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EFRAÍM CARDOZO

  APUNTES DE HISTORIA CULTURAL DEL PARAGUAY - LAS RAÍCES DE LA CULTURA PARAGUAYA, 2007 - Por EFRAÍM CARDOZO


APUNTES DE HISTORIA CULTURAL DEL PARAGUAY - LAS RAÍCES DE LA CULTURA PARAGUAYA, 2007 - Por EFRAÍM CARDOZO
APUNTES DE HISTORIA CULTURAL DEL PARAGUAY
 
 
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
 
Prologo de la 8ª edición: JERÓNIMO IRALA BURGOS
 
Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay.
 
Mayo de 2007 (Octava edición) (364 páginas)
 
 
 
 

Los "APUNTES DE HISTORIA CULTURAL DEL PARAGUAY" constituyen una estupenda obra de síntesis redactada por el ilustre historiador Efraim Cardozo (1906-1973), después de varias décadas de consagración a la investigación y el estudio de la historia paraguaya.
El doctor Cardozo resumió en este libro, (concebido originalmente como manual para alumnos de la educación media), sus vastos conocimientos especializados, y pudo presentar de tal manera una exposición rigurosa y profunda, pero al mismo tiempo accesible y breve, sobre las diversas manifestaciones de la cultura en el Paraguay, desde antes de la dominación hispánica hasta la década de 1960. Se trata de un libro fundamental, que no ha perdido actualidad ni interés a pesar de los años.
 
 

PRÓLOGO DE LA 8ª EDICIÓN
Maestro de alma e historiador por vocación y oficio, enseñar era la gran pasión de su vida. Resplandecía en él, como una llama inextinguible, el espíritu de Don Ramón I. Cardozo, uno de los más ilustres maestros de América, que fue su padre y orientador.
Conocí a Efraim Cardozo en 1953. Volvía de un largo exilio, cargado de ciencia y entusiasmo, con un prestigio bien ganado en el mundo cultural hispanoamericano. Había publicado ya varios libros y tenía otros en preparación. El contacto con su tierra y con la juventud de su patria le brindó nuevos estímulos y prosiguió su obra con renovada dedicación.
Tiempo después, al levantarse la intervención que pesaba sobre la Universidad Nacional desde 1948, se incorporó a la docencia. Fue Profesor de Historia del Paraguay en la Facultad de Filosofía, y en 1960, habiéndose fundado la Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción" fue llamado a regentar algunas de sus más importantes cátedras de Historia. En esa misma época, el Colegio de San José lo designó Profesor de Historia de la Cultura Paraguaya, para sus alumnos del 6° Curso de Bachillerato. En este Colegio y en ambas Universidades dejó una huella perdurable y formó discípulos que lo recuerdan con afectuosa gratitud.
Si en la cátedra universitaria se imponía por su versación e ilustración, era en la secundaria donde se podía apreciar sus insuperables dotes de maestro. Enseñar a adolescentes que están culminando una etapa de su vida para ingresar posteriormente en la Universidad es una tarea que requiere capacidad, abnegación, paciencia y amor. El profesor de Colegio debe ser modelo de responsabilidad, puntualidad y dedicación. Debe ser, en cierto modo, padre, hermano mayor y amigo de los jóvenes educandos. Y Efraim Cardozo lo fue de un modo preclaro.
Durante años, lo he visto llegar tres días por semana, a las aulas del Colegio de San José, con cronométrica puntualidad, cinco minutos antes de las siete de la mañana. Elegante y pulcro, atildado en el vestir y en el decir, era un aristócrata de la cultura. Imponía respeto a sus alumnos que por su edad no podían apreciar cabalmente los quilates del profesor que tenían en la cátedra. Amistoso en su trato, era accesible y generoso.
Sus alumnos encontraban en él, afecto y comprensión. Enseñaba deleitan-do, dando vida a los hechos y a los personajes que habían forjado la trama de nuestra historia. Terminadas sus clases, con idéntica regularidad, iba a la Biblioteca Nacional o al Archivo a seguir investigando y así fue hasta el día de su muerte.
Efraim Cardozo perteneció a la segunda generación de grandes historiadores nacionales, la que despertó a la vida intelectual convocada por la magna tarea de la defensa del Chaco. La antorcha que habían portado los exponentes del novecentismo paraguayo pasaría a las manos de una nueva promoción nacida al promediar la primera década de este siglo. Compartirían con él, vocación y afanes intelectuales, Julio César Chaves, R. Antonio Ramos, Hipólito Sánchez Quell y Marco Antonio Laconich. Lógico resultaba pues que sus primeras obras hayan sido "El Chaco en el régimen de las Intendencias" (1930), "Aspectos de la cuestión del Chaco" (1932) y "El Chaco y los Virreyes. La cuestión paraguayo-boliviana según documentos de los archivos de Buenos Aires y de Río de Janeiro" (1934), cuyas investigaciones y conclusiones se incorporarían de inmediato al arsenal de nuestros argumentos para la defensa del territorio en litigio.
Como varios de los intelectuales paraguayos, Cardozo tuvo una vida política azarosa, que lo llevó a sufrir persecuciones y exilios. De cada uno de ellos regresó con nuevos libros escritos y con sus horizontes espirituales cada vez más ampliados. En 1949 publicó en Barcelona "Paraguay Independiente", la historia más completa y mejor documentada de nuestra República desde su nacimiento hasta aquella fecha. En 1959, "El Paraguay Colonial. Las raíces de la nacionalidad", obra en la que se pregunta de las constantes que presiden los acontecimientos de nuestra historia en aquella etapa fundacional y formula una tesis basada en las coordenadas de Dios y Patria como ideas fuerzas que movieron la historia paraguaya en sus momentos cruciales.
Ese planteamiento tan sugerente fue hecho por primera vez por el Dr. Cardozo en una conferencia sobre "El sentido de nuestra historia", pronunciada en 1953 bajo los auspicios de la Academia Universitaria, institución que era una proyección de la Academia Literaria del Colegio de San José, refundada por el Padre César Alonso de las Heras. La disertación tuvo entonces un significado muy especial porque los jóvenes universitarios de esos años difíciles tratábamos de superar las heridas todavía abiertas de una trágica guerra civil, uniéndonos por encima de sectarismos partidarios en una empresa intelectual cuyo ambicioso lema era "la redención del Paraguay por la cultura".
Esa conferencia marcó en Cardozo el comienzo de una búsqueda de interpretaciones filosóficas de la historia nacional. Estudioso de los grandes exponentes de la moderna historiografía como Benedetto Croce, Toynbee y Christophen Dawson, Cardozo representa en la historia paraguaya, una visión culturalista; que es suficientemente abierta y abarcante como para darnos un cuadro cabal del Paraguay y su pasado.
También en 1959 se dio a la estampa en México, bajo los auspicios del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, su "Historiografía Paraguaya. 1 . Paraguay indígena, español y jesuita", que en opinión de Hugo Rodríguez Alcalá es su obra maestra.
La historia de la diplomacia y la política internacional en el Río de la Plata debe a Efraim Cardozo dos obras magistrales: "Vísperas de la guerra del Paraguay" (1954) y "El Imperio del Brasil y el Río de la Plata. Antecedentes y estallido de la guerra del Paraguay" (1961). En ellas son tan admirables el investigador que ha compulsado fuentes de primera mano en los más importantes archivos de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, como el exégeta que con estupenda sagacidad reconstruye hechos y descubre intenciones. A través de sus páginas se sigue paso a paso la gran tragedia que enfrentó a cuatro naciones y llevó al Paraguay a cumbres de heroísmo y abismos de destrucción.
Estos libros encuentran su culminación en "Hace Cien Años. Crónicas de la guerra de 1864-1870", obra monumental inicialmente publicada bajo la forma de artículos periodísticos, día tras día, desde el 1° de febrero de 1965 hasta el 1° de marzo de 1970, en las columnas de La Tribuna, como una evocación conmemorativa de aquella conflagración en el Centenario de la Epopeya Nacional. Para Cardozo, el periodismo cultural era el retorno a una actividad tempranamente ejercitada. Tenía apenas diez años cuando con otros niños del 4° grado de la Escuela Normal de Villarrica, como Alejandro Marín Iglesias y Vicente Chase Sosa, fundaba el periódico "El Guaireño", en una sorprendente muestra de precocidad intelectual madurada sin duda al calor de su hogar.
Compiladas posteriormente en libros, estas Crónicas están hoy integradas en una colección de 13 volúmenes, que constituye el más valioso aporte de un investigador paraguayo al estudio de aquella hecatombe que significó el holocausto de todo un pueblo. Con esta trilogía, Cardozo se ha consagrado como el historiador que en el Río de la Plata estudió más amplia y profundamente el desarrollo de ese conflicto, desde sus orígenes coloniales hasta su trágico final.
Otras obras suyas fueron "23 de Octubre. Una página de historia contemporánea del Paraguay" (1956), "Breve Historia del Paraguay" (1965), escrita para Eudeba, la Editorial Universitaria de Buenos Aires, y "Los Derechos del Paraguay sobre los Saltos del Guairá", con prólogo del Arzobispo de Asunción, Monseñor Aníbal Mena Porta, también en 1965. Me cupo compartir con él en esos años tareas periodísticas en el Semanario Católico "Comunidad", órgano oficioso de la Conferencia Episcopal Paraguaya, cuya campaña principista y patriótica le valió su clausura a mediados de 1969. En sus alegatos sobre nuestros derechos a los Saltos del Guairá brillan por igual el erudito historiador y el talentoso internacionalista.
Decía que la más profunda vocación de Efraim Cardozo fue la del maestro. Fruto de ella son estas lecciones de Historia Cultural del Paraguay, escritas para sus alumnos del Colegio de San José, cuya primera edición mimeografiada en 1963, fue estudiada por varias promociones de Bachilleres de ese Colegio y por alumnos del Curso de Ingreso a la Universidad Católica. Es la versión fiel de sus clases, un testimonio permanentemente vivo de su paso por aquella cátedra. Es el desarrollo del programa de una asignatura ya desaparecida como tal de los planes de un currículum renovado en el que su identidad y su importancia aparecen lamentablemente muy diluidos junto al contenido de otras materias afines.
Estas páginas tienen la frescura y la lozanía de los jóvenes para quienes fueron escritas. Son claras y sencillas, explican de un modo accesible y dejan profunda enseñanza. Tienen rigor científico, son didácticas y ofrecen una visión amplia y rica de la historia paraguaya elaborada para estudiantes con un contagioso amor a nuestra patria y a nuestro pueblo. Dan la debida preminencia a aquellos valores de Dios, patria, justicia y libertad que tanta influencia han tenido en la formación del pueblo paraguayo y que deberán seguir preservando y enriqueciendo nuestro ser nacional. -
 
JERÓNIMO IRALA BURGOS
 
 
 
ÍNDICE:
Prólogo por Jerónimo Irala Burgos
UNIDAD 1: LAS RAÍCES DE LA CULTURA PARAGUAYA
·         Lección 1: La incorporación del nuevo mundo a la cultura occidental
·         Lección 2: La cultura guaranítica
·         Lección 3: La amalgama hispano-guaraní
·         Lección 4: La educación de los indígenas
·         Lección 5: La Legislación de Indias
UNIDAD II: LA CULTURA EN LA PRIMERA ÉPOCA DE LA COLONIA
·         Lección 6: El plantel intelectual
·         Lección 7: La historia
·         Lección 8: Las congregaciones religiosas como focos de cultura
UNIDAD III: CONTRIBUCIÓN DE LOS JESUITAS A LA CULTURA PARAGUAYA
·         Lección 9: Los jesuitas
·         Lección 10: La enseñanza jesuita
·         Lección 11: Las crónicas de la Compañía de Jesús
UNIDAD IV: DOCTRINAS SOBRE LA LIBERTAD Y SOBERANÍA POPULAR
·         Lección 12: Las ideas del siglo XVII en Europa y España
·         Lección 13: El desarrollo cultural en las últimas décadas de la Colonia
UNIDAD V: EL PERÍODO REVOLUCIONARIO
·         Lección 14: Antecedentes ideológicos
·         Lección 15: La Junta Superior Gubernativa
·         Lección 16: La dictadura
UNIDAD VI: CARLOS ANTONIO LÓPEZ
·         Lección 17: El Segundo Consulado
·         Lección 18: La primera presidencia de la República
·         Lección 19: Los grandes aportes culturales de Carlos Antonio López
·         Lección 20: Iniciación del periodismo paraguayo
·         Lección 21: La gran epopeya
UNIDAD VII: LA ERA DE LA RECONSTRUCCIÓN
·         Lección 22: La postguerra
UNIDAD VIII: EL DESARROLLO CULTURAL DESDE FINES DEL SIGLO XIX HASTA LA GUERRA CON BOLIVIA
·         Lección 23: La época autonómica
·         Lección 24: La enseñanza antes de la guerra del Chaco
·         Lección 25: La segunda epopeya
UNIDAD IX: EL INCREMENTO DE LA EDUCACIÓN EN LOS ÚLTIMOS TIEMPOS
·         Lección 26: La instrucción primaria
·         Lección 27: La cultura nacional contemporánea

 
 
 
 
 
 
 

LAS RAÍCES DE LA CULTURA PARAGUAYA


 

 

LECCIÓN I


LA INCORPORACIÓN DEL NUEVO MUNDO A LA CULTURA OCCIDENTAL

CONCEPTOS GENERALES

Cultura y Civilización. Desde el punto de vista científico es muy amplio el concepto de cultura. Abraza todas las cosas que el pueblo tiene, las cosas que los individuos hacen y lo que éstos sienten y piensan. Aunque en el léxico común cultura es el resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de aforarse por medio del ejercicio las facultades intelectuales del hombre, ese vocablo encierra mucho más, no solamente los logros alcanzados por el pensamiento humano, sino también las más simples y elementales obras y creencias del hombre, aún en los pueblos más primitivos. En este último sentido abarca hábitos alimenticios, moradas, vestidos, enseres, herramientas, armas, ocupaciones, formas de matrimonio y parentesco, herencias, tratamiento de las enfermedades, costumbres guerreras, ritos funerarios, organización de la sociedad y de la autoridad, y todo cuanto hace el hombre para adaptarse o dominar el medio físico en que vive. Y también incluye las creencias míticas y religiosas, en cuanto procuran interpretar el universo y el origen y finalidad de la humanidad, todo lo cual es posible encontrar en las sociedades más desprovistas de intelectualidad, en forma de mitos, supersticiones y fábulas.

En un nivel más elevado, cultura se confunde con civilización cuando se refiere sólo al conjunto de ideas, ciencias, artes y costumbres que forman y caracterizan el estado social de un pueblo o de una raza. A menudo civilización representa en el concepto general un avanzado estado de desenvolvimiento material, intelectual y moral, pero corresponde aclarar que esta interpretación no se ajusta a la verdad científica. Un pueblo de cultura tan primitiva como el guayakí constituye también una civilización, que el antropólogo francés J. Vellard denominó la "civilización de la miel" por basarse su organización social, económica y espiritual en la recolección de la miel. Tanto el vocablo cultura como la palabra civilización no se hallan ligados a conceptos de estimación o valoración.

Objeto de nuestro estudio: Nuestro programa se refiere a los atributos superiores de la cultura. Lejos de abarcar todo el inmenso campo de la cultura, no abraza sino sus conquistas más elevadas, el conjunto orgánico de valores predominantemente intelectuales y espirituales, aquello que en el lenguaje común, como queda dicho, es conocido con el nombre de civilización. En realidad, lo que vamos a estudiar es la historia de la civilización en el Paraguay como efecto del encuentro de las dos culturas que a raíz del descubrimiento se enfrentaron en el territorio que actualmente forma nuestra República. Descubridores, conquistadores, misioneros y colonizadores trajeron consigo la cultura española, que integraba la cultura europea llamada también occidental. Aquí imperaban diversas culturas aborígenes, de las cuales la guaraní recibió el principal impacto de la conquista. Del encuentro de las dos culturas surgió la cultura paraguaya, una de las más originales de la América. Su formación y desenvolvimiento histórico hasta nuestros días, lo que debe a cada una de sus culturas matrices y a otras, así como los rasgos que le confieren personalidad en el vasto panorama mundial, serán el tema de nuestras lecciones.

 

LA CULTURA OCCIDENTAL

ORÍGENES. Corresponde estudiar, aunque fuera someramente, lo que era la cultura occidental en el momento histórico del descubrimiento y conquista de América. Estaba constituida por aportes acumulados de diversas civilizaciones aparecidas sucesiva o simultáneamente que se distinguieron de sus predecesoras por el conocimiento de la escritura y el considerable adelanto de las artes, las ciencias y la organización social. Las más remotas de esas civilizaciones o culturas comenzaron en la parte del mundo conocida con el nombre de Cercano Oriente. Allí florecieron entre los años 4.000 a 300 antes de la era cristiana, los poderosos imperios de los egipcios, babilonios, asirios, caldeos y persas, juntamente con estados más pequeños poblados por cretenses, sumerios, fenicios y hebreos.

LOS EGIPCIOS. Para el mundo moderno, ninguna de esas civilizaciones sobrepasó a la del Egipto en importancia. Allí se cavaron los cimientos de una gran parte de los progresos de edades posteriores. Filosofía, aritmética, geometría, astronomía, escritura y literatura fueron engendradas en la tierra de los faraones. No le fueron en zaga las civilizaciones de la Mesopotamia (babilonios, asirios y caldeos) en aportes permanentes: el año de doce meses, la semana de siete días, la división de la esfera de los relojes en doce partes, los doce signos del Zodíaco, el mecanismo de la multiplicación.

LOS HEBREOS. Correspondió al pequeño pueblo hebreo proveer mucho del fondo religioso de la civilización occidental: el monoteísmo, los mandamientos, la concepción de Dios como juez y legislador, y más de las dos terceras partes de la Biblia. Su influencia ética fue también considerable. A la civilización judía se debe que la palabra "rectitud" consista primariamente en el respeto a las prohibiciones, para que luego, en la época de los profetas, se produjera una positiva aproximación a la moral de caridad y justicia social.

EL MILAGRO GRIEGO. Alrededor de 600 años antes de la era clásica, los centros de civilización del mundo occidental se desplazaron del Cercano Oriente. Se produjo el "milagro griego". Con escasa extensión de tierras fértiles y pobres yacimientos minerales, los griegos lograron una civilización más elevada y variada que cualquiera de las naciones más favorecidas de Oriente. Produjeron intelectual y artísticamente en una forma que desde entonces ha servido a la humanidad como fuente de inspiración en la búsqueda de sabiduría y belleza. Fueron los fundadores de casi todos los grandes ideales que comúnmente consideramos peculiares de Occidente. Mientras la cultura de los poderosos imperios que le antecedieron no sirvió sino para magnificar el poder del Estado y encumbrar a gobernantes y sacerdotes, en Grecia se fundaron los ideales de libertad y optimismo, racionalismo y mundanalidad, sobre la base de la dignidad y del valor del hombre como entidad individual. La cultura griega fue la primera basada en la supremacía del intelecto y en la primacía del espíritu de indagación. No hubo problema que se considerara extraño al terreno de la razón.

ROMA. Mucho antes de que comenzara el ocaso de Grecia, una nueva civilización despuntó a orillas del Tíber, en Italia. Los romanos recogieron el legado griego, y aunque nunca le igualaron en sus realizaciones intelectuales o artísticas, crearon un Imperio, el más vasto hasta entonces conocido. Su extraordinario aporte a nuestra civilización fue el Derecho Romano. Aún en nuestros días los sistemas legales de casi todos los países de Europa y América tienen incorporadas buenas porciones de las enseñanzas de los grandes juristas romanos. No fue menos importante el aporte de la estructura del Imperio Romano en la organización de la Iglesia Católica que luego le habría de reemplazar en el dominio cultural del Occidente.

NACIMIENTO DEL CRISTIANISMO. Casi al mismo tiempo que el Imperio Romano alcanzaba su apogeo bajo Augusto y sus sucesores, se produjo un acontecimiento de la más grande trascendencia para el porvenir de la humanidad: el nacimiento de la religión cristiana. La aparición de Jesús marca el comienzo de una nueva era. El paganismo politeísta es sustituido por la doctrina de un solo Dios, Creador del mundo y Padre de todos los hombres, ante el cual todos son iguales, cualesquiera que sean su raza o clase social. El cristianismo erige en reglas de conducta el amor a los semejantes, la humildad, la caridad, el perdón de la injuria y la condenación de la violencia. No podía darse mayor contraste con el espectáculo de la sociedad romana en que ninguna de esas virtudes existía y donde la organización social tuvo como una de sus bases sociales y económicas la esclavitud, justificada por grandes filósofos de la antigüedad clásica, como Aristóteles.

Aunque al principio tenazmente perseguida por el Imperio, a menos de tres siglos de su nacimiento, la Religión Cristiana habría de triunfar sobre todos los cultos rivales, hasta convertirse en la fe oficial del Imperio, y derrumbado éste, constituirse en el fundamento principal de la civilización occidental. Cumbre de toda esta evolución fue la indiscutida prioridad del obispado de Roma, o sea el nacimiento del Papado.

