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FRANCISCO (PANCHO) ODDONE


  LA VIDA TIERNA Y SALVAJE, 2007 - Cuentos y relatos de PANCHO ODDONE


LA VIDA TIERNA Y SALVAJE, 2007 - Cuentos y relatos de PANCHO ODDONE

LA VIDA TIERNA Y SALVAJE

Cuentos y relatos de PANCHO ODDONE

Arandurã Editorial,

Ilustración de tapa: Dibujo de Pancho Oddone,

cedido por Magdalena Oddone.

Asunción-Paraguay,

2007 (351 páginas)

 

 

 

Es junio, hace frío. El frío dura desde mayo, en pleno otoño. Dicen que permanece, dicen, los que conocen estas cosas, que inauguramos una nueva estación además de las ya conocidas, la del ferrocarril y el verano. Mi amigo Pancho hace público un nuevo libro. Para que continúen posibles las parábolas y no caigamos en la tentación mortal del q t d= cualquier cosa. La vasta mayoría de nosotros bajó del árbol hace siglos, y no veo razones profundas para intentar hacer el camino de vuelta. Aunque nos prometan una mejor vista desde arriba. Tenemos la imaginación y ella nos puede llevar a cualquier altura.

Un libro de cuentos en junio. Elliot decía que abril es el más cruel de los meses. Tendría sus razones. Personalmente no tendo nada contra abril, nací en abril. Pero la felicidad de junio, que quiero compartir, viene de un libro, de este libro. Porque es un libro, porque llega al público en pleno invierno: No hablo de la estación. Me refiero al hielo conceptual que busca callarnos a todos. Un frío mineral que sopla sobre el planeta, y que decreta la pasividad perentoria. Hay que decir no. Con palabras. Que son ideas siempre. Que a veces se hacen cuento, como estos de mi amigo Pancho. Para quedar. Aunque no duren. Nada permanece. A no ser nuestra esperanza de eternidad, gracias a los cuentos como estas que inventamos, sobre dioses, infinitos y amores

JOSÉ EDUARDO ALCÁZAR.

Asunción, junio, 2007.

 

 

ÍNDICE DE CUENTOS:

  • EL DAVID
  • GANARSE LA VIDA
  • DE LA CRÓNICA COLONIAL
  • EL CASO DEL CADÁVER EMPOLVADO
  • DESCUBRIMIENTO DEL PACADO
  • EL EXPEDIENTE
  • EL HÉROE
  • EL INVITADO
  • DESTINO
  • LAS COSAS NO TERMINAN ASÍ
  • LA PALOMA DE LA PAZ
  • RÉQUIEM PARA UN PLOMERO
  • MI AMIGO EL GRIEGO
  • LA SIRENITA
  • TRAPITOS
  • LA PAPA
  • UNA DISCUSIÓN INÚTIL
  • VECINOS
  • MESALINA
  • LA TOUR D’ARGENT
  • GRANDES MANIOBRAS
  • IDEA PARA UN CRIMEN CASI PERFECTO
  • ALEJANDRA
  • ANITA
  • ANGÉLICA ES UN ANGEL
  • EL ABURRIMIENTO DEL SEÑOR ARTEMIO
  • DESPUÉS DE TODO
  • EL ABUSO
  • EL ATRACO
  • EL COLOR VIOLETA
  • EL DESCONOCIDO
  • EL CÍRCULO
  • EL AMOR ES INVENCIBLE
  • EL MENSAJERO
  • ¡MILAGRO! !MILAGRO!
  • EL RÉQUIEM DE MOZART
  • EL TIEMPO NO EXISTE
  • EL TREN FANTASMA
  • EL VÉRTIGO
  • EL COMISARIO Y LA SAMARITANA
  • EN FAMILIA
  • EL FUGITIVO
  • SÚCUBO
  • ESPIONAJE
  • OTELO
  • EL ÁNGEL DE LA MUERTE
  • LA CITA
  • DE REPENTE, EN EL VERANO

 


LA VIDA TIERNA Y SALVAJE


(cuentos y relatos)


PANCHO ODDONE



         EL CASO DEL CADÁVER EMPOLVADO


A las once de la mañana un desconocido llamó a la comisaría. Dijo, con voz ligeramente alterada, que en una camioneta de color azul, estacionada en un baldío, había una persona que parecía dormida. Al aburrido agente de guardia no le pareció una información importante, no obstante lo cual preguntó tres cosas. Primero su nombre, después, cuándo había advertido la presencia de la camioneta y finalmente por qué le había llamado la atención el hecho de que en su interior hubiera una persona dormida.

El hombre no quiso contestar la primera pregunta. Cuando lo interrogaron durante la tarde, comentó que cuando uno toma contacto con la policía, generalmente la cosa termina mal y no para la policía. A la segunda pregunta, respondió que no era habitual que una elegante camioneta cuatro por cuatro, impecablemente limpia, estacionara en ese lugar, y a la tercera pregunta respondió que la persona, una mujer, no se había movido durante más de una hora, y eso le había parecido anormal.

En el barrio hay pocas casas, de manera que la policía no tardó en identificar al denunciante, que dijo llamarse Egidio Cristaldo. La mujer en el asiento del conductor y echada hacia atrás parecía mirar un punto cualquiera en el techo del vehículo con sus grandes ojos abiertos por la sorpresa. En realidad, estaba muerta.

Vestía una ajustada ropa deportiva de color blanco, y parecía maquillada como si acabara de salir de un instituto de belleza. Aparentaba unos cuarenta años. El rigor mortis había congelado una expresión absorta que no lograba alterar sus rasgos delicados, enmarcados por un brillante pelo rubio artificial. La boca entreabierta mostraba los labios pintados con un rojo intenso que cubrían el inevitable violeta de la muerte.

El único dato que parecía anormal, en esa mujer atractiva, no obstante las circunstancias, era la gruesa capa de polvo blanco con que había cubierto la frente y las mejillas. En algún momento habría que resolver si había sido resultado de su iniciativa o de la iniciativa de un tercero. Era polvo común, como el que usan generalmente las mujeres para disimular las imperfecciones de la piel, recurso innecesario en este caso, porque la muerte no había logrado alterar su belleza y sensualidad.

Sobre el asiento del acompañante había un revólver calibre 38. Parecía haberse deslizado de su mano, y establecía una ominosa relación con el cadáver, que era observado por los policías a través de las ventanillas, mientras esperaban la llegada del juez del crimen.

El forense llegó en una ambulancia casi al mismo tiempo. Con mano segura apartó la blusa y señaló un orificio a la altura del corazón. Dedujo que se trataba de un suicidio. Eso le comunicó al comisario, que lo miró con frialdad y algún desprecio profesional. Pensaba que las mujeres bellas y ricas pueden suicidarse igual que las mucamas o las adolescentes con amores contrariados, sólo que la escena era demasiado elaborada y precisa.

El escepticismo del policía lo inclinaba a no aceptar lo obvio. Si se trataba de un asesinato, como supuso como alternativa hipotética aunque posible, el espectáculo obvio habría sido preparado por el asesino. No encontraron la cartera, adminículo indispensable para una mujer coqueta y de buena posición económica, ni documentos que probaran su identidad.

El denunciante vivía en una pequeña casa frente al baldío, desde donde había observado la presencia de la camioneta azul. Fue interrogado varias veces por un policía, que repitió en cada caso las mismas preguntas con el objeto de encontrar alguna contradicción. Se trataba de un jardinero. Alguna vez había servido a la policía como informante oficioso, a cambio de obtener trabajos esporádicos. Eso había sido muchos años antes. El comisario hizo verificar los datos y no surgió nada anormal.

Las sorpresas comenzaron cuando el Departamento de Identificaciones descubrió que la muerta era la esposa del presidente de una conocida empresa comercial. El dato acentuó en los investigadores la idea de que se trataba de un suicidio. El crimen no se relaciona generalmente con gente de alta posición económica y social, y este prejuicio arbitrario le permitió sugerir al juez la conveniencia de cerrar el caso, porque los poderosos no se prestan de buen grado a los manoseos de una investigación criminal complicada.

Se realizó una encuesta. El marido, los amigos y parientes coincidieron en que Laura Gutiérrez, la víctima, sufría frecuentes depresiones y en el pasado, un pasado ciertamente algo remoto, había hecho un intento de suicidio cerrando herméticamente las ventanas de la casa dejando abiertas las llaves del gas. Ella nunca admitió el hecho y conjeturó vagamente que se trató de un accidente involuntario. Fue durante la siesta y despertó por el insoportable olor del gas. Ella misma abrió las ventanas. Dedujeron que se había arrepentido cuando el fantasma de la muerte se tornó una presencia viva, valga la paradoja, y posiblemente inevitable. Ahora había sido más práctica y menos melodramática. Un disparo de revólver cumplió el objetivo limpiamente en un instante.

Para el comisario Argüello fue demasiado limpiamente. La ropa blanca impecable no mostraba rastros de sangre. Los suicidas caen hacia adelante si están sentados en un automóvil y en este caso había ocurrido al revés. El marido no expresó ninguna emoción cuando le informaron que su mujer estaba muerta. Se limitó a pedir a la secretaria que contratara la mejor empresa de sepelios, en esto era delicado, y marchó a la morgue a cumplir la ingrata tarea de identificar el cadáver. Le dijo a la policía que su mujer estuvo varias veces en tratamiento psiquiátrico por sus estados depresivos. Finalmente, la pobre, cansada de sufrir -acotó sin ninguna convicción- se había suicidado. El revólver era suyo, pero siempre lo guardaba en la guantera de la camioneta y ella lo sabía.

El comisario pensó que el tipo hablaba como si hubiera aparecido una mula muerta en el jardín, aunque en este caso habría demostrado por lo menos alguna sorpresa. Antes de retirarse dijo que estaba a disposición de la policía. Encendió un cigarrillo y se marchó sin volver a mirar el cadáver sobre la camilla, cubierto por una sábana. Sobresalían los pies con una tarjeta de identificación anudada en el dedo gordo. Argüello lo miró alejarse y tuvo la inquietante sensación de que volverían a verse.

No tenía ningún dato que lo autorizara a suponer que se trataba de un crimen, salvo la intuición que le había permitido llegar a comisario, sorteando las intrigas, la maledicencia y la envidia de los camaradas, porque había protagonizado algunos aciertos notorios. Por eso debía cuidarse y no discrepar con el forense ni con el juez.

Resolvió llevar a cabo una discreta investigación de rutina, para no perder de vista al marido. En ningún momento había demostrado abatimiento ni angustia. Sólo demostró apuro por terminar el trámite formal y encender un cigarrillo.

