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VICTORIO V. SUÁREZ


  FANTASMAS PEREGRINOS, 2009 - Relatos de VICTORIO SUÁREZ


FANTASMAS PEREGRINOS, 2009 - Relatos de VICTORIO SUÁREZ

FANTASMAS PEREGRINOS

Relatos de VICTORIO SUÁREZ

Editorial SERVILIBRO

Dirección Editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Diseño de portada y diagramación: BERTHA JERUSEWICH

Ilustración de portada: RAMÓN ROJAS VEIA

Asunción – Paraguay

2009 (131 páginas)

 

 

 

 

ÍNDICE

 

JUGLARES DE LA ARENA

VALÉ Y DON PINDÚ EL ALMACENERO

INQUILINATO EN VARADERO

LA NEGRA SULUNGA

LA FIESTA DE PITY Y EL NEGRO THOMPSON

JUGLARES DE LA ARENA

ALIPIO TORRES MURIÓ EN SU LEY

LA LUJURIA DE MARUJA

LA CASA RECUPERÓ OTROS HABITANTES

 

ESPACIOS DE SAL

ELLA PASA CONSTANTEMENTE LA LINEA

MUERTE EN EL ATARDECER

FLORES QUE SE PUDREN

AROMA DE FANTASMAS

ROZAGANTE HEREDAD

LA CASA SE PERDIÓ EN EL VIENTO

EN LOS ESPACIOS DE SAL

VOCES DE RESONANCIAS ENIGMÁTICAS

 

PASOS HACIA LA LUZ

MORADOR DE OSCURIDADES

PASOS HACIA LA LUZ

DEBIÓ NACER UN SIGLO ANTES

SUEÑOS COMO CRISTALES ROTOS

EL SOL SOBRE LAS QUIMERAS

EL PRIMER SÁBADO DE ABRIL

YA NO ERA ÉL

SIN DESCIFRAR EL OCTAEDRO

ÉL TENÍA QUE LLEGAR

CARA APRETADA

 

 

 

JUGLARES DE LA ARENA

 

 

VALÉ Y DON PINDÚ EL ALMACENERO

Valé, pasada a betún, reía y se meneaba como floripón en ventarrón. Sus dientes separados chasqueaban como astas de mármol. Su piel de virtudes y cicatrices retozaba palmas rojizas y abiertas. Viuda de pólvora, encendida de cansancio astuto. Fruto de pescadores, golpe certero, pulso incólume sobre las vértebras de los peces que llegaban de los espineles. Matrona vieja del río. De un jirón crió ocho retoños. Amamantó cuatro varones de bocas morenas y zapateas de reyuno. Lo mismo hizo con sus hijas de ancas pródigas y morenas. La menor, de 15 años, era la encarnación adolescente de Valé, culona y caliente como el aceite que fritaba en las tardes sabrosas planchas de boga y piky. Aquel lejano 24 de mayo de 1960, Valé había cumplido cincuenta añosy su morada de adobe se vistió de fiesta coincidentemente con la fiesta patronal de María Auxiliadora. Esforzados pescadores la acosaban con visitas y pícaras cortesías, ella olía a camalote y a pesar de la edad se ufanaba de rendir como tigresa en la cama.

Era el día de su onomástico, Marco pysã’i al arre la vigiló toda la noche y hasta tuvo la suerte de quedarsea dormir con ella. Era sábado de madrugada tropical. Al otro día, cuando Valé y Marco pysã’í al aire despertaron, en el cuarto horneado y mendicante fluía un aroma a óxido, catinga y esperma ko’ẽngue. La fetidez bestial no espanta en momentos de lujuria y aquella mañana el bacalao que la negra tenía entre sus piernas resultó para su amante bastante dulzón y afrodisíaco.

Al cruzar la calle de aquella vivienda que oreaba su sopor a orillas del río Paraguay, se erguía el almacén "don Pindú", un sitio predilecto para la guaripola de los canoeros.

Marco pysã’i al aire se surtió de aquel lugar durante toda la noche y le conmovió la actividad del almacenero que a medianoche en punto parecía un pombero bajo la sombra del aguacate que esparcía sus ramas gigantescas y turbias. Allí diligenciaba su faena habitual. Empuñaba con maestría la pala y con el pico de hierro perforaba la tierra que iba depositando sobre el elástico de un catre desarmado. Buscaba oro del 70 el almacenero. Y no era para menos, la negra Valé le había leído las cartas y le aseguraba que en noches extrañas un cerdo blanco chillaba y se esfumaba justo en su patio. Aquella noche festiva, Marco pysã’i al aire no contuvo la curiosidad y averiguó a su amada evaporante si era cierto que en la vivienda de Pindú se ocultaba alguna misteriosa fortuna. La saludable culona le miró con seriedad de yegua y ubicó pacientemente cada palabra de su boca para asegurar: Mi tatarabuela, residente durante la Guerra Grande, contó más de una vez que justo allí, en la morada de Pindú, había un buen entierro familiar. No era la carreta de López, pero ese patio esconde algo importante. En ese sitio los gallos y las gallinas se espantandespués de las 12 y miran con miedo el lugar. El curé blanco y la baraja de San Juan también me dijeron algo llamativo sobre ese aguakateguy misterioso.

