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  A 80 AÑOS DEL CONFLICTO CHAQUEÑO, LA CHISPA Y EL POLVORÍN - Por LUIS VERÓN - Domingo, 10 de Junio de 2012


A 80 AÑOS DEL CONFLICTO CHAQUEÑO, LA CHISPA Y EL POLVORÍN - Por LUIS VERÓN - Domingo, 10 de Junio de 2012

A 80 AÑOS DEL CONFLICTO CHAQUEÑO, LA CHISPA Y EL POLVORÍN

 Historia

 

Por LUIS VERÓN

 

 

El descubrimiento hecho por los paraguayos, y luego por los bolivianos, de la laguna Pitiantuta y el empeño puesto por los ejércitos de ambos países para posesionarse de esta fuente de agua fueron la chispa que inició el incendio de la Guerra del Chaco durante tres sangrientos años.

 Si bien dentro de dos días se cumple un aniversario más de la Paz del Chaco, hoy no hablaremos de ella, sino del inicio de la guerra y del episodio que desencadenó aquel negro episodio en la historia americana.

“Al Comando de la 1ª División de Infantería - Puerto Casado. El día 15 de junio de 1932 fue atacado el fortín ‘Carlos Antonio López’, a eso de las 5 y 30’ más o menos, por unos cuarenta bolivianos, estando guarnecido el fortín por el cabo 2° Oliverio Talavera y los soldados Demetrio Benítez, José M. Portillo, Mauricio Quiñónez, Torio Olmedo y Eustaquio González. Los cinco soldados, que estaban preparando el desayuno en la cocina, han podido escaparse de la descarga de fusilería de los asaltantes, y el cabo Talavera, que estaba aún bajo el mosquitero, habiendo sido este blanco elegido por los tiradores, no pudo salvarse, y suponemos haya sido muerto. Los soldados nombrados se han escapado a pie y sin armas. El soldado Quiñónez, que estuvo a punto de caer prisionero, trepó a un árbol cercano al fortín y constató que varios asaltantes calzaban botas de cañas muy largas y que había, además, soldados rubios entre ellos. Él permaneció en el árbol hasta el atardecer, hora en que logró escapar. Los soldados paraguayos habían oído desde la medianoche fuertes bufidos de mulas que estaban atadas al tambo y, suponiendo que la alarma de sus montados obedecía a la presencia del ‘aguará guazú’, no hicieron caso, hasta que a la hora citada, al grito de ‘¡viva Bolivia!’, asaltaron la posición, quedando en poder de ellos equipos, ganados, armas, vestuarios y víveres. La noticia fue dada por los soldados el día 18 de junio en el Km 145 de La Vía Férrea”.

Así rezaba el parte en el que se informaba al comandante de la 1.ª División de Infantería paraguaya, teniente coronel José Félix Estigarribia, del ataque boliviano al fortín paraguayo fundado a orillas de la laguna Pitiantuta, hecho que sirvió de corolario a años de tensa calma y la chispa necesaria para el desenlace de la guerra en el Chaco.

El agua de la discordia

En 1931, una expedición dirigida por el general Juan Belaieff, militar ruso al servicio del Paraguay, descubrió la laguna Pitiantuta, cuyo nombre en lengua chamacoco significa lugar del oso hormiguero muerto. La posesión de este espejo de agua, en un medio donde este elemento escasea, fue la mecha que, meses después, hizo estallar la guerra paraguayo-boliviana.

Por referencias proporcionadas por indígenas chamacoco, se sabía de la existencia de la laguna Pitiantuta y que estaba ubicada a unos 150 km del río Paraguay, al noroeste de Puerto Casado. El avance boliviano, hasta entonces, se había centrado a lo largo del curso del río Pilcomayo y en algunos puntos del centro del Chaco Boreal. La posesión de la laguna Pitiantuta era de suma importancia para Bolivia, pues posibilitaba la incursión boliviana por el Norte, hacia Fuerte Olimpo y Bahía Negra, sobre el río Paraguay, y el enlace con sus fortines del sector Pilcomayo.

