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RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ


  EL PADRE JUAN JOSE DE VARGAS Y LOS ÚLTIMOS COMUNEROS DEL PARAGUAY (RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ)


EL PADRE JUAN JOSE DE VARGAS Y LOS ÚLTIMOS COMUNEROS DEL PARAGUAY (RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ)

EL PADRE JUAN JOSE DE VARGAS Y LOS

ÚLTIMOS COMUNEROS DEL PARAGUAY

 

RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ

 

El Movimiento comunero del Paraguay. La gran revolución comunera del siglo XVIII. El Paraguay post-comunero. Gobierno de Rafael de la Moneda. Una conjuración comunera. La represión. Los protagonistas. El Padre Juan José de Vargas. El chantre Delgadillo y Atienza. La odisea del Padre Vargas en España. Un tardío intento de testificación. Muerte del Padre Vargas. Una interpretación.

 

I

EL MOVIMIENTO COMUNERO DEL PARAGUAY

 

            Durante dos siglos de historia, desde la deposición del adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en 1544, hasta el sometimiento final del "Común en armas" por Bruno Mauricio de Zabala, en 1735, en el Paraguay se había vivido un proceso político y social de singulares características, acentuado en el siglo XVII.

            Derrocamiento con violencia de un Adelantado, y treinta años más tarde, de Felipe de Cáceres, Teniente de otro; conflictos entre el Cabildo y sucesivos Gobernadores; ejercicio del gobierno político provincial por el Cabildo de Asunción en corporación, en cuatro oportunidades, entre 1626 y 1676; interinatos cubiertos en el siglo XVI, invocando la Real Provisión del 12 de setiembre de 1537, y con posterioridad -elecciones de fray Bernardino de Cárdenas, en 1649, y de fray Juan de Arregui, en 1733- aplicación de dicha norma en forma claramente revolucionaria, en contradicción con el orden entonces vigente; controversias y enfrentamientos entre vecinos y jesuitas, con más de una expulsión de éstos de Asunción, y en todo momento, protagonismo decisivo de su Cabildo secular, como portavoz de las aspiraciones colectivas, son notas definitorias del proceso al que estamos haciendo referencia, vale decir del movimiento comunero del Paraguay.

            Lo hemos calificado de singular porque, pasado el tiempo de frecuente indefinición de poder del período de la conquista, en el resto de Hispanoamérica se afirma el orden colonial, sin alteraciones significativas. No ocurre lo mismo en el Paraguay. Aquí y a lo largo del siglo XVII, se desarrolla el movimiento comunero.

            Varios factores contribuyen a ello.

            En primer término, téngase presente que el aislamiento y la gran distancia del Paraguay respecto de los centros de poder dificultan la eventual acción represiva de las autoridades virreinales y metropolitanas. Por otra parte, resultan perceptibles los efectos de la decadencia del sistema administrativo español en general en los reinados de los últimos Austrias. Notoriamente, ese Estado no se hallaba en condiciones de imponer en plenitud su poder. A guisa de ejemplo, cabe recordar que con motivo de la deposición del gobernador Antonio de Escobar y Gutiérrez por el Cabildo asunceño, en 1765, el general José de Avalos y Mendoza es conminado a comparecer ante el Consejo de Indias; pero no se mueve de Asunción, permanece en el ejercicio de sus funciones, y en 1711 ha de ser electo Alcalde Ordinario de primer voto, sin que se le opongan objeciones.

            No obstante lo arriba consignado, ni la distancia ni la relativa impotencia de las autoridades superiores constituyen los únicos motivos de la continuidad del movimiento comunero, ni necesariamente los de mayor trascendencia. Se dan otras influencias coincidentes: el haber tenido los paraguayos que valerse por sí mismos desde los primeros días de la conquista hasta el siglo XVIII, en la soledad y sin auxilios externos, para subsistir y apuntalar la presencia cristiana en esta tierra desprovista de yacimientos conocidos de metales preciosos y expuesta al permanente acoso de "bandeirantes" e indígenas depredatorios del Chaco; la ninguna inmigración europea posterior al contingente conquistador, circunstancia que da lugar a la formación de una sociedad en gran medida endogámica, de base mestiza y de fuertes e intrincados lazos entre sus miembros; la inexistencia de apreciables diferencias de fortuna; el "status" ,de españoles generalmente reconocido a los mestizos y ratificado por una Real Cédula del 31 de diciembre de 1662; la acción política del Cabildo de Asunción, que rebasa de hecho y largamente los lindes de su cometido municipal; los sesenta años de vacancia episcopal en un siglo, en casi todos los casos suplida por el Cabildo de la Catedral "en sede vacante", integrado, éste, por sacerdotes paraguayos; y esa gran crisis territorial y demográfica que llega a su más honda sima con la invasión "bandeirante" de 1676, se suman para acentuar la solidaridad social y afirmar una tradición de autogobierno, impuesta por las circunstancias y que necesariamente desemboca en la conciencia de los propios derechos y en la voluntad colectiva de defenderlos.

            Creernos que el movimiento comunero del siglo XVII, liderado por el Cabildo de Asunción, con el notorio apoyo del vecindario, vertebra el proceso de concientización política del pueblo paraguayo y de formación de un sentido nacional, con todas las limitaciones que podamos atribuirles a ambos conceptos atendiendo a las consideraciones de tiempo y lugar. La gente aquí nacida o afincada en la época colonial es reacia a aceptar la arbitrariedad, y en esos siglos se va definiendo muy gradualmente, como algo diferenciado, el concepto de lo paraguayo.


II

LA GRAN REVOLUCIÓN COMUNERA DEL SIGLO XVIII


            Culmina el movimiento comunero hacia 1720, con los enfrentamientos de los más caracterizados capitulares de Asunción y otros vecinos con el gobernador Diego

de los Reyes Valmaseda, último que llega al cargo merced a un donativo o pago y por el sistema de "futuras", y la actuación del Dr. José de Antequera y Castro como Juez Pesquisidor comisionado por la Audiencia de Charcas, que viene al Paraguay y se posesiona del mando superior en 1721.

            A este período, que consideramos culminante de tan singular proceso histórico, para diferenciarlo de los anteriores lo denominamos gran revolución comunera del siglo XVIII, y distinguimos en el mismo dos etapas, separadas en el tiempo y distintas características sociales.

            En la primera, que se extiende hasta 1725, se percibe una generalizada participación popular, el apoyo activo de la población, mas los principales directores con los hombres de pro, del incipiente patriciado criollo, que influyen a través del Cabildo y de los mandos medio y superiores de las milicias provinciales. En ese lapso, los vecinos se reúnen en Cabildos abiertos y Juntas de guerra; liderados por su Gobernador y Juez Pesquisidor, que se ha convencido de la justicia de su causa y la abraza con decisión, apelan y suplican de medidas de las autoridades superiores, y entre tanto éstas se expidan, suspenden su ejecución; deponen a los capitulares más remisos a acompañarlos; expulsan a los jesuitas de su Colegio de Asunción, y en 1724, oponen resistencia armada a un ejército virreinal y lo derrotan en el campo de batalla. Tienen, sin embargo, que someterse en 1725, y tras un largo proceso, Antequera será condenado a la pena capital en Lima y muerto por los guardias que lo conducen al cadalso. A no dudarlo, se vive entonces un tiempo claramente revolucionario.

