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AUGUSTO ROA BASTOS


  LUCHA HASTA EL ALBA, 1979 - Cuento de AUGUSTO ROA BASTOS


LUCHA HASTA EL ALBA, 1979 - Cuento de AUGUSTO ROA BASTOS

LUCHA HASTA EL ALBA

 

Cuento de AUGUSTO ROA BASTOS

 

Editorial ARTE NUEVO,

Portada: GERARDO ESCOBAR

Ilustraciones: JORGE AYMAR

1ra. Edición, 1500 Ejemplares

Asunción – Paraguay, 1979

 

 

PRÓLOGO

Este cuento, el primero que escribí, quedó perdido y olvidado durante más de una treintena de años. Durante esos años de amnesia, de seguro no inocente, dudé incluso que lo hubiese escrito alguna vez. Llegué a pensar que el tal cuento no fuese más que una nebulosa de proyecto literario: la paráfrasis del texto bíblico sobre la lucha nocturna de Jacob, que yo prefería entre todos los que mi madre leía por las noches y que invariablemente comentaba en guaraní, reinventándolos a veces en un tiempo más cercano y con personajes conocidos.

Cuando hacia 1968 comencé a compilar YO EL SUPREMO, encontré el cuento esfumado entre las páginas del TRATADO DE LA PINTURA, de LEONARDO DA VINCI, libro que yo aprecio particularmente y que me enseñó a ver el sentido del mundo como un vasto jeroglífico en movimiento pero cuyos signos son tal vez indescifrables.

El hallazgo del viejo manuscrito me produjo quizás el mismo pavor que debí sufrir cuando intenté transcribir tales fantasmagorías en esos amarillentos papeles con membrete del ingenio azucarero donde trabajaba mi padre como modesto empleado de la administración; papeles que yo robaba y en los que escribía a la luz de un frasco lleno de luciérnagas, la lámpara secreta de mi infancia.

El manuscrito roto, casi ilegible y al que le faltaban dos páginas, representó para mí la prueba de un doble parricidio, al menos simbólico; cuerpo del delito más que cuento; vestigio de una pesadilla más que de una historia vivida. La prueba, además, de que los relatos en que predominan los elementos autobiográficos idealizados o sentimentalizados son irremediablemente falsos puesto que surgen del amor propio o de la autocompasión que son los elementos más distorsionadores de toda faena artística.

He aquí el texto restaurado: punto de referencia inicial de una obra, de una vida, que no han sabido eludir una y otra vez los mismos errores; curiosidad museográfica, al fin, para coleccionistas de estas nimiedades.

A. R. B.

Toulouse, 1978.


 


LUCHA HASTA EL ALBA


Y quedóse Jacob solo, y luchó

con él una Persona hasta que

rayaba el alba.

(Génesis, 32, 24)



Tendido en el camastro boca abajo, el muchacho oyó la tos seca del padre, el soplido para apagar la lámpara. Esperó aún un buen rato hasta que la noche se metiera bien adentro en la casa. Siempre era posible que el hermano mellizo acechara despierto en el cuarto contiguo. Cuando el silencio dejó oír el suave retumbo del río en las barrancas, el muchacho se inclinó y sacó el envoltorio escondido. Los verdugones del castigo de la tarde le escocieron de nuevo hasta el hueso; en las rodillas, las punzadas de los maíces sobre los cuales el padre le mandó hincarse durante horas, como de costumbre. "¡Ahí lo tienen al futuro tirano del Paraguay! ¡Rebelde ahora, déspota después!... ¡A vergajazos voy a enderezar a este cachorro del maldito Karaí­Guasú!.

La madre, tratando de aplacarlo: "¡No lo castigues así, Pedro! ¡Lo vas a resabiar!..." Desde el patio el velludo mellizo le sacaba la lengua; las morisquetas de burla aumentaron su humillación, formaban parte del castigo. Sus brazos en cruz le pesaban cada vez más. Cuando se quedó solo los dobló y entrelazó los dedos sobre la nuca. Se sentía hecho una criba. Su rabia le llenaba la boca de saliva amarga, le hacía bombear salvajemente el corazón entre los huesos. 

