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GEORGE THOMPSON

  BOSQUEJO DE LA HISTORIA DEL PARAGUAY HASTA LA GUERRA DEL PARAGUAY - GEORGE THOMPSON


BOSQUEJO DE LA HISTORIA DEL PARAGUAY HASTA LA GUERRA DEL PARAGUAY - GEORGE THOMPSON

OBSERVACIONES GENERALES SOBRE LOS PODERES BELIGERANTES

Y BOSQUEJO DE LA HISTORIA DEL PARAGUAY

HASTA EL PRINCIPIO DE LA GUERRA

Por GEORGE THOMPSON



El Paraguay, la República Argentina, la República Oriental y el Brasil, son cuatro Estados sud-americanos que por su posición topográfica están obligados á mantener ciertas relaciones comerciales, de las cuales cada uno prescindiría de buena gana, pues sus habitantes se odian cordialmente. Los tres primeros Estados están habitados por una raza mestiza de españoles é indígenas, y el cuarto por una mezcla de portugueses, indígenas y negros.

El Brasil, desde su colonización por los portugueses, se ha ocupado principalmente en el tráfico de esclavos y en el cultivo, por medio de los mismos, de productos de exportación para la Europa. No ha tenido guerras exteriores, si se exceptúan algunas escaramuzas con sus vecinos, sostenidas siempre fuera de su territorio, y una que otra revolución insignificante sofocada fácilmente por un gobierno constitucional, y también por el soborno, pero nunca por la guerra.

La gran importación de negros y la influencia degradante de la esclavitud, ha puesto á los brasileros muy abajo (como raza) en la escala de la humanidad.

Los argentinos y los orientales son razas muy parecidas -hermosos hombres y mujeres- acusando muy poco la sangre indígena, si se exceptúa á los gauchos y á los correntinos, que tienen más de indio que de español. Estas dos naciones han estado durante largo tiempo en constante guerra; y cuando no lo están son presa de las guerras civiles, en las que despliegan gran crueldad de carácter.

El Paraguay desde su conquista por los españoles ha gozado de una profunda paz, si se exceptúa la expedición de algunos centenares de hombres bajo las órdenes del general Belgrano, lanzada desde Buenos Aires á principios de este siglo. En esta expedición tuvieron lugar dos tituladas batallas, cuyo triunfo se atribuyen los paraguayos. Sin embargo, la primera en el Tacuarí, debe haber sido indecisa, ó más probablemente una derrota para los paraguayos, puesto que los argentinos se internaron hasta la llanura de Paraguari, 260 millas desde el Paraná, en donde fueron derrotados por los paraguayos, quienes no tenían sino palos y piedras para resistir á las armas de Belgrano. Esta es la única vez que el Paraguay haya sido invadido por un enemigo exterior antes de esta guerra.

En las guerras de Rosas; el Paraguay envió algunos hombres á Corrientes bajo las órdenes de López, que en esa época era un joven de 18 años y ya "general en jefe de los ejércitos paraguayos", pero no hubo combate; de manera que puede decirse que antes de la presente campaña, los paraguayos ignoraban enteramente la ciencia militar.

La raza paraguaya era físicamente superior á la de los estados antes mencionados, y se dividía en cuatro clases, a saber: blancos, mulatos, indios y negros, siendo los segundos una mezcla de los terceros y los cuartos con los primeros. Los blancos que constituían la aristocracia del Paraguay descendían de los conquistadores españoles, casados con indígenas. Los descendientes de estos matrimonios se han casado entre sí, o con nuevos inmigrantes europeos, alejándose cada vez más de los indios. Los mulatos no podían ser ordenados sacerdotes. Los indios sí.

