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WASHINGTON ASHWELL


  LA CRISIS DE 1920. LA CORRIDA BANCARIA (WASHINGTON ASHWELL)


LA CRISIS DE 1920. LA CORRIDA BANCARIA (WASHINGTON ASHWELL)

LA CRISIS DE 1920.

LA CORRIDA BANCARIA.

Por WASHINGTON ASHWELL

 

 

            LA SITUACIÓN ECONÓMICA

 

La actividad económica del país inició la década de los años veinte en un ambiente de general incertidumbre. Factores internos y externos gravitaban negativamente sobre la producción y el comercio. Y no obstante la evidencia de síntomas premonitores de dificultades mayores, nadie parecía anticipar la intensidad de las turbulencias que se avecinaban.

            El tipo de cambio fluctuaba con una inestabilidad extrema y una marcada tendencia ascendente. Durante el quinquenio anterior, que había sido favorable a las exportaciones, el país no acumuló reservas internacionales que le hubieran permitido compensar tan siquiera en parte las presiones negativas del mercado en el período de transición que seguiría la terminación del conflicto mundial. Por falta de una política monetaria orgánica, la oferta aumentada de divisas se tradujo exclusivamente en la reducción del tipo de cambio y en la contracción consiguiente del ingreso efectivo del producto. Sólo el comercio mayorista y el sector financiero capitalizaron los beneficios de la intensificación de las exportaciones.

 

 

            Con la terminación de la guerra, la demanda externa de productos primarios se redujo drásticamente. Al mismo tiempo, la demanda interna de monedas extranjeras aumentó abruptamente. Presionaron para este vuelco, la reactivación de las importaciones y la reanudación del abastecimiento externo de productos manufacturados que había sido interrumpido por la guerra. Bajo la influencia de estos factores, la tendencia declinante de la cotización cambiaria se revirtió, y el alza continua del cambio pasó a ser la característica dominante del mercado. La cotización del oro, que a principios de 1919 fue de $ 1.700 por cien pesos oro, para fines de ese año se había elevado a alrededor de $ 2.000. A mediados de junio del año siguiente excedía el nivel de $ 2.800, y a fines de 1.921, sobrepasaba la cotización de $ 4.100 por ciento. Por la inestabilidad del cambio, la moneda extranjera desplazaba progresivamente a la nacional en las transacciones internas.

            A las perturbaciones originadas en el mercado de cambio se sumaron los efectos de una huelga portuaria en Buenos Aires. El comercio exterior y las recaudaciones aduaneras prácticamente se paralizaron. Junto con la caída de los ingresos aduaneros, las recaudaciones de los demás recursos fiscales disminuían con la declinación generalizada de las ventas del comercio. La caída de los ingresos aumentaba en forma acelerada el ya crónico déficit fiscal. Los pagos del tesoro se hacían con atrasos sensibles. La deuda interna se elevó a $ 16.000.000, y las perspectivas eran las de un mayor incremento. Los sueldos de los empleados públicos, que según el testimonio del último mensaje presidencial "habían sufrido cruelmente en los cuatro últimos años por causa de la carestía cada vez mayor de la vida"1, sobrellevaban demoras de más de cuatro meses. Los haberes impagos por sueldos y jubilaciones sumaban más de $ 9.000.000. Apremiado por las reclamaciones, el Poder Ejecutivo prometió al Congreso regularizar en parte el atraso de los sueldos "con el producto de la contribución territorial". 2

            El costo de la vida seguía en aumento. Según referencias de la época, le afectaban la suba de los precios de los artículos importados, el incremento del costo del transporte y "últimamente la suba del cambio".3

            A pesar de la acumulación de estos factores negativos, el Gobierno insistía en repetir un diagnóstico optimista. En su mensaje del año, el Presidente de la República sostuvo que "al lado de las dificultades del Tesoro Fiscal, puede decirse que la situación general del país no presenta sino síntomas de mejoras en lo que respecta al patrimonio nacional, que se ha valorizado en estos últimos años de modo bastante sensible".4 El optimismo que esa afirmación buscaba proyectar era totalmente infundado. Todos los síntomas de la economía apuntaban la inminencia de otra crisis.

            La retracción de la economía se acentuó bruscamente con el cierre de los frigoríficos y la caída del precio de la carne. El sector ganadero, que había estado beneficiándose con la gran demanda externa y la fácil comercialización de su producción, súbitamente se enfrentó con la contracción drástica del mercado. Las compras de ganado para la exportación se paralizaron totalmente. El deterioro se proyectó pronto al sistema bancario. La recuperación de los créditos se hizo cada vez más difícil. Consecuentemente, las operaciones de los bancos resultaron fuertemente restringidas. La obtención de nuevos créditos se hizo difícil, y cada vez más imposible. Las renovaciones se extendían solamente en pesos argentinos o en oro sellado. La banca buscaba convertir su cartera en moneda extranjera para defender sus activos de los efectos de la desvalorización monetaria. Y el endeudamiento generalizado en moneda extranjera, que esa conversión producía, era preludio de mayores dificultades por las perspectivas previsibles del aumento continuo del cambio. Una memoria del Banco de España y Paraguay hizo el relato siguiente de los problemas que confrontaba esa institución, y que eran similares a los de las demás entidades bancarias que operaban en la plaza:

            "De un tiempo atrás, el Banco no ha podido realizar las cuentas de su activo en una proporción suficiente para cubrir las extracciones que sufría. Los deudores, a pesar de las solicitaciones insistentes, no respondieron al cumplimiento de sus obligaciones en la medida que era de desear; estaban padeciendo las consecuencias de la paralización general de los negocios, y así, la crisis de la carne, las dificultades de la exportación, el descenso de los precios, la conjunción en síntesis de las perturbaciones mundiales y locales, hicieron imposible la conversión en moneda de las mercaderías o productos"5

            La corrida bancaria. Al 2 de septiembre de 1920, la situación del Banco de España y Paraguay era ya insostenible. Ese día, el Gerente de la entidad informó al Poder Ejecutivo que las disponibilidades en efectivo del Banco eran tan precarias que no podría atender las obligaciones ordinarias del día inmediatamente siguiente. Pidió que la Oficina de Cambios le hiciera un depósito de un millón de pesos y otro de seis millones en los días subsiguientes, para poder solventar con ellos los requerimientos más inmediatos.

            Por el temor de los "efectos desastrosos que podría tener en la economía nacional el cierre inesperado de una institución de crédito"6, el Gobierno ordenó que la Oficina de Cambios le hiciera de inmediato un depósito por 500.000 pesos y que la Tesorería y el Banco Agrícola le transfirieran depósitos. Días después ordenó a la Oficina de Cambios otro depósito, esta vez contra documentos avalados por los Directores del Banco de España. Pero todo resultaba insuficiente. El público retiraba masivamente sus depósitos. Por su parte, el Directorio del Banco, por disimular su solvencia perdida, o para substraer recursos de una bancarrota inevitable, siguió extendiendo créditos desesperados, agravando con ello el crítico estado financiero de la entidad. En medio de la crisis, aprobó para la Compañía Francesa de Exportaciones un préstamo a sola firma por 31 millones de pesos, equivalentes a más del triple del capital integrado del Banco. Al enjuiciar esta operación, un Diputado denunció que "todo hace presumir que se trata de un cuasi robo o de un robo notorio".7 A pesar del escándalo desatado y de los esfuerzos realizados para obtener una garantía, el préstamo no fue avalado. En esas circunstancias, la ayuda financiera del Gobierno no podía sino postergar por pocos días más un desenlace inevitable.

