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JOSÉ CONCEPCIÓN ORTIZ


  JOSÉ CONCEPCIÓN ORTÍZ - OBRA POÉTICA - Compilación, introducción y notas: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ


JOSÉ CONCEPCIÓN ORTÍZ - OBRA POÉTICA - Compilación, introducción y notas: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ

JOSÉ CONCEPCIÓN ORTÍZ - OBRA POÉTICA

EDICIÓN DEL CENTENARIO

Cuadernos de la Piririta, 19

© 2000, Herederos de JOSÉ CONCEPCIÓN ORTIZ

© 2000, de esta edición: Ediciones Diálogo

© 2000, de la Compilación, introducción y notas: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ

EDICIONES DIÁLOGO

Asunción (Paraguay)

Dibujo de tapa: LIVIO ABRAMO

Edición al cuidado de JORGE MONTESINO

Diseño gráfico: M. A. F.

Asunción, 23 de abril de 2000

111 páginas

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

         BIOGRAFÍA MÍNIMA

 

         José Concepción Ortiz Frutos nació en Valle Pucú, jurisdicción de Areguá, el 5 de mayo de 1900, hijo de Felipe Neri Ortiz y de María de la Cruz Frutos. En su "patria chica", a la que habría de cantar en versos de recatada emoción, inició sus estudios, que continuó en el Colegio Nacional de Asunción hasta obtener el título de Bachiller. Hizo posteriormente estudios de Derecho, que no llegó a completar. Ortiz se radicó en Luque, en la vecindad del poeta y autor dramático Julio Correa, y allí murió el 14 de septiembre de 1972. Formó su hogar con María Simeona Velasco, quien le dio cuatro hijos.

         Se dedicó desde joven a la enseñanza de la lengua castellana, la literatura y la historia. Trabajó como periodista, siendo redactor de EL DIARIO y luego director de EL PAÍS. En la década del 20 dirigió ALAS y JUVENTUD, revistas literarias de la generación post-modernista a la cual perteneció. Durante muchos años fue funcionario de la Biblioteca Nacional, de la que legó a ser su director, hasta alcanzar su jubilación.

         Ortiz fue un hombre callado y estudioso, que conocía bien el oficio poético y que se interesó por las nuevas tendencias filológicas en una época en que raramente llegaban al Paraguay noticias de esa índole. Estuvo al tanto de las actividades del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, cuyas publicaciones recibía regularmente, y mantuvo correspondencia con uno de sus integrantes más distinguidos, el profesor Raimundo Lida. Fue el poeta Hérib Campos Cervera quien lo puso en contacto, hacia 1932, con aquella célebre institución, donde trabajó también, joven aún, el ilustre filólogo paraguayo Marcos Morínigo. Sin embargo, esta inclinación de su espíritu no dio frutos y lo más granado que nos queda de él es sin duda su poesía.

 

         ORTIZ Y EL POSTMODERNISMO POÉTICO

 

         Resulta un tanto extraño que su labor poética no haya suscitado más atención crítica y haya quedado reducida a un pequeño círculo de conocedores. Quizás la explicación esté en que sus concepciones líricas se hallan adscriptas a la estética y la temática del postmodernismo, tendencia que no ha sido prácticamente estudiada en la literatura paraguaya.

         En efecto, la poesía de Ortiz, como la de la mayoría de sus compañeros de generación, se aleja, a pesar de su admiración por Rubén Darío, de los aspectos más decorativos del modernismo, acentuándose en ella, en cambio, un sencillismo más atento a lo esencial de las cosas poetizadas y desentendiéndose del lujo verbal, las alusiones exóticas y de todo aquello que la escuela encabezada por el poeta nicaragüense había exaltado en su fase más característica. Queda sin embargo en la poesía de Ortiz el gusto por la melodía verbal, la sabiduría en la composición del tejido fonético, el metro exacto y la estructura precisa y sin desperdicios conceptuales.

