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GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  CUENTOS - Obras de GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ


CUENTOS - Obras de GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ

CUENTOS

GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ

BIBLIOTECA DE OBRAS SELECTAS DE

AUTORES PARAGUAYOS Nº 9

 

EDITORIAL SERVILIBRO

25 de Mayo Esq. México

Telefax: (595-21) 444 770

E-mail: servilibro@gmail.com

www.servilibro.com.py

Plaza Uruguaya -Asunción -Paraguay

Dirección editorial: Vidalia Sánchez

Presentación: Carlos Villagra Marsal

Selección y prólogo: Osvaldo González Real

Tapa: Carolina Falcone

© SERVILIBRO

Esta edición consta de 14.000 Ejemplares

Asunción, diciembre 2011

Hecho el depósito que marca la ley N° 1328/98

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

         Mi amiga Vidalia Sánchez me ha pedido que escriba una presentación de carácter general de los dieciséis títulos, ya definidos, de la BIBLIOTECA DE OBRAS SELECTAS DE AUTORES PARAGUAYOS que, en volúmenes sucesivos, aparecerá en algunas semanas bajo el sello editorial de SERVILIBRO, difundiéndose al público lector junto con un periódico nacional de vasta circulación. Con grande voluntad acepto la solicitud porque, entre otras virtudes, esta colección literaria ha sido integrada con criterio selectivo -su propio nombre así lo señala- y no meramente antológico; en efecto, las antologías suelen programarse subjetivamente, vale decir en atención al gusto e incluso al capricho de quienes las preparan, mientras que la selección objetiva de textos en ese ámbito maneja criterios diferentes y diferenciados, tomando en cuenta en primer lugar la excelencia lingüística uniforme, por así decirlo, de todos los autores, dentro naturalmente de la estilística de cada quien (el estilo es el hombre); en segundo término, una selección ha de considerar la representatividad palmaria de tales obras en relación con la época y la generación cultural a las cuales pertenecen y, en fin, toda colección seleccionada de libros de naturaleza similar a la que hoy tengo a honra presentar, tiene que incluir la pluralidad de los géneros y subgéneros literarios; en igual condición, la BIBLIOTECA... ofrece el arcoiris cumplido: lírica, cuento, novela corta, teatro, recopilación de narrativa oral anónima, ensayos con intención estética y hasta poesía bilingüe en versión original o traducida, ello como justiciero tributo a nuestra lengua materna, el guaraní paraguayo.

         Las mencionadas demostraciones están marcando un propósito central: el de ampliar y diversificar el placer (que en rigor es uno solo) de la lectura: afición, hábito, adicción que, a semejanza del buen comer y de los actos del amor, producen en sus practicantes la extraña sincronía de la felicidad espiritual con el gozo físico.

 

         CARLOS VILLAGRA MARSAL

         Última Altura, a principios de agosto de 2011

 

 

 

PRÓLOGO

 

         El corpus narrativo de Guido Rodríguez Alcalá es de un amplio registro en cuanto a los temas y el estilo. En efecto, ha publicado varias novelas, libros de cuento, poesía y ensayos. En todos ellos se nota su profundo conocimiento de la lengua y el uso funcional de la misma de acuerdo con el asunto. En cuanto a su temática, Guido ocupa uno de los lugares más relevantes dentro de la literatura paraguaya de denuncia: tanto de los abusos de los políticos como el de la situación angustiosa de los campesinos sin tierra y la situación de las etnias indígenas o pueblos originarios que demandan la devolución de sus tierras ancestrales. Ayuda muchísimo, en este sentido, su profundo conocimiento de la historia patria, desde los orígenes de nuestra nacionalidad hasta el momento presente: el de la interminable "transición democrática" en curso. El escritor, ha buceado en las fuentes de la ideología autoritaria que condiciona los avatares políticos de nuestra sociedad. Ha mostrado, en sus ensayos, ser un investigador avezado y competente.

         Lo dicho, anteriormente, se aplica sobradamente, en este libro de cuentos donde los protagonistas se mueven en una atmósfera de terror que signa cotidianamente sus vidas. Se trata de la época de la dictadura stronista con su parafernalia de torturas, delaciones, persecuciones y humillaciones de la persona humana. Gente decente, como la Srta. González, profesora normal del cuento Gloria sufre escarnios en las cárceles del tirano y es, injustamente, acusada de conspiración dentro de un orden paranoico de tipo fascista.

         La corrupción de los gobernadores, intendentes y esbirros del gobierno se devela a través de individuos como el estanciero prepotente y asesino, de otra de las narraciones en cuestión.

         Pero, es, en su manejo magistral de los contextos históricos donde el narrador se destaca como fabulador y creador de caracteres insólitos. Es el caso de El Marqués de Guaraní, falso noble que trae un mensaje secreto para Fernando VII -Rey de España- por la gracia de Dios, y restaurado en el trono después de las invasiones napoleónicas. Aquí, se logra una excelente recreación de la época. No se sabe, a ciencia cierta, si dicho marqués es un impostor, un espía o un traidor. En cualquiera de los casos merecerá la horca y será torturado como corresponde. A través de las peripecias del apócrifo aristócrata se nos describe la corrupción de la corte de su majestad con sus paniaguados, favoritos, leguleyos y cómicos de la legua.

         En la atrabiliaria interpretación de los códigos hecha por jueces venales, dignos de la Santa Inquisición, el autor nos muestra, de paso, -como abogado- su manejo de la jerga jurídica y los avatares de la hermenéutica y casuística teológica de la época. Se ironiza, amargamente, sobre las intrigas palaciegas y las postergaciones (kafkianas) del condenado, para acceder al Rey.

         La personificación de Stroessner en El Rubio nos describe -a través de un vidrio oscuro- las barbaridades perpetradas durante la "larga noche" del tirano y al estamento militar que obsecuentemente, lo adulaba. ¿Qué sucede cuando un pobre chacariteño tullido -por demás- accede a las más altas instancias del poder omnímodo, debido a un extraño azar? ¿Se llegó en algún momento a la complicidad y la colaboración de ciertos músicos y artistas? Guido Rodríguez Alcalá, parece denunciar -con conocimiento de causa- la perversión de todos los valores, bajo un despotismo brutal.

 

 

ÍNDICE

PRESENTACIÓN

DATOS BIOGRÁFICOS

PRÓLOGO

GLORIA

BUENOS AIRES

VICTORIA TOTAL

EL MARQUÉS DE GUARANÍ

TU MAMÁ CON OTRO

EL RUBIO

QUEBRACHO

 

 

GLORIA

 

         El sanatorio se veía oscuro y sucio. Eran las seis de la tarde, anochecía, pero las luces permanecían apagadas. En el pasillo, poca gente: el limpiador, enfermeras, los amigos de la señorita Josefina González, hospitalizada de urgencia.

         "No vienen", dijo el escribano.

         "Estarán ocupado", dijo el sacerdote.

         Por hábito, el cura se sentía llamado a ser conciliador, si bien se comentaba que prestaba poca atención al evangelio y demasiada a la política.

         "¿Ocupados?", para la asistente social no había excusas, "¿ocupados cuando se les muere una pariente y no son capaces de hacerse ver?".

         No le faltaba razón a la asistente social. Después de llamar por teléfono, la familia se desentendió de la hospitalizada. Eran las dos de la madrugada y el sacerdote atendió. Josefina se muere. Él llamó al escribano y éste llamó a su vez a la asistente (se precisaba una mujer) y entre los tres la rescataron de la casa para conducirla, sangrante, al sanatorio. Desde la internación hasta la tarde se habían pasado los tres haciendo guardia, esperando, contribuyendo para comprar el suero, los antibióticos, sin ningún aporte de la familia. Ni siquiera una llamada telefónica. Eran como quince horas, motivo sobrado para resentir la ausencia de la hermana y el cuñado de Josefina González.

         "Seis y cinco", el escribano miró el reloj. "¿Qué clase de familia es ésta?".

         El comentario lo cortó un taconeo de mujer. ¿Llegaba Clara al fin? No, Clara no se molestaba en visitar a su hermana. Era ella.

         Ella sí se interesaba en la salud de la señorita Josefina González.

         "Tenemos esperanza", dijo el sacerdote.

         No la tenían pero, ¿qué ganaba diciendo la verdad? La chica no tenía mucho que hacer allí, la asistente y el escribano la miraban de arriba abajo, como diciendo: te conocemos. No la conocían de vista en realidad pero era ella, ¿quién más? Ella solamente podía echar ese olor a perfume, usar esos tacos altos, ese rouge barato, inadecuado para su edad (no debía tener dieciocho años).

         "Me alegro mucho", murmuró y se retiró avergonzada.

         "Gloria", comentó el escribano.

         "¡A su edad!".

         ¡Con razón Josefina (la asistente conocía la historia desde el principio), cuando la vio por primera vez, aquel primer día de clase (tercer curso), sintió la llegada de problemas a la Normal!

Aunque Gloria era entonces todavía una chica tímida, demasiado tímida para sospechar el quebranto que daría. Si no fuera por ella, bueno, feliz no podía ser viviendo con la hermana pero, por lo menos, una mujer joven, sana y eso es lo que importa.

         Sí, Gloria era tímida. Y no tenía nada de especial. Chiquita, cara llena de granos. Lo único lindo era su melena, cuidada y cepillada todo el día. Entró al tercer curso atropellando un banco y sin saber dónde sentarse. Josefina le tuvo lástima y ese fue el comienzo de la desgracia, sólo el comienzo, porque después del tercero la perdió de vista, y casi no la reconoció al volverla a ver como su alumna de quinto, dos años después. La melena linda como siempre -todavía más linda-, sin granos, la más alta del curso. La más señorita. No era su culpa si la miraban tanto dentro y fuera de la escuela y ella no sabía cómo comportarse. De fea, se moría de vergüenza. De linda, con su nueva personalidad, no sabía dónde poner los pies sobre la acera cuando comenzaban a sonar los insistentes piropos. Seguía siendo torpe, seguía siendo motivo de compasión de la maestra.

         La maestra pensaba que Gloria no buscaba la presencia de los chiquilines frente al portón de la Escuela Normal de Niñas. El más asiduo ese, ese del Colegio Nacional. Por su culpa, Gloria recibió una amonestación de la directora. Este es un colegio decente, no se permiten hombres, etc., etc. Pero yo no tengo la culpa, él me sigue nomás. La directora, entonces, se encaró con el muchacho. Llegó como una furia para interrumpir la tentativa de conversación entre el galán y Gloria. El adolescente, altísimo, quedó mudo al recibir los gritos de la directora, guardiana de la moral, y no volvió a aparecer más a la salida. La amonestación, sin embargo, no se levantó; la directora no acostumbraba revisar decisiones tomadas.

