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ALFREDO BOCCIA PAZ


  LA DÉCADA INCONCLUSA - HISTORIA REAL DE LA OPM. Por ALFREDO BOCCIA PAZ


LA DÉCADA INCONCLUSA - HISTORIA REAL DE LA OPM. Por ALFREDO BOCCIA PAZ

LA DÉCADA INCONCLUSA - HISTORIA REAL DE LA OPM

Por ALFREDO BOCCIA PAZ

 

Editorial EL LECTOR

Tapa: ROBERTO GOIRIZ

Asunción – Paraguay

1997 (229 páginas)

 

 

 

ÍNDICE

Prólogo

Introducción.      

Capítulo 1.

Encarnación, otoño de 1976

Capítulo 2.

Génesis

Capítulo 3.

El Movimiento Independiente

Capítulo 4.

El frente campesino

Capítulo 5.

El compañero Juan Carlos

Capítulo 6.

La construcción de la «orga»

Capítulo 7.

¡Eso es claudicar, compañero!

Capítulo 8.

Apocalipsis

Capítulo 9.

El dominó represivo

Capítulo 10.

Ya nada será igual

Fuentes de consulta

 

 

ALFREDO BOCCIA PAZ

 

Nació en Bella Vista (Amambay) en 1955. Es médico especializado en Hematología en Universidades de Bélgica y España. Actualmente es profesor adjunto de la Facultad de Medicina de Asunción.

Desde su época de estudiante desarrolló una intensa y comprometida actividad gremial y política en el Frente de Estudiantes de Medicina. Fue posteriormente presidente de las Asociaciones de Médicos tanto del Hospital Universitario como del Hospital de Clínicas.

Participó desde su fundación del movimiento ciudadano "Asunción Para Todos", llegando hasta su conducción. Se integró luego al Encuentro Nacional y, en 1996, fue electo candidato por este partido a la Intendencia de Asunción. Su renuncia a la candidatura posibilitó una inédita experiencia de alianza política que logró retener la intendencia para los sectores democráticos.

Vinculado activamente a la defensa de los Derechos Humanos, ha emprendido investigaciones, fruto de las cuales son los dos libros que ha publicado previamente: "MÉDICOS, ÉTICA Y TORTURA EN EL PARAGUAY” (RP Ediciones, 1992, en co-autoría con Carlos Portillo y Carlos Arestivo) y "ES MI INFORME. Los archivos secretos de la Policía de Stroessner" (CDE, 1994. en co-autoría con Myrian González y  Rosa Palau), que se han constituido en importantes referencias para comprender nuestro pasado reciente.        

 

 

INTRODUCCIÓN

Me he preguntado muchas veces mientras buscaba datos para este libro si es realmente posible recrear el espíritu de una época siguiendo el hilo, frágil y casi siempre engañoso, de una aventura política radicalizada y, para peor, terminada de modo desastroso.

Con el tiempo aprendí a renunciar al ambicioso objetivo de reconstruir la «verdad histórica». Ni siquiera estoy seguro de que ésta exista. La relación de nuestra sociedad con su pasado es tan tormentosa como su historia reciente. El pasado que convoca esta investigación es el de los años setenta: Como todo pasado siempre está en revisión. Pero, como pocas, ésta época en particular sigue y seguirá siendo un tema abierto y conflictivo. Es casi imposible acercarse al tema de manera aséptica. Pareciera que, recién ahora, algunos se atreven a decir cosas calladas por mucho tiempo. Flanqueado por los demonios de los reaccionarios de derecha que sospechan una apología del extremismo y los fantasmas de la izquierda ortodoxa que temen una interpretación de los hechos fuera de su contexto, he llegado al final del camino con la convicción de que, cualquiera sea el método empleado, es imposible pretender una versión definitiva de los acontecimientos.

Asumidos, pues, los sesgos inevitables de haber elegido la cronología y los avatares de un pequeño grupo de vanguardia intelectual y política para retratar el ambiente social de aquellos años setenta, es necesario reconocer que esta decisión no proviene de un mero masoquismo intelectual. Es que, aunque la enorme mayoría de la sociedad no los haya seguido ni entendido, pues su vida y sus preocupaciones cotidianas estaban en otra dimensión, los hechos relatados ocurrieron en esa sociedad y provocaron cambios defini­tivos en la manera en que convivían los actores de esa misma sociedad. La aventura fue, ciertamente, emprendida por pocos. Pero Dejaría consecuencias sentidas por casi todos.

Al fin de cuentas, la memoria histórica es una construcción t colectiva cuya materia prima no son sólo los sucesos y las experien­cias  afectivasque éstos generaron en sus protagonistas, sino también los comentarios y reacciones que ellos suscitaron en los medios y en  los distintos sectores sociales. O, como ocurrió frecuentemente en nuestro país, lo contrario: el silencio colectivo, mayoritario pero elocuente.

La aventura es la de la Organización Político Militar (OPM), movimiento político clandestino creado por un puñado de gente muy joven que se lanzó de ojos cerrados a un vuelo rasante sobre una de las más formidables fortalezas represivas del continente. Un vuelo con poquísimas posibilidades de éxito. Pero emprendido con una pasión que, a los ojos de la juventud de los noventa, luce inexplicable e insensata.

La época, la década del setenta. Con el stronismo en su esplendor económico y político. Con la oposición sin la más mínima posibili­dad de producir un cambio. Con el país entero proscrito y con una insoportable sensación de ahogo político que lo invadía todo.

Eran, sin embargo, tiempos en que el mundo vivía grandes cambios. Tiempos de efervescencia de las utopías estudiantiles y de movilizaciones populares. Una generación que se sentía abandona­da por la democracia «formal» busca otros caminos de expresión. Esa era, justamente, una generación que se creía básicamente política y que asumía lo social como un compromiso de su tiempo. Eran eso en realidad: una vanguardia solitaria frente a una clase política conformista y una sociedad conservadora y hasta retrógra­da, complaciente ante una dictadura que aniquilaba sistemáticamente todo intento de cambio.

La idea de que la lucha armada era el único camino viable no era descabellada y ganó adeptos en una juventud inflamada de pasión revolucionaria y con un voluntarismo difícil de condenar. Conven­cidas de que era su misión cambiar las estructuras de injusticia, las vanguardias estudiantiles y campesinas convergieron en una simbiosis a veces forzada pero, en el fondo, inevitable. Unas legitimaban la lucha de las otras. Ambas se necesitaban.

Ese enfrentamiento entre una generación crítica y creativa y un régimen militar que todo lo inundaba de gris no podía terminar bien. En realidad culminó en uno de los episodios de mayor violencia del stronismo. Y, si bien era fácil predecir quién ganaría en este choque entre una muy eficiente fuerza de seguridad interior y novatos adolescentes llenos de buena voluntad, es muy poco lo que se ha escrito sobre la marca que esta década dejaría en la conciencia de la ciudadanía por mucho tiempo más.

Acercarse a la verdad a partir de las versiones periodísticas u oficiales de la época sería un ejercicio inútil. Las noticias sobre política nacional publicadas en los periódicos de entonces eran aterradoramente previsibles y pueriles. Guiados por una prudente autocensura, los redactores de los diarios escribían mansamente sobre cualquier tema social, deportivo, municipal, artístico o sobre la situación internacional, sin arriesgarse jamás a rozar una opinión crítica sobre lo esencial: se vivía en una dictadura hecha y derecha. Si en los diarios se escribía poco, en las radios y en el único canal de televisión no se decía nada. A pesar de eso, cuando se repasan los diarios de esos años, entre nostalgias y silencios, se va vislumbrando algo del ambiente social y psicológico que se vivía en el país.

En estos temas clandestinos y políticos nada tan poco creíble como la versión oficial. Las policías y los militares hacían pocas declaraciones públicas. Pero cuando hablaban mentían descarada­mente, tergiversaban sin complejos y eran capaces de negar hechos obvios. Todo lo proveniente de estas fuentes sería basura si no fuera porque en diciembre de 1992 se desentierran de modo inaudito los archivos completos de la Policía política de Stroessner. Y con ellos, más de un tercio de siglo de historias secretas. Entre estas historias, las que se refieren a los acontecimientos que aquí se narrarán ocupan miles de páginas y centenares de libros.

Los «archivos del horror» nos abrieron un resquicio inesperado y excitante para interpretar esos hechos. Una visión con anteojeras y que debe tomarse con pinzas, ya lo sabemos. Pero su valor reside en que esos informes se escribieron sin que a ninguno de los redactores subterráneos, hastiados de impunidad, se les pasara por la mente que algún día estos papeles serían leídos por la gente común. Es, por ejemplo, muy difícil reconstruir la historia del movimiento universitario sin apelar a este archivo. Es tal la cantidad de documentos incautados y revistas coleccionadas por la Policía que se constituye en un archivo más frondoso que el de las propias instituciones académicas.

 Curiosamente, los protagonistas de esta generación que idealizó la cultura como elemento modificador y comprendió a la Universi­dad como fuente de ideas comprometidas dejaron muy poco rastro escrito de sus experiencias. Sólo algunos documentos casi clandes­tinos o escritos más tarde en el exilio pueden rescatarse para el análisis.

Queda entonces la riesgosa y difícil vía de las entrevistas con los actores directos de la época. Riesgosa por la inevitable y humana tentación de mejorar la historia modificando algo aquí o haciendo un leve retoque allá. Y difícil, porque aún hoy, cerca de un cuarto de siglo después, cuesta hablar de aquel estallido. A casi todos esta historia trágica los modificaría para siempre. Para algunos fue algo así como el abrupto fin de la inocencia. Sólo unos pocos tienen la experiencia bien asumida como para hacer del recuerdo un ejercicio indoloro. Prisiones sin juicio, torturas, muertes de compañeros, traumas familiares, exilios prolongados, heridas no cerradas por delaciones o comportamientos indignos, son el itinerario común de gente que hoy, desde distintas opciones políticas y con diferentes trayectorias personales (empresarios, docentes, parlamentarios, ;agricultores, desocupados), ha elaborado nuevos proyectos de vida. Para casi todos, desde el fondo de una memoria entre atormentada y vergonzante, la OPM sigue siendo una evocación molesta. Aún así surgen revelaciones y confesiones que nunca antes fueron publica­das.

El  carácter compartimentado de la organización agregó una dificultad adicional a la hora de precisar fechas y acontecimientos.

Cada protagonista conocía una parte de la historia, el fragmento que le tocó vivir, pero desconocía el resto. Prácticamente ninguno poseía una visión global de todos los aspectos de la organización.

Hemos transitado con paciencia y precaución todos estos cami­nos. Los acontecimientos son reconstruidos con rigor histórico. Ninguna sola línea de lo que aquí se relata surgió de la imaginación del autor. Todo existió. Este no es sin embargo un libro de historia. Es quizás el intento de rescatar los sueños, el imaginario, las emociones y el comportamiento de una generación que cruzó con gesto exaltado pero también ingenuo uno de los lapsos más difíciles de nuestra historia.

No se trata entonces de una denuncia panfletaria de sucesos atroces ni de una mera reseña, histórica, sino de una visión reflexiva y casi periodística basada en testimonios y documentos, no sólo de, hechos políticos, sino de todo lo que, sirviera para reflejar el temperamento de esos tiempos importantes.

Fue una demorada fuga hacia un pasado reciente, guiada por decenas de, entrevistas y miles de hojas de documentos estudiantiles, políticos, personales y policiales. Intentamos evitar caer en el exotismo y en lo pintoresco de la violencia represiva de la dictadura, pues esto tanto seduce como distrae. Y nos aleja de la verdad.

En el fondo, las aventuras narradas aquí son universales. Los mitos revolucionarios omniscientes del leninismo, el espectro de una «Organización» que aspira aplicar disciplinadamente la «crítica de las armas» y la respuesta sanguinaria y desmedida de las fuerzas «del orden» fueron vividas en muchas otras partes. Pero cuando se dan en este aislado y subtropical país que es el Paraguay adquieren perfiles propios y singulares.

La violencia totalitaria de aquellos años fue reemplazada por la democracia imperfecta de los noventa. Pero la cultura de los setenta era más esperanzada e idealista. Se idealizaban transformaciones colectivas que cambiarían lo peor de la esencia del hombre. Fue la última generación que creyó en verdaderas utopías. Curiosamentela palabra utopía no era muy usada en los setenta. Se hablaba de «proyectos revolucionarios». Utópico definía a algún inofensivo soñador. Esa generación que habitó el tiempo de una América Latina heroica con la convicción de que debía cambiar el mundo era cualquier cosa, menos inofensiva.

En estos noventa de desencanto, de simplificación consumista y estridente, de sacralización estúpida de lo «light», es seguro que aquellos jóvenes del setenta miren a los de hoy con expresión no muy feliz. Pero es también probable que éstos escuchen su discurso militante y combativo sin entender nada y los miren como a marcianos. De todos modos, y quizás por eso mismo, no me pareció del todo mala la idea de intentar reconstruir el rompecabezas de una época tan cercana como poco conocida.

En un país que asume la desmemoria con tanto entusiasmo, en medio de esta sopa de conversos y reconversos que fingen haber nacido ayer, quizás no sea tan dañino volver la mirada, sin indulgen­cia pero sin prejuicios, a lo que nos pasaba hace un cuarto de siglo. Para algunos este libro podrá parecer la revisión de hechos viejos. Pero para muchos más, los que no tenían entonces la edad para entenderlos o los que sí la tenían pero no se enteraron, quizás estas historias sean un descubrimiento. En cualquier caso, para quienes sobrevivimos en una cultura, una transición y una democracia descafeinada y con poco sentido de lo profundo, la reconstrucción de una, aventura tan riesgosa como utópica resultará cuando menos sorprendente.


CAPITULO I

ENCARNACIÓN, OTOÑO DE 1976

 

«Para los usurpadores de la memoria, para los ladrones de la palabra,

esta larga historia de dignidad no es más que una sucesión de actos de mala conducta».

(Eduardo Galeano, 1989)

 

La lancha, repleta de bultos y gente, se acercaba con lentitud a la orilla paraguaya. El cruce del río Paraná desde Posadas, mucho antes de que se construyera el puente San Roque González de Santa Cruz, era tedioso pero tenía el encanto de la pausa y el paisaje. El movimiento en el puerto de enfrente era intenso en aquella mañana de sol. No era para menos: era sábado y habitualmente ese día aumentaba el flujo de paraguayos que trabajaban en la Argentina y volvían por unos días al país. Turistas de clase media de las provincias cercanas, comerciantes y numerosos universitarios paraguayos que estudiaban en ciudades argentinas y aprovechaban las muy próximas vacaciones de Semana Santa, se aglomeraban en la balsa y las lanchas que durante todo el día permitían cruzar el río.

Sentado en uno de los tablones que cruzaban perpendicularmente el "lanchón" (como denominaban los "paseros" a esa peculiar embarcación que transportaba a una treintena de pasajeros por viaje), el estudiante de Medicina Carlos Guillermo Brañas miraba a las cada vez más cercanas maderas del pontón que llevaba a la aduana paraguaya y se preguntaba si la decisión de venir de este modo había sido correcta.

Desde allí, desde el medio del cauce del Paraná, la parte baja de Encarnación mostraba un perfil somnoliento y tranquilo. Era uno de los principales puertos de entrada terrestre al país pero eso no la convertía en una urbe agitada. El Paraguay era un país que parecía no moverse. Siempre se le ocurría pensar lo mismo cuando volvía de Corrientes: era, sin dudas, el país más quieto del continente. Alejado del mar y de las noticias internacionales, el Paraguay transitaba indolentemente por la misma dictadura de dos décadas atrás, por el mismo atraso de dos siglos atrás.

Entrar o salir del Paraguay nunca había sido fácil. El férreo control policial de los pocos puertos de entrada llevaba cuidadosa cuenta del tránsito de personas. Y tenía una entrenada percepción de quiénes podrían ser potenciales amenazas para la seguridad del Estado. Sacerdotes, mochileros, extranjeros, estudiantes, políticos de oposición eran escrupulosamente anotados en los «libros de novedades». Nadie podía negar que el sistema había sido eficaz. Paraguay era el único país de la región que no había sentido hasta entonces los efectos de la violencia guerrillera. Los oficiales destacados al control de los puertos de frontera consignaban en ajados cuadernos, de manera tan monótona como sistemática, los datos personales de quienes ingresaban o dejaban el país, así como los motivos que justificaban esa decisión. De los mugrientos cuadernos todos los nombres eran transcriptos a los «libros de novedades» (que el descubrimiento del «archivo del horror» volvería famosos dos décadas después) y de aquí, al final de la tarde, se extractaba lo relevante para redactar el parte diario a la Jefatura del Departamentode Investigaciones en Asunción. Y lo relevante eran todas aquellas personas conocidas, peculiares por algún motivo, o francamente sospechosas que habían cruzado la frontera.

Sí, era eficaz a pesar de ser rudimentario y manual. No podía ser de otra manera puesto que la Policía de la Capital no contaba con un sistema informático. Esto no era de extrañar pues en todo el país, en 1976, sólo existían nueve computadoras que funcionaban por medio de tarjetas perforadas. La más popular era la de la Polla del Fútbol, un juego semanal de apuestas basado en los resultados de los partidos dominicales.

Eran, sobre todo, los universitarios paraguayos los que estaban bajo la lupa de los sabuesos de Investigaciones. Alentados por una diferencia cambiaria que hacía que el costo de vida fuera sensible­mente inferior en la Argentina, miles de ellos se habían marchado a estudiar en universidades de Corrientes, Resistencia, Córdoba, La Plata y Buenos Aires. Las reformas introducidas por el gobierno peronista años atrás abrían las puertas de la Universidad a jóvenes paraguayos que, de ese modo, eludían los difíciles exámenes de ingreso de la única Universidad estatal paraguaya. La Policía desconfiaba, y con razón, de que el contacto con la convulsionada situación Política argentina terminara contaminando el «espíritunacionalista» de estos muchachos compatriotas y que, a través de ellos, las ideas subversivas que campeaban libremente en las aulas y comedores universitarios argentinos penetraran a nuestro país.

Brañas sabía mejor que nadie todo esto. Al fin y al cabo, la decisión de venir por Encarnación fue tomada porque él tenía la presunción de que su nombre figuraba en las listas de sospechosos manejadas por la Policía que resguardaba los otros puertos usuales de entrada: Puerto Falcón e Itá Enramada. Intentaba tranquilizarse recordando que hacía poco más de un mes había entrado al Paraguay por Falcón y había vuelto en ómnibus a Corrientes por Encarnación con documentos normales sin tener ningún problema. Esas dos extrañas semanas que pasó en la casa de Lambaré le convencieron de que la organización existía. No era lo que le pintaban las conversaciones con los compañeros de Corrientes. Pero existía. Por eso estaba en esta lancha ahora. Y, a pesar de los sueños premonitorios que sobre este viaje había tenido su esposa en las últimas noches, todo volvería a salir bien.

Sin embargo, en esta mañana de sol todo se había vuelto más complicado. En Argentina los militares habían derrocado hacía menos de diez días, el 24 de marzo, a Isabel Martínez de Perón y la habían confinado a Neuquén. El golpe daba fin a varias semanas de psicosis colectiva en torno a rumores y desmentidos en una atmós­fera de gran violencia. En los últimos cinco meses unas setenta personas habían sido secuestradas por comandos derechistas. El año de 1976 no presagiaba ser mejor que el anterior, que se había cobrado cerca de mil muertes por violencia política. Había comen­zado la más despiadada represión contra todo lo que pudiera parecer sedicioso o extremista.

Todavía no se sabían las cifras dantescas que arrojaría esta ofensiva liderada por el general Videla pero había una clara percepción de que el llamado «Proceso de Reconstrucción Nacional>> golpeaba con una brutalidad nunca antes conocida a las organizaciones populares. En los días siguientes al golpe centenares de delegados gremiales y militantes obreros fueron detenidos y «desaparecidos. Era claro que muchos de los «sediciosos» intentarían buscar refugio en los países vecinos. Eso crispaba los nervios de ambas Policías fronterizas. De hecho, las fronteras argentinas fueron cerradas durante varios días, lo que había obligado a Brañas a postergar este viaje por una semana.

Pero, además, ahora se jugaba mucho más. Esta era la vuelta importante, la definitiva. Ahora empezarían a hacer cosas trascendentes. No venía solo como las otras veces. Ahora venían con Brañas su esposa Ana María lbáñez y la hijita de ambos, de diez meses de edad. Otras dos mujeres acompañaban al matrimonio: María Evangelina Alvitos, más conocida como Mary, una correntina de 23 años, quien también traía en brazos a su bebe de meses, y Teresa Aguilera de Casco, una estudiante de Veterinaria paraguaya, de 20 años, embarazada de seis meses. La primera intentaba encontrar a su esposo, Jorge Zavala, de quien no sabía nada desde algún tiempo atrás. Albergaba la esperanza de que acompañando a los Brañas se produjera un reencuentro que diera fin a los varios meses de separación. La segunda, recién casada, abandonaba las angustias económicas de Corrientes y se sumaba a la aventura de su esposo, con quien debería encontrarse al día siguiente cuando también él reingresara al país por barco con todas las pertenencias que se fueron juntando en esos años de vivir fuera del país. Todos habían salido de Corrientes la noche anterior en un ómnibus de la empresa Posadas.

Eran poco más de las siete de la mañana del 3 de abril de 1976. La lancha estaba muy cerca de atracar y Brañas estaba tenso. Tenía la sensación de estar siendo observado por un individuo fornido y de tez oscura. ¿Era un pyragüé o era sólo fruto de sus nervios? Brañas tenia razón para sentir miedo. En la aduana paraguaya los controles de identidad podrían o no ser estrictos. Eso dependía de cuestiones tan caprichosas como el humor de los guardias o el momento político Y definitivamente este último factor no podía ser peor.

Brañas había alcanzado a echar un vistazo al “ABC Color” de ese día comprado por uno de los pasajeros. El diario, que se vendía al precio de 15 guaraníes, daba destaque a la noticia de que las universidades argentinas habían sido colocadas bajo control del Estado y se habían eliminado en ellas toda actividad política. Se daban por terminadas las normas de cogobierno docente, y estudiantil que se habían convertido en la bandera de combate de los activistas universitarios. La Universidad estaba en manos de los milicos y éstos parecían dispuestos a aplicar sin discriminación la ley de los fierros.

Las noticias de la política paraguaya eran casi previsibles: informes sobre las actividades del Partido Colorado que en esos días realizaba uno de los periódicos «campamentos de la Juventud Colorada» en San Pedro del Ycuamandyyú, dirigido por «el padre espiritual de la juventud paraguaya» Mario Abdo Benítez, secretario privado del general Stroessner, y algunas líneas sobre una reunión de dirigentes del opositor Partido Liberal Radical. Un llamativo aviso de «La ninfómana», una película porno muy comentada en la pacata Asunción y ofrecida en transnoche por el cine Atlas, casi opacaba una breve nota que Brañas leyó con atención: el juez Diógenes Martínez admitió una querella por difamación y calumnia que el general Carpinelli Yegros promovió contra el médico oposi­tor Miguel Ángel Martínez Yaryes. Éste era director del semanario «El Radical», desde donde se había denunciado la quema de ranchos de asentamientos campesinos por tropas dirigidas por el militar.

Después de una eternidad, la embarcación se acercó al extremo del largo pontón de madera que había sustituido al antiguo muelle de Encarnación arrasado por un tornado a comienzos de siglo. Lo que quedaba de las bases de cemento del muelle sobresalía de la superficie del río a una centena de metros aguas abajo. Los pasajeros comenzaron a descender y Brañas prefirió esperar. Debía mantener la calma. Todo parecía normal pero lo que estaba por comenzar a gestarse era una cosa demasiado grande, como para permanecer tranquilo. Era algo que podía cambiar la historia. Era la punta de ­lanza de la revolución. Detrás vendrían otros. La lucha armada llegaba al Paraguay. Era cierto también que, como ciertas ropas y estilos de moda, cuando comenzaba a ser pensada aquí ya estaba en decadenciamuchas otras partes de América Latina.

Había que demostrar calma. Las vanguardias suponen riesgos. Una vez adentro todo sería más fácil. Allí estaba la organización. Los cuadros urbanos y campesinos. Los compañeros y la estructura, Calma.

A sus 24 años, finalmente, Brañas no era ningún improvisado.  Había ido a Corrientes a los 18 años a estudiar Medicina en 1970, y poco tiempo después ya había tenido su primera experiencia carcelaria cuando fue detenido varios días por activar en la Juventud Peronista. Admirador de Perón, fue a Buenos Aires a esperar su llegada de España en mayo de 1973. Conoció las cárceles de la Policía de Corrientes otras dos veces antes de ser «reclutado» por Carlos «Pocho» Livieres, el paraguayo que llegó a escalar los rangos más altos en la jerarquía de los Montoneros. De la mano de Livieres, Brañas recorrió el itinerario habitual del «captado» hasta llegar a integrar los cuadros «periféricos» de la organización. Esto signifi­caba ser un elemento de apoyo escondiendo gente, documentos o mimeógrafos y participando de pequeños operativos de «cacheo y reducción» en barrios de Corrientes. Los itinerarios de la vida clandestina no le eran del todo desconocidos.

Paralelamente, se había convertido en un referente activo de la numerosa comunidad estudiantil paraguaya: convencido de que el clima político que se vivía en Corrientes estaba diez años adelantado al de Asunción, había apoyado la formación del Centro Cultural Guaraní y se había iniciado en los entonces clásicos «grupos de lecturas políticas» que se hacían en su departamento de la calle Córdoba. De esas noches de mediados de 1974 a meterse de cabeza en esta aventura no había una distancia mayor a pocos meses. La regional Cuarta de los Montoneros, que abarcaba Formosa, Corrien­tes,        y Misiones, lo había nombrado enlace con los compañe­ros  del       Paraguay. A éstos, en realidad, no los conocía al principio más que por las versiones de su compañero de Facultad Jorge Zavala, y por aquella única vez en que había conversado en su departamento con «Pombero», el pseudónimo usado (lo sabría después) por Juan Carlos Da Costa.

Las mujeres aparentaban estar serenas. Es preferible que ellas bajen primero de modo a sondear el rigor de los controles. Si una seña de su esposa le indicara que los documentos eran cotejados con alguna lista, siempre quedaría la chance de quedarse en la balsa, confundirse con los pasajeros que hacían el trayecto inverso e intentar volver a Posadas. Mientras la fila de pasajeros recorría el pontón y se acercaba a la orilla, Brañas comprobó una vez más que la libreta de baja plastificada estaba en el bolsillo del pantalón. Entraba con documentos legales.

Brañas quedó entre los últimos de la fila; las tres mujeres, adelante, pasaron sin que advirtieran ninguna anormalidad. No parecía haber complicaciones. La rutina de siempre. Brañas llega a la orilla paraguaya y se dirige como todos a la vieja casa de paredes altas y rosadas en donde funciona el resguardo de la Aduana. Allí, a unos cien metros a la derecha del primer control que se hacía a la salida del pontón, los pasajeros suben los tres escalones de las altas veredas e ingresan al edificio. Los equipajes eran displicentemente revisados por un guardia. Las mujeres pasan primero y luego lo hace Brañas. El bolso es abierto y su contenido rápidamente manoseado. Una seña con la cabeza lo autoriza a pasar. Enfrente estaban la calle con los comercios, los «carumbé» y una multitud de gente haciendo compras. Brañas respira hondo y pide a su esposa que llame a un taxi. Las tres mujeres se alejan unos metros y él se queda solo por un momento.

Fue entonces, en ese instante en que parecía que, todos los riesgos habían sido superados, cuando sonó aquella voz estridente que no se le iría jamás de la memoria:

- ¡Espere! Vamos a volver a revisar su valija.

Era un hombre petiso, de bigote y camisa blanca, con inconfundible aspecto de «cana»; el que se dirigía enérgico al guardia de aduana:

¡Ndererevisa kuaai, ningo chamigo! ¡Revise de nuevo este bolsón!