Cuando su ayudante le comentó que el empresario tenía una amante, pensó que una amante no era necesariamente un motivo, pero sí un pretexto o el punto de partida de un accidente. Raúl Gutiérrez sabía y podía elegir. Una esposa hermosa oportunamente muerta y una amante bella y joven. Una modelo, Alicia Núñez, fotografiada con frecuencia en las páginas dedicadas a las frívolas alternativas de la noche.

Durante los siguientes treinta días la rutina del juez se deslizó sin tropiezos. No se presentaron nuevos datos, la prensa lloró por el viudo, los parientes contestaron con monosílabos las preguntas del secretario del juzgado, mostraban extrañeza, indiferencia o insinuaban gestos de duda, lo cierto es que la muerta era un poco neurótica, celosa y vehemente. Cuando les preguntaron sobre la modelo, supuestamente amante del viudo, dijeron que no la conocían ni les constaba su existencia. Después, todos olvidaron el asunto que se inscribió en la sentencia judicial como un suicidio, consecuencia probable de una crisis depresiva por motivos desconocidos.

El comisario no olvidaba. Un día el ayudante, a quien le había encargado el seguimiento de Raúl Gutiérrez, le dijo que éste había protagonizado un escándalo en un pub de la calle Perú. El tipo se había dado a la bebida, lo cual no lo convertía en un asesino, pero sí en un problema, sobre el cual convenía reflexionar.

Una mañana de setiembre, tres meses después del descubrimiento del cadáver empolvado, un señor llamó a la comisaría para denunciar que su vecino no había movido el auto, estacionado en la puerta de calle, durante los últimos cuatro días. Se trataba de un abogado soltero que recibía amigos con frecuencia. El oficial de guardia preguntó por qué le parecía raro. El vecino dijo que normalmente guardaba el auto en el garaje. Todas las mañanas salía para su trabajo a la misma hora en que él regaba las plantas del jardín. El comisario envió una patrulla. El olor era insoportable. El juez ordenó tirar la puerta abajo porque nadie respondió al timbre ni a los golpes. El abogado estaba acostado en su cama desnudo. Tenía dos orificios en el pecho y otro en la cabeza. Por supuesto estaba muerto.

Si no era por este hecho anormal y el olor fétido, la casa estaba ordenada y prolija. No había ninguna arma y hubiera sido imposible fingir un suicidio, porque el tipo tenía tres heridas de bala que no admitían ninguna posibilidad de sobrevivencia. Esta vez el juez demostró particular lucidez y concluyó que debía tratarse de un homicidio. El vecino que llamó a la policía no quiso identificar el cadáver porque era impresionable. No escuchó los disparos. No, el abogado no tenía personal de servicio, llamaba una limpiadora tres veces por semana y al jardinero los miércoles. No conocía el nombre del jardinero. Tampoco el nombre de la novia. Muy linda, eso sí. Tomaba el sol desnuda en el jardín posterior de la casa. ¿Cómo lo sabía? Bueno, se ve desde mi baño. El comisario pensó que este idiota, con pinta de ratón de biblioteca, debía masturbarse mirando desde su baño a la novia del vecino.

El abogado muerto no era rico, pero tampoco pobre. La casa era propia, su estudio tenía buenos clientes y no se le conocían deudas. El gerente del banco lo definió como un tipo frívolo y divertido. Bromeaba siempre pero pagaba puntualmente sus compromisos, lo cual lo convertía en una persona respetable. A veces le hacía confidencias. No se había casado porque le gustaba la variedad. No se puede comer puchero todos los días -decía-. Se reía a carcajadas. Ahora no podía hacer más bromas, ni optar por alguna variante del puchero. No sabía con quién salía últimamente, porque tenía muchas novias. Como cualquier soltero sin preocupaciones.

El comisario pensó, sin ninguna razón objetiva que lo justificara, que había una relación misteriosa entre los autos, la soledad de los dos cadáveres, la vecindad de los episodios. El auto de la señora Gutiérrez estaba estacionado a menos de quince cuadras de la casa del abogado. Si había verdaderamente una relación, la muchacha podía proporcionar la clave. "Se está pasando, jefe -dijo el ayudante-, me parece que nada tiene que ver la tipa muerta con este play boy". "Puede ser, muchacho sabio, pero lo único que explica la realidad es la imaginación". Entonces se pusieron a buscar a la novia del abogado. Revisaron las cuatro agendas del muerto llenas de nombres y números de teléfonos en desorden. La mayor parte, mujeres. Sería un trabajo complicado.

Encontraron el nombre del viudo desconsolado. No fue una sorpresa para el comisario, en cambio sí lo fue para el ayudante, a quien le faltaba ser testigo de veinte años de asesinatos, violaciones, robos y chantajes.

Raúl Gutiérrez recibió al comisario Argüello en su oficina, en el centro de la ciudad. Insinuó levantarse para saludarlo pero no completó el gesto. Fue una conversación breve y sin interés. Gutiérrez dijo que conocía al abogado. Usted sabe, en la noche nos encontramos todos. Hombres solitarios -sonrió insinuante-, leí en los diarios lo que le ocurrió. Una desgracia. Seguramente un ladrón. Un ladrón que tuvo tiempo de llevarse todo, pero aparentemente no se llevó nada. Muy extraño. Salvo que no sepamos qué buscaba. ¿Ud. conoce la casa? Claro, fui varias veces. A Arias le gustaban las fiestas. Buena bebida, lindas mujeres, música y a veces guitarras.

Terminaron las fiestas -reflexionó el comisario. No recordaba cuándo lo había visto por última vez. En realidad no eran amigos. Sólo conocidos de la noche.

El comisario se fue convencido de que Gutiérrez mentía, pero no tenía forma de probarlo. El tipo se había mostrado seguro y no vaciló cuando le preguntó si lo conocía. Era demasiado astuto como para incurrir en esa clase de errores. Cuando volvió a la comisaría, su ayudante exhibió una fotografía de una rubia muy linda desfilando en una pasarela. Era Alicia Núñez.

Las sorpresas empezaron cuando el vecino indiscreto reconoció en la fotografía a la novia del abogado, que tomaba el sol desnuda en el jardín posterior de la casa. Decidieron que convenía hablar con esta chica pródiga que distribuía sus encantos entre el viudo y el muerto, cuando éste todavía no había adquirido esa última e irreversible condición

A diferencia de sus dos amantes, uno por su condición existencial y el otro por un buen dominio de sus nervios, la chica hizo un escándalo. Lloró, gritó, pateó un sillón, dijo, sin que con ello pretendiera revelar un secreto, que los hombres eran unos hijos de puta. El comisario y su ayudante observaron estupefactos cómo la bella armonía de esa hermosa mujer se descomponía en la caótica ambigüedad de un ser enrojecido, desordenado, violento e incontrolable.

La tormenta duró poco. Había comenzado después de escuchar las preguntas del comisario y terminó abruptamente. La chica recuperó la compostura, el ayudante la siguió hasta su cuarto para vigilarla mientras se arreglaba, retornó impecable, serena, deslizándose como si llevara a cabo su mejor trabajo sobre la pasarela.

Con serena energía, mordiendo las palabras, dijo que nadie tenía derecho a meterse con su vida. Podía tener los amantes que quisiera aunque uno de ellos tuviera una mujer loca y suicida y el otro, enemigos desconocidos. No tenían por qué involucrarla en esos temas, pero estaba dispuesta a dar explicaciones. En realidad amaba al abogado. El empresario sólo colaboraba con su bienestar material, lo cual no era poco, pero tampoco demasiado importante para su espíritu libre. Pagaba el departamento y sus gastos mayores. No, no había conflictos que perturbaran ese tríptico erótico sentimental. Los hombres la compartían como buenos amigos. Es cierto que la mujer era celosa. Un día siguió a su marido hasta la casa de Miguel Arias, ese era el nombre del abogado, y comenzó un escándalo. Gritos y agresiones. Yo me fui. Me dio miedo. No recuerdo bien la fecha en que ocurrió el incidente, pero fue pocos días antes de que se suicidara. ¿Por qué no creería que se había suicidado? No había ninguna razón para matarla. Raúl Gutiérrez era un estúpido, pero no un asesino.

La muchacha fue convincente. Le creyeron hasta el día siguiente, cuando descubrieron que su verdadero nombre no era Alicia Núñez, sino María Cristaldo, y su padre era un humilde jardinero de Lambaré. El ayudante fue a buscarlo. El tipo no intentó ocultarse. Sólo había denunciado la presencia de la camioneta en el baldío. La presencia de ánimo le duró poco, cuando el vecino lo reconoció como jardinero del abogado. Lo aislaron en una celda al fondo de la comisaría. "No hay que tocarlo -dijo el comisario-, este se ablanda solo". La modelo no dudó mucho en comprometer a su padre, luego de dos horas de interrogatorio durante las cuales negó que fuera quien era en realidad, María Cristaldo, y no Alicia Núñez. Finalmente, con un profundo suspiro aceptó que éste era su nombre de guerra.

El crimen, o accidente como lo llamó la muchacha, ocurrió el día en que la mujer de Raúl Gutiérrez fue a la casa del abogado, porque sabía que allí se encontraba con ella. En realidad, fue a reprocharle su conducta al abogado, el amigo que hacía de cómplice, pero se puso nerviosa, comenzó a gritar e intentó golpear a su marido. Este se puso loco, según la expresión de la modelo, y respondió a los gritos y las amenazas con golpes. Después hubo que ponerle todo ese polvo en la cara para que no se notaran los moretones. ¿Después de que? Después que Raúl le arrancó el revólver de la mano. Forcejearon -dijo el ayudante-. No, continuó la chica, ella se había calmado y Raúl tenía el revólver en la mano. La miró como hipnotizado. Levantó el revólver sin apuro, creímos que iba a amenazarla, pero en cambio disparó. Un solo tiro.

Ese es un hijo de puta. La lavamos y le pusimos ropa mía que estaba en la casa. Por la noche llamamos a mi papá que llevó la camioneta hasta el baldío cerca de su casa. No tenía que llamar a la policía. No sé por qué lo hizo.

-No soportaba ver el cadáver allí enfrente. Había que terminar. Terminar, era que la policía se lo llevara.

-Eso explica la muerte de la señora, pero no el asesinato del abogado. ¿También fue Raúl Gutiérrez?

-No sé.

-Es mejor que sepa algo -dijo el comisario-, porque usted está muy comprometida. Es cómplice y testigo del asesinato de la señora, conspiró para deshacerse del cadáver y tenía buenas razones, miles de razones, para desear la desaparición de una esposa molesta.

La chica estaba aturdida. En ese momento advirtió que le resultaría muy difícil desprenderse de la responsabilidad. Comenzó a llorar en silencio. Con un largo, continuo y apenas audible gemido animal.

