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JESÚS RUIZ NESTOSA


  LA PASIÓN INDECISA, 2006 - Novela de JESÚS RUIZ NESTOSA


LA PASIÓN INDECISA, 2006 - Novela de JESÚS RUIZ NESTOSA

LA PASIÓN INDECISA

 

Novela de 

JESÚS RUIZ NESTOSA

 

 

 

(BIBLIOTECA POPULAR DE AUTORES PARAGUAYOS Nº 23)

© de esta edición Editorial El Lector /

© de la introducción Francisco Pérez-Maricevich

ABC COLOR y Editorial El Lector,

Tel.: (595 - 21) 491.966 - 610.639

Director editorial: Pablo León Burián 

Coordinador editorial: Bernardo Neri Fariña

Guía de trabajo: Francisco Pérez-Maricevich

Asunción - Paraguay

2006 (125 páginas)

 

 

**/**

 

INTRODUCCIÓN

 

RUIZ NESTOSA O LA CONSTRUCCIÓN

ESPECULAR DE LA FICCIÓN

 

 

1

 

 

 Jesús Ruiz Nestosa nació en Asunción en 1941. Generacionalmente pertenece a la Promoción del 60, que en el proceso cultural rompió con ciertas rutinas y marcó claramente ciertas diferencias respecto a sus antecesoras.

Periodista y narrador, dedicó también sus afanes creativos a la fotografía, al cine (cortometrajes), a la poesía integrada a la música (con el compositor Luis Szarán) y a la crítica de arte y cinematografía.

Inclinado a la experimentación narrativa, a la crítica social y política y a la promoción de la vanguardia cultural, ha desarrollado una labor ininterrumpida desde 1959 hasta hoy a través de las páginas de los diarios La Mañana, La Tribuna y ABC Color, en una extraordinaria muestra de perseverancia, talento y agudeza crítica.

Realizó exposiciones de sus fotografías en numerosas oportunidades, y en 1992, en el Museo Paraguayo de Arte Contemporáneo, expuso una retrospectiva de las mismas, exposición que permitió apreciar su sensibilidad plástica y el dominio técnico que alcanzó en el manejo del medio.

Su trayectoria de narrador se inició en 1973 con la edición de Las musarañas (Buenos Aires, Centro Editor de América Latina), una novela de técnica innovadora, que trata del ascenso y caída de una familia contaminada por la corrupción originada en los círculos dominantes de la dictadura.

Esta orientación crítico-social es el vector clave de su narrativa. Toda ella diseña un espacio ocupado por la crisis moral, la disolución de los valores y la clase de violencia política abyecta cuyos efectos son distorsionad ores o anuladoras de la personalidad individual. En todas sus novelas (exceptuando, quizás, la que ahora se publica) se describe esta atmósfera agobiante, cerrada, cargada de oprobio. Tanto LOS ENSAYOS (Asunción, 1982), como DIÁLOGOS PROHIBIDOS Y CIRCULARES (Asunción, 1992) y LA GENERACIÓN DE LA PAZ (Asunción, 2004), independientemente de sus peculiaridades constructivas innovadoras, presentan una visión crítica definida de la dimensión ética tal como se manifiesta en los contextos sociales y en la realidad política del país en los tiempos del autoritarismo. Estos textos son significativos no sólo como concreciones estéticas en sí mismos sino, esencialmente, como inventario y balance crítico de las experiencias vividas por las generaciones de jóvenes bajo un régimen político autocentrado en su propia perpetuación excluyente.

Ruiz Nestosa no es sólo autor de novelas. En 1980, NAPA lanzó como volumen inicial de su colección, EL CONTADOR DE CUENTOS, un libro que a la característica propensión experimental del narrador reveló un poder fabulador muy estimable. Los cuentos contenidos en el libro tratan temas relacionados con la personalidad, la inutilidad del heroísmo que se frustra, la causalidad fantástica o la dilución de la culpabilidad. En los cinco cuentos del libro el juego imaginativo y las experiencias técnicas del relato contemporáneo (Borges, Cortazar...) son atributos que convierten a esta colección en un aporte importante en el proceso de actualización de la narrativa paraguaya realizada en el país en esos años.

Igual opinión merece su novelística. Compleja en recursos técnicos ha realizado exploraciones críticas incisivas en el universo moral de la sociedad paraguaya, especialmente en sus segmentos juveniles, desnudando las múltiples trampas ideológicas, conductuales y de valores que los amenazan y los cercan. En estos ejercicios de descripción moral parece difundirse por el espacio fictivo un pesimismo acentuado, aparentemente impropio de conciencias juveniles, y sin embargo, justificado por las prácticas vigentes al interior de la sociedad.

 

2

 

LA PASIÓN INDECISA,escrita en este año de 2006, es un texto cuyo tema es la frustración que acompaña a toda práctica o iniciativa utópica. Se trata de la versión ficticia de la aventura colonizadora del cuñado de Nietzsche, Bernard Fórster, quien en la década del 80 del siglo XIX arribó al Paraguay con un grupo de familias alemanas. Con ellas, y en tierras cedidas por el gobierno de Bernardino Caballero, fundó la colonia de Nueva Germania con el fin de formar un enclave que sirviera de núcleo a la expansión en Sudamérica del imperio ario de Alemania.

