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JORGE RODOLFO RITTER


  EL ARBOL TUMBADO (De NARRATIVA PARAGUAYA de TERESA MÉNDEZ-FAITH)


EL ARBOL TUMBADO (De NARRATIVA PARAGUAYA de TERESA MÉNDEZ-FAITH)
CUENTO de
JORGE R. RITTER
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
 
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EL ARBOL TUMBADO
(Cielo azul manchado por tiras de nubes blancas. Pop, pop, pop, retumban en el bosque los golpes del hacha que muerde la carne fibrosa del árbol condenado a la guillotina; guillotinamiento lento, acompasado, cruel, por el pie del señor de los bosques. Le han cortado ya la cabeza a Luis XVI. El cuerpo yace tumbado sobre la hojarasca. Le arrancan los brazos, le afeitan la piel. Gulliver arrastrado entre las altas ruedas del alzaprima. La prima de mi mujer me dijo: Fayuto. Sí, dijo fayuto, y también lo decía con los ojos. Sus senos provocativos y su cuerpo ondulante se burlaban de mí. Fayuto, ¡fayutooo! ¡Esa hacha con su monótono golpeteo! Pop, pop, pop... El hacha escupe trozos de otro gigante, inmóvil, sereno, que agoniza heroicamente rendido al egoísmo del hombre. Sólo tiemblan adoloridas las hojas y algunas se desprenden como lagrimones alados que después de contornearse lentamente en el aire entre el laberinto de brazos que claman al cielo, mudos y tristes, se suman a las brozas carcomidas por saprobios hambrientos.)
-Tú tienes otra mujer. ¿Quién es ella?
(Boca alejada en lontananza, convertida en boca cañón que escupe balas cargadas de reproches. Pop, pop, pop, las balas me golpean el pecho. Duele el corazón machacado. Rasss... cae el gigante de los bosques y ya no se levantará. ¡Nunca más!)
-Ya no me quieres; me abandonarás por otra. A mí, y a tus hijos. -No, no es cierto, querida.
(Las cuchilladas del llanto hienden la noche opalescente en tajadas de sombras. El colchón arde sin llamas. Cada arruga de la sábana corta como el filo de una navaja mellada. Y el sudor corre por canales ardientes.)
-¿Por qué me rechazas entonces?
(Mejor morir. El cerebro comprimido late contra su estuche. Pop, pop, pop. El árbol cae arrastrando bejucos histéricos de luz. Te quiero, tonta; siempre te quise; pero ahora no puedo amarte. ¿Cómo te explicaré? Me han robado. Un ladrón me robó la llave del amor. No puedo amarte sin la llave. ¡Qué gracia! ¡La llave se tumbó como ese árbol, guillotinado por los pies... ! ¡Je, je, je... ! Guillotinan a los árboles por los pies... y a mí me han guillotinado mi árbol, el árbol de la vida... Esta noche larga que no acaba. Y tú te has dormido, pero tu boca destila la amargura bajo la pelusa asomada sobre tu labio. ¡Pobre nena, ya no es la luna de miel! Duerme y olvida. Yo velaré tu sueño, porque el insomnio acartonó mis párpados y no quiere correr sobre los hemisferios de mis ojos como la tapa corrediza de un escritorio; como el escritorio de tío Alberto, ese tío que no quiso ayudar mis estudios universitarios. Por eso estoy aquí. Por culpa de ese tacaño de porquería me metí en los montes y allí... Voy a quejarme a las estrellas.)
(¡Ah! ¿Estabas tú, luna, todavía a estas horas? Te creía alejada en tu guarida. Dime, luna rebanada por la cuchilla de tu ciclo, ¿qué hago? Debes saber que amo y no puedo amar, que aman y me es imposible corresponder. No sabía que tenía una cuerda como un reloj. Un ladrón me robó la cuerda con la punta de un cuchillo. El cuchillo tenía la punta aguda como una aguja hipodérmica con ansias de perforar la boca del estómago. Este basqueaba en ondas antiperistálticas. No pude moverme porque el miedo me atrapó con sus garfios de hierro que se hundieron en mis carnes atosigadas de inmovilidad. Luna estúpida, no me escuchas; inconmovible te hundes tras la cortina del horizonte. Sólo las estrellas parpadean, haciéndome guiños de cómplice. La noche se disfraza de sombras bajo una capucha salpicada de diamantes. Estamos a solas, noche, como amantes clandestinos. Sólo puedo amarte platónicamente; porque sólo soy un árbol caído en "el monte asfixiante con olor a hojas muertas y hedor de charcos donde se ahogaron las ranas. Te diré lo que ocurrió porque tienes el pudor de no mirarme mientras me confieso... Soy... me cuesta decirlo... un cobarde. Sí, cobarde, tal como lo oyes con el silencio de tus oídos supersensibles... El miedo me puso barrotes en el compartimiento del coraje. ¡Cómo quisiera dormir! Y tú, noche insensible, ya bostezas con tu cara desleída en el café con leche de la madrugada. Pero escúchame, te diré todo. Soy un pobre diablo, no te lo niego, ¿por qué? Sí, es cierto. Bajo la punta del cuchillo la carne se estremecía de miedo, mientras por heridas invisibles sufría la hemorragia que agotó el valor. En el bosque acechan tigres de afiladas garras. Cuando sonríen siniestramente, lucen colmillos elefantinos. A machetazos el pobre diablo se defendió mientras de su, piel arañada mana una sangre blanca, aguachenta, como de una fuente oculta en el bosque. El tigre acechante del pavor desgarró mis carnes y sangró en gruesos goterones, incoloros y fríos, la linfa del valor. Escucha, noche apurada: estoy triste porque bebí un brebaje asqueroso en el rancho de paja del obraje ante el personal hipócrita, alcahuete de lo imponderable, de lo imprevisto. Un veneno corre por mis venas... Te has ido, noche, y mis penas siguen iguales. ¿A quién recurriré?)
-Perdone, doctor, sé que es temprano... pero como suele madrugar, vine a molestarle. Gracias, me sentaré aquí.
(En ese mamotreto quizá está la solución de mi mal. Con qué cuidado lo cierras.)
-¿Que, qué padezco? Voy a contarle desde el principio.
(¿Le diré todo? Ya me habrá calado como un hombre sano de cuerpo; pero ¿cómo le diré que un gusano me corroe los tuétanos que nutren los actos viriles? Déjeme que me acerque a una cuarta de su nariz porque nadie debe escuchar mi secreto.)
-Doctor, ya no puedo amar; sí, desgraciadamente. Dicho parece tan sencillo; pero la verdad es que la potencia viril se agotó.
