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HELIO VERA

  ANTIPLOMO - Obras de HELIO VERA


ANTIPLOMO - Obras de HELIO VERA

ANTIPLOMO

Obras de HELIO VERA

 

 

EN EL PRINCIPIO FUE VERBO

 

La historia de la humanidad es la historia de la lucha contra la pesadez. Esta contienda tenaz, encarnizada y heroica, comenzó en el mismo instante en que el primer orangután se descolgó suavemente de los árboles, perdió el rabo y comenzó a caminar erguido sobre la superficie de la tierra. En una mano empuñaba una piedra, que lo mismo le servía para romper un coco o para espantar a las hienas; en la otra, un palo largo y puntiagudo con el que se rascaba la piel acribillada por los piojos. Sus gruñidos comenzaban a ser substituidos por torpes balbuceos que después se convertirían en palabras. Desde entonces, el homo sapiens vive bajo la opresión, el menoscabo, la tortura y el hostigamiento de los pesados. En esa lucha desigual, que ya dura insoportables milenios, casi siempre mordió el doloroso polvo de la derrota. Pocas veces el mezquino azar o la ciega temeridad le permitieron entonar el himno enronquecido de la victoria. ¿De qué estamos hablando? De ese aterrador alud de plomazos, malhumorados, pesados, antipáticos, pichados, agrios, coléricos, intratables, boludos, pelmazos, tilingos, secos, imbancables, iracundos, malavueltas, aburridos, esquinados, huraños, cabrones, resabiados, asténicos, pelotudos, cargosos, inaguantables, ceñudos, filos de sartén, insípidos, estreñidos, neuróticos, coñazos, odiosos, pendejos, tediosos, resentidos, inoportunos, monótonos, avinagrados, repelentes, insoportables y esquizofrénicos que se ocupan, como si fuese una irrenunciable misión sagrada, de complicarnos la vida y escamotearnos el aire, la luz, la paz y la alegría de vivir. Todos ellos constituyen el objeto de un conocimiento que, de adquirir rango científico, recibiría el pomposo nombre de Pesadología. ¿Cómo denominar a esta especie tan extensa como dañina? Cada pueblo inventa una palabra para denostarla y atraer sobre ella la repulsa colectiva. En el Brasil, al pesado lo llaman chato; En el Río de la Plata, y en buena parte de América, la denominación más usada es la de pesado o plomo. Pero no son las únicas. Existen, naturalmente, las variantes locales, que pueden ser infinitas. Por ejemplo, en Venezuela, la voz es ladilla. En el Paraguay se emplea una palabra muy curiosa: argel. Igual que en los demás países, argel es un estigma y como tal debemos tomarlo. Identifica a estas malignas alimañas y concita contra ellas el temor y la precaución. A PATA DE BUEN CABALLO Como las plantas y los animales, las palabras también tienen su genealogía, a veces con raíces venerables y remotas. Argel es un buen ejemplo de ello. Para comprenderla, debemos mirar hacia atrás y remontar la oscura corriente de los siglos. Retornemos a las guerras que libraron, durante siglos, los reyes católicos contra la España musulmana, para recuperar los territorios que ésta les había arrebatado. Fue entonces cuando los guerreros castellanos comenzaron a capturar los famosos caballos, pequeños y veloces, sobre los cuales los árabes habían invadido triunfalmente la península. Entre estos animales había algunos muy ariscos, que se complacían en arrojar al suelo a los jinetes desprevenidos. Los distinguía el color: eran de pelaje oscuro y tenían una o varias patas blancas. Fue apropiado llamarlos argeles, porque se suponía que su origen era el otro lado del estrecho de Gibraltar. ¿Cómo llegó la palabra al Paraguay? En los bergantines que el adelantado Pedro de Mendoza, desesperado por las llagas que le comían el cuerpo y por la miseria que le roía la bolsa, lanzó aguas arriba a explorar las desconocidas entrañas de América. Los que se embarcaron eran soldados de fortuna, marinos y aventureros. Fueron ellos los que comenzaron a masticar esta palabra reacia y maligna. En el itinerario, exploraron las aguas de un río al que llamaron el Mar Dulce, y se internaron después hacia el Norte remontando una corriente de aguas barrosas y pasos traicioneros. En el trayecto encontraron una bahía de aguas mansas, cubierta por una ondulante alfombra de camalotes. Bajo las hojas flotantes acechaban los caimanes, cuyos ojos brillaban rojos y siniestros a la luz de las fogatas nocturnas. En las colinas abundaba la caza. Los indígenas cultivaban la tierra, a la arrancaban la mandioca amarga, el poroto y el maíz. Era el sitio ideal para anclar los bergantines y cargar bastimentos para el largo trayecto posterior. En ese lugar, mirando hacia la bahía, los recién llegados construyeron un fuerte, apoyado sobre el barranco. Era el año 1537.

Aquel fuerte -hoy la ciudad de la Asunción- era una posta, nada más que una breve posta, en el largo y peligroso camino hacia el reino fabuloso de Candiré, que destellaba en oro y piedras preciosas. Hacia allá, remontando el río y luego contorneando el Chaco, se dirigieron varones intrépidos, llevados por la codicia y por la fe. Otros hombres, al mando de Francisco Pizarro, intentaban la misma hazaña, pero desde el Norte y por la vía marítima. Llegaron a destino y ganaron un imperio para su rey y para su religión. Los que insistieron en la búsqueda por el Río de la Plata, remontando el río Paraguay, no tuvieron éxito. Cada intento terminaba peor que el anterior. Maltrechos y desalentados, retornaban una y otra vez a Asunción para lamerse las heridas, reponerse de sus penurias y preparar la siguiente “entrada”. Cuando, al fin, llegaron al Alto Perú, encontraron con indígenas que hablaban castellano. No tuvieron más remedio que volver. Terminaron por afincarse en ese lugar, al que al comienzo habían creído mirar sólo de paso. Entre esos primeros pobladores del Paraguay predominaban andaluces y extremeños. A ellos deben los paraguayos la substitución del sonido che del guaraní precolombino por el sonido sibilante sh, que también conservan los chilenos (shilenos), pero en el castellano. Les deben también la introducción de la palabra argel, originalmente aplicada a algunos de los equinos que fueron la base de la población caballar paraguaya. Por extensión, la voz se aplicó a la gente de parecido carácter. EL ESCRUTINIO DE LOS DICCIONARIOS La Academia Paraguaya de la Lengua Española pugnó denodadamente por introducir esta acepción local en el Diccionario de la Academia. Tras muchas idas y venidas, y luego de rastrear cuidadosamente el pedigree andaluz de la palabra -aunque no de la argelería-, los académicos españoles aceptaron la incorporación. Así aparece hoy decorosamente instalada en la página 131 de la edición 1992 del voluminoso libro: «Argel (del árabe aryâl) adj. Dícese del caballo o yegua que solamente tiene blanco el pie derecho. Suele entenderse que es malo y que trae mala suerte a quien monta en él. 2. NE. Arg. y Par. Dícese del caballo mañoso y que se considera de mala suerte. 3. NE. Arg. y Par. Dícese de la persona que no tiene gracia ni inspira confianza”. Otro venerable diccionario -EL DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO DE LA LENGUA CASTELLANA, de la editora parisina de los hermanos Garnier, edición de 1895, con un añejamiento que roza el siglo-, nos entrega esta más precisa definición: “Argel. (del árabe archel). 1. Dícese del caballo o yegua que solamente tiene blanco el pie derecho. 2 (figur.) Desgraciado, poco afortunado. (acad.) 3. Cuatralvo. Caballo argel cuyos blancos son idénticos en los pies. 4. Trabado. Caballo que tiene blanco el pie derecho y la mano derecha. 5. Trastabado. caballo que tiene el pie derecho blanco y blanca la mano izquierda. 6. Tresalbo. Caballo cuyas dos manos son blancas y el pie derecho también”. Abonando la tesis del origen caballar de la palabra, se lee en el DICCIONARIO DE OCULTISMO, de Frederik Koning, lo siguiente: “Arzel: era un caballo que poseía una mancha blanca en la pata trasera derecha. Tal mancha era considerada como signo siniestro por el enemigo, durante la batalla”. No podía ser menos. Un argel trae mala suerte, atrae la calamidad. El antiquísimo diccionario de Covarrubias, editado en 1612, no contiene ninguna referencia al origen caballar de la pesadez. Pero al referirse a la ciudad de Argel dice que es “asaz conocida por el daño que de sus corsarios recibe toda la costa de España”. Estos corsarios argelinos habrán sido tan impopulares como la peste, hecho que puede despertar nuevas sugerencias en quienes rastrean las fuentes de la voz «argel». Conviene no olvidar que Covarrubias escribió el diccionario más o menos en la época en que comenzaba a tomar forma el castellano paraguayo. De modo que su polvoriento volumen es una pista excelente para hurgar en las raíces de nuestra lengua, esa obra social que -según define una fórmula clásica-, más que comunicación, es comunidad entre sus parlantes.