         También intervino cuando apareció el impala colorado. Colorado y con chapa militar. Se veía bien que el chofer no era ningún capo; más bien uno de esos malcriados que manejan un auto ajeno y por la chapa y el patrón, tienen sus pretensiones y manejan como quieren. El tipo estacionaba frente al portón, paraba el tráfico, miraba a todo el mundo con impertinencia, en especial a Gloria, se notaba, por eso la directora le habló de nuevo. De nuevo, Gloria dijo que no tenía la culpa pero no podía hacer nada; el tipo la esperaba a la salida, la seguía con el auto hasta su casa con dos ruedas sobre la vereda; la más avergonzada, desde luego, era ella misma.

         La directora, entonces, esperó que el impala estacionara a contramano, cruzó la calle, se encaró con el tipo. El tipo no levantó la voz pero tampoco parecía asustado (nadie pudo oír la conversación). Una lástima, la pelea prometía: ni la directora ni el tipo eran unos cualquieras y una pelea de esas siempre da para comentar.

         Ganó la directora, dijeron, al cabo de unos días. El impala desapareció de la calle. ¿Cómo no iba a ganar? Si era directora, era por algo; a un cargo así no se llega de balde; según entendidos, era media hermana del ministro de la educación. Pronóstico prematuro. Después de una semana de descanso, volvió el impala. El tipo se volvió más insolente, Gloria se puso más nerviosa. No era su culpa pero era. Las compañeras la miraban de otra forma. Sin comentarse el caso, llovían las insinuaciones malevas. Nadie quería meterse, nadie quería perderse un caso así. Entre las impertinencias del tipo y las de la escuela, Gloria terminó por quedarse en su casa.

         Josefina, que siempre le había tenido simpatía, podía comprender. Todo el mundo entendía, pero la única que habló con la directora fue Josefina para decirle que no era justo que una menor de diecisiete años tuviera que ser molestada así y había que llamar a la policía o a quien sea porque la alumna ya no pensaba más venir a la escuela por culpa de él, ¿no era responsabilidad de la institución proteger a las menores de situaciones así? La respuesta de la directora fue terminante: No. Nosotras no podemos hacer nada si la chiquilina busca, porque si no busca nadie no la va a molestar.

         Entonces fue que Josefina habló con la asistente social largo y tendido. La asistente no supo qué decir; abuso de menores, desde luego, y detrás de eso había alguien; ni la directora se animaba a intervenir. Sentía lástima por la chica, sentía miedo por Josefina; no la quería ver metida en líos con esa gente capaz de cualquier cosa. ¿Y Gloria? ¡Pobre! El tipo terminaría por meterla en el impala, por llevársela, por todo. O si no, Gloria podía quedar en la casa, cambiar de secundaria. ¿Pero por qué? ¿Por qué tenía que correrse ella, si no tenía la culpa? ¿Por qué se podía abusar descaradamente y sin que nadie se atreviera a decir ni hacer nada? Salvo la señorita Josefina, que tampoco era nadie. Si ella intervenía demasiado, iba a sonar el teléfono de la directora un día y la directora la iba a llamar para decirle que estaba despedida de su puesto de maestra de la Escuela Normal sin indemnización ni preaviso y que mejor se callaba porque o si no iba a ser todavía peor. Este era el futuro de la pobre Josefina; ella no podía hacer nada luego para ayudar a esa pobre chica que seguramente se iba a perder por culpa de todos, no de ella, ¿qué puede hacer una menor abandonada?

         El escribano no estaba de acuerdo. Él conocía casos de chicas pobres como Gloria que se mantenían decentes. Una chica que se cuida nunca tiene ese tipo de problemas. El escribano conocía a las mujeres y también a los hombres; los hombres no se meten con las mujeres que no les dan ocasión. Si algo pasa, es porque dos son culpables. No hay inocencia que se descomponga de balde. Así que nuestra amiga la señorita González, decía, lo mejor que puede hacer es dejar que las cosas sean como tienen que ser. Si la alumna Gloria se cuida, eso va a terminar bien. El escribano, un poco filósofo, agregó algunas consideraciones generales sobre la libertad a su dictamen sobre el caso.

         Está bien, si debemos esperar que las cosas sean como son, nos quedamos sentados tranquilamente sin hacer nada. La intervención de la asistente provocó una discusión en serio. Era la reunión del día en que asumió Alfonsín la presidencia y el padre dijo: aquellos (quería decir los argentinos) ya se sacaron los militares de encima; vamos a ver cuándo hay novedades por aquí. Aquello fue a las cinco de la tarde; a las siete del día siguiente, ya estaba un conscripto a la puerta de la parroquia con la citación policial. El sacerdote fue a la comisaría para confirmar lo que sospechaba: allá sabían todo lo que se decía en el grupo de reflexión parroquial. Todo. Incluso los comentarios sobre la situación de la profesora González, miembro del grupo, de quien se dijeron muchos disparates en opinión del comisario.

         La citación no tuvo mayores consecuencias para el cura párroco; siendo sacerdote, no lo iban a tocar. En realidad, era una advertencia para los parroquianos, y así lo entendió perfectamente el cura. En la siguiente reunión del grupo pidió prudencia y menos actividad política (sabiendo que se lo repetirían al comisario). Hablando en privado con sus fieles, dijo cosas distintas pero sin llegar por eso a incitarlos a una acción política inútil (a pesar de lo que algunos comentaron). El hombre tenía buen sentido y a la propia Josefina González le había recomendado no exponerse a riesgos superiores a sus fuerzas, conociendo su carácter entusiasta pero inestable.

         "¿Cree que se salva, padre", la voz del escribano lo devolvió al sanatorio y al atardecer oscuro.

         No contestó. La herida era profunda y la paciente no tenía mayores fundamentos para luchar por la vida. Se muere, pensó, ¿de quién la culpa?

         Las acusaciones son muy fáciles en momentos difíciles. Nadie (excepto Dios) podía predecir la desgracia de la profesora Josefina González.

         En principio, ella hizo lo que tenía que hacer: ocuparse de la alumna. Cuando faltaba y faltaba después de tantos días, fue a la casa donde vivía Gloria con su tía. La tía le contó de mal humor que, un día, Gloria salió con su uniforme como todos los días. Ni siquiera retiró su ropa pero nunca más volvió. Ni le dijo dónde estaba; le hizo avisar nomás, con una vecina, que trabajaba como secretaria y ya ganaba suficiente para pagarse su departamento independiente pero mentira. Y eso es todo lo que pudo saber de la tía porque a la mujer no le importaba para nada la sobrina. Después, por casualidad, se enteró dónde estaba. Fue en el patio, en el recreo; las alumnas hablaban entre ellas y la maestra pudo oír algo. Entonces se metió en la conversación y, aunque no querían contarle, terminaron por darle la nueva dirección de Gloria.

         De la Normal, la maestra pasó a la casa de la vecina. Había vuelto muy tarde de las clases y llovía, pero apenas llegó fue hasta el patio del fondo para llamarla por encima de la murallita. La asistente casi estaba dormida pero la otra insistía en que era muy importante y tuvo que vestirse para recibirla por la puerta. (Era más rápido saltar la murallita pero el cuñado de Josefina no quería ese tipo de cosas en su casa.) Josefina estaba muy nerviosa y le contó hasta el último detalle. La asistente trató de convencerla: es peligroso ir hasta allá y, si es como me estás contando, ya no hay más caso. La señorita González se empecinaba: ella no la podía dejar a esa pobre chica, era su deber hablarle por lo menos para ver si la hacía volver a la Normal y terminar la secundaria. Parecía muy excitada, entre contenta y a punto de llorar. (Esa nerviosidad la conocía bien el cura; un día, la maestra estaba decidida a enfrentarse con cualquier dificultad; al otro día, parecía deprimidísima por una peleíta con su hermana, que no la trataba bien, es cierto, pero que tampoco le daba causa para tanto quebranto.)

         Y así se separaron las dos y después llegó la señorita González a la casa del barrio Sajonia, grande y descuidada. Puertas y ventanas cerradas, nadie abría. El auto en el garaje, el impala colorado de chapa militar, mostraba que la casa no estaba sola a pesar de los canteros vacíos y el pasto seco del jardín.

         Días después, volvió. Eran las nueve de la mañana y el impala colorado no estaba en el garaje. Las luces exteriores encendidas y nadie le contestó, como la primera vez. Pero volvió a la tarde. Con el invierno, la oscuridad ya llegaba y se notaban las luces dentro de la casa. Nadie abrió. Cuando ya se retiraba, se le acercó una vecina. ¿Viene a buscar a su hija? No. ¿Pariente? No, una alumna de la Escuela Normal. Entonces no venga más, señora, por su bien; deje que cada una haga como quiera; usted ya hizo lo que podía hacer. Se fue, sintiendo en las espaldas las miradas de los vecinos. Tuvo la mala idea de contarle a la directora, que la amenazó con una suspensión. Usted olvida a las cuarenta alumnas y se ocupa nomás de una sola, que si quiere volver puede volver y si no quiere no vuelve, haga su trabajo.

         Y alguna razón tenía. La ausencia de Gloria, la favorita de la maestra, se podía sentir en el quinto curso. Todas sabían y se preguntaban por qué; ni era la mejor alumna ni era nadie sino la que traía problemas y la maestra se pasaba pensando en ella, teniéndole paciencia, y a las que no faltaban nunca las castigaba de balde o les levantaba la voz cuando preguntaban algo que no entendían porque la maestra explicaba mal.

         Una observación parecida se la hizo la asistente social. Ella comprendía el sentimiento pero tampoco era cuestión de buscar lo imposible y olvidar las obligaciones de todos los días. El escribano, una vez, le dijo que dejara de remedar al Buen Pastor dejando cien ovejas abandonadas y yendo detrás de una. Son noventa y nueve, replicó Josefina de mal modo, con una reacción muy rara en ella.

