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JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO


  YVYPÓRA - EL FANTASMA DE LA TIERRA - Novela de JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO


YVYPÓRA - EL FANTASMA DE LA TIERRA - Novela de JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO

YVYPÓRA - EL FANTASMA DE LA TIERRA


Novela: JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO


Santiago Rueda – Editor,


Ilustró la tapa: Eduardo Federico Appleyard


Buenos Aires-Argentino 1970


Versión digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES



 

Una vital y poderosa savia paraguaya y americana nutre las páginas de YVYPÓRA, la novela de Juan Bautista Rivarola Matto, joven escritor que aparece en nuestro panorama literario con un libro de total madurez, cuya concepción y forma original no excluyen una naturalidad que igualmente se advierte en su idioma popular, fluido - y rico. YVYPÓRA es una expresión del idioma guaraní formada por dos palabras, Yvy: tierra, y Póra: fantasma.
 
Sugiere la idea de hombre y de fantasma de la tierra y a la vez alude al campesino sin tierra. A través de esta densa e imaginativa, novela en torno a una familia, Rivarola Matto nos expone buena parte de los problemas humanos del Paraguay, que sigue soportando el recuerdo de la guerra de hace un siglo, complicado con otras frustraciones de nuestro tiempo.
 
Lo social se presenta aquí a través de lo individual, pero es todo un pueblo el que vemos vivir en la realidad de su duro existir y sus estériles contradicciones, en las que se mezclan el presente y el peso de su historia, a través de todo lo cual, creencias ancestrales y esperanzas nuevas, borran sus límites v se confunden en informe búsqueda de futuro. YVYPÓRA, el fantasma de la tierra, incorpora a su autor a la primera línea de la narrativa paraguaya de hoy, pero su novela excede todo localismo en la indudable fuerza de su raíz y de su proyección continental.
 
BERNARDO VERBITSKY
 
 
 
 

Enlace con el ÍNDICE de  YVYPORÁ en BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

Prólogo / Introducción

Primera parte - Pies Dobles

- I - / - II - / - III - / - IV - / - V - / - VI - / - VII -

Segunda parte - La muy noble y muy ilustre

- I - / - II - / - III - / - IV - / - V - - VI -

Tercera parte - El maestro

- I - / - II - / - III - / - IV - / - V - / - VI - / - VII - / - VIII -

Cuarta parte - La paliza

- I - / - II - / - III - / - IV - / - V - / - VI - / - VII -

Quinta parte - La guitarra

- I - - II - / - III - / - IV - / - V - / - VI - / - VII -

Epílogo  / Vocabulario.




Yvypóra (1)  :

es el fantasma de la tierra o la mano del mundo.

Nombra al campesino sin tierra.

Es también la designación genérica del hombre.

 

 

PRÓLOGO

     Don Rosendo había vivido tanto que algunas veces se le enredaba el tiempo. Le pasaba al despertar, o dormitando en su sillón, bajo el alero de la Casa Grande que de por sí estaba llena de gente que sólo podía hablar y moverse en los recuerdos. Es común desatinarse en tales casos, pero, por miedo a la chochera, solía fingirse dormido hasta comprobar que lo que tenía delante no era una sombra:

     -Papá...

     Lucía no podía ser, ya estaba vieja, la pobre. Seguramente andaría trajinando en la cocina, bordando en el comedor o rezándole a la virgen por los hijos ausentes. Ésta ¿quién sería entonces? Caracoles, no se acordaba. Aunque sí reconocía esos pies flexibles como el lomo de un gato y esos tobillos levemente arqueados que daban al andar el vaivén de la danza. Y esa carne dura, morena, larga, que sabía deshacerse entre sus manos, como la chirimoya. Y esa boca jugosa, con regusto de menta, que se paladeaba a la distancia lamiéndose los labios como si se llevara el dulzor en el ánima.

     -Papá, te traigo tu remedio...

     Pero claro. Era nomás María Rosa, la hija de la vejez que cabalgara algunos años sobre sus rodillas hasta que un día, en la fiesta del Santo, cuando se acercó a curiosear y a repartir aloja, los mozos se arremolinaron sedientos de cañaverales y los muchachones de la peonada, arrinconados, ausentes, se azotaron las polainas sofrenando el impulso del galope.

     -¡Jho, mi hija morena! -exclamó don Rosendo, volviendo a la juventud; envidiando en un acceso de celos seniles y temerosos al hombre que habría de morder aquel fruto de su árbol.

     Pero... ¿cómo podía estar ella aquí? Volvió a cerrar los ojos, alarmado.

     -No ven que está durmiendo -decía una voz enérgica, extrañamente cálida-. Déjenlo descansar, no ha pegado los ojos en toda la noche.

     De ése sí que se acordaba. Era Daniel. Don Rosendo, agradecido, dejó que el sueño otra vez lo dominara. Oía algo así como susurros de velorio. Qué notable: a tantos enterró que, por lo visto, el ruido se le había grabado en la cabeza.

     María Rosa creció al viento y al sol. La tierra trasvasó a sus venas la vitalidad ardiente de los troncos quemados. Se acariciaba los senos asombrada de su cálido bullir, de su sopor hormigueante; de aquel aroma de siesta y bosque que escapaba de los poros abiertos, clamantes por la semilla. Le gustaba el campo. Ociosidad amodorrada, sedienta. Murmurar misterioso, inacabable, de los elementos en gestación y muerte que la hacían percibir, confundirse, con las voces ocultas de la carne. La sacaron de La Providencia y la devolvieron a su reino de frondas. Así vivió unos años, siempre esperando ¿qué? No lo sabía, pero gozosa enarcaba los brazos cuando arreciaba el viento. Esperaba quizá que le trajera el soplo fecundante de los montes o, simplemente, le agradaba sentir la caricia del ímpetu.

     Una tarde llegó tropa forastera:

     «¡Tropa, tropa, tropa'aaa!», volaba la canción de los hombres sobre el aluvión del ganado. Entre tiros de arreadores, carajadas, brutas arremetidas, bárbaras frenadas espumantes arando la tierra roja, entró la novillada a los corrales con las guampas alzadas como sables en furioso entrevero. Bajaron hombres duros, con sudores de macho y de caballo, oliendo a pasto, a bosta, a cuero sin curtir.

     -Qué tal, mi patrón, ¿no se acuerda de mí? Francisco Cárdenas, a su orden. Llevo la tropa al brete de Tayhy-caré (2)

     -Así que eres el mentado Panchito -exclamó don Rosendo, abrazando al arribeño-. Estás hecho un hombrazo. ¿Cómo anda el gotoso de tu padre?

     Francisco se echó a reír:

     -Siempre con sus filosofías, combatiendo el uti possidetis mientras los bolivianos siguen avanzando fortines. Entré a ocuparme de la estancia antes que los administradores acabaran de fundirnos.

     -Bravo, hijo. Pero llega, llega nomás, estás en tu casa -y volviéndose al mujerío que espiaba alborotado, gritó abarcando con el ademán a los troperos-. ¡A ver las mujeres!, que camine el tereré para que se refresquen estos mozos... No sea que esta noche vaya a salirles un grano...

     Tronaron las carcajadas:

     -¡Joke, eso está con nosotros!

     -¡Jho, don Rosendo Domínguez, hijo del diablo!

     María Rosa huyó a su cuarto. Se revolcó como una gata en la frescura de la colcha. Se miró tristemente los pies, las uñas romas. Avergonzada, los ocultó bajo las faldas sentándose a la turca. Vio en el espejo su imagen picaresca. Se calzó unas sandalias y salió a espiar al legendario Pancho Cárdenas. No lo encontró por ningún lado. Saltando como un potrillo avanzó a lo largo del corredor del fondo. Cayó sentada al encontrase con Francisco, que reía. Y allí quedó, desamparada, tapándose la boca, mirando con ojos espantados, mudos y suplicantes de venado herido. Sin dejar de reír, él la ayudó a levantarse. María Rosa juzgó la endeblez de su personita en la firme presión de aquellas manos curtidas.

     -¡Oh, me caí! -dijo, sintiéndose pichoncito que descubre que las garras que lo aprisionan dan calor y no hacen daño. Pero, cuando sus ojos se toparon con los severos y angustiados de don Rosendo, ahogó el grito y huyó.

     Los hombres rieron a carcajadas. La risa persiguió a la niña hasta su cuarto. Se echó llorando en la cama. Pero, cuando el espejo le devolvió su imagen, se adivinó encantadora y se besó las manos, impetuosa.

     -Qué chiquilina más agraciada -comentaba Francisco.

     -Es mi hija -explicó don Rosendo, afligido-, pavota todavía, la pobre -y apresurándose a retomar la conversación interrumpida, exclamó-. La guerra estallará. Daniel se equivoca al desearla, no sabe lo que dice. Sobre este desdichado país pesa una maldición.

     -Un encanto...

     -¿Qué dices?

     Francisco se rió:

     -Nada, patrón -le dijo, confianzudo, poniéndole una mano en el hombro y mirándolo a los ojos como azorado-. Pensaba nomás que quedan todavía en el Paraguay algunas cosas por las que vale la pena morir.

     Después de cenar salieron a tomar fresco frente a la casa. Los troperos, cantaban en la plazoleta del pozo.

     -Cantan muy bien mis muchachos -comentaba Francisco- y al verlos ¡quién diría!

     -¿Y usted? Dicen que es cantor sin segundo -le dijo doña Lucía Insaurralde, que sabía cuántas vacas tenían los Cárdenas- Por qué no nos canta un cantito. No deje todo a las mozas, que también las viejas nos pican los talones.

     Francisco, maliciando la intención, pescó la pulla:

     -¡Jho, ña Lucía! ¿Usted qué sabe? ¡Zonceras, que por mí se dicen, la señora!

     -Sí, pues... habladuría de balde, seguramente -dijo, tirándose el rebozo con coquetería y riendo con esa jovialidad inteligente de las viejas paraguayas.

     -Puras macanas, la señora -protestó Francisco, riendo a carcajadas. Pero enseguida, poniéndose tristón, se lamentó quejumbroso, paladeando las palabras-. El que se pasa la vida a caballo deja cuentos en el camino. Y si no deja cuentos ¿qué va a dejar? Todo concluye el tiempo pero los cuentos quedan. Se agrandan, se achican, pero se quedan. Fíjese en lo que hay en nuestro país, ¿algún rastro, una piedra que recuerde el paso de los hombres por sus siglos de historia? Nada. Sólo cuentos. Es notable, no hay un pique sin su pora. Hoy nomás, al entrar al cañadón, los peones saludaban al lapacho de la punta del monte. Éste es un país de cuentos, la señora, el consuelo del hombre desposeído son los recuerdos.

     -Y la esperanza -terció don Rosendo, como despertando del éxtasis de la música.

     -¿Usted lo dice, patrón? -exclamó Francisco, volviéndose-. ¡La esperanza! La mandioca del cuento, atada a un palo para que el burro volee el trapiche. El presente es la vida, don Rosendo, y el futuro la muerte, el broche trágico de la comedia humana, el justo precio a tanta jodienda.

     El viejo sonrió. Seguía creyendo en la esperanza.

     Cárdenas se rió entre dientes:

     -No me interprete mal, don Rosendo -le dijo, conciliador-. Me limito a aceptar la realidad, no se crea que me gusta.

     -La potencia del hombre está en negarla, hijo.

     Francisco se indignó:

     -Macanudo, patrón, y a atropellar molinos.

     El tema le interesaba pero se le antojó que no valía la pena. No estaba de humor para filosofías. Era más divertido seguirle el tren a la vieja. Aprovechó la pausa para volverse a ella y decirle, confidencial:

     -En otro tiempo quise hacer cuentos en el papel como todo paraguayo con primer grado superior. Fallé, como los demás. No nací para escribir cuentos sino para vivirlos.

     -Daniel dice de usted que tiene mucho talento -intervino María Rosa, como asustada de hablar.

     Francisco hizo un gesto de auténtica sorpresa:

     -¿Daniel ha dicho eso? Francamente, me halaga; aunque el elogio provenga de mi futuro cuñado. Daniel es un gran hombre, llegará a presidente. Su defecto es sentirse responsable de todo como si fuera de esa especie de santos cargosos a los que llaman profetas, o un agente del destino que pretende usarnos como simples instrumentos de altos fines imponderables. Y esto, señorita, es demasiado para hombres comunes y corrientes como yo. La vida es un jarro de remedio que ha de beberse hasta el fondo. No entiendo por qué uno ha de tragarlo para aliviar a los vecinos.

     -Son caprichos de mozo, Panchito -interrumpió doña Lucía-. Ya sentarán cabeza cuando se casen... si la sientan... -remató riendo, y agregó en guaraní, con los índices en la frente a guisa de cuernos-. ¡Por ahí nomás hay un viejo que así me ha puesto hasta quedar bichoco!

     Rieron mirando a don Rosendo quien, para complacerlos, ponía cara de santo. En la carcajada de Francisco había algo de ausente, como si se riera pensando en otra cosa o escuchando su risa: «En todo calavera hay un monje frustrado, un contemplador», pensaba don Rosendo, observándolo.

     -¡Eh, Polí! -gritó de pronto, enardecido, poniéndose de pie, transfigurado-. Préstame tu guitarra y que Sapó traiga el acompañamiento.

     -¡Listo, mi patrón! -replicó alegre Policarpo desde la blanca plazoleta.

     Francisco volvió a sentarse y se puso a templar mientras decía con voz grave, pillamente burlona, acompañada de un punteo regalón:

     -¡Jha, Paraguay! Así nomás es la vida, ña Lucía, la vida del tropero. Se va y se viene, se viene y se va -hizo la prima y remató en guaraní-. Yendo y viniendo, yendo y viniendo, se pasa y pasa la vida. ¿No es así, Sapó Mesa?

     -¡Cierto, mi patrón! -replicó el acompañante, con los ojos saltones relamidos de entusiasmo(3).

     Francisco vio tan solo al pobre viejo que le tuvo lástima. Le haría sentir que existía:

     -Ésa fue su deligencia, don Rosendo. Usted lo sabe muy bien.

     Don Rosendo miró a su hija y suspiró, sin responder. Estaba como encandilada, estremecida de piedad. Francisco advirtió el gesto del anciano.

     -Soy abogado -continuó, dirigiéndose a doña Lucía-, podría quedarme en la Asunción, tener mi estudio... En fin, quizás lo haga alguna vez si encuentro lo que busco o deja de darme el cuero para tanto trajín. Por ahora, me gusta esta vida.

     El cimbrar del cordaje parecía posesionarse de él, dando a sus ojos un brillo casi siniestro de enajenación diabólica:

     -Daniel dice que la guerra estallará, que será sangrienta, pero que devolverá a nuestro pueblo la fe que necesita para realizar su destino. Esto, claro está, si no vuelven a molernos a patadas -se rió de su gracia y continuó-. Los intelectuales dicen las cosas más tremendas como si solamente tuvieran que reventar las letras... ¡La guerra!... La espero con impaciencia por muy otros motivos. Igual tenemos que morir y en la guerra se sabe el enemigo. Aquí uno no sabe dónde apuntar. Yo no hago caso. Voy y vengo, vengo y voy.

     Y hablaba la guitarra.

     -Voy y vengo. Tal vez no vuelva jamás. Quién sabe. Quién sabe nada. El hombre sigue su estrella hasta que Dios le hace el milagro y encuentra un lugar donde vivir con su mujer y sus hijos. Algún día hay que parar, sobre la tierra o debajo, ¿no es así, Sapó Mesa?

     -¡Cierto, mi patrón!

     Francisco soltó seca carcajada, y poniéndose de pie, apoyó una de sus botas en la silla. Se encrespó la guitarra como dique desbordado. En armonioso contraste retozaba la ironía del rasgueo acompañador.

     Cerró la noche. La luna se ocultó tras de los montes. Una sombra pasó. Un gemido, un lamento, y una sombra que vuelve. Un tropel que galopa en la madrugada. Gusto a menta en la boca, miel de savia: «En esta tierra el hombre lanza su semilla al viento y la tierra fecunda la recoge y la guarda».

     María Rosa guardó el germen perdido y brotó una pequeña planta, anónima.



INTRODUCCIÓN

 

     -¿La ves? -preguntó el viejo.

     -No, no la veo.

     -Allá está, nos mira. Vamos a felicitarla.

     La mocha-jú se irguió presta al ataque, pero, al reconocerlos, bajó la cabeza y esperó, entre desconfiada y satisfecha. Don Rosendo desmontó pesadamente. La mocha amagó la embestida.

     -¡Mocha, ten, ten!

     La mocha, con la lengua afuera, bajó el romo testuz agobiada por la lucha interior entre la ley del monte y su prestigio de gran dama. Don Rosendo alzó al ternerito. Tímido, rosado, vacilante, sacudido por azogadas convulsiones de frío. Miguelí acarició la suave piel del animalito. La mocha mugió afligida y se acercó a lamerlo.

     -¡Mocha, mocha! ¡Jho, mocha-jú! -decía Miguelí sacando pecho, alzando altiva su cara de cera enmarcada en sombrero de paja con barbijo de tiento, sonriendo con esa mezcla de familiaridad y de ironía con que el resero habla a los animales. Don Rosendo mostraba su dentadura roma y amarillenta entre los gruesos labios, erizando su ralo bigotazo gris. Los ojos arrugados daban a su fisonomía aindiada una ternura infantil y enérgica. Don Rosendo experimentaba emociones de abuelo ante su buena vaca, la única sobreviviente del lote de aberdeen-angus traído del extranjero.

     -¡Qué linda ternerita! -ponderó Miguelí.

     -¿Te gusta? Te la regalo. ¿Cómo la llamarás?

     -Estrella, ¿ves la estrellita? Estrella Domínguez, eso es.

     Parpadeó don Rosendo. En los ojos del niño ardía una llama confiada, rotunda: «Francisco Cárdenas, a su orden. Llevo la tropa al brete de Tayhy-caré». Volvió la cara y dijo, suspirando:

     -Lindo nombre. ¡Estrella Domínguez!

     No escapó del niño aquel suspiro, vio la herida abierta que sangraba.

     -Cuando salga el sol ya estará fuerte para llevarla a nuestro potrero -decía don Rosendo, con la voz algo tomada, subiendo a su caballo-. La pobre mocha no sabe que ya no está en su querencia.

     Miguelí no contestó. Se le antojaba que le dirigían algún reproche. Dejó pues que su yegüita guacha se retrasara con su tranco remolón hasta que al viejo se le pasara la chochera.

     Don Rosendo no doblaba el lomo a sus noventa años. Su arrugada y poderosa alzada de hidalgo criollo le daba esa prestancia triste y sobria de quijotazo patriarcal, de paraguayo viejo. Relucían los pastos mojados de rocío y el urutaú espaciaba su llanto desde la rama más alta de algún quebracho muerto. El monte hacía un arco penetrando en punta por el llano. En el vértice se alzaba un poderoso lapacho. Don Rosendo se detuvo a contemplarlo.

     -Cada día está más alto -dijo, cuando Miguelí lo hubo alcanzado-. ¿Hasta dónde llegará si es que sigue subiendo?

     El chico se dio cuenta de que don Rosendo buscaba hacer las paces.

     -No hay nada más alto que el Tayhy -declaró-. Ni siquiera las casas de Asunción.

     -Sí, es un árbol para viga de templo. Sin embargo, te equivocas. Hay muchas cosas más altas que el Tayhy. Por mucho que se suba, siempre hay algo más arriba.

     Miguelí quedó pensando. El árbol no podía hablar y él quería defenderlo. ¿Qué más alto que el Tayhy? ¿Cuánto más alto? ¿Un jeme, una cuarta, cuarta con apoyo? ¿Y quién más alto? Tal vez un eucalipto, pero el Tayhy era su padre. Sí, en verdad, un eucalipto flojo podría subir más arriba que el lapacho de la punta del monte, pero detrás de una lomada o cubriéndose con otros. Nunca en el descampado, dando pecho al nordeste, parando con la zurda a la sudestada. Si hasta al rayo, cuando se le liaba como un diablo rabioso, lo sepultaba en la tierra aunque sangraran en el tronco heridas negras.

     -¡Al Tayhy nadie lo tumba! -dijo, entonces.

     -Es fuerte, sí. Pero vuelves a errar. También al Tayhy pueden tumbarlo. No hay nada que no se tumbe: «estrella yepé joá» (4), como dice nuestra gente, aunque lo que ven caer no son estrellas sino aerolitos.

     -Eso ya sé -declaró Miguelí-, pero se dice que el que jashea por él se queda empayenado.

     -Se «hachea» no se «jashea», y menos «por él». Eso es guaraní, aunque creas estar hablando en castellano. En cuanto a «empayenado», es un híbrido espantoso que habrás oído a algún correntino. Aprende a hablar con propiedad ambos idiomas y a usarlos en su lugar, como cuadra a un señor... ¿qué me decías?

     Miguelí titubeó. No sabía cómo expresar en español lo que quería decir. Por fin, decidiéndose, replicó arrastrando las agudas para remarcar el son de talla, como hacían los peones:

     -Aipó ndayé i'payé ja upé tayhy (5).

     Don Rosendo se rió:

     -Bien, pero no es verdad. Lo que ocurre es que la gente quiere al árbol. Es fuerte. Florece rosado en primavera anunciando la época de la siembra. Es la primera sombra viniendo desde el norte por leguas de cañadón. Está a un paso de la fuente, para llenar la cantimplora. Se lo divisa desde lejos, con su promesa de frescura, como nube de ocaso sobre el verdor negruzco que parece seguirlo. Un indio viejo me contó en mi juventud que allí solían reunirse en consejo los ancianos de una confederación de tribus guaraníes. Era parte de un bosque hasta quedarse solo. Fue tal vez entonces cuando esta gente, que ni siquiera es dueña de la sombra, le inventó una historia para defenderlo de la codicia desbastadora de los hombres. Mucha plata me ofrecieron por el rollo, pero aquí se ha de quedar mientras yo viva, si Dios es servido. Daniel quiso hacerlo cortar en mi ausencia para pagar un documento. No lo dejaron. Todo el pueblo se alzó en defensa del árbol.

     -Me recuerdo -exclamó Miguelí, entusiasmado-. Nadie lo quiso voltear. Entonces Daniel, tomando el hacha, dijo: «Si ninguno se anima, yo lo corto. Es necesario». Todos lo seguimos, hasta el locro se quemó. Ña Francisca lloraba. Serafín Cañete, sentado en el suelo, tocaba la guitarra diciendo querer morir aplastado por las flores, como envuelto en un poncho colorado. Se reían de él y algunos hasta paraban para adónde iba a saltar cuando el árbol se cayera. Pero, cuando Daniel levantó el hacha, Basilio le sujetó la mano, diciendo: «¡Añí na, mi capitán!» (6). Daniel lo quedó mirando, y cuando ya todos creíamos que iba a romperle la cabeza, se subió a su caballo y se fue para la villa, a casa de Esperanza Almirón.

     Al oír ese nombre, don Rosendo frunció el ceño y miró para otro lado.

     -Volvió como a los ocho días, oliendo a caña -continuaba Miguelí-. Se encerró con sus libros. Ofelia, que lo anduvo espiando, contó que hablaba solo. Dice que le han hecho un daño y le pone ruda en el mate. Lo tiene enfermo una desgracia que le va subiendo, como espina de coco hacia el corazón... A lo mejor se cura en Buenos Aires...

     -No me gusta que andes con chismes, ¿oyes? Deja eso a las mujeres. Y, sobre todo, no creas lo que te digan. «Cuña» es «cû-añá», lengua mala, lengua del diablo. «Cuimbaé», el varón, es el dueño de su lengua, ¿has entendido?

     -Sí, papá.

     Siguieron andando. Miguelí iba preocupado:

     -No será pa que le pasó como a Chirí-corô.

     -¿A quién?

     -A Daniel.

     Don Rosendo resopló como aliviado:

     -¡Cipriano Coronel! -exclamó-. Cómo persiste esa historia. Y es una buena historia.

     -Contámela.

     -Para qué, si ya la conoces.

     -Me gusta oírla.

     -Es una respuesta -asintió-. Pues bien: sería allá por el doce, cuando yo andaba corriendo detrás de Albino Jara, que un tal Chirí-corô, hachero infatigable que no trabajaba solo, es decir, que lo hacía secundado por el diablo, aceptó echar el lapacho por una gruesa suma ofertada por un gringo. Nunca me pudieron decir cuál era el gringo que hubiera por aquí en aquel entonces que pudiera interesarse por el rollo. Pero, como la gente insiste, he llegado a persuadirme de que el gringo, como el diablo, conviene a la historia.

     El viejo se detuvo, pensativo.

     -¿Y después?

     -¡Ah sí! Como te iba diciendo, fue tarea inacabable. Cuando el hachero se detenía a tomar resuello, o a escupirse las manos, el lapacho restañaba sus heridas lenta y resueltamente. Empecinado, poseído de loca furia, golpeó días y noches sin hacer caso a los signos y visiones aterradoras que trataban de ahuyentarlo. A veces llegaba hasta el corazón de la madera, pero entonces el suyo flaqueaba y tenía que detenerse para después recomenzar su inútil carrera con la vida. Sus parientes tuvieron que sacarlo a la fuerza. Poco vivió el desdichado, presa de horrendas pesadillas, provocando sapos y lagartos por la boca descompuesta. El cura, que trató de salvarlo, daba fe de que el agua bendita, al tocarle la piel, se convertía en aceite... Hay quienes afirman haber visto al ánima de Chirí-corô persistiendo en su tarea en las noches de luna...

     -¿Es cierto eso?

     -No, no es verdad.

     -Cuando lo cuentas parece de veras.

     -Porque los cuentos hay que contarlos como si fueran ciertos. La buena gente rústica no distingue muy bien entre la realidad y la fantasía. Por eso cree en los casos que ella misma inventa y produce tan notables narradores.

     -Y vos ¿nunca viste al ánima de Chirí-corô?

     El viejo levantó la cabeza con sobresalto. Pasaban junto al árbol que, agarrado a la tierra con su pata de loro, alzaba el tronco recto hasta esconder la noche en su ramaje poderoso. El caballo apuró el paso con las orejas tiesas. Miguelí chicoteó a la yegüita. Un crujir de mástiles rechinó a sus espaldas dándole escalofríos.

     -Cuántas veces he de repetirte que no digas «vos» sino «tú» -corrigió tardíamente don Rosendo-. Resta energía y dignidad al lenguaje.

     Anduvieron un trecho, hasta que, seguro de que el árbol ya no oía, insistió Miguelí.

     -Para serte franco -repuso don Rosendo, tras de alguna vacilación-, también a mí me pareció ver al fantasma de Cipriano Coronel. Claro que no era el fantasma, porque los fantasmas no existen.

     -¿Cómo lo sabes?

     Don Rosendo frenó su montado.

     -Porque he estudiado, pensado y vivido muchísimo más que tú.

     Pero Miguelí era temible preguntón:

     -¿Qué son entonces los fantasmas?

     -Según Daniel, que ha acabado ocupándose de estas zonceras, los fantasmas, o más concretamente, las poras, son ideas sin brazos que mendigan una mano que las realice. Lo deduce de una supuesta etimología y del hecho actual de que al ver aparecidos la gente les pregunta «cuál es tu necesidad». En mi opinión, todo esto tiene escasa importancia y fundamento. Lo único cierto es que las poras son antojos que, algunas veces, claro está, expresan preocupaciones colectivas. Se dice, por ejemplo, que cuando en las noches de tormenta se escuchan fragores de batalla, son los soldados de la Guerra Grande que apelan a los vivos para que reconstruyan la grandeza de la Patria.

     -¿Tú los oíste?

     -Los oigo siempre, hijo. No te olvides que yo también estuve en esa guerra, aunque tuve la suerte de sobrevivir, y de sobrevivirme.

     -¿Cómo era la pora de Chirí-corô?

     -Te repito que no fue más que un antojo... En fin, allá tú. Era una noche de luna llena. Al llegar más o menos por aquí, sentí unos golpes apagados pero inconfundibles y vi como una sombra, tal vez de la misma luna al pasar por el follaje movido por el viento, que asemejaba la figura de un hachero. Eso fue lo que pensé, hasta que creí distinguir los ojos de brasa de su guaino, el diablo... Nunca bebo, y con mis años no preciso anteojos ni siquiera para leer... «Cuál es tu necesidad», le grité entonces. Se oyó un crujir de ramas y un quejido como el de la onza...

     -Si no era la pora, ¿por qué le preguntaste «cuál es tu necesidad»?

     El viejo se echó a reír:

     -Porque hasta yo puedo hacer chiquilinadas. Por lo mismo mandé rezar misa por Cipriano, quien probablemente ni existió.

     -¿Y después?

     -Claro, me asusté. Esperé un buen rato para derrotar al miedo, que miedo que no se vence se imprime en el carácter y deja al hombre como lisiado. Luego traté de pasar al tranco, pero el caballo galopó. No le contuve las riendas porque el galope era de su voluntad.

     -Entonces era la pora -concluyó Miguelí.

     -¿Por qué?

     -El caballo no sabía el cuento.



Primera parte

PIES DOBLES

 

- I -

     Llegaban mineros por el piquete del fondo, que venía del yerbal, repuntando mulas o cargando sobre sus espaldas fardos enormes de hojas que, tras de pesar en la romana, apilaban en los galpones. Otros armaban el barbacuá, un emparrillado para tostar la yerba previamente chamuscada en fogatas donde se producían fuertes estallidos en medio de una humareda de enervante perfume. A pesar del calor y del enjambre de tábanos, predominaba el ambiente festivo que suele acompañar al esfuerzo violento, a la descarga brutal de la energía en el trabajo. Daniel vigilaba entre severo e indolente mientras don Rosendo andaba de aquí para allá diciendo agudezas. A cien metros de allí, en plena plazoleta, varios peoncitos, sentados en el césped, rodeaban a un muchacho tan espigado que los pantalones cortos le quedaban como ajenos. Tenía la cabeza rapada y estaba descalzo. Se distinguía de los demás por la ausencia de callos en la planta de los pies.

     -Ayer, en la picada, vi las huellas de Pies Dobles -declaró, fumando gravemente.

     -¿De veras? ¿Y qué hiciste?

     -Eran dos pisadas. Una que se iba, otra que venía. Una para aquí, otra para allá. Un vyrá-i-tapé me toreó delante. Malicié que el pajarito me tentaba, pero, sin poder aguantar más, le jugué tres honditazos. Nadie nunca le acertó a ese arriero, por eso es que es tan zafado.

     -Y también, con el abogado que tiene -dijo alguno, haciéndose el entendido- cualquiera saca alma grande.

     Como si hubieran estado esperando un pretexto, los peoncitos se echaron a reír.

     -Así es -asintió Miguelí, muy serio, sin dejarse turbar por esas caras redondas de ojitos talladores. Había estado ausente mucho tiempo, todavía no lo aceptaban. Como si fuera recluta, arribeño en su valle. Cuando se callaron continuó:

     -El pajarito saltaba, se esquivaba, se escondía, y me salía otra vez para tentarme... Mirando por él no me di cuenta que ya lo estaba siguiendo en el monte.

     -¡Imposible! -exclamaron a coro.

     -Cierto.

     -¡Nde bárbaro!

     -Se escondió, lo encontré, se me fue. Vi un kaí que me mangueaba desde un tarumá. Se puso a chillar y a hacer morisquetas, brincando de mata en mata. En eso volvió a aparecer el pajarito. El mono saltó de la rama y lo espantó... Justito allí seguían las huellas de Pies Dobles.

     Escupió, graduando el suspenso como los narradores de velorio. Por fin los peoncitos parecían impresionados. Encogidos, se miraban los pies. Iba a echar otra pitada cuando una mano enorme le sacó el cigarro de la boca. Paralizado de susto ni sintió el coscorrón. Primero vio las botas, subió por las bombachas y el revólver hasta llegar a un rostro pálido con una arruga irónica en la comisura de los labios.

     -¡Daniel!

     El hombre se echó a reír.

     -Veo que te has convertido en un gran macaneador. A ver, acaba el caso, pero sin fumar. ¿Encontraste o no a Pytá-yovai?

     -No soy un mentiroso, es la pura verdad.

     -¡No me digas! Pero ahora anda para casa, te hizo llamar mamá.

     Daniel se volvió para marcharse. Miguelí lo atajó de la manga.

     -No dije que vi a Pies Dobles sino que encontré sus huellas -dijo, desesperado, sintiendo que embarraba más-. Vamos ahora mismo a la picada y te las mostraré. Allí han de estar todavía si el mono no las borró.

     Rió Daniel, rieron los peoncitos. Miguelí estaba solo, acorralado.

     -¿Por qué me dijiste mentiroso? -gritó, desafiante-. Contaba un cuento ¡qué joder!

     Daniel lo quedó mirando.

     -¿En qué quedamos? ¿No ibas a mostrarme las pisadas?

     Giró en redondo, a lo soldado, y se marchó con el semblante ensombrecido, la frente ensimismada.

     «¡Oh Daniel, antes eras mi amigo!», decía Miguelí, parado en medio de la plazoleta mientras los peoncitos se alejaban, «¿qué habré hecho de tan malo que me trates así?».



     Las mujeres rezaban el rosario frente a la Casa Grande. Doña Lucía, en el fondo, invisible su rostro tallado, guiaba las oraciones. Hablaba a la Virgen como a una vieja amiga, compartiendo dolores pulidos por el tiempo. Le respondía un murmullo apresurado. Miguelí aguardaba rascándose la cabeza, parándose en uno u otro pie. Sacó la lengua a la tía Zoraida, que lo miraba indignada con sus ojos hinchados. Compadeció a ña Francisca, que rogaba para que su hijo, desaparecido en el Chaco, según papel que le mandaron en tiempos de la guerra, saliera de su desatino y acertara la recta que lo tornara al valle. Le dio risa Ofelia, la sonámbula. Se había vuelto gorda y bonachona. Oraba con las manos juntas y los ojos parados. «Ésta le pide a San Antonio», pensó Miguelí, bostezando aburrido porque todas aquellas plegarias de mujeres tenían un solo objeto: los varones.

     De súbito las manos divagaron en el rito.

     -Por la Señal de la Santa Cruz...

     -¡Ay na! -chilló Miguelí, saltando a un lado, por el traidor pellizco de la tía.

     -Este chico es un guarango que ni a Dios le respeta -cacareó la Zoraida amenazando con el puño.

     Lo socorrió la risa tolerante de doña Lucía.

     -¿Por qué pico angá el pobrecito? (7) ¿Dónde estabas, mi hijo? Te anduvimos buscando para que pagues la promesa que hicimos por tu salud.

     -¿Dónde pa iba a estar? -volvió a cargar la tía-, ¡juntado con la chusma! Mirá na un poco la mugre que tiene. Ni pelado se le van los piojos y se rasca como un perro.

     -Callate, Zoraida, no quebrantes al chico -le dijo doña Lucía-. Los hombres son para el rigor, hay que tenerles paciencia.

     -Alguien le tiene que corregir, por Dios, Lucía -se encocoró Zoraida-. Ahora que ni Daniel se ocupa más de él, hace lo que se le antoja, no tiene miedo a nada. Si sigue así saldrá un bandido... Y también -respingó-, ¿qué se puede esperar? ¡Hijo de tigre, overo ha de ser!... ¡Zanguango! -aulló, jugando con el rosario a Miguelí, quien, con los dedos, le hacía un signo zafado.

     Ofelia soltó una risita boba. Doña Lucía aguardó, resignada, a que Zoraida acabara su diatriba apoyando su fría mano en el brazo de Miguelí, que se había refugiado junto a ella.

     -Bueno, bueno -dijo cuando la tía se detuvo a tomar resuello- no se peleen por galletas... Los chicos buenos han de ser como las ovejitas del niño Jesús, que vuelven derechito para los corrales cuando el sol se va a dormir, allá, en el fondo del Chaco, en su hamaca de nubes. Si no, pueden salirte las abuelas de los juegos; o las ánimas del Purgatorio, si no pedís por ellas, pobrecitas, una noche de éstas han de darte un gran susto. Andá entonces a lavarte como para hablar con Dios, y vení a rezar con esta pobre vieja que te quiere tanto, que pronto se va a morir, y que quiere llevar tus oraciones en un canasto grande para decirle a Jesús en la tranquera del cielo: «Esto te manda mi hijito Miguelí. Déjame entrar por ellas al Paraíso que yo no merezco por mis grandes pecados...».

     -Sí, mamá -dijo Miguelí, completamente amansado, enternecido.

     Pero, una vez en el baño, el diablo que vivía allí, con sus infames tentaciones lo persuadió de que un rosario completo era superior a sus fuerzas. Las ánimas del Purgatorio podrían pasarse sin él, teniendo a la tía Zoraida. Por lo demás, si penan por sus pecados, que se jodan. Ñandeyara Guazú, que mandaba por ahí, tenía todo el aspecto de un severo patrón y no iba, por cierto, a ir a ablandarse por las plegarias de unas tías. No era de la mansedumbre de su hijo Kiritó, quien se había dejado apalear y crucificar impunemente, y que, en el Huerto de los Olivos, hasta había parado la mano de San Pedro, que era un macho, cuando sacó su cuchillo para pelear la comisión. Antes, cuando era un niño, ésa era la parte que más rabia le daba cuando en Semana Santa se iba a ver la película. Pero ¡jaque! Por ahí Ñandeyara Guazú perdía la paciencia y ponía en fuga a los bandidos con terremotos, rayos y centellas. Mucho tiempo después, en el colegio, el padre Lutin había tratado de explicarle el sacrificio de Jesús. Sea como fuere, eso de los rosarios era cosa de mujeres. El mismo don Rosendo solía decir que los hombres rezan con el corazón y las mujeres con la lengua. Y Miguelí era un hombre. Hasta había estado preso, recordó jabonándose la cabeza rapada. Conoció tiempos mejores, ahora estaba en la mala.

     «Suele pasarle a los arrieros, dijo el perro quemado en el fogón. Ahora nomás me he de curar y calentarme otra vez».

     El dicho le hizo acordar de Basilio el Mariscador, su amigo. Pensar en él reconfortaba porque Basilio era un hombre de aquellos, de sangre fuerte, que todo lo recibía parejo como si no le entraran balas. Era el mismo que decía que el varón, como la mula, puede hacer lo que quiere si sabe aguantar palos.

     Antes de la desgracia también Daniel era su amigo. Ahora, aunque no le hacía reproches, lo trataba con desdén. Pensaba, seguramente, que su hermano le falló. Él no quiso fallarle, pero hay cosas que no se pueden explicar, que pasan nomás porque las sopla el diablo. ¿De dónde había sacado, por ejemplo, esa historia de Pies Dobles?, ¿cómo se le antojó decir que un mono pudo borrar las huellas? Qué obscuro estaba el baño. ¿Quién tendría la culpa de lo que pasó en casa de Marcial Fernández? ¿Olga? La sangre le saltó a la cara, se detuvo temblando, ahogado de vergüenza. No, señor, no iría a rezar, ni a sentarse en la mesa. Si fuera hombre de veras tendría que marcharse, irse muy lejos, perderse para siempre en los desiertos del mundo. El baño le había despertado el apetito. Un hambre crujiente le encogía el estómago. Ya se arreglaría. Se ajustó el cinto y salió.



     Los mensuales, sentados en bancos en torno a una mesa larga, se servían, cada cual con su cuchara, de fuentones enlozados puestos en el centro. Gastaban bromas pesadas entre sí y a costa de la cocinera, una negra gordinflona famosa por su estupidez, que, cuando entró Miguelí, estaba friendo tortas de harina en una olla de hierro. Al descubrirlo, echó mano a una paila.

     -Qué te pa está haciendo otra vez acá, chiquilín sinvergüenzo. Vaye, o te rompo tu cabeza.

     Miguelí avanzó unos pasos, listo para la esquivada, aguantando la risa, sin responder a la algazara con que lo recibían los peones.

     -Ña Candé, dame na un chipaí -suplicó, humilde- vos que sos linda como el lucero cuando llueve.

     La cocina retumbó de risa.

     -Ni sin esperanza. Váyase de acá -aulló, paila en alto, reculando hacia el nido, mostrando los dientes como comadreja acorralada.

     -No vayas a enojarte, ña Candé, vas a quedar todo negra.

     Esquivó el pailazo que fue a dar sobre la mesa provocando desparramos.

     La farra era frecuente porque la cocinera de los peones tenía prohibición terminante de darle de comer, y Miguelí, por eso mismo, le hurtaba cuanto podía. Empezó a girar en torno a su víctima como cuzquito tigrero, esquivando mandobles de cucharón, retrucando con burlas la lluvia de improperios que le lanzaba la mujer, que, por lo demás, nunca lo delataba.

     -¡Siga pues, negra de bosta, molde de chancho!

     -¡Pipu'uuu! -aullaba la peonada.

     -Venime pues, negra hedionda, ojo de sapo, sudor de grasa.

     Así, hasta que la cocinera, ciega de ira, se lanzó a perseguirlo en torno a la mesa, soportando en las nalgas pellizcos de sus comensales. Era lo que esperaba Miguelí para apoderarse de las tortillas y escapar a la carrera. Doña Candelaria, más furiosa que nunca, salió al patio agitando el cucharón.

     -¡Guacho! -gritó-. ¡Guacho, hijo de puta!

     Pero Miguelí ya estaba lejos, repicándole en el alma aquel insulto inédito.

     -¡Guacho, guacho!

     Porque Miguelí sabía muy bien lo que era un guacho y la negra le tocó la llaga. Guacho él, Miguel Domínguez Insaurralde, el hijo preferido del patrón, de un gran señor, de un gran héroe. Negra bosta, negra hedionda, cara de breque, lengua de sapo. Tiró al diablo las tortillas y siguió corriendo. Corriendo con toda el alma, los labios prietos, huyendo de su angustia y su desdén por el mundo. Nunca iba a volver a Casa Grande. Se iría al Chaco, en el fondo, para hacerse cacique de una tribu de moros.



- II -

     Árboles que retiemblan, crujen, abren los brazos como exhalando espíritus. Alertas, voces graves, chistidos sigilosos de un mundo al acecho. Croar de bichos feos asomados del barro. Farras de grillo, rondas de murciélago, zumbos de mosquito. Un bulto blanco se sobresalta y trota. Se vuelve, se detiene. Miguelí cree ver la torva mirada del cebú, el aleteo severo de sus orejas enormes. Vuelve a sentirse allende el alambrado como soplado por el toro que ahí nomás cabecea como burlándose.

     -Fuera toro -le grita, tirándole unas bostas.

     El cebú excava bufando como para afirmar su señorío y se aleja al trote, con la cabeza levantada, ofendido por tan infamantes proyectiles.

     Miguelí tuvo ganas de llamarlo para que no lo dejara solo entre tanto silencio, entre tanta cosa obscura. Caraí Pyjaré, agazapado en las penumbras, iba abriendo su bolsa cargada de luciérnagas. De las praderas llegaba el bramido del toro guampa de bronce que rondaba a su manada olfateando al tigre. Sin duda no eran horas para fugarse al Chaco. Para eso hacía falta un avío, caramañola, winchester, cuchillo, varias cajas de bala, machete para abrir picadas en maciegas de espino. Mañana, con calma, podría alzarse con todo lo necesario. Se iría en Wampa, el tordillo, que como todos los de su pelo era bueno para el agua y las tormentas. Es claro que mejor sería una mula, pero no estaba seguro de que fuera capaz de cruzar a nado el río. Tendría que consultarlo con su amigo Basilio el Mariscador. No era el caso de salir a la bartola a plegarse a los moros. Se contaba que esos indios usan dobles talones hechos de cuero, imitando a Pies Dobles, para confundir sus huellas. Sería cuestión de verlo: son tantas las cosas que se cuentan de esos indomables señores del desierto.

     Miguelí siguió un buen rato con estas reflexiones para eludir el problema principal: volver significaba seguir por la picada transfigurada por la luna, pasar Tayhy-punta cuando el urutaú solloza su nostalgia del sol y el alma empecinada de Cipriano Coronel se aparece con el hacha, seguido por su guaino, el diablo, a tantear otra vez derribar el lapacho de la punta del monte. O cruzar de nuevo el potrero grande. Y por ahí nomás, escondido, al acecho como buen orejano, debía estar el bayo, el terrible toro chaqueño. Lo conocía muy bien. Lo había visto destripar al malacara de Santiago y romperle la pierna al jinete, quien si no fuera por el pechazo con que Daniel le sacó la fiera de encima, hoy tendría su cruz en la boca del estero. «Con estos toros no se juega -había dicho don Rosendo mientras a Santiago, sujetado por los hombros y más pálido que un muerto, le estiraban la pierna-. Libres de nacimiento, cada cual tiene su ley. No se desbravan aunque los capen; no se domestican por más sal que les den». Pero una cosa es pelear con un toro, y otra, muy distinta, pelear con el miedo. Las poras son el miedo mismo. No se las puede vencer, eludir sus cornadas. Se trataba de elegir o quedarse allí clavado.

     Quien mucho piensa se pita su coraje. Hay que rumiar el «cómo», nunca el «jaque». La decisión no es naco para darle tantas vueltas: se escupe y listo. Estas cosas solía decirlas Basilio el Mariscador, su amigo, mientras sobaba un cuero de tigre o aceitaba su fusil. Él hubiera pasado por delante del toro sin mirarlo siquiera. Basilio era un bravo que siempre estaba manso porque tenía la sangre fuerte. Trataba a Miguelí de igual a igual, como trataba a todos, hasta a su perro. Al mismo Miguelí que ahora estaba sentado en un poste, vacilando.

     Como el potrero estaba en una loma, podía verse muy lejos. Sobre el horizonte se iba obscureciendo una mancha amarilla olvidada por el sol. La luna se achicaba en tanto que subía galopando entre nubes. Las guitarras acompañaban a un dúo de braceros sin fatiga en las voces a esta altura de la jornada que, para algunos, duraría toda la noche y proseguiría sin descanso al día siguiente en la función del aporreo. Es que el cantar del yvypóra, al revés del de los pájaros, nunca se extingue.

     En eso largó el bayo un bruto bramido. Miguelí cayó sentado, y allí mismo se rió a carcajadas de su propio susto. El toro estaba, había sido, allí cerquita, escondido en la sombra de un espinillo, aguardando a que se decidiera. No lo iba a defraudar. Se santiguó tres veces y cruzó el alambrado. «Mba, no lo alcanzaré», pensó el bayo, viéndolo pasar a la carrera. Miguelí se detuvo. Así no vale.

     -¡Jhea, toro! ¡Jhea, jhea, icht!

     El bayo se irguió asombrado y retrocedió buscando cancha. Dio la cara bufando, abanicando la cola.

     -¿Qué te crees? ¿Que vas a correrme con la vaina?

     Bayo sacudió con impaciencia la cabeza combada, el semicírculo perfecto de sus pequeños cuernos agudos.

     -¡Neike, toro!

     El bayo reculó nervioso, excavando con sus patas ágiles. Sabía que estos bichos sin guampa, aunque temibles, lo respetaban. Que para salirle se juntaban varios, tras ponerse cuatro patas y armarse de lazos y arreadores; y que aun así le disparaban apenas amagaba la embestida. Este chiquito, sin embargo, no hacía nada de eso. ¿Por qué? ¡Cuidado! Ya no era ternero para andar topetando cualquier cosa. Mejor dejarlo ir. ¿Qué querrá ahora? ¿No será una de esas sombras que desbandan al rebaño en los esteros? «¡Fuera'aaa!» bramó. Pero el bulto no se iba, aunque parecía estar temblando. «Cuando se mueva, lo mato», bufó el toro, indignado.

     -Esperas que te dé la espalda -le dijo Miguelí-. ¡Cobarde! ¡Has de ser un bolí, no un paraguayo!

     Dio media vuelta y se echó a andar, listo para la sacada. Oyó el trote que preludia la embestida. Giró en redondo. El bayo se detuvo. Quedaron frente a frente. A Miguelí le vibraba todo el cuerpo.

     -¡Güepa, nde vyro! -estalló, amagando un cascotazo. El bayo salió corriendo con la cola entre las piernas. Miguelí se largó a perseguirlo, ebrio de triunfo.

     -¡Pipu'uuu, nde añamemby!

     Hasta que el toro, embretado en una esquina, se dio vuelta y embistió. Miguelí se hizo a un lado. La tromba pasó bufando y ya caliente giró en redondo largando una cornada de mandoble que si lo agarra lo vuela destripado. Miguelí pasó el cerco de una zambullida yendo a rodar al otro lado al tiempo que retumbaba el topetazo y el chasquido de alambres que se sueltan.

     Enredado en los hilos el bayo se retorcía bramando. Miguelí esgrimió un palo y lo golpeó en el hocico y en los ojos como para desbravar a un chúcaro, gritando envalentonado por la fuerza que le estaba sometida. El bayo forcejeaba balando como res en el degüello. Miguelí, compadecido, se detuvo a acariciarlo.

     -¡Toro, torolindo, ten, ten! -le dijo, cariñoso e irónico, tocándole las astas convulsivas. Pero, en eso, sintió una humedad viscosa, cálida. Sangrándose las manos con las púas lo ayudó a desasirse.

     El bayo galopó cabeceando. Embistió un árbol, rodó, se levantó corcoveando, tratando de desmontar la noche que, encaramada como una bruja loca, le clavaba en los ojos sus uñas de loro.

     -¡Está ciego! -gimió Miguelí, horrorizado, cayendo de rodillas.


- III -

     Solito en el potrero grande lloraba Miguelí su gran pecado.

     -¡Ay na, Tupá, vuélveme pájaro para siempre llorar, como Carâu, lo que le hice al toro bayo!

     Mientras allá en la plazoleta cantaban los braceros:

     «¡Ay, mi valle del Pirayú! ¡Ay mi valle del manantial, donde las piedras hablan!».

     Oía la música como si viniera de lejos y le llegara muy hondo, como si le tañeran adentro las guitarras. Ya no era el mismo. Se pasó las manos por los hombros, por la cara; se miró los dedos, que sangraban, para ver si no le iban saliendo plumas, pico, garras; que no tendría que gemir eternamente pegado por la copa de los quebrachos muertos.

     «¡Trinos de zorzal, trinos de zorzal! ¿Los oyes ahora, morenita mía?».

     ¡Ah, la fiesta! Allá se canta, allá se olvida. Se acercó como duende a los galpones. Un grupo de braceros escuchaba a los músicos. El barbacuá expandía un calor seco, metálico. Como un demonio negro, el urú extinguía con su vara las llamas que se alzaban del brasero y apagaba las hojas que se inflamaban en la alta parrilla. Un hombrecito esmirriado y señorial pulsaba una hermosa guitarra. Dos mocetones hacían el acompañamiento y cantaban con voz profunda, concertada, dulcísima. Miguelí sentía admiración envidiosa por aquellos hombres libres, esgrimidores del machete, que pasaban la vida de hacienda en hacienda sin detenerse nunca. Los espiaba acuclillado en la sombra, listo para escapar. Se le antojaba estar marcado. Que apenas lo viera alguno, se levantaría señalándolo con un dedazo enorme, gritando con la boca desgarrada de horror: «¡Yaguareté-avá! Es ése el hombre-tigre, el monstruo que le arrancó los ojos al cebú del potrero». Tendría entonces que escapar, esconderse en el monte, perseguido por cuzquitos carachentos, tenaces, que acabarían por obligarlo a trepar, acorralado, a la mata de un timbó, hasta que llegaran los cazadores a ultimarlo a tiros. Recién entonces irían a darse cuenta de que era nomás él, Miguelí, el hijo preferido del patrón. Asustados, se apresurarían a enterrarlo en la cintura del pique, abriendo la tumba con sus machetes, tapándola con hojas, sin ponerle una cruz. Pero, allí mismo, con el tiempo, brotaría una planta sin nombre que, como el niño-azoté, al llegar la primavera abriría sus pétalos gimiendo: «Che co Miguelí, che co Miguelí» (8). Claro, al principio la gente pasaría de largo creyendo que eran antojos o uno de esos millares de ruidos ignotos que susurran en la selva. Después, con miedo, apurarían el paso silbando polcas que las alondras llevarían de valle en valle. Hasta que pasados muchos años, Basilio el Mariscador, viejo y enfermo, reconocería por fin la palabra de su amigo. Cavando sacaría su corazón, arraigado en la tierra, intacto entre la calavera, viviendo todavía para contar que nunca quiso mal al toro bayo; que el pasado fue desgracia imputable al destino; que de las hojas podía hacerse un cocido capaz de volver la visión a todos los ciegos que hubiera en el mundo... Conmovido por su trágica historia, Miguelí fue cerrando los oídos a la letra del canto y atendiendo al virtuosismo del punteador. Resplandores fugaces del barbacuá iluminaban su rostro reseco, concentrado, y unas manos largas, negras, quietas, que, con aleteo imponderable, transportaban al alma a milagrosos parajes de leyenda. Los hombres escuchaban en silencio. De tanto en tanto, lanzaban gritos prolongados:

     -¡Pipu'uuu!

     -¡Jho, Serafín Cañete, la añamemby!

     Circulaba la caña. Una mano emergió con el jarro. Miguelí se apoderó de él, tomó un trago, hizo una mueca y se lo pasó a un viejito que lo miraba relamiéndose. Recién notaba su presencia, ¿quién sería? Sentado a la turca, echado hacia adelante, apoyado en los nudillos. Bajo las alas bajadas de su sombrero de fieltro le brillaban ojitos pestañudos reflejando el fuego. Al darle el jarro notó que tenía las manos redondas, hinchadas en el lomo, y los dedos cortones y ganchudos. Al darse cuenta de que era observado, sonrió pegando los labios a la cara peluda, erizando bigotes de cucaracha, y dejando escapar una suerte de soplido que le salía de la garganta. Como si notara que Miguelí le tenía miedo, se levantó mirando a su alrededor en tanto que se incorporaba, y se alejó con paso encorvado, cauteloso, como estudiando adónde poner cada pisada. Miguelí se acordó entonces que era el correntino que había llegado esa tarde a pedir posada montado en una mula negra. ¿Sería acaso el hombre-tigre? O la Muerte, que también solía venir con esa facha dejando a su paso larga estela de lutos. Se acercó reptando al jarro de caña y se bebió de un trago lo que restaba de él.

     El mundo entero pareció rodar a barquinazos. Las caras a hacer muecas, las voces a retumbar. El urú, que había crecido a dimensiones colosales, iba y venía absorto en su rito demoníaco. Las guitarras parecían rasgueadas por perros rascando pulgas. Cerró los ojos: el bayo galopaba bajo la luz ausente de la luna llena, de la luna blanca, tropezando, cayendo, destrozándose en el espinillar. Volvió a abrirlos: el urú descansaba apoyado en el asta como un guerrero antiguo. Una llama como soplada por la música se levantaba del brasero. Quiso avisar, pero, como en pesadillas, no le salieron las palabras. Tomó entonces un palo y revolvió el fuego con movimiento brusco, incontrolado. Una llamarada enorme, como un estallido, deslumbró la noche.

     -¡Okai barbacuá! (9)

     Poco después, lo que fuera una sólida parrilla era un montón informe de cenizas de donde se elevaba, como de un holocausto, una perfumada, humareda.


- IV -

     Miguelí encontró en su cuarto un plato de tortillas. Sintió remordimientos. Por su culpa don Rosendo había pegado al pobre urú. El urú aguantó los golpes como si no le dolieran, y sacando su cuchillo lo tiró al suelo, diciendo: «Por ser quien eres, patrón». ¿Y el bayo? ¿Correría aún, o ya la angustia reventó su corazón salvaje? Mañana lo matarían si no se desnucaba esta noche. Los hombres de su valle sabían compadecer el sufrimiento pero la muerte parecía importarles poco: «Ya no sufre», decían, y se mandaban a mudar como si hubieran hecho un gran favor. Pero el bayo, ciego y todo, no iba a querer morir. Miguelí lo sabía desde que vio degollar al colorado, un toruno cerril que no pudo ser buey por su alma bravía. Como si venteara el peligro se apartó del rebaño y escapó por la pradera perseguido por jinetes que voleaban el lazo lanzando feroces alaridos entre nubes de polvo. Lo trajeron con tres cuerdas tirantes. Echaba espuma, jadeaba, hacía trastabillar a los caballos a cada cimbronazo. Le torcían la cola, lo azotaban, trataban de aturdirlo a gritos, pero el toruno, silencioso, con los músculos hinchados como si fueran a reventarle el cuero, clavaba las pezuñas, hacía toda su fuerza. Lo pialaron en la plazoleta tumbándolo en la gramilla. Le sujetaron los cuernos y caraí León, una máscara de sudor y de polvo, bajó de su caballo y le clavó una puñalada. Entonces el colorado, alzándose de pronto, derribó a los que lo atajaban y lanzó un bramido horrendo en el que la vida y la muerte parecían trabadas. Como si se le derramara el aliento, tras de un instante tenso de equilibrio supremo, cayó a los pies del capataz que, bañado en sangre, lo pateaba furioso. Poco después era el toruno un miserable despojo. La panza hinchada, el cogote estirado, la lengua afuera; y en los ojos estupor, desolación, vacío del mundo. Y los hombres que como cuervos se posaban junto a él saltando de sus cabalgaduras, riendo y chacoteando para ahogar esa obscura sensación morbosa que asalta al que da muerte por más que esté curtido. A lo lejos el rebaño mugía su responso y la tarde de súbito se tornó rosada. Miguelí, que desde muy pequeño había visto carnear, quedó esa vez como alunado, como si hubiera descubierto algo muy raro, pavoroso, que no se podía decir porque no tenía palabra. Sin embargo Daniel le puso un nombre: «A éste ¿qué le pasa?», había preguntado el doctor Marcial Fernández, que estaba de visita. «Déjalo -le respondió Daniel, tras de observar atentamente a su hermanito-, Miguelí ha percibido la Fatalidad».

     Probó apenas la comida. Le dolía la cabeza, sentía náuseas, y una especie de vacío que lo hacía divagar. Se había zambullido varias veces en una palangana. Bebió jarradas de agua fresca del cántaro del corredor. Todo inútil. Qué bárbara que había sido la caña. Con razón ponía violentos a los hombres hasta el extremo de reñir a puñaladas. Decían que mezclada con un poco de pólvora da un coraje tremendo a los soldados. Basilio lo negaba. En toda la guerra, según él, la tropa no gustó de un trago, que buena falta hacía para entonar el corazón en aquellos desiertos. Según el mariscador, la caña muestra la verdadera laya del hombre que suele estar oculta por miedo o por vergüenza. Quien tenga un alma sola puede beberla tranquilo, y él mismo solía hacerlo tragándola de un sorbo, soplando para sacarse el fuego, alzando el jarro para exclamar, sonriendo: «Esta gracia de Dios, ¡qué rica!».

     En cambio a Daniel lo ponía huraño. Apenas se le notaba en la vacilación en el andar, en la pesadez de la lengua. Pero, cuando se le iba la mano hablaba mucho, como si se destapara. Don Rosendo la tomaba como remedio de una especial curada por doña Lucía con presas de pollo, guaviramí y una sarta de yuyos. El viejo solía decir que la costumbre de emborracharse, así como la de pelear con el cuchillo, había venido con la Guerra Grande: «En mis tiempos solamente los gringos se embriagaban», declamaba amenazando. «Esa bendita guerra -le replicaba Daniel con voz algo pastosa- está lejos pero se hace presente como un tajo, como una herida que cada tanto vuelve a abrirse, supurando, en la vida de todos. Mientras no la curemos no hemos de ser un pueblo sano». Y ahí nomás se trenzaban en una discusión interminable en el trascurso de la cual el mismo don Rosendo le daba a su medicina hasta ponerse colorado.

     Miguelí esperaba a que se le aliviara el malestar sentado en una silla, con la cabeza en la mano y el codo sobre la mesa. Multitud de bichitos venían a desgraciarse contra el tubo de la lámpara cayendo sobre el mantel inmaculado que, seguramente, había extendido la negra Candelaria. La pobre, sin duda, se había arrepentido. Aunque no era culpable. El mismo Miguelí no había tenido la intención de hacerle daño a nadie; pero, de un tiempo a esta parte, cualquier cosa que hiciera provocaba desastres. Hubiera tenido que avisar para que fueran a despenar al toro. Ya era tarde. Y, más seguro que la muerte, sus huellas no escaparían a los ojitos sagaces de caraí León. Además conocían la insensatez de sus travesuras, aquellos sus arranques de temeridad suicida: «Francisco Cárdenas semilla-ré» (10), había oído decir a los antiguos meneando la cabeza como vaticinando su destino... ¿Por qué dirían eso? Al principio creyó que lo comparaban con el protagonista de un compuesto. Pero después... Miguelí se pasó la mano por la frente para ahuyentar un problema que le quebraba el sueño.

     Al levantarse para armar el mosquitero, vio la sombra de una cruz tendida sobre la cama. Quedó en suspenso hasta que se dio cuenta de que provenía del crucifijo colgado de la cabecera mediante un capricho de la luz reflejada en el espejo del ropero. Entonces movió la lámpara y la sombra se deslizó por todo el cuarto. Pensó dormir con la luz prendida, pero comprobó que restaba muy poco kerosene. Miró por la ventana dudando de si debía cerrarla o no. Daba a una alameda de eucaliptos que era como un sendero de la luna. No le gustaba el cuarto. En un principio había dormido en la sala, cerca de los viejos. Después lo acomodaron con Daniel, en la casita del fondo. Hasta que, ya en desgracia, lo instalaron aquí, en reemplazo de Ofelia que se había mudado a la habitación de la tía Zoraida. Ofelia caminaba en sueños. Más de una vez había salido por la ventana en camisón, largándose por la alameda como un blanco fantasma. Una noche casi mató de susto a un peón que volvía medio borracho de un velorio.

     Esta pieza tuvo siempre su misterio. Una sirvienta había visto a una mujer llorando y a un tropero reflejado en el espejo. Don Rosendo, furioso, se puso a gritar que tales antojos eran el resultado de tanta habladuría y mandó que despidieran inmediatamente a la muchacha. Con esto se acabaron las apariciones pero el miedo se quedó, flotando por ahí, pescando cualquier descuido para mostrar su cara de leproso.

     En otro tiempo el crucifijo hubiera tranquilizado a Miguelí, pero ahora mirarlo daba angustia. Lo llamaban el Cristo de la Residenta porque doña Lucía lo había salvado del incendio de la iglesia de Curuguaty cuando ella acompañaba a los despojos del ejército de López. Miguelí había escuchado muchas veces la historia de esta reliquia chamuscada de la tragedia nacional. Doña Lucía tenía en aquel entonces cuatro años y había marchado con su pequeña cruz a cuestas hasta el calvario de Cerro Corá. Ella misma, sin decirle una palabra, lo había puesto en sus manos cuando regresó de la Asunción afligido por la enfermedad, la vergüenza y el fracaso. Le hacía acordar de un amigo inolvidable. Tallado por los indios, tenía los brazos largos, retorcidos, torturados. Era demasiado flaco para una cabeza tan grande y de expresión tan dolorida que a Miguelí se le antojaba que estaba llorando la madera. Pero el alma de Jesús estaba firme, padeciendo el dolor sin una queja, para redimir los pecados de este mundo y alcanzar el perdón para los mismos que lo habían martirizado. Era lo que le explicara el padre Lutin con tanta compasión en el acento y tal chispita en los ojos que a uno le parecía que el buen cura pensaba, allá en el fondo, que tanto Jesús, como él mismo, hubieran hecho mejor en dedicarse a algo de más provecho. Sin embargo, Miguelí estaba seguro de haberlo visto andar de carne y hueso, padecer y morir, pero nunca del todo. Porque hay cosas que no se mueren, aunque parezca mentira.

     La luz comenzó a parpadear y acabó por extinguirse. La luna entró de lleno, corriendo por la alameda, moviendo extrañas formas en la pared blanqueada. Ahora sí estaba seguro de que un ánima se agazapaba en la habitación como un grito sin garganta. Miguelí cerró los ojos, resignado.



- V -

     Pero el sueño no perdonó a Miguelí. Se vio a sí mismo sentado en la cama, restregándose los ojos. Saltó por la ventana. Se sentía ligero, flotando en la noche. «Qué liviano me siento. Volaré». Se afirma sobre los talones, salta. Como semilla de samuú ondea en el aire, se eleva sobre los eucaliptos, sobrevuela el bosque, el estero, los palmares. «¡Oh, qué lindo es volar! ¿Adónde iré?». Al río, cuatro leguas, un momentito. El viento agita su larga cabellera lacia. Miguelí se sujeta la vincha y planea sobre el río. Yparaguay se extiende entre los negros montes. Las islas navegan como quietos camalotes. Una lucecita avanza, Miguelí desciende: «¡Ah, una barcaza bananera!». El barquero canta en la popa, solitario:

                                             

Yacy morotí re mañá mombyryva che rejé rejovo,


          


Pyá tarová'gui maró ne re'keiva cheicha'ité, aveí,




Ja, cheicha re moñava aracaové ya jupyty'yva,




Nde co che reindy, yacy morotí, mañá asy mi… (11)



     -Qué hermosa es tu canción, hermano -le dice Miguelí, posándose en la borda. El hombre lanza un alarido de espanto y retrocede mostrando un crucifijo. Miguelí levanta las manos y alza vuelo. El corazón le tabletea de angustia: «¡Oh, he asustado a ese hombre! ¡Ah, soy un niño que vuela, los niños no vuelan, he asustado al hombre!».

     Fue a posarse en la ribera, en el claro de un brete abandonado, junto a un lapacho torcido, y se puso a llorar. Lloraba como si el río fuera una larga lágrima que le brotara de los ojos. Si se callaba, la pobre gente, los peces y los pájaros se morirían de sed por culpa de Miguelí que no los sustentaba con su llanto. Estaba muy aburrido, sin sentir pena ninguna, pero seguía llorando para que no se secara la humedad en el mundo.

     Reflejado en el agua, un indiecito lo miraba con asombro:

     -Hola, ¿quién eres tú?

     -¿Me lo preguntas? ¿No me reconoces?

     -No, indiecito, ¿quién eres tú?

     -Yo soy tú, y tú eres yo.

     -Mientes. Yo soy yo y tú eres tú.

     -¡Ja, ja, ja! -se rió el indiecito y se borró en la marejada.

     -¡Tú'uuu! ¡Yo'ooo! ¡Ven'nnn!

     -¿Me llamabas? -le dijo una luciérnaga, posándose en el índice.

     -¿Qué tal, hermano muá? ¿Quién eres tú?

     -Yo soy tú, y tú eres yo.

     -No, yo no soy un muá. Soy Miguel Domínguez Insaurralde.

     -¡Ja, ja, ja! -se rió la luciérnaga y se fue en un arco de chispa.

     -¡Muá, hermano muá! -clamaba Miguelí.

     Un conejito se le acercó saltando.

     -¿Qué tal, hermano tapití? ¿Quién eres tú?

     -Yo soy tú, y tú eres yo.

     Miguelí miró a su alrededor. Multitud de animales lo bichaban asomando del agua, atisbando entre los juncos, posados sobre los troncos de palma de los derruídos corrales del brete.

     -¡Oh! -exclamó-. Moreví, yacaré, yaguareté, mboi, ñacurutú… (12)¿Cómo están, hermanitos? ¿Quiénes son ustedes?

     -Nosotros somos tú, tú eres nosotros -respondieron a coro, como obedeciendo a un bastonero-. Oré nde, ja nde oreavé.

     Miguelí se rió de tamaña animalada. Los bichos olfatearon inquietos y se desbandaron.

     -¡No se enojen, hermanos! -les gritó, pero en eso, oyó una voz desdentada y aguadentosa que cantaba con tonada de mamá-cumandá:

                  

Antoño retoño


          


repique pombero




caracará macho




teyú parejero (13)



     Un indio vejete y panzón avanzaba enrollando su cola al revés, larga como un lazo y que solía usar para preñar a las mujeres:

     -¡Je, je, je! ¡Ji, ji, ji! ¡Pipu'uuu!

     -¡Curupí! -exclamó asustado Miguelí, pero no huyó. Sonriendo con helada cordialidad le dijo, amable-. ¿Qué tal, hermano Curupí?

     -Yo no soy tu hermano ¡ni tu pariente! -replicó el curupí, y volviéndose hacia su compañero, un enano embadurnado en miel, le preguntó-. ¿Éste es?

     -¡Éste es, éste es! -chilló el pombero, dando saltitos en torno a Miguelí.

     -¡Jum! Es y no es -dijo Curupí-, mejor si le preguntamos a la Abuela del Tiempo.

     Caraí Pombero, ladeando su mascada, lanzó el silbido largo que le es característico.

     -¡Ara-yaryi, Ara-yaryi! -evocaba en tanto Curupí, hasta que se apareció una viejita encorvada, avanzando trabajosamente, apoyada en su bastón de guayabo.

     -¿Quién me llama? ¡Jha, ya lo veo todo! -refunfuñó-. ¡Tú otra vez, viejo chismoso!

     -¡Éste es, éste es! -chillaba haciendo gallitos el idiota Pombero.

     -¡Cállate ya, diablo zumbón! ¡Jaque pora!

     -¡Aní, aní, Ara-yaryi! -aulló aterrado Pombero, que el pombero es un duende que tiene pavor a los fantasmas, vaya uno a saber por qué.

     -¿Es éste, Ara-yaryi? -preguntó el curioso Curupí, sin hacer caso al tilingo.

     -Déjame verlo -dijo, súbitamente interesada, poniéndose los anteojos porque el tiempo pasa hasta para su abuela.

     Miguelí retrocedió de un salto.

     -No temas -lo tranquilizó Ara-yaryi levantando la mano como para bendecir-. Soy la abuela de todos, soy la Abuela del Tiempo.

     Miguelí se acuclilló encogido. La anciana lo quedó mirando, pensativa.

     -Es y no es -concluyó-. Consultaré a las poras.

     -¡Aní, aní, Ara-yaryi! -gimió Pombero, y huyó derramando el estiércol amarillo que los puebleros creen que es un hongo.

     La Abuela del Tiempo se sentó en cuclillas frente a Miguelí, y evocando a un taú-taú, a un fuego fatuo, luminaria de las poras, lo hizo oscilar ante sus ojos. Miguelí se fue sumiendo en un sueño aún más profundo y se quedó durito como santo de palo. Como de lejos, oyó a la Abuela del Tiempo que cantaba, igual que doña Lucía para hacerlo dormir:

                    

Ymá guaré caguaré


          


paí kaí...



     La bruma se hizo espesa. Imágenes remotas tomaron forma y eco como las sensaciones en el entresueño. Una indiada silenciosa apareció trotando, trotando sin ir. Un guerrero de alto penacho de plumas habló a la Abuela del Tiempo.

     -Ara-yaryi, ¿por qué interrumpes nuestra marcha? Vamos hacia las nacientes del Araguay, del río que viene del día.

     -¡Siempre estás yendo, guaraní! -gruñó la Abuela del Tiempo, y agregó-. Nomás quiero que me digas si conoces al muchacho.

     El tuvichá se inclinó para observarlo, hasta que, levantando los brazos, exclamó.

     -¡Cuánto se le parece! Pero no... es y no es. Preguntaremos al poeta.

     Etiguará palpó la frente del niño, y alzando sus angustiados ojos sin luz, dijo, salmodioso:

     -Veo la sombra que nació de una semilla traída de la mar por un pez desatinado que se comió a una virgen que se bañaba en el río para calmar sus calores. Ahijado de la luna que asistió a su alumbramiento. Fantasma de la tierra: hombre; pájaro, luciérnaga, bosque, río, y también un niño con la inquietud de hombres lejanos...

     Siguió así por un buen rato hasta que la Abuela del Tiempo, impacientada, hizo danzar el fuego fatuo. Un hornerito se le posó en la mano.

     -E'yevy nde recó eté pe, Alonso García -le dijo, igual que los peoncitos cuando encuentran al pájaro. El hornero torció de un lado a otro la cabeza como si no la comprendiera.

     -Vuelve a tu ser verdadero, Alonso García -repitió entonces la Abuela del Tiempo, esta vez en castellano.

     El hornerito se transformó en modesto soldado español.

     -Míralo bien, Alonso, ¿lo reconoces?

     -Sí, por cierto. Vive por las lomadas, no mata horneros ni destruye sus nidos.

     -¿Qué hace por aquí, entonces? -intervino Curupí-. Llegó volando.

     -¿Cómo puedo saberlo? Desde que me convertí en pajarillo para vivir un amor humano con una hija de estas tierras, nunca abandono el nido a estas horas.

     Alonso volvió a su condición de hornero. Ara-yaryi levantó los brazos. Vibró la llama azul del fuego fatuo y una música maravillosa se expandió en las ondas del río lunado. Un sacerdote, de pie en una piragua, ejecutaba en el rabel un villancico. Lo seguían centenares de indios nadando suavemente para no apagar las voces del araguá, del hombre que llegó del día. El monte se agitó en murmullos de protesta. Los grillos se estremecieron y tocaron a coro: «E'mboty nde roké chake oú paí; cierra tu puerta que viene un cura; e'mboty nde roké chake oú paí; cierra tu puerta que viene un cura». Las sensitivas hojas de los yuqueríes se plegaron presurosas y los grillos se escondieron en sus cuevitas. El ygá embicó en la arena. Siguiendo al sacerdote surgió un pueblo con la frente inclinada. El avaré del Dios de los Blancos iba a hablar a la Abuela del Tiempo cuando fantasmas comuneros se arrojaron sobre él. Los indios lo defendieron y se entabló una curiosa batalla de sombras que no pueden morir. Ara-yaryi apagó de un soplo el fuego fatuo. Las ramas flamearon victoriosas y los grillos siguieron con su alegre y monótono cric-cric. Curupí se reía tapándose la boca. Ara-yaryi lo miró severa y encendió su cigarro. Miguelí dormía profundamente con el espíritu flotando sobre el alma del río.

     La noche era radiante, pero tensa, electrizada. Hacia el nordeste, sobre el horizonte, un grumo negro ardía y se apagaba como atajando al trueno. Ara-yaryi pensaba, y el humo de su cigarro hacía volutas que pugnaban como buscando forma. Poco a poco, como si se condensaran los vapores de la tierra, sombras famélicas, rotosas, mutiladas, rodearon a la Abuela del Tiempo.

     -Alférez Ñanduvá, a la orden -dijo un soldado manco, haciendo la venia con sus muñones-. Mañana habrá tormenta y nos estamos concentrando para atacar al invasor. Aunque hace tiempo hemos muerto, nos gusta todavía, de vez en cuando, bailar cielitos con los cambaes.