La pala del añejo don Espínola rompía los terrones a ritmo preciso, incansablemente. En el silencio de la madrugada cada remadura parecía un tambor o el derrumbe de una cantera. De cuatrocientos metros cuadrados de terreno apenas quedaban 20 sin cavar. El cimiento del almacén exteriorizaba su esqueleto de piedra pero el entusiasmo del buscador de riqueza se burlaba de cualquier peligro que podía surgir de la erosión. Montañas de arena rodeaban la casa y sobre un eje de carreta alzaprima la gente caminaba para llegar al depósito cargado de básculas ahumadas, botellas de soda, cajas de manzané y naranjil, bolsas de galletas, fideos, harina, azúcar y fariña a granel.

Todos los viernes, cuando el sol desaparecía ante la inminencia de la noche, don Pindú cruzaba la calle para partir el mazo de baraja que le proponía Valé. Más de unavez ésta le aconsejó: trabaje solo en este asunto porque los curiosos hacen mudar la carga valiosa, pero siga cavando que en cualquier momento encontrará lo que quiere. Lo cierto es que hasta ese momento el almacenero sólo había logrado rescatar de las profundidades algunas vainillas oxidadas de fusil punto 30 y morteros. En un reducido rincón del patio ondeaba erguido un centenario tarumá que llenaba de frutos olorosos y desagradables todo el almacén.

Don Pindú seguía incansablemente su faena, sabía muy bien que las predicciones de la negra nunca fallarían. En rituales atardeceres ella se movía de manera extraña,miraba largamente el río Paraguay y desde el barranco de su hogar ofrecía invocaciones inaudibles que se ahogaban en el viento ribereño. Entonces volaban sus rizos bestiales al igual que su pañoleta roja y su collar de marfil. Esta negra no yerra nunca, repetía don Pindú al explorar las capas extrañas de los hoyos que iban naciendo del quehacer de sus manos. En realidad, Valé varias veces pegó en el clavo y nadie olvidó aquel día en que llamó a ña Carolina la gringa para decirle: prepárese que algo malo le puede ocurrir este día. Horas después, el hijo de aquella infortunada alemana había muerto de un paro repentino. De tantos aciertos Valé formó una selecta clientela que la visitaba asiduamente. De eso vivía, aunque el mejor rédito obtenía de la pesquería. Hasta los policías la creían vidente y requerían sus servicios para resolver algún caso de hurto importante y extravío de personas. La gente del suburbio Varadero la respetaba más de la cuenta y nadie se animaba a invocar siquiera las correrías que se pegaba la negra cuando quería. En la casa de Valé tampoco faltaban mujeres en estado de gravidez. Allí iban a parir y la negra ayudaba a las parturientas como valiosa partera chaé. Muchos llegaron al mundo bajo su influyente tutela. En casos de urgencia manejaba diestramente una tijera de modista previamente mojada con alcohol antes de pasar sobre la llama mortecina de un tataindy. Después de este procedimiento de esterilización doméstica se disponía a cortar el cordón umbilical que colgaba de los recién nacidos. Muchas veces trabajó usando sólo la luz de la luna y en el mejor de los casos recurría a encender la mecha de una lámpara a kerosén que parpadeaba en losrecovecos miserables de su habitación. También mediaba corno experta en gallos de riñas. Curaba el kupĩa de los plumíferos que todos los jueves pasaban por sus manos. Utilizando un procedimiento sencillo, apretujaba las crestas, abría los picos y con sus uñas filosas cortaba la carne infectada de las aves de corral, seguidamente cada herida llenaba con un brebaje de limón y grasa de gallina. Los gallos se retorcían de dolor y luego quedaban internados en un redil individual preparado para el efecto. Al tercer día recuperaban todo su esplendor y los apostadores de riña se ufanaban divulgando el milagro.

Valé tenía un cuerpo mulato y de atleta, cruzaba nadando el río y a veces hacía ida y vuelta para no perder la forma, según ella misma enunciaba. De alguna manerase parecía a la Leona del poeta José Coronel Urtecho, pero aquella era teutona y la negra era la negra. Ella era Valé, Valeriana o Valentina, daba igual.