LA EDAD MEDIA. En el largo período que siguió a la caída de Constantinopla en poder de los turcos, conocido como la Edad Media, la preponderancia de la Iglesia fue absoluta en todos los órdenes, y también en el cultural. Invadidos los pueblos europeos por las hordas bárbaras, correspondió a los monasterios salvar los tesoros de la civilización greco-romana y mantener encendida la antorcha de la cultura. Por tal razón, la historia del Medioevo no se caracterizó en modo alguno por el estancamiento y la barbarie. Desde el año 800 se produjeron manifestaciones de despertar intelectual que culminaron en un brillante florecimiento de la cultura durante los siglos XII y XIII.

Fue en estos siglos cuando aparecieron las nuevas órdenes de frailes mendicantes, que en vez de vivir recluidos en abadías y monasterios, dedicaron su tiempo a las obras de beneficencia social, la prédica y la enseñanza. El instaurador de la primera orden de frailes fue San Francisco de Asís (1182-1226). Le siguió la orden de frailes dominicos, fundada alrededor de 1215 por Santo Domingo, que también contribuyó en alto grado a la extensión de la enseñanza y al esplendor de la filosofía y la teología.

La filosofía característica de la Edad Media fue la Escolástica, sistema especulativo tendiente a armonizar la fe con la razón. Su más alto exponente fue Santo Tomás de Aquino, nacido alrededor de 1225. Su filosofía se apoyó fuertemente en la de Aristóteles y consideraba a la razón como instrumento principal de la verdad.

El acontecimiento más trascendente de la evolución cultural de la Edad Media fue el nacimiento de las universidades, institución no conocida en la antigüedad clásica. Las más antiguas fueron las de Salerno, Bolonia, París, Oxford, Cambridge, Montpellier, etc. Estaban constituidas en forma de corporación de profesores o de estudiantes, que servía de centro instructivo y también residencial para ambos.

EL RENACIMIENTO. Poco después de 1300 comenzaron a decaer las instituciones e ideales de la Edad Media y surgieron otros nuevos como resultado del gran movimiento de renovación conocido con el nombre de Renacimiento, el cual se prolongó hasta mediados del siglo XVII. En el cenit de ese resurgimiento cultural del Occidente se produjeron el descubrimiento y la conquista de América.

Aunque al principio el Renacimiento significó un mero retorno a la sabiduría clásica, sobre todo la de Grecia, abarcó después una impresionante serie de transformaciones en el arte, la literatura, la filosofía, la ciencia, la política y la educación que superaron ampliamente los focos de la civilización antigua y que la invención de la imprenta ayudó a difundir en todo el mundo conocido. El Renacimiento incorporó un conjunto de ideales y actitudes completamente nuevos y que habían de dar su fisonomía al mundo moderno: el individualismo, el optimismo, la mundanalidad, el hedonismo, el naturalismo, y sobre todo el humanismo, su expresión más característica.

El humanismo puede ser definido como la exaltación de lo humano y de lo natural, no en contraposición a lo divino y lo sobrenatural, sino como su verdadera apoteosis. El Renacimiento no entrañó un cisma religioso. Contrariamente, su centro más pujante fue la Roma de los Papas, principales propulsores del extraordinario movimiento cultural.

En el orden político, el Renacimiento aportó la idea de los Estados nacionales que destruyeron el orden feudal. En el orden económico el capitalismo reemplazó al viejo andamiaje del corporativismo. En el orden científico, la teoría geocéntrica (la tierra como centro del universo) de Ptolomeo fue desplazada por la teoría heliocéntrica (el sol como centro del universo) de Copérnico y Galileo. En el orden artístico hubo una verdadera eclosión de genios como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael, el Tintoreto, Ticiano. Se despertó una intensa sed de verdad y de belleza. Surgieron personalidades extraordinarias.

En el orden geográfico, la evidencia de la redondez de la tierra acicateó el espíritu de aventura que el Renacimiento había hecho revivir. Comenzó la era de los grandes descubrimientos. Primero fueron las Indias y luego la América. Magallanes y Elcano completaron la primera circunvalación del orbe. En la expansión de los límites del mundo conocido y en la incorporación de las tierras descubiertas a la órbita de la civilización occidental, le correspondió a España un papel principal, gracias a las nuevas savias que introdujo el Renacimiento en su organismo.

 

ESPAÑA Y LA CULTURA OCCIDENTAL

LAS CULTURAS PRIMITIVAS. Fue muy azaroso el proceso de la incorporación de España a la cultura occidental. Provinieron de África sus primitivos habitantes. Dejaron los asombrosos rastros de sus pinturas rupestres, algunas de alta calidad artística como las que se conservan en las cuevas de Altamira. Poco es, aparte de esto, lo que se conoce de estas culturas prehistóricas. Los tiempos históricos comienzan cuando superada la Edad de Piedra e iniciada la explotación de los metales, de que había gran riqueza en la península, ésta comenzó a ser invadida por oleadas sucesivas de pueblos extraños, provenientes de civilizaciones de Asia y Europa, muy superiores a las que existían en España. Venían no para habitar la península permanentemente sino para explotar sus riquezas en beneficio de sus respectivas patrias.

LOS FENICIOS. Los primeros colonizadores fueron los fenicios, pueblo próspero y emprendedor, dedicado al comercio y la navegación, que enseñaron a los españoles el uso de la escritura y el laboreo perfeccionado de las minas. Fundaron Cádiz, la primera ciudad española, que alcanzó fama por la grandiosidad y riqueza de sus templos.

LOS GRIEGOS. Rivalizando con los fenicios, vinieron luego los griegos, con su tipo superior de civilización. Su influencia se hizo sentir sobre todo en el terreno del arte. Una de sus producciones, la famosa escultura Dama de Elche, se conserva hasta nuestros días como una de las más notables manifestaciones del arte occidental. Los griegos fundaron escuelas y academias donde se leía y comentaba a sus poetas, historiadores y filósofos, y construyeron teatros en que se representaba a sus grandes autores.

ÍBEROS Y CELTAS. Mientras fenicios y griegos ocupaban el litoral, otros pueblos vinieron a instalarse ya permanentemente, no a título de colonización, en las tierras del interior. Eran los íberos, provenientes al parecer de la Mesopotamia, y los celtas que llegaron desde el centro de Europa. Se unieron para formar una sola raza: los celtíberos, de escasa civilización, pero de indomable espíritu independiente.

LOS CARTAGINESES. La llegada de los cartagineses, pueblo guerrero y comerciante del Norte de África, vino a complicar más la heterogeneidad cultural de la península. Fundaron Nueva Cartago o Cartagena, centro de su colonización. La influencia de los cartagineses fue, como la de sus afines los fenicios, especialmente comercial. Cuando intentaron emprender la conquista de Europa con su genial caudillo Aníbal tropezaron con el naciente poderío romano que barrió con ellos y los expulsó de la península.

LOS ROMANOS. Fieramente se batieron los primitivos habitantes celtas ibéricos contra sus nuevos dominadores una vez que éstos hubieron expulsado a los cartagineses. Al final se impusieron las armas romanas con las cuales vinieron nuevos tipos de civilización, de honda influencia en el desarrollo cultural español. Hubo unificación de mando bajo la presión absorbente del poder central de Roma; unificación social de los diferentes pueblos, mezclándolos, cambiándolos de residencia o concentrándolos en ciudades; unificación lingüística, difundiendo e imponiendo el latín como idioma oficial; unificación jurídica mediante el Derecho Romano que se sobrepuso a las leyes y costumbres de íberos, celtas y demás pueblos de la península. El dominio romano también significó la difusión de las manifestaciones de la civilización material (caminos, edificios públicos, comercio, agricultura) y de la cultura científica, literaria y artística de los romanos, así como de sus trajes y costumbres.

EL CRISTIANISMO. Pronto comenzó a ser predicado el cristianismo en España. Ya en el siglo II existían comunidades cristianas. Sufrieron también las persecuciones ordenadas por los emperadores romanos hasta que con el edicto de Constantino, en el año 312, que puso término a las mismas creció grandemente la influencia social y cultural de la nueva religión. El clero español tuvo hombres de gran valer en esta época, como Osio, obispo de Córdoba, que presidió el concilio de Nicea. A él se debió en gran parte la proclamación del Credo como profesión de fe cristiana.

LOS VISIGODOS. Con la decadencia del Imperio Romano y la invasión de Europa por los bárbaros, otro pueblo extraño vino a superponerse sobre las demás, culturas: los visigodos. Ya estaban romanizados y convertidos al cristianismo cuando conquistaron España. La vida cultural sufrió retroceso, como en toda Europa, aunque surgieron grandes figuras intelectuales, una de ellas San Isidoro de Sevilla. La Iglesia siguió desempeñando un importante papel cultural.

LOS MUSULMANES. A comienzos del siglo VII la monarquía visigoda fue destruida por los musulmanes y una nueva civilización apareció en la península. Los nuevos conquistadores eran los árabes y moros provenientes del África. Profesaban la religión creada por Mahoma, con ideas tomadas del judaísmo y del cristianismo. En constante actitud de guerra frente a todas las demás religiones, sobre todo la cristiana, no pudieron dominar por completo el territorio español, pero en las zonas donde arraigaron fundaron conspicuos centros de cultura. Córdoba se convirtió en centro de atracción para los intelectuales de Europa. Las bases del saber musulmán eran los libros griegos y romanos, traducidos al árabe, y que habían sido olvidados en los demás pueblos europeos, dominados por los bárbaros. De esta suerte, los musulmanes vinieron a ser los mantenedores y trasmisores de la cultura clásica. A la vez incorporaron a su cultura elementos científicos y artísticos del Asia Occidental, de la India y de China. No se limitaron a repetir y asimilar lo ajeno, sino que supieron producir un movimiento original y poderoso. En sus momentos de esplendor fueron el pueblo más culto de Europa. En Andalucía se establecieron hasta 50 bibliotecas públicas. La de los califas de Córdoba llegó a contener 600.000 volúmenes. La elevada cultura de los musulmanes se manifestó igualmente de manera brillante en las artes, sobre todo en la arquitectura y decoraciones, aunque no en la pintura y la escultura porque su religión les prohibía representar las figuras. Granada llegó a ser una de las ciudades más hermosas del mundo desde el punto de vista arquitectónico.

LA RECONQUISTA. Los reinos españoles que se conservaron cristianos emprendieron, desde el primer momento, la guerra de la Reconquista, que duró siete siglos. No todo fue guerra en este largo período. Aparecen y se desarrollan las lenguas romances, derivadas del latín (castellano, gallego, catalán, portugués, etc.) y con ellas, especialmente el castellano, comienzan las culturas propiamente españolas, en que se mostraron las características propias del genio peninsular y sus diferentes modalidades regionales. Así al mismo tiempo que combate sin tregua al conquistador musulmán, España se afirma intelectualmente. Los centros de enseñanza en la España cristiana de la Edad Media eran los conventos y las escuelas catedralicias. Tenían pequeñas bibliotecas y oficinas para copiar manuscritos. Los hijos de los reyes y de la nobleza se educaban en esas escuelas.

LA LENGUA CASTELLANA. El desarrollo de la lengua castellana como lengua literaria fue creación eminentemente popular. Durante el siglo XII se inician en Castilla las poesías llamadas "romances", poemas históricos y guerreros, de origen colectivo. Su monumento más antiguo es el "Cantar del Mio Cid", que gozó de difusión extraordinaria. A la vez que los cantares de gesta, los juglares componían y recitaban o cantaban breves poemas sobre asuntos diversos, predominantemente caballerescos y sentimentales. Junto a los mesteres de juglaría, autores de esos poemas, aparecieron los mesteres de clerecía, que componían sobre asuntos religiosos. Entre ellos el más famoso fue Gonzalo de Berceo. La prosa alcanzó pleno desarrollo con Alfonso el Sabio que definitivamente impuso el castellano como instrumento de expresión. Los más importantes monumentos de la prosa castellana en sus orígenes fueron las Siete Partidas, donde se reunió en un solo cuerpo todas las leyes de Castilla y la Crónica General, la primera historia.

ALFONSO EL SABIO. En el siglo XIII Castilla domina definitivamente a la España libre del yugo musulmán. Con Alfonso el Sabio (1252-1284) asume la dirección espiritual del país y emprende la formidable tarea de sistematizar la cultura y divulgarla en castellano, convertido en la lengua oficial del reino en lugar del latín. Se organizan institutos de investigación, observatorios astronómicos, bibliotecas, oficinas de traducción y consulta. Se recurre a todas las fuentes conocidas: hebreas, griegas, latinas, indias, románicas, sobre todo a través de la alta cultura científica de los árabes que transmiten los textos griegos, y de la cual se nutre la cultura española hasta que se hace independiente y creadora.

LAS ÓRDENES MENDICANTES Y LAS UNIVERSIDADES. En el siglo XIII dos corrientes darán nuevas orientaciones a la cultura: la revolucionaria creación de las órdenes mendicante, la franciscana y la dominica, especialmente dedicadas a la enseñanza, y la fundación de las primeras universidades españolas. Fueron éstas la de Palencia (1212), la de Salamanca (1215) que se convertirá en una de las más famosas del mundo; la de Valladolid (1260). Toledo con su antigua escuela episcopal, su academia de sabios consejeros del rey, sus libres academias judías, no sintió necesidad de la institución nueva. A los estudios generales se agregaron estudios particulares, como el de Murcia; donde se enseñaba ciencias a judíos, mahometanos y cristianos. Las universidades ofrecían gran variedad de enseñanza. Con el tiempo se redujeron a cuatro facultades típicas: artes (ciencias, humanidades, música), derecho civil y canónico, medicina y teología. En Salamanca se dio el caso original del doctorado en música que se otorgó antes que en ninguna otra institución europea. La fundación de universidades continuó durante los siglos XIV, XV y XVI. En 1508 se fundó la Universidad de Alcalá de los Henares, rival de la poderosa Salamanca, con sus cuarenta y dos cátedras.

LA IMPRENTA. Con el movimiento de las universidades coincidió el de la imprenta. Es posible que existiera en España poco tiempo después del invento de Gutenberg, pero el primer libro conocido es del año en que comienza el reinado de los Reyes Católicos: "Les trobes en la hora de la Verge Marie", recopilación de poesías en catalán valenciano y en castellano, publicado en Valencia en 1474. Antes del descubrimiento de América también tenían imprenta Zaragoza, Barcelona, Tortosa, Lérida, Sevilla, Salamanca, Zamora, Guadalajara, Toledo y Burgos. Hasta entonces los libros habían sido manuscritos. 1o cual hacía costoso repetir copias, sobre todo si se trataba de obras extensas. Para mayor acrecentamiento de la cultura, los Reyes Católicos eximieron en 1480 de derecho de aduanas a los libros necesarios para los estudios, franquicia que en 1548 el emperador Carlos V extendió para las Indias. Con el mismo objetivo se dispuso que los impresores no pagasen tributos.

CIENCIAS Y TÉCNICAS. El genio español no brilló en las ciencias especulativas con igual pujanza que en otros órdenes de actividad espiritual. Su capacidad creadora, más fecunda en la acción que en el pensamiento, encontró en la era de los descubrimientos geográficos su cauce adecuado. No obstante, fue también muy importante la contribución española en todos aquellos órdenes de conocimientos necesarios para las exploraciones y la explotación económica de las tierras recién descubiertas. La navegación de altura fue posible gracias a la importante tradición astronómica de origen griego, cultivada y perfeccionada por árabes, judíos y cristianos durante la Edad Media. En el periodo anterior al descubrimiento habla concluido el proceso del tránsito de la Astrología a la Astronomía, y los grandes descubrimientos de los portugueses en África y Asia ensancharon considerablemente las nociones sobre la extensión del mundo. La mayor gloria en los progresos de la geografía correspondió al infante don Enrique de Portugal que durante medio siglo desarrolló el más vasto plan de exploraciones que registra la historia. El conocimiento de nuevas tierras en África y en Asia, más el perfeccionamiento de la técnica de navegación, fueron aprovechados grandemente por los españoles en su empresa americana. También estaba muy avanzada en España la técnica de la metalúrgica, que permitió la explotación científica de las riquezas mineras del Nuevo Mundo. Databa de la época romana y fue perfeccionada por los árabes españoles.

ARQUITECTURA, ESCULTURA. De este tiempo existen obras admirables de arquitectura, ya no solamente con fines religiosos. Se construyen imponentes catedrales como las de León, Cuenca, Toledo, Burgos y Barcelona, y también multitud de iglesias, monasterios, castillos, palacios reales y señoriales, universidades, etc. Estas obras, que revelan las condiciones originales y la personalidad del arte español, señalan el tránsito del estilo ojival. Al mismo tiempo sigue brillando el arte original mudéjar, de inspiración morisca, que se manifiesta tanto en edificios públicos y privados de Toledo, como en los religiosos, en la cerámica, el artesanado, en azulejos y encuadernaciones. El siglo XV produce una riquísima serie de escultores. Nacen obras admirables de estatuaria religiosa, tanto de tipo ojival como renacentista, así como sepulcros, retablos, portadas y decoraciones de iglesia. La mezcla de estilo gótico con el renacentista, introdujo en España una nueva forma, muy peculiar, la llamada plateresca, porque su exuberante decoración imitaba las afiligranadas obras de los plateros.

LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA. Los reyes de España necesitaron contar con el apoyo popular para la interminable lucha contra los árabes. Las Cortes y los Municipios fueron instituciones eminentemente democráticas, sin cuyo voto ninguna medida de importancia podía adoptar los monarcas. Poco a poco, las relaciones entre reyes y súbditos fueron regulándose por las Cartas Fueros, verdaderas constituciones que consagraban las "libertades" y "franquías" del pueblo, asegurándole justicia y buena administración, y el derecho de no consentir impuestos ni reclutamientos que no fueran aprobados por las Cortes. Fruto del acendrado individualismo español fue la dispersión de la España cristiana en numerosos reinos independientes, lo cual debilitó el poder militar ante los moros y prolongó la guerra de la Reconquista. Paulatinamente fueron unificándose los Reinos, hasta quedar solos los de Castilla y Aragón. El casamiento de los reyes de estos dos estados cristianos, Isabel y Fernando, unificó a España y permitió emprender la fase final de la Reconquista y luego la conquista de América, descubierta el mismo año en que caía Granada, el último baluarte de los moros.

EL CRISTIANISMO UNIFICADOR. La inmensa heterogeneidad de los elementos raciales y culturales del pueblo español acumulados en la Antigüedad y en la Edad Media, encontró gran factor unificador en la común religión cristiana. Ésta sirvió para unir finalmente bajo la égida de los Reyes Católicos a tantos pueblos independientes y celosos de su individualidad, en su lucha contra los árabes. Puede afirmarse que la fuerte religiosidad española fue también el agente principal del proceso cultural y político, que hizo posible la incorporación del pueblo español a la cultura occidental. De igual modo, el espíritu cristiano, hondamente arraigado, permitió al pueblo español recibir sin trastornos el impacto del Renacimiento y abordar la magna tarea de la conquista del Nuevo Mundo con ideas nuevas y diferentes a las que hasta entonces habían presidido la formación de los imperios.

EL RENACIMIENTO. Las ideas renacentistas llegaron a España con algún retraso pero produjeron también revolucionarios efectos. El primero de todos fue la formación de un Estado nacional unificado bajo la égida de los Reyes Católicos. La unión de Castilla y Aragón, mediante el casamiento de Isabel y Fernando, terminó con los débiles rasgos del feudalismo y permitió la feliz coronación de la vieja guerra de la Reconquista de España del poder de sus conquistadores musulmanes. El mismo año de la caída de Granada, el último baluarte de los árabes en la península ibérica, España, ya enteramente unificada, pudo emprender la gran empresa del descubrimiento y de la conquista de América. La idea renacentista de la aventura unida a elementos proporcionados por la profunda religiosidad del pueblo español, presidió la gesta indiana. En el Nuevo Mundo encontró amplio escenario el viejo individualismo español que el Renacimiento liberó geográficamente y que espiritualmente siguió encadenado al ideal religioso para acometer la proeza de transvasar una civilización en otras sin destruir estas últimas.

OBJETIVO DE LA CONQUISTA. Fue en el Nuevo Mundo donde por primera vez en la historia cultural de la humanidad hubo una tentativa de transplante total de una civilización sin descuajar de raíz las antiguas poblaciones y culturas. España llevó a América el plan de imponer su religión, organización social, sistema jurídico, artes, ciencias, agricultura, crianza de animales domésticos, industrias, comercio, vestimenta, diversiones, costumbres en general, pero respetando la calidad humana de los aborígenes. Este plan tenía una finalidad ético-religiosa: la salvación de las almas mediante la conversión de los indígenas a la Religión Católica, la implantación de la moral cristiana, la conservación o la elevación del nivel espiritual y material de los pueblos, y en análisis final, la incorporación del Nuevo Mundo a la cultura occidental, como un acto de servicio a Dios, no como una mera empresa de explotación económica o de expansión geográfica.

