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RAQUEL SAGUIER


  EL AMOR DE MIS AMORES, 2007 - Novela de RAQUEL SAGUIER


EL AMOR DE MIS AMORES, 2007 - Novela de RAQUEL SAGUIER

 EL AMOR DE MIS AMORES

Novela de RAQUEL SAGUIER
 
Editorial Servilibro,
 
Dirección editorial: Vidalia Sánchez,
 
Diseño de tapa: Celeste Prieto,
 
Asunción-Paraguay,
 
Julio 2007. 189 páginas 
 
 
 
 
 
PRÓLOGO
 
LA MAGIA DE LA PALABRA
 
La noche anochece dos veces, la sombra es misteriosa y espesa en el pecho... la niña frunce el sueño y sueña con insomnio vivo, sueña con los trapecistas que hacen volteretas apostando a la vida, cara o cruz de una inmaterial moneda de confuso miedo.

La niña juega con angustia a la cruz del silencio espeso que habita la noche, o a la del chirrido que hace la llave en la cerradura de la puerta cancel. Pero no es el miedo lo que la arropa. Es el hato de palabras que resonarán en sus oídos cuando los pasos transiten el zaguán y lleguen al dormitorio. Esas palabras agrias que suben de tono, que no entiende, mejor, no quiere entender, y esconde su cabeza, tapona sus oídos con la almohada, que apenas reduce el sonido de la discusión, pero no borra el ácido, áspero, avinagrado ronroneo que la almohada no acalla.

La niña que Raquel "perdió en el circo" es el inicio de una intensa y alucinante trayectoria por el camino de la palabra. Cuando nace la niña, la autora dice -en alguna remota declaración- que en ese momento comprendió que sus manos iban a ser la puerta de sus voces.

Y así fue. Así es. Esta su sexta novela despliega en forma deslumbrante -sombría por momentos- el alambicado estilo de su insólita escritura. Las imágenes inusitadas, imprevistas y eficaces han ido afirmando, afinando y enriqueciendo su voz.
Porque, como ella dice, aquella niña fue creciendo con ella, a su lado y en su pecho. Pongo en relación directa a "LA NIÑA QUE PERDÍ EN EL CIRCO" con "EL AMOR DE MIS AMORES", porque la autora misma lo afirma y se constata con la lectura de esta obra, en cuyos capítulos iniciales se ve el despliegue que va de una infancia perturbada por las inquietudes de sus noches desgarradas, en las que el sueño está zurcido con hilos de pesadumbre y atado con alambres de vigilias.

Intuitivamente, Raquel comienza esta novela avanzando, en las primeras páginas, el final. Hermana los dos extremos con unas palabras reveladoras, de las que unen: "Se hubiera dicho que el dolor siempre formó parte de mí. Convivió conmigo siempre. Ya empezó a manifestarse cuando yo todavía estaba lejos y nadie ni siquiera sospechaba que alguna vez llegaría, con el mismo cargamento bíblico de un nombre que hasta hoy conservo, y la misma adultez de un farol, con una mínima porción de luz entre una ancha proliferación de sombras".

La relación entre las dos evocadas novelas es evidente. Las mismas están unidas por múltiples lazos de convergencia, de continuidad, y es raíz desgarradora del dolor. La cita no es hecha por casualidad. El fragmento pone en evidencia la belleza elaborada como al azar, de la prosa que asume hasta el "cargamento bíblico" de su nombre, Raquel, el de la esposa de Jacob, la que vivió situaciones terribles -y felices-, en parte análogas a las de su homónima.

Se me impone dar un fugaz escarceo de nuestra brillante escritora, de su ensamblamiento hecho con espontánea y feliz trayectoria, en la que dice mucho. Lo cual no facilita la tarea del azorado comentador. Raquel dice todo y lo demás... dejando en el aire al pretendido crítico o simple comentarista, porque detrás del discurso existe siempre una alusión imprevista.

Raquel no rebusca palabras para concretar su escritura; las expresiones, los vocablos, las metáforas osadas, las aliteraciones, las alegorías, las prosopopeyas, los tropos, le salen espontáneamente; todas las figuras retóricas, muy personales, acuden como conejitos salidos del sombrero de un ilusionista. "Veredas que yo veía pasar todos los días, hamacando sus saludos desde los sillones de mimbre ... Veredas de arroz con leche me quiero casar". El pequeño fragmento ejemplifica la a-lógica expresión con que la autora matiza traviesamente su escritura.
No resisto dejar de transcribir otro pasaje, que es una verdadera jitan-jáfora surrealista, vanguardista: "A pesar de las continuas acechanzas de la niña que todavía me cabezudeaba a flor de piel... que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan... ".

