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VICTORIO V. SUÁREZ

  VARADERO (EL BURDEL DE ÑA CANDÉ), 2012 - Novela de VICTORIO SUAREZ


VARADERO (EL BURDEL DE ÑA CANDÉ), 2012 - Novela de VICTORIO SUAREZ

VARADERO (EL BURDEL DE ÑA CANDÉ)

Novela de VICTORIO SUAREZ

Editorial Arandurã

Asunción-Paraguay

Telefax: (595 21) 214 295

e-mail: arandura@hotmail.com

Julio 2012

 

Varadero, quilombo raso, ytaku

opupu ha otyky, ña Candé, Agripina,

Ypaka’a, Tiburón, Tres de Oro;

taku hendy ha overa, ñe’â otytyi,

tape oho ha ou, ñemano, jerokua,

tesarai ndahykui.

(Varadero, podrido de lupanares,

el agua hierve y gotea, doña Candé,

Agripina, Ypaka´a, Tiburón,

Tres de Oro; la calentura llamea y

refulge, el gemido late, el camino va y

viene, se muere, se copula,

el olvido no se derrite).

 

Se apaga el día y llega la noche,

pero en Varadero eso es apenas

un cambio de color para mirar las

cosas. Aquí no ha de pasar el tiempo,

el río continuará siendo río, y si bien

algunos morirán, las calles y las

paredes permanecerán quietas como

siempre. Los hijos serán la piel de los

muertos que seguirán viviendo con el

mismo sudor y las trasnochadas de

sus cogollos.

 

METÁFORAS DE LA MARGINALIDAD

 

“Los estados regresivos son el pan de cada día. El tiempo atormenta cuando uno retrocede medio siglo.

Entonces vuelvo a mirarme la cara como buscando aquella lejana efervescencia parvularia…”, confiesa el autor convertido en narrador al inicio de Varadero (El burdel de ña Candé), situándonos así en aquel Varadero de sus andanzas juveniles, de recuerdos de exiliados cruzando a la otra orilla en la revuelta del 47, de duelos de malandrines, marineros al paso y mujeres que ejercían el oficio más antiguo del mundo.

La joven Candelaria (ña Candé), protagonista del relato, dejó su pueblo allá en el norte para aventurarse ahí donde Asunción cae al río. Supo regentear uno de los burdeles más visitados del lugar, lo que no le impidió amancebarse y criar dos hijas, seguidoras de su profesión. Ya entonces, cuando aún era inimaginable pensar en reivindicaciones para las trabajadoras del sexo, sentenciaba la abuela de una de las ‹pupilas› que“trabajo vai no existe, ñemondánte na iporãi”.

En una cautivante prosa poética, entre ficción y realidad, el autor-narrador nos conduce por dos historias paralelas: la de Varadero, que sirve de espacio geográfico y temporal al texto y en donde se reflejan los hechos de la política criolla local y la otra historia, la del submundo de los burdeles y sus visitantes con el lenguaje orillero y en el que hay que entrar sin prejuicios para disfrutarlo.

Victorio V. Suárez, en esta crónica del rescate del pasado personal y colectivo, apela a metáforas de la marginalidad que le imprimen un sello peculiar a su primer relato novelesco: Varadero y después el rio…, orillas que salvan a perseguidos políticos, personajes al margen de la ley, mujeres que desafían con sus prácticas las reglas sociales…, márgenes que se transgreden.

Sin lugar a dudas, Varadero (El burdel de ña Candé) es una propuesta narrativa madura que interpelará y hará pensar a cada lector(a) en sus propios límites.

Maricruz Méndez Vall - Teresa Méndez Faith

Asunción - Paraguay - Boston - EE.UU.

 

 

(I)

 

Los estados regresivos son el pan de cada día. El tiempo atormenta cuando uno retrocede medio siglo.

Entonces vuelvo a mirarme la cara como buscando aquella lejana efervescencia parvularia. Lo que no logro entender hasta ahora es cómo aquellos fantasmas peregrinos lograron traspasar el tiempo y ocupar desmesuradamente mi cabeza, como si todos los sitios del mundo se hallaran invadidos por ellos.

Las imágenes siguen corriendo como ríos en la furibunda tarde de enero del año 1959. Todo está embotado de novedades y el ogro Mauro hũ ( Hũ: negro en guaraní.)pasea sus manos para apretujar bocas, golpear riñones y asfixiar durante más de tres décadas. Hasta hoy, después de cincuenta años anclados en numerosas escaramuzas, con medio siglo de estar raspando toda la piel, en pleno suplicio de los días que encajonaron el desconsuelo, sigo sintiendo las estocadas de aquellos años que no cesarán nunca porque resistieron las sublevaciones del olvido y apostaron por el juego simple de quedarse a vivir conmigo.

Es cierto, mi madre, eterna compañera de noches oscuras, aguaceros y tormentas tropicales, ya partió hacia la eternidad, recuerdo el modo infinito en que ella me miró cuando dejaba en el aire el último suspiro de palidez insustituible. Se apagó de manera etérea y desde aquella vez, hace más de diez años, nadie supo llenar mi existencia cargada de misterios rotundos y tristezas inconmensurables.