-Además, en el asesinato de Miguel Arias, cualquiera puede pensar que lo eliminaron entre usted y Gutiérrez. El tercero en discordia. Un triángulo bien avenido, pero no creo que el juez se lo trague. Usted cargará con los dos asesinatos, con mayor o menor culpabilidad en cada caso, pero culpable. Eso, sí.

El jardinero había presenciado en silencio el interrogatorio y la declaración de la modelo que volvía, de esta manera brutal y desesperada, a ser su hija. Quería hablar. El comisario lo advirtió y deliberadamente le impedía hacerlo, para crearle una situación explosiva insoportable.

El hombre se levantó bruscamente. El ayudante le apoyó una mano poderosa en el hombro y lo obligó a sentarse.

-Yo quiero hablar. Yo lo maté. Fui a verlo para que me pagara por el servicio. Yo no sé si a la mujer la mató el marido o ese tipo. Era un sinvergüenza que se aprovechaba de María. Él se la presentó a Raúl Gutiérrez, y si la mujer de Gutiérrez lo sabía era porque él se lo había contado, mientras extorsionaba al marido. María fue una pobre estúpida. La gran modelo -se burlaba-, sólo una puta que se acostaba con los amigos del abogado. Estoy seguro que les cobraba. Este Gutiérrez no era el único. El hijo de puta me contó todo mientras le apuntaba con el revólver. Se reía. Decía que era un infeliz padre de una puta y que no me atrevería a matarlo. Y me atreví. Sí, señor. Me atreví, y ahora el hijo de puta está reventado. Además dejaba el campo libre. La mujer también estaba muerta, de manera que mi hija podía casarse con Raúl Gutiérrez, que es rico y ya no tiene mujer. Así mi hija podía dejar de ser una puta. ¿No es cierto, mi hija? ¿No es cierto que las cosas no anduvieron bien porque su padre es pobre y usted tiene ambición? Eso fue todo. ¿Verdad?

La chica lo miraba asombrada mientras dejaba que las lágrimas le corrieran por la cara. Las limpió con el dorso de la mano. Después empezó a reír. Primero despacio, suavemente, con una risa contenida que le hacía temblar los hombros. Después con más ganas, casi a carcajadas. De pronto contuvo la risa y miró al jardinero. -¿Y quién le ha dicho, papá, que yo no quiero ser puta?


LAS COSAS NO TERMINAN ASÍ


"Esta gringa me tiene podrido". La cara morena se le amorataba de rabia. Después de una larga carrera de Don Juan exitoso, la tipa vino a complicarle la vida. El jefe intentó prevenirlo pero no quiso creerle.

Siempre había salido bien de los compromisos. El problema era que esto ni siquiera parecía un compromiso. Era peor, pero no podía definirlo.

El jefe le dijo: "Eligio, esa rubia le va dar problemas. Tiene ojos de loca". Eligio se rió, porque los ojos de Eileen eran azules como los del jefe. Eso fue al principio. Después el jefe no habló más del tema.

Como siempre los problemas vienen del silencio. Cuando ya no se puede hablar o cuando uno está dispuesto a hablar y antes de empezar sabe que será inútil. Hablar entonces no es conversar, tampoco discutir. Apenas una forma de odiarse. Porque la gente no quiere aceptar que las cosas terminan. La gente. En realidad a Eligio no le importaba la gente. Sólo las mujeres.

La gringa vino a complicarle la vida. Al principio fue una condecoración que lució con orgullo. A los cuarenta años recién cumplidos, coronel de aviación, rico y con la confianza del jefe, tenía el mundo en las manos. También era guapo y macho. Así decían las mujeres. Las que se habían acostado con él y las otras, que de alguna manera pensaban hacerlo o fantaseaban con la idea. Se miró en el espejo del baño. Había terminado de afeitarse. Eileen, ajena a esas reflexiones, pero adivinando que todo se moría, lo observaba desde la cama.

Era una hermosa mujer. Apenas había superado la barrera de los treinta. ¿Por qué una barrera? Porque a los treinta las mujeres cambian completamente. Como después de los cuarenta. Sobre el mundo y la vida de las mujeres después de los cincuenta Eligio no sabía nada. Nunca había accedido a esa nebulosa impenetrable. Las mujeres a los cincuenta llevan mucha carga de tristeza, dolor, soledad y obligaciones. Eligio pensaba que habían pasado la etapa de ser consideradas como mujeres. Por lo menos, él no las miraba como tales. Las mujeres eran otra cosa. En todo caso, debían ser otra cosa. Objetos para el placer, para el orgullo, para la afirmación de poder. Para el sexo.

La gringa había sido un triunfo. Se la presentaron en la Embajada. Estaba de paso. Sólo una turista. Después decidió quedarse. Llevaban ocho meses juntos. ¿Ocho meses? No, mucho más. Parecía toda una vida. Le había destruido la existencia. Ella no lo criticaba. Opinaba sobre todo y sobre todos. Machistas, decía. ¿Y qué?, le replicaba Eligio, los de tu país deben ser putos. Apelaba a la brutalidad para salir del paso. Para salvarse y no zozobrar, porque se ahogaba. La mujer quería hacerlo pensar y a él no le importaba pensar. Solamente hacer el amor. Como al principio.

Fue una linda locura. La noche de la fiesta la invitó a volar a la estancia. Toda una aventura para la gringa sentirse en la negra oscuridad del cielo del Chaco, mientras la pequeña luz verde de la cabina le permitía, apenas, descifrar el perfil de Eligio. Un mestizo hermoso. Un centauro audaz y provocativo que penetró con su mirada hasta el punto más vergonzoso e inconfesable de su sensibilidad. La desvistió lentamente con los ojos negros y terribles entre más de doscientas personas, el ruido, los olores y el calor. Eileen descubrió que el calor excitaba los sentidos en lugar de embotarlos. No podía ser de otra manera, porque el resultado fue ese vuelo a mil metros de altura en una frágil avioneta, tomada de la mano del hombre que acababa de conocer. Una locura. Suavemente le acarició la mano. Se multiplicaban los minutos y el deseo.

Si hubiera podido le hubiera hecho el amor en la cabina de la avioneta, mientras volaban rodeados por una oscuridad impenetrable. No hablaron. El ruido monótono del motor parecía el ronroneo indefinido de un gato con expectativa inescrutable. Eileen inventó la sorprendente figura, porque desde niña se había identificado con los gatos. El ronroneo tenía una cualidad erótica.

Eligio no hablaba. Concentraba inútilmente la vista en misteriosas imágenes invisibles, cuya aparición debía ser consecuencia del cumplimiento de las órdenes que había impartido por radio.

Finalmente algunas luces, como perlas incandescentes, brillaron sobre el horizonte. Una sonrisa distendió la cara de Eligio. Llegamos, dijo. Se volvió apenas y la miró. Todavía no podía creer que la gringa le hubiera hecho caso. Le propuso el viaje a la estancia como si le propusiera un viaje a la luna. Una fantasía de fin de fiesta. Pero la gringa aceptó, y por primera vez Eligio pensó que se había enredado con una mujer diferente.

Tres semanas más tarde descubrió sorprendido que esa mujer podía lograr de él cualquier cosa. No porque fuera una gran amante, aunque lo era. Tampoco porque fuera inteligente. Sabía enfrentarse a esa condición. Por una cualidad indefinible, difícil de expresar y casi insoportable. Un sometimiento primitivo y viejo, antiguo y poderoso que le recorría la mente, la columna vertebral y le producía una inevitable laxitud en los brazos y las piernas. Como si fuera un niño manejado con cariño y firmeza por una mujer abrumadoramente irreal. Madre, niñera, gobernanta, amante, hija.

Gringa de mierda, dijo Eligio. Me quiere dominar. Cuando llegó a esa conclusión Eileen ya lo dominaba

Las primeras semanas fueron de pasión. Eligio la llevaba a la cama y Eileen fingía escapar. Eligio la perseguía, supuestamente enloquecido por el deseo. La diversión, excitante, implicaba un rito erótico terrible y deseable por innecesario. El juego terminaba con una posesión violenta, angustiosa, desesperante, en cualquier habitación de la casa. En la cocina o en el sótano.

Eileen imponía las condiciones y Eligio las vivía desconcertado. Advirtió que no podía manejar la relación. La gringa gritaba, lloraba, gozaba y gemía. Ni siquiera se divertía.

Eileen se quedó en la estancia. Eligio viajaba a la capital por su trabajo y porque quería alejarse de la mujer. Viajaba solo, conduciendo su avioneta, o con Maciel, el piloto.

En Asunción, la vida adquiría una sensación de sólida realidad. Veía a sus antiguas amantes, comía con ellas, se divertía, hacía el amor y fingía que la gringa no existía. Pensaba que había sido una fantasía y que nadie lo esperaba en la estancia. Pero no era una fantasía, y la impaciencia por volver le resultaba insoportable.

Eileen trazó un límite imaginario a su alrededor y definió su mundo privado, en cuyo centro, como motivo, condición, principio y fin de todas las cosas instaló a Eligio. Sólo que él no lo sabía.

Si él hubiera escuchado una descripción de ese Eligio que Eileen había ubicado en el centro de su mundo, no lo hubiera reconocido. Eileen estableció un abismo imaginario, pero vívidamente real, entre el pasado y el futuro. El desorden inevitable ocurrió por ignorar que Eligio concebía solamente el presente. No el pasado y mucho menos el futuro. Imaginar el futuro le resultaba una carga intolerable. Era como vivir la misma vida dos veces.

De manera que Eileen, sin ninguna razón ni justificativo, comenzó a vivir hacia el centro de su mundo, mientras Eligio luchó por preservar su vida libre en la periferia, lo cual le permitía fantasear con la hipótesis de la fuga.

No se decidía a llevarla a Asunción y decirle que todo había terminado. Era imposible. ¿Por qué imposible? Se hacía esta pregunta cuando viajaba solo a la ciudad. Tenía la respuesta cuando volvía a la estancia y era envuelto por su piel blanca, casi translúcida y los ojos azules que penetraban las historias baratas de la semana con sus buenas, saludables e intrascendentes antiguas amantes. Se sentía humillado, vejado, en su independencia de macho montaraz.

Eileen nunca preguntó qué hacía en la ciudad. Tal vez le daba lo mismo, lo cual agregaba una cualidad despectiva al desinterés por lo que su amante hacía cuando no estaba a su lado.

La relación entre la gringa y el mestizo se convirtió en interdependencia neurótica. Eligio era feliz con ella, pero no podía soportarla.

Eileen un día advirtió que nunca se iría de la estancia. Eligio satisfacía las fantasías que había perseguido inútilmente en sus aventuras sentimentales. Era su hombre. La expresión contenía una carga posesiva más allá de la anécdota erótica.