Poco después del descubrimiento del Paraguay, los jesuitas se establecieron allí, y edificaron una iglesia (1588). En este tiempo los españoles que gobernaban el país, trataban muy mal á los indios, haciéndolos servir como esclavos. Los jesuitas escribieron al monarca quejándose de este procedimiento y el gobierno del Paraguay fue amonestado, ordenando á los jesuitas se esforzaran en civilizar á los indios, empleando los recursos que creyeran convenientes y tratándolos bondadosamente.

De esta manera adquirieron los jesuitas una influencia permanente en el país, y se sirvieron de ella para adelantar sus propios intereses. Levantaron aldeas, llamadas misiones, bastante apartadas del gobierno central, para no tener el temor de ser incomodados por aquel en sus trabajos. Estas aldeas se hallaban separadas por distancias de diez á veinte millas, de manera que la comunicación entre unas y otras era fácil. En ellas reunieron á los indios y les enseñaron a leer y escribir. Agruparon los elementos de la lengua guaraní, haciendo de ella un cuerpo de idioma escrito y arreglado, é imprimieron gramáticas, diccionarios y libros de misa, arreglando para la escritura un sistema de acentuación especial no conocido en los demás idiomas. Enseñaron á los indios todos los oficios, y edificaron iglesias, enriquecidas con hermosas esculturas en madera, dorados, tapices, etc., obra toda de sus discípulos. Redujeron á los indios á un estado de obediencia y disciplina más que militar, bajo el cual abdicaron gradualmente la razón y el pensamiento, haciendo lo que se les ordenaba, sin preguntarse si sus señores tenían ó no derecho para dominarlos.

En 1767, el gobierno español decretó la expulsión de los jesuitas. Estos merecen un verdadero aplauso, porque evitaron el derramamiento de sangre, pues era tal su influencia sobre aquel pueblo, que fácilmente habrían podido resistir las órdenes del gobierno y haberse hecho dueños del país. Habían realizado grandes bienes en el Paraguay civilizando á los indios y protegiéndolos contra los españoles; pero aunque indudablemente tenían miras ambiciosas, no estaban dispuestos á ponerlas en práctica a costa de tantas vidas como habría sido necesario sacrificar, si se hubieran opuesto á las órdenes del gobierno.

Después de la expedición del general Belgrano, y en el mismo año (1811) tuvo lugar una revolución tan pacífica, que no costó una solo gota de san-gre; su resultado fue el nombramiento de dos consejeros para acompañar en el nuevo gobierno al Sr. Velazco, gobernador español. Uno de ellos fue el famoso dictador, Doctor D. José G. Francia. Su gobierno fue benigno hasta 1813, en que Francia y Yegros fueron nombrados cónsules. Yegros murió poco después (asesinado por Francia según se dice), y Francia entonces convocó un congreso por el cual se hizo nombrar dictador -primero por dos años y luego vitalicio.

Entonces comenzó su terrible sistema de tiranía. Primero instituyó un sistema tan perfecto de espionaje, que nadie ni aún de sus más próximos parientes, estaba seguro contra una delación. Todo hombre que se suponía ser enemigo del gobierno, aunque fuera en lo íntimo de su conciencia, era arrojado á las prisiones, confiscadas sus propiedades, y aún fusilados, sobre todo los hombres, de algún prestigio ó influencia. Francia vivía en continua alarma por el temor de ser asesinado, y cuando recorría las calles á caballo, todo el mundo tenía que ocultarse inclusive las mujeres, porque su escolta apaleaba a todos cuantos encontraba en el camino que debía transitar S.E.

Cerró el Paraguay á toda comunicación exterior, colocando guardias y piquetes sobre todas las fronteras. Prohibió la entrada y salida de personas y haberes, y era fusilado todo individuo que trataba de abandonar el país ó exportar su dinero. Solía de vez en cuanto permitirse á algún buque subir á la Asunción, con efectos que Francia compraba en cambio de yerba mate del país, pero cualquier otro extranjero que caía en sus garras era detenido por la fuerza.

