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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  BREVE ANTOLOGÍA POÉTICA DE HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ - Compilados por UBALDO CENTURIÓN MORÍNIGO


BREVE ANTOLOGÍA POÉTICA DE HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ - Compilados por UBALDO CENTURIÓN MORÍNIGO

BREVE ANTOLOGÍA POÉTICA DE HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

Compilados por UBALDO CENTURIÓN MORÍNIGO


 

EL PUEBLO

a Regina Igel

Io sueño, lo entresueño, lo persigo.

Para su acceso no hay más que el recuerdo.


Faltan los ojos puros, la inocencia

 Faltan los pies pequeños.


La calle larga, de calzada roja,

de la casa dormida en el silencio,


está en aquel lugar, acaso idéntica,

bajo idéntico cielo.


La que entreveo no es la misma calle

y se esfumina y se me pierde, lejos.


La casa del zaguán siempre cerrado

y oscuro de misterio;


la casa de la parra prodigiosa

de racimos que asedian los insectos


no existe ya. Lo sé. Ya es otra casa.

Ha cambiado de dueños:


La habitan hoy ancianas como brujas

horribles de vejez y de ojos ciegos.


Acaso el pueblo es pura fantasía.

O un pueblo en que conozco a los espectros,


pero en el que los vivos son extraños

que nunca conocieron a mis muertos.


Pero lo sueño siempre, lo persigo,

y si jamás lo encuentro y recupero


para mirarlo, allí, palpable y vivo

como se ven, palpables, otros pueblos,


es porque es invisible, por llevarlo

adentro, adentro, demasiado adentro.


3 de abril de 1974




LA PARRA

Grappe et pampre, la branche...

VAN LERHERGHE


I

Iba de calle a calle la casona

y su parra cubría los dos patios.


¡No pediría hoy más que su techumbre

de pámpanos; el brillo de sus uvas


que asedian las abejas; la luz mágica

del sol, tenaz, buscando entre las hojas


la núbil golosina que en noviembre

madura poco a poco en miel caliente!


Al final de la parra está el aljibe

y, dentro de él, un círculo celeste


copia el vuelo fugaz de las palomas.

¡Ir del aljibe al corredor lejano:

arriba, los sarmientos y racimos;

a ambos lados, higueras y rosales,


y, en el aire, el silencio y la canícula,

el duende de las siestas, la cigarra!


Si no está el Paraíso en el futuro,

en el pasado está, perdido a medias:


mi infancia vivirá mientras yo viva

y habrá sobre ella una encendida parra:

lejano cielo verde sobre el mundo.


XII, 1968


II

La otra noche soñé con ella: estaba

silenciosa la casa como siempre.


Yo miré sus tejados desde arriba

porque el sueño era un sueño y yo era pájaro.


Casi negras las tejas, y musgoso

el antepecho del aljibe blanco.


La parra no existía: unos sarmientos

oscuros se morían de tristeza


sobre el gran esqueleto ennegrecido

que era antaño telar de su verdura.


Descendí hasta el brocal, miré hacia adentro:

sólo hallé oscuridad y telarañas.


Lancé un grito esperando antiguos ecos,

pero siguió el aljibe ciego y mudo.


Volví a mi hoy, y entonces como antaño,

lejanamente vi la parra verde,


sus maduros racimos y su sombra.

Y deseché los sueños, no el recuerdo.

III, 1969


 

HIGUERA Y PARRA


(¿1922?)


La higuera abrillantada, con hormigas

riegas de sol y hambrientas, por sus ramas.


En la tierra bermeja, reventones,

higos maduros casi negros, yacen.


Yo miro hacia la parra y mi codicia

vacila entre los racimos que no alcanza


y las frutas yacentes en la tierra.

Un grito en la distancia con mi nombre,

dentro

como en la luz del sol

el disco

es centro de una voz de inmensas llamas:


Me llaman desde un corredor muy blanco

todo aureolado del resol de enero.


Yo abandono la higuera a las hormigas

y llevo un higo verde hacia aquel grito


1970


 

ELEGÍA

 

Ah non e piú per me questa bellezza

P.P. Pasolini


Allí el zaguán. Al fondo el patio verde

separado de la amplia galería


por una balaustra toda blanca.