No importaba la realidad del objeto amado, sin duda diferente a la imagen elaborada por la fantasía. Cuando él se iba para asumir sus responsabilidades en la ciudad, no se sentía abandonado. El hombre continuaba a su lado, un fantasma vivo, poderoso e inmaterial que existía solamente para su satisfacción.

El tiempo también transcurrió para Eileen. Sólo que el camino de las expectativas, las frustraciones y el deseo se orientó en sentido inverso al de su amante. Se propuso demostrarle que la vida era una sola. Lo que ocurría ahora y ocurriría en el futuro, formaba parte de la historia escrita en el misterio de un tiempo remoto, sin que ellos hubieran tenido participación consciente, ni voluntad para cambiar las decisiones.

La noche de los rumores en el desierto el capataz dijo que los subversivos estaban cerca. Eligio ordenó que los hombres se armaran y transmitió por radio la información al Comando en jefe. Se paseaba por la galería escrutando inútilmente la oscuridad, en busca de algún indicio que delatara la presencia del enemigo.

La gringa se dedicó a preparar una buena comida. Cuando estuvo lista lo buscó. Eligio se sentó en el comedor, fastidiado por la fría indiferencia de la mujer ante la hipótesis de circunstancias terribles. "Vivís en la luna", dijo, y puso el revólver sobre la mesa con gesto dramático. Ella disimuló una sonrisa. "No va a pasar nada. No llegarán nunca. No está previsto".

La noche transcurrió en un silencio tenso, apenas alterado por el lejano ladrido de perros salvajes. Al amanecer llegó un jeep del ejército con un teniente y dos soldados. El desplazamiento de los subversivos había sido detenido a cincuenta kilómetros de la estancia. El teniente dijo: Eran muy pocos y se desbandaron. Los buscaban, pero presumiblemente habían cruzado la frontera.

La gringa miraba el horizonte. Eligio se sintió vencido. En el atardecer de ese día resolvió terminar su torturada relación con la mujer.

"Esto no puede continuar" -dijo desde la cama mientras ella se desvestía. Eileen lo miró. Vaciló un momento, terminó de desvestirse y se acostó a su lado. Eligio se volvió hacia el otro lado evitando su contacto. "Las cosas no terminan así", dijo la mujer.

Al día siguiente, Eligio le dijo que preparara sus cosas porque volverían a la ciudad. Impartió algunas instrucciones a su capataz y llamó a Maciel. "Vamos a Asunción".

Eileen no hizo ningún comentario. No protestó ni trató de cambiar la decisión. Sabía que el destino se preocupaba por definir los hechos profundos o intrascendentes de la vida.

La avioneta carreteó pesadamente en la pista de pasto y se elevó sobre el desierto bajo un sol de fuego. Eligio conducía, Maciel a su lado se revolvió inquieto en el asiento acosado por una premonición desde que se dio cuenta de lo que ocurría. Eileen acumulaba un pesado silencio en el asiento posterior.

-"Me voy a librar de vos, gringa. Yo soy hombre para vivir solo". - La voz se mezclaba con vibraciones mecánicas y alboroto de bielas. El viento se filtraba por las ventanillas de la avioneta.

Eileen dijo, suavemente: "Las cosas no terminan así. El destino, ¿sabes, Eligio?".

Entonces fue cuando el hombre sintió el frío cañón del revólver en la nuca. Recordó su 38 olvidado sobre la mesa del comedor.

El disparo le rompió el cuello y la cabeza cayó hacia delante. El cuerpo de Eligio se aplastó sobre los controles y el avión entró en picada.




IDEA PARA UN CRIMEN CASI PERFECTO


Andrés Melaza pensó que le resultaba difícil sobrellevar la dulzura de su nombre, mientras soportaba la horrible violencia del dolor provocado por una muela que alguien había definido estúpidamente, como muela del juicio.

No puede decirse que descendió en el ascensor como lo hacía todos los días, sin una razón precisa, solamente para alejarse de la mugre insoportable de la pensión donde vivía acorralado por el hambre, como una necesaria e inevitable consecuencia de la falta de recursos.

Huía de la suciedad, de la extraña correspondencia entre el lugar y el estómago vacío, de la insoportable risa de la gallega dueña de la pensión, una enana avara y desagradable, que exigía el pago puntual de la sombría habitación del fondo, con grietas, manchas y olor de humedad. La empobrecida versión de una cueva, abierta o precisamente en la Sierra Morena, sino sobre la populosa calle cerrito de Buenos Aires, frente a un enorme cartel, provocativo y mordaz, que sonreía a los miserables de la pensión con un grotesco: "Vuele a Europa por KLM".

Andrés descendió del cuarto piso, donde medraba la pensión contra las más elementales normas de la higiene y la decencia, no para caminar por las calles, en su condición de desocupado crónico sino para saber si el frío, el viento y la tenue lluvia de ese invierno insoportable le hacían olvidar el dolor de muela, ocurrencia diabólica que Lucifer dedica generalmente a los desgraciados, con el mercantilista propósito de tomar sus almas, aunque carezcan de algún valor especial, a cambio de la cesación del dolor, operación sin duda beneficiosa para ambas partes, en el caso de que uno ame la mera acumulación, y el otro se libre de una carga innecesaria.

El perverso no se hizo presente. Andrés arrastró durante horas el dolor, la soledad y la impotencia por las grises calles de la ciudad, poblada de hombres y mujeres desaprensivos que ignoraron sin consideración su padecimiento, como si fuera ajeno a la comunidad, como si no fuera una persona, sino una mera abstracción, un encadenamiento genético, vejado y apabullado por el odioso dolor de muelas, a partir del cual se precipitaría, como ocurre en los momentos estelares de la vida y de la muerte, en un caótico y desesperado calidoscopio con las torturantes imágenes de un pasado alegre, un presente aciago y la amenaza de un futuro que se anticipaba insoportable para su modesta vida pecadora, ignorada ahora por el recolector de almas extraviadas, con el objetivo de vendérselas oportunamente a Dios, quien asumirá la faena de escoger unas u otras cuando llegue el momento que todos esperan, aunque sólo unos pocos crean en él.

Las heréticas reflexiones fueron lanzadas como dardos envenenados contra los dos causantes de todas las glorias y padecimientos humanos. No lograron disminuir el dolor que aumentó hasta la desesperación, tal vez no mayor ni menor que el padecido desde la tarde anterior, pero de referencia necesaria y precisa en este momento, para continuar ordenadamente el relato de tanto sufrimiento.

Andrés Melaza, relajado y humillado en lo profundo de su alma por la equívoca dulzura de su nombre, se enfrentó con una placa blanca con letras coloradas en la que se leía: "Hermanas Grossman. Dentistas" Y más abajo, en letras menores, pero no por eso menos importantes, agregaba, como expresión de la dureza de un mundo materialista. "Extracciones 5 Pesos".

Andrés conservaba en el bolsillo del pantalón siete pesos, vagamente destinados a paliar el hambre. Para producir el salto entre el dolor y la liberación todavía le sobraban dos pesos, lo cual lo llevó a una reflexión sobre el mundo capitalista, en el cual el valor de las cosas no tiene relación con las especulaciones intrascendentes, generalmente mediocres de los economistas, sino con valores vitales, profundos o superficiales, a la vez terribles y deliciosos de la vida cotidiana.

Junto al cartel se abría un zaguán estrecho. Una escalera empinada invitaba a hundirse en la ominosa niebla de un oscuro mas allá, interpretación que podía variar si fuera necesario ser más positivo y menos torturado, con lo cual se tornaría una imprecisa niebla celestial como la que rodea las circunstancias vecinas al éxtasis, antes de la liberación final.

Parecía mejor alternativa ponerse en las manos de las hermanas Grossman, que continuar con reflexiones que no conducen a ninguna parte, aunque puedan incorporarse a un relato destinado a recorrer los extraños laberintos de la conducta humana.

Andrés trepo por la escalera con la serena concentración de quien sabe que el destino le puso frente a si, por meritos ignorados o tal vez inexistentes, la generalmente esquiva oportunidad de salvación.

El ruido ensordecedor del tránsito en la calle Corrientes se diluyo en un silencio extraño, que se acentuó a medida que ascendía. Como si el silencio tuviera graduaciones y fuera posible diferenciar entre diversas clases o intensidades, lo cual es una mera invención de la subjetividad y de ninguna manera un hecho objetivo. Lo cierto es que pese a esta sensata evaluación, el silencio se hizo más profundo, nítido, compacto, hermético.

Andrés advirtió que había caminado en la oscuridad, a la vez que rescato en un agresivo contraluz dos figuras indefinidas, que recitaron, como un dúo bien entrenado:

-"Buenos días. No es necesario que diga que lo trae por aquí. Bienvenido al consultorio de las hermanas Grossman".

El amable y hospitalario saludo desencadeno el torbellino. Andrés fue capturado por cuatro manos poderosas, arrastrado hasta un sillón de dentista, encadenaron una toalla impecable alrededor del cuello, una de las hermanas, imposible saber cual, porque eran idénticas, inició el rito que culminaría en la preparación de una jeringa hipodérmica, amenazadora y cubierta de metal, mientras la otra, tal vez con el pelo menos rojizo, lo cual era imposible de precisar por la intensa luz dirigida a los ojos de Andrés, con habilidad y rudeza, le introdujo en la boca el dedo pulgar, y estiro hacia fuera el carrillo que se convirtió en un globo enrojecido. Entonces con el dedo índice de la otra mano, movió alegremente la muela deteriorada, miró a su hermana con un brillo triunfal en los ojos y dijo:

-"Terminaremos rápido. Se mueve".

Un pronóstico apresurado. Desde atrás del sillón la hermana que preparara la hipodérmica, incorporó también el dedo pulgar junto al de su hermana, aumentando notoriamente el volumen de la cavidad, y en un rápido y sorpresivo movimiento clavó con furia la aguja, agregando al dolor que se arrastraba por la infección de la muela, el producido por la rudeza despiadada del pinchazo que se completó con movimientos circulares, sin sacar la aguja, con el propósito de que la anestesia, porque de eso se trataba, tornara insensible la boca y alrededores, y facilitara el trabajo de las dos profesionales.

Entonces se produjo el primer desmayo de Andrés.

Cuando recobró el conocimiento vio a las dos hermanas que lo observaban con el mismo interés académico con que los médicos e investigadores medievales observaban a los enfermos terminales, con el objeto de descubrir el momento en que el alma abandonaba el cuerpo e iniciaba su incierto camino hacia el más allá, o el más acá, según la opinión que se tenga de la inquietante idea de la eternidad.

