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FACUNDO RECALDE


  HOMBRES DE NEGOCIOS DEL PARAGUAY, 1950 - Por NICASIO MARTINEZ DÍAZ y FACUNDO RECALDE


HOMBRES DE NEGOCIOS DEL PARAGUAY, 1950 - Por NICASIO MARTINEZ DÍAZ y FACUNDO RECALDE

HOMBRES DE NEGOCIOS DEL PARAGUAY

Por NICASIO MARTINEZ DÍAZ y FACUNDO RECALDE

Talleres Gráficos LA COLMENA S.A.

Asunción – Paraguay

1950 (294 páginas)

 

 

INDICE

 

Prólogo     

Bosquejo de la Obra    

El Paraguay Eterno      

Manuel Ferreira

La Vencedora S.A.       

El Sol. Peña Machaín y Cía.

Enrique Cazenave

Teodoro Meilicke

Ángel Vargas Peña

Ramón Corvalán Ortiz y Luis Giangreco

Alfredo M. Carrillo

Ricardo León Céspedes

Pablo Sacco        

José Gerónimo Fernández     

Amadeo Buongermini

Rafael Vázquez

José Casola

Azucarera Guarambaré S. A.

Rius y Jorba S. A.

Nogués Ferrario y Cía.

J. y F. PérezS.R.L.        

Azucarera Paraguaya S. A.

Urrutia, Ugarte y Cia.

Segura Latorre y Cia. S. A.

Domingo Scavone

Amadeo Zanotti Cavazzoni

Alberto A. Grillón

Cayetano Ré  

Miguel Larreinegabe

Bautista Vertua

Saverio Ricciardi

Enrique Viola

Pedro Marés

Luis Manzoni

Salvador y Blas Lacognata

Elías Abraham Saba

Quinto Censi

Luis Salomón

David y Bittar

Francisco David

Wadi Armele

Fassardi Ltda. S.A.

José Fassardi

Constante Fassardi      

Luis A. Insfrán

Herminio Arietti

 

 

PRÓLOGO

 

         Bajo la dirección conjunta del doctor Nicasio Martínez Díaz, fundador del acreditado Instituto Sudamericano y el poeta Facundo Recalde, aparece la presente obra que, a decir verdad, viene a llenar una sensible laguna de la bibliografía nacional, por cuanto hasta el presente, en lo que va del siglo, no existe - que nosotros sepamos - publicaciones similares que enfoque, con criterio realista y eminentemente práctico, las figuras representativas de las fuerzas vivas de la nación, con sus atributos legítimos, en forma biografiada y esquemática que le prestan un singular brillo e interés. Con ello no pretendemos, ni con mucho, subestimar el valor que tienen los trabajos publicados en diferentes oportunidades y relacionados con la economía del país, a través de numerosos aspectos de la misma, por autorizadas plumas de nuestro medio intelectual. Mas, lo que anhelamos poner de relieve es la forma novedosa y personal por medio de la cual se nos presenta, en galería de honor, como en justicia se lo merecen, con estricto objetividad, dejando a un lado toda pasión subalterna, a los "creadores y propulsores" de nuestra fisonomía internacional en lo que a economía se refiere, así sean nacionales o extranjeros, enarbolando tan solo como aval su "absoluta dedicación a las actividades productivas, por su visión, por su valor y por su fe en el Paraguay demostrando su amor a nuestra patria en esa forma positiva". En esto radica, a mi juicio, el valor substancial de esta obra.

         El doctor Martínez Díaz sustenta la opinión sincera que numerosos personajes, de alto coturno en otras actividades, fueron consagrados en libros y folletos, con el respeto y la devoción del caso sin entrar para nada en su ánimo poner en tela de juicio el grado de sinceridad ni alcance con que fueron escritos. Más, en cambio, de los comerciantes, de los industriales, de los ganaderos, de los hombres de negocios, nadie ha dicho, en elogio, de éstos, ni media palabra a través de publicaciones de este carácter, pese a constituir los verdaderos pilares del progreso económico del país y ser acreedores, por tanto, de la gratitud nacional.

         Esta omisión es tanto más sensible si se tiene en cuenta que numerosos de estos forjadores de la grandeza patria han llegado a ocupar lo posición de privilegio de que disfrutan hay, a muy justo titulo por cierto, tras haber conocido los altibajos todos de la vida, sin muletas ni ayuda de ningún género, confiando tan solo como escudo la confianza en la propia fuerza y la protección de Dios. Y siendo así como lo es cábenos preguntar si existe derecho valedero alguno para preterir, en la tabla de los valores del país, a tales exponentes, extranjeros muchísimos de ellos, que arribaron a nuestras playas - peregrinos de remotas regiones del orbe civilizado - trayendo como única credencial su amor, su inmenso amor el Paraguay como lo han demostrado con creces en todo lo largo de su accidentada historia. Tamaña injusticia no puede seguir imperando y a ello obedece la aparición de "HOMBRES DE NEGOCIOS DEL PARAGUAY".

         A nadie escapa, por otra lado, los múltiples dificultades de diversas naturaleza con que se tropiezan con empresas de esta índole, incluso la falta de datos necesarios para dar cima al propósito sustentado y demás gajes del oficio.

         Cumple sin embargo a nuestra lealtad manifestar que ello no obstante y conforme con la promesa formulada por sus autores, en su oportunidad, la obra en cuestión, superando tales obstáculos, sale a la calle, ataviado con sus mejores galas, pronta a difundir, más allá de las fronteras nacionales, la cifra de nuestro potencial económico a través de un puñado de esforzados compatriotas y extranjeros que han vinculado, en forma definitiva, su vida y su obra a la suerte de la República. Es más. El comerciante paraguayo no es el "Mercader de Venecia", cuya fortuna se la guarda bajo siete llaves para regodearse con su brillo a solas. Cabe afirmar, en tal sentido, que la mayor parte de los capitales que financian las industrias nacionales, la ganadería y hasta la propia agricultura tuvieron su origen en las utilidades comerciales. Entendemos que en el futuro, la agricultura moderna, la mecanizada, se entiende, no la rutinaria a base de arado de palo, tiene muchísimo que esperar del capital comercial, dado que es el que mejor capacitado está, a nuestro juicio, para las actividades racionalizadas de la agricultura extensiva sobre todo. Como abono de lo que dejamos expresado tenemos el ejemplo a la vista de numerosos compatriotas comerciantes que están iniciando, baja los mejores auspicios y en gran escala, cultivos de todas clases: cafetos, yerba, arroz, trigo, algodón, etc.

         Pasando a otro orden de ideas diremos que "HOMBRES DE NEGOCIOS DEL PARAGUAY" está redactado con sobriedad y chispeante estilo. En lo que respecta a su aspecto formal diremos que se ajusta al tecnicismo correspondiente en la medida de las posibilidades gráficas del país.

         Cabe notar, por último, que se podría disentir de las opiniones vertidas en el presente libra por sus autores, pero lo que nadie podrá honestamente discutirles es el fervor patriótico y la sinceridad que le animan para dar a la estampa una obra orgánica, digna de los mayores encomios, como lo es "HOMBRES DE NEGOCIOS DEL PARAGUAY".

 

         Asunción, XI - XX - 50.

 

         RAMIRO GONZÁLEZ

 

 

 

BOSQUEJO DE LA OBRA

 

         Como su título lo indica, el libro contendrá una galería, rigurosamente seleccionada, de las personalidades de nuestro mundo económico, sean nacionales o extranjeros, que mediante el trabajo perseverante, honesto e inteligente desarrollado en el país, han sido los creadores y propulsores de la riqueza colectiva y los realizadores del progreso general, por su absoluta dedicación a las actividades productivas, por su visión, por su valor y por su fe en el Paraguay, demostrando su amor a nuestra patria en esa forma positiva.

         Cada una de estas figuras representativas de la producción, el intercambio y el transporte paraguayo, será presentado con severa objetividad, en un ameno estudio biográfico, de modo a que dichas figuras surjan con relieve en el ambiente en que les ha tocado actuar y en el mismo panorama nacional, con fuerza propia, con sus atributos legítimos, en sus características cabales y en sus justas proporciones, con la proyección natural de su obra en la sociedad.

         El objeto perseguido con esta publicación es esencialmente patriótico y didáctico: buscar y hallar en el escenario paraguayo, de ayer y de hoy, motivos de optimismos y entusiasmos, tanto más preciosos en esta hora de mundial incertidumbre, rescatar del olvido público y de la consiguiente ingratitud del silencio, hombres y hechos dignos de admiración y examen por la cifra que representan en la visión global de la nación, como forjadores de personalidad humana y como símbolos de acontecimientos no menos importantes por callados; y despertar, en fin, la emulación de las incontables energías potenciales sanas y fecundas a las que no siempre se presentan ejemplos de superación en el campo de la paz y del trabajo, activizando así la iniciativa privada.

         Esta obra llenará un vacío, no sólo en la bibliografía paraguaya, sino en los acontecimientos de los nuevas generaciones, tendiendo a que su cultura sea más práctica y realista, y su acción, más socialmente solidaria, fructífera y pacífica. No será una publicación de encargo, hecha por los mismos biografiados, puesto que sus autores se proponen con ella, modesta y espontáneamente, contribuir al servicio de la república y a hacer justicia, o mejor, a que se haga y haya una más completa estimación de valores individuales y sociales, aparte del ardiente propósito de que vivan en el respetuoso recuerdo colectivo, hombres que también y en otros planos han merecido bien de la patria.

         Sobre una biografía solitaria, estrictamente personal, "Hombres de Negocios del Paraguay", tendrá múltiples ventajas, como que no es una edición llevado a cabo por la vanidad y la opulencia y con el concurso de plumas anodinas: su interés será menos egoísta y su público, por lo tanto, mucho menos restringido y entre la treintena o más de triunfadores o triunfos que la obra ofrecerá en la relación de sus vidas y obras, a la juventud ha de entreabrírsele más de un camino para imponer su nombre y prosperar en la vida, en bien también de la comunidad y de la propia tranquilidad. Por lo demás, dos firmas responsables, de prestigio, darán solvencia en el terreno intelectual y de la ética a este desfile de luchadores ignorados u olvidados pronto por la mayoría y hasta inmerecidamente rodeados de la desconsideración contemporánea o de la indiferencia.

 

         FACUNDO RECALDE

 

 

 

EL PARAGUAY ETERNO

 

         En el deseo de mostrar la evolución de nuestro pueblo, vamos a hacer una rápida reseña histórica de las actividades generales del país, desde la remota época de los guaraníes, la colonia y la independencia, para proseguir luego con el período que precedió a la guerra del 65-70 y finalmente con la posterior hasta llegar a la de nuestros días.

         Tarea ímproba, por cierta, es ésta, que no podríamos completar en este trabajo pero no por ello renunciaremos al deseo de resumirlo, más no sea que como una pálida expresión de nuestras convicciones de ver dilatadas las fronteras de la patria, no tan solo en el terreno intelectual y moral sino en la esfera de las actividades económicas también.

         La época guaranítica. Para esto recurrimos al "Resumen de prehistoria y protohistoria de los países guaraníes" del sabio doctor Moisés S. Bertoni, quien puede reivindicar para sí el timbre de horror muy alto de haber sido el vindicador de esta raza ayer tan vilipendiada y tenida a menos, pero que tiene en su haber, amén de otros galardones más, su sabia organización política, asentada sobre una democracia pura, de raigambre ateniense dijéramos, con su concejo de ancianos que se reunían en los momentos solemnes para deliberar en el suelo, alrededor de una fogata - verdadero juego sagrado - y tomar luego sus grandes decisiones. Pero vayamos al cuestionario, que nos hemos propuesto desarrollar, dejando a un lado, no sin pesar, su origen, sus rasgos físicos y morales, sus creencias religiosas fundadas en un acendrado monoteísmo y la inmortalidad del alma, sus artes, sus ciencias, pese a nuestro deseo de rendirle entera justicia por constituir, junto con el español, basamento humano y sociológico de la nacionalidad. Concretémonos, pues, tan solo a un aspecto de su brillante civilización: la agricultura.

         Los guaraníes fueron agricultores admirables como lo comprueba el hecho, muy elocuente por cierto, que no se conoce -y esto digámoslo en voz alta - otro pueblo que haya dado a las industrias humanas tantas plantas, sacados del estado silvestre y sometidas al cultivo. Entre sus productos agrícolas mencionaremos el maní, el zapallo, la mandioca, la batata, el tabaco, y el algodón, para no citar sino los principales. Este solo hecho es la mejor prueba de su capacidad creadora para el trabajo. También lo vemos emplear el fuego para la construcción de sus armas y canoas y fueron habilísimos artistas para los trabajos manuales, como lo hace notar el doctor Blas Garay, en su libro "Independencia del Paraguay".

         El Paraguay colonial. - Se caracteriza por el anacrónico sistema de las encomiendas y reducciones y la nefasta influencia de los jesuitas que culminó con su expulsión del país, en marzo de 1767. Todos estos factores negativos contribuyeron al estancamiento y aislamiento de la colonia, amén de la anarquía y disociaciones sangrientas a que dieron lugar al decir del doctor Gualberto Cardús Huerta, en su interesante obra: "Arado, pluma y espada".

         En condiciones tales, sumados las restricciones de todo orden emanadas del absolutismo de la metrópoli, mal podían prosperar ni el comercio, ni la agricultura, ni las industrias.

         Período de la Independencia. - Se inicia con la revolución comunera a la voz de ¡Libertad! con los partidarios de Domingo Martínez de Irala, seguido por Martín Suárez de Toledo y el gobernador Fray Bernardino de Cárdenas, en sus desavenencias con los jesuitas para culminar con el grito aquilino de Antequera y Mompóx hasta ser ahogado en sangre por la Audiencia de Charcas, con la ejecución de Antequera, en Lima, el 5 de julio de 1731, y de su amigo y confidente el aguacil mayor Don Juan de Mena. Fue en aquella oportunidad cuando se registró el episodio aquel, digno de ser esculpido en el frontispicio de una catedral, que: "La hija de Mena, que llevaba luto por su esposo Ramón de las Llanas, se vistió de blanco, y engalanada se presentó al pueblo porque no era bien llorar vida con tanta gloria tributada a la patria".

         Por la naturaleza de este trabajo, pasaremos por alto la conexión que guarda la Revolución comunera, cuyo contenido doctrinario era nada menos la prioridad del común sobre toda autoridad, con el movimiento peninsular sofocado en Villalar, ni hacer su genealogía ni establecer su filiación histórica cuando aun no se había producido la revolución estadounidense, ni la revolución Francesa, ni la historia del Cabildo de Asunción, reducto de la autonomía regional y de las libertades públicas, ni demás antecedentes.

         La simiente arrojada por Antequera y demás infortunados compañeros culminó más tarde en el movimiento emancipador del 14 de Mayo de 1811, llevado a cabo por un puñado de patriotas cuyos nombres encienden de gratitud el alma nacional.

      Derrocado el representante del monarca español, se constituyó el triunvirato integrado por Bernardo Velazco, el doctor José Gaspar de Francia, a quien los patriotas habían llamado de su quinta Ibirá-í, y el capitán Juan Valeriano Zeballos. El congreso del 17 de Junio del mismo año de acuerdo a las resoluciones presentadas por el ciudadano paraguayo Mariano Antonio Molas constituyó la Junta superior gubernativa compuesta de cinco miembros y un secretario. Esta junta asumió la dirección de los negocios públicos siendo sus actos más importantes la nota del 20 de Julio que serviría de pauta en adelante a la política paraguaya y la resolución inquebrantable del Paraguay de conservar su Independencia y otra por la cual se suprime algunos impuestos conocidos con el nombre de sisa y arbitrio, el estanco del tabaco, "quedando libre de comercio como otros frutos y producciones de esta provincia". Otra acertada medida de gobierno de la junta, aparte del tratado del 12 de octubre de 1811, la independencia judicial, el decreto del 29 de abril por el cual se declara que el 15 de Mayo "día de nuestra nativa libertad será de tabla y gala ahora y siempre", la defensa del Chaco, el fomento de la enseñanza, el bando del 6 de enero por el cual se declaraba la libre navegación de los ríos del Paraguay, adelantándose en esta forma a la famosa declaración hecha en tal sentido por el Congreso de Viena. Cabe mencionar asimismo que dicha junta, en virtud de un decreto, concedía permiso a un ciudadano estadounidense, Thomas Lloy Halsey, permiso y protección para la primera empresa de navegación a vapor en las aguas del río Paraguay. Poco después Francia clausuraba casi todos nuestros puertos. Después del primer gobierno consular nos encontrarnos con la inauguración de la dictadura temporal, primero, y perpetua después del doctor Francia, que transcurre desde 1814 a 1840. Examinemos algunas medidas económicas adoptadas durante el yugo del férreo dictador. Los paraguayos que deseaban ir a unos de estos puertos tenían que pedir permiso al Dictador.

         "El que solicitaba licencia para 20 arrobas de yerba o tabaco no lo conseguía más que de cien arrobas. El que intentaba conducir a dicho mercado sus frutos había de presentar o acompañar un memorial con dos certificados del Juez de su partido; el uno, de ser el interesado blanco de linaje; el otro, que la hacienda manifestada era de su propia cosecha. Llegado un brasileño se le registraba sus zapatos, botas, sombrero y todo vestido que tenía puesto, para ver si ocultaba cardos, gacetas u otros papeles que contuviesen los sucesos y el estado de Buenos Aires. El dictador tomaba los géneros a los precios que él quería imponerles y se conducían a la capital con los auxilios de los vecinos, que contribuían con bueyes, caballos, carretas y con sus personas, escoltando las carretas. Luego estancaba los géneros en la aduana; de ahí les hacía sacar a la tienda del Estado, en donde los vendía un ciento cincuenta sobre uno" (Molas, Descripción del Paraguay).

         El régimen económico, durante la dictadura francista se caracteriza por su aislacionismo y la falta de los imponderables beneficios de la libertad. La industria nacional, si bien limitada, fue lo suficiente para la población. Según Rengger y Longchamps los ponchos, las mantas para caballos, que eran de lana y costaban crecidas sumas, que solían usualmente del Paraguay se fabricaban entonces en el país; hasta los telares se perfeccionaron. Mientras, por otro lado, la enseñanza del pueblo era nula, el mutismo, la servidumbre de la gleba, la confiscación de bienes y otras medidas drásticas algunas de los cuales llegaron hasta profanar la liturgia sagrada, la inmolación de los próceres de la independencia - los auténticos padres de ala nacionalidad - y de numerosas víctimas inocentes del sistema de terror y persecución importado por el dictador, la clausura del Real Colegio Seminario de San Carlos, el cierre del Tribunal de Comercio, y el Cabildo y el restablecimiento del sistema aislacionista implantado por los jesuitas, la clausura de los puertos, la obliteración de las ideas liberales, y en fin, todo ese cúmulo de superchería barata inventada por los tiranos en fermento y que llegó a arrancar a Rengger y Longchamps esta frase lapidaria: "Hasta la guitarra enmudeció".

 

         LA PRESIDENCIA DE CARLOS ANTONIO LOPEZ. A la muerte de Francia asume la dirección de los negocios públicos la primera y segunda Junta de Gobierno, sucesivamente, hasta que adviene el segundo gobierno consular con el nombramiento de Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso. Enumeremos ligeramente las obras principales realizadas por los Cónsules. El país, a la sazón, con la muerte del dictador Francia, se encontraba en un estado deplorable. Para remediar en parte tan angustiosa situación el nuevo gobierno decretó la abolición de la esclavitud, el 24 de noviembre de 1842, la libertad de los presos políticos que sumaban a centenares, la abolición de los tormentos y azotes y la confiscación de bienes. Viene después la presidencia de Carlos Antonio López elegido por el Congreso del 13 de Marzo de 1844, y que establece al propio tiempo por medio de una constitución, el sistema de Gobierno que regirá los destinos de la patria. Entre sus obras de gobierno cabe mencionar el reconocimiento de nuestra independencia por la Argentina, el tratado de navegación y límites suscrito por el plenipotenciario Benito Varela y el doctor Santiago Derqui, el reconocimiento de nuestra independencia por el Gobierno Brasileño, el tratado de 1830 firmado entre el Paraguay y Brasil contra el dictador argentino Rosas. En el mensaje leído ante el Congreso el 30 de Mayo de 1849, don Carlos puso de resalto, entre otras cosas, "el bienestar material y relativo del país a pesar de la guerra y de ciertas crisis constante" Expuso asimismo "la organización militar del Paraguay y ponderó la capacidad diligencia y buenas disposiciones de sus jefes".

         Expirado su mandato, el Congreso le reeligió por un periodo de diez años que él lo redujo a tres años. Entre las medidas de su Gobierno en lo que respecto a su evolución económica mencionaremos las siguientes: construcción del camino Jesús - Tacurupucú, Curuguaty - Caaguazú, construcción de terraplenes desagües, aguadas, corrales y represas para el fomento de la ganadería, fundación de colonias agrícolas, establecimientos ganaderiles, obrajes de maderas y fábricas de loza, reconocimiento y examen geológico en todo el territorio nacional, establecimiento de obrajes, de salitres y calderas, fundición de hierro de Ibicuí, firma de tratados de amistad y comercio con naciones europeas, contratación de inmigrantes, inauguración del primer ferrocarril del Paraguay, flota mercante nacional que transportaba yerba, tabaco, cueros; se inauguraron construcciones de edificios públicos y privados, se introdujo la moda de la levita, del frac y la del sombrero de felpa entre los hombres y la del miriñaque y del sombrero entre las mujeres en sustitución a la indumentaria a la usanza española.

         Según Ildefonso Bermejo había también en aquel entonces escuelas regularmente dotados y un ejército numeroso y bien disciplinado. A la muerte de Don Carlos, cuyo Gobierno atemperó la tiranía y aislacionismo franscista, le sucede su hijo, el Mariscal Francisco Solano López, que fue designado presidente de la República del Paraguay por el período legal de diez años por el Congreso reunido el 16 de octubre de 1862. Durante su presidencia se desencadeno la guerra contra la Triple Alianza que culmina con la derrota de los últimos restos del ejército nacional y la muerte del mismo en Cerro Corá el 1° de Marzo de 1870, la ocupación manu militari de Asunción por los aliados durante 7 años y finalmente, como trágico corolario, el derrumbe de nuestras riquezas, nuestra agricultura, nuestra ganadería, nuestras industrias nacientes, nuestras fuerzas económicas toda. Nuestros campos quedaron desolados y yermos y sólo el Urutaú de la leyenda alzaba al cielo su canción doliente.

         Todo quedó en ruina, todo desapareció en la vorágine. Sólo quedó en pie el alma paraguaya, con sus atributos todos, dispuestos a reiniciar nuevamente, después de tan doloroso calvario de cinco años el camino de la reconstrucción nacional.

         Por fin, el 15 de agosto de 1870, tuvo lugar la convención Nacional Constituyente para dar al Paraguay un nuevo estatuto político, uno de los más liberales de América. Al conjuro de esta carta política, pese a sus defectos, se ha venido guiando nuestros pasos en el laborioso resurgimiento de la nacionalidad y en la realización del Self Gobernment, hasta el año 1940.

         En su fondo, estudiando la exposición de motivos enunciada en su preámbulo, dicha carta importaba una protesta viril contra las tiranías del pasado y una reafirmación de las ideas de libertad y de justicia emanadas de las más remotas fuentes de nuestra historia.

         No vamos a mencionar las innumerables obras realizadas durante este período, preñado de historia, por ser ellas del dominio público. Sólo diremos que, durante él, el Paraguay adquirió los contornos de su personalidad internacional y cuyo acrecentamiento constante corresponde o las generaciones del presente, para ensanchar las fronteras espirituales de la patria.

         Como punto inicial de nuestro resurgimiento económico debe mencionarse, en primer término, las sucesivas oleadas de corrientes inmigratorias que vinieron arribando al país en distintas oportunidades. Entre dichas corrientes figuraban agricultores, artesanos, químicos, industriales, electricistas, especialmente italianos, españoles, franceses, portugueses. etc. El Paraguay, como habíamos dicho, después de la hecatombe del 70, había quedado poco menos que en ruinas. Todo quedaba por hacerse de nuevo, y se hizo con valor, con optimismo, con fe creadora. El comercio paraguayo, ayer en pañales, se encuentra hoy en plena madurez. Lo propio cabe afirmar de algunas industrias. Existen en nuestra galería hombres de trabajo que se levantaron desde los últimos peldaños. Y esto, lejos de constituir una afrenta, los enaltece en muy alto grado. Actualmente, por el volumen de sus operaciones y su solvencia moral y material, figuran en primera línea entre las fuerzas vivas de la nación.

         Bien es verdad que aún queda mucho por delante a realizar. De todos modos la piedra angular de nuestro potencial económico está en pié. Sólo falta ahora que los hombres de buena voluntad influyan para completar la obra movilizando nuestras enormes riquezas potenciales de todo orden, seguros que encontrarán en el alma paraguaya calor de nido y gratitud honda y cordial. Tales son nuestros deseos.

 

         NICASIO MARTINEZ DIAZ

         Asunción, diciembre de 1950.

 

 

 

MANUEL FERREIRA

 

         Durante los estudios secundarios, rinden su más tremendo examen en el cuarto año, por lo general, los estudiantes; y en su curso se deciden los destinos. No es que el programa de ese año sea crítico, sino que la vida hace crisis a esa altura.

         Y es que de pronto descubre el estudiante que la sonrisa de una normalista le interesa mucho más que la sonrisa del mismo director del colegio o de todo el claustro de profesores; y que en el billar hay combinaciones más emocionantes que en un teorema de trigonometría; y que en la bahía con su "bajo" y su "pasito", la aventura tiene un mejor y mayor sabor que la historia del Bajo Imperio o de la tétrica edad media.   Y todo ello coincide con la indignación vergonzosa del estudiante porque el mundo no lo toma en serio como hombre, a pesar de sus flamantes pantalones largos; a pesar de la consagración del cigarrillo, que lo ha hecho toser, hasta revolviéndole el estómago, pero al que se ha impuesto; a pesar de su voz enronquecida, más risible que imponente; a pesar de creerse conocer el mundo más a fondo que el mundo entero, porque ya ha leído por lo menos "Los tres mosqueteros", "Las mil y una noches" o un kilómetro de novelas policiales, y porque se reconoce en soledad de ser superior, incomprendido aún su familia, y porque ha tropezado, al fin, en un deslumbramiento, con el amor, con el primer amor, él único, el eterno, que durará una primavera.

         Los antecedentes del muchacho prometían, desde luego, que se trancaría a lo más en el cuarto año, seguido más o menos bien o mal, en el hace tiempo desaparecido Colegio San Luis, de la calle de Benjamín Constant. Hasta un buen tiro en la pantorrilla se había ganado en la caza de lagartos, allá, por el Mangrullo, lo que elevó su cotización de héroe en el ambiente, y la prisión por haber gritado contra la policía de la época, completó con el martirio su reputación de incorregible.

         Ya en la escuela primaria se había hecho de prestigio, trasladándoselo de la Escuela Normal al Liceo Universal, y distribuyendo equitativamente dolores de cabeza entre maestros de ambos sexos y sus padres, quienes, al fin, se resolvieron a extremar sus sacrificios para sacar adelante al único hijo varón, y lo enviaron por tres años a la Escuela de Ingenieros Mecánicos de la Armada Argentina, donde, si no se hizo de un título, le disciplinaron la energía, al menos.

         Y así y aquí aparece en el mundo de los negocios don Manuel Ferreira, todavía un mozalbete, como mandadero de la Ferretería Alemana, con un sueldo de sesenta pesos, para ser llevado, tres meses después, por don Juan B. Gaona, poco menos que a tirones, a la Ferretería Universal, donde lo esperaba su destino.     Era el 1° de marzo de 1907.

         Había nacido el 17 de febrero de 1890, en Asunción, precediendo a sus hermanas doña Deolinda viuda de Irala, doña Alice F. de Goiburú, doña María Sara F. de Medina y doña María Ester F. viuda de Caballero. Su padre, de nombre también Manuel Ferreira - un oficial de marina brasileño que hizo toda la guerra de la Triple Alianza y que fue condecorado por el paso de Humaitá - aunque vencedor del Paraguay, se sintió vencido por la beldad y la gracia de una joven de la Sociedad Asuncena: la señorita María Sosa. Se casó con ella, y cuando pudo descansar de sus viajes al Brasil, se radicó definitivamente en el país, donde falleció a la gloriosa edad de 83 años, siguiéndolo su compañera a los 82 años de edad, conociendo ambos largamente la felicidad de la cosecha, al contemplar a sus cuatro hijas bien casadas y al hijo, que fue quebranto y esperanza al mismo tiempo, y después, sostén y orgullo, triunfando integralmente en el mundo y en la vida.

         Este padre, siempre regresando del Brasil embrujador con las valijas hartas de regalos a la esposa y a los hijos, no obstante su suavidad lusitana, no era nada blando con su heredero, imponiéndole ya mayorcito que si quería zapatos y trajes de casimir hechos por sastre, tenía que ganárselos, pagando él mismo sus lujos de "cajetillo", ya que el colegio no lo entusiasmaba y sus éxitos entre los amigotes no lograban convencer al grave servidor de la marina del Brasil.

         Las forzadas y periódicas ausencias del padre en el hogar, por razones de trabajo, dejaron virtualmente en manos de la madre la formación de los hijos. Pero eran manos de mujer. Y esta mujer era madre, y esta madre era paraguaya. Y esta paraguaya era de las que reconstruyeron nuestra patria. Y doña María se dedicó entonces absorbentemente a la tarea de modelar carácter, de edificar virtudes, de plantar responsabilidades. Y su intuición femenina y maternal, adivinó el porvenir de su hijo, aquilatando su potencialidad; y lo inclinó al comercio, empujando y sosteniéndolo decide el comienzo, desde el comienzo y hasta el último, hasta cuando su mano de abuela se apoyaba en el fuerte hombro filial buscando protección a sus pasos cansados de recorrer el arenal, las selvas y yuyales y el jardín mentiroso de la vida.

         Lo hemos dejado al futuro don Manuel Ferreira de cadete en la Ferretería Universal, haciendo allí de todo y empezando desde el primer peldaño, no ahorrándosele ni el barrido de los pisos, incluso de la acera. Los depósitos, el mostrador,  el escritorio, la clientela campesina, conocieron su reciedumbre de mozo retacón, su dinamismo, su incapacidad para el cansancio, su alegría de vivir, su don de simpatía, su apetito de aprender, su falta de asco a cualquier trabajo honesto, no obstante ser un señorito y estar llegándole los 20 años.

         Pero entre las enormes hojas del Debe y el Haber, lo espiaba un alemán: el contador general de la casa, don Guillermo Vohs. Era el maestro que esperaba encontrar el joven Manuel Ferreira; y éste era el alumno que esperaba encontrar aquel director, entretelones, de hombres de negocios. Bajo la rectoría amiga de este profesor de realidades; dominó la contaduría como el más pintado de los contadores públicos; y agotadas las posibilidades de los libros prácticos, el señor Vohs le hizo notar, prácticamente, que las posibilidades poco menos que infinitas del comercio estaban en el mostrador y no en el escritorio.

         Y fue así como, antes de los 10 años de empleado, el ex pinche, el ex viajante, el ex despachante de aduana de la firma, llegaba a ser apoderado parcial de la Ferretería Universal, en 1916, hasta ascender; diez años después, al puesto cumbre de gerente con poderes amplios, y después de ser apoderado general en 1918.

         Paralelamente a su vida de trabajador, encarrilada a su vida privada le había echado el cimiento vital del matrimonio, apenas llegado a la mayoría de edad, el 20 de julio de 1912, casándose con una distinguida, encantadora niña: la señorita Florinda Caballero, hija del famoso don Pedro Caballero, más conocido en nuestros círculos y anales sociales y políticos como Caballerito. Y he aquí que otra mujer, ya para todo el viaje, viene a completar la compañía que le dió su madre, reforzándosele así la colaboración amante de los suyos.

         Aunque en camino ya de la fortuna y sobre todo con la seguridad y la voluntad de no detenerse en la conquista de una posición, sin fin en la ascensión, los hijos del matrimonio se iban entrenando en la enciclopédica escuela del trabajo, por razones éticas y en previsión de lo que el futuro puede deparar, sin descuidar el estudio de una profesión para poder defenderse solos en la vida: Manuel Ferreira (h), hoy gerente de Manuel Ferreira S. R. L. de Buenos Aires, es Licenciado en comercio en la universidad de Inglaterra; doña Alice F. de Kend cursó la escuela alemana, el claustro de ursulinas en Arweile (Alemania) y el Colegio Santa Teresa de Jesús, de Buenos Aires, siendo profesora de alemán, secretariado y repujado; María Stella, - ahora de novia con el caballero norteamericano Pitchar Moes, ex oficial de la última guerra mundial, con cuyo padre se conocieron en 1940 en el Japón, - siguió comercio en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, de Buenos Aires; Guillermo César, profesor de humanidades, bachiller, contador público y licenciado en finanzas en la universidad de Illinois (EE.UU.), actualmente con un cargo de responsabilidad en la Sociedad Anónima Comercial Manuel Ferreira, y Federico Alberti, bachiller, argentino y en la actualidad siguiendo cursos de veterinaria, con especialización de zootecnia en la universidad de Texas, (EE.UU.), y a la vez cursos militares para graduarse de oficial de reserva. Todos ellos dominan además varios idiomas, mientras el padre, aparte del alemán, posee el suficiente inglés, francés y portugués para defenderse en los viajes.

         Porque el señor Ferreira es un hombre que ha viajado intensamente por América, Europa y Asia, y mismo ahora planea otra gira por el viejo mundo que lo llevará hasta África, siempre en su productiva curiosidad de encontrar mercados a los productos paraguayos y de buscar beneficios a nuestro mercado de importación. Ya en 1923, la Ferretería Universal lo envió a Alemania por nueve meses para perfeccionarse en técnica comercial. Y en 1927 volvió la firma a trasladarlo a Alemania, esta vez con toda la familia, hospedándose en el hogar del presidente de la Compañía, pues estos insuperables organizadores que son los alemanes, querían conocerlo en la intimidad al extranjero que estaba frente de una gran firma alemana en ultramar, como viéndolo en pijama y en pantuflas, para cerciorarse de que su conducta de esposo y padre no desmerecía de su capacidad y corrección comerciales.

         Descubierta Alemania en su primer viaje como la primera universidad del tecnicismo mercantil, en estos otros seis meses de Europa - adonde fue con la distinción honorífica de adicto comercial al consulado general del Paraguay en Alemania- se dedicó don Manuel Ferreira a visitar a Suiza, Italia, Francia y España, anudando por doquier preciosas y copiosas vinculaciones, gracias también a las bien diseminadas filiales del Banco Germánico, de cuya sucursal local era asesor y cuya instalación en Asunción se debió en gran parte a sus gestiones, siendo confirmado entonces, en la asesoría, por la asamblea general de accionistas de Berlín, con el obsequio, en premio y homenaje, de una principesca petaca de oro con la inscripción de "El Banco Germánico a su eficaz colaborador don Manuel Ferreira - 27 de abril de 1927".

         Aparte de sus servicios al país, entonces, en Europa, el gobierno nacional puso urgidamente a prueba el patriotismo del señor Ferreira, encomendándole la contratación de un préstamo de $ 1.500.000 m/árg. al estado, para poder retirar las cañoneras Paraguay y Humaitá de Italia, porque la guerra con Bolivia se venía. Concertada en Berlín la operación, se la hizo efectiva en 1927 en dos aportes, de $ 800.000 y $ 700.000 argentinos, respectivamente, por intermedio de la sucursal de Buenos Aires. Estas difíciles gestiones, al final felices, requirieron viajes y gastos; pero le advirtió de antemano que ni se le pagarían los pasajes aquel terrible recolector de níqueles fiscales que se llamó el doctor Eligio Ayala.

         Maduro de experiencias y renunciando a la asignación segura y bastante del 40 % de los utilidades líquidas que tenía como gerente con poderes amplios, se retiró el señor Ferreira de la Ferretería Universal el 7 de agosto de 1931, agotado el escalafón de la casa y con el camino ya cerrado hacia adelante allí al encontrarse en la cúspide, para lanzarse a la aventura de la independencia, plena de riesgos y de encanto de la lucha y del triunfo, recibiendo en esa oportunidad sendas pruebas, de la firma y del personal, del lugar que ocupaba en el corazón de ambos, renunciando al mismo tiempo como asesor del Banco Germánico y América del Sur, por imperativos de moral, ya que al establecerse por su cuenta, se convertía automáticamente en competidor.

         Y sin perder un solo día, al siguiente mismo de su retiro, de la Universal, el 8 de agosto de 1931, se hacía cargo de la casa Campos & Cía., con el lastre de un débito de 60.000 pesos argentinos, adquiriéndola con el compromiso controlado de destinar el 30 % de las ganancias brutas a amortizar su importe. Años duros de brava pelea fueron éstos, especialmente por su ansiedad de emanciparse de un acreedor nada propicio y por redondear su libertad, logrando cancelar su deuda a los dos años de iniciarse en el negocio.

         El negocio era potencialmente una mina, por la calidad de las manufacturas que representaba; pero en manos hábiles, con inteligencia ágil y con vinculaciones útiles. Por lo demás, no era más que dos piezas antiguas y cuatro empleados lánguidos, en la calle Pte. Franco Nº 281.

         A través de don Manuel Ferreira, le fue posible al gobierno paraguayo durante la guerra del chaco armar a nuestros abnegados soldaditos de carabinas, ametralladoras y proyectiles de categoría, a un costo inferior al armamento contratado, con ejemplar honestidad, en tiempo de los cívicos. Las cuentas de este material de guerra, tan ventajosamente adquirido y que fue tan capital en la victoria bélica, fueron terminadas de pagar y en su mayor parte a fines de 1936 y comienzos de 1937.

         Estos fueron los años de apogeo de la joven firma, en su equivalencia al crecimiento humano hasta la juventud. Las representaciones de Westinghouse, de los productos químicos Duperial y de Thyssen la Metal, especialmente, sirvieron de puntales básicos a su excepcional progreso.

         Miembro de la Junta de Abastecimiento en la alarma de 1928, y de la de Aprovisionamiento durante la contienda del chaco, el señor Ferreira fue uno de los pocos, si no el único, en rendir cuentas de su actuación al Ministerio de Hacienda.

         Si bien don Manuel Ferreira acredita el éxito a su lema de "Honradez, previsión y vinculaciones", la suerte no ha dejado de acompañar sus pasos, y si bien la suerte no es gratuita, sino réplica trascendental de méritos, así fueren ocultos. La propiedad que en ese entonces adquirió y donde está ubicada la S. A. C. Manuel Ferreira, es otro ejemplo de esa buena suerte. Para pagar su importe realmente irrisorio de 10.000 pesos argentinos, consiguió en préstamos esta suma; la vendió y en plazo cuando el cambio estaba al 900, y cuando la cotización de la moneda bajó de nuevo al 700, volvió a comprar los 10.000 pesos argentinos y pagó la propiedad, ganando así de entrada 200.000 pesos de curso legal, es decir 2.000 guaraníes.

         Es cierto que el caserón allí existente no valía gran cosa; pero el terreno y su ubicación: media manzana al lado del correo; a media cuadra del Teatro Municipal y frente a la Escuela Militar y a la plaza de Armas, adquirió por siete mil guaraníes... El magnífico edificio fue construido en cuatro etapas, con intervalo de de dos años, aproximadamente, cada una, comenzando por Benjamín Constant, apenas con cimientos, siguiéndose la parte del lado de Correos y Telégrafos, y luego, la sección sobre 14 de Mayo, para terminar lo más costoso, sobre Buenos Aires, no sólo por constar allí de dos pisos en parte, sino por las corrientes de agua del subsuelo, llevándose a cabo las sucesivas construcciones con créditos logrados en el exterior, lo que habla bien claro y bien alto de la solvencia internacional de la firma.

         Mientras tanto, el señor Ferreira se había lanzado a una nueva empresa, sin relación con sus actividades comerciales: la ganadería. Ya en 1921, con créditos pendientes del Banco de España y Paraguay, había comprado en Yuty tres cuartos de legua de campos con 421 vacunos y 55 yeguarizos, en sociedad con don Guillermo Vohs, aquel que fue su formador y jefe en la Ferretería Universal durante largos años y a quien tuvo de gerente de la S. A. C. Manuel Ferreira más de un lustro, como prueba de reconocimiento, amistad y confianza, hasta que el señor Vohs, se auto declaró jubilado para descansar el resto de sus días en la patria. Luego, la firma tuvo el control de la estancia La Perla S. A. Y para agrandar el primitivo establecimiento, se compraron dos leguas más de campo lindantes y se adquirieron de la frontera norte 1.600 vacas zebú. Hecha esta última operación a crédito, se la canceló con la venta de las vacas, luego de ser madres, quedándose don Manuel con los terneros, no sólo de ganancia neta, sino como plantel de una hacienda más seleccionada, más racional y más fructífera.

         Porque la experiencia viene demostrando que el zebú es la raza ideal para el clima paraguayo, por su resistencia al calor y a la sed, y por ser inmune a los parásitos que afligen al vacuno y a las enfermedades que lo diezman. A esta misma conclusión - adelantada por el señor Ferreira - están llegando los ensayos del Stica por aclimatar animales más aristocráticos en la tierra guaraní. Las 28.000 hectáreas actuales, de Manuel Ferreira en Caazapá, Maciel, Sosa, Yegros y Yuty, contienen más de 10.000 cabezas, en su mayoría zebú. Sus estancias La Perla, María Stela y Santa Florencia, son seguramente únicas en el país, por su régimen científico de explotación y no sólo por los 300.000 guaraníes invertidos en construcciones, sólo en Sosa, y eso que todavía no se ha edificado para mansión de los patrones. En la primera exposición ganadera en el Paraguay, los productos vivos de estas estancias se llevaron siete copas.

         Pero al señor Ferreira aun le sobran tiempo, energías y optimismo, para cultivar la agricultura: en Yuty tiene 200 hectáreas de arroz y se prepara a plantar en Sosa 10.000 cafetos del sobresaliente café de Costa Rica, habiendo adquirida últimamente maquinarias y herramientas agrícolas por valor de 60.000 dólares. Y antes de ahora, también ensayó el obraje en Arecutacuá, introduciendo entonces por primera vez el uso de camiones en la conducción de los productos forestales. Y entre sus iniciativas y actividades, asimismo se cuenta la fundación de la Sociedad Anónima dé Inmuebles, cuya presidencia ejerce.

         Toda esta multiplicación de esfuerzos y de capital no le ha impedido al señor Ferreira poner la sociedad anónima que lleva su nombre - y que así la bautizó, no por vanidad, sino por confianza en sí mismo y en el país y por su amor a las responsabilidades - a la vanguardia del comercio paraguayo, por el volumen de sus operaciones, por su organización modelo y por el ambiente familiar y el adelantamiento a la legislación social que impera en esa casa, cuyo personal se siente así identificado con la firma. Esta se fundó con un capital inicial de 50.000 guaraníes, y hoy su capital social asciende a 2.500.000 de guaraníes. Sus 140 empleados están distribuidos; en 12 secciones. Y sus vinculaciones abarcan medio mundo, mediante las 184 representaciones que en el país tiene la casa, cuyas operaciones con el Japón han alcanzado un impresionante bulto, figurando además a la cabeza de los compradores de Norte América en el Paraguay.

         En su vida comercial, lo mismo que en la privada, don Manuel Ferreira es de los que obran apelando a las excelencias de la naturaleza humana, en vez de acercarse y entenderse a través de los aspectos menos nobles de ella. Pescador de jerarquía, cuenta también con los diversos elementos de todos los deportes, para agasajar con la satisfacción de esas debilidades inocentes a sus huéspedes y amigos, dentro siempre de un marco señorial. Sólo en materiales de pesca tiene aparejos, por valor de cinco mil argentinos, aparte de su yath "Curupí", acaso el más veloz del río de la Plata y afluentes. Y polo, y caza, y equitación, etc. Pero la pesca es su deporte favorito y adonde en su gran mayoría se evaden los hombres de negocios como oasis de sus preocupaciones y problemas. Y pescando, el señor Ferreira se ha "pescado" los más gordos negocios, mientras pescaba un dorado campeón.

         Hombre de mentalidad flexible, se ha sabido adaptar a los fenómenos sociales y económicos que están revolucionando el mundo, también de los negocios. Y así como ha traído aceite de Ceylán en trueque de tabaco negro en trenza para mascar, así también se anticipó en las relaciones con su personal a las conquistas legales de los asalariados. Devoto de la buena música, lo mismo goza con la música nativa, como de todo lo que encarna, simboliza, representa o enaltece a la patria, como su colección de fotografías de la guerra chaqueña, seguramente la mejor y más completa.

         Formando parte de una delegación oficial, invitada y costeada por el Sol Naciente, el señor Ferreira fue al Japón en 1940 en representación de la Cámara y Bolsa de Comercio de Asunción. Acompañado de su esposa, el primogénito y su hija soltera, el señor Ferreira fue portador de delicados obsequios de ñandutí y otros de la misma exquisitez a la emperatriz y otras damas de la nobleza y del gobierno de Tokio, así como de un riquísimo muestrario de los productos paraguayos de más viable colocación en el mercado japonés. La segunda guerra mundial pronto extendida al Pacífico, no permitió que esta misión diese los fecundos frutos para nuestra economía que cabía esperar de ella, lográndose únicamente vender 800.000 kilos de algodón paraguayo a la industria japonesa y denunciándose el tratado de comercio entre los dos países, con miras a concertar uno más conveniente para nuestra exportación, ya que el Japón era un vendedor principal del Paraguay, pero no era comprador; y esta ausencia de reciprocidad desequilibraba nuestra balanza internacional de pagos.

         En 1947 el señor Ferreira realizó un más largo y descansado viaje de un año por el mundo, recorriendo en automóvil toda Italia, Suiza, Francia y España, y pasando a Londres, siempre en tren de robustecer y renovar sus relaciones en servicio del país y de la firma, yendo a pasar seis meses en el estado norteamericano de Texas para estudiar en un clima igual al nuestro el problema ganadero.

         Y aquí está con sus sesenta años, que parecen a lo más cincuenta, con su sonrisa cordial de siempre, con sus vivaces ojos escrutando acogedores tras los anteojos, con su movilidad de azogue, no obstante la gordura reforzada en el abdomen, con la mente abierta al cambiante espectáculo del mundo, sin darse ni remotamente por exhausto o fatigado, sin cesar ansioso por abrir y recorrer nuevos caminos, pero con un criterio fundamentalmente realista y sobre todo con un profundo sentido humano de la vida. El, que no conoció más que el triunfo y la felicidad, lo mismo en el mundo de los negocios como en su vida íntima, que no dio hospedaje en su alma al desaliento y menos aun a la desesperación, tiene, en cambio, en compensación, una angustia patriótica perenne, como una fiebre intermitente, al ver que el Paraguay no da los saltos extraordinarios y posibles hacia la prosperidad general, que dio él en su carrera comercial... la todopoderosa y desdeñada fuerza hidráulica, la potencialidad minera arrinconada, abandonados al azar los filones plurales del turismo, despilfarrada nuestra sin par riqueza en maderas duras, nuestra producción agrícola sin plan, nuestras posibilidades industriales en estado crónico de larva; este oasis integral de nuestra tierra y con un pueblo admirable; en fin, lo mucho por hacer y lo muy poco que se ha hecho. Pero como no ha tenido ambición ni vocación política, ni más filiación que su nacionalidad, ni más ideología que el cristianismo, reduce su acción a la esfera en que es doctor, con las naturales ramificaciones de su solidaridad social.

         No en balde la astrología asigna a los nacidos bajo la influencia de Mercurio, el planeta hirviendo, el doctorado en comercio, diplomacia y otras análogas latencias. Don Manuel Ferreira es un caso típico: como buen hombre de negocios, es también un diplomático. De ahí que siendo amigo y servidor de todos, no se haya embanderado en ningún partido; y su documentación y su opinión ha puesto invariablemente al servicio del país, representado por cualquier gobierno que haya requerido sus servicios. Así también ha sabido tender su mano generosa a los compatriotas en las malas, fueren del color político que fueren; como lo recuerda esta vieja esquela, amarilla de tiempo y todavía tibia de emoción: "Enrique Solano López, por sí y sus compañeros de emigración, saluda afectuosamente, a su distinguido amigo al señor Manuel Ferreira, y le agradece su obsequio, que ha sido distribuido en los diferentes campamentos. Clorinda, Lunes 7 de junio de 1915".

         Porque hay que saber que esté ricachón - como lo llamaría la demagogia extremista - heredó de su madre el santo vicio de la filantropía, según lo señaló públicamente la más alta voz de nuestra iglesia, y ha prestado su adhesión positivísima a las obras sociales de su esposa. Con efecto, doña María Sosa de Ferreira, fundadora que fue del Hospital de Caridad, hoy Hospital de Clínicas, destinaba parte de sus rentas a socorrer al prójimo, a cuya asistencia efectiva se entregó profesionalmente y en silencio. Y doña Florinda Caballero de Ferreira, por su parte, rellena sus ocios en la preparación de ropas para los pobres, pues ya es tradición en esta familia desde hace más de diez años, vestir a los niños de unas doscientas familias en la vecindad de sus estancias, donde además es práctica carnear al pobrerío circundante. Y durante los tres años de la guerra con Bolivia, a más de integrar la señora de Ferreira la Comisión de Damas que atendía el Hospital N° 5, fue atendida en todas sus necesidades la población menesterosa cercana a los establecimientos ganaderos de Ferreira. Y ahora, don Manuel Ferreira se afana por redondear medio millón de guaraníes de sus utilidades mercantiles para dejar una fundación social de utilidad y servicios públicos permanentes, con el reverenciado nombre de su madre.

         Como en la filosofía de Goethe, el señor Ferreira parece no querer llegar, como sintiendo que la felicidad consiste cabalmente en no llegar. Si fuese no más por la riqueza, en más de una ocasión habría podido retirarse del trabajo. No es tampoco en él, ni mucho menos, el delirio morboso de amontonar dinero porque sí, por el dinero en sí. Ni es siquiera por la especie de voluptuosidad, como un deporte en grande, de la lucha comercial. Quizás él mismo no lo sepa; pero en el hondón de esta febrilidad por no sentarse a descansar en la orgullosa y plácida contemplación del empinado, dificultoso y vencido camino recorrido, debe haber esa convicción de los subterráneos del ser, de que la felicidad no está en la meta, sino en no alcanzarla nunca, siempre trasladada más lejos, más arriba, más inaccesible.

 

 

 

LA VENCEDORA S. A.

 

         Podrá decirse muy juiciosamente que el fumar es un mal vicio. Pero ya la sabiduría antigua nos advierte que no son precisamente los mejores de nosotros los deslastrados de pequeños vicios. Y las estadísticas y los últimos estudios médicos concluyen que el posible mal causado a la salud por el tabaco no en forma fatal o sistemático, ni es siquiera de rigurosidad científica y es sobradamente compensado por el bien, por la satisfacción y por la euforia que produce al fumador, aun siendo enfermo y estarle contraindicado el tabaco. Y al fin y al cabo, no es el objeto de estas páginas denigrar o exaltar la fabricación del azulado humo en las bocas: esas gráciles virutas que acompañan el vagabundeo de la imaginación para asir la imagen o la idea, que ayudan a concretar el pensamiento, que endulzan la tristeza y desatan más alas a la alegría; volutas hoy más perfumadas y elegantes porque van ganando bocas de mujer, cuyos labios marcan las colillas con la huella de un beso rojo, como haciendo sangrar un corazón.

         La gente que va para vieja, y la anclada en la vejez aun más, no deja de cosquillear ásperamente a todo joven con la amarga cantinela de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Esto que puede ser despechada verdad para los viejos, desde su egoísmo personal, no es más que una quejumbre de derrota: la vida, por definición, va hacia adelante, y la ininterrumpida evolución del mundo es ininterrumpida mejoría, aunque a ratos parezca que la humanidad se retroceda. Entre la multitud de ejemplos, basta tomar el tan modesto del tabaco, el tabaco cuyo placer no es perfecto únicamente porque no es pecado y que nunca es más intenso como cuando lo condimentan la prohibición y el castigo.

         Pues la antigüedad no conoció el tabaco, y su cacareada felicidad sufría entonces de ese déficit. Es cierto que en América se consumía tabaco antes del descubrimiento; pero no del modo cada vez más refinado que la industria nos va brindando, como consumía papas, pero no en purés ni fritas, como consumía chocolate, aunque aderezado con ajíes y demás incongruencias, como consumía algodón, pero no para vestirse muy decentemente que digamos. El tabaco, en fin, es un accesorio relativamente nuevo de la vida, una superfluidad más necesaria; casi para la mayoría de la población del globo que muchos artículos de primera necesidad, como la leche, el azúcar o la carne.

         Por otra parte, los pueblos que no fuman tabaco, emplean sucedáneos más funestos o antihigiénicos, masticando otras hojas excitantes. Y en cuanto a la culminación de sacarle humo al tabaco, siempre es preferible, desde el punto de vista, sea de la salubridad o de la estética, al inicial sorber rapé, aunque este taponarse las fosas nasales con polvo de tabaco hubiese hecho las delicias de la nariz napoleónica, ya que el rapé fue una de las pocas debilidades que se permitió el gran corso.

         El pueblo paraguayo, por lo tanto, es eminentemente fumador, con la característica de que el tabaco no es un privilegio masculino, sino que también el sexo débil lo detenta, acaso porque aquí es mucho menos débil su fortaleza siempre superior a la del hombre: si no es un "poí" o un "poguasú" humeando a tirones mareantes, es la doble consolación del "naco", la no distraedora masticación del tabaco trenzado o retorcido, que engaña por igual las ganas de fumar y las ganas de comer.

         Cupo a don Guillermo Alonso el mérito o la culpa - vaya uno a saberlo - de que el cigarrillo haya tomado carta de ciudadanía en estas tierras lánguidas y bravas, después de más de una docena de fábricas abiertas y cerradas. Porque en verdad antes que él las tentativas de imponer el cigarrillo fracasaron, inclusive la de unos cigarrillos con el papel amulatada en miel, con lo que dejaban de ser tabaco sin llegar a caramelo y que más servían para iniciar a la niñez en el así tergiversado delito de fumar.

         Pero don Guillermo Alonso no sólo predicaba con el ejemplo, fumando cigarrillos al por mayor y haciendo fumar a sus obreros y empleados, sino que con la iluminación de su psicología comercial, le hizo un enmascarado camino de entrada al cigarrillo, lanzando e imponiendo sus famosos "filipinos", una transacción o un guión entre el cigarrillo y el cigarro, pues eran más que un cigarro, un cigarrito, más delgados que los de consumición entonces, y eran de hojas lavadas y no estaban siempre apagándose como los de fabricación casera. Por su mayor flojedad y por su presentación más atildada, era, pues, el "filipino", más que un cigarrito, un cigarrillote envuelto en sí mismo, el padre paraguayo, en fin, del cigarrillo de tabaco picado y forro de papel.

         Natural de Cádiz, había venido don Guillermo Alonso a "hacer la América", estableciéndose en Avellaneda, en la provincia argentina de Buenos Aires, y dedicándose a su profesión de relojero. Pero ya el tabaco le estiraba, y juntamente con el tabaco el Paraguay, puesto que hacía periódicamente viajes a Asunción para comprar tabaco de la clásica casa de Dionisi; tabaco que vendía para Europa en suculentos contrabandos.

         Hasta que en 1894 se trasladó con su "Relojería Española" al Paraguay, instalándose en el local de donde no debía más moverse: el edificio de Palma esquina Alberdi, cuya escrituración original lleva la firma del mariscal Solano López. No tan mercantilizado todo aún en esa época, la casa de Guillermo Alonso importaba alhajas finas de Alemania y consagrados relojes suizos, a fin de proveer al exigente público local adinerado.

         Hombre emprendedor como era don Guillermo- no olvidemos que no en vano pertenecía a la raza que hizo literalmente la América que hoy es y cuya temeridad la hizo escapar o menudo de la historia para cabalgar desmelenada en la leyenda - no podía conformarse con una joyería y relojería, y detenerse allí, estáticamente, detrás de un mostrador, sino que tenía que hacerse, españolamente, de un "descubrimiento" y del apéndice fructífero de una "conquista" para establecer una "colonia": el descubrimiento de un cigarrillo que conquistase el paladar paraguayo con colonización de fumadores.

         Y español en todo, incluso en los aprestos, dio a la fábrica nacida frágilmente en noviembre de 1895, un nombre arrogante y promisor: La Vencedora, bautizando con el mismo espaldarazo, a sus primeros cigarrillos, cigarrillos que cada fumador tenía que acabar de armarlos con los dedos y el final retoque de la lengua, ya que la máquina inicial era una "Defouchez" que elaboraba a medias el producto, dejando a cargo terminal del operario doblarle las dos puntas para impedir que la picadura de tabaco desertase del forro individual sin goma.

         Como toda victoria llamada a perdurar, La Vencedora tuvo comienzos muy difíciles, venciendo a solas los obstáculos, sin ayuda ajena, sin apoyo pecuniario alguno, ni en su fundación ni en las muchas horas críticas de su ya larga existencia. Siempre en su reproducción de la España del descubrimiento en miniatura, el señor Alonso recurrió para irrumpir en nuestra vida con sus cigarrillos - y las tantas veces que se vio en aprietos - al empeño de la gruesa cadena de oro que le cruzaba el abdomen y del gran reloj de oro en que remataba, como un balde de las horas, alojado en el pozo del chaleco. Hasta en los períodos oficialmente de esplendor de La Vencedora, este reloj y su cadena siguieron yendo al Montepío, recorriendo el familiar camino, después ya de la mano de un popular muchacho: César Gallasso, quien a cambio de la prenda tenía que traer los pesos para pagarse un sábado al personal de la fábrica, o para comprarse tabaco. Tiempos duros de toda iniciación, y como toda dureza superada, tiempos también heroicos.

         Con máquinas más perfeccionadas y un público cada vez menos arisco, La Vencedora fue lanzando nuevas marcas y productos mejor elaborados y más técnicamente acabados: el cigarrillo Alfonso XIII, veterano y campeón, cuyo nombre herrumbroso de anacronismo no puede archivarse por la predilección colectiva, lo mismo que el Reina Victoria, compañero de su éxito; el Máuser N°. 1, el Máuser N°. 2 y el Pistola, ya desaparecidos con la novedad de aquellas armas, pero que conocieron también años de gloria, como el 44 y Los Mejores.