         Tal como ocurre con buena parte del postmodernismo, sus versos cantan a menudo los temas campesinos, sin caer en el pintoresquismo. Su temple de ánimo es siempre comedido y de profundas resonancias interiores. La suya es una poesía que rara vez expresa exaltación, aunque la intensidad, a veces diluida en la visión amable del campo y de los sentimientos humanos, no esté ausente de ella.

 

         LA OBRA POÉTICA

 

         Ortiz publicó en vida un solo libro poético1, Amor de caminante,2 donde recogió treinta y cuatro poemas, escritos a lo largo de un lapso de dos décadas. Lleva un prólogo de Arsenio López Decoud, y en las solapas puede leerse un texto de Carlos R. Centurión, que su autor transcribió casi íntegramente en su Historia de las letras paraguayas3. La tapa fue diseñada por Juan Sorazábal, amigo suyo desde los tiempos de la revista JUVENTUD, que el artista ilustraba.

         En Amor de caminante se encuentran sobre todo poemas sentimentales y visiones del campo, y con frecuencia los motivos de unos y otras se entrelazan en temas melancólicos, configurados con gran eficacia expresiva. También incluyó en este volumen los sonetos a Raúl Battilana y a Pedro Herrero Céspedes, compañeros de generación desaparecidos tempranamente. No solamente en ellos toca el tema de la muerte, que aparece también con hondo sentimiento en otro poema dedicado a su madre.

         Después de este libro no volvió a reunir en volumen su obra poética. Casi treinta años transcurrieron desde la publicación de Amor de caminante hasta su muerte en 1972. Sin embargo, durante este lapso no permaneció completamente inactivo como poeta, ya que de cuando en cuando podían leerse sus versos en alguna publicación periódica, y dejó inéditos algunos poemas. Pensaba probablemente publicar un nuevo libro, pues se encuentran varias poesías reunidas en un cuaderno mecanografiado y titulado País secreto, Asunción, 1962. Existe también otro cuadernillo, titulado Ella4, con seis poemas, fechados entre 1945 y 1953.

         País secreto está constituido por varias composiciones de aliento épico y otras de carácter intimista. Sus rasgos postmodernistas no han variado, si bien su temática ha incorporado motivos nuevos como los que cantan al país, a España y a personajes históricos como Bolívar, Sandino, Irala y otros. Un amor de madurez le inspiró algunos poemas, probablemente el mismo que motiva las poesías de Ella. Estas últimas pueden figurar entre las más finas producciones de la poesía amatoria en el Paraguay, por su discreción expresiva y la intensidad de su contenido.

 

         NUESTRA EDICIÓN

 

         Esta nueva edición de la poesía de José Concepción Ortiz, que publicamos en ocasión del centenario del nacimiento del poeta, recoge prácticamente la totalidad de sus poemas conocidos e inéditos. Reproducimos íntegramente Amor de caminante (con excepción del prólogo, prescindible, de Arsenio López Decoud), así como las composiciones de País secreto y de Ella. En la presente edición, se incluyen en Ella los poemas titulados "Soneto", "Tenía algo de verso...", "Balance" y "En tu álbum", que en la edición de Poesías completas5, figuraban en País secreto. Recogemos asimismo un texto poético olvidado y tres poemas inéditos, uno de ellos en guaraní, en la última sección, Poemas inéditos y olvidados. De este modo contribuimos al rescate de la producción de una de las figuras más importantes de la poesía paraguaya del siglo XX.

 

         Miguel Ángel Fernández

         (Universidad Nacional de Asunción)

 

1En prosa publicó en 1968 Aportes para una historia del campesino paraguayo. Es también autor de artículos y ensayos sobre Rafael Barrett, Rubén Darío, Albino Jara y otros temas, algunos de los cuales permanecen inéditos.

2Buenos Aires, Editorial Ayacucho, 1943.

3Buenos Aires, Editorial Ayacucho, 1947-1951, tres tomos. La 2a edición ampliada, en dos tomos, se editó con el título de Historia de la cultura paraguaya, Asunción, Biblioteca Ortiz Guerrero, 1961.