La colonia enfrentó dificultades innumerables hasta culminar en el fracaso y el suicidio de su fundador. Esta es la historia que Ruiz Nestosa ficcionaliza de una manera apasionante y hábilmente graduada alternando especularmente la voz del narrador, que en algún momento es la esposa del fundador que acaba siendo la protagonista del relato y en otra la de un cronista impersonal, de manera que la acción es narrada sucesivamente desde dos puntos de vista que resultan al final ser uno solo.

El desarrollo de la acción es progresivamente tenso y en ella se van presentando los cambios hacia la degradación del "amado Bern" y hacia la asunción de una nueva y avasallante personalidad en la esposa, Elizabeth Nietzsche, hermana del filósofo, cuya figura, a través de las evocaciones y referencias epistolares, también es presentada indirectamente hasta su final anulación en la locura.

La acción, que abarca cuatro años, es evocada en apenas el lapso que ocupa el viaje en lancha desde San Bernardino hasta Kendall, donde Elizabeth aborda el tren que la traerá hasta Asunción, de regreso a Alemania. Ella viene hecha nudo de contradicciones entre la filosofía de su hermano y el racismo de su esposo, como un náufrago entre dos utopías irrealizables, destructivas, inhumanas. Convertida, al fin, en símbolo y encarnación del amor humano desolado.

La novela está escrita con sostenido empuje narrativo, en prosa clara, precisa, justa. De estructura quebrada (se inicia y concluye en el mismo segmento temporal), es un maduro ejemplo de la hábil, adiestrada capacidad del autor para construir con belleza formal sus creaciones de ficción.

FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH.

Asunción, noviembre del 2006

 

 

**/**

 

 

LA PASIÓN INDECISA

(FRAGMENTO) 

 

Sin mirar atrás. Sin volver la cabeza. Sin volver los ojos. Sin mirar atrás. No porque temiera convertirse en estatua de sal, sino por temor a precipitarse de nuevo en el infierno. No un infierno poético, idealizado por el mito, sino uno real que dejaba a sus espaldas. La cabeza, la vista, los ojos, el gesto, los pensamientos, puestos al frente, al futuro aunque no sabía qué le deparaba éste. De todos modos nunca le preocupó mucho qué le tenía reservado el futuro porque ella siempre se encargó de hacer que el futuro le diera aquello que estaba deseando.

Salió del Hotel del Lago para dirigirse al atracadero donde tomaría el pequeño barco que la llevaría a la otra costa, a puerto Kendall, mucho nombre para un sitio tan desolado, al que se llegaba después de navegar en medio de un verdadero bosque de totoras que se internaba un centenar de metros adentro del lago.

Si se cruzó con otras personas no lo tuvo en cuenta. Si otras personas se cruzaron con ella, evitaron mirarla a la cara para eludir su mirada autoritaria, altiva, despreciativa. Aunque tenía los ojos ligeramente desviados, había algo en ellos que infundía un sentimiento no muy claro si de temor, rechazo, desagrado, o todo al mismo tiempo. Atrás iban dos muchachotes delgados, de edad imprecisa, descalzos y con los pantalones remangados hasta las rodillas, llevando su equipaje. Hablaban entre ellos, reían por cualquier cosa y de tanto en tanto le gritaban a alguien si veían a algún conocido no importaba a qué distancia estuviera.

Ella sólo estaba atenta a la manera como llevaban su equipaje. No había en él gran cosa de valor. Nada de valor material. "Todo lo que podía valer algo se había quedado en las amplias habitaciones de Försterhof, en Nueva Germanía. No iba a repetir la historia contada decenas de veces por su amado Bernhard sobre los sucesos de aquel país, cuando la amante del Mariscal López, huyendo de las tropas aliadas durante la Guerra Grande, debió tirar su piano en la orilla arenosa de un río. Alguien tocaría el piano: los intrusos, el viento, los pequeños monos o aquellos otros grandes de pelo rojizo que se acercaban sin temor a la casa cuando ellos todavía la habitaban buscando algún resto de comida. Sí iban, sin embargo, en su equipaje, los manuscritos del libro escrito por su amado Bernhard, su detallada historia de las colonias alemanas en el Río de la Plata y en especial de la que fue su obra maestra: Nueva Germania, en Paraguay. Era también como un testamento para que el mundo conociera la amplitud del emprendimiento y la finalidad que había perseguido. Allí estaba todo incluido: lo que pensaba de la historia del pueblo ario, de su cultura, de la amenaza del pueblo judío, de la necesidad de mantener la pureza de la raza, de los planes de expansión y el dominio del mundo porque esa era la tarea obligatoria que debían cumplir los pueblos superiores. Su obra estaba destinada a figurar al lado de otras escritas por grandes científicos que estudiaron las desigualdades entre las diferentes razas humanas como Gobinau, Chamberlain, Rosenberg e incluso Darwin con su teoría de la supervivencia del más fuerte. Para ella, eso era más valioso que todos aquellos tesoros enterrados de los que tantas historias le contaron mientras permaneció en el país; los tesoros que fueron escondidos durante la huida ante el avance, lento pero incontenible, de las tropas aliadas en la Guerra Grande; los tesoros de los cuales todos hablaban pero que nunca nadie había visto.

