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MABEL PEDROZO


  NOCHE MULTIPLICADA - Cuentos de MABEL PEDROZO - Año 2001


NOCHE MULTIPLICADA - Cuentos de MABEL PEDROZO - Año 2001

NOCHE MULTIPLICADA - CATORCE CUENTOS

Cuentos de MABEL PEDROZO

© Arandurã Editorial

Diseño de tapa: Jorge Torres

e-mail: arandura@telesurf.com.py

Asunción, Paraguay, 2001 (127 páginas)

 

 

A MANERA DE PRÓLOGO

Mabel Pedrozo es una autora singular dentro de la narrativa paraguaya contemporánea. Aparece en muchas antologías de narrativa, pero no es frecuente su presencia en actividades literarias y en el campo social del arte. Su timidez se lo impide. En contrapartida, crea sin esa timidez, aunque este rasgo le ayuda a medir las palabras y a ajustar su discurso a lo imprescindible en el relato, sin escapar de la necesidad de su literariedad y su poesía. Ya era una narradora destacable de la antología NARRATIVA PARAGUAYA (1980-1990) que publicaron Guido Rodríguez Alcalá y María Elena Villagra en la Editorial Don Bosco, en 1992, a pesar de que aún no había publicado ninguna obra individual. En aquellos cuentos, se vislumbraba su vigor creativo y su capacidad para relatar despertando la atención del lector. Posteriormente, comenzó su periplo en la publicación con la edición de MUJERES AL TELÉFONO en 1996, junto a su hermana, la magnífica poeta Amanda Pedrozo, una colección de relatos donde contrastaba el estilo y temas de Amanda, en los que predominaban aspectos míticos y fantásticos y el estilo poético, con el carácter de los de Mabel, más próximos al título de la obra y repletos de experiencias y confesiones femeninas generalmente.

En el año 2000, publicó su primer libro completamente individual: DEBAJO DE LA CAMA. Destacaba en él la lucha entre dos fuerzas irreconciliables: la ternura y la crueldad. Algunos personajes se inscribían en la primera, mientras que otros lo hacían en la segunda. Ambas fuerzas podían convivir en una misma persona o ambiente, pero casi siempre sus límites estaban definidos. Esas fronteras viscosas y borrosas, que para Borges no tenían un límite divisorio definido, en Mabel Pedrozo son impulsos que motivan los actos humanos, Generalmente, la ternura está presente, pero la crueldad se impone porque la violencia es un instinto semejante al del pacifismo, pero antitético, con lo que ambos se repelen como los polos de una pila eléctrica. En esta dualidad, se debate el porvenir de los personajes de la mayor parte de los cuentos de Mabel Pedrozo: algunos desde el punto de vista psicológico; otros en aspectos físicos. Recuerdo aquel cuento donde un niño inocente y cruel, a la vez, coloca una cuchilla en el tobogán donde se lanzará una niña. Esta situación terrible produce un impacto en el lector, que difícilmente podrá olvidar el relato. ¿Influencias? Seguramente el relato breve de Kafka, pero también el policíaco norteamericano y la del cinematógrafo, perceptible en la estructura en paralelo y en el empleo del fash-back o retrospección.

No conozco personalmente a Mabel. Pero sí que creo reconocer sus relatos. Lee con avidez obras dispersas y de múltiples variantes. Es capaz de entusiasmarse con las historias de Heródoto, de la misma forma que puede hacerlo con autores contemporáneos o con relatos mitológicos mayas. Lecturas que compenetra con su afición al cine y con su dedicación profesional a la prensa de sucesos. Y, además, es una escritora que no comete faltas de ortografía, lo que demuestra que ha leído. Así, su voraz lectura y su amor por la ficción le garantizan capacidad para el arte de crear historias.

Tengo por esta autora una simpatía especial. Por una razón: es de mi generación. Y compartimos un mismo problema a pesar de ser de diferentes países: somos conscientes de pertenecer a la que un cantante español de la conocida como "movida" bautizó como "generación del futuro denegado". Entre el nihilismo, fruto del desencanto de transiciones democráticas que han acentuado las diferencias entre ricos y pobres y que han mantenido privilegios que nuestras generaciones de hermanos mayores combatían, para acabar ellos agraciados con algunos de esos privilegios cuya existencia tanto criticaron, la contemplación de una sociedad que camina entre la globalización y el tribalismo, el Megaestado y el clan, los sueños igualitaristas que no se cumplieron, la desconfianza, la adaptación a lo horrible y caótico, hemos caminado como testigos sin posibilidades de penetrar laboral y humanamente en estratos sociales más cómodos con la misma facilidad que lo hicieron nuestros hermanos mayores. Por esta razón, somos de una generación que no cree en un futuro mejor, ni tampoco peor, y no creemos que el ser humano sea bueno por naturaleza y la sociedad lo haga malo, porque vimos morir a Rousseau, a Lenin, a Mao, a las jerarquías comprometidas con el igualitarismo, y vimos resucitar a Thomas Hobbes ("el hombre es un lobo para el hombre") y a la idea del "sálvese quien pueda" que "mañana Dios dirá". Hemos llegado al punto de sentimos, indiferentes incluso ante la muerte, porque nos hemos acostumbrado a la hipocresía social y somos conscientes de que quienes iban a cambiar el mundo nos lo han dejado como estaba, aunque con más medios tecnológicos y algunas comodidades nuevas. En el fondo, nacimos junto al eslogan del movimiento punk: "No hay futuro".