(Se evaporó como un perfume con el frasco abierto. Sólo quedó un vaho reminiscente como el aroma de una flor seca, cautiva, entre las hojas de un libro. Ya que hablamos de libros, yo soy uno, avejentado, que nadie lee. Por dentro me deshilacho como un trapo viejo. Mi mujer me reprocha por alguna otra. Había otra, sí, la prima de mi mujer, hipócrita, salamera, apasionada. ¡Cómo gozábamos sin que mi mujer sospechara! De esto hace tres meses; desde entonces, ni mi mujer, ni la prima de mi mujer, ni yo, bebemos en la fuente del amor. Desde entonces es un agonizar de sed con nuestros anhelos deshidratados en las noches insomnes. Le prevengo sobre la inutilidad del examen de este mi cuerpo; porque es sano. Funciona como un motor bien aceitado. El corazón me hace tic tac, tic tac, porque está automatizado como usted lo sabe muy bien; es inútil que lo escuche, la falla está en otra parte; ¿por qué me mira así? ¿Parezco un insecto raro? Los cristales de sus anteojos parecen faroles de jeep con ansias de perforar la obscura noche, sin fin. Me atrapó para exponerme en la platina de su microscopio. Me extraerá mi secreto y va a reírse de mí. Su cara despide un humillo sarcástico que sale de esa nariz bulbosa, de esa narizota, emergida, como un promontorio, entre sus mejillas punteadas como piel de naranja. Su boca desdeñosa dispara preguntas indiscretas.)
-Sí, soy joven, apenas treinta y tres años. ¿Trabajo? Soy obrajero, tengo mi propio monte y manejo mucha gente, gente de todas clases con quienes convivo, a veces, meses enteros. Derribo árboles, algunos inmensos. Mis peones trabajan duro. Algunos son boyeros, otros aserradores y los más, hacheros. Gano dinero y hago ganar dinero obtenido a fuerza de muñequear. El trabajo es duro y requiere coraje, actividad. No merezco el mal que padezco.
(No puedo detener la lengua maldita. ¿Por qué le diré tantas cosas? No comprende que para vivir entre esos brutos hay que moverse, que no es un trabajo cómodo como el suyo, muellemente arrellanado en esa silla giratoria, desde la cual, usando procedimientos torcidos, hurga en los revoltijados cajones de la cómoda humana para sacar, prestidigitador subrepticio, las debilidades vergonzosas que nos acucian...)
- Su mal no es orgánico sino funcional. (Claro, algo no funciona como es debido.)
-El organismo humano es como una máquina. A veces, sin embargo, algún detalle impide el desempeño de sus funciones, precisa-mente porque no es una simple máquina.
(Mis mecanismos internos se han trabado y algunos engranajes, quizá roto. A ver si este mecánico me arregla la pieza descompuesta.) -El motor no arranca, doctor.
-Eso mismo. No viene el fluido para estimular el arranque, como dice usted. ¿Por qué? Fue cercenada la conexión de donde parten los impulsos motores.
(¡Ay de mí! Fue un cuchillo filoso y puntiagudo que me cortó el hilo que me conducía por los vericuetos de mi vida sexual.)
-Usted conoce la causa. Comprendo que es un penoso secreto para compartir con otro. Su mal es solamente funcional; de modo que si me dice lo ocurrido, quizá le encontremos el remedio.
(Sólo quiere poseer mi secreto, maldito doctor. Es usted curioso e inquisidor como la solterona que vive al lado de casa. La vergüenza traba mi lengua, paraliza mi voluntad. Pero su mano apoyada en mi hombro tiene la tibia ternura de un niño echado contra el cuello. Mi lengua se despereza lentamente como un elástico viejo.)
- Voy a contarle, doctor. Ocurrió en mi trabajo, en pleno monte. Era día de pago; había mucha gente: peones, familiares de peones y curiosos que van de aquí para allá en busca de trabajo. Uno de mis peones se insolentó, y cuando quise imponerle mi autoridad, sorpresivamente sacó el cuchillo mientras me decía: "te arreglaré las cuentas yo". El cuchillo relampagueó ante mis ojos, y luego lo sentí como una serpiente de ásperas escamas arañarme la piel y, por último, la punta de su diente único rebuscó mis entrañas a través de la sensibilidad epidérmica y quedó clavada en el borde del ombligo. No fue una agradable sensación, doctor; se lo aseguro. Horas me tuvo así mientras reía con su boca desdentada, enseñándome una úvula aleteante como la cola de un renacuajo. Cuando por fin retiró su infame arma, se fue echando bravatas y gestos burlescos. Los otros nada decían, mudos testigos de mi vergüenza. Olvidado, el revólver colgaba del cinto, a un costado... Desde entonces rehuí a mi mujer.
(Y a las otras; a la prima de mi mujer, a la hermana del boyero bizco, a la mujer del aserrador flaco. Ya oyó mi secreto, doctor. Me lo sacó, como el dentista arranca una muela sin anestesia; pero la hoya vacía del maxilar de mi sensibilidad no duele. ¿Cree posible la cura para mi mal? ¿Por qué pasea? ¿Está la solución dentro de ese cráneo pelado que resbala sobre la frente fruncida? Tengo y no tengo fe en usted. ¡Cómo tarda en decidirse! Párate péndulo panzón y dime algo; de prisa, porque el corazón me golpetea las costillas como martillazos, mientras busca una salida hacia la boca de la lengua entalcada. Tiene usted unos pelos ralos que le salen de los agujeros de la nariz como antenas de radio retorcidas por un vendaval. Y ahora adopta la seriedad de un comisario extorsionador.)
-Ese peón, amigo, le robó la pujanza de los actos viriles. Ha lesionado su orgullo, su propia estimación y con ello la capacidad para conducir a sus hombres. Debe recuperar su autoestimación.
(Quiero hablar; pero esta boca mía, seca, se cierra tan fuertemente que crujen los dientes. Sube y baja mi nuez como un ascensor enloquecido. ¿Es mi voz esa voz aflautada?)
-¿Cómo lo haré?
- ¡Caramba! No sé. Usted conoce a sus peones y... ante ellos perdió su prestigio de hombre duro. Su impotencia es el reflejo de su amor propio lesionado. Creo en la necesidad de un enfrentamiento con ese individuo para su rehabilitación.
(Un moscardón, y de los grandes, me acosa el oído izquierdo. Voy a sentarme... Este médico está loco. Me pide que salte del avión incendiado sin paracaídas. Para él es muy fácil, porque no conoce a ese demonio, ni oyó su risa sardónica, ni vio ese cuchillo de verdugo en función. ¡No! ¡Eso no!)
-¿Cuándo estuvo la última vez con sus hombres?
(Maldito, hurga en mis entrañas como un autopsiador arrebatado por el frenesí de la curiosidad.)
-No... volví...
(Sube un calor desde mis pies, asciende rápidamente y siento arder la cara. ¡Me han incendiado las orejas!)
-Vuelva y enfréntelo como macho.
(La saliva que por fin parió la boca se acalambró en el esófago y se ha puesto de través para rehuir el estómago. Realmente está loco este tipo. ¿No habrá un siquiatra para hallar la llave del reloj de las agujas inmovilizadas? Este no sabe... no sabe...)
-Cóbrese, doctor. Su remedio es muy amargo.
-A grandes males, grandes remedios, amigo.