"En la laguna cerca del camino que cruza el bosque, dicen que López, en su huida, tuvo que abandonar atrás de sí, sus baúles de guerra llenos de oro, aunque los alemanes somos escépticos en cuanto a esta historia. En realidad los tesoros están enterrados en Nueva Germania, pero ninguno de nosotros necesita buscarlos secretamente. La fertilidad de esta hermosa tierra roja es nuestro tesoro... "

Antes de llegar al atracadero había un hombre sentado atrás de una mesa muy pequeña en la que sólo había una hoja de papel que era sostenida con un trozo de piedra para que no se volase a causa del fuerte viento.

- Es una simple formalidad -le dijo cuando se acercó-. Es un control de rutina que se hace por indicación de los administradores de la colonia. Hay que saber quién entra y quién sale para evitar la presencia de gente indeseable.

Ella permaneció callada. Su mirada mantenía el mismo aire de arrogancia y de altanería de siempre.

- Usted es Frau Nietzsche.

- Frau Elisabeth Förster-Nietzsche.

El hombre hizo como si escribiera algo en la hoja de papel.

- Está bien. Puede embarcarse.

Se sentó en uno de los bancos de madera del lanchón que subía y bajaba sobre la línea del atracadero sin notar que el oleaje producido por el helado viento sur de tanto en tanto se escurría sobre la cubierta. En realidad no había elegido ningún sitio determinado donde sentarse. Lo hizo en cualquier lugar, le daba igual; se dejaba llevar por los movimientos de la embarcación que de tanto en tanto golpeaba contra las piedras de la escollera, todos sus gestos ausentes, ignoraba cuanto estaba sucediendo a su alrededor. El pequeño bolso de tela bordada que llevaba lo puso sobre las rodillas y cruzó las manos sobre él.

- Siéntese más adentro -le dijo un hombre que parecía ser el maquinista por la cantidad de manchas de grasa que llevaba en la camisa-. Allí se va a mojar los zapatos pues apenas salgamos del atracadero el oleaje va a aumentar.

Se corrió un poco más hacia adentro y se recogió el vestido lo necesario para que no tocara el agua. De todos modos los bordes estaban sucios después de caminar por una calle de tierra y pasto que mediaba entre el hotel y el pequeño puerto del lago. Sus zapatos negros, abotonados, de tacos gruesos y medianos, también estaban sucios.

- Estos alemanes-dijo el maquinista volviéndose al timonel- viven años aquí y parece que nunca terminan de aprender a hablar el castellano. Se les dice una cosa y te miran fijamente como si no hubieran entendido una sola palabra. El timonel no dijo nada, como si no le hubiese escuchado. Fumaba un cigarro pensativo, mirando a lo lejos, hasta que después escupió en el agua y mantuvo el cigarro entre los dedos, a pequeña distancia de la boca, nada más que lo necesario para que le permitiera hablar.

- Está fuerte el viento sur. Pero lo mismo vamos a cruzar. De todos modos estos alemanes están acostumbrados al frío.

Se escuchó una lejana campanilla que la trajo de nuevo al tiempo presente. Buscó en el bolsón de mano del que sacó un reloj de hombre, abrió la tapa y escuchó dar las diez de la mañana.

- Ya vamos a salir... Ya vamos. No hay por qué apurarse.

La voz del maquinista la sobresaltó y miró a su alrededor. No había más de cuatro personas, aparte de ella, a bordo.

- Apenas se levanta un poco de viento la gente tiene miedo y se queda en su casa -le dijo el timonel y ella lo miró fijamente sin permitir que nadie ni nada penetrara en esos límites que había trazado a su alrededor. El hombre tampoco estaba dispuesto a que nadie le intimidara, mucho menos una mujer pequeña, de aspecto frágil dentro de su vestido negro y la cara asomándole apenas abajo del sombrero, también negro, anudado con unas cintas en la parte inferior del mentón. Pero cuando sus ojos se encontraron, le recorrió todo el cuerpo un escalofrío. Por entre el encaje negro en que terminaba la cofia que se había puesto-el último trozo de encaje que le quedaba y que había comprado en Brujas-, había un par de ojos que, aunque un poco desviados, mostraban una firmeza a la que el timonel no estaba acostumbrado. Por un momento creyó que la mujer iba a gritarle una orden. Pero no dijo nada. Era suficiente la manera en que le había mirado. Su gesto ya lo había dicho todo. Además, estaba acostumbrado a no discutir con los alemanes porque ellos, los paraguayos nativos de la zona, siempre salían perdiendo ante los ojos del administrador de la colonia si es que la queja llegaba hasta sus oídos. Un alemán, por supuesto. Se limitó a encogerse de hombros y se dispuso a poner en marcha el motor.

