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HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL


  ASI FUERON TRANSCURRIENDO LOS DIAS ASUNCEÑOS - Por HIPÓLITO SANCHEZ QUELL


ASI FUERON TRANSCURRIENDO LOS DIAS  ASUNCEÑOS - Por HIPÓLITO SANCHEZ QUELL

ASI FUERON TRANSCURRIENDO LOS DIAS  ASUNCEÑOS

Por H. SANCHEZ QUELL

 

 

Aquella mañana había nacido como todas las otras, plácida y luminosa. Parí-guá-y, que en el dulce idioma significa río del valle de los papagayos, era una aldea de indios guaraníes que se

hallaba situada frente a la bahía del cacique Caracará. Con las chozas se mezclaban los lapachos, ofreciendo su fresca sombra y luciendo sus decorativas copas de intenso amarillo y suave rosicler.

Los guaraníes adoraban al dios Tupá, que residía en un paraíso llamado yvaga. En tiempos normales eran gobernados por un consejo de ancianos, y cuando surgía un conflicto bélico elegían un jefe guerrero. Los hombres se dedicaban a la agricultura, la botánica y la medicina. Eran diestros en cultivos, en hibridación y en herborización. Las mujeres tejían con fibras vegetales lechos colgantes y, moldeando la arcilla, proveían al hogar de calabazas, cuencos y otros utensilios y ornamentos. Y en veladas a la luz de los astros, o en torno a una fogata todos se reunían relatando tradiciones, mitos y leyendas.

Nadie imaginaba en aquella plácida mañana el trascendental acontecimiento que iba a producirse.

De pronto, remontando el río Paraguay, tres bergantines doblaron la barranca roja y erguida de ltá-Pytá-Puã y entraron en la bahía del cacique Caracará.

Los indios quedaron atónitos. ¿De dónde venían aquellos hambres blancos cubiertos de armaduras y enarbolando vistosas banderas?

Venían de muy lejos. En Sevilla se había preparado la expedición de Don Pedro de Mendoza. Allí se había reclutado la mayor parte de la gente de la armada. "En las gradas de la Catedral, en el patio de los naranjos y frente a la Casa de la Contratación --cuenta Enrique de Gandía-, se había convencido a los soldados sin empleo, a los marinos sin nave y a los aventureros sin horizontes, ir a aquella expedición del Río de la Plata, de la cual, lo menos que se podía esperar, era tanto oro como para no saber dónde guardarlo".

Las 11 carabelas de Mendoza zarparon llevando a bordo 1.500 expedicionarios. Después de renovar provisiones en las islas Canarias, fondearon en la bahía de Guanabara, donde, al pie del Corcovado, un pequeño fortín, levantado en 1531 por Alfonso de Souza, daba albergue a una corta guarnición portuguesa mandada por Gonzalo Monteiro. En los alrededores, las chozas de los indios parecían ocultarse entre la lujuriosa vegetación del trópico. Llevado por intrigas, Mendoza ordenó la muerte de su lugarteniente Juan de Osorio. En la playa soleada y alegre de esa bahía maravillosa se cometió el crimen. Los indios enterraron a Osorio al pie de una palmera.

La expedición prosiguió rumbo al Río de la Plata. El viaje fué bonancible. El 3 de Febrero de 1536 Mendoza fundaba la ciudad de Nuestra Señora del Buen Aire. El nombre fué en gratitud a "Nostra Signora di Bonaria", imagen de un convento de Cagliari, capital de la isla de Cerdeña, venerada como patrona de los navegantes. Cerdeña era parte integrante de Aragón, y los milagros y leyendas de la Virgen sarda eran populares entre los marinos españoles del Mediterráneo. La fundación se realizó en el punto más alto del lugar, llamado más tarde Alto de San Pedro, donde está hoy la Iglesia de San Telmo, en la calle Humberto Primo. Los indios ponen sitio a Buenos Aires y los moradores sufren un hambre terrible. Navegando por el río Paraná, se trasladan a Corpus Christi.

Poco después. desde Buena Esperanza, situado un poco más al sur del anterior, Mendoza despacha a Juan de Ayolas a buscar el camino de la Sierra de la Plata, y el regresa a Buenos Aires. Pero como no llegan noticias de Ayolas, Mendoza envía en su busca a Juan de Salazar. Los bergantines zarpan de Buenos Aires y remontan el río.

