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HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL


  ESTRUCTURA Y FUNCIÓN DEL PARAGUAY COLONIAL (Autor: HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL)


ESTRUCTURA Y FUNCIÓN DEL PARAGUAY COLONIAL (Autor: HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL)

ESTRUCTURA Y FUNCIÓN DEL PARAGUAY COLONIAL

Autor: HIPÓLITO SÁNCHEZ QUELL

Editorial: CASA AMÉRICA,

Asunción-Paraguay, 1972. 244 pp.

Versión digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY

 




CONTENIDO del LIBRO
UN MODERNO LIBRO SOBRE EL PARAGUAY COLONIAL


 
PRIMERA PARTE

LOS LITIGIOS HISPANO-LUSITANOS

I. – LA BÚSQUEDA DE ESPECIAS.
II.– BULA DE ALEJANDRO VI Y TRATADO DE TORDESILLAS.
III. – CARABELAS EN EL RÍO DE LA PLATA.
IV. – "TRAYENDO LOS PALOS A CUESTAS"
V. – LA PRIMERA REBELIÓN.
VI. – GANADO, TRIGO Y VINO.
VII. – BANDEIRANTES Y DIPLOMÁTICOS ENSANCHAN EL MAPA.


 
SEGUNDA PARTE

EL PARAGUAY Y BUENOS AIRES

I. – SEGREGACIÓN DE AMAZONAS Y DE CUYO.
II. – SEMBRANDO CIUDADES A LOS CUATRO VIENTOS.
III. – LA PÉRDIDA DEL LITORAL ATLÁNTICO.
IV. – JESUITAS Y COMUNEROS.
V. – LA ERA DE RESURGIMIENTO.
VI. – TRANSFORMACIONES TERRITORIALES DE LAS MISIONES.
VII. – COOPERACIÓN EN LA DEFENSA CONTRA LOS INVASIONES INGLESAS.


 
TERCERA PARTE

EL CHACO EN EL CONTROL ADMINISTRATIVO

I. – FUNDACIÓN DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA.
II. – EL RÍO PARAPITÍ EN LOS DOCUMENTOS OFICIALES.
III. – CONFINES DE CHARCAS Y CHIQUITOS.
IV. – EXPEDICIONES Y FUERTES.
V. – LA EVANGELIZACIÓN.
VI. – EL ESFUERZO COLONIZADOR.
VII. – LOS LÍMITES ÉTNICOS, GEOGRÁFICOS Y JURÍDICOS.


 
CUARTA PARTE

LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA

I.– EL ALUD NAPOLEÓNICO RUEDA A LA PENÍNSULA.
II.– INTRIGAS EN RÍO Y REVOLUCIÓN EN BUENOS AIRES.
III.– UNA AMALGAMA DIFÍCIL.
IV.– EXPEDICIÓN DE BELGRANO.
V.– ASUNCIÓN COLONIAL.
VI.– PROPAGACIÓN DEL ESPÍRITU REVOLUCIONARIO.
VII.– ¡ALBOROTO EN LA PLAZA!

FUENTES CONSULTADAS.

BIBLIOGRAFÍA.

 

 

UN MODERNO LIBRO SOBRE EL PARAGUAY COLONIAL

Por el Dr. J. M. ÁLVAREZ DE TOLEDO

De las naciones que surgieron bajo el impulso del genio hispánico, en las tierras promisorias del nuevo mundo, hay una de ellas, que nace bajo un signo especial y que desarrolla una historia de caracteres profundamente diferenciados: este nación es el Paraguay. Su historia tiene una unidad tal, que para explicar el proceso contemporáneo, es preciso conocer bien su raigambre primera: su vida colonial.


Natalicio González, el magistral autor, de "Proceso y formación de la cultura paraguaya", analiza la forma cómo se desenvuelve el espíritu humano en estas tierras, modificando el medio, perfeccionando los métodos, influenciándose a veces por lo externo, pero progresando siempre. En la forma brillante que su talento y cultura la permiten, González estudia social y psicológicamente el hombre colonial. Su estudio, hecho con criterio moderno y científico, dejaba sin embargo una laguna: el estudio del desenvolvimiento político y diplomático de los hombres de ese período que él tan talentosamente analizara.


El profesor de Historia Diplomática del Paraguay en la Universidad de Asunción, doctor H. Sánchez Quell, ha completado el vacío que dejara el maestro González. En su libro recién aparecido, titulado "Estructura y función del Paraguay Colonial", estudia con agudeza histórica, método, concisión y erudición la realidad de entonces. Así como González hace el "proceso de la cultura", Sánchez Quell realiza el "proceso de la política". Sin embargo, sus páginas presentan suficientemente "lo humano", como pare que lo político y diplomático no salga deshumanizado.


Diversos autores paraguayos, como ser, Moreno, Domínguez, Garay, Báez, para citar sólo algunos, han estudiado eruditamente la historia de la nación. Estos preceden e Sánchez Quell en el tiempo y lo superan muchas veces en la minuciosidad de estudios localizados. Sánchez Quell, con un criterio de síntesis y con el concepto moderno del ensayo histórico, realiza una labor paralela a los autores nombrados, pero pensando y escribiendo en "moderno".


Nuestra época, que lo puede fabricar todo menos el tiempo, necesita para la juventud obras claras, humanes y sintéticas. No olvidemos que la síntesis es la etapa última y más difícil, de la evolución del pensamiento. Por tanto, creemos que este último libro sobre la historie paraguaya, es de importancia excepcional, pues permite a paraguayos y sudamericanos, conocer con exactitud histórica, la historia del Paraguay Colonial. A los primeros les ayudará a explicarse y e amar la evolución de su patria y a los segundos, es decir a los sudamericanos, les servirá para comprender y conocer un emocionante capítulo de la historia de una nación americana, que desde el corazón de un continente, se perfila legendaria, heroica y brumosa.


El profesor Sánchez Quell, haciendo honor a su cátedra, presenta y ubica con claro sentido didáctico el "leít-motiv" de su obra: Paraguay. Comienza por explicar en sus primeros capítulos, las razones que impulsaron a los navegantes europeos a escudriñar los mares. Después de descubierto el continente americano, nos presenta las negociaciones diplomáticas con que Portugal y España se parten el nuevo mundo. Continúa con el estudio de los viajes de exploración y las delimitaciones de las gobernaciones concebidas por los reyes españoles.


Continuando con los capítulos siguientes, nos encontramos con la fundación de la ciudad de Asunción y las primeras rebeliones comuneras. Después se leen las diversas segregaciones del Paraguay y la irradiación de ciudades y de hombres, "a los cuatro vientos" como lo señala el autor, que hace esa capital situada en el plexo cardíaco de la América del Sur. Los problemas que derivan de las misiones jesuíticas y de las actividades económicas y políticas de "la Compañía" y de la revolución de los comuneros, campean bien vívidos en las páginas de estos capítulos.


Llegado a este punto de la lectura, surge la explicación espontánea de un hecho que es esencialmente paraguayo aunque con menor escala se presente en otros países sudamericanos: la manutención del espíritu de los comuneros de Villalar. De los españoles que saltaron el Gran Charco, vinieron de preferencia, en el primer período de la Colonia, hombres salidos de las huestes de Padilla y vencidos en Villalar, por las "banderas" imperiales. En las otras colonias americanas, la sed de oro o de gloria, es decir la miseria y las guerras, hicieron olvidarse al conquistador del ideal comunero, olvido fácil, puesto que la distancia de la Corona permitía mayores libertades que en la Península. Los conquistadores avecindados en el Paraguay, habiendo fracasado en su búsqueda del oro y no teniendo guerras continuadas, mantuvieron vivo el recuerdo de la causa que tal vez los hiciera emigrar. El bergantín construido en Asunción y llamado "Comuneros", comprueba este aserto. Posteriormente la política económica de los jesuitas en combinación con los gobernadores, reavivó fácilmente la llama de este ideal de libertad. Así fue como lo que pudiéramos llamar el espíritu del hombre de la calle de entonces, llega a la etapa de la independencia americana con un criterio perfectamente definido y sentido. Este espíritu, continúa latente en la vida paraguaya.


El "cómo" y el "por qué" de la revolución de la independencia americana, desde las invasiones de los ingleses, pasando por los motines de la Península, hasta el golpe contra el gobernador Velasco encabezado por el capitán Pedro Juan Caballero, son explicados con método y técnica histórica. Las causas inexplicables del fracaso de Belgrano, para un sudamericano, surgen claramente en estos últimos capítulos que concluyen con la declaración de la independencia del Paraguay.


Una parte de su obra el autor la dedica al Chaco. Esta parte la quita unidad a la obra y no tiene relación de continuidad histórica con el Paraguay Colonial. Pero es explicable que un paraguayo que ha vivido los problemas de la guerra del Chaco sienta espiritualmente ese continuidad y la necesidad de explicar los derechos de su nación sobre esa región. [1]


Continuando con el "fondo" diremos, que en lo que tiene relación con la técnica histórica, Sánchez Quell ha abandonado las líneas clásicas. Explicaremos esto.


La historia como ciencia no es el simple estudio erudito y exposición fría de los hechos. El hombre es la base del hecho histórico y los documentos y las otras fuentes de la historia que tienen un valor integral, no son toda la historia. Sobre este material el historiador moderno plasma con los buriles de la psicología, de la biología, de la filosofía, de la economía, de la sociología, la reproducción del pasado, hecha con sentido de unidad y a la que anima con el fuego creador de su talento de artista. El historiador contemporáneo es un zahorí que al soplo mágico de esta creación hace revivir épocas viejas; desfilan audaces por sus páginas hombres de criterio diferente del actual, a veces grandes, a veces pequeños. Con costumbres y sensibilidades diferentes y con un fondo económico distinto del que nosotros podemos concebir. A veces hechos económicos cambian trascendentalmente la faz de los acontecimientos, otras, hombres históricamente grandes doblan los hechos e imponen las actividades de su espíritu por encima de lo económico y lo material. Las pasiones humanas también contribuyen con sus exageraciones e enmarañar el pasado histórico. Todo el que quiere poner a lo humano la ley rígida de lo documental, de lo económico o de lo espiritual, no hace la historia del hombre, puesto que este, profundamente maleable, es movido por todas las posibilidades que la mente contempla. El eminente filósofo Jacques Maritain, en sus clases de la Universidad de Lovaina, planteaba en 1933 este concepto, que es la síntesis del pensamiento actual. Sin interpretar exactamente este criterio, el profesor Sánchez Quell lo usa como ruta y método.


En resumen, la obra "Estructura y función del Paraguay Colonial" es un oportuno y estudioso aporte al acervo cultural del país; que por su método, claridad y síntesis servirá a propios y extraños, especialmente a la juventud paraguaya y sudamericana, a tener un concepto preciso de este periodo de la historia del Paraguay.

 

 


I PARTE

LOS LITIGIOS HISPANO LUSITANOS

 

Capítulo I

LA BUSQUEDA DE ESPECIAS

 

Todo comenzó por la búsqueda de especias. Los grandes descubrimientos marítimos de los siglos XV y XVI, reconocen en ella una de sus causas principales. Pero no fueron solamente fruto de mera ambición materialista. Se apoyaban, también, en el anhelo espiritual de difundir un credo religioso. Y en el credo cívico de extender el señorío de la patria y el vasallaje de sus reyes. Mucho hubo, también, de la instintiva tendencia del hombre a descifrar lo incógnito y a jugar con el azar que va orillando su destino. Esos descubrimientos, seguidos de la conquista y la colonización, originaron a su vez los seculares litigios que España y Portugal sostuvieron por el dominio y posesión de las nuevas tierras. El desconocimiento que los europeos tenían de la geografía de América, fue un factor que vino a enmarañar aún más esas discusiones. Por otra parte, no pocas fueron las innovaciones que la Corona de España introducía frecuentemente en la división administrativa de sus colonias. Los litigios hispano-lusitanos constituyen así los antecedentes de las cuestiones de límites que, con el transcurso del tiempo, sostuvo el Brasil, sucesor de Portugal, con los Estados que heredaron el patrimonio territorial de España en América. Asimismo, las divisiones administrativas de las colonias españolas son la causa de los innúmeros pleitos que entre sí mantuvieron los nuevos Estados hispanoamericanos.

Sí, todo comenzó por la búsqueda de especias. "Desde los lejanos días – dice Stefan Zweig en "Magallanes" – en que los romanos comenzaron a gustar de los picantes condimentos del Oriente, el mundo occidental no pudo ya prescindir de ellos. Muy atrás, por allá en la Edad Media, los manjares de Europa eran indeciblemente insípidos. Algunas frutas hoy comunes no se conocían entonces. No había limones, ni tomates, ni maíz; no se sabía del azúcar, del té ni del café; aun en la mesa del rico nada había que aliviara la monotonía de los alimentos, como no se consiguieran especias.

Estas sólo podían obtenerse de las Indias; y las rutas comerciales para ir y volver eran tan largasy peligrosas; tan infectadas de bandas de salteadores y caciques rapaces, que cuando lograba llegar a Europa la codiciada mercancía su costo la hacía exageradamente cara. El jengibrey la canela, por ejemplo, se pesaban en balanzas de farmaceutas; la pimienta se contaba grano por grano, y valía su peso en plata".

La audacia que inspiró los viajes de Bartolomé Dias, Cristóbal Colón, Vasco da Gama, Pedro Alvares Cabral y demás grandes exploradores de la época fue, ante todo, resultado del anhelo de hallar nuevas y desembarazadas rutas para llegar hasta las Islas de la Especiería.

El Cabo Bojador, situado en la costa occidental de Africa, era el punto neurálgico de la navegación. Los productos que se adquirían en la India, constituían para los hombres de Occidente un codiciado artículo de comercio. Pero "el acceso a los países de la India – dice Konrad Kretschmer – era intervenido por las potencias musulmanas, especialmente por los sultanes de Egipto, con objeto de aprovechar por su cuenta los beneficios mercantiles y explotar el activo comercio de tránsito. Como el camino por Alejandría estaba cerrado, fue necesario recurrir a otras rutas practicables. A pesar de sus inconvenientes, era la mejor la del Tana (Tanais) y desembocadura del Don, siguiendo hasta la pequeña Armenia y luego hacia el interior del Asia. Ya desde muy antiguo se pensó que podía llegarse a la India navegando alrededor del Africa, y en la Edad Media se reconocieron de nuevo las costas occidentales del continente; pero nadie había pasado del Cabo Bojador, que por este motivo se designaba como "Caput finis Africae". Las fuertes tormentas que allí soplaban generalmente, habían constituido hasta entonces obstáculo insuperable para la navegación".

La intervención del Príncipe Don Enrique el Navegante, quinto hijo del Rey Juan I de Portugal, impulsó y aceleró enérgicamente el descubrimiento de las costas occidentales de Africa. Don Enrique el Navegante fundó en el Cabo de San Vicente, junto a Sagres, un observatorio y escuela náutica, realizando ingentes gastos para su mantenimiento. Reunió allí los más renombrados cosmógrafos de la época y dirigió hasta su muerte, ocurrida en l460, la obra de los descubrimientos. Los más célebres navegantes de aquellos días fueron alumnos de la Escuela de Sagres. De allí salieron los que fueron a descubrir las islas Madeira, Azores, del Cabo Verde y las costas de Sierra Leona, Guinea, Congo, eteétera.

El viaje de Bartolomé Dias tuvo en Europa una enorme repercusión. Iba este navegante orillando las tierras africanas, cuando una tempestad lo arrojó lejos de la costa, hacia el sur. Luego de poner su rumbo al este, reconoció que debía haber doblado el extremo meridional de Africa. A la vuelta tocó por primera vez en esta punta sur, que a causa de su carácter tempestuoso denominó Cabo Tormentoso. Al regreso de Dias, el Rey rebautizó el lugar con el nombre de Cabo da Boa Esperança. En efecto, este descubrimiento era una esperanza de que se llegaría más pronto a la India. Los antiguos mapas representaban a Africa como extendiéndose hasta pasar el límite meridional del Asia. Ahora quedaba demostrado que Africa tenía al sur un límite preciso.

La idea de que desde las costas occidentales de Europa se podían alcanzar las orientales de Asia, es antiquísima.

Igualmente tenía un origen muy antiguo la sospecha de que entre el Occidente europeo y el Oriente de Asia debía existir una parte desconocida de la tierra. Del problema se habían ocupado ya Aristóteles, Eratóstenes, Posidonio, Estrabón, Séneca, Crates de Malloy otros sabios de la antigüedad.

Hasta finales de la Edad Media no se trató seriamente del problema de la posibilidad de una ruta marítima a la India; pero, de las consideraciones científicas se pasó, por fin, a su realización. "Al lado – dice Kretschmer – del verdadero descubridor del Nuevo Mundo, Cristóbal Colón, cuyo nombre estará revestido en todo tiempo de una imperecedera corona de gloria, se debe honrar también al descubridor intelectual de América, el florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli , (1397-1482). En una carta (25 de junio 1474), dirigida al confesor de los reyes portugueses, Fernando Martines, exponía Toscanelli detalladamente cómo se podía llegar con facilidad al "País de las Especias" siguiendo la ruta occidental. Posteriormente envió a Colón una copia de esta cartay del mapa adjunto (hacia 1479).

La epístola de Toscanelli a Fernando Martines no produjo ningún efecto. El Rey rehusó el ofrecimiento. No fue más afortunado Colón (hacia 1483), quien, desalentado, abandonó Portugaly se encaminó a España. Sus exageradas pretensiones para el caso de obtener éxito en su empresa, estuvieron a punto de hacerla fracasar. En el prior (Fray Juan Pérez) del convento de Santa María de la Rábida, junto a Palos, encontró quien supiera comprender su plan en todos los detallesy la indispensable proteccióny mediación para que sus peticiones llegaran a la Corte. Se eligió una ocasión favorable, pues había caído en manos de los Reyes Católicos la ciudad de Granada (1492), hasta entonces en poder de los moros, y los ambiciosos proyectos de Colón no fueron esta vez rechazados. El Tesorero de la Reina, Santángel, adelantó la suma de 1.140.000 maravedises".

No vamos a extendernos en la narración de los viajes de Colón, por ser éstos sobradamente conocidos. Sólo diremos que habiendo partido del Puerto de Palos el 8 de agosto de 1492 tres carabelas da "Santa María", capitaneada personalmente por Colón; la "Pinta" y la "Niña", comandadas por los hermanos Pinzón), llegaron después de dos meses de navegación, el 12 de octubre, a una isla que los indígenas llamaban Guanahaní y que el descubridor bautizó con el nombre de San Salvador (muy verosímilmente la actual isla de Watling, en las Bahamas). Colón siguió navegandoy descubrió las islas de Cuba (que denominó Juana) y Haití (que llamó Hispaniola), regresando después a España. Estaba firmemente convencido de que había llegado a la costa oriental de Asia. En realidad, su hazaña había sido de mucha mayor trascendencia; había descubierto la más codificable de las especias: todo un nuevo mundo. Ese nuevo mundo que, por una ocurrencia del cosmógrafo alemán Martín Waltzemüller, comenzó a ser llamado no con el nombre de su descubridor, como hubiera sido justo, sino con el de un navegante que llegó a estas tierras diez años más tarde: Américo Vespucci.

 

Capítulo II

BULA DE ALEJANDRO VI Y EL TRATADO DE TORDESILLAS

 

Sorpresa sumamente desagradable fue la experimentada por la Corona de Portugal al enterarse de que Colón había llegado a tierras orientales del Asia. Este descubrimiento – de ser exacta la noticia – venía a anular la vía de acceso que, dando una larga curva por el litoral africano, había sido explorada por Portugal. Además, el acervo de conocimientos atesorados y avaramente ocultados por Portugal sobre tierras e islas del Occidente, corría ahora el peligro de ser totalmente divulgado.

Pero algunos cautivos de aspecto extraño, unos pocos papagayos y raras preciosidades, no eran pruebas suficientes de que las nuevas tierras fuesen las Indias de tradicionales opulencias. Esto llamó la atención del monarca lusitano.

"Cumplía aclarar el misterio – dice Joao Pandiá Calogeras – y verificar si no habría errado el genovés, dando así, por su engaño, mayor brillo y mayor precio al pensamiento lusitano: no ser la India; propiamente dicha, la costa descubierta, sino alguna tierra interpuesta.

Y ordenó, oídos sus consultores técnicos, se aprestase la expedición de Francisco de Almeida, enviado a reconocer y verificar las aseveraciones de Colón.

Los Reyes Católicos, informados del desagrado lusitano, apresuráronse en obtener la misma consagración de sus conquistas, que acostumbraban solicitar, tanto ellos como sus vecinos, en casos tales. Redoblaron sus esfuerzos al saber que una flota de Portugal recibiera orden de seguir para el Occidente. Al mismo tiempo, enviaron a Don Juan II mensajesy afirmaciones de cómo sus derechos serían respetados,y que habrían ciertamente las dos coronas de llegar a entendimiento amistoso. Consiguieron paralizar y después anular la orden de salida de la escuadra de don Francisco de Almeida. Iría a comenzar la discusión diplomática".

Entretanto, en Roma se seguía tramitando el proceso que aseguraría el derecho castellano a la nueva conquista.

Ocupaba el papado en aquellos días Alejandro Borgia, el famoso Alejandro VI (padre de César y Lucrecia Borgia), cuya vida privada, duplicidady nepotismo, hicieron de él un príncipe del Renacimiento más bien que un verdadero papa.

El 4 de mayo de 1493 Alejandro VI dictaba su famosa bula, cuya parte principal dice así: "Y para que tornéis más libresy francamente una provincia de tanta importancia, siéndoos esto concedido por gracia apostólica, nós de motu proprio, sin ser por instancia vuestra, o de otros por vos en petición sobre esto ofrecida...; os damos, concedemos y asignamos para siempre a Vos, y a vuestros herederosy sucesores (Reyes de Castilla y León), con todos los dominios, ciudades, castillos, lugares, derechos, jurisdicciones y demás pertenencias, todas las islas y tierras firmes halladas o que se hallaren, descubiertas o que se descubrieren para el Occidente y Mediodía, tirando y trazando una línea del Polo Artico o Norte al Polo Antártico o Sur; sea que estas tierras firmes e islas halladas o que se hallaren estén para el lado de la India, sea para otra parte, la cual línea distará de cualquiera de las islas que vulgarmente se llaman de las Azores y Cabo Verde, cien leguas para el Occidente y Mediodía".

La bula de Alejandro VI procuraba, así, repartir el mundo para las coronas ibéricas. Una vez conocido su contenido, se produjeron dudas entre los glosadores sobre su alcance; si la bula daba solamente poder espiritual a los pueblos contendores, o si la decisión pontificia tenía carácter atributivo de dominio. El fraile dominico Francisco de Vitoria, profesor de la Universidad de Salamanca y verdadero fundador del Derecho Internacional, que se destacaba por su sabiduría, imparcialidad e independencia de conceptos, combatió la segunda hipótesis, esto es, la del carácter atributivo de dominio. En su dialéctica, Vitoria sostenía lo siguiente: 1º El Papa no es señor temporal o civil, en el sentido justo, de todo el mundo. 2º Si el Papa tuviese el poder temporal universal, no podría cederlo a los príncipes seculares, con perjuicio propio y de sus sucesores. 3º El Papa goza solamente del poder temporal necesario a la vasta administración de la orden espiritual. 4º El Papa no tiene poder temporal de especie alguna sobre los bárbaros e infieles, porque sobre éstos no ejerce poder espiritual.

Aparte de ser discutible en su alcance, la bula ofrecía dificultades técnicas de aplicación, no solucionando por consiguiente el problema. En efecto, no fijaba el origen del contaje de las leguas para el meridiano demarcador, pues eran diversas las longitudes del archipiélago de Cabo Verde y de las Azores. No definía la legua, cuyo valor variaba desde 14 1/6 hasta casi 22 leguas por cada grado geográfico. No definía el paralelo en que se contaría la medida.

Era forzoso, por tanto, que los interesados se entendiesen directamente sobre el caso.

Convencido estaba el Rey de Portugal de que eran suyas, por anteriores actos internacionales, las tierras que habían tocado las carabelas colombinas. Tenía dudas, eso sí, de si se trataba de Asia, o de región próxima a ella. En su concepto, el camino para las Indias era el que contorneaba el Cabo da Boa Esperança. Mantendría a todo costo su posesión, rubricando en esta forma el secular empeño lusitano. Fronteros a Africa, hacia el oeste, se encontraban largos trechos de tierra firme, según evidenciaban viajes no divulgados y relaciones de pilotos.

De tales elementos de convicción, surgía la necesidad de impugnar la legitimidad del dominio castellano en las playas ahora halladas por Colón y presentar sus propios títulos. Además, había que resguardar cautelosamente para Portugal el itinerario para el sudoeste y el sur, hasta el cabo y el mar oriental, ya vencidos por Bartolomé Dias.

Las cortes de Madrid y Lisboa resolvieron iniciar negociaciones, las cuales cristalizaron finalmente en el tratado de Tordesillas, signado el 7 de junio de 1494. Dicho pacto establecía lo que sigue: "Que se haga y señale por el dicho mar Océano una raya o línea derecha de polo a polo, a saber, del Polo Ártico al Polo Antártico, que la tal raya se hayade dar, como dicho es, a trescientas setenta leguas de las islas del Cabo Verde, hacia la parte del Poniente, por grados o por otra manera, como mejory más presto se pueda dar, de manera que no sean más y que todo lo que hasta aquí se ha hallado y descubierto, y de aquí adelante se hallare y descubriese por el dicho señor Rey de Portugal y por sus navíos, así islas como tierra firme, desde la dicha raya y la línea dada en la forma susodicha, yendo por la dicha parte del Levante dentro de la dicha raya a la parte del Levante, o del norte, o del sur de ella, tanto que no sea atravesando la dicha raya, que esto sea, y finquey pertenezca al dicho señor Rey de Portugal, y a sus sucesores, para siempre jamás;y que todo lo otro, así islas como tierra firme, halladas por los dichos señores Rey y Reina de Castilla y de Aragón, y por sus navíos, desde la dicha raya dada en la forma susodicha, yendo por la dicha parte del Poniente, después de pasada la dicha raya hacia el Poniente, o el norte, o el sur de ella, que todo sea, y finque y pertenezca a los dichos señores Rey y Reina de Castilla y de Aragón, y sus sucesores, para siempre jamás".

Determinada la distancia del archipiélago a que pasaría la línea demarcadora, eliminábase uno de los errores de la bula que citando Cabo Verde y Azores, pareciera admitir que por ellas corriera el mismo meridiano, cuando que, en realidad, casi tres grados mediaban entre los meridianos medios de los dos sistemas de islas.

Quedaba, sin embargo, en duda de qué punto insular preciso del Cabo Verde se iniciaría el contaje. Desde la más oriental a la más occidental de las islas del Cabo Verde había casi tres grados de longitud.

Surgió también la cuestión de la legua. ¿Eran leguas de 14 1/6 o dé 22 por grados? Según que se adoptase una u otra, se producía una variación de casi nueve grados.

El tratado de Tordesillas era, pues, un nuevo germen de interminables polémicas entre las coronas ibéricas.

A los portugueses se hacía necesario sondar nuevamente los problemas conexos de la navegación para el este y de la navegación para el oeste. Un doble sistema de viajes fue instituido, como veremos en seguida.

Para la India, por el Cabo da Boa Esperança siguió en 1497 Vasco da Gama. Partiendo de Lisboa, por orden del Rey, con tres navíos, pasó el cabo citado, continuó a lo largo de la costa africana por Mozambique y llegó a Calicut, en el litoral occidental de la India. Siete meses después, partió de regreso con un rico cargamento hacia su patria.

Para la tierra desconocida, pero sospechada, del sudoeste, fue enviado Duarte Pacheco Pereira en 1498, en misión secreta. Dos años más tarde, esto es, en 1500, partió al frente de una fuerte flota Pedro Alvares Cabral. Una vieja leyenda, cuya falsedad ha sido ya demostrada, sostiene que Cabral se dirigía a la Indiay que, al seguir la ruta de África, fue desviado en su camino por la corriente ecuatorial del sur e impelido por ésta hacia el oeste, descubriendo de este modo involuntario, el Brasil. Por el contrario, la ruta de Cabral fue dirigida de una manera deliberada. Él se dirigía al Brasil (nombre que viene do palo brasil, árbol tintóreo abundante, en esa región). El camino del descubrimiento oficial ya estaba preparado.

Surge de aquí un problema histórico: ¿por qué no fue divulgada de inmediato la nueva del descubrimiento? "Tal vez – opina Calogeras – se encuentre la clave del enigma en el pensamiento que dictó la empresa. Por más convencido que estuviese Don Juan de la existencia de una tierra firme al sudoeste, y lo afirmase con insistente tenacidad en el decurso de la discusión tordesillana, la convicción no era una certeza. La expedición de 1498 salió, por tanto, ya por orden de Don Manuel, para averiguar si era real, y hasta qué punto lo era, lo que el príncipe su antecesor afirmara. De ahí que fue clandestina y oculta al conocimiento público. Volvió, revelando la exacta visión de los cosmógrafosy pilotos portugueses. Si divulgase el resultado y se envaneciese por ello, equivaldría a confesar que la actitud oficial ante Castilla, en 1493 y 1494, era gesto de jugador, y no la tranquila seguridad de quien sabe lo que dice. Quiebra de prestigio para la autoridad moral, científica y política de la corona de Aviz. Y, verificando la existencia del continente occidental, después de Tordesillas, estaba garantido para Portugal el dominio de la nueva costa, por estar aquende el meridiano lindero, y mayor gloria se tributaría a la flota descubridora, que, en rumbo predeterminado, iría al sudoeste a probar la verdad de cuanto Don Juan aseverara a los reyes de España.

Ese es el origen de todas las consecuencias que, por no conocerse en forma corriente el viaje de reconocimiento de Duarte Pacheco, asombran y tornan perplejos a los estudiosos de la ruta de Pedro Alvares Cabral, y que son simplesy lógicas, cuando se las considera como resultado del balizamiento previo del precursor.

Ida directa a Porto Seguro, sin escala para reabastecerse, en Madeira o en Cabo Verde; el tono de la narrativa como si se tratase de cosa conocida y prevista; la remisión del mapa de Bisagudo, en la misiva del Maestre João; la alusión "así seguimos nuestro camino por este mar de largo" de la carta de Vaz de Caminha; todo esto, mucho parece significar la ejecución de planya establecido de acuerdo con un primer y verdadero descubridor, que, además, iba en la misma flota encargada de la divulgación oficial".

El mismo Duarte Pacheco Pereira, en su libro "Esmeraldo, de situ orbis", que dedicó a Don Manuel, expresa: "Hemos sabido y visto, cómo en el tercer año de vuestro reinado, del año de Nuestro Señor de 1498, donde Vuestra Alteza mandó descubrir la parte occidental, pasando allende la grandeza del mar Océano, donde es hallada y navegada una gran tierra firme..., que tanto se dilata su grandeza y corre con mucha extensión, que de una parte ni de la otra no fue visto ni sabido el fin y cabo de ella..., y yendo por esta costa sobredicha..., he hallado en ella mucho y fino brasil con otras muchas cosas de que los navíos en estos reinos vienen grandemente cargados".

