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HARRIS GAYLORD WARREN


  LA SOCIEDAD PARAGUAYA EN LA ÉPOCA DE POSGUERRA - SALUD, MORALIDAD y PASATIEMPOS (Obra de HARRIS GAYLOR WARREN)


LA SOCIEDAD PARAGUAYA EN LA ÉPOCA DE POSGUERRA - SALUD, MORALIDAD y PASATIEMPOS (Obra de HARRIS GAYLOR WARREN)

LA SOCIEDAD PARAGUAYA EN LA ÉPOCA DE POSGUERRA

PRIMERA PARTE

 SALUD, MORALIDAD Y DELITOS y LA SOCIEDAD Y LOS PASATIEMPOS

 

La guerra es un gran catalizador de cuya acción no escapan ni los vencedores ni los vencidos. En los conflictos causantes de terribles pérdidas humanas, los fundamentos de la sociedad se debilitan. Pero, en la medida en que del orden anterior subsistan elementos capaces de perpetuarse, la continuidad histórica se salva y existe la posibilidad de comenzar de nuevo. Estas generalizaciones resultan particularmente adecuadas para el Paraguay. Familias antiguas, algunas de ellas descendientes de los fundadores de Asunción en 1537, fueron diezmadas; algunas desaparecieron por completo. Otras, más afortunadas, sobrevivieron en sus miembros milagrosamente escapados de la guerra o que habían estado fuera del país durante el terrible conflicto; ellos se convertirían en los dirigentes del país, mas no de un Paraguay nuevo, sino de un Paraguay en que los cambios profundos resultaban inevitables.

Un nuevo orden de cosas estaba en las miras de los jóvenes liberales que, salvados de la guerra, exhortaban a sus conciudadanos con el grito de ¡manos a la obra! Mucho había por hacer. Debían fundarse nuevas instituciones políticas, que necesitaban tiempo para crear una tradición y ganar el respeto y la aceptación. Pero las viejas actitudes se manifestaban incluso mientras se creaban esas nuevas instituciones -como sucedió durante la Convención Nacional Constituyente de 1870-. La tolerancia con el disenso, la libertad de prensa y la protección de las libertades políticas tuvieron muy poca vigencia durante los años que siguieron al lopismo. Muy pocos hombres de experiencia de cualquier edad sobrevivieron a la guerra, y entre los sobrevivientes casi no había moderados. Una nueva generación debía formarse, preferentemente imbuida de ideas y convicciones en consonancia con el alma paraguaya.

Una economía destruida debía reconstruirse. Debía traerse inmigrantes para reemplazar a los innumerables caídos de la guerra. El Paraguay nunca había sido el mejor lugar para los inmigrantes, y el desastroso resultado de la colonia Nueva Burdeos (hoy Villa Hayes) en tiempos del viejo López volvió a los gobernantes europeos poco dispuestos a apoyar nuevos experimentos. El fracaso de los "Lincolnshire farmers" fue el único caso de ese tipo en la década de posguerra, pero en la década de 1880 las colonias agrícolas trajeron industriosos inmigrantes llamados a ejercer una influencia excepcional en la sociedad paraguaya.

Las dictaduras de Francia y de López habían mantenido la delincuencia bajo control, pero después de la guerra desapareció la seguridad en una parte considerable del país. Las tropas argentinas mantenían el orden en Villa Occidental y sus inmediaciones, pero los brasileros tuvieron un comportamiento mucho menos encomiable en Asunción y sus pueblos vecinos. La década de posguerra presenció el peor estallido de delincuencia y revoluciones en los más de cuatro siglos de historia paraguaya.

A pesar de su pobreza e inestabilidad, los gobiernos de posguerra fueron muy conscientes de la necesidad de crear un sistema educativo. Unos pocos extranjeros llegaron el país, pero la mayoría de los docentes eran paraguayos de nacimiento, muchos de los cuales se habían formado en el extranjero. Las mejores instituciones de enseñanza primaria y secundaria se fundaron en Asunción y Villarrica, mientras que la calidad de las escuelas de pueblo oscilaba entre muy mala y casi completamente nula.

El Paraguay necesitaba con urgencia una prensa libre y responsable, una necesidad aún no satisfecha a fines de la década. Sin embargo, los muchos periódicos surgidos entonces dieron espacio a la actividad literaria, y los números que se conservan son fuentes invaluables de información; muestran claramente que una década fue muy poco tiempo para la solución de muchos de los problemas sociales que abrumaban al Paraguay.

La Iglesia, una institución poderosa en tiempos de la colonia, fue reducida a la impotencia por Francia y no pudo recuperar mucho de su poder con los López. Dominada por extranjeros durante la ocupación, la Iglesia también enfrentó la oposición de los liberales. El clero nativo y el Congreso lucharon para lograr la autonomía y, finalmente, recuperaron el derecho de nombrar al obispo nacional. (En términos ortodoxos se puede cuestionar ese derecho, una herencia del patronato de los reyes de España, continuado por Mancia y los López y luego adquirido por los presidentes constitucionales. (N. del T.))