La nueva revisión, más minuciosa, revela papeles, agendas y cinco documentos de identidad argentinos.

Brañas llegó a ver cómo extraían del fondo del bolso los ejempla­res de «Tatapiriri » antes de ser llevado, por dos gorilas surgidos de ninguna parte, a la habitación que estaba detrás del mostrador. No tuvo tiempo de pensar en la imprudencia infantil de tener consigo la revista de la organización. Tampoco le hubiera servido de mucho pues, al cerrarse la puerta, lo esperaban tres tipos de civil que lo reciben a golpes y le colocan esposas. Lo último que recordaría Brañas de su paso por la aduana de Encarnación es la orden perentoria del mismo individuo que lo detuvo minutos antes:

- ¡Pegüeraha ko tipo Delegación de Gobierno pe!

Mary Alvitos de Zavala recuerda nítidamente ese momento: «Las mujeres ya habíamos pasado los controles y nos dirigíamos a buscar un taxi cuando un policía nos obliga a volver. A Carlos lo habían revisado de nuevo. No puedo entender hasta ahora porqué él traía tantas cosas comprometedoras. Documentos, revistas, papeles, hasta un álbum de fotos. Los policías le exigían a los gritos que identifique a los que aparecían allí. Casi me muero cuando veo que en una de las fotos estaba el propio `Pombero', uno de nuestros jefes».

La angustia y los intentos mentales de armar una historia creíble que contar ocupan la mente de Brañas en el trayecto entre la aduana y la Delegación de Gobierno realizado en el pequeño Citröen gris manejado por (también lo sabría mucho tiempo después) el Comi­sario deInvestigaciones Julián Ruiz Paredes. Allí lo recibe Silvio Bogado, flamante Delegado de Gobierno y ex director de Política y Afines delparlamento de Investigaciones. Nueva golpiza, breve interrogatorio y menos de una hora después estaba nuevamente tirado en el piso del Citröen con una metralleta apuntada a la cabeza.

El que manejaba era Julián Ruiz Paredes. Mala cosa: habían decididointerrogarlo en serio en Asunción. Mientras, las mujeres llegaban a la Delegación. En un descuido policial Mary Alvitos, quien tenía en su poder la cédula de identidad de su esposo Jorge Zavala, logra abrirla y se traga el papel.

A las cuatro de la tarde el Citröen estacionaba frente al Depar­tamento de Investigaciones. Brañas aún no presentía del todo que estaba entrando a la historia del modo más desagradable y doloroso. Esa tarde se iniciaba un periplo de mil días de prisión que seguiría con Investigaciones, el penal de Emboscada, la Comisaría Tercera, la Guardia de Seguridad, la Comisaría Séptima y la Cárcel de Tacumbú. Aquel sábado su vida cambiaría para siempre. Y con él, la de miles de paraguayos que no olvidarían a 1976 como el año en que la década se detuvo y una violencia sobrecogedora recorrió todo el país.


CAPITULO 2

 GÉNESIS

 

 

-«Comandante, ¿qué hace falta para hacer la revolución?»

- «Pelotas...»

Respuesta de Ernesto «Che» Guevara, representante cubano,

a la pregunta de un periodista en la reunión de mandatarios interamericanos

en Punta del Este (Agosto \ de 1962).

 

 

La caída de un cuadro importante de la organización ocurriría tarde o temprano. Cuestión de sentido común. Pero Brañas cayó demasiado rápido.

Su apresamiento en el puerto encarnaceno no estaba en la agenda de ninguno de los actores. Carlos Brañas, confiado en sus recientes cruces de frontera sin novedades, no había tomado precauciones mínimas de seguridad y portaba cédulas falsas y hasta un ejemplar del periódico clandestino de la organización. Esos elementos, de por sí, señalaban hasta al más torpe de los investigadores que se estaba frente a algo más que a un delito común. La organización fue tomada de sorpresa; nadie los esperaba, no se preparó ninguna estructura de apoyo y, por increíble que parezca, nadie se enteró del episodio. Y también fue algo inesperado para la Policía que, hasta ese momento, si bien temía la formación de células subversivas provenientes de la Argentina, no tenía la menor idea de que la organización ya existía desde hacía tiempo dentro del país.

OPM. Organización Político Militar. Desde esa mañana del 3 de abril de 1976 su historia comenzaría a ser manipulada, distorsionada y estigmatizada por los dueños del poder. Poco es lo que sabe el común de los paraguayos sobre lo que fue la organización, y sus -siglas no inspiran nada conocido a los jóvenes de la generación -siguiente. Y, sin embargo, fue la organización clandestina armada más importante instalada en el Paraguay desde los trágicos intentos del «FULNA» y el «14 de Mayo» allá por 1959.

La Policía tardó poquísimo tiempo en percatarse de que Brañas era la punta de un ovillo mucho más complejo. En las horas siguientes, Pastor Coronel se regodearía con los datos y documentos que tenía entre manos. Dos días después ya podría informar triunfal­mente a Stroessner que «existía una organización subversiva, clan­destina, estructurada en columnas compartimentadas y que prepara­ba la lucha armada». No le preocupaba entonces cómo y quiénes eran los fundadores de la organización. Ahora era el momento de actuar rápido y con firmeza. Ya habría tiempo de pensar en aquello.De todos modos, debería tratarse de algo muy nuevo; de lo contrario su Departamento lo sabría. Sin embargo, la organización había comenzado a andar desde hacía más de dos años.

La idea de estructurar cuadros subterráneos capaces de crear las condiciones que permitieran derrocar por la vía de las armas al gobierno militar de Alfredo Stroessner había rondado por las cabezas de muchos opositores a lo largo de años. Quienes lo habían intentado terminaron muertos o presos. El exilio paraguayo se nutría de centenares de ciudadanos que se habían vinculado de algún modo a los pocos intentos de rebelión militar, todos ellos frustrados por un Ejército que respondía incondicionalmente al General. Las condi­ciones internas del país a mediados de los setenta, en pleno esplen­dor económico generado por la construcción de la represa de Itaipú, terminaron por desanimar a casi todos de aventuras tan riesgosas. A casi todos, porque algunos jamás renunciarían a un destino que los perseguía de manera obsesiva.

Para esa clase de gente no se vivían tiempos fáciles. Desde el fin de la segunda guerra mundial la «guerra fría» se expresaba en Sudamérica, por el apoyo yanki a regímenes totalitarios de derecha. En 1964, un golpe militar en el Brasil instala una dictadura. El general Castelo Branco disuelve los partidos políticos, implanta el terror en las universidades y llena las cárceles de presos políticos. En junio de 1966, el general Juan Carlos Onganía derroca al presidente civil Arturo Illía. Historia latinoamericanamente repetida: se clau­sura el Parlamento, se ilegalizan los partidos políticos y se intervie­nen ocho universidades.

Hacia finales de la década de los sesenta el gobierno de Alfredo Stroessner estaba totalmente consolidado. Desde 1954, sin escrúpu­los ni descanso, había logrado la fidelidad de las Fuerzas Armadas y desarticulado sistemáticamente los intentos de organización opo­sitora. Comandante en Jefe, Presidente Honorario del Partido Colo­rado y Presidente Constitucional de la República, su poder era absoluto. Tenía una notable ventaja sobre los otros dictadores de la región: contaba con el respaldo político del principal partido del país, y había mantenido la fachada de las instituciones democráticas: Parlamento con representación opositora, elecciones periódicas, vigencia formal de la Constitución y Poder Judicial funcionando.

Stroessner, hijo de un inmigrante alemán, tosco y de pocas luces intelectuales, había venido para quedarse. De la mano de su «demo­cracia sin comunismo» asfixió al país en una prolongadísima represión bajo la mirada complaciente y aprobadora de los gober­nantes del país del norte. En realidad, ni a Lyndon Johnson ni a su sucesor en 1968, Richard Nixon, les quedaba mucho tiempo para mirar al patio de atrás, ocupados como estaban en incendiar Vietnam con napalm.

Sin embargo, la región comenzaría a vivir en esos años experien­cias inéditas al ritmo de los increíbles cambios que ocurrían en el mundo y que comenzaban a marcar a una generación que sería testigo de acontecimientos tumultuosos.

En Río de Janeiro y Sao Paulo, a comienzos de 1968, decenas de miles de estudiantes, obreros, artistas e intelectuales conmueven al Brasil con manifestaciones de protesta por la violencia de la repre­sión política. La UNE (Unión Nacional de Estudiantes) convoca a múltiples reuniones clandestinas en varias ciudades. A fines de ese año, el general Arthur Costa e Silva decreta el Acto Institucional n° 5 (AI-5) que radicaliza aún más el régimen e implanta una dictadura con todas las letras. Surgen, en las ciudades y el campo, organizaciones que se clandestinizan y llenan de siglas curiosas (ALN, MR8, VPR, VAR, MRT...) las páginas policiales y políticas de los diarios. Una modalidad común para entonces les permite acceder a fondos y notoriedad: los secuestros a diplomáticos. En un espectacular operativo, en el que participa el intelectual Fernando Gabeira, es secuestrado en Río el embajador norteamericano Charles Ellbrick. Su libertad se logra cuando el gobierno accede a liberar a quincepresos políticos. El gobierno responde con el asesinato del míticolíder guerrillero Carlos Marighela.

Los Tupamaros reinventan con creatividad la guerrilla urbana, captan apoyos masivos entre los estudiantes y obligan a Jorge Pacheco Areco a aumentar la censura de prensa. Esto ocurría nada menos que en el, hasta entonces, armónico Uruguay, orgulloso de su tradición cívica, de su laicidad, de su clase media en auge. En octubre del '69 1os «tupas» se hacen dueños por varias horas de una ciudad (Pando) mientras mantienen secuestrado al banquero Gaetano Pellegrini.

En mayo del '69 los argentinos asistirían a un acontecimiento significativo y definitorio. El centro de Córdoba quedó en manos de la rebeldía popular. Los obreros mejor pagados del continente se levantaron junto con los estudiantes en una protesta gigantesca contra la opresión política de Onganía. La calma sólo volvería dos días y catorce muertos después, pero el «Cordobazo» levantaría consignas que perdurarían años. Algunos meses más tarde, la opinión pública escucharía por primera vez la palabra «Montoneros» adoptada por una organización de tendencia peronista que iniciaba sus operativos con el ajusticiamiento del general Pedro Eugenio Aramburu.

El resto del continente tampoco escapaba a este fin de década vertiginoso. La muerte del sacerdote colombiano Camilo Torres en la guerrilla rural hacía pasar a los cristianos latinoamericanos del escándalo a la interrogación profunda. «Sabemos que el hambre es mortal» proclamaba el cura combatiente. «Y si lo sabemos», decía, « ¿tiene sentido perder el tiempo discutiendo si es inmortal el alma?». En octubre del 67 terminaba la experiencia guerrillera del «Che» en Bolivia al ser herido en la Quebrada del Yuro y asesinado al día siguiente. «Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos», decía al despedirse de Fidel y los cubanos. Su mirada inquisidora y serena debajo de la boina combatiente se convertiría en el ícono de toda una generación. Treinta años después, el descubrimiento de su esqueleto en la población boliviana de Vallegrande lo relanzaría, ya no como el ex comandante y ex ministro cubano que convocaba a transformar el mundo, sino como un éxito de marketing comercial reproducido en calcomanías; remeras, prendedores y hasta avisos publicitarios de zapatillas deportivas yankies. Señal de los tiempos.

Militares progresistas encabezados por Juan Velazco Alvarado inician una revolución nacionalista y con sentido social en 1968 en el Perú. Eran los mismos militares que venían de combatir a las guerrillas de los sesenta y que se habían impregnado de la miseria y la marginación de aquellos a quienes debían defender del comunis­mo. Estudiantes alborozados pintaban las calles de Lima con frases de Túpac Amarú: «Campesino, el patrón no comerá más de tu pobreza». Una semana después Omar Torrijos asumía el poder en Panamá y se embanderaba con el derecho a la autodeterminación de los pueblos al liderar la defensa de la soberanía del Canal, enclave colonial norteamericano. Los chilenos empezaban a creer que un presidente de la izquierda podría llegar por vías democráticas al Palacio de la Moneda.

Era, sin dudas, una época convulsionada. El mundo cambiaba a un ritmo nunca antes conocido. Los Beatles invadían el planeta con un rock and roll revolucionario y el movimiento hippie proponía «hacer el amor y no la guerra». Actividad que, por cierto, se volvía mucho más placentera y menos angustiante con la liberación sexual que permitían las píldoras anticonceptivas. Las protestas de los jóvenes estadounidenses contra la guerra de Vietnam recorrían el mundo mientras que el «black power» obligaba a cambiar centena­rias medidas de discriminación racial.

Las movilizaciones callejeras de mayo del '68 en París, que habían comenzado por reclamos académicos, aglutinaron ensegui­da a estudiantes, sindicalistas, artistas e intelectuales y terminaron en una honda interpelación al sistema político y social cuyas consecuencias resonarían en todo el mundo. Desde las barricadas de adoquines del centro de París la imagen de Daniel Cohn-Bendit anunciando «la imaginación al poder» se convertirá en una postal de época. Era la «nueva izquierda», más abierta y humanista, que no excluía de sus críticas ni al solemne Partido Comunista de Francia. La revolución cultural de Mao, la «Primavera de Praga», los conflictos bélicos entre el comunismo ruso y el de Pekín, el redescubrimiento de los pobres por la Iglesia en Medellín, el asesinato de Martin Luther King, el vuelo del «Apolo 11 » a la Luna, el vuelo de la juventud con marihuana, los Rollings Stones, «Woodstock 69». El clima del final de aquella década era decidida­mente acelerado. El mundo ya no era el mismo. Las relaciones entre jóvenes y adultos, entre ricos y pobres, entre negros y blancos, entre estudiantes y maestros, entre hombres y mujeres, sufrían más cambios en pocos años que en muchos siglos anteriores.

Olvidado del mundo, oprimido por su mediterraneidad, la vida transcurría a ritmo cansino en el Paraguay. La dictadura lo tenía todo controlado y sus actos políticos eran como los discursos de Stroessner: previsibles, grises y repetitivos. Cada tres meses un decreto renova­ba la vigencia del estado de sitio. Esto ocurría desde hacía ¿cinco años?, ¿diez?, ¿quince? Los ministros no se cambiaban por décadas. De hecho, en el gobierno no estaban permitidos las crisis ni los escándalos. En 1967 una Convención Nacional Constituyente con la participación de los partidos de oposición legaliza una nueva reelec­ción del General que se formaliza en elecciones del año siguiente. Era la tercera vez que era reelecto. ¿O la cuarta?

Los cambios de aquellos años fueron tan intensos, sin embargo, que llegaron incluso al bucólico Paraguay y marcaron la conciencia de una generación universitaria que, más que ninguna otra antes, se sintió protagonista de su época y capaz de transformar el curso de la historia. Tan comprometidos en la lucha contra la dictadura como convencidos de que los partidos políticos tradicionales representa­ban lo arcaico y estaban agotados, los jóvenes de fines de los sesenta en el Paraguay buscaron a tientas un rumbo propio. Lo lograron a veces con enormes dosis de idealismo y entrega. Se equivocaron muchas otras y pagaron un alto costo. La Historia trituró sus sueños. Pero dejaron una estela de idealismo que pervive mucho más allá de sus actos.

Organizados en esos años en «frentes estudiantiles», los movimientos contestatarios «independientes» crean espacios de discu­sión y lecturas sobre la revolución cubana y las experiencias sociales de la iglesia. Crean sus órganos de expresión en los que la cultura y el arte forman parte fundamental. Cargados de un fuerte nacionalis­mo y antiimperialismo que eran el sello de la época, los estudiantes paraguayos encuentran en la gira de Rockefeller a Latinoamérica el momento de ensayar su capacidad de movilización.

A mediados de junio del '69, Nixon envía al gobernador del Estado de New York, Nelson Rockefeller, a un largo y accidentado periplo por Centro y Sudamérica para reencauzar las relaciones futuras con los Estados Unidos. Precedido de violentos choques callejeros en los países que recorrió, Rockefeller llegó al Paraguay el 19 de junio y fue recibido con actos de protesta en facultades de las dos universidades existentes: la Nacional y la Católica. La Policía reprimió con inusitada energía y hubo apresamientos y heridos. Los estudiantes respondieron con paros, huelgas de hambre y tomas de iglesias. La Iglesia se vio obligada a tomar posturas firmes de crítica a la violencia represiva y de enfrentamiento con el régimen. El movimiento estudiantil llegó a ser casi espontáneo y muchas veces se dieron iniciativas simultáneas que no respondían a una sola dirección.

Cuando Rockefeller se fue del país, la Policía había logrado reestablecer el orden en Asunción. Pero algunas cosas ya serían diferentes. La Iglesia empezaría a pagar los costos de su postura crítica: en octubre es clausurado el semanario católico «Comuni­dad» y es expulsado del país por «indeseable» el jesuita español Francisco de Paula Oliva.

Es muy posible que para la generación actual «Comunidad» no evoque nada en particular. Pero en 1969 su cierre significó un golpe doloroso: era la desaparición de uno de los últimos medios de prensa en los que era posible un análisis crítico de la realidad. El semanario había nacido 17 años atrás como boletín de la parroquia Las Mercedes bajo la dirección de Aníbal Maricevich. Algunos años después Monseñor Secundino Núñez, quien más tarde cambiaría su título de Monseñor por el de Senador de la Nación durante la transición, lo convertiría en un órgano confesional interparroquial. Pero sería un cura de Paraguarí, de 35 años, llamado Gilberto Giménez, quien, desde 1962, transformaría a «Comunidad» en el semanario oficioso de la Conferencia Episcopal Paraguaya y le daría la postura comprometida con la que ocupó el escaso espacio permi­tido a la prensa crítica en el Paraguay de entonces. Este tabloide de 16 a 28 páginas tenía una tirada sorprendente para la época: cerca de los 12.000 ejemplares distribuidos en todas las parroquias de las ciudades importantes. En ciertas fechas festivas como Caacupé o Navidad llegaba a vender 30.000 ejemplares.

Desde entonces, el sistema de control sobre la sociedad se perfeccionaría: a mediados de 1970 se promulga la ley 209 «De Defensa de la Paz Pública» que le daría marco legal a las violaciones de derechos humanos que ocurrirían en los veinte próximos años. Por el lado estudiantil, más allá de los contusos, apresados y torturados, quedó la espectante e inesperada capacidad de moviliza­ción. Quedó señalado el rumbo para el futuro inmediato: un gran frente estudiantil que movilice y organice a ese enorme descontento juvenil que había poblado las calles asuncenas durante ese frío junio del '69.

En ese clima de tensiones era natural que Chile ejerciera una cierta fascinación sobre muchos universitarios agobiados por la ausencia de ámbitos más libres y progresistas de discusión y formación. En 1970, el candidato de la Unidad Popular, el médico socialista Salvador Allende, es electo presidente y Santiago se convierte en un punto de convergencia de la izquierda del Cono Sur. Asumió con la presencia de Fidel Castro como invitado de honor e inició enseguida la nacionalización de las compañías mineras que se encontraban en poder de empresas norteamericanas y la distribución a los campesinos de los latifundios en manos de unos cuantos terratenientes. Chile, como Cuba, era un Estado socialista. Con la ventaja de estar mucho más cerca para los paraguayos.

Fue en Santiago donde nacería el germen de lo que sería la organización. En 1971 se encontraban estudiando allí varios paraguayos. Entre ellos estaban José Félix Bogado Tabacman, de 21 años, y Víctor Hugo Ramos, de 25 años, que estudiaban Economía.

Algo más jóvenes eran Diego Abente, ex alumno del Colegio Cristo Rey de 18 años de edad, José Luis Simón, de 19 años, y Darío Salinas, a quien el jesuita Francisco Oliva había impulsado a estudiar en Chile. También estaban en Santiago Melquiades Alonso y Tomás Palau. Todos estudiaban Sociología. Otros eran los seminaristas jesuitas Merardo Arriola, Arturo Valenzuela y el cura Castillo. Además estaba Crispín Ortiz, un campesino que acababa de ser expulsado del país. Fue justamente a mediados de ese año que toma contacto con todos ellos un paraguayo que había compartido la prisión con Ortiz y que, como él, había sido deportado a la Argentina. Su nombre, Juan Carlos Da Costa, de 27 años, quien venía acompañado de su mujer, Regina Duarte, con quien vivía desde el año anterior. Es José Luis Simón quien le da albergue en la residencia estudiantil.

Simón había llegado a Santiago el 4 de noviembre de 1970, el día que asumía Salvador Allende. El contraste brusco con lo que se vivía en Paraguay está, hasta ahora, grabado en su retina: «No voy a olvidar nunca esa imagen de la Alameda de Bernardo O'Higgins cubierta de banderas rojas con la hoz y el martillo y la presencia de delegaciones vietnamitas, chinas, cubanas, del propio Fidel Castro. Todo esto era impensable para un paraguayo que 24 horas antes estaba en la dictadura de Alfredo Stroessner. Veníamos de un sistema en el que el terrorismo de Estado no respetaba ningún remedo de legalidad, donde no existían los derechos humanos, donde no había posibilidad de debate ni discusión. El régimen era fuerte, ensoberbecido y prepotente, además de estar fortalecido por una gran complicidad internacional no sólo de las dictaduras regio­nales sino del gobierno civil y democrático de los Estados Unidos que había implantado una interpretación perversa y militarista de la doctrina de seguridad americana en la post-guerra mundial.»

De esa Asunción, donde era una odisea conseguir ciertos libros o discos tildados de progresistas, con su Universidad rígida y conservadora y con los partidos de oposición aplastados y desvinculados de la juventud, a Santiago de Chile, donde la revolu­ción había llegado al poder por las urnas, con una excelencia académica y amplias libertades, había una distancia imposible de medir. Dos mundos distintos. Pero Santiago era, además, accesible: un estudiante podía vivir con algo más de 50 dólares mensuales.

«Había en nuestra generación un inacabable estímulo de luchar contra la injusticia», prosigue Simón, «y ese fermento de búsqueda fue ideológicamente ocupado por el marxismo. En ese momento, el marxismo en su variante latinoamericana irrumpía en todas las universidades del área. Cuando yo empiezo a formarme en Chile la sociología que estudiábamos era básicamente marxista. En los ámbitos académicos el marxismo era la ideología dominante. Nos intoxicábamos con altísimas dosis de ideología y participábamos de cuanto curso o seminario se realizara. Y eran muchísimos porque en ese momento Chile era una suerte de laboratorio histórico. Pero lo que leíamos era, muchas veces, un marxismo manualesco que frecuentemente sustituía al pensamiento crítico.»

Durante los meses siguientes el grupo mantuvo frecuentes re­uniones de discusión política sobre la situación paraguaya. Los debates rondaban siempre sobre temas ideológicos y organizativos. Una convicción compartida era que a la dictadura de Alfredo Stroessner había que combatirla no sólo políticamente sino con la lucha armada. En el continente la violencia guerrillera se generali­zaba como un recurso extremo ante la falta de condiciones de lucha política legal. El proceso político chileno tenía un impacto diverso en el grupo. «Sabíamos que la vía utilizada en Chile, donde Allende llegó al poder por la fuerza de los votos, no podía aplicarse en el Paraguay», dice hoy José Félix Bogado Tabacman. «Nadie nos había transmitido la experiencia de la lucha clandestina pero la percibíamos como la única capaz de cambiar las cosas. La actitud de la oposición paraguaya de moverse sólo en los estrechos márgenes legales que permitía la dictadura nos parecía derrotista».

«Nos reuníamos con frecuencia, como es natural en un grupo de paraguayos que vivía fuera del país», señala Diego Abente. «Hacía­mos peñas y farras en las que tomábamos el buen vino chileno y de las que participaba un hermano de Violeta Parra, llamado Roberto, que se había hecho amigo nuestro. Pero en ese ambiente fascinantemente politizado, hablábamos sobre todo de política. De la chilena y la paraguaya. Todos coincidíamos en considerarnos de izquierda, en oponernos a Stroessner y en apoyar a Allende. Pero con frecuencia, diferíamos en la lectura de la realidad que estábamos viviendo>>.

«En Chile», agrega Abente, «algunos apoyaban la línea radicalizada de Altamirano y otros la más conciliadora de Allende. Con respecto al Paraguay, estaba fuera de discusión que el de Alfredo Stroessner era un régimen de fuerza y que sólo podía ser desplazado por la fuerza. En eso estábamos en lo cierto. Los partidos tradicionales de oposición no ofrecían ninguna opción de cambio social. El mero cambio político, que en realidad tampoco era alcanzable a través de ellos, no nos atraía: la democracia política formal no bastaba como objetivo».

«Muchos sectores, incluso de la extrema izquierda de la Unidad Popular, tenían la perspectiva de la violencia como única alternativa posible y consideraban a esta etapa como de una mera acumulación de fuerzas para llegar a la lucha de clases en mejores condiciones», sostiene José Luis Simón. «Varios analistas chilenos reflexionaron después sobre este error histórico. La amplia alianza política que, luego de un decenio, reencauzó el rumbo democrático así lo de­muestra»

Una cuestión aparecía reiteradamente en los debates: ¿qué hacer a la vuelta? Completamente descreídos de las posibilidades de la oposición tradicional, el único camino era establecer en Paraguay una estructura mínima que cree condiciones de organización no visibles para la represión. El grupo básico de lo que sería más tarde la OPM quedó conformado con Juan Carlos Da Costa como jefe, Crispín Ortiz, José Félix Bogado Tabacman, Víctor Hugo Ramos, Diego Abente y José Luis Simón. Los otros paraguayos que fueron conversados para integrar el proyecto político no lo hicieron por distintos motivos. Otra pregunta surgía inmediatamente: ¿cuándo? Frente al deseo académico de terminar los estudios primero. Da Costa argumentaba con fuerza que era necesario estar en el país y trabajar en política. Este debate sólo bajó de tono cuando Da Costa volvió a la Argentina unos meses después.

Da Costa está de nuevo en Santiago en abril de 1972 y en largas discusiones el núcleo pionero va esbozando el perfil de la futura organización. Su estadía en Argentina había servido para contactar con grupos clandestinizados que darían el necesario apoyo al emprendimiento. «Permanecer en Chile no nos sirve de nada», insistía Da Costa. «Hay que entrar al país».

Las medidas de seguridad ya entraban en vigor. Miguel Ángel López Perito, otro ex alumno del Cristo Rey que posteriormente ocuparía un lugar importante en la organización, recuerda que, a pesar de ser conocido de muchos de los estudiantes paraguayos que estaban en Chile y de haber visto a Da Costa varias veces durante el mes que permaneció en Santiago, nadie le habló del tema.

Finalmente, se decide la vuelta al país. Simón y Ramos lo hacen en octubre del '72, Diego Abente en enero de 1973 y Bogado Tabacman a mediados del '73. La idea había prendido pero hasta ahora sólo en la mente de los pocos que venían de Chile. No podía llamarse a esto una cabecera de puente, pues la primera meta no era demasiado ambiciosa: crear la infraestructura mínima para permitir la permanencia en el país de Juan Carlos Da Costa, que, mientras tanto, se movía por la frontera argentina. Crispín Ortiz, por su parte, había quedado en Chile, donde lo sorprende el golpe de Pinochet en setiembre del '73. Se refugia en Argentina y ya no se integraría de modo efectivo al proyecto de la OPM.

En Asunción no había mucha gente a quien se le pudiera plantear una opción política radicalizada como ésta. Algunos de los que iniciaban el proyecto tenían en común el haber estudiado en el Cristo Rey. Fundado en 1938 por el padre José Pedroza, el futuro colegio había comenzado como pequeña escuela primaria. De orientación jesuita, el colegio no había cesado de tener una influencia cada vez más importante en la aldeana sociedad asuncena de los cincuenta y sesenta. Los rígidos curas españoles de los primeros años que se ganaron el respeto de una emergente clase media por el nivel de su enseñanza dieron paso gradualmente a sacerdotes jóvenes que se abrierona una educación vinculada con lo social y cercana a la gente. Desde fines de los años sesenta el Colegio se destacó por sus criterios cuestionadores y participativos. Su director desde 1971 era Bartolomé Vanrell.