En realidad, ya nadie está. Ni Alipio Torres ni el abuelo Catalino, musculoso y atlético, tampoco queda la vieja abuela Cantalicia que arrastraba en aquellas apartadas décadas su zapatilla de alpargata como barriendo el suelo de tierra que llenaba la casa. Ella había llegado del norte, la distante proyección del tiempo la dibujó entre la densidad de los caraguatás de Fuerte

Olimpo.

Es que uno vuelve, regresa persistentemente, más aún después de ver que los ojos se nublan porque los párpados no pretenden seguir y se niegan a mirar la luz, pues todo parece una deflagración descompuesta ante el ayer que supuestamente fue mejor.

Hay un sitio exacto en que navegaron las falúas que invadían las aguas del río Paraguay. Me extasiaban las correntadas arrastrándose hacia Itapytãpunta ( Piedra roja, punta de esta piedra. Un barrio de Varadero) o Chaco’i (Pequeño Chaco). Tiene sentido sufrir de nostalgia cuando todo parece apagarse y por delante ya no queda sino un espacio miserable de multitud guisada que muere transportando su costra calcinada de deseos y olvidos en la piel. Eso fue lo que le ocurrió a Ramón Rojas, cuando ató una piola al cuello y se lanzó al vacío, hoy ya está muy lejos y su cuerpo se aquieta en un cementerio de la ciudad.

Toda la tristeza se impregna en mi piel y es posible que sea la única manera de llorar sinceramente ante la aflicción que trae el tiempo que pasó. Hace tanto, verdaderamente tanto tiempo.

Todo lleva a las lágrimas, el cuerpo se afloja totalmente y la hora cierta de la muerte espera los pasos que van de la luz a la oscuridad. El pecho no responde y los regocijos se apagaron definitivamente. Estoy muy cansado, con la boca cargada de silencio, con los ojos casi muertos, con la sangre que apenas fulgura al pasar por el corazón que se parece a bolsa de agua caliente.

Uno sabe el momento, los días, el año. Aunque es mejor ignorar, saltar con garrochas y pasar sobre toda la miserabilidad humana, la vida demacrada que trajina hacia el hundimiento como un barco oxidado. Los mareos son frecuentes y las noches no acaban nunca.

Duelen las articulaciones y la flor perdió su aroma.

Nada importa en realidad, porque uno sabe que vuelve hacia la nada donde flotan la evocación y las caras que ayer acompañaron esa existencia de infancia dulce y solitaria.

Todos en lo mismo, de cara a la madera oscura que se cierra para atrapar la pestilencia y luego la blancura de los huesos que se disolverán irremediablemente.

Uno debe prepararse a morir. Resulta absurdo que los mortales sigan sollozando. Tendrán que entender de una buena vez que sólo somos espectros de carne y huesos transitando hacia la fosforescencia esencial que nunca acaba.

Hoy, después de cuarenta años, todo regresa tan nítidamente; algunas calles siguen comiendo la misma intemperie todos los días, los atajos están clausurados y los arenales sucumbieron definitivamente en el río.

Sólo un pájaro negro parece dormitar en la punta de un mástil sin bandera ubicado en la APAL (Administración Paraguaya de Alcoholes.). Los canoeros se volvieron pescadores y las aguas fluyen pura tristeza en el barranco. De día parecen dormir, pero se desmelenan en las sombras de la noche como peregrinos inmortales que se resisten ante la fuerza e impiedad de los años que avanzan. Todavía existen las sórdi das casas de adobe y tacuaral, algunos caminantes de extremidades amputadas compaginan sus sueños en la ribera y se deslizan como apariciones surrealistas entre las almas gemelas que quedaron para no olvidar su pasado, con la inconmovible idea de seguir arando en sus vísceras el viento madrugador de innumerables misterios escondidos.

Siguen las caras arremolinando sus úlceras de carbón, continúan beodos y afligidos imaginando la eternidad pero entendiendo que sus pasos de cualquier manera se borrarán en el termal supurante. Todos transitan en la noche después de cuarenta años, y si bien parece que ya no están, ninguno ha muerto en realidad. El olor de la bahía mantiene su fragancia, los viejos quilombos tatuaron en su nido las manos y las almas de aquellos seres desamparados, chicuelas hermosas que murieron con un racimo de uvas entre las piernas. En la soledad del tiempo redimen todavía sus amuletos, las veo con nitidez, están en Varadero, en las mancebías de azufre donde perdura la gente porque uno siempre vuelve para comprender las cosas improbables de olvidar.

 

(II)

 

En el barranco de Varadero destella la silueta de la negra Sulunga, cachorra potente y altiva como una pantera en celo. Ella ya se fue pero su silueta morena, a las 12 en punto, arde aún como un día de enero rompiendo las correntadas del río Paraguay. Por algún raro bautismo folclórico y marginal Ypóra5 la llamaban.

Qué remotamente ha quedado aquella sementera de pimiento quemado con olor a hongo silvestre después de cada orgasmo. Rica yegua madrugadora, galopante de literas, suspiro de laurel, vulva generosa de humedad dilatada, polvareda caliente de los años 60, rímel de pescado, truculenta hembra diluida en la enfermedad del espacio que deshace fulgores pero que nada borra.

Años que pasaron ennegrecidos y arrogantes. Quilombos picantes de horneros extasiados. Varadero, la panadería García tahachi6 y los changadores que exhalaban en el aire su aliento pestilente con olor a guaripola7.

