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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  LA NARRATIVA PARAGUAYA DESDE COMIENZOS DEL SIGLO XX - Ensayo de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ


LA NARRATIVA PARAGUAYA DESDE COMIENZOS DEL SIGLO XX - Ensayo de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

LA NARRATIVA PARAGUAYA DESDE COMIENZOS DEL SIGLO XX

Obra de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 

 

 

... La experiencia generacional inmediata es, indudablemente, la circunstancia del Colegio Nacional, que los nuclea en el doble carácter aludido y la del Instituto Paraguayo, que -ambos- sirvieron de factores conglutinantes, aunque en el fondo estuvo muy presente el elemento catastrófico de la guerra, no ya demasiado reciente en el tiempo, pero aún muy candente en el espíritu de esos hombres, hasta el punto de constituir la experiencia real... Fue esta la que motivó el quehacer generacional, esto es, la elección del problema de la generación, que fue la necesidad imperativa de la afirmación de la nacionalidad, la recreación de la conciencia colectiva ante el peligro reciente de desintegración representado por la guerra... En consecuencia postularon un nacionalismo que se resolvió estéticamente en fórmulas románticas, dando origen así al guía como prototipo ideal: el héroe. Muy bien dice Amaral que Juan E. O'Leary (1879-1969) y Manuel Domínguez (1869-1935) hacen suyo el "culto de los héroes... en una necesaria contraposición dialéctica..." refiriéndose al antagonismo con otro integrante de la generación, Cecilio Báez (1862-1941).


RUBÉN BAREIRO SAGUIER


Conviene adoptar un nuevo método para estudiar el origen y desarrollo de la narrativa paraguaya. Esta narrativa se inicia en la primera década del siglo XX, es esto, cuando el recuerdo de la guerra de la Triple Alianza tiene carácter obsesivo. El método que propongo consiste en comparar el impacto de esa guerra sobre la mentalidad paraguaya con el de la Secesión sobre el alma sudista, porque en el Paraguay y en el Sur norteamericano se produjeron fenómenos espirituales de analogías sorprendentes. Por eso creo que el método comparativo se justifica. Por lo menos intentaré demostrarlo.

El tema exige la extensión de un libro para su cabal desenvolvimiento. 1 Aquí me limitaré a subrayar algunas similitudes que, a mi juicio, son las más sugestivas. Esto nos ayudará a comprender mejor el nacionalismo paraguayo del 900 con su apasionada revisión del pasado, su culto de los héroes y su miopía (o su ceguera) en lo que mira a la cuestión social de aquella época.

Debe agregarse que el lenguaje romántico del nacionalismo novecentista ha de explicarse primariamente no como manifestación de asincronismo de la sensibilidad paraguaya sino más bien como vehículo expresivo adecuado a una peculiar situación espiritual suscitada por la catástrofe nacional de treinta años antes. Dicho de otra manera, el Zeitgeist paraguayo del 900 exhibe como factor decisivo de su índole, una circunstancia histórica muy especial, para cuya intelección el sincronismo o el asincronismo cultural son categorías en cierto modo secundarias. El lenguaje romántico, con su exaltación, su patetismo, su tendencia idealizadora, etc., era, si se permite la imagen, el instrumento musical más apropiado para modular los sentimientos de un alma dilacerada por la derrota y ansiosa de restañar sus heridas.

Espero que gracias a la comparación del Paraguay de entonces con el Sur postbélico se nos ilumine esto último con claridad meridiana.

El pasado obsesionaba en el Paraguay del 900. De ahí que la literatura fuera ante todo una historiografía de clamoroso afán reivindicador, agresivamente nacionalista, para lanzar un mentís al vencedor, y una poesía y una narrativa de tema heroico, por un lado, o de idealización idílica y sentimental, por otro. En ciertos casos, se combinaba lo heroico, lo idílico, lo sentimental.

Una literatura crítica de la realidad presente no era "oportuna". El alma nacional tenía desgarraduras profundas necesitadas de urgente cura, se ha dicho, como para poder atender a dolores actuales. Además, los dolores de antes eran los de hoy.

Por esta razón, un relato que glorificara a un héroe del pasado -el mariscal López o los mártires de Humaitá-; un relato cargado de exaltación romántica que ofreciera una imagen consoladora por el esplendor de su grandeza moral, iba a interesar más que el actual "dolor paraguayo".

