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JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO


  A LA SELVA - Relato de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO


A LA SELVA - Relato de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO

A LA SELVA (Del libro: FOLLAJE EN LOS OJOS)

Relato de JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO

 

Llegó Cristaldo ya con la noche cayéndose a sus espaldas. Su caballito hosco se revolvía sin cesar para librarse del bichaje. Era hombre fino, de agradable rostro, cuya barba crecida tomaba un color castaño sanguinolento por la untura de barro y polvo. Vestía altas botas, blusa; en el cinto llevaba las infaltables armas y en las manos un largo arreador.

Saludó con voz ronca, mirando a los recién llegados y se apeó, suspirando.

-¿Cómo estás, linda. Sin novedad?, -preguntó a la "machú", mientras ataba por las bridas el caballo.

-Estos que han llegado.

-¿Lo mandó el patrón, compañero? Avanzó hacia Eusebio.

-Para Ud. me dieron este papel.

-Muy bien... Ud viene para hachero. ¿Conoce el trabajo?

-No.

-Lo de menos. Vamos a mandarle con Felipe que es viejo obrajero. ¿Esta es su mujer? ¿Va con Ud? ¡Qué linda! -sonrió- ¡Cuidado con los arrieros!

-Ya le dije yo eso mismo, -terció la "machú"-, aquí hay demasiado hombres, sobran, algunas veces es como para volverse loca; no la dejan a una en paz, ni de día, ni de noche.

-¡Pero "machú"! -rió el habilitado, pasándose un brazo por los hombros-, ¡eso te pasa a vos porque sos graciosa y linda! Donde vayas, siempre te ocurrirá igual. Esta es nuestra mamá, amigo -agregó dirigiéndose a Eusebio. -Hay que estar bien con ella.

Poco después llegaron descargados los carros, entre agudos gritos de los "cuarteado res". Montando sobre una de las mulas correspondientes a cada tiro, venía uno de ellos para dirigirlas. ¡Recto trabajo para infelices niños! De la madrugada a la noche cabalgando, rigiendo el carro, gritando y azuzando bestias por sendas salvajes, entre tumbos y latigazos, comiendo apenas la ración de cebo y carne enlatada, tragando polvo, chupados por mil insectos, devorados por las bacterias. Cuántos han muerto pisoteados por las mulas, acaso una coz, una dentellada, el golpe del rollo en un tirón falso, ¡Dios nos guarde!, la caída fatal bajo la rueda implacable. Quienes salvan de este común destino, a los veinte años son viejos, con más dolor que experiencia.

Cuando se arrimaron al fogón, sus caras revocadas de polvo rojo, se marcaban con hilos de sudor que al gotear por la barbilla, parecían gotas de sangre. Gotas de sangre aguada como podría manar de sus cuerpecitos amarillentos, débiles, atrapados por la codicia, condenados a un destino atroz... Son hijos sin padres, concebidos por el infortunio y que no tienen en el mundo un regazo sobre el cual llorar un dolor acerbo. En el fondo de sus ojos serios pareciera existir eternamente un matiz de asombro, como si algo en lo profundo les preguntase, por qué no llegaban nunca la caricia, el mimo, el beso, el alegre retozar y el aturdido juego.

 

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Se acostaron con el último resquicio de luz bajo el amparo agobiante del mosquitero de lienzo, y poco después de media noche, ya se fatigaba el sueño. Muy luego los carreros se arrimaron al fogón para despertar mejor con el mate, y los "cuarteadores" fueron sacando las mulas enfrentadas en el palenque, para disponer los carros.

Eusebio también aprontó su breve equipo, al cual se añadía ahora un hacha, un machete y una lima. Se lo habían entregado la tarde anterior, advirtiéndole que su precio le sería cargado en cuenta. Debía partir con el convoy, bajar a la entrada de una trocha, y esperar allí al tal Felipe. Le informaron de que la provisión para la semana se encargaba los domingos, en cuya oportunidad debía venir al puesto o dar su pedido a alguno de los carreros de paso.

