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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  TERROR BAJO LA LUNA, 1985 (SOBRE GESTAS DE DOS SIGLOS) Poemario de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ


TERROR BAJO LA LUNA, 1985 (SOBRE GESTAS DE DOS SIGLOS) Poemario de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

TERROR BAJO LA LUNA

(SOBRE GESTAS DE DOS SIGLOS)

Poemario de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

Colección Poesía, 34

© Hugo Rodríguez-Alcalá

Alcándara Editora

Edición al cuidado de M. E. V. M., C. V. M. y M. A. F.

Diseño gráfico: Miguel Ángel Fernández

Viñeta: Carlos Colombino

Tiraje. 750 ejemplares

Hecho el depósito que establece la ley 94

Se acabó de imprimir el 17 de junio de 1985

en los talleres gráficos de Editora Litocolor

Asunción, Paraguay (99 páginas)

 

 

NOTA PRELIMINAR

A más de un crítico extranjero que conocía mi obra lírica le pareció extraño que fuera yo también autor de una obra muy distinta, una obra "épica".

En apariencia sí, el autor de poemarios nostálgicos, a menudo elegiacos, ¿cómo podía serlo de poemas descritos por mis amigos como "heroicos", "rotundos", "marciales"?

Pero a quien conozca el Paraguay espiritual de mi infancia y adolescencia le parecerá extraño lo opuesto, es decir, que un poeta formado en los años veinte y treinta no sea un poeta de inspiración "épica".

Mi infancia y mi adolescencia están llenas de evocaciones familiares de la primera epopeya. Y la segunda epopeya comenzó, precisamente, al comenzar mi adolescencia. En los años veinte los abuelos, los viejos tíos, estaban inmersos en la historia trágica de nuestra nación en la segunda mitad del siglo XIX. ¡Cuántas veces oí yo hablar de los dos bisabuelos que murieron uno al lado del otro, el 24 de mayo de 1866, militando ambos en el Batallón 40! (En este poemario no podía faltar la historia del episodio). ¡Y cuántas veces, siendo chico, oí decir que del caserón de mis mayores partieron para la guerra veintidós deudos y que ninguno regresó!

Hoy ofrezco al lector paraguayo una selección de mis poemas, inspirados por las que llamo gestas de dos siglos. Acaso más adelante publique una obra más extensa sobre el mismo tema.

H .R. A

Asunción, Junio de 1985

 

 

GESTAS DE 1932 – 1935

 

 

TERROR BAJO LA LUNA

a Hiram Rodríguez-Alcalá quien,

al frente de una compañía del

Regimiento 5 "General Díaz",

en el frente de Toledo,

protagonizó aquel terror.

 

Eran ochenta hombres a mi mando.

Ochenta campesinos veteranos.

 

Meses atrás, venido yo a las líneas

flamante el uniforme, botas nuevas,

 

y el aire inconfundible del bisoño,

con natural desconfianza y pena

 

los labriegos en armas me observaron.

Mi bautismo de fuego cambió aquello:

 

yo los guié a un asalto y fui el primero

en ganar la trinchera desde donde

 

chorros de fuego el monte iluminaban

en chispas y relámpagos de azufre.

 

Me quisieron entonces. Si yo no era

como ellos, un labriego humilde y duro,

 

era un hombre cabal, nada cobarde.

Los imité. Yo quise ser estoico,

 

insensible al dolor, infatigable.

Aprendí su lenguaje, sus costumbres;

 

dormí en el duro suelo bajo el poncho;

su rancho miserable fue mi rancho;

 

su tabaco pestífero fue el mío.

Ahora, tras cinco meses de campaña,

 

el hábito del fuego, del peligro,

nos hermanaba tan profundamente,

 

que mi unidad más era una familia

que un veterano equipo de combate.

 

De un arduo patrullaje regresábamos.

Terminaba una larga maniobra.

 

Estábamos rendidos. Me dormía

de pie, mientras marchaba, vacilante,

 

al frente de mis hombres. ¿Dónde estaba

el enemigo? ¿En fuga, derrotado,

 

o maquinaba una sorpresa, oculto,

mimetizado en la espesura verde?

 

Tres días y tres noches selva adentro

marchamos sin descanso. Al noroeste

 

rugía una batalla. En nuestro frente

se espesaba el silencio. Vino orden

 

de cortar un camino y vigilarlo.

Llegamos al camino hacia el crepúsculo.

 

Cayó la noche. Yo, despierto apenas,

puse diez centinelas y les dije

 

que en ellos confiaba por tres horas.

Y me acosté a dormir. Me hundí en el sueño

 

a la vera espinosa del camino.

Fue el sueño más profundo de mi vida.

 

El dulce Paraíso de la Nada.

De pronto desperté. Miré la luna.

 

Alta, muy alta ya en el cielo claro.

Su resplandor colándose entre ramas

 

plateaba el perfil de mis soldados

y brillaba en los rifles y automáticas.

 

Todo el mundo dormía. Todo el mundo.

Fui hacia los centinelas uno a uno:

 

los diez, petrificados en el sueño.

Traté de despertarlos sacudiendo

 

sus rostros y sus brazos. Todo en vano.

¿Gritar? ¿Cómo gritar en el silencio?

 

Tal vez el enemigo estaba cerca.

Tal vez nos acechaba el arma lista.

 

Podía vernos bien bajo esa luna

que iluminaba ochenta cuerpos rígidos.

 

Y recordé mi sueño, un sueño vívido

de minutos atrás: nos rodeaban

 

por todas partes, serpeantes filas

de oscuros fusileros; y un sargento

 

emplazaba su máquina pesada,

colocaba la cinta refulgente

 

bajo el rayo lunar y, cauteloso,

el grueso tubo nos encañonaba

 

dispuesto a desplegar el abanico

fatal, en el silencio plateado.