Mi amado Bernhard solía observar con mucha atención el comportamiento de esta gente. Para él era importante sacar conclusiones porque todo le iba a ser de utilidad en la construcción final de su proyecto. Esta gente iba a resultar imprescindible pues estaba destinada a convertirse en los miembros de una raza inferior al servicio de los miembros dominantes de una raza superior. Encontraba que ellos eran haraganes e indiferentes. Me decía que le llamaba la atención que el paraguayo se contentaba con muy poco, pero tomando este sentido de humildad más bien como un vicio que como una virtud. Para mi amado Bern este hombre se encontraba en una situación paradisíaca, ya que le era posible vivir sin tener que trabajar. Y siempre agregaba una observación muy propia de sus ideas: esta situación podría parecerle ideal a los haraganes judíos. Si bien rara vez tropezábamos con algunos indígenas mí amado Bern aseguraba que ellos vivían sin realizar nada que pudiera considerarse como un verdadero trabajo. Y advertía que el excesivo consumo de alcohol iría arruinando gradualmente al país y a su gente. Esto lo decía cuando mi amado Bern se oponía al consumo de bebidas alcohólicas y proponía el vegetarianismo como un sistema de alimentación acorde con la naturaleza. La bebida y la carne eran los dos grandes enemigos de la salud del hombre. Tanto la salud física como la salud mental. ¿Pudo haber sido la renuncia a estas ideas y el consumo exagerado de carne y bebidas alcohólicas lo que terminó minando, más que su salud, la solidez envidiable de su carácter? Otras veces me aseguraba que el paraguayo era pasivo y sin ninguna iniciativa; debe ser, me dijo una vez, el hombre más sumiso de la tierra, incluso más que los alemanes, cuya paciencia y gobernabilidad son ejemplares en Europa. Pero eso sí, me advertía con mucha seriedad, no confiés nunca en la palabra de los paraguayos.

Por fin el motor se puso en marcha y el lanchón comenzó a moverse. Apenas abandonó el resguardo que le brindaba la escollera, el viento sur le dio de lleno y el oleaje se volvió más intenso. Una mujer que iba en la parte de atrás preguntó a los gritos si aquello era seguro, si era prudente cruzar el lago con viento tan fuerte y el maquinista le respondió, también a los gritos, que no se preocupara, que mientras él estuviera al frente podían viajar a cualquier parte. “Les puedo llevar hasta la puerta misma de la casa de Frau Förster en Alemania”

Elisabeth ni se inmutó. Quizá ni siquiera había escuchado el comentario del hombre, preocupada por un lado por su equipaje y el miedo que se mojaran los manuscritos de su marido, y por el otro, su memoria corriendo a través de una serie de recuerdos que no debían afectarla. Buscaba que no la afectaran porque necesitaba, ahora más que nunca, estar con todos sus sentidos en estado de alerta, para poder iniciar una nueva etapa en la que no estaba previsto ningún fracaso. Regresaría a la casa familiar en Naumburg para dedicarse por entero a cuidar a su amado hermano Friedrich, internado en un hospicio en Jena. Debía hacerse cargo no sólo de él ya que aparentemente, de acuerdo a las cartas de su madre; había perdido todo contacto con la realidad, sino especialmente de su obra que era manejada por gente que entendía mucho de filosofía y nada de negocios. O lo que más temía: gente que sabía mucho de negocios y no entendía nada de filosofía, con lo que la obra de su hermano corría el peligro de ser desvirtuada. Tenía que preocuparse, pues, por salvaguardar la pureza de sus ideas, el verdadero sentido de su pensamiento ya que ella tenía la seguridad que entre el contenido profundo de los escritos de su amado Fritz y las ideas que había expuesto su amado Bern, no había mucha diferencia. Era posible que la antipatía que sintió el uno por el otro no haya sido otra cosa que fruto de los celos mutuos. Aunque su madre no le daba muchos detalles, en el fondo de sus pensamientos estaba la sospecha de que podría haber heredado la familia pudiera imaginarse de qué se trataba. Sólo se tenía la seguridad que era una enfermedad "psíquica". Los médicos comenzaron a entrar y salir de la casa ya que su padre, Ludwig Nietzsche, era pastor en el pequeño pueblo que vivían, Röcken, y por el que todos sentían respeto y mucho afecto. Pero nadie acertaba a dar con el diagnóstico justo. Hasta que la familia decidió consultar con un médico famoso de la época, el doctor Opolcer, que por aquellos días se encontraba en Leipzig. El médico no dudó un instante en ubicar el mal del enfermo. Diagnosticó un reblandecimiento del cerebro. Según el diario de su hermano, que tampoco podía recordar mucho ya que entonces tenía aproximadamente cuatro años, el padre comenzó a sufrir espantosos dolores. La enfermedad, en lugar de retroceder tal como lo esperaba su madre mantenida por la esperanza, era visible que avanzaba hasta que el hombre quedó ciego. El 26 de julio de 1849 cayó como en un profundo letargo y de pronto dijo: "¡Fränzschen, Fränzschen! ¡Ven! ¡Madre, escucha, escucha...! ¡Ay, Dios!" Elisabeth leyó años más tarde en el diario de su hermano que cuando él despertó por la mañana el 27 de julio sintió a su madre llorar, entró a su habitación bañada en lágrimas diciendo: "¡Ay, Dios! ¡Mi pobre Ludwig ha muerto!" Pasado cierto tiempo, Nietzsche se refirió a ese momento cuando escribió en su diario: "A pesar de que yo era todavía muy joven e inexperto, tenía ya una idea de lo que era la muerte; el pensamiento de saberme separado para siempre de mi querido padre me sobrecogió de pronto y comencé a llorar desconsoladamente" Debido a que la familia quedaba de este modo desamparada, se mudaron a la casa de la abuela, en Naumburg, y desde entonces se convirtió en su lugar natal.la misma enfermedad de su padre. Elisabeth no recordaba nada de aquella época ya que tenía sólo dos años. Todo lo que sabía era a través del "Diario" que había comenzado a escribir su hermano cuando era apenas un adolescente. En septiembre de 1848, su padre, que por entonces tenía 34 años, enfermó sin que nadie de

