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VICTORIO V. SUÁREZ


  LA PENOSA Y LARGA TRANSICIÓN EN PARAGUAY - Texto de VICTORIO SUÁREZ


LA PENOSA Y LARGA TRANSICIÓN EN PARAGUAY - Texto de VICTORIO SUÁREZ

LA PENOSA Y LARGA TRANSICIÓN EN PARAGUAY

Texto de VICTORIO SUÁREZ

 

Los infecundos años de vigencia autoritaria han conducido a la atomización de la sociedad paraguaya. En ese tramo de amargas experiencias se dio una cultura hegemónica basada en el poder stronista que durante casi 35 años impuso la exclusión y la persecución sistemática a todo aquello que no concordaba con la línea oficial, es decir, con la cultura de adoración al tirano “único líder”.

Sin lugar a dudas, aquellos que se sometieron a las mieles de la dictadura se beneficiaron con los privilegios que otorgaba el sistema. En ese marasmo, los agentes del poder autoritario, los corruptos y los cremadores de la justicia abrieron un campo propicio para la conformación de una masa tendenciosa y reaccionaria.

Esa fue la característica de la cultura dictatorial. Ese fue el sello siniestro de una época violenta e impune. Sin embargo, más allá de las crudas señales dictatoriales, en la década del 60 se produjeron los hechos más relevantes de contestación al régimen stronista: la participación de políticos e intelectuales en filas de grupos armados como el Movimiento Revolucionario 14 de Mayo (compuesto de liberales y febreristas) y el Frente Unido de Liberación Nacional (controlado en su mayor parte por los comunistas). La creación de estos dos movimientos fue utilizada por el gobierno de Stroessner para justificar las medidas represivas más fuertes que conoce nuestra historia.

Ya en los años decadentes del oscurantismo stronista, los jóvenes trabajadores de la cultura del 70 y 80 aparecieron con una expresión cultural contestataria que iba más lejos de la alfabetización del pueblo paraguayo. Ellos militaron política y culturalmente a través de representaciones teatrales, lecturas de poemas, exposiciones de obras plásticas, charlas, conferencias y festivales de cancioneros populares.

A nadie escapa que aquellas actividades concretamente definidas tenían como característica principal el “no sometimiento” al régimen vigente. Con posterioridad, la lucha por los derechos humanos adquirió un gran prestigio y dio a luz la ebullición protagónica de los trabajadores culturales que se lanzaron con una bandera común: lograr la redención del Paraguay y acompañar a las corrientes antidictatoriales. El camino fue difícil. El sanguinario aparato stronista sofocó los sueños de miles de compatriotas. Muchos salieron al exilio, otros desaparecieron o fueron a parar en las mazmorras policiales. Pero en 1989, ante la situación insostenible y la presión popular, importantes sectores de las FF.AA. no tuvieron otro remedio que llegar al golpe de Estado para derribar al anciano dictador.

Recién entonces el Paraguay entró en el circuito de expansión democrática que en ese momento ya se había iniciado en numerosos países de América Latina. Pero el panorama resultaba aún muy desfavorable: no había respuestas efectivas ni verdaderamente pluralistas para ofrecer. Y no era para menos, el proceso de transición se inició con los resabios pegajosos de la dictadura.

El gobierno del Gral. Andrés Rodríguez (producto de la euforia coyuntural) no fue ninguna garantía para la moralización del país ni para la cultura que reunía a los sectores más progresistas. A pesar de todo, podemos anotar algunos logros importantes: la Convención Nacional Constituyente (1992), las grandes movilizaciones populares y la conquista de espacios políticos que se caracterizaron por la diversidad.

Nadie puede dudar que la institucionalidad y la participación ciudadana configuraron la tónica. Pero no sería correcto olvidar que la cultura corrupta del autoritarismo siguió su curso desoyendo los deseos de la sociedad civil. Eso quiere decir que el país no se desligó de la incertidumbre. Además, los espacios de diálogo y reflexión terminaron sólo en buenos deseos. De acuerdo a esa experiencia cabe preguntar a quienes hoy manejan las riendas del poder: ¿se ha programado la revalorización cultural en este proceso tan exigente de integración regional? ¿Se saldrá de la postración que anula al desarrollo humano? ¿Seguirán los proyectos culturales como papeletas de la burocracia estatal? ¿Quién está hablando de la consolidación de la identidad cultural de nuestro país tan rico y diverso en sus manifestaciones? ¿Se atreverá el gobierno a potenciar la cultura de la democracia en un marco de cooperación y convivencia ciudadana? ¿Cuál es la situación cultural del país respecto a la integración propugnada por el Mercosur?