 

Acudí a mi ordenanza. - ¡Arriba, arriba!-

le grité en un susurro. El cabo Aquino

 

parecía difunto. Enfurecido

tiré de sus cabellos polvorientos,

 

le abrí los ojos con los dedos crueles.

Pero su sueño de labriego joven

 

era de un hermetismo ineluctable.

Me arrastré hacia Falcón, el hombre fuerte,

 

el mejor patrullero, el más osado.

Pero también Falcón, que respiraba,

 

era un cadáver vivo, bronce en sueño.

Ochenta muertos mis soldados eran:

 

ochenta muertos de torpor de piedra.

¡Nunca tuve más miedo, nunca, nunca,

 

como en el aquel suave plenilunio

que vertía piedad y mansedumbre

 

sobre el vasto desierto!

                                Vino el día

y me encontró tendido en tierra, alerta,

 

tras la ametralladora preparada.

Mis hombres despertaron. Yo les dije:

 

-Voy a dormir-

                     Dormí hasta media tarde.

Y conmigo durmió, por fin, el miedo.

 

 

NADIE OYÓ ESE LENGUAJE DE LA MUERTE*

a Carlos Villagra Marsal

 

El cobertizo que nos cubre, es paja

sostenida por troncos de quebracho.

 

El día claro; amable el cielo; el aire

sabe a esa frescura que los ríos

 

cruzando, perezosos, por los bosques,

van dejando a su paso centelleante.

 

Nos ha invitado el jefe a un sobrio almuerzo.

Somos cinco: el Mayor, tres Capitanes,

 

y el que ahora está contando estos recuerdos.

Nuestros sillones son de palo blanco

 

que en blando samuhú ha labrado el hacha.

Sobre la mesa, jarros de aluminio

 

y platos de hojalata. Un ordenanza

sirve la mesa. Escancia en nuestros jarros

 

la rubia caña del Mayor, y trae

un asado de res. El río fluye

 

no muy lejos, detrás de la arboleda.

En la margen opuesta, el enemigo

 

nos observa. Nosotros descansamos.

De vez en vez se enciende un tiroteo

 

que en seguida se apaga. No hay peligro.

El río nos separa. Se diría

 

que terminó la guerra. ¡Dulce tregua!

¡Hay doce mil cabezas de ganado

 

dispersas por los bosques! Cada día

se celebra un festín en los vivaques.

 

Noto que el Capitán a mi derecha

tiene una miniatura orlada de oro

 

en el estuche de su catalejo.

Me fijo bien. Y entonces surge el tema:

 

es el tema obsesivo, inevitable,

la Epopeya que obsede a todo el pueblo.

 

Esta guerra presente no es la guerra

en que estos hombres luchan. Es la otra:

 

es la del Mariscal, cuyo retrato

sirve de talismán al héroe plácido

 

que, bajo el cobertizo, bebe un sorbo

del ardiente licor, y luego dice:

 

-La guerra de hoy no es guerra, amigos míos.

¿Qué es luchar con Bolivia? Nuestros padres

 

sí tuvieron su guerra; tres naciones

invadieron su tierra de anchos ríos,

 

y sólo el Mariscal les hizo frente

con todo el pueblo en armas; y los niños,

 

las mujeres y ancianos combatieron

recogiendo el fusil de padres, hijos,

 

caídos en batallas gigantescas.

Eso fue guerra, amigos, y eso, gloria.

 

Aniquilados todos sus ejércitos,

masacrados los niños que tenían

 

barbas postizas en la faz lampiña,

perseveraba el Mariscal de Hierro,

 

hasta que en el confín de nuestra tierra,

junto al río teñido con su sangre,

 

y aún blandiendo su espada no rendida,

cayó gritando: -"¡Muero con mi patria!"-

 

El Mayor, que es poeta, entonces dice:

-Cuando en Pikysyry los Aliados

 

le intiman rendición porque lo creen

vencido, aniquilado, él les responde

 

con palabras sublimes que debieran

grabarse al pie de todas sus estatuas.

 

Jurado había no rendirse nunca

y defender su patria hasta la muerte:

 

-"Ella me impuso este deber"- proclama-

"y yo me glorifico de cumplirlo".

 

Así repuso el Mariscal en verso

sin sospechar que su alma de guerrero

 

fuese también un alma de poeta.

Calla el Mayor, y todos conmovidos

 

por la heroica emoción de sus palabras,

en silencioso brindis coincidimos.

 

Precisamente en ese mismo instante,

una ametralladora, al lado opuesto

 

del perezoso río, rompe el fuego.

La ráfaga se acerca, ineluctable,

 

trazando el semicírculo fatídico,

perforando los árboles, silbando,

 

en huracán de sierpes aceradas.

Ya llega al cobertizo; en él se ensaña

 

horadando los troncos de quebracho,

destrozando en furioso picoteo

 

la paja que nos cubre, como enjambre

de airados cuervos desgarrando un nido.

 

Junto al Mayor, un jarro de aluminio

salta, por un balazo atravesado,

 

y salpica su líquido de fuego.

Vertiginoso proyectiles muerden

 

en derredor arbustos y malezas

y soplan, insistentes, con un soplo

 

que ora mueve cabellos y ora vierte

del combatido techo seca arena.

 

Yo, el bisoño, asombrado, estupefacto,

miro las caras impasibles; miro

 

la naturalidad de aquellos hombres

 

que ignoran el peligro, y sosegados

prosiguen el coloquio, fuman, beben.

 

El ordenanza del Mayor, solícito,

ha traído otro jarro, y ha vertido

 

con lentitud, en él, la caña rubia.

Mientras escancia el líquido en el jarro,

 

un proyectil le roza la mejilla.

El ordenanza está de pie, escuchando

 

no la ametralladora y sí la plática,

absorto en la emoción de la leyenda.