En Paraguay, es difícil encontrar escritores con obra publicada nacidos en la década de los sesenta. Sin embargo, las obras de los existentes muestran una calidad ejemplar. Junto a Mabel Pedrozo, Andrés Colmán Gutiérrez presentó la visión más real del Paraguay del presente que se ha ofrecido en la literatura actual en su novela El último vuelo del pájaro campana (1995). Son escritores que aportan una mirada irónica ante la realidad y que se muestran inquietos ante un presente dudoso. El influjo del pensamiento expuesto en el párrafo anterior y del mundo de la imagen, de la publicidad, de la cultura pop y de la paraliteratura es visible en sus obras. Aceptan la literatura como un juego; como un aspecto lúdico lejano a presupuestos ideológicos predeterminados. Mabel Pedrozo, procedente de la cantera más joven del célebre Taller Manuel Ortiz Guerrero, se sitúa en esta onda del escepticismo ante el futuro, pero desde signos muy personales que se aprecian en sus cuentos. Sus relatos, a partir de sus experiencias, son narraciones puras inspiradas en la realidad.

Ahora nos presenta su segundo libro individual -tercero si contamos “MUJERES AL TELÉFONO”-. Con él, se confirma como una de las cuentistas más importantes de la literatura paraguaya actual. Sigue siendo una narradora potente que sabe establecer la causalidad de los acontecimientos del relato, con procedimientos estilísticos variados. Sus estructuras cuentísticas están dentro de la mejor tradición del género en el Río de la Plata (si consideramos que el Paraguay se inserta dentro de este espacio geográfico literario). Además, de la variedad temática, Pedrozo aprovecha también una amplia gama de recursos argumentales y retóricos para lograr un dinamismo inusual a los relatos.

El primer cuento de la obra, "EL PASAJERO DEL TECHO", nos vaticina uno de los temas recurrentes en la cuentística de Pedrozo: la escasa línea que separa la vida de la muerte. Julián, el protagonista, desconfía de la vida, porque ve cerca la premonición que lanzó su tía Rosalía. En el techo de autobús donde ha de viajar siente las inquietudes propias del miedo al futuro predicho. Es el tema de la muerte, uno de los preferidos de la autora; la muerte que aparece inoportunamente y de forma misteriosa, aunque siempre hay indicios que la predicen, como también ocurre en "EL LADO EQUIVOCADO".

Algunos cuentos de Mabel Pedrozo presentan una forma de crónica de sucesos. Su experiencia periodística se lo permite. "El pasajero del techo" es un ejemplo. Escasos diálogos, frases breves, gradación de suspense y desenlace atroz, lo prueban. Y el cierto distanciamiento que aplica, para que el relato se convierta en una crónica ¿de ficción?

En ocasiones, y en contraposición al dinamismo de los cuentos anteriores, el suceso del cuento es mínimo. Apenas sucede algo. Es lo que le ocurre a Verónica en "NAVIDAD SIN RETOQUE". Pero es aparentemente, porque en los gestos de los personajes se adivinan sucesos. ¿Con quién está quedando Gerardo, su esposo? Seguramente con quien imaginamos. En suma, Verónica es testigo y observa dos tipos de soluciones matrimoniales: la discusión entre cónyuges (los padres de la pequeña Karina) y el adulterio. En cambio, hay cuentos extensos cuya anécdota es mínima, pero terrible. Es la historia de "EL LADO EQUIVOCADO", cuento terrorífico con un desenlace esperado y con numerosos indicios que nos conducen al mismo.

Esa problemática sobre la pareja, sobre todo la institucionalizada en el matrimonio, también es una reflexión constante en esta obra. "Espacios ajenos" es una breve exposición del papel de la mujer casada, relegada a cuidar al hijo y al marido, y que no puede disfrutar del cielo otoñal que tanto le complace. De ahí que viva en los "espacios ajenos" del título. Una mujer libre como Adela, de "EL NOMBRE, DE ÉL", está mal vista por los lugareños, perfectos hipócritas de una sociedad enclaustrada en tópicos morales que falsean su realidad.

