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SANTIAGO TRÍAS COLL

  HECHIZO PARAGUAYO - Novela de SANTIAGO TRÍAS COLL


HECHIZO PARAGUAYO - Novela de SANTIAGO TRÍAS COLL

HECHIZO PARAGUAYO

SANTIAGO TRÍAS COLL

Editorial EL LECTOR

Diseño de tapa: MARIO CASARTELLI

www.ellector.com.py

Asunción – Paraguay

1991 (197 páginas)

 

 

PRÓLOGO

 

            Conocido por el éxito de su libro GUSTAVO PRESIDENTE, SANTIAGO TRÍAS COLL presenta ahora Hechizo paraguayo, la historia de un inmigrante francés, Pierre Perrier, que llega al país con la intención de hacer la América y vuelve a Francia después de haber dejado todo su dinero en el Paraguay de los últimos momentos de Stroessner. El título, por eso, tiene un propósito irónico y resalta la distancia entre la tierra de promisión de muchos europeos y la triste realidad enfrentada donde, supuestamente, deberían brotar leche y miel. El personaje es ficticio pero podría ser real, ¿cuántos ingenuos no han perdido aquí todo su dinero a causa de la estafa inmobiliaria? Tierra barata, pocos impuestos y clima benigno eran el anzuelo usado para pescar incautos...

            Pierre Perrier es uno de aquellos ingenuos; engañado por la propaganda y engañado, también, por su pretensión de establecerse en un país ideal, deja todo lo ganado en Francia y se lanza a la aventura. No le faltan coraje, ni deseos de trabajar, ni buenas intenciones... sólo que estas virtudes no son ni pueden ser debidamente apreciadas ni recompensadas en un sistema corrupto. En cierto sentido, el personaje de Santiago Trías Coll nos recuerda al personaje de Voltaire, Cándido, otro que sueña con el país ideal y vive peregrinando por el mundo. Después de una serie de desencantos, Cándido abandona sus proyectos más ambiciosos y se dedica, en serio, a los asuntos de su vida cotidiana, teniendo como máxima la frase: "uno debe cultivar su jardín". Esto es, tomar en serio las cosas de cada día y renunciar definitivamente a cualquier quimera. La máxima hubiera valido para Pierre Perrier, pero éste olvida su quimera paraguaya sólo después de haber pasado por una serie de calamidades, que comienzan cuando unos embaucadores lo despojan de su capital y debe sobrevivir como puede. De los negocios lícitos, pasa a los menos decorosos; de éstos, pasa a los ilícitos, aunque, debemos decirlo, más por ingenuidad que por mala fe.

            Una novela no tiene argumento sino personajes, dijo Gore Vidal. Puedo decir al respecto que los personajes de esta novela están bien logrados, aunque el propósito del autor no haya sido detenerse en la definición de los caracteres sino en la presentación de un cuadro general de la situación del país -y de América. Antes de terminar en Paraguay, Pierre tiene sus experiencias en Rio y Buenos Aires. Quizás el autor haya sido muy generoso al presentar el entorno de la corrupción de los últimos tiempos de la dictadura; de cualquier manera, hay aquí una cuestión de visión y apreciación personales. El libro se lee con facilidad y la secuencia de las escenas y los capítulos tiene a veces la rapidez de la secuencia de las novelas policiales. Santiago Trías Coll, para presentar el mundo de la corrupción, demuestra haber hecho una investigación detallada sobre el tema (la descripción de las rutas del contrabando, el caso del piloto que lleva una carga que desconoce, etc., han salido de la realidad cotidiana).

            Para concluir, una observación: esta novela es paraguaya y, al mismo tiempo, cosmopolita. Quiero señalar esto porque, sino en la novelística, al menos en la preceptiva local, ha prevalecido el criterio de enfatizar lo lugareño (en el sentido de color local) y lo rural. Hechizo paraguayo comienza en París, se desplaza a Río y Buenos Aires, llega al Paraguay. Los ambientes son urbanos, básicamente; los diálogos incluyen el francés, portugués y guaraní. La narración carece de claves locales y esto podría darle un éxito internacional, éxito que deseamos al trabajador infatigable Santiago Trías Coll.

 

            GUIDO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 

 

INTRODUCCIÓN

 

            La quimera americana ha conseguido arrastrar a más de veinte generaciones con vocación aventurera y nómada a probar fortuna en eso que vino a llamarse "hacer la América". Algunos favorecidos lograron descubrir ese terruño cobijador de ensueños, donde concluirían su existencia al tiempo de entroncar su estirpe con orgullo. Otros, por el contrario, tan sólo cosecharían angustias y frustraciones apeándose trágicamente en el camino.

            Esta obra es un compendio de hechos auténticos que varios sujetos de la vida real gozaron y padecieron en propia piel.

            Dos únicas licencias literarias me he permitido introducir: La primera, se refiere a una familia apellidada Perrier, que le ha tocado en suerte el papel fatal de aglutinar a varios personajes inconexos y deberá asumir inevitablemente algunos sucesos ajenos. La infaltable ficción novelesca es la segunda, allí se podrá descubrir fácilmente la pretensión de decorar y poetizar una realidad que, en ocasiones, podría resultar tosca y fría.

 

 

 

CAPÍTULO I

 

            No fueron escasos los vecinos que escucharon aturdidos el sonoro portazo que propinara Pierre al irrumpir en su apartamento, aunque fue su mujer Jacqueline quien sufrió el peor sobresalto por encontrarse en una pieza contigua a la entrada.

            El hombre estaba desconocido. Jacqueline había sido testigo en varias ocasiones de los brotes de ira de su marido, pero jamás como en aquella oportunidad los ánimos de Pierre se mostraron tan agresivos y fuera de sí. Mientras él se explayaba en constantes exabruptos y desvaríos, Jacqueline se dirigió a un mueble bar y rápidamente llenó un vaso con el primer licor que encontró. Poco después, Pierre ingirió de un solo trago el contenido sin apenas reparar que se trataba de un ron caribeño de muy generosa graduación. Aquello logró calmarle en cierta forma, si bien su mujer prefirió aguardar unos instantes antes de comenzar con las obligadas preguntas. Cuando el ambiente se mostró algo más sereno, Jacqueline exclamó:

            -¡Dios mío, Pierre...!, parecías un torbellino.

            -¡Y con mucha razón...!, cualquiera en mi caso estaría peor que yo.

            -Pero, ¿qué te ha pasado?

            -El colmo de los colmos, he tenido que llegar hasta casa en un taxi.

            -¿En un taxi?

            -Claro mujer... Cualquiera toma un taxi si le roban el coche.

            -¡Cielo santo!, ¿te robaron el coche?

            -Sí, querida mía, y con todo lo que llevaba dentro.

            -Pero, ¿cómo pasó?, ¿dónde te lo robaron?

            -En pleno Pigalle y a plena luz del día.

            -¿En Pigalle...?, ¿qué hacías tú en Pigalle?

            -Hummm... Vistas a clientes... Ya sabes.

            Jacqueline no volvió a inquirir más preguntas, en realidad, muy poco le importaba en aquellos momentos el Mercedes 280 que, tres meses atrás, supuso un drástico bajón en el saldo de la cuenta bancaria que ambos compartían en el Crédit Lyonnais. Los inocultables celos femeninos, propios de una mujer rescatada furtivamente de un suburbio árabe en el norte de París, eran la principal causa de la angustia de Jacqueline... Tarde o temprano, pensó, ella terminaría por saber si la versión de los clientes de Pigalle era o no cierta. Pierre, tras un largo silencio, prosiguió:

            -Necesito otro trago, querida.

            -Sí, cómo no, enseguida te lo traigo.            

            Cuando Pierre liquidó su segundo vaso, apenas advertiría que la botella que le tocara en suerte en aquella ocasión para calmar su ansiedad, fue un whisky escocés.

            -Ya me encuentro un poco mejor -susurró Pierre.

             -Con estas dosis, hasta un elefante se tranquilizaría.

            -Estoy cansado de este país, Jacqueline... Más que cansado, ¡harto! -apuntó Pierre en un tono que denotaba cierto dramatismo.

            -¿Qué tiene de malo este país?, es como cualquier otro.

            -Aquí ya no se puede vivir, París se ha vuelto insoportable, Francia se ha vuelto insoportable.

            -En cualquier parte del mundo roban coches.

            -Lo del coche es sólo la gota que desborda el vaso. ¿Crees que podemos seguir viviendo bajo tantas presiones?

            -Que yo sepa, aquí nadie muere aplastado por esas presiones.

            -Te equivocas, en Francia la gente muere lentamente sin apenas darse cuenta, ya no hay espacio para las personas. La calle parece una jauría de animales empujándose para lograr caminar; si alguien se cae los otros le pasan por encima, si un niño perdido pide ayuda, nadie le socorre para no complicarse la vida, si te roban el coche debes callar porque los ladrones son más respetables que el ciudadano que trabaja dentro de la ley... y ese ciudadano soy yo, el que liquida impuestos, el que es masacrado brutalmente por el fisco, el que no puede mover un solo dedo sin pagar... ¡Estoy harto! -concluyó Pierre casi gritando.

            Jacqueline no replicó a su marido, era preferible guardar silencio porque, contradecirle en aquellas circunstancias, suponía enmarañarse en una discusión sin fin cuyo desenlace solía ser nefasto. En el preciso instante que ella hacía el gesto de levantarse, Pierre añadió:

            -¡Me voy...!, ¡nos vamos...!, ¡esto terminó...!

            -Estás muy nervioso ahora, Pierre. Necesitas descansar. Cálmate primero y luego hablaremos tranquilamente.

            -No, querida mía... Estoy decidido. Ahora es el momento, mañana sería demasiado tarde.

            -Pero, ¿adónde quieres que vayamos?, este es nuestro hogar y aquí vive nuestra gente.

            -¿Llamas hogar a esa jungla? y, nuestra gente, - añadió jocosamente- sólo se dirigen a nosotros cuando necesitan algo.

            -Eres injusto Pierre, tus padres te adoran y harían cualquier cosa por nosotros. Incluso podríamos vivir en una de sus propiedades de Roanne si tanto te agobia la capital.

            -Mira querida, nada tengo en contra de mis viejos pero si están lejos tanto mejor, déjales hacer su vida mientras nosotros vivimos la nuestra.

            Dos días habían transcurrido sin remover de nuevo el tema. Jacqueline conservaba en su memoria la tensa discusión de un martes la cual llegó a inquietarla seriamente, pero conforme pasaba el tiempo pensó que aquel arranque de ira no tendría más consecuencias y todo quedaría en el olvido. Sin embargo, la noche de ese mismo jueves, Jacqueline debería reconocer que estaba totalmente equivocada.

            Sobre una pequeña mesa de trabajo que aparecía en un extremo de la alcoba principal, Jacqueline descubrió varias cartas y catálogos publicitarios con membretes de agencias de viajes, mostrando imágenes de Sudamérica o cotizando pasajes aéreos desde París a varias capitales de aquellas latitudes. Allí comprendió que el asunto podría ir en serio. Jacqueline se sentó sobre la cama, súbitamente recordó sus dudas acerca de las misteriosas visitas de su marido a Pigalle, pero no tardó en convencerse de la banalidad de unas sospechas las cuales eran poco menos que un juego de niños al lado de la situación que se avecinaba.

            Maurice apareció repentinamente en escena, sin cumplir con el obligado aviso de golpear la puerta antes de entrar;

            -¡Mamá, mamá!, ¿ya conoces la noticia? -exclamó el joven vociferando.

            -¿Cuándo aprenderás a pedir permiso antes de invadir habitaciones ajenas? -amonestaba Jacqueline.

            -Perdona mamá, pero esto es demasiado importante, ¡es grandioso!

            -¿Qué es tan importante y tan grandioso?

            -No pretendas disimular, mamá. Nos vamos, nos vamos al trópico donde la gente canta, baila y no se aburre.

            -Pero, ¿de qué estás hablando?

            -De nuestro viaje.

            -¿Qué viaje?

            -Me parece que me estás tornando el pelo, mamá.

            Jacqueline prefirió no continuar sondeando a su hijo con más preguntas por una cuestión de amor propio. Difícilmente Maurice lograría comprender que su madre era extraña a una decisión que la afectaba prioritariamente.

            -¿Tu padre ya llegó? -cuestionó Jacqueline.

            -No le he visto, creí que estaba aquí.

            -Bueno, vamos a esperar que llegue y luego hablaremos todos juntos, ¿te parece bien?

            -Claro que sí, mamá.

            Maurice se retiró dando saltos de euforia, mezclando en sus brincos algo que se parecía a las sambas brasileñas y otras danzas desconocidas.

            Mientras Jacqueline intentaba poner orden en sus ideas, Maurice se dirigió a la biblioteca con la intención de encontrar un volumen de geografía universal, que alguna vez creyó haber percibido cuando su vista barriera las estanterías a la búsqueda de otros libros. No tardó en hallarlo en una rinconera perdida de la parte superior, lo tomó entre sus manos y sopló con fuerza la parte más expuesta al polvo, levantando la obligada nubecilla propia de la ausencia del plumero cotidiano. Al entreabrir las primeras páginas, su imaginación voló hacia un Oeste enigmático pleno de sorpresas que lograron cautivarle desde un inicio. Lo primero que apareció ante su vista fue una espléndida ilustración de plantas exuberantes que parecían crecer desaforadamente en las selvas amazónicas. A lo largo de aquel recorrido, los coloridos exóticos y la abundancia de vida, no abandonarían jamás al inmenso río desde su nacimiento andino hasta su entrega en el Atlántico. Maurice, siguió escrutando con enorme avidez las hojas de un libro que, espontáneamente, le iban revelando la existencia de unas latitudes hasta entonces postergadas en un anodino recuerdo casi olvidado. En su continuo hojear, no tardó en encontrarse con los altiplanos bolivianos y peruanos en donde se decía que la magia de las flautas seculares se obstinaban en permanecer en el tiempo y en el hado mágico de una música creada y recreada por misteriosos ancestros. Las páginas siguientes, mostraban los encantos del Cono Sur, pero allí se detuvo para continuar saboreando lentamente lo que, en breve, estaría esperándole. Mañana, se dijo, será otro día y continuaré descubriendo América... ¡América!, exclamó en su fuero interno, lejos de la rue René Coty y de los eternos lugares de encuentro, con las caras de siempre y con los imbéciles de siempre.

            A Maurice le faltaba medio año escolar para completar su bachillerato, nunca brilló por el interés en los estudios ni tampoco se adivinaba la presencia de ambiciones banales que su padre procuró siempre inculcarle. El dinero, para el joven Maurice, sólo era papel, el oro únicamente brillo y, el poder, un falso complejo de los impotentes. Esa mente tierna y casi virgen, estaba comenzando a vagar por los marasmos de un libro de geografía universal, se hubiese dicho que por momentos sus pies abandonaban la tierra para reunirse con algo desconocido y lleno de encantos renovadores. Por vez primera, creyó reconocer poco antes de dormir, su padre estaba a punto de hacerle dichoso.

            Muy lejos de aquella euforia se encontraba la angustiada Jacqueline, quien deambulaba por la casa castigando su vista con los objetos y rincones los cuales, probablemente, quedarían muy pronto apeados en el olvido y la distancia. La intuición femenina de aquella mujer, no solía equivocarse.

           

            ¿Acaso no recuerdas el día que Maurice casi no nació?, -se lamentaba Jacqueline con lágrimas en los ojos.

            -Pero, ¿a qué viene eso? -replicó Pierre, mientras aparentaba conciliar el sueño.

            -Muy sencillo... Vivimos en un país desarrollado y con medios, si hubiese parido a tu hijo en donde pretendes enviarnos ya no existiría.