Treparon sobre el eje de una alzaprima y emprendieron viaje -hacia el destino final. Flotaba en el ambiente una niebla baja, en la que proliferaban hongos y miasmas, madre de una somnolencia vaga y de la imagen interior.

Carreros, "cuarteadores" y bestias, marchaban silenciosos por el camino conocido, sin una luz: sólo de tarde en tarde, una vocecilla infantil enroquecida alternaba con los ejes dolientes.

Aquí deben bajar... allí está el pique. -¿Dónde?

-Después de esa mata de "guayaybí".

** No vio, ni podía ver el árbol, mas bajó obediente, aturdido por ese mundo que no comprendía.

Con la linterna buscaron un sitio más limpio, allí tendieron un poncho y se dispusieron a esperar. Perdido el traqueteo de los carros, el silencio se fue poblando de murmullos y gritos desconocidos. Tuvieron más y más necesidad de luz, hasta que se les ocurrió, recurso antiguo, encender una pequeña hoguera.

Porque el fuego en la soledad es siempre un amparo; hay algo en la luz que acompaña de inmediato y pasa a reducir el círculo de la soledad. Ya no se es algo más en las sombras fantasmales, sino que la llama concentra la vida y los ojos quedan fijos en ella.

 

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Tumbado sobre una raíz saliente, observaba Eusebio la destreza de su compañera para avivar la llama, hacer hervir el agua y aderezar lo necesario para el mate. Este juego de sombras estremecidas, golpeadas, reducidas por el saltarino brillo, el súbito despertar y eclipsarse de colores, las gruesas ramas negras humedecidas y la niebla baja, le producían la sensación de encontrarse en medio de un sueño fantástico. "Me falta la relación", se dijo, "no he tenido tiempo de ver ni de pensar".

** "Pero no es un sueño ... ¿qué diría Margot si me viera aquí? ¿Qué diría... ? ¡vamos! Diría... ¡sacúdete el polvo, hombre, y abajo con la selva!". No podría decir otra cosa; era una mujer estimulante que miraba perforando lejanías y hablaba horadando el tiempo, como una sibila de su voluntad. Así había sido con él.

** En aquella época se había acostumbrado a que ella resolviese todas las cosas importantes de su vida; todo quedaba confiado a su buen sentido, no porque él lo hubiese consentido deliberadamente, sino que paso a paso, se había despojado de la facultad de decidir y se abandonaba blandamente a esta influencia, gustoso, inconsciente de haber derivado a la responsabilidad.

** Realmente, al principio fue un caso de sometimiento a la mayor rapidez de concepción; mientras él divagaba, encendiendo sus bríos tras quimeras, ella con su sentido práctico y un firme querer, ya había determinado algo, tanto que se encontraba al cabo sorprendido de arribar por tortuosas sendas a lo mismo que ella, ¡mas con cuanto atraso! Margot eligió la carrera que debía seguir. Había terminado el bachillerato y no sentía inclinación hacia clase alguna de estudios especiales. Primero, había postergado una y otra vez la resolución, discriminando razones, tentando de mala gana el bolsillo y mirando, torvo, el régimen de sacrificios que cualquier posibilidad le abría. Sus relaciones eran de un íntimo compañerismo que llamaba la atención de otros, pero a él le parecía completamente natural. Nada se habían dicho, ni sospechaba que hubiese necesidad de una definición. Juntos andaban, paseaban juntos; cuando había ocasión, bailaban y se había acostumbrado a no prescindir de ella para afrontar cualquiera de los pequeños problemas que le presentaba una juventud ni aturdida ni sentimental. "Vení vos y tu pareja", le decían, o "Ustedes", con lo que quedaba entendido que se trataba de ella y él.