         Porque el consumo del cigarrillo había venido desplazando al rotundo cigarro hogareño de la boca de los hombres, al menos en la capital entonces y en los círculos sociales. Un poco por snobismo y otro mucho por la perseverancia del fabricante, grandes y chicos se iban entregando en Asunción al cigarrillo. Por lo demás, don Guillermo Alonso había inventado otra táctica para aumentar la tentación del cigarrillo: el canje de las marquillas vacías por objetos de su Relojería Española, con la que asimismo lograba renovar el movimiento de ese su negocio. Con este hábil acicate de las premios, se redobló también la indirecta colaboración femenina a favor de la Vencedora, pues las perspectivas de hacerse de un anillo, de zarcillos o de una cadenilla reforzaban la política de alivianar las tareas de madres, esposas, hijas o hermanas en el diario y antipático liar cigarros. Tuvo, pues, por todo eso las características de una minúscula revolución económica y social la adopción del cigarrillo, ya que numerosos hogares pobres tuvieron que renunciar o sus entradas como productoras y vendedoras de cigarros.

         Al sólido y creciente éxito alcanzado en el país por La Vencedora se le sumó en 1910 una consagración de resonancia: el gran premio de honor en la exposición del centenario argentino al tabaco manufacturado por el señor Alonso. Este no era en rigor lo que llamamos un hombre de negocios, sino un español auténtico, amante de la buena vida, de un desorden olímpico y de una patriarcalidad antigua. Severo y paternal al mismo tiempo con sus ayudantes, generoso y sin control con sus amigos y amigas, todo él dio una simpática nota de color a la sesteante vida de Asunción en el ocaso y en la aurora de los siglos XIX y XX.

         La Vencedora ganaba, pues, todo el dinero, que podía gastar don Guillermo y para dar a los personajes de su amistad "en préstamo", como se descubrió a su muerte en la colección de documentos de todo color y tono, conservados sin segundas intenciones, tal vez como se guardan cartas de amor para rumiar agriamente en el atardecer de la existencia las mieles de la juventud, para escarbar con ellas las cenizas del recuerdo y deshinchar el alma de suspiros.

         "Enviciado" el público en el cigarrillo, los del señor Alonso no tenían en su juventud más competencia que la que les hacían los importadores, y la intervención fiscal, por otra parte, en un mundo todavía cómodo, era benevolente en los impuestos y en la vida económica y social. Fue en este período que adquirió en compra su ya clásico local La Vencedora en el centro por antonomasia de la capital, y otras propiedades que después quedaron al margen de la firma, por la dispersión y profusión de la generosidad de don Guillermo. Estas inversiones en inmuebles permitieron el descanso en la jubilación como "prendas" al reloj y a la cadena de oro reemplazándolos la hipoteca de los edificios, a fin de hacer frente a sus sucesivos compromisos de industrial y comerciante, porque este hombre tan trabajador y dispendioso, tan emprendedor y vinculado, jamás obtuvo un crédito en los bancos.

         A pesar de ser un español de pura cepa, o quizá por eso mismo, don Guillermo se sintió en el Paraguay como en su propia patria original. "Ver Cádiz y después morir" - decía, en traducción del refrán napolitano. Y así fue de regreso de su único viaje a España, murió en esta Asunción que tanto amó el 3 de enero de 1926, siguiéndole después, el mismo año, su hijo varón, el doctor Aurelio Alonso, a quien la muerte no dio tiempo a continuar la obra paterna.

         La sociedad fundada por don Guillermo -quien con su esplendidez ibérica, obsequió a sus principales empleados y obreros con sendas participaciones - fue perfeccionada en sociedad anónima en marzo 6 de 1929, con la aportación de capitalistas argentinos y la integración de un capital de 150.000 pesos oro. Actualmente, en la reciente reforma de sus estatutos, este capital social se ha redondeado en 3.000.000 de guaraníes y se han rescatado casi totalmente de manos extranjeras las acciones.

 

 

PIO MARCELINO POZZOLI

 

         Puede decirse que no fueron los que se llaman años prósperos los que siguieron inmediatamente al fallecimiento del señor Alonso y de su hijo porque éste no logró formar continuadores de su empresa, si bien tuvo la suerte de contar siempre con colaboradores de calidad de la contabilidad: don Jorge López Moreira, patriarca de los contadores paraguayos, don Antonio Lóuez Canals, figura integralmente preclara desaparecida pronto, y don Pío Marcelino Pozzoli, con treinta años de servicios en La Vencedora y actual miembro de su directorio con el cargo de gerente administrativo. El señor Pozzoli, contador público de larga y prestigiosa trayectoria, actuó en el foro y fue durante muchos años profesor de Aritmética Mercantil (Práctica de Escritorio) y de Caligrafía en la Escuela de Comercio "Jorge López Moreira", y es cofundador de varias compañías, como Boston S.A., Compañía Paraguaya de Construcciones S.A., El Comercio Paraguayo, S.A. de Seguros y otras ya extinguidas: La Vencedora Guillermo Alonso S.A.; Fariña y Viveros Ltda.; Eugenia y Juan Enciso, S. en C., Chenú y Cía. S. en C.; Abraham y Salomón, De los Ríos Hnos., Juan B. Fariña, etc., etc., habiendo sido además en su carrera profesional, contador de importantes firmas de la capital.

         Y si bien contó también con la fortuna de que aquel alborotador muchacho, César Galasso, llegase a ser el técnico Nº 1 aquí en la "liga" de las distintas clases de cigarrillos, a la muerte del fundador de La Vencedora, la fábrica habría podido compararse a un robusto cuadrado de cimientos esperando la grandiosa construcción que los justificase, porque carecía de una organización científica, de máquinas modernas y del oxígeno del crédito, para explotar el éxito, como se dice en la jerga militar, para materializar en frutos esta mina potencial, para ser lo que ha llegado a ser en estos veintitantos años últimos, bajo el comando de don Alfredo L. Jaeggli.

 

 

ALFREDO L. JAEGGLI

 

         Traído a la subgerencia de La Vencedora, con muy poco entusiasmo de su parte, pronto empezó a perfilarse en el señor Jaeggli el director que la firma reclamaba. Aunque la carrera bancaria parecía abrírsele llena de promesas, si bien desde su ángulo visual se le desnudaba de espejismos; aunque su temperamento y vocación juvenil, su preparación intelectual y la aristocracia de su espíritu, parecían llamarlo hacia destinos menos prácticos, aunque resistiéndose al comienzo, desde luego, en su interior, a hacerse "cigarrero"; aunque sin presentir, ni él seguramente, el hombre de negocios de alto vuelo que estaba madurando en sí, el señor Jaeggli dio a La Vencedora pujante vida nueva y se consagró como uno de los más relevantes líderes del mundo nacional de los negocios.

         Ya a los 14 años se había iniciado en la áspera lucha por la vida, trabajando como dactilógrafo en aquella empresa de Ramón Monte Domecq dedicado al filón jugoso y vanidoso de los álbums, algunas de cuyas páginas las tuvo que escribir Jaeggli, para que siquiera no tuviesen errores de ortografía.

         Dos años después, ingresó en el Banco de España y Paraguay, como dactilógrafo para castellano y francés... francés, que probablemente ya no escribe, aunque tal vez siga leyendo en su apetito de catador de exquisiteces. En el banco hizo rápida carrera: secretario de gerencia al llegar apenas a la mayoría de edad, contador general del banco a los 25 años, y sub-gerente cuando el banco entró en liquidación, porque la política de nuestro país, mezquinas siempre - en palabras de Jaeggli - no supo evitar la caída de los bancos, y con ella, el despilfarro, escamoteo y volatilización de los ahorros populares.

         Cuando sólo contaba 27 años, se la encomendó la gerencia de dicho banco, con bienes a liquidar por cerca de cien millones de pesos de la antigua moneda al 1876. No se hizo rico entonces - como más de un amigo, o compañero suyo de trabajo - con la liquidación del banco y la compensación de créditos por millones de pesos, porque especialmente a esa edad y cuando se tuvo el claro ejemplo de un padre austero, se tiene una noción antigua y muy severa de la honestidad. El joven Jaeggli se contentaba con ganar un gran sueldo y hacer una gran vida a los 27 años.

         Con los bolsillos vacíos y un hermoso certificado de trabajo, que acreditaba su honradez y su capacidad, consagrador de sus servicios en el Banco de España y Paraguay, pasó al Germánico, donde hizo de todo: cambios, caja, contabilidad, secretario de gerencia, ordenador del archivo de créditos, tesorero, etc.

         Pero no siendo alemán, no podía prosperar en un banco alemán, no obstante prometérsele, de entrada, hacerlo subgerente, porque la palabra alemana, sea en diplomacia, política, milicia o los negocios, siempre ha sido un poco amnésica, digamos.

         Reflexionando con cordura y antes de ser secado por el martilleo de los números, el señor Jaeggli llegó a la conclusión que así como estaba llegando a la treintena, llegaría también a los 70 años siendo siempre un "alto" empleado del banco y cada vez más pobre, porque las responsabilidades familiares vendrían a reducir virtualmente su sueldo.

         Bajo el peso de estas perspectivas, se decidió entonces a aceptar el ofrecimiento de La Vencedora, para hacerse cargo de la subgerencia, como concurriendo a la cita del destino, al encuentro de dos destinos: el de La Vencedora y el suyo personal. Desde entonces, hace ya 23 años, Jaeggli es prácticamente el "dictador" en una democracia, donde contó con colaboradores propicios para motorizar la empresa y darle cada vez mayor volumen y energía.

         Ya entregado a La Vencedora en cuerpo y alma, fue invirtiendo paulatinamente, en acciones de dicha sociedad, todos sus ingresos disponibles, como los excelentes beneficios que le dio Safec, sociedad por él fundada con un grupo de amigos, de compra-venta de tierras y casas, loteamientos, construcciones y financiaciones.

         Y enamorado de empresas de esta laya, más que por su aspecto social, fundó en 1945 el señor Jaeggli, asociado a otros capitalistas progresistas, la Compañía Paraguaya de Construcciones, en la creencia de que el banco del estado tendría interés en estimular la vivienda para obreros y empleados refinanciando una sociedad pro casa propia de la clase media, de capitales netamente paraguayos. Pero el banco no tenía la intención de resolver el problema social de la vivienda del empleado y del obrero, problema más candente a medida que los alquileres suben y aumenta la población de la capital.

         El nombre del señor Jaeggli se halla ligado a otras empresas de diferente índole fundadas por sus inquietudes de progreso, como Boston S.A. de importación, exportación y representaciones, con capitales paraguayos y extranjeros, en 1951; también en ese año organizó una explotación de bosques con el montaje de dos aserraderos; en 1945, "Itapucumí" S.A., fábrica de cal en el Alto Paraguay, y otra empresa para la explotación de canteras y fabricación de tejas y ladrillos; en 1948, "El Comercio Paraguayo", compañía de seguros también con capitales paraguayos, aparte de las ramificaciones de sus negocios en el exterior.

         Hombre esencialmente de negocios, este caballero no puede hacer un viaje, así sea de placer o de descanso, que no se le convierta, en el viaje, en viaje de negocios. A este propósito narraban unos amigos intelectuales suyos - a quienes había invitado a visitar ciertas reliquias jesuíticas sabidas por él en una vieja iglesia de un pueblecito al margen de las rutas pisoteadas por el turismo y el tránsito común - que ya en el viaje en coche el señor Jaeggli iba descubriendo y señalando algunas tierras ricas en caolín u otros minerales. Y mientras se preparaba el asado del almuerzo en una fonda, el hombre se había lanzado en averiguaciones y en la búsqueda de semillas de un cocotero enano y de frutos mucho mayores que los corrientes, de cuya existencia en aquel lugar o cercanías se había informado, viendo en el cultivo y multiplicación del arrinconado cocotero las grandes ventajas populares e industriales de un coco de más pulpa y pepita, carozo y pericarpio, y que además puede bajarse a mano de los árboles.

         A pesar de no haber podido seguir estudios superiores, ni siquiera terminar el bachillerato, habiéndose obligado a hacer de noche, molido de cansancio, entre somnoliento y hambreado, los cursos del ciclo comercial, el señor Jaeggli no ha descuidado alimentar su natural talento, leyendo diariamente, aunque sea un poco, sociología, historia y economía sobre todo, aparte de las informaciones periodísticas; el largo y creciente millar de volúmenes de su selecta biblioteca contiene desde libros corrientes de derecho hasta los actuales semi sicalípticos que se leen para pasar el rato o como laxantes de la mente. Pero el señor Jaeggli, moderno ciento por ciento, no pasa a los clásicos, que le parecen soberanamente aburridos para esta época del B. 29, lo mismo que a la pesada música alemana, ni tampoco es un fanático del cine, por su demasiado infantilidad, con la excepción de algunas nobles creaciones, infantilidad no disculpable por los recursos técnicos, económicos y escénicos de la cinematografía, recursos vedados al teatro, el cual conserva, a pesar de todo, el cetro, como calidad estética y al mismo tiempo ética, en este género de las bellas artes. Dueño de una admirable claridad mental, esencialmente francesa - herencia biológica paterna, lo mismo que una fortaleza vasca, física y anímica - con una cultura general al día y el alma abierta a todos los mensajes del espíritu del siglo, captando sus antenas los latinos de esta tierra, de su tradición y de su futuro, Jaeggli posee también una bien cortada pluma de escritor (lo que a él entre paréntesis lo incomoda mucho, por juzgarlo incompatible con la seriedad de los negocios, como si la imaginación fuese un estorbo y el peso de las alas hiciese perder pie en la realidad), como ha podido verse en los raros artículos y charlas y en su copiosa y original correspondencia.

         Amigo de poetas, músicos y pintores, sin llegar a ser mecenas en el sentido clásico, humillante del vocablo, más de un artista paraguayo sabe que en Jaeggli tiene un compañero. Su casa de Asunción y su "castillo" de la cordillera han sido siempre centro de reuniones y fiestas intelectuales y folklóricas. De un sólido equilibrio íntimo, odia los extremos en todas las manifestaciones del espíritu, plantándose en el centro en poesía, música y pintura, y cristiano nada más en sus convicciones ideológicas, devoto de la igualdad de todos los seres humanos, de cualquier color y latitud geográfica, económica y social. Demócrata rotundo, no ha vacilado en arriesgar su posición en definiciones categóricas, declarándose acérrimo enemigo, en lo nacional y en lo internacional, de todo gobierno personal, sea de la derecha o de la izquierda, en su fe en la democracia, por tener de base la tolerancia entre las elites y la cultura de las masas. Con plena confianza en nuestra patria, en sus posibilidades poco menos que ilimitadas de ser una de las naciones más civilizadas y más prósperas, con esperanzas en las nuevas generaciones, que superen a sus predecesoras, no se ha embanderado en ningún partido político por conceptuar que no se ha demostrado poseer suficiente patriotismo, ni desinterés, ni espíritu de progreso, y que se han perdido lamentablemente el tiempo y las oportunidades en querellas de personas, olvidándose a la nación y sacrificándose a este noble pueblo digno de mejor suerte.

         Pero es hora de que anotemos que desde la incorporación del señor Jaeggli a la dirección de La Vencedora, desde esa época, en realidad, datan el vuelo y el vigor que va alcanzando La Vencedora en la economía paraguaya, incluso en sus empeños por devolver a la producción local de tabaco su antigua categoría y por aclimatar en el país nuevas especies de tabaco que nos liberen del drenaje monetario en la importación de indispensables tipos de tabaco, y porque se cree algún Instituto del Tabaco que guíe y defienda al plantador.

         Desde esa época también se inicia en La Vencedora el obsequio a sus favorecedores de máquinas de coser, aparatos radiotelefónicos, automóviles, etc., y desde 1943, de la cesión, en concursos de premios anuales, de setenta lotes de terreno en la capital, 15 de ellos con edificación de coquetos chalets tipo californiano.

         Y finalmente, anticipándose a la legislación social, igualmente en esa época La Vencedora incluye en sus estatutos sociales una participación legal y justa del personal en los beneficios de la empresa, habiéndole correspondido así, en el último ejercicio comercial, la suma de 22.960 guaraníes al fondo de gratificaciones a obreros y empleados, aparte de los 15.873.04 guaraníes en concepto de aguinaldos. Además de los viejos servidores jubilados por la firma, o recompensados en alguna forma extraordinaria, la mayoría de ellos cuentan con viviendas de su propiedad, obsequiadas por La Vencedora a los más antiguos, o financiada la compra con grandes facilidades por la misma.

         No resistimos al deseo de trascribir del ilustrativo álbum editado por La Vencedora en 1945, con motivo del cincuentenario de su fundación, los párrafos finales del capítulo dedicado a la atención del obrero y del empleado, después de demostrar con sencillez y claridad que "antes que la ley contemplara los casos de enfermedad y gravidez, de dolencia contagiosa y de ancianidad, nosotros teníamos resuelto estos problemas con naturalidad y como casos de conciencia":

         "Nuestro directorio tiene igualmente en realización la construcción de un barrio para empleados, habiendo adquirido, para esta finalidad, una manzana de terreno en Ciudad Nueva, a pocas cuadras de las principales avenidas de la capital, en un lugar que no titubeamos en llamar el más alto, aireado y pintoresco de Asunción".

         "Allí muy pronto se levantarán sencillas y confortables viviendas para nuestros obreros y empleados, que serán vendidas a éstos en cómodos y amplios plazos de pago.

         "Nuestra Fábrica de Cigarrillos cuenta hoy con modernos baños para mujeres y hombres, y un comedor limpio; extractores de aire y ventiladores; roperos para ambos sexos y bebedores higiénicos.

         "Salvo una huelga de pocos días ocurrida en momentos verdaderamente caóticos para la vida obrera del país, nunca tuvimos, en cincuenta años, conflictos con nuestros obreros.

         "Las diferencias se discuten y resuelven en sesión plenaria, entre el Directorio y los Delegados Obreros de ambos sexos, en libre exposición, con igual libertad e idénticos derechos. Y estamos muy satisfechos con este democrático y armonizador sistema.

         "Agradecemos a nuestros obreros, en esta hora, tanto por la dignidad y decencia que saben poner en sus deliberaciones cuanto por el esfuerzo creador de su inteligencia y de sus músculos.

         "Y hacemos, público nuestro credo de que el problema social sólo tendrá solución perdurable mediante la cultura y lo comprensión de sus reales intereses por parte del obrero, conjugado con el altruismo y el espíritu cristiano de los patrones".

         Tan adentrada está La Vencedora en la vida paraguaya, que la poesía en castellano y guaraní y la música nativa han cantado sus productos. La Vencedora, por su parte, nunca ajena a las inquietudes y entusiasmos colectivos, ha colaborado siempre en forma positiva en toda obra cultural o deportiva, social o filantrópica que haya requerido el concurso público, distinguiéndose especialmente en sus contribuciones al deporte, ya con la institución de copas, ya con la directa construcción en canchas, como las del Nacional F. B. C. y del Deportivo Recoleta.

         De la cifra que es La Vencedora en la economía nacional, da una idea, la más gráfica, el hecho de que seguramente es el contribuyente individual más fuerte del estado paraguayo, como que en el reciente ejercicio de 1949, por ejemplo, su aporte a las rentas fiscales fue de G. 3.353.629.34. De ahí asimismo se deduce que, sin riesgo alguno y sin ningún esfuerzo, el estado es prácticamente el principal accionista de esta empresa en la obtención de utilidades, ya que bastante más del 50 % de la producción de la fábrica ingresa en el tesoro público, haya beneficios o no haya en la elaboración y venta de cigarrillos, pues el cobro del monto mayor de los impuestos es previo.

 

 

CESAR V. GALASSO

 

         Pero si en la dirección de la empresa, La Vencedora ha encontrado el hombre que debía darle tal volumen, fortaleza y ritmo - el hombre que ha debido sacrificar sus posibilidades de orden superior, por lo desinteresadas, para convertirse en uno de los primeros hombres de negocios paraguayos, contentándose con poner en su vivir arte y talento - este éxito no habría sido tan feliz si en los "laboratorios" de la fábrica no hubiese estado el conocedor, preparador y mezclador de tabaco por excelencia: don César V. Galasso.

         Chiquillo aún - y por cierto uno de los más terribles que recuerdan escuelas y colegios, canchas y mítines de Asunción - Galasso ingresó en La Vencedora en reemplazo del ordenanza muerto frente al negocio, en la esquina Alberdi y Palma, en una de las tantas "revoluciones" con que hemos entorpecido y complicado la reconstrucción de la república: el 2 de julio de 1908.

         No sólo por sus cortos años, sino por la infantilidad entonces de la empresa, Galasso hizo de todo en ella, hasta iniciándose de relojero, despachante de aduana luego de la casa y al final cajero, para culminar ahora como miembro del directorio de la sociedad anónima, gerente industrial y uno de sus más respetables accionistas, además de ser el especialista en lo oscuridad fecunda de la fábrica, por cuyos servicios La Vencedora lo premió con medalla de oro, juntamente con el obrero, Hermenegildo López y la obrera Marta González, a quienes les rindió un homenaje en un gran festival llevado a cabo en la Casa Argentina en 1945, por sus 37, 44 y 42 años, respectivamente, entonces, de consagración a sus tareas en la fábrica.

         De un dinamismo inagotable y múltiple, el señor Galasso ha sido fundador del "Guaraní", el popular y viejo club hoy de nuevo campeón de fútbol de primera división, y miembro de la C. D. del Mbiguá durante 20 años, lo que le ha valido, por los servicios prestados a la descollante entidad náutica, figurar, entre los socios de honor. También mereció allí la medalla de oro del premio a la abnegación, por salvar a una niña que se ahogaba, además de premios en natación y remo.

         Como buen argentino que es Galasso, ha amado al Paraguay en la forma eficaz de serle útil, amén de la prueba de predilección, más decisiva, eligiendo a una encantadora niña de nuestra sociedad para formar su hogar paraguayo: la señorita María Gustale, de cuya unión han nacido César, doctor en química y María Gilda, profesora de piano. En esta su calidad de ciudadano argentino, también el señor Galasso ha vinculado su nombre a la vida paraguaya como fundador de la Casa Argentina; y en los años de prueba de la guerra con Bolivia, fue el delegado de la colectividad argentina en la histórica Legión Civil Extranjera, organismo que acompañó al Paraguay con la adhesión y la solidaridad activas y preciosas de todos los extranjeros radicados en el país, durante toda la contiendo del Chaco.

         Para completar esta reseña, comparemos algunas cifras de 1930 con las correspondientes de 1949 para apreciar mejor el salto en el progreso que ha dado La Vencedora en los últimas años desde la muerte de su fundador.

 

 

 

 

 

EL SOL

 

         Saturados de comodidades los de esta edad, nosotros que por poco no nos rascamos mecánicamente, concebimos con dificultad la falta de fósforos, máxime en una época aun sin el milagro de la luz eléctrica, teniendo que encender cada día, o mejor dicho, cada noche, lámparas y velas o los picos de gas en las casas señoronas con su sistema arterial de cañerías, para derretir la obscuridad siquiera en torno a la mesa familiar a la hora de la cena, o a la cabeza del lecho para prolongar con la lectura la vida consciente, o velar a un deudo enfermo, o para mentir alguna claridad robada a la penumbra en las veladas con vértigos de bailes, o de recogimiento en la propia intimidad, o de expansión de identidad con todo, al embrujó del arte en las funciones de teatro... ya que los monólogos con Dios en los copiosos rezos y en los diálogos de amor nunca han precisado más luz que la interior.

         Es claro que en el Paraguay se había superado la era de la yesca, ese anticipo infantil del encendedor automático, y se gastaban fósforos, naturalmente que en las clases acomodadas, y fósforos importados, naturalmente. La gente pobre, de seguro, mantendría perennemente el fogón mimetizado bajo un flojo agobio de ceniza para reencenderlo bajo las demagógicas y ventrudas ollas cada vez que había algo que echar en ellas, y para musitar la luz en los sucios velones humeantes a la entrada de la noche.

         Pero el fósforo importado no podía ser barato ni abundante, y era más un artículo de lujo, no obstante ser de primera necesidad. En el logro de nuestro jadeante y pálido progreso tenía que plantarse ese mojón: una fábrica de fósforos, también un poco por dignificación nacional, para emanciparnos, o creer emanciparnos, del dominio extranjero aunque sea en la provisión al público de las cerillas o palillos de explosiva cabeza contagiosa del portento de la luz. Así fue cómo nació la primera, y hasta ayer única, fábrica nacional de fósforos, bajo el nombre cósmico de "El Sol", en 1894, por el quijotismo de los señores Atilio Peña, Serapio Machaín y Gerardo Ruso, y bajo el lejano padrinazgo de don Juan Gaona (h), hasta hoy llamado Juancito Gaona, a pesar de que el ilustre padre falleció hace rato y él ha traspuesto ya la edad madura.

         Y si bien este caballero no forma parte oficialmente de la firma, ya que pronunciamos su nombre en el umbral de este capítulo, no es justo dejar de detenerse ante un compatriota que ha sabido servir y honrar a nuestra patria fuera del país, ya como representante consular en el Argentina, o ya sencillamente triunfando como hombre de negocios, hasta llegar a gerente general, presidente y accionista principal del "43", la poderosa fábrica argentina de cigarrillos que en publicidad, únicamente, gastaba más al año que el estado paraguayo en instrucción pública, justicia y culto. Por otra parte, don Juan B. Gaona no sólo ha sido el protector profesional de todo paraguayo caído en Buenos Aires sino que en la dramática hora de prueba del conflicto bélico en el Chaco, consiguió, con su sola firma, un préstamo de cuatro millones de pesos argentinos del Banco de la Nación, para las vitales y supremas exigencias de la guerra.

         Pronunciadas estas rápidas palabras de justicia, anotemos que la fábrica de fósforos "El Sol" ya sé instaló al nacer en el solar que hasta hoy ocupa: en 6a. Proyectada entre Independencia Nacional y 25 de Noviembre. Cuando se fundó la fábrica, hace 56 años, aquel barrio parecía estar en las antípodas, donde el diablo perdió el poncho, y se llegaba a él venciendo rubios arenales y hondas zanjas en cuyas gargantas rojas discurrían sutiles arroyuelos que engordaban los raudales de las lluvias, y atravesando bosquecillos y malezales. Es cierto que hubo un tiempo, también lejano ya como todo lo pasado, en que un heroico tranvía de mulitas, de mulitas más heróicas todavía, llegando a Tacumbú, bordeaba la misteriosa fábrica donde se multiplicaba al menudeo numeroso la proeza de Prometeo.

         Es fácil de imaginar cómo serían de detonantes y agresivos los primeros fósforos; pero la cuestión, lo capital, es que el Paraguay ya producía los fósforos que consumía su población para encender fuegos, luces y cigarros, beneficiándose con ello más que a nadie el pobrerío, no sólo por descubrírsele una nueva técnica y un nuevo medio de ganar la vida, sino porque ya en los hogares urbanos y rurales de los pobres no era más indispensable conservar, parpadeante, el tizón de la cocina, pues se tenía el sintético y dormido depósito de luz en las casitas con sus cien palitos mágicos.

         Aunque la múltiple personalidad de Atilio Peña - escritor, marinó, diplomático, orador de estirpe y por sobre todo un caballero con señorío exquisito y un patriota que prefirió colgar su elegante uniforme de oficial de marina antes que embadurnarlo en nuestras luchas fratricidas - solo de dedicarse deportivamente a la fábrica, fue sin embargo, un a modo de director espiritual y el que le inyectó su sentido filantrópico, aplicando allí su filosofía silenciosa y positiva de justicia social.

         Porque El Sol, mucho antes de acudirse dondequiera a presuntas panaceas que enconan o recomiendan las contradicciones de la sociedad en su régimen económico, se ha acudido a un preventivo, si no el más eficaz, al menos de mayor calor humano, considerándose prácticamente a todos los que trabajan en la fábrica como miembros de una sola gran familia.

         Con efecto, no tan sólo sirve al mediodía la fábrica un substancioso y abundante almuerzo al personal, y lo provee, una vez al año, de ropa de cama y de vestir - aparte de asistencia médica gratuita y de préstamos que oscilan mensualmente alrededor de 5.000 guaraníes, para sus menudas necesidades imprevistas - sino que a todo obrero o empleado con diez años de trabajo, le construye y obsequia una vivienda propia, acercándose actualmente al centenar los así premiados.

         Esta obra social semi privada - así como la construcción del Hospital del Barrio Obrero y de los dos pabellones de la escuela General Díaz, propiciados y financiados en gran parte por El Sol - ha sido realizada esencialmente por manos del que fue gerente de la fábrica desde 1923 hasta su muerte, el 1° de octubre de 1929: Don Silvio Peña Machaín.

         Permítasenos volver a escribir con emoción el nombre del que fue llamado por el hoy populoso barrio "el padre de los pobres": don Silvio Peña Machaín, y seguir a grandes rasgos el curso de su vida.

         Descendientes de rancia prosapia, vio luz primera en Asunción el 11 de enero de 1883, siendo hijo de doña Tránsita Machaín de Peña y de don Ángel Domingo Peña. Muy joven aún ya despertaba en él la ansiedad de creación, debiéndose conformar entonces con la construcción de obras, la santa tarea de levantar nidos humanos, para cobijar la vida y dar tibieza y solidez a las familias. Como una docena de edificios levantó don Silvio en ese hervor de su juventud, uno de ellos de tres pisos y otros de dos pisos, construcciones de gran significación en aquella Asunción de casas bajas, y raleada edificación.

         Las primeras letras se las enseñó su tía, la profesora Joaquina Machaín - una de las madres espirituales del Paraguay resucitado el 70 - y prosiguió sus estudios en el histórico Colegio San Vicente de Paul, cuyo director era el venerable sacerdote Montagne, para completar luego su instrucción no muy vasta ni profunda con el maestro Roa, hermano del vicario general de la arquidiócesis paraguaya.

         El señor Leopoldo Soria, tío político de don Silvio Peña Machaín, le llevó consigo a su agencia de despacho de aduanas, y más tarde lo puso al frente del negocio de almacén y bar "The Faire", que fue famoso en los comienzos del siglo, cuando don Silvio había pasado apenas los 20 años.

         Estas fueron sus escuelas de perfeccionamiento: el puerto, la aduana, el mostrador, y después, la arquitectura, sin título académico, sin otro título que su capacidad de trabajo, su voluntad de crear y su vocación humana de ser útil. Tras este aprendizaje victorioso en actividades tan dispares y en las universidades de la lucha y del conocimiento del mundo, se halló maduro para dirigir la fábrica de fósforos con el contenido fraternal en la vida de relación con sus obreros y empleados.

         Cuando la guerra con Bolivia, su aporte técnico de hombre enciclopédico y patriota fue de gran valor, pues perfeccionó la mecha de las bombas de mano con un éxito perfecto. En la misma fábrica de "El Sol" se confeccionaron, en aquellos años trágicos, todas las mechas de esas bombas bajo su constante dirección personal. Y para que su acción de paraguayo fuese completa, habría que agregar que la firma Peña Machaín & Cía. fue una de las que más aportaron en efectivo en la defensa nacional durante la guerra del chaco.

         Subrayando la semblanza de don Silvio Peña Machaín, recojamos en estas líneas una frase suya, siempre a flor de labio como floración de su corazón, y que constituye la mejor herencia que dejó a su idolatrada hija única, la encantadora niña NOLA: "Los pobres son más dignos de los ricos, porque soportan toda su vida el peso de una injusticia constante", frase acaso en ayunas de belleza literaria, pero de una resplandeciente belleza moral.

         En el curso ascensional de "El Sol" - cuyo progreso ha sido paralelo al barrio de su ubicación - recordemos que la fábrica tuvo el acierto, más que comercial, patriótico, de divulgar profusamente las figuras históricas del pasado patrio, contribuyendo así a un mayor conocimiento de la historia nacional por parte del público iletrado, y sobre todo al culto de los próceres y héroes, con el retrato individual de ellos en cada una de las cajas de fósforos, ya que la propaganda gráfica, ilustrada - o el retrato, más estrictamente - es la más impresionante y durable en la sensibilidad, para desembocar en la mentalidad y cuajar allí en convicción o en ideal.

         Los que peinan y despeinan conos - y que aunque parezco inverosímil, también fueron chiquillos, como nos parece inverosímil que la juventud tenga que ser vejez inexorablemente, sobre todo las muchachas, esas flores humanas que son la sonrisa de la vida - han de recordar con añoranza aquellas colecciones de figuras históricas recortadas de las cajas de fósforos ''El Sol", y en las que aprendían más historia que en los propios textos, despertando en ellos el orgullo de ser paraguayos y el propósito de hacer la patria nueva digna de la vieja. Generaciones románticas aquellas, que no habían llegado a la evolución del futbol y que preferían soñar en grande ante la evocación de lo que fuimos y ante las figuras representativas del ayer de glorias e infortunios, antes que entusiasmarse con delirio olímpico, ante una camiseta...

         Desde 1930, la fábrica, con máquinas las más modernas, se dedica a impresiones litográficas en general, y con especialidad, a la confección de cuadernos escolares y de naipes, franceses y españoles, naipes éstos en que el arte se ha estereotipado con sus "bastos" absurdos, sus "copas" imposibles, sus "oros" de espolines, sus "caballos" de bolsillo, sus "reyes" y sus "sotas" grotescos en sus formas, expresión y actitud, de estupidez hierática... ¿Por qué será que alguna fábrica de naipes de cualquier parte del mundo no ha encargado a un buen pintor la renovación de esas figuras primitivas, de modo que sean más hermosas y realistas.

         La fábrica, con un capital ahora de G. 800.000 y hecha sociedad anónima es propiedad de doña María Ester Gaona viuda de Peña, don Héctor R. Izaguirre y los doctores Luis y Eudoro Vargas Peña. La gerencia está a cargo conjunto de los señores Izaguirre y Luis Vargas Peña.

         Don Héctor R. Izaguirre, caballero nacido en la Argentina y radicado en el Paraguay desde 1921, ingresó en "El Sol" como contador en 1921, traído a la fábrica por don Gerardo Ruso, socio de la firma desde 1921, hoy es co-gerente.

         La mera enunciación de los cargos que ocupa en el Paraguay el señor Izaguirre, basta para señalar la gravitación de su personalidad simpática y dinámica en nuestra sociedad y en nuestra economía. Es cónsul general del Perú, y ha sido presidente y vice de la Casa Argentina, institución que ostenta su firma en el acta de fundación. Fundador asimismo de la Ferretería Paraguaya, es director de esta joven y vigorosa firma comercial. Es igualmente miembro del directorio del Touring Club Paraguayo, secretario y director de la Compañía de Seguros Guaraní. También la administración pública contó con sus servicios en el único y tan representativo cargo accesible a los extranjeros: la concejalía municipal, dejando en la comuna de Asunción los frutos de su labor e iniciativas como concejal. Y finalmente ha sido uno de los fundadores de la primera fábrica nacional de clavos - Faclasa - sociedad anónima con un capital de G. 1.226.000 y con talleres en Sajonia.

         Incorporado por su obra y sus afectos a la vida paraguaya, don Héctor R. Izaguirre ha formado aquí su hogar, contrayendo enlace en 1928 con la señorita Stellina Pusineri, de cuya unión nacieron Celso Lino, de 21 años, que sigue actualmente el segundo año universitario de ingeniería civil en Buenos Aires, y Héctor Rodrigo, de 16 años, que está por terminar en Asunción los estudios secundarios. Su esposa es hija del ya difunto industrial don Celso Pusineri, fundador y propietario de la primera fábrica mecánica paraguaya de calzado.

         Comparte con el señor Izaguirre las responsabilidades de la dirección de la fábrica de fósforos el doctor Luis Vargas Peña, más conocido en nuestros círculos sociales y deportivos por el nombre familiar y popular de Tito, porque este joven ha sido el ídolo de las multitudes en las canchas, adueñándose de su emoción.

         Si bien con los hermanos Vargas Peña volveremos a encontrarnos tal vez en otro capítulo de este libro, es forzoso ocuparnos aquí, aisladamente, del co-gerente de "El Sol", donde no parece ser sino un obrero más. Nació en la capital el 23 de abril de 1907 y se doctoró en nuestra Facultad de Derecho y Ciencias Sociales en 1937. Pero de su disciplina de abogado no ha hecho uso profesional más que en servicio de la patria, en la guerra del chaco. Oficial de reserva ascendido en campaña, actuó al comienzo en Momansur y luego en las históricas acciones de Pampa Grande, Campo Vía y en la contraofensiva hasta Ballivián. Fue uno de los pocos defensores que lograron escapar de nuestro único contraste militar de Strongest. Jefe de información de la VII división, una úlcera le concedió unas dolientes vacaciones en Celina, para volver a las andanzas bélicas, esta vez como fiscal general de Comanchaco hasta finalizar la guerra.

         No sabemos si con esta simplicidad hay que vestir, o ataviar de pirotécnicos adjetivos, la tremenda misión cumplida por una generación en la inmisericordia de las selvas chaqueñas en los años crueles de 1932, 33, 34 y 35, hartos de sufrimientos y penurias y entre el pánico gambeteo de la muerte.

         Desde 1923 hasta 1937, Tito Vargas Peña actuó en la primera división del veterano Olimpia, llegando a ser a veces su figura central y siempre el hombre más incansable y laborioso de la cancha. Fue con el Olimpia a Lima, integró el equipo paraguayo en el torneo sudamericano disputado en Chile, y condujo a nuestro seleccionado, como capitán, en el primer certamen mundial de fútbol en que participamos, jugando en Montevideo en 1930, interviniendo además en dos partidos internacionales dirimidos en Asunción. Un tobillo fracturado lo jubiló como futbolista, obligándolo a renunciar a su discutible utilidad y a su resonante y fugitiva fama, para consagrarse en el trabajo.

         Miembro de una familia distinguida y sobre todo de trabajo, donde las vacaciones no son tales, o son verdaderas vacaciones del estudio, pues el trabajo las rellena de fecundidad y práctica, Tito Vargas Peña se inició como empleado de farmacia, en las vacaciones de 1924-25, para pasar después, en 1928, a la fábrica de cigarrillos "América", y luego al Banco de Londres y América del Sur, en 1930. En 1931 y hasta la guerra con Bolivia, estuvo en la gerencia de la agencia en Asunción del Molino Harinero Buelink de Villarrica. Y desde la paz del chaco está en "El Sol", donde fue habilitado en 1942 y donde hoy es co-gerente.

         Juntamente con don Enrique Zavala, Héctor Izaguirre, Carlos Abente Talavera, Dr. Andrés Rivarola Queirolo, don Luis Urrutia y sus hermanos Sara, Ángel, Eudoro (doctor en derecho), Atilio y Herman, el doctor Luis Vargas Peña (Tito) ha sido fundador de la Faclasa que ya se mencionó, la fábrica de clavos, tornillos, remaches, grampas, tirafondos y demás artículos afines, así como de la Metalcano, con sede en Buenos Aires, fábrica de caños de metal en general fundada en 1947, y cuya producción va a destinarse al Paraguay.

         Unido en matrimonio en 1932 a la señorita Elda Ruso, hijo del antiguo socio y fundador que fue de "El Sol" don Gerardo Ruso, dos herederos ha dado esta feliz firma conyugal: Elda Regina, de 17 años, y Benjamín Alberto, de 13 años y alumno del tercer curso secundario en el Colegio San José.

         Desaparecidos Atilio y Silvio Peña, Gerardo Ruso, y Serapio Machaín, la fábrica de fósforos - que hasta 1927 no daba más que pérdidas y que en 1925 cargaba con un débito de $ 60.000 o/s - hoy es una empresa próspera, relativamente próspera, todo lo próspera que puede ser en esta hora local del mundo. Pero sobre todo sigue siendo, con don Héctor R. Izaguirre conviviendo solidariamente con el personal, la empresa de sentido familiar que le imprimieron sus nobles fundadores, donde el hombre no es el lobo del hombre y sí procura ser su hermano.

 

 

ENRIQUE CAZENAVE

 

         A riesgo de herir su proverbial modestia, reacio como lo es a todo relumbrón barato, vamos a permitirnos estampar su nombre, adentro del estrecho molde de esta crónica, para hablar ligeramente sobre él, y presentarlo a la consideración pública, no porque reclame para sí este galardón, pues su prestigio lo tiene bien ganado, sino porque lo juzgamos un deber de estricta justicia hacerlo figurar en la galería de los forjadores del progreso económico de la República. Se trata, en efecto, de un auténtico exponente de las fuerzas vivas del país, por su solvencia económica y moral, su juventud maciza que eclosiona por sus mejillas peculiarmente sonrosadas como un alba, su capacidad creadora, su dinamismo sin par y su inmenso decoro personal.

         Este hombre de trabajo nació en la ciudad de Concepción el 20 de febrero de 1899. Fue allí, en esa segunda población de la república y cabeza del primer departamento, levantada sobre una altura de 180 metros sobre el nivel del mar, en la margen izquierda del río epónimo, donde se deslizaron su infancia y sus primeras alegrías de vivir. No estaríamos en lo justo, si de paso por lo menos, no destacamos la importancia de la Ciudad de Concepción, bajo el punto de vista de su producción, industrial y comercial y algo más. Para ello nos valdremos de nuestra devoción a ella y afirmar como lo hacemos que esta capital del primer departamento representa el punto

del comercio, de poblaciones importantes como Bella Vista, Pedro Juan Caballero, Capitán Bado, Horqueta, Loreto, Belén, amén de los numerosos establecimientos ganaderos que existen en cada uno de los partidos que lo integra, con sus grandes bosques de madera de construcción y de yerba-mate e innumerables ríos y arroyos que surcan su fértil y privilegiado suelo. Sus riquezas más importantes radican en la yerba-mate, productos forestales y ganadería.

         Por su producción y comercio es uno de los más ricos departamentos de la república. Su producción ganadera contribuye al sostenimiento y bienestar de su población

         Como si todo esto fuera poco la ciudad de Concepción tiene también en su haber su fecunda actuación durante la guerra del Chaco y haber sido la fuente vital para nuestro ejército en operaciones, la solícita madre cuyo ancho corazón palpitaba al unísono con la voluntad de vencer de nuestros soldados que se desbordaba como un Niágara en los hospitales de sangre y cientos de menesteres más.

         Las mejores niñas de su sociedad y mujeres humildes de campo vistieron el blanco delantal de la enfermera o corrieron presurosas a llenar el claro del varón que partió a la guerra para defender su cría y la soberanía nacional amenazada, en aquel entonces.

         La historia se encargará alguna vez de hablar bien de esta ciudad prócer que por algo sirve de proa a la república.

         Volvamos a nuestro punto de partida.

         Sus padres fueron Enrique Cazenave y Teresa Fornells, ambos ya desaparecidos, el 15 de noviembre de 1909 y 22 de noviembre de 1949, respectivamente. El primero de los nombrados era de nacionalidad francesa y la segundo española. En este molde fue vaciada la vida de este "pionner".

         Razón existe, pues, para pensar en las excepcionales dotes que anidan en él: su espíritu de superación y esa terca e indeclinable voluntad que le anima para todas las empresas. Su padre es técnico en tenería (curtiduría) y trabajó en la instalación de la fábrica de Casado. Luego se estableció por su cuenta con una curtiduría y fábrica de ladrillos en Concepción, allá en el año 1896.

         Como índice de su capacidad profesional basta afirmar que el señor Cazenave es Contador Público y un estudioso impenitente.

         Tiene varios hermanos: Fernando, Nicolás, Teresa, María y Rosa entre los vivos, y Pedro y Juan Bautista, ya finados. Formó su hogar el 15 de agosto de 1925 con doña Enriqueta Solé. Su hija Noemí hizo sus estudios primarios en el Colegio de Las Teresas, de Asunción y los Secundarios en Buenos Aires.

         Posee el inglés, francés y es al mismo tiempo bachiller y dueña de una cultura general amplia.

         La cómoda posición que hoy ocupa la conoce, no siente dar con los altibajos de la vida. En 1918 fue empleado de banco y comercio en España. Hasta 1925 trabajó también en dicho carácter con la firma Juan Guerra. Una vez casado se asoció con su suegro Cándido Solé, inaugurando la panadería y almacén "La Paraguaya", aportando en la sociedad un capital de c/l: 150.000.

         Esta sociedad fue disuelta en 1928 y desde entonces trabajaron con él sus hermanos Pedro y Juan Bautista.

         En el año 1936 su suegro, a su regreso de España, adonde había ido en viaje de placer, falleció.

         En este mismo año fundó una nueva firma con sus hermanos Nicolás y Juan Bautista.

         En el año 1932 inauguran una fábrica de fideos.

         En Arroyos y Esteros tiene una fábrica de miel y alcoholes. Desde los comienzos de su actividad comercial se dedicó en el ramo de importaciones de artículos en general.

         Su actividad es múltiple, pues también se dedica a la ganadería. Con el asociado señor Larrolde, se ocupa en este importante rubro en Altos, con un buen trazado plan de mestización. Es socio también de la Agencia Paraguaya de Representaciones, Centro de Panaderos, Centro de Importadores, Unión Industrial (socio fundador) y actuó como Miembro del Consejo de Salarios por la Cámara de Comercio.

         El señor Cazenave pertenece también, en carácter de socio, a varias otras entidades sociales y deportivas entre las cuales mencionaremos: Deportivo Sajonia; Tenis Club; Atlándida F. B. C., de cuya Comisión Directiva ha sido miembro en varias oportunidades; Club Centenario y otros.

         En todas estas entidades goza de un alto prestigio y consideración por sus relevantes prendas personales.

         En la vecina localidad de Trinidad posee una hermosa quinta donde concurre los domingos y días feriados a recrearse con su familia y amigos personales.

         Pero entre el cúmulo de datos y detalles relacionados con las actividades de este caballero, cuya virtud por excelencia es la corrección y el sarvar-fair, hemos omitido un hecho que juzgamos trascendente y que por sí sólo basta para consagrarlo no ya como un hombre de trabajo que amanece sobre el yunque, que no se da punto de reposo para satisfacer los reclamos de diversa índole, relacionados con la esfera de sus actividades, dando la impresión de un dínamo humano que se desdobla y multiplica en mil partes, desde las centenares llamadas telefónicas que se le hacen en el día, hasta la redacción de correspondencias y la mar de papeleos, de facturas, informes etc. sino como un esforzado adalid de los derechos humanos, que, sin necesidad de resoluciones ni apremios de ningún género, por parte de los organismos correspondientes, contempla la suerte de su personal, se identifica con él, lo dignifica, lo coloca, en fin, en el plano que ni la más exigente legislación social moderna lo haría, costeando la construcción de casas para sus obreros y empleados, con fondos de la firma. Obreros existen que trabajan en la casa por más de 23 años y nunca se sienten ni se han sentido tan holgados y satisfechos por las consideraciones y buen trato dispensádoles por éste, durante dicho lapso.

         Actitud es esta que debe ser destacada,  no para colmar la vanidad, que nunca la ha sentido este caballero, sino para que ella sea conocida e imitada y sobre todo y más que nada para que lo sepa el país, y sea con él la gratitud y el reconocimiento público ya que en esta forma se contribuye a ensanchar el ambiente de libertad y bienestar social que todos anhelamos que presida la suerte de la República.

 

 

TEODORO MEILICKE

 

         Nacido en Alemania, don Pablo Meilicke, quien vivió los horrores de la guerra franco prusiano, ansiaba salir a edificar, lejos de su patria, una vida nueva sobre los cimientos de sus músculos, de su inteligencia, de sus ahorros y de su decisión. Y así lo hizo en la primera oportunidad.

         Las heridas que siempre producen en el alma estas hecatombes humanas, todavía sangraban.

         Y con invencible ilusión humana, esperaba que la distancia le curaría esas lesiones de lo más internas, como si así fuese posible desvestirse del dolor, dejando el sufrimiento como un trasto inútil en la vivienda abandonada. Parapetándose contra el pasado trágico, ponía de por medio el ancho mar y éste con hondas tierras defensivas en Europa y en América.

         Tomando con su esposa entre los dos al hijo niño, cada uno de una mano, hizo el viaje, de un tirón, desde Berlín hasta Asunción, para radicarse, enseguida de llegar, en San Bernardino, como enterrándose para olvidarlo todo en la naturaleza.

         Con el lago lavándole los pies y el chichón de su colina atalayando el agua, tal un corto retén de la cordillera, San Bernardino, aunque no era la villa aristocrática de hoteles y chalets que harían los alemanes y el turismo, ya recordaba a Suiza por su decoración alpina en miniatura, semejanza que acentuaría la colonización de hombres industriosos y de azules ojos.

         A los dos años escasos de su llegada al Paraguay, antes de echar raíces, moría el hombre, y meses después, su compañera, golpeada por la doble nostalgia de la patria y del esposo.

         Y de ese modo asaz dramático, nació, en 1880, a la conciencia de vivir Pablo Meilicke, a los 11 años de edad, y huérfano, y en tierra extraña. ¿Qué haría el muchacho pelirrojo, qué sería, sí, de él, a miles y miles de kilómetros de su Berlín natal, y sin nadie familiar al lado, sin hablar siquiera el sonoro y claro idioma de esta tierra que se tragó a su padre, pues del alemán había saltado al guaraní, tartamudeado, por lo demás, apenas, sin el puente del castellano?

         Pero por aquello de que Dios aprieta, pero no ahoga, la soledad del niño no era total. En Asunción tenía su padrino, don Cristian Heisecke, un señor austríaco de bigotes káiserianos que fue cónsul del que fue Imperio Austro-Húngaro, y con una ferretería a la sazón.

         Así es que el niño grandulón, a cargo del padrino, se trasladó a Asunción, poniéndoselo a trabajar en la casa comercial de Heisecke y encontrando algún calor de hogar en la familia donde pasó a vivir su infancia, no tan desolada entonces.

         Pero no podía engañarse sobre su situación en el mundo: huérfano y pobre, lejos del terruño, de todo pariente y amistades familiares, se encontró consigo mismo. Estos son los encuentros prodigiosos, los que descubren el manantial de energía interior, la única que verdaderamente salva. Además, religioso como era, tenía o Dios de compañero y guía. Y con su religión de compañera íntima, se dispuso a cruzar la vida, airosa y bravamente, como si cruzase a nado el lago Ypacaraí.

         Trabajaba y estudiaba el niño; trabajaba para ganarse la subsistencia y para ahorrar; y estudiaba para ganar ahorros de otra índole y más trascendentales. Así fue cómo entró en la edad viril, ya con un capitalito, dominando contabilidad y poseyendo el francés, el alemán y el inglés, a más del español y el guaraní.

         Con estos medios debidos a su solo esfuerzo, el señor Meilicke ingresó como empleado en la curtiduría de Kuntze & Monfort, cuando tenía 20 años. Fallecido poco tiempo después don Germán Monfort, se hizo Meilicke socio de la firma, aportando su pequeño capital. Y retirado por último don Rodolfo Kuntze de lo industria para volver a Europa, don Pablo se hizo cargo de la empresa como único propietario.

         En ausencia de la iniciativa oficial, profesionalmente absorbida por la actividad política, el comercio paraguayo de la reconstrucción de la república había buscado y encontrado mercados a nuestros cueros en Europa, como a la esencia de petitgrain, lo mismo que al tabaco, completando de ese modo la acción de nuestra balbuciente industria y abriendo un camino de regreso al Paraguay al oro en que se habían convertido los productos del país. De ahí que en esa época la curtiduría fuese una industria promisora y creciesen su capacidad e instalaciones y naciesen nuevas firmas.

         Estas empresas, con la rivalidad caballeresca de esa época, no eran hostiles; pero tampoco llegaban a ser cómplices, como la mayor complejidad del mundo, el aumento de las exigencias sociales y económicas y la consiguiente agudización de la agresividad social, han llevado a tales extremos a la producción y al intercambio.

         De la cordialidad de estas empresas habla también, como en voz baja, como en voz de confidencias, el matrimonio de don Pablo Meilicke, en 1895, con la hija de otro fuerte y vecino industrial del mismo ramo, sin que esta unión conyugal importase, como podría serlo ahora, la fusión de capitales para elevar e imponer precios, reducir el costo de producción a costa de la mano de obra, absorber a los pequeños industriales. Venida, como él, de Europa, con sus padres, aun pequeña, la señorita Leonor Dragotto era italiana.

         Formado por un alemán y una italiana, el matrimonio se llenó naturalmente de hijos: Carlota, Antonia, Teodoro, Marieta, Pablo, Elena, Francisco, Guillermo y Leonor, algunos ya desaparecidos de la vida. Doña Leonor, después de acompañar la carrera de triunfos y de sinsabores del esposo, llegó a la ancianidad, falleciendo en 1945.

         Gracias a su habilidad y empuje, fue creciendo sin cesar la primitiva empresa que compró don Pablo Meilicke, para llegar a la constitución en sociedad anónima en 1915 con un capital de $ 250.000 o/s. y bajo la denominación de La Industrial Meilicke, siempre en él ángulo agudo de vía férrea y avenida Artigas, al alcance, también como Dragotto, del decrépito arroyo Salinares, límite antaño de la Asunción histórica, a fin de recoger y echar en las barracas del Cará-Cará el maloliente jugo de las curtidurías.

         Como todo hombre que se formó a sí mismo, que conoció la adversidad y el desamparo, y que luchó y venció, el señor Meilicke no pudo permanecer ajeno a las inquietudes populares y llegó a ser representativo de su barrio, el antiguo Tuyucuá, después Mariscal López, por espontánea votación plebiscitaría, para lo cual le era igualmente propicio su cristianismo vívido y vivido, a pesar de que el temperamento alemán no tiene el don de aclimatarse, ni de atraer entrañablemente a los demás hacia su clima.

         Amante también del deporte, fue por largos años patriarcal presidente del River Plate F. B. C., haciéndose familiar en las canchas su maciza figura, alta y ágil, de gordinflón desde la cintura para arriba, con su mostacho y su barba tropicales y de rubicundez de sol, sin llegar esta curiosa pelambre de oro a dar fiereza, al rostro de expresión siempre aniñada de todo buen germano.    

         Para resarcirse de los estudios que no tuvo, este autodidacta siguió leyendo hasta morir, de noche y en días feriados, en la vida de hogar que siempre hizo. Y ya que a él no le fue dable estudiar, quiso que sus hijos alcanzasen algún título académico, ellos con la fortuna de tener vivos a sus padres y al abrigo de la necesidad, felicidades que a él le escamoteó el destino.

         Pero este hijo Teodoro, el mayor de los varones y en quien veía su sucesor, no parecía entenderlo así, con la circunstancia agravante de que no le gustaba, al parecer, ni el estudio ni el trabajo, sino despilfarrar su juventud en un disfruté sin contralor.      Internado cuando infante en la famosa Escuela de Trigüis, fue traslado luego al Colegio Evangélico bajo la dirección del uruguayo Griot. Y concluido el ciclo escolar, ingresó en el Colegio Nacional, donde una grave dolencia lo jubiló al segundo año. Cuando se repuso de la enfermedad y su secuela, el padre procuró que estudiase contabilidad. Pero allí la cosa fue peor, porque las clases eran nocturnas; y el muchacho ya tenía 17 años, y disponía de dinero y libertad, especialmente de noche, concurriendo por lo tanto a clases con suma irregularidad, o siguiéndolos en los lugares más alegres de Asunción, que no eran precisamente las aulas de la Escuela de Comercio.

         Por aquel entonces, Asunción no tendría media docena de automóviles; automóviles de estrepitosa inelegancia, de ruedas altas y delgadas con cubiertas finas. Y he aquí que el joven Meilicke se había hecho, en una combinación economísima, de la primera máquina de vulcanizar cámaras que se introdujo en el país. Y ésa era su fábrica de plata, con las cámaras de los automóviles reventando a cada rato en sus galopes por el belicoso empedrado de la capital. Esta máquina le permitía, pues, al buen mozo de bastoncillo y galerita lucir trajes y zapatos, camisas y corbatas de la elegancia más insolente, ser el cetro de amigotes y farrear a discreción.

         Alemán de ley don Pablo se documentó concienzudamente sobre el desvío plural del heredero, de quien incluso sospechaba en los comienzos que se proveía de dinero sacándolo clandestinamente del bolsillo paterno para sostener tal tren de vida. Pero descubierta la fábrica productora de "divisas" para las relaciones exteriores del hijo, se la hizo destrozar, a mazazos por él mismo, le canceló todos los pretextos de callejear de día y de noche y lo amarró al trabajo de la curtiduría a rienda corta. Y ésta era, claro, la mejor escuela, colegio o universidad para la madurez de un hombre, para doctorarse como trabajador, para optar al título de dirigente de una empresa.

         Amoroso y proverbial error de tanto padre rico éste de facilitarles la vida a los hijos, de alivianarlos de responsabilidad inmediata y de empecinarse en darles una profesión intelectual, noble desquite de quien no pudo estudiar por su pobreza, que tuvo que trabajar desde pequeño, que padeció postergaciones por falta de instrucción; y que entonces, ante la imposibilidad de hacer retroceder el tiempo para sí, se afana por que sus hijos hagan los estudios que él no pudo. Paternal error éste de economizar esfuerzos y estrecheces a los hijos y que suele cosechar la disminución, si no el acabamiento, de una empresa en las más ilustradas manos de los herederos, porque a éstos el padre les negó la escuela maestra en que él se formó en la lucha por la vida, el entrenamiento en el trabajo, el acicate vital de los obstáculos, el conocimiento personal, directo, recio, cotidiano, con la empresa, sea industrial o comercial o lo que sea.

         Fallecido don Pablo Meilicke en 1931, el 18 de octubre, los sesenta y dos años de edad, su hijo Teodoro se halló en perfectas condiciones para ocupar su sitio, gracias tal vez a que por sus propias manos, por dictamen y orden del padre, destrozó a los 20 años la vulcanizadora con que financió su desenfadado desorden juvenil y a cuyo empleo creía la familia que él se entregaba como a un deporte de niño bien.

         Sí, quizá mediante que completó sus estudios en la fábrica, La Industrial Meilicke no se resintió con la desaparición de su fundador, ya que el hijo Teodoro estaba bien capacitado para hacerse cargo de la dirección del establecimiento y de la presidencia de la sociedad anónima desde 1931, en tantos que su hermano don Francisco Meilicke ocupa la vice presidencia de esta razón social de composición netamente familiar. El otro hermano, que lleva el nombre del padre, trabaja también en hacienda y un obraje en Puerto Milagro, en el departamento de Concepción.

         Casado don Teodoro poco menos que en la adolescencia con doña Teresa Martínez, tuvo la desgracia de enviudar muy pronto, quedándose con cuatro hijos: Miguel Ángel, trabajando hoy a su lado como técnico; Nidia, viuda del malogrado coronel Cartes; María Teresa de Corvalán y Sara Leonor, de 15 años y estudiante. Unido nuevamente en matrimonio con la señorita Nélida Ramos, tiene dos hijos aun de corta edad: Teodoro Antonio y Julio César.

         La Industrial Meilicke elabora cueros curtidos al tanino y al cromo; cueros finos para tapicería pintados al duco; gamuza, nubuk y todos los productos de curtiduría, con especialidad artículos para zapatería, talabartería, fábrica de carteras y correas, encuadernación, etc., con técnica acabada, igual a cualquier cuero extranjero.