Aunque no siempre tan elevados objetivos fueron acatados por los briosos conquistadores, ni recordados por la Corona, y aunque muchos fueron los crímenes y errores cometidos bajo el acicate de las ambiciones de riqueza y poder, al cabo de tres siglos de dominación España dejó cumplida su misión. América indígena mezcló su sangre y cultura con las de sus conquistadores y quedó incorporada a la civilización occidental.


 

 

LECCIÓN 2

LA CULTURA GUARANÍTICA

 

LAS CULTURAS PRECOLOMBINAS.

Muy desigual era el nivel cultural de los pueblos indígenas del Nuevo Mundo cuando comenzó la Conquista. En tres zonas se habían desarrollado altas culturas, verdaderas civilizaciones en el concepto moderno del vocablo: 1) en el territorio hoy ocupado por las Repúblicas del Perú, Ecuador y Bolivia; 2) en el territorio central y meridional del actual México; 3) en el territorio que ocupan los Estados de Yucatán, Campeche, Tabasco y Chiapas, también de México, y en el de las Repúblicas de Guatemala, Honduras y El Salvador, y en Honduras británica. Cuando aparecieron los españoles, sólo subsistían, y en todo su esplendor, la primera y la segunda de esas civilizaciones: la incaica y la azteca, últimas etapas de culturas más antiguas (las de Teotihuacán, totonaca, la zapoteca y la mixteca, antes de la primera; las de Tiahuanaco, chimú y nazca, antes de la segunda), de que incas y aztecas no fueron sino conquistadores. La tercera civilización, de los mayas y los quichés, estaba en plena decadencia si no en ruina completa, conservando sólo sus espléndidos monumentos y rica literatura.

Aquellas dos civilizaciones estaban muy adelantadas cuando irrumpió la civilización europea cuyos portadores fueron descubridores, conquistadores, religiosos, exploradores, colonizadores, educadores, comerciantes y cuantos durante los siglos XV y XVI se establecieron transitoria o permanentemente en los territorios descubiertos. Los conquistadores encontraron que aztecas e incas estaban organizados políticamente en imperios, tenían magníficas ciudades con monumentales edificios, ejércitos poderosos, agricultura, comercio e industria, religiones dominantes, arte, ciencia, escritura, técnica, metalurgia, enseñanza, calendarios, estadísticas, carreteras, acueductos, literatura. Pero esos imperios se derrumbaron al empuje de las huestes de Cortés y Pizarro. La superioridad de las armas europeas basadas en la pólvora que desconocían aztecas e incas, el rápido transporte en caballos y carruajes de rueda, que tampoco conocían, la fogosidad española se impusieron sin mayores dificultades y en pocos años de aquellos famosos imperios sólo restaron las huellas arquitectónicas incrustadas en los edificios religiosos y palacios levantados sobre sus ciclópeos muros o ruinas de ciudades perdidas muchos años en la selva o en las heladas cumbres. Pero quedaron los estratos humanos. No fueron exterminadas sistemáticamente como ocurrió con la penetración inglesa en la América del Norte, sino que por acción deliberada de los españoles, fueron incorporados a la nueva civilización, principalmente por el canal de la conversión religiosa y en menor grado por el mestizaje. Étnicamente vastos sectores se conservaron puros, sin mezcla. Mantuvieron muchos de sus rasgos culturales y aún los impusieron a los españoles y sus descendientes. En el Perú el ayllu, modo de organización de las comunidades y de la propiedad, nunca pudo ser extirpado del todo.

Fuera del dominio o influencia de estos dos grandes imperios precolombinos, la América actualmente latina estaba poblada en el momento de la Conquista por una multitud inmensa de familias indígenas, de un nivel cultural muy distinto, tan diverso e inferior como lo eran las naciones llamadas bárbaras con respecto del Imperio Romano. No reconocían vasallaje a incas o aztecas; no estaban organizados en estados políticos; carecían de ciudades; sus artes eran rudimentarias, salvo excepciones; hablaban una heterogénea y numerosa cantidad de lenguas y dialectos; poseían gran dominio de la fauna y de la flora; eran sedentarios o nómadas; tenían creencias míticas y religiones embrionarias en algunos casos y sumamente avanzadas en otros; su cultura material y espiritual estaba fuertemente influirla por el ámbito geográfico.

Entre esas culturas estaba la guaranítica, de gran influencia en la formación histórica de nuestra nacionalidad, no porque fuera la única existente en el actual territorio del Paraguay, sino porque, en vez de hacer guerra viva a los conquistadores, aceptaron su alianza, y por el camino de un vasto y sistemático cruzamiento de sangres, o por su voluntaria conversión a la fe católica y reunión en pueblos y reducciones, organizados por autoridades y vecinos de Asunción y a cargo de religiosos franciscanos, mercedarios y jesuitas, se plegaron al nuevo orden de cosas. De la convivencia de las dos culturas resultó la cultura paraguaya.

 

LOS GUARANÍES

Las tierras situadas al oriente del río Paraguay donde los españoles erigieron en 1537 la Casa Fuerte de Nuestra Señora de la Asunción transformada en Ciudad en 1541, eran el centro de los indios carios, una de las principales parcialidades de la gran nación guaraní. No eran los únicos guaraníes que habitaban el actual territorio paraguayo: al sur del río Tebicuary moraban los paranaenses, y al norte del Jejuí los itatines; los guayraes se hallaban en el Alto Paraná, en la zona tipificada por el Gran Salto del Guayrá. Estas tres grandes familias guaraníes se plegaron sucesivamente al dominio español, pero no así numerosas otras que se refugiaron en bosques del centro alejados de los dos grandes ríos que genéricamente fueron conocidas con el nombre de cainguáes, muchas de las cuales (por ejemplo los guayakíes y los mbyhás) hasta nuestros días se mantienen al margen de nuestra cultura o están sólo someramente aculturadas. Igualmente permanecieron mucho tiempo insumisos los chiriguanos que habitaban las montañas de los confines del Chaco, donde también se encuentran hasta hoy los guarayos, últimos restos de los antiguos itatines.

Los guaraníes se hallaban extendidos por casi toda la América del Sud, desde los 5 grados de latitud norte hasta los 35 de latitud sur, y desde los 35 hasta los 75 de longitud oeste, pero no en una forma continua, sino a lo largo de las costas del mar y de los grandes ríos y en los prolongados valles que servían también de rutas de comunicación. Las zonas intermedias eran habitadas por ges o arawaks de culturas mucho más primitivas. Cada una de sus parcialidades se conocía con distinto nombre, pero generalmente se distinguían dos grandes ramas principales: los tupíes que habitaban el actual Brasil, en el litoral marítimo, y los guaraníes, moradores del actual Paraguay, aunque parece ser que en uno y otro caso, tales denominaciones les eran asignadas por sus enemigos o por los extraños. Modernamente son denominados por los antropólogos con el nombre común de tupí-guaraníes, pues cuanto más se ahonda el estudio de sus características más significativamente aparece la identidad de sus rasgos culturales esenciales. Del mismo modo, entre las otras distintas ramas de esa gran familia hay sólo diferenciaciones en el grado de la evolución cultural, más o menos pronunciadas, y tienen siempre de común la lengua, inteligible siempre, para los tupí-guaraníes de la costa o del centro del continente, a pesar de las variaciones locales. Puede afirmarse que se trataba de un verdadero imperio lingüístico, de gran importancia en la conquista, según veremos.

 

ORGANIZACIÓN POLÍTICA.

A pesar de sus fuertes afinidades, los tupí-guaraníes no formaron un solo cuerpo político y tampoco dentro de cada una de las grandes parcialidades existió una organización política común. Particularizando con los carios, se puede afirmar que estaban constituidos por cierto número de tribus unidas por vínculos de parentesco, amistad o defensa común, pero sin dependencia de una sola. La unidad era la tava, compuesta de 50 a 100 familias, con vida independiente, economía particular y gobierno propio, a cuyo frente estaba un cacique, o ruvichá, elegido por el consejo de ancianos. Esta asamblea también se reunía en todas las ocasiones importantes y sus decisiones debían ser acatadas por el cacique cuya autoridad política era muy tenue salvo en casos de guerra. La historia ha recogido el nombre de los principales caciques carios al iniciarse la conquista: Cascará en el actual centro urbano; Abambaré en Lambaré; Moquirasé en el Tapuá; Cupiratí en Itacumbú; Mairarú en Pinosá y Timbú-aí en Ñuguasú.

Ocasionalmente se confederaban las tribus, sobre todo para la guerra contra otras tribus. Se elegía entonces un jefe común, cuyo mando duraba cuanto requerían las circunstancias. Para la designación de los caciques se tenía en cuenta no sólo la valentía sino también la elocuencia. Los payés, hechiceros, raras veces adquirían el mando político por no ser hombres de guerra, por lo general. Cuando aquellas calidades se reunían en el hijo mayor de un cacique difunto, caso común porque sus padres les adiestraban en ellas desde niños, el cargo se volvía hereditario, si bien contrastes militares o la pérdida de las dotes oratorias acarreaban la destitución por el consejo de ancianos.

 

ORGANIZACIÓN SOCIAL.

La familia era la base de la organización social y era patrilineal. Los canos, por lo general, eran monógamos, aunque era obligado que los caciques tuvieran varias mujeres, por constituir ellas el signo de amistad o de alianza con las otras tribus; cuanto mayor fuera el número de mujeres provenientes de otras tavas, mayor era la seguridad de la propia tribu. La posibilidad de mantener varias mujeres ampliaba el círculo de los polígamos. Además, era muestra de aprecio, tanto de parte de los forasteros, como para éstos, intercambiarse mujeres. La mujer desempeñaba un papel político de primer orden. Las largas migraciones estaban jalonadas por mujeres que quedaban en los puntos de escala unidas a los caciques lugareños, como un modo de asegurar las espaldas o el regreso. Esta costumbre contribuyó grandemente a la extensión de la cultura guaranítica en el continente.

La vida familiar era muy cuidada. Los grados de parentescos estaban bien definidos y tenidos en cuenta. Más que el esposo o ména, era considerado el cuñado o tovayá, que se interesaba por los sobrinos tanto como los propios padres. Los matrimonios eran tratados entre los padres cuando los hijos eran pequeños. El hombre sólo recibía autorización para el casamiento después de haber tomado parte en una guerra, o hecho un prisionero. La ceremonia nupcial se efectuaba al llegar la mujer a la pubertad. A1 producirse ésta, rapaban la cabeza de la joven, le tatuaban el pecho, los costados del cuerpo y el vientre, y una vez crecido el pelo y curadas las cicatrices, la entregaban al esposo.

Las indias no consideraban injuria que su marido tomase otras mujeres. El parentesco se transmitía sólo en línea paterna. En consecuencia, el indio no podía casarse con la hija del hermano, pero podía hacerlo con la hija de la hermana. Practicaban la couvade (Es una palabra francesa de difícil traducción cuyo significado en español está expresado en la frase que sigue.) El marido tomaba el puesto de la parturienta en la hamaca donde recibía regalos y felicitaciones mientras la mujer hacía un ayuno ritual que terminaba con grandes fiestas.

 

VIVIENDAS.

Según la importancia de la tribu, la tava ocupaba de uno a siete grandes casas u ógas, de base rectangular, de medidas no siempre iguales, las más pequeñas de aproximadamente 50 mts. de largo y 5 mts. de ancho, y las más grandes de 150 por 15 mts. Eran construidas sobre horcones y caballetes de madera, y las palmas que se utilizaban en el techo descendían hasta el suelo, haciendo también de paredes. Las aberturas estaban en ambos extremos de la larga construcción. En cada una de esas viviendas vivían de 30 a 50 familias en relativa promiscuidad, dividiéndose las familias por estacas desde las cuales colgaban las hamacas y utensilios. Las viviendas daban sobre una plaza cuadrangular, centro del movimiento cívico y ritual. En ellas se colocaban las hamacas, colgadas de estacas, desde donde los ancianos deliberaban en los asuntos de la comunidad. Las tavas estaban protegidas exteriormente por empalizadas.

 

VIDA ECONÓMICA.

Además de cazadores, recolectores y pescadores eran agricultores. Practicaban el cultivo por el método del «rozado». Ponían cuidado en la elección del lugar y del suelo para sus plantaciones. Buscaban lugares fértiles, sobre todo a los pies de las colinas. Las plantas cultivadas eran numerosas. Tenían 24 variedades diferentes de mandioca y cinco de maíz, que juntamente con el maní, los porotos y los zapallos en diversas variedades, constituían la base de su alimentación. Aprovechaban muchas frutas silvestres y también cultivaban bananas y ananaes, algodón para el tejido y el tabaco para fines rituales. El fruto del pindó (palmera) y del mbocayá (coco), aunque no cultivados, servían también para preparar alimentos.

Por todo instrumento agrícola, utilizaban estacas puntiagudas endurecidas a fuego. Conservaban sus cosechas de maíz en sobrados. La mandioca era enterrada. Los animales de la fauna tropical eran cazados por medio de arcos y flechas, cerbatanas, hondas, trampas y otros recursos. Utilizaban en gran escala la miel y llegaron a domesticar a las abejas. Hacían vino fermentando la mandioca, el maíz, el algarrobo, la piña, la miel, pero no eran aficionados a la bebida.

 

VESTIMENTA.

Según Schmidel las mujeres y los hombres andaban completamente desnudos «como Dios el Todopoderoso los ha creado». Sin embargo, algunas tribus usaban el chiripá o la baticola para cubrir las partes sexuales. El typoi de las mujeres, una pieza rectangular, con abertura en el medio por donde se introducía la cabeza, y que cubría el cuerpo de la mujer hasta las caderas, servía más bien para facilitar el transporte de las criaturas. Los ornamentos de pluma tenían utilización ritual. Usaban mantos, bonetes, brazaletes, collares y ligas, hechos de plumas de distintos colores. En algunas tribus se untaban el cuerpo de resina y de miel para pegarse a él un fino y multicolor plumaje.

La ornamentación era usada sobre todo para la guerra. «Era cosa muy de ver-recuerdan los «Comentarios» de Alvar Núñez -la orden que llevaban y el aderezo de guerra, de muchas flechas, muy emplumados con plumas de papagayos, y sus arcos pintados de muchas maneras, y con instrumentos de guerra, que usan entre ellos, de atabales y trompetas y cornetas, y de otras formas».

 

TÉCNICA.

La alfarería era un arte femenino. Fabricaban vasijas para las bebidas fermentadas y como urnas funerarias. Había tres tipos de cerámica: a) pulida, desprovista de ornamentos; b) con decoración unguicular; c) pintada. También el hilado era incumbencia femenina. Se tejía el algodón o las fibras del caraguatá y güembé para la fabricación de hamacas, redes, typoi, fajas, etc. La cestería era más importante, pues casi todas las vasijas para la conservación de alimentos y utensilios, se hacían con lianas ysypó u hojas de caranday trenzadas. Era una técnica por lo general masculina.

 

LA LENGUA.

Su principal patrimonio cultural era, sin disputa, la lengua. En 1839 escribió D'Orbigny: «Si los hechos no probaran que la nación que la habla jamás ha estado reunida en cuerpo aunque ocupe superficie inmensa, se creería que esta lengua ha sido el producto de las maduras reflexiones de una civilización adelantada y de un espíritu de análisis verdaderamente extraordinario». Pero antes los jesuitas habían hecho pública su admiración hacia el guaraní. Así, Ruiz de Montoya en 1639: «Lengua tan copiosa y elegante que con razón puede competir con las de fama». Lozano en 1754: «Esta lengua es sin controversia de las más copiosas y elegantes que reconoce el orbe». Chomé en 1736: «Nunca hubiera pensado que entre bárbaros existiese una lengua que en manera alguna es inferior, a mi juicio, en armonía y nobleza a las que aprendí en otro tiempo en Europa». Peramás en 1793: «El guaraní nada tiene que envidiar al griego o al latín en artificio y elegancia». Verdaderamente admirable es la estructura del idioma guaraní. Sirve para expresar cosas, sentimientos e ideas, aún aquellos desconocidos en la cultura guaraní, y lo hace con claridad, lógica y precisión. Sus vocablos son, por lo general, polisintéticos, y muestran una maravillosa concatenación de conceptos, basada en una justa e invariable combinación de sonidos primordiales, enteramente naturales y lógicos en su significado. Lengua aglutinante, las palabras se hallan formadas de una raíz, que expresa la idea esencial, y en cuyo derredor se aglutinan los prefijos y sufijos, que expresan las ideas accesorias. «Cada palabra es una definición exacta que explica la naturaleza de la cosa que se quiere expresar y que da en ella una idea clara y distinta» (P. Chomé). Para traducir literalmente una palabra se necesita una frase en los idiomas cultos. Es que cada palabra es una metáfora comprimida al extremo; es una densa condensación de vocablos, lograda a través de síncopas, aféresis y apócopes. Yvytú, viento, es aliento de la tierra; porá, hermosa, es «semejante a la flor»; tesa y'i, pupila, es semilla de los ojos. También abundaban los vocablos onomatopéyicos, que imitaban los sonidos de la naturaleza: sununú, trueno; chororó, cascada; opepé, aleteo del ave; syryry, deslizamiento del arroyo; pororó, explosión; pirirí, chisporroteo, etc.

Las grandes recopilaciones lexicográficas, entre las cuales ocupan primer lugar las del Padre Antonio Ruiz de Montoya, publicadas en 1639 y 1640, registran lo que era culturalmente la nación guaraní en el momento de la Conquista. «Allí está, dice Domínguez, cuanto el hombre de la selva amó y expresó en esta vida y en la otra, el mundo de sus conceptos, su ideación, etc.». Los guaraníes no sólo estudiaban mucho su lengua materna, sino que celaban por su pureza, de manera que se convirtieron en cierto modo en maestros de los jesuitas, y éstos de buen grado en sus dóciles discípulos.

ELOCUENCIA.

Orgullosos de su lengua, la elocuencia era la cualidad que más valoraban los guaraníes, después de la valentía. «Muchos se ennoblecen con la elocuencia dice el Padre Ruiz de Montoya- en el hablar (tanto estiman su lengua, y con razón, porque es digna de alabanza y de celebrarse entre las de fama); con ella agregan gente y vasallos, con que quedan ennoblecidos ellos y sus descendientes» («Conq. Esp.», cap. X). Sus asambleas políticas eran torneos de oratoria, en que se imponían quienes mejor hablaban. Lo hacían paseándose de un extremo al otro de la plaza mientras los ancianos escuchaban desde sus hamacas. El Padre Roque González de Santa Cruz transcribió el discurso con que le recibió uno de los caciques cuya evangelización procuraba. El libro del Padre Techo está lleno de piezas oratorias. Las dotes oratorias se aguzaban ante la proximidad de los peligros y de la muerte. Pronunciaban discursos al entrar en batalla y si caían prisioneros lo hacían antes de ser consumidos por los vencedores. Montaigne reproduce uno de ellos en sus «Ensayos» (cap. XXX).

 

POESÍA.

«La majestad y fuerza de expresión de la lengua, sus elegancias de dicción sobre todo cuando expresaba vehementes afectos del alma, ya sea en sus momentos de gozo y alegría, ya en los de tristeza y dolor, como en la pública celebración de una victoria o en las solemnes honras funerarias» (Padre Chomé), no sólo dieron un admirable instrumento para el cultivo de la elocuencia sino que alimentaron la índole, naturalmente poética, de los guaraníes. El poeta, rapsoda, alcanzó una categoría excepcional, comparable a la del guerrero y del payé. Cuenta Gabriel Soares que los poetas gozaban de tal estima que se introducían entre sus enemigos, sin sufrir la menor ofensa. No sólo había poetas, sino también poetisas y ambos cultivaban con esmero el arte de la improvisación. Montaigne recogió dos muestras de la poesía guaraní. Una de ellas es el poema del prisionero que antes de ser consumido por sus vencedores les apostrofa con jactancia:

Que atrevidamente vengan para arrancarme la vida;

Que se reúnan y les sirva de mi ágil cuerpo de comida.

Devorarán, no mi carne, no a mí, sino ciento y ciento

De sus ancestros que fueron mi bocado y alimento.

Estos músculos vibrantes, estas carnes y estas venas

Son los vuestros, pobres locos que causáis risa y penas.

No advertís que de vuestros muertos padres la sustancia

Aún a mis miembros presta una varonil prestancia?

Probad mis cálidos restos; saboreadlos sin susto

Y conoceréis, al fin, de vuestra carne el gusto (1).

