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HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL


  INTRIGAS EN RÍO Y REVOLUCIÓN EN BUENOS AIRES (Autor: HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL)


INTRIGAS EN RÍO Y REVOLUCIÓN EN BUENOS AIRES (Autor: HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL)

INTRIGAS EN RÍO Y REVOLUCIÓN EN BUENOS AIRES


 
 
 



La escuadra ancló en Bahía el 28 de enero la 1808. Y la Corte portuguesa quedó establecida en el Brasil por largos años.
 
Miedoso y tímido, disimulado y contemporizador, tales eran las características principales de la fisonomía moral del futuro Juan VI de Portugal.
 
Su esposa, la Princesa Carlota Joaquina de Borbón, era hija de Carlos IV y de María Luisa. Hermana, por tanto, de Fernando VII. "Fea, despótica, escandalosa, libidinosa, grosera, inteligente y entusiasta – dice Calogeras –, figura popular para dirigir las pasiones de la multitud, capaz de inspirar sacrificios, como bandera que se tornó de una causa con innúmeros adeptos, el absolutismo intransigente, fue la gran víctima del hecho, de que no tenía culpa, de encerrar una fuerte alma masculina en un cuerpo, poco favorecido sin embargo, de mujer. Hija primogénita del casal reinante en España, y casada por conveniencia política con el Príncipe del Brasil, érale superior bajo muchos aspectos. Tenía voluntad, y tenacidad de propósito. Era capaz de dedicarse. Tenía un ideal, por el cual sabría sufrir. No transigiría con sus principios, cuando de un acto de aparente sumisión proviniesen notorias ventajas personales. Era ella verdaderamente un cabo, un conductor de hombres".
 
La Corte de Río de Janeiro movíase en medio de una extraña sociedad de aventureros y exploradores, inteligentes, audaces y sin escrúpulos. El primer ministro, Rodrigo de Sousa Continho, Conde de Linhares, era el vínculo de unión entre agentes ostensivos y agentes confidenciales, no siempre confesables. Carlota Joaquina, que odiaba a su marido, siempre tomaba posición adversa a la de éste. Por lo demás, el Príncipe Regente se había lanzado en manos de los liberales. Ella, en cambio, era absolutista por temperamento. Cada tendencia tenía, pues, como jefe a uno de los cónyuges. Carlota Joaquina se sentía heredera de los derechos de su cautivo hermano Fernando VII a las posesiones españolas de América. Y su sueño era hacerse coronar Emperatriz del Río de la Plata. Don Juan, cauteloso, auxiliaría desde lejos esa pretensión, en cuanto su apoyo no perjudicase los intereses de la monarquía bragantina. Surgiendo un conflicto, prevalecería el punto de vista de Portugal. El plan secreto de Sousa Coutinho era apoderarse del Uruguay (antigua esperanza de la Corte de Lisboa) y, además, del Paraguay. Inglaterra también desarrollaba su política, representada por su ministro Lord Strangford. Política de equilibrio y de matices. Inglaterra necesitaba de mercados para vivir. No la convenía que se extendiese demasiado el poder lusitano. Tampoco podía perjudicar a España continental, con la que había ajustado un pacto de alianza contra Napoleón. De ahí que no podía favorecer ninguno de los puntos de vista extremados. Los factores conjugábanse, pues, para producir resultados contradictorios. Y en medio de tanto embrollo, tejía su urdimbre la intriga.
 
Desde los primeros días de la llegada de la Corte a Río, alimentaba el gobierno una legión de agentes confidenciales en Buenos Aires, cuya instrucción era de trabajar con prudencia y tenacidad por la pretensión de la Princesa Carlota Joaquina. Así, lentamente, iba ésta granjeando prosélitos, prometiendo beneficios, exponiendo programas.
 
Los prohombres de Buenos Aires no pensaban en una solución republicana, excepto Moreno, Castelli y Rivadavia. Eran sinceramente monarquistas Belgrano, Saavedra, Paso, Alberti, Vieytes, Rodríguez Peña y Pueyrredón. Monárquico se manifestó también más tarde San Martín, que por entonces se encontraba en Europa. Ellos consideraban que la Junta de Sevilla era una agremiación que no representaba al rey encarcelado, sino sólo a una determinada provincia del reino. Y que, por tanto, igual derecho les asistía para crear ellos mismos una junta local. De ahí que no reconocían autoridad al Virrey Cisneros, nombrado por la Junta de Sevilla.
 
Sería mejor aún, decían, si al nuevo gobierno constituido presidiese una persona cuya autoridad se legitimase por sus derechos dinásticos, en tal forma que pueda legalmente asumir la regencia. Podría formar así una monarquía constitucional. Tal solución era posible. Próxima a Buenos Aires, reinando sobre un vasto imperio que podía proteger al naciente Estado, se hallaba una infanta, hermana de Fernando VII. No había razón para no confiar en el patriotismo español de Carlota Joaquina.
 