     Al ver a Miguelí se detuvo bruscamente y se inclinó para observarlo. El Alférez Ñanduvá, como se sabe, usaba las jinetas cosidas en el trasero y el morrión sobre los ojos, a ley de retobado.

     -Y a éste, ¿qué le pasa? -preguntó.

     -Duerme.

     -¿Estás segura?

     Ara-yaryi no le hizo caso y el Alférez prosiguió con su pesquisa.

     -Ya está crecido para llevar lanza -concluyó-. Si lo agarra el batallón pombero seguro que lo recluta.

     -¿Lo conoces? -preguntó Curupí.

     Ñanduvá se encogió de hombros.

     -Es de los nuestros y no morirá en su cama. Para mí eso basta: necesitamos refuerzos. Mientras se acuerden de nosotros podremos pelear, y últimamente el olvido está raleando nuestras filas. Yo seguiré en la brecha mientras haya cuarteles, porque en ellos nunca falta un suboficial que se pavonee como avestruz y lleve las jinetas en el trasero. Ni tampoco algún reclutón atrevido para gritarle: «¡Ñanduvá'aaa!» en plena formación, desde el fondo de la fila, aunque después los tengan «descuereando» todo el día. Cuando eso ocurre, me vienen cosquillas y puedo levantarme de la tumba... A según dicen -agregó, entre confidencial y vanidoso- más de uno Ñanduvá ya llegó a Presidente... ¿Es cierto eso, compadre Curupí?

     -No me meto en políticas -gruñó el duende, largando un salivazo-, lo único que falta es que también a mí salga a correrme la comisión.

     Pero, en eso, bramó la sirena de un vapor. Preparando los fusiles, los soldados corrieron a parapetarse entre las ruinas del brete. Poco después aparecía un remolcador destartalado, forcejeando en la boca de un riacho. Curupí rompió a reír a carcajadas.

     -Vamos nomás, muchachos -ordenó Ñanduvá, tratando de mantener la compostura-. No era, había sido, un acorazado brasilero.

     El melancólico son de la diana-mbayá quebró la noche. Una larga columna pasó, bordeando el río, rumbo a la tempestad.



- VI -

     El Panchita-C. navegaba refunfuñando aguas arriba. En la chata y los lanchones amarrados a su borda, dormían o velaban humildes pasajeros. Rudecindo Fretes movía el aro sin pensar en nada. Hacía cuarenta años que subía y bajaba por el río. Don Rudé iba contento esa noche. Estaba ancho su río, estaba inmenso su hogar. Porque aunque dejaba mujer e hijos en la Asunción y Puerto Casado, Frete-carapá sólo reconocía por hogar aquella extensión inacabable donde transcurrían sus horas y sus días, donde se realizaba la prolongación humana de su espíritu.

     Frete-carapá, como su marcante lo indica, era retorcido de espaldas, brazos y piernas. Adaptaba todo su cuerpo al timón. Caminaba con los pies flexibles aferrados a los cantos de la borda y hubiera podido decir, como Heráclito, que nadie puede navegar dos veces por el mismo río. Cada recodo, cada remanso, guardaba su secreto cambiante. Pero sus ojos, habituados al matiz, al detalle, no concebían tan vastas generalizaciones. Era su misión realizar el movimiento, adivinar la lenta acción del agua y prevenir sus repentinos desenlaces. Por eso, inmutable, severo, contemplaba el río e interrogaba su curso.

     Don Rudecindo conocía los alcances limitados de la previsión humana y procuraba discernir los límites entre lo probable y lo maravilloso. Sabía que el río no siempre corre aguas abajo; que un banco que ayer estuvo aquí, hoy puede estar allá y mañana extinguirse. Que de las riberas pueden venir retumbos, carcajadas, fuegos fatuos. Ahora navegaba tranquilo. La creciente lo elevaba por encima de la tierra, podía elegir los brazos menos correntosos, navegar las cañadas, y aliviar al cansado corazón de su barco.

     A su lado, cayéndose de sueño, le cebaba mate el grumete Kili-í.

     Aunque lo trataba mal, caraí Rudé lo quería mucho. Veía en el espíritu concentrado del muchacho, en la elaboración profunda de las percepciones que se filtraban por sus ojos quietos, el barro clarividente de un futuro baqueano. Por eso, y porque era viejo y caprichudo, lo obligaba a aguantarse las horas perdidas junto a él, mientras que, con irritado monólogo, le iba transmitiendo la topografía y la lenta historia del gran río.

     -Vamos a pasar por detrás del banco Fermín-cué, donde Pantaleón Samudio escondía el ganado que cuatrereaba en el Chaco. Así agarramos la canchada del brete de Tayhy-caré. El agua llega hasta la mata del timbó.

     Silencio.

     -El agua, con las crecientes, se mete por las cañadas -continuó don Rudecindo-. Cava una zanja con el tiempo y se queda con una parte del monte. Vienen entonces las enredaderas, las más hediondas y crueles, de esas que crían mosquitos y escuenden a las víboras, para encaramarse por la mata de los árboles y apretar por ellos hasta ahogarlos, como si fueran curiyúes. Las calaveras de cedros y timboes, de curupay y ñanduvai, quedan así como están, como pidiendo socorro, o con esos moldes raros que parecen de diablos o bichos del infierno. Qué bárbaro ha de ser el espanto del árbol que, sin poder moverse, siente cuando le comen vivo, cómo le roban lo que saca de la tierra y le tapan el sol...

     Don Rudecindo se calló por un buen rato, sorbiendo a conciencia el contenido de su mate, como si dudara de lo que iba a decir.

     -Muchas veces -continuó- me pareció oír cómo lloraban... ¡Qué pa uno va a saber! Desde aquí se oyen tantas cosas que al final uno no sabe si le suenan de adentro para afuera o de afuera para adentro. Lo mejor, entonces, es mirar bien por la seña que te marca la hoya del canal y seguirla derecho sin apartarse del rumbo si no lo aconseja la sonda. Así y todo vas a ver que no hay baqueano que no tenga un raspón o una varada de vez en cuando.

     Silencio y otro mate. Caraí Rudé reflexionaba.

     -Sí pues, sí -dijo, al rato-. Así nomás pasan los años, y cuando ya no hay nadie para comerse, se secan las enredaderas y los troncos podridos se vienen abajo. Entonces, para que sepas cómo pa son las cosas, vuelven a salir los hijos de los árboles, pero esta vez para vivir llenos de pájaros. Son esas islas que parecen una gracia de Dios, donde el yvypóra hace su capuera sin que nadie venga a reclamarle liños.

     El remolcador entraba por el riacho flanqueado por la vegetación fabulosa de los bancos. Árboles muertos se retorcían en actitudes torturadas o grotescas envueltos en sudarios de lianas. El agua refluía lenta hacia sus nacientes como se vuelve un hombre a sus recuerdos. El lamento del urutaú emergía del murmullo íntimo, cauteloso, de la noche. En largas pausas, el silbido del carpincho ponía su nota casi humana de melancolía profunda. Meciendo el camalotal, el Panchita-C. salió a la canchada. Una melodía tenue, como de un clarín soplado por el viento, pasó vibrando el aire.

     -¡Jhum! -replicó el viejo a la insinuación del misterio-. Allá en Brete-cué se desgració el finado Pancho Cárdenas. Hombre de provecho, murió en su ley, por mujeres.

     -Dicen que era un gaucho (14) de aquéllos -aventuró Kili-í. Como no le replicaron, aprovechó para estirar la lengua, que la tenía como acalambrada de tanto estar callado.

     -El hijo de Pancho Cárdenas es mi socio -dijo, con la formalidad de un hombre hecho y derecho-. Vive por las lomadas. Una vez vino a pescar a bordo. Me preguntó si conocía la mar. Cuando sea grande dice que va a tener un velero para darle vuelta al mundo. Me convidó a irme con él para ser «pirá», «piratá», «pirâi» (15)  o qué sé yo. Vamos, dice, a sacarle a los ricos para darle a los pobres, pero que a las mujeres vamos a respetar. Yo le dije que si respetamos a las mujeres no va a dar gusto, y si repartimos la plata van a decir por nosotros que somos comunisto y va a salir a corrernos la comisión. Entonces me dijo que si tenía miedo deje nomás, que ya iba a encontrar otro para su contramaestre.

     -¡Zonceras! -lo interrumpió don Rudecindo, anarquista de los viejos, moviendo una mano como para espantarse moscas-. Los hijos de los ricos tienen humo en la cabeza y nuestro sudor por su barriga. ¡Qué te pa va a respetar mujeres el hijo de Francisco Cárdenas!

     -Dicen que no sabe que es hijo del finado -informó Kili-í-. A uno que le dijo le rompió la boca en la bajada del puerto.

     Don Rudecindo escupió al agua.

     -Esas cosas siempre se saben, aunque no se quiera saber, aunque ninguno te cuente -dijo, y continuó:

     -Mucha tropa le embarqué a Panchito. Guapo como ninguno, hacía de todo y trabajar con él era una farra... ¡Pobre angá! Todos le querían por su corazón lleno de alas. Lo mimaban como si fuera un chico. Todo se le perdonaba y él creía poder seguir siempre su antojo. Era raja de buen palo, porque otro en su lugar hubiera sido un cajetillo, un haragán sin de provecho. Él, en cambio, era muy militar. Mostraba al varón de ley hasta en las macanas que hacía y cuando tocaba la guitarra eras capaz de olvidarte que durmió con tu mujer. El que lo mató era su amigo y quedó liquidado. Porque una cosa es matar a un hombre -cualquiera puede tener una desgracia, un minuto de ceguera y un revólver en el cinto- pero otra cosa es matar a Pancho Cárdenas. Es como matar a un hijo, como matarse... Quién sabe qué abogado tendría, pero cuando le llegó la hora le llegó, como a cualquiera...

     Don Rudé se sonó la nariz y siguió hablando, más ronco todavía:

     -Pensar que después de tantos años, de tantas cosas que pasaron; de tantas muertes como para llenar de ánimas la memoria de cualquiera, se lo sigue recordando, se siguen cantando compuestos con sus casos... Si el hijo es igual a él, asegún dicen, ha de tener marcada la desgracia. Los hombres como panchito tienen pora desde que nacen. Vayen donde se vayen, siempre están en otra parte. El alma les rebosa el cuero, y así llegan a creer, de tantas como se salvan, que sólo les entran balas de plata bendecidas... hasta que los desengaña el plomo...

     -Dicen que desde entonces el brete tiene pora -remató Kili-í, aprovechando la pausa-. Novillada que allí subía se apestaba al llegar a Ceballos-cué.

     -Así dicen -asintió don Rudecindo, para luego gruñir como irritado por la condescendencia del diálogo-. ¡No tiene espuma tu mate, mitaí arruinado, caracho!

     Kili-í revolvió el mate sin objetar que lo cebó espumoso, pero que el viejo lo retuvo largo tiempo en la mano, absorto en la evocación de los hombres que quedaron, jalonando con su memoria, buena o mala, de matices vivientes las riveras dormidas.

     La correntada se precipitaba furiosa, como irritada por su devaneo momentáneo. El Panchita-C. se estrechó a la costa, forcejeando. El nordeste soplaba brisa en la canchada. Como el lamento ignoto de los árboles muertos, se oyó la voz de un órgano:

     «Socorro'ooo... socorro'ooo... socorro'ooo».

     Kili-í escuchaba temblando, sin atreverse a decir nada. Don Rudecindo no se metía con los fantasmas: «Dejadme en paz», decía su rostro impasible, «ya llegará la hora de vagar junto a vosotros por las riveras y camalotales». La luna galopaba entre nubes que confundían el firmamento con las aguas. El Panchita-C. parecía navegar en las alturas, tosiendo, trepidando, en su incansable lucha contra aquella fuerza ciega, tenaz, profunda y formidable que le acortaba el paso con tozudez tranquila. El lamento se hacia próximo, distinto.

     -¡Na amó, na amó, caraí Frete! -musitó de pronto Kili-í.

     Una barcaza bananera bogada a la deriva. Una cruz solitaria, clavada sobre la carga, elevaba su clamor a la noche transparente:

     -¡Socorro'ooo! ¡Socorro'ooo! ¡Socorro'ooo!

     -¡Jho, Brete-cué, la añamemby! (16) -exclamó don Rudecindo, tirando tres veces de la campanilla. El Panchita-C. se agitó como buey hostigado y aumentó la marcha quieta en su elemento celeste.

     Bramó la sirena. De la chata y los lanchones comenzó a elevarse un inquieto rumor. El maquinista subió al puente, miró hacia la barcaza y dijo:

     -Aquélla es la Yvopemí. Apura, caraí Rudé. Algo le pasó otra vez a Timoteo Yapú  (17)

     El Panchita-C. se acercó a la barcaza. Manos hábiles y vertiginosas la amarraron al remolcador. Instantes después subían a un hombre poseído de un susto fenomenal.

     -¡Qué te pa te pasó otra vez, Timó, che compañero!

     Timoteo pudo contar, tras de un cuarto de caña, que, como la noche estaba blanca y él se venía recordando «por su la reina», se había puesto a cantar Yacy-morotí sin hacer caso de que es canto con pora. Así fue como de pronto, en una llamarada como de avión bolí que cae incendiado, bajó un indiecito de plata, de melena de oro y vincha de coral. «Timoteo -había dicho- es tan linda tu voz que tu canto se escucha, lo mismito que la radio, allá en mi valle que está en la luna. Cantá un poco otra vez, que así te voy a dejar el collar de perlas chinas que me regaló uno mi tío por mi cumpleaños». Ya iba a complacerlo cuando vino bajando un indiazo guaicurú que tenía unas alazas de murciélago tan grandes que dejó todo a oscuras; unos aros de madera como rollos de timbó de dos brazadas; el labio atravesado por un tembetá que era la tibia de una vaca, y un collar que en vez de dientes de tigre eran las puras y completas calaveras...

     Tripulación y pasajeros ya lloraban de risa. Pero Timoteo seguía hablando atropellado, curándose de escalofríos con formidables buches.

     Menos mal que tenía a su abogado: un crucifijo de Olivos del Calvario que le vendiera un turco en la función de Santa Rita, aquella misma en la que los hermanos Samudio metieron en el cepo al comisario y don Tito Quiñones le encajó cinco tiros a la radio porque tocaba el «colorado». «Brotege gontra guchillo, balas, boras y bomberos. Gombra que te conviene», le había dicho el «bobre turco»... ¡Y era cierto, había sido! Porque o si no seguro que el Malavisión lo aplasta del garrotazo que le jugó con una macana de por lo menos veinte metros, «por esta cruz que beso, y no dijo el doble para que no se vayen a figurar que miento».

     Poco después, reconfortado por el desahogo y por los tragos, Timoteo el Embustero desamarraba la barcaza para seguir, aguas abajo, desafiando a tan descomunales apariciones sin más compañía que su abogado y la necesidad de llegar a la Asunción con sus modestos cachos.

     Frete-carapá torna a su puesto. Tira de la campanilla. Cimbran los cables de remolque y el vapor reanuda su refunfuño cadencioso. El viejo vuelve una vez más los ojos hacia el brete.

     -¡Jho, brete-cué, la añamemby!

 

- VII -

     Miguelí despertó asustado en la rivera, lejos de su casa. Un negro grandote, recostado en un árbol, lo miraba bondadoso, pitando en su cachimbo.

     -¿Qué tal, Miguelí?

     -¿Quién eres tú?

     -¿No me reconoces? Si ayer nomás me seguiste. Un pajarito trató de guiarte pero un mono entrometido lo espantó. Cuando volviste a encontrar mis huellas te interrumpió Daniel, diciéndote mentiroso. Tú, enojado, abandonaste la búsqueda.

     -¡Pies Dobles!

     -Sí, señor, Pytá-yovai, a su orden -dijo el negro, mostrando cuatro talones.

     -Pero... anoche estaba mintiendo...

     -Qué sabrás tú de la verdad y la mentira.

     -No me acuerdo.

     -¿Que no te acuerdas? ¡Vamos, si lo sabes muy bien! Pero dejemos eso y no te estés allí como perro mojado. Tengo fama de malo pero son macanas. Defiendo al perseguido confundiendo sus huellas. A veces asusto al cazador que mata sin necesidad. Nadie puede seguirme sin ayuda del vyrá-i-tapé. Mis pies van y vienen, vienen y van, pero conozco como nadie los caminos del bosque. Sigo el rastro del tigre, la senda del venado y el barrero del anta. Pocos me han visto, salvo los muy discretos. Me muestro a ti porque, aunque lo cuentes, nadie te creerá.

     -¿Eres un fantasma, entonces?

     -¡Nde bárbaro! Soy un duende con toda la barba. Los fantasmas son ideas sin brazos que vagan suplicando una mano que cumpla con su voluntad. El problema de los fantasmas es que la gente se asusta cuando los ve. Yo quisiera ayudarlos, pero siempre pretenden disparates. Un avaro amigo mío me joroba pidiendo que desentierre su tesoro. ¿Qué voy a hacer con la plata? ¿Tirarla? ¿Enterrarla de nuevo?

     -¿Por qué no se la repartes a los pobres?

     -¡Nde bárbaro! Ahí si que no me valdrían ni los dobles talones para esconderme de ellos que, a más de pobres, se harían mendigos... ¡Qué esperanza! Déjame vivir tranquilo.

     -Podrías hacer como Robin Hood, que sacaba a los ricos para darle a los pobres...

     -¿Robin-Jû (18)? No lo conozco. No ha de ser de este valle. Ha de ser algún gringo cuatrero que regala una vaca por cada diez que roba. ¡A mí con esos cuentos!

     Pytá-yovai rompió a reír a carcajadas, dándose grandes palmadas en los muslos, la cabeza para atrás, mostrando hasta la campanilla, como se ríen los negros, hecho un tizón de risa. De pronto se puso serio, y acuclillándose, adoptó pose de pensador.

     -Esa vieja Ara-yaryi para ser la abuela del tiempo no ha aprendido un carajo -dijo, y remató-, ¡vieja zonza!

     Miguelí paró la oreja.

     -Entonces... no fue un sueño...

     -¿Qué sabes tú de sueños? Sueña y basta.

     -¿Por qué es tonta Ara-yaryi?

     -Porque no me llamó a mí -dijo Pies Dobles, ofendido-. Llamó a todos, menos a mí. Hasta llamó al poeta antes que llamarme a mí. Etiguará dio muchas vueltas tratando de decir cómo eras pero no supo decir quién eras. Yo sé muchas cosas porque voy y vengo, vengo y voy; y además, porque soy bueno... Claro, ¿quién se iba a acordar de mí? ¿Quién se acuerda de un negro bondadoso?

     -Entonces ¿quién soy yo? -preguntó Miguelí, esperanzado.

     -Miguelí.

     -¿Eso nomás?

     -Las palabras son chiquitas, hermano, y las cosas muy grandes.

     Miguelí no entendió, pero tenía mucho sueño.

     -Llévame a casa, Pies Dobles. Hoy me dio por volar y me perdí.

     -A eso vine. Súbete a mis hombros que en dos patadas te llevaré hasta el potrero grande.

     -No, allí no. Allí está el bayo, el toro cebú.

     Pies Dobles meneó negativamente la cabeza.

     -No puedo. Si paso el alambrado los perros armarán un alboroto bárbaro. Además, el toro ya no puede hacerte daño, ¿acaso no está ciego? Y ya no puede correr, se le ha quebrado una pata... ¡Anda, súbete de una vez! Hay que ser macho, mi amigo.

     No quedaba otro remedio. En un santiamén llegaron y Pies Dobles se fue. Miguelí se acercó al pobre toro bayo.

     -¡Bayo, bayo! -le dijo, sollozando- ¡perdóname, hermano toro!

     -¿Por qué? Me has sacado los ojos, te has sacado los ojos. Yo soy tú y tú eres yo... Che nde, ja nde cheavé.

     Miguelí se fue llorando, entró a su cuarto, se metió en la cama y despertó.

     El canto de los gallos ya subía por la loma del mundo.



SEGUNDA PARTE

LA MUY NOBLE Y MUY ILUSTRE

 

- I -

     El bayo agonizaba en el espinillar ya indiferente a las hormigas que lo entraban por las cuencas de los ojos reventados. El caracará aguardaba el desenlace. Chillaba el kirikirí alborotando a las urracas. Anoes y piriritas detenían sus vuelos atolondrados para curiosear y comentar el suceso. Los cuervos daban vueltas, acercándose. Algo de luto empañaba el verdor, atemperaba al viento que soplaba en rachas tibias como enardecido en la espera del ánima del toro. Un hombre hurgaba entre los yuyos abrumado por su enorme sombrero. A la sombra de un árbol, Daniel lo veía hacer, con las manos apoyadas en el cabezal de la montura. Se notaba que había besado la botella, por las ojeras hundidas y el brillo apagado pero ardiente de los ojos soñolientos. A su lado, don Rosendo se mordía los labios tratando de aceptar aquel nuevo desastre. Miguelí seguía con sobresaltos la pesquisa de caraí León, quien, por virtud de una medalla de San Antonio que tenía injertada bajo la piel del brazo, podía hasta decir el pelo de un caballo con sólo mirar las huellas. La última esperanza era que el santo, cuya estatuilla había birlado a Ofelia y enterrado patas arriba, se dejara persuadir por el tormento. Porque, a pesar de la constante prédica del padre Lutin contra las irracionales supersticiones, Miguelí no podía dejar de tantearlas cuando no le quedaba otra salida. Hubiera preferido arreglar al santo por las buenas, pero, como solía decir Basilio, al que quiere joderte no has de andarle con súplicas. Y qué iba a socorrer aquel patrono de solteronas calientes a un malvado pecador como era Miguelí.

     -Me pregunto quién habrá sido el descastado que le reventó los ojos -dijo don Rosendo como si de pronto rebosara de rabia-. Una vez Toribio Sosa le macheteó a mi montado porque entró en su maizal, y le hice bailar chopí con toreada, a arreadorazos, en la plaza del pueblo. Pero esto es el colmo, es inaudito, ¡hay que ser sin entrañas! Quizás algún pariente de Santiago, para vengar la cornada que le dio; aunque lo dudo, porque son correligionarios y además gente decente. Puede ser el urú, con quien se me fue la mano. O algún tarefero desconforme con la paga. Alguien tuvo que ser, sin falta. Ya lo sabremos. Y juro por mis canas que, sea quien sea, le he de desollar el lomo a guascazos y encima le he de echar un balde de salmuera. Para que sepan, para que se recuerden, que estos brazos, aunque de viejo, todavía tienen garras...

     Caraí León examinaba el palo con que pegaron al toro. Desde el fondo del alma le salió a Miguelí la promesa fervorosa de sacar a San Antonio de su entierro, bañarlo con jabón de olor, prenderle una vela de esperma, de las grandes, y no una de ésas de cebo hediondo que solía ponerle Ofelia y que le manchaban de hollín el rostro afeminado.

     -Anoche me quemaron la yerba -se seguía plagueando don Rosendo-, hoy me arruinan un toro que vale una fortuna. Si continúa la seca no habrá caso de sembrar. Haber vivido tanto para que todas las cosas se me den la vuelta y amargar mi vejez, ¡caracho digo!

     -Es una mala racha -dijo Daniel, encogiéndose de hombros-. A veces hasta dan ganas de liquidar todo y mandarse a mudar a la Argentina. Von Stauffemberg no ofrece mucho, pero paga al contado y se hace cargo de las cuotas atrasadas de la hipoteca.

     Don Rosendo lo miró de soslayo, desconfiado, y se quedó mascullando sin responder.

     -Don Jorge dijo una gran verdad -continuó Daniel-. Somos los únicos terratenientes labradores. Los demás, los que prosperan, o, por lo menos, los que no se funden, dejan el trabajo al toro y levantan cosechas a liño por medio de las chacras de los arrendatarios. Según él, es la única forma razonable de trabajar, porque en el Paraguay el agricultor está embromado. Su chacra sirve para mantener viva la mano de obra necesaria para los obrajes y yerbales, y un poco, muy poco, para las estancias. Lo que sobra tiene que emigrar, no hay vuelta de hoja. Tal es el secreto de la despoblación del país, no la dichosa Guerra Grande. La agricultura conviene si se hacen inversiones mínimas, sin alterar el principio. Con tal criterio el alemán, en el mismo palmar que hasta que se lo vendimos nunca sirvió para nada, consiguió que nuestro antiguo parásito, Basilio Gómez, sembrara veinte hectáreas con arado de reja y una yunta de bueyes. Nosotros, en cambio, tenemos por ahí tirada la cosechadora de maíz, la desmotadora, la bomba aspirante, y no sé cuántos otros cachivaches que sólo sirvieron para endeudarnos hasta las orejas...

     -Tú los compraste.

     -Es verdad. La idea fue mía, lo reconozco. Estoy haciendo mi autocrítica, como hubiera dicho el pobre Sotelo. Pretendí mecanizar la agricultura, mestizar el ganado, y otras cosas muy lindas, sin tener en cuenta que para eso hace falta un mercado que pague, cosa que no es posible en un país donde los precios se fijan para sacar el jugo al pobre diablo que araña la tierra con un palo. «El estanciero paraguayo, dijo don Jorge, sabe por instinto que no debe meterse a sembrar por su cuenta. Es un sujeto miserable y astuto. No un caballero, un intelectual, como son usted y su señor papá».

     -Muchas gracias -gruñó don Rosendo-. A ese gringo caracha un día de éstos le voy a arreglar las cuentas.

     Daniel se echó a reír.

     -¿Por qué? ¿Porque sabe vivir? ¿Porque tiene razón? Tú y yo, querido papá, padecemos de una inadaptabilidad perfecta. Tú mismo se lo dijiste al coronel Chirife cuando vino a enredarte en su conspiración: «Tengo un pie cien años atrás y otro cien por delante. Este país volverá a ser lo que fue, mas no por obra nuestra». ¿Te acuerdas? Todavía teníamos la casona de la calle Oliva. Yo había entrado para entregarte una carta cuando me topé con los tamaños bigotes de mi coronel, y con su casco de bombero sobre tu escritorio. Mandaste que me sentara, y siguieron hablando en mi presencia con toda confianza. Fue un gran honor para un muchacho de quince años. Nunca lo olvido.

     -Es que entonces eras más formal que ahora -bromeó don Rosendo, complacido.

     -Sí, y una semana después andábamos a los balazos, tú en un bando y yo en el otro. No me acuerdo cómo amanecí «saco-pucú» con don Modesto Guggiari y su gente de la Liga Marítima... ¿qué me dices?

     Rieron de gusto al evocar tiempos mejores.

     -Me alegré de que a esa edad supieras tomar partido, aunque en mi contra. De que te alcanzara la fuerza para empuñar el fusil. Es más, estaba seguro de que lo tuyo no era travesura sino decisión responsable. Por eso mismo hubiera preferido que estuvieras a mi lado.

     -En el bando que perdió...

     -¿Me lo reprochas?

     -Claro que no. Tanto los sacos largos como los cortos se comieron nuestras vacas. Además, también a mí me gustan las causas perdidas. Lo llevo en la sangre, soy paraguayo.

     Don Rosendo lo miró con inquietud. Daniel no solía ser tan locuaz, ni oler a caña tan temprano.

     -¡Eh, caraí León! -gritó, como para sacudirse la impresión penosa-, ¿encontraste algo?

     -¡Algo! -repitió el capataz, agitando la mano. Después volvió a inclinarse, concentrado en su tarea.

     -Ésta es una tierra ingrata para con sus hijos -continuaba Daniel-. Raúl es único de la familia que ha prosperado, y para eso tuvo que irse... Me ofrece el empleo de jefe de compras, ¿te imaginas? Mandaría imprimir una tarjeta que dijera: «Doctor Daniel Domínguez, capitán del Ejército del Chaco, ascendido en el campo de batalla por méritos de unos pobres infelices que pusieron la barriga a las balas para hacer lo que les mandó», y debajo, con letra chiquitita: «se aceptan coimas en especie»... ¿qué te parece?

     -Un disparate -replicó, don Rosendo-. No te acostumbrarías. El mismo Raúl, que fue siempre un botarate, no se halla.

     -Qué no se va hallar -exclamó Daniel-. No te engañes. Está encantado de la vida. Me escribe cartas llenas de consejos, porque resulta que ahora soy yo la oveja negra.

     -No se halla -repitió el viejo, obstinado-. Me ha escrito que quiere regresar, y si quiere regresar es porque no se halla.

     Daniel soltó una carcajada.

     -¡Ah, bueno, eso es otra cosa! No encontré en Buenos Aires uno solo que no hablara de volver. Tienen ese problema y se complacen jugando con él de vez en cuando como un chicuelo con su trompo. Tienen un cargo de conciencia como si hubieran abandonado hijos en la miseria. Figúrate: sienten vergüenza, y esa especie de pudor les impide arraigarse... ¿Qué tendrá este país?

     -Somos un pueblo que ama a su patria -sentenció don Rosendo.

     Caraí León, tras olfatear como perro, se había puesto a cavar afanosamente con las manos.

     -Palabras, nada más que palabras, querido papá. Ya no estás en el Congreso. Convengo en que seríamos un gran pueblo si, a más de imaginación, tuviéramos un poco más de voluntad para realizar esas pequeñas cosas concretas con las cuales al fin y al cabo se construyen las pirámides. Los sueños nos agotan. Allá tienes a Raúl, el vago de la familia, con su regio departamento, su automóvil y la mar en coche, mientras nosotros, los doctores, desbichando terneros y tratando de averiguar qué estúpido bárbaro nos liquidó el mejor semental que teníamos. Pero, hasta en Raúl se manifiesta el alma de la raza. Se las da de exilado y acaricia sus nostalgias como se acaricia a una mujer, para excitarse... Aunque por otro lado me convide a ir allá, ofreciéndome un empleo de bolichero.

     -Puedes irte -replicó don Rosendo, amoscado.

     Daniel se rió.

     -No te aflijas, no voy a abandonarte en esta estúpida pelea. Trataremos de aprender de don Jorge von Stauffemberg -Daniel pronunció el nombre con regusto, porque una de sus grandes vanidades era el conocimiento del alemán-. A lo mejor me hago su socio, antes de que nos convierta en peones suyos. A él ni se le antoja regresar, como tampoco se le antojaría a Raúl si un paraguayo fuera capaz de vivir de realidades sin buscar tres pies al gato... Parece que nuestro detective hace progresos -se interrumpió, señalando a caraí León que estaba tanteando un poste-. Míralo, ¡Curupí en persona! Se está rompiendo todo, poniendo todo su talento, toda la pasión de que es capaz para pillar a un pobre diablo como él, aunque resulte su compadre. La mejor recompensa que le podrías dar es permitirle oficiar de verdugo; descargar en el lomo de un desgraciado toda la ponzoña acumulada en su alma de indio. Los he visto en la guerra, daban espanto, ¡y pensar que a eso le llaman heroísmo!

     -¡Qué demonios te pasa! -rugió don Rosendo, perdida la paciencia-. ¡Cállate ya! No olvides que te escuchan.

     Daniel se volvió.

     -¡Ah, te aflige este ciudadano! ¿En qué andamos, compañero?

     -¡Eh caraí León! -gritó don Rosendo, enojado-. Cuándo acabarás con eso.

     -Enseguida, mi patrón -contestó el capataz, con una confianza que llenó de pavura a Miguelí. Daniel se dio cuenta. Hizo un gesto de extrañeza y siguió hablando.

     -Nuestro genio embotellado ha vuelto a perder un año de escuela. Ya nadie lo aguanta en la Asunción. Ahora se lo acusa de haber perpetrado un yacaré (19)... No me sorprenderían en él tales precocidades.

     -Si no se corrige tendremos que mandarlo a la Marina, para que lo muelan a palos hasta que se dome o reviente -dijo don Rosendo, con exagerada severidad.

     -¿Qué te parece la idea, hermanito? -remató Daniel.

     Miguelí se mordía los labios, humillado.

     -Total, te gusta el mar. Lástima que a los paraguayos sólo nos quede mar en la sal de nuestras venas y en una misteriosa nostalgia de infinito. Poco de eso vas a encontrar en la Marina. Hicimos lo posible para que estuvieras en un lugar donde verdaderamente te educaras, pero lo echaste a perder con una de esas genialidades que sólo a ti se te ocurren. Probemos ahora el efecto de ese rigor brutal que hace de nuestro ejército uno de los más aguerridos del mundo... ¡Pero qué blanco te has puesto! ¿Qué te pasa? ¿Encontraste a Pies Dobles o anduviste por el lado de Basilio? Linda la moza, ¿eh? Pero no te apures en gastar tus balas, pendejo. Nadie sabe cuándo le hará falta la última, la principal.

     Daniel reía con esa risa amarga que tanto endulzaba su rostro varonil. El capataz llamaba agitando los brazos. Se fueron hacia el alambrado. Miguelí los siguió ya decidido a aguantar lo que viniera.

     -Lo tentaron -decía caraí León-. Habrá estado muy furioso para atropellar el alambre. Era un toro muy letrado.

     El topetazo había ladeado este poste y soltado esos hilos.

     -Y con esto le pegaron cuando se enredó -concluyó caraí León, levantando el garrote en ademán vindicativo.

     -¿Quién fue?

     Caraí León quedó callado. Don Rosendo, tras de observarlo, como si le hubiera leído el pensamiento, abrió tamaños ojos.

     -Fuiste tú, Miguelí -afirmó, volviéndose para apuntarlo con el índice.

     -Sí, fui yo.

     -Lo dejaste reventar. Es monstruoso.

     -No lo quise lastimar. Lo estuve toreando. Cuando se enredó, le pegué para amansarlo y para que me respete otro día. Cuando lo solté me di cuenta de que estaba ciego. Fue una desgracia.

     Don Rosendo, incrédulo, miró al capataz. Caraí León levantó su cara chata de guaicurú perforada por ojillos inyectados y crueles de capanga nato. Hizo una mueca afirmativa, y apartando con el pie unas matas secas que él mismo colocara, descubrió una huella apenas perceptible.

     -Evidente -exclamó Daniel, volviendo grupas y alejándose, seguido por caraí León, hacia donde estaba el toro bayo. Don Rosendo y Miguelí quedaron frente a frente, sin saber qué decir. El muchacho no bajaba los ojos. Llevada por el instinto, la mano del viejo buscó la pistolera.

     -Fue una desgracia.

     -Ve a mi despacho -ordenó don Rosendo, y espoleó a su caballo para alcanzar a Daniel.

     Miguelí se quedó solo, desdeñado. Vio cómo caraí León, que con las piernas torcidas muy abiertas y el cuchillo en la mano parecía un monstruo grotesco, se aprestaba a despenar al toro. Y cómo don Rosendo lo apartaba de un pechazo y descargaba su revólver sobre el bayo, que, en un postrer alarde, se levantaba corneando entre bandadas de pájaros espantadas por los tiros.

     A Miguelí se le antojó que esas balas eran para él. Se alejó al tranco, chusqueando, con el sombrero en la nuca, retando al viento con la frente altiva. Allá, sobre la loma que brillaba como una tonsura en medio del monte, la Casa Grande, con su espinazo torcido, parecía un arca varada en aquel paraje agreste.



- II -

     Miguelí entró a un salón penumbroso lleno de librotes y retratos mostachudos. Apartó papeles para mirar, bajo el cristal del escritorio, una fotografía desteñida que le gustaba mucho:

     -Me pegarán -le dijo-. No te asustes, duele un momento y pasa. A palos se amansa a los bueyes, nunca a los toros.

     Borró con el índice el polvo que empañaba el cristal y la quedó mirando largo rato en un esfuerzo casi doloroso por evocar una reminiscencia. En otro tiempo solía quedarse así, siempre a escondidas, como si hubiera algo prohibido en rememorar las sombras. Cantimploras rebosando leche. Voces de guitarra, despedidas. Un rostro inmenso como la ternura que se inclinaba sobre él para mojarlo con sus lágrimas. Luces mortecinas proyectando sombras enlutadas. Y la búsqueda, el llorar desconsolado, el maullido de una gata. Toscas caricias, un trencito, y después, la cerrazón del olvido. Miguelí estaba enfermo, muy enfermo, y la luz que se filtraba por la cortina de estera hacía rayas de colores sobre el piso de ladrillos y ahuyentaba a «Guerra». «Guerra» era un duende coludo cuyo nombre se pronunciaba con distintos acentos. Una vez lo encontró, detrás del cántaro, disfrazado de sapo, con tremendos colmillos babosos colgando de labios leporinos. Otra, bajo el jazminero, haciendo sonar sus cascabeles y lanzando miradas furibundas. O se escondía invisible debajo de la cama para llenar de espantos las noches obscuras. «Guerra» se llevaba a los hombres para comérselos. Tras pintarlos de verde, los iba subiendo por el camino rojo, tornándolos azules a la distancia. Y las madres lloraban y lloraban con las manos vacías alzadas hacia el cielo como implorando al sol. «Guerra» traía bolís marrones, taciturnos, como santos de piedra. De «Guerra» hablaban las mujeres, las guitarras, el viento que agitaba los ramajes rebeldes. ¡«Guerra», «Guerra»!, repetía Miguelí, para gustar del miedo. «Guerra» mandaba la desgracia con un milico viejo que dejaba una carta. Venían entonces los velorios sin muerto. Los mantos y rebozos se iban tornando negros. Negros como «Guerra», el duende maligno.

     -Miguelí, ¿quieres mirar el Chaco?

     Entonces le ponían manos sobre las orejas y lo alzaban muy alto, colgado de la cabeza... «¿Qué viste?». «A Guerra». «¿Cómo es Guerra?». «Patas de loro, ojos de sapo, uñas caguaré». Risas de varones, santiguar de mujeres: «Entren a ese chico, ¿no ven que está enfermo? Pónganle una tricota». Oía nítida la frase, y, qué curioso, lo que seguía se hacía claro como al despertar de un sueño. Pero quedaba una pregunta.

     -¿Quién eres? Papá me dijo que lo sabría alguna vez. Ofelia me contó que eras mi madre ¡Miente! Mi padre es don Rosendo Domínguez Pane; mi madre, doña Lucía Insaurralde de Domínguez... Lo dicen mis papeles. Los papeles no mienten, qué embromar.

     Miguelí estaba orgulloso de su madre. Cuando ella llegaba, callaban las guitarras y los músicos se ponían de pie como saludando a la bandera. Tocaban después el «colorado», y hasta don Rosendo aplaudía, chocho de contento, aunque era liberal de ley, como el mismo Miguelí, su correligionario acérrimo. Daniel era otra cosa: un «vatará» febrerista. El peor de toda la gente sin color definido era ese mozo Sotelo que había venido confinado. No paraba de hablar de la mañana a la noche, hasta el punto de que se maliciaba que había comido lengua de loro. Y a veces continuaba toda la noche entera, con don Rosendo y Daniel, gritando como energúmenos, dando grandes trompadas en la mesa. Según la tía Zoraida, Sotelo se iría al infierno con toda seguridad. En cambio doña Lucía lo escuchaba con paciencia, gastándole una que otra broma y diciendo que era un hombre de buena voluntad. Hasta que llegó a buscarlo la Comisión porque hacía propaganda. Pero, ya desde la víspera, avisado por uno de los Samudio que estaba haciendo la conscripción en la comisaría del pueblo, Basilio lo llevaba por los montes hacia la frontera del Brasil, con cien balas de máuser relucientes que le diera don Rosendo, sendas gurupas con chicharó, raspadura y galleta con maní; y una medalla de la Virgen del Carmen que Ofelia, siempre enamorada, le escondiera entre la muda. Hasta la tía Zoraida lo obligó a aceptar un pañuelo con sus ahorros: «Que Dios te ilumine con su gracia», repetía continuamente.

     Pero el único momento en que Sotelo pareció conmovido fue cuando pidió permiso para besar a la mamá de Miguelí: «Usted es como la tierra, la madre de todos, la señora», había dicho antes de mandarse a mudar, lo más campante, según expresó Ofelia, como zanguango que era, sin Dios, Patria ni Familia, por la picada del fondo, hacia donde amanece.

     Durante mucho tiempo no se habló de otra cosa. Cuando doña Lucía, a la hora del rosario, pedía protección al caminante, Miguelí se imaginaba a Basilio abriendo pique en el tacuapizal, a Negro alerta y a Sotelo detrás, sudando lacre bajo las garupas, la cara negra de mosquitos, y hablando hasta por los codos.

     Pero pronto empezaron a pasar cosas muy raras. Los Samudio se negaron a pagar arrendamiento al gringo Stauffemberg alegando que la tierra es de quien la trabaja. Como nadie se animaba a meterse con los Samudio, que eran muchos y en su casa el «treinta y ocho» era el calibre más delgado, la cosa quedó en un pleito que dio para hablar por muchos años. El cura, en su recorrida, apenas se llevó en diezmo una vaca machorra, unas cuantas gallinas y un coatí consentido que hasta le rompió la sotana: «El diablo anduvo por aquí y quedó el olor a azufre», decía, con la boca llena de bife con huevos, sin hacer caso a las risas de don Rosendo y Daniel. Poco después, en la función del Santo, Tibú Aldama largó seis tiros al aire dando vivas a la democracia. Siempre fue medio tilingo, y cuando ya en el cepo, molido a palos, el comisario le preguntó «qué partido pa era ése», el pobre le respondió: «Ya lo vieron: es el partido por el eje».

     Estas historias hacían llorar de risa a don Rosendo hasta que se enteró que los peones, en lugar de contar casos y jugar a las barajas, se reunían a cuchichear en el galpón. La comisión atrapó al culpable en el estero. Lo trajeron maneado, enlazado por el cuello, sangrando hasta por los oídos. Era Victorio Torres, criado en la Casa Grande. Por eso nomás no lo mataron cuando, arrinconado, se defendió a garrotazos, descalabrando a dos agentes. Don Rosendo iba a pegarle encima por desagradecido, pero doña Lucía, con una palabra, le paralizó la mano. Después, ella que nunca daba órdenes, mandó que lo desataran. Le lavó las heridas con tapecué y salmuera; le puso emplastos de miel de abeja y le curó los oídos con el jugo de una cucaracha frita. Pero Victorio, según se dijo, también estaba herido en el alma. Y se marchó para siempre. Desde entonces fue suya la oración del caminante. No se había llevado ni una muda. Su tobiano moruno amaneció en el palenque, con el recado repujado y los arreos de plata que ganara en la sortija.

     -Gesto digno de un paraguayo, de un señor en el mejor sentido, válgame el galicismo -repetía una y otra vez don Rosendo, y remataba, señalando al tobiano-. Miguelí, mira y aprende: ¡esto es un hombre!

     Doña Lucía no dijo nada, pero nunca más quiso montar otro caballo. Hasta que lo mató una víbora y ella ya no pudo cabalgar, vencida al fin por los años.



- III -

     Doña Lucía era el ama y señora de la Casa Grande, la «casa de la abuela» para la chiquillería bulliciosa que solía invadirla los veranos y que a Miguelí lo llamaban «che tió» (20). Porque él era el único que no tenía abuela y sí una madre tan vieja, tan lejana. Y unos sobrinos zafados capaces de hincharle el ojo a uno antes ni de que se pusiera. Claro que esto fue así hasta que lo mandaron a la Asunción. Había llegado a casa de su hermana Antonia con la cabeza tan llena de Yparaguay que le bastaba cerrar los ojos para ver correr al río, tornarse anaranjado. A la tierra subir, desde Remanso Castillo, trepando por los caminos rojos y las verdes lomadas. Al sol morir como un dorado herido que se hunde en el agua. Al Palacio nacer del rancherío de las barrancas, al techo redondo de una iglesia tocando un cielo de vidrio. Y cuando ya se creía que saldrían a recibirlo doncellas aguadoras con túnicas al viento, iguales a la que don Rosendo tenía en su despacho, se encontró con gente transitando desganada, como doliéndose de algo que le pasó a «alguno su pariente». Pronto descubrió, sin embargo, que, contra lo que podría suponerse, la Asunción no es un pueblo grande de calles empedradas por donde suben llorando los tranvías. La Asunción es una persona, quién sabe una mujer, a la que nadie ha visto y a la que sin querer uno le habla. Fue allí donde una siesta, cuando volvía con la vianda, lo detuvo un señor que, sin decir nada, con mano temblorosa le regaló billetes de plata-pirirí. Iba a rechazarlos, porque Miguelí no era limosnero, cuando advirtió que el extraño tenía los ojos llenos de lágrimas, el traje raído y el aspecto derrotado de un general que gastó todas sus balas. Agradeció el obsequio y salió disparando. Antonia le armó un escándalo porque había derramado la comida. Aguantó los coscorrones en silencio, aunque con ganas de decirle que otro día lo mandara a Carlitos, porque él había venido para entrar a la escuela y no para hacer de mandadero. En la maldita escuela donde todos le jugaban por ser arribeño y novato, amén de matungo pantalón-del-hijo, el mayor del grado, encima de muy largo y arruinado para el zoco, aunque cuando llegó ya supiera leer hasta novelas. Su único amigo verdadero era Toño el Lustre, que una vez lo defendió a cajonazos de una turba que lo atormentaba con burlas por haberle contestado en guaraní a la maestra. Toño era de su valle, hablaba poco y podía fumar cigarros de hoja sin toser. Tenía su puesto en un bar, frente al Palacio de Justicia. Allí, sacando brillo a los botines, de todo se enteraba. De tanto, que hasta Roberto el Pyragüe (21), que, como todo el mundo sabía, era policía secreto, trataba de sobornarlo para que le pasara cuentos. Pero Toño no traicionaba a su clientes: «Si averiguan pierdo plata -solía decir-. Se irían todos a la cárcel». Fue Toño quien le contó que aquel raro personaje se llamaba don Cecilio y que vivía en el barrio de la Encarnación en una casa con pora. Miguelí compró entonces pastelitos para convidar a su socio. Toño se comió uno solo, guardando los demás, entre betunes, para compartirlos después con su familia, al tiempo que aconsejaba seguir la pista a aquel sujeto, porque son muy pocos los que, hoy en día, sueltan la plata, por la escasez de divisas que padece el Paraguay. En eso estaban cuando entró don Cecilio con su paso estudiado, tieso y como adolorido. Miguelí escapó corriendo, no fuera a maliciar que pescaba por su dinero.

     Siguiendo las instrucciones de Toño el Lustre, pudo encontrar, detrás de una muralla apelechada, medio escondida entre mangos, en el centro de un patio arenoso que extrañaba al rastrillo un metro más abajo que la calle, una casona que se caía de vergüenza por las paredes de adobe que mostraban el esqueleto de tacuara y por su techo de tejas rotas, negras de moho, con canaletas tapadas de hojarasca, cubiertas de telaraña.

     Con el tiempo, a fuerza de andar espiando sin qué ni para qué, llegó a conocer al dedillo aquel paraje. Supo así que el fondo daba a un zanjón cavado por los raudales. Seguía un baldío montuoso que alcanzaba, en la otra calle, a un murallón con un derrumbe por donde entraban parejas y otras gentes en apuros. Según Toño, del sótano que se abría en el centro, entre los cimientos de una casa que nunca se levantó, solía verse un mboi-yaguá -la enorme víbora-perro- saliendo para aullar en las noches de luna tormentosa. Aunque poco afecto a fantasías, Toño no hallaba otra explicación racional al hecho, comprobado, de que los gatos orejanos no se hubieran aquerenciado por ahí.

     A la mansión de don Cecilio se entraba por un portón herrumbrado que parecía colgar de las enredaderas. Estaba siempre abierto. Tampoco hubiera podido cerrarse sin buen desbroce a machetazos, en el supuesto de que sus goznes podridos funcionaran todavía. Era excelente lugar para esconderse tranquilo, seguro de no ser visto desde adentro ni desde la calle.

     De madrugada, de paso a la carnicería, ya podía verse a don Cecilio sentado en el corredor, bajo el alero torcido, en silla-catre. Una vieja esquelética iba y venía con el mate. Y nadie más, ni un perro, en aquella casa enorme. Por las noches aparecía don Cecilio, en el mismo lugar, sólo visible por su pijama blanco y el cigarro que, de tanto en tanto, pestañeaba rojizo como el ojo de un diablo.

     ¿Quién sería este señor que se había interesado en Miguelí, de quien nadie hacía caso? Era un misterio tan grande como el Caballero del Muro.

     Tal personaje era la sombra de un cruzado formada en la muralla de don Cecilio por una mancha de humedad. Estaba de rodillas, con las manos unidas en la cruz de la espada. Rezando, seguramente. ¿Quién lo habría puesto? ¡Nadie! ¡Qué notable! ¿O acaso un ánima? No era probable que la casualidad dibujara imagen tan perfecta. Todos los intentos que hiciera Miguelí por reproducirla fracasaron lamentablemente y le valieron quedarse después de hora en la escuela por ensuciar con garabatos su cuaderno de castellano.

     Miguelí solía contemplar al Caballero del Muro con unas ganas bárbaras de prenderle una vela. Además, era posible que, justito debajo de la punta del espadón, hubiera algún entierro. Tal vez un cántaro repleto de libras esterlinas que, a lo mejor, le estaban destinadas. Claro que sacarlo ofrecía dificultades. En efecto, cavar, sin ser visto, un pozo en la vereda pasando por debajo de una muralla ajena era cosa difícil de imaginar. Él había visto trabajar poceros. Sabía que al metro de tierra blanda se encontraba la tosca, cuya perforación imponía el uso de picos, barretas, baldes, roldanas y otros utensilios que así nomás no se consiguen. Entretanto discurría la solución del problema técnico, se dedicaba a pensar en la inversión del dinero. En primer lugar, era indispensable mandar rezar algunas misas, pues, de lo contrario, el oro se trocaría en carbón. Con otras cuantas monedas, levantar la hipoteca de Loma Verá y comprar una escopeta a su amigo Basilio el Mariscador, que siempre andaba con el peligro de que le requisaran el máuser. Pero, con la mayor parte, se decidiría por fin a llamar a la puerta para decirle a don Cecilio: «Patrón, ese agujero lo hice yo. Aquí le traigo lo suyo. ¿Podría decirme ahora por qué pa usté lloraba cuando me vio?».

     Don Cecilio, que en realidad resultaría llamarse Cecilián Cardén, le daría un gran abrazo, diciendo: «Como el padre del Príncipe Valiente, tuve un reino feliz hasta que un día un malevo vikingo me lo quitó. Y un hijo, que me lo robaron cuando era chiquito para traerlo al Paraguay en una barca alada igual a la de Flash Gordon. Por eso, cuando te vi descalzo, con la ropa que te queda chica, llevando la vianda bajo el solazo de la siesta, pensé que podrías ser él, aunque bien sabía que tal cosa era imposible porque sé positivo que eres hijo legítimo de don Rosendo Domínguez, un gran señor que vive por las lomadas». Miguelí, emocionado, le propondría gastar el dinero en la búsqueda del príncipe y en armarle una revolución al usurpador del reino. Don Cecilián, llorando de nuevo, le juraría por lo más santo hacerlo caballero de la Mesa Cuadrada, que nada tenían que envidiar a los de la redonda, vasallos de «uno su pariente», el rey Arturo.

     Aunque se le antojaba poco probable tal escena, le gustaba la historia y la prolongaba interminable, subido a la rama más alta del yvapovó del fondo, oyendo apenas a su hermana Antonia que lo llamaba para ocuparlo al almacén; viendo pasar al río camino hacia el mar, donde acontecen todos los hechos dignos de vivirse. Pronto comprendió, sin embargo, que la mejor historia no da gusto si no hay modo de creerla aunque uno mismo la invente sabiendo que es mentira. La suya tenía que culminar en la coronación de don Cecilio, en la restitución a don Rosendo de viejas dignidades, en el casamiento de Daniel con Esperanza Almirón, en el suyo propio con Olga Fernández, la novia de su sobrino Carlos, al cual, con no poca malignidad, obligaba a unirse en matrimonio con Casiana Mancuello, la sirvienta de la casa, de la que Carlos solía aprovecharse, aunque era bizca, cuando todos dormían y ella quedaba sola en su jergón, en la cocina. Miguelí se veía en grandes aprietos para compaginar semejantes enredos, que lo obligaban a recomenzar una y otra vez, olvidándose hasta de cumplir los tontos deberes de la escuela. Otra dificultad era que su cabeza se resistía a figurarse a todos de espada y armadura. La imagen de Basilio, por ejemplo, se le escabullía a cada rato y por ahí venía entrando, lo más campante, al mismísimo Camelot, descalzo y de sombrero-pirí, el machete agarrado por el medio y con el filo hacia arriba.

     Por desgracia, antes de que pudiera encontrar un final a un tiempo lógico y feliz, don Cecilio se murió. Aunque se lo llevaron en el tranvía fúnebre como a cualquier hijo de vecino, el entierro fue poco común. La casa se llenó de coronas y una multitud lo acompañó a la Recoleta. Entre ella Miguelí, aprovechando el pasaje gratis. Un señor dijo que don Cecilio había sido un gran profesor. Un estudiante gritó que el finado fue un demócrata. La gente decente comenzó a murmurar y a marcharse como a escondidas mientras un jornalero continuaba repitiendo la palabra que metiera en el cepo al pobre Aldama. En la calle gritaron todos juntos hasta que llegó la Montada revoleando los sables y se armó un revoltijo de pedradas y naranjazos entre desmayos de viejas copetudas y gente que aplaudía desde las casas muereando a la dictadura.

     Miguelí había regresado a su casa con la lengua afuera, pensando que si bien el final no había sido tan completo y feliz como lo deseara, por lo menos resultó inesperado y contó con su personal intervención. En efecto: Miguel Domínguez Insaurralde, el hijo de don Rosendo, al ver a uno de la Montada perseguir a sablazos a un estudiante chiquito, tomó del suelo un apepú, y saltando como si se arrojara él mismo, se lo plantó en la cara con tal fuerza que lo desmontó descalabrado. Ya en su cuarto se miraba la mano como si fuera ajena: nunca la creyó capaz de tanto.

     Esa misma noche, después de cenar, decidió cumplir un buen propósito. En su cuarto, que era el de los cachivaches, habían velas de esperma reservadas para el día de la Virgen. Se apropió de una y salió a la calle, que estaba más desierta que de costumbre. Se oían tiros, como siempre. Los tiros eran parte de los ruidos nocturnos como el paso del tranvía y el maullido de los gatos. Pero aquella vez sonaban más seguidos, más nerviosos. De tanto en tanto, una ráfaga de ametralladora provocaba un alboroto perruno que, como siguiendo una estela, cruzaba de una punta a la otra de la ciudad alerta.

     No había nadie en la cuadra de don Cecilio. Tuvo miedo de acercarse. Pero volver atrás significaba entrar en la despreciable categoría de la gente que recula. Esta reflexión le dio coraje hasta para mirar dentro del patio. La casa tenía ahora el aspecto desolado de los parajes huérfanos. Si prendía la vela en la vereda iba a apagarla el viento. Para hacer las cosas a lo macho, es decir, completas, no quedaba otro remedio que ponerla detrás del portón. Antes de entrar rezó un padrenuestro y un avemaría para espantar a las poras que hubieran por ahí. Después bajó las gradas como dándose a sí mismo un empujón. Con forzada calma preparaba un cascote para fijar el cirio cuando oyó pasos cautelosos en la calle.

     -Aquí está bien -dijo una voz, que se le antojó conocida.

     -¡Nde bárbaro! -tartamudeó la respuesta-, es muy cerca de la comisaría...

     «Ladrones», pensó Miguelí, aferrando el cascote.

     -Tanto mejor -dijo el primero-. Agarrá si que el burro-lápiz y no pierdas tiempo... Y vos -agregó, dirigiéndose a un tercero-, andate hasta la esquina a mirar si viene alguno.

     Sí, era él. Para asegurarse, espió por el portón. Un mozo, al parecer estudiante, escribía con una enorme tiza negra sobre la cabeza del Caballero del Muro. El otro aguardaba en la penumbra de un naranjo. Ni alto ni bajo, aunque estaba quieto parecía ágil, alerta.

     -Despacio, compañero, no te apures -indicó, como irritado-. Si no apretás a fondo van a borrarlo en seguida.

     Miguelí ya no dudó. Impulsado por su alegría, saltó a la vereda con los brazos abiertos.

     -¡Sotelo!

     El escritor soltó la tiza y salió inflando camisa. Sotelo dio un paso atrás con la derecha en el cinto.

     -¡Chist! ¡Callate! ¿Estás solo?

     Se tragaba la voz, también se había asustado.

     Miguelí no contestó, desconcertado por el extraño efecto de su saludo. Sotelo se echó a reír.

     -Esperá un momento -dijo, y recogiendo la tiza, completó la leyenda:

¡ABAJO LA DICTADURA FASCISTA!

     Después trazó una rúbrica que acabó de borrar al Caballero del Muro.

     -Ese Martín es un cagón -gruñó jovial, tirando el burro-lápiz por sobre la muralla. Tomó a Miguelí del brazo y le dijo-. Vamos, tengo que hablarte...

     Al llegar a la esquina, sin detenerse, hizo una seña con la cabeza a un muchachón que estaba escondido en un zaguán. Siguieron caminando calle abajo sin decirse una palabra.

 

- IV -

     Miguelí recordaba con gusto aquel encuentro con Sotelo. Le ayudaba en los momentos difíciles, cuando le caían encima con palos y reproches por cualquier cosa que hiciera. Nunca, hasta entonces, lo habían tratado con tanta seriedad. Además, fue el comienzo de una serie de aconteceres de esos que no se olvidan.

     Habían andado sin hablar hasta la esquina de la plaza Italia. Sotelo se detuvo a observar. Varias sirvientas afilaban en la parte más iluminada, dándose de pellizcos con sus novios y riéndose a gritos. El único uniforme era el de un marinero que, en banco apartado, ceñía a una chica por la cintura.

     -Vamos a sentarnos en aquel banco -dijo Sotelo, señalando uno próximo a la pareja-. Podremos ver la calle sin llamar la atención.

     Una vez allí le explicó que no debía contar que lo había visto porque, desde hacía algún tiempo, andaba «clandestino». Lo dijo una sola vez, sin insistir en el encargo, sabiendo que para entenderse entre arrieros de ley bastan pocas palabras. Quiso saber lo que pasó en las lomadas después de su partida. Las noticias parecían hacerle más gracia de la que convenía. Recién entonces Miguelí se dio cuenta de que Roberto el Pyragüé estaba apostado en la vereda opuesta. Un momento después, el policía secreto se encogía de hombros y se mandaba a mudar silbando el «pajarillo». Aquello pareció inquietar a Sotelo, que miró su reloj y estiró la cabeza como buscando a alguno. Había cambiado mucho con los bigotes ralos y el sombrero calado. Era más serio y formal, hablaba poco, hacía preguntas. Por ejemplo, para qué cargaba Miguelí tamaña vela, larga como un garrote. Le contó que para pagar una promesa.

     -Confía en tus semejantes, confía en la gente, compañero -le dijo Sotelo, sin reírse-. Vas a ver que te fallan menos que los santos.

     Sin duda, un hereje. Pero Miguelí lo apreciaba lo mismo: era imposible no querer a Sotelo.

     -¿Por qué siempre te escondes, Sotelo? -le preguntó.

     Se quedó pensando.

     -Tal vez por la misma razón -contestó al rato- por la que vos jugás al libertado. Con la única diferencia de que a mí, si me agarran, van a romperme la crisma.

     -¿Tuviste una desgracia?

     -No, pues, hombre. Nunca maté una gallina.

     -Entonces ¿por qué te persiguen? ¿Porque no tienes Dios, Patria ni Familia?

     Sotelo se rió.

     -La patria es todo lo que amamos. La de algunos, les cabe en el cuero. La de otros, es más ancha que el mundo.

     -¿No eres paraguayo?

     -Sí, es claro -gruñó, moviendo la cabeza y volviendo a mirar su reloj-. Mi patria es la misma que la tuya, este dichoso país donde tanto abundan los irresponsables... Pero, mucho más que el mapa, la bandera y otras yerbas, me interesa su gente, aunque sea incapaz de acudir puntualmente a una cita... En fin, quiero que las personas que viven en el Paraguay, que trabajan la tierra y la defienden, sean los verdaderos dueños de la Patria.

     -No te entiendo.

     -Es muy fácil. Basilio, Torres, Cástulo, Alderete, Santiago, y todos esos tipos excelentes que son nuestros amigos, no son dueños ni de un pedacito de la tierra que defendieron en la guerra y que riegan con su sudor todos los días.

     -Sí, es cierto, ellos son yvypóra -admitió Miguelí.

     -Bien, ahora ya sabes por qué me persiguen. Porque digo la verdad. Nada más que por eso.

     Miguelí quiso volver para su casa. Sotelo lo invitó a esperar otro momento.

     -Tiene que venir a buscarme un amigo -explicó-. Si me ven solo, la policía puede sospechar y pedirme documentos.

     Pero el amigo no venía y Sotelo comenzaba a decir malas palabras. De pronto, como si oliera algo, se levantó para despedirse con un «chau» y marcharse con su andar característico, despreocupado y alerta, como el paso del venado. Llegó a la media cuadra. Allí cambió de idea y cruzó la plaza más que ligero.

     Al momento apareció la patrulla. Un oficial flaco y largo hacía sonar las botas sobre el empedrado seguido por unos cuantos vigilantes descalzos, despatarrados, que traían los fusiles como si fueran palos de escoba. Llevaban las chaquetas sin cinto, las cartucheras cruzadas bailándoles sobre el trasero. Pidieron documentos a los novios de las sirvientas y atraparon al marinero justo al tiempo que se les escabullía. Seguro que era recluta, porque de lo contrario se hubiera resistido, armándose allí mismo la de Dios es grande. Éste, en cambio, se dejó quitar la gorra y abofetear.

     -¡Siga pues! -le gritaban, dándole de culatazos-, ¡ya te vamos a enseñar a no mear más por tu bolsillo!

     Esto porque, como se sabe, el pantalón marinero no tiene bragueta.

     Doblaron la esquina con rumbo a la Segunda llevándose a su preso, retrucando con burlas a las sirvientas que los insultaban de lo lindo. Pero, al ratito nomás, se oyó un sapucai, algunos tiros, y pasó el marinero a toda carrera agitando triunfalmente su gorra recuperada, perseguido por los tajachíes que disparaban al rumbo sus descalibrados mosquetones. «Van a agarrar a Sotelo», pensó Miguelí, largándose tras ellos. Pero, al llegar al centro de la plaza, como brotado de la tierra, reapareció el compañero.

     -¡Vamos, rápido! -le dijo éste, tomándolo del brazo y corriendo hacia el pozo artesiano que estaba en una de las esquinas. Sabía lo que decía porque ahí nomás se armó un tiroteo de mil demonios y empezaron a pasar de vuelta los vigilantes atajándose la gorra, corridos por una patrulla de la marinería que echaba fuego por la pinta de una piripipí.

     -Menos mal que Dios es paraguayo -balbuceó Sotelo, más pálido que un muerto-. Esta manga de tilingos raras veces se mata.

     El pleito pasó de largo y las sirvientas volvieron a juntarse en la otra esquina. Algo tembleque se movía entre los cachivaches amontonados junto a la casilla del pozo.

     -¿Y esto? -exclamó Sotelo, haciéndose a un lado, con la mano en el cinto. El bulto salía en cuatro patas, retrocediendo.

     -Buenas noches -saludó Roberto el Pyragüé, asomando tembloroso.

     -¡Epa! ¿Eras vos ese cangrejo? ¡Qué carajo andás haciendo!

     -Nadas...

     Sotelo soltó una carcajada. Roberto comenzó a sacudirse la ropa como pájaro que se arregla las plumas. Sotelo no le sacaba los ojos de encima ni la mano del cinturón, que parecía tener revólver.

     -¿Cómo está tu familia? -preguntó Roberto.

     -Muy bien, gracias, ¿y la tuya?

     -Dale que na memorias -dijo el policía secreto, y se alejó al trotecito, como atajando las piernas, volviendo la cabeza cada rato.

     -Rajemos antes que rejunte el coraje -dijo Sotelo, adelantándose. Tomaron por la calle de don Cecilio. Acababan de pasar la casa del finado cuando vieron aparecer, trotando en sentido contrario, un pelotón de soldados de policía.

     -Se están desplegando estos cochinos -maldijo Sotelo-. Quedate tranquilo, no corras...

     Pero Miguelí, tironeándolo, lo hizo retroceder hasta el portón.

     -¡Por aquí! No hay nadie en la casa...

     Sotelo no era recluta: entró de un salto. Agazapados detrás del portón, vieron pasar a los conscriptos.

     -¡Alto'ooo! ¡Cuerpo a tierra'aaa!

     Miguelí, con toda la sangre en la cabeza, oyó el ruido de los cuerpos que se tiraban en la acera. Hacia la esquina sonaron los balazos levantando frenético ladrar de diez mil perros. Alguien volvía corriendo.

     -¿Qué pasó?

     -Era un burro, mi sargento -informó el recién llegado.

     Una hilera de risitas recorrió toda la cuadra.

     -¡Silencio digo! -rugió el sargento.

     Volvieron a oírse tiroteos aislados que iban alejándose.

     -Bueno, bueno -dijo el suboficial, conciliador-. Pongan nomás la ametralladora en la esquina y cuidado con jugarle a los burros. ¡Las balas son para la gente, qué carajo!

     -¿A quién vamos a tirarle entonces?

     -¿Qué sé yo? Si ven a un verdeolivo o marinero, métanle plomo, por las dudas.

     -Mala suerte -sopló Sotelo- van a quedarse.

     Miguelí le habló al oído.

     -Detrás de la casa hay un baldío que sale a la otra cuadra.

     Sin hacer ruido, cruzaron el patio, una cerca derrumbada y el barranco, para internarse en el montecito hasta llegar al claro de la construcción abandonada. Sotelo se enjugó el sudor con los dedos y se sentó sobre unos cascotes.

     -Es un lugar bastante tétrico -dijo, echando una ojeada-. Sos todo un campeón, Miguelí. Sin tu ayuda estaba listo.

     La ametralladora de la esquina tosió una ráfaga como para aclararse la garganta.

     -¡Ojalá que sea otro burro! -exclamó Sotelo, suspirando.

     -¿Qué pasa? -le preguntó Miguelí.

     -Están nerviosos -respondió Sotelo, encendiendo un cigarrillo-. Se prepara una gran huelga y desconfían unos de otros.

     Fumó un buen rato, pensativo, tapando el cigarrillo con la mano.

     -¿Dónde vivís?

     -En casa de mi cuñado Garcete.

     -¡Ah!, está cerquita. Tendrás que ir solo.

     -¿Y qué vas a hacer vos?

     -No puedo volver a casa -explicó-. Esta noche tenían que venir a buscarme a la plaza para llevarme a otra... Ya viste, no aparecieron. Así que no me queda otro remedio que ayunar y pasar la noche aquí.

     -No sirve -le dijo Miguelí, señalando la boca del sótano-. De allí suele salir un mboi-yaguá.

     -¿Qué?

     -La víbora-perro -repitió- de ese agujero...

     Sotelo dejó escapar una risita nerviosa.

     -Es muy lindo el materialismo y todo, compañero, pero te aseguro que no me alegra la noticia... En fin, sólo resta esperar que no tenga tanto apetito como yo.

     -A lo mejor la podés matar con tu revólver.

     -¿Qué revólver?

     -El que tenés por tu cinto.

     -¿Esto? -preguntó Sotelo, sacando un rollo de papeles-. No tengo ni un cortaplumas. Pero, fijate: aunque estés desarmado, si metés la mano en el cinturón podés impresionar a cualquiera que no tenga muy serios motivos para arriesgarse a hacer la prueba. Ya viste el susto que le dimos a Roberto. Seguro que va a informar que intenté matarlo con una «cuarenta y cinco». Va a decir la marca y todo, no te quepa una duda.

     -Entonces vamos a casa -aconsejó Miguelí-, con eso no vas a joderlo al mboi-yaguá.

     Sotelo asintió con la cabeza.

     -Es una buena idea. Garcete no va a cerrarme la puerta en las narices.

     Miguelí hizo un gesto de lástima.

     -¡Ni sin esperanza! Vamos a saltar la muralla. Puede ser que no te deje entrar, pero echarte es más difícil.

     Sotelo se sacó el sombrero en ademán de franca admiración.

     -¡Compañero Miguelí! -exclamó, entusiasmado-. ¡Eres un gran promesa!



- V -

     -No vayes pues a comprometerme, mi amigo -imploraba Garcete, frotándose las manos cortas, regordetas. Era un morocho retacón, de pelo lacio, labios gruesos, aniñados, y un par de ojitos astutos, muy vivaces, agrandados por el azoramiento. Vestido con pantalón pijama, lucía el torso bruñido, sudoroso, moviéndose como enjaulado. Entraba al dormitorio para espiar por la mirilla de las persianas del balcón. Cuando sonaban los balazos, volvía hacia el corredor con gran estrépito de chanclos de madera. Allí, Sotelo, con la camisa desprendida, fumaba beatífico echando la ceniza en un platillo de barro puesto sobre una mesita de mimbre con carpeta de ñandutí deshilachada. Hacia el fondo, en la cocina, Antonia calentaba café refunfuñando. Al rato volvió con una bandeja de plata labrada en la que humeaban tacitas de distinto juego.

     -No te da vergüenza -dijo, poniéndola sobre la mesa- que siendo tu madre una mujer tan cristiana andes vos en estas cosas.

     -¿Tendrías unas galletas? -le preguntó Sotelo, como si no la oyera-. Estoy sin comer desde el desayuno.

     -De dónde querés que las saque -exclamó, agresiva-. No se consiguen ni para remedio, lo mismo que el arroz. El azúcar, de lástima, te venden un cuarto si sos cliente de años... ¡y pensar que en tiempo de la guerra te daban un kilo de yapa por cualquier compra que hicieras!

     Garcete se volvió, súbitamente inspirado.

     -¡Esperá! ¡No te tomes el café! -ordenó, con una palma en alto-. ¡Antonia, hacele un bife con huevos! ¡A mí tampoco me justa la dictadura, qué carajo!

     -¡Alto'ooo! -gritaron en la calle, entre crujir de manivelas de máuser. Garcete se quedó tieso. Sotelo se echó a reír.

     -Vos no te rías -le dijo Garcete, sentándose a amenazarlo con un dedo-. Hice la guerra desde Boquerón hasta Charagua y me hirieron dos veces, mientras vos jugabas chiquichuelas y tus jefes andaban emboscados haciéndose los pacifistas.

     -Si yo no dije nada... -se defendió Sotelo.

     Garcete tomó café, mirándolo desconfiado. Después se pusieron a discutir si el coronel Fulano estaba con el mayor Zutano; si el regimiento tal apoyaba al gobierno y cuál estaba en contra.

     -En el fondo de todo está la huelga general -opinaba Sotelo-, pero no creo que por ahora se vayan a las manos... salvo que la Marina...

     Garcete sacudió la cabeza.

     -Entonces no pasa nada. No me hables de la Marina. Ésos mean por su bolsillo.

     Los interrumpió Antonia que, luego de extender una servilleta, puso sobre la mesa un suculento bife con huevos y un platazo de mandioca hervida.

     -¡Flor! -exclamó Sotelo, remangándose-. Yo decía luego que sos la mujer más guapa y generosa de toda la Asunción.

     -Venirme ahora con zalamerías -replicó ella, halagada-. Después se enojan cuando dicen por ustedes que son... ¿cómo ticó era, mi hijo?

     -Demagogos, tesora -respondió Garcete-. Eso era que te hacen el cuento del zorro para quedarse con el queso.

     Cuando Sotelo hubo cenado, se pusieron a deliberar acerca de su destino.

     -Si Roberto te vio con Miguelí -decía Garcete, haciendo un esfuerzo que le amorataba las mejillas- no te podés quedar. Seguro que van a allanar la casa, y si te encuentran aquí sí que estamos todos fritos.

     -¿Qué voy a hacer, entonces? -dijo Sotelo, apuntándole con el tenedor-. ¿Salir afuera a entregarme? Está bien, pero vos vas a ser el responsable...

     -¿Responsable de qué? -saltó Antonia, hecha una fiera-. ¿Ante quién va a ser responsable mi marido?

     Garcete se sacudió la oreja en ademán para calmarla.

     -Cállate na, tesora, ¿no sabés picó? ¡Responsable ante la Historia, nada menos! A éstos yo los conozco desde que eran así -dijo, poniendo la mano a un metro del suelo-. Le quieren asustar hasta a tu pora -rompió a reír, y encogiéndose de hombros, resignado, concluyó en guaraní-. Es muy grande el compromiso, mi amigo; puedes quedarte.

     -No -dijo Sotelo-, creo que tenés razón. Si la casa no es segura hay que buscar otra salida.

     -Podríamos esconderlo debajo de nuestra cama -sugirió Antonia-. ¡Las cosas que una ha de hacer Dios mío!

     Sotelo miró su reloj.

     -Son las diez, todavía es temprano. Podemos mandar a Miguelí a casa del doctor Fernández para que pase a buscarme con el auto. A Marcial, como médico, no lo van a atajar.

     Garcete dejó escapar un gran suspiro.

     -¡Cierto! ¡Siga pues! ¡Vaye! -exclamó, volviéndose hacia Miguelí que, a todo esto, aguardaba culpable refugiado en la sombra.

     -¡Qué esperanza! -intervino Antonia-. ¿Y si le pasa algo al pobrecito?

     -¡Qué le va a pasar a este individuo! -la atajó Garcete-. Los varones están para arriesgarse, ¡váyese le digo!

     Miguelí se incorporó, obediente.

     -Un momento -lo detuvo Sotelo-, ¿tenés para el tranvía?

     -No.

     -Dale -dijo, dirigiéndose al dueño de casa.

     Garcete lo miró de soslayo.

     -Tesora -gruñó- traeme mi cartera.



     Los tranvías funcionan en la Asunción aunque la estén cañoneando mientras a nadie se le ocurra bajar la llave de la central eléctrica. Mirando por la ventanilla, despatarrado, a sus anchas, como único pasajero, Miguelí veía aparecer aquí y allá grupitos de soldados de policía cubriendo las bocacalles. Pero, después de pasar por la confitería Belvedere, bastante concurrida a pesar de los rumores que agitaban la ciudad, para entrar a la calle España, amplia y silenciosa, con sus caserones umbríos protegidos por verjas, durante muchas cuadras no pudo distinguir más uniformes. Iban por la «tierra de nadie», según comentó el guarda. Hasta que aparecieron verdeolivos del Ejército, calzados con reyunos, con las mantas cruzadas, bolsas de víveres, cananas repletas y largos yataganes calados en fusiles relucientes. Eran muchísimo más marciales que los pobrecitos vigilantes raídos y descalzos que estaban del otro lado. Hasta los barbijos de cuero daban a los rostros la expresión más enérgica, aguerrida. Hacían señas para que el tranvía siguiera de largo sin detenerse. «Ésta es la otra línea», volvió a decir el guarda. Dos cuadras adelante, justo en la esquina donde Miguelí tenía que bajar, estaban montando una ametralladora pesada. Se repitieron las señas, y Miguelí tuvo entonces que largarse, correr un trecho y volver hacia donde estaban los «pieceros». No aguantó las ganas de acercarse a mirar.

