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GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  CABALLERO REY - Novela de GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ - Año 1988


CABALLERO REY - Novela de GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ - Año 1988

CABALLERO REY

Novela de GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ

 

 

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de [Asunción (Paraguay)],

 R.P. Ediciones, [1988].

 

 

PRÓLOGO

No puedo recordar sin emoción aquel 26 de febrero.

Por raro azar, la canícula propia del mes se había trocado en frío nórdico. Un cielo triste, ceniciento, semejante al cielo de Edgar Allan Poe (poeta a quien rendí su merecido homenaje en un matutino de plaza), ponía una nota de recogimiento y devoción sobre la venerada tumba del patriota, general de división don Bernardino Caballero de Añazco, el Centauro de Ybicui. La piedad de los hijos (legítimos o no) había depositado rosas rojas sobre la gloriosa lápida del finado reconstructor del Paraguay; como hijo espiritual del mismo, yo, raúl amarilla(1), deposito mi flor, mi pobre rosa roja, que queda como una gota en el océano de rosas rosas que recuerdan el tránsito del héroe a la inmortalidad.

Mas, ¿cómo dejaría de perderse mi florcita si le tocaba competir con las coronas fúnebres enviadas por las poderosas empresas que dieron vida al país después de la total destrucción de la Guerra Grande? Las mencionadas empresas se veían en la obligación de honrar debidamente la memoria de su socio fundador... Al hacerlo, enviaban hermosísimas flores que atraían de sobremanera a las avispas (mención especial merece la corona enviada por La industrial Paraguaya S.A.)...

Ya el número de las laboriosas abejillas había aumentado peligrosamente para la seguridad de los que festejábamos el cumpleaños del Héroe en el Walhalla, cuando llegó mi maestro, don Juan E. O'Leary (h), con los ojos enrojecidos por las lágrimas y un bello ramillete que me hizo oler; al olerlo, me dio un tremendo shock y, según me lo contaron después, caí desvanecido sobre la bandeja de apetitosas milanesas aportadas por unos correligionarios de Mbuyapei.

¡Costumbre peculiar la de nuestro pueblo, esa de festejar los aniversarios fúnebres con una familiar merienda sobre la losa fría que cubre los despojos mortales del Ser Querido! Costumbre que resulta colguá para los que se creen cosmopolitas pero en realidad exhiben su pobre condición de metecos. En efecto, la merienda fúnebre la comenzaron los antiguos griegos, mi maestro O'Leary tiene escrita una docta disertación para demostrarlo, haciendo ver que, ya en el canto C de la Ilíada, el divino Aquiles honró de igual manera la memoria de su amigo Patroclo. Siendo, pues, la costumbre vieja como Judas, no debemos avergonzarnos, nosotros, los auténticos paraguayos, de seguir una tradición que hunde sus raíces en lo más profundo de la cultura universal. Por eso yo no me avergüenzo; al contrario: con pluma inexperta mas orgullosa, relato aquella fiestita ocara por los Manes de don Bernardino Caballero, aquel 26 de febrero de 1931. Fiestita alegre y triste a la vez, pero siempre patriótica, estropeada un poco por la garúa y las avispas.

¡Bienaventurados aquellos que soportaron con ánimo impasible el aguijón doloroso! Yo me desmayé (reacción alérgica). Recuperé el sentido en brazos de mi querido Maestro, don Juan Emilio O'Leary, llamado también el Reivindicador por su valiente campaña a favor de los Héroes militares del Paraguay, criticados por la propaganda extranjerizante, que les imputaba la supuesta destrucción del país. A mi querido maestro se le veía la cara un tanto hinchada, aunque ya las manos de hada de la Chunga le habían quitado todos los aguijones... En realidad, lo que le encendía las mejillas, lo que dilataba las venas de sus nobles sienes, no era tanto el veneno de los bichos sino el fuego de una noble indignación. Porque los males físicos no tenían ningún Imperio sobre el ánimo de mi noble maestro cuando lo poseía el entusiasmo de una noble causa, de una reivindicación auténticamente nacionalista y popular, como el Culto del mariscal Francisco Solano López o del general de división Bernardino Caballero de Añazco.

-¡Infames! -tronaba mi Maestro -¡Mercenarios! ¡Agentes de la plutocracia sin corazón

Debo rectificarme, caro lector: no recuperé el sentido en brazos sino en la casa de mi querido maestro, don Juan Emiliano O'Leary. Debo aclarar, además, que cuando me desmayé en el cementerio, él me llevó a su casa, donde pasé dos días entre la vida y la alergia, mientras la muchacha, solícitamente, me aplicaba tabaco mascado sobre las picaduras -vieja receta guaraní a la que debo la vida... La Chunga (así se llamaba la muchacha) velaba al pie del lecho, con la fidelidad propia de su raza, que desconoce las convenciones extranjerizantes características de los liberales de las que, lamentablemente, yo no me había liberado del todo (¿cómo ser libre en un país dominado por la Beocia liberal?). En efecto, aunque la medida adoptada por la Chunga para mi sanación hubiese sido perfectamente adecuada, me resultaba un tanto embarazoso (prejuicio burgués) verme frente a la noble mujer, que para atenderme como es debido me había puesto en calzoncillos.

La Chunga, «inmóvil como un ídolo sagrado», era una figura de bronce en la penumbra de la alcoba, iluminada sólo por las filtraciones de los agujeros del techo de cinc. (La casita de la calle Brasil merecía um reparo, para decirlo en la lengua del Juca, autor de una valiosa pero inédita biografía del Centauro -vide infra.) Ella sabía bien que no había que molestar al maestro cuando reflexionaba en voz alta: éste, presa del arrebato místico, se limitaba a repetir, haciendo gestos majestuosos y girando en torno de mi catre, sin mirarme:

-¡Infames! ¡Mercenarios! ¡Agentes de la plutocracia sin corazón!

Yo era demasiado joven, le tenía muchísimo respeto: aún no le conocía bien... Comenzaba a sentirme, de más en más, incómodo... Afortunadamente, J. Natalicio González rompió el hechizo: vino entrando con la jarra del yaguareté caá (noble infusión autóctona) y la robe de chambre de seda verde y dragones plateados que acostumbraba a usar en casa propia y en la de los amigos (cuando allí se hospedaba por más de dos semanas). Ocurre, ¡oh vergüenza!, que el gobierno liberal (en el poder desde 1904) desconocía los méritos de J. Natalicio González y el humanista, falto de cargo público, se veía obligado a recurrir a la generosidad de los amigos colorados; Natalo se hospedaba, a la sazón, en casa de mi maestro, esperando que don Bonifacio Caballero (noble vástago del Centauro) terminase de construir, en el patio de su casa-habitación de la calle Artigas, un departamento destinado para la residencia del autor de los Epinicios. J. Natalicio González (permítaseme la disgresión) acababa de terminar un original ensayo sobre las raíces platónicas de la civilización guaraní y estaba preparando otro sobre las raíces guaraníes de La Tempestad de Shakespeare (este último puso en evidencia que La Tempestad había utilizado, sin citarlas, fuentes guaraníes). J. Natalicio González, entonces, sirvió a don Juan su autóctona infusión, me saludó fraternalmente y después, sin decir palabra, se sentó en el catre y comenzó a contemplarse atentamente el pie derecho, cuyos dedos contraía y distendía rítmicamente, de acuerdo con la costumbre campesina, que permite al pynandí (al auténtico hijo de la tierra), sin descalzarse, la adopción de una postura de distensión y concentración algo afín a las yogas, pero de efectos infinitamente superiores.

Le contemplamos en silencio. Después de algunos instantes, el maestro O'Leary dijo, sentenciosamente:

-¡Infames! ¡Mercenarios! ¡Agentes de la plutocracia sin corazón!Era exactamente lo mismo, pero ahora con mucha calma.

 (Es que J. Natalicio González producía un efecto especial sobre los demás: les trasmitía calma. En los momentos de mayor exaltación (lo he visto), cuando los correligionarios estaban a punto de llegar a los puños por alguna cuestión filosófica o económica, Natalicio, cuando le llegaba el momento de hablar, esperaba unos instantes, se miraba los dedos del pie o miraba el piso (cuando estaba calzado) y después emitía alguna sentencia conciliatoria, que calmaba los ánimos como por arte de magia).
Ya más calmado, el maestro O'Leary nos leyó con voz trémula el texto que los enemigos de la paraguayidad habían hecho circular por la Asunción durante mi largo desvanecimiento apícola, como ofrenda sacrílega a la memoria del Centauro. ¡Oh lector! La indignación me embarga cuando pienso en el infame y falso documento que, por razones metodológicas, no puedo dejar de transcribir a renglón seguido:

DIRETORÍA GERAL DE CONTABILIDADE DA GUERRA -Rio de Janeiro.

«Copia -Nª 466 -Ministerio dos Negocios da Guerra. Rio de Janeiro, em 13 de Junho de 1870, Mande Vmce. abonar mensalmente ao General Caballero, Coroneis Aveiro, Centurion e Carmona, paraguayos, o soldo de coronel, aos Tenentes-Coroneis Silvero e Palacios o soldo de tenente-coronel; ao Mayor Lara e ao Tenente Maiz o soldo de suas patentes; ao ex-Ministro Falcon cem mil reis; a ao Padre Maiz (todos paraguayos) o soldo de Capelao Alferez. Deus guarde a Vmce. (assignado) Barao de Muritiba. -Sr. Domingos Jose Alvarez da Fonseca. Cumpra-se e extracte-se. Pagadoria das tropas da Corte, em 15 de Junho de 1870. -(Assignado) Fonseca. -Extractado- (Assignado) Leal. -Averbado. -(Assignado) Barros».*     Inteligente lector: no es mi propósito el de ofender tu inteligencia explicándote lo que para ti está claro. Sin embargo, permíteme explicarte que el libro lo leerán lectores jóvenes (en muchos casos, jóvenes de buena fe, pero de inteligencia estragada por la propaganda antipatriótica), por esa razón, preciso ser claro, clarísimo (tal cual el inmortal J. Natalicio González al explicar que la ideología liberal se afincó en el Paraguay gracias a los judíos). Por eso, te explico: este documento apócrifo afirmaba que el general Bernardino Caballero y otros muchos héroes paraguayos habían recibido dineros del Ministerio de Guerra brasilero... Fue después de terminada la guerra, podrás argüir, y eso no desprestigia para nada, en su actuación guerrera, a los mencionados héroes... ¡No importa!, te contesto, un héroe debe, además de ser héroe, aparentarlo: la mínima sospecha, por eso, significa poner en peligro la imagen mítica del general Bernardino Caballero, uno de los pilares de nuestra nacionalidad, uno de los excelsos mármoles de la Patria...

Natalicio y yo -vuelvo a mi relato- quedamos tiesos de indignación.

-Hay que denunciar la falsificación -rugió Natalo.

-Difícil -dijo mi maestro- las firmas son legítimas.

Y eso era lo más perverso del asunto: las firmas eran legítimas; el documento, falso.

¿Qué negra iniquidad, que siniestro mitrismo pudo haber sobornado al funcionario brasilero, hoy difunto, para hacerle fraguar ese espécimen que, con papel, tinta y sello de la repartición pertinente, esto es, con visos de legitimidad, arrojaba un puñado de inmundo cieno sobre la ejecutoria de don Bernardino Caballero, precisamente el paraguayo que más brasileros mató y sin haber recibido por eso («designios de la Providencia», O'Leary dixit), ninguna herida en ningún combate?

-Debe ser un universitario -dijo J. Natalicio González.

Aludía así, con la sagacidad que lo caracterizaba en sus investigaciones políticas, históricas, filológicas y filosóficas, a la falsificación perpetrada recientemente en una (hasta ese momento) respetable casa de estudios donde, aprovechándose de la distracción del Gran Canciller, un tonsurado adicto a los placeres de Baco le presentó a la firma, en la pila de los diplomas de los dotorandos de la institución, un diploma falso, que el Gran Canciller firmó inadvertidamente junto con los diplomas legítimos, confiriéndose así el título máximo a quien no lo merecía... Deshonrada, la venerable institución tuvo que reconocer públicamente que, si bien la firma y el membrete eran auténticos, el título era falso.

¿Podría esperarse igual sinceridad del Archivo General del Brasil?

-Imposible- suspiró don Juan.

 Ya había hablado con el representante del Brasil, este le dijo que no pensaba negar la autenticidad de un documento que, a todas luces, era auténtico. Recurso farisaico que le servía para vengarse de El Centauro de Ybicui, libro publicado por el maestro O'Leary, donde se ponía en evidencia la cobardía brasilera y el heroísmo paraguayo durante la Guerra Grande o Guerra de la Triple Alianza.

-Quizás el mismísimo don Pedro II -dijo J. Natalicio González.

¿Por qué no?

Para destruir al Paraguay en la Guerra Grande, don Pedro tuvo que empeñarse a los bancos ingleses; terminó perdiendo su corona porque no pudo levantar la deuda. ¿Qué tendría de raro que el Emperador tratara de desquitarse post mortem?

Sin embargo, estas especulaciones lógicas no podían tener mayor influencia en la psique de un pueblo que, como el paraguayo, ha sido bombardeado por la propaganda antipatriótica, extranjerizante, bárbara. No. La dialéctica de J. Natalicio González, profunda, lúcida, nada o muy poco podría contra un infundio semejante. Sus alas de gigante le impedían caminar. Era necesario conmover la conciencia nacional, sacarla de su letargo, mediante una obra más directa, mediante un testimonio irrebatible: el testimonio del mismísimo general de división don Bernardino Caballero.

Eso fue lo que me decidió a escribir este libro.

Debo decir que, después de haber escrito mi primer libro, consistente en las memorias del susodicho Centauro de Ybicui sobre su actuación en la Guerra Grande, sentí que había realizado mi tarea. Pero me di cuenta de que no después de haber leído el miserable panfleto que pretendía hacer del Centauro un recipiendario de los favores del imperio negrero y esclavócrata.

Así que va la segunda, como dice el gaucho (también heredero de la antigua tradición helénica, como ha sido definitivamente establecido)...

Los que no han leído el primer tomo de las memorias del Centauro, sepan lo siguiente: Don Bernardino Caballero (1839-1912) fue el principal colaborador del mariscal don Francisco Solano López en la Guerra Grande (1864-1870), emprendida con el oro inglés por el Brasil, la Argentina y el Uruguay contra la próspera República del Paraguay. La guerra terminó con el 60% de los paraguayos, incluido el propio mariscal López. Privado de la satisfacción de caer con su Jefe en el combate final, don Bernardino Caballero, sin embargo, tuvo la satisfacción de reconstruir el Paraguay después de la guerra. El voto popular lo llevó a la Presidencia de la República (1880-1886); después de eso fundó el glorioso Partido Colorado o Asociación Nacional Republicana (1887), siendo la principal figura política hasta 1904, en que una revolución del Partido Liberal, financiada por el oro porteño, lo expulsó del poder. Hollado sí, pero jamás vencido, el Centauro tuvo todavía energías para combatir, por todos los medios, a la tiranía liberal que se enseñorea del pobre Paraguay desde 1904... La muerte lo sorprendió en 1912, en Asunción, en medio de la tristeza general.

Que después de 30 años le hayan sacado el poder, me parece una crueldad, sin embargo, lo que no tiene nombre, es que ahora, después de muerto, traten de robarle su inmortalidad.

En eso soy intransigente...

El lector imparcial, sin aceptar mis opiniones desde el principio, puede, detenidamente, leer el libro para ver cuán infames son los enemigos del Centauro. Para leerlo con mayor provecho, le recomiendo tener presente la siguiente lista de gobernantes del Paraguay:

Triunvirato - 15/agosto/1869

Cirilo Rivarola (Presidente constitucional) - 25/noviembre/1870

Salvador Jovellanos (Vicepresidente en ejercicio) - 18/diciembre/1871

Juan B. Gill (Presidente constitucional) - 25/noviembre/1874

Higinio Uriarte (Vicepresidente en ejercicio) - 12/abril/1877

Cándido Bareiro (Presidente constitucional) - 25/noviembre/1878

Bernardino Caballero (Ministro del Interior en ejercicio) - 4/setiembre/1880

Bernardino Caballero (Presidente constitucional) - 25/noviembre/1882

La lista puede cansar al principio pero, en la medida en que se lee el libro, comienza a ser más interesante; no perderla de vista.*     En cuanto a mi estilo, aclaro que no pienso hacer concesiones. Me he formado en la escuela periodística de Patria, del auténtico Patria (hubo más de un periódico con ese nombre, incluyendo el fundado por Juan B. Gill). Eso significa que soy nacionalista y revisionista, que rechazo rotundamente la interpretación de la historia puesta en boga por Bartolomé Mitre y Compañía. Por eso, aún siendo argentino, he tomado partido por la posición auténticamente americana propugnada por el nacionalismo integral defendido por O'Leary, que me ha dado orientación espiritual y empleo cuando me echaron de mi Patria chica, la Argentina. Ser argentino, por otra parte, me ha permitido conocer al general Bernardino Caballero en Buenos Aires, en 1910; este libro es el resultado de una serie de entrevistas.

RAÚL AMARILLA - El cronista

NOTAS

1.       Salta a la vista que el señor Raúl Amarilla (raúl amarilla, como firma él), dista mucho de ser poeta. Sin embargo, por razones que explicaremos en la próxima nota al pie de página, hemos decidido publicar la obra así como está, ya que la cuestión no es literaria sino histórica: se trata de las memorias del general Bernardino Caballero, figura importantísima de la historia paraguaya.

 

 

 

 Enlace al ÍNDICE del libro CABALLERO REY en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES 

 

Prólogo

Tratado primero: De como me castigaba en Río de Janeiro, todo por amor a la patria (1871/1872

Tratado segundo: De como puse orden y disciplina en la legión paraguaya, amén de otras cosas que por pura modestia no digo (1871)

Tratado tercero: De cómo serví con distinción al gran Partido Nacional, luchando valerosamente contra el defraudador Salvador Jovellanos (1873/74)

Tratado cuarto: De cómo había escuelas a patadas cuando yo fui el ministro de la instrucción (1874/77)

Tratado quinto: De cómo serví fielmente en el gabinete del vicepresidente en ejercicio, don Higinio Uriarte, sin asesinarle para nada al comandante José Dolores molas ni a otros prohombres (1877/78)

Tratado sexto: De cómo fui Ministro del Interior de don Cándido Bareiro, fundador del Partido Nacional, mas no del Nacional Republicano (1878/80)

Tratado séptimo: De cómo fundé el Partido Conservador, o sea Nacional Republicano (1887)

Principales términos dialectales y guaraníes utilizado

 

 

TRATADO PRIMERO (2)

DE COMO ME CASTIGABA EN RÍO DE JANEIRO,

TODO POR AMOR A LA PATRIA (1871/1872)

 

     ¡Esa su costumbre de poner todo con letra chica: raúl amarilla, por ejemplo! ¡Seguro que se cree más moderno como los jóvenes de ahora, hacen al revés como su amigo Roque, piensan que cuando más caprichoso más leído!... Creen que saben todo, Amarilla. Pero usted, Raúl, usted haga no más lo que le guste hacer con su poesía, pero con mi memoria, mucho cuidado. No me vaya a poner con letra chica. Usted me cuida bien las comas y también las sintaxis, no que vayan a decir después que Bernardino Caballero no sabía, como ya dijeron luego, son así: siempre pescando por si uno se atraganta una ese en su discurso para decir después que no sabía hablar, que no sabía luego ni leer el discurso que le hacía Crisóstomo Centurión o Decoud. No. Una persona pública tiene su imagen pública que le llaman. Por ejemplo (déjeme explicarle), si usted se quiere retratar, Amarilla, ¿cómo ha de hacer? No ha de ser en calzoncillos para la foto de familia, la fotografía que después verán sus nietos y señora. Así no puede ser. Tiene que ser decente, trajeado, como la que tengo sobre el escritorio con Tomasito Romero y José Segundo Decoud; esa es la que tiene que quedar. Y lo mismo luego para mis memorias; yo no tengo tiempo de ocuparme de todo: yo le voy dictando así como me sale y usted me pone como debe, por ejemplo: V corta o b de burro. Los antes después que los despueses... quiero decir al revés. Por ejemplo, yo le dicto primero 1887; después recién me recuerdo 1880. Puede ser. Con tanto tiempo atrás, tanto tiempo para recordarlo, suele pasar así. Bueno. Entonces usted me pone, como debe, 1880 y después 1887. Para que se entienda. Para que no se malentienda. Ahora que estoy luego viejo, pobre y sin gobierno. Ahora que los liberales quieren decir por mí gaucho de bola y lazo (¡qué groseros!). Usted, la juventud decente, tiene que decirles la verdad. Tiene que decirles cómo yo, Bernardino Caballero, soy el reconstructor del Paraguay. Sí, eso es lo que dijo O'Leary, desde luego, pero repita no más, Amarilla, repita. La gente es demasiado burra, tiene que repetirle varias veces. Hasta que se acostumbren. Hasta que les entre en la cabeza, como discurso militar...

     ... Ustedes la juventud moderna ya no entienden...

     ... ¿Pie plano?... Bueno, entonces no hay remedio. Usted no puede ir. Pero le haría falta. Disciplina no le vendría mal. Disciplina como la de antes: en la caballería los reclutas ligaban con el arreador. Así nos educaban a nosotros. Por eso es que salimos como somos, gente bien derecha. Ni liberal ni pituco... Bueno, a mí no me fajaban, ni siquiera de recluta, pero fue la excepción. La excepción porque yo luego era demasiado recto, desde el primer momento. Por eso me metieron en la caballería pero con tratamiento especial. No necesitaban pegarme. Y después fuí ascendiendo, ascendiendo... bueno, estas cosas se las tengo contadas, ¿para qué repetir?

     Ahora estamos pues para la segunda parte, para después de la Guerra Grande. O, si se quiere, al final. Eso no le conté todavía... ¿Cómo?... Pero no le conté, no quiera discutirme. ¿Usted acaso cree que porque soy un viejo ya no tengo memoria? ¿Cree que ya no tengo sentido? ¿usted qué se cree?

     ¡Cajetillo!...

     Bueno, tampoco se me ponga así.

     No sea tan sensible.

     Un tirón de orejas para su bien no más, no se me quede tan abatatado. Si sabe bien que ya le dije a Juancito O'Leary que le consiga un puesto en Asunción, bibliotecario si es posible, ahora que le echaron de su empleo por robar cuadros... Bueno, ya sé que usted no le robó a la pobre señora, pero quería decir que le acusaron que robaba, por eso le quitaron de su cargo. Pero en Asunción es diferente: cuando se vaya allá, va a ver usted lo bien que le tratamos... No, en la Biblioteca Nacional no puede ser; allí está el bribón de Juan Silvano. Pero claro, igual le vamos a conseguir, no se preocupe...

     ¿Dónde estábamos?

     ¡Ah! Nos tomaron prisioneros. Prisioneros después que se acabó la guerra, ¿se imagina usted? ¡Dese preso!, me dijo el brasilero. ¿Pero preso por qué? Entonces nos fajaron unas cuantas balas; no valía la pena discutir. Y eso que nos entregamos, justamente, porque acabó la guerra. Porque en el primero de marzo le mataron a nuestro Jefe, liquidaron nuestro último campamento, justo cuando estábamos por el Norte, yo con mi partida. Unos 60 hombres (creo que); nos mandó el Mariscal para traerle carne, vacas chúcaras, porque en Cerro Corá no había carne: una vaca se dividía en 400 partes. Por eso el Mariscal me mandó hacia el Norte, para traer provista, pero cuando volvimos era demasiado tarde. Era ya después del primero de marzo. Puros ranchos quemados y esqueletos. Dicen que el Mariscal quedó enterrado allí. Me contó la Madama: ella personalmente cavó la tumba del hombre y de su hijo. Pero cavó demasiado playo (como casi todas); en seguida vinieron los bichos de la selva para desenterrar cuando se fueron; cuando las mujeres y los pocos que quedaban fueron caminando desde Cerro Corá a la Concepción, llevados por el ejército brasilero que nos fundió del todo. Por eso nos marchamos para Concepción, yo con mi partida. Para entregamos. Ni siquiera entregarnos porque no había guerra, había terminado. ¡Pero explíquele usted al cambá maleducado que nos recibió a balazos! Derechito a Concepción y de Concepción para Asunción en barco.

     Quiero decirle abril o mayo del 70. No recuerdo muy bien. Pero recuerdo bien nuestra tristeza... de los prisioneros paraguayos. Don Patricio Escobar, Silvestre Aveiro, Juan Crisóstomo Centurión, ministro José Falcón, padre Fidel Maíz. A Juan Crisóstomo le decían a cada rato que le iban a fusilar. (Le trajeron desde Cerro Corá hasta la Concepción caminando, y eso que se iba en sangre. Pero tuve suerte -me solía decirvi cómo te degollaban a los otros). Y a mí me decían que dirigí los fusilamientos de San Estanislao (el mariscal fue) y que remataba rezagados y que todo el camino dejábamos sembrado de cadáveres (Roa) y que yo le azoté a la señora madre del mariscal López (fue Silvestre Aveiro) y que a Venancio López le ultimé yo (fue Patricio Escobar) y que iba a ver la corte marcial que nos hacían. Crímenes de guerra, jei chupe.

     -Se acabó tu suerte Bernardino, me solía decir cuando me conducían prisionero en la Asunción. Se acabó porque en la guerra siempre tuve suerte, pero ahora se acabó porque perdí mi abogado. Yo siempre le había llevado cosido por mi camiseta, desde el primer momento; ese me salvó de las batallas más terribles, incluso Tuyutí. Pero después, con tanto caminar, se me había caído mi abogado, ya no me podía más salvar de los cuatro tiradores aquel escapulario milagroso de la Santísima Virgen que me regaló mamá. Y ahora con conde d'Eu ya no había vuelta (con marqués de Caxias daba más gusto): el tipo degollaba prisioneros de balde, así le degollaron a Caballero (el otro) y al comandante Aguiar aunque el pobre no podía caminar (perdió su rodilla en Tuyutí).

     En la Asunción me recibió Río Branco, plenipotenciario brasilero, estaba en esos tiempos dirigiendo ese gobierno mbore de Cirilo Rivarola(3). Amable parecía el tipo, Río Branco, me dio la dirección incluso de su hijo en Río de Janeiro (un mozo que se llamaba Río Branco también como su padre pero le decían varón). Yo quería decirle: Deje no más tanta cortesía don vizconde, ¿por qué no me deja en libertad? Porque si acabó la guerra no tenía sentido mandarme en Río, ¿para qué? Pero el brasilero no discutía (¿para qué si ganó la guerra, si ocupaba Asunción), nos mandaron no más en Río de Janeiro a los más importantes: don Patricio Escobar, Silvestre Aveiro, Juan Crisóstomo Centurión, Ministro José Falcón, padre Fidel Maíz, coronel Carmona.

     Nos mandaron en barco desde la Asunción...

     En el camino nos decían que nos pensaban justiciar, que nos iban a encerrar en la fortaleza militar, en una isla desierta. A Juan Crisóstomo todavía le dolía su mandíbula (le partieron en dos con varios dientes) pero igual le decían paredón en vez de consolarle. Don Patricio Escobar era el más tranquilo, pero el padre Maíz se moría de miedo. Era el más nervioso. De puro nervio le salía latín y se olvidaba el castellano. Vae victis, decía a cada rato. De tanto repetir se nos pegó. Cada vez que le veíamos venir al padre, entre todos decíamos: Ouma vae victis. Viene vae victis, para usted que no entiende.

     Después, ya en Río, una vez que paseábamos por la costanera, le vemos al paí Maíz con la hija del teniente.

     -I porá nde vae victis, paí (¡Lindo su vae victis, padre!)

     Así dijo Carmona, tan zafado.

     -Con esto se va a dejar de molestarnos -dijo Ministro Falcón.

     Y tenía razón.

     Porque en aquella época nos estaba visitando el Benjamín Constant, y el paí Maíz decía que no, no debíamos luego... No se podía olvidar que era paí. Pero después le pillamos con las manos en la masa, en la hija del teniente, y entonces ya nos aseguramos de que no podía repetir después en Asunción (nos podía perjudicar). No, la masonería deje no más, Amarilla. No me ponga aquí.

     ¡Vaya a saber lo que dice monseñor Bogarín si se entera de que éramos! Tan bien que andamos nosotros (aquí tengo la carta que me mandó hace poco), va a pegar el grito al cielo si se entera, la gente luego no va a entender esas cosas.

     Tampoco de la hija del teniente. No, el paí Maíz ha muerto como un santo, cuidando las criaturas en Arroyos y Esteros. Así que no me ponga. Eso yo le cuento, en confianza, hablando como hombres. También para que sepa usted como fue que le conocí al Juca.

     Al Juca Río Branco.

     Bueno, así le llamábamos los amigos.

     Yo todavía no era, pero tuve que irme, por pedido especial del padre Maíz. Llevaba la tarjeta del vizconde; parece que él luego ya le había escribido a su hijo, porque varón me recibió muy bien, cafecito y todo. Yo al principio no sabía como entrarle, no quería abusar, porque se estaba portando demasiado bien conmigo (ni el hotel me dejaban pagar). Pero después tomé coraje; por un amigo uno se debe jugar. Y le expliqué la situación del paí Maíz. Vamos a ver cómo reacciona, me dije, por ahí me manda a tomar banho. Pero reaccionó muy bien, incluso le pareció muy simpático: él se encargó de ayudarle, habló con Su Majestad, con no sé quién: ellos le dijieron al teniente que no le demande por aborto... Pero el monseñor se enojó en serio: le dijo si después de haber fusilado inocentes todavía quería seguir matando; ¡todavía más cobarde! -le dijo- ¡un ser que no puede defenderse! El monseñor quería seguir adelante con el pleito, mandarle luego preso (en el Brasil es así), pero la Corte le dijieron que se tranquilice, que estábamos como prisionero especial. ¡Que Dios lo perdone -dijo el monseñor- yo no le doy la absolución! Desde entonces quedaron disgustados. Incluso antes ya, porque cuando llegamos en Río de Janeiro el monseñor le hizo llamar al paí Maíz para preguntarle si era cierto que tenía mando de tropas en Itá Ybaté y que había liquidado varios batallones brasileros y el paí Maíz le dijo que el mariscal López le dijo...

     Pero vamos a dejarle al paí Maíz, eso le cuento después.

     Lo que quería decirle era que nos trataron muy bien: toda una sorpresa. Nosotros luego llegamos en Río de Janeiro esperando nuestra corte marcial, sin embargo del puerto nos mandan a un hotel, Hotel dos Estrangeiros (donde después firmaron el Sosa-Tejedor). Después me llevan a comprar para mi traje (todo pago) y un día que lustraba mi zapato viene el ordenanza para decirme que me trajee bien porque me han de llevar junto al Emperador, SAI dom Pedro II. Yo le dije muchas gracias por pura educación, pero la verdad, Amarilla, ese Pedro II no me gustaba tanto. ¡Imagínese que le mató a nuestro Mariscal López!... No le digo tampoco que el Mariscal era perfecto, Amarilla, pero al fin y al cabo era mi Jefe, uno tiene que ser agradecido con su Jefe. Sobre todo que yo venía a ser el segundo del ejército; después del Mariscal el más antiguo. (Eso le ponía verde a Isidoro Resquín, que cuando comenzó la guerra era coronel, mi superior, y cuando terminó la guerra, mi subordinado). Así que incluso estuve a punto de decirle que tenía ese pya racú, mal del estómago, ¿cómo iba a salir de baile con el conde d'Eu?

     Majá catú Caballero! (¡Vamos!), me dijo mi compadre Escobar, quiero conocerle al comandante Mallet. Y es que los militares no somos rencorosos: simpatizamos en seguida con el comandante Mallet. Ese dirigía la batería rewolver en Tuyutí: le llamaban así porque tiraba muy rápido, justamente allí tuvimos que salir nosotros, la caballería, culpa que Vicente Barrios le malinformó a Mariscal y Mariscal entonces nos mandó atacar por donde no debía. Ese es el problema. Con los grandes hombres sucede luego así. De nada le sirve luego ser los grandes hombres si tienen colaboradores arruinados. Eso le pasó a dom Pedro. Él no nos hacía la guerra si no era por culpa de los viejos mbores como Caxias que le aconsejaron mal.