(Torbellinos de pensamientos me arrebatan. Cruzan como rayos y van a perderse en la nada. Este es el portón de mi casa. Tu actitud, mujer, hiere como el filo de un vidrio roto.)
- ¡Te juro que no hay otra mujer en mi vida... ! ¿Por qué me sacas el chico...? ¿Eh? ¡Es hijo mío, también!
(¿Y tú qué haces tan temprano aquí? Vienes a torturarme con tu mirada cargada de burlas. Besuqueas a mi mujer como picoteo de gallina hambrienta. Me befas con el promontorio de tus nalgas que mueves con sacudidas de perro mojado. ¡Cómo la quieres a mi mujer, tú, querida prima! ¿Qué le susurras en sus ávidos oídos? ¿Por qué no le cuentas, hipócrita, lo que hay entre nosotros, lo que ocurrió entre nosotros, la primera vez, cuando ella había salido? Te echaste a mi cuello y me arrastraste al sagrado lecho nupcial y desde entonces me persigues con tus ardores. ¡Malditas mujeres! Me dan asco. Todas son iguales; siempre piden lo mismo con la tenacidad de un chico en demanda de un caramelo. ¡Que me parta un rayo! Voy a volverme loco. Malditos doctores, incapaces, puros bla, bla, bla... ¡Y tú, chofer, gandul, que pasas las siestas durmiendo después de llenarte la panza, ¿por qué me miras con esos ojos socarrones engarzados en tu cara de torta mal cocida? ¡Ahora verás!)
-Prepará tu jeep; nos vamos al obraje. Rápido... ¡Eh!