         El cuero nacional curtido en el país es excelente - nos dice el señor Meilicke - pero es apenas de un sentimiento patriótico lamentarse y protestar porque se lo exporta en considerable proporción seco o salado, sin curtir, pues siempre faltarían los fuertes capitales, más que audaces, temerarios y un poco aventureros, que se arriesguen en la inversión para sacar a competir en el mercado internacional con los cueros curtidos extranjeros. Nuestra industria no es como la del tejido, por ejemplo, para reclamar y merecer el decisivo apoyo del crédito fiscal, porque los tejidos paraguayos están lejos de llenar aun, las necesidades del consumo interno, mientras que nuestros cueros curtidos pueden satisfacer holgadamente los menesteres de esta plaza.

         Con fábricas también de aceite de coco, túng y tártago, el señor Meilicke deplora que durante la segunda guerra mundial no hubiésemos contado con mentores y estadistas de visión que asegurasen, fomentasen o siquiera permitiesen una producción en gran escala de estos aceites, para ganar su rendidora colocación en los mercados entonces apremiados por la escasez y acuciados por las supremas exigencias bélicas. Hoy, con la recuperación para la paz de los centros productores clásicos de aceites, sería prohibitivamente costoso pretender recuperar aquella oportunidad única perdida, ante el lógico derrumbe de los precios circunstancialmente elevados por la guerra. No obstante ello, su tiempo y energías sobrantes las aplica el señor Meilicke a su fábrica de aceite de tung en Bella Vista, alto Paraná, para cuya atención cuenta con uh avión de su propiedad que él mismo pilotea.

         Como en la mayoría de las empresas económicas locales, impregnadas del clima nacional de familia, atemperando así la lucha de clases, en La Industrial Meilicke reina ese ambiente familiar entre patrones, obreros y empleados. Esta camaradería tiene también su expresión y su refuerzo deportivos: el club de futbol, sostenido por la casa y que lleva el nombre de don Pablo Meilicke, donde el personal se solidariza sanamente con la firma, bregando por que también triunfen sus "productos futbolísticos".

         No sabe descansar este hombre que se pasa la vida entre máquinas y calderas, entre las emanaciones pestilentes y cálidas, de la curtiduría. No sabe descansar porque su descanso es la mecánica, acaso porque en el subconsciente purga o continúa el vulcanizador de cámaras que fue en su mocedad. Actualmente está dando los últimos retoques a una lancha exclusivamente de aluminio construida a solas por él, pacientemente, en sus paréntesis de ocio. Y hombre culto, a sus preocupaciones de hombre de negocios, se suman las que lo afiebran como paraguayo y como ciudadano del mundo, aunque sin temor por el futuro humano.

         A sus viajes del extranjero en tren turístico, parece preferir los fines de semana en San Bernardino, tal vez a los recónditos llamados del ancestro; tal vez buscando sin saberlo las huellas infantiles de los pies de un huérfano pretérito, de un alemancito pelirrojo que se quedó de pronto solo en el mundo y en la vida, para abrirse él solo en ellos un camino.

         De aquel petimetre de galerita y bastón de junco no queda ahora más que la carrocería aerodinámica, con el rostro burilado por los años, con un aire romano heredado de la madre en sus regulares facciones alemanas, así como de su desordenado ímpetu de vida de la primera juventud no queda más que la nerviosidad del lápiz, subrayando las palabras de su conversación; lápiz borroneador de cifras y figuras en que se evade una imaginación que ansía volar y a la que la voluntad podó las alas y la ató a la realidad, la ató al trabajo y quién sabe si a la verdadera felicidad.

 

 

 

ANGEL VARGAS PEÑA

 

         Nacido en Asunción el 14 de octubre de 1904, fue criado y educado en la misma ciudad. Las condiciones económicas familiares no fueron muy holgadas. Esta situación se agravó con la muerte del padre de familia en 1918.

         Desde entonces la educación del mismo y toda la familia quedó exclusivamente a cargo de la madre, quien en un esfuerzo poco común, llegó a solventar la educación de los ocho hermanos restantes hasta la terminación del bachillerato para los varones y de los cursos primarios para las mujeres, en los mejores colegios con que contaba el país.

         La estrechez vivida en la infancia, los consejos de la madre y sobre todo el ejemplo, lo inclinó al trabajo, en busca de su independencia económica. Han influido también el apoyo económico de los tíos maternos y del señor Zacarías Battilana, quien ha guiado los primeros pasos de su vida comercial activa. De todos estos parientes y del seno mismo del hogar no se ha recibido sino enseñanzas encaminadas al respeto de las personas, de los bienes ajenos; a la consideración de la familia como único instrumento básico de la enseñanza de la honradez y la disciplina, y, por sobre todo, a conocer y respetar a Dios.

         Los estudios primarios comenzaron en la escuela elemental de la Sta. Asunción Machaín, cilla por 1912, para proseguir luego en el Colegio de San José, desde 1913 hasta 1922, fecha en que obtuvo su título de bachiller en Ciencias y Letras.

         Desde 1923, y paralelamente con las primeras actividades encaminadas a ganar la vida, comenzó sus estudios Universitarios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, titulándose de Abogado.

         Hijo de don Benjamín Vargas Gómez, de quien recuerda la finura en el trato, la caballerosidad por excelencia, y su ilimitada creencia en la buena fe de los demás. En la madre, la Sra. Amelia Peña de Vargas Gómez, advirtió siempre un sentido exagerado de la dignidad acompañado de una voluntad firme y avasalladora que la indujeron a sobrellevar con altura los peores momentos de su viudez.

         Casado en 1929 con la Srta. Rebeca Fernández Guanes, nacida en Asunción, hija de Dn. Antonio Fernández y de doña Ángela Guanes, apenas iniciado en actividades comerciales y ya con su título universitario.

         La esposa, educada a la antigua, en los rígidos principios morales de la religión Cristiana católica, por tías, abuelas de familias de raigambre colonial, no podía ser en el nuevo hogar - como lo es - sino un baluarte de la religión y de la moral, y un ejemplo de madre celosa de sus deberes y amante del sacrificio para cumplirlos con desprecio de los eventuales halagos de la vida regalada de la molicie contemporánea.

         "Si el esposo ha de ser padre celoso de la educación y cuidado de los hijos, no puede menos que admitir la influencia decisiva de la esposa en su propia vida y éxitos"; nos decía el joven Ángel, en una ocasión. Y agregaba "El hogar debe ser la fortaleza de la paz y de la tranquilidad del espíritu, condiciones indispensables para los éxitos del esposo. Muy difícil seria concebir planes de cualquier naturaleza bajo la presión, de la duda en el hogar o la inseguridad del cuidado de los hijos queridos".

         En el trabajo fuera del hogar, se ha iniciado en enero de 1923 ingresando como cajero en la Farmacia "San Roque" con un sueldo de $ 500, quinientos pesos paraguayos, y desempeñando allí mismo otras actividades inherentes al ramo del negocio donde actuaba. Cuando se retiró de dicha Farmacia, en el año de 1925, ganaba 750 pesos paraguayos. De allí pasó, también como empleado, a la Fábrica de cigarrillos, abierta aquel año de 1925 por sus tíos Don Atilio Peña, Don Zacarías Battilana, como cajero y vendedor con $ 2.000 de sueldo. Con estos dos empleos desarrollaba paralelamente sus estudios universitarios, terminado en 1928, fecha en que se le ofreció y aceptó la gerencia en Asunción de la Agencia del Molino Harinero de Villarrica de los Sres. Buelink, F. Van Peborgh Cia.

         Con esta actividad comenzó uno de los períodos de su Juventud de mayor esfuerzo. Sin embargo tenía satisfacción al saber que se le había confiado una gran responsabilidad. Es de advertir en esta circunstancia, que nunca ha temido a la responsabilidad y que por el contrario le agradaban todas las situaciones de ésta naturaleza en las que pueda decirse qué los frutos eran el resultado de sus propias determinaciones.

         La guerra del Chaco en 1932 aceleró su independencia, es decir que vino a cambiar su calidad de empleado por la de funcionario en el Ministerio de Economía (Secretario) primero y luego, al finalizar la guerra, por la de comerciante establecido por propia cuenta.

         La profesión de abogado que había terminado, no era adaptable a su temperamento, abrazando en cambio una actividad honesta que permitiera solventar las normales necesidades por lo menos. Los años transcurridos en los distintos empleos habían aportado experiencias sobre algunos aspectos de la vida comercial e industrial que le habilitaban para encararlos independientemente de ajenas directivas. Sólo faltaba el capital inicial que aunque mínimo resultaba imprescindible. El señor Zacarías Battilana, informado de los distintos aspectos del negocio proyectado, le ofreció su apoyo financiero, iniciándose entonces una sociedad accidental de importaciones que no resultó infructuosa. Muy pronto obtuvieron representaciones nacionales y extranjeras que fueron explotadas con resultados satisfactorios. Ya apuntaba por entonces el contralor estatal en los negocios, en los cambios, en las importaciones. La economía dirigida, generalmente mal dirigida, tendía sus barreras tímidamente, pero hacía vislumbrar para un futuro cercano el peligro de estrangulación del comercio internacional en diversos aspectos. Como se había previsto, así sucedió más tarde y tuvieron que ser abandonados los renglones de importación y representaciones extranjeras que por varios años constituían la base de sus negocios. Felizmente el caso había sido previsto con tiempo y cuando esto ocurrió ya había comenzado a funcionar su planta industrial de fabricación de tubería de gres sanitario en Ypacaraí, la cual durante cuatro años requirió nuevas inversiones y ampliaciones a fin de convertirla en rentable.

         Los cuatro primeros años, dicha planta no produjo sino pérdidas y quebrantos de toda especie. Frente a estas dificultades, cuatro años muy difíciles, oponía su voluntad de triunfar, y no se nos escape que, triunfar en la industria en el Paraguay, es mucho más difícil y meritorio que triunfar en el comercio.

         "Es nuestra creencia de que la Industria es un factor principalísimo del progreso de las nociones, y a decir verdad siempre hemos tenido en nuestro pensamiento el atraso fabril del Paraguay comparado con los países vecinos".

         "Nuestro sueño se materializa cuando vemos nacer nuevas industrias portadoras de trabajo y actividad en general, creando riqueza y bienestar donde ella florece o progresa" Nos decía Vargas Peña, entusiasmado del avance industrial del país.

         Su experiencia personal, los largos años de estudios, el trabajo y observación de la vida paraguaya, formaron el hombre patriota, que anhela fervientemente el progreso de nuestra patria. Y, el Dr. Vargas Peña, además, conoce bien las condiciones básicas que han de conducir al país hacia destinos más felices.

         Por ser el pensamiento de nuestro distinguido biografiado, ideas fecundas y acertadas, queremos darlo, con la menor deformación posible, para que los lectores conozcan en las vibraciones de un ciudadano patriota el camino del progreso material de la nación:

         "En mi opinión - dice Vargas Peña - la influencia del Estado en el progreso industrial de la Nación, que es equivalente a bienestar material de sus habitantes, es decisivo. Una mala política industrial puede conducirnos al desastre, así como la comprensión del valor de la industria por los hombres de gobierno puede hacer llegar muy lejos al país en el camino de sus ideales de bienestar y superación constante.

         "Creo que no cabe duda de que las grandes nacianes industriales son las que marchan a la cabeza de la humanidad y las que otorgan a sus habitantes el máximo bienestar y confort en todos los órdenes".

         "Por otro lado, la política cada vez más aislacionista de las naciones, invita meditar sobre la necesidad creciente de industrializar el país al máximo. Las trabas aduaneras desmedidas y los obstáculos de orden cambiario no solo traban el comercio sino el desarrollo industrial de las naciones. Podemos determinar lo que nuestro país ha de hacer pero no podemos inducir o los otros países a que adopten el librecambismo, por ejemplo. Esta premisa aconseja bastarnos hasta donde nos sea posible para el logro de nuestro bienestar mediante la satisfacción de nuestras necesidades y ello se conseguiría industrializando a la nación. Hemos de empezar por aquellas industrias que pueden nutrirse de sus materias primas dentro de nuestras propias fronteras y deben por consiguiente ser ellas las que el Estado ha de fomentar y apoyar en primer término. Por su parte el Estado puede también, limitándose a ello, ser el iniciador de actividades industriales que no se hallan al alcance de la actividad privada, pero, bien entendido, nunca debe convertirse en competidor de ella, sino, por el contrario, debe ser colaborador y sostenedor de la misma. Las actividades específicas a que debe dedicarse el Estado a nuestro entender son: Energía hidroeléctrica, explotando las grandes fuentes que la pueden producir. La electricidad es el factor de progreso moderno más eficaz con que cuenta el mundo contemporáneo, y el Estado paraguayo cuenta con importantes caídas de agua en el Este y en el Sud que pueden cambiar la fisonomía del país mediante su aprovechamiento solo en cinco años. Otra riqueza en manos del Estado y que espera su explotación es la belleza de nuestro suelo, aprovechable solamente mediante la construcción de caminos y hoteles que la hagan accesible al turista deseoso de contemplarla y pagarla bien. Existen países menos aptos para el turismo que el nuestro y que cuentan, como fuente de ingreso importante en sus presupuestos, a la industria del turismo. El Estado debe dar mayor impulso también a la investigación geológica de nuestro suelo, con miras a conseguir el carbón mineral para la explotación de nuestras minas de hierro".

         "En cuanto a la explotación del carbón y del hierro, son ellas de tal naturaleza e interés, que solo es menester determinar por intermedio de técnicos su volumen e importancia real para que de inmediato se ofrezcan al Estado los medios necesarios para su explotación en condiciones que serán de gran rendimiento fiscal. El único gasto que debe hacerse y que está al alcance del Estado paraguayo es el de la contratación de los técnicos y la compra de instrumentos y aparatos requeridos".

         "Otra fuente de recursos para el Estado puede ser la provisión de aguas a las ciudades y pueblos. Los transportes ferroviarios y fluviales, y en general aquellas explotaciones que la iniciativa privada no pueda alcanzar por su magnitud o porque para la seguridad nacional sería beneficioso que el Estado la controlara. Pero, de ningún modo, el Estado debe inmiscuirse en actividades fáciles y baratas o sin trascendencia".

 

 

RAMON CORVALAN ORTIZ Y LUIS GIANGRECO

 

         Ocurre con frecuencia en el acendrado tinglado de la vida, donde oficiamos de actores unas veces y de espectadores otras, pero en todos los casos como protagonistas del gran drama cotidiano del vivir que un hecho, al parecer nimio, como la charla con un amigo, la visión de una película, la lectura de una novela o de un mero folletín intrascendente para los más, produce en nuestro subconsciente un sacudón de tal naturaleza que, por sus dimensiones, pareciera trastrocar nuestra concepción de vida, dándonos la sensación real de lo que somos y podemos llegar a ser, sobre todo si tenemos la palanca necesaria para ello como ser la voluntad y el auto convencimiento de nuestras energías propias. El caso de Corvalán Ortíz es uno de ellos, Profesor Normal, dedicado otrora a la cátedra a la que se sintió impelido por su vocación y amor a la juventud, ve de pronto interrumpida su carrera docente a consecuencia del movimiento político ocurrido en el país el año 21, viéndose obligado a emigrar y radicarse en el extranjero por algunos años. Mordido por la nostalgia que apuñala el corazón de todo proscripto y el deseo de reintegrarse al seno de los suyos, donde el agua que se bebe pareciera ser más dulce y más sabrosa la merienda, por magra que fuera, un buen día Corvalán Ortíz, enfila nuevamente su proa hacia el terruño. Caminando a campo traviesa por esas calles de Dios, a la búsqueda de algún nuevo destino que pudiera resarcirlo de sus fracasos anteriores encontróse con su antiguo amigo el Dr. Policarpo Artaza, quién le invitó a trabajar con él en el comercio que acababa de instalar bajo la firma social de "Artaza Hnos.". Tras una actuación fecunda en ella, retiróse de la misma pensando trabajar por cuenta propia. Acaso en el pizarrón de su futuro interno había hecho el recuento de sus entradas y de su rendimiento y no satisfecho con el balancete final optó por la retirada honorable sin que su amistad con el Dr. Artaza sufriera mella alguna. Así las cosas, hablando en cierta oportunidad con otro amigo suyo, el señor Luis Giangreco, estudiante entonces de la Escuela de Comercio y ex-empleado de la Gran Casa Francesa, acordaron, sin mayores preámbulos, trabajar juntos, iniciándose en esa forma la sociedad actual. Conocerse y comprenderse fue todo uno, y de entonces acá, ambos a dos están unidos por los eslabones de una entera y leal amistad, basado en el cumplimiento honrado de los compromisos contraídos, tanto en lo que respecta a la marcha interna de los negocios como a las demás obligaciones sociales. Cabe subrayar que la sociedad constituida de esta manera carecía de capital, hasta el punto de que ni siquiera la habían formalizado con un contrato social, pero en cambio mediaba solamente la buena fe y la amistad que valen más que todos los protocolos del mundo. Y aquí viene de perlas recordar, más no sea que fugazmente, el antiguo comercio paraguayo, donde, a decir verdad, eran monedas poco menos que desconocidas todo ese fárrago de formalidades legales de que están atestados los actuales códigos y eran cotizados en cambio, como moneda de buena ley, la solvencia moral de las personas, sin distinción de ningún género. Y volviendo nuevamente a la sociedad en cuestión es de notar que cada socio carecía de capital, como habíamos afirmado y que cada uno, por su parte, debía buscar la forma de solventar sus gastos, sin recurrir al negocio, el uno dedicándose en la Escuela de Comercio y la Escuela Militar como catedrático, y el otro apechugándose con una casa de pensión. Es fácil imaginar el esfuerzo heroico y sostenido por ambos socios para sortear las dificultades inherentes a empresa de esta índole y llegar a buen puerto. En esta forma nació la firma Corvalán Ortíz y Giangreco. De ahí que dichos socios pueden legítimamente exhibir a la luz pública su primer libro de caja, verdadera Caja de Pandora, de donde echaron a volar, en rápido vuelo, los primeros pájaros, mensajeros de ventura y prosperidad comercial de estos dos jóvenes, entusiastas y atrevidos, acorralados por un objetivo común: abrirse paso en la vida sin más capital que su voluntad de vencer y su optimismo.

         El negocio se inició con una academia de Dactilografía y venta de máquinas de escribir y receptores de radio, en carácter de sub-agente de otras firmas de la plaza. A poco andar, iniciaron sus compras en la Argentina, luego directamente en los Estados Unidos de América y Europa. En esta forma ampliaron paulatinamente el área de sus operaciones comerciales, y como consecuencia lógica de ello, iban adquiriendo un mayor conocimiento y técnica en los negocios.

         Ambos socios trabajaban febrilmente, día y noche, sin darse punto de reposo, pues debían vencer las dificultades, y financiar los pedidos. Bien relacionados en la plaza, con una moral acrisolada y una honradez a toda prueba, los Bancos iban interesándose de esta firma abriéndoles créditos en descubierto. Sincrónicamente empezaban a recibir ofertas del extranjero y a obtener representaciones importantes, abriéndose con ello rápidamente el camino hacia el triunfo. Todo esto nos hace pensar que existe una "matemática invisible" que le regula todo y que pareciera, muchísimas veces, congraciarse en amontonar guijarros en el camino de unos, mientras en otros ocurre lo contrario, y así lo vemos superar obstáculos y vencer valladares dejándonos asombrados sin comprender ni descifrar siquiera su venturosa suerte. Misterios son estos de la vida que para analizarlos y explicarlos necesitamos incursionar en el campo de la filosofía, con la lámpara de Aladino, o la linterna de Diógenes, el de la vida de caracol, que tuvo a gala plantarse frente a Alejandro cuando este se encontraba en el cenit de su gloria y de su soberbia.

         En la actualidad la firma goza de un sólido y merecido prestigio, dentro y fuera del país, y sus actividades comerciales van extendiéndose a otras ramas del comercio. No podía ser de otra manera, pues si ya en los pasos iníciales daban pruebas de madurez hoy, con mayor razón, con una gran experiencia, y aplomo en los negocios, es fácil presumir que habrían adquirido en éstos una mayor visión y amplitud de horizontes.

         Cuentan así mismo con una fábrica de caña denominada Destilería Laurelty, considerada como una de las mejores montadas en el país. Instalada en una amplia superficie, en el kilómetro 23, de la Ruta Mariscal Estigarribia, dispone de un amplio edificio para la fábrica, casas para viviendas de operarios, oficinas y gerencia. Todo el trabajo se realiza en forma mecánica, movida a vapor. Su producción diaria es de 2.000 litros de caña paraguaya, de calidad superior, que no desmerece a sus similares nacionales.

         Como Gerente y Contador General de la casa figura el señor Herman R. Coscia, Contador Público recibido en la Escuela de Comercio Jorge López Moreira, que tanto ha contribuido a la formación de la cultura del país. De dicha institución, en cuya dirección figuró después de su fundación el señor Alfonso B. Campos, modelo de ciudadano y modelo de funcionario, ex-Director de la Dirección de Estadística, cuya estructura y organización es obra exclusiva suya, representante consular, miembro correspondiente de varias Academias extranjeras, y actualmente profesor de varios Institutos de enseñanza secundaria, secundado por un brillante elenco de profesores, entre los cuales mencionaremos algunos como Cipriano Ibáñez, J. Antoliano Garcete, Tomás Airaldi, ya desaparecidos, etc., egresó, como es de pública notoriedad, una hornada de profesionales competentes que actualmente ocupan puestos de responsabilidad en instituciones bancarias, casas de comercio y administración pública. El señor Coscia, por otro lado, está conceptuado entre sus colegas como uno de los contadores más capaces con que cuenta el país.

         Es Secretario General de la firma el joven universitario Oscar L. Corvalán Torreani, hijo este del señor Ramón Corvalán Ortíz, quién sin descuidar sus estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, se inicia ya en el comercio con verdadero entusiasmo y dedicación, siendo en esta forma un eficaz colaborador de su padre.

         Plácenos hacer constar por último, de que la Sociedad Colectiva Comercial ex Industrial que motivan estas líneas, es, en la actualidad decoro de nuestra plaza, no tan sólo por la capacidad y solvencia moral de sus socios sino que al propio tiempo por su prestigio fuera y dentro del país.

 

 

CARRILLO Y LEON

 

ALFREDO M. CARRILLO

 

         En los alrededores del encuentro de este siglo con el otro, por el barrio Ycuá-Satí corrían las infancias como arroyos de leche y miel, bajo el sol multiplicado por la arena, o cayéndose en las hondas cicatrices cavadas por los raudales, o morigerándose en el verde de los yuyos, árboles y arbustos de las tierras baldías, de las boscosos y enjardinados patios, con la amenidad de los jazmineros y parraleras prolongando los aleros interiores, con su nobleza vegetal.

         Dio su nombre al barrio uno de los tantos arroyuelos que ponían en él la ternura del agua, quizás el que quedó después aprisionado en el patio de Zurucu-á, la casa que fue de Ortiz Guerrero, levantada por Dalmacia y él va a hacer ya treinta años... "Yvú" que era como el agrandado ojo azulenco de una estrella caída en regalo de los cielos al poeta de versos de "eireté" y vida estatuaria, por envolverse en su lepra como en un manto real; manantial de agua riquísima que sació la sed del vecindario y que ahondaron, para endomingarlo con el guardapolvo de un brocal, las manos llagadas que no sabía sangrar sino sonrisas: eres un símbolo en el ombligo de ese rancho, donde, si faltaba el pan, sobraban fortaleza y altivez y una maravillosa alegría de vivir: los versos del poeta y la devoción a su gozo y gloria de sufrir, seguirán saciando la sed de infinita de las almas, como que son hermanas de aquella agua viva que ofreció Jesús a la Samaritana.

         Frente a la primera escuela Sansón-cué y a un caserón añoso que le dio ese apelativo y que fue de un mitológico Sansón, bostezaba la manzana que el vecindario adjudicaba arbitrariamente en propiedad al rey de Italia, y en la cual la fantasía vecinal edificaba, ya una escuela, ya un hospital, ya un mercado, ya una iglesia. Pero mientras tanto, el baldío, virtualmente mostrenco, era propiedad de los muchachos en libertad de pájaros del barrio: coto de caza de avecillas y lagartos; campo de los juegos entonces, guerrillas, bolitas con bolones de acero o plomo grandes, con exageración, como naranjas, trompos hechos por sus mismos dueños con el esmero de un soneto y con escalofriantes púas, en fin, el laboratorio público donde se cocinaba lo social.

         Por otra parte, Ycuá-Satí era un barrio de bravos, donde menudeaban también las puñaladas y las "trenzas" y donde las festividades de las Mercedes y de San Francisco alcanzaban su apogeo, con multicolores banderillas en las calles y banderas en las casas, con comilonas ofrecidas sin contralor de invitaciones, con bailes de "kyguá-verá", al son de las bandas, con "ybyrá syi", sortija, toro candil, carrera de embolsados y otras atracciones, todo en medio de los aspavientos estentóreos de las "camaretas", cohetes y "mbocavichos"; festividades en que el vecindario se hacía la competencia en sus agasajos paganos a la divinidad - virgen o santo - a quien, entre paréntesis, no se tenía en cuenta para nada, más que como pretexto de holgorio desbocado.

         En este barrio que estaba decidido a ser ciudad y no se desprendía, sin embargo, de su ajuar rural, tenían su casa solariega los Carrillo, entre las quintas y el rancherío disperso, como los estertores, o más, bien, el desperezo de Asunción. Y cada Carrillo, al formar familia, aunque formando campamento aparte, siempre levantaba su vivienda cerca de la casa madre, en la esquina Aquidabán y Paraguarí, todavía existente y todavía con su vieja carrocería señorial.

         Por ahí cerca, en la calle Aquidabán (hoy Manuel Domínguez) esquina México (entonces Escalada), habría un bolichín un mocetón hirviente en energía y en borbotón de carcajadas más que homéricas: Miguel Vera. El edificio no era más que un rancho compadrón, con las rejas de chapas de hierro acanalado tendiéndose sobre la acera, donde había rústicos bancos para descansar la pereza, hacer tertulia y saborear un trago, y palenques para atar burros y caballos. Con los años, crecido el almacén, cruzó la calle y se instaló en un local de más capacidad, del mismo tipo rancheril, para construirse, con el andar del tiempo y el progreso de la firma, una casa realmente grandiosa. Pero como todo lo que va a vivir, el almacén de Miguel Vera, un poco enciclopédico, nació pequeñamente; pero compitiendo ya con el negocio dueño del barrio, con carnicería anexa de lo esquina México y Teniente Fariña de don Marcos Ávila, pintoresco y emprendedor hombre de trabajo que se diluyó tras la quimera del "plata ybyguy"...

         Los Carrillo cargaban con el peso de un pasado ilustre, renovándose de nuevo esta aristocracia al incorporarse a la familia, por el casamiento, el hijo, nuevamente insigne, de Solano López. Pero la sociedad procuraba arrinconarlos, como ignorándolos, complicándose con el ensañamiento del destino. Nada menos que tres de los Carrillos eran escribanos públicos. En una sociedad condenada al parecer a un dislocamiento en recaídas crónicas y dedicada así crónicamente a reajustarse, ninguna profesión más útil que la austeridad del notariado, cuando se lo ejerce como un sacerdocio, ya que el notario era el mentor de las familias, el director espiritual en lo terreno, el diplomático y político en la conciliación de hogares y parientes, y no sólo de sus intereses materiales.

         Don Alejo M. Carrillo pertenecía a esa generación, de pro, como escribano. Casado con doña Asunción González, tuvo que entregarse absorbentemente a su trabajo y a los suyos, pues el número de hijos aumentaba, año tras año, con su felicidad de padre, sus responsabilidades familiares, y ya también que había quedado desoladamente atrás su juventud.

         Con ocho hijos, todos en la escuela primaria, se encontró de pronto ante la vida doña Asunción viuda de Carrillo, sin mayores recursos, sin más reservas que una voluntad y una conciencia.

         Sin duda sería hostil el horizonte circundante, cuando esta madre se vio a solas con el racimo de huérfanos apretujados contra su falda, pasada la embriaguez del dolor por la muerte de su esposo. Pero si el horizonte no era amable, en compensación estaba el cielo con su dación inagotable de consolación y fuerza, y hacia allá alzaría sus ojos anhelantes, vaciados de lágrimas, en busca de un sostén o de una inspiración.

         Sin vacilar, la madre ocupó el sitio vacío del padre ausente. Y con disciplina férrea, si bien forrada femeninamente y con reconditez de besos, se puso cada día y todo el día a formar hombres y mujeres, amantes y valientes, virtuosos y capaces.

         No es que fuese el predilecto; entre los hermanos el niño Alfredo M. Carrillo, ni siquiera era el mayor; pero sus sobresalientes calificaciones escolares en conducta y aritmética habían sido consideradas propicias por los padres para enderezarlo hacia la carrera de los números.

         Pero entre tanto, el niño debía aportar su precoz contribución a la olla familiar. Y fue así como a los 9 años apenas ya estaba empleado en los tribunales, en la secretaría de un juzgado en lo civil a cargo entonces del hoy escribano público don Calixto F. González, sin abandonar por eso sus estudios por las tardes.

         Desde 1920 hasta 1927 trabajó en la rutina tribunalicia, llegando a ganar 700 pesos mensuales, y escalando los pocos cargos viables a su edad y preparación, con la complacencia de sus jefes.

         El amor propio de este adolescente, se sentía, ora halagada por las congratulaciones de los jefes, por un servicio extraordinario o por algún trabajo feliz realizado al margen de sus obligaciones; pero también se sentía herido con su rígido concepto de la justicia, cuando los jefes se olvidaban de hacerle aquellas distinciones que creía merecer, porque era un muchacho que se tenía fe y se auto juzgaba digno de alcanzar mejores posiciones por su idoneidad y sus esfuerzos.

         Estas injusticias que sufrió y que le acercaron el carácter en su mocedad, las ha tenido muy presentes, para no cometerlas, al llegar a ser patrón y jefe.

         Bajo la dirección y apoyo del señor Carrillo, algunos se han emancipado, estableciéndose con negocios propios, y los demás reciben la más equitativa retribución posible y una teórica práctica enseñanza de lo que la vida y el trabajo exigen. "Hacemos una escuela de nuestro trabajo", es el lema doméstico de la firma Carrillo & León, y allí se gana o se pierde un poco para todos y para que los que laboran con nosotros y los que vengan después, mantengan el orgullo de servir honradamente a la humanidad y en especialidad a nuestra patria". Un aspecto simpático de este criterio en acción constituye la práctica de los días de asueto de alzar en un camión de reparto a todo el personal, incluso los propietarios, con sus respectivas familias, y pasar juntos, en la expansión de la intimidad, un día de campo, en sucesivas y cambiantes excursiones.

         Al terminar su servicio militar obligatorio, don Alfredo M. Carrillo se encontró en una hora decisiva. No sólo por su ansiedad de superarse, sino por su encendido patriotismo - fermentos del ejemplo y la prédica materna - no veía más que en el estudio de las ciencias el camino para alcanzar mancomunados su ideal de hombre y su ideal de ciudadano. Y en el cuartel se le despertó la vocación de las armas, como otro más positivo y rápido camino para el logro de su ideal. Pero allí estaba la madre con sus sabios consejos, llenos de amor y de realismo, y reforzándolos, su antiguo superior, don Calixto F. González. Y ambos, la voz rectora del hogar y la voz exterior del viejo amigo, coincidieron en sugerirle el comercio como medio de servir igualmente a la patria y de imponerse en sociedad.

         Y en ese año de 1928 es cuando el joven Carrillo se halló con la inicial de su porvenir, al ingresar en la casa comercial de don Miguel Vera, el entonces ya maduro hombre de negocios a quien hemos descubierto, más de medio siglo atrás, montando su almacén de ramos generales. Aunque aventajado estudiante de comercio, el señor Carrillo se descubrió al comienzo prácticamente analfabeto al trabajar en una casa de intenso movimiento comercial, donde se inició sin sueldo, ya que su propósito era aprender a dominar el complejo mecanismo de una empresa mercantil.

         Pero no en balde le eligieron, con la suerte, este rudo maestro de corazón y de visión. Muy pronto, don Miguel Vera vio en este joven decente y de cultura el sucesor que no tenía, al aquilatar en él su contracción, su inteligencia, su honradez. Y le hizo una propuesta, sacada al parecer, de un cuento, y que no por ser verbal y ser privada, dejó de cumplirla al pie de la letra el recio luchador.

         Luego de alabar sus relevantes condiciones de empleado, don Miguel Vera le dijo al boquiabierto mozo, seguramente en guaraní:

         - Me estoy poniendo viejo, muchacho, y no puedo ya llevar todo el contralor del negocio cada vez más grande. Por eso, voy a enseñarte todo lo que sé de la dirección y administración de la casa, para dejarte después un capital con que puedas trabajar independientemente.

         Tal vez al joven de trajecito único la inesperado propuesta le sonó como entre los algodones del sueño, o como entre las espinas de una broma; tal vez al urgido regreso al hogar, la propuesta le sería como el compás de una marcha victoriosa o como el cosquilleo de una burla; tal vez en la diaria asamblea familiar de la mesa, o más bien en la impaciente confidencia con la madre, la estupenda oferta de don Miguel Vera seguiría teniendo su condimento de sueño y broma; pero de seguro en los labios maternales la sonrisa sería de triunfo, floreciendo de su corazón en humilde gratitud a Dios y en plenitud de paz.

         Don Miguel Vera, no tuvo probablemente ningún estudio; pero eso no le impidió hacer de su casa una escuela de aprendizaje y de perfeccionamiento en el comercio.

         Dio sabor de paraguayismo a nuestro comercio, y finalmente legó al país que tanto amó orgullosamente, un largo centenar de hombres laboriosos, que hoy lo continúan con veneración, con verdadero cariño y reconocimiento.

         La guerra del Chaco arrancó al joven Carrillo de su vida apretada de estudios y trabajos. Movilizado como oficial en comisión, hizo toda la campaña, conquistando en los tres años de guerra dos ascensos y la honra de ser citado en la orden del cuerpo en que prestaba sus servicios, y alcanzando a ocupar todos los cargos de la administración militar accesibles a su especialidad y graduación.

         Terminada la guerra, el señor Carrillo obtuvo su título de Contador Público y se reintegró a sus tareas en la casa de don Miguel. Poco después, retirado éste de los negocios, se estableció en la misma casa, el 1º de mayo de 1936, asociado al señor Ricardo León, para trasladarse después al local de propiedad de la firma que hoy ocupa, en Teniente Fariña Ns. 434 - 38.

         Hombre que toma su comercio en serio, poco menos que con unción de apostolado; hombre disciplinado tanto en su cultura como en su vida y en su enérgico amor patrio, el señor Carrillo consigna en cinco axiomas los factores del éxito del industrial o comerciante: completo conocimiento del trabajo a que se dedica; perseverancia en la empresa; buena administración de sus fondos, lo mismo que de su salud y de su prestigio; logro de que sea cordial la cooperación del personal y de los clientes, y la conducta en su actuación de hombres de negocios, paralela a su vida privado.

         En su vida privada, el nombre idolatrado de la madre se repite en el nombre amado de la compañera: nombre también de nuestra histórica ciudad matriz. Casado el 10 de diciembre de 1938 con doña Asunción Riquelme - hija de los fallecidos don Basilio Elíseo Riquelme y doña Julia Alberta - su matrimonio le ha dado las bendiciones de la paternidad, además de tener en la esposa la adhesión a sus actividades, el estímulo en sus contrariedades y triunfos y una mirada más en sus negocios.

         Este paraguayo que ha tenido que trabajar desde la infancia y hasta hombre formal ya, jornadas de 12 y aún de 18 horas; que ha tenido que volver con pena la espalda a sus aspiraciones de la juventud, porque la orfandad le fue dura y había que sudar fructíferamente, desea vengarse de la vida, haciendo que se cumpla en sus hijos el revés de su destino: que prolonguen su inocencia hasta las últimas fronteras y que se hagan de una profesión universitaria: ingeniería industrial o química, medicina o ciencias sociales, una profesión de jerarquía, en fin, para contribuir a la prosperidad colectiva labrándose la propia al mismo tiempo.

         En servicio de este anhelo, los hijos mayorcitos han ingresado en el Colegio Internacional: Jhon Alejo Elíseo, de 10 años, sigue el 4° grado en forma sobresaliente, obteniendo premios por su aplicación, y Alfredo Buenaventura, de 8 años, sigue el 3er. grado, en tanto que Julio Atilio Lidio, y Juanita Amparo no tienen más deberes todavía que ser felices en su edad.

         A fuer de hombre ordenado, los viajes de descanso del señor Carrillo han sido exclusivamente de descanso, sin complicarlos con negocios, sin buscarlos, hallarlos o seguirlos en sus vacaciones, estas vacaciones que él opina deben extenderse a todos, a obreros y empleados, en una sociedad más justa, con una legislación social sabia y racional que al mismo tiempo defienda todos los intereses y derechos legítimos, sean del capital o del trabajo, e impidan el parasitismo, el premio a la holganza en cualquiera de estos dos sectores de la producción.

         De sus viajes al extranjero, y no obstante la impresión de majestuosa belleza que le han dejado, tanto a él como a su esposa, paisajes tan prodigiosos como el cruce de los Andes y la inaudita visión del mar desde aquella vecindad de las nubes, su pasión por el terruño no le hace cambiar nuestras bellezas naturales por las exóticas.

         Ante sus numerosos y buenos amigos del extranjero no deja de destruir el señor Carrillo la leyenda de que el paraguayo es haragán, explicándoles la razón de nuestro atraso. Las enseñanzas maternas le han sido confirmadas por su propia experiencia, en la guerra y en la paz, en la ciudad y en el campo, en el taller y en la chacra, en el mostrador y en la oficina, en toda la vida nacional, sobre la excepcional materia prima de este pueblo, mal comprendido y conducido peor aún.

         Obligado a torcer su destino, para resultar, sin embargo, un acabado hombre de negocios, de esto que fue un mal, él hizo un bien, porque en pruebas así se templan los espíritus, al saber sobreponerse, al aceptar las realidades, al hacerse amo del destino que quiso ser el amo.

         Dentro mismo de las actividades a que se vio compelido a dedicarse, el señor Carrillo también ha sufrido como otra frustración, al no poder hasta ahora entregarse a las faenas agrícolas que tanto lo apasionan, ni tan siquiera a materializar más ampliamente sus planes de industrial, debiendo conformarse con la anexión de una bodega a su negocio, bifurcándose después en una licorería y llegando a contar con una arrocera de gran capacidad, ya que su actividad, su ansia de creación no podían satisfacerse con el mero papel de intermediario. Pera dada la tónica armoniosa de su ser, acaso ancle al final sus inquietudes en el ideal de la granja.

         Tradicionalista como es, a pesar de ser uno de nuestros más progresistas hombres de negocios, el señor Carrillo se mantiene fiel al barrio de sus padres y de sus abuelos, al barrio donde nació y ha vivido y trabajado, teniendo allí su casa de comercio, lo mismo que su casa habitación - en Manuel Domínguez 407 casi Parapití - donde nacieron también todos sus hijos: el barrio Ycuá-Satí, que quién sabe si no llega a conservar el nombre de Carrillo en alguna obra social de trascendencia.

 

 

 

RICARDO LEON CESPEDES

 

         Nació en Paraguarí el 22 de mayo de 1905. Fueron sus padres Don Juan José León, ya finado y Doña Martina Céspedes de León, dama de la antigua estirpe que vive hasta ahora rodeada del afecto y del cariño de sus numerosos hijos.

         En efecto, seis varones y tres mujeres constituyen la pléyade que circunda a esta matrona a más de sus numerosos nietos, ya que casi la totalidad de sus vástagos están a su vez casados.

         De este tronco de nobleza y trabajo y de la más pura ascendencia paraguaya, no podrían desmerecer sus frutos y así los descendientes del matrimonio León-Céspedes están en su mayoría dedicados a diversas ramas del comercio continuando así la vieja tradición familiar.

         La infancia de Ricardo León transcurrió en su pueblo natal en un ambiente de abundancia y holgura económica, al lado de sus padres y hermanos.

         Sus estudios primarios los hizo en dicho pueblo bajo la dirección del Profesor Miguel Torres, educador de reconocida capacidad profesional que tiene en su haber la formación intelectual de varias generaciones de estudiantes y el de vivir actualmente en su retiro, pobre, pero dignamente, único galardón éste a que aspiran los verdaderos maestros..

         Abroquelado con los armas y luces que le fueron suministradas por dicho preceptor y atento a los deseos de sus padres que deseaban que su hijo se dedicara al comercio, debió trasladarse a la Capital donde existía mayor campo de acción para el desenvolvimiento de estas actividades.

         Dejando a un lado la vida hogareña fácil y pueblerina, tan llena de múltiples atractivos para los espíritus jóvenes, llegó a la ciudad pletórico de inquietudes, sin más armas y bagajes que su fe en el trabajo y su visión de un porvenir mejor.

         Ya en la ciudad se inició en el comercio al lado y bajo las directivas de don Miguel Vera en el año 1924 continuando con él hasta 1935 año en que realizó el ideal de su vida de dejar el empleo para formar con Don Alfredo Carrillo la hoy floreciente razón social CARRILLO & LEON S. C. C.

         Los primeros pasos de la novel sociedad fueron difíciles, se disponía de poco capital; la competencia era grande, de numerosos comerciantes más antiguos pero la capacidad comercial, la larga experiencia adquirida al lado del Sr. Vera, la elevada moral y entusiasmo de ambos socios, vencieron en la prueba agregado el apoyo moral y material de algunas firmas y parientes que contribuyeron a fortalecerlos y orientarlos en este período inicial.

         Hoy los tiempos han cambiado y aquellos adolescentes que daban sus primeros e inseguros pasos en la senda del comercio se han convertido por obra de su propia capacidad, constancia y experiencia en profundos conocedores de la técnica comercial, con clara visión de los negocios y con un sentido realista aprendido en la vida cotidiana, al margen de teorías idealistas propaladas por libros foráneos.

         Puede decirse del señor León que en el continuo trato con los hombres con quienes tiene que alternar diariamente, con el conocimiento del medio en que actúa, tanto social o político, como comercial o financiero, ha adquirido dominio en la esfera de los negocios, siendo en su ramo buen conocedor de las modalidades de la plaza, y de las múltiples facetas y actividades de la misma.

         La gratitud es un sentimiento, que sólo florece en las almas grandes y generosas, no pueden sentirla, pues, los arribistas, los malvados, ni los tarados mentales quienes no tienen tiempo para meditar sobre estas excelsas expresiones del espíritu; el Señor León tiene a gala expresar todo el fervor de su reconocimiento hacia las personas que de una u otra forma la han despejado el camino, y le han tendido la diestra cordial y generosa; su corazón se llena de inefable alegría, mezclada a ratos con cierta melancolía, al recordar a sus benefactores algunos de los cuales han dejado ya de existir pero cuyo recuerdo perdura en su memoria. Señalarlos a todos sería tarea larga, por ello solo mencionaremos a aquellos que lo hicieron en forma más señaladas, ellos son: aparte de su padre, el bondadoso don José León y del maestro que le enseñara las primeras letras don Miguel Torres, los señores Miguel Vera, Juan B. Mongelós, Antonio y Cesáreo Jiménez y Paulino León, quienes fueron los que le sirvieron de guía al iniciarse en la vertiginosa vida de los negocios.

         El señor León reconoce especialmente a don Miguel Vera, patriarca del viejo comercio asunceno, como la persona que constituyó la piedra angular de su situación actual. Fue don Miguel quien lo alentó, ayudó y fortaleció para la constitución de la actual firma, habiendo sido su consejero capaz y desinteresado que lo apoyó moral y económicamente, con tanta eficacia que aquel impulso bastó para la casa que se iniciaba fuera adelante con ritmo siempre creciente.

         Las demás causas de su progreso son la perseverancia en el trabajo y el profundo entendimiento con su socio, don Alfredo Carrillo, que convierte a ambos socios en una sola persona, un solo impulso, un solo cerebro y dos elementos para poner en práctica las directivas comunes.

         El señor Ricardo León formó su hogar con la dama doña Ana Merlo de León, paraguaya también e hija de don José Merlo y doña Cástula Ruiz Díaz, ambos finados. El hogar de los esposos León-Merlo se ajusta en un todo a las viejas tradiciones cristianas y hogareñas de sus progenitores. De ahí la satisfacción y la alegría de vivir que alienta y fortalece su espíritu para el hogar diario.

         Sus cuatro hijos, nacidos todos en Asunción; son: Ricardo José, Ana Alba, Federico Nicanor, y Oscar Francisco. El primero sigue actualmente estudios secundarios de comercio y primarios los demás. Su esposa, con quien contrajo enlace el 15 de junio de 1935, es la compañera eficaz y consejera prudente, calificado, que en todo momento comparte sus inquietudes comerciales además de asumir las directivas del hogar, sobrándole todavía tiempo para practicar el bien al prójimo a través de las diversas Comisiones de beneficencia de que forma parte en su barrio.

         Pasando a otro aspecto de sus actividades comerciales, debemos decir que la firma CARRILLO & LEON S. C. C. desde su fundación se dedica a la importación de mercaderías generales especializándose en artículos de almacén; actualmente ha debido restringir sus actividades por las causas de todos conocidas. No obstante tiene la esperanza de que en un futuro cercano las cosas han de cambiar fundamentalmente; el país ha de dar un paso firme en su economía, debido al mejoramiento y modernización de sus fuentes naturales de riqueza que son la agricultura, la ganadería y la industria.

         "La primera ha adquirido un nuevo ritmo con el aporte del Banco del Paraguay; el Crédito Agrícola de Habilitación, asesorados por el STICA; la ganadería asimismo ha entrado en un plan de modernización tanto en sus planteles como en sus procedimientos en las que no están ajenas la Copacar y la Asociación Rural del Paraguay y la industria, en otro tiempo, desconocida, ha tomado carta de ciudadanía en nuestro país y puede decirse que es una bella realidad especialmente se distinguen las siguientes: la textil, la azucarera, la arrocera y la maderera conjuntamente con la del tanino, contribuyendo a proveer de divisas a nuestro Banco Central" opina el señor León.

         Este es un breve resumen de las actividades del caballeresco hombre de negocios paraguayo Don Ricardo León Céspedes, forjado en el trabajo, que ha surgido a fuerza de tesón, lealtad, honradez y capacidad.

 

 

 

SACCO Y FERNANDEZ

 

         Un extraño destino presidió a esta firma social de nuestra plaza lo que hace pensar que el azar también tiene sus leyes. Pero no nos detendremos en estos metafisiqueos. Eso sí, diremos que una fuerza, también extraña, unió a estos dos socios: Pablo Sacco y José Gerónimo Fernández. Ambos, en efecto, no se habían conocido antes ni cruzado el saludo, muchísimo menos, hasta que, un buen día, cierto amigo suyo, Bernardo Ozuna, hombre dinámico y emprendedor como pocos, hasta el punto de que se ha abierto camino en la opulenta Buenos Aires, lo que equivale a decir mucho, los vinculó, por vez primera, con el ritual apretón de mano cordial. Ya entonces Pablo Sacco tenía montado, si bien en forma incipiente, la licorería y fábrica de bebidas gaseosas, base de la actual firma social. Sin mayores preámbulos ambos a dos se comprendieron y respetaron tratando de inmediato echar los cimientos de la misma. Pero lo que más llama la atención, no es la rapidez de esta comprensión, dado que el espíritu humano posee ese don de adivinación que nos permite fácilmente adentrarnos en la psiquis de nuestros semejantes sino la circunstancia de ser el señor Fernández, pese a su título de Contador Público, un forastero en la materia. Ello no obstante, se conciliaron los puntos de vista, se maduraron los planes, y por último, suscribieron el contrato social de la actual sociedad.

         Así surgió la firma Sacco y Fernández, una de las mejores de nuestra plaza, en su género.

         Entremos ahora a delinear los rasgos biográficos de ambos.

 

PABLO SACCO

 

         Pablo Sacco, quien tuvo su cuna en Buccino, Provincia de Salerno, (Italia) vio la luz en el año 1906. Dicha ciudad se halla situada junto al mar y es centro muy antiguo. Su importancia radica en ser la cuna de la medicina. Su envidiable posición geográfica, unida a la belleza de su cielo y a las obras de arte que encierra, le dan un marco de esplendor que subyuga y embriaga al viajero que llega hasta sus costas.

         Fueron sus padres Pancracio Sacco (finado) y Ana Linguitti Vda. de Sacco. Este matrimonio llegó al Paraguay en el año 1912, trayendo como única alforja su pobreza honrada y amor al trabajo. El primero de los nombrados comenzó - por algo debe comenzarse - siendo Ecónomo del Hotel de Inmigrantes, cuando a la sazón ejercía la Dirección de Tierras y Colonias don Genaro Romero, este buen ciudadano a quien tanto debe el país por lo que hizo y sigue haciendo en pro de la economía nacional y que no obstante goza de una jubilación irrisoria que apenas le permite subvenir sus necesidades más perentorias, razón por la cual - ¡oh cruel destino! - sigue trabajando en diversos menesteres cuando lo justo, lo legítimo, lo lógico hubiera sido que este hombre, que se ha dado todo entero, sin egoísmo de ningún género, por la suerte de sus conciudadanos, gozara de un merecido descanso en el presente.

         El matrimonio en cuestión dio como fruto 6 hijos: 5 varones y 1 mujer. Citemos sus nombres: Nicolás Carlos, (argentino), Bruno Garibaldi, Conrado Mario, Armando y Concepción Aliana de Vezzetti, todos estos paraguayos, sin contar a nuestro biografiado que, como queda expresado más arriba, es italiano.

         Como la prole iba en aumento y la necesidad también, vióse forzada esta prolífica familia buscar un nuevo albergue, haciéndolo en un amplio y cómodo local, sito en la calle Buenos Aires y Montevideo. Ya allí, con los padres a la cabeza, se echaron al trabajo, sin medir las horas, sin tregua y sin descanso, porque existía de por medio la tiranía del alquiler de casa, por un lado, y la ración diaria, por el otro, amén de las necesidades propias de todo hogar como la asistencia médica, educación, indumentaria, etc.

         En ese trajín de abejas, donde por igual contribuían para el sustento cotidiano, Pablo Sacco aprendió el abecedario de la vida y del trabajo, acostumbrándose, desde su más tierna edad, a todos sus rigores. Como a la sazón era el hijo mayor, lógicamente el peso mayor de la carga, tenía que gravitar sobre él, ya que sus demás hermanitos estaban en el período de lactancia, unos, y de infancia los demás. Y así, poco a poco, - muchos pocos hacen un mucho, reza el refrán - fue creciendo en edad y experiencia, adquiriendo ese don que sólo se consigue en la universidad de lo vida y que nos permite conocer el difícil arte del trato de los hombres. Como consecuencia natural de todo ello, la esfera de los negocios iba prosperando cada vez más en el ramo que explotaban padres e hijos: ropas hechas y almacén, surtiendo de preferencia a los jornaleros portuarios y patrones y personal de chatas y embarcaciones menores. Embarcado en este tren de prosperidad creciente no le fue difícil a sus padres adquirir en propiedad la finca tomada en locación antes y que tantos quebraderos de cabeza le habían ocasionado antes para no incurrir en mora ante la grave amenaza de una mensualidad vencida.

         Llegado a la mayoría de edad y sintiéndose ya hombre, retiróse de la casa paterna para abrirse su propio camino, con sus alas propias. Nada le faltaba ya para ser un experto piloto, capaz de enfrentarse contra los oleajes más embravecidos.

         Y fue de este modo que salió a la calle airoso y triunfal como un argonauta en la búsqueda de su vellocino. Con los propios medios de que ya disponía, más los créditos que se había conquistado en buena lid, se instala en el local de la calle Colón 175, iniciándose en la fabricación de bebidas gaseosas y vinos, sin conocer un ardite de ella. Sus primeros pasos fueron vacilantes, más, a poco, fueron afirmándose cada vez más contribuyendo para ello el creciente favor de su clientela y su gran voluntad y optimismo.    

         Todo esto ocurría en el año 1940.

         Tres años más tarde, en la forma como hemos descripto al comienzo de estas líneas, se le incorpora su actual socio: José Gerónimo Fernández. Con este hecho la nueva razón social Sacco y Fernández, adquiere un nuevo y vigoroso empuje ampliándose el radio de sus operaciones mercantiles con los ramos - aparte de los ya existentes anteriormente - de comisiones, consignaciones y representaciones.

         En la actualidad la fábrica en cuestión cuenta con maquinarias semiautomáticas, a base de electricidad, con todo el utilaje correspondiente. Tiene asimismo un personal adecuado existiendo entre patrones y obreros una entera y leal comprensión.

         Aparte de los ramos mencionados más arriba, la firma aludida se encarga de la distribución de caña dispuesta por la COPAL.

         Operan con los Bancos del Paraguay, Banco de la Nación Argentina y Banco del Brasil, gozando en todos ellos un sólido y bien ganado prestigio por la seriedad y puntualidad de sus operaciones.

         Su clientela es bastante, pues ello no se circunscribe tan solo a la capital sino también irradia en casi todo el interior de la República, donde sus productos son debidamente justipreciados.

         Ha formado su hogar al lado de una gentil dama paraguaya: Mercedes Lino Franco Granado, con quien contrajo matrimonio en el año 1932. Actualmente es padre de 3 hijos: Carlos Alberto de 16 años, Ana Margarita de 11 años y Osvaldo Pablo de 3 años.

         Posee casa propia en la calle Humaitá 85. Se trata de una casa moderna con todo el confort correspondiente, y por añadidura, en un lugar céntrico de la ciudad.

         Hizo estudios primarios en la Escuela Italiana "Regina Elena" y secundarios del bachillerato en el Colegio Nacional hasta el 5° curso. La vida con sus exigencias lo llevó por caminos, más trillados es cierto, pero no menos dignos como lo son aquellos relacionados con las actividades comerciales.

         Forma parte también de la sociedad (Casa Sacco) constituido por su madre Sra. Ana Vda. de Sacco y Carlos, Bruno Garibaldi, Concepción Sacco de Vezetti, Conrado y Armando Sacco, hecho que revela su espíritu dinámico y capacidad creadora.

         Se muestra satisfecho de la industria que explota y es de opinión que el porvenir de los negocios en el país se basa exclusivamente en la paz espiritual de todos sus hijos.

         Pertenece a las siguientes entidades: Libertad F. B. C. del cual es actualmente miembro en su Comisión Directiva; Italo Paraguayo y Club Mbiguá. En todas ellas goza de generales simpatías por sus bellas prendas personales y morales.

         Sus horas de ocio las consagra a la lectura, al cine y al teatro. Admira sobremanera el teatro nacional que si bien está en pañales ya empieza a dar enérgicas señales de vitalidad como lo comprueba el hecho de su creciente popularidad.

         Entre los innumerables recuerdos gratos que tiene del Paraguay cabe mencionar la paz del Chaco que puso término al conflicto bélico con Bolivia. Ello revela que Pablo Sacco es un elemento de orden a quien sólo le interesa las fecundas batallas de la paz y del trabajo, pedestal sobre el cual descansa la felicidad de los pueblos.

         Finalmente diremos de él que nunca se ha dado vacaciones para el descanso y que su ambición mayor es ampliar y mejorar el comercio y la industria que explota aquí entre nosotros donde, si bien es cierto, no es su país natal, en cambio es el nido de sus amores, la estrella polar de su destino, al cual se siente identificado hasta la médula de los huesos.

         Pasemos ahora al otro socio de la firma.

 

JOSÉ GERÓNIMO FERNÁNDEZ

 

         Nació en Asunción el 27 de agosto de 1909, siendo sus padres don José Ramón Fernández, ya fallecido, y doña B. del Carmen Rojas Vda. de Fernández. Ambos pertenecen a aquella generación que sobrenadó a la hecatombe del 70. El primero, a quien tuvimos el placer de conocerlo, fue un dechado de corrección y pulcritud hasta el punto de que daba la impresión de un chambelán de la corte de María Antonieta o de Luis XV, pues sólo le faltaba para serla la larga chaqueta, los botones dorados, la peluca empolvada y sus polainas blancas. Tan cierto es esto que sus amigos y admiradores todos le conocían con el sobrenombre de Luis XV.

         Constructor de obras, primero, trocó luego su profesión por la del funcionario público, si bien en forma fugaz durante la presidencia del Dr. Eligio Ayala, tocándole ser Intendente de la Aduana de la Capital donde dejó huellas imborrables de honradez y contracción al trabajo. Pues bien, en ese hogar humilde este hombre de trabajo forjó su carácter y las aristas de su personalidad, hecha a todos los embates de la adversa suerte.

         Sus estudios primarios los hizo en el Colegio Manuel Amarilla, cuyo nombre evoca a uno de los más expectables educadores paraguayos por su vocación y amor a la docencia y sobre todo por el ansia de superación que siempre fue norte de su vida hasta el extremo que, dentro de las múltiples tareas educativas que absorbían sus horas, tuvo también el tiempo necesario de conquistar las borlas del doctorado, en esa edad en que otros se arrebujan en la sombra de la impotencia, vencidos y nostálgicos del bien ajeno. Este maestro paraguayo cuando murió, contaba arriba de los 75 años. Terminados sus estudios primarios pasó a la Escuela de Comercio López Moreira, donde obtuvo su título de Contador Público, tras una meritoria jornada estudiantil. En el año 1931 ingresó en la Escuela de Ciencias Económicas y Políticas, antes de que entrara a funcionar la actual Facultad de Ciencias Económicas. Dicha Escuela clausuróse a poco de terminar el primer año de su existencia por falta de alumnos.

         Formó su hogar al lado de una distinguida dama brasileña, doña Doralice Delfina Cámeron, quien optó más tarde por la ciudadanía paraguaya. Este hogar procreó 3 hijos: Gladys Nazaria, de 10 años, José Gerónimo, de 7 años y María Amalia, de 3 años.

         En el año 1938, hasta el 43, tocóle desempeñar el cargo de Contador General del Banco Agrícola. De allí pasó o Concepción en carácter de Gerente de la Sucursal del mismo Banco hasta que dimitió al cargo para dedicarse a sus actividades particulares.

         Al finalizar la guerra del Chaco, ingresó en la Oficina de Cambios, más tarde Banco del Paraguay, donde llegó a ocupar el delicado e importante cargo de Sub-Contador General.

         Durante el conflicto bélico con Bolivia fue Secretario de un Juzgado dependiente del Tribunal Militar, en su carácter de oficial de reserva. Posteriormente tocóle ser ayudante del Comando de la Dirección del Material de Guerra. En todos estos cargos se desempeñó con capacidad y patriotismo.