Ninguna más rica que la negra, solía decir Marco pysã’ial aire a sus amigos más íntimos, aunque se mantenía cauteloso porque sabía que no era el único quecalentaba el camastro de la morena. Los días, las semanas, los meses y hasta los años eran iguales en aquel prodigioso paraje donde la negra manejaba la dirección de los vientos mientras don Pindú ansiosamente buscaba las libras esterlinas del 70. Habían pasado seis meses de excavación y el magro resultado comenzó a quebrantar el corazón del ávido zapador. Treinta días más tarde, casi al anochecer y mientras el almacenero departía con la negra delante de un mazo de baraja, un ruido feroz sacudió toda la cuadra de viviendas precarias: el últimobastión que se había salvado de las paladas se vino abajo. Se derrumbó el almacén. Maderamen, tejas, tejuelas, tacuaras, todo cayó intempestivamente. Don Pindú se salvó por suerte. Si hubiera estado ahí, era hombre muerto, pero se salvó gracias al llamado de la negra, fue lo que dijeron rápidamente los vecinos. El almacenero no quedó impactado por la desgracia y supuso que el destino le había jugado una mala pasada. Se pronunció de inmediato y no ocultó su veneración por Valé. Él estaba seguro de que gracias a la negra se salvó de morir aplastado en el derrumbe.

"Cálmese don Pindú, ya vendrán días mejores, ahora hay que ver qué oculta ese sitio que no fue tocado por la pala, pero cuídese porque estoy viendo que llegan días muy aciagos por estos lares" ; le señaló Valé. A esas alturas, Pindú había desfallecido en su intento de seguir, algo trató de reconstruir y descansó durante treinta días. Valé cruzaba la calle para ofrecerle alimentos y voz de aliento. Fue Marco pysã’ial aire quien le dijo a la negra: "A este viejo no lo veo bien". Valé le contestó: Está jodida la cosa, pero no le puedo decir, se irá más rápido de lo que uno piensa. Dejémoslo así. Dos semanas después don Pindú empalideció totalmente, sus extremidades, su cara se llenaron de amarillo frenético, cayó en inapetencia total y ya nada se pudo hacer. Está enfermo de tiricia, dijo Valé. Durante la tercera semana cerró sus ojos para morir con resignación en su casa destruida. No alcanzó el oro pero llevó el color del preciado metal en su cara de muerto.

Las aguas eran mansas como las piraguas del río Paraguay. Llegaban las chatas y descargaban dulces naranjas de San Pedro, los pescadores rescataban susespineles cargados y la negra quemaba su cuerpo en el horizonte. Años después, con la negra muy lejos y con paradero desconocido, Marco pisã’ial aire comentó en una rueda de amigos que Valéhabía desenterrado el tesoro justo debajo de una damajuana que descansaba en la pequeña bodega del almacén. No se sabe con exactitud lo que ocurrió, pero nadie niega que el recuerdo de la negra flota todavía en las calles ventilando su aromacada 24 de mayo, día de María Auxiliadora.

 

 

INQUILINATO EN VARADERO

Hacia Ita PytãPunta. En ese barrio de pescadores los mitã’i corretean por el barranco, galopan como caballitos desbocados. En ese mercado de pobrerío tropical el verano revienta más caliente aunque el cielo se cubra de pandorgas.

Varadero, de noche zumban los mosquitos y las chatas viejas descargan dulces naranjas traídas de San Pedro. Varadero, Isidro Mayor, el muelle y los barcos rotos cerca de la marina. Varadero. Calamidad en la creciente. El agua siempre llega hasta el almacén García gringo, pero en Varadero los días pasan asumiendo su buena costumbre compasiva. Cuando llega mayo, en la capilla hay movimiento de peregrinos que rezan hasta el amanecer. Es el mes en que llega la calesita y se arma el ruido de la muchachada alrededor de los tableros de pimpín. Eso sucede cada año, la fecha de María Auxiliadora, santa patrona que alegra la parroquia disfrazada con banderitas multicolores de papel.

Varadero. Cerca del río Paraguay. Cerca del nicho sagradamente amargo que guarda la memoria de don Paredes, a quien mataron en plena contienda civil del 47. Varadero. Semillero con tufo propio, muy fuerte ypeculiar. Varadero, superpoblado, con inquilinatos progresivos y penurias perpetuas. En Varadero es irrealizable convenir el sueño, aunque todo es cuestión de hábito. Normal el boliche, el chiquero, el agua del río que despide desde el atracadero su fragancia a impureza y peces muertos.