            -Pero, ¡qué tonterías puedes llegar a decir! ¿Piensas que en Argentina o Brasil no existen hospitales perfectamente equipados y con médicos profesionales? Los partos difíciles ya están superados.

            -Pierre, Pierre:.. ¡por el amor de Dios!, ¿por qué esta decisión tan repentina?, ¿acaso aquí te persiguen por algo malo? Contesta, ¿qué está pasando?

            -Nadie me persigue o, tal vez, todos me persiguen. Esta sociedad me agobia, me asfixia, me oprime... Si no salimos de aquí, terminaré reventando.

            -Pero... tan súbitamente, de la noche al día. No logro entenderlo, es demasiado fuerte para mí.

            Pierre no debía esforzarse por comprender la reacción de su mujer; decenas de veces se culpó a sí mismo por haber elegido a su compañera en una barriada de Saint

Denis, cuando una especial circunstancia de su vida le involucrara en una relación que sería definitiva. Sin desearlo, volvió a evocar el día en que anduvo buscando por barrios poco deseables una dirección perdida de algún cliente moroso para cobrar viejas cuentas... Al no conseguirlo, se había refugiado en una de esas tascas descoloridas, donde los clientes de siempre vaciaban hasta altas horas de la madrugada cervezas de Alsacia y anisettes con agua y hielo. En uno de ésos tugurios, justamente, descubrió a Jacqueline, una preciosa mujer maltratada por la vida y sumida en una insoportable soledad. El inicio de aquel desamparo, adivinaría más tarde Pierre, se originó el día que los escasos miembros de su familia regresaran sin ella a la Argelia natal, luego de haber fracaso su éxodo y sus esperanzas en la madre Patria. Pierre había llegado justo a tiempo para evitar que el submundo de la prostitución inmolara definitivamente a Jacqueline, por ello, Pierre sabía bien lo cruento que suponía para aquella infeliz de origen norafricano, proponer la repetición de una aventura que se vislumbraba plena de incertidumbre y cargada de riesgos insospechados. Con un tono sumamente suave, Pierre continuó:

            -Querida... mí querida Jacqueline. Mientras estés a mi lado nada te faltará, pienso que conociste la felicidad a partir del día que nos conocimos, ¿no es verdad?

            -Eso es justamente lo que me preocupa y me atormenta... No quisiera perder lo que tanto me costó alcanzar.

            -Nada tenemos que perder con este proyecto, Jacqueline, y estoy seguro que hay mucho que ganar.

            -¿Ganar qué?

            -Libertad, nuevos aires, menos presiones, más incentivos... En fin, la lista sería larguísima.

            -Pero Pierre, ¿con qué y con quién cuentas en Sudamérica para trabajar y salir adelante?

            -Con mis ahorros y mi imaginación, ¿te parece poco?

            -Me parece una locura.

            -¿No crees, Jacqueline, que la vida sin esos impulsos locos resultaría intolerable?

            A pesar de los diecinueve años de vida en común, Jacqueline jamás se había percatado dé ciertos atavismos ocultos que parecían aflorar de su marido por vez primera. Pierre, recordaba ella, siempre fue impetuoso y hasta imprevisible, pero no mostró nunca hasta entonces aquel cariz irreflexivo y aventurero. Con voz algo entrecortada, Jacqueline añadió:

            -No tiene sentido lanzarse a una aventura a los cuarenta y cinco años, ya es demasiado tarde.

            -¿Tarde?, ¡estamos en la mitad de la vida!

            -Esa primera mitad ha resultado muy dolorosa para mí, creo que tengo derecho a un poco de estabilidad y paz. Además, ¿qué futuro le espera a Maurice en aquellos confines?

            -El chico está feliz, jamás le había visto tan ilusionado por algo.

            -Eso es normal, Pierre, ¿a qué jovencito de dieciocho años no le fascinaría la idea de conocer y hasta vivir en América? Pero estoy hablando de su futuro. Si un día debemos regresar, ya no podrá recuperar el tiempo perdido.

            -¿Tiempo perdido?

            -Claro, hoy día vivimos en un mundo de terrible competencia, uno no puede descuidar su formación ni un solo instante porque hay miles esperando la misma oportunidad.

            -Creo que has puesto el dedo justo en la llaga al decir esto. ¿Piensas que me seduce la idea de ver a mi hijo peleando en medio de una jungla de dementes que se abren camino en la vida a empujones, trabajando quince horas al día sólo para sobrevivir? No Jacqueline, Maurice merece algo mejor y yo se lo quiero dar.

            -Entonces, ¿estás completamente decidido?

            -Completamente.

            Minutos después, Jacqueline escuchó los primeros ronquidos de Pierre. Mientras ella soportaba la penuria de una larga vigilia sin conseguir cerrar los ojos, él ya se encontraba en una América de alucinaciones que, noche tras noche, visitaba en sus sueños.

           

            A Jacqueline poco le seducía la idea de la partida de su marido en solitario. Pierre había elaborado sus planes minuciosamente, casi todos sus conocidos se mostraron unánimes en considerar más sensato viajar sin la familia durante la etapa inicial, hasta fijar una residencia definitiva. Al final, la propia Jacqueline terminó por convencerse de lo acertado de la medida. Ella aguardaría pacientemente el tiempo necesario, esperando el regreso de Pierre o recibir la señal para reunirse con él.

            En el almuerzo de un miércoles 9 de diciembre, Jacqueline supo, al fin, que el primer destino donde probaría suerte su marido era Río de Janeiro, allí iniciaría una serie de consultas con un tal Philippe Duclos, pariente lejano, a quien cinco años atrás le había surgido la oportunidad de colaborar en el montaje de una planta embotelladora de alcoholes derivados de caña pero, tras finalizar su misión, prefirió optar por permanecer en tierras cariocas y jamás regresó. Las preguntas de Jacqueline no se hicieron esperar:

            -Pero, ¿qué referencias tienes de ese Philippe?

            -En realidad muy pocas, querida. Es un primo con quien apenas tuve relaciones, aunque todavía recuerdo vagamente sus rasgos que vi por última vez el día de su boda. Desde entonces le perdí de vista.

            -¿Y vas a confiar en él?

            -No precisamente.

            -Menos mal.

            -¿Por qué, menos mal?

            -Comprenderás que, un individuo, que se fue a trabajar un buen día por algunos meses y...

            -¡Ya, ya entiendo querida! -le interrumpió Pierre- Son cosas de la vida, es difícil opinar en piel ajena.

            -No puede justificarse abandonar a una familia entera porque a un tipo como tu primo se le encaprichó liarse con dos putas brasileñas.

            -Eres muy dura opinando, Jacqueline.

            -Es la verdad, todo el mundo lo sabe... Hasta tu hijo está al corriente de lo que hizo el sinvergüenza de su tío.

            -Mira Jacqueline, en primer lugar Philippe no dejó desamparada a familia alguna, su mujer tiene dinero para mantener a tres generaciones sin pegar golpe... y, eso justamente, era lo que más lastimaba a Philippe. Todavía recuerdo que el pobre tenía que mendigar cuatro francos a Madeleine para comprar un paquete de cigarrillos. Esto pudre a cualquiera.

            -Madeleine no es mala persona, no se merecía esto.

            -Ella recogió lo que sembró, su arrogancia y prepotencia consiguieron amargar a Philippe, creo que yo hubiese durado menos a su lado.

            Jacqueline se vio obligada a retroceder, la ambigua y turbia historia de aquellos familiares no era tema oportuno para discutir con Pierre en unos momentos confusos. Madeleine, terminó por reconocer Jacqueline, había cavado su propia tumba, y el primo Philippe tal vez tuvo la oportunidad de rehacer su vida en tierras lejanas con dos prójimas afables, quienes, por qué no, lograrían llenar con sus seductores encantos un vacío insoportable acumulado durante años. En realidad, lo que más preocupaba a Jacqueline, era el ambiente de promiscuidad que aguardaba a su marido en Río de Janeiro. No era difícil imaginar que el primo Philippe se mostraría condescendiente con Pierre y podría cederle sin mayores problemas una de sus chicas. Jacqueline continuaría torturándose con sus fantasiosos celos, tal y como era su costumbre.

           

            El ambiente de aquel reveillon, se diferenciaba notablemente de otros anteriores recordados por Maurice. No precisamente en el menú, el cual se repetía año tras año sin apenas variar el obligado foie gras trufado y el pavo relleno, cuyos restos se solían consumir en el almuerzo del día siguiente. Los padres de Pierre ocupaban el extremo de la mesa a espaldas de la ventana, el mismo lugar de todas las navidades. Maurice, tal y como era su costumbre, se había situado muy cerca del suspirado pâté aguardando el momento de hincar el cuchillo en uno de los más deliciosos manjares que sus abuelos debían aportar obligatoriamente por esas fechas. Los venerables ancianos jamás olvidaban desplazarse unos kilómetros hacia el Sur para comprar un sabroso y fresco fóie gran de oca en Lyon, encargado dos días antes a un Maitre Traiteur de reconocido prestigio. Esta ceremonia, se repetía todos los años antes de emprender camino hacia París, para reunirse con su único hijo y, también, con el nieto de sus amores:

            -Procura dejar un trocito para tus padres -amonestaba dulcemente Monique a su nieto, cuando éste ya había liquidado cerca de la mitad del pâté.

            -Es más fuerte que yo, abuela, está demasiado bueno.

            -Está bien, mi pequeño Maurice, aprovecha ahora, porque en las navidades próximas ya no habrá foie gras ni otras cosas...

            -¡Mamá, por favor!, no empecemos de nuevo -intervino Pierre-, todos sabemos que en Sudamérica la comida es diferente, pero esto no representa ningún problema, ¡caramba!

            -Ya no entiendo a los jóvenes, -explotó Monique- aquí nos quejamos de la invasión de árabes y otras razas de segunda que las encuentras hasta en la sopa y, ahora, tú pretendes establecerte en un submundo donde todos son indios... No logro comprenderlo.

            No era la primera vez que Jacqueline debía soportar ciertas alusiones relativas a su origen que, su suegra, dejaba caer a veces sutilmente y, otras, como en aquella ocasión, brutalmente. Su reacción no se hizo esperar, dirigiéndose a su marido señaló:

            -¿Desde cuándo, Pierre, los árabes pertenecen a una raza de segunda?

            -¡Por el amor de Dios, Jacqueline!, ¡por todos los santos, mamá! Estamos en Navidad y en familia... Tengamos paz.

            -A mí, particularmente, no me importan los insultos, ya estoy acostumbrada-añadió Jacqueline-. Pero sí me gustaría recordar a alguien que su nieto adorado lleva la mitad de esa sangre que parece despreciar.

            Tras las frases lapidarias de Jacqueline, se escuchó por vez primera la voz ronca y severa de Roland, quien hasta entonces se había dedicado a comer y beber discretamente, lanzando esporádicamente algún guiño a su nieto Maurice:

            -África, América, Europa y hasta Asia son la misma cosa, todo es cuestión de saber buscar y encontrar a las personas adecuadas y bondadosas. En todas partes crecen habas y también se cuecen. Lo menos importante es el lugar, lo esencial es la gente en sí.

            -¡Por favor, Roland!, no puedes comparar a nuestra Europa que siempre fue cuna de cultura, con esos países que funcionan a base de golpes de Estado -enfatizó Monique.

            -Cualquier país, -replicó Roland con solemnidad tiene derecho a una evolución y a un proceso. Nosotros, o nuestros ancestros, edificamos una historia cargada de sangre e infortunios, no quisiera que Francia fuese un ejemplo de modelo histórico porque las páginas de esa historia están cargadas de atropellos e injusticias.

            Maurice escuchaba la tensa discusión con bastante interés, pero en ningún momento perdonaba al pâté, el cual iba desapareciendo lentamente mientras los adultos se ocupaban de fútiles discusiones que conducían a poco menos que a nada. Tras ingerir el último bocado, Maurice exclamó:

            -¿Es cierto que en Sudamérica no existe el foie gras?

            Nadie contestó.

           

            -Regresa pronto, hijo mío... Esos lugares no son buenos.

            Fueron las últimas palabras que Pierre escuchó por boca de su madre, mientras dos lágrimas involuntarias se deslizaban con dificultad por unas mejillas ajadas, repletas de escabrosas arrugas que aparecían en casi todos los rincones de un semblante desbordado por los años.

            -Sube al coche, mamá. Ya es tarde y no conviene que papá conduzca de noche.

            -Adiós, hijo mío. Cuídate mucho y no dejes de escribir-concluyó Roland con voz entrecortada, al tiempo de cerrar la puerta de su vehículo.

            Instantes después, se escuchó el motor del viejo Peugeot que parecía funcionar remolonamente y a un ritmo muy similar al de su dueño. Pierre permaneció inmóvil al costado del umbral, hasta perder definitivamente de vista el coche de sus padres. -Pobres viejos-, dijo para sí, imaginando la pena que soportaban dos corazones cansados que acababan de sufrir el amargo trance de una despedida plena de incertidumbre.

            Pierre no había advertido que a sus espaldas se encontraba Jacqueline, quien presenciaba aquella escena en silencio pero adivinando de forma inequívoca los pensamientos de su marido. En mediar palabra, deslizó una de sus manos por su cuello y lo acarició tiernamente:

            -Comprendo lo que estás sintiendo, querido... Yo ya pasé por esto.

            -Están solos, terriblemente solos, no tienen a nadie. Cuando Jacqueline se situó enfrente de su marido, buscando una mejilla para besarla, descubrió unos ojos que comenzaban a humedecerse. Su intuición femenina le hizo comprender que, tal vez, sería su última oportunidad:

            -Aún estás a tiempo de renunciar a esa locura.

            -El tiempo ya pasó, ya no hay marcha atrás, me voy, nos vamos.

            -Pierre... -¿Sí, querida?

            -Sería mi tercer continente... y ya estoy cansada. No dejó de sorprender a Pierre aquella súbita reflexión. En realidad, su mujer tenía razón al referirse a Europa, a su África natal y a la América que se avecinaba, pero la trivialidad de una afirmación de escaso significado para él, le hizo reaccionar de forma instintiva:

            -Mi amor, ¿qué importancia tiene el continente, si lo que se pretende es el bienestar y la felicidad?

             -Eres demasiado bueno, Pierre, demasiado ingenuo. La vida no puede medirse o compararse con las aventuras seductoras que se leen en los libros y se ven en las películas. La vida es algo más real, más seria, más dura y difícil...

            -¿Crees que vale la pena resignarse a morir abrasado en un infierno antes de sucumbir?

            -Pierre, cuando empiezas mezclando tus fantasías con la realidad que palpamos todos los días, te vuelves imposible.

            -Prefiero continuar siendo imposible. -¡Que Dios nos ampare!

 

            Jacqueline procuró centrar bien la más voluminosa maleta que viajaría con Pierre en una pequeña balanza doméstica, de esas que suelen verse en los baños de algunas casas para controlar el peso de quienes pretenden cuidar su figura.

            -Pierre, está sola ya pesa veintidós kilos.

            -No te preocupes, en Air France son tolerantes cuando se trata de un pequeño exceso.

            -Sí, pero aparte, hay otra de diez kilos. No comprendo por qué llevas contigo tanta ropa de invierno a una ciudad que según dicen es un eterno verano.

            -Ya sabes que soy muy sensible a la humedad y al frío, nunca se sabe.

            -Como quieras, pero no olvides que el sobrepeso en vuelos internacionales es carísimo.

            -Nimiedades...

            -Pierre... -susurró Jacqueline, dejando flotar en el aire el enigma de una pregunta, tal y como era su costumbre.

            -Sí, querida -contestó Pierre instintivamente.

            -Tengo un extraño presentimiento.

            -Ya empezamos con esas cosas.

            -Sabes que no suelo equivocarme.