Pasemos ahora a bosquejar la comparación entre el Paraguay y la ex Confederación del Sur.

¿Qué aconteció en esta última tras la rendición del General Lee en Appomattox en 1865?

"Durante treinta años" -escribe Richard M. Weaver- "la atmósfera estaba tan llena de sentido de tragedia y de frustración, que al sudista le era imposible tener una visión normal de ninguna cosa". 2  El sur vivía con los ojos fijos en el pasado, la guerra y la derrota, obseso por el espectro de los caídos por "la Causa Perdida". Surgió entonces el culto de los héroes y, la llamada ancestor worship consistió en un cómo ponerse de espaldas al futuro, de hinojos ante el pasado. El hoy era el ayer y el ayer el hoy en la vasta tierra vencida, aún al llegar el nuevo siglo, a treinta y cinco años de la debacle. Un gran novelista cuya niñez transcurre en esa atmósfera de obsesiones -Thomas Wolfe- pinta un vívido cuadro de la época. En The Web and the Rock, George Webber y un grupo de amigos van a Richmond, antigua capital de la Confederación, en los primeros años del siglo. El motivo de la visita es un partido de fútbol. Los personajes de Wolfe pasean por las calles de la ciudad y, simultáneamente, no ven una sino dos ciudades: la de 1864 y la de 1900. El general Grant está a las puertas de Richmond; el general Lee se atrinchera a veinte millas de distancia, en Petersburg; Lincoln, que ha venido de Washington ansioso de noticias, las espera en City Point...

En otro escritor sudista, William Faulkner, se nos presenta también esta extraña manera de sentir el tiempo, en virtud de la cual el pasado no muere nunca. En rigor, el pasado ni siquiera es pasado porque el ayer y el hoy, inextricablemente entretejidos, constituyen algo como una sola dimensión temporal. Now is then, and then is now: ahora es entonces, y entonces es ahora?

Faulkner nos hace ver algo aún más revelador acerca de la actitud del alma sudista, a los efectos de la comparación que nos ocupa: el pasado heroico convierte el presente en algo desagradable. De aquí que en el Sur de los dos componentes inextricables que constituyen la intuición del tiempo, se prefiera el primero.

¿No sucedía en el Paraguay algo semejante? ¿No obsesionaba el pasado heroico hasta el punto de no ser pasado sino uno de los componentes del hoy novecentista? ¿No había también en el Para guay una ancestor worship, un culto de los héroes, que debía persistir con fervor no disminuido hasta nuestros días, los del centenario de la Epopeya?

En el Sur el culto de los héroes se concentraba en dos grandes figuras: Lee y Jackson. Y en casi todas las casas sudistas, en marcos dorados, los retratos de estos muertos venerados miraban desde su gloria la melancolía de los vivos. (El general Lee murió en 1870, el mismo año que el mariscal López). "Durante cincuenta años" -afirma Douglas Freeman- "la tradición confederada fue la más poderosa influencia política y social en el Sur". 4

En el Paraguay el impacto de la gloriosa derrota ha sido y es acaso más traumático y profundo. En 1969 se leen como noticias de actualidad, digamos, las crónicas que día a día publica en La Tribuna el gran historiador Efraím Cardozo, acerca de los sucesos de 1869...

Hay otra similitud importante que merece ser meditada con las reservas mentales del caso: los vencedores del Sur proclamaron que la guerra de 1861 a 1865 había sido un conflicto entre libertad y esclavitud. Contra esta tajante afirmación se irguieron con energía, en prolongada polémica, los vencidos. Frank Lawrence Owsley (1890-1956), por ejemplo, la rechaza, a mucha distancia en el tiempo, como simplista y errónea. El Norte, arguye Owsley, cuyos motivos eran en rigor otros que el abolicionismo, utilizó con fines políticos un shibboleth de origen no político y con él dio justificación de prestigio universal a la cruzada de liberación. Pero en el fondo la guerra fue una lucha no por el noble fin a todos los vientos proclamado, sino por el equilibrio de poder entre las dos secciones de la nación. 5

Los revisionistas paraguayos -insistamos en la similitud de actitudes y demos por sobreentendida toda diferencia- desde 1900, dicen algo parejo: la guerra de la Triple Alianza no fue una cruzada, no fue para liberar de un tirano a un pobre pueblo bárbaro. Fue cosa muy distinta. Ese tirano, por otra parte, era un patriota sublime; ese pueblo era el más feliz, el más próspero, el más progresista de la América Latina.

