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FRANCISCO (PANCHO) ODDONE


  DESTINO: CUENTOS VERDADEROS Y RELATOS IMAGINARIOS, 2000 - Cuentos de PANCHO ODDONE


DESTINO: CUENTOS VERDADEROS Y RELATOS IMAGINARIOS, 2000 - Cuentos de PANCHO ODDONE

 DESTINO: CUENTOS VERDADEROS Y RELATOS IMAGINARIOS

Cuentos de PANCHO ODDONE

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de [Asunción (Paraguay)],

Editorial Arandurã, [2000].

 

 

 

PROEMIO

 

«Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno».

 

 

Terencio

               

 

No soporto la solemnidad en ningún caso y menos aún en la literatura. Como decía el maestro Witold Gombrowicz, la literatura debe divertir y entretener. De otra manera, no sirve. Divertir es un término complejo que implica una encantadora excitación. Puede ser de horror o de placer, pero necesariamente se orienta hacia el descubrimiento del deleite.

Finalmente, el deleite es el objetivo natural de la faena cotidiana de hombres y mujeres sometidos al aburrimiento de esta edad sin gloria, donde la locura, aquella condición trascendente que exaltó Erasmo de Rotterdam, se entiende equivocadamente como un pecado y no como una virtud.

Lo cierto es que resulta imposible distinguir entre la realidad y la fantasía. Tampoco existe una razón inteligente para dedicarse a una tarea discriminatoria que sería, en cualquier caso, estéril.

La fantasía, la imaginación, la magia de la vida cotidiana, integran una nebulosa a la cual se le ha dado el nombre de DESTINO. Una acumulación de conductas que condicionan el papel que le toca jugar en la vida a cada hombre, dentro de una serie de acontecimientos que constituyen la trama del universo.

En la antigüedad clásica los griegos, que eran muy sabios, adjudicaron a los dioses la responsabilidad de definir el DESTINO de los seres humanos. Premiaban o castigaban. Otorgaban la fortuna, el  amor, el triunfo o el fracaso a quienes transitaban en la periferia del monte Olimpo.

En este mundo de paradojas, quieren asumir esa responsabilidad los políticos, los peluqueros y los tecnócratas de las multinacionales con el penoso resultado que está a la vista.

Con el objeto de restablecer el equilibrio universal, rescatando la condición humana de la mediocridad y la rutina, es que los escritores contamos historias fantásticas auténticamente reales.

Describimos la vida como es, con su magia y fantasía, para que el lector se divierta, se entretenga, y disfrute con deleite de la misteriosa ambigüedad del DESTINO.



 

 

«No hay fantasía tan frívola o extravagante como para no parecerme conforme a la inteligencia humana».

 

 

Michel de Montaigne

               





Enlace al ÍNDICE del libro "DESTINO: CUENTOS VERDADEROS Y RELATOS IMAGINARIOS" en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes  

EL ABURRIMIENTO DEL SEÑOR ARTEMIO

LA TOUR D'ARGENT

ESPIONAJE

LA CITA

DESTINO

CRÓNICA COLONIAL

EL COMISARIO Y LA SAMARITANA

EL JEFE

GRANDES MANIOBRAS

EL BOREAS

MI AMIGO EL GRIEGO

LA PAPA

EL HÉROE

EL RÉQUIEM DE MOZART



 

EL ABURRIMIENTO DEL SEÑOR ARTEMIO

El señor Artemio leía los Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. No estaba acostumbrado a introducirse en los textos esotéricos, pero pensó que a los cincuenta años debía intentar descubrir algunos misterios de la vida. No consideraba una pretensión insólita esta aventura del pensamiento, porque en realidad se trataba de una mera fórmula destinada a paliar su aburrimiento.

Continuaba soltero. Se había preocupado por asegurar una pequeña fortuna, heredada, que multiplicó sin proponérselo.

La vida ascética, austera y sin mayor inclinación hacia los deleites mundanos, había producido, además, un efecto multiplicador de los recursos acumulados, sin haber descubierto de qué manera podía gastarlos. Ese aspecto del necesario aprendizaje de la vida constituía para él una nebulosa impenetrable.

Por la ventana abierta de su cuarto entraba una brisa fría que se convirtió, en pocos minutos, en viento huracanado. El primer trueno de una violenta tormenta de primavera sonó en sus oídos como un mensaje indescifrable del más allá, región sobre la cual no tenía noticias específicas, aunque sí algunas presunciones.

La lámpara de su mesa de luz estalló y el cuarto, igual que toda la casa y el mismo barrio, como descubrió minutos después, se sumió en la oscuridad.

Era demasiado tarde para informar a la compañía de electricidad. Imaginó que algunos vecinos, con hijos y preocupaciones domésticas, a las cuales se había negado a lo largo de su vida, tendrían mejores razones para preocuparse y pedir auxilio.

Cerró el libro, se levantó de la cama y caminó en la oscuridad hasta  la cocina. Un intenso olor de cable quemado le anticipó que la heladera había padecido las consecuencias del siniestro. El televisor se negó a producir imagen o sonido alguno. No intentó siquiera que el equipo de música, con la radio incorporada, demostrara que podía cumplir la función para la cual había sido proyectado.

El desastre era total. Para su sorpresa, el teléfono había resistido la violencia del meteoro, como consecuencia de algún extraño misterio de la técnica sin explicación posible para quien la electrónica se limitaba a la posibilidad de enchufar un aparato o apretar un botón, para encender o apagar algo, que debía funcionar de alguna manera. Convencido de que no podría avanzar en el conocimiento de los Signos de la Ciencia Sagrada, el señor Artemio, incapaz de luchar contra la adversidad en una noche tormentosa, en que se le negaba cualquier posibilidad de comunicación con el mundo, se fue a dormir. Al día siguiente llamó a la compañía de electricidad y una amable telefonista le informó que el departamento técnico enviaría una comisión para comprobar el deterioro de los electrodomésticos, según la precisa terminología que utilizó la muchacha. Si habían sido afectados como consecuencia de alguna deficiencia técnica de la compañía, ésta se haría cargo de los gastos. Una buena noticia. Cuatro días más tarde el señor Artemio tiró la comida que guardaba en el refrigerador. No había podido escuchar las noticias y dejó de ver varios capítulos de la telenovela que lo tenía amarrado al sillón del living, durante sus silenciosas tardes de solitario.

Cada día llamó por teléfono a la compañía para reclamar la presencia de los técnicos. Finalmente al sexto día cuatro hombres vestidos con mamelucos verdes y con rostro ceñudo le exigieron sin amabilidad que les mostrara los equipos deteriorados.

-Hace una semana que los espero -dijo con timidez. El jefe del grupo le dedicó una torva mirada.

-¿Y qué? Tenemos mucho trabajo. Usted no es el único. Pero tiene luz, ¿no? ¿De qué se queja? Firme aquí.

El señor Artemio no quiso pensar qué hubiera ocurrido si no firmaba. Le sacaron el papel de las manos, le dejaron una copia y mientras se marchaban uno volvió la cabeza y dijo:

-Tiene que ir a la compañía, hacer una solicitud, lleve presupuestos de los arreglos, tres por lo menos, copia del contrato de alquiler, no es propietario ¿no? (lo miró con asco), también copias de las facturas pagadas de los últimos seis meses y... bueno, no sé qué más. Vaya y allá le dirán.

Se fueron. El señor Artemio se sintió vejado.

Dos días más tarde se presentó en el departamento de reclamos de la compañía con todos los documentos que le habían pedido los técnicos, además de la fotocopia de la cédula de identidad, el comprobante de no adeudar impuestos y una carta del propietario de la casa en la cual lo autorizaba a formular el reclamo.

Le dieron una tarjeta con la fecha de la presentación y un número.

-¿Cuándo cree que podré cobrar? -se atrevió a preguntar.

El empleado lo miró alarmado.

-Recién presenta todo y ya quiere saber cuándo va a cobrar. Qué frescura. Uno escucha cualquier cosa en este mostrador.

Le dio la espalda y se fue a su escritorio. Meneaba la cabeza mientras lo miraba todavía como a un animal exótico.

El señor Artemio llevó a arreglar los aparatos. Podía pasarse sin las noticias, siempre eran las mismas, también sin la heladera porque  compraba comida hecha en la rotisería, pero no podía superar la angustia de ignorar lo que ocurría con la heroína del teleteatro que acercaba un poco de emoción a su aburrimiento.

Un mes más tarde, después de innumerables llamados a distintas dependencias de la compañía decidió dedicarse personalmente a la búsqueda del expediente.

Empezó por la planta baja del edificio de diez pisos. Cuando no lo miraban con pena le contestaban con fastidio. Después de varios días de vagabundeo, su figura se incorporó definitivamente a la estructura de la compañía. El señor Artemio no tenía obligaciones, de manera que podía perseguir la errática ruta del expediente.

Se dedicó a recorrer pisos, oficinas y baños del edificio, lo cual le permitió introducirse en un mundo que podía presumirse árido, pero que insinuaba a cada momento la posibilidad de tornarse fascinante. Un mes y medio más tarde, abrió la puerta de una oficina desconocida, en un piso que no podría recordar. Un funcionario miraba atentamente el papel secante, enmarcado en una gran carpeta de cuero. La lividez de su rostro, alumbrado por la media luz de la lámpara de escritorio, no sorprendió al señor Artemio. Lo que sí llamó su atención, fue una casi imperceptible y ondulante línea de sangre que brotaba de su frente. Los ojos abiertos parecían los de un pescado muerto, impávidos y vidriosos. La mano izquierda permanecía apoyada en el escritorio. La derecha empuñaba todavía un revólver de gran tamaño.

Nunca había visto algo parecido en las oficinas de la compañía. Si bien lo que veía no era un pescado muerto, aunque lo pareciera, el hecho es que el señor funcionario estaba definitivamente muerto. Era improbable que protagonizara una representación teatral, en una compañía de electricidad, y tampoco podía tratarse de una broma, dedicada a alguien cuya presencia era totalmente fortuita y de ninguna manera prevista.

El señor Artemio cerró la puerta delicadamente antes de salir al pasillo. No por temor de que el difunto se molestara, sino para evitar llamar la atención.

Lo cierto es que precipitado a un horror desconcertante como consecuencia de ese inesperado espectáculo, en una confusa mezcla de ideas, asoció la muerte del desconocido con el odio que poco a poco, muy sutilmente, y casi sin ser consciente de ello, había ido desarrollando a lo largo de los pasillos de la compañía, mientras observaba los rostros indiferentes, sombríos, satánicos y torturantes de los funcionarios de la empresa.

Llegó a su casa con una extraña sensación de culpa y un profundo asco. Conservaba en su mente el recuerdo de ese rostro lívido, la desagradable imagen de la sangre sobre el escritorio, y la fugaz percepción de un blancuzco objeto indefinible que podía ser un papel estrujado, o restos de masa encefálica del funcionario, que había dejado de serlo de un modo abrupto.

La idea lo hizo vomitar con relativa oportunidad, porque había atravesado el living, tambaleándose por la angustia, y pudo llegar al baño antes que se produjera esa natural reacción sicofísica. Durante varias semanas evitó volver a la compañía.

El interés por las noticias reemplazó la pasión por el teleteatro. Lo que había visto no desaparecería de su memoria. Acentuó su horror la circunstancia de que nunca apareció la información del crimen o suicidio en los noticieros, ni en los diarios, gasto relativamente inútil que incorporó a su economía doméstica, porque quería saber quién era o había sido, el cadáver, y qué se conjeturaba sobre el origen de la tragedia. Porque Artemio supuso que se trataba de una tragedia.

Cuatro semanas después de ese extraordinario suceso ignorado por el periodismo, decidió volver a la compañía. Descubrió nuevas dependencias por las que presumiblemente había pasado, o estaría por pasar, su expediente. Los porteros del edificio y algunos empleados, empezaron a saludarlo con simpatía.

Tuvo la extraña sensación de que lo miraban, no como a un nuevo amigo, sino como a un cómplice. Se trataba de una idea fantástica. Absurda. Sin embargo se acentuaba por la convicción de que entre la gran cantidad de empleados que ocupaban el edificio, no era posible que nadie lo hubiera visto salir del lugar del crimen. Si es que se trataba de un crimen, porque el revólver estaba allí, al alcance de la mano.

Lo más torturante era que no podía preguntar nada. Eso lo obligaría a revelar su involuntaria participación en el trágico asunto. Además, la caótica rutina de sus averiguaciones sobre el expediente, hasta ese momento inútiles, habían tornado confusos sus cambiantes itinerarios en los diez pisos del edificio, aparentemente iguales, aunque alguno era diferente porque ocultaba un cadáver.

Dos semanas más tarde el señor Artemio parecía haber olvidado el episodio. Se preguntó más de una vez si no habría sido una fantasía, o una consecuencia traumática de la presión moral, a lo largo de ese fantástico viaje a través de la inconmensurable burocracia de la electricidad.

Acosado por la heroica determinación de encontrar la ruta correcta que lo aproximara al fin de la aventura, y respondiendo a la vaga indicación de que su tema podía estar en la oficina 1023 del quinto piso, marchó hacia el lugar señalado sin poder evitar el agobio de un profundo escepticismo.

No había oficina 1023, ni 1024, ni 1020, ni siquiera alguna que fuera contenida en un número que superara los tres dígitos cabalísticos. Preso de rabia y desesperación, abrió abruptamente la puerta de una oficina cualquiera.

Una señorita acostada sobre el escritorio, con la pollera recogida y las piernas levantadas, no hacía ningún esfuerzo para impedir que un señor, con los pantalones en los tobillos, luchara fieramente por introducir su sexo en el lugar que se había propuesto, mientras ella se pintaba las uñas y reía burlonamente. El funcionario, porque debía ser sin duda un funcionario, no alcanzaba la altura correcta para cumplir su objetivo.

La muchacha miró con indiferencia al señor Artemio y con el pincel del esmalte le indicó que cerrara la puerta.

El gesto lo hizo vacilar. No supo si la indicación de cerrar la puerta implicaba una invitación a permanecer, o a salir de la oficina. Optó por esta última alternativa y se dirigió al ascensor. Esperó un largo rato mirando de vez en cuando al fondo del pasillo. Quería saber si algún empleado abriría la puerta de la oficina, y en ese caso cuál sería la consecuencia.

El pasillo permaneció solitario y silencioso, hasta que un grito, originado en una garganta jadeante y enronquecida, que podía interpretarse como una expresión de triunfo, le indicó que el funcionario había logrado su propósito.

La puerta del ascensor se abrió, y el señor Artemio, todavía estupefacto, y acaso abrumado por la excitación aunque esos dos conceptos puedan interpretarse como contradictorios, oprimió la botonera con la intención de huir del lugar, respondiendo al objetivo de desembarcar en otro piso que pudiera acercarlo al expediente.

El edificio de la empresa de electricidad se convirtió para el señor Artemio, en la antesala del infierno. Como si esta idea casi mundana del destino final pasara, necesariamente, por las circunstancias límite de la vida.

El viaje en el ascensor pareció demasiado largo, aunque le resultó imposible establecer precisiones. Ignoraba en qué piso estaba la oficina del acoso sexual, en el caso de que de eso se tratara, porque ninguno de los dos, ni la muchacha ni el funcionario, parecían expresar alguna intención de resistirse.

Cuando el ascensor se detuvo, el señor Artemio salió a un estrecho pasillo apenas iluminado, por el cual corría un viento frío y denso. A pesar de la hora, eran más de las ocho de la noche, el señor Artemio se introdujo, a través de la única puerta abierta sobre el pasillo, en una amplia oficina iluminada como un escenario de comedia musical. Veinte hombres se movían con precisión alrededor de una docena de escritorios y de un aparato metálico, en el que pudo reconocer una impresora plana. Nadie pareció reparar en el intruso y la actividad continuó sin pausa. El desconocido visitante del crepúsculo recorrió los escritorios con pasos lentos, casi tímidos, mientras observaba si su expediente podía estar en ese extraño lugar, pleno de actividad, en una hora insólita para la administración de una empresa de electricidad.

Entonces descubrió, con cierta aprensión y una cuota inevitable de estupor, que allí funcionaba una imprenta y por los papeles que se acumulaban ordenadamente sobre los escritorios, la máquina parecía dedicada a fabricar dinero. Había visto una igual, en el último número de Mecánica Popular.

Los fajos de billetes color verde se apilaban sobre las mesas, después de ser contados en máquinas electrónicas de alta velocidad. La electricidad producida por la compañía, se aplicaba a una tarea que seguramente no había sido prevista en los estatutos.

Coincidiendo con esta perturbadora conclusión, un hombre le dijo que tomara asiento y esperara. La orden, porque eso pareció, contradijo y definitivamente anuló la imperiosa necesidad de salir corriendo. Trató de imaginar alguna fórmula que disimulara su presencia en ese lugar, pero no lo logró. El hombre le hizo un gesto que no dejaba dudas con respecto a su interpretación. Se sentó en una silla e intentó pensar si podía mantenerse al margen de lo que ocurría frente a sus ojos.

Dos movimientos, en realidad involuntarios y consecuencia del miedo, destinados a cambiar el curso de los acontecimientos, tropezaron con un gesto de fastidio de su guardián, porque en eso parecía haberse convertido el tipo que ostentaba, como dato distintivo, una pistolera colgando de su hombro, de la cual emergía como una flor ominosa, un revólver de grueso calibre.

Dos horas más tarde guardaron el dinero en grandes cajas de cartón, cubrieron con una manta la impresora, apagaron la mayor parte de las luces y se marcharon. El hombre de la pistolera le dijo:

-Cuidá que nadie entre. Mañana te veo.

El señor Artemio intentó hablar pero el otro hizo un gesto indescifrable, salió del salón y cerró la puerta con llave.

El señor Artemio buscó una salida. Había una sola puerta, la que había utilizado para entrar y estaba cerrada con llave. No había ventanas. Miró la entrada de aire acondicionado y fantaseó con la extraordinaria idea de escapar por allí, como había visto tantas veces en las películas de espionaje. La rejilla que cubría el túnel estaba muy alta y ya no era tan ágil. Recordó su expediente y llegó a la desconsoladora conclusión de que allí no lo encontraría. Después se puso a llorar.

Reflexionó que en realidad no necesitaba el dinero que la compañía debía pagarle por los electrodomésticos. Había sido un estúpido capricho.

Se acostó en el suelo, sobre la manta que quitó de la impresora, apoyó la cabeza en un paquete que contenía un millón de dólares y se quedó dormido.

Había vivido demasiadas emociones.

Cuando despertó, miró el reloj. Eran las seis de la mañana. No podía saber si había amanecido, porque no había ventanas. Le dolían los huesos como todas las mañanas, pero en este caso lo atribuyó a la situación. No había sido un descanso razonable, para los problemas que le producía el exceso de ácido úrico.

Una hora más tarde tiraron la puerta abajo. Una entusiasta comisión de más de diez policías ocupó el salón y llevó a cabo un inventario de las cajas que contenían el dinero. El señor Artemio quiso hablar con el que comandaba la partida. La respuesta del oficial no admitió ninguna réplica.

-Te sentás allí. No molestes. Ya me voy a ocupar de vos.

En media hora de trabajo silencioso y bien sincronizado cargaron las cajas y se las llevaron. El señor Artemio fue arrastrado hasta la puerta trasera del edificio, como consecuencia del movimiento general producido por el desplazamiento de los policías y no por una imposición expresa del jefe.

Dos camiones, con las cajas y los policías, se alejaron rápidamente del edificio bajo un tímido sol primaveral.

No obstante su inocencia, el señor Artemio comprendió que los policías robaban a los falsificadores.

El jefe se volvió hacia el señor Artemio.

-Te advierto -le dijo-. Hoy te salvaste, porque todo salió bien. Tu jefe se cagó y no apareció. Pero la próxima sos boleta.



 

LA TOUR D'ARGENT

Inés Pardo sabía que Carlos Rodríguez le haría una propuesta atractiva, diferente a la que se había convertido en rutina y no planteaba ningún enigma. Él proponía y ella decía que sí. Otras veces ocurría al revés. Carlos no solamente era apuesto y exhibía un natural buen humor, la trataba, como ella imaginaba equivocadamente, que debía ser tratada una reina. Era educado y gentil.

Inés no pertenecía a los Pardo descendientes del marqués del Valle de Oaxaca, que conservaban un palacio cerca de Chapultepec, incluido en las guías de turismo como clásico exponente de la cultura del virreinato. No pertenecía a la progenie de esos Pardo, ni a la de ningún otro Pardo, porque en realidad se llamaba Zunilda Cañete, y había nacido en los suburbios pobres de Puebla.

Enfrentada a la dura reiteración de los acosos sexuales, debió escoger entre la prostitución y alguna alternativa artística. Se dedicó al canto. Tenía una hermosa voz de contralto, educada con amorosa dedicación por un maestro de música que se enamoró de los sonidos, con igual pasión que de sus pechos turgentes, delicados, de regular tamaño, sin mezquindades ni exageraciones.

El maestro de música le evitó caer en brazos de amantes transitorios y venales, para lo cual la dejó caer en su propia cama, donde la inició en el deleite y la ternura del sexo sin apremios ni torpezas. Puede decirse que Inés Pardo o Zunilda Cañete, como quiera llamársele, se introdujo en el oscuro y a la vez luminoso mundo del sexo de la mano del profesor, hombre de vasta experiencia amatoria, desarrollada a lo largo de los compases de Vivaldi, Puccini y la  variada gama de compositores excelsos que, para su pesar, jamás imaginaron el encanto de arrullar la erótica sencillez de la muchacha.

El tiempo transcurrió con la levedad con que nos aproxima al destino, Inés enriqueció su voz y su experiencia, el profesor desapareció suavemente con cálida resignación, luego de un susurrado coloquio, en el cual se mezclaron con resonancias olímpicas, el espíritu y la materia. Había llegado la fama y esa tornadiza deidad suele ser ingrata, aunque no olvidadiza.

La diva, que ya lo era, organizó su nueva vida compaginando un delicado equilibrio entre el placer y el arte. Por suerte y por intuición había abandonado a los clásicos a favor de los compositores mundanos, de manera que se convirtió en una exitosa cantante popular. A los veinte años su exuberante belleza, componía una sorprendente armonía con su bondad natural, su buen humor y el imaginativo y delicioso pecado de la gula.

Su extraordinario apetito parecía contradecir la fina delicadeza de su figura, que se iniciaba en unas piernas perfectas, continuaba en las caderas estrechas y firmes y culminaba, antes de alcanzar definitivamente su rostro angelical, en dos bellos senos a los que nos referimos superficialmente al comenzar el relato, y que tendrán particular importancia antes de sumergirnos en el inquietante epílogo de la historia.

Carlos Rodríguez la esperaba en el camerino. Cuarenta rosas rojas patentizaban el espíritu caballeresco del enamorado, calificación arbitraria, forzada y absolutamente errada, con la cual se intentaría definir, al menos parcialmente, la encantadora, libre y divertida relación que los unía desde hacía un año. Cuando algún curioso preguntaba a Carlos si estaba enamorado de la muchacha, sonreía divertido. Es mucho más que eso, decía, respuesta que precipitaba  al impertinente preguntón en un mar de dudas inútiles y conjeturas innecesarias.

Inés había intuido con certeza. Carlos la invitó a Europa por treinta días, tiempo durante el cual el teatro permanecería cerrado para preparar la próxima temporada.

-¡Europa! -exclamó-, no puedo creerlo.

-Claro que puedes creerlo. No uses esa expresión de radioteatro. No es sincera.

-Te amo, Carlos.

-No, tampoco me amas, afortunadamente. Sólo somos muy felices juntos y eso ya es demasiado.

Se divertían con esos diálogos.

-Pero es nada más que un viaje a Europa. Somos y seguiremos siendo libres y amables.

La seguridad de contar con Carlos, agregaba una cualidad excitante al regocijo que implicaba la sensación de libertad. Carlos era un hombre peculiar. Inés era una mujer peculiar. En el deleite y la libertad estaba la clave de esa relación encantadora, extraña y no convencional. No necesitaban mentirse.

Una semana más tarde el avión de Air France aterrizó en el aeropuerto de París.

Eran los años sesenta. Los estudiantes todavía no habían tumbado a Charles De Gaulle, con el argumento de que el precio de los bifes y las papas fritas, en el comedor estudiantil, había aumentado cinco por ciento. Tampoco se había producido la multitudinaria inmigración de argelinos y marroquíes. París era, todavía, más parecida a lo que había sido antes, de lo que sería después.

El hotel era un palacio renacentista en la Rue Chambord, calle histórica por muchas razones. Los franceses, cansados de las guerras imperiales, después de Waterloo le ofrecieron la corona de Francia al anciano conde de Chambord. La rechazó porque el pueblo no aceptaba cambiar la bandera tricolor por la de flores de Lys. El conde quería volver al pasado e ignorar la bandera de la gloria, conquistada por los franceses en los campos de batalla de Europa y Oriente. Por su culpa debieron sumergirse de mala gana en la república.

Carlos contaba estas tristes historias mientras Inés, muy excitada, observaba el lujo delicado de la habitación, los cortinados de terciopelo, los cuadros del siglo diecinueve, la enorme cama con dosel, el baño con grifería de oro, la alfombra persa sobre la cual habría caminado, temblorosa, alguna amante del conde de Chambord. No tenía importancia para la muchacha que el conde hubiera muerto doscientos años antes. Era o había sido, un conde, y los condes siempre están presentes. Una observación aguda porque en París había más cosas que recordaban a los condes que las que recordaban a los republicanos.

Inés se desvistió sin recato, se mostró en toda su extraordinaria belleza juvenil, leyó en los ojos de su amante una obvia intención turbadora, se llevó un dedo a los labios ordenando suavemente silencio y se sumergió en la bañera como una diosa mitológica, envuelta en un vapor perfumado de almizcle, violeta y lavanda. Carlos no interrumpió el rito.

Habló por teléfono con Charles Duvall, propietario de la Tour d'Argent. Era su amigo desde que fueron compañeros en la Universidad de Lyon. Abogado y heredero de una familia aristocrática de provincia, se convirtió en propietario del restaurante más famoso, elegante y caro de París. La pasión por la buena comida lo había   —25→   empujado a la aventura gastronómica, a través de la cual proponía un estilo de vida que desaparecería irremediablemente, condenado por lo que de una manera genérica se define como progreso, confusa expresión cuyo significado verdadero y profundo no ha sido revelado.

Carlos había explicado a Inés qué significaba la Tour d'Argent. Tradición, elegancia, refinamiento, extraordinaria comida, excelente servicio y esa rara cualidad definida como distinción. La muchacha decidió prepararse, como para enfrentar el desafío de un estreno en el teatro de revista que conocía sus triunfos.

Carlos no había pensado en eso. Volvió al cuarto después de admirar una exposición de impresionistas en el lobby del hotel. No pudo creer lo que veía. La belleza natural de Inés intentaba esconderse, por ausencia de arte y no por pudor, bajo los complicados pliegues de una pesada exhibición de gobelinos que nada tenían que ver con la elegancia o la distinción. La pollera, exageradamente larga, condenaba al olvido sus bellas piernas y un complicado espiral de plumas y flores emergía de los delicados rizos como Pallas Atenea surgiendo de la cabeza de Júpiter. Era difícil imaginar de qué manera en tan poco tiempo, dos horas apenas había durado la ausencia de Carlos, se hubiera obtenido ese resultado. Nunca había visto una composición más ridícula. Inés se sentía feliz. Con un gesto provocativo apartó los colgantes de la parte superior del vestido de dos piezas y descubrió una blusa, eso parecía, con un amplio escote cuyo final desaparecía debajo de la cintura, por lo cual debía mantener el cuerpo erguido y evitar movimientos bruscos, porque como consecuencia de ese diseño arquitectónico inestable, los bellos, delicados, tersos y encantadores pechos de la muchacha que apenas soportaban la injusta y parcial condena al disimulo, podían derivar hacia el centro del pecho lo cual podía generar consecuencias dramáticas aunque previsibles. Más que respondiendo a una  organización formal y equilibrada, la ubicación de los pechos estaba sometida a una hipótesis ambigua. Casi todo estaba a la vista, y lo poco que sutilmente se ocultaba, no se sabe muy bien por qué absurdo prurito de pudor, multiplicaba los estímulos.