           

 

            EL CIERRE Y MORATORIA DEL BANCO DE ESPAÑA

 

El 5 de septiembre siguiente el Banco de España cerró sus puertas, y solicitó del Poder Ejecutivo "una moratoria a su favor por quince o más días" para no recurrir a los tribunales en demanda de una convocatoria de acreedores.8

            El Gobierno intervino el Banco, y obtuvo del Congreso la rápida sanción de una Ley de Moratoria. Esta ley eximió al Banco por un mes de la obligación de cumplir con sus deudas, sin afectar su derecho de exigir y ejecutar sus créditos. Los depósitos en poder del Banco ascendían a esa fecha a 80.3 millones de pesos, y su congelamiento afectó no sólo al comercio y a la industria, sino también a la Tesorería, al Banco Agrícola, a la Oficina de Cambios y al Banco Mercantil.

            A su vencimiento, la moratoria fue prorrogada por otro mes, y luego por tres años, condicionada esta vez a un plan de pagos y al requerimiento de un aporte adicional de capital de seis millones de pesos que no llegó a cumplirse. El Banco no pudo restaurar la regularidad de sus operaciones, y entró en un proceso de liquidación que duró varios años, y dejó tras sí un tendal de esperas, quebrantos y quitas entre sus acreedores.

 

 

            LA LEY DE REDESCUENTO

 

Con el cierre del Banco de España, el pánico se extendió en la plaza. El público se lanzó a los bancos a retirar depósitos. Los bancos de la República y de Londres pudieron sortear la avalancha y mantener la confianza de sus clientes. El Banco Mercantil, en cambio, vio aumentar las dificultades lo que provocaría poco después su cierre.

            Ante la acentuación de los síntomas de la crisis, el Gobierno se vio compelido a intervenir. Obtuvo que el Congreso autorizara a la Oficina de Cambios a emitir hasta 30 millones de pesos para otorgar préstamos a los bancos contra documentos aceptables de sus carteras.9 Buscaba con ello estimular la reactivación del Banco de España, y al mismo tiempo prevenir que la crisis se extendiera a otras instituciones de crédito. Los plazos de los préstamos no debían ser mayores de seis meses, y la tasa de interés la del mercado. Este plazo extremadamente corto, y la elevada tasa de interés, poco podrían haber contribuido a aliviar el congelamiento de activos que confrontaba el sistema bancario. La medida era apenas un paliativo. Las circunstancias requerían con urgencia acciones más amplias. Además del apoyo a las instituciones bancarias, se necesitaba llevar un alivio a los sectores productivos. Se necesitaban créditos en condiciones apropiadas de plazo e intereses para el sostenimiento de la agricultura, la ganadería, la explotación forestal y la industria, que estaban todas agobiadas por la paralización de las ventas y la falta de financiamiento. Las demandas de créditos más apremiantes eran las de los pequeños productores rurales y urbanos. Estas necesidades de los sectores productivos se acentuaban en momentos en que el Gobierno no tenía ni los recursos ni los mecanismos institucionales indispensables para atenderlas. Los problemas del comercio en alguna medida quedaron cubiertos con el refinanciamiento de la cartera vencida de los bancos.

            Complementariamente se requería con perentoria urgencia el control de las operaciones bancarias y del mercado de cambios, para evitar la repetición de casos como el de la Compañía Francesa y para contener, además, la demanda especulativa de monedas extranjeras y la fuga de capitales que el pánico financiero originaba.

 

 

            EL CIERRE Y MORATORIA DEL BANCO MERCANTIL

 

Apremiado por sus necesidades, el Banco Mercantil absorbió el 70% de los recursos asignados por la ley de redescuento, pero no alcanzó a detener con ellos la desconfianza que se había generalizado en el público. Al 10 de noviembre, el deterioro de su liquidez hizo crisis. El retiro de depósitos se había acentuado. Desde el cierre del Banco de España, los depositantes habían retirado más de 40 millones de pesos, y el Banco ya no disponía de documentos elegibles para redescuento. Ese día los directores del Banco informaron al Gobierno del estado crítico de sus disponibilidades de caja, y solicitaron una moratoria que les fue acordada por dos meses. El monto de los depósitos afectados por esta moratoria ascendió a 172.0 millones de pesos.

 

 

            EL DETERIORO DE LA ECONOMÍA

 

Por la cuantía de los recursos comprometidos, los efectos de la cesación de pagos de los bancos se propagaron multiplicados a todos los sectores de la economía.

            "Con el cierre de los referidos bancos, especialmente del Mercantil, destacó un Diputado, infinidad de industrias han quedado paralizadas, muchas empresas han tenido que cerrar sus puertas. El Ingenio Tebicuary, por ejemplo, ha suspendido completamente la compra de caña de azúcar, dejando en la calle a más de dos mil familias. Grandes obrajes en el Alto Paraná, en el Norte, en Villa Rica, han tenido que dejar completamente paralizados sus trabajos por no poder retirar sus fondos".10

            Otro parlamentario, también partidario del Gobierno, añadió lo siguiente

            ''La crisis monetaria no se localiza en determinada institución bancaria, sino que afecta a todas ellas; al comercio, a las industrias; puede decirse que afecta a todo el país".11

            El crédito bancario quedó virtualmente paralizado. La industria y el comercio no tenían a dónde acudir para obtener un solo peso para sus necesidades regulares. La usura había reemplazado al crédito bancario. Consecuencia adicional del cierre de los bancos fue la ruina  de millares de pequeños ahorristas que habían depositado en ellos el fruto de sus economías de largos años. Más grave aún era la situación del agro. Según declaraciones del propio Ministro de Hacienda, los agricultores paraguayos eran "presa inocente de la usura y de las especulaciones voraces e insaciables de los acopiadores e intermediarios".12

            Era evidente que la sola moratoria bancaria, en vez de remediar el problema, lo había agudizado. Ni siquiera protegía adecuadamente a los propios bancos. Un parlamentario opositor destacó a este respecto lo siguiente:

            "La verdad es ésta: el mal general existía de antemano y los sucesos del Banco de España y Paraguay han precipitado el desastre. No era un fenómeno que afectaba tan sólo al Banco de España. El mal afectaba en realidad a todo el país, porque no sólo los bancos necesitan amparo; el comercio, en general, se encuentra en bancarrota; el comercio, que es la base precisamente de los establecimientos bancarios".13

 

 

            PROBLEMAS EN EL BANCO AGRÍCOLA Y LA OFICINA DE CAMBIOS

 

A la sombra del desconcierto y la incertidumbre que dominaban la plaza, en el sector público la corrupción y los escándalos andaban a la par con la ineficiencia y la incapacidad de la conducción económica. Al producirse el cierre del Banco de España y Paraguay, el Banco Agrícola mantenía en el depósitos por un monto de 3.3 millones de pesos de curso legal y 32 mil pesos argentinos. También tenía depositados en el Banco Mercantil 4.2 millones de pesos. A los efectos del congelamiento de esos recursos y de la mínima recuperación de sus préstamos, se sumó el escándalo del manejo doloso de fondos de origen fiscal. En una interpelación parlamentaria promovida por el Dr. Juan León Mallorquín, se puso en evidencia que una agencia del Banco Agrícola retenía indebidamente recaudaciones de la Agencia local de Impuestos Internos por un monto superior a 7.0 millones de pesos.