Hasta el momento no hemos visto señales halagadoras para tales interrogantes.

Por eso, sin más trámite, hay que recordar a quienes tienen en sus manos las riendas del poder que llegó la hora de revisar seriamente el panorama cultural a fin de definir los puntos estratégicos que irán a avalar decididamente la gestión y la producción cultural. El Viceministerio de Cultura –que fue creado para paliar los problemas– ya no puede darse el lujo de callar ante el miserable presupuesto asignado para cumplir sus compromisos en un marco de desarrollo global. Debe exigir, inclusive, su separación del Ministerio de Educación, a fin de constituirse en Ministerio de Cultura (lo que finalmente se realizó). De esta forma se podrá evitar la dependencia de una burocracia anquilosada que no entiende de manejo cultural. Si bien estamos ante la más nefasta inanición de nuestra sociedad, los trabajadores de la cultura tienen que dar a entender a los políticos que la cultura es tan gravitante como la política y que los nuevos argumentos culturales serán decisivos para enfatizar los aspectos críticos y creativos.

Estamos ante un nuevo proceso. El gobierno que llega tiene ante sus ojos un horizonte desleído. No obstante, la consolidación plena de la democracia y la atención a la cultura ya no pueden esperar. Es tiempo de dar la cara ante la realidad. Si eso no sucede, el país seguirá empantanado en la mediocridad y el desatino.

 

APORTES QUE MARCAN EL PROCESO

Posterior a la gama de regímenes militares autoritarios que aparecieron en diversos países de América Latina en las últimas décadas, se produjo una transición democrática que se acentuó notablemente desde los años 80. Si sometemos a un análisis todo ese panorama sociopolítico es posible encontrar que una de las características antecesoras fue la experiencia orientadora de la revolución cubana. Cabe recordar que en los años 60 América Latina aparece como uno de los focos principales de la utopía revolucionaria, es decir, se soñaba con la toma del poder y la implantación del sistema socialista para los pueblos latinoamericanos. Por lo menos esa fue la idea matriz de muchos intelectuales y de la clase política izquierdista que no dudó en movilizar a las masas hacia la búsqueda de espectaculares cambios. Pero los anhelos no se concretaron y el acogotamiento de las fuerzas revolucionarias llegó de manera inminente.

Si bien maduraron los regímenes de derecha, pronto se produjeron también el desmantelamiento de los sistemas militares y la irrupción de la transición hacia la democracia. De ahí en más, numerosos pensadores trataron de explicar el fenómeno. Un claro ejemplo es Norbert Lechener, quien escribió el siguiente título: “De la revolución a la Democracia, el debate intelectual en América del Sur”, donde explica lo siguiente: “Si la revolución es el eje articulador de la discusión latinoamericana en la década del 60, en los 80 el tema central es la democracia. Al igual que el período anterior, la movilización política se nutre fuertemente del debate intelectual. Su inicio –a nivel regional– data de la conferencia sobre ‘Las condiciones sociales de la democracia que organizó el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) en 1978 en Costa Rica...’. Desde entonces toda la atención se centra en procesos de transición que de manera gradual (Brasil, Uruguay), acelerada (Argentina) o estancada (Chile), conducen a la instauración de instituciones democráticas.

Cabe entonces preguntarse si los actuales vientos de democratización son ‘climas coyunturales’ o si inician una transformación social”.