Saturnino Rodríguez Peña, residente en Río, era el principal elemento de enlace entre la princesa y los conspiradores porteños. Belgrano y Pueyrredón fueron enviados más tarde como emisarios. Los prohombres locales y los agentes confidenciales hacían propaganda en Buenos Aires a favor de tal candidatura. Preparaban un recibimiento clamoroso a su llegada. Pero Don Juan, después de haber consentido en el viaje, retiró el permiso. Debióse ello quizás al miedo de ser derrocado de su propio trono, por el odio conyugal de la mujer, poderosa al final. O quizá por creer que podía surgir un obstáculo perjudicial a la política tradicional de Portugal. Puede también que tal actitud se haya debido a la oposición inglesa, representada por Lord Strangford. Sea cual fuere la causa, lo cierto es que – como dice Calogeras –, el acuerdo entre los liberales porteños y la intransigente Princesa no habría durado mucho tiempo, "por el anacronismo que la solución representaba: una mentalidad absolutista, a la moda del siglo XVIII en sus comienzos presidiendo los destinos de un país con tendencia y aspiraciones francamente modernas, e inspiradas por las luces y necesidades de organismos a evolucionar ascensionalmente. Entre ambos grupos mediaba un siglo todo: el siglo del Enciclopedismo".
 
Los elementos porteños favorables a la regencia quedaban entregados a sus propias fuerzas e inspiraciones. Y así pasaron los años de 1808 y 1809.
 
El 13 de Mayo de 1810 llegó de Gibraltar el bergantín "Filipino", con la noticia de la derrota de los españoles. Las tropas francesas estaban en Andalucía y la Junta Gubernativa había huido a la isla de León. Sólo el 18, el virrey Cisneros se resolvió a publicar la noticia en un manifiesto en que aconsejaba calma a la población. La nueva produjo un gran revuelo. Los hombres que preparaban la revolución para derrocar al Virrey, empezaron a trabajar activamente, celebrando reuniones en la quinta de Rodríguez Peña, en la jabonaría de Vieytes y en partidas de caza organizadas para disimular el propósito de la reunión. El Virrey se vio obligado, ante la agitación popular, a convocar un Cabildo abierto o Asamblea general, al que concurriría "la parte principal y más sana del vecindario".
 
Reunida la Asamblea el 22, el Obispo Lué afirmó que aunque sucumbiera España en poder de los franceses, nada pasaba en América mientras existiera en ella un español, a quien correspondería su gobierno. Castelli rebatió esto con la teoría de la igualdad de España e Indias. EI debate prosiguió tumultuoso. Finalmente procedióse a votar, siendo éste el resultado: declarar caduca la autoridad del Virrey y facultar al Cabildo a constituir una Junta Gubernativa. El 23 transcurrió sin novedades. El Cabildo, partidario del Virrey, divergía de la resolución tomada. Pretendiendo burlar la voluntad de la Asamblea general, resuelve el 24 investir a Cisneros de la presidencia de la Junta que se creaba. En esta forma, aunque bajo diferente rótulo, el poder continuaba en la misma persona. Gran descontento produjo en el pueblo el bando en que se hacía conocer la composición de la Junta. A tal punto que ésta tuvo que devolver el poder al Cabildo. El núcleo dirigente de jóvenes revolucionarios redactó una representación escrita para elevarla al Cabildo al día siguiente. En dicho documento se consignaba los nombres de las personas que debían constituir la nueva Junta. Se la hizo circular por la ciudad durante toda la noche, habiéndose obtenido 409 firmas. Esa misma noche los jóvenes oficiales French y Berutti se ocuparon de reclutar gente de los suburbios para apoyar el movimiento.
 
El 25, a pesar de la incesante llovizna, enorme gentío se iba aglomerando en la Plaza Mayor, frente al Cabildo. En una mercería de la Recova, French y Berutti compraron cintas de color blanco y celeste y las distribuyeron como distintivos entre los partidarios de la causa. Como la sesión del Cabildo se prolongaba mucho, la gente invadió los corredores, y mientras daban fuertes golpes en la puerta de la sala, se oyó una voz que decía: "El pueblo quiere saber de qué se trata". Martín Rodríguez tuvo que salir a serenar los ánimos. Presentado el escrito, los regidores exigieron que se congregase el pueblo en la Plaza para ratificar su contenido. Transcurrido un largo rato, salieron al balcón, y viendo en la Plaza poca gente, el síndico Leiva preguntó: "¿Dónde está el pueblo?" Los de abajo contestaron que la gente se había retirado por ser hora inoportuna, pero si quería ver al pueblo, se agitase la campana del Cabildo, o ellos tocarían generala. El Cabildo, ante esta amenaza, hizo leer el pedimento y la Plaza lo ratificó. La junta Gubernativa fue designada, pues, en la forma que exigía el escrito del 24. Es decir, presidida por el coronel Saavedra e integrada con los abogados Moreno, Belgrano, Castelli y Paso, el comandante Azcuénaga, el presbítero Alberti y los comerciantes – españoles, pero revolucionarios – Matheu y Larrea.
 
 
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Editorial: CASA AMÉRICA,

Asunción-Paraguay, 1972. 244 pp.

 



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