En germanía -ese rico idioma de los rufianes y ladrones españoles, versión peninsular del lunfardo- así se llamaba a la caja de préstamos. Es otra buena pista, digna de ser seguida. Es comprensible. Dudamos que nadie haya conocido nunca a ningún prestamista que fuese un dechado de simpatía, generosidad o sentimientos afectuosos. No son éstos los rasgo de personalidad que más se prestan al ejercicio de la usura. El huraño Harpagón, que se pasea en la comedia EL AVARO de Moliére, es suficiente prueba de ello. La cara de perro, la substitución del lenguaje por gruñidos intermitentes, la mirada de soslayo y la parquedad de gestos son habituales en quienes ejercen este oficio. La mezquindad y la desconfianza son inseparables de esta singular variedad de la raza humana. Y aquí una inevitable digresión sobre la cicatería, uno de los típicos rasgos del carácter de los usureros. Abu Utman Bahr al-Kinani al-Fuqaymi al-Basri, mejor llamado Al Yahiz (776-868), aclamado como uno de los creadores de prosa literaria árabe, le consagra su vívido y desenfadado LIBRO DE LOS AVAROS, el más rotundo alegato condenatorio que se haya escrito en ese sentido. Sin hablar de la magnífica “Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo: envidia, ingratitud, soberbia, avaricia”, con que se despachó nadie menos que Francisco de Quevedo. LA PALABRA ¿Qué vale más que la palabra? Horacio sabía muy bien la respuesta cuando decía: “no todo moriré, y mucha parte de mí/ escapará a la muerte”. Tenía razón. No fue él sino su palabra -ese instrumento filoso como una alfanje y tramposo como un eclipse- la que perduró sobre la tierra. Lo atestigua su CÁRMENES, que todavía se lee como modelo de belleza, concisión y economía del lenguaje. No fue un caso único. El imperio romano es hoy un montón de escombros melancólicos desperdigados en la cuenca del Mediterráneo, pero se sigue leyendo a sus juristas, filósofos y poetas. También así perduró la voz argel, un recuerdo del castellano -todavía envuelto en frecuentes contubernios con el árabe- de la conquista, agónico superviviente de una lengua que ha cambiado mucho desde entonces. La voz permanece cuando ya es polvo y olvido la pompa de quienes la hablaron, cuando son nada quienes la compraron con el oro o la humillaron con el hierro, cuando no quedan ni los huesos de quienes la ahogaron bajo la hiel amarga del insulto o el almíbar engañoso de los halagos. Nos queda, pues, la palabra. Ya salieron de la escena quienes la dejaron caer de la grupa de sus caballos, de lo alto de sus alminares, o de las doctas argumentaciones de sus alfaquíes. No es la única que evoca el esplendor de Al-Andaluz y los ocho siglos de dominación árabe en la península, bajo la advocación de Alá, el justo, el clemente, el misericordioso. Como ella, siguen habitando nuestra lengua otras centenares de voces que se fraguaron en aquel tiempo, en aquella región transparente. Aparte de ellas, no es mucho lo que queda de esa época luminosa: algunos palacios, ruinas en las que crece la hierba y el registro agónico del cante jondo. Y quizá la sangre nerviosa, mezclada con la de las oscuras caballadas ibéricas, de esos ágiles corceles africanos a los que jamás arredraba el estrépito de la batalla. LA CHATURA DEL PESADO.

En el Brasil, una palabra de certera eufonía define más o menos lo mismo: chato. Siempre estamos dentro del mundo animal, pero esta vez en uno de sus escalones menos honorables. En este caso designa a un pequeño habitante del mundo de la Entomología: el phthirius inguinalis. Presentémoslo. Se trata de un infame insecto de la populosa familia de los ácaros. Es -nos lo dice un autor- un insecto anopluro de dos milímetros de largo, casi redondo, aplastado, de color amarillento, ectoparásito del hombre. Se especializa en agredir con ferocidad la delicada y velluda región púbica del ser humano, sitio que en la mujer toma el nombre mítico de monte de Venus. La prefiere como su habitat, más que a cualquier otro sitio. Una vez instalado forma vastas colonias, ocupadas en reproducirse. Mientras tanto, se reproducen con admirable pasión. Sus miembros parecen dormitar plácidamente la mayor parte del tiempo, entregados al ocio estético, al cultivo de su elevado sentido de la sociabilidad y a la meditación trascendental. Esa calma es engañosa. No es otra cosa que una hábil maniobra diversionista cuyo objeto es distraer a su portador. En realidad, los ácaros sólo esperan el momento más inoportuno para atacar al unísono, con el entusiasmo salvaje de una ululante carga de caballería. No hay que dejarse engañar por su diminuto tamaño. Para compensarlo, la naturaleza dotó al chato de una aguda lanceta -aguja, pica, alabarda, estoque, florete, daga, puñal- con la que se empeña en feroces y repentinas estocadas contra la carnosa superficie que le sirve de morada y fuente de alimentación. La emplea con maestría, con audacia, con temeridad. Como lo hicieron en otros tiempos D´Artagnan, el Corsario Negro, Lagardére, Scaramouche o el Zorro1. La elección del instante de la ofensiva es clarividente y rehusa toda piedad. Generalmente la víctima se halla inerme, en el peor momento posible: el cortés anfitrión que invita a los adustos contertulios a servirse una copa de champaña en una recepción diplomática; el eminente cirujano que, bajo la enceguecedora luz del quirófano, se prepara para hundir el filoso escalpelo en un paciente adormilado por la anestesia; el emperifollado pretendiente que, tratando de demostrar sus buenos modales, entrega un ramo de flores a la suegra el día en que esta cumple años; la novia, vestida de blanco, que se dispone a dar el emocionado “sí” a su anhelante novio, ante el sacerdote. En ese preciso instante, en un punto cualquiera del pubis estalla un violento escozor que rápidamente se multiplica como un incendio. La víctima, reducida a la impotencia, sólo puede tragar el aullido de desesperación que golpea las puertas de su garganta. No puede hacer para defenderse. Bañada en sudor, se arruga sobre sí misma como una esponja exprimida. Al mismo tiempo, siente sobre sí las miradas inquisitoriales de sus demás, devorados por la curiosidad al ver un rostro desencajado que pasa, sin transición, de la lividez de un cadáver al hirviente rojo carmesí. Es espantoso. A merced del enemigo, ese momento infame le niega el más feroz y definitivo de sus anhelos: atacar con zarpazos febriles a sus diminutos agresores y luego despedazarlos con una vengativa fumigación. Es curioso. El guaraní, idioma nativo que supervive milagrosamente en el Paraguay, tiene una palabra con idéntica raíz que la del portugués contemporáneo: kype (ladilla). Quiere decir, literalmente hablando, “piojo chato” (ky = piojo; pe = chato), lo que prueba que el odiado ácaro también perseguía con idéntica saña a los antiguos pobladores de esta región del planeta. Y que el idílico mundo del “buen salvaje”, celebrado con candoroso entusiasmo por los optimistas filósofos de la Ilustración, también recibía los punzantes ataques de este agresivo y achatado piojo. Es curioso. En Venezuela volvemos a tropezar la misma identidad entre el pesado y el activo y tenebroso parásito. Allí, al pesado se lo llama ladilla. Y lo que este hace es, naturalmente, ladillar. No me ladilles, es una petición quejumbrosa, que generalmente cae en oídos sordos. El plomo seguirá ladillando sin conmoverse ante las súplicas. En Maracaibo, donde el castellano tiene majestuosos ecos coloniales, se diría: “No me ladilléis”. Pero siempre se evoca al mismo insecto, y a su nocivo y molesto y achatado oficio. El insecto ha hecho méritos suficientes. Puede ser instalado en uno de los cuarteles del escudo de la populosa raza de los pesados.