Mabel Pedrozo adopta tácticas expresionistas y no oculta los detalles escabrosos si proceden. Son imágenes importantes, cuya crueldad golpea seguramente en el lector. En muchos cuentos son frecuentes los daños físicos o psicológicos que recaen, sobre todo, en personajes débiles o debilitados por las circunstancias de su vida. La mujer y el niño son víctimas de la sociedad y del destino, aunque también algunos hombres, casi siempre sensibles. El niño de "ABRÍ LOS OJOS" es víctima de la crueldad de su ama para sacarle una galleta de su garganta. En este caso, como en "EL PASAJERO DEL TECHO", la policía solamente se encarga de ser testigo del desenlace, como el periodista, y de ofrecer una versión pública del acontecimiento. La realidad y las causas de lo ocurrido son diferentes. Es la descarnada situación de Ñañi en "NO TOQUE A LA NENA", cuando ella no ha sido culpable de su enfermedad. El destino no está al alcance del ser humano, y las situaciones más crueles que provoca son las enfermedades congénitas o las enfermedades sociales, como denuncia nuestra autora, enrabiada con su falta de ternura.

Encuentros imposibles, amores frustrados, decepciones, giros vitales inesperados; es un conjunto de temas que pueblan el universo ficticio de la autora. En "CEREMONIA", un seminarista a punto de ser ordenado sacerdote recuerda los gratos momentos de su primer amor con Regina, hasta que optó por la vocación religiosa y renunció a reconocer la autenticidad de sus sentimientos, porque sigue enamorado de la muchacha, a quien espera reconocer entre los feligreses que asisten a la ceremonia. La protagonista de "NOCHE MULTIPLICADA", ante el fracaso amoroso, rememora una historia inspirada en la mitología maya. El cuento presenta una estructura metaficticia, de ficción dentro de la ficción: Claudia, la protagonista, se dedica a escribirlo -más bien a recordarlo- después del fracaso amoroso, al sufrir el desplante de Hernán. Decide liberarse recordando la historia de Kalti que un guía turístico les contó en Guatemala. Así, la autora está defendiendo la idea de la escritura como liberación del ego. Pero, en el fondo, la protagonista escritora es un pretexto metaficticio porque a la autora le interesa el relato consecuencia de la situación planteada.

Detengámonos en este cuento, uno de los más perfectos de la obra. En realidad son tres historias relatadas de forma paralela: la de Hernán y la protagonista, la surgida del recuerdo del viaje a Cancuén, y la que cuenta el guía sobre la historia mitológica maya de Kalfi e Itni. Después de cinco años de relación con Hernán, Claudia se ve sola y rememora una historia de amor invadida de elementos mitológicos, perfectamente localizados y atestiguados, y fantásticos. Lo importante es cómo funcionan las tres historias, donde la de Cancuén actúa de nexo entre las otras dos. La historia del relato maya, una leyenda oral mitológica que aparece en muchas recopilaciones de cuentos de esta civilización, incluyendo el libro sagrado Popol Vuh, pasa de ser un pretexto para ilustrar el sentimiento de Claudia a convertirse en el centro del relato. La mitología maya, por la que Mabel Pedrozo se siente atraída, reaparece en "INCERTIDUMBRE", donde retoma el mito de la reencarnación y el culto estelar.

Algunos relatos tienen inspiración en acontecimientos que han surgido alrededor de la vida de nuestra autora. De una estancia en el hospital, surgió la experiencia de la convivencia con un enfermo indígena, en la que se inspira "LA PIERNA", argumento sobre lo que sucede con la lesión de un futbolista conocido y su convivencia con personajes con costumbres dispares a las aburguesadas suyas. La lesión se le complica y, en el desenlace, se descubre la razón; una razón, por otra parte, carnívora, pero muy ingeniosa por parte de la autora.

La autora practica uno de los subgéneros más complejos de la literatura actual: el microcuento. En Paraguay comienza esta tradición con Mario Halley Mora. Mabel Pedrozo ya lo había cultivado anteriormente en sus obras, y en ésta lo reitera con "CONFESIONES DE UN MORIBUNDO", sucinta crónica del misterio  de la muerte, el susodicho "ESPACIOS AJENOS" o "INCERTIDUMBRE". Es en realidad el fin de uno mismo, más que una desaparición hacia el exterior. El hombre se muere porque desaparece para sí mismo. En pocas palabras, la autora reflexiona profundamente sobre su misterio con parquedad textual, como ella prefiere.