            -¿De qué se trata esta vez? -cuestionó Pierre mientras jalaba la cadena del inodoro.

            -Esto terminará mal.

            -Jacqueline, cada día hablamos de lo mismo, ¿no te parece que ya está todo dicho?

            -Nunca como ahora veo tan claras las cosas. Te garantizo que te arrepentirás un día de haber dado este paso.

            -Bien, al menos deberías respetar mi derecho a cometer errores. Todos tenemos este privilegio.

            -Sí, mi amor, pero puedes arrastrar a dos inocentes en esta locura.

            -¡Basta Jacqueline..!, si no quieres seguirme permanece dónde estás y Maurice que decida por sí mismo, ya es mayor de edad.

            -¿Serías capaz de hacer algo así?

            -Ya me conoces bien, cuando tomo una decisión no doy marcha atrás. ¡He decidido Sudamérica y punto!

 

            El ajetreo en el área internacional del aeropuerto Charles de Gaulle era, por aquellas fechas, auténticamente demencial. Coincidiendo con las vacaciones navideñas, miles de personas volaban todos los años hacia los confines más insospechados para reunirse con los suyos, aprovechando el pretexto de unas ferias casi universales. No era el caso de Pierre, quien, por circunstancias de otra índole, atravesaría el Atlántico sin pensar precisamente en vacaciones.

            Aquel jueves 7 de enero, el vuelo 093 de Air France partiría de París a las veintidós horas con destino a Recife, único punto de escala, prosiguiendo viaje hacia Río de Janeiro donde se posaría a la mañana siguiente muy temprano, exactamente a las seis y veinte minutos, hora local de la que un día fuera la capital del Brasil.

 

 

 

CAPÍTULO II

 

            Las únicas palabras portuguesas que Pierre había escuchado en su vida, siempre estuvieron unidas a ritmos de sambas que ocasionalmente llegaron a sus oídos, cuando alguna emisora de radio emitiera ese tipo de tonadas. A pesar de ello, no le fue difícil imaginar lo que pretendían una serie de sujetos quienes le acosaban insistentemente a la salida de aduanas, repitiendo con cierta discreción la palabra "cambio" en varios idiomas. Pierre, imaginando el riesgo, hizo caso omiso de esas propuestas y se dedicó a buscar entre la muchedumbre a su primo Philippe.

            -¿Pierre? -escuchó por su espalda.

            Al voltear la cabeza, se encontró con un individuo de poblada barba y patillas canosas... No podía ser otro que Philippe. Aunque poca relación tenía con la exigua imagen que aún conservaba de un primo casi olvidado. Si bien, pensó en fracciones de segundo, aquella mirada era inconfundible y entrañablemente familiar...

            -¿Philippe...?

            -¡Bien sûr mon vieux! (¡Claro viejo!), yo soy Philippe, ¿tanto he cambiado para que no me reconozcas?

            -Nada de eso, Philippe, pero una barba desfigura a cualquiera.

            Siguió un prolongado abrazo, en el que apenas cruzaron palabras. Philippe estaba fuertemente emocionado, por vez primera en un lustro, su mejilla acariciaba una piel de orígenes comunes, no importaba la lejanía del parentesco ni el afecto que podía sentir hacia un primo, cuyas vinculaciones familiares se perdían en una amnesia voluntaria marcada por la distancia que él mismo estableciera un cierto día. A pesar de la traición que perpetraba, Philippe percibiría inconscientemente la calidez de una lejana consanguinidad. Pierre, por su parte, creyó abrazar en aquellos instantes al eslabón humano que pronto le reuniría con un mundo desconocido y con el nuevo orden de cosas que tanto ansiaba descubrir.

            -No has cambiado nada, Pierre... Estás igual que el día...

            -¿Qué día?

            -Ya no importa, estás igual.

            -Tú también, Philippe, pero esta barba me llegó a confundir.

            -Mi barba es reciente, Pierre, tiene una edad de dos meses.

            -Pues, si crece a ese ritmo, para la primavera que viene podrías hacer el papel de Moisés.

            -No olvides el hemisferio Pierre, aquí nuestra próxima estación es el otoño.

            -Es cierto, hoy en día cambiamos de estación como de camisa en pocas horas.

            Siguió un largo silencio en el que las dos miradas se encontraron sin cruzar palabras, en ambos rostros se dibujaban sonrisas amables. Tanto el huérfano solitario, como el advenedizo ávido de hazañas nuevas, estaban convencidos que ambos iban a llevarse bien. Llegado el momento, Pierre hizo un leve gesto para alzar su bolsón de mano donde se encontraban algunos documentos, una fuerte suma de dinero y varios regalos para Philippe...

            -¡Mi bolsón!, ¿dónde está mi bolsón...? -exclamó Pierre.

            Philippe no ignoraba que su primo era, en aquel momento, una nueva víctima de los miles de robos diarios que sufren los turistas que acuden a la más bella ciudad del mundo. Más tarde, Pierre conocería al verdadero autor del expolio.

            -¿De qué color era tu bolsón? -cuestionó rápidamente Philippe.

            -Negro... de cuero negro.

            Tras una rápida ojeada a su alrededor, Philippe no tardó en sentenciar:

            -Olvídate, Pierre... no hay nada que hacer.

            -Pero, lo más valioso estaba en ese bolsón, ¡mi pasaporte, quince mil dólares, cheques de viajero...!

            Philippe apoyó sus dos manos sobre los hombros de su primo agitándolos levemente, en un intento de infundir ánimos a alguien que todavía no lograba creer lo que estaba ocurriendo.

            -Lo más importante ahora, Pierre, es acudir al banco corresponsal y denunciar la sustracción de cheques de viajero o tarjetas de crédito. En cuanto al efectivo, ya puedes darlo por perdido.

            -Philippe, ¿aquí no hay policía?

            -Sí hay.

            -Entonces vamos a denunciar.

            -Sólo conseguirás perder el tiempo, pero no hay inconveniente. En el aeropuerto existe una oficina policial.

            -¡Vamos!

            El escepticismo que traslucía el semblante de un funcionario negroide comenzó a persuadir a Pierre que debía olvidarse de su bolsón. Tanto el denunciante como el supuesto comisario, emplearon la única lengua que ambos conocían someramente, el inglés, ninguno de ellos la hablaba con soltura, pero lograron entenderse.

            -En ciertos casos -apuntó amablemente el mulato-, los ladrones abandonan documentos y objetos inútiles sin destruirlos, para que su dueño los pueda recuperar...

          Así hacen los buenos ladrones.

            -¿Buenos ladrones? -inquirió Fierre sorprendido.

            -Así es, señor-insistía el policía-, es una forma de agradecer la aportación de sus bienhechores.

            -¡Esto es increíble!

            -¿Qué es increíble, señor? -preguntó el oficial.

            -Parece que en este país el robo es una institución... algo normal y obligado.

            -Por favor señor, cuide sus palabras -amonestó el oficial en tono grave.

            -Yo puedo cuidar mis palabras -gritó Pierre furioso-, pero ustedes deberían cuidar que esos bandidos no roben, ¡mierda!

            -Señor, comprendo su estado de ánimo, pero le suplico que se comporte -apuntó el comisario con aire amenazante.

            -¡País de porquería!, mucha samba y muchas putas pero, en el fondo no es más que una cueva de ladrones... -recalcó Pierre con rabia, mientras sus mejillas se enrojecían intensamente por el efecto de la cólera.

            Sin mediar más palabras, el oficial mulato, desenfundó la cachiporra de goma que pendía de su cinto... Allí, Philippe decidió intervenir rápidamente para que el asunto no llegara a mayores:

            -Não, por favor, ele está nervoso, perdeu tudo, o senhor compreende... Ele é um estrangeiro que está vindo aqui pela primeira vez.

            No creo que sea preciso traducir los argumentos desesperados que Philippe debió esgrimir, para evitar una golpiza que se adivinaba irremediable... a pesar de ello, lo consiguió.

 

            Alrededor de las diez de la mañana, Pierre cruzaba el umbral de un minúsculo apartamento situado a tres manzanas de la playa de Copacabana sobre la rua Toneleiros. Se trataba del noveno hogar habitado por Philippe desde su llegada a Brasil. Cuando Pierre caminó los primeros metros recorriendo un pasillo por el que apenas podía circular una persona, sufrió su segundo desencanto. Casi no podía creer que el avivado primo, discretamente venerado por su espíritu aventurero e independiente, soportara vivir en unas condiciones tan precarias. Aún así, se abstuvo de hacer comentarios.

            Philippe señaló en silencio un pequeño sofá de dos plazas invitando a tomar asiento a su primo. Aquella salita de estar, convivía con el comedor y la cocina en un espacio tan reducido, que bastaba alargar el brazo para alcanzar cualquier objeto. En la mesita central, donde se posaba un cenicero cargado de colillas del día anterior, también aparecía un retrato enmarcado en plata oxidada, allí, Pierre creyó adivinar la personalidad de sendas mujeres quienes, supuestamente, eran las compañeras inseparables de Philippe desde su voluntario exilio. No se equivocó.

            -No hay que hacer ruido, Pierre... mis muñecas todavía duermen -susurró Philippe.

            -¿A las diez de la mañana?

            -Las pobrecillas terminaron muy tarde de trabajar. Pierre estuvo a punto de contenerse, pero la pregunta salió sola:

            -¿En qué trabajan?

            -En turismo.

            -¿Turismo?

            -Sí, turismo... es un concepto muy amplio. Tú comprendes, ¿verdad?

            -No del todo -señaló Pierre cínicamente.

            -¡Vamos...! ¡vamos!, es sencillo, yo las ayudo y mis muñecas me ayudan.

            -Creo que empiezo a comprender.

            -¿Qué cosa empiezas a comprender?

            -Lo que me contó Jacqueline.

            -Imagino que tu mujer no habrá sido demasiado benévola a la hora de opinar sobre mi situación.

            -Ya conoces a las mujeres. Además, Jacqueline mantenía una cierta amistad con tu ex mujer.

            -No creas que son todas iguales... Mis dos mariposas son verdaderos angelitos al lado de Madeleine.

            -¿Aún la recuerdas?

            -A pesar que procuro olvidarla, de vez en cuando me visita en pesadillas.

            -En fin, esto es algo muy personal y sería injusto pretender opinar sobre ciertas cuestiones. Pero, dime Philippe, ¿cómo van tus negocios y tus cosas?, todavía nada me has contado de lo que fue de ti durante estos cinco años.

            -Poco hay que contar, Pierre, muy poco... Cuando la planta embotelladora quedó concluida y finalizó mi misión, me encontré con un dinero, no mucho, pero sí suficiente para probar suerte.

            -¿Y después?

            -La verdad es que fue un desastre tras otro. Para empezar, unos pillos me vaciaron los bolsillos prometiendo renovarme la permanencia en suelo brasileño. Luego con el dinero que todavía conservaba, entré en sociedad con un sinvergüenza que acabó desplumándome.

            -¿Qué pasó?

            -Se trataba de montar una hamburguesería justo detrás del OTHON PALACE, donde precisamente tienes tu reserva. Mi aportación debía cubrir las llaves del local, pero el pájaro voló con el dinero y mi última esperanza.

            -Y, ¿cómo lograste sobrevivir?

            -A partir de entonces, no tuve otra alternativa que rebuscar la vida de cualquier forma. La sola idea de regresar a Francia con aquella bruja, me producía asco.

            -Entiendo, pero todavía no contestaste a mi pregunta, ¿de qué estás viviendo?

            -¿Realmente deseas saberlo?

            -Claro.

            -De la prostitución de mis dos muñecas.

            -¡Santo cielo! -exclamó Pierre, llevando sus dos manos a la cara.

            -Parece que te ha impresionado -replicó Philippe con sarcasmo.

            En ese instante y cuando Pierre estaba a punto de proseguir la conversación, se escuchó la puerta de la única habitación del apartamento. Allí apareció Marcia, una espléndida mulata cuyos senos desmesurados se mostraban desnudos. Tanto Philippe como Pierre apuntaron su mirada en la misma dirección. Ella, sin embargo, ignoró por completo al visitante y al anfitrión, desapareciendo en pocos segundos tras la puerta del baño.

            -Es Marcia -manifestó Philippe.

            -Una hembra de primera... sin duda.

            -Por lo poco que te conozco, pienso que Mónica te gustaría más.

            -Philippe...

            -¿Qué? -¿No vas a intentar salir de esto?

            -Mira, querido primo, justamente la misma pregunta me hice yo al principio, pero si quieres que sea sincero, nunca como ahora me he sentido tan seguro y liberado.

            -Me cuesta creerlo.

            -Siento decepcionarte, pero es la verdad.

            El sonido de los remolinos de agua que produjo el tirón de la cadena del inodoro, ocupado en aquellos momentos por Marcia, interrumpió por algunos instantes el diálogo de los dos primos. Allí, Philippe dijo espontáneamente:

            -Te voy a mostrar algo, ven conmigo.

            -¿Qué quieres enseñarme?, aquí está todo a la vista.

            -¿No te imaginas lo que tengo en la habitación?

            Pierre recordó súbitamente la insinuación de su primo que le hiciera momentos antes... La otra muchacha se llamaba Mónica y, muy probablemente, ella era la maravilla que pretendía exhibir. En un principio, Pierre quiso hacer algún esfuerzo para escapar de una situación que podría resultar embarazosa, sobre todo por la pobre imagen que estaba a punto de mostrar ante Philippe, pero la tentación de penetrar en los misterios sexuales del trópico, tan pregonados y exaltados en el otro hemisferio, llegó a provocarle una inconfesable curiosidad perversa que comenzaba a excitar sus instintos casi adormecidos.

            -¿Qué hay en la habitación?-contestó al fin Pierre.

            -Algo que jamás olvidarás... Acompáñame.

            Pierre siguió a su anfitrión a corta distancia y anduvieron unos cinco pasos antes de alcanzar una puerta que se hallaba en el extremo del pasillo, la única puerta por cierto.

            -Sin hacer ruido, Pierre... Mónica suele irritarse cuando la despiertan de forma repentina.

            -Entiendo... -contestó el invitado con voz temblorosa.

            El leve chirrido de los goznes no fue suficiente para turbar el sueño de la única moradora de aquella habitación. Al entreabrir la puerta, Pierre reparó que tan sólo una débil luz se filtraba por los fruncidos de una cortina algo mugrienta, sin embargo, los discretos rayos matinales eran suficientes para adivinar unas formas desnudas y voluptuosas que aparecían ante su vista en todo su esplendor. El cuerpo de Mónica se mostraba anudado y mezclado en una sábana azul. Una gran parte de su humanidad, tal vez por las ansiedades nocturnas, escapaba felizmente de aquel lienzo que debía ocultarla. Su cabellera también escondía una porción de su rostro, aunque el confuso perfil que aún podía distinguirse parecía angelical.

            En un momento dado y cuando logró despertar de su éxtasis, Pierre volteó la cabeza y se percató que Philippe no se encontraba allí, la puerta estaba cerrada, la cortina se agitaba al son de una repentina ráfaga de viento que permitió en unas fracciones de segundo la entrada de más claridad, si bien, al poco rato, todo volvió como al principio.

            Unos murmullos irónicos que provenían de la salita de estar, hicieron pensar a Pierre que su primo, con la complicidad de Marcia, le habían abandonado a su suerte intencionadamente, pero aquel reto llegó a seducirle con tal intensidad que decidió proseguir la aventura. 

            Mónica se hallaba recostada en un lecho que podía estimarse de dos plazas, al menos así podía considerarse por si alguien pretendiera compararlo con el minúsculo camastro relegado en un extremo de la pieza, justamente aquel donde Philippe solía dormir algunas noches.