La paz que siguió a la guerra de 1861 a 1865 fue una paz cruel en que el Norte emprendió la conquista intelectual del Sur pugnando por imponerle sus ideas de vencedor. Este tenía el dominio de la ex Confederación empobrecida y desmoralizada. Los niños de las escuelas sudistas tenían que aprender ahora que la guerra de sus padres

con el Norte había sido un conflicto entre la luz y las tinieblas, la verdad y la mentira, la libertad y el despotismo.

De igual manera, la historia de la guerra de 1864 a 1870 la escribieron primero los vencedores.

Y al Paraguay vencido le tocó reaccionar, como al Sur, vencido, en protesta contra una interpretación enemiga de su historia. Demos la palabra al citado historiador sudista para que nos hable como en nombre de los dos pueblos derrotados: "Pero un pueblo no puede vivir bajo la condenación y sobre la filosofía de sus vencedores. 0 deberá finalmente despreciar la condenación y la filosofía de los que fulminan aquella o imponen ésta, o su alma habrá de perecer". 6

El Sur, tomó, en defensa de su ser, el primer partido. A la condenación del Norte respondió con una afirmación exaltada de sus valores. El Sur era la tierra de la caballerosidad y de la galantería, de la civilización más refinada -de la mejor tradición romana, la simbolizada en Cincinato, y de la mejor de Inglaterra- opuesta a la del duro Norte, industrial y deshumanizado.

Leamos ahora en W. J. Cash esta descripción de la literatura sudista de la Reconstrucción:


...lo que realmente hallamos en la literatura de la era de la Reconstrucción es, en su aspecto dominante, una propaganda. Sus novelas, sus estampas y cuentos, son esencialmente panfletos; sus poemas son hojas sueltas relativas principalmente al Viejo Sur enderezados primariamente al propósito de glorificar aquel Viejo Sur -a la elaboración de la leyenda, y a la convicción tanto del pueblo sudista como del resto del mundo de la verdad de aquella leyenda en su totalidad. Su tono es definidamente polémico y forense... (The Mind of the South, New York, 1942, pág. 146).


¿No parece W J. Cash estar describiendo no sólo la literatura sudista de la era de la Reconstrucción sino también la literatura nacionalista paraguaya de las primeras décadas del siglo? Ese tono polémico, forense, de los vindicadores del Sur, ¿no es el de, por ejemplo, Manuel Domínguez en sus "Causas del heroísmo paraguayo" o en El Paraguay: sus grandezas y sus glorias?

¿Podría entusiasmar en el Paraguay de a comienzos del siglo pasado una literatura de crítica social, de denuncia de injusticias y miserias de la hora presente? Si esta literatura no podía entusiasmar ni influir en aquel tiempo, ¿era ello debido a una actitud conservadurista de lo político-social -como se ha afirmado- o a una necesidad de embellecer la imagen de lo paraguayo? No demos una respuesta tajante porque rara vez las cosas humanas son sencillas y transparentes. Digamos, sí, que en aquella época -y después- fue una vital necesidad de exaltar lo nacional merced a una glorificación del pasado.


... Queremos -decía Domínguez- que el Paraguay abatido se levante, se enderece y camine, recordándole lo que fue y lo que en realidad es... Y hemos de evitar el escollo en que se estrelló la psicología etnológica, guiados [nosotros] por un criterio infalible. Este criterio infalible es la historia... Conste, en fin, que con la antorcha de la historia, intentaremos alumbrar el abismo de nuestra alma colectiva. 7


Pero, se argüirá ¿y el presente? Pues el presente y el pasado estaban tan inextricablemente entretejidos que, si había que hacer literatura sobre la "realidad nacional", el pasado, parte actual de ésta, resultaba más grato. Y no sólo más grato: parecía más útil. De aquí que entre Cerro Corá y los Yerbales como temas de literatura, se prefiriera Cerro Corá. Era mucho más hermoso. ¡A preferir entonces lo hermoso y cerrar los ojos para lo deprimente, pues para levantar el sentimiento nacional era ante todo menester "sepultar las mentiras" de los vencedores!