         Es de opinión que el Paraguay cuenta con recursos potenciales enormes y que a poco que la política interna permita aplicar toda la energía de sus hijos en la explotación de estos recursos, el país puede recuperarse de la postración económica en que se encuentra.

         Gerónimo Fernández, hombre, joven aún, posee un espíritu culto y refinado.

         Gusta de la literatura por la que siente una deleitación especial. Sus momentos de ocio los dedica en gran parte a la lectura. Lee de todo: literatura, arte, teatro, ciencia en general sin que nadie advierta que, detrás del hombre de negocios, anida un estudioso, un vaso de selección.

         Practica deportes, pues es hombre múltiple y tiene tiempo para todo y le asusta la inacción. Es socio entusiasta del Olimpia, Italo Paraguayo y Mbiguá.

         Para terminar diremos que lo que más nos ha impresionado en estos dos "pionner" es la profunda similitud que existe entre ambos: un mismo sentido de superación, una misma voluntad y un mismo ideal los anima: ampliar y robustecer cada vez más la esfera de sus actividades comerciales.

 

 

 

AMADEO BUONGERMINI

 

         La vida de este hombre, cuyo bosquejo vamos a diseñar velozmente en estas líneas tiene la belleza simple de una línea recta con quebradas a veces, provocada por las alternativas propias de la vida, pero alzada siempre en profundidad, en hacer siempre algo útil y constructivo, en moverse siempre camino adelante.

         Ocurre muchísimas veces que nos sorprendemos a la vista de una persona que ha llegado a consolidar una posición económica desahogada, y sobre todo si echamos una mirada retrospectiva a su pasado y ese pasado está preñado de penurias, de estrecheces mil, por que el Hada Fortuna, tan benévola y propicia para unos, en cambio, se muestra esquiva y huraña para con otros.

         Agréguese a todo esto cuando se ha venido al mundo en pañales humildísimos y cuando, a falta de golosinas, se busca, como el agua de una fluente, el cálido regazo maternal que, por sí solo, dicho sea de paso, basta para reaccionar de todos los dolores y lágrimas del mundo, en los primeros años sobre todo, que deberían ser de navidad permanente, de regalos, de aguinaldos, de delicias sin fin, y, sin embargo, el pan es magro y la vianda escasa porque el jornal del encargado de allegar recurso a la cría, como lo es el padre, es insuficiente o ha sido disminuido, ya por causa de una enfermedad aleve e imprevista, ya por una precipitación pluvial a mitad de la semana dejando inconclusa la obra o ya por que algún prójimo se ha caído de los andamios rompiéndose el cráneo sin decir adiós y existe el convencionalismo de guardar el duelo consabido y otros mil gajes del oficio y se tendrá una pálida imagen cómo la ascensión ha sido penosa y cuán grande debió ser el esfuerzo realizado minuto a minuto, hora a hora, día a día, para superar y vencer las dificultades de la marcha y frenar y domeñar a esa bestia agazapada dentro de nosotros mismos y que en todos los instantes, sin solución de continuidad, pugna por romper los barrotes de su jaula. Cuando en fin se ha llegado a la meta y con Arquímedes se puede gritar a pulmón pleno el ¡Eureka!! ¡Eureka! del hallazgo, se tiene el derecho, legítimo si se quiere, de alzar la vista al cielo en la postura digna y recia del triunfador.

         Tal es el caso de este incansable luchador del trabajo que, peldaño a peldaño, sin otra muleta que su voluntad y fe en sí se ha hecho de una posición respetable, digna de los mayores encomios.

         Fueron sus padres don Vicente Buongermini y doña María Antonia Petrone, ambos de nacionalidad italiana Don Vicente llegó al Paraguay a comienzos del presente siglo, en pleno período de nuestra convalecencia histórica, pese a la nonia agorera de Guido Spano. Como único maletín de viajero traía sus brazos hercúleos de buen constructor, unido a una voluntad firme, indeclinable, de abrirse un camino bajo el sol del Paraguay, cuya historia y cuyas leyendas hiperbólicas, pobladas de fantasmas, habían saturado sus rosados sueños juveniles anhelantes de cruzar horizontes y playas lejanas, extrañas a la suya en su topografía y condiciones climáticas pero atada a su patria por el cordón umbilical de un mismo tronco épico, de una misma cultura, de un mismo hontanar en la escala infinita de los acaeceres históricos y del espíritu latino. Y fue así de esta suerte que llegó hasta nosotros, logrando bien presto formar un hogar respetable y digno, procreando un verdadero enjambre de robustos hijos, algunos de ellos ya desaparecidos: Rafael, Amadeo Pedro, Vicente, Herminia y Lucía y otros que viven aún: Gerardo, General de Sanidad y cirujano de bien ganado prestigio, Garibaldi, Francisco, Cayetano, Carmen y Eva, farmacéutica. De entonces hasta el día de su deceso amó, luchó y sufrió, entre nosotros, cordial y macizo como un roble. Su hijo Amadeo nació en esta capital el 3 de diciembre de 1905, en la calle Yegros y 2°. Proyectada, cuando dicha calle aun no había sido profanada por el pavimento y la ciudad comunera, como una coqueta dama, se adormilaba en su clásica siesta colonial, con su tranvía a tracción de sangre, teniendo por iluminaría sus apergaminados farolitos a kerosene. Vivíamos entonces una especie de vida oriental, sin ruido, sin aparato, lejos del cosquilleo febril de la hora actual con sus endiablados problemas de todo orden.

         Cumplido su ciclo escolar, entre la bullanguera caravana que comienza a garabatear el abecedario y los primeros imprecisos pasos de la vida, correteando por las calles y jugando a la hondita, ingresa en la Escuela de Comercio, recibiéndose de Contador Público en el año 1929. Más tarde, acicateado por sus ansias de superación, prosiguió sus estudios en la Facultad de Ciencias Económicas, no habiendo podido coronar su carrera por no permitírsele sus múltiples y abrumadoras tareas comerciales.

         El 6 de marzo de 1933, contrajo matrimonio con doña Rosa Barrail, de cuya unión nació Antonia Honorina, el 2 de noviembre de 1935, siendo en la actualidad alumna del 3er. curso de bachillerato en el colegio de la Providencia. Paralelamente a estos estudios consagra sus afanes de arte al piano en la academia de música dirigida por la señora de Riveros. A través de sus ágiles dedos que señorean sobre el teclado parécenos escuchar el alma musical de los grandes artistas del Renacimiento.

         Amadeo se inicia en el comercio, como empleado, en la antigua y acreditada casa Pozzo Hnos. y Uriarte hoy desaparecida en la balumba de nuestro avance urbano. Posteriormente ya siendo un hombrecito hecho y derecho, con un cabal sentido de sus responsabilidades hogareñas, ingresa en la casa Salomón José B., en calidad de ayudante contador. Pero este nuevo escenario de sus actividades le resulta estrecho, y monótono y empujado nuevamente por su espíritu emprendedor y progresista funda con su hermano Francisco en el año 1929 una sociedad colectiva, en el local de la calle Mariscal Estigarribia y General Santos, explotando el ramo de almacén, importación y frutos del país, hasta el año 1936. Al año siguiente traslada su negocio en su actual local de su propiedad sito en la Av. Dr. Eusebio Ayala e Intendente Guggiari. Aquí se inicia en la industria con la instalación y explotación de molino de arroz y harina de maíz, ampliando de esta suerte los ramos enumerados anteriormente.

         Plácenos consignar que Buongermini está satisfecho de su actividad y de la industria que explota a la que asigna una gran importancia para el país, no tan sólo por su consumo en gran escala sino también por las risueñas perspectivas que ofrece a la economía nacional.

         Cree que el Paraguay puede avanzar mucho más aún en el campo de las industrias, por la excelente materia prima con que cuenta el país.

         En estos mismos momentos tiene iniciado trabajos para la instalación de una industria cerámica, que sería completamente mecánica y moderna.

         Amadeo, que pareciera tener alambre de acero en sus venas, tiene mucho optimismo en el porvenir industrial del país y confía en el éxito de su propia empresa y capacidad creadora.

         Aparte de todo lo que dejamos expresado es un estudioso impenitente. No tan sólo lee libros de su especialidad como son los relacionados con el comercio, sino que lee al propio tiempo Historia, Geografía y Economía disciplina ambas gemelas en el fondo y que se complementan por la estrecha conexión que las unen y porque está demostrado por la sociología que la geografía determina el curso de la historia de un país. Estudia y enfoca al propio tiempo los problemas nacionales con un criterio reposado y superior y así opina que el Paraguay necesita para incrementar sus industrias nacientes mucha inmigración sobre todo de agricultores y artesanos.

         Sus momentos de ocio y de recreo los dedica al fútbol, a la caza y a la pesca y finalmente al cine. Ha realizado paseo de vacaciones en Buenos Aires y acostumbra descansar de la dura brega diaria en San Bernardino, Caacupé y Villa Florida.

         En 1928 prestó servicio militar como aspirante a oficial de administración, ocupando el cargo de Jefe del Almacén de Vestuarios de la Intendencia de Guerra.

         Cuando la guerra del Chaco, ya Tte. 2º de Adm. fue designado Contador Tesorero de la entonces Dirección de Economía y Abastecimiento, actuando en estos cargos a satisfacción de sus superiores.

         En el barrio de su actual actividad, donde se iniciara a trabajar por su cuenta hace 22 años, (Pinozá) ha prestado su colaboración para todas las obras de cultura y progreso, con espíritu patriótico y siempre con mira al interés colectivo, ya como Presidente de las comisiones o como miembro de las Pro-escuelas, Pro-Policía, Pro-Iglesia etc. dando prueba de que cuando se trata de trabajar por el bien de la colectividad, también emplea toda su capacidad y voluntad.

         Como deportista forma parte del Cerro Porteño F. B. C . y fue miembro de su C. D. en el ejercicio 1948/1949. Igualmente es socio del Club Deportivo de Puerto Sajonia, donde concurre a recrearse con su familia. Es también socio del Centro Almaceneros Mayoristas, el Touring Club-Paraguayo, de la Unión Industrial, y, finalmente, ha sido Secretario de la Sección Industriales Arroceros.

         En suma, diremos que se trata de uno de los obreros silenciosos del progreso y del porvenir económico de la República, con un optimismo y una voluntad de acero, capaz de las más altas y atrevidas empresas sin parar mientes en los obstáculos del camino.

 

 

RAFAEL VAZQUEZ

 

         Si la vida es un combate donde triunfan los mejores dotados, como enseñan los filósofos, nada más oportuno y elocuente que traer a los puntos de la pluma el nombre de este "pionner" de las artes gráficas paraguayas, cuya imprenta, "El Arte", donde hemos acunado nuestras primeras indecisas rebeldías de estudiantes, constituye en la actualidad un modelo en su género y un decoro de nuestra cultura que por sí constituye el mejor y el más alto galardón de una vida ancha en iniciativas y espíritu de superación.

         Don Rafael Vázquez nació en esta capital el 25 de febrero de 1881, cuando aun flotaba en el ambiente patrio ese hálito de tragedia de la guerra grande que había reducido a pavesas el solar nativo, interfiriendo de esta suerte el curso de nuestro destino histórico.

         Fueron sus padres doña Francisca Vázquez y Froilán Ramírez, ambos paraguayos.

         Su infancia transcurrió en el barrio de San Roque, dentro de un ambiente humilde, lleno de respeto, honestidad y trabajo. Cuando apenas contaba 14 años, inicióse en su actual profesión, por la cual sentía una irresistible vocación, la que no soltaría más en adelante como a una presa, como a un vellocino de oro, como a una ilusión hecha carne en el lenguaje candente de la realidad. En octubre de 1895 ingresa como aprendiz en los acreditados Talleres Gráficos Nacionales de H. Kraus, imponiéndose bien presto por su dedicación al trabajo y el estricto cumplimiento de sus deberes hasta el punto de que en cierta oportunidad el propietario Kraus, en un rasgo de sinceridad y admiración no disimulada, le dijo: "Vd. Vázquez llegará a muy alto, según veo por la forma como trabaja". A través de estas palabras, pronunciadas con el aplomo que da la madurez, están escritas el itinerario de su destino al que había de conquistarla y domeñarlo más tarde a golpes de muñecas y corazón bien templado.

         Posteriormente, y después de haber desempeñado el delicado cargo de encargado de la sección tipográfica comercial, como coronamiento de un esfuerzo que se prolongó por diez y seis años en los referidos Talleres, sintió el natural deseo de trabajar en forma independiente, no sin haber obtenido antes honrosos testimonios de sus aptitudes personales.

         Más ese vivo deseo de trabajar por cuenta propia no puede llevarlo adelante debido a circunstancias superiores a su voluntad por lo que vióse en la necesidad de ingresar en la Imprenta Zamphirópolos en calidad de regente de sus talleres, por el término de cinco años, para confiársele más tarde el cargo de administrador general de la citada casa, por ausencia de su propietario, quien así premió su capacidad de trabajo y honradez a toda prueba. Estas funciones, lejos de anular en él sus viejas y caras aspiraciones de independencia, influyeron poderosamente para concretarlos en hechos. Y fue así, de esta suerte que, en 1915, se retiró de dicho establecimiento a los efectos de organizar la firma social "Vázquez y Hno." en la que figuraba su hermano Mamerto.

         Un lustro después, dicha razón social fue liquidada, para figurar de 1920 en adelante la firma unipersonal de "Rafael Vázquez", que duró hasta el año 1930. A partir de 1931, quedó organizada la firma "Vázquez e Hijos". Estos fueron sus hijos Carlos, Maximiano, Sebastián y Luis, muertos los tres últimos en la guerra del Chaco, en defensa de la soberanía nacional.

         Esta triste circunstancia determinó la modificación de la firma en "Vázquez e Hijo", siendo sus componentes el señor Rafael Vázquez y uno de sus hijos, Carlos, sociedad que rige hasta la fecha.

         Cabe consignar empero que se están ultimando las gestiones necesarias para la transformación de la misma en sociedad anónima, con miras de ingresar en ella como accionistas algunos de sus principales operarios, para dar de este modo oportunidad a sus colaboradores inmediatos a que puedan solucionar su situación económica y social.

         Asimismo cabe consignar que en estos momentos se está dando término a la incorporación de una sala comedor a fin de que los obreros en una hora determinada tengan un descanso a modo de recreo y recibir alimentos especiales proporcionados por la firma, amén de otras comodidades afines relacionadas con vestuarios, ropas adecuadas para el trabajo y los 3 ó 4 paseos que anualmente se ofrece al personal en los pueblos del interior.

         Pero el título más alto que puede enarbolar don Rafael es que sus estudios primarios no los pudo concluir, pues apenas pudo hacer el tercer grado en la entonces escuela San Luis, por la naturaleza propia de su profesión que le obligaba y sigue obligándole a no abandonar un solo puente de mando, por el alto sentido de responsabilidad que le anima. Pudo haber sido, si lo hubiera querido ser, pues voluntad le sobra, un hombre de letras, un intelectual, un letrado, cualquier cosa en fin, pero prefirió la compañía de los tipos de Guttemberg, esos amigos silenciosos, pero plenos de lealtad y sabiduría que realizan el milagro, negado a la mayoría de los hombres, de llevarnos de las manos, sin boletas ni exequátur de ningún género, a pasear y deleitarnos por los países más distantes, por los climas más disímiles, por las regiones más remotas del ensueño.

         El señor Vázquez es un hombre temperamentalmente progresista. Su vida, de cuño antiguo, es de aquella que no se dobla a la fatiga ni al desmayo. Cuando a la hora de la siesta extiende su hamaca bajo la sombra cordial de un tarumá, es tan sólo para planear proyectos para el mejoramiento de sus talleres. Así, lo vemos incorporarse después, feliz y optimista, con la idea de un nuevo viaje incrustado en la mente. Y es que, como un imperativo categórico siente la necesidad de estar al día, de cerciorarse personalmente de los últimos adelantos técnicos incorporados en los artes gráficas para servir con mayor eficacia a su numerosa clientela, para introducir en sus actividades reformas y mejoras exigidas por el ritmo de sus operaciones y no defraudar en esa forma la jerarquía que ocupa. Con su esposa doña Emilia Santacruz, que dicho sea de paso ha tenido una gran influencia en sus negocios con su voz de aliento, han emprendido juntos numerosos viajes a Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro.

         De cada uno de estos viajes ha traído nociones provechosas y prácticas que muchísimo han influido para hacer de sus talleres una de las empresas más modernas y florecientes del país.

         La Gerencia de la casa está a cargo de su hijo: Carlos Vázquez, cuya inteligencia, dinamismo y visión para el futuro constituye, a decir verdad, una prenda segura de garantía y seriedad y un índice cierto de cuan favorables son las condiciones que le rodean para proseguir la obra del padre.

         Este vástago de don Rafael, nació en Asunción el 9 de septiembre de 1908.

         Sus estudios primarios los hizo en la Escuela Manuel Amarilla. Más tarde y acicateado por su vocación ingresó en la Escuela de Comercio Jorge López Moreira, institución de mérito que dio al Paraguay, por espacio de treinta años casi, la primera falange de Contadores incorporados a las actividades comerciales e industriales de la nación durante y después de dicho lapso.

         Obtenido su diploma de Contador Público creyó un deber suyo sumar sus esfuerzos a los del padre, bajo cuya dirección ha venido formándose desde el último peldaño hasta ocupar el de responsabilidad que actualmente tiene.

         Todo ello nos indica a pensar que en buenas manos está el timón, base firme que asegura a la empresa una constante expansión.

         Actúa de Administrador de la firma, el Contador Público, don Heraclio Zamphirópolos Torres, titulado en la Escuela de Comercio Jorge López Moreira, en el año 1937.

         Ingresó en la firma en noviembre de 1949 en carácter de Contador.

         La firma social en cuestión realiza importaciones directas de papeles de diversas clases, cartulinas, tintas, sobre y maquinarias en general, de los principales mercados europeos y americanos.

         Las dificultades estriban en la escasez de divisas que aflige actualmente el comercio de importación, como es de pública notoriedad. Hasta la fecha no ha podido efectuar operaciones de exportación, si bien lo tiene en estudio. A este respecto es de opinión que debe ser estimulado en toda la forma posible, por constituir un rubro que puede ser considerado por nuestra economía, con resultados halagüeños para ella.

         Pasemos a sus talleres tipográficos. En la actualidad posee varias máquinas impresoras, tipográficas, máquina de componer y fundir líneas, accesorios, tipos de imprenta, útiles varios. Cuenta con un personal de 74 operarios. El monto actual de sueldo anual suma a G. 170. 000.

         El costo de los fletes fluviales dice don Rafael que es oneroso y más elevado que el costo marítimo de ultramar. Y esto lo considera un contrasentido, cuya solución encajaría dentro de una mejor comprensión de los ideales panamericanistas preconizados en tratados y conferencias internacionales celebrados por los países americanos, en reiteradas oportunidades.

         En el año 1945, el señor Rafael Vázquez cumplió sus bodas de oro con la profesión de las artes gráficas que eligiera siendo niño. Con este motivo recibió significativos y elocuentes augurios y felicitaciones del alto comercio, de la prensa y público en general. Por una caprichosa ironía del destino, tan fausto acontecimiento para él y los suyos coincidió con el fin de la pavorosa guerra desatada por las potencias del Eje, pero fuerza es confesar que, a pesar de su magnitud y las proyecciones que pudieron tener para el futuro, el señor Vázquez siguió atento la marcha de los acontecimientos sin perder pie, ni la confianza en la causa de las naciones aliadas y muchísimo menos en las suyas propias. Sorteado aquel escollo, con el triunfo aplastante de la democracia, el señor Vázquez, tras un breve paréntesis de expectativa, volvió a empuñar, con mano firme, el timón de sus actividades industriales imprimiéndole, un ritmo cada vez más acelerado.

         La gente maliciosa aquella que no analiza ni discrimina las cosas sino muy superficialmente, ante aquel vigoroso impulso de marcha adelante, comenzó, entre bastidores, a verter sus sospechas haciendo rodar sobre el pavimento la especie de que el señor Vázquez había tenido la fortuna del hallazgo de un entierro fabuloso. En la jerga popular dicha entierro es conocido con el pintoresco nombre de "plata ybyguy". No podía consentir que un hombre encorvado sobre el yunque del trabajo más de 50 años, podía tener el derecho de levantar cabeza, con los centavos acumulados en innumerables noches de vigilias e insomnios, sin conocer reposo ni fatigas, iluminado tan solo por la estrella polar de la fe, pueda en el trabajo honesto y sin sombras y sin medias tintas formar una fortuna. Más la insidia pasó, como pasan todas las cosas vanas y artificiosas y esta es la hora en que aquellas bocas maldicientes hacen coro al justo y merecido prestigio de "pionner" de la calle Caballero 225, cuya ambición mayor en su mocedad era ser un buen profesional gráfico y más tarde trabajar en forma independiente. Como habrán observado nuestros lectores los saltos adelantes realizados en su trabajada vida de industrial han sido lentos, pero seguros y firmes, desde la fecha aquella que se inicia como aprendiz en la casa Kraus, para pasar luego como un meteoro en calidad de regente en la imprenta Zamphirópolos y tirarse de allí a la calle dispuesto a luchar solo, codo a codo con la miseria, para por último, ir a parar en una humilde bohardilla de la calle Caballero, pero libre el cuello de dogales, tomándola en locación, por varios lustros, para finalmente convertirse en propietario de una finca en la calle Cerro Corá N° 320 al 328 y demás propiedades adyacentes, convirtiéndolas bien pronto en un vasto taller, donde no se escucha otra cosa sino el zumbido de las hélices y el crepitar de los motores, donde cada empleado, cada operario, tiene su esfera de acción propia, pero obedientes todos a una cabeza rectora, a un piloto que no duerme y a un vigía que no hace otra cosa sino alumbrar los caminos para que la tarea resulte más positiva y el rendimiento sea cada vez mayor. He aquí trazada toscamente los perfiles de don Rafael quien, a pesar de sus años y los golpes sufridos en su hogar, mantiene en alto su espíritu con la bizarría de un joven de veinte años, pletórico de vida y confianza en sí. Milagros de la edad son éstos que nos invitan, a todos de consuno, a meditar serena y reflexivamente sobre el secreto de esta exuberancia vital. El señor Vázquez es un hombre previsor en grado sumo como lo comprueba el hecho de que a fin de capacitar debidamente a su personal y conocer a fondo el manejo de las complicadas máquinas modernas, ha enviado al exterior, de su peculio propio, a varios empleados de la casa, quienes a su vuelta y con los conocimientos adquiridos durante su perfeccionamiento han rendido con creces este esfuerzo realizado al brindar al establecimiento su capacidad, evitando así el desembolso de sumas que irrogaría el asesoramiento o trabajo de técnicos extranjeros. Con esta prueba irrefragable por delante, su juicio sobre el personal paraguayo no puede ser más óptimo.

         El porvenir editorial del país estima favorable, de normalizarse las transacciones del comercio exterior. El señor Vázquez, que dicho sea de paso es un hombre modesto, afable, dicharachero, es un paraguayo ciento por ciento. Siente hervir en sus venas el orgullo de saberse paraguayo y de haber perdido a tres hijos suyos en defensa de la patria. Abroquelado con esta moral contempla y examina los problemas nacionales cuyas soluciones tienen para él la sencillez de una línea recta. Nada de complicaciones ni recetarios foráneos para qué el país se fortalezca moral y económicamente y se eche a andar por el camino de su verdadera grandeza. La mejor garantía de sus palabras constituye su obra, su imprenta "El Arte", donde ha insumido una buena porción de sus adías para hacer de ella decoro de las artes gráficas del Paraguay y un índice elocuente de nuestra capacidad para el trabajo, pese a las opiniones contrarias, vengan de donde vinieren. Es más. En diversas oportunidades ha sido distinguido con diplomas honoríficos por la alta calidad de sus impresos presentados en exposiciones industriales qué han tenido resonancia dentro y fuera del país.

 

 

 

JOSÉ CASOLA

 

         Los puertos, no importa que no sean de mar, todos los puertos, tienen una fisonomía pariente, un paisaje típico, una población siempre fronteriza, un lenguaje análogo, un espíritu común, porque todos son miembros dispersos de la familia, porque el agua une más que la tierra - civilizaciones y países - y es más camino de las ideas, de las costumbres, de las mercaderías y de la humanidad como masa o como injerto, por más, que a los hombres los ate individualmente más la tierra; porque en todo puerto aunque sea en un recóndito recodo del planeta, aunque sea en el íntimo rincón de una bahía abierta, con anticipo nostálgico de mar, en el corazón de un continente; en todo puerto, sí, hay una resonancia marítima, lo misma que en un caracol marino, por ser como un fleco suelto, como una cortada espuma, como un asordinado eco del mar.

         Por eso, todo hombre que navega es un marino, un marinero, es decir, un obrero del mar, así no navegue más que en un río tísico, en una escuálida laguna, y no conozca el mar más que en refranes, por lo general obscenos.

         El puerto de Asunción, tiene naturalmente también las características específicas del puerto, si bien el tráfico fluvial ha sido siempre lánguido, con el refuerzo de la languidez de la bahía, y además, tocado apaciguadoramente por la siesta nacional. Y como todo puerto, tiene asimismo su puerto extraoficial, su a modo de puerto supernumerario, su puerto, en fin, que por eso no tiene la uniformidad final de todos los puertos, y los rasgos, sí, locales más acentuados: la playa Casola.

         Estas playas marginales de los puertos recogen más que éstos la resaca, como recogiendo restos de naufragios: naufragios en las aguas y naufragios en la vida, arrojados unos por la hamaca de las olas a las costas, y empujados los otros, sobras humanas, por el oleaje social contra las costas; desperdicios, ambas clases de náufragos, inanimados y animados, salvados o ahogados a medias, que allí encajan en el engranaje humano y se incorporan otra vez al mundo, al laboratorio de la vida, donde no hay desechos; los últimos, en una semi beodez perenne, entre contrabandistas y rateros, en mezcolanza de changadores y embarcadizos, dormitando su ración de sol en este para ellos desvencijado barco de la vida, con un pie en tierra y otro en el agua, como un muelle, prontos a enredarse en tierra presos o a lanzarse a la libertad del agua, como un bote, uniendo las embarcaciones cansadas al descanso de la playa, como un cabo.

         El puerto, siempre espléndido y abundante siempre, sabe ser generoso, con generosidad de carcajada, con estos seres derrotados que como moscas merodean en torno a las sobras en manantial del puerto. Siempre el viaje es un banquete del espíritu; y de ahí que todo viajero sea más humano: partir... partir siempre se va hacia la esperanza; y llegar... siempre da la bienvenida una ilusión o espera un fiel recuerdo. No importa ir o venir: lo importante es mover el universo que es uno mismo, como se mueve el cuerpo enfermo en el lecho en la búsqueda de alivio; y esto hace feliz; da a la felicidad un sucedáneo; da una maquillaje alegre o mentiroso a la tristeza; entreabre los pétalos de una sonrisa en el suspiro, haciendo así fragantes de auroras los crepúsculos.

         Más que acentos innobles de puerto marginal de escombros vivos, la playa Casola tiene prestigios de matrona y de lactante: por ahí se ha amamantado de preferencia el litoral; y allí ha arrimado preferentemente el litoral sus flácidas ubres paraguayas, tal vez en alimentación de cuentagotas; pero vitalmente nutricia, al fin, hacia el norte y hacia el sur, desde el sur y desde el norte.

         Constante vaivén de embarcaciones al menudeo y en hormigueo: lanchas de pasajeros y mercaderías que se vacían y se llenan; febriles y forzudos remolcadores liliputienses que maniobran con nerviosidad de perrillos en celo; canoas y chatas de andar episcopal cargadas hasta que el agua les bese los labios de la borda, sensualmente, y que se mueven como madres multíparas y encinta, apoyadas en el rudo botador de ritmo enérgico y paciente, o llevadas de la mano por los músculos del remo, o conducidas casi en andas por el padrinazgo de una vela que desenvuelve su blancura sucia y remendada como una bandera romántica.

         ...Todos los frutos de la tierra: frutas y verduras. Y las madureces de los surcos. Y los sazonamientos de las granjas. Y los balbuceos de la industria casera. Y la limosna de los bosques en sus descuartizados cadáveres de árboles: maderas aserradas o en bruto, carbón, leña, picanilla...

         Entre la seriedad de los vecinos barcos mayores de cabotaje, sin más guinches que los hombros, y la cadena de los brazos y las tenazas de las manos, toda la riqueza arrancada a la tierra vuelcan las menudas embarcaciones en la playa Casola, como en el regazo maternal, amplio de flacura. Y de su mismo regazo toman, para el viático de vuelta o para el viático de ida, todo lo que allá necesitan y pueden alcanzar los trabajadores y el trabajo: herramientas, tejidos, artículos de confort y alimenticios; todo entre la algarabía de un hervor de actividades, donde a ratos pone su nota estridente y cacofónica el llanto de una criatura en una hamaca, meciéndose en la tónica intemperie de una chata, o la risa de flor de una mujer en truco de comadres o en réplica a un compadre compadrón.

         Y no sólo hay saldos de humanidad en esta playa, como en todo puerto adicional, sino también y sobre todo una asamblea de embarcaciones castigadas con la prisión en el elemento quieto y duro; apeadas algunas por una temporada del columpio líquido y macizo; jubiladas otras de todo viaje por todo el viaje de sus vidas: unas, como internadas en el hospital o intervenidas en la sala de cirugía, picoteadas por el repiqueteo del calafateamiento, o acicaladas por una mano de pintura, como mujer atardecida vuelta a la mañana de su juventud por una noche, o cambiándose algunos miembros de su cuerpo más mordidos por el besuqueo de las olas. Y otras, arrojadas como cadáveres sin deudos en la morgue: unas, con algunas carnes en piltrafas todavía; otras, apenas esqueletos, en la postrera desnudez; y otras, en desolada dispersión de huesos.

         ...Embarcaciones, ex embarcaciones, que no conocerán más las caricias femeninas del agua, a veces de madre, a veces de amante, a veces de bruja; ni llevarán la vida de un lado para otro, en permuta de latidos humanos y sociales, como prolongado y multiplicando las palpitaciones del corazón del mundo; que ya no rasgarán el agua con sus quillas, fabricando encajes con la proa para arrojarlos a los flancos, ceñidamente, en tumultuoso chal de espumas, como un mantón de mágicos bordados a los hombros de la mujer amada; embarcaciones que deben contentarse con los sobrantes abanicazos del viento en comienzos de enjaular su libertad, y que forzosamente deben consolarse con la arena que las va enterrando en lento suplicio y con la mentira de que es agua salpicada en olas...

         ¡Tanta literatura para hablar, no de la playa, del almacén Casola!.

         Don Jerónimo Casola se había formado en los yerbales, en la ruda gimnasia de la selva inmisericorde, donde nuestro pueblo se desangra y pudre en expiación de su inocencia, de su orfandad, de su pobreza.

         Como todo el que tuvo la gran suerte de no dejar su osamenta en el yerbal, don Jerónimo salvó apenas la vida de la voracidad del purgatorio verde; mejor dicho, los residuos, de una vida. Y en su casa solariega de Alberdi y General Díaz, de corredores coloniales, montó un taller de carpintería.

         Casado con doña Juana Valiente, el matrimonio se enriqueció de hijos: Quintín, doctor en medicina y cirugía, gran clínico y portero que deambuló con desazón cargada de silencio, dentro y fuera del país, las ingratitudes de la vida rumiadas en la sociedad con dignidad, y fallecido ya; Ángela, hoy viuda de Scala, Petronila, Florencio, enfermo de música, que lo mismo es técnico en el violín como en el piano, el mandolín o la guitarra y a quien la falta de salud le ha impedido volar alto; Gerónimo, armador y enviciado en la navegación; Mercedes de Alcorta, también muerta; Juan y José, mellizos; el uno radicado hace una década en Buenos Aires, y el otro al frente de la sociedad Casola & Cía.; Pascual, igualmente trabajando en actividades portuarias, e Isabel, desaparecida a los 15 años.

         Con sus ahorros de pequeño industrial, don Gerónimo Casola se instaló con un negocio de ramos generales donde nace la calle Montevideo, como en el umbral de la bahía, en la gran casa de altos hoy propiedad de los Casola, sobre la playa que debería llevar su nombre, puéstole por la flotante población de ese apéndice del puerto.

         Fue un acierto este almacén de todo: la provisión a tanto barquichuelo que partía y que llegaba, era un renglón jugoso, y también no dejaba de ser bueno el margen de ganancias en la compra de frutos del país que el litoral allí desembarcaba. Negocio semi enciclopédico, de precios convenientes y de trato cordial, su clientela se fue ramificando, y llegó a ser el proveedor de las poblaciones norteñas hasta Villa de San Pedro.

         Acaecida la muerte de don Jerónimo en mayo de 1929, se reorganizó la sociedad como hasta hoy subsiste, en 1930, bajo la doble jefatura de José y Juan, hasta que retirado el último para radicarse en la Argentina, quedó de administrador, desde 1941, don José Casola, continuando éste la tradición de la firma netamente familiar.

         Don José Casola no terminó el bachillerato ni pudo seguir estudios de contador, que era la profesión que ansiaba él, un poco porque le pusieron la proa en los exámenes de los cursos comerciales, y otro parque le gustaban más el fútbol y el periodismo en aquella época, y otro poco tal vez por poner la popa a juguete en la brisa, ya que no se podía haber criado impunemente en la playa Casola sin envenenarse de vagancia, porque los puertos tienen el fenómeno bastante paradójico de inyectar haraganería, no obstante ser los centros más activos, como capitales, como ombligos, como células madres de la actividad que son.

         El joven se curó del periodismo; pero el fútbol le era una afición (¿o infección? ¿o afección?) más incurable; y a él sigue entregado hasta el presente, en regañón y contento finalmente desmedro de su vida comercial, como que ha sido 11 años miembro de la comisión directiva del Cerro Porteño y organizador del segundo al cuarto campeonato nacional de fútbol, especialidad en que es una autoridad ... y un Cristo.

         Unido en matrimonio el 30 de abril de 1925 con la señorita María G. Gómez, el señor Casola reparte su tiempo entre el hogar, el fútbol y su casa de negocio, con sus anexos de la playa. Pero seguramente el fútbol, su más desinteresada y absorbente actividad, es el que más tiempo y energías le consume. No son los Casola grandes en su comercio, guardando relación en su volumen con el movimiento de la playa, con su fecundidad y honestidad. Pero esa playa de operaciones de removido, sin la alcohólica condimentación del contrabando, es uno de los pedazos de Asunción más asuncenos, y por lo tanto, al final, más paraguayos.

         Y si los Casola le han dado a la capital y al litoral la mayoría de edad de ese playo puerto, la capacidad y el litoral les han pagado con la gloria, dando a la playa el nombre de Casola... Playa Casola, bautizada así por la opinión pública; nombre de espontaneidad plebiscitaria y que quedará como lo más estable, como lo único fijo en la arena y en las aguas de esa playa.

 

 

AZUCARERA GUARAMBARE S.A.

 

         A pocos kilómetros de la Capital, en un grato rincón denominado "Ibysunú" tiene su asiento una importante fábrica de azúcar y alcoholes denominada "Azucarera Guarambaré S. A.", de pertenencia de los hermanos Vaesken.

         El año 1911, no obstante la intranquilidad política de la época, el señor don Julio Vaesken, caballero francés que había arribado a nuestro país en el año 1894, dejaba establecida una industria como una expresión más de su capacidad creadora y de su inagotable espíritu de empresa.

         La fábrica fue ganando en categoría, y el año 1921 se establece una sociedad entre don Julio Vaesken y dos de sus hermanos. La oportuna y acertada directiva de aquel esforzado hombre y su fe en el negoció emprendido hizo que fuera desbrozando las malezas del camino y convirtiendo a Guarambaré en una rica zona industrial. La muerte lo sorprendió en el trabajo el año 1938, y desde entonces, y como la mejor de las herencias, los hijos constituyeron una sociedad que tomaba la forma de sociedad en comandita por acciones para transformarse últimamente en Sociedad Anónima.

         El mejor testimonió del progreso de la "Azucarera Guarambaré" lo dan las cifras de su producción, las que han ido en aumento, demostrándose así una voluntad decidida de mejoramiento en la que han corrido parejas la cantidad y la calidad. He aquí las cifras:

         En el año 1937, la producción fue de 171.000 kilos; en 1938, fue de 600.000 kilos y mientras que en el año 1939 ascendía a 1.000.000 de kilos; en el corriente año ha llegado a la buena producción de 2.200.000 kilos.

         La fábrica nuclea a 120 obreros, en tanto que son ocupados en las chacras 150 trabajadores, contando además con un personal móvil de 80 hombres.

         La Sociedad Anónima Azucarera Guarambaré Comercial e Industrial, sigue contando con el concurso de los hermanos Vaesken, quienes cumplen una determinada función en la entidad. Así están Alberto, Augusto Adolfo, Gustavo M., Arístides A., José H., y Julio B. Vaesken formando un haz de corazones dispuestos siempre a elevar el prestigio y la capacidad de sus industrias.

         Dirige la sociedad anónima, y actualmente es su primer presidente, don Julio B. Vaesken, quien desde hace años viene asumiendo los funciones de director-gerente, y ahora visto consagrarse sus afanes por la empresa con el cargo que legítimamente ostenta. Su probada condición de hombre de empresa ha podido verse en las acertadas directivas impresas a la "Azucarera Guarambaré S. en C." y corroboradas en su fecunda actuación en la Comisión Mixta de Venta de Azúcar. Actualmente y en todo tiempo, ha sido integrante de comisiones asesoras, vecinales y sociales, ya como Presidente, miembro o consejero.

         La "Azucarera Guarambaré" no solamente ha bregado por el mejoramiento de sus industrias específicas, sino que también, es en este aspecto donde merece una mención honorífica especial, ha cuidado muy bien de las relaciones entre patrones y obreros. Puede decirse que en esa empresa no existen distingos, porque tantos los unos como los otros se ven confundidos en las jornadas diarias, en una noble puja de superación de rendimientos. En "Ybysunú" los obreros no han tenido necesidad de asociarse para la conquista de sus derechos y el aumento de sus salarios. Allí se les asegura oportuna protección y se les estimula con toda suerte de ventajas y comodidades.

         No paran los directores de esta empresa en el cuidado de sus relaciones inmediatas con el personal obrero y el agrícola, sino que también lo extienden a los hijos de estos, y así, con un patriótico ejemplo digno de imitación, han mandado construir el edificio de la Escuela local "14 de Julio" en la que asisten alumnos de ambos sexos en número considerable. Los maestros del establecimiento y la institución misma, permanentemente tienen la asistencia pecuniaria y moral de la firma y sus componentes.

         Han hecho construir igualmente algunas casas para sus obreros, adelantándose así a las más exigentes reformas sociales, las cuales cuentan con el confort moderno.

         Esta rápida síntesis de aquel emporio de trabajo que se asienta en Guarambaré, y que tiene como colmenar la laboriosidad de los miembros de una familia que prosiguen la noble herencia de trabajo de sus antepasados, es un modesto testimonio que rendimos a sus actuales dirigentes, personificados en Julio B. Vaesken, verdadero hombre de empresa, no obstante su juventud, y espíritu dinámico y emprendedor, de quien se esperan aun provechosas obras.

 

 

RIUS Y JORBA

 

         Un estribillo de publicidad radial, en intraductible gracia guaraní, dice que damos vueltas y más vueltas y volvemos, siempre a la casa de Rius y Jorba.

         Y esto es verdad en cierto modo. No sólo es una casa comercialmente enciclopédica y de precios razonables, sino que su ubicación central, en el mismo corazón de la ciudad, y sobre todo los tres cuartos de siglo de su vida, la han identificado con la vida paraguaya y la han hecho popular como ninguna en el país entero.

         Recién terminada la guerra grande, llegaron al Paraguay los tres hermanos Jorba, apenas jovencitos: Pedro, Marcelino y Andrés; pero este último no debía conocer el triunfo comercial de la familia, en el holgado descansar después de la jornada, porque murió muy pronto relativamente.

         En Asunción ya estaba establecido un tío de los tres muchachos: don Juan Rius, también de Cataluña como ellos, y con cuya hija Ana contraería enlace después don Pedro Jorba, verdadero fundador de esta dinastía de hombres de negocios.

         La primitiva firma de Termes y Rivas se transformó después en Rivas y Rius, y al final en Rius y Jorba, explotando desde 1875 el ramo de ferretería en general, para proveer de herramientas y utensilios a un pueblo que salía del desastre nacional sin otros útiles que su desesperada voluntad de pervivir. Y aunque el señor Rius se retiró de la sociedad en 1896, la casa siguió girando bajo la razón social de Rius y Jorba, nombre que difícilmente ha de cambiarse, por haberse incorporado a la colectividad como una cifra, como un símbolo, como una institución.

         Bajo la presidencia de don Pedro Jorba, se constituyó la firma en sociedad anónima en 1909 con un capital de un millón de pesos oro. Con el mayor poder adquisitivo de la moneda de entonces, este impresionante capital está diciendo el volumen que había adquirido la casa Rius y Jorba, ya ampliada su ferretería hasta abarcar tienda, almacén y mercería, y representaciones de productos industriales de los que se ha ido desprendiendo para concentrarse en mercaderías de más necesidad y consumo.

         Seguir los pasos de la casa Rius y Jorba equivaldría a anotar la evolución de casi toda la economía paraguaya, porque difícilmente ha estado ausente de sus vicisitudes esta firma. En lo comercial, fue la matriz de nuestra vida mercantil y como un ramificado cordón umbilical después de formar la casa comerciantes, los ha ido alimentando en su instalación independiente.

         Dedicada fuertemente a la exportación de cueros, algodón, tabaco, esencia de petit-grain, astas y cerda, su famosa marca Estrella impuso estos productos paraguayos en los mercados mundiales. Con desmotadora de algodón en Tablada, con secadero de tabaco en Villarrica, con su estancia en Belén cué, en el Alto Paraguay, de 23 leguas de campo y bosques y de 20 a 25.000 cabezas de ganado vacuno con reproductores seleccionados; con sucursales en Paraguarí, Ypacaraí, Concepción, Encarnación, Villarrica, Caraguatay, Coronel Oviedo y Coronel Bogado y la próxima en Pedro Juan Caballero: con propiedades de valor edilicio como la que ocupa de calle a calle, y que en breve será magnificada sobre Palma, y las del Teatro Granados, Colonial Hotel y Compañía Comercial del Paraguay, realmente la potencia financiera de Rius y Jorba es de una magnitud sobresaliente en nuestro medio.

         Fue, la de don Pedro Jorba, una figura patriarcal durante casi medio siglo en nuestro mundo económico, con su estatura reducida, como son por lo general los hombres de contenido, con su barba en el mentón y sus bigotes, mesurados como todo él y que los años fueron empolvorando de nieve y algodón, poquito a poco. Fundador del Banco Paraguayo, del Banco Mercantil, del Banco de la República, de la Asociación Española de Socorros Mutuos, del Teatro Nacional, hoy Municipal, director del Banco Agrícola, del Banco Francés del Río de la Plata, a su visión realista recurrían estadistas en busca de patrióticos consejos, lo mismo que banqueros y hombres de empresas del país y del extranjero.

         Retirado antes de la primera guerra mundial don Marcelino Jorba y fallecido en Buenos Aires don Pedro, ocupó su puesto en la dirección de la firma el señor Pedro J. Jorba, actual presidente de la Sociedad, mientras los otros hijos, don Carlos Jorba quedaba a cargo de la estancia y doña Sara Jorba de Gómez y doña Ana María de Gallart se retiraban de la firma, esencialmente familiar.

         De su matrimonio con doña Inés Gallart, don Pedro J. Jorba ha tenido cuatro hijos: don Pedro Jorba, hoy director gerente de la firma, don Juan José Jorba, doña Mercedes Jorba de Porta y María Jorba.

         A pesar de su título de ingeniero agrónomo y de su juventud, pues no ha cumplido aun 30 años, don Pedro Jorba se ha revelado un digno sucesor del padre y del abuelo como hombre de negocios, con el prestigio de su sencillez, a lo que se agregan el don de su simpatía. Casado con doña Concepción Ballester, ha dado ya a la firma la promesa de un Don Pedro IV, en su hijito mayor de cinco años, al que sigue José Luis, de dos.

         El directorio de la sociedad anónima está constituido en la siguiente forma: presidente, don Pedro J. Jorba; vice-presidente, don Rafael Nieto; vice 2°, don José Costa Martí; director gerente, don Pedro Jorba; sub gerente, don Ramón Figsts, director, don Juan José Jorba; director suplente, don Juan Serra, síndico, don Eduardo Barrios Talavera, y síndico suplente, don Ernesto Casati.

         La casa Rius y Jorba, además de haber apadrinado multitud de casas de comercio y de haber formado destacados hombres de negocios, casas y hombres que han conocido la prosperidad; ha sido también escuela donde la honradez, la dedicación y la capacidad han sabido ser premiados: así, los miembros del directorio que no son de la familia, llegaron a los altos puestos y a accionistas, desde las primeras gradas.

         Allí tenemos, por ejemplo, al señor Nieto, un sevillano, venido al Paraguay a los 6 años y con 52 años en la casa, donde es el diplomático y el caballero de eterna juventud espiritual; jefe de un hogar feliz y distinguido, formado con doña Francisca Echeguren y donde no se sabe cuál de las hijas, es la más encantadora por su belleza, cultura y gracia.

         Y no es posible olvidar al gran don Pepe, el señor José Soljancic, fallecido en Asunción; gran señor en medio de su campechanía; gran hombre de negocios en medio de su esplendidez; gran propulsor de todos los deportes y especialmente del club de regatas "El Mbiguá", en medio de su pesada macices de hombre sedentario; don Pepe, tan conocido así, con este diminutivo cariñoso y confianzudo, como la misma casa Rius y Jorba, de la que fue su alma durante varios lustros.

         Rius y Jorba no es una firma que ha crecido con velocidad vertiginosa. En consonancia con su fundador, don Pedro Jorba, que le infundió su espíritu, tiene una dinámica de largo aliento, de sólida lentitud. Por eso es muy difícil que llegue a desbordar, acaparando otros ramos - todos los ramos de las actividades económicas caben en sus posibilidades y están a su alcance - como es también difícil que crisis de ninguna clase la hagan replegarse y menos zozobrar.

         Clavada en el corazón mismo de la capital, se halla adentrada en el corazón del público.

         Y así como es inverosímil que pierda su privilegiada ubicación urbana, es también inverosímil que sea desalojada del íntimo rincón del alma paraguaya que ha ganado con tres cuartos de siglo de servir con ética y con técnica al país.

         La obra social de Rius y Jorba es ocultada por la firma. Pero la orden Salesiana ha hecho conocer en su feligresía que esa firma es su mayor protectora en el Paraguay, habiendo hecho donaciones a todas sus casas del país, ya en construcciones, ya en moblaje, ya dando a la granja Don Bosco de Ypacaraí, desde un tractor hasta el último implemento.

 

 

 

NOGUES FERRARIO Y CIA.

 

         Sobre la calle Mariscal Estigarribia y Antequera, en un amplio local, tiene su asiento la razón social Carlos Nogués y Silvio Ferrario, la que, desde el comienzo del siglo hasta el presente viene dedicándose, con capacidad a toda prueba, al ramo de importaciones y frutos del país, siendo en su género una de las principales y más acreditadas de la plaza.

         Don Carlos Nogués nació en Bella Vista, Provincia de Corrientes, de la República Argentina.

         Desde el año 1900, fecha de su arribo al país, hasta el día de su deceso, ocurrido el 3 de septiembre de 1927, el señor Nogués vivió entre nosotros, conquistando merced a su espíritu de perseverancia y amor al trabajo, una sólida posición social y económica ya que su figura se impuso en ambas esferas con la aureola de un hombre de bien y propulsor enérgico de las fuerzas vivas de la nación.

         El señor Nogués constituyó con el señor Silvio Ferrario la empresa que motivan estas líneas y que bien pronto había de imponerse por su seriedad y la envergadura de sus operaciones mercantiles.

         El señor Ferrario también es de origen porteño, habiendo sido sus padres don Francisco Ferrarío y doña Columba Monti, ya desaparecidos.

         Es padre este último de varios hijos: Francisco, Mario, Silvio, Alfredo, y Luisa Rosa Ferrario.

         Desde su fundación la firma social que nos ocupa no cambió de sede de sus operaciones, pues siempre funciona en el lugar mencionado.

         Es más. Si bien no fue la primera en su género, pues cuando advino en el escenario comercial existían ya otras firmas, circunstancia que realza sus méritos por la consabida competencia y el esfuerzo tenso y sostenido que había menester desplegar para no encallar en la prueba y salir airoso.

         Bien es cierto que en aquel entonces nuestras actividades comerciales estaban en pañales debido al desastre que habíamos sufrido con la guerra del 65 - 70, y la lucha de competencia no había adquirido aún entre nosotros ese ritmo vertiginoso propio de nuestros días, reagravado con la incertidumbre del momento internacional. Pero, sea como fuere, la puja no dejaba de tener su barómetro y un traspiés o un paso dado en falso podría adquirir muchísimas veces proporciones verdaderamente irreparables. Si se tiene en cuenta este cúmulo de circunstancias el observador imparcial no puede menos que justipreciar la labor tesonera desplegada por estos "pionner".

         La firma, desde su fundación, se ha dedicada no tan sólo al ramo de importaciones sino también a la compra y venta de frutos del país y exportaciones. La esfera de sus actividades no se circunscribía solamente al consumo interno sino iba más lejos aún: al consumo exterior o exportaciones.

         Dentro de la dinámica social el papel que le toca desempeñar a tales empresas no puede ser más transcendente y todo cuanto podemos decir en su elogio se ajusta dentro del marco de la más estricta justicia.

         El señor Silvio Ferrario fue un digno representante de esta firma como lo acredita su larga y fecunda actuación en la misma, donde ha dejado huellas perdurables de capacidad y rectitud.

         Su deceso, ocurrido el 13 de septiembre de 1948, dio lugar una expresiva manifestación de duelo dentro del círculo de sus numerosas amistades y de todas aquellas personas que le trataron en vida.

 

 

FRANCISCO FERRARIO

 

         Pese a los claros producidos por la desaparición de los fundadores de la empresa mencionada más adelante, ella sigue actuando en nuestra plaza, con el prestigio y la solidez que le imprimieron aquellos pero esta vez a través de sus herederos. Uno de ellos es el señor Francisco Ferrario que, desde enero de 1948, viene ejerciendo el delicado cargo de apoderado de la firma y cuyos rasgos biográficos nos complacemos seguidamente de reseñar, en estas rápidas líneas.

         Nació en Asunción el 20 de mayo de 1911, siendo sus padres Silvio Ferrario y Luisa Ferrari. En el hogar formado por éstos y dentro de un ambiente de holgura económica donde se rinde culto al trabajo y a las virtudes cristianas, transcurrió su infancia habiendo recibido de sus progenitores una esmerada educación y don de gentes.

         Sus estudios primarios los realizó en el Colegio Internacional. Más tarde hizo estudios del bachillerato pasando luego a la Facultad de Derecho, donde llegó hasta el 3er. curso. Hizo también estudios especiales de idiomas. Con este bagaje, suficientemente pertrechado estaba para llegar al término de su carrera universitaria donde acaso hubiera triunfado también, pues posee todas las cualidades necesarias para el efecto: inteligencia, sagacidad, y una voluntad y dinamismo a prueba de ocasiones. Pero el destino tiene sus designios y veleidades que, contrariando nuestras voliciones, nos impele a realizar jornadas que escaparon a nuestros deseos. Con esto se explica, a nuestro juicio, el cambio de frente de muchas vidas que habiendo elegido un camino para la realización de un ideal, de improviso, se ven constreñidas a torcer su rumbo, impuestas por circunstancias ajenas a su voluntad. Tal el caso de este caballero que, acaso en sus sueños febriles de colegial, pensaba ser un togado, un dialéctico de tomo y lomo, un esgrimista de la palabra hablada y escrita y ya en la mitad de la jornada, un suceso ingrato de la vida, cual es la muerte de un padre, le obliga en forma inevitable, a llenar el claro producido en el hogar, y ocupar el puesto de mando para evitar que la nave encalle! Pero este tropiezo de su destino, en el tablero de la vida, lejos de anonadarle y restar brillo a sus dotes naturales, parecieran más bien agudizar su mente y su espíritu ante la nueva situación creada. Y tanto fue así que la plaza ocupada por él, dentro de la firma, en la actualidad, lo pregona a grito, sin que pueda advertirse siquiera, la presencia en el barco del nuevo piloto, con el relevo del caso.

         Dicha plaza como lo hemos expresado más arriba, es la de ser nada menos que apoderado, que como si dejáramos el alma misma de la empresa. A este título se suma el de ser asimismo Gerente de la firma, desde el año 1948.

         Los renglones que explotan en la actualidad se refieren a importaciones, dentro de las posibilidades económicas por las cuales atraviesa el país.

         La casa cuenta con un personal idóneo y capaz, adecuado a la importancia de la misma.

         Entre la obra de carácter social llevada a cabo por este hombre de negocios figuran la ayuda pecuniaria consistente en créditos otorgados a los obreros que trabajan en la firma para la adquisición de terrenos para la construcción de sus viviendas.

         El señor Ferrario tiene elevado concepto del obrero paraguayo, porque a su juicio es bueno y capaz.

         Los socios principales de la firma son la señora Luisa Vda. de Ferrario y Nicanor Ferrari.

         El mejor elogio que podemos hacer de esta empresa es el de afirmar que en los últimos veinte años ella ha experimentado evoluciones importantes que le colocan en una posición de privilegio, ganada en buena ley. Entre sus planes para el futuro figura la ampliación en los negocios con la explotación de nuevos renglones e industrias, lo que revelan su espíritu eminentemente progresista y emprendedor.

         El futuro industrial del país, a su juicio, es a todas luces promisorio por las ingentes riquezas naturales que encierra el país.

         En lo que respecta a la explotación de la empresa y los mercados actuales y futuros, es de opinión que son buenos con tendencias a ir mejorando cada día más.

         Sus vacaciones anuales las emplea como un medio de superación personal en el difícil cargo que ocupa.

         Este hombre tiene a fuer de hombre culto, afición       a la música, al cine, al teatro y demás expresiones del arte. En tal sentido es un habitué a las salas donde se exhiben estas exquisiteces del espíritus y que le sirven de solaz y esparcimiento, entre la balumba de sus ocupaciones diarias.

         Cuando realiza sus viajes al extranjero, el espectáculo de las grandes ciudades con sus emporios fabriles, le sugiere la idea de una mayor intensificación de nuestro intercambio comercial para bien de nuestro país, única forma de contrarrestar nuestra mediterraneidad, en el concierto de las naciones americanas, y sacar así el mayor partido posible de nuestras riquezas.

         El señor Ferrario es un hombre de salón que actúa en nuestro mundo social, donde es debidamente apreciado por sus prendas personales y don de gentes.

         Ha recibido premios y menciones honoríficas como deportista y como animador de acción social, hechos que revelan sus altos quilates personales.

 

 

 

J. Y F. PEREZ S.R.L.

 

         En el bosquejo inicial que hiciéramos del presente libr que hoy ve la luz pública tras un laborioso proceso de superación para vencer los dificultades inherentes a publicaciones de esta naturaleza, nos impusimos el deber de hacer conocer a la opinión pública, las personalidades de nuestro mundo económico - sean nacionales o extranjeros - que mediante el trabajo perseverante, honesto e inteligente desarrollado en el país, han sido los creadores y propulsores de la riqueza nacional, demostrando con ello su fe en los destinos del Paraguay. Pues bien, en esta galería en que figuran los valores más sobresalientes de nuestra economía, no podía estar ausente el nombre de esta firma comercial cuyos antecedentes nos congratulamos seguidamente en esbozar.

         Al terminar la primera guerra mundial comenzaron a llegar al país los primeros automóviles de fabricación norteamericana constituyendo este hecho todo un acontecimiento de notoria importancia para aquel entonces. Intuyendo las perspectivas que el automovilismo iba a tener en el desarrollo de las actividades económicas del país, los hermanos Julio y Fidencio Pérez, en los primeros días del año 1918, fundaron la primera sociedad colectiva bajo la denominación de J. y F. Pérez para dedicarse a la compra-venta de nafta y lubricantes. Así fue creada la firma.

         Posteriormente, a medida que el automovilismo iba tomando incremento en el país, a sus actividades originarias le añadieron la venta de repuestos y accesorios. Dos años después la firma fue la primera en importar cubiertas y cámaras marca "Michelin" de fabricación francesa.

         A todo esto debemos agregar también que fueran los primeros en establecer un taller de vulcanización para cubiertas y cámaras.

         A su constante iniciativa se debe además el establecimiento de la primera línea de transporte automotor en nuestra ciudad. A este fin adquirieron en la Argentina un camión marca "Ford" que lo convirtieron en ómnibus de pasajeros, haciendo el trayecto del Mercado Central a Trinidad. Como un dato de interés cabe mencionar la dificultad que la empresa en sus comienzos encontró para convencer a la gente del pueblo que utilizaran para su traslado este nuevo vehículo, pues miraban con recelo semejante medio de transporte. Para vencer esta obstinación, explicable en nuestra gente humilde por su natural resistencia a todo lo novedoso, sus propietarios ofrecieron realizar los primeros viajes gratuitamente. Y así, poco a poco, la rutina fue cediendo paso al progreso hasta que por último establecieron otras líneas ya dentro del perímetro de la ciudad y con otros pueblos circunvecinos. Con el correr del tiempo la sociedad fue ampliando sus actividades obteniendo la representación de la venta exclusiva en el Paraguay de los automóviles y camiones "Dodge", producto de la Chrysler Corporation de Estados Unidos de Norte América. En esta forma gradual y modesta si se quiere, la firma J. y F. Pérez fue adquiriendo importancia y volumen comercial, completando sus actividades en el ramo de autovehículos y agregándole después otras representaciones de productos extranjeros especialmente norteamericanos.

         En el año 1942 un hado fatal se interpuso en la suerte de estos dos hermanos que juntos habían comenzada a forjar la grandeza de la firma, con la muerte de don Fidencio Pérez. Esto acontecimiento tan sensible motivó la constitución de una sociedad en Comandita integrada por la Sra. Martha G. Vda. de Pérez y sus hijos Marcos, Benjamín F. y Stella Marta Pérez y don Julio Pérez, bajo la dirección de éste último por un plazo de cinco años con el objeto de continuar las mismas actividades comerciales.

         A su término, en enero de 1948, con los mismos socios se constituyó la actual razón social "J. y F. Pérez Sociedad de Responsabilidad Limitada", con un Capital de G. 530.000, siempre bajo la dirección del señor Julio Pérez.

