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HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL


  EL ALUD NAPOLEÓNICO RUEDA A LA PENÍNSULA (Autor: HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL)


EL ALUD NAPOLEÓNICO RUEDA A LA PENÍNSULA (Autor: HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL)

EL ALUD NAPOLEÓNICO RUEDA A LA PENÍNSULA

Por HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL

 


 
 
LA REVOLUCIÓN (1811)

Capítulo I
 
EL ALUD NAPOLEONICO RUEDA A LA PENÍNSULA

De nada servían todas las coaliciones que se formaron en Europa para resistir a sus planes. El poder del temido corso era irresistible. Y la suerte le sonreía siempre. Cuando sólo era el General Bonaparte – al servicio de los principios de la Revolución Francesa –, anduvo ya de victoria en victoria. Su actuación como Cónsul de la República había sido eficaz y progresista. Pero, su ambición – tan grande como su talento –, la convirtió en el Emperador Napoleón. Haciendo tabla rasa de los ideales de la Revolución – libertad, igualdad, fraternidad –, implantó la dictadura, creó una nueva nobleza y llevó la guerra a toda Europa, cubriéndose de gloria mientras los hombres morían por millares. Sin embargo, allí cerca, al otro lado del canal, se erguía orgulloso un acantilado inhóspito y abrupto que desafiaba su inmenso poder. Única nación que le hacía sombra, era necesario abatirla. Pero, para preparar la invasión, debía obtener antes el apoyo de Portugal. Esta nación se negó a complacerle. Resolvió entonces atacarla. Para esto era necesario atravesar por España. Por un tratado – el de 1807 –, ésta se obligaba a permitirlo. Y poco después se producía, en Bayona, la tragicomedia por la cual los monarcas españoles entregaban su patria al invasor y, en Portugal, la huida del Príncipe Regente Don Juan (el futuro Juan VI) a su colonia del Brasil.
 
El Rey de España, Carlos IV, era hombre sin carácter que se limitaba a sancionar lo que su mujer, María Luisa, decidía. Ésta, a su vez, no era sino un elemento de su favorito, el joven, ambicioso e infatuado primer ministro, Godoy. Amante dominador de la reina madurona, Godoy era un jefe desproporcionado a la magnitud de los problemas que se imponían a España en aquel período histórico. El príncipe heredero, Fernando, humillado y cubierto de apodos y de afrentas, rumiaba en secreto sus odios y su venganza. Falso y miedoso, desleal y embustero, su gobierno fue uno de los peores que sufrió España.
 
Con el pretexto de reconciliar a Carlos IV con su hijo Fernando VII – quien le había obligado a abdicar a raíz del motín de Aranjuez –, Napoleón los citó en 1808 a una conferencia en Bayona. Allí consiguió que Fernando abdicara en favor de su padre y éste en favor de Napoleón. Retuvo prisioneros a ambos, e hizo proclamar a su propio hermano José Bonaparte, quien fue apodado bien pronto con el mote de "Pepe Botellas", El pueblo español, indignado, se levantó en armas en defensa de su libertad. Napoleón, ante esa resistencia, se vio obligado a invadir España con 200.000 hombres.
 
Esta masa considerable rodó de los montes Pirineos a los valles ibéricos con violencia y estrépito. La Junta de Sevilla, constituida en representación del monarca depuesto y como protesta contra el rey intruso, tendrá que huir a Cádiz y, más tarde, a la isla de León. La avalancha tropezará, sin embargo, con obstáculos; el pueblo español la hostilizará en una terrible guerra de guerrillas que durará seis años y que no dará cuartel a las tropas francesas. Esa guerra será el comienzo del fin de la dominación bonapartista. En España empezará a eclipsarse la estrella de Napoleón.
 
El alud amenazaba cubrir toda la Península. Ante la negativa lusitana, el ejército francés invadió Portugal por la frontera del este. "Hábil a pesar de su timidez, entre inerme y malicioso – anota Calmón –, el Príncipe Regente Don Juan no quería en ningún caso la guerra, que por un lado amenazaba al trono – a punto de zozobrar en la vorágine de la invasión, como el de España – y, por otro, amenazaba a los dominios, que representaban la riqueza de Portugal. Inglaterra confiaba en la antigua e invariable lealtad portuguesa, pero no por eso alejaba del Tajo a una de sus escuadras que, en cualquier momento, podía bombardear Lisboa, si el gobierno del país asumiera una actitud antibritánica". Lord Strangford, ministro de Inglaterra, se refugió en una nave. "De noche, secretamente, iba el Príncipe Regente a confiarle los secretos políticos. Fue Strangford quien le mostró el ejemplar del "Monitor" de París con el decreto de Napoleón que abolía la monarquía portuguesa y dividía el reino en tres provincias. Esto ocurrió el 11 de noviembre de 1807. No se le ocurrió otra cosa a la Corte, instigada por los ingleses, que la fuga al Brasil, aconsejada por Inglaterra. América se dibujaba como refugio de la vieja Europa. Pero esta vez no se justificaba ya demora alguna. Se señaló la partida de la familia real para el 27 de noviembre, y ya el 25 el general Junot, al frente de un ejército que avanzaba velozmente, entraba en Abrantes, a 22 leguas de Lisboa. Tenía orden de apoderarse de la casa reinante. Debía prender en su palacio a los Braganza. El reino no se defendía. La vacilación del gobierno lo había entregado, desarmado, a la invasión. Junot podía recorrer sin peligro, a pesar del lodo de los caminos y la inundación de los ríos, aquella tierra tan enemiga hasta entonces de los soldados extranjeros. El porvenir no tenía esperanzas para Don Juan. Como la escuadra se ofreció para custodiarle, dio orden a todos los nobles, a los altos funcionarios, a los generales, a las personas principales de la Corte, de acompañar a la dinastía al Brasil. Se embarcaron 15.000 personas, entre dignatarios, eclesiásticos, magistrados, criados y tropas, llevando cada cual lo que pudo transportar. El 30 de noviembre, Junot entró en Lisboa; ese día, la flota luso-inglesa desaparecía en el horizonte".

 
 
 
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Editorial: CASA AMÉRICA,

Asunción-Paraguay, 1972. 244 pp.

 



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