 

SALUD, MORALIDAD Y DELITOS

 

Además de la situación material del país y la destrucción de su economía, los efectos más obvios de la guerra afectaban la salud y las relaciones personales. En su conjunto; la población no podía resistir enfermedades anteriormente mantenidas bajo control. Las personas desnutridas y hambrientas ofrecían poca resistencia a las afecciones gastrointestinales, pulmonares, venéreas y de otro tipo. Para evitar la epidemia de viruela, los brasileros ofrecieron vacunación gratuita, (La Regeneración, 17 de octubre de 1869.) pero poco podían hacer contra otras enfermedades temibles. Un grupo de prisioneros de guerra paraguayos repatriados en 1870 provocó la epidemia de fiebre amarilla que los médicos diagnosticaron como "ictericia biliosa". La mortandad fue elevada; muchos murieron en los barcos puestos en cuarentena en el puerto, y el miedo de la enfermedad hizo que muchos abandonaran Asunción para buscar la seguridad en el campo. Un sobreviviente opinó que "la mano de Dios está contra el Paraguay". (Carta; Asunción, 26 de diciembre de 1870, The Weekly Standard, 11 de enero de 1871.) En aquella emergencia de 1871, la Junta de Higiene cesó de funcionar cuando sus miembros renunciaron. El presidente Rivarola huyó al campo; el vicepresidente Cayo Miltos murió. (The Standard, 13 de enero de 1871; La Prensa, 11 de febrero de 1871; T. E. Ash, The Plague of 1871, pp. 5 y siguientes. El general Vedia trasladó la Legión Militar a Corrientes a causa de la muerte de quince soldados en la guarnición de Villa Occidental (de Guimaraes al Ministro de Guerra [Raymundo Terra de Araujo Lima], N° 352, Asunción, 24 de enero de 1871, GP-DD AN-RJ 547/22))

El Standard de Buenos Aires afirmó que la enfermedad no era fiebre amarilla, sino una epidemia gástrica y consideró insignificante la cifra de veinticinco muertes por día. Dos años después, el presidente Jovellanos hizo de Humaitá un puerto de cuarentena para impedir que la fiebre amarilla llegara hasta Asunción. (De Alfredo Sergio Teixeira de Macedo [encargado brasilero] a Caravellas, 2a Sec. N° 4, Asunción, 18 de febrero de 1873, MDBA-OR 201/1/11)

Las condiciones sanitarias eran terribles. El gobierno municipal carecía de recursos para organizar los servicios básicos. "El centro de Asunción", escribió un corresponsal, "todavía se encuentra en un estado de suciedad espantoso y, posiblemente, seguirá así hasta que el enérgico comandante en jefe efectúe otra visita". (The Weekly Standard, 15 de septiembre de 1869) La gente arrojaba a la calle basura, desperdicios y agua sucia, a pesar de la amenaza de las fuertes multas. Las tropas brasileras eran notoriamente infractoras, pues dejaban que se acumularan frente a sus cuarteles grandes montones de basura. Toda la suciedad del Hospital Argentino se llevaba a la calle mediante un conducto que desaguaba en el río Paraguay. Como contrapartida, el hospital naval brasilero recibía elogios por su limpieza. (El jefe de Policía Juan Francisco Decoud y Ángel Peña cooperaron en 1869 en un esfuerzo inútil para limpiar la ciudad (La Regeneración, 1 de octubre, 21, 24 y 28 de noviembre de 1869, y 18 de febrero de 1870))

El cuidado de los difuntos era un problema molesto. Los refugiados no morían sólo en los caminos que llevaban a Asunción, sino que también caían exánimes en las calles, víctimas del hambre y las enfermedades. A causa de las jaurías de perros hambrientos que deambulaban con entera libertad, era de la mayor importancia ocuparse de los difuntos, cuyos cuerpos a menudo yacían durante horas allí donde habían caído. Los carros del Gobierno, todos los días, recogían los cuerpos, pero se demoraban en hacerlo, y las calles eran "inmensos focos de infección". (El Paraguay, 24 de mayo de 1870; The Standard, 28 de enero de 1871)

Tratando de hacer algo por la salud y la higiene, el Gobierno Provisorio formó el Consejo de Medicina e Higiene Pública. Si el Consejo trató de hacer algo, tuvo poca o ninguna influencia para cambiar la horrible situación de Asunción. Había tan pocos médicos en Asunción en 1.871, que el Brasil permitió que tres de sus médicos militares prestaran servicio en el Consejo. Los gobiernos posteriores siguieron realizando tentativas infructuosas. En 1876, el presidente Gill formó la Comisión de Higiene Pública con el doctor Stewart como presidente. Las comisiones de ese tipo hicieron muy poco, y debieron pasar años antes de que las condiciones sanitarias pudieran considerarse aceptables. (Decreto del 7 de julio de 1870, Registro oficial, 1869-1875, p. 98)

En Asunción había pocos profesionales para dar atención médica inmediatamente después de la guerra; los pueblos y aldeas del interior rara vez veían un doctor o dentista. La mayoría de los médicos de López ya no estaban disponibles, por diversos motivos. El doctor William Stewart se ocupaba más de sus negocios personales, si bien se dedicó a una exitosa práctica de la profesión después de 1880. El doctor Federico Skinner murió en un accidente en 1872. Solamente unos pocos médicos más pueden identificarse con seguridad. (Sobre los anuncios de los médicos, ver números de La Regeneración de 1869 y 1870)

Un dentista, el doctor Rosa de Florencia, anunció en las primeras ediciones de La Regeneración: "Sacar no es curar, es destruir". Varios doctores anunciaban sus habilidades para atender enfermedades venéreas y urinarias. Un doctor portugués tenía "un remedio preparado por un profesional [¿él mismo?] para una cura infalible en pocos días y sin dolor. Venéreas y otros chancros, y también gonorrea"; (La Regeneración, 13 de abril de 1870) hubiera ejercido su profesión en la campaña, si la gente hubiera tenido con qué pagarle. Los médicos tenían un privilegio: como los soldados en servicio activo, podían galopar por las calles de la ciudad, algo prohibido a los demás. (Orden del jefe de Policía Francisco Santos, 16 de septiembre de 1873, Nación Paraguaya, 19 de septiembre de 1873).