Las naves de Salazar eran las que en aquella plácida mañana surcabnn las aguas de la bahía del cacique Caracará. Al capitán español le agradó el paraje, consultó con sus oficiales, dos religiosos y otras personas, y dijo a los indios que a su vuelta haría allí "una casa e pueblo". Siguió al norte hasta Candelaria, donde Domingo de Irala esperaba a Ayolas, quien se había internado en el Chaco rumbo a la Sierra de la Plata. Bajó despues por el río, y ,dando cumplimiento a su promesa, fundó el 15 de Agosto de 1537 la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción. Púsole ese nombre por ser el aniversario de la elevación al cielo de la madre de Dios. La selva nativa cedió su madera compacta y perfumada. Cuenta un viejo manuscrito -firmado por Francisco de Villalta¬ que Salazar llegó y "anduvo mirando a dónde se haría el fuerte". Y que una vez elegido el sitio, todos los soldados levantaron "una casa-fuerte con gran trabajo e necesidad, trayendo los palos a cuesta". La fundación se realizó sobre la barranca del río, en la parte más alta del sitio, llamada Loma Cabará. Allí estuvo después el Convento de Santo Domingo, más tarde la segunda Iglesia de la Encarnación, y está hoy -desmontada la loma- el Estadio Comunero.

***

Igual que en España y otros países, también en el Paraguay el corazón de la ciudad fué una fortaleza. Asunción resultó así una base para las operaciones defensivas contra los indios del

Chaco y los bandeirantes portugueses, teniendo, de esta suerte, el mismo abolengo militar que Madrid, originada en la fortaleza¬alcázar "Magerit" que los árabes levantaron sobre una colina estratégica.

Así como el Cuzco se formó por superposición de los edificios españoles sobre los pétreos de los quéchuas, en Asunción se produjo una interpenetración del caserío hispánico y las chozas de los

guaraníes. que terminó por la absorción de estas últimas. Pese a esa absorción, hasta hoy -persistencia curiosa-. Asunción sigue siendo designada en guaraní con el nombre de Pará-guá-y. Cuando los campesinos van a la capital, no dicen "voy a Asunción", sino "ajhá Pará-guá-y pe".

Los conquistadores españoles adoptaron al comienzo las chozas de los guaraníes: paredes de estacas, cruzadas por mimbres atados con lianas y recubiertas de paja, con techos de paja que llegaban hasta el suelo. Producido el incendio de 1543, el Gobernador Alvar Núñez hizo reedificar la ciudad. "Para quitar la ocasión que tan fácilmente no se quemaran cada día", las paredes de las nuevas casas fueron recubiertas de barro y las alas del techo ya no tocaron el suelo. Cuando los colonos se establecieron con más fijeza al lugar, las viviendas se construyeron con ciclópeos muros de adobe, macizos pilares de ladrillos y techos de paja.

Muy prósperos fueron los comienzos de Asunción. A los pocos años de creada ya contaba con un excelente Astillero en el cuál, durante el año 1542, se construyeron una carabela y diez bergantines. Esta carabela fue el primer navío de construcción americana que cruzó el océano Atlántico. Y lo curioso es que hizo su primer viaje conduciendo preso a España a Alvar Núñez, o sea al propio gobernador que había ordenado su construcción. Otro establecimiento importante era la Herrería; adquirió gran incremento y en ella se fabricaron cañones. arcabuces y todo el herraje indispensable para las construcciones, tanto navales como civiles. Del puerto de Asunción se exportaba miel, azúcar, trigo, maderas, conservas y vinos del Paraguay.

Acompañados de sus familias, sus ganados, sus instrumentos de labranza y sus esperanzas, de Asunción partieron --durante todo el Siglo XVI- colonos españoles y mestizos paraguayos a fundar ciudades a los cuatro vientos. De allí partieron los 66 paraguayos que con Juan de Garay a la cabeza fundaron la segunda Buenos Aires, "hazaña que hoy se pierde entre el murmullo de los autos y entre las cumbres de los rascacielos". De ese movimiento centrífugo surgieron también Santa Fe, Corrientes, Concepción del Bermejo, Santa Cruz de la Sierra, Santiago de Xerez, Villa Rica, Ciudad Real y tantos otros núcleos de civilización. Fué, sin duda, brillante el origen del Paraguay. Pero Asunción, la ciudad madre y fundadora, quedó anémica, desangrada. "Como el pelícano de la fábula -al decir de Manuel Domínguez- se desgarró las entrañas para alimentar a sus hijos".