     -Esta cinta no corre -decía uno.

     -Sí que ha de correr, mi cabo. Está un poco reseca, pero pasa lo mismo.

     Un oficial se acercó, malhumorado.

     -Déjense de comadrear, pruébenla y listo.

     El cabo se puso en cuclillas, y apuntando hacia la vereda opuesta, tronó una ráfaga que segó un naranjo, acribilló una columna, tumbó media muralla, y dejó zumbando los oídos de Miguelí.

     -¡Viste pa! ¡Te decía luego!

     -¡Cierto! -admitió el cabo.

     -¡Ay na! -chilló Miguelí, saltando hacia adelante con las manos en las nalgas.

     -¡Circule! -le ordenó el que lo había pinchado con la bayoneta.

     Entró por una calle obscura hasta casi pisar a un soldado que, cuerpo a tierra, apuntaba hacia la casa de Marcial Fernández, ubicada en la esquina.

     -¡Alto! ¿Adónde vas?

     -A esa casa.

     -¿Para qué?

     -A buscar al doctor, está por tener hijo...

     -¿Quién?

     -Mi madrina.

     -Bueno -consintió el conscripto, inclinándose a echar una pitada al cigarrillo que tenía oculto en una lata de conservas. Parecía buen muchacho, aunque algo socarrón. Miguelí se decidió a preguntarle.

     -¿Van a pelear?

     -¡Quién sabe!

     -¿Contra quién?

     -No interesa, contra el que salga, mi regimiento no pondera -fanfarroneó, para luego agregar, en confidencia-. Aunque a mí me gustaría matar unos cuantos tajachí.

     -¿Les tenés rabia?

     -Si seguís preguntando va a parir sola tu madrina. Siga pues, antes que venga mi cabo.

     Cruzó la bocacalle. Al llamar se dio cuenta de que adentro se armaba un alboroto. Tuvo que esperar un rato a que le abrieran. Aunque no recordaba haber entrado nunca, conocía la casa que, sobre una calle, tenía zaguán y balcones, mientras que, sobre la otra, una alta muralla con entrada para el coche. Por allá arriba, entre jazmines, solía asomar Olga Fernández con su carita ovalada que hacía evocar esas postales floreadas que suelen guardar las viejas en cajitas de nácar, para soltar una esquelita que bajaba balanceándose hasta posarse en la vereda. Miguelí solía sentirse un trovador aguardando a una princesa al pie de torre almenada. Pero, el mensaje era para el muy cajetilla de su sobrino Carlos, quien, a estas horas, estaría durmiendo a pata suelta mientras Miguelí andaba toreando a las balas por las calles desiertas. La puerta se entreabrió.

     -¡Qué pa querés! -le preguntó rudamente una sirvienta.

     -Busco al doctor Fernández de parte de Garcete porque su señora está enferma -recitó, atropellado, siguiendo las instrucciones.

     -Que pase -ordenó la voz inconfundible del doctor, que, por lo visto, estaba al acecho detrás de la puerta cancel. Se encendió una luz y Miguelí pudo verlo, avejentado, con los hombros caídos, el rostro largo, la barbilla puntiaguda y el pucho de cigarro que, como siempre, le colgaba de la comisura de los labios. Tardó en reconocer a su visita. Lo quedó mirando con los ojos entrecerrados, talladores, antes de preguntar.

     -¿Quién sos vos?

     -Miguel Domínguez Insaurralde.

     -¡Ah! El sobrino de Daniel.

     -No, el hermano.

     -¡Claro, claro! -repitió, empujándolo hacia adentro, afectuoso. Cedió paso a la sirvienta como si fuera a una señora, y se inclinó para que Miguelí le soplara su mensaje.

     -¡Ajajá! -dijo, haciéndose el enojado-. ¿Así que voy a tener que salir a jugarme el pellejo para proteger a ese bandido? Bueno, vas a tener que esperar mientras me visto y saco el auto.

     Desde la sala pudo ver, a través de la puerta que Fernández entreabrió, a varios muchachones estudiantes sentados en el patio. Entre ellos a Olga, coqueteando. También se distinguía una hermosa pierna de mujer, calzada con zapatos elegantes.

     -Mercedes -llamó el doctor-, vení un poco.

     La dueña de la pierna se levantó para acercarse con soltura que pocas veces se ve fuera del cine. Si Olga era muy linda, la madre era mucho más sin las languideces de la hija.

     -Mira esto -le dijo Marcial, empujando hacia la luz a Miguelí.

     Mercedes hizo un gesto de asombro.

     -No me digas que es...

     -El mismo -confirmó Marcial.

     -Pero si es idéntico, ¡es un milagro! -exclamó, levantando la barbilla de Miguelí con una mano suave que olía a flores-. ¿Cómo te llamás, buen mozo?

     -Miguel Domínguez Insaurralde -repitió Miguelí, sin saber por qué, algo agresivo.

     -Bueno, ocúpate de él -dijo el doctor-. Tengo que salir a buscar a Sotelo, que también anda en apuros. Por lo visto han tomado nuestra casa por la Embajada Argentina.

     Mercedes iba a hacerlo pasar al patio cuando su esposo la detuvo.

     -Es mejor que no lo vean -dijo-. Llévalo al comedor.

     El comedor no era muy grande, pero tenía muebles hermosos, de esos que dan ganas de pasarles el dedo.

     -Seguro que te gusta el naranjín -le dijo Mercedes con una cordialidad que no logró tranquilizarlo. De repente le había entrado una sed enorme, insaciable, y el naranjín era, sin duda, lo más delicioso que tenían los asunceños. Sin embargo bebió con discreción, de a poquito, y dejó algo en el vaso. Lo perturbaba esa mujer hermosa que le sonreía como acordándose.

     -¿Querés más? -le ofreció, con ternura muy extraña.

     -No, gracias, la señora.

     -Mentiroso. Esperá, voy a traer otro vaso y dos botellas bien heladas para brindar a tu salud, ¿qué te parece?

     En el patio, los muchachos fanfarroneaban para impresionar a Olga. Se referían a la pelea de esa tarde, frente a la Recoleta, en el entierro de don Cecilio Cárdenas.

     -Y entonces, compañero, cuando vi a uno de la Montada que iba sablearle a Filizola, me prendí por un medio ladrillo y le encajé por su cabeza...

     -¡Chist! No griten tanto -les encargó Mercedes, apartando una cortina-, pueden oírlos desde la calle.

     Puso las botellas sobre la mesa. Pero Miguelí no se sirvió, atento a lo que decían afuera.

     -¡Qué bárbaro, casi se mata! -ponderaba otro-. Tuvieron que llevarlo en la ambulancia.

     -A mí me pareció -dijo un tercero- que fue un mitaí el que lo tumbó del caballo.

     -¡No, icht! Era yo, te digo, che reato, ¡te juro que me caiga muerto!

     Miguelí no aguantó más.

     -¡Mentiroso! -murmuró, rojo de ira.

     -¿Qué te pasa? -le preguntó Mercedes, sorprendida.

     Recién entonces se atrevió a mirarla.

     -Fui yo el que tumbó al de la Montada -declaró, sin poder atajarse-. Y no con medio ladrillo sino con una naranja agria.

     Ella sonrió complaciente, seductora.

     -No hagas caso -le dijo-, estoy más que segura de que te sobra coraje.

     Hubiera querido que lo tragara la tierra. Menos mal que en ese momento reapareció el doctor Fernández. Hizo un gesto resignado a su mujer, que lo miraba con angustia, y salió, seguido de Miguelí, que había olvidado despedirse.


     Para evitar que probaran en el auto la ametralladora, eludieron la calle España buscando salir a la Avenida Colombia, donde, según Fernández, por estar las embajadas a lo mejor no eran tan brutos. Bajaron por ella sin inconvenientes hasta el yvapovó de la esquina Brasil. Pasado el árbol, un retén de policía se limitó a indicarles que se apuraran. Pero, al llegar a Petirossi, completamente a obscuras, de entre los pilares de una recoba, les jugaron un balazo que bandeó el capot dando un chasquido. En la frenada, Miguelí casi se rompe la cabeza.

     -¡Alto'ooo!

     -¡A buena hora, gran carajo! -maldijo Fernández, viendo avanzar varios soldados con las armas en punta. Miguelí reconoció a la Caballería por las polainas y pantalones de montar.

     -¡Adónde va! -rugió un sargento, abriendo de un tirón la portezuela y encañonando su fusil.

     -Soy médico -respondió Marcial, tranquilamente, aunque se le había perdido su cigarro.

     -¡No me interesa, queda detenido!

     Era un contratado, con cara de vieja.

     -Dejate de macanear, mi hijo -le replicó el doctor-, ¿dónde está tu oficial?

     -Allá nomás, en aquella casa -informó el sargento, desinflado.

     -Bueno, mi hijo, andá a llamarlo.

     -¡Sí, mi doctor! -dijo, haciendo la venia y alejándose. Los conscriptos rodeaban el auto como novillada brava pero espantadiza. Un grupo cuchicheaba como deliberando. Finalmente empujaron a uno contra la portezuela, que había quedado abierta. Forcejeó para escapar, miró a uno y otro lado, sonriendo como bobo, confundido, buscando escabullirse.

     -¡Qué querés! -le preguntó Fernández, levantando la voz.

     El soldadito echó para atrás la cabeza como potrillo asustado.

     -Ci... ci... ¡cigarrillo!

     -No tengo cigarrillos.

     -Pedile plata -le soplaron.

     -Plata... -repitió como un eco.

     -No tengo nada.

     De atrás de todos, el que parecía cabecilla, le gritó.

     -¡Cómo pa un doctor va andar sin plata! ¡Dale catú na!

     Rompieron a reír estúpidamente para luego agitarse como enardecidos.

     -¡Mbaeico tanto!

     -¡Métanle una granada!

     Entonces Marcial prendió los faros e hizo sonar a todo trapo la bocina. Retrocedieron a saltos. Otros corrieron a esconderse en las recobas. Fernández cerró la portezuela maldiciendo a las tres armas.

     -¡Qué carajo lo que pasa! -llegó gritando un oficial, apartando a los soldados como quien calma perros.

     Por lo visto había reconocido el automóvil, porque sin más averiguar metió adentro la cabeza.

     -¿Qué tal, Marcial? -saludó, soñoliento-. ¿Cómo anda eso?

     -¿Qué clase de soldados son los tuyos? Primero tiran a matar, después dan voz de alto.

     El teniente se rió.

     -Son reclutones -dijo, bostezando-, se mueren por darle al gatillo. ¿Dónde ibas?

     -A ver a un enfermo. ¿Puedo pasar?

     -Por acá, sí; más adelante, no sé. ¿Querés que te preste un soldado?

     -¡Nde bárbaro! Ya les conozco la hilacha, primero matan y después averiguan... ¿Cómo anda la cosa? ¿Qué hace por aquí la gloriosa Caballería Paraguaya?

     -No sabemos nada -respondió evasivo, encogiéndose de hombros-. Voy a hacerte acompañar hasta el próximo retén. De vuelta procurá pasar por aquí mismo.

     Aunque dudando, dijo Marcial.

     -Mirá que voy a volver... con un «enfermo»...

     El oficial se echó a reír.

     -No hacía falta decirlo. Andá nomás, y buena suerte.



     Cuando pasaron el último retén y ya llegaban, el doctor Marcial Fernández se volvió hacia Miguelí para decirle, profesoral.

     -Como habrás observado, joven amigo, este país es una joda.



- VI -

     Alguien en el corredor. Pies descalzos, presurosos para mantener en equilibrio el peso que llevaban las manos. Era Bartolo, trayendo el cántaro de agua amanecido al sereno. El reloj del comedor se puso a dar sus campanadas.

     -Hora manté ipú, na ipúi año mbaé -dijo Bartolo.

     «Horas nomás que suenan, sonaran años». El pobre había estado en la cárcel condenado por un crimen que nunca cometió. De allí trajo la frase, cincelada por los presos aludiendo a las campanas de la Catedral que, según Bartolo, evocaban a las ánimas del tiempo, de todas las más crueles, que se ensañan en el hombre alargando quebrantos, achicando el contento. Miguelí lo comprendía porque también él deseaba por encima de todo que pasaran los años y ya no tuviera que depender de nadie. Ahora mismo esperaba que vinieran a darle una paliza. Y también un sermón. Esto, seguro. Don Rosendo sabía decir las cosas y se complacía en hacerlo. Era un gusto escuchar su voz de iglesia. Las palabras le salían como níqueles nuevos, todas acollaradas como cuentas de rosario o el chapeado del cincho del tirador. Y cuando recitaba, con grandes ademanes, hasta se le borraban las arrugas de la frente como si desde adentro le saliera una luz. Una luz que daba pena, una luz maniatada:

                                     

«Asunción, la muy noble y muy ilustre,


          


la ciudad comunera de las Indias,




madre de la segunda Buenos Aires




y cuna de la libertad de América».



     Pero no siempre podía creérsele, como cuando decía que en el reloj de pared había un mono conchabado para tocar las horas, olvidando que Miguelí ya estaba grande, que sabía muchas cosas. Muchas más de las que el viejo pudiera figurarse desde la loma de sus años.

     «La muy noble y muy ilustre». Cierto, eso parecía cuando se la contemplaba desde lejos, al recordarla o al sentir la fragancia de su espíritu en el aroma blanco del jazmín. Pero era otra cosa muy distinta cuando se acababa el agua del aljibe y había que ir a buscarla a la canilla de la plaza Italia. Aunque para entonces ya hubiera superado sus tiempos de recluta y adquirido todas las mañas y recursos de un antiguo -estaba en segundo grado-, todavía le pateaban la lata de la fila si se distraía jugando al toky o al trompo-yecutú. En estos casos, si el usurpador estaba en razonable escala, recuperaba su puesto a puñetazos. Si no, hacía lo propio con el balde de algún otro papamoscas, dejando restablecido el equilibrio natural de los valores. Otras veces tenía que correr a pedradas a Lorenzo el Tonto, quien, amparado en su locura, se alzaba con el agua ajena para venderla por ahí. Los más pequeños o arruinados se conformaban con seguirlo hasta que el bobo, una vez consumado su negocio, les devolviera el recipiente. Indignaba ver al pobre Pedro, con su cara de burro de trapiche, la espalda deformada y unos callos tremendos en la planta de los pies, chatos como tablas, acarreando agua de la mañana a la noche al prostíbulo de doña Dolores. Espiando entre las enredaderas que cubrían el alambre tejido de la cerca, podía verse a las bandas que, ojerosas, escuálidas, semidesnudas, se sacaban los piojos las unas a las otras como monas desgreñadas. Pedro se había escapado una vez. Anduvo escondido, retozando como matungo suelto por el bajo y los baldíos hasta que lo atrapó la policía. Le dieron cincuenta sablazos y un día de ñakyrá prendido a las rejas de la comisaría que daban a la calle, para escarnio de todos, como una araña negra. Lo que más asco le daba a Miguelí, aunque a muchos divirtiera, eran las horribles peleas de las sirvientas junto al pozo de la plaza. Echando espuma, se mordían rabiosas, arañándose, revolcándose, sacándose mechones, hasta que el vigilante de guardia conseguía separarlas a cintarazos, dándoles con la hebilla. Sentía vergüenza y estupor, recordaba lo dicho por Marcial Fernández en casa de Garcete cuando fue en busca de Sotelo aquella noche memorable: «Mira a fondo y verás la ferocidad irresponsable de este pueblo envilecido. Hay que mostrarle sin compasión su cara comida por la lepra, a ver si así se asusta». Y al decirlo escupía. Escupía a cada rato, porque le había quedado la extraña sensación de haberse tragado su cigarro cuando le dispararon el tiro en la esquina Petirossi.

     Sin embargo, los mitaí-paraguay, aunque bárbaros y zafados, algo tenían de la nobleza que recitaba don Rosendo. En el zoco no pegaban a traición ni empezaban la pelea hasta que el contrario estuviera preparado. No se daban patadas, arañazos ni mordiscos. Muy rara vez alguno pegaba a otro más chico. Las peleas, muy frecuentes, eran más juego que riña. Jamás se comía un dulce sin compartirlo con todos. La delación era el más horrendo de los crímenes; el más despreciable, la adulación a la maestra. Hasta las guerrillas barrio-contra-barrio estaban precedidas por formales declaraciones de guerra y estipulaciones minuciosas: «Vamos a pelear en el baldío de ña Leona el sábado por la tarde, con hondita de una goma y balas de coco, pindó o yvapurú. Prohibido hondita trenzada, bodoque, rúleman, coco cargado de plomo. Prohibido jugar por los prisioneros...».

     Claro que en el terreno pronto se descubrían violaciones por parte del enemigo que provocaban represalias recíprocas hasta llegar a un «vale todo» en el que nadie quedaba tuerto porque hay un Dios paraguayo de alma ruda pero limpia. La batalla desbordaba el baldío para extenderse por las calles y hasta los patios de las casas. Sólo se interrumpía cuando el grito de «¡jaque particú!» anunciaba la llegada de la policía que dispersaba a los beligerantes, parte de los cuales iba a confraternizar en la comisaría fregando cacharros y lustrando zapatones para salir, a los tres días, con la cabeza pelada, listos para la próxima. A Miguelí nunca pudieron atraparlo. Por algo decían en su valle que podría alcanzar a la carrera a un avestruz, o, como el brasileño del cuento, largar un tiro, salir corriendo, y herirse en el trasero con la misma bala.

     Los mitaí -mitayos chicos, como decía Daniel- tenían su propio mundo. Un mundo en el que no se metían los mayores. En las casas, un ojo hinchado lo más que acarreaba eran las burlas de los hombres. También les eran propios sus rivalidades y sus dramas que, a veces, iban mucho más lejos de lo que pudieran figurarse los doctores.

     Por ejemplo, la gran aventura del año fueron las derivaciones trascendentales de la ruptura del noviazgo del sobrino Carlos con Olga Fernández.

     Miguelí conocía a Cyrano por las lecturas y declamaciones de don Rosendo. Aunque no era narigón, como tales amores eran principalmente epistolares y Carlitos un zopenco para escribir cartas, era Miguelí quien se las dictaba, las llevaba a destino y volvía con las respuestas, hasta llegar a considerar a su sobrino poco más que un pretexto. Pero, día llegó en que Olga cambió a Carlitos por el cadete Gómez. Miguelí, herido en lo más hondo, contemplaba con desprecio al infeliz que, llorando a mares, estrujaba entre sus dedos la esquelita fatal: «Perdoname. No soy dueña de mi corazón. Amo a otro».

     No, señor, ni sin esperanza. No era Miguelí de los que se revuelcan a llorar cuando le soplan la dama. Estos pleitos en su valle solían tener otros arreglos. No iba a permitir tamaño agravio a su familia. Dejó al triste con su pena y se fue a buscar a Estigarribia, también llamado Yaguaperó -perro pelado- por sus harapos increíbles y los mechones de pelo grisáceo que se le desprendían de la cabeza como a cuzco con caracha. Yaguaperó era el jefe de la pandilla. Nadie sabía por qué el Ejército no había querido alistar a aquella fiera, dejándolo volver exceptuado. Era tan corajudo que se curaba unas ronchas moradas que le salían en las muñecas prendiendo un cigarrillo y arrimándoles la brasa. Y al hacerlo se reía, como Superman. Era admirable.

     Lo encontró, como era de esperar, frente a los Tribunales, ejerciendo su oficio de pasador de quiniela.

     -¿Y a mí qué me importa si le colgaron la galleta a tu pariente? -preguntó, escupiendo por uno de los tantos huecos de su dentadura-. Que le rompa la cara a la pendeja y listo el pollo.

     -Vos sabés que Carlitos es un cajetillo arruinado -le explicó Miguelí-. Está llorando en su catre. ¡Pero nosotros no podemos permitir que un cadete, y encima de otro barrio, lo desbanque a nuestro compañero aunque sea un mujercita!

     El efecto fue inmediato.

     -¿Cadete? ¿De otro barrio? -repitió Yaguaperó con el semblante ennoblecido por la santidad de su ira-. Juntá si que a los perros, de mi parte. ¡Hay que echar a patadas a ese puto!

     Fue el comienzo de la guerra más extraña que se habrá visto y se verá.

     Días después, de tardecita, en momentos en que el cadete Gómez hacía la pasada por frente a la muralla de la ingrata, con la mano enguantada puesta en el espadín, muy tieso y de gran gala, le cayó encima una lluvia de bodoques crudos de tierra colorada que le dejaron el uniforme a la miseria.

     Retorcido de dolor, peló el espadín para jugarlo por el suelo, sacando chispas de las losas, convidando a pelear al mismo diablo en el guaraní más expresivo. Hasta que le llegó otro tiro a mala parte, de todas la más sensible. Bramando, allí fueron sus manos, cuando otra andanada lo hizo salir a la carrera atajándose la gorra y la parte ofendida. Detrás corrió la barra, aullando victoriosa, blandiendo como trofeo el espadín abandonado.

     Esa misma noche una camioneta cargada de cadetes en traje de fajina se apoderó de Carlos cuando éste suspiraba sus desdichas al claro de la luna. Aunque se juró inocente y delató a sus vengadores, le dieron una sableada que por poco lo mata. No se acabó la cosa: noche tras noche la negra camioneta incursionó por el barrio como un monstruo fatídico, causando estragos en la intrépida pandilla. Buscaban el espadín. Pero... «¿Quién mató al comendador? ¡Fuenteovejuna, señor!».

     Yaguaperó era un jefe nato. Superando el desconcierto de los primeros momentos, restableció la disciplina, organizó la resistencia y pasó a la ofensiva. Dos veces estallaron los neumáticos del vehículo que, según se supo, pertenecía a un general. Francotiradores estratégicamente apostados le hicieron añicos los cristales. Cadete que entraba al barrio no salía sin un hondazo. Las chicas de doña Dolores se plegaron al movimiento, y los estudiantes secundarios del Centro 23 de Octubre proclamaron que aquélla era una lucha del pueblo contra el ejército fascista, reaccionario, imperialista, y cuantas cosas más, tal vez peores, de las que Miguelí no se acordaba. El enemigo había sido rechazado.

     El espadín del cadete Gómez amaneció frente al Colegio Militar, junto al monumento de la Paz del Chaco, como muda propuesta de armisticio.

     Gesto tan generoso fue mal interpretado. Los cadetes volvieron a la carga provistos de armas largas: honditas trenzadas y rúleman de proyectil, disparando a diestra y siniestra contra culpables e inocentes, contra vidrios y tejados, contra las nalgas robustas de doña Dolores, comadre del comisario. Chocaron con la policía, solidarizada con el pueblo. Ésta, después de un par de escaramuzas, consiguió atrapar a los cadetes con camioneta y todo. El caraí comisario era oficial de la reserva, que es lo mismo que decir que les tenía rabia a los de escuela y rara vez estaba sobrio. Cometió la imprudencia de hacerles pelar a todos la cabeza, «descuerearlos» dos horas seguidas con saltitos de rana, obligarlos a cacarear como gallinas y mandarlos a dormir en las ramas de un mango. A medianoche la comisaría estaba sitiada, con ametralladoras emplazadas en los accesos y un mortero en un camión. Los cadetes exigían la libertad inmediata de los presos y la entrega de un oficial de policía para que pagara con sus cabellos y bigotes el agravio inferido a la Gloriosa Institución. Ya se oían tiros de hostigamiento cuando intervinieron el Presidente de la República y el Nuncio Apostólico para evitar un inútil derramamiento de sangre.

     Aquello pareció haber puesto fin a las hostilidades. La pandilla volvió a reunirse pacíficamente en las esquinas. Los mayores a narrar aventuras amatorias ante la admiración envidiosa de los chicos. Hasta que una noche, de repente, frenó de golpe un blindado del Ejército vaciando cadetes con yataganes. La mayor parte de la barra pudo eludir el choque frontal contra fuerzas tan superiores. Pero Yaguaperó, aunque luchó como bravo, fue desmayado a golpes y arrojado al plano del camión que arrancó dando tumbos calle arriba, bajo el diluvio de bodoques de la pandilla al contraataque en defensa de su líder.

     No volvieron a verlo. Por chismes de paseras que viajaban a Clorinda, corrió el rumor de que su cuerpo, devorado por los peces, fue sacado en la Argentina. Un conscripto de licencia contó que había sabido que Estigarribia cumplía servicio con recargo en un fortín del fondo del Chaco. Después se supo que los moros lo mataron de un flechazo cuando hacía una descubierta más allá de Madrejón.

     Miguelí lloró a su jefe, a su camarada, a su amigo.

     Gloria a Yaguaperó, el más intrépido, noble y haraposo de todos los caudillos. Si fuera seguro que le dieron zapatones, diría por él que murió con los reyunos puestos.

     Suele decirse que se pagan en vida los pecados. Poco después de la desaparición de aquel valiente, Miguelí fue invitado a un cumpleaños. Se fue nomás que para aliviar su pena. De entrada le dio un vuelco al corazón: estaba Olga, rodeada de amigas, como un clavel entre las margaritas. Imprudente, se acercó a saludarla. Ella volvió la cara y dijo a sus compañeras: «No se junten con ése. Es un cualquiera de la calle. Ni siquiera se sabe el hijo de quién es».

     Desde entonces se fue portando de mal en peor. Se pasaba de rabona por Parque Caballero y Tacumbú, llegando hasta Lambaré para robar mandarinas y montar burros ajenos. Nadando en la bahía hasta le mordió una piraña. Harto ya de castigos y trabajos, puso un sapo en el cántaro e hizo pis en la vianda. Todo lo aguantó el buenazo de Garcete, aunque sin mezquinarle palos para su correctivo. Pero, cuando le pilló debajo de la cama un rollo de panfletos que repartía para Sotelo, lo embarcó para su casa en el primer vapor. Había perdido el año. Don Rosendo le retiró el saludo. Daniel estaba en la Argentina, deportado.


 

TERCERA PARTE

EL MAESTRO


- I -

     Cuando a Miguelí estaba por pasarle algo solía sentir como un aviso. Siguiendo en sus recordaciones, le vino a la cabeza la vez en que al despertar miró a su alrededor algo extrañado, como cuando se amanece al día siguiente de un viaje. Era como si la Casa Grande estuviera conmovida, y los duros tablones labrados a la azuela se hubieran enternecido. Quizás soñara algo, y al abrir los ojos, descuidado, se hubiera pasado la mano por la frente borrándose los sueños. A Basilio el Mariscador le había confiado un indio un gran secreto: cuando se duerme, el aliento se va, aliviado del cuerpo. Así tenía que ser, porque soñando pueden correrse leguas, y hasta volar, sin la menor fatiga. Es claro que en algunos casos debía fallar el desprendimiento, como cuando Ofelia se largaba a media noche con toda la carne a cuestas a vagar por los pasillos y hasta andar por la alameda. Miguelí había procurado volver a dormirse para ver si descubría el misterio de su antojo. No hubo caso. Pero igual era agradable remolonear entre las sábanas, pesadas pero frescas, hechas de bolsas de azúcar añadidas, y la liviana colcha de algodón tejida a mano, disfrutando de la mañana antes de que saliera el sol a hervir los sesos. Fue así como le vino a la memoria aquel asunto que tanto lo impresionara.

     Pasó en la villa. Por navidad seguramente, ya que el recuerdo se asociaba con estallidos de petardos y el perfume de la flor del cocotero. Estaba jugando en la arena, frente a la casa del compadre Britos. La calle, como un ancho piquete, se abría sobre la costa. Detrás de las cercas de alambre o empalizada se veían las casas nomás porque uno sabe que allí tienen que estar. Escondidas entre mangos y naranjos, nísperos y mamoneros, parraleras y enramadas, y en fin de tanta planta que pareciera que la gente, sin resignarse a abandonar el monte, se hubiera encaprichado en meterlo en el patio. Más allá pasaba el río arrastrando camalotes, cortando a pique las barrancas, lamiendo al Chaco que, achaparrado, plano, inmenso, con medio sol bajando en su horizonte incendiado, se preparaba a despertar sus muertos.

     Frente al boliche del compadre, a la sombra de los mangos, unos hombrazos jugaban a las barajas en torno a una mesita. Otros oficiaban de mirones. La villa entera retumbaba con sus risas cada vez que alguno daba trucho o lo embromaba a su contrario. Por lo brutos parecían patrones de obraje, de esos que, cuando bajan al puerto para embarcar madera, se pasan la noche alborotando después de haber trabajado todo el día sobre los catres de jangada o metidos en el agua a la par de los peones. Miguelí se acordaba de uno de ellos, de don Cornelio Prado, el más gritón de todos, grande como una casa, rubio y coloradote como un gringo contento. Ahora mismo, años después del sucedido, solía venir de visita a Loma Verá, con sus quince arrobas arriba de la más resignada de las mulas. Decían que la pobre nunca se empacaba de puro agradecida, ya que don Cornelio, cuando no había testigos, solía cargarla a cuestas un par de leguas para darle un respiro. Llegaba saludando a gritos, soltando risotadas que de sólo oírlas, contagiaban hasta al toro y las urracas. Y al sacarse el sombrero para secarse el sudor que le brotaba como a chorizo en la parrilla, podía vérsele en la cabeza, ya algo calva, una cicatriz hundida como de patada de burro. Miguelí sabía cuándo y quién se la había hecho, y tal conocimiento, aunque lo divertía, no acababa de tranquilizarlo.

     Fue en aquel atardecer que estaba evocando. Algunos mirones ya se habían apartado de la mesa y tomaban tereré, con las sillas apoyadas en las patas traseras y las camisas desprendidas. Otros iban saliendo para tirarse al río. El único que procuraba levantar los ánimos era don Cornelio, aunque sus chistes ya iban perdiendo eficacia. Abundaban los bostezos y las risas forzadas. El propio Miguelí, que los había estado espiando con un ojo, puso más empeño en el juego de bolitas. En eso, doblando por la rivera, apareció Daniel, montado en caballo blanco. Miguelí corrió a agarrarse del estribo y su hermano mayor se inclinó para acariciarle la cabeza. Él, entonces, repitió la súplica de siempre: «Dejame dar una vueltita». Daniel le dijo que era peligroso, que no estaba bien domado, y le puso en la mano una moneda de níquel tan grande que parecía una rueda. La explosión de una bombita encabritó al caballo, y Daniel, en trance de calmarlo, pasó frente al almacén. Lo saludaron con aclamaciones, invitándolo a bajarse. Desmontó y le dio las riendas al hermanito. El redomón le pasó el hocico por el pecho como buscando una caricia, y Miguelí aspiró muy hondo para sentir el noble olor del yeguarizo.

     -¿Adónde te habías metido, mi compadre? -le decía Britos-. Te anduvimos buscando para armar una pareja de esas que no se empardan.

     -¿Y adónde pa iba a estar? -tronó el vozarrón de don Cornelio-. A este loro le gustan mucho las naranjas.

     El silencio que siguió hizo que Miguelí se diera vuelta. Daniel daba la espalda a Cornelio, que insistía.

     -¿Qué tal por las orillas? -se rió nervioso, buscando a su alrededor algún eco de su gracia. Como todos callaban, enojado, tironeó a Daniel de la camisa obligándolo a volverse. Daniel dejó sobre la mesa el vaso que le habían convidado.

     -¡Eh!, ¿te enojas? -tronó Cornelio, a carcajadas-. ¡Los pichados aparte! -y como para rematar lo que había dicho, le dio palmaditas en la cara, secreteando confianzudo-. ¿Estaban dulces las naranjas?

     Ahí nomás se fue a parar debajo de la mesa con la cabeza rota de un talerazo. Miguelí sintió que su hermano le arrancaba las riendas, montaba de un salto y se alejaba al galope. «¡Nde bárbaro! -le decían a Cornelio, mojándolo a baldazos, tratando de pararle la sangre que le brotaba a borbollones-. ¿No sabías que con Daniel Domínguez no se juega? Y menos con ese asunto. Dale gracias a Dios que todavía estás vivo».

     Tal fue el susto que se le perdió la moneda. Desde entonces le tuvo algún recelo al hermano mayor. Daniel era afable, casi nunca castigaba, pero había algo en él que no podía tocarse como nadie le tira de la cola a un tigre manso. La gente, como si lo adivinara, no se le arrimaba del todo, y en medio de una reunión parecía solitario. Era como la mata del guaviramí, que guarece a la víbora con memoria de muertes juntadas en cascabeles, y al meter alguien la mano en procura de frutos de dulzor incomparable, puede que una dentellada lo deje panza arriba hasta el día del juicio.

     Desde que Garcete lo mandara de vuelta a Loma Verá sin que acabara el año, las obligaciones de Miguelí se habían reducido a estar en la mesa a la hora de las comidas, dormir la siesta, bañarse por las tardes y lavarse los pies antes de acostarse para no ensuciar las sábanas.

     -Este chico va por mal camino -observaba tía Zoraida-. ¡Qué falta que hace Daniel!

     -No seas así, mi hermana -le salía al paso doña Lucía-. Dejale que haga un poco su voluntad. Quién sabe cómo lo trataba ese señor -«ese señor» era el pobre Garcete, a quien mamá Lucía culpaba de todo para dejar a salvo a Miguelí. Pero, al cabo, ella también repetía el amén de la casa-. Cuando venga Daniel pondrá las cosas en su sitio.

     El mismo don Rosendo, que le había retirado el saludo, no consiguió sostener su enojo mucho tiempo. Tanto precisaba de alguien con quien hablar que comentaba unas leyes «partidas» con los peones o leía a caraí León artículos de la colección encuadernada de la Revista del Instituto Paraguayo, para salir tratándolos de brutos animales cuando le hacían preguntas tontas. Ni siquiera le quedaba el consuelo de comentar la tierra con don Jorge von Stauffemberg porque cuando cayó París casi se agarran a tiros, para luego pactar no volver sobre el asunto. Así que él también dejaba correr los días sin hacer nada por Miguelí salvo sostener con él lo que llamaba «amables e instructivas pláticas».

     -Cuando vuelva Daniel -decía, como aplacando a su conciencia- renovaremos la hipoteca y veremos adónde mandar a este individuo.

     Ofelia no decía nada, pero cargoseaba a San Antonio por el regreso del ausente.

     Miguelí había sabido, por comentarios de la correspondencia que solían hacerse en la mesa, que Marcial Fernández pidió a un ministro por Daniel. Pero que otro ministro, conchabado para mandar al interior de la cárcel o al exterior del país a los contrarios del Presidente, exigió que primero se comprometiera por escrito a «no serruchar -como decía la carta de Fernández- las sólidas patas de la silla en que reposan nuestras robustas instituciones». Según repetía don Rosendo hasta el cansancio, la respuesta de Daniel era digna de un romano: «Pueden privar a un hombre de sus derechos, de su deber sólo puede eximirlo la conciencia».

     -No sé lo que significa, pero suena muy bien -fue el comentario de Bartolo, que era tartamudo.

     Lo cierto es que Daniel continuaba en Buenos Aires mientras en Loma Verá las cosas iban de mal en peor. El maizal estaba arrasado por los loros, la caña de azúcar vendida a vil precio, la cosecha de algodón perdida por falta de plata para pagar braceros y por una granizada prematura. Los peones no se iban de puro encariñados: «¿Qué pa ha de decir por nosotros don Daniel si abandonamos a su padre viejo? -les había oído Miguelí-. Ahora nomás ha de volver, y si puede, a lo mejor nos paga».

     Todos, pues, lo esperaban como a un santo de esos que traen la lluvia y aplacan las tormentas. Menos Miguelí, que estaba en falta. En grave falta, porque antes de embarcarlo para Asunción, Daniel le había hablado todo el camino hasta llegar al puerto de la villa. Le explicó que eran épocas de vacas flacas, que mandarlo a la capital era todo un sacrificio: «A un hombre hay que ayudarlo una vez, dos a lo sumo. Porque quien no aprovecha la ayuda y siempre pide socorro, o es un tipo sin provecho o un incapaz de aguantar las consecuencias de sus actos». El deber de Miguelí era corresponder aprovechando el tiempo. Al final le arrancó la promesa de portarse bien y traer buenas notas. Ya en el vapor, tendiéndole la mano, le había dicho.

     -No te olvides de que conmigo no se juega.

     Tantos encargos se debían a que el primer año pasado en casa de los Garcete no había sido muy católico. ¿Qué decirle ahora que había perdido el segundo?

     No es que Miguelí tuviera miedo. El miedo no ha de entrar en los cálculos de un hombre. Se afligía pensando en el encuentro porque, por sobre todas las cosas, valoraba la estima de su hermano. Por eso, cuando entró Chipela, la mucama, de vestido estampado y aretes de coral, y le contó alborotada que Daniel había llegado, Miguelí comprendió el motivo de su extraño despertar y escapó de la casa sin tomar el desayuno.

     Vagando de un lado a otro llegó a casa de Basilio el Mariscador. Lo encontró estaqueando cueros de nutria. Sin hacerle preguntas, Basilio dejó que lo ayudara. Cuando a la hora del almuerzo Micaela le dijo que se fuera, mintió que tenía permiso para quedarse a pasar el día. La mujer no le creyó, pero Basilio la hizo callar con una seña. Le dieron plato aparte y la mejor cuchara, mientras la familia se servía de un fuentón enlozado. Micaela lo miraba con enojo. Las hijas no comieron de tanta timidez.

     De postre, miel silvestre con mandioca. Basilio había comprendido: detuvo a un jinete que cruzaba el cañadón rumbo a las lomas para encargarle que avisara que el hijo del patrón estaba en su casa.

     Pasó la siesta jugando chiquichuelas con Martina y Teresita. Por la tarde acompañó a su amigo a carpir el batatal. Le dio valientemente a la azada con ánimos de lucirse, y disfrutó el gustazo de sentarse a la sombra a echar un trago de agua fresca de la cantarilla de barro mientras el sol hacía de piedra los terrones de los surcos. Hacia el crepúsculo, cuando volvían, atrapó de la cola a un tatú-poyú en el momento mismo en que entraba a su cueva. Pero, por más tirones que le dio no pudo sacarlo hasta que Basilio lo hizo aflojar clavándole un palito en el trasero.

     -A este señor -exageraba Basilio- no lo sacas ni con yuntas de bueyes cuando se mete en su agujero y clava las uñas en la tierra. Pero el cristiano le embroma porque sabe que no aguanta las cosquillas.

     Reían de gusto. El sol ya se había ido y un vientito liviano movía los abanicos de los cocos que con su aroma ya anunciaban pesebres navideños. Se oían gritos de la gente que volvía para su casa. Venían de lejos, se iban acercando, hasta que ellos también, echándose hacia atrás, soltaron el aliento:

     -¡Pipu'uuu!

     El grito se fue volando hasta que alguno lo abarajó para volver a lanzarlo con la fuerza de un hondazo.

     -¡Pipu'uuu!

     -Ése es Feliciano, que está haciendo un cachiveo en Zanja-soró -comentó Basilio, deteniéndose a escuchar.

     -¡Pipu'uuu! -volvió a oírse, esta vez monte adentro.

     -Seguro que es Lorenzo, que está cortando leña para hacer carbón -continuó Basilio-. Si vende unas carretadas va a comprar para su parejero.

     Y así hasta que los gritos, al llegar al horizonte, acabaron por hacerse anónimos.

     -A veces se me antoja -comentó Basilio, reanudando la marcha- que cuando grita el yvypóra el sapucai recorre el Paraguay entero.

     Cenaron tatú-poyú. Pero cuando la sobremesa se fue haciendo muy larga, Micaela interrumpió a Basilio, que explicaba, con su manera pachorrienta, la técnica de la caza del carpincho.

     -No puede quedarse a dormir este familia ajeno. Tiene que llevarlo a las lomas. Es tarde para que vaye solo.

     Basilio solía decir que no vale la pena discutir con la mujer si no se tiene ganas de pegarle un cintarazo. Tomó su máuser, silbó a su perro, y echaron a andar hacia la Casa Grande. Iban cruzando el cañadón, rumbo al lapacho de la punta del monte cuando dijo Basilio, como si hablara solo.

     -Así que volvió mi capitán Domínguez.

     Era curioso. Se podía andar horas con Basilio sin decir casi nada y quedarse con la idea de que estuvieron hablando todo el tiempo. Es que sabía largar esas palabras que uno queda rumiando como buey que masca coco. Ahora había evocado a los soldados, a las marchas nocturnas por los cañadones del Chaco para armar un «corralito» al boliviano o pillar sus piques de maniobra. A la camaradería, al sacrificio, a la magia sin igual de la aventura. Todo aquello que podía tañer el alma de Miguelí que creció oyendo relatos de los hombres que volvieron, y la memoria, cada vez más lejana, de aquellos que se quedaron y que parecían aferrarse a todo lo viviente con melancólico afán de permanencia. Se despidieron en el portón. Doña Lucía estaba sola, rezando el rosario bajo el paraíso.

     -La bendición, mi mamá.

     -Que Dios te bendiga y te haga bueno.

     Ni una pregunta, ni un reproche, ¿qué pasaba? Miguelí quedó esperando.

     -Tu hermano Daniel -dijo doña Lucía al acabar una decena- te ruega que mañana, tempranito, vayas un poco a verlo.



- II -

     Daniel ocupaba una construcción de ladrillos agregada a la pared del fondo de la Casa Grande. Daba a un claro del naranjal, que se extendía varias hectáreas. Un níspero volcaba su follaje sobre el techo de cinc. Eran tres piecitas sobre una plataforma, a lo largo de un estrecho corredor sin barandillas, con el alero sostenido por horcones en bruto. En la primera se guardaban cachivaches y arreos. En un rincón de la misma, colgada de una roldana, una regadera hacía de ducha. Funcionaba el aparato tirando, con los dedos del pie, de un tiento atado por su cogote. Hasta el mismo von Stauffemberg había calificado de genial aquel invento.

     -¡Oh, ho, ho! Típicamente paraguayo -había exclamado el alemán haciendo sonar la lata con la fusta-. Encuentra la solución más sencilla e ingeniosa para cualquier problema. Pero soluciones provisorias, mi amigo, como si pensara mandarse a mudar al día siguiente.

     Sin embargo, la misma regadera seguía allí desde hacía años.

     La habitación del centro, la más espaciosa, era el dormitorio. Había en ella un catre de lona al que sólo en invierno se agregaba una colchoneta. Daniel lo prefería por la facilidad de trasladarlo al corredor o al patio en las noches calurosas. O al naranjal, por la siesta, aunque cuando no había mosquitos prefiriera la hamaca para tales peregrinaciones. Adonde iba la cama, la acompañaba una especie de horca para sostener el mosquitero. Un armario labrado, una silla y un cajón de embalaje que oficiaba de mesa de luz con la lámpara encima, hacían el resto. Como trofeo de guerra, cuidadosamente enfundado, un catre de campaña que había pertenecido a un coronel boliviano, se ubicaba en un rincón sobre bastidor de madera para que no le alcanzara la humedad del piso de ladrillos. Lo había usado Sotelo mientras estuvo en Loma Verá, sin acabar de aprender a armarlo nunca. Noche por medio podía oírse el batifondo del catre que se descuajaringaba, las maldiciones de Sotelo y la risa de Daniel, que lo trataba de arruinado. La habitación no tenía ventanas. Solamente una puerta que dejaba pasar la claridad de la noche, y que de día estaba resguardada por cortinas de estera. Dicha puerta carecía de hoja en razón de que, como el marco no estaba en escuadra, no había manera de encajarla en sus goznes. Para explicar tal desajuste, contaba don Rosendo que la construcción era obra del mismo Daniel, ayudado por unos cuantos prisioneros, cuando volvió del Chaco convaleciente de tifus, con unas ganas tremendas de hacer algo que no fuera meterle bala al prójimo.

     La última pieza, la más chica seguramente porque se acabó el ladrillo, ya que en parte era de adobe, tenía una ventanita sombreada por el níspero. Las paredes estaban cubiertas por estantes de libros y por una biblioteca con vitrinas cuyos adornos labrados de la parte superior se guardaban bajo las patas, porque de otro modo el armatoste hubiera rebasado el cielorraso. Contenía, además, una mesa, un taburete de piano y un sillón de mimbre en el que estaba sentado Daniel cuando entró Miguelí.

     Por lo visto le había bastado un día para instalarse. Estaba leyendo diarios atrasados, metódicamente, uno por uno, sacándolos de un cajón de frutas, subrayando por aquí, fechando por allá, para recortar después. Desde el taburete, un globo terráqueo parecía mirarlo con cara de zonzo. A veces Daniel se inclinaba para clavarle, con cuidado, como si temiera lastimarlo, alfilercitos con cabeza de colores. En el suelo, sobre un calentador apagado, la pava de agua para el mate. Nadie hubiera dicho que acababa de llegar de Buenos Aires.

     Para Miguelí estos encuentros habían sido siempre un problema. No sabía si abrazarlo, besarlo, tenderle la mano o, simplemente, darle los buenos días. Porque Daniel, aunque parecía desear que lo creyeran como todos, era muy diferente. Mercedes Fernández había dicho que era como un ánima que usara su cuerpo como pretexto. «Sí, es un general sin ejercito -le había contestado Marcial, que era hombre de frases que no se olvidan-. Medio loco, como todo paraguayo de talento». Esto último lo había dicho bajando la voz para que no lo oyera Miguelí. Pudo oírlo sin embargo, y le dolió, aunque sabía que los Fernández querían mucho a Daniel y que Marcial hablaba mal de todo el mundo. Pero esto pasó mucho tiempo después, poco antes del desastre. Miguelí recordaba que su hermano mayor, al verlo entrar, tuvo como un sacudimiento.

     -Qué tal, compañero -había exclamado-, ¿así que te mandaron confinado?

     Y sacándolo de dudas, se levantó a estrecharle la mano y palmearle afectuosamente la espalda.

     -Siéntate -le dijo, sacando al mundo del taburete-. Supe de tus andanzas. Te felicito: ya eres célebre. No te aflijas, no voy a reprochártelo. A un hombre puede ayudársele dos veces.

     Y soltó esa risa que tanto alborotaba a las mujeres. Miguelí obedeció, sin saber qué hacer con las manos. Daniel era el de siempre, aunque se le hubiera ido ese color a cuero sobado que da el sol a los paraguayos. Después de bromear un rato para sacarle la timidez, le preguntó:

     -¿Cómo anda Sotelo?

     -Preso, si no lo largaron.

     -No me extraña. En un país donde gobiernan ladrones públicos y traidores a la Patria, es lógico que la gente honrada esté en la cárcel -se detuvo como dándose cuenta de con quién estaba hablando. Se echó a reír y agregó-. De cualquier modo, estará encantado de la vida. Es un optimista. El optimismo ayudaría a vivir si no nos hiciera un poco irresponsables. Me imagino el susto de Garcete cuando encontró los panfletos. Se desahogó dándote una paliza brutal. Mamá está furiosa porque, según ella, cuando viniste se te veían marcas de cintarazos. Las madres son injustas, como todos los fanáticos. Para mí los palos no tienen importancia, como seguramente para ti tampoco. Sólo lamento que perdieras el año. La ira es la reacción bestial frente al miedo. Lo mismo hace la dictadura. La dictadura no solamente tiene miedo sino que es producto del miedo, es el miedo institucionalizado; el miedo es su substancia -concluyó, juntando los dedos, satisfecho de su frase-. Como yo no tengo miedo, no voy a castigarte. Comprendo que la cosa te resultara divertida. Admito que descubrieras algo de ese goce legítimo que se experimenta al jugarse por lo que se cree noble y justo. Todos pasamos por esos trajines. Hasta diría que es una escuela indispensable, la única que ha formado el espíritu público en nuestro país. Pero ya estás grande, Miguelí. A tu edad tendrías que estar en cuarto o quinto grado. No tienes toda la culpa. El pobre papá, como siempre, ha ido dejando las cosas de un día para el otro... ¿qué me dices?

     Miguelí alzó la cabeza. Daniel lo miraba con sus ojos severos, penetrantes, con esa especie de estupor que tanto desconcertaba. No contestó, pero el hermano mayor había comprendido.

     -No quieres volver a la Asunción, ¿es eso?

     -No -confesó Miguelí, asustado ante la perspectiva de que le preguntara por qué.

     Daniel no lo hizo.

     -Anda a calentar la pava en la cocina mientras yo cambio la yerba. Alguien usó mi calentador, está atascado.

     Cando Miguelí hubo cumplido el encargo, Daniel se cebó unos mates, pensativo.

     -Ésta es una tierra sabrosa, ¿sabes? Desde la yerba hasta la mujer tienen algo de vital, de religioso. Una sensualidad profunda, sublimada. Aquí una naranja no la tomas, se te entrega como gozando el sacrificio, como tal vez los frutos del Paraíso... En fin, algo que no se encuentra en todas partes... ¿Quieres ir a Buenos Aires?

     A Miguelí le saltó el alma a los ojos.

     -¡Ah, paraguayo! La sola idea de irte, a cualquier parte, le da cosquillas a tus pies... Bueno, te irás, pero no enseguida. Como sabes, Buenos Aires no está ahí nomás, pasando las lomadas. Hay que escribir a Raúl, arreglar tus papeles, poner un poco de orden en el lío que hizo papá en mi ausencia y juntar el dinero para el pasaje. Todo esto lleva tiempo. Además, tamaño matungo no va a ir a entrar al primer grado... ¿O quieres que te digan paraguayo bruto?

     Miguelí, que ya estaba en la Argentina, mostró un puño:

     -Al que me lo diga le rompo la cara. Los curepí son gallinas y arruinados. Cuando le pegue bien a uno, los otros ya no se van a animar a tentarme.

     -Bravo. Pero con eso no dejará de ser cierto lo de bruto. Al contrario. Yo, en tu lugar, preferiría que dijeran, con su chabacanería característica: «manyá, pibe, que bocho tiene el paragua». Lo que significa, creo, «mira, qué paraguayo inteligente».

     -Es cierto -admitió Miguelí.

     -Me alegra que lo comprendas. Quiere decir que valoras la inteligencia y el saber por encima de la fuerza bruta. Por lo demás, los argentinos están más adelantados. Ya no hacen un culto del valor físico, que expresa una mentalidad feudal. Pero, te advierto, para que no te lleves un chasco, que, cuando el caso se presenta, son tan valientes como nosotros. Son hombres, y en general el hombre es un animal muy valeroso.

     Miguelí ya no lo oía. En Buenos Aires hay casas de treinta pisos desde cuya terraza tendría un horizonte más amplio que desde la copa del yvapovó de los Garcete. No está lejos del mar, que podría conocer de una escapada.

     -Trataré de arreglar para que te den por aprobado el tercero o cuarto grado -continuaba Daniel-, pero harías un papelón si no llevaras una preparación equivalente. Para esto te propongo que estudiemos juntos, dejando de lado los programas, procurando adquirir el gusto de aprender. Un buen libro de viajes, acompañado del mapa, podría enseñarnos geografía. Podríamos comentar la historia universal hojeando a Wells. La historia Paraguaya con unos apuntecitos míos y consultando las fuentes en la biblioteca de papá, para que sepas que eres hijo de un pueblo extraordinario y no te hagan desertar las candilejas... ¿La aritmética te gusta?

     -No.

     -Natural. Piensas que sólo sirve para sacar cuentas de bolichero. Es mucho más que eso. Con ella puedes hacer de la tierra un punto y ubicarlo con exactitud en el espacio infinito. Yo te lo voy a demostrar una noche de éstas. Con mis prismáticos verás que las manchas de la luna no son la Virgen y el Niño montados en un burrito. También te mostraré los anillos de Saturno, los satélites de Júpiter, el trazado genial de las constelaciones.

     ¿Qué bicho le había picado a Daniel en Buenos Aires? Y eso que, por aquel entonces, no tomaba, salvo de vez en cuando, en la villa. Conmovido, sin saber qué decirle, cuando acabó de hablar, Miguelí se levantó para irse.

     -Espera -le dijo Daniel-, ¿qué apuro tienes? Ahora te toca hablar a ti. Cuéntame algo de Sotelo, de Marcial, de Santiviago. Apenas pude ver a alguien. Sólo permitieron que me quedara un día en la Asunción, con pyragüé en los talones... ¡Idiotas! Solamente consiguieron crearme la ilusión de que podía hacer algo: «¡Jaque! -me dije- a Daniel Domínguez todavía se le teme... aunque sea inofensivo como un tigre bichoco». Esto es muy estimulante para el tigre, te aseguro. Por ahí da el zarpazo, ¿quién te dice? La trama del destino nadie la sabe.

     Por lo visto estaba alegre, borracho de esperanza. Se movía por la pieza, contra su costumbre, de tanta buena voluntad como tenía. Parecía un muchachón, y eso le quitaba a Miguelí su timidez. Nunca lo había sentido tan hermano como entonces. En eso sonaron pasos en el corredor. De tacos altos, raros de oír por esos valles. Alguien apartaba con sigilo la cortina del dormitorio.

     -¿Quién va? -preguntó Daniel.

     Le respondió una voz dulzona, que adulaba.

     -¿Estás muy ocupado? Te traigo tu cocido.

     -¡Adelante! -tronó él, en tono cuartelero.

     -¡Jesús, qué susto pa que me diste! -exclamó Ofelia, entrando toda azorada, con una bandeja de plata en sus manos finas, regordetas, recargadas de sortijas. Estaba muy paqueta, de vestido verde ajustado a sus formas rellenitas. La melena de choclo le hacía un arco, sostenida por hebillas, para dejar al descubierto las orejas adornadas con pendientes de fantasía. El colorete y la pintura de labios acentuaban el parecido con esas muñequitas de porcelana rococó que se veían por todas partes, hasta en los pesebres de la Navidad.

     -¡A la pucha, mi ama! -exclamó Daniel-. ¿Adónde será la fiesta?

     Ofelia se rió como si le hicieran cosquillas.

     -¿Adónde pa iba a ser? Aquí nomás, para halago del patrón que vuelve de Buenos Aires y apenas le saluda a las que nos recordábamos por él todos los días.

     Daniel, que era muy cortés, le sacó la bandeja de las manos y la puso sobre la mesa al tiempo que le ofrecía su sillón. Ofelia se sentó en el bordecito, con las rodillas juntas, tirándose las faldas con coquetería. Miguelí ya se levantaba para irse cuando sintió una mano que, como al descuido, lo atajaba del hombro. Su hermano mayor tiró la colilla por el ventanuco y endulzó el cocido.

     -Casi nunca desayuno -dijo, revolviendo la taza-. Me estoy volviendo viejo, comencé a engordar.

     Ofelia lo miró como para comérselo.

     -No te creas. Te sentó muy bien el viaje. Seguramente las porteñas te trataron muy bien.

     -Las porteñas, mi hijita, no pierden el tiempo con secos como yo. Tienen para elegir.

     -¡No me digas! -exclamó Ofelia con la más sincera envidia-. Y pensar que aquí dicen de nosotras que no nos casamos con la víbora porque no podemos distinguir al macho... ¡y también! Ellas no tienen tanta tierra, tanta revolución, tanta política y qué se yo, que siempre pagamos nosotras las mujeres.

     Daniel se rió.

     -Al contrario: cada bochinche que se arma en el mundo les pone en el puerto una tropa de valientes en edad de merecer... Pero vos no te podés quejar, estás hecha un pimpollo.

     Ofelia suspiró, resignada:

     -¿De qué me vale? Hoy quería estrenar los aros que me trajiste y me tuve que disfrazar para el espejo... No hay nadie para mirar un poco por una.

     -¡Jha'é! -protestó Daniel, con esa seriedad jocosa que daba tanta risa-. Hace rato que lo vi. Me callaba nomás por delicadeza -y sonriendo como para disculparse por una confidencia, agregó-. No me vas a creer, pero busqué mucho hasta encontrar el que me pareció que te quedaría mejor... ¡acerté, había sido!

     -¡Mentiroso! -gimió Ofelia, largándole un pellizco.

     -¡Ay na, icht! Tenés las uñas largas, se ve que no trabajas.

     Aquello pareció alarmar a Ofelia.

     -¡Qué esperanza! Me enseñaron a trabajar sin estropearme las manos. ¿Qué pa te creés? ¿Que soy una cualquiera de la calle? No hay que no sepa hacer. Hoy mismo te voy a cocinar un pato relleno que te vas a chupar los dedos.

     -¿Pato relleno? ¡La gran siete! Con tal que no le pongas algún payé y después me salgan lagartos por la barriga.

     -¿Payé? -repitió Ofelia, agresiva- ¡Ojalá te pudiera sacar el que ya tenés por vos!

     Daniel se detuvo con una galleta en la mano como si fuera a arrojársela. Después tomó un sorbo de cocido y dijo, mirando a Miguelí como para indicarle que también hablaba para él:

     -No me hagas caso, Ofelia. Lo que pasa es que estoy contento. Verdaderamente feliz de estar de nuevo con ustedes. Desde lejos se envuelve con un manto de afecto hasta lo penoso y deplorable que tiene nuestro país. Por allá no sabía en qué pata pararme como caballo en la iglesia. Me pasaba soñando en lo que puede hacerse por aquí si uno no se pasa la vida aguardando que ocurra algo. Algo que nadie sabe lo que es, para remangarse y poner en orden por lo menos la propia casa. Aquello que está a nuestro alcance, en los modestos límites de cualquier hombre y que constituye su deber elemental: granarse el pan de cada día. Esto no puede hacerse si se plantea cualquier zoncera en términos de estadista. Me daban envidia esos campos reventando trigo; esas vacas que parecen chanchos, no ciervos guampudos como las nuestras. En la Argentina abundan también los charlatanes, no te creas. Pero, por cada tarambana hay un gringo que pone el hombro, al que sólo le interesa su barriga pero que da de comer al lírico que canta a la bandera y se permite despreciarlo... A propósito, ¿cómo anda tu estanzuela?

     Ofelia se encogió de hombros.

     -«Caput» me manda papeles para firmar. Me imagino que bien, aunque no hay plata. Él dice que conviene más tener tierras y vacas, porque el dinero no sirve en estos tiempos de... ¿cómo pa que era? ¡Ah, sí! ¡De «inflacción»!

     -¡Bravo! Te salió la palabreja. Pero no te aflijas, el gringo sabe lo que hace. Me consta que es honrado. Los bayonetazos que le dieron los franceses en el estómago le han quitado las ganas de tragar.

     -Igual hace falta un patrón -suspiró Ofelia, desvalida-. «Caput» es bueno, pero a veces me quebranto. Un administrador es un administrador, por zonzo y honrado que parezca. Y es lo único que me queda, Daniel. ¿Qué va a ser de mí si eso también se me pierde? Te parece poco que la guerra me quitara mi novio, mi único hermano y matara de pena a mi pobre papá?

     Daniel le tocó el hombro para atajarla.

     -¡Chist! Lo pasado ya pasó, no te pongas trágica. Lo que tenés que hacer es ir de vez en cuando, hacer parada de que revisás las cuentas, quedarte un par de días y se acabó.

     Ofelia bajó la cabeza, ruborizada.

     -No voy casi nunca, y menos sola... No se deja la carne con el gato...

     Daniel soltó una carcajada.

     -¿Quién es el gato? ¿El gringo o vos?

     -¡Estúpido!

     Ni el propio Miguelí pudo disimular la risa al imaginar haciendo de gato a aquel cincuentón sarmentoso que sólo sabía decir cuando se le preguntaba de Alemania: «¡Oh, allá guerra! ¡Caput! ¡Caput!», apantallándose las orejas con sus manazas coloradotas como para defender el oído de un mosquito de esos que, una vez que están adentro, zumban que te zumban taladrando el cerebro.

     -Reíte si querés -decía Ofelia, amoscada-, pero una vez que estaba yo durmiendo la siesta en una estera, lo pillé mirándome desde el corredor. Después hasta en sueños lo veía. Era espantoso. Unos ojitos chiquitos, azulados, con una desesperación tan grande que daban ganas de llorar a gritos, daban vueltas y vueltas alrededor de mi cuerpo desnudo como buscando un lugar para bajarse... ¡Oh, Daniel, vos no te podés figurar lo que era eso! Me despertaba ahogada de sudor, atajándome para no aullar como una loca...

     El rostro de Daniel se había puesto sombrío. Ofelia se dio cuenta.

     -Bueno, ya me voy -dijo, levantándose-. Ya sé que te digo zonceras. No todas podemos ser tan inteligentes como algunas.

     -No es eso, mi hija -le decía Daniel, acompañándola hasta la puerta-, es que tengo que arreglar un asunto con este conspirador. Después nos comeremos el pato con un vinito que traje, y mañana o pasado daré una vuelta por tu estanzuela para ver cómo anda eso...

     Pero, cuando Ofelia se hubo ido, apartó irritado la bandeja y se sentó en su sillón. Estuvo largo rato en silencio, como si hubiera olvidado a Miguelí. De pronto levantó bruscamente la cabeza y lo quedó mirando como asombrado.

     Miguelí conocía esa extraña costumbre de los mayores que de repente lo miraban como si vieran en él a otra persona o no acabaran de convencerse que realmente estaba allí.

     -Así es la cosa -dijo el hermano mayor, pasándose la mano por la frente como para olvidar un sueño-. En la vida de un hombre suele haber ciertas constantes. Como novillo mañero uno quiere soslayarlas, apartarse del señuelo. No hay caso. A eso le llaman casualidad, suerte, destino, necesidad histórica, y qué sé yo de cuantas otras maneras. Lo cierto es que, cuando menos te imaginas, la más grande zoncera te viene a recordar que está allí, mojonando tu existencia, aunque nadie sabe en qué acabará la cosa si descontamos el remate. Desde este punto de vista vivimos por curiosidad. Procuramos encontrar razón a aquello que en realidad no tiene otra que la de ser un hecho. Un hecho que se piensa a sí mismo, que tiene la vanidad de sentirse responsable de otros hechos que le circundan o le siguen... La pobre Ofelia tuvo razón en espantarse; hay miradas que salen desde el fondo mismo de la turbia conciencia de los hombres... No me hagas caso, lo que digo es incoherente, de nada te serviría... ¿De qué hablábamos cuando vino esa cotorra?

     -De Sotelo.

     -¡Ah, de ese tipo! Él sí que tiene una conciencia envidiable, absolutamente honrada, que todo lo explica y acaba por darle la razón cargando sus culpas a la burguesía... así tiene que ser, porque está en guerra...

     Observó atentamente al hermanito y se rió hacia adentro.

     -Te interesa la palabra, ¿eh? Es natural. Pues bien, mi amigo: si te toca ir a la guerra no se te ocurra pensar en lo que estás haciendo, salvo en la mejor manera de reventar a tu contrario y de evitar que tu contrario te reviente a ti. Deja para ello que te inspire el sano, el vigoroso instinto de la tribu. Emborráchate con símbolos tales como la bandera, el himno, el número de tu regimiento. Pero no busques sentido último a tus actos, porque tal sentido último no existe. Solamente conseguirías, en el peor de los casos, trasponer un límite indefinible que te aislaría de tus semejantes en un reino que no es el de la verdad sino el de la locura, un espacio sin tiempo donde ya no es posible la acción. Entonces, compañero, te dejarías matar estúpidamente o acabarías pegándote un tiro.

     Cosa rara, Daniel extendió la mano y le acarició la cabeza.

     -No me hagas caso, te repito... ¿Cómo anda Sotelo? ¿Eres su correligionario?

     -Soy liberal -replicó Miguelí, con altivez-. Sotelo es mi aliado.

     La respuesta pareció devolver a su hermano el buen humor.



- III -

     -Daniel está cambiado -solía decir don Rosendo con ese tonito entre irónico y resentido que usaba para referirse a su hijo mayor-. Ahora anda con el Emilio bajo el brazo, parece que ha tomado muy en serio la educación de Miguelí.

     -Dios se ha apiadado de él -agregaba tía Zoraida-. Vamos a ver cuanto le dura.

     -Lo que a ese muchacho le hace falta -terciaba Ofelia, que en aquel tiempo todavía era peleadora- es librarse de esa mujer y formar para su familia.

     Doña Lucía, que solía escuchar estos decires con desprecio soberano, murmuraba su frase favorita.

     -Las gallinas no vuelan.

     La tía Zoraida, que por su oficio de fisgona tenía un oído extraordinario, saltaba en defensa de su amiga Ofelia.

     -¿Qué querrás decir con eso? ¿La defendés a esa adúltera? ¡Es posible! Si fuera por vos hasta podría llegar a nuestra casa. ¡Antes me voy a un asilo! La que traiciona a su sangre es una chusma.

     Nadie como la tía para decir la palabreja, le saltaba de la boca como rana de un charco.

     Alguien arrugaba la frente indicando la proximidad de Miguelí, y todos se callaban. Era sapo de otro pozo desde que se mudó a la casita de Daniel. La propia doña Lucía afirmaba no entender la razón por la cual un niño tuviera que vivir con un hombre en lugar de estar cerca de sus padres. Pero, ni siquiera don Rosendo se atrevía a contradecir a Daniel, y se desquitaba mandando carpir a un peón que estaba arando, haciendo sembrar sandías en lugar de algodón, o cosas por el estilo, aunque supiera de antemano que sólo fingirían obedecerlo. Y cuando lo veía desmontar con alguna vacilación al regresar de la villa, gruñía tan alto como para que se lo entendiera:

     -Allá viene el monje borracho. Seguro que de casa de esa pécora.

     Se refería a Esperanza Almirón, que vivía, con una hija boba, en las afueras del pueblo, en una casona de piedra rodeada de naranjos corpulentos mandados plantar por don Carlos Antonio López. Miguelí nunca había llegado hasta la casa, que se le antojaba poblada de poras y misterios, pero sí había visto muchas veces al caballo de Daniel suelto en el patio. A Esperanza sólo una vez la tuvo cerca, en la Iglesia, cuando se acercó a recibir la comunión de Pascua. Se miraron, y la imagen se le grabó imborrable. El rostro bellísimo enmarcado en mantilla de luto, juntas las cejas, los labios entreabiertos como para pedir perdón. Le habían enseñado a detestarla, pero, desde entonces, se dolió por ella cuando la nombraban con desprecio.

     Una tardecita, pasando por el corredor a obscuras, había escuchado a los mayores que tomaban fresco en el patio.

     -No me quejo, mi patrón -decía el compadre Britos, que estaba de visita-. Usted sabe que voy a hacer todo lo que me diga, como si fuera mi padre. Pero da rabia la ingratitú. Dígame un poco, ¿le negué algo alguna vez?

     -Nunca, hijo, nunca. Y te repito: no sabía nada. Desde que volvió de Buenos Aires se ha hecho cargo de todo.

     -Aunque tenga negocio -prosiguió el compadre- no me gusta que me traten de ladrón. En este país somos todos honrados porque todos robamos un poquito, como en el cuartel, hasta que la cosa se empareja. Con el perdón de la señora, ya decía José Gil que es tan chico el Paraguay que hemos de cogernos todos. Yo por ejemplo casi todo doy fiado. Por cada uno que me paga, dos me dicen, «vuelvo el lunes». Así que, si no quiero fundirme, al que tiene la desgracia de tener plata efectivo y el antojo de pagar, le tengo que cobrar por los tres. Es decir, robarle lo que me robaron, que no es robo y es eso que le dicen el justicia social. Daniel no entiende estas cosas que todo el mundo sabe. Nunca va a progresar. Lo que más rabia me dio fue lo que dijo por la semilla, que decía en inglés por la bolsa: «no apta para la siembra». En mi chacra prendió lo más bien. No hay cosa buena o mala que no prenda por aquí. Y encima, si apenas hablo el castellano, ¿cómo pa quería que sepa lo que dice en inglés por una bolsa? Esa semilla me la consiguió uno mi pariente que está en Tierras Colonias, esos que joden con la reforma agraria para tapar la boca a los comunisto. La semilla era para regalar, pero a mí me costó mis buenos pesos... Ya te digo a usté, voy a cerrar el negocio. Nadie está conforme después de que ya comió.

     -Un momento -lo atajó don Rosendo-, tenía entendido que con las carradas de maíz que te mandé la cuenta estaba saldada.

     Britos lanzó una exclamación:

     -¡Pero, don Rosendo, cómo pa va a decirme eso! ¿Y las provistas? ¿Y los vueltos en efectivo? La galleta está carísima y dura como la piedra. Del azúcar mejor no hablar, porque no se consigue. Y dígame un poco, la señora, ¿no hubo siempre para usté galleta con grasa, y azúcar suficiente para hacer esos dulces tan ricos? Mi patrona dice luego que usté ha de tener payé por su mano... ¡Que no se diga!

     -No sabía nada -arguyó don Rosendo-, ¿por qué no me lo dijiste?

     -¿Para qué le iba a decir? ¿Para quebrantarle de balde? Esperaba a Daniel, como todo el mundo. Pero resúltase que viene, revisa las cuentas, suma por aquí, resta por allá, se rasca la cabeza, se ríe solo y después viene y pega con la guacha en el mostrador para decirme: «Sos un nene, querido compadre. Dividí esta historia por la mitad, que si no vas a cobrar por donde sabemos». Eso me dijo: «Nene». ¡Nene a mí! ¿Qué pa les parece?

     Como rompieran a reír, coreó el compadre:

     -¡Nene, nene! -repetía aflautando la voz, estremecido de risa, lanzando una especie de balido-. Ahora ni mi patrona me dice más Telésforo... «Nene» por aquí, «Nene» por allá... ¡Hasta marcante me puso ese individuo mi compadre! Como nunca falta un buey corneta, los otros días el tilingo Vitó viene y me dice, delante de todo el mundo: «Fíame na un trago, don Nenito». Para qué les voy a contar que lo saqué a patadas.

     -Bueno -dijo don Rosendo, cuando se hubieron calmado-, bien dices que Daniel no entiende estas cosas. Como es al ñudo contradecirlo, te voy a pasar unas vaquitas que dejé de invernada en el campo de Montero. Lo que sí tendrás que pagar es el pastaje y unos pesitos que debo por ahí, porque no tengo un centavo.

     -¡Jho, don Rosendo Domínguez! -exclamó el compadre, entusiasmado-. Yo sabía luego que su palabra vale más que cualquiera documento. Daniel será doctor, pero no sabe que negocio de paraguayo no hay libro grande que lo explique. Nunca va a entender que un rollizo tronceado por el medio son dos rollizos que pueden valer el doble aunque tengan la mitad de la madera...

     -Sí -le interrumpió don Rosendo-, por eso, para hacerme un favor, me serruchaste las vigas que te mandé para embarcar.

     -¡Claro, pues! Ahora se pasea por el pueblo con el muchacho, ¡quién diría! ¡Las vueltas que da la vida, la señora!

     -¿Siempre va a casa de «ésa»? -preguntó Ofelia.

     -Yo decía luego que era un hombre de gran corazón, a pesar de su carácter, ¿cómo pa les voy a decir? Un poco revirado...

     -Es cierto -admitió don Rosendo-, a lo mejor lo dejó así el tifus que contrajo en la guerra. Yo lo dejo hacer para que salga de dudas.



     Días después, mientras cebaba mate para quitar el indio a su hermano mayor, se había atrevido a comentarle estas cosas. Daniel mostró alguna sorpresa en su rostro malhumorado. Al rato, encogiéndose de hombros, dijo, chupando la bombilla:

     -Es natural.

     Quedó callado de una forma que indicaba que no quería seguir hablando. Se levantó, hizo su cuarto de hora exacto de gimnasia, se bañó con la regadera y, ya perfectamente vestido y afeitado, entró al cuartito donde Miguelí, que entre tanto había tomado el desayuno, lo aguardaba para empezar el estudio. La tarea se desarrolló como de costumbre, amena y estrictamente. Tras de leer algunos párrafos, miraron en el globo por dónde andaban los hijos del capitán Grant. El mundo tenía clavada en la frente una banderilla de papel de seda rojo. Según había dicho Daniel, en ese lugar se estaba librando la más colosal y decisiva batalla de la historia. A Miguelí le hubiera gustado hablar de ella, oír explicar de nuevo lo que sospechaba su hermano tramaban los cowboys para cercar a los bandidos. Pero, era contrario a las normas apartarse del tema de trabajo: «Acostúmbrate a ir al grano, a obligar a tu cabeza a volcar toda su energía en lo que estás haciendo», solía enseñarle su maestro. Sin embargo esa vez, olvidando la lección de aritmética, le dijo:

     -Con respecto a lo que me contaste, has de saber que una persona consciente y responsable cumple con su deber sin hacer caso de lo que digan o piensen los demás. Nunca esperes el reconocimiento de aquellos a quienes, de una manera u otra, obligas a obrar racionalmente, aunque sea en su beneficio, porque para ello no te quedará otro remedio que contrariar sus caprichos, la natural tendencia de dejarse conducir ciegamente por el instinto o por el hábito. Es decir, oprimirlos de algún modo, y a nadie le gusta que lo opriman. Tú me has dado una sorpresa muy agradable que, francamente, no esperaba. Estudias en serio, haces con gusto y diligencia todo cuanto se te indica. Eres leal. Te lo agradezco. Pero te ruego que en adelante no vuelvas a traerme chismes de la Casa. Nada vamos a ganar con ellos, salvo envenenar el espíritu con mezquindades.

     Abrió la puerta para irse y agregó.

     -No te quebrantes por las vacas que regaló papá. Son suyas. Tiene derecho a fundir la hacienda si se le da la gana. Yo solamente trato de ayudarlo.

     Dicho lo cual, salió para sus quehaceres. Así era Daniel, aunque parecía que para ello ejerciera sobre sí mismo la opresión que predicaba. Porque a veces, de regreso de la villa, tenía el rostro abotagado, ensombrecido. Se quedaba entonces tumbado en el catre, fumando y mirando al techo, hasta que, a los dos o tres días, volvía a ser el de siempre, como si lo hubiera abandonado un mal espíritu.

     A Miguelí le daba mucha pena su hermano mayor.