            En vez de remesar esa recaudación a la casa central para su transferencia al Gobierno, la depositaba en la oficina particular de una sociedad ganadera de la que era socio principal el Administrador del Banco, el señor Evaristo Acosta. La sociedad, por otra parte, financiaba sus operaciones con un crédito del Banco de España y Paraguay, crédito este que era compensado con depósitos que el Banco Agrícola mantenía en ese banco.14 Al discutirse        el caso en el Parlamento, el Ministro de Hacienda no pudo dejar de reconocer que se habían verificado "vicios muy graves y hondos". El Sr. Acosta presentó su renuncia, que no fue aceptada durante un tiempo, por no encontrar el Gobierno un substituto adecuado para el cargo. Con tales agravantes, la asistencia crediticia del Banco Agrícola al sector agropecuario se encontraba totalmente paralizada.

            En la Oficina de Cambios, la situación reinante no era más alentadora. Además de los depósitos congelados por la moratoria, la Oficina de Cambios había otorgado a los dos bancos en quiebra, redescuentos por un monto superior a 22 millones de pesos. Con este drenaje de recursos, sus disponibilidades de billetes para canje y emisión llegaron a un mínimo que el Gobierno se vio obligado a negociar la compra urgente de monedas y billetes del Banco de la República, para evitar la paralización de sus operaciones. Pero sus dificultades realmente se agudizaron con el "affaire" cambiario. Según un informe rendido a la Cámara de Diputados por el Presidente del Directorio al 10 de noviembre la cartera de la Oficina de Cambios se hallaba sobrecargada con letras adquiridas sobre la plaza de Buenos Aires, motivo por el cual se había dispuesto la suspensión de nuevas compras. Contra esa disposición expresa, denunció la prensa asuncena, la Gerencia había adquirido cheques de la firma Perasso y Cía., la cual, días antes de la transacción cuestionada, había solicitado convocatoria de acreedores ante el Juzgado de Comercio de Buenos Aires. Era un caso evidente de ineficiencia o de complicidad. Los créditos de la Oficina de Cambios comprometidos en ese juicio ascendieron a 200 mil pesos argentinos. La gestión de cobro fue encomendada luego al Banco de la Nación Argentina.15 Días después se hacía pública la aceptación de la renuncia del Gerente de la Institución.

            "Estos hechos, destacó el Diputado radical Venancio Galeano, son un ejemplo típico de nuestra administración. Encontramos en todas partes irregularidades similares"16

 

 

            LA EMISIÓN MENOR

 

Autorizada la adquisición de monedas y billetes del Banco de la República, el Gobierno dispuso la circulación de las monedas por intermedio de la Oficina de Cambios hasta un monto de 2.983.500 $. Su valor acreditado al Ministerio de Hacienda fue destinado "al pago de los sueldos atrasados de octubre, noviembre y diciembre de 1919". 17 Apremiada por las reclamaciones, la Tesorería echaba mano a todos los recursos a su alcance para cubrir sus atrasos. Los billetes adquiridos fueron destinados al canje, y utilizados en la emisión de reposición autorizada poco después.

 

 

            LA EMISIÓN DE REPOSICIÓN

 

El 19 de noviembre, el Poder Ejecutivo solicitó al Congreso la sanción de otra ley que autorizara a la Oficina de Cambios a emitir la suma adicional de $ 20.0 millones, con el objeto de "entregar a las instituciones y oficinas fiscales las cantidades por las cuales son acreedoras en concepto de depositantes de los Bancos Mercantil y de España". La Oficina de Cambios quedaría como única acreedora de dichos depósitos. Debía percibir las cuotas de repago y proceder a la quema de los billetes recibidos por tal concepto.

            La Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados modificó el proyecto elevando el monto de la emisión a 25.0 millones de pesos. Los fines a que fue destinada esta emisión fueron los siguientes:

            $ 10.000.000 para la Oficina de Cambios.

            " 2.000.000 para la restitución de depósitos del sector público.

            " 5.000.000 para el Banco Agrícola.

            " 8.000.000 para la financiación de la producción agrícola.

 

            Luego de un acalorado debate, en el que se enjuició duramente la política del Gobierno, el proyecto de la Comisión de Hacienda fue aprobado el 30 de diciembre.18 En el curso de las deliberaciones se destacó que solamente los depósitos de la Oficina de Cambios, del Banco Agrícola y de la Municipalidad en los dos Bancos amparados por la moratoria, sumaban casi 50 millones de pesos.

 

            La política económica del Gobierno. Pese al reconocimiento general de la gravedad de los problemas y de la intensificación de sus principales manifestaciones, el Gobierno no atinaba a articular las medidas orientadas a contener la crisis y la recesión que se generalizaban. El desconcierto del Ministro de Hacienda era manifiesto. Se le había encomendado una tarea que rebasaba sus posibilidades, y eso le abrumaba. El propio Ayala, en uno de esos instantes de debilidad o de confusión, que aplastan aun a los grandes temperamentos, confesó cándidamente en el Senado:

            "Muy pocas veces en mi vida me he visto obligado a afrontar situación tan grave y pavorosa. Muy pocas veces me he visto tan hondamente emocionado como ahora ante las exigencias perentorias de tan grave cuestión".19

            Consciente de su incapacidad para ofrecer soluciones efectivas a los problemas que conmovían la vida de la Nación, Eligio Ayala eludió el debate parlamentario y reiteradamente manifestó que las soluciones que proponía eran meros paliativos temporales para permitir la formulación de soluciones que no alcanzó a concretar. Con este sentimiento de impotencia, manifestó en una de las sesiones del Congreso:

            "El proyecto no constituye, a juicio del Poder Ejecutivo, una solución de la crisis reinante, sólo tiene por objeto hacer renacer la calma y la serenidad, dando tiempo para estudiar y presentar al Honorable Congreso planes que respondan a la grave situación porque el país atraviesa en estos momentos".20

            "Las necesidades imperiosas, reiteró en otra ocasión, nos han obligado a presentar este proyecto de emergencia. Nosotros no hemos podido encontrar soluciones mejores". 21

            Estas explicaciones incoherentes no alcanzaban a aplacar la preocupación y la ansiedad que dominaban el ambiente legislativo. Aun entre los partidarios del Gobierno la tensión y la impaciencia aumentaban día a día.