***

Asunción quedó casi estacionaria durante la segunda mitad del Siglo XVI. Hacia 1597 el Gobernador Juan Ramírez de Velasco le concedía apenas 200 hombres y 2.000 mujeres. Por su clima suave, la luminosidad de su cielo cobalto, su tierra bermeja, la policromía de sus árboles en flor, su hospitalidad acogedora y sencilla, y el exceso de elemento femenino, Asunción era llamada "El Paraíso de Mahoma".

Internémonos en las calles de Asunción, escudriñando sus edificios, sus paisajes y sus costumbres, para conocer sus características urbanas y la vida social durante la Colonia, captando así la esencia de su alma multiforme y única.

En los planas que, en las postrimerías de la Colonia, confeccionaron Félix de Azara y Julio Ramón de César, ingenieros miembros de las partidas de demarcadores españoles, se observa cómo Asunción fué extendiéndose a lo largo de la bahía en forma de anfiteatro. Y vése también allí cuán curioso era su aspecto, con sus calles caprichosas e irregulares y sus arboledas y chácaras diseminadas por los amenos valles de los alrededores.

No había, en realidad, sino dos calles las hoy denominadas Palma y Buenos Aires. Las demás aparecen como callejones cortos y esfumados entre el desperdigado caserío. En la actual esquina

Buenos Aires y Montevideo se encontraba la primitiva residencia de los Gobernadores, conocida después por Machaín-cué. Donde hoy está la calle Benjamín Constant (denominada así en homenaje al ilustre repúblico y positivista brasileño General Botelho de Magalháes) existía una ancha laguna cuyas aguas, formando un riacho por la calle 15 de Agosto, pasaban bajo el puente de Santo Domingo y desembocaban en la bahía. Sobre la colina conocida por Loma Cabará destacábase el campanario del Convento de Santo Domingo. Cruzando el puente -que figura en el plano de Azara y en una ilustración de Demersay- y siguiendo por la ribera, llegábase al Colegio Seminario de San Carlos, desembocando poco después en la Plaza Mayor. Alrededor de ésta se levantaban el Cabildo (con su torre-reloj de piedra y ladrillo construida por el Ingeniero César), el Cuartel de Infantería, la Catedral, la Casa del Gobernador (conocida después por Correo¬cué v situada en la actual esquina de Alberdi y Buenos Aires, formando cruz con los fondos del Teatro Municipal) y la Real Factoría de Tabacos ( en el sitio ocupado hoy por la Escuela Militar).

Más al este estaba el Convento de San Francisco, frente al cual se formó más tarde la Plaza de San Francisco, hoy Plaza Uruguaya. Y no lejos de él se encontraba la Parroquia de San Roque. Más allá, en Samuhú-peré, las dos calles largas se juntaban. "Lo que buenamente puede llamarse ciudad ---escribe Juan Francisco Aguirre- tiene su mayor distancia desde Las Barcas hasta las inmediaciones del árbol Samuhú-peré, árbol célebre que ha dado nombre al barrio y cuya existencia se pierde en la remota antigüedad".

Regresando hacia el oeste, hallamos el Convento de la Merced. Si superponemos los planos de Azara y César con uno moderno, encontramos que dicho edificio estaba situado en la actual plaza frontera al Banco del Paraguay. Más tarde, desaparecido el convento, se siguié denominando "La Mercé valle" -barrio de la Merced- a la zona que se extendía hacia el sur hasta la Loma Tarumá, más allá de la actual calle Teniente Fariña.

La primera iglesia de la Encarnación estaba, según se deduce de los planos citados, en Estrella y Ayolas. Años después, durante la dictadura del Dr. José Gaspar de Francia, el Convento de Santo Domingo, situado en Loma Cabará, pasó a ser la segunda iglesia de la Encarnación. Dicho edifició fué destruido por un incendio en 1889.

***

Del estilo árabe o morisco surgió, como se sabe, el andaluz, y de éste a su vez el colonial. De ahí las características de las casas de Asunción. Estas se componían generalmente de una amplia techumbre "de dos aguas" y macizos muros de adobe. Las puertas tenían, además del metálico aldabón, tableros primorosamente tallados con motivos estilizados de la flora aborigen. Las rejas de las ventanas eran unas de hierro forjado y otras de madera torneada. A través de los zaguanes se percibía el patio. Junto al aljibe -a veces decorado con azulejos andaluces-, lucían parrales, jazmineros y madreselvas. Y, como un telón de fondo, destacaba un lapacho su yelmo de oro. Aunque no se veía desde la calle, donde las persianas ponían su discreto enclaustramiento, era seguro que en los aposentos no faltaba algún bargueño de jacarandá, un nicho con su imagen religiosa o una alacena donde guardar la yerba. el "cayguá chapeado" y el sabroso dulce de arazá.