         ¿Qué podía pasarle? Cualquier maestra tiene alumnas desertoras, alumnas raboneras, alumnas descarriadas. Eso ocurre siempre; eso le ocurría cada año a la maestra González, que llevaba varios años ya de práctica. Pero de golpe se empecinaba en averiguar el paradero de una alumna cualquiera y peor que cualquiera y sin los justificativos que inventaba Josefina: la tía paterna no la quería porque le recordaba a la mujer que engañó a su hermano, a la madre de Gloria, y actuaba como si fuera cuestión de tiempo que la misma Gloria siguiera los pasos de la mamá. No. Ese tipo de pretextos nunca justifican la mala conducta ni tampoco la enfermedad de la maestra Josefina -una verdadera enfermedad su preocupación con esa alumna-.

         Es que andaba muy nerviosa, dijo la asistente social.

         Siempre me decía que se sentía en deuda con el cuñado; yo que escuchaba los gritos sabía que más bien era al revés. Y le dije. Traté de hacerle entender que vivía en la casa de ellos pero que pagaba de sobra su estadía y si la hermana trabajaba en el banco era porque podía tenerla de niñera y de criada. Josefina barría, repasaba, planchaba, se ocupaba de todo. Siempre la trataban como extraña. Ni le permitían hablar por teléfono, el cuñado le contaba las llamadas. Hasta quería meterse en su vida privada, que no tenía, pero se permitía preguntar con quién hablaba y por qué tanto y más de una vez tuvo que cortar su conversación conmigo. Y todo el barrio escuchó la vez que el cuñado llegó de su trabajo y se puso a gritarle que le iban a echar a él de su trabajo si seguía diciendo por ahí macanas con el cura comunista ese. La trataban demasiado mal.

         Esto también era un pretexto para el escribano. Él no admitía excusas. Problemas tenemos todos; el mérito está en resolverlos. Él había tratado de hacerle ver a la señorita González las cosas como eran. Ella había seguido con su manía de visitar la casa detestable de Sajonia. ¿Cuántas veces? Miles, según el barrio. Todo el mundo había visto a la mujer parada frente a la puerta y esperar, tocar el timbre, golpear sin resultado. La puerta nunca se abría pero insistiendo se consigue lo que se quiere. O lo que no se quiere.

         Una vez, cuando llegaba la señorita González frente a la casa, cuando se bajaba del taxi (raro; porque solía venir en micro), vio bajar del impala colorado a Gloria.

         "¿Qué quiere?", preguntó el chofer de mala manera.

         "Dejala, Amancio, señorita, pase por favor",

         "No puede pasar en la casa".

         Pudieron hablar unos minutos en la calle, siempre bajo la mirada inconfundible de Amancio. Era el mismo fulano de las esperas frente a la Normal; Josefina recordaba la mirada vidriosa. Chofer, alcahuete y pyragüé, la maestra volvió a verlo una semana después.

         Fue un sábado por la mañana. Ella salía de la casa con el uniforme y la insignia de la Normal, no porque tenía clase sino porque aprovechaba el sábado para lavar y colgar la ropa linda. En la calle la esperaban dos hombres.

         "Gloria quiere hablarle", dijo Amancio.

         Ella subió al auto confiadamente. ¿Qué tiene Gloria?, preguntó. El desconocido conducía sin hablar. Amancio no contestó. Ya demasiado tarde, al descender, ella se dio cuenta de que no debió haber subido al auto; debió haberse metido en su casa y trancado la puerta; los dos tipos no hubieran podido forzar aquella puerta sólida ni escalar la muralla alta de la fachada. Hubieran vuelto con refuerzos, desde luego, para rodear la casa y echar la puerta pero, para entonces, ella ya hubiera podido saltar la murallita baja de la vecina y llegar a la parroquia, donde el cura podía esconderla de la policía. Mala idea subir, confiada, al auto y dejarse llevar a la comisaría, pero el descubrimiento vino demasiado tarde, cuando ya el Amancio y el otro la sujetaban de los brazos y la resistencia resultaba inútil.

         "¡Ah!", viene nuestra maestrita izquierdista.

         El comisario levantó la vista (escribía en el libro de guardia), se incorporó, avanzó hacia la maestra. Le sujetó una mano mientras le sobaba el brazo, la cara, los cabellos.

         "Señorita, aquí nos vas a dar clases a todos, como a tu alumna. Vas a enseñarnos muchas cosas y nosotros también te vamos a enseñar. ¿Verdad conscripto?".

         El conscripto, un muchacho de diecisiete años, estaba más asustado que la maestra (ella, paralizada, no atinaba a retirar la mano del comisario sobre su cara). Era un campesino común y por primera vez veía algo semejante: una profesora de uniforme manoseada por un comisario también de uniforme y en la sala de guardia.

         "Sí, mi comisario".

         Al conscripto le temblaban las piernas pero trató de sonreír cuando Amancio metió la mano en la blusa de la maestra. Esto no se atrevió a contar, meses después, ni siquiera bajo promesa de reserva, cuando dijo a los hombres de los derechos humanos que había visto a la maestra presa.

         Otra información la dio Cristina, sindicalista y compañera de celda de Josefina González. Para Cristina, se trataba de una confusión con otra Josefina González del partido comunista paraguayo; ¿por qué, o sino, hubieran metido presa a una persona sin actividades políticas? Cristina no creía que las reuniones del grupo de reflexión parroquial fueran causa suficiente para el apresamiento; Asunción estaba llena de grupos y no se los molestaba porque tenían la protección de la Iglesia. Pero la versión más aceptada era otra: fue por haberse metido en los asuntos privados de alguien muy importante. ¿Stroessner? Podía ser, o cualquier otro del círculo, incluyendo un tal Terrier que, según el escribano, tenía un criadero de adolescentes en el barrio Sajonia. Alguien del gobierno, de cualquier manera, a quien disgustaron las investigaciones de la maestra sobre el paradero de la alumna.

         Estas posibilidades se manejaban para explicar la desgracia de la señorita González, desgracia que, en el fondo, no tenía explicación. Había estado presa, maltratada, es cierto, pero muchas más pasaron por eso y por mucho peor. Había perdido su trabajo, es cierto, pero el grupo parroquial no la había abandonado y era cuestión de tiempo conseguirle uno nuevo y mejor. Con el nuevo trabajo, hubiera podido incluso alquilarse un departamento y liberarse de la hermana, del cuñado y de los sobrinos que se acordaban de ella para darle órdenes o quejarse o gritarle y convertirle la vida en una servidumbre insoportable. Apenas llegada de la Normal, donde tenía dos turnos, Josefina tenía que encargarse de los deberes de los sobrinos y recién cuando terminaba las lecciones particulares podía dedicarse a corregir los deberes de las ochenta alumnas de sus dos turnos de la Normal. Eso hacía todos los días más las tareas propias de una criada y la persecución de la directora que terminó de despedirla era bastante. Pero no demasiado cuando se tiene un grupo de referencia, cuando se tienen amigos, cuando se tiene ya concedido el empleo desaprovechado por su desesperada determinación.

         Y tampoco tenía sentido echarle toda la culpa a Gloria, pobre infeliz, como acostumbraba la gente, indignada y con ganas de encontrar un culpable fácil. ¿Quién podía tirar la primera piedra si nadie se atrevió a protegerla en su momento? Por eso el sacerdote no aceptaba las murmuraciones contra la adolescente convertida en amante de Stroessner por haber sido considerada p... antes de serlo. No aceptaba las lapidaciones de las pecadoras por principio. Era su trabajo comprender, si bien aquello le creaba, a veces, problemas de conciencia; su deber también era juzgar. Pero no sabía juzgar a Gloria ni a la señorita González. Muy a su pesar, concedía a la maestra mal pagada, la solterona, la fea poca cosa, la violada en la comisaría, el derecho de cortarse las venas varias veces después de haberse llenado de barbitúricos.

         El escribano, en el fondo, compartía el oculto parecer del cura. Él tampoco hubiera manifestado nunca lo que pensó a las siete de la tarde, cuando las luces del sanatorio se encendieron por fin y, en la puerta de la sala de la paciente González, apareció el médico gordo para referirse en términos banales a la muerta. Entonces, y a pesar de sí mismo, el escribano comprendió: la señorita González, por primera vez, había optado.

 

 

 

BUENOS AIRES

 

         "Otra vez saliendo en la televisión", dijo la abuela.

         Tania hubiera querido llegar hasta el comedor, pero no podía sin ser vista por la abuela y además la heladera estaba llaveada. Habían almorzado sin ella y después de comer Ema se había sentado a ver su tele; no había más remedio que salir a la calle con el estómago vacío y pronto.

         Buenos Aires.

         El nombre le sonaba como un cuento a medias -leyenda mágica en parte y en parte habitaciones viejas con puertas sobre patios interiores oscuros a causa de los altos muros vecinos-. Humedad e imprevistos después del desayuno en los paseos por la ciudad interminable. Ella (Tania), la mamá, la abuela. La abuela llevando cuentas de los gastos, las había llevado siempre y no era cuestión de cambiar nomás porque Amanda quedó con plata. No, demasiado caro. Esto tampoco. Podemos comprar, mamá. No. Quiero comprar, abuela. No, está muy caro. Y vuelta a recorrer otros negocios más baratos y las aceras llenas de mirones buenos mozos. A veces un pinchazo de la abuela ya llegadas al hotel y en el hotel las cuentas (financieras y morales) para ver cuánto se había gastado y cuánto más se podría gastar antes de volver a la Asunción de siempre y cómo se había comportado la nena, controladita allá, caradura en Buenos Aires, mirando cuando la miraban y pidiendo cosas en cada tienda.

         El dinero del viaje de Amanda, de la mamá.

         La mamá estaba viuda (poco tiempo de viuda). Casi la telenovela favorita de la abuela Ema: la chica pobre pero honrada encuentra al hombre de sus sueños. Casi. José no fue ideal ni millonario pero sí alguna plata y ganas de malcriar un poco a Tania, hija de un padre irresponsable. Un hombre de cincuenta ese José, más viejo que el papá de Tania, más flojo que el papá de Tania, de los predestinados a casarse con una mujer, tratarla como una reina y aceptar la monarquía de la suegra todavía casada y todos en la misma casa. La primera adquisición fue un televisor más grande y un sofá más grande para doña Ema.

