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RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ


  CABILDO DE LA CATEDRAL DE ASUNCIÓN (RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ)


CABILDO DE LA CATEDRAL DE ASUNCIÓN (RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ)

CABILDO DE LA CATEDRAL DE ASUNCIÓN

Por RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ 

Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción"

DOCUMENTA PARAGUAYA 

Volumen I

LIBRO DE ACUERDOS DEL CABILDO DE LA CATEDRAL DE ASUNCION (1744-1764) 

Y CORRESPONDENCIA DEL MISMO (1610-1784) 

INTRODUCCIÓN

Rafael Eladio Velázquez 

 

PUBLICACIÓN CONMEMORATIVA

DE LOS 25 AÑOS DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA (1960-1955),

DE LOS 450 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE ASUNCIÓN

Y DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL PARAGUAY (1537-1987),

Y DE LOS 500 AÑOS DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

Y DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL HEMISFERIO OCCIDENTAL (1492-1992) 

ASUNCIÓN-PARAGUAY. 1985

CINCUENTENARIO DE LA DEFENSA DEL CHACO

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

         DOCUMENTA PARAGUAYA es una publicación de la Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción ", en su XXV aniversario. Con ella, se rinde homenaje a los Obispos que la fundaron; a los directivos, profesores y colaboradores fallecidos y vivientes, que en este cuarto de siglo con su esfuerzo la consolidaron e impulsaron su desarrollo; y a los egresados y alumnos que en todo este tiempo, le han confiado su propia formación cristiana, humanística y profesional.

         En este primer volumen, se reproduce documentación inédita de los siglos XVII y XVIII, proveniente del Archivo Nacional de Asunción, y del Archivo General de Indias, de Sevilla, relativa al Cabildo de la Catedral de Asunción, organismo eclesiástico de cuya acción y trascendencia en el Paraguay se halla escasísima bibliografía, por no decir casi ninguna.

         La publicación de DOCUMENTA PARAGUAYA puede extenderse hasta 1992 inclusive, con dos volúmenes anuales, para conmemorar de este modo, no sólo los 25 años de la Universidad Católica, sino también los 450 de la fundación de Asunción y de la evangelización en el Paraguay, y los 500 del descubrimiento de América y de la evangelización en el Hemisferio Occidental. Existe material disponible sobre Cabildos de Indios, correspondencia de Gobernadores, Obispos y Cabildo de Asunción, la evangelización, la encomienda de indios, el poblamiento, y el inagotable y apasionante tema de los comuneros del Paraguay.

         El trabajo de investigación, recopilación y selección de los documentos aquí publicados, así como también la Introducción, constituyen un aporte del Rector que está terminando su mandato, como testimonio de público reconocimiento a los representantes de los estamentos universitarios que en su oportunidad lo propusieron para el cargo; a la Conferencia Episcopal Paraguaya, que lo eligió para el mismo; a aquellos colaboradores de todos los niveles que lo apoyaron para el debido cumplimiento de sus obligaciones; y a los egresados de este quinquenio y estudiantes que, con su dedicación y sus éxitos, justifican su labor al frente de la Universidad Católica.

         De la aceptación de este primer volumen por los universitarios y el público paraguayo, y los americanistas en general, depende que esta publicación pueda continuar con el plan arriba esbozado: Ocurra ello o no, este primer volumen de DOCUMENTA PARAGUAYA contribuye a cubrir una sensible laguna en nuestra historiografía, y nuestro mayor deseo es que estimule a los investigadores a profundizar sus estudios en la materia.

 

                                               Asunción, junio-octubre de 1985

 

 

 

SUMARIO

 

I - INTRODUCCIÓN

II  - ERECCIÓN DEL CABILDO DE LA CATEDRAL DE ASUNCIÓN

III - SUS ORÍGENES

IV - FORMACIÓN DEL CLERO PARAGUAYO

V  - EL SÍNODO DIOCESANO DE 1603

VI - DEL PRIMERO AL SEGUNDO SÍNODO

VII - PROBLEMAS DEL EPISCOPADO DE FRAY BERNARDINO DE CÁRDENAS

VIII - EL DEÁN GABRIEL DE PERALTA Y OTROS PREBENDADOS DE MEDIADOS DEL SIGLO XVII

IX - LA CUESTIÓN FINANCIERA

X - EL PROYECTO DE REUNIFICACIÓN DE LAS DIÓCESIS DE ASUNCIÓN Y BUENOS AIRES

XI - EL CABILDO EN SEDE VACANTE

XII -  EL DEÁN JOSÉ BERNARDINO SERVÍN Y SUS CONTEMPORÁNEOS

XIII - EL CABILDO DE LA CATEDRAL A COMIENZOS DEL SIGLO XVIII

XIV - EL LIBRO DE ACUERDOS, DE 1744 A 1764

XV  - EL ARCEDIANO SEBASTIÁN FÉLIX QUIÑÓNEZ Y EL CLERO DE SU TIEMPO

XVI - GOBIERNO ECLESIÁSTICO A CARGO DEL CAPÍTULO CATEDRALICIO O DE SUS COMPONENTES, EN   EL SIGLO XVIII

XVII - A FINES DEL SIGLO XVIII

XVIII - LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA

XIX - EXTINCIÓN DEL CABILDO DE LA CATEDRAL

XX - SÍNTESIS FINAL

 

ÍNDICE

PRESENTACIÓN

INTRODUCCIÓN

EL CABILDO DE LA CATEDRAL DE ASUNCIÓN, POR RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ

PRIMERA PARTE : LIBRO DE ACUERDOS DEL CABILDO DE LA CATEDRAL DE ASUNCIÓN (1744-1764) Y PAPELES ANEXOS, DE DICHA CORPORACIÓN (1769-1784)

SEGUNDA PARTE : CORRESPONDENCIA DEL CABILDO DE LA CATEDRAL DE ASUNCIÓN Y PAPELES RELATIVOS AL MISMO (1610-1686)

PRIMERA SECCIÓN / SEGUNDA SECCIÓN

 

INTRODUCCIÓN

 

         En el cuadro general de las instituciones que rigieron la vida paraguaya en el período colonial, corresponde una ubicación significativa al Cabildo de la Catedral de Asunción, también conocido como Cabildo Eclesiástico para diferenciarlo del secular o Ayuntamiento.

         Su acción se suma a la del Gobernador y Capitán General, más tarde sustituido por el Intendente, el Obispo, el Cabildo secular de Asunción y los de las ciudades del Guairá -las desaparecidas hacia 1630 y la Villa Rica- y de las villas fundadas en el siglo XVIII, y la Real Hacienda, para completar la estructura de poder de ese tiempo. De todas ellas, fueron ambos Cabildos, el secular y el eclesiástico, las que canalizaron la participación de los paraguayos en la conducción de la sociedad aquí asentada y en trance de formación, con las limitaciones propias, del sistema entonces imperante.

         Si bien falta aún la obra definitiva sobre el Cabildo, Justicia y Regimiento de Asunción, pueden hallarse frecuentes y reiteradas referencias a la actividad y trascendencia del mismo en la historiografía corriente. No ocurre lo propio con el Cabildo de la Catedral: salvo alguna información breve, pero concreta, en un par de monografías nuestras, poco es lo que se ha escrito acerca de la existencia y los caracteres de esta institución en el Paraguay (1).

         En nuestra opinión, constituyó el Cabildo de la Catedral la culminación de "cursus honoruin" del clero secular paraguayo en la época colonial, ya que en todo ese tiempo sólo dos sacerdotes nacidos en esta tierra -Hernando de Trejo y Sanabria, en el Tucumán, y Juan González Melgarejo, en Chile- alcanzaron la dignidad episcopal; y por otra parte, el medio más idóneo de expresión del mismo, pues durante su vigencia los paraguayos constituyeron mayoría en su seno.

         Ambos Cabildos, pues, fueron verdaderas escuelas formativas, el equipo directivo criollo paraguayo de los siglos XVII y XVIII. En verdad, si se puede atribuir mayor trascendencia al secular, ello no demerita la presencia y la acción del eclesiástico por casi dos siglos y medio.

         Se justifica, en consecuencia, una publicación relativa a dicha corporación, más aún si se dispone, como en el presente caso, de parte apreciable e ilustrativa de su correspondencia, y de un relatorio de sus deliberaciones correspondientes a varios años consecutivos.


II

ERECCIÓN DEL CABILDO DE LA

CATEDRAL DE ASUNCIÓN


         La erección de la Diócesis paraguaya, con nombre del Río de la Plata, fue dispuesta por Paulo III, en la Bula Super Specula Militantis Ecclesiae, del lº de julio de 1547.

         Según la síntesis de Balthasar de Tobar, "erige en ciudad la del Río de la Plata en su Provincia, y en ella una Iglesia Catedral para un Obispo del Río de la Plata que la gobierne"; y agrega "que pueda el Emperador, Rey de España, a la hora que le pareciere acrecentar, mudar y los límites que a dicha Iglesia señalare".

         Refiere el mismo autor, en 1695, que "débese advertir que hoy se halla en ésta una Iglesia Catedral con título del Río de la Plata; pero no se erigió por esta Bula, sino por otra del Papa Paulo V. La que por ésta se erigió fue la de Paraguay en la ciudad de la Asunción (...). Quedaron hábiles para fundar Catedral y así se puso en la ciudad de la Asunción que está casi cuatrocientas leguas por el río arriba; y porque era y es cabeza de la Provincia del Paraguay, se quedó el Obispado con este título (...), pero como después se haya dividido su distrito en dos obispados, éste se quedó con título del Paraguay, y al otro se le dio el Río de la Plata como hoy se lo tiene..." (2).

         Lo antecedente coincide con los relatos de Lozano y Aguirre, con la documentación reproducida por éste y con otras fuentes de la época; y nos demuestra indubitablemente que la Diócesis erigida en 1547 fue la del Paraguay, con sede en Asunción, pese a que la denominación de Río de la Plata a partir de 1620 se atribuyó a otra nueva, la de Buenos Aires, surgida de la división política y eclesiástica de 1617.

         Fray Juan de Barrios, franciscano, primer Obispo electo y consagrado, no alcanzó a venir por habérselo trasladado antes a Santa Marta, en la Nueva Granada, y de allí a Santa Fe de Bogotá, de la cual fue el primer Arzobispo y "para la instauración de cuyo capítulo catedralicio usó del título de erección del asunceño".

         Antes del referido cambio de sede y mientras preparaba su viaje al Paraguay, el obispo Barrios dispuso en Aranda de Duero, el 10 de enero de 1548, la erección de la Catedral, con un frondoso Cabildo, con Deán, Arcediano, Chantre, Tesorero, Magistral, ocho Canónigos, cinco raciones, seis medias raciones, seis capellanes y demás dependencias correspondientes, vale decir treinta puestos entre dignidades, canongías y beneficios (3). Por razones de hecho insuperables, el capítulo nunca alcanzó las dimensiones previstas por su fundador. El ya recordado Tobar anota que "lo que el Rey presenta en esta Iglesia del Paraguay (...) es (...) Deán, Arcediano, Chantre y Tesorero, y dos Canónigos, todas prebendas de rentas muy tenues" (4).

         Aun cuando el auto de erección de Barrios no pudo ejecutarse en cuanto a la composición del cuerpo, sus cláusulas normativas, como veremos más adelante, fueron invocadas con frecuencia en los siglos XVII y XVIII.


III

SUS ORIGENES


         Como en Asunción no hubo Obispo residente hasta la llegada de fray Pedro Fernández de la Torre en 1556, y éste, que echó las bases de la organización eclesiástica provincial, se vio muy limitado por lo escaso del clero de su tiempo, la erección del Cabildo de la Catedral tardó un cuarto de siglo en concretarse, lapso que, con un rigorismo no exagerado, podemos duplicar.

         En efecto, sólo en los años finales de su episcopado, en 1572 para ser precisos, pudo aquél implementar la composición de un Cabildo Eclesiástico incompleto y con prebendados recargados de tareas en otras áreas. El mismo habría de manejarse con interrupciones y dificultades que no se salvarían hasta fines del siglo.

         "Es la primera vez que se llaman canónigos los prebendados de esté año 72"; escribe Aguirre. Sabemos que entonces formaban parte de la corporación el P. Francisco González Paniagua, Déan, y los canónigos Alonso Segovia, Diego Martínez y Francisco Prieto. Eran todos ellos veteranos de la conquista, con treinta o más años de presencia activa en esta tierra. González Paniagua, Canónigo electo de Quito en 1540, había preferido venir al Río de la Plata con el adelantado Cabeza de Vaca, y aquí se vio envuelto en las luchas entre conquistadores, actuando más de una vez de amistoso componedor, aunque no siempre con éxito, y, a lo largo de esos años sirvió como Cura Rector de la Catedral, y Provisor y Vicario General de la Diócesis, y sucesivamente tuvo despachos de Canónigo, y desde 1558, de Deán. Segovia, igualmente expedicionario con Cabeza de Vaca, fue, él también, Cura Rector de la Catedral, y Provisor y Vicario General. El bachiller Diego Martínez, capellán de una expedición punitiva contra los indígenas en 1543, participó de los conflictos entre los conquistadores. En cuanto a Prieto, posiblemente venido así mismo con Cabeza de Vaca o antes, fue Cura de la Catedral, Vicario de Ciudad Real del Guairá, y Protector de Naturales por real título. Se trataba pues, de Clérigos de relevancia y caracterizados por su adhesión al mencionado Obispo en su violenta confrontación con el teniente de governador Felipe de Cáceres, entonces a cargo del gobierno.

         A ellos se sumaría por cortos años un sacerdote mucho más joven, Martín Barco de Centenera, llegado en 1575 con el adelantado Ortiz de Zárate, con un título de Arcediano, que se iría en 1581, y tras una nueva y fugaz, permanencia en 1593, regresaría definitivamente a Europa, y en Lisboa en 1602, publicaría "La Argentina", con pretensiones de epopeya de la conquista de la Cuenca del Plata (5).

         Este primer Cabildo catedralicio parece haberse desintegrado y hasta extinguido en la Década de 1580: la crecida edad y la azarosa vida del Deán y los Canónigos de 1572 pueden haber precipitado sus sucesivos fallecimientos; en tanto que las prolongadas vacancias de la mitra y el siempre corto número de clérigos, conspirarían contra la subsistencia y el normal funcionamiento de la corporación.

         En todo caso, la extinción era completa en 1598, por la época de la visita del obispo Trejo y Sanabria, y el Capítulo entonces reconstituido escribía al Rey en 1610. "Cuando vinimos aquí, que habrá doce años, no hallamos prebendados en la Iglesia, sino tan solamente a dos o tres clérigos que le servían harto mal sin cumplir con las obligaciones que tienen las Catedrales y el derecho manda'' (6).


IV

FORMACIÓN DEL CLERO PARAGUAYO


         Envejecidos o ya fallecidos los antiguos capellanes de la conquista, para 1590 resultaba en verdad angustiosa la disminución numérica del clero secular; en tanto que las prolongadas y frecuentes vacancias episcopales y la pobreza de la tierra que impedía sostener un Seminario, se sumaban para oponer dificultades a la formación de sacerdotes criollos, hijos de la tierra que por su dominio de la lengua guaraní resultarían especialmente aptos para la evangelización indígena.

         De fray Pedro Fernández de la Torre, que rigió la Diócesis de 1556 a 1573 no sabemos que haya ordenado a nadie. A su muerte, se siguió una larga vacancia hasta la llegada del dominico fray Alonso Guerra en 1584, que venía de participar del Concilio limense de 1583, y permaneció a la cabeza de su grey por espacio de cuatro años: en ese lapso parece haber consagrado sacerdote al franciscano andaluz fray Luis Bolaños, en plena labor misional desde 1575, y al clérigo paraguayo Rodrigo Ortiz Melgarejo, aunque el P. Bruno lo supone ordenado en el Brasil. Ortiz Melgarejo fue de este modo el primer sacerdote paraguayo, y en 1595 desempeñaba ya las elevadas funciones de Provisor y Vicario General (7).

         En 1598, practicaba visita de la Diócesis el paraguayo fray Hernando de Trejo y Sanabria, Obispo electo del Tucumán, y aparte de administrar centenares de confirmaciones, confirió la primera ordenación masiva de sacerdotes paraguayos. Veintitrés jóvenes criollos, formados en la Provincia, alcanzaron el Orden Sagrado mediante su presencia en Asunción. Entre ellos, cabe identificar a Roque González de Santa Cruz (1576 - 1628), clérigo secular, Rector de la Catedral, después misionero jesuita y mártir en Caaró, beatificado por la Iglesia y con reiteradas gestiones de canonización; así como también a Gabriel Riquelme de Guzmán, nieto de Irala, que en la orden franciscana pasó a llamarse Gabriel de la Anunciación, evangelizador de indígenas en Itá y Yaguarón, Guardián del Convento de Buenos Aires, Definidor del de Concepción de la Buena Esperanza del Río Bermejo, y Cura doctrinero de Caazapá, entre muchas misiones pastorales; y a los PP. Felipe Franco, sucesivamente Cura de San Blas de los naturales, Canónigo y Arcediano; Francisco de Peralta, de larga actuación en el Paraguay y el Río de la Plata; Pedro Isbrán o Ysbrant, Beneficiado y Cura de españoles de la Anunciación; Francisco de Guzmán, hijo natural de Ruy Díaz Melgarejo, Cura de Santa Fe, y después, de Concepción del Bermejo, y Secretario del Sínodo Diocesano de 1603; Pedro González de Santa Cruz, Maestre Escuela interino en 1603 y Canónigo en 1613, además de Cura doctrinero de indios y participante de los Sínodos Diocesanos de 1603 y 1632 (8).