(1) Es la traducción de Natalicio González Ideología guaraní», México, 1958, p. 20, de la chanson faicte par un prisonnier: Qu'ils viennent hardiment trestouts, et s'assemblent por disner de luy; car ils mangeront quant et quant leurs peces et leurs ayeulx qui ont servy d' al iment et de nourriture á son torpe: ses muscles, dict il, cette chair et ces veines, ce son les vostres, pauvres fols que vous etes; vous ne recognoissez pas que la sustance des membres de vos ancestres s' y tient encores; savourez le bien, vous y trouverez le goust de vostre propre chair  ales Essais, L. I, Chap. XXX.

 

Además de esta canción guerrera, Montaigne tuvo noticia de otra amorosa, de la cual nos legó sólo la primera copla o estribillo:

Detente culebra, culebra detente

A fin de que mi hermana copie

De tus hermosos colores el modelo

De un rico cordón que yo pueda

Ofrecer a mi amada.

Y que tu belleza sea siempre preferida

A la de todas las demás serpientes.

 

Y Montaigne comenta: «Creo haber mantenido suficiente comercio con la poesía para juzgar que ésta no sólo nada tiene de bárbara por su imaginación, sino que ella es completamente anacreóntica». («Les Essais, L. I, Chap. XXX). Según el autor de «Los Ensayos» el idioma guaraní es dulce y de sonido agradable y las palabras terminaban de un modo semejante a las de la lengua griega.

De otra índole son los grandes poemas religiosos, que refieren los mitos de la creación del universo, el diluvio, y el juicio foral. Algunos de ellos fueron recogidos por el sabio Curt Nimuendaju, entre los apapokuva descendientes de una ola migratoria de los antiguos guaraní. El génesis comienza así:

El Abuelo viene envuelto en tinieblas para no ser conocido.

Los murciélagos primitivos se apiñan en las tinieblas.

Un Sol lleva el Abuelo sobre el pecho.

Trae la primigenia madera en cruz;

La coloca hacia el naciente;

 La pisa y comienza la tierra.

Los poemas mitológicos eran generalmente de creación espontánea de los rapsodas, que improvisaban variaciones sobre los elementos esenciales de la cosmogonía guaraní. En nuestros días, el antropólogo León Cadogan ha descubierto que si bien en gran parte eran creados por el poeta a medida que los recitaba, no ocurría lo mismo con lo que los iniciados expresaban en el lenguaje esotérico, con vocabulario que ni siquiera pudo ser recogido por Ruiz de Montoya.

 

MÚSICA Y DANZA.

La poesía estaba muy unida a la música y la danza. Se preciaban de grandes músicos. Cantaban coplas, como la que Montaigne reprodujo, con sus correspondientes estribillos. El guía decía la canción, y los demás respondían con el estribillo, cantando y bailando simultáneamente en ruedo. Las mujeres bailaban juntamente con los hombres, haciendo con los brazos y cuerpos grandes mímicas y gestos, principalmente cuando bailaban solas. Guardaban entre sí diferencias de voces, y de ordinario las mujeres llevaban las de tiples, contraltos y tenores. Acompañaban sus cantos con diversos instrumentos. Usaban trompetas de madera agujereada, o de cuernos. Sus flautas eran de bambú, o de hueso, por lo general tibias y húmeros de los enemigos consumidos en la antropofagia ritual. También usaban bocinas, cornetas, atabales, tambores y cascabeles. Las maracas desempeñaban papel importante en las danzas rituales. Los movimientos eran dirigidos par el bastón de ritmo. Dice Lery (1556) que el canto de los guaraníes «tiene una tal melodía, que si se piensa que ellos no conocen el arte (europeo) de la música, los que no los hayan oído, jamás podrán creer que se acordasen tan bien. Si al comienzo tuve cierto miedo, después sentí tanto gozo, no sólo oyendo los acordes bien medidos de la multitud, sino sobre todo por la cadencia del estribillo de la balada, cuando a cada copla todos prolongan sus voces. Quedé tan embargado, y todas las veces que recuerdo de aquel canto, se me estremece el corazón, y me parece como si lo tuviese aún en mis oídos». Las danzas tenían una importancia primordial en los ritos relacionados con la guerra y con las marchas hacia la Tierra Sin Mal Generalmente cercaban el recinto donde bailaban (el tokay).

 

ARTES.

Poco es lo que se conoce de su arte material por lo perecedero de las materias que usaban: madera, plumas y arcilla. Daban nombres a los distintos metales pero los conocían sólo a través de sus contactos con las naciones metalúrgicas, como los incas, y no los sabían trabajar. En enterratorios guaraníes del Paraná fueron descubiertos ornamentos auriculares, placas, hachas, patenas, prendedores de oro y plata, incuestionablemente de origen andino. El mismo origen tenían, probablemente, las planchas de cobre con que se cubrían el pecho para ir a la guerra según la relación de Alvar Núñez. La alfarería era decorada mediante incisiones de la uña, presiones de las yemas de los dedos o con espátulas de madera, siguiendo líneas simples. Algunas vasijas llevaban dibujos geométricos, con pinturas negras o rojas sobre fondo blanco, donde se nota la influencia incaica. En el teñido del plumaje, de los arcos y de las flechas, se manifestaba un rico sentimiento pictórico. Extraían los tintes de vegetales y animales y con ellos también se pintaban el cuerpo para las ceremonias rituales y para la guerra. Por razones religiosas no esculpían la piedra aunque no ignoraron ese arte como lo demuestran los numerosos petroglifos que subsisten en los cerros de Villarrica, en Ypir, en arroyo Tagatipá (Concepción), etc. Como después habrían de descubrir los misioneros tenían gran aptitud para la imitación. Aunque no creaban arte propio fueron eximios copiadores de pinturas, esculturas, escrituras, así como de implementos mecánicos o artesanales.

 

CIENCIAS.

Carecían de numerales propios para más allá del cuatro y con la ayuda de la mano sabían contar grandes cantidades. Sus conocimientos astronómicos eran rudimentarios; se servían de las Cabrillas para regular las sementeras. Sobresalieron en botánica y zoología. Grandes clasificadores, sabían dar nombres y distinguir las distintas especies de plantas y animales. Sacaban gran provecho de los vegetales medicinales. Extraordinarios observadores, llegaron a utilizar el moho de las rocas de los arroyos para curar infecciones (Anticipo del penicilium). No está demostrado que tuvieran algún tipo de escritura o de trasmisión gráfica del pensamiento.

 

GUERRA.

Su nombre les viene de su calidad guerrera. Ponían la hazaña bélica entre los más altos valores humanos. Los canos mantenían guerra casi perpetua con los guaycurúes del Chaco. Además en sus largas migraciones peleaban hasta exterminar a las tribus hostiles que encontraban al paso y que no aceptaban su amistad. Llegaron a amenazar al imperio incaico que debió acordonar sus fronteras para impedir nuevas invasiones guaraníes. Los últimos invasores se aposentaron en los contrafuertes andinos y allí se conservaron indómitos e insumisos durante toda la época colonial. Fueron los famosos chiriguanos. No fueron menos bravos los canos que encontraron los primeros españoles. En su tosco lenguaje Schmidl dijo que «son un pueblo así que cuantos ven o encuentran frente a ellos en la guerra deben morir todos; no tienen compasión con ningún ser humano». Quienes caían prisioneros, hombres o mujeres, no salvaban su vida. Bien cuidados y mejor alimentados, se los llenaba de agasajos, para luego descuartizarlos y consumir sus restos en medio de grandes fiestas y danzas en que participaba toda la tribu, incluso los niños. La antropofagia era ritual. Tenía por objeto la adquisición de las cualidades heroicas del vencido, el cual tenía a honra mantener el ánimo hasta el último momento, lanzando tremendas imprecaciones y ufanándose de sus glorias guerreras, así como también de haber consumido antes los restos de los parientes de sus victimarios.

 

LA SALUTACIÓN LACRIMOSA.

Así como la antropofagia ritual, la salutación lacrimosa constituía uno de los rasgos característicos de la cultura tupí-guaraní en toda la América. La llegada de los forasteros y ausentes era recibida con grandes llantos, recordándose mutuamente los fallecidos en los últimos tiempos y expresando con lágrimas la alegría que les producía el encuentro.

 

LA HOSPITALIDAD.

Otra característica de los guaraníes era la hospitalidad con los forasteros que venían en paz. Después de la salutación lacrimosa se desvivían por atender al recién llegado, proporcionándole vivienda, hamaca, comida y bebida abundante. Según el Padre Lozano entre las muestras más finas de la hospitalidad estaba el ofrecimiento de una de las hijas para el lecho del viajero. Rehusarlo era grosera descortesía.

 

RELIGIÓN.

Solamente en nuestros días se ha penetrado en el fondo religioso de los antiguos guaraníes. Éstos lo ocultaron celosamente a conquistadores, colonizadores y en menor escala a misioneros. Los franciscanos y jesuitas aprovecharon algunos de los elementos que descubrieron para su labor evangélica, pero en sus escritos no reconstruyeron la vida religiosa de los guaraníes, donde sólo vieron supersticiones. Indudablemente que vivían los primitivos guaraníes en un mundo mágico, en que resaltaba a cada momento lo sobrenatural o la presencia de maleficios o sortilegios. Los hechiceros o «payés» desempeñaban una importante misión para acentuar el ambiente mágico, sin lograr, con todo, monopolizar el conocimiento religioso. El animismo y el «shamanismo» no fueron sino aspectos de la religiosidad de la nación guaraní. Los numerosos mitos también lo eran pero no constituían la religión. La verdad es que tenían profundas nociones de orden religioso, sumamente espiritualizadas. «En la superficie de la tierra-dice el antropólogo Egon Schadenno hay por cierto, pueblo o tribu a que mejor se aplique que al Guaraní la palabra evangélica: «Mi reino no es de este mundo». Toda la vida mental del Guaraní converge para el más Allá. Deseos de prosperidad económica, ambiciones políticas o cualesquiera otras aspiraciones terrenas poco significan para él y no le preocupan. Su ideal de cultura es de otro orden: es la vivencia mística de la divinidad, que no depende de las cualidades éticas del individuo, sino de las disposiciones espirituales para oír la voz de la revelación». Tenían noción de un ser supremo, sin comienzo ni fin, creador del cielo, la tierra los pájaros y los animales, pero no era el Tupán adoptado por los misioneros para significar el Dios cristiano y que sólo representaba al trueno y al rayo. Aquel ser supremo era creador de todo lo existente, no tenía lugar, forma ni tampoco nombre. Los guaraníes, en consecuencia, no adoraban ídolos, ni tenían templos. Tampoco había casta sacerdotal. La vivencia de la divinidad era personal y no obedecía a formas dogmáticas.

 

LA COSMOGONÍA Y LA MITOLOGÍA.

Aunque estrechamente unidas a la religión, la cosmogonía o interpretación del universo y la Mitología o interpretación de la Naturaleza y la Humanidad, eran independientes de ella en la mentalidad religiosa del guaraní. Sus creencias sobre el origen y fin del universo, sobre la aparición del hombre, la creación del fuego y del lenguaje, la implantación de la agricultura, se traducían en ricas mitologías y cosmogonías en que la ciencia europea ha visto dioses grandes y pequeños, que en realidad no eran sino genios o espíritus que explicaban o manejaban cada uno de los misterios y fuerzas de la naturaleza y la humanidad. Dada la gran imaginación del guaraní, sobre un fondo mítico común hubo una gran diversidad de concepciones, que variaban de nación en nación y de tiempo en tiempo. Esa cosmogonía y esa mitología tenía un doble fondo: uno reservado a los iniciados, misterioso, oculto, y que se transmitía con vocabulario ininteligible para el vulgo; otro de espontánea creación de los rapsodas o payés, que era público y variable, así como era inalterable el primero. El antropólogo León Cadogan hizo en nuestros días importantes descubrimientos entre los mbyás, sobrevivientes lineales de los antiguos guaraníes del territorio guaraní, captando los capítulos secretos del gran drama de la creación, el Ñeeng Porä Tenondé: la aparición del Ser Supremo, el Mainó i Reky Ypy Kué; la creación de la primera tierra, el Yvy Tenondé; la creación del lenguaje, el Ayvú Rapytá; y el diluvia, el Yvy Ru'ú. No se puede asegurar que esta Cosmogonía fuera exactamente igual a la que imperaba en el siglo XVI. El sabio alemán Curt Nimuendajú también descubrió entre los apapocuvas leyendas sobre la creación del mundo y el diluvio, con importantes variantes, si bien con algunos elementos comunes, y tampoco puede decirse que reflejan fiélmente lo que era la religión y la cosmogonía entre los carios en el momento histórico de la Conquista. Como los cronistas laicos y religiosos no dejaron ninguna descripción del fondo religioso de los carios y teniendo en cuenta la identidad cultural del mundo guaraní, sirven para reconstruir su cosmogonía y mitología las descripciones que viajeros y misioneros: Thevet, Cardim, d'Yves d'Evreux, d'Abbeville, Vaas de Caminha y Nieuhofs hicieron durante el siglo XVI de los tupinambas de las costas del Brasil, y las Cartas Anuas de los guarayos o itatines en la misma época. Haremos una breve mención de los principales personajes mitológicos.

 

CREADORES Y CIVILIZADORES.

Había una profusa serie de dioses creadores y civilizadores; esa diversidad era aparente. En el fondo eran una sola divinidad, que bajo diferentes formas y genealogías crearon y transformaron todo lo existente. El primero de todos era Moñán (moña engendrar, criar, crear), ser sin fin ni comienzo, que después de crear el cielo, la tierra; los pájaros y los animales, creó al hombre, y que también fue el destructor de la primera humanidad en expiación de sus faltas, después del cual nacieron los mares por las llamas y un diluvio universal. Moña salvó a Yry-magé de la destrucción universal, y de él desciende Maire-Moñá, el transformador y civilizador que enseñó a los hombres a distinguir las plantas buenas de las venenosas, la organización y el arte de gobierno, y que también podía cambiarlos en bestias o en objetos. Los hombres olvidando sus beneficios no le perdonaron estas metamorfosis y decidieron darle muerte, arrojándole a una hoguera. Inmediatamente ascendió al cielo, convertido en una estrella. Puede volver a destruir' el universo como lo creó Moñán. Todas estas divinidades mayores tenían un nombre común: Tamoi, o el gran abuelo común.

MAIRE-ATÁ, también de la familia de Moñán, es el gran caminador. Mairé Pochy, personifica al sol. Pero el auténtico civilizador, de características muy peculiares, es Sumé o Paí Sumé, hombre blanco y barbado, venido del otro lado del mar, que enseñó el cultivo y uso de la mandioca y que prometió su regreso con otros compañeros: De Paí Sumé adquirieron la costumbre de la tonsura y conservaban rastros de sus huellas sobre la piedra;-como en el cerro de Santo Tomé de Paraguarí. Paí Sumé fue de gran utilidad para los misioneros religiosos - que vieron en él la presencia de Santo Tomás en América, leyenda muy generalizada en todo el continente. Mayor importancia tuvo la otra forma de - Moñán, la de Tupán, el dios del trueno y del rayo, con que se manifestaba en toda su grandeza y esplendor el poder de la divinidad, y que fácil les fue a los misioneros transformar en el Dios cristiano.

Madre de Tupán y muy allegado a ella es Ñandecy. En busca de ella, que vivía en el este, Tupán se desplazaba rápidamente desde el Oeste. Cada uno dé sus rápidos viajes provocaba la tormenta, los truenos y los rayos.

En la genealogía de los dioses creadores y civilizadores, ocupan un lugar importante los gemelos Aricouté y Tamandaré, los únicos que se salvaron del diluvio universal, con la misión de continuar la obra de aquellos y ayudar a la nueva humanidad. Los gemelos luchan contra los Aña; o espíritus del mal.

LOS ESPÍRITUS: Los guaraníes se sentían rodeados por una multitud de espíritus a los cuales temían. Erraban, principalmente durante la noche por el bosque, en los lugares obscuros y casi siempre tenían una fisonomía siniestra.

Los espíritus de los muertos habitaban de preferencia la vecindad de las tumbas. Su actividad era frecuentemente hostil al hombre: causaban enfermedades, impedían las lluvias, provocaban las derrotas en la guerra y hasta se apoderaban directamente de los individuos. Aparecían a veces bajo las apariencias de pájaros, pero casi todos eran inmateriales. Eran los angas.

 

LOS GENIOS DEL BOSQUE.

Aparte de los espíritus propiamente dichos, de carácter impersonal y muy numeroso, los guaraníes creían poblado el bosque de genios o demonios con formas propias y a los cuales también temían. El más temible de todos era el Yuruparí o Añá, que bajo la apariencia de bestias feroces, atacaba a los vivientes y devoraba los cadáveres en las tumbas si no se le colocaban las ofrendas de víveres. Estaba luego Kurupí, enano feo y peludo de fuerza hercúlea, con un enorme falo enroscado a la cintura que usaba como lazo para atrapar a las doncellas, protector del bosque y genio de la fecundidad. Figura Jacy Yateré, niño rubio que vagaba en el bosque durante la siesta y atrayendo con su silbido se apoderaba de sus víctimas, especialmente niños, con su bastón mágico de oro, para enloquecerlos. Pombero, no menos siniestro, era generalmente negro, obeso, de manos peludas, nocturno, mujeriego, espantaba a los animales, se introducía en las casas abandonadas. Los Poras eran lo que existe en las cosas y tomaban las formas de la naturaleza; el kaapora, habitaba en el bosque; el ypora, en las aguas; el yvypora, en la tierra, etc. Eran los menos corporizados de los genios, pero los más generales; se manifestaban mediante ruidos, sombras, luces, gemidos, aullidos, etc. El indio vivía bajo el constante temor de ser atrapado por la acción de estos demonios. Huía de ellos y procuraba neutralizar sus hechizos mediante la ayuda del payé, pero éste también podía conjurarlos, aliarse con ellos y utilizarlos contra los hombres. De aquí que este pueblo tan valiente para la guerra vivía obsesionado por dos temores enormes: el de los demonios y el del payé.

 

EL PAYÉ.

El payé no era el intérprete de la religión sino el poseedor de poderes sobre los espíritus capaces de ser ejercidos sobre los miembros de la tribu o sobre el curso de las cosas. Generalmente eran ancianos y algunas veces mujeres. Carecían de poder político pero ejercían una verdadera tiranía. Se los temía, se los respetaba y aún se les tenía pánico. Se los consultaba antes de las guerras y se solicitaba su intervención cuando sobrevenían calamidades. Curaban las enfermedades y los maleficios, interpretaban los «agüeros», procuraban sortilegios, adivinaban el porvenir. Se les creía capaces de obrar sobre los fenómenos naturales, de hacer caer la lluvia, de provocar enfermedades, de enviar la muerte, de crear alimentos y aún de resucitar a los muertos. Sus poderes venían de su trato con los espíritus. Su instrumento era la maraca, calabaza pintada, ensartada con una flecha y adornada con plumas, que contenía semillas de ygá, cuyo sonido al ser agitada la maraca era la voz de los espíritus que sólo los payés sabían interpretar. Para entrar en trance se aislaban en una choza redonda, donde permanecían varios días, hasta que hablaban los espíritus. Los enfermos eran impregnados de fuerza mágica mediante el humo del petyn aspirado por el payés en largos canutos. De igual modo transmitían sus poderes a sus discípulos soplándoles el mismo humo. Los payés recibían las confesiones de los pecados de las mujeres, que eran públicas. También procedían a purificaciones colectivas por aspersión o abluciones con agua. Cuando un payé se volvía famoso, se le veneraba póstumamente. Sus restos eran guardados en tumbas o cabañas especiales, en lugares aislados, dentro de suntuosas hamacas adornadas de plumas, hasta donde iban peregrinantes a consultarle con presentes de frutos de la tierra. Algunos payés afirmaban que eran dioses omnipotentes, creadores del cielo y de la tierra, que hacían caer la lluvia o provocaban las sequías y volvían estéril la tierra. Aseguraban que el universo estaba sometido a su poder que podían destruirlo y crearlo de nuevo. Tal el famoso Guyrá-Verá del Guayrá, recordado por Montoya.

 

LA TIERRA SIN MAL

En ocasiones los payés provocaban grandes movimientos colectivos, de traslación en masa hacia tierras distantes. Cuando se producían fenómenos naturales insólitos, como un eclipse total del sol, un tornado, una inundación, o cuando una peste asolaba a la región, los payés persuadían a los indios que el fin del mundo se aproximaba y les exhortaban a buscar refugio en el Yvy Maráe y, o Tierra Sin Mal, donde estarían al abrigo de todo cataclismo. Allí la muerte era desconocida, no había necesidad de cultivar la tierra, porque había frutas abundantes y todo se producía sin necesidad de siembras, la caza abundaba, las mujeres rejuvenecían, los hombres recobraban su vigor. Durante meses los indios se entregaban a danzas rituales hasta que el payé decía que su maraca le había señalado el rumbo. Se iniciaba entonces la marcha bajo la dirección de los payés, que se esforzaban en ganar a su causa a los habitantes de las aldeas que cruzaban. La agitación religiosa se extendía a vastas regiones y en las etapas de la marcha la multitud entraba como en éxtasis, alimentada por los payés, mediante la constante repetición de las danzas rituales y hechos milagrosos. Cuando su prestigio era grande, los payés eran transportados en andas, y durante el trayecto ayunaban o decían que se alimentaban de viandas celestes. La Tierra Sin Mal era también llamada Mbaé Verá Guazú, o Cosa Resplandeciente, que algunos confundían con el mar cuando las migraciones se efectuaban hacia el oriente, o con alguna ciudad de muros de oro, cuando marchaban hacia el occidente, reminiscencia del Cuzco, la ciudad de los incas. Este afán mesiánico de los guaraníes fue uno de los motivos principales de la gran expansión de su área cultural en el continente sudamericano.

