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MARGARITA MARÍA PRIETO YEGROS


  BANDEIRAS PAULISTAS EN TERRITORIOS COLONIALES HISPANOS - Por MARGARITA PRIETO YEGROS


BANDEIRAS PAULISTAS EN TERRITORIOS COLONIALES HISPANOS - Por MARGARITA PRIETO YEGROS

BANDEIRAS PAULISTAS EN TERRITORIOS COLONIALES HISPANOS

MARGARITA PRIETO YEGROS

 

Edición a cargo del Departamento Técnico de la

Editorial “Cuadernos Republicanos”

Diagramación: Silvio Avalos Sánchez

Tapa y compaginación: Francisco Aquino Z.

Asunción – Paraguay

(73 páginas)

 

 

LAS BANDEIRAS PAULISTAS

EN TERRITORIOS COLONIALES HISPANOS

 

         1. INTRODUCCIÓN

 

         Una rara sensación acústica hizo que desde la escuela primaria me atrajera el nombre de Tordesillas; cual homérica sirena su musicalidad me fue atrayendo hasta conducirme al estudio sistemático de la historia, y así llegué a Portugal y España para investigar los orígenes del Tratado que en junio de 1494 firmaron castellanos y portugueses para ponerse de acuerdo en la expansión atlántica.

         El Tratado firmado en Tordesillas procuró solucionar difíciles problemas políticos y diplomáticos, en los cuales cada parte creía tener toda la razón y pretendía quedarse con lo mejor. En esa localidad culminó un largo proceso iniciado con el concepto de frontera entre dos reinos vecinos.

         La civilización europea, en el siglo XV, estaba detenida ante la barrera que significaba el Océano Atlántico. La tarea de vencer al mar ignoto y extenso le correspondió singularmente a Portugal y España.

         Portugal, favorecido por su excepcional situación geográfica, y por la labor de D. Henrique el Navegante y su Escuela Náutica, pronto se lanzó a los descubrimientos marítimos, estimulados por un plan político de expansión que con el tiempo lo transformó de pequeño reino pobre en un extenso imperio colonial.

         España, sin plan expansionista alguno, se empeñaba desde el año 711 en la expulsión definitiva de los árabes que habían invadido su territorio, y se concentraba en la reconquista de Granada. Sin embargo, desde que se descubrieron islas habitadas en el Atlántico se generaron conflictos entre ambos reinos y las fronteras comenzaron a ser cuestionadas.

         En todo el avance marino de esa época Portugal llevó las de ganar, y, si la historia tuviese lógica, le hubiera correspondido descubrir el Nuevo Mundo. Pero es bien sabido que, en la urdimbre de los acontecimientos históricos, a veces, circunstancias fortuitas o pequeños errores pesan tanto como esfuerzos seculares.

         Y así fue como un marino genovés desestimado por Juan II de Portugal, al ser acogido por los Reyes Católicos, descubrió América y acentuó los conflictos entre España y Portugal que, entre Bulas y Tratados, condujeron a las negociaciones que finalmente, en Tordesillas, repartieron el mundo en dos.

         La rivalidad entre ambos reinos, pese al Tratado que procuró superarla, se convirtió en una carrera hacia el continente americano, primero, hacia el río de la Plata después, y, finalmente con las Bandeiras paulistas, desde el Brasil litoral hacia las alucinantes riquezas del Imperio de los Incas.

         En esta ocasión analizaremos especialmente el ciclo de las bandeiras que, en forma arrolladora, avanzaron más allá de la línea de Tordesillas concretando la expansión geográfica del Brasil colonial.

 

 

 

         2. ANTECEDENTES HISTÓRICOS

 

         2.1. EL REINO DE PORTUGAL

 

         Hacia el 585, año de la Era Cristiana, los Visigodos invadieron la Península ibérica, se convirtieron al Cristianismo, y, absorbiendo la herencia cultural ibérico-romana, crearon el Imperio Visigótico.

         En el año 711 d.c. los árabes, procedentes del continente africano, cruzaron el Estrecho de Gibraltar y penetrando en la península en forma irrefrenable derrocaron al imperio Visigótico, llegando en pocos años más allá de los Pirineos.

         Unos pocos nobles cristianos liderados por Pelagio, electo como rey independiente, se refugiaron en las montañas de Asturias, desde donde resistieron a los musulmanes, logrando vencerlos en la batalla de Covadonga (718).

         Así se reinició el período histórico designado como el de la Reconquista Cristiana, que a lo largo de setecientos años fue generando reinos interdependientes.

         Como recompensa por los servicios prestados en la guerra contra los moros, Henrique de Borgonha recibió el condado de Portugal, dependiente de Galicia, ubicado entre el Miño y el Mondengo y, casándose con Doña Tareja, hija natural de Alfonso VI, rey de León y Castilla, se convirtió en Conde.

         Don Henrique de Portugal encontró en sus dominios una población cuyo sustrato étnico estaba compuesto por invasores llegados de los cuatro vientos: celtas, suevos, romanos, árabes, y visigodos de por medio.

         Muy pronto surgió entre ellos un ideal de independencia, sobre todo después de la expulsión de los musulmanes. El Conde Don Henrique supo aprovechar estas ansias de libertad y hasta el fin luchó para que se concretara, aunque apenas consiguió la independencia del vasallaje de Galicia (1095).

         Treinta años después, su hijo Alfonso Henrique se convirtió en el primer rey de Portugal y concretó su independencia.

         Por centurias, España no desistió de anexar Portugal y éste, a su vez, persistió en su derecho a la independencia.

         A propósito de esta cuestión, Fernando Pessoa afirmó que: "la grandeza de Portugal no estuvo en el descubrimiento ni en la conquista ni en la formación de naciones ultramarinas, sino en haber resistido a Castilla, defendiendo a sangre y fuego el principio de independencia"(*).

         Alfonso Henrique tenía apenas tres años cuando su padre falleció. Entonces, ante la menoridad del heredero, asumió el poder su madre Doña Tareja.

         Catorce años después, Alfonso Henrique fundó el mino de Portugal, convirtiéndose en su primer rey con el nombre de Don Alfonso I.

         De esta manera surgió la primera dinastía del reino de Portugal, con el nombre de Dinastía de Borgoña como referencia a la región de Francia de la que fuera oriundo el Conde D. Henrique, auténtico fundador de la casa real que convirtió al condado en reino.

         Desde Alfonso Henrique, el comportamiento de los reyes de Portugal: Sancho I, su hijo; Alfonso II, su nieto; Sancho II, su bisnieto, y Alfonso III, hermano de Sancho II, fue dominado durante noventa y cuatro años por campañas militares destinadas a expandir los dominios hacia el sur, sin dejar, simultáneamente, de resistir al poder centralizador de León y Castilla como también a las ambiciones de los nobles imbuidos de las ideas feudales y a la prepotencia del clero dispuesto siempre a invocar el poder papal como superior al de la corona.

         Con marcada vocación imperial, Portugal decidió expandir sus dominios.

         En 1279, bajo el reinado de Alfonso III, Portugal consiguió, pese a la oposición de Castilla, apoderarse de todo el Algarve ubicado en el extremo sur, delineando sus fronteras tales como existen en la actualidad. Esas fronteras las más de las veces no funcionaron como puntos de unión o de encuentro, sino como reiterados motivos de conflictos limítrofes.

         Después de D. Alfonso Henrique, el rey portugués que más años gobernó, cuarenta y siete; vino D. Dinis, casado con Isabel de Aragón. Durante su reinado, Portugal conoció una de sus épocas de mayor progreso: reforzando la condición marítima del reino se organizó su marina, y para el efecto, fue contratado el famoso navegante genovés Manuel Pessanha, quien trajo consigo veinte peritos en el arte de navegar.

         Al finalizar la Dinastía de Borgonha surgió la Dinastía de Avis, cuyo rey D. Juan I obtuvo en la célebre batalla de Aljubarrota (1385) una resonante victoria ante Juan I de Castilla, decidiendo así la suerte del reino de Portugal que había sido invadido por los castellanos.

         Posteriormente, Don Juan I contrajo nupcias con Felipa de Além Castro y de esta unión nació el Infante D. Henrique, quien dio lustre y esplendor a Portugal por la vía oceánica, con la empresa de los descubrimientos.

         Con su destreza náutica y sus ansias de aventuras y riquezas, los portugueses del Renacimiento se convirtieron en los ojos de Europa. Recopilaron información crítica sobre geografía, botánica, zoología, hidrografía, política, religión, astronomía, cartografía, y otros campos de las ciencias naturales y aplicadas.

         Portugal fue la primera nación europea moderna que extendió las fronteras de su poder político, económico y social y el único país que al expandirse estableció vínculos definidos con todos los continentes del mundo, logrando por medio de la navegación unificar al mundo.

         En 1415, el rey de Portugal, don Juan I el Grande, conquistó Ceuta, que pertenecía al Reino de Fez. En dicha ocasión, armó en dicha plaza caballeros a sus hijos mayores D. Duarte, D. Pedro y D. Henrique, que le habían acompañado en la conquista, dando así extraordinario relieve a la ocupación.

         No se conoce con precisión la razón que tuvo Don Juan I para ocupar Ceuta; no obstante, es necesario reconocer que esta plaza era de gran interés por varios aspectos: controlaba el estrecho de Gibraltar, servía al comercio de Portugal con las repúblicas italianas, podía servir como centro comercial para los productos que llegaban del Oriente, facilitaba los descubrimientos hacia el sur contorneando África.

         "Ceuta -escribió Oliveira Martín- precedió a Venecia, la cual precedió a Lisboa en el emporio del comercio de las Indias. Allí fluían las especierías, los tejidos preciosos y todo lo que las caravanas traían a través del desierto, desde el mar Rojo por Egipto, por Tripoliana y por Argelia hasta Marruecos, de la que Ceuta era la Nueva York, y Fez, la capital, como Washington, una corte apenas" (**).

         Sin embargo, el historiador David López afirmó con testimonios serios que Ceuta no era, en la realidad, el emporio del que hablaba Oliveira Martín.

         La opinión de David López es que la ocupación de Ceuta obedeció a un doble propósito, el religioso y el político: atacar a los moros en su propio país y socorrer a la Cristiandad de Oriente.

         Según Pierre Chaunu la toma de Ceuta fue prosecución de las Cruzadas Cristianas de Occidente que habían comenzado en la Reconquista de la Península Ibérica.

         El heroísmo religioso dominaba el pensamiento de esa época y se subordinaba a la preocupación comercial; no obstante, los hechos posteriores parecen demostrar que el sueño dorado de Portugal eran los descubrimientos del océano y el camino hacia las Indias, impulsados y guiados certeramente por don Henrique el Navegante, quien encarnaba la voluntad colectiva.

         Efectivamente, Portugal ha sido el pueblo del descubrimiento del Océano Atlántico y, bordeando el continente africano, escribió durante el siglo XV gloriosas páginas de la navegación.

         Varios autores afirman que desde Ceuta los moros asediaban a Portugal; de ahí el proverbio "andan moros por la costa" usado como sinónimo de peligro de invasión inminente. Ceuta era la base naval para las incursiones a tierras cristianas porque posee dos excelentes ensenadas. Era pues decisiva la toma de Ceuta por los portugueses.