            "Es descorazonador ver que precisamente los hombres que ocupan los más altos cargos de la administración, los llamados a proponer los medios para salvar la difícil situación, se hallan cruzados de brazos y sólo obran cuando los hechos se han producido", reclamará Julio J. Bajac en la Cámara de Diputados.22

            "Las medidas propuestas por el Poder Ejecutivo, recusará un senador, no importan más que un paliativo sin mayor resultado. El Poder Ejecutivo debe anunciar a la opinión pública qué piensa adoptar el Gobierno para aminorar el desastre bancario"23

            "Estoy plenamente convencido, protestó en igual sentido el Dr. Gerónimo Zubizarreta, que el Poder Ejecutivo ha podido y ha debido hacer más de lo que ha hecho". 24

            En los círculos opositores las voces eran más recriminatorias. No sólo se cuestionaba la inacción del Gobierno sino también su capacidad para enfrentar los problemas del momento. En este sentido, Virgilio Silveira acusó con dureza.

            "Se dice que estamos gobernados por un hombre probo y honesto; yo no quiero juzgar mal esta honestidad, pero sí estoy convencido de que con la sola honestidad no se salva al país; se necesita acción y previsión. Hace doce años que el país vive sin planes financieros, y es de esperar que se solucione alguna vez este estado de duda y de perplejidad".25

 

 

            LA CRISIS Y LAS EMISIONES

 

Con el afán de preservar quizás su prestigio de financista, el propio Ayala se encargó de poner en evidencia la contradicción de su posición doctrinaria y la de los tímidos planteamientos que llevaba al Congreso. Al discutirse el presupuesto del año, hizo una de las exposiciones más elocuentes de su carrera política. Formuló un reconocimiento claro de los problemas que confrontaba la economía nacional, pero en vez de plantear soluciones, repitió con tono de cátedra, la aspiración clásica del liberalismo teórico del equilibrio presupuestal, que no podía tener vigencia en las circunstancias en que vivía la Nación.

            Al hablar de la situación económica y financiera del país, dio un cuadro patético, cuyos aspectos salientes resumen los párrafos que siguen:

            "La situación financiera del Paraguay es una de las más abatidas y angustiosas de toda la historia de la vida nacional.

            La vida económica nacional está tan deprimida que ha robado a las rentas fiscales toda elasticidad.

            La crisis monetaria, la atonía económica general, la elevación de los precios, la contracción del consumo, la interrupción del transporte fluvial, con otras causas indirectas, han producido una merma considerable de nuestros recursos financieros.

            Un déficit enorme amenaza arruinar nuestras finanzas y el crédito del Estado".26

            No obstante este reconocimiento claro de los problemas del Tesoro, Ayala no lograba concretar las medidas que pudieran producir un alivio efectivo a la situación. Las obsesiones teóricas le obnubilaban. En circunstancias en que recomendaba un presupuesto desequilibrado, reiteró que "la primera condición, la condición vital de la administración es un presupuesto equilibrado y sano". El saneamiento monetario vendría después:

            "El saneamiento de nuestro sistema monetario, decía, ha de ser la culminación, algo como la cúpula gótica de nuestras reformas económicas y financieras".27

            El análisis que en esa ocasión hizo Eligio Ayala de las causas del déficit fiscal constituía un libelo acusatorio a todas las administraciones que le precedieron. En nuestra historia financiera la recriminación al pasado fue un manido recurso usado para encubrir la incapacidad para resolver los problemas del respectivo momento. Los calificativos de incapacidad, irresponsabilidad, cobardía financiera, voracidad política y presupuestívora, campearon en su exposición. De ella extractamos los párrafos siguientes:

            "El déficit actual del tesoro es enorme.

            Pesa sobre el tesoro nacional una deuda flotante formidable. Esta carga ha caído sobre él como un alud. Ella no es imputable a una sola de las administraciones precedentes, porque nos viene de muy lejos: ella es la consecuencia lógica de la imprevisión, de la indiferencia, de la indecisión, que son vicios propios de nuestro temperamento nacional.

            Las causas fundamentales de los déficits son el desorden y la corrupción administrativa, la falta de honestidad en la percepción y aplicación de los recursos, la indisciplina, el falseamiento de la ley presupuestaria, el hábito irresponsable de gastar sin recursos, de cargar al tesoro de deudas, para imponer al gobierno el papel de tramposo insolvente ante el mundo. Y más, la falta de valor para obtener recursos verdaderos cuando los existentes no bastan para satisfacer las necesidades financieras del país.

            Gran parte de los impuestos recaudados no han sido ingresados en la Tesorería General por deficiencias del mecanismo perceptor de rentas.

            El desequilibrio del presupuesto no proviene solamente de la disminución de los recursos fiscales y de la deficiencia de nuestro sistema impositivo; él es también consecuencia del aumento de los gastos previstos en la ley del presupuesto vigente.

            Gran parte de la inflación proviene de la corruptela administrativa, vieja e inveterada, de crear empleos supernumerarios, de acordar sobresueldos para ciertos empleados, de efectuar gastos materiales superfluos y de tolerar extravagancias administrativas impropias de la precaria situación financiera del país.

            Casi todos los gastos han sido improductivos, estériles. Nada se ha hecho para reanimar la economía nacional.

            El estado financiero es desconsolador y triste.

            Cuando falta coraje de obligar a la burguesía conservadora a que pague algo más para efectuar los servicios públicos necesarios emergentes de la expansión natural de la vida nacional, cuando se teme atajar los abusos en la aplicación de los recursos fiscales, contener la voracidad política y presupuestívora, hacer respetar la ley de presupuesto, convertir en una realidad el control financiero, entonces se producen las emergencias desesperadas que piden a voces la emisión. La emisión nada corrige: no refrena los abusos. Al contrario, ella educa la corrupción, porque hace creer que se puede suplir la riqueza, el trabajo, la producción, con la impresión de billetes".28

            Eligio Ayala aprovechó esa oportunidad de la discusión del presupuesto para responder a una campaña periodística en curso, que recomendaba un plan intensivo de obras públicas "para impulsar el resurgimiento nacional". El autor de esa campaña, el señor Teodosio González, propiciaba que el programa fuese financiado mediante un empréstito o una emisión de papel moneda. En uno de sus artículos decía:

            "El mal principal, fundamental que aqueja al Paraguay, mal generador de todas sus desdichas políticas, (...) es su falta de dinero.

            Para adquirir el dinero necesario para el resurgimiento nacional, no hay otro medio para el Gobierno que hacer trabajar al país, disponiendo obras públicas y fundando Bancos del Estado de protección a la agricultura, ganadería, industria, construcción y colonización, que provea al trabajador de dinero a largos plazos e interés reducido.

            Para esto el país debe hacer, sin más trámites un empréstito o una emisión por valor de 20.000.000 de pesos oro".29

            El articulista proponía que se destinase esa suma a la iniciación o terminación de una serie de obras públicas, entre las que figuraban la construcción de la red cloacal y de agua potable para la capital, el puerto de la Asunción, edificios para la Universidad y el Colegio Nacional, la ampliación y mejora de hospitales y escuelas, la terminación del Oratorio de la Asunción, casas baratas para obreros, compra de barcos y remolcadores para la restauración de la flota mercante nacional; en fin, todas esas obras e inversiones que en las últimas décadas no se habían podido realizar por falta de decisión y de recursos y que formaban parte del amplio cúmulo de aspiraciones populares largamente postergadas.

