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HELIO VERA

  EL CANGREJO INMORTAL - Obras de HELIO VERA


EL CANGREJO INMORTAL - Obras de HELIO VERA

EL CANGREJO INMORTAL

Obras de HELIO VERA

 Ilustración de tapa: CARLOS COLOMBINO

Editado con el apoyo del FONDEC

Editorial Servilibro,

www.servilibro.com.py

Asunción-Paraguay,

2007 (219 páginas)

 

 

Helio Vera nos entrega, en este libro, una selección de artículos publicados en la prensa, en distintas épocas. Con su proverbial ironía, a veces no exenta de crueldad, analiza hechas y personas de nuestro país. Lo hace desde la perspectiva del observador comprometido con el destino del Paraguay. Sus comentarios ofrecen una visión descarnada de nuestra realidad, con sus vicios ancestrales y sus largas angustias. Los textos reflejan la visión del mundo del autor, una visión signada por el humor, y con definida intención crítica.-

 

 

 

PRÓLOGO

Para un periodista, la hora del cierre tiene la solemnidad del lúgubre toque de difuntos; de la llamada a la oración que el muecín salmodia desde un alto minarete; del tañido del ángelus, que ordena al labriego la esperada pausa del mediodía. En un diario, es el instante en que el jefe de taller comienza un paseo impaciente en su guarida, entre bobinas gigantescas y máquinas trepidantes; en que el jefe de redacción se pone a rugir, exigiendo a los periodistas la inmediata entrega de los originales, para que sean llevados a la sala de composición.

Todo el complejo proceso de producción de un periódico tiene en esta hora su encrucijada decisiva. Un atraso en la cadena tendrá consecuencias fatales en la impresión y, por tanto, en la distribución a los cuatro puntos cardinales. Es el momento en que el hueco en la página todavía abierta resplandece como un sol de medianoche, y ejerce la gravitación de un agujero negro en una galaxia perdida. Todos se ponen nerviosos. Algunos sorben tazas y tazas de café, otros chupetean espasmódicamente la bombilla del tereré, y los menos se envuelven en fétidashumaredas de cigarrillo. Pero las ideas son reacias a la coacción, y prefieren replegarse en los sitios más recónditos del inconsciente, inmunes a las súplicas y a los sollozos.

Para un columnista, cuyo artículo es la pieza justa que falta para cerrar una página, el trozo que se necesita para completar el rompecabezas, esta hora es fatídica. La acumulación de estos lapsos estresantes a lo largo de los años abre el ancho camino del infarto. Por eso, se hunde en la desesperación cuando escucha la primera tempestad de rugidos del jefe, clava la mirada en el cielorraso, mudo y huraño, pero no encuentra respuestas. Se mira las uñas, pero tampoco ellas tienen repuesta para sus angustias. Los zapatos son igualmente lacónicos, y sólo muestran una burlona superficie, generalmente polvorienta. Siente que los ojos del jefe se dirigen hacia la máquina de escribir, como si ésta pudiera vomitar líneas de texto por sí misma.

Hay un problema adicional, que convierte al columnista en alguien esencial en ese instante que resume todos los instantes de la vida cotidiana de un periódico. No se trata de la importancia de su artículo sino del lugar que este ocupa en la cadena de producción: generalmente, las secciones de opinión son las primeras enviadas a la sala de impresión. Se supone que pueden ser escritas con mucha anticipación. Hasta podrían ser escritas el día anterior. Sus redactores tienen la misión de despejar el escenario para que después entren las páginas críticas, que se acumularán, una tras otra, a lo largo de la noche: las de noticias, las policiales, la sección deportiva, con los resultados de los partidos de la noche. Por último, la tapa sacramental, obra de los virtuosos.

Por eso es indispensable que quienes escriben para las secciones de opinión trabajen anticipadamente. Puede hacerlo. La lógica dice que pueden hacerlo, porque su materia es perdurable, y no está cargada de ese factor de imprevisibilidad que es la noticia. Error. Escriben sobre el filo de la navaja, bajo la coacción del cierre inminente, en medio de gritos, amenazas y puteadas. Es ahí donde todo el proceso comienza a trancarse.

Pasan los minutos y el columnista se estruja el cerebro, fatiga la mente y busca algún motivo de inspiración. Habla con los colegas, revisa otros periódicos, hace un par de consultas telefónicas. Nada. Las neuronas siguen allí, adormecidas. El agujero en la página sigue intacto; pero ya empieza a titilar, como la estrella roja del amanecer; ya se estremece, como un volcán a punto de vomitar ríos de lava candente. Entonces, no queda más remedio que pedir tiempo, como los técnicos de básketbol. Pero el jefe de redacción es inmune a esos pedidos de socorro. A veces se le insinúa, para sacarle elcuerpo a la jeringa, que se carece de temas. La respuesta, en aquellos tiempos remotos en que yo ocupaba un sitio en una redacción, era un grueso exabrupto:

-¡Pues entonces -rugía el jefe- escriba sobre la inmortalidad del cangrejo!

Bicho extraño este crustáceo coloradote. Hasta me resultó inmortal, virtud que ya quisiera el hombre para sí, y que nunca pudo lograr. Más de una alocada aventura fue desatada por el anhelo de eludir el zarpazo inevitable de la muerte. La poción de la inmortalidad fue la meta de los alquimistas, la obsesión de los exploradores de tierras desconocidas. Hubo quienes situaron la solución en el agua burbujeante de cierto manantial escondido en la selva; otros, en una fórmula lograda a fuerza de mezclar sustancias multicolores y evanescentes en un laboratorio colmado de probetas, retortas y serpentinas.

Este libro reúne varios artículos dispersos redactados bajo el malhumorado imperio de la hora del cierre, cuyo animal heráldico es, precisamente, el cangrejo inmortal. La selección no obedece a lógica alguna. Sólo evité aquellos demasiado vinculados con hechos que ocurrían en ese momento, porque exigirían explicaciones interminables. Los incluidos en esta selección pretenden bastarse a sí mismos, y no necesiten de la descripción de su contexto. A veces, este será muy obvio. Si el lector no logra descifrarlo, lo sentiré por él. Podrá encomendarse al ubicuo cangrejo, que deambula, entrechocando sus pinzas, por todas las salas de redacción del mundo. Tal vez logre despertar su benevolencia.