Muchos abogados, unos pocos ingenieros, varios poetas en ciernes y otros buscadores de la gloria literaria, los científicos extranjeros y los clérigos formaban el sector profesional de la población. Entre los abogados deben destacarse el doctor Facundo Machaín, doctor José Sienra Carranza (uruguayo) y Benjamín Aceval. Dos nombres que se presentaban como de abogados eran demasiado precisos para ser verdaderos: Inocencio Avaricia y Pedro Sietepartidas; (Los anuncios de los abogados aparecen con frecuencia en La Regeneración, especialmente entre el 21 de noviembre de 1869 y el 8 de junio de 1870) el humor no estaba muerto en el Paraguay.

Podía suponerse que, después de la guerra, las condiciones sociales fueran deprimentes. No hubo ningún auténtico cuerpo de policía por varios años, y las tropas aliadas eran un conjunto de individuos pendencieros. Los viajeros encontraban "grupos de desertores y paraguayos famélicos" en los suburbios de Asunción y las áreas rurales. (The Weekly Standard, 12 de enero de 1870) Por las calles de Asunción erraban vagabundos y criminales, y diariamente ocurrían delitos graves en la capital; la violación era tan frecuente, que ninguna mujer estaba a salvo sin una fuerte compañía masculina. (Carta de M. G. [Miguel Gallegos], La Nación, 29 de enero de 1870) El robo de niños era común; los secuestradores trataban de cobrar rescate de los padres poco precavidos, pero a menudo el crimen terminaba dejando a los niños "en las calles y caminos para padecer hambre y morir". El vandalismo existía en la medida en que se encontrara algo para romper o robar; se robaban hasta las lámparas de alumbrado de las calles. Indignado, un periodista preguntó: ¿Por cuánto tiempo más debemos soportar esta situación; por cuánto tiempo más continuarán la perversión y vicio de esas criaturas?". (La Regeneración, 16 de septiembre de 1870)

Si creemos a los periodistas, la moral sexual desapareció del Paraguay de posguerra. Supuestamente, en las áreas rurales había "50 mujeres por cada hombre", mientras que en Asunción la proporción era de tres a uno. Escandalizado, Juan José Decoud escribió: "La corrupción de las masas es difícil de creer cuando no se la ve", y recomendó facilitar los trámites del casamiento civil, una propuesta que provocó la protesta de "viejas sin nada que hacer aparte de pasar las cuentas de sus rosarios y besar los pies de los santos en la Iglesia". (La Regeneración, 10, 12 y 19 de noviembre de 1869) El casamiento no tenía mayor aceptación; la dignidad personal parecía haber desaparecido. La prostitución florecía entre la enorme cantidad de personas casi desnudas -en su mayoría mujeres- que deambulaban por las calles. El hombre paraguayo, anteriormente tan trabajador, se convirtió en holgazán y bandolero. El amor libre imperaba "en las plazas, calles y lugares de reunión". (Decoud, Escombros, p. 76) Esto no es una exageración:

Llamamos la atención de la Municipalidad sobre el escándalo que ocurre no solo en el Mercado, sino también en cualquier lugar donde hay una reunión de mujeres; un escándalo debido a la inmoralidad de hombres sin modestia, que se creen con licencia para disfrutar del amor en lugares públicos. Existen quienes toman a una mujer y escandalizan a todos los que lo ven, sin respeto por el público ni la moralidad. (La Regeneración, 12 de diciembre de 1869)

Aquella debió haber sido realmente una situación de bestialidad desenfrenada: "Hombres sin modestia, más parecidos a las bestias que a los seres racionales pueden encontrarse, incluso en los corredores de la iglesia y del cementerio, escandalizando atrozmente, hasta en pleno día, para saciar sus brutales pasiones". Se decía que más de 400 mujeres vivían en la miseria en el teatro inconcluso, (Actual local de la oficina de Impuestos Internos en Asunción. (N. del T.)) convertido en un inmenso burdel. Orgías ruidosas tenían lugar durante la noche en más de la docena de burdeles existentes, y un periódico anti brasilero de Buenos Aires afirmó que Asunción se había convertido en "un burdel del ejército brasilero". (21) Echar la culpa de toda aquella inmoralidad a los brasileros es ignorar la participación argentina. Aunque hubiera relativamente pocos soldados argentinos en el Paraguay, ellos también tuvieron su parte de culpa: cuando la Guardia Nacional se embarcó para Buenos Aires, llevó consigo 300 paraguayas. (La República, 15 de enero de 1870)