     Mucho tiempo antes de que Miguelí viajara a la Asunción para entrar a la escuela, había vuelto Daniel de una tropeada trayendo del cabestro a un potrillo alazán de media sangre: «Se lo gané a Montero en el poker -había explicado-. Es hijo de Dalila y de un padrillo de los Vargas». Otra novedad, porque Daniel casi nunca jugaba a las cartas, aunque cuando lo hacía ganara siempre. «Con la suerte que tienes yo me hubiera desplumado al pueblo entero», le reprochaba don Rosendo, con verdadera envidia. «No es suerte, y no soy un tahúr», replicaba Daniel. Como se le había muerto su montado favorito, puso en el alazán esa parte del corazón que se tiene reservada para querer a los caballos, que solamente puede llenarla «el noble bruto», según el decir de don Rosendo. Comenzó a educarlo el mismo día, y así, cuando al cabo se hizo un potro hecho y derecho, se dejó montar sin corcoveos. Aprendió a marcar el paso, a bailar polcas, a embretar toros, a no asustarse siquiera de los tiros. Volaba por encima del más alto alambrado, saltaba cualquier zanja, vadeaba cualquier río. Podía galopar de un tirón leguas enteras. Era rojo anaranjado, con largas crines rubias. Envidia de estancieros, Montero ahogaba en copas el haberlo perdido, y una vez, viendo a Daniel ensartar una sortija de un limpio salto largo, con lágrimas en los ojos, puso en el suelo toda la plata que tenía, ofreciendo de yapa una tropilla y una montura repujada. «No te lamentes, hombre -lo consolaba Daniel, envanecido-. Es tu potrillo más de dos años de paciencia. Ya el general Paz había anotado que el paraguayo no cuida a su caballo. No tiene, pues, derecho a esperar mucho de él. Nube no tiene precio. No se vende a un amigo».

     Hay recuerdos que no son de uno, pertenecen a la familia, cualquiera sea la cabeza en que se guarden. Así Miguelí creía tener en la memoria casos que acontecieron antes de que naciera. Veía presente al tío Ramón agonizando en Rubio-ñú. Apareciendo su pora a don Críspulo Insaurralde, que lo abandonara moribundo en el campo de batalla, hasta que volvió, ya viejo, a buscar los huesos de su hermano en el inmenso osario de niños sacrificados para darles cristiana sepultura. Era imposible que conociera al tío Críspulo, pero él estaba seguro de haber cabalgado en sus rodillas en la penumbra del alero, escuchando historias trágicas, siempre repetidas. O, por el contrario, aparecer como protagonista de hechos recientes, de los que no se acordaba en absoluto pero que se le atribuían como la cosa más cierta. Decían que estando la familia reunida en torno al picadero para buscarle nombre al potrillo de Daniel, Miguelí había mostrado un alazán galopando entre las nubes rosadas del crepúsculo: «¡Allá va, pónganle Nube!», contaban que gritó. Y que fue así como aquel caballo de rara estampa tuvo un nombre tan raro, y un jinete más raro todavía.

     A poco de mudarse con Daniel, éste sacó de los Samudio una yegüita overa de buen paso y largo aliento para que Miguelí pudiera acompañarlo en cabalgatas sin quedar regazado. Era un animalito intrépido y feroz, lleno de mañas, casi tan pintoresco como sus célebres criadores. Un pasito sesgado, rápido, nervioso; un cazurro balanceo de su cogote erguido. Coceaba a dos pastas, a lo mula. Mordía al primer descuido al apretarle la cincha. Giraba sobre sí mismo para esquivar la montada, galopaba al punto de pisarle el estribo. Bellaqueaba con cualquier pretexto. Fingía asustarse de su sombra pero era muy capaz de tumbar novillos a pechazos, de atropellar espinos persiguiendo avestruces. Era forzoso domarla de nuevo cada día a fuerza de tirones, látigo y espolazos. Mas éstos nomás eran encantos de manceba arisca. Miguelí la amaba. El hecho que se la dieran era motivo de orgullo, prueba de confianza. ¡Ah, si lo hubiera visto Olga Fernández rayando en la plazoleta! Hubiera sabido que era un hombre, no un cajetilla ni un cualquiera de la calle.

     El cuidado de los caballos era parte sagrada de la diaria tarea. La caballeriza de Daniel, en medio del naranjal, parecía una pajarera por el alambre tejido que cubría las aberturas. Desde allí, yendo por caminito, se llegaba al tajamar, que era un embalse grande del arroyo que, por nacer de las surgentes de las lomas, nunca se agotaba. Lo rodeaba un terraplén bastante alto, protegido por alambres de púa. Era profundo. En algunas partes asomaban juncos cubiertos por rosados huevecillos de rana. Entre esas matas anidaban peces que limpiaban el agua de larvas de mosquito y que a veces crecían lo suficiente para una buena fritura. Un chorro cristalino caía por la compuerta a un embalse abierto donde se abrevaba el ganado en tiempos de sequía y se bañaban los caballos. Los suyos solían mordisquear el pasto tierno mientras ellos se zambullían en el tajamar bajo las largas sombras de los sauces, trepando después por la compuerta para volver a tirarse, porque el terraplén bajaba a pique y era difícil escalarlo. Quinientos metros aguas abajo, ya en pleno monte, otra represa conservaba los restos de una rueda hidráulica. Todo era obra de Daniel, con la ayuda de prisioneros bolivianos, que tenían fama de grandes cavadores. Ya entraba el sol cuando volvían, llevando a los montados del cabestro, por la senda del naranjal que salía directamente a la vivienda. Se ponían decentes y salían para entrar por la picada con rumbo al cañadón. Esto ocurría una o dos veces por semana, cuando hacía buen tiempo.

     Al llegar a Tayhy-punta, el camino doblaba por capricho nomás para darse el gustazo de saludar a Basilio, quien, a esa hora, era una sombra borrosa junto al ranchito blanco.

     -¡Adiós, Basilio! -gritaban, levantando la zurda.

     -¡Maiteipa, mi capitán! -respondía el mariscador con un grito profundo. Entonces a Miguelí se le antojaba marchar al frente de un largo ejército mandado por su hermano mayor.

     Al salir a la pradera, una bandada de avestruces los observaba alerta. La yegüita cabeceaba por correrlos, tirando de las riendas hasta arquear el cuello como un ganso. Miguelí la apaciguaba a rebencazos y los ñandúes huían raudos hacia los bañados, levantando chajaes y alborotando teros. El caserón de los Samudio aparecía hinchado de música a esa hora de guitarras. A uno mismo la polca le sonaba por dentro como subiendo de la tierra por las patas del caballo. A veces, como una nube quieta colgada del horizonte, se divisaba una caravana de alzaprimas. O, como la súbita animación de un mundo quieto, llegaba una tropilla de yeguarizos repuntada al galope por los hermanos Samudio, sonando como tiros los largos arreadores, gritando como pájaros en un baile de crines, de sombreros, de pañuelos colorados sobre el campo amarillo con largas lonjas verdes bajo el cielo naranja.

     Hasta el propio Daniel, tan serio como era, empezaba silbando despacito para luego largarse con un vozarrón que parecía sonar dentro de un balde.

     -¡Como los usa'aaa el ranchero'ooo!

     Una legua más allá, en un parque con árboles puntiagudos, aparecía el castillo almenado de don Jorge Federico Carlos von Stauffemberg, también llamado «El Cerdo Rojo» por los lugareños. Frau Cristina servía chucrut con costeletas ahumadas y una cerveza tan fría que quemaba los dientes. Daniel cabeceaba al son de lieder. Hasta don Jorge, tieso y servicial, hablaba poco a esa hora en que el campo piensa. Fraulein cambiaba los discos en la victrola de enorme bocina, mirando a Daniel con la suave tristeza de una estampa. Cuando ya Miguelí se iba durmiendo, pasaban al salón del reloj con pájaro, de la cajita de música con muñecos bailarines, de los muebles negros, torneados, brillando de puro limpios, aunque con algo así como el recuerdo del insípido olor de la salchicha. También estaban el piano de Fraulein y la radio Telefunken. Don Jorge la encendía y comenzaban a dar las campanadas. Cada una era un barco hundido por los submarinos alemanes. Miguelí los veía cayendo en un abismo verde, transparente, apenas rizado por el redoble por los muertos. Extraños muertos con ojos de pescado y cabellos de junco. Daban y daban, como campanas del reloj del Tiempo Inacabable. Era asombroso que hubiera tantos barcos, tanta gente para morir hasta que un gringo ladrara a lo perro y don Jorge juntara los talones bajo el sillón.

     Daniel procuraba entender lo que decía el alemán de los ladridos. En una ciudad de Rusia los hombres se mataban como hormigas disputando un hormiguero. Tanto al hermano mayor como a don Rosendo, les quebrantaba aquella pelea interminable hasta el extremo de que casi no hablaban de otra cosa, y de poner una botella a refrescarse en el cántaro para cuando se definiera: «Stalingrat... Stalingrat... Stalingrat», repetía la radio, cada vez más asustada. «Stalingrat, masacrat», aullaba al fin, y por los ojos de Stauffemberg comenzaban a asomar los lagrimones para bajar, como cebo fundido, por el rostro rubicundo e ir a amontonarse, temblorosos, en la mata de los bigotes. Hasta que una noche rompió a llorar amargamente. Daniel se levantó sin hacer ruido. En el corredor se despidió de las mujeres que se secaban las lágrimas con pañuelitos bordados. Algo les dijo en alemán, y ellas se enderezaron como plantas socorridas por el riego. Pero, una vez en la llanura, salió al galope y al llegar a Tayhy-punta descargó en el aire su revólver.

     -¡Pipu'uuu! ¡Ahora sí cagaron fuego, hijos del diablo! ¡Pe potí ma, pêé añamemby!

     Gritaba loco de contento, riendo a carcajadas de los apuros de Miguelí por sujetar a su caballo, asustado por los tiros. Siguieron galopando hasta la Casa Grande. Salió a recibirlos don Rosendo, en calzoncillos, con una linterna en una mano y un máuser en la otra.

     -Cien mil alemanes se rindieron en Stalingrado -anunció Daniel, saltando de su cabalgadura-. El Mariscal von Paulus con todo su ejército.

     Miguelí vio con asombro cómo los hombres se abrazaban. Y cuando destapaban la botella de champagne para brindar por la victoria, se acordó del pobre gringo llorando lágrimas de grasa junto al reloj cucú, en el castillo negro.


- IV -

     Los periódicos que hablaban de la guerra venían por encomienda una vez por semana. Según supo Miguelí, regularidad tan portentosa era debida a la buena y constante voluntad de Mercedes Fernández. Ella se encargaba de juntarlos, de hacer el paquete, y entregárselo al capitán del vapor, quien los dejaba en el puerto de la villa al compadre Britos. Daniel hacía sus escapadas con el pretexto de irlos a buscar. A veces, cediendo a los ruegos del hermanito, lo llevaba consigo para abandonarlo, junto con los tarros de dulce y las memorias que mandaban las mujeres, en casa de su compadre. Daniel daba pocas órdenes, pero Miguelí se daba cuenta de que a la primera falla se vería privado para siempre de tomar los naranjines que Britos anotaba en un cuaderno, de bañarse en el río, de subir a los vapores, de ver armar jangadas y de ponderar cómo los flacos guinches de los barcos levantaban tan tremendos rollizos.

     Daba gusto ver pasar la cañonera repleta de reclutas para las guarniciones del Chaco. Con la cabeza rapada parecían monitos asustados o una sarta de bichos jugando entre los cañones que, de tan grandotes, a uno se le antojaba que iban a comérselos. También ocurrían cosas, como cuando sacaron del agua a un hombre acribillado a tiros, con la cara comida por las pirañas. La gente se acercaba a mirar y al punto retrocedía como yeguarizo espantado. Hasta que las vendedoras de aloja se pusieron a gritar que era un delegado obrero de Puerto Pinasco. El comisario, sin saber qué hacer en medio de tanto barullo, mandó que lo tiraran al agua para no tener problemas en su jurisdicción. Los tuvo lo mismo, porque jangaderos y estibadores dejaron el trabajo y volvieron a pescar al muerto para llevarlo a la iglesia. El párroco no quiso dejar entrar a un anarquista a la casa de Dios. El pueblo estuvo convulsionado, a punto de irse a las manos, hasta que todo se aclaró al atardecer cuando se averiguó que el finado era un cuatrero a quien seguramente balearon sus compinches y el cura consintió en rezarle. Otro día se descompuso un vapor que llevaba presos a Peña Hermosa. Como casi todos eran estudiantes, las muchachas de la villa acudieron en bandada a traerles regalitos. Hasta el tilingo Vitó vino llegando con una barra de hielo de parte del almacén de Britos. Por la noche, en la cancha que da sobre la misma barranca, la Misión Norteamericana pasó cine gratis y la oficialidad del barco bajó a consolar a las chicas mientras los prisioneros miraban el espectáculo desde techos, mástiles y chimeneas. Al promediar la función un marinero avisó que ya estaba reparada la avería. Se interrumpió la guerra que mostraba la película para que todo el público fuera a la despedida. Los presos armaron un alboroto tremendo, dando vivas y mueras hasta quedarse roncos.

     -¡Tres hurras piripipí con zapateo y grito salvaje a la gloriosa Villa Asayé! -proponía alguno, y empezaba-. ¡Pi-ri-pi-pí!

     -¡Ra, ra, ra! -coreaban los demás zapateando en el puente.

     -¡Pi-ri-pi-pí!

     -¡Ra, ra, ra!

     -¡Pipu'uuu! -estallaba el «grito salvaje» saliendo de cien gargantas.

     Ya levantaban la planchada cuando llegaron dos canastos de provisiones de parte del almacén de Britos, que ese día había vendido toda su cerveza. La algazara fue enorme.

     -¡Tres hurras «tren lechero» al gran demócrata Telésforo Britos!

     -¡Shish, pum! ¡Shish, pum! ¡Shish, pum!

     -¡Que viva la burguesía nacional!

     Un oficial que se daba corte parado de punta en blanco en la saliente de la proa, se cayó al agua no se sabe cómo y fue a subir por la popa cubierto de camalotes.

     Pero, cuando el barco zarpó, cayó como una tristeza. Había sido muy hermoso escuchar la «Madelón con letra tonta», como dijo Daniel, a los muchachos que se iban a la cárcel por un río de estrellas:

                                 

Patria querida, somos tu esperanza,


          


somos la flor de un bello porvenir...



     Eran voces timbradas, vigorosas, que apagaban el ruido de los motores; que empujaban al barco como vela invisible hacia un puerto donde todo era glorioso, que algún lado ha de quedar puesto que uno lo siente cuando canta.

     Al final de sus vagabundeos, Miguelí regresaba a casa de Britos. Le daban de comer y lo ponían a dormir en cualquier parte. Daniel reaparecía de madrugada, listo para emprender la cabalgata de regreso.

     Pero aquellos paseos pronto se terminaron. Como siempre, Miguelí no tardó en meter la pata.

     El viaje a la villa era como para deslomar a cualquiera, sobre todo en verano, con el sol quemando desde el amanecer, aunque escondiera el encanto de cruzar el riacho por el atajo con los estribos en cruz, dejando que la correntada refrescara los pies. Cuando estaba crecido, la operación era algo más complicada. Primero se pasaban ropas y aperos por el puente, que nomás era un tronco de palma tendido de barranca a barranca en el gollete del remanso. Después, sacando el bocado del freno a los caballos para facilitarles la respiración, nadar aferrados a los jopos para montar en el momento justo en que aquéllos hacían pie. Al rato ya se estaban secando en la arena, a la sombra de los árboles, comiendo las butifarras del avío, saludando a las mujeres que, con cántaros o canastos equilibrados sobre la cabeza, cruzaban el puente con paso de danza. Daniel prendía un cigarro de los buenos para echarse a pitarlo silencioso, con el rostro distendido. Al verlo así, sin botas, bombachas ni sombrero panamá, sin otra vestidura que un pantaloncito para no asustar a las mujeres, Miguelí se daba cuenta de lo aindiado que era su hermano. Aunque no muy alto, su cuerpo parecía estirado, como si el cuero le quedara chico, marcándole los nudos de los huesos y los músculos largos, fibrosos, transparentes, tirando al color del palosanto. Los labios gruesos, que se antojaban finos por estar siempre apretados como si algo le doliera, se perdían en los bigotes ralos donde la cara se hundía para saltar en los pómulos, violenta. Lo más notable eran los ojos pardos que parecían mirar de muy adentro, que eran temibles cuando se entrecerraban, como suelen ser los ojos de los indios cuando asoma en ellos la fiereza de los hijos del monte.

     En acabando de comer, a Miguelí le entraban ganas de hablar. Pero no se atrevía a interrumpir los pensamientos de aquel hombre de palo que se pasaba la vida meditando la historia; como decía don Rosendo, para burlarse. Más que pensar, parecía que recordaba, como si por su alma viera pasar las sombras de un acontecer interminable.

     Era un hombre con huella, que marcaba caminos: «itaperé», como se dice en ese guaraní de imponderables como el lenguaje de la misma tierra. La gente lo nombraba como se nombra a un muerto que anda por ahí en boca de compuesteros, atribuyéndole hazañas, muertes y seducciones, hombradas increíbles al menos para Miguelí que creía conocerlo.

     Algunos lugareños en vez de «mi patrón» le decían «mi capitán». Hasta Basilio, tan parco en ponderaciones, contaba que nunca saludó a las balas, es decir, que jamás encogía la cabeza cuando pasaban silbando aguijones candentes. En Alihuatá se dieron cuenta de que estaba herido recién cuando se desplomó en las posiciones, al regresar de una descubierta: «Para no molestar no dijo nada. A nosotros que lo hubiéramos cargado como a un hijo. Éste sí que era oficial, no cucaracha. No era de esos chimbos de carrera a los que se tiraba una granada en su agujero para que salga su fotografía en el diario: «caído heroicamente». No es que mi capitán Domínguez fuera más corajudo o militar. Los cobardes no se quedan en la línea: hay muchas maneras de emboscarse. Sino que pensaba que la vida del soldado valía lo mismo que la suya, y esto, mi amigo, es cosa que se agradece. Sabía que igual que él podíamos estar cansados, medio locos de sed, desesperados por esa matanza que nunca se acababa y que seguíamos por el monte como tigres hambrientos, rastreando al sol para topar la muerte».

     Miguelí estaba orgulloso de su hermano mayor.

     Cuando regresaba de la villa, Ofelia procuraba que Miguelí le contara las andanzas de Daniel. Sabía muy poco en realidad, y ese poco trataba de callarlo, aunque Ofelia era artista para estirar la lengua al prójimo. Estaba desesperada, ya no tenía vergüenza, le celaba hasta a Nube. Los recibía como furiosa, besaba a Daniel al saludarlo. Miguelí la sorprendió poniéndole yuyos trenzados en cruz en la pava del mate. Otra vez la vio en el naranjal espiando la casita con los ojos agrandados y la boca torcida en una mueca de hambre. Daniel parecía no darse cuenta y a Miguelí le estaba prohibido llevarle chismes de la Casa. Pero Ofelia le dijo algo terrible acerca de la niña boba. Miguelí solía verla en las afueras de la villa persiguiendo a su sombra como las mariposas, o vestida de blanco, calzada de charol, las trenzas renegridas sujetas con moñitos celestes, sentada, quietecita, frente al portón de su casa, sonriendo dulcemente como si oyera voces. Los chicos de los alrededores le rehuían temerosos sin explicar por qué. Una tarde Miguelí la saludó al pasar. Le respondió una risa estúpida, como cacareo de gallina. Miguelí escapó corriendo, con los pelos en punta: en la niña había una vieja procaz, envilecida... Daniel estaba dando la última pitada cuando a Miguelí se le escaparon las palabras malditas.

     -Tengo que decirte una cosa.

     Si allí se hubiera callado no pasaba nada, porque Daniel no lo había oído. Insistió sin embargo como obedeciendo al dictado de un abogado maligno.

     -Te escucho -dijo Daniel sin mirarlo.

     -Cuando volvemos, Ofelia me pregunta.

     Daniel lo miró como pidiéndole que se callara.

     -Quiere saber si sigues viendo a la Esperanza -prosiguió su lengua maldecida.

     -Mira, compañero -le dijo entonces Daniel, tirando el pucho con ademán violento-, eso ya lo sabía. Que se lo digas o no es asunto tuyo. A mí me importa un pito.

     -Ya sé -balbuceó Miguelí, más muerto que vivo-, ¡pero me dijo que la boba es hija tuya!

     Daniel volvió la cara como si le hubieran pegado. Se serenó enseguida.

     -Sí, es mi hija.

     Miguelí no sabía dónde meterse.

     -No te aflijas, compañero -le dijo Daniel, con la voz algo forzada-, te comprendo, me compadeces. Tienes razón, también en esto he fracasado. Ahora voy a decirte una cosa para que la entiendas de una vez para siempre, sea lo que fuere lo que averigües de mí o lo que te digan. No tengo nada que ocultar, pero tampoco tengo por qué confesarme. Soy responsable de todos y cada uno de mis actos, por ellos me puedes estimar o detestarme; puedo aguantar todos los golpes que me toquen en la vida. De los demás sólo exijo una cosa: el respeto. ¿Has comprendido?

     Se levantó para vestirse. Miguelí fue a buscar los caballos.

     -Mira, hermano -le dijo Daniel, que se ajustaba el cinturón con movimientos bruscos-, no vamos a ensillar el tuyo. Llévalo al otro lado, yo te voy a pasar la montura por el puente.

     El agua estaba fría, quería llevárselo. En la otra orilla, Daniel le ayudó a apretar la cincha.

     -Ahora te vuelves para casa -le dijo-. Lamento mucho que no puedas seguir acompañándome al pueblo.

     Al rumbear la querencia, la yegua galopó de gusto. A Miguelí le iba sonando aquella frase del compadre Britos: «Con Daniel Domínguez no se juega, y menos con ese asunto».

     Al verlo regresar solo, al galope tendido, Ofelia salió corriendo, desmelenada.

     -¿Y Daniel? -gritó-. ¡Qué le pasó a Daniel!

     Miguelí por poco la lleva por delante.

     -¡Fuera pues, vaca vieja! -le gritó, restallándole el arreador en las orejas, pasando de largo hacia los fondos.

     -¡Socorro! -imploró Ofelia-. ¡Este chico es un salvaje!



- V -

     Daniel tardó días en regresar. Llegó de noche, en caballo ajeno. Tendió la mano a Ofelia, que se adelantaba para besarlo. Abrazó a doña Lucía cuando ella iba a darle la bendición. Saludó con una venia a don Rosendo y ambos se encerraron en el escritorio.

     La cadena de lenguas que difunde las noticias en el campo, ya había informado que Daniel perdió en la mesa de poker todo el dinero de la casa, a Nube, los aperos y hasta su revólver Colt cacha de hueso. Que estuvo raro, riendo y chanceando, apostando con despreocupación tan temeraria que parecía que le estorbaba lo que llevaba encima. Que al acabarse la partida los demás estaban tristes, como si le hubieran robado, mientras que él, lo más campante, pedía fiado una vuelta de whisky para todos.

     Aunque los mandaron llamar varias veces y se los esperó más de una hora, don Rosendo y Daniel no vinieron a cenar. Las mujeres suspiraban. Miguelí sentía una rabia creciente contra Ofelia, que miraba su plato como si se asombrara de que fuera de comida y que estuviese comiendo. Las dejó con el rosario y se fue a acostar. Refugiado bajo el mosquitero, el zumbo de los mosquitos no lo dejaba dormir. Era una de esas noches calientes, enervantes, en las que ni siquiera vale la pena sacar el catre afuera. La luna entraba sin el alivio de una brisa. De pronto tuvo miedo, como si hubiera un ánima mirando. El reloj de la Casa dio doce campanadas, transmitidas por la humedad espesa. Miguelí sudaba. En el marco de la puerta había una figura blanca, de larga cabellera.

     Iba a persignarse cuando reconoció a Ofelia.

     Sonámbula, con la mirada fija, la respiración acompasada, las manos sobre el pecho, el camisón cayéndole sobre los tobillos, entró y se quedó parada en el centro de la habitación. Levantó después el mosquitero y se deslizó a la cama de Daniel.

     ¿Qué hacer? ¿Despertarla? No, eso estaba prohibido. ¿Avisar? Miguelí sintió que le picaban dos cuernitos de diablo. Esperó. Oyó pasos. Mordiendo de risa la almohada se sintió el más cachafaz de los traidores.

     Daniel era muy considerado. Entró sin hacer ruido. Se desvistió hasta quedar en calzoncillos. Llenó un vaso con agua de la cantimplora, fue a lavarse los dientes en el corredor, escupiendo en el patio, limpiándose de aguas y de vientos y tornando a entrar tan silencioso como había salido. Bostezó, estiró los brazos y se metió en la cama.

     -¡Mamita'aaa! -gimió, pero ya Ofelia se le había encaramado, clavándole las uñas, lanzando una especie de estertor.

     Se vino abajo el palo del mosquitero, hubo enredo de tules y cobijas de los cuales salió al cabo el hermano mayor, trastabillando, para incorporarse y salir por la puerta como llevado por el diablo. Ofelia, sentada en la cama, se frotaba los ojos. De pronto, ahogando un grito, salió corriendo hacia la blanca noche. Al rato reaparecía Daniel como piel roja al acechó. Primero metió una mano, luego un pie, la cabeza, maldiciendo por lo bajo, mientras el hermanito roncaba lo más fuerte que podía. Con la cabeza escondida en la almohada, Miguelí sintió que encendían la lámpara, la alzaban por encima de su cabeza y volvían a dejarla en su lugar. De pronto se sintió agarrado del cuello, arrancado de la cama y levantado hasta el techo de una patada en el trasero.

     -¡Arriba, badulaque! ¡Anda a hacerte con otro el zorro muerto!

     -¡Ay na, icht! -lloriqueó Miguelí, procurando hacerse el tonto-. ¡Qué pa lo que pasa!

     Daniel reía en silencio, abatatado.

     -¡Fementido traidor! ¿Por qué no me avisaste?

     -¿Qué cosa? ¡Yo no sé nada!

     Daniel se sentó en el borde de su cama y lo quedó mirando como si lo ponderara.

     -Bueno, mejor así... Anda a llenar la guampa. Tengo una sed terrible.

     Se apresuró a obedecer. Daniel tomó, una tras otra, varias cebadas de tereré. Parecía otro allí sentado en calzoncillos, con la barba crecida que apenas si eran pelillos amontonados en las mejillas hundidas y en los bordes de la pera.

     -De esto ni una palabra a nadie, ¿entendido? La más ligera alusión hará que me enoje contigo para siempre.

     Miguelí no contestó.

     -De todo hombre puede contarse algo ridículo, yo no soy una excepción... Lo decía nada menos que Montaigne... No interesa... ¿Por qué no me avisaste? No me vayas a decir que no te diste cuenta.

     Miguelí soltó la risa.

     -¡Ajá!, me hiciste una cochinada, ¿eh? Dejaste que me diera el más tremendo susto... ¡Chist!, no rías tan fuerte, van a oírte... Lo único que me faltaba es que te burles de mí... ¡Que calles, digo!

     Se levantó, sacó una llave del bolsillo de la bombacha, abrió un cajón de la cómoda y sacó una botella tapada con un vasito.

     -No son horas de beber -explicó, sirviéndose unos dedos-, pero me hace falta un traguito...

     En los meses que llevaban juntos era la primera vez que lo veía hacer eso. Ni siquiera sabía que existiera tal botella. Daniel parecía desmoronado.

     -Así es, compadre -dijo, sentándose-, uno se forja una imagen de sí mismo, la alimenta y sostiene todo cuanto puede, hasta que de repente se te borra. No siempre es ilusoria. Es real mientras la voluntad pueda sustentarla. Es una de las tantas formas de reflejo del espíritu del hombre.

     Miró a trasluz el vaso, lo sacudió como para ver si se enturbiaba la caña amarilla.

     -Claro... no entiendes un pito... es muy difícil...

     Se echó un trago y continuó:

     -La pasión de Ofelia se nos figura ridícula porque no la sentimos. Es como ver un baile sin escuchar la música. Si no participas de la vida ella te parecerá siempre una comedia, una farsa de muñecos maniáticos movidos por un titiritero loco -miró la hora en su reloj, que estaba junto a la lámpara, y agregó-. Es muy tarde. Es hora de que duermas.

     -No tengo sueño.

     No insistió. En realidad no parecía con ganas de quedarse solo. Se levantó para servirse más de la botella, y, sonriendo, se puso a declamar en gringo con la copa en alto.

     -¿Sabes quién era Ofelia?

     -Sí, la novia de Hamlet.

     -¡Bravo! -exclamó-, ¡eres un mozo de una gran cultura!

     Y tomándose el trago, soltó una risa amarga.

     -Sin embargo, Miguelí, es saludable idealizarse un poco. Sería horrible que aceptáramos nuestra propia realidad. La naturaleza humana se redime por su capacidad de concebir.

     Ya se escuchaba en la cocina el trajinar de los peones que madrugaban para aprovechar la fresca. Daniel seguía bebiendo, soltando de tanto en tanto frases sueltas de sentido incomprensible. Estaba medio tumbado en el catre, con la espalda apoyada en la pared.

     -Cuando volví de la guerra, enfermo de tifus, vino a verme una mujer a la que no tenía derecho, a la que creía haber perdido para siempre. Recuerdo que en mi delirio se me antojó que era la Patria... Yo sólo pude darle una hija boba.

     Amanecía. Balaban los terneros. Las mujeres salían para el ordeño. Refrescaba. La lámpara había acabado de extinguirse.

     -Voy a hacer mate -dijo Miguelí.

     Daniel no contestó. Dormía profundamente, con la cabeza inclinada sobre el pecho hundido.

     Lo despertaron gritos y lamentaciones que venían de los corrales. Un tropel acudía a la desbandada llevando por delante al chico que juntaba las vacas.

     -¿Qué pasa? -preguntó Daniel, saliendo al corredor.

     -Una gran desgracia, mi patrón -dijo el muchacho-, la señorita Ofelia se ahogó en el tajamar.

     Corrieron por la senda del naranjal. La cabeza de Ofelia asomaba entre los juncos. Daniel se tiró al agua, seguido por varios peones. Uno de éstos fue el primero en llegar.

     -No está muerta -avisó-, todavía está gimiendo.

     Dio trabajo sacarla por el terraplén a pique, resbaladizo. Varias veces se les cayó, casi se ahoga de veras. Hasta que la enlazaron por la cintura, y mientras unos tiraban de la cuerda otros la empujaban por las rollizas nalgas. Los mirones, alineados como pájaros sobre el terraplén, acabaron por celebrar con risas las distintas incidencias. Taparon con un poncho el cuerpo que se veía desnudo bajo el camisón mojado. Respiraba débilmente, lanzando a ratos lánguidos quejidos. La tía Zoraida apareció dramáticamente y se puso a dar órdenes como un general en la batalla. Siguiendo sus instrucciones, trajeron un catre de lona y en él se llevaron a Ofelia para adentro.

     -¡Déjenla! -gritaba don Rosendo, furioso, viendo ir y venir por café y agua caliente-. Ya se va a curar sola. Lo que le hace falta son unos buenos rebencazos, para no decir cosas peores.

     Y al notar que la servidumbre se reía, se volvió vociferando:

     -¿Qué les hace gracia a ustedes, zanguangos? ¡A trabajar! Y que vayan preparando una carreta para llevarla a su casa. Bastantes líos tenemos para que vengan a hacernos melodramas.



     Pero, claro, Ofelia no se fue. Estuvo unos días en cama para guardar las apariencias y curarse el resfrío, y volver después a lo de siempre.

     -¡Qué país es éste, zambomba! -gruñía el viejo al verla cuando prendía sus velas a San Antonio.



- VI -

     Días después del frustrado ahogo de la pobre Ofelia, vino llegando un peón de don Cornelio Prado trayendo a Nube del cabestro. El patrón hacía decir que era mucho caballo para un obrajero, amén de que ahora la mula se empacaba porque estaba celosa. Daniel quedó pestañeando.

     -Dios me ha perdonado -decía, enredando los dedos en las crines rubias del alazán, que se frotaba las narices en el pecho de su amigo y doblaba una pata como si fuera a arrodillarse.

     Era cierto, había sido: el corazón tiene una mancha que sólo sirve para querer a los caballos. Así como hay gente mutilada, hay quienes no saben del olor de la nobleza, de la sangre y el vigor multiplicados subiendo desde la espuela hasta el ala del sombrero. Pobrecitos, no saben galopar por la pradera persiguiendo el horizonte, la tricolor de la distancia, la polca de los vientos. Daniel pareció resucitado, curado de la mala piel. Volvió al trabajo como si creyera que se puede apurar a la semilla, comentaban los peones, contentos de verlo así, como un chico entusiasmado con su juguete.

     Pasaron meses. El viaje a Buenos Aires se seguía postergando porque, según escribía Raúl, las cosas no andaban bien en la Argentina, donde la gente suponía que nunca pasaba nada. Daniel habló a la directora de la escuela de la villa para que hiciera pasar de grado a Miguelí. A pesar de los dulces que le mandó doña Lucía, dijo que ella no podía hacer nada. Aconsejó esperar a la inspectora del Ministerio de Educación que vendría a tomar exámenes en marzo junto con las muchachas del último curso de la Escuela Normal. Don Rosendo se enojó porque Chiquita Orué era ahijada suya y debía el cargo a una recomendación que le diera cuando mandaba su partido. Daniel opinó en cambio que la educación primaria era una de las pocas cosas tradicionalmente serias que restaban al país, y que por tanto, la respuesta de Chiquita era la digna de una maestra paraguaya.

     -Si no fueran así de testarudas cualquiera pasaría de grado sin estudiar en un país donde todos somos parientes y nos debemos favores. Que rinda en marzo y se acabó. Estoy seguro de que Miguelí va a dejarlas con la boca abierta.

     Porque Miguelí se había convertido en un personaje muy formal y estudioso, que en todo imitaba a su hermano mayor. Se le antojaban tontos los juegos de los peoncitos. Adoptaba ante ellos una actitud benevolente, cordial, aunque distante, que mostraba a las claras quién era el patrón. Claro que a ellos parecía no importarles y una vez un boyero le hizo sonar las costillas de un lazazo por haber dejado la tranquera abierta. No podía quejarse a nadie. Se hubieran reído de él, dando de yapa la razón al peoncito. «Te estás volviendo un intelectual hecho y derecho», le dijo un día Daniel, al verlo con un libro, mientras los chicos jugaban en la plazoleta. Ellos iban a la escuelita situada a medio camino hacia la villa. Salían de madrugada, con avíos de mandioca, enracimados en matungos, enancados en borricos, o simplemente a pie, colgando los tinteros de la punta de una liña, sin ponderar del frío, del sol ni las tormentas por el largo camino que baja de las lomas. En otro tiempo Miguelí los envidiaba. Había algo de potente, de viril en sus expediciones. Pero nunca quisieron que se fuera a esa escuela, tal vez porque allí enseñaba Esperanza Almirón.

     En pleno verano, cuando la tierra se resquebraja boqueando y se casa el diablo lloviendo sudores sin esconder el sol, vino llegando de visita el doctor Marcial Fernández. Le dieron la pieza que había desocupado Ofelia para mudarse al cuarto de la tía Zoraida. Como no tenía ganas de sancocharse los sesos, cuando Daniel se iba a trabajar, se quedaba en una esquina del corredor, bajo el alero, mirando hacia la plazoleta. Era el lugar más fresco de la casa por la sombra que echaba el paraíso. Tendido en silla-catre, fingía leer o tomaba el tereré que Miguelí le cebaba después de terminar con sus deberes. En la mesa nunca se olvidaba de ponderar a su asistente.

     -Asombra lo que sabe este chico -decía-. Es toda una promesa.

     Miguelí había observado que a los mayores les gustaba hablar con él, decirle cosas que callaban entre ellos. Por ejemplo, era el único que sabía que Marcial escribía versos. Eran largos poemas en los que las palabras se movían como siguiendo el lánguido vaivén de las hamacas. Los recitaba sin quitarse el cigarro, con un guiño burlón y resignado en la arruga de los ojos, la cara ardiendo bajo la negra barba de alambre que no había navaja que afeitara al ras.

     -Si se supiera que escribo versos -comentaba-, perdería mi clientela, me tendrían por loco. Porque, decime, ¿quién se va hacer cortar las hemorranas por un poeta? Por otro lado, Mercedes es muy capaz de pensar que la rubia de ojos glaucos a quien los dedico, es la mujer del farmacéutico y no la personificación del ideal de la belleza clásica como la Elena de Goethe.

     Cuando Miguelí le preguntó «qué clase de ojos pa eran ésos», el doctor recurrió modestamente al diccionario, donde vinieron a averiguar que nomás eran los verdes. A pesar del desencanto, para no romper la rima, la novia de Marcial siguió siendo hija de gringo. No obstante, lo había pillado pellizcando a Chipela, que era una de esas morochas anchas, revoltosas, con algo de sandía fresca y aroma de lechiguana.

     Otra de las aficiones del doctor Marcial Fernández, quien, según la tía Zoraida, de tan haragán ni se rascaba, era la historia de la Patria. Tenía acerca de ella una opinión que escandalizaba a la gente.

     -Es un trágico disparate -decía, mordiendo su cigarro.

     A Miguelí le confiaba además, seguro de su probada discreción:

     -Somos un país de hijos de puta.

     Alarmado por el sobresalto de su interlocutor, se apresuraba a explicar.

     -No, mi amigo, no te asustes. Los clásicos llamaban a cada cosa por su nombre. El eufemismo es francés, no castellano. Puedo decir la palabra que te escandaliza citando a Cervantes o calificando al más linajudo de nuestros compatriotas sin más que remontarme una o dos generaciones. «Mancebos de la tierra», se llamaron los primeros paraguayos, que fueron unos tipos con toda la barba, peritos en saltar cercos ajenos y en reptar hasta la alcoba mejor guarnecida. El yacaré es la más antigua, castiza y fecunda de nuestras instituciones. Sin él esta raza hace rato que se hubiera extinguido.

     Se entretenía en chupar la bombilla del tereré, haciendo bailar sus ojos de diablo en la cara alargada, como gozando del efecto de lo que decía.

     -Provenimos del vientre de viudas, quién sabe si fecundadas por postrer aliento de los héroes o por el azúcar que los libertos del Conde D'Eu les echaban por el pecho al aho-ryé(22) ... De algún lado han de venir las motas que suelen encrespar las lacias melenas guaraníes...

     Miraba entonces a Chipela, soltando tal carcajada, que a Miguelí no le quedaba otro remedio que reírse a pesar de la rabia que sentía.

     -¡Cómo se divierten ustedes!, ¿eh? -decía Daniel, que aparecía todo sudado, abanicándose con el sombrero, haciendo sonar las espuelas al sacudir las botas en la escalinata-. ¿Puede saberse de qué hablaban?

     -Le decía a tu discípulo que el Paraguay nació de la quimera, del fracaso de todas las empresas, que hoy mismo es poco más que eso, que una idea.

     -A ver, cómo es la cosa -se reía Daniel, sentándose con ellos, cebándose hasta el borde la guampa del tereré.

     -Los guaraníes buscaban el Maitití -explicaba Marcial, inclinando hacia adelante su cabeza canosa-, cuando llegaron los españoles en procura de El Dorado. Al no encontrar un pito, los sobrevivientes de aquellas tremendas expediciones, el caballero Alcántara y el avá-payé, se sentaron en sendos apycaes a parar cuál de ellos era más macaneador. Las indias, entre tanto, les cebaban el mate. Así, charla que te charla, mientras el uno se obscurecía y el otro se aclaraba, pasaron siglos. Nos dejaron una herencia de sueños, la instintiva preferencia por lo descabellado, por lo absurdo, como fue fundar una nación en el rincón perdido de un gran continente. Así llegó a ser el Paraguay una especie de Dulcinea con una punta de Quijotes que andamos por ahí sueltos invocando su nombre para hacer locuras, mientras gobiernan Sanchos; Sanchos apócrifos, siempre viles, repugnantes...

     -Lo que dices es pintoresco pero falso -replicaba Daniel, acercando la silla como para defender a su hermanito-. La nación paraguaya es el resultado de un proceso histórico complejo. Un proceso que debemos estudiar para descubrir el secreto de su fuerza, por qué ha sobrevivido, por qué ha de perdurar.

     -Mira, compañero -lo interrumpía Fernández-, aquí, entre nosotros, te diré que somos como esas familias ilustres venidas a menos. A algunos nos queda todavía energía suficiente como para guardar cierto decoro y trabajar, a pesar de las prostitutas que enlodan el honor de la Casa Solariega. Tal es el mérito de nuestra famosa fuerza de carácter, aunque sería de más provecho mandar al diablo el apellido y dejar de ser pobres de solemnidad.

     -Te equivocas. Hay que salvar la Casa, pagar a los acreedores; la humanidad espera nuestro aporte a la civilización y a la cultura.

     Fernández se reía.

     -¿Con ésos? -preguntaba, señalando hacia la plazoleta con su barbilla puntiaguda.

     En los palenques del galpón desensillaban los arrieros. Bromeaban rudamente con sus voces guturales. Se oía tintinear de espuelas, frotar de polainas y tiradores de fleco, moviéndose en la sombra de los grandes sombreros.

     -Sí, con ésos. También el Paraguay es morada del Hombre.



     Al despedirse de la familia, Marcial Fernández se había dirigido especialmente a Miguelí para decirle:

     -Si no vas a Buenos Aires, te espero en mi casa. Voy a cederte la piecita donde suelo refugiarme del mundanal ruido.

     Tuvo que ser la tía Zoraida la que le diera un empujón.

     -¡Da las gracias al doctor, mal educado!

     -Gracias -dijo Miguelí.

     -Y un beso -agregó la tía, sumándole un pellizco.

     Obedecer era tonto, negarse era agraviar. Besó pues las duras barbas del doctor Marcial Fernández, impregnadas del olor de su cigarro. Como los mayores rompieron a reír, Miguelí se figuró que la escena debió resultar bastante cómica.



- VII -

     Siguió pasando tiempo, tiempo que no se mide como agua de río. Así debió seguir, Miguelí estaba contento. Lo dejaban cazar con la escopeta para librar las siembras de loritos y palomas. Una vez, viendo a un carayá escapar con una caña dulce, le disparó un tiro al rumbo, sin ánimo de acertarle. El mono dio una voltereta, se levantó para correr, pero, a poco, como si le faltara aire, dobló una rodilla y lo quedó mirando, con las manos en el pecho, como un hombrecito suplicante, desencajada de terror su carita de vieja, saliéndole la sangre por la comisura de los labios. Con fría resolución, Miguelí cargó un balín en la escopeta y le hizo estallar como un huevo la cabeza de un balazo a quemarropa. «Para que no sufra», se dijo, pero durante semanas lo vio en sueños, y no faltó quien le dijera que en adelante debía cuidarse de tormentas. Nunca, jamás, volvería a tirarle a un mono. También solía arrear vacas del estero, enlazar toritos para las marcaciones. Dos veces acompañó a su hermano a embarcar tropa en el brete, no de simple mirón, sino como ayudante. Supo del primitivo placer de dormir al descampado con jergas de colchón y montura de almohada, mirando a Antares, la estrella de su signo, que Daniel le enseñara una noche para que tuviera una amiga en el cielo.

     Hasta que por fin Chiquita Orué mandó avisar que la inspectora del Ministerio había llegado, y que al día siguiente, por la tarde, tendría lugar para examinar a Miguelí. Daniel releyó pensativo la esquela de Chiquita.

     -Tendrás que vértelas con Concepción Martínez -le dijo, preocupado-. Es una gran maestra, amiga de nuestra familia, tratará de ayudarte. Pero si no la conformas no te van a valer santos abogados -sacudió la cabeza como espantando dudas, para acabar sonriendo, dándole una palmada-. No me ha de fallar mi gallo, estoy seguro. Lo principal es que te mantengas tranquilo, que pienses bien antes de contestar.

     Cuando Daniel tomaba una resolución, rara vez se desdecía. No había vuelto a llevar a Miguelí a la villa desde que lo mandara regresar desde el riacho, aunque jamás mencionó el incidente. Por eso el viaje fue todo un acontecimiento. Y un apurón, porque ninguna ropa decente ya le entraba. De zapatos, ni hablar: hacía más de un año que no se calzaba. Tenía los pies negros, duros, como los pies de un campesino. Las mujeres no durmieron armándole un pantalón y una campera de los restos de un frac. Salieron antes del amanecer, bostezando de gusto. Miguelí llevaba su elegancia en la gurupa y los pies raspados con piedra pómez para poder meterlos en los zapatos que pensaban comprar. Soplaba un viento frío anunciando un glorioso día otoñal.

     Era media mañana cuando entraron a la villa por una calle ancha, sombreada por la arboleda de los patios, pisando arena suave como de lecho de arroyo. De pronto un ruidazo tremendo de tambores y trompetas encabritó a la yegua de Miguelí. Apenas pudo sujetarla con doble ración de rebencazos.

     -¿Qué es eso? -preguntó. Había olvidado muchas cosas.

     -Es el progreso -replicó Daniel, soltando una carcajada.

     La música se interrumpió para dar lugar a un vozarrón que proclamaba:

     «Bailen y diviértanse en las amplias instalaciones de la Escuela Número Tal. Kermesse organizada por las beneméritas y distinguidas damas de la cooperadora... ¿Está cansado? ¡Duerma en el Hotel Britos! ¿Tiene hambre? ¡Coma en el Restaurante Britos! ¡Siempre vuelvo bien «provito», compro en almacén-brito!».

     Los caballos reconocieron los aires de una polca y se pusieron a trotar arqueando el cuello.

     «¡Sopa-paraguay, chipa y caburé! ¡Orquesta y banda-ocara con organillo y todo! ¡Bailes típicos y cuadros vivos a cargo de las hermosas niñas normalistas que visitan nuestro populoso municipio! ¡Caballeros, diez pesos; damas, gratis! ¡Hagan callar a ese perro, carajo!».

     En efecto, el parlante se había puesto a difundir frenéticos ladridos que eran coreados por todo el gremio perruno. Se oyó un aullido lastimero, el barullo de un jazz y otra vez al locutor:

     «Bufete a cargo de la confitería nai-clú de nuestro cortés compueblano... ¡don Telésforo Britos!».

     En eso pasó corriendo el tilingo Vitó, agazapado para esquivar las balas, bordeando cercas, listo para arrojarse cuerpo a tierra. Al llegar a la esquina, sacó la cabeza para enseguida encogerla como una tortuga. Llevaba un desteñido sombrero de paño verdeolivo de soldado del Chaco, y en las manos, listo para disparar, un fusil imaginario.

     -¡Eh Vitó!, ¿hay mucho enemigo? -le preguntó Daniel, alegremente pero sin reírse.

     Como tocado en una fibra, el loco se volvió para cuadrarse.

     -No se ve a esos indios, mi capitán. Por ahí andan escondidos. No vayes que a descuidarte.

     -¡Qué esperanza, mi hijo, qué esperanza! -le respondió Daniel, con la voz cálida, haciéndole la venia.

     La cara de Victorio pareció iluminarse. Los ojos grises, astutos, le brillaban. La ancha boca atajaba una sonrisa cómplice. Dio media vuelta y se alejó, marcando el paso. En la vereda opuesta, el turco Abú, sentado a la puerta de su tienda que rebosaba baratijas, se reía silencioso como un pato, sobando su enorme panza.

     -Fue un buen soldado -comentó Daniel-, pero la guerra se le metió en el alma y la sigue jugando como un niño.

     Eran dignas de verse las mejoras del negocio del compadre Britos. El primer patio, donde antes se ataban los caballos, ahora estaba embaldosado, con mesitas repartidas bajo los mangos, de cuyas ramas pendían parlantes de grandes bocinas. De construcción reciente, todavía sin revocar, oliendo a cemento fresco, estaba el comedor. Nada de esto, claro, era novedad para Daniel, quien mandó a un dependiente a que llevara los montados a la caballeriza, y se dirigió directamente a un patio interior donde estaban las habitaciones de primera categoría. Se toparon con muchachas agraciadas de blusa blanca y pollera azul, que salían en tropel, riendo como atolondradas.

     -¡Adiós, churro! -piropearon a Daniel, que, todo azorado, sonreía sin saber qué hacer con el estorbo de las gurupas que no le dejaban ni sacarse el sombrero.

     -Son normalistas -explicó, después de trancar la puerta del cuartito que les dieron.

     Tras de asearse un poco, pasaron a los fondos, donde había sido relegado el almacén, con el propósito de saludar a los compadres y comprar zapatos a Miguelí. Recostados en el mostrador, torvos arrieros tomaban su cañita mientras esperaban turno para aprovistarse. Britos dejó la caja y acudió a recibirlos. Estaba gordo, relamido, rebosando satisfacción. Los hizo pasar al depósito donde, señalando cajas de cartón alineadas en flamante estantería de cedro, y un gran cajón de embalajes repleto de pares de zapatos unidos por los cordones, le dijo a Miguelí:

     -Elegí el que más te guste, es regalo de la casa. Mientras tanto nosotros vamos a saludar a la patrona y a tomarnos unos whisky a la salud de mi compadre.

     Miguelí hubiera preferido unas botas de caña corta que se habían puesto de moda últimamente, pero, por espíritu de modestia, eligió del montón un par de zapatos comunes entre los que dieron menos trabajo a sus talones endurecidos. De vuelta al cuarto, se vistió la ropa nueva. Aunque carecía de espejo, comprendió que el pantalón del frac cortado a media pierna y la campera negra, de enormes solapas, con una manga más larga que la otra, eran atuendo algo estrafalario. Esperó resignado, sin atreverse a salir. Daniel, al verlo, encogió la nariz.

     -Con esa facha no creo que te pasen degrado -dijo-. Volvamos al almacén, a ver si hay algo que te convenga.

     Esta vez los acompañó doña Rosario de Britos. No encontraron pantalones cortos que le vinieran bien.

     -¡Jesús, María y José! -ponderaba la señora-. ¡Cómo pa ha crecido este muchacho! Yo que vos, mi compadre, le ponía pantalón largo. Los cortos ya le parecen los calzones de su hijito.

     Antes de que Daniel pudiera contestar ya la patrona estaba deshaciendo paquetes. Su ojo experto dio con la medida exacta. Al rato ya estaba Miguelí calzado y con medias, con pantalones de brin, camisa de hilo, corbata y campera de popelín celeste, mirándose a un espejo de cuerpo entero.

     -¡Dios nos guarde! -repetía doña Rosario, persignándose.

     Daniel, sentado en una silla, con las piernas cruzadas, lo miraba de una manera extraña soltando lentamente el humo del cigarrillo.

     -Ahora mismo te me vas a la peluquería -dijo la mujer, como inspirada por súbito entusiasmo-. Decile a don Segundo, de mi parte, que te deje un lindo jopo, nada de recorte cuartelero... No, ya lo veo, no vas a decirle nada. Y ese viejo sinvergüenzo es muy capaz de jugar por tu cabeza. Yo misma te voy a acompañar. Ahora sacate la ropa, voy a mandar que te aseguren los botones.

     Daniel ya no estaba. Un momento después, descalzo y de calzones cortos, seguía a doña, Rosario por las calles de la villa. Se sentía humillado. Una vez más, le parecía, habían visto en él a otra persona.

     En el comedor habían juntado varias mesas para servir a los principales que habían acudido para la fiesta de la noche desde estancias y obrajes de los alrededores. Como era de esperar, en una de las cabeceras se sentaba Montero, el más rico, y en la otra Daniel, su amigo y contrario de siempre. Montero era un gigante moreno, de rasgos finos, con una especie de ferocidad oculta. Frente a él, Daniel parecía chico. Pero nadie que los conociera iba a apostar por Montero en ningún mano a mano, cualquiera fuera el terreno o el arma que eligieran. Porque Daniel siempre ganaba. Contaban que desde niños habían rivalizado, y que el sueño dorado de aquel hombrón era hacer morder el polvo a Daniel Domínguez. Por eso eran tan amigos. También se decía que fue Montero quien salvó a Daniel de las consecuencias de una hombrada que hizo en su juventud. Un asunto de mujeres del que Miguelí nunca llegó a enterarse del todo; la gente de campo es muy chismosa pero sabe callarse cuando debe. Varias veces le prestó dinero. Con las quinientas cabezas de engorde que le facilitó el año pasado se había enderezado en parte la finca de Loma Verá. Nunca pasaba una tropa sin que Montero se olvidara unas vaquitas en el potrero grande. Sin embargo, el muy ingrato de Daniel lo hacía rabiar cuanto podía. Le había ganado Nube jugando al poker, y, con el mismo caballo, humilló en las cuadreras a los mejores parejeros de la grande y famosa estancia de su amigo.

     -Montero tiene fuerza -había oído decir a los troperos en los fogones del brete-, pero don Daniel es tan duro que se rompe por él cualquier machete.

     -Sí, pues -decía otro-. Es como el guarañirá, te jode con su corteza blanda y su tronco delgado.

     -Hay claro; caraí Montero sabe que por lo menos hay uno que puede por él. Por rabia que le da reniego, le respeta, le quiere, aunque allá en el fondo ha de gustarle verlo tumbado aunque sea una sola vez.

     -¡Cierto! -remataba un arriero levantando una mano de dedos mutilados como si fuera a bendecir-. Mi capitán Domínguez no le reza luego a los santos. Él mismo nomás es su propio abogado.

     De éstas y otras habladurías se acordaba Miguelí viendo a los mayores disputar en la mesa. A él lo habían puesto en rancho aparte, con otros chiquilines azorados que se comían los mocos de timidez en medio de tantos lujos, aturdidos por los valses que tocaba la victrola.

     El mozo iba y venía con jarras de vino rebosando hielo. Las risas se iban haciendo destempladas, brutales. Por lo visto estaban azuzando una disputa. De pronto Montero se levantó, congestionado, dando trompadas en la mesa.

     -¡Les paro! -gritó-. ¡Les paro lo que quieran! Este loco es capaz de rechazar cualquier oferta. Es un sentimental, va acabar carpiendo liños. Nunca va aprender a cuidar por sus intereses.

     -¡Que diga cuánto! ¡Que diga cuánto!

     -¡Qué te va a decir, si carga su cachimbo con puchos de sus cigarros!

     El restaurante Britos trepidó de risa.

     -Claro, cuido por mi plata. Por eso no la guardo ni en el banco. En canastos la tengo y a veces la saco a tomar sol.

     -Dejate de hacer parada y decí cuánto pagás. Todo tiene su precio.

     -Diez mil pesos -dijo Montero-. Diez mil pesos te pago por tu caballo.

     Todos se volvieron hacia Daniel.

     -No está en venta -dijo, riendo.

     -¿No les decía? -exclamó Montero, mirando a su alrededor como buscando apoyo-. Está loco angá el pobre. Una noche, aquí mismo, lo perdió por una parada de mil pesos. ¡Haber sabido yo que lo tenía ese idiota de Cornelio! Me lo hubiera vendido antes de devolverlo al mismo que le rompió la cabeza.

     La alusión provocó otro estallido de hilaridad que duró un buen rato.

     -Doblale la oferta para ver si aguanta -dijo el compadre Britos, que había abandonado la caja, arrimando una silla cerca de Montero y sirviéndose un vaso de vino-. Todo tiene su límite, como dijo el que se cayó en el excusado.

     -¡Listo ma! -aceptó Montero-. Veinte mil pesos más mi mejor parejero, a tu elección.

     -No vale tanto -replicó Daniel, paladeando su vino. Se veía que gozaba mostrando a todos que tenía algo más valioso que toda la plata que Montero guardaba en sus canastos.

     Montero soltó una risa maliciosa.

     -Eres un imbécil y vas a serlo mucho tiempo porque todavía eres joven -se secó la frente con la servilleta y continuó-. Vendí esta temporada cinco mil cabezas de engorde a un precio inmejorable. Puedo permitirme una locura. No me contestes ahora. Piensa primero en la situación de tu casa, en la hipoteca... y en otras cosas que tú y yo sabemos tienes la obligación de pensar... Y no pongas esa cara, no me asustas ni un poquito. ¿Qué te crees? ¿A mí también vas a pegarme? Oye primero: te doy cien mil pesos por tu caballo. La oferta sigue en pie hasta mañana a medio día. Que los señores presentes sean testigos.

     Un «¡ah!» de admiración recorrió toda la mesa. Montero llenó otro vaso y se lo bebió de un trago. Miguelí se dio cuenta de que su hermano mayor estaba pálido.

     -Bien sabes, compañero -dijo con voz ligeramente temblorosa-, que jamás, abusando de tu capricho, aceptaría semejante suma por un caballo. Ahora bien, si tanto lo deseas, te lo regalo. Te debo favores que valen mucho más que un parejero.

     El compadre Britos se desplomó sobre la mesa y rompió a llorar a moco tendido.

     -¡Y pensar que es mi pariente! -repetía, sollozando.

     Montero se levantó, arrojó la servilleta y se mandó a mudar dando un portazo.

     -Bueno, señores -dijo Daniel-, supongo que el almuerzo ha terminado.

     Miguelí jamás iba a olvidarse de las caras de aquellos estancieros pensativos.



- VIII -

     Tras de dormir la siesta se dieron una ducha en el «baño moderno» del hotel. Era un cobertizo de madera donde se alineaban duchas alimentadas por un flamante molino de viento. Al lado había una piecita con percheros y sillas para colgar la ropa y cambiarse. Daniel contó que no obstante esa comodidad, muchos huéspedes se olvidaban de la muda, y, para no volver a vestir ropa sudada, después de mirar si no había moros en la costa, cruzaban el patio a la carrera sin más protección que una toallita para cubrir las indecencias. Contra tan fea costumbre estaba el cartel que decía, en toscos caracteres: «Prohibido salir del baño en pelotas. Lo cortés no quita lo valiente».

     -El compadre es realmente un hombre progresista -comentaba Daniel, mientras se ataba los cordones de los zapatos que, por la ocasión, reemplazarían a las botas-. No sé por qué vericueto viene a resultar nuestro pariente. Se crió en casa, ejerció todos los oficios, y ahora no le cortas la cabeza por menos de un millón de pesos.

     Como parecía de buen talante, Miguelí le preguntó:

     -¿Regalaste a Nube?

     Daniel se echó a reír.

     -Quién sabe. Esperemos a ver qué hace Montero. No te peines con raya, échate el pelo para atrás, va a quedarte mejor.

     Lo que significaba, en el idioma que habían perfeccionado en más de un año de convivencia, que Daniel prefería no hablar de aquel asunto.

     Cuando Miguelí estuvo totalmente vestido su hermano mayor lo examinó con ojo crítico.

     -Te has echado unos cuantos años encima con esta ropa -le dijo, arreglándole el nudo de la corbata-. Si hoy no pasas de grado te quedará ridícula.

     Salieron a la hora en que la gente recién se levanta de la siesta. El sol estaba fuerte pero soplaba brisa fresca. Las calles tenían aspecto deslumbrado, adormecido en resolanas. Subieron hacia la villa alta divisando franjas reverberantes de río color de plomo. La escuela estaba en un caserón ruinoso de altas rejas en los ventanales y un escudo en la puerta. En la punta de una tacuara flameaba una tricolor desteñida y remendada pero dando como siempre un toque vivo, vigoroso, al paisaje.

     No era época de clases. Salvo algunos aplazados del año anterior, había pocos escueleros en los corredores. Algunas muchachas colgaban adornos para el baile de la noche.

     Doña Concepción Martínez era una mujer baja, rellena, de tez mate, rostro oval y agraciado. Llevaba el peinado alto y la expresión de bondad enérgica que sólo suele verse en las personas de provecho. Después de enterarse de la salud de todos y cada uno de los miembros de la familia Domínguez, de recibir el tarro de mermelada que le mandaba doña Lucía, de escuchar atentamente la exposición que le hizo Daniel de sus ideas pedagógicas, mandó que la dejaran, junto con una maestra y una normalista, examinar a Miguelí que esperaba, muy compuesto, sentado en un pupitre. En el bolsillo de la campera le brillaba la lapicera de oro de su hermano mayor. Ésta y los pantalones largos le habían insuflado no poca arrogancia. Tanta, que se atrevió a sostener la mirada de la normalista que, desde que entró, no le había sacado de encima un par de ojos traviesos, angustiados, que le llenaban la cara. Miguelí sintió que una corriente tibia le aceleraba el pulso.

     -El examen va a ser oral y escrito -explicó la inspectora, cruzando las manos sobre la mesa de su estrado-. Pero, bajo mi responsabilidad, no vamos a ajustarnos del todo al reglamento. Éste es un caso muy, pero muy especial... ¿Conformes? -sin esperar respuesta, tomó de una pila un papel de oficio y le puso una rúbrica.

     -Nelly -ordenó a la normalista-, tomá y explicale lo que tiene que hacer.

     Dicho lo cual se volvió hacia la maestra y ambas se pusieron a cuchichear.

     La chica se sentó al lado de Miguelí.

     -Aquí le ponés la fecha. Abajo, tu nombre y apellido completos... ¡Qué linda lapicera! ¿Es tuya?

     -No, es de mi hermano Daniel.

     La respuesta pareció hacerle mucha gracia, porque se mordió los labios atajando la risa, espiando con un ojo a la inspectora.

     -¿Nunca mentís? Podrías haberme dicho que era tuya.

     -¿Para qué?

     -Pues para enamorarme, para que te creyera dueño de una Parker.

     Miguelí se hizo el tonto.

     -Tengo otra igual en casa -dijo-, pero está descompuesta.

     A ella le dio como un hipo y se tapó la boca con la mano.

     -¿Daniel es ese churro que te acompañó? ¿Es casado? ¡Oh, así que te llamás Miguel! Un nombre para amar, te queda justo...

     -¡Nelly, venite para acá, no perturbes al chico! -la retó la inspectora, y volviéndose a la maestra agregó, riendo-. Estas chicas son el diablo, ¡qué responsabilidad el haberlas traído!

     Se abrió la puerta y entró otra normalista, toda sofocada. Era rubia, con la cara llena de granitos.

     -¿No te decía? ¿Son horas de venir? ¿Dónde has estado?

     -Perdóneme, doña Concepción. Fuimos al río con la señora Graciela y se hizo tarde -mientras hablaba espiaba a Miguelí con el rabillo del ojo.

     -Bueno, sentate -dijo la inspectora, sacando una libreta y anotando-. Tenés una amonestación.

     La chica no pareció afligirse, porque de paso nomás le sacó la lengua a Miguelí.

     -No seas na tan severa, Concepción -le decía la maestra, por lo bajo-. Hoy están alborotadas por el baile de esta noche.

     Doña Concepción soltó una risa plácida.

     -Peor van a estar después. Creo que voy a tener que dormir con las trenzas de estas mis hijas agarradas en la mano, como nuestras abuelas en la Guerra Grande -dio una palmada en la mesa y agregó-. Vamos a comenzar. Vamos a ver qué pa lo que sabe este buen mozo que ya está enamorando a mis alumnas...

     El examen duró toda la tarde. Fueron pasando asignatura por asignatura. A veces las respuestas de Miguelí hacían llorar de risa a las muchachas, que sólo se callaban ante la sonriente severidad de la inspectora. Cuando esto pasaba, se abría la puerta y asomaba Daniel a preguntar si la cosa había acabado. Lo echaban sin contemplaciones. Parecía muy entretenido con las normalistas que preparaban el baile y que a veces armaban tal barullo que doña Concepción bajaba de su estrado para salir a retarlas.

     Hasta que al fin las examinadoras se pusieron a deliberar en voz baja. Miguelí pudo escuchar algunas cosas.

     -No vayas na a ser mala, Concepción.

     -Es tan inteligente.

     -Y tan buen mozo

     -Más a mi favor -argüía la inspectora-. Para hacer el bien la compasión es mala consejera. No lo olviden, hijitas.

     Llamaron a Daniel. Lo hicieron sentar en un pupitre de modo que él también pareciera un escuelero. Doña Concepción comenzó a hablar:

     -Está, en algunas cosas, muy adelantado. Es natural. Estudió contigo, se crió entre libros, oyendo a personas ilustradas. La generalidad de los niños no tiene tanta suerte. Muchos entran a la escuela sin saber el castellano -esto ya lo dijo mirando a Miguelí-. Sin embargo aprenden pronto porque son modestos y hacen todo lo posible, inspirados por viejas tradiciones de respeto por la sabiduría y por las letras, y el deseo que tiene nuestro pueblo de vivir con dignidad. De entre ellos salieron y siguen saliendo la mayoría de los hombres ilustres que tuvo y tiene el Paraguay. Porque aunque vos no lo creas, el Paraguay tuvo y tiene muchos hombres y mujeres ilustres, aunque muy pocos se acuerden de ellos, aunque casi nadie sepa siquiera que existieron, y que existen. Por ellos aún palpita el corazón de la patria, mi querido. Perdoname que te hable así, pero yo soy una maestra y es mi obligación procurar que se enciendan en tu pecho los más nobles ideales. Mi trabajo es arar y sembrar en el espíritu para que la vida sea mejor. Para eso me pagan, es un decir -se rió como para justificarse, y continuó, volviendo a dirigirse a Daniel-. Este joven tiene muy mala ortografía, no distingue el sujeto del predicado, un verbo de un adjetivo... Pero el señor le critica a los próceres, ¡qué pa me decís! Cita al padre Lozano, a Azara, al coronel Centurión, pero no supo decir en qué Congreso se declaró la independencia de la primera república de América. Me contó cuantos anillos ndayé (23) tiene Saturno, pero no sabe calcular una circunferencia, desconoce la superficie de su país y en cuántos departamentos está dividido. Sabe sacar la raíz cuadrada y se ofreció a demostrarme el teorema de Pitágoras, pero cuando le pregunté qué era una razón me salió dando una lección de filosofía. En resumen: ¡zonceras! ¡hojarasca! Lo siento, mi querido, te hace falta escuela. La ayuda de unas tontas ignorantes como somos nosotras las maestras, con nuestros métodos anticuados. No puedo hacer por vos otra cosa que reconocerte el segundo grado, que no pudiste terminar, y esto para que no digas por mí, como estas pícaras, que soy una vieja bruja.

     De nada valieron las argumentaciones y promesas de Daniel. Doña Concepción era muy terca.

     -La escuela, che mi hijo -decía-, tiene que dar conocimientos sistematizados, exactos, que sirvan de base a otros estudios. Pasar de grado significa que el alumno sabe tales y cuales cosas muy concretas que le permitirán aprender tales y cuales otras, también concretas. No te creas que no sé que muchos opinan lo contrario. Pero se van por las ramas, hablan de la yapa. ¿Qué pa te creés? No estamos aquí para formar charlatanes -la inspectora decía «sharlatanes», como la gente guaranga-, sino ciudadanos útiles, que dominen su oficio, que sepan aplicar en el trabajo y en la vida con seguridad y provecho lo que aprendieron en la escuela.

     Pegó con la regla, como el juez de paz, indicando que estaba dictada la sentencia. Después, endulzándose, agregó.

     -Yo, en tu lugar, lo mandaba a un buen colegio a cursar el tercero y el cuarto grado. Los reglamentos permiten, en algunos casos, hacer libre el quinto. Puede hacerlo, si quiere. Más tiempo va a perder si lo aprobamos.

     Salieron cabizbajos. Ni Daniel miraba a Miguelí, ni Miguelí miraba a Daniel. Nadie hubiera podido decir cuál de los dos era el aplazado. En eso pasó Vitó, con las alas de su sombrero-chaco bajadas sobre las orejas, absorto en un patrullaje. De tanto en tanto, apoyando una rodilla en el suelo, miraba a su alrededor con una mano en pantalla y la otra descansando en la invisible trompetilla de su máuser. De súbito se agachaba, prendía un terrón de tierra y se lo comía presuroso, como si lo hubiera robado.

     -¡Sombrero burro'ooo! -le gritó un chiquilín, tirándole una bosta.

     -Eso va por nosotros -comentó Daniel.

     Victorio rodaba hecho un ovillo como para esquivar una granada, para luego incorporarse y perseguir al agresor corriendo calle abajo.

     -¡Arto! ¡Arto! -gritaba el loco, perdiéndose detrás del chico en las barrancas del río.



     El compadre Britos estaba sacando cuentas detrás del mostrador del hotel. Al verlos entrar los llamó aparte.

     -Montero se fue, llevándose tu caballo -le dijo a Daniel, y se calló, espiando el efecto con sus ojillos astutos. Pero el hermano mayor ni se rascó el bigote.

     -Te dejó el suyo y este sobre -agregó, pasándole uno abultado, sin cerrar. Daniel levantó la solapa y se quedó mirando un fajo enorme de billetes de mil.

     -Te manda decir que no es un pago... que no jodas más, que está aburrido de oír zonceras... que va a mandarte confinar al Chaco, que te va hacer sablear en el cepo... -recitaba el compadre, demudado, con la voz entrecortada.

     Daniel seguía mirando el sobre, pasando los dedos por los bordes de los billetes de plata-pirirí, relucientes como barajas nuevas.

     -Dijo también que si no querés la plata te limpies con ella lo que sabemos -continuaba Britos, ya en guaraní, para hacer a su expresión más gráfica.

     -Basta -lo atajó Daniel-. Miguelí, anda a mudarte. Salimos enseguida.

     -¿Adónde?

     -A Loma Verá, para que te despidas. Vas a ir a la Asunción, al mejor colegio.

     -¿La agarrás? -preguntó el compadre, temblando, sin dar crédito a sus ojos. Miguelí lo comprendía: nadie podía saber cómo iba a reaccionar Daniel en un caso semejante. Él mismo había temido que sacara los fósforos y fuera quemando los billetes uno por uno, mientras el compadre Britos y sus parroquianos se revolcaban por el suelo disputando las cenizas. En cambio ahora reía como si aquel asunto no lo sorprendiera en absoluto.

     -No, señor -dijo-, no lo agarro.

     -¡Nde bárbaro! -gimió Britos-, ¿qué vas a hacer entonces?

     -Lo recibo -replicó Daniel, metiendo el sobre en el bolsillo.

     -¡Ah! -exclamó el compadre, embobado, abriendo tamaña boca-. Upeva otra cosa, ¿ayé?(24)


 

CUARTA PARTE

LA PALIZA


- I -

     Era de noche cuando llegaron a casa de Marcial Fernández. Se habían entretenido preparando el ahora nada despreciable equipo de Miguelí, así como la valija de Daniel, quien pensaba regresar a Loma Verá al día siguiente por haber expirado el permiso que le diera la policía para permanecer en la capital. Según Garcete, estaba muy fea la cosa. Roberto el Pyragüé merodeaba la casa haciéndose un hilo para esconderse detrás de los naranjitos de la calle y pasaba silbando con las manos en los bolsillos, mirando para otro lado. Antonia acumulaba provisiones. Los allanamientos se producían a diario. Se hablaba de torturas atroces. Cuando hicieron una visita a una pariente monja, les contó que las niñas de La Providencia no podían dormir de los alaridos de los presos martirizados en la cárcel vecina al colegio.

     -Nadie sabe lo que puede pasar -decía la hermana-, no te aconsejo que traigas por ahora a la inocente.

     Entretanto, Miguelí no podía sacar los ojos de un cartel impreso en letras negras que colgaba de la puerta de la celaduría. Tanto, que lo aprendió de memoria:

                              

Mira que te mira Dios.


          


Mira que te está mirando.




Mira que te has de morir.




Mira que no sabes cuándo.



     En efecto, uno se cruzaba en la calle con gente recelosa, preocupada, que a cada rato se volvía como si alguno la siguiera. La Asunción parecía rabiosa. A Miguelí se le antojaba que la dictadura tenía olor a pus, a sudores de enfermo, a los obscuros terrores que evoca la palabra «lepra». A pesar del peligro, Daniel no quiso irse hasta completar lo que tenía que hacer, aunque a su hermanito le pareciera que esto nomás era un pretexto, que en realidad estaba esperando que ocurriera algo. Los mayores siempre esperaban que pasara algo. Algo que desatara algún enredo que tenían adentro, que despejara el aire pesado que oprimía la tierra aun en estos radiantes días de otoño.

     Daniel lo inscribió en uno de los mejores colegios. Aunque tanto Garcete como Antonia se opusieron a que Miguelí fuera a vivir con extraños, el hermano mayor les hizo saber que estaba decidido dejarlo con los Fernández.

     -Los va a respetar más -explicó, para no ofender a la hermana y al buen cuñado-. Si se queda con ustedes a lo mejor vuelve a las andadas y acaba por comprometerlos.

     Garcete se apresuró a aceptar el argumento.

     -La cosa está que arde, mi amigo -repetía, frotándose las manos entre preocupado y contento-. Tarde o temprano se va a armar un tole-tole de esos que no se empardan -miraba a Antonia de reojo, y continuaba, despacito, como atajando una rabia que le nacía del fondo-. Según el caso, si veo que la cosa es seria y se puede ganar, yo también voy a salir a soplar fuego a la dictadura. Te aseguro: aquí suena un tiro y sale a plegarse hasta el Club Cerro Porteño... ¡Ah, si pudiéramos barrer de una vez tanta porquería y vivir decentemente sin tanto sobresalto! No me gusta pelear, pero hay veces, mi amigo, que lo embretan a uno de tal suerte que sale dando patadas por más manso que sea.

     A Antonia no la alarmaban los ímpetus heroicos de su marido.

     -Menos mal -decía- que mandamos a Carlitos a Buenos Aires. Está haciendo la conscripción en el Consulado.

     En los días que residieron en casa de Garcete, Miguelí pudo observar que la barra estaba bastante raleada. La contempló nostálgico desde el balcón. Reunida en la esquina, bostezaba de tedio, parando a quien escupía más lejos. Eran los desteñidos restos de una brigada gloriosa entre los que apenas pudo reconocer a tres o cuatro veteranos. No acudió a ellos porque ya usaba pantalones largos y tenía la cabeza llena de sesudos proyectos académicos.

     El único para quien las cosas permanecían inmutables era Toño el Lustre. Conservaba el mismo rincón en el bar, frente al Palacio de Justicia. Apenas había crecido. Se saludaron como viejos camaradas, con pocas efusiones, como cuadra entre arrieros, pero sintiendo desde el fondo la alegría incomparable que solamente proporcionan las amistades profundas y viriles. Sin embargo, desde que Daniel, en cierta ocasión, le mandó que lustrara los zapatos del hermanito, dejó de llamarlo «che raá» (25)  para decirle «che patrón». Es que Toño sabía someterse a los hechos, a las cosas que son naturales y lógicas. Aunque apenado, Miguelí no dejó de sentirse complacido de que por lo menos Toño el Lustre se hubiera, percatado de su nueva situación.

     En el primer patio de la casa de los Fernández estaban varios señores tomando caña con hielo. Se levantaron para saludar a Daniel. Miguelí, que se había quedado en el corredor, medio escondido detrás de una maceta, reconoció a Sotelo.