Para nuestro país, establecer una guarnición militar en el sitio significaba contener las pretensiones bolivianas en la zona. El 13 de marzo de 1931, los expedicionarios se encontraron de repente frente a uno de los parajes más hermosos del Chaco: la laguna Pitiantuta. Como consecuencia del descubrimiento de esta laguna, el 15 de junio de 1931, fuerzas paraguayas al mando del capitán Rogelio Chenú Bordón e integradas por los tenientes Hermes Saguier y Pedro Duarte, y una veintena de soldados del R.C. 1 Valois Rivarola, fundaron el fortín Carlos Antonio López en la ribera oriental de la laguna.

Descubrimiento boliviano

Bolivia, por su parte, había descubierto la laguna el 25 de abril de 1932, más de un año después que el Paraguay, durante un vuelo de reconocimiento y búsqueda del patrullero capitán Víctor Ustares en la zona. El descubrimiento lo hicieron el mayor Oscar Moscoso y el mayor Jorge Jordán.

En aquella ocasión, ambos oficiales bolivianos divisaron construcciones rústicas a la manera de los fortines paraguayos; precisamente, se trataba del fortín Carlos Antonio López. De vuelta a su base del fortín Muñoz, informaron a sus superiores de su hallazgo.

El descubrimiento de la laguna significó para Bolivia la solución al problema de enlace entre sus tropas instaladas en el Norte y las de la IV División de Infantería boliviana ubicadas en el Sur. La posesión de esa laguna era la solución providencial al obstáculo más grave con que tropezaba el ejército en su misión de penetración en el territorio chaqueño.

Conocida la noticia, se informó el descubrimiento al presidente Daniel Salamanca, quien ordenó la realización de una expedición terrestre para conocer la zona y la naturaleza de las construcciones divisadas en la costa oriental de la laguna, pero teniendo cuidado de no provocar “ni siquiera un rozamiento con fuerzas paraguayas”.

El ataque boliviano

Ante el pedido de la Comisión de Neutrales de informes sobre el estado exacto de las posiciones paraguayas y bolivianas, para Bolivia era primordial incluir, en bien de su posición estratégica, el Gran Lago —como lo llamaban los bolivianos—, en el estado en que se encontraba su situación en el Chaco, por lo que Salamanca había ordenado la posesión con urgencia de dicho punto geográfico.

Luego de veinte días de caminata, de penosa marcha en el bosque, la expedición militar dirigida por el mayor Moscoso llegó, en las últimas horas del 14 de junio de 1932, a orillas de la laguna Pitiantuta.

Tenían la orden de ocupar ese espejo de agua. “A medianoche del 14 al 15 (de junio) —cuenta el mayor Moscoso— salimos del campamento y orillando el Gran Lago llegamos al fortín paraguayo. Dos exploradores entraron comprobando que había muy pocos soldados que dormían profundamente. Pensamos entrar en los dormitorios y sorprenderlos en sus mosquiteros, pero pronto comenzaron a hablar y sentimos que se levantaban... Cuando vi un grupo que tomaba desayuno o se repartía víveres, di la señal convenida, un tiro de revolver, y nos lanzamos contra él.

“No pudimos capturar a los paraguayos, como nos proponíamos, porque entre los árboles del pequeño patio estaban amarradas, para secar y estirarse, lonjas de cuero de res, con las que tropezamos, cayendo algunos al suelo.

Mis soldados, nerviosos y viendo que los paraguayos se internaban al bosque, comenzaron a disparar sus fusiles, por lo que ordené cesar el fuego...”. El ataque tuvo como resultado la muerte del cabo Oliverio Talavera, a cuyo mando estaba el fortín, y la fuga de los soldados paraguayos, que, luego de tres días de caminata, llegaron hasta Campo Esperanza, donde estaba acantonado el escuadrón del segundo regimiento de caballería Coronel Toledo, al que pertenecía la guarnición del fortín Carlos Antonio López. Las fuerzas de Moscoso destruyeron el fortín paraguayo y se establecieron a cerca de un kilómetro, al occidente del antiguo fortín.

Un mes después, luego de una porfiada acción militar, el Paraguay recuperó este fortín, pero ya la guerra estaba en marcha, pues Bolivia, en represalia, ocupó los fortines paraguayos Toledo, Corrales y Boquerón, abriendo un sangriento periodo de tres años, culminado a mediados de junio de 1935.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Publicación de la Revista Dominical de ABC Color

Domingo, 10 de Junio de 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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