Verdaderamente, el Gobierno Provisorio asumió una tarea ciclópea al proponerse reprimir el bandidismo, la prostitución y el juego. La Regeneración nunca se cansó de exigir mayores esfuerzos, ni de proponer soluciones: ofrecer trabajo, reasentar las familias, dar asistencia humanitaria y aumentar la seguridad. Aunque aquella situación deplorable mejoró con el paso del tiempo, había tantas mujeres sin ocupación productiva en 1873, que el jefe de Policía ordenó que se las reuniera para mandarlas a las áreas rurales. Otra orden policial exigía a cada ciudadano llevar consigo un documento de identidad, con lo cual se identificaría a los vagos y desempleados para ponerlos a trabajar en obras públicas. (23)

El relajamiento moral era de esperarse durante la ocupación militar del país en la posguerra. Sin embargo, debe tomarse en cuenta que nunca había predominado en el país una moralidad puritana. El número de hijos naturales siempre fue elevado, y aquella filiación no significaba un estigma social. La extraordinaria superpoblación femenina era en sí misma una explicación suficiente de la debilidad de los lazos familiares. Quizás estaba en lo cierto un escritor francés: "Pero las mujeres salvaron al Paraguay, puesto que dieron luz a niños sin nombre, y esa libertad moral que instintivamente siguieron en vez del matrimonio [...] aseguró la continuidad de la raza". (24)  Cuando el naturalista francés Benjamín Balanza visitó Asunción en 1877, observó que había un hombre por cada veintiocho mujeres. El desequilibrio de hombres y mujeres continuó por muchos años, aunque para 1900 finalmente el número de los individuos de cada sexo llegó a una cifra más pareja. Un factor a menudo ignorado fue la costumbre de posguerra de que los hombres buscaran empleo en la Argentina y el Brasil; esos obreros migrantes, aunque pudieran volver al Paraguay, por lo general eran solteros.

Como cualquier otro pueblo, los paraguayos tenían su porcentaje de hombres y mujeres inmorales, pero nunca consideraron inmorales las uniones extramatrimoniales más o menos duraderas. Con alguna frecuencia, los sacerdotes las censuraban, pero aquellos hombres de Dios frecuentemente incurrían en la misma falta. Las mujeres paraguayas tenían una buena reputación a causa de su apego al hombre "a quien rara vez están unidas por el sagrado vínculo del matrimonio, y por su gran sobriedad en el hablar, su increíble limpieza, su laboriosidad y su inteligencia". (25)

La seguridad de la vida y de la propiedad era precaria en el Paraguay. No existía ninguna fuerza policial eficaz en el país; en realidad, era raro ver un agente de policía. La Policía de Asunción era más bien una organización paramilitar, y enfrentaba una tarea desproporcionada a sus magros recursos. Por mucho que la prensa deplorara la falta de legalidad, los crímenes violentos continuaban. Las tropas brasileras conservaban algún orden con su guardia armada. A fines de diciembre de 1871, hubo un disturbio en el puerto, donde la policía arrestó a un marino portugués por atropellar a una paraguaya. Las agresiones sexuales de aquel tipo eran tan frecuentes, que el arresto enfureció a una banda de unos cincuenta marineros, entre los cuales se destacaban varios italianos y portugueses (o brasileros). La turba fue hasta la oficina de Benigno Ferreira, capitán de Puerto, y amenazó con matarlo si no se ponía en libertad al marinero. Los alborotadores cortaron el mástil, arrojaron la bandera a la calle, y probablemente hubieran linchado a Ferreira si una patrulla brasilera no los hubiera reprimido. Cargados de cadenas, los cabecillas pasaron cierto tiempo en la cárcel. (26) Por no contar con la protección policial, los ciudadanos con medios para comprarse armas de fuego las portaban; otros nunca salían a la calle sin un cuchillo. El jefe de Policía trató de combatir la costumbre confiscando las armas, (27) un esfuerzo destinado al fracaso.

Uno puede pensar que, al menos en Asunción, los brasileros hubieran impuesto el orden si los paraguayos no lo hacían. Pero poco después de que las últimas tropas brasileras se hubieran embarcado para Mato Grosso en 1876, un estado muy próximo a la anarquía prevaleció en la capital. "Paraguay esta en un estado de completa disolución social", lamentó un encargado de negocios brasilero. "No pasa un día sin serios delitos de todo tipo, que se cometen con impunidad a causa de la total inacción de la policía" (28) Los tribunales eran ineptos y corruptos, los criminales arrestados quedaban generalmente en libertad y casi todos los asesinos eran declarados inocentes. “Robos, desórdenes y asesinatos ocurren con frecuencia alarmante", afirmaba Los Debates. (29) Mientras la prensa pedía medidas más severas para proteger la vida y la propiedad, el encargado brasilero se cansaba de informar sobre "los innumerables crímenes que se perpetúan diariamente con impunidad en este mísero país". (De Callado a Cotegipe, lº Sec. Nº 6, Asunción, 31 de octubre de 1876, MDBA-OR 201/ 1/14.)

No debe sorprender a nadie que prevalecieran esas condiciones. El "sistema" judicial existía sólo en proyecto, y pocos jueces tenían una formación legal. Los nombramientos para el Superior Tribunal de Justicia (Corte Suprema) se hacían por motivos políticos, y la prensa a menudo criticaba a los magistrados por no cumplir su deber. (El Fénix, 30 de mayo de 1873) El Paraguay no redactó códigos legales propios, sino que adoptó varios códigos argentinos con pocas modificaciones. Cuando se trató de preparar un código civil, el Congreso terminó adoptando el Código Civil Argentino escrito por Dalmacio Vélez Sársfíeld en 1875. El Código Rural, promulgado el 8 de agosto de 1877, fue de origen más paraguayo, (Decreto del 29 de febrero de 1876, Registro oficial, 1876, pp. 39, 122; ibíd., 1877, pp. 250-260) pero el Código Penal Argentino se adoptó en 1880. Esa incapacidad para crear códigos propios duró cerca de una centuria, y fue uno de los infortunios por los cuales un jurista censuró severamente a varias administraciones sucesivas.