El lector suspirará aliviado cuando le garanticemos que este no es un tratado de filología. Es apenas un ensayo sobre el fenómeno de la pesadez humana. Todos estos comentarios preliminares tienen un solo propósito: advertir que utilizaremos indistintamente varias voces para designar al mismo fenómeno. Al fin de cuentas, tanto da decir chato como pelotudo, pesado, plomo, pendejo o argel. Todos son igualmente insufribles. Ninguno se salva de la quema. EL RETORNO DE LOS CRUZADOS Pero descubrir cómo nació una palabra no siempre es lo mismo que asomarse al hecho que ésta designa. Ni tampoco es una llave para descubrir causas, raíces y motivos. No aclara las preguntas fundamentales: ¿Por qué hay pesados sobre la tierra? ¿De dónde salen? ¿Qué oscuros designios los empujan contra sus congéneres? Y es aquí donde comienza una polémica infernal que, a lo largo de los siglos, ha movilizado a científicos de todas las naciones. Disputan con ardor sociólogos, antropólogos, biólogos, psicólogos y astrólogos de todo el orbe. Esfuerzo constante, pero que solo ha obtenido éxitos parciales. Hasta hoy nadie ha podido arrojar luz sobre el asunto. El interés científico es explicable. Es que la pesadez es un fenómeno apasionante: letal, como el veneno de una cobra; omnipresente, como el ojo divino; tramposa, como un tahúr perfumado. Pero, mientras la polémica inunda los severos cenáculos académicos, el problema sigue en pie. Y el enjambre ponzoñoso mantiene la presión sobre el homo sapiens, tan débil e indefenso que fácilmente llega a desesperar de su destino sobre la tierra. Ese universal sentimiento de angustia se refleja en buena parte de la literatura y de las artes plásticas. Hecho que hizo reflexionar a un filósofo del célebre Círculo de Viena que la impunidad de la pesadez es una de las verdaderas causas de la reflexión metafísica. En última instancia -se apenó-, este es el único problema genuinamente filosófico. Con los plomos no se convive: se los padece. Así también ocurre con la sarna, las almorranas y la uña encarnada. Por otra parte, no puede decirse que el hombre no haya intentado detenerlos. La historia registra iniciativas estupendas, pero que no han logrado sino éxitos limitados. Cosa curiosa, la civilización contemporánea, con sus portentosos recursos, ha sido en ello menos eficaz que las antiguas. Antes, suprimir a un pesado era cosa fácil. A una señal, se le cortaba el cuello. O se lo colgaba de una soga. O se lo sumergía en aceite hirviendo. Pero en esta época que dice preferir los medios pacíficos, la persuasión, el diálogo y la transacción, es imposible aplicar dichas medidas profilácticas. Y, sin embargo -paradoja de paradojas-, es la civilización contemporánea la que ha desarrollado las únicas medidas que podrían ser realmente efectivas: bombardeo nuclear, DDT, rayos láser, guerra bacteriológica, ataques aéreos con productos químicos, fumigaciones desde el aire, destierros a lugares inhóspitos y desérticos. Hitler demostró lo eficaz que puede ser la organización administrativa moderna al servicio de la eliminación masiva de seres humanos. Lamentablemente, puso estos recursos al servicio de una incontrolable paranoia que no fue otra cosa, técnicamente hablando, que una de las formas más peligrosas de la pesadez. Angustiado, el género humano sigue esperando con confiada paciencia. Con una ingenua fe que todos los fracasos no han podido debilitar, todavía cree -sospecho que sin ningún motivo racional- que pronto llegará la cruzada que lo liberará para siempre de esta amenaza que desafía al frágil orden cósmico. Un movimiento universal, llameante de fervor, dispuesto a cualquier sacrificio con tal de devolver al género humano la ternura, la paz y el optimismo que reinaban en el perdido Paraíso Terrenal. Por algo se dice que la esperanza es lo último que se pierde.

 

1.- Quizá una comparación más apropiada sería con un regimiento de Lanceros de Bengala, con los lanceros indios de la pampa argentina, con los llaneros del venezolano Páez o del asturiano José Tomás Boves. Todos conocidos por la intrépida ferocidad de sus cargas.

 

 

PESADO ABSOLUTO: ¿PARADIGMA O PESADILLA?

 

En estas cosas no se puede improvisar. Para entrar en tema, hay que hacerlo con claridad, sin vacilaciones, con indomable exactitud. Pero hay algo que debemos aclarar. La ciencia exige el culto del método, ese conjunto de maneras y procedimientos que introduce el orden aun en la locura y el delirio. El rigor científico exige precisiones y clasificaciones. Y también pruebas, demostraciones y comparaciones. En el capítulo anterior hemos satisfecho el primer requisito exigido por la ciencia: la definición. Ahora debemos clasificar. No es nada fácil. Necesitamos una exacta taxonomía que incluya todas las variedades, órdenes, familias, géneros, especies y subespecies de esta peculiar alimaña de la creación. La taxonomía nos propone una primera bifurcación: la que existe entre los pesados absolutos y los relativos. Son otros tantos caminos que permiten adentrarnos en el peligroso territorio de la pesadez. Tenemos, pues, un resplandeciente punto de partida. Es como tener a mano la brújula marina, cuya temblorosa rosa de los vientos nos orienta en medio de una noche de tormenta. Con ella ingresaremos a este fascinante territorio. Pero debemos anticipar que, durante el atormentado itinerario, tropezaremos con algunas regiones todavía sumidas en la densa oscuridad. Zonas tortuosas y desconocidas, huérfanas de mapas y catálogos, sin itinerarios para turistas ni carreteras señalizadas. Hace falta aclarar algo que es previo. La anterior distinción parte de un supuesto muy discutido: la propia existencia del pesado absoluto. Una larga y furiosa polémica existe alrededor de esta cuestión. Por eso ella está lejos de suscitar la silenciosa unanimidad que hoy tienen la ley de la gravedad, la circulación sanguínea, los movimientos de rotación y traslación del globo, la redondez de la tierra y la evolución de las especies. Por eso, la existencia del pesado absoluto concita tantas dudas y suspicacias como el abominable yeti, el monstruo del lago Ness, las amazonas, los hombres-vampiros de Transilvania y los extraterrestres. Como los coloridos trasgos, gnomos, sirenas, dragones, unicornios, basiliscos, serpientes marinas, grifos y lobisones pacientemente pintados por los monjes medievales en coloridos bestiarios. Se hablaba -se habla- de todos ellos, pero nadie los ha visto. No se ha documentado su existencia con pruebas irrefutables. Las presentadas por supuestos testigos que vivieron en esas época oscuras no son convincentes, y no han logrado persuadir a las luminarias de la ciencia. Por eso muchos -casi todos- postulan que el pesado absoluto es una fábula para niños, un ingenuo cuento tártaro. Sería, desde luego, más tranquilizador saber que es sólo un inocente ejercicio de fabulación. En realidad, espanta el sólo imaginarlo. Estremece suponer esta sombra siniestra planeando amenazadoramente en medio de nuestras pesadillas: El protopesado, el pesado de los pesados (argel de argeles, chato de los chatos, coñazo de los coñazos; en suma, el plomo insigne), líder máximo de los pesados1, jefe de la escuadrilla, santón, gurú, almirante de la flota, totem, califa, capitán general, imán, sumo pontífice, emir, cacique, primer ministro, condottiero, adalid, sultán, cabecilla, chaman, elefante blanco, sheriff, dalai lama, jeque, capomaffioso. Mientras tanto, el lector puede reflexionar sobre el paradigma del plomo total, a través de un especialista internacional, consultor de las Naciones Unidas en Pesadología. “El chatanás - así lo lo llama certeramente Guilherme de Figueiredo en su TRATADO GERAL DOS CHATOS- es incurable, irremediable, irrecuperable, irreversible, inevitable, inenarrable, retroactivo, infinito, indiscutible, indivisible, implacable e inmortal”.

TIPOS IDEALES: MALÍSIMOS TIPOS Resistiré a la desmesurada tentación de intervenir en esta barullenta polémica, que ya tiene varios años de existencia. Nuestra vara para medir este fascinante asunto es el anhelo de la perfección, meta eterna del género humano. Necesitamos del pesado absoluto como un paradigma, como un modelo abstracto de comparación. Así ocurrió siempre. Los cultivadores de flores postulan la misteriosa rosa negra; los alquimistas, la piedra filosofal. Los teólogos necesitan del demonio, azufrosa síntesis de todo mal, pero categoría necesaria para apreciar los destellos del bien. Si no existiera el vicio, no se podría admirar a la virtud2. Por eso, y sólo por razones metodológicas, deberé aceptar la existencia del pesado absoluto. Será un punto de partida de esta prometedora investigación. Otra corriente, enrolada en un razonado eclecticismo, acepta su existencia, pero con la misma desolada resignación con que se aceptan las arañas, los escorpiones, las serpientes venenosas, los tiburones y las pirañas. Pero sus expositores añaden un corolario tranquilizador: el pesado absoluto sería simplemente una rareza estadística dentro del género del homo sapiens. Algo así como el albino, resultado de un defecto en la pigmentación; el hemofílico, castigado por los ignotos mecanismos de la herencia; el individuo manchado por la inofensiva aunque vistosa lepra blanca. Max Weber (1869-1924) llega resueltamente en nuestra ayuda con su método de los tipos ideales, que tiene el único propósito de ayudar al refinamiento del análisis. El tipo ideal es exactamente eso: un ideal. No existe en la realidad sino en la minuciosa mente analítica del investigador. Si aceptamos el método de Weber, postularemos el tipo ideal sólo para comparar. Con él, podremos examinar a individuos que, si bien no poseen todos los rasgos exigidos por el tipo ideal, se hallan nítidamente marcados por buena parte de ellos. En resumen, concebir al tipo ideal es sólo una divertida invención, un truco científico que sólo sirve para hacer comparaciones. Tranquilicémonos. No existen el traidor absoluto, el temerario absoluto, el cobarde absoluto, el badulaque absoluto, el mentiroso absoluto, el bribón absoluto, el genio absoluto. Y, desde luego, tampoco el tenebroso pesado absoluto. Son elaboraciones de la mente. Nada más que eso: ideales. Podemos dormir tranquilos.