 

 

(*) Costa Pinho, Roberto, Conceicão Silva José L. "UTOPIA". Portugal, Hito e Historia".

Fundacão Quadrilátero del Descubrimiento.

San Pablo- Brasil, 1994.

(**) Oliveira- "Filhos de Don Juan I", Revista "África"- Ceuta 1934.

 

 

         2.2. CASTILLA Y ARAGÓN

 

         Hacia el siglo XV la península ibérica estaba dividida en cuatro reinos cristianos: Aragón, Castilla, Navarra y Portugal, con los cuales compartía territorio el reino moro de Granada.

         Con los Reyes Católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, se produjo la unión de los citados reinos, excepto Portugal. Esta monarquía bicéfala consiguió mediante férrea política la conquista de Granada (2, enero, 1492) y la expansión territorial en triple dirección: sobre el norte de África, sobre Nápoles en Italia y sobre el Atlántico con el descubrimiento de América.

         Al concluir la expulsión de los árabes, España se encontró convertida en una nación militarizada, a cuyos capitanes y soldados debía fijar nuevos objetivos a fin de evitar la anarquía y consolidar la unidad forjada en torno a Castilla y Aragón.

         La obra histórica de los Reyes Católicos, agraciados con este título por el Papa Inocencio VIII, inauguró una época de grandes descubrimientos y conquistas, que convirtieron a España en la primera potencia europea e hicieron posible el tránsito de la Edad Media a la Moderna.

         Fernando V, rey de España de 1452 a 1516, hijo de Juan de Aragón, presidió el descubrimiento del Nuevo Mundo, juntamente con su esposa Isabel de Castilla, hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal.

         Con la ayuda que España prestó a C. Colón se transformó el saber geográfico y también el devenir de la Humanidad, ubicada hasta entonces sobre un supuesto plano telúrico, rodeado de mares desconocidos. Los descubrimientos de Colón posibilitaron la creación de un imperio que movilizó la mano de obra civil y militar ociosa, lanzada hacia la aventura y la riqueza.

         A Carlos V, Rey de España desde 1516 a 1555, hijo de Felipe el Hermoso, le correspondió la gloria de demostrar la redondez de la tierra, mediante la circunnavegación del audaz Magallanes (1519-1522).

         También a Carlos V le cupo el lauro de haber formado "el Imperio donde nunca se ponla el sol", que abarcaba la mitad de Europa, el norte de África, el Nuevo Mundo y el Asia insular.

         La historia ulterior se encargó de demostrar que, paradójicamente, España fue rebasada por su propia hazaña y que su labor civilizadora quedó opacada por la ansiosa apropiación de riquezas, motivación fundamental de la política colonial, dominada por las ideas económicas del Mercantilismo, doctrina ésta que fincaba el poder de las naciones en la tenencia de oro y plata.

 

         2.3. LOS GRANDES DESCUBRIMIENTOS

 

         Europa heredó de las Cruzadas el noble arte de viajar; antes de ellas muy pocos europeos se habían aventurado a salir de las rutas conocidas.

         En el siglo XIII los hermanos Polo, mercaderes de Venecia, atravesando el desierto mongólico y altas montañas, llegaron hasta la corte del Gran Kan de Catay, poderoso emperador de la China.

         El hijo de uno de los hermanos Polo, llamado Marco, asombró al mundo con las descripciones del viaje que duró más de veinte años; viaje demasiado largo y peligroso pero deslumbrante.

         Desde entonces y en el transcurso de los siglos XIV y XV, el sueño de los navegantes europeos fue descubrir una ruta segura y cómoda para llegar al Imperio de Catay (China) y a las islas de Cipango (tapón) a fin de conseguir las especias que el mundo medioeval pudo apreciar durante las Cruzadas.

         Entre los expertos náuticos la discusión versaba acerca de cuál era la mejor ruta, si la occidental o la oriental.

         Entre los partidarios de la ruta occidental se encontraba un marino genovés de nombre Cristóbal Colón, que se estableció en Portugal, donde contrajo matrimonio con la hija de uno de los capitanes que habla servido a las órdenes de Henrique el Navegante.

         Desde 1478 se dedicó de entero a la búsqueda de la ruta occidental hacia la India, fundamentando su teoría de circunvalación de la Tierra, expuesta por el cardenal francés Pedro de Ailly en su libro "Imagen del mundo".

 

         2.4. VIAJES EUROPEOS ULTRAMARINOS

 

         Las ciudades italianas de Venecia, Génova, Pisa y Amalfi asimilaron la experiencia de la antigüedad y la emplearon especialmente en la comercialización de especias: pimienta, canela, nuez moscada, jengibre, clavo de olor, y ciertas mercancías entre las que se destacaban las porcelanas, inciensos, terciopelos, mirra y alóe que se traían de Asia.

         Estos productos llegaban a Europa a través de traficantes árabes que seguían dos caminos: uno que iba a parar al mar Negro, y otro cuyo término era el puerto de Alejandría, en Egipto, de donde las recogían los barcos genoveses y venecianos.

         Este tráfico de mercaderías con Oriente, controlado por Génova y Venecia, fue interrumpido por la caída de Constantinopla en poder de los turcos. Finalmente, al derrumbarse el Imperio Bizantino, todo el Mediterráneo Oriental quedó bajo el dominio de los soberanos otomanos.

         Las dificultades para la navegación cristiana por el Mediterráneo acarrearon la ruina de Venecia y de las otras ciudades mercantiles italianas.

         Paulatinamente, portugueses y españoles reemplazaron a venecianos y genoveses en la imperiosa meta de ir a la "tierra de la especiería".

         Razones económicas fueron las que lanzaron al mar ignoto a los europeos del siglo XV, iniciando la apertura de nuevas rutas marítimas inaugurando así una auténtica era oceánica.

         El rey Juan I (1357-1443), fundador de la Dinastía de Avis, fue el iniciador de la política expansionista de Portugal.

         El 21 de agosto de 1415 los portugueses cruzaron el Estrecho de Gibraltar y conquistaron Ceuta. En 1431 descubrieron las islas Azores, y después, aventurándose a lo largo de las costas africanas, llegaron en 1434 al cabo Bojador; en 1436 al cabo Blanco y en 1452 al Golfo de Guinea.

         Esta expansión marítima significó para los portugueses la posibilidad de conversión de un reino pobre y poco poblado a una potencia mercantil. Prosiguiendo sus viajes por el litoral africano, descubrieron en 1460 las islas del Cabo Verde, accediendo así a los ríos Senegal y Gambia y a las regiones de Guinea.

         Fueron también naves lusitanas las primeras en cruzar la línea del Ecuador y en recorrer el río Congo.

         El marino Portugués Bartolomé Díaz llegó al extremo sur del continente africano y denominó Tormentoso al cabo que allí encontró. Juan II le cambió el nombre por el de Buena Esperanza, con la idea, quizá, de tomar al Islam por el Oriente.

         Vasco da Gama, en 1497, logró vencer la peligrosidad del temido cabo, y surcando el Océano Indico, que desde entonces se constituyó en "lago portugués", llegó a Calicut, centro comercial dominado por los árabes. A partir de entonces el Extremo Oriente se sometió económicamente a Portugal.

 

 

         2.5. COLÓN Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

 

         Cristóbal Colón se inició desde muy joven en la navegación de cabotaje. Viajes posteriores a lo largo del Egeo, el Mediterráneo y mares nórdicos le brindaron la experiencia necesaria para atreverse a intentar otros recorridos de mayor envergadura.

         La lectura de las obras más destacadas de esa época incrementaron sus conocimientos náuticos. Consultó IMAGO MUNDI del Cardenal Ailly; IL MILLONE de Marco Polo; HISTORIA RERUN UBIQUE GESTARUM del Papa Pío II; a través de los cuales llegó a madurar la idea de que navegando hacia el poniente podía arribar a la India.

         Hacia 1484 C. Colón se presentó ante Juan II de Portugal con el objeto de plantear la posibilidad de realizar un viaje en la dirección mencionada.

         El monarca demoró la respuesta, en tanto enviaba secretamente a marinos portugueses a verificar las teorías expuestas por el navegante genovés.

         C. Colón, molesto ante la larga espera y la descortesía lusitana, abandonó la corte de Juan II y en 1486 se dirigió a los Reyes de España. Los monarcas hispanos, aunque estaban empeñados en la reconquista de Granada, escucharon atentamente y encomendaron a una junta de eruditos y letrados la respuesta. Esta fue negativa, pues nadie consideraba factible el proyecto.

         Cuando C. Colón se decidió a aceptar las ofertas de los soberanos de Inglaterra y Francia intervinieron Luis Santángel y Gabriel Sánchez, miembros de la corte española, quienes después de agotadoras gestiones lograron que los Reyes Católicos patrocinaran la empresa colombina, firmando el 17 de abril de 1492 la célebre Capitulación de Santa Fe, por la cual se concedía al marino genovés:

         • el título vitalicio y hereditario de Almirante de las tierras e islas que descubriese;

         • la designación de Virrey y Gobernador de los territorios descubiertos;

         • el diezmo de todo el tráfico mercantil;

         • el octavo de las ganancias y el tratamiento de DON;

         • la facultad de intervenir con la octava parte de los gastos necesarios para las armadas.

         C. Colón organizó su armada en el puerto de Palos, asociado a los hermanos Pinzón. Mediante el aporte financiero de Santángel equipó tres naves: la Niña, al mando de Vicente Yáñes Pinzón; la Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, y la Santa María, destinada al Almirante.

         La expedición partió el 3 de agosto de 1492 y después de recalar en las islas Canarias, siguiendo el itinerario trazado arribó a la isla que los indígenas llamaban Guanahaní y que al tomar posesión de ella el Almirante llamó San Salvador. Posiblemente es la que hoy se conoce con el nombre de Watling y pertenece al archipiélago de las Bahamas.

         Colón denominó indios a los habitantes que allí encontró y convencido de haber llegado a la india emprendió el regreso a España, después de avistar otras islas y construir el fuerte Navidad (25, diciembre, 1492) donde dejó a treinta hombres, ninguno de los cuales volvió a ser visto.

         Antes de arribar a las Azores la expedición sufrió los embates de una fuerte tormenta, circunstancia ésta que le obligó a enfilar hacia Lisboa. Allí, en su condición de Almirante de Castilla se presentó ante Juan II, quien sin titubeo alguno le manifestó que las tierras acabadas de descubrir pertenecían a Portugal.

         Colón desestimó tal afirmación y, aunque el monarca portugués intentó retenerle, pudo llegar el 15 de marzo de 1493 al puerto de Palos, desde donde viajó a Barcelona para entrevistarse con los Reyes Católicos que le recibieron con grandes honores.

 

 

         2.6. EL TRATADO DE TORDESILLAS

 

         Cuando Cristóbal Colón descubrió América, todos los soberanos y reinos europeos celebraron jubilosos ese hallazgo, sin parangón en la historia.

         Solo el Rey Don Juan II de Portugal reiteró su recelo, pues temía que la ruta descubierta acortase la distancia a la "Tierra de la Especiería" y se divulgara el conocimiento que acerca de sus riquezas poseían los portugueses.      