 

Dos horas más duró el almuerzo bajo

el cobertizo aquel, y cuatro veces

 

la ráfaga volvió a batir el sitio:

nadie oyó ese lenguaje de la muerte:

 

aquellos hombres duros no vivían

el momento presente: combatían

 

en Humaitá, en Cerro Corá, a la sombra

del pabellón del Héroe, hasta la orilla

 

del río empurpurado de su gloria.

 

* El Mayor de que se habla en este poema es el actual Teniente Coronel Basiliano Caballero Irala.

 

 

 

ODA A ESTIGARRIBIA

a Manuel Abelardo Rodríguez

El General Freydenberg, delegado

francés, un poco sorprendido por el

aplomo con que yo hablaba del

enemigo, me dijo que la guerra

tenía sus mudanzas y que no se

podían predecir con exactitud

todas las contingencias. Pero mi fe

en el inminente descalabro del enemigo

era tan profunda, que le respondí:

“No dude usted, General, la

destrucción del ejército boliviano

es una operación matemática"

José Félix Estigarribia

 

I

Estigarribia enciende un cigarrillo.

El único que fuma en la jornada.

 

Mira en su derredor, imperturbable.

Es el fin del almuerzo. Ya ha dispuesto

 

hasta en nimios detalles la batalla

inminente. Sereno y minucioso,

 

desde el amanecer sobre los mapas,

ha anticipado albures y sorpresas,

 

y ha movido en su mente Divisiones,

Regimientos, Patrullas, que él desprende

 

de duras Unidades veteranas,

que urden el ajedrez de sus victorias.

 

En su vasto problema matemático,

las incógnitas surgen como opciones.

 

II

Es hora del paseo cotidiano

y su mirada alerta al grupo grave

 

de militares jóvenes que acechan

la mínima expresión del hombre plácido.

 

Se levanta. La selva acaso espere

que él su espinosa sombra por las sendas

 

con ágil paso vaya interrogando.

Sabe que el General la siente, viva,

 

como animado ser; que él, sólo, intuye,

en voces misteriosas su mensaje.

 

Sabe que el Jefe es el Predestinado

que ha de dar a sus lindes nuevos hitos.

 

Atrás, muy lejos, todo un pueblo, tenso,

en ciudades, aldeas y villorrios,

 

contempla imaginariamente el cuadro.

Hay angustia, inquietud, recelo, miedo,

 

en madres silenciosas que en los campos

labran la tierra del soldado ausente.

 

El siente esas miradas maternales

que el peligro mortal hace magnéticas.

 

III

Más de una vez vencido, el enemigo

persevera tenaz: vuelve a la lucha.

 

Ha vaciado sus minas. Montes de oro

salpicados de sangre, ha convertido

 

en inmenso arsenal. Hombres de bronce

han arrojado el pico en las cavernas

 

húmedas de sus lágrimas y, juntos,

en muchedumbre armada hasta los dientes,

 

envuelta en resplandor de bayonetas,

bajan del Altiplano. En la vanguardia

 

las cremalleras de artillados carros,

atronando quebradas y angosturas,

 

triturando la piedra estremecida,

ahora muerden heridas en los llanos,

 

y ahora ensanchan picadas en la selva.

Escoltando este alud desde la altura,

 

en ominoso vuelo entre las nubes,

un enjambre de cóndores metálicos

 

en fragor que ensordece el infinito,

oscurece la tierra con sus sombras.

 

IV

El General ha dicho: -"En dos semanas

toda esa muchedumbre será mía;

 

todos sus armamentos, de mi Ejército".

De corcho el casco, verde la guerrera,

 

de un verde desteñido como el verde

de los sedientos árboles, el jefe

 

pasea largamente por la selva:

en este dominado laberinto,

 

los presagios descifra del Destino.

Únicos signos de su jerarquía,

 

dos estrellas pequeñas en los hombros

y el homenaje militar del bosque.

 

El polvo opaca las polainas pardas

que años largos atrás le protegían

 

en sus expediciones por los montes.

Silencioso, evitando las espinas,

 

el séquito jadea tras el prócer.

En la distancia rueda un trueno inmenso.

 

El ausculta el tremor del bosque, y dice:

-Volvamos. Hay un parte de victoria:

 

ya el enemigo, roto, se deshace.

Hay órdenes que dar. Gracias, señores.

 

 

EL CORONEL GARAY LLEGA A YRENDAGÜE

a César Garay

 

Allá van, el fusil terciado, mudos,

entre espejismos que la sed alumbra,

 

abriendo la maraña a tajos que arden

en verdosos relámpagos labriegos.

 

Hombres verdes en verde laberinto

en ruta hacia el oasis de Yrendagüe,

 

van a apresar la fuente de la vida

por espinoso páramo de muerte.

 

Serpiente dislocada, entumecida,

la columna vacila, cae y luego

 

se levanta al sonar la voz del prócer,

y reanuda la marcha del delirio.

 

Cadena de fusiles y machetes

eslabonada de heroísmo, cruje

 

entre hostigantes ramas, entre cactos

erizados de púas, pero avanza.

 

Sólo unos batallones rezagados

que el cansancio de meses aniquila,

 

no se levantan más: yacen inertes

o en últimos espasmos de agonía.

 

Los que siguen marchando son espectros

que un rojo y duro dios empuja y guía.

 

Y este dios, este anciano de anchos hombros,

de blanca greña y azulados ojos

 

que ignora la fatiga, las distancias,

la sed, el hambre, el sueño, les repite:

 

- ¡Un poco más de esfuerzo, compañeros,

para juntos morir en Yrendagüe

 

o para revivir con la victoria!

¡Un poco más de esfuerzo, y apagando

 

la sed de los que aún estamos vivos

devolveremos vida a los que mueren!

 

Y detrás del anciano los espectros

llegan a su destino. El bosque estalla

 

en un relampagueo de metralla

y la jornada más atroz termina.

 

Un callejón ardiente y centelleante

da acceso al espejismo realizado

 

en frescos y profundos hontanares.