         De los Obispos electos que no vinieron, prolongando así las vacancias episcopales, cabe recordar al franciscano fray Juan del Campo, sucesor de Fernández de la Torre, presentado en 1577 y fallecido antes de recibir sus Bulas (9). Entre 1588 y el 84, impedido de venir, el obispo Guerra gobernó, con ejecutoriales de 1578, la Diócesis por intermedio del dominico fray Francisco Navarro Mendigorria, que volvió a administrarla a partir de 1588, siendo sucedido por el P. Rodrigo Ortiz Melgarejo, con título de Provisor, y otros clérigos, hasta 1601. En esos trece años hubo cinco Obispos electos, cuatro que no vinieron y uno que no pudo ejercer jurisdicción plena; el agustino fray Juan de Almaraz, que no aceptó el cargo (10); fray Luis López de Solís, trasladado a Quito (11); otro que no aceptó, el dominico fray Juan de Labrada (12); y fray Baltasar de Covarrubias, presentado a 1601, que tampoco vino (13). Entre éstos, la única excepción la constituye el Dr. Juan Vázquez de Liaño, Canónigo de Soria, con ejecutoriales de 1597, que llegó en 1599 a Buenos Aires, y murió sin haberse consagrado, ni subido a Asunción, aunque alcanzó a sostener controversia con el poder civil sobre el problema de los diezmos (14).

         En síntesis, en los 53 años corridos entre 1547, creación de la Diócesis, y 1600, final del siglo XVI, se registran 26 vacancias de la mitra o de total ausencia de prelado. En tales condiciones, resultaba casi imposible la formación de sacerdotes para cubrir los claros que se iban produciendo y la integración normal del Cabildo Eclesiástico.


V

EL SINODO DIOCESANO DE 1603


         Fray Martín Ignacio de Loyola, sobrino del fundador de la Compañía de Jesús, pero franciscano él, será el tercer Obispo residente y con jurisdicción plena. Hemos de considerarlo como el cuarto de la lista, si en ella incluimos al ya recordado Dr. Vázquez de Liaño que, aunque rigió la Diócesis con cédula de gobierno, falleció antes de ser consagrado. Las Bulas de Loyola eran del 19 de noviembre de 1601, y producido el pase del Patrono, se consagraba en Valladolid, y con toda su documentación en regla se embarcaba para su sede. Llegaba a Buenos Aires el 2 de enero de 1603, y al poco tiempo subía a Asunción; asiento de su Catedral (15).

         Para tratar los múltiples problemas de la reforma de las costumbres de la población hispano-criolla y mestiza y de la evangelización indígena, Loyola convocaba por edicto del 4 de octubre de 1603 "a todos los curas y vicarios del obispado, y a los procuradores civiles de las poblaciones", a un Sínodo Diocesano.

         Como sus demás emprendimientos religiosos y culturales, éste contó con el decidido y eficaz apoyo de Hernandarias de Saavedra, entonces Gobernador y Capitán General, que compartiría con él la presidencia dela referida junta que se constituyó en la Catedral de Asunción el 6 de cucho mes y año.

         Entre la gente de Iglesia, cabe anotar la presencia del Provisor y Vicario General de la Diócesis, P. Luis de Medina; el Lic. Francisco de Zaldívar, notable educador; fray Luis Bolaños, paradigma de los misioneros franciscanos y autor del primer Catecismo en guaraní; los clérigos Gaspar González, Francisco de Peralta, Gabriel Sánchez de Ojeda, asesor del Obispo, y Francisco de Guzmán, uno de los ordenados en 1598, Secretario del Obispo que ha de ser designado para cumplir las mismas funciones en el Sínodo, además de todos los curas y vicarios, como ya se ha señalado. Del Cabildo Eclesiástico, aparecen el Deán, Pedro Fontana de Zárate; el Arcediano, Pedro Manrique de Mendoza; el Tesorero, cuyo nombre no se menciona en las actuaciones; Pedro González de Santa Cruz "que al presente hace el oficio de maestre-escuela", y los Curas Beneficiados de la Catedral, PP. Felipe Franco, también Cura de los naturales de San Blas y más tarde Canónigo, Pedro Isbrant y Roque González de Santa Cruz, de la promoción de sacerdotes paraguayos de 1598, estos tres, de los cuales ya hemos dado noticia.

         En cuanto a los laicos, encabezados por el Gobernador y Capitán General, corresponde señalar la participación del capitán Andrés Lobato de Godoy, Teniente de Gobernador en Asunción, y los también capitanes Tomás de Garay, Francisco González de Santa Cruz, Juan Caballero Bazán, Hernando de Mendoza, Alonso de Cabrera y Diego Ponce de León, todos ellos caracterizados vecinos de la capital y de antiguos y meritorios servicios en el poblamiento de esta tierra, que han de continuar prestándolos en el futuro inmediato. También hacen acto de presencia los Procuradores Generales de Asunción y de Provincia, capitán Pedro Sánchez de Valderrama y Lic. Antonio Rosillo, éste último que lo es también de las ciudades de Santa Fe y de la Trinidad en el Puerto de Buenos Aires; los de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, capitán Diego Ponce de León, ya citado; de Santiago de Jerez, capitán Juan Bautista Corona; y de Ciudad Real del Guairá y Villa Rica del Espíritu Santo, al que no se identifica en los autos (16).

         Las deliberaciones, que se prolongan del 6 de octubre al 2 de noviembre de 1603, se centran en tres grandes temas: "Parte I. De la doctrina de los indios y modo de proponerla" (13 constituciones); "Parte II. De lo tocante a los sacramentos y buena administración de ellos" (15 constituciones); y "Parte III. De otras cosas diferentes (...), como de observancia de las fiestas y reformación de las costumbres" (15 constituciones). Cuatro semanas de estudio colectivo de tan graves materias nos indican la seriedad del tratamiento de las mismas. Creemos que en la primera, relativa a la evangelización indígena, habrá cabido el rol más destacado a los beneficiados de la Catedral, todos ellos criollos o mestizos paraguayos, con el consiguiente dominio del guaraní. En dicho tema, como en los demás, se sigilen las pautas marcadas por el Concilio de Trento, y por el de Lima, de 1583 al que asistiera el anterior Obispo, fray Alonso Guerra, y las Ordenanzas del Virrey Toledo de 1570. Se aprueba el Catecismo en guaraní de fray Luis Bolaños, con los agregados del P. Roque González de Santa Cruz que lo enriqueciera con algunas oraciones y adaptaciones (17).

         Jóvenes, plenos de fervor apostólico y allegados a la Catedral, el gran centro orientador de la evangelización de ese tiempo, puede suponerse que la labor del Maestre-Escuela interino y de los tres Beneficiados, todos paraguayos, habrá resultado de suma utilidad y se la tomaría en cuenta para la elaboración de varias de las 43 constituciones allí aprobadas.

         Por otra parte y como resultado de las mismas, el gobernador Hernandarias dictaba, el 29 de noviembre de 1603, sus 31 "Ordenanzas de buen gobierno (...) inserto en ellas la doctrina y buen tratamiento de los indios", antecedentes de las de Alfaro, de 1611 (18).


VI

DEL PRIMERO AL SEGUNDO SINODO


         En la época del Sínodo Diocesano de 1603, ya estaba constituido de modo relativamente estable el Cabildo de la Catedral de Asunción, y ello, por lo que hemos visto, había tenido principio de ejecución a partir de 1598.

         El obispo Loyola falleció en 1606, y lo sustituyó fray Reginaldo de Lizárraga, dominico, Obispo que era hasta entonces de la Imperial, en Chile. Este tomó posesión de la silla asunceña "como Gobernador con poder merced sede vacante", según informaba el Capítulo catedralicio, y moriría ese mismo año. Aunque consagrado al recibir su anterior destino, Lizárraga quizá no haya tenido jurisdicción plena en su nueva Diócesis porque sus ejecutoriales, de acuerdo con datos de Schäfer, eran del 4 de octubre de 1609, fecha casi coincidente con su fallecimiento. En todo caso, en sus cartas al Rey del 28 de abril y el 26 de mayo de 1608, desde Córdoba del Tucumán y Santa Fe respectivamente, así como también en un memorial no datado y otra carta del 30 de setiembre de 1609, ambos desde Asunción, se denomina Obispo de nuestra Diócesis. Corta, pues, fue su gestión pastoral, y le seguiría una nueva vacancia que se prolongaría por casi una década, hasta 1618 (19).

         Resulta de interés un hecho coetáneo, para una cuestión que hemos de dilucidar más adelante: por Real Cédula del 10 de abril de 1609, se consulta al Presidente de la Audiencia de Charcas sobre la conveniencia de mudar la Catedral a Buenos Aires, "por qué con la asistencia allí del Obispo como Inquisidor ordinario", pudiese ponerse más eficaz remedio a los problemas que suscitaba la presencia en ese puerto de portugueses y otra gente sospechosa en materia de fe (20).

         Hemos visto ya la composición del Cabildo de la Catedral en 1603, con la inclusión de un Maestre-Escuela interino nombrado por el obispo Loyola para cubrir una emergencia. En 1610, formaban parte del cuerpo los PP. Fontana de Zárate, Deán, y Pedro Manrique de Mendoza, Arcediano, peninsulares ambos, y los canónigos Felipe Franco y Francisco Resquín o Rasquín, paraguayos.

         "Somos en esta Iglesia -escriben ellos en 1610- siete sacerdotes, dos Curas y un Beneficiado simple que el obispo don fray Martín Ignacio de Loyola, de buena memoria, erigió en Maese-Escuela, el cual hace semana con nosotros y sirve al coro (...). Aparte tenemos dos sacristanes y un pertiguero y mayordomo".

         Deán y Arcediano provenían de Castilla la Vieja. El primero de ellos, de 60 años en 1610, natural de Villegas, en tierras de Burgos, había sido Canónigo en Soria y "predicador graduado en Filosofía y en Santa Teología por Salamanca, algo curial de las cosas de Roma, porque estuvo allí por Capellán de Santiago de los españoles, por tres años"; y el segundo, de más de 40 años, natural de Santa Cruz de Campezo, es "graduado en Cánones por Salamanca, persona noble, pariente de la casa del Conde de Orgaz (...) y ha trabajado aquí mucho en la conversión de los indios". En cuanto a los dos Canónigos, de reciente designación, "son naturales de esta ciudad, hijos de conquistadores principales, hombres honrados" y merecedores, por sus muchos trabajos, de las primeras dignidades que vaquen. Tales son, en sus propias palabras, los hombres del Cabildo Eclesiástico del Paraguay en 1610.

         Dos grandes problemas confronta la Iglesia y denuncia el Cabildo: lo fugaz de la gestión de los sucesivos Obispos y la extrema pobreza. "En estos tres años -escriben- ha habido tres Obispos en este obispado, a los cuales han llamado tan a prisa del otro siglo (...) que apenas han puesto los pies en este obispado". Más de una vez ha debido tocarse a sede vacante y asumir el Capítulo el gobierno diocesano. En cuanto a lo económico, la renta de la mesa capitular, establecida "en moneda de plata", pierde parte apreciable de su valor al reducírsela a "frutos y hacienda que son las monedas de esta tierra", a lo que debe sumarse la circunstancia de que "se gasta la tercia parte en cobrarlo", por lo extenso del territorio y la gran dispersión de las poblaciones. Agregan una reseña de los precios de la ropa y el sustento y refieren la ninguna asistencia de indios de servicio que reciben de los Gobernadores.

         Pese a tantas penurias, en “lo que toca a canto llano no nos gana ninguna Iglesia de las Indias y muchas no nos llegan. No tenemos órganos, ni renta para capilla de canto de órgano (...). Los libros que tenemos de canto llano son de papel y ya muy viejos, remendados, que son los que trajo el primer Obispo, y, como son del rezo y antiguo misal, nos causa perturbación para hacer el oficio con puntualidad como se requiere en las Catedrales (...). También nos faltan campanas, que todas se han quebrado, y no hay maestro en esta tierra para poderlas hacer". En cuanto a ornamentos, merced a ayuda de la Corona, espolios de los Obispos fallecidos y herencia de prebendados y clérigos "que sean en el Cielo'', la situación no es tan crítica y existe "un pobre tesoro que llegará a diez o doce mil pesos en ornamentos y plata".

         La noticia de un posible traslado de la Catedral a Buenos Aires les ha dado "mucho gusto y contento", pues con ello se remediarían muchos de los problemas económicos, y podría el Obispo contar, "demás de la ciencia que hubiere en los prebendados", con la necesaria asistencia de letrados, y sugieren que se practiquen averiguaciones para corroborar lo que ellos afirman. Resulta notorio que están haciendo referencia a la Cédula, ya mencionada, del 10 de abril de 1609. El tema ha de reactualizarse a lo largo de los años, hasta fines del siglo XVII (21).

         En lo relativo a pobreza y carencia de medios, no incurren en mucha exageración. En cuanto a los ornamentos, todavía en 1637 eran los traídos por el primer Obispo residente en la armada de Martín de Orué, ochenta años antes, y se decía de ellos que "son los mejores que hay en este Reino" (22).

         En 1618, tras nueve años de vacancia episcopal y con ejecutoriales del 12 de diciembre de 1615, tomaba posesión de la silla el quinto Obispo residente, Lic. Lorenzo de Grado o Pérez de Grado, antes Arcediano del Cuzco, pero el año siguiente se fue de nuevo a esa ciudad, ya como Obispo y allí fallecería en 1627 (23). Aunque de muy corta permanencia en Asunción, llegó a anotar que "la tierra es tan dilatada como rústica y pobre, y la gente, con mucha necesidad de ser enseñada en la fe y uso de los sacramentos" (24); señaló que "los años 1615, 16 y 17 fueron los de mayor diezmo" (25); y cuando se hallaba practicando la visita de Buenos Aires, recibió la comunicación de su traslado (26).

         Fue Pérez de Grado el último Obispo anterior a la división de la "Provincia gigante de las Indias", y de él se conservan, cuando menos, siete comunicaciones relativas a su gestión episcopal en el Paraguay.

         Pocos cambios se producen durante esa década en la integración del Cabildo de la Catedral, y tiende a paliar la angustia económica denunciada, la asignación de 200 pesos "en monedas provinciales", con cargo a las Reales Cajas, a favor de cada prebendado, dispuesto en 1619 (27).

         Consta que en 1615 era aún Canónigo el P. Francisco Resquín (28). Pero ni a él, ni al arcediano Manrique de Mendoza, los encontramos ya en 1620, cuando el Capítulo se halla integrado por el deán Fontana de Zárate y los clérigos paraguayos Felipe Franco, promovido a Arcediano en 1615, Pedro de Sierra y Ron, Tesorero, y Pedro González de Santa Cruz, Canónigo, que lo son, éstos dos, desde 1613, todos los cuales exponen la imposibilidad de proponer en terna las candidaturas a beneficios eclesiásticos, debido al corto número de sacerdotes disponibles (29).

         En el bienio de 1620 y 21, se consuma la división de la provincia, dispuesta en 1617. El primero de esos años, toman posesión en Buenos Aires de sus respectivos cargos el primer Gobernador y el primer Obispo, que no dependen ya de Asunción; y en 1621, lo hacen en esta ciudad D. Manuel de Frías y fray Tomás de Torres, dominico, primer Gobernador y Capitán General y primer Obispo del Paraguay que ya no tienen jurisdicción sobre Buenos Aires y las otras tres ciudades segregadas al constituirse la nueva Provincia y Diócesis del Río de la Plata.

         El obispo Torres, cuyas ejecutoriales eran del 26 de julio de 1620, gobernó a su grey hasta 1626. Cuestionó él el laboreo y consumo de la yerba-mate; se mostró muy adverso a los jesuitas, a los que privó de estudios y procesiones; y sostuvo un grave conflicto con el gobernador Frías, al que excomulgó, así como también a su Maestre de Campo General, Gabriel de Vera y Aragón, y a su Secretario, el primer Diego de Yegros. Por su parte, Frías lo declaró incurso en privación de temporalidades e inobediente. Grandes proporciones alcanzaron el escándalo y la confusión, hasta que la Audiencia de Charcas en 1626 los convocó a ambos a sus estrados, de donde no regresarían. Frías falleció cuando volvía absuelto, y Torres fue trasladado a la sede del Tucumán, de lo que se la había cursado Cédula de aviso el 31 de enero de 1625 y tuvo ejecutoriales el 20 de abril de 1629. En esas funciones fallecería al poco tiempo, mientras participaba de un Concilio provincial en Chuquisaca (30). Lozano refiere que también practicó rigurosa visita de las reducciones franciscanas, lo que habrá tenido lugar en 1624, pues ese año fray Ambrosio de Torres, igualmente dominico, aparece como Gobernador y Juez Eclesiástico, y el bachiller Mateo de Espinosa, de Provisor, Juez Oficial y Vicario General, ambos del Obispado del Paraguay y en nombre de aquel prelado (31).

         A la luz de la experiencia de los primeros años de segregación política y eclesiástica, el 18 de enero de 1627 el Lic. Alonso Pérez de Salazar, Oidor de Charcas, aunque reconociendo que "la Iglesia Catedral de Buenos Aires es bien servida (...), le parece basta que haya en aquel puerto Iglesia Parroquial, y que la Catedral se redujese a la del Paraguay, en el entretanto que se ponen allí Audiencia e Inquisición, y está cerrado el dicho puerto, y que tiene por más a propósito para aquellas Provincias los eclesiásticos de las Indias que los de España, por contentarse con menos y estimar más las dignidades". Constituía un claro reconocimiento de la sobriedad y las aptitudes de los prebendados del Paraguay, y sus argumentos impresionaron al Consejo de Indias a punto tal que Felipe IV cursó sendas Cédulas consultivas a la Audiencia y al Arzobispo de Charcas, Metropolitano éste, de nuestra Diócesis (32). No sería la última oportunidad en la que se consideraría una posible reunificación de ambas jurisdicciones episcopales.