     -Marcial tuvo la idea de esta reunión amplia e informal -le decía a Daniel, que parecía desconcertado- para cambiar ideas acerca de la situación y escuchar tu parecer.

     -¿Qué puedo opinar yo? Estoy al margen de todo.

     -Llevás demasiado tiempo aguardando en tu quinta de Yvyraí -bromeó uno al que llamaban mayor Quinteros.

     -¿Cómo es eso?

     -Desde que al doctor Francia lo llamaron para hacerlo gobierno -explicó el Mayor- demasiada gente vive esperando que la vayan a buscar. No es ése el camino. Hay que decidirse, obrar de una vez.

     Se echaron a reír mirando a Daniel, que sonreía como aturdido.

     -Les agradezco mucho -balbució.

     -Los verdaderos amigos no te olvidan -le dijo Sotelo-, te necesitan.

     Sotelo parecía más sólido, como potro fogoso cuando llega a parejero. Hablaba con autoridad. Sus ojos alertas no tardaron en descubrir a Miguelí. Se apartó del grupo para acercarse a saludarlo.

     -¿Qué tal, compañero? -le dijo, tendiéndole la mano-. ¿Cómo anda el espíritu? Supe que habías sido garroteado y confinado. Lo siento mucho. Que te consuele saber que aquí no hay uno que no haya pasado por esos trances.

     -Me informó que eras su aliado -sopló Daniel.

     Los señores rompieron a reír a carcajadas. Sotelo empujó a Miguelí hasta el centro del grupo.

     -Sí, señores, soy su aliado. Es un honor para mí porque este arribeño es todo un hombre. Lo garantizo. Siendo liberal no vaciló en trabajar junto conmigo para derrocar a la dictadura. Deberían seguir su ejemplo en lugar de reírse.

     -Al menos a mí no me hizo ninguna gracia -gruñó Daniel.

     En eso llegó Mercedes, quien tras de hacerle algunos mimos lo llevó para adentro.

     Siguieron por el corredor hacia el segundo patio. Era grande, arbolado, con la muralla y el portón dando a la callejuela que Miguelí merodeara en otros tiempos. Como el terreno estaba en una altura, el lindero del fondo daba sobre los techos de las casas vecinas, más modestas que el caserón de los Fernández. Mercedes abrió una puerta y encendió la luz. Era una habitación amplia, con una gran ventana. Tenía muebles para una persona y estantes repletos de libros. Miguelí tuvo el antojo de que había estado antes en ese lugar, que le habían contado algo acerca de él o visitado en sueños. Fue tal la impresión que la miró de arriba a abajo, olfateando en el esfuerzo por identificar aquella suerte de fragancia que se le ocurría conocer.

     -¿Te gusta? -le preguntó Mercedes-. Marcial dice que es la mejor de la casa. Te la cede como un privilegio especial.

     Miguelí se sobresaltó como si lo hubieran despertado.

     -A Marcial le impresionó mucho tu presencia de ánimo cuando balearon el auto. Cuenta que ni pestañeaste -continuó Mercedes-. Dice además que sos muy inteligente y estudioso. Tampoco Daniel deja de ponderarte... Vamos a ver si es cierto -lo provocó, al tiempo que abría la valija de Miguelí. Se movía con elegancia algo nerviosa. Era muy linda, aunque no tanto como cuando la vio por primera vez. Parecía una de esas figuras de la Libertad que ilustran libros ajados por el tiempo.

     Miguelí hubiera querido preguntarle si alguna vez, de chico, había estado en esa misma pieza. Prefirió callar. Había en su pasado algún misterio que una suerte de pudor le impedía indagar. Mercedes separaba la ropa y la iba poniendo en una u otra parte del ropero con rapidez y exactitud. De pronto se detuvo.

     -¿No tendrás miedo? Vas a estar muy solo aquí. No se me había ocurrido...

     Lo miraba como si fuera ella la que estuviera asustada.

     -No tengo miedo a nada -replicó Miguelí. Entonces se acordó de cuando le dijo que fue el que derribó al vigilante en el entierro de don Cecilio Cárdenas. Qué vergüenza. La señora ya estaría convencida de que era un fanfarrón.

     -Olvidaba que sos todo un valiente -dijo ella, sonriendo-. Por otra parte, no hay nada que temer.

     En el primer patio la discusión subía de tono.

     -Asunción no es una ciudad estado. Los campesinos, el ochenta por ciento de la población, lejos de ser un elemento pasivo, jugaron siempre un papel determinante en la historia de nuestro país.

     -No se vayan por las ramas.

     -¿Quién ha ganado una revolución campal? Nadie. Ni siquiera con jefes de la talla de Jara o de Chirife.

     -No se trata de eso.

     -¿De qué entonces? Se trata de echar a la dictadura. De echarla a patadas, no hay otro camino.

     -No basta. Hay que ver las fuerzas que se pondrán en movimiento y en qué dirección.

     -No lo vamos a conseguir sublevando el interior. La cuestión se define aquí, en la capital. Ahora se trata de algo muy concreto, de aislar a la Caballería.

     -El movimiento obrero y estudiantil está en pleno auge, con organizaciones poderosas. Sólo falta ganar una parte del ejército. Por pequeña que sea esa parte ya estaremos del otro lado si golpeamos con audacia.

     -Es una aventura.

     -Sí, señores, va a fracasar.

     -Vaticinar el fracaso es lo más cómodo que hay. Uno se libra de jugarse y después se permite reírse de los que expusieron el pellejo, o asumieron la responsabilidad, diciéndoles: «te decía luego» -Miguelí reconoció la voz del mayor Quinteros. Era ruda, apasionada-. El coronel Garay tomó Yrendagüe y destruyó todo un ejército boliviano. Si no le hubiera salido la maniobra todo el mundo le hubiese caído encima diciendo que era un viejo borracho que expuso temerariamente una división. Hay momentos en que las cosas se presentan como en el toky, como una moneda que tanto puede salirte «suerte» o «culo». La cuestión está en tirarla. Éste es el momento.

     -Tal vez tengas razón. Tenemos amigos en la Marina.

     -¡Nangá na! Ésos mean por su bolsillo.

     -Acuérdense de mí -insistía un solitario al que no le llevaban el apunte-, quien mueva al campesinado ganará a la larga. Los chococué van a moverse solamente por dos cosas: por sus trapos de colores o para conquistar la tierra, es decir, por una revolución democrática profunda, por la democratización de la propiedad agraria. Ellos pueden traernos la civilización o la barbarie, cualquiera de los dos extremos.

     -¡Dios mío, como gritan! -exclamó Mercedes-. Pueden oírlos desde la calle.

     ¿Qué opinarían Sotelo y Daniel? A Miguelí le hubiera gustado saberlo. Pero, seguro que el primero estaría hablando en voz baja, mientras el segundo, hundido en su sillón, estaría escuchando en silencio, tirándose con las uñas los pelos de su bigote.

     En eso entró una señorita de unos diecisiete años. Vestía pollera y blusa, tacos altos. El pelo castaño le caía sobre los hombros rectos. Era de tez clara, con un fondo obscuro. Ojos grises, vivaces. Boca grande, pintada de rojo vivo.

     -¡Hola, mamá!

     Costaba creer que fuera Olga.

     -¿Son horas de venir?

     -Estuve en el Vertúa, me trajeron en auto -dijo, como por hablar.

     -Ya sabes que a tu padre no le gusta.

     No le hizo caso, entretenida en revisar de arriba a abajo a Miguelí, quien, con los brazos colgantes, parecía mirarse los zapatos, pero que en realidad no podía sacar los ojos de aquellos tobillos torneados de potrilla núbil.

     -¿Éste es Miguelí?

     -¿Lo conoces?

     Olga lanzó una carcajada.

     -¡Claro que sí, y de qué manera! ¿Cómo te va?

     -Bien -replicó secamente Miguelí.

     -¡Quién diría! Estás hecho todo un hombre -volvió a pasarle los ojos de la cabeza a los pies, como si lo tocara, para concluir, ronca, sensual-, ¡un churro!

     -Olga, por Dios -intervino Mercedes-. Viene del campo, lo vas a abatatar.

     -¿A éste? ¡No te creas! -se rió de manera exagerada, enroscando el cuerpo como víbora que pica-. Ahora sí que me vas a pagar lo que le hiciste al pobre Gómez.

     Sufrió otro ataque de hilaridad. Mercedes sonreía, interrogando con las cejas.

     -Bueno, ¡chau! -dijo Olga-. Voy a bañarme.

     -No tardes -le encargó Mercedes-, dejé salir a la muchacha para que no oyera cosas. Tendremos que servir la mesa.

     Y se quedó mirando a Miguelí como si algo la afligiera.

     -Realmente estás muy alto, nervudo -habló, como pensando-. Demasiado para tu edad... ¿Qué pasó con ese muchacho Gómez?

     -No me recuerdo.

     Mercedes sonrió.

     -Está bien, no te aflijas. Olga es un poco tarambana, no debes hacerle caso.

     Siguió acomodando la ropa.

     -En el primer cajón están los pañuelos y otras chucherías. En el segundo, la ropa interior. En el tercero, las camisas. En los dos últimos, la ropa gruesa que no se usa todos los días. El traje y los pantalones, bien colgaditos en las perchas. La ropa sucia no debe quedar ni un minuto en la pieza. No puedo ver gente desaliñada, me pone nerviosa.

     Hablaba con seguridad, dando por resabido que mandaba en estas cosas.

     -Cenamos a las nueve en punto, tal vez un poco tarde para ti, pero ya vas a acostumbrarte. Quien llega tarde se queda bajo la mesa, así sea Marcial, cuando no avisa -se rió, para endulzarse-. Estoy segura de que seremos muy amigos. Daniel te tiene mucha confianza.

     Como evocados, se oyeron en el corredor los pasos inconfundibles del hermano mayor: largos, pausados, como si calzara botas. Se detuvo sonriendo, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Lo único que le faltaba era un sombrero de paja con barbijo.

     -¿Qué haces, Mercedes? Déjalo, sabe arreglarse muy bien.

     Entró y fue a sentarse en una silla, con el codo sobre la mesa y el respaldo inclinado, a la manera campesina, equilibrando el asiento sobre las patas traseras.

     -Espero que Miguelí no te moleste.

     Mercedes contuvo un gesto apasionado.

     -Sabes muy bien que no puede molestarme.

     Daniel inclinó la cabeza.

     -Claro que lo sé, hermana.

     Echó una mirada circular, arrugando la frente, acariciándose la barbilla.

     -Vas a pasarla muy bien, aunque al principio extrañes un poco -dijo, dirigiéndose a Miguelí, que estaba de pie, recostado en un estante-, casi te envidio... «todo está como era entonces».

     -Cuido de que así sea -intervino Mercedes- peleando con Marcial, que es un desordenado de lo último -se rió como disculpándose-, ¿te acuerdas?

     -No me fue dado el privilegio de olvidar.

     -Aquí se reunían a discutir -dijo Mercedes, dirigiéndose a Miguelí como pretexto- mientras yo los espiaba desde el otro patio. Los retos que me daba papá por costumbre tan fea. No podía evitarlo. Para mí eran argonautas tomando tereré -se rió de su ocurrencia, y continuó, enternecida-. Hasta ahora se me antoja oír a mi pobre hermano, agrandando la voz para recitar fervoroso... ¿cómo pa era que decía? Espera... ¡Ah, sí!


                                             

Han pasado los tiempos de las lágrimas


          


aunque el llorar sea humano y el dolor ponderable.




Ha llegado la hora del clarín,




de las tropas en marcha,




de la reja que horada la humedad de la tierra.



     Mercedes recitaba afectando posturas varoniles. Hasta que se sentó en la cama sacudida por un ataque de risa.

     -¡Ay na che Dios! Yo también me estoy volviendo loca...

     Miró a Daniel con ojos húmedos y lo retó, encendida:

     -Eras un despiadado. Le decías que no perdiera el tiempo, que no era poeta... ¡pobre angá! Le dolía porque te admiraba... y porque no podía dejar de escribir zonceras.

     -Pensaba demasiado -dijo Daniel-, pensaba más allá de lo que comúnmente piensa un hombre. Si esto es malo para un poeta, es lo peor que puede ocurrirle a un combatiente; para cantar y pelear hay que saber engañarse. Por eso se levantó en pleno asalto con los brazos abiertos, como pidiendo que cesara la matanza... Hubo algo así como un proceso: acusaban a un sargento de haberlo derribado de una ráfaga. Se echó tierra al asunto porque desde un punto de vista normal, desde la inteligencia que ayuda a vivir, el sargento cumplió con su deber al sacar del medio a un oficial que se había vuelto loco. Desde otro punto de vista, suelo pensar que la suya fue la más gloriosa de las muertes. Pasará mucho tiempo antes de que podamos comprender la racionalidad profunda del absurdo sacrificio del Gólgota.

     -¿Qué es eso, Daniel? ¿Un discurso? Lo único que sé es que no volvió mi hermano. Aquí se reunían ustedes para cambiar el mundo. Eran parte de Germán. Eran la fuerza, la vitalidad, la audacia de que el pobre carecía. ¿Cómo no lo comprendieron? ¿Cómo le dejaron que se fuera al frente? Recuerdo cuando se despidió, le temblaban las manos, tenía miedo, el pobrecito. Qué iba a pelear al lado de tamaños brutos como eran ustedes. Bien que lo pagaron, porque ese muchacho enclenque tenía un no sé qué capaz de dar vida hasta a las piedras, y cuando les faltó quedaron truncos Ahí tienes a Marcial, a ti mismo, a Santiviago, a Molas, a Brizuela, a ese canalla de Jorge convertido en policía... -Mercedes los iba nombrando, contándolos con los dedos.

     Daniel sonrió.

     -Te olvidas del principal, del guitarrero del grupo.

     Mercedes se detuvo en seco, asustada. Daniel se echó a reír.

     -Para ahuyentar a los fantasmas basta perderles el miedo. En la guerra aprendimos que la bala que te toca salió marcada de fábrica. ¿Por qué, entonces, culparnos los miserables agentes del destino?

     Mercedes sacudió la cabeza, incrédula.

     -No me engañas. Te sigues atormentando.

     -Te equivocas. Se me ha hecho tan familiar que he acabado por encariñarme -dijo Daniel con la voz cambiada por una suerte de forzado cinismo-. Estaba condenado. Solía decir que los hechos de la vida sólo valen como alimento del espíritu. Tuyo la mala suerte de nacer en un país demasiado pequeño para él. En otra parte tal vez hubiera sido otra cosa. Aquí solamente podemos proponernos objetivos modestos o destrozarnos en empresas tontas.

     -A veces me pregunto si no fui la culpable.

     -No, hija, qué vas a ser. Fuiste, es cierto, la única partida que perdió porque se la ganó Marcial; pero era muy hombre, podía aguantarse unas galletas. Con esto encontró un pretexto para tirar todo por la ventana y largarse a la estancia. Allí estuvo a sus anchas, desplegando su energía salvaje, deslumbrando a guapos con sus guapezas, llevándose todo por delante hasta que, cuando se permitió una canallada absolutamente imperdonable, cayó en su ley. ¿Qué vamos a hacerle? Dejemos, pues, amiga mía, los remordimientos a la gente que se quebranta por su salvación. Tengo cosas peores en la conciencia como para atormentarme por un caso aislado. Manejé una ametralladora pesada en Nanawa. Cualquiera que haya estado allí puede decirte lo que esto significa... ¿Quieres un cigarrillo?

     -Bueno, dame uno. Estoy procurando que me agarre el vicio, a ver si me acostumbro al cigarro de Marcial.

     Miguelí acabó por sentarse en el borde de la cama. Lo habían olvidado por completo.

     -¿Cómo está ella? -preguntó Mercedes, tosiendo por el humo.

     -Soportando la vida. ¿Quién en nuestro país no la lleva a cuestas como el minero carga su raído? Un fardo el doble más pesado que el hombre, ¿lo sabías?

     -No todos.

     -No te creas. Lo que pasa es que algunos no se dan cuenta. Somos un pueblo terriblemente oprimido. Nos oprime la geografía, la historia, nuestro propio espíritu que no se ajusta a sus límites... Oye cómo se desgañitan. Creen que se avecinan grandes días. Tienen razón, el grano va a reventar. Pero ¿qué vendrá después? Ciertamente que no lo que ellos esperan. La dictadura tiene que acabar con muchas cosas; con nosotros, entre ellas. Todavía no han madurado las fuerzas capaces de acabar con la dictadura para siempre. Mi consigna secreta es: «Muera la dictadura y toda su descendencia». Para que cuando muera, muera del todo. Que no resucite como Drácula. Para eso es necesario acabar con la gente interesada en arrancar la estaca del cadáver del monstruo. El Paraguay es un pozo, nosotros unos sapos que croamos en el fondo, donde sólo raras veces llega un rayo de luz. Procuramos salir; es nuestro mérito histórico, aunque siempre resbalemos desde el borde del brocal.

     Mercedes se levantó sacudiendo las polleras para volver a su ocupación. Miguelí se dio cuenta de que tenía manos huesudas, manos de varón.

     -Aquí los únicos llorones son los intelectuales -dijo, impacientada-. Hagan algo, terminen algo. La gente acabará por cansarse, por aceptar pasivamente la vida que lleva. Ustedes tendrán la culpa si el dichoso pueblo al que siempre invocan acaba por doblar el espinazo. Allí tienes a Marcial escribiendo su libro desde la revolución del treinta y seis. Con ese pretexto, con lo buen médico que es, cada día trabaja menos, se olvida de cobrar las consultas, se burla de sus colegas. Aunque posa de escéptico, vive soñando. Si no fuera por la estancia, que felizmente él no administra, no tendríamos qué comer. Se está volviendo un zángano hecho y derecho. Que Dios me perdone, pero por lo menos Francisco era trabajador.

     -Nadie está privado por completo de la virtud como del vicio.

     -¿Quién dice eso?

     -Con toda seguridad algún abate. Si estás condenada a sufrir su cigarro, por lo menos te has librado de los cuernos.

     -No te creas, para eso Marcial no es nada perezoso.



     Se oyeron golpes como de maza contra un tablón. Cesó la discusión en el primer patio. Alguien pasó corriendo. Lo siguieron otros, muy apurados. Sotelo apareció en la puerta, con el saco de Daniel.

     -La policía -dijo-. Vamos por el fondo.

     Daniel no vaciló.

     -Buena suerte, Miguelí -alcanzó a decirle antes de correr tras de Sotelo.

     Era digno de ver tantos doctores escapando como gatos por el tejado del vecino.



     Marcial defendía la puerta de calle.

     -Siempre lo mismo, doctor. Cómo pa te voy a traer orden de allanamiento si hay Estado de Sitio.

     -Es un estado ilegal. Defiendo mis derechos.

     -Dejame pasar, te digo. No vayes a facilitar.

     Olga había acudido junto a su madre. Con rapidez y eficacia, sin decir una palabra, borraron los rastros de la reunión. Marcial seguía ganando tiempo. Hasta que llegó una motocicleta y frenó con estrépito.

     -¡Qué tanta contemplación, carajo! ¡Rómpanle la cabeza!

     Se oyó un forcejeo y apareció Marcial, traído a empujones. Lo seguía un hombre altísimo, rubio, de bigotes rojizos.

     -¡Revisen todo, rápido!

     Los vigilantes se dispersaron como sabandijas por toda la casa. El jefe, al ver a Mercedes, que cubría con su cuerpo a Olga y a Miguelí, se acercó a saludar.

     -Hola, Mercedes -le dijo, cordial, haciendo la venia-. Lo siento mucho. Tu marido es muy travieso.

     Ella le volvió la cara. Él hizo sonar los talones y se encaminó hacia el fondo, como si conociera muy bien la casa. Marcial esperaba en el rincón opuesto, con una bayoneta en la barriga. Olga miraba a los soldados con gesto tan provocativo y desdeñoso que los obligaba a bajar la vista. Se oían voces en el segundo patio.

     -Se escaparon todos, mi coronel.

     -¡Claro que se iban a escapar, manga de chimbos! Vamos a ver si ponderan por ustedes si llegan a estar arriba.

     Reapareció el coronel, dando zancadas. Se fue directamente adonde se encontraba Marcial y le gritó en la cara.

     -Aquí hubo una reunión, a mí no me jodes. Vas a tener que acompañarnos. Se acabaron para ti las contemplaciones. Te avisé muy bien que te dejaras de macanear.

     -¿Qué vas a hacer? ¿Torturarme? Estarías en tu papel. Era lo único que te faltaba, ¡traidor!

     El policía se le acercó con el puño cerrado. Aunque Miguelí estaba en la otra punta, se dio cuenta de que Marcial miraba a los ojos de aquel gringazo sin una pizca de miedo. Este doctor tendría sus defectos, pero era un hombre con toda la barba.

     -Mercedes -dijo-, pasame la valijita.

     Fue cuando Miguelí se enteró de que Marcial Fernández tenía siempre el equipo preparado para cuando lo llevaran preso.

     Se fueron dejando un bochinche tremendo. Faltaban cubiertos de plata en el comedor.

     -¡Dios mío! -exclamó Mercedes-. ¿Qué vamos a hacer ahora con tanta comida?

     -Podríamos preparar croquetas de pollo con arroz para llevárselas a papá -sugirió Olga-. Son riquísimas.



- II -

     -No te duermas, hamacame...

     Miguelí obedecía sobresaltado, pillado en falta. Qué se iba a dormir. La contemplaba así como a la cadera que el río forma al bajar del norte, entrecerrando los ojos para verla como en sueños, navegada por bajeles bergantines. La cabeza en un almohadón, el pelo sobre la cara, parecía una de esas apariciones que los obrajeros cuentan suelen salirles en el monte. El pie en la punta de una curva tostada tocaba la tierra como acariciándola. Las camas sueltas bajo el quimono recordaban las colmenas, grávidas de miel, de rabiosas avispas. El ojo hambriento de Caá-yaryi, la hembra insaciable que acecha al hombre en la espesura, espiaba entre lianas. Miedo le hubiera dado si no estuviera seguro de que era Olga, quien, a esa hora del crepúsculo, en saliendo del baño, sin ponderar del frío, gustaba que la hamacaran para que la secase el viento.

     -Miguelí...

     Trató de hacerse el sordo. Se repitió el reclamo que quedó latiéndole insistente como el punteo de un grillo.

     -Si vas a tentarme no te hamaco más -le advirtió, enérgico. Estaba en una silleta, tirando de una liña para provocar el balanceo.

     -Despacito, me mareas...

     Soltó la cuerda y la hamaca se fue quedando.

     -¿No te da vergüenza? ¡Así que eras vos el que escribía las cartas!

     Silencio.

     -¿Creés que no lo sabía?

     Que hablara sola.

     -A mí nadie me engaña, soy un poquito bruja... ¡Cómo se va a reír mamá cuando le cuente!

     Ahogaba una risita y repetía, besando el almohadón.

     -«Te quiero como el sol quiere a los pájaros, como la lluvia a la tierra, como el viento que acaricia la melena del palmar...». ¡Dios mío! ¿De dónde lo sacabas?

     Miguelí fingía leer una historieta aunque ya fuera imposible distinguir las letras. Ni soñaba contarle que aquellas frases eran traducciones más o menos literales del cancionero guaraní, copiadas de ejemplares de Ocara-poty que le facilitara la sirvienta de los Garcete, y una que otra perlita de su cosecha.

     -«Sos como la paloma salvaje que forma su nidito con las plumas de su pecho» -seguía Olga-. ¿Qué me dicen? ¿Cómo se te ocurre hacerme creer que el papanatas de Carlitos fuera capaz de inventar estas lindezas? ¡Miguelí, a vos te hablo!

     -¡Que pa lo que querés, icht!

     -¿Qué vas a hacer cuando le muestre las cartas a mamá?

     -Voy a negar y listo -replicó, rotundo-. No es mi letra. Son cartas de mi sobrino Carlos. ¿Para qué yo iba a decirte semejantes zonceras? ¡Tonta!

     -¡Quizás, quizás, quizás! -canturreó Olga, dando impulso a la hamaca con la punta del pie.

     -¡Qué «quizás» ni qué ocho cuartos! ¡No escribí nada, te digo!

     -Juralo por Dios.

     -Sabés mejor que yo que Dios no permite jurar por tonterías.

     -¡Te pillé, te pillé! -repetía Olga, batiendo palmas y levantando la cabeza-. Lo que pasa es que estás loco por mí, no me lo niegues.

     Al llegar a este punto solía dejarla plantada. Pero, esa tarde, tal vez porque el diablo ya estaba decidido a meter la cola en el asunto, se limitó a darle la espalda. Ella acabó por recostarse para seguir dormitando. Miguelí pensaba que no era justo que se burlara de él por el solo hecho de ser menor. Olga era una señorita. Ante extraños sabía portarse con formalidad. Tenía muchos candidatos. Entre ellos a un cajetilla, hijo del agregado cultural de una embajada, que se llamaba Guerrico. ¿Para qué entonces se metía con Miguelí? ¿Por qué le jugaba? Había que aguantarla, porque siempre se salía con la suya. Lo peinaba de aquí para allá, con raya o jopo, con el pelo para atrás o cayendo sobre la frente. Le pintaba bigotes con corcho quemado. Le ponía sombreros o la gorra de su finado tío Germán para que se pareciera a tal o cual artista de cine, como si Miguelí fuera su muñeco. Otras veces se comportaba como chicuela de trenza y moño. Jugaban a las escondidas. Era imposible encontrarla hasta que, de repente, le saltaba desde atrás de una maceta o desde la rama de un árbol, mordiendo y arañando como si fuera una gata. Después, muerta de risa, le curaba los rasguños con tintura de yodo. Mercedes tenía razón: estaba más loca que una cabra.

     -¡Olga, deja en paz a ese muchacho! -la retaba-. No debes jugar con fuego. Yo sé lo que te digo.

     Pero al final acababa riendo de los antojos de su hija, la sentaba en la falda y la mimaba como si fuera una nenita. Lo mismo le pasaba a Marcial. Vivía quebrantándose por las andanzas de Olga hasta el extremo de pedirle a Miguelí que la espiara. Pero al cabo se lo perdonaba todo.

     -Qué macana que seas única hija -se solía lamentar, pasándole la mano por los cabellos-, ¡y tan hermosa!

     Se quedaba pensativo, para luego exclamar de esa manera que no dejaba adivinar si hablaba en serio o en broma.

     -¡Ay del que se aproveche del ardor de tus años! ¡Siete veces lo he de matar si es que es un gato!

     -Sos mi único amor, mi papaíto -le decía entonces Olga, zalamera, cubriéndolo de besos-. Mi pobre doctorcito que está enfermo.

     A Marcial le venía entonces su ataque de llanto que hacía correr a las mujeres de un lado para otro. Pero, a los amigos les hacía mucha gracia la manía que Fernández trajera de la cárcel: «¡Güepa, che compañero! -le zampaban brutalmente cuando sacaba su pañuelo y hundía el rostro entre las manos sollozando amargamente-, ¡te has vuelto un llorón cualquiera! ¡Que no se diga!». Hasta Miguelí, que tanto lo apreciaba, tenía que hacer grandes esfuerzos para no sonreír. Porque el espectáculo resultaba tan cómico y extraño como sería ver a Satanás echando lágrimas por un pollito cojo.

     La causa estaba en los tres meses que lo tuvieron encerrado en un calabozo sin dejarle hablar con nadie. Hasta se atrevieron a golpearlo de manera tan bestial que lo dejaron medio sordo de un lado. También le habían roto un dedo y ahogado varias veces en una pileta llena de excrementos y vómitos. Solamente el escándalo que armaron los estudiantes y las gestiones de sus innumerables amigos consiguieron que lo soltaran. Desde entonces se pasaba horas enteras en el balcón del consultorio y las noches en vela, escribiendo su libro. De tarde en tarde, atendía algunos pacientes tan pobres que no podían pagar o tan amigos que no se les cobraba.

     Durante la ausencia del doctor Fernández, que duró hasta pasado el invierno, Miguelí se había hecho muy amigo de Mercedes. Ella solía contarle anécdotas de los amigos del hermano Germán, muerto en la guerra. El padre había mandado construir la habitación del fondo porque los muchachos no le dejaban dormir la siesta. Una tarde ella sacó de un armario un viejo álbum. En una fotografía aparecían varios jóvenes de cuello duro. Sentado en el centro, Germán parecía un angelito entre aquellos rudos mocetones. En un extremo estaba Daniel, de gran bigote y gesto tan altivo que costaba reconocerlo. En el otro, destacándose como si fuera dueño del retrato, un joven lampiño, muy moreno, con tal energía en el rostro que, cuando se miraba de golpe la fotografía, dejaba a los demás como en la sombra. Mercedes lo contemplaba. Había comenzado a llover. Miguelí fue a cerrar la ventana de su cuarto. Se llevó un susto cuando vio al mozo aquel reflejado en el espejo del ropero. Se tranquilizó al prender la luz. Había visto nomás su propia figura.

     En el mismo grupo estaba Marcial, recostado en el piano, con una mano en el bolsillo. Era el único con la corbata torcida y los pantalones sin raya. Su cara de coatí sonreía burlona. Era increíble que Mercedes lo eligiera entre tantos caballeros.

     -Todos me disputaban -evocaba ella, sonriendo con cierta coquetería, descubriendo venas y arrugas en el cuello estirado-. Es decir, todos menos Daniel...

     En el mismo álbum apareció nada menos que Esperanza Almirón.

     ¿Qué misterios eran éstos? ¿Qué extraños hilos conectan nuestra vida con la vida de los demás y con sus muertes? Sentado en el suelo, Miguelí ponía las manos para sostener la madeja mientras Mercedes hacía el ovillo para tejerle una tricota. Solamente se oía el paso del agua por las canaletas al aljibe. Las campanas de la Catedral daban las ocho. Rodaban lágrimas por las mejillas de Mercedes que, así de entre casa, parecían secas, con las rayas del tiempo marcándole la cara, bella como ninguna.

     -¡Cómo tarda esa chica! ¿Por dónde andará con esta lluvia?

     Pero doña Mercedes -no le gustaba que le dijeran «doña» sino su nombre a secas- sabía tener sus picardías. Una vez, viendo ir y venir a su marido con las manos en la espalda, de una punta a la otra del jardín, le dijo a Miguelí, secreteando:

     -Míralo... está ofendido... le dieron una paliza... ¡A él! ¡Bien merecida se la tiene!

     Guiñó un ojo y se fue, haciendo sonar los tacos.

     Apenas tuvo lugar, Miguelí le preguntó por qué el doctor se merecía la pateadura que le dieron. Mercedes se echó a reír.

     -Ya lo vas a entender cuando seas grande.

     ¿Qué diablos era entonces? Los pantalones largos que le impusiera doña Rosario de Britos sólo le habían servido para que la Policía Militar lo arreara a coscorrones al Distrito, como presunto desertor. Para todo lo demás era un chicuelo. Para Olga, un juguete.

     Las juderías de la muchacha le provocaban pesadillas. Olga se fugaba a babuchas en hombros del agregado. Nomás porque se lo imploraba Mercedes, Miguelí se largaba a perseguirlos llevándose la escopeta. Corriéndolos por el monte, cerro arriba, valle abajo, saltando sobre los ríos, volando por las aguadas, solía alcanzarlos en el cañaveral del fondo, en el mismo sitio donde, en otro tiempo, había desgraciado al carayá. Guerrico se encogía hasta hacerse un monito; rogando con las manos juntas se le enredaba la cola de la pavura que tenía. No lo podía matar, las balas no le salían, el caño se le doblaba como el tubo de un trombón largando sólo un berrido que aventaba al diplomático. Olga yacía, con el quimono desgarrado, en el nicho de un surco. Alzábala, corría por piques abandonados, esquivando uñas de gato, cerrando yuqueríes como hojas de libro pasadas vertiginosas. Desesperaba de llegar antes que el pasmo. Del pasmo que le subía desde Olga a la mano, de la mano a la cabeza, de la cabeza a los ojos, cegándolo como sangre. Dábase un tropezón. Rodaba por cuesta abajo, resbalándosele el cuerpo desnudo, escurridizo, de sábalo. Hasta que al fin la atrapaba, sediento, atormentado, buscándole con la boca la surgente del pecho, la uva de los pezones. Pero en esto, sin falta, reaparecía Guerrico, chillando, zafadeando, brincando de mata en mata. Y claro, Miguelí se despertaba.

     Saltaba de la cama, se ponía los pantalones, salía al patio a refrescarse aunque persistía el invierno. En esto seguía el consejo del padre Lutin, para embromar al diablo que nos tienta de noche aprovechándose del descuido del alma y del relajo del cuerpo. La receta incluía unas cuantas flexiones, el mojarse la cara y rezar un padrenuestro. Pero a tanto no llegaba la devoción de Miguelí. Lo que le extrañaba era cómo sabía el padre Lutin de las incitaciones que, según decía, de caer en ellas, envilecen el alma. Miguelí no le hablaba de ellas ni siquiera en confesión. No se sentía culpable de sus sueños. Lo que tal vez fuera pecado era la rabia que le daban las intromisiones de Guerrico, quien, cuando se aparecía de carne y hueso con su cara de ternero relamido, sus cortos pasitos de señorito, repartiendo tarjetas de conde de no sé dónde, salía Olga a recibirlo mostrando todos los dientes de su boca de loba, cazándolo de un brazo y poniéndolo de adorno junto a un florero de la sala.

     Miguelí quería asegurarse de que Olga también había retornado de su sueño. Con el pretexto de tomar agua, venía por el corredor. Ella siempre dormía con la ventana abierta. De paso nomás, sin detenerse, espiaba su cuarto. Más que verla la sentía latir entre las sábanas. Por cuidado que pusiera al abrir la heladera, Marcial lo sentía desde el consultorio.

     -¿Quién anda por ahí?

     -Soy yo, doctor. Busco agua fresca.

     -¿Me traerías una botella?

     Lo encontraba sentado en su escritorio, llenando cuartillas con su letra ilegible. A su lado, en una bandeja, una botella de agua, la guampa del tereré y un frasquito de pastillas. Miguelí reemplazaba la botella, cambiaba la yerba de la guampa. Cuando estaba por irse, Marcial levantaba la cabeza, mirándolo desconsolado.

     -¿Tenés mucho sueño?

     -No, doctor.

     -¿Podrías cebarme unos mates?

     Miguelí obedecía, con gusto. A poco, el doctor se levantaba con la guampa en la mano, encaminándose al balcón. La calle estaba desierta. De pronto Marcial quedaba en suspenso.

     -¡Escucha, escucha! -repetía, echando por los ojos como una luz extraña-, ¿qué fue eso?

     Miguelí se asomaba, hacía toda su fuerza, pero no oía otra cosa que el ladrido de los perros y alguno que otro tiro, como de costumbre.

     -Escucha -insistía Marcial, impaciente, señalando hacia el nordeste-. Allá... ¿qué te parece? ¿Cañones?

     Ahora sí podía percibir un retumbar, lejano, casi imperceptible. Hasta que lo desencantaban apagados refusilos detrás del horizonte.

     -¿Cañones? -insistía Marcial.

     -No, doctor. Son truenos.

     -¡Ah!

     Miguelí hubiera dado cualquier cosa por hacerle oír un cañonazo.

     En este punto solía aparecer Mercedes envuelta en su quimono y con turbante en la cabeza.

     -¡Por Dios, mi querido, por qué no te acuestas!

     -No tengo sueño -replicaba Marcial, de mala gana.

     -¿Quieres que te prepare un té de naranja?

     -No te preocupes, estoy bien -repetía Marcial, volviendo hacia su escritorio con paso encorvado, arrastrando las zapatillas.

     Mercedes sacudía la cabeza.

     -Anda a acostarte -ordenaba a Miguelí-, yo voy a acompañarlo.

     Miguelí era obediente. Además, primer alumno de su clase tres bimestres seguidos. Preferido del padre Lutin, recibía lecciones aparte dos veces por semana. El profesor había escrito a don Rosendo que nunca había visto facilidad semejante para las matemáticas y el idioma francés. Miguelí recibía cartas entusiastas de don Rosendo y cautelosas esquelas de Daniel: «Buen comienzo, pero lo que interesa es el final, el resultado. Hace trescientos años que la esperanza pasa de mano en mano. Es el legado de los próceres, de cada generación que se pierde en el vacío, de cada vida que acaba en el pantano. Llega. Persistir es la orden. No me falles (en el subrayado se podía advertir una amenaza). P.D.: Mandé unos pesos. Ayuda, no recargues. Están pasando un mal momento. Van para ti doscientos que te manda tía Zoraida».

     Pobre Daniel, cuánta razón tenía para sentirse inseguro, quebrantado.

     ¿Dormía Olga? Quién sabe. Más bien parecía luchar contra la sofocación del pecho. La hamaca tomaba molde de caderas. Miguelí quiso escapar.

     -¿Dónde vas?

     Volvió a sentarse. Olga dejó escapar una risita.

     -Qué enamorado estás de mí, ¿no te da vergüenza?

     -Si vas a tentarme, me voy. Ya te lo dije.

     Olga había desaparecido. Una voz resentida salió de entre los pliegues de la hamaca.

     -Bueno, andate. Te doy permiso. Pero nunca, nunca más vas a hamacarme, ¿oíste? Ni aunque yo te lo pida. Por los siglos de los siglos, nunca más Miguel Domínguez va a hamacar a Olga Fernández.

     De veras que era triste. Ella también sufría. Lo confirmaron sus palabras.

     -Triste... ¿no te parece? Sí, muy triste...

     Fue saliendo una mano con los dedos en punta. Quedose así un momento, como buscando. Luego bajó, le reptó por el brazo, le acarició los cabellos.

     -Pobre angá, yo también co lo quiero. Me voy a casar con un diplomático pero tuyo siempre será mi corazón... Cuando seas grande, ven a buscarme. Tira la mano y arráncame. Llévame lejos, en tu caballo...

     Ahora se reía. ¿Qué le hizo él para que así le juegue?

     -¿Sabés una cosa, Miguelí? Sos muy buen mozo. Cuando seas grande las mujeres se pelearán por vos. Nomás vas a mirarlas y las más santas se irán rodando hacia el infierno.

     -No me interesa.

     Olga sacó de golpe la cabeza como para pillar si no mentía.

     -Le vas a parecer a Jorge Negrete... A ver, mírame, no seas zonzo, no te voy a comer... No, tal vez a Pedro Armendáriz... ¡Qué rara color que tienes, chico, si pareces de madera!

     Miguelí dio un fuerte impulso. La hamaca se subió hasta las ramas del mango.

     -No tan fuerte, tonto. Estamos conversando.

     Miguelí soltó la cuerda. El péndulo se fue quedando. Olga dormitaba.

     -¿Soy linda?

     -¿Qué sé yo?

     -«Son tus pestañas como brotes de amambay. Tus labios, puertas del cielo junto a tus hoyuelos, nichos de amor». ¿De dónde lo sacabas?

     -Preguntale a Carlitos.

     -¡Estúpido!

     Olga pensaba, con los brazos en la nuca.

     -En la fiesta de mi cumpleaños todos se peleaban por sacarme a bailar, y vos andabas por los rincones como un arriero bravo. Te aseguro que me diste miedo. Creí que ibas a sacar un cuchillo para jugarlo por el suelo... ¡Qué te habrás creído vos para descomponer mi baile! ¡Tan menor y ya mirando por mí como perro por su hueso!

     ¿Cómo entenderla? Súbitamente enternecida se incorporó para besarle el rostro.

     -Hay veces que se me antoja que soy yo la chiquilina. Te vi una vez subido a la punta del tarumá, mirando al río. No sé lo que me pasó, creo que me volvía loca. Se me ocurrió que ibas a salir volando. Qué desesperación, no te imaginas. Corrí, te juro, a decirle a mamá: «¡jaque, mamá, Miguelí está por salir volando!». La suerte que me atajé. ¡Qué vas a volar vos, un mitaí arruinado, un cualquiera de la calle! Mamá tiene razón, juego con fuego...

     Tan apenada parecía que Miguelí le tuvo compasión.

     -Si te gusta, cuando sea grande voy a hacerme aviador.

     -¿No te digo? -exclamó Olga, enojada, como hablándole a un espejo-. ¡Es un chicuelo, tonta! -tornó a hundirse en la hamaca, para al rato seguir, ya sosegada-. No, no me gusta el uniforme. Parecerías japonés, de los que siempre se caen. Mejor te va a quedar la ropa del Jorge Negrete en «Ay Jalisco, no te rajes». Yo misma voy a ponerte las espuelas y tejerte el ponchillo.

     -No es un ponchillo, es un sarape -le explicó Miguelí-. Yo no voy a usar eso, sino sombrero caranday con barbijo de cuero, poncho lata y treinta-listas, tiradores de venado, polaina hasta la verija, revólver Smith Hueso pavonado y cuchillo yatagán-cué. Puede ser que use reyunos, aunque es mejor andar descalzo.

     -¡Mba! ¡Ya te salió el arriero! Seguro que también mascarás naco... ¿No? Bueno, pues con esa condición podrás llevarme en ancas. Siempre, claro, que consigas un caballo como la gente, que no vaya a dejarme las nalgas a la miseria... ¿Te imaginas? Haríamos un fueguito en la arenita de un arroyo. Después, a dormir al campo raso, mirando por las estrellas, escuchando a los grillos, a las aves nocturnas... Claro que tendremos que prender espirales, porque ha de haber barbaridad de mosquitos... ¡Qué ojos tenés, Miguelí! ¿No estarás endemoniado? Voy a decirle al padre Lutin que te eche agua bendita... A ver, dame un beso.

     El reclamo era común capricho. Miguelí se inclinó, obediente, a besarle la mejilla. La cabellera húmeda le caía sobre la cara. Reía su boca ancha, los grandes ojos grises por entre cortinados.

     -No, así no. Yo te voy a enseñar, para que alguna vez, cuando vayas a besar tantas mujeres, te recuerdes por mi boca, madura para tu beso... ¡Zonzo! No tengas miedo, nomás es como en el cine...

     Lo atrapó de los hombros besándolo rabiosa, mordiéndole los labios. No se pudo escapar, Dios sea testigo. Le clavaba las uñas, lo aferraba, lo llevaba, lo ahogaba en la mar profunda. Volvió el beso. Cayó sobre la hamaca, sintió la piel desnuda. La mano tocó los senos. Buscó vientre, cadera, rebuscando, encontrando, hasta que Olga lanzó un gemido, tuvo un sacudimiento y lo apartó de un empujón. Miguelí no supo más que hacer que sentarse en la silleta y hamacarla como a un niño. Qué tristeza la tarde. Ya estaba todo dicho. La noche casi. Estaban muertos. Muertos como el olvido. ¿Cuál? ¡Algo! ¡Espera! Vagaban páramos en la tormenta. Sin ojos, sin oídos, sin piel. Clamando sin la garganta. Llamándose, buscándose, cruzándose mezclados como el humo sin poder tocarse. Habló la hamaca, ronca:

     -Miguel, tienes que irte... irte muy lejos... No quiero verte jamás.



- III -

     Miguelí solía acordarse a menudo del Padre Lutin. Tal vez porque su nombre no era el más adecuado para un cura, andaba siempre como coatí solitario, aunque contaba con buenos amigos entre los estudiantes. Bajo, hombrudo, calzaba zapatones reyunos que, por quedarle grandes, levantaban la punta redonda como cabeza de nutria. La barba crecida, negra, cerrada, cuando no mal afeitada. El pelo entrecano tan enredado que, cuando intentaba peinarlo para las solemnidades del culto, formaba nudos y mechones como si taparan negras guampas de cabrón. Este detalle, sumado al conjunto de su molde, le había dado el marcante de Lutín-cabará, o, más brevemente, el de paí Cabará. Para mayor abundamiento, cuando se desprendía la sotana para rascarse los sobacos con sus uñas negras, había que tener muy firme entraña para no salir aullando como perro mojado por zorrino. Con todo, era hombre excelente y notable profesor. Miguelí estuvo entre sus preferidos. Hablando con él, el padre Lutin se explayaba a sus anchas con singular franqueza.

     -Hay pecados une envilecen, que humillan al alma. Hasta el diablo los desprecia. Otros, en cambio, son propios de los grandes espíritus, capaces de remordimiento, dignos por igual de la bienaventuranza como de los horrores del Averno. Pero el peor de los pecados es arrepentirse de no haber pecado. Es como rezarle a Satanás, ser doblemente imbécil. Obra el bien o el mal, pero obra. Prefiere los remordimientos positivos. Irás al cielo o al infierno, no quedarás en la puerta atormentado por mosquitos. Además, habrás vivido.

     Miguelí le entendía a medias, entre otras causas, porque paí Cabará mezclaba francés y castellano con gramos de guaraní, hacía ademanes, se movía continuamente frotándose las manos y soltando carcajadas roncas, completamente inexplicables.

     Lástima que no hubiera dicho nada del pecar a medias, y el pobre Miguelí ya no tendría ocasión de consultar con varón tan sabio y santo. De golpe le había llegado el tiempo de obrar, de hacer pata ancha. Tal vez por falta de consejo había tomado al pie de la letra las palabras de Olga, saliendo hasta la Avenida Colombia a colgarse del primer tranvía que pasó. Dejó atrás la Recoleta hasta que, poco antes de llegar a Villa Morra, se largó a rumbear al río, como cualquier arriero en apuros desde tiempo inmemorial. Eran cuadras desiertas, interminables, bordeadas de blancos murallones. Una guitarra lo hizo doblar por una huella de carretas que se internaba en un baldío hacia una luz que se divisaba entre los árboles. Si algún lugar del mundo podía llamarse «Cualquier Parte», ése era aquél, sin duda alguna.

     El cantor, en una silla, con pie descalzo apoyado en un tronco, abrazaba la guitarra reclinando la cabeza en un pecho invisible. La boca de su «la reina» era como la fruta, a qué igualar a miel silvestre el zumo aquel que, cayendo gota a gota sobre su corazón, había acabado por dejarlo mal de la cabeza. Nada tan a propósito para el ánimo de Miguelí. Decidió quedarse, o, más exactamente, simplemente se quedó.

     Aquí y allá descansaban carretas. En precarios fogones se calentaba el locro en ollas negras. El hambre le hizo descubrir un poco más adentro un gran rancho de adobe con sala en el centro y cuartos a los costados. La sala era asiento del boliche. Algunas mujeres muy discretas parecían dedicarse a curar de ausencias a arrieros de poncho y faja que jugaban al truco en mesitas grasientas sin sacarse el sombrero ni para rascarse la cabeza. Un tajachí escuálido, cerca del mostrador, doblaba el torso para contrapesar el máuser chileno de largo caño y breve trompetilla. Seguro que estaba allí en prevención de esas pendencias que, por virtud de la C.O.P.A.L., suelen acabar a puñaladas. Miguelí compró un par de butifarras, una chipa y un jarro de mosto, y volvió donde el cantor.

     Como suele ocurrir cuando se cae de golpe en lugar desconocido, poco a poco fue identificando las figuras que se movían en las sombras. Estos hombres eran sin duda labriegos que traían sus productos al mercado. Podía irse en una de esas carretas a cualquiera de esos claros perdidos entre palmares donde nunca pasa nada y el tiempo parece desgranar maíces con los dedos cobrizos de una vieja, capaz de narrar, con voz cascada, el tenso transcurrir de esos silencios. Pero, como también Miguelí era campesino, no apuraba la ejecución de sus planes, limitándose a rumiarlos como esos bueyes de hermosa cornamenta que perfilaba la luna junto al arroyito. Mientras, escuchaba al cantor que tan bien expresaba sus quebrantos. Vestía añá-piré de mutilado y era ciego. En una lata puesta por ahí, como al descuido, le tiraban monedas como ofrendas a un santo. Otros hacían pedidos, secreteando, poniéndole la plata en el bolsillo con exagerado disimulo. La luz del farolito se reflejaba en su rostro metálico, lacerado, y hacía una sombra en las cuencas vacías. De vez en vez se echaba un trago, hacía una mueca, soplaba fuego, escupía, y continuaba el canto monótono, acompañándose con cuerdas de tripa destempladas, tan serio como si fuera un oficiante o un tronco de guatambú tallado a hachazos. Así hasta que vino saliendo del boliche un borracho dando tumbos, con el poncho cruzado y el sombrero en la nuca.

     -¡Que me pongan la polca «colorado»!

     Miguelí comprendió, quería camorra. Ojos extraviados, gruesa barba, labios babosos torcidos en una mueca envilecida, feroz. Era un hombrazo. Cambiando apenas la tonada, el cantor le explicó, con un compuesto, que, como por desgracia en Puesto Burro, cuando el teniente López mandó asaltar para romper el corralito, una bomba bolí lo dejó ciego, no podía cantar el «colorado» por no poder distinguir ya los colores. A medida que avanzaba el argumento, recargado de detalles que no hacían al asunto, el borracho buscaba en quién volcar su furia. Aunque los arrieros callaban, la risa estaba en los rostros graves, taciturnos.

     -¡Viva el partido Liberal! -lo retó alguno que venía de orinar entre los árboles.

     -¡Quién será ese hijo de diablo!

     -¡Pombero macho!

     El corro estalló en repentina carcajada.

     El borracho contorneaba el torso en movimiento reptante, con la mano en el cuchillo que asomaba de la faja. El máuser del tajachí hizo rechinar su cerrojo.

     -¡Pe ye sujetá, pe ye sujetá! (26)

     Un momento después el vigilante se llevaba a su preso por delante.

     -Mientras nosotros peleamos por colores -explicaba un mocetón, revolviendo una olla- los burgué nos roba nuestro trabajo. Ahí tienen a Chamorro: veinte leguas para vender su maíz. Ahora lo llevan preso. Mañana lo largan sin un níquel ni para comprar semilla. Va a tener que deberle otra vez al acaparador de frutos después de tanto sacrificio para librarse de él.

     -¡Cierto!

     Un viejo magnífico, que sobaba unas coyuntas en la cruz del pértigo, se volvió para decirle.

     -Deja de hablar de balde, Fermín. Revuelve si que tu locro. No hay que facilitar.

     El muchacho se inclinó para soplar el fuego. No podía sustraerse a la autoridad del anciano.

     -Ya va e estar, mi paíno -respondió.

     Miguelí notó a su lado una muchacha enfermiza que miraba al tal Fermín con ojos afiebrados. Ella se volvió al sentir que la observaban.

     -¿Qué querés? -le preguntó Miguelí, por decir algo.

     -Tengo hambre -respondió, con sencillez.

     Por la forma en que habló sugería un hambre abstracta, indefinida, que más bien explicaba su interés por las palabras del carretero. No obstante, Miguelí le pasó una butifarra y los restos de la chipa. Ella se puso a mascarlos lentamente, arrancando trocitos con la punta de los dedos. Tenía un vestido negro, simple como una bolsa. El pelo en permanente, la piel de calabaza amarillenta. Las canillas tan flacas que los pies, de dedos romos, sin uñas, abiertos en abanico, parecían muy grandes. Le restaba sin embargo algo así como una belleza malograda en la finura de los rasgos. Fermín seguía hablando como en un susurro. Debía suponer sordo a su padrino, que estaba cerca, moviendo los dedos sin mirar el trabajo, con la fisonomía de prócer entre el sombrero de paja de alas rectas y el pañuelo de seda inmaculado.

     -La tierra es de quien la trabaja. Aquí mismo podemos fundar un sindicato de carreteros unidos, para luchar por nuestros intereses sin distinción de partidos.

     -¡Eso era! «Carreteros Unidos Fobal-clú»...

     -¡Mbaé fobal-clú, picó nde vyro! (27)

     -Se va a quemar tu locro -advirtió el anciano, arrastrando las palabras.

     El ciego seguía cantando, rodeado de unos cuantos fieles. La voz de Fermín bajó hasta confundirse con el burbujeo de la olla.

     -Con estos reaccionarios no se puede. Mejor después que duerman hacemos una reunión.

     -¡Listo ma!

     -Así escuchamos la opinión de las masas.

     A Miguelí comenzó a afligirle la atención que prestaba su compañera.

     -Hay que invitar al tajachí. Así tenemos un aliado en las Fuerzas Armadas.

     -¿Y si ladra?

     -No ha de. Es de mi valle.

     -¡Jha!

     Miguelí sintió que le agarraban de la muñeca. Era una mano áspera, pequeña, sin vida.

     -¿Querés dormir conmigo?

     Miguelí no contestó enseguida. Pensó primero que, después de todo, en algún lado tendría que dormir. Y empezaba a hacer frío.

     -¿Adónde?

     -Al fondo, en mi rancho.

     La siguió sumiso. Pasaron por detrás del almacén. Gruñeron los chanchos del chiquero. Ella caminaba encorvada, con los brazos colgando. Había un claro blanqueado por la luna. Más allá, unos cuartitos alineados en un galpón con alero. Se detuvieron bajo un mango. Lloraba un niño como gatito enfermo.

     -Voy a ver si no hay nadie -dijo la muchacha, adelantándose, mientras él la esperaba en la penumbra. Vio cómo abría una puerta y encendía una vela, ordenaba un camastro y retornaba a buscarlo con paso cansino. Miguelí levantó los brazos, dio un corto saltito, se encaramó a una rama y, de un solo envión, fue a agazaparse en la horqueta del tronco. Ella lo buscó por el suelo como un perro cansado, dando vueltas y vueltas hasta que retornó a su pieza y la vela se apagó. Ni los grillos cantaban. Solamente las ranas en el arroyito que abrevaba a los bueyes. Miguelí abandonó su refugio y salió hacia la calle lo más rápido que pudo sin echarse a correr.

     Brillaba el empedrado como cinchón de plata perdiéndose a lo lejos. Cuadras arriba, un farol de alumbrado. Miguelí se volvió. Solamente muros blancos. Se pellizcó la cara. No soñaba.

     Un centinela le informó que hacía más de una hora que pasó el último tranvía. Miguelí se puso a trotar con rumbo al centro sin hacer caso a los perros que se lanzaban furiosos contra las cercas de las casas. Al llegar a la esquina donde tendría que haber doblado, se detuvo a tomar resuello. Después siguió de largo adonde quiera el destino.


- IV -

     Estaba comiendo pastelitos, sentado en un banco del parque Caballero. Despacito, paladeando, procuraba exprimir todo zumo de alimento. Ocupados en lo suyo, avisados, astutos, los ojos vigilaban el contorno. Hambriento, alerta, como un bicho, nada se le antojaba aparte de comer y de estar pronto para la fuga. Los gorriones jugaban amores atolondrados. Un zorzal solitario parecía invocar la primavera. Más allá del sendero de cantos rodados, acurrucado en el césped como un montón de trapos de los que asomaba una muleta como un asta sin pendón, un mutilado dormía su borrachera. Hacia las barrancas, muchachones trasnochados se entretenían con una pelota de trapo que habrían encontrado por ahí, mientras otros dormitaban al sol naciente y una guitarra colgaba de un gajo como una fruta rara. Treinta pasos a la izquierda, un vigilante azul marino, con pantalones de montar, descalzo, parecía estar observándolo. Ahora hacía una seña. Se le acercaba un cabo de reyunos y polainas, revólver en el cinto y una fusta en la mano. El ojo de Miguelí tomaba tiempos: el cabo, ni para estorbo con las duras polainas y el pesado zapatón. En cambio el soldadito parecía pie ligero. Arribeño, sin duda. Se adivinaba al cabureí agresivo bajo la visera de la gorra. Éste sí iba a dar trabajo.

     -Amoa (28) ... -adivinó Miguelí que decía el vigilante, señalándolo con gesto imperceptible.

     El cabo se quedó solo. Miguelí comprendió la maniobra: el conscripto fingía alejarse. Hacía bien su papel: guerra iba a haber entre guerreros. Engulló el último pastelito y se limpió tranquilamente los dedos con el papel del envoltorio. Como esperaba, el cabo se impacientó, tenía la sangre débil.

     -¡Chist, nde mitaí! -lo llamó-. ¡Vení un poco!

     Se hizo el sordo.

     -A vos te digo -insistió imperioso.

     Como si tuviera ojos en la nuca se deslizó del banco en el momento justo en que el otro policía se arrojaba sobre él, y escapó por la arboleda buscando la barranca. Se dio cuenta de que le pisaban los talones. Se hizo a un lado, se agachó, el tajachí pasó de largo y él corrió en sentido opuesto. Los peloteros, encantados de la farra, se sumaron a la persecución y le cortaron el paso. Se detuvo, un valiente no corre sin provecho. Cuando ya lo agarraban rodó por el suelo y se les escabulló de entre las patas.

     -¡Pipu'uuu, la añamemby! -gritó lanzándose barranca abajo por un caminito. Salió a un lado, entre unas matas y reptó bajo enredaderas. Llevados por el impulso, sus perseguidores fueron a desparramarse por los yuyales del bajo. Miguelí, agazapado como un grillo, les silbó el pitogüé. El silbido parecía salir de todas partes: de los yuyos, de la tierra, de los pirizales del bañado. El cabo se puso a dar de coscorrones a un chico que venía con una pértiga cargada de pescado. Riendo solo, Miguelí abandonó su escondite y cruzó el parque. Eludiendo el portón fue a salir por un agujero a la playa ferroviaria. Anduvo un rato entre vagones arrumbados y se echó a andar, caminando por la vía, con rumbo a Tuyú-cuá. El repique de las campanas de las Mercedes le hizo recordar que era domingo, y que hacía tres días que andaba prófugo, jugando a las escondidas con los pobrecitos vigilantes. Había vagado a sus anchas, sin preocuparse de nada. Pero ahora las campanas le recordaban a Dios. Pobre padre Lutin. Qué andará pensando de su mejor alumno, de la gran promesa, de la esperanza de la Patria. Nadie amaba a la patria como paí Cabará amaba a la suya: «¡La France!» decía, como sacándola del pecho. Cantaba la Marsellesa con la voz tan profunda que hasta su rostro feo se hacía hermoso con las lágrimas. También don Jorge von Stauffemberg amaba a la Alemania y lloraba por ella, con la única diferencia de que Lutin-cabará sabía querer al Paraguay y a los hijos descalzos de un país pobre, mientras don Jorge los despreciaba. Por eso tal vez que Miguelí, andando por la vía, se iba dando cuenta de que él también quería a esa Francia remota, y al buen maestro al que, sin querer, había defraudado.

     Decidió asistir a misa.

     Igual que en la campaña, la misa de los barrios parece una fiesta. Traída por las campanas va llegando la gente con el alma limpia, formando corrillos, cruzándose saludos, guiños y sonrisitas, para entrar por fin las mujeres y los niños para hablar a un dios benévolo que a todos escucha y a nadie le hace caso porque, como decía el padre Lutin, es más sabio que ninguno. Afuera quedaban los varones comentando políticas y el partido de la tarde, hasta que algunos, a escondidas, entran para la Consagración. Miguelí se quedó en una puerta lateral que lo ponía a cubierto de miradas y le daba luz de escape. No rezó, no pidió nada. La infancia ya era un recuerdo. La vida convidaba a la pelea. Un alma que no era solamente suya, un alma antigua que conocía de mares sin riberas, de montañas colosales, de bosques interminables erizados de tigres y venablos, de llanuras sedientas con retumbos áridos de artillerías, se sentía liberada de la invisible telaraña que tambea al hombre en el mundo, que le impide galopear el horizonte en caballos de espuma. Tal vez alguna vez volviera raudo a prenderla de la cintura, montarla en ancas. Nombrarle las estrellas y las constelaciones reclinada en la montura. Y dejarla. Dejarla sabiéndola guardando una chispa rescatada del cielo, que alguna vez, cuando te tumben, seguirá galopando, galopando...

     Sonaba la campanilla, Miguelí quedó parpadeando. Los fieles se arrodillaron. El sacerdote tenía la copa en alto. Se había consumado el sacrificio. Miguelí salió a la calle tratando de rescatar al Espíritu que estuviera con él unos instantes.

     Se encaminó al baldío de doña Leona, donde había sentado sus reales. Un derrumbe hacía de entrada, dando a un sendero transitado por la gente para cortar camino hacia la iglesia. Eran varias manzanas. Hacia un lado había ranchitos de «ocupantes» entre tal abundancia de aguacates, mangos, pindoes, nísperos, cocoteros, guayabos y mamones, que se pudrían en el suelo por no haber tanta gente para comerlos. La exuberancia llegaba al punto que el yvapurú cubría su tronco y ramajes de uvas negras de un sabor agridulce incomparable. Al otro lado, hacia donde se dirigió Miguelí, se alzaban grandes árboles y pasaba un arroyito lamiendo apenas con su aguada cristalina el lecho de arenas blancas. Abundaban en la Asunción parajes como éste, escondidos, secretos, con prestigio de poras. Tantos, que quedaban desiertos, concurridos tan sólo por alondras y zorzales que, a diferencia de los gorriones, no gustan del bullicio que corrompe sus cantos. Se desnudó. Cavó con las manos un pocito en el lecho del arroyo, puso piedras de brocal y esperó que el agua enturbiada volviera a serenarse. Bebió de bruces. Sacó un jabón que tenía escondido en el hueco de un tronco y se lavó a conciencia. Lavó también la ropa, la extendió al sol. Se sentó a esperar a que se secara, cavilando, una vez más, en el rumbo que tomaría. No convenía seguir así, dando vueltas y vueltas. La primera noche la había pasado en vela, transitando calles desiertas hasta acabar ayudando a los pescadores de la bahía. Allí le cayeron por primera vez los particú, a los que pudo eludir a duras penas, para ir a parar a este baldío que conocía desde otros tiempos. Aquí durmió todo el día. Por la tarde se fue a buscar el boliche de los carreteros. Aunque tenía mucho tino, no hubo forma de encontrarlo. Al anochecer había sido tal su desesperación que estuvo a punto de entregarse. Se consoló yendo a mirar un partido de básquetbol, y amaneció tiritando en el atrio de la iglesia de San Roque, protector de los perros. Regresó al baldío para dormir. Hizo el extraño hallazgo de una pala escondida entre hojas secas. La tomó en préstamo para construirse una casita de ramas. La volvió a su lugar y salió a dar una vuelta. Nuevamente tuvo que correr. Pero, a la noche, no se animó a quedarse solo en paraje tan desierto donde aparecen palas de enterradores, y se fue a mirar el baile del Club Cerro Porteño donde hasta pudo haberse hecho de una novia si no hubiera perdido todo interés en las mujeres. La aventura del Parque Caballero le probaba una vez más que no podría acercarse a los lugares habitualmente concurridos por los muchachos, porque al punto aparecían los tajachíes como si la policía no tuviera otra cosa que hacer que tratar de atraparlo. Casi llegaba a confesarse que tal vez eso fuera lo mejor, después de todo. Aunque por cierto, tendrían que agarrarlo, porque él, desde luego, no iba a hacer el papelón de entregarse después de haber huido. Pedro el Aguatero se había mantenido oculto más de un mes, pero una cosa es llamarse Pedro a secas y otra, muy distinta, Miguel Domínguez Insaurralde. A Lucio Martínez Rojas, un compañero de colegio, lo prendieron a la semana, a pesar de que tuvo la audacia de caminar hasta Luque, tomar allí el tren a Villa Rica y llegarse a pedir conchabo en los obrajes de Fassardi.

     -Es muy chico el Paraguay -concluyó Miguelí, levantándose a colgar su ropa de modo que se planchara al secarse-, voy a tener que pasar a la Argentina.

     ¿Por qué no lo había intentado antes? ¿Qué esperaba? Algo lo retenía, sin duda, ya que el río no era obstáculo para un nadador de sus quilates. Mientras limpiaba los zapatos con pasto seco y después le pasaba el cebo del jabón hasta dejarlos lustrosos, se preguntó, por primera vez, por qué se había fugado. El rubor le saltó a la cara, estremeció su cuerpo desnudo. [212] Olga no diría nada, nadie tuvo la culpa. ¿Pero cómo presentarse ante Mercedes? ¿Cómo hablar a Marcial, su buen amigo, sin que la traición se le marcara en la frente? Tendría, además, que explicar el motivo de la fuga. Había obrado sin pensar, sin tomar siquiera la precaución de llevarse una muda. Felizmente su dinero estaba en el bolsillo de la campera. Cuidándolo podría durar bastante. Él no era gastador. No era de esos chicuelos atolondrados que cuando tienen plata compran cuanto ven. Él prefería guardarla, prudente, como se guardan las balas, que nadie sabe en qué momento se van a precisar. Por eso estaba rico, con más de quinientos pesos en el bolsillo. O cinco guaraníes, como ahora se llamaban. ¡Ah, si por lo menos no hubiera perdido la costumbre de fumar y pudiera darse el lujo de comprar cigarrillos! Las campanas llamaban a la misa de diez. Más allá de los árboles se oía pasar la gente que cruzaba el baldío con la conciencia tranquila. Se fue quedando dormido.

     Dios lo despertó. Al abrir los ojos vio a un mitaí flacucho, morenito, con cara de diablejo, juntando la ropa y los zapatos.

     -¡Güepa, individuo! -gritó, pegando el salto para atrapar al ladrón.

     Esquivado, aró con las narices, viéndolo correr como mono zafado, a saltitos, escabulléndose y tentando por los matorrales. Enfilaba hacia el camino el muy ladino. No alcanzó a cortarle el paso. Lo atrapó ya en pleno claro, oyendo a su alrededor gritos confusos. Duro, resbaladizo, no había por dónde agarrarlo. Metía la cabeza entre los hombros, rodaba como mulita sin soltar su botín. Para peor era pelado y vestía puros agujeros. Hasta que lo sujetó de un brazo. Iba a pegarle cuando sintió en la boca el dolor agudo de un moquete aplicado con el nudillo del dedo mayor. Dio un grito, y cuando quiso agarrarlo nuevamente, el pícaro le tapó el ojo de un escupitajo certero. El cachafaz huía gritando triunfos, llevando el zapato izquierdo.

     -¡Huy, huy, huy! -clamaban voces femeninas.

     -¡Está desnudo!

     -¡Mirá mi le na!

     -¡Jesús, María y José!

     Miguelí se incorporó. Escandalizadas mujeres se tapaban los ojos con sus transparentes mantillas domingueras. Juntó la ropa y el zapato y escapó monte adentro azuzado por las risas. Llegó al arroyo llorando de rabia. Se lavó la cara con jabón. La boca le sangraba a chorros. El colmillo le dolía de una manera atroz. Por toda la mejilla se iba extendiendo el cosquilleo de la hinchazón. Con voz torcida declamaba todas las malas palabras que sabía. La ropa, arrastrada por el suelo, estaba a la miseria. Un siete en el pantalón. ¿Qué hacer? ¿Cómo andar con un solo zapato? ¡Qué canallada, suerte indigna! Lo único que le faltaba era andar por ahí descalzo y rotoso. El primer día había tenido la precaución de comprarse una hondita. Sufriendo, maldiciendo, montó guardia hasta que la ropa se secó. Le dolía la boca, la cabeza, se sentía afiebrado. Tiritando de frío, se vistió y fue a meterse en su madriguera. Se durmió profundamente, como para escapar de la desgracia. Alguien silbaba el pitogüé. Despacito, como en sordina. Asomó cauteloso. Era Toño el Lustre, que ahora lo estaba llamando por su nombre:

     -¡Miguelí, soy yo nomás, salí tranquilo!

     Salió. Se saludaron sin muchas cortesías, midiéndose con la mirada. Miguelí se sentó en un tronco caído y Toño sobre su cajón. Ofreció un cigarrillo, que fumaron a medias.

     -Vine a traerte tu zapato -le dijo Toño, pasándole un paquete.

     Miguelí abrió tamaños ojos. Toño rompió a reír.

     -Anguyá-í (29) es mi sobrino -explicó-. Vivo ahí nomás, en las casas del otro lado. Me había quedado sin «líquido» y cuando vine a buscar más para seguir trabajando, lo encontré jugando al camión con tu zapato. Le había puesto rueda y todo. Claro, le pregunté.

     -¿Cómo supiste que era el mío?

     -Cada cual sabe su oficio -replicó Toño, con alguna suficiencia.

     Hablaron de cualquier cosa. Ninguno hacía preguntas, ni alusiones. Por algo eran arrieros. Del mismo valle, encima. Ganó Toño, como era de esperar, Miguelí estaba ablandado.

     -Me escapé -confesó.

     -¿Dónde vas a dormir?

     -Aquí nomás. Mañana voy a pasar a la Argentina.

     Toño sacó de su cajón, de entre betunes y cepillos, tres galletas y un trozo de raspadura envuelto en chala.

     -Voy a traerte una frazada -dijo, poniendo su presente sobre el tronco en que estaba sentado Miguelí- y un poquito de caña. Estás enfermo.

     Al rato estuvo de regreso con un poncho haraposo, una latita con caña y unas cuantas mandiocas calientes liadas en un trapo.

     -Me voy un rato al centro a trabajar los cines -dijo, como disculpándose-. Mañana he de volver.

     Se echó al hombro la correa de su cajón, dudó un momento, y encargó de despedida.

     -Hacé una cruz de palo en tu cabecera. Este lugar tiene pora. Te aviso nomás para que, si te salen, sepas lo que son y no te asustes.

     Y se perdió en la obscuridad.



- V -

     Miguelí se sentía demasiado mal para andar cuidándose de aparecidos. Sentado en el tronco, con el poncho en la espalda, tiritaba sin decidirse a comer aunque no había probado bocado desde los pastelitos del Parque Caballero. Se hizo un buche de caña y tragó un poquito. Con cuidado exploró la herida con la lengua. Al parecer el diente no estaba roto pues había dejado de dolerle. El golpe fue sobre la raíz del colmillo, reventando el labio y hundiendo la encía. Claro, cuando agarró del brazo a Anguyá-í, éste se columpió lanzando todo el impulso en el nudo del dedo mayor clavándoselo en la cara como la punta de un ariete. Y todo para hacerse un camión con el zapato. Estas indagaciones acabaron por calmarlo. Se comió las mandiocas, chupó un trozo de raspadura. Volvió a hacerse buches, tragando con mayor audacia, hasta acabar con la latita de conservas que apenas contenía dos dedos de aguardiente en el fondo. El calor le tornó al cuerpo. Se deslizó a la madriguera, se tapó hasta la cabeza, sintiendo un bienestar que no había experimentado desde que se escapó. Tardó en dormirse porque había descansado todo el día. Más bien dormitaba, asomando de tanto en tanto de su poncho para ver a la luna blanqueando la entrada de su pagüiche.

     Lo despabiló un ruido. Quedó quieto, aguardando, lamentando no haber seguido el consejo de Toño. No tuvo miedo sin embargo, no eran de poras los pasos cautelosos que se oían. Se puso los zapatos y se tendió de bruces, apoyado en los codos, listo para escapar atropellando si para con él era la cosa. A Miguel Domínguez Insaurralde, hijo y tataranieto de soldados, no lo iban a agarrar dormido.

     -No hay nadie -susurraron-. Deciles que vengan.

     Nuevamente el silencio. Llegaron varios hombres.

     -¿Es aquí?

     -Aquí nomás, mi Mayor. Por allá ha de andar la pala.

     La luz de una linterna jugueteó entre los árboles, pasó rozando el refugio de Miguelí y fue a enfocarse en el yuyal donde había encontrado la herramienta.

     -Aquí está. Me parece que la tocaron.

     -¿Estás seguro?

     -No sé.

     -Entonces, rápido. No hay tiempo que perder.

     La linterna se apagó. Eran civiles. Al que llamaban «mi Mayor» vino a pararse a pocos metros del escondite. Era un hombre más bien bajo, fornido. Vestía campera y estaba sin sombrero. La luna perfilaba un rostro de fuerte mandíbula. La pala empezó a cavar. ¿Qué buscarían? A lo mejor algún entierro. A Miguelí le dio un vuelco el corazón: tal vez pronto ante sus ojos iba a aparecer un cántaro repleto de libras esterlinas. La excitación hizo que se moviera.

     -¿Qué fue eso? -preguntó el Mayor, volviéndose a alumbrar con la linterna. En la derecha empuñaba un revólver. La luz cayó directa sobre el refugio pero el hombre no vio nada-. Habrá sido algún bicho. ¡Apúrense les digo!

     La voz le temblaba un poco. Miguelí lo reconoció. Era el mayor Quinteros, amigo de Marcial Fernández. Había estado presente en la reunión que acabara con el apresamiento del doctor. Varias veces habían ocupado a Miguelí hasta la casa del Mayor, llevando esquelas. Estaba retirado del ejército. Parecía un hombre duro, furioso de no hacer nada, de tener que vivir del trabajo de su mujer, que era modista. No había que ser detective para darse cuenta de que, si algo estaba buscando, sin duda no eran monedas. En efecto, ahora sacaban un largo atado de lona embreada. La linterna alumbró de nuevo. Eran fusiles.

     -Están intactos, mi Mayor -dijo el de la pala-. Nomás hay que desengrasarlos.

     -¡Macanudo! Líenlos de nuevo y saquen la ametralladora.

     Los hombres se llevaron el atado y a poco se sintieron golpes de pala un poco más arriba del arroyo. Mucho tiempo después reaparecieron dos hombres a tapar el pozo y a borrar las huellas.

     -¿Cuándo va a ser el baile?

     -¡Chist! ¡Callate! Te pueden oír los árboles... Cuando sea ya lo sabremos.

     -Yo, por las dudas, voy a encargar a la patrona que compre galleta -murmuró el primero.

     -¿Te creés que son idiotas? Cuánta revolución se ha perdido por culpa de la provista. Tu mujer le dice a una amiga, la amiga a la otra, hasta llegar a la amiga del Presidente. Olvídate del asunto. Es lo mejor. Yo sé lo que te digo.

     Miguelí pensó que, de haber sido descubierto, en este momento estarían tapando su cadáver. Ya no pudo dormir. ¿Con que esto era lo que esperaba Marcial, noche tras noche, velando en el balcón de su casa? Los gallos ya cantaban cuando Miguelí acabó de desistir de su viaje a la Argentina. Se mantendría oculto de alguna manera hasta que estallara la revuelta. Él también empuñaría el fusil, se cubriría de gloria en la batalla. Fantaseó hasta el amanecer. Se vio desfilando triunfalmente por la Avenida Colombia. Herido en el hospital. Muerto y llorado como se llora a los muertos por la Libertad. A Olga arreglándose para ser testigo de los momentos cruciales: agitando un pañuelo, vendándole las heridas, lanzando un puño de tierra con la mano crispada sobre la tumba abierta. Toño lo encontró rebosando salud, calentándose con un fueguito a la vera del arroyo.