Uno contra todos. Otra posible clasificación, de gran utilidad aunque lamentablemente abandonada, proviene de una escuela de juristas de la época del emperador Caracalla. Se atribuye su invención al prestigioso aunque excéntrico pretor Paulo Tercius, quien había avizorado la amenaza que algunos personajes insociables representaban para el orden político, el equilibrio cósmico, la serenidad del clima y la regularidad de las cosechas. Pues bien, fue este brillante jurista quien creó la división entre pesados erga omnes o erga personam, según fuesen hostiles a la totalidad de los seres humanos o, por el contrario, concentrasen su fluido maléfico contra grupos o individuos determinados. Es el caso de Demóstenes contra Filipo de Macedonia; el de Hitler contra los judíos; el de Cicerón contra Catilina; el de Catón contra los cartagineses. O el de aquel emperador que odiaba tanto a los romanos que quería que tuviesen una sóla cabeza, para poder cortarla de un único y definitivo tajo. Aquí se aplica también lo que ya teníamos dicho sobre la pesadez absoluta y la relativa. La conclusión llega con naturalidad. Es imposible concebir a un pesado erga omnes, salvo como un ejemplo del tipo ideal weberiano. Solo puede existir como una abstracción, como el delirio de una mente afiebrada. Por eso podemos recuperar la calma. Ya sabemos que, por suerte, semejante monstruo no existe sino como paradigma.

 

 

ARQUEOTIPOS: MODELOS PARA ARMAR

 

En este capítulo presentamos una galería de arquetipos de la pesadez. Su reunión ha sido posible gracias a sucesivas y pacientes encuestas, en las que fueron desplegadas todas las técnicas de exploración de la conciencia y de la subconsciencia humanas. Cada ejemplar de este Museo del Horror constituye un tipo puro, un animal de pedigree, un bicho de raza. La lista no es completa ni podrá serlo nunca, porque las formas de la pesadez son infinitas como las estrellas. Además, continuamente aparecen tipos nuevos, catapultados por la tecnología y la renovación de las ideas. El lector podrá disponer de los paradigmas de este capítulo para confrontarlos libremente con situaciones cotidianas y con personas que conoce. Previamente, deberá superar la tentación de encontrar a estos ejemplares en estado químicamente puro. Como tales, no existen en la vida cotidiana. Sólo pululan en el mundo de las abstracciones, en las profundidades de la caverna de Platón. Por eso, la lista que proponemos seguidamente es solo de tipos puros o simples. Los que existen en la vida real son los tipos compuestos, resultado de cruces e hibridaciones. Reúnen rasgos que pertenecen a distintas variedades y, por eso, a menudo parecen verdaderos catálogos de las más odiosas formas de pesadez. Tras estas aclaraciones, podemos leer la lista con las necesarias prevenciones metodológicas. Y ahora, alcemos el telón. Damas y caballeros, aplaudan a nuestras estrellas: 1. Ventosa o sanguijuela. Siglos de evolución y selección natural le dotaron de la habilidad de aferrarse, con la fuerza de un nudo marinero o de una soldadura autógena, a quien tiene poder económico o político. Su ecosistema favorito es el entorno de los capos. Es allí donde debe buscarse a este bicho tenaz, dotado por la naturaleza con las habilidades reunidas de la garrapata, la ladilla, la sanguijuela y la tenia saginata. Búsquese un capo y se verá a uno, rondando alrededor, con el aire de quien está cumpliendo una misión importante. Actúa exactamente igual que los peces que acompañan a los tiburones y los pájaros que se encuentran sobre los hipopótamos. El humorismo brasileño le consagró esta lapidaria expresión: papagaio do pirata, porque se comporta como el loro parlanchín que descansa sobre el hombro del marino. Ha desarrollado la capacidad del mimetismo, que le permite adaptarse a cualquier circunstancia cambiante. Por eso es que, según la época, suele verse al mismo loro sobre piratas distintos. La ciencia ha encontrado un único modo de combatirlo: la substitución del loro por otro loro. 2. Dactiloscópico. La generosa naturaleza le obsequió con un dedo índice, agudo como una daga, con el que se complace en clavar furiosamente a su interlocutor, para subrayar lo que le va diciendo. Su puntería es impresionante. Encuentra a ciegas el sitio más desguarnecido entre las costillas, los muslos o el bajo vientre. Tiene en eso la habilidad de D'Artagnan, de Enrique de Lagardére, del Corsario Negro. Si la guardia es muy cerrada, atacará fieramente la musculatura del brazo, más expuesta a sus certeras estocadas. En estos casos, ellas serán precedidas de fintas y rodeos. Luego de debilitar y desconcertar a la defensa, el índice se clavará, recto como una flecha, agudo como un estilete, en el sitio en el que producirá más devastadores efectos. Se ha probado desalentarlo, sin éxito, con trampas para ratones, pero los resultados no han sido brillantes. Casi siempre ha sabido eludirlas mediante sus dotes de esgrimista. De todos modos, las estadísticas ofrecen una esperanza de 25 por ciento. 3. El lince de la pelusa. Provisto de una vista de lince, se precipita desde lejos para sacarle a manotazos la minúscula pelusa que se había instalado sobre el hombro del saco de uno. O la corta hilacha que asoma de la bocamanga del pantalón o del sweter que acaba de comprar. El le despojará de estas molestias de un certero tirón, sin arredrarse ante la posibilidad de deshilacharle el pantalón hasta dejarlo en calzoncillos. O de despojarlo del abrigado sweter en un día de furioso frío invernal. Otra opción es la de apretarle el nudo de la corbata, con tal fuerza que uno sentirá que está siendo estrangulado. El autor siente particular repugnancia hacia el cazador de barritos. Desde cien metros de distancia, advierte, en un rostro ajeno, un leve promontorio que ofende su implacable concepto de la estética. Desde allí emprenderá una carrera y, cuando se encuentre a centímetros de su víctima, tritutará el barrito, sin previo aviso, con un diestro y certero golpe de uñas. En este caso, la causística ha mostrado mejores resultados en el empleo de trampas para ratones. 4. Obsesivo o monotemático1. Su pesadez tiene un único, fundamental e insustituible tema. Todo esfuerzo para apartarlo de él es absolutamente inútil. Volverá al asunto que le interesa, el único con relevancia moral, metafísica, política, astronómica, biológica, matemática y sociológica, en todo el universo. Generalmente se trata de algo que sólo es valioso para él y que sólo lo abandonará por muerte -suya o de su interlocutor-, agresión o fuga despavorida de quienes lo rodean. La variedad de los monotemas es incontable. Pueden consistir en fobias incontrolables contra la Iglesia, la privatización, la policía, el capitalismo, los masones, los anarquistas, los anticonceptivos y el rock and roll. O en amores delirantes a la filatelia, las bochas, la cetrería, los perros de raza o los gatos callejeros, el fútbol, la política interna de su partido, los automóviles o las riñas de gallos. Pruebe usted a apartar al obsesivo de su blanco, con un candoroso comentario sobre el estado del tiempo, luego de una hora de escuchar sus aburridas disquisiciones. Recibirá la misma mirada de horror y desprecio con la que un infiel sería recibido en La Meca, en la hora en la que el muecín llama a la oración. Los ejemplos abundan en la historia. El mejor de ellos es el de Catón, con su biliosa fobia contra Cartago. En la literatura hay centenares de paradigmas. Recordemos uno: el capitán Ahab, fanático perseguidor de la ballena Moby Dick, de la novela de Melville. Se intentado, sin éxito, reducir la intensidad de su pesadez mediante el empleo del psicoanálisis, electroshocks, cocteles de drogas y sesiones de hipnosis. Al final, al género humano no le quedan sino los métodos arcaicos de defensa: guillotina, fusilamientos, silla eléctrica y cámara de gas.