Los espacios de Mabel Pedrozo son plenamente paraguayos, salvo en los cuentos mayas de la obra. Son los espacios que ella contempla; los que le rodean y en los que busca su inspiración. Un bus, un hospital, una casa aislada... Todos juntos para conformar un universo, muchas veces terrorífico, pero siempre posible. Son espacios angostos, no físicamente, pero sí en la situación en que se presentan. Porque la vida está llena de pequeños horrores, gran-des para sus protagonistas, que la autora recrea con imaginación. Su universalidad es plena, porque lo importante para ella es la narración en sí, perfectamente localizable en cualquier lugar. Los elementos de la cultura pop subrayan esa universalidad: Eric Clapton, goma de mascar "bazooka", la conocida cola, el ratón Mickey, etc., y nos sitúan en el presente, ya que la realidad es el presente. En "UN RECUERDO CON DEFECTO" la ambientación se sitúa dentro de esta cultura pop plenamente urbana.

Estilísticamente, destaca la variedad de registros empleados. Junto al diálogo incrustado en el discurso narrativo, monólogos directos e indirectos y variedad de voces, hay relatos en primera y tercera personas enunciativas. Si la tercera predomina por el deseo de la autora de distanciar al narrador, para lograr semejante efecto en el lector, cuando emplea la primera persona el cuento adquiere un dinamismo ejemplar, a pesar de que generalmente el psicologismo de este tipo de enunciación provoca cierta morosidad narrativa. Ejemplo de este dinamismo de la primera persona es "EL NOMBRE DE ÉL", relato que narra Satán, después de haber adquirido varias identidades humanas. Es un Satán que se confiesa tras sentirse verdugo y víctima del universo. Él ha inventado el odio, y ha acabado perseguido por su misma creación. Y su desgracia vino derivada de un suceso que protagoniza el relato. El simbolismo de algunos nombres de los relatos se ejemplifica con este relato: el lugar donde sucede se llama San Patricio, con lo que ya sabemos qué representa este santo. Por eso, la ironía, presente en muchos relatos, se convierte en ejemplo de estilo de la autora en éste en concreto, como atestigua también el paréntesis que precisa la frase "mover la cola" que pronuncia Satán, o sintagmas como "baile de velos", en referencia a la vestimenta de las beatas locales, cuando acuden a misa en contraposición con la espontaneidad de Adela, que duerme incluso desnuda, para escándalo de la población y se encarga de que la casa del sacerdote esté llena de dulces y chocolate. Las muertes y los acontecimientos funestos que se suceden, atribuidos a la familia de Efraín, pueblan el cuento de suspense, siempre dominado bajo el poder de la palabra de Satán-narrador. Este Satán es la imagen de un fracasado, más que un símbolo del mal. Trata constantemente de imponerse a Dios, pero no lo consigue. Incluso, para ironía, cuando Manolo Zampallo ingresa en el psiquiátrico, los insanos se curan y pierden los defectos que les otorgó el Diablo. Y queda esperando, como el protagonista de El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez, esa carta que nunca llegará; esa venganza que algún día piensa que cumplirá. Su frustración es el símbolo de la del hombre en realidad. Pero con el tratamiento irónico, a veces humorístico, de la autora, es imposible que exista el dramatismo. A pesar de las muertes, los sucesos extraños, la propia frustración del demonio-narrador...

Este relato se contradice con la estética habitual de la autora: aunque reitera temas recurrentes en la obra como la lucha entre el odio y la ternura, entre la violencia y la paz, su extensión es prácticamente la de una novela corta, incluso ampliable hasta convertirse en larga. Generalmente, Mabel Pedrozo prefiere la concisión, pero en esta ocasión necesitaba un espacio amplio para desarrollar su argumento dado su ingenio y sucesión de acontecimientos. Su estilo grácil e irónico, sin embargo, es más profundo que sus microcuentos y quizá nos presagie el que la autora algún día pueda obsequiarnos con una novela. Aunque en el cuento se siente complacida, por su concisión y condensación argumental que están acordes con su mejor estilo, posiblemente llegue el momento en que necesite mayor campo de expresión.

En general, hay un elemento que sobresale más en esta obra que en sus anteriores relatos: el misterio de lo sobrenatural. Además de los argumentos susodichos, el cuento que cierra el libro es ejemplo de ello: "EL CUARTO DOCTOR". La pregunta queda al final en el aire: ¿Quién es el cuarto doctor que solamente aparece cuando está presente el doctor Roberto? ¿Por qué el médico ve figurar esas sombras? Esas respuestas las debe completar el lector, porque Mabel Pedrozo, con inteligencia, se preocupa de suscitar su inquietud solamente. Ese final abierto es propio de la mejor narrativa actual.

