.

(15) Este Colegio, a cargo del jesuita nombrado y de otros tres, los Padres José Calvo, Fidel López y Manuel Martós, fue de corta duración. El Presidente López no permitió que vivieran en comunidad, bajo el estatuto de la Compañía, y dichos sacerdotes prefirieron abandonar el país.

El doctor Manuel Domínguez cita además en su Conferencia sobre historia de la enseñanza nacional, las siguientes escuelas particulares: “las del librero Cirio, Don Manuel Pedro de Peña, Juan Pablo Florencio, Ambrosio Florentín, un tal Demetrio, Ferriol, Isidoro Codina y De Cluny”. Una antigua escuela existía también, a cargo de un señor Cañete, según refiere el Coronel Centurión en sus Memorias.

(16) ...”Las temporalidades del Colegio Seminario... quedan a favor de este instituto y el gobierno, con el cargo de cultivar los estudios bajo un plan que pueda formar ciudadanos útiles a la Religión y al Estado... De los sueldos líquidos quedados por la muerte del supremo dictador, ciudadano José Gaspar de Francia, en cantidad de 36.564 pesos, dos reales... quedan aplicados a los fondos del Colegio Seminario, 12.000 pesos, con las alhajas de oro y plata de la misma pertenencia depositados en la Tesorería”. (Acta del Congreso del 14 de marzo de 1841).

(17) «Memorias del Coronel Juan Crisóstomo Centurión». Tomo I.

(18) En 1897 existían en el país 358 escuelas y 23.000 alumnos, cifras que duplicó en el siguiente decenio y siguió después en constante aumento, pasando de 90.000 el número de alumnos inscriptos en las escuelas el año 1924.

 


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LA CIUDAD DE ASUNCIÓN

Por FULGENCIO R. MORENO

Editorial Paraguaya

Director: FULGENCIO R. MORENO GONZÁLEZ

Casa América - Moreno Hnos.

Asunción - Paraguay 1968

 




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