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VICTORIO V. SUÁREZ

  LITERATURA PARAGUAYA (1900 - 2000), 2006 - Por VICTORIO V. SUÁREZ


LITERATURA PARAGUAYA (1900 - 2000), 2006 - Por VICTORIO V. SUÁREZ

LITERATURA PARAGUAYA (1900 - 2000)

EXPRESIONES DE LOS MÁXIMOS REPRESENTANTES CONTEMPORÁNEOS

Por VICTORIO V. SUÁREZ

Editorial Servilibro,

Asunción-Paraguay

2006 (437 páginas)


 

 “Si la memoria no me falla, éste es uno de los pocos libros paraguayos que están organizados en base de entrevistas a una buena cantidad de escritores. La entrevista tiene muchos usos, pero uno de los más socorridos es servir de instrumento para explorar la- opinión "estructurada" de alguna persona sobre una variedad de temas más o menos conexos y que el entrevistador considera importantes para sus propósitos. Entrevistar es un arte de no fácil dominio, pues supone un conjunto de habilidades y pericias no siempre fáciles de tener o de obtener. Ejemplos fascinantes de lo que puede lograrse mediante el uso ingenioso y agudo de la entrevista literaria nos dan los franceses e ingleses, sin olvidar la contribución alemana de las "Conversaciones con Goethe", de Eckermann, una obra fundamental en el género.

FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH


INTRODUCCIÓN

Otro libro sobre la literatura paraguaya. Mas, desde luego, mi propósito es publicar una edición donde la historia, la poesía y la prosa justifiquen el espíritu de este punto de partida que quiere, más allá de las conceptualizaciones críticas, constituirse en guía para quienes desean escarbar en la literatura paraguaya. En ese sentido, la amplitud de nombres y épocas puede avalar este intento que, repito, se inclina a capturar el desarrollo de la literatura paraguaya en su conjunto. Se trata, además, de una edición que va dirigida a los lectores con el esfuerzo de insertar en la misma la intuición poética necesaria que me hizo entender las páginas de los escritores paraguayos.

Sé perfectamente que la literatura paraguaya extiende un camino complejo, difícil y amargo. No obstante, a pesar de las peculiaridades grupales o personales -donde resulta tan fácil herir susceptibilidades- este trabajo siguió su curso, con sinceridad y buena fe, ante el riesgo inevitable de hallar en su camino, ojalá, saludables discrepancias. Como se sabe, ningún libro es impermeable a la fertilización de la crítica, muchas veces generosa, otras veces implacable. Lo cierto en todo esto es que los lectores encontrarán en esta "LITERATURA PARAGUAYA (1900 - 2000), EXPRESIONES DE LOS REPRESENTANTES CONTEMPORÁNEOS", notorios períodos de nuestra historia, las coyunturas que emergieron de la misma y, por sobre todo, los protagonistas intelectuales que utilizaron la palabra como medio de comunicación, como vehículo estético, o simplemente como ráfagas contestatarias ante los difíciles procesos políticos vividos en el país.

En este libro aparecen, sin lugar a dudas, nombres consagrados de nuestra literatura, muchos de ellos de caudalosas obras. Y es posible también que falten otros nombres eminentes, especialmente aquellos para quienes la literatura significó un accidente dentro del periodo que les tocó vivir.

Autores de obras poéticas, novelísticas, dramáticas y ensayísticas aparecen en esta "LITERATURA PARAGUAYA (1900 - 2000). EXPRESIONES DE LOS REPRESENTANTES CONTEMPORÁNEOS". De todos modos, creo que las indicaciones precedentes no precisan mi acierto, sino el propósito de extender ante los lectores la densa gama de maestra literatura hasta hace poco ignorada, arrinconada y despreciada por quienes no sintieron en la epidermis el facsímil de nuestra identidad.

Más allá de todo prejuicio, notablemente irreverente ante la sospecha respecto a los eternos saboteadores de sueños, el presente libro, para el cual he elegido un criterio cronológico, puede ser un material al servicio de los que buscan en el vendaval o en la serenidad del tiempo las profundas raíces que nos atan desde los siglos. No se trata del producto de un capricho intelectual bajo la mera perspectiva histórica en el sentido de las ideologías historicistas. Se trata sí de la mirada simple hacia los hechos que ocurrieron o de pintos de vista que tienen que ver con el pasado y la actualidad. La propia vida no es un mar absurdo en que nos zambullimos para darnos cuenta de la brevedad de nuestra Historia presente o de la terrible falsificación del pretérito llevada a cabo por los arquitectos espirituales de un universo cargarlo de ideólogos. De cualquier forma seguimos preguntando: ¿Está escondida la verdad hasta ahora? En realidad, las respuestas se diluyen entre juegos evasivos o escapistas, mientras los mantos de ignominia, cíe violencia, de modernas esclavitudes, desencadenan verdaderos símbolos en esta coyuntura epocal en que persiste la misma orfandad.

En ese contexto, bajo una mirada rígida y también complaciente en este soportable camino, como vástago de un período en agonía y de dialéctica avejentada, he recorrido diversos mundos de una literatura que a pesar de todo nunca estuvo de rodillas. Las páginas de esta edición corroboran plenamente la existencia de la literatura paraguaya, inclusive, desde tambaleantes procesos en los que me he concentrado en una impresionante cantidad de autores que he creído son los más representativos. Sin embargo, la selección es bastante convencional, como también el espacio dedicado a cada uno de ellos, de acuerdo a la actual tendencia de la literatura paraguaya.

Si bien la literatura paraguaya está conformada por el bilingüismo (guaraní-español), no es posible dilatar esa bifurcación, pues, a pesar de todo y de la existencia de dos directrices, hay una sola literatura flameando como en un reino universal, con sus respectivas cargas coyunturales en que los escritores luchan de manera obstinada poniendo a prueba el lenguaje y el efluvio de sus respectivas visiones. A lo largo de los años, comprendiendo esta circunstancia, los poetas y narradores hallaron el recipiente adecuado para expresar su propia experiencia en un marco pluricultural y bilingüe del que salieron airosos a pesar de la singular herencia. Es muy difícil entender la literatura paraguaya sin llegar a la profundidad de esta circunstancia.