En casi todos los colegios privados asuncenos primaba en la época un espíritu acrítico y los temas de actualidad política y social resultaban, en general, incómodos. Los colegios dependientes del Estado ya habían sido depurados, para entonces, de alumnos y profesores poco sumisos. Era la «generación de la paz» que crecía y estudiaba bajo los efectos anestésicos de una paz gigantesca que se infiltraba en los pupitres, en las aulas, en los textos, en los profesores y en la familia.

Fueron los jesuitas del Cristo Rey los que tomaron más en serio los cambios que se empezaban a producir en la Compañía y en Latinoamérica. Muchos de sus nombres quedarían ligados a esa época, algunos por su labor educativa en la ciudad, otros por su vinculación al movimiento campesino. Caravias, Oliva, Ramallo, Farré, Muñarriz, Meliá, Vanrell, Gelpí, Sanmartí y otros interpreta­ron claramente la orientación ideológica que deberían tener a la luz de la llamada Carta de Río: una reunión de Provinciales de Latinoamérica que pedía la renovación total de los colegios de la Compañía. Miguel López Perito los define como «toda una genera­ción que dentro de su heterogeneidad estaba aglutinada por una gran sensibilidad social y que llega al Paraguay más o menos al mismo tiempo».

Todos ellos habían conocido en 1967 el documento firmado por los «Obispos del Tercer Mundo» que proponía un profundo compro­miso de la Iglesia Católica con los pobres». Y, no sólo ellos, sino toda la Iglesia quedaría marcada por la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) realizada en Medellín en 1968 en la que se definía «la opción preferencial por los pobres» y se advertía claramente que «si los privilegiados defienden sus privilegios usando medios violentos, se hacen responsables ante la historia de provocar las revoluciones explosivas de la desesperación».

En un trabajo académico publicado por el sacerdote Alberto Luna Pastore se recogen expresiones reveladoras del jesuita Fran­cisco de Paula Oliva, uno de los motores del nuevo enfoque educativo: «El Vaticano II ya fue un cambio grande y lo que yo hice e hicieron otros jesuitas fue aplicar lo que allí nos decían», señala el paí Oliva. «Cuando llegó lo de Medellín - las primeras redacciones nos llegaban en unas malas copias a mimeógrafo, llenas de manchas horribles- curiosamente, nos llevamos una gran alegría: no tuvimos que innovar nada, Medellín decía lo mismo que ya estábamos haciendo».

Surgía así, con fuerza, el cristianismo tercermundista que seña­laba que el verdadero conflicto no estaba en la guerra fría entre el Este y el Oeste sino entre el Norte desarrollado y el Sur dependiente. Los cambios del Concilio Vaticano II no se quedaban en la mera formalidad de abandonar las misas celebradas en latín y con el oficiante de espaldas a los fieles. La Iglesia, o por lo menos una parte de ella, tomaba partido por los oprimidos del continente. Desde el fondo del pobrísimo Nordeste brasileño Monseñor Helder Cámara denunciaba que «la violencia de los de arriba engendraría la violen­cia de los de abajo».

Miguel Sanmartí, un singular jesuita catalán, que había llegado al Paraguay en 1956 y que desde mediados de los 60 se vincularía indisolublemente con la historia del Cristo Rey y de la Universidad Católica, recuerda en su inédita «Memoria Paraguaya» que «en aquel entonces causó gran revuelo la noticia de que los jesuitas de México habían cerrado el Instituto Patria, colegio de gente fina tradicionalmente dedicado a la burguesía como cualquier colegio de jesuitas. Se había cerrado para utilizar sus recursos económicos en una fundación que se iba a dedicar a la educación de las clases populares. Por la misma época empezábamos a conocer los docu­mentos surgidos de la reunión de obispos de Medellín que cuestionaban la estructura misma de la Iglesia. A nivel educativo esto significaba una auténtica revolución. Se abría paso la educación liberadora y comprometida que pretendía convertir al hombre en sujeto de su propio desarrollo. Los textos de Paulo Freire e Ivan Illich nos cuestionaban desde lo más profundo y nos planteaban un reto concreto».

Diego Abente señala que los jesuitas del Cristo Rey, si bien fueron importantes como propulsores de una experiencia concientizadora, no fueron los únicos: «Yo me introduje a la realidad social a través de la JEC (Juventud Estudiantil Católica) que agrupaba a estudiantes. La rama secundaria era dirigida por Aqui­lino Villalba. En la universitaria estaban el paí Giménez, Lucho Meyer, Lalo Alborno y María Celia Frutos y Celina Alborno. Esta organización estaba fuertemente conectada con otros movimientos latinoamericanos católicos progresistas. Los modelos eran sacerdo­tes seculares y paraguayos que organizaban frecuentes actividades de contacto con la realidad campesina. Sanmartí y los otros curas jesuitas se superponen y refuerzan la formación que habíamos recibido previamente».

Carlos Peralta, ex alumno del Cristo Rey y actualmente ingeniero y político del Encuentro Nacional, agrega que «a fines de los sesenta operaban dos importantes movimientos estudiantiles católicos: la JEC (que en la época se pronunciaba `yec') y el SEU (Servicio de Extensión Universitaria) que había sido fundado por el padre Pascual Páez. El SEU era un movimiento laico universitario que promovía trabajos de inserción social en los barrios y comunidades del interior. Recuerdo entre sus integrantes a Pepito Morínigo, los hermanos Canesse, Mario Torres, Pepe Arnella, Marcos Piñánez, Felipe Recalde, Hugo Oddone y Nidia González Talavera».

Sanmartí formaba parte desde su fundación, en 1966, del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), una institución vinculada a otras similares latinoamericanas que reunía a cientistas sociales y a aquellos jesuitas y jóvenes más progresistas e interesados por lo social. El local del CIAS, en Colón y 25 de Diciembre, era el punto de encuentro y referencia de universitarios que hacían sus primeros intentos de llevar a la práctica a través de trabajos pastorales y de acción social su compromiso cristiano con los desheredados de este reino. Sanmartí lo definía como «un enclave en el que la calle Colón dividía geográficamente dos mentalidades y dos modos de hacer de la Compañía. Aquel grupo de gente joven que, según el comentario de los de enfrente, salía al balcón después de comer para hablar, fumar y reír, contrastaba con los que seguían paseando por el antiguo, corredor de la clausura como hacía tantos años, desde la vuelta de los jesuitas al Paraguay». Desde ese espacio se organizaban trabajos de campo y las primeras comunidades de vida cristiana.

Nombrado decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica, Sanmartí fue un gran animador de estas experiencias entre jóvenes de clase media urbana que descubrían el rostro, el color y el olor de las desigualdades sociales. Su compromiso lo lleva a vivir en un barrio marginal en comunidad con los pobladores del lugar y en compañía de Miguel Ángel López Perito, entonces presidente del Centro de Estudiantes de Filosofía. Era además, hacia 1968, confe­sor personal de otro ex alumno, Mario Schaerer Prono, que poco tiempo después ingresaría a la organización. Mantenía una gran amistad con Diego Abente. Sanmartí sería acusado más tarde de ser el gran inspirador de la OPM e incluso su principal jefe. En realidad, más allá de ser una suerte de guía social para algunos de los que la integraron, su responsabilidad en lo que vendría después era nula.

Las primeras reuniones del grupo que había regresado de Santia­go se hicieron desde el segundo semestre de 1973 en la casa de Víctor Ramos. La idea de la organización empieza a andar trabajo­samente en Asunción. De esas reuniones participan Diego Abente, José Félix Bogado Tabacman, José Luis Simón y Nidia González Talavera que era, entonces, compañera de Juan Carlos Da Costa. Éste se encontraba en Corrientes y había que preparar las condicio­nes de su regreso.

No era casual que Da Costa estuviera allí. Cercana a Asunción, Corrientes era una ciudad invadida por paraguayos y con agitadavida política y universitaria. Sólo en el primer curso de Medicina había más de mil estudiantes. Cuatrocientos de ellos eran paraguayos que vivían desperdigados en pensiones baratas y departamentos alquilados por grupos de estudiantes. Carlos Casco estudiaba Medicina allí desde 1972. «Por cinco mil guaraníes que nos enviaban los familiares podíamos vivir un mes», recuerda. «Nuestro grupo vivía en `El tiburón', un lugar muy conocido de Corrientes porque hasta un tiempo antes había sido un prostíbulo que fue transformado en pensión».

Mientras en Asunción menos de seicientos alumnos poblaban la única Facultad de Medicina, en Corrientes la misma Facultad contaba con cinco mil. Al frente del Centro de Estudiantes estaba el FAUDII (Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierdas e Independientes), que disputaba espacios políticos con la JUP (Ju­ventud Universitaria Peronista), cercana a Montoneros, con la Franja Morada (Radical) y con el prosoviético MOR (Movimiento, de Orientación Revolucionaria).

Un ambiente cultural movido y una exaltada y extremadamente politizada vida universitaria no podían resultar indiferentes a los estudiantes paraguayos. Eso era otro mundo: en los comedores universitarios panfletos y discursos; en las casas y pensiones la libertad de poder leer y discutir temas satanizados en el Paraguay­. Carlos Cuba, hoy médico y entonces estudiante en Corrientes, vivió esa «diferencia sideral entre los dos ambientes: en Asunción, el quietismo y el miedo por todas partes, y en Corrientes, la agitación y la posibilidad de hablar de política sin traumas». Carlos Fontclara, que egresó del Cristo Rey en 1972 y también estudió allá, grafica de modo simple y contundente esa diferencia: «Corrientes me parecía como un Alkazeltzer: estaba en permanente estado de efervescen­cia».

Los estudiantes paraguayos de Corrientes estaban inicialmente en un efímero «Centro de Estudiantes Universitarios Paraguayos» controlado por el oficialismo colorado y que poco a poco  fue desapareciendo ante otra organización que se fue gestando durante 1973:la«Agrupación Cultural Guaraní» (ACG). En setiembre de dicho año la ACG organiza una primera peña folklórica en el comedor de estudiantes de la Universidad del Nordeste de Corrientes de la que participó el respetado músico paraguayo don Herminio Giménez. Esa noche, el estudiante de Medicina Carlos Brañas lee uno de los editoriales del periódico universitario de Asunción «Frente».

La ACG gana fuerza y al mes siguiente logra reunir ochocientas personas en un festival organizado en homenaje a don Herminio Giménez. El núcleo fundador de la ACG estaba constituido, entre otros, por los estudiantes Jorge Zavala, Carlos Casco, Carlos Brañas, Hugo Figari, Gustavo Sostoa, Guido y Arminda Servián y José Yorg. La idea era dejar de lado las actividades consideradas «frívo­las» como las fiestas y las reuniones meramente sociales o deporti­vas y abrir un espacio de discusión sobre la historia paraguaya, sobre la cultura y el folklore nacional y sobre la realidad que vivían los universitarios compatriotas que estaban en el exterior. El objetivo fue logrado y, hasta mediados del '74, la Agrupación Guaraní logró convocar a buena parte del estudiantado paraguayo a sus peñas y debates en los que se denunciaban las violaciones a los derechos humanos en el Paraguay.

Juan Carlos Da Costa sigue de cerca la evolución de los líderes de la ACG. Su relación con Zavala es fluida y, a través de él, se organizan grupos de lectura ideologizada y mecanismos mínimos de seguridad ante la sospecha de que la agremiación estaba siendo infiltrada por «pyragües».

En octubre de 1973 Abente y Simón viajan a Corrientes para tomar contacto con Da Costa. Allá éste y Abente mantuvieron una prolongada reunión con Carlos «Pocho» Livieres en la que se establece la necesidad de que la organización entre en funciona­miento lo antes posible en Paraguay. Se analiza, además, la eventual ayuda logística que se podría obtener de Montoneros. El apoyo se concreta algunos meses más tarde: Nidia González trae de Corrientes un aporte de trescientos mil guaraníes con los que la organización compra su primer vehículo: un «escarabajo» de color anaranjado. Cosa de no llamar la atención.

«Pocho» Livieres sería asesinado en un enfrentamiento con fuerzas de seguridad argentinas pocos años después de ese encuen­tro. Su muerte ocurría cinco meses después de la de su hermano Jorge, abatido en el ataque montonero al Regimiento de Infantería <<29 de Monte» de Formosa el 5 de octubre de 1975.

Santiago, Corrientes, Asunción... El itinerario inicial que la nueva organización había logrado recorrer en varios meses parecía exiguo y erizado de dificultades. Juan Carlos Da Costa lo expresaba a comienzos de 1974 en una carta con destinatario desconocido y que hoy yace en el «archivo del horror» de una manera realista y resignada: «No es mucho... pero es lo que hay».


CAPITULO 3

EL MOVIMIENTO INDEPENDIENTE

 

«La penetración marxista en la Univer­sidad constituye un intento serio y sosteni­do. El llamado MOVIMIENTO UNIVER­SITARIO INDEPENDIENTE ha sido el instrumento utilizado por el Marxismo Internacional para implementar una sis­temática tarea de difusión ideológica y captación proselitista en los medios uni­versitarios.»

(Diario Patria, 21 de Julio de 1978)

 

Era muy claro desde el principio que la formación de una organización revolucionaria como la que se gestaba requería de una vanguardia con una razonable base ideológica. Era lógico que se mirara hacia la Universidad. Y allí, justamente, el movimiento estudiantil paraguayo empezaba a vivir una de sus etapas más interesantes.

La poco estructurada organización universitaria que había sido disgregada por la represión de 1969 no tardó en intentar reagruparse en los años siguientes. Las nuevas ideas políticas independientes sumadas al descreimiento en los partidos tradicionales hicieron que, a comienzos de la década, éstos estuvieran muy poco representados en la principal dirigencia estudiantil. Una intelectualidad progresis­ta de extracción mayoritariamente urbana y de clase media gana protagonismo en la vida de las facultades de la Universidad Católica y de la Nacional. Durante los siguientes cinco años el movimiento universitario adquiriría una gran vitalidad.

El monumental fracaso de la oposición política al aceptar concu­rrir a la Convención Nacional Constituyente que otorgaba a la alianza Fuerzas Armadas-Partido Colorado un instrumento jurídico que servía de fachada a la dictadura tuvo un alto costo entre los universitarios. Hasta entonces la Federación Universitaria del Para­guay (FUP) y muchos de los centros estudiantiles estaban controla­dos por simpatizantes de la oposición y en cada Facultad existían importantes facciones liberales. Desde los últimos años de los sesenta la FUP fue dominada por el Partido Colorado y la presencia de la oposición partidaria casi desapareció. Pero los llamados «movimientos independientes» controlarían los centros más impor­tantes: el de Medicina (CEM) ganado por la Lista de Unidad Estudiantil (LUE) que muy pronto cambiaría su nombre por el de Frente Estudiantil de Medicina (FEM); el de Ingeniería gobernado por el Frente de Estudiantes de Ingeniería (FIEI), el de Arquitectura, el de Química, así como casi todos los de la Universidad Católica. La denominación «independiente» respondía tanto a la necesidad de diferenciarse del oficialismo colorado como a la de despartidizar la hucha estudiantil estimulando el rechazo a la oposición tradicional. Rechazo que se basaba, sobre todo, en la decepcionante decisión de éstos de participar en las farsas electorales y en el inocuo Parlamento.

El discurso de los nuevos actores políticos, una vanguardia bien formada intelectualmente, resulta atractivo para la masa estudiantil. Los ejes principales de la propuesta se van unificando casi espontáneamente: lucha contra la dictadura, reivindicaciones nacionalistas; a través de la cultura y el folklore, una firme postura antiimperialista y defensa de los espacios gremiales. Estos últimos debían ser dirimidos año a año ante los movimientos colorados apoyados por el organismo auxiliar de la Junta de Gobierno llamado Centro de. Estudiantes Universitarios «Dr. Ignacio A. Pane», que intentaba «coloradizar» la Universidad tal como ya ocurría con casi todas las instituciones del país.

A comienzos de los 70 había comenzado una sistemática campa­ña de penetración en la Universidad del régimen de Stroessner que tenía por objeto aniquilar la organización del movimiento estudian­til. La facultad de Derecho estaba inficionada de policías y adictos al régimen hasta el punto que buena parte de los comisarios de Asunción eran abogados. Becas de estudio, cursillos de ingreso pre­universitario, seminarios de capacitación política, asesoramiento a las «bancadas coloradas» de cada facultad y todo tipo de recursos fue utilizado para aplastar la crítica estudiantil. José Luis Simón señala que «en esa época la Universidad empieza a perder a muchos de sus; antiguos y grandes profesores y comienza a masificarse. Esa masificación está pensada, planeada y pautada para crear un movimiento estudiantil stronista. Como fruto patético de esa política de vaciamiento cultural y cívico de la Universidad emerge el liderazgo de Abdo Benítez». En ese contexto adverso, sin embargo, los grupos independientes logran ganar espacios en todas las facultades. Y con ellos surge tambien  la necesidad de coordinar las acciones.

Fieles al legado de los años anteriores, el intento de unificar fuerzas fue precedido  de hondas discusiones ideológicas y el camino elegido inicialmente fue el de la prensa propia. Así surge la idea de “Frente”,un periódico universitario que fuera vocero de los Centros y movimientos independientes. La mayoría de los redactores venia de experiencias previas de los años sesenta, años en que eran publicadas una considerable cantidad de revistas universitarias y secundarias, con amplio espacio para las manifestaciones culturales, con artículos serios y alta calidad técnica. Además, no pocos de ­ellos habían hecho pasantías en el semanario católico «Comuni­dad».

Los movimientos independientes eran un ámbito de permanente reflexión ideológica. Nada más normal, entonces, que tuvieran sus respectivos órganos de prensa. A un cuarto de siglo de distancia sorprende comprobar que aquellas publicaciones eran de una profundidad y presentación muy superiores a lo escaso y pobre que se lee hoy en la Universidad. Sus nombres denotaban su compromiso con la época: «Vanguardia», «Lucha», «Trinchera», «Koetĩ, «Fren­te», «Venceremos».

 

«Frente» heredaba también la rica experiencia de la revista cultural «Criterio» que se publicaba desde octubre de 1966 y cuyo último número de la primera época había salido en ese año de 1971. Por su redacción habían pasado los hermanos Basilio y Juan Félix («Pon») Bogado Gondra, José Carlos Rodríguez, Adolfo Ferreiro, Emilio Pérez Chávez, Juan Manuel Marcos, Luis A. Boh, Jorge Canesse, Nelson Roura (fallecido poco después) y el propio Juan Carlos Da Costa. Otro de sus fundadores y principales impulsores moriría a los 22 años en un absurdo accidente de tránsito ocurrido en setiembre de 1968: el poeta y dirigente universitario René Dávalos.

Esas jugadas raras del destino hicieron que en un mismo momento de la historia estudiantil confluyeran jóvenes talentosos, estudiosos y fuertemente marcados por el sueño de la utopía. La lectura de Marcusse, Marta Harnecker, Althuser, Fromm, Helder Cámara y de los autores que interpretaban el marxismo era obligada en esa generación en que la formación intelectual era parte de la misión histórica que, estaban convencidos, tenían como universitarios. Su compromiso era transformar la sociedad. Que no se pierda la perspectiva: hablamos de una Universidad paraguaya: eran un puñado de estudiantes solamente. El resto estaba en otra cosa. De cualquier manera, el destino hasta ahora no volvió a tirar esas mismas cartas.

José Nicolás Morínigo afirmaba en una nota casi nostálgica publicada en «La Isla» en 1994 que «las publicaciones del 60 constituyeron una experiencia clave para la edición posterior de una revista de calidad y profundidad sustantiva que se convertiría en vocero de la juventud crítica: `Frente'. Revisando uno que otro número de esa revista se puede percibir cómo en sus páginas la utopía no era simplemente una idea, era fundamentalmente un acto cotidiano»

El primer número de «Frente» vio la luz en agosto de 1971. Registraba como dirección oficial la del Centro de Estudiantes de Ingeniería aunque en realidad fue redactado en un pequeño local de la calle 15 de agosto.

A mediados de 1972 «Frente» sufre su primer allanamiento policial y los ejemplares del número 18 son incautados por la Policía. A pesar de las medidas de seguridad, las represiones eran frecuentes: Boh fue enviado al Chaco por dos años y otro redactor del periódico, Miguel A. Gauto, detenido y pocos meses después obligado a abandonar el país. Pero para entonces el periódico ya se había ganado el mérito de ser la voz oficiosa de todo el movimiento independiente que empezaba a congregarse en torno a la idea de un gran frente político. Curiosamente, en ninguno de sus números «Frente» se autoproclamaría como vocero del movimiento indepen­diente sino sólo de los frentes y Centros que lo componían. De todos modos, para entonces las siglas «MI» ya se habían hecho conocidas en el ámbito universitario.

En torno a las actividades de «Frente» se fue gestando el equipo coordinador de los <, frentes independientes». Al inicio tenían como tema principal tratar los editoriales del periódico pero, a comienzos de 1972, ya funcionaba como Mesa Coordinadora con uno o dos representantes de los frentes de cada Facultad. La coordinadora releva la situación estudiantil y logra la creación y reorganización de nuevos grupos. Julio César Barreto, entonces estudiante de Ciencias Contables de la Católica y uno de los pocos que rescataron documentos que quedaron sobre el MI, señala que “la representatividad era muy flexible. La Mesa Coordinadora estaba formada por dirigentes antiguos (de finales de los 60) y algunos nuevos. Eran representantes de «frentes» o individualidades con tareas específicas. La práctica habitual era que no existieran cargos jerárquicos. En cada reunión se nombraban un coordinador y un encargado de tornar apuntes. Existía sí un encargado de la custodia de los documentos. Nadie debía anotar más de lo estrictamente necesario».

El MI no era un movimiento clandestino pero se mantenían ciertas reservas de información a los efectos de protegerse de los sistemas de represión del Gobierno. Estas medidas no eran fruto de ninguna paranoia. Barreto recuerda que «el 5 de octubre de 1972 la Policía secuestró el número 27 de ‘Frente’ en la propia imprenta. Casualmente, les pasó desapercibido que el segundo cuerpo ya estaba terminado. Se le puso una tapa impresa a mimeógrafo y 'Frente' salió con dicho suplemento. El número 28, en conmemora­ción del 23 de octubre, salió sin inconvenientes. En el número 29 apareció por primera vez el Consejo Editorial, integrado por seis estudiantes: Carlos Guggiari, Javier Arnella, Luis Alén, Julio Lezcano, Manuel Giménez y Graciela Elvira Duarte. El periódico estaba auspiciado por cinco centros y tres frentes. Para entonces, el boletín ya estaba consolidado tanto en su funcionamiento interno como en los aspectos de redacción y distribución.

Durante el año 72 el equipo de capacitación del Ml organizó numerosos seminarios, encuentros y cursos en los que se discutían los objetivos del movimiento, se enfocaban los problemas de orga­nización y se analizaba la realidad nacional. Algunos de esos análisis fueron publicados por «Frente». Además de la de Capacita­ción, existía una secretaría de Prensa (que de hecho se abocaba a publicar «Frente») y una de Relaciones Internacionales que conti­nuó utilizando la red de vinculaciones de la desaparecida «Criterio».No menos de cincuenta ejemplares de «Frente» eran enviados al exterior en carácter de canje con otras revistas.

Como ha ocurrido siempre en el Paraguay cuando se intentó crear una estructura política independiente, las voces que denunciaban una supuesta intención de destruir a los partidos tradicionales con fines oscuros no se hicieron esperar. Pero no era precisamente ése un objetivo del MI.

«Teníamos muchas actividades de formación política y de permanente análisis de la coyuntura que vivíamos. Formábamos grupos de lectura y discusión política. Sentíamos claramente la responsabilidad de la Universidad frente a la sociedad», rememora Fernando Kurz, ex integrante del Frente Independiente de Econo­mía. «El MI reivindicaba las banderas nacionalistas y antiimperialistas. El discurso no era simplemente antipartido, lo que había era la convicción de que los partidos de oposición no hacían una gestión capaz de desplazar al régimen. Creo, ahora, que tenía­mos una visión bastante parcial de la época. Veíamos al mundo desde la Universidad. Estábamos convencidos de que desde ella era posible realizar un trabajo de inserción en las masas para romper el inmovilismo. Había mucho de mesianismo. Era propio del contexto latinoamericano de entonces y, sobre todo, de la edad que tenía­mos».

«No éramos antipartido», asegura José Luis Simón. «En reali­dad, no nos sentíamos a gusto con lo que nos ofrecían los partidos. Les criticábamos que estuvieran en el Parlamento y en la Constituyente mientras había presos políticos y no existía libertad de reunión ni de prensa. No puede perderse de vista que, en esa época, `Ñandutí' era una radio pro-oficialista y `ABC Color' defendía al régimen de Stroessner en todas las reuniones de la Sociedad Interamericana de Prensa”. En realidad, no existían resquicios para una prensa crítica. Desde hacía años, radio «Cháritas» tenía una guardia policial enfrente que controlabaa los que entraban con información. Y el diario“La Tribuna”tenía informantes en su misma redacción.

Esta afirmación es compartida por Pon Bogado Gondra: «A pesar de que el independentismo surge contra los tradicionalismos partidarios, no había una crítica sistemática antipartido. Incluso, desde el MI, llegamos a gestar la `Mesa de Juventudes' con Euclides Acevedo, Ricardo Lugo Rodríguez, Fermín Ramírez, Hernán Velilla, `Gari' González Erico y Pancho de Vargas. A ese grupo lo llamaban `gamexane', ya no recuerdo por qué».

Esta Mesa se constituyó a comienzos de 1973 con el propósito de Formar un amplio frente democrático de juventudes. Julio César Barreto, quien participó junto a Basilio Bogado, Oscar Rodríguez Campuzano y Ricardo Canese, de varias de esas reuniones en representación del MI, agrega otros nombres: «Por el `ALON' venían Adalberto Mongelós, Félix Ayala y Gustavo Riart; por la juventud febrerista, Euclides Acevedo. Arnaldo Llorens y Oscar Brítez, y por la juventud demócrata cristiana Justiniano Velastiquí y Leonardo Miño quien estaba vinculado a la Juventud Obrera Cristiana. Uno de los temas discutidos era la distribución de espa­cios de acción. El MI planteaba en términos simples «Déjennos la Universidad y trabajen ustedes en los barrios y en los pueblos». No hubo acuerdo. De todos modos, las juventudes de los partidos opositores tradicionales ya no estaban en condiciones de llegar a la Universidad, ni a los barrios ni a los pueblos. Se hicieron algunos cursos y seminarios organizados por el 'ALON' y algunas pintatas murales sobre el tratado de Itaipú. No mucho más.

A mediados del 72 la Mesa Coordinadora recibió la propuesta de un sector del PLR liderado por Fermín Ramírez de incluir un candidato del MI en la lista partidaria a Diputados. El PLR tenía sus internas en noviembre de ese año y las elecciones parlamentarias se realizarían al año siguiente. La propuesta mereció largas discusio­nes en el seno del MI, pero finalmente primó el celo independentista y se rechazó la oferta. Julio César Barreto añade otro argumento que ­habrá tenido algún peso: «En realidad las posibilidades efectivas de ingresar eran mínimas por el sistema de confección de listas del PLR».

La propuesta, en cualquier caso, era un indicio de que el MI crecía. De hecho, se empezaban a formar Centros de Estudiantes en todas las carreras de la Católica y la organización empezó a merecerla hostilidad del diario «Patria», órgano del Partido Colorado. Pero recién ganaría notoriedad pública a partir de la noche del 12 de setiembre de 1972 cuando se produce el grotesco atraco a la Universidad Católica.