            En la segunda de las etapas que hemos señalado, la del Común en armas, de 1730 al 35, en apreciable medida impulsa los acontecimientos el pueblo llano, la "gente reí", el "cocguá", esa población rural que se va dispersando en la ocupación efectiva del territorio, merced a la mayor seguridad que resulta de la desaparición de la amenaza "bandeirante" y de la gradual disminución del acoso de los indígenas del Chaco. Su acción es decisiva y constituye la primera manifestación de protagonismo del naciente campesinado paraguayo.

            Si bien en Asunción y de conformidad con la ley XII, del título III, del libro V de la Recopilación de Indias de 1680, gobiernan los sucesivos Alcaldes Ordinarios de primer voto con facultades de Justicias Mayores, en el medio rural, en los valles y pagos, en Tapúa, Pirayú y otros lugares, se constituye el Común que elige y releva a sus propios oficiales y en más de una oportunidad impone su presencia y sus puntos de vista a las autoridades de la capital. En 1733, luego "de casi tres años de vacancia del cargo, llega un nuevo Gobernador y Capitán General, designado por el Virrey del Perú, y será el mismo muerto por gente del Común en Guayaivity. Ante tan grave situación producida, invocan por última vez la Real Provisión del 12 de setiembre de 1537 para confiar el mando político provincial a fray Juan de Arregui, Obispo electo de Buenos Aires que había venido a consagrarse en Asunción y se ha mostrado favorable a los comuneros, o cuando menos, comprensivo y benévolo para con ellos. El así designado, a las pocas semanas, emprende el regreso a su Diócesis y deja el gobierno a un Lugarteniente General por él investido, Cristóbal Domínguez de Ovelar, que de este modo ha de ser el último jefe de los comuneros del Paraguay.

            Como vemos, en estos quince años que corren de 1720 al 35, el enfrentamiento con la autoridad virreinal es más definido que antes, más categórico y duro, y termina con la derrota definitiva de los comuneros. Es que el orden borbónico, con su nueva estructura en implementación, sus mayores posibilidades de acción que el de los últimos Austrias y su creciente eficacia, ya está en condiciones de hacer sentir de manera efectiva su autoridad en toda la extensión de su imperio colonial. En esta parte del Continente, son los primeros representantes y ejecutores de tal política el Marqués de Castelfuerte, Virrey del Perú, desde 1722, y el mariscal de campo Bruno Mauricio de Zabala, Gobernador del Río de la Plata entre 1717 y 1736. Puede afirmarse que, en esta etapa que hemos calificado de culminante de su desarrollo histórico, ya no puede triunfar el movimiento comunero, frente a un poder en crecimiento y afirmación, representativo del absolutismo con las características marcadas por Luis XIV, ni apoyarse en la distancia o en una ya superada impotencia del Estado.

            Aún cuando en 1735 no se libran batallas, la última entrada del ya citado Zabala en el Paraguay significa la extinción del bisecular movimiento comunero y el aniquilamiento de sus posibilidades de acción futura (1).


III

EL PARAGUAY POSTCOMUNERO


            Zabala permanece en el Paraguay hasta comienzos de 1736, ocupado en la represión y en el restablecimiento del orden colonial, éste, ya con las características del sistema borbónico, y entre otras medidas, dicta una sentencia relativa a la no vigencia de la varias veces recordada Real Provisión del 12 de setiembre de 1537, no recogida en la Recopilación de 1630. Ha de fallecer en el viaje de regreso a Buenos Aires, y antes de su partida y por especial comisión del Virrey, confía el gobierno del Paraguay al capitán de dragones Martín José de Echauri, oficial de su confianza.

            No obstante que del poblamiento rural ha nacido el Común en armas, la dispersión propia de ese tipo de poblamiento dificulta que el mismo pueda organizarse para una acción política o militar eficaz y sostenida. La referida dispersión rural significa, en apreciable medida, incomunicación. No constituye la afirmación del orden implantado por los Borbones el único factor determinante de la extinción, del movimiento comunero. Los cambios sociales y económicos de ese siglo también contribuyen a ello. En lo sucesivo no, ha de manifestarse, cuando menos públicamente, el antiguo espíritu comunero, y los hechos han de demostrar que esa línea de acción ya no resulta viable.

            En el Paraguay post-comunero se desarrolla el proceso de asentamiento de un naciente campesinado, como ya lo hemos hecho notar, en el de antiguo ocupado valle del Pirayú, y en los partidos de Tebicuary (desde el Caañabé hasta dicho río) y de la Cordillera, y se van definiendo las condiciones sociales y económicas que resultarán más acentuadamente perceptibles en vísperas de la Independencia. A la obligada retracción del siglo XVII, le va sucediendo una época de expansión territorial y crecimiento demográfico. A los criollos y mestizos con "status" de españoles, se les suman los indios criollos, fugitivos de los pueblos, que buscan y logran mimetizarse en el seno de una población rural dispersa y que habla guaraní. Entre 1700 y 1800, se crece de aproximadamente 40.000 almas a 100.000, en tanto que la proporción de los llamados "españoles" pasa del 20 % al 60 % y más, por efecto del mestizaje étnico y del cultural o de asimilación, sin que se hayan registrado aportes inmigratorios significativos.

            Ese poblamiento paraguayo del siglo XVIII reviste dos formas: el fundacional, de las villas y poblaciones, y el espontáneo, exclusivamente rural, disperso y debido a la iniciativa de los propios habitantes, en los partidos arriba, mencionados y otros, entre los que también debe tenerse en cuenta el que se produce en la comarca de la Villa Rica, que desde 1682 ha logrado estabilizarse en su actual ubicación. Aludiendo a esta segunda modalidad y a fines de la centuria, Félix de Azara asentará en uno de sus libros que los paraguayos viven "como sembrados por los campos” figura que nos parece muy expresiva, y en otro, que los españoles del Paraguay -ya hemos visto a quiénes corresponde esta denominación- tienen sus casas "desparramadas" por esos mismos campos, sin formar núcleos urbanos, y tal tendencia ya se manifestaba en las décadas de 1730 y 1740 que corresponden más específicamente a nuestro tema.

            Aparte de los ya anotados establecimientos formales de villas y poblaciones y del poblamiento espontáneo del medio rural, conviene señalar que en este tiempo entra en marcada decadencia la encomienda de indios, definitivamente extinguida en 1803; se erigen las parroquias y los tenientazgos rurales, para la atención del culto; los pueblos de indios se van desnaturalizando, perdiendo sus características originales, por la intromisión de los foráneos, criollos y mestizos asimilados que se instalan en sus tierras, como ocurre en Tapequezá, jurisdicción de las comunidades de Altos y Atyrá, y en la lejana Bobí (hoy, Artigas), entre las antiguas reducciones franciscanas y jesuíticas, y en otros muchos puntos. En el censo de Azara, de 1793, hallamos que el 44 % de la población total del Paraguay corresponde a núcleos rurales de poblamiento espontáneo, en tanto que el 6 % corresponde a foráneos, a los que él anota con la apropiación de "españoles parroquianos de los pueblos de indios no comprendidos en sus padrones". Estos porcentajes serían mucho más bajos en el período inmediatamente post-comunero, y el caso concreto de Bobí, al que hemos aludido, es bastante posterior, pero el proceso ya estaba en desarrollo.