Lo cierto es que vivimos un mundo de realidades y no de sofismas culturales. El ridículo general desaparecía frente a la extraordinaria belleza particular. Al parecer, Inés cargaba con una torturada idea nacida en los suburbios de Puebla, de lo que podía ser una apariencia distinguida para concurrir a un lugar exclusivo. Circunstancia menor, en realidad, frente a su imagen, que podía definirse como explosiva. Carlos expresó su admiración sin retaceos. No se atrevió a preguntar dónde había comprado el vestido porque podía ser interpretado como un esbozo de crítica injusta.

A las nueve de la noche llegaron a la Tour d'Argent. Fue una entrada triunfal. Los dos Carlos, el mexicano Rodríguez y el francés Duvall, cruzaron una mirada de humor, comprensión e inteligencia. Con palabras sencillas y justas el francés alabó la belleza de la muchacha. Mientras se inclinaba ligeramente para besarle la mano detuvo por un instante la mirada sobre los hermosos pechos que pugnaban, impetuosos, por abandonar la precaria protección del generoso escote. Inés nunca había necesitado sostén y no habría de introducir ese adminículo innecesario y molesto, precisamente en París de Francia, lugar donde la admiración de la belleza, según le había comentado Carlos, ocupaba un lugar destacado en la cultura nacional.

Respondiendo a un gesto de Duvall un camarero sirvió dos copas de champagne de la Veuve Clicquot. Carlos ordenó una tercera para su amigo y anfitrión, quien le rogó a Inés que le permitiera elegir el menú. Los clientes del restaurante ocupaban más de la mitad de las mesas. Con crítico y admirado disimulo observaron a la muchacha. Los hombres la miraban sorprendidos y excitados por su radiante belleza, mientras las mujeres reprimían o expresaban en voz baja comentarios despectivos por su apariencia. Como en la mayor parte de los hechos humanos se imponía la ley de las compensaciones.

Pasaron los minutos matizados por una conversación alegre, distendida y regada con abundante champagne. Charles se sentía a cada momento más atraído por la muchacha, ante la mirada comprensiva y divertida de Carlos. El somelier llenaba las copas de champagne, Inés se sentía ligeramente mareada y observaba a los parroquianos del restaurante con curiosidad. Pertenecían a un mundo desconocido para la muchacha de los suburbios de Puebla, pero conquistable, reflexión natural para su naturaleza triunfadora. Advirtió a pocos metros una mesa redonda, cubierta de pequeños elefantes de cristal de roca de diferentes colores.

Habían comido una docena de ostras, y tres camareros llegaron con la comida principal, ordenada por Charles. Faisán en salsa de chocolate. Descubrieron las fuentes individuales de plata. El color, el olor y la fantasía del anticipado deleite destinado a satisfacer la natural y saludable gula de Inés, precipitó la catástrofe.

Se inclinó con violencia para oler el ligero perfume que despedía el faisán, adobado con las especias más sofisticadas. El gesto quebró la verticalidad que sometía imperiosamente la ubicación de los senos. El seno derecho surgió como una paloma tierna y palpitante de su prisión recoleta y se introdujo ligeramente en la salsa amarronada. Inés miró desconcertada. Charles le extendió a Carlos una fina servilleta de batista, que éste rechazó rápidamente, mientras enviaba, con una mirada alarmada, un mensaje a su amigo. Era el dueño del restaurante y debía estar acostumbrado a los accidentes. Charles actuó lenta y serenamente, con la presencia de ánimo que puso en evidencia Napoleón en la batalla de las Pirámides. Tomó con la mano izquierda el bellísimo seno de la muchacha y procedió a limpiarlo con la servilleta de batista, que la involuntaria cobardía de Carlos había rechazado en el momento de la sorprendente e inesperada crisis. Se demoró amorosamente en esa tarea y todos pudieron ver que la faena, concienzuda y prolija continuó, no obstante el hecho de que habían desaparecido los rastros de la salsa de chocolate y el faisán esperaba silenciosamente el final del drama. La extraña situación tuvo una prolongación inesperada. Charles guardó delicadamente el seno en el precario lugar original y con la misma parsimonia y un coraje que recordó a Julio César en la guerra de las Galias, tomó de su lugar el seno izquierdo, que jamás había tenido rastros de salsa de chocolate, porque no había ninguna razón para ello, y llevó a cabo la misma tarea con la servilleta en la mano derecha, mientras con la izquierda sostenía, innecesaria y amorosamente, el seno, el impoluto, al cual prodigó delicados y pulcros toques que terminaron, después de un prolongado y prudente cuidado, en medio del silencio sacramental del restaurante y la mirada despavorida, pero a la vez divertida de Carlos.

Inés no había intervenido durante la operación en un sentido o en otro. Aceptó agradecida la intervención del abogado gastronómico. Los camareros, silenciosos espectadores del ritual al que se había consagrado su jefe asumiendo la responsabilidad de comandante del restaurante, retiraron los platos y marcharon a la cocina en busca de una nueva versión del faisán, la misma, pero más moderna. Inés marchó al toilette. Se demoró fugazmente junto a la mesa de los elefantitos de cristal. Carlos y Charles evocaron antiguos recuerdos juveniles sin mencionar el episodio vivido recientemente, ni el procedimiento perfeccionista utilizado por Charles para superarlo. Eran dos caballeros mundanos, con la perversidad de la experiencia y la ligereza de espíritu de los dotados generosamente por la naturaleza, que conocen y aceptan la infinita variedad de los acontecimientos humanos. Inés volvió, y junto con ella el faisán. Esta vez dominó el espíritu de la gula y gozó de la comida, del champagne y de la conversación con una diáfana alegría excitada por las burbujas y el encanto de dos hombres distinguidos, divertidos y amables.

La comida se prolongó durante la sobremesa, en una involuntaria competencia de ingenio, alegría de vivir y críticas benignas al aburrido y brillante mundo de la burguesía, que había hecho mundialmente famoso al restaurante de la Tour d'Argent.

Cuando se despedían en la puerta del restaurante Charles le obsequió a Inés uno de los elefantitos de cristal de roca. Ella lo agradeció y lo besó fugazmente en la mejilla. Volvieron al hotel contentos y satisfechos.

Si bien Carlos no pudo olvidar la dedicación y la ternura con que Charles había limpiado, necesariamente o innecesariamente, los senos de Inés, era suficientemente hombre como para no mencionarlo. Su sentido del humor era más poderoso que los celos, que no sentía de ninguna manera, y que algún tonto podía entender como obligatorios.

Inés vació la cartera antes de desvestirse. Cayeron cinco elefantitos de cristal de roca.

-No pude resistirlo -dijo, con aire culpable-. Una vez me dijeron cómo se llamaba este vicio. ¿Cleptomanía, no?

Carlos rió a carcajadas. Tuvo la absoluta convicción de que debía amar a esa mujer. Al día siguiente envió un cheque extra a la Tour d'Argent. Charles también rió. El maitre, atento observador de lo que ocurría en el restaurante, le había comentado lo de los elefantitos.

 

 

ESPIONAJE

El croquis estaba adherido con cinta adhesiva al pizarrón del salón de reuniones del Estado Mayor.

Custodio, el ordenanza del coronel Martínez, recordó las palabras de su tío durante el asado en Areguá. «Las guerras pasan, no son frecuentes y hay que aprovecharlas».

Juan, el primo que vive en Encarnación, decía que el tío Eligio era un traidor, porque trabajaba en la embajada del Brasil, y era bastante claro que los brasileños verían con buenos ojos un eventual triunfo boliviano, en la guerra que ya duraba un año.

Pero Custodio sabía también que la vida es dura. Había empezado a comer todos los días, desde el momento en que el coronel Martínez le propuso que se enganchara y se convirtiera en su ordenanza. Ahora el coronel era ayudante del Jefe del Estado Mayor. Custodio tenía libre acceso al comando, y ese croquis, sobre el pizarrón, podía ser muy importante. Una tentación.

La línea inferior del croquis partía de algún lugar cercano a Encarnación, si es que el croquis estaba referido al mapa del país. Debía ser así, porque la zona del Chaco parecía un globo inflado hacia occidente, precisamente en el lugar en que los bolitas habían capturado algunos fuertes, y ahora retrocedían, empujados por el ejército paraguayo.

La línea terminaba cerca de Bahía Negra, donde estaban los depósitos de la Compañía Argentina Carlos Casado, protegidos de la aviación enemiga por la bandera de la neutralidad argentina. Allí se estibaban armas y alimentos. La cobertura servía. Cuando se acercaba un avión boliviano, el embajador argentino protestaba y amenazaba con la ruptura.

Eso decían los oficiales del Estado Mayor.

Otra línea partía de algún lugar cerca del río Parapití, y cruzaba el Chaco hacia la frontera brasileña, se sumergía en el Pantanal, y a partir de allí, bajaba abruptamente hasta un lugar que podía ser Mato Grosso do Sul.

La tercera línea tenía como punto de partida Asunción. No es que dijera Asunción, ni que ese croquis se correspondiera absolutamente con el mapa del país, pero era muy parecido y las líneas parecían unir ciudades importantes.

Una cuarta línea hacía una extraña y sugestiva curva que abarcaba tres ciudades del este, se proyectaba hacia el sur y luego enderezaba recta hacia el centro del territorio nacional, en una obvia orientación hacia la frontera boliviana.

Seguramente era un mapa de abastecimiento o un plan de marcha, para los cuatro cuerpos de ejército principales.

A lo largo de las líneas se consignaban letras y números que podían indicar horas. Evidentemente un cronograma.

Custodio se asustó. Lo que pensaba le parecía un crimen. Al mismo tiempo sabía que la oportunidad se presentaba una sola vez, como decía la tía Mencia, cuando recordaba al tipo que la había invitado a Río de Janeiro, proyecto que rechazó, porque suponía que quería abusar de ella.

Desde entonces no había encontrado uno como aquél, que quisiera abusar de ella. Los que lo habían logrado, no le llegaban a la suela de los zapatos. No había conocido Río y seguía viviendo en Ibycuí, vieja, cansada y sin escuchar propuestas.

Custodio minimizó la importancia del croquis, para que su condición de potencial traidor le doliera menos.

Lo copió en un papel de envolver pan y lo guardó debajo de la camisa. Sudaba y temblaba cuando apagó la luz de la sala.

Salió del cuartel, y sin detenerse en la casa de su novia Rosita, que lo extrañaría por su deserción, marchó hasta la casa del tío Eligio. El que trabajaba en la embajada del Brasil.

Esa misma noche, el coronel Souza, agregado militar de la embajada, se comunicó por radio con Río de Janeiro y transcribió las características del croquis.

Aprovechó lo que parecía ser una crisis inminente, para retener en la oficina a su nueva secretaria, una belleza con largas piernas, piel cobriza y sonrisa de Mata Hari, lo cual se correspondía perfectamente con la actividad específica del coronel, veterano oficial de inteligencia.

A continuación, solicitó una reunión informativa con el embajador, a quien le mostró el croquis. El diplomático pidió que no lo introdujera en las típicas infamias de los militares que trabajan en espionaje. Arrojó el croquis sobre la mesa del escritorio, y se acercó a la mesa bar, más atractiva para un buen diplomático, que los cuentos del coronel, y se sirvió un whisky. El coronel suponía estar trabajando para el Itamaraty indirectamente, o sea para la patria, de manera que hizo un esfuerzo y reprimió su indignación.

En lugar de haber sido recibido con entusiasmo por el representante oficial de su país, éste lo había agredido diciendo que su actividad podía entenderse como una infamia.

Despreciaba profundamente a ese civil oportunista, vividor y ambiguo, por un montón de razones que venían al caso, pero no perdería el tiempo en discutir. Con paciencia y tenacidad, se dedicó a  explicarle a ese ignorante estúpido, antipatriota y corrompido, que si los bolivianos llegaban al río Paraguay, el ejército brasileño podía avanzar hasta el mismo río, marchando desde el mar. Miró entusiasmado al embajador y concluyó triunfante: «Colorín colorado, esta guerra se ha acabado».

Durante la larga exposición del coronel, el mucamo del embajador arregló el escritorio principal. Sirvió whisky varias veces y fue clasificando las observaciones del coronel para hacer un informe, cumpliendo su misión como agente de espionaje de la misión militar argentina.

Había sido contratado por el servicio, dada su extraordinaria memoria fotográfica, de manera que tomó nota del croquis abandonado sobre el escritorio.

Sus idas y venidas pusieron nervioso al coronel, hasta que en un momento en que abandonó el salón, para traer otra botella de whisky, el militar hizo la pregunta que lo preocupaba.

-¿Ese hombre es de confianza?

-Como todo el personal que está bajo mi mando -dijo el diplomático, lo cual generó la tranquilidad que necesitaba el esforzado espíritu del jefe de la misión militar.

Esa noche trabajaron intensamente los servicios de inteligencia de los Estados Mayores de los ejércitos de Brasil y Argentina. Con la misma pasión inteligente y voluntad de entrega, el coronel actuó sobre su nueva secretaria, quien, además de convertirse a partir de ese momento en una amante extraordinaria, con méritos insospechados y fantasías sorprendentes, tuvo la serenidad necesaria para memorizar un importante material informativo, proporcionado por las fatigadas confidencias del coronel.

La secretaria trabajaba para la inteligencia norteamericana. Había sido incorporada a la faena informativa, no solamente por sus méritos eróticos, evaluados correctamente por el soldado brasileño, sino por su inteligencia y memoria.

Al amanecer, cuando el coronel finalmente se rindió, como consecuencia de la dura batalla nocturna, indudable anticipo de la expansión de la guerra en el Cono sur, la secretaria marchó a su casa, convocó al agregado militar norteamericano y le entregó el croquis, además de un puntual informe sobre los proyectos del Estado Mayor brasileño relativos al desarrollo de la guerra.

Había amanecido sobre el lago Titicaca, cuando el croquis llegó a la mesa de trabajo del Jefe del Estado Mayor del ejército boliviano, en ese momento rodeado por ocho oficiales nativos y cuatro alemanes, uno de los cuales usaba monóculo, posiblemente con el objeto de poner la nota clásica, tradicional en un junker representante de la imagen poderosa de la Gran Alemania.

El croquis fue objeto de variados análisis estratégicos y tácticos, según la ubicación de la transparencia con el mapa de Paraguay, fabricada con la velocidad del rayo por los eficientes auxiliares alemanes, adjuntos al comando.

A media mañana un avión de la Fuerza Aérea Norteamericana encendió sus motores en Panamá, mientras esperaba a cinco oficiales de inteligencia que fueron depositados sucesivamente en Lima, La Paz, Río de Janeiro, Asunción y Buenos Aires.

Otro avión, de la Standard Oil Company, con el jefe y subjefe del servicio de inteligencia de la empresa, despegó minutos más tarde del aeropuerto de Los Angeles con destino desconocido pero obvio.

La inteligencia argentina puso en movimiento sus estructuras operativas en Bolivia, Paraguay y Brasil y lo propio hicieron los brasileños con las suyas.

El agregado militar de la embajada paraguaya en Roma, encargado de la compra de armamento liviano, algunos cañones, varios aviones y dos cañoneras, recibió la inesperada visita del Secretario de Defensa de Italia. Se trataba de un acontecimiento extraordinario. El Secretario se había negado sistemáticamente a recibir al militar paraguayo. Esperaba primero que un buen amigo común lo entrevistara, con el objeto de saber cuál sería el monto de su comisión por la compra de las cañoneras.

Pero había recibido una comunicación urgente de Berlín, en la cual le informaban que el ejército paraguayo, apoyado por un aliado todavía no especificado, proyectaba una ofensiva inmediata contra las líneas bolivianas. Para confirmar su preocupación, exhibió el croquis que le enviara el jefe de la misión militar italiana en Berlín. El militar paraguayo miró atentamente el croquis. Insinuó una sonrisa de suficiencia, carraspeó y comunicó al excitado Secretario que si bien no tenía acceso a los planes de su Estado Mayor, a la vista del croquis la conclusión era obvia.

No dio más explicaciones. Su discreción estaba amparada por el secreto militar, como en cualquier «casus belli» y de esto se trataba. El Secretario de Defensa se fue sin saber si habría más compras de armamento y cuál sería su comisión por las cañoneras.

El Estado Mayor boliviano replegó una división blindada y adelantó dos que estaban a la vista de la frontera brasileña.

El Estado Mayor del ejército argentino ordenó a Fabricaciones Militares que acopiara sobre la frontera material pesado, y aprontara barcazas neutrales de Carlos Casado para transportar los equipos, todavía no solicitados, pero sin duda indispensables para la ofensiva prevista.

El Comando en Jefe del ejército brasileño ordenó apostar cuatro divisiones sobre el río Paraná, comunicó la consigna H2O que consistía en construir rápidamente varios puentes de pontones sobre el río, y distribuyó abundante cachaza a los jefes, oficiales y suboficiales, con el objeto de prepararlos para la batalla que tendría lugar en las próximas horas, de acuerdo a lo que revelaba el croquis obtenido por su servicio de inteligencia.

El Primer Ministro británico recibió el croquis a través del FBI americano y del Intelligence Service. Dada la complejidad del tema, por tratarse del Cono Sur, del acceso a los grandes ríos y frente a la hipótesis de posibles yacimientos de petróleo en el Chaco, ordenó a su embajador en la Sociedad de las Naciones, que planteara una enérgica protesta contra el gobierno de Alemania, por su injerencia en la zona, conducta con la cual violaba desaprensivamente los acuerdos de Versalles.

El Jefe del Estado Mayor del ejército paraguayo recibió una copia del croquis a las dieciocho horas, con un detalle circunstanciado del movimiento de las tropas bolivianas en el frente, de las tropas brasileñas en la retaguardia y del transporte de material bélico argentino, que no sabían en qué lugar ocultar sin llamar la atención del enemigo.

Convocó a los oficiales del Estado Mayor para las 18.30. Los nueve oficiales miraron atentamente el croquis. Uno de ellos advirtió que ese croquis era muy parecido a uno que había sobre el pizarrón, sostenido con cinta adhesiva.

Se miraron estupefactos. El Jefe del Estado Mayor preguntó quién era responsable de ese croquis.

El teniente Bogado, ayudante del coronel Sanabria, Jefe de Logística, se cuadró y espantó a los oficiales presentes con un rotundo: «Yo, mi coronel».

Después explicó que ése era el itinerario y el cronograma diseñado para organizar la actividad de la limpiadora de las oficinas del Comando.

Estaba cansado de tropezar, cada mañana, con el balde y el escurridor.



 

LA CITA

El hombre se apoya en la puerta de la camioneta y mira hacia el río. La isla parece el lomo de una ballena gigante, sobre la cual, por alguna razón misteriosa, el plancton, los líquenes y el musgo han desarrollado una vegetación impenetrable. Imagina que desembarca en la breve playa de arena amarilla y marrón, y se introduce en una lujuria de color, gritos salvajes y rumores imprecisos.

Sin embargo, hace lo que tiene previsto. Trepa al asiento de la camioneta, abandona el puente y sale de la ciudad atravesando barrios de innoble vulgaridad, con mojones de desperdicios acumulados en las esquinas.

La ruta a Asunción se muestra como una invitación al tedio. Un sol de fuego convierte el viento que entra por las ventanillas abiertas en el aliento espantoso del demonio, en el caso de que el demonio exista y tenga verdaderamente un aliento pestilente.

Cada semana recorre la ruta entre Asunción y Ciudad del Este. Compra productos en Argentina y los vende en Brasil. Sus camiones transitan por el territorio paraguayo. Todo es más o menos ilegal. Tiene lugar un extraño juego de conveniencias internacionales a espaldas de los códigos.

Se trata de un negocio marginal y relativamente fuera de la ley, por lo cual debe vigilarlo de cerca. Una vez por semana sigue los camiones, espera que crucen la aduana y entrega la mercadería al comprador, del otro lado del río, lo acompaña al banco y cobra su dinero. Es la parte buena del negocio.

Termina la operación y cruza el puente entre Foz de Iguazú y Ciudad del Este. Mira la isla y recomienzan las fantasías a las que pone  término de manera abrupta. Hace una rápida comida en algún restaurante sucio y mal atendido y pone la camioneta sobre la ruta. Debe volver a Asunción con el dinero, envuelto en papeles de diario y escondido debajo de una camisa en el bolso de mano.

Nunca desembarcará en la isla. Sería abandonar el mundo.

El hombre conduce a regular velocidad sobre la cinta gris del camino. Se introduce en las falsas inundaciones que fabrica el espejismo que se diluyen y desaparecen antes de ser alcanzadas. Como las buenas cosas de la vida, reflexiona.

Un ómnibus de turismo, a una velocidad igual a la de su camioneta no le permite avanzar. Debe esperar la oportunidad y no correr riesgos inútiles. La ruta es angosta. Insuficiente. Construida con la avaricia corrupta de gobiernos ladrones. El tránsito es una aventura incierta.

El camino tuerce en una larga curva a la derecha y ningún vehículo avanza por la mano contraria. Decide adelantarse. Hace un rebaje de velocidad para concentrar la potencia del motor y acelera. Cuando está pasando al lado del ómnibus ve la mujer parada sobre la banquina. Una figura alta vestida de negro. La cabeza cubierta con un pañuelo del mismo color, como el albornoz que usan las campesinas. Inmóvil, al lado de la ruta, quiebra el horizonte. El tiempo se detiene. El ruido del motor y el silbido del viento son reemplazados por un silencio abisal.

El hombre se da cuenta que ésa es la muerte. Mira al frente, hacia el camino. Un enorme camión ocupa la ruta. En un aterrado acto reflejo frena y se coloca detrás del ómnibus. Termina la dramática maniobra cuando el enorme Scania pasa a su lado produciendo una enloquecida reverberación de viento caliente que penetra en la cabina de la camioneta como una tormenta en el infierno.

Pasado el peligro mira por el espejo retrovisor. No hay ninguna figura vestida de negro. En realidad, no hay nadie. En todo caso desapareció, si es que alguna vez existió. Tiene la certeza de que ha visto la muerte. Un aviso extraño, sobrecogedor.

Una semana más tarde vuelve a Ciudad del Este. La misma rutina sin incidentes. Sobre la isla dos halcones planean soberbios, indiferentes al destino menudo de los hombres. Una súbita tristeza expresa la certidumbre de lo imposible. Nunca desembarcará en la isla. Es territorio transitorio de los halcones después de sus vuelos poderosos.

El hombre sabe que nada cambia y descubre la fatiga de vivir.

Con el dinero en el bolso de viaje emprende el regreso. La siesta es un lagarto inmenso que tapa el horizonte. Debe haber alguna manera de llegar a la isla. Pero no es bueno que esté cerca del puente, la gente le impedirá gozar de su intimidad y del vuelo de las aves. Detiene la camioneta en el lugar en que descubrió la negra figura junto al camino, en ocasión del viaje anterior. No tiene explicación para esta decisión inútil. Busca el rastro imposible de un acontecimiento inexistente ocurrido en otro tiempo. Debe encontrar alguna manera de llegar a la isla.

En ese momento, un camión intenta pasar un ómnibus de turismo y se enfrenta con otro, que avanza por la mano contraria. Para evitar el choque de frente el chofer desvía el volante hacia la banquina. Golpea con violencia la camioneta estacionada que estalla destrozada. El camión, tumbado en la cuneta, se arrastra a lo largo de cien metros entre el humo, el polvo, la exasperación de la tragedia. El chofer tiene la extraordinaria visión de un cuerpo que hace una extraña pirueta en el aire y cae con la ridícula y desalentadora desorganización de un muñeco de trapo. Poco después se inclina sobre el cuerpo roto del hombre sobre el barro de la cuneta.

Varios minutos permanece llorando presa de desesperación. No advierte la presencia de la mujer vestida de negro, la descubre fugazmente cuando la extraña figura se interna entre los matorrales.



 

DESTINO

El cartel indicaba 56 kilómetros hasta Cascavel y 235 hasta Foz de Iguazú. La vuelta a casa. Al mismo idioma, a los viejos sonidos y olores familiares. A la encantadora falta de eficiencia solidaria, acompañada de la seguridad de que, de una u otra manera, todo se puede y se resuelve, dentro de la relatividad de los hechos humanos.

El viaje desde Curitiba parecía interminable. El tiempo estaba muerto bajo el terrible sol de la siesta. El reflejo sobre el pavimento lastimaba los ojos y producía la angustiosa sensación de que la meta era todavía lejana. Que no había meta y el rugido del motor sobre el camino era una fantasía. El espejo serpenteante de la carretera trepó colinas, descendió por valles de esmeralda, bordeó sorprendidas estaciones de servicio.

Enigmáticos campesinos cubiertos con grandes sombreros de paja volvían la cabeza hacia el rojo resplandor del automóvil, que retornaba de la promesa de una fiesta fracasada y buscaba empecinado el aviso de la frontera.

Cascavel 56 kilómetros. Ignacio leyó el cartel mientras dejaba a su izquierda un campamento de vialidad, en el que enormes equipos amarillos, semejantes a exóticos dinosaurios mecánicos, otorgaban una cuota de civilización al paisaje, igual al que conocieron, trescientos años atrás, jesuitas y guaraníes, cuando elaboraron el proyecto que los condujo a la destrucción.

El auto descendió la cuesta y bordeó una colina cubierta de pinos y lapachos. En ese momento el crujido de misteriosas piezas móviles del motor terminó en una explosión seca, que grabó en la inteligencia   de Ignacio, en una fracción de segundo, la absoluta convicción del desastre.

Cualquier reflexión de orden práctico, que no se produjo, fue sustituida por una sensación profunda de soledad, abandono, coraje, escepticismo e irracional esperanza que generalmente agobia, estimula, derrota y hace vivir y morir, en un mismo tiempo, a los solitarios de la aventura.

El auto se detuvo. Ignacio continuó con las manos en el volante y los ojos fijos en un lejano espejismo sobre la ruta. Altas colinas cubiertas de vegetación escondían cualquier expresión de vida humana. Un pájaro gris voló hasta la cima de los cerros emitiendo extraños graznidos, que acentuaron la severidad del silencio. Ignacio pensó en la confusa definición de la palabra fatalidad. En realidad, no creía que tuviera un significado preciso. Millones de actos y omisiones lo habían conducido hasta ese lugar, en ese momento. Actos y omisiones propios y ajenos. Reales o imaginarios. Misteriosos.

No contempló la posibilidad de consultar a una sibila. Imaginaba, que habían muerto en un pasado irremediable. El mundo había cambiado, y la ciencia daba respuestas más ambiguas y menos satisfactorias que la mitología. La realidad era ahora menos ordenada. Imprevisible.

Ignacio hacía inútiles reflexiones, detenido como una minúscula partícula de polvo, en el centro mismo de la inmensidad de América.

Entonces vio por el espejo retrovisor un camión, que enfrentaba la selva y se disponía a trepar por la montaña. Descendió del auto y llamó a gritos la atención del conductor, cuando con una perezosa acelerada intentaba continuar la marcha. El hombre sintió curiosidad por el desconocido que gritaba y hacía gestos con los brazos,  como aspas de molino. El automóvil rojo humeaba lentamente por los flancos, como una pequeña locomotora fatigada.

Arriba estaba el pueblo. No muy grande, pero había un taller de reparación de autos. ¿Lejos? No tanto. Unos pocos kilómetros cuesta arriba. Claro, que podía llevarlo, y también le presentaría al patrón del taller. No podía decir que era su amigo. Tenía fama de buen mecánico. La sonrisa en la cara del camionero parecía una señal de nacimiento. Imborrable. Las orejas grandes y desproporcionadas también. Cuando Ignacio trepó a la cabina advirtió el olor a aguardiente barato y tabaco rancio que despedía el cuerpo de su providencial salvador.