Como se ve, después de esta descripción, hecha por el descubridor, al propio Rey que ordenara la investigación, no se puede sostener ya la casualidad del viaje de Cabral.

 

Capítulo III

CARABELAS EN EL RÍO DE LA PLATA

 

Hemos visto cómo Colón estaba firmemente convencido que había llegadoa la costa oriental del Asia, ignorando que las tierras por él descubiertas constituían en realidad un nuevo continente. En esa creencia murió Colón, en 1506. Posteriores expediciones, especialmente la de Vasco Nuñez de Balboa, que descubrió en 1613 el Mar del Sur (Océano Pacífico), demostraron ese error geográfico.

Entretanto, los portugueses, siguiendo la ruta del sur de Africa y la India, habían llegado a la península de Malaca, cruzado el estrecho situado entre ésta y la isla de Borneo, y tomado posesión de las Molucas o Islas de la Especiería. De aquí regresaban las naves cargadas de grandes riquezas. Como el tratado de Tordesillas daba a los portugueses la exclusividad de la navegación al Asia, por el este, a lo largo de la costa africana, los españoles, para poder llegar a las Molucas, necesitaban hallar un estrecho que les permitiera tomar la ruta occidental, esto es, que comunicara el Atlántico con el Pacífico. No otra fue la causa del viaje de Juan Dias de Solís.

Este navegante firmó con el Rey un contrato, por el cual se comprometía a emprender un viaje para el descubrimiento de "las espaldas de Castilla de Oro", es decir, las costas de México bañadas por el Pacífico – para lo cual debía cruzar, algún estrecho –,y "de allí adelante mil e setecientas leguas e más", hasta llegar a las Molucas.

Tres carabelas, comandadas por Solís, llegaban en 1516, a un punto que, situado un poco al occidente de Punta del Este, denominaron Candelaria (actual Maldonado). Orillando la costa uruguaya, entraron después en un agua que, por ser tan espaciosa y no salada, denominaron Mar Dulce. Es lo que se conoció más tarde con el nombre de Río de la Plata.

Después de llegar a una isla, que llamó de Martín García, por haber enterrado allí a un marinero de este nombre, Solís dirigióse de nuevo a la costa uruguaya. Pero apenas tocó tierra, acompañado del contador Alarcón, el factor Marquina y seis marineros, cayeron él y sus compañeros ante una lluvia de flechas lanzadas por los indios charrúas que estaban agazapados en la selva.

"Los charrúas – dice Alberto Zum Felde – andaban a pie, se guarecían en toldos, iban desnudos, no tenían instrumentos de música, ni más armas que la flechay las boleadoras; se alimentaban de pescado y de caza menuda. El caballo, la guitarra, el facón, son españoles; el rancho de terrón, el poncho, el chiripá, el mate y otros elementos indígenas, son traídos por los españoles del Paraguayy del Alto Perú, cuando fundan las reducciones de Soriano. Los mismos nombres geográficos y vocablos indígenas incorporados a la lengua común de estos países, son, en su casi totalidad, guaraníes, no charrúas; es sabido que éstos hablaban una lengua gutural, casi imposible de pronunciar, y que el propio lenguaje que usaban más tarde, posteriormente a la conquista, está lleno de influencias guaraníticas adquiridas por importación".

Solís descubrió en esa forma el Río de la Plata, pero su muerte desalentó a la tripulación, que, en vez de proseguir la búsqueda del estrecho, emprendió el regreso a España.

Nuevas carabelas llegaban al Río de la Plata en 1520. Iban al mando de Hernando de Magallanes, portugués al servicio de España. Su objeto era el mismo que había perseguido Solís; descubrir un estrecho entre los dos océanos. "la nueva expedición – dice Stefan Zweig – constituyó la aventura más audaz de la humanidad".

Después de cruzar el Atlántico y de llegar al Río de la Plata, donde constataron que dicho estuario no era el estrecho que buscaban, siguieron la costa de la Patagonia hasta alcanzar el estrecho, por donde efectuaron la entrada. Tres semanas después llegaban a la salida occidental del estrecho,y entre salvas de artillería se hicieron a la vela por el Mar del Sur. La travesía de este océano duró tres mesesy medio, hasta que por fin alcanzaron las islas Filipinas, donde Magallanes fue muerto por los indios. Los buques se dirigieron luego a las Molucas, y con un rico cargamento de especias, por lo menos una de las cinco navas que habían comenzado la expedición, la "Victoria", al mando de Juan Sebastián Elcano, alcanzó la costa española, a los tres años de haber partido de ella. Este fue el primer viaje alrededor del mundo.

La expedición de Solís, que regresaba desde el Río de la Plata rumbo a España, fue azotada frente a Santa Catalina, en la costa del Brasil, por una tempestad. Una de las carabelas naufragó, consiguiendo salvarse once tripulantes. Estos llegaron a la costa habitada por los indios tupí-guaraníes, y allí se establecieron. Los indígenas comunicaron a los recién llegados que, muy al occidente, existía en el interior del continente la "tierra del Rey Blanco", donde abundaban el oroy la plata. Se referían al Tahuantinsuyo o tierra de los quéchuas, donde dominaba el Inca, es decir, el Emperador. Se referían al Potojchi, queen lengua quéchua significa "cerro que brota plata",y al que los españoles llamaban Potosí.

Alejo García, natural de Alentejo (Portugal), era uno de los náufragos. Hombre de una audacia a toda prueba, se propuso llegar nada menos que a la aurífera y argentada sierra. La acompañaron en su arriesgada empresa Alejo de Ledesma, Francisco de Chaves y dos compañeros más, cuyos nombres no ha podido precisarse. En Santa Catalina quedaron Enrique Montes, Melchor Ramírez los otros cuatro. García y sus cuatro acompañantes partieron de Santa Catalina en 1524. Cruzaron la hoy Provincia de Santa Catalina, luego el Paraná y entraron en el Paraguay a la altura del Monday. "Recibidos – dice Ruy Díaz de Guzmán – y agasajados de los moradores de aquella provincia, convocaron toda la comarca, para que fuesen juntamente con ellos a la parte del Poniente a descubrir y reconocer aquellas tierras, de donde traerían muchas ropas de estima y cosas de metal". Alejo García, que había adquirido conocimiento completo del idioma y costumbres de los guaraníes en los ocho años que residió entre ellos en la costa del Brasil, hizo que 2.000 indios le siguieran. A la cabeza de su ejército, siguió García hasta, un puerto del río Paraguay situado a los 19º, quizá el actual Corumbá, y de allí se internó en la ríspida jungla chaqueña. Llegóa los dominios de los chaneses, los ganó con dádivas y, con el auxilio de estos nuevos aliados, "al cabo de muchas jornadas – dice el autor citado – llegó a reconocer las cordilleras y serranías del Perú." Se internan en él y "pasan adelante más de 40 leguas hasta cerca de los pueblos de Presto y Tarabuco", próximos a Chuquisaca. Pero los indios charcas les salen al encuentro en son de guerra. Entonces los expedicionarios emprenden el retorno, sanos y salvos, y además "cargados de despojos de ropa, vestidos y muchos vasos, vasijas y coronas de plata". Una vez en el Paraguay, Alejo García despacha a Santa Catalina a algunos indios con tres arrobas de plata y cartas para sus compañeros de naufragio, contándoles el éxito de su viaje y llamándoles. Poco después, García y sus compañeros son muertos por los indios payaguaes,a 50 leguas al norte de donde más tarde se levantó Asunción, o sea a la altura aproximada de la actual Villa de San Pedro.

"Así acabó en 1525 – dice Manuel Domínguez –, el descubridor del Paraguay y de Charcas, el primero que se internó en la tierra de los Mbayaes, llegó a los Andes peruanos y penetró en los dominios del Inca. Cruzó Curitiba 17 años antes que Alvar Núñez, descubrió el Paraguay 4 años antes que Gaboto, exploró el Chaco 18 años antes que Ayolas, entró en Clarcas 18 años antes que las huestes de Pizarro. La historia le da este lauroa aquél gentil aventurero".

Otras carabelas arribaron al Río de la Plata, en 1526.Eran las del veneciano Sebastián Gaboto, que estaba al servicio de España. Carlos V lo enviaba a las Molucas. Debía seguir el derrotero de Magallanes y posesionarse de las riquezas, cargando sus naves de oro, plata, piedras preciosas, especias, sedas, brocados, etcétera. Pero ocurrió que al llegar a Pernambuco, el jefe de dicha factoría, Manuel de Braga, y otros portugueses, le llenaron la cabeza con noticias de la expedición de Alejo García, del Rey Blanco, de la Sierra y del Río de la Plata. Y agregaban que, más al sur de Pernambuco, "había unos cristianos de la armada de Solís, los cuales estaban muy bien informados de las riquezas que en el dicho río había". Prosigue Gaboto su viaje y llega a Santa Catalina, donde Enrique Montes y Melchor Ramírez le cuentan la misma historia, en forma más concreta y precisa. Montes, llorando, presentaba muestras de oro y plata. Y añadía que Gaboto y compañeros eran los hombres más venturosos del mundo, pues tanta era la plata y el oro que había en el Río de la Plata, que todos, pajes y marineros, volverían ricos. Gaboto no vaciló ya entonces en desistir de su viaje a las Molucas, y dirigióse resueltamente al Río de la Plata. Una vez en el estuario, Gaboto remontó el río Uruguayy luego el río Paraná, fundó el fuerte de Sancti Spiritus en la confluencia con el Carcarañá, exploró este río, el Paranáy el Paraguay, llegando, en 1528, hasta un punto que probablemente fuese Emboscada, donde los indios mataron a varios españoles. Vuelto Gaboto a Sancti Spiritus, emprendió una segunda expedición al norte, esta vez en compañía de Diego García, la que obtuvo resultado igualmente negativo. Por otra parte, poco después los indios destruyeron totalmente la fortaleza de Sancti Spiritus. Después de tantas contrariedades, Gaboto se vio obligado a regresar a España.

Once carabelas, que constituían la más grande y magnífica expedición llegada hasta entonces, arribaban en 1536 al Río de la Plata bajo el mando de Don Pedro de Mendoza. Pero, antes de ocuparnos de ella, debemos estudiar la capitulación tomada con dicho conquistador el 21 de mayo de 1534 y los antecedentes de la misma.

En enero de 1534 llegaba a Sevilla Hernando de Pizarro, procedente del Perú, con el rescate de Atahualpa, inmenso cargamento de oro y plata, que llenó de asombró a toda Europa: la fiebre del oro corrió por toda la península ibérica. Fue entonces cuando Portugal, informada por su diplomacia finay vigilante, preparó en secreto una expedición que fuese al Río de la Plata para llegar por esa vía al Perú.

Una real cédula escrita por la Reina al Embajador español en Lisboa, Lope Hurtado, con fecha 17 de febrero de 1531, demuestra que ya entonces en España se creía que los portugueses "desde el puerto de San Vicente, que es en su demarcación, pensaban de entrar por tierra al Río de la Plata, e que también se decía que dos galeones de los que llevaban habían de volver después de ser llegados allá, al río de Morañón, porque dicen que entra en su demarcación". La esta armada, dirigida por Alfonso de Sousa, iba también Enrique Montes, náufrago del tiempo de Solís, antiguo compañero de Alejo García, que había vuelto con Gaboto.

En España se temía, pues, que los portugueses pretendiesen llegar al Perú cruzando por tierra el Brasil, o remontando el Marañón, y para impedir la tentativa por la primera la esas rutas se pensó en la expedición de Don Pedro de Mendoza.

El Embajador español en Lisboa, Luis Sarmiento, hizo saber en España, a carta fechada el 11 de julio de 1535, que pronto partiría la armada del portugués Acuña y que éstos "llevan" gente de caballo y esta otra gente de pie de guerra y hanme dicho algunos de los que yo mejor he podido entender, que van con pensamiento de ir descubriendo por tierra hasta dar por la otra parte en lo del Perú." El Embajador aconsejaba, por tanto, que "Vuestra Majestad mandase que se partiera el armada que está en Sevilla para el Río de la Plata lo más presto que ser pudiese", pues en Lisboa se daban "toda la prisa que se pueden dar". Y agregaba que, como en Portugal no se sabía por dónde pasaba en realidad la raya de Tordesillas, les parecía que ganaría el que más pudiese descubrir y ocupar, por lo cual tornaba a decir que "conviene al servicio de Vuestra Majestad y bien de estos reinos que si la armada de Don Pedro ha de ir, que sea luego antes que esta otra por allá, vaya..."

La capitulación de Mendoza decía que éste venía a descubrir, conquistar y defender "todo lo que fuese dentro de los límites de la demarcación correspondiente a la corona de Castilla". ¿Cuál demarcación? "Alude – dice Manuel Domínguez – a la raya convenida en Tordesillas, que cortaba la costa del Brasil por arriba de la Cananea. Toda la zona al oeste de esa raya era de España, y a vigilarlay defenderla vino Mendoza. Allí está la cláusula implacable de la capitulación. ¿Y cómo podía defender el oeste de esa línea, en el continente, sin subir al norte? (Véase mapa al final).

Y allí está la clave de las primeras expediciones que rompieron su marcha desde Buenos Airesy Buena Esperanza y más tarde desde Asunción. Es la idea diplomática directriz, en ejecución inmediata, aparte de que allí arriba, hacia el Septentrión ignoto, está el imán irresistible de la Sierra la Plata, Potojchi. Ninguno de los capitanes se dirige al sur. Todos van al norte y al noroeste, a cortar el paso a los portugueses, a cruzarles el trayecto que podían correr con los "elementos de movilidad." que traería Acuña.

En cambio, los títulos de Pizarro y de Almagro no tienen ninguna alusión a la raya de Tordesillas ni al Atlántico. No se dice en ellos que estuviesen obligados a defender "los límites de nuestra demarcación de Castilla", ni hay en ellos la más remota alusión al Mar del Norte o Atlántico, cosas que no se concibe se olvidaran, de haberse pensado en ellas. ¿Quién olvidaría límite tan característico, por único, como aquella línea matemática, o tan genuinamente arcifinio como el inmenso Atlántico?

Almagro y Pizarro sólo eran conquistadoras del Perú incaico (Tahuantinsuyo). Y el Perú de los Incas era una serpiente. Su longitud era de 700 leguas y su ancho apenas de 120a 150. El Perú de los Incas no pasó nunca los contrafuertes andinos.

Conocido el límite oriental de la gobernación de Mendoza, veamos ahora cuáles fueron los límites occidentales, austral y septentrional.

"Primeramente – dice la capitulación – os doy licencia y facultad para que por Nos y en nuestro nombre y de la Corona Real de Castilla podáis entrar por el dicho río de Solís que llaman de la Plata, hasta el Mar del Sur, donde tengáis doscientas leguas de luengo de costa de gobernación que tenemos encomendada al Mariscal Don Diego de Almagro hacia el estrecho de Magallanes, y conquistar y poblar las tierras y provincias que hoviere en las dichas tierras..." Vemos, pues, que Mendoza disponía, sobre el Mar del Sur, de doscientas leguas, y que éstas debían comenzar a medirse desde donde terminaba la gobernación de Almagro (paralelo 25º 31' 36") hacia el estrecho de Magallanes, es decir, en el paralelo 36º 57' 09". (Véase mapa al final)

El límite sur era este mismo paralelo 36º 57' 09", que viene a dar en el Atlántico algo más al sur del estuario del Plata. La gobernación de Mendoza no llegaba, por tanto, hasta el estrecho de Magallanes, como se afirma en cuanto libro de historia o geografía circula por allí. El error proviene de haber reemplazado la palabra "hacia" de la capitulación por el término "hasta". Desde luego, para que la gobernación de Mendoza pudiese llegar "hasta el Estrecho de Magallanes", necesitaría no doscientas sino quinientas leguas de costa sobre el Mar del Sur. (Véase mapa al final).

Por el norte, la gobernación de Mendoza subía hasta las regiones amazónicas y cerca de las Guayanas. Carlos V, el propio monarca que creó el Adelantazgo del Río de la Plata, da la Escribanía General de las Indias a su ex ministro Juan Samano y con este motivo enumera ordenadamente las gobernaciones del Mar del Sur, Carlos V menciona primero la gobernación de Pizarro, luego la de Almagro y por último la de Mendoza.

Y al enumerar las gobernaciones del Mar del Norte, Carlos V señala la gobernación de las Guayanas y a continuación la de Don Pedro de Mendoza. Esto demuestra que, según Carlos V, la gobernación de Mendoza lindaba por el norte con el límite sur de las Guayanas, y que entre una y otra gobernación no se interponía ni la gobernación de Pizarro, ni la de Almagro, pues éstas estaban relegadas a las costas del Pacífico, a la región de los quéchuas. (Véase mapa al final)

Otra prueba de que la gobernación de Mendoza subía hasta las regiones amazónicas – dice Enrique de Gandía – "son las expediciones de Juan de Ayolas, Juan de Salazar e Irala al norte, todos capitanes de Don Pedro de Mendoza, que sabían perfectamente bien cuáles eran los límites de su gobernación, que avanzaban con pilotos que les decían por qué latitudes pasaban y que en ningún momento se habrían aventurado a penetrar nada menos que en los límites de la jurisdicción de Almagro y hacerse pasibles de caer dentro de las leyes severísimas que prohibían salir fuera de los límites de la propia gobernación".

Resumiendo, tenemos que los límites de la gobernación de Mendoza – indistintamente llamada Provincia del Paraguay o del Río de la Plata – eran los fijados por Carlos V en la capitulación citada. La gobernación lindaba por el norte con el límite sur de las Guayanas, que lo era la línea del Ecuador. Por el oeste llegaba hasta los contrafuertes andinos, donde fenecían las gobernaciones de Pizarro y Almagro, y luego, a continuación de esta última gobernación, tenía doscientas leguas de costa sobre el océano Pacífico. Hacia el sur fenecía en el paralelo 36º 57' 09", límite austral de las doscientas leguas sobre el Pacífico. Y en el este limitaba con el Atlántico y la línea de Tordesillas, que la separaba de los dominios portugueses.

Estudiados ya los antecedentes el contenido de la capitulación de Mendoza, pasemos ahora al desarrollo de la expedición.

En las naves de Don Pedro de Mendoza venían 1.500 expedicionarios, entre ellos algunos hijosdalgo y también varios flamencos, alemanes, etcétera. Entre éstos se encontraba Ulrico Schmidl, que, de regreso a su lejana Baviera, escribió una de las primeras historias de la conquista del Río de la Plata.

Después de Mendoza, las figuras principales de la gran expedición eran Juan de Ayolasy Juan de Osorio. El primero de éstos, alguacil mayor, era ambicioso, lleno de celos y de audacia. El segundo, maestre de campo, era joven, entusiasta, alegre, conversador, un poco fanfarrón, generoso con sus amigos, protector espontáneo de todos los soldados. "En Sevilla – dice Gandía – Osorio se había encargado, como maestre de campo de Don Pedro, de reclutar la mayor parte de la gente de la armada. En las gradas de la catedral, en el patio de los naranjos y frente a la Casa de la Contratación, había convencido a los soldados sin empleo, a los marinos sin nave y a los aventureros sin horizontes, a que lo acompañasen en aquella expedición al Río de la Plata, de la cual, lo menos que se podía esperar, era tanto oro como para no saber dónde cargarlo".

Después de renovar sus provisiones en las islas Canarias, la expedición zarpó directamente hacia el Río de la Plata. El 30 de noviembre de 1535 las naves fondearon en la bahía de Guanabara (Río de Janeiro), donde, al pie del Corcovado, un mísero fortín levantado en 1531 por Alfonzo de Sousa, daba albergue a una corta guarnición portuguesa mandada por Gonzalo Monteiro. En los alrededores, las chozas de los indios parecían ocultarse entre la lujuriosa vegetación.

Ayolas y otros, durante la travesía, habían intrigado a Osorio ante Don Pedro, diciéndole que el maestre de campo quería amotinarse para reemplazarle. Mendoza, siempre doliente e irascible, no necesitó más. En el acto mandó formar un proceso a Osorio y, sin darle traslado para su defensa, dictó esta cruel sentencia: "Doquiera y en cualquier parte que sea tomado el dicho Juan de Osorio, mi maestre de campo, sea muerto a puñaladas o estocadas o en otra cualquier manera que lo puliera ser, las cuales la sean darlas hasta que el alma la salga de las carnes".

Osorio, en la mañana del 3 de diciembre, bajó a la Playa elegantemente vestido, con calzas y jubón de raso blanco, coleto recamado con cordones de seda blanca, una gorra de terciopelo blanco, camisa labrada con hilo de oro y con capa negra de paño. El día era soleado y alegre. Los conquistadores andaban dispersos por la playay entre ellos conversaban, también, algunas de las pocas mujeres que venían en la armada.

Osorio dirigióse hacia el lugar de la playa donde estaba Don Pedro. Al presentarse, se sacó la gorra e inclinándose, preguntó cómo estaba su señoría. "¡Ser preso!", gritó Ayolas. Estey Medrano lo tomaron de los brazos, lo arrastraron dentro de una tienda y allí consumaron el hecho. El cadáver de Osorio fue abandonado por orden de Mendoza con un letrero que decía: "A éste mandó matar Don Pedro de Meudoza por traidory amotinador". Los indios lo enterraron al pie de una palmera. La expedición prosiguió rumbo al Río de la Plata.

Y ya tenemos a la armada entrando en el estuario. El 3 de febrero de 1536, efectuóse la primera fundación de Buenos Aires. Ella no pudo haberse realizado, como se creía hasta hace poco, en el bajo del Riachuelo, en el lugar llamado Vuelta de Rocha, pues éste, siempre inundado, era insalubre e inhabitable. La fundación debió realizarse en la parte alta de la meseta que comenzaba por el sur en el actual Parque Lezama y se perdía, por el norte, más allá del Retiro. Probablemente, según Gandía, en el punto más alto, conocido en tiempos de la colonia con el nombre de Alto de San Pedro, donde posteriormente se erigió la actual Iglesia de San Telmo, en la calle Humberto 1º .

Una leyenda cuenta que al saltar a tierra, el piloto Sancho del Campo, exclamó: "¡Qué buenos aires son los de este suelo!", y que tal exclamación fue la que dio origen al nombre de Buenos Aires. Pero el origen del nombre fue otro. "Nostra, Signora di Bonaria", imagen de un convento de Cagliari, capital de la isla de Cerdeña, era venerada como patrona de los navegantes. Era una virgen de pie con un niño Jesús en el brazo izquierdo y una navecilla con tres velas en la mano derecha. Sus milagros y sus leyendas eran populares entre los marinos del Mediterráneo, entre los cuales sobresalían los españoles. "Estos – dice Gandía – le profesaban un gran culto, como lo demuestran los documentos y votos que recuerdan los milagros hechos a navíos españoles en trance de perderse. No hay que olvidar, tampoco, que en aquel entonces Cerdeña era parte integrante de Aragón. El resultado relativamente feliz del viaje, indujo a Don Pedro de Mendoza a dar el nombre de "Nuestra Señora del Buen Aire" – protectora de los navegantes – a la primera ciudad que fundó. Los documentos de los primeros años de la fundación de Buenos Aires dicen todos "Nuestra Señora del Buen Aire": el nombre exacto de la Virgen sarda.

"Bello nombre – dice Enrique Larreta –, nombre de carabela, de carabela venturosa. Henchido, soleado el velamen; blanco por sotavento, rubio por barlovento; la Virgen pintada en la lona. Bonanza.

Sin embargo, de nada la valió esta vez el agüero del nombre. No pudo ser menos feliz el comienzo. Ninguna otra capital de América tuvo comienzo tan desastroso, tan mísero.

Aquí la tierra defendióse con fiereza única. Los naturales no se dejaron intimidar, como en otras partes, por la novedad del caballo (vocación misteriosa), ni por el trueno de la pólvora. Empleaban un arma terrible. La bola arrojadiza. Además, los tigres llegaban hasta el foso, hasta la empalizada, todas las noches.

Esta comarca, que había de ser un día dehesa del mundo, acabó por arrojar de sí a los primeros conquistadores con el flagelo del hambre. Fuera de algunas perdices, que no tardarían en alejarse amedrentadas por los disparos del escandaloso arcabuz, no había nada que llevarse a la boca, en todo el contorno. La llanura hirsuta; pastos amarillos y duros, tierra maligna.

Quién sabe si la sensibilidad futura, más golosa de expresión que de brillo, no acaba un día por encontrar mayor belleza en la quijotesca desgracia de ese cuadro nuestro con su fondo de horizonte salvaje, que en las aventuras espléndidas del Perú y de México, al empezar la conquista.

Por lo menos, un sabor más agudo; la especia del desengaño. Sabor cervantino. Pimienta de Insula. Nunca vino de España expedición más brillante. El jefe, un Mendoza, Don Pedro de Mendoza, gentilhombre del Emperador, soldado de Italia, cortesano disoluto y magnífico. Muchos trajes y joyas. Harto dinero. Se le decía enriquecido en el saqueo de Roma con tesoros de cardenales y de basílicas. Sus cofres sacrílegos huelen incienso.

Año de 1536. Fines de otoño. Las tres de la tarde. El pampero grita en las rendijas y mete en el interior de la choza el frío del desierto. Hacia un rincón, sobre el piso de tierra, un lecho suntuoso, un lecho dorado. Altas columnas. En el sobrecielo de brocatel carmesí las armas de los Mendozas. "Ave María". Ahí se está Don Pedro, arropado hasta las barbas, pálido como un muerto. Tiene una mano en el cabezal, mientras agita la otra en el aire. Hace siempre ese ademán cuando se la aparece el espectro. No es un espectro sombrío, en pie – el mismo Don Pedro lo ha dicho – y a manera de humo, como todos los espectros; es un espectro claro, macizo, con lujosos atavíos que relucen al sol, y siempre extendido largo a largo sobre la arena de aquella bahía maravillosa del Brasil. Lleva su famoso coleto recamado, jubóny calzas de raso. Osorio adoraba la vida, el boato, la gloria, el amor. Catalinay Elvira le lloran aún".

Al principio, los indios pampas venían hasta la empalizada para efectuar rescates, o sea, cambios de objetos por víveres. Pero como se cansaron pronto, y además comenzaron a maltratar a los españoles que iban en busca de provisiones, Mendoza envió contra ellos una expedición al mando de su hermano Diego. A raíz del combate entablado murieron varios españoles, entre ellos Diego de Mendoza y el capitán Pedro de Luján. De ahí el nombre del río Luján.

Poco después, los indios pusieron sitio a Buenos Aires. Entonces la situación se volvió realmente trágica, pues los moradores sufrieron un hambre terrible. "No nos quedaban – cuenta Ulrico Schmidl ni ratas ni ratones ni culebras ni sabandija alguna que nos remediara en nuestra gran necesidad e inaudita miseria. Llegamos a comernos los zapatos y cueros todos". Y agrega que algunos comieron las piernas de unos compañeros que habían sido ajusticiados en la horca.

Los indios remataron el sitio, que duró quince días, incendiando las casas, que eran de madera y de paja, con flechas y boleadoras que llevaban materias inflamables. La guarnición tuvo que refugiarse en las naves ancladas en el Riachuelo.

Estaba prohibido que viniesen mujeres en las expediciones a América. Con gran excepción, en la de Mendoza vinieron algunas mujeres. Una de ellas, Isabel de Guevara, escribió una carta a la princesa doña Juana, gobernadora de España en ausencia de su hermano Felipe II. Esa carta, que, como dice Larreta, impresiona "por la grandeza trágica de la situación que describe y por lo que dejan imaginar sus toques admirables", cuenta que las mujeres no sólo hacían la comida y lavaban la ropa, sino que – tal era la flaqueza en que habían caído los hombres – hacían centinela, rondaban los fuegos, armaban las ballestasy daban alarma por el campo a voces.

Ayolas, que había partido Paraná, arriba en busca de víveres, regresó a Buenos Aires, después de haber fundado el fuerte de Corpus Christi en las cercanías del antiguo Sancti Spiritus, en la región de los indios timbúes. Los barcos traían provisiones, especialmente maíz y pescado.

Mendoza resuelve entonces trasladarse a Corpus Christi. "Determinaron – dice Isabel de Guevara – subir el río arriba, así flacos como estaban,y en entrada de invierno, en dos bergantines los pocos que quedaban vivos; las fatigadas mujeres los cargaban y los miraban y les guisaban la comida, trayendo la leña a cuestas de fuera del navío y animándolos con palabras varoniles que no se dejasen morir, pues pronto darían en tierra de comida, metiéndolos a cuesta en los bergantines con tanto amor como si fueran sus propios hijos, y como llegamos a una generación de indios que se llamaban timbúes, señores la mucho pescado, de nuevo la servíamos en buscarles diversos modos de guisarlo porque no les diese en rostro.

Todos los servicios del navío los tomaban ellas tan a pecho que se tenía por afrentada la que menos hacía que otra, sirviendo de marear la vela, y gobernar el navíoy sondar de proa y tomar el remo al soldado que no podía bogar. Verdad es que, a estas cosas ellas no eran apremiadas, ni las hacían de obligación, ni las obligaba si, solamente, la caridad".

"Van – dice Larreta – los dos bergantines navegando despacio por el Paraná, aguas arriba. Hacia el norte. Sopla un viento desigual; pero entre socolladay socollada algo tiran las velas. Como capas de pordiosero las velas con tanto remiendo. Cielo azul. Ni una nube. Sol frío, plateado, de fines de Julio. Los conquistadores semejan cadáveres, así extendidos de espaldas sobre la cubierta, con los ojos cerrados o muy abiertos y fijos. En sus rostros febriles la tez amarilla desaparece casi bajo la pelambrera de cabellos y barbas. Sus piernas señálanse como cañas bajo la calza andrajosa. Ahora hasta las mujeres descansan. Una que otra le acaricia la manoa un moribundo o lo besa en la frente.

Pasan, a ambos lados, las costas salvajes, con sus bosques terribles. Aquélla muy distante, ésta muy próxima. Ha crujido una rama seca. Alguna pesada alimaña. De pronto, en el gran silencio, óyese el grito largo y como sonriente de un pájaro que parece encantado. El viento empieza a cambiar. Las velas dan ahora parchazos contra el mástil. Otra vez el grito del ave. ¿Se burla o quiere decir que ya está cerca la ciudad de los templos de oro y calles de plata?"

El viaje duró un mes largo. A Mendoza no le agradó el sitio y dispuso que Corpus Christi se trasladara cinco leguas más abajo, con el nombre de Buena Esperanza. De allí mandó a Juan de Ayolas y Domingo de Irala, el 14 de octubre de 1536, a buscar el camino del Perú. Poco después, el Adelantado, cada vez más achacoso y enfermo, regresaba a Buenos Aires.

Deseoso de tener noticias de Ayolas, que hacía ya tres meses que había partido, envió a Juan de Salazar de Espinosa y Gonzalo de Mendoza en su busca. Los bergantines partieron de Buenos Aires el 15 de enero de 1537.

Y transcurrieron otros tres meses de espera infructuosa. Además, Mendoza estaba cada día más postrado. Resuelve entonces regresar a España. Nombra sucesor suyo a Ayolas, jefe de la plaza de Buenos Aires a Francisco Ruiz Galán, y emprende el retorno.