         Los Reyes Católicos recurrieron al Papa a fin de afirmar sus derechos sobre las tierras descubiertas.

         El Papa Alejandro VI, que por rara coincidencia era español, promulgó la Bula INTERCAETERA, cuyos dos textos aparecen fechados respectivamente el 3 y 4 de mayo de 1493 y establecía una línea meridiana desde el Polo Antártico hasta el Polo Ártico, a 100 leguas de las islas Azores y del Cabo Verde.

         Todo lo que se descubriese al oeste de esa línea le correspondería a España, y todo lo que quedase al este a Portugal.

         Portugal rechazó la solución propuesta, y el rey Don Juan alegó que dicha Bula lesionaba la soberanía de Portugal acerca de las tierras descubiertas anteriormente por navegantes portugueses.

         Deseoso de satisfacer al monarca lusitano, el Sumo Pontífice promulgó otra Bula que tampoco fue favorable a las pretensiones del Rey Don Juan. Este decidió entonces enviar una poderosa escuadra a fin de confirmar las aseveraciones de Colón, "y probar la suerte de la guerra en los propios mares de las tierras descubiertas" (1).

         La controversia se agudizó cuando los Reyes Católicos autorizaron a sus súbditos a pescar hasta el río Senegal, más allá del Cabo Borjador, zona terminantemente prohibida a navegantes españoles. "El rey de Portugal ordenó que fueran arrojados al mar los marinos que violasen dicha cláusula" (2).

         Ante la inminencia de un conflicto armado, los Reyes Católicos se empeñaron en desvanecer el peligro de la guerra a través de negociaciones diplomáticas. Con este objetivo enviaron a Lisboa a sus emisarios, quienes con sus pares portugueses analizaron las exigencias de los reyes de Castilla y Portugal durante quince meses: 6 de marzo de 1493 a 7 de junio de 1494; fecha ésta en que se firmó el Tratado de Tordesillas, por el cual los Reyes Católicos renunciaron a la línea trazada por Alejandro VI y aceptaron otra a 370 leguas de las Azores, mediante la cual Portugal se aseguró la mejor y mayor parte.

         No obstante, "el arreglo fue meramente formal - escribe Capistrano de Abreu en CAPITULOS DE HISTORIA COLONIAL-; ninguno sabía lo que daba ni lo que recibía o si daba o su recibía en ese ajuste de cuentas".

         La Línea de Tordesillas jamás fue definitivamente fijada, aunque se fijaron comisiones para ese fin. Nunca se precisó cuál de las islas Azores debía servir de punto de referencia. Los portugueses sostenían que debía ser la llamada Sal y los españoles la llamada San Antonio. Tampoco fue fijada la medida: no se indicó si la legua debía ser la española o la portuguesa. En realidad, Portugal hizo todo lo posible por evitar que la Línea de Tordesillas fuese marcada con precisión y, tal como lo afirmara Duarte Leite, Brasil ya perteneció a Portugal antes de su descubrimiento y antes de existir tuvo como límites al Atlántico y a un meridiano.

 

 

(1) Macedo Soares, José Carlos "Las Azores y el Cabo Verde" Pág. 64.

(2) Chávez, Julio César. "La acción hispana y lusitana en América".

(3) Alvaro Velho - Roteiro da primera viagem de Vasco da Gama. Ed. de Fontoura da Costa, Lisboa, 1960, p. 5.

 

 

 

         3. LA EXPANSIÓN PORTUGUESA

 

         3.1. EL DESCUBRIMIENTO DEL BRASIL

 

         Varios historiadores, entre los que se destaca Jaime Cortesão con su monumental estudio sobre "Os descubrimientos portugueses", afirman la teoría de que Don Juan II de Portugal tenía noticias de la existencia de las tierras del Brasil antes de la firma del Tratado de Tordesillas.

         Efectivamente, aunque la política ultramarina portuguesa tenía como principal objetivo la India y el comercio de las especias, Alvaro Velho, al examinar el mapa del primer viaje de Vasco da Gama a la India notó que por sobre la línea recta de Cabo Verde a Cabo Buena Esperanza aparece una línea que se aproxima a la costa brasilera.

         A su vez, Manuel Monteiro y Gaspar Ferreira Reimão encontraron en un mapa que indicaba la ruta entre Lisboa y el Cabo de Buena Esperanza, la recomendación "sígase la vuelta al Brasil"(*).

         Por lo expuesto se deduce que, entonces, a los portugueses les interesaba el Brasil como punto de escala o abastecimiento en el camino a la India.

         Por su parte, el doctor Prof. João Veríssimo Serrão da noticia del arribo al Brasil de varias armadas portuguesas con destino a la India, en los inicios del 1500, interesadas más en explorar las costas brasileras que en el abastecimiento de los navíos.

         Con el Tratado de Tordesillas Don Juan II obtuvo la posesión de una vasta región occidental, "rica en posibilidades y que ofrecía la ventaja de darle en el otro lado del Atlántico un punto de apoyo para la ruta de la India"(**) y, desde entonces, los portugueses se afanaron en derogar el Status creado por la "Línea". Dentro del mayor secreto, salían de los puertos lusitanos expediciones clandestinas hacia el Occidente y decenas de espías buscaban en los puertos españoles datos acerca de las expediciones hispanas. Estos afanes dieron sus frutos en 1500, año en que la expedición comandada por Álvarez Cabral llegó a Santa Cruz, tierra de los Pericos, ubicada en Brasil.

         Durante mucho tiempo se afirmó que esa expedición, costeando el África, se dirigía a la India y que, a causa de una tempestad, llegó a la costa americana. Estudios posteriores han destruido esa hipótesis; para el efecto se alegan estas razones: (1) No existe en esa zona geográfica corriente marítima alguna que pueda desviar a trece buques en formación y arrastrarlos desde las costas africanas a las costas del Brasil. (2) En el diario de navegación de Álvarez Cabral no aparece ninguna referencia a la tormenta aludida. (3) Tampoco consta que casos expedicionarios se hayan asombrado de llegar a turras extrañas.

         La suposición de que Portugal ya conocía la existencia de esas tierras se corrobora en la expresión con la que el Rey Juan II se dirigió a los Reyes Católicos, al informarles del descubrimiento de Álvarez Cabral: "Este navegante ha descubierto nuevamente esas tierras". Verdaderamente, Álvarez Cabral con su flota, fue enviado intencionalmente por el Rey de Portugal hacia el Brasil, simulando otro derrotero a fin de evitar la protesta de España.

         Portugal, después del descubrimiento del Brasil, afirmó que la Línea de Tordesillas se extendía desde Pará en el norte hasta el Río de la Plata en el sur, y por sobre las cláusulas del Tratado respectivo, los portugueses se internaron en esas direcciones.

 

 

(*) Dois Roteiros do século XVI, Manuel Monteiro e Gaspar Ferreira Reimão atribuidos a João Baptista Lavanha – Ed. De Humberto Leitão, Lisboa 1963, pp. 45 e 75.

(**) D. Río de Janeiro no século XVI -Lisboa, 1965, vol. I pp. 16-18- Historia de América - Barcelona 1956. Tomo XXVI, p. 127.

 

 

         3.2. POSESIÓN DEL LITORAL ATLÁNTICO

 

         En el período que transcurrió entre 1500 y 1530, Portugal se concentró en la conquista de la India y se limitó a reconocer y ocupar el litoral atlántico brasileño, sin intención de colonizarlo.

         En 1501, el rey Manuel I, "el Venturoso" dispuso una expedición que, al mando de Gonzalo de Coelho, partió de Lisboa con tres navíos. Los expedicionarios, entre los que figuraba Américo Vespucio, arribaron el 16 de agosto a un cabo de la costa brasileña que llamaron San Roque. Prosiguiendo la exploración descubrieron el cabo San Agustín, el río San Francisco y la bahía de Río de Janeiro, tras recorrer 2500 millas.

         Al año siguiente, 1502, otra expedición comandada por Américo Vespucio fundó una fortaleza en Bahía y regresó a Portugal, transportando una gran carga de "Palo brasil", madera tintórea de valor comercial, cuyo nombre, con el tiempo, se le dio al país.

         Las expediciones más importantes de este período fueron las de 1516 y 1526, comandadas por Cristóval Jaques, llamadas "guardacostas", porque se proponían impedir que comerciantes franceses llegaran a recoger el "palo brasil".

 

 

         3.3. COLONIZACIÓN DEL BRASIL

 

         En 1530, Portugal, amenazado por las incursiones francesas, se decidió a colonizar oficialmente el territorio brasileño. Para el efecto, organizó una escuadra de 5 embarcaciones con 400 colonos, al mando de Martín Alfonso de Souza. El triple objetivo que llevaban era:

         • Desalojar a los franceses.

         • Reconocer el litoral desde Maranhão hasta el Río de la Plata.

         • Establecer uno o más núcleos de población con gente europea, dentro de los límites de Tordesillas.

         En cumplimiento de su misión, Souza fundó en 1532 la población de San Vicente y, asociado con el holandés Erasmo Schetz, introdujo el cultivo de la caña de azúcar, traída de Madeira, y la explotación del "palo brasil".

         Decidido a extender la colonización del territorio brasileño, el rey Juan II, en 1534, dispuso la división de la región en trece grandes zonas a las que llamó "capitanías", que entregó a trece hidalgos lusitanos. Las primeras cartas de donación datan de 1534.

         Las capitanías eran dilatadas extensiones en las cuales los capitanes podían fundar ciudades, esclavizar indios, repartir tierras, administrar justicia, percibir impuestos, designar funcionarios y fiscalizar el comercio. A cambio de tales privilegios, la Corona se adjudicaba el monopolio de la explotación del "palo brasil", la recaudación de la décima parte de los ingresos y la quinta de la riqueza metalífera.

         El sistema de capitanías constituyó un verdadero régimen feudal. Solo prosperaron dos de ellas: la regida por Duarte Pacheco, en Pernambuco, donde se fundó la población Olinda, y la administrada por un representante de Souza en San Vicente. El sistema de capitanías había tenido éxito en las Azores y en Madeira, pero en el Brasil, con dimensiones sumamente extensas que requerían recursos superlativos, los cuales los donatarios a menudo no poseían, la falta de mano de obra y los ataques de los nativos, no obtuvieron el éxito esperado. No obstante, en muchas capitanías surgieron poblaciones, se extrajo el "palo brasil" y el comercio fue activo.

         El ciclo económico creado por la industria agroazucarera en Pernambuco fue durante doscientos años, más o menos, la mayor fuente de recursos de la colonia.

         La capitanía de San Vicente, a cargo de los lugartenientes de Martín Alfonso de Souza, secundados por destacados colonos como Brás Cubas, fue una de las más prósperas y se consolidó con la fundación de la villa de Santos.

         Tal como escribió Alfonso Arinos de Melo Franco (Síntese de historia económica do Brasil): "El litoral brasileño se adornó de civilización. Nacieron ciudades, se abrieron caminos, la vida se perfeccionó".

         La Corona Portuguesa, en 1548, sustituyó el sistema de capitanías y estableció el Gobierno General, a fin de tener una participación más activa en la colonización brasileña.