            La mono producción yerbatera, tan característica del siglo XVII, pierde importancia relativa, sin disminuir su volumen, y en las exportaciones paraguayas se le suman los derivados del ganado (cueros y sebo), el tabaco, oficialmente protegido, y las maderas de construcción de grandes posibilidades de mercado en una época en la que Buenos Aires y Montevideo experimentan un crecimiento edilicio. En disolución irremisible la encomienda, aunque tardíamente con relación al resto de Hispanoamérica, cede paso al trabajo asalariado. La diversificación de producciones y el aumento del valor de las exportaciones, ya en época posterior a la década de 1740, darán lugar a general circulación monetaria y a un despegue económico, y en este tiempo se están echando las bases de tal situación.

            En materia de nueva inmigración, aunque muy reducida en su número, de difusión de la educación primaria y de nuevas expectativas en la media y superior, los cambios son bastante posteriores a la época que nos interesa particularmente, y tienen lugar a fines del siglo.

            Se busca en este apartado dar una idea somera del marco histórico en el que tienen lugar los acontecimientos que vamos a presentar (2).


IV

GOBIERNO DE RAFAEL DE LA MONEDA


            La serie de los Gobernadores del Paraguay de cuño netamente borbónico se inicia con Rafael de la Moneda, 1er. Teniente de Guardias de Infantería, que con motivo de su nombramiento, en 1733, recibe el grado de Coronel (3). Ha de tardar él dieciocho meses en aprontar su viaje, y en ese lapso expone las necesidades que deben satisfacerse en el Paraguay, y para sí, pide el pago de los sueldos de su coronelía correspondientes al mismo (4).

            El 1º de setiembre de 1740 está ya en Buenos Aires, y el 7 de noviembre inmediato se recibe del mando ante el Cabildo de Asunción, con las formalidades de rigor (5).

            En 1741, promueve un expediente para que se lo releve del pago de la media anata por sus crecidos empeños. Tiene 2.000 ducados de sueldo anual, que se le pagan por las Reales Cajas de Buenos Aires (6).

            El coronel Rafael de la Moneda fue un gobernante expeditivo, eficaz en su acción y ejecutor firme de la política implementada por la Casa de Borbón. Aguirre

y Funes, y Garay siguiendo a Funes, elogian su labor. El primero de ellos nos da noticia de su fuerte y notoria aversión al reciente pasado comunero, a punto tal que llegó a revocar un nombramiento de Teniente General de Gobernador, al enterarse en detalle de los antecedentes del candidato en esa materia (7).

            Ciego desde 1742, siguió en el ejercicio del mando por cinco años más, pese a ello y a las denuncias que sobre el particular se hicieron a las autoridades superiores (8).

            Desde Asunción, el 11 de marzo de 1742, informaba al Secretario de Despacho Universal de Marina e Indias sobre el estado general de la provincia y su completa pacificación , -decía que "los naturales han olvidado sus tumultos"-, y daba cuenta de que había perdido la vista. En enero inmediato, parece hallarse ausente en Buenos Aires, en procura de salud, aunque sin resultado; y en agosto, volvía a escribir al referido Secretario, exponiendo su situación personal: ciego, pobre, con crecidos gastos y deudas que sobrepasaban el monto de sus sueldos devengados y futuros, a 3.000 leguas de su casa, definitivamente desahuciado por los médicos, pedía cualquier destino en el presidio de Buenos Aires. Reiteraba en la misma comunicación que los vecinos del Paraguay se hallaban en completo sosiego (9).

            Una iniciativa interesante de su gobierno es la de reabrir el brazo occidental del río, frente a Asunción. Dice Aguirre a fines del siglo XVIII: "Según la tradición, en lo antiguo fue isla del río la punta y el riacho o parte menor era el que hoy es único brazo. El occidental está cerrado absolutamente. Don Rafael de la Moneda se atrevió a volverle a abrir, como la ciudad le hubiese dado solos los alimentos de los peones; pero no se hizo..." (10). ¿Significaría ello una manifestación de independencia del Cabildo post-comunero, o tan sólo escasez de recursos? En todo caso, valdría la pena ubicar sobre el mapa el brazo occidental, ya cegado antes de 1740, y el riacho que se habría ensanchado al recibir el caudal de aquél.

            En verdad, todo hace pensar que Moneda tenía razón en sus reiteradas afirmaciones acerca de la aparente paz y quietud del Paraguay en esos años. Con la

fortificación de los pasos del sistema Manduvirá-Yhagüy, merced al establecimiento de guardias permanentes en Urundey-yurú, Manduvirá e Ypytá, y la fundación del pueblo de pardos libres de San Rafael de la Emboscada en 1746, más tarde puesto bajo la advocación de San Agustín, que servía de apoyo al fuerte o castillo de Arecutacua, se había dado seguridad a la Cordillera, y medio siglo más tarde, en tiempos de Azara, 10.000 paraguayos, además de los guaraníes cristianos de los pueblos aledaños, habitarían en ese nuevo partido, dedicados preferentemente a la agricultura. Entre el Caañabé y el Tebicuary, se iba desarrollando una ganadería extensiva, y el proceso del poblamiento espontáneo del medio rural proseguía, a la par con el del mestizaje étnico y cultural. En 1682, según el censo del obispo Casas, había en el Paraguay cuatro indígenas cristianos y fracción por cada criollo o mestizo con "status" de español; en 1782, el número de éstos doblaba al de aquéllos (11).


V

UNA CONJURACIÓN COMUNERA


            En ese ambiente y en esas circunstancias, el 20 de abril de 1747, "a deshoras de la noche", Juan de Gadea, antiguo activista del periodo del Común en armas, "saltó al corral de la casa del Gobernador" y le delató una conjuración para matarlo, en la que estarían envueltos Bernardino Martínez, Maestre de Campo General que había sido del Común, y Miguel de Aranda, Miguel Cuevas y Jacinto Barrios, Sargentos Mayores o Castellanos de presidios de la costa, instigados todos por el P. Juan José de Vargas, también antiguo comunero (12).

            La versión oficial, inserta en la correspondencia, del propio Moneda, de los sucesivos obispos Palos y Paravisino y del P. Altamirano, jesuita, y recogida por Aguirre cuarenta años después, es la que sigue.