(¡Olvidé el revólver! Paciencia. Llegamos a la meta preñada de enigmas. Este jeep corcovea con patadas de mula arisca en el camino desigual. Detrás de ese recodo de este túnel que perfora el monte silencio so, estarán ellos y... él. Me espera para continuar su burla. Quizá se murió. Pero heme aquí, ¡empujado por la fatalidad de los sucesos ineludibles!)
- ¡Hola muchachos!
(Debo fingir alegría por verlos otra vez... La amabilidad del patrón que retorna después de tres meses.)
-¿Qué tal? ¿Cómo va esto? ¿Contentos eh?
(Me tiemblan las rodillas. Recorro las caras disimuladamente. Están casi todos como si supieran que venía. ¡Una puñalada en el pecho! ¡Ahí está! ¡Canalla! ¿Qué haces aquí ladrón? Pero sin dueño. Te mato, te mato, sí, te mato, te estrangulo con las furias de mis manos. Tu cuello de toro es manteca entre mis dedos. Devuélveme, devuélveme el fluido que me robaste en aquella aciaga mañana.)
-¡Basta, patrón, basta!
(Resuello como un motor enronquecido en primera. Me han quitado de las manos el tronco que sacudía para desprender el fruto maduro. ¿Qué dice el idiota?)
-Perdone, patrón, disculpe. Lo que hice, lo hice por ignorante.
(¡Tú suplicando! ¡Tú, desgraciado, que me hiciste infeliz porque te creías más hombre que yo... ! Pero... ¿soy el más fuerte entonces?)
- ¡Váyase de aquí! ¡Fuera, fuera!
(Estoy creciendo... no sé, algo crece en mí. Soy un David triunfante ante Goliat... Sentirán ahora el furor de mis puños.)
-¿Hay alguien que quiera retobarse...?
(Silencio en las caras de esfinges. Soy un tigre en una manada de ovejas. Milagro que viene de los arcanos que gobiernan las acciones humanas. ¡Vuelvo a ser yo mismo! ¡Me he liberado, me he liberado...!)

(Noche acribillada por el chirriar de los grillos y por el desapacible croar de las ranas que festejan el aguacero de la tarde. A pesar del calor, me siento refrescado. La savia ha retornado a mis venas y siento brotar las yemas de la alegría. ¡Ah, mujercita mía, verás quién es tu marido! Y tú, la prima hipócrita de mi mujer, espérame. Cuando te bese, exprimiré tu boca hasta hacerte llorar de dolor y de placer... ¿Dónde estará, a estas horas, la hermana de ese boyero bizco?)
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De: Josefina Plá (Prólogo) y Francisco Pérez-Maricevich (Selección),
Crónicas del Paraguay (Buenos Aires: Jorge Alvarez Editor S. A., 1969)
 
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Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY TOMO II (M-Z)
Autora:
TERESA MÉNDEZ-FAITH ,
Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay 1999.
De la página 441 a la 847.
Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI
Enlace a:
NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY - TOMO I (A-L)
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