 

Del agua salvadora conquistada

por la sed y el coraje, el héroe anciano

 

vuelve sobre sus pasos selva adentro

para poner en pie a los moribundos.

 

 

DE CÓMO EL FUEGO SE CONVIERTE EN AGUA

(Maniobra sobre Picuiba: 1934)

a mis hermanos Beatriz y

Ramiro Rodríguez Alcalá;

a ella por sus TESTIMONIOS VETERANOS,

a él por ser el oficial que se menciona

en el poema, junto al Jefe del Segundo Cuerpo

 

El mismo Jefe estaba sitibundo.

Deliraba de sed. Un laberinto

 

de grises matas, de espinosos cactos

fingía, aquí y allá, en la resolana,

 

indecisos senderos fugitivos,

que a engaños de la fiebre conducían.

 

Por doquiera, en asedio cauteloso,

negros tubos de acero empavonado

 

ojeaban la marcha del Caudillo

y sus guerreros jóvenes. La marcha

 

duraba ya tres días y tres noches.

Negros tubos ubicuos los seguían

 

en incesantes alucinaciones,

encañonándolos, inexorables,

 

listos para cortar a ras de tierra,

con un alfanje horizontal de fuego,

 

el espinoso ámbito del bosque.

Los ojos afiebrados del Caudillo

 

el arenal veían transformarse

en fúlgidos remansos de aguas puras;

 

los cactos se volvían bananeros,

el bosque hirsuto en naranjal fragante

 

en cuyas lindes susurraba un río

dorado, de mil frutos deliciosos.

 

Algunos ya perdían la esperanza

y marchaban sombríos por el bosque.

 

Pero en el Jefe del Segundo Cuerpo,

una obstinada heroicidad, terrible

 

en el semblante pálido, en los ojos

ferales en la ira y el peligro,

 

mantenía de pie a sus oficiales

y arrastraba a la tropa muda y firme.

 

Desgarrado de espinas y sangrando,

hecha jirones la guerrera verde,

 

persistía el caudillo en el designio

que inspiraba su instinto de guerrero:

 

él iba a hallar una picada nueva

y la iba a interceptar a sangre y fuego.

 

El instinto guerrero es en el Jefe

el milagroso don que lo prestigia.

 

-Confíen en mi estrella, compañeros.

Hay hacia el Norte una picada -afirma-

 

Hay hacia el Norte una picada -insiste.

Esa picada es salvación, amigos.

 

Marchemos hacia el Norte hasta encontrarla

La columna, extenuada, se reanima.

 

Pasan las horas y en el bosque inmenso

sólo hay soledad y sed y espinas.

 

Acaso la picada es ilusoria.

Acaso es un invento de la fiebre.

 

¿No delira de sed el mismo Jefe?

Así piensan algunos oficiales.

 

Hay un viejo sargento entre la tropa

de veteranos casi adolescentes.

 

Hay un viejo sargento, un hombre hercúleo

que sonríe enigmático y resuelto

 

a diez pasos del Jefe. El lleva al hombro

una ametralladora fogueada.

 

una fragua de acero, muda ahora,

en cuyo seno duerme una tormenta

 

de azufre y plomo encamisado en fierro.

-Tiene que haber una picada -piensa-

 

-Tiene que haber, tiene que haber... repite

e imagina furtivos aguadores

 

de ojos oblicuos en la faz oscura,

duros mineros de fornidos brazos

 

que conducen camiones con barriles

de luminosa agua chorreante.

 

Junto al Caudillo marcha un macilento

y afiebrado teniente. Es casi un niño.

 

Es una juvenil inteligencia

cuya precocidad asombra al prócer,

 

el prócer ya aureolado por la gloria

cuya carne mortal va anticipando

 

la intimidante gravedad del bronce.

Alguien ofrece al Jefe un jarro de agua,

 

y él lo arroja por tierra, desdeñoso.

Al joven oficial murmura el héroe:

 

-Usted debió quedar en retaguardia.

Usted, que es esperanza de la patria.

 

Se le nublan los ojos al teniente.

Haciendo un gran esfuerzo, emocionado,

 

-Mi deber está aquí- responde ronco.

Y apenas dice esto, a treinta metros

 

se columbra un camino. El visionario

sargento, que ha marchado noche y día

 

con su ametralladora, se detiene.

Esta oculta en su seno un agua turbia,

 

un tesoro ignorado por la hueste,

un agua en desposorios con el fuego,

 

compañera del fuego, porque el fuego,

es esposo del agua en sus espantos.

 

Baja el sargento el arma atroz a tierra,

al borde del camino, y allí aguarda.

 

Y ésta es la salvación. Suenan motores

en el silencio de aquel bosque ríspido:

 

un convoy aguador en la picada

alza, avanzando, un polvo tenebroso.

 

La silenciosa máquina despierta

convulsionada en infinito fuego,

 

en duras llamas que, en el agua oculta,

tienen su persistencia asegurada.

 

El ígneo chorro de metal destroza

parabrisas; perfora radiadores

 

y detiene el convoy Brazos en alto

saltan los tripulantes al camino

 

 suplicando cuartel, blancos de miedo.

Es el triunfo de la negra boca,

 

la que próxima al agua, estuvo muda

y, sin beberla, preparó su grito.

 

Y la ametralladora taumaturga

su fuego atroz va convirtiendo en linfa.

 

 

GESTAS DE LA GUERRA GRANDE 1864-1870

 

 

ESTRENO DE ZARZUELA

 

"El valle de Andorra"

En un palco de honor... estaba el

presidente López con su señora y sus dos hijas.

A su lado estaban, en otro palco,

el general Francisco Solano

y el coronel Venancio.

La platea estaba completamente llena

de gente de ambos sexos

En una luneta del centro,

veíase a madama Lynch,

vestida con exquisita elegancia..