 

 

 

LECCIÓN 3

LA AMALGAMA HISPANO-GUARANÍ

 

LA POLÍTICA DE LA CORONA ANTE LOS INDÍGENAS.

Cuando comenzó la Conquista del Paraguay, se hallaba en su apogeo una controversia sobre los procedimientos que España debía seguir para la cristianización de la América a que la Corona se había obligado por las bulas papales de Alejandro VI y Julio II.

La opinión se dividió acerca de la naturaleza de los indios, especialmente su capacidad para vivir como los españoles y recibir la fe cristiana. De un lado, el padre Bartolomé de las Casas consideraba a los indios sin maldades ni dobleces, sumisos, pacientes, pacíficos y virtuosos. Solamente necesitaban conocer al verdadero Dios para convertirse en los hombres más felices del mundo. No por las armas, ni por tipo alguno de coerción, sino por la palabra y el ejemplo, los indios debían ser atraídos a la religión y a la civilización.

La opinión contraria, representada en primer lugar por el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo; juzgaba a los indios, vagos y viciosos, embusteros y holgazanes, idólatras y sensuales. Se preguntaba: «¿Qué puede esperarse de una gente cuyos cráneos son tan grosos y duros que los españoles tienen que tener cuidado en la lucha de golpearlos en la cabeza para que sus espadas no se emboten?» Si no bestias carentes de alma y sin posibilidades de redención, eran pueblos inferiores naturalmente destinados por Dios a ser esclavos de los pueblos superiores, según la doctrina de Aristóteles.

Como una transacción entre ambas tendencias extremas, surgió la institución de las encomiendas que regularizó la relación entre conquistadores e indios y al mismo tiempo reflejó el deseo de cumplir la obligación de la Corona de convertir a éstas últimos. Se «encomendaba» indios a los españoles con el derecho de exigir tributo o trabajo personal. En compensación, los encomenderos estaban obligados a proporcionar instrucción religiosa a los indios que estaban a su servicio.

Cuando Colón dio las primeras encomiendas en 1499, la Reina Isabel hizo su famosa pregunta: «¿Con qué autoridad dispone el almirante de mis vasallos?» Pero al dictarse en 1512 las Leyes de Burgos, el primer código de legislación indiana, quedó consagrada la institución de la encomienda en la forma estatuida por los conquistadores, aunque con estrictas obligaciones para los encomenderos, no sólo sobre la instrucción religiosa, sino también para la elevación del nivel de vida de los indios, y su amparo contra cualquier clase de explotación.

Las Leyes de Burgos no acallaron la polémica, pues continuaron los abusos de los encomenderos. El dominico Matías de Paz, catedrático de Salamanca, a pedido de la Corona escribió un tratado impugnando el modo despótico con que eran tratados los indios y probando que debían ser gobernados «como personas y gentes libres». Llegó a discutirse el derecho que España tenía para la conquista de América y a afirmarse que sólo era justo ese título si los indios se negaban a abrazar la fe católica. Surgió entonces el extraordinario documento conocido con el nombre de «Requerimiento», que debía ser leído ante los indios antes de emprender cualquier empresa de sojuzgamiento. Si los indios no aceptaban la invitación para someterse pacíficamente a la religión debían ser atacados a sangre y fuego, y esclavizados los sobrevivientes.

Fray Bartolomé de las Casas se convirtió en el apóstol de los indios. Clamó contra la institución de las encomiendas, que, a su juicio, invalidaba el justo título del rey de España a las Indias, y lo estigmatizaba como tirano en vez de convertirlo en un verdadero señor, pues el señorío verdadero requiere que los indios se sometan espontáneamente al dominio de España, y que el rey emplee la jurisdicción que sobre ellos le confirió el Papa, con el exclusivo objeto de beneficiarlos.

Carlos V escuchó la opinión de las Casas y en 1542 promulgó las Leyes Nuevas que revocaron o limitaron los derechos de los españoles a obtener servicio y tributo de los indios, a quienes se puso bajo amparo de la Corona, representada por funcionarios reales a sueldo, en compañía de otros indígenas, conocidos como «los indios de la Corona». Esta medida radical que equivalía a la supresión de las encomiendas produjo graves alteraciones en México y el Perú. Las Leyes Nuevas tuvieron vigencia por escaso tiempo. Las encomiendas quedaron restablecidas, si bien fueron subrayadas las obligaciones de los encomenderos de instruir a los indios en la Religión Católica y de convertirlos a la vida civilizada.

Las Casas no cejó en su empeño en que fue acompañado por las más altas cabezas del pensamiento español, todos ellos hombres de Iglesia como el famoso fray Francisco de Vitoria que escribió diversos tratados encaminados a demostrar la igualdad entre españoles e indios, el ningún derecho de esclavizar a éstos últimos, y su aptitud para la vida civilizada.

Las circunstancias en que se desarrollaron la conquista y la colonización en el Paraguay hicieron que todas estas controversias no tuvieran razón de ser, pues desde los primeros años primaron conceptos favorables a la total igualdad de españoles con indígenas.

 

CONQUISTADORES E INDÍGENAS EN EL PARAGUAY.

Cuando los españoles aparecieron en el Paraguay advirtieron que no era necesaria la imposición de la encomienda para regular sus relaciones con los guaraníes. Aunque éstos los recibieron, en un principio, con viva guerra, luego sellaron la paz, primero con Ayolas y luego con bala, entregándoles sus hijas doncellas en señal de alianza, conforme a su antigua costumbre.

Pronto Asunción, fundada en 1537, se convirtió en un nuevo «Paraíso de Mahoma», según la denominaron los propios conquistadores. El Padre González Paniagua en su carta al Rey de 1545 informó que en el Paraguay habían sido superadas las costumbres del Islam. «Mahoma y su Corán -decía- no permitían más de siete mujeres, y acá tienen algunos hasta setenta. El cristiano que está contento con cuatro indias es porque no puede haber diez y seis».

Los guaraníes se enorgullecían de su parentesco con los españoles, que les confería superioridad sobre sus enemigos del Chaco, y venían a servir a sus «tovayás» (cuñados) en las chacras y en todos los menesteres sin necesidad de ser encomendados. Cuando llegó Alvar Núñez Cabeza de Vaca trayendo consigo las Leyes Nuevas de 1542 no tuvo cómo aplicarlas pues no existían encomiendas, pero persiguió por todos los medios la costumbre de la poligamia, lo cual fue uno de los motivos principales de su violenta deposición en 1544.

No fue sino en las postrimerías de su gobierno que bala, mal de su grado y por la presión de nuevos conquistadores, implantó el sistema de las encomiendas, pero mucho se cuidó de incluir en los repartos a los antiguos aliados canos. Estos conservaron su igualdad y cada día se allegaron más estrechamente a la obra de la Conquista, participando como soldados en las expediciones en busca de la Sierra de la Plata.

Los caciques principales eran tenidos en cuenta para todos los actos. Su opinión fue requerida hasta para la fundación de la ciudad de Asunción. Muchos de ellos adoptaron nombres de conquistadores y fueron, mientras vivieron, colaboradores leales de los españoles. Por su parte, los españoles no ocultaban su parentesco con los bravos guaraníes. Escandalizado escribía el Padre Gonzalez Paniagua que no los llamaban «hermanos o padres de mis criadas o mozas, sino «hermanos de mis mujeres y mis cuñados, suegros y suegras, con santa desvergüenza como si en muy legítimo matrimonio fuesen ayuntados a las hijas de los tales indios e indias».

La relación entre los españoles y sus indios no era puramente carnal o por interés económico de la ayuda de los parientes varones en los trabajos agrícolas. Hay muchas constancias de que hogar del conquistador, aunque casi nunca sellado por la Iglesia, se basaba en sólidos fundamentos de amor. El Padre Martín González, que fue algo así como el Bartolomé de las Casas del Paraguay, cuando denunció a la Corona los abusos que cometían los españoles con los indios, se refería casi siempre a crímenes pasionales, por el celo con que aquél los guardaban a sus mujeres. A1 mismo padre González debemos una página conmovedora donde evoca los últimos momentos de un conquistador: «Mueren los cuitados, alumbrándoles ellas las candelas, estando delante de ellos y no queriendo que se partan de delante sino que estén allí, diciendo: «Fulaneja, ¿por qué no vienes aquí delante de mí? ¿No ves que me quiero morir? ¿No sabes que Lo quiero bien? No te vayas de aquí que me da pena no verte». Y si se las echaba de allí, daban voces y esto es muy general, y así aspiraban, ya lo que demostraban llevaban gran pena en dejarlas».

La hábil política indígena, principalmente debida al genio de bala, aseguró la estabilidad de la colonia española en el Paraguay y al mismo tiempo sirvió para una íntima compenetración de ambas culturas, cuyo primer encuentro fue así en el lecho nupcial. La mutua penetración produjo una simbiosis inexplicable en que era difícil establecer líneas de separación. El guaraní adquirió, además de la Religión, muchos de los hábitos y formas culturales del español, el uso de los metales, los utensilios, las armas de fuego, la organización política, la vestimenta. También el español adoptó costumbres, modalidades indígenas, como la vivienda, la hamaca, alimentos, bebidas, y lo que fue principal, su lengua, que pronto se convirtió en el único modo de comunicación verbal, y el rasgo cultural característico de la amalgama hispano-guaraní.

 

ALTERNATIVAS DE LA ALIANZA HISPANO-GUARANÍ.

La alianza de los guaraníes no era desinteresada. A cambio de su amistad, mujeres y víveres exigían la ayuda española para sus guerras contra los indios del Chaco. «Los indios canos es gente belicosa, astuta, deseosa de matar. Para conservarlos y tenerlos seguros en nuestra amistad, es necesario hacer guerra a los indios que son sus enemigos y nuestros. Como no les demos guerra contra aquellos a quienes desean destruir, inmediatamente volverán las armas contra nosotros por pensar que como gente poco poderosa nos podrán atacar».

La verdad es que mediaron también diversos otros motivos para impulsar a los belicosos guaraníes a tomar las armas contra sus aliados y que abundaron las sublevaciones.

El primer conato importante fue en la semana santa de 1539 cuando ocho mil guaraníes se introdujeron en Asunción con designios de exterminio, so pretexto de presenciar la procesión del jueves santo. La delación de una india del séquito del fundador Salazar permitió a bala escarmentar ejemplarmente a los principales conjurados, pero se restableció la paz y amistad mediante el procedimiento habitual de nuevas uniones conyugales de españoles con hijas de los caciques.

En posteriores levantamientos, bala pudo vencer a los sublevados gracias a la cooperación de los guaycurúes del Chaco o de otras tribus guaraníes. Así fue en 1543 cuando los caciques Guarambaré y Tabaré se sublevaron para vengar la injusta muerte del gran cacique Aracaré ordenada por Alvar Núñez. En 1545, aprovechándose de las disidencias intestinas entre los españoles, una coalición de agaces y guaraníes puso en serio peligro a la ciudad de Asunción bala venció a los sublevados en Areguá y en Tobatí también con la colaboración de los nativos.

Largo tiempo duró la paz sellada después de las batallas, hasta que, desaparecido bala, durante el gobierno de Ortiz de Vergas se produjo en 1560 el más serio levantamiento de los guaraníes que abarcó casi todo el interior y duró varios meses. Se libraron batallas en Ybycuí, Carapeguá y Acahay y los guaraníes demostraron conocimientos militares que asombraron a los españoles. Sin armas de fuego idearon una táctica que casi les llevó a la victoria. «Firmes los sublevados -relata el cronista Juan Francisco de Aguirre- aguardaron a los españoles. Habían convenido en arrojarse a tierra a la primera descarga para luego acometer y estrecharse cuerpo a cuerpo, y lo hicieron con tal serenidad y arrojo que a poco de empezar la batalla introdujeron bastante desorden en sus contrarios». Finalmente se impusieron los arcabuces españoles contra los cuales nada podían las flechas indígenas.

Hubo aún algunas sublevaciones, cada vez más espaciadas y menos peligrosas, hasta que finalmente se restableció sólidamente la paz hispano-guaraní con la irrupción en escena de los «mancebos de la tierra» producto de las uniones de la primera época de la conquista.

 

LOS MANCEBOS DE LA TIERRA».

Como resultado del cruce hispano-guaraní, practicado en vasta escala, pronto hubo en el Paraguay una numerosa prole mestiza. Fueron los famosos «mancebos de la tierra». Según el clérigo Francisco de Andrada en 1545 ya había 500 o más hijos de cristianos e indias. En 1556 su número se elevó a 3.000. Hacia 1575 ya eran 10.000 y no restaban sino 280 conquistadores españoles bala tuvo numerosa descendencia. En su testamento de 1556 reconoció tres hijos y seis hijas, de siete madres distintas: «Digo, declaro y confieso que yo tengo y Dios me ha dado en esta provincia ciertas hijas é hijos, que son: Diego Martínez de bala, Antonio de bala y doña Ginebra Martínez de bala, mis hijos y de María, mi criada, hija de Pedro de Mendoza, indio principal que fue de ésta tierra; y doña Marina de bala, hija de Juana, mi criada; y doña Isabel de bala, hija de Agueda, mi criada; y doña Úrsula de bala, hija de Leonor, mi criada; y Martín Pérez de bala, hijo de Escolástica, mi criada, y Ana de bala, hija de Marina, mi criada; y María, hija de Beatriz, criada de Diego de Villalpando» bala casó sus hijas con conquistadores principales: doña Marina, con el capitán Francisco Ortiz de Vergas; doña Isabel con el capitán Gonzalo. de Mendoza; doña Ginebra, con el capitán Pedro de Segura; y doña Úrsula, con el capitán Alonso Riquelme de Guzmán, padres estos últimos del primer historiador del Paraguay, Ruy Díaz de Guzmán.

En 1581, el Padre Rivadeneyra describió así a los mancebos de la tierra: «A los mozos que ya tienen edad de ponerse espada llaman mancebos de garrote, porque como no hay espadas, traen unos varapalos terribles, como medias lanzas; son todos hombres de a caballo y de a pie, porque sin calceta ni zapato los crían que son como unos robles, diestros en sus garrotes, lindos arcabuceros, ingeniosos, curiosos y osados en la guerra, y aún en la paz; no son muy humildes ni aplicados a trabajos de manos».

Uno de ellos, Ruy Díaz de Guzmán, los pinta: «Correspondiendo bien a la antigua nobleza de donde descienden son comúnmente buenos soldados„ de gran valor y ánimo, inclinados a la guerra y a las armas, los cuales ejercitan todo género de ellas con mucha destreza, especialmente la escopeta, a que son muy dados generalmente; y así, cuando salen a sus jornadas, se sustentan con sólo lo que matan con el arcabuz, del cual son tan diestros en la puntería que matan en el aire las aves que van volando con pelota rasa, y hacen tiros tan admirables que es tenido por mal arcabucero el que no lleva de un tiro una paloma o gorrión. Son buenos hombres de a caballo, de ambas sillas, y así no hay ninguno que no sepa domar un potro y criarlo, y hacerle por extremo, con las demás cosas necesarias a la jineta y brida».

Pocos españoles vinieron al Paraguay después de la última armada del adelantado Ortiz de Zárate. Los «mancebos de la tierra» nacidos durante el siglo XVI constituyeron el plantel principal de la población paraguaya a todo lo largo de nuestra historia.

A fines del siglo XVIII, Azara encontró que casi todos los españoles de la Provincia eran descendientes directos de aquellos primeros mestizos. El famoso naturalista observó que tenían superioridad sobre los españoles de Europa por su talla, la elegancia de su forma y aún «por la blancura de la piel». A1 cabo de dos siglos había desaparecido, casi por completo, la pigmentación morena, y no pocos de los paraguayos eran rubios y de ojos azules. Y no solamente Azara destacó esas cualidades físicas sino también que tenían más arte, sagacidad y luces y eran más activos que los criollos y españoles; «sin que se les note indicio alguno que descienden de india tanto como de español».

 

SIGNIFICACIÓN CULTURAL DEL MESTIZAJE.

Las especiales características del mestizaje en el Paraguay dieron a su fruto, los «mancebos de la tierra», peculiaridades sociales que no se presentaron en otras partes del continente indiano.

Fuera del Paraguay los mestizos ocupaban la más baja escala en la estructura de las castas. Se les atribuía toda clase de vicios y depravadas costumbres. No podían ser caciques, escribanos, clérigos, soldados, ni recibir enseñanza de lectura y escritura. Sólo gozaban de derechos los nacidos de legítimo matrimonio, lo cual era la excepción. Los viajeros Jorge Juan y Antonio de Ulloa aconsejaron, a mediados del siglo XVIII, que se los sacara de América y se les incorporara al ejército español en cuerpos especiales, pues no les reconocían otras aptitudes que las guerreras.

En el Paraguay no ocurrió nada de eso. Poco a poco, los mestizos fueron dominando la vida de la provincia y las alarmas que suscitaron en los primeros tiempos se desvanecieron pronto al comprobarse lo singularmente dotados que estaban para la vida civil y política. Participaron activamente en la vida política y se convirtieron en factores decisivos en las luchas de facciones. En ellos se apoyó el obispo Fernández de la Torre para deponer a Felipe de Cáceres y Hernandarias se valió de su adhesión para su pujante carrera política.

La gran empresa de las fundaciones se debió, en buena parte, a los mancebos de la tierra que constituyeron la fuerza principal de las expediciones que fundaron Santa Fe, Buenos Aires, Corrientes, Concepción del Bermejo, Santiago de Xerez, etc. Prevalidos del mayor número acapararon los oficios concejales de las nuevas ciudades, y luego hicieron lo mismo en Asunción, desalojando de ellos a los viejos conquistadores. A fines del siglo XVI el virrey del Perú, Luis de Velasco, por solicitud de Hernandarias, suprimió, en lo que atañía al Paraguay, las interdicciones que pesaban sobre los mestizos para el acceso a las dignidades seglares y religiosas. Desde ese momento fueron considerados españoles, iguales en todo a los nacidos en España. Fue grande el número de mestizos entre los hombres de pro que tuvo la Colonia. Las más linajudas familias paraguayas estaban entroncadas en los «mancebos de la tierra» nacidos en el siglo XVI, y hacían alarde tanto de sus blasones heráldicos por parte española como de su ascendencia guaraní. La integración racial fue total. De tal suerte los mestizos se convirtieron en el factor fundamental de la cultura paraguaya.

 

LA AMALGAMA DE LAS INSTITUCIONES.

No solamente los españoles también las instituciones sufrieron al implantarse en el Paraguay la profunda influencia del nuevo ambiente.

Las condiciones que presidieron la formación de la sociedad hispano-guaraní impulsaron al pueblo desde edad muy temprana a asumir la responsabilidad de su propio gobierno. La Corona, al instituir el régimen de los Adelantados, otorgó a éstos amplísimo poder, de corte feudal y de orden estrictamente militar. Pero ninguno de los adelantados tuvo tiempo de ejercer sus amplias facultades. Mendoza murió al comenzar la Conquista, Alvar Núñez fue depuesto, Sanabria nunca llegó a posesionarse de su gobierno, Ortiz de Zárate no gobernó sino pocos meses. El Paraguay quedó en manos de los conquistadores que tuvieron que valerse solos para afrontar las difíciles circunstancias de la conquista.

La Real Provisión del 12 de septiembre de 1537 facultó a los conquistadores para designar gobernador en caso de vacancia, poder no otorgado a ninguno de los otros centros españoles de América, y que fue incansablemente ejercido por los habitantes del Paraguay, tanto para el caso previsto, como para deponer gobernantes y aún prelados que habían perdido el favor popular. El espíritu de autonomía de los conquistadores se puso de manifiesto en la fundación del Cabildo de Asunción, el 16 de setiembre de 1541, a que no estaban autorizados. Su fundación fue una atrevida innovación y un reto a la autoridad real. El único orden admitido en el Río de la Plata por las capitulaciones de Mendoza era el militar. El Cabildo convertía a la Casa Fuerte en Ciudad y a los soldados en ciudadanos. Desde entonces esa institución fue el verdadero centro político de la Colonia. Asumió en muchas oportunidades el gobierno de la Provincia y alegó siempre la representación de la misma, sin ningún basamento en la legislación indiana.