Estamos ante una obra cuentística ejemplar que eleva a la cima de la literatura paraguaya a una autora que trabaja en silencio, fuera de los círculos, por voluntad propia. Su naturalidad le permite escribir con una sencillez única y un estilo propio perfectamente reconocible entre los autores paraguayos. Su imaginación y buen oficio queda demostrado con este trabajo, fruto de su experiencia.

En suma, Mabel Pedrozo ha conseguido llegar un poco más lejos en su actividad literaria. Con esta obra que presentamos, se aprecia que está en el mejor momento de su evolución como autora. Su actitud de testigo de la realidad más dura le está reportando beneficios literarios. De ahí que sea conveniente leer a una de las autoras paraguayas más importantes del presente y con un futuro literario, sin duda, maravilloso. Su dureza y su ternura nos dan una dimensión exacta de la nueva realidad del cuento paraguayo actual: una realidad halagüeña. Así, nuestra autora es una representante de la mejor literatura que ha evolucionado desde el "exorcismo de fantasmas interiores", al decir de Mario Vargas Llosa, hacia el testimonio cronístico, quizá influido por la dedicación al periodismo de tantos autores  paraguayos, de pequeñas historias nada insignificantes, aunque sean las de esa historia que nunca aparecerá en los manuales al lado de las de Francia y Francisco Solano López. Las historias de Mabel Pedrozo, muchas inspiradas en la vida real, son importantes, aunque parezcan increíbles, porque la notabilidad depende del grado en que afecte un acontecimiento a una persona. Y las historias de Mabel nos afectan porque están muy bien contadas.

Léanlas porque les gustarán.

JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

Septiembre 2001

 

 

INCERTIDUMBRE

Las estrellas son dioses, obviamente.  Pero dicen que muchas de ellas ya murieron y desde algún lugar del universo pueden verse sus despojos apagados, girando sin sentido.-

Como no sabían cuales eran las muertas y cuáles las vivas, los Sacerdotes mayas del Templo de los Cinco Niveles (desde las sucesivas terrazas de piedra que utilizaban como observatorio astronómico) las reverenciaban sin excepción.-

Apoyado en la puerta que da a un patio sobrevolado de sábanas prendidas a los tendederos, un hombre llamado Miguel Areco repite esta noche el rito y la incertidumbre.  El convencimiento de que ha hecho esto por siglos (lo que no es posible porque tiene solo treinta y siete años) no minimiza su asombro. -

 

 

ESPACIOS AJENOS

El galopar desigual de las persianas cuando es invierno y los vientos helados toman la casa, me recuerdan esa costumbre de ser feliz cuando todo se pone oscuro aunque sean las tres de la tarde,  ahora. Con la primera llovizna los charcos (que tienen siglos calcando su geométrica ceremonia) se redondean anticipadamente  sobre el empedrado abandonado.

-Lucila, ¿qué hacés allí? ¿No escuchás que la criatura llora?

-Ya voy amor, ya voy.

-¿No escuchaste que te estaba llamando?

-No amor, no te escuché.

-¿Y? ¿Venís?

La ingenua sensación de eternidad en el alma todavía está allí, a salvo, cuando el primer relámpago anaranja la cuadra.

 

 

EL CUARTO DOCTOR

Por qué preocuparse por lo que dijo la paciente del 304. Son fantasías, señora, no le haga caso, insistió él mismo cuando la madre le contó, pero ahora estaba dándole vueltas al asunto cuando no tenía por qué.

Hacía dos días la pequeña Elizabeth Almirón se sentó en la cuna de la salita donde la internaron para sacarle las amígdalas, y pidió: «Quiero al doctor que juega conmigo».

Se le preguntó si se refería a él, al doctor Roberto, que fue quien la atendió desde las sesiones de consultorio externo. Pero no, no era. Y tampoco los doctores Quiroga e Irrazábal. «El otro, el de pelo rubio», insistió la criatura. Pero en el pabellón pediátrico no había doctores de pelo rubio, a menos que se refiriese a las doctoras residentes, y no, era un doctor.

-El que vino esta mañana. El que estaba junto a los otros -suplicó la niña el mismo día que debía salir, pero no salió porque amaneció con fiebre y querían tenerla por si el posoperatorio se complicaba.

-¿Quién, mi vida?

El doctor Roberto recordaba a la madre diciendo eso, su solera formalita y el saco de hilo cubriendo los brazos como si tanta tela pudiese agregarle años a su rostro que retenía el rubor de la adolescencia. ¿Veintiocho, veintinueve años? El doctor se pasó la mano por la frente sudada, como si ese solo gesto pudiese ponerlo a salvo de sus pensamientos.