     Traía provisión de mandioca y una lata de mate cocido ya endulzado con miel, que calentaron en el fuego. Miguelí hablaba hasta por los codos, pero sin mencionar ni por si acaso las poras que le habían salido. Toño, en cambio, estaba triste, como abrumado por un peso.

     -Estuve en tu barrio -interrumpió-. Dicen que le entraste en yacaré a la hija del doctor cuando dormía en la hamaca.

     Miguelí se atragantó con un pedazo de mandioca y perdió el habla. Toño lo espiaba con el rabillo.

     -La sirvienta los vio cuando se besaban. No hizo caso, creyendo que estaban jugando a los novios. Pero después, viéndola a Olga salir como atolondrada preguntando por vos, y de saber que te habías escapado, entendió todo y le contó a doña Mercedes... Decime una cosa... ¿se dejó?

     Un diablo indigno se apoderó de Miguelí. Estaba perdido. Sin embargo, pudo llevar la conversación a los términos más comprensibles para su amigo Toño.

     -No es eso. Estaba dormida, y claro, se asustó.

     Toño abrió los ojos, asombrado.

     -¡Nde bárbaro! -exclamó-. Eso es muy peligroso... Yo no me hubiera animado...

     -Depende... depende de tu calentura -replicó Miguelí, en tono de veterano pandillero, haciéndose el entendido en tales lances-. A veces te resulta, a veces te falla... ¡y si uno no se juega, che compañero!

     Toño dejó escapar una risita.

     -Y claro, pues. Por ahí si se deja, ¡Dios nos guarde!

     Rieron a carcajadas, arrimando las narices, con las bocas llenas de mandioca. Miguelí se sentía una cucaracha.

     -La pokyrá le dijo a Ramón que la Olga llora todo el día, que está como desahuciada y te culpa de todo -soltó una risa cínica y continuó-. Eso ha de ser porque se asustó... si es cierto lo que me decís. Porque o si no, che compañero, qué pa se va a retobar tanto esa pendeja. A esa ya no le duele. Yo la he visto salir de la pensión de ña Eduvigis junto con Cacho Portela, y vos sabés muy bien que allí nadie se va para rezar novenas. ¡Hembra ha de ser pa ser fayuta!

     Sintió en el pecho la puñalada. Pero la aguantó de firme, sin un pestañeo. Toño hablaba ahora de un modo extraño, como quien encoge las narices al destapar una olla inmunda, que el guaraní hacía más siniestro con sus acentos guturales.

     -Así son los fifí, che compañero. Se ponen traje blanco, andan en auto, se empolvan hasta el trasero, ¿y al fin, qué son? ¡Mierda su porte! ¡Y encima le joden al proletariado!

     Miguelí le tuvo miedo. Nunca hubiera imaginado que el práctico y servicial Toño Arzamendia pensara tales cosas, que hubiera juntado tanta rabia lustrando botines en el bar del juzgado.

     -Ahora el doctor ofrece mil pesos al que diga dónde estás o que te agarre. Todos los mitaí arruinado te andan buscando como perros. Te van a agarrar sin falta -lanzó un suspiro como para sacarse un gran peso de encima, y agregó-. Yo, en tu lugar, iba a entregarme, a dar la cara. Total, ¿qué hiciste? ¡Cosa de macho!

     Miguelí aguantó las lágrimas.

     -Si me agarran, paciencia. Pero yo no me voy a entregar aunque vengan todos juntos.

     Era tal su resolución que Toño lo quedó mirando.

     -Bueno -dijo al cabo, como tomando a su vez una decisión definitiva-. En el bañado hay uno mi tío. Voy a llevarte a su casa. Puede pasarte a Chaco-í en su canoa. Entrando para adentro podés ganar los indios, conchabarte en una estancia o pasar a Clorinda, si es tu gusto.

     Miguelí estuvo conforme. Pero Toño enseguida trató de disuadirlo con toda suerte de argumentos, hablando con una agitación extraña en él.

     -¿Qué te van a hacer si te entregás? A mí, por una cosa de ésas me matan a palos. A vos a lo mejor te retan, te pegan un poco y a la Olga esa le dan unas puntadas y sanseacabó. ¿Para qué vas a andar por ahí pasando hambre, huérfano y solo, sirviendo como peón, teniendo como tenés padres y estancia? Echarse al monte por gusto me parece un disparate.

     Miguelí no contestó. Toño sacudió la cabeza.

     -¡Qué tonto pa que sos! ¡Paciencia! Mil pesos es mucha plata... -se miró los pies como aturdido por la frase pronunciada sin querer.

     Miguelí se levantó, ya sobraban las palabras. Toño escondió el poncho y las latas en el hueco de un tronco, y se echó a andar hacia el caminito. Recién Miguelí se daba cuenta que su amigo no llevaba su cajón. Era tan extraño verlo sin él que parecía lisiado. Caminaba torcido, portándolo invisible, metido en el alma. De tanto en tanto se volvía a mirar a Miguelí, como asombrado de verlo todavía. Cuando ya iban a salir a la calle se detuvo a esperarlo y le pasó el brazo por los hombros. Miguelí se enterneció. Gran tipo este Toño Arzamendia. Un verdadero amigo, un compueblano, que se duele por uno, por la decisión que ha tomado, que aconseja abandonarla, pero que, en acto de respeto verdadero, ayuda a ponerla en práctica. Al salir a la vereda, veinte manos lo atraparon. Se defendió como fiera entre un diluvio de cintarazos, patadas y coscorrones, mordiendo, pegando, revolcándose, hasta que, maniatado, vio a Toño corriendo calle abajo, rumbo al río.

     -¡Judas! -le gritó, con toda su alma-. ¡Judas, nde añamenby!



- VI -

     Miguelí miraba el retrato que sonreía bajo el cristal del escritorio. Esos labios no iban a hablarle nunca. Pero estaban. ¿Adónde? ¿En la tierra, en el árbol, en el río que pasa y pasa llevando camalotes para echarlos al mar como coronas de muertes innumerables? Y si hablara, quién sabe qué diría de los matadores y las muertes, de glorias y de pecados, de la sofocación del nacimiento, de la rabia de los vivos que echan sombras al vacío. A lo mejor que era el fantasma por el que brotan cruces en las encrucijadas, el ojo de la estrella, el espejo del mundo, un pique en el pie izquierdo de un gigante barbudo. Cualquier cosa menos Miguel Domínguez Insaurralde, hijo y nieto de próceres, de fieros perdedores de todas las batallas, de molidos a palos como lo fuera él mismo, pelados por peluqueros que pasan máquinas por cima de chichones, de echados al montón como oveja trasquilada al patio de la comisaría, donde duerme la Libertad a pata suelta con el gorro frigio echado sobre los ojos. Por la tarde había venido Antonia a traerle una manta. Llorando de vergüenza le dio más coscorrones. Le dijo que allí se iba a quedar, convicto y preso, hasta que el propio Daniel viniera a llevárselo. La noche la pasó en el corredor, con borrachines y rateros disparates.

     Pero, vaya donde se vaya uno se ha de topar con un Samudio. Eran tantos los hijos de taitá Gaspar. A la madrugada lo despertó uno de ellos, que se llamaba Kitó. Estaba de conscripto, en servicio de rancho. Miguelí no se acordaba de él, pero se cuidó de demostrarlo. Le preguntó de la familia. Todos bien, a Dios gracias. Taitá está tan viejo que se olvida de enfermarse. El gringo Stauffemberg ganó el pleito, pero va a cobrar si es brujo. Casiano se cortó el dedo gordo del pie con el hacha y fue así que le pillaron que le entraba a la mujer de don Toribio. A Casimira, estando preñada, la corneó una vaca. Y claro, parió un fenómeno: guampas pintadas en el traste inocente y tamaños ojos saltones. ¡Qué desgracia!

     Para esto ya le había convidado y revirado el cocido con abundancia de galletas, duras como cantos rodados, que Kitó le enseñó a partir con precisos cucharazos. Quedose pues en la cocina. Para la siesta, fregando cacharros, ya habían entrado en confianza. Los conscriptos dormían por ahí tumbados, mezclados con los presos, o buscaban piojos entre las costuras. La guardia estaba adelante. En el fondo había otro patio, pelado, con arcos para jugar al fútbol y un galpón de cinc en una esquina. Desierto al sol, un centinela dormitaba a su sombra, guardando la puerta con bayoneta calada.

     Miguelí se dio cuenta de que Kitó quería decirle algo. Por fin, tras santiguarse, le confió.

     -Allá en el galpón hay un preso incomunicado. ¿Te animás a llevarle un jarro de cocido? Está prohibido darle ni agua, pero el centinela es mi socio, no se va a despertar.

     Sin esperar respuesta le dio el jarro, cargole de galletas los bolsillos y encargó:

     -Que no te vean. Si nos llegan a pillar estamos listos.

     A Miguelí volvieron a dolerle todos los moretones seguro de que le aguardaba otra tanda de palos. Pero se fue derecho, pasó junto al centinela, que tenía la visera sobre los ojos, empujó la puerta con el pie y se introdujo en el galpón.

     El preso estaba recostado en un fardo de alfalfa. Apenas se lo distinguía mediante los rayitos de sol que entraban por los agujeros del cinc. Al acostumbrarse a la penumbra pudo verlo mejor. Tenía una pierna encogida, la otra estirada sobre el piso de tierra. El rostro tan desfigurado que le costó darse cuenta de que sólo le restaba la mitad del bigote. Pero Miguelí estaba apurado:

     -¡Señor, señor!

     El preso abrió los ojos, grandes, afiebrados, que se antojaban ciegos.

     -¡Señor, señor, te traigo para tu cocido! -insistió Miguelí, atreviéndose a tocarlo por las ganas que tenía de disparar de allí. Quién sabe qué malevo sería este protegido de un Samudio.

     Le salió una especie de estertor. Movió la boca con dificultad. Tardó bastante en articular las dos palabras:

     -Hola, Miguelí...

     Casi se le vuelca el jarro: era Sotelo. Ya había vuelto a cerrar los ojos. Al respirar le salía como un ronquido, como si al hacerlo le doliera. Olvidando el miedo, Miguelí le acercó a los labios el cocido. Pareció reanimarse; por algo Kitó había echado tanta azúcar. Pero al llegar a la mitad, sacudió la cabeza.

     -Basta. No vale la pena.

     Sudaba a chorros, como enfermo de chucho. Miguelí sentía ganas de llorar.

     -¿Qué te pasó?

     -Gajes del oficio. ¿Y a ti? ¿Guerrillas?

     -No.

     Sotelo cerró los ojos. Pareció hacer un gran esfuerzo, y al abrirlos, habló con claridad, aunque gangoso, dolorido.

     -¿Sabe Marcial que estás aquí?

     -Sí, sabe.

     -Entonces te hará soltar enseguida. Vas a hacerme una gauchada.

     Despacito, con cuidado, estiró la pierna que tenía encogida. Miguelí vio con espanto que las plantas de los pies estaban horriblemente llagadas.

     -Dile a Marcial...

     Miguelí lo interrumpió:

     -No puedo. Él me hizo apresar.

     Sotelo no dijo nada. Dejó caer la cabeza como para darle un descanso. Quedó un rato como dormido.

     -Parece que me rompieron una costilla -murmuró-, y casi todos los dientes...

     Hablaba con un susurro que le salía de la garganta.

     -No te quebrantes por mí. Ahora tendrán que llevarme al hospital. ¿Conoces al mayor Quinteros?

     Miguelí estuvo a punto de decirle que lo había visto ha dos noches. Pero se contuvo. No hacía al caso.

     -Sí, lo conozco.

     -Hay que avisarle para que se asile. Están sobre la pista... y que esconda de vuelta los cigarros... ¿Cómo vas a hacer?

     Miguelí quedó pensando.

     -A lo mejor el ranchero se anima. Es un Samudio. Fue el que te mandó el cocido.

     Sotelo levantó la cabeza.

     -¿Samudio?... ¡Ah, sí, de tu valle!... Solía hablar con ellos. Gente bárbara.

     Volvió a callar, para tomar resuello.

     -No queda otra alternativa. ¿Tienes un lápiz?

     -No.

     -Tendrás que conseguirlo. Vas a escribir: «M. avisa que el locro se quemó. Saquen la olla del fuego»... ¿Vas a acordarte?

     -Seguro.

     -Puedes agregar que en lo demás no se preocupen, que conservo mi honor.

     -Voy a decirlo.

     Entonces Sotelo lo miró de una manera que nunca se le olvidó. No lo miraba a él, lo traspasaba, iba muy lejos, como se mira a la pradera al salir de los montes.

     -Que Dios te ayude, camarada.

     Se le desplomó la cabeza como si se le hubiera soltado. Miguelí vio con horror que le manaba sangre por la boca. Oyó un golpe en el cinc. Derramó el resto del cocido en el fardo de alfalfa, metió el jarro en el bolsón de la campera, entreabrió la puerta, observó y salió corriendo.

     Entraba a la cocina cuando pasó el cambio de guardia.



     Kitó Samudio se pasaba la manga por los ojos.

     -Lo trajeron anoche para esconderlo de su gente. Ésos de la Primera son sin entraña. No tienen projimidá.

     -¿Vas a llevar el papelito?

     Kitó hizo ruido al aspirar por las narices.

     -No tengo franco, me toca rancho esta noche, ¿puede ser después de la retreta?

     -No, mi valle, ha de ser enseguida.

     Kitó era bajo, retacón; algo rechoncho, como cuadra a un ranchero. La cara redonda, de calabaza, ojos vivaces. El pelo negro, que le renacía de una rapada, le rebosaba los costados de la gorra que llevaba hacia la nuca, torcida para un costado. La casaca le quedaba como estrecha, inflada de una fuerza que le nacía de adentro.

     -¡Lo que ha de pasar, que pase! -exclamó, pegándose la nalga-. ¡Dame si que el papelito!

     Por consejo de Kitó, Miguelí se mantuvo lejos del rancho para no ligarla de rebote. Toda la tarde fue un ir y venir de oficiales al galpón del fondo. Hasta que pasó un señor de panza y traje que parecía doctor, ministro o algo por el estilo. Lo seguía el mismo caraí comisario, llevando en la mano una linterna.

     -No tengo nada que ver, anoche me lo encajaron, órdenes son órdenes... -repetía sumiso, quejumbroso.

     -Lo único que falta es que ahora se nos muera -alcanzó a oírle decir al personaje cuando estaba de vuelta-. ¡Es una calamidad! Hay que sacarlo enseguida.

     -A éstos co les gusta luego hacer de mártir. Hasta muertos nos joden. ¡Qué compromiso! -se lamentaba el comisario.

     En la formación se dio parte de que el cabo conscripto Cristino Samudio se había desertado.


     Don Rosendo solía decir que una de las tantas flaquezas de los paraguayos es que no saben odiar. Pero, cada vez que Miguelí se recordaba de lo que pasó después, le entraba una rabia tan tremenda que se mordía los labios hasta hacerlos sangrar. Por eso prefería no acordarse, aunque estaba jurado en juramento que alguna vez alguno iba a pagar con sangre la sangre que se vertió. Por murmuraciones de la tropa se enteró que Sotelo se había muerto en camino al hospital. De nochecita, después de la formación, los números de guardia se sentaban con los presos y los vigilantes fuera de servicio a tocar la guitarra y a cantar. Hablaban del valle, del amor, de la Patria. Describían la primavera imitando los trinos, nombrando todas las flores. Contaban hazañas de hombres bravos; de amigos inseparables, leales hasta la muerte. Miguelí los escuchaba acurrucado en un rincón de la recova, llorando por su amigo muerto. La misma Antonia se había ablandado al verlo estallar en llanto. Le prometió hacerlo salir al día siguiente si le juraba no escaparse. Ella no sabía nada de lo que pasó a Sotelo. Miguelí no se lo dijo por temor a que su hermana perdiera los estribos. Si eso pasaba, de nuevo podían sonarle las costillas, y aquellos días preñados de lecciones tan amargas lo habían hecho cauteloso. Seguían cantando los soldados cuando llegó un oficial con el sable en la mano, mandando formación. Miguelí se encogió cuanto pudo, aguardando a ver qué hacía aquella gente feroz.

     -¡Que lo traigan! -gritó el oficial.

     Un conscripto rechoncho llegó repuntado a culatazos. Era Kitó Samudio. Esperó entre cuatro bayonetas. Poco después apareció el comisario ajustándose el cinturón. Se fue derecho, con el torso hacia adelante y el pescuezo estirado como si fuera a morder, hasta donde estaba Samudio en posición de firme y le aplicó un puñetazo en las narices. Siguió pegando hasta que el soldado se cayó. Lo levantó a patadas. Cuadrose Samudio, lo tumbaron; volviose a cuadrar, de nuevo rodó al suelo. Y así hasta que, acatando una orden, se sacó los pantalones y se tendió en el banco. Un soldado se le sentó sobre las piernas, otro lo sujetó de la cabeza.

     -¡Sabléemelo hasta que cague! -ordenó el comisario, dirigiéndose al oficial.

     Éste se recogió un poco la manga. Hizo vibrar el sable dos o tres veces. Lo sostuvo en la punta de los dedos, retrocedió como midiendo y descargó un golpe secó en las nalgas desnudas de Kitó que sonaron como escupida al fuego. Se encogió como resorte. Aguantó el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, hasta que al sexto, quizá tocado en un hueso, lanzó un berrido bestial. Miguelí se metió la cabeza entre las piernas, se tapó los oídos con toda la fuerza, tratando de escapar a aquellos alaridos que ahora se iban sucediendo acompasados, siguiendo a cada golpe, quemando el alma como marcas al rojo. Después de haber gritado así, sólo ha de restarle a un hombre echarse al monte, destrozar presas a mordiscos, aullar como los zorros, rugir como las fieras cuando amenaza la tormenta. Ahora Kitó lanzaba una especie de estertor continuo. Súbitamente endurecido, como si se le hubiera roto algo, Miguelí levantó la cabeza y se puso a mirar. El oficial seguía pegando calmosamente. Pasito para adelante, pasito para atrás. Se detuvo por fin, pidió un jarro de agua. Pasó el sable ensangrentado, se tiró el sudor de la frente usando el dedo, bebió a sorbos, fatigado. El comisario le dio fuego para encender un cigarrillo.

     Soltaron a Kitó, que se quedó tendido, gimiendo como adormilado. Un soldado estaba revolviendo un balde con un palo de escoba, echando miradas traviesas al negro trasero en carne viva que brillaba redondo a la luz del farol. Tanteó el gusto mojando un dedo y llevándoselo a la boca, para luego derramárselo a Kitó, quien, dando un grito, saltó con las piernas al aire. Hasta el pobre Miguelí largó a reírse a su pesar.

     -Llévenlo al calabozo.

     Rompieron filas. Volvieron a templarse las guitarras, los cantores a cantar:

                                             

Con vuestra venia, mi capitán, sólo un momento


          


la carabina por la guitarra ta cambiá mi.




Oíd, señores, estas canciones del campamento,




frente por frente a las trincheras Paraguarí.




Paraguay pe dejé mi madre, dejé mi novia,




tengo mi rancho en el mentado Loma Clavel,




y en estas tardes de junio triste mi amor me agobia,




porque a mi máuser como a mi novia quiero ser fiel.



     Dos soldaditos compartían un cigarrillo cerca de donde estaba Miguelí.

     -No hay sableador como el subcomisario -decía uno de ellos-. Te hace recordar por su abuela maleta y apenitas nomás si te lastima para que te pique la salmuera y no se pasme.

     -¡Es de mi valle! -replicó el otro, con orgullo.

     Al día siguiente, cuando lo vinieron a buscar, Miguelí estaba tan enfermo que tuvieron que llamar una ambulancia.



- VII -

     -Voy a hacerte injertar bajo la piel, sobre mi corazón, y saldremos por ahí descomponiendo bailes, cantando serenatas y escondiendo muchachas. Con la guitarra y el revólver y el poncho liberal, en parejero melado que sepa bailar polcas sobre un cuero, siempre derecho hasta la loma del mundo.

     El retrato callaba, callaría siempre.

     -Vas a ser mi abogada. Si no te arrancan de mi pecho nunca me podré morir.

     Miguelí ya no era un niño, no esperaba respuestas de la sombra. Sin embargo las palabras tienen vida y dan vida a las cosas, les contagia su virtud. «O mo âh», como dicen los narradores de velorio, que saben hacer hablar a los animales, que conocen la historia de plantas y de pájaros: «En el principio está el Hombre, el yvypóra, el Santo enclenque que gira y gira buscando la mata de los tiempos; que sabe que ha de morir, pero que juega por el suelo su cuchillo porque no cree en la muerte».

     Al abrir los ojos en el hospital, el padre Lutin le sonrió aliviado. Había pasado tiempo suficiente como para que pasara todo. Lo devolvieron a Loma Verá sin un reproche. Se encontró de nuevo con pantalones cortos, como si todo hubiera sido un largo sueño provocado por algún encantamiento contenido en la ropa que le pusiera doña Rosario. Volvió a portarse como chiquilín, contento de retozar a gusto, de ir recuperando fuerzas con la leche caliente recién ordeñada, el picadillo de carne y huevos fritos que le daban a las nueve y las ollas de dulce lamidas a discreción. Ni se habló de volverlo al cuarto de su hermano Daniel. Hasta la tía Zoraida se levantaba de noche a ver si estaba bien tapado. Hasta que pasó de moda y se discutió de nuevo el problema de su destino. Ahora pendía sobre él la amenaza de una tunda.

     Se abrió la puerta y entró don Rosendo. Estaba ceñudo, acalorado.

     -Pasame el mboreví -dijo, al sentarse.

     Miguelí descolgó el terrible látigo de piel de tapir. Don Rosendo se puso de pie, lo miró a los ojos, para adentro, como buscando algo. Si era el miedo no le iba a dar el gusto de encontrar.

     Los azotazos cayeron medidos, estudiados, por las nalgas, la espalda, las canillas, hiriendo en lo más sensible con la maestría de cabo de los palos en círculo. El dolor quemante, insufrible, endureció los músculos encaramados al grito. Hasta que de súbito cesaron y el dolor quedó latiendo.

     -Ponlo en su lugar y vuelve aquí.

     Miguelí hubiera preferido correr a campo afuera, buscar un lugar donde lamerse y aullar aquella angustia que le tapaba la garganta. Obedeció. Don Rosendo lo miraba con forzada admiración de viejo. Para él era el coraje la primera y esencial de las virtudes porque sin coraje no hay virtud capaz de sustentarse. Hubiera querido abrazar a su querido hijo Miguelí, pero su severa concepción del patriarcado se lo impedía.

     -Sé por qué los has hecho, hijo -declamó-. Quisiste probar que tenías el corazón más grande que el bravo toro bayo. Pero, hay un terreno en el que no puedes comparar tu valor con el de un toro y fue allí donde fallaste. Al jugarte la vida en el potrero grande obraste como un insensato para luego dejar que el pobre animal se destrozara a golpes porque te faltó valor para reconocer la maldad inútil que habías cometido. Te he castigado por eso. Te he castigado duramente, como se castiga a un hombre, que ha de hacerse más duro que el quebracho para afrontar la vida en esta patria bárbara. Pero no te olvides que cada golpe que te daba me hería en el corazón.

     Se pasó la mano por la frente y continuó.

     -Te has portado muy mal últimamente. Nos has defraudado. Decidimos no decirte nada porque estabas enfermo y porque hay cosas de las que es mejor no hablar. Tú mismo habrás comprendido la vergüenza que pasamos. ¿Sabes lo que escribió el doctor Fernández? Te lo diré: «Nosotros podemos comprender. Estoy dispuesto a intentarlo. Pero Mercedes no quiere que vuelva a poner los pies en nuestra casa»... ¡Ah!, ¿lloras? Bien, eso está bien. Sufriste sin chistar el dolor físico, que no es cosa de broma, pero le aflojas al sentimiento... Pero ahora, cálmate. Olvidemos aquello. Hay actos de los que no somos dueños. Hablemos del toro bayo, que es lo que nos interesa. Acércate una silla y discutamos de hombre a hombre.

     Miguelí obedeció.

     -Hiciste daño sin necesidad. Me dirán algunos hipócritas que nunca es necesario hacer daño. Quizá eso sea verdad alguna vez, en un mundo vegetariano. Por ahora la violencia es muchas veces necesaria, inevitable, pero debemos redimirnos con el odio a la violencia. Ella me acompañó toda la vida. Anduve siempre con el fusil, el sable, el ganado o el látigo. Hoy me doy cuenta de que, por eso mismo, fue mi vida una continua renuncia a lo mejor de mí mismo, como fue la historia de mi patria.

     -No lo haré más, papá.

     -Bien, te creo. Pero eso de nada sirve al bayo ni a mí me devolverá la plata que me costó. Vamos a ver, ¿para qué quería yo al toro bayo? Era un animal sano, fuerte y hermoso. Hubiera tenido muchos hijos tan fuertes, tan hermosos como él y tú lo has matado. Destruiste una fuerza fecunda, una fuerza capaz de prolongarse. No solamente hiciste daño al toro. También me has hecho daño a mí, a Loma Verá, a la Patria. Te has hecho daño a ti mismo. Recuérdalo: debes respetar toda fuerza fecunda, toda fuerza capaz de prolongarse.

     Hizo una pausa, atusándose los bigotes, meditabundo.

     -Si grabas esta idea en tu cabecita no se habrá muerto en vano el toro bayo. Su fuerza se prolongará en tu espíritu y te ayudará a ser un hombre de bien. Hombre de bien es aquel que respeta la vida. No te olvides que a un hombre hay que medirlo por lo que es capaz de dar.

     -Comprendo -continuó, hablando con lentitud para oírse a sí mismo- que te fuera difícil reconocer la maldad inútil que habías cometido. Para decir la verdad hay que obrar con rectitud. La verdad es un arma poderosa, pero el esgrimirla es privilegio de las causas justas.

     No era la primera vez que don Rosendo decía eso. En Miguelí asomó una crispa taimada.

     -Eres un héroe, papá. Tú siempre luchaste por las causas justas.

     Don Rosendo sonrió halagado, pero algo ensombreció su frente y dijo con sinceridad.

     -¡Quién sabe, Miguelí, quién sabe! No es fácil estar seguro de que la causa por la que se lucha es la más justa. Creo sí que en mi juventud luché por una causa justa, pero después renegué de la causa por la que había luchado, por la que habían muerto todos mis hermanos. Defendí a mi patria en la Guerra Grande, pero el invasor, avergonzado de su miserable victoria sobre un pueblo que se había elevado a mil leguas por encima de él, quiso envilecer a los que tuvimos el descaro de sobrevivir.

     Levantó la cabeza y habló como evocando:

     -Teníamos una pequeña patria encerrada en sí misma como una perla rara en el fondo del mar. La amábamos como a la vida, velábamos por ella, era nuestro orgullo, nuestra razón de ser. Pero vino la guerra como el ogro de los cuentos. ¡La guerra del setenta! Daniel dice que no vale la pena hablar de ella, que no es más que un pretexto para justificar [232] nuestra miseria, nuestra incapacidad de construir. Pero ¿cómo no hablar de un acontecimiento que trasciende de las circunstancias ínfimas que le dieron origen y determinaron su desenlace pavoroso? Fue una pesadilla horrenda, y al despertar descubrimos que la perla ya no estaba. Y quedamos sin fuerzas, como panal sin reina.

     Don Rosendo se había puesto de pie y recorría el salón a grandes zancadas destacando en la penumbra su silueta poderosa. Como siempre que hablaba de la Guerra Grande se apoderó de él una extremada agitación. A veces lo hacía con el orgullo victorioso de los soldado-lope-cué, esas reliquias entusiastas que describían batallas esgrimiendo sus muletas. Otras, como un hombre abatido que tratara de justificarse ante el implacable auditorio de las generaciones.

     -Estuve en la batalla de Avay. Días antes, como sabes, en Ytororó habíamos llenado de cambaes la zanja del arroyo. Casi sin balas, con gran parte de la pólvora arruinada por la lluvia, los volvimos a pelear a campo abierto. A lanza y bayoneta destripamos otros diez mil cabrones que clamaban a la Virgen de la Concençäo. Cuando todo estuvo perdido formamos un cuadro y caímos allí cinco mil hombres. Hasta el último hombre... Pero antes hicimos rebotar como pelotas veinte cargas de la caballería riograndense... Cuando estaban llegando les salíamos al paso lanceando a los caballos y carpiendo con el sable pescuezos de los jinetes, mientras los de atrás, estorbados por sus muertos, recibían en la cara el fuego de nuestros rifleros que, en medio de aquel infierno, administraban sus tiros como cazadores concienzudos -don Rosendo soltó una carcajada-. ¡Y ya nomás salían disparando con la cola entre las piernas, corridos por nuestros escuadrones, para retornar, arreados por sus oficiales como novillada al brete!... No te vayas a pensar que fueran poca cosa los cambaes, ¡es que aquí se habían topado con sus padres! Nadie que no lo viera se puede figurar lo que fue aquello. Las ánimas de los muertos gemían en el viento. El clamor de [233] los heridos era un uno y solo grito de la tierra espantada... ¡Anda!, tráeme un jarro de agua que te voy a contar lo que pasó después...

     Miguelí voló hasta el cántaro y regresó a la carrera.

     -Tuvieron que tumbarnos uno a uno y rematarnos en el suelo, porque los heridos se les encaramaban como tigres y los cosían a puñaladas. Nuestro coronel, con un sablazo que le había partido la cabeza, se abrió una calle para él solo. Vi niños toreando a una docena de negrazos, hacerlos recular y hachearlos por el lomo. Me sentí en el hospital, con dos heridas de bala y un lanzazo en el pulmón. Me dieron de comer y me curaron. «Paraguaisiño vravo, ¿cuánta sangre tei vose?», solía decirme el cirujano, un hombre bondadoso como suelen serlo casi todos los «rapais». Apenas pude andar me escapé para reincorporarme al ejército en retirada. Fui recibido por el Mariscal. Madame Lynch, con sus manos, me convidó una copa de coñac...

     El viejo resoplaba de orgullo, con el jarro de lata levantado en un brindis.

     -¡El Mariscal! -repitió Miguelí-. ¿Qué te dijo?

     El viejo soltó una carcajada.

     -¿Qué te crees? Me hizo algunas preguntas y mandó que me dieran de comer. Nada más, ¿por qué iba a tratarme como a un héroe? Sobrevivientes como yo llegaban por docenas todos los días. Así renació en las Cordilleras el ejército que el invasor creía aniquilado en Lomas Valentinas. Nada tan singular como ese ejército: ancianos, mujeres, mutilados, niños con barbas postizas que se batían como leones y que en Rubio Ñú contuvieron al Ejército Imperial...

     Don Rosendo dejó el jarro sobre el escritorio.

     -Años después, estando en Buenos Aires como embajador, un general argentino me preguntó por qué lo hicimos. Una pregunta difícil. La gran pregunta que se hace este pueblo desde hace setenta años: ¿Por qué? ¿Qué absurdo fanatismo nos llevó al holocausto?¿Por qué no abandonamos la lucha cuando ya no era posible la victoria? ¡Cuántas páginas se llenaron tratando de explicarlo! No faltó quien dijera que el heroísmo paraguayo emanaba de la virtud de la mandioca. No, hijo, no. Es que también los pueblos se plantean a veces, en dimensiones colosales, el dilema de Hamlet, y en esa guerra conquistamos nuestro derecho a la vida. Desde entonces hasta la última placera del mercado siente el orgullo de ser hija de un pueblo inmortal que «supo caer sobre su escudo para quedar de pie sobre la historia». Por eso «Vencí penurias y fatigas» (30), llegué a Cerro Corá, fui la fidelidad en el infortunio de mi patria... ¡Ah, lo que fueron esas marchas! Columnas enteras se arrastraban por el monte. Sí, literal, en cuatro patas, como las bestias. Pero cuando las alcanzaba el enemigo, ¡se levantaban los cadáveres a derramar los restos de su exprimida sangre hambrienta!

     La voz retumbó en toda la casa. Don Rosendo abría los brazos para captar la emoción de un inmenso auditorio. En sus ademanes desmesurados había algo de teatral, de cómico, de trágico, de sobrehumano y de ridículo. Se escurrió con el índice el sudor de la frente y siguió ronco, jadeante.

     -Nada de esto podía comprender el invasor. Cagatintas del ejército aliado nos pusieron en fila a los sobrevivientes para firmar un mensaje de gratitud al enemigo por habernos liberado de la tiranía de López... Centurión, Aveiro, Resquín, Caballero, Maís, ¡todos firmamos y fuimos consecuentes con nuestra cobardía! Es que ya no había una moral que nos sostuviera. El sólido y honrado hogar paraguayo había caído para siempre.

     Se detuvo ante el retrato del Mariscal, y señalándolo con el índice, se volvió hacia la multitud que aguardaba en un hilo su juicio sobre el Gran Responsable.

     -¡Él! ¡Él no firmó! -exclamó, bajando la mano-. ¡El Mariscal! Un déspota ilustrado que fue grande. Grande a pesar de su egoísmo y de su pequeñez porque su pueblo lo hizo grande...

     Evocadas por la excitación de su cerebro volvieron nítidas las imágenes terribles de aquellas batallas pavorosas. Se vio otra vez en una carga bárbara sobre el puente de Ytororó, pisoteando a los heridos bajo la siesta tórrida. Volvió a sentir aquella resolución suicida, aquel odio salvaje.

     -¡Ah! -rugió, levantando los puños como esgrimiendo una lanza-. Ellos aplastaron allí una fuerza formidable. ¡Ah cuando esa fuerza resucite!

     Miguelí, sin saber por qué, rompió a reír. En los ojos del viejo llameó la locura.

     -¡Nei, terejó! -gritó, descargando sobre la mesa un puñetazo-. ¡Fuera, perro bastardo!

     Miguelí huyó espantado.

     El cristal de la mesa se había roto. Asustado, trató de reparar lo irreparable. En eso vio el retrato de su hija muerta. La contempló largo rato, y después, apoyando la cabeza gris en sus manos sarmentosas, se sentó en una butaca y rompió a llorar.


 

CUARTA PARTE

LA PALIZA


- I -

     Era de noche cuando llegaron a casa de Marcial Fernández. Se habían entretenido preparando el ahora nada despreciable equipo de Miguelí, así como la valija de Daniel, quien pensaba regresar a Loma Verá al día siguiente por haber expirado el permiso que le diera la policía para permanecer en la capital. Según Garcete, estaba muy fea la cosa. Roberto el Pyragüé merodeaba la casa haciéndose un hilo para esconderse detrás de los naranjitos de la calle y pasaba silbando con las manos en los bolsillos, mirando para otro lado. Antonia acumulaba provisiones. Los allanamientos se producían a diario. Se hablaba de torturas atroces. Cuando hicieron una visita a una pariente monja, les contó que las niñas de La Providencia no podían dormir de los alaridos de los presos martirizados en la cárcel vecina al colegio.

     -Nadie sabe lo que puede pasar -decía la hermana-, no te aconsejo que traigas por ahora a la inocente.

     Entretanto, Miguelí no podía sacar los ojos de un cartel impreso en letras negras que colgaba de la puerta de la celaduría. Tanto, que lo aprendió de memoria:

                              

Mira que te mira Dios.


          


Mira que te está mirando.




Mira que te has de morir.




Mira que no sabes cuándo.



     En efecto, uno se cruzaba en la calle con gente recelosa, preocupada, que a cada rato se volvía como si alguno la siguiera. La Asunción parecía rabiosa. A Miguelí se le antojaba que la dictadura tenía olor a pus, a sudores de enfermo, a los obscuros terrores que evoca la palabra «lepra». A pesar del peligro, Daniel no quiso irse hasta completar lo que tenía que hacer, aunque a su hermanito le pareciera que esto nomás era un pretexto, que en realidad estaba esperando que ocurriera algo. Los mayores siempre esperaban que pasara algo. Algo que desatara algún enredo que tenían adentro, que despejara el aire pesado que oprimía la tierra aun en estos radiantes días de otoño.

     Daniel lo inscribió en uno de los mejores colegios. Aunque tanto Garcete como Antonia se opusieron a que Miguelí fuera a vivir con extraños, el hermano mayor les hizo saber que estaba decidido dejarlo con los Fernández.

     -Los va a respetar más -explicó, para no ofender a la hermana y al buen cuñado-. Si se queda con ustedes a lo mejor vuelve a las andadas y acaba por comprometerlos.

     Garcete se apresuró a aceptar el argumento.

     -La cosa está que arde, mi amigo -repetía, frotándose las manos entre preocupado y contento-. Tarde o temprano se va a armar un tole-tole de esos que no se empardan -miraba a Antonia de reojo, y continuaba, despacito, como atajando una rabia que le nacía del fondo-. Según el caso, si veo que la cosa es seria y se puede ganar, yo también voy a salir a soplar fuego a la dictadura. Te aseguro: aquí suena un tiro y sale a plegarse hasta el Club Cerro Porteño... ¡Ah, si pudiéramos barrer de una vez tanta porquería y vivir decentemente sin tanto sobresalto! No me gusta pelear, pero hay veces, mi amigo, que lo embretan a uno de tal suerte que sale dando patadas por más manso que sea.

     A Antonia no la alarmaban los ímpetus heroicos de su marido.

     -Menos mal -decía- que mandamos a Carlitos a Buenos Aires. Está haciendo la conscripción en el Consulado.

     En los días que residieron en casa de Garcete, Miguelí pudo observar que la barra estaba bastante raleada. La contempló nostálgico desde el balcón. Reunida en la esquina, bostezaba de tedio, parando a quien escupía más lejos. Eran los desteñidos restos de una brigada gloriosa entre los que apenas pudo reconocer a tres o cuatro veteranos. No acudió a ellos porque ya usaba pantalones largos y tenía la cabeza llena de sesudos proyectos académicos.

     El único para quien las cosas permanecían inmutables era Toño el Lustre. Conservaba el mismo rincón en el bar, frente al Palacio de Justicia. Apenas había crecido. Se saludaron como viejos camaradas, con pocas efusiones, como cuadra entre arrieros, pero sintiendo desde el fondo la alegría incomparable que solamente proporcionan las amistades profundas y viriles. Sin embargo, desde que Daniel, en cierta ocasión, le mandó que lustrara los zapatos del hermanito, dejó de llamarlo «che raá» (25) para decirle «che patrón». Es que Toño sabía someterse a los hechos, a las cosas que son naturales y lógicas. Aunque apenado, Miguelí no dejó de sentirse complacido de que por lo menos Toño el Lustre se hubiera, percatado de su nueva situación.

     En el primer patio de la casa de los Fernández estaban varios señores tomando caña con hielo. Se levantaron para saludar a Daniel. Miguelí, que se había quedado en el corredor, medio escondido detrás de una maceta, reconoció a Sotelo.

     -Marcial tuvo la idea de esta reunión amplia e informal -le decía a Daniel, que parecía desconcertado- para cambiar ideas acerca de la situación y escuchar tu parecer.

     -¿Qué puedo opinar yo? Estoy al margen de todo.

     -Llevás demasiado tiempo aguardando en tu quinta de Yvyraí -bromeó uno al que llamaban mayor Quinteros.

     -¿Cómo es eso?

     -Desde que al doctor Francia lo llamaron para hacerlo gobierno -explicó el Mayor- demasiada gente vive esperando que la vayan a buscar. No es ése el camino. Hay que decidirse, obrar de una vez.

     Se echaron a reír mirando a Daniel, que sonreía como aturdido.

     -Les agradezco mucho -balbució.

     -Los verdaderos amigos no te olvidan -le dijo Sotelo-, te necesitan.

     Sotelo parecía más sólido, como potro fogoso cuando llega a parejero. Hablaba con autoridad. Sus ojos alertas no tardaron en descubrir a Miguelí. Se apartó del grupo para acercarse a saludarlo.

     -¿Qué tal, compañero? -le dijo, tendiéndole la mano-. ¿Cómo anda el espíritu? Supe que habías sido garroteado y confinado. Lo siento mucho. Que te consuele saber que aquí no hay uno que no haya pasado por esos trances.

     -Me informó que eras su aliado -sopló Daniel.

     Los señores rompieron a reír a carcajadas. Sotelo empujó a Miguelí hasta el centro del grupo.

     -Sí, señores, soy su aliado. Es un honor para mí porque este arribeño es todo un hombre. Lo garantizo. Siendo liberal no vaciló en trabajar junto conmigo para derrocar a la dictadura. Deberían seguir su ejemplo en lugar de reírse.

     -Al menos a mí no me hizo ninguna gracia -gruñó Daniel.

     En eso llegó Mercedes, quien tras de hacerle algunos mimos lo llevó para adentro.

     Siguieron por el corredor hacia el segundo patio. Era grande, arbolado, con la muralla y el portón dando a la callejuela que Miguelí merodeara en otros tiempos. Como el terreno estaba en una altura, el lindero del fondo daba sobre los techos de las casas vecinas, más modestas que el caserón de los Fernández. Mercedes abrió una puerta y encendió la luz. Era una habitación amplia, con una gran ventana. Tenía muebles para una persona y estantes repletos de libros. Miguelí tuvo el antojo de que había estado antes en ese lugar, que le habían contado algo acerca de él o visitado en sueños. Fue tal la impresión que la miró de arriba a abajo, olfateando en el esfuerzo por identificar aquella suerte de fragancia que se le ocurría conocer.

     -¿Te gusta? -le preguntó Mercedes-. Marcial dice que es la mejor de la casa. Te la cede como un privilegio especial.

     Miguelí se sobresaltó como si lo hubieran despertado.

     -A Marcial le impresionó mucho tu presencia de ánimo cuando balearon el auto. Cuenta que ni pestañeaste -continuó Mercedes-. Dice además que sos muy inteligente y estudioso. Tampoco Daniel deja de ponderarte... Vamos a ver si es cierto -lo provocó, al tiempo que abría la valija de Miguelí. Se movía con elegancia algo nerviosa. Era muy linda, aunque no tanto como cuando la vio por primera vez. Parecía una de esas figuras de la Libertad que ilustran libros ajados por el tiempo.

     Miguelí hubiera querido preguntarle si alguna vez, de chico, había estado en esa misma pieza. Prefirió callar. Había en su pasado algún misterio que una suerte de pudor le impedía indagar. Mercedes separaba la ropa y la iba poniendo en una u otra parte del ropero con rapidez y exactitud. De pronto se detuvo.

     -¿No tendrás miedo? Vas a estar muy solo aquí. No se me había ocurrido...

     Lo miraba como si fuera ella la que estuviera asustada.

     -No tengo miedo a nada -replicó Miguelí. Entonces se acordó de cuando le dijo que fue el que derribó al vigilante en el entierro de don Cecilio Cárdenas. Qué vergüenza. La señora ya estaría convencida de que era un fanfarrón.

     -Olvidaba que sos todo un valiente -dijo ella, sonriendo-. Por otra parte, no hay nada que temer.

     En el primer patio la discusión subía de tono.

     -Asunción no es una ciudad estado. Los campesinos, el ochenta por ciento de la población, lejos de ser un elemento pasivo, jugaron siempre un papel determinante en la historia de nuestro país.

     -No se vayan por las ramas.

     -¿Quién ha ganado una revolución campal? Nadie. Ni siquiera con jefes de la talla de Jara o de Chirife.

     -No se trata de eso.

     -¿De qué entonces? Se trata de echar a la dictadura. De echarla a patadas, no hay otro camino.

     -No basta. Hay que ver las fuerzas que se pondrán en movimiento y en qué dirección.

     -No lo vamos a conseguir sublevando el interior. La cuestión se define aquí, en la capital. Ahora se trata de algo muy concreto, de aislar a la Caballería.

     -El movimiento obrero y estudiantil está en pleno auge, con organizaciones poderosas. Sólo falta ganar una parte del ejército. Por pequeña que sea esa parte ya estaremos del otro lado si golpeamos con audacia.

     -Es una aventura.

     -Sí, señores, va a fracasar.

     -Vaticinar el fracaso es lo más cómodo que hay. Uno se libra de jugarse y después se permite reírse de los que expusieron el pellejo, o asumieron la responsabilidad, diciéndoles: «te decía luego» -Miguelí reconoció la voz del mayor Quinteros. Era ruda, apasionada-. El coronel Garay tomó Yrendagüe y destruyó todo un ejército boliviano. Si no le hubiera salido la maniobra todo el mundo le hubiese caído encima diciendo que era un viejo borracho que expuso temerariamente una división. Hay momentos en que las cosas se presentan como en el toky, como una moneda que tanto puede salirte «suerte» o «culo». La cuestión está en tirarla. Éste es el momento.

     -Tal vez tengas razón. Tenemos amigos en la Marina.

     -¡Nangá na! Ésos mean por su bolsillo.

     -Acuérdense de mí -insistía un solitario al que no le llevaban el apunte-, quien mueva al campesinado ganará a la larga. Los chococué van a moverse solamente por dos cosas: por sus trapos de colores o para conquistar la tierra, es decir, por una revolución democrática profunda, por la democratización de la propiedad agraria. Ellos pueden traernos la civilización o la barbarie, cualquiera de los dos extremos.

     -¡Dios mío, como gritan! -exclamó Mercedes-. Pueden oírlos desde la calle.

     ¿Qué opinarían Sotelo y Daniel? A Miguelí le hubiera gustado saberlo. Pero, seguro que el primero estaría hablando en voz baja, mientras el segundo, hundido en su sillón, estaría escuchando en silencio, tirándose con las uñas los pelos de su bigote.

     En eso entró una señorita de unos diecisiete años. Vestía pollera y blusa, tacos altos. El pelo castaño le caía sobre los hombros rectos. Era de tez clara, con un fondo obscuro. Ojos grises, vivaces. Boca grande, pintada de rojo vivo.

     -¡Hola, mamá!

     Costaba creer que fuera Olga.

     -¿Son horas de venir?

     -Estuve en el Vertúa, me trajeron en auto -dijo, como por hablar.

     -Ya sabes que a tu padre no le gusta.

     No le hizo caso, entretenida en revisar de arriba a abajo a Miguelí, quien, con los brazos colgantes, parecía mirarse los zapatos, pero que en realidad no podía sacar los ojos de aquellos tobillos torneados de potrilla núbil.

     -¿Éste es Miguelí?

     -¿Lo conoces?

     Olga lanzó una carcajada.

     -¡Claro que sí, y de qué manera! ¿Cómo te va?

     -Bien -replicó secamente Miguelí.

     -¡Quién diría! Estás hecho todo un hombre -volvió a pasarle los ojos de la cabeza a los pies, como si lo tocara, para concluir, ronca, sensual-, ¡un churro!

     -Olga, por Dios -intervino Mercedes-. Viene del campo, lo vas a abatatar.

     -¿A éste? ¡No te creas! -se rió de manera exagerada, enroscando el cuerpo como víbora que pica-. Ahora sí que me vas a pagar lo que le hiciste al pobre Gómez.

     Sufrió otro ataque de hilaridad. Mercedes sonreía, interrogando con las cejas.

     -Bueno, ¡chau! -dijo Olga-. Voy a bañarme.

     -No tardes -le encargó Mercedes-, dejé salir a la muchacha para que no oyera cosas. Tendremos que servir la mesa.

     Y se quedó mirando a Miguelí como si algo la afligiera.

     -Realmente estás muy alto, nervudo -habló, como pensando-. Demasiado para tu edad... ¿Qué pasó con ese muchacho Gómez?

     -No me recuerdo.

     Mercedes sonrió.

     -Está bien, no te aflijas. Olga es un poco tarambana, no debes hacerle caso.

     Siguió acomodando la ropa.

     -En el primer cajón están los pañuelos y otras chucherías. En el segundo, la ropa interior. En el tercero, las camisas. En los dos últimos, la ropa gruesa que no se usa todos los días. El traje y los pantalones, bien colgaditos en las perchas. La ropa sucia no debe quedar ni un minuto en la pieza. No puedo ver gente desaliñada, me pone nerviosa.

     Hablaba con seguridad, dando por resabido que mandaba en estas cosas.

     -Cenamos a las nueve en punto, tal vez un poco tarde para ti, pero ya vas a acostumbrarte. Quien llega tarde se queda bajo la mesa, así sea Marcial, cuando no avisa -se rió, para endulzarse-. Estoy segura de que seremos muy amigos. Daniel te tiene mucha confianza.

     Como evocados, se oyeron en el corredor los pasos inconfundibles del hermano mayor: largos, pausados, como si calzara botas. Se detuvo sonriendo, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Lo único que le faltaba era un sombrero de paja con barbijo.

     -¿Qué haces, Mercedes? Déjalo, sabe arreglarse muy bien.

     Entró y fue a sentarse en una silla, con el codo sobre la mesa y el respaldo inclinado, a la manera campesina, equilibrando el asiento sobre las patas traseras.

     -Espero que Miguelí no te moleste.

     Mercedes contuvo un gesto apasionado.

     -Sabes muy bien que no puede molestarme.

     Daniel inclinó la cabeza.

     -Claro que lo sé, hermana.

     Echó una mirada circular, arrugando la frente, acariciándose la barbilla.

     -Vas a pasarla muy bien, aunque al principio extrañes un poco -dijo, dirigiéndose a Miguelí, que estaba de pie, recostado en un estante-, casi te envidio... «todo está como era entonces».

     -Cuido de que así sea -intervino Mercedes- peleando con Marcial, que es un desordenado de lo último -se rió como disculpándose-, ¿te acuerdas?

     -No me fue dado el privilegio de olvidar.

     -Aquí se reunían a discutir -dijo Mercedes, dirigiéndose a Miguelí como pretexto- mientras yo los espiaba desde el otro patio. Los retos que me daba papá por costumbre tan fea. No podía evitarlo. Para mí eran argonautas tomando tereré -se rió de su ocurrencia, y continuó, enternecida-. Hasta ahora se me antoja oír a mi pobre hermano, agrandando la voz para recitar fervoroso... ¿cómo pa era que decía? Espera... ¡Ah, sí!

                                             

Han pasado los tiempos de las lágrimas


          


aunque el llorar sea humano y el dolor ponderable.




Ha llegado la hora del clarín,




de las tropas en marcha,




de la reja que horada la humedad de la tierra.



     Mercedes recitaba afectando posturas varoniles. Hasta que se sentó en la cama sacudida por un ataque de risa.

     -¡Ay na che Dios! Yo también me estoy volviendo loca...

     Miró a Daniel con ojos húmedos y lo retó, encendida:

     -Eras un despiadado. Le decías que no perdiera el tiempo, que no era poeta... ¡pobre angá! Le dolía porque te admiraba... y porque no podía dejar de escribir zonceras.

     -Pensaba demasiado -dijo Daniel-, pensaba más allá de lo que comúnmente piensa un hombre. Si esto es malo para un poeta, es lo peor que puede ocurrirle a un combatiente; para cantar y pelear hay que saber engañarse. Por eso se levantó en pleno asalto con los brazos abiertos, como pidiendo que cesara la matanza... Hubo algo así como un proceso: acusaban a un sargento de haberlo derribado de una ráfaga. Se echó tierra al asunto porque desde un punto de vista normal, desde la inteligencia que ayuda a vivir, el sargento cumplió con su deber al sacar del medio a un oficial que se había vuelto loco. Desde otro punto de vista, suelo pensar que la suya fue la más gloriosa de las muertes. Pasará mucho tiempo antes de que podamos comprender la racionalidad profunda del absurdo sacrificio del Gólgota.

     -¿Qué es eso, Daniel? ¿Un discurso? Lo único que sé es que no volvió mi hermano. Aquí se reunían ustedes para cambiar el mundo. Eran parte de Germán. Eran la fuerza, la vitalidad, la audacia de que el pobre carecía. ¿Cómo no lo comprendieron? ¿Cómo le dejaron que se fuera al frente? Recuerdo cuando se despidió, le temblaban las manos, tenía miedo, el pobrecito. Qué iba a pelear al lado de tamaños brutos como eran ustedes. Bien que lo pagaron, porque ese muchacho enclenque tenía un no sé qué capaz de dar vida hasta a las piedras, y cuando les faltó quedaron truncos Ahí tienes a Marcial, a ti mismo, a Santiviago, a Molas, a Brizuela, a ese canalla de Jorge convertido en policía... -Mercedes los iba nombrando, contándolos con los dedos.

     Daniel sonrió.

     -Te olvidas del principal, del guitarrero del grupo.

     Mercedes se detuvo en seco, asustada. Daniel se echó a reír.

     -Para ahuyentar a los fantasmas basta perderles el miedo. En la guerra aprendimos que la bala que te toca salió marcada de fábrica. ¿Por qué, entonces, culparnos los miserables agentes del destino?

     Mercedes sacudió la cabeza, incrédula.

     -No me engañas. Te sigues atormentando.

     -Te equivocas. Se me ha hecho tan familiar que he acabado por encariñarme -dijo Daniel con la voz cambiada por una suerte de forzado cinismo-. Estaba condenado. Solía decir que los hechos de la vida sólo valen como alimento del espíritu. Tuyo la mala suerte de nacer en un país demasiado pequeño para él. En otra parte tal vez hubiera sido otra cosa. Aquí solamente podemos proponernos objetivos modestos o destrozarnos en empresas tontas.

     -A veces me pregunto si no fui la culpable.

     -No, hija, qué vas a ser. Fuiste, es cierto, la única partida que perdió porque se la ganó Marcial; pero era muy hombre, podía aguantarse unas galletas. Con esto encontró un pretexto para tirar todo por la ventana y largarse a la estancia. Allí estuvo a sus anchas, desplegando su energía salvaje, deslumbrando a guapos con sus guapezas, llevándose todo por delante hasta que, cuando se permitió una canallada absolutamente imperdonable, cayó en su ley. ¿Qué vamos a hacerle? Dejemos, pues, amiga mía, los remordimientos a la gente que se quebranta por su salvación. Tengo cosas peores en la conciencia como para atormentarme por un caso aislado. Manejé una ametralladora pesada en Nanawa. Cualquiera que haya estado allí puede decirte lo que esto significa... ¿Quieres un cigarrillo?

     -Bueno, dame uno. Estoy procurando que me agarre el vicio, a ver si me acostumbro al cigarro de Marcial.

     Miguelí acabó por sentarse en el borde de la cama. Lo habían olvidado por completo.

     -¿Cómo está ella? -preguntó Mercedes, tosiendo por el humo.

     -Soportando la vida. ¿Quién en nuestro país no la lleva a cuestas como el minero carga su raído? Un fardo el doble más pesado que el hombre, ¿lo sabías?

     -No todos.

     -No te creas. Lo que pasa es que algunos no se dan cuenta. Somos un pueblo terriblemente oprimido. Nos oprime la geografía, la historia, nuestro propio espíritu que no se ajusta a sus límites... Oye cómo se desgañitan. Creen que se avecinan grandes días. Tienen razón, el grano va a reventar. Pero ¿qué vendrá después? Ciertamente que no lo que ellos esperan. La dictadura tiene que acabar con muchas cosas; con nosotros, entre ellas. Todavía no han madurado las fuerzas capaces de acabar con la dictadura para siempre. Mi consigna secreta es: «Muera la dictadura y toda su descendencia». Para que cuando muera, muera del todo. Que no resucite como Drácula. Para eso es necesario acabar con la gente interesada en arrancar la estaca del cadáver del monstruo. El Paraguay es un pozo, nosotros unos sapos que croamos en el fondo, donde sólo raras veces llega un rayo de luz. Procuramos salir; es nuestro mérito histórico, aunque siempre resbalemos desde el borde del brocal.

     Mercedes se levantó sacudiendo las polleras para volver a su ocupación. Miguelí se dio cuenta de que tenía manos huesudas, manos de varón.

     -Aquí los únicos llorones son los intelectuales -dijo, impacientada-. Hagan algo, terminen algo. La gente acabará por cansarse, por aceptar pasivamente la vida que lleva. Ustedes tendrán la culpa si el dichoso pueblo al que siempre invocan acaba por doblar el espinazo. Allí tienes a Marcial escribiendo su libro desde la revolución del treinta y seis. Con ese pretexto, con lo buen médico que es, cada día trabaja menos, se olvida de cobrar las consultas, se burla de sus colegas. Aunque posa de escéptico, vive soñando. Si no fuera por la estancia, que felizmente él no administra, no tendríamos qué comer. Se está volviendo un zángano hecho y derecho. Que Dios me perdone, pero por lo menos Francisco era trabajador.

     -Nadie está privado por completo de la virtud como del vicio.

     -¿Quién dice eso?

     -Con toda seguridad algún abate. Si estás condenada a sufrir su cigarro, por lo menos te has librado de los cuernos.

     -No te creas, para eso Marcial no es nada perezoso.



     Se oyeron golpes como de maza contra un tablón. Cesó la discusión en el primer patio. Alguien pasó corriendo. Lo siguieron otros, muy apurados. Sotelo apareció en la puerta, con el saco de Daniel.

     -La policía -dijo-. Vamos por el fondo.

     Daniel no vaciló.

     -Buena suerte, Miguelí -alcanzó a decirle antes de correr tras de Sotelo.

     Era digno de ver tantos doctores escapando como gatos por el tejado del vecino.



     Marcial defendía la puerta de calle.

     -Siempre lo mismo, doctor. Cómo pa te voy a traer orden de allanamiento si hay Estado de Sitio.

     -Es un estado ilegal. Defiendo mis derechos.

     -Dejame pasar, te digo. No vayes a facilitar.

     Olga había acudido junto a su madre. Con rapidez y eficacia, sin decir una palabra, borraron los rastros de la reunión. Marcial seguía ganando tiempo. Hasta que llegó una motocicleta y frenó con estrépito.

     -¡Qué tanta contemplación, carajo! ¡Rómpanle la cabeza!

     Se oyó un forcejeo y apareció Marcial, traído a empujones. Lo seguía un hombre altísimo, rubio, de bigotes rojizos.

     -¡Revisen todo, rápido!

     Los vigilantes se dispersaron como sabandijas por toda la casa. El jefe, al ver a Mercedes, que cubría con su cuerpo a Olga y a Miguelí, se acercó a saludar.

     -Hola, Mercedes -le dijo, cordial, haciendo la venia-. Lo siento mucho. Tu marido es muy travieso.

     Ella le volvió la cara. Él hizo sonar los talones y se encaminó hacia el fondo, como si conociera muy bien la casa. Marcial esperaba en el rincón opuesto, con una bayoneta en la barriga. Olga miraba a los soldados con gesto tan provocativo y desdeñoso que los obligaba a bajar la vista. Se oían voces en el segundo patio.

     -Se escaparon todos, mi coronel.

     -¡Claro que se iban a escapar, manga de chimbos! Vamos a ver si ponderan por ustedes si llegan a estar arriba.

     Reapareció el coronel, dando zancadas. Se fue directamente adonde se encontraba Marcial y le gritó en la cara.

     -Aquí hubo una reunión, a mí no me jodes. Vas a tener que acompañarnos. Se acabaron para ti las contemplaciones. Te avisé muy bien que te dejaras de macanear.

     -¿Qué vas a hacer? ¿Torturarme? Estarías en tu papel. Era lo único que te faltaba, ¡traidor!

     El policía se le acercó con el puño cerrado. Aunque Miguelí estaba en la otra punta, se dio cuenta de que Marcial miraba a los ojos de aquel gringazo sin una pizca de miedo. Este doctor tendría sus defectos, pero era un hombre con toda la barba.

     -Mercedes -dijo-, pasame la valijita.

     Fue cuando Miguelí se enteró de que Marcial Fernández tenía siempre el equipo preparado para cuando lo llevaran preso.

     Se fueron dejando un bochinche tremendo. Faltaban cubiertos de plata en el comedor.

     -¡Dios mío! -exclamó Mercedes-. ¿Qué vamos a hacer ahora con tanta comida?

     -Podríamos preparar croquetas de pollo con arroz para llevárselas a papá -sugirió Olga-. Son riquísimas.



- II -

     -No te duermas, hamacame...

     Miguelí obedecía sobresaltado, pillado en falta. Qué se iba a dormir. La contemplaba así como a la cadera que el río forma al bajar del norte, entrecerrando los ojos para verla como en sueños, navegada por bajeles bergantines. La cabeza en un almohadón, el pelo sobre la cara, parecía una de esas apariciones que los obrajeros cuentan suelen salirles en el monte. El pie en la punta de una curva tostada tocaba la tierra como acariciándola. Las camas sueltas bajo el quimono recordaban las colmenas, grávidas de miel, de rabiosas avispas. El ojo hambriento de Caá-yaryi, la hembra insaciable que acecha al hombre en la espesura, espiaba entre lianas. Miedo le hubiera dado si no estuviera seguro de que era Olga, quien, a esa hora del crepúsculo, en saliendo del baño, sin ponderar del frío, gustaba que la hamacaran para que la secase el viento.

     -Miguelí...

     Trató de hacerse el sordo. Se repitió el reclamo que quedó latiéndole insistente como el punteo de un grillo.

     -Si vas a tentarme no te hamaco más -le advirtió, enérgico. Estaba en una silleta, tirando de una liña para provocar el balanceo.

     -Despacito, me mareas...

     Soltó la cuerda y la hamaca se fue quedando.

     -¿No te da vergüenza? ¡Así que eras vos el que escribía las cartas!

     Silencio.

     -¿Creés que no lo sabía?

     Que hablara sola.

     -A mí nadie me engaña, soy un poquito bruja... ¡Cómo se va a reír mamá cuando le cuente!

     Ahogaba una risita y repetía, besando el almohadón.

     -«Te quiero como el sol quiere a los pájaros, como la lluvia a la tierra, como el viento que acaricia la melena del palmar...». ¡Dios mío! ¿De dónde lo sacabas?

     Miguelí fingía leer una historieta aunque ya fuera imposible distinguir las letras. Ni soñaba contarle que aquellas frases eran traducciones más o menos literales del cancionero guaraní, copiadas de ejemplares de Ocara-poty que le facilitara la sirvienta de los Garcete, y una que otra perlita de su cosecha.

     -«Sos como la paloma salvaje que forma su nidito con las plumas de su pecho» -seguía Olga-. ¿Qué me dicen? ¿Cómo se te ocurre hacerme creer que el papanatas de Carlitos fuera capaz de inventar estas lindezas? ¡Miguelí, a vos te hablo!

     -¡Que pa lo que querés, icht!

     -¿Qué vas a hacer cuando le muestre las cartas a mamá?

     -Voy a negar y listo -replicó, rotundo-. No es mi letra. Son cartas de mi sobrino Carlos. ¿Para qué yo iba a decirte semejantes zonceras? ¡Tonta!

     -¡Quizás, quizás, quizás! -canturreó Olga, dando impulso a la hamaca con la punta del pie.

     -¡Qué «quizás» ni qué ocho cuartos! ¡No escribí nada, te digo!

     -Juralo por Dios.

     -Sabés mejor que yo que Dios no permite jurar por tonterías.

     -¡Te pillé, te pillé! -repetía Olga, batiendo palmas y levantando la cabeza-. Lo que pasa es que estás loco por mí, no me lo niegues.

     Al llegar a este punto solía dejarla plantada. Pero, esa tarde, tal vez porque el diablo ya estaba decidido a meter la cola en el asunto, se limitó a darle la espalda. Ella acabó por recostarse para seguir dormitando. Miguelí pensaba que no era justo que se burlara de él por el solo hecho de ser menor. Olga era una señorita. Ante extraños sabía portarse con formalidad. Tenía muchos candidatos. Entre ellos a un cajetilla, hijo del agregado cultural de una embajada, que se llamaba Guerrico. ¿Para qué entonces se metía con Miguelí? ¿Por qué le jugaba? Había que aguantarla, porque siempre se salía con la suya. Lo peinaba de aquí para allá, con raya o jopo, con el pelo para atrás o cayendo sobre la frente. Le pintaba bigotes con corcho quemado. Le ponía sombreros o la gorra de su finado tío Germán para que se pareciera a tal o cual artista de cine, como si Miguelí fuera su muñeco. Otras veces se comportaba como chicuela de trenza y moño. Jugaban a las escondidas. Era imposible encontrarla hasta que, de repente, le saltaba desde atrás de una maceta o desde la rama de un árbol, mordiendo y arañando como si fuera una gata. Después, muerta de risa, le curaba los rasguños con tintura de yodo. Mercedes tenía razón: estaba más loca que una cabra.

     -¡Olga, deja en paz a ese muchacho! -la retaba-. No debes jugar con fuego. Yo sé lo que te digo.

     Pero al final acababa riendo de los antojos de su hija, la sentaba en la falda y la mimaba como si fuera una nenita. Lo mismo le pasaba a Marcial. Vivía quebrantándose por las andanzas de Olga hasta el extremo de pedirle a Miguelí que la espiara. Pero al cabo se lo perdonaba todo.

     -Qué macana que seas única hija -se solía lamentar, pasándole la mano por los cabellos-, ¡y tan hermosa!

     Se quedaba pensativo, para luego exclamar de esa manera que no dejaba adivinar si hablaba en serio o en broma.

     -¡Ay del que se aproveche del ardor de tus años! ¡Siete veces lo he de matar si es que es un gato!

     -Sos mi único amor, mi papaíto -le decía entonces Olga, zalamera, cubriéndolo de besos-. Mi pobre doctorcito que está enfermo.

     A Marcial le venía entonces su ataque de llanto que hacía correr a las mujeres de un lado para otro. Pero, a los amigos les hacía mucha gracia la manía que Fernández trajera de la cárcel: «¡Güepa, che compañero! -le zampaban brutalmente cuando sacaba su pañuelo y hundía el rostro entre las manos sollozando amargamente-, ¡te has vuelto un llorón cualquiera! ¡Que no se diga!». Hasta Miguelí, que tanto lo apreciaba, tenía que hacer grandes esfuerzos para no sonreír. Porque el espectáculo resultaba tan cómico y extraño como sería ver a Satanás echando lágrimas por un pollito cojo.

     La causa estaba en los tres meses que lo tuvieron encerrado en un calabozo sin dejarle hablar con nadie. Hasta se atrevieron a golpearlo de manera tan bestial que lo dejaron medio sordo de un lado. También le habían roto un dedo y ahogado varias veces en una pileta llena de excrementos y vómitos. Solamente el escándalo que armaron los estudiantes y las gestiones de sus innumerables amigos consiguieron que lo soltaran. Desde entonces se pasaba horas enteras en el balcón del consultorio y las noches en vela, escribiendo su libro. De tarde en tarde, atendía algunos pacientes tan pobres que no podían pagar o tan amigos que no se les cobraba.

     Durante la ausencia del doctor Fernández, que duró hasta pasado el invierno, Miguelí se había hecho muy amigo de Mercedes. Ella solía contarle anécdotas de los amigos del hermano Germán, muerto en la guerra. El padre había mandado construir la habitación del fondo porque los muchachos no le dejaban dormir la siesta. Una tarde ella sacó de un armario un viejo álbum. En una fotografía aparecían varios jóvenes de cuello duro. Sentado en el centro, Germán parecía un angelito entre aquellos rudos mocetones. En un extremo estaba Daniel, de gran bigote y gesto tan altivo que costaba reconocerlo. En el otro, destacándose como si fuera dueño del retrato, un joven lampiño, muy moreno, con tal energía en el rostro que, cuando se miraba de golpe la fotografía, dejaba a los demás como en la sombra. Mercedes lo contemplaba. Había comenzado a llover. Miguelí fue a cerrar la ventana de su cuarto. Se llevó un susto cuando vio al mozo aquel reflejado en el espejo del ropero. Se tranquilizó al prender la luz. Había visto nomás su propia figura.

     En el mismo grupo estaba Marcial, recostado en el piano, con una mano en el bolsillo. Era el único con la corbata torcida y los pantalones sin raya. Su cara de coatí sonreía burlona. Era increíble que Mercedes lo eligiera entre tantos caballeros.

     -Todos me disputaban -evocaba ella, sonriendo con cierta coquetería, descubriendo venas y arrugas en el cuello estirado-. Es decir, todos menos Daniel...

     En el mismo álbum apareció nada menos que Esperanza Almirón.

     ¿Qué misterios eran éstos? ¿Qué extraños hilos conectan nuestra vida con la vida de los demás y con sus muertes? Sentado en el suelo, Miguelí ponía las manos para sostener la madeja mientras Mercedes hacía el ovillo para tejerle una tricota. Solamente se oía el paso del agua por las canaletas al aljibe. Las campanas de la Catedral daban las ocho. Rodaban lágrimas por las mejillas de Mercedes que, así de entre casa, parecían secas, con las rayas del tiempo marcándole la cara, bella como ninguna.

     -¡Cómo tarda esa chica! ¿Por dónde andará con esta lluvia?

     Pero doña Mercedes -no le gustaba que le dijeran «doña» sino su nombre a secas- sabía tener sus picardías. Una vez, viendo ir y venir a su marido con las manos en la espalda, de una punta a la otra del jardín, le dijo a Miguelí, secreteando:

     -Míralo... está ofendido... le dieron una paliza... ¡A él! ¡Bien merecida se la tiene!

     Guiñó un ojo y se fue, haciendo sonar los tacos.

     Apenas tuvo lugar, Miguelí le preguntó por qué el doctor se merecía la pateadura que le dieron. Mercedes se echó a reír.

     -Ya lo vas a entender cuando seas grande.

     ¿Qué diablos era entonces? Los pantalones largos que le impusiera doña Rosario de Britos sólo le habían servido para que la Policía Militar lo arreara a coscorrones al Distrito, como presunto desertor. Para todo lo demás era un chicuelo. Para Olga, un juguete.

     Las juderías de la muchacha le provocaban pesadillas. Olga se fugaba a babuchas en hombros del agregado. Nomás porque se lo imploraba Mercedes, Miguelí se largaba a perseguirlos llevándose la escopeta. Corriéndolos por el monte, cerro arriba, valle abajo, saltando sobre los ríos, volando por las aguadas, solía alcanzarlos en el cañaveral del fondo, en el mismo sitio donde, en otro tiempo, había desgraciado al carayá. Guerrico se encogía hasta hacerse un monito; rogando con las manos juntas se le enredaba la cola de la pavura que tenía. No lo podía matar, las balas no le salían, el caño se le doblaba como el tubo de un trombón largando sólo un berrido que aventaba al diplomático. Olga yacía, con el quimono desgarrado, en el nicho de un surco. Alzábala, corría por piques abandonados, esquivando uñas de gato, cerrando yuqueríes como hojas de libro pasadas vertiginosas. Desesperaba de llegar antes que el pasmo. Del pasmo que le subía desde Olga a la mano, de la mano a la cabeza, de la cabeza a los ojos, cegándolo como sangre. Dábase un tropezón. Rodaba por cuesta abajo, resbalándosele el cuerpo desnudo, escurridizo, de sábalo. Hasta que al fin la atrapaba, sediento, atormentado, buscándole con la boca la surgente del pecho, la uva de los pezones. Pero en esto, sin falta, reaparecía Guerrico, chillando, zafadeando, brincando de mata en mata. Y claro, Miguelí se despertaba.

     Saltaba de la cama, se ponía los pantalones, salía al patio a refrescarse aunque persistía el invierno. En esto seguía el consejo del padre Lutin, para embromar al diablo que nos tienta de noche aprovechándose del descuido del alma y del relajo del cuerpo. La receta incluía unas cuantas flexiones, el mojarse la cara y rezar un padrenuestro. Pero a tanto no llegaba la devoción de Miguelí. Lo que le extrañaba era cómo sabía el padre Lutin de las incitaciones que, según decía, de caer en ellas, envilecen el alma. Miguelí no le hablaba de ellas ni siquiera en confesión. No se sentía culpable de sus sueños. Lo que tal vez fuera pecado era la rabia que le daban las intromisiones de Guerrico, quien, cuando se aparecía de carne y hueso con su cara de ternero relamido, sus cortos pasitos de señorito, repartiendo tarjetas de conde de no sé dónde, salía Olga a recibirlo mostrando todos los dientes de su boca de loba, cazándolo de un brazo y poniéndolo de adorno junto a un florero de la sala.

     Miguelí quería asegurarse de que Olga también había retornado de su sueño. Con el pretexto de tomar agua, venía por el corredor. Ella siempre dormía con la ventana abierta. De paso nomás, sin detenerse, espiaba su cuarto. Más que verla la sentía latir entre las sábanas. Por cuidado que pusiera al abrir la heladera, Marcial lo sentía desde el consultorio.

     -¿Quién anda por ahí?

     -Soy yo, doctor. Busco agua fresca.

     -¿Me traerías una botella?

     Lo encontraba sentado en su escritorio, llenando cuartillas con su letra ilegible. A su lado, en una bandeja, una botella de agua, la guampa del tereré y un frasquito de pastillas. Miguelí reemplazaba la botella, cambiaba la yerba de la guampa. Cuando estaba por irse, Marcial levantaba la cabeza, mirándolo desconsolado.

     -¿Tenés mucho sueño?

     -No, doctor.

     -¿Podrías cebarme unos mates?

     Miguelí obedecía, con gusto. A poco, el doctor se levantaba con la guampa en la mano, encaminándose al balcón. La calle estaba desierta. De pronto Marcial quedaba en suspenso.

     -¡Escucha, escucha! -repetía, echando por los ojos como una luz extraña-, ¿qué fue eso?

     Miguelí se asomaba, hacía toda su fuerza, pero no oía otra cosa que el ladrido de los perros y alguno que otro tiro, como de costumbre.

     -Escucha -insistía Marcial, impaciente, señalando hacia el nordeste-. Allá... ¿qué te parece? ¿Cañones?

     Ahora sí podía percibir un retumbar, lejano, casi imperceptible. Hasta que lo desencantaban apagados refusilos detrás del horizonte.

     -¿Cañones? -insistía Marcial.

     -No, doctor. Son truenos.

     -¡Ah!

     Miguelí hubiera dado cualquier cosa por hacerle oír un cañonazo.

     En este punto solía aparecer Mercedes envuelta en su quimono y con turbante en la cabeza.

     -¡Por Dios, mi querido, por qué no te acuestas!

     -No tengo sueño -replicaba Marcial, de mala gana.

     -¿Quieres que te prepare un té de naranja?

     -No te preocupes, estoy bien -repetía Marcial, volviendo hacia su escritorio con paso encorvado, arrastrando las zapatillas.

     Mercedes sacudía la cabeza.

     -Anda a acostarte -ordenaba a Miguelí-, yo voy a acompañarlo.