¿Dónde estarán las dos criadas mozas


cuyo canto llenaba aquella casa:

Lucía, la del mate mañanero


para el viejo señor de ojos azules;

y Luisa, que cuidaba las jaulas


y daba de vivir a los jilgueros,

el tembloroso alpiste entre los labios?


¿Dónde, doña Isabel, la blanca dama,

que en esa mecedora, adormecida,


soñaba con los hijos que no tuvo,

y en cuyo inmenso caserón, los pájaros,


prisioneros en jaulas resonantes

compensaban la ausencia de los niños?


Años de enormes soles transcurrieron.

Maduraron las uvas de la parra


verano tras verano. En la casona

un día y otro día y otro día


pasó fugaz la vida, siempre sueño:

los mismos cantos en las mismas jaulas,


y Lucía y Luisa, atareadas,

en el manso vivir de la provincia.


Hoy nadie, nadie, vive en la casona.

En las salas, los muebles polvorientos


evocan los fantasmas familiares.

Un pesado silencio allí se espesa.


Ha tiempo que callaron los jilgueros

en las jaulas vacías. Y la hierba


ahoga los rosales en el patio.

Sólo la parra, verde como siempre,


ofrece inútilmente sus racimos

que hoy nadie ve brillar entre los pámpanos.


(De El portón invisible)


 

RELOJ DE PLATA

 

En lo incierto del sueño, de repente,

brilla el reloj de plata sobre el mármol


Cuarenta años hace que no existe,

que se ha perdido este reloj de plata.


Y, sin embargo, ahora, allí, reluce

como cuando medía el tiempo viejo.


Fue este el primer reloj que regalaron

al hermano mayor, entonces mozo.


También ahora a él lo veo, joven,

tersa la tez, negrísimo el cabello,


rélucientes los ojos, y la boca

abierta en ancna risa veintenaria.


Con un rumor de insecto sobre el mármol

fulge el reloj de plata. El mundo es nuevo:


ha renacido mi niñez intacta

en el cristal de la pequeña esfera.


Señor, ¿hay otra vida

para el hombre mortal tras de su muerte,


o es la vida vivida la que dura

en trasmundo distante, incorruptible,


y nuestra muerte es el principio de una

recordación eterna de la vida?


Junio, 1971


 

TRAJE MARINERO

 

(1922)


De una sala de viejas

señoras estiradas,

voy, solo, a una terraza.

Veo un parque.


Hay un jardín. Hay una escalinata.

Bajo la escalinata lentamente.


Mi traje marinero

es azul muy oscuro.

Llevo la gorra en una mano,

llevo en la otra confites de la sala.


Llego al jardín. Camino sobre el césped.


Y entonces veo a las muchachas.


Tomadas de las manos

cantaban y cantaban.


Y de pronto me vieron

y cantando formaron ronda doble

en torno a mí, muy altas, muy hermosas.

Sobre todo, muy altas.


(Después de muchos, muchos años,

todavía las veo sobre el césped

muy altas, y cantando.

Y yo las miro desde abajo,

vestido con mi traje marinero,

la gorra en una mano

y en la otra, confites de la sala).


(De El canto del aljibe)


 

CREPÚSCULO EN EL PATIO


—      ¿Recuerdas?— preguntó con un suspiro

los negros ojos húmedos mirando


el sillón del ausente junto al suyo.

—¿Recuerdas cuántas veces conversamos


en las últimas horas de la tarde

solos en el silencio de este patio?


Nos miraban con lástima los hijos

—¡Los dos viejos tan solos!— ignorando


que en nuestra soledad en el crepúsculo

la antigua intimidad recuperábamos.


Nosotros sonreíamos. ¡Tan solos!

Y nuestra soledad era un regalo


que al irse a sus amores nos dejaban.

Teníamos los dos nuestro pasado


tan dorado de amor que era muy dulce

en la sombra violeta recordarlo.


Junto al sillón que ha tiempo abandonaste

busco la verde soledad del patio.


Y siento tu presencia. Los recuerdos,

los tuyos y los míos, son mi amparo.