            Según Aguirre, el P. Juan José de Vargas, sacerdote díscolo y antiguo comunero, habría llevado una vida desordenada en el valle de Tayazuapé, lindero con el Campo Grande. Como el gobernador Moneda tomara medidas correctivas, inclusive la prisión de una manceba que habitaba bajo su techo, el clérigo armó una conjuración para matarlo, y persuadió de ser sus ejecutores a los mencionados Martínez, Aranda, Cuevas y Barrios, todos ellos en ese tiempo Sargentos Mayores o Castellanos de fortines de la vigilancia del litoral. El golpe debía llevarse a cabo el 22 de abril de 1747 y fracasó por la ya mencionada delación de Juan de Gadea (13).

            El Obispo del Paraguay, en trance de trasladarse a su nueva sede de Trujillo, en el Perú, fray José de Palos, en carta al Ministro de Marina, Guerra e Indias, califica de "motín" la proyectada intentona y atribuye su jefatura o instigación al P. Vargas y al Chantre de la Catedral de Asunción, D. Alonso Delgadillo y Atienza. Recuerda en su carta a otro sacerdote, el P. Juan Ignacio Dávalos y Peralta, "que por haber ido a las Reales Justicias con un palo, traté de contenerlo, y por auxilio que le dieron dichos D. Alonso Delgadillo y D. Juan José de Vargas, hizo fuga, pretextando pasar a la Real Audiencia en defensa de lo que no podía justificar". El relato del Obispo, que pudo haber servido en parte de fuente a Aguirre, se extiende sobre varios otros puntos y es de tono pesimista acerca de la administración, la acción y las posibilidades del Cabildo, la evangelización indígena y las costumbres de la población, con énfasis, en este punto, sobre una supuestamente generalizada afición a la bebida (14).

            En una esquela al Marqués de la Ensenada, eminente Ministro de Felipe V y Fernando VI, el P. Pedro Ignacio Altamirano, jesuita, de noticia "sobre la rebelión intentada por los españoles, en el año próximo pasado". Menciona y transcribe varias comunicaciones recibidas de religiosos de su orden, relativas al tema. En carta del 10 de julio de 1747, el P. Alonso Fernández aludía al "nuevo Común del Paraguay" y agregaba que "su Gobernador, Don Rafael de la Moneda, ha pasado por las armas a seis, que la sublevación fue conmovida por un clérigo, Don Joseph de Bargas, que éste hizo fuga a la Colonia. De otro que dicen fue también principal motor, y es el canónigo Delgadillo, avisan lo traen preso a esta ciudad (Buenos Aires) de orden de su Obispo". Glosa también el P. Altamirano una carta del P. Juan de Montenegro, fechado en Buenos Aires, el 12 de julio del mismo año, "acerca del mismo Común, "que se empezaba a formar con disparatados proyectos (...). Dicho Común estaba todavía en embrión, "por no haberse formado en cuerpo competente, ni "ejecutado alguna operación manifiesta de sus disformes ideas, que todas por ahora se han sepultado por la muerte, que por los términos regulares de justicia "hizo dar el Gobernador a cuatro o seis de sus cabezas. Quiera Dios que jamás reviva semejante Común, y la justicia ejecutada sirva de eterno escarmiento". Transcribe, así mismo, párrafos de otra, del P. Pedro Morales, del 26 de julio: "Los paraguayos han querido suscitar de nuevo su Común. Mas el ciego Gobernador ha estado tan vigilante, que con haber ahorcado a seis de los principales, los ha aquietado". Termina Altamirano con el consiguiente anuncio: "Hasta aquí, los referidos Padres. Si llegasen otras nuevas noticias, las participaré a V.E. para que en inteligencia de ellas, V.E. arbitre lo que más convenga" (15).

            Interesa el informe del P. Altamirano, tanto por demostrar que el movimiento era identificado como un rebrote comunero, del Común en armas de comienzos de la década anterior, cuanto porque -especialmente a estar a las manifestaciones del P. Montenegro- comprueba que el mismo no tuvo ni tan siquiera principio de ejecución y hace suponer que las duras penas impuestas a los comprometidos habrían tenido una finalidad preventiva, de escarmiento y disuasión.

            El 10 de agosto de 1747, Moneda entregaba el mando al coronel Marcos José de Larrazábal, designado en 1743 para sucederlo, y una vez llegado a Buenos Aires, él también escribía al Marqués de la Ensenada con su versión de lo contenido, que se ajustaba en general a lo que acabamos de ver (16).

            Años más tarde y desde su prisión en Galicia, el P. Juan José de Vargas dirá que no hubo tal conjura; que los supuestamente complotados eran unos pobres vecinos, fieles vasallos del Rey y buenos servidores en las milicias provinciales; que un Domingo por la mañana, en un encuentro con música de guitarras y canto, en la casa de uno de ellos, en el medio rural, habían discurrido sobre la inconveniencia de que asumiera el mando Marcos José de Larrazábal, y acerca de los eventuales medios de impedirlo, sin que fuera un proyecto a ejecutar, ni forma alguna de conspiración o conjura; que eso les valió el suplicio, y que ni tan siquiera en eso había tenido participación Miguel Cuevas, uno de los arcabuceados (17).


LA REPRESIÓN


            En todo caso no lo entendió así el Gobernador: o porque verificó la existencia real del complot, o por razón de Estado, para producir un escarmiento ejemplarizador que cortara todo brote posible de inquietud, dispuso medidas extremas.

            Con instrucciones precisas para ese efecto y con una escolta armada, a primera hora del 21 de abril, Ignacio de Fleitas, Comisario General de la Caballería, y Juan Antonio Aristegui fueron al castillo de San Ildefonso, en el lugar hoy conocido como Remanso Castillo, y prendieron a Miguel de Aranda, Sargento Mayor del mismo. Entre tanto, el Gobernador "hizo venir a su capellán, se confesó, oyó misa al amanecer, comulgó y esperó las resultas". Esa noche, los mismos comisionados procedieron de igual modo con los castellanos de los presidios aledaños a la ciudad, los antes mencionados Jacinto Barrios y Miguel Cuevas, y con Bernardino Martínez, los que fueron habidos en sus respectivos domicilios, en la campaña inmediata.

            Capturados los cuatro oficiales, Moneda los hizo juzgar sumariamente por el Alcalde Ordinario de primer voto, el sargento mayor Sebastián de León y Zárate, se los condenó a muerte y fueron arcabuceados el 25 o 26 de abril. "Sus primeros sufragios -anota Aguirre- fueron del Gobernador que al dar los tiros los iba determinando". El sargento mayor Jacinto Barrios no murió de la descarga, "de modo que se incorporó y gritó perdón", y allí lo ultimó de un pistoletazo el ayudante José López (18).

            Otro supuesto complotado, José de la Peña "el Tuerto", sería ejecutado en tiempos de Larrazábal (19).


VII

LOS PROTAGONISTAS


            ¿Quiénes eran los involucrados; de uno u otro modo, en estos acontecimientos? De algunos de ellos, podemos dar sucinta noticia.