4Tanto los poemas de País secreto como los de Ella fueron mecanografiados por la escritora Mariela de Adler, quien fue destinataria de los textos de este último cuadernillo.

5Poesías completas. Edición y prólogo de Miguel Ángel Fernández. Asunción, Alcándara, 1983.

 

 

 

         A FÉLIX DE AZARA

 

Quiso la suerte antaño que de lejos vinieras

a andar y, en fin, querer este rincón del mundo,

pues en tu pecho, para las horas venideras,

si España fue primero, fue el Paraguay segundo.

 

Todo atraía aquí tu pupila curiosa:

ya la naturaleza, ya el pasado o el presente,

tal como se refleja a través de tu prosa

de sabio e historiador, escueta y transparente.

 

Allí aprendí, siguiendo tus pasos, tu mirada,

a ver y amar mejor a mi tierra nativa:

Patria, por afligida tal vez más suspirada,

por quien se muere a gusto con tal de que ella viva.

 

 

 

         CANTO AL HIJO DEL PAÍS

 

En el trasverberado corazón de la América

del Sur, penas ha siglos aferrado al terruño

con los descalzos pies que recuerdan raíces,

agachándote bajo todas las injusticias

con tal de aspirar el aire de la querencia.

No hay en toda la tierra lugar como el amable

valle natal, en donde hasta el morir es dulce,

por más que allí, a través del tiempo y sus mudanzas,

sólo tú permaneces infortunado siempre.

(A causa de tu tristeza mediterránea,

desesperada y silenciosa, el guaraní

tiene ese sonido entrecortado de sollozo...).

 

Mas, te miro, paisana florida de paciencia,

la del pecho crecido por la maternidad,

y tengo fe de nuevo: parirás todavía

unos hijos capaces de abrirse a sangre y fuego,

paso hacia el triunfo para vengar tu sacrificio

de víctima sitiada y rendida por hambre.

Y eso que no tienes parangón en el mundo:

hembra de ningún otro país nunca hizo tanto;

mereciendo reinar, eres menos que esclava,

tú, sin derecho a nada, si no es la corona

de fardos que tu nimbo de mártir disimula

y te oprime evitando que te subas al cielo.

 

 

 

         A BOLÍVAR

 

Desde aquí, a la distancia te columbro: creciendo

sobre el plinto de América, cada vez más arriba,

y oigo ascender tu nombre, por cima del estruendo

de la guerra, en un vitor: ¡Viva Bolívar, viva!

 

La siembra de cadáveres y ruinas no comprendo,

ni puedo amar en ti la espada destructiva

sino tu sueño continental estupendo,

que trunco ayer, se hace hoy esperanza viva.

 

Entre todos, el único fuiste clarovidente,

"¿Qué será comparado el Istmo de Corinto

con el de Panamá?" clamándoles en vano.

 

El porvenir rozabas con la alta y pura frente,

creciendo a nuestros ojos, Bolívar en el plinto

de América hasta casi parecer sobrehumano.

 

 

 

         ALÉN

 

¿El Yuquyry, alarmado por su signo funesto,

torció el curso doblándose tal como un brazo humano

resuelto a protegerle del golpe de lo arcano?

Mas, no le ahorró el martirio, ni siquiera el denuesto.

 

Dio, siempre de la patria para el servicio presto,

lo mismo que en la paz en la guerra, la mano.

Si en Estero Bellaco, Tuyutí..., estuvo ufano,

Curupayty, Humaitá, después viéronle enhiesto.

 

Martínez, Gill, Cabral, Hermosa, Roa, Almada...

de ésta con él hicieron "una cosa sagrada",

que aún despierta en los pósteros religiosa emoción.

 

La justicia el silencio rompa, el denuesto calle

y el Yquyry module, desde el nativo valle,

ya de Paulino Alén el nombre sin baldón.

 

         [1° de Marzo de 1955]

 

 

 

         A SANDINO

 

Mucho después que el crimen del invasor y el nombre

de los Judas criollos rueden hacia el olvido,

tu gesta aún quedará viva en los corazones.