Interesante era el aspecto que ofrecía Palma durante la Colonia. John Parish y William Robertson, que llegaron poco después de la Revolución de la Independencia, dicen que estaban "resguardadas las casas y tiendas de una de sus veredas del sol y de la lluvia por un prolongado corredor techado parecido a los portales de Chester". Un trecho de esa recova subsistía aún hace algunos años; era el comprendido entre Nuestra Señora de la Asunción e Independencia. Por donde ahora corren sobre el asfalto las aerodinámicos y hacen sus guiñadas nocturnas los letreros luminosos, existía un caliente arenal, bordeado de naranjos de sombra útil y permanente verdor. Por allí transitaban los funcionarios públicos, frailes y militares, los abogados y tinterillos, los hacendados y chacareros de los aledaños, los embarcadizos, aguadores e indios domésticos. Allí, al sonar la hora de la queda, apagaban sus faroles y cerraban sus negocios los pulperos, porteras y barberos. Por ahí estaría también, o muy cerca de esa arteria; la farmacia de don Juan Gelly, antigua corregidor de Oruro, que constituía un centro de reunión en que participaban los vecinos de mayor cultura.

"La gran masa de la población -comentan los Robertson¬ era una casta formada del elemento español y del indígena, pero predominaba tanto el primero, que los naturales o mestizos parecían descendientes de europeos. Los hombres eran generalmente bien formados y atléticos, y las mujeres casi todas bonitas. La sencillez y vaporosidad de sus trajes, así como sus atractivos personales, junto con un cuidado escrupuloso de su aseo personal, dábanle un aspecto interesante y seductor. Cuando solía verlas de regreso de los pozos o de los chorros con sus cántaros en la cabeza, me hacían recordar otras tantas Rebecas".

Fulgencio R. Moreno nos habla de las andazas nocturnas de los transeúntes de mortecino farol, las serenatas a la luz de la luna, el silencio interrumpido por el paso de las rondas, las misas de los domingos, "las pagos de las visitas" en el corredor o a la sombra de los rosales, mientras menudeaba el tradicional mate de leche con azúcar quemada y "naranja roquy".

Empinadas cuestas conducían hacia las quintas frondosas y aromáticas de los suburbios. "Por allí bajaban diariamente -dice Moreno-, en largas hileras, con su alba túnica flotante, tras de sus mansos pollinos, las alegres proveedoras del mercado de Asunción; y las ligeras carretillas repletas de frutas, conducidas por mozos imberbes, enamorados y bullangueros; y los macizos carretones de tabaco o miel, que rechinaban perpetuamente bajo el peso de su carga, con la calma imperturbable de sus viejos "picadores". Y por el mismo camino, que ondulaba entre las lomas y hondonadas, entre el verde esmeralda de los sembrados y los tonos obscuros de los bosques, bajo la sombra de una perenne vegetación pasaban asimismo en alegres cabalgatas los caballeros y las damas de la ciudad, que acudían a una fiesta o tornaban a sus chácaras, lugares predilectos de su actividad y de sus goces.

Esa región intermedia entre el campo y la ciudad, fué siempre para el paraguayo colonial el lugar predilecto de su solaz y sus placeres. Fué allí donde los jesuitas localizaron el campo de esparcimiento de Antequera, a quien le atribuían tanta pasión en contra de ellos como a favor del bello sexo de Asunción. Y fué allí seguramente, en esa zona intermedia, en que la linajuda juventud se dió la mano con las criollas del arrabal, donde nacieron las picantes coplas hispano- guaraníes, donde la guitarra preludió los primeros aires nacionales, cuyos acordes penetran tan hondo en el sentir del paraguayo y animan su soledad y sus nostalgias, vibrando perpetuamente dentro de su corazón como el eco lejano del terruño".

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Así transcurría, sencilla y apacible, la vida colonial de Asunción, ciudad que tan abnegada y nobilísima función civilizadora desempeñara en una vasta extensión del Continente.