 

 

         3.4. GOBIERNO GENERAL

 

         Emulando la administración de España en sus colonias americanas, Portugal creó un Gobierno General con sede en la ciudad-fortaleza de Bahía.

         Tomé de Souza fue el primer gobernador al cual debían someterse todos los capitanes. Lo sucedió en el mando Duarte da Costa, y durante su gestión los franceses se instalaron en Río de Janeiro.

         Men de Sá, fue el tercer gobernador. Se distinguió por su habilidad administrativa; expulsó a los franceses, sometió a los indígenas y ordenó la fundación de Río de Janeiro (1565).

         El Brasil se convirtió así en una vasta y rica colonia de explotación agrícola y dejó de ser un lugar de paso hacia la India. Este mérito se le atribuye al Rey Juan III "el Colonizador"; sus sucesores no hicieron sino continuar las directrices por él trazadas.

         En 1580 la colonización de Brasil se extendía desde Cananea y San Vicente en el sur, hasta Itamaracá al norte de Pernambuco. Más tarde fue complementada por misiones religiosas y defendida por fortificaciones.

 

         3.5. LA UNIÓN DE LAS CORONAS IBÉRICAS

 

         En 1580 tuvo lugar un hecho muy importante en la vida política de la Península Ibérica: Portugal y España se unieron bajo una sola corona.

         Al fallecer sin dejar heredero directo el Cardenal-Rey D. Enrique I, hijo de Manuel I "el Afortunado", la corona lusitana fue disputada por varios descendientes de D. Manuel, a saber: Doña Catalina, duquesa de Bragança, Felipe II de España, D. Antonio, prior de Crato y parientes extranjeros.

         Don Felipe II hizo valer los derechos que le confería su condición de nieto de D. Manuel I "el Afortunado", y se convirtió en el 17° rey de Portugal, como D. Felipe I, uniendo así ambas coronas en una sola. Las dos administraciones coloniales subsistieron de manera independiente, pero modeladas por Madrid.

         La unidad política peninsular se prolongó hasta 1640, año en que Portugal recuperó su independencia y entronizó al Duque de Braganza, Don Juan IV.

         Consecuencias importantes de esta Unión Ibérica para el Brasil fueron: (1) Su aumento territorial, que pasó de 2.500.000 km2 a más de 8.000.000; y (2) la formación de un espíritu nacional, resultante de las luchas por la defensa del territorio.

 

 

 

         4. EL BANDORANTISMO PAULISTA

 

         4.1. FUNDACIÓN DE LA VILLA SAN PAULO DE PIRATININGA

 

         En 1548, Portugal estableció en el Brasil el Gobierno General con la intención de ir recuperando la administración de las capitanías. Para el efecto Tomé de Souza, en su condición de primer gobernador, fijó residencia en Bahía, y desde entonces durante muchos años allí se mantuvo la administración colonial.

         Tomé de Souza gobernó desde el 7 de enero de 1549 hasta el 1 de mayo de 1553, y desarrolló un plan regio destinado a consolidar la conquista, dando preferente atención a los intereses de la administración, a la justicia y a la conversión de los indígenas. Dentro de esta política apareció la Compañía de Jesús con su obra misionera, confiada entonces, en esos dominios, al P. Manuel de Nóbrega y otros cuatro jesuitas.

         A fines de 1551, Tomé de Souza realizó un viaje de inspección de la costa, hacia el Sur, en compañía del jesuita Manuel de Nóbrega, que se dirigía a San Vicente. Al regresar a su sede de gobernador le escribió al Rey Don Juan III recomendando la Fundación de una ciudad en la bahía de Guanabara, a fin de evitar las incursiones de los franceses que, buscando "palo brasil" intentaban establecerse en la región, convertida en objetivo de la ambición de Francia que pretendía formar un imperio en América.

         Entre tanto, el segundo gobernador, D. Duarte Da Costa, recibió la carta de su nombramiento el 1 de marzo de 1553, y aunque desde el principio de su gobierno los capitanes y el clero le cuestionaron el abandono al que redujo las capitanías del sur, fue testigo de la fundación de la Villa de San Paulo (25, enero, 1554) en lo alto del monte de Piratininga, lejos del mar, mediante el esfuerzo del P. Manuel de Nóbrega y de un grupo de antiguos colonos, liderados por João Ramalho, establecidos hacía mucho tiempo en tierras brasileñas.

         A partir de entonces se abrió el camino de "entrada" hacia el interior del Brasil, dando así lugar en América a "outro Portugal". A este hecho aparentemente simple atribuye el eminente profesor Joaquín da Silveira Santos ("La iglesia católica y la esclavitud", 1913 - pág. 17) el surgimiento del bandeirantismo, al decir: "En contacto directo con la selva bravía que lo cercaba por todos los lados, obligado a atravesar las abruptas e intransitadas florestas de la Sierra del Mar para comunicarse con el litoral, el pueblo paulista se habituó pronto a la vida aventurera en los bosques, que tenía para él todos los peligros y toda la fascinación de lo desconocido".

         Verdaderamente, la fundación de San Paulo se relaciona con el avance portugués hacia el Oeste, que ensanchó las posesiones luso-brasileñas más allá de la teórica línea de Tordesillas y puso al descubierto el "sertão".

 

         4.2. DESCUBRIMIENTO DEL SERTÓN

 

         La palabra "sertón" es el resultado de la supresión del prefijo del vocablo portugués "desertão" reducido así, por el habla popular, a solo dos sílabas. Se denomina "sertão" a un valle fértil, semejante a una huerta vastísima, sin pobladores instalados en ella; en otros términos, significa selva interior deshabitada.

         Históricamente, fue identificada como "sertão" la zona comprendida entre el oeste de San Paulo y las Sierras del Amambay y el Mbaracayú, zona que muy lejos de ser un desierto fue una región de extrema abundancia y riquezas naturales sin igual en el mundo.

         El paulatino poblamiento del sertón, mediante un proceso de sucesivos asentamientos humanos, dio origen a su vez a la palabra "sertanista", utilizada en el Brasil portugués para designar a los que fueron radicándose en la zona aludida.

         En una aproximación científica a las modalidades del sertanista, Euclides Da Cunha, en su obra "Los sertones", le atribuye entre otros caracteres el de ser acentuadamente audaz, aventurero, rebelde, autónomo, dominador e independiente de tutelas lejanas. Distanciándose del mar y de los galeones de la metrópoli, el sertanista embistió contra el sertón desconocido, entrando temerario en su maraña. Con el tiempo, sus incursiones en el sertón fueron identificadas con la expresión de "Entradas".

         Concluye Da Cunha: "en la plenitud del siglo XVIII las entradas siguieron las sendas enmarañadas con la fatalidad de una ley, invadiendo tierras, descubriéndolas después del descubrimiento, desvelando el seno rutilante de las minas de oro, plata y piedras preciosas".

 

 

         5. POSESIONES ESPAÑOLAS HACIA EL ESTE

 

         España ocupó las tierras que le correspondían dentro de las imprecisas demarcaciones del Tratado de Tordesillas. Todo el estuario del Río de la Plata, Santa Catalina y la Cananea, con sus provincias del Paraná, Guairá, Jeréz, El Tapé y Uruguay le correspondían tanto por el "uti posedeti de jure" como por el "uti posedete de facto".

         El hinterland paranaense era jurídicamente español tanto por el Tratado de Tordesillas como por el esfuerzo de sus colonizadores. Los españoles estaban en regiones legítimamente suyas y dentro de la demarcación acordada.

         Los primeros en ocupar las tierras de Santa Catalina como posesión de España en el litoral atlántico habían sido los náufragos de la expedición de Juan Díaz de Solís (1516). Uno de ellos, Alejo García, con otros intrépidos compañeros, abrió el camino hacia el occidente, atravesando el sur del Brasil y el Paraguay hasta alcanzar los bordes del Imperio Incaico. Pereció al regresar, víctima de una emboscada.

         Esta ruta fue confirmada por el Segundo Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que tomó posesión de las extensas tierras atravesadas por ella y demostró la posibilidad del tránsito desde la costa atlántica hasta Asunción del Paraguay, convertida en el centro de la conquista española en el Río de la Plata.

 

 

         5.1. FUNDACIONES ASUNCENAS

 

         De Asunción salían las expediciones a fundar ciudades "en nombre de la Santísima Trinidad, padre e hijo y espíritu Santo" llevando con los soldados y su capitán, caballos, vacas, instrumentos de labranza, agricultores, artesanos y herramientas.

         Según Ruiz Díaz de Guzmán, el gobernador Domingo Martínez de Irala después de dominar a los tupíes dispuso "hacer una fundación en el camino del Brasil, pues era fuerza haber de cruzar aquel camino y tener comunicación y trato con los de aquella costa para avisar por esa vía a su Magestad el estado de las tierras" (La Argentina, pág. 72). Y con esta resolución recomendó a García Rodríguez de Vergara para que con sus sesenta hombres ejecutara esa fundación.

         En el año 1554 García Rodríguez salió de la Asunción y, pasando el Paraná llegó a una legua al norte del Salto del Guairá, al pueblo de los indios sujetos al cacique Canindeyú, partidario de los españoles, donde realizó la fundación que fue llamada Villa de Ontiveros (1554) en memoria de la pequeña ciudad de Castilla la Vieja, cerca de Salamanca, que llevaba el mismo nombre.

         Dos años después (1556), Ñuflo de Chaves trasladó la ubicación de esta población a tres leguas más al norte, y la denominó Ciudad Real.

         Hacia fines de 1570, por orden de Juan de Garay, Ruiz Díaz de Melgarejo fundó Villarrica del Espíritu Santo, a sesenta leguas de la costa oriental del Río Paraná.

         En 1579, también por orden de Garay, Ruy Díaz de Guzmán fundó, en la margen derecha del Río Mbotetey, la ciudad de Santiago de Xeres.

         Dice Alfonso de E. Taunay, al referirse a estas fundaciones: "Venían del oeste para el este, sedimentando fuertemente la ocupación española, y, al trascribir parte de Actas de San Paulo, anota: "Os ispanois de villa riqua e mais povoasoins vinhão dentro das terras de portugal" (*)

 

(*) Historia das Bandeiras paulistas - Alfonso de E. Taunay. Ediçoes Melhoramentos -São Paulo- 1975 - 3a. Ediçao.

 

 

         6. CONQUISTA ESPIRITUAL

 

         6.1. LA IGLESIA CATÓLICA Y SUS ÓRDENES MISIONERAS EN EL PARAGUAY DEL SIGLO XVI

 

         La Corona Española consolidó la conquista mediante la labor evangelizadora de la Iglesia Católica. La vida social en las colonias estuvo fuertemente influenciada por ella, a través de múltiples tareas que tácitamente se le consideraron propias para normar la convivencia tanto de los indígenas como de los conquistadores.

         El Siglo XVI, considerado el "Siglo de la Conquista", fue también el de la más intensa labor evangelizadora. Los Franciscanos primero, los Dominicos después, asumieron la tarea de la conquista espiritual, a la que más tarde se sumaron los Frailes Agustinos y Mercedarios. En 1579 el Rey de España, Felipe II, permitió a la Compañía de Jesús ejercer su misión en el Paraguay, y el Consejo de Indias la incluyó en la nómina de Órdenes religiosas autorizadas para misionar en América.