Acodado en el escritorio, releía en este momento la ficha de la niña. El ganglio no disminuyó como pensó que ocurriría después de la operación, por lo que tenían que intervenir de nuevo. Y cuanto antes mejor, se dijo a sí mismo, pero cuando tuvo que poner al tanto a la mamá-cabello castaño raspándole el cuello de la solera, el sudor volvió. De todas maneras lo dijo, y fue cuando ella recordó el delirio de la niña.

-Dicen que las personas que van a morir ven cosas, doctor -sollozó acurrucada en el sillón, la rodilla puntiaguda rozando seguramente esa parte del escritorio que él no podía ver.

De nada sirvió decirle que el ganglio no tenía por qué ser maligno, y lo más probable era que no lo fuese. Pero ella siguió llorando, así que una enfermera entró trayendo el calmante que el doctor pidió por el intercomunicador. (Los labios apretaron la pastilla que se hundió en la boca cuando él le ayudó con el agua porque las manos le temblaban y se notaba que no podía sola).

La dejó allí, recostada en su sofá, la manta color café del hospital cubriéndole las rodillas, y la solera, y el saquito, todo excepto el cabello castaño que arremolinó su pelusa sobre el ruedo del cobertor. Antes le preguntó por su esposo. Estaba de viaje, así que la operación se haría de todas formas porque no convenía esperar demasiado. Eso le dijo él y la dejó descansar.

-Hola Eli.

El doctor Roberto se acercó a la cuna y tomó el formulario donde figuraba la medicación de la niña. Miró la última toma de temperatura. La fiebre todavía estaba allí, de manera que les convenía apurarse.

-Doctor, ¿ahora puedo jugar con él?

Era eso, esa especie de malestar acompañado del sudor que ahora le mojaba la remera, y la chaqueta, y que le daba una especie de sopor dulzón, lo que le vino incomodando desde que la mamá de la criatura mencionó el tema. Y ahora de nuevo.

-¿Con quién, Eli?

-Con el otro doctor, el que está a su lado.

Roberto arrastró la silla que estaba cerca de la mesita de noche, y se sentó. No lo hizo sólo por crear ese ambiente de confianza que un médico necesita a veces con su paciente, sino porque se sentía agotado.

Recordaba cómo era antes, cuando acababa de salir de la facultad de medicina y doblaba sus guardias sin que el desvelo se le note en el rostro. Ahora y con guardia normal, se sentía como un sonámbulo caminando encima de bolsas de aire.

-¿Por qué decís que es un doctor? -le preguntó.

La niña abrazaba un peluche rosa que su médico no supo á qué animal se parecía.

-Porque está vestido como usted -dijo la paciente.

-¿Habla contigo?

No creía lo que estaba haciendo. ¿Sentía curiosidad sobre la fantasía de la niña, o realmente estaba preocupado por la operación que estaba marcada para el amanecer, y al igual que la madre, comenzaba a creer en el mal augurio?

-No habla, pero me toca.

-¿Dónde?

-Aquí, y después ya no me duele -explicó Elizabeth, mostrando la venda recién cambiada.

Roberto se molestó consigo mismo porque si no hubiesen entrado a medicar a la niña, probablemente la conversación hubiese seguido. Qué vergüenza, se dijo, pero el rostro cómplice de la paciente lo tranquilizó. Ella no lo delataría.

La tarde paseó su trayecto de colores por las paredes lavadas del pabellón pediátrico, hasta que el «doctor, son las ocho» en la puerta del dormitorio de residentes deshizo esa especie de sueño-desmayo del que Roberto volvió con dolor de cabeza y con el rostro de Elizabeth diciendo «y después ya no duele».

Mientras se daba un baño recordó a la madre de la niña a la que dejó en su consultorio sin ganas de moverla de su acurrucamiento, de su pelo castaño encendido por la lamparita de mesa que le dejó prendida para darle ese aire de estar en casa, lo que nunca es posible en un lugar como ése. Pero más tarde, cuando preguntó por ella le dijeron que los familiares ya estaban reunidos con la paciente y que varias veces preguntaron por él.

La niña le sonrió desde su almohada con dibujos de luna y su peluche rosa, cuando lo vio arrimarse a la puerta. «Allí está», dijo, y las miradas se prendieron a él como esperando ese algo que les asegure que todo estaba bien, que la operación sería una tontera y que la familia no tenía motivos para apretar ese llanto que no querían mostrarle a la criatura.

La mamá-hombros blancos encuadrando el saquito de hilo, rodillas -hace poco rozando la madera del escritorio, muy pelo castaño mal peinado después de su siesta en el sofá, se acercó a él.

-Ya no tiene fiebre -le comentó.