         Natural para Ema: ¿no tenía que agradecerle cómo se había educado Amanda, divorciada pero criada como no se crían más ya las mujeres de ahora, siempre dispuestas a pedir más plata y engañar al marido?, pero de Amanda luego no se puede esperar ninguna cosa así. Incomprensible para los vecinos: el papá de Tania se mandó mudar, primero, porque quiso echarla a la suegra; segundo, porque trató de convivir con la suegra; tercero, porque no pudo y prefirió rajar y quedar medio soltero en vez de casado a medias o casado con tres (Amanda, doña Ema y don Jacobo Brodsky) o más bien casado con la suegra, la que mandaba en su casa o en la ajena. Digamos que el típico marido profesional capaz de casarse con la incasable y morirse pronto dejándola más casadera porque Amanda mejoró con la viudez. Solamente ella no se dio cuenta de eso; para consolarla o apartarla de cualquier tentación, doña Ema organizó el viaje a Buenos Aires, dejando a don Jacobo bien cuidado por una prima hermana mayor que él, llevándose a la viuda y a la nieta con el dinero del finado José Pérez, de llorada memoria.

         ¿Y por qué se fue Tania?

         Un error de la abuela, uno de los pocos. O quizás no fue un error sino que todo era error tratándose de Tania. El nombre, para comenzar, elección de la Ema. Pero, ¿cómo podía prever la pobre mujer la clase de Tanias que después aparecerían sobre la tierra? Ella bautizó un bebé, no una guerrillera. Y el nombre también tenía su explicación. Esa doña Ema, antes de ser abuela, antes de plaguearse todo el día, llegó al Paraguay con una sola valija chica y en medio de una formidable revolución y después de haber dejado innumerables guerras y revoluciones en Europa. Era una adolescente tartamuda, tímida, pelirroja. Por pelirroja la llamaron quibebé en el colegio, donde también le decían judía. En sí ningún insulto pero, ¡la forma en que le decían eso! O quibebé o judía, Ema soñaba a veces con un pueblo de Rusia donde las compañeras eran lindas y con los cabellos color de lino. Recordaba una Tania de su escuela, solía idealizar aquella escuela y aquella Rusia que no debía idealizar. La casaron con otro inmigrante, un hombre enfermo, que la obligaba a seguir pensando en Rusia, en los trigales bajo el sol y en su compañera Tania, casi tan linda como su recién nacida nieta. Aquella Tania debía darle un aura muy especial a la beba en las especulaciones de la abuela, Pero nadie es perfecto ni puede calcular las imprevistas consecuencias de un nombre. Si las cosas (en la casa nunca se decía política sino las cosas); si las cosas no se hubiesen empeorado tanto, nada hubiera tenido que ver el nombre. Pero empeoraron y en el barrio se conocía lo suficiente a la familia para saber que eran rusos pero no lo suficiente para saber que eran refugiados. ¿El resto? El resto no fue un error, no puede hablarse de error. Trece años de educación bien controlada; a los trece, Tania daba de qué hablar a todo el barrio. Y conste que la abuela no la había consentido. Al contrario: ella había querido que su Tania fuese como su Amanda, como debía ser. Pero la nena, en la expresión del barrio, andaba por su cabeza. Hacía lo que quería y a pesar de los tirones de trenzas y de los bifes y de los días de encierro y de los días sin almuerzo. No había caso. Pensando que, a lo mejor, había exagerado, Ema optó por el jubileo del viaje a Buenos Aires. La nena viene con nosotros. Amanda, que ni siquiera había tenido intervención en la compra de pasajes, muy contenta. ¡Las tres, que gusto! Así se imaginaba la pobre Amanda aquel viaje de imprevisibles consecuencias.

         En Buenos Aires, los ojos de Tania iban y venían. No podía creer que haya tanta gente junta. Y linda. Las mujeres como a ella nunca la dejaban. Los hombres... le costaba mirar sin corresponder miradas; Tania tenía trece pero aparentaba dieciocho. El viento frío (no solamente el viento) le ponía la cara colorada. Tania volaba con piloto automático. Esquivaba la gente que no veía, suspiraba frente a las vitrinas, no se dejaba atropellar por los autos mientras veía solamente su tele. La película. ¿Cómo comenzaron a hablarse? ¿Cómo hizo él para sentarse a la mesa de ella? Aquella parte no había visto, pero después ya se hablaban (de la mano) aunque nunca se habían visto antes. Pero tampoco lo que se cree: después, hablaron por teléfono solamente y él tuvo que hacer un viaje muy largo y casi no se vieron más pero igual se querían. ¿Por qué tienen que pensar siempre mal? Si una entra sola en la confitería, tiene que ser para eso nomás. Eso piensan. Tania miraba de reojo a la abuela de negro, perfecta menonita. ¿Miraban por la vieja o por ella? ¿O por las tres que andaban juntas? Tania miraba con envidia las chicas sin abuela menonita. Pensaba si a ella también, algún día... bueno, no Alfredo Alcón pero algún muchacho con tema de conversación, educado. ¿Por qué no podía tomar un té en vez de café con leche; por qué no podía probar, por lo menos probar, si un muchacho decente le pedía permiso para sentarse a su mesa en vez de decirle una grosería de entrada? Porque en barrio Jara estaba lista. Calentona. Y la primera en creer la propia Ema.

         Ella escuchó esas mentiras, le dio un bife y desde entonces ya no había dejado de perseguirla o porque salía sola o porque tardaba cinco minutos más en el almacén o porque sí no más. Y el viaje a Buenos Aires una disculpa; Tania comprendió sin intención de perdonar; era demasiado tarde. ¡Si por lo menos hubiera hablado con ella cuando comenzaron los chismes! Pero no; Ema vio el corpiño roto y les creyó a los otros. Y la mamá también culpable por entregarla a la maldad de la vieja. ¡Degenerada! ¡Trece años y con un goim! Un goim que contó su hazaña ficticia a todo el barrio y sin que nadie le diera ni siquiera el derecho de defenderse a Tania porque las judías luego son todas unas calentonas, la primera en pensar así la propia abuela. No; eso no se

perdona con un viaje a Buenos Aires, un viaje donde la vieja fue colada con plata que no era de ella.

         Así que aquel viaje fue un perfecto error. Aparentemente, todo normal cuando volvieron a Asunción. Tania dejó de preguntar por qué algunas de sus compañeras de la Normal podían invitar amigas a merendar sin pedir permiso; por qué algunas invitaban hasta amigos a los cumpleaños; por qué algunas, incluso, invitaban candidatos (una vez por semana, con la familia delante pero candidatos). Tania dejó de preguntar por qué tenía que vestirse como le gustaba a Ema, barato y pasado de moda; por qué no podía tener un poco de plata si la mamá quería darle. Dejó de contestar porque había dejado de ser la nena boba dispuesta a recibir bofetadas y encierros por sus ataques de mal humor. No le festejaron los catorce pero no protestó y eso que había sido la mejor alumna y hacía los trabajos de la casa sin protestar. Como venganza, comenzó a pasar más tiempo en la pieza del abuelo. Una venganza sutil. Claro, nadie podía decirle nada por visitar al abuelito, pero tampoco estaba bien. Él siempre con montañas de comida sobre la mesa de noche y cuentos de barbaridades en Europa, sin salir de su pieza ni para comer. Mala compañía. Ninguna prohibición formal pero Tania entendía. Entendía también que, siendo buena, no había prohibiciones. ¡Pero mamá, dejá de perseguirla! Amanda tuvo la audacia de enfrentar a la madre, siempre detrás de la pobre nieta que se había portado mal una vez pero también tenía derecho de cambiar y había cambiado como el día y la noche. El abuelo, ¡milagro!, comenzó a salir de su habitación y a comer con la familia, pero también retiraba comida de la heladera con candado (precaución de Ema) para compartirla con la nieta modelo. La vieja, que se conocía bastante como para conocer a una de su sangre, no se dejaba engañar. Esta chiquilina esconde algo, terminó diciendo, y ahí vino la primera y gran pelea familiar, con el mismo don Jacobo tomando partido en favor de Tania. Después de la derrota de la abuela, Amanda terminó depositando plata en la cuenta de ahorros conjunta abierta a nombre propio y de la menor Tania Rinaldi.

 

 

 

 

VICTORIA TOTAL

 

         Nadie podía aceptar que la abuela tuviera sus razones y que sus sospechas se confirmarían un siniestro martes por la tarde, por suerte a la misma hora en que don Jacobo estaba en la clínica para hacerse un análisis, pobre, o sino moría del corazón.

          Primero algunos golpes en la puerta y Tania corriendo para el fondo de la casa, sin tiempo para esconderse porque un golpe mayor derribó la puerta y entraron como perros rabiosos, como se los había representado mil veces la pobre Ema en su miedo ancestral. Ella gritó palabras en ruso, vio cómo agarraban a la nieta de los cabellos, desfondaban armarios, rasgaban los colchones con bayonetas. Lo único comprometedor el póster de Tamara Bunke. Tania, llevada como cuerpo del delito hasta el Departamento de Investigaciones. No había nadie más en la casa. A la vieja la dejaron hablar y gritar sola; a la nieta se la llevaron sin tomarse el trabajo de buscar a la madre, entonces en la clínica con su padre.

         Cuando regresó, Amanda descubrió que podía ser una mujer fuerte. Se ocupó de los viejos, solicitó una entrevista con Gustavo Stroessner. Era bastante arriesgado; ¿quién aseguraba que no la buscaban también a ella? Cualquier otra se hubiera escondido pero Amanda prefirió jugarse la carta de que Gustavo se acordara de su marido.

         Y así fue. Gustavo (nadie hablaba mal de él) recordó el contador aquel, José Pérez, uno de los pocos que le manejó dinero sin robarle. La corona enviada al entierro había sido algo más que simple cortesía y consideró su deber ocuparse de la chiquilina aquella, quince años, metida por pendeja y por estúpida en la guerrilla OPM. Llamó por teléfono a ciertos funcionarios; justo cuando Tania comenzaba a conocer lo peor.

         La habían llevado hasta Investigaciones y allí la subieron a un altillo que amenazaba romperse por el peso de las presas. Por entre las tablas mal clavadas, se veía bien a la mujer de abajo: encadenada una semana atrás, le comentaron, y en posición martirizante; aunque de hierro, solía soltar gritos cuando la interrogaban. De tanto en tanto, llegaban al altillo hombres con promesas de violación e interrogatorios. No les hagas caso, le dijo una detenida antigua a Tania, dicen no más para asustar. Pero, cuando un oficial leyó en voz alta su nombre, Tania se escondió entre las otras y tuvieron que llevársela a la fuerza.