El camión ascendió por un empinado camino empedrado, entre plantas cubiertas de flores y diversos colores. La sonrisa continuaba en la cara del camionero mientras observaba fijamente el camino, como hipnotizado por un laberinto que descubriera por primera vez.

El pueblo apareció de pronto. Como una revelación. La maleza florecida se abrió como un telón, para revelar lo que hasta ese momento parecía una quimera. Una fantasía de chofer borracho. La esperanza de un desesperado. Un pueblo con viejas casas de madera y unas pocas de material.

La avenida principal era ancha y desierta. Una meseta batida por el viento. Pasaron frente a la iglesia. Vieron gente sentada ante unos pocos negocios. No parecía importarles el sol inclemente, ni el viento abrasador, más intenso e insoportable que en la hondonada en que había abandonado el automóvil.

El camionero condujo lentamente hasta un extremo de la avenida principal. Un galpón de chapa definía su identidad con un cartel verde y amarillo: «Taller Mecánico los Dos Hermanos». Parecía un cementerio de autos abandonados. Algunos muchachos con vaqueros y camisetas de color indefinido, jugaban arrojando monedas  contra la pared. Negros, mulatos, rubios, caboclos. La caótica mezcla de genes que da al continente la fisonomía de su explosiva vitalidad. El guía golpeó las manos. Un tipo rubio de grandes bigotes, con las manos engrasadas, emergió como una aparición, del motor descubierto de un camión para transporte de ganado. Hablaron en un rápido y cerrado portugués provinciano. Ignacio imaginó que era el tema principal de ese diálogo incomprensible. La mirada larga, inquisitiva y fría del rubio, traducía su vacilación mientras tasaba el producto. Debía comprar o dejar pasar. Una sonrisa se insinuó debajo del bigote. Los ojos azules se achicaron provocando un montón de arrugas. El tipo había resuelto ocuparse del problema. Se volvió hacia los muchachos y gritó una orden. Uno subió a una camioneta y partió. El guía trepó al camión, hizo un gesto de despedida, se perdió en un recodo del camino que ya no era calle principal y descendió hacia la parte de atrás del pueblo, si es que un pueblo tiene parte de atrás o de adelante.

Ignacio quedó solo bajo el sol. Abandonado, expectante. Indeciso. Se preguntó qué podía pasar en ese pueblo desconocido, en una montaña desconocida, en un territorio que nadie llegaría a conocer jamás.

Se propuso no pensar en antes, sino esperar el después. El auto era de una marca francesa, los mecánicos eran malos en todas partes, la posibilidad de conseguir repuestos una hipótesis improbable. El tiempo que duraría el trabajo de reparación y su resultado, constituían un absoluto misterio.

Entró al galpón en sombras y encendió un cigarrillo. Observó las piruetas brillantes de las monedas, antes de estrellarse contra la pared.

Los muchachos hablaban y reían. Ignacio trató de adivinar qué podía ser tan gracioso. Había en ellos algo innoble, sucio, malévolamente  primitivo, casi demoníaco. Más profundo y condenable que la desprolijidad exterior.

La suciedad forma parte de la naturaleza de un taller mecánico. La ropa sucia de tierra y grasa, las manos de color indefinido, los pantalones rotos por arrastrarse debajo de los vehículos. Pero el ominoso clima deshumanizado que generaban a su alrededor, no tenía que ver con el trabajo ni con el descanso.

El rubio de bigotes salió de la oficina, en el fondo del galpón, con una caja de herramientas en la mano. La camioneta regresó con un pasajero. Seguramente el hermano. La razón social estaba completa. «Taller los Dos Hermanos». El nombre generaba una espontánea sensación de solidaridad. De trabajo constructivo y armónico. Colaboración fraterna con implicancias sentimentales.

No era lo que expresaban de manera ambigua, indefinible, oscura. Como si el nombre en el cartel, tuviera como propósito ocultar otra realidad. Inconfesable, odiosa, casi obscena.

Podrían haber dicho: Vamos a ocultar la vergüenza. Disimulemos. Evitemos que se den cuenta.

Ignacio tuvo la certeza de que el sol y la indefinible fatalidad conspiraban para inclinarlo hacia la sospecha y la irracionalidad. Eran sólo dos tipos que se ganaban la vida engrasándose las manos. Hasta podía ser que fueran buena gente y entendieran algo de mecánica.

En la camioneta iniciaron el descenso hasta la ruta, donde esperaba el agotado auto rojo. Ignacio relató lo que había ocurrido. En realidad, lo que había visto y oído. Abrieron la tapa del motor y comenzaron a estudiar el problema. Los hermanos hablaban entre sí, hacían conjeturas y desarrollaban teorías. Trataron de encender el motor. Se escuchó un ruido que amenazó con el éxito después que el gemido largo, angustioso, exasperante de la batería, pretendió obligar a un esfuerzo que el motor no estaba dispuesto a asumir. «Hay que remolcarlo». Habían traído un cable con ese propósito. Después treparon perezosamente la colina. Los rayos del sol caían verticales. La sombra era apenas una idea imprecisa que bordeaba la montaña, se apretaba debajo de los árboles y formaba dibujos extraños y variables debajo de los pies de los pocos peatones que marchaban a refugiarse en sus casas, huyendo de la impiedad del medio día.

«Esto será largo» -dijo el de bigotes. El hermano asentía. «Ahora hay que comer. Después habrá que desarmar y ver cuál es el problema. Si necesitamos repuestos va a ser grave. Aquí no hay». Hablaba consigo mismo, con el hermano, con Ignacio, con el mundo, con el abismo misterioso y diabólico de la mecánica. Se haría todo lo posible. Pero después de comer. No mencionó la siesta, que se hamacaba como una hipótesis ineludible en su voz arrastrada, campesina, colmada de falsas seguridades, que pretendía convencer a Ignacio que había acudido al lugar correcto, en el momento justo. Los mecánicos son iguales en todas partes. Soberbios, misteriosos, ignorantes, ineficientes, improvisados, solidarios y aprovechadores. La rueda de la fortuna y del azar.

Ignacio estaba entregado. Tuvo alguna noción de lo que podía ocurrir, a partir del momento en que llegó a ese pueblo. Ahora estaba convencido de que jamás podría especular con certeza sobre el momento de la partida. Comenzaba un largo viaje interior. Doméstico, esperanzado, desesperanzado, árido, errático, aburrido, excitante. Tal vez inútil, pero definitivamente irremediable.

Le dijeron que el tiempo era imprevisible. Que no se podía medir, afirmación metafísica asombrosa en boca de un mecánico serrano. Probablemente aludía a imponderables subjetivos que condicionaban la idea pura del tiempo, del transcurrir, de la inercia existencial.  Establecía una relación sutil entre la extensión de la vida humana y el tránsito, no solamente por la tierra, sino por el universo.

Quería significar que su tiempo, su trabajo, sería valioso. Más que valioso, costoso. Caro. Los hermanos preparaban el atraco.

Dejaron el auto en el taller y llevaron a Ignacio a un restaurante en el extremo del pueblo. Pasaron por la casa del rubio, quien le dijo a su mujer, una bonita joven, que llegaría tarde a comer. «Es un nuevo cliente» explicó, señalando a Ignacio. La muchacha lo miró indiferente. Como se mira la fotografía de un desconocido en una crónica necrológica. La emoción se le había muerto bajo el sol árido que agobiaba el aburrimiento. Sin esperanza de cambio. El futuro sería una machacona repetición del pasado.

En el restaurante, dos chicos servían los platos de comida, sin preguntar previamente lo que deseaban. La cerveza era también un rito que no requería preguntas ni respuestas. Ignacio se sentó junto a la ventana. Los vecinos disimularon su curiosidad. No miraban francamente. Cuando pasaban a su lado, con paso cansino, echaban un vistazo a la ventana. De paso, al forastero. Tomaban nota de su presencia sin comprometerse. Pusieron varios platos sobre la mesa. Carne, porotos negros, arroz, ensalada, farofa. «¿Cerveza?» «Sí». Correspondía la pregunta.

Descubrió la muchacha al fondo del salón, cerca del mostrador. Estaba sola. Sería una turista. De otra manera estaría integrada a los hombres y mujeres que se apretaban alrededor de las mesas, en medio de un estruendo sordo y continuado. La rubia lo miraba con sus grandes ojos azules, impávidos, inmutables, curiosos.

Ignacio se sumergió en lúgubres pensamientos.

La comida, la cerveza y el calor produjeron un resultado devastador. Pidió hablar con el dueño del restaurante y le preguntó cuál era el mejor hotel.

-El de la viuda. A pocas cuadras. Es limpio y tiene un televisor. ¿Se va a quedar mucho?

La pregunta pareció empujarlo a un abismo, donde lo único previsible era el torbellino alucinante de la caída. Le dijo lo que había ocurrido con el auto. El patrón lo miró con gesto fatigado: «Esas cosas se sabe cuándo empiezan. Nunca cómo, ni cuándo terminan».

La muchacha salió del restaurante cuando el patrón explicaba cómo llegar al hotel. El hombre advirtió su presencia y dijo:

-Usted tiene suerte. La señorita Estela vive en el hotel y seguramente va para allá. ¿No es así?

La muchacha dijo que lo acompañaría.

-Extranjero, ¿no?

Cada uno contó su historia. Ignacio repitió la de su auto. Estela era maestra. Contratada por la municipalidad y la sociedad de fomento. No había escuela oficial. Lamentó lo del auto.

-No es un buen lugar para encontrar soluciones técnicas.

La miró alarmado. Caminaban por las calles con empedrado irregular. Cambió de lugar el bolso de mano para tomar del brazo a la muchacha. Quiso evitar que tropezara, con sus tacos altos. Repitió la historia por tercera vez, ante la señora Herta que ensayó un comentario fatalista. Sencillamente dramático y veraz, como el formulado por el patrón del restaurante. «Entonces no sabe cuánto tiempo se queda».

La viuda, flaca y arrugada, blanca, casi traslúcida, a veces gris, tenía el perturbador aspecto de una aparición fantasmal. Todo era un monótono blanco y gris. Su piel, el pelo, la ropa, las paredes, el aire, los cuadros, el tiempo. Seguramente su historia. Nunca pudo saberlo. Sólo lo imaginó.

Estela era una imagen discordante, con su vestido de un intenso amarillo, que terminaba arriba de las rodillas.

El hotel, pulcro, parecía un hospital. Un cementerio íntimo, ascético y frío. Una especie de casa de velatorios como una estepa deshabitada. Le indicó su habitación. Podía elegir cualquiera. La única ocupada era la de Estela.

Ignacio se desvistió y se introdujo bajo la ducha. Dejó correr el agua sorprendentemente fresca sobre su cabeza, durante un largo rato. Quería olvidar el calor. Buscó explicaciones para hechos inexplicables, como si la rotura del motor respondiera a estímulos oscuros e indescifrables. Un enigma existencial y no un hecho fortuito, previsible o imprevisible, lógico en todo caso. Posible. Apenas la consecuencia de la destrucción de un mecanismo, como consecuencia de su propia actividad, o del esfuerzo continuado. El mismo episodio, en una ciudad cualquiera carece de importancia. Allí se traducía en angustia impotente.

Un rumor en la habitación vecina le recordó que era la habitación de Estela. Una hermosa muchacha. Se preguntó por qué habría terminado en ese pueblo. Una pequeña comunidad de blancos, en un continente de negros y mulatos. La expresión, terminada, no le pareció justa. ¿La habrían traído por rubia o por buena profesora? La ocurrencia le hizo sonreír.

Se acostó y durmió un sueño profundo, pesado, en el cual los misteriosos mecanismos del inconsciente buscaron evadirlo de una realidad que parecía incontrolable.

Despertó por los golpes en la puerta. El ruido fue penetrando lentamente en su conciencia. Advirtió que había oscurecido. Se puso un pantalón y abrió.

El rubio de bigotes lo miró con pena. La mentirosa formalidad solidaria con que se mira a un condenado. Sin brusquedad, como si fuera solamente el portavoz neutral de la adversidad, describió los detalles de la catástrofe. «Se quemó la junta del motor. La bancada tiene un agujero. Fue la temperatura. El termostato no funcionó. Por eso se quemó todo. Fundió, ¿sabe? Hay que traer repuestos de algún lado. Aquí no hay. Se lo había dicho. Se puede rectificar, en Cascavel. No sé cuánto puede demorar. Además, hoy es viernes. Tal vez el lunes vamos para allá».

Más detalles. Algunos repuestos pueden hacerse en el mismo taller de Cascavel. La voz del mecánico se fue perdiendo en el universo interior de Ignacio, que apenas escuchaba. Buscaba alternativas que no pasaran por la lógica elemental, que su interlocutor desarrollaba con minuciosidad. Con lúcido regocijo intelectual. «Tiene que ver, señor -concluyó-, acompáñeme al taller».

Ignacio terminó de vestirse y ordenó la poca ropa de cambio que traía en el bolso de mano. La Beretta quedó solitaria en el fondo. Ignacio controló la carga y la escondió en lo alto del ropero, debajo de unas mantas. Se peinó, guardó los cigarrillos en el bolsillo de la camisa, y marchó hasta la puerta del hotel. Era de noche y una ligera brisa intentaba barrer la tortura agobiante del calor. En el taller estaba el hermano del rubio y los muchachos que jugaban a arrimar monedas a la pared. Sobre una gruesa mesa de madera el motor del auto parecía un esqueleto destripado. Todos miraban fascinados. La luz en el medio del taller, sobre la mesa, y la presencia de los mecánicos, le daba a la escena una sugestiva fisonomía de quirófano. El cirujano mayor señalaba y explicaba. Los otros, serios y concentrados, aprobaban vagamente. La explicación era para el padre de la víctima, que llegaba lentamente a la convicción de que se trataba de un caso terminal. Los muchachos del taller ya no eran muchachos. Como si se hubieran convertido en hombres. Habían  perdido el aspecto relajado, infantil, irresponsable, de la mañana. No es que hubieran crecido. Tampoco se los advertía más maduros. La decrepitud moral de una vida innoble se expresaba en los rostros herméticos, duros, despiadados. Eran los mismos, pero otros. El sol se había llevado la apariencia juvenil y desenfadada de las cabezas despeinadas y las camisetas sucias. Bajo la violenta luz azul revelaban su verdadera índole.

El rubio de bigotes cuyo nombre, Paulo, fue dicho entonces por primera vez, intentaba con éxito generar el mayor desaliento con expresiones terminantes, simples, esquemáticas. Enfatizaba la ausencia de alternativas, la carencia de elementos técnicos y repuestos. Destacaba la imposibilidad de prever el tiempo que demandaría el trabajo, y arriesgaba las posibles soluciones al problema como fantasías remotas. La criatura estaba muerta y no se podía hacer un milagro.

Ignacio advirtió que Paulo también había cambiado. Su expresión, más que su rostro. Así como la mirada cambia los ojos de la gente, el muchacho saludable, solidario, sinceramente preocupado por encontrar una solución al problema, se había transformado, por sutil malabarismo de su arquitectura sicofísica, en un tipo frío, duro, experimentado. Más que maduro, despectivo y escéptico. Sin la menor generosidad para el extranjero, viajero solitario, frustrado por un manotón de la adversidad, en ese árido camino en las montañas, a igual distancia del comienzo y del fin, pero atrapado en la mitad del viaje.

Las palabras del dueño del taller ponían en evidencia una realidad demasiado terrible para ser absolutamente real. La complicidad silenciosa de la banda, tornaba más obvia esa circunstancia. Ignacio descubrió que el auto ya no le interesaba. Se trataba solamente de un objeto útil, ahora destruido. Una curiosa metamorfosis   —54→   lo había convertido en un pretexto. El tema último y primero. La condición circunstancial y efímera que enfrenta a los hombres, en la lucha por afirmar su vitalidad, urgiéndolos a cambiar las circunstancias que propone la adversidad.

El auto era una fórmula alrededor de la cual, algunos hombres se enfrentaban para definir sus objetivos. Egoístas, torpes, fútiles, generosos, apasionados, reales o irreales. El auto, el cadáver, generaba vida. Actividad, lucha, enfrentamiento, violencia. Tal vez muerte. Cuando nada puede hacerse, la alternativa consiste en cambiar el punto de vista sobre las cosas.

Querían que se fuera. En el camino podía tomar un ómnibus y marchar a la frontera para comprar repuestos. Durante su ausencia ocultarían el auto. Después lo mirarían con sorpresa y curiosidad. Comentarían el extraño reclamo de un extranjero sobre el destino del auto rojo perdido en la montaña. Gracioso y terrible. Infame y posible.

Sin embargo, no le propusieron que se marchara. El melancólico epílogo del extranjero recorriendo la montaña en busca del auto colorado, fue una licencia de su imaginación. Se le ocurrió cuando tuvo la certeza de que pretendían hacerlo víctima de una farsa. Pero les faltaba fuerza, crueldad, la decisión necesaria para hacerlo desaparecer.

Ignacio comprendió que no debía separarse del auto. En esa relación, hombre máquina, se fundaba la condición de su sobrevivencia. La gente del pueblo debía conocer la historia del extranjero y su máquina destruida, así como la relación con el taller de Los Dos Hermanos. Lo sabía el patrón del restaurante. También la viuda del hotel y Estela. Esa gente cobraba una nueva dimensión en relación con su drama. La popularidad del tema impediría que alguien tomara decisiones irreversibles. Si no resolvían el problema, la gente  del pueblo debía saberlo. Podía cambiar de taller, o remolcar el auto hasta Cascavel. Ignacio concluyó que debía hacer cualquier cosa, menos aceptar quietamente la revelación sobre la cual tomó conciencia bajo la tétrica luz del galpón. El enemigo había preparado la guerra mientras dormía. Debía recuperar el tiempo perdido. Paulo terminó el largo y desalentador monólogo. Ignacio se propuso desconcertarlo.

-Tengo hambre -dijo-, es viernes y hoy no se puede hacer nada. Mañana hablaré a mi casa. ¿Hay teléfono aquí, no? El fin de semana me da una oportunidad para pensar. De todas maneras ustedes encontrarán una solución. Traeremos los repuestos de Cascavel o de cualquier otro lugar. Ya veremos. No hay apuro. La vida no termina en un motor roto. Vamos Paulo, te invito a comer.

Sin esperar respuesta se volvió y marchó hacia la puerta.

Las palabras resonaron extrañas en el hermético silencio del taller. Los muchachos continuaron mirando estúpidamente el motor desarmado. Ignacio se volvió a mirarlos. Bajo la luz azul el galpón ya no parecía un quirófano, sino la sala de disección de la morgue. Todos abandonaron el lugar en silencio. Tomaron rumbos diferentes con cierta indecisión, aunque conocieran su destino. Con la imprecisa actitud de los feligreses que abandonan la iglesia.

Paulo no aceptó la invitación. El verdugo no quería confraternizar con la víctima. Una comida genera confidencias y puede concluir en la amenazadora posibilidad de la simpatía.

Ignacio fue a comer al restaurante que conocía. Los chicos que servían a los parroquianos le habían parecido simpáticos durante la mañana. Ahora veía en ellos una expresión maligna. Las palabras de recepción que pretendían ser amables, se le antojaron mentirosas. Falsas. Los imaginó dispuestos a conspirar con el cocinero  para que introdujera en la comida alguna sustancia agresiva, pudibunda, venenosa, destinada a acelerar la destrucción del forastero. Una etapa necesaria, antes que la banda del taller lo hiciera desaparecer definitivamente.

Comió sin ganas y la cerveza lo enfermó. Había muchos parroquianos. El ruido ensordecedor de las conversaciones se detenía cerca de Ignacio, creando en su entorno inmediato un abismo de silencio profundo, ominoso, vacío de toda condición humana. Estaba inmerso en otra dimensión, en el mismo lugar y al mismo tiempo. El asco le provocó deseos de vomitar. Llamó al patrón y le dijo que se sentía mal. El hombre se ofreció a llevarlo hasta el hotel. Demostró preocupación por su salud.

Ignacio descubrió, con lucidez de acorralado, que el patrón cumplía un rol en la conspiración. El objetivo sería robarlo y abandonar el cadáver en cualquier rincón de las colinas. Fingió aceptar la simpatía solidaria que le ofrecían, pero rechazó la oferta.

Caminó vacilante las pocas cuadras que lo separaban del hotel. Entró en la habitación, gris e impersonal, con el estado de ánimo de quien visita el nicho que le pertenecerá en el futuro. En el baño se desnudó y vomitó lo poco que había comido. Tomó una ducha prolongada, como si quisiera liberarse de la sutil tela de araña que envolvía su destino. Comenzó a temblar acosado por un frío intenso, insospechado en ese lugar, y en esa época del año. Sintió que el frío penetraba por la ventana, se alzaba del piso, descendía del techo blanco y opresivo y fue introduciéndose lentamente en sus huesos. Buscó con desesperación las frazadas que había visto en el ropero. Se metió en la cama cubriéndose con todas. El frío no cesaba y las frazadas parecían de escarcha. Apagó la luz para no ser observado. Estaba seguro que era espiado desde algún lugar cercano o remoto. Alguien debía observar su deterioro, para informar a quienes conducían  la conspiración. Ellos decidirían acelerar o retardar el proceso, para que el fin llegara en el tiempo y en el lugar adecuado. Ignacio había caído en una trampa cuyas insólitas e inesperadas alternativas fueron previstas mucho tiempo atrás. Antes que su propia existencia hubiera generado la caótica acumulación de miseria, pecado, grandeza, heroísmo y cobardía que modelan la condición humana.

Episodios imprevisibles que conducen a través de la vida y la muerte, escapan al tiempo real de la existencia. Somos sorprendidos en el camino. El azar, cruel o amable, nos empuja a tropezones por circunstancias que se definen como la edad del hombre.

Pensamientos pretenciosos e infantiles se mezclaban en su agonía hecha de sudor frío, miedo e impotencia. Concluía, con fatigada esperanza, en la convicción de que un motor roto no podía ser el punto de partida, el origen, la causa elemental de un proceso destinado a conducirlo a la destrucción, la decrepitud física y posiblemente la muerte.

Durmió azotado por terribles presentimientos. El sueño fue una suerte de vigilia inconsciente, de la que participaron los personajes, que en algún lugar de ese pueblo perdido en la inmensidad del continente, proyectaban el próximo acto del drama.

El sueño profundo, la imitación de la muerte, llegó de la mano de la madrugada y fue solamente un abismo negro, inmenso, una aproximación a la idea del absoluto, sin gente ni fantasmas, sin miedos ni alegrías, y se prolongó hasta bien entrada la tarde del sábado. Terminó cuando la viuda golpeó la puerta del cuarto y le preguntó si se sentía bien.

Recordó los episodios del día anterior. La noche colmada de malignidad y violencia, la certeza de su destino como víctima inevitable. No necesitaba nada. No saldría de la habitación.

La crisis comenzaba a ceder. El frío fue reemplazado por una intensa fatiga y un dolor agudo que se iniciaba en las articulaciones, y se extendía a lo largo de brazos y piernas, como si una extraña contaminación invadiera su cuerpo como anticipo del desenlace.

Estela golpeó la puerta que separaba los cuartos. Permaneció acostado sin responder. Los golpes, sin violencia, suaves y discretos, se repitieron. Finalmente fue hasta la puerta y la abrió. No tenía llave. La muchacha lo había escuchado durante la noche. No, no había gritado. Tampoco parecía el parloteo incomprensible de la pesadilla. Había oído un quejido doloroso, como la protesta angustiada e impotente de un niño con frío. No se atrevió a entrar. Golpeó suavemente la puerta, pero Ignacio no respondió al llamado.

-¿Qué pasa, Ignacio?

Volvió a la cama y la muchacha se sentó a su lado. Creyó descubrir en sus ojos una inesperada ternura. Se sintió incómodo. La puerta sin llave, el encuentro casual, la vecindad de los cuartos. Demasiadas coincidencias. Tal vez desempeñaba un rol en la conspiración. Tenía al enemigo a su lado. Ahora lo advertía. Miró aterrado a su alrededor. Estaba en una trampa.

Pero no debía ser así. Su mirada era de interés y afecto. Quizá estaba simulando. ¿Quién sabe? Intentó abrazarla torpemente y la muchacha se resistió. Sin violencia.

-No he venido para esto. Estoy preocupada. Parecés un chico abandonado. De alguna manera, yo también me siento sola -sonrió- no estoy buscando una aventura.

-Todos buscamos la aventura. Siempre.

-Puede ser. Pero en otras circunstancias. No en este clima de miedo que veo en tu cara. Lo escuché durante la noche.

-¿Cómo sabés que tengo miedo?

-No lo sé. Lo veo. Siento en tu mano que estás temblando.

No podía estar asociada al enemigo. Debía echar un ancla en la racionalidad, porque de otra manera terminaría loco. Estela era muy bella.

Le pidió que comieran en su cuarto.

-¿Por qué no? Vigilaré que no vuelvan los fantasmas. Vamos a jugar a las visitas. Me pondré un lindo vestido.

Le dio un fugaz beso en la mejilla y marchó a su cuarto. Cerró la puerta. Unos minutos después Ignacio escuchó correr el agua de la ducha.

Decidió preparar el contraataque. Aun en el caso de que Estela formara parte del bando enemigo, lo cual era tan probable como improbable, la adoptaría como un enlace con la realidad, una aliada por su mera presencia física. Involuntaria tal vez. Esas cosas se conocen cuando son irremediables.

Recordó lo ocurrido desde el momento en que se produjo el accidente. Los hermanos en el taller, las miradas de los mecánicos, los comentarios solidarios o indiferentes, las insinuaciones imprudentes, que apuntaban al desenlace inexorable.

Tomó un baño, se vistió y caminó hasta el centro del pueblo. Compró pan, jamón y queso, varias botellas de agua mineral y un cartón de cigarrillos en la despensa de un alemán, que lo observó con ojos vacíos, de un gris amarillento.

Volvió al hotel y pasó frente a la recepción sin saludar a la viuda. Entró en la habitación y cerró la puerta con doble vuelta de llave. Eran las nueve, cuando Estela golpeó suavemente la puerta, lucía  deslumbrante, con un vestido color verde agua que contrastaba con la piel dorada por el sol. Si cumplía el rol de instrumento del enemigo, era un instrumento irresistible.

Juntaron las mesas de luz, y distribuyeron las viandas en sus propias bandejas. Ignacio sirvió el cognac que traía en su equipaje.

Hablaron de la infancia, de la familia, de la ambición y de las frustraciones. De la soledad. La luz central de la habitación se tornó insoportable. Encendieron el velador.

Una cálida intimidad, coloreada por los reflejos cobrizos de la pantalla del velador, transformó la ascética y fría habitación, en un refugio de tiernas sensaciones. Ninguno supo quién tomó la iniciativa, tal vez fue solamente un impulso espontáneo aunque previsible. Ignacio la desvistió lentamente. Gozaba con su belleza. Estela mantuvo los ojos cerrados hasta que la inclinó suavemente sobre la cama.

Se amaron con ternura. Una entrega desesperada mezclada con lágrimas y besos.

Cuando descansaban uno junto al otro, tomados de la mano, Ignacio advirtió las lágrimas sobre su hombro.

No supo explicarlas. Después, desde el fondo de su agotamiento, en un lúcido retorno de su fuga, se abrió camino como por un túnel invadido por sueños destruidos, la convicción de que esas lágrimas expresaban culpa por la traición.

El enviado del enemigo introducido en su intimidad, había gozado, sentido, vivido y muerto en una caótica contradicción entre la misión que le habían encomendado y su naturaleza. Estela lloraba su destino.

Ignacio se propuso no revelar su descubrimiento. Tenía un secreto a su favor, que utilizaría en el momento oportuno.

Así transcurrieronlos cuatro días siguientes. Salía al caer la noche para comprar alimentos y volvía a encerrarse en la habitación, cuidando de trancar la puerta sin olvidarse de echar el pasador. Estela se introducía cada noche en esa rutina, cumpliendo el rol que Ignacio le había adjudicado como amante y traidora.