También en el ejército las modalidades y necesidades históricas impusieron su cuño. La guerra incesante con los indios del Chaco en el occidente y con los «bandeirantes» en el oriente, convirtió al Paraguay en un cuerpo militar. Todos los hombres aptos estaban perpetuamente sobre las armas pero no había ejército pues el Paraguay nunca logró que se crearan milicias pagas. Rigió un servicio militar obligatorio de características singulares no previstas en la legislación indiana. El mantenimiento de las milicias era a costa de los vecinos, hasta que la Provincia creó-sus propios impuestos, el llamado «ramo de guerra», que tampoco estaba autorizado por la Corona.

El sistema monetario fue también original creación del ambiente. Los conquistadores establecieron como moneda las «cuñas» (pedazos de hierro que servían de hachas), anzuelos, cuchillos, y luego los productos de la tierra, como el lienzo, la cera, el algodón, la yerba y el tabaco. El Paraguay fue el único distrito indiano que tuvo el privilegio de que la Corona oficializara su original sistema monetario. «Que las monedas de la tierra en el Paraguay sean especies» estipuló la Ley VII, título XVII, del libro VI dulas Recopilaciones. No corrieron monedas metálicas hasta fines del siglo XVIII pero mucho tiempo después continuaban usándose las especies de la tierra como signos monetarios.

Donde las circunstancias del país gravitaron más para amoldar las instituciones legales a la realidad paraguaya fue en él régimen de las encomiendas. Según veremos más adelante, cuando el oidor Alfaro dictó sus famosas ordenanzas, a pedido expreso de los indios, de que se hicieron voceros las órdenes religiosas, fue respetado el orden antiguo basado en el trabajo voluntario «no a título de tasa o servicio sino, como parientes».

 

LA AMALGAMA SOCIAL.

Refiriéndose a los primeros conquistadores escribió el Padre Techo en 1673: «Fueron tronco de ilustres familias, que pueden ostentar brillantes genealogías, como descendientes de las casas principales de España, tanto que quizás no haya en América provincia alguna donde se cuente un número tan-considerable de insignes apellidos». Los descendientes de aquellos linajudos españoles hacían alarde de sus blasones, no para imponer ninguna superioridad social, sitió por mero tradicionalismo, y sin abjurar de su sangre aborigen, como era frecuente entre los mestizos de otras provincias. Imperaba en la sociedad paraguaya la más completa igualdad, tanto entre españoles puros y «mancebos de la tierra» como entre todos ellos y los guaraníes. '

He aquí lo que los Mercedarios declararon en 1612 para testimoniar las inconveniencias de las ordenanzas de Alfaro: «Los dichos indios no están desnaturalizados (no vivían fuera de sus pueblos) sino que viven y habitan dentro de su mismo natural, no sólo comarcanamente; sino dentro de los mismos pueblos alrededor de esta dicha ciudad; muchos de ellos o la mayor parte de los que al presente son de servicio, han nacido en las mismas casas, chacras y estancias de los dichos encomenderos, criándose en compañía de los hijos dé los españoles, llamándose y tratándose de hermanos los que lo son en la edad, como si lo fueran de nacimiento, de que se ha conservado y conserva ahora un amor natural entre los unos y los otros».

Contribuyó a afirmar este estado social igualitario entre españoles, mestizos y guaraníes, la adopción general de la lengua indígena que pronto desalojó a la castellana en el habla popular y que se constituyó en el rasgo más pronunciado de la diferenciación de la comunidad paraguaya en relación con las demás de América.

Aunque con el transcurso del tiempo fueron dibujándose las fronteras legales entre las castas, siguió preponderando el espíritu de igualdad, como 1o anotó Azara en los finales de la Colonia. Escribió el ilustre naturalista: «Todos convienen en considerarse iguales, sin conocer aquellos de nobles y plebeyos, vínculos y mayorazgos, ni otra distinción que la personal de los empleos, y la que lleva consigo el tener más o menos caudales o reputación de probidad o talento. Verdad es que algunos quieren distinguirse diciéndose que descienden de conquistadores, de jefes y aún de simples europeos; pero nadie les hace más caso por eso, ni ellos dejan de casarse, reparando poco en lo que pueda haber sido antes el contrayente».

Las calamidades que sufrió el Paraguay hirieron por igual a todos, a nobles y plebeyos, a españoles, mancebos, criollos e indígenas, sin abrumarlos ni arrojarlos a la desesperación porque la libertad en que vivían compensaba todo. «Se vive con libertad y se dice que es la tierra de los iguales», decía simultáneamente con Azara el capitán Juan Francisco Aguirre.

 

EVOLUCIÓN ARQUITECTÓNICA DE ASUNCIÓN.

También en la evolución arquitectónica de Asunción hubo mezcla y asimilación de elementos culturales aportados por españoles y guaraníes. De por fuerza eran utilizados los materiales proporcionados por el medio geográfico, sobre todo aquéllos ya usados por los guaraníes para sus viviendas. Aunque las canteras de Tacumbú podían proveer toda la piedra necesaria, ésta no fue explotada con fines de construcción en casi toda la edad colonial prefiriéronse las abundantes maderas de la selva para vigas y horcones, para el techo las hojas de palma o las pajas y para las paredes la tierra apisonada contenida entre soportes de tacuaras.

El fuerte que construyó Salazar en 1537 no difería de los «ógas» de los guaraníes a cuyo cargo corrió presumiblemente su erección, aunque el conquistador Francisco de Villalta afirma que los españoles la levantaron con gran trabajo, llevando «los palos a cuesta». Era una casa de madera con techo de paja rodeada de una palizada como la que cercaba el pueblo de Lambaré descrita por Schmidel.

En torno a la Casa Fuerte los españoles apeñuscaron sus casas, del mismo estilo. En 1542 ocupaban los 600 conquistadores y sus agregados femeninos 250 viviendas. La comparación de estas cifras indica que el español adoptó, al comenzar la Conquista, la costumbre guaraní de la casa colectiva que abrigaba a varias familias.

El gran incendio de 1543 modificó la estructura urbana. El adelantado Alvar Núñez, para evitar nuevos incendios y dificultar la promiscuidad prohibió el hacinamiento de las viviendas. Estas debieron ser construidas aisladas unas de otras, con capacidad suficiente para el numeroso consorcio indígena adosado a cada conquistador y con espacioso cercado de ybyrápemby. Alvar Núñez mandó edificar para sí sobre la plaza mayor una casa a manera de fortaleza con torreones y artillería y que sustituyó a la destruida Casa Fuerte.

Las primeras iglesias también fueron toscos ranchos de paja, tan desmantelados y faltos de ornamento que uno de los primeros curas manifestó carecer de capa para las procesiones. Cuando en 1556 llegó el primer obispo, Fernández de la Torre, el gobernador bala mandó edificar la Iglesia Catedral, «hecha de buena y bien labrada madera, las paredes de tapia bien gruesas y cubiertas de tejas hecha de una dura palma», según refiere Ruy Díaz de Guzmán. Aparece pues un nuevo material de construcción: las tejas de palma.

Esta Catedral permaneció muchos años como el principal edificio de la ciudad pero en 1603 estaba tan viejo y amenazaba ser llevada por los raudales que corroían sus cimientos. Hernandarias decidió levantar una nueva que fuera uno de los más «suntuosos, fuertes y galanos templos de madera que haya en estas partes», según informó al Rey. Para animar a los vecinos, iba con ellos a cortar madera en los bosques, siguiendo el ejemplo de bala. Las constantes ausencias de Hernandarias prolongaron la construcción. Cuando hacia 1612 Fray Antonio Vázquez de Espinoza visitó Asunción encontró que la Catedral, de tres naves y de madera urundey «es preciosísima y la mejor que hay en todas las Indias» muy olorosa y de (madera) dura, está toda curiosamente labrada y acabada».

Lo perecedero del material utilizado no aseguró muy larga vida a este edificio. El gobernador Diez de Andino mandó levantar otro nuevo templo, inaugurado en 1689 y que duró hasta un siglo después en que fue restaurada y se construyó una nueva fachada, por ser considerada la antigua edificación «una cavaña o galpón despreciable» por el ingeniero Julio Ramón de César.

Aunque hacia 1574 ya se explotaban las canteras de Emboscada, lo fue solamente para muelas de molinos y de barberos. Tampoco la cal que se descubrió en esa zona tuvo aplicación en las construcciones. En su «Geografía y Descripción Universal de las Indias desde el año 1571 al año 1574», Juan López de Velazco describe así las casas: «Las casas son de tapia, que se hacen en ellas muy fuertes después de secas, cubiertas de unos canales hechos de palmas, por tejas, que se hacen tan duras y fuertes, que aunque se podrían hacer tejas (de tierra) las tienen por mejores». La única modificación importante en la arquitectura primitiva fue pues la sustitución del techo de paja por el de tejas de palmas partidas.

 

 

 

LECCIÓN 4

LA EDUCACIÓN DE LOS INDÍGENAS

 

CIVILIZACIÓN Y RELIGIÓN.

No por casualidad, el Libro I de la Recopilación de las Leyes de Indias fue dedicado a la Santa Iglesia Católica. La civilización española estaba consustanciada con la Religión Católica en la ideología de los gobernantes y en la convicción del pueblo. Extender los beneficios de la cultura occidental no era otra cosa que extender el conocimiento del Evangelio. Tal fue la principal misión cultural que España se impuso en América. Aunque la Corona y los conquistadores también persiguieron finalidades materiales, sobre todo riquezas, y algunas veces en forma muy notoria, siempre lo hacían «para el mejor servicio de Dios». Evidentemente el móvil de los españoles que se alistaron en la Armada del primer Adelantado, Don Pedro de Mendoza, fue el hacerse dueño de las fabulosas riquezas de la Sierra de la Plata que se creía existente en las tierras puestas bajo su dominio, pero la Corona, al otorgar la Capitulación, no asignó ese objetivo a la expedición sino el de ganar los habitantes del Rio de la Plata a la Religión. Por eso, el Adelantado Mendoza, como todos los caudillos de la Conquista, asumió el compromiso de procurar 1 a conversión de los indígenas para cuyo efecto debía llevar en su Armada «personas religiosas o eclesiásticas».

 

LAS ORDENANZAS DE MONTEJO.

Para la conquista, pacificación, población y tratamiento de los indios, Mendoza debía atenerse a las Ordenanzas que en 1526 se habían incluido en la Capitulación del conquistador Francisco de Montejo. Esas ordenanzas contenían el famoso Requerimiento que debía hacerse a los indios, por medio de intérpretes, a fin de hacerles saber que los españoles eran enviados por el Rey «para enseñarles buenas costumbres y apartarles de vicios y de comer carne humana y a instruirlos en Nuestra Santa Fe y predicársela para que se salven, y atraerlos a nuestro servicio para que sean tratados muy mejor que lo son, y favorecidos como los Nuestros súbditos cristianos». Después de la amonestación debía hacerse fortaleza o casa fuerte, sin el menor daño y perjuicio a los indios, sin herirlos ni matarlos, y sin tomar por fuerza sus bienes y haciendas. Las ordenanzas prohibían esclavizar a los indios que no se resistieran a admitir la Religión, así como también vedaba compelerlos a trabajar en minas, pesquerías o granjerías. Reglamentaban igualmente la forma como debían comerciar españoles con indios y tenerlos en encomiendas. Obligación importante era la de contar, para todos los casos, con el voto y parecer de los clérigos y religiosos, «so pena de perdimento de la mitad de todos sus bienes al y que hiciere lo contrario».

 

LOS PRIMEROS SACERDOTES Y RELIGIOSOS.

Para cumplir la obligación que había contraído con la Corona el Adelantado Mendoza trajo consigo no menos de una veintena de sacerdotes y religiosos. La historia ha conservado el nombre de los mercedarios fray Juan de Salazar y fray Juan de Almacian, los jerónimos padres Luis de Herrezuelo, fray Alonso de Medina, fray Isidro de Castro y un fray Cristóbal, los presbíteros Luis Miranda de Villafaña, Juan Gabriel Lezcano, Julián Carrasco, Diego de Quintanilla, Francisco de Andrada, Francisco de la Fuente (que regresó a España con Mendoza), Francisco Sánchez Baradero, Juan de Aranda y el bachiller Martín de Armencia. Posteriores armadas trajeron otros sacerdotes.

 

LAS PRIMERAS IGLESIAS.

Las iglesias de Asunción fueron los primeros centros de la obra de educación evangélica de los indios. El primer templo fue construido por Salazar dentro de la Casa Fuerte que él fundó. Más tarde Francisco Ruiz Galán levantó otra pequeña iglesia en el mismo recinto. El Adelantado Alvar Núñez erigió una tercera. Las tres iglesias desaparecieron en el gran incendio que destruyó Asunción en 1543. Reconstruida la ciudad, en 1545 ya había nuevamente una iglesia mayor, dos monasterios y una ermita. Fue asombroso el éxito que obtuvieron los sacerdotes y religiosos en su labor catequística. Los canos se sintieron fuertemente atraídos por una religión donde veían hermoseados y magnificados muchos de los elementos de sus propias creencias. «Era tanta la gente que venía a la doctrina -dice una información de 1546- que no cabían en la Iglesia y plaza, así viejos como viejas y madres con sus hijos en los brazos». Los principales caciques se hicieron bautizar y adoptaron los nombres de los jefes de la Conquista. Así el cacique Cupiratí fue conocido con el nombre del fundador de Asunción, el capitán Juan de Salazar. Hubo otro cacique que se bautizó Pedro de Mendoza.

 

LAS PRIMERAS CASAS DE DOCTRINA.

Como las iglesias eran pequeñas para contener a los indios que venían a recibir la enseñanza religiosa, el padre Juan Gabriel de Lezcano levantó una casa de doctrina a un cuarto de legua de la ciudad. Lo hizo a ruego de los mismos indios «para que ellos pudiesen más libremente venir a oír la doctrina cristiana» y allí catequizó no sólo a los hijos de los guaraníes sino también a los primeros retoños del cruce hispano-guaraní. Poco tiempo después, fray Bernardo de Armenta también fundó una casa de doctrina a unas dos leguas de Asunción, porque, según una carta que escribió en 1544, el Adelantado Alvar Núñez decía que donde «no había oro ni plata no había necesidad de bautismo», acusación seguramente desprovista de fundamento y sólo explicable por los apasionamientos políticos de la época.

 

 COLEGIOS PARA HIJOS DE CACIQUES.

En 1535 el emperador Carlos V ordenó que se fundaran en el Perú colegios para los hijos de los caciques «que han de gobernar a los indios» a fin de que personas religiosas y diligentes les enseñasen y doctrinasen en la cristiandad, buenas costumbres, policía y lengua castellana. Posteriores ordenanzas reales mandaron que fueran favorecidos esos colegios y se fundaran otros en las ciudades principales, provistas de renta competente. Estas disposiciones tuvieron debido efecto en el Perú y en México, donde funcionaron colegios especiales para hijos de caciques, algunos de los cuales fueron enviados a España para completar su educación. En el Paraguay nunca tuvieron cumplimiento por falta de rentas que aplicar al sostenimiento de los colegios. La educación indígena quedó librada al esfuerzo de religiosos y conquistadores por medio de las casas de doctrina, las reducciones y los pueblos de indios y por la institución de los repartimientos y encomiendas.

 

IMPLANTACIÓN DE LA ENCOMIENDA.

La institución del repartimiento y encomienda, según hemos visto, tuvo por objeto principal la cristianización de los aborígenes, a cambio de lo cual éstos debían trabajar en beneficio de los encomenderos. En los primeros tiempos de la Conquista este régimen no fue aplicado en el Paraguay. Los guaraníes servían libremente a los españoles como parientes y aliados, y recibían doctrina en las iglesias de la ciudad, en las casas de doctrinas y en los pueblos en que estaban agrupados. No todos los conquistadores se mostraron satisfechos con este régimen que dejaba el servicio personal librado a la buena voluntad de los indígenas por cuya razón muchos españoles no podían dedicarse a las empresas de la conquista. El ejemplo de otras provincias donde el trabajo era impuesto obligatoriamente a los aborígenes acicateó la codicia de los descontentos. Su vocero fue el factor Pedro Dorantes quien en 1553 requirió solemnemente al gobernador bala que repartiera los indios en encomiendas, como en el resto de las Indias, pues así -decía- «los españoles andarán libremente por la tierra y podrán buscar minas de oro y plata y otras cosas que les convengan». Irala, temeroso de peligrar su situación política, accedió al requerimiento, no sin antes explicar que hasta entonces no había hecho encomienda en razón de que «por la antigua y vieja costumbre que en esta tierra se tomó, guarda y ha guardado, están todos los indios o la mayor parte de ellos adeudados con todos los conquistadores y pobladores por vía de haberlos dado a sus hijas, hermanas y parientes, que les sirven».

 

LAS ORDENANZAS DE IRALA.

Cuando bala se vio obligado a instituir la repartición y las encomiendas no lo hizo sin reglamentarla minuciosamente, para asegurar «el bien, provecho, conservación, doctrina y enseñamiento» de los indios, según se lee en sus Ordenanzas del 14 de mayo de 1556, modelo de humanitarismo. Los encomenderos estaban obligados a tratarlos bien, a favorecerlos y ampararlos, no darles trabajos excesivos sino moderados y templados, conforme a la intención del Rey, « tratándolos como a prójimos, instruyéndolos y doctrinándolos en las cosas de Nuestra Santa Fe Católica». Los indios debían permanecer en sus pueblos, salvo el tiempo en que tenían que servir a sus encomenderos, los cuales debían sustentarlos, alimentarlos, curarlos, doctrinarlos y enseñarles «el mejor orden y policía de vivir». Los encomenderos debían tener en sus casas dos o tres niños para enseñarles la doctrina cristiana y las buenas costumbres, y a fin de que cumplidos doce o trece años de edad, «se vuelvan a sus casas y pueblos y puedan enseñar e instruir a sus padres y hermanos y parientes». Alrededor de 320 conquistadores fueron favorecidos por las encomiendas y el número de indios repartidos se elevó, según la carta de bala al Marqués de Mondejar de 1556, nada menos que a 20.000, cifra al parecer exagerada. Debemos subrayar que ninguno de los indios canos fue encomendado.

 

PUEBLOS INDIOS.

Fue política iniciada por bala respetar las agrupaciones indígenas que encontraron los españoles. Sobre la base de los mismos fueron estableciéndose pueblos, los cuales conservaron sus nombres primitivos. Cuando aparecieron los misioneros franciscanos, esos pueblos fueron elegidos para asiento de las primeras reducciones. Según Azara el número de pueblos de indios formados por los conquistadores desde 1537 hasta 1632 fue de cuarenta y tres. Subsisten hasta nuestros días, Itá, Acahay, Yaguarón, Areguá, Altos, Tobatí, Ypané, Guarambaré, Atyrá, Caazapá, Rapé. No todos estos pueblos mantienen sus antiguas ubicaciones. En los tiempos de su fundación se hallaban más dispersos. Las invasiones de los indios guaycurúes del Chaco y luego de los «bandeirantes» obligaron a muchos de ellos a buscar mejores ubicaciones.

 

ORDENANZAS SOBRE POBLACIONES.

En 1573 se dictaron ordenanzas reales que tendieron a organizar la agrupación de los indígenas en pueblos respetando en lo posible sus costumbres. Se mandaba conocer su manera de vivir, sus creencias, su gobierno, su economía, las cosas que más apreciaban, etc. Debía luego reducirse a los indígenas a población y mantenerse con ellos buenas relaciones. Por vía de comercio se debía darles cosas a que se aficionaran, no mostrando codicia por las de ellos. Se procuraría predicarles la religión, no reprendiéndoles, al principio, sus vicios, ni idolatrías, ni quitándoles sus mujeres, ni los ídolos «porque no se escandalizaran ni tomaran enemistad con la doctrina cristiana». Entre las ventajas que debían ofrecerse a los indios figuraban las referentes a las garantías para andar, contratar y comerciar; y para tener bienes, que antes les eran prohibidos, como vestido y calzado, el uso de pan, vino, aceite y mantenimientos, paño, seda, lienzo, caballos, ganados, herramientas, armas y todo lo demás que de España se había llevado. Se les quitarían cargas y servidumbres y se les enseñarían oficios y artificios. Pero casi todo esto no pasó de la categoría de un noble programa humanitario. En la realidad, la institución de las encomiendas, tal como ella fue practicada por los españoles, desvirtuó las finalidades perseguidas por las Ordenanzas de 1573.

 

LAS ORDENANZAS DE RAMÍREZ DE VELAZCO.

Largo tiempo rigieron las ordenanzas de bala. El gobernador Juan Ramírez de Velazco dictó nuevas reglamentaciones en 1597, siempre con el ánimo de asegurar buen trato e instrucción religiosa a los indios repartidos y encomendados. Los encomenderos fueron obligados a levantar iglesias en los pueblos de indios, y a falta de sacerdotes a enseñar a tres o cuatro muchachos, hijos de los caciques, para dedicarlos a inculcar las oraciones a los demás indios del pueblo. Además debían tener en sus casas dos muchachos o «chinas» ladinos, que supieran la doctrina cristiana y la enseñasen a las demás «piezas de su servicio».

