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AUGUSTO ROA BASTOS

  EL NARANJAL ARDIENTE. NOCTURNO PARAGUAYO 1947-1949, 1960 - Poesías de AUGUSTO ROA BASTOS


EL NARANJAL ARDIENTE. NOCTURNO PARAGUAYO 1947-1949, 1960 - Poesías de AUGUSTO ROA BASTOS

EL NARANJAL ARDIENTE - NOCTURNO PARAGUAYO 1947-1949

Poesías de AUGUSTO ROA BASTOS

Ediciones DIÁLOGO

Ediciones de Artes y Letras

Director: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ

Viñeta de JOSÉ LATERZA PARODI

CUADERNOS DE LA PIRIRITA

Asunción – Paraguay. 1960 (26 páginas)

(Ejemplar, corresponde a la Biblioteca de Portalguarani.com )

 

A

HÉRIB CAMPOS CERVERA

vivo en la muerte.

 

 

SONETOS DEL DESTIERRO

 

LA TIERRA

 

SEMBRADA entre sus vientos capitales

y desde el pecho casi sin orilla,

su corazón estalla en la semilla

de corazones rojos e inmortales.


Al Norte, sus cornisas minerales;

la arena, al Oeste, que en los huesos brilla,

y entre el Este y el Sur, la verde quilla

de su barco de tierra .y vegetales.


Hundida hasta la frente con su carga

de escombros y de vivos corazones,

mira pasar el tiempo en una larga


 sucesión de esperanzas y muñones,

hasta que rompa su prisión amarga

el puño popular de sus varones.


LOS HOMBRES

TAN tierra son los hombres de mi tierra

que ya parece que estuvieran muertos;

por afuera dormidos y despiertos

por dentro con el sueño de la guerra.


Tan tierra son que son ellos la tierra

andando con los huesos de sus muertos,

y no hay semblantes, años ni desiertos

que no muestren el paso de la guerra.


De florecer antiguas cicatrices

tienen la piel arada y su barbecho

alumbran desde el fondo las raíces.


Tan hombres son los hombres de mi tierra

que en el color sangriento de su pecho

la paz florida brota de su Guerra.


SOMBRA DEL FUEGO

ATADA la memoria a una cadencia

va resbalando en número y medida,

de tal manera a la costumbre asida

que está sonando en medio de la ausencia.


Así la acumulada persistencia

de aquel incendio brilla por mi herida,

y está su sombra al cuerpo de mi vida

atada como roja transparencia.


Ni el soplo corrosivo del destino

ni la salada lluvia de mi llanto

ni el ánima de tierra del camino


pueden contra este fuego de mi nada,

porque destino y tierra y tiempo y llanto

no hacen sino avivar su llamarada.


CAMINO

DONDE acaba la raíz comienza el viento,

comienza el caminante y su ostracismo,

rompe el terrón su ténue paroxismo

y se apaga en las manos ceniciento.


Con labios, no con pies, ando un violento

paisaje como sombra de mi mismo

dejando un silencioso cataclismo

en cada piedra, en cada pensamiento.


Pie de jaguar y corazón de garza,

cielo enterrado a golpes de raíces

en el ala de arena que lo engarza.


Voy caminando y siento en las matrices

del tiempo arder mi vida como zarza,

y hasta en mi aliento encuentro cicatrices.


EN LA PEQUEÑA MUERTE DE MI PERRO

Toco la puerta, el árbol, tu ladrido,

tu cariñoso salto congelado,

la oscura miel del ojo iluminado,

tu pena alegre, tu inmortal plañido.


Toco el recuerdo, tócome el dolido

madero en que te han crucificado

y te recobro al fin desenclavado

como un lucero negro del olvido.


La casa sola. Tu ladrido dentro

recuerda una canción cristalizada

con mi nombre partido por el centro.


De tu muerte inocente y sosegada

nace ya el ala de la madrugada

en que vendrás saltando hacia mi encuentro.


TRÍPTICO

I

DE LOS CUATRO ELEMENTOS

SU ROSTRO olvida el fuego en la ceniza,

sobre la tierra el agua su frescura

y el viento iluminado de locura

deja olvidada el ala entre la brisa.


Sólo lo que no dura se eterniza

y está lleno de muerte lo que dura:

mi corazón latiendo me madura

su pequeña montaña de ceniza.


Recuerdo soy del fuego que me apaga,

sed de la arena que en mi frente piensa,

rostro en el agua y en el aire llaga.


Hebra de polvo inmóvil en el viento

con sus cuatro elementos recomienza

mi nada diariamente y no la siento.


II

DE LA DESCENDENCIA

Yo escribí sobre el agua el nombre mío

para la eternidad de un solo instante,

y me atemorizó que ya bastante

durase en el fluvial escalofrío.


Letras de plata en el azul del frío

puso mi ardor y puso el delirante

sosiego que copiaba mi semblante

sobre la tenue página de un río.


Levanté el dedo y escuché la vida,

cerré los ojos, me apreté el costado

disputando en mi sangre con mi herida.


Cuando de aquel momento eternizado,

pedazo de mi noche y de mi vida,

una luz infantil cayó a mi lado.


III

DEL REGRESO

Remonto hacia el muchacho que me espera

junto a un cañaveral sobre una loma,

mancha de sol forrada de paloma

con su abeja en la sien y en primavera.


Aquí está el corazón, aquí su hoguera

con su ramaje de humo, con su aroma,

que la medida de mi sombra toma

para vestir de amor mi calavera.