El cuarto día extremó las precauciones. Apoyó el respaldo de una silla debajo del picaporte, para que nadie pudiera forzar la puerta. El rubio lo visitaba periódicamente para informarle sobre los progresos que hacían en la reparación del auto. Ignacio escuchaba detrás de la puerta. No la abrió ni cuando Paulo pretendió mostrarle el presupuesto del taller que haría la rectificación de la bancada. No se dejaría sorprender. El sexto día unos golpes enérgicos, lo devolvieron a la abominable realidad.

La voz campesina del rubio sonaba enérgica. Casi imperiosa. «Está todo listo, señor. Se pudo hacer el arreglo. Tiene que probarlo usted. Nosotros ya lo hicimos».

Llegó el momento de la decisión. Durante muchas horas de insomnio, abrumado por una irreversible fatiga moral, fue armando el complejo rompecabezas, en el cual las piezas eran los actos que debía producir para dar el salto al vacío que no significaría la muerte, sino la oportunidad de sobrevivir.

Guardó la ropa en la bolsa de viaje. Se bañó y afeitó con deliberada lentitud. Quería manejar el tiempo. La oportunidad debía ser el motor de las circunstancias, para no ser arrastrado a la crisis como una marioneta sin voluntad. Se vistió y colocó la pistola bajo la camisa, apretada contra su cuerpo por el cinturón. Salió de la habitación y saludó a Paulo con una sonrisa. En la recepción pidió la cuenta. La viuda le pidió que volviera alguna vez. Era un buen pueblo para descansar.

El auto rojo lucía como una llamarada bajo los rayos oblicuos del sol, que penetraban por la claraboya del taller. Ese era el motivo. El punto de partida y el objetivo final. La condición del destino. Ignacio abrió el baúl trasero y guardó el bolso de viaje. Subió al auto y lo puso en marcha. Arrancó sin problemas. Aceleró varias veces y el rugido de bielas y válvulas le sonó a música celestial.

Descendió del auto y los hermanos lo invitaron a pasar a la oficina. Le mostraron la cuenta de gastos sin apremio, como quien tienta la distancia hasta el hocico del perro enfurecido. La previsión había sido correcta. Muchos cientos de dólares. La mitad del valor del auto. Ignacio hizo preguntas y los hermanos contestaron con tono profesional y didáctico. Todos sabían que la cuenta era un disparate, pero cumplían su rol con impavidez de jugadores de poker, apostando al pozo grande.

La rabia de Ignacio había quedado enredada entre las sábanas sudadas del hotel de la viuda. La rabia fue antes, cuando imaginó lo que se proponía la banda del taller de Los Dos Hermanos.

Todo estaba bien, aunque le parecía un poco caro. Provocó una reacción sincera y de buen humor: «No todos los días caen por aquí extranjeros desesperados, que deben continuar su viaje». Era cierto. Ignacio lo miró con simpatía. «Comprendo». Propuso que los hermanos lo acompañaran a probar el auto. En la ruta sabría si todo estaba en orden. Tenía que realizar un largo viaje y no podía correr riesgos. Era razonable. Subió al auto y se sentó frente al volante. Paulo a su lado, el hermano atrás.

Ignacio condujo el automóvil por el camino que había tomado el camionero que lo llevó al taller el día de la catástrofe.

En ese momento Estela llegó al taller. La dueña del hotel la había enterado de la partida de Ignacio. Desconcertada, herida por esa fuga sin despedida, quería mirar por última vez ese rostro de niño que casi había llegado a amar. Le señalaron el auto rojo al final de la calle.

Salieron del pueblo y treparon por la montaña cubierta por la vegetación de un verde intenso y brillante, salpicado de flores blancas y amarillas. En un recodo del camino, en la cima de la colina, Ignacio se detuvo. Dejó el motor en marcha y descendió maravillado por el paisaje. La belleza del valle se extendía hacia el oriente. A lo lejos advirtió pequeñas manchas parduzcas que revelaban la presencia de pueblos iguales. Los hermanos lo acompañaron. Permanecieron silenciosos a su lado participando de la emoción que lo embargaba, mientras aspiraba la fresca brisa de la montaña. Después se apartaron, en una actitud respetuosa hacia la concentración casi religiosa del extraño forastero, que contrastaba con la decisión de ocultarse en el hotel, sin gozar de la belleza del lugar. Ignacio sabía que juntaban coraje para la decisión final. Comenzarían el premeditado movimiento que terminaría despeñándolo hacia el fondo del valle.

Entonces se volvió. Advirtió un relámpago de comprensión en la mirada de Paulo, antes que recibiera el tiro en medio del pecho, lo que ocurrió un segundo antes que su hermano, de quien nunca supo el nombre, cayera abatido por otro disparo cuando corría hacia el automóvil. Los estampidos fueron parte del silencio. Una consecuencia del silencio, y de ninguna manera su interrupción. No fue un desorden en la armonía incorruptible de la tarde, sino el perfeccionamiento de un orden eterno, abismal, cósmico, del cual la vida era una parte insustituible, así como la muerte una condición ineludible y necesaria.

Arrastró los cuerpos hasta el barranco y los vio rebotar contra las piedras dibujando grotescas figuras que nada tenían que ver con la dignidad de la condición humana.

Había sido más eficiente que el enemigo. Le había torcido el cuello a la tragedia, haciendo que sus ojos eternos miraran hacia otro rumbo. Se sentía fatigado pero en paz. Descendió lentamente la colina buscando un camino que lo condujera a la carretera, sin pasar por el pueblo. Durante media hora transitó erráticamente por angostos caminos vecinales hasta que advirtió en el fondo del valle la cinta brillante del camino.

Una extraña exaltación lo empujaba con una mezcla de horror, vergüenza y compasión de sí mismo, hacia los dos hermanos y hacia Estela, derrotados y humillados en la lucha despiadada por la sobrevivencia.

Lanzó el auto rojo por la carretera huyendo de un destino que se había atrevido a cambiar.

El auto respondió a la presión del pie en el acelerador, en el límite de su máxima potencia.

El cartel indicador advirtió: «Cascavel 56 kilómetros». Pasó velozmente junto a un campamento de vialidad, donde enormes equipos amarillos descansaban como dinosaurios petrificados. Cuando se aproximaba al fondo de la hondonada oyó el estallido del motor. El terror lo destruyó como a un espejo roto. El auto se detuvo. Ignacio sintió un frío insoportable, como si un chorro de agua helada se derramara desde el cuello, corriera por la espalda y le apretara la cintura.

Enormes pájaros grises quebraron el silencio con sus graznidos, incorporando una cualidad desesperante a su soledad.

Miraba la faja plateada de la carretera, cuando fue sorprendido por un ruido inesperado. Por el espejo retrovisor vio el camión que enfrentaba la montaña. Bajó del auto y corrió a pedir auxilio.



 

CRÓNICA COLONIAL

El camarero resbaló, gesticuló con los brazos para recobrar el equilibrio, entonces la bandeja partió como lanzada por un discóbolo, imagen que de ninguna manera podía corresponderse con una cafetería. Los platos y tazas volaron en diferentes direcciones.

Una taza rebotó sobre el saco de un muchacho que miró sorprendido cómo se extendía sobre su camisa una húmeda mancha de café. Se quitó los pequeños anteojos redondos, sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y comenzó a pasarlo sobre el saco y la camisa. Mientras se dedicaba a esta operación inútil se volvió hacia el camarero, sentado en el suelo a su lado, en una posición exótica para ese lugar y le preguntó si se había hecho daño.

Paula lanzó una carcajada, reprimida por una mínima sensación de vergüenza. El muchacho la miró y sonrió. El camarero se puso de pie e intentó ayudar en la limpieza del traje. Paula quiso colaborar, pidió al camarero agua caliente para continuar la tarea, cada vez más inútil y pidió disculpas por la carcajada.

El joven, delgado y de mediana estatura, comentó que se trataba solamente de algo que podía ser reparado, aunque no en ese lugar ni tampoco en ese momento. El pelo castaño, enrulado a la moda, agregaba una cualidad infantil a su rostro de líneas finas y equilibradas. La mirada de un azul intenso, con un impreciso brillo de humor, tornaba inviable cualquier hipótesis de reproche. Con un estilo descontraído, buenas maneras y un ligero acento extranjero dijo llamarse Eddy Montt Stuart.

Paula decidió adoptarlo. Fue seducida por el dominio de sí mismo, su delicada belleza y la sorprendente indiferencia ante el desastre producido en su ropa por el involuntario resbalón del camarero. Era un hombre singular.

En las mismas circunstancias sus amigos hubieran exhibido otra actitud. Hijos privilegiados de una sociedad formalmente refinada y profundamente violenta, vivían convencidos de que la fuerza física, expresada en gestos y gritos, implicaba una explícita ratificación de hombría. La violencia resultaba la conducta necesaria para responder a la misteriosa agresión de las circunstancias.

En la situación de Eddy habrían reaccionado contra el camarero. Aun contra las tazas de café.

Eddy Montt Stuart, amparado por el dato impreciso de ser vagamente hijo de un alto funcionario de la Embajada Británica, se convirtió en una pieza insustituible en el brillante, ocioso y divertido mundo al que accedió de la mano de Paula. Participó de una intensa actividad social preservando su individualidad, sin asociarse plenamente a la manera de sentir y vivir de sus nuevos amigos.

El inglesito, decían, tiene su propio mundo, pero es simpático e inteligente. Sedujo por igual a mujeres y hombres, impuso su personalidad sin proponérselo, a través de una sutil e imprecisa energía que parecía surgir de una actitud pasiva, neutral, sin aristas ni fisuras, indiferente a los hechos que vivía y protagonizaba. Como si estuviera con sus amigos y también en otra parte. Parecía transparente y a la vez impenetrable.

Paula lo quiso saber todo sobre Eddy y la curiosidad se contagió a los otros miembros de la tribu.

El nuevo huésped de la comunidad accedió a satisfacer esa curiosidad, soslayando sus misterios personales. Una tarde relató historias viejas y nuevas, leyendas, tradiciones y costumbres de su país, ante un auditorio ligeramente hostil, después insólitamente atento y finalmente verdaderamente interesado, que siguió las alternativas de las aventuras protagonizadas por reyes, príncipes, amantes, duques y soldados.

Trágicos episodios guerreros y crónicas apasionantes de amores adúlteros, fueron relatados con melancólica precisión, como si el narrador aceptara que la memoria hubiera reemplazado la vida intensa de un bello y excitante mundo perdido. Un mundo en el cual parecía subliminalmente inmerso, pero que no podía rescatar totalmente por razones inescrutables.

Su padre debía ser un hombre del Intelligence Service. Un James Bond jubilado. Quizá un funcionario sacrificado por pecados ajenos, vinculados a la traición o al espionaje, que vivía su exilio moral en un recodo de Sudamérica, lejos de la corte y sin esperanza de retorno. Un soldado de Su Majestad en el ostracismo, después de cumplir con su deber.

Algunas historias cargadas de emoción generaron extrañas hipótesis sobre la vida de Eddy. En medio de una inesperada confidencia confesó que no conocía el Palacio de Buckingham. Su familia descendía por vía indirecta del escocés Duque de Stuart, quien en una circunstancia tormentosa enfrentó a Jorge V. La realeza, entonces más homogénea y menos liberal, no perdonó esa expresión de soberbia.

Los Stuart tuvieron prohibida la entrada al palacio hasta que Isabel II asumió el trono. A partir de ese momento las cosas cambiaron sutilmente.

La abuela Stuart fue invitada a tomar el té con la reina madre, pero no entró al palacio por la puerta principal, sino que debió utilizar una puerta lateral por la cual transitaron, en los últimos siglos, confidentes misteriosos, portadores de secretos inconfesables, adúlteros nobilísimos, conspiraciones frustradas y exitosas e insidias destinadas a corromper el poder. También usaban esa pequeña puerta lateral, los amigos ajenos al protocolo como la familia de Eddy, porque no obstante las cuentas pendientes, más aún cuando se trataba de cuentas reales, la historia no podía ser cambiada por la caprichosa voluntad de una persona, aunque esa persona fuera el mismo rey, desaparecido años atrás por muerte natural, para desdicha del imperio y por suerte para la familia Stuart. La justicia se restableció, y el perdón llegó, pero con limitaciones.

Eddy se convirtió en el centro de la actividad social del grupo de amigos de Paula. En toda reunión, cumpleaños, casamiento, aniversario o fiesta de rutina el inglesito, noble, aunque nunca lo dijo, encabezó la lista de invitados.

El conflicto entre los Stuart y la monarquía en los tiempos de Jorge V fue objeto de conjeturas. Un acertijo al que cada uno aportó variadas, ingeniosas e insólitas hipótesis.

Los más vulgares arriesgaron la opinión de que el Duque había huido con el dinero destinado a las actividades secretas del Imperio. Los románticos imaginaron a Jorge V entrando en la alcoba real, en el mismo momento en que el Stuart huía por la ventana, ante la consternación de la reina, no por la llegada del rey, sino por la huida del duque.

Las mujeres adherían a esta tesis y concluían con que un rey debía rodear sus actos de mayor publicidad, porque para eso era el primero entre los primeros y no debía correr riesgos inútiles.

No se atrevieron a comunicar estas razonables conjeturas a Eddy, porque no quisieron herir sus sentimientos, ni agredir su vena patriótica, cualidad natural en un inglés, más todavía cuando se trataba de un inglés descendiente de un duque, aun cuando fuera por vía indirecta.

El propio Eddy develó el misterio en un momento de debilidad, circunstancia a la que no escapa ningún hijo de hombre y mujer cualquiera sea su origen, noble o plebeyo.

La tradición adjudica la creación del Crepe Suzette a un episodio protagonizado por una amante de Jorge V, durante una noche de parranda real en París. El postre con que culminó la comida fueron los vulgares panqueques. Suzette, graciosa, apasionada y temperamental se habría sentado en la falda de su augusta majestad, y en un gesto imprudente destinado a abrazar la voluminosa y real humanidad de su amante, volcó sobre los panqueques el alcohol encendido de una de las lámparas que alumbraban la mesa del banquete. Los panqueques fueron sometidos a una inesperada y nueva cocción.

La consecuencia social y política fue que un nuevo producto enriqueció la gastronomía francesa hasta el día de hoy. Los Crepes Suzette.

El rey estimó que de todas las batallas libradas por los ingleses en Francia durante la Guerra de los Cien Años, ninguna había sido más heroica, original y creativa.

El episodio cubrió de gloria la imagen del rey y fue difundido por él mismo con relativo recato, por lo que fue conocido en Europa, Inglaterra y en un sector importante de Oriente Medio, donde el ejército de su majestad se batía con los afganos. Suzette fue inmortalizada.

Con mordaz ironía Eddy comentó que la historia verdadera, tenía una variante. El protagonista fue el octavo duque de Stuart y no Jorge V.

Si se hubiera tratado solamente de reivindicar méritos por la victoria en una batalla, o destacar el acierto en la firma de un convenio con los prusianos, para defender los intereses del imperio en Oriente, Stuart no hubiera discutido la paternidad del asunto. Pero se trataba de Suzette y de la introducción de una revolución gastronómica en el mundo moderno.

La soberbia del duque pudo más que la devoción al imperio, la obediencia al rey y la necesaria humildad frente a las tradiciones que caracterizaron la conducta libre, heroica y valerosa de los aristócratas de la rubia Albión.

Con condenable inmodestia revindicó su participación en el episodio. Se trataba de su amante y no la del rey. Fue su falda el lugar en que Suzette decidió recalar su trasero con entusiasmo, y fue también su dinero un protagonista importante porque el duque pagó la fiesta, lo cual no era poca cosa para un escocés. El rey Jorge, fue solamente su ilustre invitado.

El ingrato episodio colmado de valores imponderables, creó un abismo entre los Stuart y la corona, hasta que Isabel II decidió olvidar la afrenta y tendió un puente generoso destinado a acercar a las familias, pero oficializando la versión propalada por el rey Jorge. Los Stuart traicionaron la memoria de su antepasado por amor a la soberana y aceptaron la versión oficial. Un té con la reina madre en el palacio de Buckingham valía el sacrificio. También justificaba la vergüenza.

Eddy terminó el relato y hubo un brillo particular en sus ojos, algo parecido a las estrellas que titilan en la mirada de los actores, durante los primeros planos, en las escenas dramáticas de las películas norteamericanas. Eddy se emocionó con su propio relato. La tradicional flema británica lo había abandonado.

Se produjo un silencio tenso como el que separó durante varios años a las dos grandes familias británicas. Los Crepes Suzette adquirieron una nueva dimensión y todos fueron conscientes de la profundidad del drama de los Stuart.

Otro día Eddy comentó que Dios había puesto a los ingleses en esa pequeña isla para que construyeran un imperio. Le recordaron la  condición de los nativos sometidos y explicó que durante la construcción del imperio, no había tiempo para tratar de entender a los nativos. Pareció una expresión de soberbia, pero fue dicha con naturalidad, como quien puntualiza un mero dato objetivo.

Eddy desaparecía con frecuencia. Cuando volvía a comunicarse con Paula, no era posible saber en dónde había estado, aunque sugería viajes por el interior del país en compañía de su padre, el misterioso funcionario de la Embajada Británica.

En una oportunidad Paula lo llevó hasta su domicilio. Eddy tocó el timbre en una puerta lateral de la embajada, alguien que Paula no pudo ver desde su auto, abrió la puerta y el muchacho se introdujo en el edificio mientras saludaba con el brazo en alto a modo de despedida.

El inglesito fue el niño mimado de la sociedad porteña. Se lo encontraba en partidos de polo, inauguraciones de discotecas, exposiciones de pintura, presentaciones de libros, fiestas privadas, excursiones a estancias vecinas a la capital.

Fue invitado a participar de dos cacerías en San Martín de los Andes, en el establecimiento de un alemán que había montado un sofisticado negocio de caza para turistas ricos, donde tuvo el excepcional privilegio de disparar primero a un ciervo escogido para la ocasión. El alemán explicó que si bien sentía una profunda antipatía por los ingleses, era respetuoso de las jerarquías y a su establecimiento concurrían muchos burgueses millonarios, pero muy pocos aristócratas verdaderos.

Eddy se alejó nuevamente, como hacía con frecuencia.

Paula organizó una fiesta sin ningún motivo especial, aunque vivió secretamente el proyecto como un homenaje al descendiente del duque de Stuart. Lo amaba. No solamente por su calidad humana,  educación, cultura, buenos modales y estilo, le resultaba imposible ignorar que se trataba de un miembro de la realeza, ligeramente desplazado, pero con un linaje de centenares de años según había averiguado en la Enciclopedia Británica en el capítulo dedicado a los Stuart.

Llegó el día previsto para la fiesta y Eddy no se comunicaba. Paula comenzó a desesperar, de manera que tomó una decisión heroica. Fue hasta la Embajada Británica y oprimió el llamador en la puerta principal. Demoraron en atender pero finalmente se abrió la puerta. Un hombre grueso, rubicundo y con una sonrisa que le dividía la cara de hipertenso, le preguntó en qué podía servirle. Paula supo que era el portero, deducción verdaderamente obvia si se acepta que los porteros usan mandiles a rayas en las horas de trabajo y llevan un plumero en la mano como en este caso.

-Busco al señor Montt Stuart.

-¿A quién?

El rostro del portero varió de la simpatía espontánea a la intriga sospechosa.

-¿Quién dijo, señorita?

-Al señor Montt Stuart.

La voz inicialmente imperativa de Paula descendió unos decibeles. Impaciente por saber algo de Eddy tal vez había penetrado frívolamente algún secreto de la misión.

-Debe haber algún error. En la embajada no hay nadie con ese nombre.

Paula advirtió que su interlocutor se expresaba con un fuerte acento italiano, mientras movía el plumero con el cual proclamaba su condición de empleado de menor jerarquía. Este tano no participa  de la vida confidencial de la embajada. Es solamente un mucamo, se dijo con impaciencia.

-¿No hay otra persona que pueda atenderme?

La voz recuperó el nivel de los decibeles.

-No señorita. Si usted se refiere a los funcionarios, trabajan por la mañana. El único que está es el embajador, pero no puedo ir a decirle que buscan en la embajada a una persona que no es de la embajada, que eso es lo que respondo, pero insisten. El embajador, si me recibe, pensará que estoy loco. Llevo muchos años trabajando aquí y no quiero que me despidan.

Paula se sintió impotente a la vez que intrigada. El tano era un muro impenetrable.

-Pero yo -vaciló- he traído a Eddy varias veces.

-¿Eddy?

Al portero se le iluminó la cara.

-¿Cómo dijo que se llamaba ese señor?

-Montt Stuart.

-Debe ser una confusión -reflexionó el portero-. Aquí hay un Eddy. Pero no se llama como usted dice, Eduardo Esminitrato, es su nombre.

-Debe estar equivocado. No es la misma persona -insistió Paula.

-Puede ser -vaciló el portero-. Podemos salir de dudas. Se volvió hacia el interior del edificio.

-Eddy -gritó-. Parece que alguien te busca.

-Voy papá -respondió Eddy.



 

EL COMISARIO Y LA SAMARITANA

Enrique creyó que el policía le rompería el brazo. El tipo lo empujó hacia el interior de la comisaría, entre un grupo de oficiales que miraron al muchacho con la cara ensangrentada. Sentía las piernas como de trapo. Incontrolables. El empujón final lo hizo trastabillar y cayó en medio de la habitación. El brazo quedó libre pero no pudo moverlo cuando intentó incorporarse. Se puso de rodillas y miró a su alrededor. Entonces divisó a través de la sangre coagulada sobre sus ojos, al hombrecito con anteojos, parado al lado del escritorio. Fumaba lentamente mientras miraba al muchacho que parecía haberse introducido en un remanso de paz, después de las trompadas y patadas de los últimos días.

Permaneció arrodillado un largo rato, hasta que el hombre lo ayudó a incorporarse sin dejar el cigarrillo, que terminó aplastando sobre la mesa. No era una oficina común. El escritorio podía servir para cualquier cosa. Por ejemplo para aplastar cigarrillos. Pero para ningún trabajo que tuviera relación con la burocracia administrativa de una comisaría.

-Vos sos Enrique Llanos y te gusta meterte en líos.

El muchacho no contestó. No era una pregunta. Tampoco hubiera podido expresarse con claridad. Tenía los labios hinchados por las trompadas.

Miró un almanaque colgado en la pared, igual a los que exhiben las gomerías. Una rubia de perfil con unos senos gigantescos invitaba a comprar Pirelli.

-No sé qué hacer con vos. Mejor me decís qué hablabas con el hijo de puta del capitán Barrios en El Molino.

Enrique no entendió el sentido de la pregunta. No sabía por qué el capitán Barrios era un hijo de puta. Lo encontró por casualidad. El oficial lo invitó a tomar café. Tres años antes estaba destinado en el Liceo Militar donde Enrique hacía el bachillerato. Nunca habían sido amigos.

-No sé, señor. Lo encontré por casualidad y me invitó a tomar café.

El policía hizo un moderado gesto de fastidio. Sus movimientos eran lentos y la voz apenas un susurro monótono.

-No vale la pena que te hagas el estúpido. No sirve. Al capitancito lo tengo fichado. Está en la conspiración. Inteligencia dice que sos el contacto en la facultad.

El muchacho intentó poner cara de sorpresa. Sintió el fracaso, y pretendió componer un gesto de indiferencia. Ninguna intención podía filtrarse entre las costras de sangre de la cara. La boca le dolía. Igual que los ojos. Sintió que se iba a desmayar y avanzó un brazo para apoyarse en la mesa.

-Sabemos de las reuniones en el Café del Temple.

El hombrecito resopló suavemente. En su rostro apareció una expresión de abatimiento.

-¿Por qué no estudian, en lugar de meterse en líos, carajo?

Hablaba mirando la puerta. La ventana con las persianas cerradas daba a un pasillo, del que llegaba un rumor de policías y presos. La rubia desde el almanaque invitaba a la alegría. El tipo estaba cansado de hablar con pendejos que le complicaban la vida.

-No quieren entender.

Observaba fijamente un punto en la pared detrás de Enrique. Hablaba con el mundo, con la vida, con su historia de profesional fatigado.

Por la persiana se filtraba la luz gris del crepúsculo.

-Si no querés contar nada, te paso al Negro. El se ocupará de vos. -Sonrió levemente-. Ustedes conocen al Negro. ¿No? Enrique no sabía quién era el Negro. Tampoco le importaba. Estaba seguro que si recibía otra trompada, se moría.

Pero recibió muchas trompadas y no se murió. El Negro parecía un escuerzo con brazos como troncos y manos de picapedrero.

-Hablá pibe. El comisario es demasiado buen tipo, pero al final se cansa. Si te aplica la máquina estás jodido. Es un artista.

Se desmayó y lo tiraron en un calabozo de un metro por metro y medio. Cuando despertó descubrió que la humedad del piso estaba compuesta por una mezcla de orina y excrementos. Quería ponerse a llorar. Juró que mataría al comisario. No al Negro, una bestia sin cerebro. Al hijo de puta del comisario Aguirre. El de la voz suave. «Guantes Blancos», lo llamaba el Negro. Ese no se ensucia las manos. Es electromecánico -decía- y se reía a carcajadas. Golpeaba por rutina, sin pasión. Cumplía su deber de matarife profesional. Al final, los tipos salían muertos o destruidos.

Enrique buscó en su memoria algún dato que pudiera parecerse a una confesión. Estaba dispuesto a confesar cualquier cosa para terminar. Quería desmayarse y no podía. No sentía los golpes. En el suelo seguían las patadas. El Negro le pisó las manos.

-Tenés lindas manos, pibe. No te van a servir más.

En la penumbra del calabozo advirtió que el comisario Aguirre lo miraba. Evaluaba cuánto podía durar. Si no le importaba morirse o si en realidad no sabía nada. Tenía aguante el pendejo. Eso no le molestaba, solamente le hacía perder el tiempo.

Una semana más tarde lo tiraron desde un auto, cerca del cementerio de Flores. Estuvo varias horas sin reaccionar, sobre una vereda de tierra. Los perros se acercaron a olerlo. No podía incorporarse ni pedir auxilio. La boca parecía un estropajo.

*  *  *

Enrique llegó a la facultad rengueando. Le había quedado esa secuela de las sesiones de tortura. Fue a la biblioteca y se encontró con David. No se veían desde la secundaria.

-¿Qué te pasó, pibe? Te veo mal.

El gobierno había caído tres años antes. Le contó la historia con vergüenza. No por lo que le había ocurrido, sino porque a nadie le importaba. No salió en los diarios como víctima de la dictadura. Tampoco como héroe. No pretendía serlo, pero le hubiera gustado alguna muestra de solidaridad.

Cuando salió del hospital algunos políticos lo escucharon. Miraron con temor a todos lados e hicieron discursos privados sobre la crueldad del régimen. Después nada. La vida continuó su rutina. Finalmente dejó el bastón y volvió a los estudios.

David era un buen amigo. Los padres lo habían enviado al exterior para protegerlo de la policía. No porque fuera un conspirador, sino porque algún funcionario de orden político podía pensar que lo era.

Fueron a la cafetería. Los compañeros saludaban de lejos. Algunos pocos se acercaron. Pensaban que había sido un terrorista. A tres años de la caída del gobierno, eso no era ni bueno ni malo. Sólo un accidente que podía ocurrirle a cualquiera. Pero no le había ocurrido a cualquiera. Enrique se preguntaba por qué a él. Nunca lo sabría. Ya no importaba.

Ese sábado fueron a una fiesta. Enrique conoció una rubia delicada, suave y seductora, estudiante de otra facultad. Alicia Burgos. Una semana más tarde se habían enamorado.

Los padres de Enrique viajaron al exterior y se quedó solo en el departamento de Palermo. Alicia fue a visitarlo. Como era previsible, hicieron el amor.