Pero el dolor no había cesado. Hubiera querido abandonar el sillón de tortura, desprender la cadena que sujetaba la toalla, ahora ensangrentada, apoderarse de la jeringa hipodérmica y acuchillar a ambas hermanas clavándoles reiteradamente la enorme aguja hasta que ya no pudieran gritar pidiendo clemencia. Después huiría de esa antesala del infierno, aceptando que la idea de antesala, implicaba un generoso juicio de valor casi amable, para las horribles circunstancias que lo tenían como víctima. Porque el dolor no solamente continuaba sino que se había tornado más intenso.

No podía hacer ningún movimiento. No sentía las piernas ni los brazos, e imaginaba la lengua como un trapo colgando fuera de su boca. Ninguna razón justificaba imaginar un espectáculo tan horrible, salvo el generado por la convicción profunda de que estaba en un matadero y en esos lugares los animales mueren con la lengua afuera de la boca, por la natural contracción de los músculos, a partir de que quedan sin aliento.

Sintió que los ojos le salían de las órbitas, si esta expresión repetida como síntoma de horror fuera posible y no una mera exageración semántica, porque advirtió el enorme tamaño de la tenaza que empuñaba una de las hermanas, y la firme intención de utilizarla en el ajetreo aparentemente inútil en que se había convertido la intervención de las tiradentes, quienes se preparaban para hacer realidad la hipótesis formulada por el nombre con que la tradición definía la noble profesión de la cual fue parcialmente responsable Esculapio.

Con la precaución que evocaba una larga experiencia, aprovecharon el desmayo del paciente para colocarle en la boca un aparato metálico que le impedía cerrarla y tornaba difícil la respiración, con lo cual incorporaron una nueva condición desesperante para quien debía soportar la perversidad de las mujeres, que se valieron de la impotencia de Andrés para someterlo a un vejamen que anticipaba la presunción de un final trágico.

La tenaza se apoderó de la muela enferma, pero nadie pudo cantar victoria. La pequeña pieza anatómica resistió el golpe de muñeca de quien intentó desplazarla. Se burló de la violencia y de la voluntad y desafió, no sólo a una de las hermanas, sino a las dos, ya que la segunda, que no se sabe si era la primera, porque en realidad no requerían enumeración, ni un orden especial, apenas una manera de identificarlas, sumó sus esfuerzos a la que designé como primera para facilitar el relato, la tomó por la cintura y se tiró literalmente hacia atrás para multiplicar la fuerza y el efecto. Entonces las dos, la primera y la segunda, constituyendo una unidad aparentemente indestructible aunque despatarrada, terminaron contra el pavimento del consultorio, con la tenaza en las manos, pero sin la muela, que continuó su tarea depredadora irradiando un dolor feroz en la pobre humanidad de Andrés, que no podía reír ni llorar ante el grotesco espectáculo de sus verdugos, revolcados en un amasijo disparatado mientras intentaban incorporarse con la sombría intención de continuar la tarea.

Andrés supo que estaba perdido. Gruesas correas de cuero le sujetaban los brazos y un aro de metal inmovilizaba sus piernas. Descubrió que la sensación de inmovilidad no había sido consecuencia de la droga introducida con la jeringa, sino que el desmayo producido por la acumulación de dolores y agresiones, había dado oportunidad a sus verdugos para amarrarlo a un destino que podía definirse como incierto si se era relativamente optimista, pero trágico si se evaluaba la situación con cierto realismo. Parecía imposible cambiar el curso de los acontecimientos desencadenados a partir de la razonable decisión de buscar a quien pudiera desarraigar, expresión que no podía ser más precisa, la muela que lo trastornaba.

Las mujeres reiniciaron la tarea. Nada había cambiado. Tampoco la tenacidad de la muela empecinada en aceptar un ligero movimiento que no debía ser interpretado como una entrega, ni menos aún como un anticipo de la renuncia a la voluntad de permanecer, lo cual planteó el enfrentamiento con las dos mujeres como una batalla que tendría como campo de combate la castigada humanidad de Andrés.

Profiriendo espantosos gritos de guerra con los que proponían estimularse, las mujeres se abalanzaron sobre Andrés. Incorporaron al trabajo una barra de metal que introdujeron entre la muela enferma y sus vecinas, y con violentos pero firmes golpes de martillo intentaron arrancarla de su sitio. No cumplieron el objetivo. En cambio lograron que un sudor frío descendiera por la frente del paciente, que el llanto acudiera a sus ojos y la hipótesis de una inútil conjetura heroica, se diluyera en un nuevo desmayo, complementario del efecto de la anestesia.

Andrés despertó, acurrucado en un zaguán húmedo y oscuro. Rodeado de personas desconocidas era zamarreado por un policía. Entumecido, sintió que había sido apaleado por enemigos feroces, Explicó que se había desmayado mientras le extraían una muela, en el piso de arriba. El policía dedujo que el muchacho estaba loco, borracho o drogado. En cualquier caso debía pedirle que lo acompañara al cuartel de policía o, respondiendo a una decisión extrañamente sentimental, le indicara la dirección de su casa para acercarlo con el auto de la patrulla. Debía entregarlo a quien pudiera hacerse responsable.

Andrés necesitó un tiempo para entender la propuesta del policía. Su situación en ese zaguán, vagamente familiar, le resultaba incomprensible. Reiteró la explicación al policía, que lo escuchaba incrédulo y desconcertado. "Entré al zaguán -dijo- y subí por la escalera, con el propósito de llegar al consultorio de las hermanas Grossman".

El policía respondió, fastidiado, que no había ningún consultorio, ni tampoco alguna chapa o cartel que lo anunciara. Ayudó a Andrés a incorporarse y salieron a la vereda. No había ningún cartel sobre la pared carcomida por la humedad, la intemperie y el transcurso del tiempo. Ante la insistencia del muchacho y luego de buscar una linterna en el auto de la patrulla, el policía se introdujo en el largo túnel oscuro de la escalera hasta que tropezó con una puerta. Se desprendió con asco de una espesa tela de araña y pateó con furia la puerta, seguro de que estaba haciendo el ridículo ante los vecinos del barrio que se divertían con la situación.

La puerta cedió y cayó al vacío. Un viejo vecino explicó que la casa había sido demolida el año anterior. Lo único que se conservaba era el frente. Permanecería intacto hasta que terminara el juicio por la herencia del viejo Grossman, que había muerto veinte años antes. Un vecino conoció al viejo, avaro, paralítico y chiflado. Lo llamaban el padre de las dentistas. Decía que era la profesión de la fortuna y si tuviera hijas las haría dentistas. Para que triunfaran en la vida.

El policía dijo:

-Pibe, andate a casa y descansá. Algo te pasa, pero ese no es mi tema.

Andrés agradeció con una sonrisa. Sentía algo extraño en la mano izquierda. Caminó una cuadra sin volver la vista. Después sacó la mano del bolsillo. La muela salió con los dos pesos. La raíz, muy blanca y apenas con una gota de sangre casi imperceptible, permanecía clavada en la palma de la mano junto a la línea del destino.




EL AMOR ES INVENCIBLE


Lyssette vio los dos hombres que se acercaron a Juan, cuando éste la despedía con un gesto de la mano. No entendió la relación que podía tener su enamorado, con esos dos tipos de aspecto vulgar.

Juan habló brevemente con los hombres, después subieron al auto que Juan puso en marcha, y se alejaron del departamento de la muchacha. Lyssette llamaría a Juan para preguntarle por esos hombres extraños. Sin embargo, no tendría oportunidad de hacerlo durante las tres semanas siguientes.

-Me alegro que esté tranquilo, doctor. La verdad es que ahora se pasó -dijo uno de los hombres.

-¿Tanto? -comentó Juan con indiferencia.

-Sí -rió el otro-, así dicen en el Departamento. Aludía al Departamento Central de Policía.

Juan había sido denunciado por pagar con cheques sin fondos. No un cheque, por error, más de cincuenta cheques, que alcanzaban una cifra multimillonaria.

No es que Juan fuera un deportista de los cheques sin fondo, ni que pretendiera mantener una ingenua e irreflexiva disputa con el orden financiero, había utilizado ese recurso heroico con el objeto de pagar el precio total por la compra de Harpers, una tienda que ocupaba una manzana en el centro de la ciudad. La operación debía perfeccionarse con la venta del negocio, antes que vencieran las fechas de los cheques. Los planes fundados en este delicado equilibrio padecen el acoso del azar y son víctimas de lo imprevisible.

Juan no hacía su primera experiencia en el área que las costumbres y la ley califican como campo del delito, pero ahora una circunstancia fortuita agravó y apresuró el desenlace.

El marido de Lyssette era abogado de la empresa destinataria de cheques. Radicalmente ajeno a la idea del humor, el abogado no pudo soportar que Juan le regalara a su mujer dos bellos candelabros de plata. Mucho más insoportable fue que le enviara la factura para que asumiera el correspondiente pago. Para su mente de sólida y decente formación burguesa, se trató de un exagerado e inaceptable abuso de confianza.

Juan estaba seguro que el marido de Lyssette, que parecía no tener mucha relación con su propia esposa, tenía una directa relación con las esposas metálicas que le oprimían las muñecas sin misericordia.

-Ese maricón, cornudo e hijo de puta -pensó, mientras era empujado con innecesaria violencia cuando lo introducían en la oficina del comisario.

Durante los tres días siguientes fue alojado en un pequeño y húmedo calabozo, en el sótano del Departamento de Policía. Apenas cabía" un hombre de estatura normal, de manera que fue difícil para Juan, con sus casi dos metros de altura, soportar la incomodidad del lugar. El calabozo, fétido y sin ventilación, exigía una absoluta condición de invertebrado para adecuarse a sus dimensiones.

La vida de Juan estaba llena de contrastes. Desde ese imaginario mirador, sepultado en la oscuridad, se transportó con el ímpetu de la fantasía hasta su enorme departamento ubicado en el lugar más elegante de la ciudad, cuyo alquiler no había pagado en los últimos seis meses.

Andrés, el mucamo, no cobraba su salario desde enero y estaba transcurriendo el mes de julio. Fue la única persona con la cual le permitieron comunicarse. No pareció sorprenderse por la digresión aventurera de su patrón. Se comprometió a cuidar del departamento y responder los llamados telefónicos. Informaría que el señor cazaba leones en Sudáfrica.

Juan fue llevado a la Penitenciaría Nacional después del interrogatorio preliminar, realizado por el secretario del juzgado. El juez salió de su oficina unos minutos, para cumplir un deber de amistad. Sorprendió a policías y empleados al estrecharse en un afectuoso abrazo con Juan, que se apoderó de la rosada y flácida humanidad del magistrado como protegiéndolo con sus brazos largos y musculosos. Su delgadez disimulaba la fuerza que se expresaba con serena energía, a través de la fría mirada instalada en sus ojos oscuros, como dos centinelas sobre la aguda nariz aguileña.