** Hasta que un día una señorita ya bien dura de huesos, indiscretamente le había preguntado:

** -Festeja Ud. a esa chica, ¿verdad? -No -rió, mas quedó confuso.

** -Esa misma tarde, caminando hacia la Facultad, contó a Margot lo que le habían dicho. Ella se paró en la calle y lo miró, divertida.

** Y vos, ¿qué dijiste?

** -Le dije que no.

** -¿Es eso cierto?

** La miró, desconcertado, ¿dónde quería ir a parar?

** -Pues nunca hemos hablado.

** -Está bien. Cuando alguno me diga: "¿viste tal cinta?", yo le digo: "No". "¿No querés verla?". "Sí" y muy pavote será sino me invita... "¿No vas a bailar el sábado al Club?" "No, porque no tengo pareja". "¿Y Eusebio?" "Bah, con él no tengo nada'... en fin: lo que quiero decir, es que vos por tu parte y yo por la mía.

** Comprendió en el acto que era muy capaz de realizar lo que estaba diciendo y aún mucho más, ya que no le faltarían oportunidades, y que si le faltasen, con cuanta facilidad se las crearía. De la médula hacia la epidermis sintió un soplo helado. Nunca hubiese pensado que existiese evento tal y aún sin penetrar el alcance, los efectos que ello importaba, un impulso meramente instintivo lo llenó de pavor. Ella digna, fría.

** -¿Harías eso, Margot?

** -Claro, si nosotros no hemos hablado nada.

** -Pero no, no quise decir eso... ni sé qué quise decir, ni sé que haya entre nosotros; pero al pensar en lo que decís, me figuro que algo hay.

** -¿Qué hay?

** -¿Qué hay entre nosotros?... no sé, pero hay algo, ¡vaya si hay algo!... ¿qué hay algo entre nosotros?, caramba si hay cosas, ¡si hace años que andamos juntos!

** -¿Pero qué importa eso si, total, no hemos hablado?

** -Es verdad, no hemos hablado, pero lo otro también importa. No harás eso que dijiste, ¿verdad que no?

** -Había una rara ansiedad imperiosa en su voz y se inclinó hacia ella, como si quisiese traspasar físicamente su voluntad para obligarla a acceder.

** Ella, solemne e irónica.

** -Mi querido Eusebio, en realidad sos muy tonto, ¡Jesús!, qué tonto ... con toda la inteligencia que tenés. ¡No!, cállate y escúchame: si para mañana a esta misma hora no sabés decirme qué hay entre nosotros, cumplió lo que dije. Y ahora vamos, que se hace tarde.

** Fueron caminando callados hasta llegar al aula. Salieron de nuevo juntos, como todos los días; mas esta vez no se separaron en la esquina en que divergían sus caminos, porque Eusebio sintió la necesidad de estar próximo a ella en estos momentos de angustiosa duda, aun cuando fuese ella misma quien lo hubiese precipitado en la sima en que se debatía. ¡Triste hábito de acatamiento! Ella seguía caminando, segura, tarareando alguna tonadilla de moda, sonriendo elocuente al compañero.

** Pues éste chapoteaba en una ridícula discriminación de sus sentimientos. Como buen estudiante, conocía muchas definiciones y entre éstas, las del amor, con su pálido anhelo, su desazón, su deseo vehemente de estar con la amada, el pensar continuo en ella, el atribuirle todas las virtudes y la gran suma de las bellezas. Podría existir el amor sin las serenatas, sin los poemas, acaso los duelos, ¿o el pacto firmado con sangre? ¿Dónde estaba la primera cita, el disimulado contacto, la flor disecada, el beso robado, la mirada eterna que se siente una vez? ¿Cuándo para él fue triste la luna, confidencial una estrella, llena de remembranzas una canción? "Pero", concluyó al fin, "¿no será porque siempre la tuve conmigo? ¿No me causó instintivo pavor la sola idea de un alejamiento? ¡Claro, claro, hombre! ¡Verdaderamente sos un asno descomunal! Ah, encantadora Margot"; cuando él llegaba, hacía rato que ella descansaba, de vuelta. ¿Qué sería de él sin Margot?