 

LAS ORDENANZAS DE HERNANDARIAS.

En 1598 y 1603 el gran gobernador Hernandarias sancionó nuevas ordenanzas, en vista de que las anteriores no eran debidamente cumplidas. Se eliminó el trabajo de los niños menores de 15 años y de los ancianos mayores de 60 años. Caciques y mujeres quedaron eximidos de la obligación de servir. Los indios debían concurrir diariamente a recibir la doctrina. Se señaló el sábado para el descanso y el domingo para devoción y recogimiento.

 

LAS ORDENANZAS DE ALFARO.

En las ordenanzas de Hernandarias, como en las anteriores de bala y de Ramírez de Velazco, el sistema de encomiendas no entrañaba la imposición obligatoria del trabajo a todos los indígenas sin excepción sino la regulación humanitaria del servicio voluntario ya existente, para prevenir abusos. La Corona no reputó suficientes esos recaudos y envió al Paraguay al Visitador Francisco de Alfaro con la misión de suprimir el servicio personal y reemplazarlo por el pago de tasas por los indios para los antiguos encomenderos. Así lo cumplió mediante Ordenanzas publicadas en Asunción el 11 de octubre de 1611 para regir en toda la vasta extensión de la provincia del Río de la Plata. Hizo, sin embargo, una excepción con los indios de la comarca asuncena, descendientes de los antiguos canos, quienes se consideraron «afrentados y como esclavos» cuando supieron que no había tal supresión del servicio personal pues a falta de bienes con que pagar la tasa les era forzoso hacerlo con su trabajo y en una forma obligatoria. Alegaron que ellos servían «cuando quieren y como quieren», trabajando «no a título de tasa o servicio sino como parientes», según el mismo Alfaro informó al Rey. En consecuencia, Alfaro permitió a esos indios seguir viviendo en las chacras y estancias, no a título de yanaconas sino como pobladores reducidos en población. En las mismas ordenanzas se lee respecto a la enseñanza de la religión: «por cuanto lo principal que Su Majestad manda es la doctrina de los indios y para que ésta se haga con comodidad mando que ninguna doctrina pueda tener ni tenga más de 400 indios, salvo si tuviere la tal Doctrina dos Religiosos que entonces podrá haber más número». Se estipuló que todos los niños de 5 a 11 años acudieran diariamente media hora por la mañana y media hora por la tarde para rezar la Doctrina, y que los gobernadores no presentasen ningún sacerdote para cura que no conociera la lengua en que hubieren de doctrinar. Las Ordenanzas de Alfaro fueron aprobadas por el Rey e incorporadas en gran parte a la Recopilación.

 

LOS LENGUARACES.

En los primeros tiempos de la conquista los sacerdotes se valían de intérpretes para la enseñanza religiosa. Náufragos de las armadas de Solís y Gaboto, vivían en la costa del Brasil o entre los indios, y por orden del Rey, apoyada «con buenas palabras y tratamientos, dádivas y promesas» se incorporaron a la conquista con el valioso caudal de su conocimiento de la lengua y de las cosas de la tierra. La historia menciona a Hernando de Ribera, Gonzalo Pérez de Morán, Andrés de Arzamendia, Alonso Martínez, Pedro Galbán, Pedro Genovés, Juan Pérez, Ruy García, Francisco Rodríguez y un Guevara, que vinieron del Mbiacá, y también a otros que, sin ser apremiados, surgieron de la selva, como Gonzalo de Romero, Enrique Montes, Gonzalo de Acosta, Antonio Tomás y Francisco del Puerto. Todos ellos desempeñaron un importante papel pues habilitaron a los conquistadores a romper las vallas de las diferencias de lenguas. Pronto se generalizó el uso del guaraní. Los «mancebos de la tierra» no hablaban otra lengua y Hernandarias la eligió como idioma de mando. La importancia de los lenguaraces decreció paulatinamente hasta llegar el momento en que todos los habitantes del Paraguay hablaban el guaraní y ya no fue necesaria su intervención, salvo para ayudar a los primeros religiosos en la traducción de I a doctrina cristiana.

 

LA ENSEÑANZA EN GUARANÍ.

Según lo que se sabe, correspondió a Fray Luis de Bolaños, a cuya obra nos referiremos más adelante, la primera traducción en guaraní de la Doctrina Cristiana, a fin de evangelizar a los indígenas directamente en su lengua. Fray Bolaños efectuó su trabajo con el auxilio de sacerdotes mancebos de la tierra, y de un soldado, el capitán Escobar, famosísimo lenguaraz, a quienes consultaba sobre la propiedad de las palabras que ponía en su catecismo. Este fue aprobado en 1603 por el Sínodo que congregó en Asunción el obispo fray Martín Ignacio de Loyola. «Por haber muchas lenguas y muy dificultosas en estas provincias -declaró el Sínodo- que para hacer instrucción en cada una de ellas fuera confusión grandísima; ordenamos y mandamos que la doctrina y el catecismo se ha de enseñar a los indios en lengua guaraní, por ser más clara y hablarse generalmente en todas estas provincias; para lo cual se dará a cada uno de los curas el suyo, encargándoles que vayan aprendiendo la lengua de sus feligreses; y todos los que se nombrasen por curas de indios, sepan por lo menos en lengua guaraní, para poder administrar los sacramentos y tengan la doctrina y catecismo que hizo el Padre Fray Luis de Bolaños, el cual sepan de memoria». En 1631 otro Sínodo confirmó la aprobación y agregó oraciones del Padre Roque González de Santa Cruz.

 

LA ENSEÑANZA DEL CASTELLANO.

Refiere Alvar Núñez en sus «Comentarios» que los caciques que salieron a su encuentro cuando llegó de España, hablaban perfectamente la lengua castellana. No por dificultad en el aprendizaje del idioma de los conquistadores por los aborígenes sino por las cualidades expresivas de la lengua guaraní ésta fue preferida en la obra de la evangelización. En la Corona no se creía que el guaraní fuera tan apto para transmitir los dogmas de la religión. El Emperador Carlos V dispuso en 1550 que donde fuera posible se pusieran escuelas de la lengua castellana para que la aprendieran los indios, así como también a leer y escribir. «Habiendo hecho particular examen-decía la Provisión Real- sobre si aún la más perfecta lengua de los indios se pueden explicar bien, y con propiedad los Misterios de Nuestra Santa Fe Católica, se ha reconocido que no es posible sin cometer grandes disonancias e imperfecciones, y aunque están fundadas Cátedras, donde sean enseñados los sacerdotes, que hubieren de doctrina a los Indios, no es remedio bastante, por ser mucha la variedad de lenguas». La asistencia a estas escuelas debía ser voluntaria. Felipe III en 1634 y 1636 estableció la obligatoriedad de la enseñanza del castellano a los indios. Todo fue en vano. La lengua guaraní siguió imperando para la conversión indígena y en general para toda la vida de relación no solamente con los guaraníes sino con las demás naciones aborígenes. Era la lengua general, o «lingua geral»; como decían los portugueses, el único lazo de inteligencia entre tribus cuyos idiomas eran intraducibles los unos a los otros y que sólo sabían entenderse en guaraní.

 

EL «TESORO DE LA LENGUA GUARANÍ».

Después de treinta años de labor evangélica, el Padre Antonio Ruiz de Montoya publicó en Madrid en 1639 y 1640 tres obras fundamentales de lingüística guaraní: el « Tesoro de la Lengua Guaraní», el «Vocabulario» y el «Catecismo». El objetivo de estos tratados era poner en manos de los doctrineros los instrumentos necesarios para la enseñanza de la religión a los indígenas. La obra del Padre Bolaños, sobre todo su Catecismo, fue aprovechada grandemente por Ruiz de Montoya. Éste no era nativo sino peruano, pero llegó a dominar el idioma guaraní, que hablaba como propio. El licenciado Gabriel de Peralta, mancebo de la tierra, al aconsejar la publicación de los libros de Ruiz de Montoya, certificó que en ellos no halló «cosa contra nuestra Santa Fe y buenas costumbres, antes veo en ellos un apoyo muy grande, para publicar y arraigar la fe entre Gentiles, por estar llenos de muy sana doctrina, explicada con muy elegantes modos de decir muy útiles y provechosos para los Predicadores del Santo Evangelio, entre tan extendida gentilidad, en la cual es notorio haber hecho su autor tan gran provecho con su predicación, cuanto da testimonio la elegancia y facilidad que muestran sus escritos, sacando a luz lengua tan excelente, y que parecía imposible poderse reducir a escritura». Los tratados del Padre Ruiz de Montoya, reimpresos en la Imprenta Misionera un siglo después, ayudaron notablemente al afianzamiento del guaraní como lengua de evangelización y civilización de los indígenas del Paraguay.

 

POLÉMICA SOBRE EL CATECISMO JESUITA.

El famoso Fray Bernardino de Cárdenas, enemigo de los jesuitas, promovió una ruidosa polémica, teológica y gramatical, que durante más de diez años mantuvo a la Provincia tan agitada como si se tratara de una cuestión política de primera importancia y que tuvo resonancia en Lima, Charcas y en la propia Corona. Denunció Cárdenas a la Inquisición de Lima que algunas de las expresiones del catecismo de Ruiz de Montoya eran «heréticas, indecentes y contrarias al espíritu genuino de la doctrina cristiana». Se refería a la adopción de muchas figuras de la teogonía guaraní, como Tupá, por ejemplo, para representar a la divinidad cristiana. El asunto fue finalmente sometido a una junta de personas doctas y peritas de la lengua guaraní, reunida en 1656 en la ciudad de Asunción, que luego de sesudas deliberaciones, «que no desmerecerían en un concilio ecuménico o en alguna academia de filólogos», desestimó la denuncia del obispo Cárdenas. Quedó en esta ocasión en claro que el catecismo jesuita no era otro que el formado por Fray Luis de Bolaños y que ya había sido aprobado por los sínodos de 1603 y 1631. Ese catecismo siguió siendo utilizado en la conversión de los indígenas hasta la expulsión de los jesuitas en 1767.

 

 

 

LECCIÓN 5

LA LEGISLACIÓN DE INDIAS

 

LA CONQUISTA COMO PROGRAMA LEGAL.

Fue voluntad de la Corona española que ningún aspecto de la Conquista y Colonización de los países americanos quedara librado al azar. Desde el primer momento hubo el propósito de planificar legalmente la incorporación del nuevo mundo a la civilización cristiana. El propósito fundamental de España, según queda visto, fue misional, la conversión de los pueblos indígenas a la Religión Católica, pero no era el único del Estado indiano. Junto a los indios vivían los españoles y sus descendientes, todos los cuales formaron una comunidad que debió estar regida por instituciones y leyes que aseguraran su pacífica convivencia. Cuando Carlos II armonizó y completó todas ellas en un solo cuerpo legal-las famosas Recopilaciones sancionadas en 1680-recordó que «el primero y más principal cuidado de los Señores Reyes, nuestros gloriosos predecesores, y nuestro, (fue) dar leyes con que aquellos Reynos eran gobernados en paz y en justicia». De este modo, complementando la finalidad evangélica, se señalaron otros dos grandes objetivos para el Estado indiano: la paz y la justicia. Para lograrlo se dictaron leyes y se crearon instituciones

 

ORIENTACIÓN JURÍDICA DEL ESTADO ESPAÑOL.

América era prolongación natural de España y en sus países tuvieron vigencia los mismos ideales jurídicos de la metrópoli. Esta había recibido y asimilado dos de las mayores influencias de todas las épocas: el derecho romano y la religión católica. Ambas coincidían en dar a la justicia un puesto cardinal en el ordenamiento social, ya para mantener la paz entre los pueblos ya para conseguir el desarrollo de otras virtudes. Al asimilar la tradición jurídica de Roma, España agregó a la justicia los ideales religiosos que le dieron un contenido moral de que antes carecían. Por esta razón, la monarquía visigótica se caracterizó por implantar un sistema jurídico basado en la noción de lo justo muy superior al de cualquier otro Estado de la época. En el Fuero Juzgo se estipuló: «Ca de la mesura de los príncipes nace el ordenamiento de las lees, et de las lees nacen las bonas costumbres, et de las bonas costumbres nace ela paz et ela concordia entre los poblos, et de la concordia de los poblos nace el vencimiento de los enemigos». Las Partidas volvieron a señalar los mismos objetivos a la acción del Estado. «Justicia -decía- es una de las cosas porque mejor y más endereçadamente se mantiene el mundo», «faziendo beuir a cada uno en paz, segued su estado». Más que el prestigio de la corona, los monarcas aspiraban a crear un orden justo. Este ideal se trasladó a la legislación indiana, que está presidida por el concepto de que ninguna paz no asentada sobre la justicia es verdadera.

 

JUSTICIA Y SUMISIÓN A LA LEY.

En la monarquía española y su prolongación indiana, el Rey era el primer encargado de llevar a la práctica el ideal de justicia. «Su propio oficio es hacer juicio y justicia», repitieron las leyes desde remota antigüedad. Las Partidas consignaron que «el Rey es puesto en la tierra en lugar de Dios, para cumplir la justicia y dar a cada uno su derecho». Esta obligación de hacer justicia se complementaba con la de sumisión a la ley. Ciertamente el monarca podía derogar o modificar el derecho, como supremo legislador que era en lo temporal, pero estaba obligado a guardar las leyes mientras no las derogara o modificara expresamente. El acatamiento a la ley distinguía al rey del tirano. Al apartarse de ella perdía el rey el derecho a la obediencia. Decía el Fuero Juzgo: «Faciendo derecho el rey, deve ayer nome de rey, et faciendo tomo, pierde nome de rey. Onde los amigos dicen tal proverbio: Rey serás, si ficieres derecho, et si non ficieres derecho, non serás Rey». Esta obligación de proceder con justicia no era solamente de los monarcas, sino también de todos los funcionarios. La función gubernativa de hacer justicia no correspondía sólo al rey y a ciertos magistrados, sino a todos los demás órganos y poderes del Estado. La justicia superaba el campo de las decisiones judiciales para extender su esfera de aplicación a todas las actividades de gobierno.

 

ACATAR Y NO CUMPLIR.

Para mantener el imperio de la justicia, el mismo rey guiso que no se cumplieran sus mandatos cuando éstos violaran la legislación imperante en perjuicio de partes. Entonces se acataban las leyes pero no se cumplían, según la fórmula consagrada y no era el único motivo de la autorizada falta de cumplimiento de las disposiciones reales. Igual facultad tenían los súbditos cuando algún mandato del soberano se basaba en información falsa o incompleta, es decir cuando adolecía de los vicios llamados de obrepción o subrepción. El obispo del Paraguay, fray Martín Ignacio de Loyola, explicó en 1606 esta doctrina: «El fin que tiene el Rey Nuestro Señor, como cathólico y christianisimo, en las cédulas que despacha, es el servicio de Dios Nuestro Señor, y el bien y el aumento de la República y de sus vasallos, y si alguna cédula emagnase contraria desde fin sería por falsa y siniestra información, y los Governadores la han de reverenciar pero no executarla en guamo es repugnante a I d ficho fin y deben dar cuenta y relación fiel y verdadera a Su Magestad». Esta potestad tuvo muchos efectos en el Paraguay sobre todo en la época de la Revolución de los Comuneros.

 

 

 

LAS LEYES

 

 

 

LA LEGISLACIÓN CASTELLANA. Al tiempo de producirse los descubrimientos de Colón no existía una verdadera unidad jurídica en España. Tanto Castilla como Aragón -unidos por el matrimonio de Isabel y Fernando- mantenían su propia personalidad política y jurídica. Estas circunstancias y el hecho de que fuera Isabel y no Fernando quien patrocinara la empresa del descubrimiento, motivaron que fuese el derecho castellano, y no los otros derechos vigentes en la península, el que rigiera en los primeros momentos la vida jurídica de las Indias. El orden de prelación de las fuentes de ese Derecho, tal como quedó restablecido en 1505 por las Leyes de Toro, era el siguiente: 1°. los Fueros Municipales que recogían normas de aplicación local, generalmente pactadas entre el Rey o Señor y los vecinos de la ciudad; 2° el Fuero Real, promulgado por Alfonso X el Sabio, entre 1252 y 1255, que fue el primer intento de generalizar las normas jurídicas sustituyendo el derecho local por el derecho territorial; 3° el Código de las Siete Partidas, también promulgado bajo el reinado de Alfonso el Sabio, entre 1252 y 1263, que fue la obra más importante del derecho histórico castellano; 4° el Ordenamiento de Alcalá de Henares de 1348 que versó fundamentalmente sobre la administración de justicia y el régimen señorial; 5° las Leyes de Toro de 1505 que codificaron instituciones del derecho familiar y sucesorio.

 

AMOLDAMIENTO DE LAS INSTITUCIONES JURÍDICAS. Felipe II dispuso que las leyes y orden de gobierno de las Indias se conformaran a las de los reinos de Castilla y León, «en cuanto hubiera lugar y permitiere la diversidad y diferencia de las tierras y naciones». Esta intención de organizar los nuevos territorios bajo las mismas normas jurídicas vigentes en la península tuvo que ceder ante el imperativo de la realidad. Las circunstancias sociales, económicas, raciales y geográficas de América, nuevas para los europeos de la época, no pudieron ser encuadradas dentro de los preceptos del viejo derecho castellano peninsular. Hubo necesidad de dictar normas jurídicas nuevas para hacer frente a situaciones desconocidas hasta entonces. Así nació el derecho indiano que pronto alcanzó frondosidad extraordinaria, y que en muchos aspectos de la vida social, económica y jurídica, desplazó a un segundo plano al derecho castellano tradicional. Se decretó entonces que las disposiciones dictadas por el Rey, la Casa de la Contratación de Sevilla y el Supremo Consejo de las Indias, u otras autoridades facultadas, tuvieran primacía en su vigencia y observancia, no pudiendo acudirse a las fuentes del derecho castellano, más que supletoriamente, a falta de precepto aplicable del derecho indiano.

 

LA POTESTAD LEGISLATIVA. El poder legislativo residía doctrinalmente en la Corona. El Rey dictaba los preceptos jurídicos asesorados por el Real y Supremo Consejo de las Indias y la Casa de la Contratación de Sevilla, y se expedía mediante Reales Cédulas, Órdenes, Pragmáticas, Ordenanzas, Provisiones, Autos, Resoluciones, Sentencias y Cartas. Otros organismos podían también dictar ordenanzas o instrucciones, pero la hacían en nombre del Rey y pendientes de confirmación real. Requerían esta confirmación las ordenanzas y estatutos que sancionaban los virreyes, audiencias, gobernadores, universidades, comunidades, ciudades y villas, hospitales y colegios. Los dictados por virreyes y audiencias debían ejecutarse de inmediato sin esperar la ratificación real. Los propuestos por gobernadores, ciudades y demás comunidades necesitaban aprobación del virrey o audiencia, y también la confirmación real. Los monarcas se propusieron reglamentar con gran minuciosidad todos los asuntos que afectaban a las posesiones americanas, y lo mismo se ocuparon de los grandes problemas políticos y económicos que de cuestiones pequeñas que concernían sólo a una ciudad o un reducido distrito rural. Esto dio lugar a una profusa y cada vez más compleja legislación.

 

TENTATIVA DE RECOPILACIÓN. Hubo desde los primeros tiempos tentativas de recopilar en un solo cuerpo las disposiciones legales que la Corona dictaba para beneficio de las Indias. Algunas recopilaciones fueron de carácter territorial, como el Repertorio iniciado por el licenciado Maldonado, el Cedulario de Vasco de Puga, impreso en México en 1563, y el del oidor Alonso de Zorita que no llegó a publicarse. Entre las recopilaciones de carácter continental cabe citar en primer término el proyecto de Juan de Ovando, presidente del Consejo de Indias, aprobado parcialmente en 1571. En 1596 se publicaron cuatro tomos de Provisiones, Cédulas, etc. de Diego de Encina, que no obtuvo la aprobación real. El trabajo de recopilación fue encomendado luego a Diego de Zorrilla quien no pudo terminar la obra. Le sucedió en la tarea Rodrigo de Aguiar y Acuña, cuyo trabajo fue continuado por Antonio de León Pinelo. El proyecto elaborado por Aguiar y Acuña, con la colaboración de Pinelo, y completado por éste, sirvió de base a la Recopilación de Leyes de Indias promulgada por Carlos II en 1680.