En realidad, lo cierto es que hasta el momento América Latina sigue en una conflictiva búsqueda donde el debate principal se abre en torno al proceso de democratización y la posibilidad de palpar algún diseño que sirva como nuevo modelo sociopolítico, pues las respuestas –hasta hoy– no son claras al no producirse una interpretación cabal del proceso que estamos viviendo. Dentro de ese marco, lo concreto y notable es que junto al proceso democrático aparece una fuerte ofensiva neoliberal cuyo discurso trata de convencernos de que es la única posibilidad viable en este tiempo. Este hecho es considerado por las cientistas sociales Mabel Cuñaro y Nila Leal como un “importante desafío teórico que las ciencias sociales latinoamericanas enfrentan actualmente, en la búsqueda de una solución, que permita a esta región lograr una verdadera transformación económica, social, cultural y política, esto es, una verdadera DEMOCRACIA”.

Para qué negarlo, a nadie escapa que en los últimos años en todas las sociedades latinoamericanas se ha retrocedido en cuanto a condiciones de vida.

El pauperismo sigue tan vigente al igual que el deterioro productivo, el contraste entre los recursos y gastos estatales, o la pésima política para solucionar los graves problemas sociales. La década del 80 llevó a la mayoría de los países latinoamericanos ante un desafío singular: la construcción de la democracia y la superación de la crisis económica. Esa es la nueva utopía que debe construir y considerarse en América Latina.

La Agencia Internacional para el Desarrollo en Paraguay (USAID) auspició la realización de un riguroso estudio sobre “Cultura Política y Valores Democráticos en el Paraguay”. El resultado fue el libro “Transición en Paraguay” (1998). Publicación del Centro de Información y Recursos para el Desarrollo (CIRD), Comité Paraguay-Kansas, Proyecto Monitoreo y Evaluación, PROMO. Basado en la investigación elaborada por el Prof. Mitchell Seligson, de la Universidad de Pittsburgh, y la Agencia Internacional para el Desarrollo en Paraguay (USAID), 420 páginas. La investigación estuvo liderada por el profesor Mitchell Seligson, de la conocida Universidad de Pittsburgh, EE.UU. Acompañó al mismo un importante grupo de cientistas sociales del Paraguay. Según se constata en el libro, los autores de los diferentes ensayos aparecen en el siguiente orden: Edwin Brítez, “Balance de la transición democrática en Paraguay”; Mitchell A. Seligson, “Cultura Política en Paraguay”; Alejandro Vial, “Crisis de confianza en las instituciones democráticas”; Carlos Martini, “Relaciones cívico-militares en la transición”; José Nicolás Morínigo “Partidos Políticos y Comportamiento Electoral”; Line Bareiro, “Participación Ciudadana en un Paraguay en Transición”; José Carlos Rodríguez, “Revolución y Conformismo”; Myriam Yore, “Democracia y corrupción”; Alfredo E. Kronawetter, “La realidad jurídica en Paraguay”.

En ese sentido “Transición en Paraguay” apareció en el momento justo como un aporte que trata de esclarecer determinados cauces de la transición, especialmente en Paraguay, donde a partir de 1989 la ciudadanía acompaña decisivamente el proceso hacia la democracia. “Transición en Paraguay” consta de ocho los documentos que analizan técnicamente la situación paraguaya. El libro arranca con “Balance de la transición democrática en Paraguay”, un coherente ensayo que revisa minuciosamente los detalles históricos y los hechos que guardan relación con la dictadura stronista, la caída del stronismo y la aparición en escena del general Andrés Rodríguez, un hombre privilegiado por el régimen dictatorial que marcó exagerada influencia en los grupos “empresariales” del poder. El autor del trabajo, el periodista Edwin Brítez, no deja de señalar las cuentas pendientes más acuciantes: la corrupción, la impunidad y la institucionalización de las Fuerzas Armadas.

En el trabajo presentado por Alejandro Vial “Crisis de confianza en las instituciones públicas” aparece la gran preocupación que invade a las sociedades que inauguraron el sistema democrático en Latinoamérica: la crisis y la ausencia –como repite Agustín Carrizosa– del rol principal de representar al ciudadano en la fiscalización y seguimiento de la cosa pública. La desconfianza surge a causa de la fragilidad de las instituciones democráticas. En el mismo libro, Carlos Martini explica la estructura continuista y la subordinación efectiva de las Fuerzas Armadas al poder político.