         No pudo recordar el auto ni la calle ni la familia esperando ya después, cuando el médico tuvo que medicarla. Ya recuperada, le explicaron que no había de qué asustarse: Gustavo Stroessner había pedido por ella, en realidad, buscaban a Ricardo. Amanda no quiso saber más; Ema sintió confirmarse sus sospechas.

         Ninguna crítica para Tania, por supuesto. El médico había prohibido el tema y en la casa no iban a permitirle ataques contra la víctima. Pero, para vengarse un poco, la abuela comentaba el noticiero de la tele. Todos los días, varias veces, el noticiero diario con las caras de los presos y los prófugos de la OPM.

         "¡Otra vez saliendo en la televisión!"

         Exclamación de asombro. ¡Un muchacho tan joven! ni siquiera bachiller, imagináte Tania, pobrecita, meterla a ella con esa gente.

         Una sola vez la ocasión le permitió comentar un poco más el caso. Aquella tarde, en la tele, cuando pasaban las fotos de los prófugos, apareció también la de Tania. ¿Entonces van a allanar la casa de nuevo? Amanda se movió como correspondía en los altos niveles y se aclaró que se trataba de un error: Tania ya había sido separada de la lista de los prófugos. Al día siguiente, y en el noticiero, el gobierno declaró la inocencia de Tania. Inocencia oficial.

         Ema tenía su versión: No era por nada, para comenzar, que un día la chiquilina llegó a la casa con el póster de la guerrillera. Y las amistades. Ricardo. Y el carácter de la nena: si algunas se descomponen por la política y otras por los hombres, Tania se descomponía por la política y por los hombres. Y comenzó temprano; después de avergonzar a la familia a los trece con un hombre, puso en peligro a la familia a los quince con su guerrilla urbana.

         Cosas que no podía decir, desde luego. Pero estaba el Ricardo como chivo expiatorio, el primer actor del noticiero criminal. El jefe de la banda. Ema no estaba con el gobierno, ¡justamente por eso! No era cuestión de darle motivos al gobierno con una revolución mal hecha; si se van a hacer revoluciones, hay que hacerlas bien para que el gobierno no tenga pretextos para castigar inocentes por culpables.

         "O si no se es un idiota como el mocoso ese del demonio, el Ricardito que hace matar a sus amigos y se escapa él a la Argentina".

         Las convicciones íntimas de la abuela superaron los límites de la reserva. Y en mal momento. La perorata contra Ricardo fue en el almuerzo y resultó más de lo que la nieta podía soportar. Su explosión fue proporcional a las semanas de rabia reprimida; su castigo, simbólico. Quedó unos cuantos días sin almuerzo porque se había excedido; en el fondo, Amanda sabía que la hija tenía razón pero no podía consentir abiertamente aquellos gritos contra la abuela, capaz de hacer una crisis nerviosa como el día aquel del allanamiento, que iba a empeorar todavía más la situación de la familia.

         Tania aprovechó los días sin almuerzo y sin colegio (vacaciones de invierno) para pensar en Ricardo. Recordó aquellas piedrecitas caídas sobre el techo a la hora de la tele, su excusa para ir al almacén, el encuentro, el segundo contacto con un hombre. Porque el primero no fue; aquel baboso sólo había podido romperle la ropa antes de que ella echara a correr salvándose y llorando. Ricardo fue el primero; le había permitido entregarse y regresar a casa sin vergüenza.

         Fue la única vez pero se enteró la policía; más tarde, persiguiendo a Ricardo, allanaron la casa de los Brodsky para llevarse a Tania como rehén y como venganza por no haberlo podido agarrar a él, entonces ya en Corrientes. ¿Seguro? No, la policía paraguaya intercambiaba presos con la Argentina. Pero Tania tenía la certeza de volver a verlo, de repetir el único encuentro, de escapar de la envidia de la abuela y tenía su plan.

         El comienzo de las clases fue la ocasión. Con el uniforme y el bolso de gimnasia de la Normal, sin almuerzo, Tania salió a la calle mientras la abuela repetía la cantinela de la una de la siesta. "Otra vez saliendo en la televisión".

         Le temblaban las piernas. De golpe, comenzaron a torturarla el hambre del desayuno y del almuerzo saltados. Pero no paró en el almacén para comer algo ni tampoco comió nada en el Parque Caballero aunque el Parque, la rabona y la merienda siempre andaban juntos. Para completar, encendió un cigarrillo; si se trataba de hacer las cosas, tenía que ser todo de una vez: faltar a clase y hacerse ver con el uniforme puesto y fumando. En la casilla del Parque (¿por qué todo estaba tan sucio?), Tania notó que se le había derramado el perfume en el bolso. ¿Mala suerte? No hasta el momento. Y tampoco mala suerte cuando llegó la hora de cobrar: viéndola mayor y vestidita (había usado una de las mudas del bolso de gimnasia), la cajera pagó mirando de reojo a la señorita con tufo de perfume pero sin sospechar que una de las firmas, la de Amanda, era falsa; Tania la había falsificado para completar la boleta de extracción de la cuenta de ahorros conjunta.

         Salió del banco con la plata, se miró en la vidriera. Pinta de banda, mejor. Mejor así que estudiante menor de edad, es decir OPM. Tania recordaba la vez que viajó a Clorinda con su mamá; unas tipas, sin decir nada, se sentaron en la lancha y cruzaron el río tranquilamente. Tipas pintarrajeadas, de la vida. Les tenía miedo y tenía que volver a viajar con ellas.

         Y sin embargo fueron sus amigas.

         Ya en la lancha, cruzando el río, una de esas le preguntó: ¿Es la primera vez? Tania contestó que no. La otra la miró con desconfianza. ¿Iba a denunciarla? No, por el contrario, la ayudó cuando llegaron al lado argentino y el gendarme pidió documentos. Ella viene con nosotras, dijo la mujer abrazando a Tania con familiaridad. El gendarme miró la cédula de identidad, exclamó ¡quince años!, devolvió el documento con el comentario: cada vez comienzan más temprano.

         Pasado el puesto de control, la contrabandista volvió a ponerle la mano sobre el hombro. ¿Por qué no te volvés a tu casa, mi hija?, sos demasiado chica. Tania trató de replicar. Pero no, nena, a nosotras pues no nos podés mentir. Vos sos jovencita, se ve que tenés familia y todo, volvé a tu casa, no son pues cosas para vos. Y la mujer se alejó comentando el caso con las demás paseras de Puerto Falcón que habían permitido a Tania sortear el control de la gendarmería cómplice y coimera. Sin atinar a dar las gracias, todavía incrédula, Tania subió al ómnibus. Había pasado el Banco, la gendarmería, la frontera; nada la podía detener.

         Buenos Aires. Allá (en la calle Santa Fe) tenía ya elegida su confitería. Parte del dinero del bolso estaba reservado para pagarse la mesa, el té, las medialunas y hacerse mirar en los ojos por Ricardo.

         La deuda

         La primera vez fue del lado de la aguada, esa parte de su propiedad toca la nuestra. Yo le consideraba buen vecino, y eso que, cuando llegó, papá dijo: vamos a tener problemas. Y es que somos propietarios viejos, mi familia ni siquiera se recuerda desde cuándo, puede ser del tiempo del general Caballero. Por entonces, valía la confianza entre vecinos y así fue por mucho tiempo y siempre nos llevábamos bien. Hasta que comenzaron a llegar los nuevos propietarios con sus agrónomos especialistas en robar terreno ajeno. Y Raúl venía de Asunción, por eso la desconfianza. Por eso yo me fui a verlo y él me dijo disgustos con los vecinos yo no quiero. Él pagó la mensura y la alambrada, y para qué decir una cosa por otra, no nos quitó ni medio metro. La mensura comenzó a traerlo a casa y después ya pidió permiso para venir a visitarle a Claudia y no es porque sea mi hermana, doctor, pero el tipo se casó bien. La familia contenta, parecía un hombre decente, incapaz de faltarle a nadie. Y la verdad que era; si se estropeó, fue después. Cuando llegó a nuestros pagos, todo el mundo le quería y por eso le elegimos intendente. Vino pues el cambio, pudimos elegir autoridades y...

         Pero le voy a seguir con la aguada; como le dije, fue la primera vez. Porque siempre le había considerado bien. Cuando vino la tormenta, por ejemplo, y nos tumbó el árbol sobre el techo, Raúl nos prestó su motosierra y hasta nos ofreció personal. Y cuando yo me enfermé, él personalmente me llevó hasta el pueblo con su cuatro por cuatro, ya era intendente, y armó un bochinche porque no había nadie en el centro de salud y le hizo venir al médico sea como sea para atenderme a mí. Estas cosas también son para agradecer y hasta aquel momento no más teníamos buenas impresiones del vecino, que también era ya nuestro pariente.

         Bueno, entonces yo me voy para verle y él estaba haciendo unos trabajos por allí. Me acerco, le saludo, no me dice nada. Pensé que no me había oído, por eso le saludé otra vez. Tampoco me dice nada. Ni siquiera levanta la vista. Yo quedé muy molesto, era pues una falta de consideración. Siempre habíamos trabajado juntos, porque me olvidé de contar, trabajábamos juntos. Aquel negocio de novillos, por ejemplo, él me prestó la plata. No le pude devolver a tiempo porque me fallaron también a mí. Fermín Morales. Le vendieron unas vacas con aftosa, contagiaron las que él tenía, casi se fundió. No se fundió porque tenía con qué defenderse, pero se retrasó y no me pudo pagar lo que me tenía que pagar y entonces yo también le fallé a mi cuñado.

         Me preocupaba, yo siempre he sido muy cumplidor, somos así de familia. Por eso quise explicarle bien pero ni siquiera me dejó hablar. Yo me di la vuelta disgustado, cuando ya me iba, siento que él me viene desde atrás y me dice no ves que estoy trabajando, para que venís a molestar si te hice un favor y me fallaste.

         Quedé muy sorprendido, nunca le había conocido así. Pensé que a lo mejor le hablaron mal de mí pero no. Comenzaba a estropearse nomás.

         En el pueblo, desde luego, ya se comentaba pero la familia la última en enterarse. A nosotros todavía no nos decían nada, aunque el nuevo intendente ya se portaba mal. No tanto, pero bastante. A él justamente le habíamos elegido cansados del anterior, ese Maciel, esperábamos otra cosa. Después de tanto tiempo, se podía elegir y aprovechamos. Queríamos el cambio, no las autoridades que pedían contribución para esto y contribución para aquello y siempre aprovechaban la ocasión.