Abrió el envoltorio con mucho cuidado, no fueran a crujir los papeles viejos. El frasco brilló entre sus manos con tenue fosforescencia. Lo agitó soplando varias veces en la boca de¡ frasco. Los puntitos que titilaban adentro con luz verdosa se avivaron un poco; una luz más débil que el halo de la luna menguante sobre las hojas de los guayabos. Pero alcanzó a ver borrosa la silueta de su mano, las falanges crispadas sobre el vidrio. 

-Han muerto muchos de ayer a hoy -murmuró-. Tendré que poner más lámpiros. Es difícil escribir con tantos gusanos muertos. Esaú empieza a sospechar. Me sigue a escondidas cuando por las noches voy al campo a cazar muãs. Me ha preguntado si pienso tejer cinturones luminosos para las Wõro que danzan desnudas en los cañadones del bosque pidiendo a la ¡una que llueva, como cuenta mamá que pasa en una tribu de indios, en los desiertos del Chaco. "¿Son mujeres de verdad?", pregunta Esaú. "Son mujeres­póra" -dice mamá-. "Son las deidades silvestres de los indios. Pero ellos son de otra manera. la verdad no se sabe..." Cuando Esaú va al monte a cazar encuentra los cinturones de muãs que yo dejo colgados en las ramas de los árboles. Los toca y los huele. Mete la cabeza entre las piernas y grita como un enano insultando a las Wõro. Después voltea a hondazos una mortandad de tapitíes y palomas de monte y los trae de regalo a papá que mucho aprecia lo que hace Esaú con fina voluntad. Yo veo y me callo. La verdad no se ve, digo. 

Sopló otra vez por el cuello del frasco. El zumbido de su aliento le sobresaltó. Lo puso sobre el cajón y tomó el cabo de lápiz. Mojó la punta en la saliva. Hablaba en voz muy baja para sí mismo, habría sido difícil tal vez seguir su pensamiento sin apuntalarlo con ese susurro. 

-Tal vez sea más fácil ser Jacob que escribir sobre Jacob, y mamá que me pregunta por qué quiero ser como Jacob. Yo cierro fuerte la boca para no contestar. Mamá entonces me toma la cabeza entre las manos y mirándome en los ojos como ella sabe hacerlo me dice que cada uno es lo que es y que no arrienda compararse con los otros. Pero quién sabe lo que uno es. ¡Uno de tantos entre tantas cosas! Yo no sé si soy joven o viejo, o las dos cosas al mismo tiempo. En los cuadernos de papá, de cuando era todavía seminarista, leí: "Mi infancia murió hace ya mucho tiempo, y yo aún vivo..." Y cuando abuelo José murió, papá escribió sobre su tumba: "Entregó su espíritu en las manos de Dios. Le devolvió su vida en buena vejez, anciano y lleno de días." 

Volvió a agitar el frasco. - Son como pescados muertos -dijo-, pero el vientre todavía les brilla en el aire viciado. Hay que echar los muertos y poner lámpiros vivos todos los días. Me acuerdo de la noche cuando se metió un muã dentro de una botella, en el patio, y me dio la idea de una lámpara que no fuera como las otras y que alumbrara con otra luz, la luz de los bichos que alumbran el aire de la noche. 

La mano del muchacho siguió escribiendo en el rotoso cuaderno, a la luz del tenue reverbero. 