También estaba el caso de un tercer hermano, que nació en 1848, pocos meses antes que su padre cayera enfermo, cuando hasta Röcken llegaban nada más que los ecos de la Revolución de febrero en Francia que había instalado la Segunda República, y que luego se extendió por toda Europa. El pequeño Friedrich veía pasar por el camino a gente con banderas ondeando al viento y entonando canciones patrióticas.

"Durante esa época fatal -escribió en su diario- tuve además a un hermanito, que en el santo bautismo recibió el nombre de Kart Ludwig Joseph, un niño adorable. Hasta entonces siempre nos habían sonreído la fortuna y la felicidad, nuestra vida transcurría sosegadamente como un luminoso día de verano."

Poco tiempo después de la muerte de su padre, en el momento que se sentían ya repuestos de aquel terrible golpe sobrevino el otro. "Cuando apenas comenzaban a cicatrizar las heridas, de nuevo fueron dolorosamente desgarradas. Por aquel entonces soñé que oía música de órgano en la iglesia, como la que se toca en los funerales. Al intentar averiguar su causa, se abrió de pronto una tumba, vi salir de ella a mi padre, envuelto en su mortaja. Entró apresuradamente en el templo y enseguida volvió a salir con un niño pequeño en bazos. La losa de la sepultura se abrió, mi padre entró dentro y la tapa cayó otra vez sobre la abertura. En ese mismo instante cesó de sonar la tenue música de órgano y me desperté. El día que siguió a esa noche, el pequeño Joseph se sintió mal de repente, comenzó a tener espasmos y murió a las pocas horas. Nuestro dolor fue inmenso. Mi sueño se había cumplido por entero. Además, el pequeño cuerpo pudo ser todavía depositado en los brazos de nuestro padre. “El Dios Celestial fue el único amparo y consuelo que tuvimos en esta doble desgracia. Esto sucedió a finales de enero de 1850”. Fue exactamente seis meses después de la muerte de su padre.

Por 1o tanto, hay ciertos rasgos familiares que son llamativos ya que su padre y su hermano murieron con convulsiones. Si en realidad se trataba de una enfermedad hereditaria la que ahora aquejaba a su amado Fritz, mejor sería que se ocultasen los detalles. Siempre le quedaba el recurso de argumentar que debido al exceso de trabajo, a las tensiones que se veía sometido por sus libros y otros detalles relacionados con su actividad intelectual que no era necesario especificar, terminó por enfermarse del cerebro. Esto tenía mucho mayor peso y presencia que una simple enfermedad degenerativa de familia. Si había tenido la suficiente energía para cambiar el diagnóstico médico sobre los motivos de la muerte de su amado Bern, estando él de cuerpo presente, podía repetir lo mismo en relación con su hermano.

La primera noche que dormimos en el barco no pude hacerlo a causa de la excitación. Me sentía en continuo estado de alerta, atenta a todos los ruidos que había a mi alrededor. La noche en los campos deshabitados, es muy ruidosa. Porque hay que saber escuchar los ruidos aunque yo era incapaz de identificar ninguno de ellos. Era la selva, era el río, era el viento, era simplemente la vida que transcurría allí afuera tal cual lo había venido haciendo durante miles de millones de años.

Quizá por esa dificultad que tuve en quedarme dormida, al día siguiente me levante muy tarde. El barco ya se había puesto en marcha. Los ruidos de la caldera llegaban hasta mí como el murmullo bronco de un pulmón enfermo. Cuando me asomé a cubierta, en ese reducido espacio que quedaba para que los pasajeros se pudieran mover, mi amado Bern había reunido a nuestros colonos y les hablaba sobre el trabajo que nos esperaba. Verle allí, era deslumbrante y me sentí una mujer privilegiada de tener a mi lado un hombre como él. Sin necesidad de gritar, su voz era lo suficientemente potente para que todos lo escucharan. Contrariamente a lo que sucedía por la noche, la mañana se mostraba llamativamente calma y silenciosa. En las orillas, sólo se veían árboles y muy de vez en cuando algún rancho y un hombre pescando desde un bote de aspecto frágil. Y en la margen opuesta, sólo desolación y palmeras, palmeras hasta donde se perdía la vista. Nunca había visto en Europa un río tan ancho, tanta cantidad de agua, unas márgenes tan deshabitadas y llenas de vegetación.

Mi amado Bern le explicaba a los colonos, como si les estuviera dando una clase, con mucha claridad, con mucha sencillez, con mucho orden en sus ideas, por qué había elegido el nombre de Nueva Germanía y no el de Nueva Alemania. No todos los alemanes eran germanos ni no todos los germanos eran alemanes ya que en realidad, en sus orígenes era una amplia región de Europa que tenía como límites el Báltico, el mar del Norte, el Vístala, el Danubio y el Rin. Durante varios siglos avasallaron a otros pueblos, detuvieron los avances del Imperio Romano y empujaron hacia otras regiones del continente a aquellos pueblos que no pertenecían a su grupo.