Hay mil cachorros sueltos..., como advirtió Darío.

 

No oyeron la profética voz de los filibusteros

sino transcrita en plomo con sangre en Las Segovias;

ni hasta entonces tampoco los traidores la oyeron.

Que los Moncada y Díaz de otras partes la oigan.

 

¿Quién desde el gran Bolívar, Libertador se llama

sino tú, que por "Patria y Libertad" hiciste,

para tu ingenua América, bastión de Nicaragua?,

¡Tú, capitán Sandino, general de hombres libres!

 

 

 

         ORACIÓN A ESPAÑA

 

Aquella no de los señores

nombro, sino la de la prole

del Lazarillo y Don Quijote,

pobre de pan, justicia... Pobre.

 

Vuelven los vándalos y moros

unidos. Se complican todos

para acabar contigo pronto

y repartirse tus despojos.

 

Van poseídos de codicia,

y con el ánima podrida

de encono, asaltan, asesinan,

sembrando tu pecho de víctimas.

 

Son los enemigos de siempre:

buscan tu oro, odian tu gente;

fincas y minas sólo quieren;

destruyen hombres y mujeres.

 

Mas, tus poetas están junto

a ti, los poetas del mundo,

para poner tu duelo en número

y vengarte con sus augurios.

 

Y, sobre todo, está tu pueblo,

casi inerme, desnudo, hambriento,

días y noches combatiendo

por ti, en la tierra, el mar, el cielo.

 

También aquí otros aliados

-solo, ninguno osara a tanto-

vinieron para "libertarnos"

entrando a sangre, a fuego, a saco.

 

         [1938]

 

 

 

         MEMORIA DE IRALA

         (Fragmentos)

 

Del siglo XVI, promediado, bravío,

una voz baja o sube, familiar, por el río:

Mucho de ira había y algo también de ala,

como en mi nombre, en mí: soy Domingo de Irala.

Ha 400 años que muriese Dios quiso,

y entré en la gloria, mas... está aquí el paraíso

cuya nostalgia hiciérame desdeñar el celeste.

He vuelto así al paraje de mi elección, que es éste

do Leonor, Marina, Agueda, Juana, Beatriz, María

y Escolástica diéronme su amor de cada día.

 

Irala, en tu homenaje mi voz también levanto

porque sólo perdura lo que vive en el canto.

Fue uno de tus vástagos aquel gran Hernandarias,

el criollo que hizo cosas extraordinarias,

y el Dr. Francia viene de ti casi directo,

con su manera, mezcla de virtud y defecto,

de fraguar con dos solos ingredientes (de Hispania

másculo el germen, tierna la matriz de Guarania),

con voluntad despótica y con puño cruento,

un pequeño país en completo aislamiento.

De ti y tus compañeros arranca nuestra historia,

rica en sangre, en paz pobre; llena de angustia y gloria.

 

Prometiéndoles todos los bienes (y los males,

además) de un edén de goces perennales,

pronto les sonrieron las extrañas y nuevas

tierras con la sonrisa de irresistibles Evas.

La Patria no debían volver a ver. ¿Qué hacen?

Aclimataron plantas que se la recordasen

y, cuando un nuevo árbol les daba sus primicias

por fin, lo celebraban, ya viejos, con albricias,

de antemano aceptada sin rebelión la suerte

de quedarse, olvidados del mundo, hasta la muerte.

 

 

 

         A LA VIRGEN DEL VALLE

 

Gracias a ti, una vez al año, somos todos

felices a tus pies, grandes y chicos;

nos haces olvidar de daòos y de lodos,

a pobres igualándonos y ricos.

 

Entre todas tú sólo, Virgen de las Mercedes,

eres la que jamás nos abandonas

desde tu tosco altar; la que todo lo puedes

aquí y mereces todas las coronas.