         En ausencia del obispo Torres y por nombramiento suyo, ejerció el gobierno eclesiástico con título de Provisor y Vicario General el canónigo Mateo de Espinosa, y lo secundaba Miguel Sánchez de Vera, como Notario (33).     En plena controversia con el gobernador Frías y tal vez para asegurar su posición, el referido Obispo hizo a la Corona un donativo de 300 ducados de Castilla, pagados en 413 pesos y 6 tomines corrientes, en reales de a 8 el peso; y todavía en 1630, se denominaba Obispo del Paraguay y electo del Tucumán (34).

         A Torres, le siguen tres Obispos que no han de venir: el dominico peruano fray Agustín de Vega, Prior que había sido sucesivamente de los Conventos de Trujillo, Panamá, Chuquisaca, Cuzco y Lima, y Provincial desde 1617, que tuvo Cédula de aviso del 17 de abril de 1625, pero falleció en su ciudad natal el 25 de diciembre inmediato, antes de recibir sus Bulas, ni consagrarse (35); fray Leandro de Garfias, andaluz, también dominico, presentado en 1626, "que obtuvo las Bulas de Su Santidad, y viniendo con ellas, murió en el mar" (36); y el mercedario fray Melchor Prieto, español, hermano del Obispo de Alguer en Cerdeña, que tuvo Cédula de aviso del 4 de abril de 1628, "pero con religioso desengaño renunció a esta mitra" (37).

         En este interregno se producen algunos hechos de especial trascendencia en la vida paraguaya. Por ausencia sin sustituto legal del gobernador Frías, el Cabildo, Justicia y Regimiento de Asunción asume el gobierno político y militar de la provincia, y ha de ejercerlo por un año y medio, con eficiencia y alto sentido de la responsabilidad, sentando así una jurisprudencia que se mantendrá por medio siglo, hasta que la Recopilación de 1680 resuelva definitivamente la cuestión (38). Los bandeirantes o mamelucos aparecen, fuertes y agresivos, en las misiones jesuíticas del Guairá y del Cuaracy-Verá, y comienzan su deletérea acción depredatoria y de cautiverio de decenas de miles de guaraníes cristianos (39). Entre tanto, la labor misional de los mismos jesuitas se extiende hacia el Sudeste, por las tierras de los guaraníes de las parcialidades de tapes y paranáes, y encabezada por el paraguayo Roque González de Santa Cruz, traspone los grandes ríos Paraná y Uruguay, y prosigue su marcha fundando reducciones y evangelizando a los indígenas, hasta morir, mártir, con otros compañeros, en Caaró, en 1628 (40).

         Séptimo Obispo residente del Paraguay fue el benedictino fray Cristóbal de Aresti, natural de Valladolid, de memorable actuación. Presentado en 1628 y consagrado en el Convento de San Martín, en Madrid, con ejecutoriales del 17 de setiembre de 1629, "pasó prontamente a su obispado que gobernó con mucho celo y le visitó todo, penetrando hasta donde jamás entró ninguno de sus antecesores, y confirmando la primera vez 19.827 almas". Hallándose de visita pastoral en la Villa Rica del Espíritu Santo, sin más armas que un crucifijo, con sus vestiduras pontificales y acompañado de sus clérigos, enfrentó a los bandeirantes, y cual nuevo San León Magno, logró contenerlos y salvar así a dicha comunidad.

         Además, en 1631 convocó al segundo Sínodo provincial del que no tenemos mucha información. Dice Aguirre que "celebró en Asunción su segundo Concilio Sinodal en 1631, y fue transferido a la mitra de Buenos Aires". Sabemos que de esta asamblea, entre otros no identificados, tomó parte el canónigo Pedro González de Santa Cruz, al que ya habíamos encontrado en la de 1603. Aresti tuvo problemas sobre la validez de sus títulos en su nueva Diócesis, sufrió extrañamiento de ella, y al morir en Potosí, en 1638, seguía invocando la calidad de Obispo titular del Paraguay y electo del Río de la Plata (41).

         En 1629, el Cabildo de la Catedral de Asunción, con las firmas del deán Pedro Fontana de Zárate, del tesorero Pedro de Sierra y Ron, proveído Chantre, y de los canónigos Pedro González de Santa Cruz y Mateo de Espinosa, con relación a una Cédula del 3 de abril de 1628, en la que se le preguntaba cómo procedían los Obispos en las causas contra los capitulares de la Iglesia, respondía que siempre habían actuado con los adjuntos dispuestos en el Concilio de Trento, y que esto lo podían asegurar "de este tiempo que es más de cincuenta años a esta parte" por testimonios coincidentes del chantre Sierra y Ron y el canónigo González de Santa Cruz, que "han asistido desde su niñez y han conocido a todos los Obispos que ha habido, desde el segundo de este Obispado hasta el postrero", y de otros informantes fidedignos. Elogian también la actuación del nuevo Gobernador y Capitán General, Dr. Luis de Céspedes Xeria, y sugieren que se le prorrogue el mandato, y vuelven sobre el tema de lo exiguo de sus rentas, para terminar pidiendo que se les mande "dar a quinientos pesos de plata acuñada a cada uno, en la Caja de Potosí" (42).

         No pasará mucho tiempo sin que se produzcan sensibles bajas. Para 1635, ya han fallecido el deán Fontana de Zárate, tras casi cuarenta años de actuación, y el chantre Sierra y Ron, "y están vacas de atrás otras sillas"; y no hay sino dos Canongías en propiedad. Para evitar la acefalía del Capítulo, el obispo Aresti, todavía en Asunción, nombra Chantre en ínterin al P. Antonio Mendes de Basconcelos, que para ese efecto hace dejación del curato de la Encarnación (43). Esto se corrobora con una certificación expedida en 1637 por el capitán Francisco Sánchez de Vera, Tesorero Juez Oficial Real, en la que se afirma que hay sólo dos Canónigos proveídos en forma, los ya recordados PP. Espinosa y González de Santa Cruz, por haber fallecido cuatro prebendados, a saber, el deán Fontana de Zárate, el arcediano Felipe Franco, el chantre Francisco Resquín y el tesorero Sierra y Ron, éste último, promovido a Chantre por anterior muerte del P. Resquín. Estas cuatro sillas se hallan vacantes, aunque se tiene noticia de que ambos Canónigos están proveídos para Arcediano y Tesorero, respectivamente, y para sus Canongías, los PP. Cristóbal Sánchez de Vera y Diego Ponce de León, con lo que solamente quedarían sin llenar el Deanato y la Chantría. Recomienda los méritos y servicios del Lic. Francisco de Luján y Rojas. Idéntica noticia y recomendación da en la probanza de otro postulante a prebendas, el Lic. Luis de Acevedo y Orué. Aparecían ya en posiciones relevantes los primeros paraguayos formados en Córdoba. Las anotadas previsiones se han de cumplir y al poco tiempo los PP. Sánchez de Vera y Ponce de León se incorporan al Capítulo catedralicio, del que éste último formará parte por más de veinte años, sucesivamente como Canónigo y Tesorero (44).

         Tal era la composición del Cabildo de la Catedral de Asunción en vísperas de la llegada del octavo Obispo residente, fray Bernardino de Cárdenas.

         Si nos hemos detenido con tanto detalle en el contenido de oficios, cédulas y certificaciones, ha sido porque de los mismos se desprende una visión de la problemática general de la Iglesia en el Paraguay del siglo XVII, y particularmente de su Cabildo catedralicio, y se percibe la creciente supremacía numérica del clero paraguayo en su composición.


VII

PROBLEMAS DEL EPISCOPADO

DE FRAY BERNARDINO DE CARDENAS


         Antes de irse el obispo Aresti a su nueva sede de Buenos Aires, estaba presentado para la mitra del Paraguay el maestro fray Francisco de la Serna, natural del Arzobispado de lima, formado en Cánones en la Universidad de San Marcos y por dos trienios Provincial de su orden en el Perú. Tuvo Cédula de aviso el 24 de abril de 1635, y con Bulas de Urbano VIII, fue consagrado en Lima, con pompa excepcional. Sus ejecutoriales eran del 7 de octubre de 1636, pero desde el 4 de abril estaba trasladado "a la Iglesia de Popayán, la que gobernó más de nueve años, y siendo electo Obispo de La Paz, al pasar por Quito, murió por abril de 1647 (45).

         Aun cuando no vino, siendo Obispo electo del Paraguay, Serna dio poder para ejercer el gobierno eclesiástico, con título de Gobernador, Provisor y Vicario General, al varias veces recordado canónigo Pedro González de Santa Cruz, delegación que se hallaba en plena vigencia en 1637 (46).

         A la ida de Aresti le siguieron seis años de vacancia episcopal, hasta que en 1642 llegaba el octavo Obispo residente, fray Bernardino de Cárdenas, franciscano, y era recibido, aunque con algunos reparos.

         Cárdenas había ejercido funciones de distinción en la orden franciscana, en el Alto Perú, del que era oriundo por haber nacido en La Paz. "Guardián de algunos conventos principales -dice de él en 1635 el Obispo de su ciudadnatal, Dr. Feliciano de la Vega- y Definidor y Visitador, y en el Concilio Provincial que se hizo en el arzobispado de la Plata fue nombrado por Comisario y predicador para la extirpación de las idolatrías"; y lo recomendaba como "varón aplicado e insigne predicador (...) para cualquiera de las iglesias vacas de este reino" (47). Hallaban eco estas apreciaciones en el Consejo de Indias, y en 1640 Cárdenas era presentado para la Diócesis del Paraguay. Según Aguirre, "al año siguiente recibió la Cédula Real de su ascenso, pero no las Bulas de Su Santidad", aunque por diversas fuentes se sabía sin lugar a dudas que "la gracia era cierta" (48).

         Para 1641 y 42, se habían producido nuevos cambios en el Cabildo de la Catedral: el 18 de setiembre de 1641 el maestro Gabriel de Peralta, paraguayo, era presentado para Arcediano, con tres años de tiempo para hacerle cargo, por promoción del bachiller Mateo de Espinosa al Deanato, en el que en 1644 sería reemplazado por el mismo Peralta, y seguían en funciones los canónigos Cristóbal Sánchez de Vera y Diego Ponce de León (49).

         Cárdenas había tenido Cédula de aviso del 27 de febrero de 1638 y ejecutoriales del 22 de mayo de 1641, pero no los originales de las Bulas, aunque por una carta del Cardenal Nidardo se le aseguraba que habían sido expedidas. Luego de consultas en La Plata y Córdoba, favorables a la validez de su jurisdicción, fue consagrado por el Obispo del Tucumán y viajó al Paraguay, de cuya sede tomó posesión en mayo de 1642. Sin embargo, según afirmación de Aguirre, el Cabildo de la Catedral, acaudillado por el arcediano Peralta que pronto sería Deán, "porque no mostró las Bulas, le negó la jurisdicción episcopal" (50).

         Ese mismo cuerpo lo acusaría después de haber hecho "escribir en el libro de Cabildo una forma de recibimiento que mandó firmar y los prelados, por justo temor, lo firmaron (...) con lo cual fue continuando con el oficio pastoral"; así como también de haber ordenado a más de cien sacerdotes "que apenas saben leer y muchos de ellos ilegítimos, bígamos, oficiales de oficios mecánicos; otros, sin edad y de otros obispados", y de muchas irregularidades más. Charlevoix, que confirma esto, aunque en términos más moderados, dice que los ordenados lo fueron "sin tener más mérito que hablar la lengua de los indios" (51). A estos sacerdotes se refería el propio Cárdenas, en un exhorto dirigido al Cabildo en 1648, como "clérigos presbíteros hijos de esta tierra", de los que "hay en ella más de ochenta ordenados a título de indios", al proponerlos para los curatos de las reducciones entonces a cargo de los jesuitas y en sustitución de los mismos, por ser éstos "la mayor parte o todos de las naciones extranjeras y de las que mueven guerra a la real corona del Rey Nuestro Señor". Esta proposición, desde luego, tuvo lugar cerca ya de la culminación del enfrentamiento del prelado con los religiosos de la Compañía (52).

         Además de las cuestiones con el Cabildo de la Catedral, notoriamente promovidas por éste, las tuvo Cárdenas con los franciscanos, de su propia orden, y con los dominicos, "cuyo convento mandó derribar por haber sido erigido sin real licencia, y para esto le prestó el auxilio del brazo secular el gobernador Gregorio de Inestrosa" (53).

         El enfrentamiento de más graves repercusiones lo sostuvo con los religiosos de la Compañía de Jesús, aunque relativamente tardío, pues aún en 1644 el Obispo elogiaba la labor de aquéllos (54).

         Ese mismo año, le llegaron sus Bulas, en los términos anunciados, aunque según Charlevoix con una limitación: "expresamente se decía allí que si en su consagración intervenía alguna irregularidad, incurriría en censuras que le dejarían suspenso de toda sus facultades" (55). Sin entrar a profundizar en la exactitud de la glosa del cronista jesuítico, conviene señalar que de ese mismo año 1644 por dos sucesivas Cédulas, datadas ambas en Fraga y el 25 de julio, se expresaba a Cárdenas la extrañeza del Rey por qué se hubiera consagrado sin tener sus Bulas, ni ejecutoriales, y al Obispo del Tucumán, por haberlo consagrado con tales omisiones (55). Se habrá movido para ello la gente del Cabildo de la Catedral, u otra, que también le sería adversa.

         Tardaría en llegar el documento admonitorio, y entre tanto, Cárdenas en posesión de sus esperadas Bulas, pudo considerar salvada todas las objeciones que se le podían haber opuesto; y en consecuencia, cierto de lo incuestionable y pleno de su jurisdicción episcopal, se dispuso a practicar la visita de las reducciones jesuíticas. Y en este preciso momento surgió el conflicto con estos religiosos, que se opusieron a su pretendido viaje y cuestionaron la validez de su consagración y por consiguiente, de las facultades episcopales que se atribuía.

         Con los regulares de la Compañía y el Deán en contra, a los que ahora se sumaba el gobernador Inestrosa, se volvía muy difícil la ejecución de la proyectada visita pastoral. Ya en camino el Obispo, fue sitiado en Yaguarón por fuerzas del Gobernador. Aquél lo excomulgó a éste, y "puso en entredicho y cesación a divinis" a la provincia, y el afectado usó del derecho de extrañarlo del Paraguay, en uso desde el tiempo del adelantado Torres de Vera y Aragón. Con su población criolla y mestiza dividida en dos bandos inconciliables y un creciente clima de tensión, vivía el Paraguay un ambiente en verdad propicio a la guerra civil (56).

         El deán Peralta y sus adictos del Capítulo catedralicio, decían del Obispo que "parece que ocasionó algunas inquietudes, escándalos y alborotos, que obligaron al maestre de campo Gregorio de Inestrosa, qué entonces gobernaba esta provincia, a que le requiriese saliese de ella para que se excusasen mayores daños, con lo cual el dicho Reverendo Obispo se fue al obispado del Río de la Plata, donde estuvo más de dos años"; y agregaban que "el Cabildo continuó con la jurisdicción que por derecho le compete, de que le había despojado el dicho Reverendo Obispo" (57).

         Por su parte, según Charlevoix, "publicóse luego un edicto que declaraba a don Bernardino de Cárdenas intruso en el obispado", por lo que se nombró a un Provisor que dejó sin efecto las excomuniones decretadas por aquél (58).

         En los dos años inmediatos, se sumaron sequía, epidemia y malones chaqueños, vale decir, un sinnúmero de calamidades que los adictos del Obispo, que no eran pocos, atribuían invariablemente a castigo divino por el exilio de aquél. En 1646, Cárdenas tentaba el regreso, pero ante las amenazas de Inestrosa, alentadas por el Deán y los religiosos que se le oponían, tuvo que desistir y regresar a Corrientes desde el paso de Angostura, siete leguas al Sur de Asunción (59).

         Llegados los primeros informes a la Corte, se había dispuesto el traslado de Cárdenas a la sede de Popayán, en la Nueva Granada; pero con nuevas acusaciones de sus émulos, se suspendía la medida y se ordenaba a la Audiencia de Charcas la remisión de todas las actuaciones obradas, para resolver lo que correspondiera. Antes de saber esto último, Cárdenas había rechazado el traslado a Popayán, fundado en "lo largo del camino y su avanzada edad" (60).

         El 2 de febrero de 1647, sustituía a Inestrosa un nuevo Gobernador y Capitán General, el maestre de campo Diego de Escobar Osorio. Según los principales cronistas del siglo XVIII, el nuevo gobernante, a instancia de su esposa, Da. Magdalena de Villagra, señora muy piadosa, habría permitido el regreso del Obispo desterrado, al que la población recibió con grandes muestras de alegría y solidaridad (61).

         Sin embargo, según versión del propio Cabildo Eclesiástico, siempre adverso a Cárdenas, la vuelta de éste tuvo lugar por órdenes expresas del Arzobispo y de la Audiencia de Charcas. En su ya memorada carta del 15 de enero de 1650, dice el Capítulo catedralicio, que el Obispo "con informes falsos y relaciones siniestras, ganó provisión del Juez Metropolitano, en qué le restituyó a este obispado, y vino auxiliado de la Real Chancillería que Vuestra Majestad tiene en la ciudad de la Plata". Se opuso el referido Capítulo a la ejecución de lo así dispuesto, porque consideraba que el prelado "había incurrido en penas de privación e inhabilidad y estaba privado del obispado y derecho que a él tenía", por los defectos de su consagración. No prosperó tal pretensión, y fray Bernardino de Cárdenas, a mediados de 1647, recuperaba la plena jurisdicción en su sede.