Varadero, 'Mundo apu'a', 'Mundo aparte', como la Chacarita. Varadero, olor a mate cocido en las tardes, tereré en los pasillos, espineles salobres y fermento de boga chyryryen el olfato. Varadero, pelota descosida sobre un paisaje de aguas mansas. En esa intensidad ribereña, entre portones de madera y cercados de alambre, el sol traza reflejos bruñidos sobre las correntadas. Varadero. Calafateros del malecón. Marineritos vestidos de blanco y azul, acarreando galletas y vianda de cuartel. Varadero, el quilombo iniciático de ña Agripina, entre boliches pioneros que bordean la añeja fábrica alcoholera APAL. Varadero, el chorrito del barranco y su agua dulce donde las mujeres intercambian los chismes del momento al cargar sus cántaros de arcilla cruda. Varadero, allí los pochontó se enredan en largas siestas como si el tiempo no existiera. Hace tanto que ensamblaron sus vidas en esas carretillas sórdidas que sirven para dormir y alcanzar el sustento.

Varadero, en uno de sus laberintos sigue enclavada una casa de adobe rojizo y calor nutriente de gente en movimiento. Allí reluce un inquilinato febril como tantos otros. Apenas había orillado el mediodía de enero en ese domicilio sin número ni nombre, cuando una mujer de lente y sudorosa, con una pantalla de palma en la mano, espetó a su marido obeso:

-¡ ¡ Ah, qué calor, carajo ! !

El rechoncho sin pérdida de tiempo respondió: -Es insoportable, che ama. Y todo por culpa de ese tuja'i mbore que derribó el tarumá que daba tan buena sombra en el patio.

En ese lapso, un viejito musculoso y con canas argumentó de manera provocativa:

-Pero a la gran puta, por qué se quejan. Esta es mi casa y aquí se hace lo que yo mando. Iporãvémane, ni el alquiler pagan y tienen la osadía de protestar. Estoypodrido, lo único que hacen es pelear todo el santo día, por eso esta casa tiene fama de quilombo. Un buen día tendré que tirar a todos a la corredera, eso es lo que van a salir ganando.

Al terminar la frase, una mujer levantó sus anteojos para intervenir sin pestañear:

-La verdá amarga che patrón. Anína nde pochy. Hykũne nẽpytu'ũha remano mba'e.

Pero el altercado se extendió. Una morocha yvapurûque lavaba ropas y silbaba un kyre'y fue interrumpida con aire intimidatorio.

-Celé, tu hija metió ya otra vez su mano sucia en el cántaro de agua. Te digo una vez más que a esa mitãkuña'i le falta garrote.

Sobre la marcha y en tono conciliador la morena retrucó:

 -Mba'éiko la problema. No es para tanto, ña Salú. No ve pio que es una criatura que no entiende nada. Ehejána tohugami.

Ni bien remató su perorata la morocha, reapareció el viejito con indudable irritación indicando:

-¡¡Qué mbore!! El perro de ese estudiante haragán que no viene ni para comer estaba en mi cama, vomitó y todo, voy a liquidar a ese animal roñoso.

Desde una de las piezas arrendadas alguien contrarrestó el arrebato exasperado del longevo propietario expulsando un grito de cólera.

-Ekĩrĩrĩpue nde tu ja tavyrai. No se puede ni dormir de tu plagueo. La falta de una hembra bien caliente te está volviendo más tilingo que nunca.

Desde un tragaluz abierto, una inquilina rebatió con furia:

-Eso ningo no se dice. Sos un maleducado para tratar así al abuelo. No tiene mujer porque él no quiere, pirá piré no te falta para estirar y comer lo que quiere, nde arriero despabilado.

El tugurio bullía. Se abrió la puerta de madera y un joven delgado, alto y cobrizo, con un mbeju en la mano, protestó con cierta serenidad:

-Lío jeýma. Cuándo pio van a dejar de putearse. Parece luego que tienen un Satanás adentro. Son todo unos argelado.

Al cerrar la frase, una rolliza de aproximadamente cuarenta añoscon acento burlón se dirigió al muchacho:

- Haaaaa tova atã ajura ári. Caraduratuja reikóva, eso so nde añamemby. Vo no podé hablar así. Quién no sabe que te pasá trayendo mujeres que gritan en tu pieza como condenada a muerte, nde arriero haku, guyra guasu, degenerado. Ya se sabe que fuiste en yacaré a la vecina, mirá si sabe su marido asinki la puñalada. Así que ekĩrĩrĩetéke.