            Con suma cautela, Pierre se sentó en un rincón de la cama de Mónica y permaneció inmóvil largo rato, su vista iba recorriendo centímetro a centímetro el cuerpo de una criatura que le pareció irreal por su perfección. Quizás, llegó a pensar, la escasez de luz podría encubrir algunos defectos pero, en cualquier caso, aquella "muñeca" de Philippe era una mujer bellísima. Luego, y sin poder evitarlo, deslizó una de sus manos por el tobillo más cercano, el tacto le pareció fresco y sedoso, Mónica continuaba dormida; Pierre, casi involuntariamente, prolongó su caricia hasta la rodilla, al fin, el cosquilleo del continuo roce terminó por despertar a la muchacha. Mónica apenas se movió, frotó levemente sus ojos e instantes después ambas miradas se encontraron en la penumbra. La primera voz que se escuchó fue la de Mónica:

            -O senhor é o primo de Philippe, ¿nao é? ... (Usted es el primo de Philippe, ¿verdad?).

            -Disculpa, pero no hablo tu lengua.

            -No tiene importancia -replicó Mónica en un francés cargado de acento y extraña musicalidad-, Philippe me enseña tu idioma en sus ratos libres. Te preguntaba si eres el primo que estábamos esperando.

            -Sí, en efecto, yo soy el primo Pierre -contestó sin retirar su mano de la pierna de la mujer.

            -¿Y Philippe?

            -Creo que se encuentra en la salita en compañía de... -Pierre titubeó unos instantes- Marcia, creo que se llama.

            -Sí, su nombre es Marcia. Es mi amiga inseparable... ¿Te gusta ella?

            -La verdad es que apenas la he visto, pero me pareció una mujer muy... espectacular y generosa de formas.

            -Los hombres la adoran y yo también.

            Pierre debió morderse la lengua para no preguntar algo que pensó adivinar, si bien su temor por equivocarse en una conclusión tal vez precipitada, le hizo retroceder

            -Sí, debe ser encantadora -concluyó Pierre.

            No tocaron otras cuestiones en las secuencias que se sucedieron de una forma tan natural como adivinable. Sólo unas breves palabras pusieron fin al diálogo:

            -¿Estás fatigado, primo?

            -Un poco.

            -Entonces, descansa a mi lado...

 

            Mónica fue la primera en descubrir la nota que Philippe escribiera antes de abandonar el pequeño apartamento. El reloj de Pierre marcaba las dos de la tarde, cuando reparó en ello casi no podía creerlo.

            -¿Dónde están nuestros amigos? -cuestionó aturdido.

            -Nos esperan en TUCANO para almorzar... Pero no entiendo nada.

            -¿Qué ocurre?

            -Salieron los dos juntos, pero Marcia ni siquiera entró en la habitación para vestirse.

            -Tal vez estábamos dormidos y no les escuchamos.

            -¿Tú dormiste algo? -preguntó Mónica irónicamente.

            -Creo que en cierto momento se me cerraron los ojos.

            -Te puedo garantizar que no.

            -¿Estás segura?

            -¡Mae Santíssima!... (¡Madre Santísima!), casi no me dejaste respirar.

            - Bueno, entonces tal vez Marcia tenía su ropa en el baño y no precisó entrar en la habitación.

            -Claro, la pobre se fue con sus trapos de ayer - dedujo la sutil Mónica.

            -Démonos prisa, tal vez consigamos encontrarles en...

            -TUCANO -remató Mónica-, no está lejos.

            -¡Vamos!

            Cerca de diez minutos duró el trote de la pareja antes de llegar a donde, presumiblemente, aguardaban sus amigos almorzando. En ese tiempo, Pierre volteaba la vista incesantemente para no perderse el fascinante espectáculo de los cabellos de Mónica que parecían entregados sin medida al viento, entremezclándose caóticamente. El rubio dorado, tal vez artificial pero cargado de encantadores embrujos, se mezclaba en algunos montículos de sus bucles con confusas amalgamas plateadas. Al término de la carrera, el reencuentro con la realidad no se hizo esperar y las fantasías se desvanecieron súbitamente.

            Cuando ambos arribaron al punto de reunión, Philippe y la mulata estaban devorando ávidamente su segunda hamburguesa:

            -¡Vaya...!, por fin llegó la pareja -señaló Philippe despreocupadamente-. Se diría que podéis vivir sin comer.

            -Me olvidé de la hora, del día y del año... Discúlpanos Philippe -justificaba Pierre.

            -Vocês ainda chegaram a tempo... (Todavía llegasteis a tiempo) -se escuchó de Marcia.

            -Ella -dijo Philippe señalando con la vista a Marcia- no tuvo paciencia con mis clases de francés y se quedó anclada irremediablemente en su lengua nativa.

            -En cualquier caso, es una lengua encantadora -afirmó Pierre.

            -Si quieres probarla, no hay problema -replicó Philippe con grosera ironía.

            -Por ahora, prefiero una buena comida, estoy muerto de hambre, ¿qué me aconsejas?

            -En este lugar la comida es sencilla, pero no es mala. Tal vez te apetezca pollo frito o hamburguesas, no dan mucho más que eso.

            Eran cerca de las tres y media, cuando Pierre limpiaba con voracidad el último muslo de una pata de pollo y agotaba el resto de chopp que contenía su jarra de cerveza. Mónica se había contentado son una exigua ensalada de palmitos, la cual fue alternando con interminables conversaciones que sostuvo a lo largo del almuerzo con su compañera mulata.

            -Philippe -señaló Pierre mientras el camarero acudía con la nota- creo que llegó el momento de hablar en serio.

            -Estoy a tu entera disposición, querido primo.

            -Me gustaría acomodarme en el hotel y luego solucionar el asunto del banco.

            -Cuando quieras.

            Unas breves palabras fueron suficientes para que Mónica y Marcia desaparecieran del escenario. Ellas no se dirigirían al apartamento sino al hotel MARINA PALACE, situado sobre la playa de Leblon donde, un par de turistas yanquis sabían que, tras la llegada de las dos garotas, debían abonar el taxi de sendas palomas, contratadas el día anterior a través de un tal Philippe Duelos. Así fue.

           

            La espléndida habitación del piso quince orientada hacia levante, impresionó fuertemente a Pierre. El precio por día de aquella suite no era precisamente un regalo, aunque debió reconocer que el excepcional panorama qué aparecía tras el inmenso ventanal, difícilmente podía valorarse en dólares. Pierre, a pesar de la amargura y decepción que todavía arrastraba a causa del robo en el aeropuerto, se sentía libre y casi dichoso.

            A media tarde finalizaron los trámites bancarios en los que fueron denunciados los cheques de viajero sustraídos aquella misma mañana. Por fortuna, Pierre aún contaba con tres tarjetas de crédito que le permitirían una cierta movilidad. Respecto al pasaporte, el infortunado francés debería aguardar hasta el lunes para solicitar del consulado la edición de un nuevo ejemplar, ya que en la avenida Presidente Antonio Carlos, 58, sede de la oficina consular francesa, únicamente atendían al público los días hábiles por la mañana y, por supuesto, los sábados las puertas de la delegación gala no se abrían.

            Durante el fin de semana que sucedió a la llegada de Pierre, apenas fueron tocados los asuntos de negocios. Río denotaba por aquellos días un movimiento singular a causa del advenimiento del verano austral que arrastró a un buen número de turistas europeos y americanos a saborear los encantos de la ciudad carioca. Para Pierre, sin embargo, todo lo que veía y tocaba era nuevo para él, jamás imaginó encontrar tal exuberancia, bullicio y jovialidad por aquellas latitudes. Llegó un momento en que se reprochó a sí mismo haber cerrado durante tanto tiempo los ojos a un mundo lleno de fascinaciones, en donde los días sucedían a las noches ignorando el calendario.

            Al anochecer del sábado, sonó el teléfono de la habitación de Pierre:

            -Allô... 

            -¿Pierre?

            -Sí, soy yo Philippe, ¿dónde estás?

            -En recepción, ¿quieres que suba?

            -Buena idea, de paso te tomas un whisky mientras termino de vestirme.

            -Allá voy.

            Cuando Philippe apareció ante los ojos de su primo, éste no pudo disimular su sorpresa al percatarse de la insólita y a la vez exuberante indumentaria del recién llegado. Philippe vestía una espléndida camisa de seda de mangas sumamente anchas que combinaba con unos pantalones oscuros de acusadas pinzas, cuyo brillo discreto delataba un tejido de alpaca. Sin ninguna duda, pensó Pierre, su primo estrenaba aquella noche la fastuosa vestimenta.

            -Estás desconocido, Philippe. Pareces un príncipe salido de una fábula oriental -señaló jocosamente.

            -Has de reconocer que todavía conservo el buen gusto, ¿no es así?

            -¿Compraste esto hoy?

            -Sí... esta misma tarde.

            -Parece que te van bien las cosas.

            -A veces, mis dos palomas son una mina de oro.

            -¡Qué sinvergüenza eres! Por cierto, ¿dónde están ahora?

            -Trabajando, pero quedarán libres a partir de la una. A esa hora, más o menos, se reunirán con nosotros en LA SCALA.

            El programa de la noche que se avecinaba, ya había sido decidido horas antes por los dos compatriotas. El célebre local, eterno receptor de advenedizos ávidos de sensaciones distintas, se encontraba presto para acoger a cientos de paseantes ocasionales y repetir una vez más el espectáculo de turno, cuyas minúsculas variantes de temporada se mostraban imperceptibles a los escasos asiduos.

            Pierre y Philippe llegaron solos al local, impregnados de esos aromas empalagosos inventados en el sureste de su país natal, Grasse, la ciudad y emporio de los perfumes. El recepcionista que les acogió aquella noche, no escapó a las fragancias que traían consigo sus huéspedes, pero ya estaba acostumbrado a exhalar todo tipo de olores, incluso algunos repulsivos.

            Faltaban pocos minutos para el inicio del espectáculo, el camarero que les tocó en suerte apuntaba en su librillo de órdenes la cena fría que Philippe aconsejó y, claro está, acompañada de abundante y helado champagne francés brut auténtico. El camarero sonrió al escuchar Veuve Clicquot, lo cual suponía con toda seguridad una generosa propina si las costumbres se respetaban. El sufrido sirviente estaba en lo cierto, la recompensa sería espléndida.

            A las diez en punto se escucharon algunos sonidos estridentes que preludiaban el comienzo de una noche de gala, en donde la música, los colores y las luces se entremezclaban en una demente amalgama que conseguían, al menos la primera vez, cautivar los sentidos del variopinto público. Pierre no apartaba su vista ni un instante del escenario, en algún momento Philippe debió recordarle que aún no había probado bocado y ya iban por la tercera botella de champagne aunque, al final, sólo conseguiría que su primo comiera una pequeña porción de pescado bañado en gelatina.

            -No tardarán en llegar las chicas -dijo Philippe consultando su reloj, cuyas agujas marcaban las doce y cincuenta minutos.

            -¡Dios mío!, -exclamó Pierre- el tiempo ha pasado volando, es increíble.

            -A mí también me ocurrió lo mismo la primera vez, pero luego la rutina del espectáculo se hace pesada.

            -¿Por qué sueles venir a este sitio si es un lugar para turistas?

            -Ya sabes... hay que agasajar a ciertos clientes.

            -Comprendo, aunque espera que a mí no me midas por el mismo rasero.

            -¡No, por Dios!, sólo pretendo distraerte y que lo pases lo mejor posible.

            En ese preciso instante, Pierre distinguió a unos diez metros las siluetas de Marcia y Mónica. La mulata no cesaba de otear en todas direcciones desde un pequeño podio intentando localizar la mesa de los dos franceses. Mónica, por su parte, optó por sentarse en el suelo, algo que sorprendió notablemente a Pierre.

            -¡Allí están! -advirtió Pierre, mientras señalaba a su primo el lugar.

            -No te muevas, voy a por ellas.

            Un par de minutos más tarde, Philippe y Marcia acomodaban a duras penas a Mónica en uno de los mullidos asientos de la mesa. Pierre reparó de inmediato en la extraña actitud de Mónica y se apresuró a preguntar:

            -¿Qué le pasa?

            -Está completamente borracha -apuntó Philippe.

            -¿Quién está borracha...? - se escuchó de Mónica. ¡Si he tomado algún trago es por tu culpa, cerdo asqueroso!

            -¡Cale aboca, estúpida...! (Cierra la boca, estúpida) -replicó Philippe en tono amenazante.

            Mónica alzó su vista clavándola en los ojos de Philippe, su mirada irradiaba odio y desprecio.

            -¿Que calle la boca? -replicó Mónica- Vaya, parece que olvidaste rápido tu francés, ¿acaso no quieres que tu primo escuche tus miserias, hijo de puta?

            -Mónica, mi paciencia tiene un límite...

            -Y la mía ha terminado hoy y ahora... ¡ladrón de mierda!

            -Pierre, -dijo Philippe consternado dirigiéndose a su primo- será mejor que acompañe a esa desgraciada al apartamento, si no es capaz de organizar un escándalo.

Pierre no contestó, su semblante denotaba sofoco y bochorno, prefirió no intervenir. Mónica, sin embargo, parecía empecinada en llegar hasta el final:

            -Parece que tu primo todavía no se ha enterado de lo sinvergüenza que eres... Creo que ha llegado la hora de que lo sepa.

            A Pierre no se le escapó el súbito rubor que encendió el rostro de Philippe tras la declaración de Mónica. En breves instantes, comprendería la razón al escuchar las siguientes palabras que la chica escupió con una ira envenenada por el odio:

            -A ti quiero hablarte, Pierre. Levanta esa cara y mírame a los ojos -exclamó Mónica al tiempo de elevar con su mano el rostro de Pierre con un toque en la barbilla buscando el cruce de miradas-. ¿Acaso no sabes que tu querido primo fue el que te robó el bolsón con los quince mil dólares? Ese hijo de puta que tienes a tu lado recompensó a su cómplice con quinientos dólares. También prometió dinero a Marcia y a mí, pero él se lo comió todo. Mientras tanto, nos suelta migajas obligándonos a prostituirnos con viejos repugnantes para...

            -¡Cierra esa boca, víbora asquerosa...! -interrumpió Philippe.

            -Ya te dije que no voy a callarme y si tu primo aún tiene alguna duda, que pregunte a Marcia, ella no está borracha como yo.

            Pierre estaba alucinado, las mesas circundantes comenzaban a interesarse por una polémica que iba subiendo de tono, el gerente de LA SCALA no apartaba su vista de los clientes conflictivos a quienes, tal vez, debería expulsar en breve con la ayuda de tres fornidos especialistas. Pierre, al fin, decidió interrogar a Marcia empleando un tono suave, con la esperanza de escuchar el rechazo de algo que desbordaba lo creíble:

            -Marcia...

            -¿Senhor?-contestó Marcia con voz entrecortada.

            -¿Es cierto lo que dijo Mónica?

            -Não posso falar... (No puedo hablar).

            -¿Es cierto lo que dijo Mónica? -insistió.

            -Não compreendo seu idioma, senhor... (No comprendo su lengua, señor).

            Pierre se incorporó de un salto y agarró por las solapas la camisa de su primo, pellizcando involuntariamente los pliegues de la piel que circundaban la clavícula.

            -¿Es cierto lo que dijo Mónica? -preguntó furioso repitiendo la pregunta por tercera vez.

            -¡Por el amor de Dios!, ¿vas a confiar en una puta brasileña antes que en mi palabra?

            A continuación e inesperadamente, Marcia se manifestó en un francés casi perfecto y sus palabras llegaron con toda nitidez a los oídos de Pierre... Nadie, ni siquiera Mónica, esperaba algo tan sorprendente:

            -¡Todo lo que dijo Mónica, es cierto...!