            "Si esto no se hace, añadía, el país seguirá su vida desmayada, languideciente, menospreciado, o lo que es peor, compadecido del resto del mundo, y con el peligro de que sus hijos mismos y todavía los mejores, le abandonen, yendo a buscar bienestar en otra parte". 30

            La respuesta de Ayala constituye uno de los anatemas más duros que registran los anales paraguayos en contra de la emisión fiduciaria. Fue dura y terminante, pero a la vez, equivocada e inoportuna. De esta parte de su exposición destacamos los párrafos siguientes:

            "Hay un impuesto que debemos evitar a toda costa, un impuesto funesto por excelencia, un impuesto traidor y corruptor, que ataca alevosamente a todos los intereses económicos de todos, un impuesto que es el más poderoso corrosivo del bienestar social, y cuyos efectos son una verdadera defraudación pública.

            Este impuesto es la mala moneda, la moneda fiduciaria, la emisión inconvertible.

            La emisión inconvertible es el exponente más inequívoco de la cobardía financiera; es una farsa, un ridículo sainete económico.

            Ella pretende curar un mal con aumentar el mal. Por medio de ella se cubren los déficit de las gestiones y ejercicios financieros, pero no se los extingue, porque ella deja subsistentes sus causas.

            Las emisiones nos engañan, nos hacen beber por un momento la dulce ilusión de que con imprimir notas, se pueden extirpar todos estos funestos efectos de la incontinencia, de la disipación, de la prodigalidad financiera. Con ella, en vez de pagar las deudas, se las posterga para algunos años después; en vez de extinguir un déficit, se prepara otro mayor; en vez de imponer un pequeño impuesto para salvar una perturbación transitoria del presupuesto, se prepara la perturbación de todos los valores en el futuro.

            La emisión es la realización práctica del eterno "aprés nous le déluge".

            Pretender curar las relajaciones financieras con una emisión, es tan absurdo como intentar apagar el fuego con disipar el humo que él produce.

            Toda inflación del medio circulante conduce fatalmente a este paradójico resultado: en vez de abolir la miseria financiera con el progreso, impulsa el progreso de la miseria; en vez de hacer el papel de la prosperidad, hace una prosperidad de papel"?31

                Los argumentos esgrimidos por Ayala eran equivocados. En el estado de depresión que vivía el país, el equilibrio presupuestal no podía tener otro efecto que el de agudizar el deterioro de la actividad económica y postergar su recuperación. "¿Qué significa financieramente equilibrar el presupuesto en un período de deflación?", se pregunta el profesor Matus Benavente. Y su respuesta es categórica:

            "Que como consecuencia de la caída de los ingresos privados, el Estado ve también reducidos sus ingresos y por tanto debe disminuir sus gastos. Económicamente esto significa que se restringe la demanda que en una economía significa el poder de compra del Estado, lo que viene a agravar la falta de poder de compra del sector privado; significa menos oportunidades de empleo, y seguramente, sumar un nuevo factor de desocupación a la desocupación ya producida por la falta de demanda del sector privado; económicamente significa impulsar, aún más, la curva descendente de la Renta Nacional y agravar la crisis."32

            Eran además inoportunos porque en las circunstancias en que vivía el país, resultaba lógico anticipar que el Gobierno pronto tendría que recurrir a otra emisión para atender necesidades derivadas de la emergencia.

            En efecto, poco después, el mismo Ayala se vio forzado a rectificar su rígida posición teórica para acomodarla a otro pedido de autorización para emitir. En esa ocasión repitió los mismos argumentos contra las emisiones, pero buscó justificar la que proponía por los requerimientos de la emergencia nacional:

            "Los efectos de esta crisis -alegó entonces- no pueden ser radicalmente abolidos con una simple emisión inconvertible.

            Las emisiones inconvertibles, esporádica y coercitivamente creadas por los poderes públicos ante cada sacudimiento del organismo económico, sin ninguna correlación con las verdaderas necesidades de la producción y del comercio, jamás podrán extinguir más que las manifestaciones externas de las crisis económicas y financieras, porque nunca podrán llegar a sus causas íntimas, subyacentes.

            Yo abrigo la firme convicción de que las emisiones inconvertibles no pueden crear virtudes ni corregir vicios económicos.

            Toda emisión, mecánica e ilimitada, no puede producir el efecto de aumentar la capacidad adquisitiva de la colectividad. El único resultado de las emisiones que no aumentan en proporción directa de las riquezas sino en proporción inversa de la misma, ha de ser la desvalorización de la moneda. Los efectos de esta desvalorización, regular o irregularmente, tardía o tempranamente producidos, son la elevación de los precios y de los salarios, el aumento del capital de explotación de la industria y el comercio. Y todo esto produce un encarecimiento artificial, aparente, de la circulación fiduciaria que vuelve a pedir nuevas inflaciones. Así se produce lo que en Ciencia económica se llama espiral viciosa: la emisión que eleva los precios, hace insuficiente el medio circulante y la insuficiencia del medio circulante que vuelve a reclamar nuevas emisiones. La consecuencia de esta espiral viciosa es siempre la desorganización de los negocios, las grandes agitaciones sociales demagógicas".33

            Y a medida que avanzaba en esa línea de pensamiento, más se enterraba Ayala en sus propias contradicciones:

            "Las emisiones inconvertibles, añadió, no pueden tener la virtud de rehacer los negocios frustrados, de recuperar las ganancias, de asegurar, de garantizar los negocios con mejores éxitos, no previenen los derroches extravagantes, las operaciones ficticias, las especulaciones ruinosas".

            Relató luego como durante su estada en Europa había podido observar las consecuencias desgraciadas de las emisiones en los estados más avanzados de ese continente. "He observado, dijo, grandes derrumbes económicos producidos por ella, las ruinas, la destrucción de valores, paso a paso, etapa por etapa, en su desconcertante y cruel evolución en Alemania". Pero a pesar de la contundencia de sus argumentos en contra de toda clase de emisiones, quiso seguidamente justificar la que proponía, por ser una emisión de emergencia y que como tal debía "ser aprobada o rechazada inmediatamente, so pena de no poder responder a las necesidades que la determinaban".

            "La emisión objeto de este proyecto, arguyó entonces, es una emisión que viene a responder a necesidades ineludibles del momento.

            Ella es absolutamente diferente de las otras emisiones inconvertibles y fiscales, y lo es por su cantidad y su duración. Ella es rescatable, es una emisión de verdadero salvataje.

            Quiero afirmar más -enfatizó-: esta emisión será la más grande enemiga de las grandes inflaciones monetarias, y ésta es una de las grandes paradojas de la ciencia económica. Hay emisiones pequeñas que se oponen a las grandes emisiones.