Promulgó una ley prohibiendo el casamiento entre blancos, negros, indios y mulatos; y declaró mulatos á varias de las primeras familias del país, á quienes odiaba, de manera que no pudieran casarse, porque ningún para guayo blanco, hombre ó mujer, se rebajaría hasta el punto de casarse con una persona de casta inferior. Se proponía con esto exterminar á aquellas familias; pero la ley española de legitimación, les facilitó después de su muerte el casamiento, legitimando así á sus hijos. El matrimonio era mal mirado por Francia, y de esto proviene la inmoralidad á que se entregó la clase inferior, salvándose en general la parte escogida de la sociedad. Sin embargo, la moralidad del pueblo no era tan mala como podría suponerse, porque aunque los casamientos no eran celebrados en la iglesia, las mujeres eran casi tan fieles como se hubiesen sido casadas regularmente. Con la diferencia, que como el vínculo no era irrevocable cuando dos individuos no se entendían bien se separaban.

Francia murió en 1840 á la edad de 85 años. Fue enterrado bajo el altar mayor de la iglesia de la Encarnación en la Asunción; pero sus restos fueron más tarde desenterrados y arrojados al río por personas cuyas familias habían sido perseguidas. Tres de los principales hombres del Paraguay debieron ser fusilados en la mañana en que murió; pero la orden de su ejecución no se llevó á cabo.

Entonces se convocó un congreso, el que eligió cónsules a D. Carlos A. López y D. Roque Alonso. El segundo era un buen hombre, y todos cuantos le conocían le apreciaban; pero no tenía suficiente energía para mantenerse al lado de López, que pronto supo deshacerse de él, quedándose solo en el gobierno. Al principio ambos firmaban en la misma línea, para denotar igualdad de poder, pero poco después López firmaba primero y bajo su firma colocaba Alonso la suya, para demostrar inferioridad de rango, hasta que finalmente López, un día que estaba de mal humor dijo á Alonso -"Vete animal"-, y se hizo elegir presidente por diez años por un congreso que convocó en 1844. En este congreso y en otros se dictaron leyes de las que tomamos como modelo los siguientes fragmentos:



ESTATUTOS PARA LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA.

Noviembre 24 de 1842.

Art. 71. Quedan abolidas la pena de tormentos y la confiscación de bienes.


 

DECRETO SOBRE LA LIBERTAD DE VIENTRES.

Noviembre 24 de 1842.

EL SUPREMO GOBIERNO DE LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY ACUERDA Y DECRETA:

Art. 1°. Desde el 1° de Enero del entrante año de 1843, serán libres los vientres de las esclavas, y sus hijos que nacieren en adelante serán llamados "Libertos de la República del Paraguay".

Art. 2°. Quedan en la obligación los libertos de servir á sus señores, como patronos de los libertos hasta la edad de veinte y cinco años los varones, y las mujeres hasta los veinte y cuatro años.


 

APROBACIÓN DEL MENSAJE DEL CONGRESO.

Art. 29. Desde el 1° del mes entrante la dieta del primer Señor Cónsul será de 4.000 pesos fuertes por año y la del Señor segundo Cónsul la de tres mil pesos fuertes.


 

ACTA DE LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY.

Noviembre 25 de 1842.

Art. 2°. La República del Paraguay nunca jamás será el patrimonio de una persona ó de una familia.


 

INSTRUCCIONES Á LA POLICÍA.

Junio 15 de 1843.

Art. 37. Es absolutamente prohibido hablar de partidos y de la guerra civil que dolorosamente hace pedazos á las provincias vecinas, y no se permitirá insultos ni amenazas con los emigrados de uno u otro partido; siendo de prevención al que quiera vivir en esta República, que ha de guardar un profundo silencio sobre los sucesos y partidos del otro lado de Corrientes, y esto ha de advertir el Comisario á todos los extranjeros y emigrados, que aquí nada queremos saber de sus odios y funestos rencores, y el que no se conforme, que se retire del país inmediatamente.