El enjuague era tradicional en aquel inquilinato, pero ese día un adolescente que vivía en el lugar, manifiestamente molesto, se dirigió a sus colindantes de residencia con carácter contundente:

-Yo me voy, ya no aguanto más.

El comentario fue general entre corrida de niños, cacarear de gallinas y coros de gallos. Los curiosos se instalaron en las puertas de sus habitaciones. Hubo acotaciones llamativas:

-Que se largue si es delicado.

-Hace bien sigue.

-Debe llevar en cuenta que no hay renta más barata ni dueño de casa tan boludo.

En eso apareció el viejito zapateando jactanciosamente un ritmo frenético antes de expresar:

-Qué bien, ya se va uno, ojalá todos los que están atrasados en sus pagos de alquiler hagan lo mismo, es la única forma de renovar la sangre en este lugar.

Pero en un santiamén Celé muy enojada se descargó ante el viejo cacique del cuchitril:

-Nde tuja tacaño, vo no tené derecho de decir nada de nosotros. Ndadeveivavoi che rapicha inboriahúpe.

Inmediatamente fue interrumpida por Benigna:

-Ña Celé, esta vez tu hijo engreído háma tiró un cascote a la ventana, asustó a mi hijita de meses.

-Y le habrán tentado por ahí replicó Celé.

Eran situaciones frecuentes en aquel escenario intranquilo de 30x30 con 20 piezas donde vivían por lo menos 25 habitantes. En medio del mejunje vociferante todos vieron salir apuradamente al regordete marido dela mujer de lente, mientras el mancebo que había anunciado su traslado disponía el arreglo de sus pocas pertenencias. En eso, el rechoncho se quejó:

-¡¡Qué bárbaro!! Estoy con un tye rasy, y esa estúpida hija del viejito sigue sentada en la letrina repasando su revista de modas.

Con sentido solidario le recomendaron:

-Por qué no pateá la puerta.

La fila de usuarios del retrete fue creciendo rápidamente. Mientras, saltando sobre palanganas de losa y baldes de lata, el muchacho repetía sin pausa:

-Che aháma, ya me voy.

El viejito lo miró con ironía, otros recurrieron a la indiferencia. El chaval se marchó. Pero en Varadero, en esa casa de ocupantes transitorios todo siguió igual. Unos van, otros vienen, así de simple era la cuestión. El trajín cotidiano siguió parejo. Aquella madriguera tenía su embrujo especial a pesar del barullo. Varadero, en ese espacio, en aquella vivienda llegué un domingo y busqué a Juan del Socorro Benítez. Abrí el portón de alambre y madera, golpeé las manos con cierta fuerza. Desde lejos, un veterano canoso me acogió vociferando:

-¡¡Pase!!

Creyó que era un cliente. Caminé. En la primera pieza un barbudo orondo escuchaba la transmisión de un partido de fútbol. Su mujer hacía lo mismo, pero con la voz de otro relator deportivo. Pasé dos habitaciones más y noté que cada uno escuchaba lo que sucedía en el estadio con Cerro Porteño y Olimpia. Fui pasando; ya en el fondo, bajo un guapo "y, supe que el viejito con unportátil de seis pilas se sumergía en evocativos Emílianore. Me acerqué y pregunté por Juan del Socorro. Sin darme ninguna importancia el anciano contestó de manera remolona:

-Hace tiempo se marchó, ya no vive aquí.

Me despedí de él pero no me miró ni me dirigió palabras. Salí hacia la calle arenosa y al levantar la cabeza pude notar los magníficos y altos picos de Ita pytãpunta. Recorrí con lentitud. Era Varadero. El sol brillaba en las correntadas. No era mayo y la capilla estaba cerrada. Varadero, recorrí, abrí más que nunca los ojos para comprobar un asombroso detalle que nunca llamó la atención de los inquilinos: a cincuenta metros el río Paraguay, el cielo azul irradiaba ternura y los pájaros volaban rumbo a la nutrida vegetación de Chaco’í.

 

 

ESPACIOS DE SAL 

 

ELLA PASA CONSTANTEMENTE LA LÍNEA

En polvorosos días coloniales, sobre una de las colinas de Asunción, habían ensamblado algunas moradas de cercados intrépidamente robustos para contenerlas aguas que rompían la ciudad en días de tempestad y lluvia. Con el correr del tiempo taponaron las zanjas que sirvieron de carreteras en los cuadriláteros desolados del poblado. Las fisonomías fueron cambiando pesadamente hasta que después de decenas de añosse evaporaron las casas de adobe ante las perentorias construcciones solariegas. Las décadas pasaron y llegaron las edificaciones de hormigón. De ahí en más, la imagen de las elevaciones de Asunción llegó a cambiar plenamente con su ladera de edificios, residencias y negocios sordos en medio del humo y del ruido que ensayan sus vuelos rasantes sobre las arterias endurecidas de alquitrán.