No puede decirse que su ingreso a la penitenciaría fue triunfal. Generalmente esa definición no se compadece con el hecho de marchar al encierro por un lapso imprevisible. Más bien podía advertirse una actitud expectante en los internos, que variaba entre el respeto y una curiosa indiferencia, mientras observaban con cierta tensión la marcha cadenciosa del nuevo preso hacia el destino enrejado que le habían adjudicado.

El lugar no era desconocido. Tampoco eran desconocidos algunos de los ocasionales compañeros.

El Cabezón Hernández, inmerso en su uniforme de interno que parecía recién salido de la tintorería, hizo un gesto cariñoso con la mano. El Sapo Aníbal no pudo contener una expresión de afecto y orgullo cuando el doctor pasó frente a su celda. El doctor no era conducido ni guiado. Apenas escoltado por dos guardianes que marchaban a su lado, aunque ligeramente más atrás.

Esa primera noche Juan decidió que el tiempo era valioso y debía aprovechar la reclusión para pensar. La posibilidad de salir de la cárcel por el momento era incierta, y un hombre creativo no debía someterse a la adversidad cobardemente y sin lucha.

A las dos de la mañana advirtió que su vecino de celda intentaba hablarle.

-¿Me escucha, doctor? Soy el Pique Salomón. Amigo del Cabezón Hernández. Me pidió que le hablara. Tengo comunicación con la calle y tal vez usted necesite enviar algún mensaje.

Juan no contestó. Hernández era un amigo, pero este tal Pique era un desconocido. Tal vez un alcahuete de los tiras.

-¿Me escucha, doctor? Decidió responder.

No sé quién sos, Pique. Mañana nos vemos en el patio.

Al día siguiente, cuando salieron para la caminata, el Cabezón le dijo que el Pique trabajaba en la imprenta de la cárcel. Allí había gente de afuera, de manera que era fácil comunicarse con el exterior.

-Es un buen tipo, jefe. Sirve.

Dos días más tarde Juan había esbozado el diseño aproximado su nueva idea.

Durante el fin de semana Lyssette vino a visitarlo. La frustración de no poder tocarlo, a través de la malla de alambre del locutorio, le provocó un acceso de llanto desesperado. Lyssette lo amaba. Dijo que mataría a su marido, porque lo consideraba culpable de la situación de su amante.

-No, mi amor. Tranquila. Lo que me pasa no es nada. Lo único importante es nuestro amor. Esto terminará y volveremos a gozar juntos de la vida, que es buena y generosa.

Una semana más tarde, durante la segunda visita, le pidió que revisara el escritorio de su marido, para ver si encontraba acciones de alguna de las compañías que patrocinaba.

-Es importante, mi amor. Después te contaré cuál es la idea.

El domingo siguiente Lyssette comentó que había encontrado un paquete de acciones de la Metalúrgica El Fortín. En la caja en que estaban las acciones había una carta del presidente del directorio de la empresa, dándole instrucciones a su marido, para la asamblea de accionistas que tendría lugar a fin de mes.

Antes de terminar la visita Lyssette le pasó a través del enrejado un rollo de dólares, y le pidió disculpas porque era lo único que tenía. No preguntó por los dos tipos que se le acercaron en la puerta de su casa. Ya no era necesario. Había imaginado quiénes eran.

Cuatro días después, el Cabezón recibió una noticia destinada a cambiarle la vida. Después de cinco años, el pedido de libertad condicional solicitado por su abogado, había prosperado.

Conducta ejemplar, espíritu solidario con la autoridad, buenas costumbres.

-¿Cuándo salís? -preguntó el doctor. -En veinte días -dijo-. Tal vez un mes.

Juan se dedicó al Pique Salomón, quien sería un protagonista fundamental en el proyecto. El Pique no era solamente un operario de la imprenta. Sus méritos no habían sido evaluados correctamente por el alcalde de la prisión. Cumplía una condena de diez años por fabricar planchas para impresión de billetes que circularon durante varios años sin inconvenientes. Todo anduvo bien hasta que la perra que vivía con él, la expresión era suya, lo vendió a la poli. Fue una reacción banal. Descubrió que el Pique la engañaba con la manicura de la peluquería de la esquina.

Con la información relativa al talento del Pique, analizada con detenimiento, Juan pudo cerrar el circuito de su pensamiento, proyectando la acción, a partir de la perfección de la teoría.

No es difícil satisfacer la expectativa real de una idea, casi académica, si cada uno desempeñaba su rol con inteligencia.

Lyssette le entregó a la manicura, que se había mantenido fiel al Pique Salomón, no como la perra, dos acciones de la Metalúrgica El Fortín.

Para cumplir una orden interna, producida por el administrador de la imprenta de la penitenciaría, el alcalde ordenó comprar el papel adecuado. Salomón aplicó al grabado de la plancha toda la experiencia, pasión y prolijidad de un artista notable.

Las acciones estuvieron terminadas en una semana.

El Cabezón Hernández salió en libertad cinco días antes de fin de mes. Respiró profundamente en la puerta de la Penitenciaría, se volvió al guardia que lo había acompañado y doblando el brazo a la altura del codo y cruzando la otra mano en el ángulo preciso, le hizo un gesto que no requería explicaciones.

Marchó hasta la sastrería que le indicara Juan, escogió un traje azul con delicadas rayas blancas casi terminado, porque no tenía tiempo de encargar uno nuevo. Compró dos camisas celestes con cuello blanco, y una corbata con insignias del regimiento de la guardia de fusileros de la reina de Inglaterra. En la tienda vecina eligió un sombrero Orión color gris claro.

Después buscó un hotel. Durante varios días se dedicó a pasear por las calles y a comer bien, en restaurantes de lujo.

El día de la asamblea de accionistas de la Metalúrgica El Fortín, se vistió, a primera hora. El traje le ajustaba perfectamente.

Tomó un taxi hasta la casa del tuerto Aguirre. El viejo compañero de aventuras lo esperaba con la caja que contenía las acciones, y un auto último modelo alquilado.

A las diez de la mañana comenzó la asamblea de la empresa.

El Cabezón presentó al inspector de justicia las acciones fabricadas por Salomón. El funcionario las contó e inscribió en el registro. La información se difundió entre los presentes. El presidente de la empresa tambaleó sobre el estrado preparado especialmente para la ocasión.

Un murmullo de sorpresa, admiración y rencor rodeó al tipo con pecto de nuevo rico, que miraba indiferente a la multitud, mientras chofer le encendía un puro.

-Voy a hacer una moción de orden -dijo el Cabezón-, propongo como presidente de la empresa para el próximo periodo al doctor J Enciso. Estas acciones le pertenecen. Soy su representante.

El presidente de la empresa miró a su abogado, el marido de Lysette, con odio profundo. Se sintió traicionado. Solamente con la complicidad del abogado podía llevarse a cabo una maniobra que condujera la compra secreta de acciones. El abogado había protagonizado vileza imperdonable.

-Algo más, señores accionistas -enfatizó el Cabezón-, el doctor hizo un gesto despectivo hacia al marido de Lyssette- debe dejar el patrocinio de la empresa. No es confiable.

Se volvió buscando un cenicero. Varias manos se extendieron para recoger la ceniza del largo puro, evidencia de los gustos delicados del representante del mayor accionista de la Metalúrgica.

Dos días después, en la Bolsa, las acciones fueron adquiridas por un especulador desprevenido. El dinero sirvió para que Juan Enciso pagara a los abogados, obtuviera una improcedente detención domiciliaria, recompensara la deliberada negligencia del alcalde, más la colaboración del encargado de la imprenta e incrementara la simpática corrupción del juez sonrosado y afectuoso.

Seis meses tarde el magistrado tuvo que entender en una causa por defraudación y falsificación de acciones, contra el doctor Juan Enciso. En ese preciso momento el doctor dormitaba bajo los cocoteros que lo protegían del sol del Caribe, en la exclusiva playa del Ocean Club, en Bahamas.

A su lado, la dulce Lyssette lo miraba conmovida. Siempre supo que el amor era invencible.


 

 

EL TIEMPO NO EXISTE


Una larga fila de automóviles bordea el precipicio. La gente mira con curiosidad y horror el autobús en el fondo del valle. Una gran tortuga inerte sin signos de vida. Los gendarmes controlan con precisión las cuerdas con que se descuelgan por la pared de roca. Deben llegar hasta el autobús desbarrancado, con el objeto de acercar un auxilio que parece inútil.

La bella imagen del sol ilumina el valle como un grito de alegría eterna, indiferente al silencio e inmovilidad de un puñado de hombres y mujeres arrojados del camino por un gesto del destino. Mario piensa que es difícil relacionar el drama con ese escenario de belleza conmovedora. La gente aplastada y seguramente muerta en el interior del ómnibus, no se ve desde la carretera. Se escuchan los convencionales comentarios de los que llegaron tarde al espectáculo.

La mujer ha subido a una roca y observa a la gente, las montañas, el valle, el autobús que se ha convertido en una vieja mancha roja y azul junto al río que bordea el precipicio. Se ha sacado el tapado de piel, el pañuelo con que oculta el abundante pelo negro y los anteojos para protegerse del sol. Parece un esquimal, pensó Mario cuando ella le preguntó antes del cruce de la frontera si podía llevarla hasta la capital. Ahora es una hermosa mujer, de no más de treinta años. Los vaqueros ajustados alrededor de una figura armoniosa, la camisa blanca contrasta con la melena que agita suavemente la brisa de la montaña. No, es la misma. Sin duda es la misma.

El camión que chocó con el ómnibus es apartado del camino y la caravana se pone en marcha lentamente. A regañadientes, porque la gente quiere mirar cuando saquen los muertos. La mujer vuelve al auto y abre la puerta trasera, pero Mario le indica que se siente su lado. El esquimal es ahora una mujer atractiva y las mujeres atractivas no viajan en el asiento posterior.

A lo largo de mil kilómetros la mujer relata la historia de su vida. No la de ella, sino la de Mario, que al escucharla siente un extraño y torturante escozor sobre la piel. La mujer acierta a desgranar, con sencillez y palabras precisas, las cambiantes alternativas de su vida aventurera. El asombro supera la curiosidad. Mario no puede aceptar que la desconocida conozca su historia, aún aquellos episodios que la voluntad y la cobardía procuraron olvidar. Intenta tomar en broma ese hecho angustioso y desconcertante. Miles de conjeturas se atropellan en su mente. Inútilmente intenta relacionar el personaje con la gente que conoce. No ha dicho su nombre. Tampoco conoce el de la mujer. Una sensación de terror sutil se ahoga ante la belleza de su rostro y la delicadeza de su voz. Insinuante, íntima, confidente, despiadada.

