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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  LA CANTIMPLORA (Cuento de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ)


LA CANTIMPLORA (Cuento de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ)

LA CANTIMPLORA

Cuento de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 

 

 

LA CANTIMPLORA

Dormía yo pesadamente en mi catre de campaña cuando me despertaron unas voces confusas, excitadas, y una rápida sucesión de estallidos secos, como de bombillas eléctricas que estuvieran explotando, allí mismo, bajo la tienda polvorienta. Debo advertirles que yo estaba hospitalizado en un puesto sanitario, a unos doce kilómetros detrás de las líneas de fuego, y esto me sucedió en una siesta sofocante en que soplaba un viento lleno de arena. Yo, tendido en el catre desde hacía una semana, no sabía si aquel viento que sacudía las lonas de la tienda venía desde el norte o desde los oscuros paisajes de la fiebre.

Las voces que me despertaron eran de mi compañero de carpa, el capitán Díaz, un hombre de cuarenta años, que solía hablar solo durante horas, y cuyo catre de campaña, hundidas las patas en la arena finísima del Chaco, estaba ahora a la izquierda del mío, a un metro de distancia.

- ¡Morales! ¡Morales! ¡A levantarse! ¡A correr!

Medio dormido aún, más en la fiebre que en la carpa, volví la cabeza hacía ese lado. Lo primero que vi fueron las polainas pardas de Pedro Díaz. Luego advertí que se las estaba poniendo con unas manos huesudas que le temblaban. Esto lo hacía con el sobresalto que seguía a un sueño interrumpido bruscamente en el bochorno de la siesta, entre el rumor del viento caliente.

Las bombillas eléctricas dejaron de estallar dentro de la carpa.

(Mejor dicho: caí en la cuenta de que no había bombillas, como había creído al principio, con el temor de que, al estallar, los fragmentos de vidrio me lastimasen la cara). Pero los estampidos seguían, violentos, persistentes, cada vez más próximos: eran ráfagas de ametralladora.

La fiebre, sin embargo, amortiguó aquellos ruidos (ya tan familiares) y se me cerraron los ojos. Cesó el viento, huyó la arena; se hizo en mí un silencio. En rigor, no me habían abandonado todavía las imágenes del sueño reciente: se habían agazapado en la sombra y volvían a apoderarse de mí, como en la sala de pronto tenebrosa de un teatro el haz de luz del proyector inunda la pantalla con súbitas visiones.

Y otra vez volví a encontrarme lejos, muy lejos del frente, del árido desierto; lejos del viento aquel; lejos de la guerra, en suma.

Volví a encontrarme en Asunción, en mi casa de Asunción, en el alegre patio embaldosado de mi casa de Asunción; un patio poblado de palmas de hojas brillantes, con un gran jazminero abrazado al muro blanco, y una parra verdísima, abundante en racimos maduros. Un sol benigno, colándose entre los sarmientos, iluminaba las baldosas azules, rojas y blancas.

Apagado completamente el estruendo de los disparos, oía yo otra vez la voz de mi madre, la risa de mis hermanitas y el chirrido de la polea balanceante sobre el aljibe de brocal húmedo, del que Petrona, la criada, sacaba un balde de agua limpia y luminosa.

- No hay un minuto que perder! ¡Arriba muchacho, arriba!

- Pedro Díaz me sacudió con fuerza y volvió a gritarme:

- ¡Arriba!

Luego corrió hacia la salida de la carpa, alzo la lona que a esta servía de puerta, y desapareció en fuga ya hacia la selva.

Entonces, si, me desperté del todo y lo comprendí todo: una fuerte patrulla enemiga había salido a retaguardia, cortando el único camino que conducía hacia nuestras bases, en el sur; y hacia la línea de fuego, en el norte. Y ahora, los patrulleros enemigos, escondidos en los matorrales a uno y otro lado del camino, descargaban sus automáticas sobre las carpas de los enfermos y heridos del puesto sanitario.

- ¡Aquino! ¡Aquino!

Mi ordenanza no me contestó. Más que ordenanza, Aquino era en aquellos días mi enfermero y tenía orden de no alejarse de mi tienda.

- ¡Aquino!