5. Poluyente. Este espécimen considera que, para rubricar lo que está diciendo, debe aproximar su cara a un centímetro de la de su interlocutor. Variedades especialmente nocivas son las afectadas por halitosis; los que creen que el ajo es el único condimento que existe sobre la tierra; los que proclaman que el empleo de desodorantes es una cobarde claudicación ante la sociedad de consumo; el fumador que arroja nubes de humo a la cara de su interlocutor; el que sacude olímpicamente el cigarrillo sin preocuparse de que las cenizas caigan sobre la alfombra persa que usted acaba de comprar en cuotas; el que, agobiado por la resaca de la infernal jarana de la noche anterior, arroja impúdicamente incendiarias bocanadas de aliento etílico a sus compañeros de oficina. Suelen ser eficaces para contrarrestarlo las hojas de ruda, las ristras de ajo y el trébol de cuatro hojas, distriuidos estratégicamente en los espacios en que actúan estas alimañas. 6. Cacatúa. Habla por horas, como un torrente incontenible, sin detenerse, sin dejar un hueco para que el otro tenga tiempo de arriesgar siquiera un tímido pretexto para huir despavorido. Una subvariedad es la del modelo Graham Bell, cuyo medio de tortura es la línea telefónica. Dicen los especialistas que cuando la logorrea es telefónica, la defensa es relativamente más fácil. El cacatúa no se dará cuenta de que usted ha dejado el tubo sobre el escritorio y se está dedicando tranquilamente a realizar sus tareas: bañarse, afeitarse, hacer un poco de gimnasia calisténica, dar agua al canario y controlar el tiempo de cocción de un pollo que dejó en el horno. Bastará con que retorne cada media hora para musitar un escueto ¡Qué bien!, ¿En serio che?, ¡No me digas!, o un simple carraspeo para indicar que todavía está vivo. El cacatúa ni se dará cuenta. Fumigaciones con DDT y “Agente Naranja” han probado ser efectivas para acallar al Cacatúa, si es que se acierta con la dosis necesaria. 7. Cacatúa visitante. Debe añadirse una subvariedad especialmente desagradable del modelo Cacatúa: el que cae en una especie de trance hipnótico cuando ve un aparato telefónico sobre el escritorio de su anfitrión. En seguida se arrojará sobre el tubo con la desesperación del náufrago que encuentra un salvavidas en medio del mar, en una lúgubre noche de tormenta. Hará cinco o seis llamadas, por los motivos más fútiles: preguntarle a la patrona si compró los chorizos para el asado de mañana; consulta con un compadre si irán juntos el domingo -todavía faltan cuatro días- al estadio de Fútbol, todo ello amenizado con comentarios sobre la inclusión o eliminación de tal o cual jugador; pregunta a un amigo sobre el último retumbante chisme de la barra: la ruidosa cornificación del flaco Ramón, la intervención quirúrgica mediante la cual le extirparon una uña encarnada al compadre Quique y cómo terminó la telenovela brasileña que pasan por el 13. Las llamadas se realizarán, como es natural, sin solución de continuidad. Mientras, usted caerá en la desesperación al contar los minutos de charla insulsa que la empresa telefónica le facturará sin el menor ápice de piedad cristiana. Una pata de conejo o una herradura atadas al tubo telefónico pueden producir excelentes resultados para ahuyentar a este desagradable bicho. Los cronistas de la Edad Media mencionan como eficaces para combatirlo los talismanes que contienen barras de alcanfor y plumas de lechuza. 8. El llamador. Una variedad de plomos especialmente desagradable es el llamador. Se especializa en intervenir, sin que lo llamen, en los programas periodísticos de las emisoras de radio. El oyente habitual de estos programas conoce de memoria las voces de estas alimañas poluyentes del éter. Sus intervenciones no aportan nada, no esclarecen nada, no informan nada. Se limitan a navegar en un mar de vaguedades, o a recitar un pesadísimo libreto monotemático. En muchos países, la generalización del “micrófono abierto” fue como el fertilizante que se arroja sobre un campo de cultivo: inmediatamente brotaron centenares de locutores y analistas “amateurs”. A estos aficionados se les agregaron los “llamadores profesionales”. Es decir, los que cobran para apoyar a alguien o para denostarlo. Se supone que abrumar un programa periodística con intervenciones orquestadas, puede crear la falsa impresión de que existe un clima determinado en la opinión pública. Lo único que se consigue es levantar una humareda de bronca contra los llamadores y sus patrones. Su sistema inmunológico es pétreo, broncíneo, hercúleo, acerado y férreo. Pese a ello, algún éxito prometedor se ha logrado con shamanes y mentalistas, capaces de actuar a distancia. 9. Pirómano. Se especializa en almacenar información descalificatoria de la vida de los demás. El pirómano pone en este empeño la meticulosidad de una archivero. La usará en el momento oportuno para armar una fogata donde será quemada su víctima. Tiene el certero registro de una borrachera escandalosa en una despedida de solteros que se realizó hace veinte años; la vez en que, tratando de hacerse el gallito con un enano, recibió una golpiza fenomenal, porque éste resultó ser un boxeador de peso mosca; la catástrofe que ocurrió cuando, tras mucho asediar a una rubia escultural, descubrió que uno se estaba besuqueando con un travesti; el coscorrón que le propinó el maestro del cuarto grado porque le robó los lápices de colores a la compañerita de banco; aquella vez (que se quiere sepultar para siempre), en que uno vomitó sobre la alfombra nueva de la suegra. Armado con semejante archivo, el pirómano añade una peligrosa habilidad adicional: la paciencia de esperar el momento más inoportuno -en el peor lugar y ante las personas menos indicadas- para dirigir el lanzallamas sobre usted y convertirlo en una tea inextinguible. Se ha ensayado distintas combinaciones de veneno para suprimirlo, para la naturaleza le dotado de un olfato casi infalible para advertir la presencia de sustancias nocivas en el ambiente. Desgraciadamente, la mortandad ha sido hasta ahora muy escasa. 10. Inoportuno (vulgo metepata). Una subvariedad del pirómano es el metepata. Hay entre ambos una diferencia esencial: aquel disfruta del incendio como un loco mientras que el metepata no tiene noción de que está cometiendo una pendejada. Es un ingenuo o un despistado, pero carece de malas intenciones. Es más un estúpido que un malvado. Generalmente, ni siquiera advierte la consecuencia directa del disparate que está cometiendo. Hasta suele apenarse sinceramente de las consecuencias explosivas de su torpeza. Incluso se entristece sinceramente cuando, como consecuencia de sus torpeza, alguien se hizo trizas al estallar la bomba que acababa de arrojarle. Pero el arrepentimiento ya no puede borrar los efectos de la explosión. Los métodos de defensa contra este espécimen son los mismos que los utilizados contra el anterior. Es decir, poco halagüeños. 11. Garganta profunda. Estamos aquí ante el conocido y peligroso “estómago resfriado”. Ninguna confidencia quedará a salvo en su memoria, ningún secreto conservará ese carácter si llega a sus oídos. El “garganta profunda” padece de incontinencia verbal, así como los ancianos decrépitos suelen ser acosados por la incontinencia urinaria. Su mayor preocupación es encontrar un interlocutor a quien transferirle toda la información que le han confiado. No lo detendrá la soledad ni la distancia. Cualquier medio es bueno para la difusión: desde el tam-tam y las señales de humo hasta el correo electrónico y los satélites. Dosis masivas de purgantes disimulados en barras de chocolate han mostrado gran eficacia para tener fuera de circulación a un “garganta profunda”, pero por poco tiempo.