-…Papá no es hombre malo, pero me cree malo a mí. Él sabe que su infancia murió hace tiempo, pero no sabe que yo soy más viejo que él. Capaz que por eso me pega con esa correa doble, que él usa para asentar el filo de su navaja. Pero no pega nunca a Esaú. Mamá me dice que es porque mi hermano es contrahecho y tiene la cabeza un poco desvariada. Papá me pega cuando cree que hago algo malo. Pero yo sé que no es malo zambullirme en el río con los otros muchachos M pueblo para buscar el cuerpo del pasero ahogado en el remanso, enredado entre los raigones M fondo bajo los flotadores de la balsa ' Esaú contó que yo salí echando sangre por la nariz y por la boca, abrazado al cadáver del viejo. Eso no es cierto. Yo encontré el cadáver bajo la balsa pero no me animé a tocarlo. Me miraba fijo debajo M agua como riéndose con una mueca. Vi los huesos ganchudos de las manos ya comidas por las pirañas. Lo sacaron los otros muchachos. Pero aunque lo hubiese sacado yo, ¿es malo eso? ¿Es pecado tan grande sacar a un ahogado? Por lo menos para que lo entierren en camposanto. 

Suspiró con estremecimiento. 

-Mamá defiende a papá tratando de explicar que él tiene miedo a que yo también un día me ahogue en el río, y que lo que él quiere es que volvamos a la ciudad para sacar de nosotros dos hombres útiles y sabedores y respetados. Pero los castigos no son solamente por culpa M río. La otra vez fue la llave que perdió Esaú en la chacra y no pudimos entrar en la casa. Papá me mandó a buscarla mucho después que cayó la noche y yo tuve que pasar corriendo con los ojos cerrados y los oídos tapados sobre el empalado del puente donde dicen que tiene su guarida el fantasma del Descabezado. Estos castigos son los que más duelen y me pueden desvariar la cabeza a mí también, si es que no la tengo ya desvariada. El miedo es la cosa más mala que puede caerle a un cristiano. Y lo que yo siento es que papá tiene miedo a otra cosa que él mismo no entiende qué es. Hace ya mucho tiempo que es mensual de la fábrica y sabe que de aquí no podrá salir, como salió M seminario, de los obrajes, de los Verba les. Hay lugares de donde no se puede salir. Y este lugar de Manorã, en Iturbe del Guaira, es uno de ellos. La gente se muere aquí como los muãs en el frasco cuando ya no pueden echar más luz de su vientre, digo cuando la vida se les apaga en la fábrica o en los cañaverales. Papá no es hombre malo y yo diría que es el más bueno si no fuera por ese miedo que tiene a lo que no sabe y no en tiende, o tal vez lo sabe tan bien que ya lo olvidó... 

El muchacho escribía con apuro, pero las letras gordas de escuelero le salían lentas y difíciles. Se quedaban atrás de lo que él procuraba decir y escribir. Las borraba cada tanto con trazos temblorosos que a veces rasgaban el papel. El frasco se iba apagando poco a poco. 

- Cuando leo en la Biblia ese hecho que hizo Jacob, yo encuentro que es de otra manera, no como cuando mamá nos lee o nos cuenta los mismos hechos. Igual que cuando a papá estuvieron por matarlo los revolucionarios porque no quiso decir dónde estaban las armas de la policía de la fábrica. Toda la noche entre si lo mataban o no lo mataban, y que dónde están las armas, y los golpes y los insultos, y los tiros junto a su cabeza quemándole los cabellos y hasta uno de esos tiros arrancándole un pedazo de oreja. Todo esto justo hasta el alba cuando llegó al galope un jinete de la montonera y gritó a los que tenían atado a papa con trozos de alambre: "¡No, a ése no lo maten ya! ¡Encontramos las armas escondidas en las calderas de la fábrica!..." Y así papá se salvó de los fusiles y los machetes de la pueblada. Mamá no quiere acordarse de esas malas memorias. Se le humedecen los ojos y se queda callada. Me pasa la mano sobre la cicatriz que tengo en la cabeza y que me dejó ahí una pedrada de Esaú. Mi hermano Esaú del que nunca puedo separarme como si él siguiera teniendo trabada su mano a mi calcañar desde que nacimos juntos. Eso dice mama cuando cuenta que Esaú es el mayor porque nació último y que su alma está derramada en mí como la mía está derramada en él. Pero yo no quiero un alma así, tan de dos sin ser de nadie y que sin ser nada y al mismo tiempo doble da a uno solo tanta aflicción... 