La expedición de Mendoza, que fuera todo boato y poderío al salir de España, sufrió la peste, el hambre y la muerte. Nunca siguieron mayores fracasos a tan grandes ilusiones.

Como coronamiento de tantos reveses, Mendoza no pudo volver a su patria. Murió en alta mar, el 28 de junio. "Aquel hombre – concluye Larreta – fue siempre un arder continuo de pasiones desaforadas. "Arrojaron su cuerpo a la mar", dicen las crónicas. Se cree escuchar el rumor de un ascua en el agua. El alma debió subir como una bola de humo".

 

Capítulo IV

"TRAYENDO LOS PALOS A CUESTAS"

 

Antes de entrar a tratar del origen de la capital paraguaya, la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción, debemos informarnos del escenario geográfico en que se va desarrollar la conquista y de los factores étnicos que intervendrán en ella.

Amarillos y polvorientos infolios nos cuentan que los castellanos, los vascos y los andaluces, subiendo por la serpiente azul del río, fueron los que vinieron a fundarnos la patria.

"El río Paraguay – dice J. Natalicio González – cruza la tierra guaraní, de norte a sur, dividiéndola en dos regiones casi iguales en extensión y casi antitéticas en sus caracteres. Cualquiera de esas dos zonas, tomada aisladamente, da la sensación de algo fragmentario, incompleto, mutilado. De la síntesis de sus oposiciones surge una unidad compleja, peculiar, elaborada mediante el maridaje de elementos telúricos contradictorios.

La llamada región oriental del Paraguay, es una de las zonas mejor regadas del planeta. Y la llamada región occidental, o Chaco, es una tierra sin agua. Aquélla, es una sucesión de colinasy hondonadas, de cerros y llanuras, de campos y selvas; ésta se ofrece como un llano salobre, en gran parte cubierto de ásperos espartillares y de árboles anárquicos, de hojas ralas, que crecen en una enconada soledad individualista, y cuyas maderas compiten en dureza con el hierro.

La selva del Paraguay oriental es nutrida, espesa, exuberante, y se decora como una mujer con la gracia de una orquídea o con las pomposas flores de colores brillantes múltiples, de árboles tan altos como una catedral. La vegetación se apiña; una planta defiende a otra de las furias de las tormentas,y la sombra de las más antiguas ampara de la ira del sol a los tiernos vástagos que lanzan su copa como una flecha hacia las alturas. Acústicas aguas entonan su balada de siglos y una infinita variedad de aves lucen sus plumas multicolores y descargan en la brisa las notas de su trino. Todos los rumores de la selva se resuelven en una armonía y la multitud infinita de los árboles en un organismo único. El todo inculca en el morador de aquellos lugares el sentido gregario da la vida.

Las selvas del Chaco no resguardan del sol. El fuego solar cae a plomo y calcina el suelo como en un campo abierto; las escasas hojas se estremecen desesperadas en la candente atmósfera, sus menudas sombras se disuelven en el aire antes de proyectarse en la tierra arenosa, desprovista de humus. No hay arroyos, y la ausencia de agua implica la ausencia de aves. Los árboles no se apiñan; se elevan separados uno de otro. Se diría que el hábito de las palmeras se ha contagiado a toda la vegetación del Chaco. Las palmas surgen de la tierra cono saetas; se despliegan en la llanura como un ejército; mantienen distancias regulares unade otras; cada cual se aísla como si temiese disolver su individualidad en la vasta multitud anónima; cada cual tremola al viento sus penachos verdes como una bandera, símbolo de una entidad autónoma. Los bosques del Chaco no son, por su estilo, sino una variante de los palmares del Chaco. Cada árbol vive aislado del semejante. Orgulloso e inhóspito, rechaza al vegetaly rechaza al hombre. No brinda sombra; amenaza con sus espinas. Es casi una piedra con raíces y con ramas; enciende un rosario de chispas en el filo del hacha que lo hiere; usada su madera como cimiento, no la pudre ni el agua ni la tierra; huraño, frío, duro, precisa el curso la los siglos para crecer y vive mil años. Da al mundo una lección de implacable individualismo.

La región oriental es amena, mesurada, armoniosa. Es la zona del equilibrio entre dos hiérboles [2]de la naturaleza; la tierra de las colinas suaves, de los ríos silenciosos y cordiales, de los cerros que decoran el paisaje sin imponer por su grandeza. Al oriente de él impera el reino de la exuberancia, se extiende el suelo dionisíaco del Brasil. En sus propios límites el salto del Guairá, y las cataratas del Yguazú dan el espectáculo de una grandeza arrebatadora. Como réplica a estos ríos inmensos que se despeñan en abismos de rocas, produciendo el ruido de cien truenos, la región oriental ofrece una serie de saltos de una elegancia clásica, de perfecta belleza, medidos, alegres, que ocultan la fuerza en el seno de la gracia. Al occidente dominan dos grandezas desoladas. Primero, allá, lejos, los Andes, con sus cúpulas de nieve sólo holladas por los cóndores, y sus páramos inclementes. Y luego el Chaco, que repite en estilo propio el mismo motivo de esterilidad, grandeza y miseria de las altas cordilleras. Porque la originalidad del Chaco reside en eso; es una llanura con alma de montaña. Es un páramo ardiente así como las cumbres de los Andes son un páramo helado. La sal de la llanuraes la réplica de la nieve de la cumbre. Ambos conservan, momifican; los restos humanos no se disuelven, se secan en la tierra salobre del Chaco como en la nieve cortante de los Andes. Si el Chimborazo es una soledad lograda mediante la emerción, el Chaco es la misma soledad alcanzada por vía de la extensión.

La región oriental es normal, armónica; el Chaco es brusco, discontinuo; aquélla seduce por la leve gracia irónica de su carácter, éste apasiona o aleja por el agrio misterio de su alma. Voltaire, que es clásico, hizo viajar por el Paraguay oriental a Cándido; Dostoiewsky, que es romántico, bien pudo elegir el Paraguay occidental para teatro de sus dramas da torturados.

El río Paraguay, que corre entre las dos regiones que constituyen el cuerpo físico de la nación guaraní, las concilia y contribuye a realizar la fusión de lo contradictorio. Sus aguas mansas, frecuentadas por la fealdad agresiva de los saurios y por la belleza esbelta de las garzas, sirven de teatro a los sucesos más considerables de la historia paraguaya. El río paterno distiende su influjo en la banda de oriente y en la banda de occidente, introduciendo en ambas regiones antitéticas elementos de conciliación, factores de homogeneidad, un solo espíritu. En su fuga hacia los mares, la gran arteria fluvial no sólo realiza una labor de síntesis, sino que da un sentido de universalidad a lo mediterráneo. Abre las puertas del mundo al corazón de América"

Tal el escenario en que va a efectuarse la representación. Veamos ahora los actores.

En primer lugar, los españoles, los forasteros que llegaban de Europa. El pueblo español es, como se sabe, un crisol étnico. Originariamente poblaban la península los iberos y los vascos. Luego llegaron los cartagineses. Más tarde los romanos. Después los godos. Posteriormente los árabes. Y finalmente se efectuó la reconquista goda. De esa amalgama de razas surgió el español, arrogante, aventurero, aguerrido, místico y caballeresco. Ora guiados por el afán evangelizador, ora acicateados por la codicia del oro, los españoles se internaron resueltos en las tierras de América. Con ser actor primordial de la conquista, no creemos necesario dar mayor información sobre el elemento español, tan estudiado ya, en diversos tratados.

Y en segundo lugar, los indios guaraníes, los habitantes autóctonos. A este respecto, cabe advertir que el pueblo guaraní no moraba solamente en el Paraguay. Su área era mucho más amplia. Se extendía desde el Orinoco hasta el Plata y desde los Andes hasta el Atlántico. Comprendía, por tanto, a los guaraníes que habitaban el Brasil, conocidos también con el nombre de tupíes. Además – cuenta Alejandro Subercaseaux en "Chile o una loca geografía" –, los guaraníes, a través de la pampa, llegaron a Chile; los nativos los llamaron "mapuches" (hombres del oriente); se establecieron en la región hoy denominada Araucanía, entre los ríos Bío-Bío y Bueno;y rechazaron tenazmente las constantes incursiones de los quéchuas.

Los guaraníes eran hombres y mujeres de piel cobriza, melena lacia y negra, mirada vivaz, nariz recta y boca chica. Estaba arraigado entre ellos el placer del baño y el aseo del cuerpo. La "tava" era la ciudad guaraní. Alrededor de una plaza – cuentan Schmidl y Staden – se elevaban siete grandes cabañas. Cada pueblo se hallaba rodeado de dos palizadas, hechas con troncos de palma. El "tapii" o choza de los guaraníes tenía paredes de estacas, cruzadas por mimbres atados con lianas y recubiertas de paja. El techo, que también era de paja, llegaba hasta el suelo. Los guaraníes se dedicaban a la alfarería; construían cántaros, platos, jarros, urnas funerarias. Fabricaban un banco rústico llamado "apyka", cestos de fibra de tacuara y hamacas de hilado de algodón. Tejían en telares elementales o grandes bastidores. Utilizaban el "uruku" y otras frutas como colorantes para sus tejidos. Embadurnándose con "uruku", se protegían durante la caza y la pesca, de la acción del sol sobre la piel, de las picaduras de los insectos y de las oscilaciones de la temperatura. Navegaban y pescaban en sus canoas monóxilas.

En cuanto al régimen familiar, regían la vida hogareña las reglas de una moral estricta, fundada en una concepción honesta y altruista de la vida; un espíritu de solidaridad muy grande, el respeto a los moyores y especialmente a los ancianos, impregnaban sus actos cotidianos. Entre los guaraníes se practicaba la poligamia, pues con dicho régimen matrimonial buscaban la procreación de hijos sanos y numerosos; por eso, la prédica de los primeros misioneros a favor de la monogamia, fue mirada como una idea homicida de hombres que buscaban la extinción de la valerosa raza guaraní. El divorcio era una institución conocida por los guaraníes; la extinción del mutuo afecto bastaba como causa de disolución; cuando los cónyuges acordaban romper el vínculo matrimonial, se separaban sin cólera. Existía un profundo amor paternal; el hijo era un ser sagrado a cuya formación cultural y moral se consagraba los mayores sacrificios; se le guiaba con el ejemplo y se le corregía por medios persuasivos, pero nunca con castigos corporales que envilecen al niño y matan su dignidad. Grande era el respeto de los hijos a sus progenitores; en los momentos decisivos acudían al padrepara recibir las lecciones de su experiencia,y los consejos de la madre anciana merecían siempre acatamiento.

El "mburuvichá" o jefe guerrero era elegido popularmente. Pero era el Consejo de Ancianos el que gobernaba en tiempos normales Los guaraníes formaban una sociedad igualitaria, una democracia pura.

En los cerros de Paraguarí y de Caacupé se han encontrado caracteres ideográficos lapidarios, que demuestran la existencia de una escritura guaraní. EL idioma guaraní es de carácter onomatopéyico, de precisión matemática. Es una lengua, rica, flexible, dulce, cáustica. Antes de dormir, en ruedo junto a la fogata, los guaraníes acostumbraban contar mitosy leyendas. La música guaraní es rudimentaria; entre sus instrumentos figuraban el "mbaracá," (guitarra rústica) y e1 "turú" (trompeta de tacuara). Practicaban danzas guerreras y religiosas, con algo de ballet.

Dividían el año en dos estaciones: "kuarahy-ara" (época del sol) y "ro'y-ara" (época del frío). Además, lo dividían en doce "jacy", esto es, en doce lunas. Denominaban ara tiri", "ara vera" y "ara sunu" al rayo, relámpago y trueno, respectivamente.

Sobresalieron en forma notable los guaraníes en botánica, medicina y agricultura. La nomenclatura de las plantas se distinguía por su precisión descriptiva. Después del griegoy del latín, la lengua que ha dado palabras científicas más numerosas es la guaraní. Ninguna otra raza entregó a la humanidad tantas plantas útiles, por sus cualidades terapéuticas o sus elementos nutritivos. Distinguían perfectamente los antisépticos, febrífugos, depurativos y astringentes. Legaron más de veinte de las principales plantas cultivadas la agricultura universal. Conocían la hibridación, el cruce de las diferentes variedades y el medio de conservar una variedad completamente pura. Entre sus plantas de cultivo pueden citarse las siguientes: mandioca, zapallo, batata, maíz, maní, tabaco y algodonero.

El dios de los guaraníes era "Tupã". Para ellos, el "yvaga" era algo así como el paraíso de los cristianos. Además, creían en ciertos geniecillos y duendes autóctonos, que poblaban ríos, selvas, campos y sierras. "Pombero", con vellos hasta en la planta de los pies, es el genio de la noche. "Pora" es el fantasma. "Jasy-Jatere", (e1 niño rubio que silba su nombre en la siesta estival. Y "Kurupi", el enano bronceado y fornido que camina con el extenso falo enroscado en la cintura. (Aún hoy, no hay niño campesino en el Paraguay que no crea en tales supersticiones).

Y ahora, ocupémonos ya de la fundación de la ciudad de Asunción.

Habíamos dicho que Juan de Salazar partió la Buenos Aires en busca de Ayolas el 15 de enero da 1537. Los bergantines remontaron el Paraná, y luego el Paraguay, pasaron delante de Ita-Pyta-Punta (piedra roja erguida) y entraron en la bahía del cacique Caracará. Allí estabaParagua-y, tava de indios guaraníes labradores y hospitalarios, que recibieron cordialmente a los españoles. Entonces Salazar concibió fundar allí una ciudad a su regreso. Él mismo nos lo cuenta: "A la subida de este río del Paraguay, llegadosa este paraje de la Frontera, y vistas las grandes necesidades pasadas, este testigo (Salazar) tomó parecer de Hernando de Rivera, de Gonzalo de Morán, de Gonzalo de Mendoza, de los religiosos y otras personas, si les parecía que era bien y convenía al servicio de S. M. hacer un fuerte en este paraje y hacer paces con esta generación de indios carios (guaraníes). Los cuales (Ribera, Gonzalo de Mendoza, etcétera) dijeron ante Amador de Montaya, Escribano de S. M., que les parecía bien y cosa muy útily provechosa a esta conquista. Y así visto lo susodicho, asentaron paz y concordia con los indios de esta tierra y les dijeron que de vuelta se haría una casa y pueblo".

Convenida la construcción del fuerte, siguieron al norte aquellos hombres blancos "con armaduras de fierro, tonantes como Tupã, dios del trueno"; aquellos hombres blancos que, cruzando las "aguas grandes", venían del lado de la aurora, "de donde todas las mañanas se levanta Arasy, fuente de la luz, el sol". Otros habían venido antes: Alejo García "hacía doce inviernos", Gaboto hacia nueve y Ayolas "hacía cuatro lunas".

Salazar llega a Candelaria, donde se encuentra con Domingo de Irala. Juntos buscan noticias de Ayolas, que se había internado en el Chaco rumbo a la Sierra de la Plata. Juntos bajan luego hasta un puerto de los guaraníes – probablemente Ita-pua o Tapuá (hoy Piquete-cué), donde aderezaron las dos naves de Irala, "las calafatearon e les pusieron remos e jarcias". De allí Irala retorna a Candelaria, mientras Salazar baja por el río hasta la bahía del cacique Caracará, donde, dando cumplimiento a su promesa, funda el 15 de agosto de 1537, día de Nuestra Señora de la Asunción, la casa-fuerte origen de nuestra Capital.

La selva nativa cedió su madera compacta y perfumada. Cuenta un viejo manuscrito – firmado por Francisco de Villalta – que Salazar llegó y "anduvo mirando a dónde se haría el fuerte". Y que una vez elegido el sitio, todos los soldados (entre los que había tres ingleses: Limon, Rute y Corman) levantaron "una casa-fuerte con gran trabajo e necesidad, trayendo los palos a cuestas".

En qué lugar se efectuó la fundación! ¿Cuál fue ese sitio elegido? "Aterrarían – dice Domínguez – frente a la actual Oficina Telegráfica, al lado del Cabildo, donde regolfaban las aguas que tenían por cauce principal el Caracará-í". Y agrega que, en medio de la toldería de los guaraníes, estaba "el fuerte de la Asunción, casa cuadrada con dos torreones, en la parte más alta del sitio". Fulgencio R. Moreno afirma, por su parte, que Salazar estableció el fuerte "sobre la barranca del río".

En un artículo – aparecido en "La Capital" el 16 de agosto de 1937, con motivo del 4º centenario de Asunción – decíamos: "¿Cuál fue esa "parte más alta del sitio", "sobre la barranca del río", donde se levantó la casa-fuerte? Cuenta la tradición que fue la Loma Cabará, situada en el perímetro 15 de Agosto, Avenida República, Convención y Barranco del río. Desde esa prominencia se dominarían todas las casas de los colonos, que se asomaban tímidas a la bahía salpicando de blanco la verde y lujuriosa vegetación del trópico. Allí estuvo después el Convento de Santo Domingo y, más tarde, la Iglesia de la Encarnación, incendiada luego". Esa loma, en cuya cumbre debió levantarse el monumento a Salazar, fue desmontada por orden municipal. (Hoy está allí el Estadio Comuneros).

Juan Manuel Sosa Escalada confirmó nuestra afirmación al año siguiente, diciendo: "¿Cuál es el sitio elegido para la construcción de la casa-fuerte?. Una tradición señala el sitio donde estuvo después la Iglesia de la Encarnación, en la prominencia de la costa del río. Dicha altura linda por el norte con la orilla barrancosa que da a la bahía; por el sur la hoy llamada Avenida República; por el este la calle Santo Domingo (hoy 15 de Agosto); y la actual calle Convención sería su lindero oeste".

Igual que en España y otros países, también en el Paraguay el corazón de la ciudad fue una fortaleza. Asunción resultó así una base para las operaciones bélicas contra los indios del Chaco y contra los portugueses del Brasil, teniendo, de esta suerte, el mismo abolengo militar que Madrid, originada en la fortaleza-alcázar "Magerit" que los árabes levantaron sobre una colina estratégica.

Así como el Cuzco se formó por superposición de los edificios españoles sobre los pétreos de los quéchuas, en Asunción se produjo una interpenetración del caserío hispánico y los tapýi de los guaraníes, que terminó por la absorción de estos últimos. Pese a esa absorción, hasta hoy – persistencia curiosa – Asunción sigue siendo designada en guaraní con el nombre de Paragua-y.

Durante mucho tiempo se sostuvo que el fundador do Asunción fue Juan de Ayolas y que la fundación se había realizado un año antes, esto es, el 1º de agosto de 1536. Fue Domínguez quien demostró el error de tal afirmación, planteando la cuestión en estos términos: "¿Cómo Ayolas iba a fundar Asunción el 1º de agosto de 1536, dos meses antes de su partida de Buena Esperanza, de donde salió el 14 de octubre del mismo año?"

Otros sostuvieron que el verdadero fundador fue Domingo de Irala, pues bajó con Salazar hasta el lugar de la fundación y era superior a éste en jerarquía, ya que Ayolas le había dado en Candelaria el poder que tenía de Don Pedro de Mendoza. Para probar que Irala no bajó hasta Asunción, Domínguez hace desfilar nueve testigos, todos oculares, soldados de Salazar, que trabajaron y sudaron construyendo el fuerte. Hay entre ellos cinco españoles, un portugués y los ingleses Limon, Rute y Corman. Todos conforman en excluir a Irala de la construcción del fuerte. Oigamos solamente a Limon: "Don Gonzalo de Mendoza (en cuyo bergantín venía el declarante), en un puerto de los indios carios (guaraníes) dio a Irala ciertos bastimentos... y así dejaron en dicho puerto, donde se habían adobado dichos bergantines, al capitán Domingo de Irala, y se bajaron (Salazar, don Gonzalo y demás) a este puerto de la Asunción, el río abajo, hasta llegar a do, según pareció, fue acordado entre los dichos capitanes Juan de Salazar y Gonzalo de Mendoza de asentar puerto y pueblo.

Por lo demás, cuando, dos años más tarde, Salazar entregó a Irala la posesión de la casa-fuerte por servir a sus majestades para la buena guarda e conserbación desta conquista".

Y el propio Carlos V, en Real Cédula de 1547, según consta en el "Nobiliario de Conquistadores de Indias", decía a Salazar: "Vos poblasteis la ciudad de la Asunción". Y sabido es que "poblar" era y es "fundar un pueblo".

Más tarde, el doctor Cecilio Báez sostuvo que el fundador fue Domingo de Irala, mas no en 1537, sino en 1541, cuando ordenó la despoblación de Buenos Aires y trajo toda la gente a Asunción. Afirmó que en 1539 "no había en el puerto más que la estacada o fortaleza. Fue Irala quien, en 1541, de vuelta de Buenos Aires, fundó la primera planta de la ciudad". Para ello se apoyó en las palabras te Ruy Díaz de Guzmán, autor de "La Argentina", quien dice que Irala, "fundó la primera planta de la ciudad" y, que, haciendo derribar la palizada, trazó las calles de la población, repartió solares entre los vecinos, destinó otros para los edificios públicosy designó los primeroscabildantes.

De allí no puede deducirse que nuestra ciudad se fundó en 1541. "Como si planta – dice Domínguez – no fuese "diseño, delineación de calles", en tratándose de ciudades. A esta cuenta, el doctor Francia y Carlos Antonio López serían a su vez fundadores de Asunción, porque también la delinearon". Y, en sentido figurado, todo impulsor es un fundador. Así, tiene razón Paul Morand cuando dice en "Aire Indio": "El creador de Buenos Aires no es Juan de Garay; es Liebig. No es Don Pedro de Mendoza, cortesano enriquecido en el saqueo de Roma; es el francés Tellier, inventor del frigorífico..."

El doctor Efraím Cardozo ha descubierto en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires el acta de fundación del Cabildo de Asunción, que lleva fecha 16 de setiembre de 1541. De allí deduce que Asunción fue fundada en ese día por Domingo de Irala. En su concepto, ninguna agrupación que carezca de Cabildo puede ser Ciudad, cualquiera sea el número de sus habitantes y el tiempo de su permanencia en un sitio. "Automáticamente – afirma – por el sólo hecho de la creación del Cabildo y del imperio que se le otorgaba, el "puerto e pueblo" se convertía en ciudad". Reconoce que antes del Cabildo ya existía un "apretujado caserío", al que el propio acta citado califica de "pueblo", y al cual el cronista Aguirre llama "colonia". No obstante todo ello, Cardozo considera que "la fundación del Cabildo equivale a la fundación de la ciudad".

A nuestro juicio, Asunción tuvo categoría de ciudad o "pueblo" desde el 15 de agosto de 1537. En las "Ordenanzas de Poblaciones" de 1523 – única legislación que resuelve el problema –, se habla de las ciudades, villas y lugares indígenas a las cuales los descubridores debían poner un nombre; pero al indicar la forma en que los conquistadores debían establecer las nuevas ciudades, no se emplea la palabra "ciudad" sino "los asientos de los lugares que allá se ovieran de hacer e asentar de nuevo". En las ordenanzas citadas se dice que "hechas las casas en los solares, el pueblo (no la ciudad) parezca ordenado.", "la orden que tuvieren los tales pueblos e calles dellos...", "aveys de mandar que en cada pueblo...", etcétera. La palabra "ciudad" no figura en las "Ordenanzas de Poblaciones", ni en los nombramientos de los regidores designados en España para el primero, segundo y tercer "pueblo" a fundarse en el Río de la Plata. Estos tres pueblos fueron Buenos Aires, Buena Esperanza y Asunción. Se ve, pues, que Asunción fue un "puerto e pueblo", como dicen los documentos de la época, y que "pueblo" equivalía entonces a "ciudad".

Fue así cómo, "trayendo los palos a cuestas", comenzaron a levantar, en un apacible recodo del caudaloso río, la ciudad de Asunción, llamada a ser – según lo dijera su ilustre fundador – "amparo y reparo de la conquista".

 

 

 

Capítulo V

 

LA PRIMERA REBELIÓN

 

Alonso Cabrera, "inspector de fundiciones de oro y plata", llegaba a Buenos Aires como portador de la Real Cédula, del 12 de septiembre de 1537. Dicho documento disponía que, en el caso de que el extinto Gobernador Don Pedro de Mendoza no hubiese designado lugarteniente en el Río de la Plata, se junten todos los conquistadores y elijan como Gobernador "a persona que según Dios y sus conciencias pareciere más suficiente para el dicho cargo". El electo duraría en sus funciones hasta que la Corona designase titular.

Francisco Ruiz Galán y Alonso cabrera se dirigieron juntos a Asunción. Allí encontraron a Domingo de Irala, que había bajado nuevamente de Candelaria, pese a las instrucciones dejadas por Ayolas, que le ordenaran "aguardarme todo el tiempo que estuviere la tierra adentro, hasta que vuelva o veáis mi firma de lo que debéis hacer".

Irala sostuvo que no procedía una elección, pues había gobernador, y lo era él. Hizo constar: 1º el nombramientode Ayolas como lugarteniente del Adelantado. En cuanto a Ruiz Galán, éste era solamente jefe de la plaza de Buenos Airesy "hasta tanto que Ayolas venga o provea e mande otra cosa". 2º La muerte de Mendoza en alta mar. 3º El poder que Ayolas la diera en Candelaria, que decía: "vos doy otro tal e tan cumplido y entero poder como yo lo tengo del dicho señor Gobernador". 4º La probable muertedeAyolas, pues hacía más de dos años que nada se sabía de él. (Pocos meses después, en una expedición al norte, vio confirmada su sospecha. Ayolas, después de cruzar el Chaco y llegar a Charcas – repitiendo la hazaña de Alejo García –, había vuelto a Candelaria. Y allí había sido muerto por los indios. Los payaguaes vengarona Osorio.

Alonso Cabrera, en vista de los títulos presentados por Irala, lo reconoció como Gobernador. Esto ocurría el 23 de junio de 1539.

A fin de dar más estabilidad a la colonia, que aun se desarrollaba en forma precaria, el Gobernador Irala pensó en concentrar en un solo lugar todos los españoles del Río de la Plata. Corpus Christi había sido despoblada por Ruiz Galán hacía dos años. Irala estudió si le convendría más juntar toda la gente en Buenos Aires o en Asunción. Esta última ofrecía más ventajas, por razones de diversa índole. 1º) Causa geográfica: se hallaba situada mis cerca de la Sierra de la Plata; de allí se emprendería con más probabilidades la conquista. 2º) Causa étnica: los guaraníes eran gente hospitalaria, mientras que los pampas eran enemigos terribles, sitiadores e incendiarios. 3º) causa económica: las tierras del Paraguay eran fértiles y los guaraníes avezados agricultores; en cambio Buenos Aires, con su pampa desolada, no parecía ofrecer mayor aliciente para la labranza. 4º) Causa política: era quitar la última autoridad que correspondía a Ruiz Galán, el cual había sido dejado por Don Pedro da Mendoza con poderes para mandar en Buenos Aires. Además, Ruiz Galán, que se sentía candidato a sucesor de Mendoza, había dicho de Irala en cierto, ocasión: "Mira qué hombrezillo, se quiere poner conmigo, sabiendo cómo vino a esta tierra".

Tales fueron las causas que habrían pesado en el ánimo de Irala para decidirse por Asunción. A principios de 1541 – a los cinco años de la fundación de Mendoza –, Irala bajó a Buenos Aires, ordenó el incendio de los últimos ranchosy trajo los pobladores a Asunción. Poco después, repartió tierras e indios entre los conquistadores.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca fue designado por el Rey de España Adelantado del Río de la Plata. Luego de pelear en Villalar contra los comuneros de Castilla, había marchado en una expedición a la Florida. Después de un naufragio, cayó en cautiverio de los indios, pero supo hacerse pasar por hechicero y llegó hasta México, de donde emprendió el regreso a España. Dirigiéndose a su nueva Gobernación, llegó a Santa Catalina, donde supo la despoblación de Buenos Aires. Entonces resolvió encaminarse a Asunción por vía directa. Venciendo los obstáculos que le oponía una naturaleza ásperay montuosa, y la hostilidad de numerosas tribus, siguió el itinerario de Alejo García. Cruzó los ríos Uruguay, Pepirí-Guazú, Yguazú, Paraná. y Monday. Después de un viaje de 400 leguas a través de bosques, ríos y serranías, llegó en 1542a Asunción, donde fue reconocido por Irala como gobernador.

Al año siguiente, prodújose en Asunción un incendio que duró cuatro días y que redujo cenizas las tres cuartas partes de la ciudad. El arroyo Jaén – nombre que quizá le venga del conquistador García de Jaén – sirvió de valla a las llamas, salvándose las casas que se hallaban al otro lado.

En ese mismo año, Alvar Núñez partía de Asunción al frente de 10 bergantines y 120 canoas, rumbo al Puerto de los Reyes, situado sobre el río Paraguay entre los 17 y 18 grados. Allí se internaron con destino a la Sierra de la Plata, pero, después de largas jornadasy con las tropas diezmadas por la fiebre de esos lugares pantanosos, Alvar Núñez tuvo que emprender el regreso, coronándose la expedición con el más completo fracaso. El descontento era unánime.

"Las causas del fracaso de Alvar Núñez – dice Gandía – en parte dependían de su orgullo y del desprecio con que muchas veces había tratado a lo conquistadores, soldados muy pagados de su dignidady a la vez colonos que por la vida de privaciones que sin excepción todos llevaban, se sentían iguales ante las dificultades y esperanzas que les presentaba y ofrecía aquella conquista. Pero si bien su impolítica conducta había contribuido grandemente a hacerlo impopular y precipitar su caída, es innegable que su ruina, se debió en primer lugar a la ambición y oposición de los Oficiales Reales, que querían igualársele en el poder, y a las ansias de mando de Domingo de Irala, el cual no se resignaba a perder el gobierno que había heredado de Juan de Ayolas".

A los siete años escasos de fundada Asunción, ya sus calles se vieron agitadas por luchas entre sectores de opinión. La noche del viernes 25 de abril de 1544, día de San Marcos, estalla la primera rebelión. Irala y los suyos hicieron llamar a los principales amigos de Alvar Núñez y "mañosamente" los encerraron en las casas de Lope Duarte y Esteban Vallejo.

Ha los mismos instantes, los Oficiales Reales Felipe de Cáceres, Pedro de Orantes, Alonso Cabrera y Garcí Venegas, penetraron en la casa de Alvar Núñez, "todos con las mechas encendidas y sus arcabuces cargados y con las ballestas armadas, y otros con las espadas desnudas", gritando "¡Libertad! ¡Libertad!", y sorprendieron al Adelantado enfermo en la cama, "que no me podía tener en pie", según sus mismas palabras. Lo sacaron por fuerza de la cama y en camisa, sin que cesaran los gritos, lo llevaron a la casa de Garcí Venegas, donde le pusieron unos grillos en los pies y lo encerraron en la despensa de los criados, estrecha y sin luz, con numerosa guardia de soldados. Después de esto los revolucionarios dieron una vuelta por la ciudad, "alborotando y desasosegando", golpeando un tambor y gritando, todos en coro, "Libertad! Libertad!". En seguida fueron apresados los demás partidarios de Alvar Núñez. Los Oficiales Reales volvieron a recorrer las calles aquella misma noche, tocando un tambor y voceando un bando que decía: "Mandan los Señores Oficiales de Su Majestad que ninguno sea osado de salir de su casa, so pena de la vida", y entre tanto tocaban un tambor y muchas voces gritaban: "¡Libertad! ¡Libertad!".