-Sos bruja -masculla Mario con violencia.

-No -la mujer ríe-, apenas un poco imaginativa e intuitiva.

-No puede ser -insiste.

-Una de las cosas que aprendí rápido en mi vida, es que todo puede ser. Sobre todo lo que parece que no puede ser. No debes preocuparte, ni pensar que tengo una percepción especial. Sólo he comentado generalidades comunes a todos los seres humanos. Lo que ocurre es que cada persona cree ser protagonista única de la historia del mundo -se volvió hacia Mario-. Es la soberbia -ríe suavemente. Se divierte.

Mario piensa que la mujer miente. El disimulo, el intento de transformar las precisiones en generalidades, la vaguedad con que reflexiona sobre la conducta de la gente implica una burla apenas perceptible. Como si el conocimiento del complejo laberinto de un oscuro mundo extrasensorial, no fuera apto para cualquiera.

La ciudad es una línea oscura entre la bruma del amanecer. Un largo silencio continúa al asombro de Mario. La muchacha duerme con la cabeza apoyada en el tapado de piel, contra el vidrio de la ventanilla del auto. El rostro sereno parece de una adolescente. El gris sucio del amanecer es paulatinamente reemplazado por una nubosidad dorada.

-He dormido mucho -dice la mujer.

-Lo suficiente. Me tienes que decir a dónde te llevo.

-Bajo en la esquina:

-¿En cualquier esquina?

-Sí, todas las esquinas son casi iguales -bromea.

-Está bien -Mario parece furioso-. Esta es una esquina. Detiene el auto. La mujer lo mira, abre la puerta, toma su tapado y el bolso de mano. Se vuelve hacia Mario.

-Nos vemos.

-Quién sabe...

-Sí. Seguro. Nos vemos.

-No sabes cómo me llamo ni dónde encontrarme. -Claro que sí. Adiós.

La mira alejarse. Enfundada en el tapado de piel ha recuperado su aspecto de esquimal. Detiene un taxi y saluda con la mano en alto.

Una semana más tarde, Mario recibe una carta. La firma Lucía. En dos breves líneas recuerda el encuentro en la cordillera. Con letra menuda pero muy clara lo exhorta a cambiar su estilo de vida. Debe cerrar la oficina, olvidar los negocios y dedicarse al arte. Cualquier arte. Literatura, pintura, escultura. Curiosamente no le sorprende que la mujer conozca su nombre y dirección. Agotó las sorpresas durante el largo viaje en auto. La mujer, sabe ahora que se llama Lucía, insiste en que debe cambiar su actividad. Más precisamente, debe cambiar la manera de mirar las cosas y la gente. Termina con una apelación sutilmente amenazadora. "Antes que sea tarde".

-Esta tipa está loca -dice Mario, pero no puede dejar de pensar en ella.

Diez días más tarde vuelve a Chile por negocios. En el aeropuerto de Santiago toma un taxi hasta el hotel Crillon. El conserje le dice que la señora Lucía Osorio ha preguntando por él. Dejó un teléfono y los datos de su domicilio, un lugar en Las Condes. La bruja sabe todo. Mario no ha informado a nadie sobre este viaje. Tampoco ha hecho reserva en el hotel.

Durante tres días trata de convencer a dos comerciantes impenetrables, que los sintéticos son el futuro y que invertir en una fábrica es un buen negocio. Fracasa. La conversación árida, dura y desagradable se posterga para el lunes siguiente. Es viernes. Tiene todo el de semana para analizar lo que parece un callejón sin salida.

El sábado alquila un auto y viaja hasta Zapallar sin ningún objetivo preciso. Come en un restaurante junto al mar y conversa con el propietario del lugar, quien le cuenta la historia de su familia. Todos son pescadores. Menos él. Es el desertor. Cocina y vende lo que capturan sus parientes. Soy un flojo, dice riéndose.

Mario emprende el retorno a la ciudad. Duerme durante la tarde y luego decide introducirse en el misterio de Lucía. Encuentra la casa. Una mansión de principios del siglo XX, con un gran jardín anterior. El portón del jardín está abierto. Llama en la puerta principal y abre una empleada uniformada.

-Me dice la señora que usted es el señor Mario. Que puede pasar.

En el living, Lucía estaba sentada en el suelo frente a la chimenea encendida.

- Buenas noches, Mario.

Mario no contesta. Se sienta en un confortable sillón junto a la chimenea. Observa el enorme living, los muebles, los cuadros, la biblioteca. Todo es muy bello. También Lucía, que lo mira y sonríe en silencio. La mucama trae bebidas y sirve sin preguntar, como si supiera lo que el huésped quiere beber.

Hablan durante toda la noche. Comen y beben unidos por un extraño diálogo que comienza cuando Lucía le reprocha que no ha cambiado el rutinario aburrimiento de los negocios. Lo acusa de dilapidar la vida en una tarea estéril, con éxitos y fracasos sin gloria ni alegría. Mario se indigna. La mujer se entromete en su vida, pero la indignación cambia en asombro a partir del momento en que la mujer le habla sobre sus cuentos, que nadie conoce, escritos en una clandestinidad transgresora. También los pocos capítulos de una novela inconclusa.

El exceso de alcohol y la conversación fantástica, loca, increíble, lo precipitan en una angustia devastadora. Pierde el sentido. Una nebulosa de colores alucinantes gira a su alrededor con errática violencia. Es el último dato que recuerda de esa noche extraña, misteriosamente cargada de miedo y dolor.

Despierta en una gran cama con dosel. Desnudo, igual que la mujer a su lado. Busca su ropa ordenada sobre un antiguo perchero de bronce. El barrio está sumergido en el extraño silencio del domingo. Mario vuelve a acostarse y trata de recordar una sucesión de sueños extraños. Imágenes fantásticas asaltan su memoria, en un incierto territorio entre el sueño y la vigilia. Una gruta en la piedra, salvajes semidesnudos, un catre del ejército manchado con sangre en una carpa militar, una pelea entre asesinos en un rincón desconocido de una ciudad en el Caribe, el ascenso en un globo desde donde se observan en el horizonte nubes intensamente blancas de formas caprichosas, la angustia de un náufrago, sobreviviente del hundimiento de su pequeño bote de pesca destrozado por la tormenta, la imagen serena de un puñado de sacerdotes budistas en un templo, la angustiosa sensación del orgasmo con una mujer que cambia indefinidamente de edad. Una y muchas al mismo tiempo. Cambia la cualidad de su piel y modula espasmódicos gruñidos de placer y de furia con que lo domina y destruye, mientras lo colma de un gozo jamás imaginado.

Sus gritos de dolor y placer son interrumpidos por la mujer, que lo sacude con suavidad y firmeza y lo rescata de la terrible pesadilla. El domingo transcurre plácidamente. Hablan sobre la vida, el destino, la naturaleza humana. Lucía vive fuera del tiempo. Mezcla el pasado, el presente y el futuro como una unidad atemporal donde la cronología carece de sentido. Hablar de ayer es igual que hablar de mañana y de hoy. La vida es una unidad que hunde sus orígenes en un pasado oscuro, remoto e intransferible. Se proyecta al futuro con la relativa energía de la propia voluntad y misteriosos designios de fuerzas extrañas, de las cuales el hombre es víctima, objeto e instrumento. Podemos manipular nuestro destino, y evitar los errores determinados por la vida que nos rodea con intenciones y objetivos ajenos.

El lunes es igual que el domingo. Una semana más tarde, la agencia envía un funcionario para retirar el auto alquilado, que no ha sido movido del jardín desde el sábado. Traen su equipaje abandonado en el hotel Crillon.

Pasa el invierno y llega el verano. Nadie sale de la enorme casa, cuyo funcionamiento eficiente participa del misterio. Mario se afana más de cuatro horas diarias frente a la máquina de escribir. Pocas veces recuerda la fantasía de los sintéticos, el proyecto de fábrica, el intercambio de productos.

Se introduce en la meditación y una excitante actividad creadora, alentado por el misterio que Lucía maneja con alegría y audacia. Descubre una nueva racionalidad, la profunda sabiduría de un orden trascendente más allá del caos de una sociedad árida, poco imaginativa y desdichada, condicionada por intereses de vulgaridad insoportable. Descubre la alegría de vivir.

Pasan los años. Los cuentos, ensayos y novelas se ordenan en biblioteca, de la cual son retirados los libros acumulados por rutina. Se suceden gobiernos y guerras, miserias y plagas. Mario se asoma al conocimiento de la naturaleza, a la existencia vagabunda el cosmos e ignora la antigua atracción del pasado. Cambian las fronteras, nuevos prejuicios reemplazan los antiguos, desgastados por el tiempo.

Muchos años después del encuentro en la cordillera, Mario y Lucía beben frente a la chimenea encendida. No han envejecido. Sus ojos brillan con amor y alegría.

El tiempo ha sido ignorado.




EL ÁNGEL DE LA MUERTE


Joseph Silverstein era un hombre inteligente, enérgico y rico. Antes de cumplir los cuarenta años se había destacado como un científico excepcional. Especializado en la investigación química, fue también capaz de aplicar su talento e imaginación a la actividad comercial e industrial. No se lo propuso específicamente. Fue consecuencia natural de su creatividad y de la férrea voluntad de superarse, con el objeto de devolver a la comunidad lo que ésta le había dado. Así explicaba su habilidad comercial.

Había nacido en Brooklyn. Un barrio de la ciudad de Nueva York que cambiaba cada día, empujado por el progreso y la explosión económica posterior a la Segunda Guerra Mundial.

En aquellos años, Brooklyn era un barrio humilde de judíos e italianos. En el mismo sitio en que se alzaba la vieja casa de inquilinato donde vivía con sus padres, construyeron, mucho tiempo después, las dos enormes torres de ochenta pisos del Centro Comercial de Nueva York.

Chuck señalaba un punto indefinido entre las torres gemelas y decía: Allí nací yo. Un espacio impreciso en un nuevo universo.

El padre era un judío inconsecuente con la tradición de su estirpe. Pobre y sin ambiciones, vendía focos de luz eléctrica en un miserable zaguán enquistado como un obstáculo molesto a la entrada del inquilinato. Hombre bueno y honrado, amaba a su familia. Su mujer y su único hijo.

Fue por curiosidad que se introdujo en un viejo edificio de ladrillos sin revocar, coronado con un extraño emblema cargado de misterio. El compás, la plomada y la cuchara de albañil. Una especie de emblema heráldico. Una profunda sabiduría ancestral debió traerle reminiscencias de antiguos relatos sobre la construcción del templo de Jerusalén o las pirámides de Egipto. Para el poco imaginativo vendedor de focos, esa casa constituía un símbolo del pasado glorioso y trágico de la raza.