Carretillas de madera y estibadores tilingos que aprendieron a labrar con sus pies de suela aquellos arenales ardientes subiéndoles hasta los tobillos charqueados en la extensión costera.

Varadero, a mediados de la década del cuarenta los nazis fugitivos de la Segunda Guerra Mundial pasaron por allí para abordar las embarcaciones de los canoeros, se perdían en la oscuridad de la noche ribereña y con sus ojos garzos descubrían el riacho Negro y las orillas de Puerto Elsa, rumbo a Clorinda o tal vez hacia algún desconocido paraje de la Argentina.

Había pasado la primavera del 46, el pacto rojiverde8 y los mítines abrumadores se sucedían en las plazas de Asunción. Los más comprometidos evacuaron sus embrujos de largas caravanas y dejaron en el aura rémoras infatigables de voces exiliadas que volvieron y se fueron. La plazoleta del puerto había sembrado en el alma la añoranza de aquella mañana del 10 de agosto, un mes frío y colmado de gente ávida que deseaba escuchar a Oscar Creydt y Obdulio Barthe, luchadores candentes, vehementes oradores de barricada y profecías utópicas.

Varadero, 13 de enero en las retinas, la infausta revolución y luego los guiones rojos9 arañando el alba candadearon la bahía y la cárcel pública de la calle Yegros y Barranco del Río, territorio eternamente atiborrado de prisioneros políticos y presos comunes. Tres mil almas golpeadas por la vorágine de barbarie en el carril diminuto de los calabozos aterradores donde los reclusos morían como moscas.

El 47. Los puertos tanineros del norte, Concepción y la diáspora de pobres que llegaron a Asunción ayunando forzosamente y durmiendo en balsas de fornidos rollos. La negra Sulunga dormitaba su cara de niña en el regazo de su madre retinta como el carbón, despertó sin sorpresa en el muelle herido de la ciudad insomne. Desembarcaron y partieron hacia los alrededores sin rumbo ni hechizo. Se dispersaron hacia Itapytãpunta, los más vapuleados de tanto cansancio prefirieron quedarse en Varadero. Allí pernoctaron, se multiplicaron y murieron. Se escaparon del tanino y las acechanzas criminales de los capangas que pululaban desde el Chaco argentino para emprender una intrépida travesía hacia Puerto Casado, lugar sombrío donde llegaron para oficiar de verdugos y caza recompensas.

El 8 de marzo de aquel año zumbaron las primeras balas en Asunción y rápidamente las columnas de las ciudades se llenaron de plomo y plasmaron el delirio que comenzaba a pintar de carmesí el horizonte dilatado. Las poblaciones costeras se trasladaban al galope hacia Clorinda, allí fueron a plantar numerosos retoños de la estirpe, éstos habían nacido mientras las parentelas copulaban debajo de las carpas ligeras. No escondían sus caras de betún y ajenjo amargo. Se sabe de algunas historias que hablan de combatientes que cruzaron a nado el río Paraguay cuando las fuerzas gubernistas de Higinio Morínigo coparon el muelle y las costas sórdidas cargadas de huellas y pescados putrefactos.

Nadie quedó en las chozas y la esplendente suficiencia de Itapytãpunta parecía un gigante de barro colorado vislumbrando el éxodo. En agosto los leales aseguraron su laurel sobre un reguero de brutalidad y tristeza sin igual. Pecheras de marineros flotaban en las aguas del río, durante las noches sólo los harenes se animaban a encender sus lámparas a querosén para satisfacer a la clientela victoriosa que retozaba entre las velludas putas incrustadas en los escasos prostíbulos que resistieron el asedio de la cruenta revuelta.

Pasaron considerables años para mejorar la suerte del lugar.

Un sumiso esplendor se atrevió años después de la culminación de la Revolución del 47, con la inauguración del burdel de la apetecible Candelaria, vivaracha pimpollito remolcada por el infortunio desde Concepción hasta Asunción. Corría el primer quinquenio de la década del 50 y resulta difícil de olvidar el estrellato de aquella comadrona.

En este asunto nadie tuvo tan buena idea como yo, solía ufanarse la muchacha. Y, efectivamente, la fundación de un nuevo prostíbulo constituyó una solución para paliar la demanda de sexo en la densidad patética del lugar. De esta manera, otro reino de lujuria organizado abrió su portón para alentar el goce desprejuiciado de la carne. Es un pesebre para el pecado a bajo costo, se jactaba la dueña.

La posición de la mancebía era ideal, se erguía en una esquina llena de enredaderas tupidas y jazmines aromáticos, disponía de entradas y salidas laterales sobre dos calles polvorientas y fulguradas por un escuálido alumbrado público que dotaba de exigua luz noctámbula a la casa de trato. En el dominio de ña10 Candé relucían, sin embargo, las lámparas rojas, verdes y azules, asemejando blasones de arco iris sobre un gran patio orlado de banquillos de madera y planteras colgadas con sus helechos. Gran parte del viejo caserón quedaba copado por la sombra inmensa de un centenario guapo’y11 que cedía sus recodos traspasados mínimamente por la belleza radiante del ñasaindy12, especialmente en noches de luna llena que dilataban su cielo límpido y estampado para vaporizar las Siete Cabrillas y el Puñal del Marinero.