El episodio se originó en el apresamiento de varios estudiantes universitarios, lo que motivó que los Centros de la Católica llamaran a una jornada de reflexión en el patio de la Universidad sobre el problema de los presos políticos paraguayos. El programa no llegó a cumplirse nunca. Cuando el moderador empezó a hablar, una horda de civiles armados con palos y cachiporras lo interrumpió y se dio inicio a una descomunal golpiza a los asistentes que terminó con infinidad de heridos y contusos. De la apaleada general no se salvaron ni siquiera los legisladores liberales Domingo Laíno y «Beto» González. La jauría de atracadores estaba comandada por el ignorante y energúmeno presidente de la Seccional Colorada del cercano barrio marginal de la Chacarita, Ramón Aquino, e integrada por beodos, policías de civil, funcionarios públicos reclutados y entusiastas seccionaleros del «bajo». Muchos años después, casi a fines de la dictadura, el ya senil General Stroessner se permitiría un rasgo de ironía al calificar a Ramón Aquino como «el moderador de la Católica». El escándalo fue tan grande que mereció una respuesta totalmente inusual para la época: en los días siguientes tanto «ABC Color» como «La Tribuna» editorializaron sobre «la violencia en la Universidad», Se vivían tiempos en que era indispensable saber leer entrelíneas si uno deseaba enterarse de los hechos.

Un aspecto que caracterizó al movimiento estudiantil de esos años fue la importancia otorgada a la cuestión cultural: Los grupos culturales independientes (teatro, música, pintura, intelectuales) funcionaban con peculiar dinamismo a pesar de la aridez y las dificultades del medio. Ya durante la década anterior esa vinculación entre la actividad política y las expresiones culturales había sido habitual.  Line Bareiro escribió recientemente que «el hacer cultura (es decir, escribir, pintar, hace teatro, cantar) formaba parte fundamental del hacer política en el 69 y en su proyección posterior. Fue una generación que propuso su estética y tuvo planteamientos intelectuales. Eso, a mi modo de ver, la diferencia de manera decisiva de movimientos estudiantiles posteriores». En el MI y en “Frente» intelectuales y artistas encontraban medios de difusión de su producción y ampliación de su espacio de creación.

Parte importante de ese espacio fueron los festivales de música organizados por «Frente» y que tuvieron su auge en 1973. Ese era cl año que el país debatía un tema que agitaba las banderas más sentidas del MI: el nacionalismo y el antiimperialismo. El Tratado de Itaipú, que contenía cláusulas consideradas «leoninas» contra los intereses nacionales, despertaba un renovado interés en la defensa de nuestros valores culturales frente a la penetración imperialista que tenía al Brasil como exponente más cercano. La revalorización de la música folklórica por parte de la juventud se venía dando a través de festivales organizados por facultades y parroquias desde hacía algún tiempo con buena respuesta de público. Si a eso se sumaban las crónicas necesidades financieras de «Frente» (cuyo costo unitario del ejemplar era eternamente superior a su precio de venta) no resulta sorprendente que la redacción se volcara a organi­zar este tipo de eventos para saldar sus deudas con la imprenta.

Esa vuelta a lo autóctono, al folklore nacional, ocurría en un tiempo en que Asunción, con el dinero generado por Itaipú, se había convertido por primera vez en una plaza comercial apetecible para artistas extranjeros. Julio Iglesias vendría al Sajonia; Sandro convo­caría a las jovencitas en la antigua fonoplatea de Radio Ñandutí; Astor Piazolla aprovecharía su estadía para casarse en el Mercado Cuatro. Y, además, Sergio Denis, Manolo Galván, Silvana Di Lorenzo, Lafayette, Dean Reed, Tormenta y otros que deslumbra­ban a un público vestido con colores estridentes, con pantalones «Oxford» y zapatos con plataformas absurdamente altas. Y, por supuesto, con el infaltable «signo de la paz» colgado al cuello.

Era el auge de las orquestas: Equipo 87, Los Jockers, Los Hobbies, Los Shakes, Los Aftermads, Los Tommys, Undergroud.Todas copiaban exactamente los éxitos del pop y el rock de los Estados Unidos e Inglaterra. Ninguna fiesta que se preciara de exitosa podía dejar de contratar a por lo menos dos de ellas. Y el espectáculo delirante de sus sorprendentes burbujas, sus bombas de humo y niebla, luces psicodélicas y los novedosos «sintetizadores». Sorprende descubrir entre los compositores de los temas de moda de Los Jockers al relator de fútbol Arturo Rubín y al circunspecto político Mario Paz Castaing.

No era poco lo que significaba el Tratado de Itaipú para el Paraguay. Se había firmado en abril de 1973. Y, desde entonces, se produciría un extraordinario crecimiento del capital financiero generado por el desarrollo inusual de la industria de la construcción y de la fabricación de materiales necesarios para la hidroeléctrica. Estos sectores duplicaron en tres años su ritmo de crecimiento. La entrada del capital extranjero produjo el surgimiento de financieras, bancos, casas de cambios, compañías de seguros e inmobiliarias. Y también la emergencia creciente de una nueva clase social: los nuevos ricos de Itaipú, con sus propios clubes sociales -pues el Centenario les quedaba chico-, sus estancias modernas, sus propias modas, su propio estilo.

La banca del Estado se vio lógicamente beneficiada con la introducción masiva de créditos. El Paraguay, que tradicionalmente tenía un PIB que apenas superaba el aumento poblacional, alcanza­ría en la segunda mitad de los setenta incrementos cercanos al 10 %. Esta expansión económica se complementó con la soja y el algodón, que crecerían enormemente. A la inyección de capital que permitió la instalación de grandes empresas agroindustriales exportadoras se sumó la crisis del petróleo que hizo que la industria textil mundial deje de utilizar fibras sintéticas (derivadas del mismo) y vuelva a la utilización de fibras de algodón. Este cultivo, tradicionalmente minifundiario, se convertiría en los años siguientes en el generador del 10 % de las divisas generadas por nuestra exportación.

En ese ambiente de cambios el MI apostó al folklore. El primer festival de música nacional organizado por «Frente» fue el 8 de agosto de 1973 en el salón auditorio de Seminario Metropolitano. Con la ayuda de grupos musicales próximos al MI y el escenario montado por la gente del Teatro Estudio Libre, el local estuvo absolutamente repleto. Empezaban a ser conocidos los nombres de Maneco Galeano, Vocal Dos, Carlos Noguera, Jorge Garbett, Santi Medina y Pato Brítez. Surge el «Canto de esperanza» que, curiosamente, sólo se convertiría en una canción símbolo en la década siguiente.

Entusiasmados con el éxito de este primer festival la gente de “Frente” se anima a emprender algo mayor. Entonces, con la cooperación del diario «La Tribuna» se organiza, el 3 de octubre de 1973, un festival de homenaje a Emiliano R. Fernández. Para el evento, se lanzan a la venta diez mil entradas a través de unos cuarenta gremios (Centros de Estudiantes, Academias Literarias de Colegios y algunas organizaciones de trabajadores). Julio César Barreto relata que «trabajaron en la parte organizativa unos 150 compañeros. Los coordinadores eran Ricardo Canese, Eduardo Giménez, Carlos Ortiz y Carlos María Lezcano. Las entradas costaban 50 guaraníes y los locutores eran Serafín Francia Campos y Jorge Talavera. El local era el antiguo Estadio Comuneros, enfrente a la bahía del río. Estaba colmado de gente que había ido a escuchar música paraguaya. Al día siguiente `La Tribuna' estimó la asistencia en unas 15.000 personas. Esa noche se repartieron gratui­tamente unos 10.000 ejemplares de Frente».

El periódico también pasaba por un gran momento: llegaba a vender cerca de 3.000 ejemplares por número. Esta cifra podría aparentar modesta si se desconoce el contexto: eso representaba más del 25 % de la población universitaria del Paraguay y ninguna otra publicación estudiantil llegó jamás a acercarse a este nivel de ventas. Incluso hoy, a meses del siglo XXI, la Universidad paraguaya no tiene nada que oponer a esa revista hecha por estudiantes, comprometida con su tiempo y que rehuía a lo frívolo como a la peor de las pestes.

La presentación de «Frente», afirma Barreto, «llegó a su mejor nivel en 1973 cuando las tapas eran ilustradas por artistas como Carlos Colombino, Olga Blinder, Luis A. Boh, etc. Ese año se publicaron diecinueve números, muchos de ellos con separatas. Doce estaban dedicados al debate sobre Itaipú». En julio de ese año también aparece efímeramente «Planes», como órgano oficial de las Academias Literarias de varios colegios privados de Asunción con una línea de crítica social similar a «Frente».

Pero sería también en 1973 cuando comenzarían a aparecer los primeros conflictos en el interior del MI. Lo que en principio significaba una estructura mínima de seguridad se constituyó, con el crecimiento del movimiento, en un obstáculo que nunca llegaría a ser resuelto. Empezaron a formularse críticas por la falta de comu­nicación entre la dirigencia y las «bases» y por la inexistencia de canales de participación para los integrantes de estas últimas. En realidad, la estructura era restringida como forma de protección ante los informantes del régimen: una «base» se constituía con 4 a 8 miembros integrados al «frente» de cada Facultad que respondían a la Mesa Coordinadora donde estaban representados. Muchas veces los otros miembros del frente desconocían su vinculación con el MI. «La estructura era llamada `organización reservada'. Así lo creía­mos, por lo menos», comenta Fernando Kurz. «No nos adaptamos al proceso de crecimiento y nunca resolvimos la contradicción de que gente comprometida con la organización accionara públicamente a cara descubierta. Esto haría crisis tiempo después.»

El «basismo» se enfrentaba a la «seguridad», reclamando una mayor rotación en los cargos importantes. Se señalaba la enorme brecha existente entre el nivel de los pocos dirigentes y el de la gran mayoría del estudiantado. Otros grupos manifestaban su desconten­to ante la poca posibilidad de desarrollo político que ofrecía el MI: ¿Que hacer al salir de la Universidad? Como el MI no tenía reglamentos internos y estas cuestiones no se habían planteado antes (cuando era difícil conseguir activistas que aceptaran correr el riesgo deintegrar estructuras directivas) quedaba abierto otro flanco de roces.

A fines del '73, las críticas contra la dirigencia apuntaban a que pese al gran esfuerzo realizado en la campaña contra el Tratado de Itaipú y al éxito de los festivales de música, no había sido posible capitalizar esos momentos para movilizar o agitar a la masa estu­diantil. Algunos creían que existían de nuevo condiciones para sacar a la gente a las calles. La dirigencia respondía que eso significaba exponer al MI a un golpe represivo que podría destartalar el movimiento.

Posiblemente estos cuestionamientos no eran más que las olas de un enfrentamiento de fondo que comenzaba a emerger: la ausencia de una clara definición ideológica, la vacilación en plantear una nueva propuesta de sociedad y Estado, la inseguridad de vincularse a la clase campesina organizada, la respuesta a corto plazo ante la opresión, entre otros menos explícitos.

La dirigencia tradicional, fundadora del MI, empieza a ser cuestionada por la forma «conservadora» en que conduce la lucha. Pon Bogado, miembro de esa dirigencia, recuerda que «la discusión sobre la organización se daba entre los `movimentistas' que afirma­ban que la realidad pasa por el movimiento y los `partidistas' que creían necesario crear el partido. La radicalización se volvería inevitable si no nos convertíamos en partido. Las pocas movilizaciones que éramos capaces de llevar adelante y el solo periódico estaban demasiado inermes frente a los radicalizados». Este sector más radicalizado del estudiantado es el que se constituye en «tierra fértil» para la OPM.

La verdad es que el MI no se decidió nunca a asumir la forma de partido y al recluirse al ámbito universitario quedaba incapacitado de proyectarse a nivel nacional. El inolvidable Carlos María Lezcano escribía hace algunos años: «Esta indefinición existió en la mayoría de los movimientos sociales de la época en la región, que desconfia­ron de, y la aislaron de la, sociedad política (partidos, bancadas legislativas, sistema electoral, acuerdos y pactos electorales), pero no fueron capaces de articular un agente político nuevo que pudiera plantearse con posibilidad de éxito la lucha por el poder»

El MI ya había organizado un «congreso» para discutir las bases ideológicas y el programa de acción en enero de 1973 en el Aspirantado Salesiano de Ypacaraí, del que participaron unos cincuenta dirigentes y algunos líderes campesinos en calidad de «observadores». Con esa experiencia, la dirigencia decide respon­der a la crisis con racionalidad: convocando a un nuevo congreso en febrero de 1974. Los escritos preparatorios de dicho congreso constituyen la documentación interna más densa e importante que sobre el MI pudo recuperar Julio César Barreto: «Eran cerca de 130 fojas escritas a un espacio y su elaboración habría demandado un gran esfuerzo de mucha gente. Allí se discutía la legalización del MI, su proyección a nivel nacional, su nuevo organigrama interno y su definición ideológica. El documento expresaba que el MI era una organización antiimperialista que lucha por instaurar el socialismo en base a un análisis científico de la sociedad y que adopta como estrategia fundamental de lucha el nacionalismo revolucionario, la línea de masas y la unidad nacional contra la dictadura practicando como táctica a nivel estudiantil el gremialismo y el electoralismo politizados». Esta discusión, que podría haber clarificado el rumbo del MI, no llegaría, sin embargo, a concretarse: Un incidente en la madrugada asuncena obligaría a postergarlo.

El 28 de enero de 1974 el MI, con la colaboración de la Juventud Revolucionaria Febrerista, había programado una pintata mural en protesta por el aumento de los precios de los combustibles que a últimomomento es suspendida para el día siguiente. Las consignas, simples y directas: «Carne para el pueblo» y «Basta de opresión». No hacía falta un equipo de imagen: se luchaba contra el dictador, no era una campaña electoral. Un grupo autónomo, sin embargo, dirigido por José Luis Simón, decide salir a pintar por cuenta propia y es apresado.  Resulta curioso, tantos años después, que todos los que se han referido a este incidente recuerden que dicho grupo utilizaba en sus «grafitti» una tecnología novedosa: la pintura en aerosol. El MI había encargado a Odón Oviedo la preparación de las famosas «tizas» con las que lenta y trabajosamente se escribían las leyendas en las paredes. En los días siguientes una redada policial se lleva a Pablo Herken, Basilio Bogado, Odón Oviedo, Fernando Kurz y varios más. Herken y los hermanos Galeano, que cumplían el servicio militar, son enviados al Chaco. Bogado estuvo preso dos meses y Oviedo, el artesano de las «tizas», tres.

Simón, dos décadas despues, aún lamenta la decisión de salir a pintar aquella noche: «Era uno de los grupos que yo estaba organi­zando en la construcción de la OPM. Nos sumamos inorgánicamente a la pintata del MI con consignas propias. Recuerdo que compré los aerosoles a crédito. Muchos del grupo eran del barrio Stroessner y estaban relacionados con Pablo Herken, aunque éste nada tenía que ver con la actividad de esa noche. La cosa es que varios de ellos son apresados durante la pintata y, presionados por la Policía, dan el nombre de Herken y el mío. Herken fue llevado al Chaco y yo logré escapar saliendo de mi casa en calzoncillos por el techo cuando la estaban allanando. Me refugié en la casa de un amigo de donde sólo salía a las madrugadas para avisar a los demás de la situación. Recorría las calles de Asunción a pie, con un cinto en la mano para espantar a los perros sueltos que a esa hora eran mucho más peligrosos que la Policía».

La capacidad de respuesta del MI a esta represión fue pobre y eso apresuró la decisión de «legalizar» definitivamente a la organiza­ción con la publicación de una solicitada en los diarios en la que aparecieran los nombres de todos aquellos dirigentes que, de cual­quier manera, a esta altura ya eran conocidos por la Policía. Dicha solicitada fue publicada en ABC a principios de marzo. En la misma, redactada por José Guggiari, se enunciaban de manera general los objetivos del MI y aparecían los nombres de la Mesa Directiva del MI: José Guggiari (Derecho UC), Rafael Peroni (Filosofía UC), Reinerio Parquet (Contables UC), Oscar Rodríguez (Economía UNA), Horacio Giménez (Agronomía UNA) y Javier Arnella

Química UNA). Integraban el Consejo Coordinador Julio César Barreto, Cayo Esquivel y Ricardo Canese y en los Departamentos Auxiliares figuraban Juan Carlos Herken, Pon Bogado, Miguel Almada, Basilio Bogado y Antonio Pecci.

Eduardo Bogado Tabacman (hermano de José Félix), entonces estudiante de Economía, señala que la actitud de la dirigencia del MI ante la represión fue uno de los desencadenantes de los conflictos internos: «Con cierta ingenuidad le atribuíamos un gran protagonismo futuro a la organización estudiantil y pensábamos que eso se basaba en la estructura reservada que se tenía. Creíamos que eso nos daría inmunidad contra los golpes represivos. Con los apresamientos que siguieron a la pintata nos dimos cuenta de que la Policía conocía demasiados detalles de la organización. Unos meses antes, la Fundación Ebert había organizado un seminario en Buenos Aires del que habían participado miembros del Alon, de la Juventud Febrerista y del MI. Todos habían salido del país separadamente y en la mayor reserva. Pues bien, la Policía tenía la lista de participan­tes tal como fue originalmente confeccionada. Eso creó una gran decepción y la sensación de que estábamos en manos de la Policía»

A partir de allí las líneas ya estaban tendidas. Un sector radicalizado consideraba la «legalización» del movimiento como un retroceso grave en el proceso de concientización y de organización y acusa a la dirigencia principal de «reformista». Una subterránea tensión iba en aumento dentro del MI mientras José Félix Bogado Tabacman, Diego Abente y Da Costa iniciaban contactos y acciones con la intención de capitalizar el descontento. Efectivamente, a lo largo de 1974, muchos de ellos serían absorbidos por la OPM. Durante algún tiempo ambos sectores (dirigencia tradicional del MI y OPM) coexistieron en la Universidad. La diferencia se centraba en lo relacionado a la lucha armada. Allí residía el carácter «reformista» de unos y «revolucionario» de otros. La OPM consideraba que todos los caminos pacíficos estaban cerrados y que había que prepararse para la resistencia.

Un documentode autocrítica redactado por miembros de la OPM aprovechar la experiencia de las luchas estudiantiles como un eslabón para la construcción del Partido Revolucionario, se instala como dirigencia pequeña burguesa de un movimiento pequeño burgués, con estructuras legales (los frentes independientes) y semilegales (la Coordinadora de bases clandestinas) planteando la formaciónde un frente antidictatorial. Las discrepancias con el reformismo son:son: a) Ideológicas: la OPM asume los intereses del proletariado e inicia la construcción del partido de la clase obrera. El reformismo se instala como dirigencia revolucionaria sin partido era el seno de un movimiento pequeño burgués y, b) Políticas: cl reformismo plantea un frente antidictatorial, nosotros una guerra revolucionaria popular y prolongada. Por eso la dirigencia más esclarecida del MI sobrepasó las propuestas que ofrecía el reformis­mo y se generó la crisis"

Crisis. Fue justamente en medio de esas crisis que la OPM distribuye el documento "Respetar la ilegalidad" que acentuó nota­blemente las divergencias. Extraño episodio el de este documento. Todos los dirigentes del MI de la época que entrevistamos lo recuerdan con precisión, pero no todos lo recibieron. Los documen­tos internos de la OPM le otorgan considerable importancia: tres años después la "Autocrítica" de la OPM resalta que sirvió de; acelerador de las tensiones pero critica su falta de oportunidad. La Policía lo tuvo en su poder sólo dos años después y su archivo le reservó el espacio de "documento importante". Lo notable es que se trata de un panfleto mimeografiado de cinco carillas de circulación restringida (quizás cincuenta o sesenta copias) que se hacían llegar  reservadamente» a los dirigentes más caracterizados del MI. Algu­nos lo encontraron en el jardín de sus casas, otros lo recibieron por debajo de la puerta de su departamento y a muy pocos se les entregó personalmente. Este método de comunicación puede parecer ana­crónico en esta época de celulares, TV por cable e Internet. Pero hablamos de Asunción de mediados del setenta: reinaba el mimeógrafo y las fotocopiadoras eran un lujo que estaban aún lejos del alcance del estudiante común. La cosa es que casi 25 años después todos recuerdan el contenido de aquellos panfletos no firmados.

El título del documento era una contestación al editorial número 49 de «Frente» que sostenía que «por sobre todas las cosas hay que preservar nuestro sistema democrático y constitucional de quienes quieren violentarlo, para perseguir objetivos personales o de grupo». La respuesta era contundente: «El trabajo gremial aislado es insuficiente, entreguista y claudicante. ¿De qué sistema democrá­tico y constitucional hablan? Respetar la legalidad es una consigna contra la realidad». Poco después se criticaba la conducta de la dirigencia en la pintata de enero por haber sido mal organizada y se acusaba a Fernando Kurz de haberse entregado a la Policía con garantías otorgadas por lazos familiares. La postura «conservadora» del MI era ironizada así: «En el año 2001, cuando se den las condiciones `objetivas' y `subjetivas'... quizás, si Dios quiere, podría plantearse la eventual posibilidad de la lucha contra...contra lo que sea. Porque la dictadura entreguista ya no existirá.»

Era 1974. El año 2001era lejano, improbable. Luego de las consignas finales (¿era permitido terminar en los setenta un docu­mento sin consignas de victoria?), se daban instrucciones de seguridad para el manejo del panfleto. No había firmas. Los autores del texto habrían sido Da Costa, Diego Abente y Nidia González Talavera y la impresión fue recomendada a Víctor Hugo Ramos. Los destinatarios principales eran los hermanos Bogado Gondra, refe­rentes muy respetados del MI «tradicional».

Casi veinte años después las trayectorias de «Pali» Kurz y de Diego Abente confluirían en el Congreso Nacional. Uno Diputado y el otro Senador por el mismo partido. Al recordársele la acusación, Pali sostiene tranquilo que «el documento provenía de una organi­zación ya estructurada, que tenía el objetivo de demostrar el carácter pequeño-burgués del MI. En realidad, todo lo que yo pudiera saber también lo sabían los compañeros que cayeron antes que yo. Tampoco había nada definitivamente secreto dentro del MI pero juzgado desde cl criterio `foquista' de esos compañeros, entregar información a la represión era un acto castigado con la pena de muerte. Hay que entender que teníamos estructuras organizativas diferentes. La nuestra no era una organización secreta y juramenta­da en laque debíamos morir antes de entregar una información determinada. No estaba en nuestros planes morir en la tortura por ocultar datos que sabíamos que la Policía, de todos modos, ya los conocía».

El episodio represivo de los primeros meses del'74 obligó a que José Luis Simón, luego de algunas semanas de clandestinidad, abandonara el país. Su vuelta se produce afines de ese año pero, para entonces, sus crecientes divergencias con la línea adoptada por la OPM lo llevan a la decisión de retirarse del proyecto. «Una estruc­tura revolucionaria en plena organización en medio de la intoleran­cia política de las dictaduras del Cono Sur no es el ámbito más propicio para debates políticos de este tipo. Pero planteé mis desacuerdos con esa absolutización de la ideología revolucionaría que hacía que lo único que importara fuera el objetivo revoluciona­rio a cualquier costo. Por otra parte, cuestiono la despreocupación en las medidas de seguridad y el proceso de infiltración del MI que me parecía incorrecto pues era un sector potencialmente aliado. No fue una discusión fácil ni muy clara pero desde entonces me solicité mi pase a retiro. Recibí algunas amenazas y anduve armado durante muchos meses. Le tenía tanto miedo a la represión policial como a una represalia de la OPM».

El 1 de julio de 1974 la dirigencia del MI estaba reunida en el Seminario Metropolitano preparando el Congreso que había sido suspendido en febrero y se haría en las semanas siguientes. Dos noticias perturbaban el ánimo de los participantes: la muerte de Perón con la consiguiente incertidumbre sobre el futuro político argentino y la distribución, en la madrugada previa, de un segundo documento de la OPM que esta vez se titulaba « ¿Táctica o estrategia?». Las seis carillas del panfleto comentaban las reacciones de la dirigencia del MI ante, la aparición del primer documento:

« 1. `No tiene importancia' dice la dirigencia pero dedicaron gente y tiempo para rastrear el origen del mismo.

2. `El lenguaje no es fraternal'. No podemos caer en el amiguismo y si pecamos de un lenguaje poco fraternal que se cargue a la cuenta de nuestras limitaciones literarias. La Revolución le ofrece al Sr.  Kurz un ancho camino de reivindicación futura.

3.” Es ultraizquierdista’. Una afirmación tan absurda no resiste el menor análisis. Las acusaciones gratuitas son un procedimiento típico de la derecha nativa y de sus agentes represivos. ¿Es posible ­que no haya capacidad para superar estos vicios burgueses?

4. `El origen del documento'. Es necesario aclarar que hurgando en el PC (en cualquiera de los PC) o en sus fracciones, nuevas o viejas, ortodoxas o heterodoxas, pro-moscovitas o pro-pekinistas, no se encontrará absolutamente nada. Más lamentable resulta, sin embargo, acusar de responsable del documento a `un grupúsculo perfectamente identificado que actúa anónimamente, agazapado en las sombras'. Les decimos revolucionariamente, con modestia revo­lucionaria, que los únicos perfectamente identificados son los diri­gentes, los militantes, los simpatizantes y los allegados de una u otra manera al MI. Con nombre y apellido. Con direcciones, lugares de trabajo y círculo de amistades. Y así no se trabaja en serio.

5. `Está desubicado’. Obreros y campesinos -a quienes no estaba dirigido específicamente este documento- manifestaron, sin embar­go, que el documento expresaba su realidad, se hallaba al lado del pueblo.

6. `¿Táctica o estrategia?'. La única respuesta política a nuestros planteamientos ha sido nuestra supuesta `confusión' entre lo táctico y lo estratégico. No nos alcanza pues el purismo táctico de la pequeña burguesía, pero tampoco su contrapartida, el oportunismo pequeño-burgués que hace de las `tácticas del momento' la estrate­gia de la entrega»,

Este documento exacerbó la intolerancia y el fanatismo. Desde la OPM se levantaba la sospecha de que los hermanos Bogado Gondra respondían al Partido Comunista pro-soviético. Desde la dirigencia tradicional se alertaba sobre el peligro de un «grupito extremista» y se barajaban nombres de sus posibles integrantes. «Sabíamos que estábamos siendo manipulados desde adentro», dice hoy Pon Boga­do, convertido en uno de los principales dirigentes del PLRA. ”Sabíamos que había gente del PC que pasaba sus discursos y eran guevaristas. Incluso recibíamos revistas del PC. Pero no éramos castristas ni  marxistas. Eso sí, leíamos mucha literatura marxista».Por su parte, la OPM consideraría después como grueso error tácito la distribución del segundo panfleto pues desencadenaría una búsqueda obsesiva del grupo infiltrado.

En ese clima de desconfianza la estructura reservada del MI se debilita sensiblemente y su injerencia en la masa estudiantil fue menor en lo que restaba del '74 y todo el '75. Al mismo tiempo, los  dirigentes de OPM se definían como un mero nivel de profundización del MI: «Aquí se manejan informaciones más reservadas; no todos los compañeros saben de esto. Pero esto sigue siendo MI... »'.

Volcados a la integración de cuadros capaces de llevar adelante el trabajo de masas, todo el esfuerzo de los primeros dirigentes de la OPM se centra en la Universidad. Para ello era necesario controlar el MI reservado y tener gente en los lugares de decisión que neutralicen a los dirigentes de la línea bogadista. Al menos uno de ellos, Pon, ya no estaba en el país desde mediados del 74: hacía un curso de especialización médica en Buenos Aires.