 

A no ser la de los Dolores, que a tu diestra

me evoca a quien la amó, mi madre ausente,

ninguna, a nuestros ojos, a tu altura se muestra

ni digna de mirarte frente a frente:

 

Ni la de la Asunción, esa dama soldado,

ni la de Caacupé, esa andariega,

que en vez de dar alivio siquiera al desolado

pueblo, le merma el pan, miseria riega.

 

¿Quién sino tú aligera los grillos y los males

y, sin moverse un paso, obra el milagro

de echar la bendición por manos de un Rosales

sobre el dolor inmemorial del agro?

 

¡Haz por el valle en fiesta, el valle en primavera,

reflorecer la fe cada septiembre,

y haz que me entierren cerca de ti, cuando me muera,

para estar bajo tu mirada siempre!

 

 

 

         ELEGÍA DEL URUNDE-Y

 

De años y borrascas vencedor, ahora

cuando parecías ya inmortal, caíste

a golpes rendido del hacha traidora.

El paisaje, echándote menos, queda triste,

si bien lo imponente era en ti la altura

nada más: te erguías alzando del suelo,

junto a las miradas las ansias de vuelo

hacia tus catorce metros de estatura.

 

Crujiendo al tumbarse tanta ufana fronda,

su adiós estruendoso dijo a la redonda.

¡Cuán humanizadas, qué empequeñecidas

por la muerte luego las ramas gigantes,

de vientos y pájaros frecuentadas antes

y hoy por las muchachas, como enternecidas

de tu fin, que juegan a quién va más alto

subiendo a tu copa yacente en un salto!

 

Aunque muchos vástagos dejas de tu nombre

que en torno recuerden, con su sombra, al hombre

tu amistad, por último -el refrán lo enseña:

del árbol caído todos hacen leña.

 

 

 

         ERA UN PERDIDO...

 

Era un perdido, y a pesar de todo

casi más que a mi madre le quería,

cuyo amor desde lejos me unge a modo

de un beso, al recordarla, todavía.

 

Sufrió, pero a los hados inhumanos

les puso un rostro siempre sonriente;

se asió a la vida con entrambas manos

y se dejó arrastrar por la corriente.

 

Sin una queja proferir, a solas

y apunto de rodar bajo las olas,

todo lo soportó: rigor, desdeño...

 

Era un pródigo, un réprobo, un perdido...

¡Quién sabe si por eso le he querido

más que a mi madre aún, desde pequeño!

 

 

 

         MBOCAYÁ

 

Tal como el campesino paraguayo,

terco, sufrido, huraño, generoso,

de la tormenta erguido ante el acoso

tu privilegio es atraer el rayo.

 

Firme en el rojo suelo, sin desmayo

das frutas y hojas al menesteroso

y, al fin, el tenaz leño, ya en reposo:

tú pareces en todo paraguayo.

 

Doblarte no podrá sino romperte

más bien la tempestad, altivo y fuerte,

símbolo del terruño, mbocayá.

 

Hoy y ayer, en la paz como en la guerra,

para hombres y bestias de esta tierra

tú has sido de los pobres el maná.

 

 

 

         ELLA

 

¿No la conocéis? Entonces

imaginadla, soñadla...

¿Quién será capaz de hacer

el retrado de la amada?

 

         GERARDO DIEGO

 

 

 

         TENÍA ALGO DE VERSO...

 

Con su atracción secreta, que obraba poco a poco,

tenía algo de verso: de ritmo y de medida,

pues no faltaba nada, ni excedía tampoco

en su hermosura como del ensueño nacida.

 

Aunque tan de la tierra ¡cuánto evocaba el cielo

su claro ser, que hacía pensar que Dios existe!

Por tiempos se inflamaba de un recóndito anhelo

de dicha que, al frustrarse, la dejaba al fin triste.

 

Echaba, a ratos, plena de vida y de contento,

a cantar porque sí, y a sonreír por nada,

para enmudecer luego con el presentimiento

de que nunca, tal vez, será bastante amada.