     -¡Cómo se hubiera hallado el Mariscal aquí! -dijo Centurión.

Juca le miró un poco sorprendido (todavía no se daba cuenta) le dijo de que sí: de que todo fue malentendido porque dos pueblos amigos como nosotros no teníamos por qué; teníamos que defendernos de Argentina. Tiene usted razón, coronel Centurión, le dijo el Juca, pero comprenda usted que no se puede. Viene a ser la etiqueta que le dicen: en esas fiestas se le puede saludar a Su Alteza una vez y nada más; después, él tiene que saludarle a otra gente. Pero Centurión quería recutú. Quería felicitarle de vuelta por el baile: nunca él había visto otro igual, y eso que había estado en la Inglaterra, en el Buckingham, pero el palacio de Petrópolis muchísimo más lindo y por favor no se olviden de nosotros para la próxima vez...

     La gente ya comenzaba a mirarnos, así que le sacamos a tiempo; un poco más y gomitaba en ese piso tan lindo. Gomitó en el jardín. Después le dio un abrazo al teniente de guardia, menos mal. Porque si le abrazaba así a Su Majestad Pedro II nunca nos volvían a invitar. Centurión era así: muy instruido, hablaba con los Altezas en puro inglés, pero cuando tomaba dos tragos quedaba del otro lado, podía luego hacer cualquier indiscreción.

     Eso se aprovechaba el Juca.

     Cuando se dio cuenta, allí mismo comenzó a aprovechar. Como aquella vuelta de la cañonera Iguatemi que le quiero contar. Coronel -le dijo- eu sou muito fraco para a bebida e como sabe um diplomata deve usar mas nao abusar dese capitoso licor, por que si tal fizer nao podera ter a serenidade parafazer um bom despacho que esta a pender na pasta ministerial de sua cooperaçao vigorosa e recta. O coronel, ao contrario, guerreiro, e vigoroso por demais assim me dispense e toma a minha parte. Centurión entonces se mandaba trago doble, la ración del Juca y la propia, mientras yo derramaba por la borda, disimuladamente, mi parte del champán mientras no me miraba el marinero...

     Pero había sido que el Juca se dio cuenta; me contó después cuando estuvimos en Buenos Aires, él me acompañó para escribirme mis memorias. (No, olvídese de eso, Amarilla, nunca le van a mostrar en el Itamarati, son memorias confidenciales que hicimos entre el Juca y yo pero no para el público. A mí luego no me estiran la lengua como a Juan Crisóstomo, que le contó una serie de indiscreciones que después el Juca publicó en ese su libro contra el libro del alemán Schneider sobre la Triple Alianza). Se dio cuenta pero no se enojó. Al contrario. Caballero es muy inteligente -dijo una vez- porque a pesar de su ignorancia se maneja muy bien. Ignorante será su abuela pero el resto es cierto: todos me querían en Río de Janeiro. Y no que yo sea un vende patria desde luego: lo que pasa es que sabía manejarme, como dijo el Juca, decirles hasta donde quería decir.

     Educado, pero siempre patriota.

     Por eso es que a mí me ascendieron más rápido (grado Tres): los Honorables Hermanos me daban tratamiento especial, incluso el Benjamín Constant, que me daba clases extras para que aprenda su positivismo más rápido (no tiene que extrañarle, Amarilla, que una calle de Asunción se llame Benjamín Constant, no podemos pues serle desagradecidos).

     También me llegaban los diarios de Asunción, apenas recibía el Juca, ya me pasaba, siempre resulta luego agradable cuando se está tan lejos de la Patria, un militar es así. Si el general don Bernardino Caballero no se encuentra de vuelta en su Patria, no es por decisión del gobierno brasilero. Así decía el diario ese. Se llamaba El Pueblo. Ese es el que publicaba don Miguel Mascías, ese que trabajaba primero con La Voz del Pueblo pero abrió después su diario propio. Sí, La Voz del Pueblo era de don Miguel Gallegos, mejor dicho de don Cándido Bareiro. Porque don Cándido quería publicar su diario, pero los otros no le tenían confianza, decían que era sobrino del Mariscal López. Entonces don Cándido Bareiro habló con don Miguel Gallegos, médico militar del ejército argentino, le pidió que le ayude. Entonces don Miguel Gallegos aceptó la dirección, pero en realidad era de Cándido Bareiro, del partido bareirista, como le decían. Yo a don Cándido le conocía de oídas, el Mariscal López solía hablarme luego de su sobrino cuando estábamos en guerra; decía que resultaba muy desobediente porque ya le había hecho llamar para que se presente en el Cuartel General pero no venía, muy desobediente, pero parece también que don Cándido sabía que era para hacerlo fusilar y nada más, por eso se quedaba en Buenos Aires; por eso recién vino en Asunción en el 69, cuando entraron los aliados. Allí fundó el partido bareirista, puso su periódico La Voz del Pueblo. Conste que también El pueblo simpatizaba con él, por eso le propuso para presidente; yo supongo también que aquel artículo tan amable fue porque Bareiro les pidió. Aunque todavía no me conocía, pero tenía buen olfato (como él decía) para reconocer a la gente.

     Y no se equivocó.

     Pero eso después.

     Ahora, lo importante es que yo leía los diarios, todos los diarios. Viene a ser los dos: La Regeneración y La Voz del Pueblo (El Pueblo salió recién cuando quemaron La Regeneración, o sea que siempre hubieron dos). Todo se sabía en Río de Janeiro, incluso más rápido que en Asunción (roto).

     Y aquella hermosa noche en la Bahía de Guanabara (paí Maíz preparaba su guitarra), estábamos en la cañonera Iguatemí, medio románticos por la hermosa luna, pero el Juca quiso hablarnos de política. Nos preguntó si qué pensábamos de la Constitución, porque en el Paraguay estaban a punto de hacer una (el gobierno provisorio de Cirilo Rivarola, que también le llamaban Triunvirato). Paí Maíz le dijo que él siempre había dicho eso, pero la última vez, en 1862, López le metió tres años engrillado y pan y agua por hablar de la Constitución y le sacó de la cárcel a condición de que vaye al Tribunal de Sangre y allí tenía no más que firmar las sentencias porque con las Siete Partidas y las Ordenanzas españolas que seguíamos usando tenías que mandarles a la horca (que solía conmutar por paredón, no somos bárbaros) y que entonces no vendría mal una Constitución, por lo menos para hacer la prueba. Centurión dijo que la andábamos precisando: era una vergüenza seguir así; él luego había hecho su estudio en las Europas pero cuando volvió en el Paraguay tuvo que andar tomando órdenes de polecías ignorantes, era una desgracia ser inteligente; dijo también que no entendían cómo le permitían a don Cándido, ese que había sido pyrague de López, se pasó denunciando a los becarios paraguayos y se comió la plata que les mandaban de Asunción y por eso unos cuantos se murieron de hambre allá por Londres. Juca le dijo: cuestión de los argentinos; ellos le conocían demasiado bien a Cándido Bareiro; si los curepí le daban el empleo en el ejército argentino era cosa que no podían remediar. Y después me preguntó a mí; yo le dije que no soy político, pero como militar he de respetar la Constitución y se quedó contento. Claro que para mis adentros recordaba lo que nos decía Mariscal cuando estábamos en Azcurra, allá por 1869: la Constitución estaba muy bien, era lo más moderno, pero nuestro pueblo no estaba preparado. ¿Cómo iba a estar si los demás países, más adelantados, tampoco estaban? El Uruguay que era tan culto, la Argentina: lo único que hacían era pelearse, matarse unos a otros... por lo menos ese tipo de desgracias no conocíamos en el Paraguay.

     Mi compadre Escobar pensaba igual, pero esa noche no estaba con nosotros, se había quedado a dormir en su hotel. Siempre se quedaba. Nunca quería salir de serenata (ni siquiera después, de casado), pero nosotros salimos esa vuelta con el padre Maíz (de particular, desde luego), a Centurión le dolía la garganta. Desde entonces comenzamos a llevarle, tenía demasiada linda voz. Hasta que al final tuvimos que dejarle: las chicas se enamoraban no más de él (faltan varias líneas).

*

     ¿Qué hacían esos bribones en la Asunción?

     Esa es una buena pregunta.

     Siempre me pregunté por qué les dejaban a ellos ser Ministros, Comandantes y todo eso mientras a nosotros, los más patriotas, nos tenían desterrados en Río de Janeiro. Era una Injusticia. A caballo regalado no se le miran los dientes, me dijo paí Maíz, si en vez de fusilar, nos pagan vacaciones, no podemos quejarnos. Entonces me callé. Estaba por preguntarle luego al Juca por qué pero no le pregunté: desde entonces me quedó la curiosidad... Ha de ser muy interesante para la historia pero yo no sé, ¿para qué le he de decir una cosa por otra?

     Pero bueno, ese les queda a ustedes los historiadores, el misterio ese. Yo no le puedo resolver. Vamos no más entonces a lo que puedo... La Legión Paraguaya, ¿por qué no comenzamos por ahí?... Tenemos que comenzar con los legionarios, con ese Decoud que le conté la otra vez...

     ¡Pero qué Diógenes ni que Diógenes!

     Usted entiende al revés Amarilla. Así que la próxima vez me trae su fichero, ese donde dice que tiene las fichas de la historia, yo voy a hacer revisar por su maestro O'Leary o por quien sea, porque usted entiende mal...

     Para que no siga metiendo la pata le voy a explicar otra vez: el señor Juan F. Decoud tenía cinco hijos: José Segundo, Diógenes (que usted confunde), Juan José, Héctor y Adolfo, ¿entendido? Bueno. Los fusilados fueron los dos hermanos de don Juan F., allá por 1859, cuando quisieron matarle al Presidente con la chipa envenenada... ¿Cómo?... ¡Ah!, esta vez tiene usted razón; por fin mi perro cazó una mosca... La chipa envenenada fue recién en 1869, cuando trataron de matarle a López (h) y fue su misma madre, doña Juana Pabla Carrillo de López. Allá por Panadero, cuando nos corría el brasilero, y entonces algunos ya empezaron a querer transar. Allá fue que comenzaron a interrogar a la señora López pero no quería contarles, entonces Mariscal le dijo al coronel Silvestre Aveiro: Está jugando con ustedes, pueden cintarearla no más. El coronel entonces tuvo que zamarrearla un poco (yo no fui, pero después algunos me culparon a mí).

     Bueno, con o sin chipa, el caso es que en 1859 le querían matar a don Carlos López, papá del Mariscal, y por eso que don Juan F. Decoud tuvo que escaparse a Buenos Aires, dejando en la Asunción a su señora con su hijito Héctor, que andaba por los nueve años... Esa se llamó la conspiración Canstatt, y si se llamaba así era por algo, pero al Canstatt no pudieron fusilarle porque ciudadano inglés, decían que, los ingleses no le iban luego a permitir. Aunque conspiraba. Entonces les fusilaron a los hermanos Decoud, porque le ayudaron, y el señor Juan F. (como ya le dije) tuvo que salir corriendo a Buenos Aires porque o sino eran tres en vez de dos.

     Parece que Juan F., cuando llegó en Buenos Aires, se puso a pescar por el futuro Mariscal López, para hacerle lo que le hicieron a sus dos hermanos, pero el Mariscal entonces ya no estaba, ya se había subido en nuestro barco que le llevó de vuelta en la Asunción, mientras le corrían los ingleses, por algo les decían pérfida Albión. (No, no le fusilaron a Canstatt, pero igual no más; cuando vieron el barco paraguayo se pusieron a correrle, le largaron tiro incluso, que por suerte no acertaron porque o sino no quedaba quién me ascienda). Pero si no le encontró a López, por lo menos le encontró a los exiliados Juan Decoud. De rabia se juntó con de la Peña, Machaín, Ferreira, Iturburu umiva: esos exiliados que vivían luego quitando manifiesto contra López (padre-hijo): Vamos, pues, a derogar esas leyes brutas y escandalosas para una República, que hacen distinción de clase por nacimiento y colores, y prohíben el matrimonio entre unos que se califican de mulatos y otros de blancos, y entre libres y esclavos, y declarar a todos iguales para amarse y unirse según los afectos de sus corazones, y no como lo habéis decretado Francia, tu padre y tú, orgullosos, bárbaros tiranos, contra las leyes eternas y humanas que mandan multiplicarse, etc., para lograr vosotros corromper y embrutecer al pueblo para mejor gobernarle, cuyo crimen es el más imperdonable de vosotros, monstruos solitarios.

     Esto es de Manuel Pedro de la Peña; esa clase escribía... Sí, era de familia; él luego era el papá de don Ángel y Otoniel Peña. Y también los Decoud, como le dije, toda la familia. Y también los Machaín, cada cual a más legionarios. Formaron la Legión para hacernos la guerra, para luchar contra el tirano, jei chupé. Dom Pedro al empiezo no les quiso dar corte, pero el Mitre les dejó tener bandera, cuerpo aparte, etc. Tenían su propio comandante: el coronel Decoud. También el coronel Iturburu, eran los dos, pero se pelearon después como exiliados. Pero igual no más pelearon en contra, o sea en favor del ejército aliado. Yo me recuerdo bien aquella tarde cuando estábamos en Piribebuy (1869) con el Mariscal López y vemos la bandera paraguaya en la fila enemiga. ¡Esto no puede ser!, decía el Mariscal. ¿Pero por qué se enoja?, decía conde d'Eu. Paraguayo con bandera paraguaya. ¡Pero no eran paraguayos, eran legionarios, gente que peleaba luego con los enemigos del país!

     ¿Qué le parece?

     Conste que a los Decoud les entiendo; eran la propia familia y fusilados. Y después la señora con el niño Héctor destinada al Chaco y después a Yhu (casi terminó en la olla de los indios).

     También a Benigno Ferreira, entre nosotros...

     Usted sabe que Urquiza, ese general curepí se llevaba muy bien con la familia López: ninguno le quería a los porteños. Por eso se visitaban tanto (hasta compadres de bautizo), y un día que el Urquiza vino en Asunción, le vio a ese mitaí Ferreira, le llevó a estudiar en la Concepción del Uruguay como su ahijado. Y allí les conoció al niño Julio Roca y Juan Egusquiza, los dos luego llegaron a la presidencia. José Segundo no llegó, pero igual se hicieron muy amigos, él con Benigno. Y un día José Segundo llega con un manifiesto, de esos que escribía su papá, le hace firmar a Ferreirita... Salió en los diarios porteños, totalmente en contra. El Mariscal saltó hasta el techo, le hizo llamar a la señora Ferreira, la mamá de Benigno. (Ferreira era ella, sí: el papá, de la Mora; no se pudieron casar porque no podían, a los de la Mora todos los declararon negros por decreto).

     -¡Firme inmediatamente!

     -¡Excelencia, es mi propio hijo...!

     -Razón de más para avergonzarse.

     -¡Pero tiene dieciséis años!

     -Tiene que corregirlo a tiempo.

     Pero la señora no quiso firmar (era una declaración en contra del Benigno) y entonces López le llamó al sargento y le cortó la mano a la señora. Ella lo tomó muy mal, también el hijo, ese futuro general Ferreira. No le parece para nada al Juancito O'Leary. Porque la Dolores Urdapilleta, la mamá, se casó al principio con el señor Jovellanos, que no le quiso firmar una sentencia a López (era juez) y entonces López le metió en la cárcel y murió de quebranto. Después la llevaron presa a la señora (un lamentable error), destinada a Yhu junto con las leprosas (por equivocación) y encima luego nuestro teniente aquel quería degollarle cuando le rescató el brasilero, por eso después la Dolores casó con O'Leary, macatero del ejército aliado, no le podía perdonar. A los tiranos, madre, mi maldición, dijo O'Leary (h), incluso publicaba poesías contra López, pero después se dio cuenta de que nuestro jefe no hacía con mala intención: hasta el sabio se equivoca. Entonces no se hizo el legionario (ni siquiera el neolegionario) como Benigno Ferreira.

     Pero, con todo, se le puede perdonar a Ferreira, no todo el mundo es tan patriota como su maestro, Amarilla. El que no tiene luego perdón es Juan Silvano Godoi.

     Usted hizo bien en publicarle artículo en contra; Juan Silvano un sinvergüenzo. Porque a él los López no le hicieron nada, al contrario: hasta le dieron permiso para estudiar en el extranjero (no se le daba a cualquiera). Cuando comenzó la guerra, López le dijo a la mamá que siga afuera, que continúe estudiando, que no vuelva, que cuando termine la guerra vamos a necesitar mozos instruidos. Pero Juan Silvano, en vez de agradecerle, se juntó con las malas compañías y cuando los aliados ocuparon la Asunción, se puso a trabajar en diario La Regeneración y la Constitución... ¡Así le agradecía al pobre López!... Godoy se creía muy leído, pero una vez le pillé en su casa porque llegué sin anunciarme y él estaba en el patio escribiendo a tiros de revólver por el muro de atrás: JSG, JSG. Así se preparaba (roto). Pero llegó el momento y Nicanor le dijo: Sos demasiado intelectual para esto, hermano, déjame a mí Nicanor no tenía puntería pero no quería errar y entonces se aseguró cortando el caño de su escopeta de doble caño calibre doce con munición especial para tirarle a quemarropa (faltan varias líneas) Pero después no le hicieron nada a Juan Silvano, aprovechó en Buenos Aires porque compró el descampado que le decían Caballito que después se convirtió en pleno centro (creció la ciudad) y con eso ganó kilos de plata; le dio para comprarse su museo, 20.000 libros, volvió de lo más campante en Asunción y ahora es director de la Biblioteca Nacional como si nada...

     Y esos eran entonces los que prácticamente no le querían al Mariscal López: Decoud, Godoy, Ferreira. Esos los que pusieron La Regeneración, el periódico ese que yo leía en Río, pero que comenzó a publicarse todavía antes de que me manden en Río, creo que en el mes de octubre del 69. Por aquellos tiempos andábamos por San Isidro de Curuguaty; los enemigos casi ya nos alcanzaban, pero Mariscal con ganas de poner por allí su cuarta capital de la República porque ya le tomaron las otras tres, comenzando con la Asunción. Andábamos un tanto tristes, usted se puede imaginar: nos habían conquistado como las tres cuartas partes del país y encima los propios compatriotas hablando mal de nosotros, publicando ese pasquín que no valía nada(4). Diciendo que después de 60 años el Paraguay iba a comenzar con la civilización; por primera vez le iban a respetar a las mujeres, como si el Mariscal no les respetaba. ¿Cómo que no? Si a la Madama Lynch le regaló como 30 casas, diez millones de hectáreas de yerbales. Él sabía tratar a las mujeres...

     ¿La Garmendia? Bueno, la Garmendia quiso ponerle veneno en la chipa. ¡Oh chipa! ¡Satánica chipa!, jei paí Maíz. Él le dijo bien a la pendeja que confiese pero ella no quiso; hasta el final se hizo la retobada. Entonces le fusilaron como a cualquier otro (la igualdad de los sexos que le dicen)... Decían también esos legionarios (ni siquiera esperaron que el Mariscal se muera para poner gobierno nuevo) que las leyes bárbaras, que dificultan luego el casamiento; eso ya no era culpa del Mariscal sino de Francia, que les había declarado negros a unos cuantos aunque eran blancos, como los Aguiar y entonces ya no se podían más casar con blanco. (Ese portugués desgraciado le persiguió a mi familia, hágame acordar para que le cuente después del estofado). La esclavitud tampoco. Esclavitud había desde siempre, incluso el Mariscal abolió, solucionó el problema metiéndoles a los pardos en el ejército, pero igual no más el Gobierno Provisorio suprimió la esclavitud después para decir que fueron ellos...

     ...Jaime Sosa también, sí, ya me estaba olvidando. Otro que andaba en el partido Liberal, para hacerle la contra al partido bareirista, pero en realidad para darle quebranto a nuestro Jefe, Mariscal López. Pero el jefe de todos Facundo Machaín, a ese le consideraban número uno del partido liberal (que no era partido, pero se llamaba así), pero no crea usted que sabía tanto como decían; no era el único letrado.

     Porque también estaba Cayo Miltos, mozo muy leído, dotor por la Universidad de París. Ese aprovechó muy bien la beca que le dio Mariscal López, aprovechó sus estudios; cuando llegó en Asunción sabía más que Facundo Machaín. También su hermano Fulgencio, mozo muy fino, ese no parecía luego paraguayo, por eso el batallón guarará cuando le encontró, una vuelta, le metió cuchillada (a esos no les gusta la gente fina). Esos dos estaban con don Cándido, viene a ser el partido bareirista, la contra de los otros. Allí también estaban los hermanos Jara, Juan y Zacarías, esos también se fueron en Europa López tiempo pe guare. Volvieron hablando inglés como don Cándido; ese sí que sabía. ¿Cómo no iba a saber? Estuvo tantos años en la Europa, agente consular, allí les conoció a todos esos, incluso a Juan Crisóstomo Centurión; también a don Gregorio Benítez, aunque Benítez dijo que Bareiro se comió la plata que le dieron para comprar cañones (eso también dijo ese Cirilo Solalinde, dijo que perdimos la guerra por él).

     Pero nunca le pudo probarle, vyro rei no más. Incluso en el comienzo se entendían bien, Benítez con Bareiro; lo que pasa no más que después a Benítez le metieron en la polecía para hacerle confesar y ese fue Gill, pero Benítez pensó que fue Bareiro, por eso le agarró la antipatía mucho tiempo después. Lo mismo que a Bareiro con el Gill; comenzaron siendo amigos. Porque los dos estaban en la Argentina en el 69: Bareiro con Molinas y compañía, vendiéndoles provista a los aliados desde Buenos Aires; Gill prisionero, porque le agarraron en la batería de Angostura, diciembre del 68, cuando el traidor de Thompson se rindió sin pelear y con él se tuvieron que rendir Juan B. Gill, Adolfo Saguier, José Urdapilleta (todo culpa del jefe, del inglés Thompson). Claro que a Gill le trataron bastante bien; le hicieron estudiar un poco porque precisaba. Después le mandaron de vuelta en Asunción, allí don Cándido Bareiro le hizo luego entrar en el partido bareirista, ese que también le llamaban club lopizta los Machaín umiva, y que publicada luego La Voz del Pueblo, que le hacía la contra a La Regeneración...

     Gracias porque me estaba olvidando: los Taboada también. Esos dos me parece que medio parientes de Bareiro, no recuerdo bien, pero siempre los protegió bastante, porque cuando volvió en Asunción, don Cándido consiguió su empleo con don Miguel Gallegos, de la Sanidad Militar argentina, y enseguida se acordó del Antonio y Rufino, de los dos Taboada, también les consiguió para su empleo... ¡Cría cuervos y te sacarán los ojos!... No estoy hablando del Rufino... (roto)

     Bueno, lo importante es que formaron a tiempo su partido bareirista. Bareiro es pérfído, fue criado y educado por López, representa la continuación del pasado, dijo Benigno Ferreira. Eso para dejarle mal con el enemigo. ¡Ve cómo es! Porque en esa época luego no podías decir que era lopizta; a nadie le gustaba. Todavía menos a los brasileros y argentinos, que ocupaban Asunción. Y cuando le hablaron de Gobierno Provisorio, no te pensaban dejar si eras lopizta. Por eso no más don Cándido tuvo que acercarse a la Sanidad argentina: no que no sea patriótico, pero en política luego hay que ser un poco práctico. Disimular si es posible... Sobre todo que no les podían dejar ganar a los otros, al partido liberal. Esos llegaron con los ejércitos extranjeros, querían luego hacer su Constitución extranjera, reírse de nuestro ser nacional, como dijo O'Leary, de nuestra identidad. Esos llegaron con las ganas de enchufarnos sus Códigos foráneos, de hacer gobierno vaí para darle el gusto a Río Branco, Ministro brasilero, a conde d'Eu, Generalísimo, al Bartolomé Mitre, al infeliz Sarmiento. Por eso cuando se murió Mariscal López, Decoud escribió en La Regeneración: ¡Gloria al general Cámara! ¡Gloria a Su Alteza, el conde d'Eu! ¡Vivan las armas aliadas! Y esas cosas le dolían a don Cándido (su tío tan querido), así que desde el comienzo comenzó a competirles, fundó su club político sobre todo para las elecciones, porque las elecciones se venían mucho antes de la muerte de nuestro Mariscal, un año antes.

     Es que los legionarios que vinieron en la Asunción comenzaron a insistirles a los aliados ya desde comienzo del año 1869 que querían gobierno propio, aunque sea gobierno provisorio, jei chupé, mientras ellos no le agarraban todavía a López que seguía peleando con algunos valientes como yo que era su segundo, le mandan una nota a los aliados para decirles lo que querían hacer:

     -Paraguaio e macaco mesmo -dijo el brasilero.

     ¿Vio que coincidencia? Nosotros pensábamos lo mismo, pero de ellos. Ellos no querían ni oír hablar; gobierno militar y nada más, decía el brasilero. Pero entonces salen los argentinos, ellos le querían a la Legión porque se formó en Buenos Aires. Dicen que si era provisorio no podía haber problemas, siempre que el gobierno quiera cumplir sus compromisos con los aliados; incluso si no quieren, igual; con ocupación militar no se podían hacer los retobados. Los uruguayos también les apoyan, sobre todo porque ya estaban con ganas de irse, ¿para qué seguir si no podían luego quitarnos territorio? Ellos se metieron por liga, porque no ganaban nada y hace rato que querían volver en su país, dejarse de macanear afuera, no ganaban nada. Los brasileros no tenían por qué hacerles caso, ellos pagaban la flota, al fin y al cabo. Ellos pagaban más del 60% de los gastos de la guerra, les prestaban plata a los otros. Pero estaba también la diplomacia, no querían romper con sus aliados. Tenían que darles el gusto, aunque sea un poco, incluso cuando los argentinos salen con que la fuerza no da derechos, ellos con los uruguayos (por el Tratado de la Triple Alianza, acababa la guerra y se nos carneaban el país: el Chaco todo para la Argentina, hasta Bahía Negra; el resto para los brasileros, aunque también querían las Misiones sus compatriotas de usted). O sea que la fuerza no da derechos era una gran avivada; no querían repartirse el Paraguay sobre la marcha no más para sacar más grande la tajada. Sobre todo Argentina, que tenía los Decoud, Machaín, de la Peña argentinistas, si hacían un gobierno provisorio podían después incluso anexarles...

     Río Branco se ponía nervioso: al fin y al cabo ya ganaron la guerra (prácticamente); tenían que no más cumplir ese Tratado pero los argentinos no querían; se hacían de los buenos. Mientras tanto, de Río de Janeiro le volvían loco; le decían si para qué ganaron si no ganaban nada, si perdían su tiempo gastando tanta plata con tantos soldados brasileros afuera, que se apure un poco. Entonces Río Branco les llamó a los paraguayos: Machaín, Decoud, Ferreira, Godoi. Les dice que muy bien, que se preparen para hacer su gobierno, que les daba permiso; gobierno provisorio, hasta que le agarren a López que andaba fugitivo por la Cordillera; después se veía lo que iban a hacer. Pero que haya lista única. Río Branco no quería división.

     Y es que por esa época ya se andaba cocinando la cuestión del gobierno en los dos clubes: el de Bareiro y el otro. Club Unión se llamaba el de don Cándido; el otro se llamaba Club del Pueblo. Cada uno tenía su periódico; se peleaban grande, pero unos días antes Río Branco les reúne de nuevo. Les dice que se dejen de peleas, que hagan lista integrada porque o si no hasta luego: les ponía gobierno militar. Allí se volvieron a tranquilizarse, por eso cuando se reunieron en el Teatro Nacional estaban más tranquilos los dos bandos. Allí en el Teatro Nacional preside la sesión don Roque Pérez: les dice que después de sesenta años de tiranía tenían que aprender la democracia; dejarse de los tiranos como Francia y López; elegir de una vez gobierno serio, liberal. Don Cándido le aplaudió por educación; tampoco pues podía pelearse con el argentino, el único que le apoyaba, porque Río Branco no; él luego ya había dicho que cualquiera menos Bareiro. Cualquiera, hasta un tauyrón como ese Cirilo Antonio Rivarola... Yo le conocía bien a Rivarola. Arruinado. Hizo toda la guerra pero nunca pasó de sargento, incluso aquella vez que le tomaron prisionero se escapó de vuelta para presentarse otra vez en nuestro ejército, para seguir peleando, pero cuando le agarraron la segunda vez ya se dejó convencer. Conde d'Eu le mandó en la Asunción con recomendación para Río Branco. Río Branco pensó que servía aunque era un llorón, eso sé bien. Porque una vez en nuestro campamento, no recuerdo por qué, Mariscal López le tuvo de plantón frente a la tienda y cuando pasaban los soldaditos por enfrente le tiraban con coco, para jugar no más, pero el tipo se puso a llorar como señorita, tuvieron que desatarle del poste porque o sino se volvía loco a los tres meses (parece que se volvió, jina).

     Lindo candidato.

     Pero Río Branco ya tenía decidido, era inútil que don Roque Pérez le pidiera por Cándido Bareiro, en esos tiempos luego mandaba Brasil; no como ahora.

     Bueno, la reunión para el Triunvirato.

     Porque Triunvirato tenía que ser, no querían un solo presidente sino tres. Y se reunieron en Teatro Nacional para elegir un grupo de veintitantos que tenía que elegir a su vez otro grupo para que elijan a los triunviratos... Conste que allí podía ganar don Juan F. Decoud; al fin y al cabo el jefe de la Legión prácticamente. Si le ponían en la lista, Brasil no le podía quitar. No le gustaba mucho, pero no le podía quitar así no más. (Es que José Segundo, el hijo de don Juan, también estaba en la Legión Paraguaya pero después salió; salió cuando se enteró de que querían comerse el Paraguay esos aliados. Entonces tiró el uniforme, se fue en Corrientes, escribió unos artículos contra la guerra en un periódico que fundó por allí). Y en todo caso, Argentina también le podía apoyar a Decoud: en todo caso le prefería a don Cándido, y los paraguayos también.

     O sea que tenía que perder.

     Porque el Triunvirato, si hacían como pensaban luego hacer, tenía que terminar así: Juan F. Decoud, José Díaz de Bedoya, Carlos Loizaga. Si hacían así, Rivarola no podía presentarse, porque don Juan F. era su jefe, su superior, digamos, en el grupo liberal. (¡Claro que Rivarola liberal, qué podía ser!). Entonces don Cándido, muy amable, se le acerca a Rivarola que no le quería hablar. Le dice: ¿por qué no hacemos la alternativa? La alternativa era, para el primer triunviro, ponerle a Rivarola/Decoud (los otros dos igual). Dice don Cándido Bareiro que si hacen así, su partido también le apoya a Rivarola; lista integrada, como le gusta al brasilero.

     Los otros muy contentos dicen que sí, ¿que más querían pues que lista liberal? Hacen asimismo, mandan cuatro nombres para que los aliados quiten uno...

     Desde luego, le quitan a Decoud.

     Gusto brasilero.

     Entonces Cirilo queda Presidente... bueno, no presidente, pero sí, por lo menos, ministro del Interior, que venía a ser igual, él el que mandaba, los otros quedaban de balde. José Díaz de Bedoya es pariente de mi Concepción; no debo decir nada. Pero le voy a decir (entre nosotros) que el gobierno provisorio no tenla un mango, y entonces le mandaron a José. al Pepe candelero, para vender los candelabros de plata de la Catedral de Asunción en Buenos Aires para conseguir unos pesitos para ese Gobierno Provisorio, pero don Pepe se embolsó los $ 1.000.000; se quedó en Buenos Aires; dijo que no quería pertenecer más a un gobierno tan poco patriota, les mandó la renuncia a los dos que quedaban del Triunvirato aquel. Era lo peor que podía hacer (quedarse con la plata) porque plata luego ese gobierno no tenía ni para pagarle al barrendero que barría la casa de gobierno (no exagero); plata únicamente conseguían de los créditos que les daban; los comerciantes aliados le prestaban, no para cobrar, sino para conseguir permiso para hacer contrabando (cobrar no cobraban nunca). Aunque tampoco ese permiso necesitaban tanto; los ejércitos aliados tenían el derecho de meter mercadería sin impuestos para proveeduría de sus tropas. Desde luego que metían contrabando. Metían arroz, fideo, pantalones para vender en plaza o para rematar en las casas comerciales como Juan E. O'Leary (el papá de Juancito), el rematador de moda le decían. Así que Rivarola dependía de la plata que le daban los Segovia, Lanus, Patri, Méndez Gonçalvez. Cuando le pagaba, le pagaba con títulos de la deuda pública que cambiaban por tierras (moneda del gobierno no querían aceptar, puro papel vaí).