         El dominico Fray Alonso de Guerra, Obispo de la Provincia del Paraguay (1584-1588) llamó a los Padres jesuitas del Brasil, conocedores del idioma guaraní, para iniciar la evangelización.

         En 1588 entraron a esta Provincia los Padres Juan Saloni, catalán; Tomás Fields, irlandés; Manuel Ortega, portugués, los cuales se establecieron en el Guairá, territorio conquistado por Irala.

         Según el P. Techo, los citados misioneros, discípulos del P. Anchieta, evangelizador del Brasil, misionaron durante nueve meses y "bautizaron seis mil seiscientos paganos, celebraron dos mil ochocientos matrimonios y dieron cristiana sepultura a cuatro mil ciento sesenta difuntos".

         En 1589 el P. Sebastián Pérez, visitador de los jesuitas, resolvió retirar del Paraguay a todos los Padres de la Compañía, por ser muy grande la distancia del Perú, de cuya Provincia Jesuítica dependan, interrumpiéndose así la labor de los primeros misioneros de la Orden de Loyola.

         A instancias del gobernador Hernandarias, y después de haberse creado (1605) la Provincia Jesuítica del Paraguay y Tucumán, independiente de la del Perú, llegaron los P.P. Marcelo Lorenzana y Diego de Torres. Este clérigo designado como Primer Provincial traía la misión de fundar la Provincia Jesuítica del Paraguay.

 

         6.2. LAS MISIONES JESUÍTICAS

 

         El P. Diego de Torres inició su misión en el Paraguay el año 1607 juntamente con los P.P. Marcial de Lorenzana, José Cataldino y Tomás Fields.

         Desde 1610 a 1634 los jesuitas fundaron aldeas educativas o reducciones, cada una con espacio suficiente para albergar a mil familias, organizadas con gran disciplina y devoción, de manera a conquistar espiritualmente a los indios y a promoverlos materialmente.

         En sus cartas ánuas al P General de la Compañía, el P. Diego de Torres daba cuenta de haber mandado fundar reducciones en el Guairá con los P.P. José Cataldino, Simón Masseta, Antonio Ruiz de Montoya y Martín de Urtazun.

         Iniciando la sementera de sus reducciones, los jesuitas fundaron San Ignacio y Loreto en la margen izquierda del Paranapanema, y entre 1623 y 1630 hicieron surgir en esa zona más de 11 aldeas: San Javier, San José, Santo Tomé, San Miguel, San Pedro, Encarnación, San Pablo, Ángeles, Concepción, San Antonio y Jesús María, que aglutinadas formaron la "Provincia Jesuítica del Guairá" limitada por los ríos Paranapanema, Itararé, Iguaçu y la margen izquierda del Paraná.

         Prosiguiendo con la conquista espiritual, los jesuitas organizaron la "Provincia Jesuítica del Paraná" con siete reducciones: Santa María la Mayor, Natividad de Acaraig, San Ignacio Guasú, Itapúa, Corpus, Yapeyú (Ntra. Sra. de los Reyes) y Curuzú.

         Posteriormente, entre 1617 y 1634, surgió la "Provincia del Uruguay" con 10 reducciones: Candelaria de Caazapá-mini, San Nicolás, San Carlos de Caapí, Apóstoles de Caazapá Guasú, San Miguel, Santo Tomé, San José de Itaquatiá, Mártires de Caaró, San Cosme y Damián.

         Al oeste de la Provincia del Uruguay surgió con seis pueblos la "Provincia de Tape" (1632-1634). Las reducciones se denominaban: Natividad de Araricá, Santa Teresa de Ibituruna, Santa Ana, San Joaquín, Jesús María de Yequi, San Cristóbal.

         Las misiones jesuitas abarcaron 33 reducciones con 150.000 indios reducidos con gobierno civil indígena, legislación colonial española y tutela sacerdotal.

 

         6.3. DESPLAZAMIENTOS HISPANOS Y PORTUGUESES EN EL HINTERLAND PARANAENSE

 

         Los españoles avanzaban hacia el este colonizando la región del Guairá.

         Los luso-paulistas avanzaban hacia el peste invadiendo el "sertão". En 1602 el Procurador de San Paulo reclamaba al Gobernador General: "Esta tierra se despobla porque todos van al sertão".

         La Cámara de San Paulo, en diciembre de 1611 se declaraba impotente para frenar el desplazamiento de los sertanistas que iban en busca del "remedio del sertão", eufemismo que encubría las intenciones de estas expediciones.

         Los ríos Paraná y Tieté se convirtieron en los caminos naturales utilizados para la aproximación de españoles y portugueses. En 1612, decía Ruy Díaz de Guzmán al referirse al Tieté: "El día de oy se comunican por este río los portugueses de la costa con los castellanos de la Provincia del Guayrá". (*)

         Ambos núcleos buscaban indios para las reducciones, encomiendas y mitas o para sus fazendas. Así, un embate de intereses se evidenciaba en toda esa región.

 

 

(*) Alfonso de E. Taunay. "Historia das Bandeiras Paulistas". Ediçoes Melhoramentos. São Paulo - 1975, pág. 24.

 

 

 

         7. LAS BANDEIRAS PAULISTAS

 

         7.1. ORIGEN Y ORGANIZACIÓN

 

         El Siglo XVII fue la época de la gran expansión paulista hacia el Brasil interior. Esta expansión estuvo facilitada por la ubicación de San Paulo en el planalto piratiningano que, separado de la costa atlántica por la Sierra Marítima, descendía hacia la selva a través de los ríos interiores.

         El propulsor del movimiento entradista fue el Gobernador General D. Francisco de Sousa, considerado por eso el patriarca del bandeirantismo.

         La "entrada" con su organización táctica de "bandera" fue el sistema que hizo posible la penetración de los paulistas en el continente. Hasta el siglo XVIII, en el Brasil, se denominó "bandeira" a la formación bélica empleada durante la Edad Media en la Península Ibérica.

         Esa organización táctica fue empleada por las tropas mercenarias suizas, de las cuales aprendieron los italianos y españoles en las campañas de Nápoles, en 1496, de donde pasaron a Portugal y de allí a sus colonias del Brasil.

         La "bandera" era una formación para el combate en "cuadrilátero de picas", compuesta por un determinado número de hombres. En esta agrupación cerrada lo único que permitía la identificación era el estandarte de cada grupo. No obstante la palabra "bandeira" se refería más a la disposición de los hombres en el cuadrilátero que al estandarte.

         Los suizos habían copiado la táctica de "bandera" de la legión romana y "se presentaban a combatir en hileras ordenadas y con número exacto de individuos por fila, no saliendo jamás de su ordenanza... formando una especie de muralla impenetrable...". (*)

         Al pasar esta organización a la Península Ibérica y después a América, fue modificada según las necesidades y posibilidades. Las picas fueron sustituidas por armas de fuego, tales como arcabuces, espingardas, etc. El número de combatientes quedó reducido de 250 a 50 hombres o aún menos. Lo que se mantuvo fue el movimiento táctico: "Dispuestos en filas paralelas, cada una de ellas va haciendo fuego sobre el enemigo... Mientras la primera fila hace fuego, la segunda carga. Después de disparar la primera fila se retira, dando paso a la segunda, que avanza hasta el lugar donde estaba la primera, e inmediatamente hace fuego, retirándose enseguida, para dar paso a la tercera, y así sucesivamente...". (**)

         El "cuadrilátero" era mandado por un "Coronel" y cada una de las "banderas" por un Capitán.

         La conquista en el Río de la Plata fue realizada a base de "banderas" y para el efecto contribuyó efectivamente el hecho de que casi todos los conquistadores eran veteranos de las guerras de Italia, con experiencia en el uso de "cuadriláteros" y "banderas".

         En resumen, la palabra "bandeira" fue usada en el sentido de "formación táctica" y no de "estandarte".

         "O, en otras palabras: la 'bandeira' en el Brasil, se denominó así, hasta el siglo XVIII, porque, en aquella época, toda formación táctica o compañía, ya fuese grande o pequeña, numerosa o reducida, de blancos o de negros, de mulatos o de indios, recibía el nombre de "bandeira", copiándola del Ejército regularmente Ibérico, que así la apellidaba".(***) En estas circunstancias la palabra "bandeira" significó la organización táctica para-militar copiada de los ejércitos oficiales.

 

 

(*) Guicciardini, F.: Istoria d'Italia, (I, 74) Milano, 1889.

(**) Román Blanco, Ricardo: Las Bandeiras. Brasilia, 1966, pág. 8.

(***) Cidade, General - F. de Paula: Lutas ao Sul do Brasil com os espanhois e seus Descendentes 1680-1828, pág. 24. Volúmenes CXXVII y CXXVIII da Biblioteca Militar, Rio. 1948.

 

 

         7.2. MAMELUCOS PAULISTAS

 

         Los primeros colonizadores, casi todos agricultores, llegados al Brasil, provenían en su mayoría de la clase media y de la más pobre de Portugal, pues la aristocracia prefirió negociar en el Oriente, donde se obtenían mayores beneficios.

         Desde el principio de la colonización tuvo lugar un intenso mestizaje que dio como producto de la india con el blanco el mameluco.

         Estas circunstancias étnicas y sociales, además del hábitat circundante, marcaron el destino del paulista. La conquista del "sertão" como "bandeirante" por excelencia estaba en su destino histórico. João Ribeiro dice que "solo la formación de una raza enteramente aclimatada al suelo y al cielo del Brasil, como eran los paulistas, podría preparar tamaños resultados".

         La generación mameluca surgió ya antes de la llegada de Martin Alfonso de Sousa (1532) y demás colonizadores, con la prole mestiza de João Ramalho, portugués que desde años atrás se había integrado al grupo tupí encabezado por Tibiricá. La alianza entre portugueses y tupíes fue facilitada por la presencia de João Ramalho. "Casado" con una de las hijas del jefe tupí, según palabras del jesuita Manuel de Nóbrega, "era un portugués totalmente indigenizado".

         A su vez, Ulrico Schmidel, alemán que en 1553 visitó una aldea luso-tupí, afirmó que Ramalho "podía reunir cinco mil indios en un solo día", afirmación ésta que revela el control de algunas aldeas indígenas por parte de los portugueses.

         ºSin lugar a dudas, Ramalho fue un intermediario decisivo en la alianza luso-tupí, al apropiarse de los atributos de un jefe nativo.

         Igualmente las relaciones entre portugueses e indios se consolidaron a través de los casamientos y concubinatos, mediante los cuales los lusitanos aseguraban su presencia y continuidad en el Brasil. No obstante esta relación de aparente igualdad pronto se transformó en subordinación del indígena, cuya mano de obra buscaban los colonos paulistas, como "servicio obligatorio".

         Machado de Oliveira, en su "Quadro histórico", pág. 87, pretende distinguir el nombre de paulista del "odioso nombre de mameluco" teniendo en cuenta que "es producto de una mezcla hybrida e impura capaz de hechos abominables". También el etnólogo germano H. Hellwald no quería se confundiese a los paulistas con sus descendientes "mamelucos, virus pestilente de la cultura americana, dotados de todos los vicios...".