En setiembre de ese año, Eduardo Bogado Tabacman ingresa al Departamento de Capacitación del MI. Desde allí se organizan cursos y seminarios para estudiantes secundarios que son 'bien utilizados para tarea de captación. El MI fue convirtiéndose en una cantera de cuadros para la OPM y muchos de ellos se incorporaron a la estructura orgánica de la misma. Eduardo Bogado recuerda que «el Departamento de Capacitación era dirigido por Juan Carlos Herken pero poco tiempo después éste se retira y queda a cargo mi hermano José Félix. Conmigo ingresaron los estudiantes de Dere­cho José Guggiari y Ramón Centurión, también críticos a la conducción de MI. Es José Félix quien nos plantea la entrada a una organización clandestina y arma una reunión a la que asistimos encapuchados con alguien a quien debíamos llamar 'Com­padre Guazú'. Tiempo después supe que era Juan Carlos Da Costa».

A partir de ese grupo inicial, la OPM crea la Agrupación Estudiantil, una organización clandestina de universitarios y secundarios, copiada de la estructura de los Montoneros, esta primera etapa de militancia no significaba         «pertenecer» y era una especie de filtro luego del cual se pasaba o no a integrar la organización. Era un espacio clandestino, centrali­zado y de células compartimentadas con idénticas características de la OPM. Aunque los criterios de selección eran más amplios y flexibles y el grado de información menor, la Agrupación respondía a la OPM. Había una jerarquía pero no instrucción militar, algo que, para entonces, ya se estaba instaurando en los cuadros de la organi­zación. La primera conducción del grupo universitario estaba inte­grada por José Félix y Eduardo Bogado, Víctor Almada y Félix Ayala. Este último se retiró tiempo después. Se sumarían luego Carlos Ortiz, Raúl Monte Domecq, Reinerio Parquet, Félix Ruiz y Luis Ocampos Alonso.

 

Varios estudiantes secundarios que integraban la Liga de Acade­mias Literarias del Paraguay son integrados a través de cursos de capacitación del MI, primero, y pasan a la Agrupación, después, en el segundo semestre del ' 74. Entre ellos estaban Enrique Boh, René Ayala, Sonia Cabrera, Otto Skell, Gustavo Codas y Víctor Manuel Ayala. Enfrascados en las lecturas de Martha Harnecker, Mao y Marx, llegan a publicar cuatro números de la revista «Ahora», vocero de un efímero MESIR (Movimiento de Estudiantes Secun­darios Independientes y Revolucionarios). En la época también es publicada por la Agrupación la revista «Venceremos». En los meses siguientes unas dos decenas de estudiantes secundarios colaborarían periférica u orgánicamente con la OPM.

Es así como comienza a truncarse el desarrollo político del movimiento independiente. La dirigencia joven que debía suceder a los fundadores del MI comienza a prepararse en el trabajo clandestino y en la instrucción combatiente y no formula propuestas gremiales que llegaran al estudiantado. La «lucha de masas», que obsesionaba a la generación forjada en las movilizaciones del '69, quedaba postergada por la prioritaria «consolidación de la organiza­ción». Para la OPM, esa era una etapa superior de la lucha que vendría como consecuencia de la propaganda armada.

 

Los nubarrones que se acercaban no anunciaban nada bueno para el movimiento independiente paraguayo. Internacionalmente también algunas cosas comenzaban a pudrirse. Pinochet, con la muy mal disimulada injerencia de la CIA, implantaba el terrorismo de Estado en Chile; el autogolpe de Juan María Bordaberry en Uruguay también lo rendía ante el autoritarismo militar; en Brasil se consolidaban los generales con el “ milagro económico! Y en Argentina la sombra de López Rega empezaba a crecer esotérica y macabra. Era 1973. El año en que John Lenon anunciaba que la fiesta se había terminado.

 

 

 

CAPITULO 4

EL FRENTE CAMPESINO

 

«No ro entendei eté la oje'eva pero ha'e la roipotava».

(«Informe del frente campesino», documento interno de la OPM,

incautado por la Policía en 1976)

 

 

En el Paraguay la clase obrera era casi inexistente y pobremente organizada. Un movimiento revolucionario vinculado a las masas populares debía, necesariamente, legitimarse con el apoyo del mayoritario sector campesino. La organización de los campesinos paraguayos pasaba en esos años por un momento crucial de su historia.

Desde hacía una década se desarrollaba en varios departamentos de la región Oriental paraguaya uno de los más importantes ensayos de organización campesina de inspiración cristiana de toda Améri­ca: las llamadas Ligas Agrarias Cristianas. Surgidas en Misiones en los primeros años de la década del sesenta como respuesta al ancestral problema de la tierra y basadas en la fuerza de la unión y en la fe cristiana, las primeras Ligas son apoyadas por el sacerdote jesuita Francisco Ayala y por sindicalistas católicos. En los años siguientes, las Ligas crecen rápida y desordenadamente movidas por la miseria y la opresión rural. En casi todos los lugares sus orígenes tienen una fuerte expresión religiosa (sacerdotes jesuitas o francis­canos, párrocos, activistas de la Juventud Obrera Cristiana) aunque en algunos pueblos aparecen unidos a sindicatos.

Del Concilio Vaticano II y de Medellín (1968) los obispos paraguayos traerán una mentalidad distinta y comprenderán que su compromiso es con el hombre concreto de su época. Eso obliga al análisis de la situación nacional. La Iglesia se redescubre en sus caracteres evangélicos como «pobre, libre y servidora»: luchar por el Reino de Dios es luchar contra las estructuras políticas, económi­cas y sociales opresoras. El semanario católico Comunidad servía como medio de divulgación de esa nueva Teología que comenzaba a ser conocida como de Liberación.

Allá, en el fondo de las compañías rurales más pobres y alejadas del país, un grupo de curas jóvenes comprometidos con esa realidad de marginación e injusticia acompañan y orientan los intentos de organización campesina. Muchos sacerdotes progresistas desempe­ñaron en esto un papel fundamental. La Iglésia era la última esperanza de los campesinos eternamente olvidados y oprimidos y los campesinos organizados eran la esperanza de hacer realidad los postulados de la Nueva Iglesia.

En 1964 el crecimiento de las Ligas Agrarias había superado ya los límites de Misiones y había llegado a los departamentos deCaaguazú, Concepción, Paraguarí y Cordillera y se había constituido la Federación Nacional de Ligas Agrarias Cristianas (FENALAC) que coordinaba las actividades de las mismas. Los sacerdotes Braulio Maciel (Quiindy), Diego Ortiz (San Patricio), Luis Farré y José Luis Caravias (San Ramón) estimulaban activamente los «cursos de base» con educadores campesinos.

Si bien los líderes campesinos afirmaban que no constituían una organización apostólica que dependiera de la jerarquía eclesial, reconocían a los documentos de la Iglesia como inspiración e insistían en el «profundo lazo de unión» con toda la Iglesia en cuanto cristianos. Esta fase confesional se extendería hasta comienzos de la década del setenta, cuando se producirían los primeros cuestionamientos a los agentes pastorales.

A mediados de los sesenta, el campo paraguayo iniciaría un proceso de masiva colonización con la expansión de los cultivos de algodón y soja como principales productos de exportación y el aumento de la producción de tabaco, caña dulce y trigo. La tradicio­nal estructura agraria se vería rápidamente transformada por una creciente modernización de las estancias y plantaciones y la explo­tación empresarial del trigo y de la soja. Estos cambios agudizaron el empobrecimiento de las capas campesinas, donde predominaban minifundistas semiasalariados, y aceleraron los flujos migratorios internos hacia nuevas regiones.

Misiones, a unos 200 kilómetros de Asunción, fue uno de los departamentos más afectados por la presión sobre las tierras. Con un sistema productivo que combinaba la producción ganadera en estanciasy los cultivos minifundistas de autoconsumo y renta, tenía un movimiento campesino dinámico y organizado.

Las acciones colectivas emprendidas por las Ligas se centraban experiencias comunitarias del tipo «minga», cursillos de formación, obras comunales y almacenes cooperativos que eliminaban los lucros de los comerciantes acopiadores. Si bien los «almacenes Comunitarios de consumo» no se generalizaron, funcionaron por algún tiempo en ciertos lugares de Misiones. Uno de los aspectos mas interesantes de las Ligas lo constituían las «escuelitas comuni­tarias». Los campesinos retiraban a sus hijos de las escuelas oficiales para que «no los domesticaran con una educación alienante y capitalista» y los llevaban a la escuelita campesina creada y mante­nida por la organización. Allí aprendían en guaraní, orientados por maestros de la misma comunidad, el «pytyvohára» (aquel que ayuda), métodos de alfabetización de tipo silábico con fuerte conte­nido problematizador y relacionados con su entorno cotidiano. Se había impreso una cartilla de alfabetización en guaraní y se utiliza­ban los métodos de educación liberadora de Paulo Freire.

En estas escuelitas nada era oficial: ni los contenidos programáticos, ni los profesores, ni los textos, ni siquiera los periodos de clases pues éstos se adaptaban a los tiempos de cosecha de modo que los niños pudieran ayudar a sus padres. Tampoco se entregaban títulos pero su eficacia despertó el entusiasmo de los campesinos que, luego de las prímeras experiencias en Misiones, las expandieron a Cordillera, Caaguazú, Jejuí, Mondayy, Cecilio Baez y Horqueta. En 1972, cuentan Caravias, Munarriz y Melía en su excelente "En busca de la tierra sin mal", sólo en Misiones existían cerca de 28 escuelitas campesinas, con 50 "pytyvohára".

El notable crecimiento de las Ligas terminó rompiendo la indiferencia con que el gobierno las observó durante sus primeros años. El Partido Colorado no tenía ningún interés en que los campesinos se organicen y movilicen y mucho menos que lo hagan entorno a lemas que hablaban de «liberación» o de «concientización». Desde 1970 los apresamientos y hostigamientos contra campesinos se hicieron cada vez más frecuentes. En 1972 son expulsados del país los jesuitas Vicente Barreto y José Luis Caravias. El primero desarrollaba su labor en San Ignacio y el segundo fue secuestrado en Piribebuy.

Curiosamente, no fueron los cada vez más frecuentes actos intimidatorios del gobierno los que debilitaron a las Ligas sino el resquebrajamiento de las relaciones con su principal aliado, la Iglesia. Esto empieza a producirse en mayo de 1972 cuando un grupo de familias de dirigentes «liguistas» ocupa una propiedad de los jesuitas, de más de 200 hectáreas, ubicada en San Joaquín (cercana a Santa Rosa, Misiones). Era un grupo que reivindicaba de modo radical una mayor autonomía y venía señalando la ambigüe­dad de la Iglesia al cuestionar su supuesta actitud paternalista y manipuladora de las bases campesinas.

José Gill Ojeda, uno de los principales líderes de las Ligas Misioneras, que tenía entonces 38 años, explica su protagonismo en esa decisión: «Fue una iniciativa de Constantino Coronel, mía y de algunas otras familias de las Ligas. Constantino era mi concuñado y era un dirigente respetado y de gran carisma. La ocupación fue organizada en forma oculta. No lo consultamos orgánicamente con las Ligas Agrarias con el objeto de mantener en secreto el proyecto hasta su ejecución. Éramos ocho familias y llamamos al asentamien­to comunidad «Yopoi» (ayudarse). Queríamos poner a prueba a la Iglesia, ellos siempre decían que la tierra era para los campesinos. No descartábamos la posibilidad de una represión por parte del Ejército o la Policía pero contábamos con que los jesuitas que nos apoyaban suavizarían las cosas en ese momento. Efectivamente sucedió eso: no nos desalojaron y comenzaron a dialogar con nosotros». Una larga negociación que duró varios meses terminó, por fin, con una salida que no contentó del todo a ninguna de las partes: como la propiedad estaba cruzada por la ruta, los campesinos se quedaron con unas cien hectáreas de un lado de la misma y los jesuitas retuvieron las del lado opuesto.

Gladys Fariña, hoy dirigente del Encuentro Nacional, tenía menos de 20 años en 1972 cuando decide participar de la escuelita de «Yopoí» como aprendiz de«pytyvohára». Educacionista misio­nera, mejor egresada de su promoción e hija de hacendados, decideromper con el destino de esposa de ganadero que la tradición le tenía reservado y hacer su propia experiencia de solidaridad social.  «La enseñanza en guaraní y con imágenes propias del medio campesino eran absorvidas naturalmente por los niños. Esos mismos niños que­ en las escuelas del Estado frustraban su educación con un idioma y ejemplos ajenos a su mundo». Corsino Coronel, uno de los líderes de la ocupación, describiría en un reportaje del diario ABC en 1994 de modo muy gráfico estos cambios: «En las escuelitas se concientizaba a los hijos de los campesinos sobre su verdadera identidad. La educación del gobierno era muy alienante. En el libro aparecía su papá de traje, con corbata, y su mamá con un lindo vestido. Cuando el niño volvía a su casa encontraba a su papá con sombrero pirí y ropa sucia. Oimo'a la itúa otro (creía que su padre era otro)».

En «Yopoi» Gladys conocería a Constantino Coronel, el líder histórico de las Ligas Agrarias: «Para mí era como conocer al 'Che'. Tenía 42 años y era el principal dirigente de los campesinos. Adorado por la gente, era instruido, de gran agudeza mental y perseverante en la lucha». Poco tiempo pasó entre la admiración y el amor. Unos meses después, Gladys y Constantino vivían juntos, lo que causó un inesperado escándalo en la pequeña comunidad pues éste estaba casado. Muchos de los campesinos eran diáconos y su adhesión a las normas religiosas era rígida.

Unos pocos meses más tarde se produce otra provocación a la jerarquía eclesiástica: se ocupa la granja del monseñor Bogarín Argaña, obispo de Misiones, frente al Distrito Militar, en las afueras de San Juan Bautista. El argumento utilizado pecaba de simplista: si la granja era patrimonio de la Iglesia, los campesinos podían ocuparla pues ellos eran parte de la Iglesia. En realidad, no es muy explicable por qué la dirigencia campesina se enfrentó justamente ­con aquellos que estaban más cerca de ellos. Monseñor Bogarín lo estaba, sin lugar a dudas: había apoyado la causa campesina desde mucho tiempo atrás. Estas ocupaciones exasperaban a la jerarquía  y daban la razón a aquellos obispos que siempre se habían mostrado desconfiados de la excesiva cercanía de la Iglesia a esa experiencia campesina.

En 1973 las Ligas Agrarias habían perdido buena parte del apoyo institucional de la Iglesia. Pero al mismo tiempo su orientación era cada vez más autónoma y sus planteamientos cada vez mis politizados en el sentido de tener alcance nacional y defender los intereses de clase. José Gill Ojeda, quien integraría después la OPM, explica la evolución: «Hay que entender que existían diferentes grados de conciencia en la organización. De lo primero que se dan cuenta los campesinos es de que están en un nivel de pobreza e injusticia que no merecen. Ese primer paso era promovido por las Ligas Agrarias en los cursos de iniciación: allí se demostraba que el campesino vivía en un plano muy inferior al que lo correspondía: en la miseria y bajo una dependencia que oponía dificultades no salvables individualmente. Inevitablemente, la liberación de los sectores oprimidos de la sociedad (y no por voluntad personal de los oprimidos sino por imposición de los opresores) requeriría una lucha que iba a pasar por un momento de violencia. Los compañeros de cierto nivel de desarrollo de conciencia, lo quisiéramos o no, en algún momento deberíamos enfrentar una situación de violencia. Es decir, un choque aunado».

Con la serenidad de sus 62 años y una vida dedicada a la organización campesina, José Gil Ojeda estaba vinculado entonces a la Misión de Amistad. Afirma que «con esa convicción, los compañeros de nivel de dirección pensaron que era necesario enfrentar esa realidad captada. Esquivar el cuerpo a eso era inútil y suponía una falta de responsabilidad frente a los planteamientos que llegarían, inexorablemente, en algún momento. Pensamos: es indis­pensable que comencemos a prever cómo ir preparando ese momen­to para que cuando llegue el enfrentamiento éste no sea negativo para nosotros. No decíamos en tal época o en tal año llegará ese momento Pero sí decíamos: debemos prepararnos para entonces. Esa fue una convicción compartida por las Ligas a nivel nacional. A partir de esto se dieron algunos pasos en sentido de preparar compañeros en ese plano... sin que eso supusiera de ninguna manera que la organización se preparara para la lucha armada. Estamos hablando de 1972, 73, bastante antes de la OPM».

La visión desde la OPM era la misma. Un documento de la organización señala que «es en `Yopoi' donde los dirigentes campe­sinos comienzan a visualizar la concepción de la lucha armada cono una forma necesaria e inevitable para alcanzar sus objetivos y terminar con el régimen de explotación que les oprime. Las organi­zaciones campesinas, fuertemente politizadas, alcanzan a tener un carácter semiclandestino».

La pobreza y la marginación llevados a grados extremos en el campesínado paraguayo no eran novedad en la historia del país. En esa época, el 1 % de los propietarios controlaba el 87 % de las tierras y sólo la mitad de los niños que comenzaban el primer grado terminaban la primaria. Menos del 10 % de la población rural tenía algún puesto de salud accesible. Para los campesinos las perspecti­vas de mejorar su situación familiar eran prácticamente nulas por las vías que ofrecía el Estado. Lo nuevo era la posibilidad de compartir discusiones y abrir la mente a esa situación de desigualdad e injusticia. Las Ligas Agrarias abrieron un espacio negado por siglos. Con la creación de, una conciencia de clase era inevitable buscar salidas más rápidas.

En mayo de 1972 José Gill Ojeda viajó a Resistencia invitado por el Instituto de Cultura Popular (INCUPO) en compañía de Adolfo Ortiz, funcionario del Centro Paraguayo de Estudios Sociales (CEPES) de Asunción. El INCUPO era una organización no gubernamental dirigida a promover la educación entre los campesinos. Como el CEPES, estaba vinculado a la democracia cristiana Allí contactan con exiliados paraguayos y consiguen apoyo económico para que algunos activistas de las Ligas realicen una estadía de formación política en Buenos Aires. Luego de varios meses dediscusiones se resuelve nominar a los hermanos misioneros Martín,Santiago y Domingo Rolón. Además viajaron un primo de los Rolón llamado Juan Antenor Fernández y la esposa de Martín, Estela Jacquet. Gill Ojeda los acompañó y regresó enseguida. Los demás perrmanecieron de cuatro a seis meses en una «villa» de Buenos Airesen donde tomaron contacto con paraguayos vinculados al ERP(Ejército Revolucionario del Pueblo), recibieron formación en te­mas de organización campesina y alguna instrucción militar (prácticas de tiro con armas cortas y largas).

Los Rolón provenían de una pequeña compañía de San Ignacio denominada San Juan Potrero y eran todos activistas de las Ligas Agrarias. Los hermanos eran aficionados a la música y formaban un trío que animaba fiestas y casamientos de la zona llamado «Los hijos misioneros». El mayor, Martín, que ejercía una gran influencia sobre los demás, ejecutaba el acordeón a piano; Santiago (que tenía en 1973 veinte años) el arpa y Domingo (entonces con 17 años) el contrabajo.

«Sólo algunos años después supe que un pequeño grupo de campesinos había viajado a la Argentina y tuvo algún tipo de formación con el ERP», confiesa Miguel Angel López Perito, quien durante su prisión en Emboscada se atormentó sobre este tema. «Es que sobre todo por parte de los prisioneros del PC pesaba sobre la OPM la acusación de que nosotros, los estudiantes burgueses de la ciudad, liquidamos al movimiento campesino al arrastrarlos inge­nuamente en nuestra radicalización. Hablando con los compañeros pude desmisticar esa historia: no es que los estudiantes tilingos jodemos a los pobres campesinos. Hacía rato, por lo menos algunos de ellas, se estaban entrenando y tenían sus pequeños operativos».

Existía, pues, en 1973 una dirigencia que se constituye en la vanguardia del movimiento campesino y que se prepara para una lucha políticacuyos perfiles eran aún vagos. Eran pocos los que habían alcanzado ese grado de conciencia política pero influyentes entre la masa deagricultores. Ramón Fogel en su libro «Movimien­tos campesinos en el Paraguay» describe ese momento: «Desde 1972 los cambios internos en las comunidades campesinas ya no bastaron, ya que la percepción delos liguistas consideraba necesario influir en la estructura de poder de la sociedad; en aquel entonces se entendía que, por más solidarios que fueren entre sí los campesinos, la sociedad no cambiaría». Buscando aliados en la construcción de una organización nacional era casi inevitable que sus intereses confluyeran con los de los dirigentes de Asunción.

Contactos entre las Ligas Agrarias y estudiantes capitalinos habían existido desde varios años atrás. Fueron varias las reuniones en el Colegio Cristo Rey o en el Seminario Metropolitano organiza­das por estructuras eclesiales o por juventudes políticas. Desde mediados de los sesenta se realizaban campamentos de contacto con la realidad campesina organizados por la Juventud Estudiantil Cristiana (JEC) o por el Servicio de Extensión Universitaria (SEU). Pero un recíproco recelo había hecho que desde 1970 el relacionamiento entre campesinos y estudiantes haya sido muy poco fluido. Sin embargo, los líderes principales de ambos sectores, Constantino Coronel y Juan Carlos Da Costa, se conocían desde la década anterior.

A fines de 1973, Constantino Coronel y Gladys Fariña deciden abandonar Misiones y se mudan a una casa cercana a la iglesia de San Lorenzo, donde viven de los trabajos manuales de zapatería. Ese año Constantino tiene conversaciones con Diego Abente, Merardo Arriola y Melquiades Alonso en las que era discutido lo que sería el proyecto OPM y ya se habla de preparar las condiciones para la vuelta al país de Da Costa, quien seguía en la Argentina.

El «Informe del frente campesino» de la OPM resumía la situación del siguiente modo: «El primer canal para llegar a la zona Sur fue a través de uno de los líderes campesinos (Cayé), conocido por un compañero de la Conducción, con quien ya había trabajado a nivel de las Ligas y conversado sobre una organización anterior. Llevó alrededor de un año (1973) de intensas conversacionesy discusiones romper la desconfianza típica del campesino y lograr algunos avances concretos para su integración a la organización. Esto se logró a principios de 1974, pero su adhesión real se consiguió a fines de ese año. La intuición política le permitió superar el nefasto campesinismo, la resistencia a someterse a una disciplina jamás practicada y a la desconfianza hacia los intelectuales y obreros»

El informe prosigue señalando que «esto significó la apertura de un gran sector del campesinado de varias zonas, especialmente del Sur. Pero, a la par que se abrían unas puertas se cerraban otras, pues este compañero, por un problema de pareja, se creó una gran oposición entre las bases y líderes de las Ligas de algunas zonas. Las puertas que se cerraron fueron posibles de abrir gracias a la integra­ción de unos tres compañeros, miembros de un grupo que fue a Argentina a entrenarse y que tenían un nivel militar bueno pero eran políticamente flojos». El documento cita a «Cayé», uno de los seudónimos usados por Constantino Coronel. Los «compañeros» que vuelven de la Argentina son los hermanos Rolón.

En 1974, con gran esfuerzo y con una lentitud desesperante para los pocos comprometidos con la idea, se empezaban a crear las condiciones de crecimiento. Para que el proyecto se acelere era necesaria la presencia de Juan Carlos Da Costa en el Paraguay.


CAPITULO 8

 APOCALÍPSIS

 

«Abril es como el hacha. Hizo tajos profundos en nuestra historia»

 (Documento de OPM «El pueblo vencerá en su justa lucha», 1977)

 

En abril ele 1976, la Policía de Sroessner obtendría los primeros datos de la existencia de una estructura clandestina. El apresamiento casual de Carlos Brañas y las mujeres que lo acompañaban Encarnación desencadenaría una vertiginosa sucesión de acontecimientos que revelan de modo paradigmático el enorme control ­todo el país que tenía el régimen.

Tarde del sábado 3 de abril de 1976. Departamento de Investigaciones de la Policía de la Capital.

El detenido recién llegado de Encarnación es recibido por los oficiales de guardia, Francisco Ramírez e Isabelino Pino, quienes le aplican el tratamiento habitual de la casa: es golpeado e incomunicado en un calabozo, robadas todas sus pertenencias de algún valor y sometido, poco después, a los primeros interrogatorios. El caso parecía muy importante, pero los policías necesitaban instrucciones de cómo proceder y éstas no llegaban. El jefe, Pastor Coronel, no se encontraba en Asunción. Estaba en San Pedro del Ycuamandyyu disertando en un Campamento Político de la Juventud Colorada. Su charla, prevista para las 15 horas, se había retrasado. Su tema era el de siempre: «Métodos de infiltración comunista en los partidos políticos», un festival de obviedades leídas con tono amenazante por el obeso, ambicioso y temido jefe de Investigaciones. Mientras los policías intentaban consultar a la superioridad, Brañas pensaba en cómo ganar tiempo para que sus contactos de la organización se percataran de que había sido detenido.

«Les digo una primera mentira», recuerda Brañas. «Inventé una cita con una persona que me esperaría en la esquina de Eligio Ayala y Estados Unidos. Allí quedaba el consultorio de papá y yo contaba con la esperanza de que alguien conocido me viera y se supiera que estaba detenido. Lo malo era que había olvidado que era un sábado a la tarde y los consultorios médicos estaban cerrados. Pasamos lentamente varias veces en el auto policial hasta que decido que había que darles algo. Apunto a un tipo parado en la esquina esperando ómnibus y digo que es el contacto. Felizmente para él y para mí, porque jamás me hubiera perdonado causarle daño a alguien que no conocía, los policías tuvieron miedo de que el tipo estuviera armado o cargara explosivos y decidieron dar una vuelta más a la manzana antes de apresarlo. Cuando volvimos ya no estaba». Brañas inventa aún una segunda cita frente al tanque de Corposana en la avenida Eusebio Ayala. Fue suficiente para la Policía. Se les acabó la paciencia y comenzaron la pileta y los golpes. Esa noche la Policía se enteraría de que Brañas había estado en las semanas anteriores en una casa de la organización en Lambaré. Mientras esto sucedía, varios de los miembros de la OPM, en total desconocimiento de lo que estaba pasando, se encontraban en la celebración del casamiento de Víctor Hugo Ramos con Olga Spiridonoff que se realizaba esa noche en Sajonia.

Madrugada del domingo 4 de abril. Valle Apuá, Lambaré.

En la casa de Martín Rolón hubo una reunión en la tarde anterior de la que participaron Da Costa y otros dirigentes de la OPM. Al atardecer, Martín salió en el Citróen manejado por Da Costa y regresó a las 22 horas. A más de él, en la casa estaban su esposa Estela Jacquet con sus tres hijos y su hermano Melchor.

El allanamiento policial se produjo cuando todos estaban acos­tados. El contingente policial era nutrido, pero Martín y Melchor respondieron a los disparos y se produce un intenso tiroteo durante el cual una parte de la casa fue incendiada. En la refriega fue muerto Martín. Melchor logra huir amparado por la oscuridad, disparando su revólver calibre 38. Consiguió esconderse en un yuyal próximo donde permaneció inmóvil hasta la noche del día siguiente. El comisario Gustavo Giménez resultó herido sin gravedad. En dos latas de leche «Nido» la Policía encontró los primeros documentos de la OPM. Fue detenida Estela Jacquet y llevada al Departamento de Investigaciones donde fue torturada con brutalidad. El cadáver de Martín no fue entregado nunca a sus familiares. Éstos, por su parte, aseguran hasta hoy que Martín fue visto vivo en Investigaciones. El «archivo del horror» tampoco esclareció su fin.

Mañana del domingo 4 de abril. Departamento de Investigaciones, Asunción.