HELIO VERA

 

ÍNDICE:

·         EL CANGREJO INMORTAL

·         NUEVA VERSIÓN DEL GÉNESIS

·         LA MUERTE DE UN INTELECTUAL

·         DE CAMERÚN, CON AMOR

·         AL ACECHO DE LOS CAPRICHOS

·         EL RETORNO DE GIUSEPPE BÁLSAMO

·         CAPERUCITA Y EL “LOBBY”

·         EL DEBATE SOBRE EL NUEVO CÓDIGO PENAL

·         EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

·         ¿HABRÁ LLEGADO LA NOTICIA?

·         EL SECRETO MEJOR GUARDADO

·         EL MUNDO DE LOS TECNÓCRATAS

·         ALBRICIAS: HA LLEGADO LA TRANSPARENCIA

·         SOBRE LLOVIDO, MOJADO

·         LOS OTROS DAMNIFICADOS

·         EL BOSTEZO DE LOS REMOLONES

·         LOS COSTOS DEL SEPELIO

·         LOS LEONES HERBÍVOROS

·         EL MEJOR HOMENAJE AL DOCTOR LEBRÓN

·         EL SUEÑO DE ESOPO

·         EL ESPEJO ARGENTINO

·         ELLA, LA CASQUIVANA

·         EN EL PAÍS DE LOS TUERTOS, EL CIEGO ES REY

·         LLEVEMOS LA “CIVILIZACIÓN” A LOS AYOREOS

·         DE LA CULTURA DEL “ARRIERO PÓRTE” A LA CULTURA DE LA LEGALIDAD

·         ESTO NO ES UN QUILOMBO

·         MENTE POSITIVA, MENTE POSITIVA

·         RECONCILIACIÓN CON UN AMIGO

·         “PALABRAS, PALABRAS…”

·         TODO POR UN CERTIFICADO

·         LA JUSTICIA TARDA, PERO NO LLEGA

·         YO SOY ACCIONISTA DEL BNT ¿Y USTED?

·         EL SUEÑO DE LA JAULA PROPIA

·         POPULISMO MBYA

·         LOS MALANDRINES

·         ARMAS BAJO CONTROL

·         LA LECCIÓN DEL ARREPENTIMIENTO

·         EL DIALECTO DEL MEDIO PELO PARAGUAYO

·         “ESTAMOS EN EL PARAGUAY”

·         “¡QUÉ PASE EL DESGRACIADO!”

·         TODO AL REVÉS

·         EL CONCURSO DE MISTER AEROLÍNEAS

·         LA LAPIDACIÓN FRUSTRADA

·         EL CRIMEN DE LAS LETRAS

·         LAS DISCUSIONES “VICENTINAS”

 

 

 

EL CANGREJO INMORTAL

 

Gracias a la ley electoral, hoy se puede hablar de todo, menos del tema más sabroso: las elecciones municipales del día de hoy. Un adjetivo más sonoro que de costumbre, un verbo más activo que lo habitual, podrían ser interpretados como propaganda. Nos expondríamos a que el juez electoral de turno, Jorge Rolón Luna, nos arroje la ley sobre la cabeza. Literalmente hablando, claro.

No se puede hablar de la cultura, porque la cultura estuvo, en cierto modo, en el medio del debate preelectoral; ni del pavimento, porque es una de las funciones de la administración municipal; ni de los baches..., perdón, no dije nada; ni de Roa Bastos, porque anduvo dando vueltas por ahí. Tampoco de Chilavert, porque, como todos sabemos...

Esto me recuerda a una expresión que se utilizaba en estos casos en las redacciones de otros tiempos. "Entonces -rugía un jefe de Redacción escriba sobre la inmortalidad del cangrejo". Bicho extraño este crustáceo. Hasta había sido inmortal, virtud que ya quisiera el hombre para sí. La persiguió, sin éxito, Ponce de León, en los pantanos de la Florida. Nunca la encontró.

Pero cuánta diferencia existe entre el cangrejo de hoy y el de aquellos tiempos. El actual sujeta la ley entre las pinzas; el de entonces, el garrote. En aquellos tiempos, el tema de la inmortalidad cangrejil era la mejor manera de evitarse "problemas". Los "problemas" podían incluir desde ser llamado "para averiguaciones" al edificio de la calle Presidente Franco hasta ser puesto en Clorinda, con lo puesto.

Durante mucho tiempo, la única opinión que tenía el periódico más importante de la ciudad era una escueta columna llamada "Temas asuncenos". Allí se abordaban temas tan edificantes como los baches (otra vez) del pavimento, la irregularidad del itinerario de algunas líneas de ómnibus, y la suciedad del mercado.

Después, el mismo periódico inauguró pomposamente una columna editorial. Mejor no lo hubiera hecho. Cada editorial era una demostración fehaciente de que se puede escribir para no decir nada. El lector terminaba sin saber si el editorial estaba a favor o en contra de algo. Era, como dirían los especialistas, un ejemplo de literatura críptica.

En otro momento, cuando un sector de la prensa comenzó a alinearse contra el régimen, el asunto se puso más espeso. Las represalias se sucedieron, una tras otra. Periódicos clausurados, periodistas presos, publicaciones suspendidas. Y, sobre todo, el omnipresente "cháke", esa palabra que compendia un sinnúmero de amenazas preparadas para materializarse. Fue el momento en que, en uno de los periódicos incluido en el índex de la represión, se llegó a publicar un sabio y prudente editorial: "Cuidemos los arbolitos". Nuestro cangrejo se volvió ecologista.

 

 

NUEVA VERSIÓN DEL GÉNESIS

 

En una oscura cueva cercana a una playa del Mar Muerto, un pastor de cabras acaba de encontrar, prolijamente enrollados, una serie de documentos antiquísimos. Corresponden a la borrosa época de los esenios, una secta muy activa poco antes del nacimiento de Jesús. El hallazgo, celebrado por los arqueólogos de todo el mundo, se suma a otros que vienen ocurriendo desde la década de 1940, y que permiten arrojar nuevas luces sobre los textos bíblicos.

Después de semanas de arduo trabajo, un batallón de lingüistas especializados en arameo antiguo terminó de verter a idiomas modernos el contenido de los antiguos textos.