En los meses de enero el asfalto se derrite y deja subir un calor negro que quema de manera desconsiderada el aire complicado y fogoso. Con trescientos metros a la redonda, todo el barrio se transfigura pero queda aún la vieja escalinata bendiciendo a los transeúntes o a los amantes que quedan en sus peldaños para ensayar besos copiosos y frenesí. Un colegio religioso deja oír en losrecesos las voces liberadas de los adolescentes, y no faltan en las veredas las travesías ligeras de las monjitas que llenan de dulce picardía los recodos de la aurora. Se trata de un terreno elevado desde donde se consigue absorber el dominante cuadro de la bahía y el transitar asiduo de gente apurada que a la noche deja un vacío terrenal tan deprimente en las correderas. Toda la ciudad cabe en la mirada desde la altura. En la opacidad del paisaje nocturno las casas recuperan puntualmente el prolongado silencio que les rebasa desde adentro. La piel ibérica y el amuleto de algún cacique peregrinan, no se dejan ver, pero hocican dulcemente los atajos. Es que viven una hermandad extraña, pellizcada de encomienda y amalgama. Es cierto, hay mucha indolencia en los carriles, cada cual viaja como si fuera el único; rozan las tapias e ignoran la levedad de los pájaros que endulzan sus espacios en el viento. Todo ha cambiado definitivamente y ni siquiera los fantasmas que dejaron se mueven en la magia del tiempo. En una embocadura cualquiera de la colina, un borracho es un borracho, una mujer que pasa despierta deseos y un niño que bosteza es simplemente un niño que aspira. El enjambre es igual todos los días. Caminan, dormitan, defecan, se aburren, no se conocen y viven impasibles en medio del misterio que anida en cada muralla. Ni siquiera los perros se dejan ver por las noches aunque el atardecer baya sido tan simple como un reloj de pulsera. El barniz trata de amamantar la ciudad pero los carteles luminosos ya no inflaman sus revoloteos.

Cuando a las 6 de la tarde toqué el timbre, Bertha me sonrió desde la puerta, nadie se enteró de que el únicoresto de aquellas caravanas estaba ahí, en ese territorio de arena que acabó con los disfraces. Ella anduvo exactamente siete pasos para llegar hasta el portón con cerrojo de hierro dulce. La acompañó un perro malhumorado de ladrido nervioso. "No te hará nada", fue lo primero que dijo cuando me pasó la mano dejando en el aire una rara esencia de calor. En ese momento supe que aquel espacio aprisionaba la única esquina salvada sobre las cimentaciones amatistas. En aquel minuto, las ramas abrían nostalgias amarillas de un lapacho desconsolado que en la pasada primavera fue usado como tapa de revista. Abroquelando los pasos seguí a Bertha y cuando las clavijas de la puerta cedieron ante el vértigo, lo único que pude saber es que allí habían acampado las fiestas patronales silenciadas y las historias recurrentes de aquellos habitantes que pasaron sin volver. Observé la pintura de París en las paredes que alumbran la existencia. Fui más lejos para meter los dedos ampollados de colores en cestas de betún o en escondrijos de cuadros que desde infinitas soledades aún se animan a enseñar los latidos de un amanecer que se esfumó.

Bertha pasa constantemente aquella línea. Sella su boca en el aire ingrato y captura con su sonrisa toda la felicidad del mundo. Ella es un mundo, un espejo donde encuentra su mirar antiguo. Supongo que ha entendido el desdoblamiento continuo cuando amarra sus ojos en la pantalla frenética de la computadora y delinea el espacio como único compartimiento en compañía de su perro oscuro y un gato de mirada juvenil. Daban exactamente las 7 de la tarde cuando ella encendió los cristales sobrela mesa para implantar allí una rosa desmayada. Ni el cristal ni la rosa la dejaron dormir. Ella estuvo, más que nunca, sembrando su angustia, es decir, preparándose para lo que vendría después. Desde lejos, alguien vigiló atentamente la transparencia sólida y el pétalo frágil, no permitió que alumbre ninguna cara. Y Bertha llenó de sombras sus ojales, deseaba rebosar en un mar abrumador donde las palabras se deslizan como piraguas. A las dos de la madrugada ella seguía con su gesto perspicaz tratando de definir lo que había detrás de querencias tan extrañas. El gato y el perro la vigilaron en todo momento, eso pude notar desde un principio. Al salir de la casa tras comprobar que las añoranzas tienen alones y tonalidades de otro tiempo fue para entender la luz de los arquetipos que acaecieron. Afuera zumbaron las balas como aquellas que tanto conmocionaron a Borges en un poema.