     Miguelí era obediente. Además, primer alumno de su clase tres bimestres seguidos. Preferido del padre Lutin, recibía lecciones aparte dos veces por semana. El profesor había escrito a don Rosendo que nunca había visto facilidad semejante para las matemáticas y el idioma francés. Miguelí recibía cartas entusiastas de don Rosendo y cautelosas esquelas de Daniel: «Buen comienzo, pero lo que interesa es el final, el resultado. Hace trescientos años que la esperanza pasa de mano en mano. Es el legado de los próceres, de cada generación que se pierde en el vacío, de cada vida que acaba en el pantano. Llega. Persistir es la orden. No me falles (en el subrayado se podía advertir una amenaza). P.D.: Mandé unos pesos. Ayuda, no recargues. Están pasando un mal momento. Van para ti doscientos que te manda tía Zoraida».

     Pobre Daniel, cuánta razón tenía para sentirse inseguro, quebrantado.

     ¿Dormía Olga? Quién sabe. Más bien parecía luchar contra la sofocación del pecho. La hamaca tomaba molde de caderas. Miguelí quiso escapar.

     -¿Dónde vas?

     Volvió a sentarse. Olga dejó escapar una risita.

     -Qué enamorado estás de mí, ¿no te da vergüenza?

     -Si vas a tentarme, me voy. Ya te lo dije.

     Olga había desaparecido. Una voz resentida salió de entre los pliegues de la hamaca.

     -Bueno, andate. Te doy permiso. Pero nunca, nunca más vas a hamacarme, ¿oíste? Ni aunque yo te lo pida. Por los siglos de los siglos, nunca más Miguel Domínguez va a hamacar a Olga Fernández.

     De veras que era triste. Ella también sufría. Lo confirmaron sus palabras.

     -Triste... ¿no te parece? Sí, muy triste...

     Fue saliendo una mano con los dedos en punta. Quedose así un momento, como buscando. Luego bajó, le reptó por el brazo, le acarició los cabellos.

     -Pobre angá, yo también co lo quiero. Me voy a casar con un diplomático pero tuyo siempre será mi corazón... Cuando seas grande, ven a buscarme. Tira la mano y arráncame. Llévame lejos, en tu caballo...

     Ahora se reía. ¿Qué le hizo él para que así le juegue?

     -¿Sabés una cosa, Miguelí? Sos muy buen mozo. Cuando seas grande las mujeres se pelearán por vos. Nomás vas a mirarlas y las más santas se irán rodando hacia el infierno.

     -No me interesa.

     Olga sacó de golpe la cabeza como para pillar si no mentía.

     -Le vas a parecer a Jorge Negrete... A ver, mírame, no seas zonzo, no te voy a comer... No, tal vez a Pedro Armendáriz... ¡Qué rara color que tienes, chico, si pareces de madera!

     Miguelí dio un fuerte impulso. La hamaca se subió hasta las ramas del mango.

     -No tan fuerte, tonto. Estamos conversando.

     Miguelí soltó la cuerda. El péndulo se fue quedando. Olga dormitaba.

     -¿Soy linda?

     -¿Qué sé yo?

     -«Son tus pestañas como brotes de amambay. Tus labios, puertas del cielo junto a tus hoyuelos, nichos de amor». ¿De dónde lo sacabas?

     -Preguntale a Carlitos.

     -¡Estúpido!

     Olga pensaba, con los brazos en la nuca.

     -En la fiesta de mi cumpleaños todos se peleaban por sacarme a bailar, y vos andabas por los rincones como un arriero bravo. Te aseguro que me diste miedo. Creí que ibas a sacar un cuchillo para jugarlo por el suelo... ¡Qué te habrás creído vos para descomponer mi baile! ¡Tan menor y ya mirando por mí como perro por su hueso!

     ¿Cómo entenderla? Súbitamente enternecida se incorporó para besarle el rostro.

     -Hay veces que se me antoja que soy yo la chiquilina. Te vi una vez subido a la punta del tarumá, mirando al río. No sé lo que me pasó, creo que me volvía loca. Se me ocurrió que ibas a salir volando. Qué desesperación, no te imaginas. Corrí, te juro, a decirle a mamá: «¡jaque, mamá, Miguelí está por salir volando!». La suerte que me atajé. ¡Qué vas a volar vos, un mitaí arruinado, un cualquiera de la calle! Mamá tiene razón, juego con fuego...

     Tan apenada parecía que Miguelí le tuvo compasión.

     -Si te gusta, cuando sea grande voy a hacerme aviador.

     -¿No te digo? -exclamó Olga, enojada, como hablándole a un espejo-. ¡Es un chicuelo, tonta! -tornó a hundirse en la hamaca, para al rato seguir, ya sosegada-. No, no me gusta el uniforme. Parecerías japonés, de los que siempre se caen. Mejor te va a quedar la ropa del Jorge Negrete en «Ay Jalisco, no te rajes». Yo misma voy a ponerte las espuelas y tejerte el ponchillo.

     -No es un ponchillo, es un sarape -le explicó Miguelí-. Yo no voy a usar eso, sino sombrero caranday con barbijo de cuero, poncho lata y treinta-listas, tiradores de venado, polaina hasta la verija, revólver Smith Hueso pavonado y cuchillo yatagán-cué. Puede ser que use reyunos, aunque es mejor andar descalzo.

     -¡Mba! ¡Ya te salió el arriero! Seguro que también mascarás naco... ¿No? Bueno, pues con esa condición podrás llevarme en ancas. Siempre, claro, que consigas un caballo como la gente, que no vaya a dejarme las nalgas a la miseria... ¿Te imaginas? Haríamos un fueguito en la arenita de un arroyo. Después, a dormir al campo raso, mirando por las estrellas, escuchando a los grillos, a las aves nocturnas... Claro que tendremos que prender espirales, porque ha de haber barbaridad de mosquitos... ¡Qué ojos tenés, Miguelí! ¿No estarás endemoniado? Voy a decirle al padre Lutin que te eche agua bendita... A ver, dame un beso.

     El reclamo era común capricho. Miguelí se inclinó, obediente, a besarle la mejilla. La cabellera húmeda le caía sobre la cara. Reía su boca ancha, los grandes ojos grises por entre cortinados.

     -No, así no. Yo te voy a enseñar, para que alguna vez, cuando vayas a besar tantas mujeres, te recuerdes por mi boca, madura para tu beso... ¡Zonzo! No tengas miedo, nomás es como en el cine...

     Lo atrapó de los hombros besándolo rabiosa, mordiéndole los labios. No se pudo escapar, Dios sea testigo. Le clavaba las uñas, lo aferraba, lo llevaba, lo ahogaba en la mar profunda. Volvió el beso. Cayó sobre la hamaca, sintió la piel desnuda. La mano tocó los senos. Buscó vientre, cadera, rebuscando, encontrando, hasta que Olga lanzó un gemido, tuvo un sacudimiento y lo apartó de un empujón. Miguelí no supo más que hacer que sentarse en la silleta y hamacarla como a un niño. Qué tristeza la tarde. Ya estaba todo dicho. La noche casi. Estaban muertos. Muertos como el olvido. ¿Cuál? ¡Algo! ¡Espera! Vagaban páramos en la tormenta. Sin ojos, sin oídos, sin piel. Clamando sin la garganta. Llamándose, buscándose, cruzándose mezclados como el humo sin poder tocarse. Habló la hamaca, ronca:

     -Miguel, tienes que irte... irte muy lejos... No quiero verte jamás.



- III -

     Miguelí solía acordarse a menudo del Padre Lutin. Tal vez porque su nombre no era el más adecuado para un cura, andaba siempre como coatí solitario, aunque contaba con buenos amigos entre los estudiantes. Bajo, hombrudo, calzaba zapatones reyunos que, por quedarle grandes, levantaban la punta redonda como cabeza de nutria. La barba crecida, negra, cerrada, cuando no mal afeitada. El pelo entrecano tan enredado que, cuando intentaba peinarlo para las solemnidades del culto, formaba nudos y mechones como si taparan negras guampas de cabrón. Este detalle, sumado al conjunto de su molde, le había dado el marcante de Lutín-cabará, o, más brevemente, el de paí Cabará. Para mayor abundamiento, cuando se desprendía la sotana para rascarse los sobacos con sus uñas negras, había que tener muy firme entraña para no salir aullando como perro mojado por zorrino. Con todo, era hombre excelente y notable profesor. Miguelí estuvo entre sus preferidos. Hablando con él, el padre Lutin se explayaba a sus anchas con singular franqueza.

     -Hay pecados une envilecen, que humillan al alma. Hasta el diablo los desprecia. Otros, en cambio, son propios de los grandes espíritus, capaces de remordimiento, dignos por igual de la bienaventuranza como de los horrores del Averno. Pero el peor de los pecados es arrepentirse de no haber pecado. Es como rezarle a Satanás, ser doblemente imbécil. Obra el bien o el mal, pero obra. Prefiere los remordimientos positivos. Irás al cielo o al infierno, no quedarás en la puerta atormentado por mosquitos. Además, habrás vivido.

     Miguelí le entendía a medias, entre otras causas, porque paí Cabará mezclaba francés y castellano con gramos de guaraní, hacía ademanes, se movía continuamente frotándose las manos y soltando carcajadas roncas, completamente inexplicables.

     Lástima que no hubiera dicho nada del pecar a medias, y el pobre Miguelí ya no tendría ocasión de consultar con varón tan sabio y santo. De golpe le había llegado el tiempo de obrar, de hacer pata ancha. Tal vez por falta de consejo había tomado al pie de la letra las palabras de Olga, saliendo hasta la Avenida Colombia a colgarse del primer tranvía que pasó. Dejó atrás la Recoleta hasta que, poco antes de llegar a Villa Morra, se largó a rumbear al río, como cualquier arriero en apuros desde tiempo inmemorial. Eran cuadras desiertas, interminables, bordeadas de blancos murallones. Una guitarra lo hizo doblar por una huella de carretas que se internaba en un baldío hacia una luz que se divisaba entre los árboles. Si algún lugar del mundo podía llamarse «Cualquier Parte», ése era aquél, sin duda alguna.

     El cantor, en una silla, con pie descalzo apoyado en un tronco, abrazaba la guitarra reclinando la cabeza en un pecho invisible. La boca de su «la reina» era como la fruta, a qué igualar a miel silvestre el zumo aquel que, cayendo gota a gota sobre su corazón, había acabado por dejarlo mal de la cabeza. Nada tan a propósito para el ánimo de Miguelí. Decidió quedarse, o, más exactamente, simplemente se quedó.

     Aquí y allá descansaban carretas. En precarios fogones se calentaba el locro en ollas negras. El hambre le hizo descubrir un poco más adentro un gran rancho de adobe con sala en el centro y cuartos a los costados. La sala era asiento del boliche. Algunas mujeres muy discretas parecían dedicarse a curar de ausencias a arrieros de poncho y faja que jugaban al truco en mesitas grasientas sin sacarse el sombrero ni para rascarse la cabeza. Un tajachí escuálido, cerca del mostrador, doblaba el torso para contrapesar el máuser chileno de largo caño y breve trompetilla. Seguro que estaba allí en prevención de esas pendencias que, por virtud de la C.O.P.A.L., suelen acabar a puñaladas. Miguelí compró un par de butifarras, una chipa y un jarro de mosto, y volvió donde el cantor.

     Como suele ocurrir cuando se cae de golpe en lugar desconocido, poco a poco fue identificando las figuras que se movían en las sombras. Estos hombres eran sin duda labriegos que traían sus productos al mercado. Podía irse en una de esas carretas a cualquiera de esos claros perdidos entre palmares donde nunca pasa nada y el tiempo parece desgranar maíces con los dedos cobrizos de una vieja, capaz de narrar, con voz cascada, el tenso transcurrir de esos silencios. Pero, como también Miguelí era campesino, no apuraba la ejecución de sus planes, limitándose a rumiarlos como esos bueyes de hermosa cornamenta que perfilaba la luna junto al arroyito. Mientras, escuchaba al cantor que tan bien expresaba sus quebrantos. Vestía añá-piré de mutilado y era ciego. En una lata puesta por ahí, como al descuido, le tiraban monedas como ofrendas a un santo. Otros hacían pedidos, secreteando, poniéndole la plata en el bolsillo con exagerado disimulo. La luz del farolito se reflejaba en su rostro metálico, lacerado, y hacía una sombra en las cuencas vacías. De vez en vez se echaba un trago, hacía una mueca, soplaba fuego, escupía, y continuaba el canto monótono, acompañándose con cuerdas de tripa destempladas, tan serio como si fuera un oficiante o un tronco de guatambú tallado a hachazos. Así hasta que vino saliendo del boliche un borracho dando tumbos, con el poncho cruzado y el sombrero en la nuca.

     -¡Que me pongan la polca «colorado»!

     Miguelí comprendió, quería camorra. Ojos extraviados, gruesa barba, labios babosos torcidos en una mueca envilecida, feroz. Era un hombrazo. Cambiando apenas la tonada, el cantor le explicó, con un compuesto, que, como por desgracia en Puesto Burro, cuando el teniente López mandó asaltar para romper el corralito, una bomba bolí lo dejó ciego, no podía cantar el «colorado» por no poder distinguir ya los colores. A medida que avanzaba el argumento, recargado de detalles que no hacían al asunto, el borracho buscaba en quién volcar su furia. Aunque los arrieros callaban, la risa estaba en los rostros graves, taciturnos.

     -¡Viva el partido Liberal! -lo retó alguno que venía de orinar entre los árboles.

     -¡Quién será ese hijo de diablo!

     -¡Pombero macho!

     El corro estalló en repentina carcajada.

     El borracho contorneaba el torso en movimiento reptante, con la mano en el cuchillo que asomaba de la faja. El máuser del tajachí hizo rechinar su cerrojo.

     -¡Pe ye sujetá, pe ye sujetá! (26)

     Un momento después el vigilante se llevaba a su preso por delante.

     -Mientras nosotros peleamos por colores -explicaba un mocetón, revolviendo una olla- los burgué nos roba nuestro trabajo. Ahí tienen a Chamorro: veinte leguas para vender su maíz. Ahora lo llevan preso. Mañana lo largan sin un níquel ni para comprar semilla. Va a tener que deberle otra vez al acaparador de frutos después de tanto sacrificio para librarse de él.

     -¡Cierto!

     Un viejo magnífico, que sobaba unas coyuntas en la cruz del pértigo, se volvió para decirle.

     -Deja de hablar de balde, Fermín. Revuelve si que tu locro. No hay que facilitar.

     El muchacho se inclinó para soplar el fuego. No podía sustraerse a la autoridad del anciano.

     -Ya va e estar, mi paíno -respondió.

     Miguelí notó a su lado una muchacha enfermiza que miraba al tal Fermín con ojos afiebrados. Ella se volvió al sentir que la observaban.

     -¿Qué querés? -le preguntó Miguelí, por decir algo.

     -Tengo hambre -respondió, con sencillez.

     Por la forma en que habló sugería un hambre abstracta, indefinida, que más bien explicaba su interés por las palabras del carretero. No obstante, Miguelí le pasó una butifarra y los restos de la chipa. Ella se puso a mascarlos lentamente, arrancando trocitos con la punta de los dedos. Tenía un vestido negro, simple como una bolsa. El pelo en permanente, la piel de calabaza amarillenta. Las canillas tan flacas que los pies, de dedos romos, sin uñas, abiertos en abanico, parecían muy grandes. Le restaba sin embargo algo así como una belleza malograda en la finura de los rasgos. Fermín seguía hablando como en un susurro. Debía suponer sordo a su padrino, que estaba cerca, moviendo los dedos sin mirar el trabajo, con la fisonomía de prócer entre el sombrero de paja de alas rectas y el pañuelo de seda inmaculado.

     -La tierra es de quien la trabaja. Aquí mismo podemos fundar un sindicato de carreteros unidos, para luchar por nuestros intereses sin distinción de partidos.

     -¡Eso era! «Carreteros Unidos Fobal-clú»...

     -¡Mbaé fobal-clú, picó nde vyro!  (27) 

     -Se va a quemar tu locro -advirtió el anciano, arrastrando las palabras.

     El ciego seguía cantando, rodeado de unos cuantos fieles. La voz de Fermín bajó hasta confundirse con el burbujeo de la olla.

     -Con estos reaccionarios no se puede. Mejor después que duerman hacemos una reunión.

     -¡Listo ma!

     -Así escuchamos la opinión de las masas.

     A Miguelí comenzó a afligirle la atención que prestaba su compañera.

     -Hay que invitar al tajachí. Así tenemos un aliado en las Fuerzas Armadas.

     -¿Y si ladra?

     -No ha de. Es de mi valle.

     -¡Jha!

     Miguelí sintió que le agarraban de la muñeca. Era una mano áspera, pequeña, sin vida.

     -¿Querés dormir conmigo?

     Miguelí no contestó enseguida. Pensó primero que, después de todo, en algún lado tendría que dormir. Y empezaba a hacer frío.

     -¿Adónde?

     -Al fondo, en mi rancho.

     La siguió sumiso. Pasaron por detrás del almacén. Gruñeron los chanchos del chiquero. Ella caminaba encorvada, con los brazos colgando. Había un claro blanqueado por la luna. Más allá, unos cuartitos alineados en un galpón con alero. Se detuvieron bajo un mango. Lloraba un niño como gatito enfermo.

     -Voy a ver si no hay nadie -dijo la muchacha, adelantándose, mientras él la esperaba en la penumbra. Vio cómo abría una puerta y encendía una vela, ordenaba un camastro y retornaba a buscarlo con paso cansino. Miguelí levantó los brazos, dio un corto saltito, se encaramó a una rama y, de un solo envión, fue a agazaparse en la horqueta del tronco. Ella lo buscó por el suelo como un perro cansado, dando vueltas y vueltas hasta que retornó a su pieza y la vela se apagó. Ni los grillos cantaban. Solamente las ranas en el arroyito que abrevaba a los bueyes. Miguelí abandonó su refugio y salió hacia la calle lo más rápido que pudo sin echarse a correr.

     Brillaba el empedrado como cinchón de plata perdiéndose a lo lejos. Cuadras arriba, un farol de alumbrado. Miguelí se volvió. Solamente muros blancos. Se pellizcó la cara. No soñaba.

     Un centinela le informó que hacía más de una hora que pasó el último tranvía. Miguelí se puso a trotar con rumbo al centro sin hacer caso a los perros que se lanzaban furiosos contra las cercas de las casas. Al llegar a la esquina donde tendría que haber doblado, se detuvo a tomar resuello. Después siguió de largo adonde quiera el destino.



- IV -

     Estaba comiendo pastelitos, sentado en un banco del parque Caballero. Despacito, paladeando, procuraba exprimir todo zumo de alimento. Ocupados en lo suyo, avisados, astutos, los ojos vigilaban el contorno. Hambriento, alerta, como un bicho, nada se le antojaba aparte de comer y de estar pronto para la fuga. Los gorriones jugaban amores atolondrados. Un zorzal solitario parecía invocar la primavera. Más allá del sendero de cantos rodados, acurrucado en el césped como un montón de trapos de los que asomaba una muleta como un asta sin pendón, un mutilado dormía su borrachera. Hacia las barrancas, muchachones trasnochados se entretenían con una pelota de trapo que habrían encontrado por ahí, mientras otros dormitaban al sol naciente y una guitarra colgaba de un gajo como una fruta rara. Treinta pasos a la izquierda, un vigilante azul marino, con pantalones de montar, descalzo, parecía estar observándolo. Ahora hacía una seña. Se le acercaba un cabo de reyunos y polainas, revólver en el cinto y una fusta en la mano. El ojo de Miguelí tomaba tiempos: el cabo, ni para estorbo con las duras polainas y el pesado zapatón. En cambio el soldadito parecía pie ligero. Arribeño, sin duda. Se adivinaba al cabureí agresivo bajo la visera de la gorra. Éste sí iba a dar trabajo.

     -Amoa (28)... -adivinó Miguelí que decía el vigilante, señalándolo con gesto imperceptible.

     El cabo se quedó solo. Miguelí comprendió la maniobra: el conscripto fingía alejarse. Hacía bien su papel: guerra iba a haber entre guerreros. Engulló el último pastelito y se limpió tranquilamente los dedos con el papel del envoltorio. Como esperaba, el cabo se impacientó, tenía la sangre débil.

     -¡Chist, nde mitaí! -lo llamó-. ¡Vení un poco!

     Se hizo el sordo.

     -A vos te digo -insistió imperioso.

     Como si tuviera ojos en la nuca se deslizó del banco en el momento justo en que el otro policía se arrojaba sobre él, y escapó por la arboleda buscando la barranca. Se dio cuenta de que le pisaban los talones. Se hizo a un lado, se agachó, el tajachí pasó de largo y él corrió en sentido opuesto. Los peloteros, encantados de la farra, se sumaron a la persecución y le cortaron el paso. Se detuvo, un valiente no corre sin provecho. Cuando ya lo agarraban rodó por el suelo y se les escabulló de entre las patas.

     -¡Pipu'uuu, la añamemby! -gritó lanzándose barranca abajo por un caminito. Salió a un lado, entre unas matas y reptó bajo enredaderas. Llevados por el impulso, sus perseguidores fueron a desparramarse por los yuyales del bajo. Miguelí, agazapado como un grillo, les silbó el pitogüé. El silbido parecía salir de todas partes: de los yuyos, de la tierra, de los pirizales del bañado. El cabo se puso a dar de coscorrones a un chico que venía con una pértiga cargada de pescado. Riendo solo, Miguelí abandonó su escondite y cruzó el parque. Eludiendo el portón fue a salir por un agujero a la playa ferroviaria. Anduvo un rato entre vagones arrumbados y se echó a andar, caminando por la vía, con rumbo a Tuyú-cuá. El repique de las campanas de las Mercedes le hizo recordar que era domingo, y que hacía tres días que andaba prófugo, jugando a las escondidas con los pobrecitos vigilantes. Había vagado a sus anchas, sin preocuparse de nada. Pero ahora las campanas le recordaban a Dios. Pobre padre Lutin. Qué andará pensando de su mejor alumno, de la gran promesa, de la esperanza de la Patria. Nadie amaba a la patria como paí Cabará amaba a la suya: «¡La France!» decía, como sacándola del pecho. Cantaba la Marsellesa con la voz tan profunda que hasta su rostro feo se hacía hermoso con las lágrimas. También don Jorge von Stauffemberg amaba a la Alemania y lloraba por ella, con la única diferencia de que Lutin-cabará sabía querer al Paraguay y a los hijos descalzos de un país pobre, mientras don Jorge los despreciaba. Por eso tal vez que Miguelí, andando por la vía, se iba dando cuenta de que él también quería a esa Francia remota, y al buen maestro al que, sin querer, había defraudado.

     Decidió asistir a misa.

     Igual que en la campaña, la misa de los barrios parece una fiesta. Traída por las campanas va llegando la gente con el alma limpia, formando corrillos, cruzándose saludos, guiños y sonrisitas, para entrar por fin las mujeres y los niños para hablar a un dios benévolo que a todos escucha y a nadie le hace caso porque, como decía el padre Lutin, es más sabio que ninguno. Afuera quedaban los varones comentando políticas y el partido de la tarde, hasta que algunos, a escondidas, entran para la Consagración. Miguelí se quedó en una puerta lateral que lo ponía a cubierto de miradas y le daba luz de escape. No rezó, no pidió nada. La infancia ya era un recuerdo. La vida convidaba a la pelea. Un alma que no era solamente suya, un alma antigua que conocía de mares sin riberas, de montañas colosales, de bosques interminables erizados de tigres y venablos, de llanuras sedientas con retumbos áridos de artillerías, se sentía liberada de la invisible telaraña que tambea al hombre en el mundo, que le impide galopear el horizonte en caballos de espuma. Tal vez alguna vez volviera raudo a prenderla de la cintura, montarla en ancas. Nombrarle las estrellas y las constelaciones reclinada en la montura. Y dejarla. Dejarla sabiéndola guardando una chispa rescatada del cielo, que alguna vez, cuando te tumben, seguirá galopando, galopando...

     Sonaba la campanilla, Miguelí quedó parpadeando. Los fieles se arrodillaron. El sacerdote tenía la copa en alto. Se había consumado el sacrificio. Miguelí salió a la calle tratando de rescatar al Espíritu que estuviera con él unos instantes.

     Se encaminó al baldío de doña Leona, donde había sentado sus reales. Un derrumbe hacía de entrada, dando a un sendero transitado por la gente para cortar camino hacia la iglesia. Eran varias manzanas. Hacia un lado había ranchitos de «ocupantes» entre tal abundancia de aguacates, mangos, pindoes, nísperos, cocoteros, guayabos y mamones, que se pudrían en el suelo por no haber tanta gente para comerlos. La exuberancia llegaba al punto que el yvapurú cubría su tronco y ramajes de uvas negras de un sabor agridulce incomparable. Al otro lado, hacia donde se dirigió Miguelí, se alzaban grandes árboles y pasaba un arroyito lamiendo apenas con su aguada cristalina el lecho de arenas blancas. Abundaban en la Asunción parajes como éste, escondidos, secretos, con prestigio de poras. Tantos, que quedaban desiertos, concurridos tan sólo por alondras y zorzales que, a diferencia de los gorriones, no gustan del bullicio que corrompe sus cantos. Se desnudó. Cavó con las manos un pocito en el lecho del arroyo, puso piedras de brocal y esperó que el agua enturbiada volviera a serenarse. Bebió de bruces. Sacó un jabón que tenía escondido en el hueco de un tronco y se lavó a conciencia. Lavó también la ropa, la extendió al sol. Se sentó a esperar a que se secara, cavilando, una vez más, en el rumbo que tomaría. No convenía seguir así, dando vueltas y vueltas. La primera noche la había pasado en vela, transitando calles desiertas hasta acabar ayudando a los pescadores de la bahía. Allí le cayeron por primera vez los particú, a los que pudo eludir a duras penas, para ir a parar a este baldío que conocía desde otros tiempos. Aquí durmió todo el día. Por la tarde se fue a buscar el boliche de los carreteros. Aunque tenía mucho tino, no hubo forma de encontrarlo. Al anochecer había sido tal su desesperación que estuvo a punto de entregarse. Se consoló yendo a mirar un partido de básquetbol, y amaneció tiritando en el atrio de la iglesia de San Roque, protector de los perros. Regresó al baldío para dormir. Hizo el extraño hallazgo de una pala escondida entre hojas secas. La tomó en préstamo para construirse una casita de ramas. La volvió a su lugar y salió a dar una vuelta. Nuevamente tuvo que correr. Pero, a la noche, no se animó a quedarse solo en paraje tan desierto donde aparecen palas de enterradores, y se fue a mirar el baile del Club Cerro Porteño donde hasta pudo haberse hecho de una novia si no hubiera perdido todo interés en las mujeres. La aventura del Parque Caballero le probaba una vez más que no podría acercarse a los lugares habitualmente concurridos por los muchachos, porque al punto aparecían los tajachíes como si la policía no tuviera otra cosa que hacer que tratar de atraparlo. Casi llegaba a confesarse que tal vez eso fuera lo mejor, después de todo. Aunque por cierto, tendrían que agarrarlo, porque él, desde luego, no iba a hacer el papelón de entregarse después de haber huido. Pedro el Aguatero se había mantenido oculto más de un mes, pero una cosa es llamarse Pedro a secas y otra, muy distinta, Miguel Domínguez Insaurralde. A Lucio Martínez Rojas, un compañero de colegio, lo prendieron a la semana, a pesar de que tuvo la audacia de caminar hasta Luque, tomar allí el tren a Villa Rica y llegarse a pedir conchabo en los obrajes de Fassardi.

     -Es muy chico el Paraguay -concluyó Miguelí, levantándose a colgar su ropa de modo que se planchara al secarse-, voy a tener que pasar a la Argentina.

     ¿Por qué no lo había intentado antes? ¿Qué esperaba? Algo lo retenía, sin duda, ya que el río no era obstáculo para un nadador de sus quilates. Mientras limpiaba los zapatos con pasto seco y después le pasaba el cebo del jabón hasta dejarlos lustrosos, se preguntó, por primera vez, por qué se había fugado. El rubor le saltó a la cara, estremeció su cuerpo desnudo. Olga no diría nada, nadie tuvo la culpa. ¿Pero cómo presentarse ante Mercedes? ¿Cómo hablar a Marcial, su buen amigo, sin que la traición se le marcara en la frente? Tendría, además, que explicar el motivo de la fuga. Había obrado sin pensar, sin tomar siquiera la precaución de llevarse una muda.

Felizmente su dinero estaba en el bolsillo de la campera. Cuidándolo podría durar bastante. Él no era gastador. No era de esos chicuelos atolondrados que cuando tienen plata compran cuanto ven. Él prefería guardarla, prudente, como se guardan las balas, que nadie sabe en qué momento se van a precisar. Por eso estaba rico, con más de quinientos pesos en el bolsillo. O cinco guaraníes, como ahora se llamaban. ¡Ah, si por lo menos no hubiera perdido la costumbre de fumar y pudiera darse el lujo de comprar cigarrillos! Las campanas llamaban a la misa de diez. Más allá de los árboles se oía pasar la gente que cruzaba el baldío con la conciencia tranquila. Se fue quedando dormido.

     Dios lo despertó. Al abrir los ojos vio a un mitaí flacucho, morenito, con cara de diablejo, juntando la ropa y los zapatos.

     -¡Güepa, individuo! -gritó, pegando el salto para atrapar al ladrón.

     Esquivado, aró con las narices, viéndolo correr como mono zafado, a saltitos, escabulléndose y tentando por los matorrales. Enfilaba hacia el camino el muy ladino. No alcanzó a cortarle el paso. Lo atrapó ya en pleno claro, oyendo a su alrededor gritos confusos. Duro, resbaladizo, no había por dónde agarrarlo. Metía la cabeza entre los hombros, rodaba como mulita sin soltar su botín. Para peor era pelado y vestía puros agujeros. Hasta que lo sujetó de un brazo. Iba a pegarle cuando sintió en la boca el dolor agudo de un moquete aplicado con el nudillo del dedo mayor. Dio un grito, y cuando quiso agarrarlo nuevamente, el pícaro le tapó el ojo de un escupitajo certero. El cachafaz huía gritando triunfos, llevando el zapato izquierdo.

     -¡Huy, huy, huy! -clamaban voces femeninas.

     -¡Está desnudo!

     -¡Mirá mi le na!

     -¡Jesús, María y José!

     Miguelí se incorporó. Escandalizadas mujeres se tapaban los ojos con sus transparentes mantillas domingueras. Juntó la ropa y el zapato y escapó monte adentro azuzado por las risas. Llegó al arroyo llorando de rabia. Se lavó la cara con jabón. La boca le sangraba a chorros. El colmillo le dolía de una manera atroz. Por toda la mejilla se iba extendiendo el cosquilleo de la hinchazón. Con voz torcida declamaba todas las malas palabras que sabía. La ropa, arrastrada por el suelo, estaba a la miseria. Un siete en el pantalón. ¿Qué hacer? ¿Cómo andar con un solo zapato? ¡Qué canallada, suerte indigna! Lo único que le faltaba era andar por ahí descalzo y rotoso. El primer día había tenido la precaución de comprarse una hondita. Sufriendo, maldiciendo, montó guardia hasta que la ropa se secó. Le dolía la boca, la cabeza, se sentía afiebrado. Tiritando de frío, se vistió y fue a meterse en su madriguera. Se durmió profundamente, como para escapar de la desgracia. Alguien silbaba el pitogüé. Despacito, como en sordina. Asomó cauteloso. Era Toño el Lustre, que ahora lo estaba llamando por su nombre:

     -¡Miguelí, soy yo nomás, salí tranquilo!

     Salió. Se saludaron sin muchas cortesías, midiéndose con la mirada. Miguelí se sentó en un tronco caído y Toño sobre su cajón. Ofreció un cigarrillo, que fumaron a medias.

     -Vine a traerte tu zapato -le dijo Toño, pasándole un paquete.

     Miguelí abrió tamaños ojos. Toño rompió a reír.

     -Anguyá-í (29) es mi sobrino -explicó-. Vivo ahí nomás, en las casas del otro lado. Me había quedado sin «líquido» y cuando vine a buscar más para seguir trabajando, lo encontré jugando al camión con tu zapato. Le había puesto rueda y todo. Claro, le pregunté.

     -¿Cómo supiste que era el mío?

     -Cada cual sabe su oficio -replicó Toño, con alguna suficiencia.

     Hablaron de cualquier cosa. Ninguno hacía preguntas, ni alusiones. Por algo eran arrieros. Del mismo valle, encima. Ganó Toño, como era de esperar, Miguelí estaba ablandado.

     -Me escapé -confesó.

     -¿Dónde vas a dormir?

     -Aquí nomás. Mañana voy a pasar a la Argentina.

     Toño sacó de su cajón, de entre betunes y cepillos, tres galletas y un trozo de raspadura envuelto en chala.

     -Voy a traerte una frazada -dijo, poniendo su presente sobre el tronco en que estaba sentado Miguelí- y un poquito de caña. Estás enfermo.

     Al rato estuvo de regreso con un poncho haraposo, una latita con caña y unas cuantas mandiocas calientes liadas en un trapo.

     -Me voy un rato al centro a trabajar los cines -dijo, como disculpándose-. Mañana he de volver.

     Se echó al hombro la correa de su cajón, dudó un momento, y encargó de despedida.

     -Hacé una cruz de palo en tu cabecera. Este lugar tiene pora. Te aviso nomás para que, si te salen, sepas lo que son y no te asustes.

     Y se perdió en la obscuridad.



- V -

     Miguelí se sentía demasiado mal para andar cuidándose de aparecidos. Sentado en el tronco, con el poncho en la espalda, tiritaba sin decidirse a comer aunque no había probado bocado desde los pastelitos del Parque Caballero. Se hizo un buche de caña y tragó un poquito. Con cuidado exploró la herida con la lengua. Al parecer el diente no estaba roto pues había dejado de dolerle. El golpe fue sobre la raíz del colmillo, reventando el labio y hundiendo la encía. Claro, cuando agarró del brazo a Anguyá-í, éste se columpió lanzando todo el impulso en el nudo del dedo mayor clavándoselo en la cara como la punta de un ariete. Y todo para hacerse un camión con el zapato. Estas indagaciones acabaron por calmarlo. Se comió las mandiocas, chupó un trozo de raspadura. Volvió a hacerse buches, tragando con mayor audacia, hasta acabar con la latita de conservas que apenas contenía dos dedos de aguardiente en el fondo. El calor le tornó al cuerpo. Se deslizó a la madriguera, se tapó hasta la cabeza, sintiendo un bienestar que no había experimentado desde que se escapó. Tardó en dormirse porque había descansado todo el día. Más bien dormitaba, asomando de tanto en tanto de su poncho para ver a la luna blanqueando la entrada de su pagüiche.

     Lo despabiló un ruido. Quedó quieto, aguardando, lamentando no haber seguido el consejo de Toño. No tuvo miedo sin embargo, no eran de poras los pasos cautelosos que se oían. Se puso los zapatos y se tendió de bruces, apoyado en los codos, listo para escapar atropellando si para con él era la cosa. A Miguel Domínguez Insaurralde, hijo y tataranieto de soldados, no lo iban a agarrar dormido.

     -No hay nadie -susurraron-. Deciles que vengan.

     Nuevamente el silencio. Llegaron varios hombres.

     -¿Es aquí?

     -Aquí nomás, mi Mayor. Por allá ha de andar la pala.

     La luz de una linterna jugueteó entre los árboles, pasó rozando el refugio de Miguelí y fue a enfocarse en el yuyal donde había encontrado la herramienta.

     -Aquí está. Me parece que la tocaron.

     -¿Estás seguro?

     -No sé.

     -Entonces, rápido. No hay tiempo que perder.

     La linterna se apagó. Eran civiles. Al que llamaban «mi Mayor» vino a pararse a pocos metros del escondite. Era un hombre más bien bajo, fornido. Vestía campera y estaba sin sombrero. La luna perfilaba un rostro de fuerte mandíbula. La pala empezó a cavar. ¿Qué buscarían? A lo mejor algún entierro. A Miguelí le dio un vuelco el corazón: tal vez pronto ante sus ojos iba a aparecer un cántaro repleto de libras esterlinas. La excitación hizo que se moviera.

     -¿Qué fue eso? -preguntó el Mayor, volviéndose a alumbrar con la linterna. En la derecha empuñaba un revólver. La luz cayó directa sobre el refugio pero el hombre no vio nada-. Habrá sido algún bicho. ¡Apúrense les digo!

     La voz le temblaba un poco. Miguelí lo reconoció. Era el mayor Quinteros, amigo de Marcial Fernández. Había estado presente en la reunión que acabara con el apresamiento del doctor. Varias veces habían ocupado a Miguelí hasta la casa del Mayor, llevando esquelas. Estaba retirado del ejército. Parecía un hombre duro, furioso de no hacer nada, de tener que vivir del trabajo de su mujer, que era modista. No había que ser detective para darse cuenta de que, si algo estaba buscando, sin duda no eran monedas. En efecto, ahora sacaban un largo atado de lona embreada. La linterna alumbró de nuevo. Eran fusiles.

     -Están intactos, mi Mayor -dijo el de la pala-. Nomás hay que desengrasarlos.

     -¡Macanudo! Líenlos de nuevo y saquen la ametralladora.

     Los hombres se llevaron el atado y a poco se sintieron golpes de pala un poco más arriba del arroyo. Mucho tiempo después reaparecieron dos hombres a tapar el pozo y a borrar las huellas.

     -¿Cuándo va a ser el baile?

     -¡Chist! ¡Callate! Te pueden oír los árboles... Cuando sea ya lo sabremos.

     -Yo, por las dudas, voy a encargar a la patrona que compre galleta -murmuró el primero.

     -¿Te creés que son idiotas? Cuánta revolución se ha perdido por culpa de la provista. Tu mujer le dice a una amiga, la amiga a la otra, hasta llegar a la amiga del Presidente. Olvídate del asunto. Es lo mejor. Yo sé lo que te digo.

     Miguelí pensó que, de haber sido descubierto, en este momento estarían tapando su cadáver. Ya no pudo dormir. ¿Con que esto era lo que esperaba Marcial, noche tras noche, velando en el balcón de su casa? Los gallos ya cantaban cuando Miguelí acabó de desistir de su viaje a la Argentina. Se mantendría oculto de alguna manera hasta que estallara la revuelta. Él también empuñaría el fusil, se cubriría de gloria en la batalla. Fantaseó hasta el amanecer. Se vio desfilando triunfalmente por la Avenida Colombia. Herido en el hospital. Muerto y llorado como se llora a los muertos por la Libertad. A Olga arreglándose para ser testigo de los momentos cruciales: agitando un pañuelo, vendándole las heridas, lanzando un puño de tierra con la mano crispada sobre la tumba abierta. Toño lo encontró rebosando salud, calentándose con un fueguito a la vera del arroyo.

     Traía provisión de mandioca y una lata de mate cocido ya endulzado con miel, que calentaron en el fuego. Miguelí hablaba hasta por los codos, pero sin mencionar ni por si acaso las poras que le habían salido. Toño, en cambio, estaba triste, como abrumado por un peso.

     -Estuve en tu barrio -interrumpió-. Dicen que le entraste en yacaré a la hija del doctor cuando dormía en la hamaca.

     Miguelí se atragantó con un pedazo de mandioca y perdió el habla. Toño lo espiaba con el rabillo.

     -La sirvienta los vio cuando se besaban. No hizo caso, creyendo que estaban jugando a los novios. Pero después, viéndola a Olga salir como atolondrada preguntando por vos, y de saber que te habías escapado, entendió todo y le contó a doña Mercedes... Decime una cosa... ¿se dejó?

     Un diablo indigno se apoderó de Miguelí. Estaba perdido. Sin embargo, pudo llevar la conversación a los términos más comprensibles para su amigo Toño.

     -No es eso. Estaba dormida, y claro, se asustó.

     Toño abrió los ojos, asombrado.

     -¡Nde bárbaro! -exclamó-. Eso es muy peligroso... Yo no me hubiera animado...

     -Depende... depende de tu calentura -replicó Miguelí, en tono de veterano pandillero, haciéndose el entendido en tales lances-. A veces te resulta, a veces te f alla... ¡y si uno no se juega, che compañero!

     Toño dejó escapar una risita.

     -Y claro, pues. Por ahí si se deja, ¡Dios nos guarde!

     Rieron a carcajadas, arrimando las narices, con las bocas llenas de mandioca. Miguelí se sentía una cucaracha.

     -La pokyrá le dijo a Ramón que la Olga llora todo el día, que está como desahuciada y te culpa de todo -soltó una risa cínica y continuó-. Eso ha de ser porque se asustó... si es cierto lo que me decís. Porque o si no, che compañero, qué pa se va a retobar tanto esa pendeja. A esa ya no le duele. Yo la he visto salir de la pensión de ña Eduvigis junto con Cacho Portela, y vos sabés muy bien que allí nadie se va para rezar novenas. ¡Hembra ha de ser pa ser fayuta!

     Sintió en el pecho la puñalada. Pero la aguantó de firme, sin un pestañeo. Toño hablaba ahora de un modo extraño, como quien encoge las narices al destapar una olla inmunda, que el guaraní hacía más siniestro con sus acentos guturales.

     -Así son los fifí, che compañero. Se ponen traje blanco, andan en auto, se empolvan hasta el trasero, ¿y al fin, qué son? ¡Mierda su porte! ¡Y encima le joden al proletariado!

     Miguelí le tuvo miedo. Nunca hubiera imaginado que el práctico y servicial Toño Arzamendia pensara tales cosas, que hubiera juntado tanta rabia lustrando botines en el bar del juzgado.

     -Ahora el doctor ofrece mil pesos al que diga dónde estás o que te agarre. Todos los mitaí arruinado te andan buscando como perros. Te van a agarrar sin falta -lanzó un suspiro como para sacarse un gran peso de encima, y agregó-. Yo, en tu lugar, iba a entregarme, a dar la cara. Total, ¿qué hiciste? ¡Cosa de macho!

     Miguelí aguantó las lágrimas.

     -Si me agarran, paciencia. Pero yo no me voy a entregar aunque vengan todos juntos.

     Era tal su resolución que Toño lo quedó mirando.

     -Bueno -dijo al cabo, como tomando a su vez una decisión definitiva-. En el bañado hay uno mi tío. Voy a llevarte a su casa. Puede pasarte a Chaco-í en su canoa. Entrando para adentro podés ganar los indios, conchabarte en una estancia o pasar a Clorinda, si es tu gusto.

     Miguelí estuvo conforme. Pero Toño enseguida trató de disuadirlo con toda suerte de argumentos, hablando con una agitación extraña en él.

     -¿Qué te van a hacer si te entregás? A mí, por una cosa de ésas me matan a palos. A vos a lo mejor te retan, te pegan un poco y a la Olga esa le dan unas puntadas y sanseacabó. ¿Para qué vas a andar por ahí pasando hambre, huérfano y solo, sirviendo como peón, teniendo como tenés padres y estancia? Echarse al monte por gusto me parece un disparate.

     Miguelí no contestó. Toño sacudió la cabeza.

     -¡Qué tonto pa que sos! ¡Paciencia! Mil pesos es mucha plata... -se miró los pies como aturdido por la frase pronunciada sin querer.

     Miguelí se levantó, ya sobraban las palabras. Toño escondió el poncho y las latas en el hueco de un tronco, y se echó a andar hacia el caminito. Recién Miguelí se daba cuenta que su amigo no llevaba su cajón. Era tan extraño verlo sin él que parecía lisiado. Caminaba torcido, portándolo invisible, metido en el alma. De tanto en tanto se volvía a mirar a Miguelí, como asombrado de verlo todavía. Cuando ya iban a salir a la calle se detuvo a esperarlo y le pasó el brazo por los hombros. Miguelí se enterneció. Gran tipo este Toño Arzamendia. Un verdadero amigo, un compueblano, que se duele por uno, por la decisión que ha tomado, que aconseja abandonarla, pero que, en acto de respeto verdadero, ayuda a ponerla en práctica. Al salir a la vereda, veinte manos lo atraparon. Se defendió como fiera entre un diluvio de cintarazos, patadas y coscorrones, mordiendo, pegando, revolcándose, hasta que, maniatado, vio a Toño corriendo calle abajo, rumbo al río.

     -¡Judas! -le gritó, con toda su alma-. ¡Judas, nde añamenby!



- VI -

     Miguelí miraba el retrato que sonreía bajo el cristal del escritorio. Esos labios no iban a hablarle nunca. Pero estaban. ¿Adónde? ¿En la tierra, en el árbol, en el río que pasa y pasa llevando camalotes para echarlos al mar como coronas de muertes innumerables? Y si hablara, quién sabe qué diría de los matadores y las muertes, de glorias y de pecados, de la sofocación del nacimiento, de la rabia de los vivos que echan sombras al vacío. A lo mejor que era el fantasma por el que brotan cruces en las encrucijadas, el ojo de la estrella, el espejo del mundo, un pique en el pie izquierdo de un gigante barbudo. Cualquier cosa menos Miguel Domínguez Insaurralde, hijo y nieto de próceres, de fieros perdedores de todas las batallas, de molidos a palos como lo fuera él mismo, pelados por peluqueros que pasan máquinas por cima de chichones, de echados al montón como oveja trasquilada al patio de la comisaría, donde duerme la Libertad a pata suelta con el gorro frigio echado sobre los ojos. Por la tarde había venido Antonia a traerle una manta. Llorando de vergüenza le dio más coscorrones. Le dijo que allí se iba a quedar, convicto y preso, hasta que el propio Daniel viniera a llevárselo. La noche la pasó en el corredor, con borrachines y rateros disparates.

     Pero, vaya donde se vaya uno se ha de topar con un Samudio. Eran tantos los hijos de taitá Gaspar. A la madrugada lo despertó uno de ellos, que se llamaba Kitó. Estaba de conscripto, en servicio de rancho. Miguelí no se acordaba de él, pero se cuidó de demostrarlo. Le preguntó de la familia. Todos bien, a Dios gracias. Taitá está tan viejo que se olvida de enfermarse. El gringo Stauffemberg ganó el pleito, pero va a cobrar si es brujo. Casiano se cortó el dedo gordo del pie con el hacha y fue así que le pillaron que le entraba a la mujer de don Toribio. A Casimira, estando preñada, la corneó una vaca. Y claro, parió un fenómeno: guampas pintadas en el traste inocente y tamaños ojos saltones. ¡Qué desgracia!

     Para esto ya le había convidado y revirado el cocido con abundancia de galletas, duras como cantos rodados, que Kitó le enseñó a partir con precisos cucharazos. Quedose pues en la cocina. Para la siesta, fregando cacharros, ya habían entrado en confianza. Los conscriptos dormían por ahí tumbados, mezclados con los presos, o buscaban piojos entre las costuras. La guardia estaba adelante. En el fondo había otro patio, pelado, con arcos para jugar al fútbol y un galpón de cinc en una esquina. Desierto al sol, un centinela dormitaba a su sombra, guardando la puerta con bayoneta calada.

     Miguelí se dio cuenta de que Kitó quería decirle algo. Por fin, tras santiguarse, le confió.

     -Allá en el galpón hay un preso incomunicado. ¿Te animás a llevarle un jarro de cocido? Está prohibido darle ni agua, pero el centinela es mi socio, no se va a despertar.

     Sin esperar respuesta le dio el jarro, cargole de galletas los bolsillos y encargó:

     -Que no te vean. Si nos llegan a pillar estamos listos.

     A Miguelí volvieron a dolerle todos los moretones seguro de que le aguardaba otra tanda de palos. Pero se fue derecho, pasó junto al centinela, que tenía la visera sobre los ojos, empujó la puerta con el pie y se introdujo en el galpón.

     El preso estaba recostado en un fardo de alfalfa. Apenas se lo distinguía mediante los rayitos de sol que entraban por los agujeros del cinc. Al acostumbrarse a la penumbra pudo verlo mejor. Tenía una pierna encogida, la otra estirada sobre el piso de tierra. El rostro tan desfigurado que le costó darse cuenta de que sólo le restaba la mitad del bigote. Pero Miguelí estaba apurado:

     -¡Señor, señor!

     El preso abrió los ojos, grandes, afiebrados, que se antojaban ciegos.

     -¡Señor, señor, te traigo para tu cocido! -insistió Miguelí, atreviéndose a tocarlo por las ganas que tenía de disparar de allí. Quién sabe qué malevo sería este protegido de un Samudio.

     Le salió una especie de estertor. Movió la boca con dificultad. Tardó bastante en articular las dos palabras:

     -Hola, Miguelí...

     Casi se le vuelca el jarro: era Sotelo. Ya había vuelto a cerrar los ojos. Al respirar le salía como un ronquido, como si al hacerlo le doliera. Olvidando el miedo, Miguelí le acercó a los labios el cocido. Pareció reanimarse; por algo Kitó había echado tanta azúcar. Pero al llegar a la mitad, sacudió la cabeza.

     -Basta. No vale la pena.

     Sudaba a chorros, como enfermo de chucho. Miguelí sentía ganas de llorar.

     -¿Qué te pasó?

     -Gajes del oficio. ¿Y a ti? ¿Guerrillas?

     -No.

     Sotelo cerró los ojos. Pareció hacer un gran esfuerzo, y al abrirlos, habló con claridad, aunque gangoso, dolorido.

     -¿Sabe Marcial que estás aquí?

     -Sí, sabe.

     -Entonces te hará soltar enseguida. Vas a hacerme una gauchada.

     Despacito, con cuidado, estiró la pierna que tenía encogida. Miguelí vio con espanto que las plantas de los pies estaban horriblemente llagadas.

     -Dile a Marcial...

     Miguelí lo interrumpió:

     -No puedo. Él me hizo apresar.

     Sotelo no dijo nada. Dejó caer la cabeza como para darle un descanso. Quedó un rato como dormido.

     -Parece que me rompieron una costilla -murmuró-, y casi todos los dientes...

     Hablaba con un susurro que le salía de la garganta.

     -No te quebrantes por mí. Ahora tendrán que llevarme al hospital. ¿Conoces al mayor Quinteros?

     Miguelí estuvo a punto de decirle que lo había visto ha dos noches. Pero se contuvo. No hacía al caso.

     -Sí, lo conozco.

     -Hay que avisarle para que se asile. Están sobre la pista... y que esconda de vuelta los cigarros... ¿Cómo vas a hacer?

     Miguelí quedó pensando.

     -A lo mejor el ranchero se anima. Es un Samudio. Fue el que te mandó el cocido.

     Sotelo levantó la cabeza.

     -¿Samudio?... ¡Ah, sí, de tu valle!... Solía hablar con ellos. Gente bárbara.

     Volvió a callar, para tomar resuello.

     -No queda otra alternativa. ¿Tienes un lápiz?

     -No.

     -Tendrás que conseguirlo. Vas a escribir: «M. avisa que el locro se quemó. Saquen la olla del fuego»... ¿Vas a acordarte?

     -Seguro.

     -Puedes agregar que en lo demás no se preocupen, que conservo mi honor.

     -Voy a decirlo.

     Entonces Sotelo lo miró de una manera que nunca se le olvidó. No lo miraba a él, lo traspasaba, iba muy lejos, como se mira a la pradera al salir de los montes.

     -Que Dios te ayude, camarada.

     Se le desplomó la cabeza como si se le hubiera soltado. Miguelí vio con horror que le manaba sangre por la boca. Oyó un golpe en el cinc. Derramó el resto del cocido en el fardo de alfalfa, metió el jarro en el bolsón de la campera, entreabrió la puerta, observó y salió corriendo.

     Entraba a la cocina cuando pasó el cambio de guardia.



     Kitó Samudio se pasaba la manga por los ojos.

     -Lo trajeron anoche para esconderlo de su gente. Ésos de la Primera son sin entraña. No tienen projimidá.

     -¿Vas a llevar el papelito?

     Kitó hizo ruido al aspirar por las narices.

     -No tengo franco, me toca rancho esta noche, ¿puede ser después de la retreta?

     -No, mi valle, ha de ser enseguida.

     Kitó era bajo, retacón; algo rechoncho, como cuadra a un ranchero. La cara redonda, de calabaza, ojos vivaces. El pelo negro, que le renacía de una rapada, le rebosaba los costados de la gorra que llevaba hacia la nuca, torcida para un costado. La casaca le quedaba como estrecha, inflada de una fuerza que le nacía de adentro.

     -¡Lo que ha de pasar, que pase! -exclamó, pegándose la nalga-. ¡Dame si que el papelito!

     Por consejo de Kitó, Miguelí se mantuvo lejos del rancho para no ligarla de rebote. Toda la tarde fue un ir y venir de oficiales al galpón del fondo. Hasta que pasó un señor de panza y traje que parecía doctor, ministro o algo por el estilo. Lo seguía el mismo caraí comisario, llevando en la mano una linterna.

     -No tengo nada que ver, anoche me lo encajaron, órdenes son órdenes... -repetía sumiso, quejumbroso.

     -Lo único que falta es que ahora se nos muera -alcanzó a oírle decir al personaje cuando estaba de vuelta-. ¡Es una calamidad! Hay que sacarlo enseguida.

     -A éstos co les gusta luego hacer de mártir. Hasta muertos nos joden. ¡Qué compromiso! -se lamentaba el comisario.

     En la formación se dio parte de que el cabo conscripto Cristino Samudio se había desertado.



     Don Rosendo solía decir que una de las tantas flaquezas de los paraguayos es que no saben odiar. Pero, cada vez que Miguelí se recordaba de lo que pasó después, le entraba una rabia tan tremenda que se mordía los labios hasta hacerlos sangrar. Por eso prefería no acordarse, aunque estaba jurado en juramento que alguna vez alguno iba a pagar con sangre la sangre que se vertió. Por murmuraciones de la tropa se enteró que Sotelo se había muerto en camino al hospital. De nochecita, después de la formación, los números de guardia se sentaban con los presos y los vigilantes fuera de servicio a tocar la guitarra y a cantar. Hablaban del valle, del amor, de la Patria. Describían la primavera imitando los trinos, nombrando todas las flores. Contaban hazañas de hombres bravos; de amigos inseparables, leales hasta la muerte. Miguelí los escuchaba acurrucado en un rincón de la recova, llorando por su amigo muerto. La misma Antonia se había ablandado al verlo estallar en llanto. Le prometió hacerlo salir al día siguiente si le juraba no escaparse. Ella no sabía nada de lo que pasó a Sotelo. Miguelí no se lo dijo por temor a que su hermana perdiera los estribos. Si eso pasaba, de nuevo podían sonarle las costillas, y aquellos días preñados de lecciones tan amargas lo habían hecho cauteloso. Seguían cantando los soldados cuando llegó un oficial con el sable en la mano, mandando formación. Miguelí se encogió cuanto pudo, aguardando a ver qué hacía aquella gente feroz.

     -¡Que lo traigan! -gritó el oficial.

     Un conscripto rechoncho llegó repuntado a culatazos. Era Kitó Samudio. Esperó entre cuatro bayonetas. Poco después apareció el comisario ajustándose el cinturón. Se fue derecho, con el torso hacia adelante y el pescuezo estirado como si fuera a morder, hasta donde estaba Samudio en posición de firme y le aplicó un puñetazo en las narices. Siguió pegando hasta que el soldado se cayó. Lo levantó a patadas. Cuadrose Samudio, lo tumbaron; volviose a cuadrar, de nuevo rodó al suelo. Y así hasta que, acatando una orden, se sacó los pantalones y se tendió en el banco. Un soldado se le sentó sobre las piernas, otro lo sujetó de la cabeza.

     -¡Sabléemelo hasta que cague! -ordenó el comisario, dirigiéndose al oficial.

     Éste se recogió un poco la manga. Hizo vibrar el sable dos o tres veces. Lo sostuvo en la punta de los dedos, retrocedió como midiendo y descargó un golpe secó en las nalgas desnudas de Kitó que sonaron como escupida al fuego. Se encogió como resorte. Aguantó el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, hasta que al sexto, quizá tocado en un hueso, lanzó un berrido bestial. Miguelí se metió la cabeza entre las piernas, se tapó los oídos con toda la fuerza, tratando de escapar a aquellos alaridos que ahora se iban sucediendo acompasados, siguiendo a cada golpe, quemando el alma como marcas al rojo. Después de haber gritado así, sólo ha de restarle a un hombre echarse al monte, destrozar presas a mordiscos, aullar como los zorros, rugir como las fieras cuando amenaza la tormenta. Ahora Kitó lanzaba una especie de estertor continuo. Súbitamente endurecido, como si se le hubiera roto algo, Miguelí levantó la cabeza y se puso a mirar. El oficial seguía pegando calmosamente. Pasito para adelante, pasito para atrás. Se detuvo por fin, pidió un jarro de agua. Pasó el sable ensangrentado, se tiró el sudor de la frente usando el dedo, bebió a sorbos, fatigado. El comisario le dio fuego para encender un cigarrillo.

     Soltaron a Kitó, que se quedó tendido, gimiendo como adormilado. Un soldado estaba revolviendo un balde con un palo de escoba, echando miradas traviesas al negro trasero en carne viva que brillaba redondo a la luz del farol. Tanteó el gusto mojando un dedo y llevándoselo a la boca, para luego derramárselo a Kitó, quien, dando un grito, saltó con las piernas al aire. Hasta el pobre Miguelí largó a reírse a su pesar.

     -Llévenlo al calabozo.

     Rompieron filas. Volvieron a templarse las guitarras, los cantores a cantar:

                                             

Con vuestra venia, mi capitán, sólo un momento


          


la carabina por la guitarra ta cambiá mi.




Oíd, señores, estas canciones del campamento,




frente por frente a las trincheras Paraguarí.




Paraguay pe dejé mi madre, dejé mi novia,




tengo mi rancho en el mentado Loma Clavel,




y en estas tardes de junio triste mi amor me agobia,




porque a mi máuser como a mi novia quiero ser fiel.



     Dos soldaditos compartían un cigarrillo cerca de donde estaba Miguelí.

     -No hay sableador como el subcomisario -decía uno de ellos-. Te hace recordar por su abuela maleta y apenitas nomás si te lastima para que te pique la salmuera y no se pasme.

     -¡Es de mi valle! -replicó el otro, con orgullo.

     Al día siguiente, cuando lo vinieron a buscar, Miguelí estaba tan enfermo que tuvieron que llamar una ambulancia.



- VII -

     -Voy a hacerte injertar bajo la piel, sobre mi corazón, y saldremos por ahí descomponiendo bailes, cantando serenatas y escondiendo muchachas. Con la guitarra y el revólver y el poncho liberal, en parejero melado que sepa bailar polcas sobre un cuero, siempre derecho hasta la loma del mundo.

     El retrato callaba, callaría siempre.

     -Vas a ser mi abogada. Si no te arrancan de mi pecho nunca me podré morir.

     Miguelí ya no era un niño, no esperaba respuestas de la sombra. Sin embargo las palabras tienen vida y dan vida a las cosas, les contagia su virtud. «O mo âh», como dicen los narradores de velorio, que saben hacer hablar a los animales, que conocen la historia de plantas y de pájaros: «En el principio está el Hombre, el yvypóra, el Santo enclenque que gira y gira buscando la mata de los tiempos; que sabe que ha de morir, pero que juega por el suelo su cuchillo porque no cree en la muerte».

     Al abrir los ojos en el hospital, el padre Lutin le sonrió aliviado. Había pasado tiempo suficiente como para que pasara todo. Lo devolvieron a Loma Verá sin un reproche. Se encontró de nuevo con pantalones cortos, como si todo hubiera sido un largo sueño provocado por algún encantamiento contenido en la ropa que le pusiera doña Rosario. Volvió a portarse como chiquilín, contento de retozar a gusto, de ir recuperando fuerzas con la leche caliente recién ordeñada, el picadillo de carne y huevos fritos que le daban a las nueve y las ollas de dulce lamidas a discreción. Ni se habló de volverlo al cuarto de su hermano Daniel. Hasta la tía Zoraida se levantaba de noche a ver si estaba bien tapado. Hasta que pasó de moda y se discutió de nuevo el problema de su destino. Ahora pendía sobre él la amenaza de una tunda.

     Se abrió la puerta y entró don Rosendo. Estaba ceñudo, acalorado.

     -Pasame el mboreví -dijo, al sentarse.

     Miguelí descolgó el terrible látigo de piel de tapir. Don Rosendo se puso de pie, lo miró a los ojos, para adentro, como buscando algo. Si era el miedo no le iba a dar el gusto de encontrar.

     Los azotazos cayeron medidos, estudiados, por las nalgas, la espalda, las canillas, hiriendo en lo más sensible con la maestría de cabo de los palos en círculo. El dolor quemante, insufrible, endureció los músculos encaramados al grito. Hasta que de súbito cesaron y el dolor quedó latiendo.

     -Ponlo en su lugar y vuelve aquí.

     Miguelí hubiera preferido correr a campo afuera, buscar un lugar donde lamerse y aullar aquella angustia que le tapaba la garganta. Obedeció. Don Rosendo lo miraba con forzada admiración de viejo. Para él era el coraje la primera y esencial de las virtudes porque sin coraje no hay virtud capaz de sustentarse. Hubiera querido abrazar a su querido hijo Miguelí, pero su severa concepción del patriarcado se lo impedía.

     -Sé por qué los has hecho, hijo -declamó-. Quisiste probar que tenías el corazón más grande que el bravo toro bayo. Pero, hay un terreno en el que no puedes comparar tu valor con el de un toro y fue allí donde fallaste. Al jugarte la vida en el potrero grande obraste como un insensato para luego dejar que el pobre animal se destrozara a golpes porque te faltó valor para reconocer la maldad inútil que habías cometido. Te he castigado por eso. Te he castigado duramente, como se castiga a un hombre, que ha de hacerse más duro que el quebracho para afrontar la vida en esta patria bárbara. Pero no te olvides que cada golpe que te daba me hería en el corazón.

     Se pasó la mano por la frente y continuó.

     -Te has portado muy mal últimamente. Nos has defraudado. Decidimos no decirte nada porque estabas enfermo y porque hay cosas de las que es mejor no hablar. Tú mismo habrás comprendido la vergüenza que pasamos. ¿Sabes lo que escribió el doctor Fernández? Te lo diré: «Nosotros podemos comprender. Estoy dispuesto a intentarlo. Pero Mercedes no quiere que vuelva a poner los pies en nuestra casa»... ¡Ah!, ¿lloras? Bien, eso está bien. Sufriste sin chistar el dolor físico, que no es cosa de broma, pero le aflojas al sentimiento... Pero ahora, cálmate. Olvidemos aquello. Hay actos de los que no somos dueños. Hablemos del toro bayo, que es lo que nos interesa. Acércate una silla y discutamos de hombre a hombre.

     Miguelí obedeció.

     -Hiciste daño sin necesidad. Me dirán algunos hipócritas que nunca es necesario hacer daño. Quizá eso sea verdad alguna vez, en un mundo vegetariano. Por ahora la violencia es muchas veces necesaria, inevitable, pero debemos redimirnos con el odio a la violencia. Ella me acompañó toda la vida. Anduve siempre con el fusil, el sable, el ganado o el látigo. Hoy me doy cuenta de que, por eso mismo, fue mi vida una continua renuncia a lo mejor de mí mismo, como fue la historia de mi patria.

     -No lo haré más, papá.

     -Bien, te creo. Pero eso de nada sirve al bayo ni a mí me devolverá la plata que me costó. Vamos a ver, ¿para qué quería yo al toro bayo? Era un animal sano, fuerte y hermoso. Hubiera tenido muchos hijos tan fuertes, tan hermosos como él y tú lo has matado. Destruiste una fuerza fecunda, una fuerza capaz de prolongarse. No solamente hiciste daño al toro. También me has hecho daño a mí, a Loma Verá, a la Patria. Te has hecho daño a ti mismo. Recuérdalo: debes respetar toda fuerza fecunda, toda fuerza capaz de prolongarse.

     Hizo una pausa, atusándose los bigotes, meditabundo.

     -Si grabas esta idea en tu cabecita no se habrá muerto en vano el toro bayo. Su fuerza se prolongará en tu espíritu y te ayudará a ser un hombre de bien. Hombre de bien es aquel que respeta la vida. No te olvides que a un hombre hay que medirlo por lo que es capaz de dar.

     -Comprendo -continuó, hablando con lentitud para oírse a sí mismo- que te fuera difícil reconocer la maldad inútil que habías cometido. Para decir la verdad hay que obrar con rectitud. La verdad es un arma poderosa, pero el esgrimirla es privilegio de las causas justas.

     No era la primera vez que don Rosendo decía eso. En Miguelí asomó una crispa taimada.

     -Eres un héroe, papá. Tú siempre luchaste por las causas justas.

     Don Rosendo sonrió halagado, pero algo ensombreció su frente y dijo con sinceridad.

     -¡Quién sabe, Miguelí, quién sabe! No es fácil estar seguro de que la causa por la que se lucha es la más justa. Creo sí que en mi juventud luché por una causa justa, pero después renegué de la causa por la que había luchado, por la que habían muerto todos mis hermanos. Defendí a mi patria en la Guerra Grande, pero el invasor, avergonzado de su miserable victoria sobre un pueblo que se había elevado a mil leguas por encima de él, quiso envilecer a los que tuvimos el descaro de sobrevivir.

     Levantó la cabeza y habló como evocando:

     -Teníamos una pequeña patria encerrada en sí misma como una perla rara en el fondo del mar. La amábamos como a la vida, velábamos por ella, era nuestro orgullo, nuestra razón de ser. Pero vino la guerra como el ogro de los cuentos. ¡La guerra del setenta! Daniel dice que no vale la pena hablar de ella, que no es más que un pretexto para justificar nuestra miseria, nuestra incapacidad de construir. Pero ¿cómo no hablar de un acontecimiento que trasciende de las circunstancias ínfimas que le dieron origen y determinaron su desenlace pavoroso? Fue una pesadilla horrenda, y al despertar descubrimos que la perla ya no estaba. Y quedamos sin fuerzas, como panal sin reina.

     Don Rosendo se había puesto de pie y recorría el salón a grandes zancadas destacando en la penumbra su silueta poderosa. Como siempre que hablaba de la Guerra Grande se apoderó de él una extremada agitación. A veces lo hacía con el orgullo victorioso de los soldado-lope-cué, esas reliquias entusiastas que describían batallas esgrimiendo sus muletas. Otras, como un hombre abatido que tratara de justificarse ante el implacable auditorio de las generaciones.

     -Estuve en la batalla de Avay. Días antes, como sabes, en Ytororó habíamos llenado de cambaes la zanja del arroyo. Casi sin balas, con gran parte de la pólvora arruinada por la lluvia, los volvimos a pelear a campo abierto. A lanza y bayoneta destripamos otros diez mil cabrones que clamaban a la Virgen de la Concençäo. Cuando todo estuvo perdido formamos un cuadro y caímos allí cinco mil hombres. Hasta el último hombre... Pero antes hicimos rebotar como pelotas veinte cargas de la caballería riograndense... Cuando estaban llegando les salíamos al paso lanceando a los caballos y carpiendo con el sable pescuezos de los jinetes, mientras los de atrás, estorbados por sus muertos, recibían en la cara el fuego de nuestros rifleros que, en medio de aquel infierno, administraban sus tiros como cazadores concienzudos -don Rosendo soltó una carcajada-. ¡Y ya nomás salían disparando con la cola entre las piernas, corridos por nuestros escuadrones, para retornar, arreados por sus oficiales como novillada al brete!... No te vayas a pensar que fueran poca cosa los cambaes, ¡es que aquí se habían topado con sus padres! Nadie que no lo viera se puede figurar lo que fue aquello. Las ánimas de los muertos gemían en el viento. El clamor de los heridos era un uno y solo grito de la tierra espantada... ¡Anda!, tráeme un jarro de agua que te voy a contar lo que pasó después...

     Miguelí voló hasta el cántaro y regresó a la carrera.

     -Tuvieron que tumbarnos uno a uno y rematarnos en el suelo, porque los heridos se les encaramaban como tigres y los cosían a puñaladas. Nuestro coronel, con un sablazo que le había partido la cabeza, se abrió una calle para él solo. Vi niños toreando a una docena de negrazos, hacerlos recular y hachearlos por el lomo. Me sentí en el hospital, con dos heridas de bala y un lanzazo en el pulmón. Me dieron de comer y me curaron. «Paraguaisiño vravo, ¿cuánta sangre tei vose?», solía decirme el cirujano, un hombre bondadoso como suelen serlo casi todos los «rapais». Apenas pude andar me escapé para reincorporarme al ejército en retirada. Fui recibido por el Mariscal. Madame Lynch, con sus manos, me convidó una copa de coñac...

     El viejo resoplaba de orgullo, con el jarro de lata levantado en un brindis.

     -¡El Mariscal! -repitió Miguelí-. ¿Qué te dijo?

     El viejo soltó una carcajada.

     -¿Qué te crees? Me hizo algunas preguntas y mandó que me dieran de comer. Nada más, ¿por qué iba a tratarme como a un héroe? Sobrevivientes como yo llegaban por docenas todos los días. Así renació en las Cordilleras el ejército que el invasor creía aniquilado en Lomas Valentinas. Nada tan singular como ese ejército: ancianos, mujeres, mutilados, niños con barbas postizas que se batían como leones y que en Rubio Ñú contuvieron al Ejército Imperial...

     Don Rosendo dejó el jarro sobre el escritorio.

     -Años después, estando en Buenos Aires como embajador, un general argentino me preguntó por qué lo hicimos. Una pregunta difícil. La gran pregunta que se hace este pueblo desde hace setenta años: ¿Por qué? ¿Qué absurdo fanatismo nos llevó al holocausto?¿Por qué no abandonamos la lucha cuando ya no era posible la victoria? ¡Cuántas páginas se llenaron tratando de explicarlo! No faltó quien dijera que el heroísmo paraguayo emanaba de la virtud de la mandioca. No, hijo, no. Es que también los pueblos se plantean a veces, en dimensiones colosales, el dilema de Hamlet, y en esa guerra conquistamos nuestro derecho a la vida. Desde entonces hasta la última placera del mercado siente el orgullo de ser hija de un pueblo inmortal que «supo caer sobre su escudo para quedar de pie sobre la historia». Por eso «Vencí penurias y fatigas» (30), llegué a Cerro Corá, fui la fidelidad en el infortunio de mi patria... ¡Ah, lo que fueron esas marchas! Columnas enteras se arrastraban por el monte. Sí, literal, en cuatro patas, como las bestias. Pero cuando las alcanzaba el enemigo, ¡se levantaban los cadáveres a derramar los restos de su exprimida sangre hambrienta!

     La voz retumbó en toda la casa. Don Rosendo abría los brazos para captar la emoción de un inmenso auditorio. En sus ademanes desmesurados había algo de teatral, de cómico, de trágico, de sobrehumano y de ridículo. Se escurrió con el índice el sudor de la frente y siguió ronco, jadeante.

     -Nada de esto podía comprender el invasor. Cagatintas del ejército aliado nos pusieron en fila a los sobrevivientes para firmar un mensaje de gratitud al enemigo por habernos liberado de la tiranía de López... Centurión, Aveiro, Resquín, Caballero, Maís, ¡todos firmamos y fuimos consecuentes con nuestra cobardía! Es que ya no había una moral que nos sostuviera. El sólido y honrado hogar paraguayo había caído para siempre.

     Se detuvo ante el retrato del Mariscal, y señalándolo con el índice, se volvió hacia la multitud que aguardaba en un hilo su juicio sobre el Gran Responsable.

     -¡Él! ¡Él no firmó! -exclamó, bajando la mano-. ¡El Mariscal! Un déspota ilustrado que fue grande. Grande a pesar de su egoísmo y de su pequeñez porque su pueblo lo hizo grande...

     Evocadas por la excitación de su cerebro volvieron nítidas las imágenes terribles de aquellas batallas pavorosas. Se vio otra vez en una carga bárbara sobre el puente de Ytororó, pisoteando a los heridos bajo la siesta tórrida. Volvió a sentir aquella resolución suicida, aquel odio salvaje.

     -¡Ah! -rugió, levantando los puños como esgrimiendo una lanza-. Ellos aplastaron allí una fuerza formidable. ¡Ah cuando esa fuerza resucite!

     Miguelí, sin saber por qué, rompió a reír. En los ojos del viejo llameó la locura.

     -¡Nei, terejó! -gritó, descargando sobre la mesa un puñetazo-. ¡Fuera, perro bastardo!

     Miguelí huyó espantado.

     El cristal de la mesa se había roto. Asustado, trató de reparar lo irreparable. En eso vio el retrato de su hija muerta. La contempló largo rato, y después, apoyando la cabeza gris en sus manos sarmentosas, se sentó en una butaca y rompió a llorar.


 

QUINTA PARTE

LA GUITARRA


- I -

     Don Jorge sacó de un cajón la «Parabelum» y la ocultó lo mejor que pudo bajo el faldón de la casaca. Se encaminó a la caballeriza. Aleccionado por la experiencia, revisó personalmente la cincha y la pechera; la negligencia de los peones rebasaba todo límite. Dio una palmada a las ancas lustrosas de su padrillo alazán de pura sangre, capaz de dejar atrás a los mejores parejeros de la comarca, se aseguró la fusta en la muñeca y montó con agilidad. El traje verde y el casco de corcho realzaban su figura imponente. Se detuvo ante la escalinata donde Frau Cristina lo aguardaba recostada en un angelote de mármol.

     -Si no regreso al anochecer -le dijo, tras despedirse- manda a buscar a la policía.

     -Me parece una imprudencia -le advirtió la mujer.

     -No lo creo. Lo he pensado muy bien. Esa gente cree poder intimidar a todo el mundo. Es preciso demostrarles que a mí no me asustan.

     Frau Cristina sonrió con esa expresión engañosamente ingenua y embobada que tienen las gringas.

     -Lo que tú digas está bien.

     Don Jorge se alejó fortalecido por la confianza de su esposa. Aunque su determinación era fruto del cálculo, estaba indignado. El último cargamento de semillas que despachara en las carretas de los Samudio llegó a destino encogida en un tercio. Si un hombre tan astuto como don Gaspar se había atrevido a tanto era porque se creía seguro de su impunidad. No le faltaba olfato al miserable. Los militares estaban siendo desbordados por los demagogos que habían acabado por corromper a parte de la oficialidad, y el Gobierno buscaba ahora el apoyo de una parte de estas hordas primitivas atizando sus rivalidades para contener a la oposición. La idea, sin duda, no era mala, pero era necesario tomar medidas para no salir pagando platos rotos. Prueba del peligro era que don Gaspar había tardado muy poco en darse cuenta del partido que podía sacar de la anarquía que se avecinaba. El muy zorro era capaz de acabar cuatrereándole sus vacas.