Mis recuerdos conversan con los tuyos

y es como si estuvieras a mi lado.


Ha anochecido. ¿Sabes? En el cielo

se han encendido los primeros astros.


La noche es una amiga milagrera...

Yo, en voz muy baja, rezo mi rosario.


4 de febrero, 1974


 

LA LARGA ESPERA

 

A María Teresa


Quiso ella verla, verla a treinta años

de la muerte. La madre nunca vista.


La que al darle la vida dio la suya

en una primavera remotísima.


Y fuese al panteón toda expectante

y temblorosa pero decidida.


Hombres oscuros con sus herramientas

tras mucho esfuerzo el ataúd abrían.


Y columbró primero bajo el vidrio

y luego sin el vidrio, blanca y nítida,


una apacible joven en reposo,

una joven hermosa, palidísima,


de anchos ojos cerrados como en sueños,

denso el cabello en torno a las mejillas,


blanco el vestido aquel del desposorio

y un Cristo blanco en manos casi niñas.


Estaba intacta. En los pequeños labios

se había eternizado una sonrisa


apenas perceptible. Era la novia

tan admirada en la fotografía


de las bodas cercanas a la muerte.

Era la novia tantas veces vista:


—Esa es mamá, mamá que está en el cielo—

le decían cuando era pequeñita.


Idéntica al retrato, incorruptible,

 el vestido nupcial de tela fina


con pliegues relucientes. Sobre el pecho

el Cristo de marfil no se le hundía.


La madre joven en la caja negra

parecía esperarla, aunque dormida.


(De Visita de una sombra y otras sombras)


 

LA CITA

 

“Hacia 1908 solía ver a sus padres en un banco de la plaza.

Eran novios. Apenas hablaban. El amor suele hacer callados a los jóvenes”.

P.M.Y.


Se pusieron de acuerdo. Nadie supo

cómo se hablaron, dónde se encontraron.


Pero los dos llegaron a la cita

al mismo tiempo y con suave paso.


Cuando en la Catedral daban las ocho

y en la plaza esperábalos un banco


El mismo banco de otros tiempos era.

El mismo banco, bajo el mismo árbol.


Ella estaba hermosísima. Tenía

el talle grácil de sus veinte años,


muy terso el cutis, los cabellos negros,

y los ojos brillantes, extasiados.


El, tan apuesto y varonil como antes

en los remotos días veintenarios.


La tarde hacia la noche navegaba

y se encendían ya faroles blancos.


Paseaban en silencio por la plaza

parejas conocidas, como antaño.


Serios, los dos, de pronto sonrieron.

Sentáronse, tomáronse las manos.


Era otra vez la juventud.


Callaban.


Después, en voz muy baja, conversaron.


31-1-86

 


LA NOCHE INESPERADA


I


Subo la escalinata a pasos lentos

y llego a un corredor de alta techumbre.


Hay una puerta abierta. Hay otras puertas

que a amplias alcobas blancas dan acceso.


Voy hacia el comedor, en cuya estufa

se vio brillar un día una centella.


(Se hizo de noche de repente: el cielo

se derrumbró entre rayos y relámpagos,


y ante nuestro estupor, zigzagueante,

de la estufa surgió la enorme chispa).


De esto hace mucho tiempo. Lo recuerdo

mientras contemplo la espaciosa sala:


las vigas negras contra el techo blanco,

los cuadros y los muebles impasibles;


el ventanal que, inmenso, de cristales

lucientes, es el marco de un bellísimo


paisaje: el lago azul, los cerros verdes,

y, en la calle, un lapacho que se alza


con su fiesta de flores amarillas,

más doradas que el sol que las enciende.

 

II

Estoy solo. No se oye más que él trino

de pájaros bermejos en los patios.


Y cruzo el comedor porque sospecho

que afuera, junto al pozo enjalbegado,


me esperan; que este día recupero

la dicha de otro día muy lejano.


Debajo de la pérgola no hay nadie;

y, solitario, el pozo duerme mudo,


con un círculo negro allá en su fondo.

Regreso al comedor, miro hacia el lago,


pero no veo el lago, ni los cerros,

sino una niebla gris que avanza lenta.