La concurrencia...

parecía estar bajo las bóvedas de un templo

H.F.V.

 

Carlos Antonio López va al teatro

que se inaugura hoy solemnemente.

 

Le acompañan su esposa doña Juana,

sus hijas, Inocencia y Rafaela;

 

lo custodian soldados de su guardia

de largos espadones tintineantes.

 

Don Carlos, hombre corpulento, obeso,

de redonda papada cuyo bulto

 

se le abomba, empezando en las quijadas

y descendiéndole hasta medio pecho,

 

no es figura vulgar, pese a su traza,

sino una encarnación superlativa

 

del supremo poder que lo engrandece:

tiene una dignidad impresionante

 

que impone sujeción a quien lo mira.

Doña Juana Carrillo y sus dos hijas

 

-tres víctimas futuras del gran Drama-

en el palco de honor toman asiento

 

en torno al mandatario omnipotente:

se va a representar una zarzuela.

 

Junto al palco de honor, el de los hijos:

Francisco el general, viste uniforme

 

de entorchados de oro y ciñe espada.

Es hombre distinguido: barba negra,

 

ojos de fuego y ademán altivo.

Venancio, el coronel, junto a su hermano,

 

es sólo un uniforme sin prestancia.

¿Y Benigno, el hermano más simpático

 

entre los cinco príncipes criollos?

Benigno López hoy se encuentra ausente.

 

De entre los siete López es el único

que a la zarzuela niega su presencia.

 

De entre los siete López, es Don Carlos

quien no habrá de asistir a la Tragedia.

 

De entre los siete López es Francisco

quien armará el tablado gigantesco

 

desde un confín al otro de la patria

y será el victimario de sus deudos

 

y víctima, a su vez, de la catástrofe.

Sólo Don Carlos morirá en la gloria

 

de su labor cumplida, mucho antes

que a su esposa, a sus hijos, a su pueblo,

 

los arrastre el horror de su destino

al odio, a la ambición, a la venganza,

 

a la desolación de un lustro aciago

que hizo a la patria arder en alto incendio.

 

La platea está llena. De ella suben

respetuosas miradas a los palcos:

 

el presidente, inescrutable Esfinge,

atrae las miradas; y las fija,

 

con furtivo tesón, el Heredero,

el ya temido sucesor del prócer.

 

Mas la atracción mayor en el teatro

es una deslumbrante mujer rubia

 

de mirar azul-gris y rostro fino,

de un óvalo perfecto de alabastro

 

sonrosado y pulido, que refleja

destellos de soberbia pedrería:

 

los solitarios de sus dos pendientes,

el collar que fulgura sobre el seno

 

henchido y voluptuoso; el abanico

de seda y nácar incrustado en gemas.

 

Su mano -la que mece el abanico

en gracioso vaivén, despide chispas

 

de rubíes, brillantes y zafiros.

¡Ah, los colores de su nueva patria,

 

en el engarce de oro, son el símbolo

de la ambición de esta belleza rubia

 

que en la sortija con el triple brillo,

su mano codiciosa ya anticipa

 

el goce del poder y el señorío

sobre infinitos bosques y praderas!

 

La mejor sociedad, el patriciado

de Asunción, con sus damas más ilustres

 

de orgullosos linajes coloniales;

los caballeros de levita oscura

 

con la chistera negra en las rodillas;

y la florida juventud: doncellas

 

de tez morena y de pupila ardiente,

con sus enamorados, sus galanes,

 

que mañana caerán unos tras otros

bajo el cañón, la lanza, las espadas:

 

todos guardan silencio en el teatro;

todos guardan silencio: apenas se oyen

 

algunas toses sordas y susurros.

Más parece la nave de una iglesia

 

que un mundano recinto esta velada.

¿A qué se debe este silencio extraño

 

en reunión tan brillante? Nadie ríe

en un recogimiento austero y grave.

 

¿No es noche de zarzuela y regocijo?

¿Por qué esta ausencia de expansión y gozo?

 

Ya salen los actores; ya comienza

la frívola zarzuela; ya las gracias

 

de muy medida sal llenan el ámbito

del teatro: todo en vano. Nadie goza

 

ni aplaude ni se inmuta. El presidente,

hierático en su palco, un gran sombrero

 

calado hasta los ojos, no demuestra

ni placer ni fastidio; pero antes

 

de terminar la pieza, se levanta

y abandona el teatro con los suyos,

 

seguido por su guardia de espadones.

Puesta de pie, la concurrencia, muda,

 

despide al mandatario indiferente

al arte principiante de los cómicos.

 

Ido Don Carlos y apagado el ruido

de los pasos marciales de la guardia,

 

toman de nuevo asiento los presentes

hasta llegar al fin de la zarzuela.

27 de Setiembre de 1982

 

 

 

FUSILAMIENTO DEL CORONEL MONGELÓS

a Nicolás Víctor González Oddone

 

En seguida, por llamado del Mariscal

se presentó delante de él el coronel Mongelós,

a quien le dijo: que aunque inocente,

lo iba a mandar fusilar...

-Va usted a unir su sangre a la de ellos,

le dijo con toda calma.

- Mongelós contestó: que no lo merecía,

porque estaba ajeno de cuanto había sucedido,

que aún era joven, no era flojo

y muy capaz de salvar a la patria y a él...

Era de aspecto sajón: alto, delgado, rubio,

de ojos azules;

tuvo participación en muchos combates,

y en todos acreditó valor, decisión y arrojo

Coronel Juan Crisóstomo Centurión

 

-Llamen a Mongelós.

                               Y viene el jefe

valiente entre valientes. Está pálido.

 

Es rubio, es alto, es fuerte; es un guerrero

famoso; pero tiembla, él que no tiembla

 

en las cargas furiosas entre el fuego

y las puntas filosas de las lanzas

 

y el revoleo cruento de los sables.

¡Mongelós, Mongelós, estás perdido!