         Como uno de los hechos más salientes de la nueva razón social y con el plausible propósito de dotar a la ciudad de un amplio y moderno taller mecánico para reparaciones de camiones y automóviles, la sociedad comenzó en el año 1949 la edificación en el inmueble adquirido con este objeto, situado entre las calles 14 de Mayo, 15 de Agosto, Benjamín Constant y Buenos Aires, de una superficie de 1500 metros cuadrados. La construcción, actualmente ya terminada, consta de una superficie cubierta de 1800 metros cuadrados, con dos plantas sobre la calle Buenos Aires, contando además con todos las instalaciones modernas adecuadas para un taller de reparaciones de autovehículos. Su costo aproximado es de G. 500.000, cantidad que revela la importancia de la obra, mediante la cual nuestra ciudad cuenta con un local apropiado a su objeto a más de llenar una necesidad ya imperiosa en el ramo automovilístico.

         Por todo lo que dejamos expuesto precedentemente, la actual razón social J. y F. Pérez S.R.L. constituye una cifra en la economía nacional, digna sucesora de aquella otra que en forma tan modesta iniciara sus actividades en el año 1.918 pero, con una visión sorprendente del futuro, para que, poco a poco con esfuerzos ininterrumpidos, llegara hoy a una posición destacada entre las fuerzas económicas de la nación.

 

 

 

AZUCARERA PARAGUAYA S.A.

 

         El Paraguay, precursor en tantas cosas de progreso trunco, también lo fue en la fabricación de azúcar, pues en Asunción montó Domingo Martínez de Irala la primera azucarera del Río de la Plata, inmediatamente que los españoles aclimataron en tierras de América la caña dulce que, nacida en Filipinas, fue tomando carta de ciudadanía en todo país tropical o tórrido de suelo amable.

         En realidad, esta materia prima del azúcar, servía en nuestro país hasta hace menos de medio siglo, para obtener una miel de caña solidificada, de color moreno y sin perder un hondo gusto a miel, y, desde luego, al endulzar el desayuno sobre todo, desnaturalizaba algo el sabor de la infusión o el cocimiento. Es asimismo verdad que la población no había incorporado aún a su dieta en forma sistemática el café, el chocolate, el té y aun el mate cocido, sino que se desayunaba, o leche pura, o un churrasco, o un sooyosopy, si no tenía que limitarse al maíz tostado en la mayoría, a la batata asada o a la mera mandioca sancochada o el consuelo demagógico del mate amargo. El azúcar lo empleaba, entonces, más en la elaboración de dulce casero que en jerarquizar el desayuno o la merienda, que consistía, ésta, generalmente, en chipá o frutas.

         Y también como tantas otras actividades, la industria azucarera paraguaya que abastecía holgadamente el consumo interno en el medio siglo inicial de nuestra independencia, desapareció de nuestra economía en 1870, consumiéndose por mucha tiempo azúcar importada: granulada para los líquidos y azúcar impalpable para las confituras - naturalmente que por las clases más o menos acomodadas, mientras el resto de la población, sobresaliendo en la pobreza general, fue reincorporándose en la reconstrucción nacional sin conocer las cualidades reguladoras de este alimento.

         Teniéndose que atender a tantas convalecencias de la colectividad, todas tan vitales, en aquel período, se explica que sólo en 1895 le llegara el turno en la preocupación oficial al azúcar, ya que la iniciativa privada era absorbida por las preocupaciones inmediatas con beneficios más jugosos y más fáciles, y no se decidía a endulzar la vida colectiva produciendo azúcar nacional en suficiente proporción y de esmerada calidad.

         Es así cómo el primer ingenió verdadero, bajo el estímulo del Gobierno de la época, se instaló en las proximidades de la actual Azucarera Paraguaya. Pero sus hombres no conocían mayormente esta industria y no tenían más técnica que el ardiente deseo de producir azúcar.

         Y fueron a instalar la fábrica, lejos del río cuando tal industria necesita de mucha agua, y en pleno campo, en tierra inapropiada para cañaverales.

         Malogrado este primer ensayo, le cupo a un emprendedor hombre de negocios, don Vicente Nogués, notar las fallas fundamentales de la empresa y de presentir el acierto de sus perspectivas, adquiriendo dicha fábrica y trasladándola, como primera medida, a su actual ubicación, sobre la margen derecha del Tebicuary.

         Pero la industria, para llenar su cometido social y para ser realmente rendidora, requería crecidas erogaciones y el respaldo de fuertes capitales. En estas condiciones se forma en 1906 una sociedad integrada por los señores Antonio Plate, José G. Gómez, Marcos y Alberto Ortilieb y Juan Bosch, único sobreviviente actual de aquella firma primitiva, la cual tenía la experiencia de su destilería de alcoholes en el departamento de Caraguatay, sobre el histórico Yhaguy, allí navegable esporádicamente.

         Y formada por estos mismos capitalistas, se convirtió en sociedad anónima en 1910 con la denominación que mantiene hasta la fecha: Azucarera Paraguaya.

         Como una buena madre enriquece de hijos su hogar, así esta fábrica ha formado un pueblo a su alrededor, un pueblo que de ningún modo es el menos próspero y feliz de nuestra patria; un pueblo que ha de contar ahora en su conjunto con una población que oscila entre 4.000 y 4.500 habitantes.

         Todas las creaciones edilicias, culturales, deportivas, y club social de este pueblo, son obra de la Azucarera: la pequeña iglesia, la amplia escuela, hasta ayer subvencionada y cuyo local y moblaje han sido cedidos al Estado por la empresa, además de otras escuelas para la chiquillería de los cañeros, el club social, los campos de deportes, canchas de fútbol, bochas, etc., aguas corrientes y luz eléctrica gratuitas y las cómodas viviendas sobre calles arboladas.

         Es cierto que de estas amenidades materiales se gozan igualmente en otros establecimientos industriales del país; pero aquí no se les financian con restricciones del espíritu, imperando incluso absoluta libertad comercial, si bien la empresa mantiene su almacén y tienda bien surtidos, en defensa del consumidor y de los precios razonables.

         La Azucarera, además, por otra parte, tiene permanentemente abierto el crédito a los agricultores, para ayudarlos en su producción. Y una vez más, en la ya dilatada vida de la empresa y en esta política, se ha podido ir corroborando la innata y recia honradez del pueblo paraguayo, pues son excepcionales las faltas de cumplimiento de sus obligaciones pecuniarias de parte de estos deudores, sin otra garantía, ni más bienes, por lo general, que su voluntad y su trabajó.

         Lejos de ser un estado dentro del estado hasta con moneda propia, como se ha dado más de un caso, la Azucarera Paraguaya tiene un régimen normal, casi podría denominarse anormal por su regularidad. Dueña de las tierras de su región que dan la planta en tribu de verde oleaje, de jugo dulce, cede en liberal usufructo los lotes suficientes para cada familia de cañeros, reservándose ella, poco más o menos una cuarta parte para la explotación agrícola directa y la experimentación de nuevas variedades de caña dulce, para aconsejar luego al cañero el cultivo de las de mejor calidad en rendimiento y resistencia.

         En total, 2.080 hectáreas abarcaba el cultivo de la caña de azúcar sobre el Tebicuary el año 1949.

         Con esta materia prima, la Azucarera en cosechas normales produce alrededor de seis millones de kilos de azúcar, 250.000 litros de alcohol rectificado, 200.000 litros de alcohol desnaturalizado, 500.000 litros de alcohol absoluto y 250.000 litros de caña.

         Para las necesidades de la fábrica, la empresa cuenta con uno de los más completos aserraderos del país. Y, aparte de sus funciones específicas de ingenio, posee vastas plantaciones de pomelo, en reemplazo de los mandarinales que se extinguieron prematuramente por enfermedad, yerbal artificial de consideración, molino de arroz y yerbatero y establecimiento ganadero, que no son de la Azucarera propiamente dicha, sino de una entidad hermana, la sociedad anónima, Rural Industrial y Comercial.

         Posee además 40 kilómetros de ferrocarril de trocha angosta de su propiedad, con varios puentes, aparte de otros puentes carreteros en la amplia zona de su establecimiento.

         De la potencia de esta firma industrial son un índice el volumen de sus inversiones, y de su producción y de sus creaciones positivas en bien de la colectividad, así como la fecundidad que da a la vida del casi millar de obreros y empleados que trabaja a jornal y a sueldo de la Azucarera Paraguaya.

         De su plan actual de duplicar la producción de azúcar, condicionado con grandes y costosas renovaciones en la fábrica, da una idea gráfica el trapiche nuevo de gran tamaño a instalarse próximamente, cuya capacidad de molienda es de 1.000 toneladas diarias, procedente de Inglaterra.

         El directorio de la Azucarera Paraguaya S. A., ahora en ejercicio lo componen: don Antonio Bosch, joven ingeniero paraguayo, hijo del fundador don Juan Bosch y de doña Nicolasa Plate, ambos holandeses. Como técnico, tiene a su cargo la atención de la fábrica y del ferrocarril; Don Walter Hoeckle, ciudadano naturalizado, paraguayo de 54 años de edad, con 25 años de Paraguay, trabajando en la Azucarera desde que vino a nuestro país, casado con doña María Luisa Bosch, paraguaya, y con hijos todos paraguayos; don Gustavo Brügman, nacido en Alemania y también en la central, está en la firma desde hace más de 20 años. Casado con una compatriota suya, sus hijos son paraguayos; Don Juan Hoekle, doctor en química, naturalizado como paraguayo, vino de su patria directamente a la Azucarera, y se halla actualmente a cargo de la sección administrativa del Ingenio. Sus hijos son todos paraguayos, su esposa es doña Irmgard Ritter, alemana; y, finalmente don Adolfo Sörensen, argentino venido en la niñez al Paraguay, hijo del Señor Cristián Sörensen, danés fallecido en Villarrica en 1938, y de doña Juana Kress, suiza. Casado con la paraguaya doña Fredesvinda Azcurra. Sus hijos son todos paraguayos.

 

 

 

URRUTIA, UGARTE Y CIA.

 

         Las casas comerciales tienen, como los hombres, también su historia, porque son hechuras de su pensamiento y de su acción. Y no es imposible que alienten también un alma que, a su modo, sufra y goce, ya que son creaciones humanas y están animadas de su espíritu.

         Como cualquier hijo de vecino, tienen pues, también su historia las casas de comercio, en la historia de los hombres que les dieron vida. No es aventurado entonces afirmar que al narrar sucintamente, a vuela pluma, la vida, acción y trayectoria de un grupo de vizcaínos venidos a la ventura de esta tierra paraguaya, narremos el nacimiento, prosperidad y encumbramiento de la casa comercial decana del país: Urrutia, Ugarte & Cía. S. A., con 130 años de existencia siempre digna de su alcurnia.

         Allá por el año 1820, apenas nueve años después de nuestra emancipación política -cuando el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia comenzaba a hacer sentir todo el peso de su poder - llegó a las playas de la ciudad comunera un bergantín español en el que sentaba plaza de marinero un joven vasco: Miguel Antonio Elourdy.

         Desconocidas y misteriosas órdenes del Supremo no permitieron que el navío español saliese más del puerto; y anclado en bahía quedó el barco hasta podrirse, como tantos otros con idéntica condena.

         Embarrancado en Asunción Elourdy así, tuvo que radicarse en el país y buscar trabajo en tierra, él, hombre de mar.

         En la esquina donde hoy se alza el Victoria, el majestuosa edificio de Chile y Oliva - en un local que ha subsistido hasta hace poco con las reparaciones impuestas por don Carlos Antonio López explotaban un pequeño negocio unas solteronas ancianas, las Azuagas, dignas exponentes de la pobreza franciscana y de las virtudes monacales de aquella Asunción del doctor Francia.

         El tenducho - de vida lánguida en aquella languidez de siesta pánica, más lánguido aun en manos de viejas señoritas que atendían el mostrador entre rezos del rosario y medrosos e inocentes comadreos - cobró vuelo con el joven español, dinámico y simpático, aunque su euforia tuviese la eclesiástica gravedad de la raza éuskara.

         En la austeridad de la media mañana nacional, muy pocas mercaderías podrían mercarse en Asunción, bajo la mirada vigilante del Supremo: algunos tejidos y otros artículos afines importados por Encarnación, entonces Itapúa - ya que las burdas telas de algodón que vestía el pueblo eran de fabricación doméstica.- y contados frutos del país, incluso los balbucientes productos de la industria casera, sobre todo de talabartería y especialmente para el absorbente y general medio de locomoción de entonces: el caballo.

         La actividad de Elourdy, dentro del marco de la época, le permitió adquirir de sus patronas el negocio, para que éstas pudiesen dedicarse exclusivamente al cuchicheo pueril bajo los mantos de sábana o merino, y a los copiosos rezos, en sus vidas sin sonrisas, en ayunas de un amor, de un baile, de un paseo, sin más "arras" que una procesión, una novena, o un velatorio.

         La casa comercial de Elourdy, que durante medio siglo debía conservar su nombre extraoficial de Azuaga-cué, en un ambiente reacio al cambio, convertida en pulpería, en una de las pulperías de más movimiento de Asunción, se hizo de justa nombradía, no sólo entre la gente de la ciudad, sino del campo, por sus variadas mercaderías y por el don de aclimatarse al medio el español, vistiendo nada más que calzoncillo y camisilla y hablando el guaraní como un nativo.

         Ya hecho "don Miguel" por su edad, su posición económica y social y sus costumbres de monje laico, iba siendo Elourdy uno de los vecinos más caracterizados y antiguos de Asunción. Solterón, caritativo, podría decirse enfermo de caridad, piadoso - como que era rada menos que mayordomo de la Iglesia Catedral - sentía llegarle la madurez sin hijos, ni familia alguna, y ya arraigado en tierra paraguaya por sus vinculaciones, por su identificación con el destino patrio y por un negocio que no era próspero, un poco por la época y otro poco por ser un hombre sin ambiciones ni deseos terrenales, de vivir anacoreta, con sus ganancias repartidas en limosnas dadas en su casa o llevadas por él a enfermos y pobres vergonzantes.

         Aunque parecía inverosímil, murió un buen día el dictador. Y tras los primeros titubeos del despertar de un largo sueño, el Paraguay se transformaba aceleradamente bajo la genialidad del viejo López. "Azuaga-cué", la pulpería de Elourdy, sintió este nuevo ritmo, esta nueva tónica; y tenía que ponerse a tono.

         En la aldea natal, sus deudos, hijosdalgo que se mantenían a fuerza de altivez, nada sabían del pariente que llegara al Paraguay.

         Pero al abrir López las puertas de la república, con un chirriar de goznes enmohecidos, la parentela de Vizcaya tuvo noticias del tío Elourdy, uno de cuyos sobrinos se estaba preparando para "hacer la América", aprendiendo castellano; practicando en escribanías e ilusionándose desmesuradamente sobre los prodigios de ultramar.

         Llamado por Elourdy este sobrino mayor, después de muchas peripecias en Montevideo y Buenos Aires, arribó a esta capital en 1848. Se llamaba José Domingo Uribe y ha dejado unos apuntes autobiográficos muy interesantes. Su primera impresión fue desastrosa, causádale por la ciudad primero y rematada luego por el tío: su ajuar y su vivienda, su moblaje y su negocio. Derrumbada su esperanza de encontrar hecho un potentado al tío, al ver la pulpería escuálida y monjil el hospedaje, sin más mueble que un catre de cuero y una riqueza de imágenes de santos entre mercaderías heteróclitas, no era hombre de achicarse, sin embargo Uribe. Y haciendo de tripas corazón, se arremangó valientemente y se inició en el negocio anexo, a cargo de un habilitado de su tío. Pero su principal trabajo fue aprender el guaraní, sin el cual los clientes no le querían ni siquiera saludar.

         Venciendo la resistencia moral de don Miguel, el sobrino Uribe le aplicó su joven brío al negocio, mientras el tío, donando su experiencia comercial y de la idiosincrasia local, se iba refugiando cada vez más en sus afanes religiosos y en su militancia limosnera, sin más trabajo casi que su asiduidad en las iglesias y sus recorridas a caballo por casas de enfermos y de pobres, con las manos en dación, y en la mano, el corazón cristiano.

         Como en tiempos de don Carlos, el Paraguay comerciaba con todo el mundo civilizado, pronto el rubro comercial de "Azuaga-cue" con importaciones y exportaciones adquirió prestigio, envergadura y crédito, dentro y fuera del país. Porque José Domingo Uribe tenía la obsesión de la tienda; hasta que la abrió, siempre a regañadientes del tío Elourdy, a quien asustaba la riqueza. Y el "registro" fue poniéndose a la cabeza de los negocios similares del país.

         Esto obligó a que se hiciera venir de España a otro hermano de José Domingo: Juan Tomás Uribe; y después, a otros dos: Juan Agustín y Florencio Uribe, este último de corta edad aún, lo que no le impidió arrimar su hombro de muchacho junto a sus mayores; y también a un primo, otro Florencio, a los que luego se egresaron otros primos, navegantes caídos en Asunción sorpresivamente sin ánimos de levar más anclas: José Agustín Elourdy y Ramón Echevarrioste, todos ellos vascos.

         Pero la casa también tenía empleados paraguayos, desde su fundación, entre ellos, José Tomás Gaona, con participación en los beneficios, como todos los demás, y con vínculos de sangre con otro futuro empleado de la casa que comenzó barriendo pisos, Juan Bautista Gaona, futuro presidente de la república.

         Se asistía a la construcción sagaz, urgente, en gran escala, de una pequeña gran nación, de acuerdo con el genio de su pueblo, a su realidad geográfica y a su papel histórico en América.

         La misma capital se trasformaba a ojos vistas, salpicándose su rancherío colonial de modernos edificios, entre los que descollaban las mansiones de los López, el Palacio actual de gobierno, los ocupados hoy por el Colonial Hotel, el Ateneo Paraguayo, el Asunción Palace Hotel, etc. Hasta las cuatro manzanas baldías comprendidas entre las calles Palma, Chile, Oliva e Independencia Nacional, se adecentaban con el edificio del Congreso, levantado con el sentido de grandeza de los López, donde después funcionó el mercado y que para "modernizar" e "higienizar" la capital, fue demolido hace unos cuarenta años, empleándose la dinamita para abatir aquellas paredes y aquellos pilares que se alzaron para desafiar, para vencer al tiempo... como se demolió también entonces la que fue casa de los gobernadores españoles y de Francia, en la Plaza de Armas, antigua sede de correos y telégrafos, y que debió ser el local perfecto para nuestro museo...

         Y ya que recordamos el progreso urbano de Asunción al promediar el siglo último, no olvidemos la jerarquía que adquirió ediliciamente con el arreglo de las calles, de las aceras y calzadas; y con la restauración de la Iglesia Catedral, y con él trunco Teatro Viejo, que sigue inconclusamente viejo, y las obras sin concluir del Mariscal: su palacio, ahora de gobierno, y el Oratorio de la Virgen, en otra de las cuatro manzanas céntricas baldías, mientras las dos restantes seguían siendo arenosa plaza del mercado de abastos la una, frente al Banco del Paraguay, y la otra, un malezal y un bosque, aunque no todavía la después plaza de los vagos, frente al negocio de Elourdy y Uribe.

         El Paraguay había dado un prodigioso salto; pero la fatalidad tenía dispuesto que aquel salto tuviese un final de pesadilla, con una dramática caída sin fin, como si desapareciese el piso, como si éste se hubiera alzado brutalmente para romper el salto. La casa comercial de "Azuaga-cué" sufrió la misma suerte, después que el viejo Elourdy fue consagrado por Don Carlos como juez de paz de la Catedral; después que Uribe integró la primera comisión de avalúos y la registradora de tabacos para la exportación, en mérito a ser uno de los comerciantes más honestos, capaces y patriotas de esa época.

         Vueltos a Europa don José Domingo y don Juan Tomás Uribe, antes de la guerra de la Triple Alianza, y encontrándose por asuntos de negocios don Juan Agustín Uribe en Buenos Aires, quedaron en el Paraguay el viejo don Miguel Antonio Elourdy y el otro sobrino Florencio Uribe. La muerte les fue dada en San Fernando. El desenfrenado pillaje a que fue sometida por las tropas victoriosas, Asunción, saqueada hasta de las rejas, puertas y ventanas de sus casas, acabó con la casa comercial de nuestra crónica, mientras su población, en las andrajosas filas de las residentas, sembraban de dolor y abnegación el campo, como plantel y almácigo de la reconstrucción, mientras los andrajos de nuestros ejércitos, cada vez más gloriosos, iban a defender el último rincón del territorio patrio, para desplomarse la fabulosa resistencia a fin de ganar para la patria la inmortalidad.

         Pero, como el Paraguay, este negocio debía resucitar, mediante la voluntad de uno de sus sobrevivientes: Juan Agustín Uribe, como gracias al milagro de los espectros mutilados del 70, no murió la patria. Y en compañía de su hermano Juan Antonio, volvió a Asunción, y volvió de nuevo a comerciar; y poco a poco fue levantándose el negocio, bajo el nombre de "registro", en el edificio hoy ocupado por la Panadería del Mercado, en 25 de Mayo esquina Yegros, en atención al mal estado del primitivo local de Oliva y Chile.

         En 1880, la casa, uno de las primeros registros del país, giraba bajo el nombre de Uribe & Cía., formando parte de ella don Juan B. Gaona, el antiguo y minúsculo empleado de ayer y el prohombre de mañana. En este mismo año de 1880 llegaba al Paraguay don Gregorio Urrutia, sobrino carnal de los Uribe, hijo de la única mujer de la familia, casada con el señor Urrutia, el cual fue incorporado a la firma como socio.

         Al disolverse esta sociedad en 1894, el señor Urrutia formó una colectiva que desenvolvió sus actividades bajo la razón social de Gaona y Urrutia y que sobrevivió hasta 1903, año en que se retiró el señor Gaona y en que se creó la sociedad colectiva Urrutia, Ugarte & Cía., ya ubicado su negocio en la esquina de Estrella y Alberdi, donde hoy funciona la Panair.

         En el lapso que va del 80 al 87, se habían radicado en Asunción los señores Juan José y Jorge Ugarte y don Juan José Bilbao, todos vizcaínos y con vínculos familiares que los unían a Elourdy y los Uribe. Llegaron a nuestra tierra siendo muchachos, casi niños, apenas traspuestos los 15 años. Trabajaron como sus coterráneos, antecesores en la casa, los que cavaron los cimientos y plantaron la "casa fuerte", duramente; y así fueron forjando su personalidad y haciéndose de una posición económica y social. Se formaron asimismo en la casa, hasta llegar a la dirección y ocupar los puestos que iban abandonando los mayores, jubilados por la edad.

         El año 1913, el 23 de abril, la sociedad colectiva Urrutia, Ugarte y Cía. se trasformó en la actual sociedad anónima, con la misma denominación, y de la que fueron fundadores los señores Gregorio Urrutia, Juan José Ugarte, Juan José Bilbao y Jorge Ugarte. Con excepción de don Juan José Ugarte, fallecido en Bilbao en 1932, los demás viven aún, el tercero en Asunción, donde arraigó definitivamente, con 78 años de edad, y los otros, en la rancia tierra éuskara, con 88 y 75 años, respectivamente, habiéndose retirado todos ellos de las actividades comerciales.

         Crecido extraordinariamente el negocio, se trasladó en 1902 a la casa hecha de medida y de sobria reciedumbre, como llevando el sello vasco, en Estrella entre Alberdi y 14 de Mayo, y que fue demolida en 1949, para alzar allí la grandiosa construcción por terminarse, como coronación de una labor más que centenaria; edificio que consta de una planta baja y de tres altas, construido con todos los adelantos de la técnica moderna y los más seleccionados materiales.

         Desde 1949 ocupa la presidencia de la sociedad anónima el señor Adolfo Luis Urrutia, hijo mayor de don Gregorio Urrutia y de doña Juana Llona, bilbaína, fallecida ya. Nacido en Asunción el 15 de setiembre de 1911, se edicó en España, realizando estudios en Victoria, Bilbao y Madrid. De regreso al Paraguay en 1936, hizo sus primeras armas, como todos, en la casa, en los primeros puestos del negocio, hasta alcanzar la cúspide por la gravitación de sus conocimientos y de su laboriosidad. De sus antepasados vascos ha heredado la afición a la casa; y sin perjuicio de sus actividades comerciales y porque sus afanes han tendido siempre a lo rural, como un descanso toma sus atenciones de ganadero. Casó en esta capital con la señorita Aída Zavala Casal Ribeiro.

         El cargo de vice-presidente de la sociedad lo desempeña el doctor José Antonio Bilbao, nacido en Asunción el 11 de enero de 1919. Es hijo de don Juan José Bilbao, también fundador de la sociedad anónima, y de doña Dorila Zubizarreta. Educado en el colegio de Monseñor Lasagna, hizo sus estudios secundarios en el Colegio Pío, de Montevideo, también de los padres salesianos. Ingresó en la Universidad de Asunción en 1939 y egresó en 1944, alcanzando el título de doctor en derecho y ciencias sociales en 1946 con la tesis "La inamovilidad judicial". Dedica igualmente sus esfuerzos a las faenas rurales, aunque ejerce la profesión de Letrado sin abandonar su puesto en el negocio, cuyo trabajo no descuidó ni por sus estudios universitarios. Formó su hogar en 1945 casándose con la señorito Regina Gaona Casal Ribeiro.

         Como secretario de la sociedad anónimo actúa el señor Juan Carlos Bilbao, nacido en Asunción el 26 de junio de 1920. Hermano del anterior, también cursó los estudios primarios en el colegio Monseñor Lasagna, y los secundarios, en el uruguayo y salesiano Colegio Pío. Desde 1937 trabaja en el registro, y como los demás, reparte su actividad entre la labor comercial y la ganadera, con el apéndice de una granja y tambo que por cuenta propia explota en los alrededores de la capital . En 1942 casó con la señorita Aurora Durán Acosta.

         Casa comercial la más antigua de Asunción y seguramente una de las de más moral, tal vez por la austeridad de sus raíces, tal vez porque siempre la sirvieron las virtudes éuskaras.

         Casa nacida con la patria libre, bajo la mirada insomne, sin parpadear de Francia; crecida con la precoz y renga madurez de la esplendorosa y corta mañana nacional; descuajada por la tormenta cuasi cósmica de la Triple Alianza; rebrotado en los escombros calcinantes de la patria vieja; vuelta a la segunda juventud con la reconstrucción de la república, hoy, frente al futuro, con fe en él, en el destino colectivo y en si propia, la casa Urrutia, Ugarte & Cía., se apresta a ocupar de nuevo su bien ganado y viejo puesto en la vanguardia del comercio paraguayo.

         El nuevo edificio social así lo proclama con la elocuencia de sus cuatro pisos de cemento armado y su frente de 33 metros sobre Estrella con salida a la calle Oliva, a cuadra y media apenas de la esquina donde surgió a la vida en 1820, donde se meció su cuna de aristócrata pobretón, donde pasó los años mozos, en monjil recogimiento y en gimnasia de superación después, para acerar sus energías.

         En el próximo local se instalará un salón especial de exposición de artículos, incluso maquinarias, además de la tienda al por mayor y al detalle, como hace un siglo, con vidrieras iluminadas y moblaje propicio, todo con austera riqueza vizcaína.

         Son también accionistas de la sociedad doña María Ugarte de Alcíbar y doña Justa Ugarte, hermanas de los hermanos fundadores, como representantes de la tradición de la casa familiar que nuestros bisabuelos conocieron, rutinariamente, con el nombre semi histórico de Azuaga-cué...

         El nuevo edificio es todo un símbolo de la casa, que ahora volverá al abandonado ramo de la exportación. Sobre la base granítica plantada por Elourdy, los Uribe construyeron el piso bajo, igualmente fornido, para que Urrutia y Ugarte le agregasen el segundo piso, y luego, los Ugarte, Urrutia y Bilbao, un tercero, a fin de que la actual generación de dirigentes, le hicieran culminar el edificio con un cuarto piso, que le hiciera ganar en elegancia sin perder en solidez, elevándose para atalayar los horizontes.

 

 

 

SEGURA, LATORRE Y CIA. S.A.

 

         La firma, "La Casa de Todos", Segura Latorre y Cía. S. A., nació a su actividad comercial en los primeros años del siglo actual. De origen rural, transcurrió un tiempo prolongado hasta poder establecerse en la Capital. Son Tacuaral, Carapeguá y Villarrica los escenarios donde se desarrollan sus principios comerciales. Asociados a estos lugares y por lo tanto las etapas iníciales de la actividad comercial aparecen los nombres de los fundadores: Sres. D. Nicolás Latorre Bielsa y D. Vidal Segura Sáenz, que unidos por una nacionalidad común: España, y, por un tesonero afán de progreso, dedicaron sus esfuerzos constantes hasta llegar a instalarse en la ciudad Capital, cosa que consiguen hacia el año 1906. Colaborador eficiente es en esta etapa inicial, D. Francisco Fernández Presa.

         Constituida posteriormente la Comanditaria y ya retirados con el decurso de los años los Sres. Segura y Latorre de los negocios sociales, quedan estos confiados a D. Ceferino Hurtado, quién conjuntamente con el aludido Sr. Fernández Presa, siguen con tesón trabajando por el engrandecimiento de la firma.

         En esta época se unen a las actividades sociales: D. Antonio R. García y D. Emiliano Benito, quienes conjuntamente con otros colaboradores, siguen al frente de la Razón Social hasta el año 1931, en que la misma se transforma en Anónima, adoptando esta estructura jurídica requerida por el aumento progresivo de sus negocios y por la necesidad de adicionar nuevos recursos patrimoniales.

         Se constituye el primer Directorio de la Sociedad con los Sres. D. Antonio R. García, D. Nicanor Pérez Hurtado y D. Emiliano Benito de Pedro. Esté Directorio perdura hasta el año 1937 en que por fallecimiento del Sr. D. Nicanor Pérez Hurtado, se incorpora al Directorio el Sr. D. Daniel Torres y por enfermedad del Sr. D. Emiliano Benito de Pedro, se incorpora su hermano el Sr. D. Luciano Benito. Sustituye al Sr. D. Daniel Torres en el Directorio el Sr. D. Victoriano Escalante y años después al Sr. D. Luciano Benito el Sr. D. Nicolás Latorre Gárate.

         El actual Directorio, constituido en 1948 y confirmado por la Asamblea General de Accionistas de 1949, está integrado por los Sres. D. Nicolás Latorre Gárate, D. José María Segura Ferns y D. Alfredo García López.

         Preocupación constante de la Casa ha sido el bienestar progresivo de su personal. Ha desempeñado también en este sentido una labor formativa del mismo, habiendo sido escuela de comerciantes que hoy se hallan instalados por toda la República.

         La participación del personal en los beneficios en forma ponderada ha sido una norma tradicionalmente seguida por la Firma, habiéndose distribuido todos los Ejercicios cantidades importantes en conceptos de gratificaciones, que han ido en progresivo aumento rebasando en el último, la cifra de TRESCIENTOS CINCUENTA MIL GUARANIES. La Asamblea Extraordinaria celebrada en febrero de 1949, creó las Acciones de Trabajo, para ser distribuidos entre el personal de la Casa estando en la actualidad en circulación 150.000 Guaraníes de dichos títulos en poder de los empleados.

         Con un amplio sentido de lo social, la Casa no ha hecha una forma exclusiva del bienestar del personal su permanencia en la Casa, sino que con miras amplias y generosas ha ayudado a muchos de sus empleados a establecerse por su cuenta.         Apoyándole ampliamente en su esfuerzo, muchos antiguos empleados han encontrado por este sendero su prosperidad personal y están establecidos en la Capital y pueblos de la campaña. La acción tutelar de la firma es a modo de una gran familia que no se fija solo en la productividad o beneficio del negocio, sino que con un sentido humano, la extiende a los problemas cotidianos que personalmente se les plantea a sus integrantes.

         Quien entre el personal se propone constituir una familia, hacerse de vivienda propia o salir de algún apremio económico, halla en la Casa un padrinazgo espléndido.

         Son numerosos los préstamos hipotecarios con fines de edificación y bajo interés, entre el personal, así como los otorgados con otros fines.

         La Firma se ha especializado en géneros populares, siendo su clientela el pueblo que se encuentra ya familiarizado con las normas de simpatía y cordialidad de la Casa.

         La Casa de Todos: nombre hecho de medida para rótulo de una casa que es de todos y que dice lo que es; Casa también de todo lo concerniente al ramo y cuyos precios son como el diapasón de los de plaza; Casa que se ha multiplicado en hijos, pues, además de las filiales del interior: Luque, San Lorenzo, Villarrica, Encarnación, Ypacaraí y Concepción; cuenta con cuatro Sucursales en la Capital; casa que ahora, a imperativos del progreso, ha tenido que echar abajo la gemela en humildad y ranciedad, frontal de la primitiva casa, para construirse un edificio moderno, donde la clientela de pies descalzos no se sienta cohibida, porque, no solo ha vencido su timidez de antaño, sino que sabe de hogaño que "La Casa de Todos" es su casa.

 

 

DOMINGO SCAVONE

 

         En la galería de los forjadores del progreso económico del país, la colonia italiana ocupa un lugar de ponderación por su devoción al trabajo, su visión de las cosas y de nuestras riquezas, y más que nada por su absoluta solidaridad con nuestro destino en todos los campos de la actividad, comenzando por los más modestos menesteres hasta la holgada posición del industrial y demás planos de solidaridad social. Bien es cierto que estos lazos afectivos nos vienen de lejos: nos vienen de un mismo origen étnico e histórico cuya más bella expresión es la raza latina y aquel movimiento cultural y filosófico conocido en la historia con el nombre de Renacimiento, cuyos precursores más esclarecidos fueron Dante, Petrarca y Bocaccio, sin contar la brillante pléyade de sus demás sabios y filósofos de todas las esferas teniendo por escenario el cielo azul del Lacio y cuya influencia, dicho sea en alta voz, llega hasta nuestros días, cada vez con más intensidad. Pues bien, digno exponente de esa colonia italiana a que aludimos es el doctor Domingo Scavone Langone, cuyos trazos biográficos pasamos a señalar como un homenaje a sus merecimientos personales y a su gran patria.

         Nació este ilustre galeno y hombre de trabajo en Tito, población italiana de la Provincia de Potenza (de la Basilicata o Lucania) el 10 de enero de 1872, siendo el primogénito de una familia de pequeños propietarios, que en total tuvo 1 mujer y 4 varones.

         Fueron sus padres don Vicente Scavone y doña Ángela Langone, de quienes guarda el más cálido y vívido recuerdo y gratitud por sus bondades y amor al trabajo. Ambos eran italianos de pura cepa, falleciendo la madre cuando él sólo contaba 14 años.

         Sus primeros estudios los hizo en la escuela comunal de su ciudad natal. Sincrónicamente ayudaba a sus padres en sus tareas agropecuarias, En el ínterin sus días iban madurando y acercándose las aristas de su futura personalidad.

         Sus padres deseaban que fuera sacerdote, y a fe que merecía serlo por su madurez temprana, por su visión de las cosas, por el sentido ecuménico que le anima y más que nada por su hombría de bien. Y aunque inició los estudios correspondientes para tal fin tuvo después que trocarlos por la medicina donde su vocación le llamaba para graduarse más tarde de médico en la afamada Universidad de Nápoles, en el año 1897. En dicha oportunidad le fue dado laurearse con las más altas notas, habiendo tenido la fortuna de haber recibido la enseñanza de los eminentes maestros de la época, como en realidad lo fueron los Profesores Gallozzi, D'Antona, Cantani, Cardarelli, De Renzio y Torlanini.

         Poco tiempo después trasladóse a Sao Paulo (Brasil) donde se impuso en forma neta por su saber y su espíritu de filantropía. Merced a ello bien pronto se hizo de una numerosa clientela granjeándose al propio tiempo de grandes y generales simpatías, mas, habiendo tropezado con dificultades para la reválida de su título, trasladóse a Montevideo primero, y Buenos Aires, después, donde contaba con amigos y parientes, para finalmente anclar definitivamente en el Paraguay.

         Ya entre nosotros, merced a sus virtudes y merecimientos personales, fácil le fue ganar la confianza de las mejores familias de la sociedad asuncena y ser nombrado posteriormente Profesor de la Facultad de Ciencias Médicas de Asunción, en las cátedras de Anatomía y Clínica Oculista. De esa época ya lejana en que los médicos vestían de levita, recuerda su medio de movilidad en aquella Asunción casi colonial: un caballo blanco que le acortaba las distancias para que pudiera atender a todos los pacientes diseminados en todo lo largo y lo ancho de la ciudad. Y a fe que, contando con tal medio de locomoción comparada ahora con los raudos aerodinámicos, daba estricto cumplimiento a sus compromisos sobrándole tiempo después para concurrir a los centros sociales a discurrir y pasar amenos ratos en compañía de sus connacionales y numerosas amistades que se holgaban en su compañía por su trato fino y exquisito, su don de gentes y su extensa y variada cultura robustecida con los viajes y su avidez en la lectura y trato con los hombres de todas las esferas sociales, acostumbrado como estaba a tratarlos a diario por la naturaleza e índole de su profesión, sin otra condición que la de saberse solicitado para mitigar un mal o curar una dolencia sin poner precio a su ciencia, a su capacidad profesional, convencido acaso que el médico, más que un extraño, es un hermano solidario en el ajeno dolor.

         Fue su esposa, doña Luisa Chiriani de Scavone, paraguaya de quien se prendó cuando todavía era una colegiala en las Hermanas de la Providencia y con quien se casó cuando ella tenía 15 años. Formaron su hogar con la austeridad de un antiguo romano y en cuyo seno nacieron cinco hijos. A fin de prodigarles una esmerada educación los hizo completar sus estudios en Italia, en donde permanecieron por 9 años. Fallecida últimamente, deja en el alma de los suyos, un recuerdo imborrable.

         El doctor Scavone es un hombre severo por fuera, cualquiera se engañaría por su aparente adustez, pero esta impresión superficial desaparece al punto tratándolo, estudiándolo de cerca para ver tan sólo en él un gran corazón con un barniz aparente de severidad para cubrir tan sólo sus delicadezas y evitar los inevitables flaqueamientos: una prueba objetiva de ello es el gran cariño que siente por sus catorce nietos, cariño que se desdobla y multiplica al infinito viendo en cada uno de ellos una prolongación de su propio ser espiritual.

         En unión con el gran profesor y estudioso hombre de ciencia, el llorado doctor Luís Zanotti, abrió el primer sanatorio en Asunción, allá por el año 1900, en la Avenida República, frente a la Bahía. También con el doctor Zanotti fundó la Asistencia Médica Municipal, a la que imprimieron un desarrollo práctico y moderno. Por entonces, practicaban la medicina en Asunción, los Doctores, Gasparini, De Finis (padre) Caldarera (padre) Morra (padre) Velázquez, Duarte, Candia, Rubio, Vallory, Backhausx... Tiempos heroicos en que aun no existía la plétora de profesionales especializados de hoy y nuestra ciudad-capital no salía aún de su capuz colonial, con sus casonas de anchos pilares y su maciza austeridad. Hombre de empresa, como lo es, al observar las posibilidades de todo orden que ofrecía el Paraguay, hizo venir a nuestro país a numerosos connacionales suyos, a quienes orientó con sus luces en él nuevo ambiente. Igual cosa hizo también con los suyos, comenzando por sus hermanos: don Miguel Scavone, que cursó sus estudios de bachillerato primero, y Universitarios, después, obteniendo su título de Farmacéutico en 1909, y luego, a Don Laviero Scavone, cuya tenacidad y visión comercial contribuyeron a cimentar las bases de la naciente empresa. En     1905, con sus hermanos Miguel y Laviero formaban la firma "MIGUEL SCAVONE Y CIA." que administraba la farmacia "CATEDRAL" abierta en la esquina de las calles Libertad, hoy Eligio Ayala e Independencia Nacional.

         En 1909 la firma en cuestión cambiaba su denominación por la de "Scavone Hnos." (Soc. Colectiva) para en 1917 tomar su forma definitiva actual, "Scavone Hnos." Sociedad Anónima.

         Posteriormente fueron viniendo sus sobrinos, Vicente, Francisco, Laviero Miguel, Domingo Antonio y Antonio, para no citar sino a los parientes más cercanos. En tropel, uno tras otro, sus hermanos y parientes y hasta extraños a su familia, fueron llegando hasta él movidos por el deseo de vincular su destino al ilustre galeno y hombre de empresa, convencidos de que a su lado podrían labrar su bienestar y ventura personal. Aquel hermoso pensamiento se ha convertido en una magnífica realidad, en el presente.

         Fueron años de duros sacrificios, sólo superados por estos recios luchadores que, piedra sobre piedra, después de equilibrar sus gastos con sus entradas - mediante grandes economías - iniciaban un ahorro y, grada sobre grada, iban levantando una obra que ahora es motivo de orgullo para ellos, para la profesión y para el país. Aparte de tales antecedentes es además miembro y fundador de varias sociedades anónimas y particulares.

         Este dinámico hombre de trabajo tiene una concepción especial de la vida y de la caridad, que le permite superar todas las contingencias y al propio tiempo socorrer al que le ha menester. En tal sentido entiende que la caridad no debe confundirse con la limosna y, sin que por ello deje hacer donativos, siempre prefirió ayudar a aquellos que demostraban voluntad de trabajo, facilitándoles los medios necesarios de progresar, de ir adelante.

         Y así, en esta forma, son numerosas las personas que recibieron la ayuda y aliento decisivos de este "pionner", para emanciparse y crear florecientes industrias y comercios.

         Su avidez de conocimientos y el deseo de informarse personalmente de los adelantos de la ciencia en lo que respecto a las ramas de su profesión, le han llevado a realizar varios viajes al viejo continente, sin contar otros de radio menor. En esta forma ha venido acrecentando su ya respetable acervo científico y especializándose en casi todos los aspectos de la profesión. Es así que reúne, en íntimo consorcio, las especialidades del clínico, del cirujano, del oculista. Cualidad es ésta, de suyo difícil y completa, por lo disímil que son tales especialidades, que pregona bien alto la capacidad profesional del doctor Scavone. Para más, son numerosos todavía los pacientes de la "primera hora", (50 años) que recuerdan la feliz operación que le practicara este hombre de ciencia. Sus viajes así, unían lo bello a lo útil. Junto a las delicias del turismo, satisfacía los reclamos de su profesión y de sus empresas comerciales. Encariñado con esta su segunda patria, escenario principal de sus numerosas actividades, su alejamiento de ella nunca fueron definitivos.

         El congénito amor a la patria se manifestó en él como vocero ininterrumpido de la belleza de todo orden que emanan de Italia - augusta madre de la latinidad- y en los momentos de peligro para ella, también la sirvió con valor y abnegación. Así lo hemos visto actuar como Capitán Médico de los Ejércitos aliados durante la primera guerra mundial.

         En su ancho corazón tuvo cabida especial la patria de su esposa y de sus hijos, sirviéndola en su progreso, con su propio esfuerzo, recomendándole como Tierra de Promisión, como un verdadero Canaán, para todos los hombres de trabajo y mismo - queremos destacar esto - presentando sus servicios profesionales voluntarios durante la Guerra del Chaco. Todo esto nos da la medida de cuán adentrado está en el corazón de este caballero la suerte de nuestro país.

         Hombre de mundo y dueño de una sólida cultura, goza de numerosas y cordiales amistades en todos los ambientes sociales por su acto, ilustración y rica experiencia, que le permiten actuar con decoro y dignidad, lo mismo en los estirados ambientes diplomáticos, como en una partida de porker, del criollísimo "truco" o participando de un asado campestre con el mínimo de cubiertos.

         Como buen hijo de Italia es un apasionado, un devoto de la música y el teatro, y sabe apreciar una buena película. Es incansable lector, y literalmente devora y asimila los libros profesionales, biográficos, de historia, novelas, etc.

         Fiel consigo mismo y con sus principios científicos, practicó siempre deportes, señalándose en la caza hasta el punto de que hoy, pese a los 78 años que lleva a cuestas, la practica con el mismo entusiasmo de sus años mozos. También practica la bocha, clásico juego italiano que hoy se ha abierto paso en nuestro medio en forma verdaderamente promisoria. Es socio fundador del desaparecido Club "Dopolavoro" y del sucesor "Deportivo Italo - Paraguayo".

         Practicó como "hobby" la construcción de casas, a tal punto que en su rica biblioteca cuenta con libros relacionados con estas actividades, y hasta la fecha participa con su presencia activa y colaboración en las construcciones sociales y familiares.

         A todos los antecedentes ya expuestos debemos añadir que el doctor Scavone ha dotado a nuestra ciudad entre otros de un edificio suntuoso sede central de sus actividades comerciales, en un lugar céntrico, contribuyendo en esta forma al embellecimiento edilicio de Asunción, En ese mismo lugar se encontraba otrora la botica Guanes, centro de distinción al propio tiempo, donde concurrían todos los días los principales hombres de la época a discurrir y platicar sobre temas de interés general.

         En este edificio, está asentado la Farmacia "Catedral" que figura entre las mayores de América, y que para el Dr. Domingo Scavone y para sus hermanos D. Miguel y D. Laviero, representa su obra predilecta. Y digna es que así sea por continuar con esos grandes valores que supieron inyectarle: las ansias de progreso y afán de presentar los últimos adelantos científicos a nuestro pueblo, en esta noble profesión de sanar o calmar los dolores del cuerpo; su rectilínea conducta y cumplido honor de sus compromisos, que le ha valido contribuir por la buena fama del comercio paraguayo en el país y en el extranjero, y su misma difusión y amplitud que la han puesto en primera fila con otras empresas comerciales paraguayas.

         En ella estos tres hermanos, continúan la siembra de sus consejos, ricos por tan larga experiencia, y que han sido bien aprovechados por sus hijos y sobrinos que continúan con dedicación y empeño el cultivo de tan interesante jardín.

 

 

AMADEO ZANOTTI CAVAZZONI

 

         Nació en Argenta (Italia) en agosto de 1868, en un ambiente familiar de condiciones económicas modestas pero moralmente elevadas. Su padre, que a la sazón operaba de canciller de tribunal, fue el arquetipo del caballero cristiano, pues a sus virtudes de padre sumaban otras igualmente respetables que hiciera de él un hombre, amado y respetado por todos. Su primer matrimonio, tiene sabor de romance, que nos hace transportar a algunos capítulos de los amores de Mario y Cossete, o de Julieta y Romeo, no tan sólo por el ímpetu avasallador que restalla en el pecho de los que aman, sino también por el espíritu de abnegación y sacrificio puesto para la conquista de un ideal. Para seguir a la amada, a la presentida, a la novia, en fin, cuya familia emigró al Brasil, lanzóse en pos de ella, como un polluelo que sigue a la madre, sin parar mientes en las zarzas del camino, ni en la inexperiencia de sus años mozos.

         Ya en el nuevo escenario de su vida, echóse de cabeza al trabajo sin otra mira que hacer su esposa a la mujer que le había deparado el destino. Tras algunas alternativas, propios de estos idilios mañaneros, terminó casándose con su prometida a quien perdió muy pronto. Tan rudo fue el golpe que sólo después de algunos años formó un nuevo nido casándose con la hija de un connacional. La herida sangrante de su corazón fue cicatrizándose, poco a poco, al sabor de este nuevo celaje de amor. Después de 15 años de permanencia en San Paulo, (Brasil) donde había logrado, merced a su trabajo honrado, una posición económica buena, que le permitió vivir sin preocupaciones financieras, retornó a su patria, en busca de tranquilidad, y mejoría a su quebrantada salud. Ya bajo el cielo azul de su patria tuvo la inefable dicha de mejorar su salud quebrada y gustar la alegría singular de saberse padre, en breve tiempo, de dos hijos, fruto de su segunda unión matrimonial.

         Repuestos de sus dolencias, y, a pesar de la tierna edad de sus hijuelos emprendió un nuevo viaje a América, eligiendo esta vez el Paraguay, atraído por los informes suministrádole por un hermano suyo, el sabio Profesor D. Luis Zanotti Cavazzoni, entusiasta y sincero amigo de nuestro país, en el cual tanto trabajó y tanto bien hizo en pro de los humildes y de la salud pública, llegando a ocupar puestos de responsabilidad y de trabajo desinteresado, y en el cual finalmente murió, nimbada la frente con la aureola de los hombres buenos y justos que saben identificarse con el dolor del prójimo.

         El deseo de muchos de sus admiradores y beneficiados del venerado Profesor desaparecido es el de ser recordado y honrado su nombre en este Paraguay que tanto amó, sirvió y defendió en todos los momentos angustiosos de su historia. Respetamos esta opinión, más no la compartimos en razón de que hombres de la talla moral del Dr. Zanotti Cavazzoni, aun faltándole el reconocimiento oficial, vive y vivirá en el recuerdo filial de miles corazones paraguayos, especialmente en la clase pobre, para quienes el saber y la ciencia del ilustre galeno desaparecido estuvieron abiertos, como una flor de lis, para socorrerlos.

         Llegado al Paraguay el señor Amadeo Zanotti Cavazzoni en el año 1906, con su familia y una hermana recién casada con el señor Elio Billi, dedicóse inmediatamente al comercio de artículos comestibles, especialmente de procedencia italiana, fundando así la actual firma Zanotti Cavazzoni Billi y Cía. Desde entonces acá se ha dedicado al comercio, agregando más tarde a sus actividades la de varias industrias.

         Tras una permanencia de varios años en el Paraguay y habiendo firmado una sociedad con los señores Elio Billi y Alfeo Zanotti Cavazzoni, cuñado y sobrino suyos, respectivamente, volvió a su patria, con su familia, radicándose en forma permanente en ella. Cabe consignar, sin embargo, que, de tarde en tarde, realizaba algunos viajes con destino a nuestro país, mas lo hacía en forma temporaria y sólo al efecto de visitar a sus parientes o introducir alguna innovación o mejora en la sociedad que había establecido anteriormente y a la cual había transferido sus ansias de progreso y su espíritu dinámico y optimista.

         Murió en Bologna en el año 1942 pero a la sazón ya había dejado de pertenecer a la firma Zanotti Cavazzoni Billi y Cía. dejando como legado su bonhomía sin par y su espíritu caballeresco y sencillo.

 

 

ELIO BILLI

 

         Nació en Cervia el 3 de junio de 1872. Llegó al Paraguay en el año 1906, con don Amadeo Zanotti Cavazzoni y su señora esposa doña Armida Zanotti C. hermana de don Amadeo.

         El señor Billi, se destaca con relieves propios como un gran trabajador y de una actividad al frente de los negocios de la firma.

         Durante su permanencia en el Paraguay, vio su hogar alegrado con el nacimiento de una hija, que es la depositaria de la totalidad del cariño materno y paterno.

         Tras largos años de trabajo duro y sin descanso, volvió con su familia a Italia, en busca de un buen merecido reposo, que sin duda encontró en los primeros años de estadía, pero con tan mala suerte que todo cambió con el estallido de la segunda guerra mundial, más la desaparición de su amada esposa. Tan pronto pudo, volvió al Paraguay, con su hija Pierina, su yerno Enzo Roveri y un nietecillo, escapando de esta forma a aquella espantosa catástrofe. Ya entre nosotros volvió a arder el fuego sagrado en su hogar olvidando las pesadillas y malos ratos pasados en la guerra.

         El señor Elio Billi, a pesar de sus años, volvió a ocupar su puesto de lucha y de trabajo en los negocios de la firma y aun sigue siendo un ejemplo de dinamismo, inteligencia y perseverancia que Dios quiera pueda serlo aún por largos años.

 

 

ALFEO ZANOTTI CAVAZZONI

 

         Nació en Cervia (Italia) el 2 de Febrero de 1886, habiendo sido sus padres don José Zanotti Cavazzoni y Doña María Dragonide Zanotti Cavazzoni, ambos italianos y ambos difuntos.

         Vino al Paraguay en el año 1905, llamado por su tío, el Profesor Luis Zanotti Cavazzoni, que, a la sazón, ejercía varias cátedras en la Facultad de Medicina de nuestro país.

         Su primera residencia la tuvo en la calle Estrella y Ayolas donde estaba el consultorio de su tío.

         En el año 1909, volvió a su patria, donde contrajo matrimonio con doña Jone Guerrini, volviendo juntos al Paraguay, haciendo así su viaje de boda. Dicho matrimonio procreó tres hijos: Ana María, Clara y José. Ambas mujeres se casaron en el país; el varón en Italia.

         En 1929 hizo un viaje de placer con su familia rumbo a Italia, donde fuera al propio tiempo a visitar a sus padres. Así mismo realizó varios viajes de descanso y negocios al propio tiempo, a Buenos Aires, Montevideo, San Paulo y Río de Janeiro. El señor Alfeo Zanotti Cavazzoni, es contador público, habiendo obtenido dicho título en Italia.

         Como una prueba fehaciente de su capacidad creadora, mencionaremos las principales obras e iniciativas realizadas por el mismo. Es fundador, en primer término, de la Farmacia Catedral, con Miguel Scavone y Juan Pessolani. Esto ocurrió en el año de su llegada al país, a fines de 1905.

         Es fundador asimismo del teatro Roma, con el señor D'Angelis, copropietario del teatro Granados y Pettirossi y socio de la Compañía Comercial Guaraní S. R.L.

         Es Director de la firma social Felsina Agrícola Industrial y Comercial (S. A.) desde el año 1935.

         En repetidas oportunidades fue miembro destacado de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, Círculo Italiano, Dante Alighieri y otros.

         Es uno de los fundadores del Club Italo Paraguayo, socio del Olimpia, (F. B. C.) y Mbiguá. Frecuenta muchísimo en la primera de las nombradas, donde gusta practicar con sus amigos la bocha, su deporte favorito, a fuer de buen Italiano que es. Es fundador de la firma actual, junto con Elio Billi, Amadeo Zanotti Cavazzoni y Ulrico Zanotti Cavazzoni. También se hallan incorporados, como interesados en la firma, Arnaldo Zanotti Cavazzoni y José Caggiano.

         La casa en cuestión, como queda expresado, se dedica a ramos generales y artículos de almacén. Antes de ahora poseía un frigorífico en 25 de Mayo y Caballero, con varias sucursales, el Bar y Confitería Felsina en sociedad con el señor Pedro Alfonsi y un Ingenio de azúcar, destilería de caña y alcohol y arrocera en Guarambaré.

         Está satisfecho del país, lo quiere como a su segunda patria y desea para él, días prósperos y venturosos. Está decidido a continuar el negocio y a ampliar sus actividades con la llegada de su hijo, doctor en Química, recibido en Bolonia.

 

 

AMADEO ZANOTTI CAVAZZONI (de José)

 

         Es hermano de don Alfeo. Nació en Cervia el 3 de agosta de 1901. Vino al Paraguay en el año 1923. Es contador público recibido en Italia. Contrajo matrimonio con la hija del Dr. Domingo Scavone, la señora Angelita Scavone de Zanotti Cavazzoni. Tiene cuatro hijos: Marilú, José, Franco y Luis. José sigue estudiando en cursos universitarios y su hermano Franco comercio. Vive en casa propia sobre la avenida Colombia. Desde hace unos años comparte con Don Ulrico la dirección y gerencia de la firma.

 

 

ULRICO Z. CAVAZZONI

 

         Nació en Bolonia, en marzo de 1905. Llegó al Paraguay, cuando apenas contaba un año, en 1906. Volvió a Italia con sus padres y regresó a ésta en 1922. Contrajo matrimonio en 1929 con Ana María Zanotti Cavazzoni. Es padre de dos hijos: Juan Carlos y Amadeo. Viven en casa propia en Ygatimí y Colón.

 

 

ARNALDO ZANOTTI

 

         Es natural de Parma (Italia) donde nació en el año 1905. Es también interesado en la firma que nos ocupa y que como dijéramos más adelante es una de las casas más serias del país, por el volumen de sus operaciones y alta calidad de sus productos.

 

JOSE CAGGIANO

 

         Es otro de los interesados en la firma social que nos ocupa, joven, optimista y laborioso.

 

 

 

ALBERTO A. GRILLON

 

         De entre la caravana de comerciantes e industriales de nuestra plaza, el nombre de Alberto A. Grillón, fundador de la firma social Alberto Grillón e hijos, (S.A.) se destaca con caracteres bien definidos. Nació en Sailly (Francia) el 6 de junio de 1868, poco antes de terminada la guerra franco-prusiana cuyas derivaciones se hicieran sentir en forma desastrosa para su patria. Sus estudios primarios y secundarios los hizo en París, la Ville Limiére, capital y cerebro del mundo, donde al decir de un exquisito bardo americano se dan la mano todas las antinomias sin que por eso, agregaremos nosotros, pierda ese equilibrio perfecto, ese sentido de la gracia, de la ponderación, que es blasón de su escudo nobiliario y que tanto ha contribuido para ganarse la simpatía de los hombres libres de todos los climas. Estas virtudes sustantivas de Francia, que han contribuido para darle la jerarquía que hoy ocupa, parecieran transfundirse en sus hijos esparcidos en todo lo largo y lo ancho del orbe, como si a través de ellos quisiese exhibirnos, como Cornelia, la virtuosa dama romana, madre de los Gracos, sus joyas. Nadie, en efecto, que haya conocido personalmente a este caballero, en sus relaciones con las demás esferas de sus actividades comerciales, podrá regatearle sus méritos intrínsecos personales, su don de gentes, su cultura refinada y ese aplomo y serenidad propios de los hombres acostumbrados a sondear los abismos y a escrutar el horizonte sin perder pie, la noción del propio respeto y del ajeno, que es en definitiva, el pedestal granítico sobre el que descansa toda sociedad culta y civilizada.

         Muertos sus padres Andrés Grillón y Alcera Allais, sintió en torno suyo ese vacío sin remedio que provoca la ausencia sin retorno de los que nos dieron vida, y que, para amenguarlo o esquivarlo, nos obliga a desplazarnos de un lugar a otro, como una veleta que gira a todos los vientos, sin tener noción muchísimos veces de nuestras acciones, pero movidos si, por una fuerza secreta de cuya gravitación sobre nosotros no podemos, por más esfuerzo que hiciéramos, sustraernos en forma alguna. Presa en las sutiles redes de este estado espiritual, enfiló su proa hacia el Río de la Plata, (Buenos Aires) y posteriormente a nuestro país, donde formó su hogar uniendo su destino al lado de doña Inocencia Salas, a quien conoció en esta capital. De este matrimonio nacieron varios hijos a quienes los mandó educar en los grandes centros intelectuales de Francia e Inglaterra.

         Su iniciación en el comercio la hizo en este último país, adonde se trasladó para aprender el idioma inglés, primero, y seguidamente el cálculo frío, matemático, que caracteriza la mentalidad sajona que bien puede ufanarse de haber producido un Pitt, un Glasthone, un Lloyd George, un Churchill sin contar sus otras celebridades en los diversos campos de la ciencia y del saber humano.