Los duros tramos de la historia del Paraguay tienen mucho que ver con la literatura. Desde el soplo escolástico del periodo colonial hasta los aires melancólicos del romanticismo, las tardías efervescencias del modernismo, la inquietante ebullición de la vanguardia y la impaciencia de la posmodernidad, se sujetan los resortes de la poesía, la novela, las piezas teatrales, la crítica y los ensayos históricos.

A los escritores paraguayos no les resultó tarea fácil orientarse a través de la literatura dentro de su mismo país. Los graves sofocones políticos impidieron un trabajo más sistemático. El romanticismo y el modernismo en Paraguay nos muestran que fueron por sobre todo periodos didácticos emergentes del fulgor de la era de los López y luego del novecentismo de la posguerra del 70, aunque en la década del 30 aparecen las primeras lápidas mortuorias sobre la influencias románticas-modernistas a través de los que posteriormente se consolidaron bajo los signos de la Generación del 40. La reacción de este periodo agitado conduce a los cambios profundos que llegaron luego con las promociones del 50, 60, 70 y 80 en Paraguay. La guerra contra Bolivia, la revolución del 47, la irrupción de Alfredo Stroessner y la consolidación del sistema dictatorial hasta 1989, abren el espectro de una literatura comprometida, exiliada o confinada dentro de su propio país. En ese sentido, los acontecimientos históricos y políticos nos interesan porque gran parte de la literatura paraguaya de todos los procesos señalados tienen que ver con los mismos. Sería lamentable subestimar o pasar por alto la efectividad de tina literatura que, de cara a la realidad, hizo lo que pudo ante los ojos de un país castigado por el silencio.

"LITERATURA PARAGUAYA (1900- 2000) - EXPRESIONES DE LOS REPRESENTANTES CONTEMPORÁNEOS" contempla la caída de la dictadura, el comienzo de un largo proceso (hasta hoy) de transición hacia la democracia y rescata para la literatura paraguaya una sorprendente cantidad de autores y obras. Es notable, por ejemplo, la gran contribución de la poesía en el posvanguardismo y de la novela en las últimas décadas, que pintan con claridad cierta antítesis: lo renovador y lo conservador. Justificada polaridad en un período cambiante donde el lenguaje ha sido aceptado no con tanta desconfianza como en otros tiempos. Sin embargo, a pesar de los indicios rupturistas la literatura paraguaya de hoy (la más nueva) no señala nuevas tendencias. Si durante los últimos años del período dictatorial, la década de los '80, ha sido inquieta, no es menos cierto que al término de los '90 y comienzos del 2000 se observa cierta declinación, los entusiasmos van quedando atrás y una sombra pesimista se cierne sobre el firmamento sin que la misma encuentre una reacción. Se trata de un período en que la cultura se siente sofocada por la política. Por supuesto, el Paraguay no es el único país que siente estos embates, más aún en esta era de la globalización, en que aparecen los "errores siniestros e insensatos" que sacuden de manera inmisericorde los cimientos de las estructuras sociales, políticas y económicas. Tal vez se esté esperando de los poetas, novelistas y dramaturgos, que sigan diciendo, que se den señales o indicios acerca de lo que está ocurriendo. Hay muchas cosas nuevas para decir. De todos modos, la literatura paraguaya ha alcanzado la mayoría de edad, aunque el proceso de maduración sigue llevando a los escritores paraguayos hacia nuevos desafíos. Y si algunos no encuentran todavía su lugar y quieren volver la vista hacia ciertos tradicionalismos, esa tendencia tendrá que quedar definitivamente atrás. Resulta ingenuo sugerir el camino que se debe tomar, pero uno espera que los escritores paraguayos aprovechen la escena.

¿Qué dicen los representantes de la literatura paraguaya? También en estas páginas los poetas y novelistas de las diversas promociones ofrecen largas conversaciones con el autor de este libro, en las mismas se dan enfoques verdaderamente enriquecedores acerca de la situación de la literatura paraguaya, amén de la visión de cada uno de ellos sobre la realidad que vive el país. Algunos, inclusive, ya no viven, pero todos los que hablaron (hasta la promoción del 2000) no se apoyaron en subterfugios, sino en vocabularios precisos que desnudan sin cortapisas nuestro tiempo.

 El autor

 


ÍNDICE

CAPÍTULO I: ORÍGENES Y MEMORIAS REMONTANDO UN POCO DE HISTORIA.;

CAPÍTULO II: EL PERÍODO DE LA INDEPENDENCIA Y PARAGUAY EN GUERRA;

CAPÍTULO III: INFLUENCIA DEL LIBERALISMO EUROPEO;

CAPÍTULO IV: DE LA TRAGEDIA SE INTENTA RECONSTRUIR EL PAÍS;

CAPÍTULO V: APUNTANDO HACIA EL 900, MODERNISMO Y VANGUARDISMO;

CAPÍTULO VI: LOS DEL 40 SABÍAN LO QUE NO QUERÍAN;

CAPÍTULO VII: EL 50 Y LA REIVINDICACIÓN DEL PAÍS POR LA CULTURA;

CAPÍTULO VIII: CONSOLIDACIÓN DE LA DICTADURA Y VOCES DEL 60;

CAPÍTULO IX: MILITANCIA POLÍTICA E INTELECTUAL CON LOS DEL 70;

CAPÍTULO X: DECLINA LA DICTADURA Y SURGEN LAS VOCES DEL 80;

CAPÍTULO XI: EL `90, LA GENERACIÓN DE LA TRANSICIÓN;

CAPÍTULO XII: CONSAGRADAS OBRAS CONTEMPORÁNEAS.