La rubia suave y delicada introdujo en sus relaciones la imaginación más refinada y sutil. Reveló el fácil dominio de un compendio de erotismo, para el cual parecía haberse preparado toda la vida. Enrique se sumergió en un apasionante deleite, secundando las extraordinarias iniciativas de esa muchacha sorprendente. Durante dos semanas vivieron un amor que fue adquiriendo características angustiosamente perturbadoras. Las ocurrencias de Alicia precipitaron a Enrique en un descontrol que por momentos dejaba de ser placentero.

Se sentía conmovido por su belleza, y asombrado por su fantasía.

El extraño y violento mundo de ilimitado erotismo, descubierto por Alicia, fue introduciendo una nueva cualidad en la personalidad de Enrique. De víctima de los actos deliciosos y terribles, iniciados por la muchacha, se convirtió en victimario. Descubrió una nueva naturaleza del dolor, cercana al éxtasis.

Alicia fue transformándose en un instrumento manejable, capaz de recibir la oscura violencia de Enrique, que se expresaba en detalles aparentemente intrascendentes y verdaderamente insoportables.

El fin de cada cita era una huida. Una liberación, durante la cual se juraban que sería la última vez.

No habría un nuevo encuentro. Si lo hubiera, se renovaría esa condición desesperante que habían introducido como un lenguaje inevitable.

No cumplieron el acuerdo. El deseo de un nuevo encuentro, imperioso y compulsivo, contenía la angustia necesaria, provocada por una apasionada voluntad de destrucción, demorada en el entretenimiento del dolor.

El castigo, sutil o violento, se convirtió en una necesidad más poderosa que el sexo y el éxtasis.

Una noche en un hotel, Enrique sintió el impulso irresistible de cortarle el cuello. Fue en el mismo momento en que Alicia, montada sobre su estómago, exhibiendo toda su radiante belleza, fantaseó con la idea de castrarlo.

La profunda relación que los unía, desde que iniciaron la audaz exploración de los sentidos, los detuvo al borde del fin.

La muchacha se sentía aturdida por la desesperante sensación de aproximarse a un territorio sin retorno. Decidió no volver a verlo.

Le dijo: Hemos sido felices y desdichados. Dementes. Terminaríamos por destruirnos de puro gozo. Como no nos veremos más, quiero que me recuerdes con mi verdadero nombre. No me llamo Alicia Burgos. Mi apellido es Aguirre.

En ese momento fue cuando Enrique decidió estrangularla. Al día siguiente supo que su padre era comisario.



 

EL JEFE

Lyssette vio los dos hombres que se acercaron a Juan, cuando éste la despedía con un gesto de la mano. No entendió qué relación podía tener su enamorado con dos tipos de aspecto tan siniestro.

Los hombres hablaron brevemente con Juan y subieron al auto que se alejó a marcha lenta. Lyssette decidió que llamaría a Juan para preguntarle por esos hombres extraños, sin embargo, no tendría oportunidad de hacerlo, durante las tres semanas siguientes.

-Me alegro que esté tranquilo, doctor. La verdad es que ahora se pasó -dijo uno de los hombres.

-¿Tanto? -comentó Juan con indiferencia.

- Sí -rió el otro-, así dicen en el Departamento.

Juan había sido denunciado por pagar con cheques sin fondos. No un cheque por error, sino más de cincuenta, que alcanzaban una cifra multimillonaria.

No es que fuera un deportista de los cheques sin fondo, ni que pretendiera mantener una disputa con el orden financiero, había utilizado ese recurso heroico, para pagar el precio total por la compra de Harpers, una tienda que ocupaba una manzana en el centro de la ciudad.

La operación debía perfeccionarse con la venta posterior del negocio, antes que vencieran las fechas de los cheques. Los planes fundados en este delicado equilibrio padecen el acoso del azar y sus autores son víctimas de lo imprevisible.

Juan no hacía su primera experiencia en el área que las costumbres y la ley califican como campo del delito, pero en este caso, una circunstancia fortuita agravó y apresuró el desenlace.

El marido de Lyssette era abogado de la empresa destinataria de los cheques. Radicalmente ajeno a la idea del humor, el abogado no pudo soportar que Juan le regalara a su mujer dos bellos candelabros de plata, y más insoportable fue que le enviara la factura, para que asumiera el correspondiente pago. Para su mente de formación burguesa se trató de un exagerado e inaceptable abuso de confianza.

Juan estaba convencido que el marido de Lyssette no tenía mucha relación con su propia esposa, pero sí tenía una directa relación con las esposas metálicas que le oprimían las muñecas sin misericordia.

-Ese maricón, cornudo e hijo de puta -dijo, cuando era empujado sin necesidad, para que entrara a la oficina del comisario.

Durante los tres días siguientes fue alojado en un pequeño y húmedo calabozo, en el sótano del departamento de policía. Apenas había un hombre de estatura normal, de manera que fue difícil para Juan, con casi dos metros de altura, someterse a la incomodidad del lugar. El calabozo, fétido y sin ventilación, exigía una absoluta condición de invertebrado para adecuarse a sus dimensiones.

La vida de Juan estaba llena de contrastes. Desde ese imaginario mirador sepultado en la oscuridad, se transportó con el ímpetu de la fantasía hasta su enorme departamento ubicado en el lugar más elegante de la ciudad. Debía el alquiler de los últimos seis meses, el sueldo de Andrés, su mucamo, y diversas facturas de restaurantes, sastrerías y galerías de arte, porque le encantaba rodearse de objetos bellos y valiosos.

El fiel Andrés fue la única persona con la cual le permitieron comunicarse.

No se sorprendió por la digresión aventurera de su patrón, se comprometió a cuidar del departamento y asumió la responsabilidad de responder a los llamados telefónicos de amigos y enemigos, informando que el señor estaba cazando leones en Sudáfrica.

Juan fue llevado a la Penitenciaría Nacional después del interrogatorio preliminar, realizado por el secretario del juzgado. El juez salió de su oficina unos minutos, para cumplir con un deber de amistad. Sorprendió a policías y empleados al estrecharse en un afectuoso abrazo con Juan, que se apoderó de la rosada y fláccida humanidad del magistrado como protegiéndolo con sus brazos largos y musculosos.

Su delgadez disimulaba la fuerza que se expresaba con serena energía, a través de la fría mirada instalada en sus ojos oscuros, como dos centinelas sobre la aguda nariz aguileña.

No puede decirse que su ingreso a la penitenciaría fue triunfal, porque generalmente esa definición no se compadece con el hecho de marchar al encierro por un lapso imprevisible.

Más bien podía advertirse una actitud expectante en los internos, que variaba entre el respeto y una curiosa indiferencia. Observaban con cierta tensión la marcha cadenciosa del nuevo preso, hacia el destino enrejado que le habían adjudicado.

El lugar no le era desconocido. Tampoco eran desconocidos algunos de los ocasionales compañeros.

El Cabezón Hernández, inmerso en su uniforme de interno que parecía recién salido de la tintorería, hizo un gesto cariñoso con la mano. El Sapo Aníbal no pudo contener una explosión de afecto y orgullo cuando el doctor pasó frente a su celda.

Todos advirtieron que el doctor, no era conducido ni guiado, apenas escoltado por dos guardianes que marchaban a su lado, aunque ligeramente más atrás.

Esa primera noche Juan decidió que el tiempo era valioso y debía aprovechar la reclusión para pensar. La posibilidad de salir de la cárcel era incierta, y un hombre creativo no debía someterse a la adversidad cobardemente y sin lucha.

A las dos de la mañana escuchó a su vecino de celda que intentaba hablarle.

-¿Me escucha, doctor? Soy el Pique Salomón. Amigo del Cabezón Hernández. Me pidió que le hablara. Tengo comunicación con la calle y tal vez usted necesite enviar algún mensaje.

Juan no contestó. Hernández era un viejo y leal amigo, un mal intencionado hasta podía decir que era un compinche, pero ese Pique era un desconocido. Tal vez un alcahuete de los tiras.

-¿Me escucha, doctor?

Decidió responder.

-No sé quién sos, Pique. Mañana nos vemos en el patio.

Al día siguiente, cuando salieron para la caminata en el patio soleado, el Cabezón le dijo que el Pique trabajaba en la imprenta de la cárcel. Como allí había gente de afuera, era fácil comunicarse con el exterior.

-Es un buen tipo, jefe. Sirve.

Dos días más tarde Juan había perfeccionado teóricamente el diseño de una nueva idea.

Durante el fin de semana Lyssette vino a visitarlo. La frustración de no poder tocarlo, a través de la malla de alambre del locutorio, le provocó un acceso de llanto. Lyssette lo amaba. Dijo que mataría a su marido, porque lo consideraba culpable de la situación de su amante.

-No, mi amor. Tranquilícese. Lo que me pasa no es nada. Lo único importante es nuestro amor. Esto terminará y volveremos a gozar juntos de la vida, que es buena y generosa.

Durante la segunda visita, una semana más tarde, le pidió que revisara el escritorio de su marido, para ver si encontraba acciones de alguna de las compañías que representaba.

-Es importante, mi amor. Después te contaré cuál es la idea.

El domingo siguiente Lyssette comentó que había encontrado un paquete de acciones de la Metalúrgica El Fortín. En la misma caja en que estaban las acciones, había una carta del presidente del directorio de la empresa, dando instrucciones a su marido, para la asamblea de accionistas que tendría lugar a fin de mes. Al terminar la visita Lyssette le pasó a través del enrejado un rollo de dólares, y le pidió disculpas porque era lo único que tenía.

Cuatro días después, el Cabezón recibió una noticia que le cambiaría la vida. Después de cinco años, el pedido de libertad condicional solicitado por su abogado, había prosperado.

Conducta ejemplar, espíritu solidario con la autoridad, buenas costumbres.

-¿Cuándo salís? -preguntó el doctor-. En veinte días. Tal vez un mes.

Juan se dedicó a Salomón, que sería un protagonista fundamental en el proyecto. El Pique no era solamente un operario de la imprenta. Sus méritos no habían sido evaluados correctamente por el alcalde de la prisión. Cumplía una condena de diez años por fabricar  planchas de impresión de billetes, que habían circulado durante varios años sin inconvenientes. La cosa anduvo bien hasta que la perra que vivía con él, la expresión era suya, lo vendió a la poli. Fue una reacción banal. Descubrió que el Pique la engañaba con la manicura de la peluquería de la esquina.

Con esa información, analizada en profundidad, Juan pudo cerrar el circuito de su pensamiento, proyectando la acción, a partir de la perfección de la teoría.

No es difícil satisfacer las expectativas reales de una idea, casi académica, si cada uno desempeñaba su rol con inteligencia. Lyssette le entregó a la manicura, que se había mantenido fiel a Salomón, no como la perra, dos acciones de la Metalúrgica El Fortín.

Cumpliendo una orden interna del administrador de la imprenta de la penitenciaría, se compró el papel adecuado. Salomón aplicó su experiencia, pasión y prolijidad de artista notable al grabado de la plancha. Las acciones estuvieron terminadas en una semana.

El Cabezón Hernández salió en libertad cinco días antes de fin de mes. Respiró profundamente frente al portón de la penitenciaría, se volvió hacia el guardia que lo había acompañado, dobló el brazo a la altura del codo, cruzó la otra mano sobre el ángulo preciso, y con el dedo mayor de su mano derecha, produjo un gesto que no requería explicaciones.

En la sastrería que le indicó Juan, escogió un traje azul con delicadas rayas blancas, que estaba casi terminado, porque no tenía tiempo de encargar uno nuevo, compró dos camisas celestes con cuello blanco, y una corbata con las insignias del regimiento de la guardia de fusileros de la reina de Inglaterra. En la tienda vecina eligió un sombrero Orión gris claro, después se instaló en el Plaza Hotel y durante varios días se paseó por las calles y comió en restaurantes de lujo.

El día de la asamblea de accionistas de la Metalúrgica se duchó, afeitó, vistió y perfumó a primera hora. El traje le ajustaba perfectamente.

Tomó un taxi hasta la casa del Tuerto Aguirre, donde el viejo compañero de aventuras, también de la patota del doctor, lo esperaba con la caja que contenía las acciones y con un auto último modelo alquilado.

A las diez de la mañana comenzó la asamblea de la empresa.

El Cabezón presentó al inspector de justicia las acciones fabricadas por Salomón. El funcionario las contó e inscribió en el registro. La información se difundió entre los accionistas presentes, el presidente de la empresa tambaleó sobre el estrado preparado especialmente para la ocasión y un murmullo de sorpresa, admiración y rencor rodeó al tipo, con aspecto de nuevo rico, que miraba indiferente a la multitud, mientras su chofer le encendía un puro.

-Voy a hacer una moción de orden -dijo el Cabezón-, propongo como presidente de la empresa, para el próximo período, al doctor Juan Enciso. Estas acciones, que representan la mayoría, le pertenecen. Soy su apoderado, según prueba la documentación que obra en poder del señor funcionario de Inspección de Personas Jurídicas.

Otro buen trabajo del Pique Salomón. Los documentos habían sido legalizados en la imprenta de la penitenciaría.

El presidente de la empresa miró a su abogado, el marido de Lyssette, con odio profundo. Había sido traicionado. Solamente con la complicidad del abogado podía hacerse una maniobra que condujera a  la compra secreta de las acciones que tenía en custodia, protagonizando una vileza imperdonable.

-Algo más, señores accionistas -enfatizó el Cabezón Hernández-, el doctor -hizo un gesto despectivo en dirección al marido de Lyssette- debe ser reemplazado en el patrocinio de la empresa. No es confiable.

Se volvió buscando un cenicero y varias manos se extendieron para recoger la ceniza del largo puro, que evidenciaba los gustos delicados del representante del mayor accionista de la Metalúrgica. Dos días después las acciones fueron ofrecidas en la bolsa de valores, y adquiridas por un especulador desprevenido.

Con el dinero obtenido el doctor Juan Enciso pagó a los abogados, obtuvo la eximición de prisión, recompensó la deliberada negligencia del alcalde de la prisión, la colaboración del encargado de la imprenta y resolvió también algunos problemas particulares del juez sonrosado y afectuoso, que buscó la argumentación jurídica necesaria para ponerlo en libertad.

Seis meses más tarde el magistrado tuvo que entender en una causa por defraudación y falsificación de acciones, contra el doctor Juan Enciso, quien en ese preciso momento dormitaba bajo los cocoteros, que lo protegían del sol del Caribe, en la exclusiva playa del Ocean Club, en Bahamas.

A su lado, la dulce Lyssette lo miraba conmovida.

 

 

GRANDES MANIOBRAS

Irene sopló un beso sobre la palma de la mano extendida, antes de entrar al baño para ducharse. Miguel se puso el saco, y miró pensativo la silueta de la muchacha, detrás de la mampara de acrílico de la ducha. Bajó al lobby del hotel a tomar una copa. Irene era una loca imprevisible. Fascinante y peligrosa.

Se acomodó en la barra del bar. No era el único parroquiano. Un señor vestido con elegancia y sobriedad, alterada ligeramente por una llamativa corbata colorada, lo miró a través de gruesos anteojos con aro de carey, mientras continuaba su conversación con el barman.

-Los gringos son así -dijo-. No perdonan.

El barman asintió con gesto meditativo. Se aproximó a Miguel, tomó el pedido y volvió frente al hombre.

-Tiene razón, doctor. ¿Qué otra cosa pueden hacer los cubanos?

-Nada. Ellos hacen lo que pueden. Lo que sorprende es la actitud de los gobiernos.

Miguel se interesó en la conversación. Sin disimulo observó a su vecino y al barman.

-No sé cuánto tiempo más quedará la delegación en Uruguay. Sólo los mexicanos seguirán relacionados con Cuba.

El hombre habló en voz alta. Involucró a Miguel en el tema sin mirarlo.

-Disculpe. Estoy escuchando la conversación involuntariamente, calor. ¿Se refiere a la expulsión de Cuba de la OEA?

-Sí. ¿Le interesa la política?

-No. No demasiado -luego, vacilando- no es mi tema.

-¿Y cuál es su tema? -preguntó el señor elegante con cierta sutil ironía.

-Los negocios -replicó-, soy comerciante.

-Vaya, vaya. Los negocios tienen mucho que ver con la política.

-¿Sí?

El hombre abandonó su taburete y se acercó a Miguel.

-Los comerciantes parecen no darse cuenta que los negocios están enredados en la política. Esto pasa ahora con Cuba. Necesitan maíz y las multinacionales no le venden. Los gringos no quieren.

-Eso es interesante. Soy vendedor. Eso para mí no es un hecho político. Es un negocio.

El otro lo miró con curiosidad.

-¿Se atrevería?

Miguel sonrió con innecesaria suficiencia.

-¿Si a los treinta años no me atrevo, qué va a ser de mi vida?

-¿Cuál es su nombre?

-Miguel Campos. ¿Y el suyo?

-Salvador Allende.

-¿Y a qué se dedica? Ahora me toca preguntar a mí.

-Soy senador. En Chile. Pero amigo de los cubanos. ¿Usted es argentino, no?

-Sí, claro.

Media hora más tarde fantaseaban sobre la posibilidad de que Miguel vendiera a Cuba 50.000 toneladas de maíz. Llegó Irene. La muchacha era bellísima y el senador no escapó a su encanto.

-¿Su pareja? -preguntó innecesariamente.

-Algo así.

Irene lo miró con resentimiento.

-Está procurando que lo sea -dijo-.

-Le deseo éxito.

Fueron a comer con los miembros de la delegación cubana. Eran simpáticos y alegres. La adversidad era una suerte de retórica intangible que les resbalaba sobre la piel morena.

Quedaron fascinados con Irene, y ella tomó represalias por la ambigua indiferencia de Miguel.

-¿Todos los cubanos son tan lindos como ustedes?

Todos rieron. El senador dijo: -Nos proponíamos hablar de negocios, pero me parece que habrá una invitación a La Habana.

Miguel se sintió mal, a Irene le brillaban los ojos, cuando hablaba con los cubanos. «Negros de mierda», pensó injustamente.

La comida terminó a la madrugada. Volvieron al hotel y Miguel puso toda su energía y poder de seducción para hacerle el amor a Irene. La muchacha sonreía mientras se prestaba con delicadeza al juego erótico. «Los hombres tienen complejo de inferioridad. Quiere que me olvide de los cubanos. No entendió mi coquetería inocente, bueno, no tan inocente». Gozaba con deleite. Se quedaron dormidos, fatigados y felices, tomados de la mano.

A las nueve de la mañana Miguel habló con su socio en Buenos Aires. Le explicó el negocio.

-¿Con qué plata vamos a hacerlo? -preguntó Rudy.

-Con prestigio y crédito. El prestigio y el crédito de la exportadora de tu papá. ¿No está en Europa acaso? En una semana terminamos la operación.

-¿Cómo van a pagar?

-Por Suiza. Allí está ahora su oficina de comercio exterior. Siguieron hablando durante un largo rato. Cuando Miguel terminó el desayuno, habían analizado todas las posibilidades. Los problemas, la metodología y los reaseguros. No querían terminar presos, en el caso de que fracasara la operación.

Colgó el auricular. Estaba feliz. La cosa requería una cuota de audacia y bastante suerte. Implicaba un desafío. Veremos qué hacen las multinacionales. Se recostó en la cama junto a Irene.

Tres días más tarde volvieron a Buenos Aires. Al retirarse del hotel encontró una nota del senador. «Resulte bien o mal, te espero en Chile». Firmaba «el compañero Allende».

Rudy demostró, como siempre, su eficiencia. Exhibió boletas de compra por treinta mil toneladas. Los cubanos habían enviado un télex desde La Habana. Un barco de bandera panameña navegaba hacia el puerto de Rosario, para cargar el maíz. La carta de crédito sería abierta desde Suiza, a través de la Banque Suisse.

-Nos faltan veinte mil toneladas y no hay más.

-Tenemos que conseguirlas -Miguel estaba exultante-, vamos a hacer un buen negocio. La loca de Irene me trae suerte.

-Bajate de las nubes. Todavía falta mucho para terminar. Si el viejo se entera que estoy utilizando su nombre, le da un infarto.

-Tranquilo pibe. Todo andará bien.

Supieron que Paraguay había comprado veinte mil toneladas de maíz. Estaban para la carga en el puerto de Rosario.

Miguel recordó un ministro paraguayo que había conocido meses atrás. Lo llamó a Asunción.

Después de pasar por varios secretarios pudo comunicarse.

-Compañero, necesito que me hagas un favor. Estoy en una operación complicada. Necesito recomprar las veinte mil toneladas de maíz, que ustedes tienen en el puerto de Rosario.

Se oyó la risa del ministro al otro lado del teléfono.

-Sos loco, Miguel. Pero tenés que venir a Asunción. Hay que hablar con el jefe.

-Si hay vuelo, viajo mañana.

Al día siguiente un auto del ministerio, el secretario del ministro y el chofer lo esperaban en el aeropuerto.

-¿Es la primera vez que viene a Paraguay? El chico era amable y parecía inteligente.

-Sí. Es la primera vez.

-Le gustará. Somos un pueblo hospitalario.

El ministro lo recibió enseguida. No era un ministro cualquiera. Después de recibirse de abogado en Buenos Aires había sido periodista en el diario Crítica. Un antecedente notable.

Mañana nos espera El Rubio. No fue necesario aclarar que se trataba del presidente. Hacía ocho años que manejaba el país.

Esa noche el ministro daría una fiesta en homenaje a Miguel. La reunión tendría lugar en la sexta.

-¿Qué es eso de la sexta? -preguntó inocentemente.

-Bueno, todo el mundo tiene una quinta. Yo tengo además una sexta. Sólo para los íntimos.

El auto bordeó el río cuando el crepúsculo incendiaba la ribera del Pilcomayo. En la vieja casa colonial hubo abundancia de todo. Bebidas, amigos y amigas. Miguel pensó que no sería mala idea establecerse definitivamente en Paraguay.

Preguntó si había oposición al gobierno.

-¡Qué va!- contestó un coronel uniformado con voz dura-. Sólo comunistas. De esos nos ocuparemos nosotros. Rió con una risa áspera y desagradable. Aquí también hay mala gente.

-¿Y cómo saben que son comunistas? -se atrevió a preguntar Miguel.

-Bueno. Primero los matamos y después les preguntamos -el coronel lanzó una risotada que llamó la atención del ministro.

-¿Un buen chiste coronel?

-Le estoy informando al señor que los comunistas andan por todas partes.

-¡Ah! ¿Eso?

Tomó del brazo a Miguel y lo llevó a la galería de la casa. Los rodeaba un bosque de árboles de cien años.

-Ese tipo torturaría a la abuela para hacerla declarar que es comunista. Te aconsejo que no le cuentes a nadie a quién pensás vender el maíz.

-¿Ni al Rubio?

-Ni al Rubio. El no preguntará. Es demasiado inteligente.

A las seis de la mañana Miguel se duchó largamente para superar la resaca. Se vistió cuidadosamente. Una muchacha rubia dormía en su cama, ignorando la luz de un apresurado amanecer. Salió del cuarto sin despertarla. Tampoco dejó un recado. No sabía de dónde había venido, quién era, ni tampoco a dónde partiría. Un adorno de la noche en la sexta.

El secretario lo esperaba en el lobby. Lo saludó con discreción y marcharon hacia la residencia del presidente.

Esperó durante pocos minutos en una amplia antesala adornada con objetos de guerra. Sables, fusiles, bayonetas, balas de cañón. Un oficial uniformado lo invitó a pasar al despacho del presidente. Estaba también el ministro.

El presidente lo saludó con una breve inclinación de cabeza desde detrás del escritorio. Miguel se sintió cohibido por la fría mirada azul del jefe que le preguntó, con inesperada amabilidad, cómo había sido el viaje y si era la primera vez que venía a Paraguay. Después quiso saber el motivo del viaje.

En pocas palabras Miguel hizo la propuesta convencido de que sería rechazada. El presidente le hizo muchas preguntas sobre la producción argentina, el manejo del cambio para las exportaciones e importaciones, las perturbaciones de la vida comercial como consecuencia de las crisis políticas.

Miguel contestó con la mayor precisión posible, seguro de que El Rubio tenía todas las respuestas. Solamente le tomaba examen.

-Está bien. Vea que el país gane plata con la operación.

El ministro asintió. El presidente inició un nuevo interrogatorio pero ahora sobre las crisis políticas. Dijo políticas y no militares. Ignoró deliberadamente los planteos que culminaron con el derrocamiento de Frondizi.

-Los argentinos no nos quieren. El general Toranzo Montero les da armas a los terroristas paraguayos que cruzan el río desde Misiones.

Hizo una larga exposición sobre la situación política de la región, de América en general y finalmente del mundo. Hablaba para sí mismo, para el mundo, para quien estuviera dispuesto a darse cuenta de lo que pasaba. El peligro que nos amenazaba era consecuencia de la acción comunista.

Miguel asentía por educación, por respeto y porque el presidente había aceptado finalmente hacer el negocio.

En una hora el presidente hizo la radiografía política y económica de la región, deslizó algunos comentarios burlones sobre la afinidad de los militares argentinos con los comunistas paraguayos, anunció el fracaso inevitable de todas las acciones perturbadoras y lo despidió proponiéndole que se instalara en Paraguay. Era un país que necesitaba actividad económica.

Esa tarde se pusieron de acuerdo sobre el precio de recompra y la forma de pago.

Miguel volvió a Buenos Aires con la satisfacción del éxito. Allí encontró un panorama turbador.

El diario La Razón había publicado en un recuadro la información de que una compañía comunista hacía negocios con Cuba, ignorando la resolución de la OEA.

Dos días más tarde, por presión de los Estados Unidos, Panamá le retiró la bandera al barco fletado por los cubanos. Entraba en el puerto de Rosario cuando la Prefectura Marítima Argentina lo abordó. Un barco sin bandera es un barco pirata.

Un amigo oficioso informó al padre de Rudy, en Suiza, que su compañía estaba acusada de comerciar con los comunistas. Fue internado de urgencia en un hospital. La habitación miraba al lago de Ginebra, espectáculo que no pudo disfrutar.

La operación se desmoronaba.

Miguel y Rudy se miraron en silencio en la penumbra de la oficina, en un dramático crepúsculo cargado de premoniciones. Como una sombra más en el sórdido panorama, ambos reflexionaron, sin comentarlo de viva voz, que no tenían ninguna información sobre la carta de crédito que debían abrir los cubanos.

Se habían endeudado, más precisamente, el padre de Rudy se había endeudado en millones de dólares, para que ellos intentaran cumplir una operación descabellada, conflictiva y riesgosa que amenazaba terminar en el desastre. La hipótesis de huir del país constituía una alternativa bastante razonable.

Rudy se encerró en la soledad de su departamento de soltero y Miguel, proponiéndose un loco y estéril exorcismo, decidió acostarse con Irene. No fue una buena noche.

Al día siguiente Rudy y Miguel exhibían en sus rostros huellas patéticas de la noche pasada, en diferentes actividades, pero en coincidentes circunstancias anímicas. Sólo Irene se divirtió, sin lograr la complicidad de Miguel.

Por la tarde decidió ir a Rosario. El viaje en auto le permitiría relajarse y pensar. Debía conocer el barco de la frustración.

Lo conoció. Era un viejo carguero Liberty de casco negro, decorado con grandes manchas de herrumbre. Oficiales y soldados de la prefectura hacían guardia frente a la pasarela por la que debía ser abordado. Le preguntaron quién era.

-El embarcador -dijo.

El oficial sonrió sin razón aparente.

-¿Ah, sí? Suba señor, va a tener una sorpresa.

Unos minutos más tarde comenzó un nuevo acto del drama. Descubrió cuál era la sorpresa a la que se refería el oficial. El capitán del barco había muerto de un infarto una hora antes de su llegada.

-Cosas de la vida -dijo el oficial que lo acompañó a bordo-, ¿quiere verlo? -La sonrisa continuaba.

Miguel pensó por un momento que si hubiera tenido un revólver le pegaba un tiro.