El día siguiente al golpe contra Alvar Núñez, se reunieron ante la casa de Irala los Oficiales Reales y gran número de revolucionarios, que algunos documentos de la época llaman "comuneros". Allí el escribano leyó una serie de cargos contra Alvar Núñez, llamándolo tirano, traidor, etcétera. El mismo día – pretextando el cumplimiento de la Real Cédula del 12 de septiembre de 1537 –, procedióse a la elección de gobernador. Resultó electo Domingo de Irala.

Los partidarios de Irala – dice Juan Francisco Aguirre – "probaron que Alvar Núñez llevaba pintadas sus armas en la vela de su bergantín, lugar en que debían ir las de Su Majestad; y que, reconvenido sobre ello, respondió que era él el Rey, manteniéndolas siempre que anduvo por el río" Los Oficiales Reales le acusaban además de que "en muchas y diversas partes se llamaba e llamó Yo soy el Rey e Príncipe e Señor desta tierra, e así lo llamaban sus criados e oficiales", por lo cual pedían una información "ad perpetuam rei memoria". Recordóse también que en cierta ocasión, Alvar Núñez había manifestado a los clérigos Martín de Armenta, Luis de Miranday otros caballeros lo siguiente: "Los Oficiales de Su Majestad y otras personas me han dicho que dicen y les ha parecido que hice mal en quitar la bandera que traía el Capitán Vergara (Domingo de Irala, natural de dicho lugar) en su navío con las armas de Su Majestad; yo no hice sino muy bien, porque no piensen los Oficiales ni el Capitán Vergara que ahora es el tiempo de marras, en que solían ellos hacer esas cosas, que yo soy Gobernador e Rey desta tierra, y mis armas han de andar donde quiera que fuere navío y otras personas".

En Asunción se formaron dos bandos: los "comuneros" o iralistas,y los "leales" o alvaristas. Menudearon los alborotos y escándalos en las calles. Los "leales" tramaban poner en libertad a Alvar Núñez. Los "comuneros" multiplicaban sus precauciones para impedirlo. El estado de efervescencia era general.

Casi un año duró la prisión de Alvar Núñez. Por fin, en Marzo de 1545, lo sacaron en brazos y con grillos a los pies para embarcarlo. En la calle, gran número de "comuneros" hacían guardia en las esquinas para que ninguno de los partidarios del ex gobernador pudiese acercarse a aquel lugar. Mientras lo llevaban hacia el bergantín, Alvar Núñez se dirigió en alta voz a todos los que le rodeaban, diciendo: "Señores, sedme testigos cómo yo dexo por mi Teniente de Gobernadory Capitán General desta provincia, en nombre de Su Majestad, al Capitán Juan de Salazar". De inmediato fue embarcado a bordo la carabela "Comuneros", construida en el astillero de Asunción. El sugestivo nombre del navío recordaba la Revolución Comunera de Castilla y la rebelión estallada recientemente en Asunción.

Los alvarists se dirigieron a casa de Salazar y le pidieron que acepte la designación hecha por el Adelantado,a lo que Salazar accedió. Todos los presentes le juraron obediencia. Y Salazar, poniendo la mano en la insignia de su hábito de Caballero de Santiago, juró perdonar a todos los que viniesen debajo de su gobernación.

Salazar requirió a los iralistas su reconocimiento como Gobernador. Pero los Oficiales Reales le respondieron que su pedido "es en sí muy impertinente y fuera de toda razón e camino", y pidierona Irala que ordene a Salazar "que no se entrometa directa ni indirectamente él ni otra persona alguna a fazer ni faga demostración de tan indebido e inusitado poder..." Salazar notificó entonces a Irala y a los Oficiales Reales que les daba plazo "una hora e no más" para que lo reconociesen, so pena de proceder contra ellos corno rebeldes. Pero los que procedieron fueron los iralistas, pues prendieron a Salazar y lo llevaron preso a casa de Irala. Poco después fue embarcado en un bergantín, que alcanzó a la carabela "Comuneros" en la isla de San Gabriel, en el Río de la Plata. De allí Alvar Núñez, y Salazar siguieron juntos rumbo a España. En esta forma terminó su nueva odisea el que fuera actor de las guerras civiles de Españay, más tarde, aventureroy mago en la Florida.

La siempre acariciada esperanza de conquistar la Sierra de la Plata, se concretó en un nuevo esfuerzo expedicionario. Alejo Garcíay Ayolas habían llegado, pero sin conseguir asentar su dominio. Alvar Núñez ni siquiera había podido llegar. Ahora era Domino de Irala, quien intentaría la atrevida empresa. Salió, en efecto de Asunción en 1547 al frente de gran número de conquistadores. Iba entre ellos Ulrico Schmidl, el lansquenete que vino con Mendoza, quien en su pintoresca fonética nos habla de "Thonn Pietro Manthossa", "Hanns Ossorio", Juan Eyolas", "Hanns Salesser", "Domenigo Eyolla" y "Albernuso Capossa de Wacha"... Iralay sus tropas remontaron el río hasta el punto donde se encuentra actualmente Fuerte Olimpo. Cruzaron el Chaco, atravesaron los ríos Parapití y Guapay y llegarona las faldas de las serranías del Perú. Fueron recibidos con regocijo por indios que les hablaban en español. Preguntados por Irala quiénes eran, respondieron que indios de Chuquisaca, cuyo jefe era el jefe de los españoles. Los buscadores de minas, quedaron paralizados. "Nos quedamos fríos donde estábamos", expresa Schmidl. En efecto, fue inmenso el desencanto; tres años de penurias de toda laya por llegar a la Sierra de la Plata, y encontrarla ocupada ya por otros, por los que habían llegado del lado del Pacífico. No quedándoles otro remedio, cruzando de nuevo el Chaco retornaron a Asunción.

Irala siguió gobernando muchos años, hasta su muerte, ocurrida en 1556. Le sucedieron en el mando Gonzalo de Mendoza, Francisco Ortiz de Vergara, Felipe de Cáceres, Martín Suárez de Toledo, Juan Ortiz de Zárate...

 

 

Capítulo VI

GANADO, TRIGO Y VINO

 

El aspecto político no es el todo en la vida de los pueblos.Debe interesarnos también el estudio de la agricultura, la ganadería, las industrias, las costumbres, el arte, la cultura, las aspiraciones populares, etcétera.

Alfonso Teja Zabre dice: "Al estudiar con criterio moderno la historia mexicana, podrá encontrarse que los hechos de más trascendencia apenas notados hasta ahora, son invenciones como el beneficio de metales por amalgamación de mercurio, implantado en México por Bartolomé de Medina, a mediados del siglo XVI, la máquina despepitadora de algodón, inventada en 1793 por Eli Whitney y, más tarde, el uso de maquinarias en las minas, el sistema de beneficio de metales por cianuracióny el motor Diesel de combustión interna. Cada una de estas reformas en el régimen de producción puede marcar una época entera, mejor que las innumerables mutaciones dinásticas o políticas.

Y de modo semejante, se descubrirá que la influencia de los caminos, del maíz, de la sal, de los animales domésticos, de alimentación o de transporte, constituyen verdaderos factores históricos,y que para la existencia colectiva o la redención nacional importan en primer término los procedimientos industriales que faciliten el regadío, el saneamientoy la alimentación e higiene del pueblo".

Ocupémonos, pues, del origen de la ganadería, la agricultura y las industrias en el Paraguay colonialy veamos la influencia que esos factores históricos ejercieron en nuestra existencia colectiva.

Schmidl cuenta que en la expedición de Don Pedro de Mendoza vinieron al Río de la Plata 72 caballos y yeguas". Éstos se multiplicarony esparcieron luego por la pampa, pero ninguno de ellos llegó a Asunción. Los 25 caballos que Alvar Núñez trajo consigo en su viaje a través del Brasil, constituyeron el origen de la riqueza caballar del Paraguay.

En 1550, Nufrio de Chaves, que regresaba del Perú, trajo las primeras ovejasy cabras. Tal fue el origen de la ganadería lanar y caprina.

En 1555, Juan de Salazar – añorante de la ciudad por él fundada – regresaba a Asunción por la vía del Brasil. Entre otros hidalgos españoles y portugueses, venían también Scipión de Goes y Vicente de Goes. Estos últimos traían 7 vacas y 1 toro. Eso fue el origen de la ganadería vacuna.

EL minúsculo plantel ganadero se benefició poco después con un considerable aporte. Juan Ortiz de Zárate, poderoso hacendado del Alto Perú, al ser nombrado Gobernador del Paraguay, se comprometió a introducir en esta provincia gran cantidad de ganado, tanto caballar, como lanar, caprino y vacuno. Y encargó la misión de traerlos a Felipe de Cáceres, quién así lo hizo en 1568 por la vía de Santa Cruz y el Alto Paraguay.

La abundancia del ganado, hizo necesaria en el Paraguay la designación de ejidos – campos de uso común – para el pastoreo de los animales. "Uno de los campos elegidos con tal objeto – anota Moreno – estaba en las cercanías de Tapuá, y el otro en el Chaco, frente a Asunción. Al finalizar el siglo XVI, existían varias haciendas particulares para la cría de animales, que adoptaron desde entonces la denominación de estancias".

La sociedad hispano-guaraní asume los caracteres propios del país ganadero. Igual cosa ocurre en Argentina, Uruguay, Río Grande del Sur. "La ganadería – anota Zum Felde – va a producir la estancia, el gaucho, la montonera, el caudillo, determinando así el género de vida y las relaciones entre los miembros del agregado. El ganado se torna una condición natural, geográfica, de la región, inherente a ella. El hombre se hace ecuestre, recorre fácilmente vastas extensiones, se interna en las soledades salvajes, y se dispersa por el país. En cualquier parte a que vaya encuentra segura su subsistencia; no tiene más que tirar el lazo o las boleadoras, voltear una res y churrasquear. El ganado la da, asimismo, el cuero con que puede fabricar rústicamente sus botas, su apero, su lazo, su cama, y casi todo cuanto necesita en una existencia campera".

Los latifundios jesuíticos pusieron, más tarde, una valla a la expansión ganadera del Paraguay. Pero con la expulsión de la poderosa Compañía, se produjo paulatinamente la restitución a los nativos de los mejores campos de pastoreo. "Al nacionalizarse – dice J. Natalicio González –, es decir, al pasar la ganadería de manos de una entidad extranjera, a las de los criollos, el poder político derivado de la posesión de tan considerable riqueza, comenzó a servir la liberación del pueblo de todo poder extraño. Los ganaderos paraguayos se distinguieron por su adhesión apasionada a la causa de la independencia, y consiguientemente su fortuna gravitó en el sentido de sus ideales".

El origen de la agricultura paraguaya es guaraní. En las chácaras predominaban las plantas incorporadas por el indio a la agricultura universal. Los métodos de cultivo eran los rudimentarios de los guaraníes. Todo revelaba una marcada influencia de los hábitos indígenas. Los productos principales de las chácaras eran: el avati (maíz), el mandi'o (mandioca), el manduvi (maní), el jety (batata), el andai (calabaza), el kumanda (poroto) y el mandyju (algodonero).

En 1538, es decir, al año siguiente de la fundación de Asunción, los españoles realizaron la primera cosecha. Entre otros productos, recogieron 420 fanegas de maíz y 45 fanegas de poroto. La segunda cosecha, realizada en 1539, produjo 160 fanegas de maíz y 218 de porotos. En el mismo año, de la mandioca industrializada se extrajeron 400 quintales de almidón. Y tres años después se construían dos silos para conservar los granos del diezmo real.

Fue así cómo – dice un autor – "entre las opacidades que sus bosques naturales producen, se hicieron las primeras roturaciones agrícolas, se enseñaron las primeras letras, se trenzaron los primeros tientos, se cruzó el primer telar, bulló el primer jabón, se hizo la primera mazamorra, y se oyeron también, en el místico canto de la iglesia, las primeras melodías musicales..."

A mediados del siglo XVI, se introdujeron varios productos de procedencia extranjera, cuyo cultivo se generalizó al poco tiempo. En los últimos años del gobierno de Irala, se introdujo la caña de azúcar. En el mismo tiempo se introducían también el trigo, el arroz, la cebada y la vid. En la época de Francisco Ortiz de Vergara, abundaban ya no sólo esos productos, sino granadas, higos, naranjas limas, sidras, etcétera. En 1573, los melones figuraban también entre las frutas más cultivadas en Asunción. Martín de Orué aseguraba que cerca de Asunción hay "los mejores y más hermosos pastos y aguadas del mundo y tierras de labor". A fines del siglo XVI, según pudo comprobar en una visita el Gobernador Hernandarias de Saavedra, existían en los alrededores de Asunción 399 alquerías y granjas. "La subsistencia estaba tan adelantada – dice Juan Francisco Aguirre – que ya casi nada tenían que desear. Las expediciones al Perú les proporcionaron el bien de algunas plantas, y aunque no se dice cuáles, es probable fuese la más apreciable la caña dulce. El trigo, la uva, la cebada, estaban ya arraigados, traídos desde España".

"De los frutos importados – dice Moreno – el que dio vida a la primera industria fue la caña de azúcar, cuyo trabajo corría a cargo de las indias. La elaboración de la miel requirió al principio los procedimientos más rudimentarios, obteniéndose el mosto por la presión de las cañas por medio de alzaprimas. El primer instrumento algo más eficaz para exprimir la caña dulce, se debió, según propia referencia, a Diego Martínez, conquistador que se hizo clérigo a mediados del siglo XVI, y que aparece asimismo como un hábil industrial que proveyó a la colonia de los primeros anzuelos, agujas, tijeras, cuchillos, dagasy fuentes de fabricación asuncena. En la misma época se producía también azúcar en abundancia para el consumo interno, de la que, en 1556, se envió una pequeña partida, como muestra, a los oficiales de Sevilla. "El azúcar se hace sin haber maestro, ni ingenio, ni trapiche", decía, con tal motivo, el fundador de la Asunción, Juan de Salazar. La falta de maquinarias y personas competentes para la industria dificultó bastante su desarrollo hasta la llegada de Juan de Garay, quien trajo consigo del Perú "el primer maestro de hacer azúcar", dando ocasión a un sensible progreso en la producción de miel, azúcar y dulce, que comenzaron a ser objeto de exportación.

La introducción de la vid, y su cultivo, que se inició con éxito, dieron asimismo nacimiento a otra de las industrias más antiguas de la provincia. El vino que se producía en los primeros tiempos fue, según parece, de excelente calidad. "Dáse todo viñedoy se coje muchoy buen vino", dice López de Velasco en su "Geografía y Descripción Universal de las Indias" de 1571. Y Martín de Orué escribía al rey en 1573 que la cosecha alcanzaba ese año a más de 6.000 arrobas, agregando que el "vino es bueno y cada día va en alzamiento". En 1602 existían en el espacio de seis leguas alrededor de Asunción, 127 viñedos con 1.778.000 cepas.

El vino procedente del Paraguay tenía en Buenos Aires, todavía en 1620, un precio superior al que se introducía de Chiley Córdoba. Y ese mismo producto, así como otros no menos apreciados, se exportaba a las poblaciones del interior. Santa Fe era el punto intermedio del comercio asunceno con las ciudades del occidente; "es puerto de muchas mercaderías, escribía el tesorero Montalvo, que vienen de la gobernación de Tucumán para subir de allí a la ciudad de Asunción y de allí bajan otros muchos a Santa Fe de azúcaresy confiturasy diacitriones y diversidad de conservasy vinos y otras cosas por los llevar a la gobernación de Tucumán y al Perú". A los pocos días de fundada Buenos Aires (la segunda, la de Garay) despachábanse también para España en una carabela una buena partida de productos análogos, procedentes de Asunción".

Vemos, pues, cómo en el siglo XVI la producción paraguaya había llegado ya a rebasar los límites de las necesidades locales. Tanto los frutos vernáculos, como los de procedencia foránea, firmemente adaptados, daban resultadas espléndidos y abundante cosecha.

De esta manera, mientras el suelo, el clima y otros factores influían decididamente sobre los destinos materiales de la colonia, dotándola de los elementos económicos necesarios para su desarrollo, el medio iba marcando, en líneas psicológicas precisas, las costumbresy las peculiaridades simples que habrían de manifestarse en el alma nacional.

EL folklore, o ciencia de las tradiciones y costumbres del pueblo, es, sin duda, utilísimo instrumento para conocer las expresiones más auténticas del alma popular. Bastaría referirnos siquiera someramente al folklore paraguayo, para tener una idea de las costumbresy tradiciones que fueron surgiendo en el Paraguay colonial, como natural consecuencia de la aleación racialy consubstanciación espiritual de las razas indígena e hispana. Pues el conquistador español – al revés del inglés de Virginia, que despreciaba las razas inferiores –, fue hacia la india. "Ocho siglos de convivencia con el árabe – dice Ricardo Rojas – le habían familiarizado, a pesar de la intolerancia oficial, con infieles de carne morena. Era hombre sin prejuicios de raza para el amor; mestizo acaso él mismo, de moro, de gitano, de judío". En el Paraguay, a la sombra amable de los arazaes (guayabos) se unieron el español y la india, y nació el mestizo. Y de progenitores españoles residentes en estas tierras, nació el criollo. Así se fue formando la sociedad paraguaya.

La comunicación, la imitación desenvuelta, la tolerancia y la alianza son – nos dice Franklin E. Giddings – las actividades esenciales de la asociación. Como también, según sus propias palabras, "el mutuo auxilio es el fundamento de la organización económicay de la alianza política. La asociación no es perfecta, sin embargo, sino cuando es agradabley simpática. En los juegos de la infancia es donde la simpatía social, el sentido social y el hábito social se desenvuelven. Más tarde, las fiestas periódicas y las diversiones más o menos preparadas, llegan a ser importantes medios auxiliares de la educación social. Los placeres sociales han sido un factor capital en la evolución de las comunidades del Oeste en Estados Unidos. La recolección del trigo, la corta de las maderas, la construcción de cabañas, la recolección del azúcary demás operaciones análogas, iban acompañadas de escenas de diversión alegresy bulliciosas, a las que acudía toda la vecindad, pues nadie podía negarse cuando se veía solicitado. Las gentes tenían que afrontar el peligroy las fatigas sin cesar, y resultaba para todos agradable disfrutar, por un momento, de los placeres que siempre habrán de ser caros a toda raza fuerte, simple y primitiva".

Como si fuesen calcados sobre tales fundamentos, en el Paraguay se fueron formando durante el tutelaje hispano, a través de los siglos, idénticos modos de acercamiento, compenetración y cooperación. Y tan persistentes eran esas costumbres, que aún subsisten en el campesinado paraguayo.

Así tenemos, por ejemplo, la faena conocida con el nombre de "tarea". Según añejas usanzas, el dueño de un trapiche invita a los vecinos. Todos concurren al llamadoy prestan su concurso gratuito en las labores de la fabricación de la miel. Pero, simultáneamente, se van realizando festejos, consistentes en comidas, mosto, música y baile. Se establecen turnos; mientras los unos trabajan los otros se divierten, y viceversa. La "tarea" suele durar una, dos o tres semanas, según sea la cantidad de caña de azúcar que se ha cosechado. Terminada la "tarea", pasan a otro rancho donde también haya un trapiche, y allí prosiguen la labor colectiva y el general regocijo.

Ese espíritu cooperativista se manifiesta en todos los trabajos de la tierra. J. Rodolfo Bordón anota lo que sigue:

"Los vecinos se unen aún hoy mismo, se dan la mano en todo, empezando desde la construcción de las viviendas en que se ayudan mutuamente. Para la labranza de la tierra, los más pudientes prestan bueyes y arados a los más pobres y, alternativamente, se ayudan en la carpida o en la cosecha, lo mismo que en la molienda de mandioca para la fabricación del almidón. Lo mismo ocurre en las "yerras" o marcaciones de animales. Las tierras de labor de diferentes vecinos están cercadas, generalmente, en común, con un alambrado colectivo, de cuya conservación todos cuidan. En los alrededores de algunos pueblos existen todavía los antiguos campos comunales (ejidos). Hasta en la construcción de las iglesias la obra es común, colectiva, en contribuciones y trabajos. Yo recuerdo todavía, cuando niño, en mi pueblo natal, Villa Rica, los toques de campana pidiendo agua para llenar permanentemente el gran aljibe que servía en la construcción del templo".

Grandes fueron, sin duda, aquellos días iniciales. Millares de ganados pastaban en los campos de uso común. El trigo, cuyo cultivo se había generalizado, proveía a las necesidades de la población. El vino paraguayo, de excelente calidad, se exportaba a Buenos Aires, Santa Fe, Tucumány Perú. Y apoyada en el fuerte espíritu de cooperación que presidía todas las labores del agro, la colonia progresaba incesantemente.

 

 

Capítulo VII

BANDEIRANTES Y DIPLOMÁTICOS ENSANCHAN EL MAPA

 

Los jesuitas en el Amazonas, los ganaderos en Bahíay los bandeirantes desde San Paulo hasta Goyaz y Matto Grosso, desempeñaron un gran papel en la formación del vasto territorio del Brasil.

Los "bandeirantes" eran exploradores y aventureros portugueses y mestizos lusitano-tupíes que se dirigían al interior del país, primero como cazadores de esclavos y, más tarde, como cazadores de esmeralda y oro.

Iban a través de la floresta con grandes banderas desplegadas al viento. De ahí el nombre de bandeirantes. Vestían bombachas como los turcos o mamelucos. Por eso los españoles los designaban despectivamente con este último apelativo.

Sus "bandeiras" o expediciones, a través de ríos, selvas y montañas, eran verdaderas "razzias". Gente sin fe y sin ley, atropellaban a sangre y fuego las aldeas, destruyendo, matando y arreando – atados en largas cadenas – a los indios guaraníes, que eran obligados a trabajar como esclavos en las "fazendas" (estancias) del litoral.

Los "sertoes" (desiertos de vegetación enmarañada) eran el escenario de estos corsarios de la selva. "Malocas" eran los ranchos de los indios tupíes, pero llamábase también "malocas" a los terribles asaltos de los bandeirantes.

San Paulo era la puerta del "hinterland". De allí partieron los expedicionarios que destruyeron las 13 reducciones jesuíticas existentes en el Paraguay transparanense. De allí partieron también los destructores de las tres ciudades del Guairá: Villa Rica del Espíritu Santo, Ciudad Real y Santiago de Xerez. De su paso, los bandeirantes no dejaron otro rastro que las ruinas, identificadas cien años después.

El elemento de terror fue – según Calogeras – "preparativo inconsciente de la extensión de la tierra civilizada. Fue la historia local, de que da testimonio la "debateable land" entre Inglaterra y Escocia, en los días del reino independiente de los Brucey los Stuarts. Fue la historia del "far-west" norteamericano... Es nuestra historia contemporánea, en las zonas aún desiertas y apetecidas del país, como el Acre y el Purús".

Las expediciones de los bandeirantes generalmente eran particulares, pero a veces estaban secretamente dirigidas por las autoridades portuguesas. Al objetivo económico, se unía un fin político. Más tarde, como vamos a ver, la obra anónima de los "pioneers" será consagrada por la diplomacia. Así el Brasil llega a alcanzar sus límites actuales.

"El bandeirante – dice Pedro Calmón – dilató sus dominios, como los pueblos europeos lo hacían en otros climas del continente. Portugal – perdida la esperanza del Oriente y considerando al Brasil como su mejor patrimonio – supo consolidar la expansión de los paulistasy cimentar sus "descubrimientos", dándoles una base diplomática que construyó durante cien años".

Los abusos de los bandeirantes paulistas llegaron a extremos increíbles, debido a que un Gobernador del Paraguay, Luis de Céspedes Xeria, era aliado de ellos y lucraba grandemente con sus negocios "Estaba casado – dice Gandía – con una portuguesa, la cual tenía un ingenio en que trabajaban miles de indios. Además había llegado a Asunción por el camino del Brasil, el mismo que hacían los bandeirantes,y éstos habían acompañado poco después a su mujer hasta el Guairá y la misma Asunción. Había, pues, entre el Gobernador y los bandeirantes lazos de amistad e interés muy grandes, todo lo cual redundaba en perjuicio de los jesuitasy de las misiones, pues para favorecer a los portugueses y conseguir indios para el ingenio de su mujer, el Gobernador del Paraguay desoía las continuas reclamaciones de los misioneros, daba amplia libertad a los bandeirantes y les permitía que robasen y matasen todo lo que quisiesen".

En Villa Rica del Espíritu Santo se hizo levantar en 1631 una minuciosa información, para dejar constancia de los daños causados por los bandeirantes y de la complicidad del Gobernador Céspedes Xeria, quien obligaba a los indios "a la saca de la yerba de Mbaracayú en que tantos mueren".

El jesuita Padre Benavides declaró que, llegado a Villa Rica en 1629 el Gobernador Céspedes Xeria, éste la refirió que los portugueses que andaban por la selva eran unos ochocientos, que a él la habían acompañado por todo el camino y que se había hecho amigo de sus capitanes. En vez de reprenderlos por sus desmanes, los defendió en todo lo que pudo y cierta vez le dijo al Padre Benavides, "con indecible cóleray gritería", que repitiese a los demás jesuitas que se fuesen y "dejasen con los diablos llevar a los indios". Otra vez le preguntó "por qué los Padres no dejaban a los pobres – es decir, a los bandeirantes – buscar su vida". Con gran escándalo, el Padre Benavides terminaba su declaración diciendo que el Gobernador había ordenado a su teniente y a las justicias de Ciudad Real que diesen toda su ayuda a los portugueses y especialmente al cabecilla Andrés Fernandes.

El Padre Maceta cuenta que el Gobernador Céspedes Xeria envió a su ingenio de Río de Janeiro más de dos mil indios e impuso seis meses de mita para recolectar la yerba mate, trabajo pesadísimo en el cual morían los hombres por centenares.

Y el Padre Arnote declaró que las pocas veces que los jesuitas se atrevieron con sus indios a combatir a los bandeirantesy ponerlos en fuga, el gobernador se enojó sobremanera. Agregaba que la reducción de San Xavier, en la que era vicario, fue cercada por los bandeirantes el 22 de Febrero de 1631. Los asaltantes levantaron la palizada y comenzaron a recorrer las chácaras, arrastrando a todos los indios que encontraban. Un sábado, "después de mediodía", los bandeirantes entraron en el pueblo con sus turbas tupíesy empezaron a llevarse los indios reducidos. Los iban a sacar de la iglesia, de sus casas y hasta de entre los brazos de los jesuitas, pues los pobres se abrazaban a ellos para que no los robasen.

En pocos años, la república teocrática de los ignacianos desapareció de las tierras desoladas por los bandeirantes, alejándose hacia el sudoeste, hacia las tierras del Tebicuary, Paraná, Uruguay e Ybycuí.

Uno de los más audaces bandeirantes fue Antonio Raposo Tavares. Al frente de 900 bandeirantesy 2.200 indios, armados de escopetas, espadas, rodelas, machetes y mucha munición de balas y pólvora, partió de San Paulo en 1628, dejando apenas 25 hombres que pudiesen tomar armas. En otra expedición, realizada en 1648, bajó por el Paraná hasta Ivinheima, cruzó el norte del Paraguayy llegó hasta escalar los Andes, en el Perú. Regresó por el Guaporé, Mamoré, Madeira y Amazonas, tan desfigurado que los propios parientes no le reconocieron.

Otro osado bandeirante fue Francisco Pedroso Xavier. En 1676 apoderóse de Villa Rica del Espíritu Santo, la cual, a causa de las depredaciones paulistas, había sido trasladada del Guairá y distaba apenas 80 leguas de Asunción. Pedroso despachó en seguida a uno de sus lugartenientes a apoderarse de Ypané y Guarambaré, situados a 80 leguas escasas de la capital. Los primeros fugitivos llegaron a Asunción con la noticia. El Cabildo, reunido apresuradamente, resolvió organizar una expedición de socorro a Villa Rica, y confió el comando al ex Gobernador Juan Diez de Andino. Éste inició la marcha, pero como los bandeirantes habían emprendido el regreso, los dos ejércitos se encontraron en el Amambay. Los españoles realizaron varios asaltos sobre las posiciones portuguesas sin resultado alguno. Al día siguiente, fueron los bandeirantes quienes atacaron, pero también infructuosamente. Por fin, los intrusos se retiraron, sin ser perseguidos por Diez de Andino. El Gobernador Felipe Rexe Corbalán no aprobó la falta de energía de este último.

Portugal quedó bajo la jurisdicción de la Corona española desde 1580 hasta 1640. "En 1578 – cuenta Calmón – el Rey don Sebastián, con todo el ejército portugués, pereció en los campos de Alcacer-Quibir, en una desastrosa expedición contra los moros, que puede calificarse de "última cruzada". Sin herederos directos, dejó el trono a merced del Rey de España, Felipe II, nieto, por su madre, de don Manuel "el Venturoso". El poderoso monarca venció por el soborno, en Tomar, y por las armas, en Alcántara, al pretendiente portugués, don Antonio, prior del Crato,y ciñó la corona lusitana. Durante sesenta años, Portugal y España estuvieron unidas en la persona de un soberano común: Felipe II (1580-1598), Felipe III (1598-1618) y Pelipe IV (1618-1640). Para el Brasil, lejos de ser funesta, fue grandemente ventajosa la desventura de la madre patria: los españoles pasaron a ser de enemigos, aliados, y los paulistas entraron en sus tierras, ya que las fronteras – el meridiano de Tordesillas – habían desaparecido junto con la independencia portuguesa". Rota la unión en 1640, arreciaron las malocas paulistas sobre las posesiones españolas.

El Uruguay era para Buenos Aires una gran estancia. Portugal decide aprovechar para sí la enorme riqueza. Con ese objeto, Manuel Lobo, cumpliendo órdenes de la Corte de Lisboa, funda en 1680 la Colonia do Sacramento, en la costa frontera a Buenos Aires. Los portugueses burlaban así, una vez más, el compromiso de Tordesillas. Apenas instalados, emprenden la venta de cueros en gran escala, comerciando libremente con ingleses y holandeses, quienes debido al monopolio español encontraban siempre cerrados los mercados de América. Partidas de aventureros, bandoleros e indígenas recorren toda la comarca, arreandoy cuereando ganado, que venden o contrabandean en la costa. El comercio portugués de cueros en la Colonia do Sacramento toma tal importancia, que el gobierno español de Buenos Aires resuelve ocupar la región y fundar poblaciones en ella.

El Gobernador de Buenos Aires, José de Garro, cumpliendo instrucciones de Madrid, envió al Maestre de Campo Antonio de Vera Muxica con fuerzas suficientes para arrasar la Colonia do Sacramento. En la refriega, fue tomado prisionero Manuel Lobo. Al saberse en Lisboa la pérdida de Colonia, ordenóse de inmediato la concentración de tropas en la frontera con Castilla. El gobierno español, en su eterna tragedia financiera, no estaba en condiciones de afrontar la lucha. La tales dificultades, el único recurso que restaba era dar satisfacciones a Portugal. El Embajador español en Lisboa diólas en forma amplia.