Cuando la tarde dejó de respirar y la noche arrimó su presencia oculta caminando en las vértebras de la ciudad dormida, la casa estaba quieta, desabotonadamente sola. No obstante, con el correr de los días su ritmo cardiaco había mejorado notablemente. Y cuando ya nadie esperaba nada, en medio de tanta gente nació un espejo al costado del capullo. Luego, las manos de Bertha volvieron a cruzar la línea.

 

 

PASOS HACIA LA LUZ

 

ÉL TENÍA QUE LLEGAR

Aquella tarde había labrado los huesos de Borges y pensó en el filo desguarnecido del "íntimo cuchillo en la garganta". También fue esa vez la defenestrada efigie de la ciudad y la plaza anémica dilatando sus refulgencias caídas. Eran cabalmente las dos. El aire no había cambiado y desde un legajo antiguo, los peldaños vigilan las escalinatas templadas de vida simple. Giovanni había funcionado como una brújula en su intenso recorrido, después habló del diablo y se perdió en el sopor de una cuadra enmarañada de gusanos. Todos habían percibido la temperatura aunque la regla era concisa. Uno debía tomar el lado izquierdo para ampararse de los destellos ardientes del sol. Al costado derecho azotaban la desolación calcinada, la soledad lustrosa y el aire sin movimiento. Eran evidentemente dos mitades. La pétrea sintonía moribunda en una mano, y en la otra, el descanso celeste de las almas escondidas. Pero él tenía que llegar. Sabía que la vida castiga a veces con precipitaciones que terminan en la nada. Otras veces, sin embargo, en el menor descuido el pabilo de la existencia brilla para alumbrar los atajos que nunca pudieron verse.

Las dos. Ellos iban subiendo, estaban a cien metros de distancia. Pero escalaban y se veían con nitidez laapresurada rebeldía de Gloria, el trémulo encanto de Lucinda, la aniñada pulsación de Natalia, la desgana vital de Ulises, la energía fundamentalista de Gabriel, el romanticismo espectral de José Félix, encallando su alivio en las flores negras. También se distinguían la interrogante perpetua de César y los fogonazos fantasmales de otros que no estaban allí pero que habían dejado en el aire sus huellas de arroz y lejanía. Nadie podrá creer lo ocurrido en tan poco tiempo, tampoco sabrán nada de la plaza extendida como el soplo bermejo de los transeúntes acongojados y marchitos en cada rama del lugar. Es que la velocidad jocunda de automóviles sobre la nostalgia de un ayer que no volvió, fue llenando de tristeza las vértebras del mundo que viene abajo cuando llega la hora y uno debe regresar y preparar y mirar el cuarto hasta ver el redondel de poetas que escuchan a Borges a través de un CD.

Todo ocurrió en un instante entre tantas cosas más. Pero eran las dos de aquel sábado en que no había ocurrido ningún milagro, tampoco tenía por qué ocurrir, excepto las veces que habíamos arrancado a Safo de Lesbos alguna palabra milenaria. Desde aquel día llamamos a Tirteo para agitar las invocaciones que apuntan hacia el Ser y la nada.

Las calles son nuestras, pensamos continuamente. A izquierda y derecha todo resplandece, las ochavas se abren en pétrea fulguración, el tiempo mismo se detiene, los muertos inflaman su silencio diáfano, la plaza está invadida por dioses invisibles que navegan, todos aprendieron a mirar. Son las dos, ella levantó sus ojos en la levedad del aire, con virginal placidez detuvo sus pasos en la esquina que parece endulzar aquellos pies caminando como una saeta lenta, hermosa y frágil. Es posible que haya llegado del mar, del viento, de las galaxias lejanas o del nido de Dios. Su boca parecía una rosa que sonreía, alegraba las paredes del alma y abrazaba con pureza las fogosidades que clamaron un pedazo de pasión. Era la más hermosa fulguración después de tanto tiempo. Era la criatura anhelada en insomnios plañideros aquella manceba eterna que pinta de luz los contornos del universo, sensación radiante que destapa la niebla y cabalga con hondura de poesía. Ella y la tarde solitaria, flameando en todas las paredes, apenas por unos segundos.

Cerré los ojos para respirar como debía y cuando volví a mirar aquella esquina, la silueta había redondeado un círculo, no sé si se fue o si quedó en mi alma. Cuando quise preguntar por ella, nadie pudo responder, llegué al Taller de Literatura y conté lo ocurrido, todos pensaron que a veces los sueños son de carne y huesos.