         Ya entre nosotros, de inmediato se inició en el comercio, primero como representante de fábricas europeas y más tarde constituyendo la firma, base de la actual Sociedad Anónimo Alberto Grillón e hijos.

         Las actividades iníciales de dicha sociedad comprendieron casi exclusivamente representaciones en el ramo de tejidos, procedentes de fábricas inglesas y alemanas. Paulatinamente, con el transcurso de los años, la firma fue ampliando su radio de acción incorporando nuevas secciones entre las que ocupar un lugar preferente la representación de la General Motors, que comprende automóviles, camiones y productos automotores en general.

         Como es natural y lógico el negocio de automotores exigió la instalación de modernos talleres para el armaje y reparación de unidades, que, por su importancia, dieron mayor volumen a las actividades comerciales de la sociedad.

         Cabe señalar que la importación de dichos medios de locomoción, realizada con un concepto moderno y basada en el mantenimiento de un servicio permanente, ha influido en forma poderosa en el adelanto de los transportes en nuestro país. Es más. Durante la guerra del Chaco, las marcas representadas por la sociedad, entre la que se debe citar, en primer término, la Chevrolet, prestaron importantes servicios al Ejército Nacional, durante su épica y brillantísima campaña. Nadie ignora, en efecto, los rápidos desplazamientos de nuestros soldados que hicieron posibles, se inscribieran en el historial patrio, páginas memorables que constituyen el decoro y el orgullo de la Nación. Todo ello se debe en buena parte al aporte de la mencionada marca, si bien es cierto que no debe subestimarse la capacidad creadora y el espíritu de abnegación llevado hasta el sacrificio por nuestros heroicos soldados.

         Anexos al negocio de automotores, figuran otras importantes líneas representadas por la sociedad, tales como las cubiertas Goodyear, lubricantes en general y demás enseres.

         Otra no menos importante actividad de la sociedad constituye la refrigeración en sus diversos aspectos. A nadie escapa que la estación predominante en el país es el verano, con nuestro sol tropical y cálido. El frío es un forastero poco menos que desconocido para nosotros. De ahí que el hombre de campo, muchísimas veces para escapar al fuego de la canícula, cuando aquella estación entra en su rigor, se veía antes de ahora en la durísimo necesidad de pegarse un viajecito a Mar del Plata, o a los balnearios Montevideanos o de Río. Esté peregrinaje, que se repetía cronométricamente cada año, con menoscabo de nuestra economía, fue interrumpiéndose lentamente con el moderno adelanto mencionado, hasta el punto de que nuestra gente del interior prefieren hoy quedarse en casa antes que dilapidar divisas en el extranjero.

         Colaboran en las actividades directivas de la sociedad, como miembros del Directorio, los señores Luis Fernando Grillón, Juan Pablo Gorostiaga y Carlos A. Robiani, distinguido caballero argentino, ganado por los círculos comerciales y sociales de nuestra patria.

         El señor Gorostiaga, es conocido en nuestro mundo social y deportivo, con el familiar nombre de Juan Pablo. Es un activo propulsor de los deportes y actualmente ocupa con entera justicia la Presidencia del Consejo Nacional de Cultura Física. Pero estos méritos serían incompletos, si no dijésemos que Juan Pablo, es uno de los pilares del Olimpia. Presidente de la misma durante varios períodos, no existe una iniciativa, una obra de envergadura o de mérito relacionado con el decano que no lleva el cuño de este dinámico hombre.

         La firma cuenta actualmente con un personal administrativo de 20 empleados y 40 operarios de la Sección Talleres, identificados todos con la firma sobre la base de una leal y entera comprensión y respeto.

         Su capital social autorizado es de Gs. 1.500.000.

         Las diversas representaciones que ejerce la sociedad comprenden fábricas de todos los mercados del mundo. Con algunos de ellos mantiene su vinculación desde casi medio siglo en forma ininterrumpida.

         Hechos elocuentes son éstos que por sí solos bastan para darnos la idea de que la sociedad en cuestión descansa sobre un pedestal firme, a prueba de todos los eventos que pueda el porvenir depararle.

 

 

 

CAYETANO RÉ

 

         No nos cansaremos de recordar en todas las ocasiones el aporte de Italia, la augusta madre de la latinidad, al progreso económico, intelectual y moral de Hispano América, pues no se ha concretado solamente a transfundirnos su sangre y espíritu dilecto sino que también nos ha enviado, en oleadas sucesivas, en corrientes inmigratorias, sanas y vigorosas, que abarcan todos los oficios, desde el zapatero remendón hasta el técnico industrial. Pues bien, en una de esas oleadas vino llegando a nuestras playas un hijo de Cattania (Sicilia) con su morral de peregrino trayendo como único viático su amor al trabajo y al Paraguay: don Cayetano Ré. Fueron sus padres don José Ré y Pabla Giurdini, ambos italianos ya desaparecidos. Contrajo matrimonio en Italia en noviembre de 1902 con doña Providenza Garozzo. Tocóle ser uno de los primeros italianos que se radicaron definitivamente en el país después de la guerra grande.

         Cuando arribó hasta nosotros, la industria de jabón que explotaría estaba poco menos que en pañales. Eran los tiempos famosos aquellos del "Jabón Paraguay", cuyo precio de venta equivalía a una bicoca. Dicho producto se elaboraba a la sazón en forma muy rudimentaria, entrando en su composición hueso, ceniza y algún otro ingrediente nativo más. Ello no obstante, con un gran optimismo y con tachito de ínfima calidad se tiró a hervir los aludidos elementos, instalándose, por vez primera, en un chiribitil de la calle Montevideo y Piribebuy.

         A pesar de la exigüidad de sus entradas y lo extraño que resultaba para él y su esposa el nuevo escenario de su vida, no se amilanó, y antes bien, fue redoblando esfuerzos, superando dificultades, y ganando en prestigio, para la venta de su mercadería, tan toscamente elaborada.

         Es de observar que las principales casas de comercio de la plaza, durante aquella época, importaban dicho artículo, dada la escasez de su producción en el país, amén de su mala calidad. Mas, el tiempo no transcurre en vano (por más que el hombre es el que pasa) y el humilde jornalero de la calle Montevideo fue ganando, piano, pianino, jerarquía.

         De su matrimonio, entre tanto, se procrea una numerosa prole: varones y mujeres. Todos ellos, cuando ya grandecitos, secundan la labor del padre y el ayer plácido ambiente familiar se torna en un rumoroso colmenar, donde no existen zánganos, sino abejas laboriosas, que van y vienen, que tejen y destejen en un febril movimiento de afirmación y vida rezumante. Embarcado en este tren de progresión constante, padre e hijos ven ensancharse, en cada aurora, el horizonte de sus actividades comerciales hasta que por último, los vemos instalarse en Dos Bocas, la Vía Appia de la República, con una fábrica de jabones, aceite de coco, velas y creolinas. Sumado a esto, monta en la Avenida Fernando de la Mora y Centenario dos fábricas más: una de artículos de lozas y porcelanas, otra de enlozados de toda especie y un taller moderno de galvanoplastia.

         En la primera se fabrican tasas, platos, jarros, cafeteras, azucareras y otros artículos similares, contando para ello con maquinarias modernas y adecuadas. Actualmente tienen un personal integrado por hombres y mujeres que no baja de 40. Cuenta asimismo con un galpón de 20 x 40 y otro de 20 x 20 el cual está dividido en dos secciones: una destinada a horno a leña y otra a hornos eléctricos y producción.

         Cabe observar también que en Dos Bocas posee dos fábricas: de jabón; una frente a otra, como los eslabones de una cadena acerada.

         Hemos tenido el placer de cerciorarnos del valor de los artículos en cuestión y en su honor, el mejor elogio que podríamos hacer de ellos es el de afirmar, en forma categórica, que no desmerecen de sus similares extranjeros. Y es que sucesores de Cayetano Ré e Hijos S. en C., como reza la firma social en cuestión, tiene un cabal sentido de su capacidad y del prestigio bien ganado que tienen entre nosotros.

         Pasemos ahora a hacer una brevísima reseña de la fábrica de enlozado y taller de galvanoplastia.

         Esta fábrica cuenta ante todo con maquinarias modernas todas ellas importadas y que representan un respetable monto de divisas. Estas maquinarias están destinadas para estampar chapas, platos, cacerolas, jarras, cocinas económicas, y en general todos los artículos del ramo. Cabe agregar sobre el particular que se hacen trabajos bronceados, cobreados, niquelados, cromados y empavonados.

         Cuenta con un local apropiado de 20 x 40 y otro 20 x 20 dividido también en secciones.

         Para la realización de los trabajos ya mencionados cuenta también con dos hornos a leña de alta temperatura, destinado al esmaltado de los productos.

         Tiene un personal de 20 operarios, con miras de aumentarlo, en forma progresiva.

         Ambas fábricas están instaladas, como dijimos, en la Avenida Fernando de la Mora y Centenario, en un terreno de su propiedad, de 15.000 mt.2.

         Lo que más realza lo personalidad de este hombre de trabajo es el hecho de ser el primero entre nosotros que consagra sus esfuerzos para la explotación de estas industrias, no explotadas en el país.

         Todos ellos nos da la medida de cuán grande es la confianza que tiene el señor Ré en la capacidad y porvenir económico de la República, ya que si así no hubiera sido se hubiese concretado tan sólo a explotar sus fábricas de jabón de la Avenida Eusebio Ayala. Pero, he aquí que, pese a las dificultades y restricciones de todo orden que inciden sobre las actividades comerciales e industriales del país, se lanza a la palestra con un entusiasmo y optimismo digno de los mayores encomios.

         Hace de contador de la firma el señor Diógenes Corrales, viejo y correcto empleado que lleva más de 15 años de servicio continuados en la misma, y que, a decir verdad, es el hombre de confianza por excelencia de la firma.

         La actual razón social sucesores de Cayetano Ré e Hijos S. en C., tiene como administrador y Gerente respectivamente a Rosario y Salvador Ré, este último capitán de reserva de brillante actuación en la guerra del Chaco.

         Todos ellos, están casados con paraguayas, prosiguiendo en esta forma la línea de conducta y devoción del padre hacia nuestro país.

         Como dijimos Rosario Ré cumple las funciones de administrador. A su cargo corre la parte administrativa de la jabonería y de la fábrica de lozas y enlozados y taller de galvanoplastia.

         Su pasta de hombre de trabajo es de buena ley, pues es dinámico, activo, inteligente y capaz. Para más, a él se debe la modernización del establecimiento industrial en lo que a maquinarias se refiere. Un hecho incidental al parecer contribuyó para ello. Habiendo realizado un viaje de paseo al Brasil, no hace mucho, fue testigo del enorme adelanto industrial del país hermano, en lo que atañe a la manufactura de lozas y enlozados y taller de galvanoplastia y de las halagüeñas posibilidades que presentaba para su incorporación a la economía nacional.

         Esta idea madre se le incrustó en la mente y a su regreso a ésta llegó, con su obstinación y optimismo acerados, a convencer a su padre de la bondad de este renglón, no explotado aún en el país. Y fue en esta forma que el proyecto en cuestión ha ido ganando terreno hasta convertirse en el presente en una promisoria realidad.

         Como si no estuviera contento de sí y de todo cuanto ha hecho por la economía nacional, don Cayetano tiene el decidido propósito de ampliar el giro de sus operaciones y ensanchar los edificios de sus fábricas convirtiéndolas en las primeras en su género del país. Y a fe que lo logrará, pues hombres de su contextura moral que no conocen de pifias ni de vacilaciones van a donde quieren y logran lo que quieren, seguros como están de sí mismos y del mañana.

         Aparte de las cualidades que dejamos pergeñadas, don Cayetano Ré es un espíritu generoso y desprendido como el qué más. No existe una obra de aliento ni una iniciativa generosa como las contribuciones para la construcción de iglesia, escuela y policías del barrio que no haya contado con su concurso desinteresado y amplio, aportando elevadas sumas de dinero. Todo ello nos revela que detrás del hombre de negocios late un espíritu altruista, digno de toda ponderación.

         Tiene, por otro lado, una profunda fe en el porvenir del país, por sus riquezas potenciales y las posibilidades de todo orden que ofrece al hombre de trabajo, sea nacional o extranjero, sin desconocer las dificultades de la hora.

         Medio siglo atrás, don Cayetano, emprendió viaje a Cattania, el solar de sus mayores, donde el gran Garibaldi hiciera flamear un día el lábaro de sus sueños libertarios y de la unidad de su gran pueblo.

         De allá vino rebozado como si se hubiese pegado un baño en las aguas de Juvencio.

         Tan grande fue la emoción recibida al lado de los suyos, después de su largo peregrinaje por los caminos del mundo, que no podía ser otro que el resultado. Y es que el suelo natal tiene sus embrujamientos que no nos explicamos muchísimas veces, y que sólo lo advertimos, cuando nos encontramos lejos de sus fronteras. Es entonces cuando la nostalgia nos muerde el corazón y atenaza nuestro espíritu, metiéndonos en razón.

         Don Cayetano tiene otra suprema debilidad en el mundo: el Cerro Porteño. La popular entidad futbolística del Barrio Obrero constituye a decir verdad, parte de sí mismo. Sus triunfos, son sus triunfos, sus derrotas las suyas propias. Y es que este hombre de trabajo, acostumbrado desde sus más tierna edad a jugarse todo entero, en un solo naipe, contempla la vida, desde lo alto de su mirador, con un sentido casi místico de ella, sin incurrir en las debilidades propias de aquél que a lo largo de su existencia, no ha encontrado su ancladero, su centro de gravedad en una palabra.

         Agréguese a todo esto, el de ser un hombre dinámico, que no duerme sobre sus laureles pudiendo haberlo hecho ya, y que, a modo de descanso, se toma un viajecito relámpago a Buenos Aires o a cualquier parte para cerciorarse de las novedades del mercado y traer de allí nuevas iniciativas y sugestiones para ampliar la esfera de sus negocios, entre nosotros. Y esto lo realiza naturalmente, como una necesidad de su espíritu y movido tan sólo por su infinita devoción a nuestro país, al que querría verlo cada día más próspero y venturoso.

         Por último diremos que este hombre de trabajo es dueño de una gran solvencia moral en nuestros círculos comerciales y bancarios. Actualmente trabaja con los Bancos de la Nación Argentina y del Paraguay, dónde su nombre es altamente cotizado. Esta es su mejor credencial, a la por que la alta estimación de que es objeto por parte de nuestra sociedad.

 

 

MIGUEL LARREINEGABE

 

         Nos congratulamos de presentar a la pantalla pública el nombre de este súbdito argentino llegado al país siendo niño, pues apenas entonces frisaba en los 8 años, y que ahora, no tan salo ha vinculado su vida y su destino o nuestra actividad comercial e industrial sino que también podemos presentarlo como ejemplo de que cuando existe una voluntad - empleando las palabras del Gran Corzo - existe un camino, y donde existe éste - agregaremos nosotros - podemos fácilmente columbrar la meta de todos los triunfos aunque para ello tengamos que paladear antes desengaños y amarguras mil.

         El hombre que nos ocupa tiene en la sangre glóbulos rojos ibéricos, pues sus padres Juan Larreinegabe y María Hernández, ambos ya difuntos, fueron españoles. De tal palo tal astilla, reza un adagio andariego que tan a pelo encaja en los rasgos morales de nuestro biografiado. Mucho, muchísimo, se ha hablado en pro y en contra de la Madre Patria. Algunos de sus pretendidos demoledores sólo han querido ver en ella la tierra de los Manzantini y de la bárbara lidia de los toros de Miura, que para más ahora ya comienza o tomar carta de naturaleza en Francia y algunos países de América; el espíritu de conquista de Hernán Cortés, Pizarro, don Pedro de Mendoza y de sus grandes capitanes; sumado a la explotación de que eran objeto los indígenas a cuya cabeza figuraba Bartolomé de las Casas; la Casa de Contratación, convertida en cambalache de los productos llevados de aquí; el espíritu de aventura; su apego a las tradiciones es individualismo intransigente y otras lindezas más. Mas olvidan tales demoledores que la crítica histórica ha colocado ya a España en el pedestal que ella legítimamente se merece, y que tiene en su descargo el haberse dado sin tasa ni medida brindándonos, a manos llenas, su sangre, sus atributos todos de pueblo prócer que tiene como númen a Miguel de Cervantes Saavedra, en su haber universalista, y los primeros balbuceos de libertad y defensa de los derechos del común, en lo histórico, político y social. Todo esto sin contar el precioso instrumento que nos sirve para interpretar nuestros amores y nuestras cuitas, el inimitable idioma español, la lengua más rica del mundo en fuerza de haber sido ella estructurada con el amasijo de todos los idiomas, a los que supo imprimir su propio genio. Hecha esta digresión pasemos adelante.

         Don Miguel, como familiarmente es conocido este hombre de empresa, nació en Buenos Aires, cuando aun la Perla del Plata, vivía su vida de caracol y no presentaba el grandioso espectáculo que exhibe hoy, con el penacho de humo de sus chimeneas, la estridencia de sus fábricas y talleres, el brillo de sus parques, museos y bibliotecas y su gran cultura.

         Llegado al país en el año 1901, aquí despertó a las primeras emociones de su vida, en lo que esta tiene de bueno y malo, de dulce y amargo, aquí finalmente formó su hogar procreando varios hijos: Oscar, Miguel, Raúl, Damiana y Angélica, todos ya casados.

         Su vida comercial se inicia al lado de unos súbditos alemanes en el ramo de tienda y ferretería. De aquí pasó a la casa Sebastián Lapierre, sito en Benjamín Constant y Montevideo. Los primeros peldaños de su aprendizaje comercial iban de esta suerte consolidándose, adquiriendo un gran dominio en la tabla de los negocios merced a su vocación e interés que se tomaba por los más nimios detalles relacionados con la marcha de los mismos. Por último trasladóse a la casa Segura y Latorre, gozando como salario la suma de 350 pesos. Con esta modesta suma subvenía las necesidades de su hogar a la espera siempre de la voz de orden de su estrella, portadora de mejores días. No tardó ella en aparecer, y así lo vemos, en plena mocedad, romper los frenos inhibitorios del empleado estableciéndose por cuenta propia en Areguá, con una tienda. Allí estuvo hasta el año 1917. Los cuernos de la abundancia le sonríen y el opaco ambiente campesino ya le resulta estrecho. En el mismo año se inicia en la industria licorera en esta capital, en el local de la calle Estrella y Hernandarias. La alta calidad de sus productos elaborados, tales como licores finos, como el famoso "San Agustín", vermut, vino artificial y aguas gaseosas, fernet; coñac, encuentra en el público consumidor y comercio en general una gran aceptación y como consecuencia de ello el horizonte se le presentó cada vez más promisorio. La esfera de sus actividades comerciales adquiere un ímpetu inusitado, su prestigio se afianza. Como resultante de ello se traslada, en local propio en la calle General Díaz, Colón y Hernandarias. Posteriormente, y siempre en tren de progresión, adquirió en compra la fábrica de José Palermo y Cía., sito en Presidente Franco y Colón, refundiéndose, como resultado de esta operación, ambas fábricas en una.

         Don Miguel es un hombre que no se da punto de reposo para imprimir a sus negocios un sentido ascendente. De esta suerte, y estimando estrecho ya el actual local para sus operaciones comerciales, tiene elaborado todo un plan orgánico para modernizarlo con el aditamento de otros departamentos más. Pero tan loables anhelos no pueden llevarlos adelante, en razón de tropezarse actualmente con la falta de los materiales adecuados para ello como ser portland, caños, tirantes y armazones de hierro, cal, etc.

         Embarcado en este tren de expansión, que habla bien alto de sus cualidades positivas de "pionner", ha resuelto modernizar su fábrica, para lo cual ha adquirido en compra de la acreditada casa Barnett, Foster y Brarátby (Export) Ltd. de Londres, las siguientes maquinarias:

         1 jarabeados, llevadora y de coronar; 1 mezcladora con soporte de tubo de gas carbónico; 1 etiquetadora, con motor interruptor para fijar etiqueta a botellas de todos los tamaños; 65 pies de transportador de ganidad automática.

         A lo que se ve, nos encontramos frente a la última expresión de la tecnología moderna. Este esfuerzo es digno de los mayores encomios por el monto elevado que represento en divisas como también por el riesgo que significan operaciones de esta laya.

         Las maquinarias que aludimos ya han llegado a destino. Sólo falta, pues, su montaje y funcionamiento.

         Oficia de Contador de la casa el señor Juan E. Cantuni, que lleva 20 años de servicio en la misma. Sus antecedentes de honorabilidad y dedicación a su trabajo hacen de él un eficaz colaborador de la firma que nos ocupa.

         Todos sus hijos trabajan con él, contribuyendo de esta forma a una mejor división del trabajo y por tanto a una dirección más eficaz.

         Don Miguel gusta visitar sus fábricas. Allí se pone en contacto con sus directores y personal no dándose punto de reposo por mejorar su suerte dotándoles de todos los elementos necesarios para ello. Demás está decir que esta estrecha compenetración basada en el trato cordial y frecuente ha contribuido en gran parte para que las mencionadas fábricas marchen con la exactitud matemática de un cronómetro.

         Sus momentos de ocio, que los tiene bien escasos por cierto, lo consagro al teatro y al cine, pues es un apasionado del arte, de donde aprendió la plasticidad y los trazos firmes y vigorosos para pisar con aplomo, para tener fe en sí y en su estrella.

         Es al propio tiempo socio del Club Deportivo de Puerto Sajonia, de la Casa Argentina, de la Unión Industrial, de la que fuera Secretario, Tesorero y miembro de la misma en diversas oportunidades. En todas estas entidades goza de un bien ganado aprecio por su trato fino y afable, propio de aquel que conoce la vida a través de todos sus prismas.

         Su personal obrero es netamente paraguayo. El concepto que tiene de él no puede ser más óptimo. Próximamente, con motivo de las nuevas máquinas que piensa incorporar a su negocio, aumentará dicho personal.

         Actualmente tiene 52 operarios.

         Cabe señalar que en la actualidad, pese a sus deseos, no puede aumentar su producción en razón de tropezar con dificultades en lo que respecta a la provisión de materia prima.

         Diremos al fin que este dinámico hombre de empresa es uno de los tantos factores del resurgimiento nacional, en el orden económico e industrial, y que tiene en su crédito el haber llegado a la posición que ocupa tras un bregar sostenido y sin desfallecimiento pasando por todos los caminos que impone la obtención de todo triunfo.

 

 

 

BAUTISTA VERTUA

 

         En la arteria principal de nuestra urbe, sobre Palma Street, como diríamos pecando en barbarismo, frente al febril trajinar de vehículos y peatones de todos los pelajes, desde el hombre de negocios que coloca dinero en hipoteca hasta el anciano desposeído o el mutilado de guerra que ha perdido el brazo o la pierna en el torbellino de las batallas, se halla situada la Confitería "VERTUA" (S. A.) cuyo actual Director Gerente es el hombre de trabajo cuyo nombre encabeza estas rápidas líneas. Al pasar frente a ella, viéndola colmada de público, y muy especialmente por la mañana y al atardecer, a la hora del vermut, que se embriaga con el esmerado servicio de la casa y de la excelente orquesta dirigida por el Prof. Alarcón, la impresión que se recibe es idéntica a la que se experimenta en la opulenta Buenos Aires y Río de Janeiro, a las grandes cosmópolis del continente, en una palabra. Lo que se infiere de lo que dejamos expresado es que vamos progresando en firme, no con la velocidad que nuestro egoísmo e impaciencia acaso le hubiese deseado, pero, eso sí, lenta e inexorablemente.

         En la risueña ciudad de Torbole Casaglio, bajo el cielo azul de la Lombardía, vio la luz del día este recio ejemplar de la estirpe italiana que, dicho sea de paso, tanto ha contribuido al progreso económico e intelectual de Hispano América. Fueron sus progenitores don Paulo Vertúa y Agata Zambrini, dos troncos itálicos, de los cuales el único que sobrevive es el primero, de quienes heredó su amor al trabajo y ese ahincado espíritu de superación, muy propio de los hombres de su tierra pronto siempre para surcar los mares y desgranar por el mundo los racimos frescos de su vitalidad y de su perpetua dación de amor en oleadas sucesivas de corrientes inmigratorias, sin pedir nada para sí, pero pletórica siempre de amor y ternura cenitales, convencida acaso de su condición de "Mater" y de su proclividad siempre en eclosión de aurora de espíritu latino. Ya entre nosotros, bajo el cielo azul del Paraguay; contrajo matrimonio, con doña Silvia Ubaldi, el 30 de julio de 1932, un lustro después de su llegada a esta ciudad. Su lugar de residencia actual se halla ubicada en una graciosa colina formada por la calle Ayolas, Lugano y Milano, donde nuestra coqueta ciudad-capital pareciera replegarse en estado de preñez de futuro y de días cada vez más venturosos para el país. El lugar en cuestión, de esto hace un par de lustros atrás, era algo así como una cenicienta que rehuía todo trato social por su capa raída y la impresión objetiva que presentaba con su ranchería por doquier, con su ejército de murciélagos y alimañas de todo jaez, y esta es la hora en que, frente a la atonía de propios y extraños, se ha transmutado de pies a cabeza, como por arte de magia, presentándosenos endomingada como una moza garrida, llevando claveles reventones en la oreja y pregonando como un epinicio "la alegría de vivir" de sus pobladores.

         Sus primeros pasos - Bautista Vertúa - los hace sustantivamente, afirmativamente, sin pretensiones, con aplomo integral, en forma anodina para los más, pero arremangándose las mangas de su camisa sin par y el espíritu rebosante un fresco y bullente optimismo. De esta suerte lo vemos oficiar sus primeros rituales en el comercio, sin que nadie pudiera advertir que, detrás del ancho tórax empezaba ya a parpadear los primeros vislumbres del pionner conocido hoy por todos. Poco a poco, "pian pianino", como lo diríamos en su dulce lengua prócer, las corrientes contrarias que se oponen casi siempre al paso firme de todo triunfador, fueron cediendo hasta que, por fin, lo vimos como patrón, como dueño de casa, como propietario.

         La Confitería Vertúa, hoy por hoy, es el lugar de cita obligado de nuestra elite y de la gente de negocio y público en general no tan sólo por las espléndidas comodidades y confort que ofrece su Salón Blanco, profusamente iluminado como una joyería de Bagdad, sino también por lo bien ventilada que es, sin contar su excelente orquesta de jazz y típica a cargo del Prof. Alarcón.

         La especialidad de la casa es abundante y rica como una cascada: bebidas nacionales y extranjeras de todos los gustos, helados, empanadas, pan dulce, torta, confitura en general, pedidos de lunchs y bodas, pizza caliente, pavo, pato y lechón al horno, con su correspondiente rotisería. Su depósito, ventas al por mayor y escritorio, se halla situada en un cómodo y confortable local, sito en la calle Benjamín Constant N°. 334.

         La firma social que nos ocupa tiene un personal de 60 empleados que se turnan de acuerdo a los compromisos concertados armónicamente al efecto, pues la casa, por la naturaleza misma de sus funciones, mantiene abierta sus puertas, los domingos y días feriados. Demás está decir que entre patrón y empleados existe un "status" de franca y leal comprensión y camaradería no exenta, claro está, de la justicia social de la hora, si bien es cierto que carecemos hasta hoy para ello de una legislación orgánica al respecto. Como prueba basta un botón, reza el adagio. Una ex-empleada de la casa, Antonia de Arce, tras cuatro años de servicios conllevados con honradez y puntualidad, fue objeto de una distinción especial por parte del señor Vertúa, consistente en la concesión de un crédito respetable para montar un negocio de bar en el ex-local de "La Querencia", sito en la calle 14 de Julio, Independencia Nacional y 25 de Noviembre. Es de desear que tan noble y caballeresca actitud encuentre muchos imitadores, ya que esta es la forma más práctica y humana de premiar a los buenos empleados, despertando en ellos interés consiguiente.

         Entre los recuerdos gratos de este hombre de negocios figura su viaje a España, Francia e Italia, tras una larga ausencia, preñada de nostalgias.

         Ignoramos cuál ha de ser por hoy sus planes de operaciones para el futuro, pero por lo que hemos observado con nuestra visión objetiva tentados estamos por afirmar que ha encontrado por fin su centro de gravedad en el mundo - golondrina fugaz - para ser útil a sí y a los suyos y a la sociedad que le rodea con sus favores y simpatías generales.

         Para terminar puntualizaremos las diversas entidades a que pertenece. Actualmente es Presidente de Club Italo Paraguayo, socio de la casa Argentina, Club Deportivo de Puerta Sajonia, Club de regatas "El Mbiguá" y del Libertad F. B. C., Pte. de la Asociación de hoteles, confiterías y afines.

         Su deporte favorito es la bocha, afición que le viene, a bien seguro, de sus antepasados por aquello de que como reza el refrán: de casta le viene al galgo ser rabilargo.

         Hombres tallados en esta madera que se han levantado solos, merced a su voluntad y espíritu de perseverancia haciendo caso omiso a los reveses y contrastes de la vida, merecen como lo hacemos, ser destacados con caracteres bien nítidos o la consideración pública, como un ejemplo a seguir.

 

 

 

SAVERIO RICCIARDI

 

         Este meritorio propulsor del progreso económico del país que tiene a gala no haber sido en época alguna empleado de nadie sino obrero y padre de sí mismo por cuanto que, la cómoda posición que hoy ocupa, ha sido obra exclusiva suya y de sus hijos, educados en esa severa pero fecunda escuela del trabajo y la honradez que es la característica y herencia que viene de su padre don Mateo Ricciardi, valiosa virtud que este retransmite a sus hijas, continuadores de su obra.

         Nació en Venosa, provincia de Potencia (Italia) el 12 de marzo de 1883. Son sus padres, don Mateo Ricciardi y María Antonia Cataldo esta última fallecida en Italia en 1888. Don Mateo Ricciardi casado en segundas nupcias con la señorita María Felipa Fucarazo, acompañado de su hijo Saverio, quien apenas contaba siete años, llegó al Paraguay, integrando la treintena de familias italianas que se había propuesto avecindarse entre nosotros, condescendiendo al llamado que le hiciera en tal sentido un nobilísimo connacional suyo, ya desaparecido y fundador del hoy aristocrático barrio Villamorra: Doctor Francisco Morra.

         El destino había dispuesto que embarcara en el mismo buque que los conducía a América a quien más tarde debió unir su vida por la eternidad, su actual esposa y compañera de todas sus luchas, de sus dolores y de sus dichas. Ella era la niña Raquel Quinto quien como integrante de las familias italianas que se dirigían al Paraguay, venía siguiendo a su futuro esposo. Ya aquí y contando tan sólo con la buena voluntad de dicho galeno, su padre comenzó a trabajar con el Dr. Morra para luego pasar a explotar una quinta en Lambaré, y más tarde en Trinidad, sin más medios que su decidida voluntad de progresar, y sin otra compañía que la de su adorada compañera y esposa y el pequeño Saverio. Años de duras privaciones fueron aquellos, pero no obstante, tras los inevitables tumbos de la marcha, logró, con los centavos acumulados tesoneramente, adquirir en compra la fracción de terreno, adyacente al Buen Pastor, destinándola al cultivo de verduras y cereales, primero, para posteriormente, convertirla en una de las más pintorescas y acreditadas florerías de nuestra ciudad. En el ínterin, Saverio se prepara para la lucha de la vida, iniciando sus estudios primarios en la Escuela Italiana. Cuando ya se creyó con fuerza y la suficiente capacidad para el trabajo, se inicia en la empresa de carrería, convirtiéndose de esta suerte en un esforzado colaborador de sus padres, administrando y dirigiendo personalmente su trabajo aquí en la capital, mientras su padre proseguía sus labores en la quinta. Este género de actividad lo prolongó por varios años hasta que, por fin, en el año 1905, contrae matrimonio con la que fuera su compañera de viaje, señorita Raquel Quinto. Desde entonces se emancipo de la familia para trabajar por su propia cuenta, venciendo todos los inconvenientes y obstáculos que fueron presentándosele en el devenir de los años.

         Ansiosos de conocer nuevos horizontes y de probar nuevas posibilidades, se trasladó a Corumbá (Brasil) en compañía de su esposa y sus hijos: Mateo, Lorenzo y Antonia, dedicándose nuevamente a los servicios de transporte, con carretas de bueyes, dado que por aquel entonces, se desconocía en el lugar los vehículos motorizados de la actualidad. Cuando se disponía a consolidar su posición, una racha ingrata puso término a la misma. La inesperada creciente del año 1912, adquirió proporciones tales que en ella perdió sus carros y bueyes, amén de la paralización completa del trabajo en dicha región, donde había permanecido ya por espacio de dos años y donde también había nacido un nuevo vástago: Vicente. Tan rudo fue el golpe que, a decir verdad, poco faltóle para quedar en la miseria. A pesar de ello, no se inmutó ni perdió los estribos. Creyó tan sólo que se trataba de una mala pasada de su estrella para templarle, y hacerlo más fuerte. Y así fue en efecto, pues sin pérdida de tiempo regresa al Paraguay. Como venía con las talegas vacías, no podía de inmediato dar comienzo a ninguna empresa. Más quiso la suerte que un amigo suyo, don Savino Montanaro ya desaparecido, y cuya memoria le es cara por todos los conceptos, le extendiera la diestra generosa concediéndole dinero y crédito suficiente para trabajar. Con este espléndido aporte, como llovido del cielo, adquirió un almacén frente a la plaza Santo Domingo, hoy Plaza Italia, en la calle Ygatimí, 14 de Mayo y 15 de Agosto. "Almacén Asunceno" era el nombré del flamante negocio que, como los restos de un naufragio, aparecía en la orilla. Las calles mencionadas, en dicha época, estaban aún sin pavimentar. Nada más grato que recordar las galopas, bailes y farándulas realizadas entonces en honor al patrono de la barriada: Santo Domingo.

         Como por arte de magia aquel rincón edénico se convertía, en la fecha señalada por el calendario popular, en una romería, de gente que afluía de todos los ángulos de la ciudad para reír y divertirse a sus anchas, al son de la famosa banda "ocara", mientras cada casa, cada rancho del pago, era un desborde de música y cantos litúrgicos alusivos al "patrono", cuyos milagros corrían de boca en boca, con la fuerza irresistible de un imán.

         Pues bien, en ese metro de nuestra hoy ya afiebrada urbe, el señor Ricciardi tenía montado su almacén, en el cual permaneció por espacio de dos años apenas, no porque lo quiso sino porque una circunstancia de fuerza mayor se interpuso a sus deseos: la venta de la casa que ocupaba en locación. Era una nueva zancadilla del destino que le obstruía el paso, aunque como en las anteriores oportunidades, no haría mella en su espíritu, forjado a los vientos de todas las adversidades. Y fue así que con el dinero recibido por la venta de su negocio adquirió un lote de terreno, levantó dos salas e instaló un nuevo almacén en la calle Alberdi, 1º y 2º Proyectada. Apenas había corrido 15 días de la apertura de su nuevo local, estalla la guerra del 14. Como consecuencia de estos conflictos de suspenden los créditos, se paralizan las transacciones comerciales y un nuevo paréntesis de duda y zozobras se alza por doquier.

         Ante aquel duro contraste el señor Ricciardi, no pierde su habitual sangre fría y reacciona y consigue con sus acreedores un compás de espera y otras ventajas más. Pasada aquella tormenta, con el resultado de todos conocidos, las actividades comerciales volvieron a recobrar su ritmo normal. En esta forma, fácil le fue al señor Ricciardi, sortear los escollos de aquel mal cuarto de hora y proseguir con su negocio de almacén hasta el año 1922. De allí volvió a la empresa de transporte. Por prescripción médica, debió abandonar la actividad del mostrador. Simultáneamente iba adquiriendo más lotes y más carros para su empresa. Así transcurren sus días por dos años hasta que, por último, en 1924 la empresa de transporte "La Nacional" adquirió en compra sus carros y demás elementos de trabajo, para evitar los riesgos de la competencia. Con el producido de esta venta pasó a consagrarse definitivamente a la empresa de materiales de construcción, actividad que había despertado su interés cuando se dedicaba al transporte y que llegó a conocerla y a dominarla merced a su espíritu de observación e iniciativa. Para el efecto, alquiló el inmueble sito en la calle 25 de Mayo 253 que ocupaba entonces el señor Cristóbal Peris, propiedad de José Antonio Pereira y de cuyos herederos adquirió don Saverio para la Sociedad Anónima Ricciardi Hnos. En los primeros tiempos no fue productor directo, dedicandose a comprar y revender cal, ladrillos y demás materiales de construcción.

         Después, poco a poco, se hizo de fábrica y elaboró, por cuenta propia dichos materiales, llegando, en un par de años, a la envidiable posición que ocupa hoy.

         En el año 1942 la firma en cuestión se convirtió en Sociedad Anónima, siendo accionistas de la firma el señor Saverio Ricciardi, y todos los miembros de su familia.

         La firma en cuestión se dedica a la fabricación de mosaicos, ladrillos, tejas, tejuelas y todo lo que concierne al ramo. Cuenta para ello con el material necesario, como ser prensa, una mezcladora eléctrica, la mejor del país por hoy, fábrica de cal, dos fábricas motorizadas en el Bañado, un convoy de embarcaciones, un remolcador con tres chatas con una capacidad de 200 toneladas, 8 camiones para transporte de materiales, local propio, depósito y todas las comodidades del caso.

         La Sociedad posee tres propiedades de construcción moderna y realiza sus operaciones bancarias con el Banco del Paraguay y Banco de la Nación Argentina.

         Actualmente se observa una limitación en los créditos y falta de divisas, circunstancias que, como es lógico suponer, incide en todas las operaciones comerciales y muy especialmente en el ramo, razón por la cual no puede dar estricto cumplimiento a la creciente demanda de su numerosa clientela que, día a día, crece gracias a su seriedad y esmero en sus servicios.

         Sus hijos varones todos colaboran en la empresa bajo la dirección siempre eficaz, prudente y previsora de don Saverio. Y todos ellos disfrutan de una posición económica digna de encomio.

         Cuenta con un personal de cien obreros más o menos cuyo número varía en razón directa al trabajo.

         A pesar de la importancia de esta firma no cuenta sucursales, como holgadamente lo hubiera tenido, acaso sea porque fuera de la órbita de su familia, él prefiere la vida sin complicaciones, así como aquella en la cual forjó su fisonomía moral de hombre de trabajo desde el último peldaño cuando iniciaba su vida independiente por el año 1905 hasta llegar a propietario industrial, y ser lo que es en la actualidad: una cifra de las fuerzas vivas de la nación.

         Don Saverio es jefe de una numerosa prole, entre hijos, nueras y nietos, cuenta con 40 miembros. Sus hijos, quienes casi desde niño ayudaron a su padre, de quien recibieron las enseñanzas de la vida de trabajo son: Mateo, Lorenzo, Vicente; Juan, Saverio, Pedro y Salvador.

         Tiene además 6 hermanas paraguayas de las cuales una es ya difunta: Asunción, la primera que nació en el Paraguay y por cuyo motivo la bautizaron con este nombre. Las demás son: Antonia, Josefina, Lucía, Adela y Rafaela. Todo ello nos revela que si bien su raigambre es itálica, sus frutos y sus lazos afectivos más sólidos se encuentran entre nosotros.

         Cabe observar también que su hogar constituye una asamblea familiar diaria, donde se plantean y resuelven todos los problemas relacionados con la buena marcha de la firma, donde cada uno de sus hijos hace oír libremente sus opiniones para luego, tras las debidas compulsas, amén de la directiva paterna, cuyos consejos son escuchados con respeto por aquellos, tomar una decisión, sin que ninguna nota discordante enturbie los debates. Este hombre, cuya vida es un ejemplar vivo de perseverancia, energía y moral acendrada, gusta disfrutar sus vacaciones para lo cual en compañía de su esposa, la fiel y abnegada confidente que le acompañara con toda entereza en su accidentada trayectoria, suele viajar a Buenos Aires y Montevideo.

         El señor Ricciardi, por sus prendas personales y rectitud, goza de simpatía en el círculo de sus amistades y de nuestra sociedad. Es socio de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, N. F. B. C., del cual fuera antes de ahora Presidente, del Deportivo Sajonia, etc.

         No queremos terminar estas líneas sin hacer llegar ante a este caballero nuestras felicitaciones por sus honrosos antecedentes de hombre de trabajo, que, a pesar de no haber contado con hacienda ni fortuna alguna en la iniciación de su carrera profesional, supo abrirse camino en la vida económica del país, sin otra armadura que su perseverancia y fe en la propia capacidad.

 

 

 

ENRIQUE VIOLA

 

         Sobre la calle Montevideo, a escasa distancia de la bahía, donde hormiguean navegantes, y toda esa multicolor gama de curiosos y vendedoras ambulantes del interior, amén de las mercachifles y vendedoras ambulantes de chipá, aloja, y otras golosinas más, lugar que en cierto modo, es un remedo en miniatura de la populosa Chacarita de Buenos Aires, sin la estridencia de ésta, pero pletórica de hervor de vida, se halla ubicada la razón social "Viola Hnos.", que, por la seriedad y solvencia moral de sus dueños, se ha convertido en una cifra clásica de nuestra villa comunera dándole un superior realce su proximidad a la Aduana, el Molino Harinero del Paraguay y el Palacio de Gobierno que pareciera servirle de parapeto y ornato al propio tiempo, dentro de su maciza y serena esbeltez, por un lado, y al frente, el río epónimo que nace en el corazón mismo de la América, para extenderse en todo lo largo del suelo patrio, hasta confundir sus aguas con el estuario del plata, sueño de la conquista otrora y númen de los destinos de América, hoy, por un determinismo histórico, que tiene la inmutabilidad de una fuerza cósmica.

         Esta es la casa Viola, conocida así por todos, ahíta de historia, formada a martillazos sobre el yunque del trabajo, donde no se sabe qué admirar más: si la porfía y la capacidad de trabajo del padre o la yuxtapuesta movilidad de azogue de sus hijos que rivalizan en diligencia, en jovialidad y en eso de darse por entero a sus clientes, sobre quienes ejerce una integral fuerza de sugestión, pues, quien por vez primera pisa los umbrales de esta casa, tentado está a repetir sus visitas, y regocijarse con este espectáculo de colmena que presenta todos los días, a todas las horas, pues no existen tripulantes de embarcación mayor o menor que, empapados por la fuerza de la costumbre, esa nuestra segunda naturaleza, no se sientan asistidos del deber de hacer un breve alto allí, de tomarse su aperitivo o llenar sus alforjas de los indispensables artículos de almacén, los más variados, los más surtidos, pues nada falta en la casa Viola.

         En la semblanza de los socios que integran esta firma insistimos en la del padre en quien se proyecta, el historial de la misma, circunstancias que nos releva de hacerlo a través de sus brotes, como hubiera sido nuestro deseo.

         Don Enrique Viola nació en una riente provincia de Milano, Marcallo, el 14 de mayo de 1878.

         Sus padres fueron Antonio Viola y María Lualdi de Viola, ambos de posición muy modesta, pues el primero era agricultor y su esposa, hija de carpintero. Allí, en ese ambiente plácido de paz interior, el niño Enrique meció su cuna, entre las caricias maternales y la sabia dirección de su padre hasta llegar a la adolescencia y darle finalmente el espaldarazo de ley en la orden de caballero de mérito del trabajo, besarle los labios y las mejillas en ese "adiós" sin palabras de los padres en la despedida y cruzar los mares y llegar hasta nosotros, anhelante de hacerse un lugar y conquistar un nombre en la actividades comerciales del país.

         El señor Viola se inició en el comercio de esta plaza en el ramo de almacén de comestibles, bebidas, y ferretería en el año 1902, en sociedad con un tío suyo el señor Juan Lualdi, el cual fue consejero leal y sin grietas de toda su vida, y fue él un segundo padre, quien le ayudó a cimentar la posición envidiable de que actualmente goza.

         Por aquel entonces el ramo en cuestión estaba poco explotado y esta circunstancia, unida a una buena dirección, quiso que su almacén fuera ganando en prosperidad y prestigio.

         En el año 1908 se retiró el señor Lualdi de la firma, ingresando en su reemplazo el señor Gerónimo Casola hasta el año 1911, fecha en que el señor Viola se retiró para instalarse en el local sito en Montevideo esquina Buenos Aires, explotando los mismos ramos hasta el año 1916.

         Durante este lapso, que fue de intensa, ruda y fructífera labor, mandó edificar la propiedad que sirve de local a su actual negocio, donde se mudó en el mes de agosto de este último año.

         Siempre en tren de adelanto constituyó en el año 1918, con otros socios, la "Casa Viola S. A." con local social en la calle Palma esquina Montevideo, donde funciona actualmente el Banco del Brasil.

         La estratégica posición que ocupaba en dicho lugar - uno de los más céntricos de la ciudad - sumada a su visión del trabajo, colocaron a la referida casa en un plano de ponderación.

         Después de cinco años de intensa actividad en esa firma transfirió sus acciones a uno de los socios el señor Carlos Del Conte, volviendo a su antiguo negocio de la calle Montevideo, para proseguir sus trabajos como importador.

         En el año 1942 formó con sus hijos la actual razón social Viola Hnos. en los ramos de almacén de comestibles y bebidas, ferretería, pinturería y artículos navales, siempre en el mismo local de la calle ya citada anteriormente N°. 24/30, consagrándose de lleno a la importación.

         El mejor elogio que podemos hacer de esta firma es el de traer a las puntas de la pluma uno de los tantísimos casos que hablan elocuentemente de la fama que goza en el comercio de nuestra plaza. Existe el dicho ya clásico como el regalo de una buena nueva que se expresa así: terejhó Viola pe, aludiendo que en la referida casa no falta artículo alguno, por lo bien surtida que está. Y es justo que así lo sea, pues don Enrique, si bien italiano por la sangre, es todo un paraguayo por su devoción a nuestro solar donde contribuye con la capacidad de sus músculos y su inteligencia en los negocios, a elevar el rango de nuestra potencia económica. El cliente debe ir satisfecho, pareciera ser su consigna, y, para lograrlo agota, si fuera necesario, todo el repertorio de la cortesía, subrayada con la rúbrica de una sonrisa franca, jovial, ausente de malicia. Y es en esta forma que su prestigio se dilata cada vez más en las multitudinarias voces del aura popular y del comercio todo.

         La firma integran don Enrique Viola y sus hijos Antonio Marcos, Enrique Carlos, Roberto Humberto y Américo Ángel. Los dos primeros, figuran como administradores y los demás con un cargo de responsabilidad en la firma.

         El 3 de febrero de 1945 un accidente fortuito provocó un incendio de una parte del edificio social, logrando felizmente ser sofocado a tiempo y evitándose que el siniestro adquiera mayores proporciones. Los perjuicios ocasionados en aquella oportunidad fueron cuantiosos, pero el señor Viola reinició al punto sus operaciones, reconstruyendo y modernizando con sus propios recursos dicho edificio con todo el confort correspondiente y a esta hora aquel suceso ingrato, apenas ocupa un lugar en su memoria.

         Su reacción fue tan rápida y radical que no había tiempo para el desconcierto, ni el pesimismo. Hombres de esta pasta, que contempla la vida así como es, son los que triunfan en los negocios.

         El señor Viola contrajo matrimonio con doña Rosa Cafiero, dama argentina que goza de generales simpatías en nuestra sociedad, y que llegó al país en el año 1908. Al lado de esta dama formó su hogar digno y respetable, procreando hijos que hoy constituyen una hermosa realidad, siguiendo la misma línea rectilínea del padre.

         Sus hijos, como lo expresamos ya anteriormente, son todos socios de la firma, y casados, con hijos. Uno de ellos, Américo Ángel, el más joven, es el Contador de la casa. Todos viven en residencias propias.

         La satisfacción más grande de su vida es la de haber triunfado en el país, que, según él, es su segunda patria, donde llegó por vez primera el 11 de febrero de 1902, siendo un adolescente aun, imponiéndose bien pronto por sus aptitudes para el trabajo, convertido por él en un verdadero culto que, a la par de constituir un blasón para el hombre, contribuye a sedimentar el progreso social y económico de los pueblos. Esta satisfacción sube de punto al pensar que el Paraguay es la patria de sus hijos, por tener él más años de vida que en su propio país, ya que salió de éste cuando apenas contaba veinte floridas primaveras; a la fecha ya lleva cincuenta años entre nosotros. De paso por una nación vecina procuraron disuadirle de sus propósitos de venir al Paraguay, por tratarse de un "país despoblado de gente civilizada". El señor Viola, escuchó aquellos consejos como quién oye llover y levó anclas dirigiéndose hacia el legendario país donde le aguardaba ya su tío, el señor Juan Lualdi, y con quien más tarde constituyó la primera sociedad que había de abrirle las puertas de su sólida posición actual.

         Sus diversiones, a fuerza de buen italiano, constituyen el teatro, la buena música y la pezca que realizan el milagro de retrotraerlo a los risueños días de su infancia y de su caro suelo natal, cuya suerte siempre sigue de cerca.

         La casa Viola, es una de las firmas importadoras más acreditadas del país, por el volumen de sus operaciones y su gravitación en nuestra plaza. En tal sentido su fundador, que es el señor Enrique Viola, cuya semblanza hemos esbozado a través de estos líneas, debe sentirse orgulloso de la labor realizada en largos y perseverantes esfuerzos, sin que hasta el presente, haya sentido desfallecimiento alguno.

         Sus hijos, uno de los cuales, Antonio Marcos, figura como administrador de la firma, son jóvenes inteligentes y dinámicos que, a pesar de su juventud, ya están dando inequívocas muestras de capacidad y visión para el trabajo, educados como están bajo la severa escuela del padre, don Enrique, y en quien la sociedad entera tiene el ejemplo de un verdadero "pionner", y quien ha contribuido al resurgimiento nacional en todos los órdenes, después de aquella catástrofe que sufrió el país en la guerra del 65-70.

 

 

 

PEDRO MARES

 

         No lograba ganar al gran público el nuevo deporte, considerado aristocrático por la masa, ya entregada en cuerpo y alma al futbol. Demasiado elegante, demasiado técnico, no hacía hervir con la electricidad del entrevero, de los avances estratégicos, de los repliegues tácticos, del combate enérgico y astuto en que intervienen, más que la inteligencia, la fuerza y el valor y hasta los coqueteos del azar.

         Las mismas clases llamadas distinguidas respondían con languidez al llamado de la raqueta; esas mismas clases que después de haber abierto al futbol las puertas del Paraguay a goles, se habían ido retirando de las canchas ante la torrentosa irrupción del populacho, con dinámica de almácigo monopolista de ases futbolísticos.

         Pero estaba el elemento femenino: la mujer que en la heroica infancia local del futbol había formado, incluso, cuadros de futbalieres exclusivamente femeninos; sin más éxitos que el espectáculo anatómico; estas niñas que al final habían tenido que renunciar al futbol, desvistiéndose del sintético uniforme para mejor vestirse, convencidas de que la brusquedad del viejo juego era incompatible con el sexo, y que se encontraban así sin otro deporte que el baile y el flirteo.

         Y estaban sobre todo los Marés, los muchachos Marés y sus hermanas, que habían traído en su equipaje europeo, junto con sus diplomas académicos, el nuevo juego, juntamente con la reciedumbre catalana de su sangre, dispuestos a imponer el tenis en su patria.

         Entre el de seguro escaso público asistente a las partidas de tenis en que los hermanos disputaban, casi en la intimidad, supremacías, sería probablemente el más entusiasta e imparcial de los "hinchas" un señor todavía joven que apaciguaba ante la improvisada cancha su nerviosidad de hombre de acción en los campos del trabajo. Y se explicaban su entusiasmo y más aun su imparcialidad de espectador, ya que todos los tenistas iníciales eran hijos suyos, y preferidos a la par.

         Muchos años han corrido desde aquellos familiares torneos de tenis precursores, de los cuales sería padrino y juez un hombre ante el cual sentimos como nunca impropia la filiación de extranjero aplicada a alguien con más años de Paraguay que la mayoría de nosotros, y con el agregado de que ha servido al país en obras y palabras, inclusive con la palabra escrita, aquí y en el extranjero, pues que publicó importantes artículos, ilustrados con fotografías de las bellezas naturales, exaltando, documentadamente, en revistas de España, Chile, Uruguay y Francia, las posibilidades económicas poco menos que infinitas de esta tierra.

         Tal el caso de don Pedro Marés Inglés. Hijo de una honorable familia catalana, de posición floreciente, como que era propietaria de viñedos y olivares con bodegas de vinos y aceites. Nació en Rosas, de la provincia española de Gerona, el 28 de mayo de 1870. Educado en la primaria de las escuelas de Rosas, pasó a estudiar comercio en Barcelona, cumpliendo así su vocación y al mismo tiempo la profesión acariciada por el padre para el hijo.

         Ya armado con la herramienta de una técnica para las luchas de la vida, ante sus ojos rebrillaba el espejismo de América, sobreponiéndose a las magnificencias de Rosas, monumental canasto de rosas asomándose al Mediterráneo. Porque no es preciso haber nacido en Rosas para admitir que es una de las creaciones más felices de la naturaleza, completada por la mano feliz del hombre, aunque el pedazo de humanidad allí viviente no sea tampoco tan feliz como reclama su escenario, sobre el mar histórico en cuyas azules aguas se mecieron las civilizaciones, todas ellas nacidas en sus costas. Y en cambio, se necesita mucho amor al Paraguay para elegirlo como embarcación en esta vida cuando muerde la nostalgia de Rosas natal, con el prestigio griego y bíblico del olivo y de la vid en el hogar.

         Cerrando los ojos a este paraíso, con sus 18 años y sus sueños se lanzó el joven Marés a la aventura del otro lado del océano. Duro aprendizaje constituyeron sus dos años de trabajo en Buenos Aíres, equilibrándose en aquel entonces sobre la crisis económico-política argentina del 90. Pero estos años ásperos le eran necesarios y le fueron útiles. Y aunque de dureza de otro género, no menos duro le fue su primer año de Asunción, adonde vino en 1890 requerido por un amigo de su padre: aquel padre, siempre padre, siguiendo con su ansiedad, entre el laberinto del mundo, al hijo que se había ido de casa a hacer la América.

         Porque si bien en el Paraguay tenía el problema vital del techo y la comida, con el postre de un ambiente familiar, su trabajo también era gratuita y su vida veinteñal sufría las podas de un régimen de severidad antigua, lo cual era absolutamente inconcebible e intolerable y de llapa, la acidez de hacérsele sentir deber servicios - a un joven que se había arrojado, lejos de los suyos, a conquistar un porvenir.

         La Asunción de la última década del siglo XIX no dejaba de tener sus atractivos, máxime para un joven normal de 20 años, acuciado además por la voluntad de hacer. Es cierto que la ciudad no era gran cosa y se desarrollaba a la de Dios que es grande; que no tenía más que muy contadas calles empedradas, alevosamente empedradas, por las dudas; y que la casi totalidad de sus edificios eran de tipo colonial, y acurrucados apenas en la convexidad topográfica del centro; y que las noches sin iluminación lunar, el farol a kerosén de las esquinas céntricas más cubría las apariencias que alumbraba; y que no había más medios de locomoción que el caballo en el cual venían a hacer sus compras y visitas, o a comadrear en los negocios, los señores y señoritos de la sociedad, mientras sólo las familias copetudas contaban con la comodidad y el lujo de un landó o un tílburi para sus andanzas sociales; y que salir después de oscurecer era siempre un riesgo, también siempre burlado al estirón del amor o al empujón del dolor, en la angustiosa búsqueda de médico o botica; y que pasar, particularmente de noche, el arenal de desierto de la hoy Plaza Uruguaya, o los arroyos y zanjones de la calle Humaitá, y más aun el puente colgante sobre el arroyo Jaén o el antro de la Chacarita, era precipitarse en lo desconocido y lo imprevisto.

         Pero de todos modos, la vida de Asunción no carecía de encantos, y lo que era de importancia mayor, de perspectivas para un mozo trabajador e inteligente y ambicioso. Y reducida como era entonces la capital y no habiendo aun llegado el odio director a llegar a dividir tan tristemente a la familia paraguaya, su población toda era amiga. Pronto entre la juventud capitalina, lo que se dice lo mejor de la juventud de aquella época, el joven español, que no era un inmigrante y menos un patán, se hizo de amigos. De aquella época distante datan algunas amistades conservadas a través de todas las vicisitudes de la fortuna y el poder, de la política, gracias a que el señor Marés, en su calidad de comerciante, nunca se acercó a ningún gobierno, por más amigos personales que fueren los cambiantes gobernantes; amistades cultivadas hasta hoy con las puras reminiscencias de la juventud, como la que lo une al actual presidente de la república, don Federico Chávez, estudiante adolescente entonces, entre tantas personalidades desaparecidas y que brillaron en la vida pública. Pues aun las inocentes expansiones de la amistad le estaban racionadas a los 20 años de Marés en su año inicial del Paraguay.

         Pero él quería vivir más plenamente, entendiéndose por tal la pelea a brazo partido con la vida, hasta domarla, hasta triunfar. Y se emancipó de la tutela intrusa en 1891, para trabajar en el ramo de tejidos.

         ... ¡Oh, las venerables casas de comercio de Asunción de sesenta años atrás!. No tenían naturalmente escaparates de insolentes demagogia, ultrajados por una dilapidación de luces por las noches, ni lindas y acicaladas vendedoras, aumentando con su imán la tentación del mostrador y los estantes, ni ventiladores enloquecidos y rugientes, ni iluminación fluorescente en el salón de ventas y escritorios, ni éstos con el trotar desesperado de las máquinas de escribir ametrallando los oídos y epistolarmente a los deudores, ni una enciclopedia de artículos de tienda, bazar, perfumería y mercería, ni tantas mercaderías más. Y seguramente padecerían de una inveterada indigestión de telaraña y polvo.

         Reconozcámosles, sí, todos estos déficits de modernidad a los comercios de Asunción de hace sesenta años. Pero reconozcámosles también, ecuánimemente, que le bastaba un superávit para equilibrar de sobra el balance de ganancias y pérdidas: su honorabilidad, su ponderación, su seriedad. Comercio en el que la palabra, aun pronunciada sin testigos, tenía más valor legal que un documento protocolizado en escribanía pública en la subversión moral de nuestros días. Y no olvidemos, por lo demás, el papel de estas casas de comercio en la vida política y cultural del tiempo aquél. En ellos tenían como su club o comité como portátiles los señores de la época, señores de esa estirpe, que va extinguiéndose, de "caraí"; señores, algunos con bigote y barba llenándoles la cara, algunos con bigote y el saldo de la barba puntiaguda o pluvial en el mentón, o colgándoles sin piso las patillas; algunos con sólo el bigote desarrollándose a sus anchas o retorciéndose con las púas afiladas a fuerza de enérgicas caricias y cosméticos; señores de galera, jacquet y bastón con puño de oro o plata y de andar sacerdotal, señores que probablemente hasta en la intimidad, en sus quehaceres más privados, sentían su responsabilidad social y nacional, su responsabilidad humana: de ahí su señorío. Resabios de senadores romanos, estos señores, algunos tal vez barbilampiños, pero ya señores y entre los cuales se contaban los comerciantes, formaban en estos pocos y diseminados angoras, la opinión pública, como si fuesen parlamento y prensa juntos.