Por el tratado de 1681, firmado poco después, España se comprometía a punir al Gobernador de Buenos Aires, a restituir las armas, municiones y pertrechos tomados en Colonia y a reinstalar a los portugueses expulsados. El uso del territorio para cortar leña, pastar ganado, cazar, pescar, etcétera, en vez de ser atributo de soberanía, pasaba a ser consentido por el invasor, el cual, a su turno, se abstendría de molestar a los indiosy a los vecinos de la otra corona. Finalmente, se resolvía postergar la investigación de la línea de Tordesillas. Nuevas comisiones de cosmógrafos se reunirían para decidir si Colonia quedaba al occidente o al oriente del límite citado.

La obra de los bandeirantes iba dando, pues, sus primeros frutos a Portugal.

En 1750, este último obtuvo un rotundo triunfo diplomático sobre España. Y ese triunfo fue obra de un brasileño. Alejandro de Gusmão, nacido en Santos, había ido a estudiar a Europa, doctorándose en leyes en la Universidad de Coimbra. Nombrado Secretario de Juan VI, después de haber actuado en París y en Roma, fue Gusmão quien redactó el proyecto y obtuvo que España firmara el tratado del 13 de Enero de 1750.

Este convenio legalizaba todas las usurpaciones paulistas, reconociendo los terrenos ocupados por éstos como pertenecientes a Portugal.

En dicho tratado se consideró, por primera vez, la fórmula uti possidetis, ita possideatis (como poseéis, así poseáis), como norma reguladora de las disputas fronterizas.

El tratado de Tordesillas – que regía nominalmente desde hacía más de dos siglosy medio – quedaba archivado. Los ocupantes no serían detenidos por diplomas ni pergaminos quinientistas. Regiría el principio de la posesión, basado en la capacidad para el dominio eficaz y población efectiva de las nuevas regiones.

Los bandeirantes habían desbrozado el camino de la diplomacia. Y ésta venía ahora a respaldar,a vigorizar, a consolidar la obra de aquéllos.

Veamos las principales estipulaciones del tratado de 1750. El Art. 4º expresaba que "los confines del dominio de las dos monarquías principiarán en la barra que forma en la costa del mar el arroyo que sale al pie del Monte de los Castillos Grandes". El límite seguía luego por el río Ybycuí, afluente del Uruguay.

El Art. 5º agregaba: "Subirá la línea divisoria desde la boca del Ybycuí por las aguas del Uruguay hasta encontrar la del río Pepirí o Pequirí, que desagua en el Uruguay por su ribera occidental, y continuará aguas arriba del Pepirí hasta su origen principal, desde el cual seguirá, por lo más alto del terreno hasta la cabecera principal del río más vecino que desemboca en el río Grande de Curitiba, que por otro nombre llaman Yguazú. Por las aguas de dicho río más vecino del origen del Pepiríy después por las del Yguazú o Río Grande de Curitiba, continuará, la raya hasta donde el mismo Yguazú desemboca en el Paraná por su ribera oriental, y desde esta boca seguirá aguas arriba del Paraná hasta donde se la junta el río Ygurey por su margen occidental".

El art. 6º decía: "Desde la boca del Ygurey continuará aguas arriba hasta encontrar su origen principal, y desde él buscará en línea recta por lo más alto del terreno la cabecera principal del río más vecino que desagüe en el Paraguay por su ribera oriental, que tal vez será el que llaman Corrientes, y bajará por las aguas de este río hasta su entrada en el Paraguay, desde cuya boca subirá por el canal principal que deja el Paraguay en tiempo seco, y por sus aguas hasta encontrar los pantanos que forma este río, llamados la laguna de los Xarayes,y atravesando esta laguna hasta la boca del río Jaurú".

Los otros artículos se refieren a los confines del Perú, Ecuador, Nueva Granaday Venezuela.

Resumiendo, tenemos que el límite establecido era una línea que iba por el arroyo que desemboca junto al Monte de los Castillos Grandes, y que seguía por los ríos Ybycuí, Uruguay, Pepirí, San Antonio (que desemboca en el Yguazú), Paraná, Ygurey, Corrientesy Paraguay hasta la boca del Jaurú. (Véase Mapa al final).

Por este acuerdo, Portugal cedía a España la Colonia do Sacramento, a cambio de las siete misiones jesuíticas situadas al norte del Ybycuí y al este del Uruguay.

Este tratado, desastroso para España, fue objeto de unánime crítica en las colonias españolas. Los jesuitas, por su parte, tampoco podían ver con agrado este acuerdo, que los obligaba a abandonar sus tierras después de tantos años de sacrificio. Y con el agravante de entregarlas a los odiados bandeirantes. "¿Era a estos enemigos de más de tres generaciones – comenta un autor – que ingenua o perversamente se entregaban, no la tierray la gente, sino la tierra sin la gente? La gente había de dejar sus iglesias que aún hoy causan la admiración de los viajeros, sus labranzas, sus casas, sus chácaras fertilizadas incansablemente en lucha secular, tenía que emigrar en condiciones mucho peores que la primera vez, cuando huyeron de los mamelucos, pues entonces al menos estaban acostumbrados a vivir del monte y andaban ajenos a las comodidades de la cultura, y el éxodo debía hacerse dentro de un año y sería de 30.000 almas, viejos, mujeres, criaturas, 700.000 cabezas de ganado. ¿Sabíase al menos para dónde?..."

Cuando los demarcadores hispano-lusitanos se dirigieron a Santa Tecla – cuenta Nery da Fonseca –, se encontraron con el indio Sapé, alférez del pueblo de San Miguel, a la cabeza de 600 indios. De la reclamación que hacía el indio Sapé, resaltaba que "no había derecho para tirarles de aquellas tierras que Dios y San Miguel les tenían dadas". Preguntándosele "¿por orden de quién venían a embarazar el paso, y no daban cumplimiento a las órdenes del rey?", respondió: "De orden del Padre Superior y de su Padre Cura".

Al estallar la sublevación de los indios misioneros, conocida con el nombre de Guerra Guaranítica, aliáronse por un momento los dos vecinos adversarios para combatir al enemigo común, que era el jesuita. Entre 1754 y 1756, dos ejércitos, español y portugués, comandados por José de Andonaegui y Gomes Freire de Andrada, destruyeron las reducciones guaraníes y ocuparon la región. Caa-Ybaté fue el final de la contienda.

Los comisarios nombrados para la demarcación de la frontera meridional no pudieron arribar a un acuerdo. Por otra parte, de todos lados seguían llegando protestas contra el tratado de 1750. Finalmente, por el acuerdo de 1761, fue declarado caduco.

La Colonia do Sacramento fue teatro durante 10 años de guerrillas, escaramuzas y correrías. Ora tomada por Pedro de Ceballos, ora retomada por los portugueses, o de nuevo en poder de Ceballos, la codiciada colonia fue el punto neurálgico del choque de las dos dominaciones. El viajero que recorre hoy las apacibles calles del barrio viejo de la ciudad uruguaya, en que cada piedra es un recuerdo, evoca emocionado aquellos días álgidos y duros.

EL 1º de octubre de 1777, España y Portugal firmaron en San Ildefonso un nuevo tratado por el que procuraban poner fin al litigio mantenido sobre sus colonias de América. Por tal convenio, España recupera la Colonia do Sacramento, sin compensación alguna para Portugal. Es decir, conserva las siete misiones jesuíticas situadas al norte del Ybycuí y al este del Uruguay, que cedía en el de 1750. Ahora, el límite no va por los ríos Ybycuí y Uruguay, sino por la Cordillera de los indios Tapes. El nuevo acuerdo es, pues, muy ventajoso comparado con el de 1750. (Véase Mapa al final).

En cuanto a los otros límites, desde el Pepirí hasta la boca del Jaurú, eran los mismos que los establecidos en el tratado de 1750.

Refiriéndose a los ríos Ygurey y Corrientec, dice Báez: "Despréndese de dichos artículos que la intención del Ministro de Estado español, Conde de Floridablanca, consistía en señalar como divisoria, al norte del Paraguay dos ríos concurrentes en sus cabecearas, de los cuales el uno vierta sus aguas en el Alto Paraná y el otro en el Alto Paraguay".

Ahora bien, ¿cuál eran esos dos ríos, concurrentes en sus cabeceras? El desconocimiento que se tenía de la geografía americana eran tan grande, que todo se hacía a base de suposiciones, hasta el punto de expresarse en solemnes tratados que cierto río "tal vez será el que llaman" de tal modo. Y ese desconocimiento de la geografía fue la causa de las innumerables cuestiones de límites que surgieron entre todos los Estados americanos después de la independencia.

Las discusiones comenzaron durante el coloniaje. Así mientras los españoles afirmaban que Ygurey era el Ivinheima, los portugueses decían que lo era el Igatimí. Y mientras los primeros sostenían que Corrientes era el Blanco, los segundos aseguraban que lo era el Jejuí, el Ypané o el Apa. Los cosmógrafosy cartógrafos que enviaron España y Portugal nunca llegaron a un acuerdo sobre los límites fijados en el tratado.

El tratado de San Ildefonso constituyó la cuarta desmembración que sufrió el Paraguay durante el coloniaje.

Por él perdió el vasto y rico territorio de Matto Grosso. De las otras tres desmembraciones iremos ocupándonos oportunamente.

Al año siguiente, esto es, en 1778, firmóso entre las dos coronas el tratado de El Pardo, de carácter preponderantemente comercial. Entre otras cláusulas, establecía que Santa Catalina podía ser escala para reabastecimiento de las naves españolas. La regla comercial a observar, sería la de nación más favorecida. Desaparecía el contrato del tráfico de esclavos. El tabaco consumido en las islas y costas africanas sería el del Brasil.

Con el transcurso del tiempo, los bandeirantes, cazadores de esclavos, se convirtieron en cazadores de esmeralday oro. En sus correrías llegaron hasta Matto Grosso – que por el tratado de Tordesillas pertenecía a España – y allí fundaron Cuyabá, San Francisco Xavier, Villa Bella, Coimbra, Albuquerque y Corumbá. El tratado de San Ildefonso venía a legalizar parcialmente esas usurpaciones.

Los portugueses, deseosos de adueñarse de más tierras del Paraguay, hasta el río Ypané, fundaron en 1767, dirigidos por el Mayor Juan Martins Ramos, el fuerte de Igatimí, a 30 leguas de Curuguaty. Esto les daba la llave de la sierra de Mbaracayúy les abría una puerta de entrada hacia Asunción. Pero, en 1777, el Gobernador del Paraguay, Agustín Fernando de Pinedo, los desalojó de ese lugar. Un año antes, el mismo Gobernador había fundado sobre el río Paraguay la Villa Real de la Concepción, a fin de contener la invasión de los portugueses.

Con el mismo objeto, en 1792, el Gobernador Joaquín Alós encomendó al Comandante Antonio Zabala y Delgadillo la fundación del Fuerte Borbón (hoy Olimpo).

Y en 1801, enterado de la guerra que estalló en Europa entre España y Portugal, el Gobernador Lázaro de Ribera dirigió personalmente una expedición al Alto Paraguay con el propósito de desalojar a los portugueses de Coimbra. La bien parapetada guarnición del fuerte rechazó el ataque español.

En cuanto a las siete misiones jesuíticas a que nos hemos referido anteriormente, al estallar el conflicto de 1801, fueron ocupadas de nuevo por los portugueses. Un capitán de dragones, Francisco Barreto Pereira Pinto, al frente de un grupo de jinetes gauchos, derrotó, en San Borja a las fuerzas españolas. Desde entonces, esas tierras continuaron sin interrupción en poder de Portugal, y luego del Brasil, su heredero.

La guerra de 1801 fue el último capítulo de la epopeya comenzada por los bandeirantes en el siglo XVII.

 

 

 

 

II PARTE

EL PARAGUAY Y BUENOS AIRES


Capítulo I

SEGREGACION DE AMAZONAS Y DE CUYO


Hemos visto cuáles fueron los primitivos límites de la Provincia del Paraguay o Río de la Plata, según la capitulación tomada con Don Pedro de Mendoza el 21 de Mayo de 1534. Las capitulaciones de Alvar Núñez y de Domingo de Irala, efectuadas posteriormente, se ajustaron a esos mismos límites.

Averigüemos ahora si la capitulación tomada con el Adelantado Juan Ortiz de Zárate el 10 de julio de 1569, confirma o no los límites de referencia.

"Os hacemos merced – dice el documento – de la gobernación del Río de la Plata con el distrito y demarcación que su Majestad el Emperador la dio y concedió al gobernador Don Pedro de Mendoza, y después de él a Alvar Núñez Cabeza de Vaca y a Domingo de Irala..."

Esto pareciera dejar las cosas como estaban. Pero la capitulación agrega: "...sin perjuicio de las otras gobernaciones que tenemos dadas a los capitanes Serpa y Silva".

Hay que tener en cuenta que las fronteras de las posesiones españolas en América eran trazarlas, muchas veces, arbitrariamente, por la voluntad de los monarcas, en Cédulas Reales que las delimitaban con mayor o menor perfección.

La gobernación del Capitán Diego Hernández de Serpa eran las Guayanas, y la del Capitán Pedro Malaver de Silva era Venezuela.

Estas dos gobernaciones fueron creadas con posterioridad a la de Mendoza. El límite meridional de ambas pasaba más al sur del Amazonas, en el paralelo 6º 20' de latitud austral. El Paraguay no se extendía ya, por tanto, hasta la línea del Ecuador, situada al norte del Amazonas. Por eso la capitulación de Ortiz de Zárate, respetando lo adjudicado a Serpa y Silva, segregaba del Paraguay la cuenca del Amazonas, desde la línea del Ecuador hasta el paralelo citado. (Véase Mapa al final).

Por otra parte, al crearse la gobernación de Chile – posterior también a la de Mendoza – se la dio cien leguas de ancho desde la costa del océano Pacífico hacia el este. Con esto, la región de Cuyo – actuales provincias argentinas de San Juan, Mendoza y San Luis –, que pertenecía a la Provincia del Paraguay, pasó a poder de Chile.

Buenos Aires aún no existía. Pero, con el correr de los años, bajo su jurisdicción iría a parar la región cuyana. En cuanto a la hoya amazónica, pasaría en definitiva a manos del Brasil.

La capitulación de Ortiz de Zárate, al no incluir los territorios de Amazonas y Cuyo, constituyó la segunda desmembración que sufrió el Paraguay durante el coloniaje.


Capítulo II

SEMBRANDO CIUDADES A LOS CUATRO VIENTOS


En el estadio de la historia de Indias, Asunción comenzó por ser una villa aglutinante que atrajo a sí todos los pequeños núcleos existentes en el Río la Plata. A los colonos que con Salazar la fundaron en 1537, agregáronse en 1539 los que trajo Ruiz Galán de Corpus Christi, en 1541 los que despoblaron Buenos Aires por orden de Irala y en 1542 los que con Alvar Núñez viajaron a través de las tupidas selvas del Brasil.

Bien pronto, sin embargo, esa corriente centrípeta varió de dirección. Ya en tiempos de Irala, este Gobernador envió, en 1554, al Capitán García Rodríguez de Vergara a fundar Ontiveros, en la costa oriental del Paraná, una legua más al norte del salto del Guairá. Poco después, en 1556, Ruy Díaz de Melgarejo trasladaba dicha población a tres leguas más al norte, rebautizándola con el nombre de Ciudad Real.

Durante el gobierno de Gonzalo de Mendoza, partiendo de Asunción al frente de numeroso contingente, Nufrio de Chaves remontó el Alto Paraguay, cruzó el Chaco y fundó Nueva Asunción en 1559 y Santa Cruz de la Sierra en 1561.

Siendo gobernador Felipe de Cáceres, se lanzó Ruy Díaz de Melgarejo, en 1570, a fundar Villa Rica del Espíritu Santo. La fundación se realizó – como documentalmente ha demostrado Ramón I. Cardozo – a sesenta leguas más al este del salto del Guairá, en la región de los bosques vírgenes de Cuarajhy-verá [Kuarajy vera] (resplandor del sol), donde los indígenas aseguraban que existían ricas minas de oro y plata. De ahí que la bautizaran con un nombre lleno de promesas y esperanzas: Villa Rica. Desde esa altura se veía el mar lejano, al que llamaban Mbaé-verá-guazú [Mba'e vera guasu] (cosa grande resplandeciente). Acosada constantemente por los bandeirantes paulistas, Villa Rica tuvo que trasladarse cinco veces para no desaparecer. Por eso es llamada la ciudad andariega. Trasladóse a treinta leguas más al este, luego a Curuguaty, después a Itapé, seguidamente a Espinillo y por fin al paraje de Ybytyrusu donde está actualmente enclavada, a treinta y cinco leguas al sudeste de Asunción (1).

Era gobernador Martín Suárez de Toledo, cuando salieron en 1573 de Asunción, con Juan de Garay a la cabeza, 9 españoles y 75 "mancebos de la tierra", o sea jóvenes mestizos paraguayos, para ir a fundar Santa Fe.

El gobierno de Juan de Garay (1578-1583) caracterizóse por el fuerte impulso expansionista que imprimió a la colonia. Después de haber reconocido personalmente la zona oriental del Alto Paraguay, envió a Ruy Díaz de Guzmán – primer historiador paraguayo de la conquista – a fundar Santiago de Xerez en 1579, en la margen derecha del Mbotetey. (Aún hoy, a tanto tiempo de la desaparición de aquella villa, se escucha decir a los paraguayos del norte: "Aha Jere-ñúpe", o sea "Voy a los campos de Jerez").

A Juan Ortiz de Zárate se le ordenaba en la capitulación, fundar "tres pueblos de españoles allende de los que están agora poblados, los cuales haréis entre el distrito de la ciudad de La Plata y la ciudad de Asunción, donde más convenga". La zona que se extiende entre las ciudades de la Platay Asunción es el Chaco. Garay, sucesor de Ortiz de Zárate, quiso dar cumplimiento a esa resolución. Con tal objeto, envió en 1579 a Adame de Olabarriaga a reconocer la costa del Pilcomayo para fundar una ciudad en el Chaco. Debido a lo anegadizo del terreno tuvo que abandonarse el proyecto por entonces. Seis años después se realizó el propósito, con la fundación de Concepción del Bermejo.

Hacía casi cuarenta años que la ciudad de Buenos Aires había desaparecido. Incendiados los últimos ranchos, avanzó el pasto y, cubriendo las cenizas, la borró del mapa. Ante la vista sólo se extendía de nuevo la pampa infinita.

Fue de Asunción que saldrían los fundadores de la segunda Buenos Aires. El Gobernador Juan de Garay decidió establecer en el Río de la Plata un puerto para unir España a Asunción y al Perú. Se realizó, pues, la ceremonia de levantar un estandarte, tocar trompetay tambor, y con voz de pregonero llamar a todos los habitantes de Asunción que quisiesen tomar parte en la jornada. Se alistaron 10 españoles y 56 "nacidos en la tierra", es decir, mestizos paraguayos. Partieron de Asunción acompañados de sus familiares, sus ganados, sus semillas, sus instrumentos de labranza y sus esperanzas. Garay y sus heroicos compañeros "realizaron – dice un escritor – una hazaña que hoy se pierde en el murmullo de los autos y entre las cumbres de los rascacielos".

Algunos de los expedicionarios salieron por tierra, arreando 500 vacas. Años después, el Gobernador del Paraguay, Hernandarias de Saavedra, dispone que 100 vacas sean enviadas de Buenos Aires al Uruguay. Dichos animales fueron desembarcados en el paraje que, desde entonces, se llama de las Vacas. Así fue como el Paraguay introdujo en la Argentina y en el Uruguay el primer ganado vacuno, que ahora puebla en millones las pampas y las cuchillas.

La fundación se realizó el 11 de junio de 1580. El sitio elegido fue la actual Plaza de Mayo. "Todo se efectúa tranquilamente – dice Larreta –. Se acabó la epopeya. Uno es el que mata la fiera, otro el que adereza la piel y aforra el capisayo. No hay por qué omitir la ceremonia de una nueva fundación. Garay corta hierbas y tira cuchilladas, como lo prescribe la antigua costumbre. El escribano ahueca la voz. El buen vizcaíno sonríe para sus adentros. Buenos Aires quedaba fundada definitivamente. Cabildo, rollo, cruz; y su plano, en pergamino de cuero. Como el suelo era llano, sin el menor accidente, no había por qué meterse en gambetas. Se trazaron de norte a sur, "leste ueste", calles perpendiculares. Damero honrado, franco". La planta urbana comprendía 16 cuadras de frente sobre el río por 9 de fondo. Destináronse seis manzanas al Fuerte, Plaza Mayor, tres conventosy un hospital; el resto a las casas y chácaras de los pobladores. Más tarde, repartió otras tierras entre los colonos, desde la ciudad hasta San Fernando, San Isidroy Tigre.

Al año siguiente, fue Juan de Garay quien, acompañado de treinta soldados, realizó la primera incursión por tierras australes. Partiendo de Buenos Aires, marchaba – según lo cuenta él mismo – "unas veces a la vista de la costa, otras metiéndome cinco o seis leguas por la tierra adentro". Así fue a dar a más de sesenta leguas de Buenos Aires, "que si hubiera de ir por el mar entiendo que fueran noventa, porque hace una gran ensenada". Al llegar a las playas de Mar del Plata actual, la costa atrajo su atención por su belleza. "Es muy galana y va corriendo una loma llana de campiña sobre la mar". El término de la excursión fue una punta, probablemente donde levántase hoy, acariciada por los médanos, el faro de Punta Mogotes.

Los sucesores de Garay prosiguieron la obra colonizadora. Juan Torres Navarrete envió en 1585 a Alonso de Vera y Aragón a fundar Concepción del Bermejo, cerca de las orillas de este último. La fundación se hizo en un lugar en que había "mucha leña e pesquería e caza e pasto". Los fundadores llevaron de Asunción 100 bueyes y 300 vacas. Y Juan Torres de Vera y Aragón – el último adelantado – envió en 1587 a Alonso de Vera a fundar San Juan de Vera de las Siete Corrientes. Los pobladores llevaban consigo 1500 vacas y 1500 caballos.

De Asunción irradió – durante todo el siglo XVI – el movimiento centrífugo. De ella partieron españoles y mestizos paraguayos a sembrar ciudades a los cuatro vientos. Germinación de este magno esfuerzo fueron Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes, Villa Rica, Santa Cruz de la Sierra y otro tantos núcleos de civilización. Brillante fue, sin duda, el origen del Paraguay. Pero Asunción, la ciudad madre y fundadora, que aportó los elementos y los medios económicos para su mantenimiento, quedó anémica, desangrada. "Como el pelícano de la fábula – dice Domínguez – se desgarró las entrañas, para alimentar a sus hijos".


Capítulo III

LA PERDIDA DEL LITORAL ATLANTICO


Por el año 1555, llegaba a las costas cálidasy brillantes del Brasil la expedición en que venían Juan de Salazar, los hermanos Goesy otros varios hidalgos españolesy portugueses. Entre ellos venían también el Capitán Hernando de Trejoy doña María de Sanabria.

Estos últimos contrajeron enlace a poco de llegar. En San Francisco, ubicada en la costa brasileña que pertenecía a la Corona de España y formaba parte de la Provincia del Paraguay, tuvieron un niño, el más tarde Fray doctor Hernando de Trejo y Sanabria, que en 1613 fundara en Córdoba la primera Universidad del Río de la Plata.

Don Hernando, military hombre poco hecho para la quietud, no se hallaba a gusto en aquellas soledades. Resuelto a buscar nuevos horizontes, emprende, acompañado de su familia, el camino de Asunción.

Aquí transcurrió la niñez de Trejo y Sanabria. Cuando cumplió 15 años, su madre pensó que convendría hacerle ampliar sus estudios. Por entonces llegaron hasta ella noticias del Colegio Franciscano de Lima. Allá iría, pues, a estudiar el muchacho. El viaje se realizó en menos tiempo que el esperado. Pasan los años, y el recuerdo del mozo se hace cada vez más difuso entre los vecinos. Mientras tanto, el joven Hernando vela en Lima. Cumplidos los 23 años, recibía su título de Doctor en Sagrada Teología. Se le encomienda poco después la dura misión de catequizar a los indios del Perú y de Tucumán. El 19 de junio de 1589 echan a repicar las campanas, más de seiscientos habitantes toman el camino de Tucumbú para recibirlo y Trejo y Sanabria entra triunfante en Asunción. En 1592, Felipe II lo nombra obispo de Tucumán. En 1600 funda en Córdoba un seminario con el nombre de Convictorio de San Francisco Xavier. Dicho establecimiento es declarado, diez años más tarde, Colegio Máximo Jesuítico. Trejo y Sanabria hace un verdadero apostolado de la enseñanza. En 1613 dona por escritura pública todos sus bienes muebles y raícesy sus rentas al citado colegio, que más tarde adquiere el carácter de Universidad. Así levantó un monumento al Derecho y a la libertad en América. Y hoy se levanta la figura del ilustre criollo paraguayo, envuelta en su tosco sayal franciscano, fundida en bronce y sobre base de granito, en el centro del patio de la Universidad de Córdoba.

Fallecido el capitán Hernando de Trejo, doña María de Sanabria contrajo segundas nupcias con Martín Suárez de Toledo. Hijo de esta unión fue Hernandarias de Saavedra, el primer criollo paraguayo que llegó a Gobernador de la Provincia del Paraguay o Río de la Plata.

Desde que tuvo 15 años, Hernandarias de Saavedra acudió a conquistas, correrías y poblaciones. Era uno de los mejores conocedores del país y uno de los capitanes más experimentados. Infatigable para los viajes, era además sumamente desinteresado. Fue un modelo de constancia y de honestidad. Durante cuarenticinco años sirvió a Su Majestad "en esta provincia que es mi patria". Fue cinco veces gobernador de su provincia. El Cabildo de Asunción lo nombró Teniente de Gobernador en 1592, Juan Ramírez de Velasco lo designó su Teniente de Gobernador en 1595, los habitantes de Asunción lo eligieron popularmente Gobernador en 1598, el Rey lo nombró en tal carácter en 1601 y el mismo volvió a designarlo en 1614.

Hernandarias de Saavedra promulgó, en 1603, ordenanzas en defensa de los indios, para que no sean vejados ni molestados. Entre otras disposiciones, contenían las siguientes: "los muchachos hasta la edad de quince años y las muchachas hasta de trece" debían ser libres de todo trabajo, lo mismo que los viejos "que llegaran a sesenta años"; en ningún caso los indios debían trabajar en los días de fiesta; la formay el tiempo en que los indios debían trabajar estaban rigurosamente establecidos; a los caciques se les debía guardar sus preeminencias y no ocuparlos en ningún género de trabajos; los encomenderos debían suministrar vestidos y alimentos a sus indios. Análogas fueron las ordenanzas dictadas en 1611 por el Visitador Francisco de Alfaro. Y para cumplirlas, designóse Protector de los Indios al propio Hernandarias de Saavedra.

Se preocupó también grandemente de los criollosy mestizos. "Aunque los españoles lo tachan – decía un peninsular – de que se inclina siempre a los criollosy mestizos, es muy honrado caballero, aunque criollo". Arbitrando medios para que los hijos de la tierra tuviesen estudio, fue el fundador en 1603 de las primeras escuelas en el Paraguay. Expresa en sus "Cartas y Memoriales al Rey de Españay al Consejo de Indias": "Di orden en la dicha ciudad de la Asunción e hice se pusiesen a estudio en ella más de 30 hijos de vecinos y más de otros 50 a oficios de los que andaban baldíos y perdidos e hice se pusiesen a la escuela más cantidad de 150 muchachos". En 1604 fundó la Casa de Recogidas. "En la ciudad de la Asunción – escribe – están recogidas en casa de una virtuosa mujer, que se dice la Madre Francisca de Bocanegra, más de sesenta mujeres solteras, pobres y huérfanas, hijas de nobles padres que han servirlo mucho a Vuestra Majestad en esta provincia. Muchas de éstas están allí por mi mandato y para el sustento dellas he procurado favorecerles todo lo posible". En 1617, combatió la costumbre que existía entre los mozos del campo de pasarse el día tomando "terere", pues esto los hacía "viciosos, haraganesyabominables ".

Sugestionado con la fantástica Ciudad de los Césares, Hernandarias de Saavedra resolvió organizar una expedición. Dicha leyenda geográfica tuvo su origen en el viaje que el Capitán Francisco César hizo en tiempos de Gaboto desde Sancti Spiritus hasta las pampas de San Luis, donde oyó hablar de la ciudad del Cuzco y de las riquezas del Perú. Posteriormente la leyenda se complicó,y supúsose que la misteriosa población quedaba al sur. El gobernador criollo buscó hombres y elementos en Asunción, Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires; reunidos en ésta última, partieron en 1605, rumbo al sur, 130 españoles y criollos, 700 indios, 600 caballos, 600 bueyesy76 carretas. Después de internarse en la Patagonia, la expedición regresó sin haber encontrado rastro alguno de la Ciudad de los Césares. Después, Hernandarias de Saavedra realizó dos expediciones más; una a Entre Ríosy Uruguay en 1607 y otraa Corrientes en 1609.

Con el objeto de evangelizar a los indios, el diligente gobernador envió en 1609 misioneros jesuitas al Guairá, al Paraná,y al Uruguay.

Y – paradojas de la historia – durante la administración de este gran gobernador, el Paraguay sufrió la más grave de sus desmembraciones.

Para comprender mejor la forma en que se produjo esa desmembración, conviene estudiar antes cuáles eran los límites fijados entre Asuncióny las ciudades que de su seno surgieron.

A causa de la imprecisión de los términos de las respectivas ciudades, las mismas encomiendas eran adjudicadas a dos o tres partes distintas, lo que perjudicaba grandemente a Asunción, que hasta entonces había poseído esas tierras. Por tal razón, en 1598 el Procurador de la ciudad, Diego de Olabarrieta, solicitó del Gobernador Hernandarias de Saavedra la fijación precisa de los límites de Asunción. "Esta cibdad – decía la solicitud – ha más de sesenta años está pobladay de los cuarenta años a esta parte se han poblado otros pueblos de españoles, emanados y procedidos de esta cibdad y a mucha costa della, descarnándola como parece al presente pobre. E pues como cabeza e primera e más antigua tomó por jurisdicción e distrito más de cien leguas por todas partes... encomendando indios de repartimientos como aprehendiendo posesión e jurisdicción en dicho término..." Y terminaba pidiendo se dé "a cada cibdad su término con citación de las cibdades".

El Gobernador Hernandarias de Saavedra dictó su resolución, señalando "por término y jurisdicción de la ciudad de Vera de las Siete Corrientes a lo tocante hacia esta ciudad... El Paraná arriba... desde aquella parte donde está la dicha ciudad". La jurisdicción de Santiago de Xeres se fijó en la "loma de la cordillera abajo hacia Mbaracayú, aguas vertientes hacia dicha ciudad de Xerez, y por la parte de la cordillera arriba, tirando al norte, por la misma orden vaya la misma lomada corriendo aguas vertientes a esta parte al río del Paraguay". Como límite de Concepción del Bermejo señaló una línea que iba por "el medio y la mitad de la tierra entre el río de Araguay (Pilcomayo) y el de Bermejo" hasta "ocho leguas antes da llagar al río del Paraguay", donde bajaba, siguiendo paralelamente al río, hasta doblar luego frente a la confluencia con el Paraná. El acto gubernativo estableció así que los límites de Asunción con Santiago de Xerez, Corrientes y Concepción del Bermejo eran la cordillera de Mbaraeayú, el río Paraná y la línea que dividía en dos mitades la mesopotamia existente entre los ríos Pilcomayo y Bermejo.