 

El hombre que te mira te hipnotiza:

te hace temblar a ti que eres coraje,

 

te hace sentir pequeño a ti tan grande.

El hombre que te mira está sereno,

 

con la serenidad de un tigre. El hombre

que observa tu temblor, tus ojos pávidos,

 

secretamente goza del tiránico

poder sobre los fuertes y los bravos.

 

El, que jamás ha combatido, él sabe

más que nadie aplastar a los valientes;

 

él que jamás corrió hacia los cañones

en estampido atroz convulsionados;

 

él que jamás chocó con los jinetes

y los ciegos caballos al galope

 

como tú, Mongelós, hombre de hierro,

-famosa espada, incontenible lanza.

 

voz de trueno en el trueno del combate-

él. Mongelós. mi Coronel sin miedo.

 

¡él te intimida, él te acobarda, él sabe

humillar y abatir tu misma gloria!

 

-Se ha descubierto la traición- le dice

el hombre inexorable. -Los traidores

 

van a ser fusilados por la espalda.

Sé que usted no es traidor: es inocente;

 

pero por negligencia, por descuido,

usted va a unir su sangre a la de ellos.

 

-No merezco el castigo. Nada supe,

nada sé de complots ni de traidores,

 

Excelencia: soy joven. Yo podría

combatir por usted y por la patria.

 

Soy fuerte y he probado ser valiente.

El Mariscal ordena que le saquen

 

la espada.

                Mongelós es fusilado

no por la espalda, como los traidores:

 

su inocencia lo salva de este oprobio:

él ve los fogonazos, ve su muerte.

Octubre, 1982

 

 

 

NIÑOS COMBATIENTES

a Fernando Rodríguez Alcalá

 

There were children of tender years

who crawled back, dragging

shattered limbs or with ghastly

bullet wounds in their half naked

bodies. They neither wept nor

groaned nor asked for surgical

attention. When they felt the

merciful hand of death heavy upon

them, they would lie down and die

silendy as they had suffered

General Martin T. MacMahon

(Batalla de Lomas Valentinas)

 

(Traducción libre)

 

Niños de tiernos años, malheridos,

en silencio volvían del combate:

 

algunos arrastrando miembros rotos;

algunos con el cuerpo perforado

 

por el plomo, volvían en silencio,

semidesnudos, lívidos, famélicos.

 

Nunca lloraban ellos, ni gemían

ni pedían ayuda. Cuando el Ángel

 

de la Muerte, cerníase sobre ellos,

y les besaba con piedad la frente,

 

se tendían en tierra, silenciosos,

y en silencio expiraban, en silencio,

 

con trémulo silencio en su agonía.

Setiembre de 1982

 

 

 

EL CAPITÁN GENES RECUERDA EL

ASALTO A LOS ACORAZADOS

El asalto en canoas a los acorazados

supera en grandeza a todas las

hazañas de la Ilíada

Manuel Gálvez

 

Entre Humaitá y Curupayty fondean

los siete acorazados. Dos de ellos,

 

oscuros, silenciosos, con un leve

parpadeo de luces, como de ojos

 

de adormecidos monstruos que, en la noche,

se defienden del sueño y cabecean,

dispuestos al zarpazo y al rugido

si amenaza un peligro en las tinieblas:

 

el Herbal y el Cabral. Nuestras canoas

son veinticuatro sombras entre sombras

que hacia esos dos navíos van bogando

de a dos a dos unidas por un cable

de veinte yardas. Al tocar el cable

las proas de los buques, por sí solas,

llevadas por su impulso y la corriente,

a los flancos de hierro se afianzan.

 

El abordaje sigiloso, rápido,

va a ser sorpresa fulminante. El Jefe

de la Escuadrilla cae en el furioso

revolear de sables.

                          El combate

nos enajena. Se hunden los aceros

en espantados cuerpos.

                               Y los gritos,

las blasfemias, los ayes y el tumulto,

hienden un firmamento sin estrellas.

 

Corremos a las torres... ¡Ah, en las torres,

se ha refugiado la aterrada chusma,

y desde sus blindadas moles, súbita,

fragorosa, fatídica descarga

nos detiene y nos tumba sobre el hierro

resbaloso de sangre!

                           No triunfamos

sobre el Cabral -que ya creemos nuestro-

porque otros buques llegan y sus fuegos

nos destrozan.

                     Relámpagos alumbran

nuestros perfiles y, a su luz de pólvora,

hacen su puntería los cañones

cargados de metralla. Es la derrota.

 

Yo, entre la confusión y la matanza

-desorbitado un ojo por la punta

de un largo sable a cuyo odioso dueño

pude tender, al fin, sobre cubierta,

hago tocar la retirada.

                             Y, último

en saltar de la borda caigo al agua

que, a pesar de la sangre que chorreamos,

ábrese, helada, bajo nuestros cuerpos.

 

El cañoneo nos persigue, ubicuo;

ya no hay más sombras en la noche: hay fuego.

 

El aire se ha hecho llama y estampido.

Ahora yo nado con un solo brazo.

La mano izquierda me sostiene el ojo

que se me pega contra la mejilla.

 

Llego, por fin, a tierra medio ciego:

la sangre de la órbita vacía

me nubla el ojo sano.

                               En tierra espera

mi ordenanza, teniendo de la brida

a mi caballo. Monto y, al galope,

llego hasta el Mariscal.

                                    Con una mano

-la que no me sostiene el ojo suelto-

hago una venia que me esconde el otro:

 

prefiero que no vea en él la lágrima

que, con el parte del fracaso, lloro.