            Pierre abrió sus manos y liberó la camisa de Philippe, éste permanecería mudo y sin replicar. Sólo abriría la boca para contestar la última pregunta de su primo:

            -¿Vas a devolverme el dinero, Philippe?

            -No.

 

            A las seis y media del domingo 17 de enero, un joven mozo uniformado cargaba las maletas de Pierre en un taxi que se dirigiría al aeropuerto en breves minutos. Dos días atrás, le había sido entregado el nuevo pasaporte en el consulado francés e inmediatamente gestionó su pasaje aéreo para abandonar una ciudad en la que ya nada le retenía, ni tan siquiera un leve deseo de divertirse o conocer nuevos lugares. Río le provocaba náuseas.

            A la vez, el odio y repugnancia que le producía la sola presencia de su primo llegó a tal extremo, que renunciaría a reclamarle el pasaporte original, el cual había corrido la misma suerte que el dinero y el resto del contenido del bolsón.

            A las ocho y diez minutos, el vuelo 151 de Aerolíneas Argentinas, despegaba del aeropuerto internacional para tomar tierra a las once y veinte del mediodía en Buenos Aires.

 

 

CAPÍTULO VII

 

            Aquel martes 5 de julio, Pierre se llevó uno de los sobresaltos más grandes de su vida cuando el pequeño Volkswagen FUSCA de su hijo saliera de un motel de Itá Enramada en el preciso momento que él penetrara en el estacionamiento individual de la habitación 12, la misma que solía ocupar regularmente tres veces a la semana. Por puro milagro, Maurice no se percató de la presencia de un Mercedes blanco el cual desaparecería rápidamente tras el portón basculante que un empleado cerró de inmediato.

            -¡Menudo susto! -exclamó Pierre suspirando.

            -¿Qué ha pasado? -interrogó la muchacha.

            -¿Recuerdas el FUSCA rojo que vimos hace un instante?

            -Sí. -

            -Pues se trataba nada menos que de mi hijo. Creo que no me ha visto.

            -Y si te hubiese visto, ¿sería muy grave?

            -¡Claro, mujer, es mi hijo!

            Mientras Pierre seleccionaba un canal de video, Norma controlaba la temperatura del agua de una generosa bañera circular, capaz de acoger holgadamente a dos personas. La pareja tenía por costumbre recrearse un buen rato con los hidromasajes del JACUZZI antes de entregarse a los juegos de cama que solían durar unas dos horas.

            -El agua está hirviendo -se quejó Pierre.

            -Estoy muerta de frío, querido, déjame reaccionar un poco, si no tendrías a tu lado un pedazo de hielo.

            -Sería lo mismo, acabaría por derretirte.

            -Presuntuoso...

            La fuerte presión de los cuatro chorros que eyectaban infinidad de minúsculas burbujas de aire, restaban transparencia a las aguas tiñéndolas de un blanco opalino. Los cuerpos de Norma y Pierre, sumergidos en aquella efervescencia, se adivinaban confusamente. Ella no solía mojarse el pelo en las habituales sesiones de baño, salvo y en ciertas ocasiones que recibía los chapoteos juguetones de Pierre, provocando su respuesta y terminando, como en aquel atardecer, en una auténtica batalla naval. Los cabellos de Pierre todavía conservaban indicios de humedad cuando se recostara en la cama. Ella tardaría unos minutos más en acudir a la cita ineludible agotando todas las toallas disponibles para secar su melena teñida de rubio.

            Durante aquellos instantes de soledad, Pierre apenas prestaba atención a los sonidos que llegaban del televisor y mucho menos a las grotescas imágenes de un video argentino que conocía de memoria. La angustia y nerviosismo que arrastraba en los últimos días, había conseguido contagiarlos a los suyos y, en breves instantes, también Norma conocería ciertos detalles de las tribulaciones de su amante. El ocio ininterrumpido, que ya iba a cumplir cinco meses, comenzaba a minar su moral. Nunca como entonces había sentido tantas ansias por desarrollar alguna actividad y abandonar una vida que carecía de sentido. Los estudios de Maurice, para colmo, iban de mal en peor y difícilmente podría enderezar a su hijo ante la ausencia de autoridad moral que se desprendía de su ejemplo. Jacqueline, por su parte, empleaba su tiempo en reuniones de amigas, canastas benéficas, comadreos de matronas, tés vespertinos y compras caseras. La residencia estaba sobradamente atendida por tres empleadas y un jardinero quien, a su vez, hacía los oficios de guardián y parrillero. Aquella vida placentera de total relajamiento e idílicos encuentros con Norma que saboreara los primeros meses, se iba transformando en su principal tormento.

            Cuando Pierre comenzó a deslizar sus manos por los hombros y senos de Norma, volvió a percibir el tacto sedoso que acariciara el sábado por última vez. Por momentos, parecía convencido que la juventud de Norma se había detenido en el tiempo y sus deseos por eternizar aquellas sensaciones sólo se desvanecían tras un clímax agotador cuyas secuelas de cansancio y soñolencia le devolvían a la realidad.

            -Esto no puede continuar así, Norma. Estoy cansado y harto.

            -¿Qué te ocurre, mi amor?

            -Necesito trabajar, hacer algo, me siento como un inútil.

            -Me dijiste que tenías un negocio de ganado.

            -Las vacas comen solas y no me necesitan. Además, debo esperar la primavera que viene para cobrar. Entretanto, los días pasan y el dinero se va, tengo que generar dinero como sea.

            -¿Y por qué no te dedicas a otras cosas?

            El discreto sonido de un timbre, indicó a la pareja que tras la ventanilla de entregas ya debían encontrarse los dos sándwiches mixtos, la cerveza y el whisky solicitados por el teléfono interno minutos antes. Así fue.

            -¿A qué piensas que me dedique yo en un país como este? -contestó Pierre después de ingerir un buen trago de whisky.

            -Podrías montar un reservado, ya ves que es un negocio que no falla.

            -¿Hablas en broma?

            -Cualquier negocio es bueno si da plata.

            -Jamás me dedicaría a una cosa así, además, ya sabes, estos locales son de generales y gente influyente que no toleran competencia.

            -Oye, Pierre... ¿nunca oíste hablar del negocio de las pieles?

            -¿Pieles?

            -Sí, pieles silvestres... iguanas, cocodrilos, serpientes y qué sé yo. Es un negocio fabuloso.

            Antes de contestar, Pierre recordó maquinalmente al personaje que conociera en Buenos Aires en su fugaz viaje a tierras porteñas. Patrick le había hablado de ese negocio y tampoco olvidaba cierto pasaje de una conversación en la que señalara al Paraguay como centro neurálgico de un tráfico internacional que operaba en ese comercio.

            -Para trabajar en este campo hace falta profesionalidad, además, creo que es ilegal.

            -Ilegal o no, yo conozco a mucha gente que trabaja en esto sin problemas. Precisamente, un conocido de toda la vida anda buscando a alguien con plata para sacar pieles afuera.

            -Yo no me meto con gente extraña.

            -Te aseguro que es un tipo genial, incapaz de engañar a nadie.

            -Entonces, si el negocio es tan bueno y el sujeto es tan listo, ¿cómo se explica que esté seco?

            -Porque un socio le engañó y se llevó todo.

            Pierre prefirió no seguir con el tema y cambió rápidamente de conversación. Norma insistiría en un par de ocasiones más antes de concluir con el encuentro del martes, pero él apenas prestaría atención a sus palabras. La habitación 12 de aquel motel ya no sería el punto de reuniones en citas sucesivas, a partir de entonces y para evitar posibles coincidencias familiares, Pierre seleccionaría un discreto reservado próximo a San Lorenzo que alguien le recomendara muy especialmente.

 

            -Señor, le llaman por teléfono, creo que es el señor Tragué -anunció la sirvienta.

            Antes de contestar, Pierre consultó su reloj. Por vez primera recibía una llamada de su amigo a las ocho de la mañana.

            -Hola, ¿quién habla?

            -Soy Rubén, ¿cómo estás Pierre?

            -Desayunando, si quieres acompañarme.

            -Pierre, tengo que hablar contigo urgentemente, ¿podrías pasar por aquí ahora?

            -¿De qué se trata?

            -Por teléfono sería muy largo, sólo puedo anticiparte que es un asunto de tu interés, además te mostraría algunos documentos.

            -¿A qué viene tanto misterio?

            -¿Vas avenir? -insistió Tragué con voz algo crispada.

            -Está bien, el tiempo de llegar hasta allí.

            El tránsito en aquella hora de la mañana se mostraba denso, Pierre tardaría cerca de media hora en llegar hasta un estacionamiento de la calle Palma, a cincuenta metros de CAMBIOS GUAYAKI. Tragué le recibiría de inmediato cuando una secretaria le anunciara la presencia del francés.

            -Estuve a punto de llamarte ayer -decía Tragué, pero preferí esperar la información procedente de Suiza. Estos documentos aparecieron esta mañana en el FAX... son de nuestro corresponsal en Ginebra.

            -¿Documentos de Ginebra? ¿Y por qué podrían interesarme?

            -Echa una ojeada y comprenderás. Te dejo solo unos minutos, tengo algo que atender, enseguida me reúno contigo.

            Pierre se colocó los lentes de lectura al tiempo que Tragué cerraba tras de sí la puerta de la minúscula oficina. Quince minutos después, sus ojos barrían la última línea del informe de un banco suizo en donde se cumplimentaba una solicitud de CAMBIOS GUAYAKI relativa a antecedentes financieros de un tal Darius Laube...Aque1 informe, redactado en lengua francesa, apestaba.

            Cuando Tragué reapareció en escena, se encontró con algo que ya esperaba. Pierre mostraba un semblante abatido como si presagiase un inminente desastre.

            -¿Terminaste de leer el informe?

            -Sí.

            -Te voy a contar algo para que comprendas bien el asunto. El pasado martes recibí al director de la cooperativa de la colonia mennonita NEULAND, que está a unos

sesenta kilómetros de la estancia de Darius Laube. Esos mennos son gente muy seria y limpia en los negocios. ¿Has oído hablar de ellos?

            -Sí, en efecto.

            -Bien, no quisiera contarte en detalle todo lo que me dijo el director para no asustarte, pero ese tal Darius está             pasando por serios problemas... Debes actuar rápido.

            -¿Qué te contó el mennonita? -preguntó Pierre angustiadamente.

            -Parece ser que las deudas de ese tipo le están abrumando, debe millones a los mennonitas y comienzan a surgir demandas por emisión de cheques sin fondos y pagarés protestados.

            -¿Insinúas que pueden peligrar mis novillos?

            -Tus novillos ya peligran... Por cierto, Pierre, ¿tú firmaste últimamente alguna guía de traslado de ganado como propietario de los animales?

            -No.

            -¿Otorgaste poder a Darius para firmar guías en tu nombre?

            Pierre reparó en la mirada de Rubén Tragué, era evidente que una respuesta afirmativa confirmaría las sospechas de su amigo, como efectivamente ocurrió.

            -Sí lo hice, era lo lógico.

            -Me lo temía -remató Tragué-, no quiero anticiparme a los hechos pero sí te aconsejaría que te presentaras en la estancia de ese fulano en compañía de un escribano público para levantar acta. Otra cosa no puedo aconsejarte... Buena suerte.

           

            En dos ocasiones, Pierre estuvo al borde de provocar accidentes de tránsito, en una de ellas llegó a rozar un ómnibus de la línea 15 que se hallaba detenido en una esquina de la avenida Mariscal López. Las premoniciones que se barajaban en su pensamiento llegaron a sacarle de sus casillas. Pierre estaba fuera de sí y apenas era capaz de controlar su vehículo. Si las ventanillas de su Mercedes se hubiesen encontrado abiertas, más de uno habría percibido los gritos de cólera que salían de la garganta del conductor en un intento de desahogar una ira incontenible. El jardinero que estaba al cuidado de la casa mostró su asombro cuando escuchara la brusca frenada del coche de su patrón, quien optó por estacionar en la vereda sin esperar a que alguien le franqueara la cancela de la entrada. A paso ligero, Pierre penetró en la residencia gritando:

            -¡Maurice...! ¡Maurice!

            Nadie contestó. Se dirigió a una sirvienta con voz irritada:

            -¿Dónde está la gente en esta casa?

            -La señora salió de compras hace cinco minutos. Su hijo está durmiendo -respondió la muchacha.

            -¿Durmiendo a las nueve y media de la mañana...? ¡Ahora me va a escuchar ese haragán!

            Maurice percibió unos ecos lejanos de pisadas que se iban aproximando a su habitación, aquello le despertó de su modorra y también le hizo sentir los dolores de una fuerte jaqueca, consecuencia de la última resaca. Colocó la almohada sobre su cabeza y cerro de nuevo los ojos con la intención de continuar dormitando. A los pocos segundos, la intempestiva entrada de su padre y los exabruptos que resonaron como campanazos insoportables en sus oídos, le avivó definitivamente.

            Media hora después, padre e hijo enfilaban la carretera Transchaco pisando a fondo el acelerador. Maurice jamás había amonestado antes a su padre por conducir excesivamente rápido, pero, en aquella ocasión, el joven se vio obligado a solicitar varias veces el volante con la intención de preservar sendas existencias.

            Cuando rondaban por el kilómetro cien, los ánimos de Pierre comenzaron a serenarse, allí relató a su hijo punto por punto la naturaleza del problema. Maurice preguntó la razón de no viajar con un escribano público, tal y como aconsejara el fiel amigo Tragué, su padre adujo motivos de prudencia por si todo se tratara de una falsa alarma. En cierto momento y tras una leve pausa, el joven dijo espontáneamente:

            -Papá... ¿ya no estás enojado conmigo?

            -No hijo, ya está todo olvidado.

            Aquella pregunta no se refería precisamente al incidente de la mañana, cuando Pierre prorrumpiera abruptamente en la habitación, sino a lo acontecido el día anterior, domingo 10 de mayo, fecha en que Maurice cumpliera sus diecinueve años. La fiesta, fervorosamente preparada por Jacqueline y que reunió a una veintena de jóvenes, se había iniciado aquel domingo a las siete de la tarde con la presencia inicial de los padres de Maurice, quienes desaparecieran de escena hacia las once de la noche. La música estridente cesaría a la medianoche y los amigos se esfumarían un poco después, pero no así dos lindas muchachas, quienes habían decidido continuar en compañía del anfitrión hasta el final. Maurice recordaba vagamente las figuras de Tania y Lorena cuando, a las tres de la madrugada, las chicas se encontraban medio adormecidas escuchando la suave tonada de una música cuya melodía llegaba de algún aparato de radio olvidado. Las nebulosas del alcohol habían provocado verdaderos estragos en los tres jóvenes. Las muchachas se hallaban postradas en el suelo confundidas entre un montículo de almohadones, él las observaba intentando adivinar quién era Tania y quién Lorena... En un momento dado, Maurice se había dirigido a ellas invitándolas a dormir en su habitación porque no estaba en condiciones de acompañarlas a sus casas, ambas accedieron. Sin embargo, Maurice cometería un terrible y pintoresco error cuando propusiera a las damas subir al dormitorio solas, mientras él buscaría en la cocina unas latas de cerveza para celebrar en la intimidad el último brindis. Tania y Lorena penetraron por la primera puerta que encontraron en la planta superior y, esa puerta, precisamente, correspondía nada menos que a la suite de Pierre y Jacqueline. Lo que siguió después fue inenarrable, si bien aquellas secuencias algo turbulentas se solucionarían rápidamente ante la intervención decidida de Jacqueline, quien logró convencer a Lorena que dejara de besar a Pierre tras insistir reiteradamente que aquel sujeto era su marido y no Maurice, al tiempo de recordar a Tania que aquella no era su cama...

            Ante la transigencia y comprensión de su padre, Maurice dijo sonriendo:

            -Fue una noche movida... ¿Verdad papá?