12. El censor. Asume como una misión celestial el trabajo de encarar a los demás con sus propios defectos. Dios le dotó de un olfato infalible para descubrir las vulnerabilidades de los demás, y una paciencia de enano para acopiar información sobre fracasos y frustraciones ajenos. Es el que le explica concienzudamente a uno todos los motivos por los cuales es un fracasado en la vida; por qué sus hijos no quieren ni siquiera saludarlo; por qué la esposa le puso los cuernos con el lechero; por qué está condenado a que todos sus negocios terminen en la quiebra y, desde luego, por qué la gente no le da ni la hora. Una subvariedad especialmente nociva es la del que acumula todas las cosas malas -generalmente ciertas- que los demás dicen de uno, para arrojárselas a la cara con infinito placer, disimulado a veces bajo el maquillaje de la solidaridad y de la condolencia. Para mantenerlo lejos, es conveniente que la víctima potencial cuelgue ristras de ajo y ramas de ruda macho en las paredes externas de su casa u oficina 13. Subliminal. Nadie sabe por qué (ni siquiera él), pero, pese a sus modales corteses o a su reconocida honorabilidad, su aparición es siempre recibida con una indefinible sensación de desagrado. De una manera sutil pero intensa, emana de él un fluido maléfico capaz de arruinar la vida de todo aquel que cometa la imprudencia de acercarse a un kilómetro a la redonda. Se le atribuyen el ojeo, los encantamientos, las jaquecas inexplicables, las piedras que caen sobre los tejados, las tormentas de verano y el corte de la leche o de la mayonesa. Según la tradición, sólo puede ser neutralizado con oraciones y talismanes. Entre estos últimos, la leyenda consagra al pedernal y a la piedra del sapo, que se vuelve azul cuando pasa cerca un plomazo de esta estirpe. 14. Pur sang o de pedigree. Azota a su interlocutor con su árbol genealógico, revestido de glorias retumbantes, reales o inventadas. Sus ascendientes son todos estadistas, héroes de la patria, genios de la ciencia y de las artes o caballeros pundonorosos. Por supuesto, olvidará a todos los atorrantes, borrachos, adulones, logreros y ladrones de gallinas que constituyen la inmensa mayoría de sus antepasados. Algunos, muy peligrosos, han colgado de la sala un escudo nobiliario comprado por correspondencia, cuya imagen ha sido estampada en todas las piezas del juego de vajillas. En las mujeres, este tipo se caracteriza por cierta manera de enarbolar la nariz. La dirige hacia el ignoto espacio exterior como si quisiese separarla para siempre de la prosaica tierra, repleta de emanaciones repelentes. Incluyendo, por supuesto, las que provienen de las personas que la rodean. Estamos ante un plomazo casi inofensivo, que puede ser tenido a raya con métodos convencionales: tocar madera o cruzar los dedos. Una fumigación con esencia de áloe puede ayudar. 15. Autobombo. Toda conversación se sustenta sobre un único, resplandeciente y pesadísimo tema: él mismo. Y, naturalmente, sobre sus ideas, sus proyectos, sus éxitos, sus mujeres (o sus hombres, según el caso), los chiches que acaba de comprar para la estantería de su casa; las personas a la que "puso en su lugar", cantándoles las cuarenta en sus propias barbas; las alabanzas que recibió la semana pasada de un grupo de desconocidos, pero a los cuales había llegado el eco de su fama; el asado que comió en la casa del general dueño de la situación; la gran cantidad de gente importante que lo considera el más talentoso de todos los miembros de la entidad a la que pertenece; la lluvia de elogios que recibió en la última recepción diplomática por sus recientes declaraciones a la prensa; los altos cargos que los capos del gobierno se empeñan en entregarle y que lo sumen en hondas dudas porque no sabe con cuál quedarse; la afirmación unánime de que es el único capacitado para llegar a la presidencia del club y no el palurdo que fue elegido por la plebe ignorante. Aquí tenemos a un ejemplar casi invulnerable. Para combatirlo se sugiere hacerle ingerir una pócima sobre la base del estramonio puede producir excelentes resultados, siempre y cuando sea preparada bajo el influjo de la luna exacta. 16. El influyente. Se complace en desplegar ante uno, que no conoce personalmente a ningún jerarca, la interminable lista de sus amigos capos, altos capitostes del gobierno, empresarios de nota, artistas famosos, bellezas de calendario, modelos deslumbrantes, cirujanos de moda o abogados escandalosos, generales de alto coturno, ministros, magnates. Su conversación parece una versión oral de esa quintaesencia de la pavada que es la revista “Hola”. Basta que abra la boca para que el pesado influyente comience a enumerar la galería de celebridades que forman parte de su intimidad. Por ser muy parecido al anterior, se le aplica la misma metodología. 17. Monosilábico. Se distingue por expresarse exclusivamente con cavernosos monosílabos, a veces rubricados por gruñidos, señas y otros precarios signos de la comunicación. En determinadas circunstancias, los monosílabos se reducen directamente a sonidos sibilantes apenas audibles: gruñidos, ronquidos, bostezos, carraspeos, toses, semisonrisas en un costado de la boca. Esta especie abunda en la función pública, sobre todo en las secciones encargadas de la atención a la gente. Dadas sus especiales características, es muy dificil combatir a esta alimaña. Ella no se conmoverá ni aunque se le arroje una nube de gas hilarante. Tampoco ha dado resultados la administración de dosis masivas de Pentotal, droga concebida para desatar la lengua de los prisioneros. La literatura medieval concede mayor crédito a los talismanes elaborados con cálculos biliares de hienas y cocodrilos. 18. Invulnerable. Los músculos de la cara parecen haberse petrificado. Nada le resulta simpático. Ni las películas del Gordo y el Flaco, ni los sketchs de los hermanos Marx, ni la serie de los Tres Chiflados, ni la cara acaballada de Fernandel, ni los chistes de enanos, de elefantes o de indios. Ni siquiera las caricias de una pluma en la planta del pie le arrancarán un remedo de sonrisa. Es, metafóricamente hablando, una piedra blindada. Este tipo abunda entre los estreñidos, los que sufren de hemorroides, los asténicos y los que se creen iluminados por Dios. En casos desesperados, se puede repetir la palabra mágica Akla -viene del hebreo aieth kadal leolam adonai: (el señor es grande para toda la eternidad)- que nos llega de la tradición cabalística, y tiene la virtud de anular los casos extremos de influencias demoníacas.

19. El confidencial. Pretende conocer todos los secretos de las altas esferas. Asegura saber todo, mediante fuentes supuestamente infalibles. Por ejemplo, quién es la amante de tal o cuál ministro; cuánto le pagaron a un juez para comprar la sentencia que puso fin a uno pleito retumbante; qué le dijo, en el más estricto secreto, el presidente República al correligionario Ignacio Méndez; quién es el alto funcionario que será declarado cesante la próxima semana; en qué negociado andan el ministro Fulano y el General Mengano y quién se los enrostró, con patriótica furia, porque no fue invitado al reparto; quién va a ser nombrado miembro del gabinete; cuánto cuesta el alquiler del lujoso departamento que el capo Zutano le puso a su amada secreta. Por supuesto, cuando le cuenta a usted estos detalles, le formula la advertencia ritual: “A vos nomás te cuento. Y por favor, no lo repitas a nadie”. Se lo equipara a los descriptos en los números 15 y 16. 20. Hipocondríaco. Sólo habla de sus estremecedores problemas, que siempre son largos e insolubles. Cuando los agota, repasa los que acogotan a los demás. Es poseedor de un catálogo interminable de males, calamidades propias y familiares. Sabe de memoria las mujeres que quedaron en la ruina luego de la muerte atroz de sus esposos, los huérfanos dejados en la cochina calle, los sobrinos que nacieron con un pie de más, la amiga que quedó en la miseria luego de la muerte del generoso marido, el niño que fue atropellado por un ómnibus. A falta de males propios o de su entorno de amigos o parientes, acude a los periódicos y a la televisión que ofrecen diariamente, a precios médicos, un espeluznante archivo de catástrofes personales. Se han logrado interesantes éxitos de apaciguamiento con enemas de chile, ajo, pimienta y limón. 21. Todólogo. Su sabiduría es enciclopédica y abarca todo el saber humano. Nada lo sorprenderá. ¿Habla usted de Sartre? Le recitará un trozo de A PUERTA CERRADA. ¿Viajará usted a Estados Unidos? Le comentará sobre las compras que hizo en una exclusiva boutique de Nueva York. ¿Comentó lo sabroso que fue un biftec de ternera en el restaurante tal o cual? El, que es mejor cocinero que el chef del Maxim´s, pronunciará una conferencia a su interlocutor sobre las cuarenta y cinco variedades del bife de ternera y los precios de este plato en Afganistán, Ruanda y Mozambique. ¿La teoría de la relatividad? Jugó al pócker con Einstein. ¿Indigenismo? Tiene un compadre cacique, que le enseñó la lengua de los comanches. Esta especie abunda entre los parlamentarios y entre los periodistas, funciones desde las que el todólogo proyecta su nociva influencia en la sociedad. El único método con el cual se ha podido acallarlo es atándole un bozal a la cabeza. 22. Tutankamóniko. Se puede llegar a esta variedad luego de haber sobrepasado los 75 años. Es lo contrario de la imagen de la placidez y bondad que suele caracterizar a la tercera edad. No le gusta nada y protesta por todo. En vez del papel del abuelo bonachón, que soborna a los nietos con bombones y caramelos, elige la imagen adusta del gruñón insoportable. Desde su sarcófago, se complace en hacer a todos la vida imposible. El único remedio que se recomienda es la paciencia, que se supone permitirá a su víctima asistir al sepelio del plomo después de dos décadas de padecimiento. 23. Humorista. Es peor que el invulnerable porque, víctima de una escandalosa falta de autocrítica, se cree chistoso. Por eso se ocupa de aprender de memoria los chistes que aparecen en los diarios, compra libros de chistes de gallegos y portugueses y anota los que escucha en las películas cómicas. Inútil esfuerzo. La Naturaleza le ha negado el don de la simpatía. Y no arrancará una sonrisa a su interlocutor ni siquiera acariciándole con una pluma la planta de los pies. La pata de conejo y el trébol de cuatro hojas pueden ser útiles para ahuyentarlo. 24. Culturoso. Máquina de pronunciar citas, teorías y palabras raras. Su aterrado interlocutor es incapaz de reaccionar ante la cascada de latinazgos, aforismos, citas y expresiones en francés, inglés, alemán, árabe, arameo, ruso, zulú, sociólogo, náhuatl, quechua, bereber o esperanto. Hundido bajo la humillación de la ignorancia, queda impotente para defenderse ante la andanada de autores estrafalarios que le arrojan a quemarropa: Luhman, Habermas, Harakiri, Kant, Achtung, Mitsubishi, Frankfurter, Huitzinga, Exit, Pico della Mirándola, Hot-Dog, Guicciardini etcétera. Ciertas oraciones, pronunciadas al revés, ayudan a sacarse de encima a estos insoportables poluyentes del aire.