Los más tímidos, en su mayoría pichones de pandillas y tenaces veteranos de quilombos, aprovechaban alguna escapada para asilarse discretamente bajo la sombras de las arboledas. Sin mirarse las caras esperaban pacientemente su turno que llegaba después de cada servicio puntual a los más atrevidos. Las prostitutas apodaban a los bisoños “gorriones de quilombo”, echan un polvo y salen volando, solían decir con imprudente desenfado profesional.

Camisones transparentes, enaguas de coloración escarlata dejaban entrever en la transparencia noctívaga colosales muslos lecheados y entrepiernas pegajosas comprimiendo debajo de las bombachas cuarteadas profusos rizos de matrices olorosos que nunca conocieron el prodigio de la afeitada. Naqueadas13 lentas, escupitajos de chocolate en las rinconeras, tocos de petŷ14 en los bolsillos, humo de cigarro, cigarrillo negro y rubio, yvapara15 al cinto decoraban el ambiente del puterío que nunca muere, igual a las cucarachas.

Pilas de rajas llegaban desde el muelle y parecían tocar el infinito frente a la panadería de Alejandro García, un policía retirado corpulento y de cejas tupidas que parecía asesinar con la mirada. En el lateral templado del negocio marcaba la diferencia Ypaka’a16, quilombo emblemático, histórico, de apuñalamientos recurrentes y crímenes que en su momento conmovieron a la vecindad. En noches de sacrilegio placentero la gente cerraba las puertas y ventanas de sus casas para ignorar lo que allí ocurría, aunque todo el barrio sabía quién entraba y salía del lugar.

Los más cercanos a Ypaka’a espiaban a través de las rendijas, mediante esa curioseada clandestina alimentaban sus repertorios de chismes y cremaban adrenalina en la soledad de sus habitaciones. Ypaka’a nació una noche calurosa y mojada por los rastrojos de un aguacero que parecía colgar su arco iris sobre una hermosa tarde de febrero. De esta manera, Candelaria logró su primer sueño: armar un negocio a gusto y paladar que le rindiera buenos frutos y nombradía competitiva. Ella quiso bautizarlo “La conquista”, en honor a una de las calles que bordeaba el prostíbulo, pero su primer cliente, Filemón Cañete, navegante putañero y oriundo de Bahía Negra, la convenció de que le diera por nombre Ypaka’a, en distin ción a una de las bellas aves que entona con su canto su propio nombre y anida en la espesura salvaje de Chaco’i17 y alrededores.

Candé era una hembra de aspecto manso como un cordero. Nació en un lugar del Norte despúes de la guerra del Chaco, corría entonces el año 1936 y conoció de abundante fiebre corporal desde el inicio de la década del 50. Precozmente endulzó a decenas y cuando la desfloraron entregó todos los orificios, tal vez por eso en muy poco tiempo ya conocía todas las posturas mejor que Kamasutra.

 

5 Sirena negra, dueña del río.

6 Policía, en modo coloquial.

7 Aguardiente o caña, en el uso popular.

8 Acuerdo político antes de la revolución del 47 que involucró a colorados y febreristas.

Eran partidarios de Higinio Morínigo y Rafael Franco.

9 Después de la revolución del 47, así se llamaban los colorados, partidarios de

Natalicio González.

10 Quiere decir doña, en guaraní

11 Árbol de una gran copa.

12 Claridad nocturna. Luz de la luna.

13 Masticar hoja de tabaco.

14 Tabaco en guaraní.

15 Puñal afilado con mango reluciente.

16 Avecilla que habita el Chaco. Nombre del prostíbulo.

17 Orilla de la Región Occidental del Paraguay, sobre el río Paraguay.

 

 

 

NOTAS DE PRENSA SOBRE EL LIBRO

 

16 DE SETIEMBRE DE 2012  - ABC COLOR

LA VIDA EN UN BURDEL O LA VIDA ES UN BURDEL

VARADERO (EL BURDEL DE ÑA CANDÉ) DE VICTORIO SUÁREZ

Por José Vicente Peiró Barco.

 

No necesitamos hablar de la personalidad literaria de Victorio Suárez porque es suficientemente conocido en las letras paraguayas. Además de poseer una amplia obra en todos los géneros literarios desde que en los años setenta se integrara en el “Taller Manuel Ortiz Guerrero” junto a escritores paraguayos importantes como Moncho Azuaga, Amanda Pedrozo, Mario Rubén Álvarez o Ricardo de la Vega, entre otros, ha destacado en el mundo del periodismo literario, desde su labor en la dirección del suplemento cultural del extinto diario Noticias en los años noventa, como en la revista Arte y Cultura, de la que se han editado ya treinta y tres números desde su nacimiento en el año 2005. Destaca como crítico igualmente, sobre todo por su volumen Proceso de la literatura paraguaya (primera edición de 2006), y como autor de ficción nos ha dado muestras de un estilo propio y un conocimiento del oficio ejemplar en creaciones poéticas como Los fuegos del alba (1985), El cristal y la rosa (2008) y Cristal interior (Bardo Thodol), de 2005, o narrativas como La niña de sepia (2007) y Fantasmas peregrinos (2009).