Y así como en el Sur se glorificó la civilización confederada, su refinada aristocracia, la superioridad humana del sudista como hombre de estirpe ilustre y de modales y conducta caballerescos, en el Paraguay, Domínguez, en subtítulos de los escritos citados arriba, nos sintetiza su prédica exaltadora: "La más alta nobleza de España en el Paraguay... El paraguayo era superior al porteño, al criollo y al español"; "El paraguayo es astuto... La naturaleza: el aire, el agua, la luz"; "El país más sano del mundo"; "El Paraguay era superior a los aliados en todo sentido"; "El Paraguay guerrero: caso único en la historia universal". ¿Era Domínguez sincero o insincero, veraz o inverecundo, candoroso o ladino? No viene al caso averiguarlo aquí. Más interesa, sí, comprender que el pueblo que lo escuchaba tenía la necesidad de sentirse ahora capaz de levantarse, enderezarse y caminar.

La evocación del heroísmo sublime de Estero Bellaco, Curupayty, Lomas Valentinas, Cerro Corá, tal como la hacían los nacionalistas del 900, lo deslumbró. Detrás de ese deslumbramiento había otras cosas. Había un "mecanismo defensivo". No se quería mirar en torno a sí, ni acaso dentro de sí, sino sólo hacia ese pasado que embellecía el presente con fulgores de gloria. El pasado, visto con pupila vindicativamente idealizadora y con voluntad de superar el dolor recóndito, debía llenar la pantalla de las almas como, en un teatro oscuro, el haz de luz sostenido del proyector suscita sobre el cuadrángulo blanco las fantasmagorías de un filme de fascinadora tensión dramática. No se veía más que eso. La realidad circundante perdía interés para aquellos ojos ávidos del épico espectáculo.

De aquí que la Historia devorara a la literatura, para usar una expresión de Josefina Plá.



LOS INICIADORES


Los iniciadores de la narrativa paraguaya fueron tres extranjeros: José Rodríguez Alcalá, argentino (1883-1958); Martín de Goycoechea Menéndez, otro argentino, cordobés de origen (1877-1906); y un español, Rafael Barret (1876-1910). El hecho es por sí significativo.

Cuando el primero de los nombrados publica Ignacia, en 1905, la primera novela conocida escrita en el país, un crítico imbuido en el ambiente historicista de la época, aconseja al aprendiz de escritor que se inspire, no en lo contemporáneo, sino en el pasado.

Rafael Barrett protesta contra el consejo: "Lucio Orfilio se lamenta de que Alcalá lo vea todo tan negro; saca en consecuencia que el joven escritor debe haber sufrido mucho, y le dice: `abandona esa horrible realidad, fielmente retratada en tu novela. Dedícate a la historia: nobles figuras encontrarás en el pasado dignas de tu jugoso y hábil pincel. Haznos sonreír y soñar, en vez de darnos tristeza y miedo.'” 9

Y vale la pena transcribir lo que Barrett agrega más adelante:


Resulta injusto echar encara a Rodríguez Alcalá que le interesen los dolores actuales. Resulta excesivo declarar la realidad asunto sin importancia. ¿Se teme ver la poesía convertida en procedimiento fotográfico? No. La realidad y la belleza son íntimamente enemigas... El artista; esclavo a veces de la realidad en la lucha por la conquista del pan, es siempre soberano de ella por el pensamiento... Lejos de copiar, rompe con altivo desdén el tosco modelo, y su sincel orgulloso, empujado por la idea, hiere infatigablemente el bloque bárbaro. Zola, el gran romántico, no es grande por haber calcado la verdad, sino por haberla desfigurado, haciendo de ella lo que jamás es: un poema..." 10


En la página siguiente, Barrett insiste en su rechazo de la historia como tema literario.


El comentador de Alberdi [Mariano L. Olleros], hábil casamentero, guiña el ojo a Alcalá y le muestra los apergaminados encantados de Doña Historia. Alcalá mira la vieja empolvada, pasada de moda por definición; adivina bajo el miriñaque de los siglos el vientre arrugado; escucha la boca sin dientes chochear interminables disparates candidatos a certidumbres, y protesta: Esta hembra no es para mí. Quiero cuerpos y no sombras, gritos y no ecos, esperanzas y no recuerdos, hijos y no padres. Quiero lágrimas y sudor auténticos, cóleras y angustias que claven en mis entrañas sus garras vivas. No quiero sacar novelas de la historia, sino hacer historia con mis novelas. ¿Por qué? ¿Por qué el peral se empeña en dar peras, aunque le supliquemos que dé manzanas? Alcalá es hombre del minuto que corre, y no hay medio de hacerle volver la cabeza hacia atrás. Periodista honrado, cree ingenuamente que la literatura moraliza. Le urge redimir el mundo. Hay que dejarle, señor Olleros. Soportemos sus hermosas páginas, empapadas en el fugitivo y formidable hoy". 11