En 1607, viendo que las ciudades del Guairá – Santiago de Xerez, Villa Rica y Ciudad Real – vivían en una incomunicación casi permanente, completamente apartadas de las corrientes comerciales, Hernandarias de Saavedra escribió al Rey significándole la conveniencia de segregarlas de la provincia y formar con ellas un gobierno aparte. "Tendría por acertado – decía – y creo irían en aumento, y los naturales serían mejor doctrinados, si Vuestra Majestad los dividiese deste gobierno a éstos y a Xerez, a quien tampoco van gobernador y obispo, por estar cien leguas adelante de la ciudad de la Asunción y es pueblo que se pobló de la gente de aquella provincia del Guairá". Habría que nombrarle gobernador, "para que teniendo dueño y quien se duela della, sin cuidado désta, se pueda ensanchar y hacer una buena gobernación".

Como pasaron algunos años sin que el proyecto se resolviera, en 1615 el Procurador Manuel de Irías lo reiteró en la Corte. Los pobladores que bajaban del Guairá a pedir justicia, decía Frías, tenían que atravesar "bosques y montañas, cordilleras muy espesas, bañados y anegadizos", transportando por ellos sus embarcaciones y mercaderías "a fuerza de brazos", para continuar después por ríos de "furiosas corrientes", en que los tripulantes debían bogar perpetuamente de pie, "al sol y al agua y de ninguna manera sentados".

El Rey pidió informe al Virrey del Perú, Marqués de Montes Claros, quien lo envió en éstos términos: "Juzgo muy conveniente hacer una nueva gobernación, pero porque si quedase con solas las tres ciudades de Guairá (Ciudad Real), Villa Rica y Xerez, como Hernandarias escribió a Vuestra Majestad, sería de poca consideración... es mi parecer que se la agregase la de la Asunción... con lo que quedaría cada uno de los dos gobiernos con cuatro ciudades".

Desgraciadamente, el informe del Virrey prevaleció sobre el pedido del Gobernador. Y por Real Cédula del 16 de diciembre de 1617, el Rey dividió la Provincia del Paraguay o Río de la Plata en dos: A la primera, que también se llamó del Guairá, correspondían Asunción, Santiago de Xerez, Villa Rica y Ciudad Real. A la segunda pertenecían Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Concepción del Bermejo.

La división se hizo, como dice Moreno, por agregación de ciudades. Cada una ingresaba con su correspondiente distrito. Por tanto, la línea divisoria entre las dos nuevas provincias quedaba establecida por la que separaba la jurisdicción de Asunción de las de Concepción del Bermejo y Corrientes. Poco después, con la despoblación de Concepción del Bermejo, el Paraguay recobró sus antiguas posesiones hasta el río Bermejo. (Véase mapa al final).

La división de 1617 constituyó la tercera desmembración del Paraguay colonial. La forma desacertada en que se efectuó no puede ser achacada a Hernandarias de Saavedra, que sólo proponía la separación de las tres ciudades del Guairá, sino al Marqués de Montes Claros, su verdadero inspirador.

Esa desmembración fue de consecuencias funestas para el Paraguay. En efecto, las ciudades del Guairá, que seguían sin fuerzas propias para defenderse de las malocas paulistas, fueron destruidas. Perdióse el litoral Atlántico – que pasó a depender de Buenos Aires –, el Paraguay quedó aislado y comenzó su decadencia.


Capítulo IV

JESUITAS Y COMUNEROS


Entre las Misiones Jesuíticas del Paraguay y la Revolución Comunera que estalló en este país, existe una relación más íntima de la que generalmente se cree, ya que la política desarrollada por la primera constituyó en realidad una de las causas que originaron la segunda.

A su arribo al Paraguay, los jesuitas consiguieron atraer a los indios por medio de la mansedumbre, de abalorios y de la música. Mientras descendían en piraguas por los ríos, o abrían picadas en la selva, los misioneros iban tocando instrumentos musicales y entonando cánticos. Los indios acudían para escuchar y quedaban subyugados ante el irresistible atractivo.

Los misioneros erigieron sus reducciones en hermosas lomas, a orillas de frescos arroyos. Los treinta pueblos ofrecían el espectáculo de una edificación uniforme. En cada pueblo se levantaba la Iglesia. A un costado de ésta se hallaban el Colegio y los Talleres para diversos oficios. Al otro costado de la Iglesia estaban el Cementerio y el "Koty guasu" (habitación grande), que venía a ser el asilo-hospital de la reducción. Las cinco reparticiones citadas formaban uno de los cuatro lados de la plaza. Los otros tres lados estaban ocupados por las casas de los indios, todas igualmente blancas, de tejas y rodeadas de grandes corredores. Fuera del cacique, los jesuitas obligaban a todos, hombres y mujeres, a ir vestidos con feos camisones de dormir, como el de las criaturas de un orfanato o internado. Tal supresión de la individualidad, de la autonomía personal o de familia, fue – en opinión de Gilberto Freyre – "un régimen destructor de cuanto en los indígenas era alegría, frescura, espontaneidad, ánimo combativo, potencial de cultura. Dichos indígenas se artificializaron en una población aparte de la colonial, extraña a sus necesidades, a sus intereses y aspiraciones".

Una de las fuentes principales de recursos era la agricultura. Los jesuitas supieron dar a la labranza el carácter de una fiesta. Reunidos en la plaza, los indios se dirigían a las sementeras precedidos de la imagen de la Virgen y al son de violines, guzlasy tambores. Colocada la imagen bajo protectora enramada, los indios rezabany luego se entregaban a sus quehaceres. Entre tanto, en los talleres del pueblo otros indios trabajaban como tejedores, carpinteros, herreros, plateros, pintores, escultores; doradores, etcétera. Los terrenos empleados en la agricultura estaban divididos en tres secciones: "Tava mba'e" (cosa del pueblo, es decir, perteneciente a la comunidad); "Ava mba'e" (cosa del indio o sea propiedad privada); y "Tupâ mba'e" (propiedad de Dios, destinada al sustento de las viudas, huérfanos, enfermos, ancianos y artesanos). "Esta destinación – dice el doctor Blas Garay – sólo era nominaly dirigida a impresionar el ánimo de los indios, pues todo lo que las reducciones producían era aportado a un fondo único, empleado en llevar adelante los planes de la Compañía,y sólo en muy exigua parte en subvenir a las necesidades de aquellos que los ganaban, gracias al sudor de su rostro, al trabajo continuo a que los sujetaron los catequistas".

Se ha dicho de las Misiones Jesuíticas que constituyeron una experiencia del régimen comunista. Esto es un error, pues – como bien lo hace notar el doctor Alberto Rojas – ni la vida en común, bajo un régimen especial de disciplina, ni la universalidad del trabajo, no son lo que caracteriza un verdadero sistema comunista. La nota saliente de esta escuela económica es la comunidad de riqueza. "El indio – agrega dicho autor – estaba sometido a un régimen de verdadera servidumbre. ¿Qué mucho que se la dieran tierras para que las cultivase para sí, estando sujeto a una disciplina rígida que señalaba de antemano el radio de su acción y el destino del fruto de su actividad? Era, en verdad, nada más que un instrumento de producción al servicio de la Compañía. La Orden retribuía su trabajo, es cierto, dándole alimento, vestuarioy vivienda, pero el hecho que marea el carácter específico del sistema es que el remanente de lo que se consumía ingresaba en las arcas de la Compañía allende el mar. No puede darse nada más contradictorio con el comunismo".

Los jesuitas cultivaban en Europa todos los ramos del saber. Descifraban inscripciones latinas, observaban los movimientos de los astros, publicaban bibliotecas enteras, libros de controversia, casuística, historia, tratados de óptica, ediciones de los Padres de la Iglesia, madrigales y sátiras. A ellos se debió la primera imprenta que funcionó en el Río de la Plata; fue la establecida en 1700 en Santa María la Mayor, pueblo de las Misiones del Paraguay situado en la margen occidental del río Uruguay. Ochenta años después se fundó en Buenos Aires la primera imprenta. De la tosca prensa tipográfica de las Misiones, construida con maderas de sus selvas vírgenes, salieron obras voluminosas como elVocabulario del P. Ruiz de Montoya, elFlos Sanctorum del P. Rivadeneira, laDiferencia entre lo temporal ylo eterno del P. Nierenberg, etcétera. Correcta la impresión, limpias y nítidas sus páginas, estaban ilustradas con bellas láminas, viñetas y xilografías, grabadas por los indios Tilcará, Yaparí y otros.

Se colmó de música la vida de los catecúmenos. Los indios despertaban de mañana cantando. Los jesuitas combinaron hábilmente el estilo religioso o católico de letanía con las formas de canto indígenas. En la poética colonial, los padres de la Compañía ensayaban las formas que más se asemejaban a los cantos de los guaraníes, con estribillo y refranes, para atraer así a los indios y convertirlos a la fe católica. De las estrofas escritas por los jesuitas para los neófitos de las reducciones, se conoce hoy la siguiente:


¡Oh, Virgen María

Tupâsy eté,

ava pe ara porâ

oikó nendive jave!


Que traducida, quiere decir, según Affonso de Taunay: "¡Oh, Virgen María, – madre de Dios verdadero –, los hombres de este mundo – están bien contigo!"

Pero que en realidad significa: ¡"Oh, Virgen María –, verdadera madre da Dios –, para el indio es lindo el día – cuando va en tu compañía!".

Lástima fue que los misioneros descuidaran la educación espiritual de los indígenas, enseñándoles sólo a leery escribir en guaraní, para preocuparse únicamente de hacerlos laboriosos agricultores o hábiles artífices en aquellas artes de que podían obtener más pingües provechos.

Otra fuente de cuantiosas utilidades fue el laboreo de la yerba-mate. Este negocio costaba la vida a millares de guaraníes. Nos lo cuenta un jesuita, el P. Ruiz de Montoya: "Tiene la labor de esta yerba consumido muchos millares de indios... Lastima la vista el verlos... Lleva a cuestas cada uno cinco a seis arrobas, 10, 15, 20 y más leguas, pesando el indio mucho menos que su carga (sin darle cosa alguna para su sustento)... ¡Cuántos se han quedado muertos recostados sobre sus cargas!... ¡Cuántos se despeñaron con el peso por horribles barrancos!"

El desinterés de los jesuitas no fue tan grande como algunos sostienen. Afanáronse por acaparar riquezas materiales en menoscabo de su misión cristiana y civilizadora. "Ejercieron – dice J. Natalicio González – el monopolio de la tierra; de la yerba; de la riqueza ganadera; del comercio de importación y de exportación". La gran masa de indios – 160.000 –, a los que no pagaban salario, les permitían producir mucho y barato. No pagaban flete, pues transportaban sus mercaderías en embarcaciones propias, construidas por los indios. Jamás pagaron impuesto alguno. Aparte de eso, proyectaban su influencia sobre Asunción sobornando a gobernadores indignos,y negaban el derecho de visita a sus reducciones a los gobernadores y obispos que no se les sometían. Todo ello causaba una competencia ruinosa al resto de la provincia.

Los productores libres nada podían frente a esa poderosa empresa organizada, que poseía ricas estancias de ganado en Yarigua'a y otros puntosy que exportaba, sin gravamen alguno, enormes cantidades de yerba-mate, cuero, algodón, etcétera. Por el contrario, obligados a prestar servicio militar cada vez que los guaicurúes del Chaco asaltaban a las poblaciones del litoral o que los bandeirantes avanzaban por el este, careciendo de tiempo para trabajar, sufriendo gabelas y contribuciones de toda clase, los colonos españoles, criollos y mestizos, se empobrecían más y más, sin ninguna esperanza de mejoramiento. Tan pobres estaban, que "apenas tenían moderada decencia los más de ellos, vestidos de pieles de animales silvestres, porque no alcanzaban sus fuerzas a poner a sí, a sus mujeres e hijos, traje y vestuario competente".

Ya veremos luego cómo estos hechos económicos, acumulándose durante largo tiempo, desembocan finalmente en la Revolución Comunera.

Y remontémonos ahora a los antecedentes políticos de dicho movimiento.

Hemos observado detenidamente la forma en que se desarrolló la revolución que Domingo de Irala y los Oficiales Reales, con el nombre de "comuneros", efectuaron en 1544 contra Alvar Núñez, a quien remitieron preso a España a bordo de la carabela "Comuneros". Tal fue el primer jalón.

Entroncando ese suceso en la Revolución Comunera de Castilla, que en 1520 estalló contra Carlos V, escribe el doctor Viriato Díaz Pérez: "Muchos de los conquistadores pertenecían a la época "comunera" española. Algunos fueron testigos, otros actuantes, en aquella contienda. Es natural que trajesen viva a América la tradición de la protesta candente; los recuerdos trágicos de la lucha; el eco de los anhelos sofocados en Villalar. El grito de "¡Libertad!" ya representa un precoz sentimiento de autoridad local, de vida autónoma, en el núcleo originario, que ensaya oponerse al mandatario del exterior. Podría representar el vasco Irala, en el reducidísimo escenario, un aspecto del característico antagonismo íbero entre pequeñas entidades autónomas del terruño, locales, y los representantes del poder absoluto centralista, contrario a todo fuero".

El segundo jalón fue el golpe contra el Gobernador Felipe de Cáceres en 1572. Hallábase éste oyendo misa en la Catedral cuando a un grito del Obispo Fray Pedro Fernández de Latorre, todos se precipitaron sobre él. "Fue cogido por los cabellos – dice Juan Francisco Aguirre –, golpeado y llevado en volandas al Convento de la Merced, donde le encerraron, engrillaron y ataron a una cadena, que remataba en un cepo, cuya llave paraba en poder del Obispo, quien vivía en el cuarto inmediato al de la prisión". Martín Suárez de Toledo, gran amigo del Obispo, lanzóse a la calle con los partidarios de Latorre al grito de "¡Libertad!" y asumió el mando de la Provincia.

Los ecos de estos gritos continuaron repitiéndose en la historia paraguaya. Y así encontramos el tercer jalón. Fray Bernardino de Cárdenas, franciscano, era gran amigo de los indios. Siendo Obispo del Paraguay, comenzó a visitar los pueblos y reducciones del interior. Pero al intentar penetrar en las Misiones Jesuíticas, halló una tenaz resistencia de parte de la Orden. Al llegar a Yaguarón, 800 indios, incitados por los jesuitas y conducidos por el ex-Gobernador Gregorio de Hinestrosa, invadieron el pueblo para apoderarse del Obispo. Esto tuvo que huir a Asunción. Hasta allí le siguió con sus tropas Hinestrosa, que durante su gobierno había sido un dócil instrumento de los jesuitas. Se apoderaron de Cárdenas, "vendáronle los ojos, le sacaron arrastrado desnudo a la calle, y en una mala canoa le desterraron de la ciudad". Después de dos años de exilio, el Obispo Cárdenas regresó a Asunción, donde gozaba de mucho prestigio. En 1649 el pueblo de Asunción lo aclamó como gobernador. Aplicábase así la Real Cédula del 12 de Septiembre de 1537, que autorizaba a elegir popularmente gobernador interino hasta tanto que la Corona designase el titular. Poco después, a pedido del Cabildo, Cárdenas expulsó a los jesuitas, medida radican y temeraria con que se adelantó a la ordenada por Carlos III en 1767. El hecho constituía una verdadera revolución. El Virrey del Perú designó de inmediato gobernador a Andrés de León y Garabito, con un mandato expreso de someter a la rebelde provincia. Garabito, secundado por los jesuitas, armó un ejército de 4.000 indios y se dirigió hacia la capital. Asunción se aprestó a la defensa. Después de reñida batalla, Garabito entró en la ciudad; los indios cometieron crímenes de toda laya. Las familias asuncenas huyeron al Chaco. Apresado Cárdenas, fue nuevamente desterrado. Después de peregrinar muchos años en busca de justicia, la Santa Sede examinó su causa y lo eximió de toda culpa.

Y así llegamos a la época en que va a desarrollarse la Revolución Comunera. He aquí un documento que ilustra con toda precisión sobre las cansas del movimiento:

"Los religiosos de la Compañía de Jesús tienen y han tenido siempre a esta miserable provincia sujeta, abandonada y arruinada. Acosta del sudor, cuidado y desvelo de las armas de los vecinos, usufructúan todo lo pingüe de sus riquezas. Avasallan al pueblo con sus amenazas; lo tienen en suma pobreza, cogiéndose las mejores tierras de la Provincia, por ocupar las cuales pagan arrendamiento los propios que las defienden de los salvajes con su sangre y con su vida. Ocupan propiedades ajenas, quemando las casas de los vecinos. De ese modo, se apropiaron de las tierras que, partiendo del río, al sur de la ciudad, tienen de largo legua y media, y tres de ancho. A éstas siguen las tierras de San Lorenzo el Viejo y San Lorenzo el Nuevo, hasta dar en el Campo Grande; de modo que por ese lado cogen todo lo mejor de la tierra inmediata a la ciudad. De allí a 4 leguas, en el paraje Guayaiví-ty [Guajaivity], tienen otra posesión. En los campos de Pirayú [Piraju] tienen dos posesiones unidas en una, que cada una tiene dos leguas de largo, y de ancho en parte otras dos leguas; las sigue otra que llaman Paraguarí; otra incorporada en la cordillera arriba, que llaman los Naranjos; otra en Yarigua-á-guazú, en Yarigua-á-mí, en Tapytanguá, en Guazutay, hasta las cabezas del río Caañabé (3.). Todas estas últimas, juntas e incorporadas, como lo están, tienen de circunvalación más de 5 leguas, siendo la mejor de toda la Provincia en pastos, aguadas, montañas y abrevaderos, habiendo adquirido todo este dominio por sola su autoridad. Fundando su derecho en una merced, que dicen les hizo don Gregorio de Hinestrosa, mudan sus lindes, como hoy lo han hecho, extendiéndose desde el arroyo Ibembí e [Ivembi'e] hasta el Pirayubí [Pirajuvi], introduciéndose y quitando tierras de su estancia a los indios de Yaguarón, de unas seis leguas de longitud; por otro costado, desde el dicho Ibembiré [Ivembire] hasta Ybytimiré [Ybytumire], se han apropiado de otras cinco leguas; además de unas 16 leguas que pretenden de otros vecinos. Todas estas tierras son para un colegio que nunca mantiene más de 5 ó 6 sujetos, cuando bien pueden acomodarse en ella más de 200 familias que andan vagando, sin tener un palmo de tierra en el Real Servicio, después de haber conquistado esta tierra a costa de sus vidas. No siendo menos perjudicial esto, por el atajo que hacen de los caminos públicos en todo lo que dicen ser suyo, causando a los vecinos de esta Provincia innumerables trabajos, y pérdidas de hacienda y vidas, por los rodeos que les obligan a hacer por los caminos y arroyos crecidos. No es menos el daño que esta Provincia experimenta de dichos religiosos por el modo con que se tienen abarcado el comercio del río y de la tierra a título de Misiones y Bienes Eclesiásticos, sin pagar la Real alcabala, derecho de estanco a la ciudad ni los diezmos a la iglesia, alzándose con los yerbales de que esta ciudad es dueña, enviando a sus indios tapes para que echasen, despojasen y matasen a los beneficiadores españoles de dichos yerbalesy a beneficiar grandísimas cantidades cada y cuando quieren, por su propia autoridad, sin licencia ni noticia de los señores Gobernadores, como lo hacen y ejecutan los españoles y los demás pueblos de indios de esta Provincia". (Arch. Nac., Acta Capitular citada por J. Natalicio González").

Por su parte, Matías Anglés y Gortari dio su informe en los siguientes términos: "Con toda verdad se puede afirmar, que estos pocos sujetos del Colegio tienen excesivamente más en el Terreno del Paraguay, que lo que gozan y les resta a todos los vecinos del Paraguay, y su Provincia, que se compondrá de diez mil españoles capaces de llevar armas, y lo menos cincuenta mil españoles.

A los vecinos no les han quedado, ni tienen más tierras que las de las montañas o fronteras, que están continuamente defendiendo de tanto infiel enemigo, con riesgo de sus vidas, a su costa. Es de ponderar, que aún las más de las tierras que estos soldados españoles ocupan, son también de los padres de dicho Colegio, por las cuales pagan anualmente arrendamiento bien crecido, que cobran los dichos padres con notable rigor.

En el Colegio de la expresada ciudad de Asunción, tienen los padres dos almacenes públicos, en los cuales se venden todos los géneros de Castilla gastables en la ciudad y el país, y ropa de la tierra y paños de Quito. Y como los padres conducen estas memorias de género y ropa de la tierra desde Buenos Aires y Colonia, sin costo alguno, con sus indios y sus embarcaciones,y no pagan fletes ni alcabalas ni otros derechos ni impuestos, aunque sean muy precisos y obligatorios, bajan un poco del precio corriente a que los pueden vender los comerciantes, que pagan y contribuyen con todas estas pensiones y tienen tan crecidos gastos y costos en la conducción, y de esta suerte venden los dichos padres memorias crecidas de géneros y ropa en perjuicio considerable de los haberes Reales, y gran quebranto y atraso de los comerciantes, que se eternizan en lo que llevan.

Los padres de dicho Colegio tienen abarcado todo o la mayor parte del comercio de la Provincia, y recogen la substancia de cuanto produce. Se han adelantado de tal suerte en el manejo de todo lo que puede producir utilidad conveniencia, y son tantasy tan opulentas las estancias que tienen, tan cuantiosas las ventas que hacen, que casi penden todos los vecinos del arbitrio de sus Reverencias".

Compendiemos en lo posible el desarrollo de los acontecimientos.

En 1717 es designado Gobernador del Paraguay Diego de los Reyes Balmaceda, muy vinculado a los jesuitas. Poco después, el vecindario formula contra Reyes las siguientes acusaciones: 1º) Haber asumido la gobernación sin "dispensa de naturaleza", pues estaba casado con la asuncena Francisca Benítez, y las leyes prohibían la provisión de los cargos con vecinos de una provincia. 2º) Haber impuesto en provecho propio el servicio personal a los indios, contra lo dispuesto por las Ordenanzas de Alfaro. 3º) Injusta guerra a los payaguaes. 4º) Haber establecido impuestos nuevos sin autoridad para hacerlo. 5º) Trabas puestas al comercio. 6º) Haber interceptado los caminos a Charcas para impedir la presentación de las denuncias formuladas en contra de él. La Audiencia de Charcas designa entonces Juez Pesquisidor en la Provincia del Paraguay al doctor José de Antequera y Castro, Caballero de la Orden de Alcántaray Protector de los Indios del Perú. Este distinguido jurista panameño comprueba la veracidad de las acusaciones contra Balmaceda. Un pliego cerrado que traía le autorizaba a ejercer la gobernación en caso de resultar culpable Balmaceda. Antequera asume, pues, el gobierno del Paraguay. Balmaceda huye. Pero luego, repuesto en el cargo por el Virrey del Perú y Arzobispo de Lima Fray Diego Morcillo, vuelve a la cabeza de 6.000 indios facilitádosle por el Superior de los Jesuitas. Se detiene, sin embargo, en Tabapy [Tavapy],y luego se retira. El Virrey encarga entonces a Baltasar García Ros la reposición de Balmaceda en el gobierno. Antequera declara ante el Cabildo: "El pueblo reservó en sí una facultad, especialmente en lo que mira a las leyes del gobierno político, a las que tienen su fundamento en el Derecho Natural. El pueblo puede oponerse al Príncipe que no procede "ex acquo et bono". No todos los mandatos del Príncipe deben ejecutarse". Estamos en 1723. Comienza la Revolución Comunera. El Cabildo asunceno acuerda solemnemente no acatar ni a Balmaceda como gobernador, ni a García Ros como enviado del Virrey, y ratificar en el mando a Antequera. García Ros, auxiliado por los jesuitas, parte con 2.000 indios. El Cabildo encarga a Antequera la, jefatura del ejército y expulsa a los jesuitas de Asunción, dándoles el plazo perentorio de 3 horas. (Es la segunda expulsión, pues la primera fue realizada por el Obispo Cárdenas). Antequera marcha al encuentro del ejército invasor y lo derrota a orillas del Tebicuary. A su regreso es recibido triunfalmente por la ciudad. Todos los pueblos envían emisarios y mensajes que demuestran la popularidad de la caunsa por él defendida. Además del apoyo del Cabildo, Antequera cuenta con el de los franciscanos, cuyo espíritu liberal estuvo siempre en oposición al absorbente y dominador de los jesuitas. Pero el Virrey ordena terminantemente a Bruno Mauricio de Zabala, Gobernador de Buenos Aires y fundador de Montevideo, que se dirija al Paraguay contra Antequera. Zabala, al frente de un ejército de 6.000 guaraníes de las Misiones, se dirige a Asunción. En la imposibilidad de resistir, Antequera se ve obligado a dirigirse a Córdoba, donde se refugia en el Convento de los Franciscanos. Ramón de las Llanas, jefe interino, no puede, dada la escasez de armas, organizar la defensa en forma eficaz. Zabala entra en Asunción, repone a los jesuitas en su Colegio y nombra gobernador a Martín de Barúa. Así termina la primera etapa de la Revolución Comunera.

Estando en el Convento de San Francisco, en Córdoba, Antequera oye pregonar un bando del Virrey por el que se ofrece cuatro mil pesos de premio a quien lo entregue vivo o muerto y dos mil al que denuncie su paradero. Esperanzado en la Audiencia de Charcas, que lo había enviado al Paraguay, Antequera intenta presentarse ante ella a rendir cuenta de sus gestiones. Pero la Audiencia le hace apresar y lo envía a Lima ante el Virrey. Lo acompaña Juan de Mena, su fiel compañero de causa. En la cárcel de Lima, Antequera traba amistad con otro panameño: Fernando de Mompós, a quien entusiasma con la causa popular de los asuncenos. Mompós consigue huir de la prisión y se dirige al Paraguay. Elocuente orador, se pone a predicar públicamente en las calles de Asunción. Sostiene que "el poder del Común de cualquier República, ciudad, villa o aldea es más poderoso que el mismo Rey. En manos del Común está admitir la ley o el gobernador que gustase, porque aunque se los diese el Príncipe, si el Común no quiere, puede justamente resistir y dejar de obedecer". Son los mismos conceptos de Antequera, expuestos en diferentes términos. Se produce una honda conmoción política. Alrededor de Mompós se forma el partido "comunero". Allí están el Cabildo, los franciscanos y la inmensa mayoría del pueblo. En el partido "virreynalista" se nuclean los jesuitas y sus escasos partidarios. Los bandos representan dos fuerzas: la impulsora y la retentora. "Ambas fuerzas son – como observa Zum Felde – inherentes a la economía biológica del agregado; todo organismo social necesita de la lucha de elementos dentro de sí para conservarsey evolucionar. Un país sin partidos políticos, sin lucha de tendencias, es un país estancado, esterilizado, inánime. El sueño de la paz perfecta, del perfecto acuerdo, es contrario a la evolución orgánica, que requiere movimiento y lucha. Cuanto más turbulentoy apasionado sea un pueblo joven, tanto más vigorosa y fecunda será su madurez". El gobernador Barúa se hace grato al pueblo asunceno. Pero he aquí que el nuevo Virrey, Marqués de Castelfuerte, designa Gobernador del Paraguay a un pariente suyo, Ignacio Soroeta. Los comuneros declaran que no aceptan otra autoridad que la de Barúa y el Cabildo intima a Soroeta a salir inmediatamente de la Provincia. Como Barúa se niegaa continuar en el mando, los comuneros eligen una Junta Gubernativa y a José Luis Barreiro como Presidente de la misma. Por desgracia, el tal Barreiro resulta un traidor; tiende una celada a Mompós, lo apresa y lo entrega a las autoridades de Buenos Aires. Por vía Colonia do Sacramento, Mompós huye al Brasil. Estalla una revolución contra el traidor Barreiro; los jefes de los pueblos de la Cordillera marchan con gente armada sobre la capital; se apoderan de ella y eligen Presidente de la Junta Gubernativa a Antonio Ruiz de Arellano.

Después de estar en la cárcel durante cinco años, Antequera es condenado a decapitación en el cadalso. El pueblo limeño implora el perdón de la víctima. Esta es muerta camino del suplicio. Poco después es ejecutado Juan de Mena. La llegada de estas noticias causa inmensa indignación en los comuneros asuncenos; el Colegio Jesuítico es asaltado y los miembros dé la Orden expulsados por tercera vez. La hija de Juan de Mena, que llevaba luto por su esposo Ramón de las Llanas, al enterarse del suplicio de su padre, arroja las negras vestiduras y se presenta al pueblo vestida de blanco, "porque no era bien llorar vida con tanta gloria tributadaa la patria".

El Virrey no cede en su pretensión de imponer gobernadores al Paraguay. Es enviado en tal carácter Manuel Agustín de Ruiloba. Éste, apenas llegado, comienza a despotricar contra los comuneros. Estalla contra él una insurrección; la gente cordillerana se concentra en Guayaibity [Guajaivity], cerca de Itá; Ruiloba sale para combatirlos y es muerto en la lucha. Los comuneros proclaman Gobernador al Obispo franciscano Fray Juan de Arregui. Éste deja poco después el gobierno.

El virrey ordena nuevamente a Bruno Mauricio de Zabala apagar la rebelión ejecutando medidas represivas. Al frente de 6.000 indios de las reducciones jesuíticas, Zabala avanza contra los comuneros, venciéndolos en Tabapy [Tavapy]. Es el año 1735. Entra en Asunción, repone a los jesuitas en su colegio, designa Gobernador a Martín José de Echauri, declara abolido el derecho de elegir gobernadores en casos de vacante – privilegio que Asunción tenía desde 1537 –, condena a muerte a los principales jefes comuneros y hace perseguir cruelmente a otros que se habían refugiado en los montes después de Tabapy. Quedaba terminada la última etapa de la Revolución Comunera.

¿En qué consistió, pues, la ideología comunera? Su contenido económico fue éste: extinción del monopolio ejercido por los jesuitas en las riquezas básicas del Paraguay. Y éste su contenido político: defensa de la autonomía regional y de las libertades públicas contra el absolutismo centralista del Virrey.

El pueblo mantuvo – dice Díaz Pérez – "vinculación inmediata, tradicional y natural con la entidad popular democrática y netamente hispana del Cabildo, en oposición a la arbitraria de las jurisdicciones políticas absolutistas representadas en cierto modo por la Audiencia y el Virreynato. Durante este período, hubo batallas en las calles y en los campos, entre comuneros y virreynalistas; vienen de luengas tierras héroes y tribunos populares que levantan en masa el país; se predica ruidosamente en las calles asuncenas la doctrina de la prioridad del Común sobre toda otra autoridad; el puebloy el Cabildo gobernarán autónomamente; se creará con asombro de los tiempos nada menos que una Junta Gubernativa, en pleno siglo XVIII, cuando aún no se había producido la Revolución Francesa (ni la Estadounidense). Los jesuitas tocarán todos los resortes para imponerse. El Papa, el Rey, el Virrey, la Audiencia de Charcas, todas las potestades soberanas entrarán en juego, hasta que la causa de la comunidad, desmayada y agotada, en lucha contra innúmeras adversidades, venga a ser ahogada en sangre, permitiendo el triunfo del absolutismo centralista". Por eso, Díaz Pérez afirma que la causa capitular era la local y había de ser más tarde la nacional, y que los elementos populares que la secundaban anticipáronse a la actitud que, andando el tiempo, habían de asumir los revolucionarios de la Independencia.