Roberto saludó a la niña haciendo el gesto de ir a venir, y cuando ya sacaba la cabeza, cuando ya se incorporaba al deambular blanco del pasillo, se detuvo, como si olvidara algo. Pero no era eso, sino otra cosa que le hizo entrar de nuevo en la salita como si algo tuviese que decir, lo que tampoco era cierto. Entonces fue que lo vio.

Como una imagen corrida en una cinta de video que cuando se quiere ya no se puede recuperar, el doctor vio lo que vio y cuando volvió a mirar, entendió que ya no estaba allí.

-¿Pasa algo, doctor? -preguntó la mamá- ojos marrones viéndole sin entender qué era su cara metida en el vacío, su extravío de médico de su hija que a la madrugada tendría el bisturí en la mano, y el uniforme verde, y su voz cuando todo termine buscándola a ella para decirle que ya todo pasó, quizás rodeándola con los mismos brazos que la arroparon en el consultorio, cuando le pidió que se recueste y le rozó el pelo con sus manos que se alargaron para encender la lámpara.

-No, nada. Vuelvo enseguida.

La mirada de saber lo que había pasado de la niña, le devolvió la sensación de malestar-chaqueta sudada picándole en la espalda, pero no estuvo seguro hasta que la enfermera le avisó que los familiares de la sala 304 fueron a cenar y como él pidió que le avisen cuando la niña se quedaba sola, bueno, le estaba avisando.

-¿Cómo está mi pacientita?

Los ojos adormilados-reproducción de la mirada dulzona de la madre, le vieron acercándose a la silla donde antes estuvo la abuela, y la tía, y la madrina que trajo el peluche rosa, y hasta él, mucho antes que todo el mundo.

-Hola doctor.

El círculo congelado del estetoscopio hizo tiritar a la niña. Roberto le abotonó el camisón y habló como si no hubiese pensado antes lo que estaba diciendo.

-¿Hoy jugaste con tu amigo, Eli?

Ella sonrió. Dijo que su mamá no quería que le tenga miedo a la operación, y ella no le tenía pero porque iban a estar el doctor Roberto (o sea él), los otros dos y el doctor de pelo rubio que no le decía su nombre pero que le cuidaba cuando todos se iban y ella se quedaba mirando por si alguien aparecía. Y no, no pudo jugar porque estaba mamá, y las tías, y la abuela Caro. Además, el otro doctor nunca se quedaba demasiado.

Se dio cuenta de que no sacaría más, dado que tampoco podía decirle a la niña que ese cuarto doctor era de invento, que la verdad es que no existía y que no podía ser fantasma porque eso no había, así que no era otra cosa que un producto de su mente. Pero yo lo vi, se dijo él mismo antes de abandonar la sala.

Nunca le pasó que antes de una operación estuviese así, afiebrado de tanto restregarse la frente sobre la almohada sin que pudiese abandonarse a ese descanso que necesitaba. No estaba nervioso. Era aquello que vio en la sala 304, aquello que en su momento fue un algo sin definición, y que ahora volvía con una nitidez suficiente como para tenerlo con los ojos como viendo dentro de sí mismo.

En esa milimétrica porción de segundo distinguió una mancha, un contorno, una sombra pero al revés, porque en este caso no se trataba de oscuridad sino de su opuesto. ¿Lo vio realmente o la paciente le estaba mudando sus alucinaciones? Cuando el reloj sonó, supo que finalmente se durmió, pero el pensamiento se quedó esperando por él así que mientras se daba una ducha, la imagen de la madrugada le volvió tal cual.

A las siete de la mañana el doctor Roberto ingresó a quirófano con los guantes desechables puestos, y ya informado del estado general de la paciente, los minutos que llevaba anestesiada, la evolución del pulso, cómo iba la respiración. Esas cosas que el jefe de enfermeros se encarga de poner al tanto.

Encontró a sus colegas de pediatría iniciando la operación, al equipo dé auxiliares flotando bajo las lámparas que dibujaban sus círculos blancos sobre los tapabocas, sobre las chaquetas verdes, sobre los zapatos envueltos en plástico. Cuando se acercó y el equipo médico le abrió espacio para que ocupe su lugar de cirujano principal, Roberto lo vio. Pero esta vez no era nada que no pudiese mirarse fijamente, al contrario.

Estaba frente a él, viéndolo con esa sonrisa que Elizabeth le advirtió, con esos ojos de conocerlo y él pensando también que lo conocía, el difuso contorno de la primera vez ahora prendido como un foco más, al lado de la niña inconsciente. El cuarto doctor, o lo que aquello fuese.

Cuando Elizabeth volvió de la anestesia y preguntó por Roberto, nadie le dijo, pero después de que la niña fue dada de alta su mamá-ojos tristes recordando los treinta y seis años del médico, sus dedos rozándole la boca mientras le ayudaba con el vaso de agua, su cara mirándola detrás de la lámpara, le explicó que él ya no estaba en el hospital.