 

La misteriosa mano del destino la puso

junto a mi vía: al verla, reconocí que era

la Esperada, y le dije mi amor, todo confuso,

que rompió a florecer como una primavera.

 

 

         BALANCE

 

Guardar de nuestras cosas las mejores...

Te dejo la lejana imagen mía

de que estuviste enamorada un día,

y algunos versos sólo. No me llores.

 

Llevo de estos efímeros amores

el aroma y sabor que todavía

habrán de perfumarme la agonía,

junto al recuerdo de sus sinsabores.

 

Fui feliz más ahora que te pierdo

no me importa sufrir con tu recuerdo,

hasta caer por el alcohol vencido...

 

Te dije ha tiempo ya, en alguna parte:

hay que morir por ti o hay que matarte

cuando se sabe que se te ha perdido.

 

         [c. 1960]

 

 

 

 

         EN TU ÁLBUM

 

Soy quien se queda, junto a ti, a guardarte,

si no el mejor, al menos el más firme.

Pude aspirar acaso al bien, al arte,

mas, de tu lado no quería irme...

 

Y estoy bordeando aún, en tu presencia,

esta dedicatoria mientras digo:

¿Qué importa? Amándola aprendí la ciencia

de ser feliz, puesto que soy su amigo.

 

 

 

         FIESTA

 

¿De dónde apareciste, clara y dulce extranjera

que siembras hoy mis noches de supremas orgías,

colmándome en tus brazos de embriagueces tardías?

¿Qué va a restarme luego de tu pasión viajera?

 

Nada, acaso; o tal vez el decreciente eco

de nuestros goces sólo... Como una fiesta era

su amistad, diré entonces: alegre y pasajera,

pensando en ti, añorando aquel amor ya seco.

 

No preguntemos cómo, de dónde ni hasta cuándo;

mejor, antes que el tiempo llegue de no querernos

más, esta dicha efímera disfrutemos gozando,

gozando e ilusionándonos de que somos eternos...

 

         [1945]

 

 

 

         NOS DIJIMOS ADIÓS

 

Nos dijimos adiós, sin que unos puntos

suspensivos de lágrimas siquiera

les pusiéramos a nuestros difuntos

amores. No durar su sino era...

 

(Ha tiempo ya, cuando te alcé mi canto,

lo sabía). Mejor que así haya sido,

tal vez, para no echarnos menos tanto

cuando, por fin, nos demos al olvido.

 

Todo es posible: aun desconocernos

y pasar uno al otro indiferente

cada vez al cruzarnos por el mundo.

 

Mas, ¿en su altar los dioses son eternos?

¿Juntos no hemos vivido intensamente,

tú y yo, unas dulces horas sin segundo?

 

 

 

         RETRATO

 

El suyo es como un rostro sólo entrevisto en sueño

y encontrado más tarde con sorpresa en la vida.

Para hacer su alabanza todo elogio es pequeño:

una vez contemplada su faz, no se la olvida.

 

A no saber que vino buscando aquí acogida

de allende el mar, diríase que fuera un ser de ensueño,

o aparición, tal vez, de súbito caída

de los cielos en medio del paraíso asunceño...

 

De las frías estepas al arenal candente

cruzó festín e incendio, miseria y vicio ilesa,

por un azar más bien que milagrosamente.

 

Si arde en su boca el fuego del amor cuando besa,

prende un halo el espíritu de pureza en su frente:

rostro mitad de santa, mitad de satiresa.

 

         [1953]

 

 

 

         YO NO TE DIGO NADA...

 

Yo no te digo nada... Era una fiesta

tu amistad, que duró casi diez años

y al fin se acaba, como todo en esta

vida de hechos efímeros y extraños.

 

En cosa alguna la mirada puesta,

cerrado en mí, con pies y ojos huraños

mas ni un reproche, bajaré la cuesta

del tiempo hacia los últimos peldaños...

 

Aire de liviandad, sien de suicida,

tu ayer no vi para mejor quererte,

en claro y dulce bien trasfigurada...