Pidió hablar con el primer oficial. Un proyecto inútil. Era un joven griego que negaba con la cabeza todo lo que le preguntaban. Alto, flaco, pálido, mal afeitado y asustado, negaba conocer cualquier idioma. Era griego. Sólo hablaba griego. Si alguien hubiera hablado griego, el oficial confesaría que sólo conocía un dialecto griego arcaico. No quería hablar, su capitán había muerto y le habían explicado en una mezcla de inglés, italiano, español y francés que estaba detenido porque ese era un barco pirata. Quería morirse.

Lentamente Miguel descendió del barco. Tirarse al río parecía una idea tentadora.

La luz roja del crepúsculo fue desplazada por un premonitorio violeta con reminiscencias apocalípticas.

Todo había sido inútil. La eficiencia de Rudy, el viaje a Paraguay, las fantasías triunfalistas, el haber comprometido la empresa del viejo que posiblemente no saliera vivo del hospital. Ya tenía una operación de corazón a pecho abierto. Maldijo a los cubanos. ¿Quién mierda lo empujó a meterse en ese lío? ¿El senador chileno? En realidad, nadie lo metió en el lío, fue su decisión. Asumiría toda la responsabilidad. Su vida estaba destruida a los treinta años.

El camino parecía un túnel negro sin esperanza. Una hora más tarde se detuvo en San Nicolás. Tenía hambre. En un bar de camioneros comió un sandwich y tomó una taza de café. No quería dormirse en la ruta. Compró La Razón, miró los títulos de tapa y dejó el diario doblado sobre la mesa.

Observó a los camioneros, saludables y tranquilos. Un trabajo con principio y fin previsto. Sólo había que evitar los accidentes. La diferencia entre ese mundo y el suyo le resultaba abismal. La única angustia previsible era la que podía surgir como consecuencia de la imposibilidad de pagar la amortización del camión.

Pagó y volvió a la ruta. Tiró el diario sobre el asiento trasero del auto y se introdujo en la infinita noche estrellada que le generó una extraña excitación.

Una imagen le cruzó por la memoria. Fue como recibir un golpe en la frente. En la primera estación de servicio detuvo el auto bajo la luz. Buscó el diario. Allí estaba la noticia. «Makarios enfrenta a Estados Unidos». Título de tapa. La cosa era seria. El obispo Makarios era el presidente de Chipre. Enfrentaba a los Estados Unidos. Igual que él.

Aceleró el auto. Dos horas más tarde llegó a Buenos Aires.

Se detuvo en el Automóvil Club sobre la avenida del Libertador. Buscó en la guía telefónica alguna oficina del gobierno de Chipre. No encontró nada. Preguntó al jefe de la oficina de guardia.

-¿Chipre? ¡Ah, sí! -el jefe de turno era un viejo eterno. Lo había visto muchas veces-. Aquí. Justo al frente. Sobre la calle Ramón Castilla. El chofer del ministro trae el auto para el service.

Miguel tomó café hasta las seis, después marchó hasta la residencia del ministro de Chipre y tocó el timbre. Demoraron en atender. No pensó que era una hora imprudente. Finalmente el mucamo abrió la puerta. El ministro descansaba y no estaba dispuesto a interrumpir ese descanso.

-Se trata de un caso de vida o muerte. -El mucamo no entendía ese idioma. Resonaba de manera extraña en la plácida elegancia de la residencia. Miguel transpuso la puerta entornada con un rápido movimiento. El mucamo retrocedió de un salto y gritó alertando al guardia que acudió a enfrentar al intruso. El forcejeo duró algunos minutos.

Un señor de pelo blanco, vestido con una bata azul, descendió por la amplia escalera de mármol que conducía a la planta alta. Con voz enérgica y autoritaria, en un duro español, preguntó qué pasaba. Miguel se desprendió de las manos del guardia y dijo, con su voz más educada, que necesitaba ayuda.

El ministro no pensó que se trataba de un pordiosero. En todo caso, podía tratarse de un loco. Pero la escena era tan extraordinaria que no aceptaba explicaciones simples.

Miguel exhibió el diario y en pocas palabras sintetizó su problema, flanqueado por la rudeza potencial del mucamo y del guardia. Una escena insólita que orillaba el ridículo.

El ministro no pudo menos que sonreír. Hizo un gesto para que se retiraran los dos hombres, después de ordenar al mucamo que sirviera el desayuno.

Tomó del brazo a Miguel y lo condujo hasta un salón pequeño y elegante. A través de la ventana estilo tudor entraba a raudales el sol de la mañana.

-Ahora cuénteme todo. Desde el principio. Antes quiero saber quién es usted.

Era una propuesta razonable. Miguel relató su breve historia personal y se introdujo en el tema que lo había llevado a golpear la puerta de la residencia del ministro, a esa hora insólita. Este gozaba con el relato. El muchacho alternaba hechos objetivos con detalles de cierto humor, recurso indispensable para quien pretende sobrevivir con entereza al borde de la catástrofe.

El ministro se incorporó, se sentó frente a un pequeño escritorio de caoba inglesa, y escribió en un anotador unas pocas líneas. Llamó al mucamo y le dio una orden. Pocos minutos después entró un secretario. Saludó con una breve inclinación de cabeza y escuchó atentamente las instrucciones del ministro. Hizo otra inclinación de cabeza y se marchó.

El mucamo informó que el desayuno estaba servido.

Miguel tomó una taza de café, mientras el ministro explicaba la situación política de Chipre, el conflicto con los turcos y la ambigua actitud de los norteamericanos. Era un hombre inteligente, que se expresaba con una buena terminología, aunque tropezaba con dificultades para pronunciar correctamente el español.

Terminaron el desayuno y volvieron al salón. Abrió una biblioteca con puertas de vidrio y sacó una pequeña bandera chipriota que obsequió a Miguel.

-Sus problemas han terminado, amigo Miguel -dijo-. Enviamos un télex a la cancillería argentina informando que su barco tiene bandera chipriota. Esta bandera es el testimonio de una nueva amistad.

Miguel no supo qué decir y le estrechó la mano. Se oyó un gracias, apenas articulado por la garganta seca, estrangulada por la emoción. Salió a la calle como un sonámbulo, con ganas de reír a carcajadas.

Rudy lo recibió con rostro sombrío. Miguel le informó sobre la reunión con el ministro. Sucesivas sensaciones de asombro, incredulidad  y alegría lucharon por imponerse en la fisonomía patética del socio, que culminaba en el rictus amargo de su boca. Se dejó caer en un sillón, reflexionando sobre los extraños cambios de la fortuna. Miguel lo miró en silencio gozando de su triunfo.

-Lamentablemente -dijo Rudy- no todo está bien. Los cubanos no abrieron la carta de crédito y mi papá vuelve a Buenos Aires. Está muy enfermo -acotó con voz entrecortada.

Esa mañana llamaron desde Cuba en tres oportunidades.

-¡Camaradas!

-Nada de camaradas -respondió Miguel verdaderamente furioso-, abran la carta de crédito y déjense de joder. Esto es un negocio, no una operación política.

-Lo sabemos -gritaba entusiasmado el ministro cubano-, sabemos que hacen todos los esfuerzos y estamos seguros que no es solamente un negocio. Recordaremos su gesto.

-Está equivocado, carajo. Es solamente un negocio y un mal negocio, hasta ahora, porque ustedes no cumplen.

-¡Camarada!

-¡Andá a la puta!

Miguel colgó el auricular. Estaba abatido, terminado. Se sentía metido en una trampa. No habría carta de crédito. Estaban perdidos, en una semana tenían que pagar el maíz.

A las dos de la tarde llamaron del banco. Habían recibido la carta de crédito, del Credit Suisse.

-Sí -se oyó la fría voz del gerente-. Está en orden.

Al día siguiente terminaron de cargar el maíz. El barco salió a la rada. Dos horas más tarde, lejos del estuario del Río de la Plata, la compañía inglesa propietaria del barco cambió nuevamente la bandera. Prefirió la de Liberia, para no enemistarse con los norteamericanos. El primer oficial recuperó el habla. El padre de Rudy superó el infarto cuando se enteró de lo que había ganado.

Esa noche, mientras desvestía a Irene, Miguel reflexionó que el senador tenía razón, la política y los negocios marchan de la mano.



 

EL BOREAS

Diez de la noche. Temperatura, 5 grados centígrados. Es verano en Hamburgo.

Una fría llovizna transforma la calle en un túnel de imágenes borrosas. No se ve ningún peatón. Un auto pasa a regular velocidad, la suficiente para salpicar la acera con un abanico de agua. El fugaz arcoiris desaparece, cuando el rumor del motor se pierde en la siguiente esquina.

El portero del hotel dijo que no era una noche para pasear.

Daniel piensa que cualquier noche es igual a otra, y todas pueden servir para pasear.

Es el primer día en la ciudad y todo salió mal. No pudo comunicarse con ninguna de las personas para las cuales tiene cartas y mensajes. Posterga los llamados y se lanza a la calle como un lobo hambriento de aventura. No imagina que la noche estará vacía.

Media hora de marcha en el frío y la soledad le genera un profundo desaliento, en el silencio de la ciudad muerta piensa que la beca, obtenida con mucho esfuerzo, puede convertirse en un castigo, en el norte desolado barrido por el viento.

Un modesto cartel brilla como el único signo vivo entre edificios enormes de oficinas cerradas. «Boite Don Juan-Restaurante». El nombre le resulta sorprendente, de una imprevista calidez, en esa noche de walkirias fantasmales, imaginadas y definitivamente intangibles.

Empuja la puerta. Un tipo meridional, de grandes bigotes sobre la ancha sonrisa amistosa que le cruza la cara morena, lo saluda como a un parroquiano conocido y apreciado. Después pregunta:

-¿Italiano?

-No.

-¿Judío?

-No.

-Español tampoco.

-Tampoco.

-Seguramente sudamericano.

La voz no es del anfitrión. Es de una mujer rubia sentada en un taburete alto frente al bar, a la izquierda de la puerta de entrada.

-Sí. Soy argentino -responde.

-¡Argentino! -exclama el hombre como si el hecho lo colmara de entusiasmo-. Evita Perón, Fangio. Gente notable en ese país.

La media luz del local se refleja, azulada y tensa, sobre el pelo negro peinado con fijador.

-Adelante, amigo. Yo soy Juan Anselmo. El dueño de este local. Un español perdido en el frío. Esta es mi mujer -señaló a la rubia-, una polaca loca que me da un poco de calor.

Media hora después, frente a dos grandes vasos de whisky, Daniel cuenta su historia.

Ha sido becado por el Conservatorio Nacional de Buenos Aires para estudiar música en Hamburgo. La nueva música -explica, un invento de un argentino radicado en Alemania desde hace varios años.

-¿Cómo se llama? -quiere saber el español.

-Mauricio Kagel.

-Lo hemos visto por televisión. ¿Te acuerdas, Ana? El judío grandote y pecoso. Un hombrón. Parece un estibador más que un músico. Pero dicen que es un genio. Yo no entiendo mucho de música, menos la que él hace, pero aquí en Alemania lo adoran. Debe ser un genio -medita el español.

-Tengo una carta para él. Lo llamé a su casa y nadie contesta. Sólo un contestador automático. Dejé el mensaje.

-Bueno -dice Juan-, después vamos a insistir. Ahora, con este frío de verano, conviene comer algo.

Se refiere al frío de afuera, porque en el local la temperatura es cálida y agradable. Daniel piensa que ha tenido suerte. Risas y gritos llegan desde una mesa ocupada por gente rubia y saludable. Melenas rubias, casi blancas. Cutis transparentes. El español observa la mirada curiosa del muchacho.

-Son daneses. Todos los años, en verano, inician la marcha hacia el sur. Quieren llegar a Italia. Pero tropiezan con Hamburgo, visitan Saint Pauli, se gastan la plata y termina el proyecto. Nunca alcanzan el Mediterráneo. Pero se divierten lo mismo.

Una pequeña orquesta toca un tango.

-La sorpresa que te preparó mi mujer. Son colegas tuyos. Estudiantes de música. Paraguayos. También becados en Hamburgo. Con lo que les pago, que no es mucho, completan la renta de la beca. Después vendrán a saludarte. El tango es en tu homenaje.

Desde la mesa de los daneses llegan risas alegres. Dos parejas se ponen de pie, e intentan bailar en la breve pista al final del salón.

-¿Qué es Saint Pauli? -pregunta Daniel.

Juan mira a su mujer. Ella ríe divertida.

-La técnica del pecado, en sus formas más variadas. Tan insolente y provocativo que termina siendo inocente -filosofa el español-. Allí nos conocimos -mira a la mujer-. Trabajaba en un bar. Cantaba y bailaba. Se vestía para salir a la calle. Por el frío ¿sabes? -lanza una carcajada que la mujer secunda con una extraña risa cargada de ternura. Daniel está intrigado por esta pareja desprejuiciada y alegre. Expresan una sencilla camaradería.

Comen tortilla a la española y langostinos a la plancha, dos expresiones de la gastronomía meridional, exótica en el norte de Europa. El vino tibio y con canela, también es español.

-Rioja -precisa Juan.

Pudieron comunicarse con Mauricio. Daniel lo había conocido en Buenos Aires. El maestro lo recordaba. Lo invitan al restaurante.

-Ahora no puedo -dice Mauricio-. Díganme si se quedan allí o van a otra parte. Me reúno después con ustedes. Estoy terminando una reunión con los bailarines de un ballet que se estrena en un mes.

Mauricio es famoso por su genio musical y por su afición a las bailarinas de ballet. Daniel comenta con sus nuevos amigos la inclinación del maestro. El español reflexiona que se trata entonces de un tipazo completo.

A la una de la madrugada salen del restaurante, después de beber dos botellas del Rioja, con los músicos paraguayos.

En el auto de Juan marchan hasta Saint Pauli. Un barrio marginal con una gran avenida en el medio. En el pasado los pescadores secaban sus redes a lo largo de esa avenida cruzada por callejuelas estrechas, ahora bordeadas de casas con vidrieras, en las que se exhiben las prostitutas desnudas. Junto a las vidrieras hay un teléfono para discutir el trabajo y el precio.

Visitan bares de homosexuales y lesbianas. Familias enteras contemplan extasiadas strip tease de hombres y mujeres, en locales iluminados como canchas de fútbol, lo cual crea un clima fantasmagórico de agresivo realismo.

La ciudad está vacía, pero Saint Pauli rebosa de actividad, movimiento, música, luces, colores, gritos, borrachos, prostitutas callejeras y matones vestidos con camperas negras, que vigilan para los jefes de la mafia.

Juan describe con lujo de detalles la corrupción organizada y agrega un nutrido anecdotario de epílogos criminales, como consecuencia del alcohol y la droga.

-¿La policía no interviene?

-Interviene, sí. A su manera.

Estima la respuesta suficiente y agrega: -En realidad, está todo bajo control. También los crímenes.

Entran en un bar en penumbras. El Bar Celona. Las paredes cubiertas con madera, la luz indirecta proviene de focos de color herrumbre, que esparcen reflejos inquietantes sobre una multitud más fácil de intuir que de ver.

Juan y Ana guían a Daniel por un impreciso pasillo, entre pequeñas mesas, alrededor de las cuales se apretujan hombres y mujeres en una mezcla imposible de discriminar. Cuando llegan al escenario, en mitad del salón, Ana le indica a Daniel un pequeño sillón, junto a una mesa desocupada. La única desocupada en todo el bar.

-El privilegio de los clientes distinguidos -aclara Juan-. Generalmente, aquí terminamos la noche. Venimos a escuchar a Mercedes. Canta maravillosamente.

Un ilusionista termina su actuación. El final del acto desata una explosión de gritos y aplausos. El hombre flaco, pálido, fantasmal, en un elegante smoking negro, agradece la aprobación de la gente con palabras incomprensibles.

-Habla danés, ruso, sueco y alemán. Tendremos que enseñarle español -murmura Juan-. Es sueco. Vino de paso. También quería llegar al Mediterráneo. De esto hace veinticinco años. Aquí se quedó. Su broma final consiste en decir que es su última actuación, porque el año que viene marchará a Italia.

El ilusionista responde con reverencias a la aprobación del público. Daniel piensa que son demasiadas reverencias. De pronto advierte algo extraño. La imagen del ilusionista se desvanece lentamente. No es que cambien las luces, sino que el cuerpo, enjuto y elegante, se torna cada vez más transparente hasta que desaparece. El escenario queda vacío. Es el final del acto.

Los gritos de los espectadores se cargan de una cualidad histérica, casi aterradora, que es desplazada por un silencio ominoso y desconcertante.

-Es un genio -dice Ana-, lo he visto muchas veces y no puedo evitar esta sensación de miedo.

Una rubia aparece en el escenario. Su belleza convoca a la realidad quebrada por la desaparición del ilusionista. Canta en inglés y francés. Los recios nórdicos le gritan su admiración y aplauden a rabiar. La muchacha termina su actuación y el escenario queda a oscuras.

La luz de un reflector alumbra el rostro más hermoso que Daniel ha visto en su vida. La luz se intensifica, hasta que muestra un cuerpo perfecto y sensual, en un vestido de satén negro que llega hasta el suelo. La voz ronca de la mujer, suave, profunda, íntima, inunda el bar, sumido en un silencio contenido. El sonido seductor e insinuante domina a las fieras.

-Esa es Mercedes, nuestra amiga -susurra Juan.

La muchacha logra una atención concentrada y conmovida que estalla en aplausos al final de cada canción. Después retorna el silencio, y nuevamente la voz llena los recodos más secretos del alma de los espectadores.

Daniel sabe que por esa extraordinaria aparición, hará cualquier locura. La extraña noche de Hamburgo, vacía y silenciosa, colmada en Saint Pauli de locas expresiones de corrupción y violencia, se torna asombrosa, en la fascinante revelación de esa mujer. El muchacho siente que naufraga en un mundo fantástico, del cual no puede ni desea evadirse. Esta convicción no sólo no lo angustia, sino que lo llena de excitada e incontrolada alegría.

Mercedes termina el repertorio de canciones románticas, desciende del escenario y se reúne con sus amigos. Daniel piensa que cualquiera sea el rumbo de su vida, nunca volverá a repetirse la oportunidad de ser protagonista de una aventura tan extraordinaria. No tiene ninguna duda que esa es la mujer que espera. La aventura total. La vida. No es una fantasía, está a su lado y lo mira con sus bellísimos y melancólicos ojos celestes. Daniel lee en esa mirada mensajes indescifrables para cualquiera, menos para él, que sabe que el azar no existe. Todo está previsto en el misterioso y eterno trajinar de los astros, que encadenan la rueda del destino.

Apenas puede contener la violenta pasión que lo turba. Toma la mano de la muchacha y la besa suavemente, con la excusa de que rinde homenaje a su talento como cantante. Un clima extraño se instala en el pequeño grupo pero Daniel no lo advierte. La muchacha vuelve al escenario. Canta viejas canciones españolas, cuyo significado permanece como un enigma para la mayor parte de los parroquianos. No necesitan entender. Saben lo que significan esas palabras desconocidas.

Mauricio emerge de la oscuridad como un enorme barco fantasma, entre los gritos y aplausos destinados a Mercedes. Como una prolongación de su largo brazo, arrastra una rubia diminuta, que parece flotar en una extraña región indefinida, entre el humo de los cigarrillos y el vapor que despiden los cuerpos sudados y cargados de cerveza. Los gritos contienen una cualidad sólida, en la cual el sonido constituye una variable indescifrable. Mauricio presenta a su acompañante, una bailarina del ballet de Hamburgo.

-Es extraordinaria -dice-. Mañana la verás en el ensayo.

Daniel apenas le presta atención. Mercedes inicia otra canción y Mauricio es atrapado por la belleza y la voz de matices extraños, profundos.

-¡Qué mujer! -exclama-. ¿Quién es?

-Mercedes -responde Juan-. Es nuestra amiga.

Mercedes vuelve con sus amigos. Mauricio le hace lugar a su lado. Como un enorme oso inteligente y protector le comenta que su entonación debe variar sutilmente, para adquirir más fuerza y penetración. Daniel maldice la idea de haber convocado a Mauricio. La pequeña bailarina parece haberse esfumado. Durante el resto de la noche se refugia en un silencio indiferente. Mercedes escucha al maestro, sin responder. Juan y la polaca se divierten con el duelo de los sudamericanos, por la conquista de la cantante.

A las seis de la mañana Juan invita a todos a su departamento a comer algo y tomar una botella de Rioja. Mauricio se va con la bailarina, que no llega nunca al departamento. La estrategia del maestro es transparente.

En el living Juan sirve vino, mientras su mujer prepara la comida. Mercedes va a cambiarse. Daniel y Mauricio se miden con la mirada. Ambos aspiran al trofeo. La conversación se torna árida y cargada de ansiedad. Juan decide introducirse en la magia de la imperiosa emoción erótica del maestro y del discípulo.

-Manolo -llama-, terminemos el juego. Estos son amigos. No les podemos hacer esto.

Desde el interior del departamento llega, ligeramente cambiada, la voz de Mercedes.

-Ya voy.

Cuando irrumpe en el living, Mercedes ya no es Mercedes sino Manolo, un muchacho de poco más de veinte años, vestido con vaqueros y una camisa blanca. Su rostro, sonriente, es igual al de la cantante. Sin maquillaje, sin peluca. Sin vestido de satén.

-Es duro ganarse la vida en Hamburgo -comenta-. Por suerte mi madre me enseñó a cantar.



 

MI AMIGO EL GRIEGO

Conocí a Takis Cristodolopulos en la casa de Margarita. Lo llevó el primo Stephano, un griego alto y apuesto, tranquilo y educado que pretendía casarse con la dueña de casa y llevarla a Estados Unidos, donde vivía con su mujer y sus hijos. Cosas de la vida.

Takis era diferente. Desplazaba más de ciento veinte kilos con gracia y sin esfuerzo, expresaba alegría de vivir y sin que fuera necesario insistirle demasiado cantaba canciones de Teodorakis, a la vez que bailaba danzas típicas de su país, como un fauno de espíritu inmortal sobrecargado de peso. El pelo entrecano revuelto y cargado de gel, cubría la frente sobre la mirada brillante y alegre. Las manos parecían permanentemente sudadas. Era la impresión que provocaba, porque las restregaba con un gran pañuelo blanco que guardaba en la manga del saco.

Takis fue considerado un agresor ditirámbico por la gente que debió aceptarlo cuando lo introdujo el primo Stephano. Este sí, un verdadero gentleman, según dijeron las señoras.

Takis no se proponía agredir a nadie, solamente exhibía sin prudencia, una aguda inteligencia, una espontánea creatividad, y el insoportable esplendor de una cultura abrumadora para el común de la gente, además de un perspicaz sentido del humor. Amenazaba con la sospechosa condición de ser un comerciante afortunado, demostraba con actos de generosidad abonados por la fantasía, que la riqueza no era para él un objetivo, sino un don adquirido sin esfuerzo desde la cuna.

Se mostraba como un hijo insolente, temerario y despreocupado de la clase dirigente griega, siempre en el poder, a pesar de los cambios de gobiernos y las revoluciones.

Takis expresaba una mentalidad liberal, sofisticada y democrática, lo cual lo distanciaba de los coroneles que gobernaban su país y lo acercaba a su amigo Teodorakis.

Sentí un afecto solidario por el griego voluminoso y extrovertido. No llegamos a desarrollar una gran amistad pero compartimos comidas, bailes, canciones, bromas y discusiones sobre política y cultura. Nos divertimos.

En esos años estaba prohibido realizar operaciones con dinero extranjero. Intervenía el Banco Central. Por eso proliferaron decenas de cambistas clandestinos, amparados por un código de discreción y confianza.

Takis me confió que debía cambiar dos cheques en francos suizos, porque se había quedado sin efectivo, de manera que lo envié a un cambista clandestino, El Muñeco, a quien se lo conocía por su apodo. El Muñeco era liberal en las transacciones, pero duro para recuperar la inversión, y con esta poco simpática advertencia le adelantó el dinero.

Como era previsible, dado el poco respeto del personaje por las formas, los cheques fueron rechazados por insuficiencia de fondos. El Muñeco llamó a Takis una vez, escuchó promesas proyectadas al futuro y la vehemente afirmación de que se trataba de un error.

Un cambista clandestino es generalmente un filósofo con amplia experiencia de la conducta humana. En esa maraña de conocimientos caóticos y contradictorios, buenos y malos, correctos e incorrectos, decentes o tramposos prevalece una fina intuición que le advierte cuando su dinero corre peligro. Vive esa circunstancia como una puñalada en el corazón. Para un prestamista de buena fe, se trata de algo mucho más horrible de lo que cualquier ser humano normal puede soportar.

Llamó a su jefe de cobradores, un turco alto y serio, con espaldas de luchador y manos de estrangulador aficionado, y le dio la orden de que recuperara el dinero. El turco era y si no lo han matado debe seguir siendo, un verdadero profesional, aparentemente cruel y despiadado, pero en realidad eficiente y desapasionado.

Buscó a Takis al día siguiente, antes que despuntara la aurora, lo sacó a empellones de su departamento, lo metió en un auto con la ayuda de dos asistentes sociales a su servicio, y mientras le pegaban con la indiferencia de una fría e incesante rutina de ejercicios matinales, le explicaron que mentir era deshonesto aun cuando se puede ser un deudor involuntario.

Takis pagó la deuda con la ayuda del primo Stephano. Lo curioso, aunque no sorprendente, es que ganó la confianza y el afecto de El Muñeco, quien en una actitud poco profesional, lo cual ocurre cuando se tiene un corazón endurecido por fuera pero blando por dentro, volvió a cambiarle algunos cheques sobre Suiza.

A partir de ese día aciago para el elemental respeto que un prestamista se debe a sí mismo, Takis desapareció. El primo Stephano volvió a los Estados Unidos, dejando tras de sí una colección de corazones destrozados, de señoras de buenas costumbres. Su especialidad no eran los cheques, sino las relaciones humanas.

Diez años más tarde llegué a Asunción, gratificado con un exilio por mis discrepancias con el orden castrense. Como no soy griego, escapé de generales y no de coroneles. Algunos amigos me esperaban. Fui conociendo otros, buenos y malos, a lo largo de muchos meses, atormentado por una digna y soportable indigencia, que llegaba a la amenaza del dolor, pero no alcanzaba a provocar un traumatismo físico y moral definitivo.

El doctor Tartini fue uno de mis nuevos amigos. Inteligente y desconfiado, sentimental y generoso, acompañaba mis vicisitudes con solidaridad fraterna. Me ayudaba cuando su mujer no se daba cuenta y en la medida que podía.

Su actitud solidaria fue la consecuencia de una hipoteca sentimental que tenía con los amigos que me lo presentaron. Después surgió una verdadera amistad, de la que podíamos obtener beneficios. Esto es, ganar dinero.

En realidad, yo necesitaba ganar dinero para sobrevivir, y mi amigo estaba siempre alerta, esperando presentarme a quien pudiera resolver la incertidumbre de mi pan cotidiano.

Un día llamó para invitarme a comer en casa de un empresario europeo, que quería hacer negocios de transporte fluvial en el Cono Sur.

Mi amigo le había comentado que yo conocía el tema y aunque el comentario no pasaba de ser una fantasía, había dos razones fundamentales para no rechazar la invitación: la primera y principal era que disfrutaría de una buena comida, cosa poco frecuente en esos días, y la segunda era que tal vez el empresario necesitara alguien con mis relevantes condiciones, según dijo el doctor Tartini, generoso hasta en sus expresiones retóricas. Me dijo que el empresario tenía un nombre extraño que no pudo retener y era considerado por la cúpula oficial como un hombre importante para financiar proyectos de desarrollo.

Llegamos a la casa en que había vivido Somoza antes de su asesinato. La puerta principal se abrió misteriosamente y nos introdujimos en un jardín de gran belleza, con árboles enormes, plantas repletas de flores, e inesperados arroyos rumorosos, habitados por pequeñas pirañas, que no llegaban a alcanzar la madurez, porque terminaban integrando deliciosas sopas de pescado que constituían el deleite del dueño de casa.