         Sin embargo Arthur Orlando en "Bandeirantes" (1910) equipara a los mamelucos paulistas con los bandidos griegos y los defiende explicando que les faltó una epopeya que encomiara sus hechos asombrosos y los servicios prestados al Brasil".

         Sin pretender exculpar sus errores, es justo reconocer que los mamelucos paulistas obraron imitando a los portugueses, españoles e ingleses de aquel tiempo en el odioso crimen de la esclavitud; tal como dijera un poeta hispano-americano: "Crimen fue del tiempo...". En cuanto a la expresión despectiva de "mezcla hybrida e impura" eran semejantes a los "mancebos de la tierra" resultantes de la cruza entre españoles y guaraníes. Por rigurosa lógica los frutos de la unión entre portugueses y tupies debían ser llamados también "mancebos de la tierra".

         Los mamelucos paulistas y los mancebos de la tierra tuvieron ancestros comunes: los europeos de Portugal y España, con un común denominador latino de agresividad, rebeldía, espíritu aventurero y valentía unido a las virtudes y defectos de la nación aborigen tupí-guaraní. Las circunstancias los enfrentaron como enemigos iniciando la rivalidad alimentada por valores ajenos y extraños.

 

         8. INCURSIONES BANDEIRANTES

 

         Aunque varios autores han procurado dividir el movimiento bandeirante en diversas fases, es riguroso admitir que desde la fundación de San Paulo los colonos sertanistas se dedicaron a asaltar aldeas indígenas cazando indios para utilizarlos en sus fazendas como mano de obra de "servicio obligatorio".

         Al principio las expediciones se restringieron a las cercanías del río Tieté, pero con el transcurso del tiempo se extendieron a regiones más lejanas y se intensificaron impulsadas por el Gobernador del Brasil D. Francisco de Sousa.

         En las lacónicas actas de la documentación paulista se encuentran referencias a las primeras "entradas" de las primeras décadas del siglo XVII: Nicolás Barreto (1602) al Guairá; Diego de Quadros (1604) a los carios; Manuel Preto (1607) al Guairá; Clemente Álvarez y Cristóbal Aguiar (1610) a los carios.

         Durante ese tiempo, bandeiras sobre bandeiras se internaron en la selva. En 1611, por instigación de D. Luis de Sousa, tuvo lugar la gran entrada de Pedro Vaz de Barros al Guairá. Contemporánea a esa expedición fue la de Diego Fernández a los indios de "Pies largos".

         En 1613, Rafael Oliveira, Procurador de la Cámara de San Paulo, acusaba al Gobernador D. Luis de Sousa de ser el fomentador de las "entradas" y de exportar esclavos de la Capitanía.

         Hacia 1615 era enorme la cantidad de indios carios cautivos que se sacaba, sobre todo del Sertão de los Patos, como entonces se llamaban las tierras de Santa Catalina. De este año data la gran bandeira de Lázaro da Costa, promovida por D. Luis de Sousa. Contemporánea de esta "entrada" fue la de Antonio Castanho da Silva, que cruzando el Paraná llegó hasta el Perú.

         El Procurador de la Cámara de San Paulo, Luis Furtado, se quejaba en 1623: "esta villa está desierta porque sus moradores se han ido al Sertão, razón por la cual no podemos hacer el camino al mar".

         Al mismo tiempo, el Gobernador General Diego de Mendoza Hurtado afirmaba que "los indios son indispensables para el servicio de Su Majestad, el acrecentamiento de la tierra y el trabajo de las minas", refiriéndose al "remedio del sertão".

         Felipe III de España nombró Gobernador del Paraguay a Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), recomendándole fortificar la Provincia del Guairá a fin de detener la expansión paulista, invasora de legítimas tierras hispanas. A su vez, Hernandarias encomendó a su lugarteniente D. Antonio de Añasco, proteger a las reducciones jesuíticas con todas sus fuerzas.

         Los principales bandeirantes de la zona guaireña eran entonces los hermanos Manuel y Sebastián Preto, sertanistas de San Paulo, esclavizadores de indios.

         Hernandarias, desde Asunción, informaba al Rey acerca de las continuas incursiones paulistas: "Los portugueses de San Paulo cautivan millares de nuestros indios".

         Ante la inercia de la Corona Española, desangrada por su política europea, las reducciones jesuitas aparecían como la muralla encargada de detener la expansión paulista.

         La caída de Bahía en poder de los holandeses (1624) amortizó temporalmente las incursiones bandeirantes.

         Hernandarias, al nombrar oficiales para los puestos avanzados del dominio español en Jerez, Ciudad Real y Villarrica, les recomendaba defender del ataque portugués, a todo trance, esos poblados. "Nadie diría -agregaba- que cuanto toda América pertenece al mismo soberano, España y Portugal continúan a ser, como menos de cuarenta años antes, dos países distintos".

         En 1610 el P. Diego González pedía al Provincial P. Diego de Torres que alertase a las autoridades sobre el peligro de las incursiones paulistas.

         Vivían entonces en el Guairá, entre los ríos Paraná y Tibaxiva, trescientos mil indios, según Ruy Díaz de Guzmán. Otro cronista, el P. Lozano, afirma que en San Ignacio Mirim y Loreto estaban concentradas cinco mil familias guaranís. Aunque estos números parezcan exagerados, lo cierto es que esa concentración de indígenas reducidos por los jesuitas era gran tentación para los bandeirantes paulistas.

         Durante el período de la Unión Ibérica (1580-1640) la Cámara Municipal de San Paulo, aprobando la apertura de un camino hacia el Paraguay, decía: "Parece bien a todos por el provecho que se espera de este camino abrirlo en términos de comercio y amistad por ser todos cristianos y de un rey común". (Monteiro John Manuel, NEGROS DA TERRA, pág. 69).

 

         8.1.   DESTRUCCIÓN DE LAS GRANDES REDUCCIONES JESUÍTICAS

 

         La historia conoce como Misiones del Paraguay a las Reducciones cristianas establecidas por los jesuitas en los dominios del Río de la Plata: Paraguay, Corrientes, Uruguay, Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires, que, desde 1605, conformaron la Nueva Provincia del Paraguay y Tucumán independiente de la del Perú.

         La acción misionera fue difícil, pero aunque inicialmente la conversión de los indígenas fue más bien ficticia, la religión católica ganó, con el paso del tiempo, la adhesión fervorosa de los infieles.

         Esta obra tomó gran incremento con la llegada del famoso evangelizador y filólogo Antonio Ruiz de Montoya, considerado el apóstol de las reducciones del Guairá.

         Después que Bahía fue recuperada del poder de los holandeses, se reiniciaron las expediciones paulistas al Sertão, bajo el lema "estamos en pie de guerra", con el objetivo de conseguir mano de obra indígena de las reducciones del Sur.

         El 8 de noviembre de 1628 el Capitán General del Paraguay D. Luis de Céspedes Xeriá, en un extenso velatorio a Felipe IV informaba que a su paso por San Paulo, los paulistas le habían anunciado con arrogancia que irían a destruir las reducciones jesuíticas. "Assi me lo dijeron ellos mismos", afirmaba.

 

         8.2. ASALTO A LAS REDUCCIONES DEL GUAIRÁ

 

         A mediados de 1629 salió de San Paulo, rumbo al sur, una gran bandeira integrada por 2000 indios divididos en 4 compañías con sus respectivos capitanes y oficiales.

         Según los jesuitas P. Justo Mansilla van Surck y Simón Mazzeta en su "Relatorio de agravios", el jefe máximo de esta bandeira era Manuel Preto, apodado "Terror de los indios". La primera compañía de la columna iba comandada por Antonio Raposo Ravares.

         Manuel Preto era uno de los mayores sertanistas de San Paulo y desde 1602 se dedicaba a cazar indios. Aún adolescente había participado de la bandeira de Nicolás Barreto que incursionó en el Guairá. En 1606 recorrió nuevamente esa región y al regresar de Villa Rica del Espíritu Santo trajo innúmeros indios a San Paulo donde los esclavizó para labrar las tierras que allí poseía. Entre 1623 y 1624 capitaneó una nueva bandeira después de la cual el gobernador Álvaro Luis de Vale le encomendó conducir por la vía del río Tieté al gobernador del Paraguay D. Luis de Céspedes, como gran conocedor que era de la región, pero apenas orientó la jornada se apartó para ponerse al frente de otra bandeira destinada a atacar la región del Guairá.

         Antonio Raposo Tavares era un sertanista portugués oriundo de la ciudad de Beja; había llegado al Brasil (1622) siendo muy joven, acompañando a su padre Fernando Vieira Tavares, Capitán-mayor de San Vicente. Sirvió y adquirió fama bajo el mando de Don Francisco de Sousa.

         Fue lugarteniente de Manuel Preto y sin lugar a dudas el alma de la bandeira que en 1628 rumbeó hacia el sur. Ambos bandeirantes siguieron probablemente el primitivo camino llamado Piabi por los indígenas y Santo Tomé por los jesuitas, que conducía hacia las márgenes del río Paraná, cortando el Paranapanema, el Tibagi, el Ivaí y el Pequiri. Iban acompañados de 900 mamelucos y 69 paulistas armados de escopetas, escudos, espadas y muchas municiones.

         Hecho pintoresco, referían los P.P. Mansilla y Mazzeta, "sus estandartes no llevaban las armas d'El Rey nuestro señor". Los paulistas ya traían sus propios blasones e insignias estampados en sus estandartes.

         En setiembre estos bandeirantes atravesaron el río Tibagi y durante cuatro meses se dedicaron a cazar indios bravíos. En enero de 1929 Raposo Tavares ordenó atacar la reducción de San Antonio y "llevaron todo a sangre y fuego, hiriendo, matando y robando sin perdonar a los que se acogían al sagrario de la Iglesia profanándola sacrílegamente". (INSIGNES MISIONEROS, Jarque).

         Otra columna, comandada por Manuel Mourato, atacó la reducción Jesús María, apoderándose de gran cantidad de indios, entre los cuales figuraban más de 1500 varones adultos.

         En la dilatada región paranaense existían 13 reducciones; los jefes bandeirantes prefirieron retornar a San Paulo con la abultada multitud de indios cautivados jamás vista. El P. Mazzeta, en carta del 13 de diciembre de 1629, contaba que los prisioneros eran ocho o nueve mil y que la marcha desde Jesús María hasta la capital paulista duró 47 días. Apenas llegaron 1500 porque más crueles que los blancos eran los indios tupís. A esta caminata forzada acompañó, además del P. Mazzeta, el P. Mansilla; ambos, al informar a su Provincial acerca de estos siniestros acontecimientos, decían que ni los herejes holandeses, aposentados en Bahía, habían sido tan crueles como los católicos paulistas vasallos de Su Majestad.

         Los bandeirantes tenían el apoyo de toda la gente de San Paulo, incluidas sus autoridades. Los propios oficiales del Rey recibían el quinto de la venta de esclavos y recibían indios como obsequio o los compraban sin escrúpulos. Para mayor colmo, un capellán carmelita acompañaba la bandeira de Manuel Preto.