"Los jesuitas y los comuneros – dice el doctor Justo Pastor Benítez –, fueron dos sociedades en lucha, dos organizaciones que chocaron. El Cabildo encarnó los intereses de la provincia contra los gobernadores que secundaban el predominio jesuítico y el absolutismo. Hay en el fondo de esa resistencia un fuerte apego a los fueros municipales, una tendencia a conseguir el predominio civil del Cabildo en la naciente sociedad colonial, como expresión de autonomía, de gobierno propio. La revolución compendiaba las quejas y aspiraciones de la provincia contra el absolutismo, el desamparo, los excesivos gravámenes económicos y la desigualdad de situación frente a las opulentas Misiones; la reivindicación de su tradición jurídica y de la primacía de la voluntad del Común".

Antequera fue, sin duda, la figura de mayor relieve de aquel memorable movimiento. "No rompió – dice Benítez – la imparcialidad del juez, sino que puso su autoridad al servicio de la justicia verificada. Entrevió en aquella confusa rebelión un fondo de aspiraciones legítimas; vio la preterición en que vivían los paraguayos y se puso a acaudillarlos para defenderlos. Era elocuente, ejecutivo y contagioso. Llegado del otro extremo del continente, se hizo el vocero del Cabildo, amparo jurídico éste de la sociedad civil del coloniaje. Nunca fue un demagogo. Caudillo sí y vocero eminente de la causa popular. Luchóy sufrió. Sus ideas, sus luchas, su altivez, su martirologio, hacen del doctor José de Antequera y Castro un precursor de la independencia americana".

Los paraguayos celebraban su recuerdo en coplas que cantaban al son del arpa y la guitarra:


Ala puerta de mi casa

tengo una losa frontera

con un letrero que dice:

¡Viva José de Antequera!


Para que sirviese de escarmiento a la rebelde provincia, la Audiencia de Charcas expidió arbitrariamente un auto, en 1739, por el cual constituía a Santa Fe en "Puerto Preciso" para todas las embarcaciones del Paraguay, prohibiendo que éstas siguieran directamente a Buenos Aires. Los barcos, después de hacer su descarga en Santa Fe y de abonar los ruinosos impuestos de arbitrio, sisa y alcabala, no podían seguir por el río hasta Buenos Aires. El impuesto de arbitrio estaba destinado a costear 200 soldados para la defensa de Santa Fe. El de sisa, a las obras de fortificaciones de Buenos Aires y Montevideo. Y el de alcabala era el impuesto sobre las rentas y transacciones en general. Los comerciantes estaban obligados a seguir el viajepor tierra, conduciendo en carretas los frutos del Paraguay. Además, la conducción no podía ser efectuada por los forasteros, pues los santafecinos tenían por una ley el monopolio del transporte terrestre. Todo ello causaba un perjuicio terrible a la Provincia del Paraguay.

Buenos Aires, abogando "pro domo sua", pidió la revocación de aquella medida inconsulta que la perjudicaba. Alegaba "los perjuicios que de ella se le seguíany aún su total ruina y exterminio, que es forzoso se siga con el abandono de su único comercio, que es la yerba y los efectos del Paraguay". De nada sirvió esta representación, como tampoco la que a su vez hizo el Paraguay en el mismo sentido.

Sofocada la Revolución Comunera, los jesuitas continuaron en el Paraguay treintidós años más. En Europa, la Orden era muy combatida por sus maquinaciones políticas. Especialmente en Francia, Portugal, España, Holanda y Flandes. Se los fue expulsando de todos esos países. En 1767, aconsejado por su Ministro el Conde de Aranda, Carlos III los expulsó de la Península y de sus posesiones ultramarinas. Tuvieron que abandonar, pues, las Misiones del Paraguay. Los indios se dispersaron. La selva tentacular inició su avance. Y de las reducciones se adueñó el silencio. Convertidas en taparas, de ellas sólo quedaron las ruinas de sus iglesias de piedra tallada, sus retablos churriguerismosy sus frescos primorosos.

Diez años más tarde, esto es, en 1776, una Real Cédula creaba el Virreinato del Río de la Plata, con territorios que hasta entonces habían pertenecido al Virreinato del Perú. La nueva jurisdicción abarcaba Argentina, Uruguay, Paraguayy Bolivia actuales, además de Río Grande del Sur (hoy brasileña). Los motivos determinantes de la creación del nuevo virreinato fueron dos: la dificultad de administrar desde Lima tan vasto territorio, y la necesidad. de establecer a orillas del Atlántico un poder capaz de oponerse a las continuas usurpaciones portuguesas. Buenos Aires fue designada capital de la nueva entidad.

El Virreinato del Río de la Plata tuvo su andamiaje político en la Real Ordenanza de Intendentes, promulgada en 1782. Ella dividía el virreinato en 8 Intendencias y 4 Gobernaciones Militares. Así surgieron las Intendencias de Buenos Aires, Córdoba, Salta, Paraguay, La Paz, Potosí, Chuquisaca, y Cochabamba. Y las Gobernaciones Militares de Montevideo, Misiones, Mojos y Chiquitos.

De la larga y enconada lucha entre comunerosy jesuitas, sólo quedaba el recuerdo. Ya no turbaban los primeros las apacibles calles asuncenas con el rumor de sus tumultuosas asambleas. Ya no tocaban a somatén los segundos para lanzar sus indígenas milicias sobre Asunción, la díscola.


Capítulo V

LA ERA DE RESURGIMIENTO


El destino de los pueblos tiene sus altibajos. Los pueblosEl gozan de días venturosos, sufren luego crisis espirituales y materiales, y después se reponen nuevamente. Si trazásemos un diagrama de la historia paraguaya, desde los días iniciales de la conquista hasta hoy, encontraríamos que ella registra muchos ascensos y descensos sucesivos. Nuestro país ha padecido varios retrocesosy ha disfrutado de otras tantas eras de resurgimiento.

Ahora tócanos ocuparnos sólo del primer renacimiento operado en el transcurso del acaecer nacional.

Al vigoroso período que abarca, el siglo XVI, siguió la decadencia. La división de la provincia al comenzar el siglo XVI, con la consiguiente pérdida del litoral Atlántico; las incesantes luchas contra los terribles guaicurúes al oeste y la arteros bandeirantes al este; el apoderamiento de las riquezas básicas del Paraguay realizado por los jesuitas; los gobernadorcillos mediocres, venales o indolentes que sufrió la Provincia con desgraciada frecuencia; la época gloriosa pero anárquica de la Revolución Comunera; todo eso contribuyó a que el Paraguay, que surgiera tan promisoriamente a la vida civilizada, se abatiera en la más lamentable decadencia durante todo el siglo XVIIy casi todo el XVIII.

¿A qué denominamos, pues, Era de Resurgimiento? Al último cuarto del siglo XVIII, esto es, los años que precedieron al advenimiento de la Revolución de la Independencia. Ese cuarto de siglo se caracteriza porque los destinos del Paraguay estuvieron en manos de gobernantes que tuvieron visión de estadistas de verdad, y muchas de cuyas gestiones constituyen aún hoy ejemplificadoras lecciones de gobierno. Nos referimos a los nombres ilustres y olvidados de Agustín Fernando de Pinedo, Pedro Melo de Portugal, Joaquín Alós y Lázaro de Ribera.

Internémonos con paciente cariño en el Archivo Nacional. Buceando en la penumbra de los viejos anaqueles, hemos de hallar el inexplorado filón que arroje luz sobre esa etapa hasta hoy baldía de la historia paraguaya.

Empecemos con Agustín Fernando de Pinedo. En un informe enviado al Rey el 29 de Enero de 1777, el clarividente gobernador señala las causas del atraso y miseria en que se debate la Provincia y propone las soluciones para remediarlas. Explica que al principio los encomenderos se condujeron bien, tratando humanamente a los indios, pero que sus sucesores, movidos por la codicia y ambición, se mostraron tiranosy crueles. No obedecían las órdenes reales que les desagradaban, ni a los gobernadores que no hacían causa común con ellos. A cambio del derecho de someter a los indios a su servicio, los encomenderos estaban obligados al servicio militar para la defensa de la provincia. Lejos de cumplirlo, eran los agricultores quienes, abandonando su capueras, partían a lejanos fortines – algunos de éstos situados a 20 leguas – debiendo costear de su peculio armas, pólvora, caballosy manutención. Por causa de estos gastos y el servicio militar continuo, se originaba la pobreza del país. En razón de esas calamidades, los paraguayos preferían dedicarse a la navegación, que les prometía ventajas positivas. Por eso muchos emigraban a las provincias vecinas. Y esta emigración era continua, porque cuanto menor era el número de los que quedaban, más apretado y oneroso era el servicio militar.

"Antes – agregaba Pinedo – el Paraguay producía abundancia de vino y trigo, y abastecía de ellos a Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires; ahora hay que comprar una y otra cosa de Buenos Aires. Le causan mucho daño las naciones bárbaras que le roban sus ganados y la ponen en inquietud constante, siempre alerta y a la defensiva.

¡Señor, el Paraguay necesita una redención!

Para evitar su pérdida total, propongo a Vuestra Majestad las medidas siguientes:

1º Importa extinguir las encomiendas e incorporarlas todas a vuestra Real Corona.

2º Que para hacer la defensa de la Provincia se organice una milicia de 600 hombres, costeada por la Real Hacienda con los impuestos de capitación.

3º Que se formen poblaciones entre esta Provincia y Santa Cruz de la Sierra, para establecer una comunicación con el Perú. Al presente no se me figura muy ardua ni de exorbitante gasto esta empresa, respecto de las utilidades que concibo en su práctica, mediante a que de la Villa Real de la Concepción, fundada por mí dentro de las tierras que habitan los indios mbayaes, sólo dista el pueblo de indios chiquitos denominado Corazón de Jesús, de la gobernación de Santa Cruz de la Sierra, 80 leguas por el camino que acostumbran dichos indios según sus relaciones,y la del viaje que hizo por los mismos parajes el año l767 el jesuita P. José Sánchez Labrador, siendo cura del pueblo de Belén, de la jurisdicción de este Gobierno, cuyo diario tengo presente. Las conveniencias que resultarán del enlace, unión y comunicación de esta provincia con las del Perú considero utilísimas y ventajosísimas, así a la Real Corona de V. M. como a los habitantes de unay otras provincias" (Arch. Nac., Vol. 1, Nº 15-21).

El interesante documento cayó en el vacío. El Rey de España, rodeado de príncipes preocupados más por las cuestiones peninsulares que por las de las lejanas colonias, se desentendió del asunto. Ni fueron suprimidas las encomiendas que aún restaban, ni se organizó una milicia solventada por el fisco, ni se establecieron poblaciones en el Chaco. Quizá, ese camino de Concepción a Santo Corazón, con que soñaba el Gobernador Pinedo, al abrirnos por Santa Cruz los puertas de lo que constituye la actual Bolivia, habría establecido entre los dos pueblos una intensa corriente espiritual y material y habría evitado la guerra que estalló a causa del recíproco desconocimiento en que ambos vivieron durante tan largo tiempo.

Agustín Fernando de Pinedo fundó varias ciudades y pueblos del Paraguay, entre ellos Concepción y Pilar. Y, enterado de que los portugueses se habían establecido a orillas del Igatimí, cerca de la villa de Curuguaty, los desalojó de inmediato empujándolos hasta la, frontera.

Sigamos ahora con Pedro Melo de Portugal. Después de gobernar seis años, Pinedo la entregó el mando. Melo de Portugal se aplicó de lleno a aumentar la prosperidad del país, manteniendo el orden, asegurando la paz, resistiendo a todas las invasiones que sufría la Provincia y dando gran impulso a la agricultura y al comercio. Aparte de eso, fundó más de una decena de pueblos en la Región Oriental, y en el Chaco las reducciones de Melodía, Tobasy San Francisco Solano de Remolinos.

Pero el acto más trascendental del gobierno de Pedro Melo de Portugal, fue la fundación del Real Colegio Seminario de San Carlos, el primer instituto de enseñanza secundaria con que contó el país, el precursor – podría decirse – de nuestro Colegio Nacional de Bachillerato. En dicho establecimiento se enseñaba Latín, Retórica, Filosofía, Teología dogmático-moral, Matemáticas y Ciencias Naturales.

Accidentada fue la historia del Colegio de San Carlos. Fundado en 1783 por Pedro Melo de Portugal, fue clausurado en 1810 por orden de Velasco, quien lo convirtió en cuartel ante la inminente llegada de la expedición de Belgrano. Reabierto en 1812 por la Junta Superior Gubernativa compuesta de Yegros, Caballero y De la Mora, el Dictador Francia lo hizo desaparecer y dispuso de sus rentas. En 1841 los Cónsules López y Alonso lo restablecieron nuevamente, y desde entonces llevó una vida ininterrumpida y normal, hasta que la Guerra de la Triple Alianza lo cerró para siempre.

Ocho años duró el progresista gobierno de Pedro Melo de Portugal, quien más tarde llegó a ser Virrey del Río de la Plata.

Sucedióle en el mando el Gobernador Joaquín Alós. Durante el gobierno de éste, se realizó la fundación del fuerte Borbón para contener la invasión portuguesa en el norte, y también la expedición dirigida por el coronel José de Espínola que, partiendo de Ñeembucú, se internó en el Chaco, cruzó el Bermejo y llegó hasta Salta.

Que el Gobernador Alós también participaba de las inquietudes de Pinedo, en el sentido de la necesidad de abrir caminos y establecer poblaciones a través del Chaco, lo prueba el siguiente informe al Virrey: "Tengo por asentado y ventajoso a la Provincia – decía Alós – que se pueblen cuando más antes en la extensión posible los terrenos de este continente (el Chaco), se fomente el comercio y se facilite el tránsito a las provincias internas del Perú. Informaba a continuación que, a efecto de reconocer prolijamente los campos del Chaco, dispuso una operación dirigida por los Comandantes José Antonio Yegros y José de Espínola, asistidos del Ing. Geógrafo de la Tercera Partida de Demarcación de Límites Pedro Antonio Cerviño y del Piloto de la Cuarta Partida Pablo Lima. Los expedicionarios se internaron a larga distancia, "siendo de uniforme sentir que realmente son bellas las cualidades y proporciones del Gran Chaco para fundamentar en él diferentes colonias". Y agregaba que "adelantándose otras poblaciones, con el tiempo se abrirá y hallará el tránsito directo al Perú, cuya comunicación es sumamente interesante a la Provincia en la mutua correspondencia de sus frutos y otras ventajas, que aunque por ahora no sean tan ciertas, serán aún más de lo que me imagino con el trato sucesivo". (Bibl. Nac. de Río de Janeiro, documento citado por el doctor Efraím Cardozo).

La plausible gestión del Gobernador Alós tampoco halló la repercusión que merecía.

A su gobierno, cuya duración fue de 10 años, sucedió el de Lázaro de Ribera.

Para fomentar la enseñanza, Ribera propone el 22 de Diciembre de 1797 el establecimiento en Asunción de un seminario o escuela de primeras letras. "El amor vivo e inalterable – dice – de que estoy poseído hacia esta Provincia que la piedad del Rey me ha confiado, no me permite ver con indiferencia el abandono en que están las escuelas de primeras letras de estos pueblos, entregadas por lo general a maestros destituidos de aquellos conocimientos y buenas costumbres que deben ser la herencia de sus alumnos. La enseñanza de la juventud ha debido siempre una distinguida protección a los gobiernos ilustrados". Y a fin de que la instrucción pública se difunda por toda la provincia, "se traerán de cada pueblo seis muchachos, los cuales se volverán después que estén bien instruidos y vengan otros a reemplazarlos. En la escuela serán admitidos, sin estipendio alguno, los hijos de los españoles, para que estos vecinos tengan el consuelo de asegurar la crianza de sus hijos, los cuales contribuirán mucho, con su trato, a que se propague, más brevey con más facilidad, la lengua castellana entre los indios" (Arch. Nac., Vol. 3383 N. E.).

Velando por las buenas costumbres, el 23 de Diciembre de 1796, Ribera lanza un decreto que es publicado en la Plaza y calles de Asunción por voz del pregonero Montiel. Dice, entre otras cosas, el bando de referencia: "Que ninguno juegue truco, barra, volar ni otros juegos antes de misa mayor en día de trabajo ni de fiesta. Que ninguna persona de cualquier estado, calidad y condición que sea, cargue pistolas, trabucos, carabinas, puñales, navaja de muelle con golpe o virola, daga sola, cuchillo de punta chica o grande, aunque sea de cocina o de moda de faltriquera. Que ninguna publique pasquines, ni esparza libelos infamatorios en verso o prosa, de palabra ni por escrito, convirtiéndose así en declamadoresy perturbadores del sosiego público. Que ninguna persona de cualquier estado, calidad o condición que sea, ande por las calles después que se toque la queda, y si lo ejecutare, si siendo conocida sea hasta las once, con farol en noches obscuras. Que ningún pulpero tenga la puerta abierta de las diez de la noche en adelante, y que tocadas las Ave-Marías ponga farol. Que todos los dueños de solares los edifiquen dentro de ocho meses contados desde el día de la publicación de este auto, bajo apercibimiento de que no cumpliéndolo, se mandará justipreciary vender al primero que se obligue a edificarlos, a fin de que se mejore el aspecto de esta ciudad. Que el Alcalde Provincial, sus Tenientes, Alcaldes de la Hermandady Jueces Comisionados de Campaña, salgan personalmente cada tres meses a visitary recorrer las sementeras,y [verificar el] estado en que los moradores y habitantes de los partidos tienen las labranzas, examinando prolijamente si trabajan o no, si los sembrados que cultivan son correspondientes al número de personas de que compónese en la familia, si son capaces de suplir sus alimentos y si los cercados de las chácaras son proporcionados a sus resguardos. Que todas las carretas que entren en esta ciudad traigan el eje retobado de cueroy bien encebado, para evitar el incómodo y molesto ruido que con sus chillidos ocasionan por la omisión de esta fácil diligencia, inquietando a todas horas al vecindario". (Arch. Nac., Vol. 37, Nº 54).

En 1800 ya tuvimos teatro en Asunción. Fue en la Plaza de Armas. A un costado estaba el Cabildo. Al otro la Real Factoría de Tabacos. Al frente, la Casa del Gobernador. Y hacia la barranca, el improvisado escenario, donde se representaría esa noche "ha vida es sueño" de Calderón de la Barca. A todo lo largo de la Plaza esperaba una multitud impaciente y bullanguera. Precedido de un negrito esclavo que portaba un farol, llegó un caballero de tricornio y chorreras de encaje, jubón de raso, calzas cortas y hebillas de plata. Era don Lázaro. Nueve campanadas daba la Catedral cuando comenzó la función. Días después, Ribera narraba en esta forma el jubiloso suceso:

"En obsequio del cumpleaños de nuestro benigno soberano – dice su oficio del 19 de Diciembre de 1800 –, los individuos del comercio de esta ciudad representaron en la noche del 9 del corriente la comedia de Calderón que tiene por título "La vida es sueño", disponiendo y costeando un lucido teatro en 1a Plaza, a donde concurrió todo el pueblo, dando principio por una loa que tuvo por objeto recitar las grandes virtudes de un Rey y de una reina, padres de sus pueblos. El mismo comercio dio de comer aquel día a los pobres de la cárcel, manifestando todos su amor y fidelidad, y yo los deseos que siempre me han acompañado de promovery propagar, a tres mil leguas del trono, unos pensamientos que los considero muy apreciables y dignos de que lleguen a noticia de V. E., cuya vida ruego a Dios guarde muchos y felices años". (Arch. Nac., Vol. 40, Nº 4).

A propósito de artey letras, conviene recordar que Ruy Díaz de Guzmán – soldado y escritor – publicó la crónica histórica titulada "La Argentina", que él consideraba "primera fruta de tierra tan inculta y nueva". Y que durante el coloniaje destacáronse como poetas Juan de Salazar, Luis de Miranda de Villafaña, Gonzalo de Acosta, Martín del Barco Centeneray José de Antequera. Pero la poética colonial no está en esos versos solamente. Está también en las ingeniosas poesías populares ("compuestos", "maravillas, relación, etc.), en las sátiras políticasy sociales, en los panfletosy en los escritos de las paredes callejeras.

Ribera interesóse por la salud del pueblo. En Real Orden de 20 de Mayo último – expresa una nota del 25 de Febrero de 1805 – V. E. se sirvió comunicarme la agradable noticia de haber arribado con felicidad a este continente la expedición marítima destinada a propagar entre estos vasallos el admirable descubrimiento de la vacuna, después de haberlo introducido en las islas Canariasy de Puerto Rico". Y más adelante agrega que "en el caso de que por la distancia no pueda venir ningún individuo de los que acompañan al Director don Francisco Xavier de Balnis, se mande de aquí un cirujano a fin de que, recibiendo del mismo director o de algún comisionado la instruccióny necesarios conocimientos, pueda operar con el acierto que se desea en beneficio de estos remotos vasallos". (Archivo Nacional, Vol. 34).

Pero el activo gobernador no se contentaba con que fuesen vacunados los asuncenos solamente. Quería que los beneficios de la salud pública lleguen también a los pueblos del interior, aún a los más lejanos, como lo prueba este oficio del 30 de Diciembre de 1805: "La inoculación de la vacuna es un maravilloso preservativo de la viruela natural, ya conocida en toda Europa y en América, y para introducirla en esa población, el pueblo de Belén e Ycuamandiyú [Ykuamandyju], me remitirá V. prontamente 6 u 8 muchachos que no hayan tenido viruela, con algún hombre que sepa sangrar aunque sea imperfectamente, pues basta que maneje un poco la lanceta, para que en su presencia se vacunen aquí los dichos muchachos y regresen en estado de que el referido hombre puede vacunar sin dificultad comunicando de brazo en brazo este admirable remedio, que ha salvado la vida a millones de almas". (Arch. Nac., Vol. 127, Nº 12-22).

Con el objeto de desalojar a los portugueses de Coimbra, fortaleza fundada en territorio perteneciente a la Provincia del Paraguay, Ribera organizó y dirigió personalmente una expedición. Escuchemos su narración, escrita a bordo de la sumaca "Nuestra Señora del Carmen" el 17 de Octubre de 1801:

"No cansaré a V. E. con la relación de un viaje que lo hizo penoso la extraordinaria permanencia de los vientos contrarios y tempestuosos, y me ceñiré a decir que a los 42 días de navegación logré ponerme delante del fuerte Coimbra a las 4 de la tarde". Comenzó en seguida un fuerte cañoneo de ambos bandos, hasta que a las 5.45 "empezó a soplar con fuerza el suroeste, obligándome a dar la orden para que todas las embarcaciones se amarrasen a barlovento de Coimbra, con el objeto de cortarle toda comunicación con los establecimientos del norte. La mañana del 17 amainó un poco el viento y requerí al comandante, que es un Teniente Coronel de Ingenieros, para que se rindiese; me contestó con honor, diciendo que él y todos los defensores del fuerte se sepultarían primero debajo de sus ruinas. El 18, 19 y 20 se realizaron varias tentativas de acercamiento, con nutrido fuego de ambos bandos. Pero los portugueses se encontraban bien parapetados. Coimbra ya no es la estacada formada en un comienzo. Es un fuerte de cal y piedra, en cuya construcción trabajaron cuatro años. Está situado en la falda de un cerro elevado, cubierto de árboles y matorrales que forman un impenetrable bosque. En los días 21, 22 y 28 sopló el viento furiosamente. La noche del 22 fue el extremo riguroso de viento, agua y truenos, con unos torbellinos del norte y noreste tan impetuosos que nos ponían a pique de zozobrar. El 24 los capitanes y prácticos de los buques dieron su dictamen, manifestando que no podían detenerse más tiempo en la altura de Coimbra sin correr el riesgo de quedar sin agua para regresar, por ser mucha la rapidez con que bajaba el río. La Junta de oficiales votó por unanimidad la pronta retirada.

En los nueve días que sitié a Coimbra, no tuve ni una hora de tiempo favorable, y puede decirse que más fui a luchar con los elementos que con los enemigos del Rey. A pesar de tanto contratiempo y desgraciadas circunstancias, las armas de S. M. se hicieron respetar constantemente sosteniendo una superioridad decidida. Los portugueses fueron testigos de nuestra dominación, manteniéndose encerrados en los bosques más espesosy detrás de las murallas del fuerte. (Arch. Nac., Vol. 35, Nº 9).

La expedición tuvo, pues, que emprender el regreso. Si ella resultó infructuosa, la culpa no fue por cierto del Gobernador Ribera.

En 1797, el progresista gobernante estableció una fábrica de cables de güembé [guembe] y caraguatá [karaguata]. Estaba convencido de que por "los grandes recursos que tiene esta Provincia para ser rica y feliz, sus muchasy excelentes producciones", había que tomar medidas de esa naturaleza para hacerla prosperar. "Es un establecimiento – decía – que he fomentado venciendo todas las dificultades; él puede ser muy útil a V. M.ya estos vasallos, con no poco perjuicio de las potencias del norte de Europa, cuyo tráfico del cáñamo padecerá un decrecimiento proporcionado a la protección que se dispense a estas provincias". (Arch. Nac., Vol. 40, Nº 4).

La industrialización de esta producción nativa resultó un éxito. La nueva manufactura paraguaya encontró gran aceptación en la armada española, que la utilizó con eficacia durante las guerras napoleónicas. En un oficio del 19 de Diciembre de 1798, Ribera afirma que "habiendo remitido 6 cablesy 12 calabrotes para la Marina Real surta en el apostadero de Montevideo, me pide el Virrey otros que ya se están trabajando, manifestando en dicha carta que la experiencia ha enseñado la excelente calidad de aquellas amarras y que pueden preferirsea las de cáñamo por esta razón, y por la economía que resulta en los precios. La otra planta, llamada caraguatá [karaguata], es en mi concepto de más resistencia que el cáñamo, y la más a propósito para jarcias, por cuyo motivo voy a mandar hacer 1 cabo de labor de 3 pulgadas y 60 brazadas, para que el Virrey mande examinarlo en Montevideo, cuya tentativa me prometo podrá producir ventajas a esta Provincia y ahorros a la Real Hacienda". (id)

Ribera hacía que el Estado comprase la materia prima directamente a los productores. En efecto, una circular suya del 30 de Octubre de 1800 dice: "Puede V. S. publicar inmediatamente en esa Villa que el que quiera traer o remitir a esta Capital 5 ó 6.000 arrobas de güembé [guembe], se la comprará por cuenta de S. M. al precio corriente, pagando el importe sin dilación en sus Reales Cajas". (id.).

Constantemente llegaban urgentes pedidos de nuevas remesas. En nota del 18 de Enero de 1801, informa el Gobernador que el Virrey le ha ordenado hacer 2 cables, l calabrote y 1 guindalera. (id.). Y en otra, del 19 de Octubre de 1802, haber remitido a Montevideo 9 cabos de caraguatá,y estar terminados ya 2 calabrotes. En total, "se han trabajado, tanto de güembé como de caraguatá, 84 piezas, entre cables, calabrotesy guindaleras, desde 3 a 24 pulgadas de gruesoy 120 a 134 brazas de largo". (Arch. Nac., Vol. 928). Un documento, del 19 de Octubre la 1804, expresa que se han embarcado 2 calabrotes de güembé para la Marina Real y 1 cajón de caraguatá para el Gobernador de Montevideo. (id.). Y otro, del 17 de Noviembre del mismo año, informa que se remitieron 8 cables de güembé al Puerto de las Conchas. (id.).

Los cables de güembé y caraguatá, constituían, pues, un apreciable renglón de la exportación paraguaya.

El gobernador Ribera se propuso colonizar el Chaco. Poniéndose en contacto con los indios de Melodía, los payaguaes y otras diversas parcialidades del Chaco, y con sus catequistas, esbozó planes de gran aliento para realizar tal propósito. En un informe del 18 de Julio de 1796, Ribera expresaba que quería "dar a estos establecimientos un impulso cuyo movimiento se comunicase hasta las extremidades del Chaco. Las cosas se han proporcionado de modo que con 4 o 6 poblaciones bien situadas en el Chaco y 3 o 4 fuertecillos, lograríamos fijar para siempre el carácter inconstante de los indios". En su opinión, la conquista del Chaco sólo era factible poblando dicho territorio, y ese objetivo, siempre tan ansiado por la Provincia, no se lograría jamás con expediciones militares. En otra nota proponía los recursos que consideraba necesarios para llevar adelante empresa tan útil. "Con estos apoyos – agregaba – podrá un gobernador inteligente y celoso perpetuar la felicidad de la Provincia en diez o doce años. Estas poblaciones (se refería a las que proponía se fundasen en el Chaco) quedarán enlazadas con las de Tucumán y Perú". (Arch. Gral. de la Nación Argentina, documento citado por el doctor Efraím Cardozo).

Pero estaba escrito que ese grande anhelo no se realizaría. Y el bello proyecto quedó olvidado en las carpetas virreinales.

La benéfica labor desarrollada por Pinedo, Melo de Portugaly Alós, fue superada, si cabe, por Lázaro de Ribera. Su gobierno, que fue de diez años, se caracterizó por la propulsión que dio a la cultura, al arte, a la salud públicay a las industrias nacionales, como también por sus esfuerzos en defender las fronterasy en colonizar el Chaco. Con él termina la era del Resurgimiento.

La "Historia de una pasión argentina", Eduardo Mallea realiza una indagación enderezada a un saber de la realidad argentina. Los conceptos que emite se adecuan perfectamente a nuestros problemas. Por eso conviene meditar sus palabras: "Mientras vivamos durmiendo en ciertos vagos bienestares estaremos olvidando un destino. Algo más: la responsabilidad de un destino. Insertemos esta comprensión viva en el caminar de nuestra nación. Si ciencia es reminiscencia, lo que necesitamos en todo momento es reminiscencia, o sea conocimiento anterior, del origen de nuestro destino. Allí está potencialmente contenido nuestro devenir; si perdemos el recuerdo, o sea la ciencia de nuestro origen anterior, ¿qué podremos ser, más que un optimismo errabundo? Como los hombres, los pueblos que no han sufrido sólo conocen una grandeza pequeña. Y es este dolor lo que confiere a los pueblos y a los hombros un sentimiento heroico de su destinoy un estado de grandeza potencial".