     ¿De dónde quiere que saque?

     Ganado ya no había; cada uno confiscaba su ganado, los cambá y nosotros. Sí, claro que había vacas antes; estancias del estado donde había millones, de allí se proveía nuestro ejército. Pero después invaden los aliados, comienzan a comerse nuestras vacas, las demás se mueren, no alcanza para todos. Entonces Rivarola quiere liberar de impuestos a las vacas que metan de Corrientes; quiere arrendarles baratito, prestarles las pasturas a los estancieros argentinos con tal que traigan vacas que necesitamos tanto; conde d'Eu le prohíbe(5).

     (Nosotros en el Norte, en el Mbaracayú, sufriendo, comíamos una vaca entre demasiados, pero al fin y al cabo éramos pocos y el soldado siempre aguanta más). Y la cochesa no había; de dónde va a haber. Nosotros luego no le pensábamos dejar para comida de los negros brasileros: cuando nos retirábamos destruíamos, quemábamos hasta el último cuando no podíamos llevamos con nosotros los maíces (eso les perjudicaba grande, no nos podían perseguir). Y después también que el territorio estaba dividido; la mayoría de ellos, parecía, le ocupaban no más. Pero de tanto en tanto mandábamos partidas que no les podían atajarles y si alguno plantaba sus cochesas para darle a los negros le arreglábamos las cuentas y el campo le dejábamos patas para arriba.

     Así que comida no tenían.

     Se merecen por flojos.

     Importaban arroz, maíz, poroto, todo lo que se come. Importaban con plata que no podían tener, a puro crédito; allí los macateros se llenaron de plata prestándole a intereses al gobierno: quedándose con tierras y con casas del centro; quedándose con adjudicaciones públicas. De balde que Rivarola quite sus decretos sobre este y el otro; decretear no te sirve cuando no hay plata, ni siquiera para pagarle al polecía, que cobraba seis meses atrasado cuando cobraba. Por eso que después pidió ese crédito de Londres, el crédito más caro que tuvimos, pero con la soga al cuello como estaba, estaba para pedir el crédito a como sea, para alquilarte su mujer incluso. ¡Dios le castigó! ¡Tanto que le envidiaba al Mariscal Presidente, hizo lo posible para perjudicarle! Imagínese que asumió Gobierno Provisorio el 15 de agosto del 69, justo cuando nos perseguía conde d'Eu, que acababa de tomar Piribebuy, nuestra tercera capital de la República; yo con la retaguardia tratando de ganar Caraguatay, tratando de alcanzarle al mariscal López, embarazado por las carretas de víveres y de cañones, metido en el barro con mis soldaditos que tenían 12 años (no nos quedaban más grandes), cumpliendo con mi deber. El 16 de agosto salimos en el descampado de Acosta Ñu; allí se nos viene encima comandante Mallet con 40 cañones (teníamos solamente dos y viejos); se nos viene encima la caballería (caballos no teníamos nosotros); se nos viene el ejército brasilero con conde d'Eu, pero por suerte le cubrimos bien la retirada al Mariscal Presidente, que siguió peleando gracias a los mitaí tan formidables que se sacrificaron por su Jefe como buen patriota.

     Rivarola se rió de nuestra desgracia; Dios le castigó. Ejército no tenía. Polecía tampoco. Armamento tampoco. Tampoco conde d'Eu ni Río Branco le daban demasiada autoridad: le tenían no más de figurón mientras Asunción ocupada por los brasileros un verdadero escándalo con los soldados borrachos, violadores, ladrones y bandas de bandidos que se mataban en la calle.

     Nadie guardaba el orden.

     Pero le cuento después, ya son las doce, ya me llegó mi hora de mi tallarín.

*

     Entonces ese Pedro de la Peña (papá de mi secretario) sacó su carta contra Mariscal López: rinoceronte maldito, le decía, vamos a hacer una ene de palo para colgarte, vamos a hacer Constitución y todo. Ese es el que querían los legionarios. Gobierno Provisorio para que haga su Asamblea para que haga su Constitución para que ponga su Presidente constitucional. Así decían. Por eso que Rivarola, cuando le mataron al pobre Mariscal Presidente (primero de marzo del 70), habló con el brasilero, le dijo ahora ya podemos:

     Primera vez en la historia, jei chupé.

     Primera vez que en Paraguay se vota, jei liberal... Pero con trampa...

     Por ejemplo, ese padre Blas Duarte, tan leído, quiere inscribir a unos de los suyos en la circunscripción electoral de San Roque; se va para inscribirles para que voten para la elección de deputados para la Convención Nacional, tan importante, pero el presidente de la mesa le dice siento mucho, ya se cerró la mesa, ya pasó la hora. Por favor, don presidente, dice paí Duarte, mire que la Constitución es tan transcendental, tenga un poco de paciencia, ¿qué le cuesta? Pero el presidente que no, se le insolenta, entonces el paí Duarte le dice que así no se le habla a los representantes de Dios. Discuten grande. Después Cirilo Rivarola le hace llamar en su despacho; le pregunta si es cierto. Paí Duarte que sí, desde luego, cuando digo la verdad no te temo a nadie. Entonces Rivarola que respete más. Eso mismo vale para usted, le dice Duarte. Entonces le llevan preso por desacato, que no era. Era no más que al paí le tenían rabia porque hizo una misa y habló muy bien de Mariscal López, de paí Maíz y de mí: eso no le podían perdonar...

     Esa es su democracia.

     Y desde luego que ganaron su elección, julio del 70, ¿cómo no iban a ganar si el voto era cantado, de viva voz? La gente tenía luego miedo de los pynandí liberal, de los raídos del bajo, esos que andan siempre con pañuelo azul al cuello incidentando votaciones, muy violentos. Liberal es así.

     Por eso les ganaron lejos, como 3 a 1; diputado liberal había como tres veces más.

     Don Cándido muy triste; él se consolaba con su equipo y con García-mí(6).

     -Ahora vota cualquiera -dijo Juan B. Gill(7).

     -Cantidad en vez de calidad -dijo Rufino Taboada.

     -Nos falta tío Francisco -dijo don Cándido

     Así se quebrantaban los del club lopizta.

     Entonces llegó el negrito ese que le dicen Taní; dijo que en la circunscripción de San Roque perdíamos, perdíamos grande. Eso no podía ser, San Roque era luego la parroquia del paí Duarte, allí toda la gente le quería al paí y él les había dicho para que voten bareirista.

     -Voy a ver lo que pasa -dijo Rufino Taboada.

     Llegó muy sonriente, le dijo al presidente de la mesa si podía ver el registro de elecciones. Vio que el nombre Decoud, Machaín, Sosa, tenían todo al lado la marquita de los votos, incluso tenían todas las marquitas por los que iban cantando su voto, para Bareiro no quedaba ninguno.

     -Muchas gracias, señor presidente -dijo Rufino Taboada.

     Sobre el pucho rompió el registro electoral en cuarenta partes.

     Después se fueron todos juntos en la pulpería de Patri para festejar.

     -Nos queda todavía la Encarnación.

     -Cierto, con esa ya ganamos.

     Porque circunscripción electoral luego había tres: San Roque, Encarnación y Catedral. Si ganaban en dos, quedaban 2 a 1.

     Así que se fueron; mientras paí Duarte discutía con el presidente de la mesa para entretenerle, Rufino disimuladamente trataba de agarrar el registro de los votos para romperle, pero cuando estaba a punto, le salió polecía y tuvieron que irse, muy dolidos. Por el camino le encontraron a Facundo Machaín, ese pituco, le hicieron una carrera baqueta.

     Por eso les llevaron presos.

     -Le agradezco la intención, Rufino, pero se excedió -le dijo don Cándido cuando fue a visitarles en la cárcel (padre Duarte también). Don Cándido habló con don Miguel Gallegos, también con Vedia, comandante argentino de la ocupación, le dijieron que no podían hacer nada por los presos, un delito fragante. ¡Cuando les conviene se vuelven constitucionalistas! Las mujeres de la Plaza San Francisco, entonces, se sintieron muy desilusionadas; hicieron una manifestación para liberarle a Rufino. Cueste lo que cueste. Fueron para asaltar la polecía, ya les estaban por mandar metralla, pobrecitas, pero el director de la banda se pone a tocar la palomita y entonces todas muy contentas, métale baile, se olvidan del asalto... Siguieron presos pero más contentos; desde los barrotes contemplaban el baile de homenaje.

     -¡Mis ninfas! -suspiraba paí Duarte.

     A él no le dejaron participar en la Convención Nacional Constituyente. Tenía mala suerte. ¿Por qué los otros y no yo?, decía. (Porque en la Convención había luego cinco padres, entre ellos Aponte, ese que después don Cándido Bareiro le ascendió a monseñor, 1879, creo que; como diez años después de que finó monseñor Palacios; Vaticano no nos quería luego poner otro obispo. Esos padres luego fueron los que le controlaron un poco al grupo liberal. Porque Decoud quería luego separación de Iglesia y del Estado, no se puede, matrimonio civil y todo eso. Desde la Regeneración le criticaban a la Iglesia: decían que somos todos vyro por culpa de los jesuitas, que los jesuitas ni los capuchinos luego no han de volver al Paraguay ya nunca más para que no sigan más). Paí Duarte tenía mala suerte, pobrecito. Todo porque le respondió al Mariscal. Recuerdo que se pulseaba con su rifle en nuestro campamento, allá por 1865. Cerro León. Tenía una puntería formidable. Esos que usted mata se han de ir derecho al cielo, le dije yo una vez. ¡Mbae cielo, nde añamenby, me dijo, para que vayan al infierno es! Después le capturaron en la Uruguayana en el 66; le querían fusilar sobre la marcha los aliados.

     Pero por suerte estaba por ahí el coronel Juan F. Decoud, jefe de la Legión, les pidió que no y le mandaron entonces a la Catedral de Buenos Aires para que ayude misa hasta que pudo volver en la Asunción, donde le extrañaban tanto; a pesar de su carácter tan nervioso es un buen amigo. Porque cuando todos nos volvían las espaldas, él hizo luego misa por nosotros en su parroquia; esa terminó con hurras para Mariscal López, paí Maíz y yo. Y después al paí Maíz le prestó su iglesia de San Roque (era párroco); le invitó para que haga misa. Y entonces el brasilero protestó; se quejó a Rivarola: ¿qué significa luego misa por sacerdote descomulgado? Rivarola le llamó a paí Duarte, ¡última vez!, le dijo; el otro no le hizo mucho caso; en su iglesia mandaba él. Para él un amigo era un amigo. Para el paí Duarte; él no te iba a abandonar. Incluso cuando nadie le quería, él votó por don Cándido Bareiro. Votó aunque perdieron luego las elecciones el día 3 de julio.

     Bareiro quedó afuera. Ni siquiera un puestito le dejaron tener los miserables esos.

     Así que el proyecto iba luego saliendo como querían ellos, los liberales, o sea como había publicado La Regeneración, prácticamenteidéntico al proyecto que sacaba Juan José Decoud. Y como eran más, se hacían; los Miltos, Peña y eso tenían que ir armados en la Convención para que les respeten.

     Hasta que pisaron el palito los liberales, don Cándido aprovechó para hacerle su 31 de agosto o 1º de setiembre (también se llama así).

     Y es que de tan angurrientos terminaron perdiendo; si se contentaban con hacer su Constitución como querían vaya y pase, ¿quién les podía parar? Al fin y al cabo los aliados le apoyaban, esa Constitución, como dice O'Leary, fue impuesta por las armas enemigas para perjudicarnos; salió de sus tiendas de campañas de los vencedores esa que le dicen la Constitución de 1870.

     Pero pisaron el palito porque el 31 de agosto hicieron ese golpe para echarle a Rivarola, para ponerle Presidente al Facundo Machaín. El partido liberal. Ese día Juan Silvano Godoi le dice a Rivarola: tiene que renunciar. Rivarola no quería, ¿a quién le gusta? Sobre todo que el Triunvirato ya le había quedado para él solo: Candelero vivía en Buenos Aires y el otro, Loizaga, ya había renunciado. Pero Rivarola era pues liberal; disciplina partidaria que le dicen. Así que renunció no más. Y entonces a las cinco de la tarde (31 de agosto), Juan Silvano, Ferreira, los Decoud, Jaime Sosa, reúnen a los otros y les dicen: renunció Rivarola, ya no podía ser más un Triunvirato de uno solo, tenemos que elegir un nuevo presidente, somos la máxima autoridad nosotros, la Convención Nacional para elegirle. ¿Qué podían hacer si estaba todo cocinado? Le eligen Presidente a Machaín: esa misma tarde sacan bando para avisar por todas partes, le avisan a los comandantes aliados.

     Ellos no se dieron cuenta.

     Pero don Cándido no iba a dejar pasar la cosa así.

     Habla con Rivarola, la pregunta si no quiere seguir en la Presidencia. Por supuesto, le dice, pero no se puede. ¿Cómo que no se puede? ¡Yo le voy a mostrar que sí! Entonces don Cándido se va junto a don Miguel Gallegos (ya le tenía apalabrado) y don Miguel Gallegos le dice a Rivarola que el único Presidente luego era él, no el pituco de Facundo Machaín; que los ejércitos aliados no podían permitir que se viole así no más la Constitución, los Derechos del Hombre y Ciudadano cuera. ¡Dios le oiga, don Miguel!, le dice Rivarola. ¡Tenga confianza, señor Presidente!

     Entre los tres se van junto al comandante Vedia. Él estaba leyendo el bando que le mandó la Convención Nacional, sin inmutarse. Le daba igual Machaín o Rivarola...

     -La Patria está en peligro -le dice don Cándido.

     -Confíe en nuestro ejército -le dice Vedia.

     -¡Es que tenemos presidente nuevo!

     -¡Felicidades, don Cándido!

     Así que no había caso. Don Cándido quedó muy, pero muy deprimido, casi como Rivarola o más. Incluso más que cuando Ferreira nos corrió en Naranjajy que le cuento después. Pero no por eso le demostró a Rivarola:

     -Vamos a verle al comandante brasilero.

     José María Guimaraes Auto, varón de Yaguarão.

     -Con ese no tenemos calce -don Miguel Gallegos se llevaba mal con él.

     -Vamos, don Miguel, acompáñeme pues.

     Y don Miguel tuvo que acompañarle, por cortesía no más.

     Se fueron los dos solos, Gallegos y Bareiro, no se sabe muy bien de lo que hablaron. Pero allí enseguida Guimaraes le mandó llamar a Rivarola, que esperaba impaciente; le preguntó con qué permiso había renunciado; si se había vuelto lopizta o qué pasaba. Rivarola le dijo que le habían pedido, Guimaraes le dijo que estaba bien, que comprendía, pero que la próxima vez le informe primero, ¿cómo iba a tomar una decisión tan transcendental sin consultar con las hermanas naciones?

     -Excelencia, ya no habrá próxima vez.

     -Mais nao -dijo Yaguarão.

     Allí mismo le hizo firmar esos papeles (ya tenía preparados) para destituirle de la polecía a Juan F. Decoud, para apresarles inmediatamente a aquellos revoltosos. Para las doce de la noche del 31 de agosto, Machaín ya no era Presidente (siete horas no más) y quedó en su lugar Cirilo Rivarola, hasta que se termine la Constitución; quedó de presidente provisorio hasta el 25 de noviembre, que se tenía que inaugurar el primer período presidencial con la Constitución de 1870. (Esa Convención luego se hizo en la calle que le llamaron Convención, pero si son patriotas le tienen que llamar Juan E. O'Leary, ese mozo merece) Rivarola presidente gracias a don Cándido Bareiro, que le hizo expulsar de la Convención a los más revoltosos como Juan Silvano Godoi, Ferreira, Sosa, Machaín, Decoud, los bochincheros, y le puso en su lugar a Rufino Taboada, Juan B. Gill, Emilio Gill Matías Goiburú... No, don Cándido no entró, no era diputado, pero el que sabía mandar era él. El que merecía ser nuestro primer Presidente constitucional para el 25 de noviembre del 70, para comenzar bien. Pero Río Branco todavía no le quería, a pesar de todo, y Rivarola fue muy egoísta, no le pagó el favor. Se hizo nombrar por Río Branco (en vez de retirarse para ayudarle a don Cándido). Don Cándido tenía razón: se retiró del gobierno; le pidió a su partido que también se retire, pero Rufino se quedó con el Ministerio del Interior y Juan B. Gill con la Hacienda. Es que Rufino no quería largar; él pues ya tenía la polecía desde setiembre de ese año, cuando le quitaron a Decoud...

     Setiembre fue cuando un día le avisaron que la Regeneración ardía; allí mismo agarró su pistola, se fue con los pocos conscriptos que tenía. Cuando llegó en el diario echaba humo: los italianos se pusieron a correr cuando le vieron. Él les jugó varios tiros pero sin puntería (eran pistolas regaladas que no tiraban bien); después comenzó la balacera entre polecías y tanos; dicen que murieron como 30 o más... No, no es que Rufino les quería a los Decoud; claro que no les quería. Pero también él estaba encargado de la polecía, no le gustaba tanto que le quemen diario en pleno centro, era su jurisdicción. Así que les metió bala de lo lindo, apresó a bastantes, pero al final no se podía luego hacer nada: la Regeneración se cerró para siempre, no volvieron a abrir.

     Yo soy un pacifista, Raúl, pero le cuento de que me alegro un poco de que la Regeneración ya no estaba cuando yo llegué después en la Asunción. Eran muy insolentes. Incluso del Presidente Rivarola decían que robaba; hablaban mal de los ejércitos aliados. Hágales callar, le dijo Vedia. Pero no había caso. En el fondo está bien: ellos se vinieron con su libertad de prensa, con su periodismo libre, jei chupé, cuando les quisieron parar no había caso.

     Ya no se podía: una vez Rivarola les mandó la polecía, pero los que estaban adentro les cerraron las puertas, no les dejaron entrar, y la polecía se volvió con el rabo entre las piernas.

     -Eso no se hace así, señor Presidente.

     Así le dijo Cándido Bareiro.

     Cándido Bareiro habló con don Marcos Quaranta, ese de la colonia italiana que afilaba con una sobrina de don Cándido. Don Marcos andaba muy nervioso: La Regeneración también hablaba mal de los honrados comerciantes italianos; los acusaba de ladrones y cuchilleros. Entonces la colonia italiana le mandó una carta al diario; le dijo que no les podía insultar a todos juntos, que tenía que retractarse (muy bien escrita porque ayudó don Cándido). Pero Regeneración no quería retractarse; sacó todavía articulo más zafado; allí sí que las masas se enardecieron, el espontaneísmo que le dicen. Se juntaron todos, fueron desde la plazoleta del puerto (me parece) hasta el diario. Menos mal que los Decoud saltaron por la muralla de atrás, porque les quemaban con diario y todo (faltan varias líneas).

     Ese fue el último favor de don Cándido Bareiro; Rivarola se quedó muy solo, sin partido liberal que ya no le quería ni don Cándido que se le había retirado (roto) tenía que agarrarse de cualquiera (roto).

     Se merece el infeliz de Rivarola por mal paraguayo, mal amigo, mal todo. Primero le traicionó a Mariscal López, después a los liberales, después al propio Bareiro que le había ayudado, que merecía (más que él) ser Presidente constitucional porque el bobo de Cirilo se dejó quitar la presidencia el 31 de agosto, si era por él no más, el país era liberal. El primero de agosto recibieron un acapeté bien grande, todavía siguen llorando porque le quitaron la silla que o sino ocupaban para siempre, no salían más porque empezaron con ventaja.

*

     Juca me despidió muy bien, el hombre luego me había acompañado de Río a Buenos Aires, tan amable; en Buenos Aires pasamos un tiempito para hacer mis memorias, de Buenos Aires a Asunción tuve que viajar solo. Pero con pase.

     Por eso es que en el puerto de Asunción me salió a recibir el teniente Coutinho. ¡Qué desastre! No el teniente, quiero decirle la ciudad. Yo esperaba alojarme en un departamentito que teníamos sobre el río (merced que recibió mi antepasado cuando les corrió a los Comuneros). ¡No quedaba nada! Es que los desgraciados brasileros, para saquear más pronto, se pusieron a quemar casas del puerto, así tenían luz para embarcar también de noche lo que nos robaban. ¡Qué infelices! Mi casita quemada con las otras. Y menos mal que Juca ya me había prevenido; si no me daba un soponcio de la rabia... Claro, el teniente Coutinho se cuadró, muy respetuoso, me dijo que cuando saquearon él no estaba, no tenía la culpa; le creí. Porque éste luego era un mozo joven, unos 30 años como yo; esos no eran como los viejos infelices como marqués de Caxias que dejaban quemar la Asunción y todo eso. Así que no le tomé a mal al teniente Coutinho, incluso hay que perdonar a los enemigos, como dice Ñande Yara, para qué vivir de odios pasados... Así que nos hicimos muy amigos; él me invitó a merendar en la Plaza San Francisco, donde tenía su cuartel, la que queda justo enfrente de la estación, y que después le pusimos Uruguay en homenaje del general Máximo Santos, gran amigo, que después le aplicó la ley de fugas al criminal de Coronado(8). Yo me quedé un ratito: enseguida crucé para tomar el tren para Ybycuí, porque soy de esos pagos; me llaman el Centauro de Ybycuí justamente por eso. (Su maestro O'Leary, justamente, fue que me puso el nombre: ahora ya me dicen el Centauro todos). Me fui para visitar mi familia, desde luego, ellas ya se habían ido todas en nuestra propiedad, mamá con mis hermanas. ¿Qué podían hacer en Asunción? Si había 1.000 paraguayos ya era mucho; eran puros soldados brasileros, mujerzuelas, macateros, maleantes. Así que no había nada, absolutamente; lo primero que hice fue tomar el tren para volver a mi valle y hacer vida sana en contacto con la naturaleza de mi estancia. Así que crucé la calle (a esa le decían de la Libertad) para ir de la Plaza en la Estación, y menos mal que ese cambá me dio el revolver, descogotado de doble caño, de esos que tienen uno encima del otro. Menos mal. Porque apenas voy cruzando cuando se me viene aquel negrazo encima, enorme, y si no tenía revolver me agarraba del cuello y hasta luego general Bernardino Caballero. Le largué los dos tiros, porque el primero le acerté en la pata no más, no se frenó, tuve que largarle el otro (no le había tomado el pulso a la pistola). Ya no me dieron tiempo de recargar con las balas que tenía en el bolsillo de mi saco (regalo de Río Branco)... Estaba tratando de cerrar el arma rápido cuando siento que me tiran de la bocamanga; menos mal que un chiquito, lo reventé de un puntapié.

     Entonces tuve tiempo de cerrar mi pistola revolver allí le di uno bueno en la cabeza. Pero justamente en eso me resbalo, caigo en pleno charco y los infames aprovechan, se me vienen todos juntos, allí sí que pensé que dejaba el alma porque me faltaba mi abogado y Río Branco no podía ayudarme, estaba demasiado lejos para eso. ¡Puta que me mordieron grande mientras las tipas se reían; no sé luego cuántas veces fueron hasta que comenzaron a fajarles piedra!

     Cuando me levanté, lo primero que vi fue la Regalada...

     Ella con las otras me habían visto bien, estaban en el corredor de la estación pescando por oficial brasilero que les quedaban enfrente; me vieron pero dejaron no más que la manada me muerda a sus antojos para divertirse ellas, hasta que me salvaron metiéndoles piedra y garrotazo... (Es que en aquellos tiempos luego no se podía andar tranquilo por las calles, Amarilla; los extranjeros nos decían perroguay por los yaguá que había buscando su comida y que a veces podía ser cristiano vivo; con la guerra se volvieron muy salvajes, y también que no había polecía ni nada, los cadáveres quedaban en las calles varias horas (la gente luego se moría de balde, no que le mataban) y entonces les gustaba nuestra carne a los perros callejeros esos). Ella con las otras me hicieron eso porque me vieron hablando con Coutinho, no le podían ni ver a oficial brasilero y eso que puteaban con ellos pero cuando podían agarrarle entre varias en una calle oscura le mataban... En ese asunto, Regalada fue la que salió mejor según parece, puso hasta su hotel propio, pero yo no creo que todo eso de oficial brasilero y nada más; ha de ser cierto esa historia con don Benigno López, hermano de nuestro Mariscal Presidente. Porque Regalada, Amarilla, le lavaba la ropa a don Benigno López cuando andábamos en guerra, y don Benigno, dicen, le dejó sus onzas de oro a Regalada antes de morir.

     -Es dinero de familia -dijo Mariscal Presidente.

     -¿Qué familia? -dijo don Benigno.

     El 21 de diciembre se lo llevaron con monseñor Palacios y la Juliana Insfrán: el padre le dijo que confiese dónde estaba el dinero, necesitábamos para la Patria, para defender al enemigo, se podía condenar o sino. ¡Jero!, le dijo don Benigno, encima que me fusila quiere que le dé mi plata. Así que le fusilaron sin saber luego dónde quedaron esas onzas de oro. Parece que quedaron con la Regalada; banda de estación no gana tanto; no para comprar lo que compraba Regalada, que al último ya la podía usted llevar a cualquier parte; no pasaba vergüenza en el Restaurant Francés (no más que en Asunción nos conocemos todos, no es posible porque la conocían todos pero no por la pinta: una perfecta dama)... Pero todo esto no es para poner en la memoria, por favor. Tampoco ponga que Regalada aquella vez me quiso clavar una criatura, dijo que era mía, en esos tiempos era así. Con los poquitos hombres que quedaban, todas querían luego tener un hijo para su vejez; tenían con el primero que pasaba, y si no le volvían a ver le endosaban el mitaí a cualquier otro. Yo no le dije que no; le dije no más que pase por casa, estaba muy apurado. Ella ya tenía averiguado que mi casa quedaba detrás de la estación del tren, se quedó muy tranquila. Mientras tanto, yo me subí en el tren; allí sufrí más que en la guerra: los brasileros no sabían hacerle funcionar. En realidad, no funcionaba. Funcionaba no más cuando tenían que darle un uso militar, entonces lo ponían a marchar de tanto en tanto, echando chispas por todos lados y quemando los pueblos de al lado de la vía.

     Por fin llegué a mi valle.

     Mamá me dio una gran sorpresa: ¡mis condecoraciones!

     Porque usted pues sabe Amarilla que fui el militar más condecorado de la guerra, incluso el más antiguo después del Mariscal. Y eso que cuando entré al ejército, en el 64, apenas si sabía disparar, pero para el 70, mi coronel Isidoro Resquín (él que me llevó al Matto Grosso) ya era mi subordinado como le dije. Y no vaya a creer usted que López regalaba condecoraciones; pregúntele al coronel Martínez: ¡Aguante hasta el 20 de Julio!, le dijo Mariscal. Le dejó en Humaitá con 3.000 hombres; los aliados tenían 40.000. Pero igual aguantó hasta el 5 de agosto del 68, cuando se rindió tenía 1.000 (si tenía) metidos hasta el cuello en la laguna Verá, dos días sin comer y cañoneados de lo lindo por la flota brasilera y la artillería de sitio... Le quiero decir que era valiente, que cumplió porque el Mariscal pudo retirarse gracias a él (le dejó de carnada, como solía decir). Bueno, igual no más el Mariscal le castigó; no le gustó del todo su trabajo. No a Martínez, a él no podía agarrarle. Pero le agarró a la Juliana de Martínez; le torturó en el lugar de su marido. Después le fusiló el 21 de diciembre con monseñor Palacios, don Benigno López, don Vicente Barrios, deán Bogado, la señora de Egusquiza... Un poco exagerado, tiene razón. Pero eso le muestra que Mariscal tomaba en serio su trabajo, no te condecoraba así no más. Y esto tiene que poner usted, Amarilla, pero bien, porque ahora aprovechan porque soy viejo para llamarme general avestruz. Tiene que mostrar las condecoraciones, trate de que salgan bien... Aquí tiene, ¿ve que lindas?

     Mis condecoraciones completas.

     Ahora me quiere preguntar cómo se salvaron.

     Porque Juan Crisóstomo ya no tiene las suyas, ni tampoco Aveiro. A ellos les quitaron en Cerro Corá. Tampoco los demás; la mayoría perdieron las condecoraciones de Mariscal, pero mi suerte me ayudó otra vez. Le tengo que explicar. Bueno, allá por el 25 de febrero, Mariscal López le llamó a mi mamá; le dijo que la situación estaba brava. Él no era tonto, sabía que tenía brasileros por todas partes, ya no había caso. Pero hasta el último pensaba en los amigos, le dijo que guarde sus ahorros, incluso le dio un lienzo para que entierre al pie del árbol. Y entonces mi mamá hizo como le decía y de paso guardó también mis condecoraciones.

     El primero de marzo, como el Mariscal maliciaba, se le viene el ataque de los negros; a él le matan y se llevan un pedacito de su piel y unos dedos como lembrança de Cerro Corá. A mamá la revisan pero no le encuentran nada. Cuando el teniente que les toma presa a ella y mis hermanas y se distrae, ella recupera su entierro, guarda muy bien entre la ropa vieja. Después ya no la molestan más, ella vuelve en nuestra casa, limpia las condecoraciones con ceniza, aquí tiene. Por eso que me veo tan elegante en los retratos, porque salgo con todas.

     Esas son las alegrías de la familia, usted ya se tiene que casar, ya tiene edad... Pero por ahora terminamos, vamos a seguir después...

     ¿Qué pasó en mi valle?

     Nada.

     Nos dedicamos al campito, muy contento, la naturaleza es lo mejor. Fuimos consiguiendo vaquitas, nuestros peones cué fueron llegando; otros se vinieron a conchabar. En esos tiempos el trabajo no faltaba, por lo menos si tenías estancia. Con la comida y los pesitos para el vicio ya se contentaban, no tan exigentes como ahora desde que llegaron los Rafael Barrett y el anarquismo. Todo seguía igual prácticamente, por lo menos en el campo: la gente respetuosa como antes... Bueno, en la ciudad otra cosa. Por eso que la gente bien no quería vivir en Asunción, preferían el campo. Y en el campo yo pasé un tiempito descansando de la guerra y del destierro...

     Hasta que un día llega un soldadito.

     Dice que de parte del señor Presidente de la República, o sea Cirilo Rivarola.

     Yo leí por curiosidad no más el sobre: me quería nombrar Inspector General de Armas (viene a ser Comandante en Jefe del Ejército). No sé si el Juca tuvo algo que ver en eso, pero con Cirilo Rivarola no quería trato. Ese traidor que nos sacaba decretos en contra mientras nosotros, las gloriosas Fuerzas Armadas, corríamos por montes y collados. ¡Qué descaro! El mismo tipo que le pidió a Río Branco que me manden en Río o en cualquier parte mientras él organizaba su gobierno provisorio para que no le moleste con golpe de estado desde el comienzo (así decía Rivarola, Juca me contó); ese sinvergüenzo me nombraba Inspector porque nadie le quería más; su gobierno un desastre, necesitaba mi prestigio...

     Yo no me iba a dejar utilizar.

     -Decile a tu jefe que no acepto el cargo, mitaí.