APÉNDICE: ALGUNOS AUTORES PARAGUAYOS (DATOS BIOGRÁFICOS Y ALGUNAS OBRAS DE 77 LITERATOS)


CONVERSACIONES CON EXPONENTES CONTEMPORANEOS DE LA LITERATURA PARAGUAYA: Josefina Plá; Augusto Roa Bastos; Hugo Rodríguez Alcalá; Elvio Romero; Oscar Ferreiro; Raúl Amaral; José Luis Appleyard; Rubén Bareiro Saguier; Carlos Villagra Marsal; Rodrigo Díaz Pérez; Ramiro Domínguez; Elsa Wiezell; Santiago Dimas Aranda; Francisco Pérez Maricevich; Jacobo Rauskin; Roque Vallejos; Rudi Torga; Helio Vera; Esteban Cabañas; Miguel Ángel Fernández; Luis María Martínez; Renée Ferrer; Emilio Pérez Chávez; Adolfo Ferreiro; Luis Alberto Boh, Jorge Canese; Moncho Azuaga; Dirma Pardo Carugatti; Ricardo de la Vega; Neida de Mendonca; Raquel Saguier; Yula Riquelme de Molinas; Andrés Colmán Gutiérrez; Fernando Pistilli; Tory Lubeka; y Víctor Vidal Soler.

 

 

 

 

ORÍGENES Y MEMORIAS.

REMONTANDO UN POCO DE HISTORIA

 

Dos periodos marcan con claridad el carácter específico e inicial de nuestra historia:

1) Los años de la conquista que arranca en 1537 y se extiende hasta alrededor de 1556 (proceso que culmina con la consolidación del poder español);

2) la época en que estalla la chispa de una larga rebelión contra el poder real (en este contexto aparecen las revoluciones comuneras (1717-1735).

Más adelante se dieron otros eslabones que culminaron finalmente en singulares capítulos históricos, como la independencia de 1811, la prolongada dictadura del Dr. Gaspar Rodríguez de Francia, la llegada al poder de Carlos Antonio López, la presidencia del mariscal Francisco Solano López y la funesta Guerra contra la Triple Alianza, que dejó huellas indelebles de dolor en el corazón del pueblo paraguayo.

El albor de la historia paraguaya se sintoniza desde la llegada del primer descubridor del Paraguay: Alejo García –náufrago de la expedición de Solís–, quien pisó el suelo patrio tras su llegada desde las costas del Brasil en 1525. Ya entonces despertaban gran interés las famosas tierras que guardaban para la imaginación de los aventureros europeos la “Sierra de la Plata” que, según sabemos, era el rico hábitat de los incas. Pero Alejo García no tuvo suerte en su encrucijada y terminó plantando sus huesos a orillas de las torrentosas aguas del río Paraguay. El mismo objetivo de alzarse con los codiciados “metales preciosos” movió al osado navegante Sebastián Gaboto, quien no perdió tiempo para dar rienda suelta a sus desvaríos de riqueza al desviar su ruta y remontar por primera vez las aguas del río Paraguay.

Como se sabe, en 1535 España armó una de las más completas expediciones que recuerda la historia de la conquista, aquella colosal empresa fue encabezada por el Adelantado Don Pedro de Mendoza, hombre de buen pasar que llegó al nuevo continente para defender las polémicas tierras conquistadas y amparadas por la línea de Tordesillas. Después de su arribo (1536), Mendoza fundó el Puerto de Buenos Aires, en la boca del Río de la Plata. Tras la euforia fundacional de aquel asentamiento, el intrépido “Capitán de los mares” ordenó a su lugarteniente Juan de Ayolas la concreción de un proyecto de ribetes muy atractivos: empeñarse a encontrar la fulgurante “Sierra de la Plata”. La ejecución del plan no se hizo esperar, Ayolas se perdió en la extensión de las aguas y, tras plantar toda su energía en el desafío aventurero, llegó a la tierra de los guaraníes, quienes prontamente ofrecieron en principio una tenaz resistencia a los extraños invasores. Se tienen noticias de encarnizados encuentros entre aquellos indígenas ancestrales (que vivían extasiados en el bucólico paisaje que dilataba el litoral del río Paraguay) y esos hombres de piel salobre y atuendos medievales en cuyas manos refulgían dos armas fundamentales en el proceso de la conquista: la Biblia y la espada.

No obstante, a pesar de las pérdidas humanas que produjo el arribo de Ayolas, indígenas e invasores acordaron un paño tibio, es decir, terminar las hostilidades y concretar seguramente la primera componenda política de América, basada en un acuerdo muy significativo que tenía como norma principal sellar un pacto de no agresión entre españoles y guaraníes. En realidad, aquel arreglo fue una inteligente negociación estratégica que favorecía a ambas partes: a los españoles, porque éstos querían llegar al sitio que guardaba los metales preciosos, y a los guaraníes, que hallaron en esa coexistencia pacífica con los europeos la forma de debilitar rápidamente la influencia de los “guaicurú” occidentales, arremetedores compulsivos y practicantes consuetudinarios de pillajes hacia el lado oriental donde vivían los carios. En el inicial entendimiento, Ayolas invocó su buena voluntad y prometió la fundación de un pueblo a su regreso. Sin embargo, la promesa no pudo ser cumplida pues la larga travesía, aguas arriba, terminó con la misteriosa desaparición del capitán español. Si bien no hay un registro oficial, se estima que Ayolas fue muerto por los indígenas en penoso itinerario hacia el Perú.

Don Pedro de Mendoza no corrió mejor suerte. Gravemente enfermo en Buenos Aires, buscó retornar a España lo antes posible. Emprendió el camino del regreso, pero murió en alta mar. Esa desgracia planteó rápidamente un vacío de poder y liderazgo entre los españoles, situación compleja y grave porque el mando fue transferido a Ayolas, quien tampoco pudo plasmar el usufructo de aquel privilegio porque había desaparecido en busca del centellante camino que conduce al oro. Ante la ausencia del heredero al poder, el capitán Juan de Salazar (que formaba parte del conglomerado de Ayolas) se moviliza sin dilación y concreta otro acuerdo con los caciques guaraníes más influyentes: la fundación, el 15 de agosto de 1537, de la casa fuerte Nuestra Señora de la Asunción, en la orilla oriental del río Paraguay. Los fundadores manifestaron que la fortuita “casa fuerte” serviría de “amparo y reparo de la conquista”.