 

LEY QUE ESTABLECE LA ADMINISTRACIÓN POLÍTICA DE LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY.

Marzo 16 de 1844.


 

CAPÍTULO VII

DE LAS ATRIBUCIONES DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA.

Art. 1°. La autoridad del Presidente de la República es extraordinaria en los casos de invasión, de conmoción interior y cuantas veces fuere precisa para conservar el orden y la tranquilidad pública de la República.

Art. 9. Publica la guerra y la paz y toma por sí mismo cuantas medidas puedan contribuir a prepararlas.

Art. 17. Puede celebrar concordatos con la Santa Sede Apostólica; conceder ó negar su beneplácito á los decretos de los concilios y cualesquiera otras constituciones eclesiásticas; dar ó negar el exequatur á las bulas ó breves Pontificios, sin cuyo requisito nadie los pondrá en cumplimiento.

Art. 18. Es el juez privativo de las causas reservadas en el estatuto de la administración de justicia.


 

CAPÍTULO VIII

Art. 3. El ministro ó ministros de Estado, no tendrán otro tratamiento que el de Usted, y no podrán dar orden alguna sin acuerdo y aprobación del Presidente de la República.

Art. 4. Gozarán de una compensación que les asigne el Presidente de la República.


 

REFORMAS DE ALGUNOS USOS Y ATRIBUCIONES DE LOS REVERENDOS OBISPOS.

Noviembre 30 de 1845.

El Presidente de la República del Paraguay, considerando que á la par del celo que tiene acreditado por el culto religioso, debe cuidar que ningún empleado de la iglesia aparezca en ella ni en las calles, sobreponiéndose al Supremo Gobierno Nacional, decreta:

Art. 1°. Queda prohibido todo y cualquier repique al entrar el Obispo á la iglesia y al salir de ella.

Art. 2°. Así mismo queda privado arrodillarse en las calles ó en cualquier otro lugar por donde pasare el Obispo.

Art. 3°. No usará dosel, ni capa magna en la iglesia, ni fuera de ella.

Art. 4°. No se hará novedad en la orden de Gobierno que permite decir misa desde el último toque de diana.


 

Habiendo así legalmente concentrado en sus manos la suma del poder, empezó á formar un ejército para sostenerlo. De este punto nos ocuparemos oportunamente.

Cuando se apoderó del poder, su familia era pobre, y él mismo durante la época de Francia, era un oscuro abogado que se consideraba muy dichoso cuando ganaba un patacón por día. Carlos Antonio López era casa con Da. Juana Carrillo. Ambos eran blancos y extremadamente corpulentos. Tuvieron cinco hijos: tres varones -Francisco Solano, Venancio y Benigno- y dos hijas: Inocencia y Rafaela, todos tan corpulentos como sus padres. López I empezó su reinado favoreciendo la fortuna de sus hijos de una manera escandalosa. Nombró a su hijo mayor (que fue después López II) general en jefe del ejército y ministro de la guerra. Muy joven todavía le confiaba su padre una gran parte del poder ejecutivo, haciéndole á veces visitas oficiales, en las que se le presentaba de rondón, abriendo las puertas con violencia como para sorprenderlo. Venancio, su segundo hijo, fue nombrado coronel y jefe de la guarnición de la Asunción. Benigno, el menor de los tres, fue nombrado sargento mayor en el ejército; pero no habiendo quedado satisfecho, se le convirtió en almirante de la escuadra. A pesar de esto, renunció al empleo, prefiriendo llevar una vida vagabunda. Este hijo era el gran favorito del viejo. Cada uno de ellos tenía una casa y un establecimiento separado y todos eran notables por su libertinaje, especialmente el mayor y el menor.