         El deán Peralta y los prebendados siguieron la resistencia, y el Obispo los separó de sus funciones y las nombró sustitutos, por lo que aquéllos buscaron refugio en las misiones jesuíticas (62).

         Desde sus comienzos,   había sido una guerra franca y declarada, en la que cada parte desconocía a la otra toda legitimidad y la declaraba incursa en penas canónicas. No se trataba de mera querella entre eclesiásticos: vivía el Paraguay el episodio culminante del movimiento comunero en el siglo XVII, y fray Bernardino de Cárdenas se constituía en su principal protagonista.

         Aunque no directamente dentro de nuestro tema, pero ligado al mismo por la identidad del personaje central, cabe referir que, habiendo fallecido el gobernador Escobar Osorio, el 26 de febrero de 1649 y sin sucesor legítimo, el Cabildo secular de Asunción, como ya era costumbre en el país, tomó a su cargo el gobierno político y militar. Más, habiéndosele intimado el cumplimiento de la Real Provisión del 12 de setiembre de 1537, convocó a Cabildo abierto. Reunido el mismo el 4 de marzo, 344 vecinos "a voz de pueblo y ciudad" proclamaron por Gobernador y Capitán General a fray Bernardino de Cárdenas. Tomaba éste posesión del mando con las formalidades de rigor, y de este modo reunía en su persona los gobiernos espiritual y temporal (63).

         Diez meses después, definitivamente alejado ya del Paraguay el Obispo, escribiría el Cabildo de la Catedral que aquél, "hallando ocasión de ejecutar lo que tanto había deseado, trató luego de que le nombrasen por Gobernador y con eficacia lo solicitó con el pueblo y deudos de los clérigos que ha ordenado, y uno de ellos, con los demás y la gente vulgar, juntos en la plaza de esta ciudad, le nombraron por Gobernador y Capitán General, en virtud de un traslado simple de cédula antigua del invictísimo emperador Carlos Quinto, de buena memoria" (64). Y ochenta años más tarde, diría el Padre Lozano que "entonces el Prelado referido usurpó el gobierno con pretexto de la real cédula del emperador Carlos Quinto haciéndose elegir gobernador" (65). Charlevoix, que lo sigue, tras hacer referencia a la muerte del Gobernador, dice que "apenas hubo cerrado los ojos, cuando se hizo una junta tumultuosa en la casa del Cabildo para darle sucesor, mientras el Rey nombrase Gobernador; lo cual se hacía en virtud de la pretensa Cédula de Carlos V, que ya no daba tal derecho al Cabildo secular de la Asunción (...). Pero en la Asunción no se conocía ya ni ley, ni autoridad superior. El populacho, amotinado por las hechuras del Obispo, le proclamó Gobernador y Capitán General" (65). Fue ésta la verdad oficial y se mantuvo a través del tiempo. Aún después de la Independencia, sostenía Funes que "fiado en el predominio que le daba su puesto y su altanería, se hizo elegir gobernador a virtud de un anticuado privilegio del emperador Carlos V. En siete meses que le duró el mando hizo revivir hasta sus más pequeños resentimientos y gustó por entero el placer de la venganza" (67).

         En verdad, duró poco el gobierno de Cárdenas y en ese lapso procedió contra jesuitas y dominicos, en tanto que el Deán y los prebendados embanderados con él permanecían en el exilio. La audiencia de Charcas y el Virrey del Perú desautorizaron la elección, y se comisionó al maestre de campo Sebastián de León y Zárate, con una fuerza militar, para someter al Obispo-Gobernador y al Cabildo y pueblo de Asunción que lo apoyaban con fervor y abnegación. Se combatió en el paraje de Santa Catalina, a dos leguas de la ciudad, y allí, con 22 muertos, los comuneros fueron derrotados. Así, terminó la gestión gubernativa del Obispo, y entre otras medidas represivas, a los hombres del Cabildo secular se les impuso inhabilitación perpetua para ejercer tales oficios.

         Todo el proceso que transcurre entre la muerte de Escobar Osorio y el combate de Santa Catalina es claramente revolucionario, y constituye, como ya lo hemos señalado, el episodio culminante del movimiento comunero en el siglo XVII, en el cual se insertan las cuatro ocasiones en las que el Cabildo de Asunción ejerce el gobierno entre 1626 y 1676, y los conflictos de la misma corporación con los gobernadores Corvalán, en 1675 y Escobar y Gutiérrez en 1705 (68).

         De la represión participa el deán Peralta, reintegrada a su silla merced a la derrota y el alejamiento del Obispo. Es él quien, como Juez Conservador designado por los religiosos de la Compañía de Jesús, ha de dictar sentencia el 22 de enero de 1652 contra el Teniente General de Cárdenas y los capitulares que le fueron adictos, en lo que coincidía con un fallo anterior del Lic. Andrés Garavito de León, Gobernador y Visitador (69).

         Fray Bernardino de Cárdenas, extrañado una vez más de su Diócesis, se negó a renunciar a ella o aceptar un traslado, y asumió la responsabilidad exclusiva de todos los hechos. Aunque controlado por el Metropolitano de Charcas, siguió él administrando la Iglesia del Paraguay a través de Gobernadores Eclesiásticos, que lo fueron sucesivamente el maestro Juan Vizcaíno de Agüero, después Canónigo, y el P. Pedro de la Cavex, en tanto que el P. Francisco Muñoz Holguín, uno de los 80 ó 100 ordenados "a titulo de indios", era rechazado por el Metropolitano y la Audiencia, a pedido del gobernador Garavito (70). Desde el 21 de setiembre de 1656 y designado el año anterior por el Metropolitano merced a especial delegación del obispo Cárdenas, era Gobernador Eclesiástico el Dr. Adrián Cornejo, hasta entonces Cura y Vicario de Córdoba del Tucumán (71). Su gestión duró siete agitados años y la caracterizaron su acendrado espíritu de justicia y su perseverancia pese a los innumerables obstáculos que se le opusieron. Tuvo enfrentamientos con el deán Peralta, que cuestionaba la validez de su título por provenir de Cárdenas, y por otros asuntos de disciplina eclesiástica (72). Pero en lo que especialmente se destacó, fue en la defensa desesperada de los indígenas de Arecayá, cruelmente reprimidos y condenados a servidumbre perpetua por el gobernador Alonso Sarmiento de Figueroa, y obtendría, al cabo de los años y ausente ya del Paraguay, justicia y reparación, aunque tardías, para ellos (73).

         En 1664, Cárdenas le revocaba el poder a Cornejo, y lo sustituía el Lic. Francisco Núñez de Avalos, Provisor, Vicario General y Visitador de la Diócesis. Poco después, el mismo Cárdenas aceptaba su traslado a Santa Cruz de la Sierra, con lo que terminaban su episcopado en el Paraguay y casi un cuarto de siglo de conflictos (74).

         En ese prolongado lapso, se produjeron cambios en la composición del Cabildo de la Catedral. Hemos visto ya que el Lic. Gabriel de Peralta era Deán desde 1644. Aparte de él, en 1650 era Chantre el Lic. Francisco Sánchez del Valle, fallecido en 1657, y seguía como Canónigo D. Diego Ponce de León, en tanto que servía la plaza el Notario Eclesiástico y Secretario el P. Mateo González de Santa Cruz. En el recibimiento del Dr. Cornejo, ya recordado, aparecen los PP. Peralta, Deán, Sánchez del Valle, Chantre, y Ponce de León, Tesorero, y se les suma el maestro Juan Vizcaíno de Agüero, Canónigo y antes Gobernador Eclesiástico, y la misma integración se mantiene en 1657 y hay dos Canongías vacantes.

         De los dignatarios y prebendados, dice Cornejo que sólo el Deán Peralta y el Canónigo Vizcaíno de Agüero han cursado Facultad. Los demás no pasan de gramáticos (75).

         En 1658, ya no aparece el Chantre, fallecido poco antes, y en 1659, toda la autoridad del Cabildo Eclesiástico recae en el deán Peralta, por muerte de los demás prebendados (76). El año siguiente, el gobernador Sarmiento de Figueroa puntualiza que el Arcedianato se halla vacante desde hace cinco años, por muerte del Lic. Luis de Acevedo y Orué; la Chantría, desde hace tres, por la del Lic. Fernando Sánchez del Valle; la Tesorería, desde hace dos, por la de D. Diego Ponce de León; y de las dos Canongías, una no ha sido provista desde que falleció D. Cristóbal Sánchez de Vera, 12 años atrás, y la otra está vacante desde el año anterior, por fallecimiento del maestro Juan Vizcaíno de Agüero (77). Sólo la presencia del deán Peralta libraba al Capítulo catedralicio de la acefalía total, y él se solidariza con los procedimientos del Gobernador en la represión de Arecayá (78).

         En 1662, esta situación se supera: el Lic. Gabriel de Peralta sigue siendo Deán; y ese año se incorporan el Lic. Pedro de Mendoza, Arcediano; el Lic. Juan Navarro de la Cueva, Chantre; el tesorero Sebastián Avalos y Mendoza, y los canónigos Luis Díaz Bustos y Pedro de la Cavex (79). Todos ellos serían ya difuntos para 1670; y con la muerte de mismos, se cierra un período de la historia del Cabildo de la Catedral Asunción.


VIII

EL DEÁN GABRIEL DE PERALTA


         El licenciado Gabriel de Peralta, el clérigo de mayor influencia y figuración en el Paraguay a mediados del siglo XVII, había nacido en Asunción, en 1604, único hijo varón del maestre de campo Pablos Gómez y de doña Ana de León y Peralta, y nieto del capitán Luis de Peralta y de doña Beatriz de León, naturales de Jerez de la Frontera, venidos con el adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, como también hiciera su bisabuelo, el capitán Francisco de Peralta, de la misma procedencia. Hubo dos tíos sacerdotes, nacidos en Asunción, los PP. Francisco y Gabriel de Peralta, y el segundo de ellos era Vicario foráneo de Buenos Aires al dividirse la Diócesis en 1620.

         Toda la familia constituía lo que en esa época se llamaba "gente principal", aunque la actuación prominente comienza con el personaje que aquí nos interesa, Deán y varias veces Provisor, y con su cuñado, el maestre de campo Rodrigo de Rojas Aranda, Alférez Real propietario e 1656 y Alcalde Ordinario del Cabildo-Gobernador en 1676. Por haber seguido aquél el camino eclesiástico, la encomienda de indios de su padre pasó en segunda vida a su hermana mayor, doña Beatriz de León y Peralta, esposa del mencionado Rojas.

         Aunque el doctor Adrián Cornejo, a quien él suscitara muchos problemas, dice que le consta, por haberlo "conocido en los estudios", que el deán Peralta ha "estudiado facultad" y que "ganó un cursete y parte de un año de Teología", su título de Licenciado indica el nivel y la seriedad de su formación académica. En otra fuente, se dice de él que es "teólogo graduado de Maestro".

         Tempranamente, apenas ordenado, y con el apoyo inicial de su tío homónimo, a la sazón Provisor del obispo Carranza, comienza a ascender en la escala de los honores eclesiásticos.

         Así, desde 1631 y por diez años, ha de ser Canónigo de la Catedral de Buenos Aires, y con relación a esta canongía se produce una situación insólita: habiendo muerto el tío del mismo nombre, el maestro Melchor Agustín de Mesa ensaya el ardid de confundirlo con el sobrino Canónigo, pide para sí la prebenda supuestamente vaca y alcanza inesperado éxito, pues consigue que en 1639 el Rey lo presente para la misma. Con su título en la mano, Mesa espera que el auténtico Canónigo sea trasladado de Buenos Aires y pretende entonces ser recibido en su lugar. Trabajo y casi veinte años de actuaciones costará develar la trama y poner las cosas en su debido orden.

         El canónigo Peralta, nombrado en 1632 Visitador General de la Diócesis de Buenos Aires, recorre todas las doctrinas de indios de su jurisdicción y en 1637 la gobierna, con título de Provisor y Vicario General, al propio tiempo que es Comisario de la Santa Cruzada.

         En 1641 lo promueven a Arcediano de la Catedral de Asunción, y en 1644, a Deán de la misma. Aunque parece haberse trasladado de inmediato a su ciudad natal, asiento de sus nuevas funciones en 1644 escribe al Rey desde Buenos Aires, como Canónigo, Vicario General y Provisor del Río de la Plata.

         Durante su gestión en el Paraguay, lidera al Cabildo de la Catedral en su enfrentamiento con el obispo Cárdenas, la validez de cuya consagración episcopal cuestiona reiteradamente y en consecuencia, le niega jurisdicción. Diversas características tiene la lucha, con participación de las autoridades políticas y de las órdenes religiosas, y ha de culminar con la elección del prelado por Gobernador y Capitán General de la provincia, en una hora estelar del movimiento comunero del siglo XVII. Pero antes de ocurrir esto y como ya lo señalamos en otro apartado, Peralta ha sido traslado de Maestre-Escuela a la Catedral del Tucumán.

         Corta resulta su ausencia, pues en 1651 es otra vez Deán en Asunción y cumple funciones de Juez Conservador de la Compañía de Jesús contra los oficiales y capitulares que han acompañado al Obispo-Gobernador en su revolucionario gobierno, y el 22 de enero inmediato dicta sentencia contra dieciocho de ellos, al propio tiempo que manda borrar del Libro de Cabildo las resoluciones cuestionadas. Interesante es señalar una circunstancia que tanto puede deberse a mera coincidencia, como a una tradición anti comunera presumiblemente enraizada en su familia: en 1719, su sobrino José de Rojas Aranda se ha de prestar como conjuez a convalidar la persecución desatada por el gobernador Diego de los Reyes Valmaseda contra el general José de Avalos y Mendoza y otros prominentes comuneros.

         En 1656 y por mandato del Arzobispo de Charcas, el gobernador Blásquez de Valverde convoca a una junta de teólogos y lenguaraces para dictaminar sobre la ortodoxia del Catecismo en guaraní que se usa en las misiones jesuíticas. La voz decisiva para la aprobación del mismo y su identificación como el que el siglo anterior compusiera el P. Bolaños, es la de Peralta, avalada por su condición de paraguayo, su consiguiente dominio de la lengua indígena y sus veinticinco años de experiencia en el gobierno eclesiástico y las muchas visitas practicadas en doctrinas de indios del Paraguay y del Río de la Plata. Poco después, lo veremos nuevamente en conflicto, esta vez con el doctor Adrián Cornejo, Gobernador Eclesiástico y meritísimo defensor de los indios de Arecayá, duramente combatido por esta causa por el poder político culpable de la injusta destrucción de esta comunidad.

         Hasta 1670, ha de permanecer Peralta en Asunción, inconmovible en su silla de Deán. Gobierna la Diócesis más de una vez, como ya hemos visto, y en un momento de aguda crisis, en él recae la suma del poder espiritual por carencia de Obispo y muerte de todos los prebendados. Allí fallece, seguramente en 1670, y con ese motivo se produce la única acefalía total del Capítulo catedralicio en el siglo XVII.

         A no dudarlo, la nota sobresaliente de su actuación es el ejercicio de altas funciones eclesiásticas, desde muy temprana edad y en tres Diócesis distintas, sin perjuicio de la acción evangelizadora desarrollada a través de las mismas y de su participación en el estudio y aprobación del antiguo Catecismo de Bolaños (80).



IX

LA CUESTION FINANCIERA


         Desde la instalación del Cabildo de la Catedral, abrumó a sus miembros la escasez de recursos materiales: rentas bajas, depreciadas por la conversión de plata a "moneda de la tierra", y difíciles de cobrar por las grandes distancias y la dispersión de las poblaciones; las iglesias se hallan ruinosas y necesitadas de reedificación; la Catedral carece de órgano; los libros de canto llano son viejos y remendados, y no se ajustan a las innovaciones litúrgicas tridentinas; las campanas están todas quebradas y no hay quién las componga; el vestuario y los bastimentos resultan muy caros, desproporcionados con las magias disponibilidades de los prebendados. Alguien propone que se prefiera a los sacerdotes oriundos de Indias porque se conforman con menos que los españoles. Aquéllos piden asignaciones sobre las Reales Cajas y sugieren otras soluciones.

         Todo esto lo hallamos en la correspondencia cursada entre 1610 y 1657, que hemos glosado.

         El año de 1669 marca un hiato; un cambio relevante en la historia de la Iglesia paraguaya, y particularmente en la del Cabildo de la Catedral que queda por completo acéfalo y desintegrado por muerte de todas las dignidades y prebendados; y hombres nuevos, una o dos generaciones posteriores a los que hasta entonces actuaran, entran a cubrir las vacancias, y su presencia y acción se extenderá hasta comienzos del siglo XVIII (81).

         Si bien fray Bernardino de Cárdenas se ha ido definitivamente del Paraguay en 1649, hasta 1664 no ha de aceptar un traslado. Para sustituirlo, la Corona presenta ese mismo año a fray Gabriel de Guillestegui, franciscano, con ejecutoriales del 21 de abril de 1667. Toma él posesión de su Diócesis en 1669, poniendo fin a una vacancia efectiva de veinte años (82).

         Es verdad que ya en 1645, el Dr. Francisco de Godoy, Maestre-Escuela de la Catedral de Lima, había sido propuesto para Obispo del Paraguay. Como Cárdenas no aceptaba traslado alguno y no lo haría hasta 1664, la presentación de aquél había quedado necesariamente sin efecto, y sólo después de haber sido promovido a Deán, alcanzará sucesivamente la dignidad episcopal en Guamanga, en 1655, y en Trujillo, donde entró en 1660 para morir muy poco después (82).