A medida que se consolidan las relaciones, se puede observar como un paso llamativo la estrategia de los “cuñados” que pusieron en práctica los carios.

Éstos, que tenían pretensiones de arrimarse al Perú, entregaron sus hijas como ofrenda a los conquistadores. Ese acercamiento pasional dio inicio al surgimiento de la famosa “amalgama hispano-guaraní” que abriría paso al nacimiento de los mancebos de la tierra que, con el correr de los primeros años coloniales, cumplirían un rol protagónico de gran importancia en la historia de la nación paraguaya.

Tras la desaparición de Ayolas y la fundación de Asunción, se inicia un azaroso derrotero político en el país. El novel proceso colonial exhibe nítidamente la figura de Domingo Martínez de Irala, hombre con fibra y respetado caudillo que para asegurar su poder ordenó inclusive el traslado a Asunción de los conquistadores que habitaban Buenos Aires. Corría el 12 de septiembre de 1541. En Asunción se forma el primer Cabildo con los regidores y alcaldes ordinarios que eran como jueces de primera instancia con fallos apelables ante el gobernador. Los cabildos ejercieron notable influencia, especialmente durante la Revolución Comunera de indelebles recuerdos por los cruentos enfrentamientos entre jesuitas y encomenderos. El Cabildo fue suprimido en 1824 por el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, supremo dictador del Paraguay.

Tras clavar sus raíces en Asunción y colaborar para el nacimiento de nuevas generaciones, Irala comenzó a organizar su predominio político quebrantado fugazmente por la llegada de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Este conquistador de ganada fama en el proceso de la conquista fue nombrado por la Corona para ejercer el poder en la provincia. Sin embargo, en abril de 1544 estalla un levantamiento de carácter netamente político y de apoyo incondicional a Irala. ¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD! fue el grito que retumbó para deponer al adelantado Cabeza de Vaca, acusado de pretender convertirse en rey de estas tierras. Entonces se produce un hecho histórico de singular importancia: la aplicación de un derecho establecido en la Real Provisión del 12 de septiembre de 1537, que facultaba a los conquistadores del Paraguay y del Río de la Plata a nombrar gobernador interino si don Pedro de Mendoza no dejaba sustituto legal en caso de muerte. De ahí en más, y por largos años, esa medida ha sido aplicada con frecuencia, especialmente en el periodo revolucionario de los comuneros, aunque ya no estaba en vigencia. Cabeza de Vaca perdió totalmente sus privilegios y fue enviado a España “cargado de cadenas”. Se puede decir que el derrocamiento de Alvar Núñez abrió a Domingo Martínez de Irala el camino para llegar a constituirse en uno de los más notables políticos de la conquista, hegemonía que mantuvo por mucho tiempo entre resquemores, turbulencias, sueños y esperanzas que apuntaron hacia una sociedad mejor.

Después de aquel suceso de 1544, es clara la rivalidad entre los españoles.

No obstante, con la muerte de Irala, en 1556, se cierra inexorablemente el periodo más batallante de la conquista del Paraguay. Para entonces, los mestizos habían crecido en número y poder, lo que demuestra que la labor poligámica de Irala y los suyos dio buenos resultados demográficos. Se sospecha que Irala tenía alrededor de 10 mujeres reconocidas. Por lo menos así consta en su testamento de 1556. En este documento nombra a sus numerosos hijos y esposas aborígenes.

En ese proceso es posible percibir las categorías de nativos en la provincia.

Por un lado, estaban aquellos que no quisieron aceptar la dominación y se internaron en las selvas. Por otro lado, aparecen los indígenas que cedieron ante la dominación de españoles, criollos y jesuitas que llegaron para establecerse a comienzos del siglo XVII. La Compañía de Jesús, fundada por Iñigo López de Recalde o “San Ignacio de Loyola” (1491-1556), de acción destacada en la Contrarreforma de la Iglesia Católica, jugó un papel importante en ese periodo al agrupar a los aborígenes en pueblos o reducciones donde se organizaban totalmente. La venida de los jesuitas ya había sido solicitada por Hernandarias (1560-1631). Si bien los primeros jesuitas aparecen en 1588, en 1600 se decreta la concentración de todos ellos en Tucumán. Recién en 1608 llega el primer provincial Diego de Torres con trece sacerdotes jesuitas entre los que sobresalieron

luego: José Cataldino, Diego de Baroa, el peruano Antonio Ruiz de Montoya y el paraguayo Roque González de Santa Cruz. Gracias a una intensa actividad, los seguidores de Loyola alcanzaron notables éxitos en la fundación de pueblos y labores catequísticas, especialmente en Guairá, Paraná, Uruguay e Itatín. Sin lugar a dudas, pasaron grandes penurias en esos tramos, especialmente en la próspera Guairá, tantas veces atacada por los bandeirantes o mamelucos del Brasil. Con autorización de la Corona, Montoya consiguió armar a los indígenas y en colaboración con los paraguayos infligieron a los invasores sucesivas derrotas en 1639 y 1641.

Uno de los graves problemas de enfrentamiento entre los encomenderos paraguayos y la Compañía de Jesús fue que esta organización religiosa tenía notorios privilegios fiscales, especialmente para la producción agrícola exportable.