Ya no cantan los pájaros bermejos.

Bajo la escalinata como huyendo.


de no sé qué peligro. Y de repente

me encuentro aquí, en la noche inesperada,


ajeno ya a aquel mundo, mientras suenan

dobles acompasados en las sombras.


Abril, 1981

(De El portón invisible)


 

ASUNCION, 1908

 

A Cecilia R.A.G.


El Oratorio, sin revoque entonces,

la lluvia de setiembre ha vuelto rojo.


Ciudad toda de casas coloniales

ha visto levantarse este Oratorio


por sobre la chatura de los techos

para que fuera un corazón sonoro


de campanas loadoras de la Virgen.

Pero el templo quedó inconcluso y solo


y vacío y sombrío sin su Dueña.

Ahora la lluvia ha enrojecido el domo


y enverdecido en él los jaramangos.

Las calles este día son arroyos


cuyas aguas caminan hacia el río

sobre anchas piedras y con pies de lodo.


¿Qué pasa en el Palacio de Gobierno

en esta tarde gris del año Ocho?


¿Conspiran los cuarteles? ¿Hay alarma?

¿Dormita la ambición y duerme el odio?


¡Hoy sueña la ciudad bajo la lluvia!

Al crepúsculo escampa. Un cielo de oro


se va haciendo turquí. Sube la luna

por el cielo estrellado, suntuoso.


30-IX-85

(De Visita de una sombra y otras sombras)


 

CREPUSCULOS DE ANTAÑO

 

a Soledad


Calles calladas de Asunción de antaño

por donde rara vez pasaban coches.


Calles tan silenciosas como calles

aldeanas, de viejos caserones.


Hacia el oscurecer, en un silencio

que se hacía más grave con la noche,


caía la ciudad en trance místico

bajo un cielo de rojos resplandores.


Cantaban las cigarras y sus cánticos

eran en el silencio desgarrones


en el cristal del aire atardecido.

¡Torva melancolía en los balcones


a los que se asomaban suspirantes,

esperando el amor, muchachas jóvenes!


De vez en cuando un carro de altas ruedas

y mulas cabizbajas, lastimadas,


pasaba, y el carrero, hombre de látigo

y chiripá, las riendas agitaba.


Ya la lenta agonía del crepúsculo  

se disolvía en sombras azuladas.


Y entonces terminaba la tristeza.

Volvían al silencio las cigarras.


Luces municipales se encendían

y arriba, el cielo todo se enjoyaba.


Mayo 6, 1985

(De Visita de una sombra y otras sombras)



DE UN DIARIO DE GUERRA BOLIVIANO


Ayer mataron a René,

y nuestro capitán, que era su amigo,


le halló un retrato de su propia esposa

en que decía A mi René querido...


El capitán estaba

ayer de tarde, pálido y sombrío.


Esta mañana fue en un patrullaje

y todavía no ha venido.


1938

(De Estampas de la Guerra)

(De un diario de guerra paraguayo)


 

UN ENEMIGO

 

Iba yo al frente de mi Compañía

cuando, tendido en el camino

lo encontré. Me miró con ojos ya vidriosos.

Movió sus labios lívidos;

alzó una mano vacilante

y, muy dificultosamente, dijo:

—“¡Agua, agua, por Dios, sólo una gota!”

Su voz, era un gemido.


Me arrodillé a su lado,

limpié aquel rostro ya amarillo

y cubierto de polvo,

y le di de beber. Un gran quejido

exhaló el boliviano moribundo,

y expiró.


No sé qué me dijo

o qué quiso decirme,

pero aquellos opacos, fríos ojos de vidrio,

me mirarán eternamente

y eternamente agradecidos...

 

1939.

(De Estampas de la Guerra)


 

FUSILAMIENTO DEL CORONEL MONGELOS

 

a Nicolás Víctor González Oddone


En seguida, por llamado del Mariscal

se presentó delante de él el coronel

Mongelós, a quien le dijo: que

aunque inocente, lo iba a mandar

fusilar... —Va usted a unir su sangre

a la de ellos—, le dijo con toda

calma. Mongelós contestó que no

lo merecía, porque estaba ajeno de

lo sucedido, que aún era

joven, no era flojo y muy capaz de

salvar a la patria y a él... Era de

aspecto sajón: alto, delgado, rubio,

de ojos azules; tuvo participación

en muchos combates, y en todos

acreditó valor, decisión y arrojo.