         Entre la muerte del deán Peralta y la llegada del obispo Guillestegui, no hubo prebendado viviente alguno en Asunción; y siendo grande la distancia y difícil el camino para dirigirse al Metropolitano, al propio tiempo que urgía regularizar el gobierno de la Diócesis y reconstituir el Cabildo de la Catedral, el clero diocesano reunido eligió Provisor y Vicario General al Dr. José Bernardino Servín, entonces de sólo 27 años de edad y primer paraguayo que había alcanzado el máximo grado universitario. Su elección sería confirmada con la merced del Gobernador Episcopal por el Obispo de Charcas, y muy poco después, se vería agraciado con el Deanato (83).

         A poco de llegado, Guillestegui informaba a la Reina-Gobernadora que en el Cabildo de la Catedral se hallaban vacantes el Arcedianato y dos Canongías, y proponía los nombres de los licenciados Clemente Sánchez de Vera, Alonso Riquelme de Guzmán, Blas de Espínola y José Domínguez, y el Pbro. Juan Caballero de Irarrázabal (84).

         Guillestegui fue trasladado en 1672 a La Paz, con ejecutoriales del 12 de noviembre de 1670, y aunque en 1671 tuvo Cédula de aviso de su eventual promoción a la sede arquidiocesana y metropolitana de Charcas, murió en 1675 en aquel Obispado (85). Fue nominado para sucesor suyo en el Paraguay el Dr. Fernando de Balcázar. Tesorero de la Catedral de Lima, con ejecutoriales del 27 de junio de 1672, que no aceptó la mitra (86).

         Finalmente, la elección recayó en el maestro fray Faustino de Casas, mercedario, con cédula de aviso del 16 de octubre de 1674 y ejecutoriales del 25 de enero de 1675, que tomó posesión de su sede el año siguiente y aquí permaneció hasta su muerte, acaecida en 1686. Su episcopado resulta memorable por su consubstanciación con los problemas de esta tierra; por la austeridad de sus costumbres; por haber apoyado la fundación del pueblo de indios de Itapé, minúsculo, pero primera fundación en más de 50 años de despoblamiento, que en cierta medida marca el final de la agudísima crisis territorial y demográfica del siglo XVII; y por haber suscrito en 1679, el más antiguo censo paraguayo que se conoce (87).

         Si bien para sustituirlo fue presentado el maestro fray Sebastián de Pastrana y Ríos, mercedario, con Cédula de aviso del 2 de setiembre de 1687 y ejecutoriales del 21 de junio de 1694, como éste nunca vino (88), a la muerte de Casas le siguió una vacancia episcopal de 38 años, la más larga de la historia eclesiástica del Paraguay (89).

         En esos 38 años, son seis los prelados que no vinieron: el ya citado Pastrana, que dio poder al deán Servín para gobernar en su nombre y falleció hacia 1701, el Dr. Pedro Díaz Durana, Arcediano de Arequipa, electo en 1702, "que enloqueció antes de venir, pero alcanzó a tomar posesión por intermedio del deán Servín y tuvo por Obispo auxiliar, con derecho a sucesión, a fray José de Palos"; el canónigo de Charcas José de Sarricolea y Olea, fallecido antes de recibir sus Bulas; y por último fray José de Palos, que ejerció su episcopado de 1724 a 1738 (90).

         En la década de 1670, vuelve a agudizarse el problema económico. El maestro Francisco Ximénez, proveído Canónigo de Asunción, en 1674 gestiona su venida en los galeones, con sus libros y un criado (91).

         Al llegar aquí, se encuentra con que los 200 pesos de renta reducidos a yerba-mate, no le alcanzan para nada, y aunque en 1678 ya está promovido a Tesorero, no puede tan siquiera pagar alquileres de una casa, ni vestirse con el decoro de su ministerio sacerdotal; y pide constancias de ello al Obispo, fray Faustino de Casas, al Gobernador D. Felipe Rexe Corvalán, y también escribe al Rey (92).

         En igual sentido se dirige al Rey el Cabildo de la Catedral en pleno, con las firmas del deán Servín, el arcediano Clemente Sánchez de Vera, el chantre Gregorio Suárez Cordero, el tesorero Francisco Ximénez y el canónigo Juan Caballero Irarrázabal, destacando el empobrecimiento acentuado que representa la evacuación de los yerbales ante la presión bandeirante (93).

         El Dr. Gregorio Suárez Cordero, Chantre, natural de Santiago del Estero, también escribe en 1678 sobre lo exiguo de las rentas y anuncia su deseo de renunciar, por no poder sustentarse en el Paraguay; pero se queda: lo encontramos aún en 1686; y recién en 1705 se halla noticia de su fallecimiento, quizá ya algo remoto, pero sin haberse movido del Paraguay (94).

         Por último, el tesorero Ximénez, que viaja a España para gestionar mejora de sus rentas, recibe poder para apoyar similares pretensiones del Cabildo de la Catedral. Va munido de abundante documentación (95).

         Por su parte, el obispo Casas en 1682 recomienda a los eclesiásticos beneméritos, dignos de prelacías, prebendas y beneficios. Son ellos el Dr. José Bernardino Servín, Deán, de 40 años; el Dr. Gregorio Suárez Cordero, Chantre, de 56; el Dr. José Servín, Cura de un pueblo de indios, de 35; Matías de Silva, Cura en propiedad de la parroquia de españoles de la Anunciación, de 27; y el maestro Andrés Chacón, que no se doctoró sólo por su mala salud, de 29 (96).

         Entre tanto, viene una ayuda de costa de 200 pesos de plata para cada prebendado sobre las Reales Cajas de Buenos Aires, y al agradecerle el Capítulo catedralicio, vemos que en 1686 lo integraban todavía el deán Servín, el arcediano Sánchez de Vera, el chantre Suárez Cordero y el canónigo Caballero Irarrázabal. Poco después, el 2 de agosto, fallece el obispo Casas, y destacando sus méritos y virtudes, el mismo Capítulo se lo participa al Rey (97).

         Cambios los hubo en la década de 1690, pues en 1703, el cura de la Encarnación, maestro Matías de Silva, pedía la prebenda de Tesorero, vacante por muerte, de D. Fernando Gamarra, que no figuraba en 1686 (98); y en 1705, aparte de la muerte de Servín y Suárez Cordero, se señala que el arcediano Juan Caballero Bazán se halla impedido en la cama por su crecida edad, cuando que esa plaza en 1686 la desempeñaba  D. Clemente Sánchez de Vera; y que Tesorero lo es ahora D. Sebastián de Vargas, en la prebenda que hasta su ida a España estuvo a cargo del maestro Francisco Ximénez, y después, de D. Fernando Gamarra, fallecido antes de 1703; y Canónigo, D. Matías de Silva, plaza que en 1686 ocupaba D. Juan Vizcaíno de Agüero (99).

         Pese a la mencionada ayuda de costa, el problema económico, lejos de solucionarse; parece haberse agudizado, y en otro capítulo veremos las medidas desesperadas y hasta negativas que se proponen para paliarlo.



X

EL PROYECTO DE REUNIFICACION

DE LAS DIOCESIS DE ASUNCION Y BUENOS AIRES


         Los problemas económicos del Cabildo de la Catedral de Asunción no eran exclusivos del mismo, sino que caracterizaban toda la vida paraguaya del siglo XVII. Debe anotarse entre los factores condicionantes de la misma el aislamiento, la nula inmigración perceptible a partir de fines del siglo XVI, la monoproducción yerbatera, la carencia de minas en explotación, la ninguna circulación monetaria, la presión de bandeirantes paulistas e indígenas hostiles del Chaco, y por sobre todo, aproximadamente desde 1630, una creciente y sostenida retracción territorial y demográfica, que se manifestaba en la interrupción del proceso fundacional de la centuria anterior, en el sucesivo despoblamiento del Guairá, el Jerez-Ñu, el Itatín y por último de las cuencas del Ypané y el Jejuí, y en la disminución de la población guaraní, sea por cautiverio a manos de los bandeirantes, sea por dispersión ante los asaltos continuados de los infieles chaqueños.

         Como contrapartida, señalemos que es ése el siglo de la integración gradual del indígena a través del mestizaje como inyección de sangre nueva a una sociedad necesariamente endogámica; de la equiparación social del mestizo; de la difusión del guaraní, única lengua indígena de uso general en los estratos sociales con status de españoles; de la evangelización jesuítica, franciscana y del clero secular; y de la acción comunera del Cabildo de Asunción, con la consiguiente afirmación de su liderazgo. Es el tiempo de la gradual formación y consolidación de lo paraguayo, como algo diferenciado.

         La crisis territorial y demográfica, arriba señalada, llega a su más honda sima en 1676, con la destrucción de la décima Villa Rica y los cuatro pueblos de indios comarcanos por los bandeirantes, lo que determina el abandono de los yerbales por medio siglo, y la coetánea extinción de las comunidades de guaraníes cristianos del Jejuí y el Ypané. Nunca antes había sido tan estrecha el área poblada, ni numéricamente tan reducida la población indígena (100).

         En tales circunstancias ciñe la mitra del Paraguay fray Faustino de Casas. El cuadro que se presenta a sus ojos no resulta, en verdad, alentador; y es entonces cuando se revive la idea de reunificar ambas Diócesis de la cuenca del Plata, manifestada de uno u otro modo desde casi tres cuarto de siglo antes. Recuérdese, tan sólo, que en 1609 la Corona consultaba sobre la conveniencia de mudar Catedral y Obispo a Buenos Aires, lo que el Cabildo Eclesiástico de Asunción apoyaba un año más tarde; y que en 1627, consumada ya la división, un oidor de Charcas recomendaba dejarla sin efecto, reducir Buenos Aires a parroquia y conservar la sede episcopal solamente en Asunción. Factores de diversa índole eran invocados en cada ocasión, pero siempre se consideraban las ventajas de que hubiera un solo Obispo y una sola Catedral en la región.

         En 1678, con más vigor y perseverancia que en los casos anteriores, se replantea dicho proyecto, y la iniciativa es simultánea del Cabildo de la Catedral de Asunción, que la abona con una certificación de las rentas decimales demostrativa de lo exiguo de las mismas y del obispo fray Faustino de Casas.

         Este último da respuesta a cinco Cédulas Reales, y en una dramática demostración de la pobreza a la que los eclesiásticos se ven reducidos, refiere que "el primer día de Navidad del año pasado no se encendió lumbre en casa, por no tener de qué hacer un puchero después de haber salido del Adviento"; y tras varias otras consideraciones afirma que para "remedio dé lo que llevo referido y para el seguro, aumento y quietud de esta provincia, me parece conveniente, y en conciencia lo juzgo como quién tiene las cosas presentes, que se vuelva a unir ésta con la del Río de la Plata como antes estaba". La reunificación que se postula es tanto política, como eclesiástica.

         La propuesta es analizada en el Consejo de Indias, y el fiscal Lic. Luis Cerdeño Monzón, en fundamentado dictamen del 19 de abril de 1679, opina que "en cuanto a que se vuelva a unir esta provincia del Paraguay con la del Río de la Plata de que se desunió por los motivos que refiere, es materia en que se necesita de muchos informes, y sin conocimiento de ellos no se debe hacer tal novedad". Termina aconsejando que se pidan pareceres al Virrey del Perú, al Presidente de la Audiencia y al Arzobispo de Charcas, y a los respectivos Gobernadores y Obispos del Paraguay y del Río de la Plata (101).

         El Obispo, por su parte, en carta personal a un alto magistrado del Consejo, le recomienda su mensaje oficial al Rey. Tan en serio toman los prebendados y él la respuesta de reunificación, que hasta a estos medios, a la vinculación personal con funcionarios influyentes, se recurre (102).

         Se cursan las Cédulas de consulta aconsejadas por el Fiscal, y antes de mucho comienzan a llegar al Consejo las respuestas, con sus respectivos fundamentos.

         Con relación a una Cédula de 1662, recibida en 1678, y en carta al Virrey-Arzobispo del Perú, D. Melchor de Liñán y Cisneros, el Lic. Bartolomé González Poveda, Presidente de la Audiencia, se manifiesta contrario a la unión de ambos distritos, especialmente en lo temporal, y su argumentación se basa de preferencia en los problemas político-administrativos y militares que se suscitarían, "no parece puede ser conveniente por ahora el que se vuelva a unir dicho gobierno por lo que toca a lo secular, manifiesto riesgo de acabar de perderse el Paraguay” En cuanto a una unión en lo eclesiástico no se pronuncia; "pueden los Prelados residir en una y visitar y consolar las demás (...) sin que en el ínterin haga falta en la principal (...), no hallo inconveniente perjudicial en cualquier resolución, asegurando el acierto de una y otra en la de Vuestra Excelencia" (103).

         Por Real Cédula del 28 de julio de 1679, se pide un parecer concreto al referido Virrey-Arzobispo del Perú; y éste, con relación a la posible supresión del obispado del Paraguay y su agregación al del Río de la Plata, se muestra categórico "soy de parecer no se suprima, porque es muy del servicio de Dios Nuestro Señor, consuelo de aquellas ovejas y exaltación del buen nombre de Vuestra Majestad"; pero para sostenerlo como es debido resulta de urgente necesidad dotarlo de rentas compatibles con la satisfacción de sus necesidades (104).

         En su respuesta a la Cédula de 1678, el Presidente de la Audiencia de Charcas reitera la posición asentada en su comunicación de ese mismo año al Virrey-Arzobispo: "por lo tocante al obispado podrá ser conveniente la agregación, al paso que imposible en lo secular" (105).

         El Arzobispo de la Plata, D. Cristóbal de Castilla y Zamora, con diversos fundamentos, se opone con firmeza a la unión de ambos obispados (106). En términos similares, aunque muy concisos, se pronuncia el sargento mayor Juan Díez de Andino, por segunda vez Gobernador y Capitán General del Paraguay, y propone soluciones al problema económico de la Iglesia (107).

         Cada cual parece querer llevar agua para su molino: así, el Obispo de Buenos Aires, D. Antonio Azcona Imberto, se manifiesta partidario de la unión de ambos Gobierno y ambas Diócesis, con capital en Buenos Aires.

         Cierra la cuestión un dictamen del Fiscal, Lic. José Díaz Ortega, del 20 de octubre de 1689, glosado a esta última comunicación: "en esta materia se discurre variamente por todos los a quienes se ha pedido informe, menos por el Gobernador de Buenos Aires, que no lo ha hecho. Y porque es de suma gravedad, omite el Fiscal responder a su contenido hasta que informe el Gobernador de Buenos Aires, en cuya vista, junto lo que todos dicen, protesta responder lo que convenga (108).

         Quedan así extinguidas las actuaciones y definitivamente archivada la cuestión. Ha prevalecido el parecer -en nuestra opinión acertada- del Arzobispo de Charcas y del Gobernador del Paraguay.

         Aun cuando la conjetura, la suposición de lo que pudo haber sido y no fue, resulta siempre peligrosa en materia histórica, de haberse consumado la pretendida reunificación cabe suponer que se hubiera mediatizado el Paraguay. Con el poder político y el espiritual concentrados en Buenos Aires, Asunción constituida en Curato y Tenencia de Gobernación, de su nivel provincial, fermento de una nacionalidad en formación, hubiera descendido a la vida provinciana, sin mayores aspiraciones y sujeta a los modelos de la capital, de ese puerto centro de riquezas, y en su momento, la afirmación de nuestro ser nacional y la consolidación de nuestra Independencia hubieran resultado mucho más difíciles, cuando no imposibles.

         ¡Vítor, pues, a la prudencia de los dos sucesivos Fiscales del Consejo de Indias, y a la energía del Arzobispo de Charcas y del gobernador Díez de Andino, del Paraguay!.



XI

EL CABILDO EN SEDE VACANTE


         Entre 1601 y 1700, se registran en el Paraguay 60 años de vacancia episcopal o de ausencia de Obispo, sea por no haber llegado aún o por traslado a otra sede. Vale decir, que sólo durante 40 de esos 100 años, la Diócesis cuenta con su titular en Asunción.


         En esos reiterados lapsos de acefalía o interinidad, con relativa frecuencia la administración diocesana recae en el Cabildo de la Catedral en sede vacante, o en alguno de sus prebendados, con título de Provisor, o de Gobernador Eclesiástico, u otro similar.

         Ya hemos visto el caso del canónigo Mateo de Espinosa, en 1628 provisor y Vicario General por el obispo Torres, con motivo del traslado éste al Tucumán. En 1637, el también canónigo Pedro González de Santa Cruz, de largos y meritísimos servicios a la Iglesia, es Gobernador, Provisor y Vicario General por el obispo Serna; y será sustituido, hasta la venida del obispo Cárdenas, por otro Canónigo, D. Cristóbal Sánchez de Vera (109).

         Al irse definitivamente dicho prelado y por poder del mismo, gobierna la Diócesis el canónigo Juan Vizcaíno de Agüero; y en 1659, por falta y muerte de todos los prebendados, dicha autoridad recae en el deán Gabriel de Peralta, varias veces recordado (110).

         En 1671, por nuevas acefalía total, el clero reunido elige Provisor y Vicario General en sede vacante al Dr. José Bernardino Servín, que será pronto Deán, y es confirmado en el gobierno eclesiástico por el Arzobispo de Charcas. Quince años más tarde, producido el fallecimiento del obispo fray Faustino de Casas, el Cabildo de la Catedral, con las formalidades canónicas, y sin controversia designa Provisor y Vicario General al mismo Servín (111), que en 1689 y 1692 sigue en funciones ininterrumpidamente (112).

         El obispo electo Pastrana tomó posesión del gobierno episcopal por intermedio de Servín, el 15 de octubre de 1690, y el interinato se prolongó hasta la muerte de aquél en 1701. El siguiente Obispo, Dr. Pedro Díaz Durana, electo en 1702, "despachó títulos y poderes al referido Deán Servín que era provisor en sede vacante", el cual tomó posesión en su nombre el 5 de setiembre de 1703 y gobernó hasta su fallecimiento ocurrido en 1704 (113).