 

(21). La República (Buenos Aires), 9 y 28 de enero de 1870; La Regeneración (51VIII/70) pidió terminar el teatro, convertido en una enorme letrina, y de donde los ladrones se llevaban ladrillos.

(23). Orden de Francisco Santos, 16 de septiembre de 1873, Nación Paraguaya, 19 de septiembre de 1873.

(24). Pitaud, Les Français au Paraguay, p. 82.,

(25). Forgues, "Le Paraguay", p. 391.

(26). The Weekly Standard, 12 de enero de 1872.

(27). Nación Paraguaya, 19 de septiembre de 1873.

(28). De Eduardo Callado a Cotegipe, Sec. Cen. N° 28, Asunción, 29 de julio de 1876, MDBAOR 201/1/14.

(29). Número del 13 de septiembre de 1876; ver también West, “Report 1875”.

 

 

LA SOCIEDAD Y LOS PASATIEMPOS

 

Como resultado de la guerra, la sociedad experimentó cambios profundos. Un porcentaje considerable de los soldados eran mestizos, y es improbable que entre los ejércitos de López existieran indios "de pura sangre". Para 1864, cuando estalló la guerra, la sangre guaraní se había diluido a causa del mestizaje. La ocupación pudo haber acentuado los rasgos africanos, porque muchos soldados brasileros eran negros. Aquello no constituyó una gran novedad en la conformación étnica paraguaya, porque durante todo el periodo colonial hubo negros en el país, y todavía quedaban unos cuantos centenares de esclavos al comenzar la guerra. La esclavitud no se abolió hasta que el Gobierno Provisorio emitió el decreto correspondiente en 1869, a pesar de que la ley de 1842 estableció la "libertad de vientres" a partir del l de enero de 1843. (La ley de libertad de vientres declaraba que los nacidos a partir del 1 de enero de 1843 serían libres: los hombres al cumplir los 25 años y las mujeres al cumplir los 24. Y así, para 1867, ya no deberían existir esclavos en el Paraguay. Pero la ley no se aplicó ni tampoco declaraba la libertad de los nacidos antes del 1 de enero de 1843, que siguieron siendo esclavos hasta 1869. Se estima que el diez por ciento de la población paraguaya era esclava al comienzo de la guerra. Durante los gobiernos de Francia y de López existió la Esclavatura del Estado, institución pública dedicada a la compra y venta de esclavos. Existen numerosos documentos sobre las operaciones de la Esclavatura: "Son [...] cuarenta y cinco pesos corrientes metálicos que ha mandado entregar el Exmo. Señor Presidente de la República [Carlos A. López] en pago de un esclavito del Estado llamado Desiderio Cartaman de diez años de edad'. Archivo Nacional de Asunción. Libro de Caja para el año 1853. 15 de junio de 1852, n° 308, foja 109.)

Es difícil imaginar una situación más curiosa, tomando en cuenta la propaganda paraguaya que censuraba la esclavitud en el Imperio. Aunque habituadas a la mezcla étnica, las paraguayas probablemente tuvieron pocos hijos con los soldados negros brasileros. (Ver Josefina Plá, Hermano negro, pp. 159-166; Cooney, "Abolition in the Republic of Paraguay", p. 161. Justo Pastor Benítez minimiza los elementos negros aportados por la ocupación aliada (Formación social del pueblo paraguayo, p. 81))

Los paraguayos de clase alta se vanagloriaban de su limpieza de sangre, y manifestaban la existencia de prejuicios raciales en la acusación de que Carlos Antonio López tenía sangre guaycurú. Muchos de los "europeos puros" (si la expresión significa algo), huyeron del Paraguay antes de la guerra; no fueron tan afortunadas muchas paraguayas de clase alta. La esposa del doctor William Stewart, Venancia Triay Yegros, fue una de las desdichadas mujeres obligadas a abandonar Asunción y a sufrir grandes privaciones en el interior del país. (Los Triay eran una de las familias más ricas; el apellido Yegros era uno de los más ilustres del Paraguay. Para mayor detalles, ver Mulhall, Letters, p. 20.) Aunque quedaran sólo pocas mujeres de ese círculo, ellas jugaron un rol importante en el Paraguay de posguerra.