Esta autoridad ilimitada de López, que ejercían también sus hijos bajo sus auspicios, hacia á los ciudadanos sumamente cautelosos, para decir ó hacer las más mínimas cosas que pudiera desagradarles. Todos ellos se enriquecieron muy rápidamente, sirviéndose para este fin de cuantos medios les proporcionaba el poder. Solían ofrecer por los ganados un precio infinitamente inferior al del mercado, y los vendedores temían rehusarlo. Compraban de este modo para revender en seguida al precio que querían, pues á nadie le era permitido vender ganados en el mercado mientras hubiera alguno perteneciente á la familia del presidente. Compraban también propiedades, siempre á precios bajos, á los particulares y al gobierno. Las señoras de la familia, establecieron una bolsa en donde se compraba con 8 por ciento de descuento el papel moneda inutilizado por el uso, y que ellas por sus relaciones con el gobierno cambiaban en la tesorería por papel que representaba su valor íntegro. Prestaban también dinero sobre prendas con interés usuario, quedándose con todo cuanto querían, sin ningún miramiento por los derechos de sus dueños.

López I continuaba siempre, aunque en menor escala, el sistema de espionaje establecido por Francia, así como el de encarcelar á todo individuo sospechoso.

No obstante todo el egoísmo de López I, su gobierno era comparativamente bueno para el Paraguay. Probablemente en ningún país del mundo la vida y la propiedad han estado tan garantidas como en el Paraguay durante su reinado. El crimen era casi desconocido y cuando se cometía alguno era inmediatamente descubierto y castigado. La masa del pueblo era tal vez la más feliz del mundo. Apenas tenían que trabajar para ganar su vida. Cada familia tenía su casa ó choza en terreno propio. Plantaban en pocos días el tabaco, maíz y mandioca necesarios para su propio consumo y aún esto mismo no exigía cuidado hasta la época de la cosecha. Todas las chozas tenían su naranjal cuya fruta forma un artículo importante de consumo en el Paraguay, y también algunas vacas, lo que les evitaba en gran parte la necesidad de trabajar. Las clases superiores vivían por supuesto más á la europea, y muchas familias poseían fortunas considerables y lo pasaban confortablemente.

Todo el mundo se hallaba expuesto á ver tomada su persona ó arrebatada su propiedad por razón de servicio público sin recompensa ni explicación, por orden del primer juez de paz; pero generalmente no se abusó de este despotismo en el tiempo del viejo López, que no permitía sino á su familia el ejercicio de la tiranía sobre el pueblo. Para la generalidad, la suma de la felicidad humana consistía en pasar el día á la sombra, tendidos sobre un poncho, fumando y tocando la guitarra. Puede creerse pues que aquellos tiempos eran sumamente felices, por cuanto era todo cuanto tenían que hacer.

Los paraguayos son muy hospitalarios. Recibían á todo el que llegaba á sus puertas, conocido ó desconocido con la mayor cordialidad, ofreciéndole cuanto tenían, proporcionándole su mejor hamaca y la mejor habitación de la casa, generalmente, obsequiaban á sus huéspedes con un baile por la tarde. Nunca esperaban recompensa, y las clases superiores se habrían creído insultadas si se les hubiera ofrecido.

El traje del paraguayo consistía en un sombrero alto, como el que hoy se usa, camisa con pechera y mangas bordadas, calzoncillos blancos con flecos largos y anchos cribos. Sobre este calzoncillo un chiripá asegurado con una faja de seda punzó; no usaban calzado y completaban su traje con un poncho. El traje de las mujeres consistía en una larga camisa blanca, de mangas cortas, bordadas y adornadas con randas y los escotes bordados con seda negra. Hasta la cintura no llevaban otra cosa que la camisa, completando el traje una enagua blanca, asegurada con una ancha cinta colorada. Andaban descalzas. Estos trajes lo llevaban solamente las campesinas y la clase baja. Estas camisas, llamadas tupoi, son un traje gracioso y tentador. Las señoras y caballeros de la ciudad vestían á la europea, mostrando las primeras muy buen gusto en sus trajes; son muy decorosas y graciosas, y el que asistía á un baile en la Asunción podría creerse en París.