Por su parte, José Nicolás Morínigo en “Partidos Políticos y Comportamiento Electoral” analiza con claridad el perfil del partido único como sostenedor del sistema autoritario y de cómo a partir de 1992, con una nueva ley electoral y con una renovación total del registro cívico (Ley 772/95) se pudo sanear la competencia política, aunque, según las encuestas de Seligson, hasta 1993 la situación era complicada porque se alude que las elecciones fueron libres pero no limpias.

Por otra parte, Line Bareiro ensaya un capítulo sumamente importante con su trabajo: “ParticipaciónCiudadana en un Paraguay en transición”. La misma expone el tema de la participación ciudadana y el ejercicio de todos los derechos –a partir de 1989– para la elección de autoridades. Esa misma participación se extiende en el trabajo “Revolución y Conformismo”, de José Carlos Rodríguez, donde se resalta la confianza ciudadana en los municipios que durante la transición se constituyen en instancias creíbles de poder y recursos. Myriam Yore en “Democracia y corrupción” exhibe con claridad que el caso paraguayo está emparentado con toda la coyuntura corruptiva de Latinoamérica.

Sobre este tema Yore apunta: “Si en el plano interno de los países, la corrupción se presenta como actos más o menos aislados o como sistemas institucionalizados de corrupción, en su dimensión mundial el fenómeno se expresa de varias formas. En la plena vigencia del gran soborno en las transacciones económicas internacionales (utilizado fundamentalmente por las empresas del Norte para lograr contratos con los Estados en el Sur), así como en los fenómenos delictivos transfronterizos tales como el narcotráfico y delitos conexos, el lavado de dinero, el tráfico de armas, la prostitución, entre otros. Soborno internacional y globalización del crimen conforman un conjunto de prácticas ilegales que controlan los flujos de dinero y estructuras organizativas cuyo poder supera al de la mayoría de los Estados individualmente considerados. Por ambas vías, se conectan y retroalimentan los planos internacional e interno en cada país en que opera la corrupción. En este contexto, tanto las democracias consolidadas como las emergentes tienen el desafío central de enfrentar a un enemigo común, que está socavando las bases mismas del sistema con la consecuente pérdida de credibilidad y legitimidad ante sus ciudadanos”.

En el capítulo “La realidad jurídica en Paraguay”, de Alfredo Kronawetter, hay una película introductoria donde el autor nos dice cuanto sigue: “La administración se justifica en los gobiernos de transición democrática, ha concitado numerosas expectativas en torno a la eficiencia de sus órganos para combatir la delincuencia y sostener lo que actualmente se denomina –con muchos reparos acerca de su verdadero significado– el paradigma de política criminal: Seguridad Ciudadana. Los resultados de la encuesta sobre cultura política en Paraguay revelan un elevado porcentaje de ciudadanos desconfiados  del funcionamiento del Poder Judicial en la transición política, principalmente en la justicia penal que debe actuar ante la comisión de ilícitos a fin de sancionar a sus responsables”.

El trabajo de Kronawetter es substancioso y plantea elementos de cambio para el manejo de la justicia en nuestra sociedad. Como se puede apreciar, las sociedades de transición hacia la democracia siguen ante grandes desafíos, nuestro país no está exento de esa situación. Lo que sí nos queda en claro es que llegó la hora de asumir con coraje la democracia, caso contrario seguiremos en el pozo sin la debida interpelación que requiere el proceso que estamos viviendo.

 

DEMOLER LOS VIEJOS MODELOS AUTORITARIOS

Estamos en crisis. Y, lo que es peor: estamos cada día con más dudas respecto de lo que va a ocurrir. Es que la mediocridad ha ganado (hasta ahora) en todos los terrenos y mantiene sus soportes en las pasiones colectivas más primitivas. En ese sentido, cabe apuntar que en ningún momento de nuestra historia la “inteligencia” ha sido tan degradada. Basta con ser testigo del humillante impacto de las agresiones verbales para corroborar que estamos siendo burlados por el onanismo lingüístico proveniente de los frutos retardatarios del populismo. Los ramplones de la política están a la vista. Sus groseros argumentos  (cargados de infamias, injurias y desenfadada hipocresía) son verdaderos atentados a la educación y las buenas costumbres. Eso quiere decir que la ciudadanía está castigada por el reparto de las alucinaciones y la insolvencia moral.