Coronel Juan Crisóstomo Centurión


—Llamen a Mongelós.

Y viene el jefe

valiente entre valientes. Está pálido.


Es rubio, es alto, es fuerte; es un guerrero

famoso, pero tiembla, él que no tiembla


en las cargas furiosas entre el fuego

y las puntas filosas de las lanzas


y el revoleo cruento de los sables.

¡Mongelós, Mongelós, estás perdido!


El hombre que te mira te hipnotiza:

te hace temblar a ti que eres coraje,


te hace sentir pequeño a ti tan grande.

El hombre que te mira está sereno,


con la serenidad de un tigre. El hombre

que observa tu temblor, tus ojos pávidos,


secretamente goza del tiránico

poder sobre los fuertes y los bravos.


El, que jamás corrió hacia los cañones

en estampido atroz convulsionados;


él que jamás chocó con los jinetes

y los ciegos caballos al galope


como tú, Mongelós, hombre de hierro,

—famosa espada, incontenible lanza


voz de trueno en el trueno del combate—

él, Mongelós mi Coronel sin miedo.


¡él te intimida, él te acobarda, él sabe

humillar y abatir tu misma gloria!


-Se ha descubierto la traición— le dice

el hombre inexorable. —Los traidores


van a ser fusilados por la espalda.

Sé que usted no es traidor: es inocente;


pero por negligencia, por descuido,

usted va a unir su sangre a la de ellos.


—No merezco el castigo. Nada supe,

nada sé de complots ni de traidores,


Excelencia: soy joven. Yo podría

combatir por usted y por la patria.


Soy fuerte y he probado ser valiente.

El Mariscal ordena que le saquen


la espada.

Mongelós es fusilado no

por la espalda, como los traidores:


su inocencia lo salva de este oprobio:

él ve los fogonazos, ve su muerte.


Octubre, 1982

(De Terror bajo la luna)


 

 

DOMINGO

 

¡Domingo! ¡Todo en ti existe!

En la cascada del sol

lo real se dinamiza

en plenitud de color.


¡Eco, pájaro, ansiedad;

brisa y celaje; dolor

antiguo y nuevo, rebosan

de realidad interior!


Mayo llega a su cénit.

El mundo es un gran rumor

pleno, unánime, potente:

¡Sólo a mí me falta Dios!


1958


 

Ir, Ir, Ir...


¡Eso de ir de la navaja al peine,

del peine a la camisa, a la corbata!


(¿Tomaste el desayuno?

¿Te lavaste los dientes?)


Es tarde. Es siempre tarde. Darse prisa.


Eso de ir al coche,

ponerlo en marcha y luego

ir entre luces verdes,

ir entre ruidos y humo gris a escape,

ir de una cosa a otra

sin reposar en nada.


Es siempre tarde y si no es tarde, urge

ir hacia algo, hacer alguna cosa

porque hay que ir, que ir de esto a lo otro,

como del peine a la camisa, a la corbata,

del desayuno al baño,

del baño al coche, en coche a la autopista

de prisa, porque es tarde o por costumbre...


Ir, ir, ir. ¡Siempre ir hacia lo mismo,

ir hasta el mismo sueño como en coche,

como si , si quedáramos inmóviles,

con ansias de no ir, de ser tan solo,

no nos iríamos también sin falta!


1969

(De El canto del ajibeb)


 

 

TERROR BAJO LA LUNA

 

a Hiram Rodríguez-Alcalá, quien, al frente de una compañía del Regimiento 5 “Gral. Díaz’’,

en la batalla de Toledo, protagonizó aquel terror.


Eran ochenta hombres a mi mando.

Ochenta campesinos veteranos.


Meses atrás, venido yo a las líneas

flamante el uniforme, botas nuevas,


y el aire inconfundible del bisoño,

con natural desconfianza y pena


los labriegos en armas me observaron.