Por lo tanto, cuando les decía que deseaba revivir las antiguas glorias del pueblo germano, no se estaba refiriendo exclusiva-mente a Alemania como incluso pensaban muchos alemanes. Cuando hablaba de recuperar el pasado de gloria, las tradiciones y cultura de Germania, se estaba refiriendo a aquel antiguo imperio fundado por el pueblo ario que marcó de manera tan clara los territorios que había ocupado y que ahora se encontraba disgregado.

Nueva Germania no iba a ser simplemente una colonia. O bien, sí; sería en sus inicios una colonia pero constituiría la piedra fundamental de un nuevo imperio que marcaría con su cultura y sus tradiciones el territorio por ellos ocupado, empujando hacia otras zonas del continente a aquellos pueblos que no pertenecieran al que ellos pertenecían.

El pequeño barco que habían alquilado en Asunción, después de una larga y lenta travesía, atracó en el puerto de Antequera. Doscientos cincuenta kilómetros que resultaron interminables. El capitán de a bordo les dijo que de ida se tardaba el doble de tiempo que al regreso, porque iban contra la corriente del río. Con la corriente a favor la cosa era muy distinta. Treinta horas netas de navegación, pues como no había boyas ni ningún otro tipo de señales en el río, sólo se navegaba mientras duraba la luz del día. Al caer la tarde, el barco se aproximaba a la costa, pero sin atracar, por temor a los bichos y animales que pudieran acercarse, y allí pasaban la noche. Al tercer día de viaje el capitán les informó que estaban frente al puerto de Antequera. Elisabeth y Bernhard tenían ante sí una costa arenosa y entre los árboles que trazaban como un murallón a no muchos metros del río, aparecían algunos ranchos de paredes de adobe y techo de paja. Eso sí, todos ellos pulcramente pintados de blanco y un friso de azul intenso o bien ocre. Frente a uno de esos ranchos, habían colocado un tronco muy delgado, muy alto aunque no muy recto que servía de mástil a una bandera paraguaya sucia y deshilachada a causa del viento.

El capitán se dedicó entonces a dar las órdenes para el atraque. La operación fue sencilla y sin complicaciones. Consistió en embestir la costa, con cierta suavidad, claro está, y luego algunos hombres que estaban cerca acudieron corriendo para tomar los cabos que se habían tirado ya y los amarraron a unos pequeños troncos que sobresalían de la arena. Förster dialogó con el capitán y luego se volvió hacia Elisabeth y las catorce familias de colonos alemanes que le acompañaban para decirles que, debido a la distancia que existía entre Antequera y la futura colonia Nueva Germania, era mejor que esa noche durmiesen en el barco y al día siguiente, temprano en la mañana, iniciarían el viaje de unos noventa kilómetros. Calculaba que de no surgir inconvenientes, podrían hacer el camino en dos días.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, el sol apenas se levantaba sobre los árboles de la costa. Me sorprendió la facilidad con la que me había despertado tan temprano. En Naumburg nunca había logrado hacerlo. Pero había gente que se había despertado mucho antes que yo, pues en la costa, una serie de carretas tiradas por bueyes, nos esperaban. Todo era nuevo y sorprendente para mí. Estaba con una gran excitación porque aquello significaba el inicio de una empresa que nadie podía calcular sus alcances. Ni nosotros mismos a pesar de que habíamos hecho planes muy precisos, muy claros de cuáles iban a ser los objetivos que perseguiríamos allí, en medio de la selva, sin el peligro de que nuestra gente se contaminara al mezclar su sangre con la sangre de gente de condición inferior. Ya había sucedido en la antigüedad cuando nuestros antepasados arios descendieron del norte y se esparcieron por Egipto, Persia, India, Grecia, Roma e incluso llegaron al Perú. Gracias a sus cualidades superiores en cuanto a creatividad desarrollaron en cada uno de esos sitios una cultura. El contenido, el fondo, lo profundo, lo pusieron los arios, el color exterior, los pueblos dominados, ya que esos detalles estaban subordinados al clima, la fertilidad de la tierra, las características del paisaje. Y si esos imperios luego decayeron, fue porque se mezclaron los arios con los de la raza inferior. Es así como sobrevino la decadencia. Y esto era lo que debíamos evitar: mezclarnos con esos niños que corrían desnudos, sucios, la nariz llena de mocos y los ojos con legañas, como si nunca se hubieran lavado la cara. Sus madres estaban más allá, siguiéndoles con la vista de tanto en tanto, de modo que no se acercaran mucho al río o no se metieran en el agua. No hacían nada, tomaban mate y comadreaban con las vecinas. Esta idea es la que nos obligaba a alejarnos de cualquier centro habitado, un lugar adonde no llegase la amenaza de seres inferiores.