 

TRATADO SEGUNDO

DE COMO PUSE ORDEN Y DISCIPLINA EN LA LEGIÓN PARAGUAYA,

AMÉN DE OTRAS COSAS QUE POR PURA MODESTIA NO DIGO (1871)

 

     A Juan B. Gill yo le conocía muy bien, o sea, pensaba que le conocía bien, uno siempre se lleva sorpresa, pero, ¿cómo iba luego a imaginarme lo que el tipo me quería hacer si nos conocíamos desde años? Por eso un alegrón encontrármelo después de tanto tiempo; no lo veía desde diciembre del 68, cuando a él lo tomaron preso los aliados en la batería de Angostura junto con don José Urdapilleta, ese que tiraba tan bien con su cañón. Yo le volvía a ver, después de tanto tiempo, en casa de don Otoniel Peña (cuando volví en la Asunción me recibió muy bien)... Sí, Amarilla, se ve que usted conoce la historia, no se parece a los de ahora que no saben nada... Hijo de don Manuel Pedro de la Peña, ese que dotor Francia le metió en la cárcel, y para distraerse comenzó a leer el diccionario (no tenía nada que hacer), y al cabo de 20 años aprendió de memoria, letra por letra, pero ya no sabía caminar (tanto tiempo con grillos). Ese se fue después en Buenos Aires, escribía la carta irrespetuosa que le mostré, le llamaba rinoceronte maldito al Mariscal; de don Carlos decía que llegó a Presidente porque casó con la mujer de plata, Juana Pabla Carrillo, pero igual no más se le veía la hilacha... Pero los hijos le salieron bien: Ángel y Otoniel. Y también las hijas, muy juiciosas: la Benigna se casó con José Segundo; Rosa con Juan G. González... Sí, Rosa Peña era esa dama tan letrada, tan educadora...

     Don Otoniel era el más criterioso, Ángel tenía sus cosas.

     Don Otoniel no andaba tanto en la política todavía (después fundador del Partido Colorado), más bien un hombre de negocios pero también patriota: siempre nos invitaba en su casa.

     -Es un honor recibirlos en mi casa.

     Y tenía razón.

     De los que estábamos allí, todos nos volvimos famosos, incluso presidentes: Salvador Jovellanos, Juan B. Gill, Cándido Bareiro, Patricio Escobar, Juan G. González... Don Otoniel conocía a la gente. Aunque en esa época luego, ¿quién podía imaginarse? El Paraguay ocupado; Río Branco ya dijo bien que Rivarola era su hombre; le teníamos que respetar. Cada vez metía más la pata, pero ni conspirarle podíamos. Andábamos todos tristes (aunque don Otoniel muy optimista, decía que no le olvidemos cuando seamos Excelencias), pensábamos que Rivarola terminaba su mandato presidencial y después repetía, ¿quién le iba a parar? Nosotros éramos jóvenes de familia, no queríamos esperar veinte años o más como Manuel de la Peña un gobierno que no nos gustaba. Necesitábamos la acción. ¡Vaya usted a explicarle eso a Río Branco, cada vez más antipático! (¡Y eso que me habían prometido tanto en Río de Janeiro!). Así que todos tristes los muchachos; de tan tristes discutíamos todo mal entre nosotros...

     No en la casa de Peña, desde luego, le respetábamos demasiado.

     ¡Un señor tan pacífico!

     No sé luego cómo hacía para recibir en su casa tranquilamente gente como Bareiro y Gill (que no se hablaban más), como el paí Maíz y Segundo Decoud (cada cual tirando por su lado). Porque el José Segundo, cada vez que podía, se soltaba el discurso de la Revolución francesa, yo ya estaba cansado de escucharle. Y una vez que hablaba del mercantilismo, dale que dale, yo le pedí que me diga, de una vez por todas, que quería decir mercantilismo. Después de muchas vueltas, me dijo que era cuando el Presidente tenía toda la plata como López, no le dejaba luego trabajar al resto, o sea que no quería la libre empresa. Eso lo que me dijo.

     -Mire, don José Segundo -yo le dije- yo le conocí demasiado bien al Mariscal, pero nunca le he visto fabricando los pesos.

     El tipo me miró de mala cara, íbamos a tomarnos luego cuando llegó don Otoniel con García mí.

     -Por favor, caballeros, guarden esa energía para los enemigos de la Patria.

     No dijo quiénes eran pero le entendimos muy bien; todos le aplaudimos. Porque no crea usted que les queríamos tanto; estábamos bien hartos. Teníamos que decirles Excelencia, Generalísimo; agradecerles su flota en nuestro río que nos llenaba de contrabandos; sonreírles porque o sino peor (como Benigno Ferreira que se va y les dice que se vayan del país y de mala manera y por supuesto que salió Ferreira y no los otros, veinte años de exilio). Teníamos que ser educados con ellos: nos costaba bastante no decirles camba ñaña como Mariscal López (que le andábamos extrañando pero no podíamos decir) y el más perjudicado era luego paí Maíz porque el paí D' Avola no le perdonaba luego su pecado de juventud aunque como buen cristiano tenía que. Maíz desde luego que también le invitaba don Otoniel; el pobre paí con ganas de fajarle un moquete a José Segundo cada vez que le hablaban mal de San Fernando(9). Y el José Segundo muy engreído porque le nombraron Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública. Rivarola trataba de arreglar su expediente, como dicen: ahora quería reconciliarse con los liberales, por eso le nombró a Decoud; Decoud ya no era entonces liberal 100% porque el 31 de agosto se desilusionó bastante, y en especial con el incendio de La Regeneración. Hay que arreglar el gobierno desde adentro, le dijo a su compinche el Facundo Machaín (cuando se dispararon como rata por tirante los liberales esos, cada cual trató de arreglarse como pudo, cada cual su empleíto. (Y es que Río Branco les hizo decir que sean todo lo liberales que quieran individualmente, cada cual según su gusto, pero como grupo, nada; servían solamente para armar bochinche. Es un bribón pero sabe lo que quiere, dijo el brasilero de don Cándido; en el fondo, le prefería a don Cándido. O sea, comenzó a preferirle, porque se estaba dando cuenta de que con los liberales no había caso, lo único que hacían era pelearse de balde.

     Yo, en cambio, modesto, como siempre, ¿qué me importaba ser Ministro, si el sueldo se cobraba atrasado? (Por eso, cuando Rivarola me hizo decir con el soldadito que quería hablar conmigo, le mandé a paseo). Además, la Legión Paraguaya tenía entonces solamente un batallón de infantería y un escuadrón de caballería. Pero no crea usted que batallón normal, de 400 hombres; no, apenas si tenía 150. Y el escuadrón no pasaba de los 115, teóricamente, porque había soldados planilleros que nunca iban al cuartel pero recibían ración igual (para eso estaban). Cuando se hacían revistas, aparecían más o menos unos 200, infantería con la caballería juntas; ese era el Ejército Nacional. O sea, la Legión Paraguaya. Pero yo los concienticé muy bien, porque después, la mayoría se volvieron patriotas, nacionalistas; fundadores del Partido Colorado...

     Bueno, me olvidé de contarle que, finalmente, tuve que aceptarle el cargo de Inspector General de Armas. Eso viene a ser Comandante en Jefe del Ejército, como le dicen hoy, pero yo me encargué muy bien de hacerlos entrar en vedera. ¡La cara que pusieron esos legionarios el día que los hacen formar en la Plaza de Armas y, de un zaque, me ven llegar a mí como su comandante! ¡Lindo susto! Ellos, que me habían perseguido desde Paso de Patria hasta Cerro Corá, ahora quedaban a mis órdenes. Yo les hice saltitear bien, para quitarles las ganas de ser extranjerizantes, de pelear junto con el ejército enemigo, les ajusté las cuentas. Pero ellos después me agradecieron; vieron que había sido no más para su bien, por eso me acompañaron después, cuando fundé el glorioso Partido Colorado (1887, el mismo año que fundé La Industrial Paraguaya, Sociedad Anónima).

     ¿Cómo hice?... Bueno, Amarilla, es cuestión de saber ser un verdadero Jefe... No sé, no sabría explicarle; a mí me sale eso naturalmente... El ejército, quiero decir, porque con la Polecía hubo muchos problemas (estamos otra vez en el 71); resulta que yo tenía que prestarle soldaditos del ejército a la Polecía, pero cuando pasaban por allí se me estropeaban todo, por culpa del Juan Bautista Gill.

     Y era que Juan Bautista andaba preparando su batallón guarará, que de batallón no tenía nada, era no más una manga de raídos del bajo para garrotearle a los opositores; batallones de asalto, le llamaba, pero no servía para eso. Él rejuntaba la peor calaña, pero lo peor era que Cirilo Rivarola le permitía luego venir a meterse con mi ejército, quitarme los soldados, usarme de local el edificio de la Polecía, que después quedó a mi cargo cuando me pusieron de Ministro.

     Guarará quiere decir caerle por sorpresa al enemigo, por eso le decían batallón guarará. Porque te esperaban en una calle oscura y cuando te dabas cuenta ya tenías cuarenta machetazos. ¿Qué otra cosa se podía esperar? Macheteros de la Chacarita, gentes sin moral, que servían no más para molestar al prójimo y que tampoco luego cobraban (no había plata) pero que en vez de pagarles Juan Bautista les daba su licencia de hace y deshaz, como decían; permiso para robarle su vaquita al vecino, para indecentear por allí. Esos luego no eran militar ni polecía. Sinvergüenzos de lo último. No me dejaban trabajar. Cada vez que yo llegaba en mi despacho ya escuchaba la música... No le podía retar a mi colega en público, a Juan B. Gill, pero le pedí mil veces que no me baile más la palomita en el cuartel, desmoralizaba la tropa, pero el tipo que sí: pero volvía a hacer lo mismo. ¡No sé lo que tenía! De tanto andar por el bajo se prendó por las chinas, si no era esa clase luego no le gustaba... ¡Lo que sufrió Concepción!...

     Por eso luego le dije que un mal amigo.

     En su Ministerio podía hacer lo que quería (Hacienda), ¡pero que me respete el mío el desgraciado! Yo no me metía con él. ¿Qué significa robarme mis conscriptos para meterles en su batallón guarará? Con don Gill da más gusto, decían. Y claro, con el podían robar como querían, ni disciplina militar les hacía falta. Y si era eso no más puede pasar; era mucho peor. Imagínese, Raúl, que un día me llaman del Congreso; dicen que quieren verme. ¿Verme a mí? Sí, hacerme la pregunta todos juntos, la interpelación que le dicen. Ese luego le hacen a un Ministro cuando algo anda mal; yo me pregunté para qué. Bueno. Entonces me voy y me preguntan si qué pasaba pues con el orden público, ¿por qué tantos delitos? Yo les dije que el Interior era Jovellanos, que le pregunten a él; ellos me dicen que ya le preguntaron pero él dijo lo mismo: dijo que yo no le prestaba suficientes soldaditos para su polecía y que entonces no podía guardar el orden público; cada vez había más asalto, incluso secuestro (se ponía de moda robar las criaturas, no sabíamos por qué). Yo les dije que más no le podía dar porque desde luego no tenía; en todo caso, si nos ayudaban los aliados podía ser más fácil, a ellos le sobraban los soldados. Pero los brasileros no querían, me dijieron (sus soldados andaban mano sobre mano en el cuartel pero no querían trabajar ni un poquito, hacer el orden público); con los que yo tenía ya bastaba. Desde luego que no basta; con 300 no podemos apresar 15.000 brasileros. Es decir, no son los brasileros (los soldados se comportaban, dentro de todo); el problema luego son los macateros, muchos más que nosotros. (El día que quemaron La Regeneración, por ejemplo, se vinieron marchando por la calle, más de cuatrocientos con armas; Rufino de valiente no más se fue a enfrentarles con los pocos que tenía; le iban a derrotar al Rufino si no era porque los aliados ayudaron después prestándole soldado a nuestra polecía). Entonces los congresos me dicen que me van a aumentar el presupuesto. No se molesten les digo, con que me paguen los que tengo basta y sobra, o por lo menos démen la ración de los soldados; sin sueldo y sin ración no quieren más quedarse, prefieren ir con Gill que por lo menos les carnea una vaca de vez en cuando, les da para su caña; nuestro soldadito es muy sufrido (Mariscal le acostumbró), te puede pelear casi por nada pero no por nada...

     Entonces nos despedimos muy amables; le cuento la interpelación en el Congreso; vieron pues que no tenía yo la culpa. Culpa del Presidente Rivarola, que no sabía luego cómo sacar la plata. Culpa de Juan B. Gill, jeí chupé.

     Conmigo muy contentos.

     Pero cuando estaba muy tranquilo me vuelven a llamar: interpelación de nuevo.

     -¿Quién le autorizó a comprar el barco?

     -¿Qué barco?

     -La cañonera de guerra.

     -Mire, diputado, cañonera no hay desde Riachuelo... Ese no me quiera discutir... Che nico militar profesional.

     Pero entonces me sacan la factura.

     ¡Las cosas que hacía Gill: me compra cañonera sin permiso!

     -¡Esto ya no puede ser, Señor Presidente! - le dije a Rivarola.

     -General Caballero, no se ponga así...

     -¿Pero para qué entonces soy Ministro de Guerra?

     -No se enoje con Gill... Culpa mía que me olvidé de avisarle... Disculpe usted...

     -Bueno, si es usted, perdonado, yo creí que Juan B. Gill(10).

     -No, yo tuve la culpa -me dijo Rivarola.

     Pero no tenía.

     Los que pasa es que Gill ya le andaba manejando a él. De paso, nos perjudicaba a todos.

     -Por favor, señor Ministro, aprovechando que vino a visitarme, lea bien este documento, quiero saber su opinión...

     -Si es de usted, firmo con confianza, don Cirilo.

     Y firmé no más.

     Y ese es el que me trajo problemas después con la Madama Lynch. No hay que firmar de balde. Como decía Ricardito Brugada: Al papel y a la mujer, hasta el culo le has de ver(11).

     Pero uno les da confianza a los amigos y después sale mal. Incluso a los que no son, porque Juan Bautista ya no era, pero igual no más decidimos apoyarle esa vuelta todos juntos. Solidaridad profesional. Y nos fuimos entre todos al Congreso (interpelación en bloque), Rivarola con todos sus ministros para que nos hagan interpelación. Los tipos escucharon muy atentos cuando Rivarola les leía su mensaje que firmamos todos, pero cuando termina su mensaje, como si eran sordos, le vuelven a preguntar si qué significaba esa cañonera de guerra cuando no teníamos un cobre, cuando a todo el Congreso se le debía el sueldo; cuando no se había aprobado en el presupuesto fiscal la compra esa (de la barra gritaron ¡negociado!, chatarra que nos vendían los aliados y que compraron para recibir la coima). Rivarola les repite que la gente de campaña está muy sola, tenemos que llevarles luego la civilización y no tenemos rutas ni ferrocarril de veras y entonces lo mejor mandarles la cultura por barco; no podemos pues abusar de los brasileros, señores, que siempre nos prestaron sus barcos tan amablemente.

     Pero entonces le silban no más; vamos al segundo punto, le dicen.

     Y el segundo punto es dónde están las cuentas del Ferrocarril; ese tenía que contestarles Juan B. Gill. Gill les dice que no se apuren, por favor, su contador no tuvo tiempo todavía de cerrar el balance, pero ya enseguida...

     Entonces de la barra una silbatina fenómeno, no le dejaban luego hablar.

     Pero cuando al fin le dejan, es otra vez para retarle: le dicen si qué significa su emisión de moneda. Esa fue autorizada, jeí Gill. Un momento, le dicen, usted tenía que imprimir $ 100.000 pero retirar de la circulación otros $ 100.000 de moneda vieja; retirar y quemarlos, porque no se trata de emisión sino de conversión de $ 100.000: pero usted ya anda repartiendo esos billetes nuevos sin quemar los viejos...

     ¡Con razón que se me va mi polecía! me dije yo, prefieren todos trabajar con Gill. Y Decoud comenzó a mirarle fuerte a Juan Bautista pero el tipo de piedra, caradura formal. La verdad que ya era demasiado, ¡mire el papelón que nos hace hacer! Era hora de decirle a los congresos: ¡Échenle no más! Pero Rivarola no quería; les dijo que al fin y al cabo los empleados públicos no están para ser pagados no más, sino para servir a la Patria; que esperaba patriotismo de las Honorables C. C. L. L.; no se impacienten. Alguna vez se le iba a pagar los seis meses que se le debían, mientras tanto tengan compasión de esas pobres gentes, esos funcionarios más pobres que los Honorables C. C. L. L.. Gill también le apoyó a su Presidente: soy un agente de la caridad de los extranjeros y el gobierno (verbatim); ¿cómo entonces dejarles sin su sueldo a los humildes empleados subalternos? Ellos le contestaron que les pague; que cumpla con el presupuesto; que presente las cuentas; que no emita de balde.

     -Un ataque político contra mi persona -dijo Rivarola.

     Pero no era contra él. Era contra Gill. Pero Rivarola se negó a destituirle aunque el Congreso ya le había destituido (juicio político y todo); Gill siguió no más fabricando su dinero falso, firmando notas de Tesorería, organizando su batallón guarará para jodernos a todos... Por eso renuncié a mi Ministerio, una cuestión moral; yo por la Constitución he de hacer cualquier cosa. Todos saben eso. Hasta Decoud. Por eso en el 87, cuando fundamos el glorioso Partido Colorado, Decoud se mandó su discurso de apertura; dijo que me nombraban presidente a mí, general Caballero, porque siempre había luchado como un tigre contra las dictaduras del pasado, siempre había respetado la ley, por eso luego precisaban una persona como yo.

     Un día que me fui en la casa de la calle Rivera número 22 para comprar mi tela para mi pantalón (el que traje de Río estaba viejo), me encontré con la marcha de los raídos del bajo; esos luego pasaban haciendo hurras, tocando música, un escándalo; tuve que meterme en la tienda de O'Leary porque si me quedaba en la vedera, por mí podían hacer cualquier cosa, todos muy salvajes los raídos de Gill, que también les decían los descamisados, o batallón guarará.

     -Como en los tiempos de López -dijo Decoud- es la misma mazorca.

     Le estoy hablando de Héctor Decoud; ese todavía más zafado que su hermano, José Segundo, peor que Juan José. Él también se había ido en la tienda O'Leary (Rivera número 22) para comprar su traje (don Juan vendía más barato porque contrabandeaba con Vedia). Yo le disculpé porque era muy joven; la juventud es así. También porque su hermano era mi colega Ministro; en Asunción luego uno no se puede pelear de balde con la gente, somos una gran familia. Pero la verdad que no era, quiero decirle como López. Porque en tiempos de López hacíamos la manifestación patriótica por la calle con el pañuelo colorado (el color del ejército) pero había disciplina; no se les dejaba bandidear así, había más respeto. Pero cada día se insolentaba más el batallón guarará, que salía a la calle para gritar que el único Ministro de la Hacienda Juan B. Gill; el pueblo no iba a permitir luego otra cosa; si el Congreso no quería, peor para el Congreso: no le iban a dejar destituirle al jefe. Y así de manifestación en manifestación, banda de música y cohete, incluso serenatas, como en los viejos tiempos, pero hasta por ahí no más. Ese Gill le copiaba algunas cosas pero no la decencia al Mariscal, no era cierto que volvíamos a lo mismo como decía Decoud. Nada de eso. Pero como le digo, no quería discutir luego con la familia Decoud; le debía un favor a José Segundo, él me escribió mi renuncia al Ministerio porque yo no tenía tiempo (tenía que recorrer mi estancia). Así que me retiré con mi tela bajo el brazo (lindo casimir inglés) y O'Leary me anotó en mi cuenta (sabía vender el tipo).

     Cuando llegué en la calle Independencia Nacional y Palmas, me encontré con don Cándido Bareiro. Él salía de su casa (casi en la esquina). Don Cándido parecía muy triste, no era para menos. Todo le salía mal. Primero quiso ser triunvirato y no le dejó Río Branco; presidente después y no le dejó tampoco; le ayudó a Rivarola para estar donde estaba pero Rivarola no le hacía caso; para colmo se le murió el Rufino. No te vayas, Rufino, le decía don Cándido, abrazado al cajón. Es que el pobre mozo se murió del nervio. ¿Ya le dije que le nombraron ministro? Bueno... resulta que una vez el Brasil le manda un cargamento de apestados; repatriados, decían. Pero tenían la peste y entonces Rufino no les dejó desembarcar en el puerto de Asunción aunque tenían el permiso brasilero y eso al brasilero luego no le gustó; le destituyeron enseguida... Allí le dio una tristeza que se muere. Don Cándido también se puso triste, era el único Ministro que tenía en el gobierno (con Juan B. Gill no podía contar). Cierto que le quedaba el Vicepresidente, siempre una esperanza, sobre todo ahora que comenzaban a cansarse de Cirilo los propios brasileros. Pero don Cayo Miltos estaba enfermo, muy enfermo; el médico le dijo que tenía corazón. Allí don Cándido se quedó de cama; él también. Cuando se recuperó, se fue conmigo a verle a Cayo Miltos; la casa vigilada por batallón guarará. (No nos hicieron nada, era no más la forma de decirnos: anden con cuidado... Estaban en todas partes). Don Cayo parecía mejorado; mejor para don Cándido Bareiro: le di o que le diga al Presidente que por favor no se deje manejar demasiado por Gill que le había traicionado a los amigos y no tenía luego amigos. Don Cayo le dijo que sí, no sé si tuvo tiempo de repetirle a Rivarola, si Rivarola le escuchó. El asunto es que se murió, pobrecito, el entierro lleno de gente pero eso no le podía aprovechar. Ni a él ni a nadie. Porque el siguiente Vicepresidente fue Salvador Jovellanos, otro amigo de Gill, y entre los dos le convencieron a Cirilo Rivarola que se vaya en su casa de Barrero Grande y le deje la Presidencia provisoria a Jovellanos mientras le hacían juicio político, de cualquier manera le iban a absolver; renunció Rivarola y se jodió.

     ¿Cómo pobrecito Rivarola?

     ¿Cómo me puede decir eso, Amarilla, después de lo que me hizo a mí?... ¿No le conté? Bueno, entonces le voy a contarle ahora, usted me pone donde tiene que ser porque viene antes: primero me encarceló, después le destituyeron a Cirilo Rivarola... Usted tiene que hacer como el pancake que frita la muchacha en la cocina: tiene que revolear para que quede del otro lado, en su lugar, porque lo que le cuento ahora tiene que quedar detrás, vamos a recular un poco, pero después de morfar.

*

     El primero de octubre del 71, había que elegir los electores, porque en el Paraguay no elegimos directamente sino elegimos los que le tienen que elegir al Presidente, pongámosle; esa vuelta no me recuerdo bien a quien le estábamos eligiendo pero a alguien tenía que ser porque se armó el bochinche... Oficialistas contra nacionales; esos venían a ser luego los dos bandos. Nacionales los de Cándido Bareiro (no se olvide del Partido Nacional que le cuento después). Los otros con su pañuelo blanco al cuello, los de Rivarola y Gill. Y eso pues en la Catedral comenzó cuando el padre Duarte le sacó su pañuelo blanco al cuello que llevaba el tipo del otro bando; vinieron polecía y le apresaron al padre, que en la cárcel escribió este poema tan sagrado que me hizo lagrimear (yo también estaba).

 

Al glorioso patriarca San Francisco de Asís

 

Soneto

 

                                 

De esta tierra, dó triste la humanidad

 

          

 

gime y llora sin tregua y sin paz,

   
 

al soplo suave, ardiente y vivaz

   
 

de esta bellísima, sublime caridad,

   
 

¡oh hijo de Asís, glorioso Francisco!

 

 
 

Rápido volaste en alas de Querub

   
 

de Dios a gozar; pero con más ahínco

   
 

sus gracias, sus dones -¡paz y quietud!

   
 

A favor de los pobres continuo a pedir

   
 

esa esencia mirando de eterna fruición

 

 
 

ese Piélago haciendo de amor resurtir

   
 

que a raudos saltando se desborde así,

   
 

y ellos -¡los pobres!- en afán y aflicción

   
 

hallen consuelo y os bendigan aquí.

   

 

     El padre Duarte, después de esto, se enfermó muy grande, los conscriptos decían que estaba loco. Cuando parecía que se iba a morir, pidió confesarse, pero no quiso saber nada del capellán militar: ¡Preciso un santo sacerdote! ¡Preciso un santo sacerdote!, gritaba. Hasta que le mandaron al padre Maíz, aprovechando que también estaba preso; se confesó, comulgó, después se sintió mejor, paí Maíz me dijo después que posiblemente era el encierro, no estaba acostumbrado a que le traten así... No sé, Amarilla, eso tiene que preguntarle a Gill... ¿Por qué los llevaron presos? En aquella época se apresaba de balde. Yo sé que estaban de punta con el gobierno, porque en nuestro país se usa que los padres le eleven una tema al gobierno para que el gobierno le pase al Vaticano para que elija obispo entre los tres, pero cuando nuestra Iglesia le pasó la terna a Rivarola, él no quiso aceptar porque el primero de la lista era el padre Duarte. Ese fue el problema entre la iglesia y el estado por entonces. Pero conspirar no es cierto, ¡de ninguna manera! Le puedo asegurar que nadie conspirábamos y nos metieron presos de puro antipáticos y prepotentes...

     En esos tiempos los pyragué mandaban y si te querían mandar preso te mandaban; no tenías defensa. Lo que le hicieron al padre Duarte Fue poca cosa, porque en la parroquia de la Encarnación pasó mucho peor el día de la elección, el primero de octubre. Allí luego había un grupo de guarará armando bochinche, atropellando a la gente, cambiando el registro electoral. Cuando los nacionales reaccionaron, sobre la marcha les metieron bala. Allí murió el joven Pedro Irigoyen, y a Jaime Sosa le metieron un golpe que le dejaron medio muerto, Jaime Sosa, el del Sosa Tejedor.

     Esa fue la elección.

     Ministro del Interior, Salvador Jovellanos, que ganó la elección y le nombraron Vicepresidente, pero trampa, y por eso el Congreso (tenía razón) le llamó para interpelarle para que explique qué significa eso, que los polecías atropellaban urnas y que le mataron a Irigoyen y muchos más fueron heridos el día de la votación. La interpelación quedó para el 13 de octubre; Jovellanos no quería ir. Entonces le dijieron que si no comparecía no le confirmaban para Vice, entonces al final decidió aceptarles. Pero primero llenó todo el Congreso con los raídos que se pusieron en la barra (como dicen que llenó el Teatro Nacional don Cándido Bareiro aquella vez que se habló de la unificación del Club Unión con el Club del Pueblo, pero para defenderse no más; no iban a tirarles cascote desde el gallinero si los liberales no les atacaban y además que no eran descamisados sino soldaditos que le prestó don Miguel Gallegos a don Cándido, el pobre no podía andar solo por la calle y prefería la escolta, aunque sean soldados argentinos)... Pucha, Amarilla, parece que me cayó mal el locro porque tuve una pesadilla bien pesada... Soñé que nos reunimos el Partido Colorado para hacer un poco esa unificación pero los que estaban arriba (Teatro Municipal), desde arriba nos tiraban con ladrillos y las pantallas de las lámparas y entonces se aparece monseñor Palacios y nos dice: Coa nde modus operandi... ¿Usted no entiende?... Me dicen que hay un alemán, uno muy leído que publicó su libro sobre el sueño; lea un poco y me cuenta...

     Y entonces los deputados cuera se corrieron; no pudieron hacerle su interpelación a Jovellanos porque desde la barra les mostraban sus armas.

     Entonces el Congreso le manda una nota al Poder Ejecutivo; le pregunta si qué significa todo eso, dónde está la polecía, donde picó la Constitución. Rivarola, en vez de contestarle, le disuelve; dice que demasiado política están haciendo, que de balde no más le quisieron destituir a Gill, él no puede perdonar que le interpelen a un mozo tan honrado como Jovellanos; no le han de quitar la Vicepresidencia porque es de él. Así que les echa a todos. Menos a los que no votaron en contra de Juan B. Gill la otra vez (como Higinio Uriarte que era primo de Juan B.). Así que la Cámara quedó medio vacía; quedaron unos pocos solamente. ¡Qué pregunta! ¡Claro que inconstitucional! ¡Cómo va a disolverle así no más! Pero el que estaba atrás luego era Juan B. Gill; Rivarola no movía un dedo sin preguntarle primero...

     Hay lo que es así...

     Creo que en el mes de noviembre las elecciones para los congresos; para diciembre ya tenían que estar todos en sus puestos. Querían comenzar el 72 al pelo...

     Noviembre o lo que sea, la elección se hace y ganan ellos (¿quién puede discutirles?). Todos eran de Gill: Año nuevo, Congreso nuevo, decía el muy bribón...

     Pero todo el mundo se daba cuenta. Lanús, por ejemplo, dijo que iba mudar su tienda en Buenos Aires; que se iba... Sí, ese le había prestado como $ 1.000.000 a Rivarola; si se iba, seguro que pedía su plata antes de viajar, Rivarola no tenía con qué... ¿Cómo?... Vaya a saber cuántos... Lanús, Segovia, Patri, Méndez Gonçálvez; todos esos tenían un crédito fenómeno contra el gobierno. Eran varios millones pero no me fijé, un gentleman no discute por dinero... Pero lo peor del caso para el Presidente es que Lanús habló con comandante Vedia; le dijo que mire un poco, en el Paraguay no se podía trabajar, y entonces Vedia habló con Rivarola, le dijo que le quitaron del gobierno a Mariscal para hacer la democracia, pero así, con tanta vuelta y vuelta, tantos deputados sin empleo, etc., ya causaba la mala impresión... En realidad, lo que venía a decir comandante Vedia era: nos cansamos de usted. Porque parece luego que ya se había reunido con comandante Guimaraes; entre los dos dijieron que Rivarola ya se andaba descomponiendo, ya no era el de ayer; el único que valía, el Juan Bautista Gill, él sabía mandar, poner el orden como debía ser, el Paraguay (decían) es un país de gente muy jodida; allí comenzaron a extrañarle ellos también, porque con nuestra gente no vale la democracia, al final todo el mundo reconocieron lo que siempre decía Mariscal López.

     Así que la silla presidencial de Rivarola temblequeaba luego; a un punto de caer. Y Rivarola desesperado entonces se asinceró con Gill. Le preguntó: ¿qué hacemos? Y Juan B. Gill guaunte el buen amigo, le dijo que renuncie. Para demostrar su decencia, le dijo Gill, tenía que someterse al juicio político, a cargo del Congreso que le iba a juzgar por disolver las Cámaras (era un poquito inconstitucional); mientras tanto, le dejaba su Presidencia a Salvador Jovellanos; iba a quedar un rato de Vicepresidente en ejercicio hasta que el Congreso le absuelva al Presidente que le iba absolver, por supuesto, porque a él le respondía; eran todos amigos (para comenzar con el primo Higinio Uriarte).

     Rivarola le dio las gracias, le dijo que por fin un amigo, alguien que le quería bien; después de ese juicio político iban a ver todo el mundo que en Paraguay había la decencia; que se respetaba la Constitución. Guimaraes se iba a quedar también tranquilo; ya no se iba a preocupar porque desde Río de Janeiro le preguntaban si qué significaba que con todo un ejército de ocupación como tenía no podía encontrar un solo Presidente para el Paraguay (el Congreso brasilero ya pedía la evacuación de las tropas, a Río Branco le volvían loco, entonces precisaban uno de confianza para cuando se vayen).

     Entonces Rivarola agarró el tren, dejó la Presidencia en manos de su Vice Jovellanos; todos le despidieron en la estación con banda de música y discurso. Cuando llegó a su estancia, el hombre casi muere de la rabia: el Congreso le había confirmado a Jovellanos como Presidente constitucional de la República (le aceptaron en serio su renuncia a Rivarola).

*

     O'Leary está escribiendo un libro sobre mí; ya me hizo toda la entrevista; dice que le va a poner El Centauro de Ybycui, espero que publique pronto porque me queda poco tiempo, tengo como 70 años(12). (Y encima me salieron unos buenos pesos; este Juancito cuando te comienza a pedir para el cafecito, para pagar su pensión, ya no para nunca; pregúntele a don Enrique Solano López)... Hable con su Maestro, si hace falta, para que le explique bien este (él puso en su libro que está escribiendo): a mí no me gustaban los chismes, las intrigas cuera.