            Bernardino Martínez, el de mayor jerarquía entre los ejecutados en 1747, estuvo casado con Da. Josefa García de Brito, que testó en el paraje de Itayvú, valle del Yhagüy, en 1766, y era hija del capitán Francisco García de Brito y de Da. María de la Peña, entonces ya difuntos. Le sobrevivieron un hijo y tres hijas, con sucesión (20). En 1731, Sargento Mayor del presidio de Tobatí, fue perseguido, juzgado en ausencia y condenado a muerte por el justicia mayor José Luis Bareiro, y en agosto de ese año, se contó entre los que encabezaron a los comuneros que entraron en Asunción a deponerlo. En setiembre, lo eligieron Maestre de Campo del Común en armas, mando que ejerció hasta marzo inmediato. Le tocó, pues, destacada actuación en ese período. Trató de proteger a las jesuitas, y el gobernador Ruyloba lo nombró Comisario General de la Caballería. No parece haber estado en la jornada de Guayaivity. En 1735, con motivo de la segunda entrada de Bruno Mauricio de Zabala, se le presentó en su real de San Miguel, y éste le, confirmó su rango de Maestre de Campo y lo incorporó a la fuerza que, bajo el mando de Martín José de Echauri, marchó a Tavapy a rescatar el real estandarte de manos de los comuneros (21).

            Un Miguel de Aranda, en 1726 todavía menor de edad, era hijo del sargento mayor Francisco de Rojas Aranda y de Da. Beatriz de Zárate (22). Entendemos que se trata del comunero de 1747. De destacada actuación en el período del Común en armas, en 1735 Zabala lo sentenció a cuatro años de destierro en el presidio de Valdivia, pero se fugó de la cárcel de Buenos Aires, regresó al Paraguay y se reincorporó más tarde a las milicias provinciales: ya hemos visto que en 1747 era Sargento Mayor del castillo de San Ildefonso (23).

            De momento, carecemos de noticias adicionales sobre los sargentos mayores Jacinto Barrios y Miguel Cuevas, también ejecutados, salvo lo, que refiere Aguirre acerca de que el primero de ellos frecuentaba la casa del gobernador Moneda y solía compartir su mesa.

            José de la Peña, llamado "el Tuerto" para diferenciarlo de un homónimo anticomunero, estuvo casado con Da. Juana de Peralta, pero ya se habían separado cuando ésta otorgó testamento en el valle de Yataity, en 1734, y dejó dos hijas, Josefa y Jacoba de la Peña, casadas y con descendencia (24). Muy activa en el período del Común en armas, en 1733 se contó en primera fila entre los promotores de la resistencia contra el gobernador Ruyloba y los adalides comuneros en Guayaivity. También intentó oponerse a la segunda entrada de Zabala, en 1735. Huyó a Buenos Aires, y lo condenaron en rebeldía a ser ahorcado en efigie. Capturado, fue remitido a Asunción y el gobernador Larrazábal mandó dar cumplimiento a la referida sentencia (25).

            También interesa conocer algo de los agentes de la represión.

            Juan de Gadea, el delator, en 1731 era Sargento Mayor del presidio de Caracará. Preso y condenado a muerte por comunero durante el gobierno de Bareiro, se salvó al ser derrocado éste. Sargento Mayor del fuerte de San Miguel en 1733, el gobernador Ruyloba lo separó del mando, pero él se fue con toda su gente a Guayaivity y participó de esa jornada. Tenía, pues, notorios antecedentes comuneros (25).

            Ignacio de Fleitas, que cumplió las órdenes de prisión en 1747, era hijo del sargento mayor Sebastián de Fleitas y de Da. Beatriz Caballero Bazán, en la época de estos acontecimientos ya había enviudado de Da. María de Yegros y dejó dilatada descendencia. Testó en el valle de Capiatá, en 1759, y falleció en 1762 o 63 (27). En 1724, concurría como Alférez a una reseña de soldados convocados por Antequera para ir en auxilio de Buenos Aires (28), y en 1749, con una fuerza de 200 hambres rechazó a los mbayá en el paso de Ypytá, en la zona septentrional de la Cordillera (29). Cuando menos desde 1744 y hasta su muerte, ejerció las altas funciones de Comisario General de la Caballería.

            Juan Antonio Aristegui, viviente aún en 1762, estuvo casado con Da. Josefa de Agüero y dejó descendencia (30). Desempeñó cargos militares y concejiles.

            El sargento mayor Sebastián de León y Zárate, que tuvo a su cargo el proceso de los comuneros, era hijo del general José de León y Zárate, de figuración prominente a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, y de Da. Agueda de Valdivia y Brizuela, y nieto del gobernador Sebastián de León y Zárate. Casado con Da. María del Cazal y Sanabria, hubo numerosa descendencia. Falleció bajo disposición testamentaria en 1774, y manifestaba entonces haber contribuido con 100 cabezas de ganado vacuno en una época de carestía. Tenía capilla propia en su casa de campo, y sostuvo prolongado pleito sobre unas tierras en Capiipomó, Costa Arriba (31). En 1739, era Capitán en las milicias provinciales y Alcalde Ordinario de 2° voto; y en 1747, ya Sargento Mayor, lo eligieron del primer voto y con su colega del segundo, denunciaron a la Audiencia de Charcas que el gobernador Moneda estaba ciego, pese a lo cual no delegaba el mando, lo que les produjo problemas (3,2).


VIII

EL PADRE JUAN JOSE DE VARGAS


            El Pbro. Juan José de Vargas merece capítulo aparte. Tanto por los cronistas mencionados, como por el Gobernador y el Obispo, se le atribuye haber sido el director principal de la conjura, y se le acusa de haber actuado así movido de resentimiento por cuestiones personales y no precisamente honrosas.

            Dichas fuentes coinciden en que logró darse a la fuga; "El clérigo -dice Aguirre- se mantuvo por la "provincia y aunque fuel preso por el cura de la Catedral "Don Antonio Blásquez de Valverde y (el) sargento mayor Don José López, se les escapó por falta de "cautela". Cuando Moneda viajaba hacia Buenos Aires ya después de entregar el mando, le habría tendido una celada para matarlo, en el paso del Ñeembucú, en lo que volvió a fracasar (33).

            En todo caso, Vargas regresa al Paraguay y desde la clandestinidad dirige dos memoriales sucesivos al nuevo Obispo, fray José Paravisino, sucesor de Palos, copias de los cuales son incorporadas a las actuaciones relativas a su persona (34).

            Perseguido, vuelve a irse y es capturado en Santa Fe, y remitido a España por el Gobernador de Buenos Aires (35).

            Juan José de Vargas nació en 1690 y en 1712 fue beneficiado por su abuela paterna con el legado de una casa de tejas en Asunción, para que pudiera seguir su vocación eclesiástica. Colegial de Monserrat, en Córdoba del Tucumán, donde alcanzó el grado de Maestro en Artes, en 1724, siendo Cura propio del pueblo de indios de San Lorenzo de los Altos, su Obispo lo tachaba de comunero activo y de hombre de costumbres poco honestas, al que ya había amonestado y proyectaba corregir más severamente (36). Según el gobernador Diego de los Reyes Valmaseda, en 1720 o poco antes había facilitado la fuga de Gabriel Delgado, acusado de seducción de una doncella, hacia las "Provincia de Abajo" (37).