La defensa de Barrett es como un manifiesto literario; es un verdadero documento histórico que nos ilumina el espíritu de la época. He aquí, en efecto al escritor del hoy paraguayo del Novecientos; al autor de "El dolor paraguayo" de la primera década del siglo, predicando que la realidad actual y no la de ayer debe ser tema de los que piensan y escriben. Y he aquí a un escritor de veintidós años que en 1905 realiza su primero -y último- ensayo de ficción novelesca.

A este escritor, sin embargo, de nada valió el estímulo de Barrett, el lúcido y veraz narrador que vivió entre paraguayos algunos años dolorosa y heroicamente creadores.

El otro argentino, Martín de Goycoechea Menéndez, por el contrario, atinó espontáneamente con el tema generacional del 900 al entrar en la órbita intelectual del grupo. Goycoechea, recién llegado al Paraguay en 1901, estuvo desde un comienzo a tono con la época y fue más papista que el Papa en el seno de una generación de hero worshippers.

O'Leary nos cuenta la historia de la aparición de Goycoechea en Asunción, y cómo éste se convirtió en su discípulo para dominar mejor el tema: "Primero se devoró todos mis libros y papeles sobre la guerra inicua" -cuenta O'Leary- "y después oyó de mis labios todo cuanto necesitaba saber, los detalles íntimos, los hechos aislados que escapan a la historia, las explicaciones que aclaran los misterios...12

El éxito del poeta argentino, metido á narrador paraguayo, fue inmenso. Nadie en el Paraguay lo ha leído sin estremecerse -nadie lo lee hoy ni acaso lo lea mañana y siempre sin estremecerse- cuando nos relata la última noche del mariscal López en Cerro Corá:


...-¡Soldados del 14! -dijo el mariscal-. ¡Cuatro pasos al frente!

Y avanzaron quince hombres, semidesnudos, con el fusil terciado, la frente altiva.

El guerrero los contempló un momento, y luego ordenó: -¡Soldados del 43, a revistarse!

Cuatro soldados se destacaron de la línea. No quedaban más. Los cuatrocientos que faltaban al regimiento, dormían el buen sueño de la calma infinita en el fondo de los esteros, bajo las ruinas de los pueblos entre los fosos de las trincheras.

Aquellos cuatro hombres se perfilaron entre la noche, firmes, solemnes, rígidos.

-¡Soldados del 46! -continuó el mariscal.

Y avanzó una sola sombra. Algo de inmenso flotaba sobre ella. Ese hombre llevaba la bandera.

-¡Soldados del 40, a la orden de revista! -mandó aquel amo de pueblos.

Y sólo le respondió la noche, con los vagos sollozos de la selva..."


Goycoechea Menéndez hará escuela. Nadie entonces lo supera en el tema épico. Pero él no sólo cultiva el relato épico sino también el de contenido costumbrista, de personajes campesinos idealizados en el escenario de una naturaleza esplendorosa. En "Guaraní" María es hermosa, casta, limpia, hacendosa. Sus pretendientes son dos mocetones no menos admirables. Cirilo la ama con deliquios románticos y Mateo, no menos apasionado que su rival, es un heroico cazador de tigres... Salpicada de palabras guaraníes y de pintorescos detalles folklóricos, la historia de María, Cirilo y Mateo delita al lector de 1900 -y de después-.

Y esto no sólo -repitamos- por asincronismo en materia de sensibilidad literaria; no sólo porque los paraguayos del 900 sigan siendo románticos. Esto también sucede porque los héroes ficticios de Goycoechea halagan el prurito de dignificación nacional en el pueblo vencido.