         Durante casi veinte años se dedicó el señor Marés al comercio de tejidos, con diferentes firmas de la capital y también del interior, especializándose en el ramo y relacionándose profundamente en nuestro mundo económico y social, sin conocer en todo este periodo sino las satisfacciones del buen éxito, aunque sin poder aun realizar su ideal de emanciparse. Para él, hombre de principios, no fue su éxito menor su matrimonio, con lo que echó decisivas raíces en el país, raíces que, proliferándose, fueron después ahondando más los hijos.

         Paralelamente con sus actividades comerciales, que lo hicieron igualmente conocer a fondo la vida campesina, el señor Marés mostróse fiel a sus imperativos de español y de hombre culto. Obediente a este mandato, fue uno de los fundadores del Centro Español, el club que durante un largo cuarto de siglo fue verdaderamente el centro de la vida social asuncena. Bajo la presidencia del señor Marés, el Centro alcanzó alta nombradía, por las conferencias, conciertos, festivales artísticos, etc. dio contenido de mayor categoría espiritual a sus actividades y a las de nuestra sociedad. Fue socio fundador también del Centre Catalá, asociación social, cultural hasta hoy de orgánica gravitación en el país. Y siendo secretario de la Asociación Española de Socorros Mutuos, en unión con el presidente de la entidad entonces, el inolvidable doctor Vallory, fue autor de la iniciativa de adquirir los solares para sede social en la calle Palma entre Montevideo y Colón, para Cementerio Español y para hospital y asilo españoles.

         Mientras con estas obras honraba a su patria y servía a sus connacionales y al país de su residencia, el señor Marés, en plena juventud aun, se había identificado aun más con el Paraguay al contraer enlace con una señorita de nuestra sociedad: María Rebeca Lind, el 15 de febrero de 1895. Los seis hijos del matrimonio, todos paraguayos, siguieron sus estudios, sin embargo, en Barcelona, durante 14 años, desde el primer grado hasta graduarse: Rosa, después señora de Rubod, de profesora de piano, solfeo y composición, siendo también autora de varias composiciones musicales; Pedro Esteban, de contador en la Escuela de Comercio y de director técnico de tenería en la Universidad Industrial de Barcelona; María Victoria, después señora de Rodríguez Riet, de bachiller y con estudios superiores de música y de idiomas; Enrique V. de contador y bachiller y con estudios especiales de filosofía y letras, y Emilia y Dora, de bachilleres y con estudios de música y de idiomas.

         Por fin, en 1910, alcanzó el señor Marés su anhelo de establecerse por cuenta propia, asociándose a don Juan Klug. La nueva firma se inició con representaciones en general, para dedicarse más tarde, preferentemente a los ramos de papelería y artículos para escritorio, escuelas y colegios y para las artes gráficas.

         Desde sus comienzos, la empresa fue fructífera, no tan sólo por los sucesivos éxitos crecientes, merced a la capacidad y dedicación de sus directores, sino por la repercusión industrial y cultural en el país de esta firma, ya que la casa Klug y Marés, y luego Marés e Hijos - a más de alimentar a las imprentas y librerías pequeñas con la provisión de máquinas, repuestos, papeles, tipos, tintas y demás necesidades gráficas y de artículos en general de librerías - con su liberalidad y estímulos, hicieron nacer editoriales y librerías, prósperas hoy, en la capital y el interior, a las que largamente amamantaron y de las que han seguido siendo proveedores.

         Retirado el señor Klug de los negocios, se constituyó la casa en nueva sociedad en comandita, en 1928, bajo la razón social de Marés e Hijos, como hasta el presente gira, prosiguiendo en sus ramos específicos, incluyéndose el bazar y juguetería. En los planes de la firma figura la construcción de un gran edificio en las últimamente adquiridas propiedades adyacentes a su casa comercial, para embellecimiento de la capital y ampliación al propio tiempo del negocio.

         Hombre esencialmente de hogar, el señor Marés cree deber la robustez de su salud a la buena administración de su vida. A los 80 años continúa en pleno vigor y lucidez, conservando en el negocio su puesto de supervisor de todo, de especialista en cálculos y la correspondencia principal; y continúa viajando como en sus buenos tiempos: incontables viajes de turismo y comerciales a la Argentina, Uruguay, Chile y Brasil, además, de sus siete viajes trasatlánticos, preferentemente a España, habiendo recorrido en 1924 Alemania, Austria, Suiza, Bélgica, Inglaterra, Francia, Italia y el país natal, completando su jira anterior por Europa en 1907, en compañía de su esposa.

         Sus observaciones de la vida paraguaya y su experiencia personal le ratifican que no puede haber felicidad verdadera sin verdadero hogar: ni prosperidad individual ni engrandecimiento colectivo; y que es tarea fundamental, elemental y urgente en nuestra patria fomentar por todos los medios la formación de hogares bien construidos. El, constructor con su esposa de un hogar modelo, adjudica también muchos de sus éxitos comerciales y el acierto de no haber llevado a cabo negocios que resultaron desastrosos y al parecer brillante, a los atinados y serenos consejos de la señora de Marés, buena esposa y mejor madre, según él lo proclama, por ser la compañera sobre toda en la creación de una familia realmente ejemplar.

         Con este innato y cultivado sentido de la familia, y trasmitido en herencia transcendente a los hijos, se fundó y subsiste la casa comercial, y no únicamente por la materialidad de la composición del capital y de la firma. Y al margen del negocio, aun los hijos que han formado hogar no dejan de rodear diariamente a los viejos padres en las horas de descanso, como vueltos a la niñez unos instantes, como retocando todos sin cesar el magnífico edificio familiar, como prolongando la juventud de los mayores. Así, con el calor de los hijos, renovado en el rebrote de los nietos, festejó sus bodas de oro el matrimonio Marés-Lind, con la asistencia de lo más representativo de nuestra sociedad.

         Lector incansable en las horas libres del trabajo - donde él sigue con su horario de empleado- poseedor de una importante biblioteca en la que abundan obras paraguayas y de autores extranjeros sobre temas paraguayos, el señor Marés se ha sabido dar, no obstante, tiempo para ser uno de los primeros filatelistas del Paraguay, con una impresionante y valiosa colección de sellos postales. Gran aficionado a la buena música, todos sus hijos son cultores de ella; y es difícil que en Asunción haya una manifestación artística, o más propiamente musical, sin el concurso de por lo menos uno de los miembros de la familia Marés. A este propósito, cabe recordar que don Pedro editó el primer álbum de aires nacionales recopilados por el malogrado Nonón Domínguez, álbum con el que se inició indudablemente la jerarquización de la música nativa.

         Como republicano ardiente y militante activo de sus convicciones patrióticas en la colectividad española y en sus ecos en la madre patria, sin ser separatista y menos rojo, el señor Marés sueña para su segunda patria una era de paz y democracia, definitiva e indispensable, para la concreción de su inmensa riqueza potencial, para que la industria, la cultura y el comercio puedan dar al Paraguay el gran progreso a que es acreedor por sus posibilidades económicas y las excelencias de su pueblo, al que conoce tan bueno como el que más, si es bien enseñado y dirigido, como sabe, con un duplicado orgullo, que el Paraguay tiene ganado en todo el mundo el título de ser uno de los más honestos. El eminente jurisconsulto español doctor Mariano Gómez, consagró en cierta ocasión al señor Marés con el nombre de "el gran ponderador del Paraguay", glosando una anécdota de los "los ponderadores de Aragón", porque hay que confesar que este caballero, máxime cuando está en el extranjero, es un contertulio de tema poco menos que único: el Paraguay. Y en su nutrida correspondencia con los muchos amigos de España, Inglaterra, Francia y países de América, la tónica también es siempre el emporio que es el Paraguay, lo promisorio para el empleo de capitales y de brazos.

         Con la satisfacción del buen camino andado, con la tranquilidad por el futuro propio y familiar, con una destacada posición económica y social ganada en buena ley, con un negocio noble que tiene leales timoneles de repuesto, refugiado en el bien seguro y construido puerto del hogar, acaso goce el señor Marés de plenitud de paz, tal vez no pleno, sin embargo, por su doloroso amor a nuestra patria, a esta patria que sirvió como si fuese suya, donde luchó y triunfó y donde tiene resuelto dejar el final abono de sus huesos y el riego espiritual de su recuerdo, como sembró sus hijos y su acción fecunda.

 

 

LUIS MANZONI

 

         La vida tiene sus cosas paradojales, tanto que a veces no podemos explicar ciertos actos y fenómenos que se registran en el medio social, del cual somos actores, unas veces, o meros espectadores otras. El caso de este hombre de empresa es uno de esos tantos ejemplos a que aludimos, pues nadie podrá imaginarse que, después de haber abrazado con fervor el bachillerato, primero, y la carrera del togado después, hasta llegar al 6º curso, tenía que encaminar su vida hacia las actividades comerciales, donde actúa hoy con pericia y singular dinamismo. Pero lo que le da un sello propio, original, es la abundancia de ideas que borbota de su mente en monólogos, esa proclividad de crear en silencio, de cavar hondo en su interior, de ser, en fin, un tipo raro, huraño casi, pero denso en capacidad profesional y visión para captar los problemas nacionales con criterio realista y amplio.

         Luis Manzoni nació en Asunción, en un hogar rancio, de aristocrática figuración en nuestro mundo social.

         Sus padres fueron don Lorenzo Manzoni y doña Delfina Herreros, paraguaya; ambos ya fallecidos en el año 1921 y 1947, respectivamente.

         En el año 1937 contrajo matrimonio con María del Carmen Wasmosy, paraguaya de conocida alcurnia social.

         Este matrimonio procreó un solo hijo: José Luis, de 11años. Actualmente prosigue ya estudios secundarios, pese a sus escasos años.

         A fines del siglo pasado Juan y Lorenzo Manzoni - ambos hermanos constituyeron la firma social Manzoni Hnos. dedicando sus actividades comerciales a la exportación de maderas y ramos generales.

         Posteriormente dichos hermanos se separaron, quedando al frente de la misma el señor Lorenzo Manzoni, hasta su fallecimiento, acaecido en el año 1921, como ya lo expresamos más arriba.

         Con este motivo se constituyó la S. A. Lorenzo Manzoni; siendo su primer gerente el señor Juan José Manzoni. Habiendo fallecido éste, poco tiempo después, pasó a ejercer el cargo de Director Gerente el señor Luis Manzoni, siendo sus actividades actuales: ramos generales, importaciones y exportaciones.

         La gravitación del señor Luis Manzoni en el seno de las fuerzas vivas de la nación es a todas luces notoria, por su visión y clara inteligencia. Basta afirmar que durante los años 1946 al 48 fue Consejero de Estado en representación de las Fuerzas Económicas del país. Actualmente integra el Directorio de la Cámara de Comercio, cargo en que viene siendo reelegido desde el año 1928, más o menos, ininterrumpidamente.

         En 1945 fue Director de la Comisión Nacional de Subsistencias, en representación también de dichas fuerzas.

         Durante cuatro años, desde su creación, estuvo como miembro del Consejo Superior del Instituto de Previsión Social.

         Es socio del "Club Centenario", de la "Casa Argentina" y el "Deportivo Sajonia" y de varias otras entidades sociales y deportivas de nuestro país.

         En el año 1946 fue a Buenos Aires, en carácter de comisionado oficial para cumplir fines netamente comerciales, encomendádoles por el gobierno de entonces, con muy buen éxito. En otras oportunidades ha ido tan sólo de paseo, pues gusta, de vez en vez, tomarse sus vacaciones y olvidarse algunos días del fárrago de sus múltiples tareas para luego volver a ellas con renovados bríos. Cabe señalar que este caballero que se distingue por su particular elegancia en el vestir, desde joven se ocupó en los problemas de carácter económico. En este sentido ha establecido algunas fábricas de almidón en el país allá por el año 1924. En aquella oportunidad diseñó las maquinas, las patentó y las hizo construir bajo su dirección personal. Este hecho revela su capacidad creadora y su espíritu de iniciativa, cualidades fundamentales para triunfar y abrirse paso en el comercio.

         Otro título que honra su personalidad de comerciante es el de haber sido el precursor de la industria de vidrios, en el país. La primera fábrica de dicho producto la estableció en el año 1932, en circunstancias poco favorables por cierto debido al conflicto con Bolivia.

         Desde el año 1940 siguió explotando la mencionada industria; pero en una escala mucho mayor, debido a la creciente aceptación de dicho artículo.

         El señor Manzoni es un digno y aprovechado discípulo del Dr. Pedro N. Ciancio, en lo que se refiere al cultivo y consumo de la soja, esa semilla maravillosa, cuyas cualidades nutritivas ha puesto de resalto, con tesón de apóstol, en una serie de notables trabajos científicos que vieron la luz pública en diarios y revistas, en reiteradas oportunidades.

         Consecuente con estas ideas, industrializa la soja con miras de imponer su consumo en nuestra población, conocida su alta calidad, para reforzar en esta forma las fuentes de nuestra producción.

         En este sentido es de admirar en él la preocupación patriótica y el tesón con que se esfuerza en incorporar este producto noble al torrente de la circulación, en bien de la nutrición del pueblo.

         La esfera de sus operaciones es amplia, pues aparte de dedicarse a ramos generales, importaciones y exportaciones, se dedica también, y con creciente éxito, a actividades industriales. Título es este que lo enaltece, pues una cosa es proseguir las huellas de alguien, y otra cosa muy distinta es la de ser puntero, desbrazador y guía. Y es que el señor Manzoni es de aquellos que no se duerme sobre sus laureles y que piensan con el prócer "Mientras haya algo que hacer, nada hemos hecho". Así, actualmente vemos a la industria de vidrio ocupando un plano destacado dentro de nuestra economía por su demanda creciente en el interior y fuera del país. Su importancia se revela en el número de firmas y fábricas que explota este rico filón de nuestra riqueza. En el populoso barrio Sajonia existen varias fábricas, con distintos dueños, en amplios y modernos locales, con instalaciones y productos que no desmerecen de sus similares extranjeros.

         Dijimos que la primera fábrica que existió en el país la estableció en el año 1932, en circunstancias poco favorables por cierto, mas no se amilanó volviendo a explotarla en el año 1940, pero esta vez en una escala mayor y en mejores condiciones que en la anterior oportunidad. Otro en su caso hubiera dejado inconclusa su obra, pero al señor Manzoni le sobró voluntad y perseverancia para vencer los escollos y esta es la hora en que asiste alborozado a la cristalización de un propósito noble y altamente sentido, alborozo muy legítimo por cierto. No lo exterioriza como lo hubiera hecho un don nadie, sino lo siente por dentro, por los estratos del subconsciente, sin que el observador superficial pueda advertirlo. En estos moldes están vaciados los hombres llamados a acciones fecundas del trabajo productivo, importándole poco o nada, ni el elogio ni el vituperio de la calle.

         El señor Luis Manzoni, frente a sus actividades mercantiles, representa un colaborador activo de nuestra prosperidad y crecimiento económico.

 

 

 

SALVADOR LACOGNATA

 

         Hará de esto un cuarto de siglo más o menos que, en un local adyacente al entonces Centro Español, sito en Palma, Alberdi y 14 de Mayo, un correcto caballero inglés, Mr. Haywood, tenía abierto un negocio especializado en artículos para hombres. Demás está decir que aquel caballero se surtía directamente de los mercados londinenses siendo sus artículos de una insuperable calidad. Allí afluían, como es lógico suponer, la gente “chic” del país en la confianza de que encontrarían el artículo apetecido, o la eterna sonrisa franca, cordial, jocunda de su propietario. Fue tan grande el ascendiente que se granjeó que la gente de bien se creyó en el deber inexcusable de hacer sus compras en dicha casa, so riesgo de cometer una transgresión a las leyes de la moda y del buen gusto, pese al decir común de que en materia de gusto, nada hay escrito. De esta suerte, Mr. Haywood, ejercía entre nosotros el mismo papel de Petronio, en la Roma Imperial, o de un Gaath y Chaves, en Buenos Aires, como la Bon Marché, verbigracia, en la ciudad luz. Se nos argüirá acaso el escaso valor que tiene la moda. Y es que el hombre es un animal de costumbre que gusta llevar sobre el cuello las coyundas que llevan los demás. Esto por un lado. Y por otro lado, el centro de la moda representa uno de los rubros más importantes en la economía de un país. Actualmente, como es de pública notoriedad, Italia, amenaza arrancar a Francia su cetro y si no lo ha logrado aún, poco le faltará para ello. Es de encomiar empero, el esfuerzo que realiza "la capital del mundo" por evitar esta caída, sobre todo si se tiene también en cuenta que siempre ha sido la Emperatriz de la moda.

         Y volviendo al señor Haywood diremos que, aparte de lo que dejamos expresado, también vinculó su nombre al calendario de nuestras costumbres pudiendo con justicia ser considerado como el "introductor" del sábado inglés en el país, secundado, bien es cierto, por la campaña de "El Diario", donde hacían sus armas una pléyade brillante de escritores y portaliras nacionales.

         Como todas las cosas buenas y malas tienen su término en este mundo, un buen día clausuró sus puertas y se mandó mudar no sabemos dónde. Lo cierto es que su nombre ha quedado como una estela de luz entre nosotros, y que si bien es cierto no habría dejado ninguna testamentaria para sucederle alguien en el ramo que con tanto esmero y pulcritud explotaba, esta es la hora en que ya lo tiene en don Salvador Lacognata, cuya modestia, capacidad y decencia vamos a descorrer a través de estas pergeñadas líneas, pese a sus deseos, dado que, por sistema, siempre ha rehuido al relumbrón.

         Don Salvador, como le apellida su numerosa clientela, nació en la ciudad de Comiso (Italia) el 19 de marzo de 1885. Bajo el cielo lapizlázulí de aquel rincón itálico se deslizaron sus años, entre las canzonetas y baladas de amor de sus padres. Mas, la vida es dura y tiene sus exigencias imperiosas que nos obligan muchísimas veces a preparar el maletín y buscar nuevos y mejores horizontes. Contando apenas una decena de años llega al Paraguay, en compañía de su padre, José Lacognata. El panorama de su existencia se ha trastrocado fundamentalmente: ya no se encuentra ahora en el seno de su patria, colmado de amigos y halagos sino en un país extraño, donde no conoce a nadie, donde sobre todo es menester trabajar en cualquier forma para ganarse el sustento diario. En la edad en que a otros le es dado pensar y mariposear en diversiones, don Salvador, toma torpemente entre sus manos las tijeras del sastre haciendo de aprendiz, primero, con el señor Francisco Torres, y, después, con el señor Luis Perrupato, sus dos maestros en tan difícil arte. Enamorado este último de sus aptitudes lo llevó consigo a Bella Vista, en la frontera brasileña, en busca de mejores horizontes.

         Golondrina errante venida de ultramar, su espíritu avizor no podía avenirse con las perspectivas de esta aldehuela, y fue así, que, al cabo de un año más o menos, retornó a Asunción, dispuesto esta vez a coger las bridas de su destino. Ya en ésta, ingresa en la afamada Casa Francesa donde logra dar los últimos retoques a su profesión.

         Don Salvador no ignora que la vida, al decir del amargo filósofo alemán Arturo Shopenhäwer, es un combate, y que, no tenemos el tiempo necesario para deponer las armas, y que, en tal sentido, más liviana es la brega cuando mejor pertrechados nos presentamos a ella. En dicha casa no tan solo hizo méritos para sí, sino que también para sus patrones que veían en él, uno de los puntales de la misma.

         Pero como su destino es andar... andar... siempre camino adelante, trabaja de socio, durante cuatro años, con el señor Pascual Breglia.

         En esta forma va consolidando los eslabones de su aprendizaje en los negocios, adquiriendo, como es lógico suponer, mayor pericia en los mismos.

         Transcurrido cierto lapso, se separa de dicho socio y funda con el señor Luís Giangreco una nueva sociedad con el nombre de "'Sastrería la Juventud".

         Sus antecedentes de honorabilidad y la maestría que había adquirido en el oficio, comienza a dar sus frutos. La clientela aumenta y la órbita de sus negocios también. Un nuevo socio entra a integrar la firma: el señor Nazareno Citarelli.

         Como corolario de lo que dejamos expresado se amplía el ramo de sastrería agregando artículos para caballeros: camisería, perfumería, sastrería, etc.

         El nombre de su actual casa responde al significativo de: "A la Ciudad de Roma".

         La visión de la ciudad eterna, con sus maravillas artísticas e históricas preside la suerte de la misma. Pero cabe afirmar en honor de Don Salvador, - que es un dechado de caballero y dechado de hombre de trabajo - que no es la Roma imperial de Nerón, ni de Calígula, ni de Mussolini, con sus guanteletes de hierro, ni su fobia perruna la que le subyuga sino aquella otra, la eterna, la que alentó a Miguel Ángel, para levantar la estatua de Moisés, y la capilla Sixtina, la que inspiró a Rafael, para la creación de sus Madonas, la que sirvió de cuna a Leonardo de Vinci, la enciclopedia más grande de su época, autor inimitable de la famosa Gioconda, con su sonrisa enigmática, la que por último, tras haber conocido las embriagueces todas de la gloria, desde Julio César, hasta el glorioso reinado en los Antonínos, para verlo renacer más tarde, a través de Garibaldi, el Libertador de dos mundos, y del republicanismo ardiente de Cavour y de Mazzino, a quienes Italia, debe en el pasado y en el presente su unificación. Esa es la que admira y respeta y con él toda la colonia italiana que reside entre nosotras, que alienta nuestro progreso en todos los órdenes de la vida nacional, y que en los momentos de prueba de nuestro destino colectivo, ha sabido erguirse para hacer suya nuestra causa.

         Y volviendo ahora al hilo de su itinerario de hombre de trabajo diremos que después de haber dado vida, con los anteriores, a la actual "A la Ciudad de Roma", poco después de su instalación, sus dos socios, dadas las dificultades propias, en todo negocio nuevo, se retiraron, haciéndose cargo don Salvador del activo y pasivo de la casa, asociando, al mismo tiempo, a su hermano Blas, surgiendo de este modo la firma social Lacognata Hno. Su especialidad consiste en artículos para caballeros y mercería en general. Casado en primeras nupcias con la Srta. Encarnación Costanzo, fallecida en el año 1931 y en segundas nupcias con la señorita María Josefina Pozzi.

         En el año 1926, le cupo la oportunidad de tomarse un viaje a Italia, la buena loba que dio su leche como a Rómulo y Remo, trayendo de allá muy gratos y perdurables recuerdos.

         Don Salvador, vive en casa propia en la calle Oliva 423, fruto de tantos desvelos a lo largo de su trabajada existencia. Y no podía ser de otra manera, dada la forma como levantó cabeza, y dada también la ética personal que gasta, reacia, como dijimos anteriormente, a todo relumbrón, a toda falsa aparatosidad.

         Como un acto de justicia a este digno hombre de trabajo, juzgamos un deber nuestro presentarlo a la consideración pública, aun a riesgo de lastimar su modestia y su corte de caballero antiguo.

 

 

BLAS LACOGNATA

 

         Pasemos ahora a reseñar los datos biográficos de don Blas Lacognata.

         Nació el 8 de abril de 1887, en Comiso, Provincia de Siracusa. (Italia). Fueron sus padres don José Lacognata y doña María Teresa Brullo de Lacognata.

         A los diez y ocho años de edad, en esa edad de oro de las románticas ilusiones se embarcó para el Paraguay, llegando a ésta el 28 de diciembre de 1905.

         Después de una permanencia de 4 años entre nosotros, en el año 1909, se trasladó a Rosario (R. A.) en donde estuvo un año, pasando luego a Buenos Aires, en ocasión de las fiestas del Centenario de la Independencia.

         En el año 1912, de regreso ya a Asunción, contrajo enlace con la señorita Concepción Costanzo hija de don José Costanzo y doña Juana Giardina de Costanzo, que también procedía de la misma localidad de Comiso. Su enlace coincidió con el Día de la Raza: 12 de octubre de 1912, lejos de su patria amada, pero dispuesto ya a entregarse a su hogar, a su familia y a la nueva patria, a la que daría pronto hermosos retoños.

         Tiene tres hijos: dos mujeres y un varón, actualmente ya casados.

         En la época de su matrimonio, y hasta el año 1913, ocupó el cargo de administrador de la colchonería "La Victoria", propiedad del señor Miguel Masi. Era la época aquella en que los automóviles y aerodinámicos aun no se conocían en Asunción. Los coches y carruajes eran a tracción de sangre; en tal sentido eran manejados a caballo, lujosamente enjaezados. En dichos transportes, toscos y rudimentarios por cierto se realizaban los servicios fúnebres, casamientos, fiestas y de alquiler, etc.

         En el año 1914, deseando emanciparse, se unió en sociedad con su hermano Salvador Lacognata, formando una sociedad colectiva que contaba con un capital de $ 50.000 c/I, estableciéndose en la calle Palma 374, con un negocio de artículos para hombres, bajo la razón social Lacognata Hnos. Poco a poco dicho negocio fue ganando en categoría por las excelencias de sus artículos y el buen trato de sus dueños, modificándose el nombre del negocio por el que posee actualmente "A la Ciudad de Roma"

         Cuatro años más tarde y dada la exigüidad de su local resolvieron ambos socios trasladarlo al sitio que actualmente ocupa, en la esquina de Palma y Ayolas.

         Haciendo una mención de honor, que es de estricto merecimiento, diremos que don Blas Lacognata ha contribuido con su hermano Salvador a dotar nuestra urbe con establecimiento de distinción y de buen gusto, donde acude nuestra gente de bien a hacer sus compras en la seguridad de no salir defraudada.

         En el año 1942 la sociedad colectiva que giraba con la razón social Lacognata Hermanos se modifica en Sociedad Comandita, con el ingreso a la misma, en calidad de socio, los hijos de don Salvador Lacognata, José y Silvio y el señor Alfredo Costanzo. La nueva sociedad gira desde entonces bajo la razón social de "A la Ciudad de Roma" Lacognata y Cía. S. en C. En el año 1949 ingresa en calidad de socio el hijo de don Blas Lacognata, Alberto. Son estas las modificaciones sufridas, por la firma social que nos ocupa, desde el año 1942 al 49.

         Las perspectivas de esta firma ofrecen un ininterrumpido crecimiento y larga existencia, en manos de los componentes actuales de la sociedad desde que se encuentran armónicamente complementadas la experiencia comercial de don Blas y de don Salvador unida a la capacidad profesional de Alfredo Costanzo, distinguido Contador Público egresado de la Escuela de Comercio de la Capital y el dinamismo y la dedicación de los jóvenes Lacognata hijos.

 

 

 

ELIAS ABRAHAM SABA

 

         Será un filósofo o será un poeta? ¿O es sencillamente un soñador al aire? ¿O es un pachá hermético y caprichoso cuyo humor reclama el decorado de un harén? ¿O es apenas un adormilado vagabundo rico tumbado opulentamente en cualquier calleja de cualquier poblado del Asia Menor, esperando olímpicamente a sus clientes como médico que es entre charlatán y sabio, quiromántico y astrólogo, para diagnosticar con ensaladas de versículos de la biblia y sentencias del Corán, y para recetar incongruencias, con apólogos arábigos y epilépticas vaguedades de la magia?

         Los ojos parecen cargados de sueño por la pesadumbre de los perezosos párpados, telón de boca a media asta que sólo deja un resquicio a la pupila como para espiar el mundo con socarronería o escepticismo. Y en la boca sensual, un eterno habano miente bostezar en la comisura de los labios, para justificar también, tácticamente, con el pretexto del humo haragán, la estrategia de los ojos entornados, como agazapándose tras las pestañas.

         De movimiento solemnemente sacerdotales, de manos como enviciadas en manejar cosas sagradas y tardos en ademanes rituales, de andar pausado, como embriagado de una pereza olímpica y saturado de un cansancio milenario, todo en la figura tiene el prestigio contradictor de un cuento de las mil y una noches.

         Pero la figura no es la de ningún filósofo ni de poeta alguno; ni es un sultán o un adivino. Es simplemente un perfecto comerciante: don Elías Abraham Saba. Y toda esa caracterización no es más que una cortina de humo, de la que es involuntario símbolo el habano burgués siempre humeando en la esquina de la boca, como de quien acude a una cita en la esquina de la calle o en la esquina de la vida.

         Los ojos se entreabren con economía solamente para enredar así las alas de una imaginación demasiado oriental y tenerla a rienda corta y dirigirla prácticamente en sus vuelos; para no desnudar los relámpagos y rayos que tras los párpados dormitan; para telemetrar mejor en su visión del mundo y de la vida, como con miradas hechas microscopios y hechas telescopios para apreciar lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. Y bajo esa pesada lentitud de movimientos, acumulador vital, del espíritu y del cuerpo, está cargado de electricidad, con los resortes siempre prontos para el salto ágil.

         Este joven sirio con el nombre del máximo profeta y del patriarca máximo, es de Moharde, villa raquítica hasta ayer de la provincia de Damasco y que suponemos despoblada a medias por la emigración a este país, como termómetro; de Moharde, ahora pequeña ciudad moderna con la progresista República de Siria; de Moharde, que ha dejado de mandar sus hijos, como el resto del país sirio, desde que se ha sacudido del opresor yugo extranjero y es una democracia en una nación libre y soberana.

         Porque la gente, que puede ver los efectos, aunque no las causas, habrá notado que de cierto tiempo atrás no viene más ni "turco", como despectiva e ignorantemente filia a todo nativo del cercano y medio oriente. No es que este apelativo sea denigrante, sino que es ofensivo al sentimiento patriótico de todo sirio, libanés o palestino. Y es injurioso en esa zona del alma, en sector del corazón, en ese sagrado de la mente, porque Turquía subyugó bárbaramente a estos países; y estos pueblos, aunque encadenados, rechazaron siempre, en su intimidad, la nacionalidad que su dominador les imponía.

         Y más que nada, es debido a eso, más que al puntapié de la pobreza, que abandonaban su patria sirios, libaneses y palestinos, es que el sufrimiento de la patria les era intolerable; y en su impotencia ante la indiferencia cómplice de Europa, no les quedaba más consuelo que emigrar: hacer, rehacer su vida en otros climas, no vueltos imposibles por la codicia saqueadora y feroz del amo intruso, como en la querida y pobre patria; para no tener siquiera la atroz visión de las cadenas del pueblo y del país, de su economía y de su cultura, de su civilización que ha atravesado los siglos, los milenios, los continentes y los mares, enriqueciendo a la humanidad con la fundamental herramienta de los números - arábigos que son vértebras en todos los idiomas - y con otras inmortales aportaciones en medicina, arquitectura y otras ciencias.

         Es por eso que emigraban los mal llamados turcos. Y es por eso que ya a raíz de la victoria en la primera guerra mundial, cuando estas naciones, quedaron bajo un mandato imperialista en nombre de los ideales democráticos, con tutores más humanizados, que esa inmigración se atenuó, para cortarse la sangría demográfica al abatirse el eje en la última conflagración y cumplir Europa su promesa y recobrar su plena independencia estos países, porque la patria dejó de ser madrastra, como lo era contra su voluntad, para nuevamente ser la madre, la gran madre común y única.

         Es cierto que bajo el mandato, las cadenas populares habían sido algo aflojadas, aunque las condiciones económicas no cambiaron más que en sus pseudónimos. Pero en la esperanza de que esa tutoría era pasajera y de que se estaba en camino preparador de la absoluta libertad de la nación, los sirios soportaron en su país las últimas penalidades del dominio extranjero, para seguir luchando allí por la independencia patria, hasta conquistarla.

         Subrayemos, pues, que de ahí que desde 1918 haya disminuido considerablemente la afluencia de sirios al Paraguay, como en toda América, y que desde 1945, se haya suprimido totalmente, porque ya pueden quedar en su país a labrar la grandeza nacional y la coincidente personal prosperidad. Y subrayemos también que la gruesa migración siria se debía en el pretérito, más que a factores económicos en sí; a causales más sutiles y sagradas, al patriotismo irreductible de este pueblo, a su legendaria devoción y vocación a la libertad, a su dolor e indefensión ante la independencia nacional perdida; causales éstas que fatalmente condicionaron graves dificultades sociales y económicas, y no sólo políticas, para vivir en paz y prosperar en el país natal. Y subrayemos finalmente por qué ha sido odioso, insoportablemente odioso, ese epíteto de "turcos" a los sirios, libaneses y demás, porque el cáncer de su corazón de patriota era precisamente ser súbditos forzosos de Turquía.

         Ahora que ya no lo son y el mundo le ha reconocido a su noción que ha superado jurídicamente la minoría de edad, a Siria, que es nación desde antes de empezar la historia... cuando sus cambiantes carceleros eran apenas tribus, clanes, hordas, sin ser una expresión geográfica siquiera, y menos un estado, un pueblo, una sociedad civilizada.

         Y con la independencia nacional y la libertad del pueblo con el consiguiente mejoramiento de las condiciones político-sociales, la economía siria también ha mejorado y el progreso general ha dado un paso de gigante, reteniendo así la patria a sus, al fin, felices hijos; felices como se es más plenamente, sólo en el propio hogar, donde están hundidas las raíces de los más remotos padres.

         Elías Abraham Saba es de los contados sirios que salieron del país entre una y otra guerra mundiales. Era el menor de la familia; y todos sus hermanos estaban, ya en el Paraguay, ya en la Argentina. Y a Asunción se vino el hombrecito al cumplir 16 años.

         Había nacido el 12 de enero de 1911, del matrimonio de Abraham Saba y Nardi Zauaf, viudos que siguieron enviudando y casándose, y de los que nacieron Juan, Fortunato y Jorge, radicados en el Paraguay, Nauar, en la Argentina, y Sara y Hacum, en Siria. Su hermano Jorge Salomón, un poco dado a los estudios metafísicos, como otros compatriotas, también ha cultivado la poesía y es quizás el único poeta sirio que escribe en castellano entre nosotros.

         Desde allí - donde llegó cuando la capital se endomingaba en el holgorio cívico de mayo del año 31 - como inteligente espectador asomado a un balcón, se dedicó también a la observación de nuestra vida, y aprendió a querer y conocer al Paraguay, identificándose paulatinamente con su sociedad y pueblo.

         Ayudante y aprendiz de zapatero en el taller paterno, allá, en la patria, Saba incorporó a su mercería sintética medio al aire libre, con techo, pero sin más paredes que un pilar callejero, al renglón de zapatillería y valijería, portando su negocio en sendas canastas que sabía vaciar, orientalmente tantálico, en el piso del corredor así de fiesta y enredando la mirada del viandante en candidatura de comprador.

         Aunque seguía siendo un modesto comerciante, al encenderse la hoguera bélica en el Chaco, se allegó al supremo esfuerzo colectivo con toda la contribución de sus posibilidades económicas de entonces: 42 baúles para nuestros heroicos defensores, porque ya se sentía miembro de este pueblo y con la vida ligada a su destino.

         Así como a codazos se abre paso en una multitud espesa tras un compañero o remolcándolo, así don Elías Abraham Saba se fue abriendo camino en la conquista de ese local de la esquina Independencia, donde está por nacer la calle Palma, prodigiosamente ya en la edad madura.

         Se le había metido entre ceja y ceja no moverse de ese sitio desde donde atalayaba la existencia paraguaya y donde había levantado a ras de suelo su primer negocio, sobre los pobres cimientos, sitios del cual se estaba enamorando lentamente, con su maciza lentitud habitual.

         Primero consiguió una puerta, para guarecer el pudor de sus mercaderías ínfimas. Después ganó el zaguán. Y ya abierta la brecha y resuelto a rendir la fortaleza, se introdujo al patio, donde improvisó un galpón como depósito a fin de completar el cerco en torno al anhelado local en cuya puerta seguía montando guardia todo el día con su negocio ya crecido.

         Su tenacidad logró, al fin, dar sus frutos, como se alcanza finalmente, a fuerza de constancia y de ternezas, el amor del ser querido. Y pudo así poner entre respetables paredes su comercio, en la esquina de arcaicos corredores donde el tiempo parece haberse detenido, donde estuvo hace poco, ya ascendido a importador y mayorista, hasta la terminación del magnífico edificio propio de tres plantas de 25 de Mayo 27-31, entre Independencia y Yegros, en cuyos altos reside con su familia.

         Porque Elías Abraham Saba, mientras tanto, se había casado con la hija de un connacional, ya paraguaya, la señorita Carmen Bittar, en 1942, teniendo el matrimonio dos preciosas nenas: Mirian Gladys y María del Carmen, la mayorcita en el Colegio María Auxiliadora y ya estudiando, además, piano.

         Uno de los principales importadores de tejidos del país, entre los cuales ocupa el tercer puesto, el señor Saba, después de haber trabajado de 1943 al 48 con las fábricas brasileñas, ha vuelto al mercado importador de Norte América y Japón, cuya producción textil de nuevo ocupa lugar sobresaliente entre los compradores del Paraguay, por su calidad y precio.

         Aunque es un hombre que ha viajado mucho a la Argentina, el Brasil y el Uruguay, no encuentra mejor descanso ni mayor placer que tirarse a la gramilla bajo un árbol, en el silencio campesino, con un buen libro entre las manos como único compañero de su soledad, en callado intercambio de confidencias e ilusiones, si bien no tiene el hombre nada de misántropo y gusta intensamente de la sociabilidad y más aun de la amistad de los elegidos.

         Y aunque por razones del oficio lea de preferencia obras de temas financieros y económicos, de su formación anímica idealista, propia de la raza, le ha quedado la pasión por la lectura de obras de imaginación e históricas manantes de enseñanza, siempre que a más de la emoción estética, iluminen también éticamente.

         Satisfecho de su vida, del empleo que le dio y de su cosecha; encantado del Paraguay como de una novia; convencido de que en esta tierra y con este pueblo, si se le afirma una paz hecha de justicia - como reza el recio y dulce lema de su escudo - se reeditaría el paraíso terrenal, no piensa abandonar ni su trabajo ni el país, hasta que la vida lo jubile, más que en algunas proyectadas vacaciones para recorrer Europa y visitar Siria también, quizás entre melancólicos recuerdos, con la melancolía de una despedida para siempre.

         Como hijo de un pueblo de cultura eminentemente oral y trasmitida de una generación a otra en las veladas hogareñas, y con puntadas de parábolas y axiomas en el trajín cotidiano, es hombre de gran memoria; y siempre tiene alguna joya literaria a mano, con fina pedrería de moral, para matizar sus charlas y ennoblecer cualquier atmósfera, en el bar, un escritorio o un negocio con estos camafeos de la sabiduría antigua y de la belleza clásica.

         Gustándole casi sensualmente la música y con una rica discoteca, acaso su afición artística predilecta sea el teatro, cuyos espectáculos no falta nunca, ya para aplaudir o criticar técnicamente a los profesionales, ya para estimular fraternalmente a los aficionados.

         Y no ha de ser difícil que este espléndido hombre de negocios y que se considera tan paraguayo, llegue a dotar al teatro nacional, de intérpretes y autores paraguayos, de un digno local propio, para materializar más hondamente su amor al Paraguay y a sus trabajadores del espíritu, como marcando con su sello personal y perdurable su paso por el tiempo y por esta patria.

 

 

 

QUINTO CENSI

 

         Corría el año 1888. Nuestro país, sangrante aún de la tremenda herida que había recibido en la guerra grande, daba la tristísima impresión de un convaleciente. No obstante, los pocos sobrevivientes de aquella hecatombe, se disponían a reconstruir la nacionalidad deshecha. Cábenos consignar que si bien es cierto escaso era el elenco director en el orden intelectual y político, no menos cierto es que supieron sacar fuerzas de flaquezas, multiplicándose, sin darse punto de reposo para dar comienzo a aquella obra de romanos. Era la época en que hacían su aparición en el escenario del país Cecilio Báez, Emeterio González, Manuel Gondra, Cancio Flecha, Manuel Franco, Manuel Domínguez, Blas Garay, José de la Cruz Ayala, más conocido a través de su seudónimo Alón, etc., y que tan honda huella dejarían más tarde en el alma nacional. Todos ellos eran jóvenes, pero pletóricos de talento y amor a la patria. Las luchas cívicas del país adquieren, con la aparición de esta brillante pléyade, un interés inusitado. Surgen los primeros gladiadores en el terreno de la diplomacia, de la política, del periodismo, de la cátedra, del foro.

         En el orden comercial empiezan a insinuarse algunas firmas nacionales y extranjeras qué con el correr de los años llegaría a gravitar en nuestra economía.

         Pues bien, en aquel meridiano de nuestra historia, viene arribando a nuestras riberas, un adolescente con los cabellos blondos y ensortijados y el corazón pletórico de esperanzas, y optimismo. Aquel adolescente respondía al nombre de Quinto Censi. Venía de Suiza, su bella y lejana patria, donde los hombres de todas las nacionalidades han aprendido a amarse, sin distinción de credos políticos ni religiosos, ni teorías raciales, ni otras aberraciones más, sin recurrir a procedimientos de coacción y de violencia. Tan respetable es este país y tan honda          la simpatía que despierta por doquier que hasta el propio Hitler, cuando estuvo en la cúspide de su poderío y de su soberbia, no se atrevió violar su neutralidad y así lo hemos visto salir de la anterior conflagración sin un rasguño a su soberanía.

         Al llegar, es designado Comisario en el barco "Bolivia" que hacía viaje a Corumbá, hasta el año 1889. Luego de haber actuado, por contrato, como Gerente y Contador de la casa Fernando Cohler de Villarrica, casa fundada en 1873, ingresa, en 1891, en la casa Krauch, situada en la calle Estrella esquina Alberdi.

         Así pertrechado se echó a andar por los caminos del mundo hasta que, en el año 1898, se hace cargo como Gerente y habilitado de la casa Desiderio Labattú. Poco después, la referida casa cambió de nombre, denominándose "Labattú y Censi". El ex-modesto empleado de la casa Krauch había acreditado suficientemente una gran capacidad y honradez a toda prueba que su asunción a este plano se imponía en forma imperiosa.

         A comienzos del siglo, como resultante de la creciente progresión de los negocios, un nuevo viraje experimentó dicha casa formándose la razón social, la sociedad: Quinto Censi y Cía., siendo los socios de la misma los señores Quinto Censi y Desiderio Labattú.

         Y prosiguiendo los distintas transformaciones de la misma, diremos que en el año 1903, Quinto Censi y Cía., adquirió en compra la parte del señor Labattú, continuando en pie la firma Quinto Censi y Cía.

         Un año más tarde anexaron a sus actividades una fábrica de fósforos denominándose "La Luz".

         En el año 1907 entra a tomar parte de la firma el señor José Pirotta, denominándose la nueva sociedad "Censi y Pirotta". La incorporación del nuevo socio da un nuevo y vigoroso impulso a la firma como lo comprueba el hecho elocuente que, a la vuelta de un lustro, vemos ensanchar la esfera de sus negocios, con la compra en remate judicial de una fábrica de alcohol y azúcar sito en Benjamín Aceval. Como resultado de esta operación formóse la Sociedad Anónima "Azucarera Villa Hayes", siendo Presidente de la misma don Quinto Censi y Secretario don José Pirotta.

         Durante la guerra del Chaco, en que has fábricas de azúcar del país se vieron obligadas a vender azúcar a razón de G. 2 céntimos el kilo, la Azucarera Villa Hayes S. A. perdió su capital y como Censi y Pirotta eran los únicos acreedores, judicialmente se hicieron cargo de dicha azucarera, cambiándose la firma desde entonces en Sociedad Anónima Censi y Pirotta, con cuya firma continúa hasta ahora en el comercio de la plaza.

         La única actividad, después de haber liquidado la existencia de la anterior casa, sito en la calle Mariscal Estigarribia e Iturbe, se concreto en la explotación del ingenio azucarero y fabricación de alcoholes en la colonia de Benjamín Aceval, (Chaco Paraguayo) desde el año 1939. El establecimiento industrial en cuestión cuenta con maquinarias modernas, comenzando desde el vulgarísimo trapiche hasta la destinada al embalaje de los productos. Estas maquinarias son renovadas periódicamente, lo mismo que sus repuestos, de conformidad a los últimos adelantos modernos y las dificultades y restricciones de los mercados del exterior, incluso el nuestro. Es de advertir que la renovación de nuestra referencia se realiza cada año.

         La fábrica cuenta con un personal de 450 obreros, que trabaja durante la cosecha. Una vez concluida ésta - es tiempo muerto, como se diría empleando la palabra técnica correspondiente - queda en pie tan solo 350 obreros. Existe también otro personal, compuesto de 600personas más o menos, a quienes se las emplea, fuera de la fábrica, para carpir, plantar, cosechar y enviar caña dulce a la fábrica.

         El local que sirve de asiento a la misma ofrece todas las comodidades y confort del caso, dividido en varias secciones, siendo las principales la sala de máquinas, de trapiche, de tachos, de movimiento de los jugos, de luz y tracción, etc.

         Cabe consignar que dicho ingenio constituye una fuente de trabajo y ocupación de los pobladores de está floreciente región, que le otorga toda la apariencia de un colmenar, donde la vida burbujea, al compás de la estridencia de los silbatos, motores y dínamos, en un bullente crepitar de vida. Sus productos son enviados al litoral Norte y Sud. El resto se destina a Asunción, salvo los alcoholes que son entregados a la Copal.

         La firma que nos ocupa, posee su local propio en Benjamín Constant y Convención. Posee también un depósito principal de azúcar sobre la barranca del río Paraguay en Villa Hayes, y otro adyacente al escritorio, cuya venta está a cargo actualmente de la Comisión Mixta de Venta de Azúcar.

         El ingenio de que venimos hablando tiene también secciones de carpintería, herrería, taller mecánico y usina eléctrica. Como combustible emplea leña, nafta y kerosene, proveyéndose este elemento de la ESSO, Sociedad Anónima Petrolera Argentina. La provisión de dichos combustibles se realiza en forma normal, salvo algunos casos de fuerza mayor.

         Hace de Gerente de la firma en cuestión el señor Braulio Ortúzar, cuyas cualidades de actividad y dedicación al trabajo son reconocidas y apreciadas por la casa.

         Quinto Censi es padre de dos hijas: Lily e Hilda.

         Una casada en Suiza con el Dr. Conrad Fehr, Cónsul Gral. del Paraguay en Suiza y otra casada en el Paraguay.

         Desde el año 1915 al 40, cúpole ejercer el cargo de Cónsul General de Suiza en el Paraguay.

         Su nombre se halla vinculado a la fundación de las principales entidades deportivas del país. En tal sentido es acreedor al reconocimiento público. En el año 1907, viajó a Suiza y Europa, trayendo a su regreso recuerdos perdurables. En repetidas oportunidades viajó a Buenos Aires, unas veces, como turista y otros por razones de negocios.

         Actualmente la casa está dirigida por dos Directores: el Señor Censi y el Dr. Rufino Gorostiaga.

         Aparte de lo expresado, el señor Censi es socio protector de la Sociedad pro-leprosos, Presidente de la sociedad La Rural S. A. de Seguros, después de haber sido miembro, primero, de la misma.

         Tiene la impresión que el Paraguay sería un emporio de riqueza si fuese bien dirigido y mejor explotado en sus grandes riquezas potenciales. Ama a nuestro terruño, al que se halla vinculado por tantos e indestructibles lazos que arrancan desde la niñez, cuando llegó por vez primera a nuestras riberas, en calidad de turista, sin pensar, acaso, que tanto le gustaría como le gustó al punto extremo de que hoy, por ninguna moneda del mundo, se decidiría a abandonarlas, ni cambiarlas por otros amores muchísimo menos. Hombres de trabajo de esta laya, que se vinculan, que se arraigan, que aman y que sufren a la par nuestro, merecen todo el calor de nuestra consideración y de nuestra gratitud.

 

 

 

LUIS SALOMON

 

         Entre los propulsores de la economía del país, la colonia siria ocupa un lugar de pronunciados relieves tanto por el volumen de sus operaciones cómo por el prestigio de que goza en el seno de la banca y del comercio público en general. A tales títulos debemos añadir también el hecho significativo de su solidaridad maciza a la gran causa nacional cuando esta se encontró en trance de peligro, durante el conflicto bélico con Bolivia. Cabe hacer notar que uno de los exponentes de dicha colonia es el importador de esta plaza don Luis Salomón, cuya actividad le ha permitido, durante un lapso relativamente breve, llevarlo, desde la anónima plaza de vendedor ambulante, a la destacada posición económica de que disfruta hoy. Milagros de la voluntad son éstos que, lejos de servir de rubor a su autor, contribuye, más bien, por vía de contraste, a acrecentar sus méritos.

         Luis Salomón, nació en Moharde, sobre el río Haze Hama, el más grande de Siria, el 14 de enero de 1894. Damasco es la capital de Siria, y su importancia finca en que es el paso obligado de las caravanas que ser dirigen a Bagdad, célebre por los tejidos que llevan su nombre y armas blancas. Allí bajo el azul de Moharde se dedicaba a la cría de ovejas y su industrialización, hasta que un buen día resolvió soltar las amarras que lo ataban a los suyos y enfilar su quilla hacia otros horizontes en la búsqueda de mejor suerte. No contaba para el efecto sino con algunas buenas libras esterlinas, puestas por el padre en su equipaje y haciendo honor al temperamento de la raza que implantó el imperio más extenso y de resonancia más durables en sus creaciones, el imperio árabe. Vino a América, con su compatriota Pedro Jorge, en el año 1911. De Buenos Aires debían seguir a Salta, adonde lo llamaban unos parientes y ya con la boleta de pasaje del tren en el bolsillo, se encontró con dos amigos de Moharde, que venían al Paraguay y quienes lo entusiasmaron y al fin lo decidieron a torcer su ruta.

         Como quien quemo sus naves, el jovenzuelo de 17 años, regaló a cualquiera su pasaje a Salta y se embarcó para Asunción con sus paisanos. Sin vacilación ni perder tiempo inmediatamente de llegar aquí se lanzó a las calles como vendedor ambulante. El éxito debido a su actividad y destreza le permitió ahorrar diariamente nada menos que dos libras esterlinas. Y con la suma de estas libras y las traídas del hogar, pudo establecerse ya el año siguiente, en 1912, con tienda y mercería, en la calle Yegros 271, entre Cerro Corá y Azara, con capital propio, sin crédito de ninguna clase.

         Siempre en tren de progreso se estableció en Palma y 25 de Noviembre durante cuatro años, asociándose con Salomón José y trabajando ya como importadores. Esto ocurrió en 1914.

         Posteriormente estuvo en la calle 25 de Mayo y Caballero hasta 1932, fecha en la que adquirió en compra el local de la calle 25 de Mayo e Iturbe, asiento actual de sus negocios.

         Desde el año 1921 estuvo asociado con el señor Juan Abraham Saba.

         Como una prueba fehaciente de su aprecio al Paraguay basta con afirmar que durante toda la guerra del Chaco proveyeron a todo el ejército nacional. Así mismo concedió crédito al Estado para provisiones durante el conflicto bélico habiendo cobrado recién en el año 1936. Como un acto de estricta justicia y un homenaje de gratitud a la colectividad siria, digamos también que en los días escasos se encargó de equipar al regimiento "Acacarayá".

         El señor Luis Salomón es fundador de la "Asociación Moharde" y Club Sirio, que congrega en su torno alrededor de cien compatriotas suyos, procedentes de Moharde. Dicha asociación fue constituida el 6 de junio de 1937 ante el Escribano Público don Calixto F. González, habiéndose protocolizado en dicho acto, los Estatutos sociales que la rigen.

         La "Asociación Moharde" tiene por principio y objeto, según reza sus estatutos - costear y sostener un panteón para uso de los asociados y sus familiares. Su duración es indefinida y la Sociedad es indisoluble y ninguna Asamblea podrá promover cuestiones que tiendan a la disolución de la misma ni alterar los bases fundamentales.

         Actualmente en dicha asociación, se está debatiendo entre los partidarios de un local propio para hospital y otros que piensan donar un pabellón anexo al Hospital Nacional.

         Toda la juventud de Asunción lo conoce, haciendo buenos amigos con ella en sus parrandas nocturnas, como otro paraguayo más. Nos referimos a la juventud del año 1922, y no a la de ahora, pues el señor Salomón a la fecha, ya ha doblado ese cabo de las tormentas y delirios de la mocedad y es un señor grave, si bien cordial y dicharachero, cargado de compromisos de toda índole que le obliga a mantener la línea.

         Otro aspecto de su vida que lo tipifica es el de otorgar créditos por millones de guaraníes a paraguayos y paisanos suyos, sin documentos ni letras de ningún género. En este respecto declara que jamás persona alguna dejó de pagarle y considera el comercio paraguayo como el más honesto que se conoce. Toda su hacienda la tiene invertida en propiedades, contribuyendo en esta forma al embellecimiento edilicio de nuestra urbe. En compañía de su socio van a levantar un moderno local de varios pisos en Alberdi y Palma para destinarlo a hotel y atraer al turismo con estas comodidades.

         Es socio de la Compañía de Seguros Guaraní desde 1946, socio de Joaquín Grau S. A. y también de la firma Abraham y Salomón.

         Sus padres fueron Salum Salomón y Haicum Daher, ambos de nacionalidad sirios.

         Contrajo matrimonio con una paisana suya Nauar Daker.

         Es Padre de varios hijos: Eduardo Luis, abogado, Roberto, contador público, Carmen, contadora, Victoria, contadora; casada con el señor Elías; Atilio, estudia Química Industrial en Buenos Aires para luego dedicarse a alguna industria, de beneficio para el país; María Luisa, bachiller, casada con el Dr. Chiam, distinguido médico, especialista en enfermedades del corazón, Nilda, Ofelia, Ricardo, Rogelio; todos paraguayos.

 

 

JUAN ABRAHAM SABE

 

         Nació en Moharde en 1886. Fueron sus padres Abraham Sabe y Feda Slejan, ambos ya fallecidos.

         Vino al Paraguay en 1911. Fue vecino de Salomón en el pueblo de Moharde. De ahí arranca la profunda comprensión y solidaridad que los une. Estando ya en el Paraguay contrajo matrimonio con doña Nauar Tuma.

         Tiene varios hijos: Feda, hija de su primera esposa Uardi Nema, casada con el señor Nazer, Fadua de Martínez, Juan Sabe, comerciante, Farid, estudiante de medicina; Waspe; estudiante de comercio, Magdalena, casada con el señor Jure; Rodolfo, estudiante de Derecho; Federico, estudiante de comercio; Rafael, estudiante de comercio; Lidia, bachillerato y María Estela.

         El señor Sabe es un hombre de aspecto bonachón y modesto y amplio como el que más. No trasunta ser, a través de su físico de su indumentaria un tanto modesta, un adinerado ni un hombre que pesa en la balanza de las fuerzas vivas de la nación. Es muy trabajador. Siempre está en su negocio. El cliente que llega a él no advierte ser uno de los patrones, por su trato afable.

         Ama al Paraguay, la patria de sus hijos, con todo el fervor de su espíritu. No abandonará nunca el país. Su gran sueño es morir aquí, en la tierra hospitalaria que le abrió sus puertas, de par en par, y donde conquistó su bienestar y se hizo de tantas y perdurables amistades.

 

 

DAVID Y BITTAR

 

FRANCISCO DAVID

 

         Come tierra, hijo mío, antes que dejar de ser honrado- fueron las últimas palabras de la madre en la estación ferroviario de Amha, cerca tal vez de donde San Pablo dejó de llamarse Saulo y de perseguir a los cristianos, para convertirse en el apóstol madre, para dar al evangelio de Jesús las alas del espíritu de Roma; la expansión, la universalidad, su catolicismo.

         En los ojos del joven viajero de tercera clase quedó gravada, entre humedad de lágrimas, la imagen de la dulce madre agitando la mano entristecida en el andén de la estación, cada vez más empequeñecida en la distancia y cada vez más adentrada en el corazón, al ir desdibujándose el país natal.

         Ya estaba embarcado en la gran aventura Francisco David con sus 18 años escasos. El tren lo llevaría a las puertas del Mediterráneo, y después de cruzar longitudinalmente el mar de las leyendas y de la historia, pegaría el salto trasatlántico, para caer de pie y andando en el corazón de América, en el recóndito Paraguay lleno de incógnitas.

         Sentía aún en el pecho, y se le metía carne adentro hasta el espíritu, el calor del abrazo maternal colgado de su cuello como un escapulario; y por sus oídos se iba haciendo carne de su espíritu el postrer consejo de moral materno, como una golosina medicinal que fuese igual a la señal de la cruz antes del rezo.

         Porque David era católico, como todos los del pueblo de Moharde, isla de cristianos entre el mar de mahometanos en la rancia Siria de resonancias bíblicas. Hijo de David Skaf y de Rahmi - fallecidos ya en la actualidad y sin más hermano que el hogareño Elías, había nacido en 1895, y desde temprana edad tuvo que aportar sus moneditas al sostenimiento familiar, trabajando de tejedor en casa, en aquella aldea esencialmente de artesanos, de calles polvorientas, angostas y torcidas, con telares somnolientos en la mayoría de los hogares, como tejiendo el hilo de las horas, y el hilo de los días, y el hilo de los meses, y el hilo de los años, en la áspera monotonía de la existencia local sin horizontes.

         No, él no quería venir a repetir la misma vida. El tenía que trabajar en algo que le produjese más ganancias, para mandar lo antes posible a la madre el apretón de mano tibio de unos pesos, aunque él pasase aquí estrecheces, aunque tuviese que apretar el cinturón hasta el último agujero, aunque le tuviese que inventar nuevos agujeros.

         Por lo pronto, se encontró con una tierra amable, abundante en frutas y de hombres parecidos en su lentitud a ellos. Y con las frutas podía incluso gambetearse hasta el almuerzo, y sobre todo el desayuno, y más aún la cena. La cuestión era mandar aquellos pesos a la madre cada mes, como anticipando el saludo de la luna nueva.

         Y así fue, los primeras centavos que ganó fueron a Siria, a las santas manos que él veía todavía haciéndole adiós en la estación, después de arreglarle, con nervioso amor, en caricia que deseaba enmascararse, cualquier cosa en el saco y algo en el peinado, en aleteos de ternura. Allá fueron los pesos, y siguieron yendo, cada vez más gordos, aunque allá no eran vitales; pero para David era vital estar así presente en el hogar ausente.