El asunto se volvió casi insostenible porque colocaba en situación desfavorable a los colonos que tampoco tenían mano de obra para hacer trabajar. Así emergieron los trechos calientes del periodo colonial paraguayo, marcados hondamente por la Revolución Comunera. Cabe apuntar que, tras las décadas de confrontaciones, el rey Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas del Paraguay en 1767. Más allá de la rígida nomenclatura del sistema jesuítico, todo ese proceso ha sido encarado por el ilustre intelectual Blas Garay en su libro EL

COMUNISMO DE LAS MISIONES, título que hace referencia al sistema comunitario que predominó en Paraguay. Se puede pensar que aquella experiencia de praxis colectiva alentó un abierto acercamiento a las grandes utopías políticas que se dieron a través de las teorías y los movimientos intelectuales de la época en Europa. Los jesuitas prosiguieron las obras ya emprendidas por los franciscanos, que también fundaron muchos pueblos y aprendieron el idioma de los guaraníes que los llevó a la asimilación cultural que tanto sirvió en el periodo de la “conquista espiritual”. En ese tramo, los jesuitas organizaron las reducciones y la vida de los neófitos o indígenas que vivían en construcciones para corta familia, dejando la organización de su ciclo vital a cargo de los hombres de Iglesia. Ese paternalismo era producto de la atmósfera intelectual de donde provenían los hijos de Loyola. El aislamiento obedecía también a la convicción de que los habitantes de las reducciones no debían mezclarse con los colonos de costumbres “corruptas”. De cualquier manera, se puede considerar como algo lamentable la nula participación indígena en los poderes de decisión y administración en la organización jesuítica.

 

LAS LETRAS EN EL INICIAL Y TURBULENTO PROCESO

Algunos estiman que las primeras señales se pueden encontrar en las primeras décadas del periodo colonial paraguayo. En ese sentido se apoyan en aquel viejo clérigo y espadachín Luis Miranda de Villafaña, quien se supone llegó con la expedición de Don Pedro de Mendoza. Miranda entró en las turbulencias políticas y al parecer bajo la autoridad del Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuya derrota política en manos de Domingo Martínez de Irala (aquel abril de 1544) había producido gran decepción en el alma del poeta que usó sus coplas para manifestar lo ocurrido, al igual que su amigo y rapsoda Martín del Barco Centenera. El escritor Hugo Rodríguez Alcalá hace referencias interesantes sobre estos balbuceos iniciales en su libro “Literatura Paraguaya” y hasta nombra un soneto de José de Antequera y Castro (1690-1731), jurisconsulto panameño que defendió la Revolución Comunera paraguaya.

Respecto a “Las letras en Paraguay”, Adolfo Decoud había señalado que el Paraguay, a pesar del encierro, no pudo sustraerse a la presencia de actores y testigos de la primera hora, además de algunos viajeros. En ese sentido apuntaba:

“Los narradores de la conquista señalan el derrotero y los jesuitas marcan el paso. Aparece desde luego Ulrich Schmidl, quien hace la crónica del descubrimiento y de la conquista con aquella sencillez y veracidad que le ha reconocido la crítica; viene en pos Ruy Díaz de Guzmán, que ha nacido en el Paraguay y ligado por la sangre a los primeros Adelantados del Río de la Plata” (1). Decoud también recuerda a los ilustres jesuitas Charlevoix, Lozano, Guevara y Ruiz de Montoya.

Se ha dicho que con Ruy Díaz de Guzmán la historia paraguaya encuentra su verdadera expresión, eso fue posible mediante un libro escrito por él y cuyo título desata en cierta forma alguna polémica. Mientras unos creen que el primer libro paraguayo lleva como título “La Argentina”, otros estudiosos señalan que el nombre original es “Anales del descubrimiento y conquista del Río de la Plata”. A propósito, conviene recordar que el autor del primer libro paraguayo nació en Asunción hacia 1560. Desde temprana edad se distinguió como buen soldado y participó de las fundaciones de Santiago de Xerez, Ciudad Real, Villa Rica, etc. Tras su expulsión de Asunción recorrió Argentina y Bolivia. Regresó al Paraguay en 1620, trayendo consigo los originales del libro que terminó de escribir en 1612. Si bien intentó la publicación de su obra, no lo consiguió. Murió en 1629. Recién en 1835 sale la primera edición del libro en Buenos Aires. Fue a través del editor Pedro de Angelis. Cabe mencionar que nuestro inolvidable historiador Efraím Cardozo al referirse a Guzmán nos dice lo siguiente: “Ruy Díaz de Guzmán fue el padre de la historiografía paraguaya y en puridad el primer intelectual nacido en la tierra que le dio forma orgánica de un libro a los frutos de su talento. Como Heródoto y Tucídides escribió en el destierro para calmar, con el recuerdo de sus glorias, el dolor de la ausencia de la lejana patria. Cuando terminó su libro en 1612, esa patria aún no tenía un siglo de vida, en cuyo lapso había conquistado, pacíficamente y sembrado de ciudades, una enorme extensión del continente. Y esa fue la historia, el motivo que le indujo a colgar la espada y tomar la pluma” (2).

De todos modos, Josefina Plá estima que a mediados del siglo XVIII se producen hechos dignos de mención, entre ellos la llegada de importantes viajeros que participaron con ímpetu del despertar cultural paraguayo. Fueron precisamente esos viajeros Matías Anglés y Gortari, Félix de Azara, Francisco Aguirre, Gonzalo de Doblas y Diego de Alvear. Se habla inclusive de que en aquellos tiempos se dieron algunas “tertulias literarias” manejadas por ciertos cenáculos de intelectuales de la época. En ese contexto se menciona que la acción enriquecedora de los gobernadores contribuyó, junto a profesionales y comerciantes, para la formación de las primeras bibliotecas.

 

(1) Amaral, Raúl. “Literatura del romanticismo en Paraguay”. Editorial El Lector, pág. 219,

1996.

(2) Cardozo, Efraím. “Apuntes de historia cultural del Paraguay”. 2ª Edición. Biblioteca de

Estudios Paraguayos, volumen XI.