Ahora bien, cuando Rafael Barrett, que sin duda es más artista que Goycoechea, narra cuentos de miseria, de luto y de dolor actuales y presenta un cuadro verídico pero deprimente de la vida para guaya, la reacción de sus lectores es muy distinta. Y no sólo la del hombre de la calle, sino muy principalmente la de los mayores talentos de la época. En el parangón que establecen O'Leary y Domínguez entre Goycoechea y Barret, la palma se la lleva el primero. Para Barrett "no existía nuestra leyenda"; le faltaba "la facultad evocadora del pasado", dirá Domínguez. 14 "Barrett era un puro cerebral" -dirá O'Leary...- "[que] veía nuestras cosas con ojos huraños de europeo y de enfermo", al paso que Goycoechea escribió "páginas maravillosas... evocaciones magníficas de nuestra historia... páginas de un sano optimismo, que han de fortificar siempre nuestra fe en los destinos de nuestra raza". En suma: "Goycoechea era la salud triunfante, la juventud avasalladora, un canto viviente a la esperanza. Barrett era la tristeza reconcentrada, la amargura vencedora, la derrota de las más caras ilusiones... ", etc., etc. 15'

Barrett, cuya reputación de cuentista se funda hoy en sus treinta y seis Cuentos breves, hizo excelente "narrativa" aun cuando se proponía hacer periodismo o ensayo y no otra cosa. Sus dotes de narrador eran, en efecto, notables. Demos un ejemplo. Entre los artículos de "El dolor paraguayo" figura una pieza digna de consideración. Se titula "Magdalena". Este artículo es, en rigor, un cuento; un cuento fantástico con un fondo de superstición popular y con la presencia sobrenatural de la Magdalena bíblica. La cual, más de una vez, se aparece a unos músicos y los interroga en guaraní: "¡Yo soy! ¿Qué necesitáis de mí?". Y los músicos intérpretes de la canción entonces famosa -"Magdalena"-, aterrorizados por el fantasma, suprimen la canción de su repertorio.

El publicista ruso Rodolfo Ritter (1864-1946), radicado en el Paraguay desde 1902, negó -dato interesante- que en el país existiese cuestión social. Barrett, a quien esta cuestión preocupa más que ninguna, le salió al paso:


A las costureras de blanco se las paga en Asunción tres pesos papel por una docena de camisas de hombre. El comercio lucra el 500 a 600 por ciento. Harto estoy de escandalizarme del sueldo de los peones de estancia, condenados a la ruda faena del rodeo y del lazo, pasándose días en ayunas y al sol: ¡veinte pesos, ocho francos al mes! Y los obrajes, los quebrachales, los yerbales... He denunciado al público, en 1908, que 15.000 paraguayos son esclavizados, saqueados, torturados y asesinados en los yerbales del Paraguay, de la Argentina y del Brasil. Nadie manifestó el menor afán de verificar los hechos y remediar tanta infamia. Ni el gobierno cívico ni el radical se ocuparon del asunto. El único ciudadano -¡ironías de la suerte! que se dirigía a las autoridades -vanamente- reclamando ayuda para los parias del Alto Paraná... era Monseñor Bogarín, a quien oí decir en broma una vez: `Lo que necesitan aquellos infelices es que les visiten unos cuantos anarquistas"'. 16


Barrett, empero, predicaba en el desierto. ¿Por qué -insistimos por última vez- sus contemporáneos del 900 tuvieron oídos sordos a sus denuncias y por qué la literatura barrettiana no interesó al paso que la de Goycoechea Menéndez tuvo entonces y después una prolongada influencia, directa o indirecta?

Josefina Plá ha ofrecido una descripción, digamos, de la actitud novecentista. El medio estaba -según la ilustre escritora- "extasiado en la autocontemplación conservadurista". 17

Nos parece exacto eso de la autocontemplación extática. En cuanto a lo del conservadurismo de esa actitud espiritual, a la luz de lo ya dicho, sin rechazarlo de plano, nos parece que es sólo un aspecto de la compleja situación vital de la época.

No olvidemos lo que acontecía en el Sur norteamericano: a los sudistas les era imposible una visión normal de las cosas. Algo parejo debió de suceder a la generación de 1900, incluso a los hombres a quienes disgustaba el nacionalismo agresivo de la época, por juzgarlo dispuesto a comulgar con ruedas de molino, y nocivo para la cabal regeneración del Paraguay.

Lo que resulta evidente, sí, es que los hombres de la época, en tanto que ciudadanos, cerraron los ojos a la realidad sórdida de su tiempo y en tanto que hombres de letras (al menos dos de los más influyentes) prefirieron a Goycoechea, no a Barret, como mejor intérprete de lo paraguayo.