Sólo eso, nada de que falleció en la sala donde la operaban a ella, en el momento en que le pasaban el bisturí, tumbado boca arriba con el instrumental regado por el piso. Aneurisma, le dijo una enfermera, nada que hubiese podido preverse, aunque al doctor Roberto muchos lo habían visto cansado, sudoroso, con las mejillas picadas quizás por una fiebre, pero él nunca le contó a nadie.

Para cambiar de conversación, la mamá-sensación de querer llorar pero atajarse porque al final lo importante era que Elizabeth estaba bien y ya volvían a casa, le dijo que sus doctores vendrían a despedirse de ella.

-Pero no ellos, mami. -La criatura jugueteaba con el peluche rosa mientras hablaba.

-¿Quiénes, mi vida?

-El doctor Roberto y su amigo.

La mujer recordó el delirio, aquel doctor que jamás existió y a quien su hija nombró en medio de sus fiebres.

-El venía con el doctor Roberto, mami. Solo podía estar conmigo si estaba el doctor Roberto.

 

 

 

ÍNDICE

A MANERA DE PRÓLOGO - JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

*. EL PASAJERO DEL TECHO / CAVILACIONES DE UN MORIBUNDO / NAVIDAD SIN RETOQUES / EL LADO EQUIVOCADO / ESPACIOS AJENOS / ABRÍ LA BOCA /  CEREMONIA / NOCHE MULTIPLICADA / INCERTIDUMBRE / LA PIERNA / UN RECUERDO CON DEFECTO / NO TOQUE A LA NENA / EL NOMBRE DE ÉL / EL CUARTO DOCTOR.

 

 

PREMIO ROQUE GAONA PARA MABEL PEDROZO

Mabel Pedrozo es la ganadora del ‘‘Premio Roque Gaona 2002’’ convocado anualmente por la Sociedad de Escritores del Paraguay, y patrocinado por Fénix S.A. de Seguros.

Con su obra ‘‘Noche multiplicada’’, Mabel Pedrozo pasa a integrar de esta manera la ya larga lista de escritores que han recibido el importante galardón dotado de seis millones de guaraníes. Los integrantes del jurado de la presente edición fueron los escritores Fernando Pistilli, presidente de la Sociedad de Escritores del Paraguay; Elinor Puschkarevich y Augusto Casola, presidente del PEN club y ganador del ‘‘Premio Roque Gaona 2001’’.

En el veredicto se hizo constar que se destaca la alta calidad de las obras presentadas y el jurado tomó la decisión de premiar el libro ‘‘Noche multiplicada’’ atendiendo las siguientes razones: ‘‘La fuerza narrativa alcanza en algunos cuentos un nivel de tensión que hace difícil escapar al magnetismo, lo que sumado a la estructura, el lenguaje actual y sorpresivo, hacen que los mismos logren un notable grado de perfección’’.

La entrega del premio se hará el día 17 de este mes, en el salón de honor de la firma Fénix SA de Seguros y estará a cargo de Roque Gaona Muñoz.

Fuente: Artículo publicado en el diario ABC COLOR

Jueves, 12 de diciembre de 2002

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY

 

 

 

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PREMIO ROQUE GAONA PARA MABEL PEDROZO

Mabel Pedrozo es la ganadora del ‘‘Premio Roque Gaona 2002’’ convocado anualmente por la Sociedad de Escritores del Paraguay, y patrocinado por Fénix S.A. de Seguros.

Con su obra ‘‘Noche multiplicada’’, Mabel Pedrozo pasa a integrar de esta manera la ya larga lista de escritores que han recibido el importante galardón dotado de seis millones de guaraníes. Los integrantes del jurado de la presente edición fueron los escritores Fernando Pistilli, presidente de la Sociedad de Escritores del Paraguay; Elinor Puschkarevich y Augusto Casola, presidente del PEN club y ganador del ‘‘Premio Roque Gaona 2001’’.

En el veredicto se hizo constar que se destaca la alta calidad de las obras presentadas y el jurado tomó la decisión de premiar el libro ‘‘Noche multiplicada’’ atendiendo las siguientes razones: ‘‘La fuerza narrativa alcanza en algunos cuentos un nivel de tensión que hace difícil escapar al magnetismo, lo que sumado a la estructura, el lenguaje actual y sorpresivo, hacen que los mismos logren un notable grado de perfección’’.
La entrega del premio se hará el día 17 de este mes, en el salón de honor de la firma Fénix SA de Seguros y estará a cargo de Roque Gaona Muñoz.

 

 




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