La vida se deslizaba, es cierto, apacible y tranquila; pero eso no constituía en modo alguno una modorra, un sueño pesado. Prueba de ello está en que, cuantas veces pretendióse torcer el curso de su destino, o simplemente herirla en sus sentimientos, Asunción revelóse díscola, indócil.

Así ocurrió con la Revolución Comunera, en que durante 18 años (desde 1617 hasta 1635) hubo batallas en las calles y en los campos, entre comuneros por un lado y jesuitas-virreynalistas por otro. Vinieron de lejanas tierras tribunos populares que levantaron en masa el país; se predicó ruidosamente en las calles asunceñas la prioridad del Común sobre toda otra autoridad; el pueblo y el Cabildo gobernaron autónomamente; y se creó con asombro de los tiempos nada menos que una Junta Gubernativa, en pleno siglo XVIII, cuando aún no se había producido la Revolución Francesa ni la Revolución Estadounidense.

Así ocurrió también con las Invasiones Inglesas al Río de la Plata en 1806 y 1807, al salir de Asunción fuertes contingentes paraguayos para la defensa de Buenos Aires y Montevideo. Allí

lucharon heroicamente y murieron centenares de asunceños y gente del interior. Como en todo el decorrer de la Colonia, el Paraguay tenía que estar presente, y lo estuvo,  cuando un peligro común amenazaba. Leal y solidario, olvidando agravios y injusticias, no escatimaba sacrificios ni eludía deberes, que sacrificios y deberes informaron su historia plena de grandezas.

Y así ocurrió también con la Revolución de Mayo, cuyos propósitos fueron la independencia y la democracia, esto es, la autonomía en lo internacional y la soberanía del Pueblo en lo interno. Corría el año 1811; cuando en la noche del 14 de Mayo, después del toque de queda, que sonaba a las 9, el Capitán Pedro Juan Caballero, secundado por los demás insurgentes, dirigióse hacia el cuartel para derrocar al gobernador español. La ciudad dormía. Saliendo del callejón contiguo a la casa de Juan Francisco Recalde, pasaron sigilosamente entre la Real Factoría de Tabacos y la Casa del Gobernador, y luego, cruzando la Plaza Mayor frente al Cabildo, siguieron ya resueltamente hacia el Cuartel de Infantería. Este fué tomado sin resistencia por los patriotas. Como el gobernador se negara a renunciar al mando, al romper el alba del 15, cuatro cañones fueron abocados a su residencia y otros dos en la bocacalle que mira al Convento de Santo Domingo, donde estaban apostadas fuerzas adictas al régimen. Una gran parte del pueblo apercibida del movimiento, se presentó bien temprano al cuartel a pedir armas y a ofrecer sus servicios. La acción de la masa fué definitiva en el estallido libertador. Allí, en la Plaza Mayor, dispuestos a sacrificarse heroicamente por la santa causa que defendían, estaban militares, intelectuales y pueblo. La Revolución de Mayo fué obra de los tres. A las ocho de la mañana, 21 cañonazos celebraron el triunfo de la causa patriota.

***

La férrea dictadura del Dr. José Gaspar de Francia, que duró 26 años, modificó las costumbres y el aspecto edilicio de Asunción. Los paraguayos -cuentan Rengger y Longchamp- "poco comunicativos por naturaleza, se aislaron enteramente. Ninguno; al encontrarse hacía más que saludar; se acabaron las reuniones, las diversiones se acabaron, las mujeres mismas perdieron su privilegio de hablar, y la guitarra, compañera inseparable de los paraguayos, enmudeció para siempre. Cayeron.,en fin, los ánimos en tal estado de abatimiento y estupor, que cada hombre era insensible a su propia desgracia y a la de los otros".

Las calles de Asunción, trazadas al azar, eran estrechas y tortuosas. Las casas estaban rodeadas de árboles y malezas. En todas partes brotaban manantiales, que formaban arroyos o lagunas,

y en los días de lluvia corrían grandes raudales abriendo zanjas y socavando cimientos. Nadie duda que era preciso dividir la ciudad en mejor forma de la que estaba, pero el procedimiento al que recurrió Francia fué arbitrario y perjudicial. Por otra parte, el móvil que lo guió no fué precisamente una preocupación urbanística. "Francia comprendió -expresa Moreno- que el rumoroso cortinaje de verduras podía ocultar las ansias de libertad; creyó percibir entre sus claros el parpadeo incesante de la conspiración abortada, y decretó la tala general del huerto asunceño". Pero como al ser destruídos los árboles se destacaron aún más las viejas casonas, dispuso "abatir también aquella edificación subversiva".