     Cuando estaba en la guerra, por ejemplo, yo era el edecán del Mariscal pero trataba luego de no andar en la comandancia; siempre andaba afuera, era mejor. Porque en la comandancia había gente como Matías Golburú (ese que le capturaron los enemigos y comenzó a contar las intimidades de nuestro P C; un hombre no debe ser así, chismoso como una nena). Ese cuando le tenían prisionera a la Juliana Insfrán (porque su marido se rindió al enemigo), era de los que trataba de hacer puntos siendo malo con la pobre Juliana; ese cuando no había conspiración inventaba para decirle después al Mariscal que había pillado una: cualquier cosa no más hacía para ascender. Por eso es que yo me disparaba de la comandancia cada vez que podía; sacaba a pasear nuestros caballos fuera de la trinchera; aunque una vez casi los brasileros me agarran como aquella vuelta en Tatayibá. Así que tiene que poner usted que los chismes no me gustaban luego, ni siquiera cuando andaba con Chilo Rivarola, un sargento cualquiera; yo no le debía respeto.

     Rivarola, el desgraciado; ese hizo publicar después en El Pueblo (él le daba plata): El general Bernardino Caballero no sabe conspirar. ¡Claro que no sabía! ¡Cómo iba luego si en esas porquerías nunca me metí! Así que me querían desprestigiar con ese artículo de El Pueblo pero más bien al revés. Me convenía. Aunque a O'Leary le molesta demasiado todo lo que escribieron por mí; dice que tiene ganas de entrar en la Biblioteca Nacional, cuando Juan Silvano se descuide, y arrancar las páginas de El Pueblo de noviembre del 71, donde sale mi proceso político(13)... ¿Me apresaron? Por supuesto que sí. Primero me apresaron a mí... Le estoy hablando de la noche del 12 de octubre, yo salía tranquilamente de la casa de don José Urdapilleta, comentando la interpelación que para el día 13 de mañana tenían que hacerle en el Congreso a Salvador Jovellanos por los atracos del primero de octubre en la elección... No, claro que no se hizo, pero déjeme hablar... Bueno, nos hablamos reunido en lo de don José para comentar la política. Yo ya no era Ministro, ni Decoud tampoco, ni Loizaga tampoco; todos ya habíamos renunciado... Y esta es una cosa que yo les digo a los muchachos, anote bien aquí: si el gobierno no les deja hacer sus elecciones decentemente, ustedes no le pueden aceptar un cargo; ¿cómo le van a aceptar si no hay garantías?, ¿dónde está la democracia?... Por eso es que nosotros renunciamos en bloque. Y bueno, eso lo que estábamos comentando con Urdapilleta; también lo que podía pasar con las libras esterlinas. Porque llegaban las libras, ya era seguro, y entonces imagínese las tragadas que pensaban hacer. (Desde luego que ya habían cambiado el presupuesto para el 72: el primero era de unos $ 250.000 y el segundo (cuando ya llegaba el crédito) de $ 360.000 o más, con rebaja del sueldo de Ministro y Deputado y aumento para el batallón guarará). Así que nos tenía preocupados el porvenir de la Patria, pero caminábamos pacíficamente por la calle cuando nos detiene pyragué; me llevan detenido sin decirme por qué ni para qué. En la polecía habló con el jefe, Pedro Recalde.

     -¡Voy a protestar enérgicamente!

     -El comandante Guimaraes ya lo sabe.

     Y había sido que sí. Ese yaguaí de Rivarola se fue luego a informarle el día antes; le dijo que yo había faltado a mi Ministerio de la Guerra varias veces sin pedir permiso y que después pedí permiso para hacer una gira por el campo 15 días, estuve en Tacuaral, les dije a todo el mundo que había que echarle y al mayor Godoy le mandé la carta: había que voltear al Gobierno para quitarnos de encima a esos traidores que vinieron a gobernar el Paraguay con el apoyo brasilero. Allí Guimaraes entonces le dejó apresarme, no le guardo rencor porque me intrigaron, me creyó un ingrato.

     Después apareció en El Pueblo (eso lo que O'Leary quiere hacer volar de la Biblioteca Nacional) que la noche del 12 nos juntamos con don Urdapilleta para hacer la conspiración para el día 13, pensábamos matarle a Salvador Jovellanos en pleno Congreso cuando se hacía la interpelación; íbamos a llenar de raídos el Congreso y rodear la Casa de Gobierno con raídos que Germán Serrano me mandaba desde la campaña donde Serrano estaba reuniendo montoneras con Patricio Escobar.

     Pero el encargado argentino nos dijo que no nos preocupemos (él venía a verle a don Cándido Bareiro y nos traía los diarios); nos dijo que de cualquier manera adentro estábamos mejor, en la comesería no nos iban a tocar un pelo, mucho peor si estábamos afuera porque nos podían agarrar los guarará como le agarraron a don Fulgencio Miltos, tan decente, o al capitán Concha, que le ultimaron en seguida.

     ¿Qué se puede esperar luego de Rivarola, un liberal?

     Ellos luego siempre son así: cada vez que quieren apresar a la gente inventan alguna conspiración (como inventaron en noviembre del 7l). Eso para declarar el estado de excepción, largar sus pynandí por la calle para molestar a los más decentes. Después dicen que llegaron los comunistas de la Francia, esos que incendiaron la Comuna, a mí hasta me llamaron anarquista. ¿no le da risa? Eso le dijo Rivarola a Guimaraes: Caballero anarquista. Anarquista en todo caso eran los que se metieron en el bando de él. Porque llegaron anarquistas. Yo no les pude ver porque estaba preso, pero había. ¿Cómo quiere que vea la Comuna? Yo me fui en París en el 74, recién en el 74. Madame Lynch me contó que casi le quemaron su casa metiéndole petróleo por el sótano (hacían así). Pero no se notaba. Los franceses son muy trabajadores. En seguida construyeron de nuevo. Parecía nuevita la ciudad. Pero déjele ahora a la Madama Lynch, yo le estoy contando otra cosa... ¿Dónde era?

     Sí, le decía que mi compadre don Patricio Escobar, héroe de la guerra, trató de salvarme cuando estaba preso. Pero no le escuchaban. Le dijieron que estábamos todos presos por conspiración, que nos tenían que hacer el proceso y mientras tanto no salíamos. Entonces mi compadre, para salvarse de los guarará, se fue hacia Tacuaral; allí se encontró otros amigos (¡amigos eran los de antes!) y entre todos decidieron sacarme de la cárcel, aprovechando que el 25 de noviembre Rivarola tenía cumpleaños de la Presidencia, iba a festejar en la Plaza de Armas con cohetes y música, ese era el momento de caerles encima cuando estaban todos juntos y borrachos.

     Así que tomo el tren en Tacuaral para marchar sobre Asunción con su partida pero se les descompuso. Tuvieron que venir a pie. En Luque pelearon como valientes, les dispersaron a la polecía pero ya no tuvieron tiempo de juntarse con José Segundo Decoud y Urdapilleta que salían de la Villa Occidental con otro grupo para juntarse con Patricio y atacar la Asunción...

     ¿Qué es lo que está pasando, decía El Pueblo, vemos liberales con baretristas, todos juntos, atacando al gobierno? Y tenía razón. No que nosotros seamos legionarios como Decoud ni mucho menos, lo que pasa es que la Patria está primero; en ciertos casos hay que unirnos, formar el gran Partido Nacional, sin divisiones, todos los que somos paraguayos... Así que nos juntamos entre todos; si el tren no nos fallaba, les ganábamos.

     Perdimos pero nos divertimos en la cárcel. Le teníamos a don Cándido, al paí Maíz; éramos todos mozos jóvenes, optimistas, sabíamos de algún día íbamos luego a llegar a algún lado.

     Un día que le buscábamos a don Cándido para el truco, él nos dice: lean el diario. Leemos, sale allí: Cambio pesos por oro. ¿Qué picó puede ser? Nos dijimos, ¿quién ha de querer cambiar moneda de gobierno por oro? Adivinen, nos dijo don Cándido. Nosotros no podíamos adivinar. Y entonces nos explicó (siempre tan letrado): las libras esterlinas ya llegan de Londres y los macateros están comprando peso de papel por el 20% de su precio para cambiarle al gobierno por el 100%. ¡Eso tenía que ser! Porque en aquellos tiempos nadie quería luego moneda paraguaya, moneda de papel, si te aceptaban, te rebajaban hasta 80%. De balde que el gobierno sacó su ley diciendo que tenía que aceptarse billete paraguayo; nadie te aceptaba. Si no era moneda boliviana, brasilera, argentina, nadie te aceptaba. Por eso tenía que ser luego milagro que ahora los curepí te cambien papel por oro... Bueno, no milagro.

     Eran las libras.

     Y es que el empréstito de 1.000.000 de libras era una fortuna para entonces: solucionaba los problemas del país, pero de entrada nos picaron 200.000 los Baring Brothers, porque la emisión se hacía en bonos de suscripción pública, como se dice, bonos por el 80%. O sea que si usted compraba su bono por £ 1.000 para hacer ahorro, pagaba solamente £800 pero le rendía por £ 1.000, le daba interés como si era £ 1.000. ¿Entiende? Los Baring Brothers no gastaron un peso para darnos el crédito; abrieron no más la suscripción de bonos; el capital era del público que compraba sus bonos. Algún aliciente hay que darles, dijo Rivarola, en el Paraguay no se quiere invertir. Aliciente está bien, algo tenían que ganar, desde luego, incluso ese 20% le puede aceptar, Amarilla. Pero los Baring cuera, que no pusieron un mango, se cobraron £ 160.000 de comisión por gestionar el crédito. Y el curepí Terrero, que fue el intermediario, se comió su buen toco, y cuando llegaron esas libras en el puerto de Asunción, apenas si 400.000 llegaron, el resto se comieron los otros. (Igual no más teníamos que devolverles después a los ingleses £ 1.000.000 y pagarles intereses por £ 1.000.000). Y cuando llegaron en el puerto de Asunción (esto es lo peor) Salvador Jovellanos se fue con carretilla con Francisco Soteras y Benigno Ferreira, su Ministro nuevo, y entre todos se robaron lo que quedó del crédito... Sí, Juan B. Gill también ligó... No sé si esa vuelta o la segunda, pero agarró sus buenas libras...

     ¡Puta que se podía desarrollar el país con esas libras, aunque sean las 400.000 que llegaron! Una vaquita contrabandeadita costaba una libra; se le podía regalar una a cada paraguayo. Incluso más, 200.000 paraguayos no habíamos en esa época. (No sé cuántos, Amarilla, pero muy poco. Allá por el 80, estirando un poco la estadística, teníamos 260.000 habitantes, pero eso estirando para impresionarles a los extranjeros inversores). Así que daba para hacer muchas cosas. Pero en vez de eso, le compraron bueyes a Patri que no eran bueyes sino novillos y demasiado caros; de allí salió la casita de lado del Teatro Nacional. Porotos le compraron a Segovia; valía en realidad dos reales, pero hicieron figurar a dos pesos la arroba: Jovellanos se picó con esa vuelta $ 150.000. Y después se cobró como $ 50.000 por publicar un librito: Remedio eficaz para conservar la virilidad... Eso puede ver en el librito de Decoud: Las dilapidaciones del señor Jovellanos, yo tengo varias copias por si los parientes quieren hacer desaparecer el libro como se usa en Paraguay cada vez que a alguno no le gusta el libro.

     Un sinvergüenzo.

     Se levantó la plata del primero y después pidió encima otro, el del 72, Amarilla. Sí, el primer crédito negoció Rivarola, pero recién llegó en Paraguay en el 72, cuando ya no era más presidente. Y ese mismo año pidieron el segundo crédito, que también se comió Jovellanos con su claque.

     El negociador otra vez el don Terrero, que ya había robado bastante en el 72, pero le dieron luego la comisión de vuelta, ¡vaya a saber por qué! Además de los Baring y el Terrero, entraron otros más: la firma Robinson Fleming porque olían negocio. Para que alcance hicieron por 2.000.000 el crédito y otra vez por bonos; cuando les preguntaron de Asunción dijieron que ya estaban todos colocados los 2.000.000 en Londres. Todo el mundo contento. Pero después ocurre no sé qué, se les descubre. Comienzan a preguntar. Resulta que colocaron solamente £ 500.000...

     Eso no alcanzaba para todos.

     Entonces Jovellanos le manda en Londres a don Gregorio Benítez para que vea un poco lo que estaba pasando. (Benítez luego ya tenía experiencia; fue nuestro representante durante la guerra; él se fue en reemplazo de don Cándido Bareiro para Europa, le escribió al Mariscal que no se habían comprado las armas porque Bareiro transó, incluso que Bareiro dejó que se pierdan las armas al propósito, para favorecerle al argentino). Benítez revisa un poco los papeles, ve que va a ser peor que el primer crédito: ¡los tipos ya nos andaban descontando adelantados del crédito hasta gastos de correo (£ 50.000) y deudas del Mariscal López por no sé cuántas libras más!... Atroz maquinación, le escribe a Jovellanos, vamos a demandarles por estafa. Así que les demanda, los tribunales ingleses le dan la razón al Paraguay, los tipos tienen que... Bueno, cuando todo se arreglaba, Benítez transa. ¡Dios sabrá! Transa y se firma un crédito quelembú: apenas si cien mil y pico libras llega en el puerto de Asunción (tenemos que pagarles, otra vez, un millón) donde Jovellanos se afilaba los dientes. Y para colmo está el negocio con los Baring: la inmigración que le dicen. Ellos nos tienen que mandar inmigrantes en total 3.000; se cobran £ 10 por cada uno. Pero los inmigrantes que nos mandan son vagos de lo último, malentretenidos arreados del arrabal de Londres, así que cuando llegan en el Paraguay les regalamos tierra y todo pero no quieren trabajar, se mueren unos, después tenemos que indemnizarle al resto para que no digan después como dijieron que el Paraguay es peligroso para la inmigración (carteles en los puertos de Inglaterra), eso nos perjudicaba demasiado...

     Cuando cayó Jovellanos, ya era demasiado tarde.

     Los muchachos querían saber dónde estaban las libras, por eso le agarraron a Benítez. Él se escondió en la legación brasilera, pero el ministro le entregó a Gill. Gill le metió en la comesería, allí le cuestionaron como en los viejos tiempos, le sacaron unas cuantas libras que tenía en su cuenta en Europa, pero lo más ya se había perdido y no había caso; tenemos que seguir pagando... Todavía no pagamos ese crédito de Londres, Amarilla. Vamos a tardar 50 años en seguir pagando(14). En tiempos de Gill nos quisimos hacer los burros (1875), los bonos bajaron al 7% del valor nominal que le dicen, eso nos perjudicó demasiado. Porque sin ese crédito arreglado no nos daban otro. Cierto que también trampearon los ingleses, no solamente nosotros, incluso formaron una comisión en Inglaterra para investigar el negociado de los Baring. Todo el mundo sabía que robaron, pero inglés es inglés: lo mismo nos pidieron que les paguen (trampeado y todo). No les pudimos y entonces nos cerraron todo el crédito, después de ese no conseguimos más. Por lo menos que yo recuerde. Por eso fue que a Decoud yo le dije: vaya a contentarles. Inglés luego no es como argentino o brasilero que nos reclamaron la indemnización, el gasto de la guerra pero al pedo: todavía no cobraron ni no van a cobrar...

     Pero el gasto de guerra le cuento después. Tenemos tiempo. Ahora ponga no más éste que me regaló don Teodosio, parte de un libro que comenzó a escribir y le quiere poner Quebrantos del Paraguay... ¡Copie, don Teodosio no se va a enojar, si me regaló, es para algo!

     Aquí está:

     Tan escandalosas dilapidaciones dieron lugar a dos revoluciones levantadas por el General Caballero, como jefe ostensible. La primera en 1873, fracasó, gracias al ejército brasilero. La segunda en los comienzos de 1874, triunfó, gracias a la neutralidad complaciente de la Legación del Brasil, entrando los revolucionarios a compartir el gobierno sobre la base de una conciliación (Pacto del 12 de febrero de 1874).

     Enseguida le explico esa neutralidad complaciente que le llama Teodosio González.

 

NOTAS

 

2.       En el momento de proceder a la impresión de este libro, nos llega de San Lorenzo Ñu Guazú esta triste noticia: el señor Raúl Amarilla, cronista del mismo, se encuentra postrado a resultas de un ataque de ictericia y en la imposibilidad de hacer uso de sus facultades mentales. Los médicos opinan que el daño es permanente... Aunque estas memorias necesiten una revisión general (están llenas de contradicciones) hemos decidido publicarlas así como están: la historia lo exige.

3.       Apenas ocupada Asunción en 1869 (las tropas del mariscal López continuaban luchando) los ejércitos aliados decidieron organizar un gobierno títere, para restarle autoridad al Gobierno legítimo del Mariscal Presidente don Francisco Solano López. Ese gobierno títere fue el llamado Triunvirato de Cirilo A. Rivarola, José Díaz de Bedoya, Carlos Loizaga, raúl amarilla.

4.       Los aliados ocuparon Asunción en enero de 1869, el Mariscal López tenía entonces su tercera capital en Piribebuy (la segunda había sido Luque): caída Piribebuy en poder de los aliados, López se retiró hacia Caraguatay, continuando después su marcha hacia San Estanislao y Curuguaty, para morir finalmente en Cerro Corá, el primero de marzo de 1870, raúl amarilla.

5.       Se calcula que antes de la Guerra Grande había en Paraguay más de 2.000.000 de cabezas de ganado; después de la guerra quedaron, a lo sumo, 15.000 y la mayoría chúcaras. raúl amarilla.

6.       El sufijo en guaraní tiene un carácter diminutivo (como el sufijo i); sin embargo, no está claro quien sea el pequeño García a quien alude el Centauro. Preguntarle. (Apunte marginal de Raúl Amarilla).

7.       El populacho necio no votaba anteriormente; la Ley de 1844 establecía, claramente, cuántos patacones daban derecho al voto. raúl amarilla.

8.       Coronado asesinó a sangre fría al comandante Julián Insfrán en la fundición de hierro de Ybycuí en 1869; años después, ese gran presidente del Uruguay, don Máximo Santos, hizo justicia con el criminal Coronado. El comandante Insfrán, por otra parte, estaba casado con la hermana del Centauro y fue padre del brillante médico don Facundo Insfrán, asesinado en el Congreso. raúl amarilla.

9.       Alusión a la conspiración de San Fernando (1868), reprimida con rigor mas con justicia por el Mariscal; el padre Fidel Maíz formó parte de los Tribunales de Sangre en la ocasión. raúl amarilla.

10.       [«Bill» en el original (N. del. E.)]

11.       El poder Ejecutivo al c. Legislativo:

... Sabéis, CC. LL. que el Paraguay desde la aparición de su primer tirano José Gaspar de Francia desapareció del catálogo de las demás naciones, olvidado y perdido por muchos años; a su muerte don Carlos Antonio López que le sucedió en el poder abrió sus puertas e hizo conocer su existencia como nación... Posteriormente, su sucesor y heredero, el nuevo Nerón americano le arrancó su existencia, su porvenir entero sacrificando a sus pasiones brutales tantas víctimas ilustres... Durante dos años el Gobierno del Paraguay ha sido protegido generosamente por los aliados... (Firmado) Cirilo A. Rivarola, Salvador Jovellanos, Carlos Loizaga, Juan B. Gill, José S. Decoud, Bernardino Caballero. El Pueblo, 18 de agosto de 1871. (Nota marginal de Raúl Amarilla: hacerlo desaparecer).

12.       Lamentablemente, mi Maestro don Juan no pudo publicar su inmortal libro, El Centauro de Ybycui, sino 19 años después, en 1929, en una Imprenta nacionalista de Paris (prólogo del Mariscal Badoglio, gran amigo del Maestro). (Recuérdese que estas mis entrevistas al Centauro tuvieron lugar en 1910), raúl amarilla.

13.       Según parece, don Juan cumplió su promesa, ya que en la Biblioteca Nacional faltan números de El Pueblo de 1871, que publicó el proceso contra el Centauro. (Nota marginal de Raúl Amarilla)

14.       Se terminó de pagar en 1960.

 

 

 

TRATADO SÉPTIMO

DE CÓMO FUNDÉ EL PARTIDO CONSERVADOR,

O SEA NACIONAL REPUBLICANO (1887)

 

     Yo luego nunca me preocupé mucho por la plata, mi familia tenía estancia, me pasé mi juventud cuidando nuestros animalitos, la vida sana del campo, en vez de fumar como la juventud de ahora, vicios no más son los que tiene. Después entré al ejército, de la estancia derechito al cuartel. Allí tampoco tenía que preocuparme tanto, las Gloriosas se encargaban y les quedé muy agradecido, sobre todo porque era oficial y para el resto apenas si alcanzaba la carne, y las mujeres ya ni eso: se metían con los chicos por el monte para buscar guayabas, naranja agria, lagartijas, porque carne no más para los combatientes(22).

     ¡No le puedo decir cómo pasamos, Amarilla! Ustedes los jóvenes de ahora ni idea tienen, sobre todo los argentinos, ni siquiera se van a imaginar que una vaca hacíamos alcanzar para 400, con cuero y todo...

     ¡Con el cuero, no me mire así! El cuero no es tan malo si se hierve cuatro a cinco horas, igualito al tocino, pregúntele a Juan Crisóstomo Centurión... Por suerte, yo comía con el mariscal. ¡Cómo daba gusto! Al principio nos peleamos por el chocolate (Monseñor se guardaba en el bolsillo) y no porque faltaba; no más que en la guerra pasa hambre uno y si no pasa, igual. Piensa que puede pasar y entonces cuando tiene, come a doble carrillo (como los Carrillo, solía decir la gente, y es que Mariscal, para ayudarle un poco, le dio a su familia la proveeduría del Ejército, pero la familia abusó); mira con odio el plato del vecino. Pero al último fue mejor, incluso sobraba, porque la comida había menos pero ya éramos pocos. A su mamá y sus hermanas, Mariscal les hacía comer en ese potrero donde estuvo Masterman (aunque ellas no estaban atadas, les trataban muy bien). Los hermanos y cuñados, ajusticiados. Lo mismo que el obispo (ese monseñor que tan bien contaba chiste verde), el general Bruguéz, el comandante Marcó, Pancha Garmendia. Todos esos que conspiraron contra el gran Hombre. Porque era un gran hombre, Raúl, no me va a decir que no. A pesar de que ese atolondrado de Decoud, justo el 11 de setiembre de 1887, cuando fundamos la Asociación Nacional Republicana, habla de despotismo terrible, dice que a mí me disgustaba Mariscal López... Todo porque yo le di confianza: le pedí que me haga un poco la ideología para ese partido que andábamos fundando y él le puso Republicano como el Lincoln, hasta ahí estaba bien, pero después me sale con discurso antilopizta y justamente el día de la fundación. Eso para darle el gusto al Egusquiza, Juan González y otros legionarios que aceptamos para ver si mejoraban un poco, pero me dejó demasiado mal con los héroes que me dijieron después: ¿Cómo deja que Decoud hable en nombre propio y del general Caballero? (así dijo Decoud). Yo les dije que a la juventud había que perdonarle, hice pasar pero me dejó muy mal. Porque yo prácticamente soy el heredero del Mariscal López; él me nombró su sucesor para que continúe su trabajo positivo cuando ya se iba a morir porque el país estaba en ruinas. Y entonces me reuní con los muchachos; hicimos entre todos la Asociación Nacional Republicana (1887) para conservar un poco los recuerdos de la guerra, porque como yo les dije: la Asociación Nacional Republicana es la escuela conservadora de la política paraguaya. Precisamente cuando andaban entrando tipos como el Rafael Barrett y la Asociación de Artesanos y los comunistas de Australia y toda esa gentuza...

     Pero le cuento después.

     Tenemos que empezar por el empiezo.

     O sea, antes del 87.

     Eso viene después. Porque del 80 hasta el 86, fui el Presidente Constitucional de la República, y ese me parece que tenemos que poner primero; es demasiado importante. Si no hacemos ahora, a lo mejor nos olvidamos (faltan varias líneas).

     Entonces le decía que pasamos penurias y fatigas durante la guerra esa de la Triple Alianza, por eso después yo dije ¡basta, vamos a tener ponchadas de vacas! ¿No le parece un absurdo, Raúl?... ¿Cómo qué?..¡El absurdo!... ¡Eso es muy absurdo! O sea que tengamos que meter vaquitas de la Argentina, que téngamos que importar la carne habiendo tanto espacio en Paraguay para criarles...

     Es que no teníamos plata, eso es cierto, no teníamos, pero también que los ganaderos le desconfiaban al gobierno. Al gobierno paraguayo. Hasta que yo llegué. A mí me conocían. A mí me habían invitado en su casa y todo, sobre todo en el 73, cuando andábamos todos en Corrientes con el Gran Partido Nacional... Allí me trataron muy bien, por supuesto, yo luego tengo mi santo porá, don de gentes como dijo Maíz. Y además sabían con quién trataban; eso siempre me pasó en la vida. (El Juca, por ejemplo, me contó después que siempre luego había maliciado que yo iba a llegar lejos, incluso Presidente, porque a los demás prisioneros les trataba peor). Y los hacendados de Corrientes se dieron cuenta de que teníamos que unirnos: a los dos nos jodía Buenos Aires. Impuestos y más impuestos. El Río Paraná era libre, internacionalmente, pero ellos nos encontraban la forma de clavarnos con sus gravámenes. La yerba, por ejemplo, subían y bajaban el impuesto. No nos permitían exportan elaborada: tenía que ser semi- para que trabajen sus molinos yerbateros. El tabaco le encontraban defectos. Nunca les gustaba. Siempre nos pagaban de segunda el que era de primera. Y la madera les compraban igual, aunque era de contrabando; compraban nuestra madera porque es la mejor, hicieron todos sus durmientes de ferrocarril de quebracho, eso que era nuestro. Para eso no controlaban la importación, no colaboraban con nosotros, el Gobierno paraguayo. Por eso fue que después a Bourgade yo le dije que me haga el ferrocarril a Santos, estábamos a un paso de hacer para salvarnos de una vez de Buenos Aires, salir directamente por Brasil...

     Pero don Bourgade no le interesa, en todo caso le cuento después. En todo caso seguimos con lo que andábamos... ¿dónde andábamos? Los correntinos, gracias. Esa gente del interior son mejores. Porque no crea que tengo nada con los argentinos. Quiero decir los porteños. Tengo un poco en contra. Por eso luego dije aquella vez que mi hijo en todo caso sea brasilero antes que argentino; en realidad quería decir los porteños, esos siempre nos apañaron los revolucionarios como Benigno Ferreira, Juan Silvano Godoy... no es lo mismo; cuando conspirábamos nosotros conspiraba el pueblo, era contra Jovellanos, en ese caso... Sí, ya sé que usted no es porteño, es del litoral, o sino luego no le iba a contratar para mi secretario. Entonces no tiene pues problema para decir la verdad de los porteños, usted tampoco les quiere. Tiene que decir que por culpa de ellos me desterró el gobierno liberal, a mí que he sido luego Presidente de la República, fundador del Partido Colorado... No, no fue Benigno Ferreira, todavía no fue destierro en el cuatro; cuando ganó la revolución yo me fui en Buenos Aires; después volví; el Benigno Ferreira me trató bastante bien, teníamos entrevista y todo. Incluso el José P. Guggiari me recibió en el puerto, pero yo no me dejaba engañar; si eran tan amigos, ¿por qué hicieron entonces la revolución del cuatro? Culpa de Benigno Ferreira y de los porteños que bloquearon el río para que no entre armas(23). Yo le mandé unos mensajes urgentes al Juca, que por entonces mandaba bastante, pero me dijo que ya no podía hacer nada. Y es que las cosas habían cambiado, Amarilla. ¿Usted se acuerda del 70, cuando la flota en nuestro río era brasilera? ¿Recuerda ese vapor Prinzesa?... Bueno, si no se acuerda, yo me acuerdo... Cada vez que habla algún problema en Asunción, el Ministro les mandaba telegrama, y entonces se venía cañonera, sea de Matto Grosso o Río de Janeiro... Pero después cambiaron. Buenos Aires comenzó a ser un puerto de más en más más grande, y entonces los tipos ya podían bloquear río y todo, y el Ministro brasilero le mandó carta al Juca diciendo que si querían mandar armas tenían guerra con la Argentina luego, entonces Juca me dijo lo siento. 1904. Ya no había luego nada que hacer. Juancito Escurra reunió el Congreso para hacer el protectorado, pero el Congreso no tenía quórum: se habían desertado todos para la revolución. Así que De Korab le dijo zorry; si no nos piden, no podemos. Un poco argel el mister, pero en esos tiempos tenían varias solicitudes: Ecuador también quería ser protectorado, estaban estudiando el caso en Washington. O por lo menos eso lo que me dijo el vicecónsul, porque el cónsul yanqui era el Ruffin. Y conste que no fue culpa del Ruffin (me consta); él les había dicho muchas veces a sus superiores de Washington que aquí podían vendernos mucho querosén, que les convenía. Eso les venía diciendo desde 1900, la primera vez que le pedimos el protectorado (aquella vez fue Decoud). Por un millón de dólares se puede comprar todo el país, decía el gringo. Pero los otros que demasiado caro, comenzaron a dudar, y así llegó diciembre, 1904: cuando nos dimos cuenta, teníamos cañonera liberal en el puerto...

     ¡Y pensar que nos quejamos de Ministro Gondim! Sí. Así no más es: uno nunca valora lo que tiene... Nos daba una puteada de tanto en tanto pero siempre se ponía por los amigos... ¿se recuerda febrero del 74? Ahí daba gusto. Te daba pues confianza la colaboración brasilera, así podíamos gobernar, el panamericanismo que le dicen; una gran nación ayudando a otra más chica (faltan varias líneas).

*

     Pero vamos a los correntinos que, como le digo, también les tenían rabia a los porteños, éramos como hermanos, ¿cómo vamos a olvidar el 73? Por eso cuando comenzaron las revoluciones en Corrientes, allá por el 80, nosotros ya éramos gobierno gracias a ellos; les dejamos traer sus ganaderías a los hacendados decentes en el Paraguay, nos convenía a nosotros y también a ellos (estamos para ayudar al prójimo, pues)... ¡No, qué puta, Amarilla! ¡Revolución es revolución! De balde que usted les diga que no le coman, igual le comen sus animalitos. Por eso los hacendados se asustaron, y nos pidieron permiso, y nosotros les facilitamos pasturas para que se vengan al país con su tropa, y ese viene a ser el comienzo de la ganadería del país.

     Es decir, no el comienzo, ya comenzamos luego en el 70, pero en aquel entonces no había plata para traer las vacas, se traía de a puchito, ¡y pensar que antes de la guerra había para tirar! Estancias de la Patria, que le dicen; Mariscal mantenía a sus soldados con esas. Pero con la guerra se murió el ganado y después ya no quedaba plata para importar y entonces una suerte, que me perdone don Gallino, que se haya empeorado un tanto la situación de Corrientes porque allí pudimos progresar: cuando hay vacas, hay plata, y entonces se puede progresar (roto).

 

Escudo nobiliario de Bernardino Caballero en la versión artística de Raúl Amarilla.

Los interesados en la heráldica pueden ver una reproducción mejor

en la página 162 de la Enciclopedia Republicana.

 

     Usted no vaya luego a creer que soy tan materialista cuando le hablo de la economía, ese determinismo económico como Rafael Barrett. No. Claro que no. Para mí la plata no sirve para nada. Yo tengo de lo que siempre tuvo mi familia, éramos algo desde la colonia, Caballero de Añazco. Y el rey se quedó muy contento con un mi bisabuelo (o tatarabuelo, no recuerdo), porque les hizo correr a los comunistas, que en esa época se llamaban los Comuneros. Así que le dio unas mercedes más, como regalo; ya con eso nos alcanzaba de sobra, incluso para mantener a los cuñados... Yo ya no quería ni una vara más de campo...

     Pero el Congreso me insistió (eso fue en el 80, cuando me eligieron Presidente). No vayas pues a hacerle el desprecio, me dijo la Juana Isabel. Yo me acordé de golpe que llegaba el cumpleaños de mamá y estábamos a mitad del mes; todavía no había cobrado y ya había retirado (roto).

     -¡Feliz cumpleaños, mamacita!

     -¿Qué me ha regalado, Bernardino?

     -Abra el sobre, por favor.

     ¡Veinticinco leguas cuadradas, qué alegría! ¡Era el mejor regalo!

     Y no se piense usted que escrituré a su nombre, nada más; le regalé de veras. Ella después le regaló a Juana Isabel, con Juan Alberto pusieron para su estancia, daba de sobra. Si quería, yo me hubiera quedado con el campo. Pero no quería, por eso fue luego que el Congreso transfirió las veinticinco leguas a su nombre de ella, doña Melchora Melgarejo de Caballero de Añazco.