         Entre 1720 y 1724, hasta la llegada del obispo Palos, se sucedieron en el gobierno diocesano el deán Juan González Melgarejo, más tarde Obispo de Chile, y el canónigo Alonso Delgadillo y Atienza (114).

         Esta lista sumaria no incluye a todos los Provisores o Gobernadores de la Diócesis en el Siglo XVIII, sino a aquellos prebendados que ha sido posible identificar; y demuestra en qué medida el Cabildo de la Catedral participó en esa centuria crítica de la conducción superior de la Iglesia paraguaya.


XII

EL DEÁN JOSÉ BERNARDINO SERVÍN


         Es el doctor José Bernardino Servín, Deán durante treinta y tres años y Gobernador Eclesiástico en varias oportunidades, el sacerdote de mayor relevancia en los años finales del siglo XVII.

         José Bernardino Servín nació en Asunción y aquí, el 15 de enero de 1643, lo bautizó fray Bernardino de Cárdenas, el Obispo comunero, en homenaje al cual se le dio su nombre. Fueron sus padres el maestre de campo general José o Jusepe Servín, natural de Cogoleto, en el Señorío de Génova, y doña María de Sosa, hija de los paraguayos Manuel de Sosa y doña Magdalena de Alegre y descendiente de conquistadores y primeros conquistadores. El referido maestre de campo había estado casado en primeras nupcias y enviudado sin hijos en su villa natal, pasó a América hacia 1630 y tras diez años de permanencia en Chuquisaca, se estableció en el Paraguay. Aquí, además de Maestre de Campo General, el más alto mando en las milicias provinciales, fue Procurador General del Cabildo de Asunción y en tal carácter, en 1661, viajó a España para gestionar el envío de armas y recursos destinados a la defensa contra bandeirantes e indígenas chaqueños, y tuvo real licencia para regresar el año siguiente en los navíos de registro de Buenos Aires. Aprovechó su estada en la Corte para presentar probanza de sus propios servicios y de la legitimidad de sus hijos José Bernardino y Manuel, entonces estudiantes en Córdoba, con la mira de que obtuvieran canongías y beneficios eclesiásticos al ordenarse. Además, fue terrateniente en los campos del Guarnipitán y en el pago de Tacumbú y armador de barcas del tráfico de la yerba-mate hacia el Río de la Plata, actividades en las que acumuló considerable fortuna.

         Aparte de José Bernardino, fueron sacerdotes sus hermanos, el doctor José Servín, Cura doctrinero en propiedad de San Buenaventura de Yaguarón, y el beneficiado Domingo Servín, Cura propio de la parroquia de naturales y morenos de San Blas. El otro hermano varón era el capitán Manuel Servín, nacido en 1644, que estudió también en Córdoba, pero no siguió la carrera eclesiástica, tuvo encomienda de indios originarios, fue Alcalde Ordinario y falleció en 1693 o poco después. Estaba casado con doña María de Avalos y Mendoza y fueron tronco de dilatada descendencia que alcanza al brigadier Fulgencio Yegros, a los Montiel y a otros Próceres de la Independencia Nacional. Las hermanas mujeres fueron doña Catalina, casada con el capitán Lázaro de Gamarra y Mendoza, y doña Francisca, con el regidor perpetuo Juan de Brizuela. Toda la familia fue, no sólo "gente principal", sino de mucha y sostenida influencia en la vida provincial.

         José Bernardino Servín, ordenado sacerdote en 1666, y Doctor en Teología, en 1669, es el primer paraguayo que alcanza tan alto grado académico. Regresa al país y gana por oposición el curato del pueblo de indios de San Lorenzo de los Altos, y de allí, por voto del clero reunido y vista la acefalía de la Diócesis y del Cabildo catedralicio, en 1671 es Provisor, y Vicario General en sede vacante, funciones en las que lo confirma el Arzobispo de Charcas, como Metropolitano.

         Ese mismo año y siendo ya Deán electo, denuncia desde el púlpito el trato ilícito con los enemigos chaqueños y "dispuso censuras y excomuniones contra los que armasen a los infieles". En actuaciones posteriores, lo hayamos intimando a los casados hacer vida en común con sus mujeres, gestionando recursos para la evangelización y con otras preocupaciones relativas a las buenas costumbres. En 1675, presta su apoyo al Cabildo secular en conflicto entonces con el gobernador Felipe Rexe Corvalán; y el año siguiente, al producirse la última gran invasión bandeirante, dispone el concurso de todo el clero para servir en la custodia de la plaza contra el peligro payaguá, mientras las milicias marchan a rechazar a los invasores.

         Al ser electo Obispo, fray Faustino de Casas le manda poder para que se reciba por él y gobierne la Diócesis hasta su llegada. Es también y por corto tiempo Comisario de la Santa Cruzada, y por más de treinta años, del Santo Oficio de Inquisición. Comisionado por el referido prelado, del cual se ha constituido notoriamente en el hombre de mayor confianza, tiene a su cargo la dirección sobre el terreno de los trabajos de instalación del nuevo poblado de Itapé, de indios monteses, la primera fundación en más de cincuenta años de retracción territorial y despoblamiento,

         El mismo obispo Casas y el gobernador Juan Díez de Andino coinciden en recomendarlo al Rey como eclesiástico benemérito y de muy eficaces servicios, digno de una prelacía.

         En 1686, al morir Casas, el Cabildo de la Catedral lo elige por unanimidad Provisor y Vicario General en sede vacante y con este título y otros distintos y sucesivos, ha de gobernar la Diócesis casi ininterrumpidamente hasta su fallecimiento, acaecido en 1704.

         Treinta y tres años de historia de la Iglesia en el Paraguay giran principalmente en torno de la vida y de los hechos del doctor José Bernardino Servín, vida, que transcurre íntegra en el Paraguay, consagrada al servicio del bien común, teniendo como norte la evangelización (115).


XIII

EL CABILDO DE LA CATEDRAL

A MEDIADOS DEL SIGLO XVIII


         El Viernes Santo, 4 de abril de 1738, fallecía en Asunción el obispo fray José de Palos, y se constituía en Provisor en sede vacante el ya recordado Dr. Antonio González de Guzmán, ahora ya Arcediano (116).

         El duodécimo Obispo residente, fray José Cayetano Paravisino, franciscano como su antecesor, se recibió solemnemente el 28 de noviembre de 1742, y permanecería al frente de su Diócesis por espacio de cinco años y medio. Tuvo problemas con los gobernadores Rafael de la Moneda y Marcos José de Larrazábal, soslayados con prudencia por el primero y agudizados durante la gestión del segundo (117).

         En su tiempo, comienza el Libro 2° de Acuerdos del Cabildo de la Catedral que se conserva y ahora publicamos. Por él, conocemos la integración del cuerpo en octubre de 1744: era ya Deán el Dr. González de Guzmán; Arcediano, el Dr. Antonio Caballero de Añasco; Chantre, el Lic. Alonso Delgadillo y Atienza; Tesorero, el maestro José Canales y Cabrera, de antigua militancia comunera; y Canónigos, los maestros Agustín de los Reyes Valmaseda y Andrés Félix Quiñones. Esta integración ha de mantenerse inmutable por varios años.

         Son diversos los temas que se tratan, y nos ilustran acerca de la problemática cotidiana del Cabildo de la Catedral. Las rentas decimales de Villa Rica y Curuguaty se reciben disminuidas y deterioradas. La Catedral amenaza ruina por efecto de un huracán de 1742, y recién en 1747 se han de disponer medidas concretas para salvarla del derrumbe. El chantre Delgadillo, que es también Examinador Sinodal y Comisario del Santo Oficio de Inquisición, alega una licencia especial para no concurrir al coro; se ve envuelto en largas actuaciones judiciales, y es condenado por el obispo Paravisino a destierro perpetuo de la provincia; quebrantándolo, regresa clandestinamente en 1748 y se instala en su chacarilla del valle de Mburicaó, y gestiona el levantamiento de la pena; pero es confirmada por el Capítulo catedralicio el 18 de noviembre de ese año. En 1745, de viaje a Itatí y Buenos Aires, el Obispo dispone de sus bienes, inclusive esclavos y 100 cabezas de ganado vacuno. Por ser tan pocos los prebendados para el servicio del coro, se dispone "que el recle lo tengan de dos en dos": recle era una dispensa transitoria y generalmente breve de las obligaciones del coro. En el Libro de esos años se transcriben un Breve Papal, Reales Cédulas y correspondencia con el Gobernador Larrazábal.

         En acuerdo del 12 de mayo de 1748, se toma nota del traslado del obispo Paravisino a la Iglesia (Diócesis) de Trujillo, en el Perú, y que se ha despedido el día anterior, "con lo cual quedó confirmado el matrimonio espiritual con la de Trujillo, y disuelto el de esta Santa Iglesia, y consiguientemente este Obispado quedó vaco, por cuya razón mandaron Sus Señorías tocar a sede vacante y que se procede a elección de Provisor y Vicario General en sede vacante". El día 15, por unanimidad se elige para esas funciones al arcediano Caballero de Añasco, y como el mismo ha viajado a Corrientes a cumplimentar en nombre del Cabildo al Obispo saliente, "dijeron (...) que nombraban por Vicario de dicho señor Provisor al doctor don Antonio de la Peña" (118).

         Hay deliberaciones sobre una chacra en Tacumbú comprado por el antiguo Obispo con fondos de un censo de la Catedral; sobre una capellanía de 10.000 pesos, vacante por fallecimiento del general Antonio Ruiz de Arellano, su último patrono; sobre grave enfermedad del tesorero Canales; y sobre la contribución para la guerra contra el turco.

         En acuerdo del 28 de marzo, se recibe un poder conferido en el Cuzco, el 9 de agosto de 1748, por el Obispo electo, Dr. Fernando José Pérez de Oblitas, para que el Cabildo se reciba en su nombre de la Diócesis y la rija como Gobernador Episcopal, y cumplirá esas funciones hasta el 16 de noviembre de 1757. En dicho lapso, se incorporan dos Canónigos: en 1751, el maestro Pascual de Yriarte, por promoción de los PP. Quiñones y Canales a la Tesorería y la Chantría, respectivamente; y en 1755, habiendo renunciado antes de venir el P. José de Bracamonte, es beneficiado con la otra Canongía el Dr. Antonio de la Peña, por promoción a Chantre del P. Reyes Valmaseda con motivo de la muerte del P. Canales. El Lic. Delgadillo y Atienza sigue excluido de la corporación; y la toma de posesión del canónigo Yriarte genera un largo conflicto de competencia entre el Cabildo y su Deán (119).

         El obispo Pérez de Oblitas es trasladado a la sede de Santa Cruz antes de venir al Paraguay, y en su lugar es presentado el Dr. Manuel Antonio de la Torre, sacerdote de la Diócesis de Palencia (120).

         En acuerdo del 16 de noviembre, el arcediano Caballero de Añasco y el chantre Reyes Valmaseda presentaron un poder del referido Obispo, dado en Buenos Aires el 6 de agosto anterior, para tomar posesión de la sede en su nombre. Acompañaban una Real Cédula del 10 de julio de 1756 y una Bula de Benedicto XIV, del 24 de mayo de dicho año. En virtud de tales títulos, el Arcediano fue recibido y admitido al gobierno episcopal, en presencia del Gobernador y Capitán General, coronel Jaime Sanjust, del Cabildo secular en pleno y de los prelados de las órdenes religiosas. De las actuaciones se desprende, que aparte de sus dignidades y prebendas, Caballero de Añasco era Comisario del Santo Oficio, y el tesorero Quiñones, Comisario Juez Apostólico y Subdelegado General de la Santa Cruzada (121). Corta fue la gestión de Caballero, pues el Obispo "entró el 14 de diciembre (...); fue prelado muy celoso en la enseñanza de la doctrina y el que con gran trabajo arregló la práctica de los libros parroquiales. Se trasladaron a la iglesia de Buenos Aires, para donde caminó año de 1763, el 26 de diciembre" (122).

         Tal vez por ausencia del Obispo en visita de pueblos y parroquias, el 16 de agosto de 1758 era Provisor y Vicario General el Dr. Carlos Penayos de Castro, Cura propio de Yaguarón, que por esos días estaba empeñado en la construcción de su magnífico templo, y en esa misma fecha aparece por primera vez como Deán el Dr. Caballero de Añasco, lo que indica que el Dr. Antonio González de Guzmán, cuya asistencia a un acuerdo se registra por última vez el 7 de enero de 1755, es ya difunto.

         Todavía a fines de 1758 se gestionan postes u horcones para apuntalar la Catedral, aún no terminada de reparar desde el huracán de 1742, y un año después, el 7 de diciembre de 1759, se disputa al deán Caballero de Añasco y al tesorero Peña para "conferir y tratar sobre los puntos y formar constituciones y estatutos para el régimen y gobierno de esta Santa Iglesia arreglados al Santo Concilio de Trento, erección, usos y costumbres de ella", en lo que trabajarán asociados al Obispo. Se tiende a llenar con esto una necesidad perceptible a lo largo de los años en las actas que estamos glosando.

         En el mismo acuerdo, sin que consten sus respectivos despachos, ni su recibimiento, el maestro Andrés Félix Quiñones es mencionado como Chantre, por promoción del maestro Agustín de los Reyes Valmaseda al Arcedianato, aunque a éste no lo hayamos más entre los asistentes al coro; y el Dr. Antonio de la Peña, como Tesorero; y aparece un nuevo Canónigo, D. Jerónimo Verdejo y Balbuena. En 1763, por renuncia del ya mencionado Reyes Valmaseda, el Chantre Andrés Félix Quiñones pasa a ser Arcediano, y por tal se lo recibe el 21 de noviembre de ese año, oportunidad en la que aparece otro nuevo Canónigo, el Dr. Pedro de Zamudio. Aunque gradual y lenta, la renovación del Cabildo de la Catedral es incesante.

         También el Secretario cambia. De 1744 al 49, lo es D. Basilio Benítez; de octubre de 1749 a enero de 1751, D. Antonio Sánchez; en mayo y junio de 1751, D. Pedro Martínez; de agosto de 1751 a enero de 1763, D. José de Ribas; desde noviembre de 1764 hasta abril de 1777, cuando menos, D. José Ramón Ortigosas; y en 1780, D. Juan Manuel Amarilla (123).

         Ido el décimo tercer Obispo, Dr. Manuel Antonio de la Torre, "se tocó a sede vacante". Fueron sucesores suyos, que no vinieron, el Dr. Manuel López de Espinosa, Deán de Guamanga, fallecido antes de viajar, en cuyo nombre se posesionó del gobierno espiscopal una vez más el deán Caballero de Añasco, en mayo de 1766. El siguiente Obispo electo fue el dominico fray Juan José de Priego y Caro, que "tomó posesión de su iglesia por poder el año de 1772 y sin haber venido murió en la Plata, asistiendo al Concilio" de 1773 (124). Aunque no pudo venir a su Diócesis, Priego y Caro fue el principal promotor de la fundación del Real Colegio Seminario de San Carlos, finalmente concretada en 1783 (125).

         A la partida del obispo la Torre, gobernó el Cabildo en sede vacante, y en una carta al Bailio frei Julián de Arriaga, de 1779, se decía Cabildo Eclesiástico Gobernador Episcopal del Paraguay, e invocaba "el gobierno que reside en él del Obispado por los poderes del Ilustrísimo Obispo de este Obispado, ausente en larga distancia", y lo forman el tesorero Antonio de la Peña, el chantre Pascual de Yriarte, el Dr. Pedro de Zamudio y el Dr. Antonio de Otazú. No aparecen más Caballero de Añasco, ni Quiñones, ni Verdejo y Balbuena. Un grave problema debe confrontar la corporación en su gobierno eclesiástico, cual es la conducta escandalosa del clérigo Ramón Legal, Provisor que había sido depuesto con justa causa, encausado y ahora fugado a Buenos Aires. Como vamos a ver, creemos que el Obispo del que dimanaban los poderes del Cabildo Gobernador Episcopal sería D. Luis de Velasco y Malda (126).

         Una carta de 1780 al Virrey, la firman solamente Quiñones, Peña y Zamudio; en otra sin fecha, pero algo posterior, se menciona como Deán a D. Antonio Sánchez, el antiguo Secretario de 1749 y se formulan cargos contra él. En 1782, escriben a D. José de Galvez y también al Rey el tesorero Dr. Antonio de la Peña, quizá promovido ya a otra dignidad, y el Dr. Pedro de Zamudio.

         En 1783, el Cabildo de la Catedral es nuevamente gobernador Episcopal y en su nombre Peña y Zamudio escriben al Virrey Vértiz. Dos años antes, con la sola firma del mismo Peña se acusaba recibo del despacho relativo a la erección del Real Colegio Seminario de San Carlos. En otra comunicación, del 13 de diciembre de 1782 y relativa a la causa contra el deán Antonio Sánchez, aparecen las firmas de Peña, Zamudio y el Dr. Gabino de Echeverría Gallo; y en una más, del 13 de agosto de 1783, se invoca de nuevo la condición de Cabildo Gobernador del Obispado, con las solas firmas de Peña y Zamudio, que se sigue usando un mes más tarde, en oficio firmado por Peña, Zamudio y Echeverría. Notoriamente las vacancias no se estaban cubriendo con la necesaria celeridad, ni el Libro de Acuerdos se llevaba ya con el orden acostumbrado (127).