Al parecer, la nueva contribución, que viene del remoto pasado, corrige radicalmente los primeros pasajes del Génesis, hasta hoy conocidos a través de malas traducciones, versiones interesadas y hasta groseras interpolaciones. Desde ahora, las cosas serán distintas. Ahora, después de arduos estudios, resulta que, el Génesis estaba escrito del siguiente modo:

"En el principio reinaba el orden, y el espíritu de Dios se solazaba con el equilibrio cósmico y el sereno movimiento de las estrellas. Cada cosa ocupaba su sitio, y cada sitio contenía una cosa. Dios ya había atribuido un nombre a cada uno de los seres y, de esa manera maravillosa, un elefante era un elefante y una lagartija era una lagartija. Nadie discutía sobre la denominación de las creaciones divinas, porque cada palabra tenía un solo significado; y este correspondía a un solo e irrepetible objeto".

"Los hombres y las mujeres se dedicaban al amor y paseaban, desnudos y tomados de la mano, a través de jardines fragantes donde cantaban los pájaros, y los leones dormitaban junto a las gacelas. Dios sonreía, satisfecho, y a veces bostezaba, tal era la placidez de la vida sobre la tierra. En algún momento, quizá para romper la rutina -los designios del Señor son inescrutables, y vedados a la comprensión de los hombres-, concibió la idea, que un coro de ángeles celebró como muy ingeniosa, de introducir algo de animación. Entonces se le ocurrió enviar a los periodistas a la tierra. Así comenzó el Caos".

"Rápidamente, los recién llegados introdujeron la confusión en los conceptos. Rechazaron el preciso vocabulario celestial y le introdujeron variantes inesperadas, que cambiaban según el humor, los intereses, los amores y las inquinas de los nuevos habitantes del planeta. Frecuentemente, el contenido de la palabra cambiaba radicalmente si cambiaba la relación con ella. Un tigre feroz podía ser llamado frágil paloma o tierna mariposa, si es que gozaba de la simpatía del periodista. Y estas, si el hombre las veía con hostilidad, eran rotuladas como serpiente venenosa o tarántula maligna".

"Para acentuar el Caos, y ante la desesperación de Dios, que ya no sabía cómo poner fin a tanto alboroto, distribuyeron la sabiduría según les convenía. A un sabio venerable, pero malquerido, lo trataban de asno redomado, de ignorante impenitente; por el contrario, un porquerizo, que sólo sabía de la alimentación de los cerdos, era aclamado como el propio oráculo de la sabiduría, si decía lo que el periodista quería oír."

"Más de un orangután, con las mandíbulas trepidantes de tanto morder cocos, recibió los honores de largas entrevistas realizadas por periodistas de nota. En estos casos, las opiniones del primate eran celebradas como si fuesen la mismísima emanación del Logos, la encarnación de la Gnosis, un fragante efluvio de la eternidad. Cuando el pobre hacía muecas desesperadas para exigir la renovación de los cocos en la batea, el interrogador, en vez de hacerle caso, ponía en sus labios rotundas declaraciones, y hasta citas de filósofos alemanes o de antropólogos norteamericanos. El primate aparecería después emitiendo severos aforismos y metáforas que respaldaban fieramente los puntos de vista del entrevistador".

"Por último, se estableció el principio de que la verdad surge de la repetición de un concepto, por absurdo que fuere, y no de la correspondencia entre éste y la realidad. De esa manera, bastaba con llamar cien veces zapallo a un avestruz para que la gente terminase por ver, en vez de las plumas y del largo cuello cimbreante, las semillas y la forma redondeada de esta nutritiva fruta. El secreto consistía en decir lo mismo hasta el cansancio, en cerrar los ojos ante las evidencias, en taponar los oídos ante las protestas de los sabios, en hacer caso omiso de las aclaraciones de los afectados; y, cuando estos pedían la publicación de sus comentarios, se les otorgaba un espacio infinitamente pequeño, a fin de desalentarlos de caer en la ingenuidad de reclamar una segunda aclaración".

"Dios, alarmado, al ver lo que ocurría, notó que había cometido un grave error, una inaceptable alteración del orden cósmico. Y Dios, como todos sabemos, es inmune a la equivocación. Por eso, con voz de trueno, llamó a la especie humana a rectificar rumbos, exhortándola a recuperar el uso de la razón y la práctica de la cordura, pero nadie le hizo caso. Se le exigió guardar silencio porque estaba poluyendo el medio ambiente con sus voces destempladas".

Desesperado, amenazó fulminar el género humano con el rayo destructor que había convertido en polvo a las ciudades de Sodoma y Gomorra. Rápidamente se lo acusó de hurtar energía eléctrica de los cables de alta tensión de la ANDE y de eludir dolosamente el pago del consumo. Insistió en sus advertencias, y se le dijo que estaba tratando de coaccionar a quienes rendían culto a la libertad de expresión, divinidad de la temida especie de la gente de prensa, y hasta insinuaron que, seguramente, era un corrupto asalariado de González Macchi".

"Desmoralizado, quiso arriesgar un último intento y bajó a la tierra para meter en cintura a quienes le desafiaban. Para su descenso, eligió un sitio despoblado, justo cuando comenzaba una ocupación campesina, realizada precisamente en su nombre: la tierra es de Dios y, por tanto, es de todos; menos de su propietario. Cuando trató de explicarles que estaban equivocados, y que no debían talar todos los árboles para venderlos en el Brasil, porque Él había creado los bosques para solaz y alimento del género humano, casi lo molieron a palos. En seguida, fue tratado de pyragué. Trató de detener una columna de camiones cargados de rollos recién extraídos del monte, y el primero de los vehículos estuvo a punto de pasarle encima".

"Azorado, concluyó que en esos parajes su causa estaba perdida y se adentró en una ciudad. Estaba meditando en esquina oscura, pero el estrépito de una cachaca que vomitaba un enorme altavoz instalado en la baulera de unautomóvil casi le rompió los sagrados tímpanos. Protestó, y a gatas pudo esquivar una puñalada de los ocupantes del vehículo, que bailaban en la calle, mareados por la marihuana. El Señor, impresionado, buscó la soledad de la madrugada, y, cuando estaba a punto de amanecer, casi fue embestido por unos ocho vehículos conducidos por adolescentes borrachos que salían de una discoteca. Los llamó a la moderación y, en respuesta, recibió una lata de cerveza en la cabeza. La túnica celestial quedó afeada por un manchón amarillento. Les preguntó cómo podían circular a esa hora por la calle sin autorización de sus padres, y le gritaron que era un nazi".