Cuando mi amado Bern vio que las carretas estaban cargadas con nuestros equipajes, incluso aquellos muebles que yo había traído de Naumburg y que pertenecieron a mi familia, subí a su lado a una de ellas que había sido especialmente preparada para nosotros. Así, encabezamos la larga fila de carretas seguidos por gente de a pie porque no había ya sitio donde subirse.

El camino no era otra cosa que un par de huellas que correspondían a las ruedas de la carreta, con frecuencia la tierra roja erosionada por los raudales de lluvias torrenciales. Íbamos, pues, dando tumbos, mientras el hombre que guiaba los bueyes con una larga vara, los manejaba dándoles gritos y llamándolos por su nombre. Con una celeridad sorprendente perdimos de vista el conjunto de ranchos que formaban lo que pretensiosamente llamaban "puerto", desapareció el olor propio del río y nos sumergimos en la selva del trópico, un mundo verde intenso, lleno de olores que iban cambiando según cambiaban los árboles. El aire era húmedo ya que el sol apenas lograba penetrar en el tupido follaje, creando efectos teatrales de luz y sombras, de una variedad y belleza como ni siquiera había logrado ver en las óperas de Wagner en Bayreuth. ¡Qué lejos había quedado todo eso! Pero al mismo tiempo qué cerca estábamos. Tanto Wagner y Cósima, pero sobre todo la obra de Wagner encarnaba, como mi amado Bern y yo, a nuestra manera, y dentro de nuestras posibilidades, los ideales de una raza aria pura, de una cultura germánica que no estuviera contaminada por los elementos del sionismo. Sólo mi amado hermano Fritz rompió relaciones con todo el grupo de Bayreuth, a pesar de que Wagner le había honrado de manera tan especial con su amistad. Creo que nunca terminaré de comprender sus motivos, porque debió haberlos tenido. En una de sus cartas, tratando de explicarme su alejamiento de todo aquello que pudiera tener relación con Bayreuth me escribió: "La juventud de Wagner es la de un diletante polifacético, del que nunca sale nada serio. Ninguno de nuestros grandes músicos era a los 28 años un músico tan malo como Wagner".

El viaje nos llevó más tiempo del que habíamos previsto. Nos detuvimos muchas veces a descansar. Los barquinazos ininterrumpidos de la carreta nos producían dolores de cintura y de tanto en tanto debíamos reponernos. Hasta que luego del largo recorrido, casi al final de la tarde, repentinamente salimos de la espesura y la luz deslumbrante de un sol enceguecedor hizo que instintivamente nos protegiéramos los ojos con las manos.

Frente a nosotros se extendía una planicie que sólo a lo lejos terminaba en más árboles. A nuestra derecha el río Aguaray Guazú que era el límite sur de nuestra colonia. El otro, el límite norte, era el río Aguaray Mí  en medio, todo el territorio de nuestra colonia, es decir, seiscientos kilómetros cuadrados, un territorio que no podríamos ni siquiera soñar en Alemania. Además, esta era nuestra misión: comenzar a solucionar el problema del espacio vital que necesitaba nuestro pueblo para desarrollarse. En términos más sencillos, teníamos que abrir nuevos territorios para que el imperio alemán pudiera crecer.

No me podía hacer a la idea que quince años antes todo aquel campo, y los de más allá, todo lo que habíamos visto y lo que no íbamos a ver jamás, habían sido arrasados por una guerra que dejó al país casi sin habitantes. Justamente este fue uno de los motivos que hizo que mí amado Bern eligiera este país. Con tan pocos habitantes no correríamos el riesgo que nuestros colonos se mezclaran con ellos.

Bajé de la carreta y me quedé mirando lo que iba a ser mi colonia, mi tierra, mi principado, mi reino. ¿Cómo mejor llamarlo? Todos nos quedamos callados. De pronto escuché en mi interior la "Marcha fúnebre" de "Los Nibelungos”. Fue una pena que Wagner muriera en Venecia unos pocos días antes de nuestra partida. De todos modos, escribiré a Cósima contándole todas estas sensaciones y asegurándole que este era el verdadero escenario para la música de su esposo. En mis oídos sonaba la orquesta como en un susurro lúgubre que de pronto era roto por golpes dobles de todos los instrumentos. La música, en Bayreuth, parecía extenderse por todos los rincones del teatro, mientras que aquí ocupaba todo el campo y encontraba su eco en la pared impenetrable de árboles que nos ocultaban el horizonte. Mi amado hermano Fritz, antes que rompiera relaciones con Wagner, cuando se llegaba a esta parte de la obra, cerraba los ojos y decía que olía a muerto. En este momento, si cierro los ojos escucho nada más que la música. Si los abro siento el olor de los muertos que quedaron tendidos como resultado de la guerra. ¿Será posible que algún día podamos llevar con nosotros el sonido de la música sin necesidad de llevar a los músicos y los instrumentos? Pero esto es imposible, porque los sonidos son el alma de la música. Los instrumentos, son su cuerpo. No es posible separar el cuerpo del alma. Si nos llevamos el alma, el cuerpo se muere. Si matamos el cuerpo, el alma se pierde. Por fin estábamos en Nueva Germanía.