         Fray Luis de Velasco y Malda, antiguo Provincial franciscano de Cantabria, tomó posesión de la Diócesis por poder en 1780. Pero este décimo cuarto Obispo residente sólo pudo hacerlo personalmente el 30 de noviembre de 1784. A ese lapso de cuatro años corresponde la anotada gestión del Cabildo de la Catedral como Gobernador Episcopal. En la época de Velasco "se colocaron vicarios foráneos y se hizo la división de parroquias. Murió el 16 de junio de 1792" y fue sepultado en el Convento de San Francisco. Entre La Torre y Velasco medió, pues, una vacancia episcopal de 21 años, suplida en gran parte por el Cabildo de la Catedral (128).

         En cuanto a la composición del cuerpo en este tiempo, sabemos que en 1779 lo integraban el bachiller Antonio Sánchez, el arcediano Andrés Félix Quiñones, y los Dres. Pedro de Zamudio y Gaspar Román y Cabezales, aparte de los demás cuyas firmas aparecen al pie de la correspondencia que hemos glosado (129).

         De este tiempo, por sus prolongados servicios, tal vez convenga destacar la acción del maestro Andrés Félix Quiñones, Canónigo ya en 1744, Tesorero en 1753, Chantre en 1759, que habría de fallecer ya Arcediano, el 12 de enero de 1782. Estaba hecho de la misma madera que el Lic. Gabriel de Peralta y el Dr. José Bernardino Servín, 100 y 50 años anteriores a él, respectivamente.

         No perdamos de vista que, exactamente como en la centuria anterior, entre 1701 y 1800, se registran sólo 40 años con Obispo residente en Asunción, y 60 años de ausencia o acefalía, en gran medida suplidas por la abnegada acción de los hombres del Cabildo de la Catedral.


XIV

EL LIBRO DE ACUERDOS DE 1744 A 1764


         De 96 fojas en tamaño folio, con letra generalmente redonda y en buen estado de conservación, se halla en el Archivo Nacional de Asunción (Sección Histórica, Volumen 122) el "Libro 2º de los Acuerdos Capitulares de este Cavildo Eclesiástico el 21 de Octubre de 1744".

         Contiene 75 acuerdos o actas de las reuniones de dicha corporación, fechados entre el 23 de octubre de 1744 y el 21 de noviembre de 1764, además de Bulas, Cédulas y Provisiones Reales, poderes, exhortos, actuaciones judiciales diversas y copias de correspondencia intercambiada con el Rey, el Ministro Universal de Indias, el Virrey del Río de la Plata y otras autoridades, hasta 1784 inclusive.

         Del interés del material que allí se contiene, da una idea lo glosado en capítulos anteriores.

         Su publicación, sumada en este mismo volumen a la de la correspondencia del siglo XVII, ha de contribuir a dilucidar más de una incógnita de nuestra historiografía, y a una comprensión de la problemática cotidiana del paraguayo de los siglos XVII y XVIII.


XV

A FINES DEL SIGLO XVIII Y EN LA EPOCA DE LA INDEPENDENCIA


         Por Real Orden del 10 de agosto de 1780, los prebendados del Paraguay obtuvieron un sueldo fijo de las Reales Cajas, y de este modo, a cada dignidad se le señalaron 500.000 maravedís anuales, que importaban 1.838 pesos provinciales. Esto coincide con el auge de la economía paraguaya, con la nueva inmigración peninsular atraída por la habilitación del puerto de Buenos Aires, y con la apertura del Colegio Seminario y la generalización de las parroquias y vice-parroquias rurales. Todo ello permite mayor comodidad en el desempeño de las tareas propias del Cabildo de la Catedral, y los paraguayos comienzan a ser desplazados por forasteros -americanos de otras regiones y peninsulares- de dignidades y canongías (130).

         Ya hemos mencionado a los Dres. Gabino Echeverría Gallo y Gaspar Román y Cabezales. En 1789, un Dr. Juan Bernardo Arroquia y Oses. Canónigo y Provisor, es encausado por incontinente, enredador y de costumbres impuras, pero ha de salir bien librado del proceso. Ninguno de estos tres es paraguayo (131).

         En cuanto a su composición, en 1793 Aguirre registra cuatro Dignidades -Deán. Arcediano, Chantre y Tesorero-, dos Canónigos y un Beneficio, plantilla que se ha mantenido a lo largo del siglo XVIII (132).

         En carta al Rey, laudatoria de la gestión del gobernador-intendente Lázaro de Ribera, aparecen las firmas del Dr. Pedro Regalado de Almada, y los PP. Antonio de Arcos y Matas, quizá ya Arcediano, y José Baltasar de Casajús, y el Dr. Juan Bautista Qüin de Valdovinos. El primero y el cuarto son paraguayos, y los otros dos, forasteros (133). Casajús, correntino, pero que estudió en el Paraguay, llegó a Chantre y el obispo García Panés lo hizo su Provisor, y en tal carácter participó del Congreso de junio de 1811. Francia lo expulsó a Corrientes, y allí murió en 1817 (134).

         Tras la muerte del obispo Velasco y Malda, había sido preconizado para sucederlo el Dr. Lorenzo Suárez de Cantillanas, fallecido en Córdoba, en 1799, antes de recibir sus Bulas; por lo que recién años más tarde tendríamos un décimo quinto Obispo residente, el Dr. Nicolás Videla del Pino, trasladado a Salta en 1807. Décimo sexto residente y último de los Obispos del período colonial lo fue fray Pedro García de Panes. Lo era en el momento de la Independencia, y permaneció en su sede, aunque con largos años de suspensión, hasta su muerte, acontecida en 1838 (135).

         En el segundo semestre de 1810, después del fracaso de la misión de Espínola y Peña y producida la ruptura de hecho con la Junta de Buenos Aires, el Cabildo de la Catedral pide al Gobernador-Intendente que, por razones de seguridad, se imponga censura a la correspondencia con Buenos Aires. Firman el respectivo oficio los prebendados Antonio Miguel de Arcos y Matas, José Baltasar de Casajús, Dr. Juan Bautista Qüin de Valdovinos, Miguel Pérez Portillo y Dr. Bartolomé José de Amarilla. No aparece el nombre del deán Barboza (136).

         Producidos los acontecimientos revolucionarios del 14 y 15 de mayo de 1811, y triunfantes los patriotas, se reúne un Congreso General, del 17 al 20 de junio. De la conspiración de los patriotas habían participado los PP. José Agustín Molas, Manuel Antonio Corvalán y Francisco Javier Bogarín, y en la noche del 15 de mayo, fray Fernando Caballero se hizo presente en el Cuartel General del movimiento. A ellos se suman clérigos y frailes en los escaños de esa asamblea; y también se hacen presentes, del Cabildo de la Catedral, el Chantre, Provisor y Vicario general D. José Baltasar de Casajús, ya recordado, y el tesorero Dr. Juan Bautista Qüin de Valdovinos, que se suman ambos, con algunos comentarios, al voto del P. Patiño, compartido por la mayoría del clero presente, en tanto que el canónigo Dr. Bartolomé José de Amarilla, adhiere al del Dr. Francisco Javier Bogarín, que es el de Molas con algunas modificaciones. No figuran entre los congresales, ni el deán Barboza, ni el arcediano Arcos y Matas. Un clérigo notable por su ilustración, el recién mencionado Dr. Francisco Javier Bogarín, es elegido Vocal de la Junta Superior Gubernativa (137).

         El 23 de junio, el Obispo, el Cabildo Eclesiástico en pleno, los Curas Rectores de la Catedral, los de la Anunciación y San Roque, y los prelados de los conventos, más otros magistrados y oficiales, prestan solemne juramento de lealtad y obediencia a las resoluciones del reciente Congreso, en manos del Presidente de la Junta Superior Gubernativa, acompañado de los Vocales de la misma (138).


XVI

EXTINCIÓN DEL CABILDO DE LA CATEDRAL


         El Cabildo de la Catedral de Asunción, tras dos siglos y medio de existencia, con todos sus problemas y sus casos de acefalía, se extingue definitivamente durante la dictadura.

         Ejerce ésta el derecho de patronato del modo más riguroso, tanto para la provisión de curatos vacantes, como para destituciones y promociones en el Cabildo Eclesiástico. Así en 1815, depone al arcediano Miguel de Arcos y Matas, y presenta al Obispo para esa dignidad al Pbro. Roque Antonio Céspedes Xeria, hasta entonces Cura y Vicario de las antiguas Misiones; y el año siguiente, por fallecimiento del Dr. Pedro Regalado de Almada, lo promueve a Deán, en tanto que para el Arcedianato, así vacante, designa al Pbro. Juan Miguel Brite del Villar. También cesa como Provisor el canónigo Casajús, y Céspedes ocupa también dicho cargo. A la ceremonia de canónica institución de Céspedes como Deán, celebrada el 11 de agosto de 1816, además del Obispo, asisten el entonces chantre Brite del Villar, el tesorero Valdovinos y los canónigos Bartolomé José de Amarilla y Miguel Fernández Montiel Nogués menciona un acuerdo del Capítulo catedralicio, del 20 de enero de 1818, del que participan el deán Céspedes, el arcediano Brite del Villar, el quizá chantre Fernández Montiel, el tesorero Valdovinos y el canónigo de merced Amarilla. Toda la integración apuntada se debe ya a la voluntad del Dr. Francia. Finalmente por un Auto Supremo del mismo Francia el deán Céspedes, con su título de Provisor y Vicario General, asume todos los poderes del Obispo, y uno de sus primeros actos es una circular a todos los curatos, en la que en nombre del Cabildo de la Catedral denuncia la inacción e inoperancia del prelado ahora suspendido (139).

         ¿Cuándo se extingue el Cabildo de la Catedral?

         Cardozo nos dice que "el dictador (...) suprimió las canongías", pero no documenta esta afirmación (140). Heyn, por su parte, menciona una carta del 15 de febrero de 1842, en la que los Cónsules López y Alonso denuncian la completa desaparición del capítulo catedralicio ya antes de la muerte del Obispo y la consiguiente acefalía de la diócesis (141).

         En 1825, el Cabildo de la Catedral escribe al Dictador un extenso capítulo de cargos contra el Obispo suspendido. Aunque en la copia reproducida por Nogués no figuran los firmantes, sería ésta la última manifestación de vida de la corporación. Después le cubre el manto del silencio (142).

         Ejecutado el tesorero Valdovinos, preso por más de veinte años el canónigo Amarilla, y expulsados del país el arcediano Arcos y Matas y el canónigo Casajús, y tempranamente fallecido el Dr. Barboza, antecesor de Céspedes en el Deanato, el cuerpo se reduciría a éste y al nuevo arcediano Brite del Villar, y se iría extinguiendo en la inacción tal vez con el fallecimiento del segundo de ellos. Creemos que esa extinción de hecho se opera entre 1825 y 1830.

         Ella es definitiva, pues lo que se organiza en tiempo de D. Carlos Antonio López, como lo demuestra Heyn, ya no es Cabildo Catedralicio, sino un Senado Eclesiástico sui generis, no estrictamente ajustado a las normas canónicas; y éste también ha de extinguirse con las ejecuciones del deán Bogado, el arcediano Barrios y el canónigo Corvalán, todos en 1868, a los que sobrevive el canónigo Román, que ha de morir a manos de los brasileños poco después de Cerro Corá (143).




XVII

SINTESIS FINAL


         El Cabildo de la Catedral de Asunción, erigido en 1548, establecido por vez primera en 1572, y reorganizado sobre bases definitivas en 1598, es el órgano representativo por excelencia del clero secular paraguayo de los siglos XVII y XVIII.

         Allí toman asiento y deliberan los más connotados sacerdotes criollos: Pedro González de Santa Cruz, Gabriel de Peralta, Diego Ponce de León, José Bernardino Servín, en el siglo XVII; y Juan González Melgarejo, Antonio González de Guzmán, Antonio Caballero de Añasco, Sebastián Félix Quiñónes, éste por 38 años largos, todos en el XVIII; y en los días de la Independencia, Juan Bautista Qüin de Valdovinos, Pedro Regalado Barboza y Bartolomé José de Amarilla; y tantos otros, que viven los problemas económicos y culturales de la provincia; se sobreponen a dificultades al parecer insalvables; y con sus pares del Cabildo secular y de los mandos de las milicias provinciales contribuyen a la temprana formación de una conciencia nacional en el Paraguay.

         En los frecuentes interinatos del gobierno episcopal que les toca cubrir, se adiestran ellos para la gestión autonómica y sientan escuela para sus contemporáneos, y en su correspondencia al Rey y a otras autoridades demuestran cómo pueden denunciarse situaciones y ejercitarse el derecho de peticionar, con dignidad y sin menoscabo de su condición de paraguayos.


Asunción, setiembre-octubre de 1985





NOTAS


(1) R.E. Velázquez, "Clero secular y evangelización en el Paraguay colonial", 2a edición (CEPUC, Asunción, 1982), 49 págs; e "Iglesia y educación en el Paraguay colonial", en Historia Paraguaya. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Vol. XV (Asunción, 1976), 97/154.

(2) Balthasar de Tobar, "Compendio Bulario Indico", I (Sevilla, 1934), 289/290 (Actualizamos ortografía, respetando sintaxis y vocabulario).

(3) "Diario del capitán de fragata D, Juan Francisco Aguirre", II, la. parte (Buenos Aires, 1949), 226/233: Documento I. Auto (trunco y sin fecha) de fray Juan de Barrios, con transcripción de la Bula de 1547; op. y t. cit- 296; Pedro Lozano, "Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán", III (Buenos Aires, 1874), 18/24; Archivo General de Indias, Indiferente General, 854; R.E. Velázquez, "Iglesia y educación... y "Clero secular...", 8/9, citados nota 1.

(4) Aguirre, t. cit., 290.

(5) Aguirre, t. cit., 138, nota 1; A.G.I., legajo citado nota 3, e Indiferente General, 2859: Despacho de Arcediano para Martín (Barco) de Centenera; R. de Lafuente Machaín,  "Los conquistadores del Río de la Plata", 2a. ed. (Buenos Aires, 1947), 280, 629, 400, 521, 79 (artículos relativos a cada uno de los mencionados sacerdotes); R.E. Velázquez, ops. cits.

(6) A.G.I., Charcas, 141 - Asunción, 16-IX-1610: El Deán y Cabildo la Catedral al Rey (DOCUMENTO N° 1); R.E. Velázquez, "Clero secular...", 17/20, y "Breve historia de la cultura en el Paraguay", 10a. ed. (Asunci6n, 1985), 61.

(7) Lafuente Machaín, 96 y 471; R.E. Velázquez, "Paraguay en la época de Roque González de Santa Cruz" (Asunción, 1975), 19; y "Clero secular...", 12/13.

(8) F. Mateos, S.I., "El primer Concilio del Río de la Plata en Asunción (1603)", en general; Velázquez, "Clero secular... ", 12/13 y 15; A.G.I, DOCUMENTO N° 1, cit. nota 6; Lafuente Machaín, 283, 53, 233, 499, 340, 124 y 298.

(9) Ernesto Schäfer, "El Consejo Real y Supremo de las Indias", II (Sevilla, 1947), 567; y Lozano, III, 845.

(10) Schäfer, t. y pág. cit.; Velázquez, "Clero secular... ", 12/13.

(11) A.G.I., Quito, 76 - Lima, 20-III-1594. López de Solís al Rey; Aguirre, II, la. parte, 299/311.

(12) Schäfer, t. y pág. cit.

(13) Lozano, op. y t. cit., citando el "Teatro de las Iglesias de Indias", de Gil González Dávila; y Mateos, op. cit.

(14) A.G.I., Charcas, 138 - Cartas y expedientes de los Obispos del Paraguay, 1586-1694; Aguirre, II, la. parte, 307; y Lozano, 111, 498.

(15) Mateos, 65/67.

(16) Mateos, 85/87 (transcripción de: A.G.I. Charcas, 128).

(17) Mateos, 72/78 y 81; y el texto de las Constituciones Sinodales, en 87 105 (transcripción de: A.G.I., Charcas, 128).

(18) Mateos, 79; el texto íntegro de las Ordenanzas de Hernandarias, en: Enrique Gandia, “Francisco de Alfaro y la condición social de los indios” (Buenos Aires, 1939), 353/361.

(19) A.G.I., Charcas, 141 (DOCUMENTO Nº 1. cit.); y 138 – Las cuatro comunicaciones mencionadas de Lizárraga, 1608/09; Schäfer, II, 567 y 579; Velázquez, “Clero secular…”, 19.

(20) A.G.I., Buenos Aires, 2 – Madrid, 10-IV-1609; R.C. al Lic. Alonso Maldonado de Torres, Presidente de la Audiencia de la Plata.

(21) DOCUMENTO No 1, citado; Velázquez, "Clero...", 19/20.

(22) A.G.I., Charcas, 149 - Probanza de Luis de Acevedo y Orué, 1637.

(23) Charcas, 138 - Cuzco, 28-II-1617 (dos cartas), Asunción, 21 y 26-III-1618, y Buenos Aires, 24 (dos cartas) y 26-I-1619: Pérez de Grado al Rey; Schäfer,II, 567 y 570; Velázquez, "Clero...", 17.

(24) Carta (Asunción, 26-II-1618) del Obispo al Rey, cit. nota 23.

(25) Aguirre, II (la. parte), 307.

(26) Carta (Buenos Aires, 24-I-1619) del Obispo al Rey, cit. nota 23.

(27) Aguirre, t. y pág. cit.

(28) Archivo Nacional de Asunción, Propiedades y Testamentos, 754 -As., 6-III-1615: Testamento de Da. María de Vargas (los canónigos Franco y Resquín son albaceas).

(29) A.G.I., Charcas, 141 - Asunción, 16-III-1620: El Cabildo de la Catedral al Rey (DOCUMENTO N° 2); Lafuente Machaín. 2331234 y 635.