 

LA RECOPILACIÓN DE 1680. La Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias, promulgada en 1680 y publicada en 1681, consta de nueve libros divididos en 218 títulos y 6.377 leyes. A1 frente de cada ley se indican las fuentes de su procedencia. Los textos tratan de resumir las distintas leyes vigentes sobre las respectivas materias. El libro I organiza la Iglesia como institución dependiente del rey, afirmándose la autoridad suprema de éste último. El Libro II estipula lo referente a Leyes, Provisiones, Cédulas y Ordenanzas Reales. El Libro III habla del dominio y jurisdicción real de las Indias. El N de los descubrimientos. El V acerca de los términos, división y agregación de las gobernaciones. El VI de los indios. El VII de los pesquisidores y jueces de comisión. El VIII de los delitos y penas. El IX de la Real Audiencia y Casa de Contratación. El contenido de estos libros es mucho más extenso del que sugieren los títulos. En un mismo libro figuran materias extrañas y heterogéneas. No siempre las leyes están redactadas con precisión, y más parecen aconsejar que mandar. Con todas sus fallas la Recopilación es un código que «por su amplio espíritu humanitario y de protección en favor de los súbditos americanos del rey, encierra un valor mucho más grande que todo lo que se ha hecho en las colonias inglesas o francesas en el mismo orden», según el historiador francés G. Bourne.

 

LOS JURISTAS ESPAÑOLES. Los tratadistas clásicos del derecho indiano contribuyeron grandemente al elevado espíritu de justicia que campea en la Recopilación. Fueron ellos quienes reclamaron el trato justo a los indios y la igualdad efectiva entre americanos y españoles. Cabe mencionar en primer lugar a Juan Matienzo, autor de una obra titulada «Gobierno del Perú», donde propuso importantes reformas en el régimen de encomiendas y el aprovechamiento de las minas. El más eminente jurista indiano fue Juan de Solórzano Pereira cuyo «Tratado Indiano» tuvo gran influencia en la legislación real sobre Indias. No les fue en zaga a Matienzo y Solórzano Pereira el jurista Antonio de León Pinelo, cuya obra más importante: «Tratado de confirmaciones reales, encomiendas, oficios y casos que se requieren para las Indias», publicada en 1630, tiene mayor amplitud de contenido que la de Solórzano sin lograr su densidad de pensamiento.

 

También corresponde mencionar a otros tratadistas como Polo de Ondebargo, Castillo de Bobadilla, fray Tomás de Mercado, Bartolomé de Albornoz, Juan Hevia de Bolaños, Gaspar de Escalona Agüero, F. Salgado de Somoza, Alcedo y Herrera, y otros. Cabe señalar que la mayoría de estos juristas son de los siglos XVI y XVII. En el siglo XVIII parece haberse agotado el interés científico de los juristas españoles sobre los asuntos americanos.

 

LOS INDIOS. Ocupan lugar importante en las Recopilaciones las leyes referentes a los indios. Se recogieron muchas de las disposiciones de las ordenanzas sancionadas en el Paraguay, y sobre todo las de Alfaro. Aunque se consagró su igualdad fundamental con el español se creó en su favor un régimen especial de protección. Tendían fundamentalmente a asegurar la agrupación de los indios encomendados en pueblos separados de los españoles. Estos pueblos debían tener sacerdotes costeados por los encomenderos y estar provistos de aguas, tierras de labranza y montes suficientes, y ejidos de una legua de largo. Debían ser establecidos lejos de los centros poblados por los españoles, incluso de sus estancias. En ellos no podían residir españoles, negros, mulatos y mestizos. A los indios se les obligaba a andar vestidos. Disponían de sus bienes libremente con intervención de la justicia. El mantenimiento del orden se encargó a regidores y alcaldes indios y se crearon magistraturas especiales para la protección de los indígenas. Debía procurarse que éstos tuvieran oficios, así como bueyes y otras clases de ganado. Algunas restricciones se imponían a los indios. Les estaba prohibido mudar de pueblos, andar a caballo, usar armas de fuego, comprar vino.

 

EL DERECHO PRIVADO. La Recopilación reguló las instituciones del derecho privado sólo en tanto contenían figuras no conocidas en España, como las referentes a la situación jurídica de los indios. De esta suerte las fuentes del derecho castellano siguieron rigiendo para los casos no expresamente contemplados en las Recopilaciones. A las Siete Partidas, el Ordenamiento de Alcalá de Henares y las Leyes de Toro, promulgados antes del descubrimiento de América; se agregaron otros cuerpos de leyes de derecho privado posteriores como la Nueva Recopilación de las leyes de Castilla de 1567 y muchos años después la Novísima Recopilación sancionada en 1805. Entre todas estas ordenaciones las más aplicadas en las Indias fueron las partidas sobre todo en lo referente a la capacidad jurídica de las personas, el derecho de familia, el derecho de propiedad, el derecho de sucesión y el derecho de obligaciones, situación que se prolongo mucho más allá de la independencia, hasta que los países emancipados dictaron sus propios códigos.

 

EL RÉGIMEN DE PROPIEDAD. Llamábanse de realengo todas las tierras de las Indias. Eran originariamente de la Corona ya sea por haber sucedido en el señorío que tenían en ellas los antiguos soberanos indios o por la adjudicación que le hizo Alejandro VI en su Bula de Demarcación. La Corona, a su vez, concedía, por gracia o merced real, porciones de esa tierra a los conquistadores, pobladores y pacificadores, para premiar y remunerar sus servicios. Las mercedes reales eran otorgadas en nombre del Rey por las autoridades del distrito; en el caso del Paraguay por los gobernadores. Para su validez necesitaban la confirmación real, pero las dificultades que implicaba el allegarse a la Corte para conseguirla, motivó que en la práctica se prescindiese de ese requisito.

Había tierras de aprovechamiento comunal cuya propiedad era cedida por la Corona a los municipios para beneficio de sus habitantes. Los ríos, arroyos y lagunas eran del dominio común. La Recopilación de 1680 estableció que los pastos, montes y aguas fueran comunes, así como los montes de frutas, añadiendo con respecto a éstas últimas, que cada uno las podía tomar «y llevar las plantas para poner en sus heredades y estancias, y aprovecharse de ellas como de cosa común». En el Paraguay los yerbales eran de propiedad común y su beneficio era otorgado por los municipios o gobernadores según un sistema de licencias.

 

 

 

LOS ÓRGANOS DEL ESTADO

 

LA SEPARACIÓN DE LOS PODERES. El ordenamiento político estaba calculado para impedir los abusos del poder. Las autoridades quedaron organizadas de tal modo que ejercían un recíproco control, sin que ninguna tuviera un poder absoluto y superior. A1 virrey Toledo le disgustó este sistema. «Háse llevado -escribió en 1573- el intento a que esta tierra se gobierne por muchos, y que cada uno tenga su pedazo de poder, con el cual pueda interpretar que no es sujeto a otro; y que cada uno se tenga por encargado de la ejecución de las cosas, no para ejecutarlas, sino para estorbar que no las ejecute el otro». En vez de los tres poderes que la doctrina constitucional moderna distingue, el derecho indiano reconoce cuatro grandes categorías netamente separadas; el gobierno, la justicia, la guerra y la real hacienda. El gobierno y la guerra quedaron a cargo de los virreyes, gobernadores y otros funcionarios menores; y el manejo de la hacienda al cargo de los oficiales reales; pero la función judicial no tuvo magistrados autónomos que sólo se dedicaran exclusivamente a ese menester como en el orden constitucional contemporáneo. Las Audiencias también desempeñaban funciones políticas; gobernadores, alcaldes y corregidores estaban investidos, además de sus facultades políticas, de atribuciones judiciales.

 

ÓRGANOS SUPERIORES DE GOBIERNO. El más antiguo órgano de gobierno radicado en la metrópoli era la Casa de la Contratación con sede en Sevilla. Creada en 1503, primitivamente rigió el comercio peninsular con las Indias y en forma paulatina le fueron conferidas otras atribuciones en el orden fiscal y en la administración de la justicia. Pronto le superó en importancia al Consejo Real y Supremo de Indias fundado en 1524. Entre sus atribuciones figuraban el conocimiento en última instancia de los asuntos judiciales de las Indias; el nombramiento de funcionarios; la presentación de obispos; las expediciones; la Real Hacienda y el trato a los indios. Con la Casa de los Borbones estas dos grandes instituciones entraron en decadencia y fueron, en la práctica, sustituidas por la Secretaría del Despacho Universal de Indias instituida por Felipe V en 1717, que centralizó en el monarca el gobierno directo de los territorios americanos. En América, y en lo que respecta al Paraguay, los órganos superiores de gobierno eran los Virreyes, primero el del Perú creado en 1544 y luego el de Buenos Aires creado en 1777, que le sustituyó en el mando superior del territorio. Debe mencionarse también a la Audiencia de Charcas que ocasionalmente asumía funciones de gobierno, aunque no siempre conforme a las disposiciones legales. Los Virreyes eran como un alter ego del Monarca con amplísimas atribuciones en un principio que luego paulatinamente fueron reglamentándose o restringiendo para hacerlas compartir con otros organismos.

 

LOS ADELANTADOS. El primer régimen de gobierno instituido en el Paraguay fue el de los Adelantados. Este fue el título otorgado por Capitulación a Don Pedro de Mendoza (1534), Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1540), Juan de Sanabria (1547) y Juan Ortiz de Zárate (1573). La institución del Adelantazgo en España ya estaba desapareciendo, terminada la guerra contra los moros en que tuvo mucha importancia. Sus atribuciones abarcaban todas las gamas del gobierno, guerra y justicia.

 

La única limitación impuesta a los adelantados era la de consultar para las decisiones fundamentales a los sacerdotes y oficiales reales. Su autoridad era de corte netamente militar. Los Adelantados se comprometían a llevar las armadas a su costa y se entendían directamente con el Rey. La actuación de los cuatro designados fue efímera. Mendoza y Ortiz de Zárate gobernaron casi siempre por manos de sus lugartenientes. Sanabria no llegó a posesionarse del cargo.

 

LOS GOBERNADORES Y CAPITANES GENERALES. La Real Cédula del 12 de septiembre de 1537 facultó a los vecinos del Paraguay a elegir, en caso de vacancia, como Gobernador y Capitán General «a la persona que según Dios y sus conciencias pareciere más suficiente para el dicho cargo». En su virtud fue designado, en tal carácter, Domingo Martínez de bala a la deposición de Cabeza de Vaca (1544) y luego, durante el resto del siglo XVI, Francisco Ortiz de Vergas (1558), Martín Suárez de Toledo (1572) y Hernandarias (1592 y 1597). La primera designación real de Gobernador y Capitán General recayó en Domingo Martínez de bala, en 1555. El título de bala no entrañó ninguna subordinación a otra autoridad de América. Esta fue la situación de sus inmediatos sucesores en el mando hasta que el Paraguay fue puesto bajo la jurisdicción del Virreinato del Perú. Creado éste en 1544 no fue sino con el definitivo fenecimiento del régimen del Adelantado, con la destitución de Juan Torres de Vera y Aragón que pretendía la herencia de Ortiz de Zárate, que el virrey de Lima comenzó a ejercer jurisdicción sobre el Paraguay nombrando en 1593 gobernador a Fernando de Zárate. Esta situación duró hasta la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1777, en que el gobernador del Paraguay pasó a depender del virrey con asiento en la ciudad de Buenos Aires, aunque conservando su título y carácter de Capitán General, al cual acostumbraba agregar el de Justicia Mayor.

 

ÓRGANOS DE JUSTICIA. Lo característico de la organización judicial fue la inexistencia de organismos exclusivamente dedicados a esa función. Coincidiendo con el espíritu de la legislación indiana, no se creyó necesario separar la tarea judicial de las otras tareas gubernativas, y antes bien se procuró que éstas se ejercieran con el espíritu que debía inspirar aquéllas. Además no se quiso que imperara en la dilucidación de los asuntos contenciosos el profesionalismo y el tecnicismo jurídico. Hubo prohibición a los abogados de alistarse en las primeras armadas. Se consideró más importante la rectitud de conciencia que el saber jurídico. En su carácter de Justicia Mayor los Adelantados y Gobernadores eran la máxima autoridad judicial en la Provincia hasta que en 1566 el Río de la Plata fue incorporado al distrito de la Audiencia de Charcas, que fue su tribunal supremo hasta la creación de la Audiencia de Buenos Aires que funcionó entre 1663 y 1672 y fue definitivamente restablecida en 1785. Los alcaldes de primero y segundo voto entendían por turno y en primera instancia en todas las causas civiles y criminales que se suscitaran en la jurisdicción de la ciudad, siempre que no correspondiera a alguno de los fueros especiales. Los oficiales reales también tuvieron atribuciones judiciales en las causas que interesaban a la Real Hacienda. La Iglesia también tenía sus tribunales especiales: jueces ordinarios y conservadores, el tribunal de la Santa Cruzada y el tribunal de la Santa Inquisición.

 

EL CABILDO. El Cabildo fue en el Paraguay una creación espontánea de los conquistadores sobre el modelo de los municipios castellanos. Aunque muchos fueron designados en España regidores de las nenas que debía conquistar el Adelantado Don Pedro de Mendoza, a éste no se le autorizó a fundar Cabildos, seguramente por el temor de que éstos quisieran renovar en el Río de la Plata las luchas de las comunidades terminadas en Villalar. Las Ordenanzas de Montejo, incluidas en las capitulaciones, sólo autorizaban a fundar fortalezas o casafuertes, y a esto se limitó el adelantado Mendoza. Pero el 16 de setiembre de 1541 bala, en consorcio con los oficiales reales fundaron el Cabildo de Asunción, integrado por cinco regidores, «para que entiendan en todas las cosas concernientes a la buena gobernación de esta ciudad». Bien pronto el Cabildo se convirtió en órgano importante de gobierno. No sólo cumplía las obligaciones municipales y de justicia que le eran propias, sino que ejerció variadas funciones políticas. En ocasiones llegó a asumir el gobierno total de la Provincia como lo hizo en 1676 a raíz de la destitución del gobernador Rexe de Corvalán. Durante la Revolución de los Comuneros fue protagonista principal de los acontecimientos y baluarte de la causa popular.

 

EL EJÉRCITO. Adelantados y Gobernadores, en su carácter de Capitanes Generales, fueron los supremos comandantes de las milicias y tropas regladas. Decidían en las causas militares, sin intervención de los alcaldes y de las Audiencias. Contra la sentencia del capitán general cabía la apelación al Virrey y a la Real Junta de Guerra de Indias, creada en 1600 para entender en todo lo referente a la guerra terrestre y marítima. En el Paraguay no había tropas asalariadas, sino milicias integradas por todos los vecinos en condición de tomar armas. Estos prestaban servicio obligatoriamente ya sea en los fuertes, en períodos determinados, o en las expediciones contra los indios del Chaco o contra los bandeirantes, debiendo hacerlo a su «costa y minsión», en cargos puramente honoríficos como el de Maestre de Campo, Comandantes de Armas y Comandantes Generales. No fue sino a fines del siglo XVIII que se establecieron cuatro regimientos de dragones con sedes en el interior más un batallón de Infantería en Asunción con sus respectivos Sargentos Mayores. Luego aquéllos fueron agrupados en dos regimientos de caballería, el 1º de Costa Abajo y e12° de Costa Arriba.

 

LA REAL HACIENDA. Las funciones de hacienda correspondían a los Oficiales Reales, que eran cuatro: el Tesorero, el Contador, el Factor y el Veedor. En el Paraguay tuvieron enorme gravitación política durante el siglo XVI por la obligación de Adelantados y Gobernadores de consultarles para las resoluciones fundamentales. Alear Núñez quiso pasar por encima de este requisito y ello fue una de las causas de su destitución: Traía nunca tomó determinación importante sin el voto de los oficiales reales que, de esta suerte, coparticiparon en el gobierno. Algunos de estos funcionarios cobraron relieve principal en la historia de la conquista como Alonso de Cabrera, Felipe de Cáceres, Pedro Dorantes, Garcí Venegas, Hernando de Montalvo; Gerónimo Ochoa de Eyzaguirre, Adame de ( Olaberriaga, Francisco Ortiz de Vergas, Juan de Salazar, etc. Una de sus obligaciones era informar minuciosamente a la Corona sobre los hechos ocurridos en el distrito de su jurisdicción. Por tal razón, la «Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda», publicada en volumen en 1915, constituye una de las I fuentes más valiosas para la historiografía de esa época.

 

LA IGLESIA. El Papa Pablo III instituyó el 1º de julio de 1547 la Iglesia Catedral del Río de la Plata, con asiento en Asunción y a cargo de un Obispo que debía denominarse también del Río de la Plata. Señaló la bula papal como obligación primordial del Obispo del Río de la Plata «predicar la palabra de Dios y convertir a sus habitantes infieles al culto de la fe cristiana». El obispo designado, Fray Juan de Barrios, fundó canónicamente desde España, el 10 de enero de 1548, la Sede Episcopal del Paraguay, señalándole por Titular y Patrona a la Virgen de la Asunción. Dotó al Obispado de cinco dignidades, diez canónigos, seis racioneros, seis semiracioneros y otros subalternos, pero como no tenía rentas suficientes la Iglesia, las prebendas se redujeron a cuatro dignidades -Deán, Arcediano, Chantre y Tesorero- dos canónigos y un racionero, que debían constituir el Cabildo Eclesiástico. El obispo Barrios nunca negó a posesionarse de su Obispado. El primero en hacerlo, Fray Pedro Fernández de la Torre, integró el Cabildo Eclesiástico. Producida en 1617 la división de las Provincias, le fue segregado del Obispado del Paraguay el de Buenos Aires entonces instituido. Eran prolongadas las vacancias del Obispado, que entonces era regido por Provisores, por lo general nacidos en la tierra, o por el Cabildo Eclesiástico Gobernador.

 

LA INQUISICIÓN. Para velar por la pureza de la fe, en 1570 fue instalado en Lima el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición con autoridad sobre el obispado del Paraguay. Esta jurisdicción no pudo ser ejercida durante el siglo XVI. «En los negocios de Inquisición-informaron los jueces de Lima-que se ofreciesen en el Paraguay y Río de la Plata, que son de este distrito, no podemos entender en ninguna manera, porque demás que la distancia es de más de ochocientas leguas de esta ciudad, hay en medio muchos despoblados y tierras de indios de guerra, y sería menos dificultoso tratarse los dichos negocios desde Sevilla». Así también la entendió el obispo de Asunción, Fray Fernández de la Torre, quien en 1572 abatió el poderío del gobernador Felipe de Cáceres acusándole públicamente de «luterano», y logró su deposición y su envío a España para entregarlo al Santo Oficio de Sevilla sin pensar recurrir a Lima. El obispo se presentó en plena Catedral y al grito de «Viva la Fe de Jesucristo» apresó a Cáceres cuyos partidarios no osaron oponer resistencia. «En oyendo esta techa ninguno de nosotros se atrevió a menear cosa alguna», escribieron los oficiales reales. Nada se sabe acerca de los fundamentos de la acusación pues no se conoce el proceso que el obispo instruyó con este motivo al destituido gobernador.

 

LAS INSTITUCIONES CULTURALES. Las Recopilaciones reglamentaron minuciosamente la actuación de las Universidades. «Para servir a Dios nuestro señor y bien público de nuestros Reynos -rezaba la Ley I, del título XXII, del Libro I conviene que nuestros vasallos, súbditos y naturales tengan en ellos Universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas las ciencias y facultades». Las dos primeras universidades fundadas en América fueron en 1551 las de Lima y de México, con igual categoría que la de Salamanca. Muchas otras se erigieron posteriormente y en el Río de la Plata solamente la de Córdoba en 1614. Las universidades eran reguladas por estatutos propios y gozaban de autonomía. Incluso a la Inquisición le estaba vedado interferir su enseñanza. También fue muy explícita la Recopilación sobre la obligación que tenían arzobispos y obispos, conforme a los cánones del Concilio de Trento, de fundar colegios seminarios para la formación de sacerdotes.

 

LA LEGISLACIÓN ESCOLAR. En cambio la legislación indiana acusó un gran vacío con respecto de la instrucción primaria. Ésta quedó librada a la iniciativa particular, sobreentendido que debía encuadrarse dentro del respeto de los dogmas religiosos y el acatamiento a las autoridades reales. La enseñanza de las primeras letras no era entonces en España ni en el resto de Europa un problema de gobierno. Correspondía al hogar o a la iglesia. De aquí el silencio de las Recopilaciones, lo cual hizo que la enseñanza escolar se desarrollara dentro de la más amplia libertad. Poco apoco fue formándose un derecho consuetudinario o de la costumbre que, según las mismas Recopilaciones, tenía fuerza de ley a falta de disposición escrita. De esta suerte los Cabildos se constituyeron en la máxima autoridad en materia escolar. Otorgaban el título o autorizaban el ejercicio del magisterio a quienes lo solicitaban; fijaban el estipendio que los maestros cobraban a los padres; concedían locales para las escuelas; subvencionaban, a veces de sus «propios» algún maestro. El Cabildo delegaba generalmente la vigilancia del buen desempeño de los preceptores en uno o dos diputados de su seno.


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