"EL AMOR DE MIS AMORES" no es una novela convencional, tanto por los motivos metafóricamente señalados, como por la estructura de la obra.

Los episodios no se suceden cronológicamente, sino de acuerdo con un código "caprichoso", que anticipa hechos a través de escenas que luego, al final, ocupan su sitio en el tiempo de su acontecer, cobrando así su sentido pleno, sugerido con antelación, como en crucigrama. Según ella misma dice, "el azar es el encargado de reunir eternidades ", este aparente aspecto descuidado es, al fin de cuentas, una manera de avanzar -o retrasar-hechos que uno los va buscando para completar el sentido de lo narrado, con lo cual se plantea un doble incentivo.

El romance de la novela comenzó, como ocurre muy a menudo, en una o varias de las salidas atropelladas del colegio. Ocasión que permitía a los jóvenes galanes extasiarse en la contemplación de las niñas bullangueras. En una de esas, un joven le llamó la atención, "observándolo a mis anchas y a mis largas ... sus ojos tan azules, tan de cielo, me fascinaron..., entonces creí que el cielo había accedido a cortarse en pedacitos para poder ingresar en ellos... tenía una manera casi táctil de mirarme", con una acotación que tiene todo el sabor grácil que la caracteriza: "en la misma actitud del que al mirar me come pero no convida". Cuando se entabla la relación, "siempre era yo la imagen que hablaba, y él siempre la imagen que me miraba hablar".

Siguiendo el desarrollo de la relación, que la autora continúa con sus cambios imprevistos, para atrás o para adelante, podemos enterarnos del noviazgo, del casamiento, y la llegada de los tres vástagos, hasta el momento en que estos crecen y empiezan a hacer su vida.

Raquel constató que las voces que había marginado por sus deberes hogareños, "las llevaba tatuadas en la médula espinal de las entrañas", Y munida de un lápiz, la ansiedad y un papel, escribió sin pausa, prosiguió con la labor que comenzó con "La niña... ". Es conmovedora la manera de contar la avidez del que escribe "a mano" -conmovedora para mí, que también soy un "trabajador manual", de pluma y papel-. La autora se extasía relatando el contacto erótico de la tinta al ser absorbida por la trama blanca que la acoge.

Hay dos momentos intensos y capitales en la narración, que merecen un comentario. El primero se refiere a "la gran afición por el tango", que ella descubre en una ocasión en que él la invita a bailar. "Tan caballeroso el hombre, tan circunspecto, pero con el tango se descontrolaba, era un hombre de coraje, era uno como no hay dos, les salía sobrando a todos". Una larga e intensa reflexión cuenta la escena en la que él la arrastra, "ya no sentía las piernas ", dejándose conducir en medio de las "figuras" de la danza, y los huecos de su propio cuerpo se iban llenando y vaciando con las volteretas y los pasos a un lado, al otro, por delante, por detrás"... "Y, cosa todavía más notable: estando así en sus brazos, por primera vez me embarga la ilusión de que la eternidad puede escucharse... Aunque todo esté hecho de sinrazones, esta noche yo me escucho eternizar sobre ti arrojada". La descripción es fuerte y destaca la figura del compañero; ese momento intenso les acerca a la "eternidad", que ella experimenta y expresa con firmeza.

En la otra ocasión el caballero demuestra su gallardía montado en su alazán participando en unas pruebas ecuestres. Él hacía danzar al animal al ritmo de los instrumentos musicales -violines, timbales, flauta, clarinete, saxo, trompetas- que iban invitando a los participantes -caballero y caballo- a realizar una especie de ballet. Con sus botas lustrosas, su estampa erguida, "toda su atención concentrada en la estampida final de la rienda suelta, del galopar sin restricciones, de la larga polvareda que también los iría siguiendo, hasta toparse otra vez con aquellas palabras de él que Picazo escuchaba muy pegadas a sus orejas: Volaremos juntos, hermano... ".

Recuerdo la descripción de la autora, que relata magníficamente la acción. Yo la reconozco y aunque nunca participé en una prueba ecuestre, sé lo que es volar con el galope desenfrenado de un equino. Las dos últimas escenas, además de ser brillantes y poner en evidencia la galanura del personaje, contrastan brutal-mente con la historia paralela que, en alguna página, comienza: "Empezó por perder el equilibrio y a desplazarse tanteando los objetos, hasta que de tanto apoyarse en las paredes era igual que si fuera caminando con las manos".

Esta situación, que comienza anticipadamente en la obra y se va entretejiendo de manera magistral con el derrotero que comenté, esta parte hay que leerla en la escritura de Raquel misma, que vivió desgarrada y solidaria al lado de su marido los ocho años que duró... "y hasta ahora". No me siento con el derecho de hacer comentario alguno sobre esta parte de una gran novela, que afirma la pluma de Raquel Saguier, llegando lejos en la magia de la escritura. 
 