 

 

CAPÍTULO II

EL PERIODO DE LA INDEPENDENCIA

Y PARAGUAY EN GUERRA

 

En los albores de la independencia paraguaya (1810), España estaba en guerra y la Corte portuguesa se había refugiado en Río de Janeiro. José Bonaparte tenía a su cargo la península ibérica, hecho que motivó la sublevación de los españoles en 1808. Precisamente, ese desequilibrio motivó el avance de la influencia inglesa en las indias occidentales y como punto esencial, el 25 de mayo de 1810, una Junta tomó el poder en Buenos Aires, aprovechando el vacío de poder dejado por Fernando VII, apresado por Napoleón Bonaparte. Los hechos de mayo conducen a un Congreso General convocado para decidir sobre la organización del antiguo Virreinato. La Junta de Buenos Aires no perdió tiempo y envió un representante a Paraguay para buscar adhesión, pero el intermediario fue rechazado. No obstante, Bernardo de Velasco citó a importantes referentes de la sociedad: personalidades del clero, comerciantes, militares, propietarios e integrantes del Cabildo, la idea apuntaba a conseguir cierto apoyo a la causa de la Junta argentina.

Ante la mención del Consejo de Regencia (24/VII/1810) y el pacto de amistad con la Junta de Buenos Aires, José Gaspar Rodríguez de Francia levantó su voz para decir: “Paraguay no es patrimonio de España ni es Provincia de Buenos Aires, el Paraguay es independiente y es una República”. La Junta bonaerense encargó entonces a Manuel Belgrano una expedición militar contra el Paraguay. Los paraguayos acudieron en masa. El 19 de enero de 1811, Belgrano y los suyos batallaron en Paraguarí sin conseguir resultados, pues habían retrocedido hacia el sur. Belgrano capituló definitivamente en Tacuary el 9 de marzo del mismo año. Aquellas campañas militares dieron confianza a los paraguayos que ya no dudaban defender la patria ni la identidad nacional incipiente pero fuerte. El grito de la independencia ya no se hizo esperar. Si bien se fijó el levantamiento para el 25 de mayo, el jefe iba a ser Fulgencio Yegros, los hechos se adelantaron y el 14 de mayo de 1811, bajo el mando del capitán Pedro Juan Caballero, los complotados obligaron al gobernador Velasco a dimitir. Ese trascendental suceso se cumplió el 15. Para el 16 se formó el gobierno provisional del que participaron: Velasco, Valeriano Zevallos y Gaspar Rodríguez de Francia, gestor intelectual de la revolución libertadora. El 9 de junio de 1811 Velasco fue destituido definitivamente y se formó el nuevo gobierno a través de la Primera Junta Gubernativa que estaba presidida por Yegros e integrada por Francia, Caballero, Xavier Bogarín y Fernando de la Mora. Lo más importante fue la negociación llevada a cabo por Francia ante Belgrano, el 12 de octubre de 1811, por la cual Buenos Aires reconoció la independencia del Paraguay. En ese contexto, la idea federal quedó definitivamente sepultada y la Junta paraguaya trató de mejorar las condiciones económicas, educativas y culturales del país.

De todos modos, Buenos Aires no cesaba en su intención de atraer al Paraguay hacia la Federación. Bajo esa premisa se amenazaba, inclusive, con el “bloqueo económico” a Paraguay. Sin embargo, la firmeza de Francia desalentó aquella propuesta traída por un emisario de Buenos Aires de nombre Nicolás de Herrera.

Así, el 12 de octubre se proclama la Primera República de América del Sur: Paraguay. Se crearon –al estilo romano– dos cónsules a turnarse en el mandato: Francia y Yegros. Con este acontecimiento, se concretó la ruptura indeclinable con la corona española y la persistente Buenos Aires.

A partir de ese momento, el verdadero director de la escena política fue Gaspar Rodríguez de Francia, quien el 3 de octubre de 1814, a proposición de Mariano Antonio Molas, fue declarado por cinco años Dictador Supremo de la República. De ahí en más ya no fue permitida actividad política alguna. Francia creía que, ante el peligro de la restauración del Virreinato, habría que sacrificar todo, inclusive la libertad individual.

En mayo de 1816, ante una probable incursión de Artigas a Paraguay, Francia hizo que se reuniera un congreso que el 1 de junio de ese año lo designó como Dictador Perpetuo de la República. Desde ese momento el enclaustramiento fue total, cesaron los barcos de navegación, nadie podía salir ni entrar al Paraguay, es decir, se perdió todo contacto con el exterior. En ese proceso tenemos entre las cosas llamativas el posterior asilo del prócer uruguayo Gervasio Artigas en territorio paraguayo, y el confinamiento en el pueblito de Santa María del famoso humanista y naturalista Aimé Bonpland, cautivo en ese lugar desde 1822 a 1831. Esa cuestión movió inclusive a Simón Bolívar y Sucre a peticionar la libertad del científico, pero el dictador hizo caso omiso a todos los reclamos. Durante el gobierno de Francia visitaron el Paraguay algunos viajeros suizos, ingleses y franceses, pero ningún español, según asegura Josefina Plá en su libro “Españoles en la Cultura Paraguaya”. Tal vez Francia creía que representaban “un peligro” para la embrionaria República. Se habla de un decreto francista por el cual los españoles no podían contraer matrimonio con españolas en estas tierras sino solamente con negras o indias del lugar. Sin embargo, la misma autora de referencia señala que Francia sentía un gran afecto por el doctor en leyes Alejandro García Diez, dueño de una bien nutrida biblioteca donde predominaban los libros de carácter humanista. En este periodo evidentemente no hay literatura, aunque es posible rescatar como una válida expresión creativa aquel “Testamento del desengaño”, escrito en prisión por el prócer Fulgencio Yegros. Se habla también del poeta de la dictadura de discutida nacionalidad Felipe Buzó, quien escribía acrósticos al Dr. Francia y posteriormente siguió con el mismo oficio bajo la protección de los López.

Fue Rengger quien acuñó la famosa frase: que en la época de Francia “Enmudeció hasta la guitarra, compañera inseparable del paraguayo”. Conste que la única institución cultural sobresaliente durante la dictadura fue la Escuela de Músicos que dio origen a las bandas militares. De todos modos, a Francia se atribuye aquello de “Minerva debe dormir mientras Marte vela”, frase que revela la languidez de la cultura en esos tiempos. Rodríguez de Francia se basó en las ideas de J.J. Rousseau, justificando acabadamente su mandato bajo la influencia de la historia romana que también sirvió como eslabón doctrinario en el proceso de implantación de la dictadura. Francia esgrimía la idea de que solamente mediante la concentración del poder absoluto el país podía conservar y consolidar su independencia.