     O sea que si quería ganar plata, yo ganaba.

     Pero no quería: lo único que yo quería era ayudarle un poco a la familia y los amigos, uno no puede ser tan egoísta con lo que Dios le da.

     ¡Estás tirando nuestra plata!, me dijo esa vez Concepción. Esa fue la única vez que nos peleamos (siempre muy obediente). Y es que allí en la calle del Atajo me encontré una vez con un correligionario que me dijo: I caturo, aipotá che roga ra mí ¿Cómo le iba pues a decir que no al pobre don (roto) que precisaba tanto, que siempre me había respondido en los comicios? Ni un instante dudé, allí me fui en mi casa, levanté mi colchón. ¿Qué vas a hacer con nuestra plata?, me preguntó Concepción. Política, Conchela, yo le dije. Así se desperdicia el sacrificio del finado, me dijo ella. Eso ya no le pude aguantar y (roto). Pero aparte de eso me dio satisfacciones: el señor compró para su casa; ya finó pero todavía vive la familia, incluso la pobre hijita, que quedó viuda, ¿adónde iba a ir sino era por mí? Incluso en el negocio le fue mejor porque mudó la sastrería en su casa nueva, y allí le venían más clientes porque mejor ubicada. Después fue muy leal en el cuatro... ¡no!, no diga por supuesto, hay los que son malagradecidos como Antonio Taboada. que don Cándido Bareiro le dio puesto en la Sanidad argentina, que le nombramos Jefe Político de Villarrica y hasta deputado, pero después fundó el Partido Liberal... Sí, el hermano del Rufino, ese que ya le dije, ¡quién iba a suponer!... Pero tampoco me arrepiento tanto; política no más es así: si no das, nadie te va a dar. Hay que aguantarse los ingratos de siempre, no hay más remedio...

     Y eso Julia entendía mejor, ella luego no se enojaba cuando los muchachos se divertían en mi quinta. ¡Cosas de hombres! Decía ella: se solía reunir con las señoras de ministro para comentar lo que se contaba, pero mi señora no tomaba a mal. Al fin y al cabo, yo le respetaba la casa: allí nadie podía entrar sin su permiso. Pero la quinta Caballero era distinto, allí luego teníamos que hacer política. Y si uno es dueño de casa, no puede ser pues tan maleducado; no le podés llevar con polecía si te orina en la ventana, hay que dejarlos divertir. Aunque después la pintura te salga cara y tengas que comprar vidrio nuevo. ¡Qué le vas a hacer! Yo me recuerdo luego aquella vez que Decoud pasó por nuestro asado (él nunca se iba) y vio que los muchachos se bañaban con la Regalada y (roto)... ¡Cómo se enojó! Allí mismo le contó a la Benigna, que le contó a la Rosa Peña (eran hermanas) y el pobre Juan González, nuestro ministro de Instrucción, tuvo que dormir en la quinta porque Rosa Peña no le dejaba entrar...

     Pero no me crea que eran solamente cosas así, no...

     También hacíamos asados serios, para los ex-combatientes, por ejemplo. Allá en mi quinta, toda la semana se carneaba, y el que quería sentarse, se sentaba en la mesa aunque yo no estea... Desde luego que no estaba siempre, solamente cuando se reunían oficiales; o si no me hubiera pasado noche y día asadeando... Pero cuando venían los amigos, como el teniente Fariña que le dije...

     ¡Por supuesto que estaba ese!

     ¡Cómo no ha de estar si era un héroe, y nuestro partido luego era de los héroes (como les dije en el manifiesto aquél), no como los liberales que no tienen ni uno, ellos son los que le vendieron a la Patria, los que le traicionaron al Mariscal López, que si no era por ellos podía ganar la guerra... Por eso nosotros éramos los otros, o sea los que fuimos leales, más lopiztos que nosotros no ha de haber. Hasta los curepí se dieron cuenta: la vuelta del partido lopizta es una de las acciones significativas para los estadistas sudamericanos: no creemos que esté distante el día en que los hijos de Francisco Solano López sean llamados a tomar parte en los concejos de su país nativo. ¿Vio cómo acertaron? ¿Quién diría que un día Enrique Solano López iba a tener puesto público, Inspector de Escuelas, incluso en tiempos del traidor Eguzquiza? Porque al principio no podíamos, había quienes no simpatizaban con el Mariscal, y entonces teníamos pues que disimular un poco, en política no se puede chocar tanto... Claro, tampoco se debe como el padre Maíz; eso te compromete demasiado. Porque apenas le matan al Mariscal Francisco Solano López, paí Maíz le manda esa carta a conde d'Eu, le dice que por fin le mataron al Mariscal, qué suerte, era todo un vampiro. Esa es la carta que Juan Silvano Godoy le muestra a todo el mundo; le dio mucho quebranto al pobre padre, que yo sé bien que era muy lopizta, siempre le recordaba bien a nuestro Jefe, pero en un momento no más cometió la imprudencia...

     Así que usted tiene que tener mucho, pero mucho cuidado con esas cosas, no le pase usted como mi manifiesto del 22 de marzo del 73 (¡pucha que da trabajo!); piense luego bien antes de firmar. Incluso mejor todavía si usa seudónimo o si manda hacer por Roque (roto)

     Bueno, me parece que estamos dando vuelta y vuelta; nos disparamos para todos lados. Así que mejor volver al tema, mi Presidencia Constitucional, la más constructiva desde el tiempo del Mariscal López, por algo luego me nombró su sucesor(24). Vamos a recular un poco con el tiempo, digamos 1883, más o menos, pero primero un cocido porque el tema ya se está poniendo muy profundo; no podemos entrarle con el estómago vacío.

*

     Y entonces nos reunimos todos juntos para la reunión con mi gabinete porque el Presidente pues era yo; les pregunté y me dicen: el presupuesto nacional $ 352.963.60 (año 1882), pero apenas si entraron en tesorería $ 250.000 para cubrirlos gastos y para el año en curso (1883) vamos a tener un déficit más grande. Uno propio, digamos, porque el otro se arrastraba de don Cándido Bareiro, incluso de mucho antes, porque desde 1869 estábamos en déficit, y lo único que hacían los gobiernos era emitir billetes inconvertibles y pecharles a los comerciantes hasta que yo llegué. Conmigo, por primera vez, cubrimos el déficit, no se olvide de ponerme, y eso porque mejoramos la ganadería, prácticamente hicimos todo casi de nada, y porque vendimos las tierras fiscales y restablecimos el crédito, y eso que no era fácil. Por ejemplo, la vez que le estoy contando, tuvimos una reunión de gabinete bastante accidentada: comenzábamos con déficit, teníamos déficit, nos esperaba todavía un déficit bastante más grande para el año 84.

     Cada cual me daba su opinión.

     -El problema es la falta de circulante -dijo Decoud.

     -Les hédemos hacer circular aunque no quieran -dijo Juan Alberto.

     En realidad circulación de dinero no más era, no había circulante, porque si prestabas el dinero te pedían 3% de interés mensual, era la regla, así que el comercio luego estaba trancado, se estaban aburriendo de darnos crédito, y entonces había que encontrar una solución sea como sea. Yo les escuchaba a todos, les dejaba hablar porque la gente siempre quiere que le escuches, aunque no sea su especialidad como Juan Alberto Meza, que era el Interior, así que en estas cosas no podía ser tan instruido, pero tampoco yo dejaba que Decoud se ría de él porque mi cuñado era un hombre muy leal: ¡E yucá catú!, me dijo cuando se enteró de que Antonio Taboada, José de la Cruz Ayala, Cirilo Solalinde umiva andaban tratando de hacernos el Partido Liberal. Y no decía por decir; él estaba dispuesto... Yo no le permitía, desde luego, era un mozo muy nervioso que tenías que controlarlo un poco, pero siempre te da confianza saber que tenés amigos de esa clase.

     -Contráigase al tema, coronel Meza -le dijo el coronel Pedro Duarte, mi Ministro de Guerra.

     Ese Pedro Duarte, le voy a decir, era luego una especie de compromiso, es que no había otro. Cuando estuve de Provisorio yo le di la cartera de Guerra y también Interior, pero para el Constitucional le di solamente Guerra (era bastante argel), incluso estábamos una vez hablando para no darle nada cuando entra en la pieza el propio Pedro Duarte (me parece que escuchó una parte)... Entonces yo me adelanté: Coronel Pedro Duarte, estábamos hablando sobre su ascenso aquí con los colegas. No le ascendí, pero le di otra vez la Guerra. Un poquito a la fuerza. Pero después nos resultó bastante bien; incluso cuando subió mi compadre Escobar yo le puse otra vez de Ministro de guerra... No, no es que nos peleamos, nada de eso. Lo que pasa no más que mi compadre es un poco confiado; la oposición le puede hacer caer... Por eso el 24 de noviembre (el Presidente asume el 25, es la costumbre) yo acuartelé las tropas y le hice decir a mi compadre que quería ver un poco su lista de ministros... No es que yo quería influenciarle, claro que no, pero la oposición macaneaba demasiado y entonces yo le puse otra vez a Juan Alberto para el Interior, a Pedro Duarte para Guerra, a Cañete como Hacienda. Era una penosa necesidad; me molesta un poco meterme en el gabinete ajeno, pero Escobar tampoco aquella vuelta se había portado demasiado bien, porque yo estaba tratando de servir al Pueblo paraguayo otro período más, pero la oposición entonces, para perjudicarme, lanzaron la candidatura de Patricio, que yo no podía oponer por la amistad que teníamos. Patricio se dejó manejar pero entonces yo le dije: Muy bien, compadre, si quiere ser Presidente, sea no más, pero entonces por lo menos yo elijo los ministros. (Losimportantes, porque de Instrucción puede ser cualquiera). Ya yapota la democracia, me dijo después (los liberales le seguían engañando). Como quiera, compadre, le dije yo, pero me parece que es muy flojo con la oposición.

     Pero él quería probar que tenía su personalidad; les dejó hacer... Cuando le fundan el Centro Democrático (también Partido Liberal), el hombre vino a verme, preocupado. Allí está, yo le dije, ahora se acuerda usted de los amigos. Pero no soy rencoroso; allí mismo hicimos el Partido Nacional Republicano (1887); pero ese se llamó caballerista, no escobarista; él se quedó pichado porque le seguían diciendo general pantalla, por eso me dejó en el año cuatro. ¡Triste que una amistad termine así!...

     Pero tiene razón, mi querido Amarilla, usted luego es un mozo criterioso.

     Vamos a ir por parte. Paso a paso.

     Dale no más con mi gabinete, le cuento que mi Hacienda era de la Cruz Giménez, Lacú, mozo bien intencionado pero sin Matemáticas, que se olvidó de sumar los ingresos de la Capitanía de Tacurupucú el año 83, entonces Taboada, Ibarra, Fretes le hicieron la interpelación. ¡Todos los Ministros de Hacienda han sido unos ladrones!, dijo Antonio Taboada (no le parece a su hermano). Yo le hice llamar; le pregunté si no podíamos arreglar entre amigos; estábamos tan bien todos juntos en el Partido Nacional... Él me dijo que solamente si le sacábamos a Giménez y le hacíamos juicio; le sacamos pero sin juicio. Entonces quedó muy enojado (¡vaya a darle el gusto!), dijo después que me había apoyado en el 80 porque o sino peor; también en el 82, pero que las cosas ya estaban llegando demasiado lejos y entonces ya no podía ser; había que tener partido distinto: dentro del partido Nacional no cabíamos todos... Si el Ibarra que le cuento es el mismo de La Democracia: otro liberal tuyá. Otro que parecía decente, me dedicó un artículo tan lindo cuando subía a la Presidencia. Esa Partido Nacional, decía, triunfó en Campo Grande imponiéndose al Gobierno de Jovellanos y fue el partido que buscó el finado Gill en el último período de su Gobierno, y fue el que acompañó a don Higinio Uriarte durante todo el tiempo que duró su mando, y fue el que elevó a la presidencia a don Cándido Bareiro, y es el que está encamado en la persona del General de División don Bernardino Caballero, Presidente Provisorio hoy de la República y es por fin el único partido que puede seguir gobernando, porque fuera de él no puede haber sino fracciones insignificantes sin fuerza ni prestigio para mantenerse en el poder. Eso es lo que decía el Deputado Ignacio Ibarra, el Director de La Democracia, que anduvo comiendo de nuestro plato y de golpe se nos vuelve opositor, de golpe se hacen todos éticos... ¿Mbae picó pea?.. ¿Así nos devuelven los favores?... Pero en el 83 no tenían fuerza, eran cuatro gatos, y nosotros les dejábamos hacer y seguíamos gobernando normalmente...

     Lo único fue que le quitamos a Lacú y le pusimos a Agustín Cañete, ese que le decían hijo de Francia, aunque Francia no tenía hijos, inventaron no más. Ese sí que sabía la economía, era muy bueno, por eso siguió siendo Ministro con don Patricio Escobar y cuando fundaron La Industrial Paraguaya se acordaron de él, era un gran administrador, tan eficiente, que le quedaba tiempo para La Industrial y el Ministerio al mismo tiempo, y encima tenía todavía unos negocios... Por eso le tenían envidia, incluso trataron de hacerle una demanda criminal, no me recuerdo bien por qué. (roto).

     Con eso y todo venía a ser un buen equipo, incluso con Juan Gualberto nos llevábamos bien. Yo a Juan Gualberto le conocía bien, había sido mi subordinado en la Legión Paraguaya y le puse de Instrucción porque tenía una señora muy leída, muy voluntariosa, que le sobraba el tiempo y entonces colaboraba con nosotros haciendo las escuelas, una gran educadora... Ponga también que en mi gobierno se hicieron muchas cosas por la educación, no me deje mal. En el 83 hicieron el Instituto Paraguayo, esa institución tan importante, esa fue la que trajo profesores de la Europa. También les mandábamos a los jóvenes a estudiar afuera, conseguimos varias becas y hasta les becábamos a los mozos del campo para que pueda estudiar en el Colegio Nacional, que comenzó a funcionar como se debe bajo mi gobierno (todo lo que hicieron los Gill, umiva no era nada). En mi gobierno recién había plata, con ese fue que les pagamos a los maestros, que alindamos la Asunción, que desde la guerra era una tapera. Conmigo recién comenzó la edificación, hicimos el telégrafo hasta Europa, vino el teléfono, vino el tramway moderno a mulita... Todo porque arreglé la economía, aunque ese tampoco quieren aceptarme ahora porque estoy en el destierro culpa de los liberales sinvergüenzos, un día van a ver... Ahora cuando vuélvamos los colorados, Amarilla, nos hédemos quedar 40 años, por lo menos; hédemos hacer como los López, que no le dejaban la Presidencia a cualquiera... Sí, espérese no más... ¿pero para qué amargamos por culpa de ellos?... Póngame una cosa, muy importante: cuando llegué al Gobierno, don Cándido me dejó luego un presupuesto de $ 270.000 con déficit, cuando salí, le dejé a mi compadre más de $ 1.000.000 sin deuda...

     ¿Qué le parece?

     ¿Le parece bien que después digan que nosotros servimos solamente para poner estancias en tierras del Estado? ¿Le parece que así no más vamos a solucionar grandes problemas como solucionamos entonces, porque lo que me dejaron mis colegas eran deudas no más?

     Déjeme que le diga cómo hice. Vuelva otra vez en la sesión de Gabinete que le estaba contando.

     -¿Me puede decir cómo andamos de plata, señor Ministro? -yo le dije.

     -¡Me olvidé en mi casa! -dijo Giménez.

     Entonces Decoud sacó el papel (había traído):

 

Deuda pública del Paraguay

Banco Nacional de Buenos Aires

$ 50.000,00

Indemnización de Guerra (Argentina)

$ 10.126.133,59

Indemnización de Guerra (Brasil)

$ 10.458.614,00

  

     -¡Cómo 20.000.000! -le interrumpió Giménez- ¡Quién hubiera pensado!...

     -Son $ 20.534.747,59 -le contestó Decoud- y todavía faltan...

     -Bueno, el resto para después... ¿Cuánto viene a ser nuestra deuda interna?

     -¡La puta!... Señor Presidente... El contador todavía no me pasó la cuenta... le traigo mañana...

     -Mañana es sábado, Lacú, tenemos baile en la Cancha Sociedad. Lacú se puso blanco.

     -Si se hizo la amortización debida, para fines del 82 debían ser $ 415.125,55... Señor Ministro de Hacienda, ¿se hizo la amortización?...

     Decoud le miró fuerte. Lacú se puso todavía más blanco.

     -$ 400.00 entonces... gracias, dotor Decoud.

     Yo cambié de tema, Decoud ya estaba por decirle algo a Giménez... Cierto que Decoud entendía ese asunto (nos ayudaba mucho aunque era Canciller y no de Hacienda), pero tampoco tenía que creerse tanto; el único que le putea a los Ministros soy yo... Uno no tiene que creerse tanto porque es leído, ¿de qué le sirve la lectura si es un antiparaguayo? Porque lo que cuenta en el Partido es su militancia; hasta un mozo modesto puede ser un buen colorado. Aquí no precisamos dotores como el dotor Aceval, andamos muy bien sin ellos... Eso siempre les decía a los muchachos, y mientras me hicieron caso andamos bien. Cada vez que venían los comicios yo me juntaba en la quinta con los correligionarios del campo; le estudiábamos paso a paso al candidato. ¿Qué tuvo que ver con el general Ferreira? ¿Cómo anda en su casa? Porque cornudos luego no precisamos aquí; ¿si no le manda a su mujer, a quién le va a mandar?... Y bueno, mientras hicimos así, nos fue muy bien. Pero después vinieron los eguzquicistas, diálogo nacional, jeí chupé. Y comenzaron ese diálogo y le dieron Ministerios a los opositores y allí estamos... Ahora todo el mundo reconoce: ¡Andábamos mejor con Caballero! ¡Con Caballero daba gusto!... Y daba gusto, es cierto, yo le respetaba a todo el mundo, a cada cual le daba su lugar. Por eso no le permitía luego a Decoud que le maltrate a un muchacho humilde como Giménez. No hay que ser tan engreído... Eso es lo que él no me perdonó... Después, cuando el Partido Colorado me quiso llevar en la Presidencia una vez más (1894), él dijo que un ignorante como yo no podía ser el Presidente. Pero ese es el golpe del 9 de junio, que le cuento después.

     Bueno, eso ya me estaba desviando, vamos no más a mi reunión de gabinete que le estaba diciendo...

     Como le decía, eran $ 400.000 de deuda pública interna. O sea con los compatriotas, porque solíamos largar unos bonos que colocábamos en el comercio local, y a veces no amortizábamos en seguida.

     -Dígales que no podemos pagar.

     -Piden amortización del cincuenta por ciento.

     -Pero no tenemos, dotor Decoud...

     -Entonces dejan de vendemos provistas para el ejército a crédito...

     -Mire, ellos tampoco pagan los derechos de aduana.

     -Son demasiado altos, señor Presidente.

     -La deuda también es alta pero no protestamos... Mire, dígales que esperen un poquito, hasta las tierras públicas.

     Y así fue.

     Con la venta de las tierras vinieron las vaquitas, las compañías yerbateras, la industria del tanino, todo. Los mismos que me criticaban me ofrecieron después acciones de La Industrial Paraguaya como reconocimiento... Sí don Carlos Casado también... Recuerdo bien aquella vez que estaba preparando mi Mensaje Presidencial y entra Juan Alberto: Ou inversionista, me dijo. Entonces me fui en la pieza y le encontré a don Carlos, un señor español tan decente, aunque al principio me costaba un poco comprenderle: ese y el vosotros te lleva pues un tiempo... Pero déjele a Casado, vamos a seguir... Don Carlos Casado del Alisal viene después.

     Ya ve como arreglé la deuda con los paisanos; ahora le toca entonces a los argentinos: $ 50.000 del Banco Nacional de Buenos Aires, como le tengo dicho.

     Bueno, ese era un crédito de $ 50.000 que quitó Juan B. Gill para su bolsillo, ¿por qué les íbamos a pagar? No. La soberanía de la Patria dice que no... Conste que no fuimos maleducados; siempre con diplomacia; les dijimos que sí, que sí, pero en la hora de la verdad, nácore. Menos mal que no eran rencorosos, porque después nos ofrecieron otro crédito de $ 100.000; estábamos por aceptarles aunque nos salía un poco caro ($ 45.000 al año), pero después dejamos no más, no recuerdo por qué... Aunque tampoco teníamos que pagarles nada: ellos siempre nos perjudicaron: yo les pregunté si su peso fuerte era de veras fuerte, me juraron que sí. Entonces adoptamos peso argentino como moneda oficial paraguaya. ¿Qué nos hacen? Al poco tiempo declaran que no es más convertible, o sea que nos dejaron con pedazos de papel, nosotros que necesitábamos moneda fuerte... Así que, como usted ve, ellos comenzaron. No es que soy anti-argentino; lo que pasa es que nos hicieron demasiadas trampas, y eso que nosotros siempre tratamos de andar bien: además de la moneda, también nuestros códigos, nuestra ley de inmigración, de venta de tierras, de municipalidades eran argentinas. Todos adoptamos de Argentina, para hacer el Panamericanismo que le dicen. Pero en vez de agradecernos, se pasaron perjudicándonos, sobre todo el comercio con Europa, porque cuando llegábamos al puerto de Buenos Aires, teníamos que descargar nuestras mercaderías, pagar impuestos, depositar, hasta que el barco de ultramar les recoja, y allí perdíamos demasiada plata.

     Así que no les íbamos a pagar.

     Ni eso ni la indemnización de guerra, ¿de qué indemnización de guerra hablan? Pero le voy a contar esa indemnización de guerra. Como decía Decoud, eran $ 10.126.133,59 (Argentina) y $ 10.458.614,00 (Brasil).

     Y eso porque cuando estuvimos en Corrientes (le hablo de la Guerra Grande, cuando conquistamos la Argentina, en el 65), alguno que otro soldadito se llevó su requecho, usted conoce a los soldados. El Mariscal trataba de que sean decentes, pero con 40.000 soldados, ¿cómo no va a haber algún ladrón? En especial cuando el Jefe, el coronel Resquín, él mismo roba un plano de Corrientes para quedar bien... Claro, le dijo que comprado a la Madama Lynch, ella feliz. Tocaba todo el rato, solía hacer veladas con la Eguzquiza y con Juliana Insfrán (esas cantaban). Y bueno, no es que uno le desee daño al prójimo, pero nos alegramos casi cuando las llevaron al cadalso a esas dos, porque hasta las tres de la mañana solía durar, ellas a grito pelado y nosotros firmes (como música clásica, yo solamente escucho campamento). Y lo peor que la Madama se encariñó con su piano; teníamos que llevar cuando nos perseguían los Aliados, hasta que por suerte se trancó en ese lugar que se llama Piano cué, desde entonces marchamos más livianos...

     Bueno, como usted sabe, en Brasil también estuvimos; alguno que otro soldadito robó alguna cosita, ¿cómo no ha de robar si cuando llega nuestro ejército salen todos corriendo, nadie se queda para cuidar la casa? (Así fue que yo encontré un reloj de oro en una estancia; después le regalé a Mariscal por su onomástico el 24 de julio). Bueno, alguna que otra cosita robaron, para qué decir que no, pero no era tanto como dijieron después los pobladores de Corrientes y de Matto Grosso: dijieron que les llevamos todas sus vacas, todos sus caballos, todas sus cucharas de plata, ¡cómo se quejaron! Y entonces los aliados nos dicen: Tienen que pagarles la indemnización. No tenemos plata, les decimos.No importa, puede ser a cuotas. Y entonces nos forman una comisión de reclamos, o sea dos, paraguayo-argentina y paraguayo-brasilera. Y allí vienen los perjudicados: Quiero que me indemnicen tantos pesos. Y entonces les firmábamos la póliza (se llamaba así): Pagaremos tantos pesos al señor NN por indemnización por tantos colchones robados por las Gloriosas F. F. A. A.

     Desde luego, ellos exageraban luego a su favor y nosotros en contra, incluso cuando podíamos no asistíamos a las sesiones de la comisión de reclamos. Esas comenzaron con los brasileros a partir del 72 (Loizaga-Cotegipe) y con los argentinos un tiempito después. Pero duraron años; recién se terminaron de entregar las pólizas bajo mi superior gobierno (creo que 82/83)... Como diez años, creo; mientras tanto Facundo Machaín perdió su conchabo de Canciller porque se negó a firmarles las pólizas, decía que demasiado caro... ¿Vio cómo era vyro? Si se quedaba en su cargo, nadie le iba a asesinar después... Pero con Machaín o sin Machaín, el asunto está liquidado... No, no es que pagamos la deuda, ¿de dónde íbamos a quitar $ 20.000.000? (Eso es más o menos lo que ganamos con toda la venta de tierras en 20 años)... Pero aquí también les fuimos diciendo que nos esperen un poco, que nos estiren la cuota, y así fuimos llegando hasta hoy, 1910, sin pagarles un peso ni les vamos a pagar; incluso los tipos ya ni piensan cobrar...

     Eso me contó don Teodosio...

     Sí, él precisamente es el delegado paraguayo en el Congreso Panamericano aquí, en Buenos Aires, y entonces Teodosio aprovechó ese Congreso para hablar con el mister (el que mandaron de la Norteamérica; de todos lados luego viene) y le dijo: mire, por qué no habla un poco con ellos para que nos perdonen de una vez su indemnización de guerra, demasiado caro nos sale y ya pasó demasiado tiempo y de cualquier manera no podemos pagarles. Así le dijo Teodosio. Y el míster: me extraña, Teodosio, yo estudié la historia en mi país, allí se estudia completo, por eso me mandaron de especialista en Sudamérica, pero nunca estudié que tienen esa deuda, debe ser un error, mi profesor decía... ¿Para qué discutir?, le dijo Teodosio, ¿por qué no le pregunta un poco a ellos mismos, a los argentinos y los brasileros? Entonces le toma el míster al delegado brasilero; el cambá le dice que no era cierto, un lamentable error; ellos luego son demasiado panamericanistas para eso, para darle ese quebranto a un vecino así de chico como Paraguay. Después el argentino le dijo que sí, que había una cuenta pendiente, sí mal no se acordaba, pero que después de tanto tiempo ya no era más para cobrar, ni valía la pena hablar de ese... ¡Allí está!, le dijo después el mister a Teodosio, ¡yo le dije!... O sea que no íbamos a ninguna parte; la deuda continuaba sobre nuestra cabeza como la espada del egipcio aquel (no me recuerdo el nombre)... Entonces Teodosio agarra el teléfono; le llama larga distancia a la cancillería paraguaya, le pide que le manden los comprobantes para tratar en el Congreso y hacer anular de una vez la deuda... Sí, cómo no, le dicen. Pero nada. Teodosio llama que te llama; ya se estaba por fundir con larga distancia porque al final pagaba de su bolsillo (los gastos de representación ya no alcanzaban), hasta que al final un día le contesta el teléfono en Asunción don Manuel Riquelme, que estaba en la oficina:

     -Teodosio, no insistas, Manolo no te va a contestar...

     ¡Mire que clase de Canciller tenemos! Sí, ese Manolo Gondra es el mismo que me hizo el cuatro junto con Benigno Ferreira; otro liberal tuyá que uno de estos días le vamos a dar un susto, ¡espérese no más! Si era por él, pagábamos: No es de caballeros no pagar una deuda, jeí. Menos mal que no era él; yo les di el ejemplo. No les pagué ni un cobre, y con eso le salvé al país de los $ 20.000.000...

     Sí, pero ese era caí míriquiná no más comparado con el otro mono.

     Me estaba olvidando.

     ¡Trescientos millones de libras esterlinas!

     Esos venían a ser como mil quinientos millones de pesos fuertes... No, peso fuerte no era el de papel, peso reí que le decían. Peso fuerte era el que tenía su respaldo en oro o en moneda fuerte; ese prácticamente no teníamos, pero nuestro gobierno era patriota y entonces le aceptaban el peso de papel (hay que colaborar)... Pero si usted quiere convertir esas £ 300.000.000 a pesos de papel, no le va a caber en una página, demasiados ceros...

     ¿De dónde íbamos a sacar para pagarles?

     Incluso si nos poníamos a imprimir, se nos iba a acalambrar la mano (y eso que ya teníamos práctica con la imprenta)...

     ¿Qué se pensaba Mitre?

     Para mí que andaban todos locos, porque cuando hacen su Tratado de la Triple Alianza para macanearle al Paraguay, ponen que el Paraguay tiene que pagarles la indemnización de la guerra y también los gastos de la guerra, que ni ellos mismos pudieron pagar porque fueron como trescientos millones, y allí perdió su puesto Dom Pedro, Dios le castigó porque le trató tan mal a Mariscal López. Ellos, que teníamos que pagarles, y nosotros que no, hasta que al final se fueron finando los que hicieron la guerra y nos dejaron en paz con esa deuda, que si era liberal le pagaba, pero gracias a mi Superior Gobierno se salvó el Paraguay de un poderoso mono: £ 300.000.000.

     Eso es lo que se llama restablecer el crédito del país. Muy importante: si no arreglábamos la deuda, no vendíamos las tierras, si no vendíamos, no teníamos ni para el paseíto en tramway...

     Restablecer el crédito del país... ¿Anotaste?... Bueno, ahora no me dejes fuera los uruguayos... poné ahí:

     Con los uruguayos también la indemnización de guerra; ellos también firmaron el Tratado de la Triple Alianza, pero más bien forzado, ¿para qué querían si ellos no nos podían comer tierra? Liga del Brasil, no más. Por eso después se portaron bien, y encima subió el general don Máximo Santos. ¡Esos son amigos! En 1883 hicimos el Decoud-Kubly, en 1885 nos mandaron la cañonera Artigas con todos los trofeos de guerra. ¡Ese fue jolgorio! El pueblo deliraba cuando la cañonera Artigas llegó en el puerto de Asunción, salirnos a recibirles entre todos; toro candil y baile popular. ¡Deje no más!, le dije al dotor Castro (delegado uruguayo) cuando me dijo que su jefe, el general Máximo Santos, quería comprar tierra en Paraguay; ¿cómo le vamos a vender al hombre que nos perdonó la deuda? No podemos pues ser tan ingratos... No. Le escrituramos esas 100.000 hectáreas en el Chaco (era lo menos que podíamos hacer), pero la oposición chilló porque la escritura decía: terreno de extensión indefinida.  (Eso porque nos faltaba luego el catastro pero le explico después). ¡Saludos indefinidos al dotor Castro!: ¡Felicitaciones indefinidas!, decía El Heraldo. Nos quería intrigar. Pero de balde. Porque al pueblo le gusta el uniforme, el desfile, la fiesta con cohete, con corrida de toros, con asado y todo... Para completar se vino en esos días una carpa de circo, y allí venía a ser el pan y circo como los antiguos romanos... Yo le puse Plaza Uruguay a la Plaza San Francisco y todo el mundo contento porque ya se comenzaban a vender las tierras y embolsamos como millón y medio, tanta plata no se había visto desde los créditos de Londres, mucho tiempo atrás.

*

     Si necesita para su café con leche, avíseme no más, Amarilla. Con confianza. Yo no quiero que un mozo tan leído como usted ande en apuros... No tiene por qué agradecerme, yo siempre ayudo a la gente meritoria, pregúntele a O'Leary, ¡las veces que le invité! Pero por favor se me apura un poco, porque el libro El Centauro, que O'Leary tenía que quitar después de las entrevistas que me hizo, todavía no aparece, y eso que le hice varios adelantos, pero si no se apura he de morirme antes. ¡En fin! Vamos a ver si los liberales le dan a su Maestro que está pidiendo; si le da, va a tener un poco más de plata y tiempo libre, entonces va a salir el libro... No, usted no se preocupe, Amarilla, si O'Leary se va en Europa, igual le vamos a conseguir empleo; yo tengo influencias...

     Pero ahora tenemos que continuar y rápido, no sea que este libro se atrase como El Centauro... Vamos a ver si nos permite el payaguá mascada; estuvo bien pero comimos demasiado grande; la digestión nos va a pesar un poco... A ver...