 

 
Este libro no fue compuesto
 
solamente por mis manos,
 
sino por todas aquellas
 
que tan generosamente
 
me brindaron su apoyo.
 
Por tus manos, Leticia.
 
Por tus manos, Mauricio.
 
Por tus manos, Adriana.
 
Por tus manos, mi queridísima
 
Esther González Palacios,
 
mi hermana,
 
sabedora de lo más intrincado
 
del alma humana
 
y de los misterios de la literatura.
 
Por todas las manos del Amor,
 
que acudieron en mi ayuda,
 
y sin las cuales quizás estas páginas
 
no hubieran existido.
 

 
 
 
 
Se hubiera dicho que el dolor siempre formó parte de mí. Convivió conmigo siempre. Ya empezó a manifestarse cuando yo todavía estaba lejos y nadie ni siquiera sospechaba que alguna vez llegaría, con el mismo cargamento bíblico de un nombre que hasta hoy conservo y la misma adultez de un farol, con una mínima porción de luz entre una ancha proliferación de sombras.
 
Era un dolor tan intenso y posesivo, tan enorme en su pequeñez, que aunque yo tratara de esconderlo entre sonrisas o enterrarlo entre un par de naderías, nunca dejó de estar allí, en algún recoveco de mis juegos. Acosándome desde el falso reloj de alguna iglesia, que en lugar de trasmitir las horas, tenía la obsesión de prolongar la espera.
 
Ya no corrían los minutos en aquel tiempo detenido, ni suspiraban los muebles, ni se descamaban fantasmas de la cal de las paredes. Ni llave alguna acudía con su tartamudeado clic clac para desovillar mis penas. También el segundero decidía no proseguir su marcha.
 
Y en el protuberante silencio que sobrevenía después, solo continuaba latiendo la espera. Se me descontrolaba el pulso con el ritmo acelerado y monocorde de la espera.

Era apenas un bultito acuclillado entre una rígida expectación y la rigidez de mis piernas, y una ventana buscando el embaldosado aire del patio, donde estaba el jazminero aquel, cayéndose de flores.

Y, sin embargo, pese al rumor de tantas flores y al primerizo sol insinuándose despacio a través de los postigos, para que las cosas se acomodaran de nuevo en su debido sitio; la mesita de luz aquí, allá mis promeseras rodillas, picoteadas por los mismos maíces que por las mañanas eran picoteados por las gallinas, puestas de hinojos ante la Virgencita para que mi papá regrese, para que vuelva ahora mismo.
 
El avejentado, misericorde espejo tratando de esconder entre sus engañosos ojos mis ojos agrandados de tanto comer noche, mi demacrada voz, mi cotidiana historia, mis zozobras, mi mala suerte.

Afuera ya empezaba a clarear pero por dentro proseguía sucediéndome la noche.

Proseguía aquel espacio muerto durante el cual nada transcurría, nada se alteraba, nada se movía.

Solo mi prolongado lloriqueo de angustia que me saturaba el pecho y aquel obstinado tic tac martillándome las sienes, en idéntica medida en que iban persiguiéndose uno tras otro, así, un tic tac tras otro, continuados, regulares, paranoicos.
 
Hasta que mis pensamientos acababan siendo calles que no llevaban a ninguna parte.

Despavoridas corrían unas hacia la derecha, otras hacia la izquierda, en su intento por huir de los borrachines del puerto, que aterrorizaban al barrio con sus regadíos de orín y sus canciones obscenas. A quién le importa que sea yo este beodo perdido, con ganas de encaramarse a las curvas de una alcoholizada botella, como si en verdad hubieran sido las curvas vertiginosas de alguna complaciente mujer.
 
Veredas que yo veía pasar todos los días, hamacando sus saludos desde los sillones de mimbre. Adiós doña Gertrudis, siempre usted tan buena moza, salúdeme a su esposo, adiós, adiós, adiós.

Veredas del arroz con leche me quiero casar y ahora ya olvidadas de sus propios derroteros. Subían y bajaban, esquivando pozos y sorteando baches, donde varias lluvias habían optado por acampar sus aguas. Calles demasiado sinuosas siempre, demasiado retorcidas y alargadas para mi desvalida esperanza.
 
Así fue como la espera y el dolor se amamantaron juntos y juntos crecieron, aferrados a mis pupilas de entonces. Para que en mis pupilas de ahora volviese a asomar otra vez aquella niña.

La misma que se me perdió en el circo, y que muchos años después, merced a una gracia que me fuera concedida, experimenté la dicha de recuperarla en un libro. Allí donde mis huellas y sus pisadas se confundieron de tal modo, que acabaron luego por hacerse una.
 