El Dictador comenzó a ejecutar su proyecto, haciendo trazar de noroeste a sureste calles de 15metros de ancho, situadas a 100 metros una de otra. Esta distancia se aumentaba o disminuía cuando hallaba al paso algún edificio público. No ocurría así cuando se trataba de casas particulares; Francia, auxiliado por un maestro albañil que oficiaba de ingeniero, indicaba personalmente la colocación de los mojones para el trazado de las nuevas calles, y ordenaba perentoriamente la demolición a los propietarios de las casas comprendidas en la delineación. Debido a la impericia con que se procedía, el trazado estuvo sujeto a constantes rectificaciones, y muchas casas fueron derribadas inútilmente. "Llegó la destrucción a tal punto -dicen Rengger y Longchamp- que, al cabo de 4 años, la capital presentaba un aspecto semejante al de una plaza que ha sufrido un bombardeo"'.

***

Grandes cambios experimentó la ciudad de Asunción en la época del Presidente Carlos Antonio López y de su sucesor el Mariscal Francisco Solano López. "Entre 1840 y 1864 -anota

Juan Giuria- Asunción se enriqueció con numerosas construcciones de gran importancia, tanto de orden civil como religioso, las que hoy son consideradas como bellos exponentes de arquitectura neoclásica".

La aparición de casas de dos pisos rompió la monotonía del chato caserío colonial. De esa época son los edificios que ocupan actualmente el Asunción Palace Hotel, el Hotel Colonial, el Ateneo Paraguayo y otros. El actual Palacio de Gobierno, de estilo Renacimiento italiano, comenzó a construirse en ese tiempo y estaba destinado a residencia particular de Solano López. En el lugar del antiguo Cabildo, se construyó el Palacio de Gobierno (que también se destinaba a las reuniones del Congreso Nacional), y cerca de él la Catedral y la Residencia Presidencial (haciendo cruz con la anterior). Se construyeron también el Panteón Nacional (inspirado en la cúpula del "Cuartel de los Inválidos" de París) el Teatro de la Opera (edificado sobre el modelo de "La Scala" de Milán) y la Estación del Ferrocarril, con su torre-reloj y sus graciosas torrecillas que semejan un diminuto Westminster.

Las casas asunceñas fueron tomando otro aspecto. Las aberturas, antes pequeñas y enrejadas, se hicieron altas y de arco; a las rejas substituyeron balcones de mármol, hechos de balaustres; las fachadas se decoraron con columnas dóricas, jónicas y corintias; los zaguanes se adornaron con cornisas, frisos y zócalos; a los canceles de hierro substituyeron puertas con cristales. Al estilo colonial fué desplazando así el Renacimiento italiano.

"También durante esa época -anota Ramón I. Cardozo- se produjo una gran evolución del vestido en el Paraguay. La indumentaria a la usanza española fue substituida por los trajes del Segundo Imperio. Se fueron el peínetón y la mantilla, el castor y la capa. Los ingleses, norteamericanos, franceses y españoles venidos al Paraguay, contratados por el Gobierno para hacerse cargo de las diversas dependencias técnicas creadas -arsenales, ferrocarriles, etc-, introdujeron las primeras levitas y sombreros de felpa, mientras doña Pura de Bermejo lucía el primer miriña que.. . Pronto, caballeros y damas empezaron a vestirse con trajes, calzados y sombreros hechos venir de Londres y París".

El "Club Nacional" (ocupado irás tarde por el Tribunal de Jurados) fue en ese tiempo un importante centro de cultura y de sociabilidad. En su biblioteca figuraban numerosos volúmenes de historia, como asimismo los últimos periódicos, revistas y figurines de París. Y en sus salones se realizaban las más suntuosas fiestas mundanas. Solano López, de uniforme de gala, acudía en la carroza presidencial, escoltado por un escuadrón del regimiento "Acá Carayá".

La casa de Elisa Lynch -la bella irlandesa que fué durante 15 años la compañera de Solano López- era otro importante centro de cultura y sociabilidad. Como a las de Madame Recamier Vele Mariquita Sánchez de Thompson, a las tertulias de Elisa Lynch concurrían diplomáticos, cónsules y la mejor gente de arte y letras de la época.