En 1845, López I abrió el país al comercio é inmigración extranjera. Sin embargo, no se permitía al extranjero adquirir bienes raíces en el Paraguay, ni casarse con las hijas del país sin permiso especial del gobierno, el cual no se obtenía con facilidad. La forma general de estas peticiones era pedir al gobierno el permiso de contraer matrimonio, citando dos personas que atestiguaran el estado del demandante. López, por lo general, detenía la respuesta varios meses, la que á menudo era negativa, y á veces se aprovechaba de la ocasión para insultar al demandante. Una vez presentó un español (de muy pequeña estatura) la petición, y después de tres meses de espera recibió la siguiente respuesta al pie de la solicitud: - "A pesar de que el insolvente galleguito N.N. vino á este país como los demás extranjeros en busca de fortuna, todavía se le hace especial favor de dejarlo casarse con la distinguida señorita M.M.".

En 1849 se envió una expedición paraguaya á Corrientes, bajo las órdenes del general López, la que volvió poco después sin haber abierto operaciones.

Las primeras dificultades con el Brasil surgieron en 1850, por una cuestión sobre la frontera norte del país; el Brasil reclamaba por límite el Río Apa, y el Paraguay el Río Blanco. El Brasil ocupaba el Pan de Azúcar, colina situada en el territorio disputado, de donde fue desalojado por los paraguayos. Este asunto quedó pendiente y se concluyó un tratado dejando aplazada la cuestión de límites. Desde aquel tiempo el Paraguay ocupó siempre este territorio.

López I estuvo siempre en reyerta con todos los poderes que tuvieron con él alguna relación diplomática. Era de un carácter petulante, y en general odiaba á los extranjeros, aunque los trataba bien, sin duda por la sola razón de que sus gobiernos eran más fuertes que él. Generalmente salía de la dificultad pagando cuanto le pedían los ministros. Cuando subió al poder existían en la tesorería una inmensa cantidad de doblones y pesos fuertes, y muchas vasijas de oro y plata. La mayor parte de estas riquezas provenían de las confiscaciones hechas por Francia á los jesuitas y á los particulares.

En 1854, López envió á Europa á su hijo mayor como ministro cerca de las diferentes cortes. Pasó diez y ocho meses en Europa, viajando por Inglaterra, Francia, España, Alemania é Italia. En este viaje adquirió muchos conocimientos superficiales y cierto barniz de buena crianza. Probablemente el espectáculo de los grandes ejércitos europeos le sugirió la idea de imitarlos, y de representar en Sud América el papel de Napoleón.

Su misión no tenía otro objeto que el de hacer conocer al Paraguay. En 1858, López I encarceló una veintena de personas, bajo pretexto de una supuesta conspiración para asesinarlo en el teatro. Una de estas era un súbdito inglés llamado Canstatt, que escapó gracias á la intervención de M. Henderson, cónsul inglés y á las enérgicas medidas tomadas por el almirante en el Río de la Plata, que detuvo en Buenos Aires al vapor de guerra paraguayo Tacuarí, en momentos de salir del puerto, llevando á su bordo al general López, que acababa de servir de mediador en la lucha civil de la República Argentina.

El general López desembarcó y marchó por tierra á Santa Fe, embarcándose allí con dirección á la Asunción. Tan luego como López I supo la detención del Tacuarí, puso en libertad á Canstatt y se vengó en dos caballeros llamados Decoud, pertenecientes á una de las primeras familias del Paraguay, que fueron fusilados por su orden. Esta fue quizá la única gran atrocidad cometida durante el reinado de López I, si se exceptúa su proceder con los indios del Chaco, que fueron invitado á pasar el río para celebrar un tratado con el jefe de Villa Oliva, el cual después de haber reunido un gran número en un cuarto, los asesinó bárbara y premeditadamente. Sin embargo, es probable que este acto fuese ejecutado por el jefe bajo su sola responsabilidad.