Toda la jerarquía policial está abocada a estudiar los datos sueltos que se van obteniendo con los interrogatorios a Brañas y Estela Jacquet. Pastor Coronel y Alberto Cantero están sorprendidos por la existencia de este pequeño grupo subversivo y suponen que el mismo ya está en estado de alerta luego de los incidentes de Encarnación y Lambaré. Se equivocan doblemente: ni el grupo era pequeño ni había hecho funcionar algún mecanismo de seguridad

En rigor, por increíble que parezca, aún nadie sabía nada. De Brañas, la Policía extrae la información de que dos compañeros de Corrientes llegan al mediodía en el buque «Carlos Antonio López” .­De Estela Jacquet, otro dato importante: el domicilio de Constantino Coronel en San Lorenzo. Y de los documentos recuperados en la casa allanada en Lambaré, el nombre de Aníbal Franco. Éste no teníaninguna participación en la OPM pero un informe interno de la organización consignaba su nombre y evaluaba su posición política Esa misma mañana Aníbal y su esposa Blanca Olivetti, fueron traídos a Investigaciones. Con ellos fue apresado también el padre de Aníbal, un ingeniero civil de 60 años. Todos ellos pagarían con la tortura y largos meses de prisión el hecho de que sus nombres aparecieran en alguno de los documentos incautados por la Policía. Esa mañana también son traídas de Encarnación las mujeres detenidas con Brañas: su esposa Ana, Teresa Aguilera de Casco y Mary Alvitos de Zavala.

Cerca del mediodía, bajo un agobiante calor, el buque «Carlos Antonio López» atraca en el puerto de Asunción. Carlos Casco y Ricardo Schmalko se dirigen al puente del barco a observar las maniobras de acercamiento al puerto. «Tenía que esperarnos un compañero de la organización vestido con una camisa roja y pantalones vaqueros, esa era la señal de que todo marchaba con normalidad», rememora Casco. «Desde el barco veo a un tipo vestido así y le comento al Polaco: `Ahí nos esperan los compañe­ros.  Un segundo después el tipo gira y en su cintura refulge un enorme revólver. Ahí empecé a pensar que algo no andaba bien». Momentos después, el capitán del barco les anuncia que debían esperar en sus camarotes pues serían revisados por la Policía. Es allí donde son apresados. «Entraron siete tipos de civil», recuerda Casco. «Sin decirnos nada, nos cagan a patadas. Uno de ellos era el de camisa roja que yo había visto desde el barco. Nos llevan a la Central de Policía. Una hora después estábamos en Investigacio­nes».

La Policía incauta todo lo que traían embalado en cajas de madera: pertenencias personales, libros, documentos, una máquina de escribir y un mimeógrafo. Estos dos últimos elementos habían sido «recuperados» por Teresa Aguilera y Ricardo Schamalko de la Universidad de Corrientes.

De modo casi casual surge otro nombre en los interrogatorios: el de Carlos Fontclara. «Entre las cosas que Carlos Brañas traía de Corrientes estaba un traje mío que yo había dejado olvidado y que tenía mi nombre cosido en un bolsillo interno», señala Fontclara, dos décadas después, al ser preguntado sobre su vinculación con Brañas. Por su parte, éste asegura que desconocía que Fontclara perteneciera a la OPM: «Yo creía que estaba fuera de la organización. No sabía que unos meses antes Mario Schaerer Prono lo había contactado con «Pombero» y que estaba integrado. La Policía encontró la dirección de sus viejos en mi agenda».

Tarde del domingo 4 de abril. Barrio Los Laureles, Asunción.

 Carlos Fontclara vivía en una casa que era propiedad de sus suegros de la que pensaba mudarse esa tarde. Por ese motivo, ese día fue más temprano que lo habitual al almuerzo dominical en la casa de sus padres, casi en frente del Palacio de Gobierno. «Hasta llegué a escuchar la sirena del barco al mediodía», recuerda Fontclara. «Pero no tenía idea de que allí venían Casco y Schmalko. Me quedé hasta la una y media de la tarde y luego fuimos a preparar la mudanza. La Policía llegó cinco minutos después. Estaban de civil y se hicieron pasar por compañeros míos. Sin desconfiar de nada, mis familiares le diseñan un croquis para que lleguen a Los Laureles”.

Una brigada comandada por Camilo Almada («Sapriza») allana la casa y apresa a todos sus ocupantes. En un momento de desatención policial Fontclara escapa e intenta llegar a la no muy lejana Embajada de Panamá. Es perseguido y tiroteado. Una bala que le ­roza una pierna y un cerco de madera que es hecho trizas por los disparos una décima de segundo después de que él lo haya cruzado lo convencen de que no tenía salida. Se entrega y es alzado a golpes y patadas a un vehículo de Investigaciones. También es llevada su esposa, Teresa López Bosio.

Otra brigada policial allanó esa tarde la casa de don Juan Rolón (el padre de Martín) en Barcequillo, San Lorenzo. Buscaban a Melchor y, ya que estaban, se llevaron detenido a don Juan y robaron todo lo que en la humilde vivienda tenía algún valor. Melchor seguía sin moverse en el mismo yuyal de Lambaré.

Ese fin de tarde mostraba un saldo muy positivo para la Policía; varios apresados y un subversivo muerto (Martín Rolón). Pero el interrogatorio y las torturas a las que fue sometido Fontclara le darían esa noche a Pastor Coronel otro dato que podría ser importan­te: el detenido conocía una de las casas de la organización ubicada en el barrio Herrera.

Noche del domingo 4 de abril. Barrio Herrera, Asunción

En la calle Sucre número 2618 casi Emeterio Miranda, a una cuadra del Hospital Universitario y cerca del Colegio San Cristóbal, estaba el domicilio de Mario Schaerer Prono y Guillermina Kannonikoff. Se había realizado esa noche una reunión a la que asistieron los cuatro jefes de la columna 8 con Juan Carlos Da Costa. Durante la misma éste los increpa por la indisciplina que reinaba en la columna y anuncia la intervención de la misma, quedando él mismo como jefe. Esa noche Da Costa había manifestado su preocupación porque un compañero que tenía que venir de la Argentina no había aparecido en la cita normal ni en la de recambio una hora después. Al terminar la reunión se retira Sindulfo Coronel y los demás se quedan en la casa a practicar un pasatiempo común:mirar gratis la película que se exhibía en el cine de al lado.

Eran todavía años en los que Asunción tenía una intensa actividad cinematográfica. Funcionaban numerosos cines céntricos: el Guaraní, el Victoria, el Roma, el Granados, el Splendid, el Premier y el Atlas. Pero además existían otras opciones: los autocines y los cineclubes. Y los cines de barrio. Más de una veintena. Algunos antiguos como el Pitiantuta, en el barrio Jara, famoso por sus transnoches pornos, o el General Díaz, sobre la avenida Mariscal López en Villa Morra, con sus «miércoles populares» en los que se podían ver tres películas por la módica suma de quince guaraníes. Otros eran los cines San Antonio, Asunción, España, Opera, Malta, Pettirosi, Primavera, Artigas, San Remo, Brasilia, Colón y Triunfo. En estos cines barriales todo era tan precario como encantador: las sillas de madera dispuestas a la luz de las estrellas, la cantina que funcionaba a un costado, las familias que venían portando sus propias «reposeras», la programación que podía sufrir en cualquier momento los más inesperados cambios. Allí se veían, por menos de la mitad de precio (treinta guaraníes), las películas que dos o tres semanas antes se habían estrenado en los cines del centro. Uno a uno, estos cines fueron cerrando hasta casi desaparecer totalmente a mediados de la década siguiente. Con ellos se fue también una parte de esa Asunción amable y tranquila de veinte años atrás.

Pues bien, al lado de la casa de Mario Schaerer existía un cine, el Nuevo Mundo, que esa noche de domingo presentaba dos películas de género policial. Miguel Ángel López Perito, uno de los que se quedó luego de la reunión aún recuerda los detalles: «Solíamos subir con Juan Carlos al tanque de agua que existía en el patio y, desde allí, veíamos gratis la película del cine vecino. Esa vez vimos una policial francesa en la que actuaba Jean Louis Trintignant. Al terminar la película, a eso de las diez y media de la noche, yo me fui con Diego Abente pues pasaría la noche en su casa y Juan Carlos se quedo a dormir en lo de Mario». En realidad, Da Costa vivía clandestinamente desde varios días atrás en esa casa pues se consideraba que el «cuartel general» de la calle Las Perlas ofrecía menos seguridad. Guillermina Kannonikoff también recuerda con claridad que luego de retirarse, su señora y López Perito, ella aún se quedó a mirar la última película de la noche: «Se llamaba `La fuga increíble` No olvidaré jamás el título porque esa misma noche Mario y yo protagonizaríamos una fuga similar».

Madrugada del lunes 5 de abril. Barrio San José, San Lorenzo

 La Policía decidió esperar hasta la madrugada para asaltar la casa de Constantino Coronel. Allí se encontraban, además, su esposa  Pablina,  de 44 años, su hijo Hilarión de 16 años y un bebé de meses. Constantino apenas tuvo tiempo de alcanzar su pistola calibre 45 antes de caer herido por varios disparos. Todos son llevados en unacamioneta a Investigaciones. Durante mucho tiempo la organización (o lo que restó de ella) lo daría por muerto pero Constantino sobreviviría casi milagrosamente.

Madrugada del lunes 5 de abril. Barrio Herrera, Asunción       

Bajo un cielo cargado de nubes obscuras y relámpagos el coman­do policial encabezado por el comisario Alberto Cantero llega a la casa de Mario Schaerer. Eran las dos de la madrugada. Da Costa dormía en la habitación del frente y Mario y Guillermina en el cuarto de ambos. La única sobreviviente del asalto policial a la casa de la calle Sucre, Guillermina Kannonikoff, relata los acontecimientos: «en algún momento de la madrugada escuché pisadas en el patio de adelante. Desperté a Mario y él me dijo que debían ser vacas. No era imposible pues, si bien la casa tenía una muralla alta, no tenía portones. Pero, segundos después, ya oímos los gritos de la Policía e inmediatamente los tiros. Mario salta y corre hacia la habitación de Juan Carlos y yo logro ponerme un vestido e instintivamente salgo al pasillo a apagar la llave general de la luz. No sé, hasta hoy, cómo lo logré porque la puerta de adelante estaba llena de perforaciones hechas por los disparos que venían del frente. Quedamos a oscuras. Juan Carlos tenía una pistola 45 y le dio a Mario una pistola con un cargador largo de 18 balas. Esa noche Mario no llegaría a disparar un solo tiro. Fue entonces cuando Juan Carlos abre la puerta de la cocina que da al fondo de la casa e intenta salir disparando”.

Da Costa sólo puede dar unos pocos pasos. Varios impactos de bala lo alcanzarían en el tórax. Con gran esfuerzo vuelve a la casa y muere a los pies de Guillermina. El jefe de la revolución paraguaya caía fiel a los códigos a los que había dedicado su vida.

Los policías se desconcentran durante algunos segundos al percatarse de que en la refriega había resultado herido en el abdomen cl Comisario Alberto Cantero. Esa momentánea distracción es aprovechada por Mario y Guillermina, quienes intentan un nuevo escape por la puerta del fondo. «Mario me ordenó que corra todo lo que pueda», prosigue Guillermina. «Logramos alejarnos de la casa y salir al patio del vecino del fondo. Estaba embarazada de siete meses, me caí en un pozo de basura, salté portones entre los disparos de la Policía, atropellé alambrados de púas en la obscuridad que me dejaron cicatrices hasta hoy y, no sé muy bien cómo, los perdimos de vista. Mario tenía una herida superficial en el empeine del pie derecho. En ese momento comenzó a llover».

Eludiendo de modo increíble la furiosa búsqueda de la Policía, Mario y Guillermina consiguen llegar hasta el Colegio San Cristó­bal, a cuatro cuadras de distancia, donde ambos enseñaban. Buscan refugio en la casa de las monjas, donde son recibidas por las hermanas francesas Magdalena y Gabi. Éstas limpian la herida de Mario que ni siquiera sangraba y, desconcertadas ante la situación, dan aviso al padre Raimundo Roy, quien se hace presente poco tiempo después. La Policía seguía rodeando la cuadra de la casa de Mario sin tener idea sobre el paradero de los prófugos. Mientras, el comisario Alberto Cantero era llevado en una camioneta al Hospital de Policía sangrando profusamente. Fue operado de urgencia y trasladado al IPS. Saldría de alta tres meses después con un riñón menos y una cicatriz abdominal que él se encargaría de mostrar a cuanto preso político pasara, de allí en más, por Investigaciones: era la prueba de que había sido herido en combate contra el comunismo internacional.

Madrugada del lunes 5 de abril. Barrio Las Mercedes, Asunción.

El sonido del teléfono sonando en la madrugada de la casa de la calle Teniente Núñez 875 despierta a Diego Abente y su esposa  Stella Rojas y a Miguel López Perito, quien esa noche dormía allí. El llamado avisaba «que la 11 había caído». La casa de Mario era denominada con ese número en la jerga interna de la «orga». Rápida, y nerviosa discusión entre todos sobre lo que debía hacerse. La decisión finalmente tomada no pudo ser más desacertada: ir comprobar en el lugar de los hechos qué es lo que sucedía.

«Fue una sucesión de confusiones», reconoce López Perito, quien asevera que la llamada provino de la madre de Diego Abente. «Desde el San Cristóbal, Guillermina consigue hacer una llamada a Carolina, la cuñada de Diego, una compañera de Facultad. ¿Por qué a ella? Creo que porque fue el único teléfono que recordó en ese momento. Le dice que le avise a Diego que cayó la 11. Pero Carolina, en vez de llamar a Diego y pasarle este mensaje, llama a su madre. O sea que nosotros recibimos una información de tercera mano y que necesitaba ser comprobada. No veíamos otro camino que ir a ver qué pasaba». Guillermina, por su parte, aclara que desconocía el teléfo­no de Diego por las reglas de seguridad de la organización.

De este modo, Diego al volante de la furgoneta Citróen se dirige al barrio Herrera. Al lado iba Stella y atrás Miguel Ángel. En la furgoneta llevaban, además, parte del archivo de la OPM y algunos libros. Todo estaba en portafolios. «El martes o el miércoles anterior Juan Carlos había ordenado que lo principal del archivo de la organización que estaba en el garaje de mi casa de Las Mercedes sea llevado a la casa de Mario Schaerer, donde se suponía que estaría más seguro», recuerda Diego Abente. «Mario consiguió prestada una camioneta Volkswagen y en ella trasladamos los papeles».

En las inmediaciones de la casa ven movimientos de autos y luces y casi inmediatamente son conminados a detenerse desde un vehí­culo de la Policía. «Intentamos huir», rememora López Perito, «la señora de Diego me pasa una pistola y yo me apresto a disparar cuando veo que nos seguían como cinco vehículos con policías armados con ametralladoras». En un arranque de sensatez, López Perito resuelve que disparar sería la muerte de todos. La furgoneta se detiene y es rodeada por la Policía. Stella Rojas también estaba en avanzado estado de embarazo. Eran casi las cuatro de la madrugada.  La Policía aún buscaba a los que habían escapado de la casa allanada, frustrados por no poder vengar al jefe herido, se encontraban, sin embargo, con este regalo de los dioses: tres nuevos integrantes presos y lo que parecía ser una gran cantidad de documentos importantes.

Mañana del lunes 5 de abril de 1976. Barrio Herrera, Asunción.

El padre Roy vuelve después de una ausencia breve y anuncia que lo mejor para todos era que Mario y Guillermina se entreguen a la Policía. Que él había tomado los recaudos para que la integridad física de ambos sea garantizada. Pese a los ruegos de Guillermina, la decisión era irreversible. En pocos minutos más vendría la Policía a buscarlos. ¿Qué llevó al padre Roy a entregarlos sin protección? ¿Insuficiente conocimiento de la realidad que vivirían al llegar a Investigaciones? ¿La ingenuidad de creer que la promesa que se le había hecho de no golpearlos sería cumplida? ¿Temor a comprome­ter a su congregación? Como sea que fuere, esa mañana cometió un grave error del que se arrepentiría toda su vida. Y Mario Schaerer Prono, antes de salir, le expresó su opinión en la cara: «Padre, usted es un cobarde».

En un reportaje publicado pocos días después del golpe de 1989, Guillermina Kannonikoff revela lo que pasó enseguida: «Sube un oficial uniformado y nos insta a que lo acompañemos. Mario baja en ropa interior y yo con un pantalón azul y una camisa amarilla. Un policía le presta a Mario un piloto largo. Eran las seis y media de la mañana y algunos alumnos nuestros que ya estaban en el colegio nos vieron bajar. El comisario de la 11 estaba abajo esperando y nos suben a un Brasilia blanco y negro. Nos llevan primero a la Comisaría donde, al parecer, el comisario recibe instrucciones y de allí nos llevan a Investigaciones».

La Policía dejó una guardia en la casa de Schaerer Prono. Los vecinos, cautos, reprimían su curiosidad sobre el origen del tiroteo de la noche anterior. Corría la versión de que algunos vecinos habían sido llevados a Investigaciones. Las conjeturas se hacían en voz baja y dentro de los domicilios. Todos tenían décadas de experiencia en esto de ser prudentes con la Policía de Stroessner. Casi todos, realmente. Porque un sexagenario vendedor del semanario «Sendero» se arriesgaría a pasar frente a la casa vigilada y sería detenido y enviado a Investigaciones. Su nombre era Mario Arzamendia. Era un ex combatiente de la Guerra del Chaco y devoto concurrente de las actividades parroquiales de la iglesia de San Cristóbal. La venta del periódico católico era una de las maneras con que colaboraba con la Iglesia. Con la OPM Arzamendia, no tenía absolutamente nada que ver. Sin embargo, pagaría con su vida la curiosidad incontenible de esa mañana.

Mañana del lunes 5 de abril. Departamento de Investigaciones, Asunción.

Mario y Guillermina son introducidos a empellones en uno de los sinuosos pasillos del Departamento. Poco tiempo después, Mario es llevado a las oficinas de arriba para ser interrogado. Guillermina escucharía sus gritos durante la tortura. Cuando lo traen de vuelta intenta abrazarlo, pero una patada del comisario Pino la tira contra la pared. Guillermina recuerda haber visto a Fontclara atado y a su propia suegra, quien fue detenida esa mañana al ir a preguntar qué habíapasado con ellos.

María EstherCerdán de Rodríguez  vive hoy en Coronel Bogado.Enesa  mañanade lunes era una detenida política en Investigaciones y vio llegar  a Mario Schaerer Prono: «Estábamos presos con mi esposo Humberto Rodríguez desde el 15 de marzo, acusados de pertenecer a una pequeña organización formada en la Argentina por exiliados paraguayos llamada `PORA. Yo estaba en el pasillo y vi entrar a un muchacho joven que vestía únicamente un anatómico oscuro. Caminaba saltando en un solo pie pues tenía una herida en el otro. Lo hicieron sentar en el piso. Como parecía muy dolorido y la herida sangraba algo, le pasé una pequeña almohada que tenía para que apoye la pierna lastimada. Él estaba completamente lúcido y no mostraba otras lesiones. Al rato viene un oficial de Investiga­ciones y comienza a hacerle preguntas al mismo tiempo que clavaba su sable en la herida del pie. Esto se repitió varias veces, también a la tarde. El muchacho que, después lo supe, se llamaba Mario Schaerer, no dijo ninguna sola palabra. Permaneció callado todo el tiempo a pesar de que el policía seguía lastimando su pie con el sable. A la noche vinieron a buscarlo y lo llevaron al piso de arriba donde lo torturaron. Lo sabíamos porque ponían música a todo volumen y se oían gritos».

Por lo general en Latinoamérica, la caída de algunos integrantes de un movimiento armado no significaba la destrucción de toda la organización. La compartimentación de la información impedía que los organismos de seguridad avancen mucho en sus investigaciones y daba tiempo a la organización de articular mecanismos de defensa. Pero ningún movimiento armado del continente había pasado por la desastrosa e insólita situación que empezaba a vivir la OPM. Los primeros caídos eran sus principales dirigentes, aquellos en conoci­miento del mayor caudal de información reservada de la organiza­ción. De sus tres jefes principales, uno había sido muerto (Da Costa), otro estaba preso (Constantino Coronel) y la tercera (Nidia González Talavera) era intensamente buscada. Buena parte de la dirección ampliada ya había sido identificada o estaba ya presa. Y como si todo este descalabro fuera poco, la Policía tenía en sus manos documentos que permitían conocer la estructura de las columnas, los nombres de los integrantes y hasta las fichas con las características personales de algunos de ellos.

Esa mañana la Policía ya tenía adentro a Brañas y su esposa, a la esposa de Zavala, a Estela Jacquet, a Casco y su esposa, a Schmalko, ­a Fontclara y su esposa, a Constantino y su esposa, a Schaerer Prono y Guillermina, a Abente y su esposa y a López Perito. Eso sin contar a los que había matado (Martín Rolón y Da Costa) y a los que no tenían nada que ver (entre otros a la madre de Schaerer Prono, a Hilarión, el hijo adolescente de Constantino, a Mario Arzamendia a Aníbal Franco y Blanca Olivetti, al ingeniero Franco López y a dos vecinos de la casa de Mario Schaerer). Con el correr de la mañana la lista se ampliaría con más familiares de los primeros detenidos. Y además los documentos: los obtenidos en Valle Apuá, los que estaban en la Citróen y los que se encontraron en la casa de Mario Schaerer Prono. Prácticamente lo principal del archivo de la OPM Todo en menos de 48 horas. Cuando Brañas es preso en Encarnación la Policía desconocía la existencia de la organización. Dos días después lo sabía casi todo.

«La cantidad de documentación que cayó en manos de la Policía era impresionante», reconoce Diego Abente. «Una de las primera veces que me interrogaron ya me mostraban papeles escritos por mi puño y letra. A varios les pasó lo mismo. Resultaba insostenible tratar de ganar tiempo o de despistarlos con una cantidad de evidencias tan grande. Lo tenían todo allí y escrito por nosotros mismos».

Como en esos antiguos ejercicios escolares de «unir con flechas» o de «llenar los espacios vacíos» la plana mayor de Investigaciones y de la Inteligencia Militar se dedicaría durante los próximos días a completar el rompecabezas hilando los datos obtenidos del archivo de la organización con los extraídos en los interrogatorios. Éstos podían ser dirigidos hacia puntos específicos, las probables mentiras eran rápidamente comprobadas, los seudónimos debían concordar con los nombres reales, si surgían dudas entre dos declaraciones se contrastaban «cara a cara» ambos prisioneros. En fin, un trabajo arduo pero increíblemente más fácil de lo pensado.

¿Era clandestina la organización o era una especie de club de pendejos que jugaban a la guerrilla? Varios militantes de la misma, apresados en las redadas de los siguientes días, se hacen hoy preguntas como ésta. Ese lunes de debacle casi nadie entro en alerta. Enrealidad todo funcionaba como normalmente: las citas se hacían irregularmente; había ausencias que ya no alarmaban porque solían suceder. «Nadie se preocupaba y la seguridad tenía fallas» es una frase que escuchamos en muchas de las entrevistas que hicimos. Lo que había ocurrido no era poca cosa: el apresamiento de todo el “grupo de Corrientes», balacera en Lambaré, tiroteo en San Lorenzo y los Laureles, balazos en el barrio Herrera, jefes importantes muer­tos. A pesar de que muchos lograron escaparse gracias a la compartimentación que funcionó, sorprende descubrir que la gran mayoría de los militantes no sabía nada ese lunes a la mañana.

En realidad sólo había dos caminos: o se enteraban por la vía del rumor o por los mecanismos de la «orga». Nada de pensar en enterarse a través de la prensa. La radio no hablaba de estos temas y los diarios del lunes mucho menos. El editorial del diario «ABC Color» del martes 6 de abril criticaba «las maniobras especulativas de los comerciantes que suben sus precios aprovechando la cercanía de la Semana Santa». El del día siguiente se titulaba: «Los ruidos molestos». La primera información referente al tema se publicaría el martes 6 en un pequeño rincón de la página nueve. Se afirmaba allí que «la Policía logró desbaratar una célula comunista vinculada a un movimiento argentino de extrema izquierda que tenía programado realizar operaciones sediciosas en nuestro país. La acción policial cubrió en la madrugada de ayer algunas zonas de los barrios Republicano, Hipódromo y Herrera, produciéndose un intercambio de armas de fuego». La información no revelaba ningún otro dato sustancial.

En esos días, Alfredo Seiferheld, que aún no se había convertido en el excepcional periodista e historiador que sería en los años siguientes, iniciaba en «ABC Color» la serie «Rincón Filatélico- en la que indicaba a los neófitos como iniciar una colección.  Enlas páginas culturales se informaba de la apertura de una exposición de grabados y dibujos del arquitecto Carlos Colombino en la galería Arte-Sanos. «Es un aporte decisivo de un artista cuya obra cala vez se afirma más», señalaba el crítico Jesús Ruiz Nestoza. En el Teatro Municipal, a pocos metros del Departamento de Investigaciones, se anunciaba la comedia «El solterón» de Mario Halley Mora llevada a escena por la compañía Báez-Reisofer-Vargas.

La Policía se aprestaba a iniciar un operativo de captura masiva de supuestos guerrilleros jamás llevada a cabo en el país. La OPMvenía como anillo al dedo al régimen que volvería a tener elementos con los que agitar los cansados fantasmas del peligro comunista y una buena excusa para detener, interrogar y torturar a, literalmente miles de personas vinculadas a organismos sociales, campesinos, sindicales o políticos contrarios al régimen. No se crea, empero, que esto significaba una ruptura de la rutina ciudadana. No, de todo esto hasta ahora sólo estaban enterados vecinos y familiares cercanos de los presos. En Asunción, la gente común estaba en otra cosa. Por ejemplo, admirando los coloridos aviones de Braniff que causaban una novedosa sensación. Eran pintados por el viejo maestro del arte moderno Alexander Calder y las vestimentas de las azafatas eran diseñadas por Emilio Bucci.

Otra época. Con los años, la empresa Braniff quebró y los aviones volvieron a ser grises. Y los presos políticos paraguayos tardarían muchos años más en merecer algunas líneas en las páginas de los diarios.

 

 

CAPITULO 9

EL DOMINO REPRESIVO

 

«Porque amamos la paz,

hacemos pú­blica nuestras felicitaciones

a quienes arriesgando sus propias vidas

han desba­ratado este intento de destruirla.»

(Solicitada de apoyo al Gobierno publi­cada

por Autores Paraguayos Asociados,

ABC, 7 de mayo de 1976)

 

«Parece que algún grupo cayó, hay que cuidarse», fue la adver­tencia que Basílica Espínola le hizo a Fernando Masi, entonces estudiante de Sociología, de 22 años, en la cita que tuvieron el lunes 5 de abril a la noche. La información era vaga pero era todo lo que sabía Basílica. «No teniendo ninguna otra instrucción, decidí volver a casa», recuerda Fernando Masi. A la mañana siguiente, muy temprano, la Policía allanó su casa del barrio Sajonia y lo llevó preso. Su novia, Ramona Godoy, a quien Fernando había integrado a la OPM, eludió a la represión casi por milagro y logró refugiarse en la casa de familiares en Itauguá.

Carlos Ortiz, que era funcionario del Banco Holandés Unido, rememora que llegó a tener una cita con Carlos Fontclara el domingo a la mañana y que todo estaba normal. El lunes, Fontclara no aparece a la cita y a las cinco de la tarde le llegan rumores de apresamientos. «Por las dudas levanto todos los documentos de casa y a la noche tomo contacto con Sindulfo Coronel (quien no da mucho crédito a mi informe) y, poco después, con Eduardo Bogado. Discuto durante horas con él sobre la conveniencia o no de ir a trabajar al día siguiente al Banco. Él sostenía que sí, que en lo posible había que mantener la rutina. A mí me parecía peligroso. Discutiendo, cruzamos la madrugada y salió el sol. El Banco ya había abierto y era tarde para ir. Eso me salvó: la Policía me estaba esperando».