         Pero el que elegimos nos salió peor.

         A lo mejor el dinero, digo yo; antes luego no teníamos casi cuatreros ni forasteros. Alguno que otro insolente, como ese Ramírez, pero al tipo le hicimos decir que si seguía así le íbamos a matar y se quedó en Asunción y no volvió por el pueblo para molestar con su insolencia y su robo de vacas que no era mucho sino para mostrar que mandaba y podía hacer lo que quería. Nos conocíamos todos y demasiado no se podía fallar con los vecinos.

         Después aparecen los sintierras, dice que, y con ellos los cuatreros que ya no roban más para comer ni de a uno sino tropas completas, incluso tienen camiones para llevar a vender el ganado faenado. Y otra gente más que ya ni conocemos pero sabemos bien lo que hacen. No, no se les puede probar, ni tampoco conviene meterse demasiado. Esto entre usted y yo. Pero esa gente tiene demasiado y con su dinero compra las autoridades.

         No le digo que Raúl estaba en el negocio, por lo menos que yo sepa, más bien hacía la vista gorda y con eso le daban una buena comisión. Enseguida se supo, pueblo chico, y se reunieron los del comité liberal, trataron de hacerle entender que le habían elegido y debía mostrar que un poco mejores éramos. Él se enojó demasiado, les echó de su casa, dicen incluso que les amenazó de muerte.

         Los buenos no tienen que estropearse, como dice mi hermano, cuando se estropean son peores. No pueden quedar no más medio rateritos como el otro, el intendente Maciel, que siempre fue avivado pero tampoco molestaba demasiado, incluso le voy a decir que no era malo. A mi papá le llevó preso una vez pero salió enseguida por política. Entonces no se podía hablar, no se podía publicar nada en los diarios pero por lo menos había respeto. Ahora se pueden decir muchas cosas, doctor, pero mientras tanto le dejan sin su ganado y en cualquier momento te meten un balazo, usted ni siquiera sabe quién. Si esta es la democracia, yo me quedo con Stroessner, y eso qué soy liberal. Y las autoridades elegidas por el pueblo.

         Bueno, recuerdo aquella vez, yo estaba en la pieza, ella con mamá en el corredor. Hablaban fuerte, por eso pude oírles todo. Mamá que tenía que hablar con nosotros, con los hermanos. Claudia no por el momento, su marido todavía puede cambiar. Y yo pensé que tenía razón; en la casa nunca faltan los problemas y es mejor aguantar un poco. Callarse, dejar pasar. Si Claudia nos contaba a los hermanos, ya teníamos que intervenir, y allí sí que se armaba una pelea grande.

         Así que Claudia -aguantó esa impertinencia como yo me aguanté una vez, aunque la verdad, doctor, aquella vez sentía ganas de liquidarle, sentía que ya no iba más a cambiar ese cuñado estropeado.

         Y no me equivocaba. Siguieron pasando cosas feas, cada vez peor. Primero le voceaba de balde, después, ya le decía... no le puedo repetir, hay cosas que demasiado dan vergüenza. Y tampoco paraba ahí. Maltratos. Raúl le decía que si contaba iba a ser peor y después ya se divertía jugándole a ella en público, pero la gente no decía nada, ¿para qué? Si no decíamos nosotros, la familia, ellos no tenían qué decir.

         Le pueden contar mucha gente, ahora que Raúl ya no es más intendente. Todos le pueden decir que vieron, le puedo dar los nombres.

         No, no es cierto. Yo nunca le provoqué. Yo me aguanté demasiadas cosas, tenía miedo. No tanto por mí sino por la familia. Yo me callaba, doctor, tenía que saludarle cuando le veía en el pueblo porque en su casa dejó de visitarle por todo lo que él le hacía a mi hermana. Ni le quería ver más. Igual así tenía que verle por el pueblo y esto le puede decir cualquiera, nos vieron varias veces.

         A veces, el tipo muy contento. Amanecía alegre, entonces me saludaba como en los viejos tiempos, me abrazaba y todo. Yo me aguantaba las ganas de meterle un tiro. Si llegaba a decirle respetála a mi hermana, seguro que el tipo no me decía nada pero después volvía a su casa para agarrarla a su mujer de los cabellos y cerrarle la puerta y hacerle pasar la noche afuera como hizo luego más de una vez.

         Mi palabra, doctor. Nunca le dije una palabra fuerte, hasta le sonreía cuando le encontraba, no le voy a mentir ahora a usted, ¿qué gano? Ni una palabra fuerte. Quizás por eso el tipo se creyó, decía mi familia todos unos cobardes y hasta le creían viendo todo lo que hacía y nosotros nada, aunque tampoco ellos no hacían tanto, le tenían miedo. Siempre acompañado, maltrataba a los demás como quería nuestro nuevo intendente, mucho peor que el anterior, que por lo menos respetaba a sus correligionarios pero éste ni siquiera a ellos y peor todavía con su propia familia.

         Y así prácticamente dos años en total. Se comenzó a descomponer al año, parece que, aunque no puedo estar tampoco seguro, Claudia casi no nos habla, no quiere contar para no quebrantarlo a su papá que le obligó a casarse.

         Al último, Claudia ya venía a casa toda golpeada. Un día, llegó para hablar con mamá; se había puesto un pañuelo para disimular pero se le cayó y la vimos. Carlos se levantó de la mesa, dijo ahora mismo lo mato. Mamá se puso a llorar, le atajó precisamente cuando mi hermano ya salía de la casa.

         Aquello más o menos dos semanas antes de la carrera pe. ¿Ya sabe? Usted sabe todo parece. Pero le cuento la verdad, no sé qué le habrán dicho por ahí.

         Para comenzar, yo ni siquiera estaba en la carrera... bueno, no pensaba irme, estaba un poco enfermo y decidí quedarme en mi cama para dormir. Y así estaba dando vueltas en mi cama con dolor de cabeza cuando viene a buscarme un peón de Fermín Morales. ¿Le conoce? No, es el hijo del dueño del hotel. Los dos se llaman Fermín pero este es más o menos de mi edad y más bien tiene un campo aunque también le ayuda a su papá con el hotel y allí tenía que esperarme. Él, como le dije, me debía plata, por eso yo quedé sin pagarle a mi cuñado y esa deuda me pesaba mucho.

         Llega entonces el peón de Fermín Morales y me dice que me quiere pagar ya su patrón. Yo me levanto y me visto, una ocasión así no se debe desperdiciar, sobre todo siendo una deuda que me quebrantaba tanto.

         Me levanto, me visto, le digo a Carlos acompañame. Usted sabe lo peligroso que es ahora, ya no se puede más andar solo con plata. La gente sabe, vaya a saber cómo, y le espera en el camino. Encima una suma fuerte de dinero, me asaltaban seguro.

         Así que le digo a Carlos acompañame y nos vamos los dos, no sé por qué él no llevó revólver, si en una circunstancia así debe llevarse, aunque también la mera compañía basta: cuando son dos, ya se piensa dos veces para asaltar. A uno solo se le mata y se le deja después en el barranco sin dificultades.

         Llegamos entonces al pueblo y yo derecho para el hotel, donde me esperaba Fermín para pagarme. Carlos, mientras yo conversaba con Fermín, quiso dar una vuelta por el pueblo, y así fue que terminó en la carrera pe. Él no tenía pensado irse ni tampoco me podía dejar solo porque justamente para acompañarme había ido. Pero encontró unos amigos y se fue con ellos para mirar la carrera. Un rato nomás tenía que ser. Y así vienen las cosas, ¿ve? Yo no pensaba irme y me fui. Él tampoco pensaba y se fue igual. Tampoco pensaba encontrar a Raúl en la carrera pe.

         Pero le encontró y el malcriado le dice vamos a apostar. No tengo plata, le dice Carlos. Nunca tenés plata, dice el otro, y después cuánto tenés encima. Era poco, unos diez mil. Raúl le dice muy bien, tus diez mil contra mi estancia. Carlos no le quiere aceptar la apuesta pero el otro insiste. Estaba en esos días desagradables y sin pensar apostó su estancia completa contra los diez mil de mi hermano. A él nunca le gustó apostar en las carreras pero aceptó para evitar problemas. Si me negaba, me contó después, comenzaba a tirotearme mucho antes.

         Aceptó entonces, tampoco le importaba perder poca plata pero ganó la carrera para su desgracia. El otro se pone furioso, dice que le ganaron con trampa y saca su revólver.

         Yo escuché el tiro cuando iba saliendo ya del hotel con la plata en el bolsillo, me acababan de decir que Carlos me esperaba en la carrera pe y para allá me fui. Quise pensar un tiro al aire, alguien que festeja su carrera ganada, no podía saber que Raúl estaba. Pero después otro tiro y me apuro un poco. Nervioso. No le puedo decir por qué. Maliciaba la desgracia, sentía. Llego ya al galope, veo que la gente grita, me dicen cosas que no entiendo. Entiendo cuando le veo al tipo con su 38 en la mano y él me ve llegar y me vocea. Bajo de mi caballo, me larga un tiro al aire.

         Yo le miro bien; casi le podía decir era el momento que tanto había esperado. Ya tenía la plata en el bolsillo, la plata de la deuda, me decidí a matarle y a meterle el dinero por la boca; hacerle pagar un poco lo mucho que me había maltratado por estar en falta.

         Si le mataba antes, doctor, iban a decir que fue por plata, y eso ya no me gustaba. No me gustaba la acusación de saqueo y muerte, de muerte por dinero. Nunca fui ladrón. Y la razón no era dinero, sino que le quería a mi hermana y tuve que aguantarme demasiado tiempo verla maltratada. Y el ganado. Porque no crea usted que no nos robó ganado; no le servían nuestras vacas, a él criador de raza, pero igual nos robaba y eso que le sobraba plata y a nosotros no nos sobra nada. Igual no más nos robaba, llevaba nuestros animalitos aprovechando la vecindad y encima hablaba pestes de nosotros por el pueblo.

         Así que me fui acercando y cuando estaba cerca saco mi revólver y le apunto derecho a la cabeza. Él tenía dos peones, uno con winchister, pero se puso todo blanco. Por lo visto, era valiente nomás para pegarle a mi hermana o para correrle a tiros a Carlos, que no tenía arma, pero cuando se encontraba en situación semejante reculaba.