     ¿La deuda? Sí. Vio cómo arreglé la deuda. La del Banco Nacional... Banco Nacional de Buenos Aires le estoy diciendo, porque la del Banco Nacional del Paraguay nadie la arregla. ¡Menos mal que yo no tengo estudio pero sí experiencia! Cuando fundamos el Banco, yo me dije: Bernardino, espérate un poco para confiarle tus ahorros. Y efectivamente: al poco tiempo, quebró el Banco, y eso porque los muchachos abusaban con la valeada. Porque a cada rato hacían vales contra el Banco: cien, doscientos pesos. No hace nada, decía Cañete. ¡Esto no puede ser un hospicio!, decía Decoud. Pero no era tan fácil; estaban esas pequeñas necesidades; por ejemplo, nos venía el Jefe Político de Yancaguazú, necesitaba un $ 50 para el cajón de su tío, prometía devolver la próxima semana. Y allí le dábamos un vale contra el Banco Nacional, pero el tipo no volvía nunca más en Asunción y nos salía más caro hacerle buscar con la polecía por aquellos andurriales de Dios. Así que de a poquito se fue comiendo nuestro capital, como el ysaú que de a bocados chiquititos te liquida tu jardín. Entonces en ese punto dotor Decoud tenía razón; tenía a veces, por eso yo le puse en nuestro gabinete aunque los muchachos no le querían: Juan Alberto le quería pegar; Lacú Giménez se enojaba porque le revisaba sus cuentas... Sí, Decoud era Canciller no más, pero de tanto en tanto le mandaba en Hacienda para ayudarle a su colega, no para que abuse tratándole de burro... En fin, no hay que tenerle rencor a un muerto, Amarilla. Hay que ver también su lado positivo, que Decoud tenía cuando era mi Ministro y yo sabía dirigirle. Yo le evité muchos problemas a él, sobre todo con mi cuñado, pero Decoud nunca supo reconocerme, dijo que perdió su tiempo trabajando con militares ignorantes.

     Demasiado engreído.

     Todo lo que se hizo en mi gobierno, ahora le atribuyen a Decoud. Incluso el arreglo aquel con el crédito de Londres, las libras del Presidente Jovellanos...

     Sí, vamos a anotar aquí, antes de que se me olvide. Después ya podemos dormir la siesta, vamos a tener que dormir no más porque la comida nos cayó pesada...

     Bueno, ese crédito de Londres del 7/72 se hizo, como le iba diciendo, se hizo entre ingleses ladrones y paraguayos ladrones. A los paraguayos ladrones como Gregorio Benítez, Gill les torturó 15 días en la Polecía (por lo menos se dio el gusto). Pero a los ingleses ladrones no podíamos hacerles lo mismo. Teníamos que pagarles no más. Porque si andás mal con ellos, peor para vos, la gente les ha de creer a ellos. Cuando fracasó el Lincolnshire farmers, esa colonización mbore que nos hicieron, nos echaron la culpa a nosotros. Pusieron carteles en todos los puertos de Inglaterra: El Paraguay es un país peligroso, no se vaya. ¿Quién le iba a creer que los agricultores que nos mandaron no eran agricultores sino maleantes recogidos de los suburbios de Londres, y nos mandaron porque cobraban una prima sobre cada colono? Nadie. Durante muchos años no llegaron inmigrantes, y en especial a partir del 76 (más o menos) cuando Gill dejó de pagar el crédito de Londres, que se quedó parado hasta que hicimos el arreglo con Decoud. Así que de 1870 a 1880 el Paraguay quedó trancado: no había capital, no había población. Después de 15 años de la guerra, seguíamos con doscientos mil y tantos, ¿quién te iba a venir si no hay mano de obra? Precisábamos la colonización. O sea la inmigración, porque con los paraguayos no alcanzaba: eran demasiado pocos y encima se iban en Argentina(25). Precisábamos compañías que nos hagan el ferrocarril, caminos, todo eso... Pero no iban a venir por la mala fama que teníamos... Me contó don Bourgade que un grupo de franceses, una vez, vinieron en el puerto de Asunción (desde Francia), armados para matar los tigres que comían a la gente en la calle Palmas, ¡eso se pensaba de nosotros en Europa! Por eso es que Uruguay y Argentina recibían toneladas de inmigrantes, pero nosotros, nada. Había que arreglar esa situación. Había que contentarles a los BARING ladrones para que se dejen de hablar mal de nosotros y se decidan a venir los capitales como vinieron después, gracias a mí, ahora ya es fácil para los liberales. Société Générale, Anglo Paraguayan, Carlos Casado, La Industrial Paraguaya, todas esas comenzaron gracias a mí y ahora le siguen haciendo progresar al país a pesar del gobierno liberal...

     Pero le voy a decir cómo.

     Bueno, yo le tomé a Decoud: le dije que me arregle el expediente. Él hablaba inglés, francés incluso (como el mesié que nos hacía la Revue du Paraguay, nuestra publicación oficial). ¿Cuánto les he de dar?, me preguntó. ¡Lo que sea!, le dije. Entonces les cedió quinientas leguas cuadradas de tierra como compensación por los intereses atrasados; ellos le rebajaron la deuda de un millón y pico a ochocientas mil libras esterlinas, en cómodas cuotas. Pero lo importante fue que con el arreglo se formó la Anglo Paraguayan Land Company, y a partir de allí, los ingleses comenzaron a meter sus capitales en ferrocarril, transporte, etcétera. Nos hicimos la fama de buenos pagadores, eso valió la pena, más que comprar los bonos del crédito de Londres de contrabando, aprovechando que se vendía como al ocho por ciento de su valor nominal (o menos): lo que cuenta, Amarilla, es el honor nacional. Y eso le digo como militar; para nosotros, cualquier cosa, menos el honor.

     Y bueno, ahora me va a trancar la puerta y después ya puede ir a dormir la siesta si quiere.

*

     Con este calor precisábamos la siesta.

     Ahora que estamos descansados, escúcheme, que le voy a decir una cosa, pues... Bueno, usted es un mozo ilustrado, ya sabe luego lo que tiene que hacer, cómo tiene que hacer, así que yo le cuento grosso modo, como decía don Marcos Quaranta...

     Resulta que del árbol caído, todos hacen leña; ahora que me exiliaron los liberales, todos me echan la culpa. Dicen que por culpa de mí se fundió el Partido Colorado, porque tuve tanto tiempo la sartén por el mango, no le quise dar su lugar a la gente joven, seguí no más con mi equipo de carcamanes que se hacían ver con señoritas para aparentar más jóvenes... No, eso no me escriba porque no es cierto. ¿O le parece cierto, eh? ¿Yo le trato mal a la juventud? ¿A usted? ¿A Juancito O'Leary? ¡No, claro que no! Conmigo no va a tener problema si es aplicado, trabajador como Fulgencio R. Moreno, ese sí que es un mozo responsable. Se pasó varios días sin dormir para hacer mejor el golpe del dos. ¡Pobre! Ahora quieren decir que es socialista, cómo van a tratarle así a un joven tan decente. Caballerista fanático, como Facundo Insfrán, otra personalidad que murió tan joven como el pobre Blasito, Dios lo tenga en su gloria. Todos caballerista, la juventud intelectual conmigo. Por eso no pueden decir que destruí el Partido, que ahora vamos a tener 30 años de liberales. No. El Partido cayó porque no me hicieron caso, porque comenzaron a transar con el enemigo de adentro, como decía O'Leary. Y esto es lo que tiene que explicar, usted que escribe bien (roto).

     Para comenzar, don Patricio Escobar. ¡Tú también, hijo mío!, quise decirle yo, como el romano cuando le jodió su familia. ¡Quién hubiera pensado eso! ¡Quién hubiera pensado que en el cuatro, justo cuando estábamos por ganar, el compadre me dice: Compadre, no podemos seguir en el gobierno! No más porque los hijos se le volvieron liberales como el Patricio Alejandrino, problema de familia, eso no quería decir que la juventud estaba en contra. Pero desertó Escobar y entonces desertó también el Vicepresidente, don Manuel Domínguez, junto con los deputados y los senadores y entonces comenzamos a sentirnos solos culpa del mal ejemplo del compadre... Es que el problema luego viene de lejos, Amarilla: el hombre era un dominado. Un hombre político tiene que tener más independencia, como yo: a mí mi mujer no me decía nada si volvía a las cuatro. Y no que bandideaba, no. Pero la política es así; tiene que tener usted su tiempo libre para levantarse temprano, matear en los cuarteles, almorzar con el Comisario, cenar con el Ministro, irse a todas las fiestas por la noche. Es la única forma para conocerle a la gente. Pero el compadre no podía: la mujer le dominaba demasiado. No le dejaba salir. Siempre en la casa. Entonces el que conocía era yo: yo sabía quién era cada cual. Pero Escobar no quería admitir; él también quería tener sus candidatos, aunque no les conocía ni de nombre. Por eso le engañaban. Incluso le hacían pelearse conmigo: en el 86, por ejemplo, cuando el Pueblo me pidió que siga en el Gobierno un período más, él se dejó engañar por Antonio Taboada. Taboada le dijo de que si seguía yo de Presidente no bajaba más, que ya no pensaba más dejarle el puesto a él. Y entonces Escobar se postuló para Presidente con los opositores, todo para hacerme la contra a mí que no pensaba luego traicionarle a un viejo amigo... Ese fue un disgusto que tuvimos, pero después nos arreglamos de nuevo, cuando hicieron el Partido Liberal en el 87. Allí se asustó el compadre. Entonces comenzamos a trabajar como en los viejos tiempos, incluso mejor, porque La Industrial Paraguaya ya estaba funcionando y trabajábamos juntos en el Directorio y yo solía hacerle su trabajo a veces, porque era Senador no más y tenía más tiempo. Nunca se me ocurrió traicionarle, y eso que el que tenía amigos en los cuarteles era yo, pero no soy ni un mal amigo ni un atolondrado para crear divisiones en el seno de las F. F. A. A. La Institución ante todo. (Aunque sea chaí como nuestro Ejército, que tenía nomás quinientos y tantos hombres, pero por algo se empieza)... Después llegó el final de su mandato: sin discutir le pusimos a Juan G. González, que parecía un mozo muy decente(26).

     Pero por lo visto que para conocer a la gente, usted tiene que darle un puesto público: allí conoce quién es quién. Porque apenas le nombro Presidente, ya se me empieza a hacer el antipático. Una vez me voy a visitarle, me dice que está ocupado, no me puede recibir. ¿Qué se cree ese? Lo mismo que Juan Egusquiza, ese también parecía decente, ese también había estado a mis órdenes en la Legión. Por eso yo le puse de Ministro de Guerra, incluso hicimos juntos el golpe contra Juan González y después le dejé ser Presidente. Yo hubiera preferido mi sobrino el Facundo para Presidente, pero en política no se puede hacer solamente el gusto. Y además que Egusquiza parecía decente, por lo menos más decente que González, que le quiso poner de Presidente a Decoud sin consultar con el Partido. Eso no podía ser. Cierto que nos habíamos comprometido, eso es lo que decía Decoud: primero tenía que ser yo, después compadre, después Decoud. Pero las circunstancias cambiaron. Por eso cuando terminó su presidencia mi compadre, yo le dije: espérese un momento, dotor Decoud, ¿por qué no le cede el turno a Juan González? Él aceptó porque eran concuñados; después el otro me devuelve la gauchada, se habrá dicho. Pero González se peleó con el Partido, entonces no podía ya ser... Emaé nde Pancho, reipotáramo ambogueyi Segundo casó ja ayerei hevicuá ayapota ndeve, pero namoiro chupé de Presidente, ñandé yucapata... Así le dije yo a don Pancho Campos, cuando vino a pedirme que le apoye a Decoud. No era luego por mí sino por el Partido: yo no puedo pues permitir que un loco como Juan González le apoye a su concuñado sin consultarnos. Y además que era inútil: el que no quería era el brasilero, Cavalcanti. Así se llamaba ese Ministro que le dijo a su Gobierno que Decoud podía cederle el país a la Argentina, no podía ser, y entonces de Río le mandaron cañonera y libras esterlinas que los muchachos aceptaron por patriotismo, para pagar con esas nuestra deuda de Londres, no para hacer el golpe, que se hacía desinteresadamente... Y ese fue nuestro 9 de junio del 94 (que después ratificó el Congreso), que no era una cosa personal, no teníamos nada contra Juan González, pero no podíamos más dejarle ser Presidente porque la presidencia lo estaba estropeando y encima le quería apoyar a José Segundo Decoud como el siguiente candidato a la presidencia, o sea para el período 94/98. Era por el Partido: ¿cómo un Presidente saliente va a apoyar candidato sin consultarnos?

     Yo le había dicho a Juan Alberto: A mí me engañan una sola vez. Eso cuando mi Vicepresidente trató de secuestrarme. Por eso la siguiente vez elegí mejor: cuando subió González, le puse como Vice a Marquitos Morínigo. A Egusquiza también le puse un Vice de confianza: nada menos que mi sobrino, el dotor Facundo Insfrán, ¿de dónde podía sacar otro igual? También le ayudé a don Emilio Aceval, que no encontraba a nadie para Vice: yo le sugerí Héctor Carvallo, que se portó muy bien aquel 9 de enero del año dos: cuando le echamos a Aceval, Carvallo quedó de Presidente provisorio.

     Pero nadie es perfecto: cuando arreglaste la Vicepresidencia, tenés problemas con el Presidente. Juan Bautista Egusquiza, por ejemplo. A ese le apoyé para el período 94/98 cuando le quitamos a Juan González, pero en vez de agradecerme, me sale en contra: comienza a hacer venir a los exiliados como Benigno Ferreira, que estaban fuera desde 1874. Veinte años. Pero no crea que le sirvió de nada: volvió más liberal que nunca. Eso se llamaba egusquicismo: transar con la oposición, traicionar a su propio partido. ¡Cuántos colorados quedaron sin empleo! Para colmo en esos tiempos la juventud como Enrique Solano López y O'Leary comienzan su campaña patriótica por el Mariscal López (antes no se podía, ya le dije) y Egusquiza les dice que se dejen de eso, que ya pasó el pasado y para qué saber quién era legionario y quién no era... Claro, a él no le convenía... Por eso andaba con su reconciliación nacional. Puro entreguismo...

     Y todavía le permito que haga lo que quiera con su Presidencia, pero que no sea egoísta por lo menos. Porque cuando sale del Palacio, en el 98, en vez de agradecer y dejarle su lugar a los otros, que también querían ser alguien, le deja de presidente a uno que ni siquiera era colorado: el Emilio Aceval para el periodo 1898/1902.

     Yo no quería luego permitirle, pero los muchachos me dijieron: Vamos a darle su oportunidad Entonces le hacemos decir que se presente; el tipo viene, nos dice que no es colorado, no tiene afiliación, pero en el fondo es, está con nosotros. ¡Está bien!, dijieron los correligionarios. Éste nos va a traicionar, les dije yo. Por la forma de hablar yo ya me di cuenta (eso yo aprendí del Mariscal López: él con mirarle a un tipo una sola vez ya sabía quién era). Pero los demás insistieron; encima, se comentaba que yo ya estaba viejo y entonces me estaba volviendo demasiado terco, tenía que ser un poco más amplio. Así que me dejé ganar. ¡Para qué! Ahora los correligionarios dicen que el caballerismo tenía razón; que no se puede así no más ceder con la oposición porque viene a ser peor. Ahora se dan cuenta que yo ya no estaba tan viejo, que no era yo el viejo vyro que estropeaba el partido después de 30 años de unicato (como decían entonces los mitaí culo sucio). Ahora ya es demasiado tarde.

     Porque Aceval lo primero que hizo fue ponerle para el Superior Tribunal al Benigno Ferreira, dice que porque era el único dotor con estudio en Buenos Aires, como si no era un legionario que traicionó a su Patria. Y en los ministerios nos metía liberales, ya no se podía luego más...

     Entonces vino el 9 de enero aquel.

     Pero Aceval tuvo la culpa.

     Porque el coronel Escurra, tan decente, era su Ministro de Guerra, y entonces le dice al Aceval que ya estaba terminando su mandato presidencial (era 1902) y entonces quería un poco designar su sucesor él, Escurra, que tenía experiencia en el gobierno. Escurra le pidió eso bien, respetuosamente. Pero Aceval se creía porque estudió en el extranjero, entonces le quitó del Ministerio a Escurra y también a Fulgencio R. Moreno (era su Hacienda). Los dos mozos se sintieron muy dolidos; vinieron enseguida a verme para hacer la reacción nacionalista (como dice el gordo). Le apresamos al Emilio Aceval y ese 9 de enero nos vamos al Congreso para arreglar la situación constitucionalmente. El Congreso siempre había sido legalista, piense en el cuatro de setiembre (Saguier) o en el nueve de Junio (González). Pero esta vez ya estaban malacostumbrados por los gobiernos liberales: cuando Facundito Insfrán les dice que por derecho divino Aceval ya no es Presidente, comienzan a tirarle tinteros y sillas. Nosotros que no nos corremos de nadie, contestamos el fuego, pero cuando oyeron los pistoletazos, la artillería, que teníamos prevenida, comenzó a cañonear el Congreso porque corrió la voz de que compadre y yo estábamos muertos y entonces para qué querían deputados ni nada; cuando comenzó el cañón desde la Plaza de Armas se calmó el Congreso a tiempo, porque o si no volaba el edificio, pero cuando terminó el guarará le veo a mi sobrino el Facundito, pobre santo, que tenía una bala en la cabeza...

     Entonces tuvimos que ponerle para presidente constitucional (después de Carvallo, que estuvo de provisorio) a Juan Escurra, pobrecito, que no era un genio. Yo pasé vergüenza cuando le visitaba ese Ministro argentino tan pituco y el pobre, para comenzar su conversación oficial: Nde, Güesalaga, ¡qué lindo tu zapato! Pero con todo era un mozo muy educado; no merecía la revolución del cuatro. Lo más triste es que la hicieron los colorados; los liberales solos no podían. Pero se juntaron los cívicos y radicales con los colorados egusquicistas y entre todos consiguieron armas propaganda, barco de guerra y todo. Se juntaron porque corrió la propaganda que el general Caballero quería ser el dueño del Partido, no le escuchaba a nadie, no quería permitir que nadie más que sus amigos agarren el zoquete. Eso dicen ahora. ¿por qué no me dijieron antes? ¿Por qué no me dijieron en la cara, como colorados? Pero no. Se callaron nomás. Cuándo llegó el momento, se juntaron con los liberales. El pacto fue que nos dividíamos el ejército, mitad y mitad, pero ahora el ejército es liberal (el pobre capitán Garay quedó en la calle)(27). ¡Vamos a ver ahora cuándo volvemos al gobierno!...

     Pero dígame, Amarilla, ¿quién estropeó el Partido Colorado?

*

     Yo le conocí a don Carlos allá por el 86, ya estaba por irme, era el año de elección. Él todavía no era Carlos Casado S. A., esa empresa grandiosa, dicen que la más grande. Era un señor español, militar como yo, que le naufragó su barco y se vino en Argentina, donde comenzó a mandar el trigo en Europa (creo que fue el primero). Después oyó de la liquidación de tierras en el Paraguay y se vino para hablar conmigo; quería conocerme personalmente porque su inversión iba a ser demasiado grande; tenía que saber con quién estaba tratando. Y parece que le caí bien; siempre le caía bien a los extranjeros (el representante inglés dijo una vez que yo no parecía luego paraguayo y es que soy... era rubio, ahora no se nota, alto y bastante fino). Por eso liquidó unos negocios en Santa Fe, se vino con todo.

     -Señores, el hombre es de confianza -les decía.

     -No se puede, general, la ley dice: máximo cien leguas por región.

     Y es que el Chaco dividimos en regiones para su venta, según su ubicación, y en cada región se podía comprar solamente un lote. O sea que en algunas apenas te dejaban uno de diez por diez leguas, cien en total, y en otras todavía menos: una legua de frente por diez de fondo, apenas diez cuadradas en total, eso no te alcanza para nada. O sea que en total lo máximo que le iban a permitir a don Casado que venía con la plata en el bolsillo eran doscientas veinte leguas, siendo que él quería comprar y nosotros vender pero más de doscientas veinte en las cuatro zonas no podía ser según decían. Dice que la ley para evitar el monopolio, ¿pero qué monopolio puede haber en el Chaco donde nomás hay indios?

     Entonces hecha la ley, hecha la trampa. Don Carlos se puso a hacer comprar la tierra por los Monte, Aceval, Pedro Gin umiva que después le revendían a él. Así tuvo que hacer hasta que al final el Congreso se dejó de macanear y levantaron esas limitaciones que no servían para nada, porque lo que precisábamos era justamente ocupar el Chaco, los bolivianos se estaban poniendo atrevidos (eso que quisimos arreglar bien con el Decoud-Quijarro y el otro), pero no teníamos un peso para ocupar el Chaco, la única forma venderle a un hombre de confianza como don Casado, que además tiene sus relaciones con la política argentina, así que si los cholos quieren quitarle sus 3.000 leguas, Buenos Aires no les ha de dejar.


 

 

 

     Ahora entiendo, Amarfila, por qué es que a Mariscal no le gustaba luego la Constitución; no te deja hacer nada. Cuando llegó don Carlos, llegó con plata; él ya quería invertir sobre la marcha. Pero el Congreso que sí, que no, que no se puede, que la ley... todas esas cosas que te hacen perder la oportunidad. Porque don Carlos vino luego con la plata en la mano; él ya quería ponerse a trabajar, hacer su ferrocarril hasta Santa Cruz (Bolivia). ¡Así mismo!... Él podía hacer ese ferrocarril. Pero para eso precisaba que arréglemos un poco nuestro asunto con Bolivia; por supuesto que no a de hacer en un terreno que no es de nadie y que después le pueden quitar. Por eso es que en el 87, cuando hicimos el Aceval-Tamayo con los cholos esos, mi compadre Escobar se fue en el Congreso para pedirles que aprueben el tratado; no tenía sentido pelear por un poco más, un poco menos de terreno que está de balde; lo importante es tener una frontera de una vez por toda para poder vender. El Chaco, así como está, no vale nada. Pero si usted pone ferrocarril, pone puerto, pone inmigrantes alemanes, entonces esa misma tierra vale mucho más. Eso lo que quería don Carlos, pero le salieron con el habeas corpus, uti possidetis, todas esas vueltas y el hombre vaciló. Incluso se molestó un poco, y con razón; no se le puede hacer perder el tiempo al hombre que trabaja... No le quiero decir que no está trabajando; claro que está trabajando, tiene una gran empresa. Pero eso mismo se podía haber hecho ya hace veinte años y todavía mejor, si es que los congresos eran más comprensivos. (Por eso yo suelo decirles a los amigos: Si soy Presidente otra vez, liquido el Congreso. No se puede, me dicen. Buenos, entonces vamos a tratar de hacer una constitución mejor. No es cuestión que nos déjemos vapulear por los civiles).

     ¿Cuál era más grande? Bueno, eso es muy difícil de decir. En tierra, Casado. Pero también tiene que ver que estaba en el Chaco, mientras que nosotros en la Región Oriental: nuestra tierra vale más (roto) no recuerdo muy bien, pero sé que ya había dejado yo mi Presidencia, así que fue después del 25 de noviembre del 86. Fue después que fundamos La Industrial Paraguaya S.A. No se olvide, Amarilla, fue la primera sociedad anónima del país... Claro, bajo la Presidencia de Patricio Escobar, 1887, pero la venta de las tierras públicas se hizo bajo mi gobierno, ponga porque ahora me quieren negar todos mis méritos. La venta de las tierras y la recuperación de Tacurupucú, ¿se acuerda? ¡Pero cómo no se acuerda, Amarilla, Tacurupucú fue la concesión que le hicimos a Patricio Escobar y compañía! (1880). Es fue la concesión para explotar los yerbales de Tacurupucú, con liberación de impuestos y todo; en esos momentos éramos íntimos amigos, así que Patricio nos metió como socios a don Cándido Bareiro y a mí, que al principio dudábamos un poco, pero después luego no nos arrepentimos ni un poco, porque entró don Uribe también en la compañía, puso $ 100.000... Le estoy hablando de pesos oro; pesos de papel tenía cualquiera, hasta el gobierno... Con eso vino a ser una sociedad de capital y trabajo, con el dinero de Uribe y el apoyo del gobierno, fuimos progresando bastante. Nos fue muy bien, digamos. Por eso cuando se pusieron en venta las tierras del Estado, quisimos continuar nuestro trabajo, pero ya con más plata, porque al país iban entrando capitales; había luego más movimiento comercial, había más de todo. La firma entonces se organizó a lo grande, sin tacañería. Incluso se regalaban acciones. A mí también quisieron regalarme, pero yo tenía mis ahorritos así que compré como todo el mundo; no es cierto lo que dicen por ahí que me regalaron no más. También trabajé en la firma, usted puede ver esa memoria donde don Pacífico de Vargas agradece mis servicios Y es que siempre he sido muy trabajador, Amarilla: como mi empleíto de Senador de la Nación me dejaba tiempo libre (nunca había quórum, yo aprovechaba para tener otro empleo. Porque el molino harinero...

     ¿Cómo?

     ¿No sabía que fui Senador de la Nación?

     Vamos, Amarilla esa es una falta de cultura. ¡Si fueron las elecciones más reñidas que hubieron! Pero ganamos igual. Yo me presenté como candidato por Villarrica (que no es mi valle), pero igual no más les gané a los guaireños, al Antonio Taboada con su claque. 1887. ¡Usted sabe cómo son los guaireños! No saben perder. Así que sobre el pucho nos hicieron el Centro Democrático, que también le dicen Partido Liberal. Antonio Taboada, José de la Cruz Ayala, Rómulo Decamilli, todos esos... ¿Adolfo Saguier? No, él no fue de los fundadores pero andaba cerca. Porque tiene que saber que hay Saguieres y Saguieres... El que se casó con mi hija la Melchora... Melchora por su abuelita, mi santa madre, doña Melchora Melgarejo de Caballero Añazco... Bueno, no es que nunca me equivoco, pero aquella vez elegí bien, un buen muchacho, mejor que mi Vicepresidente Juan A. Jara, una equivocación, el tipo trató de secuestrarme cuando me bañaba en El Chorro... Pero mi yerno muy decente... Sí, ellos tuvieron la concesión del molino harinero; daba gusto ver lo moderno que era, una de las muchas industrias que vinieron durante mi gobierno, como la fábrica de hielo de Pecci y la de pastas de don Marcos Quaranta... Yo en el negocio de la harina había estado un rato, junto con la señora Atanasia Escato viuda de Bareiro, pero después tuve que dedicarme más y más a la Presidencia, así que les dejé a los Saguier, pero esos eran los Saguier decentes, no los liberales... Pero hablando de industria, no se olvide de ponerme también ese francés que le dimos la exclusividad para el jabón de coco, y que en Buenos Aires le dieron un premio... Usted ya sabe cómo, eso yo no le tengo que decir. Pero ponga que la industria fue adelante porque se acabaron las revoluciones porque todo el mundo estaba contento con mi gobierno. La última, ¿se recuerda?, fue la expedición del Galileo en 79, que ganamos pero vino justo en un momento en que andábamos sin plata, nos costó un platal... Sí, el pobre don Cándido no tenía suerte en su gobierno; ni la concesión Bravo ni nada podían resolverle su problema, ni los brasileros que tiraban plata en tonterías quisieron darle una ayudita... No es culpa de él, es cierto, pero igual no más ponga que se acabó la anarquía con mi superior gobierno, que hicimos cantidad de cosas (faltan varias líneas)

     También algunas palabritas sobre La Industrial Paraguaya. Cierto que El Paraguay en marcha nos dejó bastante bien, pero nunca está de más insistir... Bueno, El Paraguay decía que estábamos los más capaces en el Directorio; tiene que ser así, porque en el primer ejercicio ya se repartieron beneficios a los accionistas por un 63%, pocas firmas hacen eso. La Matte Larangeira nos envidiaba, decía que la competencia desleal. Pero hablaban por hablar; ellos tampoco no eran ningunos muertos de hambre. Lo que pasa es que ellos comenzaron antes, eran los únicos; cuando aparecimos nosotros se llevaron un susto. Tendrán que aprender a competir, dijo don Pacífico de Vargas, y así no más fue. Nosotros les dejamos trabajar; ellos ahora tienen su capital de $ 40.000.000; 50.000 cabezas de ganado; ni ellos mismos saben lo que tienen. Incluso así se quejaban a cada rato, siempre presionando con su Ministro, se olvidan que sin nosotros, esa Matte no iba a conseguir peones, por lo menos para su parte del Brasil (tiene propiedad en Paraguay y Brasil), porque los brasileros son muy flojos, no quieren trabajar luego por la yerba, entonces nosotros le dejábamos a la Matte que enganche sus peones en el Paraguay, más free trade que nosotros no ha de haber. ¡Si no era por nosotros se fundían! Hasta Manuel Domínguez se dio cuenta, mire un poco lo que dice él: ¡Y cómo sufre dolores el paraguayo; soporta trabajos que matan al extranjero! El peón de ahora, medio anémico o anémico entero, algunas veces alcoholizado, como no le falte el locro, es de una increíble resistencia. Sólo el paraguayo puede con el pesado trabajo de los yerbales y del obraje. ¿Dónde recluta sus peones la compañía Matte Larangeira? En el Paraguay. Aquello revienta a cualquiera que no sea paraguayo(28).

     ¡Es increíble, Amarilla!

     Uno de estos días le voy a llevar en el yerbal para que vea. Usted no crea que es como recoger papa o tomate, de ninguna manera. La yerba es un arbolito, lo que se corta son las ramitas y las hojas; ese hay que ir a buscar por el monte, kilómetros y kilómetros, porque el árbol no crece en plantación sino en el monte, protegido por los árboles grandes. Y allá se va el mensú, tan laborioso, camina sus kilómetros, corta las ramitas, hace un fardo que trae de vuelta hasta el horno, porque la yerba hay que secar primero. Después vuelve al monte para cortar otro montón, así te trae 80/90 kilos al día. Ese es un trabajo de hombres, Amarilla, como decía don José Rodríguez:

     En los vastos dominios de La Industrial Paraguaya vive una verdadera población de peones con sus familias. No hay nada tan interesante como el estudio de la vida que hacen aquellos cuatro mil peones, más o menos, en las entrañas de los yerbales, a mucha distancia de las poblaciones más inmediatas. Ningún jornalero del mundo sería capaz de resistir aquella vida de trabajo, de privaciones y sacrificios a que está condenado el yerbatero: sólo el peón paraguayo resiste las rudezas de aquella labor casi sobrehumana. Mucho antes del amanecer, cuando el yerbal está todavía a oscuras, el yerbatero ya está de pie, con el machete en la mano, apurando su frugal desayuno para empezar en seguida la tarea de todos los días Duerme al pié de los árboles en que trabaja, ya tendido sobre una hamaca que sujeta de los extremos a dos ramas, ya tirado en el suelo sobre la hojarasca, y su sueño es siempre ligero porque el yerbatero sabe que en las entrañas de la selva te acechan cien peligros: él siente el casi imperceptible ruido que hacen sobre la hojarasca o sobre los troncos de los árboles las alimañas que pueblan el yerbal. A veces, cuando el cansancio de una labor más fuerte que de ordinario hace pesado su sueño, alguna víbora llega a picarle y entonces el peón, heroico en el trabajo y heroico en el sufrimiento, corta tranquilamente de su cuerpo la carne mordida por los dientes ponzoñosos del reptil. Viven por centenares en los yerbales, bajo las órdenes de unos cuantos capataces... La Industrial Paraguaya no sólo es un factor de riqueza sino que también lo es de cultura... Y hoy, como antes, la nómina de sus accionistas es también la nómina de los más fuertes hombres de negocios que con sus caudales y su inteligencia fomentan el desarrollo comercial de la República.