Por suerte yo dormía casi enteramente vestido. Solo debía calzarme las botas y ceñirme el cinturón con brújula y revolver. Recordé que en el revólver no me quedaban más que cuatro cartuchos acardenillados.

Corrí hacia la salida de la tienda. El estruendo de los disparos me taladraba las sienes haciéndome cerrar los ojos. Soplaba el viento como cargado de ceniza y pólvora. Algunos disparos - disparos de fusil - sonaban a cinco, a diez, a quince metros de donde estaba yo: unos cuantos camilleros, vueltos de su sorpresa, contestaban al fuego con los nueve o diez fusiles que había en el puesto sanitario. Trataban así no solo de ganar tiempo hasta que llegasen refuerzos desde nuestra línea de combate, sino de cubrir la retirada de los que pudieran ponerse en pie y huir hacia el monte o esconderse en los montes.

Me alejé de la tienda hacia el camino, mimetizándome entre los bajos arbolitos de un verde grisáceo que allí crecían, siempre abatidos de sed. Y vi, a unos cien metros de distancia, a unos jinetes cruzar al galope un claro del monte: eran patrulleros enemigos que buscaban una posición nueva para ametrallarnos más cómodamente.

Volví a zancadas a la tienda creyendo encontrar en ella a mi ordenanza. Pero Aquino no aparecía por ningún lado. Distinguí su gurupa y su manta en el suelo, pero no su carabina de la que nunca se separaba.

- ¡Aquino!

¡Y yo que solía tenerle lastima y que por eso lo trataba casi como a un camarada, compartiendo con el cuanto me enviaban de casa para suplir la dieta terrible de la compañía!

De pronto me acordé de la cantimplora, de mi abollada caramañola que debía de estar colgando de uno de los pasos de la tienda, junto a mi catre. ¡La caramañola! En aquel desierto de tierra seca como ceniza, de arboles verde-grises, de inmensas formaciones de cactos, entrar en la selva sin cantimplora era marchar a la muerte por laberintos de sed.

Penetre en la carpa. Colgando, junto al catre, la cantimplora. El viento, que se arremolinaba dentro de la carpa, la hacía balancearse, al extremo de la vieja correa, una correa que había absorbido el sudor de las marchas de toda una compañía. La cantimplora estaba vacía. Salí de la tienda. A pocos pasos de esta, había un barril de gasolina, de metal gris brillante, que ahora estaba lleno de agua turbia de una aguada remota; un agua fangosa, calentada por el sol de enero.

Traté de inclinar el barril a fin de trasegar su líquido a mi cantimplora, a través del único agujero (de dos pulgadas de diámetro) que aquel tenía en el disco de metal que le servía de tapa. Fueron inútiles mis esfuerzos. Estaba yo demasiado débil para mover el peso del barril. Las manos, enflaquecidas y amarillas, se me quemaban y lastimaban luchando contra la geometría de hierro del cubo hecho por la Standard Oil. Un sudor copiosísimo se me convertía en una capa de barro sobre la cara cubierta por el polvo del viento.

- ¡Aquino! ¡Aquino!

Me ardía la garganta. Con alivio vi venir hacia mí una figura de un palúdico, delgada y filosa, en la que al fin me pareció distinguir a mi ordenanza. La figura se arrodilló y se tendió en la tierra. Fui hacia el caído y lo mire de cerca, apoyándome en una rama baja. No: aquel no era Aquino. Era otro palúdico, que ya no tomaría más quinina.

El tiroteo castigaba los arbolitos circundantes y ahora se concentraba sobre mi tienda. Las ráfagas acribillaban las lonas sacudidas por el viento, restallaban perforando los pasos, picoteando troncos y en este instante hacían sonar, como a un tambor asordinado, el barril de metal lleno de agua.

Entonces, sí, pude cargar mi cantimplora. Por las perforaciones de las balas, el agua fangosa caía en oscuros chorros sobre la arena. Recuerdo bien que, después de aplicar el gollete de la cantimplora bajo uno de los chorros, vi que había otro chorro más grueso. Y bajo este chorro se lleno mi cantimplora.