El famoso calendario positivista de Augusto Comte incluye al dictador.

Tal vez Comte estaba interesado en exponer ante los seguidores de la corriente positivista las aristas de un hombre digno de ser estudiado. De cualquier forma, la dictadura causó un grave daño a la cultura paraguaya porque en la etapa más crucial del país el proceso de formación intelectual se vio paralizado, este hecho luego motivó la falta de una dirigencia capaz para apuntalar la nación hacia el progreso mental y económico. En septiembre de 1840, el Supremo Dictador falleció de muerte natural sin haber previsto nada respecto a un sucesor. Los aires dictatoriales fueron perdiendo densidad hasta la llegada de don Carlos Antonio López, el presidente que logró consolidar la suerte de la nación con mucha dedicación y empuñando como símbolo la carta constitucional de 1844.

Con la llegada de don Carlos la situación cambia radicalmente. En ese periodo de dificultades –especialmente en Argentina– aparece: “El Paraguayo Independiente”, órgano periodístico que se puso en defensa de la independencia.

De todos modos, cabe consignar que el periodismo paraguayo ve la luz con la publicación de “El Repertorio Nacional”, a finales de marzo de 1844. Cuando desaparece “El Paraguayo Independiente” se concreta la aparición del órgano periodístico “El Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles”, que apareció el 21 de mayo de 1853, dirigido por Juan Andrés Gelly. Todas estas publicaciones (de carácter oficial) contienen aspectos de gran valor de la historia vivida por Paraguay en aquellos incipientes años de vida independiente.

La época de López fue de grandes luchas y preciados logros materiales e intelectuales. Pero las cuestiones con Brasil no funcionaban bien. El tema de límites y navegación era lo más difícil de manejar. El mismo problema se planteaba con Argentina. En realidad, ambas potencias estaban preocupadas por el crecimiento militar y económico del Paraguay. Brasil, por ejemplo, había penetrado en las zonas en litigio, esto produjo importantes debates al respecto. En medio de esa humareda de problemas, después del segundo consulado (1841), el gobierno consular había decretado el 30 de noviembre de 1841 el establecimiento de la Academia Literaria que prontamente debía iniciar sus clases. En ese trayecto, un apretado programa de estudios se tenía a la vista: Latinidad, Idioma Castellano y Bellas Artes, Filosofía Racional, Teología Dogmática, Historia Eclesiástica y Oratoria Sagrada.

La Academia Literaria fue inaugurada el 9 de febrero de 1842. Entonces el cónsul López dijo entre otras cosas: “En este día se fijan los fundamentos de la felicidad paraguaya”. El primer director de tan importante centro de enseñanza fue el padre Marco Antonio Maíz. Durante más de una década la Academia fue el centro de la enseñanza media en Paraguay. Posteriormente, en 1859, se erigió el Seminario Conciliar. Con Carlos Antonio López se fomenta un espíritu esperanzador en busca de mejores horizontes. La preocupación de las autoridades que asumieron tras la muerte de Francia apuntaba hacia el desarrollo de la educación paraguaya. De esa forma, el Congreso de 1841 destinó gran parte de los sueldos no cobrados por el dictador para potenciar la educación pública y la cultura en general. Cuando falleció Francia, dejó la abultada suma de 36.564 pesos. Así, 12.000 de la citada moneda se usó para el Colegio; 400 pesos para la hermana del dictador, Petrona Regalada Francia; 400 pesos para los honores del aniversario del dictador y el resto para el mes de sueldo de la tropa.

En la renovación del Paraguay se puede calificar como uno de los instrumentos más destacables a la función de la imprenta y la aparición de “El Paraguayo

Independiente”. No debemos olvidar la edición de “Prima noche de un padre de familia”, una narración breve y de corte romántico que lleva la firma de Eugenio Bogado (1858). Asimismo, fue muy importante la creación de la revista “La Aurora” (1860), dirigida por el pedagogo español Ildefonso Bermejo, quien fue contratado por el Gobierno de C. A. López para impulsar la cultura en nuestro país. El mismo realizó una excelente labor con el “Aula de filosofía” (1856). En “La Aurora” fluyen nítidos tópicos de carácter romántico, además de los primeros grabados de la época que aparecieron bajo la creatividad del artista francés Carlos Riviere, también asalariado del Gobierno paraguayo.

La llegada de Bermejo se produjo gracias a la misión que cumplió Francisco Solano López en Europa entre 1853-1854, cuando fue enviado por su padre para la contratación de hombres de ciencias y letras a fin de elevar la vida cultural del Paraguay. Solano López conoció al escritor y docente español en París, ciudad donde el joven general dirigió sus ojos y bebió en cierta forma los primeros sorbos de romanticismo. Llévese en cuenta que durante su estadía parisina estaban en plena efervescencia las obras de Víctor Hugo. No se puede obviar que el movimiento romántico tuviera cierta incidencia en nuestro país, más aún llevando en cuenta la labor difusiva que tuvo en el Río de Plata a través de Esteban Echevarría. Sin lugar a dudas, “La Aurora” fijó los lineamientos del romanticismo aproximadamente en 1860. El crítico español Vicente Peiró Barco señala que allí se ventilan “satíricos cuadros de costumbres, inspirados en Larra. La narración romántico moralista de Natalicio Talavera –a imitación de Saint Pierre–, y el cuento de carácter fantástico titulado “Dos horas en compañía de un loco” firmado con las siglas D.L.T.” (1). El citado estudioso de la literatura paraguaya señala igualmente que los primeros síntomas de romanticismo de estas tierras tuvieron inspiración francesa, amén de la influencia que pudo ejercer Bermejo, quien, dicho sea de paso, cuando llegó al Paraguay había ya publicado en España el libro “La capa del rey García”, una novela histórica.