Ahora se nos ofrece como novelista con una creación que no dejará impasible al lector: Varadero (El burdel de Ña Candé). Se trata de una novela que narra la historia de Ña Candé, mujer que regenta un estimado burdel en Varadero, en el populoso barrio de Sajonia de Asunción. Alrededor de la historia del lupanar se tejen las de otros personajes que dan color a la novela. Sin embargo, Ña Candé es en realidad un hilo conductor sobre el que se despliegan vidas, anécdotas y aventuras para conformar un conjunto narrativo en perspectiva, hasta el punto de unirse una amalgama de historias en forma de viñetas cuentísticas que forman un fresco de la vida popular asuncena entre la Guerra del Chaco y 1973, año del fallecimiento de la mujer. Una persona con una personalidad fortísima, honesta y digna, a pesar de su oficio contra la moralidad, que cae en la prostitución irónicamente harta de los supuestos amores. Es quizá este aspecto de dignificación de la protagonista uno de los elementos más atractivos de la obra.

Si Ña Candé, y su burdel Ypaka’a, es el planeta alrededor del que giran las vidas de los personajes, la novela se inicia de forma introspectiva, en primera persona, donde un narrador da testimonio expositivo de sus recuerdos, con un estilo retrospectivo monologal hasta cierto punto lírico, en el que afirma la supervivencia del fluir de las imágenes de las que ha sido testigo. Los personajes recordados han fallecido, pero se salvarán de la hoguera del tiempo gracias al recuerdo narrado. La novela sigue discurriendo para contar a continuación la vida de Candelaria y su evolución hasta conseguir regentar el burdel más importante de una zona donde yace un submundo que camina entre la picaresca de la supervivencia y la propia delincuencia. De un barrio adonde los nazis llegaban y robaban las falúas para buscar un escondite en cualquier lugar a la otra orilla del río Paraguay. De un barrio que representa a la Asunción más popular que Victorio Suárez reproduce de modo fotográfico.

Sin embargo, pronto el narrador se fija en un personaje al que llama ogro: Mauro hu. Este personaje va tomando cuerpo progresivamente a lo largo del discurso hasta acabar siendo el centro de la segunda mitad de la novela. Es el jefe virtual de Varadero y quien sobrevive hasta a los intentos vengativos. Hasta los perros callejeros le huyen desde que mató a una docena. De él corre la leyenda de que sus ancestros proceden de los negros que el general uruguayo Artigas trajo como servidumbre al Paraguay. Buen trabajador en el aserradero, acaba siendo junto a Mbopi una suerte de prócer vigilante de los usos y costumbres de Varadero. Precisamente uno de los episodios más dinámicos de la novela es el castigo a Papo Aká Guasú, lleno de humor desmitificador de la violencia.

El texto posee otro aspecto muy positivo: la acumulación gradual y sostenida de los personajes secundarios. Muchos aparecen y desaparecen, pero otros reaparecen. Todos se caracterizan por su fuerte personalidad y mantienen una voluntad de carácter. De esa manera, conforman un universo vertiginoso de relaciones mutuas fundamentado en episodios curiosos de la vida de cada uno. Algunos como el filósofo maestro rural consiguen rayar a la perfección, sobre todo por su ironía y el carácter jocoso del tratamiento de los sucesos.

En esa confluencia entre el lirismo inicial, la narratividad objetiva de la presentación de Ña Candé, la ironía de las situaciones, el uso de lo cómico en algunas secuencias y la sorpresa de los devaneos reside la fuerza de la novela. Episodios como los referentes a las enfermedades venéreas y las precauciones tomadas en el burdel refuerzan esa complicidad de personajes y narración. A ello añadimos el uso de los testimonios en primera persona escritos en cursiva, simulación de la veracidad por medio de la subjetividad del discurso. Sin caer en el detallismo excesivo, en la escenificación descriptiva compleja, y sin dejar languidecer una novela que empieza con el narrador testigo, y su discurso moroso, para discurrir por la aventura de Ña Candé y finalizar con el destino de Mauro hu.

Estamos ante una novela de un submundo reveladora de todo un mundo. Desde el universo de los lupanares, la delincuencia, lo suburbano, se camina hacia la suprema demostración de que en el fondo “los de abajo” son como “los de arriba”. Con un discurso bien meditado y comandado por la fluidez del lenguaje, al que ayudan las expresiones originales en guaraní para reflejar con ahínco maneras propias de ese mundo. Sin duda, el lector disfrutará como nosotros hemos disfrutado de esta obra que supone la confirmación de Victorio Suárez dentro de la narrativa. Y seguramente será una palanca para nuevos saltos cualitativos y cuantitativos.

Solo un defecto: nos quedamos con ganas de seguir leyendo más aventuras alrededor de Varadero y el burdel de Ña Candé. O a lo mejor precisamente es una virtud: acabar la novela en el momento exacto en que debe terminar.

 

 

 

13 DE SEPTIEMBRE DE 2012 - ABC COLOR

SE PRESENTÓ LA NOVELA “VARADERO”

 

La presentación de la novela “Varadero. El burdel de ña Candé” del escritor y periodista Victorio Suárez, se realizó el martes, en la Biblioteca del Centro Cultural de España “Juan de Salazar” ante un lleno total de público, ávido de conocer el nuevo texto del prolífico autor, quien además es poeta, y formó parte de la denominada Generación de los 80, con el Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero. La presentación del libro estuvo a cargo del poeta y dramaturgo Moncho Azuaga, quien también formó parte de dicha agrupación de escritores.