"En menos de diez años -dice Concepción de Chaves- Elisa Lynch había transformado las costumbres asunceñas. Sus gustos creaban nuevas necesidades y se reflejaban en la vida de su tiempo, en lo que esa vida tenía de cómoda, ornamental y ligada a las necesidades humanas. Su peluquero, sus modistas; por más que hacía traer la ropa de Buenos Aires y París o se las confeccionaba ella misma, ostentaban el pomposo título de "tailleur" y "coiffeur" de Madame Lynch. La moda., ese dominio multiforme de la mujer ella la imponía con soltura y elegancia. Desde el más grande hasta el más pequeño objeto llegaba a la capital bajo su advocación. Su personalidad latía en los palacios que se edificaban, en la suntuosidad de las mansiones estrenadas por los López, en las flamantes berlinas, en los aderezos de piedras preciosas que Luis Manette importaba de París, en las "toilettes" de brocados y de blondas, que substituían a las sayas rameadas y a las blusas de linón. Se introducían vinos finos y perfumes caros. Reposteros y cocineros rivalizaban en la preparación de platos y confituras. Ella enseñaba el amor a los jardines; hacía traer claveles de España y rosas de la Malmaison.

Emanaba de ella un soplo de esa cultura europea que exaltó el ambiente de la pre-guerra. Si en sus salones aromatizados de diamelas y de nardos se jugaba al ajedrez, también se concurría

a la formación del intelecto de la época. Allí se discutía sobre revistas y libros europeos, sobre teorizadores franceses y novelistas de Londres y París. Allí Natalicio Talavera recibió estímulos para traducir "Graziella" de Lamartine, y fundar su revista "La Aurora". Para Elisa Lynch fué la primera caja de música y el primer piano, un Blondell, en el cual Dupuis y Parodi ensayaron por vez primera el Himno Nacional.

Ella difundió la moda de los retratos pintados o a daguerro¬tipo, que hacía Rosetti en su escuela de dibujo y pintura. Invitaba a concurrir a la casa de don Cayetano Decoud, donde José Batiglione, todas las noches desde las siete, permitía por dos reales el acceso a un llamado "Gabinete Diorámico", en el cual la linterna mágica proyectaba vistas de Londres y París, de Nápoles y Turín".

***

¿Qué se hizo de toda esa época dorada? Se la llevó el vendaval de la Guerra del 64-70. Y terminada ésta, la ocupación extranjera duró 7 años.

Lentamente, Asunción fué reponiéndose de sus heridas. Como el ave Fénix de la leyenda, se quemó en una hoguera y renació de sus cenizas.

En el último cuarto del siglo XIX se construyeron la tercera Iglesia de la Encarnación, el Teatro Nacional, el Banco Agrícola, el Banco Mercantil, la Escuela Militar y el Departamento de Policía. Alfredo L. Jaeggli recuerda esos días de antaño con estas evocativas palabras, llenas de añoranza: "Epoca del Chorro, del Cafetal y del Pasito, en la vieja Quinta Caballero. Epoca del "Belvedere" de Ceriani y de la cervecería de Tuyucuá. Epoca del hotel "La Cancha". Epoca de los tranvías a mulitas que nos llevaban a la fábrica de fósforos "El Sol". Epoca de los vigilantes de kepis francés con borlita roja. Epoca de los faroles a kerosén de Terlizzi, que al atardecer los encendía un descalzo que portaba escalerilla. Epoca de los teléfonos a manívela de don Rufino Recálde. Epoca podría agregarse, de los pic-nics familiares en las arboledas y frescas barrancas de Salamanca. Epoca de los lanceros, los schoittichs y las mazurkas. Epoca feliz llena de placidez, en que aún no existía radio, bocinas ni altoparlantes.

Pero vinieron después cuatro décadas en que menudearon dictaduras, revueltas y cuartelazos, a lo que también debe agregarse la Guerra del Chaco. Todo eso produjo un nuevo estancamiento en el desarrollo de la ciudad.

Asunción, poco extendida durante el coloniaje, continuó igual en la época de la junta de 1811, de Francia y de los López, y así prosiguió después de la Guerra del 64-70. Un plano confeccionado en 1870 por Roberto Chodasiewi y Enrique Mangels nos la muestra alcanzando todavía sólo hasta la calle de la Aduana, la calle Pilcomayo y la calle de Loreto, que así se denominaban por aquel tiempo las actuales Colón, Coronel Martínez y México. Fue allá por 1890 cuando Asunción inició su progreso urbano. Después de la estagnación citada, recomenzó su adelanto, que se hace cada día más visible, tanto en lo referente a la expansión edilicia, cuanto a la pavimentación asfáltica y el tránsito de vehículos y peatones.