25. Políglota. Abunda en el mundo de la publicidad, pero también puede ser encontrado en una inmensa variedad de actividades. Es el que dice folder en vez de carpeta; márketing en vez de mercadotecnia; target en vez de blanco; vaucher en vez de cupón; aproche, en vez de aproximación. Una subvariedad -abunda en el medio pelo- es la que adopta como propio el argot -según el canal de televisión al que sea aficionado-, porteño, español, mexicano o chileno. Por eso, su vocabulario se llena de rebien, chetísimo, me copa, me gusta un montón, y de otros vulgarismos difundidos por la televisión. El uso del cobre en anillos, aros o collares puede hacer que estos pesados se mantengan distantes de uno. 26. Monocausalista. Siempre tiene a mano la absoluta e irrefutable explicación de las cosas, incluyendo los sucesos más baladíes. Si tiene formación freudiana, todo será el resultado de amores perversos a la madre o a la abuela, de un odio incontrolable al padre o de una fijación amorosa con la tía. Si se atragantó con los aburridos manuales de marxismo popular, todo -hasta el portazo que le dio la novia en las narices, por pesado- es la consecuencia de las sórdidas acechanzas de la burguesía, de los tentáculos siniestros del imperialismo. Hay infinitas variedades de monocausalistas, pero todas son igualmente insoportables. Generalmente están asociadas a las numerosas formas del fanatismo -ideológico, político o religioso-, una de las formas más agresivas de la estupidez humana. Un exorcismo es recomendable, porque algunos ejemplares sólo pueden ser explicables mediante la hipótesis de la posesión demoníaca. 27. Jerarca. Estamos aquí ante el caso típico de una pesadez especializada. Se desarrolla únicamente en quienes ocupan funciones de jefe, director o capataz y, por tanto, representan al patrón: ministro, empresario o quien se encuentre en el escalón superior, cómitre, director, gerente o capataz. Esta pesadez tiene como blanco exclusivo a sus subordinados, a quienes abruma con sus actos de prepotencia y de arbitrariedad. Este tipo de plomismo está representado con esta infalible ecuación: la pesadez del jerarca con el escalón inferior es directamente proporcional con su servilismo con el escalón superior. En otras palabras, trepador y chupamedias con los de arriba; violento, prepotente y arbitrario con los que están abajo. Generalmente, este espécimen se rodea de un coro de adulones, con quienes establece una activa interacción. La pesadez suele desaparecer inmediatamente después de que el plomazo pierde el cargo. Los talismanes de piedra bezoar han mostrado considerables virtudes para menguar la pesadez de estos especímenes. 28. Buscador de pelos. Este es un plomo de colección. De extrema peligrosidad, ha desarrollado una gran pericia en incorporarse a grupos de trabajo científico, comités legislativos y comisiones técnicas. Es una especie absolutamente nociva, porque muchas veces se disfraza de la aureola del genio, lo que le abre el acceso a los grupos que deben tomar decisiones. Al respecto sólo cabe recordar que la diferencia entre la genialidad y la estupidez es que la genialidad tiene límites. Se especializa en buscar el pelo en la sopa, o la quinta pata del gato. Su habilidad suprema es la de convertir una solución en un problema. Posee un catálogo de fórmulas infalibles para complicar las cosas y convertir obviedades en asuntos metafísicos de insondable oscuridad. De ese modo, cosas tan elementales como una banana, un choclo o una pluma de gallina adquieren la entidad de categorías inaccesibles al sentido común. Se las arregla para alargar discusiones e impedir la toma de decisiones o, una vez que éstas hayan sido tomadas, para reventar la posibilidades de que sean llevadas a la práctica. Es una máquina de enredar, con lugares comunes, el análisis de cualquier cosa. Confunde el derecho de ser escuchado con el derecho de ser tomado en serio. Si se analiza un proyecto de piscicultura, él logrará que se discuta la posibilidad de que los peces mueran ahogados. Esta alimaña es extremadamente fuerte, y su sistema inmunológico ha desarrollado defensas infranqueables contra todo tipo de agresiones. El rayo láser y los proyectiles teledirigidos de última generación ofrecen posibilidades prometedoras que el género humano no habrá de pasar por alto. 29. Atornillado. Viene de visita, se instala y no se va más. Esto puede ocurrir en la oficina, donde se muestra impertérrito ante la cantidad de gente que lo espera a uno, o en la casa, donde no lo arredra ni siquiera el estruendoso reloj cu-cu, cuando el pajarraco de madera lanza doce veces su infernal graznido, marcando inequívocamente la medianoche y sugiriendo desembozadamente que se mande a mudar. No lo conmoverá el ostentoso cabeceo de somnolencia. Ni mucho menos el último y desesperado recurso: un largo bostezo, equiparable al aullido de un lobo hambriento que acaba de ventear una presa, que usted le lanza directamente a la nariz. Una casi segura posibilidad de ahuyentarlo es la guerra química, sobre la base de flatulencias dirigidas directamente. 30. Agorero. Como el urutaú, ave mítica del folklore guaraní, y como Casandra, se especializa en pronosticar desgracias. Lo hace con temeraria exactitud, para anticiparle a uno todos los males que le esperan en el futuro inmediato. Si uno está a punto de emprender un negocio, él le mostrará todas las congruentes razones por las cuales perderá el dinero, irá a la quiebra, y sólo un milagro le salvará de la cárcel, pero no de los abogados. Si es un cincuentón más o menos conservado y el equívoco azar le permitió despertar el interés de a una joven que aun no cumplió veinte años, el agorero le mostrará, gráficamente, el tamaño de los cuernos que crecerán en la frente de su víctima, sus ramificaciones, y la consistencia del material. Las oraciones a Santa Rita, patrona de lo imposible, pueden ser muy útiles para mantenerlo callado. 31. Modelo jet set. Infaltable en recepciones. Al llegar, se lo ve instalado como una estaca, en la proximidad de la mesa. Tiene brazos flexibles, como el de robocop, o de terminator, que le permiten sortear obstáculos que a cualquiera podrían parecer inexpugnables -tetas de viejas gordas, panzas colosales y colas bamboleantes-, para llegar a la mesa y apoderarse, con puntería legendaria, del penúltimo canapé de caviar que brilla sobre una bandeja. Una variedad adicional es la del fotógenico, o modelo Kodak, que se las arregla para aparecer en las fotos al lado de los capos. Es como un fantasma porque nadie lo ve cuando el grupo se junta para posar. Pero cuando el fogonazo lo encandila, aparece milagrosamente sonriendo con toda la dentadura. No se pierde una recepción. Inútil decir que aterrizará en las ceremonias importantes: el 4 de Julio en la embajada de los Estados Unidos; el 14, en la de Francia; en la británica, el día del cumpleaños de la Reina. Pero también aparecerá, con la misma puntualidad, en la de Afganistán, Bosnia, Zaire, Mozambique, y la que celebra el aniversario de la fundación de la orden de Malta. Es amigo, nadie sabe cómo, del embajador de Madagascar, del de Costa de Marfil, del de Etiopía o del de Botwasna, y aparecerá, sonriente y elegante, en la fotografía que publicará el periódico dominical. Es posible mantenerlo a raya espolvoreando el ambiente con cuernos de rinoceronte y garras de buitre triturados.