La cuestión social no era "el tema del tiempo", o, mejor dicho, la crítica de lo paraguayo no era viable, ya como "objetiva" revisión histórica nacional, ya como escrutinio severo de los males actuales.

Debían pasar los años para que fructificara la semilla barettiana. En 1922 -a doce años de la muerte de Barret-.Domínguez dicta cuatro conferencias sobre problemas nacionales. En ellas señala aspectos crueles de la cuestión social del Paraguay, de "este país que se está muriendo dese hace rato". Esto constituye una verdadera evolución en el campeón de la causa nacionalista. ¿Qué le acontece al Paraguay? ¿Por qué ha decaído? La historia nos dice lo que fue cuando estuvo en forma. A la luz de la historia -siempre la historia, se entiende- hay que buscar los medios de devolverle la salud. Entre los que señala como más eficaces, subrayemos dos: la reforma agraria y el trabajo obligatorio. Y es entonces cuando concibe un nuevo tipo de héroe, un héroe moderno, actual, "que después de realizar el gran programa agrario, lo llamara a O'Leary, por ejemplo, y le dijese: `Cantor de las glorias nacionales, podemos entendernos. Patria es recuerdo ciertamente, pero también es esperanza. Y si tú, con haber escrito nuestra Epopeya, eres el evocador de los recuerdos nacionales, yo, con haber elevado el número de los propietarios de 20.000 a 200.000, personifico su esperanza. No hay patria sin gloria -convenido- pero tampoco hay patria sin hogar". 18

¡Por fin la realidad actual se convierte en cuestión palpitante para un hombre del 900 extasiado en la contemplación de las glorias del pasado!

Pero han transcurrido ya doce años desde la muerte de Barrett y veintidós desde la polémica entre O'Leary y Báez.

En suma: a comienzos del siglo la narrativa paraguaya se inicia con dos corrientes o tendencias dispares: la nacionalista, romántica e idealizadora, con Goycoechea; y la crítica y de denuncia social, con Rafael Barrett.

NOTAS

1 En un trabajo-estudio este interesante fenómeno establece tres etapas de su manifestación en las dos sociedades.

2 Ver "Agrarianism in Exile". Seivanee Review, LVIII, 1950, pág. 587.

3 Ver Louis D. Rubin. "Southern Literature: The Historical Image". en el libro South, Modern Southern Literature in Its Cultural Setting (New York, 1961), págs. 29-47.

4 L. D. Rubin, op. cit., págs. 32-33.

5 "The Irrepressible Conflict" en el libro I'll Take My Stand (NewYork, 1962), pág. 84.

6 Ibid, pág. 66.

7 El Paraguay: sus grandezas y sus glorias (Buenos Aires, 1946), págs. 116-117.

8 Véanse los escritos "Causas del heroísmo paraguayo", en El alma de la raza (Buenos Aires, 1946), págs. 17-39, y el libro citado en la nota N° 7, págs. 49-231.

9 "Apropósito de Ignacia", Obras completas de Rafael Barret (Buenos Aires, 1943), pág. 579.

10 Ibid.

11 Ibid., págs. 579-580.

12 Ver el prólogo al libro de Goycoechea Menéndez, Guaraníes, edición de la Revista Americana de Buenos Aires, Año XVI, Nos. 183-184, julio-agosto, 1939, pág. 17.

13 Op. cit., pág. 68.

14 "Rafael Barret", en Estudios históricos y literarios (Asunción, 1956), págs. 193-194.

15 El citado prólogo, pág. 13.

16 Obras completas..., págs. 360-361.

17 "La narrativa en el Paraguay de 1900 a la fecha", Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, N° 231, marzo, 1969), pág. 641. Los conceptos de "conservadurista", "conservadurismo", tienen en el Diccionario de la Academia un sentido español peninsular estricto. Aquí los tomamos en sentido no nacionalmente español sino en otro más amplio, aún más que los conceptos ingleses conservative y conservatism.

18 La traición a la patria y otros ensayos (Asunción, 1959), pág. 10.

 

 

 

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HISTORIA DE LA LITERATURA PARAGUAYA

Por HUGO RODRÍGUEZ – ALCALÁ

©  HUGO RODRÍGUEZ – ALCALÁ / DIRMA PARDO CARUGATI

Editorial El Lector,

Asunción – Paraguay . 1999 (434 páginas) 

 

 

 

 

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