"Amaneció. Una manifestación erizada de carteles pasó frente a él. Sus integrantes coreaban consignas contra la corrupción y exigían a gritos honestidad y transparencia. Pensó, con optimismo, que debía tratarse de una procesión de feligreses, rumbo a algún templo cercano. Miró mejor y pudo identificar a varios de los gritones, a los que tenía anotados en su lista negra, como candidatos seguros a ser enviados a la parilla eterna. Todos eran pájaros de cuenta. Estafadores, falsificadores de marcas, asaltantes, extorsionadores, traficantes de influencias, contrabandistas, vividores de la política, evasores fiscales, abusadores de menores. Los recordaba muy bien: eran truhanes incorregibles. Forajidos. San Pedro tenía instrucciones precisas de cerrarles la puerta del cielo en las narices y remitirlos inmediatamente al subsuelo llameante".

"La multitud vociferante pasó frente a Él, coreando consignas feroces, salpicadas de roncos "vivas" y de "mueras". Aprovechando su distracción, un caballo loco le arrebató la túnica y echó a correr. Dios corrió detrás del maleante, quien se zambulló velozmente en el Parque Caballero, que atravesó a la carrera hasta internarse en un callejón, boca de entrada de un abigarrado caserío. El Señor, que lo perseguía de cerca, de pronto le perdió de vista. A unas personas que tomaban mate en la vereda les preguntó si habían visto al ladrón y le respondieron, con aire de absoluta estupefacción, que por ahí no había pasado nadie, salvo un par de ratas hambrientas. En la esquina, un sujeto alto y moreno, de riguroso traje azul, le pidió la credencial partidaria, porque sólo con ella podía andar semidesnudo por la calle. Pero, si pagaba unos guaraníes, podía dejarlo pasar".

"No pudo más. Gruesas lágrimas celestes resbalaron sobre su mejillas". Compungido, reflexionó: "Esto no tiene arreglo. ^Para esto envié a mi hijo a la cruz?".

Y se fue para siempre.

 

 

ELLA, LA CASQUIVANA

 

Ella es esbelta, y sus húmedos ojos soñadores tienen  un vago color topacio, que luce dignamente bajo su pelo aleonado. De cuerpo ágil y proporcionado, sus movimientos ágiles y elegantes revelan el hábito de quien disfruta con frecuencia del aire libre. Lo diré de una sola vez: es bella. La mantuve todos estos años bajo mi mirada atenta y vigilante, cuidando de poner distancia de los gavilanes del barrio, que la miraban, estoy seguro, como la pieza más codiciada de la colección de conquistas.

Cuando noté que el instinto podía más que la razón, no tuve más remedio que elegir el menor de los males. Entonces, como corresponde a un padre responsable, hasta desempeñé, sin vergüenza, el grosero papel de la Celestina: puse un galán en su camino. Fue el mejor que estuvo a mi alcance, y eso después de largas y acuciosas investigaciones. Por fin, lo encontré. Rubio, apuesto, de ojos claros, atlético, viril. ¿Qué más podría pedir? Todo un macho de “pedigree”, con más pergaminos que el duque de Edimburgo y la duquesa de Alba. Una mezcla de Mel Gibbson y Antonio Banderas, todos en uno.

¿Quiere creerme, amigo, que ella ni siquiera se dignó ofrecerle un gesto amable, por lo menos como muestra de buena educación? Nada. Le rehuyó. Le gruñó. Le despreció. No loe permitió acercarse a medio metro. Su hostilidad fue simplemente insultante, sin hablar de la humillación por la que yo mismo tuve que pasar. Así naufragó vergonzosamente mi papel de Celestina. Tuve que disculparme, con humildad, por tan groseros desplantes.

Pero he aquí que, de pronto, aprovechando mi ausencia, ella clavó su mirada en un sujeto - ¿de qué otro modo podría llamarlo?- sin linaje ni modales, un orillero de malas trazas, un paradigma del medio pelo, un “apelechado” de órdago. Pues bien, fue a él, un sujeto que sólo podría servir como peajero o caballo loco, un tortolero de calles suburbanas, a quien ella se entregó, feliz y apasionada, en una siesta secreta y ardiente.

Como ocurre siempre, me pasó lo que a toda víctima de un engaño: fui el último en enterarme.

Protesté, grité, insulté. Pero el estallido de mi cólera fue, más que inútil, ridículo. Ya no había nada que hacer. El crimen estaba consumado.

¿Debo confesar mi vergüenza hasta el final? Lo haré ¿qué otra cosa me queda? Pues bien, ella quedó embarazada de aquel sujeto mugriento y pulgoso. Y no me hubiera enterado nunca de sus pecados si no fuera porque ella comenzó a engordar sospechosamente. Hasta que al fin, en una de estas noches lluviosas y pobladas de relámpagos, dio a luz en un rincón de la casa, donde buscó refugio.

Me falta aclarar, pero usted ya lo habrá adivinado, que se trata de mi perra Luna. Una adorable Cocker Spaniol de pura raza, que pertenece nominalmente a mi hija, pero de quien suelo ocuparme con más frecuencia de la aconsejable. Esta relación tuvo sus consecuencias. Admito que la he consentido más de la cuenta, y que esta debilidad me ha sometido a muchos de sus caprichos; incluso al mordisco que le dio al galán que yo había elegido para ella, un macho cuya genética superaba las más exigentes expectativas. Un individuo registrado en el Kennel Club.

Luna confirmó lo que ya se sabe desde hace milenios, hasta el punto de que encontró un sitio en la Biblia: comprender a una mujer es hazaña de magos, locos o profetas. Es virtud ajena a la condición humana, y más propia de arúspices y clarividentes. ¿Cómo saber lo que quiere una mujer? ¿Cómo anticiparse a sus disgustos, a sus estallidos, a sus picos de afecto o de malestar? Nadie lo ha descubierto hasta hoy. Y allí queda Luna, rodeada de sus cachorritos, como prueba indiscutible de esta verdad universal.