Los hermanos Bogado Tabacman se enteraron de que algo marchaba mal de manera casual. Eduardo hace memoria con facili­dad sobre aquella mañana de lunes. «José Félix y yo vivíamos en 15 de Agosto y El Paraguayo Independiente. Él salió para hacer unas gestiones en el centro y descubre que la furgoneta Citröen, de la organización, que él conocía bien, estaba estacionada frente al local de la Policía, lo cual significaba la caída de alguno de los que la manejaban. Vuelve a casa y me advierte de que debíamos abando­narla cuanto antes». Por su parte, José Félix precisa que «esa mañana fui a cubrir una cita con Martín Rolón. Como él no apareció, volví casa en un ómnibus de la línea 30 y al pasar frente a Investigaciones veo la furgoneta estacionada enfrente. ¡Cómo no voy a conocerla si habia sido comprada a mi nombre!».

Raúl Monte también fue detenido en su casa en las primeras horasdel martes 6 de abril. Al igual que Masi, el día anterior sólo le habíanllegado rumores vagos. Luego de tener una cita con Evaristo Colmán, concurre a la Facultad normalmente. Rememora que «en la madrugada del 5 al 6 de abril la Policía obliga a Diego Abente a mostrar las casas de Melquiades Alonso y su esposa Victoria Kannonikoff (hermana de Guillermina), la mía y la de Merardo Arriola». Por su parte, Diego Abente precisa que en realidad mostró a la Policía la casa de los padres de Arriola, de modo que ésos pudieran avisarle de que era buscado. «Pero Merardo decide presentarse a la Policía a la mañana siguiente», recuerda. Abente. «Quizas pensaba que, de ese modo, lo tratarían mejor. No fue así, fue torturado como todos».

A las siete de la mañana la Policía allana el Seminario Metropo­litano y detiene al sacerdote luqueño Ignacio Parra, de 34 años, quien trabajaba en la Pastoral Social Juvenil de la Iglesia y mantenía cercana relación laboral con Schaerer Prono y López Perito. Con él, fue llevada a Investigaciones su secretaria Constancia Mendieta. También fue allanado el Seminario Mayor dónde fue apresado el seminarista Oscar Ruiz, que no tenía vinculación con la OPM.

En la tarde de ese día es allanado el domicilio de José Gill Ojeda en la localidad misionera de Santa Rosa. Lo encuentran allí y lo llevan caminando a la Comisaría. «Yo había viajado a Asunción el fin de semana anterior y el lunes un amigo me comentó que había rumores de un tiroteo en barrio Herrera. Creí que se trataba de una cuestión de asaltantes comunes. No me imaginé que podría tener relación con la OPM. Eso provocó mi caída en Santa Rosa. La Policía ya había estado por casa el día antes. Es probable que algún documento que tenía mi nombre haya caído en manos de la Policía cuando mataron a Martín o a Juan Carlos». El viejo Brasilia del comisario de Santa Rosa que llevaba a Ojeda a Investigaciones hizo un alto para aprehender en su rancho a Corsino Coronel y obligarlo a que los acompañe en ese poco prometedor viaje a Asunción.

Para entonces, las celdas de Investigaciones estaban abarrotadas de presos. Es probablemente el 6 de abril, entre las 4 y las 6 de la mañana, cuando es muerto, luego de largas sesiones de tortura en las que no dio un solo dato a la Policía, Mario Schaerer Prono. Un conjunicado policial diría, días después, que murió a consecuencia de las heridas recibidas en la refriega del barrio Herrera. La misma versión sostendrían los torturadores procesados después del golpe. La aparición de los «archivos del horror» hundió sus argumentos. Allí se encontró su ficha con su foto y sus datos que corroboraban los testimonios de varios detenidos que lo vieron con vida en la dependencia policial. La venganza policial por la seria herida recibida por el jefe Alberto Cantero fue su asesinato en Investiga­ciones. Al día siguiente, su cadáver fue entregado a sus familiares. El mismo día en que era enterrado en el cementerio de la Recoleta Juan Carlos Da Costa con la sola compañía de sus parientes más cercanos.

Mario tenía 23 años y estaba totalmente entregado a la lucha revolucionaria. Querido por sus alumnos y compañeros, había demostrado una gran capacidad de organización y era un impulsor de las publicaciones de la organización. Un número de «Tatapirirí» publicado en el exilio al año siguiente remarca un aspecto de su vida: «Siempre se destacó en la disciplina. Y cuando se presentó la ocasión demostró fehacientemente su capacidad de combatiente del pueblo, soportando heroicamente las crueles torturas a las que fue sometido». Guillermina resalta «su admirable espíritu de sacrificio. Su convicción en la legitimidad de la lucha le permitia superar todas las debilidades que pudieran apartarlo del objetivo revolucionario. Un día, fue castigado por la organización con 24 horas de arresto. Locumplió en casa y durante todo ese tiempo no me habló ni permitió que le hable pues consideraba que era su deber cumplir estrictamente  con la pena de incomunicación».

A primera hora de la mañana del miércoles 7 de abrilel general Alfredo Stroessner es oficialmente informado de los acontecimien­los del último fin de semana. A ese efecto recibe en el Palacio de Gobierno al jefe de Policía Alcibiades Brítez Borges; al jefe del Departamento de Investigaciones Pastor Coronel y al ministro de Defensa Nacional, el general Marcial Samaniego. Stroessner ordena firmeza en la represión. Era el visto bueno que todos esperaban.

Víctor Hugo Ramos ese miércoles aún no estaba enterado de nada por una razón comprensible: se había casado cuatro días antes y volvía a Asunción con su esposa Olga Spiridonoff luego de una breve luna de miel en Areguá. Una evaluación sobre esos días de abril escrita por Ramos e incautada por la Policía dos años después refleja el desconcierto y desinformación que reinaban entre los que aún quedaban libres: «Volví a Asunción el miércoles a primera hora. Por el camino compré ABC y leí el comunicado del Ministerio del Interior que hablaba del grupo de Corrientes, de Martín Rolón y lo del combate en Herrera, con lo cual se confirmaron mis sospechas. Ya en Asunción recibí informaciones en círculos familiares de la muerte de Mario, Juan Carlos, Miguel Angel, Cayé y Cambá, de los apresamientos y de que me andaban buscando casa por casa en mi barrio y en casas de parientes. Según la represión yo era `el único cabecilla que no cayó'. El resto estaba en prisión o muertos».

Ramos examina a continuación las hipótesis que manejaba ante la imposibilidad de tener contactos con otros compañeros: «El comunicado de la Policía me pareció contradictorio y falso. Prime­ramente porque no hablaba de la muerte de Cayé, que según testigos y las afirmaciones de sus hijos, murió en su casa. Pero, sobre todo, porque no veía ninguna conexión entre el grupo de Corrientes y Martín Rolón y los casi simultáneos y graves tres golpes que recibiéramos. Además, la presentación de Sanmartí como `cabecilla máximo' no podía tener otro motivo que aprovechar la oportunidad y embarcar a la iglesia en la `subversión'. Buscando las posibles causas por las cuales la Policía manejaba datos muy precisos, encontré como posibles, dos principales: a) Seguimiento de los compañeros, principalmente Mario o Diego, por el problema del mimeógrafo o a cualquiera de los compañeros clandestinos, conec­tando así las tres casas principales, y b) Por infiltración a nivel medio pero con acceso a informaciones suficientes como para iniciar la investigación. Debe tenerse en cuenta que no manejaba la caída del Fichero».

Ramos era un jefe importante de la OPM. Es interesante señalar que en esos días de abril, a) él creía que Constantino Coronel (Cayé) estaba muerto; b) también daba por muerto a López Perito; c ) desconocía que Brañas y Schmalko habían estado durante dos semanas en la casa de Martín Rolón, y d) no estaba enterado de que la represión comenzó con la caída de Brañas. Estaba en lo cierto en lo referente al cura Sanmartí. Ante la imposibilidad de encontrar a Nidia González Tavavera, a quien suponía libre, decide salir al Brasil el 14 de abril.

El descalabro de la organización se empieza a generalizar. Nadie aparece en las citas, nadie puede dar informaciones certeras en los grupos que siguen contactando, el desconcierto hace que algunos militantes caigan intentando saber algo. Así, Santiago Rolón, uno de los hermanos de Martín, es apresado en esos días al entrar a la casa del barrio Seminario donde la Policía había apostado una brigada permanente. «Me enteré de que la Policía decía que había matado a Martín por la publicación de los diarios», afirma Santiago Rolón. «Yo trabajaba entonces en una fábrica de muebles. Tenía citas con Miguel López Perito en las que él no aparecía. Decidí pedir permiso en mi trabajo. Pero no tenía informaciones. Mi casa de Luque fue allanada en mi ausencia. Por eso decidí ir a la casa de la organización. Allí me esperaban varios policías de civil».

Lo mismo sucede con Gladys Fariña, quien se encontraba en Encarnación y, una semana después de la caída de Da Costa, aparece en el «cuartel general» donde es detenida: «Como soy algo miope y era obligatorio entrar a la casa mirando al piso para no romper la descompartimentación, sólo vislumbré algunas personas con armasen la casa. Al fín y al cabo eso no era extraño allí. Cuando me di cuenta de que eran policías, ya estaba detenida. En un descuido intenté una huida pero me detuve luego de los disparos que me hicieron».

El jueves 8 de abril el principal titular de la tapa de «ABC Color» anuncia que «La Policía logró desbaratar una organización terroris­ta» con una foto en colores del «principal jefe de la organización» el sacerdote Miguel Sanmartí. Sanmartí estaba en Barcelona y no tenía nada que ver con la OPM. Tanto Guillermina Kanonnikoff como Diego Abente coinciden en señalar que le decisión de señalar a Sanmartí como uno de los jefes de la organización surgió de Mario Schaerer en el único momento en que pudieron cruzar algunas palabras en Investigaciones. La idea era ganar tiempo y distraer la atención policial hacia alguien que estaba en España y, por tanto, fuera del alcance de la represión. De todos modos, a la Policía le venía perfecto, semanas después de la cuestionada intervención del Colegio Cristo Rey, que un jesuita fuera el inspirador de un grupo guerrillero. Incluso pedía la «colaboración de la ciudadanía para la captura de este peligroso criminal».

En las páginas internas se detalla el informe del Ministerio de Interior en el que se relata el apresamiento de Brañas y los posterio­res procedimientos en Valle Apuá, el buque «Carlos Antonio López» y Los Laureles. Al describir el allanamiento de la casa de barrio Herrera, el comunicado dice que Mario Schaerer resultó malherido y falleció en el Hospital de Policía. El texto cita los nombres de Brañas, Da Costa, Sanmartí, Martín y Melchor Rolón, Casco, Schmalko y Fontclara, Schaerer y Guillermina y termina con una advertencia a la ciudadanía: «será castigado severamente cual­quier tipo de encubrimiento o complicidad con los maleantes y el Gobierno Nacional no descansará un solo momento en proteger el bienestar de la población». Los rumores tenían, al fín, un documento que los avalaba.

Muchos miembros de la OPM empiezan a tomar medidas de emergencia. Se queman documentos y se buscan locales de refugio.

Pero la gran mayoría de los militantes asuncenos estaban abandona­dos a sus propios medios, en casi todas las casas, precarios e improvisados.

Basílica Espínola y Waldina Soto son detenidas el viernes 9. Basílica, quien trabajaba en el Conferencia Episcopal Paraguaya, recuerda que hasta el domingo anterior había tenido citas normales con Diego Abente. «El lunes a la mañana Santiago Caballero me comenta los rumores que había escuchado sobre enfrentamientos con la Policía. Desde ese día las citas dejaron de funcionar. Pero yo no sabía qué hacer ni dónde ir. Seguí yendo a trabajar dos días más hasta que llega Waldina con la noticia de que su casa había sido allanada. Salimos inmediamente las dos sin rumbo no sin antes hacer desaparecer todos los materiales que tenía en mi poder. Conseguimos refugio en casa de diplomáticos amigos pero fuimos delatadas al salir nuestros nombres en los periódicos». Con Waldina Soto fue apresado el dirigente de las Ligas Agrarias Juvencio Blanco.

José Luis Simón también había escuchado en esos días los rumores que flotaban en el ambiente. Era conciente de que el hecho de haber abandonado la organización hacía casi dos años no lo salvaba de ser arrastrado por la corriente represiva: «Sabía que corría peligro. En la radio ya se hablaba de 'grupo terrorista' y eso se asumía como cierto. El lunes 12 de abril yo acababa de dar mis clases en el colegio Salesianito y me retiraba en compañía de mis alumnos cuando llega la camioneta roja de la Policía. Me dirigí al diario `La Tribuna', donde tenía que preparar una entrevista para el día siguiente con el recién nombrado ministro de Industria y Comer­cio, Delfín Ugarte Centurión. Una vez más, cuando acababa de salir y estaba en la vereda veo llegar a la misma camioneta policial. Me estaban pisando los talones. Estuve un mes escondido en la casa de amigos hasta que logro asilarme en la Embajada del Perú».

Cada apresamiento permitía obtener datos que acarreaban más detenciones. Los criterios policiales eran muy laxos: cualquier información obtenida bajo tortura tenía valor, todos los nombrados eran culpables de pertenecer a la OPM hasta que se demuestre le contrario, también lo eran los familiares directos del sospechoso, ante la duda se lo mantenía incomunicado hasta que la cosa se aclarara. Con este ritmo, el local de Investigaciones estaba ya atiborrado de gente. Gente que, involucrada o no (ya para entonces, la mayoría no), se sentía sola y aislada del mundo. En los diarios, ni una sola línea, ni una sola, a más de los escuetos comunicados de la Policía.

Aunque en rigor de verdad, esto último no era cierto. Numerosas asociaciones civiles comenzaban a pronunciarse sobre lo ocurrido. Eran las organizaciones sociales domesticadas por el régimen que desde ese fin de semana poblaban los periódicos de «espacios reservados» aplaudiendo la destrucción del «grupo extremista apá­trida». En «ABC Color» se divulgó el 9 de abril el manifiesto de la Asociación Prensa Paraguaya en el que «se recomendaba a todos los medios de comunicación, prensa oral y escrita, se pronuncien con valentía, denunciando y condenando los intentos de agresión, que fraguados en el extranjero, pretenden alterar el ritmo de nuestra paz, progreso y desarrollo». En los días siguientes se pronunciarían en términos similares la Federación Universitaria del Paraguay, el Centro Colorado de Estudiantes Universitarios «Ignacio A. Pane», la Confederación Paraguaya de Trabajadores, un numeroso grupo de alumnos del último año de Derecho de la Universidad Católica, el Círculo de Jefes y Oficiales en Situación de Retiro de las FF.AA., el Centro Colorado de Despachantes de Aduana, Autores Paraguayos Asociados y muchas otras organizaciones sindicales, estudiantiles y políticas que daban así una fachada de respaldo público a la represión que se había iniciado.

La Secretaría de Asuntos Estudiantiles y Universitarios de la junta de Gobierno presidida por Leandro Prieto Yegros y con la participación de los miembros Martín Chiola, J. Eugenio Jacquet, Antonio Vera Valenzano y Salvador Rubén Paredes invitó a los dirigentes «nacionalistas» secundarios y universitarios a escuchar una «medulosa exposición del Señor Miembro de la Honorable Junta de Gobierno y Jefe del Departamento de Investigaciones de laPolicía de la Capital Don Pastor M. Coronel acerca de los intentos terroristas desbaratados recientemente y que son del dominio público». En realidad, «lo del dominio público» se limitaba, como se dijo, a la información oficial. Eso nunca fue obstáculo a la vena creativa de los trepadores y oportunistas que llenaban páginas del diario oficialista «Patria» con mensajes de aliento y apoyo al general Stroessner ante «las horripilantes maquinaciones de quienes enar­bolan las banderas marxistas del odio y la antipatria». Casi todos los comunicados lamentan la «solapada infiltración de elementos que son la negación del mensaje de Jesucristo y que con su prédica desvirtúan el sagrado ministerio que ostentan». Las alusiones al padre Sanmartí eran dictadas por la Policía que, a esta altura, no podía volverse atrás en su acusación.

Miguel Sanmartí, con crecientes conflictos con sus superiores jesuitas, se había ido del Paraguay a mediados del ' 74 y, luego de una estadía en la Universidad Centroamericana de El Salvador, volvió a comienzos de 1976 a su Cataluña natal. No tenía participación en la organización. Un texto inédito de Sanmartí revela que no tardó en enterarse de los acontecimientos de Asunción porque fue llamado por periodistas de «Cambio 16» para una entrevista: «González Dorado, el provincial del Paraguay, estaba por aquellos días en Sevilla, pero sólo llamó a la recepción de la casa de padres de la calle Roselló de Barcelona para preguntar si yo había estado fuera los últimos tiempos, ya que la acusación concreta que se me imputaba era la de haber participado en una reunión en una de aquellas madrugadas».

Esos días de abril en Investigaciones y en el local anexo de Vigilancia y Delitos fue para muchos el fin de la inocencia. La tortura. Tenían enfrente a infrahumanos y sanguinarios agentes entrenados en los métodos del sufrimiento y del interrogatorio.Si, entrenados porque ese era un rito constante. Con detenidos comunes y con los políticos. Con éstos con más saña, porque eran enemigos de la nacionalidad. Los mismos que se habían cebado en los meses previos con los presos del MOPAL, del EPR y del Partido Comunis­ta que habían pasado por Investigaciones. Aunque todos éstos resistieron mucho y dieron muy poca información a pesar de la tortura.

La tortura. ¿Quién la resiste? ¿Hasta dónde es racional aguantar­la? ¿Tiene sentido hablar de racionalidad en ese submundo de degradación? Quién no pasó por allí, ¿tiene altura para juzgar conductas? La tortura confronta al que la sufre con lo más profundo y recóndito de su propia intimidad. Nadie está más solo que ante los torturadores, los dueños del dolor, de la vida, de los secretos, de las pausas y la mitigación, los que conocen mil veces mejor que la víctima las reglas del juego.

¿Juego? En todo caso era altamente profesionalizado en Investi­gaciones. Golpes, desnúdese, preguntas, cachiporras, comunista hijo de puta, sables, preguntas, de cara a la pared, su seudónimo, teyuruguay, háble pues carajo, música fuerte, golpes, preguntas, incomunicación, a Vigilancia y Delitos, pileta, preguntas, pileta, cigarrillo en el pecho, picana en los dedos y en los genitales. Tirado a la celda. Minutos después (¿o fueron horas?) párese, golpes, preguntas. Y el interrogador bueno. Vos sos universitario, ¿por que te dejás jugar así?, a tu esposa también le están maltratando, ¿por qué no contás bien todo? Estos tipos son salvajes, te conviene colaborar. Decíles por lo menos cuáles eran tus citas.

Las citas. La Policía sabía que todos las tenían. Y que a través de ellas cada preso podía aportar una pieza más al rompecabezas que se armaba. Cada detenido tenía al menos un pedazo del ovillo. Si caían inocentes ya tendrían tiempo de probarlo. Pero adentro. Y con la experiencia de todos: la tortura, el solemne y ancestral poder del dolor. Ante él, pocos (muy pocos) reaccionaban con el silencio. Los más intentaban una frágil negociación: ganar tiempo, dar informacioneserróneas, despistes y datos falsos, si la presión aumentaba dar informaciones que se, suponían ya conocidas por la Policía. ¿Hasta dónde era posible esto, si el archivo y los jefes principales de la OPM ya estaban presos? Y, por supuesto, estuvieren los que: hablaron, jefes y subordinados, de lo que sabían y de lo que suponían. Y los que siguieron hablando hasta más allá de lo racional. ¿Se puede hablar ­de racionalidad frente a la tortura?

No fue racional que el cuarto muerto del caso OPM haya sido Mario Arzamendia, el anciano canilita de «Sendero», asesinado en Investigaciones el 11 de abril. Guillermina Kannonikoff fue testigo de la absurda muerte de Arzamendia: «Al pobre anciano se lo veia agotado y desencajado en uno de los pasillos. Ese día, tomado por la desesperación, corrió hacia la guardia que daba a la calle Presidente Franco intentando una huida que era lógicamente imposible. En su carrera derribó un termo que, al caer, explotó con gran estruendo. Con el ruido, los policías corrieron hacia él. El oficial Manuel Alcaraz, lo golpeó con saña a culatazos en la cabeza. Lo volvieron a meter y le aplicaron una inyección de Valium. Lo tiraron a una celda y poco después murió en brazos de Fontclara». Esta aseveración es confirmada por Diego Abente, quien se encontraba en esa celda: «Arzamendia es traído y tirado entre nosotros. Estaba golpeado pero aún lúcido. Minutos después comienza a llorar y convulsionar hasta que luego de un rato ya no se movió. Gritamos a la guardia de que necesitaba un médico pero ya estaba muerto».

Ese mismo domingo, pero en España, Carlos Diarte, el extraor­dinario goleador paraguayo, esquivaba a los defensas del Elche y convertía los dos goles que salvarían al Zaragoza del descenso. En Asunción, los diarios aún comentaban el empate 1 x 1 que consiguió Paraguay ante Brasil por una ya olvidada «Copa del Atlántico». Un joven «Gato» Fernández era nuestro portero y destacaban en el equipo Alicio Solalinde, Aldo Florentín, Mendoza, Rivera y «Pastelito» Díaz. Brasil había traído un buen equipo: jugaron Rivelino, Zico y Nelinho. Una semana  antes, el Cruzeiro de Belo Horizonte inauguraba una costumbre que se haría tradición en la Copa Libertadores: vencía al Olimpia por 4 a l.

Un documento interno de la OPM titulado «La experiencia en el exilio. Balance autocrítico» escrito probablemente en los últimos días de 1976 e incautado por la Policía en enero del '78 retrata el estado de cosas del siguiente modo: «A los cuatro o cinco días de iniciada la represión, de los ocho compañeros que integraban las conducciones de columna quedaban dos, cuatro estaban presos y dos muertos. En ese momento se lanza la consigna de pasar a la clandestinidad aunque no se visualizan los medios y métodos para implementarla».

El documento reseña los intentos de resurgir del caos y consigna que: «al sexto día surge un nuevo planteo: hacer un repliegue táctico consistente en que una parte de la tropa viaje al exilio, en donde siga funcionando (disciplina, citas, reuniones) orgánicamente. Esto era fundamentalmente para no caer en los 'problemas del exilio' de los que se tenía noticia. Otro grupo, quedándose en el país, debía preparar el gradual reingreso de los compañeros salientes, quienes debían además retomar los contactos con los compañeros del campo. El criterio sobre quiénes debían quedarse y quiénes irse fue el siguiente: viajarían aquellos compañeros que estaban buscados o lo serían por eventuales informaciones cedidas bajo tortura de otros compañeros caídos. Quedarían los compañeros campesinos, que a pesar de ser buscados, no eran conocidos en la ciudad, y los compañeros de la ciudad que no se hallaban amenazados por la cadena represiva».

La «Autocrítica» de 1977 también reconoce el estado de parálisis y confusión en que quedaron los núcleos urbanos sobrevivientes y critica por «apresurada e incorrecta» la decisión de que un núcleo de alrededor de una decena de militantes saliera del país.

Vino la Semana Santa y con ella el buen tiempo y una disminu­ción de la frenética redada de capturas policiales. Los ojos de Investigaciones empezaban a apuntar hacia Misiones. Los cabos sueltos obtenidos en los interrogatorios poco apoco fueron develando algo, hasta entonces, poco conocido por los policías: La organiza­ción se había extendido al campo y tenía ramificaciones impensadas entre los líderes agrarios. Pastor Coronel comisiona a San Juan Bautista a uno de sus matones más sanguinarios: Camilo Aletada Morel, quien se hacía llamar «Sapriza».

Comenzaría para los campesinos misioneros la terrorifica «Pascua dolorosa». El subcomisario Almada se instala, con amplios poderes, en la antigua prisión de Abraham Cue, una edificación en forma de «U» ubicada en el área urbana de San Juan Bautista, a mitad de distancia entre la Delegación de Gobierno y el Centro de Salud local. El cuartel estaba rodeado (y lo sigue estando hasta hoy) por un amplio pastizal limitado por bucólicas calles de tierra. Con el apoyo de los militares de la Tercera División de Infantería, con asiento en esa ciudad, de alcaldes de compañía y «milicianos» civiles de la Seccional Colorada se inicia en los últimos días de abril un impre­sionante operativo de captura a campesinos presumiblemente impli­cados.

Sorprendidos en sus ranchos en las compañías de San Juan, San Ignacio, Santa María y Santa Rosa, los campesinos eran llevados de a uno a Abrabam Cue. Los que quedaban, esposas, hijos, ancianos, veían impotentes como lo poco que había (utensilios, maderas, plantaciones, animales) era saqueado por los alcaldes. En el rancho se buscaban armas, libros, documentos, material subversivo. En las declaraciones indagatorias de estos campesinos se comprueba que la mayoría de éstos era semianalfabeta. La aparición de un ejemplar de «Tatapirirí» era la prueba contundente e irrefutable de la perte­nencia a la OPM.

En Abraham Cue hubo el mismo proceso vivido por los militan­tes asuncenos unos días antes en Investigaciones: la tortura. Pero aquí con el estilo más bruto y bestial que imponía Aletada Morel. El tormento sufrido por los agricultores apresados supera los límites de lo creíble. Muchos testimonios fueron recogidos años después en un libro estremecedor publicado por el CEPAG y titulado «Ko'agã roñe'eta» (Ahora hablaremos). El título surge de la frase que pronunció el subcomisario Almada, «¡Ko'agã re ñe'eta!» (¡Ahora hablarás!), al cortarle fieramente con un cuchillo ambas comisuras labiales a un detenido reacio a confesar cuál era su seudónimo. El infeliz campesino desconocía él significado de esa extraña palabreja.

 

Familias abandonadas, niños, cuyos padres fueron secuestrados, vagando por las compañias, mujeres violadas y robo sistemático de las propiedades podrían parecer parte de esas denuncias panfletarias y exaltadas que a veces hacía la oposición de la época. Sin embargo, nada de lo que se diga sobre lo ocurrido en Misiones es exagerado. La población se sumió en un terror colectivo, las escuelas rurales se despoblaron de alumnos y los vecinos del cuartel de Abraham Cue aprendieron a convivir con los gritos desesperados de los tormentos realizados durante la madrugada.

La doctora Elida Salinas, médica de San Juan, relataría años después al diario «ABC Color» que doña «China Morinigo», una antigua moradora de las inmediaciones, perdería la razón luego de escuchar noche tras noche los gritos desesperados de los torturados: «Con un rosario en la mano llegaba, a veces, hasta la guardia del cuartel pidiendo clemencia para los detenidos». El hoy obispo Mario Melanio Medina recuerda que el miedo y la impunidad eran tan grandes que Camilo Almada, cruzando raudamente la ciudad con su vehículo, atropelló y mató a un niño de seis años de edad que estaba sentado a la vera del camino. Nadie se atrevió a reclamar ni denunciar nada.

En su rancho de Santa Rosa fue capturado y degollado frente a sus hijos Silvano Flores. Los testimonios señalan al alcalde policial Tomás Salinas («Mandio'ro»), al comisario Ernesto Segovia y a los <

En Zapatero Cue, una compañía de Santa Rosa, fueron apresados masivamente los miembros de las familias Falcón, Benítez y Pintos. Algunos de ellos lograron huir hacia un monte cercano. Unagigantesca batida apoyada por efectivos militares y un helicóptero fue montada en la zona. Sin provistas y rodeados, su presencia fue denunciada cuando Ramón Pintos se vio obligado a acercarse a un almacén rural para comprar galletas y picadillo de carne enlatada. Luego de dos semanas de persecución fue ultimado Alejandro Falcón en el interior de un rancho en el lugar llamado Ñacutí. Quien lo mató, dicen los campesinos, fue un alcalde de apellido Sambuchetti. Los demás fueron apresados y llevados a Abraham Cue. Allí, luego del suplicio, matan a Ramón Pintos.