            Era hijo del capitán de caballos corazas Juan de Vargas Machuca o Vargas Selaya, y nieto del también capitán Fernando de Vargas Machuca y de Da. Mariana de Avalos y Mendoza, vivientes ambos en 1712. Su madre, a la que no se identifica por su nombre, era muy anciana en 1748. Menciona a dos tíos abuelos de prominente figuración a fines del siglo XVII: el P. Sebastián de Vargas Machuca, en 1676 Cura propio de los pueblos de indios fusionados de Atyrá y Yois, y capellán del ejército enviado por el Cabildo-Gobernador para rechazar la última invasión de los "bandeirantes", después Chantre, y en 1715, Deán de la Catedral de Asunción; y a Juan de Vargas Machuca, en 1675 Sargento Mayor de Provincia, designado por el mismo Cabildo-Gobernador, en 1677. Fiel Ejecutor y más tarde, Maestre de Campo General. Era hermano entero de fray Miguel de Vargas Machuca, mercedario, que en 1732 produjo un Manifiesto en apoyo de los comuneros y murió exiliado en Corrientes; y medio-hermano de Bartolomé Machuca o de Vargas Machuca, en 1733 Maestre de Campo de Villa Rica, donde promovió el apoyo al Común en armas, que en 1735 fue traído preso de los yerbales y condenado a destierro perpetuo por Bruno Mauricio de Zabala (58). El, por su parte y además de Cura, doctrinero de Altos, había servido como Capellán del presidio de San José del Peñón, y por casi treinta años, de todas las expediciones contra los indígenas enemigos del Chaco (39).

            Por sus antecedentes familiares, pertenecía a la dirigencia colonial paraguaya, y su actuación define claramente su sostenida militancia comunera.


IX

EL CHANTRE DELGADILLO


            En la comunicación del Obispo, que hemos mencionado, aparece también involucrado el P. Alonso Delgadillo y Atienza, aunque no se esclarece su participación concreta.

            Natural de Santa Fe de la Vera Cruz e hijo del capitán Alonso Delgadillo y Atienza y de Da. María de Avila, también santafesinos, y Licenciado en Teología por la Universidad de Córdoba, el P. Delgadillo fue sucesivamente, entre 1716 y 1742, Canónigo, Tesorero y Chantre de la Catedral de Asunción, y antes había desempeñado las funciones de Juez Visitador Eclesiástico y Notario del Santo Oficio (40). En el Libro de Acuerdos del mismo, que hemos publicado, se comprueba su asistencia hasta el 8 de mayo de 1747, vale decir dos semanas después de la ejecución de los cuatro comuneros y cuando el P. Vargas ya estaba fugitivo (41).

            Desde su chacarilla del Mburicaó, el 4 de noviembre de 1748, se dirige a la corporación pidiendo que se le permita permanecer allí. El día 8, el Cabildo catedralicio considera que el Obispo, fray José Cayetano Paravisino, siendo prelado de esta Diócesis, "pronunció contra el susodicho sentencia definitiva de destierro perpetuo de esta ciudad (...) remitiendo testimonio al Supremo Consejo, por contener causas graves, dignas de degradación y deposición de oficios y dignidades", y en su cumplimiento ha salido de la provincia. Pasado un año y tres meses, regresa sin esclarecer si tiene derecho a ello (42).

            Delgadillo habrá venido enfermo de consideración, pues según refiere Lafuente Machaín, falleció el 23 del mismo mes (43).

            No conocemos las causas de tan severa condena, pero no está cerrada la posibilidad de ampliar información.


X

LA ODISEA DEL PADRE VARGAS EN ESPAÑA


            Desde La Coruña, el 4 de diciembre de 1748, D. Bernardino Freyre, comandante local, da noticia al Marqués de la Ensenada del arribo de Vargas a El Ferrol, bajo partida de registro, y que lo ha puesto con custodia y seguridad en un cuarto del Arsenal de La Graña, hasta que se disponga otra cosa (44).

            Se le ordena asegurarlo en uno de los castillos de La Coruña, y Freyre lo interna en el de San Antón, siguiendo el parecer del Obispo de Mondoñedo (45).

            Allí permanece Vargas, en rigurosa prisión, desde el 26 de diciembre de 1748, hasta el 30 de agosto de 1763, víspera de su fallecimiento. Padeciendo infinitas penurias -hasta llegan a ponerlo en el cepo-, presentando memorial tras memorial en su descargo, con la petición de su libertad para su defensa y que se reabra la causa, o cuando menos se lo traslade a un lugar de reclusión propio de su investidura eclesiástica (46).

            Atendiendo a su miserable estado y desnudez, en enero de 1749 el Consejo de Indias dispone asistirlo con un socorro de 3 reales diarios, hasta que se disponga otra cosa, y en setiembre se le intima que designe apoderado, para que con citación y audiencia del mismo "se vuelva a substanciar de nuevo la causa que se le fulminó ante el Ordinario eclesiástico de aquella Diócesis", y se acuerda dar noticia al Rey por intermedio del Marqués de la Ensenada, de la falta de medios de subsistencia que padece el prisionero (47). Durante catorce años y en sucesivos memoriales, él insiste en ejercitar personalmente su defensa y en ser recibido por el Rey para exponerle su caso, y que para ese efecto se le dé "soltura" con las garantías que se estimen necesarias para evitar una eventual fuga (48). En uno de ellos transcribe una memoria de su cuantioso patrimonio, que habría quedado abandonado en el Paraguay y a la merced de sus enemigos y detractores, y alude a la ancianidad y el desamparo de su madre, junto a la cual pide volver (49). Consta en los autos que, con vista de los cargos formulados contra él, fue juzgado en rebeldía por su Obispo, fray José Cayetano Paravisino, y condenado a confiscación de todos sus bienes y a ser traído preso a España. Sería esta la causa cuya reapertura se anunciaba en setiembre de 1749 y en virtud de la cual, para la época de aquel último informe, llevaba ya cumplidos once años de encierro en el recordado castillo de San Antón (50).

            En 1760, el ministro Ricardo Wall, por instrucciones de Carlos III que reina desde el año anterior, pide informes sobre el caso Vargas, y con ese motivo se acumulan todas las actuaciones, que permiten esta relación de hechos (51).

            Intercede el Gran Inquisidor de España, interviene el Arzobispo de Santiago de Compostela y el preso recurre al confesor del Rey, y merced a ello, en junio de 1763, se acuerda trasladarlo a un Convento de su elección, que a fines de julio se dispone que sea el de San Martín (52).

            Mientras se tramita el proyectado traslado, Vargas enferma de extrema gravedad y el 30 de agosto de 1763 lo llevan al Hospital de Santiago, donde fallece de cólico el día 31 y es allí sepultado, con lo que llega a su término tan larga odisea. Pese a tan duros padecimientos, logra alcanzar edad provecta para los parámetros de ese tiempo: de acuerdo a los datos que hemos manejado con anterioridad, tiene setenta y tres años (53).


XI

UNA INTERPRETACIÓN


            ¿Qué pasó realmente en abril de 1747? ¿Hubo complot para matar al Gobernador o mera conversación ociosa en una fiesta campestre?