     Sí, ese es un mozo leído, don José Rodríguez, trabajó con don Eugenio Garay en Los Sucesos (el pobre capitán Garay sin cargo militar desde el cuatro, pero creo que va a llegar lejos). También muy amigo de su Maestro, don Juan, lo que no entiendo entonces es cómo luego le dio tanta importancia al Rafael Barrett, un gallego anarquisto que vino en Paraguay con una mano atrás y otra adelante; le recibieron bien, le dieron para su empleo; lo único que ganaron es que nos deje mal con los extranjeros. ¡Sandeces!, dijo don Carlos Casado cuando se enteró de que Barrett dijo de que en su propiedad fusilaban peones. ¡Sandeces! Y no le digo ya Lo que pasa en los yerbales (no sé muy bien cómo se llama el libro), ¡todo lo que no dice de La Industrial! Por eso Albino Jara (mozo atolondrado Albino) tuvo que empastelar la imprenta, le hizo comer al linotipista el artículo. En realidad, el que tenía que comer era Barrett, porque él escribió, pero en vez de comer como le ordenó Jara, le trató de¡canalla! y él se dejó tratar así, siendo un oficial del ejército... Pero el daño ya está hecho. Todo el mundo lee Rafael Barrett. Hasta Morenito vino a verme un día a preguntarme si era cierto lo que decía el gallego comunista de nosotros(29).

     ¡Qué disparate!

     ¿Usted sabe cuánto gana un peón? ¡Cinco centavos al día! ¿Usted sabe cuánto gana La Industrial? ¡Hemos pasado el 60% al año! Calcule 60% sobre un capital de $ 30.000.000. ¿Qué le parece? Eso es más que las rentas del Estado. ¡Nosotros mantenemos al gobierno! Cuando el presidente Escurra la apresó al Patricio Alejandrino, mi compadre Escobar se fue en el Norte; si no le soltaban a su hijito, él iba a levantar la peonada de la firma: cuatro a seis mil personas que van a dar la vida por la empresa. Tuvo que aflojar Escurra... ¡la pucha!... teníamos más hombres que el ejército. Y me dijieron, incluso: más tierra que la Holanda. Eso ya no sé. Pero para Paraguay, al menos, somos una empresa respetable, solvente. ¿Le parece que nos vamos a ensuciar robándole unos centavos al pobre mensú, pobrecito, que trabaja con tanto patriotismo? Y mucho menos le vamos a matar, ¡con lo que cuesta conseguir peones!... No... Usted tiene que ver. Tiene que visitar el campo, escribir un artículo, para que se sepa la verdad. Son todos peones sanos, gordos, llenos de pengas y hasta elegantes.

     Ellos están muy contentos en el campo; el que se quiere ir, se va, tienen absoluta libertad. Lo único que no pueden irse con deudas: el que quitó anticipo tiene que trabajar primero hasta pagar el anticipo, eso se comprende, perfectamente legal. Porque algunos vivos, al comienzo, pedían sueldo adelantado y después se iban sin pagar, por eso fue que ya en tiempos de Cirilo Rivarola se quitó la ley de que nadie salga de las propiedades si primero no arregló su deuda con el patrón.

     Por fui mi perro cazó una mosca, como se dice; fue la única ley que le salió bien a Cirilo Rivarola, porque las otras no servían para nada, como esas que le obligaban al campesino a plantar el algodón y el tabaco, como en tiempos de Mariscal, pero el Mariscal tenía en esos tiempos 50.000 soldados y Rivarola ni 500, ¿con qué les iba a obligar? Incluso cuando mi Presidencia, estaban hablando siempre de obligarles a trabajar a los Vagos y Mal Entretenidos, incluso se trató, pero nos mataron un Jefe Político y los otros vinieron a decimos que mejor suspender, no tenían personal para forzarle a nadie y lo único que les iban a hacer era matarles a ellos. Así que por el momento suspendimos: lo único que hicimos fue enganchar los Vagos y Mal Entretenidos en las Gloriosas Fuerzas Armadas, porque los muchachos bien no querían ir, protestaban como José de la Cruz Ayala, que le consideran un mártir, como si servir a la Patria es un castigo. (Y al fin y al cabo le mandé en el Chaco para protegerle, porque algunos luego le querían matar a ese Ayala; para evitarle problemas y también a mí; un finado es siempre un hueso duro de explicar).

     ¡Pero Amarilla, cómo no le he de conocer al Banco Mercantil si yo también era! Es que Asunción es chica, siempre son las mismas personas, prácticamente, ya sea para ir a un baile o para hacer una fábrica de tallarín, y más o menos los mismos estábamos en La Industrial y en el Banco Mercantil... Bueno, gracias por hacerme acordar... Póngame que ese fue el primer Banco que funcionó de veras, los que vinieron antes se fundieron unos detrás del otro. ¿Sabe por qué? Porque la plaza es chica, no hay volumen para la operación bursátil que le llaman. Después creció, por eso fue que el Mercantil pudo ganar, pero también porque el Banco tenía también otros negocios, y entonces si le salía mal el préstamo, supongamos, ganaban en las vaquitas (tenía estancia). Y también nosotros le ayudábamos, la Industrial, colaboramos siempre porque la Unión hace la fuerza, hacíamos los negocios con ellos; ellos nos devolvían la gauchada cuando hacía falta. Y así fuimos saliendo para adelante: hoy el Banco tiene capital de $ 10.000.000. cuando comenzamos, apenas si $ 300.000.

     ¡Así se construye una Nación!

*

     -Vamos a hacer como en Norteamérica -dijo Decoud- como un habitante por kilómetro cuadrado...

     Exactamente cuántos por kilómetro no sabíamos, y eso que hicimos la oficina de estadística (idea de Decoud) pero para el censo 1886 no supieron decirme exactamente si teníamos 239.000 ó 263.000... 239.000 decía el censo, pero parece que algunos no enviaron los datos de sus pueblos, y entonces a ojo le calcularon 10% más, o sea 260.000 y pico. También había los que decían menos, como La Nación (nuestro diario): ¿Para qué necesitamos partidos, dijo en el 87, si somos 199.000? Yoen esas cosas no soy muy entendido, pero allá por el 72 me contaron que veníamos a ser 170.000 (ese censo que hicieron los aliados pero nunca se vio). O sea que no estábamos progresando, incluso para atrás; yo me recuerdo siempre de antes de la guerra, que andábamos por los 500.000, nos sobraba gente para el ejército pero después ya no conseguíamos así no más...

     O sea que puede ser como decía Decoud: uno por kilómetro, más o menos ¡Aunque vaya a saber! Porque Decoud también decía, Cuestiones políticas y económicas, que teníamos 9.000 leguas (el país), ese se escribió cuando Juan B. Gill le quería dar el Chaco a la Argentina por el tratado de libre navegación y el crédito (pero Machaín le hizo a sus espaldas el Machaín-Irigoyen); si quería darle el gusto al presidente, no le ponía el Chaco... Bueno, si usted dice, 9.000 leguas vienen a ser 160.000 kilómetros (ese kilometraje me confunde); Bourgade calculaba así también nuestra Región Oriental: 9.000 leguas... Entonces Decoud calculaba sobre seguro; en esa época no se sabía a quién le iba a quedar el Chaco, si a ellos o a nosotros, pero tenemos siempre que tener cuidado, porque por lo visto no se puede arreglar el asunto como amigos, como el Decoud-Quijarro; los bolivianos son jodidos. (Insistieron que también querían puerto sobre el Pilcomayo, pitos y flautas, y entonces reforzamos Fuerte Olimpo y la Bahía Negra, que a lo mejor por las buenas les dábamos, siempre que ellos también nos dean algo, no hay que ser tan vivo). Bueno, le quiero decir entonces que algo nos tiene que tocar del Chaco, no nos pueden pues robar la Villa Hayes, hasta el Río Verde por lo menos, póngale 7.000 leguas, como Wisner calculaba. Él calculaba en total 16.000 leguas para todo el Paraguay, 261 solamente de propiedad particular. Eso cuando comenzaron a tratar de vender las tierras del Estado, en el 71; Wisner calculaba entonces $ 20.000 la legua de yerbal (por una cuestión de patriotismo se vendió después en $ 1.500)...

     Bueno, usted ya sabe que con dotor Francia y Mariscal casi toda la tierra luego era del Estado; con eso hacían sus Estancias de la Patria (para el ejército); también tenían bosques del Estado; yerbal del Estado, etcétera... Entonces era más fácil, pero el 2 de octubre conde d'Eu nos abolió la esclavitud (¡qué iba a decir ese, si en Brasil también tenían!)... Bueno, también estaba ese problema que se murió mucha gente, y las propiedades de los López se volvieron fiscales, y encima se perdieron los títulos de propiedad porque los Aliados saqueaban el Archivo y tampoco había el Registro de la Propiedad que se creó recién en el 1871.

     Pero con o sin Registro, Amarilla, el asunto es que el Estado tenía toda la tierra y ya no tenía personalidad como Mariscal López para poner Estancias del Estado que precisamos tanto. La tierra estaba inútil, nadie hacía nada. O sea que lo mejor venderla, para qué tener de balde. Y eso es lo que trataron de hacer desde los tiempos de Cirilo Rivarola, pero recién se pudo hacer con mi Superior Gobierno y... ¡Pero para qué le cuento todo esto ahora!... Le quería decir esa reforma agraria que le llaman, esa que también le dicen Homestead, como en Norteamérica. Esa es la que quería hacer Decoud. Decía que nos sobraba la tierra, que podíamos darle al campesino y vender el resto para equilibrar el presupuesto. Estimando nuestra población en 239. 000, me decía, tendríamos entonces unas 45. 000 familias de cinco personas cada una (promedio); suponiendo que el 80% se vea privada de la posesión de la tierra serían 40.000 familias que deberíamos asentar, dando a cada una 50 hectáreas, bastaría con 2.000.000 hectáreas.

     Cincuenta hectáreas, decía él. No le gustaba la ley que ya teníamos, que le daba una cuadra de tierra gratis a la familia campesina que nos pida; una ley de 1876, creo que, que le daba a nuestro campesino un lote de una cuadra, cien por cien varas... Deben ser 7.000 metros si usted lo dice; estas medidas extranjerizantes me molestan... Bueno, Decoud decía que teníamos que hacer como la Norteamérica, que les daban más hectáreas por familia, como sesenta, y eso viene a ser el Homestead que le contaba. ¡Pero no somos Norteamérica, dotor Decoud!. Nuestro paraguayito ya tenía bastante con su cuadra, que ni cultivaba entera. ¿Para qué? Si tenía demasiadas facilidades luego: además de su lote de cien por cien, tenía también su bosque comunal por ley, o sea que las municipalidades le dejaban cortar leña para su uso personal y también para algunas cositas más, tenía su pradera comunal donde metía hasta 10 animalitos sin pagar al Fisco; tenía los yerbales que administraban las municipalidades de campaña, que le daban licencia para explotar la yerba y ganar sus pesitos... Y también que no había propiedad, prácticamente; nuestro campesino entonces podía cazar en el bosque fiscal o bosque ajeno, eso no más que le gustaba hacer para su carne: para el resto tenía unos liños de mandioca en su capuera. No necesitaba más. ¿Para qué trabajar? Encima podía recoger las naranjas silvestres de los montes y vender clandestino, cuando nos descuidábamos también nos vendía madera clandestina y yerba clandestina, toda de monte fiscal pero no había forma de controlar y perdíamos plata... ¡Es que el paraguayo es sinvergüenzo! Cuando se murió Mariscal, se acabó el respeto. En tiempos de la guerra, por ejemplo, habían vacas del Estado en todas partes, nadie se animaba a tocar, aunque se mueran de hambre... Después no hubo caso. Para controlar un poco más, le dimos la explotación de yerba y de madera a las municipalidades. Esas entonces daban la licencia: digamos x arrobas de yerba... ¡Pero qué!... Por cada arroba que beneficiaban legal, beneficiaban diez de contrabando...

     ¡No. Amarilla, imposible controlar!

     Nuestra frontera es demasiado larga, las autoridades se dejaban sobornar, costaba más trabajo controlarles a las autoridades que dejarles hacer... Y mientras tanto nos perjudicábamos en la Asunción porque para comer importábamos hasta arroz y poroto, importábamos todo porque nuestra gente, en vez de producir, tocaba la guitarra. Y entonces precisábamos importar, pero con qué pagar si no exportábamos, si no había dinero. (roto)

     O sea que ese Homestead de Decoud era pura teoría, como todo lo que él hacía, como ese cuento de la municipalidad. Él quería darles autonomía a los municipios de campañas como se les dio un tiempo, incluso la administración de las tierras públicas; lo único que ganamos es que administren mal; allí volvimos a la centralización que según José Segundo no valía pero que al fin de cuentas era la única que andaba. Pero el siguió diciendo que tenía que ser descentralizado, como la Norteamérica; que teníamos que hacer el Homestead como la Norteamérica también. Incluso tiempo después; recuerdo cómo hablaban con Sarmiento (se hicieron muy amigos porque los dos pensaban que ellos dos no más eran los más inteligentes pero no valió de nada porque los militares les dieron la patada). Sarmiento siempre estaba en casa de Decoud; cuando no se peleaban, los dos meta y ponga con la ley agraria; no había forma de explicarles que Paraguay precisa ser ganadero antes que agrícola. (Sí, eso es justamente lo que decía La Reforma; pero el artículo no era de Decoud, como creyeron, sino de Juan González, que estaba muy contento con la venta de tierras, porque a partir de mi Superior Gobierno se vendieron esas tierras del Estado y comenzamos a tener para nuestro presupuesto; todo el mundo contento y hasta los liberales zoqueteros que les dábamos su banco en el Congreso para que se dejen de molestar, para que hagan la oposición decente, no como José de la Cruz Ayala y otros). Eso es lo que salvó al país; quiero decirle las leyes de la venta de las tierras fiscales: 1883 y 1885. Quiero decir que las dos le permitieron al estanciero tener su campo; o sea, si también quería poner allí yerbatal y obraje, adelante, sin problema. Al fin y al cabo, alcanzaba: nosotros, por ejemplo, La Industrial, teníamos como 2.800.000 hectáreas; allí pusimos vacas y aserradero también además de la yerba. Casado, Matte Larangeira también tenían producción diversificada, digamos. Eso les daba plata... Porque la agricultura no daba. La agricultura no da en nuestro país: lo único que funciona es el tabaco (para exportar, desde luego); el resto son porotos, maíz, mandioca, que el campesino planta para comer él y su familia. Más, no puede. ¿Cómo ha de poder si no hay camino, ni puente, ni ferrocarril? Esos yo le dije bien a la empresa privada que me hagan, le repetí varias veces en mi Mensaje Presidencial. Pero no hubo caso. Y hasta ahora la agricultura es un desastre, a no ser que vivas por San Lorenzo, Luque, que te queda cerca de Asunción y podés mandar para el mercado. Los que están más lejos ya no pueden. ¿Cuánto tarda la papa desde San Isidro hasta Asunción? Te sale más barato traer de Europa o de Argentina, como seguimos trayendo. Mientras no hay la infraestructura que le dicen, vamos a seguir así. Por eso E. de Bourgade la Dardye escribió ese libro tan criterioso, Le Paraguay, para ver si podía convencerles a los inversionistas europeos. Dardye decía, pero Decoud no le iba luego a admitir, que la inmigración de capitales era más importante que la inmigración de colonos, porque las Inversiones que se deben hacer para comenzar a trabajar son demasiado grandes (tienen que ser como Casado, por ejemplo, que se puede pagar su ferrocarril propio!. Decoud no le podía admitir eso porque la ley de la inmigración había hecho él (en realidad había copiado de la Argentina, pero igual no más se creía por eso). Ley de 1881, creo que, que tuvimos que liquidar en el 85/86. Teórica, como todo lo que hacía Decoud... Sí, le trataba muy bien al inmigrante, y eso estaba muy bien. Fíjese que le pagaba pasaje y equipaje gratis desde su país hasta la Asunción, y que en la Asunción (el puerto) le recibía un funcionario, muy amable, que le hablaba en su idioma (o sea francés, o sea inglés, lo que usted quiera); le llevaba en el Hotel del Inmigrante a él y su familia, todo pago, y allí podía quedarse cinco días gratis por si estaba cansado; cuando se reposaba bien, seguíamos viaje hasta su campito, todo pago; allí le estaba esperando un campito de dieciséis cuadras cuadradas, completamente gratis, se le regalaba, y si quería podía ocupar sin pagar por unos años tres lotes más de dieciséis cuadras; cuarenta y ocho cuadras, digamos... Salía un poco caro: al comienzo tenía que ser así; con la fama que tenía el Paraguay, nadie luego quería venir a él y nos faltaba gente. Por eso que les dábamos la tierra y encima otras pequeñas facilidades: les manteníamos por seis meses (la comida) y hasta podía ser un año entero cuando en los primeros meses les salía mal; les regalábamos $ 50. una lechera con su ternerito, yunta de bueyes, instrumentos de trabajo, semilla para el primer año... Si trabajaban bien, les regalábamos un lote más de 16 cuadras; también había premio para el que plantaba muchos árboles...

     Así vinieron muchos extranjeros trabajadores, pero en la práctica se podía mejorar un poco más. Mucho más. Porque enseguida salió a chillar José de la Cruz Ayala: ¿Qué significaba eso de que al campesino paraguayo le dean lotes de una cuadra y nada más pero al extranjero le dean dieciséis, además del pasaje, de la liberación de impuestos, de todos los privilegios que le daban mientras al pobre paraguayo le echaban de su tierra con trampas de abogado, probándole luego que su campo no era su campo?

     Yo les dije al Congreso: Vean arréglenme un poco ese. Nos está desprestigiando. Ellos tardaron tanto, que al final terminamos con la ley de inmigración. ¡En cinco años no tuvieron tiempo esos benditos congresos de aumentarle un poco el toco al paraguayo! ¡cómo si les costaba mucho darle un poco más de tierra para empatar con el gringo! Entonces se acabaron las diferencias para que nuestra gente no proteste (sobre todo nuestros Jueces de Paz y Jefes Políticos, que cuando veían que al gringo le dábamos tierra gratis nos reclamaban tierra, y si no les dábamos, terminaban haciendo una trampita para comer la tierra del vecino). Terminamos porque nosotros somos, como dice su amigo (roto) un movimiento Nacionalista y Popular; nos preocupa el bienestar de nuestro Pueblo. ¿Cómo le vamos a olvidar al pobre campesino, tan patriota, al agricultor-soldado como dice su Maestro? No. Nosotros no le olvidamos. Vamos levantándole pasito a paso, como decía Mariscal, el Pueblo todavía no está preparado para andar solo. Por eso también terminamos con la ley de inmigración; porque la mentalidad de un pueblo, la fisonomía moral, como decía La Reforma, no la vas a cambiar de golpe. Incluso se perjudicaban los propios inmigrantes; quiero decir cuando venían solos y no en colonia; en seguida se mezclaban demasiado, perdían todas sus costumbres como don Calvano, que cuando vino de Sicilia era un señor muy activo (por eso le pusimos de Jefe Político), pero que después terminó dándole todo el día a la riña de gallos y esas cosas de nuestra pobre gente que le falta el hábito del trabajo y comenzó a trabajar recién cuando vino el alambrado y entonces ya no podía andar más merodeando por el monte, recogiendo miel y naranjas como los Infieles.

     Por eso es que hicimos las colonias como San Bernardino y Villa Hayes. ¡Usted tiene que ir a San Bernardino, Amarilla, eso no parece Paraguay! Usted luego se siente en Suiza o Suecia (no sé cómo se dice), no es como los pueblitos de campaña. ¡Tenemos que hacer muchos San Bernardino! Yo les dije, por eso lo que nos alegramos tanto cuando vino Nietzsche... Bueno, no sé por qué le llamo así, Nietzsche era ella... El señor Foerster. Ese andaba con otro que se llamaba Quistorp y otro más para traer 20.000 alemanes en Paraguay.

     -20.000 inmigrantes -nos explicó Decoud- son un promedio de $ 1.000 por inmigrante...

     -20.000.000 -gritó Juan Alberto; por primera vez estuvo contento con Decoud.

     Vamos a comenzar una nueva era, dijo La Reforma. Parecía que sí. Pero al Foerster le mató de quebranto su mujer, la Isabel Nietzsche, se creía porque tenía plata y su hermano era profesor en la Alemania... Yo vi como le hacía ojito a don Cirilo Solalinde cuando el tipo estaba en tratativas para transferirles el campo para la colonia que se tenía que llamar la Nueva Germania... Lo enterraron en San Bernardino, pobrecito; por culpa de esa banda perdimos los $ 20.000.000...

*

     Atienda bien, Amarilla, porque en esta parte tenemos que poner como el título: fundación del Partido Colorado. Todo el mundo sabe que yo fundé, junto con Decoud, pero le tengo que explicar también la filosofía política que le llaman. Nosotros somos un partido muy culto, cultísimo, así que no me puede dejar de lado la filosofía. El nacionalismo también, desde luego; los otros son los que le mataron al Mariscal, los legionarios que vendieron a la Patria. Todo esto le voy a ir contando en su debido tiempo, pero primero le termino con la venta de las tierras públicas, que se hizo para darle tierra al Pueblo (Yo no reservé nada, aparte del campito que compré hacia el Norte con Juan Crisóstomo Centurión. Pero ese fue para dar el ejemplo no más. Si yo, el Presidente, no compraba, iban a decir que nuestra tierra no valía nada).

     O sea que se hizo para hacer adelantar el país.

     Y desde luego, ahora parece demasiado fácil, pero en aquellos tiempos no; no sabíamos cuáles eran y cuáles no eran. Porque con la Guerra Grande se perdieron los títulos de la propiedad, y entonces se creó recién en el 71 ese Registro de la Propiedad (ya le conté) y el asunto era así: si usted tenía un campito en Ajos, supongamos, pero sin título, entonces se hacía dar en Ajos un título supletorio por la autoridad local, que después inscribía en el Registro de la Propiedad y después se hacía el juicio de mensura, deslinde y amojonamiento y después tenía que alambrar porque o sino la multa. Pero el paraguayo luego anda por su cabeza, qué le va a escuchar a la autoridad. Aparte de unos cuantos, nadie le obedecía a la Ley, cada cual seguía con su tierra porque pensaba luego que no hacía falta, que el título es papel sin importancia. Y también digamos que hasta que yo llegué a la Presidencia, la administración pública un desastre: el tipo que venía caminando de Ajos se encontraba con que el empleado no estaba, se pasaba días esperando en Asunción porque la oficina no se abría cuando no tenían ganas de trabajar. Y a veces se le abría, pero si no pagaba coima no inscribían el título supletorio en el Registro, o incluso hubo casos en que no querían inscribirle porque decían que no podían inscribirle si no tenía limites precisos el terreno, aunque no podía tener antes del juicio de mensura, pero tampoco valía la pena hacer esa mensura si antes no se tenía título... Problema de empleados públicos haraganes, que siempre tratan de encontrar pretexto para no trabajar...

     Y entonces ocurre que en el 83 tenemos un déficit fenómeno y la única manera de salir adelante es vender la tierra, pero la tierra no se puede vender porque no sabemos luego cuál es la nuestra, así que tuvimos que ir despacio, vender hasta un importe de $ 150.000. Vender la tierra que casi estábamos seguros que era del Estado. Aunque no estábamos tanto, enseguida comenzaron las reclamaciones: que el campo ese que se vendió como fiscal era de don Fulano...

     -¿Y por qué no inscribió en el Registro, don Zutano?

     -Es que no tenía tiempo, mi general...

     ¡A mí no más venían a quejarse!...

     ¡Cómo si no hay Juez de Paz, no hay Registro, como si el Presidente tiene que resolver todos los problemas! ¡Pero qué le va a hacer si nuestra gente es así! Tuve que dictar una ley dando una prórroga de seis meses para que el que tiene que inscribir, inscriba: después de eso, nácore...

     Pero allí me viene la asociación ganadera.

     -El precio es demasiado alto, general.

     -¡Pero si rebajamos el que decía Wisner! Apenas $ 1.500...

     -Todavía es demasiado alto.

     Claro, todavía es demasiado alto. $ 1.500 para la Argentina no es nada; para el Paraguay, era plata. Y entonces se iban a venir los extranjeros, nos iban a comprar todos los campos, sobre todo los mejores, porque estábamos vendiendo los que quedaban cerca de las poblaciones, del ferrocarril y los ríos, o sea la comunicación... ¡Cosas de Decoud!... Ese tipo quería fundir a los empresarios nacionales. ¿Cómo no calculó mejor? Había tantos que querían ser ganaderos (ya habían organizado su asociación y todo) y ahora les íbamos a dejar sin campos, porque el precio era demasiado alto. Y conste que cuando Decoud me dijo vender en subasta pública, al mejor postor, yo le dije que no; malicié que había algo raro... ¡Imagínese que venga un curepí y porque tiene plata no más se queda con toda esa tierra! ¡Eso ya viene a ser el imperialismo, la plutocracia, como dice O'Leary!...

     Menos mal que la ley tenía su procedimiento para proteger nuestra soberanía nacional que le dicen: no se podía comprar directamente. No. Había que hacer una solicitud en forma; presentarla a las autoridades; esa se podía rechazar o no...

     Desde luego, Amarilla, que rechazábamos cuando tenía que ser; PARAGUAY FIRTS. ¡El susto que nos dio, cuñado!, me dijo Juan Alberto. Él le había estado echando el ojo a un campito y pensó que iba a caer en las manos de esos que le mataron al Mariscal López.

     Entonces defendimos nuestra soberanía: extranjeros, en efectivo; correligionarios, a crédito.

     En total vendimos tierras por valor de unos $ 30.000. Eso venía a ser un poco menos del total de $ 150.000 previstos, pero nos alcanzó para comprar unos chassepot usados pero en buen estado.

     Seguimos un poquito apretados con el presupuesto nacional, digamos, pero ganamos experiencia. Por eso la ley del 85 nos salió mejor. Bajamos los precios para que todo el mundo pueda comprar (el sueño del hogar propio), sobre todo en el Chaco donde se vendía por $ 130 (promedio) la legua... No, no se vendía de a legua en el Chaco, tu lotecito tenía que tener, por lo menos, una legua de frente por diez de fondo, diez leguas cuadradas... Tampoco se vendía por subasta a no ser cuando había dos que pedían al mismo tiempo el mismo campo; pero también allí les protegíamos a los nacionales porque pasaba todo por el Ministerio del Interior, y allí si pedía primero un gringo no le hacían caso (al paraguayo sí), y además yo revisaba las solicitudes una por una, e incluso cuando un compatriota quería comprar pero todavía no tenía plata podía reservar la tierra a su nombre (hasta que consiga el crédito del Banco). Claro, cuando venía un caballero como don Carlos Casado le atendíamos bien; al fin y al cabo, hay extranjeros y extranjeros, algunos muy decentes (¿qué sería yo sin Río Branco?). Y le voy a decir algo en confianza: los bolivianos se jodieron; ya no nos pueden quitar el Chaco porque es de Casado. (Es [185]una forma de hacerle guardar, como el Mariscal a la Madama). El Chaco ya ha sido colonizado, como el resto del país: nadie se va a animar ahora a quitarnos el país, porque entonces van a tener que verse con gentes muy influyentes, como el señor Rothschild. Para proteger nuestra independencia.

     Eso nunca van a aceptar los liberales, que reciben dinero del extranjero y le pagaron al Reclus para que diga en su Geografía Universal:

     Los especuladores argentinos, ingleses y norteamericanos se echaron sobre la presa, sin respetar siquiera las pequeñas porciones donde las familias guaraníes cultivaban el suelo de generación en generación, sin que hubieran tenido jamás necesidad de hacer constar sus títulos de propiedad; se formaron sindicatos de compradores, que adquirieron las tierras por decenas y centenas de miles de hectáreas afín de revenderlas por el duplo de su valor, un solo concesionario acaparó varios miles de kilómetros cuadrados. En pocos años vastos desiertos fueron adjudicados a propietarios ausentes, y en adelante, ningún campesino paraguayo podrá cavar el suelo de la patria sin pagar renta a los banqueros de Nueva York, Londres o Amsterdam(30).


NOTAS

22.       El delincuente infantil Héctor F. Decoud, que comenzó su carrera de preso político a los diez años, confirma la versión del Centauro sobre el punto. Decoud, confinado con su madre por atentar contra la Patria, refiere que los traidores comían insectos, siendo su plato favorito las hormigas reinas, por tener mayor cantidad de carne. raúl amarilla.

23.       En 1904, cuando el país respiraba paz y tranquilidad, gracias a los gobiernos colorados, estalló una revolución liberal, acaudillada por Benigno Ferreira y otros, que comenzó la era de la tiranía liberal y que, unos años después, mandaría al exilio al inmortal Centauro, circunstancia que aproveché para entrevistarlo. raúl amarilla.

24.       El Centauro de Ybycui fue Presidente Provisorio (para concluir el período presidencial de Cándido Bareiro (1880/82) y Presidente Constitucional (1882/86). Después de eso, hasta 1904, siguió siendo la figura dominante del Partido Colorado. raúl amarilla.

25.       Según datos del Anuario Estadístico del Paraguay, año 1886, el censo decía que para 1886 había en el Paraguay 239.000 (cifra que, en base a suposiciones, debía elevarse a 263.000 habitantes). Considerando que antes de la guerra había 500.000, se ve que la mortandad fue grande. Gracias al Centauro, hubo un salto: para 1900, la población llegó otra vez a los 5500.000. raúl amarilla.

 

26.       Conviene tener en la memoria la lista de Presidentes:

     1886/90 Patricio Escobar

     1890/94 Juan G. González

     1894/98 Juan Egusquiza

     1898/02 Emilio Aceval

     1902/04 Juan Escurra

     Después de 1904 viene la barbarie liberal. raúl amarilla.

 

27.       El general Caballero se opuso terminantemente al compromiso con los revolucionarios de 1904, pero se impuso el criterio acomodaticio, y el Presidente Escurra tuvo que salir del gobierno, después de haber firmado un pacto que los liberales no cumplieron. raúl amarilla.

28.       Manuel Domínguez, «Causas del heroísmo paraguayo», Patria 30.I-1903, p. 4.

29.       Barrett dijo: Yo acuso de expoliadores, atormentadores de esclavos y homicidas a los administradores de La Industrial Paraguaya y de las demás empresas yerbales. Yo maldigo su dinero manchado de sangre. ¡Qué ordinario!. raúl amarilla.

30.       Aquí termina, abruptamente, la relación de Raúl Amarilla, noble trabajador de la cultura que, debido a la ictericia, se encuentra en estado de completo cretinismo... El lector, sin embargo, habrá apreciado debidamente el esfuerzo del cronista, disculpándolo por sus numerosos errores propios de una mente poderosa pero minada por la enfermedad.


PRINCIPALES TÉRMINOS DIALECTALES Y GUARANÍES UTILIZADOS

 

     

Argel: antipático, enfadoso.

 

Argelarse: enfadarse.

 

Cambá: negro (apodo de los brasileros).

 

Cepillar: adular.

 

Coiguá: rústico.

 

Cué: (sufijo) ex.

 

Cuera: sufijo para indicar plural.

 

Curepí: apodo de los argentinos.

 

Chavolai: agente de polecía.

 

Guaunte: supuestamente.

 

Jeí chupé: dicen que (peyorativo).

 

Maera: cosa, asunto.

 

Mbore: epíteto, exclamación injuriosa.

 

Mitaí: niño.

 

Nanbré: interjección despectiva.

 

Ñande yara: Dios.

 

Ocara: campesino

 

Pacová piré: cáscara de banana.

 

Paí: padre (sacerdote).

 

Picó: interjección.

 

Picharse: enfadarse.

 

Pyragüé: delator, polecía secreta.

 

Quelembú: deficiente, risible.

 

Santoró: antipático.

 

Tavy, tavyrón: tonto.

 

Tuyá: viejo (peyorativo).

 

Umiva: (sufijo) aquellos.

 

Vaí: feo, malo.

 

Vyro: tonto.

 

Vyro reí: tontería, nimiedad.

 

Yaguá: perro.

 

Yaguaí: chismoso, delator.

 

 

 

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CAMPAMENTO ARGENTINO FRENTE A LA URUGUAYANA, Septiembre 14 de 1865,

Imperio del Brasil, Provincia de Río Grande (Entre 1876 y 1885)

Óleo sobre tela de 41,5 x 109,5 cm.

Colección Museo Histórico Nacional - República Argentina

CANDIDO LÓPEZ - VIDA Y OBRAS - Editado por Grupo VELOX

 




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