En Asunción estrenó en el año 1858 “Un paraguayo leal”, pequeño drama en verso en dos actos. Igualmente, en 1862 editó su libro “La Iglesia Católica en América”. Sin lugar a dudas, Bermejo gravitó favorablemente en Paraguay, especialmente en la difusión de las corrientes estéticas e ideológicas del tiempo que le tocó vivir. No olvidemos, sin embargo, que muchos no guardan saludable recuerdo de Bermejo, pues el mismo después de regresar a su patria publicó una pequeña obra titulada: “Episodios de la vida privada, política y social de la República del Paraguay”, donde satiriza las costumbres y los gobiernos de la época. Como se sabe, Bermejo había regresado a España en 1863 tras una falta de entendimiento con el entonces general Solano López. No debemos olvidar que el primer libro publicado en el periodo independiente pertenece a Juan Andrés Gelly y lleva como título: “El Paraguay, lo que fue, lo que es y lo que será”. La obra conoció varias traducciones, en francés y portugués aparecieron en 1848. Aunque la versión en español se imprimió al año siguiente, también se publicó en París en 1851.

Si bien no existen informaciones acerca de composiciones que apunten hacia la concreción del himno nacional en el periodo de la independencia ni durante la época dictatorial de Francia, fue durante la presidencia de don Car los Antonio López cuando esto se concreta. Nos recuerda Efraím Cardozo que en las actividades celebradas con motivo de la Ratificación de la Independencia Nacional en 1842, se cantó un “Himno de la Independencia” cuyo texto fue publicado en “El Paraguayo Independiente” y que fuera atribuido al maestro Quintana, aunque otros creen que fue autoría de Manuel Pedro de la Peña o del mismo presidente Carlos Antonio López. No obstante, esa afanosa búsqueda se extendió y se aprovechó la misión de Pedro de la Peña a la ciudad de Buenos Aires (1843) para peticionar al historiador y poeta Vicente Fidel López un himno patriótico para el Paraguay. El poeta argentino pidió una suma que no fue aceptada por el Gobierno. De todos modos, se encargó una misión para Montevideo de la que estuvieron encargados Bernardo Jovellanos y Atanasio González para gestionar al autor del himno nacional uruguayo Francisco Acuña de Figueroa, quien aceptó el petitorio. Las letras del himno paraguayo fueron entregadas en mayo de 1846. Si bien existen algunos historiadores detractores del sistema de gobierno de don Carlos Antonio López, la mayoría se ha esforzado en presentar al mismo como uno de los máximos gobernantes, pues luego de recibir un país vacío y de densa ignorancia logró despertar la envidia de las potencias latinoamericanas por la magnitud de las obras emprendidas por él.

El presidente López falleció el 10 de septiembre de 1862, dejando toda la responsabilidad a su hijo Francisco Solano López, de 36 años. De ahí en más, el Paraguay entró en una verdadera encrucijada que desembocó en el “Genocidio Americano”, es decir, en la Guerra contra la Triple Alianza (1865-1870). De esta manera, el proceso cultural que había iniciado don Carlos fue interrumpido bruscamente, quedando de esa época escuálidos ejemplos de creatividad, excepto aquellas narraciones y poemas patrióticos que cumplían la función de elevar el espíritu de los combatientes en la cruenta guerra. Cabe recordar que durante la gran tragedia surgieron algunas publicaciones: “El centinela” (25/IV/1867), “Cabichu’i” (13/V/1867), y brevemente “El Cacique Lambaré” (24/VII/1867). Estos medios de difusión eran redactados acorde al orden establecido por Tristán Rocca, Natalicio Talavera, Juan Crisóstomo Centurión, Víctor Silvero y Fidel Maíz. Es posible pensar que tales publicaciones marcaron a fuego la palabra en plena contienda y dieron inicio a la incipiente literatura paraguaya.

¡El Paraguay en ruinas! Con sus instituciones públicas, privadas, jurídicas y culturales totalmente arrasadas por el pillaje rapaz de los aliados, todo fue muy difícil para la nación guaraní.

No obstante, el escritor Raúl Amaral, en su libro “El romanticismo paraguayo (1860-1910)”, nos dice: “Debe reconocerse, en atención al tema, que aún no ha sido objeto de comparación el estilo de Mariano Antonio Molas, Juan Andrés Gelly y don Carlos Antonio López –tomando la etapa posfrancista– con la prosa del Mariscal López, Juan Crisóstomo Centurión y Gregorio Benítez, además del Padre Fidel Maíz. Tampoco la poesía de Natalicio Talavera con la de sus coetáneos”. El poeta Talavera murió en Paso Pucú el 11 de octubre de 1867. Fue una figura notable de la intelectualidad paraguaya. Dio a conocer el romanticismo en nuestro país con la famosa traducción de “Graziela”, de Lamartine. Su poesía “Reflexiones de un centinela en la víspera del combate” expande los contornos románticos que luego soplarían decididamente en el país. Talavera también se constituyó en el historiador de la gran conflagración con sus crónicas de guerra. En esos tramos también aparecen los versos de José del Rosario Miranda (1832-1903), de innegables tintes románticos. Roque Vallejos nos indica que las características del romanticismo poético llegaron bajo la influencia de Víctor Hugo, Espronceda y Bécquer, sin que dicha corriente haya sido de prístina pureza a causa de la mezcla clasicista y de efectos trágicos, romanticismo que venía también del poeta uruguayo Zorrilla de San Martín.

“Las características de este romanticismo están determinadas por su origen: trágico, deprimente, elegíaco y levemente mórbido con algunos espasmódicos brotes épicos” (2).

 

(1) Peiró Barco, Vicente. “La revista La Aurora: primera manifestación del romanticismo en Paraguay”. Suplemento cultural del diario Noticias, 9 de agosto de 1998.

(2) Vallejos, Roque. “La literatura paraguaya como expresión de la realidad nacional”. 2ª edición, 1971.

 

 

 

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