Ya no vio la forma de su mano. Se puso el lápiz entre los dientes. Empezó a envolver el frasco con el mismo cuidado del comienzo. El viento que las Siete Cabrillas suelen soltar hacia la medianoche, había apagado el retumbo del río. El muchacho sintió el peso enorme de la noche amontonada en el cuarto. Tomó el frasco a tientas, abrió la puerta y salió sin hacer ruido. 

La noche hedía a los charcos de agua estancada, al guarapo fermentado en los canales de desagüe del ingenio. Arrojó el frasco al río desde lo alto de la barranca. Oyó el ruido del choque en el agua. Se estuvo un rato inmóvil. Luego siguió andando en la oscuridad, de cara al olor lejano de los cañaverales. Sintió que la frente le ardía en relente. 

Caminó sin detenerse una sola vez. Su paso firme parecía olvidar todo otro rumbo que no fuera ése. Por atajos y desvíos que conocía bien llegó al cruce de los dos caminos que, en la historia de Jacob, en la Biblia se llama Manhanaim y en la tierra de Manorã, Tape­Mokõi. Algo o alguien le salto por detrás clavándole uñas como garras en la nuca. El muchacho giró y comenzó a luchar contra su invisible adversario con toda la furia y la tristeza que llevaba adentro, con un ansia mortal de destruirlo. Luchó cada vez con más fuerza logrando que todo el peso de la noche entrara en su brazo. Sintió que ese esfuerzo desbarataba los malos recuerdos; sintió que los arrojaba de sí en los espumarajos que echaba por la nariz y por la boca. Sintió que sudaba sangre y que este sudor lo purificaba, que lo volvía más liviano, sin peso ninguno. 

Pero que todavía estaba vivo y que sólo vivía para triunfar en esa lucha con el Desconocido. Como éste notó que no podía contra él, puso su puño forzando la palma del anca del muchacho y le descoyuntó el muslo. Pero el muchacho no cejaba y arremetía con creciente encarnizamiento.

La voz dijo: -¡Déjame, que el alba sube!" Y el muchacho gritó fuerte, no como un ruego sino como una orden: "¡No te dejaré si no me bendices!" La voz dijo: "¡No puedo bendecirte porque estás maldito para siempre!..." 

El muchacho siguió luchando ciegamente, hasta que se dio cuenta de que había estrangulado a su adversario; su cuerpo permanecía abrazado a él, pero ya inerte y sin vida. El muchacho se sacudió y lo dejó caer. Su pie tropezó con una piedra, la levantó y contempló entonces la cabeza separada del tronco. Y en esa cabeza descubrió el rostro de filudo perfil de ave de rapiña del Karai­Guasú, tal como lo mostraban los grabados de la época. Pero también vio en la cabeza muerta el rostro de su padre. Dudó un instante como en el centro de una alucinación o de una pesadilla. Pero la palma del anca descoyuntada le mostró que si era un sueño se trataba de un sueño de otra especie. El día claro le mostró dos paisajes superpuestos, dos tierras, dos tiempos, dos vidas, dos muertes. 


... Yo también, como Jacob, vi a Dios cara a cara y fue liberada mi alma... 


Pero esa voz no era la suya, ni la de su madre, ni la de las Escrituras, ni la voz que había entrado muchas noches en su vigilia cuando al resplandor fosfórico de las luciérnagas escribía a su manera la historia de Jacob. Sintió en lo hondo de sí que todo eso era falso. Un sueño. Pero que esa falsedad, ese sueño, eran la única verdad que le estaba permitida. 

El sol, el rescoldo neblinoso de un sol que no se veía quemaba todo el cielo y borroneaba el día en una tiniebla blanca. El muchacho continuó su camino rengueando del anca descoyuntada. Llevaba la cabeza sanguinolenta bajo el brazo. El fuego blanco del sol la iba despellejando por instantes. Pronto quedó el cráneo calcinado, arrugado, cada vez más pequeño. El muchacho no se dio cuenta de ello entre las reverberaciones y el polvo que subían del camino, ni de que sus propios cabellos le habían crecido hasta los hombros y habían tomado el color de la ceniza. 