Sin lugar a dudas, en todo este proceso faltan la levadura, el fermento, el impulso de la inteligencia más transparente para poner en marcha la reconstrucción nacional. Las duras cortezas de los partidos no pueden seguir asfixiando la soterrada efervescencia de los jóvenes y de todos aquellos que quieren comprometerse con el presente para asegurar el porvenir. Descompaginar y demoler los viejos modelos autoritarios significan dar paso a una generación esencial para cambiar las cosas. La esclerosis y la pedantería de los gastados caudillos prebendarios no ofrecen alternativas de cambio. Ellos caminan de contramano y sabotean el paso dialéctico de la rotación histórica.

¿Qué está sucediendo realmente? En Paraguay tenemos siglos de confusión y unos pocos años de desordenada libertad. Somos los primeros signos de un cambio que parecía inminente pero que no ocurrió. Hasta el momento la famosa transición hacia la democracia no ha aprendido que las grandes épocas de la historia surgieron tras periodos disociantes en los que sobresalieron sólo aquellos que sin rémoras odiosas levantaron las malezas parasitarias de las viejas estructuras. Sin embargo, en Paraguay, después de tantas esperas, seguimos en la búsqueda de un país donde no reinen los prestidigitadores pueriles ni los gérmenes demenciales del retroceso.

De una vez por todas la clase política debe enderezar su inteligencia y confiar en la reserva moral (que aún nos queda) y en la potencia intelectual de aquellos que no ignoran el paraíso casi perdido de nuestras tradiciones. Ha llegado el tiempo de recobrar el prestigio en esta época cansada y envilecida por la falta de conciencia respecto a la grandeza pasada que nos consolidó como nación.

Una parte importante de nuestra sociedad reclama el cambio en el sentido más amplio. La opinión pública tiene en sus manos ofrecer el voto de confianza a favor del cambio, aunque no sabemos si aquel gobierno que asuma el poder podrá responder a los anhelos de la mayoría. Más allá de las ideologías y las preferencias partidarias, la ciudadanía no debe perder la oportunidad de ejercer la sensatez. La libertad, la justicia y la dignidad humana dicen no a la propuesta de predominio en el poder de una clase sobre otra. En efecto, lo que nos queda es afirmar la fe, la virtud y el prestigio de quienes prometen democratizar la vida al servicio de la Constitución y la ley.

La situación paraguaya es dramática y más aún para quienes no esquivan el compromiso de mirar el terrible escenario cuyas vacuas irrigaciones electoralistas no paran de manosear anhelos sociales y deseos de ver una cultura liberada y más allá del impacto devastador de las promesas humillantes. Entonces, ante ese marasmo de falacias que legitima la práctica cotidiana de la intolerancia y la falta del disenso inteligente, cabe preguntar: ¿dónde está la cultura de la democracia paraguaya? Sin desglosar un revisionismo del pasado autoritario y mirando de frente la institucionalidad democrática surgen más interrogantes: ¿adónde conduce la “modernización” estatal? ¿Qué pasa con los oropeles del neoliberalismo globalizador que no puede desprenderse de la pesada carga de las contradicciones?

 

OBSTÁCULOS E INTERROGANTES

En Paraguay el enriquecimiento ilícito y los grandes aparatos de corrupción son los principales obstáculos para el desarrollo de la cultura, la democracia y la equidad. Entre esos pilares de orfandad y miseria, observamos con indignación los escuálidos presupuestos asignados al andamiaje que sustenta al campo educativo-cultural y nos damos cuenta –sin ningún esfuerzo– de que estamos manipulados por una nomenclatura plutocrática, insensible, voraz e ineficiente para apuntalar con éxito los grandes intereses nacionales.

En un país con altísimo índice de analfabetos, con instituciones educativas mediocres, con programas pedagógicos lamentables, con cierre de espacios a las actividades artísticas, con caminos allanados por la vulgaridad más insolente, con autoridades perversas, ¿cómo es posible invocar perspectivas de progreso e integración regional? Yendo un poco más, cabe apuntar también que con las escasas, pobres y obsoletas bibliotecas públicas, ¿quién se anima a decir que se está forjando una cultura plural y democrática?