 

 

 

DE LA CULTURA DEL “ARRIERO PÓRTE”

A LA CULTURA DE LA LEGALIDAD

 

Lo que diferencia a una sociedad civilizada de una horda de trogloditas es algo muy simple: la capacidad de ver los conflictos como asuntos de negociación, y no como motivos para empuñar la lanza, el garrote o la cimitarra. O el arcabuz, el cañón o el trabuco naranjero. Y correr alegremente a exterminar al enemigo, porque no tiene derecho a gozar del aire, el sol, el agua y la vida. ¿Por qué convivir con él?.

Hablamos, claro, de una sociedad civilizada. ¿Lo es la nuestra? Las apariencias externas nos sugieren que sí: avenidas arboladas, vehículos que vomitan humo y gases venenosos, multitudes rugientes en los estadios de fútbol. Desfiles de modas y de modelos. Luces, pistolas, cárceles, y hospitales populosos. Es decir, todos los elementos visuales de un grupo humano del siglo XX.-

Claro, hay otras cosas menos visibles: instituciones jurídicas, garantías, valores morales. Leyes. Un sistema de normas que indican a la gente lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer. Y un catálogo de sanciones a los que violan dichas normas. Y que, cuando eso ocurre, reacciona cumpliendo sus amenazas, con una intensidad proporcional al desafío.-

Y es aquí donde aparecen las diferencias. Todo lo que nos ocurre tiene sus hondas raíces en nuestra cultura. En vez de una cultura de la legalidad tenemos una florida cultura del “arriero pórte”. En otras palabras, en vez de la ley, lo que funciona es el cuatismo, el compadrazgo y el compinchismo. Todo ello bien atado en una densa red de intereses creados y de relaciones familiares. Si la ley favorece los intereses del grupo, se cumple jubilosamente. Si, por desventura, los contradice, se los ignora.-

Todo el mundo se asombraría que una mujer dé a luz después de catorce meses. Al cielo subiría un clamor de asombro. ¡Oh prodigio!, gritaría un coro de voces enronquecidas. Sería, desde luego, algo asombroso. Pero nadie se extraña de que tengamos la transición democrática más larga de América Latina. Y que ahora estemos casi como en los días posteriores al golpe de febrero de 1989. Discutiendo cuál es la forma de salir de la crisis actual.-

Todos los actores se encierran en posiciones irreductibles. El gobierno está decidido a cerrarle el paso al oviedismo. El Partido Colorado quiere anular los padrones y comenzar de nuevo, hasta que tenga la seguridad de ganar. La oposición sacraliza el 10 de mayo, como si fuese el Viernes Santo, la Navidad o la terminación del ayuno del Ramadán. El oviedismo amenaza a todos con cortarles el cuello, con lo cual ha terminado de convencerlos de que la única garantía de supervivencia es terminar de reventarlo al general prisionero.-

En esas condiciones, no parece haber un camino de negociación. ¿Será posible? ¿Cuál será la agenda de los políticos? Nadie lo sabe. Negociar significa reconocer “al otro” como interlocutor. Y hasta ahora, todos actúan como si “el otro” no existiese. Como si todo el problema fuese exclusivo del grupo propio. Y el resto fuese una tribu de negritos, que sólo debe ser llamada para aplaudir.-

¿Cuándo terminará la transición? Cuando comprendamos que es más seguro para todos comenzar una cultura de la legalidad. Y aceptar sus consecuencias. Entre ellas, la de perder el poder. Sin que eso implique que quienes tengan el poder se conviertan en una raza de ciudadanos de primera categoría. Y sin que los derrotados se conviertan en una especie de parias en su propia patria, como los intocables de la India. No hay otro modo de comprender la democracia.-

** Un régimen democrático es, ante todo un conjunto de reglas de procedimiento para la formación de las decisiones colectivas, en las cuales está prevista y facilitada la participación más amplia posible de los interesados. La definición no es mía. Pertenece a Norberto Bobbio.-

Una antigua máxima latina dice: “NO ES EL REY EL QUE HACE LA LEY, SINO LA LEY LA QUE HACE AL REY”. En el fondo, se trata de leyes, no de personas. Claro, con la pequeña variante de que en el Paraguay, las personas usan la ley como un puñal: la punta se usa sólo para herir a los demás. De lo que se trata es ver cómo podemos comenzar a funcionar como lo hace el resto del mundo. Y que el puñal de la ley pueda clavarle a cualquiera. Y no sólo al enemigo. ¿Podremos lograrlo?.-

 

 

EL DIALECTO DEL MEDIO PELO PARAGUAYO

 

Debido a su pobreza expresiva, el vocabulario paraguayo en español, que a gatas suma unas doscientas palabras, exige el complemento de un módico catálogo de señas, gruñidos y carraspeos. Sin olvidar los "hẽee", "isípy", "ndéeeee", "nderaaa" y otros útiles comodines. Pero no nos apenemos. A grandes males, grandes remedios. Por suerte, gracias al entusiasta empeño de algunas modelos, rutilantes productos de la silicona, el español criollo se está enriqueciendo con una serie de palabras y expresiones que, por su elegancia, harían palidecer de envidia a Quevedo y a Tirso de Molina.

Una aclaración. Estos aportes no tienen nada que ver con la lluvia de idiotismos difundidos por los culebrones mexicanos, venezolanos y colombianos. Por eso, abominemos como la peste de los "wákala", "híjole", "chispoteo", y "órale", popularizados por programas tales como "El chavo del Ocho". Tampoco tienen parentesco con el despilfarro del "usted" en el lenguaje coloquial, con que nos abruma la pavorosa serie de Pedro "El escamoso". Aclaro que esta llegó cuando, con imperdonable ingenuidad, ya comenzaba a creer que, con el capítulo final de "Betty la Fea", se había acabado tanto horror.