Se dirigió hacia el pueblecito de Nazareth. Llegó a casa del rabino Zacarías que no lo reconoció y lo tomó por un mendigo. El muchacho Jacob le tendió las manos sin ver que en ellas no había ningún cráneo. 

-¡Es de una persona importante de Phanuel! dijo-. Se lo vendo por poco dinero... 

El rabino Zacarías no entendió lo que el otro le dijo. Salvo la palabra Phanuel, el nombre hebreo que quiere decir: el­que­ha­visto­la­faz­de­Dios. Le sorprendió que un muchacho campesino de Manorá pudiese conocer el nombre y pronunciarlo con acento arcaico. Se lo hizo repetir. El muchacho Jacob volvió a decir claramente: 

-¡Phanuel! 

El rabino Zacarías retrocedió. Su voz se volvió dura: 

- ¡Deja en paz lo que no entiendes y es sagrado! El hombre malo, el hombre depravado anda en perversidad de boca. Y tú no eres el suplantador que estará en lugar de aquel hombre santo. Anda y trabaja los campos y siembra y cosecha. 

El muchacho Jacob inclinó la cabeza. De entre los cabellos encanecidos cayeron sobre sus pies gotas de sudor o de lágrimas. 

-Vete -le dijo el rabino, y cerró la puerta después de arrojarle unas monedas. 

La noche había caído de nuevo. La silueta que rengueaba entró en un rancho de expendio de bebidas, que brillaba con resplandor calcáreo a la luz de la luna, en un recodo del camino. Pidió al bolichero con voz ronca apenas audible una botella de aguardiente y dejó caer las monedas sobre las tablas. Bebió a sorbos largos apretando la boca ansiosamente contra el gollete, sin una pausa, sin un respiro, como si ya no tuviera aire adentro. Se retiró bamboleándose hacia un rincón del rancho, y se tendió en lo oscuro poniéndose el anca descoyuntada como cabeza. 

Entraron dos hombres del lugar y también se pusieron a beber. De pronto uno de ellos se fijó en el que yacía en la sombra, y dirigiéndose al patrón, le preguntó con un guiño de picardía: 

-¿No es ése el hijo de don Pedro, el de la azucarera? 

El patrón asintió encogiéndose de hombros. 

-Los muchachos de ahora pronto empiezan a darle al trago -dijo el que había hablado-. Pero el padre le va a sacar el vicio a latigazos. Don Pedro no se anda con vueltas. 

El segundo hombre se aproximó, husmeó la sombra y removió el cuerpo yacente, 

-A éste no le puede pasar ya nada -dijo moviendo la cabeza. 

-¿Qué quieres decir? -preguntó el posadero. 

El hombre regresó al mostrador, bebióse de un trago la media caña. Después dijo con la voz opaca: 

- Ése ya huele a muerto.

  

 

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Primer cuento que escribió Augusto Roa Bastos (por vuelta de 1930). Publicado por primera vez en 1978.



ENTORNO A «LUCHA HASTA EL ALBA» DE AUGUSTO ROA BASTOS



En el prólogo que acompaña al cuento «Lucha hasta el alba» Roa Bastos hace notar que esta narración fue la primera surgida de su pluma. La confesión no debe ser tomada al pie de la letra. Aunque la idea original -la historia de Jacob- constituya la base de la versión final, es indudable que los demás elementos la señalan como emparentada con «Yo el Suprerno» antes que con los cuentos de «El trueno entre las hojas». El relato reapareció hacia 1968, durante la recopilación de su obra magna.

Según el autor la obra es una «restauración» en el sentido pictórico del término (no es fortuito el hecho de que el viejo manuscrito se encontrara perdido entre las páginas del «Tratado de la pintura» de Leonardo). No obstante, como su concepción formal no concuerda con la sensibilidad barroca de sus primeros cuentos y la utilización de mitos indígenas -como el de las Woro, de los Mak'a (estudiados por Belaieff), además de varias alusiones a «El Supremo» en secuencias relacionadas con el «Karaí-guasú»- son de data reciente, nos parece que en vez de una «restauración» se podría hablar de una recreación casi total del manuscrito original.