Pero mi intención no se acerca aquí a revivir una historia que de tan vivida fue saliéndose de madre y se convirtió en novela. Solo pretendo explorar otra vertiente del mismo río, relatándoles cómo el dolor fue reculando a medida que aquel hombre se acercaba y cada vez él se hacía más grande a la par que se me encogían las penas.

Hasta el punto exacto en que sus ojos me descubrieron, con la adolescencia alborotándoseme en un cabello que el recorte había aplacado, y el uniforme con tablitas, marrón oscuro del colegio.

¿Cómo olvidar ese uniforme?, compinche mío de tantas travesuras, que con los años terminó asumiendo el mismo aspecto extasiado de esos sueños que se me despertaban sin haber dormido.

Y para acrecentar en mayor grado el prodigio de su magia, le insuflaron un ruedo tan caudaloso, que le permitía ir creciendo a la par de mi estatura y la de mis entrañables compañeras, con las cuales estoy y estaré siempre ligada con las ataduras del amor, que a veces resultan ser más fuertes y quizá más duraderas que las que nos suele imponer la sangre.

Como si esa comunión sagrada estuviera exenta de cualquier desgaste, cualquier recelo o cualquier malicia. Como si ni el calor ni el frío pudieran destruirla nunca, con inmunidad de roca, de cosa inédita, recién nacida.

Lo cierto es que más era el tiempo transcurrido, más el uniforme se nos pegaba a la piel, igual que si en verdad hubiera sido la segunda piel nuestra de cada día.
 
Hasta que, desde los acalorados cielos de un atardecer en llamas, emergió el instante ya marcado de antemano. Aquel que contenía el edicto terminante de arriar sin dilaciones el oscuro crespón de mi destino.

Una campana repicó la orden de salida y todas juntas nos abalanzamos en bandada hacia una puerta que resultaba demasiado estrecha para nuestras desmesuradas ansias de autonomía.
 
Entonces, entre aquel revoltijo de alumnas, yo te miré y entonces fue suficiente, el me confesó después. Hacía tanto que te buscaba que cuando al fin te encontré, con tu andar medio hamacado y el último sol resbalándose en tu espalda, con toda certeza supe que serías para siempre el amor de mis amores.

Y mientras yo lo escuchaba hilvanar aquella frase de tan perpetuo contenido, se apoderó de mí la vergüenza, porque en mi registro ocular no había quedado computada la eternidad de esa mirada.

Y porque para hablar del amor de mis amores, tendría yo que no tener cero experiencia, como en realidad tenía, sino que haber practicado sentimentalmente con alguno de los varios que me andaban arrastrando el ala, y a partir de ahí sacar las conclusiones del caso.

Un caso que, por cierto, me tenía bastante confundida. Por momentos se me atoraba el corazón ante el calcina do mirar de unos ojos persistentemente negros que, incendiándome la piel, a la par de recorrerme, me penetraban y penetraban sin que yo les opusiese ninguna resistencia.

Otras veces era simplemente la sonrisa arrinconada y honda de unos labios seductores, la que me succionaba el sueño. Me atraían porciones sueltas de un rostro y pedazos sueltos de otro, mientras yo fluctuaba al compás de lo que nunca llegaba a conformar un rostro entero.
 
Hasta que las piezas fueron calzando con matemática omnisciencia, para diseñar el mismo y atractivo rostro que así, inesperadamente, y salido no se de dónde, se encontraba de pronto frente a mí, queriendo saber más de todo lo que ya sabía, recabando informaciones, recapturando datos, auscultando sin rodeos mi pasado y mi presente. Dos tiempos de mi tiempo, que a pesar de su joven contenido, ya agobiaban mis espaldas.

Y luego del me animo y no me animo, extendidos más allá de lo previsto, el repentino e inagotable "para siempre", pronunciado por la boca de ese rostro, que empezó a cristalizarse en mí como lo único real, lo único capaz de transgredir los linderos de un futuro de semblante tan incierto, que solo se dejaba ver de lejos.

Aún sin saber calcular la cabal longitud de la expresión para siempre, por un lado intuyo que es un plazo que debe durar lo que dura la vida entera. Y hasta puede trasponer la vida entera para poder seguir durando todavía.

Todo lo cual me conduce de inmediato a deducir que es el azar el encargado de reunir eternidades y de escoger los amores que, al hacer caso omiso del tiempo, se van tornando imperecederos.

No los doblegan ni los pasos achacosos, ni las quejas del zapato que ha vencido ya sus suelas, ni las canas, ni ese cansancio de color sepia que con los años adquieren, de fotografías viejas. Ni las marcas del pesar y el desamparo que han abierto gruesos surcos en la cara.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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