Otra aclaración. A lo que me refiero es a la serie de palabras nuevas, algunas de ellas inventadas en los arrabales, y otras pertenecientes al español literario y que, de alguna extraña manera, hoy conviven con el lenguaje popular. Por ejemplo, ¿cómo soslayar la sonoridad castiza de palabras como "fascinante", "patético" "obvio" y "espectacular" que, en otros tiempos, eran privativas del buen decir? Casi todas provienen, es cierto, de un lenguaje de más alta alcurnia, pero ahora se hallan incorporadas al español paraguayo de medio pelo -digamos de un cuarto de pelo-, junto con las otras doscientas palabras que mencionaba anteriormente. Pero, eso sí, son dichas con gallardía, con coraje, con enjundia.

Este breve repaso no puede excluir la cómica aberración de agregar a un sustantivo el prefijo "re", que ha substituido con éxito al ya arcaico

"súper", que se ha vuelto tan obsoleto como los calzoncillos largos. Pues bien, el mediopelismo criollo utiliza el "re" para producir un rotundo superlativo: "relindo", "recheto" o "resimpático". Claro que esa multiplicación del "re" también puede convertir al hablante en un "rebestia".

Es muy simple. Para estar "en onda", basta con insertar delicadamente en la charla palabras o expresiones como "de la nuca", "la pálida", "cholulo", "cheto", "un montón", o "fashion". Y si se quiere añadir un leve toque de displicencia, de distante desprecio hacia las masas ignorantes, puede salpicar su conversación con otras oportunas expresiones: "jamás importó", "qué bajón", "no sé cómo te explico", "qué horror" o "no podéeees". Porque, amigo lector, si usted no habla como uno, su destino, como diría Emiliano R. Fernández, será irremediable. Bueno, "tampoco la pavada".

Nuestros compatriotas repiten estas locuciones con la misma veneración que un mullah shiíta dedica a la lectura de los versículos del Corán, dictados directamente a Mahoma por Alá, el justo, el Misericordioso. Suponen que con sólo pronunciar las palabras claves del mediopelismo, adquirirán un infalible certificado de cosmopolita. Algo así como una credencial de parisino en ciernes, londinense de las tinieblas o neoyorkino de la Gran Manzana. Amigo lector, nadie osará discutirle su condición de persona hombre o mujer- de mundo. Capaz de codearse con Madonna, Giorgio Arman^, la reina de Holanda o Jack el Destripador.

Seamos hospitalarios, como corresponde a la tradición nacional. Y démosles un lugar a esas voces inventadas -las hemos mencionado anteriormente- en los suburbios porteños, esa populosa "orilla" que inspiró a Borges algunos de sus cuentos más notables. Pero con la salvedad de que, en este caso, el medio pelo se acorta hasta alcanzar una décima. Y eso, concediéndole algunos milímetros adicionales de gracia. Si usted desprecia este glosario, quedará fuera de la comunidad hablante. Simplemente "fuiste".

 

 

"ESTAMOS EN EL PARAGUAY"

 

Esta expresión, entre resignada y triste, define una actitud de cansancio y conformidad, que se parece mucho a una rendición. Es como el "péicha guarãntema" ("así nomás tiene que ser"), con el cual se asume que las cosas son como son y no tienen por qué ser de otra manera. Por tanto, intentar cambiarlas sólo puede significar un inútil despilfarro de tiempo, paciencia y neuronas.

Si alguien saquea el tesoro público y en vez de ir a la cárcel recibe una condecoración, no faltará quien ponga sobre el caso este epitafio rotundo: "Estamos en el Paraguay".

Si, encima, el atorrante sube a un escenario y nos dicta una cátedra de moral con énfasis en la necesidad de cuidar celosamente los dineros del Estado, algún maldito inoportuno dejará caer la frase ritual: "Estamos en el Paraguay".

Si, además, el mismo ladronzuelo recibe nuevamente un cargo donde podrá instalar una draga capaz de succionar todo lo que encuentra en su camino, alguna voz irónica se elevará atronadoramente sobre el estrépito de la maquinaria con el consabido "Estamos en el Paraguay".

Si un asno redomado es llamado a consultas sobre los más graves problemas del Estado, al mismo tiempo que un sabio es echado a puntapiés, el sonsonete se escuchará, socarronamente: "Estamos en el Paraguay".

Si en la lista de candidatos seguros para la más altas dignidades del Estado sólo aparecen unos primates que apenas balbucean el español, y que, aunque estén cargados de títulos, apenas pueden cometer un concepto sobre la redondez de la chipa, nadie se asustará. Por el contrario, un coro alborozado se alzará en el horizonte con la inmortal letanía: "Estamos en el Paraguay".

Si alguien que llega a un cargo público importante llama a una caterva de parientes, "valles", cuates y compadres para ocupar los altos niveles jerárquicos de la institución, aunque apenas tengan condiciones para pasar el plumero sobre los escritorios, esto, amigo, no horrorizará a nadie. Pero estimulará las virtudes musicales de algún juglar desconocido que, en Do mayor, y desde la sombra, entonará el conmovedor himno de la patria: "Estamos en el Paraguay".

Si un magistrado conocido por su decencia, su capacidad de trabajo y sus conocimientos es substituido por un politiquero ignorante y pícaro, nadie perderá un minuto de su valioso sueño. Y si lo hace, será despertado por una alegre serenata que, al son de arpas y guitarras, dejará en su ventana la alegre canción épica "Estamos en el Paraguay".

Y a usted si le parece, amigo, que todo lo que dije anteriormente no es sino un montón de sandeces, no se inquiete. El "ñe’ẽrei" forma parte de nuestra irreductible idiosincrasia. Al fin de cuentas, no olvide que, para todos los efectos, "estamos en el Paraguay".

 

 

"¡QUÉ PASE EL DESGRACIADO!"

 

El juicio político a los miembros de la Corte Suprema de Justicia ha substituido con éxito a los programas más truculentos de la televisión. El más cercano a ellos es, sin duda, "Laura de América", que ofrece un desfile de dramones de la vida real, con su inevitable cortejo de gritos, cuernos y sopapos. Es decir, una especie de "reality show" con episodios incidentados y ruidosos.

La situación era muy parecida. Como en el programa de Laura, se sabía desde hace rato quién iba ser echado a patadas de la escena. Las condenas ya están cantadas de antemano. Ni siquiera hubo la emoción de las telenovelas, donde ocurren los finales inesperados; donde una carta repentina puede alterar bruscamente el curso de los acontecimientos; donde uno se entera, estremecido de pavor, de que la novia del protagonista es, en realidad, su hermana, desaparecida cuando era chiquitita.