De esa manera casual el señor Silverstein descubrió la masonería, lo cual no significó que entendiera los principios que fundamentan la comunidad.

Se hizo querer por los hombres que manejaban con discreción y sigilo el poder, más supuesto que real para su modesta condición intelectual, de la organización que gravitaba sobre buena parte de la historia. Eso le comentaron sus amigos.

Los jefes de la logia repararon en el pequeño Chuck. Chuck era Joseph. El alumno más brillante del colegio.

Demostraba un talento poco común para la ciencia y su simpática energía desbordaba en las conversaciones, poco menos que interrogatorios, a que lo sometieron los señores de la casa del misterio.

Finalmente lo adoptaron. Terminó la escuela pública y fue enviado a una escuela privada en los alrededores de Nueva York. Después de los estudios secundarios ingresó a la universidad. El viejo señor Silverstein observaba asombrado esta extraña e imprevisible fortuna.

Chuck respondió satisfactoriamente a la curiosa inversión de la logia. Era el mejor. El primero. Ganaba todos los premios y las menciones especiales. Simpático y con una risa franca cargada de vitalidad, disimulaba una gran nariz aguileña que evocaba la fisonomía de la raza y se imponía con la enérgica personalidad de quien la cargaba con orgullo desafiante, bajo la aguda mirada celeste y el desordenado pelo color zanahoria.

Egresó como ingeniero químico y fue contratado por una gran empresa multinacional. Sin embargo, no estaba en sus proyectos ser empleado, ni dependiente. Era un creador. Pretendía fijar sus propios límites y horizontes.

El empleo le sirvió para perfeccionar los conocimientos en organización empresarial. Los de la logia observaban. Sin imaginar sus designios, Chuck actuó como ellos esperaban. Les dijo que renunciaría a su trabajo e instalaría una industria química. En realidad, un laboratorio de investigación que le permitiera acceder al mundo de la tecnología espacial.

Los masones le dieron un anillo de oro con los símbolos de la logia y financiaron el proyecto.

Cinco años más tarde, el día en que cumplía treinta, firmó el primer contrato con la NASA para proveerle lubricantes sintéticos especiales. Había cumplido una etapa. Se incorporó al mundo de la tecnología más sofisticada, sin límites en el tiempo. Como consecuencia de la gravitación normal de las cosas derivó también, con pleno derecho, al mundo fascinante de la prosperidad.

Sin embargo, no todo fue perfecto en su vida. Unos años antes se había casado con Adriene, una compañera de colegio a la que amaba desde la infancia. Tuvo dos hijos. Mal educados, fastidiosos y vulgares, entusiastamente ignorantes y sin ningún interés de cambiar esa condición.

Lo cierto es que Chuck no tuvo tiempo de ocuparse de los chicos. Estos integraban el área soberana de la madre, según las costumbres familiares de la colectividad.

Le gustaba pintar, aunque no se consideraba un artista. Amó a Kennedy, como todos los jóvenes de su generación, y protestó contra la guerra de Viet Nam. No obstante lo cual decidió incorporarse al ejército porque ese era su deber como ciudadano, situación institucional que exhibía con orgullo. En el ejército duró poco. No se puede ser perfecto. Carecía de aptitudes militares. Pero se sentía y manifestaba como un patriota. Después de Dallas pintó un cuadro en tonos rojos y violetas que recordaban el asesinato de su héroe. Lo colgó detrás de su escritorio. Cada visitante era ilustrado sobre la injusticia del crimen.

Difícil imaginar una personalidad más completa, armónica, transparente, inteligente y generosa que la de Chuck Silverstein. La imagen de la excelencia, como decían los griegos.

Ganó mucho dinero. Su actividad creadora, como químico inventor de nuevos productos, era inagotable. Todo se multiplicó, como los panes y los peces en la tradición bíblica. Creció su fábrica y la gravitación de su personalidad en la comunidad, por su comprensión de la naturaleza humana y una elemental claridad conceptual sobre el rol que el destino le había adjudicado en la nación que amaba. Con el tiempo y la madurez acrecentó también el respeto hacia sus benefactores, que jamás le pasaron la factura por sus inversiones morales y materiales.

Chuck Silverstein era un hombre feliz. Bondadoso, inteligente y entusiasta. Inocente también.

Un día fue invitado a participar de una feria industrial en Argentina.

-¿Quién? ¿Yo? -se asombro-. ¿Y por qué? -rió estrepitosamente-. Nunca pasé de las Montañas Rocallosas. Tengo pensado ir alguna vez a California... pero Argentina... Eso es Sudamérica. El otro extremo. Ni pensarlo.

Lo pensó y finalmente fue. En Buenos Aires alguien lo invitó a Chile. -Vamos a conocer el Pacífico y una estación de ski que se llama Farallones.

Chuck se entusiasmó como un adolescente al que le anticiparan que "Los Rodríguez" (un grupo de rock de moda) cantarían para él, en sesión privada.

En plena cordillera pidió descender del auto y caminó junto al desfiladero. El viento frío y un sol como una enorme bola de fuego en el azul profundo, le hicieron brotar lágrimas de emoción.

-"Yo -dijo-, Chuck Silverstein, de Brooklyn, caminando por los Andes. ¡Fantástico!".

Ese viaje le abrió el mundo. Extendió su horizonte. Chuck Silverstein decidió organizar una fundación para ayudar a los jóvenes, como él había sido ayudado en el pasado. Era rico y podía hacerlo. Además tenía amigos. Su vecino arreglaba ascensores en los rascacielos de Nueva York. Ganaba fortunas y las gastaba en coleccionar autos antiguos. Rolls Royce, Bugatti, Isotta, Fraschini, Jaguar. Lo incorporaría a la fundación. También a Sócrates, otro vecino, abogado de origen griego expulsado de la barra de abogados de Nueva York, pero astuto asesor legal de empresas multinacionales. Las más grandes. El griego sabía derecho, tenía una inventiva poco común y los abogados habilitados ponían la firma.

Chuck decidió que su padre, el viejo y sencillo vendedor de focos, sería el presidente de la fundación. Era el agradecimiento a un padre amante, más o menos despistado, pero irreemplazable. Además, el único que tenía.

La fundación se desarrolló empujada por su energía y la colaboración de Adriene, en una actividad junto a su marido, que no la obligaba a interiorizarse de la composición de la cadena atómica de los polímeros, ni de asomarse a la evaluación de la resistencia a las altas temperaturas y la fricción, de los fluidos sintéticos.

Chuck expresó a través de la fundación, de manera institucional, su profundo amor por la vida y la gente. Desarrollaba en el negocio y en la fundación una metodología de comunicación de puertas abiertas, sin las motivaciones demagógicas de los profesionales de la política.

Una mañana su secretaria le informó que un hombre deseaba verlo. Dio un nombre convencional y seguramente falso: John Smith. El personaje fabuloso que cubre páginas y páginas del directorio telefónico. Chuck imaginó que la invención del nombre era consecuencia de la inseguridad del visitante. Su espíritu abierto y generoso lo inclinó a no enredar la situación y ordenó que lo hicieran pasar.

Era un hombre de mediana edad. La ropa barata y en precarias condiciones de limpieza, denunciaban a un hombre en dificultades, que depositaba sus esperanzas en la fundación, sin entender que el objetivo de la entidad apuntaba a ayudar a los jóvenes con futuro, y no a solventar la miseria de desocupados que surgían de un pasado ruinoso.

Chuck descubrió con disgusto que esos pensamientos contradecían sus sentimientos primarios. Se propuso escuchar y poner la mejor buena voluntad al servicio de las demandas del visitante. Sacudió con energía la mano tímidamente extendida, con el objeto de transmitirle confianza, anticipando su comprensión al problema hasta ese momento desconocido.

-"Yo trabajé para usted en esta fábrica"-dijo el hombre. Acurrucado en el asiento frente al escritorio, su mirada inquieta recorría los cuadros en las paredes. Se detuvo brevemente en el cuadro que plasmaba la angustia del crimen de Dallas.

-"¿Cuándo trabajó aquí?".

La afirmación del hombre lo había sorprendido. Chuck creía conocer por su nombre a cada uno de los funcionarios, empleados y obreros de la organización.

El visitante demoró en responder. No fijaba la vista en su interlocutor. Una ansiosa inquietud lo hacía removerse en la silla sin encontrar una posición adecuada.

-"Fue hace tiempo... Más de cinco años" -entonces miró atentamente a Chuck. Como si preparara el suspenso y se dispusiera a descubrir cómo caerían sus palabras-. "Me despidió'.

Chuck estaba preparado para escuchar cualquier historia, menos esta.

-Bueno -dijo con voz amable. Intentaba ablandar la dura tensión que se había creado de pronto-. Yo no lo despedí. Habrá sido el jefe de personal. ¿Y por qué tuvo que irse?

Se resistió a emplear la palabra despedido o echado.

-Dijeron que no servía.

-¿Cuánto tiempo trabajó? penetraba los recuerdos. Rostros ausentes y presentes que intentaba relacionar con el rostro macilento, castigado por las circunstancias, casi decrépito y hasta innoble del hombre que ahora lo miraba con una rabia fría y violenta.

Una semana -arrastraba las palabras-. Pero eso no fue todo. Sólo el principio. Usted fue el responsable de mi desgracia. No conseguí otro trabajo. Mis hijos empezaron a burlarse. Los vecinos no me saludaban. Hasta que ocurrió lo previsible. No bastó la vergüenza de no ser capaz de ganar un poco de dinero. Mi mujer me abandonó.

Chuck pasó del estupor a un asombro profundo. Irreal. Como si lo hubieran precipitado a un mundo fantástico que alguna vez había     intuido, que nunca conoció y en el cual lo hacían responsable de lo que le ocurría a la gente

-Amigo -la voz era suave, cálida, solidaria-. Usted no puede sacar esas conclusiones del episodio del despido. Esta es una empresa. Si el personal no cumple con las expectativas, se cambia. Así es el sistema.

-No me hable de tonterías, Joseph Silverstein, me despidió. Usted destruyó mi vida

El visitante miraba con los ojos muy abiertos. Despavorido.

El intercomunicador estaba abierto, de manera que el anciano señor Silverstein, en su oficina, escuchó, estupefacto, el insólito diálogo. Creyó que era una broma.

Cuando abrió la puerta del escritorio, el hombre empuñaba un revólver con el cual disparó contra Chuck.

La bala entró por la frente. La parte posterior del cráneo estalló despedazada como una naranja madura, cuyos restos se confundieron con el cuadro rojo que evocaba la tragedia de Dallas.

Después, el hombre se introdujo el cañón del revólver en la boca y disparó.

 

 

 

 

 


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