            -No me la recuerdes, por favor.

 

            A las tres de la tarde, ambos divisaron las murallas que contornaban la residencia de la estancia NUEVA SUIZA, también se distinguía parte del tejado y la enorme antena parabólica que Darius Laube hiciera instalar un mes atrás.

            Pierre hizo -sonar reiteradas veces la bocina de su coche hasta conseguir, tras una espera de quince minutos, que un empleado entreabriera el portón.

            -¿Está el señor Laube? -interrogó Pierre al morocho.

            -El patrón no se encuentra.

            -¿Y la señora?

            -Tampoco.

            Maurice se aproximó al oído de su padre para decirle susurrando:

            -Papá, están aquí, estoy seguro:

            -¿Cómo lo sabes? -preguntó Pierre en francés.

            -Estoy viendo el morro de la LAND CRUISER desde aquí.

            -¡Vamos a entrar! -se escuchó de Pierre con voz enérgica dirigiéndose al empleado.

            -Imposible señor, tengo órdenes de no dejar pasar a nadie.

            -¡Acelera papá...! ¡Entra! -gritó Maurice.

            El morocho se apresuró a cerrar la cancela y estuvo a punto de conseguirlo, pero le fue imposible contener el            empuje del coche de Pierre, el cual sufrió la rotura de un faro y varios rasguños en la carrocería al impactar contra el portón y abrir las dos hojas de par en par tras la embestida. Rápidamente, el vehículo alcanzó la puerta principal de la residencia, fue allí cuando Pierre y Maurice escucharon atónitos el sonido de un disparo e inmediatamente varios más.

            -¡Es el morocho, papá! -exclamó el joven mientras el empleado se aproximaba corriendo hacia el coche soltando tiros al aire.

            Pierre reaccionó de inmediato. De la guantera de su coche extrajo una BROWNING y salió del Mercedes mientras decía:

            -¡No te muevas Maurice...! ¡Agáchate!

            Tres disparos precisos a escasos centímetros de los pies del morocho, hicieron que éste soltara su arma y alzara sus brazos en claro gesto de someterse. Maurice salió rápidamente del vehículo y se hizo con el revólver del guardián.

            -¡Ahora, llévanos hasta tu patrón! -ordenó Pierre.

            Sin abrir la boca, el atemorizado empleado se dirigió a una puerta lateral, la abrió y lanzó un grito confuso. Instantes después, apareció Darius sonriente pronunciando cálidas palabras de bienvenida.

            -¿Es así como acostumbras a recibir las visitas, Darius? -acotó Pierre con aire alterado.

            -Vamos... vamos. Lo que ocurre es que el estúpido de Cataldo todavía no sabe distinguir entre maleantes y gente de bien.

            -¿Los maleantes circulan con Mercedes por estos parajes, Darius?

            El suizo no supo contestar y se limitó a invitar a los Perrier a compartir unos tragos. Pierre rechazó la propuesta diciendo:

            -No podemos perder tiempo, quiero regresar hoy mismo y odio conducir de noche. Si no es molestia, desearía inspeccionar ahora mismo el ganado.

            Súbitamente, la tez de Darius se tornó libida delatando el terrible aprieto en que se encontraba. Tras un largo silencio, Pierre volvió a insistir:

            -Y bien, ¿qué estamos esperando?

            -El ganado ya no está -señaló escuetamente el suizo con la mirada apuntando al suelo.

            Maurice todavía conservaba el arma que arrebatara al morocho poco antes. Montó el gatillo y apuntó a Darius en la frente exclamando con rabia:

            -¡Papá, yo le mato!

            -¡Baja esa arma, Maurice! -ordenó Pierre.

            -Pero papá... ¡este tipo te ha robado! ¿No te das cuenta?

            -Calma hijo... Darius, ¿dónde está el ganado?

            El suizo elevó su vista, su semblante estaba bañado por un sudor frío exudado por el miedo y algo de vergüenza. Con voz entrecortada exclamó:

            -Te devolveré todo, Pierre, te devolveré todo.

            -¿Dónde está el ganado? -volvió a reiterar Pierre.

            -Las deudas me agobiaban, no tuve otro remedio que vender los novillos a los mennonitas, de lo contrario iba a perder la estancia.

            Sin que Pierre pudiera evitarlo, Maurice se abalanzó sobre Darius y le propinó un solemne puñetazo en la mandíbula que le hizo rodar por los suelos, luego siguió una patada y otros golpes. Mientras tanto, Pierre reprimía a su hijo con palabras diciéndole que ya era suficiente, aunque tampoco se esforzaba demasiado por detener la golpiza.

            A lo largo de aquel enfrentamiento, ninguno de los visitantes había reparado en la puerta entreabierta situada en un extremo de la sala principal, desde allí, Marlene, la mujer de Darius, presenciaba sin perder detalle todos los pormenores de la disputa y, a la vista de los sucesos, su reacción no se hizo esperar... El pulgar de Marlene deslizó rápidamente el dispositivo de cierre que retenía a un soberbio mastín argentino de pelo blanco y ojos asesinos. El perro, sintiéndose liberado, comprendió en fracciones de segundo la misión que debía cumplir y se arrojó con increíble rapidez al rostro del agresor de su amo; Maurice apenas tuvo tiempo de voltear su cara en un intento de protegerse, pero nadie pudo evitar que la oreja derecha del joven fuera arrancada de un cuajo. Segundos después, se escucharon cuatro disparos sucesivos que terminaron con la vida del animal, Pierre había agotado el cargador de su BROWNING.

            Sólo -cuando Maurice se llevara la mano a su sien aquejado por un dolor no demasiado intenso, se percataría que su oreja había desaparecido por completo.

            -¡Papá, papá...! ¡Mi oreja! -gritó el joven desesperadamente.

            Pierre soltó el arma y se agachó para examinar la herida, allí debió esforzarse por separar la mano de Maurice que continuaba presionando tenazmente la parte afectada por el salvaje bocado del mastín. Cuando Pierre logró comprobar el alcance de la lesión, pronunció unas palabras en voz tan baja que ni siquiera Maurice escucharía:

            -Santo cielo...

            Luego echó una rápida mirada a su alrededor buscando un paño o algo que se le pareciera, a escasos metros descubrió la mesa de un comedor y se hizo rápidamente con una de las servilletas.

            -Toma hijo, procura contener la hemorragia con esto y sobre todo no te acuestes, quédate ahí sentado.

            Inmediatamente se dispuso a buscar el miembro perdido. No estaba en el suelo ni tampoco bajo el animal al que hizo rodar a golpes de puntapiés, pero no tardaría en adivinar dónde podría encontrarla. Efectivamente, la oreja apareció casi intacta en la boca del mastín cuando Pierre abriera con sus manos las fauces ensangrentadas del terrorífico animal. Sin mediar palabra, se dirigió a la cocina llevando la oreja consigo. Aquella casa la conocía bien, todavía recordaba la distribución de las piezas que Darius y Marlene le mostraran mes y medio atrás con ocasión de celebrar el marcaje de los novillos. Pierre abrió el frigorífico y reunió varios cubitos de hielo, luego depositó unos cuantos en el vaso más grande que encontró, puso la oreja de su hijo sobre ellos y la recubrió con el resto de cubitos. El angustiado Pierre no improvisaba, sencillamente estaba aplicando las artes de paramédico asimiladas y puestas en práctica durante el año que le tocara vivir en Chad, país centroafricano donde cumpliera gran parte de su servicio militar durante aquella época convulsiva que arrastró a Francia a intervenir en sucesivas ocasiones para reprimir al molesto Frente de Liberación Nacional. Además, él en persona había presenciado un caso bastante similar cuando fuera testigo de una brutal pelea entre nativos, cuyo ganador pretendió llevarse la oreja de su rival como trofeo.

            Pierre no ignoraba que únicamente disponía de treinta minutos para intentar reimplantar la oreja de su hijo en su lugar original mediante una delicada sutura. Si sobrepasaba ese tiempo, los efectos de la necrosis no perdonarían y la cirugía resultaría inútil.

            En todo aquel deambular, Marlene había permanecido estática tras la misma puerta, ni tan siquiera acudió a la ayuda de su marido, quien continuaba postrado en el suelo petrificado y sin mover un solo dedo.

            -¡Vámonos, Maurice! ¡No hay tiempo que perder!

            Mientras pronunciaba estas palabras, agarró el antebrazo izquierdo de su hijo y le arrastró hacia la misma puerta lateral por donde entraran minutos antes… En el umbral se encontraba el morocho inmóvil y con la mirada clavada en "Sultán", ese era el nombre de su venerado mastín que él en persona había criado desde sus primeros días de cachorro. Pierre sacudió al hombre con gestos amenazantes diciendo:

            -¿Dónde se encuentra la clínica más próxima?

            El morocho no contestó, Pierre le sacudió un bofetón y repitió la pregunta, allí reacciono para informar al fin:

            -En Filadelfia, los mennonitas tienen clínica.

            -¿A qué distancia está Filadelfia?

            -Treinta kilómetros hacia el Este.

            -¿Por dónde se llega?

            -Cuando cruce la Transchaco continúe derecho, no tiene pérdida.

            Segundos más tarde, padre e hijo irrumpieron por el camino de tierra a la máxima velocidad que permitía el estado de aquella ruta. Pierre hizo un rápido cálculo mental y estimó demorar unos veinticinco minutos antes de alcanzar la colonia mennonita de Filadelfia. Maurice, a lo largo del trayecto, sostenía con su mano derecha la misma servilleta sobre la herida y con la izquierda el vaso conteniendo la oreja mezclada con cubitos de hielo que se iban derritiendo paulatinamente. Por única vez, pensó en algún momento, tenía la ocasión de contemplar aquel miembro sin la ayuda de un espejo.

            -¿Te duele mucho, hijo?

            -No te preocupes, papá, aguanto bien.

            Pierre hizo aquella pregunta en el preciso instante que atravesara la carretera Transchaco divisando un cartel señalizador que confirmaba la información del morocho. En realidad, poco le preocupaba el dolor que pudiera padecer su hijo, porque sabía que la zona afectada era escasamente sensible, lo que sí le atormentaba era el tiempo que avanzaba inexorablemente...

 

            A Pierre le inspiró confianza el médico cirujano que le tocó en suerte a su hijo, el aspecto bonachón y aparente serenidad de aquel mennonita de avanzada edad, le hizo pensar que Maurice estaba en buenas manos. En la sala de curas llevaban más de una hora atendiendo la urgencia del muchacho. El reloj de Pierre señalaba las cinco de la tarde y el sol había comenzado a declinar.

            Con un marcado acento alemán, el doctor se dirigió a Pierre señalando:

            -Creo que hemos tenido suerte, el joven salvará gran parte de su oreja.

            -¿Gran parte?

            -Tuvimos que eliminar el tercio inferior del pabellón, era una zona destrozada y con claros indicios de necrosis.

            -¿Puedo ver a mi hijo?

            -Cuando guste, pero deberá aguardar tres días para ver el resultado, mientras tanto su hijo tiene que conservar el vendaje.

            -¿Está en condiciones de viajar hasta Asunción?

            -Sí, claro, sin problemas. La anestesia fue local y sus funciones vitales están normalizadas. No olviden acudir a un centro asistencial dentro de tres días para la segunda cura de limpieza. En un par de semanas pueden sacarle los puntos. De todas formas, escribiré estos datos en un breve informe que deberá mostrar al médico de su confianza en Asunción. Ah, por las dudas, ya le administramos la antirrábica.

            -Gracias doctor, estoy convencido que han hecho un excelente trabajo.

            -Todo lo que pudimos, hijo mío, no le quepa duda. Pierre exhaló un leve suspiro  de alivio mientras apretaba las manos del galeno mennonita. Instantes después, abandonaba la clínica en compañía de su hijo.

 

            Pierre circulaba a velocidad moderada, el cielo chaqueño se mostraba rojizo, las inmensas praderas que aparecían en sendos costados de la ruta estaban teñidos de esos sienas dorados que se repetían año tras año al llegar el solsticio invernal. Las vacas deambulaban perezosas con sus morros pegados a los secos pastizales, como si el devenir de aquellos animales se redujera a comer durante toda su existencia y parir una vez al año. El paisaje se hacía monótono, Pierre no podía disimular su cansancio y abatimiento ni Maurice su excitación por las peripecias que les tocaron vivir aquel día. Ambos, sin manifestarlo, sentían una profunda admiración mutua por el valor y coraje que demostraran ante tan peculiares situaciones, pero, a la vez, también debían reconocer en silencio que regresaban derrotados.

            Tras recorrer unos cuantos kilómetros, Maurice dijo: -Papá, ¿quieres que tome el volante...? Pareces cansado.

            -Los heridos no conducen, Maurice. Descansa tranquilo.

            -Papá...

            -Dime, hijo.

            -El médico que me cosió no quiso decirme nada, pero seguro que a ti sí te contó todo. ¿Cómo he quedado?

            -Bien, dentro de lo que cabe. Aunque olvídate de colgarte aretes maricones en tu oreja derecha.

            -¿Perdí un pedazo?

            -Parece ser que sí.

            -¡Mierda!

            Cincuenta kilómetros más adelante, fue Pierre quien se dirigiera a su hijo:

            -Maurice...

            -¿Sí, papá...? ¿Quieres que conduzca?

            -No, mi pequeño, sólo quería decirte que me siento orgulloso de ti.

            -Y yo de ti, papá. Siempre me tendrás a tu lado pase lo que pase.

            -Te quiero mucho, hijo mío...

            Minutos después, Maurice dormía profundamente.

 

 

 

CAPÍTULO X

 

            A las nueve de la mañana, Pierre se frotaba los ojos deshaciéndose de algunas legañas cuajadas en el borde de sus párpados. Nunca como entonces había sentido la necesidad de remojar su semblante grasiento, pero no salía agua de un solo grifo del baño. Allí, decidió ir al encuentro de Verón para pedirle ayuda.

            Cuando se hallaba a pocos metros del ranchito, reparó en algo insólito que llamó su atención… Era la primera vez que del interior de la choza no salía la acostumbrada

humareda blanca de los yuyos de doña Aurea. A los pocos minutos conocería la razón.

            -Se nos fue la doña, don Pierre... Se nos fue la doña.

            Sobre el rostro ajado de Verón no se distinguía lágrima alguna, pero las palabras del viejo estaban cargadas de tal dramatismo que Pierre se olvidaría al instante del agua de su baño.

            -¿Qué paso, Verón?

            -Amaneció fría la doña... Ya la enterré... La enterré a orillas del arroyo esta mañana.

            -Cielo santo, Verón, lo siento... Lo siento muchísimo.

            -La casa quedará grande sin la doña, muy grande para mí solo.     

            El cuerpo de doña Aúrea se encontraba a dos metros bajo tierra, envuelto en un sudario de arpillera que su marido había confeccionado aprovechando viejos retazos que algún día embalaron pieles silvestres. Verón había cavado la fosa tres días antes, cuando comenzara a percatarse que la muerte ya estaba merodeando por el alma de su doña. Ella tampoco fue ajena a la suerte que la esperaba y, justamente doña Aúrea, sería quien escogiera el lugar de su descanso final. Verón respetaría esa última voluntad, de la misma forma que lo hiciera a lo largo de cuarenta años de vida en común.

 

            La tan ansiada llamada telefónica sonó hacia el mediodía. Pierre reconoció de inmediato la voz de su mujer:

            -Te llamo desde la casa de Gastón... Estoy muy asustada.

            -Tranquilízate y cuéntame despacio qué ocurrió.

            -Esto es una locura, Pierre, una auténtica locura. La policía no se ha movido de la casa desde la madrugada.

            -¿Presentaron orden judicial de allanamiento de morada?