Las paraguayas de las clases populares, especialmente las jóvenes, merecieron comentarios elogiosos de los visitantes extranjeros. Las mujeres comunes de Villa Occidental podían tener más sangre india que las de la margen oriental del río. Un viajero admiró el paso elástico de las mujeres descalzas que iban por agua, con los cántaros vacíos sobre la cabeza, enormes cigarros en la boca y rebozos blancos que contrastaban marcadamente con las pieles cobrizas. Su prenda habitual era una camisa de algodón "bordada alrededor del cuello y el extremo de las mangas con hilo negro". Ceñida a la cintura por un cinto o cuerda ajustada, la parte superior de la prenda servía para llevar cigarros, dinero, comida, etc. Algunas tenían una bella figura; casi todas, los dientes blancos. Los pómulos altos, mentones cuadrados, "grandes ojos negros bajo las pobladas cejas, cabellos tan negros como el ala del cuervo", difícilmente concordaban con el criterio de belleza de un francés, pero el francés de la descripción no dejó de apreciar los tobillos bien formados ni el busto generoso. No embarazadas por el corsé y otros instrumentos de tortura, las jóvenes pronto perdían la figura esbelta, destino común de las mujeres en todo el mundo. El consumo del tabaco estaba generalizado entre los paraguayos: "Ni siquiera los niños de pecho se privaban del tabaco", comentó Laurentian Forgues, “recuerdo haber visto a una mujer guaraní, con el niño en brazos, tratando de calmar el llanto del pequeño poniéndole entre los labios, no el pecho materno, sino el extremo medio mascado de su grosero cigarro". (Forgues, “Le Paraguay”, p. 391)

Todo un sistema de relaciones sociales en parte nuevo debió establecerse en el Paraguay de posguerra. Muchas de las familias antiguas y tradicionales fueron borradas por la guerra; otras perdieron su fortuna y, con ella, prestigio y posición social; unas pocas sobrevivieron o en el exilio o en el mismo Paraguay milagrosamente. Las tropas brasileras ocuparon Asunción hasta 1876 y, durante algún tiempo, compartieron la ocupación con las argentinas en los pueblos cercanos a la capital. Aquellos soldados buscaban algún tipo de diversiones, y lo que había quedado de la población paraguaya no podía evitar las relaciones estrechas con los conquistadores. No se puede negar la existencia de una inmoralidad generalizada, pero existen pruebas suficientes de que los soldados brasileros y argentinos demostraron mucho apego por sus hijos paraguayos, y, cuando abandonaron el país, muchas paraguayas los acompañaron. Esas relaciones no se reducían a las clases populares: doña Rafaela, la hermana de Francisco Solano López, quien mató a su marido [Saturnino Bedoya], se casó con el juez militar brasilero Milcíades Augusto de Azevedo Pedra. (De Azambuja a Correia, Sec. Cen. N° 26, Asunción, 3 de diciembre de 1872, MDBAOR 201/1/10; De Amaral Valente a Caravellas, Sec. Cen. N° 7, Asunción, 2 de diciembre de 1873, ibíd., 201/1/11; El Orden, 6 de diciembre de 1872; La República (Buenos Aires), 8 de diciembre de 1872; Pitaud, Les Français au Paraguay, pp. 71-72; de Vasconcellos a Pedro Luiz Pereira de Souza, Sec. Cen. N° 40, Asunción, 7 de septiembre de 1880, MDBA-OR 201/1/16.)

La mayoría de los paraguayos resentía la presencia de las tropas brasileras. Oficialmente, las relaciones eran cordiales, pero aquella aparente armonía no engañaba a nadie. Los ministros brasileros nunca confiaron en sus títeres paraguayos y nadie, con excepción de los funcionarios, participaba en las fiestas brasileras. Esperar que los paraguayos festejaran el 7 de septiembre, fecha de la independencia brasilera, era demasiado. Sin embargo, aquella era una importante celebración anual. En 1872, para festejar el grito de Ipiranga, la Catedral de Asunción fue engalanada y en ella se celebró un Te Deum. Los funcionarios paraguayos, representantes extranjeros y oficiales brasileros integraron el grupo que dio la bienvenida a Joaquim Maria Nascentes de Azambuja, quien llegó tarde. Muy elegante con sus pantalones de casimir blanco,casaca finamente bordada y plumas blancas en el sombrero, el ministro brasilero bajó de su carruaje, que había quedado empantanado en el camino. La guardia presentó armas, mientras las bandas de música del ejército de tierra y la marina interpretaban dos músicas distintas. Sin inmutarse por la tremenda cacofonía, agravada por la explosión de los cohetes y las voces de mando militares, Azambuja entró solemnemente a la Catedral, pasó por entre las líneas de dignatarios que lo felicitaban y tomó asiento cerca del altar. Después de la ceremonia, la unidad de caballería de Río Grande hizo una demostración de pericia ecuestre, que fue seguida por el esperado baile. De manera similar, las fuerzas de ocupación celebraron el cumpleaños de Pedro II el 2 de diciembre: Te Deum, parada militar, banquete, música, cohetes, baile. (37)

Inevitablemente hubo enfrentamientos entre los soldados brasileros y los paraguayos, algunos de ellos violentos. Con alarmante frecuencia causaron muertes esos choques, tanto en Asunción como en la campaña, con el número de occisos casi parejo para ambas nacionalidades. Esos incidentes, de importancia menor considerados aisladamente, en el panorama general tenían un efecto acumulativo que aumentaba la animosidad paraguaya. Las tropas argentinas, en su mayoría estacionadas en Villa Occidental, evitaron esos conflictos y, además, ofrecieron protección a los perseguidos políticos.