Mientras un chofer uniformado estacionaba el automóvil accedimos a una espaciosa galería donde conocí a un ministro, un general, un juez, dos empresarios y un poeta a quien adiviné como hermano de desventuras, atraído por las mismas especulaciones gastronómicas que yo.

Después de las presentaciones de rutina apareció Takis Cristodolopulos, el empresario internacional de quien se esperaba que financiara el desarrollo del país.

No puedo decir si lo que experimenté fue sorpresa. En pocos segundos di una brusca marcha atrás en el tiempo, evoqué recuerdos felices y desdichados, sentí un frío extraño y premonitorio, porque el destino, ciego e imprevisible, nos reunía en la maraña sorprendente del trópico.

Como si este lugar y no otro, fuera el que pudiera acogernos con una ternura escondida detrás de cierta frialdad circunspecta, sobre la esperanza y la secreta alegría de reconocer un cómplice.

Takis me miró como si jamás me hubiera visto. Entendí el mensaje. Acepté la presentación protocolar, los buenos modales y un vaso de whisky, de manos de una mucama morena, atractiva y prolijamente uniformada, que completaba el elegante escenario del magnate griego.

Me dispuse a gozar de la representación. Evité cualquier comentario que pudiera advertir a los invitados que había accedido alguna vez a la ficha personal del personaje.

Si alguna vez me había sentido impresionado por la vivacidad, la inteligencia y el soberbio manejo de la realidad de Takis, durante esa noche, y en muchas otras que viví en la enorme y elegante mansión, mi admiración llegó a niveles superlativos. La conversación se generalizó alrededor de temas convencionales. Un mucamo  se acercó a Takis y en voz baja, aunque no lo suficientemente baja como para que no escucháramos, le informó que el señor Ari lo llamaba desde París.

Takis hizo un gesto de impaciencia y miró el reloj. «Claro -dijo apenado-, allá están empezando a trabajar». Se disculpó y fue a atender. Volvió treinta minutos más tarde, cuando el mucamo nos hubo informado, insistiendo en disimular la falta de cortesía de su patrón, que Ari no era otro que Aristóteles Sócrates Onassis.

Realmente debíamos tener paciencia, gracias a Takis, el gran empresario griego se acordaba de Paraguay.

El mucamo sirvió una mousse de salmón, continuó con lomito al champignon, esto sí un poco convencional, y terminó con crepes suzette que preparó cerca de la mesa ayudado por la bella mucama, que atrajo las miradas del ministro y del general durante sus esporádicas apariciones.

A medida que transcurría la noche, tuve la impresión de que una cualidad extraña se había instalado en esa amplia galería abierta sobre el jardín, como un gran palco en el que se mezclaban en extraña confusión actores y espectadores.

Los vinos franceses completaron la comida, y por calidad y cantidad, contribuyeron a crear una atmósfera irreal, fantasmagórica, excitante, que me transportó a un mundo de fantasía como una saludable reacción a muchos meses de carencias elementales.

Takis desplegó mapas y planos, explicó el efecto que tendría la hidrovía para la economía de toda la región, habló de centros de desarrollo, manejó cifras, datos, nombres de banqueros internacionales mechado con anécdotas personales, retazos de diálogos con empresarios famosos, aludió duramente a ministros y próceres de las finanzas y explicó por qué la crisis del Canal de Suez no había  sido aprovechada por Occidente, lamentó la falta de claridad conceptual de los jefes militares norteamericanos y terminó proponiendo la constitución de empresas promotoras en el Cono Sur, en el Caribe, Estados Unidos y la isla de Madagascar.

Los comensales, estimulados por la bebida, la buena comida y la imagen enorme, vibrante, apocalíptica de ese dios griego perdido en la selva sudamericana, mirábamos con ojos despavoridos la tragedia que implicaba sentirnos sujetos comunes, de poca instrucción y coraje menor, incapaces de descubrir y conquistar la realidad y la fantasía de un mundo con alternativas fascinantes y construcciones materiales e intelectuales grandiosas.

El mucamo se acercó nuevamente, como un mensajero silencioso del más allá, y habló al oído de Takis, quien escuchó atentamente y enfrentó a sus invitados con un desganado gesto de fatiga.

-Perdonen -dijo-, este tipo no tiene horario. Debo atenderlo, no solamente por los negocios, sino porque es mi amigo de la infancia. Atiendo a Niarchos y vuelvo.

Eran las cuatro de la mañana. El nombre del poderoso naviero cuñado de Onassis, explotó en un crepitar de emociones contradictorias entre los presentes, todavía conscientes a pesar del alcohol, la modorra de la sobremesa y la melancólica dulzura de los perfumes nocturnos, que el mundo no era para todos y había que agradecer a Dios la fortuna de que Takis Cristodolopulos, hubiera decidido vivir en Paraguay.

Volvió después de una larga media hora al silencio que no fue roto en su ausencia. Ensimismados en vagas reminiscencias de venturas y desventuras de reyes desterrados o activos, de fantásticos aventureros ricos y famosos, meditábamos sobre la posibilidad de incorporarnos a esta empresa fabulosa que era la vida de Takis.

Como sombras vagabundas, entre breves frases de despedida en voz baja que disimulaban urgentes requerimientos de participación, el general, el ministro, los empresarios y el escuálido poeta que nunca volví a ver, abandonaron el bello parque que fue testigo de los últimos días de Somoza. Esa noche extraña, cargada de sugerencias, se había constituido en el escenario de una nueva esperanza.

Quedamos solos en la galería observando en silencio la fría luz azul del amanecer. Pensé que era el momento de la sinceridad.

-Takis -dije-, acepté tu decisión de desconocerme -allí una sonrisa cómplice-, pero te acuerdas de mí, supongo.

Me miró sorprendido. Parecía no entender mis palabras. Insistí con la inquietante intuición de que era inútil.

-Nos conocimos hace años en Buenos Aires. En la casa de Margarita. Estabas con tu primo Stephano. Estuvimos juntos muchas veces.

Takis me miró frunciendo el entrecejo. Intentaba recordar un rostro en la niebla del pasado.

-Perdóname -dijo con voz ligeramente fría y alguna impaciencia-, es la primera vez en mi vida que te veo. Nunca te conocí antes de ahora. Debes confundirme con alguien. Sí -continuó- recuerdo a Margarita y para decirte la verdad, Stephano no es mi primo, es mi cuñado, el hermano de mi mujer que vive en Atenas. Pero no entiendo cómo sabes estas cosas. Alguien debe habértelas contado.

Me miró con cierta desconfianza. Había decidido borrarme de los tortuosos episodios del pasado. Estimó innecesario profundizar en la aclaración y volvió al proyecto del tráfico fluvial, reiteró sus comentarios sobre la realidad americana y terminó afirmando que, al final, arreglaría todo con el presidente. Era el único que tenía poder suficiente.

Me invitó a comer al día siguiente. Caminé por la avenida España como sonámbulo y comencé a dudar sobre mis recuerdos y experiencias. Si Takis tenía razón, yo estaba completamente loco. Durante los seis meses siguientes vi a Takis tres veces por semana. En realidad, casi todos los días. Presencié muchas reuniones como la primera. Takis era un genio brillante, locuaz y espléndido. Militares, políticos, empresarios, intelectuales, artistas, funcionarios del gobierno comían en su mesa y abrevaban en la fuente de Eldorado.

Todos serían inmensamente más ricos de lo que ya eran y se lo deberían a ese griego extraordinario a quien llamaban, desde los más insólitos rincones del mundo, los más grandes operadores de las finanzas y los negocios que representaban el poder político del primer mundo.

George, igual que los magnates griegos, tenía comunicación permanente con la mansión de la avenida España. Cualquiera debía saber quién era George.

-George Rockefeller, el verdadero -dijo Takis-, no el macaneador que se dedica a visitar presidentes y dictadores y trabaja para los japoneses.

Takis incorporó una secretaria rubia de veintidós años. Un mes más tarde decidió casarse con ella, para lo cual convocó al padre, un polaco argentino que vivía en Posadas.

A partir del compromiso matrimonial las reuniones de negocios, en las cuales Takis explicaba a una audiencia atenta y sometida las complicadas piruetas financieras que llevaría a cabo para transformar el país, incorporaron un ligero sabor frívolo. La linda rubia exhibía, a partir de la minifalda, largas piernas tostadas por el sol o enfrentaba el desafío de las noches de gala, con largas túnicas transparentes, insinuantes y provocativas, cuando el largo tajo de la pollera se abría involuntariamente al sentarse, o cuando acompañaba a su prometido a alegres danzas griegas, practicadas con regularidad profesional durante el día.

Takis volvió a ser el personaje que había conocido diez años antes. Una tromba alegre y desprejuiciada que recitaba versos de Teodorakis y Kevafis, en griego, lo cual nos dejaba al margen de cualquier sospecha de error o superchería.

Nunca volví a hablar del pasado, pero muchas veces lo sorprendí mirándome atentamente a la vez que esbozaba una sonrisa indescifrable. No era difícil imaginar lo que pensaba, porque los dos lo sabíamos.

La casa del magnate griego se convirtió en la Meca a la cual pretendían acceder quienes querían triunfar en los negocios y en el gran mundo de la frivolidad. Los invitados compartían la condición de ser ricos y codiciosos. Lamento confesar que yo era la excepción. Nunca supe que se cerrara un negocio, sin embargo los negocios y la fortuna estaban allí, al alcance de la mano.

Una noche la mucama me llamó por teléfono.

-Señor Alejandro -apenas podía entenderle porque lloraba a los gritos-, disculpe que lo moleste. Pero yo sé que usted es su único amigo. El señor Takis está muy mal.

Miré el reloj. Eran las tres de la mañana.

-¿Qué le pasa?

-El corazón, señor, el corazón.

Recordé que Takis consumía comprimidos de nitroglicerina.

-¿Está muy mal?

La pregunta era un poco estúpida. Nadie llama sin razón a las tres de la mañana. No hubo respuesta, sólo un parloteo indescifrable interrumpido por el llanto.

-Escuche -dije-, llame al Hospital Italiano que es allí cerca. Que manden una ambulancia. Voy para allá-. Corté la comunicación y comencé a vestirme.

Cuando llegué al hospital, Takis agonizaba. El médico dijo que no se podía hacer nada. Yo era el único visitante y me permitieron acercarme. Estábamos frente al absoluto, la oscuridad, la nada. No resistí la tentación de preguntarle por qué me había negado durante todo este tiempo. No comprendió lo que le pregunté. Sus ojos se movían de un lado para otro. Al escuchar mi pregunta frunció el entrecejo, trató de mirarme y sonrió. Los ojos quedaron fijos mirando la puerta del cuarto. Takis había muerto.

Lo trasladamos hasta la casa de la avenida España. No sé a quién se le ocurrió acostarlo sobre la mesa del comedor. El enorme abdomen parecía el Vesubio. El rostro era la réplica del dios Pan con el perfil aguileño y el pelo ensortijado. Parecía dormir plácidamente. Muchos emperadores romanos hubieran envidiado esa imagen. Había adquirido, después de muerto, una sorprendente belleza. En el living, la frustrada e hipotética esposa, instalada en un short pequeñísimo, se limaba las uñas. El polaco recorría la casa con un cuaderno y un lápiz haciendo un inventario de los muebles. Unas horas más tarde empezaron a llegar los que habían aspirado, infructuosamente, a integrar las sociedades del magnate que desaparecía en la flor de la edad. Apenas tenía sesenta y cinco años.

La mucama, el chofer y el mucamo lloraban con sinceridad y la honradez elemental de los humildes. Lo amaban. En un año nunca habían cobrado el sueldo.

Los desesperanzados amigos se fueron pronto. Uno se comprometió a llamar a la funeraria.

Con la luz del día llegaron los acreedores. Treinta y cinco millones de guaraníes en comunicaciones telefónicas, un año sin pagar el alquiler de la casa, veinte millones entre cuatro despensas del barrio, del BMW había pagado solamente la primera cuota.

Me puse a reír. Takis era un genio, todos se habían acercado para sacarle algo al magnate griego. Genio y figura hasta la sepultura. La rubia me preguntó de qué me reía. Le conté. Se deben sentir defraudados. Rió suavemente. «Yo también. Pero era un gran tipo. Estos que venían aquí eran una mierda -hizo un gesto de desazón-. Me voy a cobrar con los muebles. Pero, te digo, lo quería mucho. El tipo más genial que conocí en mi vida. Lástima que se murió tan pronto».

Takis era protegido del presidente. No tenía ninguna lógica pagar las cuentas.

Pensé que su mujer, la de Atenas, debía saber que Takis había muerto. Perdí varias horas llamando al consulado griego en Buenos Aires. Me dieron una dirección y el número de teléfono.

No hablo griego. En mal inglés pedí que me comunicaran con la señora Cristodolopulos. Me pareció una larga espera. Cuando atendió, le expliqué que su marido Takis había muerto. Silencio.

-¿Me entiende, señora? Takis ha muerto.

-Sí. Le entiendo. ¿Y qué puedo hacer?

La voz sonaba fría. Indiferente. Con cierto fastidio.

-No sé. Tal vez quiera llevar el cadáver a Grecia. Tal vez corresponde enterrarlo en su país.

Silencio. Finalmente.

-No parece importante. Además es muy caro, ¿no?

-No sé, señora. No quiero molestarla. Cumplo como amigo.

-Sí, lo entiendo -nuevo silencio-. Se me ocurre una idea. La voz transmitió un confuso chisporroteo intencionado-. Dicen que es más barato si se divide el cuerpo en tres pedazos. Así dicen... ¿Qué le parece?



 

LA PAPA1

Julio Arias ató despaciosamente los cordones de sus zapatos ortopédicos. Era un tipo de buena salud, y se había negado a usar plantillas para sus pies planos. Ahora debía usar esos zapatones pesados y duros. Así terminó con el dolor, que en un momento fue insoportable.

Algo malo debía pasarle, reflexionó. Su ex mujer no le pedía nada, tenía buenas y cariñosas relaciones con sus amigas y con la informática había ganado un montón de plata. Plata fácil. La cosa recién empezaba y nadie entendía nada. Por suerte. Los empresarios entendían mucho menos y estaban fascinados por un mundo que les parecía extraordinario. Alicia en el País de las Maravillas. La informática empezaba a popularizarse, era un misterio y los misterios se pagan caros.

Julio Arias no sabía nada de informática, pero entendió la esencia del negocio. Contrató dos técnicos, puso una oficina moderna y elegante y se dedicó a hacer demostraciones que asombraban. Después vinieron los contratos.

El valor del trabajo dependía del dinero que tenía el cliente o del que pretendía demostrar que tenía. El monto final estaba también en relación directa con la cara. Esto era muy importante. Sicología. El único peligro consistía en que esta insólita máquina de hacer dinero podía trabarse en cualquier momento. Por ejemplo, cuando las multinacionales, que sin duda manejaban el tema con solvencia y tenían gerentes norteamericanos o húngaros, se metieran en el mercado. Eso estaba ocurriendo. Por ahora tenía buenos clientes  y había hecho una pequeña reserva pensando en el futuro que podía ser incierto.

Escuchó el timbre de la puerta de calle. La mucama vino a decirle que el Tano lo esperaba en el living. Terminó de vestirse y fue a su encuentro. Adoraba al Tano. Era un amigo. Más que eso, un hermano.

Se abrazaron y se besaron en las mejillas, una moda que se había impuesto entre los hombres en los últimos tiempos.

-Tanito. Es una gloria verte. ¿Dónde estuviste todo este tiempo?

-Viajando, muchacho, viajando. Voy a traer a Los Beatles.

-¿Los Beatles? Eso es un golazo. La gente se volverá loca.

El Tano se acercó a la mesa bar y sirvió dos whiskies. Julio llamó a la empleada para que trajera hielo.

-Está lindo el departamento. -Miró alrededor-. Vos sabés vivir.

El Tano relató sus aventuras en Londres. Los ingleses eran unos fenómenos, pero no tanto. No sabían nada de América. De América del Sur, porque con la del Norte tenían la misma relación que teníamos nosotros con los gallegos. Sólo que ellos eran los gallegos.

-Antes de esa operación debo hacer un negocio porque necesito más plata. Es un buen negocio. Inmediato, rápido, te meterá de lleno en el show business. Un negocio para gente como vos.

-Tano, no sé si me interesa el show business -la expresión de estupor del Tano lo hizo cambiar rápidamente-. Decime por lo menos ¿qué tenés pensado?

-Voy a contratar el Sheraton para los bailes de carnaval.

-¿Y eso es bueno? Lo miró con pena.

-No preguntés boludeces. Sacaremos la plata con pala.

-Me alegro, Tano. Yo no sé mucho del show business -se disculpó.

-Está bien -dijo, condescendiente-, eso no importa. Te doy la oportunidad de que entrés. Para ser sincero, como he sido siempre, te digo que te necesito como socio. Con treinta mil estás en el negocio al cincuenta por ciento. Conmigo. Nadie más.

-¿Treinta mil dólares?

-Sí, claro, ¿qué van a ser? No puede ser menos. La rentabilidad es bárbara.

Hablaron más de dos horas. El Tano explicó que tenía en el negocio a dos directivos de televisión y a muchos chicos de las radios. También periodistas de diarios. Los que se ocupan de chimentos.

-Está todo organizado. Sólo me falta la mosca.

-¿Eso cuesta? ¿Treinta mil?

-No, hombre, eso es una parte. Yo pongo el resto. ¿Vendrás al Sheraton?

-No. Me voy a Punta del Este.

-Bueno. Mirá los diarios. Allí sale cada día la concurrencia a los bailes de carnaval. El «rating».

Julio Arias le dio los treinta mil. Una semana más tarde se fue a Punta del Este. El Tano era un genio y sabía manejar el show business. Al fin de cuentas había inventado a Julio Iglesias. Cuando lo conoció en España era un cantante más. Lo trajo a Buenos Aires y triunfó. Comía de la mano del Tano. Después pretendió que eran sólo sus méritos y el Tano lo mandó de paseo, delante de un grupo de amigos, en el restaurante Fechoría.

-A este gallego no me lo banco. Que se muera solo.

El gallego no se murió, y el Tano perdió su inversión. Pero así era desde que tenía nueve años y vendía ramitas de olivo bendecidas en la puerta de la iglesia de Belgrano, compitiendo con el cura párroco que lo hacía correr con la policía. Después se convirtió en un gran productor de televisión. Ganó una fortuna que dilapidó ayudando a los amigos. En Punta del Este los amigos sabían que el Tano había arrendado el Sheraton para los bailes de carnaval. Llegó el carnaval y el Sheraton figuró anteúltimo en el rating. No iba nadie. Julio Arias pensó que no era demasiado grave. El Tano era su amigo y no le importaba haber perdido treinta mil dólares.

Dos semanas más tarde volvió a Buenos Aires y el Tano fue a visitarlo.

-Treinta mil dólares es poca plata para estar en el show business.

-Claro, Tano. Es sólo una inversión. Hacia el futuro. Ya haremos otras cosas.

Después el Tano se perdió de vista y Julio Arias se precipitó en un espiral financiero que lo llevó a la quiebra. Las multinacionales lo arrasaron. Los clientes descubrieron que había gente que conocía y manejaba bien el nuevo misterio de la informática. Eran más caros, pero contratar con las multinacionales era una inversión publicitaria. Aunque la informática continuara siendo un misterio, cada día más costoso. Julio Arias meditaba sobre la nueva realidad, en su lindo departamento que debía vender para sobrevivir, cuando la empleada le anunció que el Tano quería verlo.

-Tanito. Qué alegría verte.

-Qué decís, muchacho. ¿Siempre triunfador?

Lo abrazó efusivamente.

-No hagas bromas. Estoy en la lona. ¿No te enteraste?

-Acabo de volver de Estados Unidos. No vi a nadie. ¿Te acordás del negocio de Los Beatles?

Julio no recordaba ningún negocio con Los Beatles. Sólo que el Tano pensaba traerlos a Buenos Aires. Eso había fracasado.

-Hacé memoria, muchacho. Me sugeriste que los llevara a Estados Unidos. Me dijiste que en Buenos Aires serían antieconómicos. Costaban mucha plata.

-No me acuerdo. Bueno, no importa. ¿Qué pasó?

-¿Que qué pasó? ¿En qué mundo vivís? ¿Sólo en la informática?

-No, Tano, eso murió. Por lo menos para mí. Estoy en la lona. Perdí todo y no puedo hacer más negocios.

-Me alegro, muchacho. Eso de la informática es una pendejada para los gringos. El negocio es el show business y vos tenés ojo para eso.

Sirvió dos vasos de whisky y le llevó uno a Julio.

-A tu salud, muchacho. Te ganaste noventa mil dólares. -¿De qué estás hablando?

-Del negocio de Los Beatles, muchacho. Hice un negocio complicado. Firmé varios contratos de pase de manos y finalmente un socio gringo los llevó a Estados Unidos. Ganamos una fortuna. Tuviste una idea genial -se volvió hacia la mesa junto a la puerta de entrada del living-. Esta es tu parte, socio, descontados los gastos, incluidas las putas de Nueva York y un viaje a las Bahamas con cuatro de ellas y Josecito. ¿Te acordás de Josecito?

Claro que se acordaba. Era el compinche del Tano desde los nueve años. Cuando vendían ramitas de olivo bendecidas frente a la iglesia. Aseguraba que las hacía bendecir previamente. A nadie le importaba. El cura decía que era competencia desleal.

-Te manda saludos.

Le dio un paquete. Un sobre color marrón.

-Aquí está la mosca. En efectivo. -Vio que Julio no reaccionaba-. Agarrá, boludo, vos sí que ganás la guita fácil. Basta tener buenas ideas y que un tipo como yo las ejecute. ¿Qué te parece?

Julio Arias no lloró porque no sabía hacerlo. Una vez más supo por qué el Tano era su hermano. Hablaron de nuevos proyectos sin mencionar la plata que permaneció en el paquete, abandonada sobre la mesa bar, como un misterioso símbolo de la conducta humana. El Tano tenía una nueva idea.

-Hagamos una edición especial y lujosa del I Chin. Con buenos dibujos pornográficos. Se los encargamos a cualquiera de estos barbudos amigos a quienes les pagamos tragos en el Café Bárbaro. Son todos buenos. Elegimos los mejores. Vamos a ganar un montón de plata porque está llegando la moda del I Chin. ¿Sabés qué hacemos después? Buscamos entre vos y yo, ocho amigos. Debemos ser en total, diez. Los más inteligentes y locos. Bueno, locos es una manera de decir. Así como nosotros. Creativos. Alquilamos o compramos una de esas islitas del Caribe. Hay miles. No las quiere nadie. Nos vamos todos allí con o sin las minas que nos dé la gana.

Miró a Julio con una extraña mirada de complicidad como si el otro conociera toda la historia.

-¿Entendés?

-No, Tano, no entiendo nada. Te sigo hasta la isla. Nos vamos a vivir todos allí. ¿Y entonces?

-No entendés -lo miró asombrado-. ¿Qué te pasa? Vos eras más rápido antes de la informática. Esa porquería te pudrió el cerebro. Julito, pensá un poco. ¿Qué podemos hacer diez tipos inteligentes en esa isla? -Como no había respuesta el Tano la dio-. Nada, muchacho. Nada. De eso se trata. No hay nada para hacer, sólo pensar. De puro aburridos, durante un año de no hacer nada, se nos ocurrirá algún negocio para hacer más plata. Si no es así, estoy loco o no somos tan inteligentes como pensamos.

Con veinte mil dólares Julio pagaba sus pocas deudas. Tenía setenta mil para esperar. El negocio era el I Chin. Empezaba la moda. Se podía ganar mucha plata. Miró al Tano conmovido. Había recogido las piernas como un yoga, los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija en un punto en la pared. Meditación trascendental.

-Volvé, Tano. ¿Cuándo empezamos?

Después de un largo silencio el Tano volvió a tomar contacto con la realidad, terminó su whisky, abrazó a Julio y se despidió.

-Tengo un pequeño problema que debo resolver antes de meternos en el negocio. Me voy a USA y vuelvo en quince días. Mientras tanto estudiá geografía. Hay muchas islas en el Caribe. Elegí la que nos convenga. Fijate en la bandera y si no tiene bandera, mejor. Chau.

Julio permaneció relajado y feliz. La suerte había cambiado gracias al Tano. No estaba en la miseria y no tenía necesidad de vender el departamento. Tomó de la biblioteca el tomo correspondiente a la letra C, Caribe, de la Enciclopedia Británica. Decidió seguir el consejo del Tano. Estudiar geografía.

El Tano volvió un mes más tarde. Cuando Julio llegó a su departamento lo encontró empotrado en un sillón del living con la mirada perdida y una copa de whisky en la mano. Advirtió que algo andaba mal.

-Hola, Tanito, qué gusto de verte -no pudo escapar a la extraña sensación de profunda depresión que expresaba la actitud del Tano. Agregó inmediatamente-. ¿Qué pasa? ¿Se murió alguien?

El Tano lo miró con los ojos nublados. Había desaparecido su permanente alegría.

-No. Todavía no. Pero alguien se va a morir.

-¿Quién?

-Yo.

-No jodás. ¿Cuál es tu problema?

El Tano no respondió enseguida. Después descargó la información como un golpe en la frente de su amigo.

-Tengo la papa.

-¿La papa? -al principio no entendió-. ¿La papa? -repitió estúpidamente. Después entendió-. No, Tano, no me lo digas. ¿Estás seguro?

-Claro. Por eso fui a USA. Este era el problema. Tenía que saber. Sospechaba. Allá me confirmaron. No hay nada que hacer.

-¿Nada? Qué significa eso.

-Significa que tengo seis u ocho meses de vida.

Se produjo un silencio ominoso. Un sudor frío, desesperante, angustioso y cargado de impotencia corrió por la espalda de Julio. No supo qué decir. Tampoco quería decir nada, porque cualquier cosa sería estúpida.

-Bueno -dijo el Tano-, todavía tengo seis meses. Posiblemente ocho. Tiempo suficiente para hacer alguna cosa.

Julio reaccionó.

-¿Qué cosa? Es tu vida ¿Cómo la vas a usar durante estos meses? Eso, si realmente el diagnóstico es verdadero -se arrepintió de haber hecho esa observación tonta. Si había ido a USA, el diagnóstico debía ser correcto.

-No lo tengo resuelto todavía. No es mucho tiempo. Debo hacer alguna cosa que no hice nunca -reflexionó y mostró una sonrisa divertida-. Puto no me voy a hacer. A esta edad y pelado, sería un papelón. Ridículo. No me veo en eso.

-Es cierto. Harías un mal papel. Supongo que para eso se requiere entrenamiento. Y vos tenés poco tiempo.

Se introdujeron en un diálogo surrealista, absurdo en el cual la seriedad del tema marginaba el disparate. Expresaba la voluntad de cambiar el drama en comedia.

-Sí, es cierto. Tal vez debería tomar droga. Nunca lo hice y los que se metieron en el tema, no lo largan. No debe ser tan malo. Y si lo es, no me importa. Son seis meses. Tal vez ocho.

-Claro, Tano. Lo que vos digas. ¿Qué puedo hacer por vos?

-Nada. No le digas nada a nadie. Ni de la papa ni de la falopa. Todo queda entre nosotros.

El Tano continuó su vida normal. Los negocios de rutina en la televisión y la publicidad. No habló más del I Chin. Llevaría mucho tiempo. Empezó a «darse» decía, cuando se reunía con Julio. Total, era poco tiempo. Seis u ocho meses a lo sumo.

Pasaron ocho meses. Un año. Luego dos años. Nunca volvió a hablar de «la papa».

Tres años más tarde Julio y El Tano miraban pasar las muchachas con reducidas bikinis en la playa de Punta del Este. El sol agresivo y la arena húmeda componían una condición lujuriosa.

-Nunca me levantaría de aquí.

-No tenés por qué hacerlo -después-. Sos un tipo de palabra, Julito. Siempre lo supe. Por eso sos mi hermano. Nunca hablaste del tema de «la papa» ni de la «falopa». Ni conmigo.