            -No, pero dicen que llegará de un momento a otro.

            -¿Registraron la casa?

            -De arriba a abajo.

            -Pero... si no tenían orden judicial.

            -Cada vez que yo exigía esa orden, se reían en mis narices.

            -¿Descubrieron algo comprometedor?

            -Leyeron muchos papeles que encontraron en tu escritorio pero no se llevaron ninguno.... Sólo tu pasaporte.

            -¿Mi pasaporte?

            -Sí, Pierre, fue inútil protestar, además Maurice no estaba en la casa, llegó a las cinco de la mañana... ¿Te imaginas, Pierre...?, sola, completamente sola sin saber qué hacer.

            Las últimas palabras de Jacqueline estuvieron acompañadas de algunos gemidos que llegaron nítidamente a los oídos de Pierre. Se compadeció de ella, pero no podía mostrar signos de debilidad en aquellos momentos.

            -Querida, por ahora no debes preocuparte por mí, yo estoy bien. No cabe otra solución que esperar a que el asunto se enfríe. Ahora, lo importante es contar con un buen abogado.

            -Pero, ¿de qué serviría un abogado si no apareces para defenderte?

            -Si yo apareciera, serían capaces de crucificarme. El abogado es para ti.

            -¿Para mí ...? ¿Por qué?

            -Es muy evidente querida, tenemos que defender lo poco que nos queda, de lo contrario serían capaces de quitarnos hasta el restaurante.

            -Pierre, si tú no eres culpable de ese polvo blanco, ¿por qué no te enfrentas con la verdad?

            -Jacqueline... Aparte de las terribles dificultades para demostrar mi inocencia en un narcotráfico, tendría que responder a un delito de contrabando de pieles, ¿me comprendes? En este país cuando alguien está hundido le chupan hasta la médula... Es imposible dar la cara porque sería un suicidio.

            -Y, entonces, ¿qué solución cabe?

            -Esperar...

 

            Un Volkswagen FUSCA de color rojo llegó a LA CONCORDIA al décimo día del confinamiento de Pierre. Maurice estaba al volante, nadie le acompañaba. El calendario marcaba por entonces un martes 20 de setiembre, el frío era intenso y Verón no se apartaba de unas brasas que consumían leños de Kurupay. Pierre, por su parte, no cesaba de alimentar el hogar de la sala con gruesas ramas de espinillos que chispeaban sin cesar lanzando alguna que otra partícula incandescente, cuyo crujido era la única compañía que sus oídos compartían con la lectura de unos poemas de Apollinaire. Ese libro, descubierto en la pequeña biblioteca de Simón, era el tercero que devoraba desde su llegada a la quinta.

            -¡Hola, papá! -se adelantó Maurice antes que su padre pudiera reaccionar.

            -¡Hijo mío... mi querido pequeño!

            Ambos se fundieron en un abrazo prolongado que estuvieron aguardando durante interminables días de angustia.

            -Por fin, papá, ya no podía más.

            -¿Cómo está tu, madre, Maurice?

            -Te mentiría si te dijera que está bien.

            -Lo imagino... Pobre mamá. Buena ¿qué novedades traes?

            -Las peores que puedas imaginar. Anteayer llegó el exhorto vía cancillería al ministerio de Relaciones Exteriores y éste lo derivó de inmediato al juzgado de turno en lo criminal, El juez ya decretó orden de captura.

            -Era de esperar.

            -Otra cosa, papá. El abogado nos ha advertido que el restaurante corre peligro de embargo porque está a tu nombre.

            -Esto sería una monstruosidad y una tragedia para la familia.

            -Sí, ya losé, pero parece ser que esa gente hace lo que le da la gana.

            -¿Hay alguna novedad sobre mi pasaporte?

            -El abogado nos dijo que es inútil insistir y que no sueñes en recuperarlo.

            -Entonces no tengo otro remedio que ponerme en contacto con el embajador y solicitar un pasaporte consular.

            -Justamente de eso te quería hablar. Mamá fue recibida en el domicilió particular de Monsieur Calais el sábado pasado para tratar de esta cuestión. El embajador estuvo muy amable con ella y se hizo cargo de la situación, pero nada puede hacer por ti.

            -¿Por qué?

            -Deja que te explique, papá. El pasaporte consular sirve exclusivamente para un solo viaje de repatriación y únicamente puede ser otorgado en el supuesto que el tuyo original haya sido secuestrado o retenido indebidamente, pero en tu caso no es así, porque se han iniciado trámites procesales y existe una orden de captura por parte del juez. Es más... el embajador tendría la obligación de notificar tu paradero a las autoridades si llega a saber dónde te encuentras... cosa que jamás haría, pero así lo establecen las normas internacionales.

            Aquel callejón sin salida donde Pierre se encontró súbitamente, le sumiría en una profunda desesperación. Era probable que Jacqueline y Maurice se quedaran sin el restaurante en un plazo no muy dilatado, como efectivamente ocurrió. Si bien lo más escabroso sería hallar una solución que les permitiera escapar de un infierno jamás imaginado.

            El menú de aquel almuerzo no tenía relación alguna con las exquisiteces del DELICES DE FRANCE donde Maurice asistía cada mediodía y cada noche, pero la compañía de su padre y la calidez de un encuentro largamente esperado, le hicieron olvidar rápidamente el sabor enmohecido que impregnaba el pan de galleta de unas milanesas cocinadas devotamente por el viejo Verón.

            Maurice escuchaba atentamente a su padre cuando éste le contara con lujo de detalles su vida en la quinta y sus astucias para quemar las horas transitadas en la más completa soledad. Pierre se levantaba todas las mañanas con el sol, aprovechando las escasas horas de luz de un invierno que ya tocaba a su fin... aunque los gélidos vientos del Sur, que no dejaban de soplar, continuaban retrasando la llegada de una ansiada primavera. En pocos días, Verón, cargado de paciencia, había logrado adiestrar a su discípulo en varias artes del campo, desde algunas labores de la chacra hasta reparar los cercados del ganado. Pierre ya desplumaba y desvisceraba las gallinas con soltura, ordeñaba las vacas lecheras a diario y, en breve, aprendería a faenar un cerdo. Maurice no salía de su asombro ante tales relatos, apenas podía creer lo que escuchaba, pero, lejos de considerar aquellos trabajos como denigrantes, sentiría por su padre una profunda admiración, respeto y también compasión.

            El resto del día, padre e hijo recorrerían juntos gran parte de la quinta. En esas horas de intenso contacto con la naturaleza, a Maurice le dio la impresión que se encontraba junto a alguien que hubiese pasado gran parte de su vida entre bosques y pastizales cuando, en realidad, tan sólo se trataba de una experiencia que se remontaba a diez días. Poco antes que el sol se ocultara tras el pequeño cerro del Oeste, Maurice declaró:

            -Me encantaría vivir aquí contigo, papá.

            -No desearía otra cosa, hijo, pero tu madre te necesita.

            -Podría alternar temporadas contigo, yo también te necesito.

            -Quizás más adelante esto sea posible, ahora resultaría sumamente comprometedor para todos si frecuentaras este lugar.

            -¿Cómo ves el asunto, papá?

            -Todavía estoy a la espera de alguna noticia de Simón, pero hasta ahora no ha dado señales de vida. El es el único que podría ayudarnos.

            -Y, ¿cómo lo haría?

            -Sacándonos de aquí... Es un hombre de muchos recursos.

            Por aquellas fechas, Simón se encontraba en Italia gestionando unos acuerdos con ITALREPTIL, una curtiembre de gran tradición cuya especialidad era fácilmente adivinable a la vista del anagrama de la compañía. Pierre todavía ignoraba que el propietario de la quinta no había cesado de mantener contactos con viejas amistades militares del Paraguay desde el día fatídico del inesperado decomiso. Esas inestimables relaciones, salvarían a Pierre tal vez de lo peor, aunque éste tardaría algún tiempo en adivinar el alcance de la nobleza de aquel judío traficante de pieles silvestres a quien, un mes atrás, conociera en el restaurante de Jacqueline. En cierta ocasión, Simón Benzaquén testimonió algo que sólo el tiempo pondría a prueba... "Yo no abandono jamás a los amigos".

 

            El 28 de setiembre, se agotaba la última esperanza de Jacqueline de persistir en su empeño por salvar el restaurante. Apenas habían transcurrido veinte días desde que la policía visitara por vez primera su casa, cuando llegó una providencia judicial disponiendo el embargo preventivo sobre los bienes del prófugo Pierre Perrier, por valor de cien millones de guaraníes para garantizar la efectividad de responsabilidades civiles. DELICES DE FRANCE estaba virtualmente perdido. De cualquier forma, durante los últimos días en que la noticia de las desdichas de Pierre circulara con increíble rapidez, una gran parte de la clientela y amistades de los Perrier se había volatilizado. La supuesta implicancia en un delito de narcotráfico, llegaría a ensuciar inevitablemente el nombre de toda una familia.

            Jacqueline y su hijo pasarían horas interminables discutiendo las pocas alternativas que podían elegir a la vista de los últimos sucesos. Maurice opinaba que lo más prudente sería que su madre regresara a París sola, mientras él permanecería al lado de su padre el tiempo necesario hasta conseguir resolver la salida del país. La negativa de Jacqueline ante tal planteamiento fue rotunda, ella jamás abandonaría a su marido ni a su hijo y, lo cierto es que hubiese optado una y cien veces por perder la vida antes de consentir aquella separación...

            -Entonces, mamá, aquí ya nada podemos hacer. No tenemos dinero para mantener la casa, deberíamos vender muebles y todo lo que podamos y reunirnos con papá en la quinta de Yaguarón.

            -Esto sería como delatar el paradero de tu padre. No olvides que, poco o mucho, vigilan nuestros pasos.

            -Hablare con papá. Esta noche me reuniré con él y tomaremos una decisión definitiva.

            -Está bien, hijo, pero ten mucho cuidado.

            A las once de la noche, Maurice salía discretamente de la casa del piloto Islas con su FUSCA rojo, dirigiéndose por la ruta dos hasta Ypacaraí. Llegado a ese punto, se desviaría hacia el Sur una vez que tuviera la plena certeza que nadie le seguía. Aquel trayecto supondría unos kilómetros adicionales para alcanzar la quinta, pero valía la pena tomar ciertas precauciones.

            Tanto Verón como Pierre, no fueron despertados por el pequeño FUSCA cuando éste enfilara la avenida de eucaliptos, sino por la sinfonía de gansos cuyos machos adultos armaron un auténtico escándalo al percibir la llegada del visitante. Un leve toque de bocina, hizo que Pierre se vistiera con un batín y saliera al encuentro de su hijo.

            -¿Maurice?

            -Sí papá, soy yo... ¡Pero qué mierda de gansos...!, ¡un día los mato a todos!, ¡mira lo que me ha hecho ese loco!

            -¿Qué te pasó?

            -¡Me mordió en la pierna ese hijo de la gran p...!

            -Cuando tienen crías son un poco violentos... Pero entremos, aquí hace mucho frío.

            La chimenea de la sala conservaba todavía algunas brasas que pronto serían reavivadas hasta lograr una generosa fogata, la cual templaría en pocos minutos el cuerpo del recién llegado. Su FUSCA brasileño, como todos los FUSCAS del vecino país, carecía de calefacción y el pobre Maurice había llegado a la quinta tiritando de frío.

            -¿Cuándo terminará este maldito frío?-exclamaba el joven mientras se frotaba las manos.

            -Ya no puede durar mucho... Verón dice que en una semana más soplará Norte.

            Padre e hijo ignoraban la tragedia que se ocultaba tras el vaticinio del viejo Verón. El viento Norte que pronto llegaría a la quinta de Yaguarón, traería consigo la peor calamidad imaginable... Pero el devenir de los hechos futuros era inescrutable para ambos.

            Las últimas novedades que Maurice aportara a su padre, no supusieron sorpresa alguna para Pierre. No tan sólo las esperaba sino que las conocía de antemano. Tres horas antes, Simón había sostenido una larga conversación con él cuando le llamara desde París anunciándole el resultado de arduas gestiones con militares paraguayos.

            -Maurice... -susurraba Pierre con voz ronca mientras su tono casi se confundía con el crepitar de los leños recién encendidos-. Simón ha logrado algo excepcional. No significa la solución de nuestros problemas, pero sí la tranquilidad.

            -¿Qué te dijo, papá?

            -Algo que tal vez te sorprenda. Hace ya varios días que las autoridades conocen mi paradero, pero no me molestarán.

            -¿Estás hablando en serio, papá?

            -Sí, hijo... Verás: Simón mantuvo varias conversaciones con militares, entre ellos el coronel del destacamento de Paraguarí y el general Nogués, propietario de la pista clandestina en la estancia RESEDA. Estos militares han conseguido detener el proceso porque saben que si yo declaro, automáticamente se verían involucrados en el escándalo. Hasta el Presidente de la República debió intervenir ante el juez de turno para que me dejaran tranquilo y se descuidara el expediente en algún archivo olvidado. La única condición impuesta es que permanezca aquí sin moverme ni dejarme ver.

            -¡A la pucha! -interrumpió Maurice profiriendo uno de los modismos paraguayos más empleado habitualmente por él-. Esos milicos hacen lo que quieren, ¿verdad?

            -Por algo son los dueños de medio país.

            -Bien, entonces la cosa es sencilla... Nos instalaremos todos aquí hasta que el asunto de tu pasaporte se solucione.

            -Exactamente, hijo. Aquí hay espacio sobrado para los tres. Simón me ha vuelto a repetir que la quinta está a nuestra entera disposición. De todas formas, cuando llegue tu madre discutiremos la cuestión del regreso a Francia, no tiene demasiado sentido que vosotros paséis aquí una larga temporada sólo por hacerme compañía.

            -Discutiremos lo que quieras, pero no lograrás nada. Ni ella te quiere dejar solo ni yo tampoco.

 

            Una serie de avisos en la prensa, anunciaron durante la primera semana de octubre la venta urgente de muebles y enseres de una familia extranjera que abandonaría próximamente el país por término de misión. Los precios marcados por Jacqueline fueron de auténtica liquidación y el mobiliario desaparecería en un abrir y cerrar de ojos.

            Islas, el profesor de aeronáutica y gran amigo de Maurice, era uno de los pocos que conocía los pormenores de la trágica historia que azotó a la familia Perrier, también estaba al corriente del escondite de Pierre y no fue ajeno a las novedades del caso que su alumno le relatara casi a diario. La camioneta del piloto sería el vehículo para trasladar maletas y un sin fin de objetos que Jacqueline pretendía conservar. El jueves 6 de octubre, Islas realizaba el tercer y último viaje a la quinta LA CONCORDIA de Yaguarón.

            -Bueno, mamá, ¿estás preparada para conocer tu nuevo hogar?

            -Sí, hijo.

            Entonces, adelante.

            Estas fueron las breves palabras que cruzaron Maurice y Jacqueline antes que el pequeño FUSCA emprendiera su camino hacia la quinta. Sería la primera vez que ella pusiera los pies en LA CONCORDIA. De cualquier forma, Maurice la había descrito tantas veces que su madre creyó tener una perfecta imagen de ese rincón campestre lleno de bucólicos encantos. La frondosa avenida de eucaliptos y la infaltable acogida de los gansos ya no sería una novedad para Jacqueline, quien desbordaba ansiedad por abrazar a su marido tras veintiséis días de separación e incertidumbre.