 

CARA APRETADA

En su visual se había instalado un dígito elocuente: el tres. Y era el día tres de septiembre cuando la corteza aterida de la tarde arrugó impunemente el aire antes de descender en el polvo de axiomáticos recreos numerológicos.

Su estampa albina arrimaba lumbres en el yermo ahumado que retallaba el alba. Ella había logrado deducir las peculiaridades que enseñan el origen de la unidad, la dualidad recurrente y el trino estrictamente místico que fija un delirio infinito. Aquella mañana, cuando las ramas ajadas de los árboles parecían perdigones petrificados en la plaza, ella se limitó a centrar las cien pisadas que la distanciaban del ritual sabático.

Hasta ese instante, ella controlaba los perímetros quebradizos. Y se mantuvo en pie delante de la puerta de metal que la llevaría directamente hacia una ventana de ambiguos ciclos experimentales.

Ella admitió que la metamorfosis llegaría inapelablemente aquel día henchido de nervios en un recinto donde todos sueñan y desprenden sin perturbaciones sus fantasmas interiores. Estaba segura de que los espectros caminan, se retuercen, golpean, investigan las baldosas y las paredes hasta quedarcolgados de la docena de ventiladores que parecen pernoctar en su ritmo mecánico.

Aquel amanecer traía el descolorido azufre de la confusión. Todo flotaba en una soporífera expiación de metáforas entrecortadas y cansancios lejanos. Entonces ella distraía su expectativa doméstica contrastando su palabra entre efigies de arrebol intempestivo. Había percibido en el diagrama los contrapuntos y tuvo que dibujar un cuadrante de cielos inexistentes que parecían no consolarla. Sumó repentinamente su travesía y se percató que cinco epístolas colgaban de sus uñas, fueron prodigiosamente las mismas que naufragaron en la levedad de sus manos. No daba tiempo para dudar, eran cinco nombres, sobrepasando holgadamente el número tres, pero eso no le importó lo suficiente. Cada designación rubricaba un gesto esencial y le daba calor reatar los hilos sutiles que caían como fuelles del linotipo que sellaba sus inflamaciones. Ella parecía aterrada cuando el mediodía la alejó de aquel sitio donde quedaron supurando las dicciones, los vocablos ingratos y el vuelo descuidado de cierta mensajera que desgajó sus convulsiones de carbón. Mirar atrás parecía despellejarla definitivamente, por eso eligió observar aquel sitio para acogerse al beneficio de unos ojos melancólicos que no aprendieron los recovecos de las matemáticas ni los cálculos precisos que podían descifrar su tristeza.

Ella había acomodado su pulso en los ribetes del mediodía y es posible que no se haya dado cuenta del anonadamiento del poeta tras la narración de aquella escena donde ella apretaba entre sus muslos las mejillasde un joven apasionado que terminó en la nada. Desde aquel instante, el rapsoda quiso que aquella cara fuera la de él, pero se conformó con callarse y solapar susansias. Cuando ella se fue, eltrovador ya había imaginado el apurado peregrinaje de su propia sustancia hacia el anillo velloso de aquella adolescente igualada a las tibias refulgencias del verano. Aquella vez se miraron con entretenida complicidad. Él viajó solo, se había perdido en el ruido insistente de las calles donde todas las imágenes se asemejan en medio del sopor cotidiano. De ahí en más, su cabeza sufrió los embates de interminables revoloteos, sin embargo, ella parecía estar ahí, fantásticamente, sintiendo en su rostro las rodillas de ella. Durante toda la tarde él no pudo desligarse de aquella idea y ni bien cayó la noche, el adormecimiento se encargó de él. Desde los pies le subía una extraña fiebre en vaivén esplendoroso, calentándole todo el cuerpo. El furor sedujo su sueño.

En el mismo lugar, ella no contaba ninguna historia, solamente se limitaba a extenderse e ignorar la lengua de él. Soñoliento, tocó el reloj y evidenció la hora de aquel nuevo día. Entonces supo que eran las tres, igual a los jinetes mancebos que seguían cabalgando a la deriva. Al fin supo que ella ya no estaba ahí. Aquella hermosura había permanecido como las grandes cosas de su vida. Cuando quiso entender lo que ocurrió, se negó a seguir. Sabía que volvería a verla para diseminar su expectativa en un círculo que se cierra y devuelve en la escena una cara apretada. En su sensorial exaltación se había enclavado una representación perfecta: los muslos de ella.

 

 

 

 

 

 

 

  

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