Mi bautismo de fuego cambió aquello:


yo los guié a un asalto y fui el primero

en ganar la trinchera desde donde


chorros de fuego el monte iluminaban

en chispas y relámpagos de azufre.


Me quisieron entonces. Si yo no era

como ellos, un labriego humilde y duro,


era un hombre cabal, nada cobarde.

Los imité. Yo quise ser estoico,


insensible al dolor, infatigable.

Aprendí su lenguaje, sus costumbres;


dormí en el duro suelo bajo el poncho;

su rancho miserable fue mi rancho;


su tabaco pestífero fue el mío.

Ahora, tras cinco meses de campaña,


el hábito del fuego, del peligro,

nos hermanaba tan profundamente,


que mi unidad más era una familia

que un veterano equipo de combate.


De un arduo patrullaje regresábamos.

Terminaba una larga maniobra.


Estábamos rendidos. Me dormía

de pie, mientras marchaba, vacilante,


al frente de mis hombres. ¿Dónde estaba

el enemigo? ¿En fuga, derrotado,


o maquinaba una sorpresa, oculto,

mimetizado en la espesura verde?


Tres días y tres noches selva adentro

marchamos sin descanso. Al noroeste


rugía una batalla. En nuestro frente

se espesaba el silencio. Vino orden


de cortar un camino y vigilarlo.

Llegamos al camino hacia el crepúsculo.


Cayó la noche. Yo, despierto apenas,

puse diez centinelas y les dije


que en ellos confiaba por tres horas.

Y me acosté a dormir. Me hundí en el sueño


a la vera espinosa del camino.

Fue el sueño más profundo de mi vida.


El dulce Paraíso de la Nada.

De pronto desperté. Miré la luna.


Alta, muy alta ya en el cielo claro.

Su resplandor colándose entre ramas


plateaba el perfil de mis soldados

y brillaba en los rifles y automáticas.


Todo el mundo dormía. Todo el mundo.

Fui hacia los centinelas uno a uno:


los diez, petrificados en el sueño.

Traté de despertarlos sacudiendo


sus rostros y sus brazos. Todo en vano.

¿Gritar? ¿Cómo gritar en el silencio?


Tal vez el enemigo estaba cerca.

Tal vez nos acechaba el arma lista.


Podía vernos bien bajo esa luna

que iluminaba ochenta cuerpos rígidos.


Y recordé mi sueño, un sueño vivido

de minutos atrás: nos rodeaban


por todas partes, serpeantes filas

de oscuros fusileros; y un sargento


emplazaba su máquina pesada,

colocaba la cinta refulgente


bajo el rayo lunar, y cauteloso,

el grueso tubo nos encañonaba


dispuesto a desplegar el abanico

fatal, en el silencio plateado

*

Acudí a mi ordenanza. —¡Arriba, arriba!—

le grité en un susurro. El cabo Aquino


parecía difunto. Enfurecido

tiré de sus cabellos polvorientos,

le abrí los ojos con los dedos crueles.

Pero su sueño de labriego joven


era de un hermetismo ineluctable.

Me arrastré hacia Falcón, el hombre fuerte,


el mejor patrullero, el más osado.

Pero también Falcón, que respiraba.


era un cadáver vivo, bronce en sueño.

Ochenta muertos mis soldados eran:


ochenta muertos de torpor de piedra.

¡Nunca tuve más miedo, nunca, nunca,


como en el aquel suave plenilunio

que vertía piedad y mansedumbre


sobre el vasto desierto!


Vino el día

y me encontró tendido en tierra, alerta,


tras la ametralladora preparada.

Mis hombres despertaron. Yo les dije:


—Voy a dormir—

Dormí hasta media tarde.

Y conmigo durmió, por fin, el miedo.


(1972)

(De Terror bajo la luna)


 

PRIMAVERA, OTRA VEZ

 

A Eugenio Florit


¡Qué cosa extraña es esta de los versos!

Uno se olvida de que los escribe.

Se olvida de poetas y poemas.

Y, de pronto, reincide.


A mí me pasa así. Yo soy un hombre

ocupado y sin éxito

en cosas de poetas.

y he renunciado, ha mucho tiempo, a serlo.