         Aninati me dijo, bajó su arma pero yo le apunté, pude ver cómo se ponía cada vez más blanco. Ya no le tenía más rabia. Le había desafiado frente a todo el pueblo, todo el mundo entendía ya que me aguanté por mi familia. Incluso ahora, cuando recuerdo, me siento satisfecho por aquel momento, doctor. Con enfrentarle nomás puse las cosas en su lugar sin necesidad de dispararle.

         Entonces me empezó a venir la rabia, pero contra mí. Cierto que el pobre es pobre, que no hay justicia, que si tiene problemas se pudre adentro. Cierto que tenía miedo por mi hermana, por toda mi familia, por lo que podía pasar si algún día le enfrentaba a ese tipo. Tenía mis razones para aguantarme, para callarme, para no poder más comer ni dormir todos esos días que me pasaba soñando con ese tipo. Pero cuando la desgracia llega, llega. Y la desgracia llegó el día que llegó a la casa Raúl para avergonzarnos, para robarnos, para amenazarnos que nos iba a matar a todos si alguno decía algo o le denunciaba en Asunción. Eso se podía aguantar pero no evitar, estaba ahí. Iba a seguir hasta el momento en que alguien se le enfrente. Y yo pensé que mejor era yo, para que nadie más se perjudique, era peligroso desde luego. Pero había que hacer, yo sabía que tenía que hacer. En el fondo, doctor, era un pretexto la deuda. Cuando tuve la plata en el bolsillo, cuando supe que podía refregarle por la cara ese dinero, entendí qué pretexto, falta de determinación de mi parte. Entendí todo de golpe cuando tuve la plata, cuando tuve su cara delante de mi mira, cuando le vi recular y achicarse.

         Rabia contra mí, doctor, por haberme corrido, por no haberle metido cuatro tiros como terminó metiéndole después de tanto tiempo de andar en deuda.

 

 

 

EL MARQUÉS DE GUARANÍ

 

         El juez ha sido familiar del Santo Oficio antes de la disolución de la Orden por Bonaparte y declinado oferta de reintegrarse con la vuelta de Fernando VII. La causa puesta a su consideración ha sido escándalo en Madrid. El reo, un indiano de apellido Fort o Tort, había solicitado una audiencia a Don Fernando con el título falso de Marqués de Guaraní. En el allanamiento practicado para arrestarlo, nada comprometedor se halló: poco dinero, alguna ropa, ningún documento inculpatorio. El posadero, a quien adeuda la paga, dice que el reo es jugador y ha pasado semanas en Madrid en compañías dudosas. Hecha de lado la impostación de personalidad, poco distingue al hombre de otros charlatanes llegados a Palacio con la pretensión de ver al Rey. En la España desangrada por la invasión napoleónica y la insurrección liberal, sobran visionarios. Este ha visto al mismo Santiago Apóstol; aquel quiere un ejército para terminar con Bolívar. Locos o logreros, suelen pedir alguna gracia por sus servicios imaginados. Y este Marqués de Guaraní tiene toda la traza de aquellos, si bien con una diferencia: estuvo a un paso de obtener la audiencia engañando a funcionarios avezados y pese a lo ridículo del título. La policía presume espionaje o regicidio; sin complicidades, dice en su informe, nunca hubiera llegado tan lejos. El juez de la causa evita las presunciones y decide mantener su independencia en circunstancias difíciles.

         En efecto, un personaje encumbrado, un Ministro, le ha exigido rigor. Sin desafiar al grande, el juez protesta fidelidad; ésta, dice, no necesita recomendaciones. Y no miente: hijo de un siglo ya sin gloria; heredero de un abuelo heroico en Nueva España; falto de cometidos mayores, ha puesto su fervor de cristiano viejo al servicio de sus deberes de estado. Con particular escrúpulo se aboca a la materia, indaga, se familiariza con las interminables cuartillas de la temida policía secreta, mal necesario en tiempos de fiebre republicana.

         En el primer interrogatorio, el acusado dice llamarse José Agustín Fort, catalán de origen, residente en América por varios años, llegado al Reino después de una breve estadía en la Corte de Lisboa, donde sirvió a la Señora Reina de Portugal, como ya lo había hecho durante el tiempo de su forzada residencia en Río de Janeiro y cuya gracia le permitió acercarse posteriormente a la Corte de Su Hermano, nuestro Rey, pero el error o la malicia le han impedido obtener la solicitada audiencia con Don Fernando VII, de quien es fiel vasallo, no mereciendo por tanto ni la prisión ni el rigor extremado de tenérsele preso con hierros en los pies. Solicita el reo se le ponga en libertad inmediata y se le faciliten los medios para obtener la audiencia con Su Majestad, pues el objeto es de la mayor importancia y hace relación con información de carácter militar decisiva para la feliz conclusión de la campaña contra los rebeldes de América.

         El juzgado explica al detenido, hombre asaz rústico, los usos de la Corte: Su Majestad nunca concede audiencias antes de haberse impuesto del contenido de las mismas; la regla, que el acusado pareciera desconocer, rige hasta para con los señores Embajadores de otros Reinos; si el acusado, en verdad, tiene razones válidas para solicitar la audiencia, deberá informar al juzgado sobre las mismas; de ser éstas de peso, el juzgado las hará llegar a las instancias correspondientes y el procesado obtendrá la solicitada audiencia. Caso contrario, el mismo deberá guardar prisión por la falta de haber utilizado el título fingido de Marqués y bajo sospecha de una falta aún mayor, como ser la de traición, cuyo esclarecimiento requerirá una investigación detenida y un encierro sin duda riguroso.

         Con altivez no frecuente en la circunstancia, el procesado replica: para el caso, importa menos la calidad de la persona que el contenido de la misión; que no traiciona al Rey sino lucha por su causa, habiendo ya dado pruebas de su valor en las Provincias del Río de la Plata; que la importancia del secreto hace su conocimiento privativo de Su Majestad, temiendo el reo que algún mal servidor del Rey, en conocimiento del mismo, pudiera hacer un mal uso de él, sin por eso dudar de la rectitud de las intenciones del señor juez de la causa.

         Otro juez hubiera castigado la insolencia inaudita del reo, que así arriesga alienarse la voluntad del magistrado y se expone al potro por renuente a declarar. Éste la desconoce y no deja de apreciar la entereza del hombre -pocos conservan esa arrogancia después de un tiempo de calabozo, hambre y grillos y ante la posibilidad del tormento-. De convicción reaccionaria pero temperamento clemente, permite hablar con franqueza al acusado, sin amenazarlo. Terminada la declaración, la estudia con cuidado. De su contenido, sólo resulta claro lo evidente: mientras el Rey de España era cautivo del Francés, los Reyes de Portugal emigraron a sus posesiones del Brasil para evitar correr igual suerte; establecieron su Corte en Río de Janeiro; regresaron a Lisboa después de caído Napoleón. Si el detenido Fort sirvió a los Reyes en Río de Janeiro y posteriormente en Lisboa podría confirmarse recabando informes de los servidores del Reino. También debe el Juzgado ampliar su información sobre aquel Gobernador de la Provincia del Paraguay mencionado en la declaración indagatoria.

         Un antiguo funcionario real informa al juez que el acusado Fort yerra o miente al decir que José Rodríguez Francia es Gobernador del Paraguay, pues nunca ha recibido nombramiento para el cargo, habiendo desempeñado, sin embargo, cargos inferiores en la Gobernación de la Provincia; obra en Archivo constancia de Don Fernando datada de 1807, donde Su Majestad declara la valía de aquel súbdito americano; el citado Rodríguez Francia resultó electo Diputado por el Paraguay ante las Cortes de Cádiz, aunque no llegó a estar presente en ellas por motivos justificados; las cartas del mismo Rodríguez Francia agregadas al proceso de Tort y mencionadas por el reo son auténticas. Otro funcionario real, sin embargo, niega la validez de las mismas y nadie puede ofrecer información reciente sobre el Gobernador presunto, que pudo haber conservado su fidelidad o sucumbido a la impiedad de las Provincias Americanas, De mayor importancia que el tenor de la posible relación entre Fort y aquel José Rodríguez Francia o Franca, de ascendencia lusitana, resulta determinar si el procesado ha sido agente de Portugal. Sin necesidad de aventurarse en cuestiones ajenas y superiores a su competencia de funcionario subalterno, el juez sabe que, estando el Rey Don Fernando prisionero de Bonaparte, su ilustre Hermana reclamó para sí los derechos sobre las posesiones españolas en América, como un modo de salvar aquellos territorios de la agitación liberal que cobraba cuerpo alentada por las usurpaciones del Francés y la desafortunada circunstancia de verse prisionero Don Fernando, a quien muchos desesperaron de ver repuesto en su legítimo Trono. Fort, a la sazón en América, pudo haber servido los intereses de la Señora Reina, situación ésta cuyo esclarecimiento resultaría de fundamental interés para la marcha del proceso.

         El Ministro objeta: ¿Puede un zafio ser embajador de una Reina? Los Americanos son zafios; no por eso algunos carecen de valor y devoción al Rey. Si Fort es agente Portugués, ¿qué lealtad puede pedírsele para con España? No yerra el Señor Ministro; sin embargo, debiera reparar en la especial situación creada a partir del establecimiento de una Santa Alianza por encima de las rivalidades entre los Reinos. No; un servidor de un Rey nunca usurpa títulos y ese falso Marqués debe ser castigado como corresponde.

         La parcialidad del Ministro resulta más clara cuando el Juez descubre que, en ocasión de ser arrestado, Fort se encontraba en posesión de credenciales de la Reina Carlota Joaquina, quien lo declaraba por ellas servidor suyo y pedía a la Corte Española se lo reconociera en calidad de tal. Las credenciales, cuya autenticidad se constató, no fueron agregadas a las constancias de autos ni tampoco la policía mencionó el hecho en el informe elevado al Juez como cabeza de proceso. Cuando el Juez señala esa inexcusable irregularidad al Ministro, éste se limita a soslayar su gravedad atribuyéndola a mera negligencia, no a voluntad expresa de obstruir la marcha de la Justicia; al mismo tiempo, exige para el acusado pena capital.