Las quejas de los brasileros residentes en el interior eran interminables. Tantos delitos ocurrían que un brasilero residente en Villarrica se quejó: "Los derechos y garantías que la Constitución de la República concede a todos sus habitantes no se aplican a los brasileros". Los infractores evitaban el castigo porque los funcionarios ignoraban sus crímenes, alegando falta de recursos para castigarlos. Los más de 300 brasileros residentes en Villarrica, Caazapá y Yuty temían perder sus inversiones. (38) El número de los brasileros que buscaban beneficios económicos en el interior en 1872 es sorprendente, y el resentimiento paraguayo era de esperarse. Las elecciones eran falsas, siempre las ganaban los candidatos del Gobierno. Llamando bárbaros a los funcionarios públicos, Azambuja relató la confiscación arbitraria de propiedades de brasileros en Humaitá y Piribebuy, y se quejó de que los indios del Chaco, con toda libertad, capturaban por igual a los paraguayos, argentinos y brasileros. (39)

Las quejas brasileras tenían buenos fundamentos. Los funcionarios paraguayos necesitados de caballos los tomaban de los civiles brasileros. A pesar de las órdenes de Asunción de no robar caballos, los paraguayos siguieron proveyéndose de montados a costa de los odiados extranjeros. (40) Tampoco los brasileros eran inocentes. Los paraguayos se quejaban de que los brasileros reclutaban paraguayos o los admitían en su ejército. A su vez, los brasileros se quejaban de que los paraguayos protegían a numerosos desertores que vivían con mujeres del país.

Muchos brasileros destacados tenían serias reclamaciones que el Paraguay ignoraba por lo general. Ricardo Antonio Mendes Gonçalves, quien supuestamente recibió £ 10.000 de Gregorio Benites para comprar municiones, vio frustrados sus esfuerzos de cobrar $f 767.655,87 por las provisiones entregadas. José M. Segovia, quien había ayudado a los "Lincolnshire farmers" a escapar del Paraguay, inútilmente reclamó $f 49.680 por los caballos tomados por el Gobierno o robados por revolucionarios. (41)

A pesar de la pobreza, criminalidad, enfermedades y resentimiento que tanto pesaban en la sociedad paraguaya, la gente encontraba maneras de entretenerse. Asunción, más próspera que los pueblos del interior, estaba lejos de carecer de diversiones interesantes. Las riñas de gallos seguían siendo populares; los oficiales brasileros y argentinos ocasionalmente ponían en escena actores improvisados para su propio entretenimiento, y grupos de actores llegaban desde Buenos Aires y Montevideo; sin embargo, Asunción fue un lugar sombrío durante los primeros años de la ocupación. La Sociedad Paraguaya, cuyos miembros se desconocen, organizó un baile para los extranjeros a fines de septiembre de 1869. Toda mujer (afirmó galantemente un periodista) fue reina en el baile. Se celebraron con bailes el final de la guerra, el cumpleaños de Pedro II y la fundación de Asunción. A veces esas fiestas terminaban en riñas, como sucedió el sábado 26 de abril de 1873, cuando un grupo de agresivos paraguayos persiguió a veinte argentinos por las calles de Asunción hasta el cuartel brasilero, donde hallaron refugio. (42)

Las tropas argentinas estacionadas en Patiño cue, al este de Asunción, organizaron el Teatro Nacional Argentino, que ofreció su segunda representación en noviembre de 1869, con una orquesta que amenizaba los entreactos. Una compañía teatral llamada El Alcázar Lírico se presentó en Asunción en noviembre y diciembre, pero su éxito se vio disminuido cuando madame Gooz Y. Gattier ofreció el espectáculo fascinante al bailar el cancán, mostrando demasiado las piernas y escandalizando al comentarista literario de La Regeneración. Una función benéfica del 17 de diciembre terminó la gira de "la Gooz" y compañía. Sin embargo, no se olvidó el cancán: menos de un año después, madame Blanche apareció como cantante en el programa que montó una opereta y concluyó con un paso de cancán. "¡Bravísimo!", fue el comentario de La Regeneración, aparentemente escrito por alguien menos pacato que el crítico de "la Gooz". Esa puesta en escena fue seguida por la del elenco compuesto por un padre y su hijo, quienes ofrecieron varios números y canciones, incluyendo "La cabeza que habla sin un cuerpo" y concluyendo con "La fuente de fuego". (43)

Las diversiones mejoraron poco en los dos años siguientes. El viajero francés Laurentian Forgues presenció una riña de gallos en un claro del monte, junto con cincuenta espectadores más "muy entusiasmados por ese horrible espectáculo". En un baile brasilero de Asunción, conoció a la alta sociedad paraguaya "compuesta exclusivamente por las familias de los funcionarios superiores". Con cortesía muy poco francesa, observó: "La mayoría de las mujeres que voy a ver esta noche [12 de septiembre de 1872] en traje de gala apenas tenían un pobre vestido para ponerse hace tres años". La fiesta fue en una de las antiguas casas de madame Lynch (probablemente la que hoy pertenece a la Universidad Nacional de Asunción). Forgues quedó muy impresionado por el buen gusto de madame Lynch en la decoración, y aún más por las jóvenes, que describió como bonitas "sorprendentemente graciosas y atractivas", aunque sus vestidos no fueran suficientemente largos. También quedó impresionado por las madres, sentadas en sus sillas y recostadas contra las paredes, el rostro severo y el largo cabello cano recogido desaliñadamente sobre la cabeza con una peineta. Antes que cubiertas, envueltas en sus chales de varios colores oscuros, sin hablar ni moverse, aparentaban dormir; es difícil imaginar algo más desagradable, eran las madres. Ahora volved la vista hacia los grupos de jóvenes morenas de grandes ojos negros, cabellos de azabache y sonrisa en los labios que bailan al son de nuestra música europea; son las hijas. (44)