            Yo estoy seguro de que si hoy no emitimos la moneda necesaria para los fines que en este proyecto se indican, se producirá más tarde la necesidad de las más grandes, de las más desastrosas emisiones. El único resultado de la no emisión sería la agravación de la crisis monetaria".34

            Esta argumentación casuista no sorprendió ni convenció al parlamento. Por el contrario, produjo una fuerte reacción negativa. Un diputado partidario del Gobierno había expresado anteriormente su repudio a las propuestas de emisiones en los términos siguientes:      

            "Estamos cansados de oír a nuestros maestros de economía política su prédica constante de que las emisiones deben ser rechazadas cualquiera fuera el fin a que sean destinadas, cualesquiera fuesen las circunstancias por que atraviesa el país. Y sin embargo, ha llegado el momento en que el Poder Ejecutivo, del que forman parte algunos de estos maestros de Economía Política a que me he referido, vienen a esta Cámara a propiciar un pensamiento de emisión".35

            Pero fue Virgilio Silveira, un parlamentario opositor, quien destacó más la superficialidad teórica y las contradicciones de los planteamientos de Ayala. Dijo en su exposición:

            "El Ministro no ha penetrado en las frondosidades de nuestras cuestiones económicas, sino en disposiciones teóricas.

            Yo hubiese querido escuchar de parte del Señor Ministro, algo concreto que hubiese sacado de sus largos estudios, de su larga experiencia, de sus amplios conocimientos financieros; hubiera querido verlo en el tapete de la discusión, resolviendo actualidades nacionales y no pulsando con frases efectistas la nerviosidad de las pasiones pequeñas y miserables.

            El Poder Ejecutivo ha tenido tiempo de dar a conocer su plan, de hacer algo más que lo que ha dicho teóricamente el Señor Ministro.

            El Gobierno no está en condiciones de salvar la situación de los bancos, y con ello el crédito general del comercio, salvando también la propia finanza con recuperar los fondos depositados y ayudar con ello a la industria.

            El Señor Ministro, en resumen, condenó la emisión y la excusa de que ésta es de emergencia no logró plantearla en forma convincente. Y es que él sabe que las emisiones de emergencia cuando no son presentadas con un carácter concreto, con una finalidad bien definida, son las más peligrosas para la economía de la nación".36

 

 

            EL ORIGEN DE LA CRISIS

 

Cuando tuvo que dar una explicación de las causas determinantes de la crisis, Eligio Ayala no pudo disimular su confusión. Primero dio a la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados una explicación simplista. El problema se había originado por:

            ". . . la falta de lealtad y honradez de una gran mayoría de comerciantes poco escrupulosos, que abusando de la liberalidad del Banco (de España), han obtenido créditos para el desenvolvimiento de sus operaciones, y en vez de depositar el importe de sus transacciones comérciales allí donde ellos fueron beneficiados, han recurrido a otros bancos, desviando así del acreedor las sumas que honradamente le correspondían y la gran complacencia, por otra parte, para esos mismos deudores, por cuanto nunca fueron ejecutados". 37

            Pero cuando el problema se generalizó, cuando otro banco entró en estado de cesación de pagos y la paralización de las actividades económicas era evidente, ensayó otra explicación, misteriosa y obscura, pero igualmente absurda. Dijo entonces:

            "Esta crisis es el desenlace de muchos factores de perturbaciones económicas de origen remoto y lejano de nuestra historia. Se está produciendo un reajuste de las relaciones económicas exageradamente dilatadas y alteradas en épocas anormales, en épocas en que se produjeron las más grandes revoluciones económicas conocidas en la historia.

            Pero conviene confesar, que esta crisis es también en parte consecuencia de nuestro sistema financiero, mejor dicho de nuestra crónica carencia de un sistema financiero, del abominable instrumento de cambio que tenemos, de la fluctuación de valores que él engendra, con alternativa de prosperidad ficticia y desastres verdaderos.

            Sería quimérico pensar que el Gobierno del Paraguay podría prevenir la crisis, que es en gran parte obra de determinismos históricos y no de los hombres".38

            Estas explicaciones dispares tenían un punto de coincidencia. Según ellas, la crisis se originaba por factores internos. Esto explica la confusión de Eligio Ayala. La crisis que confrontaba el país no era nacional. Era una crisis mundial la que gravitaba sobre la economía del país. La contracción de la demanda externa de productos primarios era la causa que había producido la caída de las exportaciones, la reducción del ingreso de capitales y la intensa disminución del ingreso y del poder adquisitivo internos. La crisis se había originado en Europa. Fue precipitada, entre otras causas, por la saturación de la demanda extraordinaria de materias primas que siguió a la terminación de la guerra y por las medidas deflacionistas aplicadas por las principales potencias vencedoras, en el afán de restablecer las condiciones monetarias y financieras vigentes antes del inicio del conflicto.

            El auge de las exportaciones de materias primas que había originado la guerra se prolongó hasta 1920, por el esfuerzo que realizaron los países beligerantes para reponer las existencias agotadas durante el período bélico y reparar sus economías destrozadas por la guerra. Los gastos gubernamentales de las grandes potencias se mantuvieron en niveles altos, en tanto que las tasas de interés en los mercados de capitales fueron mantenidas deliberadamente bajas, todo con el propósito de favorecer la rehabilitación de las economías y de reducir la carga financiera de las enormes deudas contraídas para financiar los gastos de guerra.

            "La prosperidad se derrumbó, señalan Di Tella y Zymelman, cuando comenzaron a llegar a Europa las materias primas que los países abastecedores de productos primarios había acumulado por falta de bodegas, y cuando la producción industrial europea empezó a actualizar la demanda pendiente. Esta situación se vio empeorada aún más por la imposición, en muchos países, de fuertes políticas deflacionarias. Los precios languidecieron en marzo de 1920, y bajaron a la mitad en el año siguiente. El índice de las ventas al por mayor en los Estados Unidos de Norteamérica desde abril de 1920 a abril de 1921, bajó de 266 a 154 (1914 = 100); en Gran Bretaña, de 323 a 206, y en Francia de 600 a 354. Se produjo la desocupación, y aumentó la intranquilidad del sector asalariado. Así como los países abastecedores de productos primarios se beneficiaron más en el período ascendente, también fueron los más duramente golpeados en esta crisis".39

            Se estaba produciendo además un cambio fundamental en la economía mundial. Inglaterra había salido de la guerra en condiciones muy distintas de como lo hizo en la era napoleónica. Como seña la Shumpeter, había salido empobrecida, perdiendo por el momento muchas de sus oportunidades y algunas de ellas para siempre. Particularmente había perdido su posición privilegiada de acreedora del resto del mundo, y de centro financiero de la economía mundial. El vacío que en esa esfera dejaba no había sido cubierto y con la ausencia de una nación rectora y coordinadora del sistema, la economía mundial iniciaba un período anárquico de confrontaciones monetarias y comerciales, que entorpecían la recuperación y el desarrollo del comercio internacional.

            Sólo al año siguiente de iniciada la crisis, el Gobierno del Paraguay tomó conocimiento de que la misma rebasaba la esfera limitada de la economía nacional. No era un fenómeno exclusivamente local. Era resultado de la readaptación económica que se estaba operando en las naciones más grandes del mundo, dijo el Mensaje Presidencial de 1921. Pero este tardío reconocimiento del origen verdadero de la crisis no sirvió para reorientar la política económica sino para justificar la inoperancia de las medidas hasta entonces aplicadas y la dilapidación de las cuantiosas emisiones realizadas. Esas medidas, según el Mensaje Presidencial, no se orientaron a solucionar la crisis. "Era quimérico intentar, añadía, detener o impedir acontecimientos que eran proyección de otros, producidos fuera del país, ajenos a todo control, con la inflexibilidad propia de las fuerzas naturales. El Gobierno pues, tuvo que limitarse a procurar aminorar, contener, limitar los efectos de la crisis en la economía nacional".