El llegar a tales tierras no había sido un trabajo sencillo. Primero Förster tuvo que entusiasmar a los alemanes que se sumaran a su proyecto de colonia; luego, hubo que seleccionar entre los aspirantes de modo que todos ellos reunieran las características clásicas del ario puro porque no todo alemán es ario. De no ser así, nada hubiera tenido sentido. Y, por fin, las negociaciones con el gobierno paraguayo para obtener tales tierras. Ellas tenían dueño y era necesario comprarlas por una suma de dinero que los Förster no tenían. Sabían que pocos años atrás, el presidente del Paraguay, Bernardino Caballero, había entregado unas tierras no lejos de Asunción a un grupo de alemanes que deseaban establecer una colonia. El lugar era inmejorable, a orillas de un lago, con pequeños cerros cubiertos de árboles en los alrededores y de difícil acceso. Se creó así una colonia a la que llamaron San Bernardino en agradecimiento al presidente que les entregó tierras, y pronto comenzó a prosperar. Se podía utilizar este caso como punto de referencia para convencer al presidente que les diera aquellas tierras ya que él se encontraba realizando enormes esfuerzos para reconstruir el país después de la Guerra Grande en la que le tocó jugar un papel importante en su carácter de general.

Los Förster, acompañados por catorce familias alemanas, todas representantes de la más pura raza aria y todas seleccionadas una por una, se embarcaron en Hamburgo el 15 de febrero de 1886 en el buque "Uruguay" y después de una travesía de un mes, llegaron a Asunción el 15 de marzo. A pesar de haber transcurrido quince años del fin de la guerra, la ciudad seguía mostrando aquí y allá los rastros de los bombardeos que había sido objeto por parte de los ejércitos aliados. Cuando el barco entró a la amplia bahía, lo primero que vieron sobresalir sobre el caserío, fue el gran edificio del Palacio Presidencial, una construcción de líneas afrancesadas pero que había sufrido también los efectos de las bombas. Aunque el presidente de entonces, el Mariscal López hacía tiempo que había abandonado el palacio mientras huía hacia el norte ante la presencia muy próxima de los invasores, la flota brasileña disparó sobre el edificio y luego sus tropas saquearon la ciudad. De todos modos, en lo alto de los restos de su torre más alta, flameaba una bandera paraguaya.

Los Förster y sus colonos descendieron en el puerto y se detuvieron en una pequeña plazoleta, limitada por una serie de casas bajas, construcciones de adobe, casi todas ellas cantinas para marineros y alguna que otra con aspecto de prostíbulo. Hacía un calor húmedo pesado, el aire resultaba pegajoso y había un fuerte olor a frituras que se preparaban en improvisados puestos en los que se detenían a comer los transeúntes. Esta forma de cocinar no sólo llenaba el aire de olores penetrantes, sino también de moscas cargosas, insistentes, que daban vueltas en torno a uno, sin que fuera posible alejarlas ni siquiera un momento.

Ocho meses se verían obligados a permanecer en ese sitio para llevar adelante las negociaciones con el gobierno. Era necesario convencer al presidente Caballero que sería beneficioso para el país lograr establecer esa colonia a unos doscientos cincuenta kilómetros al norte de Asunción, una región despoblada después de la guerra, una tierra fértil favorable a la agricultura y, lo que era más importante, se crearía un centro de producción y comercio que de alguna manera, terminaría beneficiando a los pocos pobladores que se encontraban en los alrededores.

En ningún momento mostró Förster aquella vehemencia que había utilizado anteriormente en Alemania para referirse a los judíos, para hablar de la necesidad de terminar con ellos y recuperar los valores de la verdadera cultura germánica para llevarla a otras latitudes tal como había sucedido a todo lo largo de la historia.

Después de ocho meses llegaron a un acuerdo. De los 175.000 marcos que pedía el dueño de tales tierras, 80.000 pondría el Estado paraguayo y el resto la colonia alemana. Además el gobierno les puso como condición que en los siguientes dos años, ciento cuarenta familias alemanas debían sumarse a la colonia. En caso contrario, toda la ayuda y todo el apoyo oficial serían retirados, perderían además las tierras y deberían devolver el dinero recibido. Esto no le preocupaba mucho. Förster había escrito ya con frecuencia en el “Bayreuther Blätter”, un periódico de Bayreuth, sobre diferentes temas, especialmente sobre aquellos que más le preocupaban; el renacimiento del germanismo, la cultura alemana y el peligro sionista. Podía volver a escribir refiriéndose a las enormes ventajas que eran fáciles de encontrar en esta colonia de América del Sur.

Lo importante para él, era establecer la colonia porque sólo a partir de ese núcleo podría llevar adelante sus planes de expansión. No le importaba si aquella colonia, y otras, claro está, se establecieran en dependencia directa del Imperio Alemán o bien bajo dominio extranjero. Si se lograba que la colonia se desarrollara con energía, iba a ser suficiente para que sus pobladores pudieran mantener vivos sus derechos nacionales y económicos. Más tarde iba a escribir en su libro: "Y un país colonial políticamente dependiente de la madre patria vendrá, en cualquier caso, de tener un robusto desarrollo hacia adelante, a pedir su independencia y liberarse". Este era el tema central de todo su interés: establecer colonias aparentemente innocuas que, llegado el momento, se independizarían del gobierno local, para convertirse en un enclave del Imperio Germánico.

 

 

 

 

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