 

 

La madama ña Candé se dirige a sus pupilas, dictándoles reglas de comportamiento con los clientes del burdel. / abc color

Moncho habló de la calidad narrativa y voz poética del escritor, y especialmente en este libro, cuyos personajes y situaciones Suárez conoció muy bien, pues vivió en el mismo barrio en su niñez y juventud. Delineó Azuaga las características de algunos personajes y el mundo en que el autor los mueve con sus acertados lenguajes.


Por su parte, el autor dijo que el libro es un homenaje a estos personajes, al barrio y a sus mujeres.
Seguidamente se mostró un audiovisual realizado por la Secretaría de Cultura, sobre el tema del libro. En el patio, un grupo de actores dirigidos por Moncho Azuaga realizó una parodia del burdel de ña Candé.

 

 

11 DE SETIEMBRE DE 2012  - ABC COLOR

LANZAN OBRA NARRATIVA SOBRE VARADERO

 

Hoy, en el Centro Cultural Juan de Salazar, a las 19:30, se llevará a cabo la presentación de “Varadero, el burdel de ña Candé”, de Victorio V. Suárez. La obra aparece bajo el sello Editorial Aradurã. La referencia sobre el libro estará a cargo del poeta y dramaturgo Moncho Azuaga, y un grupo teatral que recreará el contenido del material. El acceso al evento es libre y gratuito.

 

 

El escritor y periodista Victorio Suárez presenta hoy su novela “Varadero, el burdel de ña Candé”. / abc color

El prólogo de “Varadero, el burdel de ña Candé” está escrito a doble mano por Teresa Méndez Faith y Maricruz Méndez Vall. Las mismas, entre otras cosas, señalan lo siguiente: “El autor, convertido en narrador, nos sitúa en aquel Varadero de sus andanzas juveniles, de recuerdos de exiliados cruzando a la otra orilla en la revuelta del 47, de duelos de malandrines, marineros de paso y mujeres que ejercían el oficio más antiguo del mundo. En una cautivante prosa poética, entre ficción y realidad, el autor-narrador nos conduce por dos historias paralelas: la de Varadero, que sirve de espacio geográfico y temporal al texto y donde se reflejan los hechos de la política criolla local, y la otra historia, la del submundo de los burdeles y sus visitantes con el lenguaje orillero y en el que hay que entrar para disfrutarlo”.

El autor nació en Asunción (1952). Poeta, ensayista y periodista. Forma parte de la llamada “Generación del 80”. Egresó de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, en la rama de Historia. Sus poemas y artículos aparecieron desde 1970 en los suplementos culturales de La Tribuna y ABC color. Publicó en todas las ediciones colectivas del Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero: “Y ahora la palabra” (1977), “Poesía Taller” (1982), “Poesía Itinerante” (1984).

 

 

 

10 DE SETIEMBRE DE 2012  - ABC COLOR

HISTORIAS DE VARADERO EN UN LIBRO DE VICTORIO SUÁREZ

 

Mañana, en el Centro Cultural Juan de Salazar, a las 19:30, se llevará a cabo la presentación de “Varadero, el burdel de ña Candé”, de Victorio V. Suárez. La obra aparece bajo el sello Editorial Aradurã. La referencia sobre el libro estará a cargo del poeta y dramaturgo Moncho Azuaga, y un grupo teatral que recreará el contenido del material. El acceso al evento es libre y gratuito.

El prólogo de “Varadero, el burdel de ña Candé” está escrito a doble mano por Teresa Méndez Faith y Maricruz Méndez Vall. Las mismas, entre otras cosas, señalan lo siguiente: “El autor, convertido en narrador, nos sitúa en aquel Varadero de sus andanzas juveniles, de recuerdos de exiliados cruzando a la otra orilla en la revuelta del 47, de duelos de malandrines, marineros de paso y mujeres que ejercían el oficio más antiguo del mundo. En una cautivante prosa poética, entre ficción y realidad, el autor-narrador nos conduce por dos historias paralelas: la de Varadero, que sirve de espacio geográfico y temporal al texto y donde se reflejan los hechos de la política criolla local, y la otra historia, la del submundo de los burdeles y sus visitantes con el lenguaje orillero y en el que hay que entrar sin prejuicios para disfrutarlo.

Victorio V. Suárez, en esta crónica del rescate del pasado personal y colectivo, apela a metáforas de la marginalidad que le imprimen un sello peculiar a su primer relato novelesco: Varadero y después el río…, orillas que salvan a perseguidos políticos, personajes al margen de la ley, mujeres que desafían con sus prácticas las reglas sociales…, márgenes que se transgreden. Sin lugar a dudas, ‘Varadero, el burdel de ña Candé’ es una propuesta narrativa madura que interpelará y hará pensar a cada lector en sus propios límites”.

Por otra parte, el crítico literario español Vicente Peiró Barco escribió a modo de comentario de contratapa: “No vamos a descubrir con este libro a Victorio V. Suárez. Su obra poética, narrativa y ensayística es una de las más interesantes de la literatura paraguaya. Su palabra se caracteriza por una hábil conjunción de lo lírico y lo narrativo que permite el regocijo del lector.

En esta nueva obra narrativa ‘Varadero, el burdel de ña Candé”, convierte la profundidad rural paraguaya en un lenguaje universal de las relaciones humanas. Desde el recuerdo del narrador, vislumbra las zonas fronterizas, el mestizaje, la negritud… en ese lugar Varadero, por donde transitaban los nazis fugitivos de la Segunda Guerra Mundial y donde el quehacer diario se convertía en retratos fugaces de personajes sugerentes. Y es que la memoria es capaz de cubrir los espacios literarios: es el motor de la intrahistoria.