         En carta del 2 de octubre de 1629, el P. Mansilla informaba al General de la Compañía de Jesús: "esta gente de San Paulo es desalmada y no hace caso ni de las leyes del Rey ni de Dios. Toda su vida desde que salen de la escuela hasta su vejez no es sino ir y venir y traer y vender indios...".

         La presencia de los P.P Mansilla y Mazzeta causó indignación entre los sertanistas de San Paulo; entonces ambos misioneros decidieron ir al encuentro del P. Montoya que se encontraba en Loreto, preparando el éxodo de sus catecúmenos hacia alguna región lejana, donde pudieran librarse de los ataques paulistas.

         El Gobernador de la diócesis paraguaya, Mateus de Espiñosa, en memorial a la Corte acusaba a D. Luis de Céspedes de ser el autor intelectual del asolamiento del Guairá como cómplice de los bandeirantes paulistas.

         Entre tanto, Antonio Rapaso Tavares continuaba sus correrías en el Guairá. Ante esta situación el P. Montoya apresuró el éxodo general de los indios de Loreto y San Ignacio, únicas reducciones que subsistían en esa región. Según este jesuita, de las 11 reducciones destruidas los bandeirantes habían sacado 33.000 habitantes, por eso embarcó nada menos que 12.000 indios guaraníes en setecientas jangadas y canoas.

         Al trasponer el Saldo de las Siete Caídas, los fugitivos sufrieron terribles calamidades y no tuvieron otra solución sino abandonar las embarcaciones y continuar la retirada a pie, hasta un sitio, veinticinco leguas abajo, donde el río ofrecía nuevamente navegación fácil. Durante esta huida, mucha gente murió en las garras de tigres, extraviada en la selva o tumbada por el cansancio, la epidemia o el hambre.

         Finalmente, Montoya ubicó a la gente que sobrevivió en la Mesopotamia paraná-uruguaya.

         A este éxodo, inventado por el citado jesuita, se debe la pérdida total del Guairá para la Corona de España, habiendo los españoles de Villa Rica y Ciudad Real emigrado también más allá del Paraná, tras penosas jornadas.

 

         8.3. INVASIÓN BANDEIRANTE AL ITATIM

 

         Las bandeiras paulistas victoriosas en el ataque al dominio jesuítico español del Guairá se dirigieron posteriormente al sur de Mato Grosso. Allí "a 130 leguas de Santa Cruz y a 70, aproximadamente de Villa Rica del Espíritu Santo, a medio camino, esta, de la costa del mar" (*) se encontraba la ciudad de Santiago de Jerez que, por orden de Garay, fundara Ruiz Díaz de Guzmán (1579), en la margen derecha del río Mbotetey.

         La documentación referente a la destrucción de Jerez, tanto española como portuguesa, es muy escasa. De un memorial del P. Ferrufino, Procurador General de la Compañía de Jesús, a Felipe IV, se deduce que esta ciudad mato-grossense fue abatida a fines de 1632 o principios de 1633.

         En el referido documento se lee que "los paulistas han destruido con impiedad y crueldad nunca oída una de las más numerosas y floridas provincias… habiendo los de San Pablo conquistado más de doscientas leguas de la Corona de Castilla como si fuese algún rey extraño o enemigo".

         Realmente, las reducciones de San José, Ángeles, y San Pedro - San Pablo del Itatim fueron aniquiladas por los bandeirantes paulistas y sus habitantes esclavizados o dispersos.

         Documentos sevillanos acusaban a Raposo Tavares de haber sido el promotor de esa invasión que despobló totalmente la zona y reclamaban castigo.

 

(*) De Holanda, Sergio Buarque "O Extremo Oeste". Editora Brasiliense - San Paulo.

 

 

         8.4. ATAQUE A LAS REDUCCIONES DE TAPE Y URUGUAY

 

         Desde 1620 los jesuitas comenzaron a poblar el actual territorio de Río Grande del Sur constituyendo dos administraciones: la Provincia del Uruguay y la Provincia de Tape. A ésta, ubicada al oeste de la anterior, pertenecían 6 reducciones: Natividad de Araricá, Santa Teresa de Ibituruna, Santa Ana, San Joaquín, San Cristóbal y Jesús - María de Yequí.

         Para muchos historiadores, los paulistas consideraban a esta región su territorio exclusivo, concepción ésta que les concedía el derecho de ocuparla sin discusiones, y adquirir "indios baratos" disciplinados por los jesuitas en las reducciones de ambas provincias.

         Alfonso de Taunay atribuye a Fernando de Camargo, apodado "el Tigre" la abultada bandeira que en 1635 rumbeó hacia el sur, dirigiéndose hacia la sierra de los Indios Tapes. Esta región sin límites definidos era dominada por los paulistas de "los Patos". Sin embargo, Alfredo Ellis después de investigar en los documentos de la colección "De Angelis" afirma que la zona de operaciones fue Laguna. Esta cuestión quedó oscura    aunque desde el punto de vista geográfico Patos pertenecía a la región.

         Relatos jesuíticos informan que el 2 de diciembre de 1636 Raposo Tavares atacó la reducción de Jesús - María, que los P.P. Bernal y Cárdenas, antiguos militares, habían cercado con empalizadas.

         Esta bandeira había partido de San Paulo en enero de 1636 con 150 blancos y 1.500 tupís y siguiendo el primitivo camino de los indígenas cautivó y concentró en las márgenes del Tacuarí a numerosísimos indios, mediante el apoyo de un legítimo "pombero" de nombre Parapopí.

         Al asaltar esta reducción los paulistas encontraron gran resistencia, pero finalmente vencieron, consiguiendo enorme número de prisioneros.

         Poco después Raposo atacó las reducciones de San Cristóbal y San Joaquín, trabando combate con 1.600 hombres, algunos de los cuales eran españoles y la mayoría indios. Concluida esta jornada, según documentos del Archivo General de Indias, Raposo cruzó el Paraná y el Paraguay, apareciendo hacia 1639 a 80 leguas de Santa Cruz de la Sierra.

         La siguiente gran bandeira invasora de Río Grande del Sur fue encabezada por el cabo de tropa Andrés Fernández. Hábil sertanista, había sido escogido para escoltar desde San Paulo hasta Asunción a Victoria de Sá, esposa del gobernador de Paraguay Luis de Céspedes y Xeriá, Tieté abajo. Al regreso de esta misión tomó parte de la gran bandeira contra las reducciones del Guairá, en la que militó hasta 1632. El provincial Francisco Vasques Trujillo dijo de él que era "uno de los más crueles matadores de indios que fueron al sertón".

         El 23 de diciembre de 1637 Andrés Fernández, al frente de su bandeira asaltó la reducción de Santa Teresa y después de capturar a sus cuatro mil habitantes asoló la región. En febrero de 1638 el notario apostólico Hornos y el P. Alfaro se presentaron ante los paulistas atrincherados en Caasapamini y les exigieron la liberación de los cautivos "so pena de excomunión". Los bandeirantes burlándose rasgaron el papel de la intimación y levantando el campamento regresaron a San Paulo (1639).

         La caída de Jerez y la invasión al Tape causaron gran desolación entre las autoridades hispano-americanas que reclamaron ayuda a la Corona, pero la administración de los Austrias en España se desarrollaba con frustrante morosidad, aunque las bandeiras paulistas ya estaban a punto de cortar las comunicaciones entre el Río de la Plata y el Perú y hasta en Lisboa habían aparecido cautivos guaireños.

         Entre tanto numerosos españoles esclavistas habían ido a vivir a San Paulo y servían de guías a los bandeirantes, pese a la amenaza de muerte procedente de la Corona para quienes osaren transportar indios atravesando la línea de demarcación entre Portugal y España.

         La tercera gran bandeira contra Río Grande del Sur fue comandada por Fernando Dias Pais, el bandeirante paulista de más renombre después de Raposo Tavares.

         Esta incursión, según A. Ellis, partió de San Paulo antes de enero de 1638. A fines de ese milenio, el P. Boroa en su "Exposición al Rey" informaba que el centro de las operaciones de Fernando Dias Pais fue Caasapaguaçu y que desde allí salió a destruir las reducciones de Caaro y Caaguá.

         Por su parte, en la "Historia de la Nueva Colonia de Sacramento", Simón Pereira de Sá refiere que esta bandeira sertaneó en territorio hoy uruguayo. Se cree que estuvo de regreso a San Paulo en 1640 porque Fernando Dias participó en la defensa de Santos atacada por los holandeses, contra quienes peleó bravamente en 1641.

         El Presidente de la Audiencia de Charcas, D. Juan de Lizarázu, el 10 de agosto de 1637, en apelación al monarca, refiriéndose a la invasión de los paulistas al Tape decía: "acaban de destruir tres nuevas reducciones matando y cautivando millares de indios".

         Ante esta situación catastrófica, la Provincia jesuítica paraguaya envió a Europa para entrevistarse con el Rey o con el Sumo Pontífice a dos de sus miembros más notables: Montoya y Dias Tanho. En Madrid, Montoya solicitó para los indígenas de las reducciones el permiso de portar armas destinadas a defender sus pueblos. Además pidió a Felipe IV que enviase gobernador de toda confianza al Sur del Brasil son fuerte séquito armado.

         El P. Tanho, General de la Compañía de Jesús, consiguió en Roma que el Papa Urbano VIII promulgara el 22 del abril de 1639, la Cédula de excomunión de los esclavizadores de indios.

         A su regreso a Rio de Janeiro ambos sacerdotes fueron amenazados de muerte. En San Paulo, el Procurador del Consejo local y los Procuradores de Santos, Moji das Cruzes, Iguape, Parnaíba, Cananea, San Sebastián e Itahaém protestaron contra la actuación de los jesuitas y solicitaron la expulsión de la Compañía.

         Entre tanto, el nuevo Gobernador del Paraguay D. Pedro de Lugo y Navarra acusaba a los ignacianos de tener gran arsenal clandestino en Concepción y de haber visto a sus indios portando armas de fuego en maniobras militares.

         Documentación jesuítica de la época da detalles de la derrota de la bandeira de Pascual Leite Pais en Caasapaguaçu, golpe éste que decidió a los paulistas avanzar hacia el Uruguay con la gran bandeira comandada por Jerónimo Pedroso de Barros. Enterados los jesuitas acerca del avance de los bandeirantes por el curso del río Uruguay, armaron a cuatro mil indios bajo el mando de Ignacio Abiaru. Los hermanos legos de la Compañía fabricaron una rústica artillería y sus improvisados cañones fueron ubicados sobre embarcaciones. La jefatura de las operaciones fue asumida por el P. Claudio Ruger, secundado en la retaguardia por el P. Altamirano, acompañado por 2.000 hombres. La batalla entre paulistas y españoles se desarrolló a orillas del río Mbororé, el 11 de marzo de 1641.

         En comunicación a la Audiencia de Charcas, el Gobernador del Paraguay, D. Gregorio de Hinestrosa, escribía el 6 de setiembre de 1641, informando acerca de la victoria sobre los paulistas que, derrotados, abandonaron el territorio río-grandense.