Los actores del juicio político estaban divididos nítidamente entre los buenos y los malos. Exactamente como en el programa de televisión que comentamos. De un lado, la mujer llorosa, madre amorosa y esposa ejemplar; del otro, el marido borrachín, golpeador y metecuernos. Por eso, cuanto este entra en escena, Laura desgrana su voz imperativa, y ordena el ingreso del malo del episodio a la escena: "¡Que pase el desgraciado!". Minutos después, este será echado de la escena, poco menos que a patadas, llevado a empujones por dos hercúleos gorilas con caras de pocos amigos.

Todo, pues, estaba cantado. Como un actor disciplinado, cada uno recitó su parlamento, Sin salirse una línea del libreto. Palabra por palabra. Gesto por gesto. No hubo ni siquiera una "morcilla" -en el teatro, así llaman a las frases que los actores inventan de repente cuando se olvidan de su parte- para desentonar. Así, sin pena ni gloria, la mayor parte de la Corte fue llevada al patíbulo. Algunos, con resignación. Otros, como Ríos Ávalos, peleando hasta el final.

Los que esperaban salidas fuera de tono quedaron decepcionados. Algún que otro "cháke" quedó en el campo de las buenas intenciones. Al final, todos se alinearon disciplinadamente, como en un ejercicio de orden cerrado. Cayeron, como era de esperar, todos los ministros que carecían de respaldo político. Es que la correlación de fuerzas ha cambiado sustancialmente, y se hace necesario un reacomodo de los actores sobre el escenario.

Por momentos, hubo la oferta de salvar a Lezcano Claude a cambio de un salvavidas para Ríos Ávalos. Pero Yoyito Franco, presidente del PLRA, no mostró mucho interés en el trueque. Pedro Fadul, más decidido, dijo que este era un punto que no admitía discusión. Y allá fue Bonifacio. Al cadalso. Ni siquiera le salvó haber nacido en Coronel Oviedo, de donde provienen varias luminarias (algunas prematuramente pasadas a retiro) del gobierno: Otazú, Soto Estigarribia, Caballero Krauer, Rubén Darío Romero y otros no menos connotados repúblicos.

Así terminó la Corte Suprema. O, por lo menos, la mayor parte de ella. Nadie lloró. Nadie pronunció un discurso fúnebre. Nadie arrojó flores sobre las tumbas. Nadie rezó un responso. Ahora, todos tratan de escudriñar el futuro, como las sibilas, para saber quiénes serán los nuevos dueños de la pelota. Para pasarles la gamuza y cantarles loas. Por lo menos, hasta el próximo juicio político.

Aquí no hubo tales sorpresas. No estábamos en una telenovela, sino en un "reality show". Como ambos, el público tuvo ocasión de contemplar un colorido catálogo de picardías, inconsecuencias y despropósitos, que los ministros de la Corte tuvieron a bien echar en cara a varios parlamentarios, antes de subir al patíbulo. Gracias a ello, por momentos el debate de la causa se volvió tan confuso que se hizo difícil saber quiénes eran los héroes y quiénes los villanos. Los papeles quedaron muy mezclados. Hasta hubo actor que, según los vientos que corrían, iba cambiando depersonaje en cada escena. Hoy era el capitán, mañana el Polichinela. Pasado mañana, Batman, sin Robin; después, el Guasón.

Todos, a su turno -como quedó bien claro-, decían una cosa en privado y otra muy distinta cuando tenían ante las narices una cámara de televisión. Es que las cámaras de televisión producen un inmediato efecto hipnótico en los parlamentarios, hasta el punto de hacerles perder el equilibrio y la conciencia. Ya no se sabía quiénes estaban en el banquillo de los acusados: los legisladores o los miembros de la Corte.

Entre otras cosas, los aportes a las ciencias jurídicas fueron, para decir lo menos, fenomenales. El presidente del Senado, Carlos Mateo, manifestó públicamente que él "no vota". Quiere decir que no parece estar enterado de que en este caso es un juez y, como tal, debe dictar sentencia, para lo cual debe votar.

Si esto es así, es tan ajeno al juicio como la chipera que trabaja en la Plaza de Armas. Para probarlo, se pasó hablando por teléfono durante la presentación de la defensa, obligando al defensor a interrumpir su alegato hasta que termine la plática sobre "asuntos de Estado".

Pero todo eso es lo de menos. Más alarmante es la dolorosa desprolijidad la acusación. Tanto que, Felino Amarilla, al compararla con la que echó por tierra al doctor Moliné O'Connor de la Corte Suprema de la Argentina, la definió en los siguientes términos: "es como pretender un paralelo entre la polca "Mokõi guyra'i" y la Novena Sinfonía de Beethoven. O, agreguemos, entre "Mamá Cumandá" y "El Lago de los Cisnes".

Claro, tendríamos que acudir, para aceptar este embrollo, a la extraña doctrina del senador Morínigo quien, mientras se atusaba el bigote, explicó que este no es juicio jurídico sino político. Como si ello omitiera la obligación de ajustarlo a las reglas del derecho. Comenzando por el principio de imparcialidad del juzgador, de la presunción de inocencia del acusado, el derecho a la defensa en juicio y otras minucias.

Uno de los aspectos llamativos de la acusación es la figura del nepotismo que, si bien tuvo momentos estelares en el Poder Judicial, ofrece ejemplos resplandecientes en el Legislativo: los primos hermanos Filizzola en País Solidario y "mamá Acha y Bebé Acha", en Patria Querida, para no apuntar sino algunos de los más conocidos. O los hermanos Vera Bejarano, del PLRA. O los cuñados Osvaldo Domínguez y Edmundo Rolón, del Partido Colorado.

En fin, como decía Martín Fierro, "los hermanos sean unidos / sea esa la ley primera". Y agreguemos: los primos y los cuñados también. Al fin de cuentas, la yernocracia es una institución tan venerable que -si vamos a creer al historiador Marco Antonio Laconich- ya ten la raíces bien plantadas en la época de Martínez de Irala. Ya se hablaba entonces de la "yernocracia de Irala", así como en la década de 1950 sobró merecida fama la poderosa "yernada", bajo la sombra del entonces ministro del Interior Rigoberto Caballero.