(30) Lozano, III, 508/511;Aguirre, II (2a. parte), 385; A.G.I., Charcas, 138 - Santiago del Estero, 10-III-1626: Recibo de una copia del proceso de Frías firmada por Torres, expedido por el Lic. Juan Esteban Galindo; Schäfer, II, 567 y 603; Velázquez, "Paraguay en la época...", 31/32, y "Clero secular ...... 17.

(31) A.G.I., Charcas, 149 - As., 5-V-1624: Título de Cura de San Blas a favor del Lic. Luis de Acevedo y Orué, expedido por Torres y Espinosa, por presentación del gobernador Frías (Probanza de Acevedo, 1637); y Charcas, 138 - Asunción, 22-VIII-1624: Información producida por el maestro fray Ambrosio de Torres, Gobernador Eclesiástico, sobre el modo cómo se tomaron los testigos contra el obispo Torres.

(32) A.G.I., Buenos Aires, 2 - Madrid, 31-XII-1628: R.C. al Presidente y Oidores de la Audiencia de la Plata. Hay constancia de haberse dirigido en iguales términos al Arzobispo.

(33) Charcas, 149 - Asunción, 11-I-1628: Título para el curato del pueblo y puerto de Mbaracayú para el Lic. Luis de Acevedo y Orué (Su probanza).

(34) Charcas, 138 - Potosí, 24-IX-1625: Testimonio de la certificación del donativo de Torres; Mismo legajo - Potosí, 20-II-1630: Torres al Rey.

(35) Lozano, III, 514/515; Schäfer, II, 567.

(36) Lozano, t. cit., 516/517; ni Aguirre, ni Schäfer, lo mencionan.

(37) Lozano, III, 517/518; Schäfer, II, 568.

(38) Velázquez, "Formas especiales de sustitución de Gobernador en el Paraguay" (Asunción, 1973), en general; Recopilación de leyes de los Reinos de las Indias, ley XII, título III, Libro V.

(39) Lozano, III, 309/310; Aguirre, II (2a. parte), 388/393; Antonio Ruiz de Montoya, "Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape" (Bilbao, 1892), 143/167; Velázquez, "Breve historia...", 74/78.

(40) A.G.I., Charcas, 30 - Villa Rica, 6-II-1629: Relación cierta y verdadera del gobernador Céspedes Xeria; Lozano, III, 298; Ruiz de Montoya, 226/240; Aguirre, II (la. parte), 455/456 y 459, nota 1; Lafuente Machaín, 283/284.

(41) Lozano. III. 518/519; Ruiz de Montoya, 151; Aguirre. II (la. parte), 308: confundiendo su actuación en Asunción con lo que después le aconteció en Buenos Aires, dice que sufrió exilio; Schäfer, II, 568; Velázquez. "Clero secular...", 17; Lafuente Machaín, 283.

(42) A.G.I., Charcas. 141 - Asunción. 27-IV-1629: El Cabildo de la Catedral al Rey (DOCUMENTO N° 3); Velázquez, 20.

(43) A.G.I., Charcas, 149 - Asunción, 16-IV-1635: Auto de Aresti, ante el secretario Esteban de Molina (Probanza de Mendes de Basconcelos, 1637); Velázquez, "Clero...", 20.

(44) Charcas, 149 - Asunción, 12-V-1637: Certificación del capitán Sánchez de Vera, en la Probanza de Luján y Rojas; Mismo legajo - As., 25-V-1637: Ibidem en la Probanza de Acevedo y Orué; Velázquez, 20.

(45) Lozano, III, 520/523, Schäfer,II, 568, 590 y 591.

(46) A.G.I., Charcas, 149 - Dos certificaciones (4 y 23-V-1637) del Gobernador Eclesiástico en las respectivas Probanzas de los Lic. Francisco de Luján y Rojas y Luis de Acevedo y Orué.

(47) Charcas, 138 - La Paz, 12-III-1635: El obispo Vega al Rey; Cfr. Velázquez, "Elección de fray Bernardino de Cárdenas, en 1649" (Asunción, 1973), 7/8.

(48) Aguirre, II (2a. parte), 399.

(49) A.G.I., Charcas, 149 - Expediente sobre vacancia de una Canongía en Buenos Aires, 1641/48.

(50) Aguirre, t. y pág. cit. nota 48; Nicolás del Techo, "Historia de la provincia del Paraguay", V (Madrid, 1897), 235; Pedro Francisco Javier de Charlevoix, "Historia del Paraguay", III (Madrid, 1913), 8/13; Velázquez, "Elección de fray Bernardino... ", pág. cit; Schäfer, 11,568.

(51) A.G.I., Charcas, 141 - Asunción, 15-1-1650: El Cabildo de la Catedral al Rey (DOCUMENTO N° 4); Charlevoix, t. cit., 18; Lozano, III, 8/13. Todo este párrafo, hasta el punto y aparte, es transcripción de: Velázquez, "Elección de fray Bernardino de Cárdenas", cit., 8.

(52) A.N.A. Secc. Hist., 20 - Asunción, 22-II-1649: Acuerdo del Cabildo secular (reproducido íntegro en; Velázquez, "Elección...", 26/27).

(53) Velázquez, "Elección..:", cit, 9; Charlevoix, 16 y 19/20.

(54) A.G.I., Charcas, 149 - Asunción, 6-III-1644: Cárdenas al Rey.

(55) A.G.I., Buenos Aires, 2 - Dos Reales Cédulas (ambas: Fraga, 25-VII-1644) dirigidas respectivamente a los Obispos del Paraguay y del Tucumán.

(56) Aguirre, II (2a. parte), 400/401; Lozano. III. 319; Charlevoix,III, 24/30 y 37/38; Velázquez, "Elección de fray Bernardino..... 9/10.

(57) DOCUMENTO N° 4, citado nota 51.

(58) Charlevois,III.121/124.

(59) Aguirre, II (2a. parte), 401;Charlevoix, t. cit.. 163/164.

(60) A.G.I., Buenos Aires, 2 - Madrid, 13-X-1647: R.C. al Deán y Cabildo Eclesiástico de Popayán; y Madrid, 20-X-1647: R.C. a la Audiencia de Charcas; Charlevoix, III, 164.

(61) Aguirre, t. cit., 378 y 402: Lozano, III, 320; Charlevoix, t. y pág. cit. nota 60.

(62) DOCUMENTO N° 4, citado.

(63) A.N.A., S.H., 20 - Autos de la elección de Cárdenas, en Libro de Acuerdos del Cabildo secular de Asunción, 1649. Se hallan íntegramente reproducidos en: Velázquez, "Elección dé fray Bernardino de Cárdenas, en 1649".

(64) A.G.I., DOCUMENTO Nº 4, cit. Todo este párrafo hasta el punto aparte, es transcripción de: Velázquez, "Elección...", 13/14.

(65) Lozano, III, 321. (66) Charlevoix, III, 175.

(67) Gregorio Funes, "Ensayo de la historia civil de Buenos Aires, Tucumán y Paraguay", 2a. ed., I (Buenos Aires, 1856), 232.

(68) Velázquez, "Breve historia de la cultura en el Paraguay", cit., 92/96, y "Elección"', cit, 17/20.

(69) Charlevoix III, 221/222 y 190/195, y las sentencias, en sus Apéndices, 261/290.

(70) A.G.I., Charcas, 141 - Asunción, 2-III-1658: El Cabildo de la Catedral al Rey (DOCUMENTO No 7); Velázquez, "Elección de fray Bernardino de Cárdenas, en 1649", 20.

(71) A.G.I., Charcas, 138 - Actuaciones relativas al nombramiento y recibimiento de Consejo, 1655/56 (DOCUMENTO N° 5).

(72) Charcas, 138 - Asunción, 2-V-1657; Cornejo al Rey; y Mismo legajo - Copia de correspondencias del 11, 12 y 15-II-1657, entre Cornejo y el Cabildo de la Catedral (DOCUMENTO N° 6).

(73) Velázquez, "La rebelión de los indios de Arecayá, en 1660" (Asunción, 1965), en general, y "Elección... .. 20/21.

(74) Charcas, 138 - Asunción, 3-VI y 2-IX-1664: Dos Cartas de Cornejo al Rey; Charcas, 150 - Misque, 14-III-1664: El obispo Cárdenas al Rey; bibliografía cit. nota 73.

(75) Doc. cit. nota 72.

(76) DOCUMENTO N° 7, cit. nota 70; y A.N.A., Nueva Encuadernación, 162 - Asunción, 22-VIII-1659: Poder general del Deán, como Cabildo de la Catedral, para recurrir de un auto del Dr. Cornejo; Velázquez, "Clero secular..... 20.

(77) A.G.I., Charcas, 30 - Asunción, 28-II-1660: Sarmiento al Rey.

(78) Charcas 14 - Asunción, 31-XII-1660: Peralta al Rey (DOCUMENTO Nº 8).

(79) Charcas, 30 - Asunción, 4-IV-1662: Testimonio notarial sobre dignidades y prebendas del Cabildo de la Catedral.

(80) Este capítulo es reproducción de: Velázquez, "Clero secular y evangelización en el Paraguay colonial". 2a. ed. (CEPUC, Asunc. 1982) 28/30.

(81) A.G.I., Charcas, 30 - Asunción, 28-IV-1682: El gobernador Juan Díez de Andino al Rey.

(82) Schäfer, 11, 568, 576 y 602.

(83) Doc. cit. nota 81.

(84) A.G.I., Charcas, 138 - Memorial de Guillestegui, s/d.

(85) Schäfer, II, 572 y 590.

(86) Ibidem, 568.

(87) Velázquez, "La población del Paraguay en 1682", 2a. ed. (CEPUC, Asunción, 1981), en general.

(88) Schäfer, 11, 568.

(89) Velázquez, "Clero secular...", 18.

(90) Velázquez, "Iglesia y educación en el Paraguay colonial", 115 y 132, en: Historia Paraguaya, Vol. XV (1976), 97/154.

(91) A.G.I., Charcas, 15 - Memorial de Ximénez, 1674.

(92) Charcas, 141 - Dos peticiones de Ximénez, proveídas por el Obispo y el Gobernador, 1678; y 138 - Asunción, 20-III-1678: Ximénez al Rey (DOCUMENTOS No 11, 12 y 9).

(93) Charcas, 141 - Asunción, 20-III-1678: El Cabildo de la Catedral al Rey (DOCUMENTO Nº 18).

(94) Charcas, 138         - Asunción, 18-IV-1678: Suárez Cordero al Rey (DOCUMENTO N° 10); Charcas, 141 - Asunción, 22-VII-1686: El Cabildo de la Catedral al Rey (DOCUMENTO N ° 16); y Charcas, 194 - Relación de cargos y vacancias del Cabildo de la Catedral (1705?: consta que por fallecimiento de Suárez Cordero fue promovido a Chantre el canónigo Sebastián de Vargas.

(95) Charcas, 141 - Licencia para embarcarse por Buenos Aires en el patache del capitán Juan Francisco de Chena, a favor de Ximénez, 1680 (DOCUMENTO Nº 13); Mismo Legajo: Copia de actuaciones promovidas por Ximénez ante el Consejo de Indias, como apoderado del Cabildo de la Catedral, 1680 (DOCUMENTO Nº 14).

(96) Charcas, 138 -Asunción, 31 -III-1682; Casas al Rey (DOCUMENTO N° 15).

(97) Charcas, 141 – Asunción, 10-IX-1686: El Cabildo de la Catedral al Rey (Documento Nº 17).

(98) Charcas, 381 – Memorial del maestro Matías de Silva, 1703.

(99) Charcas, 194 – Relación…, cit. nota 94.

(100) Se desarrolla el tema en: Velázquez, "Indígenas y españoles en la formación social del pueblo paraguayo" (Asunción, 1982), "La población del Paraguay en 1682", 2a. ed. (Asunción, 1981), y otros trabajos.

(101) A.G.I., Charcas, 141 - Asunción, 20-III-1678: El Cabildo de la Catedral al Rey (DOCUMENTO N° 18), acompañado de Certificación de la misma fecha (DOCUMENTO N° 19); y Mismo legajo - Asunción, 20-III-1678: El Obispo al Rey, seguido de tramitación en el Consejo de Indias (DOCUMENTO N° 20).

(102) Charcas, 141 - Asunción, 20-III-1678: Casas a D. Francisco Fernández de Madrigal, Secretario para el Perú del Real y Supremo Consejo de las Indias (DOCUMENTO N° 21)

(103) Charcas, 141 - La Plata, 28-I-1679: El Presidente de la Audiencia al Virrey - Arzobispo, D. Melchor de Liñán y Cisneros (DOCUMENTO Nº 22).

(104) Charcas, 141 - Madrid, 28-VII-1678: R.C. al Virrey-Arzobispo, con constancia de haberse despachado similares al Presidente y al Arzobispo de Charcas, y a los respectivos Gobernadores y Obispos del Río de la Plata y del Paraguay (DOCUMENTO N° 23); Mismo legajo - Lima, 24-VII-1681: El Virrey - Arzobispo al Rey (DOCUMENTO N° 25).

(105) Charcas, 141 - La Plata, 12-VI- 1.681-, El Presidente de la Audiencia al Rey (DOCUMENTO N° 24).

(106) Charcas, 141 - La Plata, 30-VII-1681: El Arzobispo al Rey (DOCUMENTO N° 26).

(107) Charcas, 141 - Asunción, 23-III-1682: El gobernador Díez Andino al Rey (DOCUMENTO Nº 27).

(108) Charcas, 141 -Buenos Aires, 20-XII-1682: El obispo Azcona al Rey, con actuaciones en el Consejo (DOCUMENTO N° 28).

(109) Charcas, 149 -Título (As. 11-I-1628) del Cura de puerto y pueblo de Mbaracayú, cit.; y Certificaciones en la Probanza de los Lics. Acevedo y Rojas, 16:37, cit., nota 44; Velázquez, "Clero secular...", 18.

(110) Charcas, 149 - Asunción, 2-III-1658: El Deán y Cabildo de la Catedral al Rey (DOCUMENTO Nº 7), cit.; A.N.A., N.E., 162 - Doc. cit. nota 76.

(111) Velázquez, "José Bernardino Servín, el primer doctor paraguayo", en "Dimensión", Nº 10 (Asunción, 1965); Charcas, 141 - DOCUMENTO N° 17, cit. nota 98.

(112) A.G.I., Charcas, 30 - Cartas de los gobernadores Monforte (Asunción, 30-III-1689) y Mendiola (Asunción, 13-VI-1682), al Rey.

(113) Aguirre, II (1 a. parte), 308/309.

(114) Velázquez, "Clero secular...", 33.

(115) Este Capitulo es transcripción de: Velázquez, "Clero secular y evangelización en el Paraguay colonial", 31/32; v. también artículo cit. nota 112.

(116) A.N.A., N.E., 103 - Dos exhortos del provisor González, 1738/39; Aguirre,II (1ª. parte), 310.

(117) Aguirre, t. y pág. cit.

(118) A.N.A., S.H., 122 - Libro 20 de Acuerdos del Cabildo de la Catedral de Asunción, 1744/64: Acuerdos del 21-X-1744 al 18-XI-1748.

(119) Libro citado: Acuerdos 28-III-1749/16-XI-1757, con testimonios anexos.

(120) Aguirre, II (1 a. parte), 310.

(121) Libro citado: Acuerdo del 16-XI-1757, con testimonio de documentación anexa.

(122) Aguirre, t. cit., 310/311.

(123) Libro citado: Acuerdos 1757 80.

(124) Aguirre, t. cit., 311.

(125) Velázquez, "El Paraguay en 1811" cit.

(126) Libro citado: Cartas (Asunción, 7-XII-1769) a Arriaga y 2 Reales Cédulas (San Ildefonso, 21-VII-1770 y 14-XI-1776) al Cabildo de la Catedral.

(127) Libro citado: Correspondencia, 1780/84.

(128) Aguirre, II (la. parte), 311.

(129) A.G.I., Buenos Aires, 236 - Asunción, 13-VIII-1779: El Cabildo Eclesiástico al Rey, sobre proyecto de Colegio de Propaganda Fide.

(130) Aguirre, II (la. parte), 296/297.

(131) A.G.I., Buenos Aires, 267 - Papeles sobre Arroquia y Osés, 1789/92.

(132) Aguirre, II (la. parte), 296/299.

(133) A.G.I., Buenos Aires, 48 - Asunción, 19-XII-1802: El Cabildo de la Catedral al Rey.

(134) Alberto Nogués, "El Provisor Roque Antonio Céspedes Geria", 63, nota 32.

(135) Velázquez, "El Paraguay en 1811", 93/94.

(136) A.N.A., S.H., 212 - Asunción, 9-IX-1810: El Cabildo de la Catedral al Gobernador-Intendente; Cfr. copia con errores en: Historia Paraguaya, Vol. 3 (1958), 147/148.

(137) A.N.A., S.H., 213 - Autos de la Independencia del Paraguay, 1811.

(138) Vol. cit. - Certificación del juramento, 23-VI-1811.

(139) Nogués, "El Provisor..... 45/64.

(140) Efraím Cardozo, "Paraguay Independiente" (Barcelona, 1949), 71.

(141) Carlos Heyn Schupp, "Iglesia y Estado en el Paraguay durante el Gobierno de Carlos Antonio López, 1841-1862", (Asunción, 1982), 29, nota 7.

(142) Archivo de la Curia - Sala Capitular, 4-I-1825: El Cabildo de la Catedral de Asunción al Dictador, con largo capítulo de cargos contra el Obispo suspendido, transcripto en: Nogués, 52/54. En la copia no figuran los firmantes.

(143) Heyn, 144; Juan Crisóstomo Centurión, "Memorias". III y IV.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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