 

Por eso, en silenciosa despedida,

sin quejarme de ti ni de la suerte,

me ves partir... Yo no te digo nada.

 

         [1953]

 

 

 

         CÓMO DECIR

 

Cómo decir ahora que estoy solo,

cómo decir que tengo ya las manos

frías y detenidas en el gesto

que una memoria tenaz aún guarda.

 

Cómo llamarte si mi lengua quieta

sólo es ceniza triste y corrompida

por tanto llanto y dicho enamorado

junto a tu pozo sin aliento y sordo.

 

Cómo volver al tiempo detenido

en que tu sombra se pegó a la mía

para habitar el reino de la dicha.

 

Cómo olvidarte, en fin, paloma fría,

si con tu sueño de alimaña dulce,

me diste vida y muerte para siempre.

 

 

 

         TODO O NADA

 

Si adoro todo en ti, si ansío todo

lo que es tuyo, si anhelo hacerte mía,

¿cómo no he de anhelar también tus besos,

yo que vivo añorando tus caricias?

 

Si busco, delirante, tus ternuras

a través de mis noches no dormidas,

¿no he de sentir nostalgia del divino

manantial de tu boca purpurina?

 

Si en ti cifro, soñando, mi esperanza

que arde como una débil lucecita,

¿de mi abandono triste, con tus mimos,

no he de aguardar de ti que me redimas?

 

Me dices que es mi afán apresurado,

que para él no es hora todavía,

¡cómo si el tiempo al corazón mandara,

cómo si él fuera del amor medida!

 

Te amo ahora y siempre. No pretendas

hacer que el corazón lata por días:

si tú me quieres, tiene que ser mío

el celeste dulzor de tus primicias.

 

Y si en tu alma mi pasión no cabe,

porque otro sueño en tu interior abrigas,

entonces, dilo sin piedad, sin miedo,

o todo o nada: inaccesible o mía.1

 

         [Asunción, 1923]

 

 

 

         NO PRENDERA EN TU CARNE

 

         A C.

 

No prenderá en tu carne mi semilla:

moriremos sin vástagos, del todo.

En la tierra, siempre llena de sol,

mañana quién recordará a los hombres

nuestro paso por unos rasgos de hijo?

 

¿Qué harás en el creciente atardecer,

del regazo vacío a todas horas,

si no acoges en él esta cabeza

grávida de los años y los sueños,

para llevarla, como a un niño malo,

a conciliar el sueño de la muerte?

 

Van a secarse en flor tus pechos vírgenes,

sin que unos labios filiales nunca

les llegue a exprimir como unos frutos.

 

Dame a besarlos, tímidos y dulces,

y sentirás ternuras maternales

mientras gusto su leche imaginaria.2

 

 

 

         ARRIBEÑO PURAHÉI

 

Mombyry opytá cherakykuerévo

che sy jha che tava, ajheyavaekué ndajhavéi jhaguá.

Che ajhóva jhesé che mandúa kuévo,

ndayujhuietéro kuarajhy'angüy pytu'ú mirá.

 

Pyjharé jha ara co ybyapé ári

ayapaydreiva aguajhé potavo nderendapevé:

añeté pipó ndaicatú mo'airi

che rojhayjhujháicha, cherayjhú ndeavé

 

Apytáne upegüi, nde chemomaráro,

tapiá guaráma chañó, che tavy

aicó umi tapére oíva magmaró,

aropurajhéivo cherekó asy.3

 

 

 

         NOTAS A LOS POEMAS INÉDITOS Y OLVIDADOS

 

1Tomado de un recorte periodístico, sin indicación de data, conservado entre los papeles del poeta.

2Conservado en una copia mecanográfica, con algunas enmiendas del autor, sin data. Por los rasgos estilísticos, así como por la dedicatoria (a C.), probablemente fue escrito en la década del 30, época en que Ortiz mantenía relaciones amorosas con una persona cuyo nombre de pila tenía esa inicial.

3Se mantiene la grafía original utilizada por el autor.

 

 




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