Cuatro hermanos oriundos de Santa Rosa logran huir a San Pedro del Paraná (ltapúa) y se refugian en una compañía denominada Arroyo Frazada. Son capturados a los pocos días, llevados a Abraham Cue y ejecutados poco después. Se llamaban Elipto, Policarpo, Francisco y Adolfo López. En todas las colonias de la zona (Arroyo Caré, San Jerónimo, Carro Costa, Curupayty, Potrero Poí, San Joaquín, San Solano, Santa Teresa, Potrero Alto, Fátima, Sangre del Drago e Ysypó) se producen arrestos masivos. La vida en estas compañías nunca más sería la misma. Devastadas por una violencia irracional, sólo la pobreza continuaría igual dos décadas después. Centenares de detenidos se apiñaban en las celdas de Abraham Cue y de la Delegación de Gobierno. Un memorandum policial firmado por Camilo Armada daba cuenta que, a mediados de mayo, 84 campesinos habían sido remitidos a Asunción. Los ocho asesinados fueron catalogados como «desaparecidos» o «empaquetados». Ninguno de sus cadáveres fue entregado a sus familiares.

Entre los presos estaban el abogado y dirigente demócrata cristiano de Santa Rosa Fabián Canellas y el sacerdote jesuita José Ortega, detenidos en Santa Rosa por orden del comisario Julio Guillén. El padre Ortega fue expulsado del país al día siguiente. Otro jesuita de Misiones, José Caballo, también fue enviado a Investigaciones y, luego de unos días, expulsado a Clorínda. Un parte policial refiere que se encontraba detenida en la Delegación de Gobierno la madre de Martín Rolón, Mattina Centurión, con sus hijos Albino, de 13 años, y Librada, de 12 habían sido encontrados, dice el informe, «deambulando por el campo, pues ninguno de sus parientes lejanos quería albergarlos en sus casas». Uno de los campesinos misioneros, de la compañía Sangre del Drago, llamado Ignacio Martínez fue preso y torturado. Padecía de tuberculosis pulmonar y fue liberado cuando su estado era muy grave. Moriría en su casa pocos días después.

El coronel Derlis Villar Marecos relató a cronistas del diario «ABC Color» en diciembre de 1992 que en esa época él tenía el grado de mayor y era comandante de compañía policial militar. «Nuestro comandante en la Tercera División de Infantería era el general Eduardo Sánchez. Habían venido de Asunción policías de Investigaciones a practicar detenciones e interrogar a los campesi­nos. El general Sánchez me asignó la tarea de ir a Abraham Cue, a recoger los informes de la gente de Investigaciones sobre el trabajo que estaban haciendo y las declaraciones de los detenidos. El general Stroessner llamaba todos los días, a las seis de la mañana, al general Sánchez, para saber qué novedades había como resultado del trabajo de Investigaciones, y yo, en cumplimiento de la orden de mi comandante, iba a traer los informes para el presidente de la República». Estas declaraciones de un militar que estaba aún en servicio activo fueron hechas para deslindar responsabilidades en la denuncia hecha por campesinos de que lo vieron en esos días trágicos en Abraham Cue. Pero sirven, sobre todo, para demostrar cuán ingenuos son aquellos que siguen pensando que estas atrocida­des se cometían sin la venia o el conocimiento de Alfredo Stroessner.

En las semanas siguientes, la represión se extendería a otros departamentos. En la compañía Simbrón, a unos 17 kilómetros de Carapeguá, personal de la Delegación de Gobierno de Paraguarí apoyados por tropas de la guarnición militar de Artillería asaltó, a linos de setiembre, la casa del dirigente de las Ligas Agrarias Juan de Dios Salinas, casado y padre de varios hijos menores. Salinas y tres compañeros lograron mantenerse escondidos en el monte por 40 días hasta que fueron encontrados por una patrulla militar. Salinas murió ametrallado y los demás fueron llevados a la Delegación de Gobierno de Paraguarí cuyo titular era Braulio Machuca Vargas. Allí estaban muchos otros presos, entre ellos familiares de Salinas que fueron duramente torturados y saldrían en libertad sólo meses después. En la tortura muere también uno de los que acompañó a Juan de Dios Salinas en su fuga, un campesino llamado Albino Vera.

En la compañía Costa Gaona, de Quiindy, el l de junio una tropa militar comandada por el coronel Teófilo Bento apresa a Sixto Melgarejo, un agricultor de 26 años. Un camión del ejército lo lleva a la Delegación de Gobierno de Paraguarí. Tres meses y medio después los familiares son avisados de que debían retirar su cadáver del Policlínico Policial. Había muerto en Investigaciones durante una sesión de «pileta». Su padre, Víctor Melgarejo, permaneció preso por más de un año y falleció días después de recuperar la libertad cuando estaba en muy mal estado de salud. Como en Misiones, la violencia fue extrema. Nidia González Talavera escri­biría, años después en «Síntesis» que «había gente que fue enterrada viva, degollada y hasta baleada sin haber opuesto resistencia. Se dieron desapariciones y muertes en tortura. Como si no fuera suficiente, incendiaron ranchos y capueras. Los hijos de los compa­ñeros desaparecidos fueron repartidos a alcaldes y funcionarios». Todos los componentes de la familia Villasboa de Quiindy fueron llevados a Investigaciones y luego a Emboscada. Muchos meses después, cuando recuperaron su libertad y volvieron a su pueblo, ante su presencia se cerraban las ventanas y la gente rehuía cruzarse con ellos. El miedo estaba incorporado a los genes paraguayos después de tantos años de prepotencia y terror.

Arturo Bernal, un notable y querido dirigente «liguero», fue apresado a mediados de mayo en Piribebuy y llevado a la Delegación de Gobierno de Caacupé. Tenía 50 años y siete hijos menores. Como en el caso de Sixto, sus familiares fueron convocados a retirar sucadáver del Policlínico Policial dos meses después. Como en el caso de Sixto, murió en la «pileta». Como en el caso de Sixto, los médicos policiales consignaron como causa de muerte en su certificado (la defunción: «edema agudo de pulmón». Muchos otros agricultores de las Ligas Agrarias de Piribebuy también fueron presos. Ente ellos Marcial Britos, de 29 años, un conocido dirigente de la zona.

A mediados de abril fue apresado Macario Cardozo en la Colonia María Auxiliadora de Coronel Oviedo. Otro operativo policial fue realizado a comienzos de mayo en la colonia Cecilio Báez, en donde fueron detenidos los educadores José Parra y Gladys Ramírez, que habían sido integrados a la organización por Daniel Campos. El colegio agrícola salesiano «Carlos Pfannl» había sido allanado con aparatosidad y, si bien Campos había logrado eludir la represión al lograr salir a la Argentina una semana antes, la Policía halló una agenda personal de éste en la que se encontraban los nombres de ambos educadores. Catorce personas, entre profesores y alumnos, fueron a parar con sus huesos a Investigaciones. Un memorándum de Pastor Coronel al jefe de Policía Alcibiades Brítez Borges hallado en el «archivo del horror» sostiene que «del patio del citado Colegio se procedió a desenterrar un 'embute' consistente en una lata que contenía libros marxistas, máscaras y otros materiales de la organi­zación que había sido preparado y enterrado por Daniel Campos».

 

La Iglesia, acusada de estar infiltrada por elementos del marxis­mo internacional, había sufrido los embates de esa escalada repre­siva. En la siesta del 8 de abril, un numeroso contingente militar rodeó el colegio Cristo Rey y obligó a alumnos, familiares y profesores a colocarse de cara a la pared. Durante una hora y media el colegio y la casa de los curas fueron minuciosamente revisados. Fue llevado preso el padre Miguel Munárriz. Tres semanas después, Munárriz y el padre José Oriol Gelpí fueron expulsados del país. El 6 de mayo le toca el turno al antropólogo y estudioso de la cultura guaraní, Bartomeu Meliá. Poco después se ven obligados a abandonar elpaís los sacerdotes Vanrell, Veza y Castillo. Con ellos sumaban ya catorce los curas de la congregación expulsados del país. Como ya había ocurrido tantas veces desde 1612 en la historia de los jesuitas, nuevamente los aires del Paraguay se tornaban irrespirables para ellos.

Mientras, la Policía insistía tercamente en que Miguel Sanmartí era el ideólogo y principal jefe de la OPM y que se encontraba prófugo en el país. De nada sirvieron las declaraciones del propio Sanmartí ni las aclaraciones publicadas por la Compañía. Un comu­nicado publicado el 11 de abril aseguraba que «la Policía de la Capital posee pruebas instrumentales y testimoniales que demues­tran fehacientemente que Miguel Sanmartí García se hallaba en la ciudad de Asunción el viernes 2 de abril en horas de la tarde. Ese día mantuvo una reunión con sus adoctrinados Miguel Angel López Perito (alias Benjo) y Diego Abente Brun (alias Reinaldo), jefes de columna de la denominada Organización Político Militar (OPM). El Padre Provincial interino de la Compañía de Jesús falta a la verdad con el propósito de encubrirla conducta de un delincuente al afirmar que el mismo se encuentra en Barcelona». Según la Policía Sanmartí estaba aquí y punto.

En mayo de 1976, la revista española «Cambio 16» publicaba un agudo artículo sobre el caso, titulado «Paraguay: Comunismo S.J.», en el que ironizaba: «Como en esos carteles del oeste norteamerica­no, junto a la fotografía del buscado por la justicia, la noticia apareció en `ABC Color' de Asunción del Paraguay a comienzos de abril. Poco podía hacer el `pueblo' local para ayudar a capturarlo. En aquel momento, `el peligroso criminal' estaba cómodamente insta­lado en la residencia de su Orden, en Barcelona, a donde había llegado hacía cinco meses». Pero tampoco esto era un problema: la entrada al país de «Cambio 16» estaba prohibida desde hacía años.

La Iglesia soportaría, además, los allanamientos de las casas parroquiales de San Antonio y de Ypané, donde fueron apresados, en los primeros días de mayo, sus respectivos curas párrocos: Francisco Romero, de 33 años, y Patricio Figueredo, de 38 años. A esto deben aún sumarse los allanamientos ya citados del Seminario Metropolitano y el Seminario Mayor Nacional y los que se realiza­rían en la ciudad de Villarrica: el colegio María Auxiliadora, el Seminario Diocesano y el Instituto de Desenvolvimiento Rural (IDER) de la diócesis guaireña.

Mientras, en Asunción las detenciones continuaban. Melchin Rolón luego de su fuga de Valle Apuá busca refugio en la casa de su primo Juan Antenor Fernández pero cae en manos de la Policía dos semanas después. Intentando tener noticias de la situación fue hasta una casa «refugio» de la organización en Fernando de la Mora. Alli lo esperaban agentes de civil. Detrás de él caen Fernández y su esposa. El 23 de abril es apresado Dionisio Borda, quien trabajaja en la Misión de Amistad. Sin tener participación en la OPM, quedaría detenido hasta junio de ese año.

Diego Abente recuerda que, en esos días, identifica con sorpresa entre los que llegaban a Investigaciones a Crispín Ortiz, aquel que había integrado el grupo inicial de la organización en Santiago de Chile. «Aparentemente fue detenido en una de las redadas de la época y soltado pocos días después como estaba ocurriendo con muchísimos presos. Muy poca gente lo conocía aquí. Eran tantos los presos que probablemente la Policía estaba sobrepasada en su capacidad de analizar la información que tenía».

Por su parte, Crispín Ortiz, aclara cómo fue detenido: «Yo había vuelto al Paraguay a fines de 1975. En los primeros meses del año siguiente contacto con Víctor Hugo Ramos, quien me lleva a la casa de Martín Rolón en Valle Apuá. Allí hablo con Juan Carlos Da Costa y Nidia González, quienes me plantean incorporarme inmediata­mente a la lucha apoyando a las columnas del interior. Pido un tiempo, necesario para afincarme con mi familia, y me instalo en San Pedro. Allá me entero por la radio de la caída de abril y, unos días después, me apresan y me llevan a la Delegación de Gobierno. Como muchos otros campesinos, yo era un sospechoso más».

Luego de estar veinte días preso en San Pedro, Crispín Ortiz es remitido a Investigaciones. La Policía no lo vincula con la organi­zación a pesar de que su nombre ya estaba citado en algunas declaraciones indagatorias. Probablemente abrumada por la canti­dadde datos que debía procesar, la Policía deja en libertad, tres años después, a uno de los fundadores de la OPM.

 

Tal como había ocurrido en Misiones, la Policía de lnvestigacionies apelaría a un recurso autóctono cuando no encontraba al sosp­echoso. Apresaba a familiares cercanos y los tenía como rehenes hasta que apareciera el buscado. Eso ocurrió con los hermanos Bogado Tabacman: la Policía allanó en abril la casa familiar en Villarrica con un aparatoso operativo y se llevó detenido al padre de los mismos a la Delegación de Gobierno del Guairá. Eso ocurrió también con Evaristo Colmán, quien había logrado salir a la Argentina del 13 de abril. En la madrugada del 4 de mayo una brigada policial encabezada por el comisario Aurelio Cáceres Spelt allana la casa familiar y apresa a su padre. Torturado en la Comisaría Tercera, preso en Investigaciones y posteriormente remitido a Emboscada, el sindicalista demócrata cristiano Emigdio Colmán, de 55 años, recién saldría en libertad en octubre del '76. Similar periplo realiza­ría uno de sus compañeros del sindicato llamado Oscar Vicente Rodas.

En esos días la prensa deportiva daba destaque a un nuevo triunfo en un torneo realizado en Madrid del único deportista paraguayo que tenía fama mundial: el tenista Víctor Manuel Pecci. El «campeonísimo» cumplió, lógicamente, con la liturgia obligada de la época dedicando el campeonato al Primer Deportista del País. Entre mediados de mayo y comienzos de junio son apresados Marcos Boy Jara, René Ayala, Gustavo Codas y Víctor Ayala. El 10 de mayo es detenido José Guggiari, quien había abandonado la OPM algún tiempo atrás.

La organización ya había sido, para entonces, completamente desmantelada. El sábado 8 de mayo los diarios «ABC Color», «Patria» y «La Tribuna» publican las fotografías de los que aún estaban prófugos. La Policía pide «la colaboración de la ciudadanía para capturar a los extremistas». Los rostros de los buscados aparecen también en la televisión. Entre otras, están las fotos de Víctor Ramos, José Luis Simón, Nidia González Talavera, Reinerio Parquet, Carlos Ortiz Persichino y los dos hermanos Bogado Tabacman. Las fotos destruían la protección que hasta entonces ofrecía el uso de seudónimos. Con esto, la organización debió evacuar el único local que aún mantenía en Asunción y los miembros que seguían clandestinos arreglarse como podían. Varios de ellos estaban literalmente en la calle.

Nidia González Talavera, quien estaba a punto de dar a luz, llega a la casa de su antiguo amigo, el psiquatra Carlos Arestivo. Le cuenta que, luego de la publicación de su foto, había estado 40 horas escondida en un yuyal cercano. Arestivo hace los arreglos para que Nidia se refugie en la quinta que Rubén Urbieta Valdovinos poseía en el kilómetro 9 de la ruta Transchaco. Nidia había sido ex alumna de la Academia Urbieta Valdovinos y era amiga de la familia. Luego de permanecer algunas semanas allí, Zavala toma contacto con ella y ambos se esconden en una casa que los miembros de la organiza­ción habían conseguido. Alli, en la clandestinidad, Nidia tuvo su bebé con el doctor Joel Filártiga. La Policía tardó mucho tiempo en enterarse de esto. Pero cuando lo supo, en febrero de1978, hizo pagar duramente el gesto solidario de esos amigos: Arestivo y Urbieta Valdovinos fueron brutalmente torturados en Investigacio­nes y permanecieron largo tiempo detenidos en Emboscada.

A mediados de mayo es detenida la profesora de los Colegios Cristo Rey y Teresiano María Lucila Fernández, de 35 años, y, en las semanas siguientes, la estudiante del último año del Colegio Goethe Margarita Elías, acusada de integrar grupos de lecturas con Sonia Cabrera y Gustavo Codas. También fue preso el topógrafo Nicolás Spiridonoff, cuñado de Víctor Hugo Ramos.

El 16 de junio, en el Palacio de Gobierno, los máximos respon­sables de la seguridad interna paraguaya evaluaron la respuesta dada al brote subversivo. Los presentes eran el presidente Stroessner, el ministro del Interior Sabino Montanaro, el jefe del Estado Mayor General Alejandro Fretes Dávalos, el jefe de Policía Alcibiades Britez Borges, el jefe del Segundo Departamento del Estado Mayor General, coronel Benito Guanes Serrano, y el jefe de Investigacio­nes Pastor  Coronel. Las fuerzas represivas de los otros países del Cono Sur recibieron informes pormenorizados de los operativos y de las personas buscadas.

A nivel interno, las reacciones públicas ante la violencia estatal fueron surgiendo muy lentamente. Al Partido Liberal Radical la represión contra la OPM lo sorprende en pleno periodo de negocia­ciones con el Ministerio del Interior para obtener el levantamiento de la clausura que pesaba sobre «El Radical», su órgano de prensa. Los primeros dos números del semanario recién reabierto mencio­nan de modo genérico y cauto la violencia policial. A partir de mayo las denuncias se radicalizan más firmemente. Ese mes el febrerismo y la democracia cristiana emiten sendos y tibios comunicados. Las exposiciones fervorosas de algunos parlamentarios opositores como doña «Coca» Lara Castro apenas merecían unos renglones en la prensa. El 12 de junio la Conferencia Episcopal Paraguaya se pronuncia sobre las múltiples violaciones a los derechos humanos y el semanario católico «Sendero» se hace eco de las denuncias. Pero todo esto estaba casi tapado por la avalancha de desinformaciones promovida por la estructura radial, televisiva y de prensa escrita manejada por el Gobierno.

En esos años, poco era lo que podía esperarse como apoyo público a nivel internacional. Lo que parecía ser un gran complot de silencio sobre la situación paraguaya permitía a Stroessner cometer excesos como los relatados sin tener que pagar costos importantes de imagen. A nivel de la prensa mundial, el Paraguay casi no existía y sólo sería descubierto a mediados de la década siguiente. Esta «isla rodeada de tierra» lo estaba también de dictaduras militares. La del Brasil cumplía ya doce años. La de Argentina se inauguraba con una violencia estatal cien veces mayor que la del Paraguay. Un país que desde la óptica norteamericana no tenía mayor interés geopolítico y que tenía en Stroessner, al fin y al cabo, un fiel cumplidor de la doctrina de seguridad nacional.

En la noche del 16 de julio la Asamblea Nacional resuelve que es necesario modificar el artículo 173 de la Constitución Nacional por 80 votos a favor contra 17 votos opositores en contra. El artículo original establecía que el Presidente sólo podía ser reelecto por un período más, y eso ya había ocurrido en 1973. A partir de ahora no existirían límites para las reelecciones. El vitaliciado de Stroessner se ponía en marcha sin mayores dificultades.

No resulta fácil arriesgar una cifra sobre la cantidad de gente que fue apresada en la represión a la OPM. La Policía aprovechó el episodio para golpear a personas e instituciones que no estaban vinculadas a la organización pero que eran hostiles al régimen. Algunos autores situaron la cifra en más de 3.000 detenidos. La aparición de los archivos secretos policiales permite calcular que fueron unas mil a mil quinientas personas. La mayor parte de ellas liberadas en los días, semanas o meses siguientes. Sigue siendo, sin embargo, una cifra impresionante para un país despoblado como el nuestro. Fue sin duda el episodio represivo más importante del stronismo desde los intentos guerrilleros del '59.

Lo concreto es que en el invierno de 1976 el Departamento de Investigaciones, la Guardia de Seguridad, la Sección Técnica del Ministerio del Interior y las comisarías barriales de Asunción estaban colapsadas por los centenares de presos vinculados al caso. Fue entonces que a alguien se le ocurrió la salida de Emboscada.

Estaban presos en el principal antro de torturas del país algunos de los más caracterizados dirigentes jóvenes de la Universidad, conocidas familias asuncenas tenían detenido a algún hijo, o hija, en cada Facultad faltaban algunos compañeros sospechosos de perte­necer a la organización subversiva, había rumores de que había varios muertos en el interior, pero no por eso se paralizó el país. En la superficie, todo marchaba igual. Los paraguayos habíamos con­vivido con el miedo desde hacía muchos años. En estos casos, la experiencia de demasiadas represiones, de demasiado tiempo, dic­taba la conducta: ni parálisis, ni reacción, intentar que todo siga igual

De hecho, los juegos universitarios adquirieron ese año su mayor esplendor. Decenas de miles de estudiantes llenaron el estadio Defensores del Chaco en una fiesta de inauguración de esos eventos jamás vista. Las inauguraciones de los años anteriores, más modes­tas, se habían realizado en los estadios de los clubes Cerro Porteño y Olimpia. Pero en 1976 los Centros de Estudiantes realizarían impresionantes inversiones económicas y esfuerzos colectivos para participar de esas dos semanas de jolgorio deportivo durante las que se suspendían las clases en toda la Universidad. Todas las facultades participaron del desfile con sus reinas, «chiroleras» y atletas, ajenas al drama que se estaba viviendo. El presidente de la Confederación Universitaria de Deportes del Paraguay (CUDP), organizadora de los Juegos Universitarios, era Evelio Legal Cano, hermano del Delegado de Gobierno del Guairá y, más importante aún, hermano de «Ñata» Legal, la amante oficial del general Stroessner. Éste, por supuesto, asistió como invitado de honor a la noche de inauguración. Nunca el stronismo estuvo tan seguro de sí mismo.

1976 fue el año en que el Club Libertad obtuvo su último campeonato de fútbol. Era el club del dictador. El estadio de Libertad lleva hasta hoy su nombre. El presidente del club ese año era su hijo «Fredy» Stroessner. La final se jugaba el domingo 17 de octubre entre Cerro Porteño y Libertad. En los días previos, se comentaba que desde «el Palacio» se había decretado que el cam­peón debía ser Libertad, algo que no lo lograba desde hacía 21 años. Libertad ganó el partido con un increíble gol en el que la pelota, que venía mansa de un centro, se le escapó de las manos al arquero cerrista y terminó en las redes. Al día siguiente la directiva cerrista separó del plantel al arquero (era el argentino Marcelo Spessot) por «bajo rendimiento» mientras una multitud esperaba afuera para lincharlo. Todo era tarde, al terminar el partido Spessot había vuelto a su Rosario natal.

Es extraño que lo que pasó en ese violento 1976 haya sido mejor conocido años después que en el momento. Esa impresión se tiene al leer, por ejemplo, el editorial del vespertino Ultima Hora del 31 de diciembre de 1976 titulado «Evaluando el año 1976». Luego deseñalar los esfuerzos del Gobierno en la concreción de obras infraestructura vial y en aumentar las reservas monetarias gracias una celosa política bancaria, el editorialista se explaya sobre e aumento de la producción de soja, algodón y café. Se elogian después los planes de colonización y utilización racional de tierras emprendidos por el IBR y se termina definiendo a 1976 como un año «con ritmo progresista». ¿Y los más de mil presos? ¿Y la tortura? ¿Y el terror institucionalizado? ¿Y la veintena de muertos? Bueno, esos eran temas que un diario que deseara sobrevivir en el Paraguay no debía tocar. Última Hora había iniciado dos semanas antes una segunda etapa luego de haber cerrado algunos años por problemas económicos. Su primer director, Isaac Kostianovsky, había tenido que marcharse al exilio luego de un enfrentamiento verbal con el ministro del Interior Sabino Montanaro. Por algo «La Tríbuna» desde hacía mucho tiempo había optado por una solución más fácil: era un diario sin editoriales.

 

 

 

FUENTES DE CONSULTA

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- Serie de notas «La patria vejada y vilmente torturada» por Juan Carlos de Vargas, Ramón Montiel, Raúl González y Agustín Gaona, diciembre de 1992.

- Serie de notas «Emergiendo del infierno» por Hugo Ruiz Olazar y Victorio Suárez, enero de 1993.

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- «Jugar con fuego», por Mario Vargas Llosa. Suplemento cultural, 14 de mayo de 1995.

 

CAMBIO 16

- Suplemento especial «Socialismo. El fin de un sueño», 17 de mayo de 1993.

 

EL DIA

- «Una muy dura y larga marcha hacia la sociedad abierta», por José Luis Simón. 14 de abril de 1996.

 

EL DIARIO NOTICIAS

- Serie de notas «Los mártires, de Paraguarí», por Zulia Giménez, Justo P. Benítez y Benjamín Benítez, diciembre de 1992.

- Serie de notas «Más allá de los archivos del horror» por Rafael Ojeda y Zulia Giménez, mayo y junio de 1993.

- «OPM: Un desesperado intento por derrocar al autoritarismo», reportaje a Miguel Angel López Perito, 5 de abril de 1995.

- «Vuelve, todo vuelve al ritmo de los '70». Revista, 27 de octubre de 1996.

- «Hoy rompo veinte años de silencio». Reportaje a Carlos Brañas, 14 de abril de 1996.

-Serie de notas «Pascua dolorosa» por Carlos Martini y Myriarn Yore, abril de 1996.

- «Apuntes sobre un protagonismo perdido», por Carlos Martini y Myriam Yore. 27 de abril de 1997.

- «Nostalgias del futuro», por Carlos Martini. 13 de julio de 1997. HOY

- «Amenaza de subversión no fue invento policial». Reportaje al comisario Alberto Cantero, 13 de noviembre de 1994.

- «Las irregularidades en el caso OPM», por Teresa Goossen, 20 de noviembre de 1994.

 

LA ISLA

- «Biografía de veinticinco años», por Luis Alberto Boh. Número 4, año 2, octubre 1994.

- «Tiempo de utopías», por José Nicolás Morínigo. Número 4, año 2, octubre 1994.

- «Años rebeldes», por Luis Ocampos Alonso. Número 4, año 2, octubre 1994,

- «Debate: el 69 y sus utopías», por Line Bareiro, Ticio Escobar, Juan F. Bogado Gondra y Jorge Lara Castro. Número 4, año 2, octubre 1994.

 

NOTICIAS

- «El país y la cultura dos décadas después. Todo cambia», por Sergio Renán. Buenos Aires, 7 de agosto de 1994.

 

PATRIA

- Ejemplares de enero a diciembre de 1976.

 

PAGINA 12.

- «El Cordobazo a 25 años», por Rubén Furman. Buenos Aires, 29 de mayo de 1994.

 

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- «Dos universos, dos destinos, una polémica: Setenta y Noventa», por José Pablo Feinmann. Buenos Aires, número 72, julio de 1996.

 

SÍNTESIS

- Ediciones de los años 1982 a 1984.

 

ULTIMA HORA

- Serie «La década del setenta y los movimientos independientes», por Julio César Barreto, Correo Semanal, 2 de enero, 13 de agosto y 15 de octubre de 1988.

- Serie «El caso OPM», enero de 1993.

- Serie «El caso Cristo Rey», por Antonio Pecci, abril de 1993.

 

VEJA

- «Autópsia da sombra», por Expedito Filho. Sao Paulo, 18 de noviembre de 1992

 


AGRADECIMIENTOS


Esta investigación no hubiera sido posible sin la colaboración de todos los protagonistas que se prestaron a las entrevistas. Su aporte está registrado en el texto de este libro.

Las correcciones y sugerencias hechas al original por Carlos Martini, Andrés Colmán Gutiérrez, Line Bareiro y Rocío Galiano fueron precisas y oportunas.

Además de ellos, existieron personas e instituciones que nos apoyaron facilitándonos libros y documentos de la época estudiada. En especial, deseo agradecer a:

Julio César Barreto

Roberto Paredes

Fernando Masi

Rosa Palau Aguilar

Antonio Pecci

Ticio Escobar

Carlos Leoz

Jorge Solano López

Ana Bordón de Corvalán

Martín Burt

Roberto Villalba

Alfredo Boccia Romañach

Centro de Documentación y Archivo del Poder Judicial («Archivos del horror»)

Biblioteca del Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos (CPES)

Biblioteca del Centro de Documentación y Estudios (CDE) Hemeroteca de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Asunción

Archivo del Comité de Iglesias Para Ayudas de Emergencia (CIPAE).

 

 

 

 

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