-Así me lo pediste, ¿no?

-Claro, pero hay que ser muy macho para tener ese control. Es difícil de creer. Por eso te merecés una información que voy a darte.

-¿Tan importante?

-Claro, muchacho. Vas a decir que estoy loco, pero lo digo igual. Agarrate, muchacho, la «falopa» cura la «papa».

Tres años más tarde el Tano murió de una sobredosis. Nunca se supo si tuvo «la papa».



 

EL HÉROE

-Vengo a verlo porque me lo recomendó mi amigo Enrique Sobanski.

Gustavo miró al médico con cierta timidez. Debía hacer una propuesta que lo incomodaba.

-¡Ah, Enrique! Es un buen amigo. Sí, me dijo que vendría.

-Doctor, debo aclararle que no puedo pagarle. Recién llegué a la Argentina. Soy un refugiado de guerra.

El médico lo miró divertido. Arregló unos papeles sobre su escritorio. Pensó que los aristócratas tenían una gran libertad de decir lo que les viniera en gana sin complejos.

-Bueno, lo primero es lo primero. Enrique Sobanski me dijo que lo tratara bien. Estoy dispuesto a hacerlo, pero vamos a ver de qué se trata.

-Tengo una infección, doctor.

-¿Una infección? Qué interesante. ¿Dónde?

-Allí.

-¿Cómo allí? ¿Dónde es allí?

-En el sexo, doctor.

El médico cambió su estilo mundano y decidió introducirse en el tema.

-Desvístase -ordenó.

Gustavo se bajó los pantalones. Después el calzoncillo.

El médico lanzó una exclamación de sorpresa y admiración.

-¡Qué barbaridad! Maravilloso.

-A mí no me parece. -Gustavo estaba francamente molesto.

-Usted no es médico. Le puedo asegurar que se trata de un caso extraordinario. A lo largo de mi vida profesional nunca vi nada igual. Una sífilis de dimensiones insólitas.

-No es un orgullo -protestó Gustavo.

El médico rió.

-Me imagino. Además una molestia -pensó sin dejar de observar el sexo de Gustavo, de proporciones gigantescas como consecuencia de la infección.

-Tengo una idea. Me comprometo a curarlo -allí una breve pausa- pero usted sabe, Gustavo. ¿Gustavo se llama, verdad? En esta vida siempre se da algo a cambio de algo.

-Ya le dije, doctor, que no tengo dinero. Por eso vine a usted.

-Está bien. No le pido dinero, pero lo que usted tiene entre las piernas es un caso académico. ¡Fenomenal! -se entusiasmó-. Estamos terminando en la Facultad un nuevo diccionario de enfermedades infecciosas. Nos faltan ejemplos y fotografías.

Gustavo estaba estupefacto.

-No pensará que yo...

-Sí. Eso pienso. Yo hago un aporte para su curación, le aseguro que lo voy a curar, y usted hace un aporte a la ciencia. Toma y daca. Volvió a sentarse detrás del escritorio.

-No es tan grave. Apenas unas fotografías. No es necesario su nombre ni su cara. Para serle franco esa no es su parte más interesante.

Al día siguiente Gustavo posó de frente y de perfil, para una serie de fotografías que fueron incorporadas a la Enciclopedia Médica. Como extensión de su colaboración con la ciencia aceptó ser exhibido en el aula magna de la Facultad de Medicina, ante los estudiantes de los tres últimos cursos que ocuparon todo el salón. Debió escuchar bromas ingeniosas, estúpidas, obscenas e inocentes sobre las extraordinarias dimensiones, colores ambiguos, y supuraciones inesperadas de su sexo, tema que constituyó el punto de partida de reflexiones médicas y éticas por parte de profesores y estudiantes durante el resto del año.

-La culpa -decía Gustavo para sí mismo- la tiene Witold. Él me hizo venir a este país de mierda.

Años después Gustavo se divertía relatando el episodio. Era un tipo de buen humor y todo lo inesperado le resultaba fascinante. Desde el primer momento estuvo dispuesto a prestarse a lo que propuso el médico. Sus tímidas y poco sinceras reservas fueron consecuencia de la buena educación y de algunos prejuicios que suponía que debía expresar la gente decente, sector de la humanidad que no consideraba demasiado respetable, aunque no ignoraba su inevitable presencia.

Gustavo vivía en Londres, en el exilio, protegido por compatriotas aristocráticos y pobres. Recibió algunas cartas de Buenos Aires, de su primo Witold.

«Vivo -decían las cartas- en la casa de la baronesa Elsa Dietrich, en una suite que mira hacia la calle, desde la cual veo el palacio de los Anchorena, una distinguida familia de criollitos sin tradición pero inmensamente ricos. Al lado está la mansión de los Al Sabha, musulmanes emparentados con el emir de Kuwait que ha construido un palacio inmenso como el de Harum el Rashid. Joven y libertino, el pequeño califa organiza fiestas inolvidables de las que participan las mujeres más bellas de la ciudad. Más allá está el  palacio de los Duhau. Sus columnas dóricas asombran con los colores de sus capiteles, que por un extraño misterio del clima y de la arquitectura brillan en el crepúsculo con reflejos dorados y rojos. Todo es belleza, riqueza y hospitalidad en este país de gauchos ilustrados, con buenos modales, que abren generosamente las puertas de sus palacios a los extranjeros de buena familia».

Gustavo vivía en Londres, auxiliado por la disimulada caridad de familias tradicionales venidas a menos, como consecuencia de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. La guerra había terminado recientemente.

Las cartas de Witold excitaron su imaginación. Pidió prestado el dinero para el pasaje y marchó a El Dorado, que Witold describía en sus cartas con entusiasmo y precisa objetividad.

La sorpresa fue desconcertante. Parado en la esquina de la calle Venezuela al 800, Gustavo luchaba por imaginar dónde estaban los palacios y las mansiones descritas por su primo. El asombro pudo más que el dolor para su espíritu imaginativo y con sentido del humor.

Cuando terminó de subir por la escalera los cuatro pisos del viejo edificio que culminaba en la pensión de frau Elsa, miró a Witold con intención asesina y le preguntó por qué había inventado esas fantasías. Witold estaba molesto.

-Bueno -dijo-, sabía que no lo pasabas bien en Londres. Así me dijiste en tus cartas. Con estas historias fantásticas te proporcioné un poco de alegría y esperanza. Nunca me imaginé que vendrías -hizo un gesto con la mano-, siempre fuiste un aventurero compulsivo.

Gustavo rió a carcajadas. También Witold. Se abrazaron con un profundo cariño que venía de la infancia y se prolongaría a lo largo de sus vidas.

Gustavo era un experto en sobrevivencia. En pocas horas tenía los nombres y direcciones de los polacos ricos o representativos del viejo régimen, radicados en Buenos Aires. Habían huido a tiempo de la madre patria, sometida por la URSS y el comunismo. Al día siguiente vistió su mejor traje y fue a visitarlos.

No encontró una buena acogida, lo cual no afectó particularmente su audacia y tenacidad. La cuota de martirio comenzaba cuando volvía a la pensión y debía soportar la andanada de insultos de la robusta, honrada e insoportable frau Elsa, que no se atrevía a dirigir directamente esos insultos a Witold, quien constituía para la sólida germana un enigma misterioso y turbador.

Witold pasaba el día escribiendo sobre una pequeña mesa, que nunca nadie imaginó que sería dedicada a esos fines. Leía y miraba por la ventana. Salía de la pensión después del crepúsculo. Esa era la incómoda oportunidad en que la mujer podía limpiar el cuarto y trataba de poner un relativo orden, en el gran desorden que no se correspondía objetiva ni racionalmente con la pequeñez del lugar.

-Es un polaco asqueroso. Usted perdone por lo de polaco, señor Gustavo. Usted parece un señor, en cambio su primo ni siquiera se cambia la ropa. Yo tengo que decirle que se cambie los calzoncillos. ¿Usted se da cuenta? Vaya a saber lo que escribe. Yo creo que es un terrorista. ¿Usted sabe? Encontré debajo de su cama un canasto lleno de pastelitos de dulce que le regalaron el año pasado. Entonces me habló de los pastelitos y después me olvidé. Pensé que los había comido y devuelto el canasto sin que yo lo advirtiera. Eso era muy difícil, porque yo sé todo lo que pasa en mi pensión. ¡Pero los encontré! Podridos. Debían estar podridos, debajo de la cama. ¿Usted se da cuenta? Su primo. Yo no creo que pertenezcan a la misma familia.

Gustavo le explicaba que Witold era un gran escritor y ella debía comprender que la excentricidad y la vida poco convencional eran  naturales en los hombres geniales como su primo. Con dulzura y buenos modales había conseguido una pequeña pieza muy barata al fondo del cuarto piso y el derecho de usar el teléfono, por lo cual estaba dispuesto a soportar el mal humor de la dueña de la pensión. Cuando relataba a Witold los detalles de las protestas de frau Elsa, éste estallaba en una risa extraña y artificial, como un bufido escalofriante, y decía:

-Esta risa estúpida y terrible le dedico a frau Elsa cuando me cruzo con ella en la escalera. La pobre no lo sabe, pero está enamorada de mí.

Gustavo tuvo variada suerte en su búsqueda, en varios sentidos. Encontró a su amigo de la infancia, el conde Enrique Sobanski, quien lo introdujo en el gran mundo porteño. Por otra parte estableció una relación afectiva y erótica turbulenta y a veces escandalosa, con la pupila de un prostíbulo clandestino instalado al frente de la pensión, exactamente en el lugar en que debía estar, de acuerdo a los relatos de Witold, el palacio de la familia Anchorena, esos criollitos sin tradición, pero riquísimos.

La amistad con el conde le permitió desarrollar, en lugares exclusivos, el único arte al cual se había dedicado desde su infancia con voluntad, perseverancia y raro talento. El bridge.

Era un extraordinario jugador.

La magia de este juego complejo exigía inteligencia y astucia, además de buena educación, condiciones naturales en Gustavo, que se completaron armoniosamente con una leyenda fundada parcialmente en la realidad y distribuida sutilmente por Enrique Sobanski.

Explicó que su amigo había llegado a la Argentina, después de integrar en Londres el primer gobierno polaco en el exilio. Pertenecía a una antigua familia con títulos nobiliarios desde los tiempos del Imperio Romano, lo cual constituía un hecho notable y verdaderamente  extraordinario para un país como Polonia, donde sólo existían señores y judíos y no había títulos nobiliarios.

-Los Kotkowski -decía- están emparentados con los Sobanski.

Enrique Sobanski lo introdujo en la plutocracia selecta de los jugadores de bridge y la joven tornadiza Dolinda, la pupila del prostíbulo vecino, lo introdujo en la Enciclopedia Médica mediante el recurso de contagiarle la famosa sífilis que dejó huellas indelebles en la historia académica de la Facultad de Medicina.

La sífilis pasó y los contertulios de Gustavo con los salones de bridge no accedían a la Enciclopedia Médica, de manera que nada contuvo el vertiginoso ascenso crematístico de Gustavo, porque desde el punto de vista social la presentación de Sobanski lo había colocado en el nivel que le correspondía.

Dejó la pensión y se instaló en un departamento en la calle Arroyo. Witold no quiso acompañarlo. Prefirió la imaginación aplicada a la literatura y no las fantasías de Gustavo que estaba convencido que su talento para el bridge lo haría rico. A partir de los recursos obtenidos entre aristócratas desaprensivos y judíos prepotentes que pagaban sin vacilar, conservando su presencia de ánimo para no mostrar la hilacha, como decía Enrique Sobanski, más tarde o más temprano accedería al mundo de los negocios.

No accedió al mundo de los negocios, pero su fama de jugador correcto, a la vez que brillante, se extendió fuera de las fronteras. Un año más tarde era invitado a Santiago de Chile, Río de Janeiro, Nueva York, Londres o París a jugar en los lugares más sofisticados dedicados a esa rara pasión por el bridge, para la que no había límites de dinero. Allí conoció mujeres hermosas, lo cual le permitió desarrollar otro arte al que dedicó una profunda vocación profesional, en un nivel y en un ámbito menos peligroso que el prostíbulo  donde se enredó, con consecuencias aciagas, con la tornadiza Dolinda.

Si bien no se hizo rico, ganó bastante dinero, viajó mucho y fue huésped de la mejor sociedad en todo lugar donde lo llevó su talento. Pasaron los años y Witold, famoso por la publicación de su obra literaria, volvió a Europa y se instaló en un pueblito del sur de Francia.

Gustavo viajaba y jugaba al bridge. Lo conocí en Río de Janeiro cuando le dieron una mención especial por haber hecho en un año más de cien viajes entre América y Europa. Nos hicimos amigos. Sentíamos la misma pasión por la aventura, aunque nunca compartí su pasión por el bridge. Ganaba mucho dinero y lo gastaba inmediatamente. Yo que era bastante menor, le llamaba la atención sobre su vida dispendiosa. Le sugerí muchas veces que invirtiera su dinero o consiguiera, por medio de sus amigos, un puesto en algún directorio de alguna empresa o banco, que no significara demasiadas responsabilidades, pero le asegurara una vejez tranquila con un ingreso regular. Se reía y decía.

-Querido amigo, eso significa trabajar. Y yo no nací para eso.

Dejé de verlo durante varios años, porque mi trabajo me obligaba a viajar permanentemente. Algunas veces nos encontramos en Europa y Estados Unidos. También en Chile y Brasil.

Un día me llegó la noticia de que estaba enfermo. Volví a Buenos Aires y lo busqué. Vivía todavía en el departamento de la calle Arroyo. Apenas lo reconocí, muy delgado y demacrado por una terrible enfermedad. Lo cuidaba una mujer con la cual se había casado alguna vez, vaya a saber por qué razones y según me dijo nunca había vivido con ella más de dos semanas seguidas.

Permanecí en la ciudad varios meses, de manera que lo visitaba casi a diario. La enfermedad lo destruía cada vez más.

No tenía problemas económicos porque su mujer, o su ex mujer, o como quiera definirse esa extraña relación, tenía algunos recursos que había logrado sacarle en el pasado y los había multiplicado modestamente, antes que las financieras se precipitaran a la crisis de los años sesenta.

Una mañana la mujer me llamó por teléfono. Estaba muy angustiada.

-Creo que no pasa el día -dijo.

Cuando llegué al departamento pensé que había llegado tarde. Me impresionó, parecía muerto y debí aproximarme mucho para saber si respiraba. Todavía no había llegado el fin. Me hizo una seña casi imperceptible. Quería decirme algo. Mientras acercaba mi oído a su boca advertí un brillo divertido en sus ojos celestes.

-Viste, mi amigo -dijo-, le gané la partida a la vida. No trabajé nunca.

Fueron sus últimas palabras. No pude evitar reírme. Creo que él también rió mientras moría suavemente. Su perfil era el de un bárbaro noble polaco, refinado por la alegría de vivir y una intensa vida interior. Dolinda miró extrañada. No le parecía un momento adecuado para reírse.



 

EL RÉQUIEM DE MOZART

Carlos Rodríguez se anudó la corbata, miró el resultado en el espejo y aprobó satisfecho. Su hija María comentó que el color de la corbata armonizaba con la camisa celeste y el sobrio traje azul. Había cumplido quince años y éste era su primer viaje a Nueva York. Padre e hija se relacionaban con un afecto inteligente y alegre. Compartían intereses culturales y buena comida con el entusiasmo educado de dos adolescentes maduros y felices por la oportunidad de viajar juntos. México estaba cerca y a la vez lejos. Paladeaban el sabor de la aventura.

Esa noche no quisieron seguir el itinerario convencional de los espectáculos propuestos por la moda y enunciados en el periódico. Descubrieron un pequeño aviso que les pareció interesante. En una iglesia de barrio se cantaba el Réquiem de Mozart. Decidieron escuchar a Mozart. El Réquiem, en una iglesia, parecía una buena propuesta.

Salieron del hotel y tomaron un taxi. Dieron las señas de la iglesia al conductor, una enorme espalda inmersa en la penumbra, quien los condujo durante largos veinte minutos por calles mal iluminadas, en un complicado recorrido que aparentemente se orientaba hacia el suburbio. Carlos comenzó a preocuparse. Pensó que tal vez no había sido una buena idea escuchar el Réquiem de Mozart en una iglesia desconocida en un barrio de extramuros mal iluminado. Grupos de hombres reunidos en las esquinas parecían observar el paso del taxi como si se tratara de un fenómeno exótico.

Cuando finalmente llegaron, unas veinte personas conversaban en la puerta de la iglesia. El público del Réquiem de Mozart. Una observación atenta y el saludo entusiasta de un sacerdote que les entregó dos partituras, los inclinó a pensar que no se trataba de  meros espectadores. Carlos explicó que no sabían leer música. Además, para escuchar y gozar de Mozart no era indispensable seguir la música en una partitura. El sacerdote lo miró con curiosidad.

-No se trata de escuchar, solamente -dijo-, todos cantamos el Réquiem.

Carlos advirtió que había algo extraño, no convencional y hasta sutilmente maligno en la apariencia de las personas que conversaban en el atrio con voces agudas y casi a gritos. No fue una revelación abrupta sino una confusa convicción que se acentuó a medida que observaba a esos hombres y mujeres de aspecto modesto y a la vez agresivamente vulgar, desaliñados y desprolijos, estrafalarios muchos de ellos y perturbadoramente amenazadores otros. Algunos rehuían la mirada pretendiendo ignorarlos, otros los observaban con un chisporroteo de violencia en los ojos cargados de furia inexplicable.

Carlos tomó la mano de su hija. Pensó que esa noche extraña habían cometido un grave error, pero retroceder en el tiempo y en el espacio parecía imposible. No había ninguna posibilidad de encontrar un taxi vagabundo por esos andurriales sospechosos.

Empujados por la multitud ansiosa entraron al templo. Buscaron un lugar y se sentaron, definitivamente entregados a lo inevitable. A su lado un hombre gigantesco mostraba viejas cicatrices en un rostro innoble, los brazos poderosos, tensados por la musculatura hacían bailotear extraños tatuajes obscenos. Junto a María, una vieja prostituta, obvia condición que revelaba el rostro pintarrajeado y el pegajoso olor de perfume barato, les dedicó una mirada violenta. La presencia de los intrusos no estaba justificada en el rito de los iniciados.

La voz del sacerdote serenó el rumor áspero y ahogado de la multitud.

-Vamos a ensayar. Cuando coincidamos en que podemos interpretar correctamente el Réquiem, cantaremos. Empezamos ahora.

Durante una hora el sacerdote condujo el ensayo. Con paciencia y voluntad didáctica, como un maestro de escuela de infantes propuso el canto del introitus, señaló a los que se equivocaban el tono, corrigió los acentos de la melodía, reprochó cariñosamente a quienes no se concentraban suficientemente y fue creando en el contradictorio conjunto de voces disonantes, la estructura básica de las tres primeras secuencias del Réquiem que alcanzó finalmente una expresión razonable. No fue sólo eso lo que ocurrió en la extraña e inesperada confrontación de actitudes y voluntades inicialmente dispersas y abruptamente opuestas. La fisonomía de la gente cambió. Los rostros duros y agresivos se dulcificaron, las voces agudas y ríspidas adquirieron un tono melodioso, sugestivo y profundo y hasta la enorme bestia sentada al lado de Carlos adquirió una expresión beatífica y sonriente, cargada de humanidad solidaria que se expresaba en miradas amistosas hacia el intruso, a quien una hora antes hubiera destruido con sus manos, empujado por una intención poderosa y bestial. La distorsionada sonrisa en la boca repleta de dientes podridos, intentaba expresar una franca simpatía por los extraños que participaban en la notable aventura de arte solidario.

El matón cargado de cicatrices y violencia, la prostituta gastada y perversa, los rostros agresivos y despiadados, la incongruencia moral que se expresaba en gestos y voces estridentes, se convirtió, por obra de la misteriosa manipulación del sacerdote, en un conjunto solidario, afectuoso, profundamente humano como si hubieran descubierto, en lo más oculto de sus naturalezas, la esencia de su condición de hijos de Dios. Un Dios que podía no tener relación con el presupuesto original que explicaba la existencia del templo donde se desarrollaba esta fascinante transmutación, porque era un Dios ateo y universal, padre bondadoso, en el que la idea del bien y del mal integraba una profunda, misteriosa, indisoluble y patética unidad.

Carlos y María fueron invadidos por la mágica calidez de esos hombres y mujeres integrados ahora en un grupo humano indivisible. Un grupo uno, armonioso, alegre y apasionado, feliz por haber protagonizado el milagro, convencidos de que no estaban definitivamente abandonados de la mano de Dios, sino que participaban de la armonía universal, tan imperiosa como la armonía que habían logrado al estructurar con paciencia, voluntad y entrega la conmovedora música del Réquiem de Mozart.

El sacerdote dio por terminado el ensayo e invitó a un refrigerio para después iniciar, definitivamente, el canto esperado al cual habían dedicado una hora de sonidos controvertidos, aparentemente incompatibles, hasta descubrir que los unía e integraba su esencia de humanidad.

Carlos descubrió que se trataba de una asociación de alcohólicos anónimos. No había en el refrigerio bebidas alcohólicas y escuchó, sin proponérselo, fragmentos de terribles y superadas experiencias, relatos conmovedores y valientes, cobardías confesadas con pasión y piedad hacia uno mismo, y descabelladas historias atribuidas a seres intangibles y misteriosos, que se habían constituido en ejemplos exaltados de la voluntad de vencer los razonables vicios inherentes a la condición humana.

Después, todo fue fascinación. Carlos era un melómano vocacional y confesó que nunca había escuchado una interpretación tan extraordinaria del Réquiem. Las voces no fueron solamente sonidos, sino la expresión viva de un espíritu inmortal introducido con audacia y misterio en esos cuerpos corruptos, desgastados por el vicio, tronchados por la desesperanza, destruidos por el egoísmo, la soledad, y la miseria de sus vidas cotidianas, en las cuales ya no era posible encontrar voluntad o imaginación, para anudar nuevas hipótesis de una vida mejor, si es que en realidad pueden existir vidas mejores o peores, tejidas con la madeja de esperanzas olvidadas o destruidas por la fatiga de sobrevivir. La decadencia de los cuerpos y de los espíritus, marginales, transgresores, inundados por la vaciedad de un futuro agotado el día de ayer, había sido transformada e iluminada por una voluntad solidaria, destinada a cambiar los gritos por la armonía, la violencia por la caridad, la brutalidad por el amor.

Porque fue claro que un sorprendente, extraordinario, conmovedor misterio de amor se había introducido e impuesto en los espíritus agotados por la maldición de sus pecados, cómplices comprometidos en las confusas y estúpidas contingencias cotidianas.

Carlos y María salieron de la iglesia tomados de la mano. Vivían una emoción que los aproximaba a las lágrimas, deseadas y necesarias, imbuidos del extraño fenómeno de plenitud amorosa que había cambiado, en pocas horas, la fisonomía exterior y la actitud interior de esa compleja y variada comunidad de náufragos, olvidados en la penumbra de una pequeña iglesia, en un barrio cargado de maldad y amenazas imprevisibles.

Se alejaron caminando lentamente por calles solitarias. No había luces en las ventanas, ni rumores domésticos que indicaran un rastro de vida enredado injustamente en los feos y enormes edificios que alguna vez habían sido de ladrillos a la vista, y ahora esperaban la inevitable demolición, quemados por el carbón del aire y el tiempo.

Padre e hija vagaban por las calles invadidos por una sutil e inefable alegría, a la vez que una emocionada serenidad. Ignoraban la fantasmal amenaza de la oscuridad, el silencio y la soledad de ese desgarrado sector del suburbio que esperaba la maza implacable de la demolición. Los embargaba la sugestión provocada por la misteriosa aventura de la música y la extraña experiencia de ese grupo humano extenuado por sus pecados y paradójicamente exaltados por un destino raro y venturoso. Fue instintivo el gesto violento de atraer a María contra su cuerpo cuando el enorme negro que había surgido desde la sombra, como una amenazadora fantasía onírica, los apuntó con un gran cuchillo que brillaba ominoso en la penumbra.

-Te voy a matar si no me das todo tu dinero.

La voz sonó sorda y rugiente como una tormenta inesperada y Carlos advirtió por primera vez que estaban abandonados a la más absoluta soledad. Cuando se repuso de la sorpresa:

-Tú no querrás matarnos. Solamente nuestro dinero. Un momento.

Apelando a una trabajosa serenidad se llevó la mano al pecho, la introdujo bajo el saco, y mostró la billetera.

-Aquí está todo. Mira.

Ante los ojos asustados del negro sacó el dinero, se lo entregó y mostró la billetera vacía. Después desprendió el reloj de la muñeca. El hombre lo tomó rápidamente.

-Calma, no es todo todavía. Con las dos manos soltó el cierre de una cadena que llevaba al cuello. Es una imagen de mi madre. Te la doy. Pero no nos harás mal.

En los ojos del negro había miedo y desconcierto. Continuó agazapado en un inquieto silencio hasta que Carlos dijo:

-Hijo de la chingada2. Me diste un susto padre. No era necesario el cuchillo. Lo mejor que puedes hacer es guardarlo. Con tu cara es suficiente. Me cagué hasta las patas -María estaba acurrucada a su lado. El negro se volvió para irse-. No, espera. Me has dejado con susto y sin plata. Por lo menos invítame a tomar algo fuerte para tranquilizarme.

La cara del negro expresó asombro y luego una sonrisa vagó en los labios gruesos entre los que brillaban unos dientes blanquísimos. Hizo un gesto con la mano.

-Allá.

Caminaron unas cuadras hasta una calle angosta desde la cual llegaba una música casi inaudible. Cuando el negro abrió la puerta del bar la música frenética, se convirtió en un estampido atronador. El olor a sudor, mariguana y vómito les indicó que habían llegado al infierno. No a un buen infierno ocupado por espíritus sofisticados, condenados por pecadores y ateos. El verdadero infierno de la horrible corrupción, la decrepitud física y moral, la perversidad y el dolor. Una multitud de negros y negras se apretujaba en una mínima pista de baile entre gritos excitados, gestos obscenos y contorsiones grotescas. Las luces de colores irritantes y la música atronadora componían un caos insoportable que colmaba de regocijo a esa extraña y homogénea comunidad de marginales que se debatían como fantasmas demoníacos en la penumbra. De algún lugar surgió alguien para preguntar qué querían. El negro miró a Carlos. Pidió Bourbon para los tres. Cuando el camarero trajo los vasos, el negro introdujo la mano al bolsillo y pagó. Hubo una complicada mirada de sorpresa y consternación entre los vecinos que no podían explicarse el fenómeno. Cuando llegó la tercera vuelta y se repitió el gesto, pensaron que la decadencia era irremediable  y ese negro miserable y traidor había perdido la chaveta. Pero no dijeron nada. El negro medía unos generosos dos metros de altura.

-¿Puedo bailar con tu hija?

Carlos lo miró fijamente. El negro sabía leer las miradas al final de una vida miserable y brutal.

-Si te acercás a mi hija estás muerto -murmuró Carlos sordamente. Durante la siguiente media hora no hablaron. Carlos dijo que debían irse-. Hijo de la chingada, tú tienes mi dinero. Dame algo para el taxi.

El negro se levantó. Parecía una montaña. La cumbre se perdía en la negrura luminosa del local.

-Yo los acompaño. Este es un barrio peligroso.

Salieron del bar y el viento helado pareció una brisa refrescante y bienhechora después del interregno en esa pocilga sucia y maloliente. Caminaron varias cuadras. El chofer de un taxi solitario disminuyó la marcha. Frenó cuando vio a Carlos y María detrás del negro que abrió la puerta del taxi, y dejó pasar a María. Después se volvió hacia Carlos.

-Seguramente querías esto.

En la enorme palma de la mano brillaba la cadena y la medalla. Fue el final. Communio Lux Aeterna del Réquiem de Mozart. 

 

 

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