El hecho de que el manuscrito estuviera roto, casi ilegible, y que le faltaran dos páginas -como lo asevera el mismo autor- quizá obligara a éste reescribirlo totalmente, a la luz de sus nuevos hallazgos temáticos y estilísticos. El mito indígena del «tigre azul» y la cosmogonía de los Nivaklé ya habían sido perfectamente integrados en el texto [88] de «Yo el Supremo» a la manera en que lo iba a ser el de los Mak'a, con su alusión a los cinturones de luciérnagas. Utilizando el símil de la pintura, al que apelara Roa, se podría imaginar lo que hubiera sucedido si Da Vinci -al retocar una de sus madonas inconclusas- hubiera terminado pintando «La Gioconda».

Esto es exactamente lo que sucedió con «Lucha hasta el alba». Del intento de restaurar la paráfrasis de un texto del Génesis bíblico surgió una obra maestra de la narrativa, resultado de más de treinta años de maduración. De allí que, lejos de ser una curiosidad museográfica -como modestamente la considera el autor en el prólogo mencionado- sea, más bien, la cumbre del arte narrativo de Roa Bastos: una perfecta amalgama y síntesis de lo mítico, lo bíblico y lo autobiográfico.

Trataremos, en esta breve nota, de señalar algunas características fundamentales del cuento, utilizando los indicios suministrados por el escritor y examinando el sentido profundo de los mitos empleados en el contexto de la narración.

El hecho de que el hallazgo de los amarillentos papeles haya representado para Roa «la prueba de un doble parricidio, al menos simbólico; cuerpo del delito más que cuento; vestigio de una pesadilla más que historia vivida», nos conduce hacia una de las claves del relato. En efecto, la historia de Jacob, anti-héroe del cuento, es la historia del rebelde, de aquel que -como su doble bíblico- llega, aún herido, a triunfar sobre el ángel de Dios. El «ángel vampiro» que lo asalta en medio de la noche y lo clava con sus garras parece simbolizar no sólo al padre sino también al Dictador Francia. Cuando Jacob -después de deshacerse del cuerpo de su atacante- descubre que la piedra contra la que ha tropezado es, en realidad, la cabeza decapitada de su contrincante, la toma entre sus manos y, estupefacto, descubre en sus rasgos, ya la cabeza de su padre, ya la de «El Supremo». La cadera descoyuntada por el golpe del ángel le convence de que si lo ocurrido es un sueño, tendrá que ser de una clase muy especial. Y entonces comprende que este sueño suyo -distinto del de los hombres comunes (como el sueño de un «samán»)- es la única clase de verdad que le está permitido contemplar.

He aquí, a nuestro juicio, representado el destino del creador y del artista: del que ha estado en Phanuel, del «que-ha-visto-la-faz-de-Dios» y, sin embargo, vive como un mendigo entre los Hombres: como un hermano que no puede olvidar que él y el otro (como los mellizos) son casi la misma sustancia, pero distintos. Es la lucha contra el «Desconocido», contra el destino ineluctable de una vocación que, al combatir a Dios, libera el alma en el combate. El peregrino de lo absoluto llega -como en una pesadilla -a la encrucijada Manhanaim-Tapé Mokói, donde la fuerza del hombre (ayudado por el peso de la noche) se mostrará superior a la del ángel. Este combate singular es también la lucha nocturna del escritor con sus fantasmas, con los personajes de su imaginación. En el caso de Roa se nota la pugna -casi obsesiva- del autor con su personaje favorito: «El Supremo». Varios párrafos de la obra lo mencionan, y aún nos parece que al estrangular al «ángel-demonio», el protagonista Jacob-Roa no hace sino liberarse del Dictador, decapitándolo. La obsesión persecutoria acaba así en el «doble parricidio» al que aludiera el autor. Se observan además en este cuento, algunos «mitemas», recurrentes en la narrativa del escritor: el hijo más viejo que su padre; el encogimiento (enfetamiento) de los muertos; el olvido, que es más «sabio» que el recuerdo.