Eche a correr hacia un bosque de cactos adivinando una ruta más corta hasta nuestras líneas a través de aquel paraje. Por entre los cactos apenas podía correr; la fiebre y un mareo cruzado de ígneas visiones me hacían vacilar sobre las botas ahora erizadas de espinas. A veces un brazo mío, torpemente extendido para conservar el equilibrio en los saltos de la fuga, chocaba con aquellas duras masas de pulpa verde y espinosa y sentía yo la carne rasgada por largos alfilerazos. En torno a mí, los arboles giraban: un cielo plomizo, reverberante, se llenaba de cohetes y el aire se quemaba. Caí varias veces. En una de ellas pensé que acaso sería mejor quedarme allí sobre la tierra, esconderme, dormirme acaso, volver al sueño. Pero los ladridos de metal de las ametralladoras me empujaban hacia el norte. Me detuve un instante al llegar bajo el follaje de un aromita. Tenía sed. La cantimplora se había caído.

- ¡Mi teñiente, mi teñiente...

Una voz avanzaba detrás de mí; una voz opaca, nasal, urgente y humilde:

- Mi teñiente...

La reconocí: era la voz de Aquino, voz de una boca minada por el escorbuto.

Volví la cabeza y lo vi llegar a mí llevando en las manos pajizas una cantimplora con la correa soltada.

- Su caramañola... se le cayo...

Me apodere de la cantimplora y bebí en largos sorbos el agua oscura y caliente. Y le ordene que me siguiera, que se viniese conmigo a un cauce seco próximo donde podríamos hallar refugio del fuego y orientarnos juntos, allí, para después proseguir la fuga. Corrimos hacia el cauce.

- Yo estaba con los camilleros, con la carabina... Tire todas las balas...Y vine a la carpa...

La voz entonces se le hizo un grito. Volví la cabeza y vi a Aquino desplomarse sobre él. mentón, con los brazos abiertos.

- ¡Mi teñiente!

Me incline sobre el sintiendo una fuerte opresión en la garganta.

- Mi teñiente, la caramayola...

Quería él hablar sin poder mirarme, con la mejilla izquierda apoyada sobre la tierra seca. Y acaso en esa postura, comprendió que no necesitaba terminar la frase. Y allí se quedó tendido Marcial Aquino, el cabo Marcial Aquino, entre los cactos, como profundamente dormido, con una mancha roja sobre la espalda.


*** .


Vagué perdido por el bosque, mucho después de que se dejaron de oír las ametralladoras de los patrulleros. Pase la noche bajo unos aromitas. Al día siguiente oí rumor de lejana artillería. Eso me orientó, no la brújula, que ya no servía.

Cuando llegue a nuestro campamento, lo primero que vi fue al coronel, de pie, en la mitad de la carretera, rodeado de sus oficiales. El coronel, famoso viejo corajudo, tan famoso por su valor como por sus sarcasmos, me recibió con estas palabras:

- ¡Aquí viene otro de nuestros corredores! ¡Qué susto les ha dado a ustedes la patrullita de ayer! Me place tener en mi unidad mozos que después de la guerra podrían participar con honor en las Olimpiadas...

La cara del viejo coronel estaba llena de risa. Lo mire en silencio, pero sólo un instante, porque su rostro Colorado burlón se desvaneció y, por rara alucinación, en vez del suyo, ancho y bermejo, vi el palúdico y cetrino de Marcial Aquino y oí que la voz jadeante y angustiada de mi ordenanza me decía:

- ¡Mi teñiente!... su caramayola...

Y allí mismo, acaso por estar enfermo y exhausto, caí desmayado a los pies del coronel.

El viejo, mientras unos soldados me llevaban a la Sanidad, recogió del suelo mi cantimplora - me contaron después - y ordenó que como la correa se había soltado le pusiesen otra nueva.


HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 

 

 

 

Fuente: SIN RENCOR


TALLER CUENTO BREVE

Dirección: HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

Edición al cuidado de MANUEL RIVAROLA MERNES y

LUCY MENDONÇA DE SPINZI

Asunción - Paraguay. Octubre 2001. (166 pp.)
 
 
 
 
Enlace recomendado: TALLER CUENTO BREVE

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del taller y otras publicaciones en la

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