            Lo concreto es que los cuatro arcabuceados de 1747 -Bernardino Martínez, Miguel de Aranda, Miguel Cuevas y Jacinto Barrios, y muy especialmente los dos primeros-, como también José de la Peña "el Tuerto", ahorcado un año después, habían tenido prominente actuación en la última etapa de movimiento comunero, en el quinquenio del Común en armas, de 1730 al 35.

            En cuanto al P. Juan José de Vargas, además de sus antecedentes comuneros y de las reiteradas noticias acerca de lo inquieto de su carácter, era hermano de fray Miguel de Vargas Machuca, autor del Manifiesto de 1732, y pertenecían ambos a una familia de conocida tradición comunera. A la luz de expresiones de sus ya mencionados dos memoriales dirigidos a su Obispo, fray José Cayetano Paravisino, luego de su fuga de Asunción y desde sucesivos escondites en la campaña, cabe suponer que el P. Vargas pudo en algún momento haber sufrido alteraciones emocionales. Mas ellas, de haberse dado, habrán sido ocasionales y debidas a la angustiosa situación que en ese momento vivía, con orden de prisión y acosado por patrullas que lo buscaban, y por otra parte, como se trata, de copias sin firma, de autenticidad discutible, no descartarnos la hipótesis de que las hayan urdido o modificado sus enemigos, para perderlo. En las sucesivas presentaciones que produce en los quince años de prisión, demuestra notoria coherencia. Resulta, sí, incuestionable que por más de un cuarto de siglo el P. Vargas estuvo identificado con la causa de los comuneros del Paraguay.

            La durísima represión desatada por el gobernador Rafael de la Moneda y el verdadero calvario que le tocó vivir al P. Vargas, se insertan dentro de una política de afirmar con mano fuerte, implacable, el orden borbónico en una provincia caracterizada por su tradición comunera de dos siglos, tenida por tumultuaria por las autoridades de entonces. Cabe agregar un factor personal, no desdeñable si consideramos la amplitud del poder del gobernador Rafael de la Moneda: la suspicacia y el fuerte sentimiento anticomunero que siempre demuestra, desde la destitución sin causa de un Teniente General nombrado por él y antes de que el mismo pueda posesionarse del cargo, y su actitud para con los Alcaldes Ordinarios que habían denunciado su ceguera a la Audiencia. Súmese a ello la desconfianza de todo y de todos que le inspiraría tan grave limitación física. Esa situación, sumada a su mencionada disposición de ánimo, podía haberlo estimulado a castigar hechos no ocurridos, convirtiendo en crudelísima represión lo que quizá no debió haber pasado de medida preventiva, para escarmiento de una posible acción comunera futura, todavía no ocurrida, y sosegar por el terror a eventuales rebeldes, un terror que en la línea de pensamiento y de acción de la monarquía absoluta, de la que él era representante, podía considerarse saludable instrumento de gobierno. En verdad, ni consideraciones humanitarias, ni limitaciones éticas, parecen haber influido en estos actos de autoridad.

            Este brote comunero de 1747, ni tuvo principio de ejecución, ni posibilidad alguna de éxito, y en definitiva, podría ser entendido como la última manifestación de una tendencia que sería ahogada por los cambios institucionales, económicos y sociales del siglo XVIII, de una tradición libertaria que no quería morir del todo.

Asunción, julio de 1990


NOTAS


(1) El tema de estos dos primeros apartados se desarrolla, con, referencia de fuentes, en nuestros: "Breve historia de la cultura en el Paraguay", 12º ed. (Asunción, 1989), Cap. VII; "El Cabildo comunero de Asunción y "La Real Provisión del 12 de setiembre de 1937 y la formación de la conciencia nacional en el Paraguay, ambos en: "III Congreso Internacional de Historia de América", 1960, t. II (Buenos Aires, 1961); "Formas de sustitución del Gobernador del Paraguay" y "Elección de fray Bernardino de Cárdenas, en 1643", ambos en: "Historia Paraguaya", Vol. XIV (Asunción, 1973); "Un antecedente próximo de la revolución comunera del Paraguay", en: "Historia", N° 10 (Buenos Aires, 1957), etc.

(2) El tema se desarrolla con referencia de fuentes en nuestros: «El Paraguay en 1811", 2º ed. (Asunción, 1966) y "Breve historia...", cit., Cap. VIII.

(3)       Archivo General de Indias, Audiencia de Buenos Aires, Legajo 48-a) Valladolid, 01/03/1738: Moneda al Marqués de Torrenueva, agradece su nombramiento; b) Borrador de oficio (07/08/1738) a D. Casimiro de Ustáriz, sobre concesión del grado de Coronel a Moneda; c) Memorial (1738) de Moneda, electo Gobernador del Paraguay, s. que se le concede grado y sueldo de Coronel, ínterin se embarca, y menciona casos similares; d) Borrador de Real Orden (San lldefonso, 12/08/1738) s. que se pague sueldo de Coronel a Moneda.

(4) Mismo legajo - Dos memoriales (Cádiz, 07/07/1739 y 15/12/1739) de Moneda, s. necesidades del Paraguay (en el segundo pide pago de sueldos de Coronel por los 18 meses transcurridos).

(5) Ibidem - Buenos Aires, 01/09/1740: Moneda al Rey; y "Diario del capitán de fragata D. Juan Francisco Aguirre", II, 2° parte (Buenos Aires, 1954), 465.

(6) A.G.I., Mismo legajo - 1741/44: Expediente promovido a instancia de Moneda.

(7) Aguirre, t. cit., 509/514, y III (1951), 72/75 y 84/85; Gregorio Funes "Ensayo de la historia civil de Buenos Aires, Tucumán y Paraguay", II (2° ed., Buenos Aires, 1856); Blas Garay, "Compendio elemental de historia del Paraguay" (Madrid, 1897)., Sobre el episodio del Lugarteniente anota Aguirre: "Tuvo nombrado por su Teniente Gobernador a D. Antonio Báez, regidor, muy honrado. Ya extendido el título, supo que había sido sospechoso de los Comunes, y le suspendió y trasladó al andaluz D. Gerónimo Moreno" (III, 74).

(8) Aguirre, t. cit., 511/512.

(9) A.G.L, Buenos Aires, 48 - Asunción 11/03/1742 y 26/08/1743. Moneda a D. José del Campillo, Secretario de Marina e Indias. Sobre posible ausencia en Buenos Aires: Aguirre, III, 93/94.

(11) Se desarrolla y referencia en n. "Indígenas y españoles en la formación social del pueblo paraguayo", separata de "Suplemento Antropológico de la Universidad Católica", Vol. XVI, No 2 (Asunción, 1881), y bibliografía cit., nota 2.

(12) Aguirre, II (2º parte), 504.

(13) op. cit., 503/505.

(14) A.G.I., Buenos Aires, 305 - Asunción, 24109/1747; Palos al Ministro.

(15) Mismo legajo - Esquela s/d (1748) del P. Altamirano al Marqués de la Ensenada.