** Paráronse un rato en la puerta, al llegar. El, con las manos puestas en los bolsillos, una desacostumbrada arrogancia en el porte y dichosa sonrisa en los labios.

** Ella subió la primera grada del portal antes de hablar:

** -Bueno, señor mío, espero que para mañana su poderosa cabeza habrá descubierto el enigma. Con que, ¡hasta mañana! Y se dispuso a entrar.

** -Un momento... no hace falta mañana... ahora mismo.

** -¿Ah sí, ahora mismo? -se volvió seria.

** -Margot, ahora mismo puedo decirte que te quiero, que entre nosotros hay un grande y puro amor. -Le tomó del brazo, sonriente, triunfante. Ella no dijo nada, mirábale atenta, sin demostrar en modo alguno que estuviese sorprendida. -Sí, que te quiero mucho, que soy un tonto de remate... y que mañana voy a decirle a ella que estaba loco, loco por vos.

** -En fin, completamente tonto no sos ... pero para que veas las cosas que tenés alrededor, no basta que estén saltando delante de tus ojos; es necesario además que las atropelles y que te des un porrazo. ¡Ah!, entonces, sí, tu cabeza empieza a funcionar aceleradamente y sos capaz de hacer un disparate porque te sentís sorprendido.

** -Tenés razón.

** -Claro que tengo razón, ¡Cómo si no te conociera! Siempre vivís y has vivido en la luna, ocupándote horas y horas en lo que no te importa directamente, y si yo no te tirara de un brazo, no sé a dónde irías a parar.

** -Tenés razón, no sé que hubiera sido de mí sin vos.

** -¡Pero eso no debe ser, hombre de Dios! Vos, vos mismo debes atender a las cosas que te importan. Dedicar parte de tu tiempo a enterarte de que la gente vive. Quisiera saber qué sería de vos sin tu famoso empleo. ¿Serías capaz solamente de buscarte otro?

** -Tenés razón.

** -¡No vuelvas a repetir que tengo razón! Lo que quiero es que toda hermosa inteligencia...

** -Muchas gracias.

** -Que esa hermosa inteligencia también se sirva para algo, ¿entendés? De qué vale que conozcas todo el Derecho Romano, español y universal, si no sos capaz de defender tú derecho, tu humilde derecho, tu humildísimo derecho a ocupar un lugarcito entre los demás?

** ¿Qué había contestado? De momento, sólo tonterías, balbucientes intentos de explicación. Más, una vez en casa, se puso a meditar y escribió una carta...

** "Tenés razón, no quiero justificarme, pero por ahora siento una cosa rara, un deseo muy grande de ver pasar las cosas y dejar correr la imaginación, libre de toda traba, libre de cualquier lógica, de toda razón. Por ejemplo... pienso que he salido de viaje... Que voy, que navego, que miro el mar grande y verde donde no hay otra cosa que inmensidad llena de caminos; que en la cubierta del barco hay mucha gente que habla, poesía al mar... No sé cual poesía podría ser, pero me viene a la boca el calor emocionado del verbo y hablo fuerte para escucharme, sin que nadie me escuche, salvo vos, que no habías venido conmigo al principio. Me digo entonces: "Pero tonto, si esto es fantasía; que esté aquí sin que me importe como ha venido" y allí estás: te veo a mi lado, clara, nítidamente y participamos juntos del momento emocionado".

** "Como todo ha sido muy bello, de pronto siento la necesidad de apuntalarlo con algunos antecedentes. Vuelvo rápido al punto de partida. Entonces por una razón cualquiera salimos juntos de viaje, bajamos el río; ya llegamos; allí está el buque de altura que aguarda. juntos miramos el mar, digo los versos, revivo el momento y siento en mis brazos alborozados, en la cara, la embestida del viento que ahoga la palabra, pero que la siento fluir poderosa desde el pecho, vibrar en la garganta, llenarme la boca y retumbar en los oídos".