Obligo al hueso a prosternarse. Quiero

recuperar mi altura adolescente,

ponerme aquel muchacho naranjero,


sentirme el ala, refrescar mi frente ...

Pero el arroyo arrastra indiferente

la imagen de un muchacho hacia el estero.



ADIOS A HÉRIB CAMPOS CERVERA

ENTRE cuatros paredes de blancura mortal,

al filo del nocturno mediodía de agosto,

te vi dormido al fin, hermano mío,

inmóvil y apacible, ya olvidado de todo,

como un niño de sal

en las rodillas negras de la muerte.


Para tu dulce lodo

transido de agonías y nostalgias crueles,

ese regazo frío

de nuestra madre eterna

era por fin el sitio de descanso

que te negó la vida,

el remanso de un lecho sobre el río

del tiempo, la roca de la paz, la cuna tierna

donde tu corazón de polvo nace

en una estrena pura de diamante y rocío.


Y sin embargo al verte

con tu traje gastado, con tus zapatos viejos

acostado en la muerte,

sentí que me sangraban las costuras del alma

con mi dolor de amigo;

que me sangraba el hombro con el peso

de tu esqueleto hecho de espadas y castigo;

que me sangraba el labio con el beso

que a hurtadillas dejé sobre tu frente

como si profanara

una ciudad de arcángeles dormidos . . .


A través de las aguas miserables del llanto,

vi tu cadáver vivo

temblar un poco

como si aún pudiera despertarse

de su prisión de mármol sensitivo.


Sentí que el ojo me sangraba al verte

dibujado en el hondo arrabal

de tus cielos difuntos, con el rostro

volcado hacia la luz remota

de tu tierra natal, con las manos en cruz

sobre el abismo de tu sueño . . .


Tu frente ardía en el silencio

de hielo de tu ser sumergido.

El mediodía se había puesto tan oscuro,

y tu frente había crecido tanto

bajo la llama seca de tu pelo en desorden,

que era como una luna

brillando solitaria sobre altas murallas

en la noche secreta del adiós . . .


Junto a esas murallas

batidas por mi puño, ensangrentado

de golpear tercamente en tu piedra invisible,

como un mendigo ciego

yo imploraba en secreto tu voz, tus alas rotas,

tu vida de soldado destruída,

el resplandor visible de tu fuego

que en el costado izquierdo de la patria,

lejos o cerca de ella,

era su antorcha melodiosa,

su combatiente estrella

y el pulso musical de su destino.


Quería verte en pie de nuevo, vivo,

ocupar tu rescoldo,

tu hueco doloroso y fugitivo,

retomar tu presencia, andar a nuestro lado

como si nada hubiera sucedido . . .


Pero estabas allí, yacente, yerto,

sobre tu propio corazón, caído,

y en el silencio puro, soñando aún con los hombres,

vi tus labios de muerto

conversando con Dios . . .


¡Qué cosas le dirías al oído,

de tu dolor profundo,

de aquella obstinación desesperada,

de tu esperanza sembrada sobre el mundo

como una rama verde en un desierto!


Yo no lloro por ti,

lloro por mí, por todos

los que en amor y pensamiento

ya no tendremos nunca en nuestras manos

la apasionada y suave

corteza de tu pan corporal.


Sobre el limo sombrío de nuestra pena,

en esta cegadora tiniebla que nos dejas de golpe,

tú creces alto y solo,

quebracho transparente, hacia las nubes,

con pie de río y brazos de luciérnagas.

El hacha de tu hachero

no talará tu perfección tranquila.

La muerte ha completado tu hermosura

sobre el vacío enorme de tu ausencia,

camarada nocturno de la aurora,

lucero pensativo.


Tu voz canta y solloza en la distancia

y fulguran celestes tus pupilas

sobre el pavés de los jazmines,

sobre las alas de los pájaros,

sobre los labios que te llaman . . .


En el libro viviente

del pueblo, en sus rugosas páginas

de Verdad y Justicia

amasadas con dolor, con sudor, con esperanza,

quedó tu testimonio de combate,

tu gesto interrumpido,

una flor chamuscada

y un puñado de tierra . . .


Repartida en las almas tu materia sonora,

tu sustancia de nube, tu condición de flor,

no has muerto, hermano mío. Sólo ahora

tendrás tu nacimiento innumerable,

soldando con tu pan de comunión terrestre,

hombros y corazones en la unión

de una paz fraternal.


Entre los rascacielos te despido

de esta Ciudad de Plata, enorme y pura

como el mar, con su pueblo profundo,

en cuyo umbral

te inclinaste a dormir alucinado

bajo el cielo del Sur.


Aquí dejo mi adiós en estos versos

finales que te escribo,

para callar después, para cerrar la puerta

que me enseñaste a abrir

sobre el resplandeciente jardín de la poesía.


Mi mano de poeta

quede clavada aquí, sobre tu cruz,

por siempre.


La vida nos unió, la muerte quieta

no nos separará. Mi pobre sombra

viva atada a tu luz. Y mi silencio

cuelgue su cencerro

de arena

al cuello ardiente de tu melodía . . .


Entre los grandes ríos

de nuestras dulces patrias enlazadas,

la gente humilde, el pueblo

transportará en sus hombros tu corona de hierro,

tu sueño, tu esperanza,

tu retrato indeleble.


Estos poemas - excepto el último, ADIÓS A HÉRIB CAMPOS CERVERA, escrito en 1953 - son una selección del libro inédito EL NARANJAL ARDIENTE (1947 - 1949),con que el autor cerró su etapa poética.


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