De todos modos, la vida en Asunción era monótona: "una larga sucesión de mates interrumpida por las comidas, las siestas y los cigarros". Los hombres se limitaban a vegetar: "Los pocos paraguayos que conozco", señaló Forgues, "convirtieron la pereza en una institución; las mujeres, por lo contrario, son laboriosas". (45)  Aquella monotonía, rota por los frecuentes intentos revolucionarios, a veces se veía alegrada por las representaciones teatrales. Para ayudar a las víctimas de la fiebre amarilla en Montevideo, una pretenciosa representación honró el Teatro Nacional el 16 de mayo de 1873. Juan Risso dirigió el drama La cosecha del vicio, con las señoras Zacconide Musella y Risso en los roles principales. Arthur Loreau, un profesor de piano, tocaba en los entreactos. (46)

Las áreas rurales eran aún menos atractivas que Asunción. Los pobladores vivían aislados y hacían poco para intensificar las relaciones. Aquel aislamiento, debido a la falta de caminos y medios de transporte en general, se prolongó por muchas décadas. Allí donde la gente había escapado a la destrucción de la guerra, buscaba algún medio de entretenimiento. Vicente Fleytas, cuya estancia cercana a Villarrica estaba tan aislada por la falta de puentes que se salvó de la destrucción, era rico y, sin embargo, carecía del confort más elemental. Cuando Forgues visitó el lugar, Fleytas organizó un baile en su honor. Juntos cabalgaron a través de extensos bosques vírgenes para entregar las invitaciones, que atrajeron a setenta mujeres y solo cuatro hombres. Los huéspedes llevaron sus propias sillas, y de nuevo Forgues notó que los bonitos vestidos eran más cortos que los usados en Francia. (47)

 

(37). De Azambuja a Correia, la Sec. Res. N° 7, Asunción, 23 de noviembre de 1872, ibíd., 201/1/10; del mismo al mismo, la Sec. N° 4, Asunción, 20 de enero de 1874, ibíd., 201/ 1/11.

(38). De Jorge Lopes da Costa Moreira a Azambuja, Villarrica, 30 de agosto de 1872, adjunto a nota de Azambuja a Correia, Sec. Cen. N° 16, Asunción, 16 de septiembre de 1872, ibíd.

(39). De Azambuja a Correia, la Sec. N° 8, Asunción, 29 de enero de 1873, MDBA-OR 201/ 1112; Susnik, El indio colonial del Paraguay, III.

(40). En Trinidad, João Lima y Manoel Ferreira perdieron todos sus animales (de Antonio S. Daltro a Gondim, N° 2, 7 de enero de 1874, adjunto a nota de Gondim a Caravellas, la Sec. N° 4, Asunción, 12 de enero de 1874, MDBA-OR, 201/1/13).

(41). De Pereira Leal a Cotegipe, Sec. Cen N° 25, Asunción, 1 de diciembre de 1875, ibíd., 201/1/14; de Mendes Totta a Azambuja, Asunción, 30 de noviembre de 1872, adjunto a nota de Azambuja a Correia, Sec. Cen. N° 52, 8 de diciembre de 1872, ibíd., de Pereira Leal a Caravellas, 1° Sec. N° 8 Conf. Asunción, 7 de junio de 1875, ibid.

(42). Marcondes, "Viagem ao Paraguai, p. 38; El Progreso, 30 de abril de 1873. A pesar de la revolución en curso, Araguaia ofreció un suntuoso baile el 4 de junio de 1873 (El Fénix, 6 de junio de 1873). Aunque se formaron algunas asociaciones, tenemos poca información sobre ellas. Existen referencias aisladas sobre una Sociedad Italiana de Ayuda Mutua en 1873 (El Fénix, 11 de mayo de 1873) y las sociedades Los Compañeros y La Esperanza en 1870 (La Voz del Pueblo, 8 de septiembre de 1870).

(43). La Regeneración, 7 de noviembre, 1, 10 y 15 de diciembre de 1869; 21 de septiembre de 1870.

 

ENLACE A DOCUMENTO RELACIONADO:

LA SOCIEDAD PARAGUAYA EN LA ÉPOCA DE POSGUERRA

SEGUNDA PARTE

LA PRENSA , LA EDUCACIÓN y LA IGLESIA.

 

Fuente:

PARAGUAY Y LA TRIPLE ALIANZA

LA DÉCADA DE POSGUERRA: 1869-1878

Obra de HARRIS GAYLORD WARREN

De esta edición: THOMAS LYLE WHIGHAM    

Traducción al español: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ             

INTERCONTINENTAL EDITORA S. A.

Caballero 270, teléfs.: 496 991 - 449 738; fax: (595-21) 448 721

Pág. web: www.libreriaintercontinental.com.py

E-mail. agatti@libreriaintercontinental.com.py

 

 

 

ENLACE RECOMENDADO:

PARAGUAY: REVOLUCIONES Y FINANZAS

Obra de HARRIS GAYLORD WARREN

Edición e introducción de

THOMAS L. WHIGHAM y JERRY W COONEY 

Traducción: GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ

Editorial Servilibro,

Dirección Editorial : VIDALIA SÁNCHEZ

Página web: www.servilibro.com.py

Asunción, Paraguay - 2008 (394 páginas)

 

 



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