En conjunto, la administración de López fue ventajosa para el país; lo abrió al comercio, construyó arsenales, vapores y caminos de fierro. El pueblo no fue jamás recargado con contribuciones, pagándose todas estas obras con los tesoros amontonados por su predecesor.

La única renta del Paraguay era la yerba, monopolizada por el gobierno, que la compraba á los productores á razón de 25 centavos de peso fuerte la arroba, para venderla á razón de 5 á 8 pesos fuertes.

El Paraguay ni tuvo ni tiene deuda nacional.

López I murió en el mes de setiembre de 1852, después de una larga y penosa enfermedad. Luego que murió, el general López, que estaba presente, se apoderó de todos los documentos, duplicó las guardias y redobló el número de patrullas en las calles. Convocó al consejo de Estado y le leyó el testamento de su padre, nombrándole vice-presidente hasta que pudiera reunirse un congreso para elegir un nuevo presidente. Entonces hizo embalsamar al anciano, y celebró un gran funeral en la catedral de Asunción, en seguida fue llevado en un gran carro fúnebre á la francesa hasta la iglesia de Trinidad, edificada por él mismo á tres millas de la Asunción, siendo enterrado frente al altar mayor, con todos los honores de costumbre, en presencia del general López y de todos los miembros de la familia; allí estaba también toda la población de la Asunción.

El pueblo en general creyó que el general López establecería un gobierno libre, fundándose en que sus viajes á Europa debían haberle ilustrado, y que el cambio sería decididamente ventajoso. Sin embargo, la gente más sensata, movía la cabeza y lamentaba la muerte del anciano.

El general López convocó inmediatamente un Congreso que lo eligió presidente en octubre 16 de 1862. Algunos desgraciados miembros de este Congreso expusieron respetuosamente, que el gobierno no debía ser hereditario y otros se opusieron á que fuese militar. Estos diputados fueron encarcelados y engrillados, muriendo casi todos víctimas de sus sufrimientos. Benigno López, su hermano que fue uno de los mal avisados, fue desterrado á su estancia del Norte. El padre Maíz que había sido confesor del viejo López, fue también de los desgraciados, pero sobrevivió lo bastante, para verse en libertad y constituirse en un abyecto instrumento de López.

Se abrió una suscripción para levantar un monumento á la memoria de López I. Esta idea fue al parecer espontánea de los ciudadanos, aunque en realidad fue una orden de López. Se dispuso que las suscripciones no pasasen de 5 fuertes y se hicieron listas de todos los individuos que podían disponer de esa cantidad, enviando á recoger el dinero sin recabar previamente el consentimiento de los donantes. Esto tuvo lugar lo mismo con los extranjeros que con los hijos del país. En el mes de junio se habían reunido, solamente entre los paraguayos, 55,000 pesos fuertes. La cantidad recogida, desapareció totalmente; como es natural nunca se averiguó la causa de su desaparición ni se realizó la amenaza del monumento.

El obispo del Paraguay, llamado Urbieta, era bastante anciano pero todavía montaba á caballo. López II habló en el Congreso de su vejes, y propuso pedir una bula al papa, para tener listo el reemplazante del viejo. Efectivamente obtuvo la bula para un sacerdote de la campaña, llamado Palacios, hombre de cerca de 35 años de edad y con quién podía contar para todo.

El nuevo magistrado fue festejado con banquetes y discursos, porque no se creía decente dar bailes tan recientemente muerto el viejo presidente. Ni el primero ni el segundo de los López permitieron nunca que se criticara á Francia. Si lo hubieran permitido les habría llegado su turno.


 

 

Fuente:

LA GUERRA DEL PARAGUAY

Obra de GEORGE THOMPSON

Colección OTRA HISTORIA

dirigida por GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ

Edición al cuidado de Vidalia Sánchez

Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2003 (318 páginas)

 

 

 

 

 

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