         No necesitaba comer tierra el muchacho, ni siquiera comer menos, para que en su vieja casa la comida fuese por él condimentada, desde lejos físicamente y espiritualmente tan cercar así. Porque el trabajo daba es cierto que trabajando duro.

         Qué podría ser sino vendedor ambulante un hombre de la tierra y de la raza clásica del vagabundeo, como subrayando las volutas de la fantasía, al estirón del espejismo del desierto y al empujón de las desolaciones del desierto; un hombre del barrio del planeta donde nacieron el comercio y el dinero; un nativo, en fin, de la patria con histórica obsesión de independencia y de cambiantes y crueles amos.

         Pues con su síntesis de tienda y mercería en un cajón a cuestas, recorrió David calles y caminos del Paraguay desde su llegada en 1911 y durante dos años larguísimos, habiendo invertido en ese fundamento los pesos que le sobraron del viaje a América.

         Llegó a hacer jornadas de camello, llegando a pie hasta Tabapy y Carapeguá, en alpargatas, y con la correa de su mercadería mordiéndole la carne, haciéndole sangrar el hombro... Hoy, desde su Studebaker de último modelo, guarda púdicamente esas cicatrices como condecoraciones las más gloriosas en las decisivas batallas y victorias de la vida, en otro consagrador tatuaje del destino.

         Las jiras por el interior del país, entre paisajes de pesebre, le hicieron amar más y mejor al Paraguay, con un cariño hecho de admiración y estima. Por las virtudes de su pueblo, por su hospitalidad que le endulzaba la nostalgia del terruño, donde el huésped es sagrado y es señor, por su honestidad, por su mansedumbre de valiente de ley, sin aspavientos.

         Viajando solo las más veces, a pie o a caballo, llevando siempre sobre si su capital, en efectos y aun en efectivo, en efectos llamativos, codiciados y preciosos, jamás sufrió un trastorno, ni de parte de las particulares, ni de autoridades. Nunca lo asaltaron ni robaron, trampearon o engañaron en estos dos años de ir de puerta en puerta y de pueblo en pueblo, en inerme soledad por tanto lugar desierto.

         Pero ya era hora de anclar. Aunque no había llegado aún a los veinte años, ya se sentía mayor de edad por su experiencia y también por sus ahorros. Ya era hora, pues de alivianar la espalda de su almacén portátil, y plantar la tienda en tierra firme. No es que estuviese cansado de andar precisamente y que lo amarrase la invitación al descanso de una amable silla, por el contrario, estaba como cansado de andar despacio, con un afán de andar con más vigor y rapidez.

         Y asociado al connacional Domingo Daher, se instaló con su negocio en la esquina de Cerro Corá e Iturbe. Transcurrido cierto tiempo, disolvieron la sociedad y, cada uno de los socios pasaron a establecerse por su cuenta.

         Pues, poco tiempo después lo veríamos sobre esta arteria típica, a David ganando la calle Palma, la calle de Asunción número uno, como probando que iba a ir más lejos y más arriba que la rutinaria tienda y mercería, trasladándose a la casa más central de Palma y Chile, en 1918.

         Vinieron y fueron los años. Y en el barco del tiempo, motorizado por su voluntad, en aguas entonces propicias, prosperaba la casa de David. Pero él no lograba conformarse con una gran tienda y mercería, ni con ser un fuerte importador de tejidos. Un vago anhelo de producir le hacía suspirar, insatisfecho, y allá, en la subconsciencia, le reía el chistar del tejedor que fue en su infancia y en su patria.

         Otros años, y otros, y otros más siguieron desfilando en la infinitud del tiempo, y trajeron y dejaron los depósitos y estantes de David más llenos de más mercaderías. También llegó el amor hasta su vida, casándose en 1932 con la señorita Nadua Nazer, con la que ha tenido tres hermosos retoños: Ernesto, ya bachiller y es estudiante de derecho a los 17 años, Lidia y Elena, de 16 y 13 años, respectivamente, siguiendo ambas el bachillerato.

         Mientras tanto, su actividad social había sido paralelamente intensa en la Unión Siria y en el Club Sirio, entidades de las que ha sido fundador y presidente. Y ya totalmente identificado con su segunda patria la que confiesa gustarle tanto como la propia original contribuyó seguramente como pocos extranjeros, con frazadas, ponchos y dineros durante los tres años de prueba de la guerra del chaco, representando además a su colectividad en la solidaria Legión Civil Extranjera que entonces arracimó el apoyo de los no paraguayos residentes en el país a la defensa nacional.

         Y los años continuaron en su venir e ir de péndulo. Para llenar el vacío íntimo y anónimo que sentía, allá, en el fondo de su ser, como para aturdirlo, David se desdoblaba en una múltiple actividad social, llegando a hacerse socio de una larga treintena de clubes... Eran en el fondo, los desconocidos caminos del destino.

         Porque en uno de estos clubes, tal vez jugando al dominó, la distracción que no distrae a la meditación ni a la ensoñación tan caras a la raza, como vicios sin pecado, en uno de estos clubes se encontraba con el paisano y amigo Jamil José Bittar; es decir, sobre el camino del destino andaban juntos, para estrechar amistad y ganar un profundo conocimiento recíproco, para más tarde convenir la instalación de una fábrica de tejidos de seda, en el país.

         Jamil José Bittar era oriundo del mismo país y pueblo que David, y hasta eran vecinas sus casas en la remota aldea de Moharde. Había venido al Paraguay cuando la primera guerra mundial.

         Unidos por un mismo ensueño, que maduraba gradualmente en propósito cada vez más categórico; unidos como en los lejanos días de la infancia en la natal Moharde; unidos, desde luego, por una amistad de hermanos sin eclipses, Francisco David y Jamil José Bittar tuvieron la feliz y rara suerte de superar todos los obstáculos para montar la fábrica en 1938.

         La fábrica de tejados de seda, instalada en Villa Morra inicialmente con 10 máquinas, empleando 30 obreros y con la producción diaria de 500 metros de tejidos, fue ampliada luego, duplicando el número de máquinas y elevándose a 130 el de operarios, en gran parte mujeres. No es que la mano de obra femenina sea más barata, sino que la mano femenina es más apta, por su delicadeza, para esta clase de trabajo.

         A la fábrica de sedas se le ha agregado, en la misma calle Miraflores, la recién instalada fábrica de tejidas de algodón, en la manzana frontal de la matriz, con maquinarias, también las más modernas, los telares son de fabricación suiza, representando la última palabra en la materia, y las hilanderías de procedencia inglesa, en esta materia también las más modernas.

         La nueva fábrica se propone producir 15.000 metros diarios de tejidos de algodón, consumiendo probablemente un millón de kilos de algodón en rama al año, cubriendo así, con las demás tejedurías del país, el 90 %, por lo menos, de las necesidades del consumo interno.

         Tan familiar es el régimen interno en esta casa con el personal obrero, que los problemas, se resuelven amistosamente entre patrones y colaboradores. En toda la historia de la fábrica, no ha habido un descontento una queja, una protesta entre los trabajadores, y mucho menos una huelga. Al mejor salario se agrega un trato paternal y la solicitud extraordinaria del patrono en los casos de necesidad extraordinaria de alguno del personal: la enfermedad, la muerte, el casamiento, un nacimiento u otros trances imprevistos.

         En representación de la viuda de Bittar, asesora a David el doctor Francisco Esculies, el joven aun y destacado ex ministro de economía y de hacienda, además de varias e importantes funciones públicas que ha ejercido en el país. Y el señor David quiere reconocer el mérito valioso de los consejos de este colaborador tan distinguido y por otra parte, tan sencillo y afectuoso.

         Jamil José Bittar y Francisco David unen sus nombres y sus recuerdos definitivamente al Paraguay, la tierra de sus amores y la patria de sus familiares. La contribución prestada al progreso material del país y la expansión y modernización constante de la empresa, colocan a estas dos figuras como auténticos propulsores de la industria nacional.

        

 

WADI ARMELE

 

         Ciudadano libanés, nacido en Niha, progresista villa de las proximidades de Zahle, Don Wadi Armele, abandonó su terruño incorporándose a la caravana de emigrantes que se dirigían a América para sumar su esfuerzo al progreso de las tierras descubiertas por Colón.

         Fueron sus padres Majul Armele y Marien Maluf de Armele, ambos libaneses, de los cuales, el primero, dejó de existir en el año 1919.

         Sus primeras armas en el comercio las hizo en Niha, de (Líbano), trabajando en fábrica de caña hasta su venida al Paraguay.

         Ya entre nosotros, en el año 1913, se radicó y fijó su residencia en la ciudad de Concepción, dedicándose por entero al comercio de tejidos, ferretería y almacén. Durante su permanencia en dicha ciudad el matrimonio procreó 9 hijos, 3 varones, y 6 mujeres, todos paraguayos y educados en colegios religiosos. Su hija mayor de nombre Ada se dedicó al estudio del piano; carrera en la que obtuvo el título de Profesora. Otra de nombre Peheia, se dedicó al estudio de corte y confección graduándose. Sus dos hijas menores, una de nombre Yolanda, actualmente se halla cursando estudio de farmacia y la otra, Antonia, es alumna de 5° año del bachillerato, con propósitos de seguir estudios superiores más adelante. Por lo que queda expresado, se trata de un hogar que tiene toda la apariencia de una colmena, donde cada abeja trabaja por su cuenta para fabricar su miel y ser útil a sí y a la sociedad en la cual actúa.

         Tiene 4 hijas casadas, sus esposos son expectables comerciantes de esta plaza. Enumerándolas: Ada, con Chafif Maluf; Peheia, con Aide Saliba, Alicia, con Simón Daniel, Adólica con Aziz Ouchana.

         Su hijo mayor de nombre Melick, hizo sus estudios en el Colegio San José, hasta el tercer curso de bachillerato. Como su vocación no se avenía con los estudios optó por dedicarse al comercio al lado de su padre y actualmente desempeña las funciones de Gerente de la sucursal de su casa comercial en Concepción.

         Su otro hijo Edmundo terminó el bachillerato en esta capital y luego se trasladó al Uruguay ingresando en la Facultad de Medicina en Montevideo, cursando hasta el tercer año.

         Por motivos de salud tuvo que volver a ésta siguiendo sus estudios en la Facultad similar de Asunción.

         Su hijo Majul, colabora actualmente con su padre en las funciones de su casa comercial en esta capital.

         Es curioso observar en estos extranjeros, venidos de tan lejos, de climas y modalidades tan opuestos a las nuestras; con creencias religiosas también opuestas las más veces, en un par de años, asimilan fácilmente nuestros usos y costumbres, nuestra lengua vernácula, incluso nuestra religión.

         Y no se crea que este hecho significativo constituya un mero alarde de snobismo, un expediente fácil al cual recurren para concitar nuestra simpatía. No. Es la explosión de un estado mental que se enraíza en lo más hondo de su querer, conforme lo pudimos comprobar y verificar en la guerra del Chaco. Los libaneses radicados entre nosotros, en efecto, dieron en aquella oportunidad la alta nota de la más absoluta solidaridad con la justicia de la causa que defendíamos en aquella encrucijada de la existencia patria. Y esta solidaridad no era de boquillas. Con una unanimidad impresionante, haciendo florecer en los labios sus vítores al Paraguay, corrieron presurosos, con sus valiosos aportes, a mitigar la suerte de los heridos en los hospitales de sangre, o del centinela que, arma al brazo, montaba la guardia del más lejano retén en el teatro de las operaciones. Alguna vez la historia hará plena justicia a estos cruzados anónimos de la gran causa nacional puesta en peligro en aquellos instantes.

         Poco después de terminada la guerra del Chaco el señor Armele traslada su comercio a esta capital, en el local de la calle México número 209, dedicándose con especialidad a la importación de tejidos de Norte América, México y Brasil. En la actualidad mantiene una numerosa clientela tanto en la capital como en la campaña, no siendo aventurado afirmar que, hoy por hoy, es uno de los comerciantes más acreditados del país.

         Su domicilio particular lo tiene en 25 de Noviembre 409, en casa propia. Cabe notar asimismo que no hace mucho adquirió en compra una propiedad en 25 de Mayo N° 90 donde va construir una casa de 3 plantas para su negocio, exposición y vivienda. Con ello contribuirá al embellecimiento edilicio de una de las principales arterias de nuestra ciudad que ayer no más servía de sede al antiguo comercio paraguayo, con sus casonas coloniales, sus aleros pintorescos y sus anchas puertas de urundey, y que hoy va cediendo su paso a golpes de piquetas y ordenanzas municipales. Nuestro eximio poeta Eloy Fariña Núñez, autor del célebre "Canto Secular", en una interesante apostilla que formulara a su arribo a ésta "muy noble y muy ilustre ciudad de Asunción", ponía de resalto la originalidad y donaire de la misma a través de sus tesoros coloniales y las tapias esmaltadas de madreselvas de nuestros jardines; y propugnaba que todo ello fuera respetado si es que no queremos arrancar a nuestra ciudad-capital su "hechizo de serpiente antigua"; y que tanto cautiva la imaginación de los que nos visitan. Respetemos la memoria del bardo, pero dejemos que la "caravana implacable de los años", siga su curso.

         Tiene proyectado un viaje a su lejana patria en compañía de su esposa para visitar a su madrecita, que vive aún, añorando quizá la vuelta del hijo pródigo.

         A menudo realiza viajes a Buenos Aires, con su esposa, por vía de recreo y descanso. También hace lo propio por San Bernardino y Caacupé.

         Los domingos y días feriados gusta recibir a sus amistades y parientes en su casa donde los colma de atenciones y gentilezas. Allí, bajo el tibio calor de su hogar, se pasa revista a los recuerdos de la niñez, cuando rapazuelos, corrían tras los camellos, las aventuras de sus "amores y amoríos", la situación del mercado, el alza y baja de los valores, condimentados con la sal y la pimienta de algún chascarrillo o chiste de buena ley.

         Como una prueba de su prestigio y ascendiente entre sus connacionales baste decir que es Presidente de la Unión Libanesa. Por otro lado, también es socio del Centro de Importadores.

         Nuestro biografiado se muestra muy contento de sus actividades y de la atención dispensádale por los bancos locales, donde se le prodiga amplio crédito y buen trato. No podía ser de otro modo quien como él anda y vive recta y honestamente.

         Piensa arraigarse por siempre en el país, al cual considera como su segunda patria, y donde tantas buenas amistades se ha conquistado, merced a su buen trato y don de gentes.

         Hace 30 años colabora con la firma el señor Carlos Miranda, Contador Público, ex funcionario, diplomático y correcto caballero.

         Con esto ponemos punto final a estas líneas subrayando que Wadi Armele legítimamente puede mostrarse satisfecho por lo que ha hecho y sigue haciendo por la economía nacional y haber procreado hijos paraguayos que honran su apellido, y finalmente por que el fruto de su trabajo y de sus desvelos lo tiene invertido íntegro aquí, dispuestos a jugarse las cartas todos por nuestro presente y porvenir, sin otro aval que su gran amor al Paraguay.

 

 

 

FASSARDI LTDA. S.A.

FORESTAL Y AGROPECUARIA

 

DON JOSE FASSARDI

 

         "Pioner" de la industria maderera. Nació en Ottabiano, Lomellina, en un hogar humilde. La necesidad de abrirse paso en la lucha por la vida hizo que desde tierna edad se dedicara a la ebanistería, actividad que desarrolló hasta algunos años después de su llegada al Paraguay, donde llegara allá por el año 1882. Trajo consigo la riqueza de una voluntad inquebrantable y la visión que siempre le indicó la triunfante trayectoria de su labor.

         A los pocos años de su arribo a tierras paraguayas, tras de instalar una carpintería mecánica, adquirió los aserraderos llamados "Arsenal-cué".Sus necesidades siempre crecientes en la industria hicieron que adquiriera montes el instalara más aserraderos y creara nuevas actividades, como ser la fábrica de maderas terciadas, industria que le reportara enorme dificultad en el desarrollo técnico y económico de la misma.

         Físicamente de silueta diminuta, pero de amplio y generoso espíritu llegó a anidar en su alma todas las cualidades del hombre bueno y con noble desinterés practicó el bien.

         Su actividad reportó al Paraguay todos los beneficios que traen consigo el adelanto de la industria y el comercio. La explotación forestal a que dedicara sus energías, es una de las actividades que imponían los más grandes sacrificios para, en mucho de los casos, dar resultados negativos. Era la época en que la explotación forestal se hacía a base de bueyes y hombres en franca lucha contra la naturaleza hostil del terreno. Conociendo de cerca esta realidad es como se puede apreciar los valores que representaba Don José Fassardi.

         Sus actividades fueron siempre creciendo y llegaron a la plenitud de su desarrollo en 1930. Las bases para crear nuevas fuentes de riquezas estaban formadas, y fue así que en 1932 se llegó a constituir la firma Fassardi Ltda. S.A. Forestal y Agropecuaria que inmortalizará su nombre. Pocas son las personas, en el Paraguay, que pudieron llegar con tanta abnegación y sacrificio a cumplir la trayectoria que forjara con sus aspiraciones.

         Su vida, dedicada al trabajo y al hogar, se vio satisfecha al dejar, a más de su obra, cinco hijos a quienes educara en la escuela del trabajo.

         Su esposa Doña Amalia Vaccarello, quien lo acompañó en todas las circunstancias, ha contribuido con la abnegación propia de la mujer a alentarlo en los momentos en que el azar de los negocios peligraban la continuidad de una obra fecunda.

         Murió en 1940 rodeado del afecto de los suyos y de la admiración de quienes lo conocieran,

 

DON CONSTANTE FASSARDI

 

         Es este uno de los hijos de Don José Fassardi. Desde joven sintió la vocación por las mismas actividades que iniciara su padre, y es así como desde los quince años se dedicara a aprender lo que estimó seríale necesario para el desarrollo de sus actividades. Ingresó como empleado de su padre, quien quiso que conociera todo cuanto se refiere al trabajo, y por ello se inició desde el puesto de ordenanza, pasando luego a ocupar cargos de planillero, cajero, etc. Recuerda entre otras cosas que en cierta oportunidad que se estaba efectuando un cargamento se produjo una huelga, y que el problema fue resuelto concurriendo todos los oficinistas, durante quince días, a hombrear varillas. Luego, y por el término de dos años, fue capataz de aserradero y así prosiguió su carrera hasta 1928, año en que pasara a dedicarse por su cuenta al negocio de importación, actividad, a la que se consagró durante cuatro años, retornando nuevamente a la firma en la que ingresara para ocupar el cargo de Administrador General de las actividades en Estación José Fassardi. A partir del año 1941 asumió la presidencia de la Fassardi Ltda. S.A. Forestal y Agropecuaria, cargo que ocupa actualmente y desde el cual, contando con la colaboración de los Sres. Domingo J. Fassardi, Amadeo Oddone, y René Vaesken, imprime a los negocios de la Sociedad la pujanza que caracteriza a todos los miembros de esta organización.

         Como su padre, es de espíritu amplio y generoso, correspondiendo mencionar la ayuda que en efectos y buenos consejos da al personal.

         Como resultado de un viaje que realizó por los Estados Unidos de América adquirió un grupo de nuevas maquinarias entre las que se encuentra una prensa electrónica con seguridad única en Sud América. Esto evidencia el carácter que imprimen a sus actividades los miembros de esta sociedad.

         Entre otras de las importantes cosas que debemos destacar es el capital social de la compañía de la que es Presidente y que actualmente se eleva a 25.000.000 de guaraníes.

         En conversaciones que hemos tenido con el mismo, y consultádale su opinión respecto del obrero paraguayo nos expresó que la utilidad que se puede obtener de él depende, como en todas las cosas, de las directivas impartidas por la dirección. Recordó el alto concepto que goza el obrero paraguayo en el extranjero, donde es solicitado por su adaptabilidad y dedicación.

         Una de sus principales preocupaciones es resolver el problema de la colonización en lo que tiene depositado grandes esperanzas, pues entiende que es una de las formas de incrementar la producción agrícola, factor fundamental en el desarrollo de nuestra economía; hoy retrasada más que por otro factor por la rutinaria en los procedimientos empleados en nuestra agricultura.

         Entiende el Sr. Fassardi que, tras el desarrollo agrícola, se impondrá el desarrollo de la industria y sostiene que las más elementales necesidades de nuestra población no pueden ser satisfechas con nuestra actual producción industrial.

         Cree en el porvenir del Paraguay y sostiene que los mercados del mundo son posibilidades sin limitación numérica. En su vida privada formó su hogar en el año 1928, fecha en que contrajo nupcias con Doña Delia Fiore, dama paraguaya de aquilatadas virtudes. Cuenta ya con tres hijos, el mayor de los cuales, José Domingo, posee el título de contador público y colabora con su padre desde hace ya ocho años habiendo adquirido una fecunda experiencia. Sus otros hijos son Constante Edgardo y Hugo.

         Intercalando los esfuerzos por un futuro siempre mejor, dedica parte de su tiempo a la música y a otras expresiones del arte. Su afición por nuestra patria se manifiesta en su íntimo deseo de trasplantar a nuestro terruño cuanto de bueno ve en tierras lejanas.

         Joven aún, el Sr. Constante Fassardi, hace cuanto puede por honrar el apellido que le fuera legado por un hombre de la talla y personalidad como la de Don José Fassardi.

 

 

DOMINGO JULIAN FASSARDI

 

         Domingo Julián es otro de los hijos de Don José Fassardi y también socio de esta importante firma social que adopta para sí la forma de Sociedad Anónima. Ingresó en la firma en el año 1936 y actualmente desempeña el cargo de vice-presidente de la misma.

         Nació en Asunción el 17 de agosto de 1912. El 14 de noviembre de 1936 contrajo matrimonio con Doña Aida Rius, de cuya unión nacieron seis hijos: Gladys, Julia, José Ángel, Ricardo, Carlos y Amalia.

         Sus estudios primarios los realizó en la Escuela Normal N° 1. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Carmen Arriola de Marín, con asiento en San Isidro, R. A., habiéndose recibido de bachiller en dicho establecimiento educativo.

         Durante la guerra del Chaco sirvió en los Arsenales en Asunción y Arsenal Chaco.

         Es socio del Unión Club, Touring Club, Sport Fassardi 37.500 y Estación Fassardi.

 

 

AMADEO ODDONE LINO

 

         Es otro miembro de la firma social que antecede y cuyo mejor título es el de ser un caballero afable.

         Nació en Yuty el 4 de enero de 1907, siendo sus padres Vicente Oddone, ya finado, y Ernestina Lino.

         Sus estudios primarios los hizo en los Salesianos y los secundarios en el Colegio de San José.

         El 25 de enero de 1936 contrajo matrimonio con Doña Antonia Fassardi, paraguaya, hija del "pionner" fundador de la firma.

         Tiene dos hijas: Amalia Ernestina y Marta Beatriz.

         Se inició en la compañía en el año 1941, como Director miembro hasta el año 1945, fecha en que pasó como secretario del Directorio.

         Tiene instalada su mansión en la Calle Eligio Ayala 882. Actuó en la guerra del Chaco desde 1932 como Tte. 2º, siendo Jefe de la Sección Criptográfica del 3er. Cuerpo de Ejército en Nanawa hasta 1934. Posteriormente fue trasladado al Ministerio de Guerra, en la Sección Personal.

         Es socio del Unión Club y del Sportivo Fassardi.

 

 

 

RENE AUGUSTO VAESKEN

 

         Hombre dinámico y de gran fuerza ejecutiva, se inició en la empresa como empleado en el año 1935, pasando dos años más tarde a ocupar un asiento en el Directorio de la importante firma.

         Nació el 3 de octubre de 1914 en Villeta. Sus estudios los realizó en el Colegio de San José, en la capital, para más tarde ingresar en la Escuela Militar, donde le sorprendió la guerra contra Bolivia y a la que acudió en calidad de Cadete, hasta ascender, por mérito de guerra, a Teniente. Fue herido en Saavedra y con la condecoración de la Cruz del Chaco que ostenta, se le testimonia la gratitud nacional.

         El 29 de diciembre de 1938 contrajo matrimonio con una de las hijas de Don José Fassardi, Doña Amalia María Fassardi, de cuya unión nacieron tres hijos: Oscar José, Amalia María y María Teresa.

         Es socio del Unión Club, Touring Club, Aereo Club, Sol de América, Sport Fassardi Kilómetro 37.500, Estación José Fassardi y otros.

 

 

 

LUIS A. INSFRAN

        

         En el desfile de hombres de negocios que engalana nuestras páginas, figuran los nombres de no pocos extranjeros que hoy hacen número destacado en las primeras líneas de las fuerzas vivas de la nación, arraigados entre nosotros en forma definitiva los más, y que al pisar las playas de nuestro país traían como único capital su voluntad para el trabajo y un firme e indestructible afán de labrar su propio bienestar bajo el sol del Paraguay. Este hecho elocuentísimo por cierto, ha servido - quién lo creyera - para dar pábulo a un prejuicio que ha venido pretendiendo tomar carta de naturaleza en el ambiente, hasta el extremo de que existía antes de ahora el concepto absurdo, por erróneo, de la presunta incapacidad del paraguayo para hacer lo propio. Y este absurdo era abonado con tantas y tales argucias que nuestros sentimientos nacionales reaccionaban ofendidos contra semejantes patrañas. Y entonces buscábamos de inmediato pruebas de lo contrario. Afortunadamente - y es reconfortante poder decirlo - esas pruebas las encontrábamos abundantes. A una de ellas vamos a referirnos en las siguientes líneas, con las cuales pretendemos hacer el esbozo de un hombre de trabajo, nato y neto, cuya vida sencilla está llena de sugerencias ejemplarizantes y con cuyo nombre encabezamos esta página.

         El señor Luis Antonio Insfrán nació en Luque, el 10 de octubre de 1901. Y cumple a nuestra hidalguía manifestar que pecaríamos de injustos si no dijéramos dos palabras sobre esta población, aledaña a la capital, cuyas palpitaciones le afectan de un modo tan singular, cual si fuera la aorta de este gran corazón que se llama Asunción, "Madre de la segunda Buenos Aires y Cuna de la libertad de América" al decir de Eloy Fariña Núñez.

         Luque, situada a menos de 20 kilómetros de Asunción, está edificada sobre una pequeño ondulación de terreno y sobre la línea del ferrocarril. Su población es culta y progresista y hace una religión del trabajo y de las virtudes hogareñas del solar patrio. Durante la Guerra de la Triple Alianza, y cuando comenzó el éxodo de la población civil, el entonces pueblo de Luque sirvió de asiento a la capital de la República.

         Con semejantes antecedentes, bien está que le rindamos homenaje a través de uno de sus hijos más dinámicos y constructivos, de quien se puede decir que es un paraguayo entero, macizo como ese árbol que, en la quietud del crepúsculo, recorta su silueta ante las primeras luminarias de la noche...

         Fueron sus padres don José Insfrán y doña De la Paz Ruiz. Empezó a trabajar desde muy joven, primero en el establecimiento ganadero de su señor padre y más tarde en la Liebig's Extract of Meat Company.

         Dotado de un espíritu emprendedor y muy activo, pronto buscó medios de emanciparse y, asociándose con una hermana y dos cuñados más, estableció en Luque un negocio de almacén, hacia el año 1922. En forma bien modesta por cierto, el señor Insfrán daba el primer paso en la vida de los negocios. Pero lo hacía dispuesto a pisar con firmeza desde ese mismo momento, guiado por una inquebrantable voluntad de vencer y pese a la precariedad de los medios económicos de que disponía. Decimos que se había propuesto trabajar y triunfar y bien que trabajó él, de día y de noche, sin vacaciones casi durante todo el tiempo que lleva en el comercio. Está robando horas al sueño, sudando iniciativa, superando obstáculos, pero entusiasta y pletórico de energías.

         Desde el año 1933, el negocio, con todas las sucursales que entre tanto habían sido establecida, quedó a cargo exclusivo del señor Luis Antonio Insfrán, bajo cuya dirección ha venido ampliándose desde entonces, gradual y progresivamente.

         En la actualidad, la firma del señor Insfrán controla directamente, además del establecimiento inicial de almacén - ahora ya muy ampliadlo - otro de tejidos y también las industrias de jabonería, fideería, panadería y licorería, culminando últimamente con la instalación de una prensa para aceites.

         Los establecimientos industriales y comerciales del señor Insfrán están agrupados bajo el nombre registrado de "Casa Victoria", siendo su único propietario en la actualidad. Las oficinas centrales de la "Casa Victoria" están establecidas en Asunción, en la calle Presidente Franco N° 381, dónde también tiene instalado un depósito de los productos de sus establecimientos industriales.

         Esta firma opera con todos los Bancos de la plaza de Asunción, donde goza de una bien ganada reputación. Su radio de actividad comercial abarca toda la República y por la diversidad de ramos que comprende y el sólido prestigio que se ha ganado, el movimiento de la firma es grande y, a decir verdad, no le es suficiente la cantidad de camiones con que cuenta para el transporte de las mercaderías.

         En esta organización, el señor Insfrán dispone de un personal numeroso y competente que le secunda, siendo de notar la estrecha y cordial comprensión y solidaridad que los vincula en un solo haz de voluntades: "Abrirse paso".

         Todas las plantas industriales mencionadas más arriba están instaladas en Luque y se encuentran en buen tren de funcionamiento y desarrollo. Están montadas con maquinarias importadas de fábricas europeas y americanas y todas ellas son accionadas por medio de energía eléctrica, pero para las emergencias en que pueda faltar esta energía, se cuenta con la correspondiente instalación de calderas, de fabricación inglesa, y en pocos momentos se puede transformar la alimentación de fuerza motriz a fin de evitar interrupciones para la producción industrial.

         La prensa de aceite es de construcción netamente nacional y esto él señor Insfrán lo hace destacar con orgullo. Con ella fabrica aceites industriales, como los de coco y de ricino, que como es sabido, son de gran porvenir para la economía de nuestro país.

         Entra en sus propósitos ampliar esta industria y tiene en trámite ya la importación die maquinarias modernas de muy superior capacidad de producción para satisfacer la creciente demanda de dichos productos.       

         El señor Insfrán, que es un hombre de vanguardia y que no duerme, también estudia la posibilidad de ir ampliando y modernizando sus otras industrias, y así, tiene entre manos lo adquisición de nuevas maquinarias para la fabricación de fideos, de tipo desconocido aún en nuestro país.

         Merece destacarse el hecho de que todas las realizaciones del señor Insfrán son el fruto de un esfuerzo constante de músculos y cerebro aunados por una vigorosa voluntad, en permanente superación. Pero lo que más realza su personalidad de hombre de negocios es que la escala de su progresión arranca de la nada casi, de donde extrajo, sin ayuda ajena los materiales de su obra, para ir acumulándolos, hasta formar con ellos él soberbio edificio de su actual posición. Todo lo ha ido haciendo y lo va haciendo poco a poco, paso a paso, contando tan sólo para ello con su propio esfuerzo y sin deberle nada a nadie. Este es el mérito más grande que tiene el señor Insfrán, a nuestro juicio. Porque cuando se mira lo que tiene ya realizado se siente la sensación de encontrarse frente a una obra de sólida firmeza, ante la cual fuerza es reconocer la magnitud del esfuerzo insumido.

         El señor Insfrán nació con la vocación al trabajo, pues lo ama con fervor casi místico. Su pasión por la industria también es grande. Y su ferviente amor al país le lleva a tener una profunda fe en el porvenir de la patria, sosteniendo que el Paraguay tiene el derecho de ocupar un puesto de honor entre las naciones americanas.

         El señor Insfrán, como hombre de negocios, no ha podido escapar a la ley de sufrir reveses temporales. Los tuvo grandes y lo que es peor aún, tales descalabros los sufrió por haber sido ancho en generosidad, dadivoso hasta la munificencia, sin que jamás brotara de sus labios una sola palabra de acritud para los que mal le hicieron, y antes bien, su más enorme satisfacción fue la de pagarles con el bien su mal, superando todas las dificultades con su esfuerzo personal, confiando tan sólo en la justicia divina.

         En este molde está vaciada la fisonomía moral del señor Insfrán, circunstancia que nos autoriza a rasgar el velo de su modestia y presentarlo a la consideración pública como un propulsor de la economía nacional y un ciudadano de ley, que honra al país, dentro y fuera de sus fronteras.

         El señor Luis Antonio Insfrán casó en primeras nupcias con doña Guillermina Cabrera. De este matrimonio nacieron sus hijos Luis Meneleo, Carlos, Nicanor, Elina y Myriam. Luis y Carlos son contadores públicos, recibidos el primero en 1947 y el segundo este año de 1950.

         La primera esposa falleció en 1941 y contrajo segundas nupcias con doña Alba Cubilla en 1943, de cuyo matrimonio nacieron sus hijos José Luis y Alba.

         El señor Insfrán vive actualmente con su familia en Asunción. Devoto como es de la cultura, gusta de los deportes, cine y teatro. Su club favorito es el Sportivo Luqueño, que tantos lauros tiene conquistados en el deporte nacional. El Deportivo Sajonia también lo cuenta entre sus asociados entusiastas.

         Los viajes tienen, igualmente, un gran atractivo para el señor Insfrán, quien ha viajado varias veces al extranjero. Estos viajes fueron aprovechados por él para visitar numerosas plantas industriales, ávido de cosas nuevas que trasplantar a sus propias industrias.

         Todo lo que hace el señor Insfrán, en cualquier terreno, lo hace con fe y confianza en el porvenir. Por eso su fe en el futuro del Paraguay no conoce quebranto de ninguna laya y así lo manifiesta él, con una sonrisa tranquila y de hombre sano y fuerte.

         Tales son, a grandes rasgos, los antecedentes de esta firma, que, si bien es de origen rural, donde triunfó ampliamente, ha llegado, después de haber fundado varias sucursales, a instalar su sede central en esta capital, donde se ha impuesto definitivamente como cifra respetable de las fuerzas vivas de la nación.

 

 

 

 

INTERPAR S.A.

COMERCIAL E INDUSTRIAL

 

HERMINIO ARIETTI

 

         En la galería de los hombres de negocios del país, que motiva la presente obra, no podrá estar ausente el nombre de este caballero, por el caudal de energías que atesora, su potente dinamismo, y esa visión y certeza de las cosas que permiten al hombre de empresas, con un solo golpe de vista, tener la noción del conjunto, sin perderse en el laberinto de los detalles, atento como está, sonda en mano, a los altos y bajos marcos del tráfico comercial, de suyo movedizo, expuesto casi siempre a riesgos imprevisibles, pero tan lleno de voluntad tensa, aliento vital, y, por qué no decirlo, de satisfacción moral también dada que, cuando noblemente se ha dado cima a un propósito cualquiera sea el género de actividad en que empleamos nuestra energía, se tiene el derecho de hacer mérito de la obra realizada, no por mera jactancia, ni desahogo pueril de vanidad insatisfecha, sino como la expresión de un acto de estricta justicia personal y un motivo de afirmación, con miras de realizar algo mejor aún en el mañana. El señor Arietti, a pesar de reunir en su persona estos atributos, y haber llegado a la encumbrada posición que hoy ocupa, tras un rudo batallar diario, comenzando por las más modestas funciones públicas, sobrado derecho tendría para ufanarse de sus triunfos, pero estos achaques están muy lejos de su calumnia espiritual, razón por la cual sus merecimientos personales, que son muchísimos, pasan inadvertidos para algunos, si bien su nombre es altamente cotizado en las esferas responsables del país. Es por eso que cuando nos encontramos con hombres de esta clase, experimentamos una doble sensación: la de nuestra admiración hacia la recia y firme voluntad que se abre paso y la de no poder, con nuestra tosca péñola, aprisionar el epíteto correspondiente para caracterizarla en la forma que ella se merece. Conformémonos, pues, en la palidez del boceto, pero válganos como descargo la sinceridad que nos anima al afirmar que nos encontramos frente a un miembro de pronunciados relieves de las fuerzas vivas del país cuyos datos biográficos nos complacemos seguidamente de bosquejar.

         Herminio Arietti nació en Asunción el 30 de abril de 1905, en esa estación significativa de la naturaleza en que, próxima ya a los vientos helados del invierno, comienzan los árboles a desnudarse de su verde ropaje, para inmaterializarse quizás y poder con más ventaja resistir la lluvia y el viento del Sud.

         Cursó sus estudios en la benemérita Escuela de Comercio "Jorge López Moreira", con un elenco de distinguidos egresados: Harmodio González, Ovidio Ottaviono, Medardo Estigarribia, Francisco Rolón, Juan Gill, José del Rosario Pires, Juan Cantuni, Rubén Benítez y otros más. A su paso por las aulas se destacó como alumno sobresaliente, muy apreciado por sus profesores y condiscípulos. En la clase de contabilidad fue uno de los pocos alumnos distinguidos del profesor Nicanor Fanego, docente de indiscutible valía y espíritu de equidad.

         Quien haya concurrido a las aulas de los colegios no se extrañará que siempre existan, entre los enjambres de recuerdos del pasado, pasajes, emociones y sensaciones que, por su intensidad, parecieran representar un hito en la marcha y proyectarse más allá del tiempo como la luz de un meteoro y a medida que la "caravana implacable de los años" va pasando y desgarrando la túnica inconsútil de nuestras ilusiones de la mocedad, más nos deleitamos en hojear sus pétalos. Y es así que mañana, cuando la escarcha de los años haya blanqueado nuestros cabellos, al calor del fuego hogareño, repetimos a nuestra prole, la canción de nuestro ayer, las travesuras mil y aquellas amistades sin egoísmo ni repliegues que conocimos en los escaños escolares sin otro lazo de unión que nuestra común ansia de saber. Y volviendo a esos recuerdos del pasado diremos que el señor Arietti, como condiscípulo ha dejado una estela imborrable por su cordialidad y las consabidas tertulias y ágapes de estudiantes que a menudo realizaba en su casa para pasar alegremente juntos unos instantes, estrechando los vínculos de clase y quebrar esa pesada monotonía de números y asientos y problemas engorrosos propios de la carrera.

         En esa forma dio cima a sus estudios en el año 1929, sin que hasta el presente se advierta una sola curva en el seno de sus antiguos condiscípulos, que cuantas veces se cruzan con él por esas calles de Dios, una sonrisa cordial, fraternal mejor dicho, florece en sus labios al calor de los recuerdos y gratas remembranzas del ayer.

         En su juventud ocupó algunos puestos públicos, habiendo hecho carrera administrativa en el Banco Agrícola del Paraguay, en forma verdaderamente brillante, pues, desde los cargos más inferiores, comenzando por el de auxiliar, llegó vertiginosamente, al de máxima responsabilidad cual es la Gerencia. En este cargo de elevada jerarquía se destacó netamente por su clara inteligencia, su capacidad de organizador y severidad en el estricto cumplimiento de sus deberes de funcionario. Como prueba de ello tocóle mejorar los servicios relacionados con las diversas secciones del Banco, colocándoselas en un pie de máxima eficiencia. Igual cosa hizo con la administración y contabilidad de las distintas Sucursales que dicha institución tenía en el interior de la República, en beneficio de los agricultores y ganaderos del país, sobre todo.

         En este período de su existencia ya se advertía en él al hombre enérgico, capaz y dinámico, condiciones indispensables para triunfar, en el complejo y apasionante mundo de los negocios. Esta es la enseñanza que hemos recogido al informarnos detalladamente de la vida de los magnates y señores del acero y de la banca, tales como Ford, Rockefeller, Patiño, etc., que han llegado a imponerse merced a estas cualidades fundamentales, después de haber conocido una vida de privaciones y sin brillo. Por eso, cuando el señor Arietti, pasó a la vida comercial lo hizo sin conocer los estados de transición, propios de todo ensayista. Es más. Su destino, su vocación, estaban allí. Para ello no necesitaba aprendizaje alguno sino dar rienda suelta a su disposición de espíritu, adobadas con un paciente y sostenido esfuerzo y estudio, sin que alternativa alguna de la vida fuera parte para hacerle torcer de rumbo. Abroquelado con estas armas, tiráse al torbellino de los negocios, seguro de sí mismo, sin contar los arrecifes del camino ni las voces escépticas que a modo de consejos recibía por doquier.

         Venciendo todas estas fuerzas del ambiente, al retirarse de la institución bancaria de nuestra referencia, después de haber escalado varios importantes cargos hasta la Gerencia incluso, fundó el mismo año de su salida (1936) la razón social "Frutos y Arietti", empresa que posteriormente se convirtió en S.A., siendo sus directores Herminio Arietti, Odón Frutos y Evelio González.

         Por el esfuerzo personal de sus directores, esta empresa prosperó en forma tal que llegó a ocupar un puesto preponderante en el comercio de nuestra plaza. Como pocas casas comerciales, puso a su empresa en un pie de perfecta organización, dotándola de cómodos y suntuosos edificios con excelentes comodidades para la clientela y el personal de la firma, hecho que revela su espíritu eminentemente progresista.

         Posteriormente la firma en cuestión se convirtió en "Interpar S.A. Comercial e Industrial". El señor Arietti continúa siendo socio importante y Director de esta empresa.

         Pasemos ahora a bosquejar las cualidades substanciales que adornan su personalidad de hombre de negocios, merced a las cuales se ha conquistado, en buena lid, la envidiable posición que ocupa hoy.

         El señor Arietti, ante todo, posee un agudo espíritu de observador que le permite ser minucioso, penetrante y certero en sus cálculos. Ésta confianza que tiene en sí mismo y que constituye por decirlo así su segunda naturaleza representa, a nuestro juicio, la fuerza votiva de todos sus éxitos en el campo de los negocios. Como si esta cualidad fuera poca, qué muchos la querrían para sí, movida por su avidez de conocimientos, convencido acaso de la verdad aquella que afirma "el que sabe es dueño del que no sabe", se entera pormenorizadamente de los progresos de la industria en el mundo, analizando los artículos que pueden ser de interés para el comercio y al mismo tiempo para el país y finalmente, con esa seguridad que proporciona el "conocimiento de la cosa", importa y acepta la representación de lo que juzga conveniente. Es de notar que en dicha elección no se equivoca nunca, como si un hado bienhechor lo guiara, por la exactitud diríamos cronométrica de sus operaciones, por su sentido agudo de la realidad, cual si fuera un ajedrecista de categoría o un consumado estratega en las batallas incruentas del trabajo. Y a fe que este símil no nos parece hiperbólico, pues siempre hemos creído encontrar una extraña analogía entre las actividades comerciales y estas dos manifestaciones de la inteligencia humana, cuyos favoritos, por el escaso número que existe, asumen muchísimos veces las proporciones de un semidiós, llámeselo Capablanca, Julio César o Escipión el Africano. En efecto, el ajedrecista y el estratega, ambos a dos, y que en suma no viene a constituir sino una sola unidad entera y maciza, moviendo sus piezas, tras haber hecho un estudio a fondo de las posiciones contrarias, por sus propios medios de observación, establecen luego su dispositivo ofensivo y defensivo y, finalmente, cubiertos los flancos, se tira a fondo al ataque. Igual cosa ocurre en las actividades comerciales, donde no pocas veces se ha menester de esa intuición propia de los grandes capitanes, pues, operaciones existen cuya suerte escapa a los más fríos cálculos. Y esta cualidad es la que vemos asomar preponderantemente en el señor Arietti, que, pese a su juventud, se ha convertido ya en un consumado estratega en los negocios. Pero vayamos siguiendo el hilo de sus otras aristas personales, que son múltiples para poder tener una visión global de las mismas.

         El señor Arietti es un hombre moderno, que vive el ritmo de los tiempos que corren y cuya expresión más elocuente constituye el radar y la energía celular, descubrimientos éstos, que están llamados a producir en nuestro sentir una profunda transformación en todos los órdenes de la vida humana. Así, lo vemos importar no tan sólo camiones, refrigeradores, herramientas, enseres, etc., sino que también se distingue en la representación que tiene de importantes firmas extranjeras, de motores, máquinas e implementos agrícolas, tan importantes para nuestro progreso económico. Es un estribillo, un lugar ya común en el ambiente que una de las características de nuestra economía agraria constituye la rutina y el apego de nuestra gente hacía los vetustos instrumentos de labranza. Y esto constituye un sensible error. Es hora ya de iniciar una nueva etapa de la reconstrucción nacional en esté respecto. Para ello debemos echar mano a la tecnología de nuestros días, mecanizar la labranza de la tierra, y obtener en esta forma un rendimiento más positivo y halagüeño que incida sobre el bienestar de nuestros conciudadanos del interior. En abono de nuestra tesis citaremos tan sólo dos ejemplos: Argentina y Brasil. Para nadie es un secreto el grandioso espectáculo que brinda estos dos países americanos, unidos al nuestro por indestructibles lazos éticos, históricos y geográficos, proveniente de la racionalización de sus riquezas y la sabia explotación de sus productos agrícolas. Este imperativo se hace doblemente impostergable habido en cuenta el período agrícola - ganadero por el cual atraviesa el país y las óptimas condiciones de todo orden que existen para vigorizar las industrias ya existentes y preparar otras nuevas, dado que existen todas las posibilidades para el efecto, por la abundancia de materia prima en casi todos los renglones de la producción.

         Acaso se nos tache de ser demasiados optimistas, pero este cargo - si así puede llamarse - lejos de sonrojarnos nos infunde confianza y bríos para alentar tales propósitos cada vez con más vehemencia. En este sentido no podemos menos que poner de resalto la importancia que tiene la firma Interpar, S.A., en la que actúa como Director el Sr. Arietti, ya que por su organización puede ser una palanca poderosa en relación al progreso económico del país. Para llevar adelante dicho propósito, merece recibir la palabra de aliento por la feliz iniciativa.

         Otra virtualidad de este hombre de empresa es la de conocer concienzudamente, pieza por pieza, detalle por detalle, cada artículo, cada elemento que entra en su ramo, pues, los estudia previamente con toda la minuciosidad del caso y sólo después acepta la representación que se le ofrece. De esta suerte es el primero en conocer profundamente la naturaleza de cada trabajo, antes de encomendarlo a sus colaboradores, empleados y obreros, ayudándoles a éstos cuantos veces fuera necesario.

         No le vendría ancho el elogio si decimos, del joven Arietti que es el obrero más experto, el empleado más celoso y el dirigente más capaz y de mayor experiencia en su ramo. Todo este cúmulo de virtudes hacen del señor Arietti el hombre de empresa por antonomasia, cuyos méritos personales son bien notorios e indiscutibles.

         Su progresión en la órbita de sus actividades es considerable y constante porque sabe lo que hace, porque como dijimos más adelante este hombre de empresa no gusta de las improvisaciones ni hacer las cosas a tontas y a locas como un improvisado sino es como el albañil que tiene el nivel y la plomada para levantar un edificio. Atributo esencial suyo es también el de dedicarse con afán, casi con pasión a sus negocios y el de atender personalmente los asuntos que revisten importancia. Bien es cierto que posee la capacidad suficiente que le permite zanjar todas las dificultades, sin esfuerzo aparente alguno. De ahí que no necesita subrogarse en dichas funciones ni molestar a sus colaboradores para dar estricto cumplimiento a compromisos de esta índole. Y es que el señor Arietti conoce las bondades de la división del trabajo y que es misión del nauta hacer navegar su nave por el canal, tan sólo.

         Hondamente compenetrado de estas ideas, nada le falla, todo le sale bien, jamás se equivoca en sus juicios y en sus previsiones acerca de las altas y de las bajas mareas del comercio y la banca, dando la impresión de un dínamo humano que no duerme, que está en todas partes: en las fiestas sociales, en los asuntos importantes, en las actividades ganaderas, en los asesoramientos privados con el gran caudal de experiencias cosechadas a través de una labor tesonera y sin desmayos.

         Como si todo esto valiera una bagatela es también un audaz dirigente de empresa. Pero, por sobre todo, es joven aun, pese a lo trabajada que es su vida, contrariando con esto el sentir de muchos: de que el trabajo envejece. La rozagante juventud de Herminio Arietti, a quien los elfos coronados de rosas lo hubieran elegido como compañero suyo, es un rotundo mentís a esta patraña de mal gusto. Sus años, lejos de hacer mella a su espíritu, le hacen cada día más joven, pues vive en un tren de comodidad oriental. No es un avaro, gasta su dinero, se divierte, se pasea, viaja mucho, es gentil y siente la alegría del vivir que aconseja Marden.

         Como organizador, como hombre de visión en los negocios, como hombre moderno de empresa, ha obtenido la representación de importantes fábricas de Estados Unidos, Inglaterra, Holanda, etc..

         Sobre él señor Arietti se puede escribir, a galope tendido y comenzar por cualquier ángulo de su personalidad de hombre de negocios, Por las distintas facetas que ella presenta, sin que por ello tenga que quebrarse la armonía del conjunto, pues sus partes todas están tan estrechamente enlazadas que, aunque enfocadas aisladamente, no pierden su gracia ni substantividad.

         Fundados en esta consideración añadiremos que nuestro biografiado es Director de la empresa Ganadera Cerros y Palmares S. A. y Socio Gerente de Arisa S. R. L., empresa también ganadera. De lo expuesto se infiere que este hombre de negocios no circunscribe sus actividades tan sólo a la esfera comercial sino que su radio de acción llego a la ganadería; dónde, estamos ciertos, triunfará también, pues posee todos los dotes necesarios para explotar este rico filón de nuestra economía, con el resultado que es dable esperar de él.

         Es sabido el papel preponderante que desempeña la riqueza pecuaria en un país agrícola como el nuestro, y sobre todo dentro de las restricciones actuales que dan margen a operaciones ilícitas que son del dominio público, la escasez de carne para el consumo interno, y hasta la importación de ganados vacunos en pequeña escala para contrabalancear su éxodo al extranjero, especialmente a los países limítrofes como Argentina y Brasil, a la caza de mejores ofertas. No entraremos a analizar ni discutir tales procedimientos ya que ello no entra en nuestros propósitos, pero si cábenos poner de resalto la importancia que tiene este renglón de la economía nacional que, con la agricultura, constituye la riqueza madre del país, y que de consiguiente obra de sano patriotismo será siempre prestarle la atención y el interés que sé merece, para bien de la población y de los intereses superiores de la nación. La incorporación de hombres de las condiciones directivas y organizativas del señor Arietti a actividades de naturaleza es un motivo más que abona nuestra opinión en este respecto.

         Por su capacidad directiva, y su dinamismo cabe esperar mucho más aún de él en otros campos de actividad. Nada de extraño sería pues, que en un futuro próximo lo veamos frente a la explotación minera o la industrial, ya que pareciera estar signado por su estrella campear por todos las esferas económicas, ayudado por su clara inteligencia y su gran voluntad que hacen de él lo que es en la actualidad: el hombre neto de negocios.

         Vemos con anticipo promisorio de su posible incursión en empresas industriales, en la denominación puesta a la firma últimamente "Interpar, S.A. Comercial e Industrial"

         La voluntad de este joven director de empresa sumada a la capacidad profesional y financiera de la firma, sirven de sólidas bases para sentar la convicción de que nuevos e importantes éxitos están reservadas todavía a Arietti en los dominios de la actividad económica de la nación.

         Nuestro país espera ansioso la incorporación a su vida económica de empresas modernas, bajo dirección experta y entusiasta, que en el ámbito industrial aumente su riqueza para fortalecer la vida nacional, para evolucionar su vida social y para elevar el nivel de vida del pueblo. La industrialización creciente del país es un anhelo nacional y representa el sendero seguido por las naciones más adelantadas del planeta. Por eso el Paraguay verá bienvenido a sus hijos en la actividad industrial y es donde Arietti tiene reservado nuevos esfuerzos, nueva consagración, nuevos triunfos.

         El señor Arietti es un hombre que ama los viajes, convencido acaso del aforismo aquel que afirma "Viajar es renovarse". Movido por sus ansias de progreso y de estudio experimental, viaja constantemente, ansioso siempre de sacar el mejor partido posible para sus actividades comerciales y el interés del país. En reiteradas oportunidades visitó Estados Unidos, México, Cuba, Chile, Perú, Colombia, Río de Janeiro, Buenos Aires, Montevideo. Entre los cargos honoríficos que le han tocado en suerte desempeñar, figuran el de haber sido antes de ahora Presidente del Colegio de Contadores. Sus cualidades sobresalientes de dirección, unidas a los sentimientos de solidaridad con el gremio a que pertenece, contribuyeron en grado sumo para que sus colegas enfocaran su atención sobre él y lo eligieran para ocupar tan delicado cargo. Bien es verdad que el señor Aríetti supo hacer honor a las fundadas esperanzas depositadas en su persona como lo acredita la serie de iniciativas llevadas al terreno de los hechos, pues, por temperamento, por sistema, no es un hombre técnico que se pierde en abstracciones sino gusta de realizaciones prácticas, aunque para ello tenga que paladear incomprensiones o dificultades inherentes a toda progresión, así sea material, moral o intelectual. Pero, sea dicho en honor a la verdad, la palabra "imposible" no figura en el léxico de este triunfador y para cualquier problema que se le presenta, por más complejo que fuere, tiene la debida solución, no siendo de aquellos que pierden su tiempo ante "el muro de los lamentos', sino que, a falta de caminos, se los abre con su propia hacha. Como Presidente de esta prestigiosa entidad, cúpole la pesada tarea de organizar la contabilidad, el archivo y la biblioteca de la misma, colocándolas en un plano verdaderamente promisorio. En abono de lo que dejamos expresado sólo diremos que la biblioteca del Colegio de Contadores, por la rigurosa selección de sus obras, especialmente en Economía Política, Finanzas, Estadísticas y demás disciplinas afines es, hoy por hoy, la mejor del país, la más rica, contribuyendo de esta suerte a enriquecer el acerbo profesional de sus asociados, con el mínimo sacrificio pecuniario. Pero su acción constructiva no para aquí. Contribuyó también a galvanizar el espíritu de solidaridad y cohesión entre los socios mediante fiestas de carácter social, charlas profesionales, disertaciones periódicas de especialistas en materia de contabilidad privada y pública. En este aspecto recordamos que, bajo su Presidencia, el Colegio obtuvo la venida de una embajada intelectual de prominentes miembros de la Unión Panamericana de Técnicos en Ciencias Económicas: los doctores Jacobo Wainer y José Roca. Además de las conferencias qué dictaron en la Universidad Nacional, prestaron su asesoramiento al Ministerio de Hacienda y otras dependencias administrativas.

         Otro aspecto de su actuación que subraya su gran capacidad es el de haber conectado al colegio de Contadores a los poderes públicos estableciendo con éstos un "status" de decoro y confianza que permite a sus asociados actuar dentro de un marco de dignidad. Igual cosa hizo con las empresas privadas, ganándose el respeto y la consideración de las mismas.

         En suma, podemos afirmar, sin temor a ser desmentidos que el señor Arietti contribuyó en forma sensible a dar consistencia a la ética y cultura profesional de su gremio, colocándolo en un rango de espectabilidad, como cifra del progreso económico, atrayéndose con este hecho la unánime simpatía y reconocimiento de sus miembros.

         Fue también Presidente del Club Olimpia, donde ha dejado bien sentado su nombre como dirigente y deportista de ley.

         Durante su actuación en el mencionado cargo organizó la administración del Club, colocó la Tesorería en orden, no dejó evadir un céntimo, convirtiéndose en un verdadero defensor de los intereses de la prestigiosa entidad decana. La era de sus grandes presidentes, la era de los Willian Paats, de los Domínguez,  de Federico Gómez, de Juan Pablo         Gorostiaga, Charpentier, etc. volvió a renacer en sus manos, impulsando su progreso e imprimiéndole el sello de su inconfundible personalidad comercial. Introdujo asimismo mejoras en el campo de juego, estableció la debida disciplina y armonía entre dirigentes y jugadores y como culminación de todo esto, para dar una mayor cohesión moral a la familia olimpeña, comenzó a dar a su club un carácter social de enlace más coherente, contrariamente al sello meramente deportivo con que venía actuando en el escenario futbolístico de la República. Movido por estos anhelos, organizó en su sede social bailes y jornadas sociales, en una palabra, donde comenzó a darse cita la "creme" de la sociedad asuncena, sus asociados todos y el cuerpo diplomático incluso. Estas expansiones sociales han revestido tanto brillo y esplendidez que han entrado a formar una tradición y un orgullo para sus dirigentes. Entre una de sus recepciones más memorables figura la "apoteosis" de la hija del Excmo. señor Ministro del Brasil Tasso Fragozo, como Reina del Club. Aquella fue una fiesta memorable donde hubo derroche de alegría, entusiasmo, elegancia y distinción espiritual, cuyo recuerdo está aún vivo en la memoria de la selecta concurrencia que se hizo presente en dicho acto.

         Los merecimientos de Arietti suben de punto al pensar en la rápida y vertiginosa que ha sido su vida comercial, pues no debe perderse de vista que, a poco de haberse retirado del Banco Agrícola, comenzó con un modesto escritorio y la representación en esta plaza de la fábrica de tejidos que el Sr. Paolo Alberzoni posee en Pilar. Es que por algo debió comenzar - principio tiene las cosas - reza el proverbio y, de allí en adelante, fue ganando terreno a golpe de maza, de inteligencia, de visión, para irradiar actualmente en casi todos las esferas comerciales. Su sede social se halla ubicada en la calle Eligio Ayala y Caballero, en local propio, de moderna y elegante arquitectura. Su Oficina General y los talleres, constituyen en la actualidad los más modernos del país. Su personal dispone de todas las comodidades que se pueden pedir.

         En lo que respecta al futuro económico-industrial del país, el señor Arietti cree que el Paraguay es de una potencia económica envidiable, pues a pesar de los tantos inconvenientes que existen de por medio, subsiste, y, le bastarían pocos años de tranquilidad para que de inmediato se vea su restablecimiento en todos los órdenes.

         Entre empleados y obreros trabajan en la firma 32 personas. Entre las obras sociales introducidas por la Interpar, S. A. diremos que se ha adelantado a muchas mejoras en este respecto, pues, hace rato ha implantado como norma de la casa las vacaciones pagas, participación en las utilidades y vivienda propia a los servidores más antiguos.

         El señor Arietti, como hombre moderno que es, no podía ir a lo zaga de estas conquistas sociales y, en tal sentido, se hace acreedor del reconocimiento de sus colaboradores.

         Como hombre culto y eminentemente social diremos que, aparte de las entidades mencionadas más arriba, este hombre de trabajo es socio también del Deportivo Sajonia, Unión Club; Club Centenario y otras muchas entidades culturales, deportivas y sociales del país dónde la colaboración de Herminio Arietti está siempre presente.

         Finalmente diremos que este joven empresario, no tan sólo es un hombre joven que ha visitado muchos países, a quien la fortuna le sonríe, con todos sus dones privilegiados, sino que también, y esto digámoslo en alta voz, es paraguayo, es un paraguayo digno por su cultura, su don de gentes y hombría de bien, y un auténtico exponente de las fuerzas vivas de la nación.

 




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