** "Otras veces me hundo en el agua, bajo todo cuanto quiero, sin esfuerzo la siento comprimirme y resbalar sobre el cuerpo, pasarme por los ojos abiertos, la blanda, clara y fría resistencia del agua. Me vuelvo sobre mí mismo, me impulso hacia un costado u otro, subo, asciendo tengo la dimensión de lo alto, suavemente, con la velocidad perezosa d, las garzas, y el batir pausado de sus remos blancos".

** "En esos momentos no quiero nada, solamente sentir cómo el cuerpo es liviano y blando, como flota y se mueve, como vive y no piensa, como siente y no quiere. La plácida felicidad de un alga".

** "Pero la felicidad se corrompe por tedio, no por el mal y al cabo mi vida de alga busca otra forma. Siento entonces la necesidad de ti, y estás conmigo, así como lo quiero. No me acuerdo haber terminado una aventura imaginativa, sin tenerte a mi lado. Por mucho que corra, termino siempre dónde estás vos".

** -Eusebio... Eusebio, aquí está el mate.

** La voz de Clara lo trajo nuevamente a la selva. Sin embargo, no quería dejar su lejano abandono. Se sirvió del mate absorbiendo poco a poco para darse tiempo de retomar el hilo de los recuerdos.

** Al día siguiente se encontraron. ¿Qué había contestado Margot? Nada. No podía replicar porque ella también amaba los sueños, aun cuando su fantasía tuviese un propósito. Sus ojos tenían las sombras di la meditación profunda y se manifestaban en su actitud los rastros di la lucha entre una incógnita y el vehemente deseo de olvidarla. Extendió los brazos descubiertos, se apoderó de su cabeza y la ampare sobre sus senos. ¿Fue entonces cuando sintió que el fuego blanco de un, elevada estrella se encendió en su corazón?

-¡Eusebio!, ¡se enfría el mate!, -notificó Clarita.

¡Rediós! Y dale con el mate, ¿por qué no lo dejaría tranquilo? Se avergonzó de este impulso que había durado apenas un instante Empezó a conversar; no era posible estar tan lejos, siendo así que la vid, del bosque le exigía una atención y lucha permanente, en la cual su; instrumentos sería un hacha, un machete y una lima. “Eso pensaría, Margot”, se dijo. Le remordió la infidelidad de pensar con tanta intensidad en otra mujer, allí frente a Clara; le resultó inmoral, odioso Y aunque sintiera el escozor del hecho reprobable, reconoció que muy pocas veces la emoción de un instante había podido hacer fiel su pensamiento a un impulso.

 

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Más tarde, pero mucho antes de la aurora, apareció el habilitado, montado en su caballito hosco.

-¿Está bueno el mate?, -preguntó a modo de saludo.

-¿No quiere servirme uno?

-Sí... venga. Voy a buscar a Felipe, y en seguida estoy de vuelta. Es hombre guapo; pronto se podrán entender.

-Mejor así.

-Claro, Ud. ya sabe: aquí, todo el mundo gana según su trabajo. Madera hay, es cuestión de tumbarla. Bueno, me voy, que hoy será un día bravo, según parece.

Se fue y entraba la punta del alba cuando vino de vuelta. Detrás suyo, un hombre moreno obscuro, grande, fuerte, de cara cuadrada y labios finos, de movimientos pausados y seguros, venía caminando con las pilchas a la espalda. Parecía una sombra más en la noche, que avanzaba grave, inexpresiva. Los ojitos casi cerrados no daban brillo y al hablar, con voz profunda, los labios apenas se movían.

-Eusebio: aquí está su compañero. El ya conoce el lote, así es que les será fácil empezar. Bueno... los dejo. -Y se fue.