Partiendo del viejo núcleo colonial -hoy centro comercial y burocrático- la ciudad se ha ido extendiendo hacia el este. La avenida España lleva a las progresistas barriadas de Samuhú-peré,

Las Mercedes y Jara. La avenida Mariscal López hace brotar a su paso dos barrios residenciales de Ciudad Nueva, Recoleta y Villa Morra. Y la avenida Pettirossi conduce a los barrios de Vista Alegre, Pinozá y Tembetary. La ciudad también se ha extendido hacia el sur. Sus calles ese han trepado a las lomas lejanas y cruzando una veintena de superadas "proyectarlas", llegan hasta el bañado. Y hacia el oeste se van extendiendo los barrios del Varadero, del Hospital y Sajonia. En la futura Ciudad Universitaria, sobre la barranca roja y erguida de lká-Pytá-Puã, está levantando ya su modernista arquitectura el Colegio Experimental Paraguay-Brasil.

Grandes edificios públicos y altos edificios de departamentos se construyeron en los últimos tiempos y se siguen construyendo día a día. Así el Banco del Paraguay. el Ministerio de Salud Pública, el Instituto de Previsión Social, el Ministerio de Obras Públicas, el Hospital Militar Central, el Ministerio de Defensa Nacional y otros.

Siete millones de dólares se están invirtiendo en la construcción de un moderno sistema de aguas corrientes.

Se está levantando además un gran aeropuerto moderno, pues Asunción se ha convertido en la rosa de los vientos de las rutas aéreas, con aviones que cruzan desde Estados Unidos hasta Buenos Aires y desde Santiago de Chile basta Río de Janeiro.

Edward Tomlinson, del "Washington Daily New", escribió estas palabras en Septiembre de 1957: "La ciudad de Asunción se está convirtiendo en una moderna metrópoli. Sus calles son inmaculadas. Las tiendas están bien provistas de productos locales e importados. Hay una gran actividad en construcciones de empresas privadas. Un gran hotel de 14 pisos está en construcción y una cadena de hoteles de Estados Unidos ha sido contratada para administrarlo".

***

Así fueron transcurriendo, y así transcurren, los días asunceños.

Pero la modernización de Asunción no le resta sus encantos naturales ni su aspecto típico. La Chacarita sigue ofreciendo el pintoresquismo de sus rojos barrancos, apinados ranchos y espesos

matorrales. La avenida España luce recatada sus minúsculos y plácidos jardines. El Parque Caballero en las siestas de los domingos se puebla de flores, de pájaros y de bicicletas infantiles, mientras Rubén Darío en su altorrelieve de bronce musita quedamente:

 

"Las hojas amarillas caen en la alameda,

en donde vagan tantas parejas amorosas.

Y en la copa de Otoño un vago vino queda

en que han de deshojarse, Primavera, tus rosas".

 

Entre Loma San Gerónimo y Loma Clavel pone su alegre nota verde la Plaza Francia. Las casas de madera y zinc prestan al Varadero su ambiente portuario. La avenida Carlos Antonio López -como en los días de la llegada de Salazar- se atavía de lapachos de intenso amarillo y suave rosicler. Por esa arteria llega el viajero al parque del mismo nombre, que se yergue como una atalaya sobre la ciudad. Y desde ese elevado paraje contempla, en los atardeceres bermejos de un cielo cobalto, el magnífico panorama que se extiende a sus pies: las frondas, la ciudad, la bahía, el río y el infinito "hinterland" óptico del Chaco...

Fuente: HISTORIA PARAGUAYA. ANUARIO DEL INSTITUTO PARAGUAYO DE INVESTIGACIONES - VOLUMEN II – 1957. Talleres Gráficos LUMEN. Buenos Aires – Argentina. Noviembre 1958 (147 páginas)

 

 

ENLACE INTERNO A DOCUMENTO DE LECTURA RECOMENDADA

 

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ESTRUCTURA Y FUNCIÓN DEL PARAGUAY COLONIAL

Autor: HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL

Editorial: CASA AMÉRICA,

Asunción-Paraguay, 1972. 244 pp.

 




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