California, 5 de Setiembre de 1982

 

 

 

EL VICEPRESIDENTE FRANCISCO SÁNCHEZ

EN CERRO CORÁ, JUNTO A UNA CARRETA

a Víctor Hugo Sánchez

 

El capitán Asambuja, armado de una

larga lanza, yendo con unos cuantos

hacia el cuartel general, encontró al

anciano vicepresidente Sánchez,

espada en mano, cerca de una carreta

En cuanto le vio le intimó rendición

en términos ásperos y groseros,

pero Sánchez, levantando alta la

espada con que dos días antes le

obsequiara el Mariscal, le contestó

con ánimo resuelto. ¡Con esta espada,

jamás... ! No bien acabó de pronunciar

estas palabras, cuando Asambuja le

atravesó con su lanza de parte a parte...

El Mariscal le trataba con las mayores

consideraciones y dijo de él en cierta

ocasión "que él respetaba mucho a

aquel anciano, porque era su superior

en edad, dignidad y gobierno"

Coronel Juan Crisóstomo Centurión

 

Domingo Francisco Sánchez, juez,

ministro y vicepresidente, es el

símbolo de la ancianidad honorable.

Provenía de la época francista y

actuó en la vida pública durante 30

años con ejemplar honestidad. Era

hombre culto y fino... Sirvió a los

López como amigo y consejero...

Justo Pastor Benitez

 

Mi ancianidad hubiera sido hermosa.

Viví una larga vida en el servicio

 

de mi patria. Muy joven fui llamado

a este honroso destino, junto a un hombre

 

que fue además de un jefe, mi maestro.

Trabajé con ardor, con esperanzas

 

que se iban realizando una tras otra:

hacer una nación de la que fuera

 

la remota Provincia de las Indias,

asediada por pérfidos caudillos,

 

enclaustrada entre ríos, cuyo acceso

al libre mar estábale prohibido.

 

Durante muchos años, día a día

vi prosperar la Patria. ¡Qué entusiasmo

 

durante aquellos tiempos venturosos!

Una nación moderna iba surgiendo

 

bajo el cielo celeste en selvas verdes,

de la tierra bermeja, palpitando

 

como un gran corazón en Sudamérica.

Yo amaba mi trabajo. No aspiraba

 

al renombre, a la gloria, a la riqueza.

No he sido más que un servidor modesto

 

a la sombra de enérgicos varones

en quienes se encarnó nuestro destino.

 

Para mi Patria, sí, yo ambicionaba

gloria y prosperidad: era mi Patria

 

promesa y realidad de un paraíso

perfumado de inmensos naranjales,

 

fecundado por ríos tan celestes

como la bendición del cielo diáfano.

 

Mi ancianidad hubiera sido hermosa.

Cuando tras muchos años de gobierno

 

falleció aquel vidente mandatario,

decidí jubilarme. Ya la Patria

 

era fuerte y feliz; su independencia

tras larga lucha, al fin asegurada,

 

la afirmaba en la fe de su destino.

-Descansaré -me dije-. Está cumplida

 

mi tarea. Soy viejo, soy más viejo

que los colores de mi Patria: he visto

 

a través de mis lágrimas de gozo

el primer tremolar de su bandera.

 

Los hados decidieron otra cosa:

el joven General no quiso oírme,

 

me urgió a perseverar en mis afanes.

Yo no pude excusarme. Lo he servido

 

en tiempos de bonanza y de tragedia.

¡Yo, vicepresidente y tan anciano!

 

Vino la guerra, la invasión: la saña

de una conjura de caínes pérfidos

 

asoló mi país, sorda a clamores

de paz, de humanidad y de justicia.

 

No nos dieron cuartel en cinco años.

Destruyeron ejércitos de hombres,

 

masacraron ejércitos de niños

y mujeres; quemaron hospitales

 

saquearon los pueblos y ciudades

y el cuerpo antes florido de la Patria

 

en un osario enorme convirtieron.

Al llegar a este gólgota los últimos

 

hambrientos y esqueléticos guerreros

de la gesta estupenda, nos asedian

 

los asesinos cuya sed de sangre

no se habrá de saciar mientras aliente

 

el paladín que lleva la bandera

hasta caer envuelto en sus jirones.

 

Mi ancianidad hubiera sido hermosa.

¡Ah, si al morir hubiese yo podido

 

ver nuestro vasto empeño realizado:

la agricultura floreciente; prósperos

 

los pueblos y ciudades; por doquiera

el ardor del trabajo en las campiñas;

 

entre mieses doradas, resonando

el silbido de las locomotoras,

 

explotados los bosques y las minas,

nuestros ríos surcados de vapores;

 

las escuelas llevando hasta los últimos

confines de la Patria la simiente

 

de un futuro más noble por sus luces.

Esta dicha el destino me ha negado.

 

En una despedida emocionante

el joven Mariscal me dio esta espada

 

como postrer regalo y homenaje

a mis largos servicios. Este acero

 

si yo no fuera, ¡ay! un triste anciano,

terrible hubiese sido en la batalla.

 

Ya vienen. Ya los veo enajenados,

feroces en la orgía del degüello.

 

No entregaré jamás esta reliquia.

He de morir peleando con mi pueblo.

 

Mi último aliento habrá de unirse al último

aliento de mi Patria moribunda.

 

Una secreta voz me dice, empero,

que nosotros, mortales, con la muerte

 

la hacemos inmortal; que habrá de erguirse

de entre escombros, rasgada la mortaja,

 

gris de ceniza la divina frente

para resucitar a nueva vida,

 

pulsándole en las venas una sangre

mezclada a un néctar de perenne gloria.

 

Dichas estas proféticas palabras,

la tierra retumbó bajo el galope

 

de la caballería, y un jinete

blandiendo en alto la ferrada lanza

 

-¡Ríndase, miserable! -gritó ronco.

- ¡Con esta espada no me rindo nunca!-

 

dijo el prócer y alzó el acero, fúlgido,

en misteriosa luz arrebolado.

 

Se oyó una risotada, una blasfemia,

y el atroz asesino hundió su lanza

 

en el pecho marchito del anciano.

-Mi ancianidad, Señor, ha sido hermosa...