 

 

TODO AL REVÉS

 

Para consuelo de los guaireños, el hábito de hacer las cosas al revés parece haberse convertido en un deporte nacional, que tiene el entusiasta respaldo de las multitudes. La lista de pruebas es larga e impresionante. Repasemos los ejemplos.

Tenemos el único arquero del mundo -José Luis Chilavert- que cimenta su fama como goleador. Después, lo que ya sabemos: que el aeropuerto de Ciudad del Este fue construido en Minga Guazú; que la ciudad de Ypacaraí no se encuentra sobre el lago del mismo nombre; que el aeropuerto internacional de Asunción se encuentra en Luque; que el cerro de Lambaré en Asunción, que la Universidad Nacional de Asunción en San Lorenzo.

Eso de que ocurran las cosas al revés pertenece al mundo de lo prodigioso, a los dominios de la magia. Por eso, deben ser analizadas con indulgencia y simpatía y someterse a sus reglas, para disfrutar de su sorprendente desfile de sorpresas. Algo así como la niña Alicia, cuando comenzó a recorrer el colorido País de las Maravillas.

Cada día se suman nuevos aportes que alimentan la fantasía nacional. Confirman que, como decía Alejo Carpentier, en América Latina la magia se encuentra en la realidad cotidiana. No hace falta ponerse a fantasear para que uno comience a tropezarse con los prodigios. Basta con observar lo que ocurre todos los días.

Una de las actitudes más difíciles del ser humano es la asunción de su propia identidad. Pero, con demasiada frecuencia, uno no quiere ser lo que es sino otra cosa: el mono no quiere ser mono, sino tigre; el tigre no quiere ser tigre, sino paloma; la paloma no quiere ser paloma, sino águila; el plomo no quiere ser plomo, sino simpático. El enano quiere ser basketbolista. Eso es natural y no debemos asustarnos.

Muchas veces, de tantas ganas que uno tiene de ser otra cosa, termina convenciéndose de ello. Por eso el mono comienza rugir, enfurecido; el tigre se pone a volar desde una azotea, la paloma se arroja sobre un conejo, para destrozarlo con sus garras de utilería. El plomo se pone a contar chistes de caciques, uno tras otro. El enano se pone a arrojar pelotas al cesto, con una camiseta que tiene estampada estas palabras: Michael Jordan.

Antes, el guaireño odiaba ser etiquetado como un sujeto que hace las cosas al revés. Hoy, animado de un sano sentimiento de identidad cultural, ha terminado por aceptar el marcante. Y se ha puesto a asumirla, como una bandera.

¿Por qué no podría serla, así como la terquedad del vasco, las habilidades comerciales del levantino o la cicatería del francés?

En una reciente reunión de gua'i, se hizo un venenoso repaso de las pruebas de esta afirmación. Algunas, ya clásicas: la estatua de Silvio Pettirossi, que mira al campo y da las espaldas a la ciudad; la estatua de la Libertad, que da la espalda a la catedral y mira a la cárcel; las puertas de ciertos sitios, que se abren hacia fuera.

Se podrían añadir los viejos carteles que dicen al automovilista: "conserve su derecha". En realidad, esto tiene una explicación histórica: la indicación proviene de la época en que -en el Paraguay- todavía se usaban los reglamentos de tránsito ingleses. Efectivamente, en Inglaterra, y en los países que todavía reconocen su influencia, se circula por la derecha, como ocurría a comienzos de siglo en nuestro país.

Pero a estos hechos, se han sumado otros, no menos interesantes. Por ejemplo, en la Plaza de los Héroes, unos leones de mármol -creo que ese es el material- apuntan la cola hacia la calle. Será, tal vez, una forma de expresar la opinión que les merecen transeúntes y automovilistas. Si es así, estamos ante una prueba de la libertad de expresión que practica el rey león. Y no ante una ubicación paradójica.

Hay más. Unos amigos músicos me han jurado que en Villarrica existe un sonidista sordocomo una tapia. Parecería algo imposible. Algo así como suponer un odontólogo sin manos, un oftalmólogo ciego o un ciclista sin piernas. Pero, contra las voces del escepticismo, el sonidista existe. Y hasta se lo considera un buen profesional, según me aseguran los informantes. Se las arregla con señas, al parecer positivamente.

La reunión terminó con una propuesta excepcional: una parrilla guaireña, con una característica que la distingue de las demás del Paraguay. En ésta, el carbón sube y baja, mientras permanece inmóvil la parte sobre la cual se deposita la carne. En todo el resto del Paraguay, el funcionamiento es al revés: la carne se mueve, mientras que el carbón queda en su sitio.

Creo, con entera buena fe, que la fiesta anual guaireña debería prodigar demostraciones de este extraño pero simpático rasgo cultural. Todo tendría que hacerse al revés: en las fiestas, el boleto debería pagarse al salir; los músicos, dar la espalda al público; el postre debe ser servido antes que el plato de fondo y concluir con un concurso cuyo ganador se lleve a la más fea de la fiesta. Sería la fiesta más original del Paraguay.

Veamos un ejemplo reciente. Hace poco, el presidente Wasmosy anunció que se iba a Suiza a someterse a una intervención quirúrgica: le sería extraída una vértebra que, según explicó, tiene de más. El viaje del presidente no podía ser más simbólico. Suizo era el doctor Rengger, a quien el doctor José Gaspar de Francia -el Supremo- le pidió que hiciese la autopsia de un paraguayo. Rengger debía buscar un hueso que nuestra raza tenía de más, en alguna parte del esqueleto. Ese ignoto hueso, barruntaba el Dictador, impedía a nuestros compatriotas hablar recio y mirar a los ojos de su interlocutor en vez de clavarlos en el suelo. Casi dos siglos después de aquella interrogación, un paraguayo viajará a Suiza para confirmar la sospecha del doctor Francia. No cabe otra explicación.

Con todas estas maravillas, ¿quién puede denostarnos a los guaireños? Nadie tiene derecho a molestarse. Ni siquiera cuando le cuente al lector que la cancha de paddle del Centro Guaireño fue inaugurada con un torneo de truco. Es lo menos que tenemos derecho a hacer.

 

 

 

 

 

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