La visión de la patria adquiere corporeidad cuando Mallea dice: "Uno de esos amaneceres, al concluir el trabajo, excedido de insomnio, salí a la calley eché a caminar por el largo paseo que hace un codo en el Retiro y sube hacia el bello golfo vegetal de la plaza San Martín. Me sentía absolutamente a solas con mi tierra caminando en el amanecer de la calle desierta. La hora del alba y la atmósfera me invadían. Al llegar a la plaza vi llegar por una de las calles laterales a una mujer vestida de negro. Su rostro era muy blanco y su cuerpo fino. Instintivamente, caminé unos pasos tras ella. Tal vez estaría materializado el vasto sueño argentino en esos ojos grandes y sufrientes, en ese paso rítmico, rápido, que denotaba un apuro por llegar; lo cierto es que la vi pasar, desaparecer, perderse por la calle Charcas detrás del Plaza. De ese mismo modo a la vez corpóreo y fugaz pasaba ignorando el país nuestro ante los ojos habituales. Esa mujer era tal vez una mujer perdida a fuerza de no haber hallado su destino; o tal vez había encontrado su destino, una vez, viviendo algún minuto con intensidad".

El Paraguay, ha encontrado en ocasiones la ruta de su destino. Pero la perdió de nuevo, ya en el pantano de las dictaduras, ya en las encrucijadas de la anarquía. Nuestros problemas, sin embargo, son simples. Son problemas viejos con modalidades nuevas. Los mismos que planteaban y resolvían los gobernadores Pinedo, Melo de Portugal, Alós y Ribera. Y que pueden resumirse así: Caminos, Higiene, Escuelas, Tierras. Ese plan – ejecutado bajo la égida de la libertad –, será la brújula que señale el derrotero de nuestro destino. Aunando esfuerzos, realicémoslo cuanto antes, que desde los lejanos confines de nuestra historia sigue resonando todavía aquel grito angustiado del Gobernador Pinedo: "¡Señor, el Paraguay necesita una redención!".


Capítulo VI

TRANSFORMACIONES TERRITORIALES DE LAS MISIONES


Dice un escritor que si dispusiésemos de una serie do mapas políticos antiguos, hallaríamos a Egipto dilatándosey contrayéndose como un zoófito bajo el microscopio.

Algo semejante nos ocurriría con las Misiones, cuyo territorio, encogiéndose y ensanchándose en diversas oportunidades, constituye un logogrifo geográfico difícil de desentrañar. Sabemos que los jesuitas, al llegar en 1609, se establecieron en el Guairá, Paraná y Uruguay. Y que los del primer grupo, al ser más tarde atacados por los bandeirantes, se vieron obligados a trasladarse al sudoeste. Vinieron a engrosar, pues, las reducciones erigidas en la región que, cruzada por el Paraná y el Uruguay, se extendía desde el Tebicuary hasta el Ybycuí.

Los límites de las Misiones Jesuíticas eran los siguientes: río Tebicuary, Estero Neembucú, río Parané, laguna Yberá, ríos Miriñai, Uruguay e Ibycuí, cordillera de los indios Tapes y río Yguazú. En esa superficie estaban comprendidas las 30 reducciones. Todas ellas se hallaban enclavadas en territorio de la Provincia del Paraguay.

Recordemos que en 1617 la Provincia fue dividida en dos. A fin de deslindar jurisdicciones, una Real Cédula del 10 de Noviembre de 1659 declaró que, de los 30, "son 13 señaladamente los pueblos que siempre fueron de la jurisdicción del Paraguay". Es decir que los 17 restantes habían pasado a pertenecer a Buenos Aires.

Como también existía confusión de jurisdicciones eclesiásticas entre los dos Obispados, la Real Cédula del 11 de Febrero de 1724 ordenaba aclararla. Los jueces compromisarios dictaron su fallo expresando que "los términos del Obispado del Paraguay son e incluyen las vertientes todas del río Paraná, y los del Obispado de Buenos Aires las del río Uruguay, que son las divisiones de ambos Obispados".

Las vertientes del río Paraná y las del río Uruguay están divididas por la Sierra Grande de las Misiones, que viene a ser el límite natural, el divortium aquarum entre los dos obispados. (Véase mapa al final). Al norte de dicha sierra estaban situadas las 18 misiones paraguayas y al sur las 17 correspondientes a Buenos Aires. El fallo venía a confirmar, pues, el sentido de la Real Cédula de 1659. De donde se ve, que la jurisdicción política y la jurisdicción eclesiástica coincidían exactamente.

A esta segregación – ya que las 30 reducciones pertenecían originariamente al Paraguay – siguió otra. A causa de los disturbios relacionados con la Revolución Comunera iniciada en Asunción por el doctor José de Antequera, una Real Cédula de 1726 separó los 13 pueblos de las misiones paraguayas incorporándolos a la jurisdicción de Buenos Aires. La frontera paraguaya se replegaba, pues, hasta el Tebicuary.

Esta medida fue anulada en 1784 a pedido del Gobernador Melo de Portugal, reintegrándose por tanto los 18 pueblos al Paraguay. Ahora, el límite era otra vez la Sierra Grande.

Pero un nuevo cambio se produjo en las Misiones en 1803. En efecto, por una Real Cédula del 17 de Mayo de ese año, los 80 pueblos entraron a formar un gobierno "con total independencia de los Gobiernos del Paraguayy Buenos Aires". Es decir que la nueva gobernación fue creada a costa de las 18 misiones paraguayas y de las 17 pertenecientes a Buenos Aires. Su jurisdicción se extendía a todo lo largo de la región jesuítica, esto es, desde el Tebicuary en el noroeste hasta Ybycuí en el sudeste. Gobernador de las Misiones fue nombrado Bernardo de Velasco.

Tres años más tarde, Velasco fue nombrado Gobernador del Paraguay, sin abandono de su otro cargo. Al venir a quedar ambos gobiernos en manos de una misma persona, el título de Velasco fue éste: "Gobernador military político e Intendente de la Provincia del Paraguay y de los treinta pueblos de las Misiones de los indios Guaraníes y Tapes del Paranáy Uruguay". Así, en forma de unión personal, se encontraban ligados el Paraguay y las Misiones cuando sonó la hora de la emancipación hispanoamericana. La cuestión de Misiones no constituyó propiamente una desmembración, pues en el ajuste de límites realizado en 1811 por los nuevos Estados, el Paraguay se reservó la parte que había sido suya hasta 1803.


Capítulo VII

COOPERACION EN LA DEFENSA CONTRA LAS INVASIONES INGLESAS


Un año hacía de Trafalgar. En ese combate naval, al vencer a las escuadras coligadas de España y Francia, Gran Bretaña había quedado dueña de los mares. Unos marineros ingleses, cumpliendo instrucciones del Gabinete de su país, ultimaban detalles en la ciudad del Cabo de Buena Esperanza, para caer sobre Buenos Aires o Montevideo y adueñarse del Plata agregándolo a la corona del Rey de Inglaterra.

Y poniendo manos a la obra, poco después partían del Cabo, rumbo al Río de la Plata, las fragatas "Diadem", "Raisonable" y "Diomede", las corbetas "Leda", "Narcisusy "Encounter" y cinco transportes más. Venía al mando de la escuadra el Comodoro Sir Home Popham, y como jefe de las tropas el Mayor General William Carr Beresford. Venían también 1200 hombres y 6 piezas de artillería de campaña.

El 25 de junio de 1806 los invasores desembarcaban en Quilmes, al sur de Buenos Aires. Las fuerzas españolas son dispersadas por los ingleses, mientras el Virrey, Marqués de Sobremonte, huye a Córdoba. El enemigo hace alto en Barracas. Un parlamentario llega al galope y se apea en el Fuerte. Trae la intimación de rendirse. La respuesta es afirmativa. Algunas horas después, los regimientos ingleses, a tambor batiente, son de clarines y banderas desplegadas, entran por las calles del sur.

El invasor reunió alrededor de un millón trescientos mil pesos en oro y plata, suma que fue enviada de inmediato a Inglaterra. El vencedor otorgó las condiciones siguientes, expresadas en hojas sueltas repartidas por la ciudad: Entregadas que fuesen las armas, las tropas vencidas se retirarían con todos los honores de la guerra. Toda propiedad sería respetada. Y todo derecho individual, protegido. El cabildo continuará en pleno ejercicio de sus funciones. Nadie será forzado a tomar las armas contra el Rey de España. Se protegerá el libre ejercicio de la religión católica.

Algunos comienzan a resignarse. Existe en el alma de esa gente una especie de conformidad maquinal. Hasta creen que resultará benéfico el nuevo gobierno y que, a la vuelta de pocos años, Buenos Aires podrá llegar a ser un importante emporio.

Arturo Capdevila nos cuenta que por aquellos días se realizaban "saraos de familia, en que los ingleses, verdaderos espejos de urbanidad, ora trataban de enseñar sus danzas a las porteñas, ora de aprender de ellas las suyas. Son los días en que salen de paseo por la Alameda las más distinguidas "señoritas", con los Pack, con los Patrick, con los más gallardos oficiales, y en que las madres se complacen en caminar cerrando la marcha, no sin considerar la idea del posible casamiento de las hijas con los herejes. Y allá van del brazo con los rubios mozos, las Sarratea, las Marcó del Pont, las Escalada...

Súbitamente habían dejado de ser tenidos en cuenta de piratas los ingleses, y eran mirados ahora – por ciertas promesas de independencia que andaban haciendo – como buenos amigos del país. El juicio público, en suma, cabía en esta expresión que todos hacían propia: – Están en guerra con el Rey, pero en paz con la tierra.

Al abrigo de este apotegma hay muchos que pactan; muchos que de algún modo ponen en paz sus escrúpulos y siguen camino adelante. Pero el pueblo, no. El pueblo es el coro insobornable de las tragedias antiguas. Sólo sabe lo que sabe. Hasta su ignorancia es defensa y antemural para él. Mira y comprende. Se explica perfectamente que el señorío ande haciendo buenas migas con los colorados. La cortesía manda así sea. Mas, para no contagiarse también, se vuelve sardónico, suelta cada día su pullay está con el oído aguzado, atento a las voces de la tierra".

El vecindario tiene esperanza de que el invasor sea expulsado. Cautelosamente se hace correr la voz de la resistencia. En la trastienda del librero Valencia se forma una logiay de allí salen diariamente disposiciones. Existe una organización perfecta para echarse a la calle apenas batan marcha los tambores. Santiago Liniers, francés al servicio de España, y por aquel entonces Capitán del Puerto de la Ensenada, se ha dirigido a Montevideo a solicitar algunos refuerzos para retomar Buenos Aires.

Nativos y peninsulares estaban unidos ante la desgracia común. Lo que se tramaba era una guerra de conquista, pero también era una guerra de religión. Los británicos, que paseaban por las calles con sus vistosos uniformes colorados, eran anglicanos. Pero, para el pueblo, al no ser católicos, eran "herejes".

"Entonces – agrega Capdevila – la grey católica, que es toda Buenos Aires, se refugia en al rosario. El prior de los dominicos, Fray Gregorio Torres, que sabe ya de la encendida promesa de Liniers a la Virgen, insta de seguro a los cofrades a secundada con la devoción que les es más grata. Y ella se cumple en cada casa. Y tarde a tarde, a la hora de la salutación angélica, mientras repican las campanas, empieza en todas las casas el "Dios te salve, María". Los oficiales ingleses ya lo saben. Hay una hora en que toda la familia, bajo cuyo techo habitan, se reúne en algún grande aposento a corear una plegaria. Oyen el vocerío de aquel rezo y prefieren salir. Comprenden que están de más. Comprenden que esa plegaria es algo que los separa, y acaso coligen también que se está rezando contra ellos. Lo colijan o no, les parece muy curioso el suceso. La familia entera está reunida. Todos. Los padres, los hijos, los abuelos. Todos. Varones y mujeres, viejosy niños: enteramente todos. Si acaso llega una visita, no se anuncia; entra, se arrodilla el que fuere, y participa de la oración y de aquella devoción impresionante.

Interróganse los ingleses con interés, acaso con íntimo desasosiego:

– Do you know what the rosario is?

– Oh, yes! It is a very curious devotion!

– One of the most curious devotions of the Roman Catholic Church.

Sí. Ya saben algo los ingleses. Van por las calles a la hora del Angelus los señores oficiales británicosy ¿cómo será que no se enteren, si el coro de la unánime plegaria trasciende de las cerradas ventanas de cada casa y derrama por el aire frío su compungido rezongo?"

Cruzando por Colonia, Liniers desembarca el 4 de Agosto, bajo una lluvia torrencial, en la margen opuesta, un poco al norte de Buenos Aires. La lluvia enloda y borra los caminos, lo que impide a Carr Beresford salir a campo abierto, como estaba planeado... Llueve cinco días seguidos. Liniersy sus tropas se ponen en marcha. Llegan hasta el Retiro. La columna inglesa se repliega sobre la Plaza. Y se encierra en el Fuerte. Gran número de ciudadanos se incorpora a las fuerzas de Liniers. La artillería inglesa está barriendo las calles. Los libertadores avanzan corriendo por las aceras. Se repliegan las chaquetillas rojas. Y ya se está peleando en la Plaza Mayor. El Cabildo, la Catedral y la Recova caen en poder de los atacantes. Ya están rodeados los ingleses. Sobre el Fuerte flamea la bandera de parlamento. Y Carr Beresford, al frente de sus diezmadas tropas, se dirige desde el Fuerte hasta el Cabildo a deponer las armas ante Liniers. La Reconquista estaba realizada.

A los pocos días, el Cabildo convoca a Congreso General. El pueblo en muchedumbre reclama el mando militar para el único jefe de verdad, Santiago Liniers. Sobremonte había perdido autoridad moral con su huida a Córdoba. Pero el peligro no había pasado. Era seguro que los británicos traerían una segunda invasión, mucho más poderosa que la anterior. El Virrey Sobremonte solicita, pues, con la mayor urgencia, auxilios al Paraguayy a las otras provincias del Virreinato.

El Paraguay, que siempre había prodigado su ayuda al Río de la Plata, ya en forma de poblaciones, de reducciones, de fuertes, de recursos efectivos, o repeliendo ataques de los indígenas, no podía dejar de prestar su concurso en esta grave emergencia.

"Un primer cuerpo del Regimiento de Voluntarios de Caballería – dice Juan F. Pérez –, distribuido en siete compañías y constante de 534 plazas, al mando del Coronel José de Espínola, teniendo como segundo al Mayor Fulgencio Pereyra y como ayudante de campo al Mayor veterano Juan de la Cuesta, se alistó en Asunción y parte en Pilar. En la oficialidad figuraban el Teniente Fulgencio Yegros como jefe de la segunda compañía; los Capitanes José Fernández Montiel, Cristóbal Insaurralde y Juan Manuel Gamarra, comandantes de la quinta, sexta y novena compañías; el Subteniente Benito Villanueva; los Alféreces Fernando de la Mora y Gervasio Acosta, el entonces cadete Antonio Tomás Yegros y varios más que muy pronto habían de tener importante participación en las acciones militares del año 1811, que a su vez determinaron la independencia del Paraguay.

El contingente paraguayo fue incorporado inmediatamente a las tropas regulares de Buenos Aires, aunque con su mando y oficialidad propios,y debidamente uniformado con la vistosa indumentaria de la época, pasó al poco tiempo como tropa de refresco a la Banda Oriental, donde actuó en la reñida defensa de Montevideo cuando la segunda invasión de 1807. Para reforzar este contingente, vinieron otros dos regimientos de la misma procedencia, con un total de 314 plazas, al mando del teniente Pedro Antonio de Herrera y el Capitán Manuel Antonio Coene".

En total, 850 paraguayos partieron al Uruguay para esperar la segunda invasión británica. También se encaminaron hacia allí las milicias de Córdobay de Santa Fe.

Por su parte, el Cabildo de Asunción envió al de Buenos Aires dos remesas de fondos para cooperar en los gastos de la defensa. La primera remesa, según Pérez, fue de 5.189 pesos de "donativo colectado en aquel vecindario para ayuda de los gastos de este ilustre Cabildo en sus preparativos de defensa", y la segunda fue de 1.550 pesos más. También el Obispo del Paraguay, don Nicolás Videla, envió 500 pesos en una libranza a cargo de Juan Bautista de Otamendi. Estas cantidades hacían un total de 7.239 pesos.

A comienzos del año siguiente, los ingleses aparecieron de nuevo. El ejército y la escuadra de Sir Samuel Auchmutty atacan simultáneamente. Los ingleses desembarcan en la playa del Buceo, contigua al actual Pocitos. Sobremonte huye por segunda vez. Montevideo se defiende tenazmente durante varios días. Allí mueren centenares de paraguayos. Los atacantes consiguen, finalmente, abrir una brecha en el muro del sury Montevideo es tomada el 3 de febrero de 1807.

"No pensé saldría con vida de tanta multitud de balas inglesas que llovía sobre nosotros – dice Antonio Tomás Yegros a su pariente don Juan Tomás en carta fechada en Capilla de Piedras el 22 de Enero de 1807 –. El 16 del corriente se desembarcaron a dos leguas de la ciudad, en el paraje o puerto que llaman de Buceo, más de 6.000 ingleses, donde ocurrimos prontamente los de caballería, que alcanzamos a 2.000, con el tren volante cañones de 8, donde todo el día nos estuvimos batiendo nosotros por tierra, y ellos del mar con las cañoneras pero nunca pudimos impedirles; y la misma tarde mandó el señor Gobernador al Virrey, que estaba acampado con nosotros, casi todos los Regimientos de Infantería, que componen 4.000 hombres, todos con grande valor y ánimo, dando vocesy gritería; pero de noche toditos los volvió Su Excelencia al pueblo,y a los tres días, al rayar el día nos avanzó a nosotros los de caballería, sin poderlos rechazar,y vinimos a parar a una legua de la ciudad, en los Migueletes, donde al día siguiente, por instancias del Cabildo, pidió el señor Gobernador a su Excelencia que nos viniéramos todos por la mañana a abatirlos, que se verificó con quinientos, y tanto por haber los de caballería muerto en el primer combate, donde murieron muchos de unay otra parte, los paraguayos murieron cientoy tantos, entre ellos un Alférez don Romualdo Agüeroy el hijo mayor de don Agustín Recalde, que sacaron la cuenta de muertos y heridos 55 de los nuestros. Fulgencio está con una herida de muerte, muy enfermo en el pueblo, de un tiro que le asestó bajo la espalda y casi le vandeó, y para sacar la bala fue preciso abrirle bajo la tetilla por un cirujano para sacarle con tijeras. Ha habido mucho destrozo por una y otra parte,y muchísimas traiciones que para contarlas todas falta tiempo". (Documento publicado por José A. Moreno González).

Los ingleses comenzaron a publicar poco después un periódico bilingüe:The Southern Star. (La Estrella del Sur). Editábase en la imprenta de la calle San Diego Nº 4. El primer número apareció el 23 de Mayo de 1807.The Southern Star abogaba por la libertad de comercio, además de tratar de asuntos políticosy religiosos. Se repartía profusamente en Montevideo y circulaba también, aunque bajo capa, en Buenos Aires. "En cuanto a vosotros, amigos españoles – incitaba un artículo –, el gobierno inglés desea vuestra felicidad de todo corazón. Vienen los ingleses no como conquistadores sino como defensores. Quieren emanciparos de la servidumbre. Volved los ojos a España. Ofrece una pintura de deshonra, infelicidad y humillación. ¡No hay otro refugio que Inglaterra! La libertad es el fundamento de la Constitución inglesa. Acogidos a Inglaterra, tendréis comercio libre de exacciones injustas y de monopolios onerosos. Inglaterra viene como el ángel de la paz seguido de su séquito natural: la libertad, la toleranciay la justicia".

La caída de Montevideo produjo un revuelo en Buenos Aires. El pueblo se agolpó frente al Cabildo y pidió a gritos que cese el Virrey Sobremonte. El Cabildo, que estaba presidido por don Martín de Alzaga, era de la misma opinión. Suspendió, pues, a Sobremonte y separóle de todo cargo, aparte de ordenar su arresto y la incautación de sus papeles.

Liniers hace un llamado patriótico para la defensa de Buenos Aires, pues ésta no tardaría en ser atacada. Todos concurren. El interior también responde. Llegan milicias de Catamarca, Tucumán, Córdoba, San Luis y Corrientes. Llega también un nuevo y fuerte contingente paraguayo, con el Gobernador Bernardo de Velasco al frente.

En esa oportunidad surgieron, según parece, los colores de la bandera paraguaya. Mientras se organizaba la defensa, hubo que distinguir a las tropas paraguayas que venían a sumarse al ejército. Juan Manuel Sosa Escalada ha encontrado en el Archivo de Buenos Aires un acta del 20 de Julio de 1807, en la que se manda pagar a Ramón Manuel de Pazos el importe de cuatro banderas; una encarnada, que se usó en la defensa para distinguir del ala derecha; una azul turquí para el ala izquierda; una blanca para el centro; y una tricolor (de los tres colores anteriores) para el cuerpo auxiliar. Este documento viene a confirmar una tradición oral. En efecto, a Sosa Escalada aseguraba su abuelo, el venerable maestro Juan Pedro Escalada, que tal fue el origen de los colores de nuestra bandera. Y lo mismo afirmaba Bonifacio Iglesias, vecino de San Pedro, cuyo hijo Pedro Iglesias actuó en el contingente paraguayo que estuvo en el Plata durante las invasiones británicas.

Casi cinco meses transcurrieron entre la toma de Montevideo y el ataque a Buenos Aires. Los ingleses desembarcaron el 30 de Junio en la Ensenada. Llegada la noticia a Buenos Aires, salen los defensores por las calles del sur rumbo a los campos de Barracas. El alcalde, don Martín de Alzaga, constata en aquellos momentos la indefensión casi absoluta en que se halla la ciudad, pues es irrisorio el número de tropas con que cuenta para defenderse en caso de ser invadida. Alzaga protesta y consigue que regrese a Buenos Aires un batallón siquiera para su custodia. Dispone que desde esa noche salgan los cabildantes de dos en dos y cada dos horas hasta el amanecer, a rondar las calles, y ordena la iluminación de éstas por si el ejército se ve obligado a una retirada a la plaza. Llega la noticia de que el ejército inglés – compuesto de 12.000 hombres y comandado por el Teniente General John Whitelocke – ha conseguido, mediante una afortunada estratagema, cruzar el Riachuelo de Barracas. Luego llega otra noticia peor: Liniers ha sido derrotado en los Corrales de Miserere (actual Plaza Once). Alzaga, enérgico y sereno, ordena traer la artillería del Retiro para abocarla a las calles de entrada. Dispone que se instalen parapetos con bolsas de yerbay lana. Y hace conducir desde los almacenes de suburbio víveres para la guarnición. Liniers y su segundo Bernardo de Velasco llegan ilesos a la ciudad. El jefe es aclamado por la multitud. Llegan gentes dispersas de los cuerpos voluntarios.

La Defensa comenzó el 5 de Julio. El enemigo ataca al amanecer. Se apodera del Convento de Santo Domingo, situado a tres cuadras escasas de la Plaza Mayor. Hacia el otro rumbo, se apodera también del Monasterio de Santa Catalina. El pueblo se defiende tenazmente; desde los balcones y azoteas cae sobre los ingleses un diluvio de hierro. Ahora comienza, la segunda fase del combate: la de atacar al inglés en sus reductos. Rueda hacia allí la artillería. Whitelocke y los suyos, al caer la tarde del 7, terminan por rendirse. Se ajustan los términos de la capitulación. Los británicos se comprometen a evacuar no sólo Buenos Aires, sino también Montevideo. Amanece el 8 entre un repique general de campanas y el delirio del júbilo ciudadano.

Poco después, la corte de Madrid nombra Virrey a Liniers y la otorga el título de Conde de Buenos Aires. El audaz intento de los ingleses cohesionó a los criollos americanos. Argentinos, paraguayos y uruguayos, formando un sólido haz, defendieron con fierezay eficacia el suelo del Virreinato.

Además, la fallida conquista sirvió también para dar a los criollos la conciencia de su propio valer, la medida de su capacidad. Fue, de esa manera, uno de los cimientos de su autonomía, la que estalló vigorosa y pujante al correr de pocos años.

Tal fue la colaboración paraguaya a la defensa del Virreinato durante las invasiones inglesas. Como en todo el decorrer del coloniaje, la Provincia tenía que estar presente, y lo estuvo, cuando un peligro común amenazaba. Leal y solidaria, olvidando agravios e injusticias, no escatimaba sacrificios ni eludía deberes, que sacrificios y deberes informaron su historia plena de grandeza.


NOTAS

1.- A su leyendoso origeny a su azaroso historial, Villa Rica agrega los nombres de los notables escritores que de su seno surgierony la fama de gracia do sus mujeres, sus paisajes y sus costumbres.

Hoy, por la ruta recientemente construida, Villa Rica está a cuatro horas escasas de la capital. Al llegar al río Tebicuary, un abra hermoso se extiende ante la vista, mientras en el horizonte luce la sierra Ybytyrusu su cinta morada. Mbocayaty[Mbocajaty] y su blanco campanario pronto van quedando atrás en el fugaz viaje. Granjas, granjasy granjas. Y en un rápido recodo del camino, protegido de blancas barreras laterales, ya se comienza a andar entre las umbrosas quintas suburbanas. Un lugar de encantamiento. Le llaman Ybaroty. Traducido, significa "lugar de frutas amargas". Quizá abunden allí frutas de esa especie. Pero Ybaroty es recreo de los ojos, goce del espíritu...

Lo que llama la atención de inmediato es el aspecto colonial que en forma casi intacta conserva Villa Rica. Añosasy venerables casonas, con sus plácidos aleros, sus rejas de madera torneaday sus puertas bilaterales formando esquina, aparecen a cada instante. Villa Rica es sumamente evocativa. Y los guaireños tienen gran cariño a la tradición. Mientras nos largamos calle adelante, unos amables amigos nos van informando. "Aquí nació Natalicio Talavera... No lejos de Villa Rica, en Pisadera, vio la luz Delfín Chamorro... Aquí vivió Ramón I. Cadozo... ¿Ven aquella casa? Perteneció al médico Estigarribia... Allí empezó a escribir Natalicio González... Aquella era la casa de Ramos Giménez... Y ahora vamos hacia Ybaroty, el barrio de Ortiz Guerrero... En estos contornos transcurrieron las horas felices de su niñez... En esta casa vivía cuando comenzó a publicar sus poemas en "El Surco"... Este es el Ycuá-Pytá [Ykua Pyta], por cuyas glaucas lomas iba con sus amigos, en las horas vespertinas,a repuntar rebaños de versos... Y aquí, en este humilde rancho lo pajay barro, se encerró después"... Una tácita orden de silencio es acatada por todos. Y quedamos algunos minutos, en respetuoso recogimiento, ante la ermita de aquel santo laico, de aquel maestro de la dignidad y del carácter, de aquel que, atacado por un terrible mal, supo seguir hasta el fin sembrando belleza.

"Este es el Boulevard Interior. Más allá está el Boulevard Exterior", nos informa ufano uno de los cicerones. Esto suena a parisiense, a Boulevard des Italiens, a Boulevard des Capuchines... Pero no hay que extrañarse. Villa Rica sigue siendo andariega. No ya en el sentido físico de traslación, sino en sentido espiritual. Es una ciudad llena de inquietudes, de anhelos, de aspiraciones. Y aspirar es ya andar. Feliz ciudad, que sabe armonizar la tradicióny el cambio, la conservacióny la transformación.

Estamos regresando ya al centro urbano. Llega hasta nosotros un sonido de arpas. Inquirimos la causa. Una señora, comerciante, ha traído a tres muchachas, empleadas suyas, a vivir consigo,y para que se distraigan les ha comprarlo tres arpas. En las horas libres ellas pasan tañendo el dulce instrumento. El consejo do Fariña Núñez no ha caído, pues, en olvido:

"Resuenen siempre las nativas arpas,

cuyas cuerdas heridas por hermosos

dedos cuajados de oro ypedrería

vibran con honda ysugestiva música".

Cruzamos la Plaza Libertad, a la que rodean la Iglesia, el Banco Agrícola, la Delegación Civil y la antigua casa del Dr. Bottrell, confortable "bungalow"de dos pisos en que pone su gracia decorativa la santarrita. A cien metros de la Plaza están la Municipalidad – con un amplio salón de actosy excelente escenario que con justicia podría llamarse Teatro Municipal –, el "Centro Español"y el "Club Porvenir Guaireño". En los bailes de dichas entidades se observa el innegable cachety la justificada fama de sociabilidad que tiene Villa Rica. La distinción de las damasy la sobriedad de los caballeros ponen una nota especial en el ambiente.

Rumbo a la estación del ferrocarril, vamos observando un desfilar de molinos, ingenios, usinas, fábricas, desmotadorasy aserraderos que elevan su humeante tirabuzón azul...

Resultaría interesante y útil realizar un trabajo de seminario que, bajo el título de "Ficha sociológica de Villa Rica", consistiese en una averiguación sobre escuelas públicas, instituciones do beneficencia, instituciones de recreación, iglesias, cooperativas, vida industrial, higiene, arte rural, problemas de la habitacióny la administración de la ciudady de la región, viday trabajo en la granja guaireña, etc.

Bien se merece ese homenaje la segunda ciudad de la República: Villa Rica la andariega, acogedoray romántica.


NOTAS DE LA EDICIÓN DIGITAL


(1.) Preferimos omitir el párrafo siguiente, pues presumimos que hubo una omisión en la impresión:

Sin serlo de profesión, Sánchez Quell tiene un notable sent-

te material el historiador moderno plasma con los buriles de

los capítulos y en lo que se refiere a la "forma" de este obra.

(2.) hiérboles: sic

(3.) Yarigua-á-guazú, Yarigua-á-mí, Tapytanguá, Guazutay, Caañabé. Hoy se escribirían: Jarigua'a guasu, Jarigua'a mi, Tapytangua, Guasutay,

 

 

 

FUENTES CONSULTADAS


Manuscritos del Archivo Nacional
Vol. 1, Nº 15-21.
Vol. 3383, Nueva Encuad.
Vol. 37, Nº 54.
Vol. 40, Nº 4.
Vol. 34
Vol. 127, Nº 12-22.
Vol. 35, Nº 9.
Vol. 928
Vol. 196 Nueva Encuad.
Vol. 44, Nº 4-5.
Vol. 38, Nº 45-46.
Vol. 1, Nº 12.
Vol. 5, Nº 1-7.
Vol. 2, Nº 20.
Vol. 93, Nº 2.
Vol. 45, Nº 8.
Vol. 45, Nº 1.
Vol. 5, Nº 5.
Vol. 37, Nº 49.
Vol. 2, Nº 8-17.
Vol. 59, Nº 18.
Vol. 63, Nº 2.
Vol. 46, Nº 15.
Vol. 2, Nº 3.
Vol. 44, Nº 1.
Vol. 305 Nueva Encuad.
Vol. 63, Nº 5.
Vol. 546 Nueva Encuad.
Vol. 457 Nueva Encuad.
Vol. 95, Nº 7.
Vol. 3380 Nueva Encuad.
Vol. 594 Nueva Encuad.
Vol. 22, Nº 1-8.
Vol. 12, Nº 18.
Vol. 256 Nueva Encuad.

 

 


 
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SOSA ESCALADA, J. M.: Las fundaciones de las ciudades de la Asunción y Buenos Aires.
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TEJA ZABRE, Alfonzo: Historia de México. Una moderna interpretación.
VARZEA, Affonso: Límites meridionaes.
ZUM FELDE, Alberto: Evolución histórica del Uruguay y esquema de su sociología.

 

 

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