En la obra de Victorio V. Suárez, Varadero es un círculo donde se mueven las pasiones, el erotismo, la extraña confluencia de caracteres y la propia historia paraguaya, todo narrado en un cóctel de destreza y barroquismo depurado”. Con este nuevo trabajo, el autor de “Varadero, el burdel de ña Candé” totaliza once libros publicados, en excelente margen de productividad.

 

 

VARADERO, EL BURDEL DE ÑA CANDÉ, EN EL JUAN DE SALAZAR

 

El próximo martes 11 de septiembre, en el Centro Cultural Juan de Salazar, a las 19.30, se llevará a cabo la presentación  de “Varadero, el burdel de ña Candé”, de Victorio V. Suárez. La obra aparece bajo el sello Editorial Aradurä. La referencia sobre el libro estará a cargo del poeta y dramaturgo Moncho Azuaya, y un grupo teatral que recreará el contenido del material. El acceso al evento es libre y gratuito.

 

El prólogo de VARADERO, EL BURDEL DE ÑA CANDÉ, está escrito a doble mano por Teresa Méndez Faith y Maricruz Méndez Vall.  Las mismas, entre otras cosas, señalan lo siguiente: “El autor, convertido en narrador nos sitúa en aquel Varadero de sus andanzas juveniles, de recuerdos de exiliados cruzando a la otra orilla en la revuelta del 47, de duelos de malandrines, marineros de paso y mujeres  que ejercían el oficio más antiguo del mundo. En una cautivante prosa poética, entre ficción y realidad, el autor-narrador nos conduce por dos historias paralelas: la de Varadero, que sirve de espacio geográfico y temporal al texto y donde se reflejan los hechos de la política criolla local y la otra historia, la del submundo de los burdeles y sus visitantes con el lenguaje orillero y en el que hay que entrar sin prejuicios para disfrutarlo.   

Victorio V. Suárez, en esta crónica del rescate del pasado personal y colectivo, apela a metáforas de la marginalidad que le imprimen un sello peculiar a su primer relato novelesco: Varadero y después el río…, orillas que salvan a perseguidos políticos, personajes al margen de la ley, mujeres que desafían con sus prácticas las reglas sociales…, márgenes que se transgreden. Sin lugar a dudas, Varadero, el burdel de ña Candé es una propuesta narrativa madura que interpelará y hará pensar a cada lector(a) en sus propios límites.

Por otra parte, el crítico literario español Vicente Peiró Barco escribió a modo de comentario de contratapa: “No vamos a descubrir con este libro a Victorio V. Suárez. Su obra poética, narrativa y ensayística es una de las más interesantes de la literatura paraguaya. Su palabra se caracteriza por una hábil conjunción de lo lírico y lo narrativo que permite el regocijo del lector en cualquier género.

En esta nueva obra narrativa  Varadero, el burdel de ña Candé, convierte la profundidad rural paraguaya en un lenguaje universal de las relaciones humanas. Desde el recuerdo del narrador, vislumbra las zonas fronterizas, el mestizaje, la negritud…en ese lugar Varadero, por donde transitaban los nazis fugitivos de la Segunda Guerra Mundial y donde el quehacer diario se convertía en retratos fugaces de personajes sugerentes. Y es que la memoria es capaz de cubrir los espacios literarios: es el motor de la intrahistoria de los seres humanos.

En la obra de Victorio V. Suárez, Varadero es un círculo donde se mueven las pasiones, el erotismo, la extraña confluencia de caracteres y la propia historia paraguaya, todo narrado en un cóctel de destreza y barroquismo depurado”. Con este nuevo trabajo,  el autor de Varadero, el Burdel de ña Candé totaliza once libros publicados, lo que exhibe un excelente margen de productividad literaria.-

 

SEMBLANZA

 

VICTORIO V. SUÁREZ.Nació en Asunción (1952). Poeta, ensayista y periodista. Forma parte de la llamada “Generación del 80”. Egresó de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, en la rama de Historia. Sus poemas y artículos aparecieron desde 1970 en los suplementos culturales de “La Tribuna” y “ABC color”.   Publicó en todas las ediciones colectivas del “Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero: “Y ahora la palabra” (1977), “Poesía Taller (1982), “Poesía Itinerante” (1984). En el año 1985 ofreció su poemario: “Los fuegos del alba”, Ediciones Taller. En el 2001 publicó la primera edición de “Literatura paraguaya (1900-2000). Expresiones de los máximos representantes” (Editorial Servilibro).

OTRAS PUBLICACIONES: “Proceso de la literatura paraguaya”. (Corregida y aumentada, 654 páginas. 2011);“Oficio del caminante” (Arandurâ, 2010); “Pasiones, Lugares y nostalgias” (Fondec-Editorial Arandurâ 2010); “Fantasmas peregrinos” (Editorial Arandurä, 2009);   “El cristal y la rosa” (Poemario, 2008. Editorial Servilibro); “La niña de sepia” (relatos, 2007. Editorial Arandurâ); “Proceso de la literatura paraguaya” (Ensayo, 2006. Criterio Ediciones); “Cristal Interior (Bardo Thodol)”(Poemario 2005. Editorial Arandurâ).