         Tanta parcialidad alarma al Juzgador, de más en más ganado por la firmeza del reo. Fort, desafiando el castigo, repite en cada indagatoria que sólo revelará su secreto al Rey; que el secreto es vital para la salud del Reino; que sólo por malicia pueden tenerle preso porque, si le consideran culpable, debieran dispensarse los interrogatorios y castigarle ya; si, por lo contrario, se cree en su inocencia, debieran conducirle a la presencia del Rey, pues ninguna persona sensata desafiaría la cólera de un Rey severo y justo. No carecen de sentido estos propósitos; por otra parte, de existir una conspiración, ahorcar a Fort sería la mejor manera de encubrir a los demás cómplices. Ni culpable ni inocente debe castigársele con ligereza; aún culpable, tiene derecho a la pena proporcionada. En cualquier caso resulta necesario descubrir la verdad, pero su búsqueda se ve dificultada por la mala voluntad de las autoridades cuyo deber sería colaborar con el juez de la causa y sin embargo parecen sólo dispuestos a forzarle dicte una sentencia injusta.

         En el fondo del corazón del Juez crece el rencor contra toda aquella Corte impuesta como una valla entre el Rey legítimo y Su Pueblo; quienes se mostraron tímidos ante el Francés son ahora los más severos jueces del propio Español, a quien envían al patíbulo por el mero grito de «viva la libertad». La misma Inquisición, otrora brazo de la Fe, multiplica rigores contra los arrieros que juran y las gitanas que echan suertes; contra la rudeza de quienes guardan el viejo vigor español; contra la simpleza

de la canalla que, el dos de mayo, desmontó los dragones y enfrentó la fusilería francesa mientras que sus verdugos de hoy, los aristócratas cómplices o cobardes, medran en los favores de un Rey de engañada bondad. No. El juez no permitirá la iniquidad de sustraerse al conocimiento del Rey un secreto fundamental para el Reino: haciendo caso omiso de las jerarquías, pedirá audiencia a Don Fernando y elevará el proceso ante el máximo juez superior de toda causa.

         La gravedad del caso, empero, merece la atención del confesor. Este hace ver al penitente lo inútil del propósito: si el Juez supone mala fe en el Ministro, suposición por lo demás infundada, debiera considerar también el alcance de su influencia en la Corte, suficiente para impedirle obtener la audiencia y castigarle por haberla solicitado; el juez se vería separado de la causa, perdería el cargo y engrosaría el grupo de los hidalgos arruinados que mendigan su pan en las calles; podría incluso iniciársele proceso viendo complicidad en su benevolencia. Y el asunto tiene otro aspecto más importante: ¿No es el Rey representante de Dios? Y el Ministro, ¿no representa al Rey? ¿No está el juez, por razón y por derecho, subordinado al Ministro, cuyo poder emana del Rey? ¿Qué orgullo pecaminoso le mueve entonces a desafiar las decisiones del superior, que no hace sino comunicarle propósitos del mismo Rey? ¿O cree el juez, por ventura, que un asunto de tal importancia podría permanecer ajeno al conocimiento de Su Majestad? Como Cristiano y servidor del Reino, al magistrado inferior le compete sólo cumplir la voluntad del superior.

         Ni el argumento piadoso ni el pragmático le tranquilizan la conciencia. Como opción personal, decide acatar las decisiones del Ministro, de más en más abocado a la causa, pero valiéndose de la martingala de la dilación procesal. Cumple así con sus deberes para con la jerarquía y con la religión y demora el momento de la sentencia definitiva.

         La maniobra se ve recompensada. Un grande, el Consejero Queipo, equilibra la influencia del Ministro afirmando que el procesado es vasallo fiel y merecedor de muy distinto trato. La intervención paraliza el proceso y el reo se traslada del calabozo húmedo a una habitación espaciada y clara, donde tiene una mesa para escribir y enviar cartas no censuradas por los carceleros. Un día, al llegar a la prisión, un guardia mal encarado comunica al juez que el preso Fort ha quedado en libertad por decisión del mismo Rey. Por entonces, ya se difunde la noticia de un combate en territorio Americano: Ayacucho. Las informaciones son contradictorias pero el juez prefiere aquella que concede la victoria a España y la considera sólo comienzo de la ofensiva general contra los sediciosos; cuya derrota total se asegura para principios del año veinticinco. La libertad de Fort y la victoria son para el juez señal de haber obrado bien: salvando de la horca al reo, permitió que la noticia llegara al Rey y Él arbitrara los medios para el triunfo.

         Este razonamiento se desvirtúa cuando Madrid recibe la noticia: en Ayacucho se ha perdido el Imperio de las Indias. Y las contradicciones en el caso de Fort no se le aclaran: la decisión de condenarle a muerte; la imprevista libertad; los pareceres encontrados de los poderosos. Su perplejidad aumenta unas semanas después del incomprensible desenlace del juicio, al encontrar por azar a su antiguo reo en la calle; éste le manifiesta gratitud por la benevolencia demostrada y se compadece por la difícil situación en que se encuentra; lo invita a cenar con la promesa de decirle la verdad acerca del falso título de Marqués, la única mentira del caso.

         El Juez acude a la cita y puede confirmar la veracidad del rumor: el Rey ha otorgado una pensión a Fort. La suma debe de ser considerable a juzgar por la cristalería, los tapices y el exceso de criados en el departamento del indiano. ¡Cambio radical! El juez, separado de su cargo sin motivo válido es recibido por su preso con la primera colación satisfactoria en varios días.

         Bebiendo con alguna precipitación, el anfitrión se muestra propenso a la confidencia. ¡Demasiado tarde!, exclama con gesto teatral, ¡demasiado tarde! Si se le hubiera escuchado a tiempo, si no se le hubiera demorado injustamente, el secreto hubiera llegado a conocimiento de Su Majestad a tiempo y otra hubiera sido la suerte de las Armas Españolas... y esto dicho con el corazón del buen vasallo pues, de cualquier manera, el Rey ha sabido recompensar los servicios de aquel Marqués de Guaraní.

         ¿Marqués de Guaraní? No exactamente; fue una estratagema. Los liberales habían preparado todo tipo de celadas; milagrosamente, José Agustín Fort, emisario de la Augusta Protectora, pudo transitar aquel camino que lleva de Lisboa a Madrid sin perder la vida en alguna de ellas. Ya en la Corte de Don Fernando, su vida y su misión seguían en peligro. No hubiera sido difícil para los traidores hacerle desaparecer; el falso título y el escándalo fueron la contraseña utilizada para hacer llegar a Doña Carlota Joaquina noticias de la llegada de Su enviado. De no ser por ello, la Reina no hubiera podido intervenir para salvarle de la triste situación en que le habían puesto y hacer valer ante Su Hermano la inocencia del preso, portador de un mensaje importante del Gobernador del Paraguay, Don José Rodríguez Francia, cuya fidelidad también atestaba la Reina, por haberla verificado en los años de su estadía en el Brasil.

         A la objeción de que el último Gobernador del Paraguay fue Bernardo de Velasco, no habiendo accedido nunca el mentado Francia a la dignidad, Fort replica que, cuando estalló la rebelión del año diez en Buenos Aires y cundió la sedición en el Plata, el Paraguay no se vio libre de ella y obligó a su legítimo Gobernador, Don Bernardo de Velasco, a resignar el cargo. Ello, sin embargo, no significó el fin del partido Español, pues los leales, con prudencia y evitando enfrentamientos innecesarios, consiguieron conservar, si bien ocultamente, su influencia en el Gobierno. Motor de la feliz combinación fue don José Rodríguez Francia, nombrado Gobernador por los rebeldes pero apoyado secretamente por los Españoles y conservando siempre en su corazón la devoción por la justa causa. Éste consiguió mantener a la Provincia apartada de las rebeliones del Plata y, si bien se atribuyó el falso título de Gobernador, esa falsedad ocultaba una firme lealtad, hecho harto sabido por los servidores del Rey de España. Estos desconocieron la autenticidad de las cartas de Francia, objeta el juez. También ocultaron las credenciales de la Reina de Portugal; en ambos casos, traición y mala fe. La justicia del Rey, que ha recompensado la lealtad de Fort, sabrá castigar debidamente a los culpables.

         Empujado por una vanidad que el antiguo juez no desconoce, Fort hace una relación exaltada de sus proezas en el sitio de Montevideo, ocasión en que resultó preso y herido; narra sus años de aventuras en la Provincia del Paraguay, donde tuvo ocasión de conocer los pueblos y personas sin despertar sospechas, pues viajaba con la guisa de comerciante; también puede pintar el esplendor de la Corte Portuguesa en el Brasil, tierra de naturaleza pródiga y traidora. Su parlamento simple tiene el atractivo del habla del hombre que ha vivido cuanto refiere; su continente rústico expresa sinceridad.

         No. No se engañaba el magistrado al apreciar la personalidad del reo, que no era un mero charlatán y quizás tampoco jugador; de haber frecuentado compañías dudosas, pudo haber en ello propósito de ocultar la importancia de su misión.

         Y su misión es, justamente, el punto que acicatea la humana curiosidad del juez. Fort lo comprende pero, no sin cierta malicia, demora la respuesta. Recién al final de la cena, dice: como agente de Portugal, él tomó contacto con los Americanos leales, incluyendo aquel Rodríguez Francia, a quien conoció personalmente y cuyas cartas entregaba a Doña Carlota Joaquina, quien aprobó el esquema propuesto por el Gobernador Paraguayo, hombre enérgico, capaz de mantener sometida a la Provincia y exigirle aceptar el tránsito de los ejércitos del Rey por su territorio, después de haberlo negado repetidas veces a los rebeldes. Con el paso expedito, las tropas leales del Alto Perú hubieran podido caer sobre Buenos Aires, reconquistar el puerto, unir sus fuerzas con las Portuguesas para derrotar a los rebeldes de Montevideo e iniciar una ofensiva general a partir del repliegue momentáneo del Alto Perú. El proyecto fue sometido por Doña Carlota Joaquina a la consideración de sus jefes militares, contó con la aprobación decidida de aquellos pero se malogró por la demora con que se entregó a Don Fernando.

         Al retirarse, el Juez se pregunta qué hubiera sucedido si él, siguiendo los dictados de su corazón, hubiera llevado la noticia al Rey. La pregunta, planteada luego al confesor, recibe la respuesta de que, en el supuesto caso de no mentir Fort (el confesor lo conoce y lo considera hombre fantástico), estaba en el plan de Dios evitar que el mensaje llegara a tiempo, pues el destino de España no podía quedar ligado a la indecisión de un hombre. Eso le reconforta en momentos necesitados de consuelo; un hidalgo con hambre no podría considerar la posibilidad de que Dios, al definir Su Plan, lo hubiera rebajado con la inclusión del albedrío de un hombre.

 

 

 

 

 

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