(16) Mismo legajo - Buenos Aires, 14/01/1748: Moneda al Marqués de la Ensenada; Charcas, 220 - Asunción. 30/10/1747: El Cabildo al Rey.

(17) Buenos Aires, 305 - Memorial s/d (1754?) del P. Vargas.

(18) Aguirre, t. cit., 505.

(19) Ibidem, 506.

(20) Archivo Nacional de Asunción, Propiedades y Testamentos, Vol. 511 - Testamento de Da. Josefa García de Brito, 1766.

(21) Pedro Lozano, "Historia de las revoluciones de la provincia del Paraguay", II (Buenos Aires, 1905). 66/78 y 89; Aguirre, II (2º. parte), 492/501.

(22) A.N.A., P.T., 618 – 1723/26, Juicio sucesorio del padre.

(23) Lozano, II, 398; y Aguirre, t. cit., 502.

(24)     A. N. A., P.T., 698 - 1734, Juicio sucesorio de la esposa.

(25) Lozano, 254, y Aguirre, 506.

(26) Lozano, II, 66 y 253.

(27) A.N.A., Nueva Encuadernación Vol. 51 - Testamento de Da. María de Yegros, 1744; P.T., 602 - Testamento de Ignacio de Fleitas, 1759; Papeles Sueltos Ordenados, Carpeta 13 - Libro de confirmaciones de la Catedral de Asunción, 1762/1817.

(28)  A.N.A., Sección Histórica, Vol. 109 - Actuaciones promovidas por Antequera, 1724.

(29) Aguirre, II (2° parte), 519.

(30) Libro de confirmaciones, cit, nota 27.

(31) A.N.A.: a) N.E., 168 - Su testamento póstumo, por poder, 1774; b) Libro de confirmaciones, cit.; P.T., 350 - Pleito sobre tierras, 1757/65.

(32) Aguirre, II (2° parte), 511.

(33) Aguirre, II (2º parte), 505.

(34) A.G.I., Buenos Aires, 305 - Copias de dos cartas del P. Vargas al Obispo, 1747.

(35) Mismo Legajo - La Coruña, 13/11/1748: D. Bernardino Freyre al Marqués de la Ensenada, sobre arribo de la sumaca "María de las Mercedes", con despachos relativos a Vargas; y Aguirre, t. cit., 503/505.

(36)     A . N . A . , N . E . , 222 - Testamento de Da. Mariana de Avalos y Mendoza, 1712; y P. Pastells, "Historia de la Compañía de Jesús...", VI, 358: Informe (Asunción, 26/10/1724) del obispo Palos sobre clero del Paraguay; y A.G.I., Buenos Aires, 306 - Asunción, 24/09/1748: Otro informe del obispo Palos.

(37) A.G.I., Buenos Aires, 305 - Memoria ajustada, 1721: Confesión de Reyes ante Antequera (cap. 6°).

(38) A.G.I., mismo legajo - Memorial del maestro Juan José de Vargas, preso en el Hospital del presidio de La Graña, 1748; Charcas, 282 - Asunción, 26/03/1677: El gobernador Corvalán al Rey; y Charcas, 30 - Actuaciones del Cabildo-Gobernador sobre invasión "bandeirante", 1676; A.N.A., Testamento de Da. Mariana de Avalos y Mendoza, cit. nota 36; y Lozano, II, 204/208, 405 y 410.

(39) A.G.I., Buenos Aires, 305 - Memorial del P. Vargas, preso en el castillo de San Antón, en La Coruña (1754).

(40) Charcas, 194 - Sucesivas consultas para nominación de sujetos para dignidades y prebendas, de 1715 en adelante; R. de Lafuente Machaín, "Los Machaín" (1926), 103.

(41) A.N.A., S.H., 122 - Libro de acuerdos del Cabildo de la Catedral de Asunción, 1744/1764, con otros documentos, reproducido en nuestro: "El Cabildo de la Catedral de Asunción" (Universidad Católica, Asunción, 1985), en general.

(42)     A.N.A., Vol. cit, y n. op. cit., 87/89- Testimonio de presentación de Delgadillo, del 04/11/1748, y Acuerdo del 08/11/1748.

(43) Lafuente Machaín, 103.

(44) A.G.I., Buenos Aires, 305 - La Coruña, 04/12/1748: Freyre a Ensenada, sobre arribo de Vargas a El Ferrol.

(45) Mismo legajo - Borrador de oficio (Madrid, 18/12/1748) a Freyre; y La Coruña, 26/12/1748: Freyre a D. José Velarde.

(46) Mismo legajo - Sucesivos memoriales de Vargas, desde la prisión, 1748/1769.

(47) Mismo legajo - a) La Coruña, 22/01/1749: Freyre al Marqués de la Ensenada, con copia de oficio (Madrid, 05/01/1749) a Freyre, y anotaciones en el Consejo de Indias; b) Madrid, 07/09/1749: D. Juan José Vázquez y Morales al Marqués de la Ensenada.

(48) Mismo legajo - Memoriales del P. Vargas, desde la prisión, cit. nota 46; y San Antón, 13/09/1758; El P. Vargas a D. Manuel Quintano, Arzobispo.

(49) Mismo legajo - Memoria de los bienes del P. Vargas que quedaron en el Paraguay s/d (1755/60?).

(50) Mismo legajo - Copia de carta (Buen Retiro, 01/09/1760) de Frey Julián de Arriaga, Secretario de Marina e Indias, a D. Ricardo Wall, en respuesta a la de éste, del 29/08/1760, con la que remite carta del Marqués de Criox y memorial de Vargas, y pide información para el Rey.

(51) Mismo legajo - a) Doc. cit. nota 50; b) Madrid, 12/02/1760: Extenso dictamen del Consejo de Indias sobre petición de Vargas de su soltura (recomienda que se lo mantenga en prisión en tanto se oye a su Diocesano, como ya se aconsejó en Consulta del 01/03/1749), y actuaciones adicionales.

(52) Buenos Aires, 305 - a) Santiago, 22/06/1763: Bartolomé, Arzobispo de Santiago de Compostela, a frey Julián de Arriaga, sobre que Vargas sea trasladado del castillo de San Antón a un Convento; b) Santiago, 30/07/1763: Del mismo al mismo, que sea el Convento de San Martín, y actuaciones correlativas.

(53) Mismo legajo - Memorial de carta (Lestrobe, 08/09/1763) del Arzobispo de Santiago de Compostela, sobre muerte e inhumación del P. Juan José de Vargas, el 31106/1763, en el Hospital de Santiago; y Memorial de comunicación (17/09/1763) del Consejo a D. Antonio de Perca, para que suspenda el pago del subsidio fijado al P. Vargas.

 

Fuente (Enlace interno):

HISTORIA PARAGUAYA - ANUARIO DE LA ACADEMIA PARAGUAYA DE LA HISTORIA

Volumen XXVII - Asunción, 1990

Director: RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ

Administradora IDALIA FLORES DE ZARZA

Edición financiada por FUNDACIÓN LA PIEDAD

Asunción – Paraguay

1990 (292 páginas)

 

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