Entre algunas publicaciones colectivas colaboró en “La década del 40”, obra de investigación colectiva de la Facultad de Filosofía (UNA), publicado por Criterio Ediciones. 

Desde marzo de 1994 a 1998, dirigió el Suplemento Cultural de Noticias El Diario, donde también escribió como columnista de temas políticos. Editor-editorialista del Diario Vanguardia (1999-2001) de Ciudad del Este.

Se desempeña como profesor universitario en la Facultad de Filosofía en la carrera de Letras. También forma parte de la “Dirección de Investigaciones” de la misma institución universitaria. Es fundador y director de la revista “Arte y Cultura”. Dirigió (cinco años) el Taller de Literatura de la Universidad Iberoamericana (Asunción-Paraguay). Como promotor cultural recorrió en cuatro oportunidades el continente europeo (como promotor cultural  y una vez como invitado por el Gobierno de la República Federal de Alemania). En el 2007, ofreció clases magistrales sobre literatura y cultura paraguaya e hispanoamericana en seis universidades de Taiwán. 

 

 

 

 

 

 

EL CLIENTE DEL BURDEL DE ÑA CANDÉ

Por GENARO RIERA HUNTER, PSICOANALISTA.

 

1

La novela Varadero (El burdel de Ña Candé), del escritor Victorio V. Suárez, es un relato sobre la psicología del cliente consumidor de la prostitución. Cliente anónimo, invisible, homo- o heterosexual, que muchas veces ha pasado a ser el más invisibilizado en el escenario de la prostitución, siendo el protagonista. Lo interesante de la novela es que, precisamente, es del cliente de lo que más se habla, de sus cuestiones con su sexualidad y no de la prostituta, como —casi siempre— uno refiere cuando habla de la prostitución.

2

Los clientes, “… neófitos que allí aprendieron a pelar la pija y a extender sus riendas como cuerdas de guitarra”, son sujetos como cualquier otro: marineros, médicos, abogados, policías, políticos, desocupados, etc., con dinero o sin dinero, púberes, adolescentes, jóvenes, adultos o ancianos, casados o solteros, sujetos sanos como enfermos; en resumen, aquel que dejó de ser niño pasó por algún burdel alguna vez. Es la condición de varón lo que instala la posibilidad misma de ser consumidor. Es que “el prostíbulo es un vicio; quien lo conoce ya no lo abandona nunca, su olor llega a la sangre y arde hasta en los nervios. Kuña ha caña je’u igustoiterei ha nda hepýi” (tomar caña y acostarse con una mujer da gusto y cuesta muy poco), y se podría agregar: aprender de una mujer o con una mujer cuesta muy
poco.

3

Con la prostituta se resuelve o se quiere resolver muchas cosas. Una de ellas es la abstinencia sexual y la soledad afectiva, baja autoestima, desengaños amorosos… determinan, entre otros motivos, dar un sentido a sus prácticas. Muchos temores, odios y desconfianzas a las mujeres se busca curar conversando con la puta. Ellas mismas, como señala Victorio V. Suárez en esta novela, al confesar “a sus clientes más sensibles sazonadas intimidades y sueños destrozados”, estimulan en los clientes compensaciones de una vida sexual afectiva insatisfactoria.

4

Los encuentros fáciles, inmediatos, de diversión pasajera en que no existe ningún tiempo de compromiso y por eso elude cualquier tipo de responsabilidad es el sueño de vida del cliente. No aburrirse, poder ser uno mismo, aprender cuestiones de relación de manera rápida y barata, evitar todo aquello que perturba dan un valor supremo a la vida de burdel.

Por eso, como señala Victorio: “El prostíbulo es un vicio…”. Complacencias, autosatisfacciones, ambiente libre en donde uno no está obligado a tomar decisiones, como qué hacer con uno mismo, por ejemplo, constituyen variables excepcionales para apegarse al burdel. La timidez y otras inhibiciones pueden, se cree, desaparecer en un santiamén.

5

“Candé daba consejos… enseñaba sin prejuicios… el arte del amor pagado”; por eso, como dice el personaje Papo acã guasu: “El quilombero siempre vuelve a su nido”, a un nido que no es del erotismo. El erotismo es la negación del sexo expeditivo y fácil, que necesita de la novedad, de la novedad que desangustie, que convierta la práctica en una diversión, en un deporte, algo así como un burdel convertido en un gimnasio. Sexo light (pero con privacidad importante, al menos en los burdeles de antes) con expectativa de aprendizaje del varón sería el resumen de mi lectura de esta atrayente novela de relaciones humanas, pocas veces tratadas, de Victorio V. Suárez.

6

Es Norma Kambara’y la puta emblemática y reflexiva de esta novela, pag. 77, que dice: “… Aquí ya me ven, puteando a todo vapor. Pero cambiaría de profesión si aparece un buen maquinista de barco que pida mi mano y me lleve a conocer el mar”.

7

Norma Kambara´y. Me gusta ese tipo. Es lindo. Haría el amor sin dinero.

Ña Candé. Pero él no te da dinero para que vivas con él. Te paga para que ni bien acabe te fueras.

 

Ágape Psicoanalítico Paraguayo

 

 Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Publicado en fecha: 17 de Febrero del 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY

 

 

 

 

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