El antiguo mito de los mellizos, común a casi todas las culturas, es utilizado por Roa con gran sabiduría y versatilidad. Ya se hable entre los griegos de la pareja Cástor-Pólux; entre los Apapokuva, de Ñanderykey-Tyvyryi; o entre los semitas, de Esaú-Jacob, el sentido del mito es básicamente el mismo: la lucha por el derecho de primogenitura, la rivalidad con el padre y el hermano, la crisis de identidad de los que nacen juntos porque sus almas están mezcladas. Uno de ellos -por lo general- es el preferido del padre, el otro de la madre. Esaú es velludo -según la Biblia-: algo tocado y contrahecho -según el cuento. El mito de los Gemelos (que tiene que ver con la concepción binaria de las almas y la doble cópula) es quizá también una metáfora de la condición del mestizo, lugar en que se mezclan y fusionan dos culturas: la española y la indígena. Roa Bastos estaría aludiendo, de alguna manera, a la idiosincracia del paraguayo, a su peculiar dicotomía; a ese ser dividido entre dos alternativas igualmente poderosas aunque, esencialmente, antagónicas. En relación con la cosmovisión de esas dos culturas antitéticas y dialécticamente relacionadas, tendría que contemplarse el tratamiento doble que se da al tiempo [90] y al espacio en la obra de Roa Bastos. Por un lado, se construye el tiempo-espacio «mítico» (sagrado y metahistórico) por el otro el tiempo-espacio «real» (profano e histórico). Ambos sistemas se entrecruzan y fertilizan mutuamente en el transcurso del relato, produciéndose estados mixtos, a veces paralelos, que crean distintos planos de «credibilidad» en la mente del lector. La narración oscila, continuamente, entre ambos mundos, en el misterioso umbral que separa «lo de arriba» de «lo de abajo». Todo esto colabora a la instauración del tiempo mítico -del siempre-, en el «aquí» y el «ahora» históricos.

Los personajes del relato y los del Génesis se superponen, sin ser nunca exactamente los mismos. El escritor ha trabajado el mito con entera libertad, dándole un sesgo autobiográfico al situarlo en el ingenio azucarero de Iturbe, donde transcurrió su infancia.

La regresión a la infancia (o el sentido de la pérdida de ésta) y las metamorfosis son características de lo mítico. Tal vez -como el Miguel Vera, de «Hijo de Hombre»- Roa no sólo esté reviviendo los recuerdos de su infancia, sino -a través del cuento- expiándolos.

Cuando, hacia el final del cuento, Jacob -nacido en Manorá- es repudiado por el rabino Zacarías, del pueblecito de Nazareth (quien no lo reconoce como al elegido de Dios), nos acordamos de los obstáculos que el Jacob de la Biblia tuvo que vencer en su largo viaje hacia la tierra prometida. El proteico personaje de nuestra historia envejecerá prematuramente después de la hazaña suprema, asediado por el peso de su inmenso destino.

En cuanto al escritor y al «tocado por la mano del ángel», ambos están en la misma situación que la del pueblo elegido. Su destino y el de la humanidad, al final, se confunden. Por esta razón, «Lucha hasta el alba» es al mismo tiempo cuento y «cuerpo del delito», testimonio y prueba de un parricidio, semejante a aquel que menciona Freud en relación a Moisés y a la obra de Dostoyevsky: el que en tiempos primitivos liberó al hombre de la autoridad despótica del padre -o jefe de la horda- e instauró el reinado de la libertad y la igualdad.

 

Fuente:  ANTICIPACIÓN Y REFLEXIÓN


Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital a partir de la de 2ª ed. Paraguay,

Ediciones NAPA, 1980.
 
 
 
 
 
 

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