 

 

            LA CRISIS DE LA TEORÍA ECONÓMICA LIBERAL

 

La crisis que vivía el mundo no era una cuestión exclusivamente económica, sino también una crisis ideológica. Se estaba produciendo el comienzo del colapso de la Teoría Clásica o Liberal, que durante tanto tiempo había modelado el pensamiento económico universal. La crisis reinante volvió a poner en evidencia la incapacidad de la teoría liberal para explicar las fluctuaciones cíclicas de la actividad económica, que se repetían con intensidad diferente y para estructurar políticas que favorecieran la recuperación de las actividades productivas y la normalización del comercio internacional.

            En las circunstancias por que atravesaban el país y el mundo, las influencias de las fuerzas del mercado, del interés privado y el equilibrio automático no funcionaban. Librada a sus impulsos espontáneos, la actividad económica no operaba a un nivel óptimo de producción. Y al mantener una política de equilibrio presupuestario, el Gobierno no hacía sino acentuar la depresión con la reducción de sus gastos. La caída de la demanda externa de productos primarios inevitablemente producía en el país la disminución de las exportaciones y la inmovilización masiva del crédito bancario. Y con el congelamiento de sus activos, los bancos quedaban condenados a una cesación de pagos. En esas condiciones, la intervención del Estado era imperativa para salvar la economía bancaria de una conmoción aguda, y evitar el desastre de la paralización de los pagos y sus efectos acumulativos sobre la actividad económica. Pero esto no lo decían los textos clásicos de economía. El mundo no sabía en ese momento cómo surgían las depresiones y menos aún la manera de hacerles frente.

            Eligio Ayala podía haber sido así para su época un hombre ilustrado en materia económica y financiera. Pero su ilustración no podía haberle ayudado a explicar y menos a resolver los problemas que afectaban al país. Los principios de una política anticíclica, que hoy figuran en los textos elementales de Economía Política, no habían sido aún formulados. Y Ayala no mostró el talento necesario para concebirlos o tan siquiera para substraerse de los cánones equivocados en que se había formado. Aun los pragmáticos que le exigían una intervención decidida, estaban más próximos a la verdad que él con toda su ilustración.

 

 

            LA TERMINACIÓN DE LA CRISIS

 

La recuperación de la actividad económica fue igualmente consecuencia de factores externos. En el segundo semestre de 1922, la economía europea comenzó su fase de reactivación y reinició la demanda de materias primas. Sus efectos sobre la economía nacional fueron demorados por la paralización de las actividades productivas que produjo la rebelión armada desatada en ese año, la más larga y la más sangrienta que registran los anales políticos del país. La reacción se hizo sentir sólo "en los pocos meses de paz del año 1923".40

            La demanda externa se orientó en el Paraguay con una intensidad mayor hacia la carne y el algodón. La ganadería recibió un vigoroso impulso con la instalación del Frigorífico de la Compañía Liebigs:

            "La eficiencia de su intervención en nuestra plaza se ha puesto en evidencia con el consumo extraordinario de ganado y el repunte de los precios". 41

            Con respecto al algodón, comentó el Mensaje Presidencial del año 1925:

            "Los negocios estaban paralizados, la gran masa de papel moneda emitida, apenas circulaba perezosamente. En este estado se produjo un fenómeno tan imprevisto como inesperado: el precio del algodón subió bruscamente a un nivel muy alto" 42

            El elevado precio del algodón, destacaba el mismo mensaje, fue determinado por las contingencias del comercio internacional.

 

 

            CAPITALIZANDO LA RECUPERACIÓN

 

Después de haber reconocido ante el Congreso que la recuperación económica se había producido como resultado del aumento de los precios de los bienes exportables debido a factores externos, ajenos a la influencia de las decisiones locales, al año siguiente Eligio Ayala recapacita y cambia de opinión. Quiere capitalizar el mérito de la recuperación, y la atribuye a su conducción financiera. Según este nuevo enfoque, la crisis había sido sorteada mediante el saneamiento de las finanzas públicas, esfuerzo éste del que Ayala había sido el principal y único gestor.

            "Nuestros primeros esfuerzos, declaró al respecto, los dirigimos a poner en orden el caos financiero, a ajustar los gastos a las recursos, a depurar las fuentes de las rentas fiscales para que den un mayor rendimiento. Porque una rigurosa concepción científica lo impone, hicimos preceder el saneamiento económico y financiero al monetario, para acercarnos paso a paso, silenciosa y oscuramente, al gran ideal de ahogar las causas externas de la desvalorización de la moneda.

            Los esfuerzos que desplegamos en esta ruta, subterráneos y silenciosos, fueron los más duros y hasta odiosos. Como toda labor precursora de las grandes reformas fue ruda y antipática".43

            Con esta falsa afirmación, Eligio Ayala construyó el mito, que hasta hoy perdura, de su prestigio de financista. Como hemos visto anteriormente, el equilibrio presupuestario en momentos de crisis y de depresión como los que vivió el país, no podía haber producido sino un mayor deterioro de la actividad económica y la postergación de la recuperación de las actividades productivas. La recuperación fue consecuencia exclusiva de la reactivación de la demanda externa, sobre la que ni el país ni el Gobierno podrían haber tenido ninguna influencia.

 

 

            LA LEY  N° 550.

 

Con la reactivación de la demanda externa de productos primarios, se reanudó en el país la afluencia de capitales externos en cantidades estimables. Se orientaban principalmente a financiar el acopio y procesamiento del algodón y la carne para exportación. Con la mayor oferta de divisas extranjeras, la tendencia ascendente del cambio fue primero contenida y luego revertida. Para evitar el mismo proceso que había precedido a la crisis, de valorización de la moneda nacional con relación a la extranjera, "que por ley económica elemental, iba a determinar la baja del precio del algodón"44, el 25 de octubre de 1923 se modificó la ley orgánica de la Oficina de Cambios para facultarla a emitir billetes de curso legal contra entrega de monedas extranjeras, al tipo de cambio vigente. Con ello terminó la política pasiva del Gobierno en materia monetaria. En adelante, un organismo oficial tendría facultad y capacidad para intervenir en el mercado de cambios. La Oficina de Cambios dispondría de poder ilimitado de emisión para absorber el exceso de la oferta de cambio sobre la demanda. Explicó el Mensaje Presidencial del año siguiente:

            "Había que fijar el tipo de cotización, a fin de mantener los precios remuneradores para los agricultores; había que hacerlo decidida y rápidamente para anticiparse a la depresión de la producción. Y esto es todo lo que hizo el Gobierno: dictó una ley de emergencia, para evitar una caída artificial, anormal de los precios, la ley de estabilización del cambio monetario. Si no se hubiese estabilizado el tipo de cambio, los agricultores hubieran vendido sus productos a precios irrisorios, hubieran perdido, a favor de algunos especuladores, gran parte del producto de su trabajo". 45

            Con esta modificación de la Ley Orgánica de la Oficina de Cambios, la política económica del Estado experimentó en el Paraguay un cambio fundamental. Obligado por la evidencia de la dura experiencia reciente, que mostró con elocuencia la incapacidad de las fuerzas del mercado para resolver los problemas dolorosos de la recesión, el principio de no intervención en las actividades económicas fue abandonado por los propios liberales del país. El Gobierno pasó a regular el mercado de cambios. La intervención del Estado fue instituida como necesaria para mantener el equilibrio monetario y contener los desbordes de las fuerzas de la oferta y la demanda. Las ideas pioneras de Moreno y Sosa finalmente eran llevadas a cabo por manos de los mismos hombres que anteriormente se habían opuesto a ellas.