            Verón, bajo las órdenes de Pierre, se había entregado en cuerpo y alma en acondicionar la vivienda que, en breve, recibiría a dos huéspedes más. Esos objetos decorativos recién llegados en la camioneta de Islas y que resultaban entrañables para Jacqueline, iban siendo acomodados por el viejo Verón como Dios le daba a entender... El trabajo de Pierre consistiría en cambiar de lugar un atril románico portador de una biblia manuscrita por benedictinos del siglo XVI que Verón había situado sobre la mesa de la cocina, considerando que era el puesto más adecuado. Además de rescatar un espléndido lienzo policromado hindú que el viejo había empleado como colcha en la cama de Maurice. Si aquella fuera su casa, opinaba Verón para sí, jamás hubiese colocado trastos viejos e inútiles en la sala principal... Pero se abstendría de hacer comentarios.

            Pierre aguardaba a los suyos hacia el mediodía. A esa hora, una soberbia pata de cerdo se doraba en el horno de una vetusta cocina de leña que Simón trajo de Buenos Aires tiempo atrás, cuando se enamorara de ella en uno de esos comercios del barrio de la Boca. No fueron escasas las veces que Pierre pensó en las maravillas culinarias que podría lograr Jacqueline en aquel derroche de fundición cargado de años, pronto iba a comprobarlo.

            Ese mismo jueves comenzaba a cumplirse el augurio de Verón presagiado unos días atrás. El viento Norte se había hecho presente de forma repentina con una intensidad arrolladora. Un calor sofocante vino a interrumpir el invierno, cuya duración llegó a usurpar más de dos semanas a la estación que debía sucederle. Las ropas de abrigo desaparecieron por completo y, tanto Jacqueline como Maurice, arribaron a la quinta vestidos con las prendas más frescas que encontraron.

            -Está espléndido este chancho, papá. ¿Tú lo cocinaste?

            -Con la ayuda de Verón. Él fue quien puso en marcha la locomotora que hay en la cocina.

            -Es una verdadera joya -añadió Jacqueline- esta locomotora como tú la llamas.

            -Esa cocina sería suficiente para un regimiento entero -decía Pierre sonriendo-. Lástima que no trajisteis la de gas que teníamos en casa.

            -Nada de eso, Pierre -replicó Jacqueline-, el campo es el campo y todo es cuestión de acostumbrarse. Todos los temas imaginables fueron tocados durante las tres horas que permanecieron sentados antes de retirar platos sucios y restos de comida. Por supuesto, la cuestión más ampliamente debatida se refería a las posibles salidas de aquella penosa situación, si bien la conclusión final en la que los tres se mostraron de acuerdo se reducía a una paciente espera, hasta que las circunstancias se mostraran algo más favorables.

            Jacqueline estaba a punto de levantarse, cuando distinguió a Verón a través de los cristales de una ventana del comedor. El viejo sostenía una gruesa regadera de zinc la cual y, a la vista de su aspecto decrépito, debería al menos tener la misma edad que el anciano sirviente.

            -¿Qué está haciendo ese viejo con la regadera? - preguntó Jacqueline.

            -Cosas de Verón -respondió Pierre-, no hay que hacerle demasiado caso.

            -Sí, pero ¿por qué está mojando nuestra casa por fuera? -insistía Jacqueline.

            -Algo me contó esta mañana sobre el viento Norte que hoy comenzó a soplar.

            -¿Y qué tiene que ver el viento Norte para que nos riegue la casa?

            -Está rociando las bases de los muros con... KREOLINA, creo que se llama, es un producto que sirve para ahuyentar a las alimañas. Según entendí, durante el invierno las víboras, tarántulas y otros bichos ponzoñosos, permanecen ocultos en estado letárgico acumulando gran cantidad de veneno... y cuando llega repentinamente el calor, salen de sus escondrijos a la búsqueda desesperada de alimento. Esos primeros días de calor, son precisamente los más peligrosos.

            -¿Y por aquí hay muchos bichos de esos? -cuestionaba Jacqueline algo alterada.

            -Como en cualquier lugar del Paraguay.

 

            Al tercer día de continua permanencia en la quinta, Maurice ya conocía hasta el último rincón de las diez hectáreas que se extendían entre bosques, pasturas y arroyuelos. El ambiente y el paisaje comenzaban a cargarse de monotonía y le resultaba difícil descubrir otras actividades que no fueran comer y dormir. En cierta ocasión, intentó probar con la azada y la pala en las labores de la chacra, pero debió sufrir la cólera de Verón quien le sermoneó duramente por arruinar una buena parte de su cultivo de mandioca.

            A la una del mediodía de aquel primer domingo en LA CONCORDIA, se escuchaban los ecos lejanos de las campanas que coronaban el templo de Yaguarón, era un toque de difuntos, pero nadie se percató de ello. Jacqueline apilaba a esa hora platos y cubiertos en el fregadero de la cocina. Pierre se retiró a la alcoba con la intención de acostarse bajo un ventilador de techo y cerrar los ojos durante un par de horas.

            A Maurice no le seducía la idea de la siesta y prefirió caminar por los alrededores. Al rato, distinguió al viejo Verón que avanzaba pesadamente aquejado por su crónica cojera... Salió a su encuentro y le gritó:

            -¡Eh, Verón!

            -¿Señor? -contestó el anciano.

            -Verón, ¿es cierto que en el arroyo grande se puede pescar? Simón me dijo que había peces.

            -Mandi'í sí hay, pero son muy chicos.

            -¿Y cómo se pescan?

            -Con caña y también con redecilla, pero son muy chicos.

            -Es igual, yo quiero pescar. ¿Dónde puedo encontrar alguna caña.

            -En la casa grande encontrarás.

            -Está bien, ya buscaré... Ah, Verón, ¿y qué empleo como carnada?

            -Lombrices, hay muchas lombrices bajo la tierra del arroyo.

            -Bueno, gracias Verón, a lo mejor te traigo una cena de pescados.

            -Son muy chicos los mandi'í... demasiado chicos. Maurice se encaminó hacia la casa resuelto a encontrar en algún rincón los útiles que le permitieran matar aquellas horas de insoportable calor, a orillas del arroyo grande y bajo la sombra de un enorme ybapobó que ya conocía.

            La pequeña puerta situada al costado de la cámara frigorífica de la cocina, accedía a un trastero rebosante de objetos inútiles, allí Maurice encontró una caña de pescar y varios aparejos atacados por la herrumbre, además de algunos ovillos de nylon enredados entre sí. Media hora después, ya disponía de un equipo bastante precario aunque suficiente para probar suerte en el arroyo. A doscientos metros de la casa, se encontraba el rincón del ybapobó, allí el riachuelo formaba un recodo coincidiendo con un pequeño salto de aguas, era el trecho más ruidoso a través de la quinta LA CONCORDIA. Maurice había llevado consigo una paleta para escarbar la tierra bajo la que esperaba encontrar algunas lombrices; comenzó su trabajo horadando un lugar cenagoso en la misma orilla del arroyo. En pocos minutos lograría reunir una docena de gusanos que fueran colocados en el interior de un vaso de vidrio. A partir de entonces, ya disponía de todos los elementos para intentar pescar, por primera vez, fuera de una pecera.

 

            El sol ya estaba declinando a las cinco de la tarde, no así el calor bochornoso que prolongó su castigo durante todo el día. Por quinta vez consecutiva, Jacqueline había preguntado a su marido si no tenía noticias de Maurice y, en cada ocasión, el nerviosismo de la madre iba creciendo. Pierre se percató de ello y decidió salir a su encuentro. El FUSCA se encontraba en el lugar acostumbrado sin haberse movido a lo largo del día. Maurice tampoco contestaba a los gritos que profería su padre desde el umbral de la entrada. Verón no tardaría en acudir a la casa grande al escuchar desde su ranchito las voces de Pierre.

            -Verón, ¿no has visto a Maurice?

            -Hace rato lo vi.

            -¿Cuándo?

            -A la siesta.

            -¿Y no te dijo adónde iba?

            -Sí me dijo... A pescar mandi'í.

            -¿A pescar mandi'í?

            -Ya le dije que son muy chicos los mandi'í, pero él quería pescar.

            -Acompáñame Verón, vamos a buscarle -ordenó Pierre resueltamente.

            -Sí, patrón.

            Ambos fueron caminando hasta alcanzar una encrucijada. Verón sugirió que su patrón tomara el sendero de la izquierda que conducía al límite de la propiedad, donde el arroyo terminaba su curso en LA CONCORDIA. A partir de ese punto, Pierre debería recorrer el cauce aguas arriba. Verón, se dirigiría hacia el Norte para rastrear el riachuelo desde el extremo opuesto, siguiendo su corriente aguas abajo. Antes de despedirse, el anciano dijo:

            -El primero que lo vea, que chille fuerte... El muchacho debe estar dormido.

            -Está bien, Verón, no perdamos tiempo.

            Al poco rato, Pierre llegó al lugar donde debería remontar el margen izquierdo del arroyo, allí el camino se hizo difícil y escabroso, sobre todo por el calzado poco adecuado que llevaba consigo, todavía conservaba las sandalias con las que acostumbraba a deambular por la casa. A su vez, Verón también iniciaba su recorrido por las orillas del riacho con mayor celeridad que su patrón.

            Las débiles penumbras de aquella hora, apenas permitían distinguir los arbustos resecos que arañaban sin cesar las manos y el rostro de Pierre en su avance. Un socavón de comadrejas le hizo perder el equilibrio y cayó de bruces, fue en ese preciso instante cuando creyó escuchar un eco que decía:

            -¡Patroooon...!

            Pierre no contestó... Al instante volvió a percibir:

            -¡Patroooon...!

            Allí se decidió a responder:

            -¡Veroooon...!

            El viejo sirviente ya no volvería a insistir. Verón sabía bien que don Pierre cumpliría con la consigna de remontar el arroyo hasta tropezarse con él, sólo debía esperar pacientemente que su patrón acudiera al encuentro... y fuese el segundo testigo de la muerte de Maurice. Pierre reaccionó con cierta lentitud al observar el cuerpo inerte de su hijo, cuyo rostro estaba apoyado en el regazo de Verón. Exhalando agotamiento y ansiedad,

            Pierre preguntó:

            -¿Está bien, Verón...? ¿Mi hijo está bien, Verón?

            -Está muerto su hijo, mi patrón... Fue una yarará.

 

            A las diez de la noche, un conocido médico de Yaguarón abandonaba la casa de LA CONCORDIA. Su presencia había resultado completamente inútil, pero la histeria y desesperación de Jacqueline en los primeros momentos, obligaron a Pierre a salir en búsqueda de algún especialista. Las conclusiones de aquel viejo doctor cargado de experiencia en medicina rural, fueron formales: La picadura de una yarará de gran tamaño en el cuello de la víctima, probablemente cuando el muchacho dormía, había provocado un rápido flujo de veneno al cerebro e inmediatamente después, debió sobrevenir un paro cardiorrespiratorio. Así fue en realidad. El bulbo raquídeo dejó de enviar órdenes a los dos órganos vitales cuatro minutos después del ataque de una "víbora de Neuwied" henchida de veneno almacenado en sus glándulas tras un prolongado letargo de los meses invernales.

            Jacqueline permanecería velando toda la noche el cadáver de su hijo. Durante aquellas horas de oscuridad, la mujer no variaría de posición ni movería tan siquiera un solo dedo, únicamente de vez en cuando sus párpados barrían las lágrimas que no cesaron de fluir a lo largo de toda la noche. Sus manos se entrecruzaban con las de Maurice, formando una suerte de amasijo de dedos fríos y cálidos.

            Cuando el alba despuntó, Pierre abrazó por la espalda a su mujer sin mediar palabra. Más tarde intentaría con suma delicadeza desprender las manos de Jacqueline de aquellas que sufrían la rigidez de la muerte, pero no lo logró... El rictus había atenazado tan firmemente sus miembros que Pierre debió forzar dedo tras dedo hasta

conseguir liberar a la madre de aquel último contacto con su hijo. Cuando al fin se separaron, Jacqueline  se desvaneció irremediablemente.

 

            A las once de la mañana, Verón apareció en la casa grande con el rostro sudoroso, el viejo se encontraba al borde del agotamiento.

            -Ya está todo listo, mi patrón...

            -¿Qué está listo, Verón? -cuestionó Pierre algo aturdido.

            -La fosa del joven... La cavé esta mañana.

            Bajo la sombra del ybopobó, Verón había estado excavando desde la madrugada la que, a su parecer, debería ser la sepultura del joven Maurice. Era el lugar más hermoso de la quinta, justo el sitio donde, en cierta ocasión, don Simón  le insinuara que allí precisamente desearía reposar para siempre. La tumba de doña Aúrea se encontraba a unos veinte metros veinte metros del ybapobó… La doña también conocía la voluntad de su amo y, en su día, había rehusado usurpar un lugar ajeno.

 

 

 

EPÍLOGO

 

            Pierre Jacqueline llegaron a Río de Janeiro el sábado 22 de octubre. La carencia de pasaporte por parte de Pierre no representaría problema alguno… La frontera paraguayo-brasileña que separaba las ciudades de Puerto Presidente Strochet y Foz de Iguazú, fue cruzada en un ómnibus de línea regular que enlazaba los dos puntos y sus ocupantes no debían mostrar documentos en migraciones gracias al régimen turístico especial que regulaba el paso de sendas villas fronterizas, siempre y cuando el desplazamiento no sobrepasara los confines de ambas localidades. Un vuelo doméstico de la compañía Varig les conduciría hasta Río de Janeiro, donde Pierre pensaba solicitar un pasaporte consular. En Brasil, supuestamente, no tendrían noticia alguna de los problemas judiciales que enfrentaba Pierre con la justicia paraguaya y su repatriación estaba prácticamente garantizada. Si Pierre lograba llegar hasta Río de Janeiro, se esfumarían los riesgos de una posible detención porque, a partir de aquel momento, podría alegar la pérdida o sustracción de su pasaporte si éste era requerido por alguna autoridad. Sus previsiones se cumplieron.

            Jacqueline se guardaría bien de confesar a su marido su osadía por haber concertado una cita con el primo Philippe, el mismo sujeto que casi diez meses atrás robara un bolsón de mano conteniendo dinero y un pasaporte. Ambos se encontrarían en una cafetería de la rua Tonoleiros el domingo a las diez de la mañana.

            La sorpresa de Pierre sería mayúscula cuando su mujer Jacqueline se presentara en el hotel de Copacabana a la hora del almuerzo con un sobre en la mano, diciendo:

            -No será necesario hacer gestiones en el consulado... Aquí tienes tu pasaporte original.

           

            Cuando Pierre pisara de nuevo su tierra natal al descender del avión, Jacqueline escucharía con claridad unas palabras que salieron espontáneamente de la boca de su marido:

            -Francia... me quedo contigo.

 

            Fueron muy escasos los comentarios de la odisea paraguaya durante los meses sucesivos que ambos dedicaron a rehacer unas vidas casi destrozadas. Lentamente iban lográndolo, era cuestión de tiempo.

            A principios de febrero del año siguiente, ya se habían cumplido algo más de cien días de su retorno a París. Pierre y Jacqueline escuchaban las noticias televisadas del medio día de un viernes 3 de ese mismo mes. El locutor hablaba de las primeras informaciones recibidas, relativas a un fulminante golpe de Estado acaecido en un país sudamericano llamado Paraguay, que había conseguido derrocar al Presidente Strochet, un tal Gómez de Rodrigo, general de división, asumiría el poder... Antes que la noticia concluyera, Pierre pulsó un botón del mando a distancia y cambió de canal.

 

 

 

COROLARIO

 

            Pierre y Jacqueline me llaman ocasionalmente desde París. Cuando percibo sus voces, me repiten hasta la saciedad que regrese a Europa, pero me resisto a escuchar esos cantos de sirena que me llegan a través de un hilo telefónico.

            El hechizo paraguayo me cautivó con tal intensidad, que todavía permanezco tercamente en este terruño de ensueño, sin saber por qué ni adivinar hasta cuándo.

 

 



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