32. Kamikaze. Como el solitario cocotero que se yergue en la llanura, tiene una ejemplar vocación para atraer sobre su cabeza el rayo implacable de la venganza. Es el que enarbola con entusiasmo una banderita de Olimpia en medio de la rugiente hinchada del Cerro Porteño, o la de River Plate en medio de la de Boca Juniors, el día en que se disputa el clásico, en el partido final del campeonato. Es el que les dice niggers a un grupo de negros, en una vereda de Harlem; el que paladea la célebre frase de Nietzche -¿vas con mujeres? No olvides el látigo- a un grupo de amigas que se dirige a la XVIII Convención Feminista de la Unión Europea, que se reunirá bajo el lema Machismo nunca más; el que no vacila en indisponerse con el acreedor que tiene en su poder un pagaré con fecha vencida, tratándolo de maricón y gritándole que no se atreverá jamás a demandarlo. Es un animal resistente a los ataques convencionales. Fumigaciones con gas venenoso han sido ridículamente inocuas, y en todos los casos sólo han logrado arrancarle hipos o estornudos. 33. Metiche2 (meterete). Aterriza con intrepidez en los lugares más inverosímiles, cuando menos y donde menos se lo espera. Puede descender en paracaídas, emerger de un pozo ciego, salir de la boca de un túnel, horadar una pared, levantar las tejas del techo, brotar de una cloaca. Se presenta en el exacto sitio donde nadie lo ha invitado, donde menos se lo quiere ver y donde menos se lo quiere escuchar: vernissages, presentación de libros, recepciones, desfiles militares, procesión de Viernes Santo, exhibición de productos electrónicos, misa de cuerpo presente, conferencia científica, aguantadero, fiesta de 15 años, conspiración. Y no se irá hasta que logre ahuyentar al último de los participantes. Se recomienda tener dispuestos pebeteros para quemar en ellos incienso y mirra, humareda que, según la tradición, tiene la virtud de apaciguarlo. 34. Plomo de los comunicados. Aparece regularmente para pedirle a uno que firme el último comunicado. No importan mucho los motivos. Lo que le interesa es aparecer en letra impresa, como firmante de un documento dirigido solemnemente a la opinión pública: adhesión al movimiento de liberación de la tribu tutsu del Africa Ecuatorial, repudio al exterminio del lagarto rosado de las islas Fidji, apoyo a los esquimales, solidaridad intransigente con el movimiento Lumumba Vive, condena a los soldados servios, desagravio al científico Tancredo Mendieta por la escasa difusión que las autoridades universitarias dieron a su monografía sobre los hábitos sexuales del gusano perillero, apoyo crítico a los bosnios musulmanes. Esta variedad ha encontrado la manera fácil de encontrar notoriedad y hasta cierto grado de decoro intelectual. Suele emplear un truco infalible para lograr la publicación del documento y conseguir nuevos firmantes: lograr la adhesión de por lo menos una celebridad genuina. Esa celebridad puede ser un escritor, un obispo, un ecologista, un travesti muy popular, un general retirado, un legislador, un escritor de nota, un cantor de rock. En las redacciones se suele intentar mantenerlo alejado colgando de las paredes espejos cóncavos, en la creencia de que le infundirán pavor, al creer que están frente a un peligroso competidor. 35. El sin novedad. Es inodoro, incoloro e insípido. Carece de imaginación, de penetración, de gracia, de intuición. Es impasible, hierático, inconmovible, glacial, frígido, robot. Es más aburrido que un libro de Aritmética, más soso que chupar un clavo. Ni siquiera es capaz de apreciar un buen chisme. Solo sabe decir obviedades y frases insulsas. Habla para no decir nada. No tiene humor. No comprende una ironía. Cuando escucha una expresión de doble sentido, no comprende ninguno de los dos. Si escucha un chiste, pide que se lo repitan y, cuando eso ocurre, cae en una reflexión que puede durar treinta minutos. Después lanzará un “ahhhhh”, que más se parece a un bostezo. Ojo, no es que sea un ignorante. La casuística suele encontrarlo entre personas de muy alta calificación profesional e intelectual. Abunda entre filósofos e ingenieros. Por otra parte, es uno de los más inofensivos, salvo que logre infiltrarse en los altos niveles del poder. Por eso mismo tiene poca notoriedad, y pasa fácilmente a segundo plano. Es que la gente concentra su horror ante especies más insistentes y agresivas que ocupan toda su atención. Esta que acabamos de describir es poco notoria, pero, en cambio, es resistente a toda clase de antídotos. Las oraciones podrán llevar algo de paz a sus víctimas, pero no lograrán modificar la naturaleza del plomo 36. El objetor. Nada le cae bien. No le gusta nada. Nada le conforma. No hay objeto que se adapte a sus medidas. Se caracteriza por adoptar un aire de recato y discreción. Pero cuando alguien comienza a hablar de un tema específico, su pesadez se activa repentinamente. Esperará que el otro arranque y, en ese momento, le interrumpirá para agregar, dudar, corregir, cuestionar, rechazar, admirar o minimizar. Le bastarán tres intervenciones para desalentar al expositor de toda tentación de terminar lo que había comenzado. La variedad más peligrosa es la que ataca con digresiones que no tienen nada que ver con lo que el otro está diciendo. El autor no duda en incluir en esta categoría a los que hacen preguntas estúpidas a los profesores, disertantes o panelistas, perdiendo una brillante oportunidad de quedarse callados. Los exorcismos han demostrado ser inútiles, por lo que no queda otra solución que recetarles cocteles de tranquilizantes. 37. El plomo de los encargos. Es difícil eludirlo porque es un hábil cazador. Permanece en silencio, esperando el momento oportuno para atacar. Será el momento en que alguien comente, con candorosa imprudencia, que ha tomado un tour a Europa Oriental, que incluirá a París, San Petersburgo, Praga, Moscú, y Varsovia. Su osadía no se detiene ante la longitud de los itinerarios, y muchísimo menos ante el peso descomunal de su paquete. No vacilará en pedir, como si no fuera nada, que le transporte una pieza de jamón serrano de Madrid hasta Johannesburgo, o un juego completo de porcelana, jarrones incluidos, desde Pekín hasta Caracas. Lo terrible es que uno, que ha prometido llevar lo que se le pide, se entera de los volúmenes cuando ya no puede decir que no. Este ser agresivo y tenaz sólo puede ser contenido con balas de plata, previamente bendecidas. 38. Peripatético. Camina detrás de su víctima, como una sombra. No importa cuán lejos ésta se dirija. Será inútil tratar de sacárselo de encima ni habrá fuerza humana capaz de desalentarlo. Será ocioso invocar el footing cotidiano de 15 kilómetros o una peregrinación hasta un santuario, ubicado a 400 kilómetros, para cumplir una promesa a la Virgen de los Milagros. Será la oportunidad de demostrar sus condiciones de caminante, escoltando implacablemente a su víctima, sin perderle pisada. Para alejarlo se han logrado excelentes resultados arrojándole mastines hambrientos a su paso.

39. El homenajeador. Es el trepador que escala sobre el dinero de los demás. Sabe de memoria las fechas de cumpleaños, aniversarios de bautismo, confirmación, casamiento, fallecimiento de padres, tíos muy queridos y compadres. Con ese calendario, que lo convierte en un ente temible, se pasa organizando homenajes de adhesión. Obviamente, a los jefes. Es el momento fatídico en el que comienza a recorrer la oficina con la lista de los compañeros: cada uno de los cuales deberá aportar una cantidad de dinero suficiente para cubrir una cena opípara, en la que se rendirá un merecido homenaje al amado doctor Cástulo Mora, a quien acaban de ascender. La cantidad deberá cubrir también eventuales invitados de este: esposa, tres hijos pequeños que no se pueden quedar solos en la casa, la suegra que está abrumada por la nostalgia por su reciente viudez, un amigo íntimo del jefe acompañado -porque no es justo que venga solo- de su esposa. Los compañeros acuden a la cena, porque no pueden evitarlo y porque fueron desplumados para ello. A los postres, alguien pronunciará el discurso en el que enunciarán los atributos del jefazo. Amigo lector, no le digo quién es el que asumirá esa pesada carga, porque siempre hay que dejar un poco librado a la imaginación. Por ser equiparable al papagaio do pirata, es posible utilizar la misma terapéutica. 40. El llorón3. Le caracteriza el tono quejumbroso de la voz, la impresión de irrefrenable angustia que le estruja el alma. Cualquier motivo es bueno para la lamentación: unas gotas de lluvia o la ausencia de ellas, las nubes que cubren el sol, la disminución del pique de su automóvil, la publicidad de la televisión, el jadeo del perro, la espuma del jabón, los flecos de la toalla. Su visión negativa de la vida es consistente, permanente y firme. El modelo más acabado es el del poderoso califa de Córdoba Abderraman quien, cuando sintió que se acercaba su hora, dijo que solo había tenido doce días felices en su vida. Sin olvidar a Job, que dijo versos como estos: “Los gemidos son mi alimento; / mi bebida, las quejas de dolor”. O como estos: “Ya estoy cansado de vivir. / Voy a desahogarme con mis quejas, / voy a dar rienda suelta a mi amargura”. O como estos: “Oh, Dios, ¿Por qué me dejaste nacer? / Debí morir antes que nadie pudiera verme / Habría pasado del seno de mi madre a la tumba; / sería como si nunca hubiera existido”. Estamos ante un ejemplar absolutamente insoportable. Los arquitectos han diseñado bunkers especiales para mantenerse protegidos de sus incursiones. 41. Don Juan. A este bocón hay que soportarle la lista de sus últimas conquistas, la descripción de la estrategia que tuvo que seguir para conseguir su objetivo; la descripción de detalles anatómicos tales como el hallazgo de un coqueto lunar sobre el glúteo izquierdo; el prolijo comentario sobre la conducta íntima de cada una de las damas, con descripción pormenorizada de sus preferencias, fobias y fantasías. Hasta la primera mitad del siglo XX, en esta categoría únicamente revistaban los hombres. Desde entonces, ha sido tomada por asalto por las mujeres, hasta el punto de desplazar a sus anteriores usuarios. El Don Juan debe ser parangonado al “Garganta Profunda” y, por lo mismo, debe ser combatido con las mismas armas que las empleadas contra éste.

 

Fuente digital:

http://www.heliovera.com

Registro: Diciembre 2011

 



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