 

 

            LA RECUPERACIÓN DE LAS ACTIVIDADES PRODUCTIVAS Y COMERCIALES

 

La economía nacional reaccionó favorablemente al estímulo externo de la reanudación de la demanda de productos básicos que la recuperación de la economía mundial producía. Los efectos de la reactivación de la producción y la comercialización del ganado y el algodón se propagaron multiplicados a todos los sectores de la economía. Así lo explicó un Mensaje Presidencial al Congreso:

            "Tras el precio del algodón ascendieron otros. Esta curva ascendente fue empujada por otras dos causas poderosas. En primer lugar, el aumento del medio circulante, y la velocidad de la circulación. Con el renacimiento de la confianza general se avivaron los negocios, se multiplicaron las transacciones, se descongeló el papel moneda atesorado pasivamente. A esta corriente se agregó el papel moneda atraído por la gran producción algodonera y emitido por la Oficina de Cambios contra valor real.

            La valorización de los productos y la movilización del medio circulante, intensificaron el comercio, la capacidad adquisitiva de los consumidores y por ende, la corriente de importaciones".46

            La intensificación del comercio interior y el aumento de las exportaciones se tradujeron pronto en el mayor rendimiento del sistema tributario. De un período de estrecheces agudas, la administración fiscal pasó a otro de disponibilidades aumentadas como consecuencia del crecimiento natural de la masa imponible que la recuperación de la economía producía.

 

 

            La liquidación del Banco Mercantil. Pasada la tempestad de la recesión, la economía retornaba a una etapa de progresiva recuperación. La secuencia del ciclo económico volvía a repetirse. A la retracción depresiva de las actividades productivas y comerciales la seguía la recuperación, y luego vendría la prosperidad. Las actividades de los sectores primarios, la agricultura, la ganadería y la explotación forestal comenzaban nuevamente a intensificar la producción de excedentes de unos pocos bienes destinados a la exportación. Al mismo tiempo, la demanda de productos importados aumentaba. Nada había cambiado en la estructura y organización de la economía, salvo el grado de aprovechamiento de la capacidad productiva del país que aumentaba continuamente. La distribución del ingreso interno adicional volvería a ser invariablemente regresiva, con una baja participación de los sectores mayoritarios de la población en los beneficios del aumento de la producción. Se iniciaba en el país la fase expansiva de las actividades productivas y comerciales. Pero a pesar de la reactivación generalizada de las actividades económicas, el Banco Mercantil, al igual que el Banco de España y Paraguay no pudieron recuperarse. La moratoria les fue prorrogada en diversas oportunidades, hasta que, finalmente, se produjo la liquidación de ambos bancos. Ese cierre de dos instituciones bancarias, y el considerable perjuicio sufrido por sus legítimos acreedores fue parte del precio del fracaso y de la incapacidad del liberalismo económico para promover y mantener niveles adecuados de producción y empleo, tanto en los países industrializados como en los menos desarrollados como el Paraguay.

 

 

NOTAS

 

1Mensaje del Presidente de la República, 1919, p. 21.

2Mensaje del Presidente de la República, 1920, p. 31.

3Ibíd., p. 35.

4Ibíd., p. 35.

5Banco de España y Paraguay. Memoria, sept. 29 de 1920.

6Mensaje del Poder Ejecutivo. Sept. 18 de 1920., DSCS. p. 236.

7Galeano, Venancio, DSCD., p. 524.

8Camilo Pérez y Pérez. Pedido de Moratoria, DSCD. 1920, p. 391.

9Ley N° 432, del 9 de septiembre de 1920., RORP.

10Carlos Sosa, DSCD. 1920, p. 634.

11Luis A. Riart. DSCD. 1920, p. 403.

12Eligio Ayala. DSCD. 1920. p. 477.

13Virgilio Silveira, DSCD. 1920, p. 618.

14DSCD. 1920, ps. 624, 638, 674/684.

15Ibíd., p. 781 y sgtes

16Ibíd., p. 786.

17Ley del 16 de nov. de 1920.

18Ley del 30 de díc. de 1920.

19DSCS. 1920, p. 210.

20DSCS. 1920, p. 356.

21ibíd., p. 210.

22DSCD.1920, p. 626.

23Fernando A. Carreras, DSCS. 1920, p. 357.

24DSCS. 1920, p. 356.

25DSCD. 1920, p. 619

26Ibíd., ps. 474 a 477

27DSCD. 1920, p. 477

28DSCD. 1920, ps. 474 a 477.

29González, Teodosio. Infortunios del Paraguay, ps. 192 y 193; En Torno al Último Mensaje Presidencial, 1928, ps. 13 y 14.

30Ibíd. p. íd.

31 DSCD. 1920, ps. 476 y 477.

32Matus Benavente, M. Finanzas Públicas. Ed. Jurídica, Chile ps. 41/43.

33DSCD. 1920, p. 753.

34DSCD. 1920, p. 754

35 Ernesto Montero, DSCD, p. 401.

36DSCD. 1920, ps. 755 y 756.

37DSCD. 1920, p. 622.

38DSCD. 1920, p. 753.

39 Di Tella, G. y Zymelman M. Los ciclos Económicos Argentinos. Paidós, p. 156.

40Mensaje del Presidente de la República, 1924, p. 11.

41Ibíd. p. 11.

42Mensaje del Presidente de la República. 1925, p. 23.

43Mensaje del Presidente de la República, 1926, DSCD. ps. XXXI y XXXII.

44Mensaje del Presidente de la República. 1925. p. 23.

45Mensaje del Presidente de la República, 1925, p. 23.

46ibíd., p. 24.

47Dirección General de Estadística. Comercio Exterior del Paraguay. Estadística Retrospectiva de 1879 a 1927, 1928. p. 4.

48Memoria del Ministerio de Hacienda, 1927, p. 27.

 

 

FUENTE (ENLACE INTERNO) :

 

 

 HISTORIA ECONÓMICA DEL PARAGUAY

ESTRUCTURA Y DINAMICA DE LA ECONOMÍA NACIONAL 1870 a 1925

WASHINGTON ASHWELL

Tapa: LUIS VERÓN

CARLOS SCHAUMAN, Editor

Asunción – Paraguay

 

 

 

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