Sin embargo, me ocurre que, un buen día,

luchando, por ejemplo, con los números,

la pluma, sola, empieza a escribir versos

y me lleno de júbilo.


Entonces noto que la primavera

está otra vez viniendo:

que el aire, afuera, está lleno de píos

y que también yo estoy lleno de versos.


Marzo, 1966

(De La dicha apenas dicha)


 

A MEDIODIA

 

(California)


A la ramita grávida

de frutos, llegó, rápido,

loco, casi, de luz.

No lo sintió el naranjo.


Y como el día era

para él demasiado

glorioso, lanzó un grito.

Tembló entonces, el árbol.


Un fruto, el más maduro,

cayó tibio y dorado.


Viéndolo ya en el suelo,

huyó, volando, el pájaro:

por él —o por el fruto—

siguió temblando el árbol.


(De La dicha apenas dicha)


 

MARIA ESTUARDO, DIJO...

 

(A C.J. Cela)

 

Esto ha pasado en Mádison, Wiscosin,

a comienzos de otoño

o fin de primavera,

cerca del Capitolio,

una tarde que fue de Mana Estuardo.

con palomas volando

aquí y allí, mientras los taxis

y autobuses llenaban de humo y ruido

el soleado viento.


Dijo...

(desarrugando el sweater henchido de sus formas)

Dijo...

(bajo aletazos de palomas)

Dijo...

(mas se llevaba el viento sus palabras

o las picoteaban las palomas).


María Estuardo, aquella tarde suya

a comienzos de otoño

o fin de primavera

de no sé ya qué año,

sigue diciendo lo que dijo...


El viento

sigue llevando sus palabras.


(Y hay un revoloteo de palomas).


1967

(De La dicha apenas dicha)


 

PENSAMIENTO DE ABRIL


Ya vino abril, fingiéndose inocente.

Como él vino una vez la voz perdida,

vino cantando y se alejó muriendo

y yo quedé más solo todavía.


Abril es lo que pasa, el dulce engaño;

sombra de inaccesible encantamiento,

abril no falla nunca, pero pasa,

y de su canto de oro muere el eco.


Ese beso en la boca que adoramos,

ese temblor frente a unos ojos puros,

todo ese frenesí no es más que engaño,

canto fugaz de abril que cruza el mundo.


Ya vino abril, el mago fugitivo

que en luz envuelve su mensaje oscuro.


1959.

(De La dicha apenas dicha)


 

OTOÑO


¡Follajes amarillos

de taciturnos álamos!

¡Despedidas de octubre,

ausencia de los pájaros!


¡Qué morir más hermoso

este morir callado!:

las infinitas vidas

se doran un sudario

y eligen un minuto

de gala, para el tránsito.


1959

(De La dicha apenas dicha)


 

PRIMER RECUERDO

 

(1919)


Primero fue la lluvia.

fue lo primero, la ilusión primera.

Vi una puerta entreabierta

que daba a un patio.

Vi sobre baldosas

crearse y deshacerse

copas brillantes, sin ruido.


Vi las mojadas plantas,

vi el paredón mojado,

vi el viento impetuoso

que aplastaba

las copas instantáneas sobre el piso.


Vi contra el cielo oscuro

un tremolar de sábanas de fuego.


Vi el agua, el agua interminable

sobre los vahos del verano.


Vi, dentro, luz eléctrica:

vi unas figuras vagas

mirar la lluvia.


Yo, tras cristales húmedos.

estaba, en brazos fuertes, mudo y tibio.


Afuera, la frescura

y la cristalería renovada

sobre el piso.

Y el viento rápido

que iba y volvía impetuoso...


Fue la ilusión primera.

Fue el principio del mundo.


1962

(De La dicha apenas dicha)


 

 

ENLACE INTERNO AL DOCUMENTO FUENTE

(Hacer click sobre la imagen)

 

HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ Y LA VIDA INTELECTUAL DEL PARAGUAY

Por UBALDO CENTURIÓN MORÍNIGO

Segunda Edición corregida y actualizada

Se terminó de imprimir el 15 de octubre de 1993 en la

Editora Paraguaya S.R.L. (EDIPAR).

Asunción – Paraguay

 

 

 

 

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