El cliché de los actuales “demócratas” es la palabra “democracia”. Con tal expresión avalan insospechadas e increíbles actitudes y eructan los más sonoros ditirambos a favor de la “privatización” y la bolsa de valores. Pero ese coro de febriles y enhiestos mentirosos sólo logra un magro ritual demagógico que no convence a nadie por falta de sustento y seriedad. No hay vueltas que dar, en Paraguay faltan honestidad, sinceridad, patriotismo, buen gobierno y garantías a los derechos humanos. La verdadera cultura democrática (que implica limpieza y transparencia) persigue la consolidación de los valores y el bienestar del hombre. Sin esos ingredientes no existe la democracia.

 

CONSTRUIR UNA CULTURA PARA LA DEMOCRACIA

A decir verdad, en este largo y penoso proceso de transición la cultura no ha dado un solo paso al frente. Y ni qué hablar de los campos social y económico, donde sólo impera el desconcierto. No obstante, a pesar del rotundo fracaso, el osado sector oficial quiere seguir gobernando aunque la falta de credibilidad ya ha desarticulado a la demagogia estatal. Y no es para menos, el gran escándalo financiero y el crecimiento incontrolable de la pobreza (con sus desastrosas consecuencias) están borrando al sistema imperante que hasta hoy no pudo entender que para gobernar hay que priorizar el bien común y no los intereses grupales o sectoriales.

Con los sucesivos y lamentables gobiernos de transición hemos llegado al acogotamiento más infame. Quienes algo hemos intentado por la cultura paraguaya sabemos dónde están instalados los oscurantistas y qué capacidad tienen para dejar sus rastros en la historia. La creación de una verdadera cultura para la democracia no es fácil y menos todavía cuando la tarea es extirpar la enfermedad de la corrupción y abrir las compuertas de la sinceridad para la solución de los problemas, sin olvidar la aplicación de leyes ejemplares contra la impunidad. Indudablemente, la raíz del problema está en las grandes contradicciones del oficialismo que desde el golpe que derrocó al longevo ex dictador Stroessner ha desplegado sólo el continuismo, principal causante de la pauperización de grandes masas sociales. Asimismo, el abandono de la educación en todos sus niveles, los graves problemas sanitarios, la indiferencia hacia los emprendimientos culturales y la alevosa manipulación del Estado (donde sedimentan el prebendarismo y el nepotismo) son las señales más notorias de la segunda parte de nuestra interminable transición hacia la democracia.

En una exposición llevada a cabo en Maryland (EE.UU.) en abril de 1994, Augusto Roa Bastos había lanzado una interesante referencia acerca de la importancia de construir una cultura para la democracia. El Premio Cervantes había manifestado entonces –entre otras cosas–, “Dos postulados básicos configuran y articulan la realización de estas tareas: memoria histórica y conciencia crítica para romper y borrar el estigma autoritario de la homogeneización, así como para revelar en toda su plenitud los valores intrínsecos y genuinos de las culturas llamadas “eruditas” y de las culturas y subculturas denominadas “primitivas” (...) Debemos construir una cultura para la democracia cuya fuerza de revelación y acción tenga una energía equivalente o superior a la energía antagónica del hambre. Esta energía de la cultura como fuerza de imantación colectiva es la única que puede remitirnos no sólo de nuestras falencias y frustraciones, mas también impedir que las ambiciones bastardas de poder vuelvan a sumirnos en la desgracia de servidumbre voluntaria y del forzoso despotismo” (1).

El interregno entre la dictadura y la democracia está durando demasiado sin dar resultados alentadores. Los rasgos identificatorios de la primera impiden a la segunda avanzar, es decir, a conquistar espacios para desarrollar acertadamente las instituciones de la democracia. Seguimos esperando una política cultural con vitales espacios comunicativos para el pleno desarrollo del conocimiento y del arte en general.

 

(1) Roa Bastos, Augusto. “Política, poder y democracia en el Paraguay”. Ponencia en la Universidad de Maryland, abril de 1994. Publicado en el libro: “Hacia una cultura para la democracia en Paraguay”.

 

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VICTORIO V. SUÁREZ

Edición corregida y aumentada

Asunción, Paraguay

2011 (654 páginas)

 




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