         Refiriéndose al triunfo de Mbororé, el P. Lozano escribió: "Obligaron a los mamelucos a ponerse en fuga dejando cuanto tenían de provisiones, víveres y cautivos...". El mismo cronista narra que en 1652 los paulistas volvieron a atacar la mesopotamia correntina entrerriana; entonces, por la Real Cédula Felipe IV dispuso dejar en manos de los indios fieles las armas de fuego, vista la escasez de soldados blancos. Tal disposición alarmó a los colonos de Paraguay por temor a que los indios armados se rebelaran. No obstante, en otra cédula el monarca alabó a los indios que "habían defendido su tierra echando a los portugueses".

         Una tercera Cédula Real dispuso que el Vice-rey del Perú protegiera de modo especial a esos humildes vasallos "por lo bien que han servido defendiéndose de los rebeldes de Portugal".

         Sin lugar a dudas, la defensa armada de las misiones y, el desastre de Mbororé contribuyeron a disminuir los ataques portugueses, que a lo largo de dos siglos asolaron la región.

 

 

         9. CONSIDERACIONES ACERCA DE LAS INCURSIONES PAULISTAS

 

         Consecuencia principal de los ataques bandeirantes, en fechas diversas, fue la despoblación del Paraguay. Según Ricardo Román Blanco en su obra "las bandeiras", los paulistas capturaron más de 300.000 esclavos. Detalle importantísimo que nos indica el carácter de estas "entradas" esclavizadoras es el pago del "quinto" del botín que, de acuerdo con la legislación entonces imperante, se debía pagar al Rey. Cumplida esta exigencia el resto se repartía tal como en la Edad Media.

         Este sistema de penetración fue decisivo en la Conquista, tanto en su concepción como en su ejecución, y no admite parangón alguno con ningún otro de cuantos trajeron a América los españoles, portugueses, franceses y holandeses, trasplantando así sus instituciones medievales.

         La esclavitud de los indígenas por parte de los colonos estuvo justificada por la doctrina de la "guerra justa" establecida para someter a los pueblos infieles que rechazaban la fe cristiana. Al respecto, el relatorio de Bartolomeu Lopes de Carvalho, representante de la Corona que, en 1690, visitó las capitanías del Sur para informarse "especialmente sobre los indios conquistados y reducidos a cautiverio por los moradores de San Paulo se refiere a los "muchos grandes servicios, a Dios y a Vuestra Majestad en la conquista de los indios", justificando así el trabajo forzado de las "naciones bárbaras", cuyos contornos ideológicos tuvieron vigencia a lo largo del siglo XVII. Como ejemplo se puede citar la expresión epistolar de Domingo Jorge Velho al rei D. Pedro II: "[...] e se ao depois [de reduzir os indios] nos servimos deles para as nossas lavouras; nenhuma injusticia les fazemos".

 

 

         10. LA COLONIA SACRAMENTO Y EL TRATADO DE PERMUTA

 

         La antigua rivalidad luso-hispana renació al retomar Portugal su antigua doctrina de "frontera natural" y del "uti possidetis" que transgredía el Tratado de Tordesillas.

         El monarca portugués D. Pedro II ordenó proseguir la colonización hacia el sur, más allá de la isla Santa Catalina, en tierras ubicadas frente a Buenos Aires, todas del Brasil y por consiguiente de Portugal, según su parecer.

         La fundación de una colonia fue encomendada por D. Pedro al hidalgo de su Casa Real D. Manuel lobo, que se desempañaba como gobernador de Río de Janeiro. "Para o acompanhar, escreve Taques, foram nomeados os paulistas que do sertão tinham a melhor práctica e disciplina militar contra os indios bravos".

         D. Manuel lobo, descendiente por rama materna de los lobos, Alcáçovas y Meneses, fundó la colonia que por especial devoción denominó del Santísimo Sacramento, el 26 de enero de 1680, en la costa oriental del Río de la Plata, a 100 kilómetros de la desembocadura del río Uruguay.

         España reclamó a Portugal por esta intromisión en su tierra, que jamás había ocupado, y exigió el abandono de la colonia. Al no recibir respuesta autorizó al gobernador de Buenos Aires a expulsar a los portugueses y asolar el establecimiento.

         Gobernaba el Plata D. José de Carro, hombre enérgico y decidido. Entendiendo que los portugueses invadían "tierras que pertenecen al Rey Nuestro Señor" pidió al P. Altamirano que le enviase tres mil indios de las reducciones; también pidió socorro a Corrientes, Tucumán y Santa Fe.

         El 7 de agosto de 1680, la Colonia fue tomada por asalto y su guarnición y población masacrada por los guaraníes cristianizados que odiaban a los portugueses a causa de las "bandeiras".

         En 1683, los portugueses volvieron a establecerse en el mismo sitio, convirtiéndolo en una lucrativa factoría, base de operaciones contrabandistas, que se convirtió en la "manzana de la discordia" entre España y Portugal,      provocando el

recrudecimiento de los ataques bandeirantes, durante el siglo XVIII, hasta que por el Tratado de Utrech (1715) la Corona Hispana renunció a su posesión. Ante este hecho los portugueses decidieron establecerse en la bahía de Montevideo. Al enterarse de estas intenciones Felipe V le ordenó a Bruno Mauricio de Zavala, gobernador de Buenos Aires, que desalojara a los invasores y fundara la ciudad de Montevideo (1726).

         Posteriormente, Portugal y España firmaron, el 13 de enero de 1750, el Tratado de Madrid, conocido también con el nombre de Tratado de Permuta, por el cual los portugueses devolvían a España la Colonia a cambio de los territorio del Mato Grosso y las siete reducciones del Ybycui: San Nicolás, San Miguel, San Borja, Santo Ángel, San Luis, San Juan y San Lorenzo, cada una con 5.000 habitantes.

         En la realidad este Tratado permutó tierras españolas por otras tierras también españolas, originando la Guerra Guaranitica (1753-1756). Ante el descontento provocado por esta entrega, la hábil diplomacia lusitana encabezada por el más destacado de los estadistas portugueses del siglo XVIII, Marqués de Pombal, ministro de José I de Portugal, 1750-1777, impuso el nombramiento de su hermano como Capitán General del Paraguay, ordenó el encierro de los jesuitas en sus claustros y obtuvo el pleno apoyo del Papa. Además, dispuso la fundación de nuevas poblaciones portuguesas en la zona afectada por el mencionado Tratado, convirtiendo así la acción de los bandeirantes en Política de Estado. El mérito de las bandeiras, se puede afirmar, fue que ellas trillaron las sendas al sertão inspiradas en el espíritu de Portugal, recreado en el Brasil.

         ¿Qué sería del Brasil sin las bandeiras, estrangulado por el meridiano de Tordesillas? -preguntó A. Taunay.

         Respondemos con los versos de Evaristo da Veiga:

 

         "...pelo Brasil con forte braço

         Ganharan os sertões de inmenso espaço

         Para o ánimo seu inda pequenos...".

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

• Cecilio Báez. HISTORIA COLONIAL DEL PARAGUAY Y RÍO DE LA PLATA. Editor Carlos Schauman, 1991. Asunción, Paraguay.

• Malet, A. LOS TIEMPOS MODERNOS. A. Malet y J. Isaac. París. Librería Hachette. 79, Boulevard Saint Germain.

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• Chaves, Julio César. DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA DEL Río DE LA PLATA. Ediciones Nizza. Asunción, 1986.

• Cardozo, Efraím. EL PARAGUAY COLONIAL. Ediciones Nizza. Asunción, 1954.

• Bustinza, Juan Antonio. HISTORIA 4. Editora A.Z. Buenos Aires, 1991.

• Magalhães, Basilio de. EXPANSÃO GEOGRÁFICA DO BRASIL COLONIAL. Compañía Editora Nacional. San Paulo, 193S.

• Taunay, Alfonso de E. HISTORIA DAS BANDEIRAS PAULISTAS. Ediciones Melhoramento. São Paulo, 1975.

• Cosme João, Manso María de Jesús. ESTUDOS DA HISTORIA DA EXPANSAO PORTUGUESA. Ediçoes Colibrí. Lisboa, 1992.

• Arquivos Nacionais Torre do Tombo. "O TESTAMENTO DE ADAO". Lisboa, 1994.

• Arquivos Nacionais Torre do Tombo. PORTUGAL - ESPANHA, DOS DESTINOS PARALELOS. Lisboa, 1993.

• Fundaçao Cuadrilátero do Descobrimento. "O BRASIL RESNACE ONDE NASCE". Editora Gráficos Burti. São Paulo, 1994.

• Lozano, Pablo. LAS MISIONES JESUÍTICAS. Editora Lumen. Buenos Aires, 1989.

• Domínguez, Manuel. EL PARAGUAY, SUS GRANDEZAS Y SUS GLORIAS. Editorial Ayacucho. Buenos Aires, 1946.

• Veríssimo Serrão. O TEMPOS DOS FILIPES EM PORTUGAL E NO BRASIL (1580-1668).

• Monteiro, John Manuel. NEGROS DA TERRA. Editora Schwarcz. São Paulo. 1994.

• Buarque de Holanda, Sergio. O EXTREMO OESTE. Editora Brasiliense. São Paulo, 1986.

• Blanco, Ricardo Román. LAS BANDEIRAS. Universidad de Brasilia, 1966.

• Frings, Paul -Übelmesser, Josef. PARACUARIA. Grünewald -Asunción, Paraguay, 1982.

• Carvalho Franco, Francisco de Assis. "DICCIONARIO DE BANDEIRANTES E SERTANISTAS DO BRASIL. SÉCULOS XVI - XVII - XVIII. Comissão do IV Centenario. São Paulo, 1954.

• Quevedo, Roberto. PARAGUAY, AÑOS 1671 A 1681. Editorial El Lector. Asunción, Paraguay, 1983.

 

 

 

 

TEMARIO

 

1.      Introducción

2.      Antecedentes históricos

2.1.   El reino de Portugal

2.2.   Castilla y Aragón

2.3.   Los grandes descubrimientos

2.4.   Viajes europeos ultramarinos

2.5.   Colón y el descubrimiento de América

2.6.   El Tratado de Tordesillas

3.      La expansión portuguesa

3.1.   El descubrimiento del Brasil

3.2.   Posesión del litoral atlántico

3.3.   Colonización del Brasil

3.4. Gobierno General

3.5.   La unión de las coronas ibéricas

4.      El bandeirantismo paulista

4.1.   Fundación de la Villa San Paulo de Piratininga

4.2.   Descubrimiento del Sertón

5.      Posesiones españolas hacia el Este

5.1.   Fundaciones asuncenas

6.      Conquista espiritual

6.1.   La Iglesia Católica y sus órdenes misioneras en el Paraguay del Siglo XVI

6.2.   Las Misiones Jesuíticas

6.3.   Desplazamientos hispanos y portugueses en el hinterland paranaense

7.      Las bandeiras paulistas

7.1.   Origen y organización

7.2.   Mamelucos paulistas

8.      Incursiones bandeirantes

8.1.   Destrucción de las grandes reducciones jesuíticas

8.2.   Asalto a las reducciones del Guairá

8.3.   Invasión bandeirante al Itatim

8.4.   Ataque a las reducciones de Tapé y Uruguay

9.      Consideraciones acerca de las incursiones paulistas

10.    La colonia Sacramento y el Tratado de Permuta

Bibliografía

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