Arriba había claridad, pero las bóvedas de espesura aún guardaban celosamente la noche. Siguieron tomando mate, esperando más luz, los tres sin habla. Después, Eusebio creyó necesario dar algunas explicaciones a su nuevo compañero.

-Vea, amigo, yo no conozco este trabajo, Ud. me tiene que enseñar.

-Sí, ya me avisó don Isidoro.

-Eso le va a perjudicar al principio.

-Sí, pero en seguida vamos a ver si va a servir, si aguanta.

-¿Si aguanto qué?

-¿Y... si aguanta?. ¿Es la primera vez que Ud. trabaja en el monte?

-Sí.

-Bueno, hay que saber andar aquí para ver si se aguanta. Después el trabajo ya es más fácil.

Quedaron nuevamente silenciosos. Persistía aún la niebla baja y el fuerte olor a humedad. Los pájaros saludaban al nuevo día y pasaban bandadas de loros que iban a sus comederos. Los tucanes se posaban en las ramas altas y los carpinteros hacían resonar el pico horadador; algunas urracas se espantaban por los movimientos del despertar y sus ásperos graznidos eran casi permanentes. Nuevas especies de mosquitos se sucedían: algunos eran pesados, grandes, zanquilargos y voraces; otros eran mansos, torpes y desmañados; pero todos eran hambrientos.

-Ya podemos ir, -dijo Felipe-. De aquí a unos trescientos metros hay un arroyito que no se suele secar. Por allí cerca podemos establecer nuestro puesto.

Cargaron equipos y se internaron en la selva. Sólo gajos cortados aquí y allá y la maleza baja aplastada, indicaban el camino. ¡Pero qué difícil resultaba caminar! Se tenía que agachar e introducir, en verdaderos orificios del follaje ¡y cuidado con errar! Ramas y enredaderas entretejidas obligaban indeclinablemente a volver. A veces ni eso: se sentía atrapado en una trampa muelle y erizada que al rechazarlo aquí, tirábale con mil garfios dañinos por todas partes. Quería zafarse con prisa impaciente, mas no en vano las mañas se aprenden a golpes. El suelo con mil arbustos, raíces y troncos tumbados, pedía mucho tiento y gimnásticos pasos. Debía escurrirse, enhebrarse en agujeros hostiles, en marañas inhóspitas, donde mora el acecho ahíto de sangre de presas, donde a todas horas, por la noche y el día, hambrienta, aguarda la muerte o estalla el salvaje amor de las fieras. Ya el pie ha hundido en el cuenco de la raíz putrefacta que gusta la sierpe para el sueño de ranas y ratas. Salta el terror del veneno y el cuerpo siente el desgarro de la rama espinosa que marca el surco purpúreo.

La humedad del sudor y el ambiente se pegan, coloreados de sangre y de tierra; los insectos devoran y todo el bosque agobiante se vuelve enemigo. Felipe se había detenido a mirar, cuando llegó a su vera.

-Allá, -dijo mostrando una copa y se puso a picar la senda para ir hasta ella.

Cuando llegó a la mata del árbol, se vio que debajo las densas sombras no dejaban vivir otras especies vegetales.

-Aquí, -de nuevo resolvió sin consulta; bajó su equipo y se puso a limpiar un claro en medio de la maraña.

Buscó a Clara; la vio llegar sofocada y espió en su rostro alguna leve señal de protesta para resolver contra ella el despecho de su incapacidad. Mas en vano, porque ella hasta le regaló una sonrisa al tenderle la cantimplora de agua.

Felipe cortó unos varales y asentó los horcones del rancho; Clara encendió una llama y él, desatinado, inexperto, corría a una y otra parte, con la voluntad avergonzada, sin saber qué hacer.

 

 

Fuente: 25 NOMBRES CAPITALES DE LA LITERATURA PARAGUAYA

Compilación y selección: SUSY DELGADO

Editorial Servilibro,

Asunción-Paraguay, 2005 (389 páginas)

 

 

 

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