     Los Samudio vivían en una casa enorme, amorfa, que había ido creciendo con la familia. Una familia muy singular. La integraban hijos legítimos y naturales con sus respectivas esposas o concubinas; las hijas, con sus esposos o concubinos; las mujeres desdeñadas, alguno que otro idiota, músico, borrachín protegido, compadre en desgracia y presidiarios prófugos. En realidad, cualquiera podía llegar, quedarse cuanto quisiera, y, si se afincaba, con el tiempo olvidaba el apellido y pasaba a ser hijo de Taitá Samudio. Parte de las tierras que ocupaban sin más título de que no había demonio que se animara a echarlos, las reivindicaba don Jorge exhibiendo gordo expediente. «No puedo leer sin anteojos -había dicho don Gaspar, ante el juez, después de examinar los amarillentos papelotes uno por uno, con lentitud exasperante-, pero el que toque por mi seña ahí nomás tendrá su cruz».

     ¿Qué hacer con semejante bruto?

     El pleito le costó a don Jorge un dineral. Contrató abogados, movió influencias, hizo destituir al comisario, que le tenía pavor a los Samudio, y hasta consiguió sentencia favorable en el momento justo en que un escuadrón de caballería llegaba a perseguir cuatreros. Don Gaspar se había apresurado entonces a reconocer su derrota y a comprometerse a pagar daños y costas. Pero don Jorge no vio un centavo. Nunca le decían que no. Cuando llegaba a la casona era recibido con hospitalidad digna de un jeque. Le regalaban dulces, queso fresco, y hasta una vez gallinas, que viajaron cacareando en ancas del padrillo. A von Stauffemberg ya le gruñía la sospecha de que se estaban burlando de él cuando le llegó la noticia del robo de las semillas.

     Los Samudio se dedicaban a la cría de caballos y al transporte en carreta y alzaprima. Don Gaspar llevaba la contabilidad con montones de maíces, acaparaba las ganancias y las iba repartiendo conforme a la equidad o a su capricho. Don Jorge utilizaba sus servicios porque nadie que estimara su hacienda podía prescindir de ellos en pasando las praderas. Para vengarse de tan arbitrario monopolio, él, que tan escrupuloso era en sus cuentas, solía hacerle pequeñas trampas que el viejo parecía aceptar a sabiendas. Hasta que ahora, de repente, le confiscaba un tercio de la carga.

     -Un mal signo, sin duda -pensó don Jorge, en voz alta, al tiempo que frenaba su montado en la tranquera de los Samudio-, debo poner las cosas en su lugar.

     Don Gaspar lo esperaba, vestido con sus mejores galas, sentado bajo el alero, empuñando como cetro su bastón de guayabo. De los flecos del poncho «treinta listas» asomaba el calzoncillo bordado y las espuelas de plata maciza ceñidas a sus pequeños pies descalzos. Un sombrero de fieltro de alas anchas le enmarcaba el rostro aguileño dejando como en penumbras los ojos despiadados. Aunque saludó con cortesía y se interesó por la salud de «ña Frau» y de la «Frauleincita», no se dignó a descubrirse ni a tender la mano a don Jorge, quien, de pie, doblaba su estatura tratando de sacudirse el respeto que inspiraba aquel viejo espantapájaros. Finalmente acercaron otra silla y comenzó la conferencia.

     Probablemente, explicó don Gaspar, con mucha seriedad, después de escuchar las quejas de don Jorge, las termitas se habían comido desde adentro las bolsas de semilla. Son tantas las rarezas que suelen hacer los cupiís. Mire si no los tacurúes que levantan en el medio del campo sin que nadie sepa cómo. ¿O es que el señor don Jorge había sorprendido alguna vez a las termitas construyendo su nido?

     Taitá Samudio hizo una larga pausa esperando la respuesta. Como no la obtuvo, inclinó la cabeza y continuó.

     ¿Acaso no se habían comido el cepo de la comisaría cuando apresaron a su hijito Pantaleón por un insignificante problema de marcas? El pobre niño, al sentir que se deshacía el yvyrá-cuá se marchó para su casa. ¿Quién intentó apresarlo de nuevo? ¡Nadie! ¡Dios nos guarde de esos bichos paridos por el diablo!

     Don Jorge soltó una carcajada, pero, recordando a qué había venido, se contuvo bruscamente.

     -Usted es responsable de la carga que falta -dijo, haciendo esfuerzos por moderar el tono-, tiene que pagar. Si no lo hace, me veré obligado a demandarlo.

     Don Gaspar hizo un gesto de asentimiento.

     -¿Por qué le he de pagar yo la cena a esos bichos?

     Don Jorge se calló, desconcertado.

     Al señor don Jorge, continuó taitá Samudio, no le iba a ganar un pobre viejo, quien, sin embargo, llegó a tan avanzada edad porque siempre fue prudente.

     «Ya está -pensó don Jorge-, ahora me amenaza. Éste es el momento».

     -Usted está acostumbrado a asustar a la gente, mi estimado don Gaspar, pero no se vaya a equivocar conmigo. No sabe con quién está hablando. Ni usted ni nadie pueden asustarme a mí.

     Era como hablar a una piedra. Don Jorge se enardeció:

     -¿Cómo pretende engañarme con fábulas? ¿Cómo piensa hacerme tragar esa estupidez de las termitas?

     En el rostro del viejo se iluminó una sonrisa contenida.

     -Yo no quiero hacerle tragar nada a usted, señor don Jorge -protestó escandalizado-, quienes se tragaron sus semillas fueron los cupií.

     -¡Usted es un cínico! -estalló el alemán, incorporándose con la mano en la pistola-. ¡Un jefe de cuatreros, un ladrón!

     Don Gaspar se volvió, sin inmutarse, hacia una de sus hijas que pasaba por ahí.

     -Haga té de naranja -ordenó-. El señor don Jorge tiene nervios.



- II -

     -¡Jaque Sultán, lo mitá! ¡Jaque! -gritaba alguno y se hacía el desbande. Era una carrera corta, los chicos conocían la jurisdicción del perro.

     Sultán era el encargado del equipaje de una tribu de braceros que recorría la comarca levantando cosechas. Cuando llegaban a un establecimiento se alojaban en cualquier tapera o galpón destartalado, y, después de limpiar y airear, porque era gente muy pulcra, hacían sobrados, colgaban hamacas, tendían catres, ponchos, jergas, para dormir todos juntos, parejas, niños y viejos. Sultán trazaba un círculo en torno a la morada, hacía sus recorridas a hora fija y mordía a cualquiera que hollara sus dominios.

     Claro que hacía excepciones. Como viejo y buen funcionario, interpretaba la ley en forma elástica. Fuera de la tribu admitía jerarquías, distinguía sutiles gradaciones de status. A don Rosendo lo dejaba pasar haciéndose a un lado, respetuoso. A doña Lucía, meneábale la cola gentilmente. A caraí León le gruñía y a Miguelí no le hacía caso, aunque lo vigilaba discreto. Con los demás no andaba con chicas. Los mordía a primera andanada, sin dar voz de alto. Esto, entre otras cosas, porque el digno perro ladraba rara vez. Y todo dentro de los límites fijados de antemano y publicados en sus rondas. Nunca se propasaba, a pesar de las frecuentes provocaciones de los peoncitos.

     Ejercían en la tribu otros funcionarios públicos de inferior jerarquía: la mula Josefina y Serafín Cañete. Josefina cargaba sobre su lomo flaco la totalidad de los bienes comunales. Serafín era el músico.

     Sultán, perro concienzudo, no hacía distingos entre sus amos. Si alguno lo acariciaba, soportaba un momento el manoseo y se mandaba a mudar con paso tardo, espiando de hito en hito con sus ojazos pestañudos y llorosos de san bernardo venido a menos. Sólo era amigo personal de Serafín Cañete, su igual. En cuanto a Josefina, le guardaba sorda hostilidad. La sabía caprichuda y antojadiza, recordaba con rencor patadas alevosas.

     Serafín era el más célebre punteador de la comarca, el orgullo de la tribu que recorría un país de músicos. A pesar de los harapos que lo uniformaban a la multitud, tenía cierto matiz aristocrático que lo distinguía.

Rostro fino, moreno, mezcla de negro y árabe, ensortijada cabellera gris. Siempre bien afeitado, pulcro, mesurado, señorial, el negro Serafín era una mosca blanca.

     Sabía discursear altisonante, al gusto de su pueblo, en caraí-ñeé, en lengua de señores. Recitaba nocturnos de José Asunción Silva, conocía poemas de Darío y Santos Chocano. Cuando su gente se iba a trabajar, se sentaba a la sombra, con los pies descalzos muy abiertos, con los anteojitos de armazón de acero en la punta de la nariz -de parada nomás- y le leía a Sultán, deletreando despacito, «Los Miserables», o, «lo miseraule», como decía Serafín.

     Sultán era el reflejo de sus emociones. Sonreía, movía la cola, gruñía amenazador, según el caso.

     Serafín Cañete tenía su historia. En el país no abunda la gente sin historia. No fue a la escuela. Aprendió a leer. No sabía sino firmar, y eso, con trabajo. Compadre de toda la florescencia fugaz de paraguayotes ilustrados de principios de siglo, adquirió, en farras y serenatas, la más curiosa versación literaria. Escucha atento, siempre postergado, vanidoso, pedantesco y burlón, medio chiflado, un día, por casualidad, se sumó a los braceros, los acompañó en su vagar, resignado a la condición de trasto, de bufo bonachón y viejo verde. Don Rosendo, que lo conocía desde su juventud, lo había invitado varias veces a quedarse en Loma Verá. Pero Serafín no era hombre para un solo sitio, prefería ser valija a ser ropero. Su sensibilidad romancesca le hacía brotar lágrimas auténticas al percibir el perfume de un naranjal, de un jazminero inclinado, y no había moza quisquillosa capaz de resistir a su gracejo insinuante, a su ironía injuriosa, plañidera y nostálgica.

     Poseía dos bienes terrenales. Su mbaracá de concierto, obra de un célebre, pobrísimo y borrachín artesano de Luque, y dos tomos en rústica de Los Miserables, a los que faltaban páginas, arrancadas por manos sacrílegas en función indeclarable. Jamás perdonó el atentado.

     -Ésta es -solía decir, mostrando el libro- un obra maestro del literatura universal -y agregaba con despecho, sin hacer caso a los relámpagos anunciadores del trueno de la carcajada-. Lo único que siento son las páginas que un chancho asqueroso le arrancó para limpiarse.

     Desahogada la ira de su corazón, sumaba su risa al general contento.



     Esa mañana estaba Serafín leyendo su famoso libro, conmovido por las tribulaciones del caraí-guazú (31) Juan Valjean, cuando se le acercó Miguelí y se sentó en cuclillas frente a él. Serafín se volvió con mirada ofendida, y sonrió con esa solemnidad desconfiada y desdeñosa que adoptaba cuando lo sorprendían leyendo.

     -Maiteipa, caraí Cañete.

     -Buen días, Miguelí. ¿Tú solés leer?

     -Sí, un poquitito.

     -¡Hay que leer, hay que leer! -sentenció el viejo.

     -Yo quiero aprender a tocar la guitarra.

     Los anteojos de Serafín se desplomaron de susto.

     -¡Nde bárbaro! Eso es muy difícil.

     -¡Prestame tu guitarra, Serafín!

     En los ojos de Miguelí había abismos de súplica. Después de la paliza y del sermón se había refugiado en su pieza intentando leer. Hasta que de repente le entraron unas ganas tremendas de guitarrear.

     -¡Ah mi hijo! -decía Serafín-. Yo no le puedo emprestar a usté mi guitarra. Si prestamo la guitarra, la guitarra se enoja y no quiere tocar más... ¡ipochy ja naipusevei! -repitió, mostrando las palmas en ademán de impotencia.

     -¡Cómo se va a enojar una cosa de madera!

     Serafín levantó las cejas, enigmático.

     -¡Nde bárbaro! La guitarra recién hecha es un trozo inanimado de materia inerte, che compañero -declamó, elevando un índice sentencioso-. La guitarra hecha por chambones, suena a palo. Pero guitarra vieja, confeccionada por las manos hábiles y cariñosas de los artístico artesano, lleva en su caja y por sus cuerdas el canto inmortal del Paraguay Eterno, el trino de sus pájaros canoros, el perfume de sus bosques seculares. Las ánimas de las mujeres hermosas, de los hombres de provecho a los que cantó sus hazañas beneméritas... -don Serafín se detuvo a apreciar el efecto de su oratoria castiza, e inclinándose confidencial, prosiguió en un tono en el que campeaban la profundidad y la ironía-. La guitarra es como la mujer. Uno la mira y dice: «esto co es una mujer nomás, con dos camas y otra cosa». Pero no es. La mujer es la cosa más extraña que hay, chamigo. Algunos creen calarlas por el pelo: la morena, sabrosa pero revoltosa; la rubia, vistosa pero aguachada; las trigueñas, leales pero cargosas; etcéteras... Puras macanas, te aseguro. Joven o vieja, linda o con coto, la mujer, como el potro, es bicho de cuidado: nadie sabe lo que va a hacer hasta que se le sube arriba. Hay quienes los manosean y les dan raspadura para ganar su voluntad y quitarle las cosquillas. Otros prefieren el chicote. Cualquiera de entrambos puede salir con la cabeza rota. Hay potros que se amansan enseguida, otros quedan mañeros. No falta el que esconde la hiel, y cuando ya te crees seguro y le aflojas las riendas, pegan el corcoveo y te dejan lisiado para toda la vida.

     Don Serafín cerró el libro, guardó los anteojos y continuó, relamiéndose.

     -Como te decía, la mujer más buena tiene una rabia adentro. Si nosotros queremos una cosa la hacemos si podemos. Y si no, ¡paciencia! La mujer necesita alguno que le haga.

     Miguelí no era recluta en el arte sutil de hacerse el tonto.

     -Muy cierto, don Serafín -le dijo, sonriendo-. Pero ¿eso qué tiene que ver con la guitarra?

     El viejo suspiró, resignado.

     -La guitarra es como la mujer. Suena a según cómo se la toca.

     Hizo una seña para que lo esperara y se dirigió con paso encorvado hacia el galpón, llevándose sus Miserables a los que nunca desamparaba desde que el cochino aquel le arrancó dos hojas. Miguelí cambió una mirada con Sultán. «Ahora verás», le decía el perro.

     Cuando regresó Serafín, Sultán se tendió a sus pies con la cabeza entre las patas, vueltos hacia arriba sus angustiados ojos de mudo.

     Don Serafín sostuvo en alto la guitarra como tanteando su peso. Pasó las manos por la madera, palpando su tersura. Golpeó con la palma abierta sobre el cordaje, dio un ligerísimo rasgueo, punteó veloz de la bordona a la prima, de la prima a la bordona y dio tres golpes precisos en el clavijero.

     -El mucho templar es de mal músico -dijo, dándose por satisfecho-. Ya lo viste. La guitarra está a punto, vibrando de impaciencia como el buen parejero antes de la largada. Hay punteadores que creen tener la música por sus dedos. Se equivocan. El canto está aquí adentro, en la madera, en la caja. Nomás hay que ayudarle para que salga afuera. Ahora escucha. No mires por mi mano. La mano se mueve sola cuando siente la música.

     El rostro del punteador se tensó como las cuerdas de su guitarra y evocó absorto a la multitud contenida en la caja. Miguelí escuchó ruborizado, ciego, sordo a todo lo que no fuera aquella polifonía milagrosa.

     -¿Viste? -preguntó don Serafín cuando hubo terminado.

     -¡Cierto!

     Serafín se levantó.

     -¡Prestame tu guitarra, Serafín!

     El viejo volvió a sentarse.

     -Si te conseguís una guitarra yo te voy a enseñar. Vas a aprender enseguida. Tenés pasta.

     -¿Adónde voy a encontrar una con tanta música adentro?

     Se encontraron los ojos y se echaron a reír.

     -Quiero la tuya, un momento nomás, caraí Cañete -insistió Miguelí-. Voy a cuidarla bien, qué pa te cuesta.

     Don Serafín movió tristemente la cabeza.

     -Imposible. Voy a contarte un caso verdadero -le dijo en guaraní-. Conocí a un punteador muy renombrado que era dueño de una guitarra antigua, del tiempo del Gran Señor. Un joven amigo suyo se la pidió tanto y tanto que un día, borracho, se la prestó. El mozo se fue junto al remanso de un arroyo y se puso a tocar la Magdalena. Como se sabe, Magdalena fue una mujer famosa por sus favores que, después de muerta, le aparecía bailando hasta volverse calavera en medio de la danza a quien cantara estas coplas:

                         

«Magdalena, Magdalena,


          


aní ve na che quebrantá.




'Ro jayjú' ye este día,




coêro che mbuecoviá...» (32)



     Canturreó Serafín, despacito, para que no lo oyera el fantasma, marcando con las cuerdas la tonada evocadora. Miró inquieto a su alrededor y continuó en un guaraní que hasta dejaba oler las cosas.

     -Vio entonces a una doncella tan hermosa como el lapacho florecido. Sus mejillas eran nubes sonrosadas por el sol cuando el lucero se despide de la mañana azul. «Qué hermosa es tu guitarra», le dijo, «préstamela un momento». El mozo quedó parpadeando como lorito que despierta la luz de una vela, mientras ella ejecutaba un cantar desconocido de belleza incomparable como danzar de mariposa sobre la policromía de una cascada cayendo entre los culantrillos de un remanso transparente, y el canto de la alondra en su nidito oculto entre las madreselvas que descienden hasta el agua como el manto de la Virgen. La música se hacía más y más hermosa. De tan hermosa se hizo hiriente, inaguantablemente hermosa como el toque cruel de la diana en el amanecer, antes de la batalla, sacándonos de un sueño en que estuvimos en el valle, en el regazo de la madre o junto a una mujer que ha perdonado nuestra ingratitud. Abrió los ojos. La doncella tenía los pies de loro. Sus manos, siendo manos, se retorcían como garras sobre las cuerdas. Su rostro, aunque seguía siendo hermoso, tenía el gesto bestial de un pájaro iracundo...

     Sultán se irguió gruñendo, con los pelos erizados.

     -¿Quién era?

     -Mbaracá-yaryi, la Abuela de la Guitarra... Toda guitarra vieja es muy celosa. Hay que cuidarse. El diablo es su padrino. Por culpa de la guitarra se cometen los mejores pecados. Aunque la mía está bendecida por Monseñor Bogarín y en mi revólver cargo una bala de plata con una cruz de oro grabada en la punta, cuando cruzo de noche las picadas suelo oír ruidos extraños, voces que me llaman desde la espesura, sombras furtivas de mujeres condenadas que se agazapan y tiritan en los claros alumbrados por la luna, fieras de odio, hambrientas de venganza...

     El viejo tiritó de espanto. Con los ojos brillantes, continuó:

     -Todas las cosas tienen su abuela que las protege del abuso de los hombres. Si fuera por mí, tocaría día y noche la guitarra. Dicen que tengo un pacto con el diablo, ¡Dios me guarde! La guitarra me responde porque la respeto y la cuido...

- III -

     -No me importa -declaró Miguelí-. No le tengo miedo a nada. Préstame tu guitarra, Serafín, porque si no me la prestas voy a robártela.

     La resolución era tal, que el viejo, como un niño, se abrazó al instrumento.

     -¡Nde bárbaro! -exclamó, echando gallitos-, ¡cómo pa va a decir esas cosas un mozo decente como el señor usté!

     -Ya dije todo -remachó en guaraní-. Si no me la prestas, te la robo. Total, ya estuve preso. No me importa ir otra vez. La cárcel está luego nomás para los hombres.

     Don Serafín parpadeó como si viera visiones.

     -¡Francisco Cárdenas semilla-ré! (33)-musitó, meneando la cabeza.

     A Miguelí le saltó la sangre a la cara.

     -¡Qué dijiste!

     Serafín levantó el brazo como parando una guantada.

     -¡Nada, no dije nada!

     Miguelí, en cuclillas, parecía agrandarse como gato onza acorralado.

     -No dije nada, mi hijo, ¿qué te pa voy a decir si estoy callado? «En boca cerrada no entran los mberú», como bien dijo Chopenjagüer. No vaye andar pegando por mí los antojos de tus quimeras, porque le voy a contar a su señor padre de usté para que le dé un correctivo -Serafín hablaba atropellado, sin poder sacar los ojos de aquella fierecilla que resucitaba a un hombre de los que no se olvidan-. ¡No me mire así! Usté no es nadie para asustarme. Yo no soy tu peón. Y, últimamente, si quiere robar, robe; si quiere matar, mate; pero no ande amenazando como si fuera brasilero. ¿Qué te pa se habrá creído? ¡Lo único que me faltaba era este agravio a mis canas seculares! -concluyó levantando un puño enclenque.

     Miguelí bajó la cabeza, apabullado.

     -Me pareció nomás, don Serafín. No vayas a enojarte.

     -Está bien -admitió el viejo, resoplando-. A veces a uno se le antoja alguna idea, y como no le gusta, quiere pegar por otro... Pero usté es un flojo, mi amigo. Un arriero de ley aguanta cualquier corcovo, y si se cae, sube otra vez, como los domadores.

     Miguelí creyó entender.

     -Vas a decirme entonces quién fue Francisco Cárdenas.

     Don Serafín acababa de descubrirse una espina en el pie.

     -¿Panchito? ¡Ah! ¿No tenés pa un cortaplumas?

     Miguelí se lo dio. Serafín se puso a limpiar con saliva una parte de su callosa planta. Pasó la hoja del cortaplumas por la llama de un yesquero hecho de cartucho de fusil, y comenzó la operación.

     -Es espina de coco -dijo-. Hay que sacar enseguida. Si no se te sube por las venas y le clava al corazón.

     -Lo conociste.

     Don Serafín lo miró serio, como estudiándolo.

     -Sí lo conozco. El año pasado ganó una carrera en Itacuruví. Era un tapado, como la yegua de Pychai. Nunca cobró la parada porque siguió galopando hasta acabarse en la loma.

     -No es por ese que te digo.

     -¡Ah!, ¿no? ¿Y usté qué sabe? ¡Escuche a los mayores y no me discuta!

     Guiñó un ojo y volvió a ocuparse de la espina.

     Si no es ése, a lo mejor era uno su pariente -continuó, como hablándole a su pie-. Buscaba entierros. Todas las noches salía a pescar por las señas. Hablaba con las poras, les hacía muchas promesas que después se olvidaba. Por eso, cuando topaba un cántaro, las monedas de oro se le convertían en carbones encendidos. Yo mismo le vi las manos rajadas de cicatrices porque nunca se cansaba de tocar por el fuego.

     -No. Ése tampoco puede ser.

     Una leve sonrisa se pintó en el rostro del viejo punteador.

     -¡Claro pues! Entonces era aquel otro que vendía santos de sandía-piré. Y todos milagrosos.

     -No vayas a mentirme, caraí Cañete. ¿Cómo iba a hacer santos milagrosos de la cáscara de la sandía?

     -Te juro a usté. Y los vendía a montones. Pero, pasado un tiempo, los santos se secaban quedando retorcidos como cecina seca.

     -Entonces era un ladrón.

     -¡Ni qué esperanza! Los santos hacían milagros, sólo que duraban poco y la gente los tiraba olvidándose de sus favores.

     -¿Y Dios? -preguntó Miguelí, sugestionado, afligido por tanta ingratitud-, ¿no los castigaba Dios?

     -¡Aquí está! -exclamó don Serafín, mostrando la espina. Encendió un cigarro y se puso a apretar la herida para que sangrara-. ¡Dios en el cielo y nosotros por el suelo, sin consuelo!

     Mientras esperaba que se juntara suficiente ceniza en el cigarro reflexionó en voz alta:

     -Ñandeyara Guazú ha de ser, malicio yo, lo mismo que el Presidente. Tiene demasiado trabajo para atender a tanto pobre. Entonces habla nomás con los ricos, que son pocos. Los pobres tienen que tratar con los santos para que le lleven la alcahuetería. Los santos de algo tienen que vivir, hay que darles para su requecho... No, mi amigo, Dios nunca se quebrantó por los pobres santitos de sandía-piré que hacía el mentado Pancho Cárdenas.

     Miguelí se rascó la cabeza. El viejo se estaba haciendo el tonto o trataba de hacerle entender algo. Ahora se ocupaba en tapar el hueco de la espina con la ceniza del cigarro. Resolvió seguirle el juego.

     -Los hubiera hecho de barro.

     Don Serafín asintió.

     -¡Sin dudamente! También hacía santos de barro, pero los aplastaba contra el suelo antes de que se secaran. Nunca estaba conforme con los milagros que hacían.

     Miguelí se impacientó.

     -No es por ése que te pregunto. Te digo por el Pancho Cárdenas del que canta el compuesto.

     El punteador se llevó la mano a la cabeza como si al fin comprendiera.

     -¡Ah sí pues! ¿Ese que tenía una estrella en la frente y que sólo por allí le podían entrar las balas?

     -¡Ése! ¡Ése mismo!

     Don Serafín pegó los labios a la cara en la más tonta sonrisa.

     -A ése -dijo- no lo conozco.

     Y se mandó a mudar.



- IV -

     Por la siesta, apenas los mayores se durmieron, Miguelí corrió al galpón. Serafín dormía en un catre bajo un paraíso. Sultán, a sus pies, soñaba con fantasmas.

     Trepó por uno de los horcones y bajó la guitarra, que estaba en el sobrado. Cuando la sacó del estuche gimió un sonido tenue. Un mbopí se descolgó del techo y volvió a un rincón nocturno. Sintió algo frío que le tocaba el brazo.

     -¡Sultán!

     El perro lo hocicaba gimiendo, con la cola entre las piernas, desconcertado. Miguelí se asustó. Reaccionando, se puso a acariciarlo.

     -Un momentito, nomás, che compañero, por favor -le dijo, suplicante.

     Sultán jadeaba a más no poder, con la cabeza gacha y la lengua por el suelo. Apoyó una pata en Miguelí, como para darle un consejo. Pero éste, abrazando la guitarra, echó a correr.

     Sultán lo persiguió indeciso, con pesado galope, hasta el límite de su dominio. Corrió después en círculos, intentando unos ladridos sordos. Finalmente se detuvo, sacudió la cabeza como para aventar presentimientos, y, estirando el pescuezo, se puso a aullar.

     -Sultán vio a la Muerte -pensó una vieja bruja que no podía dormir.



     Miguelí llegó a la represa, monte adentro, pasando el tajamar. Se sentó en el limpio de un tacuarillar recién cortado. Lo abrumaba un murmullo penumbroso. Ensayó un rasgueo. La guitarra, enojada, se negaba a cantar.

     -¡Canta guitarra, canta!

     La guitarra cantó. Maravillado, hizo correr sus dedos nervudos por el cordaje tenso. La sensibilidad emocionada, la predisposición del ánimo afligido, daban a sus manos cierta intuición armoniosa. De pronto un chasquido seco, una vibración ahogada. Una cuerda se retorcía en el aire con estertor humilde. Un venado lo miraba desde la orilla opuesta agitando nervioso su colita roma. Cedros gigantes mecían su alta copa, cerrando, descubriendo, retazos blanquecinos de cielo caldeado. Guazú-virá se inclinó a beber. Su imagen tierna se reflejó en el agua.

     -Hermano guazú-virá -le dijo Miguelí-, se me soltó una cuerda de la guitarra.

     El venado alzó hacia él una mirada límpida y se deslizó en el agua. Nadando sin temor cruzó el arroyo. Se sacudió contento, salpicando en la arena. Se volvió una vez más y se internó en el monte. La cascada del dique cantaba una galopa. En el chirriar de las cigarras se adormilaba el tiempo.

     -¡Mbaracá-yaryi, Mbaracá-yaryi! -evocó en voz queda Miguelí.

     Aguzando el oído percibió los murmullos de la siesta. La maleza crepitaba como si guardara el fuego. Allá, por las maciegas, silbaba yacyi-yateré, el duende niño de los besos fatales. Miguelí, que había robado la guitarra, la miraba con tristeza. Allí estaba, a sus plantas, desnuda, mutilada, como si hubiera envejecido. ¿Qué hacer con ella? ¿Huir? ¿Abandonarla como un despojo inerte o esperar que un milagro le devolviera esa fuerza exaltada que arrebata el espíritu lanzándolo al galope por piquetes de nube?

     -¡Mbaracá-yaryi, Mbaracá-yaryi!

     Oyó asustado que se agitaba la maleza. Se aferró a una rama para no huir. Era un hombre armado de máuser siguiendo a un perro negro. Miguelí se alegró de que en vez de la mujer de pies de loro se le apareciera su amigo, Basilio el Mariscador. Escondió la guitarra entre la tacuarilla segada y saludó.

     -Maiteipa, Basilio.

     -¿Qué tal, Miguelí?

     -¡Lindo! ¿Vas a cazar? Reciencito nomás pasó por aquí un guazú-virá -dijo, y sintió en el pecho una opresión extraña.

     Basilio cruzó el arroyo por el canto de la represa. Miguelí le mostró las huellas del venado. Aún estaban las gotitas de agua junto al dibujo sutil de las patas. El cazador puso una bala en la recámara y trotó detrás del perro. Miguelí lo siguió. Algo le reprochaba la conciencia. Ahora Basilio atropellaba los matorrales espinosos que circundan el monte. Salieron al cañadón. Negro aguardaba allí señalando una islita. Miguelí comprendió que la suerte de hermano guazú-virá estaba echada y un remordimiento tardío le oprimió el corazón. Basilio avanzaba agazapado para tomar pulso. El venado levantó la cabeza intuyendo el peligro y trotó sin prisa hacia el montecito. Retumbó el disparo. Guazú-virá saltó como brincando al cielo y cayó redondo con la paleta bandeada.

     -¡Pipu'uuu! -gritaba Basilio.

     Hermano guazú-virá estaba muerto. Inmóviles perlas negras miraban fijas, sin ver. «No me ha visto -pensó Miguelí-, está muerto, no sufre». Basilio taponó las hoyas del balazo con puñados de pasto gredoso y cargó sobre sus hombros la presa aún palpitante.



- V -

     El estampido familiar del mosquetón-bolí llegó ladrando al rancho. Se encaramó a la cumbrera, se hundió en la tierra bajando por las tapias de adobe. Micaela despertó sobresaltada. Se sentó en el catre de tientos con los pies colgando. Vio a sus hijos. El chiquito, asustado, berreaba en la hamaca. Teresita había interrumpido la costura para alzar al techo sus ojos afiebrados. Martina ensayaba sollozos soñolientos en la estera tendida sobre el piso de tierra apisonada.

     -¡Jesús, María y José! -se lamentó Micaela-. Este Basilio no tiene más remedio.

     Se levantó malhumorada. Bebió del cántaro un porongo de agua. Era una mujer maciza y plena. Sus labios apretados mostraban una voluntad atormentada, tensa.

     Más allá de la sombra de los mangos titilaba el sendero que llevaba a la chacra como diciendo que Basilio había abandonado el trabajo para irse a cazar. Micaela vertió el agua de una jarra en una palangana enlozada. Se lavó la cara y se peinó al descuido el rodete ceniciento. En la cocina, avivó el fogón con la pantalla y puso a calentar la pava. Iba a morder una galleta, pero, tras breve reflexión, volvió a dejarla en la gurupa de lona que colgaba de la pared. Cuando empezó a silbar el agua, llenó el mate y fue a sentarse a la sombra de los árboles, mirando hacia el cañadón. Más allá de la tranquera reverberaba el pastizal hasta el monte parduzco sobre el que se destacaba el lapacho florecido.

     Aunque lo sorbía a disgusto, el mate le iba quitando poco a poco la modorra. Los pensamientos estancados comenzaron a deslizarse como por un dique roto por la azada. Habían cambiado mucho las cosas desde que los Domínguez vendieran el Palmar a don Jorge von Stauffemberg. Hasta entonces Basilio había ejercido libremente su vocación y oficio de mariscador. Don Rosendo se conformaba con uno que otro cuero, algún cuarto sabroso, a veces con un servicio personal. Y todo con gentileza, como favores entre compadres. Pero el gringo era otra cosa. No solamente prohibió la caza en sus tierras sino que organizó el trabajo de tal modo que restaba poco tiempo para emprender las largas expediciones que exige la mariscada.

     Micaela se rió sola. Recordaba picardías. Al pensar en el gringo se le formaba en la cabeza la figura de un papagayo. Tal vez porque vestía de verde. Quizás por los bigotes en la cara colorada. Pero el gringo no era feo. Tampoco viejo. En cierta ocasión pretendió bajarle el ala. Ella lo esquivó con un esguince: «Con cuidadito, don Jorge. Cuando yerra mi marido mete la bala en el ojo». «¿Tu marido? -replicó el gringo, amoscado-. No sabía que eras casada». «Mi hombre, entonces, pero no le falla el pulso». Don Jorge se rió para echarla a barato, pero al día siguiente los Samudio avisaron que se había hecho la denuncia de que Basilio tenía armas del Ejército. Después de Dios, el gringo. El fusil fue a quedarse dos meses en Loma Verá, aunque el comisario no se molestó en averiguar lo que ya sabía.

     ¡Si Basilio lo supiera! Sabría que a su mujer la apetecían, que no era una vieja, que convenía cuidarla. Claro que ella no se lo iba a decir ni sin esperanza. Era capaz de reírse, porque Basilio era un hombre al que nada quebrantaba como si nada en el mundo lo pudiera lastimar.

     Se le apareció entonces la imagen del caraí-guazú Basilio Gómez, cuyos labios carnosos y grandes ojos pardos contraídos en un gesto de perenne ironía expresaban la comprensión intuitiva de las cosas y de la vanidad de todo esfuerzo. Aunque se esforzara sin embargo porque era un hombre digno.

     Pobre Basilio. Él no tenía la culpa de que ella se le aferrara como el ánima sin dejarle escapatoria, plagueándole siempre.

     Micaela sí tenía la culpa. Era hija legítima de un mboriajú-ryguatá, de un pobre satisfecho. Su padre era dueño de la tierra que cultivaba, de unas cuantas lecheras y de yuntas de bueyes. Ella había sido normalista. Llegó a estar de novia con un contador público. Hasta que vino Basilio y se puso a mirarla, pensativo, acariciándose la barbilla como quien piensa comprar una ternera. No era más que un yvypóra, un fantasma de la tierra, no tenía sino lo puesto. Pero «yvypóra» significa también Hombre, así, con mayúsculas, y Micaela Gauto, ávida y fecunda como suelo de rozado, se fugó con él en una noche cálida, de ésas en que retiemblan con irresistibles reclamos los rabeles de los grillos.

     Teresita pasó como varilla frágil sosteniendo a horcajadas en la cintura a su hermanito desnudo. Se detuvo en el borde de la sombra y se puso a otear el cañadón.

     Pobrecita, con tal que Dios la conservara. Le seguía dando chucho y se había acabado la quinina. Mañana, sin falta, se iría a Loma Verá a pedir unas pastillas. No le iban a negar. Pero, ¡cómo duele pedir, Virgen Santísima! Se prometió tratarla con menos dureza. Teresita le recordaba a los hijos que se fueron despedidos por guitarras, llevando en sus ataúdes regalos para sus hermanitos, dejando en la joven madre dolores inconsolables.

     Micaela revolvió el mate. Estaba flojo, pero no podía permitirse el lujo de cambiar la yerba. No es que faltara, es que se había acostumbrado a privarse de las cosas. Su vida era una sucesión interminable de pequeños renunciamientos en favor de la familia para evitar que la pobreza se trocara en miseria. Se quedó, pues, resignada, con el porongo en el regazo. Tenía la mar de cosas que hacer, pero se conocía. Allí se iba a quedar hasta que volviera su marido. Cuántas veces lo había esperado. Su memoria estaba tan llena de caminos que podía volver a verlos, con sus detalles, con sólo cerrar los ojos y evocarlos. Basilio se iba a los obrajes, a los yerbales, al extranjero, para regresar un día cualquiera, lo más campante, como si hubiera estado nomás en el boliche.

     La más larga ausencia fue la guerra. Se había quedado con Antonio y Teresita. Antonio, el retrato de su padre, señorón y callado, tan travieso a su manera. Ya le ayudaba repuntando vacas, juntando huevos de gallinas y guineas, partiendo cocos, desgranando porotos, hasta que cayó también, víctima de la disentería que la Muerte insaciable, cebada en los combates, extendió por los campos. No dejó ni un retrato, ni un trompo, ni una hondita. Cuando ella se muriera, pobrecito, no quedaría ni su sombra vagando entre los cocoteros.

     A pesar de todo la guerra no fue tan mala con Micaela. No solamente salió del paso sino que se dio el gusto de regalar carretadas de alimentos para mandar al Chaco. Sabía muy bien que con parte de esas donaciones dio comienzo el negocio de Telésforo Britos. Pero qué podía importarle a ella si había sentido adentro como el brotar de una semilla y al espíritu agrandado flamear como bandera punteando los surcos. Porque ella, sí señor, era la Patria, su inmarcesible médula. Allí estaban sus entrañas calientes para resucitar a los caídos.

     Por fin había llegado el júbilo engañoso de la victoria y el regreso del hombre. Basilio deslió, con guiños de contento, una flamante carabina boliviana que había traído más o menos disimulada en una manta. Fue su único requecho. Ni un reloj, ni un anillo, para no hablar de esas caramañolas siniestras que sargentos borrachos hacían tintinear con dientes de oro arrancados a los muertos.

     Así eran sus negocios.

     Micaela entre tanto había aprendido algo más positivo: a cultivar para vender. Pero Basilio volvió a las andadas detrás de los cueros de tigre y el aceite de carpincho. Por eso, cuando el gringo Stauffemberg sujetó a su compañero, se alegró de ver, en lugar de la mezquina huerta que cultivaran para el consumo y el trueque, rojos surcos serpenteando entre los cocoteros con promesa de algodonales y sueños de tierra propia.

     Lo compadecía, claro, cuando lo pillaba deteniendo el arado y olfateando el monte como coatí prisionero. Pero se dominaba y exigía. Estaban de por medio las hijas y el niño que dormía en la hamaca. Y algo más, aunque esto no se lo dijera a nadie: la rabia de vivir atada a la tierra como si fuera una planta. Ella quería domar la tierra. Herirla, golpearla, tornarla sumisa como un buey, mansa como una lechera. Librarse de ella. Poner de por medio pisos de baldosa, paredes de ladrillo, techos de teja. Odiaba tener que andar descalza, con los dedos agarrotados, abiertos como pezuñas, redondos como tarugos. Quería ponerse tacos altos, los más altos. Teñirse el pelo de rubio, peinarse permanente, pintarse las uñas, usar colorete y perfumes de Francia. Y no para lucirse. Se creía fea, aunque muy caavó, pues gustaba a los varones. Nomás era para no ser un animal que sólo se viste con el cuero.

     Se hubiera casado con un gringo. El gringo cuida a su mujer, escucha su consejo, y cuando pesca paraguaya se queda como azonzado y por poco no la ponen en florero. Por algo don Jorge, que entiende a la gente, para tratar de negocios prefería hablar con ella antes que con ese estorbo que era Basilio.

     Basilio se burlaba de don Jorge, por desagradecido. Si hasta les había regalado una lechera con cría, claro que sin papeles y con el compromiso de llevarle queso fresco. También les prestó un arado de reja con su yunta de bueyes. Semillas de primera calidad. Era justo que se quedara con dos surcos de cada tres. Otros no daban nada y pedían liño por medio. Además tenían la obligación de venderle el resto a un precio inferior al que fijaban en la villa, pero pagaba al contado y en efectivo, no en trueque por provistas como el almacén de Britos. Justo era también que pusiera sus leyes. Las hectáreas a sembrar, la frecuencia de las carpidas, la obligación de trabajar desde el lunes hasta el sábado, la de no interrumpir tanto tiempo la tarea para tomar tereré o comerse el avío. No había por qué enojarse si andaba siempre como el carancho, escondido por las lomas, espiando con su largavista. Basilio era un zafado al hacer necesidades cada que lo descubría. Era un irresponsable al dejar la capuera y andar largando tiros de máuser que se oyen desde lejos.

     ¡Quién diría, un hombre grande!

     Don Jorge no es malo, sabe su negocio. Mediante eso ya se estaba haciendo dueño de toda la comarca, sacando a unos, poniendo a otros, como si fuera Dios. Con los únicos con quienes no podía era con los Samudio, que eran unos bárbaros que ni a la Autoridad dejaban pisar su casa sin permiso.

     -¡Allá están, ya vienen! -exclamó Teresita, excitada.

     -¿Con quién? -preguntó Micaela, levantándose.

     -Con Miguelí.

     -¡Jha! ¡Con su socio! ¡Con ese zafado sinvergüenzo!



     Pasaban Tayhy-punta y se internaban en el cañadón hacia la casa por una senda bordeada de pastizales tostados, doblados por la canícula. Venían con la cabeza gacha, los párpados fruncidos para proteger los ojos de la violenta resolana y del sudor que quemaba como salmuera. Solamente los anoes, las piriritas y las urracas se atrevían con esa siesta tórrida revoloteando sofocadas por los matorrales achaparrados. Miguelí jadeaba como el perro, trotando casi para no rezagarse. El sol partía la tierra en terrones calcinados. Los pies descalzos buscaban por su cuenta los manchones de pasto. Suspiraron con alivio al entrar en la sombra de una enorme nube quieta. De súbito, en los montes lejanos, los carayás rompieron con sus roncos aullidos. El carayá es compadre del viento. Basilio se detuvo a interrogar, entre esperanzado e inquieto, los blancos nubarrones en que se iba juntando el sudor de la tierra. Reanudaron la marcha apresurando el paso. Al llegar a la tranquera, tábanos y viuditas se lanzaron sobre ellos con hambre suicida.

     A Micaela se le aflojó el semblante. Se dulcificaron sus facciones duras. En el cuerpo quebrantado renació, inexplicable como un atavismo, la sensación elemental de la existencia. Micaela Gauto vivía intensamente viendo a Basilio Gómez trasponer la tranquera con una presa cobrada en el monte.



- VI -

     Basilio asentó con la chaira una gastada cuchilla corva y tanteó con los dedos el filo de navaja. Negro gemía impaciencias en la espera de achuras. Miguelí disimulaba su turbación, fingía ayudar. Era triste de ver hermano guazú-virá colgado de una pata, con los ojos de vidrio empañados de polvo. Basilio iba a abrirle el vientre cuando oyó un disparo, un grito y un lejano galopar. Otros tiros y aullidos de bestia humana enardecida por el desenfreno del galope y la ansiedad del crimen. Salieron para mirar. Un hombre verde, en padrillo purasangre, perseguido por jinetes de sombrerazo en caballitos de cuello erguido. El de verde hacía distancia.

     -¡Jesús, María y José! -imploró Micaela-, los Samudio van a matar a Jorge Stauffemberg.

     Y mientras Basilio cargaba el máuser y corría hacia la tranquera, ella arrastró a los chicos hacia el rancho.

     Miguelí se sintió atrapado de sus cortos pelos y arrastrado para adentro por mano fuerte y sin contemplaciones. Micaela cerró la puerta, descolgó una vieja escopeta de avancarga y la encañonó en un ventanuco. La luz marcaba su perfil ajado de ojo resuelto, con hilillos ahumados escapando del rodete. Miguelí se tendió a espiar por las rendijas del zócalo. Vio junto a la tranquera la silueta de Basilio con el fusil en descanso y una mano en pantalla. Impávido como su amo, el perro aguardaba junto a él.

     Don Jorge se tiró del caballo a los pies de Basilio.

     -¡Socorro, Basilio! ¡Me van a matar, me van a matar!

     Las niñas rompieron a llorar a gritos. Miguelí se volvió. Casi lo pisa el alemán, que entró como una tromba y se zambulló bajo un catre. Miguelí escapó por la puerta, que había quedado abierta, y fue a parapetarse tras de un horcón del alero.

     Seis jinetes frenaron al llegar a la tranquera.

     -¡Adónde está ese gringo, carajo! -gritó Pantaleón Samudio disparando su revólver.

     Basilio no contestó. Los Samudio se miraron indecisos. Pantaleón era un indiazo con la cara cruzada por una cicatriz. Lo seguían mocetones cetrinos, de bozo renegrido y expresión resuelta. Colorados pañuelos, coloradas las cinchas, coloradas las jergas y las rayas cruzadas de sus camisá-pará. Polainas hasta los muslos. Cinturones chapeados. Tiradores de cuero con flecos a la rodilla. Rodajas nazarenas en talones desnudos, sangrando de impaciencia los ijares de las jacas. Pantaleón repitió la pregunta, esta vez sin amenazas.

     -Está en mi casa -respondió Basilio.

     Pantaleón sacó el dedo del gatillo para rascarse las greñas. Los Samudio rompieron a reír.

     -Está bien -dijo Pantaleón, sonriendo a su vez y enfundando el «treinta y ocho»-. Vamos nomás, muchachos. No hemos de matar a un hombre para agarrar a un gringo -y dirigiéndose a Basilio, remató-. ¡Por ser quien eres, Basilio!

     Volvió grupas y se alejó, seguido de sus hermanos. Menos por uno, hombrudo y retacón, que se quedó en su sitio acariciando el winchester, relamiéndose de ganas con expresión gatuna. Basilio levantó el máuser.

     -¡Kitó! -llamó Pantaleón-. ¡Vení pues, nde vyro!

     Kitó Samudio clavó espuelas y salió bellaqueando. Por fin partió al galope, disparando su winchester.

     -¡Jho Basilio Gómez, la añamemby!

     -¡Pipu'uuu! -aullaron los Samudio, largados a rajacincha, tronando con sus armas el cristal de la siesta.

     Basilio se inclinó para darle una caricia al perro y volvió para su casa. Las palomas volaban hacia sus dormideros mezcladas y en paz con los kirikiríes. Bandadas de loritos pasaban alborotando.

     -Salí nomás, don Jorge -dijo Basilio, asomándose-, ya se fueron los muchachos.

     Don Jorge asomó de su refugio como un chancho ofendido. Se sacudió la tierra, muy colorado, resoplando. Una vez afuera se puso a gorgoritear y a hacer muecas, braceando. De súbito estalló, levantando los puños.

     -¡Miserables! ¡Indios miserables!

     Tiró al suelo una azada, pateó una silleta y siguió saltando en una pata y puteando en tres idiomas.

     -No te vayes na a enojar, don Jorge -le decía Basilio, tratando de calmarlo-. Los Samudio son maleducado de más. Si querían matarte de deveras le acertaban de lejos a tu caballo y ahí nomás te degollaban.

     Se le pararon los pelos, quedó con la boca abierta, las manos en la garganta. A Basilio se le escapó una corta y seca carcajada. Don Jorge irguió a lo toro su cabeza rubicunda y fijó en Basilio una mirada terrible.

     -¡Tráigame mi caballo!

     -Miguelí -dijo Basilio, volviéndose-, e'guerú mo jymbá co caraí pe.

     -¿Qué dices?

     -Que te traiga tu caballo.

     -¡Te he mandado a ti, ya!

     -Y yo le mandé a él -replicó Basilio.

     Pero Miguelí ya se había ido y al momento volvía con el padrillo de las riendas. Don Jorge andaba de un lado para otro, cojeando, buscando algún objeto en que volcar su furia. Se plantó frente al venado.

     -¡Ah estos indios! ¡Basilio!

     -Patrón...

     -¿No tengo terminantemente prohibido cazar en mis tierras?

     Basilio lo quedó mirando.

     -Me comía los porotos -explicó- y lo maté en el campo de los Domínguez.

     -¡Mientes, mientes! -vociferó, levantando la fusta, pero cuidándose muy bien de golpear a aquel hombre tranquilo de cuya faja asomaba el mango de su cuchillo. Con gente como ésta nadie sabe a qué atenerse. Tanto podía callar como abrirle de un tajo desde el ombligo a la garganta. La idea lo alarmó, todos eran enemigos. Buscó la «Parabelum» y al comprobar que se le había caído, retrocedió por instinto al sentirse desarmado. Entonces vio el máuser de Basilio recostado en la pared.

     -¿Y ese fusil? -gritó-. ¿No sabes que está terminantemente prohibido tener armas del Ejército?

     -Es mío, patrón.

     -¡Mientes! -aulló, y saltando como un muñeco empuñó el arma.

     Basilio siguió en silencio las maniobras de Stauffemberg. El alemán se puso el fusil en bandolera, descolgó el venado y lo acomodó en la grupa del padrillo. Montó de un salto y pasó la tranquera.

     -¡Don Jorge! -alcanzó a gritarle Basilio.

     El gringo se volvió.

     -Váyese por la picada. Si agarra el cañadón se va a topar con los Samudio.

     Don Jorge le echó una mirada furibunda, dio un respingo, chicoteó a su montado y se fue hacia la picada.

     Basilio rompió a reír.

     -¡Después de Dios, el gringo! -exclamó.



- VII -

     Las palomas volaban en círculo, desorientadas. Una inquietud tensa, caldeada, oprimía a la tierra, súbitamente silenciosa como al acecho de un asalto. Micaela Gauto miraba el cañadón como invocando a las ánimas que salen a reñir en las tormentas. En cada arruga martirizada de su rostro latía un odio implacable.

     Comenzaron a crujir las copas altas.

     -Viene una tormenta grande -comentó Basilio.

     -¡La guitarra! -se acordó Miguelí, y salió corriendo.

     Basilio lo vio alejarse, intrigado. Miró a su compañera, no se movía. No hacía caso de la ropa tendida a secar, del almidón que estaba a la intemperie. Iba a llamarla cuando notó que las hijas se hacían cargo, corriendo aligeradas como si obedecieran a un instinto.

     -Bicho bravo la mujer -gruñó Basilio, dirigiéndose a la cocina. Sacó un leño del fogón y lo quedó mirando, pensativo. Al soplarlo se dispersaron las cenizas y salió una llamarada que iluminó su rostro atezado, surcado por arrugas. Al prender el cigarro se vio las manos y se acordó de su fusil. Les tuvo lástima, como si hubieran quedado huérfanas. Se sentó a pitar en una silleta.

     ¿Adónde iría a parar su mosquetón? ¿Quién como él sabría cuidarlo? ¿Quién lo iba a engrasar, pasarle el paño, protegerlo de la lluvia y del polvo? Estaba tan nuevo como hace diez años. Robusto, con las estrías intactas. Cada tiro, estudiado, significó un buen cuero y carne para la familia. Jamás disparó al rumbo. El bolí que lo tuviera apenas lo había usado, allá en Ingavi, contra el último asalto que pegó el invicto Batallón Domínguez. El sargento primero Basilio Gómez se lo arrancó de la mano y lo tumbó de un empellón para no matar a un niño. ¿Cómo había permitido, entonces, que ese gringo caracha se lo quitara? Por lo menos el recluta boliviano intentó defenderlo jugándole un bayonetazo con el ciego coraje que tienen esos indios.

     Justamente, Basilio despreciaba los alardes inútiles. Su pelotón solía sufrir muy pocas bajas porque calculaba antes de obrar. Nunca perdía la cabeza. Era prudente. Sabía atacar con decisión tanto como abstenerse o replegarse a tiempo, como cuadra a un soldado paraguayo. Manotearle el fusil al gringo Stauffemberg significaba perder la siembra, la casa y los animales. Todo tiene su tiempo. Además, comprendía que don Jorge había obrado de la manera que obró porque estaba avergonzado. Basilio había visto a muchos oficiales maltratar a la tropa después de haber hecho un papelón en la línea. Esto no iba a entenderlo Micaela. La pobre no fue a la guerra ni salió nunca a cazar. Quien se apura pierde la presa.

     Afuera silbaba el viento. Basilio continuaba cavilando.

     Ese mozo Sotelo hablaba mucho y acabó martirizado. Se lo había advertido cuando iban hacia el Brasil: «Hazte dueño de tu lengua, no dejes que te perjudique lo que puso Dios para ayudarte». Sotelo decía que la guerra del Chaco fue por el kerosene, que el territorio defendido era de don Carlos Casado. Los muchachos sólo ven un lado de las cosas. Por eso, cuando le preguntó qué iba a quedar del Paraguay si dejaban entrar al boliviano, Sotelo, aunque habló mucho, no encontró qué contestarle. La cuestión era esperar el momento oportuno para romper la línea. Pescar primero por las avanzadas, descubrir los piques de maniobra, ubicar las ametralladoras para no ir a meterse como un bobo en su campo de tiro. Y, de ser posible, maniobrar y encerrar al contrario en corralito. Cuando hubiera algo serio no iba a ser Basilio Gómez el que se quedara sentado a esperar que algún pueblero charlatán viniera a darle lo que le pertenecía. Entre tanto, no iba a dejar que el gringo se aprovechara de un momento de furor para echarlo a patadas de su propia casa. Ya llegaría el momento de pegarle con su propio berrenque. Tranquilo, pues, compañero. Mañana iría a ver al capitán Domínguez. A lo mejor, por las buenas, recuperaba su fusil para usarlo algún día en algo de provecho.

     -Las mujeres no entienden estas cosas -murmuró, levantándose-, miran nomás por su capricho, no tienen un alma sola como los hombres de verdad.

     Salió con la intención de llamarla para que hiciera unos mates. Pero, al verla, sintió una vergüenza inexplicable y se encaminó hacia la tranquera cuidando de eludir a la mujer que, como una bruja, parecía pedirle al viento un látigo para azotar al mundo.

     La tormenta, como un toro furioso, llegaba hinchada de polvo. Un trueno retumbó a lo lejos. Basilio se subió a la tranquera tratando de penetrar con la mirada el cañadón que se agitaba en marejada rebotando en el monte. Vio al Tayhy peleando como bravo, cortando en dos al viento, cubriendo a la floresta que tenía a sus espaldas. Recio, flexible, se abría en abanico, se agachaba, hacía un esguince y emprendía a puñaladas con la tormenta.

     ¿Vencería una vez más el centenario fatigador de tempestades? Cuando se aferraba a sus raíces hundidas como garras en la tierra roja, y en esfuerzo titánico se enderezaba repartiendo mandobles con su ramaje invicto, parecía lanzar aquel grito victorioso que venía del extremo del cañadón:

     «¡Pipu'uuu!»

     Un hombre solitario, enfrentado a los soplos del monstruo enfurecido, lanzaba un grito fraternal reclamando el aliento de otro hombre.

     -¡Pipu'uuu! -respondió Basilio.

     El grito, arrebatado por el viento, rodó por el pastizal.

     «¡Pipu'uuu!»

     El sapucai era más próximo, un poco a la derecha del primero. Basilio sabe oír, por algo es cazador.

     -Ése es mi compadre Cástulo -pensó. La idea lo entristecía como si él mismo fuera otra persona. Convenía volver a casa, pero estaba afligido. Una nube negra se abalanzaba sobre un grumo erizado de relámpagos. El cielo se incendió en toda su bóveda y atronó la embestida de la caballería fantástica. Basilio creyó ver a Miguelí corriendo hacia Tayhy-punta cuando un trueno formidable lo arrojó de bruces. Se incorporó de un salto y corrió campo traviesa en el momento mismo en que se precipitaba una lluvia torrencial.



     Miguelí corría impulsado por la idea de salvar a la guitarra. Debía llegar antes de que lloviera y se desbordara el arroyo. Para eso, entrar al monte por una senda en lugar de tomar por la picada. Había obscurecido. Metió el pie en un hoyo, rodó por el suelo, perdió el rumbo, quiso huir, regresar. Un gigante se batía con el viento. Resplandor, estampido. El Tayhy, partido en dos, ardía siniestro. Miguelí sintió el impacto de ver matar a un hombre. La tormenta lo arrastraba. Se aferró a los pastos, desesperado, cuando una granizada lo aplastó a la tierra. Revolcándose para eludir el azote se escabulló bajo una mata. El monte aullaba, gemía, se quebraba, a veinte pasos.

     -¡La guitarra!

     Medio ahogado se precipitó a aquella vorágine sacudida por resplandores que precedían al tronar de cien cañones. Estertor de ramajes requebrados, arrojados con violencia. Chasquido de la lluvia entre cimbrar de mástiles. En un momento de calma vio, desde un claro, el camino que llevaba a Casa Grande invitándolo a encontrar pronto refugio. Mordiéndose de rabia atropelló monte adentro, corriendo a tientas, sangrándose en espinos. Llegó al arroyo. La represa resistía aún, combada como un arco. Un relámpago iluminó la orilla opuesta. Un hombrecito encorvado hurgaba en el tacuarillar, inmune a la tormenta.

     -¡Serafín! ¡Serafín Cañete! -llamó Miguelí, desesperado.

     La sombra se volvió con un mirar de brasa. Miguelí se cayó al agua. La represa cedió y fue, todo el arroyo, un torrente desbordado.



     Braceros y peones llegaban corriendo a Casa Grande. La tempestad destechaba los galpones. El mujerío rezaba a Santa Bárbara. Sobre un catre yacía el cadáver de Serafín Cañete todavía abrazado al estuche de su guitarra vieja. Afuera retumbaba la artillería de Dios. Replicando a los truenos, el grito de los hombres que luchaban con la tormenta. Sultán seguía aullando. Nadie se hubiera atrevido entonces a levantarle la cola y mirar por entre sus piernas. Quien tal hiciera vería a la Muerte, y quien ve a la Muerte muere en vida, es decir, se vuelve loco. O se vuelve perro, y aúlla.

     Habían encontrado a Serafín en el galpón abrazado al estuche. Ya se decía que la guitarra lo acompañó al otro mundo para deleite de Dios. Don Rosendo andaba de un lado para otro preguntando si habían visto a su querido hijo Miguelí.

     Un peón trajo noticias. Miguelí había estado en el rancho de Basilio Gómez. Salió al empezar la tormenta. El rancho de Basilio se había destechado y había muerto el Tayhy.

     -Está bien -dijo don Rosendo, y se sentó a esperar.

     Una ráfaga de viento entró en la sala, y con ella Basilio, trayendo el cuerpo exámine de Miguelí.

     Las mujeres se pusieron a llorar a gritos, aullando como el perro. Don Rosendo esperó que pasara el tumulto. No sentía nada. No podía llorar. La herida estaba caliente.

     A medianoche fue la calma absoluta. En la habitación sólo quedaban una vieja sirvienta de la que nadie se acordaba, y Basilio, don Rosendo y Daniel.

     Daniel fumaba en un rincón. La muerte de Miguelí revivía recuerdos que pretendiera ahogar. Nunca había perdonado a María Rosa, tal vez porque la quiso tanto. Ahora que se murió del todo el dolor crecía en su corazón incapaz de perdonar, pero que amaba. No perdonó la muerte que dio a Francisco Cárdenas de un balazo certero en plena frente.

     -¡Adónde está ese gaucho, carajo! -había gritado sofrenando el caballo en el barrancón del brete.

     Francisco estaba desarmado. Él no supo esperar, no pudo esperar porque lo detestaba con esa capacidad de rencor de los hombres rectilíneos. Caracoleando esperó, con el revólver humeante, la reacción de los peones del muerto que lo miraban con asombro estúpido. Solamente Sapó Mesa sollozaba abrazado al cadáver y le gritaba amenazando con el puño:

     -¡Nde añá raity pe guaré! ¡Nde añá raity pe guaré!

     La guerra lo salvó de la cárcel, lo acostumbró a matar. Volcó la sangre de Francisco en un lodoso río sangriento. Pero él no sabía qué decirle a Sapó Mesa cuando le gritaba entre sueños mirándolo con sus ojazos saltones:

     -¡Nde añá raity pe guaré! ¡Nde añá raity pe guaré!

     Hombre disciplinado, estudioso, cabal, Daniel Domínguez se sabía un fracasado. Lo atormentaba el recuerdo de sus hermosas ideas, de sus aspiraciones, manchadas por el crimen. Recordaba y sufría. Sufría por el hijo del hombre al que había baleado. Y desde el fondo de su conciencia honrada un Sapó Mesa chiquito lo seguía amenazando:

     -¡Nde añá raity pe guaré! ¡Nde añá raity pe guaré!

     Apenas ya oía la voz que lo atormentara tantos años. Ahora, menos que nunca, tenía nada que decirle.



     Miguelí, por disposición de su abuelo, yacía junto a Serafín Cañete. El viejo punteador dormía inocente. En la frente del niño había un fruncir apasionado, como si lo afligiera un enigma. Don Rosendo contemplaba con asombro la exaltada nobleza de aquel rostro varonil que parecía haber madurado con la muerte.

     -Hijo mío, la muerte te ha hecho hombre. Eras demasiado valeroso para vivir.

     -No se muere en la víspera sino en su hora -dijo Basilio el Mariscador.

     -¿Cuándo será mi hora? Tal vez Dios me ha olvidado.

     -Dios no se olvida de nadie, mi patrón.

     Basilio el Mariscador lloraba. Lloraba sin darse cuenta, con gruesos lagrimones.

     -Alguien más en el mundo -pensó el viejo- amaba a mi querido hijo Miguelí.



EPÍLOGO

 

     Se decía que en el arroyo, donde estuviera la represa, se oía con el nordeste el penumbroso tañer de una guitarra.

     Un día llegó un peón proclamando el milagro.

     En un tacuarillar, a la vera del arroyo, florecía la guitarra de Serafín.

     Allí estaba, en efecto, desvencijada, ennegrecida, atravesada por cañas de tacuarilla verde. Una enredadera ceñía el brazo. En la caja anidaba un perfumado enjambre camoatí. La engarzaban campanillas y un trinar de zorzales le hacía coro.

     -Aipó angá co ipoty Serafín Cañete mbaracá cue mi.

     -¡Floreció la guitarra de Serafín!

     La acompaña una cruz de lapacho. Allí van a rezar los humildes en el día de los Santos Difuntos. Mbaracá-poty se llama ahora. La gente pasa por allí con miedo. Pero, en el fondo quiere que el nordeste evoque al genio oculto excitando las voces de la guitarra-árbol, florecida en panal, en madreselvas azules.

     -Un lugar de leyenda, como mi Patria -solía decir don Rosendo cuando por allí pasaba-. La cruz simboliza a la Muerte. La guitarra florecida, a la Fecundidad.



FIN



VOCABULARIO



     AHO-RYÉ: Bolsón formado entre el escote y el cinto del typoi, vestido tradicional de las campesinas paraguayas.

     AMÓ: Allá.

     ANÍ: No.

     AÑÁ: Diablo/a; añá-memby: hijo de diabla, de mala mujer; añá raity pe guaré: hijo del infierno, salido de un nido de malvados.

     ARÁ-PIRÉ: (Piel de diablo). Prendas de tela burda que dan a los soldados cuando salen de baja.

     APEPÚ: Naranja agria.

     APYCÁ: Asiento hecho con la sección de un tronco de árbol.

     ARAGUÁ: Corona, guirnalda. Según algunos, los guaraníes llamaban así a los españoles, en el sentido de ara: día; gua: originario de...

     ASAYÉ: Siesta.

     AVÁ: Indio; avá-i: indiecito.

     AVÁ-PAYÉ: Hechicero.

     AVARÉ: Sacerdote.

     AYÉ: ¿Verdad?

     BANDA: Prostituta.

     BANDA OCARA: Conjunto campesino de banda muy ruidoso y pintoresco. Incluye todos los instrumentos posibles.

     BATALLÓN POMBERO: Unidad militar encargada del reclutamiento y de la persecución de desertores durante la guerra contra la Triple Alianza. Integrada por mutilados, se hizo proverbial su inutilidad y lamentable aspecto.

     BOLÍ: Boliviano.

     CAAVÓ: Atractivo, suerte en el amor.

     CAVARÁ: Cabra, cabrón.

     CABURÉ: Torta de afrecho de mandioca.

     CABUREÍ: Avecilla rapaz extremadamente agresiva y sanguinaria. Paraliza de terror a sus víctimas, y sus plumas son infalible amuleto de amor.

     CAMISÁ-PARÁ: Camisa blanca con rayas cruzadas de colores.

     CAGUARÉ: Especie de oso hormiguero.

     CAMA: Senos.

     CAMBÁ: Persona de raza negra. Término despectivo con que se designaba a los soldados brasileños en la guerra de la Triple Alianza.

     CAMOATÍ: Especie de avispa.

     CARAÍ: Señor.

     CARAÍ-GUAZÚ: Gran señor, preferentemente, en sentido moral.

     CARAÍ-ÑEÉ: Castellano. Literalmente: «lengua de señores».

     CARAÍ PYJARÉ: El Señor Noche. Duende que, entre otras cosas, se dedica a la cría y protección de las luciérnagas.

     CARAPÁ: Encorvado.

     CARÄU: Ave nocturna que llegó a tal condición por un crimen.

     CARAYÁ: Variedad de mono aullador.

     CATÚ NA: Expresión imperativa. Equivale a: ¡hazlo, pues!

     CO: «Pobre angá, yo también co yo quiero» (Pág. 171). Caso típico del mestizaje del guaraní y el español. Al contenido objetivo de la frase se ha agregado un matiz emocional. Podría traducirse: «pobrecito, cuánta pena me da, porque a éste yo también lo quiero».

     COATÍ O CUATÍ: Mamífero carnicero plantígrado, de cabeza alargada con un hocico estrecho y prolongado. Tiene uñas fuertes y alargadas que le sirven para trepar a los árboles.

     COCUÉ: Chacra, sembradío.

     C.O.P.A.L.: Corporación Paraguaya de Alcoholes. Marca de un aguardiente de caña de baja calidad, y extremadamente tóxica.

     CUPI-Í: Termita, carcoma, comején.

     CUREPÍ: (Piel de chancho). Término despectivo que designa al argentino.

     CURIYÚ: Especie de boa, de gran tamaño.

     CHAMIGO: Mi amigo.

     CHE: Mi, mío.

     CHE RAÁ; CHE RAATO: Mi compinche.

     CHIPA, CHIPÁ: Pan de almidón, leche, queso, grasa, huevos y sal.

     CHIPA-Í: Tortilla de harina con grasa.

     CHACOCUÉ: Agricultor.

     CHOPÍ: Tordo. Baile popular muy movido.

     DIANA-MBAYÁ: «Diana de los (indios) mbayáes». Toque de diana muy antiguo.

     ETIGUARÁ: Poeta guaraní, según algunos. «Poeta» en guaraní, según otros.

     GUAICURÚ: India de rasgos mongólicos muy acentuados.

     GUAINO: Asistente del hachero o del cosechador de yerba.

     GUARAÑIRÁ: «Para la guerra». Árbol de madera muy dura.

     GUATAMBÚ: Árbol de madera muy apreciada, de calor amarillento, en una de sus variedades.

     GUAVIRAMÍ: Arbusto muy frondoso, que da frutos apreciados por su sabor. Es fama que guarece a la víbora cascabel.

     GUAZÚ-VIRÁ: Una de las variedades del venado.

     ITAPERÉ: El que deja huella, el que marca caminos. Quien, habiendo pasado por un lugar, ya no se lo olvida.

     JAQUE: ¡Cuidado!

     KAÍ: Mono.

     KIRITO: Jesucristo.

     MA: Ya. «Listo ma»: listo ya.

     MAITEIPA: Cómo estás.

     MAMA-CUMANDÁ: «Mamá porotos», aire popular de género bufo.

     MBAEICO: Qué; «Mbaeico tanto»: ¡Qué tanto!

     MBARACÁ: Guitarra.

     MBERÚ: Mosca.

     MBOI-YAGUÁ: Víbora perro. Pertenece a la mitología.

     MBOPÍ: Murciélago.

     MBOREVÍ: Anta, tapir. Látigo fabricado del cuero del mismo animal.

     MBORIAJÚ-RYGUATÁ: «Pobre satisfecho». Campesino dio.

     MITÁ: Muchacho; mitaí: niño; mitaí-paraguay: chicuelo de Asunción.

     MO'Ä: Conjeturar, aparentar, imaginar, sospechar, parecer, creer, pensar, opinar.

     MONSEÑOR BOGARÍN: Arzobispo de Asunción. Fue un sacerdote muy popular.

     MUÁ: Luciérnaga.

     NA: No. También forma parte del imperativo en su forma de súplica y se traduce por: es bueno que por favor. Interjección: significa disgusto, desagrado.

     NACO: Mascada de tabaco.

     NAJARINI: No.

     NANGÁ NA: Expresa incredulidad y desagrado.

     NDAYÉ: Dicen que.

     NDE: Tú, tu. «¡Nde bárbaro!»: ¡Qué bárbaro! «Nde vyro»: qué tonto.

     NEI: Sí. Se usa también como interjección: «Nei, terejó»: ¡Vamos, vete!

     NEIKE: ¡Ándele!

     ÑAKYRÁ: Cigarra. Penitencia que consiste en obligar al preso a mantenerse sujeto con pies y manos entre dos ramas o las rejas de un ventanal.

     ÑANDEYARA-GUAZÚ: «Nuestro gran dueño». El Dios Padre.

     ÑANDUTÍ: Tejido primoroso hecho a mano.

     OCARA-POTY: «Flor de los campos». Nombre de una revista en guaraní muy popular.

     ORÉ: Nosotros exclusivo. Oreavé: también nosotros.

     PA: Indica interrogación.

     PARAGUAY: (Pronunciada con la «y» gutural). Nombre popular de la ciudad de Asunción.

     PARTICÚ: Conscripto de policía ingenuamente disfrazado de civil.

     PAYÉ: Encantamiento, hechizo, hechicería.

     PICÓ: ¿Verdad?, ¿es cierto?

     PINDÓ: Palma, dátil.

     PIRÁ, PIRATÁ, PIRÄI: Pez, especie de pez, piraña.

     PIRIPIPÍ: Pistola ametralladora.

     PITOGUÉ: Nombre de una avecilla cuyo canto imitan los chicos en sus silbidos de llamada. Equivale al «bicho feo».

     PLATA-PIRIRÍ: Billete de banco flamante.

     POKYRÁ: Sirvienta cocinera.

     PORA: Fantasma.

     PYCHAI: Pobre diablo del folklore. Ganó una célebre carrera montado en una yegua vieja, que resultó ser encarnación de su madre. No pudo cobrar el premio porque siguió galopando hasta desaparecer.

     PYRAGÜÉ: Espía.

     RAPAIS: Brasileño.

     RESIDENTA: Mujer que acompañó en su retirada al ejército paraguayo durante la guerra contra la Triple Alianza.

     RUBIO-NÜ: Batalla en la que el poderoso ejército imperial brasileño fue contenido por batallones de niños disfrazados con largas barbas y que se dejaron matar uno por uno.

     SACO-PUCÜ: «Saco largo», partidario del gobierno en la guerra civil de 1923. Enfrentaban, naturalmente, a los «saco mbyky» (sacos cortos).

     SAMUÜ: Palo borracho.

     SAPÓ: De «tesá po». Se dice a las personas que tienen ojos grandes y saltones.

     SAPUCAI: Grito. Grito característico de los campesinos paraguayos.

     SOLDADO-LOPE-CUÉ: Veterano de la guerra contra la Triple Alianza.

     TACURÜ: Termitero.

     TAITÁ: Papá.

     TAJACHÍ: Conscripto de policía.

     TAPITÍ: Conejo.

     TARUMÁ: Árbol que alcanza gran altura.

     TATÚ-POYÚ: Variedad de armadillo.

     TAÚ-TAÚ: Fuego fatuo.

     TAYHY: Lapacho. Árbol de madera dura incorruptible, se cubre de flores en primavera.

     TEMBETÁ: Adorno de hueso que atraviesa el labio inferior de algunos indios.

     TERERÉ: Mate con agua fría.

     TICÓ: Ver «Picó».

     TOKY: Juego parecido al de «cara y seca».

     TROMPO-YECUTÚ: Juego de trompos que consiste en clavar y, si es posible, quebrar el trompo del adversario.

     TUPÁ: Dios.

     TUVICHÁ: Jefe.

     VIRÁ-I-TAPÉ: «Pajarillo del camino. Muy inquieto. Para los niños es tabú dispararle con la hondita (gomera), porque goza de la protección de los duendes.

     UPEVA: Eso, ese.

     URÚ: El encargado de tortar la yerba en el barbacuá.

     YACARÉ: Caimán. Incursión subrepticia al lecho de una dama.

     YACYI-YATERÉ: Duende de las siestas.

     YAGUARETÉ-AVÁ: El hombre tigre.

     YATAGÁN-CUÉ: Cuchillo fabricado con hoja de bayoneta.

     YGÁ: canoa.

     YPARAGUAY: Río Paraguay.

     YVAPOVÓ: Árbol extraordinariamente frondoso, que alcanza gran altura.

     YVAPURÚ: Esta planta da su fruto enracimado junto al tronco.

     YUKERÍ: Planta sensitiva, mimosa.

     YVYRÁ-CUÁ: Cepo.

 

 

NOTAS:

1.      Aunque comprensibles en el contexto, la explicación de regionalismos, palabras guaraníes, y en general, de aquellas referencias que no son de conocimiento común fuera del Paraguay, se encuentra en el vocabulario inserto en las últimas páginas.

2.      Brete del Lapacho torcido.

3.      Sapó (tesá pó), se dice a las personas de ojos grandes y saltones.

4.      Hasta las estrellas caen.

5.      Dicen que ese lapacho está embrujado.

6.      No pues, mi capitán.

7.      Muchas partículas que expresan en guaraní el contenido emocional de la frase, se incorporan al habla castellana popular.

8.      Â«Yo soy Miguelí, yo soy Miguelí».

9.      Se incendia el barbacuá.

10.      De la semilla de Francisco Cárdenas.

11.               Luna blanca, que me contemplas al pasar con tu mirar lejano,

                    De angustia no duermes, como yo;

                    Como yo persigues siempre un imposible;

                    Eres mi hermana, Luna blanca, de triste mirar...

12.      Anta, cocodrilo, tigre, víbora, lechuza...

13.      Compuesto cabalístico jocoso. No tiene sentido.

14.      Tenorio.

15.      Pez, especie de pez, piraña.

16.      Â¡Oh, viejo brete, hijo del diablo!

17.      Timoteo el Embustero.

18.      Robin el Negro.

19.      Caimán. Fig: incursión subrepticia al lecho de una dama.

20.      Mi tío.

21.      Roberto el espía.

22.      Bolsón formado entre el escote y el cinto del typoi, vestido de las campesinas

23.      Dicen que.

24.      Eso es otra cosa, ¿verdad?

25.      Mi compinche.

26.      Â¡Deténganse!

27.      Â¡Qué fobal club, pues, zopenco!

28.      Aquel.

29.      Lauchita.

30.      Â«Venció penurias y fatigas», leyenda de la última condecoración paraguaya en la guerra contra la Triple Alianza.

31.      Gran señor, en sentido moral.

32.      Magdalena, Magdalena, / no me quebrantes más, / «Te quiero» dice este día, / mañana te engañará.

33.      De la semilla de Francisco Cárdenas.



 
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