 

dijo al caer la víctima. En su diestra

brillábale el acero como un ascua.

7 y 8 de Setiembre de 1982

 

 

 

EL MARISCAL FRANCISCO SOLANO LÓPEZ

 

Orribíl furon li peccati miei...

Purgatorio, III, 121

My conscience hath a thousand several tongues,

And every tongue brings in a several tale...

Richard III, V.iii

 

Aun desde el mismo reino de la muerte

nos intimida su mirar sombrío,

 

nos arrebata su pasión, nos quema

la llamarada de su verbo ardiente.

 

Otros guerreros célebres crecieron

agigantándose de triunfo en triunfo:

 

el éxito los hizo como dioses.

El creció en la derrota, en la desgracia,

 

y tras cada desastre, su alma invicta

templó en el fuego del dolor su acero,

 

se agigantó en la adversidad del sino.

La gloria misma, al coronar su frente,

 

se la ciñó en laurel bañado en sangre

y erizado de espinas. Su diadema,

 

para ser inmortal, radiante y única,

cristalizó en bermeja pedrería,

 

en el rojo color de la bandera

cuyos jirones fueron su mortaja.

 

Su vida militar ofrece fases

para acusarlo de cobarde. Empero

 

si se creyó abrumarlo con el mote

de cobarde, su muerte es muerte heroica,

 

como su vida toda es esforzada.

No se puede juzgarlo con criterios

 

de humanidad común, porque este hombre

trasciende todas las categorías.

 

Nuestra mente se ofusca y se confunde

o se extravía en mil contradicciones.

 

Si él hiela en nuestros labios la alabanza,

la detracción no alcanza su estatura.

 

La vara del juicio se deshace

ardiendo al rojo bronce de su talla.

 

En vano es condenarlo y maldecirlo.

Los dicterios se estrellan en la mole

 

de su grandeza trágica y su gloria...

Mariscal sin estudios ni batallas,

 

General en su ardiente adolescencia,

arropóse en lujosos uniformes,

 

lució medallas y entorchados de oro;

pero del arte y ciencia de la guerra

 

no llegó a dominar los rudimentos.

Lanzó, no obstante, al pueblo a la pelea

 

con armas obsoletas con cañones

antiguos, en campañas sin concierto,

 

haciendo combatir barcos de palo

contra buques de acero. Y con su inepcia

 

militar, su imprudencia, su soberbia,

sacrificó legiones tras legiones

 

porque las huestes iban al combate

cual naves sin timón, precipitadas

 

a la furia del mar en la tormenta.

Fue su patria para él un patrimonio:

 

hacienda y honra y vida de las gentes

dilapidólas como bienes propios;

 

y tres veces mil leguas del terruño,

por pública escritura, sin escrúpulos,

 

donólas a su amante, la extranjera.

¿Qué caudillo, qué jefe era este jefe

 

a quien comparan con los grandes genios

de la guerra, y exaltan sobre todos

 

los héroes más ilustres de su patria?

¿Por qué rehuía el frente del combate?

 

¿Por qué no estuvo en la trinchera heroica

que hizo inmortal a Díaz? ¿No era acaso

 

más honroso su puesto a la cabeza

de sus tropas? ¿No vieron los ejércitos

 

en medio del tumulto de las armas

a sus emperadores y a sus reyes?

 

¿Luis XIV, el Rey Sol, no se exponía

al fuego más atroz, imperturbable?

 

¿No eran preciosas vidas las de un César,

un Alejandro, un Napoleón, e innúmeros

 

adalides en quienes se ha encarnado

el sino de un imperio o de una causa?

 

¿Por qué mandaba pelear a otros

y, lejos de la lucha, juez severo,

 

castigaba al vencido, fusilando,

degradando, vejando, torturando,

 

a quien según despótico dictamen

no cumpliera sus órdenes lejanas,

 

sin ser testigo él de los caprichos

del azar, en los trances de la guerra?

 

Pero nadie que sepa de su muerte

podrá jamás tacharlo de cobarde;

 

ni quien sepa del cruce del gran río

desafiando una escuadra que lo asedia,

 

podrá tacharlo de cobarde. Siempre

nuestra razón se estrella como un dardo

 

contra el muro de hierro de su enigma.

Lo claro, lo evidente, es su grandiosa

 

energía en defensa de la patria;

su voluntad de muerte si la muerte

 

era el forzoso fin de la epopeya.

Porque si en él había claridades

 

así como hubo abismos de tinieblas,

sus claridades fueron refulgentes:

 

su ¡Muero con mi patria! nos revela

su grandeza terrible a luz tan vívida

 

como la de un relámpago sin término

en el ámbito adusto de su alma:

 

¡su álma que fue el alma de la patria,

cuya gloria ascendió hasta las estrellas!

Setiembre de 1982

 

INDICE

Nota preliminar, 7

GESTAS DE 1932 - 1935 : Terror bajo la luna, / Nadie oyó ese lenguaje de la muerte, / Oda a Estigarribia, / El rengo león hace cortar un cable, / El Coronel Garay llega a Yrendagüe, / Muerte de Pablo Lagerenza, / Puesto sanitario, / Marte indígena, / De cómo el fuego se convierte en agua,

GESTAS DE LA GUERRA GRANDE 1864 - 1870 : Estreno de zarzuela, / Los bisabuelos, / Fusilamiento del Coronel Mongelós, Niños combatientes, / Juliana Ynsfrán, esposa del Coronel Francisco Martínez, poco antes de ser ejecutada, / El Capitán Genes recuerda el asalto a los acorazados, / Treno en memoria del Mayor Riveros, / Pancha Garmendia intuye su destino, / El Coronel Florentín Oviedo galopa hacia el Piribebuy, / El Vicepresidente Francisco Sánchez en Cerro Corá, junto a una carreta, / El Mariscal Francisco Solano López,

 

 

 

 

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